Long-fic de Pokémon - Fuego Quimérico

Tema en 'Fanfics de Pokémon' iniciado por Maze, 16 Mayo 2019.

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  1. Threadmarks: Capítulo I — Voto Fantasma
     
    Maze

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    Aries
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    Fuego Quimérico
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    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Comedia Romántica
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    7
     
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    Fuego Quimérico


    Nueva historia basada en muchas cosas. Algunas muy recientes y otras no tanto.



    Seguro conoces la historia: tiempo atrás, cuando las montañas aún eran jóvenes, nuestras especies dominaban este mundo. La única ley válida era la del más fuerte, y puedes jurar que éramos los más fuertes. Eran días duros en los que pelear para comer, comer para crecer, pelear para tener hijos y pelear para que alguien no te coma primero eran las únicas aspiraciones que podías tener en vida. Y nuestros amigos los humanos, bueno, tenían suerte de no ser los más débiles por ahí afuera ni los más fáciles de cazar.

    ¿Recuerdas la época de los lazos? Esos pequeños humanos aprendieron a usar la cosa que tienen entre los hombros para construir otras cosas con las que lentamente se apoderaron del mundo. Cambiaron las reglas a su beneficio, y en lugar de pelear entre nosotros por la supervivencia, peleábamos para entretenerlos. "Humanos y pokémon liberando juntos su potencial", o algo así les gustaba decir. No fueron tiempos tan malos, para ser sincero. Una vez aceptabas la sumisión... podía ser divertido que alguien cuidara de ti.

    No, claro que no recuerdas nada de esto. Pertenece a un pasado tan distante que ni tú ni tus padres habían nacido aún. Hablo de la época en la que el sol rojo cayó de las sombras y la diosa de la luna perdió su corona. Hablo de la guerra entre nuestras especies que sucedió al cataclismo y que sólo llegó a su fin cuando los dos héroes del oráculo unieron sus fuerzas. Es historia antigua ya, pero fue gracias a ellos que ahora, para bien o para mal, vivimos en el mundo en que vivimos. Un mundo en el que ningún humano correrá peligro al cruzar la hierba alta, en el que todo pokémon será acogido en toda ciudad humana como un invitado de honor, y en el que nadie, nunca jamás volverá a ser cautivo en una pokéball. Un mundo en el que por fin somos iguales, pese a todas nuestras diferencias.

    Pero, ¿qué me dices tú? ¿Es esta la clase de mundo en la que quieres vivir? ¿No te gustaría... sacudir un poco las cosas?


    Capítulo I — Voto Fantasma
    En el que Aemon tiene un encuentro desagradable y más tarde pierde algo importante en un templo.


    «Esto es lo mejor de mí, aquello en lo que destaco sobre otros. Sé que no es gran cosa y quisiera poder hacer más por ti; enmendar, de algún modo, todos los problemas que te he causado, pero es lo único que puedo darte. Y aunque las cosas han sido difíciles entre nosotros, estoy un poco feliz por ello. Saber que lo que puedo ofrecerte es mi mayor talento».

    Aemon despertó como solía hacer en las mañanas: con un fuerte dolor de espalda y ganas de golpear a alguien. Últimamente escuchaba la misma voz todas las noches susurrando en su cabeza; a veces planes absurdos sobre cómo conquistar el mundo y en ocasiones también le daba lecciones de historia. Una o dos veces trató de gastarle una broma y en ocasiones... decía esa clase de cosas. Sabía de otros pokémon, como el abuelo Paras y alguna ralts, que escuchaban voces en sus cabezas, así que debía ser algo normal. Lo único que no entendía era por qué la suya tenía que ser tan molesta.

    Por suerte, solía callarse durante el día.

    Bajó del árbol que había elegido como refugio para exponerse a la luz del sol. Sus alas ardían de dolor con el más ligero roce de la brisa. Estaban casi completamente quemadas y estropeadas, víctimas de la pelea que había tenido días atrás. Aemon no era un cobarde, pero le entristecía ver sus propias alas en ese estado; las mismas con las que surcaba los cielos cuando aún era un scyther.

    Extendió el manto negro que llevaba consigo sobre sus hombros y su cabeza a manera de túnica, ocultando sus cicatrices, su rostro y su identidad tanto como le era posible. Entonces abrió su tenaza izquierda para liberar de ella una pequeña gema roja, traslúcida y brillante como un rubí, tallada en forma de cuadro y engarzada sobre una cadena negra que se ajustó al cuello. Volvió la vista hacia el horizonte justo cuando su vientre hizo un sonido hueco.

    Estaba listo para partir. Ciudad Reliquia se alzaba a pocos kilómetros de él.




    La razón por la que había pasado los dos últimos días en la intemperie era que no le gustaban las multitudes, ni de humanos ni de pokémon. Los de su propia especie le traían malos recuerdos, y los humanos... no eran precisamente malos, no todos al menos. La población de la ciudad se componía casi exclusivamente de estos últimos: vio jóvenes humanos jugando en el parque con una pelota, los conocidos vigilantes del orden en sus uniformes azules, sombreros azules y ojos azules, una humana adulta mirando a través de la ventana de su casa de ladrillos, más humanos trabajando en la construcción de otro edificio cruzando la calle, y un grupo más grande congregado alrededor de un humano más viejo que hablaba a voces. Humanos, humanos y humanos por todas partes. Un taillow surcando los cielos más allá de la vista que reconoció por su graznido y una pareja de emolga entre las hojas de un árbol fueron los únicos pokémon que reconoció. Una parte de Aemon se sentía aliviada por no encontrar al monstruo de ojos ambarinos por ningún lado, pero los humanos eran quienes lo ponían nervioso.

    La capa negra ocultaba su piel, pero no el hecho de que era un pokémon. Las puntas de sus patas y la forma en que abultaba bajo el manto lo delataban y a cada paso que daba, podía sentir cómo las miradas se clavaban en él; algunas con miedo, otras simplemente con incomodidad, pero todas expresando rechazo. Incómodo, mantuvo la vista fija en los adoquines rojizos que formaban las calles, tratando de hacerse invisible a los ojos humanos, y deseando especialmente que la humana de ojos dorados no estuviera entre la multitud.

    ¿Qué iba a hacer? Lo primordial era encontrar un sitio en el cual dormir y algo para comer, aunque la idea de tratar con humanos no le gustaba. De acuerdo a las Leyes de la Armonía, cada pokémon sería recibido con hospitalidad en cualquier población humana, y Ciudad Reliquia debía contar con un albergue para pokémon como todas las demás, pero pese a su situación, no se sentía con deseos de suplicar por caridad. Ya encontraría su sustento de un modo u otro.

    La suerte le sonrió cuando un destello repentino hirió su vista, proveniente de una lata vacía en el suelo que reflejaba los rayos del sol. Aemon logró contener una sonrisa y, sin acelerar su paso, cruzó disimuladamente los tres metros que lo alejaban de su objetivo y cuando estuvo junto a sus pies, la pateó suavemente para alejarla de nuevo.

    Dio un vistazo a su alrededor. Los humanos volvían gradualmente a sus actividades y le prestaban menos atención. Esperó unos segundos y la pateó otra vez en dirección al parque. Una humana adulta lo miró con curiosidad, pero siguió su camino sin molestarlo. Aemon asintió para sí mismo y dio otra patada como si fuera un accidente para mandar la lata a volar hacia el césped, al otro lado de una vieja fuente. Esta vez no hizo ningún intento de disimular, saltó tras su botín para inclinarse en el suelo y la aferró con su tenaza derecha, y justo cuando estaba por darle un mordisco, notó que sobre su superficie metálica había cinco dedos rosados sujetándola por el otro extremo.

    —¿Pokémon?

    Había un humano pequeño tratando de robar su almuerzo. Era joven, pero su cabello era gris como el de los humanos ancianos y estaba peinado en un par de trenzas fijadas con un prendedor en forma de "v". Sus ojos eran marrones, grandes y amistosos, y se cubría con una capa azul tan vieja y raída como la suya, pero mucho más sucia.

    —¡Eres un pokémon!

    —Me descubriste. Seguro eres el más listo de tu camada —respondió. Entender el lenguaje humano era fácil para la mayoría de los pokémon, pero muy pocos contaban con las cuerdas vocales para replicarlo adecuadamente. Aemon no era uno de ellos, así que el pequeño solo abrió la boca aún más en su asombro.

    —¡Sisoor! ¡Te llamas Sisoor!

    —Supongo que sí. Ahora sé un buen humanito y ¡Quita tus manos de mi presa!

    Tiró de la lata con fuerza y el niño la soltó, pero en lugar de alejarse, se sentó junto a él en la orilla de la fuente mientras balanceaba sus piernas.

    —Yo me llamo Rodia, y estoy de viaje.

    —¿Sabes qué es lo más importante en un viaje? Aprovechar cada segundo. ¿Seguro que no llegas tarde?

    —Eres muy raro —prosiguió ajeno a su sarcasmo—. Nunca había visto un pokémon como tú.

    —No hay pokémon como yo —respondió con un esbozo de sonrisa—, sólo yo.

    —No hay muchos pokémon en Ciudad Reliquia, ¿sabes? Es raro.

    —Ni tan raro —suspiró mientras daba un mordisco a su lata—. No nos gustan los humanitos.

    —Creo que los pokémon de los alrededores no quieren ser nuestros amigos.

    —Es lo mejor para todos. —Un leve rastro de amargura escapó de su voz—. No tienes idea de lo que pueden hacer nuestras especies cuando trabajan juntas.

    El niño humano miró hacia adelante, haciendo silencio por un largo momento que Aemon agradeció.

    —Hay otro pokémon en la ciudad... pero no me gusta.

    —Al menos tienen algo en común —rio, pero la alegría había escapado del infante. Ahora parecía temeroso.

    —No lo he visto, pero está en el templo. Hace ruidos extraños y... vi su sombra, y es horrible. Y la gente del pueblo dice que hace daño quienes lo molestan. Dicen que está maldito.

    —Bueno, tú sabes... algunos pokémon son muy territoriales. No vuelvas a ese lugar y le des más motivos para atacarte —respondió con un tono más bajo. Tal vez el niño no podía entenderlo, pero esperaba calmarlo con una voz más suave, y funcionó. Volvió la vista hacia Aemon y sus ojos bajaron a la gema en su cuello.

    —¿Eso qué es?

    —¿Esto? —Aemon tiró de la cadena para exhibir la joya roja—. Alguien me la dio. Es la prueba de que eres un Augur.

    El pequeño humano abrió la boca en una exhalación de sorpresa, encandilado por los brillantes reflejos de la piedra. Una tímida sonrisa trató de abrirse paso en el rostro de Aemon, pero desapareció de inmediato cuando el chico le apuntó con su dedo.

    —¿Y eso qué es? —preguntó señalando a su pecho, más allá del esmalte rojo de su coraza, sobre la cual se extendía una mancha de óxido blanco.

    —¡Scizor! —gritó enfurecido al tiempo que azotaba su tenaza violentamente contra el borde de la fuente, haciendo saltar el concreto a su alrededor.

    Todo fue tan repentino que ni siquiera supo en qué momento terminó. El niño humano había desaparecido, los otros volvían a mirarlo con aprehensión. Un vigilante del orden se mantenía alerta a pocos metros. El agua de la fuente corría libremente por el césped.





    «Un estallido, ¿eh? ¡No puedes ponerte así cada vez que alguien te molesta!»

    Ni siquiera tenía ganas de discutir. Muy probablemente fuera la voz de su conciencia, y además tenía razón. El humanito trataba de ser amable y no era culpa suya que Aemon fuera tan sensible sobre algunas cosas.

    —¿Es que sigo siendo un maldito scyther?

    De todas formas no podía hacer nada para reparar el daño, y probablemente el niño se olvidaría de él. Y si no lo hacía, mejor para él. Algunos pokémon harían cosas peores que asustarlo.

    «Claaaaaaaro. Fue por su propio bien. Si quieres engañarte a ti mismo necesitas mentir un poco mejor».

    Por lo menos algo bueno había salido de la conversación: había un templo en Ciudad Reliquia. La parte mala era que probablemente tendría que pelear.

    Su primer pensamiento fue que "templo" era una palabra demasiado amigable. Lo que tenía frente a sí eran más bien ruinas. Dos altas paredes de piedra gris y la mitad de una tercera eran todo lo que se mantenía en pie, sosteniendo a duras penas la cúpula ovalada que las coronaba, permitiendo que la luz se filtrara a través de sus múltiples fisuras. La estructura era tan vieja que una fuerte sacudida bastaría para tirarla abajo. El musgo empezaba a pintar los muros de verde mientras la hierba crecía sobre las rocas. En el interior encontró asientos de concreto, algunos ya rotos o resquebrajados, dispuestos en dos filas a lo largo de la sala. En los huecos que deberían ocupar las ventanas y el suelo que los rodeaba, había fragmentos de vidrio tintado multicolor que en sus tiempos de gloria debieron formar hermosos vitrales, pero de ellos sólo quedaban los armazones de hierro oxidado que vagamente se asemejaban a lo que eran.

    Aemon exhaló un hondo suspiro cuando se sentó en el brazo de una cruz tan alta como él. Sospechaba que debía ser parte de la bóveda.

    —¿Qué es esto, mi Señor?

    No era la primera vez que estaba en un templo como aquel. Después de la guerra, los humanos solían construirlos en sus ciudades como un espacio de oración y entendimiento para recordar ambas facciones que ahora eran amigas. Su señor también lo creía, pero el estado del templo le decía algo completamente diferente: ni a humanos ni a pokémon les importó que se viniera abajo.

    —Tal vez sea mejor así —reflexionó en voz alta—. Los humanos y los pokémon ya son lo bastante malos por separado, juntos...

    Su memoria evocó un rugido en mitad de la noche que se abría paso entre los colmillos que le arrebataron las alas. Y más allá de él, la odiosa risa de esa mujer humana.

    A veces se preguntaba qué lo mantenía en pie. La misión de su señor lo destruía poco a poco, y tarde o temprano ellos lo alcanzarían de nuevo. ¿Y para qué? Ni siquiera creía en la misma causa que su señor.

    Se obligó a seguir buscando por el lugar para apartarse de sus pensamientos, pero no encontró nada que pareciera útil en su misión ni le apetecía dormir ahí. Justo cuando estaba por irse, notó una sombra alargada deslizarse sobre la pared del fondo. Era alargada, torcida y más oscura de lo que debería.

    —Oye —le llamó—. Deja de asustar a los humanos.





    Resultó que el centro de acopio no quedaba lejos del templo. Era un edificio recio de paredes blancas y tejado carmín, con amplias ventanas alrededor de su superficie que reflejaban el rojizo resplandor del atardecer. Desde el exterior parecía un lugar confortable, pero en cuanto cruzó las puertas, se encontró con una amplia recepción, vacía en su mayor parte salvo por algunas sillas y plantas en las esquinas, una ventanilla al fondo atendida por una humana que daba acceso a otro pasillo, y frente a la misma, una fila de veinte o quince pokémon esperando su turno de ingresar. Reconoció un klefki, una nidorina y un sneasel, y junto a la humana de la ventanilla pudo ver a un murkrow que servía de traductor entre ella y los pokémon.

    Se ajustó la capa sobre sus hombros antes de encaminarse al final de la fila. La última pokémon era pequeña y bípeda, cubierta de pelaje negro y amarillo. Una extraña cresta salía de su cabeza con la forma de dos fieras fauces, pero sus ojos rojos eran amigables cuando se volvió para saludarle..

    —Hay mucha genter, pero la fila se mueve rápido. Probabremente haya espacio para todos.

    —Quince pokémon no es lo que llamaría “muchos" —respondió inconscientemente. La pequeña pokémon asintió dos veces.

    —Somos pocos en Ciudad Reliquia. Los humanos aquir... no nos quieren mucho, y son aún más pocos los que se quedan por mucho tiempo.

    Esta vez fue su turno de asentir. Humanos y pokémon podían fingir que ahora eran iguales, pero nunca lo habían sido, y todos lo sabían.

    —Es la primera vez que veo a uno como tú... —prosiguió la pequeña— ¿qué erers?

    —Acero — respondió lacónico—. Lo mismo que tú.

    La pequeña sonrió mientras daba un paso hacia adelante. Tenía razón, la fila se movía.

    —Y Hada. Soy una mawile.

    Aemon se sorprendió al notar que estaba sonriendo. La pequeña le caía bien y estaba hablando más de lo que solía. Y necesitaba saber todo lo que pudiera decirle.

    —No eres de por aquí, ¿cierto? ¿Cuánto tiempo llevas en la ciudad?

    —Cerrca de un mes, ¿por quer?

    —Escuché que había un templo hechizado cerca de aquí, donde aparecen espíritus y se escuchan voces. Quería saber si hay alguna historia o leyenda sobre el lugar...

    —¿Ese montón de piedras sucias? —inquirió mientras alzaba una ceja—. No hay nada ahir.

    —Tal vez no monstruos —cedió contrariado—. Quise decir, un pokémon fantasma o algo así.

    —No hay ningún pokémon en ese templo—insistió—. A veces los niños humanos van ahir a jugar. Son tan molestos que nadie quiere acercarse, menos un pokémon fantasma.

    —Debe ser un error, estoy seguro de haber visto un pokémon ahí...

    —Hay un solo templo en Ciudad Reliquia, y te digo que no hay pokemon en ér.

    Aemon dio un paso hacia atrás. Las versiones del niño humano y la pequeña de acero se contradecían, y él mismo había visto la sombra de un pokémon. ¿Uno de los dos le mentía? ¿Y de ser el caso, quién?

    Sintió un escalofrío recorrer las cicatrices de sus alas. En el intervalo de un segundo, el mundo se volvió un lugar helado, oscuro y vacío.

    Supo que estaba ahí, aún antes de verla. Aún antes de que sus largos y delgados brazos envolvieran sus hombros, antes de sentir ese frío aliento sobre su nuca. Incluso antes de su primer pensamiento, supo que ella lo había alcanzado.

    —¡Nos volvemos a encontrar!

    Vio su reflejo a través del cristal de la ventanilla. Una humana adulta, aún más alta que él, enfundada en un traje gris de dos piezas y una blusa oscura. Sus manos, finas y terminadas en uñas plateadas que acariciaban su coraza. Su piel era pálida aún comparada con la de otros humanos y su cabello negro caía como seda por sus hombros, rematado en puntas rubias. Una sonrisa perenne era signo su de distinción, así como esos brillantes y diabólicos ojos dorados.

    —No hagas una estupidez —susurró en su oído—, conoces las reglas.

    Sin soltar a Aemon, bajó la vista hacia la pequeña de acero.

    —Mi amigo y yo tenemos mucho de qué hablar, disculpa las molestias.

    Su corazón latía enloquecido, ¿cómo fue que no la vio llegar? ¿Cómo había sido tan descuidado? Tal como ella decía, ahora estaba en su poder. Las Leyes de la Armonía indicaban que ningún humano se atrevería a atacar a un humano, y en medio de una ciudad, en el momento en que tratara de defenderse de ella, sería su fin.

    Derrotado, se dejó arrastrar hacia las sillas vacías. Ella sabía lo que hacía y no pensaba perder su ventaja.

    —¿De verdad creíste que podías escapar? ¿Que hay algún lugar en el mundo que pueda ocultarte de sus ojos?

    Se sentó en una de las sillas con las piernas cruzadas. Aemon se dejó caer en la que tenía al lado. Los otros pokémon del recinto miraban a uno y otra con inquietud.

    —¿Cuánto tiempo llevamos con esto? —dijo con los ojos fijos en la pared y una mueca de burla en los labios—. ¿Cuatro meses o cinco? Te escondes en un sitio, te encontramos y te perseguimos hasta que te escondes de nuevo. ¿No estás cansado de todo esto? ¿Por qué no simplemente cooperas? No tienes que seguir sufriendo por algo que no es tu culpa.

    —Esta es la parte en la que me dices que eres la buena —respondió presionando sus tenazas entre sí.

    —Solo quiero esa piedra bonita que llevas en el cuello. Te prometo que ni yo ni Miles te haremos más daño. Podrás dedicarte a... lo que sea que haga tu especie, o vagar de un lugar a otro por el resto de tu vida. Será una vida más larga que la que puedes esperar si seguimos con esto —rio—. ¿Por qué esa expresión? ¿Crees que miento? No encuentro placer en seguirte por praderas y pueblos, y para ser sincera, estoy perdiendo la paciencia. Pero él... se divierte.

    Llevó una mano a la cara de Aemon, quien solo pudo estremecerse cuando sus uñas rozaron su frente.

    —¿Cuánto tiempo podrás seguir con este juego? La última vez fueron tus alas, y apuesto que ya no eres tan rápido como antes. ¿Qué perderás esta vez tratando de huir? ¿Cuánto perderás de ti mismo antes de darte por vencido? ¿Quieres sentir otra vez el beso de sus colmillos?

