One-shot Grand theft auto: easter

Tema en 'Fanfics sobre Videojuegos y Visual Novels' iniciado por Kiros Lionheart, 12 Abril 2015.

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    Kiros Lionheart

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    Grand theft auto: easter
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Acción/Épica
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    1
     
    Palabras:
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    Grand Theft Auto: Easter
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    Esta historia esta basada en el videojuego Grand Theft Auto V. El argumento se sitúa poco antes de comenzar con el desarrollo de la historia. Inspirado en la ciudad de Los ángeles, Los Santos es una metropolis vinculada a muchos hechos de negocios ilícitos y robo de autos, esta historia se nos presenta el mismo día de pascuas donde nuestros personajes tendrán el objetivo de robar un lujoso vehiculo deportivo en una de las mansiones mas significativas y custodiadas de la ciudad. ¿Podrán Franklin y Lamar embargar aquel lujoso auto para el concesionario ilícito al que laboran?...

    El argumento así como sus personajes le pertenecen a la compañía desarrolladora de videojuegos Rockstar.


    Franklin Clinton conducía animadamente respecto al frenético ritmo de las canciones de “Radio Los Santos” cuyo estilo se basaba en música rap e hip-hop. Estilo que por supuesto agradaba al joven Gangster. Dobló por la esquina cuando el semáforo se postro en verde, permitiendo el paso de la mayoría de los vehículos, sin embargo, el ritmo alto del tráfico en la ciudad estaba desencadenado por un factor importante. Ese día de pascuas cuando la gente salía de sus hogares hacia los centros comerciales o a las iglesias, ese día cuando los niños seguían con esa bella tradición de recibir aquellos huevos de pascuas de colores variopintos e innumerables sorpresas dentro de ellos; sin embargo, Franklin en su desdichada vida tuvo tal gozo de participar en aquella tradición.​

    El tráfico reducía lentamente mientras el Buffalo, su vehículo por excelencia, se sitúa en el este de Little Seoul. Un peculiar barrio de emigrantes coreanos y su destinación al aparecer Pillbox Hill. Este último sector mencionado en los Santos, es famoso por ser el corazón de la ciudad, situado entre una de las ramificaciones de los elevados de la ciudad, el concesionario donde ejerce su empleo y una de las estaciones de metro/tranvía que lleva su nombre. Franklin contemplo su rostro en el retrovisor, reconociéndose a sí mismo como una persona de piel morena oscura, gafas de sol y un polo azul marino, sus cabellos rizados de tonos azabache y algo cortos. Echo una rápida mirada a los autos tras él y luego hacia adelante. El embotellamiento paralizaba una vez más el avance de su propio vehículo.

    — ¿Hombre, esto solo tenía que sucederme a mí? — Se preguntó extenuado por el aumento vehicular.

    El trafico avanzo nuevamente y el moreno pudo avistar aquel paso hacia Pillbox Hill. El pulmón de la ciudad parecía destinada a sufrir de un literal infarto por el aumento que se presentaba en aquellas horas de la mañana. El jefe Simeón, el hombre de origen armenio le habría llamado una hora antes y las cosas estaban saliendo mal para el empleado del concesionario. Una vez despejada la carretera el vehículo entro por fin en la primera calle del mencionado sector central. Tan solo encontrarse con la moderna estación para tranvías abarrotada de turistas y usuarios de diferentes índoles sociales y raciales de la ciudad que aguardaban el transporte del servicio público por experiencia.

    Franklin doblo por la derecha a una calle repleta de edificios tan cerca de la estación policial y los demás servicios de protección ciudadana de los Santos. Sus ruedas no se detuvieron hasta dar tres cuadras y reducir la velocidad para estacionar su auto en Premium Deluxe Motorsport. Un negocio de embargo y ventas ilícitas conducido por el mencionado dueño de nacionalidad armenia. El negocio constaba de un taller mecánico, una sala de exhibición de autos y la oficina del jefe. Frank atravesó el taller olisqueando el aceite para autos, gasolina y mugre que bañaban sus pisos rústicos en general.

    —¿Viejo? ¿Lamar? estoy por aquí. — Intento llamar al jefe y a su peculiar compañero de trabajo. Lamar apareció en pleno umbral de la sala de exhibición.

    Lamar Davis. Un tipo moreno más alto que Franklin y feo que Franklin. Aquella vestimenta característica de un pandillero: arete en una de las orejas, un pendiente de plata bien adentrado en su pecho, un polo color verde, mismo tono que aceitunado de la gorra con inicial de la ciudad en motitas blancas. Lamar era más mayor que Franklin.

