Three-shot In the earth lies a forest of bodies [Gakkou Roleplay]

Tema en 'Mesa de Fanfics' iniciado por Gigi Blanche, 5 Febrero 2024.

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  1. Threadmarks: I. Yule, 2015
     
    Gigi Blanche

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    Título:
    In the earth lies a forest of bodies [Gakkou Roleplay]
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    3
     
    Palabras:
    2754
    N/A: qué onda belu, te gustó esto de escribir three-shots?

    So this is basically la backstory de Morgan. Hace un par de meses había subido la primera parte a mi colección pero después de mucho pensarlo y reestructurar la wea quise sacarlo de ahí para poder escribir tres capítulos independientes con sus respectivas canciones. Todo es culpa de las canciones.

    Ya de paso, estaba bloqueada con esto desde noviembre y se siente muy bien salir de ahí JAJAJA. El título del three-shot pertenece a la canción Rows of Somebodies, de The Saga.

    Con el correr de los años pude desarrollar y construir a Morgan de una forma que en BTOOOM siquiera lo habría imaginado, y es algo que me satisface muchísimo. Creo que en su vacío, en su apatía y en su eterna búsqueda hay algo que puede interpelar a cualquiera; y al final del día, por rarita and witchy que sea, también es humana. Also she doesnt give a damn about anything and for that i stan her.

    Esta primera parte es la que estaba publicada en mi colección. Aunque volví a releerla y le agregué algunos detalles, esencialmente es lo mismo. Sin más cháchara, adentro fic!





    Ma 's e 'n cluasag dhuit a ghaineamh
    If the sand be your pillow
    Ma 's e leabaidh dhut an gheamainn
    If the seaweed be your bed

    Ma 's e 'n t-iasg do choinlean geala

    If the fish are your candles bright
    Ma 's e na ròin do luchd-faire
    If the seals are your watchmen

    Dh'òlainn deoch ge b' oil le càch e

    I would drink, though all would abhor
    De dh'fhuil do choim 's tu 'n déidh do bhathadh
    Of your heart's blood after you were drowned


    .

    .

    .



    The Void
    | Morgan O'Connor |


    .

    .

    .

    Yule, 2015

    Apoyé la frente en el cristal y el flequillo negruzco detuvo al frío de alcanzarme la piel. Vivir a los pies de Blackpark ofrecía de por sí una vista privilegiada de la ciudad y mi habitación ocupaba el segundo piso. Inverness se extendía hacia la depresión del río Ness y el estuario Beauly Firth y seguía más allá, desdibujándose contra los cordones montañosos y el típico cielo grisáceo. Detallé los techos hermanados del suburbio cercano, la porción de viviendas más humildes en el corazón de Scorguie, los puentes que conectaban ambas mitades de la ciudad como costillas y los edificios históricos, lejanos, con su arquitectura enrevesada y el eco remanente de pueblos fantasma. El golpe que reverberó desde la planta baja rasgó el paisaje y me arrancó un respingo.

    —¿Cuándo vas a terminar con esta historia, por el amor de Dios?

    El auto de papá había aparcado hacía diez minutos.

    —¡Cuando me digas la puta verdad, Ian!

    Suspiré, el vaho cálido permeó el cristal y me rozó la punta de la nariz. No tenía sentido seguir empeñada en el paisaje, pensé; además, ya lo conocía de memoria. Me separé, le eché un vistazo a mi escritorio y pillé la mochila que usaba para ir a la escuela. Bajé las escaleras, las voces de mis padres temblaron contra las paredes y por un instante las creí capaces de convertirse en dragones. Quizá ya lo fueran. Desemboqué directamente en el recibidor, ellos no me vieron y salí. Inhalé con fuerza, seguí el vaivén de la entrada y derivé en la calle. Era angosta, de pavimento algo viejo. En las roturas y los hundimientos se habían formado charcos de las lluvias recientes y del otro lado la limitaba una densa pared natural de arbustos, alta como una muralla; era lo único que nos separaba de Blackpark. Empecé a trazar el camino rutinario, a ritmo pausado y con la mente en blanco. Se había acumulado demasiada estática.

    Como era lo usual, no andaba un alma.

    Tras la curva de Woodside Cres, la calle se ampliaba y había vereda. Rebasé los postes de luz, los cubos de basura y los buzones destartalados en dirección a la avenida que desembocaba en el puente, pero algo captó mi atención antes. Había una chica sentada en la parecilla de una casa, rodeada por una fina capa de nieve acumulada. Tenía una pierna flexionada y estaba encorvada sobre sí misma. Su cabello, negro, denso y algo enmarañado, me impedía ver lo que hacían sus manos. Parecía más grande que yo, al menos por tres, cuatro años. No pretendí reparar mucho en ella, de hecho estuve a punto de desviar la mirada cuando ella levantó la cabeza de repente. Sus ojos grisáceos, casi blancos, se fijaron en mí y advertí los finos mechones amarillentos que enmarcaban su rostro, de facciones pálidas y afiladas. No transmitía dulzura ni calidez, fue como si un animal salvaje me hubiera pillado espiándolo.

    —Eh, tú —me llamó con cierta brusquedad—. ¿De casualidad tienes un encendedor?

    Me detuve frente a ella, pero no recorté la distancia y la miré con las cejas alzadas. Ella se sonrió, noté sus colmillos afilados y meneó la cabeza.

    —Qué va, ¿qué haría una cría con un encendedor? —agregó, resignada.

    Era hermosa, lo era de una forma cruda y visceral. Fue el primer pensamiento que acudió a mi mente. Deslicé la mirada a sus manos, en una tenía el dichoso mechero y en la otra, un frasquito relleno de varias cosas con un tapón de corcho.

    —¿Qué tienes que quemar? —inquirí, confundida.

    Intentó activar el encendedor un par de veces más sin éxito y chasqueó la lengua, hundiéndolo en el bolsillo de su chaqueta oscura. Recién entonces atendió a mi pregunta, mostrándome que en la mano del frasco también sostenía una barra de cera negra. Su sonrisa rozó el sarcasmo.

    —Hay que sellarlo, pero no puedo sellarlo sin fuego y, por mucho que me pese, la magia no existe.

    Naturalmente, pensé. Intenté detallar el contenido del recipiente y me acerqué un par de pasos, captando su atención. Noté que me miraba con el ceño fruncido pero no se lo hice saber. Al buscar sus ojos, ella relajó el semblante a consciencia.

    —¿Por qué tienes que sellarlo?

    Volvió a sonreírse y agitó el frasquito tras repasarse los labios con la punta de la lengua. Fui absorbiendo más y más de sus detalles, incluso sin darme cuenta. La densa máscara de pestañas apelmazada, el delineado grueso, los labios resecos, las uñas con el esmalte saltado y el uniforme de la preparatoria local debajo de la enorme chaqueta. El pequeño lunar debajo de su ojo izquierdo. Era la clase de persona que constituía una declaración en sí misma. Se convertían en arma y escudo, hundían los dedos en su pecho y se arrancaban el corazón para exhibirlo contra la piel. Usualmente vería la rebeldía como un esfuerzo inútil, un auténtico sinsentido, pero en ella poseía un encanto particular.

    En especial para una cría de doce años como yo.

    —¿Sabes qué es esto, lass? Asumiré que no. —Me indicó que me acercara un poco más y colocó el frasco junto a su rostro, marcándome con la uña del índice lo que contenía—. Sal para protección, salvia para limpiar malas energías, hojuelas de chile para remover maldiciones, romero contra la negatividad. El sigilo es de una cruz solar, que tiene el poder de crear.

    Entrecerré los ojos para distinguir los ingredientes. Aquello a lo que había llamado sigilo era una hojita otoñal con un dibujo hecho a mano, me atrevía a arriesgar, en bolígrafo negro. Regresé a sus ojos probablemente más escéptica de lo que ella había esperado, pues soltó una risa floja y relajó el brazo.

    —¿Una niña de diez me está juzgando? Esa es nueva.

    —Doce.

    —Es lo mismo.

    Regresé la vista al frasco, pensativa.

    —¿Y si no lo sellas no funciona?

    —Qué lista eres. —Giró el rostro y me señaló la puerta de su casa—. Se deja ahí, en la entrada, y ya está. Mantiene las malas energías a raya.

