Otro El nombre del Fracaso

Tema en 'Novelas' iniciado por Borealis Spiral, 19 Enero 2016.

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  1. Threadmarks: Ronda 21: El problema de Pedro
     
    Borealis Spiral

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    Darth Revan ¡Hola Darth y bienvenido a esta historia! Agradezco mucho que la leyeras y me comentaras aun pese a que el ajedrez no sea lo tuyo... en realidad tampoco es lo mío, yo no lo juego, pero como quise hacer una historia que girara en torno a él, pues esto salió. Me alegra que notes que Renata ha ido cambiando de poco a poco, aunque admito que tampoco yo soy buena para desarrollar a mis principales, a lo secundarios sí, pero no a los principales; es raro. Ya sabremos de Camila a su debido tiempo. De nuevo, agradezco enormente el apoyo que me estás dando. Lo aprecio mucho.

    A los demás que se pasan a leer de forma anónima, también se los agradezco un montón. A todos ustedes es que va dedicado el siguiente capítulo. ¡Disfruten!

    Vigésima primera ronda:
    El problema de Pedro

    Había quienes se levantaban en las mañanas gracias al despertador del celular, o al programar la radio para que sonara a cierta hora, o con ayuda de alguien más. El caso de Jasiel era de los últimos pero no, no era su madre quien solía sacarlo del mundo de los sueños, o al menos ya no.

    —¡Jasiel, despierta que ya es de día!

    Escuchó una voz infantil entre las penumbras de su mente adormilada, al tiempo que sentía que alguien aterrizaba sobre él, sacándole un gemido de dolor gratis.

    —Paty, ¿por qué siempre haces eso? —indagó con somnolencia, forzándose a abrir los ojos, distinguiendo así a la niña de seis años que se había lanzado sobre él sin piedad alguna y que le sonreía traviesa.

    —Tu mamá me encargó levantarte y eso hago.

    —¿Y no puedes despertarme con normalidad? —preguntó ahora sabiendo que sería un caso perdido. Desde el matrimonio de su madre este era el pan de cada día.

    —¡No! Me gusta despertarte así —se sinceró la niña llamada Patricia por demás divertida.

    —Ándale pues, sal para que pueda cambiarme, corre. Y tú también hazlo o se te hará tarde para ir a la escuela —le dijo él notando que ella todavía traía su pijama.

    —¡Voy! —La pequeña gritó entusiasta en lo que se quitaba de encima de él e iba a acatar lo ordenado.

    Al quedar solo, Jasiel no pudo evitar bostezar con cansancio al ver que pasaban unos pocos minutos de las siete; a veces creía que Patricia sufría de un severo caso de hiperactividad. Ella junto con su hermano de once años, Mateo, eran sus nuevos hermanastro y la verdad los adoraba a los dos. En un principio pensó que convivir con niños ajenos a él sería complicado; después de todo, él había sido hijo único por toda su vida. Siempre había gozado de las atenciones de no solamente Verónica, sino de sus abuelos y demás parientes de una forma que podría considerarse consentida. De allí que de algún modo tuviera miedo de que los celos o el resentimiento se apoderaran de su ser en cuanto Mateo y Patricia entraron a su vida y la de su madre. No obstante, todas esas dudas y temores desaparecieron conforme compartió tiempo con ambos e inevitablemente terminó enamorado de ellos; se habían transformado en los hermanos que alguna vez deseó... si es que en realidad alguna vez los deseó.

    Terminó de cambiarse y salió de su habitación dirigiéndose a la cocina, de donde ya emanaba un delicioso aroma de huevos revueltos con jamón. Entró saludando a su madre, quien preparaba el desayuno para que Mateo y Patricia comieran antes de irse a la escuela; él no comía sino hasta un rato después, especialmente los días que tenía que ir al club, pero podía aprovechar para tomar un pequeño aperitivo como algún pan con café o algo así.

    —Buenos días —saludó Mateo ingresando también a la cocina trayendo consigo su inseparable balón de básquet.

    Así como Jasiel tenía una pasión enorme por el ajedrez, de igual modo Mateo tenía gran amor por el baloncesto; lo único malo era que a diferencia del cobrizo con su deporte, Mateo era un novato y bastante malo para el suyo. Afortunadamente Jasiel se había prestado para ayudarlo a practicar los fines de semana, pues aunque no era el mejor, se defendía de forma decente con los deportes en general. Siempre le había gustado la actividad física a pesar de que su deporte requiriera de estar sentado todo el tiempo.

    —Teo, ¿sigues practicando los tiros de canasta que te mostré el sábado? —quiso saber Jasiel, interesado.

    —Todos los recreos —asintió Mateo sentándose a un lado de él, poniendo el balón sobre la mesa—. A veces mis amigos me ayudan, aunque la mayor parte del tiempo terminamos olvidándonos de eso y nos ponemos a jugar un partido. Y también me gustaría practicar un poco más en la cancha del fraccionamiento. ¿Crees que puedas este sábado?

    —Claro, si habemos varias personas las cosas pueden ponerse interesantes.

    —Teo, quita ese balón de la mesa, por favor. Te lo que dicho ya varias veces —le pidió Verónica al empezar a poner los platos con comida sobre esta.

    —Sí, sí, ya oí —bufó el chico ligeramente fastidiado. A veces su madrastra era una quejumbrosa.

    —¡Ya vinimos! —gritó Patricia entrando a la cocina teniendo detrás de ella a su padre Ramiro, en lo que iba a sentarse del otro lado de Jasiel.

    —A ver chicos, rápido a desayunar o harán que Verónica llegue tarde al trabajo —los apresuró el dueño de la casa Carrasco al ver que se tomaban su tiempo por estar conversando.

    Ramiro y Verónica no trabajaban en la misma compañía, por lo que cada quien tomaba rumbos diferentes; mas la escuela de Mateo y Patricia quedaba por el rumbo que tomaba Verónica, por lo que ella los llevaba y ya de allí partía a su empleo. También era ella quien los recogía, pues ahora que había otra fuente de ingresos más estable con Ramiro, los dos habían decidido que ella laborara sólo media jornada; de aquella manera podía pasar más tiempo con sus hijastros durante la tarde y así terminar de afinarse. Allí quien parecía salirse del cuadro familiar era el joven Romero, pues cuando sus hermanastros llegaban del colegio, él se preparaba para ir al suyo o ya estaba en el club, y cuando volvía a casa, casi siempre Mateo y Patricia ya habían sido mandados a la cama, por lo que entre semana no se veían mucho. Había ahí una razón más por la que a veces maldecía estar en el turno vespertino.

    De aquella forma, los chicos terminaron de desayunar y Jasiel se despidió de ellos, de su madre y Ramiro. Quedando sólo en la gran casa, el cobrizo lavó los trastes que se ocuparon al comer y luego se dirigió a hacer la tarea pendiente para ese día, e incluso al tener hecha la mitad, se dio el lujo de encender la televisión, por lo que mientras disfrutaba de algún programa o caricatura, en los comerciales seguía con su tarea. Quizás no era lo más apropiado de hacer si es que se quería mantener una buena calificación, pero tampoco iba a llevarlo a reprobar, así que no pasaba nada. Como a eso de las once fue que se preparó algo de almorzar, para finalmente alistarse y dirigirse al club.

    Como siempre, llegó temprano y el salón estaba cerrado, así que se apoyó en una de las paredes a esperar en lo que sacaba su celular y jugaba un pequeño partido en la aplicación de ajedrez que se había descargado. Cualquiera que lo viera lo llamaría un obsesivo y probablemente tuvieran razón, pero no podía evitarlo; le encantaba el juego. Al cabo de varios minutos Pedro se apareció, quien al saber que Jasiel arribaba exageradamente muy antes de la hora acordada, también procuraba llegar temprano al menos para no hacerlo esperar tanto.

    —¿Cómo estás? ¿Dormiste bien? —indagó el presidente en lo que abría la puerta.

    —Claro, ¿por qué no iba a hacerlo? —Jasiel se extrañó un poco por la pregunta.

    —¿Qué no estás nervioso por el enfrentamiento de hoy? —Pedro lo miró con perplejidad antes de entrar al aula.

    Jasiel frunció el ceño y se miró las manos, las hizo puños un par de veces, se tocó el pecho, el estómago y la cabeza en un intento de encontrar algún indicio de que estuviera nervioso.

    —No, estoy perfectamente bien.

    —Ah. —Pedro suspiró con exasperación echándose sobre una de las sillas—. ¿Cómo es posible que no te inquiete en lo más mínimo? Yo que ni siquiera voy a jugar tengo las tripas hechas un nudo y desperté varias veces durante la noche a mirar el reloj, aunque no sabría decir si esperaba que se detuviera o que avanzara más rápido. ¿Por qué a ti no te afectan estas cosas?

    —No es que no me afecten. —Jasiel le sonrió amigable—. Es más bien que estoy bastante acostumbrado. Por años he contendido con muchos jugadores, de varias edades y algunos con títulos verdaderamente importantes; uno más no parece la gran cosa. Tú no has jugado contra muchos, ¿o sí, Pedro?

    —No en realidad —aceptó el presidente—. Con los del club nada más y contra ellos es diferente; hay más confianza, supongo.

    —Eso es, la confianza es esencial a la hora de jugar y es bueno que la tengas estando en el club, pero me gustaría que mejoraras la tuya propia. En lo que llevamos de conocernos y de practicar juntos he notado dos cosas de ti. Lo primero es que siento es que eres bastante pesimista; corrígeme si me equivoco.

    —No te equivocas, no del todo al menos. ¿Qué te llevó a sacar esa conclusión? —Pedro estaba curioso por saber qué cosa delataba su pesimismo.

    —¿Crees que puedo vencer al as del turno matutino?

    Pedro parpadeó un par de veces antes de desviar la mirada de su compañero. Jasiel ya había probado que tenía un gran conocimiento del juego y que se defendía bastante bien; incluso habían vuelto a jugar para ver quién se quedaría con el título de as a pesar de que ya sabían que el quinceañero lo obtendría. Y efectivamente, con otra victoria invicta se coronó como la estrella del club. ¿Entonces por qué tenía tatas dudas de que fuera a vencer a Enrique? ¿Por qué su mente no se daba la oportunidad de soñar con una posible victoria? ¿Era que estaba tan alejada de la realidad como para siquiera considerarlo? Regresó su visión a Jasiel, quien lo miraba compasivo, explicándole:

    —Son esa clase de reacciones las que me dijeron de tu pesimismo. Creo que ser realistas es bueno, pero no ser negativos y temo decir que tú eres muy negativo, lo que es una verdadera pena porque la segunda cosa que he notado de ti es que eres realmente bueno en ajedrez.

    —¿Eh? —Ahora sí que Pedro no pudo esconder su incredulidad—. ¡Sí como no!

    —No, lo digo en serio, no es por adularte ni nada. Tienes un gran potencial, créeme, tengo un ojo entrenado para notar eso —aseguró Jasiel, firme—. Aquí el problema es que el desánimo no deja que lo saques a plenitud; lo encierras deliberadamente.

    —¿A qué te refieres? —Pedro entrecerró los ojos, defensivo.

    —No estoy un cien por ciento seguro, pero creo que te dejas perder a propósito.

    —¡Qué! —El de tercero se levantó de su silla de pronto sintiéndose agredido—. ¡Insinúas que huyo cual cobarde!

    —¡No! —se apresuró a corregir el otro—. Creo que es una reacción inconsciente; ni tú parecías saber de ella y tengo claro que tu orgullo te obliga a defenderlo siempre que está en juego, sin importar qué y eso no lo hacen los cobardes.

    —¿Entonces qué demonios quieres decir?

    —Es complicado de explicar. —El de mirada miel se masajeó el cuello, pensativo—. Tampoco es que lo hagas con todos. Por ejemplo, a Mauricio le ganaste sin problema la última vez y eso que ya tenía la cabeza bien fría, y de no ser porque aceptaste el empate de Osvaldo seguro que también le ganas. A lo que me refiero es que las veces que has jugado conmigo, a pesar de que afirmes darlo todo, siento que te contienes, especialmente cuando se desarrolla el medio juego.

    —¿Me contengo? —Pedro volvió a sentarse en la silla, impactado.

    —Básicamente sí, pero como digo, parece ser algo totalmente inconsciente y como tampoco parece ser con todos, tengo la teoría de que lo haces con jugadores que tienen cierta fama de ser buenos. Es como si...

    —Como si no me creyera capaz de estar a su altura jamás —lo interrumpió Pedro, sombrío.

    —Exacto. —Jasiel asintió, mirándolo con pesar—. ¿Así te sientes en realidad?

    Pedro volvió a desviar la mirada de él, avergonzado. ¿Qué iba a decirle? ¿Mentirle? La verdad era que sí tenía cierto grado de inferioridad y no era lindo siquiera admitírselo a sí mismo. Mas nunca imaginó que su problema lo llevara tan lejos como para dejarse perder a propósito. ¿Pero qué otra cosa podía esperar? Había estado sumido en la idea del fracaso y la apatía por mucho tiempo, y precisamente por eso era que de pronto el análisis del cobrizo no le pareció del todo descabellado.

    En cambio, al verlo tan apesadumbrado y aplastado en espíritu desde su lugar, Jasiel no pudo evitar que las memorias acudieran a su mente. Recordó a Camila de la misma forma, sentada en su silla, con la mirada baja, hundida bajo el peso de la inferioridad; también vislumbró a Renata de la misma forma después del torneo de hace tres años, en una habitación oscura, decidiendo dejar el ajedrez. Apretó los puños y la quijada. No planeaba dejar que el desaliento consumiera a algún otro de los suyos, por lo que acercándose a Pedro, le dio un fuerte golpe en la espalda en señal de ánimo.

    —No te preocupes, hombre. Te ayudaré a vencer tu problema. No quieres permanecer así todo el tiempo, ¿verdad?

    —¿Y qué tienes en mente para lograr eso? —cuestionó el de tercero, moviendo la espalda y haciendo una mueca; el golpe había sido duro.

    —Esperemos a que Osvaldo y Mauricio lleguen, ¿de acuerdo?

    A Pedro le preocupó un poco la sonrisa misteriosa de Jasiel, pero asintió a su pedido, por lo que en el momento en el que los otros dos miembros hicieron su aparición, Romero habló de los planes que creyó podría ayudarlos a todos a mejorar en el ajedrez. Lo que les hacía falta más que nada era práctica y ganar confianza en sus propias aptitudes; no bastaba con jugar entre ellos, así que pensaba decirle a Fabián si le parecía bien que cada jueves hubiera un partido entre ambos clubes; una especie de juego por equipos. De aquella manera sus compañeros podrían acostumbrarse a jugar varias veces con otros que no fueran ellos mismos, ganarían confianza, aprenderían a sobrellevar los nervios y ganarían costumbre y habilidad al confrontar a los que consideraban buenos jugadores.

    —Quiero que entiendan por las buenas o por las malas que nadie, absolutamente nadie, es invencible. Ni los de la mañana, ni su as, ni yo —«Ni siquiera él», se recordó Jasiel pensando en el campeón estatal—. Y para probarlo hablaré con su presidente para llegar a un acuerdo. En el momento en que empiecen a mejorar y les ganen, verán cómo ya no querrán que la sensación desaparezca y se esforzarán por conservarla. Tan sólo dense un poco de tiempo y den su máximo, ¿de acuerdo?

    Tanto Osvaldo como Mauricio lanzaron un grito en concordancia, animados por las palabras del menor; al fin y al cabo, el de segundo solía seguirle la corriente bastante bien y Mauricio quería demostrar que podía ser mejor que los de la mañana. Pedro también estuvo de acuerdo con el arreglo a pesar de que no se mostró tan eufórico; tal vez fuera él al que más le costara salir del hoyo en el que estaban, pero tanto él como Jasiel sabían que tenía la motivación correcta: no vivir pesimista por el resto de su existencia.

    Con eso en mente, los cuatro se pusieron a jugar, especialmente con la intención de ayudar a Jasiel a calentar para el partido contra Enrique, el que era decisivo para ellos; después de todo, era el brillo de su esperanza.


    En el siguiente capítulo el partido de Jasiel vs. Enrique. ¿Quién ganará? ¿Apuestas?
    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
    Última edición: 8 Mayo 2017
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  2. Threadmarks: Ronda 22: As vs. As
     
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    ¡Hola personitas de Fanficslandia! Pues aquí yo otra vez, entregándolos la siguiente ronda de esta historia después de meses (tengo que trabajar con otra en especial, pero bueno).
    Agradezco enormemente a aquellos lectores que se pasan de manera anónima. Su apoyo significa mucho para mí y a ustedes va el capítulo de hoy que espero sea de su agrado, pues es donde las estrellas del ajedrez de ambos turnos se enfrentan. ¿Quién ganará? Veremos. ¡Disfruten!

    Vigésima segunda ronda:
    As vs. As

    Renata Valdés se limpió las manos en la falda del uniforme por trigésima vez en toda la mañana y volvió a preguntarse si era normal que estuviera tan ansiosa.

