Aventura Expedición al Mar Bóreo

Tema en 'Novelas' iniciado por jonan, 5 Diciembre 2019.

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    jonan

    jonan Jonan1996

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    Expedición al Mar Bóreo
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Aventura
    Total de capítulos:
    5
     
    Palabras:
    1746
    Buenos días, tardes o noches lector. Hace tiempo comencé a idear una pequeña historia de aventuras la cual poco a poco fue dejando atrás sus leves dimensiones. Hará unos días que dejé de unir cabos y ampliar el trasfondo y me animé para redactar un primer capítulo, algo que enganchara. Este es el resultado, por lo que humildemente vengo a que lo disfrutéis y critiquéis sin tapujo alguno. De gustaros y querer ver cómo continúa, seguiré subiendo capítulos.

    Gracias de antemano.
    1º Capítulo: “Viaje a Oriente”

    El sol, desde el amanecer de aquel 2 de abril, doraba las blancas pieles de los viajeros norteños. El navío de línea HMS Storm llegaba al puerto de la bella Donis, hermosa joya del oriente que Alphonse y Bertans disfrutaban desde la proa.

    El robusto puerto de amarilla arenisca albergaba decenas de barcos, desde grandes naos hasta pequeñas embarcaciones pesqueras. Tras el puerto se encontraba una gran ladera sobre la que yacían las casas de la ciudad. Éstas, eran como cubos de roca tallada, una pegada a otra de forma anárquica. En el centro de todo se apreciaba un bazar del cual salía la calle principal, una avenida ladera arriba hacia el castillo que coronaba la ciudad.

    –¿Aquí encontraremos a los dos primeros expedicionarios? –Preguntó Bertans.

    –Así es. Hace un mes, poco antes de zarpar hacia aquí, me carteé con Sabir. Me dijo que su hermano vendría a la ciudad por estas fechas.

    –Su hermano… no quiero saber cómo pretendes convencer a ese animal…. –Pensó el bonachón Bertans, conocedor de la fama de los guerreros Shilí.

    –Nos quedan diez meses para convencer a seis personas. Tenemos tiempo.


    *****


    Ambos caballeros bajaron del barco ligeros de equipaje, solamente con una bolsa a la espalda. Caminaron hacia el mercado bordeando las pequeñas casas costeras por un estrecho paseo. Costaba andar entre el gentío y apenas podía verse el bazar, aunque podían seguir el fuerte olor a pescado proveniente de allí.

    –¿Sabes cómo llegar al destino? –Dijo Bertans intentando seguir a Alphonse.

    –Hace años estuve en esa posada. No creo que haya cambiado mucho.

    –¿Y qué le diremos a Sabir? ¿Qué les diremos a los seis?

    – Nuestras intenciones de realizar una expedición para descubrir el paso del norte.

    –¿Y lo otro?

    –No hay necesidad de contarlo, no al menos hasta que llegue el momento. Es tu primer trabajo como uno de los doce caballeros, pero no por ello tienes que preocuparte. Tienes experiencia de sobra.

    –No sé qué me preocupa más. Nuestros secretos, los de los expedicionarios o los de el señor Rottenatch.

    –Esos dos últimos grupos son los qué más deberían preocuparnos.


    *****​

    Tras cruzar el mercado se dispusieron a coger la larga avenida ascendente. El entramado de coloridos puestos, los centenares de tipos de pescado de todo el Mar del Arco y el alboroto de la compra y venta eran el pan de cada día en Donis, pero el interior de la población tampoco iba a ser para mucho menos.

    Entre dos viejas estatuas se encontraba la salida, dos enormes figuras de arenisca. Ambas representaban a un desnudo hombre de largo cabello ondulado como olas marinas que se unía a la barba, una de las piernas estaba avanzada sobre la otra y en el brazo contrario sujetaba un rayo de verde bronce oxidado.

    –Es por aquí. –Indicó Alphonse señalando uno de los miles de estrechos callejones.

    Bertans observó que era una calleja mucho más bella que el resto, con plantas enredaderas creciendo y colgando de las zonas sombrías y macetas llenas de flores azuladas y cactus por todas las ventanas.

    –Qué diferente lugar. –Dijo sorprendido.

    –Esta ciudad tiene una red de calles que de vez en cuando muestra este tipo de tesoros, aunque realmente corresponde a una cuestión práctica. Saberse todas las calles y callejas del lugar es imposible, por lo que decorar el lugar con un color determinado ayuda a orientarse.

    –¿Y qué significa el color azul?

    –El barrio de comerciantes, aunque también suele ser lugar de refugio para practicantes de las mancias.

    Llegaron al destino, una casa más grande que el resto, de cuatro pisos en vez de dos. El edificio cúbico era una hermosa posada llamada la Hiedra Venenosa. Estaba cubierta por decoraciones cinceladas que daban la impresión de que estaba cubierta por la susodicha planta. Las esquinas del cubo, en cambio, no seguían este patrón, sobresaliendo un grueso relieve plano. Había numerosos y grandes ventanales, una por habitación, pero los del piso inferior eran muchísimo más grandes, dejando a la vista el interior de la posada.

    Entraron y directamente se adentraron escaleras arriba en busca de la habitación número cinco. A pesar de los grandes ventanales, los pasillos eran muy oscuros y apenas estaban alumbrados por unos pocos candelabros.

    –Que silencio. –Dijo Bertans extrañado.

    –Estas paredes tan gruesas hacen que nada se escuche, ni el ruido de la calle.

    –Entrar no entra ni el calor. –Murmuró mientras Alphonse tocaba la puerta.

    –¿Quién? –Se escuchó junto con unos leves pasos que se acercaban a la puerta.

    –Soy Alphonse Flinders.

    Sabir abrió inmediatamente dejando a la vista un corpulento y barbudo hombre de casi cincuenta años. Su tez era muy oscura y aunque calvo, su densa barba combinaba tanto colores oscuros como canosos.

    –Cada vez tienes más canas. –Bromeó el visitante.

    –Tu sigues tan canoso como siempre. –Sonrió el otro mientras les hacía un gesto para que pasasen.

    Entraron en la habitación, estrecha pero alargada, y con el gran ventanal al final alumbrando el interior. Pasar y a mano izquierda tenían una mesa con cuatro sillas donde un viejo hombre se encontraba tomando té. Detrás había un gran armario lleno de polvo y a la par suya, en el lado derecho de la habitación, una cama individual sin hacer.

    –Este es Adib, un viejo amigo que conocí investigando el Jardín de los setenta y dos genios. –El anciano hombre levantó un poco la mano para saludar.

    –¿Ya no sigues investigando? –Preguntó Alphonse.

    –Las dos hipótesis que he barajado todos estos años están estancadas. Cada una me da una posible ubicación, pero cada cual es más imposible de llegar que el anterior.

    –¿Entonces estas dispuesto a aceptar mi oferta?

    –Depende. Si me convence, te ayudaré a convencer a mi hermano. Aunque la fuerza tendrás que ponerla tú.

    –Esas eran las condiciones. –Alphonse cogió su bolsa y se sacó un pequeño plano. –Como bien sabes, durante tres siglos se ha intentado descubrir un paso en el norte del continente Atharia. La costa, más allá de Vineland, es desconocida y sus aguas están congeladas prácticamente todo el año. –Con el dedo apuntaba a una zona dibujada con una línea descontinua.

    –Si no me equivoco el año pasado la expedición de Tyler desapareció en esa zona. La embarcación usada fue el Principe de Matrice, la embarcación llevaba a flote más avanzada hasta el momento. ¿Por qué crees poder lograr el éxito?

    –Porque lo haremos por tierra. –El dedo se desplazó a la zona central del plano, justo debajo de una zona montañosa. –Y la mejor ruta es cruzar esta cadena montañosa y llegar a este lago para después poder seguir el supuesto río que llevaría hasta el Mar Bóreo.

    –Es una idea muy arriesgada… –Dijo el viejo Adib, al que le costaba respirar. Lentamente continuó. –Siempre he vivido en el mar, para algunos el mismísimo infierno, pero he visto esos rostros que vuelven del norte. Todo el que viaja a lo desconocido de Atharia, entre demonios y gigantes, nunca vuelve.

    –Adib ha viajado durante toda su vida por todo el mundo como comerciante. Aprovechando que ibas a venir quise que escuchara la oferta.

    –Tus habilidades culinarias nos van a ser muy útiles, tu fama te precede, lo sabes mejor que nadie. Por eso…

    –¿Qué fama? –Cortó Sabir con una sonrisa pícara. –¿La fama de las expediciones o la de los bajos fondos?

    –Somos conocedores de esa otra faceta y no nos importa. –Alphonse observó un pequeño collar que llevaban tanto Adib como Sabir, una pequeña gema azul sostenida por un colgante dorado. –Además, he escuchado que utilizas esas dotes para lo culinario.

    –Entonces no tendrás problemas para convencerme, aunque tendrás que responder todas y cada una de mis preguntas.

    –Perfecto. –Sonrió Alphonse. –Y mañana convenceremos a tu hermano.


    *****​


    Al mismo tiempo, no muy lejos de la Hiedra Venenosa, un grupo de hombres rodeaban a dos luchadores. Éstos eran los Shilies y al igual que uno de los luchadores, tenían la tez oscura y el pelo corto pero negro como la noche. Vestían con ropajes amplios de color azul oscuro o negro, la cabeza cubierta con un turbante y a la cintura todos llevaban una o dos cimitarras de un curioso acero en el que el gris oscuro del filo se alternaba de grises claros como si fueran los anillos de un árbol.

    El luchador de tez oscura era el líder de aquella gente que lo animaba tan fervientemente. En su mano mantenía la cimitarra en alto sin perder de vista a su oponente mientras daba lentos pasos hacia un lado. El otro, con el cuerpo y la cara cubiertas por una armadura, agarraba su alabarda con dos manos a la espera de un primer ataque.

    El moreno lanzó un ataque descendiente hacia la cabeza, pero rápidamente fue parado por la alabarda tras ser levantada. Acto seguido, el de la armadura giró su lanza rápidamente intentando asestar la cuchilla en la cabeza del otro. El Shilí lo esquivó fácil agachándose.

    –¿El Sultán te ha contratado para que me asesines? –Preguntó el del arma corta.

    La armadura volvió a moverse intentando asestar el pecho del otro, algo que el ágil de ligeras ropas esquivó girando su cuerpo hacia un lado. Sin esperar un segundo alzó su pierna izquierda y pisó la alabarda juntando la cuchilla con el suelo. Después, con su mano derecha, lanzó su sable hacia el cuello del hombre clavándoselo por el hueco de la armadura.

