Epílogo (FINAL)

Tema en 'Ciudad' iniciado por Tarsis, 21 Abril 2020.

  1.  
    Tarsis

    Tarsis Usuario VIP Comentarista supremo Escritora Modelo

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    Dar marcha atrás a la muerte de Joey Wickham, limpiándolo de todo pecado cometido antes de la guerra mágica.


    La sonrisa tenue va creciendo en su rostro pálido, el viento se levanta y del Grial comienza a brotar la sangre. Sangre de miles de personas caídas por siglos y siglos. En el momento que las palabras abandonaron sus labios, supo que estaba perdida. Sentiría lástima por ella si pudiese sentir algo, pero ya hace muchos siglos que su corazón había dejado de latir.

    No se puede engañar al Santo Grial, sólo uno debe sobrevivir.

    Deseo concedido.

    Las manillas del reloj retrocedieron. Y al abrir los ojos, cada uno estaba en donde había comenzado todo. ​
     
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    Zireael

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    Jezebel Vólkov


    Sangre. Litros y litros de sangre, bermellón como las pinturas de siglos atrás, brillante, casi fluorescente.

    El rojo siempre había sido un color sagrado, ¿no?

    Hueca, vacía, perdida, pero sobre todo… sola. Había ganado una guerra a costa de la muerte de mis amigos y la persona que amaba, había ganado una guerra por un deseo inútil como traer de regreso a mis padres, cuando no podía imaginar una vida diferente.

    Mi deseo… ¿Iba a salir como uno concedido por la mano de mono? Lo sabía, aunque nadie me había dado explicaciones, y extrañamente no me importaba, porque me seguía doliendo todo el cuerpo y mi corazón, hecho pedazos, sangraba de la misma forma que lo había hecho el Grial, con el mismo rojo brillante.
    Lo sabía y no me importaba, porque iba a dar mi último esfuerzo por cambiar el futuro… su futuro.

    Eso era lo que quería. Joey era un tozudo que no lo había entendido nunca.

    Me importaba una mierda el resto de lo que hiciera el Grial, porque había aceptado mi deseo y el resto estaba en mis manos ahora, al menos hasta que el condenado Grial lo permitiera antes de soltarme el tiro en toda la boca.

    Cuando reaparecí en mi habitación la realidad normal pareció desencajar con todo lo que había vivido hace unos… ¿Minutos, horas? No tenía idea.
    Las paredes, pintadas de un suave tono de azul, el escritorio con mis cosas, mis libros, los dibujos de Anne e Isaac pegados en la pared.

    Solté un pesado suspiro. La casa estaba en absoluto silencio y la luz del día se filtraba por la ventana del cuarto, todos debían estar fuera. Los niños en la escuela, mis tíos trabajando y yo… acababa de matar a Joey Wickham.

    Acababa de matar al único chico que había amado y ya no podía llorar, porque deseaba hacerlo a pesar de que sabía que había regresado, allá en alguna parte de su pueblito inglés. Ya no me quedaban lágrimas que derramar.

    ¿Estaba jugando a ser Dios acaso? Matando a alguien y regresándolo a la vida, limpiándolo de un pecado tan grande como lo era el matar a su propio padre.

    ¿Qué importaba? Lo había visto morir en mi regazo, hablando de constelaciones. ¿A quién mierda le importaba si quería jugar a Dios ahora? Si podía ser Dios un puto día, no iba a dudar.

    Me llevé la mano a los bolsillos, solo para dar con la hoja de aloe vera que él me había entregado y fue entonces cuando, a pesar de que creí que me había secado, las lágrimas volvieron. Estaba destrozada, sí, pero una parte de mí lloraba por el alivio que me provocaba saber que lo había traído de vuelta, que mi extraño deseo había sido concedido.
    Las lágrimas corrieron, cayendo sobre el trozo de planta que reposaba en mi mano y sin darme cuenta siquiera, sonreí. Una sonrisa cálida y fría a partes iguales, pero absolutamente aliviada.

    Está vivo.

    Me dejé caer al borde de la cama, hundiendo el rostro en las mantas, con la hoja apretada contra mi pecho. No podía dejar de escuchar su voz, como una prolongada nota de algún instrumento de cuerda que se extinguía gradualmente. Su piel pálida, blanca como mi cabello.

    Dolía y no podía dejar de repetirlo en mi cabeza, pero tenía algo que hacer. Una cosa que era jodidamente importante.

    Me levanté, a pesar de que me sentía agotada y busqué el celular entre mis cosas, hasta encontrarlo en el escritorio, tapado por un libro. Lo tomé para luego volver a dejarme caer junto a la cama y busqué entre los contactos, hasta dar con el que estaba buscando.

    Joey.

    Coloqué la hoja de aloe frente a mí y fue cuando noté los últimos mensajes. El corazón y su respuesta, me dolió el alma.
    Me temblaban las manos, pero aún empecé a escribir, borrando palabras una y otra vez, antes de volver a intentarlo. Las lágrimas me empañaban la visión, pero no podía permitir que detuvieran mi tarea.

    “Hola, cariño.

    Yo… no sé cómo habrá salido esto, no sé cómo debería empezar o qué tanto puedo decir. Si parece un sinsentido, perdona, pero por favor no dejes de leer. Hay cosas importantes aquí.

    Pedí un deseo, no importa cuál ahora, pero fue para ti y quiero que lo aproveches, ¿de acuerdo? No sé qué pasará después de esto y eso es todo lo que necesito saber, que lo aprovecharás.
    Fue un deseo raro, que pedí porque me dolía el corazón, pero no me arrepiento ni un poco de él. Creo que lo más raro es que uno pida un deseo y se cumpla, pero qué más da.

    Quiero decirte que eres un chico valiente, que de no haber sido así nunca habrías logrado que hiciera lo que hice y no hubiese podido pedir este deseo. Hubo un momento, luego de eso, en que te odié y te quise no precisamente a partes iguales.
    Ah, cómo te pedí que me dejaras hacerlo a mi manera, pero no pudiste… al final, seguirá ocurriendo a mi manera, porque mi voluntad se ha vuelto más fuerte que ninguna.
    Quiero agradecerte, Joey, por haber alcanzado este corazón lleno de grietas. Por haber aprendido algo de mí en poco tiempo, aunque no sé si ahora valdrá de algo. En ese momento fue decisivo.

    No voy a entrar en detalles de todo lo demás. Aprendí que después de que algunas cosas pasan, las razones dejan de importar, el camino deja de importar cuando llegas al final del laberinto y este es uno. Solo diré que el laberinto era jodidamente oscuro, Dios, y ahora la luz al final parece una ilusión.

    En fin, que estoy divagando, perdóname. Dios, perdóname por todo.

    Presta atención, hombre, que lo que tengo que decirte es posiblemente lo más importante de todo esto. Hay una cosa terrible que puede pasar todavía, a pesar del jodido deseo porque sé que esto es así. La vida no es tan sencilla.
    Quiero que me leas con atención y si no entiendes una mierda no importa. Quiero creer que estas palabras te atravesaran la mente cuando sea necesario.

    No lo hagas, cielo. No lo hagas, por lo que más quieras. Busca otra manera aunque no puedas pensar, la que sea, cualquiera es mejor. Créeme.
    Sácalo, noquéalo, huye con quien debas huir aunque te cueste, pero haz cualquier cosa antes que la opción que tu cuerpo grite. Yo… no sé qué más decirte sin quedar como una maldita chalada, porque todo debe sonar jodidamente raro.

    Escribo esto porque necesito que quede así, en algún lugar en el que puedas volver a revisarlo de ser necesario y porque no creo poder decirlo con palabras.
    Estoy terriblemente cansada, espero sepas disculparme”.

    Me froté los ojos con fuerza y dudé antes de añadir una última cosa al mensaje.

    “Te quiero”.

    Qué sueño.

    Dejé el aparato frente a mí luego de darle al icono de enviar, sin quitarle la mano de encima, como si esperara que la vibración de una posible respuesta me alertara.
    La sensación de alivio creció, permitiendo que la presión de mi pecho se liberara gradualmente, y mi llanto mermara.

    Vivo.
     
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    Gigi Blanche

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    Joey Wickham


    Abrí los ojos. La luz del pasillo se colaba débilmente por la puerta entreabierta, extinguiendo apenas las penumbras de la habitación. Mi visión se acostumbró poco a poco y fui delimitando bordes y siluetas. Era mi cuarto, el mismo de siempre, pero por alguna razón me costó reconocerlo. Estaba dentro de la cama, el peso de las mantas era plomo y me volví sobre mi costado.

    Lo devoró todo. Esa horrible sensación.

    Me dolía el pecho, y sin saber por qué, no pude atribuírselo a la fiebre de inmediato. Me dolía todo el jodido cuerpo y las lágrimas se acumularon tras mis ojos. Pero no eran lágrimas de dolor; al menos no físico. Despertar fue un alivio, pero también querría haber seguido durmiendo. La fiebre era tan alta que me impedía pensar o hablar demasiado sin agotarme, y también me hacía… tener esos sueños extraños, oscuros, sin consistencia. No lograba recordar nada al despertarme, pero las sensaciones permanecían a flor de piel.

    Esta vez había sido asfixiante.

    Una pesadilla eterna.

    —Ah, ¿estás despierto?

    La voz de Matty llegó como un susurro suave y las luces de la habitación se encendieron. Yo apreté los párpados con fuerza, huraño al brillo repentino, y lo oí acomodándose en la silla junto a la cama.

    —Te traje ropa limpia, debes estar todo sudado. ¿Quieres cambiarte? Al menos la sudadera.

    No tenía ganas, siendo honestos, pero sabía que era lo mejor. Comencé a incorporarme con dificultad y Matty me ayudó, sosteniéndome la espalda mientras me quejaba con gruñidos bajos. Dios, la cabeza me estaba matando. El mundo no paraba de dar vueltas. Removí los labios, notando cuán seca tenía la boca, y tragar saliva me raspó toda la garganta.

    —¿Podrías traer agua? —murmuré; la voz me salió ronca y débil—. Muero de sed.

    Matty se incorporó de inmediato, diligente como pocos, y desapareció de la habitación. Suspiré, notando cuán débil sentía el cuerpo, y luché con la camiseta empapada hasta conseguir quitarmela. La arrojé junto a la cama, en el suelo, y el aire frío me golpeó la piel; la sensación fue, de cierta forma, reconfortante. Mis manos cayeron en peso muerto sobre las mantas y las observé, con la mente y los sentidos embotados. Parecían de plomo. Mis brazos también, y todo mi jodido cuerpo. Dios, me sentía horrible.

    No recordaba haber tenido una gripe tan fuerte nunca.

    Fue durante esos breves segundos de desconexión que lo sentí vibrar junto a mí, bajo la almohada. ¿Qué hacía ahí? Debía haberme dormido ayer sin notarlo. Tomé el móvil y fruncí el ceño cuando el brillo de la pantalla me envió puñaladas por toda la superficie del cráneo. Gruñí bajo y abrí los ojos poco a poco; fue entonces cuando le eché un vistazo a la notificación que había entrado. ¿Qué carajos? Era un mensaje de un número extraño, que no tenía agendado. La previsualización me hizo volver a arrugar el entrecejo.

    Hola, cariño.

    ¿Eh? ¿Y eso? Abrí su foto, pero… no tenía idea quién era. Era una chica de mi edad, pálida y delgada, con ojos similares al ámbar y… Vaya, ¿eso era cabello blanco? ¿No era, como, super blanco?

    Sonreí apenas. Era muy bonita. ¿Habría conseguido mi número? ¿De quién? Bueno, no iba a quejarme. Abrí el mensaje, pues a las chicas bonitas no se las hace esperar, y… por algunos minutos juro haberlo olvidado todo. La fiebre, el dolor en cada estúpido centímetro de mi cuerpo, la sed, todo.

    No entendía nada, absolutamente nada de lo que esa chica me estaba diciendo. ¿Era una broma? No parecía serlo, aunque tampoco tenía el más mínimo sentido. Me rasqué el cabello, lo leí una y otra vez, en desorden; cada parte me golpeaba diferente, pero todas lo hacían en definitiva. Una ansiedad muy molesta comenzó a escalar por mi pecho, se atoró en mi garganta y me reclamó por aire. ¿Por qué no lo entendía y, aún así, me sabía tan real? ¿Por qué… sentía que estaba omitiendo algo?

    ¿Y qué era esa angustia?

    Me conocía, sabía mi nombre y… me decía que me quería, que era valiente, que había usado un deseo para mí. Pero ¿para qué, exactamente? Una idea idiota me cruzó la mente y sonreí sin gracia.

    ¿Qué? ¿Tú me enviaste esta fiebre galopante, preciosa?

    También me pedía perdón y… me advertía de algo. Mierda, sonaba demasiado críptico. ¿Por qué no hablaba sin rodeos, joder? ¿Huir? ¿Noquear? ¿No hacer algo? Llegando al final se me escapó una risa ronca del pecho.

    Oye, sí, suenas increíblemente chalada. Me alegra no ser el único que lo piensa.

    Así y todo, lo cierto era que no podía despegar los ojos del móvil. Ni siquiera sabía el nombre de esa chica, y menos idea tenía aún de todas las mierdas que estaba diciendo, pero… no pude evitarlo. Darlo por sentado. El poco raciocinio intacto que me quedaba entre la fiebre me advirtió, sin embargo, que estaba sonando tan loco como ella. Solté el aire por la nariz y dejé caer el móvil sobre las mantas, clavando la mirada en la pared frente a mí. Pensando.