    El día había pasado condenadamente eterno para ella, mucho más que de costumbre y eso ya agregaba mayor cantidad de fastidio a las clases. Pero no podía evitarlo; la realidad era que se hallaba ávida de que dieran el timbre de salida para dirigirse de inmediato al club de ajedrez y ver el partido de Jasiel y Enrique. No se había mostrado así de anhelante ni cuando decidió retomar el deporte, pero esto era totalmente diferente simplemente porque se trataba de Jasiel, la persona a la que admiraba más que a ningún otro y que quería ver cuánto había mejorado; quería saber en qué había estado trabajando estos tres años.

    Por eso, al momento en que la campana de salida resonó por todo el recinto, la joven se apresuró a guardar sus útiles con una velocidad y desesperación que definitivamente no la caracterizaban, y habría salido de aquella jaula opresora como un rayo veloz de no ser porque su amiga Ivonne Nájera la detuvo.

    —Hey, Renata, ¿qué tal si nos acompañamos una parte del camino hasta nuestros clubes? —inquirió la muchacha, ilusionada.

    La mayoría de las salas designadas a los clubes que no requerían la cancha o el gimnasio estaban todas ubicadas en una misma zona, por lo que la propuesta de Ivonne tenía sentido; además de que ese día ella también iría a su club de lectura, el que quedaba de pasada yendo al de Renata. Lo que Ivonne intentaba hacer era pasar el mayor tiempo posible con la castaña; dado que no se acompañarían a casa por sus obligaciones extracurriculares, al menos acompañarse hasta su respectivo club era un lindo detalle y Renata lo apreciaba sin duda, mas no ahora. En ese momento no quería distraerse con nada, no quería perder ni un sólo segundo; lo único que quería era correr a la sala de ajedrez y concentrarse de lleno en el partido esperado. Con todo, se oyó decir, neutral:

    —Claro, vamos.

    Ivonne sonrió feliz, lo que hizo que Renata se sintiera más tranquila; había alegrado a su amiga, así que cualquier retraso que tuviera valdría la pena, ¿no? Como siempre, en lo que caminaban por los pasillos de las instalaciones, las amigas conversaron amenamente de temas varios, siendo Ivonne quien hablaba más, dado que Renata se consideraba ante todo una buena oidora. Llegaron a la sala de lectura, la que aún no abría.

    —Vaya, la presidenta se ha tardado un poco en venir —comentó Ivonne mirando la hora en su reloj de muñeca—. Si quieres puedes irte ya, Renata. Yo espero aquí.

    La idea le pareció excesivamente llamativa a Valdés, tanto así que por un momento estuvo tentada a aceptarla e irse, pero en lugar de eso volvió a escucharse decir:

    —No, si quieres espero aquí contigo hasta que llegue alguien más. Total, ¿qué me cuesta?

    —Muchas gracias, Renata.

    Ivonne volvió a sonreír con amplitud y con cierto aire de alivio, lo que le dijo a la otra que en realidad su amiga no había querido quedarse sola desde un principio. ¿Entonces para qué le daba la opción de irse y dejarla? Era absurdo. ¿Acaso si se hubiese ido, Ivonne se habría decepcionado? ¿Era alguna clase de prueba para ella? La verdad existían muchas actitudes y acciones de las personas que simplemente le parecían extrañas, desconocidas, ajenas a ella; no llegaba a asimilarlas por completo. Especialmente aquellas que vinieran de personas que disfrutaban la compañía de otros; mas nuevamente, no era culpa de esa gente que ella fuera tan bruta para las relaciones sociales.

    En eso, una de las compañeras de Ivonne hizo acto de presencia, justo a tiempo para acompañarla en lo que esperaban a su presidenta, por lo que ya sin sentir ningún tipo de remordimiento, Renata se despidió de su amiga y volvió a tomar su rumbo a su propio club. Al principio caminó calmadamente, hasta que cada paso fue acortando el tiempo que existía entre uno y otro, llevándola a correr, demostrando así su afán por llegar de una vez. Se detuvo frente a la puerta del aula correcta, con la respiración jadeante y el corazón latiéndole a mil a pesar de que no supo si se debía a la carrera o a la emoción.

    Allí estaban, tanto Jasiel como Enrique sentados frente a los tableros, siendo rodeados por sus respectivos colegas, ambos tan concentrados en el juego que no repararon en su alrededor, por lo que ninguno de los dos notó que ella se acercaba para unirse a los espectadores. Los demás también tenían su atención en el partido y apenas hicieron caso de su presencia; ni siquiera Laura comentó nada. Antes de posar su vista al avance que había en el juego, Renata se tomó unos instantes para detallar las facciones del que fue su protector. Jasiel mostraba una expresión impávida pero serena, en lo que sus vivaces ojos color miel brillaban de determinación pura al no despegar ni un segundo su mirada de las piezas. Renata sonrió un poco de medio lado, pareciéndole increíble que hubiese cosas que no cambiaban para nada a pesar del transcurso del tiempo; ese mismo mohín había mantenido él la última vez que jugó contra ella.

    Ahora sí, la castaña posó sus ojos cafés en el tablero, descubriendo que su atraso la había hecho perderse dos movimientos en la apertura para cada uno, además de uno extra de Enrique, siendo en ese momento las piezas movidas las siguientes: para las blancas que eran de Enrique estaba el e4, d4 y Cd2; para las negras que eran de Jasiel estaba el e6 y d5. Ahora era el turno del cobrizo y Renata consideró que arribó justo a tiempo al ver que tomaba un caballo y lo ponía en c6. La chica también pensó que lo mejor para Enrique sería mantener el movimiento con los caballos antes que desarrollara los alfiles o incluso que comerse algún peón; sería contraproducente dada la defensa de Jasiel.

    Efectivamente, viendo todas las posibilidades, el as Acosta optó por lo mejor y desplazó el caballo ya movido a f3, mas como si previera el movimiento, Jasiel inmediatamente contraatacó colocando su segundo caballo en f6. Aquí, la joven Valdés pensó de pronto que empezar a sacar los alfiles sería una buena idea, pero luego detalló que ninguno tenía espacio para elaborar una buena táctica con ellos, así que no sería provechoso. Si hubiese estado en el lugar de Enrique ya habría cometido ese error. Sin embargo, el pelinegro no lo hizo, sino que avanzó un peón más y otra vez casi instantáneamente, Jasiel movió su caballo de tal forma que amenazó al peón blanco recién trasladado, ocasionando un pequeño sentido de urgencia en Enrique, el que duró casi nada al comprender que su contrincante quería simplemente asustarlo, pues no le convenía capturar ese peón o perdería un caballo a lo tonto. Por eso decidió mover otro peón.

    Jasiel de inmediato avanzó uno de sus peones y Enrique consideró el momento de capturar algo, por lo que se comió un peón negro con otro, mas esperando eso, Jasiel le devolvió el favor tragándose al insolente peón con la reina. Hubo un par de jugadas más con los caballos por parte de ambos y otra en la que los dos comenzaron a desarrollar sus alfiles al considerar que había espacio suficiente en el tablero para usarlos, e incluso Jasiel tuvo que retroceder a su reina al verla en peligro por uno de ellos. Después, Romero fue el primero en hacer el enroque para darle mayor protección a su rey y siguiendo su ejemplo, Acosta hizo el enroque largo.

    Continuaron desarrollando el medio juego con desplazamientos de defensa y ataque bastante bien equilibrados según lo ameritara la ocasión; tanto así el asunto que ninguno de los dos parecía abandonar su medio terreno por mucho que se pusieran a la ofensiva. Las torres también empezaron a tomar lugar, pues Jasiel movió la suya a e8, ejerciendo presión al pelinegro para que moviera su rey a b1, escudándolo tras los peones. Se llevaron a cabo otros movimientos más, hasta que en uno de ellos el cobrizo trasladó su alfil a f5, logrando la primera amenaza de jaque en el juego, por lo que Enrique movió a su rey una casilla a la izquierda, a a1, quedando en la esquina. Luego, Romero desplazó su otra torre para dejarla junto a la otra.

    Los amigos de la estrella del turno matutino no pudieron evitar sentirse ligeramente nerviosos por cómo iban las cosas. No era que Enrique estuviera mal en el juego, pero la velocidad de reacción de su oponente era aterradora; era como si en verdad supiera qué movimiento haría el pelinegro y sin el mínimo esfuerzo, él hiciera el suyo con tal de rebatirlo. Por supuesto, esto supuso grandes ilusiones para los de la tarde, quienes comprendieron que el talento y habilidad del cobrizo eran innegables, impresionantes y admirables de muchas formas.

    Las jugadas fueron avanzando conforme el medio juego se desarrolló en una tanda de ataques y retrocesos, buscando las mejores tácticas y estrategias, utilizando las piezas correspondientes para efectuar el plan que los jugadores imaginaban, teniendo la presión del tiempo limitado sobre ellos, pues estaban conscientes de que se trataba de un partido con un ritmo de jugo rápido, así que debían pensar velozmente. Si el timbre que indicaba el inicio de las clases vespertinas se oía y ninguno daba el jaque mate o no habían hecho que su oponente se rindiera, podría declararse un empate; algo que aunque a Enrique no le molestaría, Jasiel no estaba dispuesto a aceptar, o al menos no ese día. En circunstancias normales quedar en tablas no le supondría problemas, pero justo ahora necesitaba una victoria que regalarle a su equipo, así que no estaba dispuesto a conformarse con el empate.

    De aquella manera, las piezas en el tablero fueron disminuyendo para ambos, hasta que Enrique hizo la segunda jugada de peligro al mover su reina a c4, amenazando al rey de su oponente, quien inmediatamente movió su propia reina a e6 para protegerlo. Desde su lugar como espectador, Fabián comenzó a sentir una sensación de intranquilidad al ver que en lugar de mover el rey, Jasiel optó por arriesgar su pieza más poderosa. Supo que lo hizo porque no creía que Enrique la capturara con su propia dama, pues luego Jasiel le devolvería el golpe capturándola con su torre. No, sino que lo inquietaba el hecho de Jasiel no arrinconó a su rey en ningún momento; más bien le dio espacio para moverse de casilla en caso de que se viera amenazado otra vez. En cambio, su amigo había dejado a su rey en un rincón olvidado desde muy temprano y eso no le gustaba. Le daba muy mala espina que Enrique sólo pudiera moverlo en una sola dirección; le olía a la más calculada de las trampas.

    El resto de las piezas se pusieron a desaparecer, entre ellas las reinas de los dos y curiosamente ambos usaron caballos para capturarlas. No fue hasta que Jasiel movió la única torre que le quedaba a e2 que la mayoría se dio cuenta de que Romero realmente buscaba acorralar al rey del pelinegro para darle mate. Enrique lo protegió desplazando su propia torre a d1, mas su rival colocó su caballo en b2, no sólo comiéndose a un peón, sino que también amenazando a la torre blanca, así que Acosta volvió a moverla ahora a b1, a un lado del Rey.

    «Te tengo», pensó Jasiel en cuanto retrocedió su caballo a d3 para no estorbarle el paso a su torre.

    Al ver la jugada, Fabián no pudo evitar respingar tanto de admiración por lo bien que el cobrizo lo había hecho, encorralando a Enrique al obligarlo a dejar a su rey en esa esquina, sino que también lo hizo de absoluta incredulidad. Hacía un rato que nadie de la misma preparatoria conseguía vencer a su as, por lo que ahora al ver que Enrique no tenía oportunidad de victoria, se había sorprendido mucho. Era cierto que su amigo tenía la oportunidad de hacer más movimientos, pero no importara cuántos realizara a partir de ahora, cualquiera lo llevaría a un mate seguro y él lo sabía.

    El pelinegro se dio cuenta demasiado tarde de su error en aquel momento en que movió a su rey a la casilla donde estaba ahora. En este caso tenía la opción de renunciar y declararse vencido o de continuar hasta un jaque mate, lo que simplemente alargaría la partida de manera innecesaria y teniendo en cuanta que tenían el tiempo encima, no era la alternativa más apropiada. Por lo que suspirando derrotado y sonriendo de una manera que mostró ser más condescendiente que otra cosa, alzó la mano para llamar la atención de todos y aceptar:

    —Me rindo, he sido derrotado.


    Pues Jasiel terminó ganando. ¿Alguien se lo imaginaba?
    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
  3.  
    Zurel

    Zurel Camino a la Supremacía

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    Desde que se supo el enfrentamiento entre los As de ambos equipos. Siempre supe que Jasiel ganaría.

    Después de todo, ambos turnos deben estar parejos, tanto en moral, como en habilidad de juego. Y sinceramente un equipo donde solo gane el mejor simplemente porque si, no tiene emoción alguna.

    Ahora que el equipo que se consideraría más debil, que es el de la tarde. Tendran una moral por las nubes y eso hará que se pongan las pilas para ser mejores. Lo que significa que ambos equipos empezarán a estar parejos.

    La verdad, no tengo ni la más remota idea cómo se juega el Ajedrez. A lo más que he llegado a jugar es tablero. Pero admito que me sentí emocionado conforme avance en la lectura.

    Habrá que ver como sigue la historia, pues aún me tiene con la intriga lo de la amiga de Jasiel, espero saber más de ella y también lo que ocurrió en el pasado.

    Saludos y hasta la próxima.
     
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    Zurel ¡Hola, Zurel! Como siempre, gracias por el apoyo que me das leyendo esta historia. Qué bueno que supieras que Jasiel ganaría, pues tienes razón, ambos turnos deben estar parejos y vaya que irán emparejándose más. Me alegro que hayas te hayas emocionado al leer el partido; todavía tengo que aprender a narrarlos para que no sean tan pesados y a enfocarme más en lo que sienten los personajes, pero ya me enseñaré. Y en cuanto a la amiga de Jaisel, ya llegará el momento de saber más de ella, descuida. De nuevo, gracias por leer y comentar. Me anima mucho.

    A los demás que se pasan a leer, se los agradezco enormemente. No tengo mucho que decir, por lo que paso a dejarles la siguiente ronda que espero sea de su agrado. ¡Disfruten!

    Vigésima tercera ronda:
    Declaración de guerra

    Un suspiro de alivio salió de los labios de Jasiel en lo que se apoyaba en el respaldo de la silla, relajando sus músculos. ¡El enfrentamiento había sido en verdad tenso! Las probabilidades del empate se habían mostrado más evidentes conforme pasaba el tiempo, pero al final consiguió doblegar a Enrique con la estrategia de mantener el rey blanco arrinconado. Sus compañeros también habían soltado un suspiro de descanso al ver el desenlace, sumamente felices, e incluso la propia Renata no puedo evitar el sentimiento de alegría al verlo ganar; parecía ser que después de todo la balanza sí se había inclinado hacia su lado. En cambio, las emociones de desconcierto, estupefacción y desencanto envolvieron a los de la mañana, quienes aún no podían dar crédito a lo que veían sus ojos.

    —¡No! ¿Cómo es posible que ganaras tú? —inquirió Laura por demás frustrada y furibunda. Ese no había sido su plan; se suponía que Jasiel debía ser humillado por Enrique frente a todos en una aplastante derrota.

    —¡Buen trabajo, Jasiel!

    Pedro lo felicitó saliendo del estupor en el que todavía nadaba, contento a más no poder de ser finalmente capaz de saborear la victoria al menos de alguna forma. Y para demostrarle que lo decía en serio, le propinó un golpe en la espalda con la palma de la mano, sacándole un gemido de dolor al chico, mas Pedro no se sintió culpable; de todos modos se lo debía.

    —De veras que sí, buen trabajo —también lo congratuló Osvaldo dándole otro manotazo.

    —No estuvo mal —reconoció Mauricio, con su orgullo característico, regalándole un golpe más y con cada uno, Jasiel fue inclinándose hacia adelante hasta casi chocar su cabeza con la mesa.

    —Rayos, el afecto duele demasiado —se quejó el muchacho con dolor.

    —Igual tienen razón. Lo hiciste muy bien —halagó Enrique sonriéndole con amabilidad, ofreciéndole su mano en señal de paz y de cero resentimiento.

    —Gracias, lo mismo digo. —Se apresuró a aceptar la mano ofrecida, apretándola con firmeza—. Lo digo en serio, pusiste a funcionar mis neuronas a niveles que no suelo usar. Eres sin duda un gran oponente y me gustaría volver a contender contra ti.

    —Suena bien —asintió Acosta—. Quiero la revancha.

    El joven Romero cabeceó en conformidad y apenas hubo tiempo de que se alzaran los murmullos entre todos ellos hablando del partido, cuando el timbre que indicaba el inicio de las clases vespertinas se dejó oír.

    —Ahora sí será mejor ponernos en marcha o llegaremos tarde —comentó Pedro en lo que tomaba su mochila.

    Todos estuvieron de acuerdo y Jasiel se levantó de su asiento dispuesto a conseguir también su mochila, por lo que al fin se dio cuenta de la presencia de Renata, quien se había mantenido todo el tiempo fuera de su campo de visión.

