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    Asurama

    Asurama Usuario popular

    Cáncer
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    Eclipse Total
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    Re: Eclipse Total

    Rin
    ***
    Aunque sabía que algo me ocultaba, decidí no presionarlo. Ya tenía suficiente presión por parte de Inuyasha y Kagome-sama… y por culpa del desastre que habían resultado ser sus sirvientes sublevados. De alguna manera, el maestro parecía no querer extorsionarme con aquello, ni presionarme más. De seguro me veía débil allí tirada en mi lecho, pero yo no quería verme así, ni me sentía débil. Era verdad que no quería culpar de nada a nadie, pero los youkai conocen muy poco de honor y demasiado de orgullo, y no solucionan las cosas de esa forma. Y si yo no hablaba, no habría otra manera de solucionarlas y los problemas no harían más que empeorar. Entonces, aquello no era una cuestión de si deseaba hablar o no. Tenía la obligación de hacerlo, no había segundas opciones.
    Estiré la mano en el aire, esperando que me la sujetara. Sabía que lo haría, si no hay confianza entre dos personas, cualquier tipo de relación, carente de cimientos, se desploma incluso antes de comenzar. Su mano me parecía fuerte y cálida, la conexión metafísica que habíamos comenzado a tener tiempo atrás, parecía aumentar conforme transcurría el tiempo. Podía incluso sentir su pulso, su vida, podía saber que había algo que lo preocupaba y aún así no quería desentenderse de mí. Me daba fuerza y confianza, me sentía capaz de revelar cualquier cosa que pidiera, no solo un asunto de estado.
    Era bueno y placentero, justo como la brisa debajo de un árbol en una tarde soleada de verano, me pregunté si también él sentía lo mismo, qué estaría sintiendo. Aunque pudiera leerlo, no te lo diré.
    Cuando el maestro me soltó la mano y se puso de pie, sentía que la mitad de mi vida se iba ahí, junto con mi valor para hablar y mi resolución de salvar a todos a cualquier precio. Oí las pertas de mis dependencias, cerrarse una a una, tras los silenciosos pasos del maestro. Pasé un largo rato meditando, intentando concentrarme, centrar todo de mí, pensar que nada era más importante ahora que ayudar. El tiempo se hizo elástico y se estiró mientras una chica confundida intentaba centrarse. Comprendí que vivir de allí en más como humana en el mundo de los youkai no sería nada sencillo y que debía apostar el pellejo. Perdí la cuenta del tiempo, lo único que supe, fue que, después, varias personas entraron a mi cuarto, presumiblemente todas mujeres. Vestían con ropas mucho más sencillas que las mías, pero no por eso de menos calidad. Eran criadas, todas youkai, lo sentí en su presencia.
    Al parecer, una de ellas intentaba hablarme. Era muy hermosa, tenía los ojos de un azul oscuro y su cabello liso era como el color del cielo al medio día. Su imagen me recordó a la del soldado que me había dado una patada en el estómago esa vez. Alejé el pensamiento rápidamente. Ella y otras tres mujeres me levantaron del lecho sin que yo hiciera ningún esfuerzo. Aparentemente, ellas no se esforzaban tampoco. Quise preguntarles qué hacían, pero me acallaron.
    No mucho después, me hallaba sentada en un largo banco de piedra esculpida con diseños antiguos y delicados. Abriendo un pequeño paréntesis, sé que existen muchas personas en el mundo del cual proviene Kagome-sama y que esas personas probablemente me verían a mí en un concepto de “antiguo”. Quizás ellos pensarían “¿y ella qué considera ‘antiguo’?”. ¿Alguna vez han oído hablar de arte clásico de China? Porcelana, seda, lacado, alfarería, joyería… ¿esas cosas? Pues bien, después de haber arribado al palacio del Clan, me vi obligada —me obligaron— a conocer y a usar “unas cuantas” de esas obras de arte.
