One-shot Flor de Papel [Pokémon Rol Championship]

Tema en 'Mesa de Fanfics' iniciado por (ง'-̀'́)ง, 2 Diciembre 2019.

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    (ง'-̀'́)ง

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    Escritor
    Título:
    Flor de Papel [Pokémon Rol Championship]
    Clasificación:
    Para todas las edades
    Género:
    Tragedia
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    1948
    Bueno, ya que todos están con el angst a tope (? Hablando en serio, no iba a publicar esto. Nunca. Era algo bastante personal, y no le veía sentido al hacerlo, ya que para mí era bastante inverosímil y no iba a sumar nada.

    Si a alguien le interesa el cómo surgió esto, ocurrió cuando Liza y Dante estaban charlando en el Centro Pokémon de Témpera, después de la batalla final del rol. Mientras los leía, me puse a pensar en que pasaría si justo Nikolah llegara a Témpera y viera todo eso. Algo que obviamente nunca ocurrió y que por eso no tiene sentido (? Y de ocurrir, tampoco iba a hacerlo de esta manera. Lo que pasó fue que, sin quererlo, disparé una serie de recuerdos personales, que comenzaron a mezclarse con los sucesos vividos en el rol, y me llevaron a lugares oscuros que ya no quería visitar (? Y tuve que escribir, para sacarme eso de la cabeza. El resultado es...esto.

    No sé por qué lo estoy publicando, sinceramente xD Supongo que ¿necesitaba hacerlo? Dunno. Como sea, si leyeron todo esto, genial. Y si no, genial también (?

    Ah, y sin OST triste ni nada because...fuck it? Meh, no me dan ganas sinceramente de poner nada más (?

    Flor de Papel

    La noche caía en Ciudad Témpera, invitando a que la actividad se fuera desvaneciendo poco a poco, y cada uno volviera a su hogar, para poder disfrutar de la calma que vendría cuando el velo nocturno se depositara sobre los edificios. Y eso mismo pasaba en una habitación del Centro Pokémon. Dos entrenadores, sumidos en una total calma y paz, del estilo que llega luego de que una gran crisis logra ser superada, y te encuentras con alguien a quien de verdad quieres, se encontraban abrazados, disfrutando de la presencia del otro, acostados en una cama, con sus pokémon alrededor, todos ellos durmiendo plácidamente. No se habían dado cuenta, en el estado en el que estaban, pero una manta, mal cosida, se había resbalado del lugar y había caído al suelo, arrugada. Pero no les importaba. Se tenían el uno al otro. Y era todo lo que les importaba en ese momento. El muchacho acarició el cabello de su acompañante una última vez, viendo como los ojos de esta se rendían de a poco, para luego él también abandonarse al sueño. Ambos se habían ido con una sonrisa, y estaban más que seguros que esta noche sería la mejor que habían tenido en mucho tiempo.

    Afuera de la habitación, detrás de la puerta, había alguien que, a pesar de toda la calma y paz que el mismo ambiente dejaba respirar, no se encontraba sereno. Al contrario. Estaba contrariado, pesado. Su espalda se apoyaba contra la puerta, mientras mantenía su mirada perdida en un punto invisible en el techo, intentando contener las lágrimas. En su puño cerrado, se encontraba, completamente arrugada, una flor de papel. Había escuchado la voz de una persona que conocía, de una persona a la que de verdad quería, detrás de esa puerta. Y, tan iluso como siempre, había querido darle una sorpresa. Así que había estado reuniendo valor afuera de la habitación, pensando qué hacer. Tal vez un regalo estaría bien. No tenía nada encima, y seguramente toda tienda estaba cerrada. Aunque tampoco poseía demasiado dinero. Así que había hecho uno de las pocas cosas en las cuales era útil. Una flor de papel.