    —¡Eh colega! ¿Por qué tan tarde?— Lamar estrecho la mano de su amigo.

    —Hermano, dirías otra cosa si hubieras tenido que conducir en la misma vía que yo.— Se excusó Franklin.

    —Pero si vivimos más o menos cerca de aquí……. ¿Dónde te habías metido cabrón? El jefe te espera — Lamar le miro entre preocupación y complicidad, tal vez más dubitativo que de costumbre.

    —No es problema tuyo…— Franklin le miro desafiante y avanzo dejándolo solo a la entrada de la sala de exhibición. Escucho la voz de Lamar a lo lejos: “Oye Frank, no le guardes secretitos a tu colega ¿Alguna pretendiente te tiene así?” Franklin negó con la cabeza mientras se adentró en la oficina de Simeón.

    La oficina preservaba una tenue iluminación si no fuese por el brillo del computador y una lámpara circular con la bandera norteamericana. Sendos retratos de estatura similar que exhibía una cantidad de autos lujosos así como repuestos de estos mismos. Archiveros para llevar la contabilidad y un desordenado escritorio donde el jefe lo esperaba con total cautela.

    Simeón Yetarian. Hombre de estatura baja, tez blanca, escasos cabellos castaños en su calva, una nariz aguileña y una poblada barba en su quijada. El jefe del concesionario lucía un traje elegante y con estilo.

    —Adelante, hijo mío. ¿Por qué llegas tarde? Bueno no importa, quiero que hoy hagas un embargo muy importante para mí. — Dijo mientras archivaba unos papeles de la empresa ilícita.

    El viejo siempre tratando a Franklin con tal respecto, incluso él siempre se tenía ganado el título de “empleado del mes”, cosa que tanto irritaba a Lamar Davis.

    —¿Embargar quiere decir robar? Creo que así lo pillo más fácil y viejo disculpe pero… no me llame hijo. — Lamar espeto tanto hostil como respetuoso en sus palabras.

    —Vamos al grano, muchacho, hay un auto lujoso que quiero que embarguen para mí. Un tal Elegy RH8 de la marca Annis. Dejare una valiosa recompensa por ese auto, 500$ por esa belleza. — El viejo anuncio complacido de contar con tales saqueadores.

    — ¿Solo 500$ por esa maravilla? Debería reconsiderar su oferta, viejo. — Especulo franklin.

    —Está bien, hijo ¿Te parece 750$? El precio reducirá si llega con algún daño. Tengo conmigo a un experto en conducción, Franklin Clinton. — El viejo aumento el precio a sabiendas de que su confianza en Franklin, su empleado favorito, le devolvería el auto en estado óptimo.

    —Trato hecho, si señor— Franklin se sintió elogiado por aquel comentario, razón por la que el viejo le confiaba su negocio ilegal. Incluso olvido el hecho de llamarle hijo.

    —Ya puedes irte, Lamar tiene la dirección registrada en el gps de su auto. Buena suerte, hijo mío. Esquiven a la policía. — El viejo comenzó a trabajar en la computadora mientras Franklin añadía antes de cerrar la puerta:

    —¿La Policía? Viejo… Inhalaran el humo del tubo de escape de esa belleza. Si es que aparecen, claro…. ¡No me llame hijo! — Expreso el moreno con una sonrisita con sorna.

    Franklin dejo la sala de exhibición, cuya cerámica de cuadros blancos y negros recordaban al ajedrez, condecorado con aquella fina de colección de autos para la venta y enorme vidrio que daba acceso a la visión de la calle. Olfateo el aceite y la gasolina al entrar al taller y se encontró con Lamar en su auto, menos importante que el suyo. El moreno entro al auto y Lamar le abordo nada más al entrar.

    —Franklin ¿Qué dijo el anciano? Ah ya se… quiere que tu conduzcas ese auto. ¿Es que nunca me dejara hacer el trabajo a mí? — Se resintió contra el viejo, guardo ese rencor con su compañero. Franklin palmeo su hombro.

    —Tranquilo hombre, confía en mí. El viejo aumento el costo a 750$ por el embargo y el trabajo más pesado tendré que hacerlo yo. — Franklin sonrió autosuficiente.

    Lamar encendió el auto y coloco la misma emisora radial que acostumbraba Franklin, dio marcha en retroceso y le hizo andar siempre derecho. Con la influencia vehicular más deshinchada que antes.