    Tan lento como se lo permitían sus instintos, Aemon alzó su tenaza izquierda para apartar la mano de su perseguidora.

    —Nos protege la misma ley —declaró con seguridad mientras la miraba a los ojos—. Tú tampoco puedes hacerme nada mientras estemos en esta ciudad, ni tú ni tu compañero. Y no pienso entregarte nada.

    La mujer se le quedó viendo por espacio de unos segundos con una expresión de completo desconcierto. Sus labios empezaron a temblar y sus párpados cayeron un poco sobre sus ojos. Un momento después, sus hombros se sacudían mientras exhalaba una sonora carcajada.

    —No entiendo una palabra de lo que dices... pero me hago una idea de lo que estás pensando. Y estás muy, muy equivocado.

    Deslizó sus uñas por la tenaza de Aemon. Un simple movimiento bastaría para rebanar sus dedos, pero en todo su cuerpo no había una pizca de miedo.

    —Las reglas se hicieron para los chicos buenos... Miles.

    Las ventanas estallaron con un estruendo ensordecedor. Humanos y pokémon lucharon por cubrirse de la lluvia de cristales afilados que voló hacia el interior del edificio. La iluminación se fue en un instante, dejando como única fuente de claridad la purpurea luz del ocaso.

    Y bloqueando la entrada, la imponente silueta negra de la bestia de larga melena.

    —Fin del camino, campeón.

    Su voz era recia y rencorosa. Su aliento tenía el olor del azufre y sus agudas garras brillaban como bengalas. Aemon se aferró a su capa, tratando de disimular el temblor que sacudía su cuerpo, pero como decía la mujer, nada escapaba de los ojos de Miles, ni siquiera el miedo.

    —¿Asustado? Yo lo estaría en tu lugar. Pero al menos espero que des algo de pelea, por poca que sea.

    Dio un paso hacia adelante, y luego otro, con suavidad; saboreando la sangre que estaba a punto de derramar. Aemon conocía esos ojos ambarinos tan bien que podía leer sus pensamientos, y todos ellos hablaban de muerte y violencia.

    —¿Aceror? —preguntó una tímida voz al fondo de la estancia. Era la pokémon con la que había cruzado un par de palabras, asustada y sujeta a los otros pokémon. Un vistazo le bastó para saber que ninguno de ellos sería de utilidad. La bestia los partiría a la mitad en un destello.

    —No teman, viene por mí.

    Se llevó la tenaza al cuello para quitarse el collar con la gema y apuntar con él a la bestia.

    —No voy a entregarte nada —declaró.

    La pinza escarlata empezó a brillar, liberando minúsculas partículas plateadas que giraban a su alrededor, ganando intensidad en resplandor y velocidad.

    —¿Qué pretendes, campeón? —se burló—. No vas a destruir la piedra con eso.

    La estancia se iluminó cuando liberó un potente haz de energía hacia su oponente, pero este lo repelió con la fuerza de su rugido y se preparó para cargar hacia Aemon, justo cuando este apuntaba con su otro brazo hacia la mujer de gris.

    —Puño Bala.

    Miles saltó para interponerse en su camino, pero no antes de que la pared tras ella se hiciera pedazos. Aprovechando la escasa distancia que había alcanzado entre ellos y la puerta, Aemon echó a correr tan rápido como sus piernas le permitían.

    —¡Eso es! ¡Huye! —escuchó rugir a su perseguidor— ¡No será divertido de otra forma!

    Envuelto en una espiral de electricidad, la bestia negra dejó atrás el centro de acopio para emprender la carrera tras él.

    «Está bien, siempre has sido más rápido».

    —¿Sabes a cuantos he matado antes que tú? ¿A cuántos he cazado hasta su último aliento?

    Impulsado por sus poderosas patas traseras, el felino dio un poderoso salto hacia él para embestirlo.

    —Di mi nombre y lo sabrás.

    Miles cayó sobre él con la fuerza de un airete, lanzando su maltrecho cuerpo contra el suelo para hacerlo rebotar contra los adoquines. Sintió que su coraza se reblandecía, y sus pulmones gritaban de dolor cuando trataba de respirar, pero aún así se forzó a levantarse. Reunió cada onza de fuerza en sus patas para ponerse de pie y encarar a su oponente.

    —¡De pie! ¡Si no te levantas no puedo derribarte de nuevo!

    El cazador volvió a tensar sus patas, preparado para arremeter de nuevo, cuando una gruesa cadena plateada rodeó su cuello. Le siguió otra igual en torno a su pata izquierda y una más sobre su garra derecha. Confundido, miró a su alrededor para encontrarse con tres vigilantes de la ciudad tratando de someterlo, y otros tantos más a su alrededor para prestar apoyo.

    —Sabemos que puedes entendernos —dijo el que parecía el líder—. No te muevas si no quieres empeorar las cosas para ti.

    Los humanos escucharon un siseo amenazante. Aemon, una risa cruel cuando sacudió su cuerpo con violencia para desprenderse de sus captores. Sus colmillos refulgían incandescentes cuando atraparon y destrozaron una de esas cadenas.

    —¿Saben cuántos de ustedes han intentado detenerme antes?

    Aemon escuchaba las descargas eléctricas y los gritos de aquellos hombres mientras corría por su vida. Sabía que antes o después Miles se libraría de cada uno de ellos para ir tras él. Había pasado tantas veces por lo mismo que apenas y recordaba otra forma de vida.

    «¿Para qué?» se preguntó. «¿Por qué sigo haciendo esto?»

    Su cuerpo pesaba como nunca antes, y aun así consiguió obligarlo a moverse, tan lentamente como si estuviera arrastrando una roca. Los gritos y los rugidos se hacían más y más lejanos hasta que desaparecieron. ¿Los había dejado atrás o empezaba a perder la conciencia? No lo sabía, y tampoco quería averiguarlo. Sólo debía mirar al frente y seguir avanzando. Si se daba vuelta, Miles estaría tras él.

    Cuando llegó al templo de la armonía había alcanzado el límite de sus fuerzas. Se dejó caer de espaldas contra una pared y su acero cantó de dolor contra la roca como si fuera a derrumbarse, pero no podía importarle menos. Nadie podría escucharlo, al menos hasta que él lo alcanzara.

    —Piensa —se dijo—, piensa en algo, maldita sea. Antes de que lleguen...

    —¿No crees que ha sido suficiente?

    Ni siquiera tuvo que alzar la vista. Sabía que ella estaba ahí, en la bóveda del templo, justo sobre su cabeza. Incluso podía adivinar su postura con las piernas cruzadas, los dedos entrelazados y esa sonrisa cruel en los labios.

    —Siempre estás solo, entre humanos o pokémon, siempre temeroso de que estemos tras de ti. Aquél que te envió en esta misión no está sufriendo en absoluto. Tal vez ni siquiera sabe por lo que has pasado, ¿y para qué? Sabes que no puedes escapar por siempre. ¿Qué harás cuando ya no puedas moverte? ¿De verdad es justo todo esto? ¿Por qué debes ser tú el único que sufre? ¿Qué has recibido por tu bondad?

    Sus ojos empezaron a escocer, pero se forzó a creer que no estaba llorando. ¿Qué podía saber ella? ¿A quién trataba de engañar?

    —No vas a volar de nuevo. No volverás con los tuyos jamás. Tus alas, tu piel... ¿cuánto más estás dispuesto a perder? ¿Cuánto más vas a ofrecer por esta causa perdida? ¿Tu alma? ¿Tu vida?

    El silencio se prolongó por segundos que parecían eternos. ¿Estaba hablando aquella mujer, o la voz en su cabeza? Decían las mismas palabras, con el mismo tono y la misma certeza.

    —...do.

    —¿Dijiste algo? ¡No puedo oirte!

    Escuchó el sonido de sus pisadas. Él era un cazador nato y podía moverse sin hacer ruido desde el día en que nació. Si ahora dejaba que Aemon lo oyera era porque quería anunciar su llegada.

    —Bueno —rio la mujer—, será mejor que le respondas a él.

    —Me gustan tus ojos —dijo la bestia—. Ojos de una presa abatida. Ojos de alguien que se ha resignado a su destino.

    Sus garras emitían destellos de electricidad; una corriente luminosa envolvió su pelaje cuando saltó hacia su objetivo.

    —Todo —respondió Aemon—.

    Bajó la cabeza. Contrajo sus patas, y embistió a Miles en la quijada con sus crestas de acero.

    —¡Todo!

    El felino retrocedió, más impresionado que herido por la súbita muestra de resistencia, e intentó esgrimir una sonrisa, pero la tenaza izquierda de Aemon ya estaba sobre su hocico.

    —¡Todo!

    Uno tras otro, sus golpes caían como balas sobre su rostro.

    —Por mi señor —exhaló—, estoy dispuesto a apostarlo todo. Por cumplir su misión, estoy dispuesto a hacer todo.

    Miles saltó hacia atrás para ganar distancia y preparar un contraataque, pero antes siquiera de que tocara el suelo, Aemon ya estaba debajo de él cruzando sus brazos como dos agudas espadas.

    —¿Qué puedes saber tú, que solo matas por placer? —le recriminó cuando su pelaje negro empezó a humedecerse por su propia sangre—. ¿Qué puedes saber si para ti esto es un juego?

    Sus tenazas se convertían en hojas de luz bajo la luna. Miles era mucho más grande y fuerte, pero la diferencia de altura y postura favorecía a Aemon para golpearlo bajo su guardia y esquivar cualquier intento de agresión.

    —Y por mi fe —declaró con una tenaza sobre su pecho—, estoy dispuesto a entregarlo todo.

    El cazador rugió de ira y dolor cuando el acero se abrió paso a través de su carne y cayó pesadamente sobre su costado, esforzándose por respirar ante la mirada determinada de su presa.

    —Peleo por una causa más allá de tu entendimiento —afirmó tanto al pokémon como a la mujer—. No me midas bajo tus estándares.

    Un hilo de sangre corría por los labios de Miles, manchando su pelaje y sus bigotes, pero su piel se contrajo en lo que parecía una aterradora sonrisa mientras se relamía. Su cuerpo se agitaba en espasmos de risa, de expectación y éxtasis.

    —Ya era hora, campeón. Al fin estás ofreciendo resistencia.

    Aemon tomó distancia. La pelea aún no había terminado.

    —¿Cuántos crees que han logrado herirme antes que tú? —preguntó mientras se levantaba—. ¿Cuántos crees que han sentido esa misma esperanza vana?

    Sus fauces se encendieron, liberando un olor a sangre y azufre. Aemon entendía lo que estaba por venir. Era el mismo ataque que había quemado sus alas.

    —Di mi nombre y lo sabrás, campeón.

    El beso de las llamas que traía la muerte.

    —¡DI MI NOMBRE!

    No hizo el menor intento de esquivar, sabía que no lo lograría a tiempo; así que extendió sus brazos y abrió sus tenazas para detener sus colmillos de fuego. El acero gritó de rabia al sentirse atravesado, goteando como lágrimas plateadas por el intenso calor, pero el ardor le daba fuerzas, lo mantenía consciente y alimentaba su determinación.

    —Di mi nombre, ca...

    Afirmó su agarre para contener la acometida del león, ignorando las súplicas de su cuerpo por parar, y haciendo uso de todo su espíritu, giró sobre sí mismo para arrojarlo violentamente contra la pared. La fuerza destructiva de su cuerpo masivo sacudió la misma estructura del templo más allá de sus límites, y las piedras de la bóveda cayeron como una avalancha sobre su ser. No pudo esquivarlo, ni pudo protegerse. Sólo gritar de terror al ser sepultado vivo.

    Aemon empezó a oscilar, mareado y al borde de la inconsciencia. De sus tenazas se alzaban hilos de humo y no se parecían mucho a lo que eran antes de besar sus colmillos.

    —Tu nombre... —murmuró—, tu nombre... es muy estúpido.

    Escuchó el sonido de dos palmas chocando una contra la otra. La mujer de ojos dorados apareció en su campo de visión.

    —Qué... valor, qué arrojo suicida tan encantador. Es una lástima que haya sido en vano.

    No le quedaba aliento para responder, pero tampoco importaba. Un humano común no tenía forma de superar su coraza.

    —Pero no creas que hemos terminado. No tienes idea del potencial que tenemos humanos y pokémon cuando luchamos juntos.

    Se llevó una mano al interior de su blusa y la sacó con una estrella de cristal blanco entre sus uñas plateadas. Se inclinó sobre el cuerpo herido de Miles y la depositó entre sus fauces.

    —Come.

    Contra todo pronóstico, la bestia pudo cerrar sus fauces y tragar lo que le ofrecían. Gimió con un suspiro de dolor, pero pronto sus ojos ambarinos empezaron a brillar y su cuerpo a emitir poderosas descargas eléctricas.

    —Es una broma...

    Sacudió la cabeza y después el resto de su cuerpo, apartando las rocas que lo cubrían. Las heridas en su pecho, patas y lomo seguían ahí, pero las fuerzas habían vuelto a su ser.

    —No más ofertas —declaró la mujer—. La tomaremos de su cadáver.

    Aemon sintió que su cuerpo flotaba. Se había vuelto tan ligero que el latido de su propio corazón lo sacudía, aún si este era cada vez más débil. Incluso el dolor empezaba a remitir. Su conciencia se desvanecía.

    Qué final de mierda. Ni siquiera pudo llevarse a uno de ellos. Con sus tenazas en aquel estado tan deplorable, ni siquiera podía aspirar a destruir la gema de su señor.

    Dio un último vistazo a los colmillos de Miles antes de inclinar la cabeza. Su sistema estaba tan roto que casi creyó escuchar una voz.


    «¿Sabes? Creo que puedo ayudarte un poco, si me lo permites».

    Lo sucesivo pudo ocurrir en verdad o ser solo una alucinación. Al día de hoy, Aemon no puede dar con la respuesta. Todo lo que sabe es que vio lo que vio, y lo que vio fue esa sombra luminosa extenderse sobre las ruinas del templo, trazando un extraño patrón de círculos, líneas y estrellas en el suelo. Como si fuera magia. Recuerda escuchar una risa maliciosa envolver lo que quedaba del recinto mientras siluetas negras danzaban a su alrededor, y recordó las palabras de aquel niño humano.

    Recordó la figura que creyó ver ese mismo dia, aunque no podía reconocerle, se asemejaba a un fantasma.

    Luchó por los próximos segundos para no desmayarse, pero había llegado a su límite. Y esa canción parecía arrullarlo, seducirlo para dormir.

    Miles y su aliada humana buscaban a su nuevo enemigo en la oscuridad, pero ni ellos ni Aemon pudieron distinguirle hasta que se hizo presente.

    La gigantesca, etérea y siniestra silueta de una bruja espectral.





    Despertó al medio día; envuelto en su propia manta y con los rayos del sol en su frente. No hizo el menor esfuerzo por moverse, un vistazo a su alrededor bastó para decirle que aún se encontraba en el templo, o lo que su batalla había dejado del mismo.

    —¿Despierto?

    Una voz lo llamó. Una voz conocida.

    La mujer de uñas plateadas caminaba hacia él con los brazos cruzados y una sonrisa en los labios. Tal vez fue porque estaba demasiado cansado, pero Aemon creyó notar un matiz más sincero en su expresión.

    —Tenemos mucho de qué hablar.


    Le tomó un momento más notar el sombrero puntiagudo sobre su cabeza.


    Próximo capítulo: Albor en Ciudad Reliquia
     
    Última edición: 28 Mayo 2019
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    La loca de los Gatos

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    Me supongo que ese pokemon antes perteneció a un entrenador, pero el mismo desapareció. ¿Aemon puede ser entendido por la humana del sombrero puntigudo?
     
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  3. Threadmarks: Capítulo II — Albor en Ciudad Reliquia
     
    Maze

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    Hello Wiz. Muchas gracias por leer este coso.

    No... y sí. ¡En este cap hay algunas respuestas! Y espero que cause muchas más preguntas.



    Capítulo II — Albor en Ciudad Reliquia

    Donde la iglesia cae y un fantasma se pierde.



    De las tres paredes del templo, sólo una quedaba medianamente en pie. La misma que proyectaba su sombra sobre Aemon. La capa negra cubría su cuerpo. La gema escarlata colgaba de su cuello. Su corazón latía con normalidad y sus ojos se habían acostumbrado a la luz del día.

    El único problema era ella.

    La mujer que lo había perseguido por meses, la que había comandado a Miles para cazarlo y destruirlo, se erguía ante él con esa media sonrisa, los largos dedos entrelazados y ese extraño sombrero sobre su cabello negro. No veía a la bestia por ninguna parte, pero de cualquier modo, tampoco tenía fuerzas para moverse. En su condición, incluso una humana podía someterlo.

    —Antes de que hagas algo problemático para ambos, debería tratar de explicarme —expresó la mujer mientras extendía los brazos con las palmas abiertas—. No soy tu enemiga, quiero decir, sé que esta es su apariencia, pero... es complicado. Empecemos diciendo que soy lo mismo que tú, y que ya nos hemos visto antes.

    —¿Lo mismo que yo? —inquirió con un hilo de voz—. ¿Un pokémon?

    —Precisamente. Nos vimos por primera vez ayer, al mediodía.

    A diferencia de la humana, ella entendía sus palabras, así que debía decir la verdad. Aún así, era difícil convencerse a sí mismo. Había escuchado leyendas sobre el ancestro legendario que podía tomar cualquier forma, pero nunca creyó tener la suerte de verlo.

    —Ayer, al mediodía... —había hablado con muchos el día anterior. El humanito, la pequeña de acero, Miles...

    —Aquí mismo, en el templo.

    Una luz se encendió en su cabeza para iluminar una sombra.

    —El pokémon fantasma, el que asusta a los humanos.

    La humana de ojos dorados asintió.

    —Escuché tu conversación con la humana y con el cazador, y cuando parecía que estabas en problemas, te salvé.

    Aemon también asintió. Lo último que recordaba antes de perder la consciencia fue ver al fantasma atacarlos.

    —¿Qué hiciste con ellos? ¿Por qué tomaste la apariencia de la humana?

    —No tomé su apariencia, sino su cuerpo —dio una vuelta sobre sí misma e inclinó la cabeza para mostrarle su sombrero—. ¿Qué es un fantasma, lo sabes? Un alma que ha dejado la carne. Cuando sabes cómo hacerlo, no es tan difícil volver a la carne.

    —¿Qué le hiciste? ¿Por qué...?

    La mujer se encogió de hombros.

    —Es más práctico para moverse. Supongo que su verdadera conciencia debe estar en algún lugar, demasiado asustada para tratar de recuperar el control. No nos dará problemas.

    —¿Y Miles?

    La sonrisa en sus labios se torció en una mueca siniestra.

    —No tuvo tanta suerte. ¿Quieres ver lo que quedó de él?

    Su visión se volvió negra por un instante. Su cabeza era incapaz de asimilarlo todo. Antes de cerrar los ojos se había resignado a morir y perderlo todo a manos de sus perseguidores, y ahora, esa misma mujer le decía que habían muerto, que no debía preocuparse más; que no volverían a cazarlo. Que su pesadilla había terminado.

    —¿Por qué?

    —Porque tengo curiosidad. Porque ustedes vinieron a mi casa y la destruyeron en su pelea. Y cuando tuve que decidir a quién pedirle explicaciones, parecías la opción más interesante.

    Caminó hacia la pared caída a su derecha y buscó entre los escombros hasta encontrar una mochila blanca ligera. La cargó entre sus brazos y se sentó sobre la roca.

    —Así que cuéntame tu historia. ¿Quién eres? ¿Por qué te persiguen? ¿Quiénes eran ellos? ¿Por qué llevas una cadena de augur?

    Sus músculos se tensaron bajo la capa.

    —¿Cómo sabes lo que es un Augur?

    —No sé si lo has notado, pero estamos en un templo —le sonrió—. No te hubiera salvado si no supiera de qué estamos hablando.

    Hizo un segundo intento por levantarse, pero su cuerpo no lo obedecía. «¿Qué más da?»

    —Soy Aemon de la canción del acero, y sirvo al Señor de la Luna Nueva, el Protector del Reino de la Armonía. Él me ha confiado esta cadena de Augur, y me ha encomendado la misión de encontrar las otras dos y a la Reina de la Luna Creciente. He recorrido el reino en busca de ellas, aunque hasta ahora no he tenido éxito.

    —¿Quiénes eran esos que te perseguían?

    —No lo sé. El Luxray se llamaba Miles, le encantaba decirlo.

    —¡Era tan ruidoso!

    —Pero era fuerte, y más astuto de lo que parecía. En nuestro último encuentro acabó con mis alas. Si no hubieras intervenido en este, seguramente habría muerto.

    La mujer apoyó el mentón entre sus dedos entrelazados.

    —Esta es la parte en la que me das las gracias.