    ¿Y qué si las malas energías ya estaban adentro? Seguí la dirección que me indicó en silencio, sin reaccionar visiblemente por varios segundos. Era, en general, una niña taciturna. Poco después me removí la mochila de la espalda y me acuclillé para buscar dentro. Hundí la mano, sorteé los libros y, en cierta forma, me alegré de encontrarlos. Volví a incorporarme y le extendí una cajita maltrecha de fósforos, con una expresión bastante neutra. La chica alternó la vista entre mis ojos y el objeto, y soltó otra risa. Tenía un sonido agradable, compuesto. No era ni muy agudo, ni muy grave. Algo brusco, pero sereno.

    —Acabaste siendo mi lucky charm, después de todo —dijo, divertida—. Thanks, lassie.

    No me cuestionó el motivo de llevar eso encima, tampoco me habría molestado explicárselo. Me erguí, dejando la mochila a mis pies, y enfoqué toda mi atención en el dichoso frasco. La chica sacó un fósforo, lo encendió y dejó la caja sobre su regazo. La piel expuesta de sus piernas, aquella entre la falda y los calcetines altos, era increíblemente pálida.

    —Ya que estás aquí, sostenlo —me indicó, oscilando entre el pedido y la orden, y me dio el frasco—. Y ten cuidado.

    Suspendió la barra de cera a pocos centímetros del tapón y le acercó la pequeña llama. Su olor tan característico me alcanzó al instante, fue agradable y detallé cómo empezó a derretirse. El fino hilillo de humo elevándose entre nosotras y las gotas oscuras opacándose al caer, endureciéndose. Ninguna alcanzó mis dedos, ubicados en la base del frasco, pero por un ínfimo momento me pregunté cómo se sentiría que esa sustancia espesa, negruzca, manchara mi piel. Que la quemara, incluso.

    Ò hì shiùbhlainn leat. —Su voz se deslizó con la suavidad y la dureza del gaélico mientras las últimas gotas caían; estaba concentrada en la cera y el fuego, y yo en sus ojos—. Hì ri bhò hò ru bhì, hì ri bhò hò rinn o ho.

    Mamá me había enseñado el idioma, era un legado que conservaba su familia materna desde muchas generaciones atrás. Reconocí la canción, era el lamento de una mujer que había perdido a su prometido en una tormenta, en medio del mar. No cuestioné la elección ni el deseo por cantar, me quedé prendada a sus ojos de marfil y reconocí una liviandad extraña en mi cuerpo. La estática había desaparecido, los dragones se habían retirado a sus cuevas. Las malas energías habían retrocedido. Era muy pequeña para entender la diferencia, en ese momento bajé la mirada al frasco y pensé que había funcionado.

    —Toma. —La chica me extendió los fósforos y, cuando quise intercambiárselos por lo suyo, me concedió una sonrisa—. Quédatelo y ponlo en la puerta de tu habitación.

    —Quédate los fósforos, entonces.

    Soltó una carcajada breve que le descubrió la dentadura, volví a notar sus colmillos afilados y se guardó la caja con la barra de cera en el bolsillo de la chaqueta.

    —¿Intercambio equivalente? Bien, me parece justo. Eres ya toda una alquimista, lass.

    Envolví el frasco entre mis dedos y lo observé durante un par de segundos, ignorando prácticamente por completo la tontería que ella había dicho. Sólo eran un montón de ingredientes de cocina y una hoja garabateada a mano, entonces ¿por qué…?

    —¿De dónde sacaste estas cosas? —pregunté, deslizando la mirada a ella.

    ¿Por qué tenía esa sensación tan extraña en el cuerpo?

    —¿La vida, supongo? —Se encogió de hombros, dejando las manos en los bolsillos—. Cuando era pequeña veía todos los frasquitos que mi tía tenía en sus repisas, las ramas colgando aquí y allá, las campanitas y los inciensos. Al principio era bonito a secas, pero con el tiempo me di cuenta que lo recordaba con una claridad absurda. Un libro, una conversación algo absurda, un paseo por Blackpark, la música adecuada, y comencé a prestarle atención a ciertas cosas.

    —¿Qué cosas?

    Se sonrió, la brisa sopló desde el río y algunos mechones de hollín y de oro serpentearon sobre sus facciones. Alzó el índice, cerró los ojos y su mano se movió con inmensa suavidad. Parecía seguir un ritmo silencioso; uno, quizá, dictado por el aire. Pude imaginar cintas delgadas escurriéndose entre sus dedos huesudos, acariciándole la piel antes de seguir su camino hacia el bosque.

    —Cuando el viento aúlla, cuando la luz de luna baña los monolitos, cuando los árboles se sacuden de noche y pueden ser murciélagos, o búhos, o ardillas, o quizás algo más. Cuando encuentras formas en el fuego y el eco de tu voz rebota entre las laderas de las montañas. —Abrió los ojos y me miró, serena—. No hay piedad de la Madre Naturaleza. Es recta y justa, es despiadada, implacable, astuta y sabia. Negocia con el mundo sin ambición, sin un corazón, y si anhelas su amor… primero tienes que jurarle el tuyo.

    ¿De qué me hablaba esta chica? Parecía chiflada de repente. Fruncí el ceño, confundida, y ella volvió a reírse.

    —Va, me emocioné —agregó—. Eres pequeñita para entenderlo aún, no te preocupes.

    Mi gesto se tensó aún más; no la reconocí, no conocía su nombre, pero era molestia.

    —No soy una niñita.

    —Por supuesto que no —respondió al instante, divertida, y se calmó tras exhalar de golpe—. De todos modos, si te interesa, podrías venir un día con nosotras. Estás chiquita pero me agradas.

    —¿Adónde?

    —A… pasar el rato, qué sé yo. ¿Siempre eres tan desconfiada, lass? —Sacó la mano del bolsillo y me picó la nariz, divertida—. Como un gatito arisco.

    —Que yo sepa, las chicas de preparatoria no suelen invitar a niñas menores a “pasar el rato”.

    —Y ahora parezco un depredador. —Suspiró, bajando ambas piernas de la parecilla—. Muy bien, voy a reformularlo, pero para eso necesito tu nombre. ¿Cómo te llamas?

    —Morgan.

    Se puso en pie, tuve que alzar la cabeza para mirarla y, con una sonrisa bastante felina, ejecutó una reverencia. Estiró un brazo, el otro se flexionó sobre su pecho en la misma dirección, deslizó el pie izquierdo detrás del derecho y su cascada de cabello se precipitó hacia el suelo.

    Wee Morgan, primera en ser invitada por una chica de preparatoria a pasar el rato, ¿confiarías en la palabra de esta humilde servidora con intenciones nobles?

    La duda seguía repiqueteando en mi mente. ¿Por qué? Siempre había sido una niña taciturna, algo extraña, que volvía de la escuela y se escondía entre los libreros de Leakey’s hasta que la noche caía y el dueño, preocupado, llamaba a mis padres. No me entusiasmaba la idea de compartir actividades con otros niños, de corrernos en el patio escolar o de jugar a las muñecas. Tampoco me afectaban mucho las burlas, las miradas o las bromas esporádicas. No recordaba haber llorado ni una sola vez cuando los dragones rugían en la cocina hasta altas horas de la madrugada. ¿Por qué, entonces? ¿Por qué a esta chica le interesaría pasar tiempo conmigo?

    Con un fantasma.

    Un montón de vacío.

    —Dijiste “nosotras” —rescaté, sintiendo en mi interior una agitación extraña—. ¿Quiénes son “nosotras”?

    Ella alzó sólo el rostro, me miró entre el cabello desordenado y luego se irguió enteramente. Del bolsillo extrajo una cajetilla de cigarros, también los fósforos, y me pregunté cuántas cosas guardaba esta chica ahí. Fue algo muy parecido a la curiosidad.

    —Kir, Blai, Peigi, Aila y Saili. Bueno, y yo, obviamente. —Acomodó un cigarro entre sus dientes y lo encendió; el aroma me hizo arrugar la nariz—. Son mis amigas. Solemos quedar aquí detrás, en Blackpark, para matar el tiempo.

    ¿Debía seguir haciendo preguntas? Quería, pero sentía que el derecho se me agotaba. Tuviera o no sentido.

    —¿Y tú? —murmuré.

    —¿Yo qué?

    —¿Cómo te llamas?

    Alzó las cejas y su sonrisa se ensanchó; mi curiosidad le había dado la respuesta que buscaba. El humo de su cigarro danzaba hacia el cielo, blancuzco, y presioné el frasco entre mis dedos. Combinaba con sus ojos, en cierto modo. Un color que debía ser puro.