    Las mujeres youkai que estaban conmigo y que eran como ocho, me quitaron la yukata que tenía puesta y, habiéndome dejado desnuda, me ayudaron a meterme en una fuente de unos tres pies de profundidad por unos diez de ancho. El agua tibia que había allí, me hizo pensar en un buen horno para cocinar estofado, como el de Kaede-sama. El olor a hierbas me golpeó con fuerza ¿eso era un baño o una herboristería? Me sorprendió sobremanera reconocer en ellas el olor de las hierbas medicinales que utilizaba Kagome-sama. Es que la mitad de ellas eran poderosas drogas que te hacían caer dormido en el acto, y eso fue precisamente lo que comenzó a sucederme, sumado al relajante olor a flores que también estaban flotando en el agua.
    Cuando era más pequeña, era tan torpe que, cada dos de tres veces, me estaban metiendo en baños de hierbas para limpiarme y curarme heridas. Aquello no era ninguna novedad. La novedad era que no había podido desarrollar resistencia alguna a esas drogas, y seguían afectándome como toda la vida. Supongo que, en el lapso en que caí desmayada, fui aseada a fondo por la “multitud” de criadas que me estaban acompañando. Entre ellas, la hermana del que me había pateado en el estómago, no se me olvidaba.
    Cuando desperté, estaba sentada en un alto y mullido cojín, posiblemente relleno con toneladas de plumas de… vaya uno a saber qué. Estaba envuelta en una sencilla yukata de seda de color crema con diseño de remolinos blancos y plateados, atada a mi cintura con una sencilla faja dorada, muy floja. Anestesiada por las hierbas de Kagome-sama, prácticamente no sentía el dolor de mis heridas y casi no sentía mi cuerpo, pero sabía perfectamente que, cuando el efecto pasara…
    Tardé un buen rato en darme cuenta de que las criadas aún estaban a mi alrededor, secándose las manos, lo que me daba la pauta de que no había transcurrido demasiado tiempo desde que me había quedado dormida, sin embargo, a mí me había parecido más largo puesto que me había dormido profundamente. Pasé un buen rato viendo cómo iban y venían trayendo muchas telas de diferentes texturas y colores. Me sentí identificada con ellas. Apenas hacían un par de semanas desde que yo también había estado de criada en la casa de un jefe de aldea, aunque sacarle brillo a un balcón no debe ser lo mismo que limpiar “millas de palacio” y es que, solo visto de lejos, era enorme. Me compadecí.
    Una de las criadas se acercó a mí y, después de hacerme una reverencia, puso en el suelo un frasquito y embebiendo un trocito de tela en el contenido, comenzó a pasármelo por el rostro mientras me sujetaba del mentón con una mano. Me di cuenta de que era un aceite esencial y llegó a cubrirme incluso el escote. Luego, otra de las criadas se paró detrás de mí y me desvistió. Sólo entonces me di cuenta de que la pila de telas que habían traído era la ropa que tendría que usar. No estaba muy segura de qué se trataba, pero había oído que ese tipo de ropas eran pesadas y difíciles de llevar.
    Me ataron el cabello con un rodete alto y me pusieron un kimono interior muy corto, de tela roja, seguido de un vestido largo hasta el suelo, de una tela fina y traslúcida, pero que tenía dos capas. Me lo ataron a la cintura con una faja blanca y encima, me pusieron una túnica dorada con bordados en blanco, parecida a un kimono largo —y pesado—, aunque abierto en la parte de abajo. Después, supe que aquella era una ropa típica de las damas de China. Encima de ese primer kimono, me pusieron otro de un celeste muy claro y, encima, un haori de mangas blancas, largas con un diseño con hilos de oro, de flores y espigas de trigo doradas, tanto en las mangas como en el hombro izquierdo. A esas alturas, el complicado atuendo me pesaba como si llevara una armadura.
    Pero no, no creas que la cosa terminó ahí, porque me hicieron subir a una tarima y me colocaron un haori sin mangas, rojo y con bordes dorados, atándomelo a la cintura con un obi rosado con diseños bordados de pequeñas rosas. Este obi no solo era muy ancho, sino que tenía como quince pies de largo, es decir, el doble de la altura del maestro… y era todo de seda. Esa tonelada de seda iba atada muy ceñida a mi cintura con un cordón con hilos de oro. El haori se ataba por delante, encima de mi pecho, con un grueso cordón con un complicado y bello nudo. Me pregunté cómo diablos se hacía para caminar con todo eso encima.