    —¿Ah? ¡Joey, tienes que vestirte! ¿Quieres que tu fiebre empeore, hombre?

    Matty había entrado con el vaso de agua y su voz escaló varias octavas, preso de la preocupación. Ni siquiera me dio tiempo de hacer solo; tomó la sudadera limpia y me la pasó por la cabeza, ayudándome con los brazos. Me dejé hacer, no tanto por cansancio sino por distracción. No lograba dejar de pensar en ese mensaje.

    —Oye —murmuré, y le puse el móvil frente a la cara—. ¿Conoces a esta chica?

    —No, ¿por qué?

    Volví el aparato hacia mí, y me quedé viendo la foto mientras Matty se incorporaba y recogía la ropa sucia.

    Cabello blanco.
    Ojos ámbar.
    Sonrisa gentil.

    —No lo sé, se me hace… familiar, creo.

    —Bueno, aquí te dejo el agua. Tápate bien y quédate quieto, ¿sí? En un rato volveré con la cena y tu medicación.

    Se me escapó una sonrisa floja y lo vi de reojo mientras se iba. Ah, ese muchacho… era demasiado maternal. Bueno, no podía quejarme. Se sentía bien que cuiden de ti de vez en cuando. Me sentía un poco mejor, siendo sincero. Un poco. Bebí el agua de a sorbos pequeños, como si pretendiera enfocarme en algo que no fuera el mensaje, pero mis ojos volvían hacia el móvil a cada rato. Ah, no tenía caso.

    Suspiré, exasperado, y presioné el pequeño tubo de teléfono junto al número sin nombre de la chica. Me llevé el móvil a la oreja, algo dubitativo, y esperé.

    ¿Para qué… la estaba llamando, exactamente?

    ¿Para decirle que dejara de molestar con incoherencias? ¿O para buscar más respuestas?
     
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    Jezebel Vólkov


    Negro.

    Rojo.

    Púrpura.

    Dorado.

    Marrón.

    Caster y Assassin.

    El hijo de puta de Caster.

    En la bruma de mi mundo onírico la batalla se mezclaba con otros recuerdos, como si lucharan por tomar terreno. El tacto cálido de Joey sobre mi piel, sus labios, su voz y, Dios, su sonrisa. La sonrisa que me había dedicado desde el primer momento.

    Ah, cómo lo amaba, maldita sea.

    El sonido de una melodía se coló dentro de mis sueños, desencajando terriblemente, y apreté los ojos, negándome a abandonar ese mundo que me lastimaba y tranquilizaba a la vez.
    Me enderecé en la cama, sin tener muy claro quién me había metido en ella, y el terrible dolor que sentía en todo el cuerpo parecía haberse había intensificado.

    Mierda.

    Me llevé una mano a la cabeza, frotándome los ojos con fuerza, al hacerlo noté que mantenía el trozo de planta apretado en la mano derecha, ya casi seco.
    Al fondo el aparatejo seguía sonando y tuve que buscarlo con la mirada, otra vez en el escritorio. Me levanté, pero estuve por irme de bruces, las piernas me habían fallado un momento.

    Una risa extraña me brotó de los labios. Ahí estaba mi deseo de mano de mono, ¿cierto? No sabía el qué, pero me estaba pasando algo y como la criatura vacía que era, seguía importándome una mierda.

    ¿Qué demonios importaba de por sí?

    Tomé el móvil, el brillo de su pantalla arrojó un dardo que me atravesó la cabeza de lado a lado, y cuando leí el nombre en ella el alma se me cayó a los pies. Tuve que apoyarme en el escritorio para no caer.

    El corazón se me aceleró en el pecho, al punto de resultar doloroso. Tragué grueso y recibí la llamada, deslizando el círculo hacia el botón verde. Me lo llevé a la oreja y juré que iba a desvanecerme ahí mismo, tenía toda la pinta.
    Tenía miedo, ¿pero de qué exactamente? Estaba malditamente aterrada.

    —¿H-hola?

    Se me había quebrado la voz y el ardor que sentí en el rostro me regresó al recuerdo de la sala dorada. Por un momento sentí que era esa persona de nuevo, esa niña que no sabía lo que estaba ocurriendo y solo había reaccionado al alegre muchacho frente a ella… Sin tener ni puta idea.

    Siempre había sabido que mi ingenuidad iba a costarme caro, pero eso era ridículo.

    El golpe de mi propia voz en el recuerdo de la cúpula de ceremonia al soltar aquella maldita frase, aquel “¡Yo te invoco!” me hizo perder balance. Ahí estaba, ese minúsculo detalle, la maldita determinación que había proyectado con mi voz en aquel momento era la misma que me había llevado hasta el final, arrastrando a Joey conmigo. La misma que había movido al maldito de Caster hasta causar la muerte del moreno.
    Cerré los ojos con fuerza, deseando contener las lágrimas que empezaron a formarse en mis ojos dorados.
     
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    Gigi Blanche

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    Joey Wickham


    Los tonos se sucedieron contra mi oído con cierto tinte premonitorio y, por alguna razón, tragué saliva. ¿Estaba… algo nervioso? Cuando finalmente acabaron fueron reemplazados por una única palabra. Su voz sonó dubitativa, suave y algo ahogada. Sí, era sin dudas la voz de una chica. Respiré pesado y me corrí el flequillo de la frente, sintiendo el ardor que me recorría el cuerpo de punta a punta.

    Mierda, dame un respiro.

    —Hola, sí —respondí tras pocos segundos, luego de carraspear para proyectar mis ideas lo más claro posible—. Uhm, bueno, no sé muy bien cómo comenzar esto, pero… supongo sería mejor por el inicio, ¿verdad?

    Una risa ahogada vibró en mi garganta, enviándome un repentino relámpago de dolor y cerré los ojos por un momento. Tenía que dejar de reír y sonreír por reflejo, maldición. No resolvería siempre todo así, no eran hechizos mágicos. Suspiré apenas, masajeándome el puente de la nariz.

    —Perdóname, siento que esto será descortés de mi parte, pero… ¿quién eres?
     
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    Zireael

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    Jezebel Vólkov



    Lo que sea que le pasara a mi cuerpo pasó aún más a segundo plano, si es que era posible, porque no. Ese no era el cobro por mi deseo, el verdadero cobro, el tiro por la culata del Grial era ese.

    Ese.

    Y me aflojó todos los dientes de un solo golpe. La daga que se me había clavado en el cerebro pasó a enterrarse en mi pecho, saliendo por mi espalda.
    Dejé la hoja seca de aloe en el escritorio y las lágrimas fluyeron de nuevo, en sorprendente silencio.

    ¿Me arrepentía? No.

    Porque estaba vivo. Porque podía oír su voz, al otro lado de la línea, en vete a saber dónde. Porque su corazón latía, porque podría ver las estrellas, a Cygnus. Lo había arrancado del cielo, de las alas del cisne, para ponerlo de nuevo en la tierra y que arreglara su mierda.

    Abrí la boca para hablar pero de inmediato volví a cerrarla y me quité el objeto del oído, tapando el micrófono con la mano. Me permití sollozar, porque aunque no me arrepentía, su pregunta, en la voz que yo reconocía, me lastimaba incluso más que el malestar físico que sentía.
    Escocía como una llaga.

    Por favor, no cuelgues. No me importa si no sabes quién soy, no cuelgues.

    Cédeme este capricho. Quiero ser egoísta.

    Déjame oírte.

    Las lágrimas golpearon la superficie del escritorio y casi las pude escuchar hacer eco en el silencio de la habitación. Sorbí por la nariz antes de volver a llevarme el móvil a la oreja.

    —Y-yo —El nudo se apretó más. ¿Tenía que mentir? Pero se me daba fatal y aún así… ¿Qué iba a decirle? ¿Qué lo había revivido luego de matarlo con un hechicero demente? Nadie se creería esa mierda, me la creía yo porque había visto el brillo dejar sus ojos y la sangre derramarse de un objeto maldito con tal de traerlo de vuelta. Quizás… debería empezar por el principio como él dijo, lo único que quería que supiera, quién era—. Jezebel Vólkov, ese es mi nombre, ¿raro, no crees? La-

    Hice a un lado el objeto de nuevo y traté de contener, sin demasiado éxito, el ruidoso sollozo que amenazaba con brotar de mi garganta.
    Lo que iba a decir solo aumentaba el dolor que sentía.

    —L-la gente que me quiere suele llamarme Jez, o a veces cualquier persona lo hace, porque es más fácil. Alguien… alguien solía llamarme Bellabel también, no sé bien por qué. —Y él me había querido apenas hace unas horas atrás. Él me había llamado cariño y amor, él había querido que viviera y él era quien me había llamado Bellabel. No sabía cómo seguir el teatro, pero debía hacerlo, esta vez no podía romperlo—. Perdona, y-yo… espero que no pienses que soy demasiado rara, aunque bueno, no estarías equivocado.

    Volví a tomar aire. Era mi maldito turno de monologar, de monologar como él me había enseñado sin saberlo y de mentir sin descaro alguno. De contarle la verdad camuflada en un delirio.

    —Yo… te vi hace unos días. Me recordaste mucho a una persona a la que quiero. —Solté una risa que era tan falsa que dolía casi igual que saber que no me recordaba—. Parecerían gemelos, te lo juro, si incluso tienen el mismo nombre. Es cosa de película de doppelgängers, fatal. En fin, tuve que preguntar por ti hasta que alguien me ayudó un poco en esta misión extraña y ciertamente acechadora. No me delates a las autoridades, hombre, sería feo echarle la policía a una chica por estar un poco chalada, prometo no aparecerme en tu casa de noche ni nada.

    ¿Cómo podía hablar con tanta fluidez si me dolía el alma de aquella forma? Tuve que detenerme de nuevo, inhalando aire con fuerza y dejando salir otra correntada de lágrimas.

    Cielo, gracias por enseñarme esto.

    Alcé la vista al techo de mi habitación y sentí las lágrimas deslizarse por mi cuello.

    —Él… ya no está. —El vacío que se apoderó de mi pecho me quitó el aire unos segundos, porque era cierto. Mi Joey ya no estaba, era y no era la persona que me hablaba al otro lado del teléfono y seguía sin importar. Si me conocía, si me quería, si me creía loca. Daba igual, mientras estuviera vivo daba puto igual cuánto me doliera ser olvidada por el único chico que había amado—. El mensaje que recibiste de mi número, perdóname, fue una locura. N-no me sentía muy bien cuando lo envié, fue un arrebato un poco egoísta. Estaba… estaba extrañando mucho a esta persona y quería ayudarle de alguna forma. Ya sabes, como si existiera alguna magia que pudiera conectarme con él a través de ti, ¿sería gracioso, no?

    Otra correntada salada. La única magia que existía era la que lo había matado y lo había traído de regreso con el cerebro lavado.

    —Había una advertencia rara, un poco criptíca pero creo que le sirve a cualquiera, ¿no? Algunos mensajes no importa mucho quién los reciba, sino que los reciba alguien y ya. Quizás este era de esos. Si tan solo una parte de ese mensaje salido de una chica que parecía estar en medio de un mal viaje en ácido te funciona, supongo que hice algo bien. Como sea, perdona por molestarte. —La mente se me había quedado en blanco, totalmente seca—. Cuídate, Joey.

    La voz me salió como un murmullo contenido, porque deseaba con todas mis fuerzas decirle que lo amaba, llamarlo cielo pero… no podía.
    Sin embargo, algo me hizo dejarme el móvil pegado al oído, incapaz de dejarlo ir. Siempre supe que sería incapaz de ello, desde ese día en que Mila murió y pensé en el dolor que me provocaría matarlo.

    No podría dejar ir al buen Joey nunca.

    El cuerpo me pesaba terriblemente, tuve que sentarme en la cama, con el corazón latiéndome en la garganta. Las siluetas de mi habitación volvieron a perder sentido, como cuando lo vi morir, pero logré asirme a algo. A él, vivo, en su pueblito.

    Perdóname, amor.
     
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    Gigi Blanche

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    Joey Wickham


    El aire era, de repente, increíblemente pesado. Cada silencio, fuera pequeño o grande, se agolpaba en mis oídos y parecía poseer el poder de comprimirme los pulmones. Cada silencio, fuera suyo o mío, me obligaba a ser consciente del sonido de mi respiración; y me esforzaba por silenciarlo, como si pudiera perturbarla, o distraerla, o hacerle arrepentirse de lo que diría a continuación.

    Apreté los labios, dejando en segundo plano todas las sensaciones que no entendía. Esa chica, esa perfecta desconocida, estaba llorando al otro lado de la línea; y aunque no fuera capaz de discernir completamente la verdad de la mentira, una cosa era segura.

    Nadie llora por aquello que no le importa.

    Oí cada palabra que salió de sus labios con asombrosa atención, atendí a cada pequeña modificación en su timbre de voz, aguardé por cada interrupción que parecía necesitar para seguir hablando. No entendía, no. Pero tampoco podía sencillamente ignorarla. ¿Sonaba loca? Sí, como una cabra.

