El monstruo que danzaba a la luz de la luna

Tema en 'Relatos' iniciado por Red, 21 Marzo 2015.

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    Aries
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    Escritor
    Título:
    El monstruo que danzaba a la luz de la luna
    Clasificación:
    Para todas las edades
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    2314
    Como había hecho las dos últimas noches, él se había sentado frente a la puerta, contando los segundos que llevaba sin moverse, y, al mismo tiempo, los que le faltaban para levantarse. Para él, nunca había sido así, su vida había sido siempre monótona y secuencial: se levantaba, recogía agua del río, preparaba su comida, paseaba por el bosque, recogía leña... Siempre, después de acabar las tareas diarias y haberse leído por millonésima vez los mismos cuatro (y únicos) libros que tenía, se sentaba frente a la puerta y la miraba durante horas, sin hacer nada más que esperar el momento de irse a dormir. Pero, a veces, era un poco más atrevido y se iba a los alrededores del pueblo, a observar de lejos, oculto entre los árboles, la vida de las demás personas de la aldea. Para nuestro protagonista, eran como criaturas fantásticas de cuento, seres que trabajaban duro durante casi todo el día y que, muy a menudo, se peleaban entre ellos, discutiendo por todo tipo de nimiedades, incluso llegando a matarse si era preciso; pero, lo que más le sorprendía de todo, era que, a pesar de todas sus discusiones, a pesar de todos los problemas con los que luchaban diariamente, reían, saltaban, se abrazaban y se besaban como si nada hubiera pasado. Había leído sobre todas esas acciones en sus libros, algunos de ellos mencionaban cosas que él no entendía, siendo sobre todo aquello que llamaban «amor». ¿Qué era eso? ¿Quizás algo parecido a un tesoro oculto? ¿Por qué todos lo buscaban? ¿Se parecía eso a lo que llamaban «felicidad»? Muchas preguntas abiertas, cuyas respuestas no estaban ni en sus libros, ni en su casa, ni en el bosque. Desde siempre había intentado ir hacia las demás personas del pueblo y preguntarles sobre todo esos extraños misterios que acusaban su mente día tras día, pero siempre hacía algo mal, ya que cada vez que bajaba, las personas gritaban y huían de él, y todos empezaban a ahuyentarlo llamándole «monstruo» ¿Qué era un monstruo? Debía ser algo malo, pero, ¿Por qué era él un monstruo?
    La primera vez que oyó esa palabra, fue cuando era muy pequeño, y se la oyó a su madre. «Eres un monstruo», fue lo que ella dijo hacía tantos años, sin llegar a explicarle nunca lo que significaba eso. Le ponía esa tela en la cabeza y trataba de ocultarle su horrible cuerpo con harapientos trapos, pero incluso con eso, su madre seguía sin mirarle. Le enseñó a leer, a hablar y a valerse por sí mismo. Hasta que una noche, siendo él aun bastante joven, se quitó la tela de la cabeza y los trapos del cuerpo. Esperó a su madre en la entrada de la pequeña cabaña de madera, sentado en la oscuridad. Cuando su madre entró, decidió darle la sorpresa: una pequeña cajita de música que había encontrado en una expedición al pueblo, con una pequeña escena esculpida en madera, que representaba a su madre dándole la mano a una dantesca figura que se suponía que era él. Con lo más parecido a una sonrisa que tenía, y un pequeño lazo en la caja, él le dio el regalo a su madre, la cual, no pudo hacer otra cosa que echarse a llorar. La mañana siguiente, ella ya no estaba, ni volvería a estar más. Desde entonces cada noche la esperaba allí, esperando que la puerta se abriera una vez más, pero nunca lo hacía.
    Una cosa que siempre le había fascinado, eran los bailes. Eran sorprendentes, gráciles, dulces y hermosos. Para él, los bailes eran la cosa más maravillosa del mundo. Cuando había fiestas en el pueblo, siempre se escondía para ver de lejos como la gente se daba las manos y comenzaban a girar al son de la música. Las risas, los brincos, los movimientos, los aplausos... Le dejaban embelesado, y más de una vez los imitaba de lejos, sobre todo, los bailes lentos, que contrario a lo que pueda parecer, eran para él la mejor forma de expresar un sentimiento. «Amor», «belleza», «felicidad», «monstruo»..., había tantas cosas que no comprendía y que quería entender, pero que nadie le podía explicar. Él siempre pensaba que, si encontrara una persona que no le llamara monstruo, podría preguntarle qué significaban todas aquellas palabras, pero siempre pensó que encontrar una persona así sería más difícil que entender todo eso junto.