    Creí que ahí acababa, pero no, me abrocharon al obi una serie adornos y broches con piedras, según dijeron, para ayudarme a mantener el equilibrio al caminar.
    Cuando pensé que daba fin el suplicio, me había equivocado, puesto que dos de ellas se sentaron detrás de mí y se pusieron a desenredarme y alisarme el cabello, mientras me colocaban algo que posiblemente era laca. Mientras tanto, otra de las criadas se me puso delante y, abriendo una caja con pequeños recipientes, me colocó en seguida dos capas de maquillaje.
    Al acabar de peinarme, me colocaron un collar al cuello, un par de pendientes y un adorno en el cabello, del lado izquierdo, una peineta de oro adornada con piedras, posiblemente diamantes y esmeraldas.
    Como último detalle, me pusieron en los brazos una estola larga, de color azul pálido.
    Me miré en un espejo y no me reconocí, parecía una muñeca de porcelana, menuda, de cara redonda y ojos rasgados. Según yo sabía, en ese momento, las mujeres solían pintarse los labios de un color carmesí, pero yo llevaba un color rosa pálido y brillante. Además, el maquillaje para los ojos solía ser rojo, y yo llevaba un lila, casi azul.
    Me sorprendió darme cuenta de que lo que creía un collar era, en realidad, el rosario kotodama que me había dado Inuyasha. Si la ropa no me hubiera pesado tanto, de seguro habría saltado. No lo había perdido como creía. Ahí estaba, en mi cuello.
    —Las recogí personalmente —dijo una voz a mis espaldas—. Aunque no sé si falten algunas cuentas.
    —¡Kagome-sama! —dije feliz al darme la vuelta y verla en mi cuarto.
    —Deberías verte —me contestó—. Pareces una princesa.
    Las criadas se hicieron a un lado.
    —No se lo deseo a nadie —le contesté—. Esto pesa como el diablo.
    Ella sonrió nerviosa.
    —Lo imagino —me contestó—. Según escuché, fue Sesshoumaru el que mandó traer todo eso para que te lo pusieras.
    Diablos, y yo que quería quejarme con alguien al respecto.
    —Sólo vine a ver cómo estabas y qué tal te ha sentado el baño.
    —Me ha sentado bien, no me duele nada.
    —Sin embargo, recuerda que aún no debes esforzarte demasiado.
    —No se preocupe, Kagome-sama, no lo haré.
    Fui llevada fuera de la habitación por las criadas y dejada a un costado de la larga fila de soldados en la plaza de armas. No comprendía nada. Cuando la puerta principal fue abierta, El maestro pasó a través de ella, saliendo del cuarto de paredes rojas que antecedía la salida principal de las murallas. Estaba vestido con la armadura negra con la que lo había visto varias veces en la aldea de Yoichi, pero sin el casco. Su paso era firme y fuerte. Fui testigo de propia presencia de la leyenda de los daiyoukai: la tierra se agita bajo sus pies. Caminó entre la fila de los soldados, subió las escaleras y se sentó en el trono de los maestros del clan. Se hizo tal silencio que aún ahora me produce escalofríos recordarlo.
    Cuando las filas se abrieron, entré en pánico. Yo había quedado parada en medio… ¿Significaba eso que tenía que subir allí donde estaba el maestro, pasando antes en frente de esa larguísima fila de soldados youkai? Me temblaron las piernas, además de que el suntuoso vestido era molesto de por sí. Tomé aire y di el primer paso, y otro, y otro más. Los soldados parecían tan sorprendidos como yo y debían tener menos idea que yo de lo que estaban haciendo ahí. Traté de mantener el paso, no ir muy rápido ni muy lento. Creo que incluso podía sentir el suelo a través de mis zapatos debido a lo nerviosa que me encontraba. Esos soldados no podían fingir que no me estaban observando, sentí una serie de emociones confusas, tanto de dentro como fuera de mí.