    Así y todo, su voz se grabó en mi memoria con una precisión aterradora.

    Me dio mucha información, habló como chusma de barrio y sonreí. Me recordaba a mí, monologando hasta por los codos. Había recostado la espalda en el cabezal de la cama y apoyé la cabeza contra la pared, mientras la escuchaba con la mirada perdida entre el desastre que era mi escritorio.

    Jezebel Vólkov.
    Bellabel.
    Él… ya no está.
    Fue un arrebato un poco egoísta.
    Magia.
    Perdona.
    Cuídate.


    No entendía, y sentía que se me chamuscaría el cerebro maltrecho si lo pensaba con tanto ahínco. Pero no podía dejarlo estar, no podía cortarle a esa chica que, a pesar de haber parecido despedirse, seguía, en silencio, al otro lado de la línea. Sabía que era mi momento de responder y alcé la vista al techo, soltando un suspiro pronunciado.

    Dios, ¿qué está pasando?
    ¿Por qué me duele no saber cómo ayudarla?


    —No tienes que disculparte por nada. —Bueno, lo primero lo primero, ¿no? Arrancaría por las verdades más obvias—. Eso a un lado, mucho gusto, Jez. Yo soy Joey, aunque eso ya lo sabes. De acuerdo, siento que una parte de ti fue… increíblemente honesta justo ahora, así que lo seré también a cambio. —Carraspeé y alcancé el vaso de agua; tenía la boca seca y era molesto—. El rollo suena bastante extraño, sí, pero oye, no pareces nada peligrosa, ¿va? Así que ni te preocupes por ello. Cualquier cosa, le echo llave a mi puerta de noche y asunto resuelto.

    Sonreí y cerré los ojos, intentando mitigar las profundas dagas que se me clavaban en el cerebro a cada palabra que decía. Dolía horrible, me agotaba, pero seguiría hablando. Sentía… que se lo debía. Quería hacerlo por ella, esa desconocida bastante chiflada.

    Raro, ¿no?

    —Lamento… mucho oír eso, ¿sabes? —Mi voz se había tornado más seria, y sus palabras aún se agolpaban en mis oídos: “él ya no está”—. Yo… también perdí a una persona muy importante para mí, y me pasé muchos años creyendo verla en muchas personas. Pero ¿sabes? Estas cosas se calman con el tiempo, así que no te preocupes. Verás cómo consigues olvidarlo, al menos lo suficiente para que ya no duela. —Mis propias palabras me recordaron a las de Jez, y me apresuré en agregar—: Lo sé, suena bastante egoísta. Pero no está mal, tampoco. Ser egoísta de vez en cuando.

    No pude evitar soltar una risa corta que resonó en el silencio y paseé la mirada por el techo, contando las manchas de humedad. Esa chica… se disculpaba mucho, ¿verdad?

    —Como sea. No voy a decirte que entiendo mucho qué está pasando, pero no has hecho nada malo. Hasta me caes bien y todo. Va, ahora debo ser yo quien suena chiflado, ¿eh? —Me pasé una mano por el rostro, quitándome el flequillo de en medio—. Ando con una fiebre asquerosa desde Dios sabe cuándo, y la fiebre me afloja la lengua como los borrachos, así que quizá dije algo demasiado estúpido sin notarlo. Mis disculpas por adelantado.

    Luego de tanto hablar, realmente sentí que el aparato se me resbalaría entre los dedos. Me tomé unos segundos para acostarme otra vez y contuve un par de quejidos; ah, me dolían los músculos como si los hubiesen bañado en fuego. El agotamiento me agitó y cerré los ojos, tomando amplias bocanadas de aire. No le había buscado respuesta a por qué ansiaba sonar tan liviano y tranquilizador para Jezebel Vólkov, y no me interesaba hacerlo.

    Allí estaba, el silencio que temía romper. Fruncí el ceño, quemándome los sesos al buscar en tan poco tiempo la mejor cosa para decir. ¿Quería ayudarla? ¿Quería seguir hablando con ella? ¿Era un mero capricho? ¿Sólo estaba aburrido, atado a mi cama? Suspiré, y no fui consciente de cuánto se había suavizado mi voz.

    —Oye —la llamé—, perdona que me meta, pero… ¿hay algo más que te gustaría decirme?
     
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    Zireael

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    El tono de su voz, viajando despacio hasta colarse en mis oídos y en mi corazón. Jez. Que me llamara por mi nombre, ese que lo había traído de regreso cuando estaba perdido, aliviaba y hería mi estúpido corazón.
    Me recordaba con una precisión aterradora cada palabra que habíamos cruzado desde la maldita sala dorada, la conversación en el desierto, su mano extendida para bailar al son de una música que no existía en Disneyworld, el momento en que me confesó lo que había hecho.

    Casi podía imaginar cada uno de sus gestos al hablar y tuve que dejar el teléfono en mi regazo, para llevarme las manos al rostro y amortiguar mi llanto. Lejos, desde el micrófono, me llegaban sus palabras.

    ¿Ese había sido mi deseo? ¿Ese horrible dolor? Había deseado a medias.
    Pero… Lo había liberado, ¿o no? No solo de haber matado a su padre, sino también de la consciencia de que su propio deseo final no iba a cumplirse.

    Perdóname por mi egoísmo, por amor a todo.

    Yo no estaba en ese nuevo futuro. Me había arrancado de raíz con mis propias manos, de repente espantosamente parecidas a las garras de Caster.

    El mundo parpadeó a mi alrededor y estuve por irme de boca al suelo.

    Joder.

    Dejé caer mi peso en la cama, sin ser capaz de enfocar el mundo todavía, pero aferrándome con garras y dientes a él. Arrastré el móvil de mi regazo a mi oído de nuevo, justo cuando su voz, significativamente más suave que al inicio, hacía otra pregunta para la que no estaba preparada.
    De repente me dolía respirar.

    ¿Otra cosa que quisiera decirle? Dios. Deseaba decirle todo, absolutamente todo, y llorar a gritos de nuevo, esperando que algún fragmento de su mente maltrecha recuperara los trozos de lo que había ocurrido. Que me recordara, que pudiese corresponder mi afecto.

    Corresponder.

    Algo hizo click de repente en mi propia mente desecha, en las siluetas sin forma que percibía del mundo a través del cristal de mis lágrimas y el terrible dolor de mi cuerpo. Sin embargo, otra cosa surgió de golpe en mi mente, clavando una nueva daga en mi cerebro y esa… esa necesitaba sacarla. Estuve por quejarme, pero ya bastante tenía con tener a una desconocida llorando en el teléfono.
    Abrí la boca de nuevo, pero las palabras no salieron hasta segundos después. Suaves, resignadas.

    Solo una cosa más.

    —Cielo. —Se me había escapado, pero en lugar de angustiarme, me alivió. Era como haber estirado un músculo tenso—. Perdona por eso, peco un poco de confianzuda.

    Cerré los ojos, sintiendo como las lágrimas hacían su recorrido hasta mis oídos. La cabeza me palpitaba de dolor.

    >>Imagina… solo imagina que dos idiotas que se quieren terminan involucrados en una guerra en bandos distintos, al final deben enfrentarse entre sí. Uno de ellos termina viéndose obligado a acabar con el otro pero, en un mundo hipótetico como toda esta conversación rara, se le es concedido un deseo sin límites al vencedor, y ella decide regresarlo a la vida… incluso si significa que no la recuerde o incluso algo peor. —Tragué grueso, sintiendo el sabor de mis propias lágrimas al final de mi garganta—. Pero ese detalle es lo de menos. Él… quien murió por la mano de ella y resucitó, crees… ¿Crees que podría perdonarla por usar ese deseo en algo tan egoísta? Si en algún momento recordara y supiera la verdad, ¿podría perdonarla y quererla a pesar de haber sido así de impulsiva?
     
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    Gigi Blanche

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    Joey Wickham


    Cada palabra que salía de la boca de esa desconocida sonaba aún menos coherente que la anterior. De repente, luego de haberme llamado cielo, se montó en cuestión de segundos un complejo escenario hipotético sobre batallas, amor y arrepentimiento. No tenía la menor idea de qué iba, y aún así, sentí el peso que ameritaba una respuesta seria.

    Una respuesta de verdad.

    —Bueno —solté tras unos momentos de meditación, junto al aire cargado en mis pulmones; ¿lo había estado conteniendo? ¿Y esa ligera tensión?—. Es una pregunta complicada, ciertamente, pero… dijiste que se querían, ¿no? Y que fueron obligados a pelear. Además, creo que usar un deseo así en alguien es una prueba inequívoca de aprecio. —Fruncí el ceño, mientras tenía la vista fija en el techo, pensativo—. Quiero decir, pudiendo desear riqueza, poder, belleza o cualquiera de esas cosas, en lugar de ello, le concedes a alguien una segunda oportunidad. La otra persona tendría que estar demente o ser muy malvada como para no verlo, la inmensidad de ese…

    Amor.

    —De ese deseo. Además, Jez, ¿tú realmente crees que eso es egoísta?

    La pregunta había sonado incrédula, quizá demasiado; era de esas preguntas que activan una respuesta inmediata, que pueden conducir a calles sin salida. Carraspeé la garganta, repentinamente consciente de mi error, y agregué algo apresurado:

    —Digo, entiendo que pueda verse… egoísta, de cierta forma, pero ¿crees que tendría alguna relevancia para la otra persona?

    Fragilidad. Antes que locura, antes que cualquier otra cosa, era fragilidad lo que percibía de la chica al otro lado del teléfono. Una fragilidad ridícula, al punto de preocuparme y comprimirme el pecho en un nudo inexplicable. Era como haberse encontrado un pajarillo herido durante un tranquilo paseo por el parque. Nunca lo habrías esperado, nunca saldrías de tu casa con esa opción en mente; pero una vez la situación se presenta frente a ti, una vez que recoges esa pequeña criatura entre tus manos y sientes su frágil corazón latiendo desbocado, ¿no lo harías? ¿Asistirla en todo lo posible?

    —Yo creo que no la perdonaría, y es que no hay nada que perdonar. Lo que esa persona hizo, Jez, es regalar vida.
     
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    Zireael

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    Jezebel Vólkov


    Alivio.

    Creo que nunca había sentido tanto alivio en toda mi vida como cuando las palabras de Joey, una vez más, se abrieron paso por las grietas de mi corazón. Incluso si ya no era mi Joey, incluso si ya no había ni un remanente de quién era yo en su mente. Su respuesta era sincera y… seguía siendo su respuesta.

    Dejé escapar el aire de mis pulmones, que siquiera sabía que estaba conteniendo, y al menos una de las dagas que me causaba dolor fue arrancada de inmediato.

    Dijiste que se querían, ¿no?

    Cómo no tienes idea, mi niño.

    Fueron obligados.

    Algo así. Yo no quería hacerlo, pero me empujaste. Yo quería el camino fácil.

    Prueba inequívoca de aprecio.

    Amor. Se llama amor, tonto.

    Le concedes a alguien una segunda oportunidad.

    Aprovéchala, por favor.

    Jez, ¿tú realmente crees que eso es egoísta?

    Un poco, mi vida, porque lo hice a costa de tu propio deseo.

    Yo creo que no la perdonaría, y es que no hay nada que perdonar. Lo que esa persona hizo, Jez, es regalar vida.

    Se me escapó una risa floja. Me había costado darme cuenta, quizás demasiado, no importaba que le hubiesen lavado el cerebro, que me hubieran arrancado de su memoria, que yo me hubiese arrancado de su futuro.
    En el fondo, quizás algo perdido, estaba el Joey que había conocido. Era un idiota, claro, nunca dejaría de serlo, pero estaba allí con una desconocida al teléfono respondiéndole todas sus estupideces con sinceridad.

    Ese era Joey. Ese solo gesto, que para él era un sinsentido, me había recordado por qué lo había querido… por qué lo quería.

    Me limpié las lágrimas con la manga de la blusa y me permití una sonrisa genuina por fin.

    Había regalado mi vida, sí, sin dudar ni un jodido segundo y si tuviera que hacerlo de nuevo, lo haría.
    Eso era lo que quería, traerlo de regreso, darle otra oportunidad. Ese deseo no provenía del terrible vacío que tenía dentro de mí, no respondía a mi necesidad de cuidar de otros intentando llenarme.

    Era… solo lo que quería.

    Lo entendí en ese momento y reí con ánimo entonces, aunque me dolieron todos los músculos del cuerpo.
    Hacer lo que quería por primera vez, que mi cuidado fuese correspondido, que él me hubiese alcanzado incluso cuando estaba por hundirme en el más absoluto negro.
    Todo eso, de repente, me resultaba asombrosamente cálido a pesar del contexto. ¿Se suponía que así se sentía ser feliz? Qué iba a saber yo de eso.
    Clavé la vista en el techo, decorado aún con algunas estrellas fluorescentes de cuando era niña.

    —Gracias —murmuré—. De verdad muchas gracias por eso, lo necesitaba.

    Te necesitaba. Aunque fuese un fragmento ínfimo de ti y me lo entregaste sin siquiera saberlo.

    Ahora no cortaba porque simplemente no sabía si debía hacerlo, ¿cuándo decidía uno que era buen momento para terminar una llamada? Quizás lo sabría de haber tenido a quiénes llamar antes o de no escudarme con mensajes de texto. Al menos eso quería hacerme creer.