    Sin embargo, cuando había abierto la puerta silenciosamente, con intención de sorprenderla, sintió como todo el valor que había estado reuniendo en ese momento se había desprendido de su pecho y se había desplomado pesadamente sobre su estómago, tirándolo hacia abajo. Allí se encontraba ella, sí, durmiendo plácidamente en su cama. Pero se encontraba abrazada a alguien más, a un muchacho. Podía reconocerlo. Dante era su nombre, si mal no se acordaba. Lo habían encontrado en la Pradera una vez, y había sido sumamente amable con él y con su hermana. Y al verlos así, las cabezas tan juntas, él acariciando su cabello, ella con una sonrisa de calma en el rostro, sintió cómo algo se estrujaba dentro suyo. Su caja torácica se contraía. Y no sabía por qué. ¿Por qué se había quedado paralizado al ver esa escena? ¿Por qué su calma y su paz le provocaban tanto dolor en estos momentos? ¿No debería sentirse, al contrario, feliz por eso? Pero no podía hacerlo. Por alguna razón, no podía.

    Se quedó contemplándolos unos segundos más, incapaz de moverse, hasta que ya no resistió más. Cerró la puerta con delicadeza, para no despertar a nadie. No quería que nadie lo viera. No quería arruinar su paz, que por alguna razón, una parte de él anhelaba. Apoyó su espalda contra la puerta cerrada, y suspiró. Se quedó mirando el techo, conteniendo el llanto que quería escapar. No era un llanto desgarrador ni fuerte, sino, simplemente, un sollozo, un par de gotas que querían escaparse de ese cuerpo desesperanzado. Por un segundo, su rostro se iluminó. Todavía podía dejarle su regalo. Tenía todavía la flor de papel en la mano, si entraba de forma sigilosa, tal vez podría dejarla en su mesa de luz y…

    Su hilo de pensamiento fue brutalmente interrumpido cuando pudo ver que la mano que llevaba la flor era ahora un puño cerrado. ¿Cuándo había hecho eso? ¿En qué momento? Abrió lentamente la mano, y pudo ver cómo su figura de papel era ahora no más que un bollo deforme, completamente arruinado. Volvió a apretar el puño, esta vez de forma consciente, esta vez con ira. Como no, él, arruinando todo con su torpeza. Por eso ella se encontraba abrazada a Dante, durmiendo en paz. Por eso él se encontraba afuera de la habitación, con la espalda contra la puerta cerrada. Sin embargo, la ira con la cual aplastaba la flor no iba dirigida a nadie dentro de ese cuarto. Si no hacia sí mismo.

    Recordó la primera vez que se había cruzado con Dante, allá en la Pradera. Recordó la felicidad con la cual Talía había ido a saludarlo, y como había tratado con tanto cariño y amabilidad a Elisa y a su hermanita. En cambio él, ¿qué había hecho? Se había dislocado el hombro cayendo de Rayquaza. ¿Cómo iba a poder competir contra él? Era torpe, inmaduro, inocentón hasta rayar lo imbécil. Su cuerpo tenía las secuelas de años de mala alimentación y desnutrición por la vida en la calle, por sus incontables golpes y lesiones. Incluso tenía esa horrenda cicatriz en su torso y su espalda, fruto del impacto de aquel rayo, el fatídico día en el cual se había convertido en huérfano y en alguien sin familia ni hogar. Tenía todavía severos traumas con las tormentas eléctricas, y su mente estaba tan dañada que muchas veces se perdía al hablar.

    ¿Quién era él? No era nadie. Su única familia era una niña que había conocido hace menos de un mes, y había dicho que era su hermana, en un arranque de su estupidez. Era alguien que no sabía separar la realidad del juego. Estaba más que seguro que Dante nunca la había atado a un Tauros, le había llenado el pelo de miel, y la había arrastrado por toda la Pradera. Él no haría esas estupideces. Él no lastimaría a una persona que le importara tanto. Bajó la mirada hacia su mano, hacia la flor destrozada que yacía en su palma. No, él nunca haría eso. No pudo contenerlas por mucho más tiempo, y dos lágrimas se derramaron, manchando el papel y haciendo que se arrugara todavía más.

