Fantasía El ritual del pañuelo

Tema en 'Relatos' iniciado por NNIN, 26 Diciembre 2020.

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    Título:
    El ritual del pañuelo
    Clasificación:
    Para todas las edades
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    750
    El ritual del pañuelo

    En una temprana mañana de otoño, el maestro Arasc’Hoj empieza a prepararlo todo para el ritual. Hacía ya cincuenta años que el maestro leñador mudaba el follaje de la montaña con su pañuelo de seda como forma de iniciar el invierno.

    Como lo había hecho su maestro, y el anterior, y el anterior…así hasta remontarnos al día en que el mismísimo árbol dormido que corona aún la montaña, se presentó en forma de sabio protector del bosque ante el leñador que habitaba la cima.

    “¿Qué le haces a mis hermanos?”

    Preguntó el árbol anciano.

    El leñador, sobresaltado por el espíritu, soltó el hacha.

    El anciano protector del bosque repitió:

    “¿Qué le haces a mis hermanos?”

    El leñador se echó al suelo y se arrodilló.

    “¡Perdóneme!”rogó “pero la madera de estos árboles es el único sustento al que puedo aspirar.”

    El anciano recogió el hacha.

    “Mis hermanos están tristes, la muerte les rodea.”

    El anciano alzó el hacha sobre el leñador postrado a sus pies.

    “Sus hojas se han secado de amargura, no volverán a crecer.”

    El leñador, arrodillado, arrugaba sus puños con agonía, aceptando el castigo.

    El hacha silbó.

    Una caricia recorrió su mejilla. Un pañuelo. Un pañuelo de seda caía ante sus ojos.

    Perplejo, miró por primera vez al anciano a los ojos.

    “Tú aliviarás su dolor.”

    El sabio se deshizo en hojarasca.

    El leñador, confuso y preocupado agitó el pañuelo.

    Nada sucedía.

    “¡Maldita sea!”dijo arrojando con rabia el pañuelo al montón de hojas secas.

    Pero las hojas rehuían el pañuelo.

    Con cuidado, lo volvió a coger y lo agitó ante los árboles. Sus hojas se estremecían. Lo lanzó a las ramas y las ramas se desnudaron.

    Cien años tardó en perfeccionar la danza del viento cortante, el ritual del pañuelo. Junto con sus hijos construyó el templo del bosque muerto y vivo. Y transmitió esta enseñanza a sus hijos.

    Millones asistían a contemplar el espectáculo sagrado. Miles se convertían en discípulos del templo. Cientos de maestros cuidaban la montaña. Los árboles del anciano, el leñador y sus siete discípulos coronaban el patio.

    La mañana dio paso a la tarde. El maestro Arasc’Hoj aún oraba ante sus predecesores, implorando fuerzas. El joven Etorb preparaba sopa de arroz, barría el patio mayor y limpiaba las ropas ceremoniales del anciano.

    “Maestro, es la hora.”

    El maestro seguía meditando, de rodillas, con los ojos cerrados.

    “Maes…”Arasc’Hoj le interrumpió de un bastonazo.

    “Nunca interrumpas la meditación que precede al ritual.”

    “Sí, maestro”se recompuso Etorb.

    Inmóviles prosiguieron hasta que el sol tiñó el cielo de naranja.

    Arasc’Hoj abrió los ojos: “Es la hora…”

    Etorb acompañó al maestro hasta el interior del templo, le entregó la túnica ritual y le ató el pañuelo de seda a la cintura.

    “Maestro, yo…” “¡No!”interrumpió el anciano con un nuevo bastonazo.

    Salió al bosque y se arrodilló de nuevo, hincando las rodillas en la tierra, besando el suelo con la frente.

    La noche empezaba a dominar el cielo. Nueve antorchas rodeaban al anciano. Etorb contemplaba desde el quicio de la puerta.

    El maestro tomó aire tres veces.

    Arasc’Hoj se irguió, se desató el pañuelo y comenzó a danzar. Contorsionándose, girando sobre un pie, dando vida al pañuelo que silbaba. Prácticamente flotaba a un palmo de la tierra y se movía como el agua que descendía la montaña.

    Los restallidos sordos del pañuelo de seda arrancaron las hojas de los árboles. Por aquí y por allá, por todo el bosque.

    Un suave latigazo hizo volar la hojarasca que formó un torbellino alrededor del maestro, apagando las antorchas, elevándole.

    Suavemente, Arasc’Hoj descendió mientras el vendaval marrón anaranjado se fundía en el negro.



    Los grillos vitoreaban...

    “¡Muchacho!, recoge.”

    Sin añadir nada más, se deslizó hasta sus aposentos. El joven discípulo guardó las antorchas, barrió y se acercó a su maestro, que se disponía a guardar el atuendo en su vitrina.

    “No estás preparado.”resolvió Arasc’Hoj, llevando el pañuelo en su cintura y se encerró en su celda.

    Etorb se acercó con la sopa y una taza de vino a la puerta. Asomándose por la rendija contempló como el maestro se miraba en el espejo, alumbrado por una vela en la mesita a su espalda, y se cortaba las raíces que le crecían.

    Etorb sonrió, sacó una empanadilla del bolsillo de su túnica y la añadió a la bandeja, llamó a la puerta y entró a entregar la cena a su maestro.














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    Última edición: 26 Diciembre 2020
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