    Sacó la ensangrentada arma para dejar caer el cuerpo del hombre que aún temblaba. Dentro del casco resonaba la sangre que esputaba mientras que el cuerpo temblaba unos pocos segundos, hasta que se hizo el silencio. El asesino, lleno de rabia, comenzó a dar pequeñas zancadas de un lado para otro. El resto de los shilies comenzaron a vitorear el nombre de Gamal.

    -¡Yo soy Gamal, líder de los Khen Shilí de Occidente! ¡Decidle al follacabras del sultán que puede enviarme todos los sicarios que le apetezca!
     
    Última edición: 6 Diciembre 2019
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    Dark RS

    Dark RS Caballero De Sheccid Comentarista empedernido

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    Saludos.

    Comenzaré con lo técnico.

    No entiendo esta oración. Ese "Pasar" como que no cuadra.

    También recalco que no son muchos los personajes que describes físicamente. Solo en dos ocasiones lo haces. A Bertans y Alphonse no los describes, o al menos no me pareció lo hicieras, y parecen ser los protagonistas.

    Aquí no me queda claro si Sabir estaba con ellos o estaba dentro del cuarto. Y tampoco es claro si esa descripción es la de Sabir o Adib o alguien más. Y supongo que el que presenta a Adib es Sabir, aunque no queda claro y lo estoy suponiendo.

    "Estás"

    En general la ortografía es muy buena. Y la narrativa es fresca y facil de asimilar. Los lugares son lo bastante descritos como para imaginarlos bien.

    Por el momento veo más preguntas que respuestas en cuanto al viaje que van a realizar. O por qué solo seis personas más y Sabir. Me parece un número muy específico de aventureros.

    Veré como sigues la historia.
     
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    jonan

    jonan Jonan1996

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    2º Capítulo: “Cabeza dura”


    Alphonse apenas había dormido en toda la noche a causa de los ronquidos de Bertans, por lo que decidió levantarse de la cama y vestirse. Le esperaba un día largo. Miró por la ventana y observó que en la primera planta del Hiedra Venenosa no entraba el sol, por lo que imaginó que su compañero tardaría en levantarse.

    Bertans seguía dormido, en ropa interior y con su peluda panza al aire. Su pelo estaba muy despeinado a pesar de ser corto, un oscuro cabello con dos patillas que se alargaban de forma curvada hasta casi llegar a su boca.

    Alphonse caminó hacia la salida, momento en el que se dio cuenta que junto a la puerta había una botella de ron vacía. Empezó a pensar en la noche anterior, pero aún estaba demasiado dormido, por lo que decidió bajar a comer algo.

    Caminó escaleras abajo en busca algo para comer. Junto a la barra se encontraban Sabir y Adib, el primero con la cara algo pálida, mientras que el anciano se veía como siempre.

    –Buenos días. –Saludó Alphonse. Sabir lo miró y le lanzó una pequeña mueca sonriente.

    –¿Quieres un té?

    –Café, por favor. –Dijo aprovechando que el camarero estaba atento.

    –¿Qué tal está Bertans?

    –Duerme como un cesto. ¿Cuántas botellas se trincó?

    –De la primera tú le ayudaste algo, pero luego se bebió otra.

    –Ojalá fuera abstemio como vosotros. Quizás debería acercarse a vuestra fe. –Dijo Alphonse en un tono burlón.

    –¿Un creyente como él? Creo que un seguidor de Hierónymus como él jamás se acercaría al Kafirk.

    –Bertans fue criado por una familia fuertemente Hierética, además de que fue metido a una academia militar desde muy pequeño. La verdad, a veces se me hace raro que pueda ser tolerante.

    –Me hablaste sobre los diez integrantes que van a participar en esta compañía y, la verdad, creo que Bertans será el menor de los problemas.

    –¿Por quién lo dices?

    –Quieres convencer a seis personas, gentes con experiencia. Bien. Luego, junto a ti están Bertans y ese cartógrafo amigo tuyo, Nicolas Moll. Del que no me fio es de ese inventorcito, el señor Horne.

    –Lo sé, yo tampoco confío. Pero el Señor Rottenatch es quien financia esta compañía, por lo que no había margen para negarse. Aunque de la misma manera que tenerlo de supervisor puede ser una molestia para nosotros, no quiero ni imaginarme lo que tiene que sentir ese hombre forzado a ir a la otra punta del mundo.

    *****​

    –Buenos días Bertans. –Dijo Alphonse.

    –¿Qué hora es? –Respondió un soñoliento Bertans mientras se retorcía en la cama.

    –La hora de marcharnos.

    –¿Ya? –El hombre se frotó los ojos para dejar de ver borroso y vio la cintura de Alphonse, de la que colgaban dos hermosos sables. –Santo Hierón, tenía olvidado que querías hacer esa estupidez.

    El bonachón puso sus dos pies sobre el suelo para hacer fuerza y levantarse. Volvió a frotarse la vista y buscó su ropa dando pasos torpes. Volvió a mirar una vez más a Alphonse, observando que iba vestido mejor de lo normal, aunque también listo para pelear. Estos sables eran tremendamente bellos, con el enmangue dorado y una joya morada incrustada. Bajo las armas se podía apreciar un pantalón marrón, unas altas botas negras, una blanca camisa arremangada y su largo pelo blanco estaba recogido en una breve coleta gracias a un pequeño cordel de cuero.

    –¿Te dije que quería comprar un nuevo mosquete? –Alphonse emitió un sonido afirmativo sin abrir la boca. –¿Crees que Donis será un buen lugar?

    –Podríamos preguntárselo a Sabir. Aunque nuestros próximos destinos son destinos en los que posiblemente también encuentres armamento. Matrice está claro que no, pero Askar o Nueva Albeny tienen buenos bajos fondos para ello.

    *****​

    Llegado el mediodía el trío compuesto por Alphonse, el resacoso Bertans y Sabir caminaban por la ciudad en busca de los Shilí. Volvieron a la gran avenida que ascendía hasta el castillo del nabab para poco después meterse en otra estrecha calleja, una en la que apenas había gente.

    –A partir de ahora procurar no abrir la boca. –Dijo Sabir.

    Un bullicio comenzó a escucharse. Se estaban acercando a él. De repente, la calleja se ensanchó para dar lugar a una grande plaza rodeada por casas que daban la impresión de fortificar el lugar. Muy juntas, pequeñas tiendas de colores oscuros cubrían el suelo salvo en el centro. Ahí se encontraban los shilies, cantando, bailando y bebiendo té.

    –Caminad un paso por detrás de mí. Y ni se os ocurra hacer algo o insultar a los dromedarios.

    Sabir se metió entre los shilies y estos comenzaron a mirar a los dos acompañantes de Sabir. Las morenas pieles y ropajes oscuros de aquel grupo contrastaban con Alphonse y Bertans haciendo que su visita no fuera discreta. Es más, todos los siguieron hasta que el trio se colocó en medio del circulo. Fue en ese momento cuando observaron que junto al líder Shilí había una cabeza cortada.

    –¿Qué tal te encuentras hermano? –Dijo Gamal mientras se acercaba a Sabir.

    –Cómo iba a perderme nuestra reunión familiar anual. –Se dieron un fuerte abrazo.

    –Veo que has traído invitados. –Le dijo al oído.

    –Vinieron a hacerme una oferta y quiero que te la hagan a ti también. Puede interesarte.

    –¿En qué me pueden interesar esos blancuchos?

    –En tu pequeño proyectito.

    Tras una pequeña mueca picarona Gamal se giró y dio una orden.

    –Hermanos Khen. Conocéis a mi hermano. Este año se unirá a nuestro banquete junto con un buen amigo. Sed hospitalarios.

    *****​

    El pescado y las carnes entraban y salían sin parar en aquella sala donde el trio compartía la comida junto con Gamal y los seis principales guerreros del grupo. A la sombra de la tienda del líder todos estaban muy a gusto salvo uno. Bertans, nervioso, miraba alrededor en busca de algo de vino, pero no apreciaba ninguna bebida alcohólica sobre la larga mesa.

    –Si buscas algo de vino siento decirte que los shilies no beben alcohol. No es bueno beber algo que deshidrata en el desierto. –Le susurró Sabir al oído.

    –Entiendo. –Dijo algo decepcionado. De repente, Gamal liberó una fuerte carcajada interrumpiendo momentáneamente la conversación. –Parece que Alphonse y tu hermano se llevan bastante bien.

    –Algo me dice que ambos saben que van a acabar peleando.

    –Había escuchado que peleaste contra un guiverno a puños, pero siempre pensé que algún borracho se lo habría inventado. –Comentaba Gamal emocionado por la historieta del otro.

    –No, no, no. Mira el regaló que me dejó. –Respondió mientras se desabrochaba dos botones de la camisa para enseñar unas gruesas marcas de dientes sobre la clavícula izquierda.

    –Es cierto, no sé quién se está llevando al terreno de quien.

    *****​

    Entre largas anécdotas llenas de guivernos y escorpiones gigantes el anochecer comenzaba a cernirse sobre ellos. Alphonse y Gamal continuaban hablando como si no hubiese un mañana, aunque Bertans y Sabir ya comenzaban a estar aburridos de aquella lucha de egos.

    –Hermano. –Al fin interrumpió Sabir. –Creo que deberíamos hablar de negocios.

    –Está bien. –Respondió con un gesto de indiferencia. –Aunque realmente no sé qué podéis ofrecerme.

    –Dinero. –Dijo Alphonse, ahora en un tono serio. –Lo suficiente como para financiar parte de tu proyecto de futuro.

    –¿Cómo así conoces nuestras intenciones? –Gamal, enfadado, miró a Sabir.

    –Hermano, es nuestra oportunidad.

    –No.

    –Tienes la capacidad de reunir a todos los grupos shilies a golpe de espada y llevarlos contra el sultán. Pero sin financiación y sin armamento nos daremos de bruces. No podremos ni cruzar las murallas.

    –Hay otras formas de conseguir dinero. No pienso deber nada a ningún país extranjero.

    –No venimos en nombre del Reino de Gran Arthuria. Es simplemente una expedición subvencionada por un ricachón.

    –¿Y cuál es esa expedición?

    –Descubrir el paso del norte de Atharia.

    *****​

    Los hermanos, fuera de la tienda, discutían la oferta.

    –No puedo abandonar a mi gente así como así. ¿Quién se enfrentará a los demás líderes si aparecen?

    –Tienes a los mejores guerreros. Acabas de vencer a tu mayor oponente. Además, hasta dentro de ocho o nueve meses no tendríamos que zarpar. Mientras podemos llevar a cabo los preparativos.

    –¿Juntos? –Dijo Gamal extrañado.

    –Sí, juntos. Ha llegado la hora. Trabajemos juntos. Pero… necesitamos ese dinero. –Ambos se quedaron unos segundos en silencio, uno pensativo y Sabir esperando la respuesta.

    –Sabes que solamente hay una forma de que mi pueblo acepte.

