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Otro Fanfic - El nombre del Fracaso

Tema en 'Originales' iniciado por Borealis Spiral, 19 Enero 2016.

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  1. Índice: Ronda 21: El problema de Pedro
     
    Borealis Spiral

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    Darth Revan ¡Hola Darth y bienvenido a esta historia! Agradezco mucho que la leyeras y me comentaras aun pese a que el ajedrez no sea lo tuyo... en realidad tampoco es lo mío, yo no lo juego, pero como quise hacer una historia que girara en torno a él, pues esto salió. Me alegra que notes que Renata ha ido cambiando de poco a poco, aunque admito que tampoco yo soy buena para desarrollar a mis principales, a lo secundarios sí, pero no a los principales; es raro. Ya sabremos de Camila a su debido tiempo. De nuevo, agradezco enormente el apoyo que me estás dando. Lo aprecio mucho.

    A los demás que se pasan a leer de forma anónima, también se los agradezco un montón. A todos ustedes es que va dedicado el siguiente capítulo. ¡Disfruten!

    Vigésima primera ronda:
    El problema de Pedro

    Había quienes se levantaban en las mañanas gracias al despertador del celular, o al programar la radio para que sonara a cierta hora, o con ayuda de alguien más. El caso de Jasiel era de los últimos pero no, no era su madre quien solía sacarlo del mundo de los sueños, o al menos ya no.

    —¡Jasiel, despierta que ya es de día!

    Escuchó una voz infantil entre las penumbras de su mente adormilada, al tiempo que sentía que alguien aterrizaba sobre él, sacándole un gemido de dolor gratis.

    —Paty, ¿por qué siempre haces eso? —indagó con somnolencia, forzándose a abrir los ojos, distinguiendo así a la niña de seis años que se había lanzado sobre él sin piedad alguna y que le sonreía traviesa.

    —Tu mamá me encargó levantarte y eso hago.

    —¿Y no puedes despertarme con normalidad? —preguntó ahora sabiendo que sería un caso perdido. Desde el matrimonio de su madre este era el pan de cada día.

    —¡No! Me gusta despertarte así —se sinceró la niña llamada Patricia por demás divertida.

    —Ándale pues, sal para que pueda cambiarme, corre. Y tú también hazlo o se te hará tarde para ir a la escuela —le dijo él notando que ella todavía traía su pijama.

    —¡Voy! —La pequeña gritó entusiasta en lo que se quitaba de encima de él e iba a acatar lo ordenado.

    Al quedar solo, Jasiel no pudo evitar bostezar con cansancio al ver que pasaban unos pocos minutos de las siete; a veces creía que Patricia sufría de un severo caso de hiperactividad. Ella junto con su hermano de once años, Mateo, eran sus nuevos hermanastro y la verdad los adoraba a los dos. En un principio pensó que convivir con niños ajenos a él sería complicado; después de todo, él había sido hijo único por toda su vida. Siempre había gozado de las atenciones de no solamente Verónica, sino de sus abuelos y demás parientes de una forma que podría considerarse consentida. De allí que de algún modo tuviera miedo de que los celos o el resentimiento se apoderaran de su ser en cuanto Mateo y Patricia entraron a su vida y la de su madre. No obstante, todas esas dudas y temores desaparecieron conforme compartió tiempo con ambos e inevitablemente terminó enamorado de ellos; se habían transformado en los hermanos que alguna vez deseó... si es que en realidad alguna vez los deseó.

    Terminó de cambiarse y salió de su habitación dirigiéndose a la cocina, de donde ya emanaba un delicioso aroma de huevos revueltos con jamón. Entró saludando a su madre, quien preparaba el desayuno para que Mateo y Patricia comieran antes de irse a la escuela; él no comía sino hasta un rato después, especialmente los días que tenía que ir al club, pero podía aprovechar para tomar un pequeño aperitivo como algún pan con café o algo así.

    —Buenos días —saludó Mateo ingresando también a la cocina trayendo consigo su inseparable balón de básquet.

    Así como Jasiel tenía una pasión enorme por el ajedrez, de igual modo Mateo tenía gran amor por el baloncesto; lo único malo era que a diferencia del cobrizo con su deporte, Mateo era un novato y bastante malo para el suyo. Afortunadamente Jasiel se había prestado para ayudarlo a practicar los fines de semana, pues aunque no era el mejor, se defendía de forma decente con los deportes en general. Siempre le había gustado la actividad física a pesar de que su deporte requiriera de estar sentado todo el tiempo.

    —Teo, ¿sigues practicando los tiros de canasta que te mostré el sábado? —quiso saber Jasiel, interesado.

    —Todos los recreos —asintió Mateo sentándose a un lado de él, poniendo el balón sobre la mesa—. A veces mis amigos me ayudan, aunque la mayor parte del tiempo terminamos olvidándonos de eso y nos ponemos a jugar un partido. Y también me gustaría practicar un poco más en la cancha del fraccionamiento. ¿Crees que puedas este sábado?

    —Claro, si habemos varias personas las cosas pueden ponerse interesantes.

    —Teo, quita ese balón de la mesa, por favor. Te lo que dicho ya varias veces —le pidió Verónica al empezar a poner los platos con comida sobre esta.

    —Sí, sí, ya oí —bufó el chico ligeramente fastidiado. A veces su madrastra era una quejumbrosa.

    —¡Ya vinimos! —gritó Patricia entrando a la cocina teniendo detrás de ella a su padre Ramiro, en lo que iba a sentarse del otro lado de Jasiel.

    —A ver chicos, rápido a desayunar o harán que Verónica llegue tarde al trabajo —los apresuró el dueño de la casa Carrasco al ver que se tomaban su tiempo por estar conversando.

    Ramiro y Verónica no trabajaban en la misma compañía, por lo que cada quien tomaba rumbos diferentes; mas la escuela de Mateo y Patricia quedaba por el rumbo que tomaba Verónica, por lo que ella los llevaba y ya de allí partía a su empleo. También era ella quien los recogía, pues ahora que había otra fuente de ingresos más estable con Ramiro, los dos habían decidido que ella laborara sólo media jornada; de aquella manera podía pasar más tiempo con sus hijastros durante la tarde y así terminar de afinarse. Allí quien parecía salirse del cuadro familiar era el joven Romero, pues cuando sus hermanastros llegaban del colegio, él se preparaba para ir al suyo o ya estaba en el club, y cuando volvía a casa, casi siempre Mateo y Patricia ya habían sido mandados a la cama, por lo que entre semana no se veían mucho. Había ahí una razón más por la que a veces maldecía estar en el turno vespertino.

    De aquella forma, los chicos terminaron de desayunar y Jasiel se despidió de ellos, de su madre y Ramiro. Quedando sólo en la gran casa, el cobrizo lavó los trastes que se ocuparon al comer y luego se dirigió a hacer la tarea pendiente para ese día, e incluso al tener hecha la mitad, se dio el lujo de encender la televisión, por lo que mientras disfrutaba de algún programa o caricatura, en los comerciales seguía con su tarea. Quizás no era lo más apropiado de hacer si es que se quería mantener una buena calificación, pero tampoco iba a llevarlo a reprobar, así que no pasaba nada. Como a eso de las once fue que se preparó algo de almorzar, para finalmente alistarse y dirigirse al club.

    Como siempre, llegó temprano y el salón estaba cerrado, así que se apoyó en una de las paredes a esperar en lo que sacaba su celular y jugaba un pequeño partido en la aplicación de ajedrez que se había descargado. Cualquiera que lo viera lo llamaría un obsesivo y probablemente tuvieran razón, pero no podía evitarlo; le encantaba el juego. Al cabo de varios minutos Pedro se apareció, quien al saber que Jasiel arribaba exageradamente muy antes de la hora acordada, también procuraba llegar temprano al menos para no hacerlo esperar tanto.

    —¿Cómo estás? ¿Dormiste bien? —indagó el presidente en lo que abría la puerta.

    —Claro, ¿por qué no iba a hacerlo? —Jasiel se extrañó un poco por la pregunta.