    —¡Renata!

    La nombró por demás estupefacto, olvidándose del previo partido, de su victoria, de las clases y del hecho de que tendría un enorme retraso. En un impulso se acercó a ella hasta quedar frente a frente y la tomó por lo brazos a la altura de los codos, mirándola técnicamente sin parpadear.

    —Renata, ¿en verdad eres tú?

    —No, soy un espejismo —replicó a su vez ella, sarcástica.

    Al fondo, la sonora carcajada de Cornelio retumbó en la estancia. ¡Vaya chica con sentido del humor! Le gustaba; era sin duda alguna su tipo.

    —De acuerdo, acepto que esa pregunta fue estúpida —admitió el de ojos miel ligeramente avergonzado ante la mirada de "¿no me digas?" de la castaña—. Pero no lo entiendo. ¿Por qué estás aquí?

    —Soy parte del club —respondió calmada.

    —¿Pero por qué? —Jasiel frunció el ceño en confusión absoluta—. Se supone que no te gusta el ajedrez. ¿Por qué anotarte en un club de algo que no soportas?

    Renata frunció el entrecejo de igual manera, desconcertada; ella era la que no entendía a Jasiel. ¿Acaso no se alegraba de que estuviera de vuelta en el juego? ¿No la había reprendido antes por abandonarlo? ¿Cómo era que ahora le preguntaba por qué estaba allí? Él debería saberlo mejor que nadie.

    —¿Y ahora qué demonios estás diciendo, pretencioso? —Laura se metió en la conversación, exteriorizando las dudas de Renata—. ¿Cómo te pones a cuestionarla por eso? Deberías estar feliz de que se anotara al club con lo terca que es.

    —¡Por supuesto que me da gusto que esté aquí! —Jasiel miró a Laura con desaprobación e irritación por la intervención—. No tienes idea de lo mucho que me estoy conteniendo para no liberar mi alegría sin parecer un loco.

    El ambiente se volvió silente unos instantes al ser todos tomados por sorpresa por la respuesta de Jasiel, quien sintió su rostro enrojecer de bochorno al darse cuenta de sus palabras; había hablado de más. Miró a Renata, quien parpadeaba sintiéndose completamente fuera de lugar, al momento que preguntaba.

    —¿Entonces por qué?

    —¿Te parece si vamos afuera un momento, por favor? —le pidió él, deseando conversar con ella en privado.

    Renata asintió, por lo que siguió al chico fuera del aula, caminando por el pasillo hasta que llegaron a uno de los pequeños jardines que adornaban las instalaciones. Jasiel se detuvo provocando que ella también lo hiciera; luego vio que él se rascaba la nuca con nerviosismo antes de girar sobre su eje para encararla.

    —Es totalmente cierto lo que le dije a Lau, Renata. En verdad estoy muy contento de que estés en el club —explicó él, contundente—. Sin embargo, antes que mi felicidad o la de cualquier otro, está la tuya. No sé por qué decidiste regresar al ajedrez, pero quiero que haya sido porque tú lo quisiste y no porque te sintieras obligada a hacerlo. Si mis palabras te hicieron sentir culpable y sólo estás aquí por responsabilidad o porque sientes que se lo debes a alguien o lo que sea, entonces no lo hagas. No quiero que pases otra vez por esa etapa tan deprimente cuando no gozabas de las cosas, cuando eras sombría, cuando actuabas como un autómata. ¡No eres una máquina ni una marioneta que deba hacer lo que otros te dicen que hagas, por Dios! Eres un ser humano, una persona que puede tomar sus propias decisiones y vivir con las consecuencias de ellas. Por eso, lo único que deseo es que estés segura de que esto es lo que realmente quieres para ti.

    Renata abrió los ojos y la boca, impactada de oír la declaración de Jasiel. Así que era eso lo que lo preocupaba, ¿eh? Sintió de pronto que una cálida sensación nacía desde el fondo de su pecho y que subía a su rostro, así que no pudo evitar sonreír con ternura, emocionada por sus palabras. ¿Para qué se sorprendía? Se trataba de Jasiel al fin y al cabo; él siempre buscaba que las personas a su alrededor se sintieran cómodas, que fueran felices. Para él lo más importante antes que cualquier otra cosa era que sus amigos estuvieran bien, alegres, aún si eso conllevaba sacrificar algo de su parte.

    —Tus palabras me hicieron pensar, pero fue mi propia decisión; sin obligaciones ajenas de por medio. Sólo yo y mi persona —le informó con suavidad.

    —¿Es así? —Jasiel ahora sí que no puedo esconder la amplia sonrisa que curvó sus labios, en lo que sus orbes mieles se iluminaban de orgullo—. Me alegra escuchar eso, Renata, en verdad. Aunque aceptaré que me da lago de pena porque estaba decidido al cien por ciento a resembrar en ti el gusto por el ajedrez, todo muy sutilmente y sin presiones, claro. Ya hasta lo tenía más o menos planeado y todo, pero bueno. En serio estoy feliz por ti. ¿Y exactamente qué te motivó a volver?

    Renata lo pensó un poco. A decir verdad eran muchas sus motivaciones para darle una segunda oportunidad al ajedrez y a ella misma: su duelo pendiente con Laura, su deseo de cambiar de actitud, reconocer que el deporte no le desagradaba del todo; en fin que eran varias razones. Todas y cada una de ellas válidas y aceptables, mas en ese instante en el que se encontró plantada frente a frente con el que fue su protector, una pareció alzarse por sobre las demás; una que resultó ser como un fuego abrazador dentro de ella que fue incapaz de callar, por lo que la expresó con firmeza envidiable.

    —Fuiste tú. Me debes una, ¿recuerdas? Quiero derrotarte sí o también.

    La revelación terminó siendo tan inesperada para el joven Romero que incluso se echó un poco para atrás, anonadado en gran medida. Sin embargo, al mismo tiempo una dicha que no le pareció ni medio normal afloró desde lo más profundo de su ser, al saber que de algún modo había terminado siendo una parte importante en la resolución de Renata. Y sin proponérselo, también recordó escenas de antaño, aquellas en donde se veían tanto a él como a ella practicando en el club del abuelo; aquellas memorias en donde antes del torneo, ella se colocaba frente a él con decisión, lo señalaba y le aseguraba con aplomo que lo vencería a toda costa. Todo en conjunto lo llenaron de innumerables sensaciones que sólo pudo sacar en forma de carcajadas; fuertes y sonoras risotadas llenas de una profunda sensación de bienestar. Y a pesar de que Renata lo miró como si hubiese perdido la cabeza, rio por un buen rato.

    —Veo que a pesar de todo no has cambiado mucho, Renata —mencionó él como un detalle, intentando apaciguar el ataque de risa, en lo que se limpiaba algunas lágrimas que se habían acumulado en el borde de sus ojos—. Comprendes que básicamente acabas de declararme la guerra, ¿cierto?

    —¿Eh? —Renata lo meditó bastante; nunca lo había visto de ese modo, pero tenía algo de sentido.

    —Está bien. —Jasiel le sonrió tranquilizador al ver que le echaba más cabeza de la necesaria—. Estaría encantado de aceptarla sólo que bajo una condición.

    Él mostró su dedo índice enhiesto y ella ladeó la cabeza, tanto curiosa como confundida. ¿Qué tenía en mente ahora?

    —No quiero que nos enfrentemos de ninguna manera, sino hasta el festival cultural en abril.

    —¿Qué? —La chica se desencajó totalmente con la petición—. ¿Por qué?

    —Tres años, Renata. —Esta vez mostró tres dedos—. Fueron tres años en los que no tomaste ni una sola pieza de ajedrez; es evidente que estás fuera de práctica. ¿Crees que me gustaría tener un partido contigo sabiendo que estás tan oxidada? Lo siento pero no soy conformista. Si vamos a enfrentarnos, quiero que sea con el máximo de nuestras capacidades y para ello te daré tiempo a que vuelvas a acostumbrarte a jugar. Quiero que practiques lo más que puedas, que recuerdes las jugadas que solías usar, que tu amor opacado por el deporte reluzca nuevamente, que aprendas durante estos meses tácticas nuevas y que tu deseo de ganarme aumente con cada día que pasa. En resumen, quiero que me des lo mejor de ti. ¿Estás dispuesta a hacerlo?

    La castaña bajó la mirada un rato, sintiendo que el carmín se apoderaba de su tez. La manera que tenía su compañero de exponer las cosas era algo peculiar; no obstante, esto también era algo que debía agradecerle. Jasiel estaba siendo generosa con ella, pues ambos sabían que si se enfrentaban en un duelo ahora, él obtendría la victoria segura. En cambio, le estaba dando la oportunidad de habituarse de nuevo al ritmo de juego, a usar su perezoso cerebro otra vez, a fortalecerse contra el desgaste mental que en esos momentos la fulminaba. En pocas palabras, le otorgaba la oportunidad de verdaderamente ponerse a su altura y darle un partido digno de él e incluso de ella; un duelo que en verdad deseaba que fuera inolvidable. Se mordió el interior del labio inferior, apretando con fuerza los puños, antes de redirigir sus ojos a los del chico ante ella y asentir.

    —Hecho —accedió, extendiendo su mano para cerrar el acuerdo.

    Sonriendo todavía más si es que era posible, Jasiel se apresuró a tomar la mano que le ofrecía con las dos suyas, sacudiéndola de arriba a abajo con enérgica emoción.

    —Bien… ¡Genial! Me alegra que aceptaras, Renata —confesó por demás risueño hasta que de pronto, la cruel realidad volvió a golpearlo—. ¡Demonios! ¡Se me ha hecho tarde! No me van a dejar entrar a la primera clase y seguro me ponen reporte. —Soltó a Renata para llevarse las manos al cabello y alborotarlo con frustración—. Me tengo que ir ya. Luego hablamos, ¿sale?

    —Ah, claro.

    La muchacha vio que él se alejaba de ella a paso apresurado dispuesto a ir a sus clases, por lo que encogiéndose de hombros, ella también tomó su rumbo hacia el club, mas casi de inmediato vio que Jasiel la pasaba de lado sin dejar el trote y le gritaba sin mirarla.

    —¡Olvidé mi mochila en el club!

    Renata detuvo su andar, incrédula de que fuera tan distraído; no lo recordaba así. Al poco rato vio que él corría hacia ella ya con su pertenencia en su poder.

    —¡Listo! —gritó pasándola de largo por segunda ocasión.

    Ella lo siguió con la mirada unos segundos e iba a darse la vuelta para retomar su camino, cuando notó que él se detenía y giraba sobre su eje para llamarla.

    —¡Por cierto, Renata! ¡Bienvenida de vuelta a tu elemento! —Le dio su recibimiento con una cálida y esplendorosa sonrisa, la que la orilló a sonreír también con fulgor.

    —¡Sí, gracias! —agradeció de corazón.

    Jasiel cabeceó a manera de reconocimiento para después darse media vuelta y desaparecer ahora sí de su vista. Sin dejar de sonreír y con una sensación muy agradable que la abrazó por completo, Renata se dirigió al club. Podría ser que después de todo, estos tres años no resultaran tan largos e insoportables como había creído.


    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
  5.  
    Zurel

    Zurel Camino a la Supremacía

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    Ah, que bien que ambos jovenes se trataran como los viejos amigos que fueron en el pasado. Y mas aun que Renata no le tuviera algun rencor, de alguna manera por lo ocurrido años atras.

    La declaracion de guerra ha sido firmada y sellada por los dos. Veremos si en el festival, Jasiel y Renata se enfrentan en el transcurso del mismo, o deberemos esperar hasta la final. Aunque eso es algo muy adelantado a los hechos, pues faltan tres años y en tres años pueden pasar muchas cosas para bien y para mal.

    Veremos a donde la llevará el destino a nuestra perezosa protagonista. Saludos y hasta la próxima.
     
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  6. Threadmarks: Ronda 24: Empate
     
    Borealis Spiral

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    Zurel ¡Nuevamente gracias por el apoyo que me das, Zurel! Es muy animador en verdad. Jeje, ya veremos si es que Renata y Jasiel se enfrentan en el festival o qué pasa, pero es verdad, en tes años pueden pasar muchas cosas.

    A los demás que se pasan a leer, también se los agradezco. No tengo mucho que decir, por lo que pasaré a dejar el siguiente capítulo que espero sea de su agrado. ¡Disfruten!

    Vigésima cuarta ronda:
    Empate

    Renata regresó al club y en el momento en que cruzó la puerta, Laura se le lanzó para exigirle una explicación.

    —¿Por qué Jasiel te llevó aparte? ¿De qué hablaron? —demandó respuestas.

    —De cosas —respondió ella, con simpleza.

    —No te hagas la tonta y dime qué cosas —se empecinó la otra, mandataria.

    —¿Y a ti qué te importa, entrometida? —la reprendió Cornelio Mejía, disgustado—. Son sus asuntos personales. Déjala en paz.

    —¡Tú no te metas! —ordenó la rizada, con malhumor.

    —En cuanto sigas tu propio consejo veré si yo lo tomo en consideración, vieja metiche —contraatacó el de tercero con acerbidad.

    —¿A quién le dices vieja metiche, pedazo de…?

    —¡Suficiente! —Fabián golpeó una de las mesas con la mano para silenciarlos a ambos—. Sus constantes peleas están sacándonos de quicio a todos. Creí que este club se conformaba por personas civilizadas y razonables, no por salvajes.

    —¡Yo no soy ninguna salvaje! —se indignó Laura.

    —Pues demuéstralo y deja de comportarte como una. Y tú, Cornelio, se supone que eres el mayor aquí y no haces más que demostrar lo inmaduro que eres. ¿No te da vergüenza?

    El aludido tan sólo desvió la mirada, molesto por la reprimenda que le daban, pero consciente de que la merecía.

    —¿Podrían tratar de llevarse bien, por favor? —cuestionó el presidente, esperanzado.

    —No —respondió la rizada, con sequedad.

    —¿Lo ves? ¡Ella es la que empieza! —se quejó Cornelio.

    —Ah. —Fabián se pellizcó el puente de la nariz, frustrado—. Enrique, ¿podrías ayudarme aquí?

    —¿Eh?

    El pelinegro no había estado prestando atención a todo el revuelvo que se suscitaba entre sus compañeros, sino que se había mantenido sepulcralmente silente y distraído.

    —¿Estás bien, Enrique? —le preguntó Rogelio Montero, preocupado, sabiendo que su amigo era muy atento y parlanchín, así que el que se mostrara ausente esos instantes no era buena señal.

    De hecho, notar su inusual estado taciturno consiguió que los humos entre Laura y Cornelio se aligeraran.

    —Estoy bien, descuiden. —Acosta les sonrió, confortador—. Eh… Renata debe terminar de enfrentarse al resto para conocer su nivel, ¿cierto?

    Fabián frunció el ceño al distinguir que Enrique había cambiado el rumbo de la conversación a propósito, lo que quería decir que en realidad algo perturbaba su mente. Decidió que ya lo interrogaría al respecto, por el momento se concentró en cumplir su función como presidente.

    —Es cierto. Renata debe jugar contra los demás. ¿Algún voluntario?

    —Yo me apunto. —Cornelio se ofreció en lo que se sentaba en la misma mesa que Enrique y Jasiel habían usado, acomodando las piezas en el tablero.

    —¿Y eso? —Joaquín López alzó una ceja, con extrañeza—. Normalmente no juegas por tu cuenta a menos que lo consideres extremadamente necesario o a menos que te obligue yo.

    —Te gusta arruinar mi imagen, ¿verdad? —Mejía miró a su amigo con disconformidad antes de sonreír y explicarse—. Tengo curiosidad nada más, de ver cómo juega. Después de todo, Renata se ha convertido en mi ídolo; soy su fan número uno.

    Fue el turno de la joven Valdés fruncir el ceño con confusión inmensa. ¿De qué hablaba este tipo? En cambio, Joaquín tan sólo se llevó una mano al rostro y negó con la cabeza, sintiendo vergüenza ajena, en lo que Rogelio reía por la ocurrencia.

    —¿Por qué la hiciste tu ídolo? —quiso saber el regordete, incauto.

    —Que haya vencido a la diva machacando su soberbia es motivo suficiente para admirarla —concluyó Cornelio, como si nada.

    —¡Ay, grandísimo…! —Laura estuvo a punto de sisear algo hiriente, pero se refrenó al recordar el reto que había perdido, por lo que tuvo que tragarse sus insultos.

    —Bueno, dejando las tonterías de lado. —Fabián tomó la palabra, ganándose una protesta por parte de Cornelio—. Renata, ¿tienes algún inconveniente en jugar contra Cornelio?

    —No, está bien —declaró ella, sentándose frente al joven y el tablero; tampoco era como si tuviera opción. Jugaría con las blancas.

    —Comiencen entonces. —El rubio dio luz verde.