    *****​

    Alphonse y Bertans continuaban dentro acompañados de los seis Shilí y ambos estaban deseando preguntar por la cabeza cercenada.

    –Creo que el antiguo dueño de la cabeza lo he visto en alguna parte. –Susurró Bertans.

    –Pues dudo que el dueño vaya a necesitarla.

    –Perdona. –Llamó la atención del resto. –¿Qué arma usaba el sicario? –Señaló la cabeza con temor de que no le entendieran.

    –Una lanza. –Respondió uno de ellos.

    –Con una cuchilla rara. –Dijo otro haciendo que Bertans se preocupara.

    –¿Qué ocurre? –Dijo Alphonse al ver la cara del otro.

    –Creo que han asesinado a un miembro de la antigua familia real del Reino de Esvartia.

    –¿Crees que querrán venganza?

    –No creo que quieran buscar al asesino en el infierno del mundo.

    *****​

    El atardecer había llegado y las paredes de aquella plaza habían adquirido una tonalidad carmesí. La gente, en silencio, había hecho un círculo para poder presenciar un combate. A un lado, Alphonse lo esperaba con los dos finos sables en alto. A diez pasos Gamal lo esperaba con su cimitarra.

    Alphonse desplazó su pulgar sobre el puñal para observar la gema morada incrustada durante un segundo y volvió su mirada ante el combatiente. Ambas espadas, sin tocarse, se colocaron de forma perpendicular. A la altura de sus ojos se encontraba el casi cruce de espadas. Y detrás su ya no tan amistoso amigo.

    Gamal sostenía el sable de forma vertical mientras sostenía fuerte su espada con las dos manos. Tranquilo caminó unos pequeños pasos de izquierda a derecha para después reponerse, en ningún momento perdiendo la vista de su objetivo. Sentenció su preparación con una malévola mueca sonriente.

    –¿Hemos quedado en 10.000 libras? ¡Perfecto!

    El guerrero se abalanzó contra su oponente. Estando a punto de llegar giró sobre sí mismo para golpear el arma de la derecha. Continuó el giró para golpear la otra espada, pero fue detenida por la otra. Alphonse, con fuerza en su brazo izquierdo, miró a la cara del otro para devolverle la mueca. Acabó la jugada bajando el arma contraria hasta el saliente de la empuñadura para empujar la cimitarra hacia atrás.

    El murmuro de alrededor calentaba la situación.

    Ahora atacó Alphonse buscando la poca distancia entre los dos. Lanzó su brazo derecho hacia la cabeza del otro. El movimiento fue parado fácil con el filo, para acto seguido empujar hacia arriba. El explorador, viendo que el borde del filo lo estaba mirando, se agachó ligeramente y acercó el arma de la izquierda hacia la cintura del otro.

    Gamal, viendo la poca distancia entre cuerpos, no tuvo otra que realizar otro rápido giro de cuerpo a espaldas para empujar el arma que tenía por encima de su cabeza y parar la otra. Se vio algo agachado apoyando la otra arma contra la guarda de su cimitarra. Gamal ahora tenía más fuerza para desarmar a Alphonse, pero si perdía un mínimo de fuerza podría recibir un espadazo en la mano.

    Alphonse, desesperado, amenazó con la derecha acercando, acercando el sable al cuello de Gamal.

    –¿Mi mano o tu cuello? –Dijo con la misma mueca anterior, pero esta vez mucho más forzada.

    –Bien jugado. Esas 12.000 libras me parecen bien.

    *****​

    Pasaron dos días, era el 4 de febrero de 1799 después del nacimiento de Hierón. Tras sobornar a unos marineros sibernianos y subirse a su barco mercante, cogieron rumbo a Matirce, capital del Reino de Sibernia. En este lugar encontrarían al siguiente explorador. Mientras tanto, Gamal y Sabir llevarían a cabo sus preparativos.

    Las fechas ya estaban marcadas en el calendario. El 29 de septiembre se encontrarían en Nueva Albeny de forma previa, aunque la expedición no comenzaría hasta el 10 de octubre en Pueblo Fortunia.
     
    Última edición: 21 Diciembre 2019
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    3º Capítulo: “Misterio en Matrice”


    Tras mes y medio de viaje en barco hicieron tierra en la costa de Sibernia para después alquilar un carruaje y viajar hacia la capital, viaje que duraría otras dos semanas. Alphonse y Bertans al fin pudieron ver la ciudad el atardecer de un 7 de abril, momento en el que ordenaron al cochero detenerse.

    Pasaron la noche en una posada desde la que se veía la ciudad sobre una ligera montaña de verdes pastos. Ocupaba gran parte del horizonte. Rodeada por una muralla de un sucio blanco, algunos pequeños barrios se podían ver fuera de éstas, edificios blancos de entre dos o cuatro pisos. En contraposición a las blancas paredes, los techos eran negros y ligeramente inclinados. Dentro de las murallas sobresalían algunos campanarios o la gran cúpula de una catedral. Finalmente, a la izquierda de la ciudad, se apreciaba el grandilocuente y hermoso palacio real que mantenía la estética de la ciudad.

    Al poco de amanecer el dúo se adentró en la capital cubiertos con dos túnicas con capucha. Las calles eran muy estrechas y apenas se podía ver el fondo a causa la densa niebla. Bertans se sorprendió al ver la poca cantidad que había en la calle siendo la principal de una ciudad tan grande, aunque más asombrado lo tenía el ver Martinicos, sobre todo en algunas calles donde se concentraban.

    Los Martinicos eran hombres y mujeres de pequeña estatura, sobre los cuatro pies y medio de altura y tendían a tener unas extremidades más fuertes que el resto de los humanos. Su origen estaba al sur del Reino de Sibernia, en el noroeste del continente de Phrike, un territorio que una década atrás fue sometido por el ejército Siberniano.

    –¿No se te hace raro ver tanto Martinico junto?

    –Desde que su hogar se convirtió en colonia muchos emigraron a la metrópolis. Curiosamente sus élites se integraron en la misma monarquía haciendo que los conquistados consiguieran mejores condiciones. Aun así, siguen viviendo en barrios marginados.

    –¿La universidad está muy lejos? – Bertans cambió de tema repentinamente tras ver una pareja de agentes en una esquina. Estaba nervioso.

    –No, pero debemos rodear un poco el lugar para entrar.

    –¿Y por qué deberíamos fiarnos de Pierre Augier? Podría delatarnos y en menos de dos días seríamos ejecutados.

    –Espero que no. No tiene ningún motivo para hacerlo. Huyó de su país y aparentemente no tiene ninguna afinidad con éste. Además, dispone de habilidades totalmente necesarias para nuestra pequeña aventura.

    –¿Sus años como contrabandista?

    –Exacto.

    *****​

    Se quitaron las capuchas. Habían llegado a la Universidad de Matrice, un viejísimo edificio que en el pasado funcionó como convento. A pesar de la basta y fea apariencia exterior, los hombres se sorprendieron al ver el gran claustro, un hermoso jardín botánico lleno de plantas en el que una elegante fuente de mármol coronaba el centro. Las regulares columnas que rodeaban el claustro tenían capiteles y basas increíblemente talladas a mano representando épicas leyendas mitológicas de la religión Hiertética.

    –Se cuenta que esta es la primera universidad del mundo. –Dijo Bertans.

    –Escuché lo mismo de otra en Esvartia. –Respondió Alphonse sonriente.

    De la planta baja bajaron por unas escaleras al sótano, lugar donde la cantidad de profesores y estudiantes disminuía. El frío era notable en el lugar, algo apropiado para el trabajo del siguiente candidato. Al fondo de aquel pasillo cubierto pro blancas baldosas y paredes pintura beige vieron una puerta metálica que se dispusieron a cruzar.

    –Es aquí. –Dijo Alphonse mirando a Bertans. Suspiró y empujó la puerta.

    Allí vieron a Pierre, un delgado y muy alto hombre, de nariz grande y bigote frondoso. En su mano tenía un afilado bisturí y se disponía a clavárselo a un inerte cuerpo que tenía sobre la mesa.

    *****​

    Diez horas antes, los exitosos comerciantes José y Santiago Echeverría cenaban junto a sus familias en el hogar del segundo. Era el cumpleaños del hermano pequeño, Santiago, y no escatimaron en gastos. Incluso José pudo traer unas extrañas manzanas de los Mares del Sur, un obsequio que había logrado en uno de sus últimos negocios.

    Llegaba el final de la cena, momento en el que el anfitrión aprovechó para brindar. Pidió su mejor licor. Su catador personal acudió a por la botella, la abrió frente a él, y probó un culín frente a todos. Una vez visto que no había peligro, sirvió cuatro vasos para los hombres de ambas casas.

    –Querida familia. –Santiago se levantó y alzó el brazo con idea de brindar. –Quiero felicitar a mi hermano José por la nueva traída a nuestro hogar. El acuerdo con la familia de Orestes es una gran oportunidad que acarreará el éxito de los Echeverría.

    –Hermano. Muchas gracias. Mismamente, reitero mis felicitaciones por tu cuarentavo cumpleaños. Esperemos que el día de hoy sea un punto de inflexión en el rumbo de la familia.

    Apenas había pasado una hora cuando Santiago Echevarría decidió tomar una infusión, brebaje que tomaba todas las noches. Se dirigió a la cocina, ya vacía por órdenes de Isabel, la mujer de Santiago. Abrió una robusta despensa con una pequeña llave, preparó las hierbas en un mortero, calentó el agua y lo unió todo para volver con su familia.

    Se sentó en su asiento, lugar donde acomodarse y pegó un largo trago. Sin alejar mucho el vaso bajó sus ojos y observó el brebaje.

    –¿Qué ocurre? –Preguntó su mujer.

    –Hoy me sabe diferente. Tiene un sabor mucho más fuerte.

    Tras mirarlo unos largos segundos decidió probar otro sorbo, pero se detuvo al sentir un agudo dolor en el estómago. Éste aumentaba lentamente y Santiago se vio en la necesidad de sentarse. Reclinó el cuerpo hacia adelante y se llevó las manos a la tripa. En un mal gesto tiró la taza, partiéndola en mil pedazos que se esparcieron por el suelo. Comenzó a gritar, momento en el que los familiares se acercaron preocupados.

    José lo cogió pasando uno de sus brazos tras su cuello y lo tumbó en la alfombra. Le abrió la camisa al ver unas pequeñas gotas de sangre, quedándose blanco al ver que unas pequeñas raíces salían de su abdomen sin parar.

    –¿Qué demonios? –Exclamó temiéndose lo peor.

    –¡Papa! –Gritó una de las hijas aterrorizada.

    –María, llévate a las niñas. –Ordenó José a su mujer. La otra esposa, Isabel, se desmayó al ver que cada vez salían más raíces.