    —Jennifer. Pero todas me dicen Jenny.

    Y no lo era.
     
    • Ganador Ganador x 2
  2. Threadmarks: II. Samhain, 2017
     
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    Título:
    In the earth lies a forest of bodies [Gakkou Roleplay]
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    3
     
    Palabras:
    2897


    A Rìgh na gile, a Rìgh na grèine
    Thou King of the moon, thou King of the sun

    A Rìgh na rinne, a Rìgh na reula

    Thou King of the planets, thou King of the stars

    A Rìgh na cruinne, a Rìgh na speura

    Thou King of the globe, thou King of the sky

    Is aluinn do ghnùis, a lùb eibhinn

    Oh, lovely thy countenance, thou beauteous beam


    .

    .

    .


    Samhain, 2017

    Nuestros vestidos de humo y espuma rozaban el suelo y a menudo se enganchaban entre las ramas sueltas, las raíces sobresalientes y la hojarasca insignia del otoño; eran tan bonitos como incómodos. Aila chasqueó la lengua por trigésima vez y, cuando bajó la vista a sus pies, el follaje rígido de un arbusto se le enredó en el cabello.

    An donas dubh! —masculló, inmovilizada, y Kir se acercó a ayudarla.

    La risa de Jenny, más profunda que hace unos años, rebotó sobre la oscura inmensidad de Blackpark.

    —¿Tan temprano y ya maldiciendo, lassie?

    —Técnicamente es super tarde, Jenny —argumentó Kir, aguantando la risa.

    Todas nos detuvimos en diferentes puntos del camino y mis ojos conectaron un instante con los de Jenny. El resplandor, trémulo, iluminó sus ojos blancuzcos y los dotó de una calidez reconfortante. Habíamos hecho las linternas emulando la forma de los lirios de agua. Las paredes, blancas, altas y ligeramente translúcidas, protegían la llama de las velas. Las habíamos salpicado con purpurina blanca y solapado como si fueran grandes pétalos. No dije nada, ella tampoco, y el suspiro de alivio de Aila nos distrajo.

    —Muy bien, ¿ya podemos continuar? —exclamó Jenny, con un ligero aire autoritario—. Si dejan de comerse árboles iremos más rápido.

    —No es nuestra culpa —replicó Aila, levantando los pies en cada paso de forma exagerada—. La noche está particularmente oscura.

    Sonreí con ligereza y reanudé la caminata, alzando la mirada al cielo; el velo vaporoso ceñido a la corona de flores ondeó tras mi espalda. Tenía razón, con la luna nueva y las nubes espesas a duras penas veíamos nuestros propios pies. Jenny volvió a carcajearse. La verdadera pregunta era cómo podía ella orientarse en medio de esta ciénaga infinita.

    —Les faltan años de Blackpark, señoritas —fue toda su respuesta, lo cual lanzó luz al misterio.

    Confiábamos ciegamente en Jenny, o al menos lo suficiente para internarnos en el bosque con nada más que nuestras almas. Las noches de coven, decía ella, debíamos despojarnos de todo aquello enlazado a la vida cotidiana, a las lágrimas que hubiésemos derramado, las penas enterradas o las alegrías vibrantes. Fuera bueno, fuera malo, daba igual: quedaba en la acera, junto al muro de arbustos. Los móviles estaban prohibidos y la ropa que lleváramos debía sólo haber conocido el bosque o, en su defecto, ser nueva. Con el tiempo, el orden de los factores se había alterado y las chicas acabaron comprando vestidos, blusas y polleras para las noches de coven. También se reunían a cortar tela y coser. A veces era toda la excusa que necesitábamos para reunirnos en el bosque. “Vayamos, vayamos a Blackpark”, insistía Saili, en su tono tan dulce y cantarino. Poco a poco se transformó en una suerte de cántico.

    Vayamos, vayamos a Blackpark.

    Descalcemos los pies, echemos la sal.

    Vayamos, vayamos a Blackpark.

    La luna nos sanará, allí no dolerá.

    Saili llevaba el cabello sobre los hombros, anaranjado, crespo y muy largo. Iba dando brincos alegres y su rostro lleno de pecas aún recordaba al de una niña, incluso siendo tres años mayor que yo. Irradiaba luz, lo había pensado desde que Jenny me la presentó, y su velo me rozó el hombro al acercarse a la chica sin hacer ruido.

    —Mira, Jenny —susurró, pude oírla por el inmenso silencio—, están creciendo las bayas que dijimos la otra vez.

    Se detuvieron y se acuclillaron frente a las raíces de un árbol, acercando sus linternas. Las observé desde una distancia prudencial, mientras las demás se reunían entre sí y cuchicheaban. Era un grupo de chicas muy bonito y me sentía cómoda con ellas, pero yo no había cambiado demasiado. Disfrutaba de Blackpark y de sus voces suaves sobre la negrura, disfrutaba de oírlas reír y verlas danzar, pero también había momentos donde la estática me anulaba los músculos y todas se alejaban en diferentes direcciones. Segundos, minutos u horas, donde existía y a la vez dejaba de existir.

    Como un fantasma.

    Solía ser Jenny quien finalmente reparaba en mí, quien me sonreía y me jalaba la mano de regreso al mundo que habitaban. Su conversación fue breve, se incorporó y se giró en mi dirección. Al acercarse, me mostró el puñado de bayas manchándole la palma de la mano. Eran de un rosado pálido.

    —Rubinetta —murmuró, repasando los pequeños frutos con el pulgar—. Es un tipo de skimmia japonesa. El nombre es una latinización, ¿sabías? De su nombre original, miyama shikimi, “ponzoña del monte”.

    —¿Deduzco que son venenosos? —indagué, aunque la obviedad en mi tono le arrancó una risa a Jenny.

    —Sí, lo son, así que no los comas. —Apagó su linterna de un soplido y dejó caer las bayas dentro, haciéndolas rodar sobre una de las paredes—. Pero desecadas y molidas tienen muchos usos. El otro día hablábamos del polvo de rubinetta.

    Estuve por reclamarle cómo caminaría ahora, pero ella enganchó su brazo al mío y me arrastró, forzándome a permanecer a su lado. Yo había fruncido el ceño e incluso si mi gesto permaneció así un rato más, no pude convencerme de que aquello me desagradaba. No lo hacía en absoluto.

    —Sirve para hacer círculos y amuletos de protección —anotó Saili, ligeramente detrás nuestro—. Sólo los ejemplares femeninos dan bayas, así que no se encuentran con tanta facilidad. También se queman en ciertos rituales de purificación. Despide un aroma muy potente, casi picante, y por ello se creía que servía para expulsar a los demonios y malos espíritus.

    —Los uilebheist veían las bayas y se meaban encima —murmuré, en el tono neutro de siempre.

    A Jenny se le aflojó otra carcajada y la miré de soslayo. Era una chica que realmente se reía mucho y no terminaba de comprenderlo. ¿Su felicidad era genuina? ¿Lo sería estando con nosotras? Su casa quedaba a pocas calles de la mía en dirección al río, pertenecía a los suburbios más precarios de Scorguie. La había visto allí por primera vez, intentando activar un encendedor descompuesto, y los había seguido viendo. A su madre sacando la basura con un pijama viejo y un cigarrillo en la boca; a su padre regresando tarde de comprar una botella de cerveza; a ella, sentada en la parecilla contra la acera haciendo amuletos. Una y otra, y otra, y otra vez. El frasco de sal, romero y salvia seguía junto a la puerta de mi habitación, dentro de una pequeña canasta de mimbre. Cuando le pregunté cómo lo había notado simplemente se encogió de hombros. “Parecías una niña cansada”, había dicho, “y los niños se cansan cuando no encuentran calma en sus propias casas”.

    —Por cierto, ¿cómo viene el asunto de la chiquilla adoptada? —me preguntó, en un murmullo.

    —¿Normal? —respondí, dudosa, queriendo y no queriendo ignorar las caricias vagas que su pulgar estaba dejando en mi brazo—. Sigo sin verle mucho la cara, está encerrada en su habitación la mayor parte del tiempo.

    Esbocé una sonrisa apenas ladeada, apenas burlona. De ninguna forma había imaginado que mis padres aparecerían con una cría japonesa del orfanato local, una que a duras penas conocía el idioma y dos de cada tres noches me despertaba por culpa de las pesadillas. No era totalmente de piedra, algo de pena me daba la criatura, pero hasta ahora había sido una molestia antes que cualquier otra cosa. Al menos, suponía, mantenía a los dragones distraídos.