    — ¡Que grande eres hombre! Aunque pudiste haber pedido los 1000$— Sonrió lamar.

    —Imagino que le conoces, ese viejo tramposo no le gusta regatear. Bueno, conmigo es la excepción. — Sonrió Franklin con sorna. Lamar golpeo el volante con algo de fuerza, frustrado.

    —Eres un mierda, hombre, siempre tienes que echarme en cara que has logrado mejores cosas que yo. — Lamar parecía más desahogado que antes. Ahora subiendo el volumen a la frecuencia radial y cantando.

    “A 700 metros, gire a la izquierda” Se hizo presente la voz computarizada del GPS.

    —Hey viejo ¿A dónde vamos? — Pregunto Franklin intentando saciar su curiosidad.

    —¿Tienes tu arma no? — Abordo Lamar, cortante.

    —Claro, viejo. ¿Pero a donde vamos? — Franklin trago saliva.

    —Vamos a robar ese auto en una de las mansiones más caras de Vinewood Hills y sus alrededores. Prepárate, colega, ese regalito de pascuas estará bien cuidado por los ‘perros’ de la milicia. — Añadió Lamar entre dientes, sin dejar de cantar.

    —¡Maldito viejo de Simeón! ¿Está demente? Esos tipos nos harán picadillo en un plis-plas y nos echara de comer a los perros ¡MIERDA! — Franklin dio una patada a la guantera en cuanto lo escucho.

    —Oye, oye, oye. No golpees mi auto, animal. ¿Crees que el mismo jefe te lo habría dicho? Te habrías cagado en los pantalones o tal vez enfrentado a el mismo ¿Qué pasa hombre no eres el experto aquí eh? — Lamar sonrió vengándose de su compañero. Lo que hizo a este asumirle otra postura.

    —Franklin Clinton nunca rechaza un trabajo. Si hay que robarlo, lo robaremos. — Anuncio Franklin sacando su peor muestra de orgullo.

    —Me gusta cómo surge ese optimismo de repente. ¡Animo compañero! Hoy robaremos esa belleza. ¡Yeah! — Lamar esbozo la mejor de sus sonrisas.

    “A 400 metros, gire a la derecha.” La voz del GPS volvió a anunciar la dirección a tomar.

    Vinewood Hills, el barrio rico de todo Los Santos y uno de los más importantes del estado de San Andreas. La influencia de empresarios, actores del cine y magnates le daban una rica presencia a sus mansiones en el sur de la ciudad, sus casas gozaban de una estilo arquitectónico que daba la impresión de haber sido sacado de las películas; en el centro de los Santos, solo habría caseríos y barrios pobres. El vehículo atravesó la calle de los famosos, los cines de gala y en las altas colinas Frank diviso aquel inmenso letrero de Vinewood que iluminaba por las noches y llamaba la atención de turistas. Lo diviso en un cielo plomizo que amenazadoramente tenía a su disposición el arsenal de empapar de agua a toda la ciudad.

    —El resultado no va a cambiar, los polis o la milicia se van a hartar de respirar el humo de ese auto. — Franklin choco los puños con Lamar.

    —¡Whoa! Tenemos al Frank de vuelta, el chico maravilla, el eterno empleado del mes…— La voz de Lamar seguía cargada de resentimiento. Pero la música parecía tranquilizarle.

    —¿Hasta cuándo vas a guardarme ese resentimiento, viejo? — Interrogo Frank.

    —¿Sabes qué? Olvídalo, además tenemos otros trabajitos pendientes con los del barrio. — Espeto Lamar.

    —Viejo, además, me importa un comino lo que diga ese ancianito, incluso me ha llamado ‘hijo’ ¿Quién demonios se cree que es? — Frank expreso entre seriedad y humor.

    “a 200 metros, gire a la derecha.” El GPS indico el camino.

    Las avenidas importantes se fueron transformando en calles más pequeñas, pronto dejaron la llanura de la ciudad y comenzaron a conducir por las altiplanicies de las colinas de Vinewood. Los senderos comenzaban a llenar la población de mansiones con todo lujo de instalaciones: Piscinas, canchas de tenis, jardines espectaculares, elegantes fachadas y tejados que hicieron silbar a Franklin de emoción.

    —No me jodas, Esta gente sí que sabe cómo vivir, el poder del dinero. — Añadió Franklin con los ojos como platos.

    —Iremos a la casa de un coronel, ese hombre tiene una de las mansiones más espectaculares de la ciudad; si es que no es la mejor de todas, claro. Ese hombre tiene toda una galería de autos, al jefe solo le interesa el vehículo en cuestión. — Lamar entrego una foto del vehículo a Franklin, este silbo de emoción.