    El hombre cogió un trapo para tapar las heridas provocadas por aquella raigambre que salían de su cuerpo sin parar, algunas incluso llegando a rodear el cuerpo y tocar el suelo. Impotentes, sin saber que hacer, solamente podían llorar. Desangrado en cuestión de segundos, Santiago acabó dando último aliento.

    *****​

    –Imagino que seréis Alphonse y Bertans. –Dijo Pierre sin separar la vista del muerto. Con el bisturí levantó una de las raíces ensangrentadas. –Dentro de pocos minutos vendrá un inspector de policía a preguntar por el muerto, os llamaré Luis y Tomás.

    –¿Esperamos a hacerte la oferta? –Dijo Alphonse.

    –Si no os importa. Aunque aviso que hasta resolver el caso no se apartará de mí.

    –¿Autopsia? –Preguntó Bertans.

    –Así es. Estudio las diferentes partes del cadáver con idea de descubrir la causa de su muerte. –Bertans miró a las raíces.

    –¿Acaso no es evidente?

    –¿Conoces alguna planta que crezca de esta forma en cuestión de segundos?

    –Solo necesitarías abono mágico. –Bromeó Bertans, palabras que dejaron a Pierre pensativo.

    –¿Has visto alguna planta que resista un crecimiento espontáneo como este?

    –Los Hidromantes a menudo usan sus artes para crear Fertilizante Instantáneo. Unas gotas en una semilla pueden hacer algo así, aunque deben ser semillas de un árbol. Helechos o flores no aguantan una generación así.

    –En los desiertos de oriente lo usan a menudo cuando no disponen de un oasis cerca. –Añadió Alphonse.

    –Eso lo explicaría. Las raíces crecieron espontáneamente atravesando todo tejido blando que encontraba. Vamos a ver.

    El hombre hizo un tajo con el bisturí en forma de i griega. Luego, ayudado por algunas herramientas metálicas, dejó al descubierto los órganos del difunto.

    –Parece que estamos en lo correcto. –Con unas finas pinzas sacó unas semillas no fecundadas del agujero que había trazado. –Ingirió las semillas y en su estómago se desarrollaron desangrándolo.

    De repente, alguien llamó a la puerta. Los tres se miraron entre sí.

    –¿Es el inspector?

    –No espero a nadie más. –Pierre cerró la carne levantada. Tenía la información necesaria, por lo que se dispuso a coser el cuerpo. –Adelante.

    Entró un hombre bajito, pelo oscuro, de largas patillas negras y cara redonda. Extrañado miró a la pareja, pasándoles un rápido repaso de arriba abajo.

    –No sabía que tenías ayudantes. –Dijo el nuevo visitante.

    –Inspector Gómez. Son Luís y Tomás, unos viejos amigos que me ayudaron cuando hui de Phinia. Tienen un pequeño hostal en Duranga.

    –Un placer, caballeros. –El hombre pegó dos buenos estrechones de manos. Seguido, se volvió hacia Pierre para continuar la conversación. –¿Tienes idea de lo ocurrido?

    –Creo saber cómo le mataron. Aunque me gustaría ver su última cena.

    –El hombre tenía un catador personal. De estar envenenado, el culpable es él.

    –Siento discrepar. –Dijo sin perder ojo a la aguja y el hilo. –Teniendo en cuenta cómo ha reventado su estómago, dudo que un simple catador tuviera idea de realizarlo. Visitando el lugar del crimen le disiparé mis dudas.

    –Está bien. Seguro que lo resolverás pronto. ¿Vendrás solo? –Dijo refiriéndose a Alphonse y Bertans.

    –¿Queréis daros un paseo? –Preguntó Pierre.

    *****​

    En apenas una hora el trío llegó a la mansión Echevarría, camino en el que Bertans dudaba sobre la validez de Pierre en la expedición. En la misma entrada fueron recibidos por José y Isabel. Sus caras estaban totalmente blancas y con dos profundas ojeras bajo sus ojos.

    –Señor Augier. –Dijo José. –Muchas gracias por participar en esta investigación.

    –Señor y Señora Echeverría, les doy el pésame. Junto con el Inspector Gómez resolveré este caso cuanto antes. Su hermano necesita justicia y se la concederemos.

    –Muchas gracias.

    –Estoy… –La voz de la mujer temblaba. –Estoy segura de que ha sido el catador. Hable con él y verá qué rápido tienes al asesino de mi marido.

    –Lo tendré en cuenta. Aun así, intentemos no llevar a un inocente hasta el garrote vil.

    –¿No creé que haya sido el catador?

    –No lo sé. Pero es un crimen muy elaborado para un simple catador. Mi prioridad ahora mismo es hacer un buen trabajo. Después hablaremos del dinero.

    *****​

    Tras ver la escena del crimen Pierre, Alphonse, Bertans y el Inspector Gómez comenzaron con los interrogatorios. El primero fue el catador, un joven muchacho pelirrojo de nariz achatada. La policía lo había apresado en una de las habitaciones de la mansión, sala vigilada por dos agentes.

    –¿Eres Rubén?

    –Sí. –Dijo el joven nervioso y con los ojos rojos. Se frotó estos para quitarse las lágrimas. –¿Es usted el famoso investigador del que hablan?

    –Algo así. –Pierre anduvo hasta una mesa y cogió una silla, la cual acercó al joven para que se sentara. –Voy a hacerte unas preguntas, no van a ser muy complicadas. Si eres inocente intenta hacer un esfuerzo y dame toda la información posible.

    –Vale. –Dijo tartamudeando.

    –¿Qué cenó la familia ayer?

    –Para empezar, unos entrantes. Unos embutidos y una ensalada, todo muy normal, salvo por un ingrediente. Manzanas gigantes de los Mares del Sur. Deliciosas. El segundo plato consistió en un estofado.

    –¿Cómo se consiguieron esas manzanas? No es un producto habitual por la capital.

    –Creo que fue un obsequio que le regalaron a José, pero no estoy muy seguro. –Pierre y Gómez se miraron.

    –Bien. Una última pregunta. ¿Sabes de algo que Santiago Echeverría metiera al cuerpo y tú no lo probaras?

    –Quise decir al alguacil, pero la viuda, iracunda, ordenó encerrarme. Es un detalle que puede esclarecer mi inocencia.

    –Dime.

    –Una de las aficiones del señor Echeverría era preparar y beber su té todas las noches. Él mismo las preparaba. Confiaba en que no fueran a estar envenenadas al guardar sus infusiones bajo llave, una llave sin copia.

    –¿Eso encaja con la hipótesis hablada en la morgue? –Preguntó Pierre a Alphonse y Bertans. Ambos asintieron.

    *****​

    –Señor Echeverría. Tengo un par de preguntas que hacerle. –Comenzó Pierre Augier en una gran sala aparte.

    –¿A mí?

    –Así es. Solo quiero esclarecer unas pautas de la cena de anoche.

    –Claro, dígame.

    –¿Quién le obsequió con las manzanas que comisteis anoche?

    –¿Qué tiene que ver eso con el asesinato?

    –Unas raíces de manzano salieron del estómago de su hermano justo después de comer las manzanas. Creo que no está de más preguntar. –José se mantuvo unos largos segundos en silencio.

    –Hace cinco días firmé un contrato con la Compañía de Orestes dando fin a unas negociaciones de más de un mes. Lo sellé junto con el padre del Duque de Orestes y ese mismo día nos hicimos unos regalos. Al acercarse el cumple de mi hermano decidí traerlo como detalle.

    –Bien. Una pregunta más. ¿El té que bebió su hermano sabía raro? –La pregunta dejó pensando a José.

    –Si… Justo antes de morir comentó algo. Le sabía fuerte.

    *****​

    José salió de la habitación y cerró la puerta. Pierre, inquieto, se acercó a la puerta y puso la oreja a la espera de que los pasos del hombre se dejaran de escuchar. Los tres restantes se acercaron a la puerta, pero se detuvieron al ver que el forense levantaba el brazo con la mano abierta.

    –¡Ahora! –Dijo repentinamente, abriendo la puerta de golpe y saliendo.

    –¿A dónde vamos? –Preguntó Bertans.

    –Tú síguele. –Insistió Gómez. –Siempre hace lo mismo.

    Se dirigió a la cocina, en el piso anterior, pero bajó por otras escaleras para que no fueran vistos. La cocina, una pequeña sala de blancas baldosas, mesas de oscura madera y un viejo fogón de gran tamaño, no fue muy interesante para él. Simplemente se dirigió al armario de las infusiones.

    –Lo que pensaba… –Susurró mientras los otros tres lo seguían observando. –La llave no está forzada.

    –¿Y? –Dijo el inspector.

    –Entonces el catalizador de la reacción solamente podía estar en un sitio. –El hombre se acercó a una pequeña ventana, observando unas marcas en la cerradura. –¿Alguien lo sabe?

    –En el agua. –Finalizó Alphonse, haciendo que Pierre sonriera.

    –Inspector. –Dijo mientras volvía a unirse al grupo, con unos andares exagerados, mostrándose eufórico. –¿En la casa trabaja algún Martinico?

    –No, parece ser que el señor Echeverría era bastante reacio a contratarlos.

    –¿Alguna vez han intentado atracar en esta casa?

    –No hay constancia de ninguna denuncia. De ser así, yo lo sabría.

    –Entonces está claro, ordena que liberen al catador. Nosotros nos vamos de paseo.

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    COMENTARIO DEL AUTOR: Quería aprovechar este capítulo para dar gracias a los que seguís y os gusta esta historia. Cualquier comentario e incluso opinión a debatir por privado lo agradeceré con gusto. Este capítulo me ha costado escribirlo más de la cuenta, no por el tiempo, sino por uno de esos bloqueos de autor. Es por eso mismo que en este mismo momento se agradece el seguimiento. Mismamente quería aprovechar para felicitaros el año nuevo. Espero que hayáis comenzado de la mejor manera posible.
     
    Última edición: 4 Enero 2020
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  5.  
    Dark RS

    Dark RS Caballero De Sheccid Comentarista empedernido

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    Saludos.

    Primero comentaré un poco algunos detalles que noté.

    Aquí hay que hacer un cambio, ya que parece que la ciudad se llama "el atardecer". Supongo ese "el" debe ser un "al".

    ¿Poca cantidad de qué había en la calle? No está claro a qué se refiere.

    Un consejo aquí, si lo dijo tartamudeando, hubiera sido mejor escribir algo así: "Va-vale".

    Y le faltan algunas comas en varios lugares.

    No veo como Pierre Augier pueda ser mejor como contrabandista que como detective. Pero en definitiva será una adición interesante al grupo. Sin mencionar que el misterio de la muerte del menor de los Echeverría será interesante. Aunque creí que sería el hermano por alguna razón avariciosa, pero parece que no lo es. Esperaré al siguiente para ver cómo Augier resuelve este caso.
     