    —La mujer era más astuta, y más peligrosa. En sus manos, Miles dejaba de ser un cazador nato para volverse un instrumento de muerte. Querían la cadena... pero eso es todo lo que sé. Nunca hablamos demasiado, ni aprendí demasiado de ellos. Lo único que podía hacer cuando veía sus sombras sobre mí era correr.

    —¿Por qué querrían la cadena del augur? Incluso eran tan fuertes como para cazar y someter a uno de los tres.

    —Los Augures están muertos, yo solo soy un mensajero —replicó con amargura—. No sé qué querían, tal vez eran cazarrecompensas, o la querían para sí mismos. No parecía que fueran parte de un grupo más grande... de ser el caso, me habrían atrapado mucho antes.

    La mujer suspiró.

    —Podemos dejar eso de lado por ahora. ¿Por qué tu señor quiere reunir las cadenas?

    «Porque es lo correcto» se dijo a sí mismo. «Porque es su última esperanza».

    Tiempo atrás, el Señor de la Luna Nueva le había confiado su plan para unir a los humanos y pokémon de nuevo. "Si es una cadena lo que hace falta, forjaremos una" le dijo. Incluso entonces, mucho antes de ser cazado por aquella mujer, Aemon ya tenía sus dudas sobre los humanos, pero las órdenes de su maestro eran absolutas.

    Agitó la cabeza antes de que sus pensamientos lo absorbieran. El fantasma de las ruinas no necesitaba saber más.

    —¿Y qué hay de ti? ¿Quién eres tú y qué haces en este templo?

    Deslizó un dedo por la punta de su sombrero, conteniendo el aliento por un instante. Cuando empezó a hablar, su voz era serena y pausada.

    —Mi nombre es Albor. En la lengua antigua significa "eternidad". Soy un fantasma, como ya sabes. Mi especie... creo que la llamaban "Mismagius".

    »¿Qué sabes sobre los fantasmas? De acuerdo a las viejas historias, todo tiene un alma: pokémon, humanos, objetos inanimados... incluso la lluvia y las tormentas tienen un alma. Pero en el caso de las criaturas mortales, hay casos en los que el alma no se siente cómoda dejando el mundo junto con su carne. Cuando sus cuerpos desaparecen, estas almas se aferran a cualquier cosa, y si no hay nada a qué aferrarse, lo hacen con su propia existencia. Dependiendo de las circunstancias, esto puede derivar en el nacimiento de un pokémon fantasma.

    —Ya sé todo eso —replicó con cansancio, «y tu nombre no significa "eternidad"».

    La mujer del sombrero sonrió.

    —Yo era una de esas almas. Cuando vivía, era un sacerdote del Eclipse. Fue hace mucho tiempo; doscientos años después de la gran guerra entre nuestras especies. En aquel entonces, aún creíamos que era posible reconciliarnos y vivir en paz. Templos como este eran más que un lugar de oración; en aquel entonces también funcionaban como esos fríos centros de acopio que encuentras en cada ciudad. La diferencia es que no tratábamos a los pokémon como invitados, sino como hermanos. Incluso había un dratini entre nosotros, ¿puedes creerlo? Son pokémon sumamente raros y de algún modo encontró su camino hasta el templo. Sólo causaba problemas, pero era parte de la familia.

    Suspiró mientras abría el cierre de su mochila y empezaba a rebuscar en el interior.

    —Pero una noche fuimos atacados. Lycanroc, nada menos. No éramos combatientes, y aún de serlo, no hubiéramos podido hacer nada contra ellos. No nos robaron ni trataron de comernos, solo... entraron a nuestro hogar para destruirlo todo, impulsados por el odio. Mataron a cada humano que encontraron y después huyeron en la oscuridad.

    Se interrumpió cuando encontró un recipiente rojo con un atomizador. Caminó hacia Aemon con las manos arriba en actitud de paz.

    —Necesito ver tus brazos.

    Pese a sus reservas, no trató de rechazarla cuando se acercó y apartó la capa de sus tenazas. Los colmillos de Miles las habían dejado en un estado irreconocible. La mujer del sombrero hizo un gesto de dolor solo con verlas, pero de todos modos sujetó una de ellas con delicadeza mientras aplicaba el medicamento.

    —Desperté al amanecer, aunque ya no era... el de antes. Al principio era una pequeña aura informe que poco a poco fue ganando fuerza de su rencor, de la rabia de mis compañeros muertos. Me nutrí con esas emociones hasta que eventualmente me convertí en un pokémon.

    Su piel de acero ardía por un segundo al contacto con ese rocío, pero de inmediato se refrescaba y fortalecía. Cuando terminó con su brazo derecho, rodeó su cuerpo y acudió al izquierdo.

    —Mi hogar se había hecho pedazos, pero aún me quedaba una misión para vivir... o para no morir, si lo prefieres. Me convertí en un fantasma de verdad que asustaba a todo aquel que se acercara al templo, ya fueran humanos o pokémon. En aquel entonces comía miedo, y entre más miedo causaba, más me fortalecía, pero para mí también era una forma de seguir siendo yo. Este templo era el símbolo de nuestra unión entre especies, así que lo convertí en un sitio al que nadie quisiera acercarse. Los humanos eran más fáciles de asustar, por supuesto, y con el tiempo dejaron de venir. Sin un refugio, los pokémon tampoco se acercaban, y yo me encargaba de ahuyentar a los que venían de todas formas. Poco a poco, la brecha entre unos y otros fue creciendo de nuevo.

    El frasco se había vaciado, de modo que lo arrojó de nuevo a la mochila mientras le dirigía una sonrisa de culpabilidad.

    —Debe parecerte extraño. Un hombre pasa su vida tratando de unir a humanos y pokémon, y luego pasa su muerte tratando de separarlos. Sé que no es muy lógico, pero no podía perdonarlos. Ni a los pokémon que nos atacaron a traición, ni a los que huyeron sin tratar de defendernos, ni podía perdonar a la diosa del Eclipse. Hasta mi último suspiro recé en su nombre y seguí sus enseñanzas de armonía y hermandad, ¿y para qué? ¿Dónde estaba ella cuando esas bestias nos emboscaron? ¿Qué objeto tenía su mensaje de paz? Cuando estábamos en guerra, e incluso antes, podíamos defendernos de los pokémon. Ahora les habíamos abierto las puertas y ellos traicionaron nuestra confianza. ¿Dónde estaba la justicia en eso?

    Le dio la espalda mientras buscaba algo más entre sus bolsas, y según la impresión de Aemon, para ocultar su cara por un instante.

    —Es lo que ocurre contigo tras décadas de aislamiento, subsistiendo de su miedo y tu propio rencor. Para cuando evolucioné, ni siquiera recordaba mi nombre humano, así que elegí una palabra de la lengua antigua: Albor, que significa retribución. Era mi respuesta para ella.

    Aemon abrió la boca para protestar, pero la cerró de nuevo cuando notó que tenía razón.

    —Mi poder creció, así como la fuerza de mis maldiciones sobre esta ciudad. Sin embargo, los humanos no son estúpidos y finalmente comprendieron quién estaba detrás de los hechizos, de las apariciones nocturnas y quién ahuyentaba a los visitantes.

    Vio como la mujer apretaba sus puños, contenía el aliento y después exhalaba lentamente, todo en silencio. Cuando terminó, se dio vuelta y caminó hacia él cargando algunas vendas.

    —Ayer encontraste el templo en ruinas. —Con el mismo cuidado, empezó a envolver sus tenazas con la seda—. No fueron los lycanroc quienes lo dejaron así, fueron los habitantes de Ciudad Reliquia. Aún después de muerta, di lo mejor de mí para protegerlos del peligro. Cuando estaba vivo, yo y los míos vivíamos para ayudar a todos. Aún así, ellos atacaron el único hogar que me quedaba y lo destruyeron. Los vitrales, las estatuas, los libros sagrados, las celdas... ¿No es eso gracioso? Los humanos podían ser tan crueles como los pokémon. Aún si tratas de ayudarlos a entenderse mutuamente, encontrarán el camino para hacerse daño. Es tan cruel que casi es gracioso.

    «Podría ser peor», pensó; «podrían trabajar juntos».

    —No pude hacer mucho por proteger el templo, mis habilidades... no eran adecuadas para el combate directo, pero creo que no hubiera cambiado nada. Estaba cansada de luchar sin saber por quién lo hacía, sin saber si valía la pena o sí iba a hacer alguna diferencia, así que solo cerré los ojos. Eso hice, cerré los ojos y esperé a que llegara mi fin.

    —Pero no lo hizo —interrumpió mientras ella vendaba sus brazos, atento a sus movimientos.

    —¿Cuánto tiempo has estado en en Ciudad Reliquia? ¿Has oído las historias sobre el demonio del templo, o sobre la masacre de hace trescientos años? No, porque alguien impidió que sucediera. Yo estaba dispuesta a terminar con todo. Había perdido mis amigos, mi vida, e incluso mi fe, pero ella no había terminado conmigo.

    —¿Ella?

    —Mi diosa, la Diosa del Eclipse. Cuando había aceptado su inexistencia, se presentó ante mí y ante los habitantes de esta ciudad. Ella cubrió todo con su luz y me llevo lejos, muy lejos, al otro lado de la región y a salvo de quienes me perseguían. ¿Puedes creerlo? Ya sé lo que dicen sobre los dioses: que son falsos, que son historias y que no son verdaderos dioses, pero yo sé lo que vi, y sé por qué me salvó de esa forma. Quería que recuperara mi fe en ella, pero también en los humanos y los pokémon, y eso es lo que he hecho desde entonces; viajar y seguir viajando, y cuando estoy cansada, vuelvo aquí a dormir algunos años. He conocido a toda clase de personas, tanto de ellos como de nosotros, y he aprendido mucho sobre ambos.

    —Y aún así —replicó Aemon con voz neutra—, mataste a Miles, y a esta humana...

    La mujer le sonrió cuando terminó de vendarlo.

    —¿Te lo dije, no es cierto? Soy un monstruo. Pero un monstruo con fe. Anoche salvé tu vida porque creía que había algo de valor en ella, y hoy lo he confirmado.

    Se alejó un par de pasos para que Aemon pudiera levantarse, tarea que le llevó una eternidad. Sus tenazas estaban entumecidas, pero persistía un ligero ardor sobre ellas.

    —¿A qué te refieres con "valor"?

    —Todo el mundo sabe acerca del Señor de la Luna Nueva, el héroe de nuestro reino, y todo el reino recuerda a los augures y su búsqueda de la armonía. Tal vez tengamos diferentes creencias, pero mi iglesia sigue los mismos principios que tu señor, y si el destino te ha puesto en mi camino, quiero saber hasta dónde puede llevarnos.

    Extendió su mano derecha hacia él. La misma mano de uñas plateadas que lo había amenazado horas antes.

    —Por eso voy a ayudarte. A encontrar las otras dos cadenas y a lo que venga después. Puedo hablar la lengua humana en esta forma e incluso me veo como una de ellos, y sé cosas. Más cosas que cualquiera que conozcas. Tal vez no sea de gran utilidad en combate, pero después de la exhibición de ayer, creo que puedes hacerte cargo de esa parte.

    Aemon alzó su brazo, pero este se detuvo a medio camino. Su fervor le ponía nervioso, y sus ojos, aunque ya no expresaban la misma maldad de la noche anterior, eran demasiado perversos. La mujer era una quimera, un mosaico de verdades y mentiras superpuestas.

    —Yo soy Aemon, de la canción del acero —repitió cuando le ofreció su tenaza envuelta en vendas—. Nunca olvido un favor.

    «Sin importar de quién venga».

    —Yo soy Albor, de la oración del eclipse. Te traeré suerte.

    Cargó su mochila y le dio una palmada en el hombro a Aemon. Era más alta que él, y el sombrero acentuaba la diferencia.

    —Antes de hacer cualquier otra cosa, necesitamos más medicinas para que tus tenazas sanen. Tus alas... —suspiró con pesar mientras dejaba la estancia—, están más allá de mi alcance.

    —No tenía muchas esperanzas de todos modos.

    —Y Aemon... —añadió al salir de las ruinas—. Tendrás que explicarme qué son esas marcas blancas que ocultas.

    Se aferró fuertemente a su capa antes de decidirse a seguirla. El camino no iba a ser fácil en su compañía.

    —¡Espera! —la llamó conforme se acercaba a la ciudad—. No puedes... No podemos ir hacia allá.

    —¿Por qué no? Necesitamos dinero para curarte y para viajar.

    —Ayer tú y yo... la apariencia que tienes, causamos un alboroto en el centro de acopio. Los vigilantes van a atraparnos en cuanto nos vean.

    Albor se volvió para mirarlo, y deslizó una uña plateada por el ala de su sombrero mientras le sonreía.

    —Confía en mí, Campeón. Dije que te traería suerte.



    Próximo capítulo: Rodia y la Princesa de las Flores.
     
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    Entonces los cazarecompensas están muertos, y ahora Aemon viaja con lo que parece un zombie reanimado por un mismagius, esto se pone interesante :b
     
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  5. Threadmarks: Capítulo III — Rodia y la Princesa de las Flores
     
    Maze

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    Capítulo III — Rodia y la Princesa de las Flores
    En el que conocemos a la verdadera estrella de esta historia.


    —Uno, dos, tres; su nombre es amor.

    El día anterior, Aemon había pasado un mal rato con las miradas incómodas de los humanos de Ciudad Reliquia, pero ahora que esa mujer caminaba a su lado, la sensación era peor. Los escuchaba murmurar sobre ellos y mantener distancia, e incluso los vigilantes de azul parecían acecharlos.

    —¿Así son todos en esta ciudad? —preguntó ella mientras recorría a la multitud con sus ojos dorados llenos de curiosidad.

    —Creía que esta era tu ciudad.

    —Lo fue, hace años. Llevo mucho tiempo durmiendo.

    —Ayer tú y yo causamos un desastre por aquí, te lo dije —suspiró Aemon. En realidad estaba sorprendido de que no trataran de arrestarlos.

    «Porque ustedes no hicieron nada» dijo una voz en su cabeza. Tardó un momento en darse cuenta de que era la suya propia. «El único que causó problemas fue Miles».

    —Tal vez es la gente de este lugar —añadió en voz alta. La mujer rio.

    —No están acostumbrados a vernos juntos, a humanos y pokémon. En fin. Encontrar trabajo va a ser complicado.

    —¿Trabajo?

    —Uno, diez, cien; su forma es el fuego. Es lo que hacen los humanos cuando quieren algo. Haces un trabajo y te dan dinero. Con dinero compras cosas, como medicinas y comida.

    —Sé lo que es —respondió azorado mirando sus brazos. Me refiero a que no podemos trabajar, al menos yo, en este estado...

    La mujer se encogió de hombros.

    —Algo se nos ocurrirá. ¿Qué tal si vamos al centro de acopio?

    Aemon trató de detenerla, pero ella siguió avanzando sin prestarle atención. El centro de acopio era el único lugar donde los habían visto juntos, y donde todo había empezado. Era el peor lugar al que podían ir.

    —¡Espera! —la llamó cuando echó a correr tras ella, pero tras un par de zancadas empezó a marearse. Aún no se había recuperado del todo.

    —Espera —repitió a las afueras del centro. Nadie ahí debía verlos. En especial...

    —¿Aceror?

    «Maldición».

    La pequeña de acero los miraba desde el otro lado de la acera, medio oculta tras una farola y sin apartar los ojos de la mujer.




    El centro de acopio se parecía mucho al desastre que habían dejado la noche anterior. Los cristales de las ventanas seguían rotos, y el hueco que él había hecho en la pared seguía tan hueco como antes. Sólo esperaba que, en la confusión, los demás no hubieran notado quién había roto qué.

    «Maldito Miles, hasta muerto encuentras la forma de fastidiarme».

    Evidentemente, el centro había suspendido sus funciones, así que un grupo variado de pokémon esperaba afuera del mismo. Albor iba de un lado para otro hablando con ellos, mientras Aemon permanecía en una esquina junto a la pequeña de acero.

    —¿Quién es ellar? —preguntó con el ceño fruncido—. Ayer parecían eremigos.

    —Tal vez lo somos —respondió incómodo—. Pero estamos trabajando juntos. El único peligroso era el luxray de anoche.

    —¿Qué re sucedió?

    «¿Quieres ver lo que quedó de él?»

    Aemon sacudió la cabeza.

    —En los centros de acopio suele haber esas columnas donde se ofrecen trabajos para pokémon.

    La pequeña de acero suspiró.

    —La habiar, pero luego del ataque de ayer no creo que quieran vernos. Argunos estamos pensando en ir a otra parte.

    Los ojos de Aemon se deslizaron hacia la mujer. «En todas partes causamos problemas», pensó, mientras veía a los pokémon que acababa de desalojar.

    —Yo soy Mio —interrumpió la pequeña sus pensamientos—, ¿quién erres tú?

    —Aemon. Sólo...

    —¡Aemon!

    La mujer lo llamaba mientras alzaba los brazos sobre su cabeza, exigiendo su atención y la de Mio para reunirse con el grupo de pokémon que la rodeaba.

    —Ya sabemos qué hacer —anunció cuando estuvieron juntos—. Pero tenemos que ayudar todos.

    Había doce o quince pokémon en total, y ella los fue presentando uno por uno mientras les asignaba labores.

    —Él es Neer —dijo mientras un pequeño pancham de mirada maliciosa alzaba la mano—, va a ayudarnos a encontrar el equipo.

    El pequeño oso cruzó los brazos.

    —Solo estoy aquí para robarlos en cuanto se distraigan.

    Aemon se sorprendió de que nadie dijera nada, y la humana presentó al siguiente pokémon: un klefki con algo de óxido entre sus llaves.

    —Él es Oliver. Es el mayor de nosotros así que presten atención a lo que diga.

    —Desacostumbrado estoy a hablar en público —respondió azorado el manojo de llaves—, pero sírvase de mí como mejor les plazca.

    —La siguiente es...

    Detrás de la pierna de la humana se escondía un pequeño pokémon cuadrúpedo de aspecto canino. Tenía orejas puntiagudas, cola esponjosa y un grueso collar de pelo tan grande como su cabeza. Su pelaje era completamente blanco con un ligero tono gris.

    Tan pronto se fijó en ella, Aemon corrió hasta su posición y la alzó en el aire con sus dos brazos envueltos en vendas. La pequeña pokémon temblaba de miedo mientras se cubría los ojos con sus patas.

    —¿Tu especie?

    —Ee-eevee... —respondió con voz quebrada.

    Negó con la cabeza. Había escuchado de ellos antes, pero era la primera vez que veía uno.

    —Abre los ojos. Déjame verlos.

    Sin dejar de temblar, la pequeña apartó lentamente sus patas y obedeció. Dos brillantes ojos negros anegados de lágrimas le devolvían la mirada.

    «Negros», se dijo. «Solo negros».

    —Muy bien, basta, baaasta —interrumpió la humana mientras se la quitaba de los brazos—. La estás lastimado. No puedes sujetar nada en ese estado.

    Aemon obedeció. Entre el grupo, algunos de ellos lo miraban con inquietud, aunque esta vez era culpa suya. La mujer, tratando de aligerar el ambiente, procedió a explicar su plan.

    —Ya saben cómo son las cosas en esta ciudad. Los humanos... no piensan muy bien de nosotros, y probablemente van a echarnos si siguen las cosas así.

    —Ya estamos planeando irnos —confesó el viejo Oliver—. Mañana por la mañana...

    Pero la mujer puso una mano sobre su candado y lo agitó, acallando sus palabras.

    —Tengo un plan, uno para que nadie tenga que huir y podamos conseguir algo de dinero. Tal vez aún tengamos que irnos luego de todo, pero no será con las manos vacías —aseguró.

    La pequeña Mio alzó su mano para preguntar.

    —¿Qué es lo que tenemos que hacer?

    Y la mujer le sonrió.

    —Uno, sesenta, sesenta. En una hora estaremos listos.




    —No va a funcionar —se dijo a sí mismo por quinta vez—. Esto no va a funcionar.

    Estaban en el mismo parque en que había hablado con un niño el día anterior. La mujer los había separado a todos con órdenes de buscar diferentes cosas y los pokémon se dedicaban devotamente a su tarea. Una de las dos excepciones era Aemon, quien no podía ayudar con sus tenazas vendadas y mientras tanto, se dedicaba a ver a los demás corriendo de un lado a otro, repitiendo en voz baja que era una estupidez y que no iba a funcionar. Mientras daba sus indicaciones, la mujer repetía en voz alta extrañas series de números.

    —No va a...

    —Colega, te he escuchado las últimas veintisiete veces. Ha quedado clara tu opinión sobre nuestra noble empresa.

