Otro Entre tazas y tijeras (Heartless Marissa Meyer)

Tema en 'Fanfics sobre Libros' iniciado por Navaja, 9 Mayo 2026.

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  1. Threadmarks: Capítulo 11
     
    Navaja

    Navaja El mundo está esperando ahí

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    Escritora
    Título:
    Entre tazas y tijeras (Heartless Marissa Meyer)
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    11
     
    Palabras:
    2019
    Capítulo 11
    Hatta se acercó a la cocina y vio a Shelly devorando prácticamente un pote de yogur y soltar un suspiro exasperado al final.

    Ella se volteó y se secó con el dedo una gota de la comisura del labio.

    —¿Qué quieres comer? Vas a desaparecer de pura hambre.

    — Té. Y pan, si no es demasiado inconveniente.

    Shelly apartó unas bolsas color verde selladas que estaban sobre la mesa —evidencia de que Hatta no las había tocado— y le hizo un pan con mantequilla. Puso a hervir agua y se sentó por fin. Hizo un pan para ella también.

    —Esta noche vamos a dormir más cómodos. No podemos exponernos a un resfrío. Aquí es muy helado.

    Él dio unos pasos hacia ella.

    —Ven, siéntate —dijo ella apartando uno de los banquillos plásticos.

    Él obedeció. Se quedó un momento en silencio, con la mirada fija en el pan, como si las palabras le pesaran más de lo que estaba dispuesto a admitir.

    —No entiendo, querida, cómo logras convertir cada gesto de hospitalidad en una deuda que yo no pedí.

    Ella lo miró de inmediato.

    —¿Hice algo mal?

    —Me dejas en una posición… indecorosa. Nunca, ni en mis pesadillas más horribles, imaginé que una dama tendría que vestirme.

    Por un momento ninguno dijo nada. A Shelly se le enrojecieron las mejillas de rabia y vergüenza. Hatta frunció el ceño y desvió la mirada.

    El hervidor pausó su burbujeo. Shelly preparó el té para ambos. Esta vez eligió uno de arándanos secos y le extendió el único plato con pan.

    —Olvidé traer más platos —murmuró Shelly para sí misma.

    Se extendió un silencio incómodo. Shelly quería largarse a llorar. Sintió la respiración temblarle y bebió un sorbo que le quemó la lengua.

    Se levantó y salió de la cocina para buscar en las bolsas de basura negras. Sacó una toalla, el neceser y ropa. Lo llevó todo al baño.

    Hatta suspiró y se frotó la sien, exhalando sonoramente. No pudo esperar más y comió lo que Shelly le había dejado, mientras escuchaba correr el agua en el baño y una nube de vapor comenzó a llenar el ambiente.

    El olor a té comenzó a mezclarse con fragancias dulces y frutales que provenían del vapor del baño. Se sintieron amplificados los aromas que emanaban de Shelly sutilmente cuando le hablaba de cerca y no pudo pensar en nada mientras seguía bebiendo el té, que se sentía como un premio por haber sobrevivido un día completo en esa nueva realidad.



    Shelly se demoró bastante. Se escuchó el secador de pelo un largo rato y, cuando salió finalmente, vestía un pijama rosa de dos piezas, bastante felpudo. Su piel pálida tenía las mejillas sonrojadas y la nariz con un rojo brillante. Sus ojos también estaban rojos. Olía a limpieza y un perfume a chicle que se olía de lejos.

    Ella llevó sus prendas oscuras hasta el cesto de las toallas sucias y Hatta la siguió.

    —Milady.

    —Hatta, no sé qué palabras usar porque va a sonar mal de todas maneras.

    —Te escucho —Hatta enderezó la espalda.

    Ella suspiró y miró el suelo.

    —No sabes lo que me costó traer todo esto. No me gusta tener que comprarte ropa para que la desprecies. No me sobra el dinero y de verdad quiero que te sientas cómodo aquí. Lo siento si te ofendí, pero tú me has ofendido a mí al rechazar mi esfuerzo.

    Habló de corrido, sin atreverse a mirar a Hatta ni una sola vez.

    —No me gusta echar en cara cosas ni sonar como víctima. Pero no hay ninguna otra manera en la que se me ocurrió decírtelo.

    Hatta no respondió de inmediato. Se quedó de pie con la espalda recta. Cuando habló, la voz le salió baja, precisa, sin el filo de antes pero tampoco blanda.