  6.  
    jonan

    jonan Jonan1996

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    4º Capítulo: “Abrazos y Puñales”


    Pierre estaba tan emocionado que oscilaba de hablar solo a permanecer en el más absoluto de los silencios una y otra vez. Entre las calles de Matrice, ni Alphonse ni Bertans abrían la boca. Ni tenían qué decir, ni querían que el inspector sospechara de su origen extranjero. El camino fue monótono e incluso insoportable al no salir del barrio más pudiente, lleno de gente que solamente buscaba parecer más que el prójimo.

    Casi a las afueras se detuvieron en una pequeña mansión, no tan grande como la de los Echeverría, pero sí que mucho más coqueta. En la entrada, una pequeña placa tenía grabada el nombre de la Familia de Orestes.

    –¿Crees que el Duque de Orestes tiene algo que ver? –Preguntó el Inspector Gómez.

    –Solamente quiero esclarecer algunas dudas, una breve charla con el padre del Duque.

    –Por favor, no ofendas a nadie. El Duque de Orestes es ahora mismo una de las personas más influyentes del país.

    –¿Desde cuándo existe este título nobiliario? –Preguntó Alphonse al oído de Bertans.

    –El ducado de Orestes fue otorgado por el rey de Sibernia tras la Guerra de las Bestias. Si no me equivoco, por su decisiva relevancia en la Batalla del Valle del Ojo de Gato, allá por 1787. –Explicó el experto el apasionado en historia bélica.


    *****​


    Entraron en la mansión, siendo rápidamente recibidos por los sirvientes. Inmediatamente llamaron al Duque de Orestes, el cual no tardó en aparecer por las largas escaleras de mármol que el cuarteto tenía delante. El hombre de mediana estatura, corpulento, calvo y de nariz plana los miraba de forma fría con aquellos ojos verdes que recordaban a un felino. Él dijo las primeras palabras.

    –Un comerciante llega a un pueblo en su carruaje. Preocupado, se dirige donde el alguacil y pregunta por vacas negras, pero el alguacil le responde con una negativa. Vuelve a preguntar, esta vez por cabras negras, logrando la misma respuesta. ¿Un caballo? Tampoco. Eso lo deja pensativo hasta que llega a una conclusión. ¡Santo Hierón! He atropellado al cura.

    –Buenas tardes Duque. –Dijo Pierre mientras que el otro descendía por las escaleras.

    –Sentimos importunarle, pero nos gustaría hacer unas preguntas a su padre.

    –Mi padre, un tullido. Me pregunto qué alocada hipótesis rondará por tu cabeza. Aunque más raro se me hace que hayáis venido cuatro personas, dos desconocidos y aparentemente extranjeros.

    –¿Extranjeros? –Preguntó el inspector.

    –Lo tiene delante Inspector Gómez. Sus pieles están bronceadas y teniendo cuenta que estamos en abril pues seguramente hayan estado en Oriente. –El inspector miró a la pareja, quienes sintieron aquellas palabras como un cubo de agua fría en sus caras.

    –No tardaremos mucho. ¿Podemos hablar con su padre? Solo quiero confirmar una cosa en el asesinato de Santiago Echeverría.

    –Lamento lo ocurrido y mostraré mis condolencias a la familia Echeverría. Pueden subir a los aposentos de mi padre. Humberto los acompañará. A fin de cuentas, muy lejos tampoco puede ir.

    Subieron escaleras arriba tras uno de los sirvientes y cogieron una larga recta. Se cruzaron a dos martinicos, también vestidos de sirvientes, saliendo de la puerta a la que se dirigían.

    –Perdone. –Dijo Bertans al sirviente. –¿Dónde está el servicio? Es un poco urgente…

    –Si, claro. Ahora le acompaño.

    Abrieron la puerta y pudieron observar a un canoso hombre de unos sesenta y muchos años, sentado en una silla de ruedas y observando la calle desde un gran ventanal.

    –Señor, estos hombres vienen… –Comenzó el sirviente.

    –Sí, de la policía. Llevo toda la mañana observando esta maldita ventana, sé quién entra y quién sale. Déjanos en paz.

    El sirviente dio paso a los tres para después él retirarse con Bertans y cerrar la puerta detrás de ellos.

    –¿Qué desean, caballeros? –Dijo sin separar la mirada de la ventana.

    –Soy el inspector Gómez y veníamos a hacerle unas preguntas sobre la muerte de Santiago Echeverría.

    –¿Cómo? –El hombre llevó sus temblorosas manos a las ruedas y giró para mirar a los cuatro hombres. –¿Ha muerto?

    –Asesinado. Muerte provocada por unas semillas ingeridas. Semillas de una manzana de la variante de los Mares del Sur. –El forense entró en la conversación.

    –¿Qué insinúa caballero? Sí, yo le regalé esas manzanas, de la misma forma que el me obsequió con unas botellas de vino. Esa familia tiene muchos enemigos, pero no en esta casa.

    –Cálmese caballero. No se ponga a la defensiva que lo hace más sospechoso. –Pierre movió ambas manos de arriba abajo. –Solo quiero saber sí observó algo raro en la actitud de su hermano José. Por lo que he entendido, este acuerdo comercial ha sido resultado de semanas de negociación.

    –No vi nada raro en el señor Echeverría, al contrario, lo vi muy ilusionado por el acuerdo realizado.

    –Ha dicho que la familia Echeverría tiene muchos enemigos. ¿Teniendo en cuenta quién es la víctima, se le ocurre alguien que pudiera estar involucrado en el caso?

    –He escuchado un par de rumores… dos negocios llevados a cabo por Santiago Echeverría que acabaron en fuertes discusiones e incluso pleitos.

    –Lo escucharé con mucho gusto. –Dijo Pierre mientras sacaba una libreta y una pluma.


    *****​


    Bertans entró al servicio sin perder el tiempo para después abrir la ventana. Tras la puerta le esperaba el sirviente, por lo que no tenía mucho tiempo para su maniobra. Asomó la cabeza y miró las paredes con idea de pasar a la ventana contigua. No estaba muy lejos, por lo que agarrando fuerte los bordes de las ventanas pudo pasar sus piernas rápidamente.

    La nueva ventana estaba vacía y era una de las de la sala del servicio de la planta superior. Al haber hecho las camas por la mañana, ésta estaba vacía. Sin mucho esfuerzo, con la ayuda de una navaja, el hombre entro en la habitación y rebuscó a través de ella hasta fijarse en un extraño arcón. Usando de nuevo el cuchillo forzó la cerradura para ver que tenía un botiquín entre manos.


    *****​


    Una hora antes el cuarteto se encontraba de camino a la mansión, pero el astuto Pierre Augier y el Inspector Gómez conocían al excéntrico Duque de Orestes.

    –Desde el primer instante en el que entremos en esa casa estaremos constantemente vigilados, tanto por el Duque como por su padre. Seguramente mientras estemos hablando con el padre, el hijo nos estará escuchando tras la puerta. –Explico el inspector.

    –Eso limitará la búsqueda de pistas. –Añadió Alphonse.

    –¿Entonces cómo lo vamos a hacer? No tiene pinta de que vayamos a hacer un viaje en vano. –Comentó Bertans.

    –Tenemos que adelantarnos, por lo que he aprovechado mis contactos para hablar con uno de los sirvientes. Lo único… Tomás, te tocará trabajar.

    Poco después llegaron a una elegante cafetería llena de gente de trajes largos, blancas paredes, mesas de madera de roble y un exquisito olor a café. Los cuatro, dejando a su derecha el gran ventanal, caminaron hasta una pequeña mesa en la que un hombre tomaba el café.

    –¿Humberto? –Preguntó Pierre.

    –¿Sí? ¿En qué puedo ayudarles?

    –Necesitamos su ayuda.

    –Si me conocen sabrán que solamente soy un sirviente. No sabría decir en qué puedo ayudarles.



    *****​


    Abierto el arcón, centró su mirada en el botiquín donde no apreció nada extraño. Comenzó a abrir pequeños botes de cristal llenas de coloridos líquidos y ungüentos, pero no apreciaba nada raro. Se volvió y desesperadamente buscó algo que le llamara la atención. No le quedaba mucho tiempo.

    Movió botes, buscó cajones secretos y rebuscó la ropa hasta que observó unos pequeños con una gran raja a la altura del abdomen. Sin duda, eran de un martinico. Cogió la camisa y volvió a la sala anterior a través de la ventana para después volver con el sirviente como si nada hubiera ocurrido.


    *****​


    –Esas dos personas son las que pelearon con Santiago Echeverría en los últimos meses. Aquí en Matrice los rumores vuelan, sobre todo entre la clase alta. –Finalizaba el hombre cuando Bertans volvió a la sala.

    –Y que lo diga. –Decía Pierre mientras dibujaba un arenque en su libreta hasta cerrarla de golpe. –Pues muchas gracias por su valiosa información.

    –Espero que nos veamos pronto en una mejor tesitura.

    –Seguro que lo haremos. Nos vamos.

    El cuarteto salió del edificio acompañados por Humberto hasta la salida, momento en el que Gómez pasó un billete de 200 reales de vellón al sirviente por su ayuda. En cuanto perdieron de vista el edificio y se aseguraron que nadie los escuchaba entraron en un callejón donde Bertans explicaba lo visto.

    –Tal y como nos dijo Humberto existe un botiquín en ese lugar, pero no tenía la susodicha substancia. Aun así, he encontrado esto. –El hombre se sacó los ropajes que había escondido bajo su ropa. –Mirad esta camisa. Tiene una raja con un poco de oxido.

    –Creo que ya sé por dónde vas. –Dijo Pierre.

    –¿Uno de los martinicos se coló por la ventana y envenenó el agua para el té? –Se preguntó Alphonse en voz alta.

    –Así es. –Continuó el forense. –La ventana es pequeña, por lo que solamente podría haber entrado un martinico. Seguramente se rajó la camisa al arrastrase por el fondo de la ventana, de ahí el óxido.

    –Pero caballeros, necesitamos pruebas. Aunque hay algo que tenemos que hablar antes. –Interrumpió el inspector. –¿Quién demonios sois? Dudo que os llaméis Luis y Tomás o que viváis en Duranga.

    –Maldito Duque de Orestes… –Susurró Bertans.

    –Somos… –Inició un indeciso Alphonse. –Somos comerciantes. Pierre no te mintió, nacimos en Duranga, pero por aquel entonces no realizábamos trabajos tan legales.

    –Ah, vosotros también fuisteis contrabandistas. Bueno, ahora lo entiendo. –Giró su mirada hacia Pierre, el cual ahora respiraba tranquilo. –Podías habérmelo contado desde el principio, ya conozco todo tu pasado.