    —¿Qué no estás nervioso por el enfrentamiento de hoy? —Pedro lo miró con perplejidad antes de entrar al aula.

    Jasiel frunció el ceño y se miró las manos, las hizo puños un par de veces, se tocó el pecho, el estómago y la cabeza en un intento de encontrar algún indicio de que estuviera nervioso.

    —No, estoy perfectamente bien.

    —Ah. —Pedro suspiró con exasperación echándose sobre una de las sillas—. ¿Cómo es posible que no te inquiete en lo más mínimo? Yo que ni siquiera voy a jugar tengo las tripas hechas un nudo y desperté varias veces durante la noche a mirar el reloj, aunque no sabría decir si esperaba que se detuviera o que avanzara más rápido. ¿Por qué a ti no te afectan estas cosas?

    —No es que no me afecten. —Jasiel le sonrió amigable—. Es más bien que estoy bastante acostumbrado. Por años he contendido con muchos jugadores, de varias edades y algunos con títulos verdaderamente importantes; uno más no parece la gran cosa. Tú no has jugado contra muchos, ¿o sí, Pedro?

    —No en realidad —aceptó el presidente—. Con los del club nada más y contra ellos es diferente; hay más confianza, supongo.

    —Eso es, la confianza es esencial a la hora de jugar y es bueno que la tengas estando en el club, pero me gustaría que mejoraras la tuya propia. En lo que llevamos de conocernos y de practicar juntos he notado dos cosas de ti. Lo primero es que siento es que eres bastante pesimista; corrígeme si me equivoco.

    —No te equivocas, no del todo al menos. ¿Qué te llevó a sacar esa conclusión? —Pedro estaba curioso por saber qué cosa delataba su pesimismo.

    —¿Crees que puedo vencer al as del turno matutino?

    Pedro parpadeó un par de veces antes de desviar la mirada de su compañero. Jasiel ya había probado que tenía un gran conocimiento del juego y que se defendía bastante bien; incluso habían vuelto a jugar para ver quién se quedaría con el título de as a pesar de que ya sabían que el quinceañero lo obtendría. Y efectivamente, con otra victoria invicta se coronó como la estrella del club. ¿Entonces por qué tenía tatas dudas de que fuera a vencer a Enrique? ¿Por qué su mente no se daba la oportunidad de soñar con una posible victoria? ¿Era que estaba tan alejada de la realidad como para siquiera considerarlo? Regresó su visión a Jasiel, quien lo miraba compasivo, explicándole:

    —Son esa clase de reacciones las que me dijeron de tu pesimismo. Creo que ser realistas es bueno, pero no ser negativos y temo decir que tú eres muy negativo, lo que es una verdadera pena porque la segunda cosa que he notado de ti es que eres realmente bueno en ajedrez.

    —¿Eh? —Ahora sí que Pedro no pudo esconder su incredulidad—. ¡Sí como no!

    —No, lo digo en serio, no es por adularte ni nada. Tienes un gran potencial, créeme, tengo un ojo entrenado para notar eso —aseguró Jasiel, firme—. Aquí el problema es que el desánimo no deja que lo saques a plenitud; lo encierras deliberadamente.

    —¿A qué te refieres? —Pedro entrecerró los ojos, defensivo.

    —No estoy un cien por ciento seguro, pero creo que te dejas perder a propósito.

    —¡Qué! —El de tercero se levantó de su silla de pronto sintiéndose agredido—. ¡Insinúas que huyo cual cobarde!

    —¡No! —se apresuró a corregir el otro—. Creo que es una reacción inconsciente; ni tú parecías saber de ella y tengo claro que tu orgullo te obliga a defenderlo siempre que está en juego, sin importar qué y eso no lo hacen los cobardes.

    —¿Entonces qué demonios quieres decir?

    —Es complicado de explicar. —El de mirada miel se masajeó el cuello, pensativo—. Tampoco es que lo hagas con todos. Por ejemplo, a Mauricio le ganaste sin problema la última vez y eso que ya tenía la cabeza bien fría, y de no ser porque aceptaste el empate de Osvaldo seguro que también le ganas. A lo que me refiero es que las veces que has jugado conmigo, a pesar de que afirmes darlo todo, siento que te contienes, especialmente cuando se desarrolla el medio juego.

    —¿Me contengo? —Pedro volvió a sentarse en la silla, impactado.

    —Básicamente sí, pero como digo, parece ser algo totalmente inconsciente y como tampoco parece ser con todos, tengo la teoría de que lo haces con jugadores que tienen cierta fama de ser buenos. Es como si...

    —Como si no me creyera capaz de estar a su altura jamás —lo interrumpió Pedro, sombrío.

    —Exacto. —Jasiel asintió, mirándolo con pesar—. ¿Así te sientes en realidad?

    Pedro volvió a desviar la mirada de él, avergonzado. ¿Qué iba a decirle? ¿Mentirle? La verdad era que sí tenía cierto grado de inferioridad y no era lindo siquiera admitírselo a sí mismo. Mas nunca imaginó que su problema lo llevara tan lejos como para dejarse perder a propósito. ¿Pero qué otra cosa podía esperar? Había estado sumido en la idea del fracaso y la apatía por mucho tiempo, y precisamente por eso era que de pronto el análisis del cobrizo no le pareció del todo descabellado.

    En cambio, al verlo tan apesadumbrado y aplastado en espíritu desde su lugar, Jasiel no pudo evitar que las memorias acudieran a su mente. Recordó a Camila de la misma forma, sentada en su silla, con la mirada baja, hundida bajo el peso de la inferioridad; también vislumbró a Renata de la misma forma después del torneo de hace tres años, en una habitación oscura, decidiendo dejar el ajedrez. Apretó los puños y la quijada. No planeaba dejar que el desaliento consumiera a algún otro de los suyos, por lo que acercándose a Pedro, le dio un fuerte golpe en la espalda en señal de ánimo.

    —No te preocupes, hombre. Te ayudaré a vencer tu problema. No quieres permanecer así todo el tiempo, ¿verdad?

    —¿Y qué tienes en mente para lograr eso? —cuestionó el de tercero, moviendo la espalda y haciendo una mueca; el golpe había sido duro.

    —Esperemos a que Osvaldo y Mauricio lleguen, ¿de acuerdo?

    A Pedro le preocupó un poco la sonrisa misteriosa de Jasiel, pero asintió a su pedido, por lo que en el momento en el que los otros dos miembros hicieron su aparición, Romero habló de los planes que creyó podría ayudarlos a todos a mejorar en el ajedrez. Lo que les hacía falta más que nada era práctica y ganar confianza en sus propias aptitudes; no bastaba con jugar entre ellos, así que pensaba decirle a Fabián si le parecía bien que cada jueves hubiera un partido entre ambos clubes; una especie de juego por equipos. De aquella manera sus compañeros podrían acostumbrarse a jugar varias veces con otros que no fueran ellos mismos, ganarían confianza, aprenderían a sobrellevar los nervios y ganarían costumbre y habilidad al confrontar a los que consideraban buenos jugadores.

    —Quiero que entiendan por las buenas o por las malas que nadie, absolutamente nadie, es invencible. Ni los de la mañana, ni su as, ni yo —«Ni siquiera él», se recordó Jasiel pensando en el campeón estatal—. Y para probarlo hablaré con su presidente para llegar a un acuerdo. En el momento en que empiecen a mejorar y les ganen, verán cómo ya no querrán que la sensación desaparezca y se esforzarán por conservarla. Tan sólo dense un poco de tiempo y den su máximo, ¿de acuerdo?

    Tanto Osvaldo como Mauricio lanzaron un grito en concordancia, animados por las palabras del menor; al fin y al cabo, el de segundo solía seguirle la corriente bastante bien y Mauricio quería demostrar que podía ser mejor que los de la mañana. Pedro también estuvo de acuerdo con el arreglo a pesar de que no se mostró tan eufórico; tal vez fuera él al que más le costara salir del hoyo en el que estaban, pero tanto él como Jasiel sabían que tenía la motivación correcta: no vivir pesimista por el resto de su existencia.