    No quería molestarlo, pero tampoco sabía dejarlo ir.
     
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    Gigi Blanche

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    Gracias.

    Algo en mi interior sabía que, de alguna forma, había conseguido ayudar a esa chica. Sonreí. Fue débil, apenas la sombra de mis sonrisas habituales, pero la gratitud en su voz me arrancó una sonrisa a través del dolor muscular y la niebla espesa manchando mi mente.

    De verdad muchas gracias por eso.
    Lo necesitaba.


    —Eh, no te preocupes. No ha sido nada.

    Solté el aire por la nariz y mi pecho descendió; descomprimiéndose, liberando. Soltando. La idea me obligó a fruncir el ceño y tragué saliva. Los dedos sujetos al móvil se sintieron incómodos. ¿Qué… se suponía que hiciera ahora? Jez no había vuelto a abrir la boca, pero no me parecía correcto… dejarla. No quería hacerlo.

    Sentía que se rompería.
    Aunque ¿por qué me preocupaba tanto?

    —Yo tuve un sueño raro —solté sin más, sin reflexionarlo, sin anticipar las consecuencias, como solía hacer—. Digo, justo ahora. Acabo de despertarme y… toda esta conversación logró distraerme, pero en un primer momento me sentí bastante para la mierda. Tampoco recuerdo mucho, si te soy honesto, aunque tengo estas imágenes clavadas en la mente, como si estuvieran frente a mí justo ahora.

    Suspiré apenas, con los ojos clavados al techo. Las pinceladas comenzaban a trazarse sobre el cemento grisáceo sin pedirme permiso.

    —Estaba… esta oscuridad. Un azul profundo, casi negro. Era frío, aunque también era cálido, pero más que todo eso, era triste. —Solté una risa corta, un poco avergonzado, y me rasqué el ojo con el borde de la manga; no, joder, no iba a llorar—. Mierda, era estúpidamente triste. También había… pequeñas lucecitas sobre todo este negro, de varios colores. Blancas, plateadas, doradas. Si ahora lo pienso quizá fueran estrellas, aunque las amarillas no pintaban nada.

    Una idea atravesó rauda mi mente y sonreí, aligerando mi voz al agregar:

    —Eran de un dorado cálido, como ámbar. Bastante parecido a tus ojos, diría. Son muy bonitos, por cierto. ¡Ah, y tu cabello! ¿En serio eres albina, como, de nacimiento?

    Pido mil disculpas por la tardanza. Volver sobre este rol, sobre el destino de Joey y Jez aquí, me afecta más de lo que desearía y siempre termino apartándolo para no sufrir, básicamente xd Pero sé que, al menos, se merecen poder cerrar su historia. Aunque duela como la mierda y quiera llorar de tan solo pensarlo.

    Se lo merecen.
     
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    Zireael

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    Creo que ni siquiera me di cuenta del momento en que había dejado de llorar por fin, cuando los ríos salados se detuvieron y las lágrimas se secaron en mi rostro.
    Me dolía el cuerpo horrores y de hecho me sentía aturdida, mareada, como si no pudiera enfocar el mundo.

    Cerré los ojos luego de que me dijera que no había sido nada, su voz era casi un arrullo.Tranquilizaba mi corazón inquieto e incluso hacía retroceder algo de mi malestar físico.

    Yo tuve un sueño raro.
    ¿Qué soñaste, cielo?

    Se respondió solo, como era usual, y la descripción de aquel sueño raro, que a mí casi me parecía una pesadilla, me lanzó de nuevo a la terrible imagen de su cuerpo en mi regazo, a su delirio antes de que la vida dejara sus ojos.

    Estrellas.

    Cygnus.


    Sentí el nudo amargo de las lágrimas formarse en mi garganta de nuevo. Creo que no guardaba en mi mente ninguna imagen así de horrible, ni siquiera la de los ataúdes de mis padres, o la de mi mascota muerta, enterrada en el patio trasero, o de mi abuelo muriendo meses después que mi abuela, como si no supiera vivir sin ella.

    Quizás aquel corazón que no sabía hacer otra cosa que amar me venía de familia, no lo sabía, nunca había preguntado nada, pero ahora parecía tan claro.
    Seguía escuchándolo con atención.

    Eran de un dorado cálido, como ámbar. Bastante parecido a tus ojos, diría.

    Aquella oración logró arrancarme otra risa, entre divertida y melancólica, pero fue lo siguiente lo que una vez más me transformó en la chica que había conocido en aquella cúpula dorada.

    Son muy bonitos, por cierto.

    El color me subió al rostro y el nudo desapareció.

    —Gracias. A mí me gusta tu sonrisa, es bonita, sobre todo cuando alcanza tus ojos. —No sé por qué dije aquello, si no encajaba con mi cuento de mierda de apenas instantes atrás, pero era la total y absoluta verdad. Lo había visto sonreírme así minutos antes de la desgracia y Dios, era preciosa. Ojalá pudiera sonreír así siempre—. ¿Ah? Sí, albina de nacimiento reportándose. Lo heredé de mi padre.
     
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    Apenas fui consciente del halago que había brotado de mis labios tras decirlo; o, siendo más exactos, recién entonces noté la ausencia de intenciones. ¿Era la primera vez que le hacía un cumplido a una chica sin esperar nada a cambio? Sin calcular el tono de mi voz, ni la extensión de mi sonrisa, ni la elección de palabras. Sin preocuparme por nada más que ser honesto. Eché la cabeza sobre la almohada y me cubrí los ojos con el antebrazo, cediendo ante el peso de mis párpados.

    Son increíbles las posibilidades ante alguien desconocido, la cantidad de máscaras libres para probar y jugar. Siempre lo había pensado, siempre lo había hecho. Pero esa vez, allí, hablando por teléfono con una albina extraña que sólo Dios sabía cómo realmente me conocía, las había olvidado en el armario.

    Todas y cada una.

    A mí me gusta tu sonrisa, es bonita, sobre todo cuando alcanza tus ojos.

    —¿Ah, sí? —Solté una risa corta, y luego apreté brevemente los dientes entre sí—. Bueno, muchas gracias. ¿Te cuento un secreto? También son mis favoritas. Creo que es más fácil atesorar lo que escasea, ¿sabes? Te permite no solo disfrutarlo, también anhelarlo. Eso me ayuda a dejar de ser tan idiota de vez en cuando, aunque a veces sea una mierda. Extrañar.

    Las había olvidado en el armario y no me apetecía buscarlas.

    Sí, albina de nacimiento reportándose. Lo heredé de mi padre.

    —Vaya, qué honor. Es la primera vez que hablo con alguien bañado en lejía desde que era mitad espermatozoide mitad óvulo. ¿Los ojos también fueron de tu viejo? Y ya que estamos en tema, ¿Jezebel Vólkov? Mierda, mujer, hasta me cuesta pronunciarlo. ¿De dónde eres? Bonito inglés, de todos modos. Bastante decente. Te daré un… siete y medio.
     
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    Quizás me di cuenta en ese momento de lo harta que estaba de la oscuridad, de que no quería estar así más. Me incorporé a duras penas, conteniendo el quejido que quería soltar ante mi cuerpo adolorido. Extendí la mano para asir las cortinas y corrí una, la luz del día se filtró en la habitación.

    Ese solo esfuerzo me había arrancado el aire de los pulmones, inhalé con fuerza y me dejé caer en la cama de nuevo, tratando de recuperar el oxígeno perdido.

    —No creo que algo deba escasear para atesorarlo, hay que ser medio imbécil para no valorar las cosas bellas incluso si son comunes. Atesorar lo que escasea es de coleccionistas egoístas. —Otro pensamiento sin filtro que de hecho solo parecía responderle “en efecto, puedes ser increíblemente idiota”—. Pero extrañar es normal, supongo, no deja de ser una mierda, sí.

    Por eso estaba allí, hablando con él aunque no me recordaba.

    Solté una carcajada que me lastimó el pecho al escucharlo de nuevo y tosí inmediatamente después.

    Joder.

    Bañada en lejía. Esa era nueva.

    —No. Los ojos fueron de mamá —respondí luego de haber tomado aire—. El apellido es ruso, por eso suena a maldición y el nombre… vete tú a saber, supongo que suena a algo de la biblia; sea como sea, estás recibiendo la llamada de una desconocida de los Países Bajos.

    Era obvio que el cuento no tenía fundamento, pero realmente ya daba igual. Todo daba lo mismo.
    Estaba contenta de poder hablar con él, de haber dejado de llorar y de poder disfrutar de su compañía aunque fuese de esa manera.

    Estaba contenta.

    —Gracias, gracias. Me alegra ver que esas lecciones de inglés rindieron sus frutos.

    Volví a cerrar los ojos y sentí el primer escalofrío recorrerme el cuerpo con violencia.

    Maldita sea.
     
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    Gigi Blanche

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    Había fruncido el ceño cuando la oí prácticamente resollar contra el móvil, aunque no sabía ni cómo preguntarle al respecto. No sabía cómo inmiscuirme en lo que fuera que le estuviera pasando. Una parte de mí, atada al hábito, me instaba a correrlo lejos e ignorarlo. No era de mi incumbencia, no tenía motivos de peso para involucrarme. Apenas la conocía, si es que la conocía algo.

    Así y todo, en cierta forma me incomodaba.

    “No creo que algo deba escasear para atesorarlo, hay que ser medio imbécil para no valorar las cosas bellas incluso si son comunes. Atesorar lo que escasea es de coleccionistas egoístas.”

    Solté una risa corta, incrédula, tras oírla decir todo aquello. Contrastaba un poco con la imagen que me había formado de ella y se me hizo curioso.

    —Pero bueno, Jez, ¿cinco minutos charlando y ya me estás retando? Pareces mi hermano, como si me conocieras de toda la vida.

    Me arrepentí automáticamente después de decirlo. Aunque no lo comprendiera, aunque miles de razones se me escaparan, aunque no tuviera ni pies ni cabeza, el nudo en mi garganta se tensó y tragué saliva. No había forma de que esa chica me conociera lo suficiente, no la había. Así y todo, sentí incorrecto traer el tema a colación. Quizás estuviera proyectando algo sobre mí, y recordarle que efectivamente no me conocía acrecentaría su dolor. No tenía sentido, pero no lo quería.

    No quería eso.

    —Aunque quizá nos conozcamos de una vida pasada —agregué rápidamente, riendo algo nervioso—. Ya sabes, no me gusta creer ni descreer de esas cosas. Como esta película que vi el otro día, que hablaba sobre la reencarnación y tal, ¿cómo era? —Medité unos segundos hasta dar con lo que buscaba—. Ah, sí: “mis átomos conocieron a tus átomos, y los han conocido desde entonces”. No entiendo casi nada de ciencia, mi hermano siempre fue el inteligente de la casa, pero… esa frase me gustó bastante. Aunque creo que no termino de apreciarla como debería. ¿Cómo te llevas con las ciencias, Jez? ¿Eres una rata de biblioteca?

    La chica al otro lado de la línea tosió bastante fuerte tras reír, y mi ceño volvió a fruncirse. No sabía cómo preguntarle, pero quería hacerlo. ¿Qué le ocurría? ¿Le dolía algo? ¿Se habría enfermado? ¿Estaba bien?

    ¿Estaría bien si… cortaba la llamada?
     
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    Zireael

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    Era muy probable que antes de conocerlo no hubiese sido capaz de hablar con aquella fluidez o de decir lo que se me pasaba por la cabeza sin darle mil vueltas antes; pero ahora lo que quedaba de mí era la persona en quien me había transformado él, nadie más.
    Es probable que nunca supiera el poder que había tenido sobre mí, en quien era.

    Estaba rota, claro, pero ahora había aprendido a reconocerme a través de mis fragmentos y a defenderme con ellos.
    El monólogo, aquella conversación, todo era un escudo que había formado de los pedazos de mí misma.

    Había una palabra en otro idioma para esto, ¿no? Claro que la había.

    Kintsukuroi.

    Reparación con oro. Lo fragmentado se repara con resina pigmentada con oro o algún metal del estilo, las fracturas resaltan a la vista, pero cuentan una historia.
    Era una de esas estupideces que se encuentran en línea, pero lo cierto es que ahora mismo con aquel escudo hecho de trozos rotos de mí misma, Joey era esa resina dorada, me recordara o no.

    Pasé saliva e incluso eso tan sencillo, hizo que mis músculos se quejaran de dolor y el mundo siguiera parpadeando.

    Otro escalofrío.

    —Creo que me acostumbré a sermonear a otros, no lo sé. —Esta vez me limité a sonreír, porque ya mi cuerpo no soportaba el esfuerzo de una risa.

    ¿De una vida pasada? Claro que era una vida pasada y en esa yo lo había matado. Yo, que nunca antes había sido capaz de ponerle la mano encima a nadie.

    Nuestros átomos se conocían, incluso si nos borraban la memoria a ambos. Nos habíamos conocido.

    Hasta los músculos tenían memoria, ¿o no? Era una memoria distinta a la del cerebro pero memoria al fin y al cabo. Quizás algún día alguna memoria que no fuese la de su cabeza recordara que me había conocido.
    Era una idea estúpida, pero me había rozado la mente por alguna razón.