    ¿Qué diablos seguía haciendo allí? Intentaba moverse, pero el peso en su estómago era muy grande. Se le dificultaba hacer que sus piernas respondieran, temblorosas como estaban. Al final, estas cedieron, y se dejó caer, lentamente, la espalda resbalando contra la puerta, hasta quedar sentado. Rodeó sus rodillas con sus brazos, en un intento de abrazarse y reconfortarse. Mira nada más, otro aspecto negativo de él. La autocompasión. No servía de nada, y lo único que hacía era sumirlo todavía más en la tristeza que sentía en esos momentos. Y lo peor de todo esto era que no lograba entender por qué se sentía así. ¿Qué lo había afectado tanto? No había conocido a aquella chica por más de algunos días. Sin embargo, cada vez que pensaba en ella su corazón se aceleraba, sentía nerviosismo en el estómago, y una tímida sonrisa aparecía en su rostro. Pensar siquiera en tener la oportunidad de estar al lado de ella, de compartir una tarde conversando, era suficiente para lograr alegrarle el resto del día. ¿Por qué pasaba todo eso? ¿Por qué sufría esa dicha y ese tormento al mismo tiempo?

    No pudo dormir en toda la noche. Al fin había logrado encontrar las fuerzas para levantarse y alejarse de aquella habitación, volviendo a la cual su hermana descansaba, plácidamente dormida. La había cubierto un poco más con las mantas cuando había llegado, y le había acomodado algunos cabellos rebeldes, mientras sonreía, contemplando su rostro calmado. Sin embargo, él no había podido encontrar esa calma en toda la noche. Simplemente, las horas habían pasado, sin que él pudiera reconciliarse con su espíritu agitado. Y mira que lo había intentado, ¿eh? Pero cada vez que cerraba los ojos, la imagen de aquellos dos durmiendo volvía a asaltar su mente, e impedía que pudiera descansar.

    Los primeros retazos de sol lastimaron un poco sus ojos cansados, colándose por una rendija que la cortina había dejado. Miró hacia el exterior, viendo como el día nacía, tiñendo el cielo de naranja, indicándole al mundo que la paz de la noche había acabado, y que debían ahora continuar con sus vidas, atesorando esa calma que habían logrado. Pero él había fallado en esa tarea. No había logrado acumular nada de esa paz que tanto anhelaba, y tampoco ahora podía continuar con su vida. Al menos, no como la venía viviendo hasta ahora. Se incorporó de la silla en la cual se encontraba sentado. Era mejor irse ahora, a la madrugada. No sabía cómo iba a reaccionar si se cruzaba con ella o con él en el pasillo. O en cualquier otro lado, a decir verdad. No tenía ni las ganas ni la fuerza para averiguarlo.

    Tomó a su hermana en brazos, acunándola para impedir que se despertara. Ella no tenía la culpa de nada de lo que estaba ocurriendo dentro suyo en esos momentos. No se merecía pasar el estrés que él mismo estaba sufriendo. Suspiró y salió de la habitación, con cuidado, para no despertar a nadie. Cuando pasó por aquella puerta, se detuvo. La contempló unos segundos más, y hasta tuvo la tentación de volver a mirar, para inspeccionar si lo que había ocurrido no había sido más que un sueño, un espejismo causado por el debilitamiento que había sufrido debido a todos los eventos recientes. Pero no. Lo mejor sería que se fueran de allí cuanto antes. Ya no tenían más nada que hacer en aquel lugar. Entregarían el Machoke a quien había hecho la petición y nada más. Ni siquiera tenía ganas de quedarse con el Machamp resultante. Sentía que cada vez que lo mirara, iba a recordarla. Recordar aquellos instantes vividos, con un sabor tan agridulce. Y su hermana no merecía eso, no merecía sufrirlo.

    Simplemente suspiró y se alejó de allí, sin darse cuenta que algo caía de los bolsillos de su chaqueta. Cuando los ocupantes de esa habitación salieran al fin a recibir el día, la única pista de que alguien más pasó por allí, sería una flor de papel, hecha un bollo, tirada frente a su puerta.
     
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