    Poor lassie —se lamentó Jenny, soltando el aire en una suerte de bufido, y me zarandeó despacito—. No seas mala, bonnie. Imagina estar en un país extraño, en la casa de tres desconocidos, y saber que no tienes adónde volver. Debe estar sufriendo mucho.

    —¿Cómo era su nombre? —intervino Saili, y la miré por encima del hombro.

    —Hanabi.

    Su rostro se iluminó y retiró la vista más allá de nosotras, pensativa al principio, hasta que pareció recordar algo y comenzó a cantar. Parte de mi cuerpo se relajó y regresé la atención al frente.

    Kono hanabi no yoru. —Su voz era dulce y transparente—. Omoide ni dake shite, owarasetakunai. Natsu ga yuku mae ni.

    Esta noche de fuegos artificiales quiero que permanezca como un recuerdo.

    Para que sea eterna hasta que el verano acabe.
    Se entretuvo un rato murmurando y tarareando, balanceando la cabeza suavemente junto a su andar vaporoso. Más tarde Jenny le preguntó qué estaba cantando y Saili nos contó con la ilusión impregnada en sus ojos. Habló de los festivales japoneses, que allí se llamaban matsuri, y de cómo la canción describía el ambiente de uno. Los juegos de pesca, el sonido de las sandalias geta, las personas de yukata y los fuegos artificiales rasgando el cielo. Sonaba como un mundo completamente diferente pero quizá no lo fuera tanto. Aquí el Samhain se celebraba esta precisa noche y en toda Inverness se respiraba la importancia de la fecha; la gente tallaba linternas, decoraba sus puertas y se abrigaba para recorrer las ferias nocturnas. Nosotras éramos como los protagonistas de la canción, corriendo lejos para apreciar el estallido de las luces en el cielo.

    —Bueno, ya tienes el plan B —bromeó Jenny, volviendo a zarandearme—. Si la chiquilla jamás aprende inglés, aquí tienes a Saili para que te enseñe su japonés.

    —¡Ah! —Una exclamación vibró a nuestra espalda y nos giramos en redondo—. An donas ort!

    —¿Otra vez, Aila? —suspiró Jenny.

    Al menos su repertorio de maldiciones gaélicas era amplio. A las chicas se les aflojó una risa general y yo me sonreí, aunque al dejar ir a Jenny para que ayudara a Aila sentí un repentino pinchazo en el pecho. Inhalé hondo, viré el cuerpo otra vez y abrí grandes los ojos, pues parte de las nubes se habían disipado y las estrellas acariciaban sutilmente la superficie de las piedras, allí, en el claro. Eran trece, altas e imponentes, y trazaban la forma de una cruz celta. El monolito central se alzaba por encima de los demás.

    Kingarth —murmuré, y alcé la voz hacia las chicas—. Llegamos, es aquí.

    Fue un instante extraño. Fácilmente podría haber desaparecido como tantas otras veces, oscilar en el límite entre mundos; hablé, sin embargo, elevé mi voz, lo hice sin pensar y la atención de todas se precipitó sobre mí. Había sido la emoción del descubrimiento, de ver por fin el círculo de piedras del cual Jenny tanto había hablado, y en esa conexión no necesité de su mano para regresar. La estática no me desdibujó el cuerpo, no se lo permití.

    Existí.

    Nos acercamos a las piedras con cierta prisa y comenzamos a rodearlas, observarlas y rozarlas, en completa fascinación. El resplandor vagabundo de nuestras linternas endurecía y suavizaba las texturas, el moho seco sobre su superficie, la combinación de tonos. Estaban muy hundidas en Blackpark, lo suficiente para que se hubieran salvado del turismo habitual, y me pregunté cómo Jenny había dado con ellas para empezar.

    Na fir bhrèige —dijo ella, apoyando una palma sobre el monolito central, y las demás nos reunimos a su alrededor—. Los hombres falsos. Desde siglos atrás se cree que estas piedras son gigantes, como Fionn mac Cumhaill, petrificados en castigo por haber rechazado convertirse al cristianismo. Desde entonces se los condenó a vigilar y proteger Inverness desde la distancia, en eterno silencio. Las druidas del bosque, apenadas por el destino de los gigantes, comenzaron a venir cada Samhain a encender antorchas y danzar para ellos. Lo han hecho incansablemente, año tras año, desconociendo si dentro de estas piedras los hombres falsos aún respiran.

    De eso se trataba todo, ¿verdad? Las historias, las leyendas, las tradiciones y los rituales. Los círculos de protección, los amuletos para la suerte y los inciensos de purificación. Cuando Jenny quemó la cera negra sobre aquel frasco consiguió que por un instante los monstruos retrocedieran, y de eso se trataba.

    No todo necesitaba ser real para ser cierto.

    El silencio era categórico. Su pecho ascendió, cargándose de aire, y las demás la imitamos. Exhalamos lentamente, Jenny volteó a mirarnos y el eco de nuestras linternas acarició su sonrisa. El gesto le iluminó el rostro, aquella belleza salvaje que conservaba desde el primer día, y bajó la vista a su propio lirio, riendo.

    —Cierto, tengo que encenderla.

    La apreciación rasgó el misticismo del momento y nos relajó el cuerpo con la inocencia de las niñas que éramos. Rápidamente encontraron una hoja seca y extensa, la prendieron fuego desde una linterna y alimentaron la de Jenny; luego, nos quitamos el calzado. Nos dispusimos entonces alrededor del monolito central, nuestras túnicas blancas, los pies desnudos y los velos de espuma danzando por el aire. Saili entonó las primeras notas de un cántico antiguo, fue dulce, poderoso y casi nostálgico, y junto a él alzamos las linternas lentamente. El corazón de la cruz se iluminó y esperamos a que el hombre falso recordara la calidez del fuego, a que despertara de su sueño eterno. Debíamos asistir a todos y eso hicimos. Nuestros brazos descendieron y comenzamos a danzar en varias direcciones, girando y girando suavemente. El rocío entre las briznas de césped me hacía cosquillas en los pies, acariciaba mis tobillos y brotaba raíces invisibles que nos unían a la tierra. El canto de Saili se elevó hacia el cielo oscuro y rebotó hasta hundirse en las profundidades del bosque. Uno a uno los gigantes despertaron y nuestra danza, atenta al principio, se colmó de júbilo. Entre giros y brincos nos encontramos y desencontramos, enganchamos nuestros brazos, reímos y dibujamos serpientes de fuego errante para el disfrute de las estrellas. Era una oda para nosotras y para la naturaleza, para el mundo que conocíamos y aquel que se escondía más allá, dentro de los troncos de los árboles, bajo las piedras, en la oscura inmensidad del lecho marino. La noche de Samhain el velo se estrechaba y quizá no todo fuera lo que creíamos. El crujir de la madera debajo de la cama, el susurro al otro lado de la ventana, la sombra que cruzaba el pasillo y nuestra piel erizándose sin motivo aparente.

    Quizá hubiera más de lo que nuestros sentidos alcanzaban.

    Era la esperanza que Jenny había sembrado en nuestros corazones, el motivo que nos reunía en Blackpark noche tras noche. La danza amainó conforme nuestras respiraciones se agitaban e íbamos cediendo al cansancio. Nos seguimos riendo, así fuera con los pulmones vacíos, y fuimos dejándonos caer entre las piedras. Me senté frente al monolito central, Jenny se desplomó a mi lado y nuestras linternas, trémulas, iluminaron las diminutas nomeolvides que brotaban al pie de los gigantes. Eran blancas y salpicaban la cruz por doquier. Inhalé hondo, relajando el cuerpo, y alcé la vista al cielo; la aurora comenzaba a barrer la oscuridad desde el Este. Busqué a Jenny, encontré sus ojos y le sonreí.

    —Feliz cumpleaños —murmuré, con una suavidad que se deslizó hacia la dulzura.

    Las chicas me escucharon y saludaron a Jenny desde sus posiciones. Sus voces provinieron de todas partes y de ninguna, algunas ocultas tras los monolitos, otras a nuestra espalda, y acabamos cantándole el feliz cumpleaños entre risas y aplausos suaves. Jenny giró la linterna entre sus manos, observó el gigante frente a nosotras y su sonrisa esbozó una paz que pocas veces había visto en su semblante. Las noches de coven, las canciones de Saili y la guía inquebrantable de Jenny; en ese momento todo parecía amable y sempiterno.