    —¿Rata de biblioteca? Si perfectamente podría estar cubierta de polillas por el tiempo que paso metida entre libros —Me di cuenta entonces y lo solté, como si genuinamente me hiciera gracia pensarlo hasta ese momento—. Ya sabes, para nada el tipo de chica con la que te enredarías.

    Escalofríos.

    Sueño.

    Dolor.


    Lo único que me mantenía anclada al mundo era Joey.
     
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    Gigi Blanche

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    Joey Wickham



    if you leave me now i won't ask you why
    but we can start again in another life

    Inhalé a consciencia, aunque cargar mis pulmones de tanto aire me había enviado una punzada sutil de dolor al cerebro. Desvié la vista hacia el cielo mientras Jez hablaba y fruncí el ceño. Era una locura, pero mi habitación se había viciado y, de repente, necesitaba salir. ¿Cómo pasaría la vigilancia de Matty, de todos modos? Imposible. Meneé la cabeza, resignado, y estiré el brazo para destrabar la ventana. La brisa limpia ingresó por el hueco de las hojas desparejas y cerré los ojos cuando me acarició el rostro.

    ¿Rata de biblioteca? Si perfectamente podría estar cubierta de polillas por el tiempo que paso metida entre libros. Ya sabes, para nada el tipo de chica con la que te enredarías.

    Me había erguido entre algunos gruñidos y crucé las piernas frente a la ventana. Mi habitación, desde el segundo piso y viendo hacia el norte, lograba vislumbrar la sombra del océano barriendo la costa con cierta pereza. El sonido no me alcanzaba, pero mis ojos sí podían viajar hasta su reflejo oscuro bajo las luces tintineantes.

    Las luces del cielo.

    Sus estrellas.

    —A ver, linda, ¿y qué sabes tú de mi tipo? —repliqué, entre divertido y fanfarrón—. Porque me entristecería mucho saber que soy un libro abierto, incluso para una bonita neerlandesa con apenas cinco minutos de llamada mediante.

    Jezebel. ¿Quién era? ¿Qué quería? ¿Cuál era el sentido, en definitiva, de todo este rollo? No estaba muy seguro si era culpa de la fiebre o de esta chica extraña, pero mis defensas se habían relajado y, más allá de las bromas, no me molestaba del todo. Desnudarme por esos cinco minutos.

    —¡Joey! —El llamado nervioso de Matty me hizo dar un respingo y me giré hacia él; iba con una bandeja encima, llena de comida—. En serio, ¿estás buscando matarte o algo? Primero desvestido, ahora con la ventana abierta. ¿Puedes dejar la idiotez por un segundo?

    —Pero, Matty —me quejé sin despegar el móvil de mi oreja, haciendo un puchero—, llevo días encerrado aquí, la cabeza estaba a punto de matarme.

    —Toma aire de día, joder.

    Chasqueó la lengua y dejó la comida sobre la mesita de luz. Permaneció de pie un rato, las manos en las caderas, inspeccionando rápidamente la habitación. Cuando dio con algo de utilidad, lo agarró y envolvió mi cuello. Yo permanecí quieto, aspirando su aroma. Era… nostálgico.

    Quise preguntar, pero no supe cómo.

    —Ten, al menos usa esto —agregó, haciéndole un nudo suave a la bufanda por detrás—. Y sólo diez minutos, ¿sí? Luego la cierras. Y come. Tienes que recuperar fuerzas.

    —Sí, mamá~

    —Veo que ya recuperaste algo de tu humor usual —masculló, suspirando—. ¿Con quién hablas?

    —Oh.

    Separé el móvil de mi oreja para verlo, como si hubiera olvidado que lo llevaba aún entre manos. Sonreí cuando la pantalla se iluminó, mostrando la foto de Jezebel, y presioné el dedo índice sobre mis labios al mirar a Matty.

    —Es un secreto~

    Mi hermano rodó los ojos, molesto, y se fue. Solté una risa divertida.

    —¡Es broma, hermanito, luego te cuento! ¡Gracias por la comida!

    Bueno, exclamar había sido mala idea. Mi voz patinó al final y sentí la garganta raspándome, tuve que toser y me llevé la mano al cuello, sobándome la piel. Carraspeé.

    —Perdona, Jez —dije con suavidad—. Ese era mi hermano, Matty. Vino a traerme la cena porque es la mamá que cualquiera querría tener. Mira. —Me incliné y busqué la bandeja, depositándola sobre mis piernas—. Ha hecho un estofado de… pollo y arroz, las verduras están trozadas super chiquitas y preparó junto al bowl un pequeño plato con cubitos de queso. También está la servilleta limpia, los cubiertos y el vaso con jugo de naranja… ¡vaya! Recién exprimido. —Solté una risa más bien dulce y recargué el rostro sobre mi mano—. La verdad, no sé qué haría sin este idiota sensible. ¿Tú tienes hermanos?
     
    Última edición: 27 Mayo 2020
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    Zireael

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    If I'm to die before I reach you
    please know I'm meant to love you till I did.


    El mundo se había desdibujado, era una cosa informe, extraña y sin sentido. Como un parchón en un lienzo impoluto o esas mierdas de canvas en blanco que se hacían llamar arte moderno.
    Se sentía irreal, como si no tuviese límites claros, como un sueño o un delirio de fiebre.

    Qué frío.

    ¿Y qué sabes tú de mi tipo?


    Nada, de hecho, pero no había que ser ningún genio para saberlo, que el Joey antiguo, ese que estaba al otro lado de la línea, no terminaba enredado con ratas de biblioteca como yo de buenas a primeras, porque las ratas no se acercaban a él, y mucho menos se compartaba como se había comportado antes de que el puto Caster lo arruinara todo.
    Estaba en su voz, incluso aunque parecía relajado, no era la misma forma en que me había hablado antes y ahora, luego de haberme convertido en una asesina, parecía claro como el agua.

    Es probable que fuera así desde el inicio, pero ya no encontraba a la niña ingenua que lo había conocido. Esa Jez ya no existía.

    Caster me había arrebatado a Joey de los brazos, yo misma lo había hecho, y a la vez me había arrancado mi propia ingenuidad o inocencia, si se veía así. De hecho me había cercenado una parte de un solo tirón con la muerte de Lena.

    Otro escalofrío y otro palpitar del mundo a mi alrededor.

    Iba a responderle cuando escuché otra voz colarse y a Joey hablar con alguien más.

    Matty.

    Así que allí está. Tu hermano.

    Sentí que mis labios formaban una sonrisa, no sé con qué fuerza.

    —No te preocupes, cielo. —No podía inhibir el impulso, no en esa bruma mental y al escucharlo contar lo que le había preparado Matty, mi sonrisa se ensanchó—. ¿Yo? Hermanos no. Vivo con mis tíos, porque mis padres murieron cuando era niña, pero tengo dos primos pequeños y supongo que soy como su hermana mayor.

    Tomé aire un momento, porque me estaba costando lo suyo llenar los pulmones.

    —Anne es parecida a mí, creo, le gustan los libros y esas cosas, además de que parece buena para cuidar de otros. Sabe leer las emociones muy bien, a pesar de ser una niña todavía, es probable que sea el mismo tipo de idiota sensible que Matty cuando crezca, al parecer, me la imagino perfectamente haciendo por su hermano lo que él acaba de hacer por ti. Isaac es el menor, tiene cinco años, ya sabes los niños son una bola de energía… pero es tan dulce.

    Solté una risa suave, la única que me permitió mi cuerpo y tragué grueso.

    —Sea como sea, gracias por hablar conmigo este rato, Joey. Te dejo para que comas tranquilo, ¿de acuerdo? —Otra bocanada de aire antes de seguir hablando. Dudé, pero la bruma… la maldita bruma, el sueño, el frío y el dolor. No, el amor—. Adiós, cariño, salúdame a Matty. No olvides el otro mensaje raro, y cuídate mucho… por favor.

    Era casi una súplica, porque aunque me había distraído de mi objetivo inicial, no podía olvidarlo. De hecho era tanta la carga emocional que no me di cuenta que esa sola palabra final la había dicho en mi idioma materno y para cuando caí en cuenta, ya había colgado.

    No. No podía ceder todavía.

    Me forcé a levantarme y esta vez no pude contener el quejido lastimero que brotó de mis labios, en respuesta a mi malestar corporal.
    Sentí que iba a dejarme los pulmones adheridos a la cama, me aferré al móvil en mi mano, lo único que me ataba al mundo y a Joey.

    Seguía escuchando su voz, su acento, hacer eco en mi mente a través de la niebla. Me senté frente al escritorio, tomé una hoja y un bolígrafo, empecé a escribir casi a tientas, porque no lograba enfocar las letras muy bien, ni mi mano ni nada más, pero me esforcé en que fuese más o menos legible.




    Joey Wickham.
    Falmouth, Inglaterra.

    Mi cuento no se lo tragaba nadie, perdóname, nunca he sabido mentir muy bien, pero tampoco sabría cómo decirte la verdad, no sé qué harías con ella ni qué haría yo, no sé si me creerías o si cambiaría algo.

    No sé si le haría bien a alguien, ni siquiera a mí misma.

    Sabes…. sería como soltarte que aquel escenario hipotético, de alguien matando a quien amaba para regresarlo al mundo de los vivos, no era hipotético. Que esos éramos tú y yo, que aquella fui yo.
    Que tú me empujaste a hacerlo y que tuve que verte morir mientras hablabas de constelaciones.

    ¿Te lo imaginas siquiera? Es horrible.


    Puedes pensar que soy una loca, que me falta una caja completa de tornillos, que me escapé de quién sabe cuál institución mental o lo que gustes, pero ciertamente en el mensaje que te envié… no había más que buenas intenciones.

    Quizás en todo lo que hago siempre no hay más que eso y por eso las cosas están como están. Como sea.

    No olvides el mensaje raro que te hizo llamarme y tampoco esta… cosa.

    Solo déjalo ser, déjame ser.

    Aún así, qué más da por qué estamos aquí. La única razón de peso es que, bueno, quizás sea cierto que nos conocimos en otra vida, que mis átomos conocen a los tuyos, que sin importar dónde vayas o dónde te lleve el futuro, una parte de ti me conoció. y te
    ¿Sabes cuándo te da terror decir algo, aunque sea la verdad más absoluta? Supongo que eso me pasa ahora.
    Me dio miedo decírtelo por teléfono y me arrepiento de, no sé, no habértelo dicho en esa otra vida hasta que fue demasiado tarde, creo.

    Y giro en círculos sobre el mismo camino, sin saber si soltarlo de una vez, porque tengo miedo, porque me siento enferma, porque el mundo no tiene forma y tampoco yo. Porque no sé qué hace uno con este sentimiento.

    Estaba tan segura cuando comencé a escribirlo, pero ahora me cuesta respirar, pareciera que he olvidado cómo se hace, justo como tú olvida

    Ah, qué más da.

    Hubo una Jez, en otra vida… cuyos átomos se enamoraron profundamente de Joey Wickham. Vaya tonta, ¿no crees? Y lo más jodido fue que correspondiste a ese sentimiento.

    Creo que no lo supe hasta después, que fui feliz entonces, por un fragmento de tiempo tan minúsculo que no supe verlo.
    Era tan cálido saberse amado por alguien, que ese sentimiento alcanzara mi corazón y lo llenara por primera vez en veinte años.

    Qué más da.

    Gracias a esos átomos tuyos.

    Ama, Joey. Por favor.

    Ama porque yo te amé y al final es eso lo único que importa.

    Bellabel♥
    Jez~



    El bolígrafo se me escapó de entre los dedos, rodó hasta topar con la hoja de aloe maltrecha en el escritorio.

    Mi mente fragmentada volvió a viajar al desierto donde me dijo que me quería, a mis propias palabras reprendiéndolo; a Disney donde me invitó a bailar sin música alguna, donde me permití sentir sus labios, donde confesó su pecado y donde murió.

    No me di cuenta cuando había empezado a tararear aquella canción de la película infantil, mezclada con alguna nana de cuando era niña.

    Pensé en Cygnus y en mi propio apellido, lobo, que me lanzó al Can Mayor y a Sirius.

    Estrellas.

    ¿Papá estaría arriba, sus átomos estaban allí? ¿Sería igual de brillante que Sirius? Mamá seguro estaba allí también, como una gigante roja, con sus ojos ámbar. Tal vez conocieran al Joey que sí se quedó entre las estrellas, junto a su amado cisne.

    Mi Joey.

    El suelo, helado, hizo contacto con mi rostro, aunque no supe cómo llegué allí. Tal vez no tarareaba y las melodías venían de mi propia mente deshecha.

    Qué sueño.

    Qué frío.

    Recordé a Anne cuando era una bebé, a Isaac. A nani y a tío Vic el día del funeral de mis padres.

    Los amaba tanto y me dolía no haber pensado en ellos antes de pedir aquel deseo.

    Quizás debía estar triste, no lo sé, pero a pesar del frío de mi cuerpo algo dentro de mí, una trémula flama, se sentía sorprendentemente cálida y aún así, sentí que un par de lágrimas solitarias se hacían camino por mi rostro.

    Mi deseo de mano de mono.

    Allí estaba.

    Pero no importaba.


    —Te salvé.

    El murmuro apenas alcanzó mis propios oídos, como venido de otro mundo, y la oscuridad empezó a ganar terreno. Lo último que vi antes de entregarme a ella fue la chispa de mi propio cabello blanco.