    El otro inútil era el viejo Oliver, un manojo flotante de llaves oxidadas. Según él mismo, venía de una tierra lejana y sólo estaba de paso hacia Ciudad Bosque. Tenía buen carácter, e incluso cuando reprendía a Aemon, lo hacía sin rastro de hostilidad en su tono.

    —La señorita Albor sin duda tiene métodos extraños. ¿Siempre hace eso de recitar números?

    —No la conozco muy bien —replicó curioso—, pero es la primera vez que lo hace, ¿por qué?

    —Oh, no es nada. En mi patria se cuentan leyendas sobre hechicería basada en números.

    «Sí tiene algo de bruja» pensó para sus adentros. La conocía tan poco que ni siquiera tenía una opinión concreta sobre ella.

    —No va a funcionar —insistió, y sus ojos se posaron en la pequeña eevee que corría por la hierba recogiendo hojas.

    —¿Qué ocurrió hace un rato con la señorita Grissy? —preguntó el viejo Oliver. Asumió que se refería a la eevee.

    —Un error, sólo eso.

    —Tiene problemas de timidez, y los últimos incidentes solo han empeorado las cosas. Hace unos días tuvo un encuentro desagradable con un humano de poca edad y poco tacto. Y ayer, el incidente en el centro...

    —Lo siento —repitió—. Ese pelaje blanco...

    —Todos los eevees son blancos, colega.

    «Y todos los scyther son verdes, hasta que dejan de serlo».

    —¡Aemor!

    Miró hacia la derecha. Mio agitaba la tapa de un basurero sobre su cabeza.

    —¡Lo encontré! ¡Encontré un escudo!

    —Excelente —respondió la humana cuando fue hacia ella—. Ya estamos listos para comenzar.

    «No va a funcionar».

    La bruja silbó, y un ave de alas negras descendió del cielo haciendo círculos para posarse sobre su hombro. Era el murkrow que trabajaba como intérprete en el centro de acopio.

    —¡Vamos a empezar!

    Un smeargle se encargó de trazar un círculo en el parque para marcar los límites para el público. Neer el pancham, una nidorina, kingler y otros más reunían lo que serviría como "escenografía" según las palabras de la organizadora, todo mientras ella llamaba a voces a todos los humanos cercanos.

    —¡Amigos! Sé que no hemos tenido unos días agradables tratando unos con otros. Por eso, mis compañeros y yo tenemos un espectáculo para ustedes: haremos una representación teatral ahora mismo, para todos ustedes.

    Mio y los demás asintieron y tomaron sus posiciones. Aemon también se puso de pie para participar. La humana cedió su mochila blanca al viejo Oliver, quien se posó en el suelo entre el público con la bolsa central abierta. Movidos por la curiosidad, más humanos empezaban a reunirse.

    —Vamos a contarles una historia antigua, pero muy importante, y cuyo legado sobrevive hasta nuestros días —se quitó el sombrero de la cabeza e hizo una marcada reverencia—. ¡Damas y caballeros, a continuación, la Guerra de la Corona!




    "Nuestra historia se remonta al pasado distante, durante el final de la Era de los Lazos. En aquel entonces, humanos y pokémon vivían juntos y luchaban juntos. Todos eran felices, y todo era bueno. Uno, dos, tres".

    Mientras la bruja narraba, Mio y los demás entraron al escenario danzando, tomados de las manos o de sus patas y sonriendo al público. La pequeña de acero llevaba una corona de hojas sobre su cabeza que, con la magia de mismagius, brillaban como si fueran flores rosas.

    "Entre todos ellos, había una humana que destacaba por su belleza, su poder y su bondad. Su nombre era Princesa de las Flores, y era la líder de todo el reino. Sus compañeros pokémon y ella habían llegado a la cima a través de muchas batallas, pero todos los habitantes la amaban por su noble corazón y la admiraban por su fuerza".

    —¡Soy ra Princesa de las Frores! —exclamó la pequeña—. ¡Y declaro que haya paz en todo el Reino de la Corona!

    —¡Larga vida a la Princesa! —gritaban los demás— ¡Larga vida a la Princesa!

    Los humanos en el público no podían entenderlos, pero el murkrow se encargaba de traducir los diálogos a su idioma, imitando incluso las voces a la perfección. Conforme avanzaba su improvisado número musical, Aemon notó que cada vez llegaban más humanos a su presentación.

    «No va a funcionar». Pensó, pero de todos modos caminó al centro cuando la canción terminó.

    "Pero no todo era alegría. En el Reino de la Corona vivía un hombre malo de corazón negro como el carbón. Era alguien rico, famoso y poderoso, pero ninguna de sus posesiones o talentos podía satisfacerlo. Era un hombre oscuro, y vacío por dentro. Su nombre era el Sol Rojo".

    Envuelto en su capa negra, Aemon personificaba al villano de la historia, lo que le ganó los abucheos del público.

    —¿Por qué tengo que hacer esto yo? —se quejó.

    —Porque eres el más alto —respondió Neer el pancham, en su papel de malvado cómplice—. Ahora di tus líneas.

    Aemon suspiró desganado, y extendió sus brazos mientras repetía en voz baja.

    —Soy el Sol Rojo, y soy el tipo malo. Voy a matarlos a todos, buuuu.

    Mientras tanto, el murkrow repetía.

    —Soy el Sol Rojo del reino, y mío es el poder. ¡Yo, el hombre más brillante que el mundo ha conocido y conocerá, pronostico el fin de la vida sobre la Tierra, a menos que todos se sometan a mi voluntad y se ciñan a mi plan!

    «Tienes que admitir que se mete en el papel», dijo una voz en su cabeza.

    "El Sol Rojo tenía un terrible plan para poner el reino bajo su control, así que llamó a sus malvados secuaces para atacar".

    Neer, una nidorina y una ekans se reunieron a su alrededor, vistiendo capas más sencillas que la suya. El pequeño pancham lo picaba en el costado para que dijera su diálogo.

    —¡Vamos, mis malvados secuaces! —exclamó, en un repentino impulso de orgullo contra ese murkrow—. ¡Vamos a arrasar este reino! ¡Iremos de ciudad en ciudad secando los ríos, robando las flores, secuestrando a los pokémon! ¡Vamos! ¡Traigan ante mí el poder de los augures!

    "El Sol Rojo y sus secuaces cumplieron su palabra, extendiendo el terror por el Reino de la Corona con violencia y opresión. Nadie podía poner un alto a sus malas acciones, ni siquiera los ocho grandes guardianes de las ciudades y sus compañeros pokémon".

    Grissy, Neer y los demás habían preparado un escenario con lo que tenían a mano, utilizando cajas de cartón para simular edificios y casas, estructuras con ramas y mantas para simular parques, estadios y templos. Era poco más que basura, pero bajo el encanto mágico de la mismagius, provocaba una sensación de realidad, a tal punto que sentía pena de destruirlo todo. Buizel, Roselia y el inquieto Riolu actuaban como los guardianes, y uno tras otro eran derrotados por las fuerzas del mal. Poco a poco, Aemon empezaba a meterse en el papel.

    "Nadie pudo evitarlo", prosiguió la narradora. "El Sol Rojo logró reunir las tres cadenas de los augures para desatar todo su poder y despertar al único pokémon tan malvado como él. Un monstruo de oscuro corazón y oscuros sentimientos cuyo único propósito era la destrucción..."

    —¡Por fin! —exclamó Aemon de pie sobre la fuente—. ¡Ha llegado el momento de despertar al pokémon más poderoso de todos!

    —¡No tan rápido!

    Del otro lado del escenario llegaron Mio, un spinarak, un abra, un geodude y un houndour. Todos armados para combatir.

    "La Princesa de las Flores y sus cuatro reyes celestiales unieron sus fuerzas para enfrentar al Sol Rojo y sus secuaces en su castillo, en la cima de la montaña más alta del Reino de la Corona".

    —He venido a poner fin a tus oscuras ambiciones —declaró Mio, esgrimiendo un palo en su mano derecha como si fuera una espada y su 'escudo' en la izquierda—. ¡Luchemos por el futuro de los humanos y los pokémon!

    Ambos grupos se lanzaron el uno contra el otro, con tanto ímpetu que, por un momento, Aemon sintió que estaba tomando parte de una batalla de verdad con guerreros de verdad... hasta que entraron en contacto y empezaron a luchar, entonces el encanto se rompió. Ninguno de ellos había peleado antes ni se había entrenado para el combate, y su 'épica batalla final', parecía más un juego de crías. Se perseguían, se mordían y se pegaban puñetazos, pero eran incapaces de hacerse daño entre sí.

    «No va a funcionar...», se dijo a sí mismo, pero cuando volvió la vista hacia el público, encontró miradas enternecidas, e incluso divertidas. Lo estaban pasando bien, igual que los pokémon.

    —¡Eres mío, Sol Rojo!

    Mio lo golpeó con su 'espada' en el pecho, y empezó la lucha entre ambos, o algo similar. Aemon agitaba sus tenazas como si estuviera atacando, pero mayormente se limitaba a esquivar y dejar que ella lo golpeara de cuando en cuando. Por su lado, la pequeña fingía inclemente, pero tenía cuidado de no atacarlo sobre sus vendajes. Gracias a su técnica, la batalla parecía un poco más real que las demás.

    —Ríndete, Princesa de las Flores, ¡El mundo perfecto es mío!

    —¡Jamás!

    Si el rojo pudiera enrojecer más, Aemon lo hubiera hecho por la vergüenza de sus líneas, pero Mio estaba motivada como nadie más, jugando a ser una heroína. Sus ojos rojos destellaban de emoción, y por un momento, se vio a sí mismo reflejado en ella, no como era ahora, sino como había sido antes de todo. Cuando aún había un enjambre, y pasaba las tardes viajando en el tiempo con él.

    «Quería ser el héroe también» se dijo, pero no se sentía como un héroe en absoluto. ¿Por qué no se sentía como ella?

    En el momento del clímax, lo golpeó en el hombro con tanta fuerza que el palo de madera se partió a la mitad contra su acero.

    —¡Has perdido!

    Al ver su arma destrozada, Mio la arrojó al suelo.

    —¡Jamás!

    Saltó hacia él sosteniendo el 'escudo' con ambas manos y lo golpeó en la barbilla. A diferencia de la madera, este dolía de verdad y le hizo perder el equilibrio y caer de espaldas. Mio saltó sobre su pecho y empezó a golpearlo repetidamente con su improvisada arma.

    —¡Basta! ¡Esto no era parte del guión!

    La pequeña no lo escuchaba.

    —¡Paga por tus crímenes, monstruo!


    "La Princesa de las Flores sometió al Rey Rojo, pero tanta era su bondad y su misericordia que le dio una ÚLTIMA OPORTUNIDAD".

    Aemon agradeció mentalmente a la narradora por darle una salida, pero Mio le dio un último golpe en la frente antes de dejarlo en paz. Confundido, aturdido y adolorido, Aemon se puso de pie y trastabilló mientras trataba de recordar sus líneas.

    —Tu lucha ha llegado a su fin —exclamó en su mejor imitación de villano posible, lo que no era mucho—. ¡Se termina el tiempo, el pokémon ha despertado! ¡Contempla su poder absoluto!

    "El suelo se abrió en mares de llamas, los cielos se oscurecieron y las estrellas cayeron envueltas en sangre. La bestia infernal despertó, el legado de la muerte, la encarnación del terror. El Sol Rojo cumplió su sueño: sumir al reino en una pesadilla eterna..."

    El público contuvo la respiración. Las batallas pararon. Aemon y Mio intercambiaron una mirada de confusión.

    "¡Sumir al reino en una pesadilla eterna!"

    —Aemor —preguntó la mawile en un susurro—, ¿dónde está la pesadilla eterna?

    —Se suponía que esta era su entrada.

    Intentando no delatarse, ambos miraron hacia el otro lado del escenario. Grissy, la pesadilla eterna, temblaba de miedo en una esquina sin atreverse a entrar.

    —¿Por qué le dimos ese papel a Grissy?

    —Era el único sin líneas de diálogo.

    Disimuladamente, Neer se deslizó hacia donde estaba la pequeña eevee y le dio un leve pisotón sobre la cola. Asustada, atravesó el escenario de un extremo a otro mientras lloraba.

    «No iba a funcionar».

    La narradora chasqueó sus dedos, y un círculo de llamas ilusorias rodeó a Aemon y Mio.

    "El Sol Rojo cometió un error, y fue subestimar el poder de la bestia. El pokémon más fuerte de todos incendió el Reino de la Corona, incluso a la propia corona, y lo convirtió todo en cenizas. Pero ni siquiera eso detuvo las ansias de poder del Sol Rojo, ni el deseo de justicia de la Princesa de las Flores, y la lucha entre ambas fuerzas se reanudó hasta su amargo final".

    Mio volvió a alzar su escudo y avanzó amenazante hacia Aemon.

    —¡Basta, estoy herido! —suplicó.

    —¡Adelante, terminemos con esto! —tradujo el murkrow.

    "La lucha se prolongó por años y años. Eventualmente, tanto el Sol Rojo como la Princesa de las Flores perecieron, pero eso no apagó las iras de sus dos ejércitos, cuya guerra prosiguió hasta arrasar con el reino. ¿Es que no hay nadie que pueda parar esta violencia sin sentido? ¿Es que no hay un héroe dispuesto a luchar por la paz?"

    La narradora interrumpió su relato para mirar a la multitud y extender su mano.

    "¿Es que no hay un héroe entre el público que quiera ser parte del final?"

    Algunos niños humanos hicieron el amago de acercarse, pero eran contenidos por otros niños o por sus padres. Los pokémon actores permanecieron a la expectativa hasta que una pequeña figura surgió de entre la multitud. Aemon lo conocía: un humano pequeño de cabello celeste envuelto en una capa raída que caminó tímidamente hacia ellos.

    La bruja suspiró, y prosiguió con su narración.

    "El pokémon más noble de todos, el Señor de la Luna Nueva. Cuando todo estaba perdido, él fue el único que se alzó entre ambas fuerzas para ponerle fin a la gran guerra".

    El humanito llegó hasta ellos y los pokémon dejaron de luchar. Neer el pancham tomó su mano derecha, y el abra la izquierda, mientras murkrow en el cielo hablaba con una voz noble y profunda.

    —Nuestras especies no volverán a pelear. Hermanos no volverán a herir a hermanos, y lo único que habrá entre nosotros, será paz. Larga vida a la Diosa del Eclipse.

    —¡Larga vida a la Diosa del Eclipse!




    El público se dispersó, y los pokémon procedieron a limpiar el escenario. El viejo Oliver volvió con la mochila de la bruja llena de monedas, y ésta procedió a separarlas en diecisiete partes iguales sentada en la fuente.

    —No es mucho —dijo a Aemon cuando lo vio acercarse—, pero ha valido la pena.

    Aemon miró las diecisiete torres con sospecha. El dinero humano no era su fuerte.

    —¿Basta para que cada uno pueda llegar a la siguiente ciudad?

    —No lo creo, pero tampoco era mi objetivo. Lo que quería era suavizar un poco las cosas.

    —Fue una pésima obra.

    —Tenía que serlo —admitió la humana—. Nadie podría tomar a estos chicos como guerreros de verdad, y después de lo de hoy, nadie va a verlos como una amenaza. No van a echarlos de Ciudad Reliquia.

    Aemon negó con la cabeza.

    —¿Qué estás...?

    —Déjame decirte algo sobre los humanos: son exactamente iguales a nosotros cuando no nos conocen —sonrió—. Estarán bien, les di algo de suerte.

    Aemon cruzó los brazos y se sentó a su lado.

    —¿Y qué fue eso de "Larga vida a la Diosa del Eclipse"?

    Albor deslizó las uñas por el ala de su sombrero.

    —Un poco de prédica. Las bendiciones son un poco más fuertes con algo de fe. De todos modos, creo que tú también te lo pasaste bien. ¿El Señor de la Luna Nueva te había contado la historia?

    El pokémon de acero asintió.

    —Sí, muchas veces.

    «Ojalá hubiera acabado así».

    Volvió su atención a las diecisiete torres de monedas. Una de ellas era suya, así que acercó sus tenazas lentamente y con mucho esfuerzo logró sujetar uno de esos pequeños discos de metal, lo miró por un momento y se lo llevó a la boca.

    —¿Qué estás haciendo? —preguntó Albor.

    —Necesito reponer fuerzas.

    Albor trató de protestar, pero antes de que pudiera decir algo, una pequeña figura se había acercado hacia ellos. Era el humanito de la capa azul.

    —Señorita... —vaciló.

    —Puedes decirme Albor. Significa "salvador".

    «No».

    El humanito parecía incómodo. Se tocaba las manos y evitaba mirarlos a los ojos. Tardó casi un minuto en poder articular palabra.

    —H-hace... durante la obra...

    —¿Sí? ¿Pasó algo?

    —Y-yo te-tenía... un anillo. Era importante, y creo... creo...

    Albor inclinó la cabeza.

    —¿Lo perdiste?

    —N-n-n-no...

    —Ah, ya entiendo —suspiró Aemon—. Durante la obra, Neer sujetó su mano. Ese pequeño ladrón seguramente aprovechó la oportunidad.

    —¿No es un poco extremo acusarlo así como así?

    —Los pancham son ladrones, y él mismo lo aceptó.

    Se levantó y puso una tenaza sobre el hombro del humanito.

    —Iré a ver si aún la tiene. Espera aquí.

    El pequeño sonrió.


    —Gra-gracias, pero no vayas a lastimarlo.


    Próximo capítulo: Estrella de Gules.
     
    Última edición: 18 Noviembre 2019
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    —Ah, ya entiendo. Durante la obra, Neer sujetó su mano. Ese pequeño ladrón seguramente aprovechó la oportunidad.

    Aemon sabía que algo podía salir mal. Casi sentía ganas de gritar a los cuatro vientos que tuvo la razón todo el tiempo.

    —¿No es un poco extremo acusarlo de algo así?

    Albor intervino en favor del enano criminal, pero tras intercambiar una mirada con ella, supo que lo que le molestaba era manchar el buen nombre de su obra. Justo cuando trataban de mejorar la impresión de los humanos sobre los pokémon.

    —Los pancham son ladrones, y él mismo lo aceptó.

    Pero aún así, se había cometido un robo. Apenas y conocía al humanito y ni siquiera recordaba su nombre, pero había puesto su confianza en ellos, y Neer lo había robado. No iba a permitir que pasara.

    —Iré a ver si aún la tiene. Espera aquí.

    Puso una mano sobre su hombro. El humanito no podía entender sus palabras, pero esperaba que el tono de su voz le transmitiera confianza.

    —Gra-gracias, pero no vayas a lastimarlo.


    Capítulo IV — Estrella de Gules
    En el que nuestros héroes realizan su primera acción heroica (y termina mal).

    Aemon pensó que había escuchado mal. El humanito no acababa de decir eso.

    —¿Qué dijiste?

    —Dije que no vayas a lastimarlo —repitió con timidez, y Aemon decidió que había escuchado mal. Los humanos no hablaban con los pokémon. Eran incapaces de entender cualquier cosa que dijeran. El humanito no acababa de...

    —¿Entiendes lo que este pokémon acaba de decir? —preguntó Albor fingiendo estar distraída. El humanito asintió repetidamente.

    Aemon sintió que alguien tiraba de su capa. Bajó la vista y se encontró con Mio.

    —¿Qué ocurre?

    —Rodia dice que Neer tomó su anillo durante la obra de teatro —respondió Albor señalando al niño con una mano. La pequeña de acero abrió sus fauces horrorizada.

    —¡No es posibre! ¡debemos avisar al resto!

    La bruja negó con la cabeza.

    —No podemos. Alguien podría ser su cómplice. Si tenemos que actuar, deberíamos hacerlo nosotros cuatro.

    —Ciudad Reliquia es muy grande —replicó la pequeña de acero—. ¿Cómo vamos a encontrarlo?

    —Con un poco de suerte, ¿cuántas salidas tiene activas esta ciudad?

    Mio buscó a su alrededor y recogió una varita de madera del suelo. Hizo un gesto a los demás para que se apartaran y empezó a dibujar con ella en la tierra junto a la fuente, trazando una figura que vagamente recordaba a un corazón. Después añadió tres brazos; dos apuntando a los lados y uno más largo que apuntaba hacia abajo y después se torcía hacia la derecha.

    —Al Oeste se encuentra la ruta 8 que lleva a Ciudad Victoria. Al Sur está la ruta 12, es un camino más largo y peligroso, que lleva a Ciudad Pantano. Y al Este...

    —La ruta 9 —concluyó el niño—. A Ciudad Sagrada.

    Albor esbozó una sonrisa. Observó el improvisado mapa desde arriba y deslizó sus dedos por el ala de su sombrero.

    —Hay tres rutas seguras para dejar Ciudad Reliquia, pero sólo somos cuatro para perseguirlo... ¿tú qué opinas, Aemon?