    —Gracias, chicas.

    Pero estábamos equivocadas.





    quería mencionar algunas inspiraciones porque son cosas preciosas que merecen ser compartidas. La escena de la danza está heeeeavily inspired en la danza de druidas del primer capítulo de Outlander. En sí, tomé muchísima inspo de Outlander para armar la historia de Morgan. Puta serie hermosa y magnífica, TODOS VEAN OUTLANDER

    Además de eso, una de las cosas que más me interesaba explorar con Morgan era la noción de girlhood, y esta escena concreta de Anne with an E lo ejemplifica de forma hermosa. Este capítulo acabó siendo, en líneas generales, una combinación de ambas fuentes. Puta serie hermosa y magnífica, TODOS VEAN ANNE WITH AN E


    edit: i forgot ohgod. La canción japonesa que canta Saili es Hanabi, de Maiko Fujita.
     
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    Gigi Blanche

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    Título:
    In the earth lies a forest of bodies [Gakkou Roleplay]
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    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    3
     
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    3850
    N/A: lets gooooo me alegra muchísimo terminar esto porque me había bloqueado feísimo desde noviembre y desde entonces tuve eternamente abierta la isla de pestañas de este fic, literal. Y ERAN UN MONTÓN. Saben lo gratificante que es haberlas cerrado todas????

    Con el bloqueo acabé haciendo tremendo foreshadowing de este fic in-rol hace poco tiempo, but ask me if i care. Disfruté mucho escribir este capi y de hecho se me aflojaron unas lagrimitas un par de veces jsjs cosa que nunca creí que me pasaría con un fic de MORGAN. No recuerdo exactamente cuándo me monté el folklore asociado entre esta canción, Ailein Duinn y el resto de la cuestión, pero hace un tiempo me di cuenta que HACE AÑOS escribí un fic de la Morgan de BTOOOM cON ESTA MISMA CANCIÓN y we, it all went in full circle. Qué maravilla. Puta serie hermosa y magnífica, TODOS VEAN GAME OF THRONES.

    Muchas gracias a mi Gabichuela preciosa por haberme leído uwu Lamentablemente la versión de youtube de esta canción tiene un espacio horrible de treinta segundos al final de pleno SILENCIO, así que por si las moscas dejo el link de Spotify as well que no me dejó insertar en el post pff

    Sin más cháchara, adentro fic! *prepara los pañuelitos*





    High in the halls of the kings who are gone,
    Jenny would dance with her ghosts.
    The ones she had lost and the ones she had found,
    and the ones who had loved her the most.


    .

    .

    .


    Yule, 2018

    Le lancé un vistazo al perfil de Jenny. La oscuridad la rodeaba como un velo nocturno y las luces del coche soplaban un rastro pálido, amarillento, sobre sus facciones. Los tramos de tendido eléctrico eran escasos e intermitentes, solían coordinarse con los pequeños asentamientos y posadas que salpicaban la ruta ochenta y siete. Kirkton, Lockend, Alltsigh, Glen Moriston. Jenny condujo en silencio la mayor parte del camino y yo me sumí en mis pensamientos, observando la implacable negrura del exterior. Tras pasar Invershiel, Loch Duich se extendió hasta el límite de las montañas y su superficie velada destelló bajo la luz plateada de la luna. Me quedé prendada a la imagen, su oleaje suave, y utilicé el trayecto remanente para navegar entre recuerdos. Este silencio… ya no era extraño. Habían ocurrido muchas cosas este año, o quizá fuera la ausencia de ellas. Pensé en Saili, el moño blanco en su cabello tras despedirse y subirse al coche. Pensé en Aila y Kir, y el último abrazo que compartieron fuera del bar. La mayoría de las chicas se habían graduado de la preparatoria y poco había para hacer en este pequeño rincón helado del mundo. Sus ausencias dejaron agujeros en los lugares que antes habían ocupado y la distancia consecuente, lentamente, se tornó irrecuperable. Jamás habíamos sido conscientes de cuán frágil era el vínculo que nos unía hasta que olvidamos la última vez que nos adentramos en Blackpark; hasta que la sensación del rocío bajo nuestros pies se volvió nostálgica.

    Deslicé la mirada al frente y seguí el vaivén azaroso de los copos de nieve que aparecían sobre el halo de nuestras luces. El limpiaparabrisas los removía, insistente, y Jenny mascullaba maldiciones de tanto en tanto; nunca había sido muy paciente. Viramos en un puente antiguo alzado sobre Loch Duich y la silueta oscura de una enorme construcción apareció ante nosotras. Se recortaba sobre la falda de las montañas, sobre el cielo, y conforme nos acercamos se tragó más y más del paisaje pobremente iluminado. Lo habíamos hablado entre todas, poco después del Samhain del año pasado. Jenny había mencionado la leyenda de Seannchlachan. Piedrasviejas, en gaélico. Se trataba de un castillo erigido en una isla diminuta a pocos kilómetros de Skye, hogar y residencia del Clan Moireasdan, donde se creía que aún habitaba el fantasma de una mujer. Todos en Inverness conocían la historia, se utilizaba para animar los Samhain y asustar a los niños. La canción que Jenny había entonado cuando la conocí, cuando quemó la cera sobre mi amuleto de protección, hablaba de esta tragedia.

    Era el lamento que la mujer cantaba noche tras noche.

    —Es más grande de lo que parecía en las fotos —comentó Jenny, estirando el cuello para intentar alcanzar la punta de las torres a través del parabrisas.

    Aparcamos junto a la puerta, o más bien el portón, imponente y de doble hoja. A todas nos había picado la curiosidad aquella noche, era lo que Jenny lograba, pero Seannchlachan se encontraba a hora y media de viaje en coche y éramos un montón de niñas. Prometimos, entonces, visitarlo cuando la primera de nosotras consiguiera su licencia. Alzamos nuestros meñiques y los entrelazamos entre sí, riendo con la mayor suavidad que pudimos para no despertar a la mamá de Saili.

    —No puedo creer lo bien que se ha conservado —murmuré en asombro, bajándome del coche, y el frío invernal me abrazó el cuerpo.

    Pero algunos planes fallaron, otros se adelantaron, y nuestra última promesa quedó enterrada bajo tierra. Hasta hoy.

    —Tengo entendido que los Moireasdan siguen poniéndole dinero, así sea poco, para que no se caiga a pedazos —respondió Jenny, y una sonrisa filosa le torció la boca—. No sé si le están haciendo un favor o sólo la perjudican.

    La miré, vi su perfil, y me pregunté por qué siempre creía tan fervientemente en estas historias. Ir a Blackpark, escapar de casa y sentir la emoción de todas esas travesuras siempre había sido divertido, pero ¿habitaban hadas en los robles al pie de Craig Phadrig? ¿Descansaba un monstruo en las profundidades de Loch Ness? ¿Había gigantes dormidos dentro de los monolitos? Contarnos historias y perseguir leyendas era entretenido, pero el semblante de Jenny tendía a endurecerse con ciertas bromas nacidas del escepticismo.

    ¿Qué era todo esto para ella?

    Tomé bastante aire, alcé la vista hasta la punta del castillo y luego avancé. El portón poseía unas aldabas de hierro oxidadas y, entre las dos, logramos empujar una de sus hojas. Nuestras linternas iluminaron el patio interno del castillo. Las estrellas tintineaban sobre nuestras cabezas y poco había alrededor: restos vagos de heno bajo caballerizas derruidas, esqueletos de piedra indiscernibles, basura acumulada y una escalerilla al fondo. Ascendía contra una pared y la puerta con la que conectaba, también de madera, se abrió con la sutileza de un suspiro. Su chirrido hizo eco en el espacio vacío y finalmente estuvimos dentro.

    —Mira esto —susurró Jenny, adelantándome.

    Los haces de luz revelaron un ambiente amplio, húmedo y envuelto en la más absoluta negrura. El silencio era casi opresor, de tanto en tanto se oía el aullido lejano del viento y goteras imposibles de rastrear. La voz de Jenny había rebotado entre las paredes y no pude negar la emoción casi asfixiante que me estrujaba el pecho; era magnánimo y terrorífico, te susurraba al oído “no deberías estar aquí”. La oscuridad del bosque había sabido reconfortarme en formas que la luz del sol nunca pudo, pues los dragones rugían y sus bocas escupían fuego. En la noche el mundo se silenciaba, en la noche le cantaba a Hanabi y en la noche los ojos de Jenny lucían absurdamente hermosos.