    Blanco como su mano al alcanzarme antes de morir.

    Quizás fui egoísta.

    Por primera y única vez.


    Negro. Verde. Púrpura. Rojo. Blanco.

    Siempre blanco.

    Al final ninguno se fue en los brazos del otro.

    Y fue lo único que dolió hasta el último segundo.

    .

    .

    .

    [​IMG]
    .

    .

    .






    Anne Haumann


    Everything is blue.
    His pills, his hands, his jeans
    and now I'm covered in the colors pull apart at the seams.
    [...]
    Everything is grey.
    His hair, his smoke, his dreams
    and now he's so devoid of color
    he don't know what it means
    and he's blue.




    Abrí la puerta de su habitación como si tuviese terror de romper algo con solo el movimiento de la puerta, como si dentro hubiese un santuario o una pesadilla. No lo sabía muy bien.

    No sabíamos nada.

    Los libros con el post-it y la bufanda con la que envolvió uno. Esa vez que la encontramos llorando o cuando la encontrábamos prácticamente inconsciente junto a la cama.
    Incluso antes, cuando yo era más pequeña, y sus ojos enrojecidos decían que había llorado pero pretendía que nada había pasado.

    Creo que Jezzie nunca estuvo bien, pero no quiso mostrarnos esa parte de sí, porque no quería mostrarse débil para cuidarnos o porque quizás nunca entendió las emociones negativas.
    ¿Quién podía culparla, de todas formas? Había perdido a sus padres.

    Y ahora nosotros la habíamos perdido a ella.

    Suicidio.

    Nunca.

    Fallo orgánico.

    Realmente nadie supo decirnos qué pasó con Jezzie. La encontramos una mañana hace ya seis meses, en el suelo de su habitación.

    Tengo recuerdos borrosos de ese día y de los siguientes, mamá lloraba como nunca antes, incluso papá y yo. Dios, creo que nunca había llorado tanto en mi vida como esa mañana o como ese maldito medio año.

    Isaac, el pobre Isaac que vio a todos sus puertos seguros derrumbarse, empezando por Jez. Se volvió ensimismado, poco comunicativo y esquivo.

    Nuestra adorada Jez.

    Nuestra pieza de dominó.


    La veo cada vez que miro a mamá, con sus ojos dorados, a Isaac y a mí misma. La veo en el espejo del baño, en el reflejo de las ventanas y en la puerta de su habitación, que no me atreví a abrir hasta hoy. Me daba miedo entrar allí y saber que Jez no estaba, pero a la vez la extrañaba tantísimo.

    Mamá había mantenido todo limpio, como lo mantenía ella. En el escritorio reposaba su móvil, sus libros en los estantes, su ropa en el armario…
    La habitación olía a ella, a su perfume.

    Y tenía nuestras huellas, los dibujos pegados en la pared.

    Jezzie me había visto crecer y ahora, al igual que mis tíos a quienes no había conocido, no envejecería con nosotros.
    No nos vería ir al instituto ni a la universidad, no la veríamos graduarse ni encontrar a alguien que la amara con la fuerza en que ella lo hacía. Nunca iniciaría una familia, no tendría niños a los que cuidar, no…

    Ese fue el punto de quiebre.

    Me llevé las manos al rostro, amortiguando las lágrimas que habían empezado a deslizarse desde mis ojos.

    Recordé la última noche que durmió en nuestra habitación, esa en que la habíamos encontrado llorando, y deseé haberme colado entre sus brazos, haber dormido allí, que me arrullara con una nana, que me acariciara el cabello. Que me diera todo el amor que quería y ahora no tendría nunca más.
    Deseé haberle tomado una última foto con Isaac y mis padres, una última foto conmigo.

    Deseé.

    Deseé.

    Deseé.

    Y lloré en silencio.

    Como ella lo hacía.

    No sé cuánto tiempo pasé allí en medio de su habitación llorando, con las manos en el rostro.
    Abajo escuchaba la televisión encendida, seguramente porque Isaac estaba mirando algún dibujo animado, y a mamá preparando el almuerzo, pero yo no podía dejar de pensar en mi Jez, en mi ángel guardián y en cómo ahora ya no sabía quién era yo sin ella.

    Me acerqué al escritorio, aún con la vista empañada, rocé con las yemas de los dedos los lápices en sus tazas, el libro que mamá no se había atrevido a mover, su teléfono sin batería y al correr unas hojas lo vi, su letra. Era exageradamente temblorosa, en algunas partes apenas se entendía y había tachones, pero era su letra y la reconocería hasta en el fin del mundo.

    Tomé la hoja, sacándola de abajo de las demás y me esforcé por leerla. Estaba en inglés, en su mayoría al menos porque en algunos puntos se mezclaba con nuestro idioma, logré atajar algunas palabras… las suficientes.

    Joey Wickham.

    Inglaterra.

    Buenas intenciones.

    Déjame ser.

    Otra vida.

    Miedo.

    Enferma.

    Átomos.

    Feliz.

    Yo te amé.

    El llanto volvió, en el mismo silencio desolador, y algunas gotas saladas humedecieron el papel que sostenía en mis manos, haciendo que algo de la tinta se esparciera.
    Creo que de todas las cosas que hubiera podido encontrar en las pertenencias de Jezzie, esa era por demás la peor y dolía tanto.

    Cuando pude controlarme de nuevo, busqué en las gavetas del escritorio hasta dar con el cargador de su móvil y lo conecté para encenderlo.
    Lo desbloqueé sin mayor problema porque ella ni siquiera se molestaba en colocarle un pin.

    Contactos.

    Contactos.

    Bingo.

    Joey.

    Me sentía mal por estar revisando sus mensajes así, pero esa carta tan rara escrita con esa letra temblorosa… La había escrito antes de…

    Tragué grueso. En el chat había otro mensaje incomprensible, que aparecía como visto por el chico.
    ¿De dónde conocía a un inglés, de todas formas?

    Ella decía amarlo, lo llamaba cariño y se veía en sus palabras que realmente lo quería. Jez nunca había querido a nadie de aquella manera.

    Llamadas.

    Otro vuelco en el pecho. También había hablado con él antes.
    Fuera quien fuera, amigo, interés… No importaba, pero él no sabía y yo sentía que debía saber.

    Tomé ambas cosas y salí de la habitación de Jez, cerrando la puerta con el mismo cuidado que la había abierto.
    Bajé casi corriendo a la cocina y me recibieron los ojos dorados de mamá, sus ojos. Tuve que contener el llanto.

    —Mamá, ¿viste las cosas de su escritorio? —Ni siquiera me atreví a mencionar su nombre, porque sentí que iba a romper en llanto.

    La vi negar con la cabeza mientras se limpiaba las manos con una toalla de cocina, estaba tan tensa que parecía un robot.

    Extendí la carta frente a ella y luego de conectar el móvil en un enchufe de la cocina, hice lo mismo con el mensaje que le había enviado al muchacho.

    —An, por Dios no me digas esto. —Vi que su mirada se cristalizaba.

    —¿Ella te lo dijo?

    Asintió con la cabeza.

    —Uno tiempo antes de… —Tampoco pudo completar la frase—. Me dijo que le había regalado la bufanda que tejí para ella, la última que le regalé.

    —Es inglés, ¿de dónde se supone que lo conoce?

    —No lo sé, ¿quizás era de algún intercambio o algo parecido? No me dijo casi nada yo… yo no. Dios, An. —Noté que dos lágrimas se deslizaron hasta su mentón—. Yo no lo recordé en ningún momento.

    —Hay que decirle.

    —An, dejamos que pasara mucho tiempo.

    —¡Tenemos que decirle! —Sentí mi rostro comprimirse al intentar, sin demasiado éxito, contener las lágrimas. Tomé la hoja y señalé las palabras de mi prima—. Mamá, ¿lees esto? Dice que lo amaba. No puedo… no quiero que alguien a quien ella quería no sepa lo que le pasó.

    La vi tomar aire con fuerza, tomó su celular que tenía sobre la mesa del comedor, guardó el contacto del inglés e intentó llamarlo, pero no atendió.
    Le temblaban las manos.

    >>Mamá… hay que decirle ahora.

    Asintió con la cabeza apenas e incapaz de intentar llamarlo una vez más, optó por el plan B. Entró a WhatsApp, abrió un chat con él y presionó el botón de grabar.

    —Buenas tardes. Habla Angelique Haumann —empezó en inglés fluido, a pesar del acento. Pasó saliva antes de continuar—. Tía de Jezebel, yo, bueno mi hija, acaba de encontrar algo entre sus cosas con tu nombre y también vimos los mensajes y la llamada en su teléfono de hace uno tiempo. Joey, lamento decirte esto de esta manera pero debes entender que es muy difícil aún…

    —Jez falleció —dije en nuestro idioma y mi madre cerró los ojos con fuerza. Sentí que había apuñalado mi propio pecho.

    —Ella falleció hace seis meses, por un aparente fallo orgánico —secundó en inglés, con un hilo de voz—. De verdad siento mucho que te lo dijéramos hasta ahora que encontramos esto, pero no nos pareció correcto que no lo supieras. Hasta luego y cualquier cosa, estoy disponible si me necesitas. Cuídate.

    Envió el audio e inmediatamente después le arrebaté el teléfono de las manos para iniciar otro. Hablé en inglés, aunque me trabé un poco y quizás hasta conjugué algo mal. Fue una oración simple, la que pude formular a las prisas y la única que necesitaba.

    —Ella te quería.

    Enviado.

    El ámbar de mi madre chocó con el mío cuando le regresé el aparato y supe, por el dolor en su rostro y el que vi en mi reflejo, que ambas habíamos visto a Jez en la otra.

    Nosotros la queríamos.

    Y ya nunca más sentiríamos su amor.

    Ella había querido a Joey Wickham

    Nosotros la queríamos.

    Y yo la quería de regreso.





    Esto no lo hice en Btooom (porque estaba rotísima cuando escribí los últimos posts de Kat y ya no me funcionaba la neurona) pero como esto lo hemos ido alargando, precisamente porque nos destroza cada vez que debemos volver aquí y lidiar con su realidad, he podido pensarlo. Dejarlo reposar me dejó escribir este último post más tranquila.

    Quiero dejarlo en spoiler, ¿el qué? No sé yo. Un agradecimiento a secas a todos los que nos anotamos a este rol, a Tarsis por hacerlo. A Mary, porque a pesar de que vimos super poco de Dai, lo quise un huevo, a Andy porque amé cada post de Lena y me dolió tanto haber acabado con ella, haber obligado a Dai a acabar con ella más bien. Creo que fuese ese el primer momento en que me fusioné con Jez, ahora que lo pienso.
    Incluso a Gabi, que sé que ha andado leyendo este epílogo.

    Pero como siempre, Gigi, mujer, gracias. Gracias por esto, te lo he dicho mil veces pero amo lo que ocurrió con estos niños, la suavidad que lograron transmitirse y la calidez que siempre encuentro en ellos, a pesar de la profunda tristeza que hay en su final.
    Le guardo mucho cariño a cada uno de tus personajes, pero Joey, este condenado idiota, se ganó un lugar inmenso en mi corazón.

    Creo que no hubiéramos podido lograr esto si no hubiese sido juntas, porque con este tiempo que hemos estado kinda delirando, siento que nuestras ideas (hi five wing) y nuestras maneras de escribir han aprendido casi a complementarse y siento que fue, precisamente, por este año que compartimos con Jez y Joey, con su mierda, su caos, y su estúpido amor.
    Lo que te decía un día, antes de anotarme en Persona y en Gakkou estaba tan habituada a rolear contigo y solo contigo, que responderle a los demás de repente era hasta raro. Tenía que habituarme de nuevo a su forma de escribir, a leerlos, porque era como si no lo hubiese hecho nunca.

    Pocas veces logro encajar mis delirios, mis proyecciones, con alguien de la manera en que he logrado hacerlo contigo, quizás desde el inicio estuvimos caminando sobre la misma cuerda floja y, como los estúpidos de nuestros hijos, no lo notamos hasta el final, pero el momento en que lo notamos, joder, fue como liberar una presa. Pasó entonces todo el final de Fate en Disney, este epílogo, y en medio ocurrió el delirio del Tarot, donde nos aventamos más de 128 páginas en cosa de 15 días. Sincronizamos nuestro ritmo creativo sin darnos cuenta y sin planearlo, surgió este delirio y el que se avecina. *wink wink*

    Quiero agradecerte por este momento, porque de verdad es de esas cosas a las que uno les guarda aprecio durante el resto de la vida. Lo pasé increíble contigo en este rol, en este vorágine de emociones, y aunque me duele horrores este final, no me arrepiento de haber inscrito en este jodido battle royale. Es eso lo que quiero decir.
    Espero poder seguir coincidiendo contigo en roles, junto a los demás chicos, y por qué no, ver qué sale al juntar a nuestros niños.

    Sin más que decir, nos vemos. Me despido, una vez más, en nombre de Jez.

    See ya.
     
