One-shot El Tesoro de tu Recuerdo [The Gray Garden]

Tema en 'Fanfics sobre Videojuegos y Visual Novels' iniciado por Luncheon Ticket, 3 Enero 2019.

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    Luncheon Ticket

    Luncheon Ticket Diccnero

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    Escritor
    Título:
    El Tesoro de tu Recuerdo [The Gray Garden]
    Clasificación:
    Para todas las edades
    Género:
    Amistad
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    2208
    El viento ondeaba mis cabellos, mientras surcaba el vasto cielo azul. Aquellas sesiones de vuelo me relajaban. Sentía cómo el aire rodeaba mis alas con una gentileza contenedora cuando descendía, o las animaba a impulsarse alegremente cuando decidía trasladarme por sobre las arboledas del bosque. Nada me hacía tan feliz, sentirme libre, sentir que podía alcanzar las nubes o contemplar desde las alturas todas las maravillas que se desplegaban frente a mis ojos: el pueblo, el desierto, las montañas y el océano.
    Pero aquella trágica tarde algo salió mal. Un vendaval inoportuno chocó contra mí, provocando que perdiera el control. Intenté recuperar el equilibrio, hacer lo posible para remontar hacia otra dirección y así sortear aquél contratiempo. No pude. Una mala maniobra hizo que cayera al suelo. Un fuerte golpe sacudió mi cabeza, y acto seguido, perdí la razón.

    Cuando desperté, un dolor punzante me atacó el costado de la sien. Lentamente abrí los ojos y noté que el cielo se había teñido de una iridiscencia rojiza, anunciando que el crepúsculo se aproximaba. Miré a un costado y descubrí el motivo por el cual padecía aquella aflicción, uno de mis cuernos se había desprendido y ahora permanecía sobre la tierra, a poca distancia de donde me encontraba. Las lágrimas fueron bañando mis mejillas al sentirme incompleta, ultrajada, derrotada por la adversidad.
    De repente, oí unos pasos a mis espaldas. Una voz me confirmaba la presencia de un extraño. Supe que se había acercado a mí para prestarme ayuda.

    —¿Te encuentras bien?

    No pude darle una respuesta, el dolor era demasiado agudo. Mi vista se nublaba y nuevamente me entregaba a las fuerzas del sueño.
    El sonido de la mañana me invitó a recuperar la conciencia. A la distancia percibí el canto de las aves y el brillo del sol que se filtraba por entre las cortinas de la ventana. Una suave brisa primaveral acarició mi tranquilidad, mientras abría los ojos.

    —Dormiste demasiado —de nuevo aquella voz, la misma que oyera luego de mi desafortunado accidente—. Menos mal que te encontré, de otra manera todavía estarías inconsciente en medio de aquél páramo, abandonada a tu propia suerte.

    Observé el techo, no era el de mi habitación. Estaba en otro lugar. Dirigí mi vista a quien me hablaba.
    La dueña de aquella voz tan agradable era una muchacha de cabellos rubios y mirada estoica. Descubrí que estaba sentada a un lado de la cama, velando por mi seguridad. Vestía un traje color gris claro, su pelo dorado se dividía en dos largas coletas y sus ojos celestes no dejaban entrever ningún tipo de emoción. La palidez de su piel era notoria. Parecía alguien demasiado introvertida, algo que no cuadraba con su condición de ángel, según pude notar gracias a sus níveas alas. Era curioso, creí percibir la gracia de la nieve emanando de su persona.

    —Muchas gracias, pero no te hubieras molestado —intenté erguirme un poco, pero sentía náuseas, por lo que apoyé mi espalda en la cabecera de la cama—. Creo que me siento mucho mejor.

    Le dediqué una sonrisa amistosa para acompañar mi agradecimiento, ella ni se inmutó. El mareo disminuía progresivamente, no faltaría mucho para que me recuperara del todo. Estar tanto tiempo convaleciente no iba conmigo, era demasiado inquieta. La mayoría de mis conocidos opinaba que yo destacaba por mi actitud positiva, por ser demasiado optimista y amigable.
    Palpé lo que quedaba de mi cuerno ausente, mis dedos acariciaban el vacío que ahora me angustiaba. Tuve ganas de llorar, pero hacía lo posible por contenerme, no ganaba nada con eso.

    —¿Cómo te llamas? Aún no nos hemos presentado —en ese instante, la muchacha se puso de pie para ir hasta una especie de escritorio—. Aunque, a simple vista, eres un demonio.

    —Me llamo Yosafire —respondí, sin más preámbulos. Estaba muy desanimada, no tenía muchas ganas de conversar. Sin embargo, debía hacer un esfuerzo para olvidar aquel mal momento, lo sucedido el día anterior—. Y por supuesto, soy un demonio. También he notado que eres un ángel.

    —Yo soy Froze, encantada —regresó sobre sus pasos y de nuevo tomó asiento cerca de la cama—. Ten, esto te pertenece.