    –Nosotros mismos fuimos los que le dijimos que no contara nada. Ya lo siento haber andado fingiendo. –Añadió Bertans.


    *****​


    –Humberto.

    –Dime señor.

    –Un hombre va a donde el galeno por una dolencia y éste comienza a observarlo. Cuando al fin identifica la dolencia pone mala cara. ¿Tendrá cura? Pregunta el pobre hombre, a lo que le responde. Por supuesto, tendrá cura, misa y funeral.

    El sirviente liberó una pequeña carcajada que aparentemente dejó satisfecho al Duque. –Ve en busca de mi cochero. Quiero que prepare mi carruaje para las seis. Tengo que ir al palacio real.

    –Ahora mismo iré en busca de él.

    –Gracias. Aprovecha porque este es tu último día de trabajo.


    *****​


    –¿Habéis entendido el plan no? –Dijo Pierre.

    –¿Estás seguro de que saldrá bien? –Se preguntó Gómez.

    –Es la prueba definitiva.

    –Está bien, llamaré a diez de mis hombres. Iremos de nuevo a la boca del lobo.

    –Nosotros avisaremos a los Echeverría mientras cogemos la prueba. –Añadió Alphonse.

    –Perfecto. Yo iré a la mansión del Duque de Orestes a entretenerlo. –Finalizó con una sádica mueca sonriente.


    *****​


    Pierre Augier escuchó cinco campanadas a lo lejos, era la señal para iniciar el plan. De su escondrijo salió y volvió a entrar en la mansión, esta vez sintiéndose mucho más vigilado que antes. Hasta que llegaran los refuerzos estaba solo ante el peligro.

    En la entrada le recibió una sirviente, cosa que le extrañó. Se preguntó dónde estaría Humberto, pero no por mucho tiempo ya que el Duque no tardó en recibirlo.

    –Cuanto tiempo señor Augier. –Vaciló el hombre.

    –Esta vez dudo que vaya a alegrarse tanto de mi visita.

    –Arantxa, por favor, tráiganos la botella de Pacharán. –Ordenó a la sirvienta mientras descendía las escaleras lentamente. Cuando llegó al último escalón hizo un gesto con el brazo para pasar a la habitación contigua, algo a lo que Pierre accedió.

    En dos sillones se sentaron, cara a cara, con una mesa de poca altura entre ambos. La sirvienta, sobre una bandeja de plata, trajo dos elegantes copas de cristal y una botella con pacharán. Colocó los vasos y derramó dos dedos del líquido granate en cada uno, todo esto sin que los dos hombres dejaran de mirarse fijamente. La mujer, al fin, se retiró.

    –Veo que tienes dos acompañantes de lo más peculiares. ¿Qué son? ¿De Gran Arthuria? Tiene pinta de que quieren ofrecerte algo y tienen que esperar a que soluciones el caso.

    –Vaya, vaya. Duque de Orestes, sus instintos y deducciones últimamente erran más de lo habitual.

    –Algo me dice que usted me está mintiendo.

    –Yo no soy quien financió el navío Príncipe de Matrice, ni tampoco quien confió la expedición en un traidor.

    –La verdad es que infravaloré los peligros del norte. Lo de dejar la empresa a un traidor como Tyler fue decisión de ese estúpido Primer Ministro. Si dejara de follarse tanto a la reina nos iría mucho mejor.

    –Sobre todo si te dejan a ti al mando del país. –Dijo sarcásticamente el forense para luego darle un buen trago a la copa.

    –Touché.

    De repente, alguien llamó a la puerta.

    –¿El inspector?

    –Así es. Viene con compañía.

    –Arantxa, que pasen todos al salón.

    –Ah, y por favor, bajen a su padre de sus aposentos.


    *****​


    Los preparativos se realizaron en tiempo récord con idea de pillar desprevenido al Duque y que no pudiera actuar. Los agentes que acompañaban al inspector buscaron a todos los sirvientes de la casa para llevarlos al salón, mientras que Alphonse y Bertans llegaban con José, Isabel y María. El bonachón Bertans, rápidamente pidió una copa.

    El salón se llenó con dos bandos bien definidos. En el flanco norte, tras el sillón donde se encontraba el Duque, estaban seis sirvientes, de los cuales dos eran martinicos, además del padre en su silla de ruedas. En el flanco sur, en cambio, estaban Alphonse y Bertans junto con los tres Echeverría, además de Gómez y diez de sus agentes.

    –Menuda fiesta acaba de montar Señor Augier. Sorpréndanos con sus deducciones.

    –Estoy seguro de que disfrutará de este maravilloso espectáculo excelentísimo Duque de Orestes. –El hombre se levantó de su asiento. –Para empezar, explicaré como se realizó el asesinato. Me hubiera gustado mostrárselo de forma visual, pero las Mancias están prohibidas en este país, por lo que el delito se agrava hasta temas a tratar en el tribunal de la Inquisición.

    –Cuidado con las acusaciones. –Amenazó el Duque.

    –Santiago Echeverría durante la cena ingirió las semillas de manzana, unas semillas que al igual que la fruta eran algo más grandes, pero lo suficiente como para ser cómodamente ingeridas. Tras la cena, como su rutina mandaba, él mismo se hizo un té, pero el agua estaba mezclada con una substancia hidromante, un Abono Mágico. Esa fue la horrible muerte que sufrió Santiago Echeverría delante de toda su familia. Un manzano creció de su estómago hacia afuera.

    La gente comenzó a murmurar y hablar con los de al lado ante tan terrible asesinato. Isabel, no pudo evitar llorar de rabia. Incluso el Duque parecía algo sorprendido ante la noticia sobre cómo había sido la muerte.

    –Claramente lograr una substancia así en el Reino de Sibernia es prácticamente imposible, tanto por su precio como las duras penas impuestas por la Inquisición. Es por ello que desde el principio descarté al catador como sospechoso. Por lo tanto, pensé en lo más evidente, que fuera alguien de la misma familia, algún tipo de ambición.

    –¿Qué insinúa maldito insolente? –Saltó José.

    –Cálmese señor Echeverría. Ahora iré al grano. Volviendo al caso, la realidad era que aparentemente ninguno de los familiares se había levantado de la mesa. ¿Un cómplice tal vez? No podía ser. La Señora Isabel Echeverría ya había enviado el servicio a dormir a sus aposentos, aposentos en los que nunca están solos. ¿No es así? –Se volvió hacia ella.

    –Así… así es. Hombres y mujeres, cada uno duerme por su lado, pero a fin de cuentas en grupos de tres y cuatro.

    –Gracias señora. –Se giró de nuevo para mirar al Duque. –¿Llegados a este punto, cual es el único participante en esta historia? Así es. El hombre que regaló las Manzanas, tu padre, Miguel Ángel.

    –Se lo reitero. Mucho cuidado con las acusaciones.

    –En la ventana de la cocina había marcas de que había sido forzada, pero esta era muy pequeña como para que una persona adulta pudiera pasar. A no ser que fuera un martinico. Y la familia Echeverría los repudia, pero ustedes no. Por favor, puede decirle a su servicio que se levanten las camisas.

    –¿Las camisas?

    –Sí, dígales a los martinicos que levanten las camisas.

    El duque miró a su padre, el cual había intentaba mantenerse impasible, pero no podía evitar sudar. El silencio que había mantenido durante toda la conversación le hizo pensar al hijo que sus sospechas también eran ciertas. Miró al suelo y con un gesto de dos dedos les ordenó que lo hicieran. Éstos obedecieron y dejaron al descubierto sus abdómenes, uno de ellos con marcas de roce en él.

    –Su plan fue simple. Se aprovechó de los hábitos de la familia Echeverría para que se mataran por sí solos. Regaló las prestigiosas manzanas a sabiendas de que José querría disfrutarlas con su familia, más teniendo que celebrar un cumpleaños y la firma de vuestro acuerdo. Después le pagó un dinero extra a uno de sus sirvientes. Solo tenía que colarse por una estrecha ventana, verter el líquido hidromante en el agua cuando Santiago estuviera despistado y finalmente huir.

    –Muy interesante su hipótesis Señor Aurgier. Pero… –Al fin el padre intentó defenderse. –¿Dónde están las pruebas?

    –Antes, mientras conversábamos, Bertans ha ido al baño momento en el que se ha pasado por la sala del servicio en la planta superior. Había un montón de ropas, pero entre ellas ha encontrado una rasgada. Rasgada y además manchada del mismo oxido que tiene la ventana de los Echeverría.

    –Serás hijo de puta… –José se abalanzó contra el hombre, pero fue detenido por Gómez y dos agentes.

    –Señor Echeverría, no se preocupe, yo me encargaré de esto. –Una vez calmado, el Inspector se dio media vuelta y se acercó al tullido. –Miguel Ángel, tengo que llevarle a comisaría.

    –Si… Lo entiendo… –Dijo abatido para tras mirar unos largos segundos a su hijo. –Lo siento.

    –Padre… ¿Por qué?

    –Sabes de sobra por qué. Otra cosa es que no quisieras pensarlo.

    –¿Cómo que por qué? –Dijo José. –¿Qué puñetero motivo tenías?

    –Hace 14 años tu hermano pegó una paliza a un vagabundo. Casi me mata de no ser porque tú apareciste. –El otro se quedó en blanco.

    –¿Eras tu?

    –Gracias a la paliza de tu hermano me quedé en esta silla de ruedas. En aquel momento no trabajaba y gracias a esa paliza se me aseguró que jamás lo haría. Mi hijo al final logró traer comida a nuestro hogar, pero para entonces tanto mi esposa como mi hija habían muerto de inanición.

    –Hasta que tu hijo fue recompensado con el Ducado de Orestes, situación en la que pudiste vengarte. –Explicó Pierre.

    –Escuché que José Echeverría estaba trabajando en el extranjero y que sentía morriña, por lo que le hice una oferta de trabajo que aceptaría indudablemente. Durante unos meses negociamos, por lo que fui conociendo los hábitos de la familia, hábitos tan cuadriculados que podría aprovechar. Cuando firmamos el acuerdo tenía vía libre para llevar a cabo mi venganza. Pensé que nada podría detenerme, pero el mismo error humano fue el que me detuvo.

    –Eso te ha pasado por tratar a un martinico como un igual. –Dijo Isabel intentando secar sus ojos.

    –Esto ha pasado porque su marido siempre se pensó estar por encima de todos.


    *****​


    El inspector Gómez se llevó en un carruaje de la policía a los dos involucrados en el asesinato, por lo que al fin Alphonse, Bertans y Pierre lograron quedarse solos.

    –Caballeros, ojalá no tenga que verlos nunca más. –Se despidió el Duque de Orestes justo antes de montarse en su hermoso carruaje. El trio observó como el vehículo marchaba hasta girar en un cruce de calles.

    –Qué raro… –Dijo Pierre.