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  19.  
    Gigi Blanche

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    [​IMG]
    29 de Octubre, 2020
    Falmouth, Inglaterra


    El obturador de la cámara reconoció el brillante e impoluto plumaje de los pavos reales blancos danzando entre las cintas de agua artificiales. A pesar de haberme clavado allí unas buenas dos horas no conseguí capturar el momento que ansiaba, ese que había hechizado a la humanidad desde tiempos inmemorables. El cuerpo níveo, como de nieve, y el extraordinario abanico monocromo reflejando la luz del sol grisáceo tras la tormenta. Cuentan las leyendas que Hera, esposa legítima de Zeus, pintó a los pavos reales con los mil ojos de Argos. Quizá sus colas tuvieran el poder de observarte, para juzgar o absolver a voluntad. Quizás estuve estaqueado al suelo unas buenas dos horas a la espera de un yugo condenatorio, o un ángel, o el reflejo de mis propios ojos, para oír el obturador de mi cámara y buscar luego en una imagen algo indefinido a lo que poder brindarle un nombre. Pero el pavo real se mantuvo modesto y me dio la espalda, alejándose a paso lento hasta convertirse en una mancha blanca entre el paisaje. Releí la placa informativa del zoológico antes de imitar al ave y poner distancia entre las risas de los niños y lo que quedaba de mí.

    El pavo real común (Pavo cristatus), también conocido como pavón real, pavo real de la India o pavo real de pecho azul, es una especie de ave galliforme de la familia Phasianidae.
    Es originario del sur de Asia, encontrándose por todo India y en zonas secas de Sri Lanka. Es el ave nacional de India.

    El camino hasta casa rondaba la hora y media, y honestamente no me importaba. Podía atravesar la zona boscosa de Falmouth y bajar por la playa hasta dar con la granja escarchada y la cabaña antigua, de dos pisos y tablones quebrados, en la que había vivido siempre. No conocía otra cosa, y una parte de mí dudaba hacerlo. Matty había logrado escapar, había puesto distancia entre estos cielos grises y su increíble ambición de cara al futuro, pero yo no lo entendía. Cuando alzaba la vista y las pequeñas gotas de humedad acariciaban mis mejillas me sentía a salvo, sentía que ningún otro paisaje podría coronar mi cabeza. Aunque las estrellas estuvieran lo suficientemente lejos como para tener millones de espectadores, no sentía correcto moverme de allí. Yo no podía perderlas, pero ¿y si ellas me perdían a mí? No lo toleraría.

    El violeta rojizo del amaranto me recibió en la entrada, y seguí su rastro hasta llegar a la huerta. Me fui acuclillando junto a varios cultivos para revisar el color de sus hojas, la humedad de la tierra y el estado de los frutos. Removí algo de la maleza salvaje, lancé al compost todo lo apestado y permanecí de pie unos momentos, junto a la verja oxidada. Mis ojos repasaron el paisaje de todos los días. El verde pálido de los follajes perennes, el blanco frágil del césped escarchado, el marrón raquítico de las ramas desnudas, y el violeta rojizo del amaranto.


    ἀμάραντος

    Acaricié sus largos racimos de flores apenas con la punta de los dedos, casi como si temiera romperlas, antes de entrar a la casa por la puerta de la cocina. El aire era quieto y silencioso, papá debía estar durmiendo la siesta. La vajilla seguía acumulada en el fregadero y el mantel a cuadros estaba lleno de migajas de pan. Suspiré. Sin Matty allí éramos un auténtico desastre, ¿eh? Dejé la cámara sobre la despensa, el abrigo en la percha, y me arremangué el sweater para ordenar y limpiar la cocina. Intenté hacer el menor ruido posible para evitar interrumpir su sueño; hacía días que venía con una fea gripe y descansar, por una maldita vez en su vida, le haría bien.

    El silencio nunca había sido mi aliado, pero desde que me gradué de la secundaria y todos mis amigos huyeron de Falmouth aprendí a soportarlo. Era eso o… no lo sé. Enloquecer, quizás. O convertirme en mi viejo. O matarlo.


    ἀμάραντος
    amárantos

    Ya eran unos cinco meses, ¿no? Recuerdo la silueta encorvada de Matty fregando su propia sangre del suelo, mientras las piernas aún me temblaban demasiado como para incorporarme. No podía dejar de observarme los nudillos magullados. Intenté quitarme las astillas más grandes con la escasa iluminación que me alcanzaba desde la cocina y el reloj cucú fundiéndose en el silencio, y la respiración pesada de mi hermano y la ausencia delatora de mi viejo. Pocas veces lo había visto con tanta claridad como entonces.

    Cuán solos estábamos.

    Esa noche observé el cielo despejado hasta que me ganó el sueño. No lograba ver a Cygnus desde mi ventana, aunque reconocí al pequeño cachorro, Can Menor, y la fuerza increíble de Sirius por sobre todas las demás. No creí que las estrellas de ese entonces fueran una coincidencia, y busqué mi móvil para releer aquel extraño mensaje de la chica chalada, de hacía unas dos semanas. Desde que recuperé la consciencia en medio de la vorágine y encontré mi puño sobre la despensa de madera sus palabras me rayaron el cerebro.

    No lo hagas.

    No lo había hecho, ¿verdad?

    No lo hagas, por lo que más quieras.

    No podía decir que las había considerado con suma claridad, pero quizá habían permanecido con la fuerza suficiente para hablarme en un idioma invisible, para atarme los brazos y sostenerme las manos que quise dirigir a mi viejo, porque estaba seguro. Había querido matarlo, o al menos hacerle mucho daño.


    ἀμάραντος
    amárantos
    eterno, inmortal, infinito

    Esa noche pensé en llamarla, pero los surcos de lágrimas no parecían tener la idea de secarse y descarté la idea. No quería oír mi propia voz, ni ver mi propio reflejo, ni seguir encerrado en este maldito cuerpo. No quería nada de mí, y no pude parar de llorar pues sabía que seguiría siendo mi eterna compañía en medio de este silencio.

    ¿Quién era Jezebel? Me las había ingeniado para olvidarla, a decir verdad. Haberla conocido bajo toda esa fiebre galopante me había servido de excusa para enterrarla hondo en la gaveta de recuerdos desagradables, o molestos, o exigentes. Siempre había sido un negador experto, pero con la edad parecía venir el desgaste y cada vez me costaba más sostener mi armadura. Lo veía en los quehaceres cotidianos, la vajilla sucia, los libros llenos de polvo y las azaleas marchitas. Lo veía en la sonrisa piadosa de la Señora Abernathy y en las manos toscas de mi viejo, incapaces de tocarme. Lo veía, pero lo veía a la distancia suficiente para presionar el obturador y romper la fotografía. Esa noche, sin embargo, me arrolló con la fuerza de un tren en movimiento. Matty volvió a Manchester a la mañana siguiente y el silencio se aferró con brazos y piernas a mi cuerpo.

    Empecé a soñar, quizás a modo de remedio. La ausencia de colores y sonidos se desdibujaba y me arrojaba a mundos increíbles. Comencé a dormir más y más en busca de esos sueños. Las luces violetas sobre la rueda de la fortuna, las canciones de cuna haciendo eco entre bloques de hielo, la savia del aloe vera corriendo por ríos espesos hasta un oasis en medio del desierto. La calidez de unas manos ajenas, de un sol despiadado y de una bufanda color amaranto. El blanco imberbe y soberbio de la nieve, de una princesa, de la espuma bañando la costa. El blanco de las estrellas sobre el amplio manto oscuro, tintineando y fundiéndose con el agua salada del océano y de sus lágrimas.

    A día de hoy sigo encontrando fragmentos de ese blanco indefinido por doquier, y cuando los encuentro me aferro a ellos, los guardo en un cofre y, a veces, cuando no duele tanto, los saco e intento armar el rompecabezas. Pero no tiene sentido, pues sus bordes son diferentes cada vez que los reviso. Así y todo, me encadeno al estúpido resquicio de esperanza de encontrar lo que estoy buscando… aunque ni siquiera sepa qué es.

    Cuando terminé de fregar los platos, subí a mi habitación y revisé las fotos del zoológico. El pavo real se veía elegante y majestuoso, sobrio; quizá demasiado. No me decía nada. Arrugué el ceño y dejé la cámara sobre el escritorio, rozando apenas el borde de una hoja tapada por unos cuadernos. La respiración, de repente, me pesó en los pulmones.


    Joseph Benjamin Wickham
    Falmouth, Cornwall, Inglaterra
    21 años
    (x) M ( ) F
    Bachillerato en Falmouth School, especialización en Ciencias Naturales
    Cadete en Penryn Library, 2016
    Camarero en Gylly Beach Cafe, 2017-2018
    Maestría en Fotografía Artística, Cornwall Art Galleries, 2020

    Era un currículum bastante triste, ¿eh? No tenía idea qué lograría conseguir con toda esa experiencia dispar, y pensarlo honestamente me alteraba. Mi viejo ni siquiera estaba al tanto del curso de fotografía que había tomado durante el verano, y cuando preguntó por la cámara le dije que había salido monedas. Hacía ya dos meses que esa hoja de papel no dejaba mi habitación y no sabía de dónde sacar las fuerzas para sentir que merecía la pena el esfuerzo. Que yo merecía la pena el esfuerzo.

    Era un negador por excelencia.

    Bostecé, cansado, y me eché sobre la cama para revisar el móvil. Hacía tiempo ya que mi vida social estaba en números rojos y cada vez le prestaba menos atención al aparato. Arrugué el ceño al ver la notificación de la llamada perdida, y cuando entré a WhatsApp sentí un desagradable déjà vu. El número, desconocido, tenía una característica rarísima y cuando amplié su foto de perfil se me escapó el aire del pecho.

    Ojos ámbar

    Jez
    Blanco
    Sueños
    Pavo real blanco

    No lo hagas, cielo
    Jezebel
    Blanco
    No te preocupes, cielo
    Cygnus
    Cielo

    Jezebel
    Sirius
    Ojos ámbar

    Jezebel Vólkov
    Pavo real blanco
    Blanco
    Blanco
    Blanco

    Las voces se mezclaron en mi mente a todo volumen y me llevé las manos a los oídos, como si pudiera acallarlas.

    Compré semillas de amaranto, sacan flores hermosas.

    Eres un buen chico, Joey.

    ¿Ves allá arriba, cariño, la que parece abrazar al mundo? Esa es Cygnus.

    ¡Eh, Joey! ¡Pásala!

    ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀¿Deberíamos enterrarla?

    Es mi constelación favorita.

    ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀Sí te das cuenta, ¿no? Cuán vacío estás.

    ¿Debí dejarla ahogarse?

    Perdóname, cariño. Mami se irá primero.

    Pero, Joey, ahora no nos alcanza para las flores de mamá.

    ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀¡Maldita sea! ¡Haz algo bien por una vez en tu vida, joder!

    ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀Por Dios, sé feliz, mi amor.

    Joey, ¿podrías cerrarte esa campera? Ni que quisieras matarte, hombre.

    Atesorar lo que escasea es de coleccionistas egoístas.

    ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀No eres más que un parásito.

    ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀Mis átomos conocieron a tus átomos.

    Cuídate mucho… alstublieft.

    ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀Y los han conocido desde entonces.

    En la mitología hindú, el pavo real blanco simboliza las almas dispersas a lo largo del mundo.

    Había comenzado a llorar incluso antes de oír el audio, algo en mi cuerpo parecía haberse activado a una velocidad vertiginosa y sentí pánico. Genuino y absoluto terror. Una energía similar me había inundado segundos antes de romperme la mano contra la despensa y no podía soportar algo así una vez más.

    Más voces.

    Buenas tardes. Habla Angelique Haumann. Tía de Jezebel.

    Lo imaginé. Dijo que vivía con sus tíos, ¿verdad?

    Yo, bueno mi hija, acaba de encontrar algo entre sus cosas con tu nombre y también vimos los mensajes y la llamada en su teléfono de hace uno tiempo.

    ¿A qué viene todo esto? ¿Por qué tú y no Jez?

    Joey, lamento decirte esto de esta manera pero debes entender que es muy difícil aún…

    No.
    No, no, no, no.

    Jez falleció.

    Blanco.

    Ella falleció hace seis meses, por un aparente fallo orgánico.

    Seis meses.

    De verdad siento mucho que te lo dijéramos hasta ahora que encontramos esto, pero no nos pareció correcto que no lo supieras.

    Hablamos hace seis meses, ¿verdad?

    Hasta luego y cualquier cosa, estoy disponible si me necesitas.

    ¿Qué te ocurrió, Jez?

    Cuídate.
    ¿Por qué?

    Ella te quería.

    ¿Por qué?

    ¿Por qué, Jez? ¿Por qué me enviaste ese mensaje? ¿Por qué parecías conocerme y amarme? ¿Por qué siento que te conozco de toda una vida y, aún así, no tengo ni un recuerdo contigo? ¿Por qué no sé nada de ti, pero me duele tanto el corazón? ¿Por qué me duele tanto que… hayas muerto?

    ¿Por qué no puedo parar de llorar?
    ¿Por qué no puedo respirar?

    En ese momento, quizá por un capricho de mi mente, todos los fragmentos blancos de mis sueños se amalgamaron en una silueta humana brillante, dulce y perdida, y fueron iluminados por una luz trémula. Era ámbar, como los lengüetazos vivos de una fogata, intentando alcanzar lo inalcanzable; como las hojas de arce, bañando el césped en otoño; como el sol de la mañana, arrimándose hacia el cielo oscuro; como las luces de la acera, iluminando mis paseos errantes de madrugada; como las velas del cobertizo, y las páginas de los libros viejos, y la arena de la playa, y el esmalte en las uñas de mamá. Era ámbar, Jez, como tus ojos, y sólo pude pensar una cosa.