    Acero se sintió extrañado. Por primera vez en días, alguien le preguntaba su opinión sobre el asunto a tratar. Inhaló lentamente, miró a Albor, después a Mio, y finalmente apuntó al pequeño humano.

    —El humanito habla, ¿se dieron cuenta? ¡El humanito está hablando con nosotros! ¡No tiene sentido! ¿Por qué actúan como si no pasara nada?

    Se hizo silencio por un largo momento. El pequeño humano bajó la cabeza y se cubrió con su capa. La mismagius en forma humana y la mawile lo miraban con expresiones vacías, y esta última levantó lentamente su brazo para señalar a la otra.

    —Arbor también habla.

    «Pero ella es una mentirosa».

    —Estás pensando al revés, Aemon. Rodia ha sido víctima de un robo aquí mismo, bajo nuestro cuidado, por uno de nuestros compañeros y ha venido a pedirnos ayuda. ¿A quién le importa si puede entendernos? ¿Se te ocurre una razón para no ayudarlo?

    El acero apartó la vista, avergonzado. Sabía que tenía razón respecto al humanito, y que la actitud que ellas tomaban no era normal, pero en su interior también estaba de acuerdo con Albor, y que ella pudiera leerlo tan fácilmente lo sacaba de quicio casi tanto como darle la razón.

    Mio, que interpretó su silencio como duda, lo picó con su vara en el costado.

    —No te preocupes, yo irré contigo.

    —De eso nada —indicó la bruja con una mano sobre la pequeña de acero. Le quitó la varita de madera y apuntó al dibujo en el suelo con forma de corazón —. Los pancham son cobardes por naturaleza, así que no va a arriesgarse por la hierba alta. Eso nos deja con tres caminos que debemos bloquear.

    —Sur, Este y Oeste —refunfuñó Aemon—. Deberíamos cubrirlos todos, pero ese pequeño ladrón podría burlarnos, y si tiene cómplices, será difícil que uno solo pueda detenerlo.

    —¡Entonces hacemos dos grupos! —sugirió Mio—. Aunque tenemos que dejar un camino vurnerable...

    —Eso haremos —decidió Albor—. Hay un solo camino de los tres que ningún ladrón en su juicio tomaría.

    Trazó una larga cruz sobre el camino del este, y los tres pokémon asintieron al mismo tiempo.

    «Ciudad Sagrada».





    Mio no tenía mucha experiencia tratando con humanos, pero sin lugar a dudas, Albor era la más extraña que había conocido hasta entonces. Aunque había sido su idea el dividirse en grupos para atrapar a Neer, tan pronto se separaron de Aemon y el niño humano perdió toda la motivación, y aunque condujo a la pequeña de acero a los límites de la ciudad, en lugar de seguir la búsqueda la llevó hacia una pequeña cafetería del lugar.

    —¿Qué hacemos ahorra? —preguntó mientras la humana del establecimiento ponía un flan frente a sus ojos en la mesa. Albor tenía uno igual, y lo manipulaba con un pequeño instrumento de metal con cuatro largas puntas alineadas.

    —En aquella dirección está la ruta 12, y el camino a Ciudad Pantano —señaló con el mismo instrumento hacia el camino y después lo pasó por su boca—. Si Neer elige esta salida, lo veremos y él no a nosotras.

    Intentó usar el instrumento igual que ella, pero había sido diseñado para dedos humanos y solo consiguió aplastar su flan.

    —¿Ustedes se quedarrán en la ciudad después de esto?

    La humana de ojos dorados suspiró.

    —¿Te gustaría?

    —Es divertido —respondió mirando hacia el camino, y tras un momento de silencio atacó a su flan con las manos. Albor la miraba fijamente.

    —Nos iremos en cuanto encontremos lo que venimos a buscar.

    —¿Qué están buscando?

    —El anillo de Rodia —sonrió con inocencia—. ¿Qué otra cosa sino?

    Volvió a desviar sus ojos hacia el camino. Empezaba a ponerse nerviosa, y Albor lo notó.

    —Estamos en el camino correcto. Neer vendrá por aquí.

    —¿Hm?

    — No hay sitio seguro para los ladrones en Ciudad Victoria. Si va a dejar la ciudad, tiene que ser por este camino.

    —¿Entonces por qué.. —empezó a dudar—, por qué nos separamos?

    —Las leyes de la Armonía. Aún si es un ladrón, ni Rodia ni yo podemos hacerle daño. Cuando lo encontremos tendrán que ser tú o Aemon los que luchen con él.

    —Pero Aceror no puede pelear. —Recordó las vendas que cubrían sus brazos. Algo feo debió pasar cuando luchó contra ese luxray.

    —Por eso tú veniste conmigo mientras ellos pierden el tiempo por ahí. Eres la parte más importante del plan, así que cuento contigo cuando llegue el momento.

    Como si hiciera eco de sus palabras, Mio vio una pequeña silueta recortando la luz acercándose al camino. Tenía orejas redondas, pelaje blanco y negro, y dos círculos oscuros alrededor de los ojos.





    Un humano que podía entender a los pokémon. Incluso en las leyendas, individuos como Rodia eran sumamente raros. Ni siquiera la Princesa de las Flores contaba con un don tan singular a pesar de su amor incondicional a todos los seres vivientes. Pero como Aemon había descubierto, las leyendas podían ser aterradoramente legítimas.

    —Oye, humanito. Disculpa por lo de antes.

    —Está bien —respondió en voz baja. Aún se sentía intimidado con Aemon, pero hacía su mejor esfuerzo por ser cordial.

    —Ese anillo que te robaron, ¿es tan importante?

    —Es una herencia familiar. Mi padre se pondrá muy, muy furioso si lo pierdo.

    —Lo encontraremos —le aseguró—. Esa mujer siempre logra lo que se propone.

    —Gracias. No quería causarles problemas.

    Aunque en opinión de Aemon, eran ellos los que le habían causado problemas al humanito. Más específicamente, Albor los había causado.

    —Espero que lleguemos a tiempo —murmuró preocupado, y Aemon asintió. Llevaban un rato caminando y aún no encontraban la salida a la ruta 8. De cuando en cuando el humano miraba una señal en la calle, sacudía la cabeza preocupado y viraba sobre sí mismo.

    —Rodia, ¿verdad? ¿Hace cuánto que puedes hablar con los pokémon?

    —Mi padre me enseñó. Todos en mi familia podemos hacerlo.

    «Demasiado extraño».

    —¿Tú tienes familia?

    —Sí, eran...

    "Horribles", estuvo a punto de decir. Empezaba a comprender que la conversación no era uno de sus mayores talentos, y a lamentar que Albor los emparejara para la búsqueda. Seguramente lo había hecho a propósito.

    —Humanito, ¿Sabes leer?

    —Uhmm, sí. Más o menos.

    Apuntó hacia una señal a poca altura del suelo con un dibujo de flecha que estaba frente a ellos.

    —¿Qué dice esa de ahí?

    —Dice "Camino a la ruta 9".

    «Justo la dirección opuesta». Sólo tenían que dar media vuelta y correr en dirección contraria. Por desgracia, las piernas cortas del humanito y la armadura de Aemon no los hacían precisamente rápidos. Estaba pensando en una forma de decirlo cuando el humanito añadió:

    —Pero... es extraño. Este camino me da un mal presentimiento. ¿Y si decidió venir por aquí?

    Aemon alzó la vista por un momento y reconoció una figura familiar caminando hacia ellos. Era Oliver, el viejo klefki de cuerpo oxidado que, al verlos a ellos, hizo un asentimiento con la cabeza y caminó a su encuentro. Una capa marrón de buena calidad cubría casi todo su cuerpo, excepto su cabeza en forma de candado. Dio un pequeño empujón en el hombro al niño y caminaron a su encuentro.

    —Grata sorpresa el verlos una última vez, joven Rodia, colega Aemon —expresó todo cordialidad.

    —Mucho gusto —murmuró el pequeño.

    El insecto de acero ladeó levemente la cabeza, y después hizo una breve reverencia.

    —¿Una última vez? ¿Vas a dejar la ciudad?

    —Mucho me temo que sí —respondió con un suspiro—. Este no es un clima muy saludable para alguien de mi edad, y en cualquier caso, me encontraba de paso. Justo me dirijo a las puertas de la ciudad.

    —Gracias por tu ayuda con la obra—añadió con una reverencia al caballero flotante, quien hizo un sonido tintineante que Aemon interpretó como risa.

    —No hay nada qué agradecer, la señorita Albor nos pagó apropiadamente. A propósito, ¿dónde se encuentra ella?

    —Estamos en problemas —intervino el pequeño humano—, buscamos a alguien que tiene mi anillo.

    —No sé nada al respecto de eso, ¿qué aspecto tiene esa joya?

    —Es de oro negro, y la gema es color... —Rodia empezó a describirlo, pero Aemon lo interrumpió poniendo una tenaza entre el viejo Oliver y él.

    —Es cierto, no tenemos tiempo. ¿Sabes cómo llegar a la ruta 8? El ladrón que buscamos pudo huir por esa ruta.

    —Por supuesto —una llave se asomó del interior de su capa y apuntó a su derecha —. Unos cuantos kilómetros en aquella dirección y habrán llegado a su destino, pero si de verdad tienen prisa...

    Se tomó un momento para virar y señalar al camino del que venía.

    —Pueden cortar camino a través del bosque e interceptarlo en la ruta. Si en verdad es tan urgente, puedo mostrarles el camino.
    personalmente.





    —¡Por última vez, yo no tengo ningún anillo!

    El pequeño panda se encontraba en una situación complicada. Más precisamente, se encontraba atado de los pies al cuello, pendiendo cabeza abajo de la rama de un árbol. Su cuerpo oscilaba lentamente, y cuando golpeaba el tronco, un gemido de dolor escapaba de sus labios.

    —¡Respuesta equivocada!

    La varita de madera lo golpeó por encima de la oreja. Al otro lado de la misma había una mawile que se esforzaba por mantener una actitud severa y amenazante. Y a su lado, una humana que no se molestaba en disimular.

    —Sabemos que mientes. Tú mismo dijiste que eras un ladrón.

    —¡No tienen pruebas!

    —¡Sirencio! —sentenció la mawile— ¡Confiesa!

    —¡Eso ni siquiera tiene sentido! —chilló cuando la vara lo alcanzó en las costillas. Aún no podía creer que esa pequeña lo hubiera sometido tan fácilmente—. Ya me registraron. Si tuviera el anillo ya lo hubieran encontrado, ¿no creen?

    —¡Respuesta equivo...! —se interrumpió a sí misma antes de golpearlo en la nariz y volvió la vista hacia Albor—. Tiene razón. No lo llevaba consigor.

    —Era el único lo bastante cerca de Rodia cuando el anillo desapareció, tuvo que ser él. —La bruja deslizó su uña plateada por la superficie de la cuerda—. Es tu última oportunidad, ¿Tú robaste el anillo?

    Tras un último y vano esfuerzo por resistir, el pequeño panda rindió.

    —Sí, yo lo robé.

    —¡Confesó! —exclamó la mawile con una amplia sonrisa mientras preparaba otro golpe.

    —¡Pero ya no lo tengo! ¡Alguien más me lo robó!

    —¿Qué?

    —No sé cómo pasó, ni cuando. Durante la obra, le quité el anillo al niño y lo escondí en mi pata. Esperé a que todos estuvieran distraídos para escapar, pero entonces el anillo se separó de mi dedo por su cuenta y se fue volando.

    La mujer no parecía impresionada.

    —¿Quieres que creamos que una fuerza mágica y misteriosa te quitó el anillo que tú mismo confesaste robar? ¿Cómo es que eso te hace menos culpable?

    —Cuando lo dices así...

    —¿Lo gorpeo de nuevo? —sugirió Mio.

    —Todavía no. Aunque sea divertido, no lograremos nada más con él.

    —Es cierto. Si Neer no tiene el anillo, entonces Aemor...

    —Estará bien —aseguró mientras se ajustaba el sombrero—. Tiene la suerte.





    —Tal vez aún podemos —dijo el pequeño humano—. Si tomamos el atajo, y esperamos en el camino...

    —Podremos atrapar al ladrón en la ruta 8 —concluyó el viejo Oliver—. Pero es crucial no perder más tiempo.

    —Me parece bien —apoyó Aemon, y el trío se puso en marcha, pero antes de que dieran tres pasos, colocó su tenaza derecha a la espalda del viejo Klefki—. Pero antes de irnos, ¿qué te parece si nos devuelves el anillo?

    El ambiente se heló en cuestión de segundos. Rodia dio un paso hacia atrás y sujetó la capa contra su pecho, mientras que el viejo Oliver permaneció flotando en completo silencio, sin que sus llaves oscilaran en lo más mínimo. La mirada de Aemon era severa y segura a partes iguales.

    —¿En qué basas tu acusación?

    —Llamaste a Rodia por su nombre, pero él no te conoce. Y no parecías sorprendido cuando escuchaste lo del robo, como si lo supieras desde el principio.

    —¿Es que eso te basta para hacer una conjetura?

    —Llámalo instinto si quieres. Pero si no ocultas nada, no te molestará quitarte esa capa.

    El anciano pokémon suspiró, emitiendo un largo chirrido que sólo una criatura con su constitución podría emitir.

    —Es lamentable... que así tengan que ser las cosas.

    Lo siguiente que supo Aemon fue que una cortina de viento rosáceo se alzó entre él y su oponente, obligándolo a tomar distancia.

    —Era mi intención resolver esto de la forma menos violenta posible, en especial tomando en consideración tu estado, pero...

    Su oxidado cuerpo empezó a emitir una suave corriente de electricidad que lo atravesaba y lentamente se extendía a su alrededor. Aemon contuvo una maldición y le ordenó al niño que retrocediera cuando empezó a notar la influencia del viejo Oliver sobre un par de basureros, una bicicleta, una señal de tránsito y más cuerpos pequeños de metal empezaron a levitar a su alrededor. Cuando agitó sus llaves, todos los objetos se precipitaron sobre Aemon.

    —Esa falsa gallardía no engaña a nadie —puntualizó mientras recuperaba sus proyectiles para volverlos a lanzar—. Con tus brazos en ese estado hasta un niño humano podría vencerte.

    —Tengo suerte de que no seas un niño —se esforzó por sonreír—. Sólo un puñado de llaves y un viejo candado oxidado.

    Pese a todo, tenía que morderse la lengua cada vez que alguno de esos despojos lo golpeaba en las tenazas o la espalda, y el anciano llavero parecía golpear esas áreas a conciencia. Intentó forzarse a avanzar, pero el viejo Oliver, levitando, lo evadió con gracia y agilidad para después contraatacar con una silla de metal que atrajo hacia sí desde un comercio cercano. Parecía que trataba de causar toda la atención a su batalla.

    —Será mejor para ti que desistas. Ayer estuviste involucrado en una pelea y hoy en otra. Cuando los guardianes lleguen y haya que culpar a alguien, ten por seguro que será a ti.

    «No me digas que no puedes hacer nada más».


    Sintió ganas de maldecir, pero antes de poder pensar en algo más, el candado del viejo Oliver se sacudió con un sonido hueco.

    El humanito le había tirado una piedra a la cabeza.

    Una lámina de acero voló vertiginosa hacia el cuello del infante, y sólo pudo desviarla atravesando su puño como una bala en su camino. Sentía cómo la coraza de su pinza parecía gritar a su cerebro.

    —¿¡Estás bien!? —gritó alarmado. Aemon se interpuso entre Oliver y él mientras trataba de mantener su postura decidida.

    —Escucha, creo que puedo quitarle tu anillo. En cuanto lo suelte, quiero que lo tomes y huyas tan rápido como puedas.

    —¿Qué hay de ti?

    —Ella me salvará, espero.

    —¿Han terminado de hablar?? Es mi ayuda la que viene.

    Sabía que tenía razón. Los vigilantes no tardarían en aparecer. Alzó ambos brazos, cruzando los puños a la altura de sus ojos.

    —Ya tienes el maldito anillo, ¿Por qué trataste de llevarnos a una trampa en lugar de huir con tu botín?

    Pequeñas partículas de luz empezaron a reunirse alrededor de sus tenazas, un minúsculo y brillante polvo plateado que sacudía a su capa.

    —Si ni siquiera conoces a respuesta a esa pregunta, mucho me has decepcionado.

    —Y tú a mí.

    Las partículas colisionaron, se encendieron y se convirtieron en un poderoso disparo de luz que voló directamente hacia el viejo Klefki, quien lo contrarrestó fácilmente con una pared de escombros.

    —Para un Foco Resplandor, eso fue entristecedor. Aún para otro hijo del acero.

    —Tal vez —respondió Aemon. Los restos de su ataque, en lugar de desintegrarse, continuaron flotando alrededor de Oliver y a una señal de su tenaza empezaron a remolinear a su alrededor—. O tal vez eso no es un resplandor.

    La nube de polvo parecía moverse con vida propia, acosando al candado flotante mientras se infiltraba en sus bisagras y limitaba su movilidad.

    —¿¡Qué se supone que es esto!?

    Aemon aprovechó su momento de debilidad. Corrió hacia él con los brazos extendidos y los bajó trazando una cruz sobre su cuerpo.

    —Plata, no acero.

    Hizo todo lo posible por ignorar el grito de sus tenazas. Incluso el cuerpo oxidado de Oliver era más duro que el suyo en esa situación, y probablemente se había llevado la mayor parte del daño. Aún así, cuando vio volar los restos de la capa marrón que llevaba en el aire, así como un pequeño objeto circular, supo que había logrado su objetivo.

    —¡Mi anillo!

    Rodia se precipitó a toda velocidad para atraparlo antes de que cayera al suelo, pero Aemon fue más rápido y lo capturó entre su viento plateado con una sonrisa de satisfacción. Se tomó un momento para admirar la gema.

    «Qué demonios....».

    Y el mundo pareció volverse negro por un instante.

    «¿¡Qué demonios es esto!?»

    Un pequeño aro de oro negro tallado de forma que recordaba a las escamas de un dragón. En su centro, una gema roja incrustada y tallada con la forma de una "V", que brillaba como si su centro fuera de llamas.

    —¿Por qué... qué haces tú con una cadena de Augur?

    Su respuesta llegó en la forma de un débil gemido y el sonido de un cuerpo golpeando el suelo. Aemon sintió que su sangre se helaba. El humanito yacía sobre los adoquines, apretando los ojos en un gesto de dolor mientras se sujetaba el costado, sobre el cual su capa empezaba a oscurecerse.

    Flotando a un metro sobre él, Oliver sacudía su cuerpo con un chirrido espeluznante. Las puntas de dos de sus llaves estaban teñidas de rojo.

    —Lamentable. Era mi menester capturarlo en el mejor estado posible.

    —Aléjate de él.

    «¿Por qué tiene una cadena?»

    —Ya habrás notado que no es un humano estrictamente normal. ¿No te preocupa por qué?

    —Preguntas para después —respondió poniéndose de pie—. Cuando acabe contigo tendrás suerte si puedes respirar.

    —Tal vez su nombre te revele algo —prosiguió sin hacer caso a la amenaza—. En Ciudad Victoria, "Rodia" es un diminutivo para "Rodion". Tienes ante ti a Rodion Cirio de Scaevola.

    Su rostro rechinó cuando trató de forzar en él una sonrisa.

    —Acabamos de tener una lección de historia, así que dime...
    ¿Qué tanto sabes sobre el Sol Rojo?


    Próximo Capítulo: Demonio del mediodía
     
  7.  
    Maze

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    Capítulo V — Demonio de Mediodía
    En el que resuena la canción del acero.

    Había nacido bajo una estrella diferente. En una tierra bañada por la espuma del mar y los rayos del sol, con todo el potencial humano al alcance de sus manos. Un niño bendecido por el valor, la sabiduría y la paz interior, con el inusitado don de comprender a todas las criaturas vivientes. Un niño del que se decía que "los dioses lo habían creado para gobernar". Un joven que, consciente de su destino, renunció a los placeres del mundo para recluirse en la Torre de la Luz y, a partir de entonces, se le conoció como "el Sol Rojo de la Torre".

    Se cuenta que cierta noche tormentosa, la lluvia provocó un fallo en la maquinaria de la ciudad. Las calles ardían en llamas y la muerte caía del cielo en forma de rayos atroces. Atrapado en su torre, el Sol Rojo observaba impotente la devastación de su hogar. No encontró en sí mismo el conocimiento para proteger a nadie, ni el valor para intentarlo. Todo lo que quedaba en él era un torrente de emociones desbordantes que no podía controlar mientras los gritos de cada persona que conocía se ahogaban bajo la tormenta.

    Esa noche, el Sol Rojo fue visitado por la Victoria, quien habló con él por horas y horas.

    «Te he elegido a ti y a nadie más para cambiar este mundo. Para forjar una dinastía que reine por miles de eras».




    «Rodia, ¿verdad? ¿Hace cuánto que puedes hablar con los pokémon?»