    No le temía.

    Me abrazaba.

    Recorrimos el espacio y tomamos un pasillo angosto, donde el techo era mucho más bajo y algunas vigas habían cedido. Esquivamos bloques de piedra caídos, quitamos telas de araña viejas y viramos hasta encontrar otra puerta, esta vez abierta. Al acercarnos notamos las siluetas fantasmagóricas contorneadas dentro de la enorme habitación. Los ventanucos, ubicados a la izquierda, bañaban el espacio de un resplandor pálido, y por ellos también se colaban algunos copos de nieve rebeldes. Del techo colgaba una inmensa lámpara de araña, herrumbrada, que oscilaba con un quejido grave ante el soplo de la brisa nocturna, y mesas y sillas se apilaban de forma anárquica a los lados. Seguí el curso de la pasarela frente a mí, enfoqué la plataforma al otro lado de la habitación y consumí la distancia lentamente, mientras Jenny husmeaba los detalles inmediatos. La madera crujió al alzarme sobre ésta, de la pared colgaba un inmenso estandarte consumido por las polillas y giré sobre mis talones, enfrentándome al salón. Relajé el brazo a un costado de mi cuerpo, deslicé el interruptor de la linterna y parpadeé, habituándome a la luz ambiental. Jenny se detuvo, me vio a lo lejos y soltó una risa suave. El sonido me rodeó como si se encontrara a mi lado, frente a mí; al alcance de mis manos.

    —Parece un escenario —destacó, divertida—. Ahí debían sentarse los Señores del castillo.

    Paseé la mirada por la habitación. El mundo estaba poblado de las ruinas de imperios que alguna vez creyeron ser eternos, fue lo que pensé. Nosotras también habíamos sido ingenuas, habíamos ansiado creer que podríamos convertirnos en niños perdidos; pero el paso del tiempo era implacable, era cruel y era justo, como la Madre Naturaleza a la cual Jenny profesaba devoción. ¿Por qué no lo entendía, entonces? ¿Por qué?

    High in the halls of the kings who are gone, Jenny would dance with her ghosts —comencé a cantar, las palabras brotaron de mi garganta y se perdieron en un eco infinito—. The ones she had lost and the ones she had found, and the ones who had loved her the most.

    Jenny me miró con desconcierto. Nunca antes había cantado frente a ellas, sólo había utilizado mi voz para conjurar dulces sueños sobre Hanabi, para aliviar sus pesares y tapar el ruido de los dragones. Comenzó a acercarse a mí y se detuvo en el centro del espacio. Lucía tan pequeña, tan frágil y confundida. ¿Por qué siempre la había admirado tanto?

    The ones who'd been gone for so very long she couldn't remember their names. They spun her around on the damp old stones, spun away all her sorrow and pain.

    Porque la quería. Había aprendido a quererla y desearla, había absorbido cada sonido de su voz, cada caricia de sus dedos, cada gota del aroma de su cuello. Podía sentir la textura de sus labios al cerrar los ojos, la humedad de su respiración y su calidez entre mis piernas.

    And she never wanted to leave, never wanted to leave.

    Porque estaba sola. Jenny fumaba demasiado y bebía aún más. Amanecía entre las mismas botellas que su padre compraba, entre las colillas de cigarrillos que le robaba a su madre. Inverness era demasiado frío, Hanabi tiritaba y Jenny no sabía qué hacer.

    Never wanted to leave, never wanted to leave.

    Porque estaba perdida. Quizá siempre lo había estado. Quizá Blackpark, las noches de coven y nuestras promesas susurradas hubiesen sido lo único que alguna vez tuvo; pero sólo éramos niñas, no podíamos ni sabíamos salvarnos. Jenny era algo testaruda y de poca paciencia, tardé mucho tiempo en comprender su reticencia. Se resistía a la realidad, al futuro, a las paredes mohosas de su casa. Se resistía a aceptar la vida de mierda que le había tocado y en ese forcejeo acabó atada a ella.

    They danced through the day and into the night, through the snow that swept through the hall. From winter to summer then winter again, 'til the walls did crumble and fall.

    Ailein Duinn era, supuestamente, el lamento que la mujer recitaba noche tras noche en este castillo, con el cual invocaba a sus fantasmas para bailar junto a ellos. Era la canción que Jenny había cantado frente a mí y la que Jenny, otra Jenny, había escrito. Su amado esposo había muerto en alta mar y decidió encerrarse dentro de Seannchlachan. Se resistió a la realidad, se resistió al futuro, y lo hizo hasta enloquecer. Tras morir, su espíritu no encontró paz.

    And she never wanted to leave, never wanted to leave.

    Se aferró al pasado.

    Never wanted to leave, never wanted to leave.

    Bailó bajo las estrellas.

    And she never wanted to leave, never wanted to leave.

    Sufrió cada despedida.

    Never wanted to leave, never wanted to leave.

    Y se odió a sí misma.

    Jenny no había movido un solo músculo. Escuchó mi canción, se embebió de ella, y en el marfil tan salvaje, tan sucio de sus ojos, encontré a la niña asustada que siempre había sido. Tuvo que comprenderlo aún antes de que lo dijera, ¿verdad? Había llorado en mi regazo, absolutamente ebria, bajo el corredor de mi casa. Me había empapado la ropa y repetido los mismos dolores, una y otra vez.

    High in the halls of the kings who are gone, Jenny would dance with her ghosts.

    Todas se fueron.

    Me dejaron aquí.

    The ones she had lost and the ones she had found.

    No te vayas, lassie.
    And the ones who had loved her the most.

    Por favor, no te vayas.
    Se suspendió un silencio atroz, uno que abrió el suelo entre nosotras y lo hundió. Lo hundió, lo hundió y siguió hundiendo. Observé a Jenny, impasible, hasta que ella esbozó una sonrisa incrédula y se rascó el antebrazo.

    —No sabía que cantaras, lassie.

    —Suelo hacerlo para Hanabi cuando no puede dormir.

    Mi respuesta fue inmediata, suave pero contundente, y Jenny asintió. La notaba incómoda, al menos desde mi altura, y la seguí al recorrer el salón con la vista.

    —Me pregunto si realmente está aquí… —Me miró—. Sentí escalofríos cuando cantaste, casi como si la estuvieras invocando.

    La idea me arrancó una muy pequeña sonrisa. En cierta forma me daba pena. Si me detenía y cerraba los ojos… estaban allí. Las risas, los aplausos, los laúdes y las gaitas; el aroma de la carne asada; las pesadas faldas de las damas, rozándose entre sí al girar; nuestras linternas de cera y purpurina, los vestidos vaporosos y los pies descalzos. Pero al abrirlos me recibía una habitación oscura, vacía, y Jenny estaba parada en medio. Sola.

    —Quizás esté aquí —murmuré, captando su atención—. Después de todo nunca se fue, ¿verdad? Nunca quiso irse.

    No dejó de mirarme, en un intento absurdo, quizá, por aplacar su eterno miedo. Quizá buscara alguna clase de consuelo en mis ojos, una promesa, una seguridad. Una ilusión. Hace algunos días la había invitado a tomar un café y le recordé la leyenda de Seannchlachan, le propuse que fuéramos. Sólo éramos nosotras dos y su sonrisa fue incrédula, pero eventualmente aceptó. Me pregunté desde cuándo se lo habría negado a sí misma; por qué, ante la invitación de Saili, ella quitó sus manos y desvió la mirada. ¿Por qué? ¿Por qué quería quedarse aquí?

    Tomé aire, apunté a su corazón.

    —Me iré, Jenny. Me iré de Escocia.

    Y disparé.

    La distancia y la oscuridad me impedían discernir su expresión al detalle. Se quedó congelada, y cuando finalmente destrabó los músculos agachó la cabeza. Arrastró la suela de su bota un par de centímetros, la suciedad raspó y lo hizo de nuevo. Golpeteó la linterna contra su muslo.

    —Ni siquiera te has graduado —murmuró quedo, y comprendí el alcance de sus ilusiones—. ¿Por qué te vas?

    —Mis padres están terminando de divorciarse. —Alzó a mirarme, el relámpago de sorpresa mutó en molestia—. Con mamá decidimos…

    —¿Terminando? —me interrumpió—. ¿Desde cuándo sabes esto?

    —¿La mudanza o la separación?

    —Todo, Morgan.