    Que eran preciosos.

    Clavé la vista en el techo hasta que todo se desvaneció entre las lágrimas, incluso las manchas de humedad y los pósters del Manchester colgados en la pared, y el jarrón de amarantos y la fotografía de mamá. El móvil resbaló hasta el acolchado y apenas entonces noté que aún llevaba la bufanda puesta, de la visita al zoológico. Hundí el rostro en ella.

    —¿Por qué? —sollocé, estrellas parpadeando sobre mis párpados cerrados.

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    28 de Febrero, 2021
    Naarden, Países Bajos


    Querida Jez: sorpresa! Ah espera, debería haber dejado un espacio antes de seguir escribiendo? Es la primera vez que hago una carta verdadera de verdad, asi que me disculpo si me sale horrible! Siempre me retaron en clase por mi caligrafía horrible y mis faltas ortográficas, y aunque creo que para eso de los diecisiete años empecé a mejorar, creo que sigo teniendo algunos problemas. El autocorrector del movil me ha salvado más veces de las que me gustaría admitir.

    Pero bueno, te preguntarás qué hago aquí? estoy loco? acaso perdí la cabeza? puede que algo de la chica tan bonita y demente que me envió un mensaje de la nada se me haya pegado? Bueno, todas esas preguntas son correctas! Un pajarito me dijo hace ya un tiempo que hoy es tu cumpleaños (o sea, cuando te deje la carta, no? bah tú me entiendes), y como lo que hago me gusta hacerlo en grande decidí visitarte! Increíble, eh? Lo sé lo sé, me encanta sorprender a las señoritas y ya sabes, mantener siempre viva la llama.

    Ahora mismo estoy en mi dormitorio del hotel barato que conseguí rentar. Tus tíos me ofrecieron quedarme con ellos, fueron de hecho super amables! pero me sabía mal, así que les negué la invitación. Además, aquí entre nos, creo que me habrían hecho muchas preguntas que sólo tú sabes la respuesta, y preferi no pasar por eso. Dejemoslo como nuestro pequeño secreto, va?

    Pasaron varias cosas desde que nos dejaste Jez, pero lo que más me apetece es contarte las bonitas. Hace tres meses, un poco antes de navidad, conseguí trabajo en una galería de arte. A papá no le vino en mucha gracia perder manos laborales en la granja, pero me las arregle para ayudarlo los fines de semana, mantener viva la huerta e ir a trabajar todos los días. He estado tan ocupado! Llego a casa con lo justo para preparar la cena y caer rendido en la cama, pero se siente super bien. Me pasé tanto tiempo sin un rumbo fijo, sin saber qué mierda hacer de mi vida, que tener los pies en una ruta especifica es increiblemente relajante. Puede que sea poco, y puede que no tenga ni de coña la increíble ambición y motivación de Matty, pero es lo que he conseguido y estoy bastante satisfecho. Al menos de momento!!

    Y bueno, con el dinero que he hecho estos meses pude apartar un poco y organizar este pequeño viaje (casi) de contrabando a tu país. Debo admitir que es bastante bonito, aunque no le entienda una mierda a nadie. Al menos mucha gente sabe inglés, eso está super cool! Están hablando en arameo y de repente cambian el chip y entiendo cada palabra de lo que dicen, es como magia. Aún no conocí a tu familia, eso lo haré mañana y si me preguntas estoy un poquito nervioso, casi como si… estuviera por conocer a la familia de mi novia o algo así. Suena muy extraño, verdad? Porque no tengo la menor idea de qué fui para ti y me gustaría creer, por mi salud mental, que no estuvimos comprometidos ni nada parecido.

    No sé qué fui para ti y tampoco podre saberlo, pero sí sé lo que fuiste para mí: una chica chalada, de cabello blanco como la nieve y ojos dorados, que entró en mi vida como un huracán, dijo un par de mierdas raras y se fue… o al menos creyó hacerlo. No sé muy bien cómo explicarlo pero, Jez, nunca lograste salir. En todos los eventos importantes de mi vida desde esa noche apareces tú, de una u otra forma. Cuando me hundí, cuando me desperté, cuando dolió como la mierda y cuando decidí salir adelante. De alguna forma, ese primer mensaje que me enviaste fue mi motor para tomar algunas decisiones de las cuales no me arrepiento ni un poco, y no puedo más que agradecerte.

    La noche que hablamos fue la misma que te fuiste, y honestamente no sé qué pensar sobre eso. No voy a mentirte, me costó bastante asimilar toda la información y ponerla en perspectiva. Darme cuenta que probablemente estuvieras yéndote mientras yo hablaba y hablaba sobre mi cena… bueno, dolió un huevo. Se supone que soy un macho y me hiciste llorar como un crío, cómo te atreves! Pero bueno, ese será nuestro otro secreto.

    Ah, el cielo aquí es tan limpio. No hay punto de comparación con Falmouth, donde vive encapotado y lloviznando. No me llevó ni dos minutos encontrar a Cygnus. Es mi constelación favorita, ¿sabías? Quiero decir, quizá sólo te estoy repitiendo cosas que ya sabías, me disculpo si es el caso. La verdad que no sé qué cosas sabes y cuáles no porque siento que sabes mucho más de lo que pienso, y ya dije muchas veces saber! Ah mierda, esta cosa debe estar horrible. Lo siento.

    Pero bueno, a veces me pongo un poco romántico (yo? romantico? ja) y pienso cosas vergonzosas. Como el otro día, mientras ultimaba los detalles del viaje y vi hacia el cielo, entonces pensé en cuántas estrellas muertas siguen brillando para nosotros. Todas las estrellas están destinadas a morir, como todos nosotros, y todas las plantas y todos los animales. Todos vamos a morir, pero no quiero quedarme sentado esperando a ello. El día que finalmente lo entendí, agarré el bendito currículum y empapelé todo el puto pueblo con él. Y aquí estoy! Un flamante miembro de la sociedad, económicamente activo, ganando dinero y pudiendo hacer viajes internacionales para entregar cartas que jamás serán leídas. Jajaja, es un poco… estúpido, no? Pero me da igual, así como me da igual que muchas estrellas ya estén muertas. A pesar de ello, su luz aún nos alcanza y eso es lo que importa.

    Son como tu luz, Jez. Aunque te hayas ido lejos, tu luz sigue alcanzando lugares recónditos y sigue entibiando la vida de muchas personas que te conocieron. Y qué puede importar de la muerte si no es impedimento para que tu luz, tu amor y tu bondad los alcance? Tu tía, Angie (no voy a mentirte, me hice muy amigo de ella!), Vic, Anne e incluso el pequeño Isaac. Y yo, en cierto punto, aunque a veces no sienta el pleno derecho de incluirme en ese grupo. Estoy seguro que si estoy aquí es en gran parte gracias a ti. Y no sé cómo le hiciste mujer, debes tener un superpoder o algo!

    Mierda, me duele la mano así que iré cortando. Dios me da una vergüenza horrible la idea de releer esto, creo que hasta me ruborizare. Debe ser tan cursi!! Pero mi honor de caballero me impulso a dedicarte una carta y mantendré mis principios hasta el final. Creo que te lo mereces, Jez. Creo que es lo mínimo que te mereces de mi parte, de quien parecía ser tan importante para ti y… bueno, no logra armar el rompecabezas. Ya estoy bastante convencido de que nunca podré ver la imagen completa, y lo he aceptado como tal. Mi mente no logra recordarte, pero mi cuerpo parece gritarme cosas en un idioma extraño y, aunque no las entienda, les presto atención. Como cuando supe que… te habías ido, y caí enfermo una semana entera. Dios, tuve una fiebre horrible y no lo sé, fue como si la noticia literalmente me hubiera hecho sangrar. No lo sé, es todo muy raro pero he aprendido a aceptar incluso las cosas sin explicación lógica.

    Como en esta película, la que te conté, te acuerdas? la de los átomos.

    Como los gusanos, que solo pueden oler y tocar cosas, y les resulta inconcebible la noción de luz. Pero nosotros, humanos, sabemos que la luz existe y está en todos lados, y los rodea por arriba y por debajo aunque los gusanos no logren percibirla. Entonces, si es cuestión de mutaciones, por qué no puede ser posible? un sexto sentido.

    Creo que te extraño de una forma inexplicable, que mi cuerpo te extraña horrores. Así y todo, aprendí a vivir con ello. Dolió, pero también encontré la salida de un pozo horrible y por ello quiero agradecerte. Gracias, Jez. Gracias por haber sido la chica chiflada que me contuvo de cometer el peor error de mi vida, gracias por haberme despertado, gracias por haberme contactado esa noche.

    Traje unos amarantos de casa para dejarte junto a la carta, espero que te gusten. Es una planta que da semillas comestibles y también una flor muy bonita, como racimos de un violeta rojizo. Pero lo que más me gusta es su significado, sabes? Significan eternidad, infinitud, y creo que eso te representa bien. Eres como la luz de una estrella para el ojo humano. Mi mamá también está allá arriba y cuando miro al cielo pienso en ambas. Ella se fue con una expresión muy triste, pero me gusta creer que encontró paz y felicidad. Espero que lo mismo te haya pasado a ti.

    Gracias y muy, muy feliz cumpleaños, linda. Aquí todos te aman y te extrañan.

    Puede que yo también.


    Joey Wickham


    Ohboy, what a ride. Es increíble cómo algunas (las mejores) cosas pasan sin que hayamos sido capaces de predecir ni media uña en qué se convertirían. Porque cuando hice la ficha de este idiota, cuando me anoté en Fate (ah verga, dije, otro battle royale pa sufrir), incluso todos los primeros meses roleando. Jamás imaginé esto. Jamás imaginé todas las noches de dolor, de fangirleo intenso, todas las sonrisas que me arrancarían estos personajes y, cómo no, también todas las lágrimas. Jamás imaginé que Joey se enamoraría tan profundamente de Jez, ni que yo me enamoraría tan profundamente de ellos. Y no les explico yo lo que me duele aún y me frustra la idea de que Joey no lo sepa, no recuerde lo que vivieron juntos, ni todo lo que estuvo dispuesto a sacrificar por ella. Pero lo que más me duele de todo es que no sepa lo que Jez in fact sacrificó por él.

    Pero bueno, como soy una bitch que no puede estarse quieta manejé un poco los hilos para que, aunque sea de forma inconsciente, Jez se hubiera imprimido en él. Perdona Tarsis si sobrepasé los límites, pero lo hecho hecho está (???) También me disculpo si este último post quedó extremadamente raro, porque la verdad que me mamé y estuve como una hora editando formatos. But oh well, espero que les guste (? Also, también me disculpo con Yaahl por haberle robado la idea de los espacios locos uwu Quería una forma de diferenciar de quién era cada voz al menos un poco, y este plagio descarado fue lo mejor que se me ocurrió. Anyways, son las voces de su mamá, de Matty, Jez, su padre y él mismo. Espero que no se haya hecho muy pantanosa esa parte jsjs

    Así que, como Joey, sólo me queda agradecer. Va a parecer entrega de premios pero oye, nobleza obliga. Primero y antes que nada, gracias a Tarsis ofc por masterear el rol y habernos permitido este espacio donde los bebés nacieron y crecieron. Gracias a Mary, a Pacman, a Insane, Liza, Rapu, gracias a todos con quienes roleamos en algún momento y fueron parte de este battle royale del demonio. Sé que las cosas no se desarrollaron super smooth, que hubieron parones, ausencias, etc etc, pero si pienso en la experiencia pasada en el presente, si la resignifico lo suficiente, no puedo más que agradecerles.

    Pero a quien más le debo, sin duda, es a ti, Yaahl. Y sé que prácticamente me estoy repitiendo con todo lo que ya dijiste perO YO TAMBIÉN QUERÍA DECIRLO, OKEY? Rolear a estos idiotas contigo fue un auténtico viaje, y no sólo eso, sino todo en lo que derivó. En los delirios de Gakkou, y la wea del tarot, y todo lo demás. Sé que ya te lo dije, pero contigo me sincronicé como hacía muchísimo tiempo no me sincronizaba con alguien, y todo lo que creamos, la forma tan natural en que fue surgiendo... gurl, fue super satisfying. No creo olvidarme alguna vez la noche donde acabó Disneyworld. Eran las ocho de la mañana, me caía del sueño, y no podía parar de llorar. No podía parar de sentir en carne propia todo lo que nuestros niños estaban sintiendo, y dolió un huevo pero, ¿sabes? Creo que ser capaz de sentir así algo que no te está ocurriendo a vos es una cosa maravillosa. Ya sabes, la empatía. And well, ya me hago una idea a que somos dos locas five-wing más sensibles que la mierda and so, i feel u and i get u and tbh me encanta haberte conocido y haber pasado por todo esto juntas. No lo imagino así con alguien más.

    Me llevo mil momentos especiales para cargar por siempre en el corazón.

    Gracias, cariño. Muchas gracias.

    PD: me olvidé arribita AAAAA y gracias a Amane por habernos estado leyendo desde Disney aunque ni tenía que hacerlo uwu Eran super nice las notis de sus rating que iban cayendo <3
     
    Última edición: 29 Mayo 2020
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