    Ambos jóvenes se concentraron en su partida. El inicio comenzó con la apertura "Defensa de los dos Caballos" y a partir de allí, se mantuvo en su mayoría el uso de los alfiles y el avance de los peones. Continuaron así hasta que Cornelio hizo la primera captura utilizando un alfil, llevándolo a d5 para comerse uno de los caballos de Renata; no obstante, la chica devolvió el golpe usando también la misma pieza que él, por lo que capturó al alfil de su ponente. Realizaron un movimiento más cada uno, él avanzando un peón y ella retrocediendo su otro alfil. Después, hubo más capturas por parte de los dos cuando Mejía movió su caballo y se adueñó del alfil blanco que anteriormente se había tragado al suyo, mas de inmediato la castaña se liberó de ese caballo con uno de sus peones.

    Hicieron otra movida cada uno: él Cd4 y ella c3; hasta que la primera amenaza llegó cuando el chico volvió a desplazar su caballo colocándolo en f3, poniendo en jaque al rey blanco, pero Renata no quiso tomar ningún tipo de riesgo, por lo que eliminó la pieza negra con su dama. Viendo que la defensa frente a su propio rey estaba pobre, Cornelio realizó el enroque largo, quedando protegido por tres peones y la reina. El desarrollo del medio juego se tornó mucho más ligero que en partidos anteriores, o al menos así le pareció a Renata. En comparación con el que tuvo con Laura y Enrique el día pasado, o el que tuvieron Jasiel y su compañero hoy, este no era para nada apremiante o tenso; era por mucho más sencillo y llevadero.

    Los peones y alfiles continuaron siendo los protagonistas en ese duelo al avanzar unos y retroceder los otros. Después, al ver que él colocaba su alfil en a5 capturando a uno de sus peones, Valdés decidió que era hora de intentar proteger un poco más a su rey, por lo que por primera vez hizo el enroque normal y esperó que lo hubiese realizado correctamente. Como vio que nadie decía nada, supuso que lo hizo bien. Luego vio que Cornelio avanzaba el mismo alfil de antes para capturar al único peón que le había estado dando cobertura a su rey si no hubiese hecho el enroque; allí habría tenido otro jaque.

    Detallando que empezaba a manifestarse espacio suficiente para la entrada de las torres, Renata movió una a a3, amenazando el alfil negro y no deseando perderlo, su contrincante lo retrocedió una casilla. Sin embargo, la castaña lo persiguió desplazando su torrea a b3, amenazándolo de nuevo y Cornelio tuvo que retrocederlo otra casilla, respaldándose con uno de sus peones en caso de que ella volviera a presionar, pues si lo capturaba, entonces su peón tomaría a la torre blanca. Pero no, Renata no hizo nada con esa torre, sino que movió la otra colocándola en a1. Sin distinguir de pronto mayores movimientos para ejecutar, Cornelio adelantó un peón a f5 e imitándolo, Renata avanzó uno también. Mejía ahora llevó su alfil a a7, casi al inicio de su extremo del tablero, al tiempo que alzaba la mano para llamar la atención de la chica y hablar.

    —Pido empate.

    Dicho empate o tablas, como se les conocían en el ajedrez, podían manifestarse de cinco formas: La primera era el empate por repetición triple o repetición de posición. Esta regla declaraba que cuando una posición idéntica ocurría o iba a ocurrir tres veces con el mismo jugador en turno, tal jugador podía reclamar empate. La segunda forma era el empate por ahogamiento, que consistía en que el jugador no disponía de un movimiento legal con el rey a pesar de que no estuviera en jaque, lo que podía ocurrir si el rey y otras piezas no tenían casillas a dónde moverse, o si las piezas estaban protegiendo al rey de un ataque del oponente y no se podían mover, o si las piezas estaban bloqueadas por piezas propias o enemigas. Este empate era automático y no necesitaba ser reclamado por el jugador.

    La tercera manera de llegar a tablas era por la regla de los 50 movimientos, con la que se podía reclamar un empate si en los 50 movimientos anteriores por cada jugador no se hubiese movido ni un sólo peón y no se hubiese hecho ninguna captura. Quien deseara el empate debía reclamarlo justo después de realizar su jugada. La cuarta forma era el empate por insuficiencia de material, el que sucedía cuando ningún jugador contaba con suficiente material para lograr un jaque mate, lo que ocurría cuando ya no había muchas piezas en el tablero o cuando no había una secuencia de movimientos legales que conducirían al mate. Los escenarios más comunes de estas tablas eran: rey contra rey; rey y caballo contra rey; rey y alfil contra rey; rey y dos caballos contra rey; rey y caballo contra rey y caballo, y rey y alfil contra rey y alfil.

    Finalmente, la manera más común de empatar una partida era la del acuerdo mutuo y este era el caso de Cornelio y Renata. Ocurría cuando cualquier jugador ofrecía un empate en cualquier momento de la partida, justo después de hacer un movimiento. No obstante, se requería que ambos jugadores estuvieran de acuerdo con el empate y si éste era declinado, la oferta podía ser repetida más adelante durante la partida aunque con mucho cuidado de no exagerar, pues ofertas muy repetidas podían considerarse una violación por constituir cierta clase de distracción y hostigamiento. Además, si el empate se ofrecía cuando el jugador estaba seriamente mal o perdiendo la partida, era considerado de muy mala etiqueta.

    En el caso de Cornelio y Renata, sin embargo, la oferta era más que válida dado que para ese punto de juego, los dos contaban con fuerzas equitativas teniendo él siete peones, un alfil, sus dos torres, la reina y su rey; mientras que Renata tenía seis peones, un alfil, dos torres, reina y rey. Con todo, aún faltaba que la castaña aceptara o declinara el ofrecimiento, el que seguía válido hasta que se consintiera o se rechazara verbalmente, o se declinara cuando el oponente hiciera su siguiente movimiento. Pero Renata no se lo pensó demasiado pues la partida le había parecido en verdad entretenida y no deseaba presionarla innecesariamente.

    —De acuerdo —concedió ella, asintiendo.

    —Es un empate entonces —declaró Fabián, anotando en una pequeña libreta medio punto para cada quien.

    —¡Ja! Eres un cobarde —se burló Laura del mediocre desempeño de Cornelio, pues una cosa era terminar en empate porque así lo llevó el juego y otra muy diferente era solicitarlo.

    —No es cobardía, es estrategia —se defendió Mejía, orgulloso.

    —Es verdad, saber ofrecer un empate es bueno —comentó Joaquín, acomodándose los anteojos—. Es la especialidad de Cornelio; nadie de nosotros tiene más empates que él.

    —¿Y por qué a mí nunca me lo ofreciste, sino que llevaste nuestro duelo hasta el límite? —demandó saber la rizada, con indignación total.

    —Porque Renata sí me gusta, dah —contestó el chico, con obviedad y rodando los ojos.

    —Pues qué pésimos gustos tienes —farfulló Laura.

    —Son cuestionables, sí —reconoció Cornelio, sonriendo ladino—. Al fin y al cabo, al principio también me gustaste, así que perfectos del todo no pueden ser.

    —Maldito, ojalá te pudras —amenazó la diva, con irritación total.

    Cornelio ya simplemente le mostró la lengua de forma muy infantil, para luego regresar su atención a Renata y preguntar, casual.

    —Entonces, Renata, ¿tienes novio? Porque si sí, ¿te gustaría otro? Y si no, mira que no sé bien si soy tu tipo, pero ¿por qué no lo averiguamos? Seguro que tenemos muchas cosas en común, ¿eh? —Y le guiñó un ojo, coqueto.

    —¿Es en serio, Cornelio? —Enrique habló por segunda vez en todo ese rato, su entrecejo fruncido en inquietud.

    —Por supuesto que no. —Joaquín se metió en la conversación, colocando una mano en la nuca de su amigo y ejerciendo presión, haciendo que se inclinara hacia adelante contra su voluntad, sacándole algunos reproches—. Cornelio nunca es serio cuando se tratan de este tipo de cosas. Así que, Renata, no le hagas caso a nada de lo que te diga ni le creas sus piropos, ¿de acuerdo?

    —Ah, seguro. —No era como si en realidad fuese a creerle desde un principio, pero agradecía el consejo.

    —De verdad amas arruinar mi imagen, ¿no es cierto? —rezongó Mejía, sacándose la mano de López de un manotazo.

    —No puedes arruinar algo que ya está deshecho —replicó Joaquín, con malicia, ganándose más reclamos por parte del otro y las risas de la mayoría—. Vamos. Debo tenerte ocupado en algo para que muestres un poco de seriedad, así que anda, juguemos tú y yo.

    —Lo que tú digas, mamá —accedió, alzándose de su lugar e ir a otra mesa para practicar contra su amigo.

    —Es divertido —comentó Renata, sonriente, refiriéndose a Cornelio, sacándole un bufido de fastidio a Laura y una sonrisa a Fabián y Rogelio.

    —De hecho, lo es la mayor parte del tiempo, cuando no está peleando —informó el rubio, risueño—. Cornelio es la clase de persona que nos recuerda que no todo es seriedad y formalismo en ajedrez, sino que también hay diversión y un pasárselo bien. Aunque no lo creas, su presencia en el club es de mucho valor.

    Renata asintió rememorando cómo fue que su partido contra él le había parecido tan llevadero; ahora entendía por qué.

    —Ahora vengo, chicos. Iré a la tienda a comprar algo —dijo de pronto Enrique, dirigiéndose a la salida.

    —Oh, tráeme unas… ¡Ouch!

    Cornelio se silenció porque Joaquín lo pateó por debajo de la mesa. Miró a su compañero con interrogación y descontento, viendo que negaba con la cabeza y hacía gestos raros, moviendo sus ojos nada disimuladamente hacia donde Enrique había desaparecido, dejando preocupados a todos, especialmente a Fabián, Rogelio y Laura.

    —Ajá… ¿Entonces? ¿Alguien me explica qué ha pasado? —preguntó el agredido, confundido.

    —Enrique no está bien, Cornelio. —Lo puso al tanto de la situación el de anteojos, volviendo a acomodarlos sobre el puente de la nariz—. Creo que le afectó más de la cuenta su derrota contra Jasiel. Es obvio que lo de la tienda era una excusa para estar a solas un rato.

    —Oh, entiendo. —El joven digirió la información—. De todos modos, eso no quita el hecho de que tengo ganas de unas papitas.

    Otro golpe en la espinilla lo hizo gritar y maldecir en voz alta.

    —¿Y eso por qué fue? —se quejó, masajeándose la parte afectada, lanzándole una mirada de molestia a Joaquín.

    —No sé, me apeteció —confesó López, regresando su atención al tablero—. Te toca mover.

    Cornelio masculló más improperios entre dientes, devolviendo su interés a lo que debía. Mientras tanto, Laura observaba la puerta, teniendo sus lindas facciones crispadas por el desasosiego y la preocupación. ¿Por qué Enrique actuaba tan diferente a él? Infló el pecho tomando una gran bocanada de aire, soltándolo con rapidez, para luego caminar hacia la puerta, decidida.

    —¿A dónde vas? —cuestionó Fabián alzando una ceja, curioso—. ¿También quieres algo de la tienda?

    Laura no se dignó a responderle. No tenía por qué decirle a nadie qué haría o a dónde iba; ella era libre de actuar como se le viniera en gana sin tener que darle cuentas a nadie, mucho menos a sus molestos compañeros. Así que simplemente salió del salón y el rubio no pudo sino sonreír de medio lado, pensando que definitivamente toda persona contaba con alguna buena virtud, por muy en el interior que estuviera escondida. Después de todo, Laura había tomado la iniciativa de ir hasta el pelinegro; él lo había pensado, pero ella lo había ejecutado y eso valía más que cualquier simple deseo. Sólo esperaba que algo bueno saliera de aquello o que al menos las cosas no empeoraran.


    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
  7.  
    Zurel

    Zurel Camino a la Supremacía

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    Hola.

    Es bueno saber que poco a poco Renata se va integrando al grupo. Ahora el juego que tuvo contra Cornelio fue muy llevadero. Se nota que es una persona que no se le puede tomar enserio. Llegué a pensar el juego de ajedrez terminaría en empate al no poder realizar movimientos ninguno de los contricantes, pero jamás que Enrique lo declarara, de echo, no sabía que en esa clase de juego se podía hacer eso y lo digo porque desconozco completamente el ajedrez.

    Me pregunto qué querrá Laura con Enrique, no creo que vayan a hablar de ellos precisamente, creo que al rato Jasiel será el protagonista en esa conversación. Si le afectó en algo no debería tomarselo tan enserio, osea esta bien que se sienta mal por haber perdido, pero de las derrotas tambien se aprende. Sin embargo, no sabremos con exactitud la clase de conversacíon que tendrán ambos, y desconecemos por completo lo que piensa Enrique sobre su derrota, no queda más que esperar el próximo capítulo.

    Nos vemos en la próxima, saludos.
     
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  8. Threadmarks: Ronda 25: De consuelo y frituras
     
    Borealis Spiral

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    Zurel Como siempre, gracias por tu palabras y por seguir dándole tu tiempo a esta historia; lo aprecio un montón. Jajaja, tu descripción de Cornelio es acertada, de alguna forma siempre lo pensé como el payaso del equipo xD Y sí, en el ajedrez puedes pedir el empate, aunque normalmente no se permite hacerlo en torneos oficiales porque muestra falta de espíritu competitivo, pero yo creo que en un club es aceptable. En cuanto a la conversación de Laura y Enrique y qué piensa él de su derrota, bueno ya lo veremos aquí. Nuevamente, gracias por tu apoyo.

    A los demás que se pasan a leer, se los agradezco mucho también. Sin mayor dilación, les dejo el capítulo. ¡Disfruten!


    Vigésima quinta ronda:
    De consuelo y frituras

    Laura encontró a Enrique apoyado en el muro de uno de los edificios laterales que se hallaban cerca de la tienda escolar. Se mantenía cabizbajo, con las manos en los bolsillos y los hombros bajos, indudablemente abatido. Al contemplarlo de ese modo, algo en el interior de la joven se removió inquieto y decidió en ese momento que no le gustaba verlo así, por lo que inflando nuevamente el pecho en un acto de valor, se acercó a él y llamó su atención.

    —¡Hey!

    —Laura. —Enrique la miró, un tanto sorprendido dado que no la esperaba; en realidad, deseaba que nadie pasara por allí al menos hasta que se recompusiera un poco. Con todo, intentó sonreírle para disfrazar sus revoltosos pensamientos—. ¿También vienes a comprar algo?

    —Suficiente, no tienes que fingir conmigo. ¿O qué? ¿No tienes derecho de sentir tristeza cada que te derrotan? ¿Qué pierdes con liberar tus emociones si lo necesitas? Si quieres llorar, llora; si quieres gritar, grita. ¿Por qué tienes que pretender que no pasa nada y preocuparme?

    Enrique sonrió con culpabilidad, mirando el suelo otra vez. Así que su actuación no había funcionado. Pensó, sintiendo mayor remordimiento, que si Laura lo había descubierto, quizás los demás también; al menos Fabián que lo conocía tan bien debió notarlo, así como Joaquín que era listo y Rogelio que lo estimaba mucho. No supo si quiso que Renata también se enterara de su pésimo estado de ánimo, pues si era así sería tremendamente vergonzoso.

    —Lo siento, no quería preocuparte, no quise preocupar a nadie —dijo, lanzando un suspiro—. Siendo honesto, no suelo ser así cuando me derrotan, más bien me emociono de encontrar buenos oponentes. En serio, no me importa perder, es sólo que… no me gusta la competitividad.

    —¿Qué quieres decir con eso? Yo soy competitiva. ¿Crees que pierdo mi tiempo? ¿Que soy estúpida o algo por serlo? —Laura sacó conclusiones apresuradas que no le gustaron nada.

    —No, no, para nada. —Enrique sonrió con inocencia y movió las manos frente a sí en un intento de calmarla—. Al contrario, admiro a los que compiten por algo con tanta pasión, es increíble. Simplemente yo no estoy hecho para la competencia. Juego ajedrez porque me gusta mucho; me gusta pasar tiempo con mis amigos en un buen partido, me gusta conocer nuevos oponentes, me gusta ganar, me gusta perder, me gusta aprender cosas nuevas. No quiero hacer todo esto con la mentalidad de nunca perder y llegar a las grandes ligas sin importar qué. Me lo tomo muy en serio, pero también lo disfruto al máximo, sin olvidar que me quedan casi dos años de preparatoria para gozar y hacer un montón de otras cosas. Si dentro de todo eso consigo llegar alto, está bien, pero no es lo que busco. La verdad es que no creo tener la misma ambición que los demás en el club y me frustra. Se supone que soy su as, el mejor jugador; debería ser capaz de cumplir todas sus expectativas y a veces no puedo. Hoy es un ejemplo de ello; tú querías fervientemente que ganara y no lo conseguí. Lamento mucho haberte decepcionado, Laura.

    Enrique la miró verdaderamente arrepentido y la chica sintió que su rostro se coloraba intensamente, al tiempo que el corazón comenzaba a palpitar fuertemente dentro de su pecho. No obstante, dominó el sentimiento y plantándose firme delante del pelinegro, alzó la barbilla y lo miró con todas las ínfulas que la caracterizaban.