    «Mi padre me enseñó. Todos en mi familia podemos hacerlo».

    Aemon sintió que perdía el equilibrio. No le gustaba lo que sugería.

    —Tú... la línea de sangre maldita.

    —Veo que lo has comprendido al fin —respondió el anciano candado—. Quien yace frente a tus ojos es el último descendiente del Sol Rojo, el mismo arrancó la corona de nuestro reino. Como un guerrero... como un hermano de la canción del acero, deberías reconsiderar tu posición. ¿A quién crees que estás protegiendo? ¿Al legado de aquel que inundó nuestras tierras con fuego y sangre? ¿A un mísero humano?

    Caminó hacia donde se encontraba Rodia. Sabía poco y nada de primeros auxilios, y el niño necesitaba atención tan pronto como fuera posible. Y ahora que tenía en su poder la Cadena del Sabio, estaba seguro de que Oliver no lo dejaría escapar.

    —Sí, a un humano. A un humanito. Lo estoy protegiendo de un hijo de puta oxidado.

    El viento chirrió amenazante cuando el viejo Oliver suspiró.

    —Lamentable. Ciertamente lamentable.

    Sintió el suelo retemblar bajo sus patas, escuchó a la Tierra gritar antes de quebrarse ante su voluntad, doblarse y reventar con hórrido estruendo ¿De dónde sacaba tanta fuerza? ¿De qué estaba hecho ese viejo candado que podía partir el concreto con sólo desearlo? Los adoquines volaron por todas partes y siniestras varillas de acero, tan oxidadas como él, emergieron como látigos y lanzas amenazantes.

    La lluvia de hierro y acero se cernió sobre él. Dependiendo solo de sus piernas e instintos, esquivaba sus acometidas apenas por milímetros mientras su capa se llenaba de agujeros. Cuando las varillas trataban de envolverlo como sogas, se forzaba a ignorar el dolor de bloquearlas con sus tenazas.

    Y una de ellas, ávida como una garra, se apoderó del anillo de Rodia cuando Aemon perdió control sobre él.

    —¿Por qué sabes lo que es una cadena, colega? —le interrogó con una expresión amenazante—. ¿Cómo es que puedes reconocerla?

    El ataque dobló su fuerza. Con temeridad, Aemon saltó sobre los látigos de hierro para cerrar las distancias, alzando ambos brazos para trazar una cruz sobre su oponente sólo para ser bloqueado por una pared invisible.

    —No funcionará de nuevo.

    —¿Quién diablos eres tú? ¿Cómo conoces las cadenas?

    Cuando el mástil de una farola voló hacia él, se vio forzado a retroceder y correr para esquivar los escombros incesantes. Una pared de cristal casi invisible protegía a Oliver, reflejando débilmente la luz del sol. Ni siquiera tenía que molestarse en esquivar.

    «Eso, quédate ahí maldito candado».

    Agitó su exoesqueleto, liberando minúsculas partículas de plata que lo envolvieron como un remolino. Aemon miró a su alrededor, esperando.

    —Ya hiciste eso antes —replicó el anciano—. Y será tan inútil como entonces.

    —Ya veremos.

    Tomando la forma de una luna creciente, la hoja de plata descendió sobre Oliver como una guadaña, pero una segunda barrera traslúcida la interceptó para dispersarla como si fuera polvo. Y como si fuera justo lo que esperaba que pasara, Aemon volvió a lanzarse con un corte cruzado que fue repelido con idéntica facilidad.

    —No eres un insensato. ¿Qué pretendes con movimientos tan fútiles?

    No perdió el tiempo en responder. Un rápido vistazo a las calles y entendió que debía soportar. Debían llegar en cualquier momento...

    —Ah...

    La boca del candado chirrió al obligarse a sonreír.

    —Esperas a los guardianes. Quieres que nos detengan a ambos para... ¿salvar la vida de este niño? Qué noble de tu parte.

    «Pero haz cometido un error, colega».

    Escuchó quebrarse las finas barreras gemelas que lo cubrían, y vio caer sus pequeños fragmentos mientras se desvanecían. Pero antes de que pudiera entender lo que sucedía, el suelo, los arboles, y todo lo que rodeaba a Oliver en un radio exacto de treinta metros fue segado por una guillotina invisible. Una larga vara de hierro se alzó entre ambos y salió disparada hacia arriba, sólo para ser aplastada contra la impenetrable cúpula psíquica que los había aislado del mundo.

    —No importa quién venga o qué ayuda esperes, nadie podrá atravesar mi pantalla dual.

    «Sólo una barrera a la vez» murmuró una voz en su cabeza. Sin dudar un segundo, Aemon se arrojó con las tenazas al frente. El viejo oxidado se hallaba indefenso ahora.

    O al menos eso esperaba.

    Como decenas de brazos, las varillas se lanzaron sobre él, aprisionándolo.

    —No debía ser así —se lamentó el viejo Oliver—. Esperaba coger el anillo sin que nadie lo notara, y sustraer al heredero por su propia voluntad, al menos hasta que nos dijera lo que necesitábamos saber. Pero esto... —de nuevo, ese chirrido desagradable—. A cambio de la Cadena del Sabio, esta ciudad es nada.

    Aemon luchaba por liberarse, pero contra la fuerza magnética que Oliver ponía en sus ataduras apenas y podía moverse.

    —Estás hecho de buen acero, tan bueno que no puedo siquiera controlarlo, pero la suerte no te ha favorecido al elegirte como mi oponente.

    El hierro ascendió por su cuerpo. Eventualmente, una de ellas llegó a su cuello.

    «Mierda, no...».

    —Pero qué grata sorpresa —rio el anciano, enarbolando su collar—, ¿quién iba a decirme que en un solo día reuniría dos de los tres?

    —Suelta... suelta eso.

    —La Cadena del Valiente. ¡Qué apropiado!

    Tras someterlo completamente por brazos y piernas, los látigos de Oliver lo azotaron contra el suelo.

    —Para cada uno de nosotros, hay una causa por la que moriríamos orgullosamente.

    Una y otra vez.

    —Defender lo justo, sólo para pertenecer a algo. Desarmados, desesperados, derramando nuestra sangre. Esa... esa es la canción del acero.

    Y finalmente lo soltaron, sólo para alzarse sobre él como venablos.

    —Adiós, colega. Ciertamente has sido valiente, pero no sabio.




    —¿Qué erra ese lugar donde compraste todo eso? —preguntó Mio. Albor se llevó un dedo a los labios.

    —No le digas a nadie.

    —¿Aemor estará bien?

    —Si no lo está, te prometo que voy a golpearlo...

    Enmudeció cuando notaron una multitud humana luchando por reunirse en torno a algo mientras los guardianes humanos trataban de dispersarlos. Sus ojos de muerto le permitían notar las gruesas barreras dobles que un pokémon había alzado.

    —¿Qué pasa? —volvió a preguntar, pero Albor le cubrió la boca con una mano y retrocedió con ella. Sus gestos, su voz y sus palabras se volvieron serias en un instante.

    —Cambio de planes: reúne a todos ustedes; a Grissy, a Neer, a Susi... a todos menos a Oliver, y salgan a la ruta 8. Esperen en la hierba alta, pero no salgan hasta que nos vean.

    —¿Por...

    —No hay tiempo. No podemos quedarnos más en esta ciudad. ¡Ve ahora!

    Mientras la pequeña de acero corría de vuelta al parque, Albor se aproximó lentamente a la conmoción. No necesitaba ver al creador de la barrera para saber de quién se trataba.

    «De los pokémon presentes, sólo un klefki podría hacer algo como esto. Y uno muy poderoso».

    La suerte tal vez no estaba con Aemon después de todo.

    Vio a los guardianes acercarse con extraños dispositivos cuadrados. Ellos también debieron notar la barrera, y contaban con medidas para neutralizarla.

    «Disruptores»...

    Deslizó sus uñas plateadas por el ala de su sombrero. Apenas un segundo después, una sombra acuosa empezó a girar entorno a sus pies.

    —Mis queridos protectores de la ley, será mejor que se alejen de eso.

    Y se prolongó como afiladas agujas que los atravesaban como si fueran de papel. Presas del pánico, los civiles huyeron por sus vidas, pero los guardianes que se quedaron a hacerle frente liberaron sus armas sólo para ser sometidos de la misma forma. Estacas que se volvían tentáculos, tentáculos que apresaban como garras. Un espectro de tinieblas que, a la luz del mediodía, lucían mucho más oscuras.

    Mientras rodeaba la cúpula a paso lento, oteaba hacia el interior tratando de no ser vista. Aemon yacía en el suelo, atravesado por aquellas lanzas improvisadas. El pequeño heredero estaba con ellos también.

    —Vamos, canta tu canción de acero.




    «¿Dónde está tu fe, Aemon? ¿Qué es aquello que debes proteger, por encima de todas las cosas?»

    Su señor se encontraba tumbado contra un árbol, protegiéndose de los rayos del sol mientras jugaba con una manzana. Aemon, a su lado, seguía cada uno de sus movimientos.

    «¿El honor? ¿Nuestra misión? ¿Tu propia vida? ¿Los inocentes? ¿Los impíos? ¿La paz? ¿Una promesa? ¿Tus más preciados recuerdos?»

    «¿Soy yo?»

    «No hay una sola respuesta. Dependiendo de quién haga la pregunta, tendrás que abandonar una cosa o la otra. Esa es la clase de mundo en que vivimos».

    «Elige con el corazón, y canta su melodía».

    El insecto carmesí abrió los ojos.

    «No importa qué tan amarga sea».

    El humanito yacía a su lado. Si no hacía algo pronto, lo mataría.

    Si se rendía ante Oliver, podría salvar su vida. Y perder ambas cadenas en el proceso. O podía atacar de nuevo y dejar que el viejo candado lo matara.

    Volvió a cerrar los ojos, y vio una cortina blanca deslizarse a contraluz... No, no era una cortina. Él la llamaba bata.

    Dos discos de cristal blanco sobre una tenue sonrisa.

    Sus largas manos de dedos fríos.

    La melodía infernal resonando en su cabeza, repitiendo las mismas palabras una y otra vez hasta grabarse en su subconsciente, hasta reverberar por todo su cuerpo.


    «Vamos a hacerlo».

    [video=youtube]

    Luchó por levantarse, ignorando el grito de su carne al ser besada por el hierro. Apenas logró liberarse y trastabilló hasta caer sobre una rodilla. El viejo Oliver lo miraba expectante, pero era evidente que ya no lo consideraba una amenaza. Y una parte de Aemon estaba de acuerdo con ello.

    Descubrió sus brazos y, lentamente, procedió a quitar el vendaje que Albor había puesto sobre ellos. Fue una tarea difícil, pero los constantes ataques tanto suyos como del klefki habían debilitado su atadura.

    —¿Qué pretendes ahora?

    Observó sus tenazas. Ahí donde Miles había dejado sus marcas había ondulaciones como llamas, y pese a los cuidados de Albor, estaban lejos de sanar, pero suspiró de alivio al observar su filo. Sabía que, por poco, aún contaban con la dureza para cortar acero.

    Su acero.

    Desconfiado, el klefki le aprisionó de nuevo, pero Aemon ya había llevado ambas pinzas a sus propios bíceps y las cerró con todas sus fuerzas. Su propia sangre empezó a manar.

    «Odio hacer esto».

    Su propia piel empezó a vibrar.

    —¿Acaso, tú...?

    Y su propia voz empezó a enunciar aquellas palabras.

    Esas desagradables palabras.

    Bajo el aliento del cielo sombrío, sobre la tierra muerta carmín.
    Confina mi alma al lado oculto de las dimensiones.
    A tu mundo, al que no llegan las oraciones.

    Conforme el acero bebió su sangre de vuelta, empezó a oscurecerse y ganar dureza. El rojo brillante de Aemon lentamente se tornaba en escarlata.

    Entrega mi cuerpo a un sueño enloquecido.

    Las ataduras de hierro cedían como hilos. Su armadura se alzaba de nuevo.[/font][/align]

    Clava tus colmillos en la Luna Nueva.
    Baila conmigo en la pesadilla eterna.

    Abrió los ojos, pero apenas si podía ver algo. Una nube blanca cubría sus pupilas, y la ilusión de una sombra se extendía sobre su cuerpo.

    Y da a mi brazo la fuerza para portar esta cadena.
    A través de la brecha negra.

    Alzó su brazo derecho con dificultad, sintiendo el peso de una montaña sobre su exoesqueleto, y lanzó un puñetazo a ciegas esperando acertar a su oponente. No lo hizo, pero su tenaza impactó contra el muro invisible con tanta fuerza que produjo un chasquido desagradable, y cuando el klefki pudo reaccionar a lo que sucedía, tembló de terror. las grietas se extendían por su barrera como una telaraña.

    —¿Fallé? —inquirió con voz ronca.

    —T-t-tu-tu-tú.... ¿Cómo?

    —Oh, ahí estás.

    Aemon apuntó al frente con su otra tenaza. Presa del miedo, Oliver no acertó a moverse para esquivar y fue amartillado con violencia, dejando esquirlas de óxido desperdigadas por el suelo. La cara frontal de su candado se había hundido hacia adentro y su cabeza daba vueltas.

    —¿Qué ha sido eso? —preguntó cuando pudo articular de nuevo, y la tenaza cayó brutalmente junto a él, a pocos centímetros de una muerte segura.

    —Eso, sigue hablando.

    Las piernas de Aemon apenas y se movían, pero a cada paso, los instintos del klefki saltaban enloquecidos y el temblor en su cuerpo era tal que ni siquiera podía alzarse sin caer y atraerlo de nuevo. Reuniendo hasta el último ápice de su valor, Oliver levantó una decena de látigos y los arrojó sobre su enemigo con la precisión y velocidad de saetas, pero ni una de ellas llegó a clavarse en su armadura y acababan retorcidas o se quebraban bajo su propia fuerza.

    —¿¡Qué demonios te hiciste!?

    Cambió de táctica y las convirtió en cadenas, en fuertes ataduras para mantenerlo fijo en el suelo, y a continuación levantó cada escombro de metal, cada herrería que estuviera bajo su poder y las arrojó sobre él hasta sepultarlo bajo una montaña de ellos, sólo para verla vibrar y volar en pedazos cuando agitó su brazo y disparó de nuevo.

    Ante él, Aemon se erguía como un demonio, como el mismo Sol Rojo al día siguiente de la tormenta que le dio vida.

    La cúpula de cristal se desvaneció, y al mismo tiempo, Oliver materializó entre ambos la barrera más poderosa que podía invocar, justo a tiempo para detener la próxima bala.

    La defensa absoluta había parado la muerte.

    —Qué bien —le felicitó sin alterar su expresión apagada—. Tratemos de nuevo.

    Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Oliver ni siquiera pudo contarlos, pero supo le había tomado menos de diez intentos quebrar su última barrera y atraparlo con su tenaza izquierda.

    —Ahora es tu turno —sentenció—. Canta con tu acero.

    La garra descendió. Oliver obedeció.




    Cuando Aemon despertó, se encontraba recostado en la hierba alta, rodeado de Albor, Mio y los demás. El cielo se había teñido con el rojo del atardecer, y su cuerpo cosquilleaba.

    —Me vas a costar una fortuna —se quejó Albor a su lado mientras le tendía una pequeña estrella blanca. Aemon las había visto antes y, sumiso, la tragó. Poco a poco recuperó la movilidad.

    —¿Estás bien? —preguntó la pequeña de acero a su derecha. Aemon asintió mientras se incorporaba y buscó a su alrededor hasta encontrar al humanito hecho un ovillo en el suelo.

    —¿Cómo está él?

    —Mejor que tú —respondió Albor con un suspiro de alivio—. Pero las medicinas humanas son más duras con el cuerpo. Dormirá por un rato más, pero su vida no corre peligro.

    —Y ahora... ¿qué hacemos? —preguntó el murkrow que trabajaba en el centro.

    —Debemos irnos. Ciudad Reliquia ya no es segura para ningún pokémon, al menos no después de lo que ha pasado estos días. Con el dinero que ganamos aquí, todos ustedes deben comprar un boleto al ferry de Ciudad Victoria. Allá las cosas son diferentes y les será más fácil adaptarse —prometió Albor, poniendo su mayor esfuerzo en endulzar sus palabras—. Es un mejor lugar que Reliquia, se los prometo.

    —¿A dónde irrán ustedes?

    —Aemon y yo iremos por el bosque. Cruzando hacia el norte, llegaremos a Ciudad Síntesis.

    Intercambió una mirada con Aemon y este asintió.

    —El humanito viene con nosotros.

    Los acompañaron al puerto, al menos, tanto como podían acercarse sin ser vistos. Antes de que partiera con el resto, Albor estrechó a Mio entre sus brazos y cuando la dejó en el suelo de nuevo, esta abrazó también a Aemor. Una vez a bordo del ferry, la pequeña de acero y los demás subieron a la cubierta para despedirlos.

    Habían pasado algunas horas desde entonces. El sol se había ocultado ya, y tras encontrar un pequeño claro en el bosque, decidieron descansar. El humanito seguía dormido, y Aemon no le quitaba el ojo de encima.

    —Seguirá así hasta mañana —Albor trató de tranquilizarlo, pero tampoco sonaba tan segura de sí misma como siempre—. Así que es...

    —Desciende del Sol Rojo.

    El anillo con la gema roja descansaba en su tenaza derecha.

    —Así que... una maldición. No sabía que podías usarla.

    —Desearía no volver a hacerlo. La maldición no sólo somete tu cuerpo a una tensión inimaginable, duele tanto que apenas y puedes moverte, es como si tu sangre se volviera hielo. Y además... te obliga a escupir en lo más importante para ti. Cada vez que la usas es como si te arrancaras un poco de tu alma y la pisotearas.

    «Clava tus colmillos en la Luna Nueva», recordó. «Baila conmigo en la pesadilla eterna». Para activarla, Aemon debía blasfemar de su propia fe. Debía burlarse de su propio señor.

    —¿Por qué...? Anoche dijiste que lo darías todo por tu fe, y no la usaste contra Miles.

    —Siempre hay algo más importante que tus principios —respondió mirando al pequeño Rodia—. Mi señor decía que un caballero de verdad es el que sabe cuándo romper sus propias promesas y elige por sí mismo —una risa ahogada escapó de su garganta—. Pero no hubiera servido contra Miles. Ese gato bastardo me hubiera quemado a la mitad, y al terminar, ya viste en qué forma quedo. No es algo que valga la pena intentar.

    —¿Y por qué arriesgarte entonces?

    Aemon se envolvió en su capa.

    —Supuse que me salvarías. Aún no sé por qué lo haces, pero...

    —Ya te lo dije, creo en tu causa. Si estas cadenas de verdad pueden cambiar el mundo, si tu señor tiene razón...

    Un amargo silencio se extendió entre ambos cuando sus pensamientos se sincronizaron.

    —Oye, Albor. El murkrow iba con ellos, él también perdió su trabajo.

    —Sí.

    —Los pokemon que lleguen a Ciudad Reliquia a partir de ahora, la tendrán más difícil que nosotros.

    —... Sí.

    La siguiente pregunta quedó suspendida en el aire, pero no por eso menos dicha.

    «¿Estamos haciendo del mundo un lugar mejor?»


    —Hay que descansar —decidió Albor—. Tenemos un mundo qué cambiar.


     
  8. Threadmarks: Capítulo VI — Los Bosques Efímeros
     
    Maze

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    Capítulo VI — Los Bosques Efímeros
    En el que Aemon, Albor y el humanito cruzan los bosques.

    ¿Falta mucho para que esté completo?

    Podía sentir bajo su piel la frialdad de una plancha de metal. Gruesas cintas de cuero sujetaban sus brazos, piernas y cuello, impidiendo que hiciera el menor movimiento.

    —Solo, solo un poco más. La Sangre de Luz tiene efectos... secundarios en la estabilidad mental de los pokémon expuestos. Aprenden... más lentamente.

    Su vista se mantenía fija hacia arriba, hacia esa lámpara blanca que colgaba sobre su cabeza, pero sentía un calor abrasador centrado en su abdomen. Al tratar de gritar, notó que su boca también se hallaba sellada por alguna especie de cinta.

    —Es un artefacto muy extraño.

    Y esa horrible canción resonando en su cabeza.

    —La verdadera magia está en los discos técnicos. Nuestros antepasados sabían producir verdadera magia, de eso no hay duda. Desafortunadamente, los viejos como éste se rompen luego de un uso.

    Una y otra vez.

    —¿Y le parece sabio gastar semejante recurso en este espécimen?

    Una sombra apareció en su campo de visión. Una silueta humana envuelta en peligro.

    —Por supuesto, por supuesto. Le he preparado precisamente para esto.

    Dos discos blancos brillantes sobre una media luna.