    Se había enfadado, vaya. Aún así, ninguna consumió la más mínima distancia. Seguí hablando en el tono plano y sereno de siempre; ese que siempre le había divertido y ahora parecía sacarla de quicio.

    —El orfanato local. El año pasado lo mudaron, ¿te acuerdas? Resultó que el nuevo espacio era más pequeño y necesitaban relocalizar a un par de niños. Ofrecieron dinero, ascensos y mejores puestos en el concejo, pero papá convenció a mamá sin decirle nada de esto. Hace poco lo descubrió, no sé cómo, y supongo que fue el punto de quiebre. —Esbocé una muy pequeña sonrisa—. Queremos que Hanabi sea feliz.

    Jenny soltó una risa nasal.

    —Para eso tendrían que… —Se detuvo, su expresión palideció y yo sólo asentí—. ¿Me estás jodiendo, Morgan? ¿Qué mierda harán allá? ¿Qué harás tú allá? Ni siquiera terminaste la preparatoria.

    —La acabaré allí.

    —¡No sabes ni hablar japonés!

    —Lo aprenderé. —Suspiré con suavidad y la miré fijamente—. Quiero irme de aquí, Jenny, quiero irme de este lugar maldito, y quiero que Hanabi crezca en su tierra natal.

    Deseó replicar, el impulso le ardió en el cuerpo, pero se detuvo. Bajó la vista al suelo, con la mano libre arrastró su cabello hacia atrás y soltó una risa vacía, una mera exhalación. Estaba haciendo lo que siempre, aferrarse; sus manos reventarían a este paso.

    —¿Cómo puedes decir eso? —susurró—. Con todo lo que pasamos aquí, todas las idas al bosque… Joder, ¿por qué todas se van?

    Su voz fue perdiendo forma e intensidad, acabó mutando al parloteo de un anciano confundido y me dio pena, sí, pero más me irritaba verla. Llevaba casi un año viéndola en este estado. Tenía que despertar.

    —Fue divertido, pero eran juegos de niñas, Jenny. ¿Cuál era tu idea? ¿Que viviéramos la vida entera yendo al bosque y danzando en esta esquina del mundo, ganando dos monedas en una tienda de conveniencia? —Recibí sus ojos y una sonrisa amarga, casi irónica, curvó mis labios—. No funciona así.

    —No tiene nada de malo llevar una vida sencilla, ¿por qué todas hablan como si fuera un puto pecado?

    —Sería una vida sencilla si hubiera paz —dictaminé, interrumpiendo el avance de su incendio—. ¿Tienes paz, Jenny? ¿La tuviste alguna vez?

    —Sí, con ustedes.

    —Tendrás que buscarla en otra parte.

    —¿Por qué haces esto? —insistió, comenzando a moverse, y su voz se quebró con una mezcla de furia y dolor—. ¡¿Por qué todas hacen esto?!

    —Pudiste irte con Saili, ¿por qué te negaste?

    —¡¿Qué mierda te importa?!

    Su grito rasgó el silencio, rebotó entre las paredes frías y se perdió en la inmensidad del castillo. Alcé la mirada, detallé el vaivén liviano de los copos de nieve y me cargué los pulmones de aire. Los sollozos de Jenny me alcanzaron en un segundo plano; debía sentirse realmente desesperada. Era lo único que le quedaba, el último retazo de una felicidad perdida, y se había convencido que me tendría para sí al menos hasta mi graduación.

    —¿Qué te importa? —insistió en voz baja, y la miré: se estaba secando el rostro con los puños de la campera—. Nunca te importó nada, sólo tu hermana.

    No comprendí la intención de sus palabras hasta que, en mi silencio, volvió a clavarme los ojos encima. Respiró con pesadez y pensé… pensé que era inevitable.

    —Dímelo —demandó—. Dime en la puta cara que no te importo una mierda.

    Iba a destrozarla.

    —Eres mi amiga, Jenny, pero no creo que entiendas lo que eso significa.

    Y no me pesaba lo suficiente.

    —Ilumíname, entonces. —Alzó los brazos y los dejó caer, sarcástica—. Explícame qué es la amistad y por qué parezco ser la única que no lo entiende.

    —La amistad no es dependencia —afirmé, seria y contundente—. Y tú no nos quieres, Jenny, nos necesitas.

    —¿Este es tu plan? ¿Irte a la mierda y escupirme a la cara todo lo que nunca me dijiste?

    —Tú preguntaste.

    —¡Vete a la mierda, Morgan!

    Pestañeé, bajando la vista, y su respiración agitada me recordó a la de los dragones. Dentro de la ira había muchas cosas, lo había comprendido con el pasar de los años. Había tristeza, inseguridad, angustia, miedo. El problema de las emociones era cuando necesitabas un amuleto de protección contra ellas, cuando una niña de doce años se aferraba a un frasco estúpido para que sus padres ya no le causaran pesadillas. El hilo de pólvora probablemente no iniciara en ellos, sólo había rodeado sus tobillos, pero daba igual. Un chasquido bastaba para incendiarlo todo y Jenny no podía escapar, no sabía hacerlo.

    No quería.

    Aguardé, quieta, a que su respiración se silenciara. La oí sorber la nariz, palpar sus bolsillos y chasquear la lengua. La maldición mascullada en gaélico me arrojó a la imagen de Aila y comprendí, aún sin mirarla. La conocía demasiado bien.

    —Toma.

    Le lancé una caja de fósforos estropeada y la atajó en el aire de pura inercia. Al reparar en ella soltó una risa nasal y meneó la cabeza.

    —¿Por qué coño todavía andas con esto encima?

    —Papá siempre tuvo la misma suerte que tú con los encendedores: pésima. Al principio pretendí llevar un repuesto conmigo, pero me dijeron que era peligroso y me lo quitaron. Lo cambié por fósforos, entonces, para cuando su encendedor no anduviera. Así se enfadaba menos. —Ella estuvo por acercar la llama a su cigarro, pero se detuvo y me miró—. Así siempre se enfadan menos.

    Entrelacé mis manos a la espalda, bajé de la plataforma y consumí la distancia que nos separaba con calma. Era aún más alta que yo, los mechones dorados destacaban sobre la melena de hollín y había aprendido a maquillarse mejor. Era hermosa, siempre lo había sido y probablemente lo siguiera siendo, pero también era impulsiva, temperamental y asfixiante.

    —Le pedí a mamá que me buscara —avisé, mirando la hora en mi móvil, y busqué sus ojos con una cuota de intención—. ¿Vas a quedarte aquí?

    Ella arrugó el ceño, desvió la mirada y finalmente encendió su cigarrillo. Una ligera decepción me pinchó entre las costillas y me di cuenta que, a pesar de todo, sí había conservado conmigo una pequeña esperanza. Pero era Jenny.

    —Muy bien —fue lo último que dije, antes de girar mis talones y rebasarla.

    La pobre, triste e inconsolable Jenny.

    Y se quedaría aquí, bailando con sus fantasmas.

    Por toda la eternidad.



    más fun facts que a nadie le importan yeeeey

    El nombre Piedrasviejas lo saqué directamente de la canción, clearly, que es en sí un lugar en el universo de Game of Thrones, así que lo adapté y lo traduje al gaélico para meterlo acá. Seannchlachan no hubo una sola vez que no lo copypasteara está basado en el castillo de Eilean Donan.


    AH y ya que la tengo, una imagen del físico de Jenny. Por qué creé a esta mujer y la lockeé en Escocia, por qué
     
    • Ganador Ganador x 1
    • Reflexivo Reflexivo x 1
  4.  
    Amane

    Amane Equipo administrativo Comentarista destacado fifteen k. gakkouer

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    Hola, hola :D hoy el foro está muy tranquilito y estoy al día con los roles so i thought to myself: ¿me pongo con el tfm o le comento a belu lo que le llevo prometiendo de hace semanas? Y te prometo que i was almost there con lo del tfm, pero verga, el comentario era demasiado tentador JAJAJA so here i am... surprise!! (?)

    i. yule, 2015

    Antes de empezar a comentar el fic en sí, debo decir que siempre es muy emocionante leer cosas de los personajes años antes de lo que sucede in rol, porque son ellos de pequeñitos and that's really cute and of course i always love to know more about them u//u also, no tiene nada que ver realmente, pero me hace un poco de gracia que justo este primer capítulo es de 2015 porque ahí es cuando Ali conoce a Aiden y mira tú las diferentes infancias traumáticas que nos podemos montar (??? ANYWAY

    Entre una cosa y otra, he acabado leyéndome este capítulos como tres veces ya AJAJAJ y me sigue gustando igual que la primera vez, cabe aclarar uwu la verdad, pobrecita Morgan, porque tú las ves ahora toda reinona idgaf y se te olvida que realmente se ha criado en una situación bastante traumática, con la familia desestructurada y todo lo que eso pueda conllevar para ella (porque, a pesar de cómo es Morgan, no creo que esto no le haya afectado de alguna manera). And I'm getting ahead of myself, pero diré desde ya que me hace muy feliz que eventualmente adoptaran a Hanabi y eso les diera la fuerza a ella y a su mamá a buscar algo mejor, and i relaly think in a way it made them both heal. SO IM HAPPY FOR MORGANA, WHAT CAN I SAY?