    —¿Eres tonto o qué? Acabas de sonar exactamente igual que Renata y es repulsivo. ¿A quién le importa lo que quieran o piensen los demás? ¿Qué más da si no haces lo que esperan de ti? ¿Son ellos los que juegan o eres tú? ¡Eres tú, así que otros no tienen derecho a exigirte nada! ¿Y es que acaso no das todo lo que tienes en cada uno de los partidos que juegas? ¿Eh? ¿No te esfuerzas al máximo en ellos?

    —Sí, pero…

    —¡Pero nada! En tanto siempre des lo mejor de ti, ¿quién hay que se queje? ¿Qué derecho tienen de protestar? ¡Ninguno! Y tú tampoco puedes sentirte avergonzado o apenado, porque ante el trabajo duro esas emociones no sirven, así que deja de lloriquear por cosas sinsentido y vuelve a tu yo alegre. Eres la estrella del club y como tal no puedes apagarte ante el desánimo. No puedes dejar de brindarle luz a los que la necesitan y a todos en el club nos hace falta... hasta a mí. Así que anda, reluce otra vez y sonríe como sabes hacerle.

    Enrique parpadeó varias veces, asombrado en gran medida por las palabras de Laura, asimilándolas una a una. Ella tenía razón; no podía vivir en el lamento perpetuo, no cuando tenía personas que contaban con su apoyo moral, con su ánimo, con sus buenas vibras para contagiar. Esa era su verdadera función en el club, ¿no era así? Sonrió, una sonrisa amplia y esplendorosa que iluminó su rostro y sus ojos marrones, los que no pudieron evitar enfocarse en la rizada, por demás fascinados.

    —En verdad eres asombrosa, Laura. Gracias por tus palabras, me han ayudado mucho.

    De nuevo, un aturdimiento se apoderó de la joven al sentir que su pulso aumentaba a mil y su calor corporal ascendía, mas se obligó a ignorarlos y dándole la espalda al pelinegro para que no viera su bochorno, se cruzó de brazos y habló.

    —Ya te dije que lo quiera o no, también me afecta que estés deprimido y no podía permitir eso, así que no lo hice por ti, ¿entiendes?

    —Entiendo, pero de todos modos gracias.

    —Da igual —murmuró ella, comenzando a caminar hacia la tienda.

    —¿Sí ibas a comprar algo?

    —A eso venía en primer lugar. Que te encontrara aquí fue mera coincidencia.

    —Oh, entonces déjame invitarte algo. Es lo menos que puedo hacer por el ánimo que me has dado.

    —Bueno sí, es lo menos que puedes hacer, así que está bien. Dejaré que me invites —accedió Laura, con arrogancia.

    Enrique asintió eufórico y en un par de zancadas le dio alcance a la rizada, por lo que juntos se dirigieron a su destino.

    ******************

    —Jaque mate.

    Renata anunció su victoria en lo que Fabián suspiraba de resignación. Había perdido, ¡qué sorpresa! Se desarregló el cabello rubio al tiempo que se frotaba los ojos; sonrió con algo de ironía antes de mirar a su contrincante para felicitarla.

    —Buen trabajo, Renata.

    —Gracias —respondió ella, aunque no del todo convencida dada la actitud del chico.

    Fabián observó el tablero con una mirada sombría; había dado un partido por demás lamentable. No era que fuera novedoso en su caso, pero al menos pensó que en esta ocasión su nerviosismo le daría algún tipo de tregua, mas sus esperanzas se fueron por el desagüe. Había cometido infinidad de errores, unos que ahora que había finalizado el juego y los meditaba mejor, resultaron por demás estúpidos. Su principal fallo era lo mucho que se apresuraba al hacer un movimiento, siendo ya demasiado tarde cuando veía el error que cometió e intentaba enmendarlo. La ansiedad no le permitía controlarse o ser paciente ni planear bien sus movidas a la hora de jugar, aun pese a que al ser espectador de un partido era lo contrario.

    De allí que al final no consiguiera darle el espacio adecuado a ninguna de las piezas importantes, ni que pudiera desarrollarlas adecuadamente cuando Renata había invadido su mitad del tablero para empezar a capturar a cada una, así hasta que simplemente le quedaron cuatro piezas: tres peones y el rey; mientras que a ella le quedaron diez, entre las que estaban cinco peones, el rey, la dama, un caballo y las dos torres. Con semejante diferencia ya no le resultó complicado a la chica acorralar a su rey con las torres y la dama para darle el jaque mate que merecía. Y a pesar de comprender que ameritaba el resultado, allí estaba él, silenciosamente quejándose de su pobre desempeño, sin saber que la castaña observaba su malestar, sintiéndose mal de ser ella quien lo provocara. Después de todo, nunca era bonito perder y ella lo sabía mejor que nadie.

    —Lo siento —susurró ella con pesadez.

    —¿Eh? —Fabián dejó de lado sus lúgubres pensamientos para mirarla, confundido.

    —¿Te estás disculpando por ganarle, Renata? —inquirió Rogelio, el que había estado observando todo el partido en silencio, alzando las cejas, incrédulo.

    Ella asintió y desde donde jugaban los de tercero, Cornelio lanzó una carcajada de pura diversión, abochornándola en gran medida, mas sólo fue un instante antes de que predominaran los alaridos de dolor por parte del joven.

    —¡Ouch! Con un demonio, Joaquín, ya párale con los puntapiés —se quejó Mejía, tocándose la pierna afectada.

    —No te burles de Renata, es grosero —lo reprendió el de anteojos, apático y sin despegar los ojos de su juego.

    —Ya, perdona, perdona —se disculpó Cornelio, ahogando más risas—. Es que me pareció tan divertido que no pude evitarlo. ¿Quién se disculpa por ganar? Qué estupidez.

    Renata se encogió sobre sí misma, mayormente avergonzada; no debió decir nada. Fabián notó su incomodidad y le sonrió reconfortante.

    —Gracias por preocuparte por mí, Renata. Es bueno tener empatía por tus oponentes, pero sólo hasta cierto punto. Dime, decidiste retomar el ajedrez porque quieres mejorar, ¿verdad? —Renata asintió—. Bien y para conseguirlo tienes que ganar mucho, ¿cierto? —Ella volvió a asentir—. ¿Te gustaría sentirte apenada por tu rival cada vez que ganes?

    —¿Está mal? —quiso saber ella.

    —No creo que sea malo —intervino ahora Rogelio, pensativo—. Pero si se supone que deseas ganar y después te disculpas por hacerlo, es como si tu determinación quedara floja o algo así. Además, si a mí me pidieran perdón cada que me vencen, me sentiría muy mal; pensaría que me tienen lástima por perder pese a que siempre doy lo mejor de mí.

    —Buen punto. —El presidente estuvo de acuerdo—. Debes dar la dignidad que tus contrincantes merecen porque ellos se esfuerzan tanto o igual que tú, sin importar los resultados, así que mantén eso en mente, ¿sí? Después de todo, en este mundo te enfrentarás a diferentes tipos de personas. Aquellas buenas con las que tendrás un gran partido y ganar parezca un alivio y aquellas no tan hábiles a las que ganarles no parezca constituir un desafío; sin embargo, a todas se les debe respeto por su trabajo. Como todo deporte, debes aprender a hacer de la victoria y la derrota partes de ti. Sabiendo eso, será más sencillo lidiar con lo que sea que venga a futuro.

    Valdés meditó en todo lo dicho; eran buenos consejos. Sin duda, todavía le hacía falta aprender tantas cosas. En eso, Fabián se levantó de la silla y se estiró.

    —Bueno, un punto más para tu récord, Renata. ¿Te gustaría jugar otro partido? Sería con Rogelio dado que Joaquín está ocupado. ¿Qué dices?

    —Claro —concedió ella, en lo que comenzaba a acomodar las piezas en su lugar y el regordete tomaba asiento frente a ella.

    —Estoy emocionado y algo asustado, si soy honesto —confesó Montero, pues ahora sabía que su compañera tenía un buen nivel—. ¡Oh! Ahí vienen Enrique y Laura.

    Todos dirigieron su atención a las ventanas, notando que los dos se acercaban por el pasillo.

    —¡Agh! Adiós paz y tranquilidad —se quejó Cornelio en un murmullo, hundiéndose en su asiento.

    —¿Qué ha pasado? ¿De qué me perdí? —cuestionó el as en cuanto atravesó el umbral, interesado.

    —Fabián y Renata jugaron y ella ganó —informó Rogelio, sonriente.

    —¿En serio? Genial. Felicidades, Renata.

    La chica le agradeció y en eso escuchó que Laura se dirigía a ella.

    —Toma, Renata.

    Mas antes de siquiera alcanzar a volverse a mirarla, algo chocó con fuerza en su rostro, dejándole un escozor nada agradable en el lugar del impacto y en su corazón. Observó la cosa que le había sido lanzada con tanta descortesía y que había aterrizado en el suelo; era una bolsa de papas fritas.

    —Tómalas, las compré para ti —informó Laura, demandante.

    La castaña siguió observando la bolsa. Si se lo preguntaran, ella diría que no era una persona que tuviera mucho orgullo o dignidad, o al menos nunca permitía que estos se antepusieran a su persona. Con todo, siempre había un límite para todo y un regalo dado de mala gana era algo que ella simplemente no podía aceptar.

    —No quiero, gracias —sentenció, enfocando sus ojos en Laura, a quien se le desfiguró el rostro del disgusto.

    —¿Cómo que no quieres? ¿No estás escuchado que las compré para ti? Así que tómalas y déjate de estupideces.

    —No las quiero, Lala —se empecinó la otra.

    —Chicas… —Enrique trató de calmarlas, pero Laura lo interrumpió, airada.

    —¡No, Enrique! Esto no se queda así. —Miró a la otra chica, airada—. ¿Cómo te atreves a despreciarme? ¿Quién te crees que eres? ¿Eh?

    Por demás herida en su amor propio, Laura se acercó a Renata, amenazante, dispuesta a descargar su molestia, pero antes de que Enrique acudiera tras ella para detenerla, fue el turno de la rizada de ser golpeada en el brazo con algo que la hizo detenerse por la impresión. Bajó la mirada, descubriendo un peón blanco, luego dirigió sus ardientes ojos hacia la derecha, donde sentado en su silla pero ya sin prestar atención al juego, Cornelio la veía con claro desagrado.

    —Aquí la única que debería dejarse de estupideces eres tú.

    —¡Cállate! ¡Tú no te metas en esto!

    —Me meto porque tus chillidos me desconcentran. —Cornelio se levantó de la silla y señaló su partida—. ¿Qué no ves que estoy jugando?

    —Cornelio —lo nombró Joaquín, más el otro lo ignoró.

    —¿Y qué formas de hacer un regalo son esas? ¡Con razón Renata lo rechazó! ¿Para qué se lo diste si es obvio que no querías dárselo desde un principio?

    —¡He dicho que no te metas! —bramó Laura, no dispuesta a demostrar que ese odioso tenía razón.

    Nunca planeó comprarle nada a Renata, pero cuando Enrique pensó en hacerlo él mismo, los celos no se lo permitieron y ella terminó comprándole esas frituras.

    —Muy bien. Renata —Cornelio la miró y ella se encogió más sobre sí misma; ya no quería formar parte de ese escándalo—, las papitas son tuyas ahora, así que puedes hacer con ellas lo que se te dé la gana. ¿Por qué no las tiras a la basura si no las quieres?

    —Cornelio —volvió a llamarlo Joaquín.

    —¡No! Ni se te ocurra, Renata. ¡No te atrevas! —advirtió Laura, por demás colérica.

    —Ah, ¿no te gusta la idea? ¿Entonces qué tal si mejor se las da a alguien más? Renata, ¿me las regalas a mí? —retó el joven, dirigiéndose a donde yacía la bolsa.

    —¡No! —Laura se apresuró a tomarlas y velozmente fue al cesto de basura, donde las depositó con furia—. Prefiero tirarlas a que las tengas tú, maldito.

    —Mejor para mí, me evito una diarrea.

    Laura lazó una exclamación de ira total, enfatizando lo mucho que detestaba a Cornelio y que nunca más volvería a tratar de ser considerada con Renata y regalarle nada, para después salir del salón hecha una fiera. Enrique la llamó antes de aventurarse tras ella, esperando calmarla.

    —Cornelio.

    —¡¿Qué?! —le gritó a su amigo, malhumorado, pero acostumbrado a ello, Joaquín no le prestó atención y notificó.

    —Te toca mover.

    Cornelio chasqueó la lengua en frustración antes de tomar un peón y avanzarlo una casilla.

    —Pido empate.

    —Va —aceptó López, sabiendo que su amigo ya no iba a concentrarse; luego vio que se dirigía a la puerta—. ¿A dónde vas?

    —Por unas papitas; no me quedaré con las ganas de unas.

    Cornelio salió, pero apenas dar un par de pasos distinguió en el pasillo a Laura y Enrique, por lo que no deseando tener otro encuentro con ella, volvió a entrar al aula, caminó hacia una de las ventanas del otro lado, la abrió y salió por ella. Así, la paz reinó una vez más en el ambiente, mas la tensión que habían provocado los choques de personalidad entre ambos integrantes seguía presente, siendo especialmente notorio para la joven Valdés. No debió haber dicho nada; tuvo que haber aceptado sin más la bolsa de papas de parte de Laura. ¿Qué le costaba ceder un poco? Si ya sabía que con ella era mejor ser condescendiente, ¿por qué justo en ese instante su orgullo optó por hacerse relucir? ¡Era un fastidio!

    —No es tu culpa, Renata. —Joaquín quiso tranquilizarla al verla tan alicaída—. Cornelio suele encenderse con facilidad; es cuestión de que le prendan un poco la mecha y estalla. No es tu culpa.

    —Es cierto, no es tu culpa —concordó Rogelio, cabeceando con vigor—. Además, esos dos se han llevado fatal desde que se conocieron, por lo que ya son normales sus peleas. Piensa que podrían ser peor que simplemente gritería e insultos.

    Aun así, a Renata le incomodaban sobremanera dichas peleas por muy normales que fueran. Ella era un persona pacífica y tranquila, por lo que nunca se habituaría a intercambios tan acalorados como los de sus compañeros; ella quería que todos se llevaran bien, o al menos que no hubiera tanta tensión siempre. Si las cosas no mejoraban probablemente optaría por evitar asistir al club y el simple pensamiento le provocó una gran desazón: la verdad era que no deseaba irse, no podía irse; no si quería derrotar a Jasiel. Lo único que podía hacer era hablar con Laura e intentar persuadirla de que controlara más su temperamento, pero conociéndola quizás no la escucharía y si era así, ¿qué más podía hacer? ¿Hablar con Cornelio siendo la otra parte del problema? Tal vez; lo malo era que como no lo conocía, no se sentía con la confianza suficiente de hablarle y mucho menos de pedirle algo tan grande como lo era dejar de pelearse con su amiga.

    ¡Qué fastidio!

    —A ver, a ver. —Fabián dio unas palmadas para llamar la atención de todos—. No es necesario amargarse por lo sucedido, por ahora concentrémonos en seguir practicando, ¿de acuerdo?

    Todos estuvieron de acuerdo, así que el partido entre Renata y Rogelio dio inicio, teniendo como espectadores a Joaquín y Fabián. Al poco rato de comenzar, Laura y Enrique volvieron, ya estando la chica más clamada, sin embargo, optó por ignorar a todos y fue a sentarse a una de las mesas dispuesta a jugar contra el as, quien tuvo que aceptar el desafío de ella con tal de que se tranquilizara pese a que deseaba ver el partido de Renata.

    Dicho partido fue bastante parecido al que la castaña tuvo con Fabián, por lo que en realidad no duró mucho y terminó siendo sencillo, además de muy llevadero gracias a que cuando Cornelio regresó junto a su botana y se sumó a la lista de espectadores —obviamente no vería el partido de la diva—, rompió la norma no impuesta de silencio y empezó a hacer varias bromas referentes a los movimientos que hacía Rogelio; que si habían estado mal, que si lo iban a condenar, que si quería que le dijera qué pieza mover para que empatara y hasta hizo efectos de sonido dramáticos, haciéndolos reír a todos.

    Rogelio no se quejó nunca por la supuesta intromisión y aunque Joaquín mandaba callar a su amigo, lo hacía sin verdaderas ganas de silenciarlo, por lo que Renata supuso que era una costumbre de ellos jugar así, cosa que le quedó más clara cuando volvió a salir vencedora y no hubo ni pizca de tristeza en el rechoncho rostro de Rogelio, sino pura diversión y falsa recriminación al de tercero, objetando en guasa que por culpa de su distracción había perdido.