    –¿Qué ocurre? –Preguntó Bertans.

    –No va hacia la comisaría. Creo que va al Palacio Real.

    –¿Eso que quiere decir?

    –Nada bueno, sea lo que sea, acepto vuestra oferta.

    –¿Qué? ¿Así como así?

    –Esas palabras del Duque eran una puñetera amenaza de muerte. Vamos a largarnos esta misma noche de este Reino, por el camino ya me contaréis los detalles.


    *****​


    Sin perder tiempo se dirigieron a las afueras de la ciudad evitando ser vistos, con la capucha puesta y evitando calles muy grandes. En media hora, gracias a los atajos de Pierre, habían salido de la ciudad por la salida del oeste. En aquella esquina de la ciudad el río estaba más cerca que nunca, pero no era el destino que buscaba Pierre.

    –¿A dónde nos dirigimos? –Preguntó Bertans cansado de andar tan rápido.

    –En media hora llegaremos a mi plan de huida. Lo tengo preparado desde hace años por si llegaba este momento.

    Cruzaron un puente y caminaron durante casi una hora hacia unas altas montañas que se divisaban al fondo. Éstas, de un tono gris azulado, tenían sus picos nevados, aunque en la base comenzaban a notarse los tonos verdes de los bosques. Pronto se adentrarían en el Bosque Rebollo, muy rico en árboles como la encina, el castaño, aliso o el abedul.

    La noche había llegado, pero no cesaron su paso hasta llegar a una cueva artificial cerrada, una antigua mina tapada por unos tableros. Pierre y Alphonse rompieron los tableros de una patada y entraron.

    Caminar una veintena de pasos y bajaron por unas viejas escaleras de madera algo iluminadas por una larga chimenea por la que se veían las estrellas. Cuanto más bajaban el sonido de una corriente de agua era mayor.

    –Hace medio siglo esta vieja mina de cobre fue agotada, además de que las crecidas de una corriente subterránea peligraban las vidas de los mineros. La cerraron, por lo que se convirtió en un buen lugar para esconder mi forma de escapar, mi pequeña. –Dijo refiriéndose a una embarcación que tenían frente a ellos. –Este curso de agua conecta con el gran río que hemos visto antes.

    El bote, de unos treinta pies de largo, estaba apañado para impulsarlo tanto con remos como por una pequeña vela. Detrás del bote, al pequeño timón, se puso Pierre mientras que los otros dos soltaban las amarras.

    –¡Caballeros, agarraos fuerte!

    El navío se lanzó por la oscura cueva, aunque no tardaría mucho tiempo en verse una ligera luz al fondo. Pero aquella luz estaba llena de preocupación para Alphonse y Bertans, que vieron que estaba en un punto por el que tenían que descender. La corriente aumentaba y algunas rocas sobresalientes hacían tambalear la barca de lado a lado, movimiento que Pierre aliviaba con un leve movimiento de timón.

    –¡Vas a matarnos! –Dijo Bertans amarrado al barco como podía.

    –Ya falta poco. –Dijo un sonriente Pierre. –¡Agarraos! –Dijo cuando al fin salieron de la cueva, por un rio que rápidamente descendía entre rocas que poco a poco iban disminuyendo.

    Finalmente, el río se calmó y poco a poco fue agrandándose hasta finalmente llegar al gran río que habían avistado un rato antes. Al fin Alphonse y Bertans soltaron la barca y respiraron tranquilos.

    –¿A dónde vamos? –Preguntó Alphonse.

    –A Tribón. Llegaremos en un par de días. Desde ahí podremos coger el barco que queráis. Aunque tenéis que contarme los detalles de vuestra oferta.

    –¿No eres tan listo? Ya lo habrás adivinado. –Dijo un Bertans pálido y con ganas de vomitar. En aquel momento odiaba mucho a Pierre. –Creo que voy entendiendo por qué no te atrapaban cuando eras contrabandista.


    *****​


    El carruaje del Duque de Orestes cruzó una elegante valla metálica y entró en el palacio real, el denominado Palacio de Vitreya. El hombre aprovechó el solitario momento para colocarse un anillo de oro con un ojo grabado y después lo miró detenidamente. Cuando el carro había dejado de moverse suspiró y se dispuso a salir.

    El carruaje se había detenido en una enorme plaza con un suelo blanco y negro, como un tablero de ajedrez. Una veintena de alabarderos, firmes y colocados en fila, protegían la gran entrada al palacio, una enorme puerta abierta con dos altas puertas que se abrían hacia adentro.

    –Bienvenido al Palacio Real de Vitreya, su excelencia. –Dijo un rápido sirviente que llegar e hizo una reverencia.

    –Al fin alguien usa el tratamiento nobiliario adecuado. –Opinó en voz alta. –Muchas gracias, quiero hablar con el Primer Ministro. Es una urgencia.

    –Sí, por supuesto. Ahora mismo le haré saber que el Duque de Oreste solicita su presencia.


    *****​


    Tras quince largos minutos de espera en una inmensa sala acompañado de una copa de Whisky el Primer Ministro Arias, elegante hombre vestido completamente de azul marino y detalles blancos, dos medallas en el lado izquierdo del pecho, nariz gruesa y una peluca de tonos blancos mezclados con los pocos pelos rubios que le quedaban.

    –Siento la espera. –El Duque estiró el brazo hacia el Primer Ministro para darse un apretón de manos.

    –No se preocupe, sé que son malas horas para molestarle. Pero veía la urgencia. –Dijo mientras observaba que Arias llevaba la camisa interior medio sacada.

    –Claro, sé de sobra que no vendrías de no ser así. Cuéntame.

    –El mundo se está moviendo. Es deseado por muchos que el equilibrio cambie y el incidente del Príncipe de Matrice es la clave. Gran Arthuria, Sibernia y Vineland son conocedores de lo que el capitán Tyler robó y ahora todos lo quieren.

    –¿Y qué propones? Ya hemos enviado una expedición con idea de rescatar el artefacto.

    –Tengo que hacer unas averiguaciones, pero quiero proponer a un hombre como jefe de expedición.

    –¿A quién?

    –Al hombre de dos vidas.



    ------------------------------------------------​

    NOTA DEL AUTOR: Espero que os haya gustado el capítulo, más extenso que los anteriores, pero se ha intentado mantener una lectura ágil. Muchas gracias Dark RS por tus comentarios y opiniones, se agradecen inmensamente.
     
    Última edición: 19 Enero 2020 a las 2:33 AM
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    jonan

    jonan Jonan1996

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    Título:
    Expedición al Mar Bóreo
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    Aventura
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    Palabras:
    1997
    5º Capítulo: “El martinico”


    El 10 de abril llegaron a la capital comercial y portuaria de Sibernia, Tribón, ciudad situada al oeste del Reino. La localidad, llena de edificios de blancas paredes cubiertas por plantas enredaderas y tejados bermellón, tenía un inmenso puerto que se perdía en el horizonte. Este sucio puerto lleno de vitalidad se interponía entre la hermosa población y las exóticas aguas turquesas. Era por ello que Tribón era conocido como el Zafiro de Sibernia.

    –Solamente tenemos que buscar la embarcación adecuada para partir hacia Askar. –Dijo Alphonse en busca de un edificio donde negociar el viaje con un capitán de barco.

    –En Askar tendremos una situación complicada. Las dos personas que buscamos son muy escurridizas. A fin de cuentas, ambas tienen que serlo para poder sobrevivir. –Añadió Bertans.

    –Más complicado creo que será convencerlos para que se nos unan. –Opinó Pierre.

    –No creas. Dhalion es un aventurero y Sigmund buscará huir de los intentos de asesinato. Solamente tenemos que tirar de la pieza adecuada. –Comentó el líder de la expedición.

    –De momento nos espera un viaje de al menos dieciocho días, si no son más. Tenemos tiempo para planear una estrategia.


    *****​


    Aunque el trio estuviera encerrado en un barco durante dieciocho ocasos, el Duque no cesaría con sus investigaciones. Los dos acompañantes de Pierre le habían parecido muy sospechosos y el rostro de Alphonse le resultaba conocido. Es por ello que en pocos días descubrió la identidad del explorador al revisar unos viejos periódicos. Una vez hallada esa información, el resto consistió en hacer las preguntas adecuadas en sus redes. Cuando obtuvo todo lo que quería volvió a reunirse con Primer Ministro Arias en el palacio real.

    –¿Así que Pierre Augier se ha unido a una expedición? ¿Con Alphonse Flinders?

    –¿Lo recuerdas?

    –Sí, sí… –Dijo el hombre mientras leía por encima unos papeles entregados por el Duque. –Se volvió famoso en su primera expedición. A la isla de los guivernos. La cartografía y los estudios botánicos y zoológicos de aquella empresa fueron increíbles.

    –Pues parece que últimamente ha estado en círculos muy cercanos a la monarquía de Gran Arthuria, posiblemente contacto directo con el monarca.

    –No le veo el problema hasta ahora. ¿A dónde se dirige esta expedición?

    –No conozco los detalles, pero parece que quieren ir al Mar Bóreo. ¿No te parece mucha casualidad?

    –¿Crees que…?

    –Estoy prácticamente seguro de que no es una casualidad. No sé quién maneja los cables de todo esto, ni siquiera si el mismo Alphonse es consciente de lo que sucede, pero estoy seguro de que van en busca del Príncipe de Matrice.

    –Entonces, esto es más serio de lo que parece.

    –¿Ha tenido en cuenta lo que le dije? El hombre de dos vidas, Diego Antonio Fernández de Olivanza.

    –No le hemos comunicado nada.

    –¿Y a qué esperas? –Dijo el Duque de Orestes en un tono cortante y aparentando estar a punto de perder los estribos.

    –Ese hombre se encarga de la protección de los miembros reales, al igual que finaliza con cualquier intento de revolución incluso antes de que éstas comiencen. Lo necesitamos en el Reino.

    –Primer ministro, no entiende la situación. Si se lo pedí, era por mera educación. Parece que no le importa mucho que el pueblo comience a tener una explicación de por qué su primer ministro tiene la peluca torcida y la camisa mal metida en el pantalón constantemente.


    *****​


    28 de abril. Ante las aguas del Océano Atalante, llenas de algas verdes con alguna rojez granate, se encontraba el Puerto de Askar. El puerto, lleno de metálicas grúas, era una enorme estructura creada sobre guijarros de tamaño medio y cemento que rodeaba toda la isla. El centro de la ínsula estaba lleno de casas organizadas en calles que se cruzaban de forma anárquica entre ellas. Los edificios no eran muy altos, rara vez sobrepasaban los dos pisos, eran de color blanco, aunque sus puertas estaban pintadas de verde y los bordes, con idea de separar una casa de otro, tenían un color diferente que difería entre un azul marino, un amarillo mostaza y un ligeramente oscuro rojo.