    En cuanto a este capítulo... we, es muy obvio que el nombre alternativo de este capítulo es "Morgan descubre su primer crush lésbico", porque la manera en la que la mitad del cap es ella quedándose pasmada con Jenny y pensando lo bonita que es... girl, i know what you are 7u7 Y es curioso, porque en sí no pasa mucho durante este capítulo (es Morgan a medio camino de ir a clase, al fin y al cabo), pero claramente expones un montón sobre la backstory de ella, desde el hecho de que tiene problemas en casa por su padres, pasando por su crush lésbico, y llegando a toda la obvia influencia que Jenny ha tenido en su interés por todas estas witchy thingies que ya sabemos que Morgan adora, and I really think that is amazing stroytelling uwu

    ii. samhain, 2017

    Este capítulo es super bonito, aunque creo yo que no hace falta que lo diga porque ya lo sabes. I will say it anyway, bc it truly is very beautiful uwu <3 No conocemos mucho del grupo de chicas con el que Morgan acaba pasando estos años, cosa que tiene un poco de sentido también al leer la parte de ella sintiéndose cómoda pero igualmente a veces desconectando de ellas, pero con este fic se ve un poquito más de ellas y, la verdad, se ve como un grupo de chicas super bonito and lovely <3 like, creo que lo hablamos un poquito y es cierto que el resto de la escuela debería verlas como frikis (?), pero ellas se permiten ser así de frikis entre ellas y encuentran comodidad siendo como son y no cambian a pesar de ello. I mean, no es algo que se diga, pero kinda que puedo asumirlo al leerlas aquí, porque se les nota muy cómodas y que realmente les debe dar igual lo que digan los demás mientras se tengan la una a la otra and that's sisterhood right there.

    Debo decir que, pesar de que me alegro de que eventualmente se hubieran ido de Escocia y se alejaran del foco de sus problema (aka el padre aka EL ONVRE), siento que es una pena que ello conllevara haber perdido este grupo de amigas que claramente le hacía bien, así fuera menos que a las demás. And i mean, of course, spoileando la siguiente parte, todo el mundo crece y se aleja, así que realmente el grupo estaba destinado a separarse de por sí y ella aprovechó lo que le pudo ofrecer el tiempo que sobrevivió, BUT STILL, YOU KNOW, i want Morgan to have more friends (?)

    Todo el capítulo es super bonito, está muy lindo narrado, y me gusta mucho que haya cierta dicotomía en toda la escena. Me refiero a que se siente todo muy fairytale-y, todas las descripciones parecen casi sacadas de la leyenda misma de las que hablan, y aun así hay momentos en los que recuerdas que... son solo unas niñas, dando un paseo por el bosque y bailando para celebrar el cumpleaños de una de ellas. Recuerdo que comenté algo muy parecido con el fic de Morgan, Kashya y Maze, que tú misma lo pusiste en el fic, y sé que estos detalles me han gustado de manera muy parecida. IDK, there's something special about creating a fantasy and then breaking it a little with reality (?)

    oh bby girl, you're down BAD.

    iii. yule, 2018

    Y aquí llega EL capítulo. Because, personalmente, creo que este es el que más me gusta de los tres por... idk, i guess bc of the drama (?) recuerdo que cuando lo leí te dije que no quería comentarte mucho por whatsapp para poder ponerlo todo aquí, y ahora ya no estoy segura de ser capaz de decir toooodo lo que pensé al leerlo, BUT LET'S HOPE I DO,

    Obviamente, lo más importante de este capítulo es la conversación que ambas chicas tienen en el castillo, eso y los pensamientos de Morgan al respecto, y realmente disfruté mucho de leer todo este capítulo. I mean, I WAS SAD, OF COURSE, but lo disfruté. Because, you know, entiendo lo que es haber estado en los zapatos de Jenny, lo que se depender de tus amigos y tener ese constante miedo irracional a perderlos y que te dejen atrás, y me da pena, somehow, pero también me frustra mucho and, all in all, la verdad es que estaba rooting por Morgan diciéndole lo que le decía. Y creo que es una pena, de verdad, que en lugar de apreciar los momentos que pasó con sus amigas y crecer como ellas, se quede aferrada a ese pasado de una manera tan tóxica y se haga daño con ello; es una pena que piense que sus amigas la han abandonado cuando la realidad, por dura que sea, es que nada tiene que ver con ella si no con la vida misma. Es muy egoísta por parte de Jenny esperar que sus amigas se queden atrás solo porque a ella le da confort tenerlas cerca, sabiendo que podrían tener mejor vida lejos de ahí y que eso es lo correcto para ellas; no tiene nada de malo querer una vida sencilla, tiene razón, pero creo que ella también es consciente de que no se trata de eso, que el problema es que aquel pueblo no les daba paz por los motivos que sean y que lo sano es alejarse de ello. Y claro, no creo que sea intencional, pero eso no la excusa para nada, porque es incluso mayor que Morgan y aun así no es capaz de madurar o hacer un poco de reflexión personal. And i get it, you know, da miedo alejarse de lo conocido, incluso si sabes que es malo y que te está haciendo daño, incluso si sabes que los retazos de felicidad que tienes son frágiles y no del todo reales, porque lo desconocido da todavía más miedo que lo malo del momento... pero de eso se trata la vida, right? De buscar algo mejor para ti, de conseguir la paz necesaria para seguir adelante, y el hecho de que su propia miseria le haga querer evitar que las demás lo encuentren, así sea de manera inconsciente yeah, it's sad, but it's fucked up. Also, todo eso de echarle en cara a Morgan que solo le importa su hermana o que no le contara lo del divorcio de sus padres... i mean, bby girl, okay que sois amigas, pero that's not it (?)

    En fin, que me da mucha pena Jenny, porque entiendo que no quiera pasar por todo ese sufrimiento, pero no puedo evitar estar de acuerdo con Morgan y me alegra que le haya dicho las cosas a la cara, even tho haya sido un poco doloroso que haya sido tan directa. Igual no la culpo, hay cosas y personas con las que es mejor ser así. And you know? Tampoco era sano para Morgan, cuz cuando leí lo de que había estado llorando en su regazo toda ebria... idk, girl, siento que no está haciendo nada para cambiar y que va a acabar siguiendo los pasos de sus padres y va a seguir en esa miseria forever, and it's not fair arrastrar a los demás a ello. El mayor acto de amor que podía haber hecho es aceptar que sus amigas estaban mejor lejos de ella, that's it.

    ALSO, al leer este capítulo sentí como que Morgan cerraba todo lo relacionado a Escocia, el problema de sus padres, las pesadillas de Hanabi... y sus sentimientos por Jenny. Like, no sé cómo expresarlo, pero este cap se sintió como que también ella ya grew out of her crush (más que crush, incluso; crush como tú lo entiendes, bien intenso (?), que había querido a Jenny... pero que ya está, ya pasó. Y quién sabe, quizás si la ha querido, quizás parte de sus sentimientos solo fueran esa admiración al verla mayor y tan versada en estas leyendas, y que el cariño se fuera diluyendo junto a esa admiración a medida que iba creciendo y se daba cuenta que Jenny... well, she is more broken than anything.

    UFFFF, pedazo comentario. Capaz me dejé cosas, like always, y para cuando publique esto ya lo que puse al principio no aplica, porque ahora sí debo respuestas en los roles JAJAJA pero ya lo tenía empezado we, no podía dejarlo tirado. SO, as promised, ya te comenté todo lo que debía... bueno, no todo, pero todo lo que te dije que haría. Seguro te comento más cosas, hay mil fics por ahí que no te comenté todavía, but i'm happy :D and i hope you are happy with my ranting too <3 love you, love morgan, love your fics, BYE! *c va rodando*
     
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