    —No desprecio tu esfuerzo.

    Hizo una pausa.

    —Desprecio la posición en la que me colocas. De donde vengo, un hombre no recibe de una dama aquello que debería proveer. Cada cosa que pones en mis manos me recuerda que no tengo nada que ofrecer a cambio.

    Sus dedos se cerraron a los costados.

    —No es ingratitud. Es orgullo. Y no pienso disculparme por él.

    Desvió la mirada un segundo, incómodo con lo mucho que acababa de decir.

    —Dormiré con lo que ya tengo. Lo demás… lo pensaré.

    —Deberías tomar un baño. Si vas a hacerte el digno, al menos que sea oliendo bien.

    Shelly se dio la media vuelta a ordenar todo el equipaje que había en la entrada.

    Hatta buscó su bastón y lo apretó hasta que el pomo le marcó la palma. Se pasó una mano por el rostro, despacio, como si pudiera alisar la humillación.

    —Ofender una nariz sería de muy mal gusto, querida niña. Y yo tengo estándares.

    Hatta se dirigió al baño con la cabeza en alto y cerró la puerta tras él.

    Shelly armó el campamento, colchón en el piso al lado del futón y, ahora podía convertir aquel espacio en una verdadera cama, con sábanas de polar, frazadas, un cobertor y almohadas para cada uno.

    Se sintió feliz de su obra y se felicitó internamente por su decisión de haber pagado para que instalaran una discreta ducha en el baño. Durante el día, la teleducha quedaba oculta y, cuando se ocupaba, había un soporte para dejarla en alto y una manilla de agua caliente y fría.

    Estaba absorta en este momento de admiración propia cuando puso atención y escuchó que el chorro del agua llevaba un rato abierto, pero el calefón no estaba encendido.

    Se apresuró en llegar al baño y habló a través de la puerta.

    —Hatta, gira la manilla hacia el otro lado.

    Hatta no contestó. Su orgullo seguía intacto o, eso quiso creer mientras temblaba. La dejó un momento más así y después se escuchó un clic, el sonido del calefón encendido.



    La noche había avanzado bastante cuando el sueño se estaba apoderando de Shelly, que bostezaba cubierta hasta la nariz en el futón. La estufa encendida en una esquina calentaba por fin aquellas paredes que la noche anterior los había dejado helados. Luces bajas. Y Hatta, por fin, se atrevió a acercarse.

    Pelo húmedo. Olor a jabón. El sombrero bajo el brazo. El pijama nuevo puesto.

    Caminó con la frente en alto y el ceño fruncido. La tela le rozó la nuca al dar el primer paso. Algodón barato. Costuras un poco toscas. Un gris opaco, sin caída. No era horrible, era corriente. Y eso, para sus manos de sastre, resultaba casi más ofensivo que si hubiera sido ridículo.

    Se detuvo frente al colchón y escudriñó la escena con la nariz respingada.

    —Veo que has redistribuido el territorio.

    Shelly, medio tapada hasta la nariz, lo miró por encima de la frazada.

    —Eres más alto. Aquí en el futón yo quepo sin doblarme. Así que tú usarás el colchón.

    La sonrisa se le notó incluso en los ojos.

    Hatta volvió a mirar el colchón ataviado como una cama: sábanas de polar, cobertor, almohada. Todo práctico. Todo ajeno. Todo pensado para no pasar frío, no para ser bello. Una leve sonrisa se le extendió por la comisura de los labios.

    —Qué consideración tan práctica —murmuró—. Me cedes el suelo como si fuera un honor.

    Dejó el sombrero sobre la almohada y se metió dentro.

    El polar lo envolvió de inmediato. Afelpado, cálido, con ese olor a clóset y a casa que no era la suya. El pijama le raspaba un poco en los hombros y, aun así, debajo de las frazadas, la tela barata dejó de importarle tanto. Estaba limpio. Estaba abrigado. Odiosamente cómodo.

    Cerró los ojos, molesto consigo mismo por notarlo.


    Pasó un largo rato en silencio. La estufa apagada al igual que las luces. Ninguno de los dos podía dormir. Shelly lo notó porque la respiración de Hatta sonaba consciente, diferente a la respiración lenta y pausada de alguien que descansa.

    —Oye, Hatta…

    Pasaron unos segundos antes de escuchar su respuesta.

    —Sí.

    —¿Eres bueno aconsejando?