    Con eso en mente, los cuatro se pusieron a jugar, especialmente con la intención de ayudar a Jasiel a calentar para el partido contra Enrique, el que era decisivo para ellos; después de todo, era el brillo de su esperanza.


    En el siguiente capítulo el partido de Jasiel vs. Enrique. ¿Quién ganará? ¿Apuestas?
    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
    Última edición: 8 Mayo 2017
  2. Índice: Ronda 22: As vs. As
     
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    ¡Hola personitas de Fanficslandia! Pues aquí yo otra vez, entregándolos la siguiente ronda de esta historia después de meses (tengo que trabajar con otra en especial, pero bueno).
    Agradezco enormemente a aquellos lectores que se pasan de manera anónima. Su apoyo significa mucho para mí y a ustedes va el capítulo de hoy que espero sea de su agrado, pues es donde las estrellas del ajedrez de ambos turnos se enfrentan. ¿Quién ganará? Veremos. ¡Disfruten!

    Vigésima segunda ronda:
    As vs. As

    Renata Valdés se limpió las manos en la falda del uniforme por trigésima vez en toda la mañana y volvió a preguntarse si era normal que estuviera tan ansiosa.

    El día había pasado condenadamente eterno para ella, mucho más que de costumbre y eso ya agregaba mayor cantidad de fastidio a las clases. Pero no podía evitarlo; la realidad era que se hallaba ávida de que dieran el timbre de salida para dirigirse de inmediato al club de ajedrez y ver el partido de Jasiel y Enrique. No se había mostrado así de anhelante ni cuando decidió retomar el deporte, pero esto era totalmente diferente simplemente porque se trataba de Jasiel, la persona a la que admiraba más que a ningún otro y que quería ver cuánto había mejorado; quería saber en qué había estado trabajando estos tres años.

    Por eso, al momento en que la campana de salida resonó por todo el recinto, la joven se apresuró a guardar sus útiles con una velocidad y desesperación que definitivamente no la caracterizaban, y habría salido de aquella jaula opresora como un rayo veloz de no ser porque su amiga Ivonne Nájera la detuvo.

    —Hey, Renata, ¿qué tal si nos acompañamos una parte del camino hasta nuestros clubes? —inquirió la muchacha, ilusionada.

    La mayoría de las salas designadas a los clubes que no requerían la cancha o el gimnasio estaban todas ubicadas en una misma zona, por lo que la propuesta de Ivonne tenía sentido; además de que ese día ella también iría a su club de lectura, el que quedaba de pasada yendo al de Renata. Lo que Ivonne intentaba hacer era pasar el mayor tiempo posible con la castaña; dado que no se acompañarían a casa por sus obligaciones extracurriculares, al menos acompañarse hasta su respectivo club era un lindo detalle y Renata lo apreciaba sin duda, mas no ahora. En ese momento no quería distraerse con nada, no quería perder ni un sólo segundo; lo único que quería era correr a la sala de ajedrez y concentrarse de lleno en el partido esperado. Con todo, se oyó decir, neutral:

    —Claro, vamos.

    Ivonne sonrió feliz, lo que hizo que Renata se sintiera más tranquila; había alegrado a su amiga, así que cualquier retraso que tuviera valdría la pena, ¿no? Como siempre, en lo que caminaban por los pasillos de las instalaciones, las amigas conversaron amenamente de temas varios, siendo Ivonne quien hablaba más, dado que Renata se consideraba ante todo una buena oidora. Llegaron a la sala de lectura, la que aún no abría.

    —Vaya, la presidenta se ha tardado un poco en venir —comentó Ivonne mirando la hora en su reloj de muñeca—. Si quieres puedes irte ya, Renata. Yo espero aquí.

    La idea le pareció excesivamente llamativa a Valdés, tanto así que por un momento estuvo tentada a aceptarla e irse, pero en lugar de eso volvió a escucharse decir:

    —No, si quieres espero aquí contigo hasta que llegue alguien más. Total, ¿qué me cuesta?

    —Muchas gracias, Renata.

    Ivonne volvió a sonreír con amplitud y con cierto aire de alivio, lo que le dijo a la otra que en realidad su amiga no había querido quedarse sola desde un principio. ¿Entonces para qué le daba la opción de irse y dejarla? Era absurdo. ¿Acaso si se hubiese ido, Ivonne se habría decepcionado? ¿Era alguna clase de prueba para ella? La verdad existían muchas actitudes y acciones de las personas que simplemente le parecían extrañas, desconocidas, ajenas a ella; no llegaba a asimilarlas por completo. Especialmente aquellas que vinieran de personas que disfrutaban la compañía de otros; mas nuevamente, no era culpa de esa gente que ella fuera tan bruta para las relaciones sociales.

    En eso, una de las compañeras de Ivonne hizo acto de presencia, justo a tiempo para acompañarla en lo que esperaban a su presidenta, por lo que ya sin sentir ningún tipo de remordimiento, Renata se despidió de su amiga y volvió a tomar su rumbo a su propio club. Al principio caminó calmadamente, hasta que cada paso fue acortando el tiempo que existía entre uno y otro, llevándola a correr, demostrando así su afán por llegar de una vez. Se detuvo frente a la puerta del aula correcta, con la respiración jadeante y el corazón latiéndole a mil a pesar de que no supo si se debía a la carrera o a la emoción.

    Allí estaban, tanto Jasiel como Enrique sentados frente a los tableros, siendo rodeados por sus respectivos colegas, ambos tan concentrados en el juego que no repararon en su alrededor, por lo que ninguno de los dos notó que ella se acercaba para unirse a los espectadores. Los demás también tenían su atención en el partido y apenas hicieron caso de su presencia; ni siquiera Laura comentó nada. Antes de posar su vista al avance que había en el juego, Renata se tomó unos instantes para detallar las facciones del que fue su protector. Jasiel mostraba una expresión impávida pero serena, en lo que sus vivaces ojos color miel brillaban de determinación pura al no despegar ni un segundo su mirada de las piezas. Renata sonrió un poco de medio lado, pareciéndole increíble que hubiese cosas que no cambiaban para nada a pesar del transcurso del tiempo; ese mismo mohín había mantenido él la última vez que jugó contra ella.

    Ahora sí, la castaña posó sus ojos cafés en el tablero, descubriendo que su atraso la había hecho perderse dos movimientos en la apertura para cada uno, además de uno extra de Enrique, siendo en ese momento las piezas movidas las siguientes: para las blancas que eran de Enrique estaba el e4, d4 y Cd2; para las negras que eran de Jasiel estaba el e6 y d5. Ahora era el turno del cobrizo y Renata consideró que arribó justo a tiempo al ver que tomaba un caballo y lo ponía en c6. La chica también pensó que lo mejor para Enrique sería mantener el movimiento con los caballos antes que desarrollara los alfiles o incluso que comerse algún peón; sería contraproducente dada la defensa de Jasiel.

    Efectivamente, viendo todas las posibilidades, el as Acosta optó por lo mejor y desplazó el caballo ya movido a f3, mas como si previera el movimiento, Jasiel inmediatamente contraatacó colocando su segundo caballo en f6. Aquí, la joven Valdés pensó de pronto que empezar a sacar los alfiles sería una buena idea, pero luego detalló que ninguno tenía espacio para elaborar una buena táctica con ellos, así que no sería provechoso. Si hubiese estado en el lugar de Enrique ya habría cometido ese error. Sin embargo, el pelinegro no lo hizo, sino que avanzó un peón más y otra vez casi instantáneamente, Jasiel movió su caballo de tal forma que amenazó al peón blanco recién trasladado, ocasionando un pequeño sentido de urgencia en Enrique, el que duró casi nada al comprender que su contrincante quería simplemente asustarlo, pues no le convenía capturar ese peón o perdería un caballo a lo tonto. Por eso decidió mover otro peón.