    Pero la vida da sorpresas, pues una noche, en la que estando entretenido viendo las danzas se le había pasado la hora de volver a casa, vio algo que le ayudaría a entenderlo todo. Era una chica, joven y hermosa, en lo alto de la colina. Se acercó con curiosidad y con recelo, pues bien sabía que a esas horas nadie rondaba los bosques, aunque no sabía por qué. Se escondió detrás de unos árboles, empezó a mirarla y, por primera vez, creyó comprender lo que significaba «belleza». Su pelo era negro y sedoso, se movía al compás del viento y aun desde esa distancia, emanaba un dulce olor que le hacía temblar y sonreír. Llevaba un largo vestido blanco que cubría su pálida y perfecta piel de porcelana, y tenía unos labios finos y suaves, que junto a sus verdes ojos convertían a esa chica en lo más hermoso que había visto nunca. Si alguna vez le preguntaran a él que significaba belleza, hubiera contestado sin dudarlo: «Ella». Se quedó mirándola por unos segundos, en los que la joven chica daba vueltas sobre sí misma. En cierto momento, estuvo seguro de que ella le vio, y aun así no huyó. ¿No le tendría miedo? ¿Podría acercarse entonces? Nunca más podría tener una oportunidad como esa, así que, tras breves segundos de duda, empezó a caminar tambaleante hacia la misteriosa figura danzante de lo alto de la colina. Cuando estuvo a su lado, le preguntó con voz ronca su nombre, pero no hubo más respuesta que la mirada más dulce que nadie le había dado. Ella era más alta que él, pero eso no le importó en absoluto. Él miró su pequeña mano, y, con mucho cuidado y lentitud, la tomó con su gigantesca y deforme mano derecha. Era la primera vez que hacía contacto con alguien. Sonrío suavemente y se preguntó si de verdad el contacto humano era tan increíblemente cálido. Se pasaron así unos minutos, hasta que, estando la luna en lo alto de aquel estanque plagado de luciérnagas que las personas llamaban «cielo», él recordó su actividad diaria de esperar frente a la puerta de su casa. Tras un ronco «Tengo que irme», nuestro animado y extraño protagonista salió corriendo colina abajo. Quizás en ese memorable día, en el que, por fin, hizo contacto con otra persona, su madre volviera para estar a su lado.
    No pudo dormir muy bien esa noche, estaba demasiado emocionado y animado. Quería ir de nuevo con esa chica y seguir sintiendo el roce de sus manos. Pero su madre podría llegar en cualquier momento. La mañana siguiente fue extraña, ya que incluso lejos del pueblo, se podían escuchar gritos y llantos procedentes del pueblo. Vio a un montón de aldeanos reuniéndose en la plaza del pueblo, diciendo cosas que no llegaba a entender muy bien, salvo cuando gritaban «monstruo» y todo el mundo alzaba todo tipo de objetos hacia arriba, con pasión y rabia. Había gente que se lamentaba entre lágrimas, otros que gritaban, y otros que clamaban venganza por algo, o por alguien. No entendió muy bien que pasaba, pero si comprendía que había pasado algo malo y estaba relacionado con él. ¿Se había portado mal? ¿Era porque era un «monstruo»? Salió corriendo de allí, temeroso de que lo vieran y le lanzaran piedras como otras veces había pasado.
    Como si no hubiese visto nada, el solitario desgraciado continuó su rutina mañanera y se puso a recoger agua del río, metiendo el segundo de los tres cubos diarios en el agua y sacudiéndola por completo. Se entretuvo pensando en lo que había vivido, y, por muy raro o peligroso que fuera lo que había visto esa mañana, no se podía quitar de la mente lo que vivió durante la noche. Esa hermosa chica de pelo negro y ojos verdes que no le llamó monstruo, ¿Volvería también esa noche? Sonrío animado mientras se imaginaba a sí mismo danzando con esa chica. Pero, cuando el agua del río se hubo calmado pudo verse a sí mismo, algo que odiaba con todo su corazón, y paró en seco su burdo intento de baile. Sus dientes deformes, su cara desproporcionada, sus ojos desnivelados, su cuerpo errático y malformado... Él no podía bailar con esa chica como el resto del pueblo hacía entre ellos. Él era demasiado raro, demasiado diferente. Apretó su mandíbula con tanta fuerza, con tanta ira, que terminó agrietándose uno de sus enormes dientes. Formó puños con sus manos desiguales, y comenzó a golpear su imagen en el agua lanzando alaridos de frustración, dolor y tristeza, gritos de desesperación y soledad, comprendiendo por primera vez, lo que significaba ser un «monstruo».