    Albor abrió los ojos con el corazón latiendo violentamente dentro de su pecho. Su respiración era entrecortada e instintivamente abrazó sus hombros, presa del terror. Tardó unos segundos en reconocer el mundo que la rodeaba: las sombras de los árboles, la brisa nocturna, el tocón sobre el cual la había vencido el sueño... y el fuego que ella misma había encendido horas atrás.

    Al otro lado de las llamas estaba sentado Aemon contra el tronco de un árbol, con una expresión tan alterada como la suya.

    —Te dormiste —le acusó. Él no se molestó en negarlo.

    —Lo siento.

    Una mirada le bastó para entender que habían tenido la misma pesadilla, y que él se había dado cuenta.

    —No sabía que los fantasmas dormían.

    —Todo el tiempo. Tal vez más que ustedes.

    Aemon apuntó con su frente hacia el niño dormido.

    —¿Y más que él?

    Su respiración era estable —al menos más que la de ellos—, pero aún así necesitaba atención médica. No podían quedarse mucho tiempo en los Bosques Victoria, ambos lo sabían, pero en cuanto salieran al exterior, las cosas se pondrían más difíciles.

    —¿Qué harás con él? Tiene la Cadena del Sabio.

    —Aquí la tengo —respondió mientras abría su tenaza derecha—. Pero se la devolveré cuando despierte.

    —¿No las estás buscando?

    —No soy un ladrón. Se la pediré cuando despierte, por las buenas.

    —Y si no accede, ¿qué?

    El pokémon alzó sus hombros.

    —Y si no accede, ¿qué harás tú? ¿Lo dejarás marchar?

    Pasó los dedos por el ala de su sombrero y sonrió.

    —Eres tú el que las busca. Yo sólo quiero ver el rumbo que toman las cosas... dices que es descendiente del Sol Rojo.

    —Según Oliver, lo es.

    —Si es verdad, va a causarnos muchos problemas.

    Aemon apuntó sus ojos a ella. Una mirada que se sentía como una amenaza.

    —Vuelve a dormir. Es mi turno de hacer guardia.





    Los Bosques Victoria ocupaban una vasta parte de la región que rodeaba a la ciudad del mismo nombre. Atravesarlos iba a tomar al menos unos días, y Aemon no estaba seguro de que el humanito pudiera resistir tanto. Sugirió volver a la Ruta 8 y tomar el ferry como habían hecho los otros, pero Albor se negó.

    —Ellos son sólo pokémon viajeros que estuvieron en el momento y lugar equivocados. Tú eres un pokémon violento que causó daños a la propiedad pública. Y si ese klefki tenía cómplices, podrían venir detrás de este niño.

    —Entonces debemos darnos prisa en salir de aquí.

    —¿Sabes cómo orientarte en estos bosques? —Albor dio un vistazo a su alrededor, como si buscara algo entre los árboles.

    —Lo averiguaré —declaró mientras se aseguraba de que la capa fuera justa sobre sus hombros—. Iré a pedir direcciones, y a buscar algo de comer. Ustedes quédense aquí.

    La mujer del sombrero sonrió.

    —¿Cazar?

    —Bayas. A diferencia de la hierba alta, estos bosques son un área blanca. Los pokémon no podemos atacarnos unos a otros ni a los humanos visitantes, pero es igual que sus ciudades; no todos siguen las reglas.

    —Yo también soy un pokémon.

    —Trata de convencerlos a ellos —replicó mientras señalaba hacia la copa de un árbol cercano— ¿Cuánto tiempo van a seguir ahí?

    Un siseo agresivo los amenazó desde lo alto del árbol, oculto bajo las hojas.

    —¿Hace cuánto que nos descubrieron?

    —Desde el principio —respondió Albor con una mano sobre su sombrero—. Esperaba que desistieran al saber que somos peligrosos.

    La voz emitió un desagradable intento de carcajada.

    —Son peligrosos para los niños de la ciudad, pero aquí, en los Bosques Victoria, somos de otro cuño.

    —Ah, qué bien —suspiró Aemon, atento a la otra presencia que se agitaba entre los arbustos—. ¿Saben? Ayer tuve que pelear contra un viejo con delirios de grandeza. Antier tuve que pelear contra un gato con delirios de grandeza. sólo por hoy, podríamos... terminar las cosas en paz.

    —Ya sabes lo que dicen —siseó la voz—: la tercera es la vencedora.

    La copa del árbol restalló como un látigo, y de ella emergió una sombra sinuosa disparada hacia él. Aemon alzó su tenaza izquierda para recibir el impacto, que vino en forma de dos largos colmillos tratando de abrirse paso por su acero.

    —¡Tiembla de miedo! —rio el pokémon aferrado a su pinza. Era una criatura serpentina de finísimas escamas oscuras atravesadas por rombos dorados; ojos rojos y una lengua bífida que se asomaba por sus fauces abiertas. El extremo de su cola estaba rematado por una espada—. ¡Mi veneno es el más infame de todos estos bosques!

    —No —respondió, dejando caer su otro brazo sobre su cabeza. La serpiente soltó su presa y cayó al suelo aturdida. Escuchó un ruido proveniente de los arbustos, y se giró justo a tiempo para parar la acometida del segundo pokémon: un felino bípedo de pelaje blanco, salvo en sus patas de grandes garras rematadas de rojo.

    —Un seviper y un zangoose trabajando juntos —rio Albor—. He visto cosas más raras, pero aún así...

    —Y un gliscor —clamó una voz a sus espaldas. La mujer cortó sus palabras al sentir la afilada pinza del escorpión sobre su cuello.

    —¿Ahora qué pasa? —se quejó Aemon al verla alzar las manos en actitud de derrota.

    —Me atraparon.

    Los atrapamos —corrigió el seviper, apuntando con la cuchilla de su cola al propio cuello del insecto.

    Los pokémon de ambos grupos se mantenían inmóviles, esperando la menor provocación para atacar. Aemon se preguntó si Albor, siendo medio fantasma, sobreviviría a una decapitación en caso de que ellos hicieran el primer movimiento, pero no tuvo oportunidad de averiguarlo porque un momento después, el humanito se adelantó al centro del conflicto, justo entre los pokémon combatientes, y retiró la capa que cubría su cabeza.

    —El Maestro —dijo con su voz aguda, pero extrañamente calmada—. Queremos ver al maestro.

    —¿Maestro? —inquirió Albor al notar que los tres atacantes parecían confundidos.

    —Estos bosques están protegidos por el Maestro. Él no permite que ataquen a los humanos.

    —Ya te lo dije, niño —replicó Aemon sujetando las garras del zangoose—. No todos los pokémon obedecen las reglas.

    Pero, para su sorpresa, los tres pokémon bajaron sus garras y cola mientras se mantenían en guardia, intercambiaban miradas entre ellos y asentían entre sí. Finalmente, el gliscor inquirió:

    —¿Conoces al Maestro?

    El niño exhibió sus dientes en una amplia sonrisa, la primera que Aemon le veía hacer desde que se conocieron.

    —Somos amigos.





    Por alguna razón, el trío que los había emboscado minutos atrás, ahora los escoltaba a través del bosque, formando una cuña frente a ellos. Aemon iba en el centro, vigilando cada uno de sus movimientos, y detrás de él, Albor y el humanito conversaban.

    —Has sido parte de esta historia desde el capítulo III, y todavía no sabemos nada de ti. ¿Exactamente quién eres?

    Parecía mucho más animado en la naturaleza, rodeado de árboles, que en la ciudad con sus semejantes. Aún así, tras su sonrisa se ocultaba un gesto de dolor cada vez que daba un paso.

    —Mi nombre Rodion, pero todos me llaman Rodia. Vivo en Ciudad Victoria, al Este de estos bosques, y antes pasaba mucho tiempo por aquí.

    —Así conoces al Maestro —comentó el gliscor medio distraído—, ¿hace cuánto que no vienes por aquí?

    —Un año... tal vez.

    —Pues los Bosques Victoria han cambiado mucho en este tiempo —añadió el zangoose—. Yo soy Wes, el gliscor de allá es Fer, y el dientón es Agaryaleph.

    —Mucho gusto —replicó la serpiente. Albor preguntó:

    —¿Por qué tienes un nombre tan raro?

    Aemon se tocó la frente con su pinza, viendo cómo la conversación se desviaba.

    —Rodia entonces. ¿Qué hacías en Ciudad Reliquia?

    —Yo... como que huí de mi padre.

    —¿Qué clase de hombre es tu padre? —preguntó Albor de nuevo. El niño bajó la cabeza y tardó un momento en responder.

    —Es... el mejor —dijo por fin con las mejillas infladas y el ceño fruncido, como si ese hecho no lo hiciera feliz en absoluto.

    —¿Tienes hermanos?

    Antes de que pudiera contestar, el grupo se encontró con un arroyo que corría alrededor de un árbol particularmente grande. Daba la impresión de ser un foso rodeando un castillo, y el propio tronco era tan grueso que fácilmente podía albergar a los seis en su interior, aunque era apenas un poco más alto que el resto de los árboles que lo rodeaban.

    —Llegamos —anunció Wes el Zangoose—, a la casa del Maestro.


    Un pokémon se asomó de entre las raíces, un stunky de pequeño tamaño que caminaba con torpeza hacia el arroyo. Tropezó un par de veces con sus propias patas, y cuando por fin pudo beber, se había mojado casi toda la cara. Lo más peculiar era, sin embargo, que la mitad izquierda de su cara era completamente blanca. Aemon se estremeció por su sola visión, e inconscientemente dio un paso hacia atrás justo en el momento en que una segunda figura salía de un hueco en el tronco para recibirlos.

    Era un pokémon de baja estatura, probablemente en su primera etapa. Al principio pensaron que se trataba de un tangela, ya que lucía casi exactamente como uno: cuerpo redondo sin brazos con los brillantes pies rojos como único soporte. Sin embargo, en lugar de la maraña intrincada de ramas que eran el resto de los tangela, el cuerpo de éste se hallaba cubierto de hojas verdes, idénticas a las que poblaban las ramas del árbol sobre ellos, pero mucho más brillantes, como si estuvieran más vivas. Y en lugar de los ojos redondos con pupilas pequeñas, los suyos eran más ovalados y contaban con brillantes irises azules. Y por último, estaban esas dos finas antenas que se extendían sobre su frente. Su aspecto era extraño, sí, pero emitía una fuerte aura de misticismo, e incluso antes de escucharlo hablar, tanto Aemon como Albor supieron que se trataba del Maestro.

    El zangoose y el gliscor se inclinaron hasta tocar el suelo con sus patas, y el seviper agachó su cuello igualmente en un gesto de reverencia. El extraño tangela asintió.

    —Wes, Fer, Agaryaleph. ¿Qué os trae a mí? —habló con una voz profunda y solemne.

    —Maestro —empezó a decir el zangoose—. Hemos traído hasta usted a este humano que dice conocerlo.

    —¿Humano?

    —¡Caroll! —exclamó el humanito mientras corría a su encuentro y lo alzaba entre sus brazos. El Maestro se dejó hacer, manteniendo su gesto sereno hasta que lo puso de vuelta en el suelo, ante la mirada atónita de todos los demás. Al soltarlo, sin embargo, hizo un tímido gesto de dolor y se llevó una mano al costado.

    —Os he dicho que no debíais venir de nuevo, el bosque no es lo que solía ser.

    —Está bien. Vengo con amigos.

    Inseguros sobre cómo reaccionar, Albor y Aemon plantaron sus rodillas en el suelo al tiempo que se presentaban.

    —Soy Albor, de la Oración del Eclipse.

    —Y yo soy Aemon, de la Canción del Acero.

    —Un honor conoceros. Mi nombre es Carol, de la Oración del Tiempo —suspiró—. Pero todos me llaman "Maestro". Poca es mi sabiduría, pero queda a vuestra entera disposición. Todo amigo de Rodion es amigo mío también.

    —¿Hay algún pokémon que sepa curar aquí? —preguntó Aemon con una tenaza sobre la cabeza de Rodia—. El humanito necesita atención.

    —Ya me doy cuenta, aunque trate de ocultarlo. —De entre sus hojas se asomó una ramita de madera a la altura a la que debería estar su brazo derecho, y apuntó con ella hacia el costado de Rodia. Empezó a emitir una tenue luz del color del bosque mientras sus hojas vibraban y el niño era envuelto por una suave brisa.

    —No os acerquéis a él, es un proceso peligroso.

    Pese a ello, el humanito estuvo sereno todo el tiempo, y pasados unos minutos, la brisa cesó y salió de ella completamente recuperado.

    —Gracias Caroll.

    —Ya os he dicho que no seáis imprudente. ¿Qué os ocurrió en esta ocasión?

    —Fue mi culpa —confesó Aemon—. Fue herido bajo mi cuidado.

    —Aemon, ¿cierto? Puedo ver que también estáis herido. Dejad que me ocupe de vuestras heridas también.

    Tras un momento de duda, accedió, y se sentó en el suelo para poner sus tenazas a la altura del Maestro. Cuando la brisa del bosque lo envolvió, sintió como si poco a poco rejuveneciera.

    —Así que... —canturreó Albor fingiendo estar distraída—, tú estás al mando en este bosque.

    —Los pokémon me piden consejo, así como las plantas, y es mi menester cumplir con sus expectativas, pero ningún habitante de Victoria está sometido a mi voluntad.

    —Aunque diga eso —replicó el seviper—, no hay nadie más sabio que el Maestro.

    —Interesante. Y también te encargas de curar a otros. —Sus ojos se fijaron en el stunky del arroyo, que ahora dormía sobre la hierba. Había notado la expresión de incomodidad cuando Aemon lo vio por primera vez—. Ese pequeño de allá, ¿también está enfermo?

    Los ojos del Maestro se entrecerraron.

    —Lo encontramos a las afueras de la ciudad; delirando, convulso. Lo suyo es menos una enfermedad que un veneno... uno que debió llegar a su cuerpo por intervención ajena. Tratamos de aliviar su sufrimiento, en lo posible.

    El tratamiento de Aemon concluyó. Aunque sus pinzas parecían restauradas a su estado ideal, era obvio por su expresión que se sentía incómodo. Iba a levantarse, pero Albor se lo impidió poniendo las manos sobre sus hombros.

    —Revisa también sus alas, por favor.

    A regañadientes, Aemon descubrió su espalda. Tal y como esperaba, los tres pokémon y el humanito hicieron muecas de dolor al ver sus cicatrices.

    —Están más allá de mi capacidad —suspiró el Maestro con pesar—. Ha pasado demasiado tiempo desde que sufristeis estas heridas.

    —Media luna —murmuró con amargura.

    —Si las cosas fueran como antes, quizá... pero hace mucho que el Dios del Tiempo no nos escucha, y su poder se debilita. Son tiempos duros...

    —Es la segunda vez que lo dices —replicó Aemon mientras se cubría de nuevo—. ¿Qué pasa en este bosque que es tan peligroso?

    El Maestro negó con la cabeza.

    —No sólo aquí; lo siento a través de la misma tierra... las oraciones están siendo olvidadas y el pacto entre nuestras especies peligra. Humanos cazando pokémon, pokémon depredando humanos, tal vez lo habéis visto ya.

    Ni Albor ni Aemon se atrevieron a responder.

    —Si las oraciones pierden fuerza, los dioses no las oirán, y si ellos no las responden, tampoco lo harán quienes deben creer. Mi influencia en estos bosques solo es tan fuerte como la fe de aquellos que viven en él, pero si somos invadidos por estas fuerzas negativas, pronto no quedará nada.

    Con su ramita golpeó la cabeza del seviper, luego la del zangoose y por último la del gliscor.

    —Pero algunos insensatos no paran de olvidarlo.

    —Lo sentimos.

    —Ahora lo sienten —se quejó—, pero mañana lo olvidarán de nuevo.

    Se volvió hacia el dúo de humana y pokémon mientras apuntaba con la ramita a Rodia y hacía una ligera reverencia.

    —Albor, Aemon, quisiera pediros un favor: escoltad de vuelta a este niño a casa.

    —Íbamos a hacerlo de todos modos —asintió él.

    —Wes y los demás os acompañarán hasta los límites de los bosques. Mientras estéis con ellos, nadie se atreverá a atacaros, pero no juguéis con vuestra suerte.

    El zangoose y los otros se levantaron, listos para partir, al igual que ellos dos. Rodia se despidió una vez más de Caroll y éste lo golpeó una vez más en la frente con la varita.

    —Así que... ¿vamos a casa? —preguntó cuando emprendieron la marcha.

    —Aunque no quieras —amenazó la bruja—. Tenemos algunos amigos ahí.

    —Y probablemente causemos problemas —añadió Aemon mientras depositaba algo en sus manos—. No lo pierdas de nuevo.

    Un anillo de oro negro con una gema roja tallada en forma de V.

    —A Ciudad Victoria, campeón.



    Próximo Capítulo: El Enviado del Inicio
     
  9. Threadmarks: Capítulo VII — El Enviado del Inicio
     
    Maze

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    Capítulo VII — El Enviado del Inicio
    En el que resumir los acontecimientos del capítulo podría ser más confuso que clarificador.
    Tengo algunas palabras qué compartir
    Con mis amigos del lado salvaje de la vida:
    Esa luz roja que ahora luce tan lejana
    Puede guiarte a la salida si crees en ella.

    El pasillo era largo, ancho y lúgubre. Había pocas cosas que Myra odiara más en el mundo, como los lugares húmedos y los viajes por mar. Desafortunadamente, también estaba atrapada en ambas situaciones. Los meowstic como ella no habían nacido para esa clase de ambientes, pero poco podía hacer ahora sino soportar.

    Su acompañante era un humano adulto llamado Andrea Morrel, o al menos él aseguraba serlo, porque su conducta a veces pecaba de infantil, y en esos ojos azules brillaba la malicia. El cabello castaño le caía en capas hasta llegar a sus hombros, y su indumentaria constaba de un típico traje de marinero bajo una chaqueta larga del color del mar. Era fuerte para alguien de su especie, y también listo, pero a menudo dejaba que su orgullo se llevara lo mejor de sus virtudes.

    Su destino era el calabozo de la sección inferior de la nave. En aquel momento, sólo una celda estaba ocupada y el pokémon en cuestión era un greninja en el fondo de la misma. Sus tobillos estaban encadenados por pesados grilletes, igual que sus muñecas, y la cadena que unía estas también se conectaba a la pared, de modo que no podía ponerse de pie ni tumbarse cómodamente. Myra creía que esa clase de castigos eran excesivos, pero en pokémon como éste, no inmerecidos. Cuando los vio llegar alzó la cabeza y los miró con sus ojos rojos y opacos. Incluso su piel había perdido lustre.

    —Sabes por qué estás aquí, ¿cierto, pedazo de basura? —Áspero como solía ser, Morrel empezó el interrogatorio. El greninja sonrió con sus ojos.

    —Porque fui tan estúpido que me dejé atrapar por idiotas como ustedes.

    —Lo sabe —Morrel no podía entenderlo, por lo que Myra debía traducir directo a su cabeza.

    —Mataste a cuatro de los nuestros —insistió.

    —Ojalá hubieran sido seis.

    —Basta —intervino ella—. No hemos venido a intercambiar insultos.

    —¿Vamos a intercambiar regalos? Quítame estos grilletes y te daré uno muy especial: una shuriken en medio de esos ojos tan feos.

    —¿Crees que amenazarnos va a mejorar tu situación?

    —Tal vez sí. Tal vez me tiren de nuevo al mar con todo y cadenas. Los basculin acabarían conmigo en un par de minutos pero sigue siendo una mejor alternativa que pudrirme aquí.

    —No son las únicas dos alternativas —asintió, traduciendo estas últimas palabras a su compañero.

    —Andamos algo cortos de personal, y tú eres un hijo de puta muy resistente. Si prometes portarte bien, podemos hacerte un lugar en el equipo.

    —Dile al idiota de tu amigo que no me interesa. —Se encogió de hombros. Morrel entendió este gesto e insistió.

    —Dos de nuestros agentes, Daybreak y Miles, han desaparecido en mitad de una misión. Tenemos razones para creer que ella nos ha traicionado y ha huido por su cuenta, así que tu misión sería encontrarla y traerla de vuelta, viva o muerta.

    —¿Y qué te hace pensar que no voy a huir en el momento en que me quiten las cadenas?

    —Se te asignará un compañero capaz de vigilarte —explicó Myra—. Y sería mejor para ti cumplir con tu misión.

    —¿Es una amenaza?

    —Una oferta. Nuestra organización es generosa y paga bien a quienes sirven bien, probablemente mejor que tus anteriores empleadores.

    El greninja guardó silencio mientras bajaba los ojos. Su expresión empezaba a volverse sombría.

    —¿Qué tan bien?

    —Muy bien.

    Se resistió un poco más antes de hablar.