    Jasiel de inmediato avanzó uno de sus peones y Enrique consideró el momento de capturar algo, por lo que se comió un peón negro con otro, mas esperando eso, Jasiel le devolvió el favor tragándose al insolente peón con la reina. Hubo un par de jugadas más con los caballos por parte de ambos y otra en la que los dos comenzaron a desarrollar sus alfiles al considerar que había espacio suficiente en el tablero para usarlos, e incluso Jasiel tuvo que retroceder a su reina al verla en peligro por uno de ellos. Después, Romero fue el primero en hacer el enroque para darle mayor protección a su rey y siguiendo su ejemplo, Acosta hizo el enroque largo.

    Continuaron desarrollando el medio juego con desplazamientos de defensa y ataque bastante bien equilibrados según lo ameritara la ocasión; tanto así el asunto que ninguno de los dos parecía abandonar su medio terreno por mucho que se pusieran a la ofensiva. Las torres también empezaron a tomar lugar, pues Jasiel movió la suya a e8, ejerciendo presión al pelinegro para que moviera su rey a b1, escudándolo tras los peones. Se llevaron a cabo otros movimientos más, hasta que en uno de ellos el cobrizo trasladó su alfil a f5, logrando la primera amenaza de jaque en el juego, por lo que Enrique movió a su rey una casilla a la izquierda, a a1, quedando en la esquina. Luego, Romero desplazó su otra torre para dejarla junto a la otra.

    Los amigos de la estrella del turno matutino no pudieron evitar sentirse ligeramente nerviosos por cómo iban las cosas. No era que Enrique estuviera mal en el juego, pero la velocidad de reacción de su oponente era aterradora; era como si en verdad supiera qué movimiento haría el pelinegro y sin el mínimo esfuerzo, él hiciera el suyo con tal de rebatirlo. Por supuesto, esto supuso grandes ilusiones para los de la tarde, quienes comprendieron que el talento y habilidad del cobrizo eran innegables, impresionantes y admirables de muchas formas.

    Las jugadas fueron avanzando conforme el medio juego se desarrolló en una tanda de ataques y retrocesos, buscando las mejores tácticas y estrategias, utilizando las piezas correspondientes para efectuar el plan que los jugadores imaginaban, teniendo la presión del tiempo limitado sobre ellos, pues estaban conscientes de que se trataba de un partido con un ritmo de jugo rápido, así que debían pensar velozmente. Si el timbre que indicaba el inicio de las clases vespertinas se oía y ninguno daba el jaque mate o no habían hecho que su oponente se rindiera, podría declararse un empate; algo que aunque a Enrique no le molestaría, Jasiel no estaba dispuesto a aceptar, o al menos no ese día. En circunstancias normales quedar en tablas no le supondría problemas, pero justo ahora necesitaba una victoria que regalarle a su equipo, así que no estaba dispuesto a conformarse con el empate.

    De aquella manera, las piezas en el tablero fueron disminuyendo para ambos, hasta que Enrique hizo la segunda jugada de peligro al mover su reina a c4, amenazando al rey de su oponente, quien inmediatamente movió su propia reina a e6 para protegerlo. Desde su lugar como espectador, Fabián comenzó a sentir una sensación de intranquilidad al ver que en lugar de mover el rey, Jasiel optó por arriesgar su pieza más poderosa. Supo que lo hizo porque no creía que Enrique la capturara con su propia dama, pues luego Jasiel le devolvería el golpe capturándola con su torre. No, sino que lo inquietaba el hecho de Jasiel no arrinconó a su rey en ningún momento; más bien le dio espacio para moverse de casilla en caso de que se viera amenazado otra vez. En cambio, su amigo había dejado a su rey en un rincón olvidado desde muy temprano y eso no le gustaba. Le daba muy mala espina que Enrique sólo pudiera moverlo en una sola dirección; le olía a la más calculada de las trampas.

    El resto de las piezas se pusieron a desaparecer, entre ellas las reinas de los dos y curiosamente ambos usaron caballos para capturarlas. No fue hasta que Jasiel movió la única torre que le quedaba a e2 que la mayoría se dio cuenta de que Romero realmente buscaba acorralar al rey del pelinegro para darle mate. Enrique lo protegió desplazando su propia torre a d1, mas su rival colocó su caballo en b2, no sólo comiéndose a un peón, sino que también amenazando a la torre blanca, así que Acosta volvió a moverla ahora a b1, a un lado del Rey.

    «Te tengo», pensó Jasiel en cuanto retrocedió su caballo a d3 para no estorbarle el paso a su torre.

    Al ver la jugada, Fabián no pudo evitar respingar tanto de admiración por lo bien que el cobrizo lo había hecho, encorralando a Enrique al obligarlo a dejar a su rey en esa esquina, sino que también lo hizo de absoluta incredulidad. Hacía un rato que nadie de la misma preparatoria conseguía vencer a su as, por lo que ahora al ver que Enrique no tenía oportunidad de victoria, se había sorprendido mucho. Era cierto que su amigo tenía la oportunidad de hacer más movimientos, pero no importara cuántos realizara a partir de ahora, cualquiera lo llevaría a un mate seguro y él lo sabía.

    El pelinegro se dio cuenta demasiado tarde de su error en aquel momento en que movió a su rey a la casilla donde estaba ahora. En este caso tenía la opción de renunciar y declararse vencido o de continuar hasta un jaque mate, lo que simplemente alargaría la partida de manera innecesaria y teniendo en cuanta que tenían el tiempo encima, no era la alternativa más apropiada. Por lo que suspirando derrotado y sonriendo de una manera que mostró ser más condescendiente que otra cosa, alzó la mano para llamar la atención de todos y aceptar:

    —Me rindo, he sido derrotado.


    Pues Jasiel terminó ganando. ¿Alguien se lo imaginaba?
    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
  3.  
    Zurel

    Zurel Camino a la Supremacía

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    Desde que se supo el enfrentamiento entre los As de ambos equipos. Siempre supe que Jasiel ganaría.

    Después de todo, ambos turnos deben estar parejos, tanto en moral, como en habilidad de juego. Y sinceramente un equipo donde solo gane el mejor simplemente porque si, no tiene emoción alguna.

    Ahora que el equipo que se consideraría más debil, que es el de la tarde. Tendran una moral por las nubes y eso hará que se pongan las pilas para ser mejores. Lo que significa que ambos equipos empezarán a estar parejos.

    La verdad, no tengo ni la más remota idea cómo se juega el Ajedrez. A lo más que he llegado a jugar es tablero. Pero admito que me sentí emocionado conforme avance en la lectura.

    Habrá que ver como sigue la historia, pues aún me tiene con la intriga lo de la amiga de Jasiel, espero saber más de ella y también lo que ocurrió en el pasado.

    Saludos y hasta la próxima.
     
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  4. Índice: Ronda 23: Declaración de guerra
     
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    Zurel ¡Hola, Zurel! Como siempre, gracias por el apoyo que me das leyendo esta historia. Qué bueno que supieras que Jasiel ganaría, pues tienes razón, ambos turnos deben estar parejos y vaya que irán emparejándose más. Me alegro que hayas te hayas emocionado al leer el partido; todavía tengo que aprender a narrarlos para que no sean tan pesados y a enfocarme más en lo que sienten los personajes, pero ya me enseñaré. Y en cuanto a la amiga de Jaisel, ya llegará el momento de saber más de ella, descuida. De nuevo, gracias por leer y comentar. Me anima mucho.

    A los demás que se pasan a leer, se los agradezco enormemente. No tengo mucho que decir, por lo que paso a dejarles la siguiente ronda que espero sea de su agrado. ¡Disfruten!

    Vigésima tercera ronda:
    Declaración de guerra

    Un suspiro de alivio salió de los labios de Jasiel en lo que se apoyaba en el respaldo de la silla, relajando sus músculos. ¡El enfrentamiento había sido en verdad tenso! Las probabilidades del empate se habían mostrado más evidentes conforme pasaba el tiempo, pero al final consiguió doblegar a Enrique con la estrategia de mantener el rey blanco arrinconado. Sus compañeros también habían soltado un suspiro de descanso al ver el desenlace, sumamente felices, e incluso la propia Renata no puedo evitar el sentimiento de alegría al verlo ganar; parecía ser que después de todo la balanza sí se había inclinado hacia su lado. En cambio, las emociones de desconcierto, estupefacción y desencanto envolvieron a los de la mañana, quienes aún no podían dar crédito a lo que veían sus ojos.