    Este auto gris metálico tiene dos puertas, dos faros delante (rectangulares y pequeños) y cuatro atrás circulares. La mayoría de sus curvas son redondeadas aunque algunas son más cuadradas, su frontal es muy aplanada. Todo un auto de carreras callejeras y no podría faltar por supuesto, su spoiler en la parte trasera del vehículo. Unas ruedas blindadas de las mejores marcas y un diseño impactante.

    “Manténgase al frente…” El GPS indico el camino a seguir para localizar aquella mansión.

    —Amigo mío, por esta cosa vale la pena matar. Aunque el viejo Simeón será quien saque la mejor rebanada del pastel. — Anuncio Lamar.

    —Y pensar que yo conduciré este auto……— Franklin se froto las manos.

    Las nubes comenzaron a chocar entre sí, provocando un estrepitoso sonido que traería la lluvia. Un centenar de gotas de agua cayeron tímidamente empañando la visión frontal de vehículo. Lamar Davis activo el parabrisas para aclarar el panorama que se les venía.

    —Viejo……. ¡¿Por qué?! ¿Es que justo ahora tiene que llover? — Se quejó Franklin.

    —Hay que hacer el trabajo, llueva, truene o relampaguee. Por suerte escuche el tiempo en la emisora, dijeron que llovería y así fue. Por lo que vine preparado con un par de abrigos y capucha. — Anuncio Lamar mientras conducía a su próximo destino.

    —Así que estabas preparado para semejante aguacero, hermano. — Dijo Frank entre sorpresa.

    La mansión del coronel estaba luego de atravesar un desfiladero perpendicular, unas curvas de carretera de tierras, donde se podría observar lo alejado que estaba.

    “Hemos llegado a su destino” Aviso el GPS.

    — ¿Por qué detenemos aquí hombre? — Pregunto Franklin. —Aquí solo hay árboles, no hay ni un atisbo de mansiones ni vigilantes. —

    —Serás idiota…. ¿Prefieres aparcar donde todos nos vean? — Lamar exclamo con la cabeza mientras se colocaba el abrigo y le brindaba el otro a Franklin. —Póntelo. Equipa tu arma. —

    El joven moreno hizo caso omiso a su compañero y se colocó el abrigo negro y equipo su arma. Afuera el clima estaba bastante frio, agregado al clima de montaña, la lluvia empapaba poco a poco su abrigo mientras sus zapatos se embarraban de lodo mojado que sacudían las aguas constantemente. Además de eso Lamar extraño una mochila de las maletas.

    — ¿A qué distancia están? — Pregunto Franklin, con un 9 mm en mano.

    —Unos escasos metros, luego de este muro de tierra encontraremos el punto más descuidado de la mansión, los galpones— Anuncio Lamar, el joven Franklin asintió.

    —Tiene lógica, aunque yo no me fiaría. — Dijo Franklin con nerviosismo.

    —La fachada tiene más guardias que nadie, la zona del garaje, también, el área de entretenimiento lógicamente. ¿Quién cuidaría unos sucios galpones? — Dijo Lamar.

    —Algo me dice que los guardias……— Dijo Franklin entre seguro y nervioso. Lamar le dio un breve empujón.

    —¿Qué es lo que van a custodiar? ¿Latas de pintura? ¿Heno para caballos? ¿Repuesto para autos? ¿Antigüedades? No seas ingenuo. — Lamar Davis negó divertido.

    —O quizá algo importante. — Dijo Franklin negativo. Lamar suspiro.

    —¿Quieres avanzar o encontrar más pretextos para no entrar? — Lamar alzo una ceja. Franklin asintió. Mientras su abrigo quedaba completamente mojado.

    El camino vadeado por una repugnante colección de tierra y arcilla y desechos orgánicos donde la maleza no crecía, avanzaron hasta dejar de ver el muro de tierra y encontrarse de frente con los enormes muros de concreto y alambras de púa. Lamar extraño un alicate para romper los alambres de púa, Franklin se asomó ayudado por Lamar y no encontró a nadie en un ángulo bastante amplio. Franklin rompió los alambres y ayudado por Lamar fue el primero en infiltrarse mientras salpicaba algo de agua a sus pantalones mojados. Lamar no tuvo problemas para entrar, su larga estatura como un fideo no le dio dificultad, el hombre salto alto y brinco la talanquera con facilidad.