    Al poner el pie sobre el primer escalón y levantar la vista hacia donde estaba el maestro, me sentí invadida por la plenitud de una triste metáfora: yo en el fondo del pozo y él en su grandeza y arriba, en las alturas. Yo el insecto insignificante y él el gran señor. Aquello no me hacía sentir mal, por el contrario, era muy agradable, un sentimiento sublime. Dudo que exista alguien en la tierra capaz de entender aquella contradicción.
    A medida que subía un escalón, sentía que estaba cada vez más cerca de él y no solo en metáfora, porque me di cuenta de que me estaba mirando. No a los soldados ni a los demás sirvientes que estaban allí. Solo a mí. Me olvidé de que los otros también miraban y se esfumaron mis miedos, ahuyentados por la fuerza de voluntad que tenía el maestro, y que lo había convertido en ese avatar youkai tan parecido a su padre. Un magnífico daiyoukai.
    Cuando llegué a donde él estaba, caí postrada a sus pies con ambas manos en el suelo y la cabeza cerca de ellas. El corazón me latió a toda velocidad, creo que el maestro se asustó al principio.
    Levanté la cabeza y luego me postré como Miroku-sama me había enseñado que debía hacerse frente a alguien de alto rango, con las manos juntas hacia delate y sin bajar la cabeza.
    Sentí que se ponía de pie justo delante de mí.
    —Rin —dijo tan alto que seguramente debió de escucharse en todo el palacio y me sobresaltó—. Perteneces a las Tierras de Occidente y, por consiguiente, a los Antiguos Dioses del Viento —como respondiendo a sus palabras, un fuerte viento frío comenzó a soplar, moviendo mis ropas, sus cabellos, su capa—. Tú, como humana que eres, perteneces al Clan del Inuyoukai.
    No podía creer que estuviera anunciando, frente a todos los sirvientes, que ya no estaba exiliada. Aunque sentí gozo, me hallé incapaz de levantarme. Supuse que aquello no iba a agradar a nadie, principalmente a los que se habían esforzado en intentar matarme.
    —Ponte de pie.
    Obedecí.
    —Te asciendo a segundo lugar en las Tierras. Gozaras de los privilegios de un dios y serás tratada como tal. Escucha con atención cuales serán tus derechos —levanté la vista sorprendida ¿qué estaba diciendo? ¿Qué yo iba a ser tratada como a una diosa? ¿Cómo a un daiyoukai?
    Jaken se puso de pie y llegó corriendo hasta donde estábamos nosotros.
    —Pero amo ¿qué está diciendo? ¿Esta chica después de usted? Se suponía que ese lugar era para mí. Comenzó a hacer escándalo, a gritarme y a patalear. Al rato siguiente, estaba volando cerca de las nubes del puñetazo que recibió por parte del amo. Pobre de él.
    El maestro se hizo a un lado e indicó con la mano que me sentara en ese trono. Obedecí mientras lo miraba con ojos de plato.
    —Escucha cuales serán tus derechos: tu primer derecho, será ser tratada como si fueras Inu no Taishou —el corazón casi se me paró—, tu segundo derecho es hablar —y dicho eso, miró hacia donde estaban las filas de soldados en la plaza de armas. Esa era la señal, tenía que hablar ahora.
    Me puse de pie y bajé las escaleras tras él. Al paso del maestro, todos iban reverenciando y seguían conmigo, sin levantar la cabeza.
    Todo era tan silencioso como una tumba, el sol caía en el horizonte, casi era de noche.
    Al llegar al último escalón, comencé a mirar uno a uno a los soldados que nos reverenciaban. Uno a uno, fui indicando al maestro quienes eran los que habían hecho la locura. Los que no estaban involucrados, daban un paso atrás antes de reverenciar. Al llegar a las últimas filas, ya había señalado a casi la mitad de los soldados de la guardia y el maestro giró sobre sí mismo, indicándome con un movimiento de cabeza que me pusiera detrás de él.
    Una serie de murmullos comenzaron a levantarse. Todos ya sabían lo que pasaría.