    —¡No! ¿Cómo es posible que ganaras tú? —inquirió Laura por demás frustrada y furibunda. Ese no había sido su plan; se suponía que Jasiel debía ser humillado por Enrique frente a todos en una aplastante derrota.

    —¡Buen trabajo, Jasiel!

    Pedro lo felicitó saliendo del estupor en el que todavía nadaba, contento a más no poder de ser finalmente capaz de saborear la victoria al menos de alguna forma. Y para demostrarle que lo decía en serio, le propinó un golpe en la espalda con la palma de la mano, sacándole un gemido de dolor al chico, mas Pedro no se sintió culpable; de todos modos se lo debía.

    —De veras que sí, buen trabajo —también lo congratuló Osvaldo dándole otro manotazo.

    —No estuvo mal —reconoció Mauricio, con su orgullo característico, regalándole un golpe más y con cada uno, Jasiel fue inclinándose hacia adelante hasta casi chocar su cabeza con la mesa.

    —Rayos, el afecto duele demasiado —se quejó el muchacho con dolor.

    —Igual tienen razón. Lo hiciste muy bien —halagó Enrique sonriéndole con amabilidad, ofreciéndole su mano en señal de paz y de cero resentimiento.

    —Gracias, lo mismo digo. —Se apresuró a aceptar la mano ofrecida, apretándola con firmeza—. Lo digo en serio, pusiste a funcionar mis neuronas a niveles que no suelo usar. Eres sin duda un gran oponente y me gustaría volver a contender contra ti.

    —Suena bien —asintió Acosta—. Quiero la revancha.

    El joven Romero cabeceó en conformidad y apenas hubo tiempo de que se alzaran los murmullos entre todos ellos hablando del partido, cuando el timbre que indicaba el inicio de las clases vespertinas se dejó oír.

    —Ahora sí será mejor ponernos en marcha o llegaremos tarde —comentó Pedro en lo que tomaba su mochila.

    Todos estuvieron de acuerdo y Jasiel se levantó de su asiento dispuesto a conseguir también su mochila, por lo que al fin se dio cuenta de la presencia de Renata, quien se había mantenido todo el tiempo fuera de su campo de visión.

    —¡Renata!

    La nombró por demás estupefacto, olvidándose del previo partido, de su victoria, de las clases y del hecho de que tendría un enorme retraso. En un impulso se acercó a ella hasta quedar frente a frente y la tomó por lo brazos a la altura de los codos, mirándola técnicamente sin parpadear.

    —Renata, ¿en verdad eres tú?

    —No, soy un espejismo —replicó a su vez ella, sarcástica.

    Al fondo, la sonora carcajada de Cornelio retumbó en la estancia. ¡Vaya chica con sentido del humor! Le gustaba; era sin duda alguna su tipo.

    —De acuerdo, acepto que esa pregunta fue estúpida —admitió el de ojos miel ligeramente avergonzado ante la mirada de "¿no me digas?" de la castaña—. Pero no lo entiendo. ¿Por qué estás aquí?

    —Soy parte del club —respondió calmada.

    —¿Pero por qué? —Jasiel frunció el ceño en confusión absoluta—. Se supone que no te gusta el ajedrez. ¿Por qué anotarte en un club de algo que no soportas?

    Renata frunció el entrecejo de igual manera, desconcertada; ella era la que no entendía a Jasiel. ¿Acaso no se alegraba de que estuviera de vuelta en el juego? ¿No la había reprendido antes por abandonarlo? ¿Cómo era que ahora le preguntaba por qué estaba allí? Él debería saberlo mejor que nadie.

    —¿Y ahora qué demonios estás diciendo, pretencioso? —Laura se metió en la conversación, exteriorizando las dudas de Renata—. ¿Cómo te pones a cuestionarla por eso? Deberías estar feliz de que se anotara al club con lo terca que es.

    —¡Por supuesto que me da gusto que esté aquí! —Jasiel miró a Laura con desaprobación e irritación por la intervención—. No tienes idea de lo mucho que me estoy conteniendo para no liberar mi alegría sin parecer un loco.

    El ambiente se volvió silente unos instantes al ser todos tomados por sorpresa por la respuesta de Jasiel, quien sintió su rostro enrojecer de bochorno al darse cuenta de sus palabras; había hablado de más. Miró a Renata, quien parpadeaba sintiéndose completamente fuera de lugar, al momento que preguntaba.

    —¿Entonces por qué?

    —¿Te parece si vamos afuera un momento, por favor? —le pidió él, deseando conversar con ella en privado.

    Renata asintió, por lo que siguió al chico fuera del aula, caminando por el pasillo hasta que llegaron a uno de los pequeños jardines que adornaban las instalaciones. Jasiel se detuvo provocando que ella también lo hiciera; luego vio que él se rascaba la nuca con nerviosismo antes de girar sobre su eje para encararla.

    —Es totalmente cierto lo que le dije a Lau, Renata. En verdad estoy muy contento de que estés en el club —explicó él, contundente—. Sin embargo, antes que mi felicidad o la de cualquier otro, está la tuya. No sé por qué decidiste regresar al ajedrez, pero quiero que haya sido porque tú lo quisiste y no porque te sintieras obligada a hacerlo. Si mis palabras te hicieron sentir culpable y sólo estás aquí por responsabilidad o porque sientes que se lo debes a alguien o lo que sea, entonces no lo hagas. No quiero que pases otra vez por esa etapa tan deprimente cuando no gozabas de las cosas, cuando eras sombría, cuando actuabas como un autómata. ¡No eres una máquina ni una marioneta que deba hacer lo que otros te dicen que hagas, por Dios! Eres un ser humano, una persona que puede tomar sus propias decisiones y vivir con las consecuencias de ellas. Por eso, lo único que deseo es que estés segura de que esto es lo que realmente quieres para ti.

    Renata abrió los ojos y la boca, impactada de oír la declaración de Jasiel. Así que era eso lo que lo preocupaba, ¿eh? Sintió de pronto que una cálida sensación nacía desde el fondo de su pecho y que subía a su rostro, así que no pudo evitar sonreír con ternura, emocionada por sus palabras. ¿Para qué se sorprendía? Se trataba de Jasiel al fin y al cabo; él siempre buscaba que las personas a su alrededor se sintieran cómodas, que fueran felices. Para él lo más importante antes que cualquier otra cosa era que sus amigos estuvieran bien, alegres, aún si eso conllevaba sacrificar algo de su parte.

    —Tus palabras me hicieron pensar, pero fue mi propia decisión; sin obligaciones ajenas de por medio. Sólo yo y mi persona —le informó con suavidad.

    —¿Es así? —Jasiel ahora sí que no puedo esconder la amplia sonrisa que curvó sus labios, en lo que sus orbes mieles se iluminaban de orgullo—. Me alegra escuchar eso, Renata, en verdad. Aunque aceptaré que me da lago de pena porque estaba decidido al cien por ciento a resembrar en ti el gusto por el ajedrez, todo muy sutilmente y sin presiones, claro. Ya hasta lo tenía más o menos planeado y todo, pero bueno. En serio estoy feliz por ti. ¿Y exactamente qué te motivó a volver?

    Renata lo pensó un poco. A decir verdad eran muchas sus motivaciones para darle una segunda oportunidad al ajedrez y a ella misma: su duelo pendiente con Laura, su deseo de cambiar de actitud, reconocer que el deporte no le desagradaba del todo; en fin que eran varias razones. Todas y cada una de ellas válidas y aceptables, mas en ese instante en el que se encontró plantada frente a frente con el que fue su protector, una pareció alzarse por sobre las demás; una que resultó ser como un fuego abrazador dentro de ella que fue incapaz de callar, por lo que la expresó con firmeza envidiable.

    —Fuiste tú. Me debes una, ¿recuerdas? Quiero derrotarte sí o también.