    Avanzaron en la parcela a pasos sigilosos hasta que se encontraron a puertas de uno de los galpones. Un laberinto de galpones tuvieron que atravesar hasta que pudieron dar con una de las puertas traseras. Estaba cerrada.

    —Esta cerrada…..— Aviso Franklin.

    —Aparta. — Lamar extraño unos finos alambres diseñados para abrir este tipo de puertas.

    —Hombre esto es más difícil de lo que pensé….— Susurro Franklin.

    —Adentro no hay tantos guardias, recuerda que las familias reunidas deben estar en el comedor y se tiene la costumbra de no molestarlos— Susurro Lamar con experiencia.

    —O en la sala. — Franklin lo contradijo.

    Lamar consiguió abrir la puerta con un par de anteriores deslices hasta que por fin penetraron en la mansión. Adentro se encontraron una red de pasillos con un diseño de paredes espectacular, un suelo de madera de la más fina, unas puertas de hierro cinceladas con un marco demasiado elegante y pomos de oro puro.

    —Este cabrón…… todos los detalles son muy lujosos. — Susurro Franklin muy divertido.

    — ¿Te lo dije o no te lo dije? Sabe cómo vivir este desgraciado…. — Susurro Lamar con seriedad.

    Atravesaron los pasillos mientras el crujido de la madera resultaba tan incesante como las manchas de barro que sus zapatos dejaban al pisar. Pronto se encontraron escaleras de caracol de cuarzo con pedazos de alfombras rojas que se extendían desde el piso, una ruidosa decoración de cuadros y estatuillas de porcelana, en la sala no había nadie. Una niñita que atravesaba el pasillo aun en pijama rosa quedo completamente congelada al ver a los hombres armados. Lamar se arrodillo para igualar su altura, amarrándola con una soga en brazos, mientras le hablaba en un tono condescendiente.

    —Shhhhh. No temas, queremos que nos digas donde está tu padre, te dejaremos viva si nos dices donde guarda tu papi los autos. — Anuncio Lamar. La niña no respondió por el miedo. Franklin la sacudió con fuerza, con menos ganas de tratar con niños.

    — ¡Habla mocosa! — Espeto entre dientes, Franklin. Esta sollozo perdiendo el habla.

    La niña entre ocho y nueve años los guió por otro pasillo bajo las escaleras y divisaron una puerta de madera de caoba y tapices en las paredes. Descendieron por un sótano oscuro y muy poco iluminado hasta llegar una especie de paraíso de autos como lo definiría. Un estacionamiento muy parecido al de un centro comercial, solo que mucho más reducido y con una colección asombrosa. Les costó trabajo hallar el auto indicado para el embargo. Lamar lo abrió con uno de los alambres que habría usado en la puerta por lo que ninguna alarma se encendió al abrirla de la manera más cuidadosa posible. No hubo tiempo de disfrutar el aroma frutal y los asientos espectaculares del vehículo, pues lamar ideo volver hasta su propio auto para frustrar los planes de una futura persecución.

    —Llévate a la niña, si las cosas se complican úsala para salir— Informo Lamar corriendo hacia atrás. Franklin trato con dureza a la niña a la que sentó en el copiloto. El moreno encendió el auto valiéndose nuevamente de aquellos alambres cuyas finas piezas se incrustaban en las ranuras que hacían posible el encendido.

    —¡Vamos belleza! — El Elegy RH8 voló literalmente a través del garaje y la puerta automática les abrió paso a la parte trasera de la casa, cuyas opacabas luces del día les esperaban al salir de la oscuridad.

    El auto se aproximó al portón, pero los efectivos de la milicia se acercaron amenazadoramente. Frank saco a la niña del auto y le apunto con el 9 mm.

    —Un paso más y le vuelo los sesos a esta niña… Así de sencillo. — Franklin acciono un disparo certero al candado del portón para abrirlo. Mientras sus manos apretaban los brazos de la niña con fuerza hasta volver con su postura a la cien de la chica.

    —Estos son mis términos me dejaran escapar sin persecución alguna por el precio de la chica. Piénsenlo muy bien, soy capaz de hacer cualquier cosa…— Franklin Clinton atenazaba a la chica con una condición muy importante.

    Sin mas que hacer por la gente del coronel, Franklin Clinton escapó con el vehículo y a pesar de ser buscado por toda la ciudad no hubo rastro del Elegy RH8 robado gracias al talento para conducir del joven Clinton.

    FIN


     
    Última edición: 8 Junio 2015

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