    —Formen filas —ordenó en un tono grave y los que habían quedado allí, formaron una fila en el centro, ninguno levantaba la vista—. Póstrense —vi cómo, uno a uno, iban arrodillándose.
    —¿Dónde dejaron a Kohaku? —preguntó pausadamente.
    —En una cueva en las playas —contestó uno de ellos mientras el maestro se sostenía el cinturón a la altura de la cadera, con la mano izquierda. Ya no pude seguir mirando, volteé la cara, cerré los ojos y me cubrí con ambas manos. ¿Es necesario decir que, cuando volví la vista, esos soldados habían desaparecido?
    —¿Han visto lo que les sucederá a aquellos youkai que hieran a humanos huéspedes de esta casa?
    Todos volvieron a reverenciar. Quise bajar al suelo para hacerlo yo también, pero el amo no me lo permitió.

    El maestro volvió a pasar entre las filas y yo debí seguirlo detrás. La tensión que antes había, ahora parecía inexistente. Probablemente, aquellos soldados no entendieran cómo se sentía un youkai que protegía humanos, pero al menos no pretendían atacarme a mí ni a otros humanos y tampoco tendrían deseos de desobedecer a Sesshoumaru-sama, independientemente de las razones que tuviera cada quien.
    Quizás, ellos también estaban nerviosos de saber que tenían compañeros traidores, que no solo podían actuar en contra del maestro, sino también en contra de ellos. Posiblemente, temían sentirse involucrados y estaban agradecidos de saber que yo no había hecho nada en contra de ellos, quizás me veían con los ojos de su justicia.
    Me sorprendí de hallarme viendo a los youkai de manera justa y comprensiva. En ese sentido, los youkai eran buenos, muy buenos. Aunque podía haberlos malos, lo peor de todo ya había pasado. Quizás ese era el sentimiento general de todos los que allí nos encontrábamos.
    Al llegar a la parte más alta, el maestro se puso de espaldas al trono y me miró. Era otra señal. Ambos nos sentamos al mismo tiempo. Él, en el trono, y yo en el pedestal que estaba justo debajo, a su lado. Mantuve el rostro inexpresivo, como había practicado durante años, me quedé inmóvil, como si fuera una muñeca… y posiblemente lo parecía con todas esas ropas y el maquillaje que llevaba. Él también estaba inexpresivo e inmóvil. No es posible describir el hieratismo que parecía transmitir, lo sublime de su presencia. Parecía lo que era, un dios. No puedo describir con palabras el orgullo y la honra que sentía en ese momento al estar allí, a su lado, compartiendo una parte de su poder, el poder de un dios youkai. Se me inflaba el pecho.
    El silencio era tanto que pude escuchar que aplaudían.
    Cuando miré hacia abajo, vi a Inuyasha, a Kagome-sama, a Miroku-sama, a Sango-sama y a los niños de ésta. Todos aplaudían con ganas, gritaban, vitoreaban y silbaban. Me hubiera gustado que Kaede-sama pudiera verme allí, no sabía si ella alguna vez habría pensado que yo podría hallarme en un lugar así, pero quizás sentiría orgullo, como se siente por todo hijo cuando éste logra elevadas metas.
    Aunque no podía moverme ni expresar emoción alguna en mi rostro —el precio de convertirse en un dios—, en mi interior, me regocijé.
    Miré de reojo a Sesshoumaru-sama. Me imaginé a él allí, sentado junto a su padre, en el mismo lugar que yo ocupaba ahora, desde muy joven. Me imaginé a su padre enseñándole a mantener esa neutralidad total, que le impedía demostrar cualquier clase de sentimientos, como si no fuera más que una estatua. Imaginé que al principio, tal vez le habría molestado, justo como a mí en ese momento, pero con el paso del tiempo, debió de haber ido acostumbrándose, hasta que su rostro quedó exactamente como yo lo había conocido: frío, duro y totalmente inexpresivo. Entendí lo que me pasaría en un par de años, mi sonrisa, que ya era escasa, se borraría por completo. Con el paso del tiempo, Kagome-sama y los otros iban a tener que aprender a leerme como yo había hecho con el maestro, de lo contrario, no podrían entenderme.