    La revelación terminó siendo tan inesperada para el joven Romero que incluso se echó un poco para atrás, anonadado en gran medida. Sin embargo, al mismo tiempo una dicha que no le pareció ni medio normal afloró desde lo más profundo de su ser, al saber que de algún modo había terminado siendo una parte importante en la resolución de Renata. Y sin proponérselo, también recordó escenas de antaño, aquellas en donde se veían tanto a él como a ella practicando en el club del abuelo; aquellas memorias en donde antes del torneo, ella se colocaba frente a él con decisión, lo señalaba y le aseguraba con aplomo que lo vencería a toda costa. Todo en conjunto lo llenaron de innumerables sensaciones que sólo pudo sacar en forma de carcajadas; fuertes y sonoras risotadas llenas de una profunda sensación de bienestar. Y a pesar de que Renata lo miró como si hubiese perdido la cabeza, rio por un buen rato.

    —Veo que a pesar de todo no has cambiado mucho, Renata —mencionó él como un detalle, intentando apaciguar el ataque de risa, en lo que se limpiaba algunas lágrimas que se habían acumulado en el borde de sus ojos—. Comprendes que básicamente acabas de declararme la guerra, ¿cierto?

    —¿Eh? —Renata lo meditó bastante; nunca lo había visto de ese modo, pero tenía algo de sentido.

    —Está bien. —Jasiel le sonrió tranquilizador al ver que le echaba más cabeza de la necesaria—. Estaría encantado de aceptarla sólo que bajo una condición.

    Él mostró su dedo índice enhiesto y ella ladeó la cabeza, tanto curiosa como confundida. ¿Qué tenía en mente ahora?

    —No quiero que nos enfrentemos de ninguna manera, sino hasta el festival cultural en abril.

    —¿Qué? —La chica se desencajó totalmente con la petición—. ¿Por qué?

    —Tres años, Renata. —Esta vez mostró tres dedos—. Fueron tres años en los que no tomaste ni una sola pieza de ajedrez; es evidente que estás fuera de práctica. ¿Crees que me gustaría tener un partido contigo sabiendo que estás tan oxidada? Lo siento pero no soy conformista. Si vamos a enfrentarnos, quiero que sea con el máximo de nuestras capacidades y para ello te daré tiempo a que vuelvas a acostumbrarte a jugar. Quiero que practiques lo más que puedas, que recuerdes las jugadas que solías usar, que tu amor opacado por el deporte reluzca nuevamente, que aprendas durante estos meses tácticas nuevas y que tu deseo de ganarme aumente con cada día que pasa. En resumen, quiero que me des lo mejor de ti. ¿Estás dispuesta a hacerlo?

    La castaña bajó la mirada un rato, sintiendo que el carmín se apoderaba de su tez. La manera que tenía su compañero de exponer las cosas era algo peculiar; no obstante, esto también era algo que debía agradecerle. Jasiel estaba siendo generosa con ella, pues ambos sabían que si se enfrentaban en un duelo ahora, él obtendría la victoria segura. En cambio, le estaba dando la oportunidad de habituarse de nuevo al ritmo de juego, a usar su perezoso cerebro otra vez, a fortalecerse contra el desgaste mental que en esos momentos la fulminaba. En pocas palabras, le otorgaba la oportunidad de verdaderamente ponerse a su altura y darle un partido digno de él e incluso de ella; un duelo que en verdad deseaba que fuera inolvidable. Se mordió el interior del labio inferior, apretando con fuerza los puños, antes de redirigir sus ojos a los del chico ante ella y asentir.

    —Hecho —accedió, extendiendo su mano para cerrar el acuerdo.

    Sonriendo todavía más si es que era posible, Jasiel se apresuró a tomar la mano que le ofrecía con las dos suyas, sacudiéndola de arriba a abajo con enérgica emoción.

    —Bien… ¡Genial! Me alegra que aceptaras, Renata —confesó por demás risueño hasta que de pronto, la cruel realidad volvió a golpearlo—. ¡Demonios! ¡Se me ha hecho tarde! No me van a dejar entrar a la primera clase y seguro me ponen reporte. —Soltó a Renata para llevarse las manos al cabello y alborotarlo con frustración—. Me tengo que ir ya. Luego hablamos, ¿sale?

    —Ah, claro.

    La muchacha vio que él se alejaba de ella a paso apresurado dispuesto a ir a sus clases, por lo que encogiéndose de hombros, ella también tomó su rumbo hacia el club, mas casi de inmediato vio que Jasiel la pasaba de lado sin dejar el trote y le gritaba sin mirarla.

    —¡Olvidé mi mochila en el club!

    Renata detuvo su andar, incrédula de que fuera tan distraído; no lo recordaba así. Al poco rato vio que él corría hacia ella ya con su pertenencia en su poder.

    —¡Listo! —gritó pasándola de largo por segunda ocasión.

    Ella lo siguió con la mirada unos segundos e iba a darse la vuelta para retomar su camino, cuando notó que él se detenía y giraba sobre su eje para llamarla.

    —¡Por cierto, Renata! ¡Bienvenida de vuelta a tu elemento! —Le dio su recibimiento con una cálida y esplendorosa sonrisa, la que la orilló a sonreír también con fulgor.

    —¡Sí, gracias! —agradeció de corazón.

    Jasiel cabeceó a manera de reconocimiento para después darse media vuelta y desaparecer ahora sí de su vista. Sin dejar de sonreír y con una sensación muy agradable que la abrazó por completo, Renata se dirigió al club. Podría ser que después de todo, estos tres años no resultaran tan largos e insoportables como había creído.


    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
  5.  
    Zurel

    Zurel Camino a la Supremacía

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    Ah, que bien que ambos jovenes se trataran como los viejos amigos que fueron en el pasado. Y mas aun que Renata no le tuviera algun rencor, de alguna manera por lo ocurrido años atras.

    La declaracion de guerra ha sido firmada y sellada por los dos. Veremos si en el festival, Jasiel y Renata se enfrentan en el transcurso del mismo, o deberemos esperar hasta la final. Aunque eso es algo muy adelantado a los hechos, pues faltan tres años y en tres años pueden pasar muchas cosas para bien y para mal.

    Veremos a donde la llevará el destino a nuestra perezosa protagonista. Saludos y hasta la próxima.
     
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    Borealis Spiral

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    Fanfic - El nombre del Fracaso
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    Zurel ¡Nuevamente gracias por el apoyo que me das, Zurel! Es muy animador en verdad. Jeje, ya veremos si es que Renata y Jasiel se enfrentan en el festival o qué pasa, pero es verdad, en tes años pueden pasar muchas cosas.

    A los demás que se pasan a leer, también se los agradezco. No tengo mucho que decir, por lo que pasaré a dejar el siguiente capítulo que espero sea de su agrado. ¡Disfruten!

    Vigésima cuarta ronda:
    Empate

    Renata regresó al club y en el momento en que cruzó la puerta, Laura se le lanzó para exigirle una explicación.

    —¿Por qué Jasiel te llevó aparte? ¿De qué hablaron? —demandó respuestas.

    —De cosas —respondió ella, con simpleza.

    —No te hagas la tonta y dime qué cosas —se empecinó la otra, mandataria.

    —¿Y a ti qué te importa, entrometida? —la reprendió Cornelio Mejía, disgustado—. Son sus asuntos personales. Déjala en paz.

    —¡Tú no te metas! —ordenó la rizada, con malhumor.

    —En cuanto sigas tu propio consejo veré si yo lo tomo en consideración, vieja metiche —contraatacó el de tercero con acerbidad.

    —¿A quién le dices vieja metiche, pedazo de…?

    —¡Suficiente! —Fabián golpeó una de las mesas con la mano para silenciarlos a ambos—. Sus constantes peleas están sacándonos de quicio a todos. Creí que este club se conformaba por personas civilizadas y razonables, no por salvajes.

    —¡Yo no soy ninguna salvaje! —se indignó Laura.

    —Pues demuéstralo y deja de comportarte como una. Y tú, Cornelio, se supone que eres el mayor aquí y no haces más que demostrar lo inmaduro que eres. ¿No te da vergüenza?

    El aludido tan sólo desvió la mirada, molesto por la reprimenda que le daban, pero consciente de que la merecía.