    Tenía las manos juntas, estaba sosteniendo algo. Se acercó hacia mí, inclinándose un poco, para ofrecerme lo que momentos antes había ido a buscar. Era mi cuerno roto, de seguro lo había recogido cuando me encontró desmayada.
    Desvié la mirada, a modo de rechazo. Sus intenciones eran buenas, pero ver que ya no podría recuperar esa parte de mí me lastimaba.

    —Ya no lo necesito —un fino hilo de voz brotó de entre mis labios tristes y temblorosos—. Puedes arrojarlo si quieres, no me importa.

    Ella no me respondió, pero sentí cómo su mirada se posaba en mi cabeza, justo en ese lugar que tanto me incomodaba. Ambas continuamos en silencio, ninguna se atrevía a decir algo al respecto. No lo parecía, pero era un tema delicado. Por más que tratara, todo esto me afectaba mucho. Ojalá pudiera volver el tiempo atrás y evitar aquella desgracia. Quería al menos olvidarlo, pero era imposible. Tenía ganas de volcar todas mis penas sobre las sábanas blancas que en ese momento cubrían mi maltrecha felicidad, de ocultar mis pesares entre las tácitas paredes de los sueños, para distraerme. Para que nadie pueda molestarme.
    Pero no podía, no iba a reposar en la casa de otra persona por el resto de mi vida. Reuní valor y traté de reincorporarme, por lo que me senté en el borde de la cama.

    —Debo marcharme ahora —finalmente hice un comentario, fingiendo una vitalidad que no tenía—. De nuevo agradezco tu hospitalidad, eres muy amable.

    Quería levantarme, pero la vergüenza era más fuerte que yo. ¿Qué dirían los demás habitantes de la aldea al verme desprovista de uno de mis cuernos? Considerar cómo serían las burlas y los comentarios referentes a mi situación actual me ocasionaban una terrible inseguridad. No tenía ganas de salir afuera, no así. Era injusto, yo que disfrutaba de la luz del sol en los días de verano, del crujir de las hojas secas al caminar por el bosque en el otoño, de las noches estrelladas en primavera y de la delicadeza de la nieve en el invierno. Tal era mi lasitud, estaba demasiado compungida. Esto repercutiría negativamente en mis hábitos y costumbres, en lo cotidiano. Tan solo el considerar que más tarde debía plasmar la novedad sobre las páginas de mi diario íntimo me deprimía.
    Froze pareció darse cuenta de lo que pensaba. Sin decir nada, fue hasta una especie de armario, abrió uno de los cajones de la parte inferior y extrajo un objeto, quizá una prenda de vestir.

    —Toma, es un obsequio —noté que había dejado algo sobre mi cabeza, por un breve instante sentí el peso de sus manos sobre mi frente—. A ti sí te queda muy bien, puedes mirarte en el espejo, si quieres.

    Eso hice. La curiosidad pudo más esta vez, logrando anteponerse a mi desgana. Frente al espejo vi que ahora una boina roja cubría lo que quedaba de mi cuerno. Era estupendo, además hacía juego con mi sweater, del mismo color.
    Sonreí, esta vez con entusiasmo. No era una sonrisa sardónica, en serio me sentí feliz. La amargura se había disipado, en mi pecho renació ese calor que antes había perdido.

    —¡Me encanta! Luce muy bien, y es tan bonito —le hablaba a Froze, sin apartar la vista del cristal que reflejaba mi alegría—. Será mi ornamento favorito. Hiciste tanto por mí, no sé cómo haré para devolverte todos estos favores.

    —No es nada —creí notar que su voz también demostraba cierto regocijo, quizá por ver cómo reaccioné ante su regalo—. Lo tengo desde hace tiempo, la verdad a mí no me queda tan bien como a ti. Además, tú pareces necesitarlo más que yo.

    Un mundo de posibilidades que creí enterrado, distante, irrecuperable, se abrió de nuevo ante mí. Me despojé de la melancolía, ya no quedaba ni un ápice. Estaba a punto de abandonar la alcoba para ganar la calle y abrazar el encanto del exterior, cuando recordé algo.

    —Froze, ¿me acompañas? Quiero salir a pasear y tomar un poco de aire —el cambio producido en mí era significativo. Mi nueva compañera estaba desconcertada, así lo demostraban sus ojos, a través del flequillo que tapaba parte de su rostro. Tomé una de sus manos para reforzar mi propuesta—. Conozco un jardín lleno de flores al que suelo ir a veces, te lo enseñaré.

    —E-espera un segundo —en serio la había tomado por sorpresa, apenas si podía responder a causa de su asombro—. Ahora no podré, estoy muy ocupada. Además… no suelo salir a estas horas de la mañana. Prefiero caminar sola, por lugares más alejados.