    —Vengo de la Aldea Oculta entre la Niebla. Mi gente es pobre, pero la mayoría es demasiado débil para protegerse, ya no digamos cazar por su cuenta. Si voy a trabajar para ustedes, necesito dinero humano. mucho dinero humano.

    Myra tradujo a Morrel. Éste sonrió con acritud.

    —Entonces tendrás que hacer un buen trabajo. Uno muy bueno.

    El greninja titubeó. Myra podía ver ese repentino brillo de ambición en sus ojos.

    —No tienes que responder ahora, tocaremos puerto dentro de seis horas.

    —Pero no tenemos calabozos en tierra, así que será mejor que pienses bien tu decisión. Tal vez se cumpla tu deseo de terminar en el fondo del mar.

    Myra suspiró. Esa última amenaza había sido innecesaria, pero ya que había mordido el anzuelo. Inclinó la cabeza en despedida y junto con Morrel, salió de aquel horrible calabozo.

    En cuanto se cerró la puerta del pasillo, una pequeña pelusa amarilla descendió lentamente del techo. Tenía cuatro patas cortas, fugaces ojos índigo y bajaba a través de un fino hilo amarillo resplandeciente.

    —Creí que nunca se irían —dijo la pequeña araña. El greninja abrió los ojos con verdadera sorpresa.

    —¿Briny? ¿Cómo llegaste aquí? Estamos en medio del mar...

    —Con dificultad. —La pelusa saltó de su red y se introdujo en la cerradura de sus grilletes. Le escuchó pelear contra el mecanismo y un minuto después, sus muñecas eran libres.

    —Perfecto.

    Fiel a su palabra, lo primero que hizo fue crear una shuriken de agua para cortar las cadenas que sujetaban sus pies. Tras un par de golpes, el hierro cedió.

    —Joder, estoy oxidado.

    —Ya habrá tiempo para eso —dijo la pequeña araña desde el interior de la cerradura de la celda—. Por ahora debemos irnos.

    El lugar estaba desierto y casi por completo a oscuras. Por suerte, ambos estaban entrenados para ver en la oscuridad.

    —¿Qué fue todo eso de la Aldea Oculta entre la Niebla?

    —Me lo inventé, ¿a que suena genial?

    —Como digas. —La puerta del pasillo cedió ante Briny y se encontraron en el cuarto de máquinas—. Hay que darnos prisa, nos están esperando y...

    Antes de que pudiera terminar, el ruido del metal doblándose acalló sus palabras. El greninja acababa de patear algo que parecía importante.

    —Espera. Estos tipos me prestaron una bonita habitación y me alimentaron gratis por cosa de un mes con peces podridos. No puedo irme sin devolver el favor.




    ¿—Y cómo fue que te atraparon en primer lugar? —preguntó el joltik mientras se infiltraban en el cuarto de control a través de los ductos de ventilación gracias a la elasticidad de la rana y al diminuto tamaño del arácnido.

    —Bueno, yo estaba por ahí haciendo mis cosas...

    —La verdad.

    —¡Es la verdad! Llegué antes que ustedes a Ciudad Carbón así que tenía unos cuantos días libres. No sabes qué pedazo de mierda es esa ciudad. ¡Nunca pasa nada!

    —Lo sé. Te buscamos por semanas.

    —El caso es que parecía que iba a llover, así que entré a uno de esos bares llenos de machop a hacer un poco de dinero jugando a las cartas. Y gané, y no les gustó, y uno me dijo...

    —¡Tramposo!

    —Y le clavé la mano derecha a la tabla con una shuriken. No se lo tomó muy bien.

    La pequeña araña negó con la cabeza.

    —Pero entonces vinieron más machop y algunos machoke, y recordé que no podía causar problemas en la ciudad.

    —Un poco tarde para eso.

    —Espera, que se pone bueno. Cuando salí, me encontré con otro grupo de... ¿cómo se llaman esas cosas? Son como los poochyena, pero marrones y con picos.

    —Ah, creo que los conozco, son...

    Se asomaron por la rendija de ventilación. Una mujer humana, con sombrero y uniforme de capitán, se encontraba mirando al frente con ambos brazos apoyados en el timón, ajena al peligro que se cernía sobre ella.

    —Vamos a hacerlo rápido.

    El greninja apartó la rendija con su lengua y la sostuvo para evitar que hiciera ruido al caer. Tomó a Briny entre dos dedos y lo lanzó hacia la nuca de su objetivo. Una descarga eléctrica rápida y eficaz la dejó inconsciente.

    —Eres el mejor, enano —declaró el greninja mientras sujetaba el timón y lo cortaba desde su base. Después procedió a pulsar todos los botones que podía del panel de control—. Démonos prisa antes de que alguien nos vea.

    —Dijiste que había un grupo de rockruff.

    —¡Sí, esos!





    —Perseguían a una mujer humana. Era joven, o eso parecía. Iba muy cubierta con una capa azul oscuro, así que lo único que podía ver de ella era su cabeza. Su cabello era... ¿azul? ¿plateado? O algún punto intermedio entre ambos. Y sus ojos eran grises, pero muy brillantes. Era como si dijeran "me importa una mierda quién seas, no vas a meterte en mi camino".

    »Así que bloqueé el camino de esos rockruff, tomé su brazo y escapé con ella por otra calle. Les perdimos el paso cuando llegamos a un parque... o a lo más parecido a un parque que puede encontrarse en un basurero de ciudad como esa. Me dijo "gracias" y me sonrió.

    —Y... ¿qué pasó después? —preguntó Brionac, un poco nervioso por el rumbo que estaba tomando la historia.

    —Le dije "no te metas en problemas" y ella me dijo "ya estoy metida hasta el cuello en uno".

    —Espera, espera, espera. ¿Dices que hablaste con una humana y ella te respondió?

    —A mí también me sorprendió. Entendía todo lo que le decía.

    —¿Como el Maestro Alquimista?

    —No, como... como si hablara contigo.

    El dúo había llegado a la bodega, donde se dedicaron a la tarea de cortar todos los cables que encontraron en su camino. Dadas las condiciones de humedad y temperatura, sin la refrigeración adecuada, todo se echaría a perder en menos de dos días.

    —Es una venganza muy infantil la tuya.

    —Tú déjame seguir.

    —¿¡Quién está ahí!? —escucharon decir a una voz. Ambos volvieron la vista hacia la entrada, donde se encontraba un dewott dispuesto a dar la alarma. El greninja volvió a lanzar al joltik como un proyectil y su nuevo enemigo fue neutralizado en segundos.

    —¡Vámonos de aquí!

    —Espera, ¡quiero saber qué pasó después!







    La mujer se hacía llamar Dunia, aunque el greninja sospechó que no era su verdadero nombre. Muchos humanos solían ocultar el propio, como le había enseñado el Maestro Alquimista, pero nadie podía ocultarse a sí mismo. Por eso, el greninja se había entrenado en reconocer a los individuos, humanos o pokémon, por su comportamiento y no por su apariencia o sus palabras, y lo que podía ver en aquella mujer era... pureza. Una pureza tan blanca y brillante que quemaba sus ojos.

    —Gracias por salvarme —le dijo—, pero será mejor que huyas ahora. Los que me perseguían son gente peligrosa.

    —¿Esos pequeños? Una banda de machop inútiles podría acabar con ellos.

    —Los rockruff sólo son rastreadores, para que sus verdaderos líderes puedan encontrarme.

    El greninja aguzó su oido cuando escuchó unas pisadas familiares. Al menos uno de esos cachorros les seguía.

    —¿Quiénes te siguen?

    —No lo sé, pero son fuertes y carecen de escrúpulos. Por última vez, no te incolucres más o te harán daño.

    Se encogió de hombros, pero interiormente se sentía incómodo. Cuando alguien le decía que no se metiera en sus asuntos, solía ser para que no causara más problemas, no para protegerlo de sus problemas. No sabía cómo reaccionar a ello.

    La mujer apretó los labios y volvió a cubrirse la cabeza con su capa mientras se ponía de pie.

    —Gracias —le repitió mientras pasaba una mano por su frente—, tengo que irme.

    La vio dar un paso, luego dos... y entonces escuchó el viento silbar. Una, diez, veinte rocas afiladas como estacas herían el aire en su camino hacia ella. El greninja saltó a toda velocidad y la derribó, salvándola de una muerte segura mientras los proyectiles seguían su camino, perforando árboles y concreto por igual.

    —Deja de huir. Ya no tienes escapatoria.

    El que hablaba era un humano adulto tan alto como un dragonite y con la complexión de un machamp con dos brazos, y a su lado estaba el responsable del ataque: un lycanroc bípedo apuntando con sus garras hacia ellos.

    —Hey, hermano —le dijo el camino—. Quítate de en medio, nuestros asuntos son con esa mujer.

    Dunia, aturdida, pero firme, se levantó nuevamente y asintió.

    —Vete ahora que puedes, no pelees con ellos.

    El greninja escondió una sonrisa bajo su lengua.

    —Mientras más insisten en que no haga algo, más ganas tengo de hacerlo.

    Lycanroc era una criatura rabiosa, y como tal respondió a la provocación arremetiendo con furia. El greninja logró esquivar su primer zarpazo, pero el segundo tuvo que bloquearlo con una mano y sintió cómo los huesos de su brazo crujían por el impacto. Era fuerte, tal vez más que él, y cuando trató de hacer distancia, descubrió que también era implacable.

    Con su poder de salto superior, el greninja se alzó por los aires y desató una lluvia de shurikens sobre el cánido, y este correspondió con una ráfaga de esquirlas que parecían dagas. Las shurikens explotaban al contacto y las rocas se pulverizaban sin que ninguno de los dos pudiera ganar terreno, hasta que la gravedad empezó a jalarlo de vuelta.

    Cayó con gracia sobre sus pies mientras preparaba una Onda Certera en su mano izquierda con la que enviaría al lycanroc a un largo sueño, pero antes de poder lanzarla sintió un mazazo de hierro en la nuca que lo hizo caer al suelo. Supo que se trataba del humano cuando sintió su bota sobre la espalda.

    —Fin del camino —dijo a la humana—. Entréganos la cadena.

    Dunia dio un paso hacia atrás y pensó en huir, pero se detuvo cuando el lycanroc puso su pata sobre la cabeza del greninja.

    —Está bien. Se los daré.

    Buscó en un bolsillo oculto de su manga y extrajo un pequeño anillo negro finamente tallado, con una gema roja incrustada en forma de "V". A decir del greninja, era muy poca cosa para tantos problemas, pero el humano mastodonte lo aceptó y, tras examinarlo por un segundo, lo tomó de la mano de la mujer para después asestarle un fuerte puñetazo en el abdomen que la hizo caer.

    —Vámonos —dijo al lycanroc al tiempo que le apuntaba con una curiosa esfera roja y blanca. Disparó un rayo escarlata de la misma que absorbió a su pokémon en el interior.






    Siguieron su camino de piso en piso, cuarto por cuarto, incluso en los camarotes. Sistemáticamente, el greninja y el joltik entraban a una habitación, neutralizaban a quien estuviera dentro y hacían algunas maldades en la estructura.

    —¿Así que una esfera que absorbe pokémon? ¿No lo estás inventando? —sospechó Briny cuando llegaron a los baños.

    —Te digo lo que vi. La próxima vez que veamos a uno de estos tipos, le preguntamos antes de noquearlo.

    Mientras discutían, el greninja abría todos los grifos y duchas a su alcance, y al terminar arrancaba las llaves.

    —¿Por qué haces todo esto? ¿Y por qué insistes en no matarlos?

    —Porque soy un mal perdedor. Y porque quiero joderlos tanto como pueda.

    El joltik suspiró. Sólo faltaba que le diera vuelta a todas las señales de la pared.

    —¿Y bien? ¿Qué pasó después?

    —Cuando pudimos caminar de nuevo, nos escondimos en una zona con árboles...





    —¿Qué era esa cosa? ¿Por qué la querían tanto?

    Pese a su complexión, Dunia parecía en mejor estado que él.

    —Un anillo... o sería más preciso decir, una "cadena". Se dice que las tres cadenas fueron un obsequio de los augures a la humanidad hace cientos de años, y que son capaces de otorgar grandes poderes —hizo una pausa, y después sacudió las manos para restarle importancia—. Es sólo una leyenda, claro que no tienen todo ese poder.

    —¿Entonces por qué la querían tanto?

    —Sigue siendo una reliquia ancestral de valor incalculable. Venderla a la persona correcta puede solucionar tu vida, o matarte. En otra situación, hubiera acudido a la policía, pero...

    —¿Pero?

    —Los criminales eran pokémon, y yo soy una persona importante. Si llega a saberse, podría causar problemas en la relación de nuestras especies.

    El greninja apenas y lo entendía. El anillo significaba mucho para ella, pero no estaba dispuesta a luchar por el para... ¿proteger a los ladrones? Lo había entregado voluntariamente solo para salvarlo del peligro, y ahora le restaba importancia.

    —Mi hermano se volverá loco, pero está bien. Ahora puedo dedicarme a mi investigación.

    —Espera.

    El greninja se levantó y estiró sus brazos. Empezaba a hacerse una idea de lo que iba a hacer.

    —¿De dónde vienes?

    —Ciudad Victoria, ¿no te lo dije?

    Buscó el sol sobre su cabeza. El Alquimista le había enseñado a encontrar el norte por medio del sol, aunque las nubes de lluvia lo hacían bastante difícil.

    —Si te emboscaron de camino hacia acá, debían venir por la ruta 7. De ser el caso, van a huir por el mismo camino.

    —Espera un momento, no estarás pensando en ir tras ellos.

    Se inclinó sobre los dedos de sus pies y su mano derecha, tensando sus músculos para saltar.

    —Nadie me conoce, y también soy un pokémon. No voy a romper ninguna ley cazando a otros pokémon, ¿verdad?








    —¿Y ahora qué hacemos? —preguntó la pequeña araña. La racha de buena suerte había terminado y ahora los cazadores les tenían rodeados en la cubierta.

    —Luchar, Briny, luchar.

    Los poochyena no eran problema para sus shuriken, y los humanos eran demasiado lentos para reaccionar. La pelea era completamente desigual, pero sabían que estaban en desventaja a largo plazo. Eran dos contra demasiados, y en cualquier momento la balanza podía inclinarse en dirección contraria.

    —¿Qué está pasando aquí?

    Reconoció la voz de la meowstic, claramente molesta, y después sintió la fuerza de unas cadenas envolviendo su cuerpo con una fuerza aplastante. Era lista. Sabía que sus poderes psíquicos no lo afectarían, así que los utilizó sobre las cadenas para someterlo.

    Apenas le quedaron fuerzas para girar la cabeza en su dirección. El humano de siempre la acompañaba a su lado.

    —Supongo que rechazas nuestra oferta de amistad.

    —No eras el más listo de tu camada, ¿verdad?

    Las cadenas presionaron con más fuerza.

    —Él no te entiende, pero yo sí —amenazó Myra. Chasqueó la lengua y buscó con la mirada a Brionac.

    —Hey, creo que necesito ayuda.

    La pequeña araña suspiró, suspendida de un hilo invisible sobre su enemiga.

    —Cubre tus oídos.

    El greninja envolvió su cabeza con su propia lengua un segundo antes de que Brionac tallara sus quelíceros uno contra otro para producir un zumbido ensordecedor. Myra soltó las cadenas de inmediato y se sujetó la cabeza con ambas manos, momento que aprovechó el anfibio para saltar al agua. Incluso su compañero humano tenía problemas para soportar aquel ruido tan desagradable.

    Mientras tanto, el greninja se sumergió unos pocos metros en el agua y unas pocas semanas en sus recuerdos. Con su velocidad superior, encontró rápidamente al dúo ladrón mientras cruzaban el pantano. Ésta vez no contaban con el elemento sorpresa a diferencia de él, y en lugar de pelear limpió, disparó sus shurikens a la espalda del lycanroc y estranguló al humano con su lengua. Sólo la llegada de esa mujer impidió que los matara.

    —¡Ya puedes salir!

    Briny lo llamaba desde la cubierta. El pequeño había agotado todas sus energías.

    —¿Por qué tengo que salvarte siempre que empiezas una pelea?

    —Porque viniste a rescatarme, ¿no? —respondió cuando salió a la superficie.

    —Espero que no falte mucho... ¿qué pasó cuando recuperaste el anillo?






    —¡Gracias! ¡Muchas gracias!

    La humana lo estrechó entre sus brazos por un largo e incómodo momento. ¿Qué tan importante era ese anillo si estaba dispuesta a entregarlo para salvarle?

    —Si puedo hacer algo por ti, cualquier cosa —le decía mientras se separaba—, no dudes en pedírmelo. Haré todo en mi poder para cumplirlo.

    El greninja lo pensó por un momento. No había nada que pudiera pedir.

    —Sólo estoy de paso. Espero a mis compañeros por la ciudad para una... —aguzó su oído a la distancia—. Volvamos a la ciudad, podrían tener compañeros.

    —Y va a llover —añadió ella.

    —¿Qué haces tú en Ciudad Carbón? Dijiste algo sobre una investigación...

    —Sí, es verdad.

    Introdujo una mano bajo su capa, y la sacó de vuelta con una pequeña placa blanca con forma de media luna. Parecía de algún material entre el hueso y el acero.

    —¿Qué es eso?

    —Una cresta de machop. No lo parece, ¿verdad? Pero lo es. Pertenecía a un pobre pokémon que encontraron a las afueras de Ciudad Victoria, medio enloquecido y medio muerto. En el centro de acopio hicieron todo lo posible para salvarlo, pero nadie entendía cuál era su enfermedad.

    El greninja dejó de hablar, y suplicó mentalmente que la humana dejara de hacerlo también.

    —No fue el primero ni tampoco el último. Aunque escasos, se siguen presentando casos de pokémon con esta rara enfermedad. Tenemos sospechas de que podría estar relacionada con las minas de Ciudad Carbón, pero mi hermano insiste en que debemos mantener el asunto en secreto hasta que sepamos cómo combatirlo para no alarmar a la población. Discutimos por eso, pero... creo que tiene razón. Siempre la tiene.

    —¿Una enfermedad?

    La primera gota de lluvia cayó sobre su cabeza.

    —Eso tengo que descubrir. Tal vez sea una infección, una plaga o... no lo sé, podría deberse a intervención humana. Tal vez tuvieron contacto con algún mineral nocivo.







    Briny y el greninja se encontraban en la cámara del capitán cuando llegaron a esta parte de la historia. Ninguno reía.

    —Puedo imaginar cómo termina.

    —Cuando me encontraron, la lluvia se había convertido en granizo. Eran los compañeros de estas basuras. Maté a cuatro, pero eventualmente perdí y me arrojaron a este puto calabozo.

    —Los descubrimos en Ciudad Carbón. El Maestro Alquimista se quedó con unos pocos de esos rockruff.

    —Qué bien.

    —¿Y? ¿Qué hacemos ahora, quieres hundir este barco o algo así? De todos modos ya no puede moverse.

    —Ahora que lo pienso, dijiste que...

    Sus palabras fueron acalladas cuando el techo sobre ellos fue arrancado por una garra de su mismo tamaño. El cielo sobre ellos se había oscurecido a causa del gigantesco dragón que volaba sobre la nave.

    —¿Raggio?

    —¿Esperabas a alguien más? Respondió el colosal druddigon. Sus escamas eran negras en su mayoría, salvo por las rojas de su cabeza y algunas púas sobre su cuerpo. Sus alas eran anormalmente grandes, aún para su tamaño, y tan fuertes que le permitían mantenerse en el aire a diferencia de otros de su especie.

    —Dense prisa y suban. Tenemos trabajo qué hacer.

    Briny se columpió con sus hilos hacia él, y el greninja saltó sobre su brazo extendido. Cuando ambos llegaron a su espalda se encontraron con un Xatu mirando hacia el horizonte.

    —Hey Xerxes, ¿cómo va la misión?

    —Ahora tenemos una nueva —respondió el psíquico—. Parece que alguien causó problemas en Ciudad Reliquia.

    —¿Desde cuándo nos importa eso?

    —Si le importa al Maestro Alquimista, nos importa a nosotros.

    —Hey, ¿cómo diablos acabaste aquí?

    El greninja dudó un momento antes de responder.

    —Estos tipos son piratas o algo así. Querían que me uniera a su tripulación para encontrar un tesoro legendario.

    Briny sacudió la cabeza.

    —Pero toda esa historia de las piedras y la mujer...

    —¿Ah, eso? También era mentira.

    Se tumbó de espaldas sobre el masivo dragón, ignorando las protestas del joltik. El cielo estaba despejado y el sol brillaba con fuerza. Aún así, sentía que sus ojos se humedecían.

    Inconscientemente, cerró su puño y lo dejó caer sobre las escamas de Raggio. Este ni siquiera sintió el golpe.

    —La próxima vez lleguen a tiempo, maldición.




    Próximo Capítulo: Los Príncipes de la Victoria
     
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