    Dudaba de si volver o no, esa noche, a la colina, ya que por un lado quería verla, pero, por otro, ¿y si no estaba? O peor, ¿y si estaba, y esta vez le llamaba monstruo cómo el resto de personas que había conocido? No quería eso, quería conservar su recuerdo y no perderlo jamás. Pero quería verla. No pudo resistirlo y, al final, salió corriendo de su casa hacia lo alto de la colina, junto al viejo roble. Tras uno o dos minutos de carrera, se detuvo. Quizás sus ojos le engañaban, pero a lo lejos podía verla otra vez, con su vestido blanco, mirando a la luna. Nuestro desdichado protagonista sonrío y volvió a emprender la carrera hasta estar al lado de esa maravillosa figura. Tomó su mano de nuevo, y, tal y como él deseó con todo su corazón, ella no apartó su mano, no gritó ni corrió, no le llamó monstruo. Ella era diferente, era buena, y, aunque, no sabía por qué, ella no le tenía miedo. ¿Quién sería aquella joven misteriosa y bondadosa? ¿Sería un ángel, como los que mencionaba su madre muchos años atrás? Si era así, «el cielo debe de ser un lugar maravilloso», es lo que pensó nuestro torturado amigo. Ambos estuvieron en silencio durante horas, mirando el cielo con calma, sin hacer ni decir nada, hasta que, finalmente, la luna se posó de nuevo en todo lo alto y él tuvo que volver a su casa para esperar a su madre, que quizás si volviera esa noche. Lamentaba despedirse de su nueva amiga, pero le prometió que volvería la noche siguiente y le pidió a la joven que por favor estuviera allí, que le enseñaría algo muy especial. Mientras corría de camino a casa, se detuvo durante unos segundos, sintiendo su corazón acelerado y una sonrisa boba en su cara. En ese momento comprendió que eso debía ser la llamada «felicidad».
    Su madre tampoco volvió esa noche.
    Al amanecer, pudo oír, con claridad, gritos y ruido desde el pueblo, pero ese día no quería ir allí, lo único en lo que podía pensar era en ella. No recogió agua, no fue a buscar leña, no le preocupó que la gente estuviera haciendo, e incluso si hubieran hecho la fiesta más grande y animada que jamás hubieran hecho, no le hubiera importado. Durante aquel día en el que apenas salió de casa para mirar el cielo, ni siquiera le preocupó que su madre pudiera volver esa noche. Una vez hubo salido la luna, y estuvo bastante alta, decidió volver con ella. Pudo ver, durante el camino a la colina, una luz roja a lo largo del bosque, y oír gritos de todos los lugareños que se extendían por el lugar por grupos, buscando algo, o a alguien, pero eso ya le daba igual. En los últimos tres días había comprendido lo que era la belleza, lo que era un monstruo, lo que era la felicidad... Y todo tenía que ver con estar con alguien. Así que dejó todo atrás, sin preocuparse siquiera de cerrar la puerta de su casa, corriendo con una sonrisa en su deformado rostro mientras alcanzaba lo alto de la colina donde, una vez más, le esperaba esa chica. Apenas se detuvo frente a ella cuando sacó de entre sus ropajes la pequeña cajita de música que le había regalado a su madre, ahora con la imagen de la chica tallada en la tapa, al lado de su propia imagen, dándose la mano. La depósito con suavidad en el suelo y la abrió lentamente, empezando a sonar una tranquila y bella melodía que le hizo sonreír con todo su corazón. Tomó con cuidado las manos de la joven que le había enseñado lo que era la felicidad, y comenzó a danzar con ella, dando vueltas junto al viejo roble. La luna brillaba, y el viento les acompañaba moviendo las hojas a modo de pequeña danza que, junto con la música de la pequeña caja, hacían su primera y verdadera fiesta.
    Él era ajeno a la multitud que corría por los bosques clamando venganza y sangre por algo que no había sido culpa suya. Él tan solo reía y disfrutaba con la que había sido jamás su única amiga. El dolor del pueblo sería demasiado para comprender la imagen que iban a ver al llegar a la colina. Para ellos, esa noche sería el recuerdo de la luz de la luna bañando la escena donde un monstruo jugaba con el cuerpo de una joven ahorcada; para nuestro feliz y monstruoso protagonista, sería la noche donde entendería que, el estar con una persona que para ti sea la imagen de la "belleza", a la que le dé igual que seas un "monstruo", y que te haga "feliz", quizás fuera lo que la gente llamaba "amor".
     
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