    –Tenemos un barrio lleno de martinicos. ¿Cómo buscamos una aguja en un pajar? –Preguntó Bertans.

    –Preguntando seguro que no. Le tienen mucho aprecio a Dhalion, por lo que no confiaran en nosotros. –Añadió Pierre.

    –Entonces acudamos al principal bar de los martinicos. –Dijo Alphonse. –La Flauta de Pan.

    Conocer dónde se encontraba el barrio de los pequeños hombres no era muy difícil porque todos entraban o salían de allí. El barrio tenía edificios iguales a los del resto de la isla, pero las calles eran mucho más estrechas. A los lados había numerosas tiendas en las que se vendía todo tipo de frutas, lo que daba un aspecto mucho más colorido a la calle.

    El destino, la Flauta de Pan, era una edificación de tres pisos notablemente separado del resto. Frente a él tenía una pequeña plaza, también llena de vendedores, pero acompañados de diferentes espectáculos. Rodeado por un gran jolgorio coronaba la cantina, una casa de peculiar forma que intentaba imitar a un blanco castillo con las torres algo torcidas.

    –¿Dices que los martinicos se ofenden cuando insultas a la leyenda? –Preguntó Pierre.

    –Mucho. –Respondió Bertans. –Su derrota ante Sibernia creó un gran trauma en su población, un grave sentimiento de humillación, sobre todo entre los soldados que lucharon.

    El trio entró en la posada y nada más cruzar la puerta bajaron cinco escalones de madera. Tenían ante ellos una enorme sala llena de mesas redondas y, tras las mesas, una larguísima barra donde trabajaban tres camareros. Había martinicos por todas partes, pero también había personas de estatura normal e incluso alguna otra raza. El bullicio era absoluto, había gente peleándose y de vez en cuando algún disparo se quedaba clavado en un techo reforzado para que no fuera atravesado.

    –¿Este es el infierno? –Dijo un sorprendido Pierre.

    –En sí la isla entera podría considerarse un infierno. –Respondió Alphonse.

    –Hace medio siglo Gran Arthuria y Sibernia acordaron no ser dueños de la isla, dando lugar así a un país pobre, inestable y corrupto. Los criminales usan este lugar como refugio, mientras que los gobiernos utilizan el Puerto de Askar como parada necesaria antes de cruzar el Océano Atalante. –Añadió Bertans.

    –¿Qué demonios es eso? –Volvió a preguntar el forense al ver un apuesto hombre joven con dos grandes cuernos de macho cabrío rodeado de jóvenes mujeres echadas sobre él.

    –Ni lo mires. Es Hilbert, un proxeneta de niños. Es uno de los dueños de los bajos fondos de la isla. Mejor no meternos con los bajos fondos. –Dijo Alphonse.

    Llegaron a la barra, lugar donde pidieron tres cervezas. Después, se giraron y se colocaron de espaldas a la barra.

    –Mi informador de Tribón me confirmó que Dhalion se encontraba en esta isla y que todos los días a esta hora regenta esta taberna. Buscamos a un martinico que rara vez está solo, es adorado por sus compatriotas y no bebe, a no ser que sea una competición.

    –Eso limita mucho la búsqueda, aquí todos están bebiendo. –Dijo Bertans.

    –Tantos que muchas mesas tienen las jarras acumuladas. Eso puede despistarnos. –Añadió Alphonse. –Tenemos que fijarnos si están concursando o no.

    –Tengo una idea. –Dijo un convencido Pierre de sonrisa pícara.


    *****​


    Vestido de negro, un hombre ascendió por las escaleras de una casa abandonada hasta llegar al techo con un arco en la mano. Observó a su alrededor, en busca de una buena posición para su objetivo y cuando creyó tenerlo, sacó una flecha de su carcaj. Apuntó a un corpulento hombre en una ventana. Este era enorme, además de estar protegido por una gran armadura de hierro. En la cabeza llevaba un yelmo decorado con dos cuernos, objetivo de la flecha especial que el hombre usaba.


    *****​


    –El otro día me vino un martinico contando milongas de ese héroe que tienen, ese enano que se creía capaz de someter un Reino entero. Menudo fanfarrón, seguro que ese supuesto Dhalion no mató ni a un solo soldado siberniano. –Dijo Pierre, en voz alta, sentados alrededor de una mesa en la que los tres bebían cerveza.

    –¿Qué pretendes? –Dijo Bertans preocupado.

    –Sí, sí, claro. El paleto que ganaba batallas hablándole a los Bielumu. –Siguió Pierre al ver que muchos martinicos lo miraban mal.

    –Cuidado con lo que haces… –Dijo Alphonse con la boca pequeña.

    –¿Qué me va a hacer ese liliputiense?

    –Deberías cerrar esa boca de mierda. –Dijo un martinico mientras se levantaba de una de las mesas y se acercaba. Sus compañeros lo siguieron.

    –Igual tenemos que enseñarte de lo que somos capaces. –Dijo otro de ellos.

    –¿Vais a venir en fila o todos a la vez? –Retó Pierre mientras observaba que uno de ellos no se levantaba.

    –Encima arrogante… ¿Tus amigos también van a ayudarte a salir vivo?

    –No, tranquilo. Prefiero disfrutar de la cerveza mientras observo. –Dijo Alphonse.

    –¿Él no se levanta? –Señaló rápidamente al pequeño hombre de atrás con su dedo.

    –Caballeros, sentaros. Creo que me habéis dejado en evidencia. –El martinico sentado decidió levantarse. –Algo me dice que me estaba buscando.

    –¿Te pago una cerveza?

    –Únete al concurso.


    *****​


    El encapuchado de negro tiró de la cuerda del arco y respiró tres veces mientras seguía la cabeza de la futura víctima. Se movía de un lado para otro, por lo que dificultaba el disparar. De repente, el hombre miró por otra de las ventanas, una que daba hacia el oeste de la isla. No pasó ni un segundo y éste se marchó frustrando el intento de asesinato.


    *****​


    El trio se unió a aquellos martinicos en aquel concurso de beber, sin sentido alguno, ya que nadie ganaría más allá de una resaca. Bertans, experimentado en mil cervezas, había pillado el ritmo de los pequeños. Dhalion había perdido el interés en beber y comenzó a conversar a solar con Alphonse.

    –¿Por qué me habéis estado buscando?

    –Tengo una oferta para ti. Una compañía.

    –Eso suena interesante. –Dijo uno de los amigos de Dhalion.

    –¿Aventura peligrosa? –Dijo otro.

    –¿Mortal?

    –¿Buena recompensa?

    –Llegar al Mar Bóreo. –Dijo Alphonse contento, viendo que sería fácil convencerlo. –Así que tendrás que abrigarte bien.

    –¿Desde donde pretendéis ir al mar Bóreo?

    –Desde el centro del Continente de Atharia. –Los martinicos pusieron cara de interesante mientras soltaban un grito vacilón. –Habrá que abrigarse bastante.

    –Me gusta la idea… –Pensó Dhalion en voz alta. –Cuéntame más detalles, y sacad otra cerveza para Bertans. Parece que tiene sed.

    Las horas pasaron, y Alphonse aprovechó su nueva compañía para encontrar al siguiente objetivo, Sigmund. Ellos no dudaron en buscar información y tampoco les fue difícil, en aquel barrio se sabía todo. Más fácil aún para el héroe de los conquistados. Para el anochecer, ya tenían la ubicación del hombre.


    *****​


    El intento de asesinato volvió a la carga ya una vez la noche había llegado. Esta vez no podía perder la ocasión. El sujeto por el que había cobrado una buena cantidad de dinero se sentó de espaldas a la ventana, por lo que estaba todo listo. En aquel escondite entre dos chimeneas tensó la cuerda y disparó, dando de lleno en la cabeza. La flecha rebotó, pero extrañamente salieron algunas gotas de sangre.

    –Se habrá clavado la punta… –Pensó al ver que el cuerpo se caía de lado.

    –Pobre ingenuo. –Dijo una voz tras de sí.

    Se dio la vuelta rápidamente y observó como dos hombres lo miraban. Le eran conocidos, había escuchado sobre ellos, y estaba en problemas.

    –Vaya, vaya, vaya… –Dijo mientras sacaba otra flecha del carcaj y apuntaba al más delgado de los dos. –Magnus y Arteos, las Piernas del Infierno y el Cazador, vienen a por mí. Interesante trampa me habéis preparado.

    –Deja el arco y asume tu muerte. –Dijo Magnus observando que le apuntaba.

    –Sigmund, ha llegado tu hora. –Dijo Arteos mientras cogía sus dos puñales de la cintura y se colocaba en posición de combate.
     
    Última edición: 19 Enero 2020 a las 7:00 AM
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    Dark RS

    Dark RS Caballero De Sheccid Comentarista empedernido

    Capricornio
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    Saludos.

    Me referiré a los capítulos individualmente.

    Capítulo 04:

    ¿Quién cuenta el chiste del cura? ¿El Duque? Porque la verdad quedó medio extraño ese chiste tan de repente sin saber quien los soltó. Luego el Duque realiza un chiste, así que supongo si fue él, aunque hay que llegar hasta ese punto para suponerlo. Si es gracioso, por cierto.

    En los caso que se le habla a alguien, se separa con una coma, ya sea nombre apodo, o en este caso el caballeros. "¿Qué desean, caballeros?"
    No aplica si no se les habla. "¿Qué desean los caballeros?"

    "Pero, agente..." Supongo era agente la palabra, ya que "gente" no parece coincidir tanto. Tal vez me equivoque.

    "mando"

    Me parece que Pierre no pensó tanto cuando llegó el momento de la verdad para atrapar al padre del Duque de Orestes. Una camisa conseguida de forma ilegal, por un desconocido en la ciudad, con antecedentes debo agregar, cuya procedencia es imposible de determinar, no es prueba para nada. Ese hombre debió solo guardar silencio y no decir nada. Al final confesó y eso hizo que cavara su propia tumba, pero, de no ser por eso, no creo pudieran arrestarlo.

    Y supuse el Duque de Oreste pediría mataran al forense por encerrar a su padre. Que fue lo mismo que pensó Piers. Aunque supongo que esa posibilidad no ha sido descartada aún.

    Capítulo 05:

    ¿Ese "no" está de sobra? ¿Quieres decir que habían personas de tamaño "normal" o que no las habían?

    Me pregunto quién era el objetivo de ese encapuchado. Y más importante, quién es ese encapuchado. Me gustaron los apodos de Magnus y Arteos; "Las Piernas del Infierno", supongo por ser veloz, y "el Cazador".

    Pierre y su estrategia de insultar Martinicos para hacer salir al que buscaban funcionó muy bien. Aunque sigo pensando que debieron darle al menos un golpe por el comentario hecho. Se lo tenía merecido.
     

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