    El resto del tiempo en el club pasó normal, aunque Renata no jugó contra Joaquín, rebatiendo que si era el segundo mejor jugador lo apropiado sería dejar el partido contra él para otro día que estuviera más fresca. Desafortunadamente, pese a que la armonía se mantuvo estable entre Cornelio y Laura, la última se puso en un plan de aplicarles la ley de hielo a todos salvo a Enrique, por lo que Renata no tuvo la oportunidad de hablar con ella sobre su manejo de temple; ni siquiera pudo hacerlo cuando terminaron el día para irse a casa, ya que a diferencia del día pasado, esta vez la rizada no la esperó para irse juntas, sino que se apresuró a salir del salón a paso apresurado sin mediar palabra, dejándola con un sentimiento de angustia. ¿Laura dejaría de hablarle a partir de ahora? Esperaba que no; no cuando finalmente habían acortado un poco la brecha que separó su amistad por tantos años. Suspiró, apesadumbrada, antes de tomar su propio camino a casa.

    —¡Hey, chica de los ojos tristes! —escuchó gritar a alguien detrás de ella, con voz cantarina—. ¡Renata~!

    Al descubrir que se dirigían a ella, se volvió encarando a Cornelio, que iba seguido de Joaquín. ¿Qué querrían? Estaba cansada, había sido un día largo y de muchas emociones; lo único que quería era comer y recostarse en su cama.

    —¿Qué pasa? —indagó, sin mayores ánimos, esperando que no fueran malas noticias.

    —Ten, te las regalo. —Cornelio le ofreció una bolsa de frituras.

    —Ay no, no hace falta, en serio —se negó ella, pensando que era alguna clase de premio de consolación por lo ocurrido con Laura.

    —No seas así, anda; tómalas. Son un regalo y te lo estoy dando de buena gana.

    —No es eso, es que no…

    —No seas tan negativa, hombre. A ver, date la vuelta.

    —¿Qué? ¿Para qué? ¿Qué…?

    —Que te des la vuelta, pues.

    Cornelio la sujeto de los brazos e hizo que girara sobre su eje ciento ochenta grados, haciendo que le diera la espalda.

    —Espera, ¿qué haces? —Renata reclamó, frunciendo el ceño e intentando virar de nuevo, pero Cornelio no se lo permitió, sino que la mantuvo en aquella posición en lo que maniobraba la mochila de ella—. ¡Oye, para! Esto puede considerarse un asalto, ¿sabes?

    —¡Listo! —Cornelio la ignoró y exclamó triunfante al meter la botana en una de las bolsas frontales, dándole una palmada, orgulloso—. Ahí las tienes; ahora son todas tuyas por lo que puedes hacer con ellas lo que se te antoje. Si quieres las tiras a la basura, a mí eso ya no me concierne. Bueno, era todo. ¡Hasta la vista, baby~!

    —Nos vemos, Renata —se despidió también Joaquín y tal como llegaron e hicieron lo suyo, así mismo se fueron.

    Renata quedó plantada en su sitio, no sabiendo exactamente cómo reaccionar, pues ni tuvo oportunidad de dar las gracias. Se llevó una mano a la mochila; eso fue en verdad extraño, pero decidió no darle mayor importancia por el momento, por lo que retomó su rumbo pensando en todo lo que había pasado en el día y concluyó que quitando el asunto con Laura, el resto había estado bastante bien. Había obtenido dos victorias que pasarían a su puntaje anual, había visto a Jasiel jugar y ganar una vez más después de tantos años y había recibido comida gratis. Sin duda terminó siendo un excelente día.


    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
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    Y paso a dejar continuación aquí también porque... pues ¿por qué no? Siento mucho la demora y gracias a todos los que pasan a leer. ¡Disfruten!

    Vigésima sexta ronda:
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    Jasiel Romero no había podido estarse quieto durante las clases, deseando fervientemente que terminaran lo más pronto posible para comunicarse con Camila. Era curioso, pero la ansiedad que lo había atacado todo el día era completamente diferente de las veces anteriores. No era una que estuviera acompañada de la irritación que le produjo su primer encuentro con Renata, ni tampoco tenía el penoso afán de culpabilidad que le provocó su discusión con Camila hacía un par de días. No, esta ansiedad era diferente; una provocada por la avidez que colma a alguien que trae buenas noticias y que desea gritarlas a los cuatro vientos; hacer partícipe de tan buenas nuevas a todo el mundo para que compartiera su contento y se alegrara junto con él.

    Claro que eso era algo que tampoco podía darse el lujo de hacer sin que lo tacharan de loco; después de todo, ninguno de los que lo rodeaban comprendería a plenitud el por qué de su alegría y probablemente ni siquiera les interesara. Sin embargo, con Camila era distinto. Ella no sólo estaba al tanto de los pormenores de la situación y comprendería a la perfección su estado de euforia, sino que como la buena amiga y dulce persona que era, seguro que lo acompañaría en su júbilo. Por eso, ni tardo ni perezoso, en cuanto dieron el timbre que anunciaba el fin de clases, salió de su salón y le marcó.

    Dím…

    —¡Renata está en el club de ajedrez!

    Jasiel no dejó ni que la chica lo saludara cuando soltó la bomba a toda velocidad, con voz radiante y vigorosa.

    ¿Eh?

    Al principio, la confusión pareció apoderarse de Camila, quien no comprendió de inmediato las palabras que le fueron transmitidas con tanta rapidez. Mas en cuanto su cerebro hizo todo el proceso de captación, la confusión dio paso a la alarma.

    ¿Eh? —repitió, sintiendo que una repentina y pesada carga se asentaba en su pecho ante las innumerables sensaciones que la asaltaron, de las que de pronto no pudo distinguir ninguna como positiva.

    Jasiel soltó una pequeña risa, divertido ante el que creía era asombro por parte de su amiga, ajeno a su verdadero revuelo interior.

    —Que Renata está en club de ajedrez —reiteró, más calmado pero no por eso menos feliz.

    Y-ya veo. —La voz de Camila le falló dado el súbito nudo que se le formó en la garganta—. Qué bueno, Jasiel. Me alegro por ti.

    «Mentirosa. Apenas puedes contener tu desilusión», pensó con amargura.

    —Yo también, aunque me alegro más por ella, ¿sabes? Es que en serio pensé que mi charla con ella había sido un fiasco, pero ¡adivina! ¡Sí funcionó! ¿No es genial? ¡Renata ha vuelto al ajedrez! Estoy tan feliz. No te das ni una idea, Cami.

    Me alegra que tus palabras pudieran hacerla reflexionar, Jasiel.

    «¡Falsa! No querías esto. Te engañas diciendo que sí, pero en el fondo sabías que no.»

    —Dios, he tenido horas para pensarlo y no termino de creerlo. Es que ha sido una sorpresa tan buena. Tienes que escuchar los detalles, Cami.

    —Me encantaría.

    «¡Hipócrita!»

    Jasiel pasó a referirle todo lo ocurrido esa tarde cuando se enteró de que Renata había optado por darle otra oportunidad al ajedrez; lo sorpresivo que fue para él, la declaración de guerra que ella le manifestó de manera inconsciente con su resolución de vencerlo y el acuerdo mutuo de no enfrentarse sino hasta en el día del festival cultural en abril. Camila escuchó todos los detalles en silencio agonizante, palpando a través del auricular la gran emoción de Jasiel al recordar todo aquello y sin darle tregua de nada, los celos despiadados y venenosos la hicieron su presa.

    Estaba celosa de Renata; siempre lo había estado. Desde que Jasiel la nombró por primera vez hacía tres años atrás había estado celosa de ella. Siempre había sentido envidia de que pudiera ocasionar en el cobrizo emociones tan complejas, opuestas e intensas. Era verdad que Jasiel era alguien muy apasionado por naturaleza y a la más mínima provocación de lo que fuera llameaba con energía y entusiasmo. Pero siempre le había parecido que cuando se trataba de Renata, algo más a su usual ardor se percibía en su persona, en sus ojos, en su rostro y sus gestos.

    Y eso siempre había molestado a Camila, pero se había esforzado por ignorarlo todo este tiempo porque no tenía derecho; no tenía razones para sentirse como lo hacía con alguien a quien ni siquiera conocía; porque no importaba lo mucho que se dijera estar enamorada de Jasiel, ella no tenía poder sobre él de ninguna clase y ni él ni Renata eran culpables de sus delirios ni de sus problemas de autoestima.

    Pero era difícil controlar la mente y el corazón, pues por muy bien intencionada que fuera un día y por mucho que pensara que esto era lo mejor para Renata y Jasiel, al final los pensamientos y los sentimientos negativos no dejaban de plagarla como una peste mortífera que terminaba con sus buenos deseos, cambiándolos a unos egoístas en los que se imaginaba un mundo en el que Renata no optaba por retomar el camino ajedrez, que era el único vínculo que la ligaría a Jasiel y a ella misma. Era una maldita farsante. Se daba asco.

    —…Y esa fue la condición que le puse. ¿Cómo ves? ¿Crees que tiene algo de sentido?

    Jasiel terminó de contar todo lo que había ocurrido en su reunión con Renata y pidió su opinión.

    La tuvo. Creo que es bueno para ambos —dijo Camila, con aire distraído.

    —Sí yo también lo creo —asintió él.

    Jasiel —lo nombró ella, con voz grave.

    —¿Dime? —El de mirada miel se alertó al notar el cambio en el tono de voz de su amiga.

    ¿Cuándo verás a Renata otra vez?

    —¿Hm? —Jasiel se extrañó un poco por la pregunta, pero lo pensó—. Veamos, ¿cuándo la veré otra vez? El lunes es lo más seguro. Ah sí, no te lo había comentado, pero los chicos y yo quedamos en que le diríamos a los de la mañana a ver si quieren hacer un partido por equipos todos los jueves. Sería bueno para que los chicos se acostumbren a jugar contra otra gente que no seamos entre nosotros mismos. El lunes planeo decírselos a los de la mañana, así que probablemente allí la vea. ¿Por qué?

    ¿Podrías hacerme un favor?

    —Sabes que sí. El que sea. ¿Qué ocupas?

    Cuando veas a Renata, ¿podrías comunicármela, por favor? Quiero hablar con ella.

    —¿Qué? —La petición descolocó al joven—. ¿Y eso por qué?

    Quiero escucharla y conocerla de primera mano, sin ti como intermediario.

    «Porque no quiero odiarla», se dijo Camila, decidida.

    Y era así, no quería odiar a Renata basada en sus subjetivas emociones; no quería tenerle aversión a alguien a quien Jasiel tenía en tan alta estima y de quien hablaba maravillas; no quería juzgarla sin conocerla; no tenía motivos ni fundamentos para hacerlo. No quería basarse simplemente en lo mal que se sentía cada vez que Jasiel la nombraba, pero tampoco quería dejarse llevar por las palabras de él que bien podían estar sujetas a un idealismo propio, por lo que se decidiría ella misma a conocer a la muchacha y hacer su juicio en base al conocimiento que adquiriera. Si llegado el momento había algo que le hiciera rechazar a Renata de forma legítima, entonces ya no tendría que remorderle la conciencia ni sentirse tan culpable como ahora. Quizás seguía siendo un pensamiento egoísta, pero en verdad no deseaba hundirse en el abismo del rencor y los celos, por lo que debía tomar cartas en el asunto y esta le pareció una buena forma.

    —¿Pero por qué tan de repente? —volvió a cuestionar Jasiel, por demás perplejo.

    ¿Y todavía lo preguntas? Si todo es tu culpa. —Camila suspiró, impaciente—. Vamos, Jasiel. Con todo lo que me has contado de ella, poniéndola siempre en un pedestal y sobre-exagerando los partidos que jugaste con ella cada que los relatas, ¿en serio crees que no me iban a dar ganas de hablar con ella personalmente?

    —Y-yo no la pongo en un pedestal… y tampoco soy tan exagerado —se apresuró a defenderse él, avergonzado.

    Lo eres y lo sabes. —Camila rio, divertida.

    —De acuerdo, sí, pero es sólo un poquito —apuntó él, haciendo el gesto con los dedos.

    Sí, ya, es poquito, pero de todos modos fue suficiente para que me dieran ganas de conocerla, así que ¿puedes hacerme ese favor?

    —No sé, Cami. —Jasiel se rascó la sien, inseguro de todo aquello—. No creo que sea buena idea.

    ¿Por qué no? —El dolor, la tristeza y la desesperanza la embargaron—. ¿No quieres que me conozca? ¿Te avergüenzas de mí?

    —¡Por supuesto que no! —se apresuró a negar él—. Jamás me avergonzaría de ti, Cami. Eres mi mejor amiga.

    ¿Entonces por qué? —insistió ella, afligida.

    —Es que… No sé, piénsalo. Sería extraño, ¿no? —El cobrizo se esforzó por dar una buena excusa—. Imagina que eres Renata y de ponto yo voy y te digo que alguien de quien no tienes idea de nada ni sabes nada de nada quiere hablar contigo, así de buenas a primeras. Sería súper raro, ¿no? Hasta daría miedo, ¿no crees?

    ¿Y por qué yo sí sé de Renata mientras que ella no sabe de mí? —indagó ahora la chica, con ligero tono de reproche, más por hacerse la traviesa que por estar molesta—. ¿No te gusta hablar de mí con otros o qué?

    —¡No es eso! —se sinceró él—. Iba a hablarle de ti a Renata, después, a su debido momento, pero no ha habido tiempo. Si hay algo de lo que tengo el gusto de presumir es de conocer a alguien como tú, Cami. Es en serio lo que digo.

    Sus palabras calaron hondo en el interior de Camila, a quien una ligereza de espíritu y bienestar la invadieron al comprender que eso significaba que ella también era importante para Jasiel. No sabía si lo era al mismo nivel que Renata o si pondría las mismas expresiones de devoción que con ella, pero saber que Jasiel la tomaba en consideración con otros la hizo feliz. De momento, saber eso era suficiente.

    Ya veo, perdona —se disculpó—. Pero volviendo al tema, creo que no debes preocuparte, Jasiel. Yo no dudaría mucho en aceptar hablar con ese desconocido porque sé que, aunque desconocido para mí, es amigo para ti y un amigo tuyo debe ser alguien en quien confiar sí o también.

    —Tu confianza en mí me halaga y me asusta. —Sonrió él, irónico—. El problema es que no sé si Renata piense como tú. Ella puede ser más desconfiada aun tratándose de mí, ¿sabes?

    Lo sé, pero de todos modos me gustaría que lo intentaras. Por favor, Jasiel, en serio quiero, quiero hablar con ella.

    —Más que quererlo, parece que lo necesitas —acotó él, notando la plegaria en su voz.

    Tal vez sea así —confesó ella, suplicante.

    Jasiel lanzó un suspiro de resignación ante su tono, entendiendo que no iba a poder negarse a su solicitud.

    —Está bien. Se lo diré a ver si quiere.

    Gracias, Jasiel.

    Y el agradecimiento provino desde lo más profundo de su corazón, porque aunque Jasiel no lo supiera, con esta acción de su parte, estaba salvándola de ella misma una vez más.

    «En verdad eres mi héroe, Jasiel», pensó con una sonrisa sincera, sintiendo que su voluntad a seguir demostrando lo mejor de ella era renovada. Porque, al fin y al cabo, si ella misma no tomaba la iniciativa en hacer las cosas, nadie lo haría por ella.


    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
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    Kay Greenwish

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    Ah, ya me acordé donde me quedé, es cierto, ¿cómo pude olvidar la escena de Ranata y Laura en el baño? Es mi escena favorita de lo que lleva la historia. ¿Cómo fui tan tonta para olvidarlo? No tengo perdón. Pero bueno, paso a comentar:


    Capítulo 19:

    No cabe duda que Enrique demostró en este capítulo que no tiene el título de as por nada. No cayó en la trampa de Renata y lo que más me sorprendió que no solo estaba bien los movimientos de su rival, también la aconsejó.

    Es una lastima que Renata haya perdido, aunque era un poco obvio siendo que ella dejó de jugar hace mucho tiempo (y aun así le ganó a Lala, wow). Espero que se vaya acostumbrando —poco a poco— a la idea de que puede y quizá pierda, después de todo ya está en el grupo, le tocara enfrentarse o buenos y excelentes jugadores.

    Espero que Renata poco a poco se sienta integrada en el grupo, se notó que Enrique quiere eso, que se sienta cómoda.

    Respecto al enfrentamiento que tendrán Enrique y Jasiel, estoy emocionada, me imagino que será un juegazo como el que Renata tuvo con Lala, me gustó mucho como lo narraste que hasta me enfrasqué en las jugadas (el de con Enrique como fue muy rápido). Creo, que hay una alta probabilidad de que ambos empaten, si son ta buenos como se ha estado mostrando, aunque me gustaría que Enrique ganara —me cae bien, el muchacho—, presiento que Jasiel lo hará. Estoy nerviosa. No sé que pensar, me toca continuar leyendo.