    —He dado consejos, sí. El problema nunca fue darlos. Fue que quienes los recibieron los tomaron solo hasta donde les convenía.

    —Podríamos intentarlo… ¿Puedo confesarte algo?

    Hatta se acomodó mejor para observarla en la penumbra.

    —Te escucho.

    —Desde que pasó las noches aquí, en casa no paran de decir que soy una libertina. Que de seguro es porque estoy haciendo cosas indecentes. Y todos los adjetivos descalificativos que se pueden agrupar con respecto a eso.

    La expresión de Shelly se contrajo y se ocultó un poco bajo las cobijas.

    —Me cansa ir a casa y recibir ese tipo de comentarios. Tener que defender mi honor de las personas que se supone me conocen desde niña y a la vez... Las que menos me conocen.

    La voz de Shelly se quebró en esa última frase. Tomó aire antes de continuar.

    —Estoy sumamente cansada, Hatta. Entre el estrés del salón, pagar este lugar, pagar los insumos y tener esto como un segundo hogar... Me quedo sin recursos. No tengo una casa. Por eso vivo aquí la mayor parte del tiempo. Por eso hay una cocinilla y una ducha al lado del inodoro. Soy un desastre en vida, Hatta —la voz de Shelly se fue apagando a medida que hablaba—. Este salón ni siquiera pasa lleno. Debería subir los precios o… contratar a alguien, pero no me dan los números.

    Hatta no habló de inmediato. La miró un segundo de más, con esa seriedad incómoda de quien no sabe consolar y se niega a fingir que sí.

    —Desde donde yo vengo, te tildarían de una manera similar o como una mujer rebelde. Eso si tienes suerte —Hatta miró el techo un momento y se alisó el pijama sobre el pecho notando lo justo que le quedaba de largo—. Pero, como el hombre de negocios que soy o… fui, sé lo que es llevar el peso de uno y, sostengo lo que te dije esta tarde. El peso que cargas es demasiado para el tamaño de tus hombros.

    —¿Entonces debería renunciar, cerrar mi local?

    La mirada que le dirigió Shelly le hizo apretar el corazón. Era la mirada de alguien desamparado, conteniendo lágrimas con dignidad.

    —Cielos, criatura —sonrió —. No es necesario ser así de tajantes. Te falta una buena estrategia. A los clientes se les atrae con promesas.

    —¿Cómo lo hacías?

    —Haciendo los mejores sombreros del mundo. Nadie que entrara en mi tienda se iba sin algo extraordinario encima de la cabeza —dijo como si fuera lo más obvio del mundo —. Simplemente debes leer a las personas y entender qué es lo que necesitan. Un ojo de artista entrenado entiende posturas, silencios y colores.

    Los ojos lavanda de Hatta parecieron afilarse un poco más al hablar y arquear las cejas.

    —Sí —asintió Shelly—. Es cierto. Entiendo a mis clientes cuando pasan por mi puerta. Sé cuándo están enojados o felices o… Mmm —Shelly escudriñó a Hatta como quien busca una pista.

    —Ahí lo tienes. Tu negocio debe hablar por sí mismo. Y tú, con tu mera presencia, deberías ser capaz de atraer miradas; bastaría incluso con el rumor de que estás cerca —Hatta alzó las cejas—. Y cuando traspasen la puerta, tengas la seguridad de que jamás vuelvan a ser los mismos.

    La mirada de Shelly recobró la chispa de entusiasmo y una leve sonrisa tiró de sus comisuras.

    —¿Crees que repartir flyers es buena idea?

    Hatta alzó los hombros.

    —Cada ciudad tiene su propio lenguaje. Debes buscar lo que funciona aquí.

    —Cuando repartía flyers la gente llegaba pero, ahora no he tenido tiempo de hacerlo.

    Hatta entendió la mirada de Shelly de inmediato. Sintió un nudo en el estómago al considerar la idea de hacer una tarea que sólo había realizado cuando era un niño aprendiz.

    Dio un largo suspiro.

    —Shelly, tienes delante a un humilde servidor que todavía sabe hacerse útil.

    Se señaló a sí mismo con un gesto grandilocuente.

    —¿T-tú lo harías? No sé… ¿En serio?

    Shelly se apoyó en un codo y se inclinó un poco hacia Hatta con los ojos grandes llenos de ilusión.

    —Considéralo como una cuota por tu hospitalidad, cariño.
     
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