    Claro, era por ese motivo que no nos habíamos conocido antes. Su timidez no permitía que interactuara demasiado con el resto de los aldeanos. Acaso esa sería la forma en que le agradecería su atención, hacer que se abriera un poco más, que se soltara, que se despojara de aquel retraimiento.

    —Vamos, te hará bien —ya estaba tironeando su brazo, insistente—. Nos desperezaremos con una agradable caminata, antes de desayunar.

    No esperé a oír otra negativa, ninguna excusa funcionaría. Salimos de la habitación para encaminarnos hacia la puerta principal y abandonar la casa.

    —Yosafire, aguarda un momento —hice oídos sordos—. Te olvidas algo… tus lentes. Oye, todavía están sobre el escritorio, no me diste oportunidad para devolvértelos.


    ***********************************


    La evocación llegó a su fin.
    Ahora me encontraba frente a la cajonera, examinando lo que había hecho que me sumergiera en aquella abstracción.
    Era el día en que debía ayudar a Froze en la limpieza y mantención de su hogar, luego de que la aldea se destruyera completamente. Teníamos que recomponer cada una de las casas, gracias a Ivlis, cuyo asedio nos hiciera tanto mal.
    Mientras ordenaba algunas cosas, encontré una pequeña cajita de madera lustrosa. La curiosidad me conminó a abrirla para ver qué contenía.

    Era mi cuerno, el que perdiera hace tanto tiempo. Yo estaba azorada, catatónica. Tanta fue la impresión al descubrirlo.
    Escuché los pasos de Froze, atravesando el umbral de la habitación. Dándose cuenta de mi inusitado hallazgo, permaneció en silencio. Yo mantenía la cabeza gacha, el flequillo cetrino que se derramaba sobre mi frente tapada el brillo de mis pupilas. Una lágrima solitaria se deslizó por mis mejillas sonrosadas.
    Me encontraba frente al espejo, por esto mismo Froze notó aquella luctuosa reacción. El reflejo podía percibirse bien desde aquella distancia. Parecía estar incómoda.

    —Nunca me deshice de tu cuerno —suspiró un poco, para ganar confianza, antes de proseguir con sus explicaciones. Por otra parte, mi mutismo no cedía. Enjugué mis ojos, para no preocuparla tanto—. Decidí atesorarlo como un objeto simbólico que representara el día en que te conocí, aún a costa de que tú lo consideres un mal recuerdo. Lo siento mucho, Yosafire. Sé que prefieres olvidar lo que te sucedió en ese entonces.

    Volví a colocar el cuerno dentro de la pequeña cajita. Lo puse en el compartimento de la cajonera y lo cerré, muy pausadamente. Me di la vuelta y, con una amplia sonrisa, corrí hasta donde estaba mi querida amiga. Ni bien la alcancé, le di un fuerte abrazo.

    —Ya no quiero olvidar ese día, Froze —pude sentir el tibio calor de su cuerpo, aquél aroma sutil que emanaba de su ser. Fue como si una llama de paz y dulzura me envolviera, esperaba que ella sintiera exactamente lo mismo. Había cambiado tanto, era muy diferente a esa imagen fría y distante que tenía cuando me rescatara. Quisiera que siempre estuviera a mi lado. Ella se ruborizó ante una muestra de afecto tan precipitada—. Gracias a esa experiencia pude conocerte también. Entonces, considéralo como un intercambio, tu boina por mi cuerno, es justo. Además es obvio que tienes que guardarlo así, no es que puedas lucir mi cuerno como un accesorio.

    Su incomodidad fue aún mayor. Ahora estaba tan roja como un tomate. Desde que nos conocimos, pocas fueron las veces en que su rostro demostrara esa coloración.

    —¡Qué tonterías dices! Por favor —hacía lo posible por recobrar la compostura. Era tan adorable—. Sigamos limpiando, o no terminaremos hoy. Recuerda que luego debemos ir a ayudar a Macarona, y más tarde, a las hermanas Preserva. Especialmente a Rawberry, ella es incluso más atolondrada que tú.

    Lancé una carcajada al oír su comparación. Tomé de nuevo el plumero, sacudí mi delantal y reanudé la limpieza. Una idea floreció en mi mente.

    —Froze, cuando terminemos todo esto, podemos ir a la casa de Dialo y Chelam para comer algunos pies de manzana —ella estaba levantando unas cajas, su respuesta era obvia—. ¿Qué te parece?

    Solo se limitó a cumplir parte de la promesa que me hiciera aquél día, cuando estábamos a solas en el jardín. Me obsequiaba una sonrisa gentil, el que correspondía a esta jornada, según el trato.
    Nunca antes había comprendido eso de que “hay que aprender a tomar lo bueno junto con lo malo”, porque en este caso en concreto, no aplica del todo.
    La amistad que yo gané luego de aquél accidente es mucho mayor que el sufrimiento que ello me ocasionara. Mucho más fuerte, bello y valioso que un mal recuerdo.
    Se los garantizo.
     

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