    —¿Podrían tratar de llevarse bien, por favor? —cuestionó el presidente, esperanzado.

    —No —respondió la rizada, con sequedad.

    —¿Lo ves? ¡Ella es la que empieza! —se quejó Cornelio.

    —Ah. —Fabián se pellizcó el puente de la nariz, frustrado—. Enrique, ¿podrías ayudarme aquí?

    —¿Eh?

    El pelinegro no había estado prestando atención a todo el revuelvo que se suscitaba entre sus compañeros, sino que se había mantenido sepulcralmente silente y distraído.

    —¿Estás bien, Enrique? —le preguntó Rogelio Montero, preocupado, sabiendo que su amigo era muy atento y parlanchín, así que el que se mostrara ausente esos instantes no era buena señal.

    De hecho, notar su inusual estado taciturno consiguió que los humos entre Laura y Cornelio se aligeraran.

    —Estoy bien, descuiden. —Acosta les sonrió, confortador—. Eh… Renata debe terminar de enfrentarse al resto para conocer su nivel, ¿cierto?

    Fabián frunció el ceño al distinguir que Enrique había cambiado el rumbo de la conversación a propósito, lo que quería decir que en realidad algo perturbaba su mente. Decidió que ya lo interrogaría al respecto, por el momento se concentró en cumplir su función como presidente.

    —Es cierto. Renata debe jugar contra los demás. ¿Algún voluntario?

    —Yo me apunto. —Cornelio se ofreció en lo que se sentaba en la misma mesa que Enrique y Jasiel habían usado, acomodando las piezas en el tablero.

    —¿Y eso? —Joaquín López alzó una ceja, con extrañeza—. Normalmente no juegas por tu cuenta a menos que lo consideres extremadamente necesario o a menos que te obligue yo.

    —Te gusta arruinar mi imagen, ¿verdad? —Mejía miró a su amigo con disconformidad antes de sonreír y explicarse—. Tengo curiosidad nada más, de ver cómo juega. Después de todo, Renata se ha convertido en mi ídolo; soy su fan número uno.

    Fue el turno de la joven Valdés fruncir el ceño con confusión inmensa. ¿De qué hablaba este tipo? En cambio, Joaquín tan sólo se llevó una mano al rostro y negó con la cabeza, sintiendo vergüenza ajena, en lo que Rogelio reía por la ocurrencia.

    —¿Por qué la hiciste tu ídolo? —quiso saber el regordete, incauto.

    —Que haya vencido a la diva machacando su soberbia es motivo suficiente para admirarla —concluyó Cornelio, como si nada.

    —¡Ay, grandísimo…! —Laura estuvo a punto de sisear algo hiriente, pero se refrenó al recordar el reto que había perdido, por lo que tuvo que tragarse sus insultos.

    —Bueno, dejando las tonterías de lado. —Fabián tomó la palabra, ganándose una protesta por parte de Cornelio—. Renata, ¿tienes algún inconveniente en jugar contra Cornelio?

    —No, está bien —declaró ella, sentándose frente al joven y el tablero; tampoco era como si tuviera opción. Jugaría con las blancas.

    —Comiencen entonces. —El rubio dio luz verde.

    Ambos jóvenes se concentraron en su partida. El inicio comenzó con la apertura "Defensa de los dos Caballos" y a partir de allí, se mantuvo en su mayoría el uso de los alfiles y el avance de los peones. Continuaron así hasta que Cornelio hizo la primera captura utilizando un alfil, llevándolo a d5 para comerse uno de los caballos de Renata; no obstante, la chica devolvió el golpe usando también la misma pieza que él, por lo que capturó al alfil de su ponente. Realizaron un movimiento más cada uno, él avanzando un peón y ella retrocediendo su otro alfil. Después, hubo más capturas por parte de los dos cuando Mejía movió su caballo y se adueñó del alfil blanco que anteriormente se había tragado al suyo, mas de inmediato la castaña se liberó de ese caballo con uno de sus peones.

    Hicieron otra movida cada uno: él Cd4 y ella c3; hasta que la primera amenaza llegó cuando el chico volvió a desplazar su caballo colocándolo en f3, poniendo en jaque al rey blanco, pero Renata no quiso tomar ningún tipo de riesgo, por lo que eliminó la pieza negra con su dama. Viendo que la defensa frente a su propio rey estaba pobre, Cornelio realizó el enroque largo, quedando protegido por tres peones y la reina. El desarrollo del medio juego se tornó mucho más ligero que en partidos anteriores, o al menos así le pareció a Renata. En comparación con el que tuvo con Laura y Enrique el día pasado, o el que tuvieron Jasiel y su compañero hoy, este no era para nada apremiante o tenso; era por mucho más sencillo y llevadero.

    Los peones y alfiles continuaron siendo los protagonistas en ese duelo al avanzar unos y retroceder los otros. Después, al ver que él colocaba su alfil en a5 capturando a uno de sus peones, Valdés decidió que era hora de intentar proteger un poco más a su rey, por lo que por primera vez hizo el enroque normal y esperó que lo hubiese realizado correctamente. Como vio que nadie decía nada, supuso que lo hizo bien. Luego vio que Cornelio avanzaba el mismo alfil de antes para capturar al único peón que le había estado dando cobertura a su rey si no hubiese hecho el enroque; allí habría tenido otro jaque.

    Detallando que empezaba a manifestarse espacio suficiente para la entrada de las torres, Renata movió una a a3, amenazando el alfil negro y no deseando perderlo, su contrincante lo retrocedió una casilla. Sin embargo, la castaña lo persiguió desplazando su torrea a b3, amenazándolo de nuevo y Cornelio tuvo que retrocederlo otra casilla, respaldándose con uno de sus peones en caso de que ella volviera a presionar, pues si lo capturaba, entonces su peón tomaría a la torre blanca. Pero no, Renata no hizo nada con esa torre, sino que movió la otra colocándola en a1. Sin distinguir de pronto mayores movimientos para ejecutar, Cornelio adelantó un peón a f5 e imitándolo, Renata avanzó uno también. Mejía ahora llevó su alfil a a7, casi al inicio de su extremo del tablero, al tiempo que alzaba la mano para llamar la atención de la chica y hablar.

    —Pido empate.

    Dicho empate o tablas, como se les conocían en el ajedrez, podían manifestarse de cinco formas: La primera era el empate por repetición triple o repetición de posición. Esta regla declaraba que cuando una posición idéntica ocurría o iba a ocurrir tres veces con el mismo jugador en turno, tal jugador podía reclamar empate. La segunda forma era el empate por ahogamiento, que consistía en que el jugador no disponía de un movimiento legal con el rey a pesar de que no estuviera en jaque, lo que podía ocurrir si el rey y otras piezas no tenían casillas a dónde moverse, o si las piezas estaban protegiendo al rey de un ataque del oponente y no se podían mover, o si las piezas estaban bloqueadas por piezas propias o enemigas. Este empate era automático y no necesitaba ser reclamado por el jugador.

    La tercera manera de llegar a tablas era por la regla de los 50 movimientos, con la que se podía reclamar un empate si en los 50 movimientos anteriores por cada jugador no se hubiese movido ni un sólo peón y no se hubiese hecho ninguna captura. Quien deseara el empate debía reclamarlo justo después de realizar su jugada. La cuarta forma era el empate por insuficiencia de material, el que sucedía cuando ningún jugador contaba con suficiente material para lograr un jaque mate, lo que ocurría cuando ya no había muchas piezas en el tablero o cuando no había una secuencia de movimientos legales que conducirían al mate. Los escenarios más comunes de estas tablas eran: rey contra rey; rey y caballo contra rey; rey y alfil contra rey; rey y dos caballos contra rey; rey y caballo contra rey y caballo, y rey y alfil contra rey y alfil.