    Capítulo 20:

    ¿Y mi juego? Pensé que en éste se enfrentaría, pero no... a pesar de que el capítulo se me hizo un poco, melosos¿? Me gustó porque esta conversación que tuvo con Cami le ayudó a él a estar más tranquilo y así estará más concentrado para enfrentarse contra el as del turno vespertino. Con este capítulo y los ánimos de Cami hacia Jasiel, me da la sensación de que cuando se entere que Renata volvió al jugar ajedrez, todavía más se animará y jugará con todo, por lo que su probabilidad de ganar aumentó un 100% —Aunque no estoy segura si ella irá al encuentro o si solo jugaran ellos dos o tendrán publico.


    Capítulo 21:

    Me dio mucha risa el comienzo de este capítulo. Juro que tras leer esto:
    Pensé que se trataría de un perrito o de alguna otra mascota no de una pequeña traviesa. Me causó gracias imaginarme la escena. Que manera poco ortodoxa de despertar a alguien. Suspiro, tener una aplicación para jugar ajedrez, eso es tener pasión por lo que te gusta, ¿eh?

    Que triste que Pedro sea tan pesimista. Si bien es cierto que uno debe ver la realidad, a veces es bueno tener ilusiones, un poco de esperanza, tener eso no es malo. Pero es cierto, una de las peores cosas que puede pasar es encerrarse uno mismo y creer que cuando estás jugando con alguien que es famoso o saber que es buenísimo, te tuyas tanto que terminas por no darlo todo.

    Doy mi voto para Jasiel como presidente, sííí. No es cierto, es bonito que él este dando todo de sí para ayudar a sus compañeros, todo a raíz de no querer ver a sus amigos y compañeros hundidos en la oscuridad. Y que bueno que todos aceptaran la propuesta de Jasiel y creo que eso les ayudará mucho, igual pienso que Fabián aceptará a la petición, sería una buen acuerdo para ambos grupos.

    Uy, se viene el capítulo bueno, ya leí el título, pero por el momento será todo, después continuó leyendo :)
     
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    Kay Greenwish

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    Holis, de vuelta para dejar mi impresión de los capítulos que leí:

    Capítulo 22:

    Créeme estoy completamente igual que Renata, emocionada por el enfrentamiento. Sé que Jasiel no la va a desilusionar y verá que esos tres años ha hecho mucho. Me pareció un bonito detalle que ella acompañara a Ivonne hasta el club de lectura y que no solo la acompañara hasta allá, sino que se quedó hasta que alguien del club llegara. Aunque debo decir que he llegado a pensar lo mismo que ella, acompaño o ayudo alguien, me dan ‘permiso’ de irme, pero yo me quedo porque o sino me sentiría mal.

    Pero…
    De verdad, ¿por qué se dice eso si en verdad no se quiere quedar solo uno?

    Ahora, respecto al enfrentamiento. Nooo! Enrique, ¿por qué? Okay, ya lo sabía y creo que todos sabíamos que iba a terminar de esa forma. Sin embargo… me sentí como en el juego de Francia vs Croacia. Sabes que no se nada de ajedrez, pero el juego se sintió tenso.

    Capítulo 23:

    Jasiel… oh Jasiel, de verdad, a veces este chico está peor que las mujeres :p no sabe ni lo que quiere. No demostró su felicidad cuando le dijo a Renata que regresó al ajedrez, aunque estaba feliz, pero su preocupación ahora era que ella se sintiera obligada pero a la vez le molestó mucho cuando se enteró que ya no le ‘gustaba’ el ajedrez, es un caso ese Jasiel.

    Una cosa que me gustó del capítulo fue no solo esa promesa sino que él sabiendo en el estado en que ella se encuentra (oxidada) la animo a que practicar primero. Es bueno que ella tenga esa motivación, así se esforzará. Y desde un principio se vio que ella nunca podría tenerle ninguna clase de rencor a su protector.

    Realmente me ilusionaría que ambos lleguen a enfrentarse en un torneo oficial, de manera seria y no solo un encuentro. Así que, esperaré a que llegue ese momento… espero que si llegue.

    Capítulo 24:

    ¿Debo preocuparme por la actitud que tuvo Enrique en este capítulo? Me dio muy mala espina verlo así. Todos sabes que es por el enfrentamiento, pero, creo que él no es de los que se desaniman a tal punto de deprimirse, es obvio que cualquiera se pone así, seguro tomará esa perdida como un reto a mejorar.

    Jajajaja, Cornelio se pasó aquí:
    Me gustó mucho este capítulo y no solo por la interacción de todos los del grupo, que siempre es agradable de leer y conocerlos un poco más; lo que me impresionó fueron los empates, el saber que en el ajedrez existen mucha clase de empates y no solo la común, la que pensaba era la única que existía. Al leer el título y proseguía con la lectura, me imaginé que Cornelio y Renata empatarían y así fue, pero de que manera. Añadiendo que me pareció interesante que la especialidad de Mejía fue el empate (otra forma para describirlo en personalidad; no se puede tomar muy enserio).

    Excelente capítulo. Me reí mucho a pesar de que el as estuviera muy serio.

    Por ahora eso es todo. Después terminó de leer los capítulos que me faltan. La verdad es que la historia es muy buena.
     
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    Hola, pasando por aquí para dejar los comentarios de los dos últimos capítulos.

    Capítulo 25:

    Debería de decir Wow al ver lo directa que fue Laura, pero en realidad no debe sorprenderme porque ha demostrado su nula desvergonces de decir lo que piensa sin medir realmente en las consecuencias, ni siquiera cubrió sus intenciones, aunque claro, en esta ocasión si ayudo, pero se debe tener un poco de tacto. Que lindo (e inocente) es Enrique, ahora entiendo porque a la reina le gustó. Creer que “actuó” normal y que nadie se dio cuenta de su evidente abatimiento me pareció muy divertido, en cierta forma. Lo que si me tomó por sorpresa fue la verdad detrás de su abatimiento, creí que había sido por que perdió.

    No pues sí que todos los del club tienen sus problemas, traumas y dificultades, y yo creiba que solo los del turno vespertino, pero es obvio, no somos robots, cada quien tiene sus problemas. Es bonito que los integrantes se animen unos a otros, eos es lo que es un verdadero equipo.

    Pero ahora vayamos con el punto fuerte del capítulo… Laura, Laura, Laura… has ido a animar a Enrique pero a humillar a Renata. ¿Qué es eso de andar arrojando papas en las caras de las personas? Pero quien a educo, aunque debo decir que leer esa parte me pareció algo graciosa, me imaginé como de improvisto la bolsa de frituras impactó en la cara de Renata. Pero eso sí, si alguien me hiciera eso no me parecería gracioso y probaría el sabor de mi puño (okay no tan así, pero ya me entiendes).

    Con esa pequeña acción Renata demostró que no se dejará pisotear por Lala.


    Capítulo 26:

    La pregunta que se me vino al leer otro capítulo así, fue: ¿Cuándo será el día en que pueda ver (en este caso, leer) que Camila y Jasiel tienen una conversación cara a cara? Sería genial y me gustaría verlo pronto. Bueno, es súper evidente que a Camila le gusta Jasiel y que a él le gusta ella y que por ello, Cami esté celosa de Renata quien siempre está en la boca de su mejor (fucoftucofrocofnocofviocof) y es una actitud que no me ha gustado para nada, y más porque ni siquiera la conoce en persona, pese a eso, creo que quien tiene la mayor culpa de eso es el propio Jasiel porque, como bien se dice, habla mucho de Renata y, es cierto, ésta no conoce a Camila.

    Lo que me gustó del capítulo es el favor que ella le pidió a él, de dejarla hablar con Renata para que por fin pueda conocerla más directamente y así se dé cuenta que no es mala chica y a ver si de esa forma se apaciguan sus celos enfermizos. Y los considero enfermizos porque, vamos, ni siquiera él es su pareja oficial ni nada. Por el contrario, si está celosa porque no desea ser opacada por otra mujer… igualmente es algo muy extremo.

    De lo que me di cuenta con estos dos capítulos fue que hay puros celosos en esta historia xD Camila, Luara, ¿alguien más que se nos una en un futuro?

    En fin, eso sería todo por ahora. Nos estamos leyendo.



    P.D: A ti te tocó esperar mis comentarios, ahora me toca a mí esperar el nuevo capítulo.
     
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    Borealis Spiral

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    El nombre del Fracaso
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    Sorel Rodriguez Soy feliz y sabes por qué. Aunque no lo dije en cuanto leí los comentarios, tu sabes que me alegró muchísimo que siguieras leyéndome... aunque sea por tus propios motivos xD I know, en mis historias siempre habrá personas celosas porque amo los celos, muajajaja, así que acostúmbrate. Quizás sí haya por allí algún que otro celoso, jeje. En serio, gracias por dejarme tus impresiones de cada capítulo y bueno, te debía el próximo, así que aquí está. Pero neta, debiste recordarme que debía subirlo xD Bueno, más vale tarde que nunca.

    A los demás que pasan a leer también se los agradezco muchísimo. Sin más, dejo la continuación y ojalá les guste porque nos tomamos un descancito del ajedrez. ¡Disfruten!

    Vigésima séptima ronda:
    Recreación

    Era fin de semana y Renata Valdés se había dispuesto a pasarlo bien y tranquilo en su hogar, sentada frente a su laptop. Ese día no tenía ningún compromiso familiar, por lo que podía relajarse sin preocupaciones; o esas eran sus intenciones hasta que su celular marcó una inesperada llamada entrante. Vio la pantalla y descubrió el nombre de Ivonne Nájera. Frunció el ceño, extrañada. Era verdad que había intercambiado números con su amiga, pero eso lo había hecho simplemente por si acaso, por si llegaba a necesitarlo por alguna tarea en equipo o algo. Nunca le pasó por la cabeza usarlo para hablar con ella y ciertamente tampoco imaginó que Ivonne la llamaría. Se preguntó qué querría.

    Estaba por contestar, pero su indecisión duró tanto que no lo logró a tiempo y la llamada terminó. Se encogió de hombros. Oh bueno, no debía ser nada importante. Tampoco se molestaría en regresarle la llamada; si el lunes Ivonne la regañaba podía decir que no había tenido el celular a la mano o algo así. Después de todo, nunca se había acostumbrado al celular y no era novedad que lo dejara en casa al salir. Concentró su atención en la pantalla frente a ella y cuando iba a darle clic al botón de reproducir para seguir viendo anime, el celular volvió a sonar. Lanzó el aire por la nariz, fastidiada, tomando el aparato.

    —¿Bueno? —contestó, desganada.

    ¡Renata! Qué bueno que contestas. —La alegre voz de Ivonne llegó a su oído—. ¿Qué estás haciendo?

    —Pues nada —confesó, indiferente.

    ¿Nada? ¿O sea que estás libre?

    —Eh… Sí —replicó, arrastrando la palabra, sintiendo que esa simple afirmación iba a condenarla a algo terrible.

    ¡Qué bien! Mira, Renata, es que estaba pensando en que podíamos ir a pasear un rato al centro, comer una nieve, ir de compras o no sé, algo. ¿Qué dices?

    Definitivamente, estaba condenada.

    —No sé, Ivonne. No me apetece salir.

    ¿Y cuándo sí te apetece? A ver, dime.

    —Pues nunca —espetó, cínica.

    Ay Renata, ¿por qué eres así? —la regañó la chica—. ¿Ves por qué quiero que salgamos un rato? Ya te había dicho que iba a ayudarte a que fueras un poco más sociable, ¿te acuerdas? Pues para eso necesitas acostumbrarte a salir un poquito, a que te dé aire fresco. Anda, di que sí. Mira, nomás seremos tú y yo y será un ratito. Nomás hasta que tú quieras, pero anda, dame un chance, ¿sí?

    —Bueno, pero nada más un ratito —accedió al final.

    Te lo prometo. Te la vas a pasar bien, ya verás. Bueno, ¿dónde nos vemos?

    —No sé. —Se encogió de hombros—. En la plaza, como todos le hacen, ¿no?

    Okey. Entonces nos vemos en el kiosco, ¿sale?

    —Está bien. Nos vemos.

    Colgó y de inmediato hizo un pequeño berrinche, estirándose los sueltos cabellos, irritada. ¡Qué fastidio! Por desgracia, ya había dicho que sí y ya no se atrevía a llamar para cancelar, por lo que yendo a la sala donde su madre jugaba en su tableta electrónica, le contó todo y le pidió permiso para salir, el que obviamente le fue otorgado, pues Bárbara también creía que su hija necesitaba salir un poco más. No era bueno estarse encerrada como una huraña todo el tiempo; necesitaba convivir con otras personas que no fueran ella.

    Teniendo la aprobación de su madre, Rentaba se alistó un poco para no ir tan desarreglada y cuando consideró que ya no daba tan mala impresión, salió de su casa prometiéndole a Bárbara que no llegaría muy tarde, y se encaminó a la plaza central, donde fue al kiosco que estaba en el centro de la misma. Ivonne no llegaba todavía, pero no esperó ni los cinco minutos cuando hizo su aparición.

    —Renata, me alegra que aceptaras mi invitación. No te vas a arrepentir, en serio —le aseguró la chica en cuanto la vio.

    —Si tú lo dices. —Renata miró a su alrededor—. ¿A dónde vamos?

    —Quién sabe. —Ivonne se encogió de hombros y ante la mirada atónita de la otra, rio un poco—. No importa en realidad, Renata, vamos a disfrutar del día y dar un paseo. A menos que… ¡Eso es! Ven, vamos a ver las tiendas.

    Y comenzó a caminar, dándole un estirón a la camisa de Renata para que la siguiera.

    —¿Quieres comprar algo en específico? —cuestionó la castaña, caminando a su lado.

    —¡Oh no! Ni siquiera traigo conmigo mucho dinero.

    —¿Entonces? ¿Para qué ir a las tiendas?

    —Para verlas, claro está —apuntó Ivonne, como si fuera la obviedad más grande del mundo—. Es sólo para perder el tiempo. No sé tú, Renata, pero yo me divierto un montón yendo a ver, es un buen pasa rato. Parece que tú no sueles hacerlo, ¿verdad?

    —No realmente —reconoció ella, mirando al frente—. No me gusta ir de compras en general, a menos que sea por algo que sé que necesito.

    —Ya veo. ¿Cómo es que matas el tiempo, pues?

    —Oh, ya sabes, viendo otras cosas.

    —¿Cómo qué? ¿Películas?

    —Sí, supongo. —Renata lo pensó un poco—. A mí mamá le gustan mucho las películas, pero yo casi no veo, no soy muy fan de ellas. Aunque si me invita al cine sí voy.

    —¿Qué es lo que más ves, entonces? —curioseó Ivonne, deseosa por conocerla un poco más—. ¿Series? ¿Novelas?

    —…¿Caricaturas?

    —Oh. A mí también me gustan. Las veo seguido con mis hermanas.

    —¿Tienes hermanas? —Renata no sabía eso.

    —Síp. Dos menores que yo. Nos llevamos bien casi siempre, pero a veces peleamos por cualquier tontería. Pero eso es normal entre hermanos.

    —Lo imagino.

    —Tú no tienes hermanos, ¿verdad Renata?

    —No.

    —¿Te hubiese gustado tenerlos?

    —No especialmente.

    Llegaron a una tienda que vendía en su mayoría blusas y se pusieron a ver todas, e incluso Ivonne se atrevió a pedir una que le gustó para probársela y aunque le quedó grande, al menos le dio la excusa perfecta para pasar a la siguiente tienda sin comprar nada.

    —¿Te gusta algún color en especial para la ropa, Renata? —indagó Ivonne, viendo una bolsa de mano.

    —Me gusta el amarillo en general, pero en la ropa no me queda, así que siempre uso tonos azules y verdes.

    —Oh. ¿Tu color favorito es el amarillo?

    —Ajá.

    —Yo amo el rojo.

    —Es un bonito color.

    —Lo es. Gracias por todo. —Ivonne se despidió de la dependienta al terminar con su observación de los accesorios femeninos y las dos salieron a la calle—. Y dime, ¿hay alguien que te guste?

    Renata la miró de reojo, suprimiendo un suspiro de cansancio. Ya se estaba tardando en llegar a ese tópico en esta clase de conversaciones entre amigas.

    —No, no me gusta nadie —declaró ella, tajante.

    —¿En serio? ¿Ni siquiera del salón? Alguno de los chicos ha de parecerte lindo, ¿no?

    —Hm. —Renata lo pensó un poco, sin resultado—. No, la verdad es que todos los del salón están re-feos.

    Ivonne rio, divertida.

    —Sí, creo que tienes razón. Están feos —estuvo de acuerdo, calmándose—. Entonces, ¿qué me dices de alguien de tu club? La mayoría son chicos, ¿verdad?

    —Sí, pero… tampoco.

    —¿Tampoco hay chicos guapos o tampoco hay alguien que te guste?

    —Tampoco hay alguien que me guste.

    —O sea que sí hay chicos guapos, ¿eh? —Ivonne la miró pícara.

    —Supongo —admitió Renata, desviando la vista, incómoda, haciéndola reír.