    Finalmente, la manera más común de empatar una partida era la del acuerdo mutuo y este era el caso de Cornelio y Renata. Ocurría cuando cualquier jugador ofrecía un empate en cualquier momento de la partida, justo después de hacer un movimiento. No obstante, se requería que ambos jugadores estuvieran de acuerdo con el empate y si éste era declinado, la oferta podía ser repetida más adelante durante la partida aunque con mucho cuidado de no exagerar, pues ofertas muy repetidas podían considerarse una violación por constituir cierta clase de distracción y hostigamiento. Además, si el empate se ofrecía cuando el jugador estaba seriamente mal o perdiendo la partida, era considerado de muy mala etiqueta.

    En el caso de Cornelio y Renata, sin embargo, la oferta era más que válida dado que para ese punto de juego, los dos contaban con fuerzas equitativas teniendo él siete peones, un alfil, sus dos torres, la reina y su rey; mientras que Renata tenía seis peones, un alfil, dos torres, reina y rey. Con todo, aún faltaba que la castaña aceptara o declinara el ofrecimiento, el que seguía válido hasta que se consintiera o se rechazara verbalmente, o se declinara cuando el oponente hiciera su siguiente movimiento. Pero Renata no se lo pensó demasiado pues la partida le había parecido en verdad entretenida y no deseaba presionarla innecesariamente.

    —De acuerdo —concedió ella, asintiendo.

    —Es un empate entonces —declaró Fabián, anotando en una pequeña libreta medio punto para cada quien.

    —¡Ja! Eres un cobarde —se burló Laura del mediocre desempeño de Cornelio, pues una cosa era terminar en empate porque así lo llevó el juego y otra muy diferente era solicitarlo.

    —No es cobardía, es estrategia —se defendió Mejía, orgulloso.

    —Es verdad, saber ofrecer un empate es bueno —comentó Joaquín, acomodándose los anteojos—. Es la especialidad de Cornelio; nadie de nosotros tiene más empates que él.

    —¿Y por qué a mí nunca me lo ofreciste, sino que llevaste nuestro duelo hasta el límite? —demandó saber la rizada, con indignación total.

    —Porque Renata sí me gusta, dah —contestó el chico, con obviedad y rodando los ojos.

    —Pues qué pésimos gustos tienes —farfulló Laura.

    —Son cuestionables, sí —reconoció Cornelio, sonriendo ladino—. Al fin y al cabo, al principio también me gustaste, así que perfectos del todo no pueden ser.

    —Maldito, ojalá te pudras —amenazó la diva, con irritación total.

    Cornelio ya simplemente le mostró la lengua de forma muy infantil, para luego regresar su atención a Renata y preguntar, casual.

    —Entonces, Renata, ¿tienes novio? Porque si sí, ¿te gustaría otro? Y si no, mira que no sé bien si soy tu tipo, pero ¿por qué no lo averiguamos? Seguro que tenemos muchas cosas en común, ¿eh? —Y le guiñó un ojo, coqueto.

    —¿Es en serio, Cornelio? —Enrique habló por segunda vez en todo ese rato, su entrecejo fruncido en inquietud.

    —Por supuesto que no. —Joaquín se metió en la conversación, colocando una mano en la nuca de su amigo y ejerciendo presión, haciendo que se inclinara hacia adelante contra su voluntad, sacándole algunos reproches—. Cornelio nunca es serio cuando se tratan de este tipo de cosas. Así que, Renata, no le hagas caso a nada de lo que te diga ni le creas sus piropos, ¿de acuerdo?

    —Ah, seguro. —No era como si en realidad fuese a creerle desde un principio, pero agradecía el consejo.

    —De verdad amas arruinar mi imagen, ¿no es cierto? —rezongó Mejía, sacándose la mano de López de un manotazo.

    —No puedes arruinar algo que ya está deshecho —replicó Joaquín, con malicia, ganándose más reclamos por parte del otro y las risas de la mayoría—. Vamos. Debo tenerte ocupado en algo para que muestres un poco de seriedad, así que anda, juguemos tú y yo.

    —Lo que tú digas, mamá —accedió, alzándose de su lugar e ir a otra mesa para practicar contra su amigo.

    —Es divertido —comentó Renata, sonriente, refiriéndose a Cornelio, sacándole un bufido de fastidio a Laura y una sonrisa a Fabián y Rogelio.

    —De hecho, lo es la mayor parte del tiempo, cuando no está peleando —informó el rubio, risueño—. Cornelio es la clase de persona que nos recuerda que no todo es seriedad y formalismo en ajedrez, sino que también hay diversión y un pasárselo bien. Aunque no lo creas, su presencia en el club es de mucho valor.

    Renata asintió rememorando cómo fue que su partido contra él le había parecido tan llevadero; ahora entendía por qué.

    —Ahora vengo, chicos. Iré a la tienda a comprar algo —dijo de pronto Enrique, dirigiéndose a la salida.

    —Oh, tráeme unas… ¡Ouch!

    Cornelio se silenció porque Joaquín lo pateó por debajo de la mesa. Miró a su compañero con interrogación y descontento, viendo que negaba con la cabeza y hacía gestos raros, moviendo sus ojos nada disimuladamente hacia donde Enrique había desaparecido, dejando preocupados a todos, especialmente a Fabián, Rogelio y Laura.

    —Ajá… ¿Entonces? ¿Alguien me explica qué ha pasado? —preguntó el agredido, confundido.

    —Enrique no está bien, Cornelio. —Lo puso al tanto de la situación el de anteojos, volviendo a acomodarlos sobre el puente de la nariz—. Creo que le afectó más de la cuenta su derrota contra Jasiel. Es obvio que lo de la tienda era una excusa para estar a solas un rato.

    —Oh, entiendo. —El joven digirió la información—. De todos modos, eso no quita el hecho de que tengo ganas de unas papitas.

    Otro golpe en la espinilla lo hizo gritar y maldecir en voz alta.

    —¿Y eso por qué fue? —se quejó, masajeándose la parte afectada, lanzándole una mirada de molestia a Joaquín.

    —No sé, me apeteció —confesó López, regresando su atención al tablero—. Te toca mover.

    Cornelio masculló más improperios entre dientes, devolviendo su interés a lo que debía. Mientras tanto, Laura observaba la puerta, teniendo sus lindas facciones crispadas por el desasosiego y la preocupación. ¿Por qué Enrique actuaba tan diferente a él? Infló el pecho tomando una gran bocanada de aire, soltándolo con rapidez, para luego caminar hacia la puerta, decidida.

    —¿A dónde vas? —cuestionó Fabián alzando una ceja, curioso—. ¿También quieres algo de la tienda?

    Laura no se dignó a responderle. No tenía por qué decirle a nadie qué haría o a dónde iba; ella era libre de actuar como se le viniera en gana sin tener que darle cuentas a nadie, mucho menos a sus molestos compañeros. Así que simplemente salió del salón y el rubio no pudo sino sonreír de medio lado, pensando que definitivamente toda persona contaba con alguna buena virtud, por muy en el interior que estuviera escondida. Después de todo, Laura había tomado la iniciativa de ir hasta el pelinegro; él lo había pensado, pero ella lo había ejecutado y eso valía más que cualquier simple deseo. Sólo esperaba que algo bueno saliera de aquello o que al menos las cosas no empeoraran.


    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
  7.  
    Zurel

    Zurel Camino a la Supremacía

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    Hola.

    Es bueno saber que poco a poco Renata se va integrando al grupo. Ahora el juego que tuvo contra Cornelio fue muy llevadero. Se nota que es una persona que no se le puede tomar enserio. Llegué a pensar el juego de ajedrez terminaría en empate al no poder realizar movimientos ninguno de los contricantes, pero jamás que Enrique lo declarara, de echo, no sabía que en esa clase de juego se podía hacer eso y lo digo porque desconozco completamente el ajedrez.

    Me pregunto qué querrá Laura con Enrique, no creo que vayan a hablar de ellos precisamente, creo que al rato Jasiel será el protagonista en esa conversación. Si le afectó en algo no debería tomarselo tan enserio, osea esta bien que se sienta mal por haber perdido, pero de las derrotas tambien se aprende. Sin embargo, no sabremos con exactitud la clase de conversacíon que tendrán ambos, y desconecemos por completo lo que piensa Enrique sobre su derrota, no queda más que esperar el próximo capítulo.

    Nos vemos en la próxima, saludos.
     

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