    —Eso significa que hay posibilidad de que alguien termine gustándote en el futuro, ¿no crees? —siguió presionando Nájera—. Ya sabes lo que dicen: de la vista nace el amor.

    —No, no creo. —Renata sacudió la cabeza, sonriendo irónica—. Pero como tú pareces saber del tema, me supongo que a ti te ha de gustar alguien.

    —Claro que sí. Mis amores platónicos son Liam Hemsworth y Josh Hutcherson.

    —¿Quiénes? —Valdés la miró confundida.

    —¿No sabes quiénes son? —Ivonne la miró anonadada—. Los dos salen en las películas de Los Juegos del Hambre. ¡Son guapísimos!

    —Ah, ya, perdona. Como te digo, no veo mucho películas y no conozco mucho de actores.

    —Pues deberías empezar a hacerlo. Hay unas muy buenas y hay actores geniales.

    —Claro. —Guardó silencio un momento—. Entonces, imagino que tu libro libro favorito es Los Juegos del Hambre, ¿no?

    —Me encanta la saga —confesó la chica, tranquila—. Disfruto mucho de las novelas juveniles actuales, pero soy bastante más clásica. Si tuviera que elegir, me quedaría con autores de antaño como Victor Hugo o Alejandro Dumas. Aunque también me gustan mucho las biografías. Hay historias de la vida real en verdad fascinantes; te dan qué pensar.

    —Ya veo. —Renata fijo la vista en el suelo—. Yo… Tampoco sé mucho de libros.

    —Está bien. Si deseas saber algo, pregúntame con confianza. Quizás y hasta te recomiendo algo para leer, a ti que te gusta hacerlo —la animó Ivonne.

    —Sí, gracias.

    Continuaron con sus paradas en alguna que otra tienda a observar la mercancía y habrían quedado siempre con las manos vacías de no ser porque en una pequeña tienda de manualidades, Ivonne distinguió el set de listones ya preparados para hacer una pulsera a mano, por lo que compró dos; una de hilo rojo y blanco y otra de amarillo y verde.

    —Mira Renata. —Ivonne le mostró los hilos y le dio el rojo a ella—. ¿Alguna vez has hecho de estas pulseras a mano?

    —No. Soy torpe para las manualidades.

    —No es tan difícil. Mira, sólo haz lo que yo, ¿sale?

    Ivonne comenzó a hacer unos nudos simples con los hilos, los que fueron formando un lindo patrón y que a la vez resultarían en la pulsera completa.

    —¿Lo ves? —Le mostró el pedazo que había hecho—. Queda lindo, ¿verdad? Ahora inténtalo tú.

    Renata miró con desconfianza su pulsera deshecha, pero ante la persistencia de su amiga, también intentó hacer los dichosos nudos con bastantes batallas; tanto así, que Ivonne tuvo que decirle paso por paso cómo hacerlo y aun así tardaba demasiado en hacer un solo nudo. Tuvo que limpiarse varias veces las palmas en el pantalón ante el sudor que, para variar, tampoco la dejaba trabajar a gusto. Eso era algo que siempre había odiado de su cuerpo; que al más pequeño estrés o presión, sus manos comenzaban a sudar como cataratas. No ayudó el hecho de que a veces tuvo que deshacer un nudo que ya había formado por realizarlo mal, pero a la tercera vez se dio por vencida y lo dejó así, haciendo que el patrón quedara torcido y la pulsera mal formada.

    —Listo, terminé. Por fin —declaró, suspirando de alivio, anudándola bien para que ya no se soltara.

    ¡Qué fastidio eran las manualidades!

    —¿Ya? —Ivonne, que hacía rato había terminado de hacer la suya, tomó la que hizo Renata para contemplarla—. Para ser tu primera vez no te quedó tan peor. Ahora ten —dijo y luego le dio la pulsera que tejió ella.

    —Oh. —Renata la miró, confundida—. Pero esa la hiciste tú.

    —Exacto. Así es como funcionan las pulseras de amistad. Cada quien hace una para su amiga, así que esta es tuya. —Y dejó la amarilla con verde en sus manos.

    —P-pero… La que hice quedó muy fea. De haber sabido…

    Renata no supo qué más decir para excusarse, sintiéndose de pronto avergonzada de no esforzarse más al tejerla.

    —No importa, Renata —la tranquilizó Ivonne, serena, poniéndose su respectiva pulsera—. No importa cómo la hiciste; la cuestión es que tú la hiciste y eso es lo que importa. ¿Ves? Me queda bien.

    Alzó su muñeca y la presumió, feliz. Renata sintió empequeñecer todavía más, si es que era posible, y se preguntó por qué Ivonne era tan buena con ella. ¿Por qué le daba tantas atenciones? ¿Por qué quería ayudarla tanto? Ivonne debía tener a personas mejores y más interesantes que ella para pasear y divertirse; en secundaria había tenido un buen grupo de amigos con los que se llevaba bien. Entonces ¿por qué estaba allí con ella?

    —Oye, Ivonne.

    —¿Hm? ¿Qué pasa?

    —¿Qué pasó con tus amigos de la secundaria?

    —Oh, ellos. Sé más o menos cómo están por medio de Facebook e Instagram y a veces los veo en la calle y eso, pero fuera de eso ya no mantenemos mucha comunicación. Como fuimos a diferentes prepas y eso, pues creo que es inevitable que cada uno esté ocupado en sus cosas y su nuevo círculo de amigos, ¿no crees?

    —Sí, creo que sí.

    ¿Entonces ella era un sustituto de aquellos amigos a los que perdió? Comprendía que se le hubiese acercado el primer día de clase por ser la única del salón a la que conocía. En realidad, bien imaginó que dentro de la escuela su relación sería de ese tipo de co-dependencia; todo con tal de no estar completamente solas. Y no le molestó, la idea nunca le molestó, pues siempre creyó que su relación sería delimitada por las paredes del instituto, pero ahora que salían fuera de este, no sabía cómo sentirse. ¿Ivonne hacía todo aquello porque le tenía lástima?

    —Ivo…

    —¡Renata! ¡Renata!

    Una enjundiosa voz llegó a los oídos de ambas y al alzar la vista para girar la cabeza en busca de su dueño, reconocieron a Enrique Acosta en compañía de Fabián Cuevas, quienes se desviaban de su camino para acercarse a ellas.

    —Me suenan de algo —comentó Ivonne, pensativa, mirándolos detenidamente.

    —Son de mi club. Los que fueron a buscarme al salón para que me les uniera —informó Renata.

    —Ah sí. Ya me acordé del rubio.

    —Renata, hola. Qué gusto verte siempre. —Enrique llegó frente a la castaña y la saludó, animado.

    —Sí, lo mismo digo.

    —Buenas. —Fue el saludo casual de Fabián.

    —Buenas —respondieron ambas jóvenes.

    —¿Estaban de paseo? —curioseó el pelinegro, interesado.

    —Sí, pensábamos ir por algo de tomar. ¿Qué te parece, Renata? —contestó Ivonne, mirando a su amiga.

    —Está bien.

    —¿Y por qué no nos acompañan? —invitó Enrique—. Fabián y yo íbamos un rato a HardCore Games y allí venden unas malteadas muy buenas. Piden unas y sirve que jugamos en la consola un rato. ¿Qué dices, Fabián?

    —En tanto ellas estén dispuestas, yo no tengo problemas —manifestó el rubio, apacible.

    —Suena genial. ¿Qué tal si vamos un rato, Renata? —Ivonne, entusiasmada por la idea, miró a la castaña, suplicante—. Sólo será por un ratito.

    —No sé.

    Renata lo dudó bastante. Miró la hora en el celular; no era tan tarde, pero ya extrañaba su casa.

    —¿Tienes hora de llegada? —preguntó Nájera, preocupada.

    —No es eso —negó, sacudiendo la cabeza.

    —Entonces no hay problema, ¿verdad? —intervino Enrique, ansioso—. Puedes venir con nosotros, ¿verdad? Va a ser más divertido si vienes, Renata. Ya había planeado en invitarte a pasarla bien con nosotros alguna vez y ahora que se presenta la oportunidad hay que aprovecharla, ¿no crees? Así podemos conocernos más todavía y ser mejores amigos.

    Él se acercó mucho a ella debido a las ansias y la emoción del momento, casi robándole su espacio personal, haciendo que Renata retrocediera algunos pasos, incómoda.

    —Enrique, no la abrumes o nunca dirá que sí —aconsejó Fabián al ver el desasosiego en su compañera, retirando al pelinegro de ella—. ¿Por qué no hacemos esto, Renata? ¿Por qué no nos acompañas nada más hasta allá? Tú y tu amiga pueden pedir lo que sea que quieran tomar, se lo toman y ya después, si quieres irte todavía, pues te vas. No somos nadie para obligarte a quedarte de más si no quieres, pero esto suena razonable, ¿cierto?

    Renata no pudo argumentar contra la lógica propuesta de Fabián, quien siempre encontraba la manera de llegar a un acuerdo, por lo que accedió a acompañarlos; después de todo, no quería defraudar a Ivonne ni amargar su entusiasmo.

    —¡Entonces vamos! —dijo Enrique, ilusionado, comenzando a caminar y quitándole el puesto a Ivonne para quedar a un lado de Renata—. ¿Alguna ves has ido a HardCore Games, Renata?

    —Lo he oído varias veces, pero nunca he ido.

    —¿No? ¡Pues es genial! Es una tienda donde puedes jugar videojuegos en la consola o la compu y hasta hay maquinitas de arcade, ya sabes, de las viejitas, de esas de los ochentas y noventas. También puedes rentar y comprar videojuegos y lo más genial es que hasta tienen fuente de sodas. Es muy pequeña y se remiten a vender bebidas, pero sus malteadas son muy sabrosas. Una vez fuimos todos los del club y estuvo de lujo. Cornelio y Toño se la pasaron todo el día superando sus puntajes entre ellos en el Street Fighter para ver quién era el mejor. Toño era alguien del club que acaba de graduarse; era un buen compañero aunque siempre andaba de pleito con Cornelio. Una vez ellos dos también…

    Enrique comenzó a hablar y hablar de las anécdotas del club y sus antiguos integrantes. A unos pasos detrás de ellos, Ivonne y Fabián los observaban; el rubio no pudo evitar lanzar un suspiro agotador.

    —Tiene tanta energía —dijo casi a modo de lamento, e Ivonne rio un poco.

    —Creo que se ve así porque Renata no tiene nada de energía —comentó, divertida.

    —No, créeme, es porque Enrique es un manojo de actividad —repuso Fabián, con una ligera sonrisa—. A su lado hasta el más activo parece perezoso. Ha sido así desde que puedo recordar.

    —Pero ha de ser divertido convivir con alguien así.

    —Tiene sus ventajas —consintió él, sonriente, mirándola directamente—. Por cierto, no recuerdo haber escuchado tu nombre.

    —Ivonne.

    —Ivonne. Es bonito, me gusta. Soy Fabián. Es un placer conocerte, Ivonne —se presentó, amigable.

    —Igualmente. —Ivonne le sonrió.

    —¿Y conoces de hace mucho a Renata? Parecen llevarse bastante bien —inquirió el rubio, queriendo hacer tema de conversación y de paso conocerla mejor.

    —Fuimos a la misma secundaria y estuvimos en el mismo salón, pero la verdad es que nunca hablamos mucho —informó Ivonne, recordando—. Yo tenía mi grupo de amigos y ella parecía más retraída que otra cosa. Una vez la invité a que se nos uniera, pero me rechazó. No volví a hacerlo, pero la verdad es que siempre me dio curiosidad conocerla bien, saber qué pensaba. Es una buena chica, siempre me ha parecido que lo es, es lista y sacaba buenas calificaciones y al tratar con la gente, muy a pesar de su apariencia solitaria y seria, en realidad siempre era amable y parecía tratar de llevarse bien con otros. Por eso se me hacía raro que no tuviera amigos… No, me parecía absurdo. Pero creo que es porque nadie nunca se esforzó realmente por hacerse su amigo y entenderla, ni siquiera yo lo hice; un intento no es suficiente. Por eso, cuando entré a la prepa y vi que estaríamos en el mismo salón tomé una decisión: esta vez sí haría todo lo posible por convertirme en su amiga; llevaría a cabo el deseo que me nació desde que la conocí hace casi tres años atrás. Eso es todo.

    Fabián escuchó todo en silencio, anonadado por el altruismo puro de la joven, por lo que cuando terminó de contarle todo, no pudo sino sonreír, conmovido.

    —Vaya, parece que Renata ha encontrado un tesoro en ti, Ivonne —avaló, impresionado.

    —N-no. Qué va. —Ivonne se ruborizó, nerviosa—. N-no es para tanto.

    —Lo es —reafirmó el rubio—. Lo que muestras son actitudes de un verdadero amigo y no cualquiera las tiene, Ivonne. Eso te hace alguien muy valiosa. Renata debe sentirse muy afortunada.

    —Gracias —agradeció la chica, turbada, pero inmensamente feliz por el halago.

    —No hay por qué. —Fabián le sonrió, tranquilizador.

    Continuaron con la caminata y la conversación hasta que finalmente llegaron a HardCore Games donde, haciendo como habían planeado, Ivonne, Renata e incluso Fabián pidieron algo para beber, en lo que Enrique iba a una de las consolas a jugar. Los cuatro pasaron un rato allí, intercambiándose el control del juego cada que seguía su turno, incluyendo a Renata que por insistencia del pelinegro e Ivonne también jugó un poco. A pesar de que solía jugar de vez en cuando en su laptop, sus reflejos de por sí eran casi nulos y aparte no estaba acostumbrada al control; ella era más de teclado y ratón.

    Cuando Renata consideró que había pasado un buen tiempo, decidió que era momento de irse. Ivonne la acompañó alegando que habían iniciando su día de recreación juntas y que iban a terminarlo juntas. Se despidieron de los chicos, quienes las invitaron para otra ocasión, esperando que pudieran hacerlo con más gente, quizás con los clubes de ajedrez y lectura. Las dos amigas caminaron hacia la plaza entre plática amena, hasta que cada quien partió rumbo a su respectiva casa, prometiendo verse el lunes.

    De camino a casa, Renata meditó en los acontecimientos del día y su resultado. Estaba exhausta, tanto física como mentalmente, la intervención de Enrique y Fabián había sido inesperada y enervante, y la ida a las tiendas probablemente fue lo que menos le había gustado. Con todo, se lo había pasado bien. Había conocido más de Ivonne, había aprendido más del club y sus antiguos integrantes, había jugado un poco; en general se había divertido bastante. Lo sabía, la compañía de los demás no era tan fastidiosa como pensaba; lo sabía, lo entendía y lo aceptaba.

    Miró su muñeca izquierda, donde lucía la pulsera que Ivonne le había hecho y una sonrisa de las más sinceras que tenía se apoderó de sus labios. Acababa de darse cuenta de algo.

    —Esta es una de las cursilerías más grandes que he hecho en mi vida.

    Pero estaba bien. Ella podía con esto, sin duda, poco a poco. Sólo necesitaba que le tuvieran un poco más de paciencia.


    No sé ustedes, pero a mí personalmente me gusta bastante este capítulo.
    Por ahora es todo. ¡Gracias por leer!
     
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  14.  
    Kay Greenwish

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    Bueno, debo decir que tienes suerte de que este todavía fresca en la historia... ok no. Así que dejo mi hermoso comentario de este capítulo.

    Bueno, bueno, este capítulo estuvo tranquilito, mostrándonos un poco de los gustos de estas dos jóvenes amigas y demostrando que ambas son completamente diferentes. Creo que Renata no debería sentirse tan menospreciada y pensar que Ivonne solo la invitó por lastima cuando lo hizo porque en verdad le nació y desea conocerla más a fondo. Aunque sé como se a dicho, Renata siempre ha estado sola y como es ella, tal vez se sienta de esa forma.

    Creo que no soy tan como Renata pero si me sentí identificada con ella porque a veces hay fines de semana en que solo deseo pasarlo tranquila en mi casa, escribiendo, leyendo, viendo Netflix o Crunchyroll y no me molesta cuando me hablan por teléfono. Por el contrario, hay veces en que me gustaría salir y aprovechar esos días libres para salir de mi rutina.

    Eso sí, pensé que el la segunda llamada quien contestaría iba a ser Camila no Ivonne; no sé porque, pero me imaginé eso. Tal vez esperaba esa llamada de Cami a Renata.

    Me alegra que al final, aunque al principio ella fue a la “fuerza” haya disfrutado el día, sobre todo ante la aparición de Fabián y Enrique. Y no sería mala idea leer un poco sobre el club de Lectura y el de ajedrez, o mínimo este último con Ivonne. A Renata hay que tenerle un poco de paciencia y necesita un empujoncito para abrirse más a los demás; tal vez no llegar a cambiar su personalidad, pero por lo menos a ser más sociable. Y bueno, se ve que esto poco a poco está dando resultados pues decidió aceptar acompañar a Ivonne y luego a los chicos al HardCore Game.
    Eso sería todo de mi parte, hasta la próxima actualización.
     
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