    No importaba, estaba allí, con ellos y todo eso era maravilloso.

    Justo al acabar la ceremonia, el sol se ocultó a la lejanía y comenzó el toque de queda. Todos comenzaron a retirarse a sus lugares, recogerse en refugios, todo iba quedando silencioso y solitario. En ese entonces, yo no sabía que el maestro permanecía allí, inmóvil, hasta que sonara la última de las campanadas. Nos quedamos hasta ver cómo todo se oscurecía en la soledad y el silencio totales. Incluso Inuyasha y los demás ya se habían retirado. El viento que había acompañado toda la ceremonia, dejó de soplar. El maestro se puso de pie y, rodeando el pedestal, fue hacia una escalera en la parte de atrás, que bajaba hasta el segundo piso. Lo seguí en silencio y así caminamos hasta el pasillo del segundo piso.
    —Te ves mucho mejor.
    —Estoy bien, no siento ningún dolor, las hierbas medicinales de Kagome-sama me han ayudado mucho.
    Tardó un rato en contestarme.
    —Qué bien.
    De pronto, ambos nos hallábamos parados frente a la puerta de mis dependencias. Él abrió y se hizo a un lado para dejarme pasar. Aquello me pareció cortés, muy considerado. Al dar dos pasos en el interior, sentí un golpe seco y cómo la puerta se cerraba a mis espalda.
    —¡Maestro! —estaba confundida e intenté abrir la puerta, pero estaba trabada—. Maestro, ábrame —le había echado llave, entré en pánico—. ¡Sesshoumaru-sama, déjeme salir! —le supliqué mientras me apoyaba con fuerza, contra la puerta, en un vano intento de hacerla moverse.
    —No —me gritó cortante, del otro lado.
    —Por favor —no entendía por qué me había encerrado—, por favor, déjeme salir —le supliqué.
    No hubo respuesta. Comencé a empujar la puerta con toda la fuerza de la que era capaz en mi débil estado, con la misma fuerza que había usado para pelear con los lobos y, luego, para oponerme a los bandidos. No hubo caso. La empujé con todo el peso de mi cuerpo. Repentinamente, sentí algo caliente en mi espalda, mis heridas se habían abierto y comenzaron a sangrar. Las refinadas telas de mi vestido comenzaron a mancharse de un rojo caliente y húmedo. No me importó.
    —¡Rin, estate quieta! —me gritó en un tono grave y fiero, que jamás se lo había oído.
    No lo escuché y seguí empujando. De repente, un fuerte golpe chocó del lado de afuera. Sentí cómo la energía que había soltado al apoyar las manos, me empujaba hacia atrás. De pronto, caí al suelo como si mi cuerpo estuviera hecho de plomo. Quedé literalmente adherida al suelo, sin poder levantarme o siquiera moverme. Me había lanzado algún tipo de hechizo. Oí cómo sus pasos se alejaban veloces de mi habitación, quise gritarle algo, pero tampoco podía hablar.
    A eso, le sucedió un largo minuto de silencio, mientras intentaba superar el pánico y la consternación.
    De pronto, sentí el ruido de la cerradura al abrirse y la puerta al correrse. Vi un par de hakamas y sentí cómo me levantaban en brazos y me llevaban hasta mi lecho. A los tirones, me quitaron la ropa hasta que sólo quedé cubierta con el kimono interior.
    —Pon la caja ahí al lado. Inuyasha, sujétala —mi vista estaba borrosa, apenas pude darme cuenta de que la persona que hablaba era Kagome-sama.
    Sentí cómo, desde atrás, me sujetaban los brazos. Era Inuyasha. Quise hablarle.
    —Cállate y no digas nada —me regañó.
    —Kagome-sama —dije apenas—. Sesshoumaru-sama me encerró aquí.
    Vi cómo se lavaba las manos en una tinaja.
    Tu Sesshoumaru-sama me gritó como si yo fuera la peor basura del mundo para ordenarme que viniera aquí cuando empezaste a sangrar.
    Inuyasha me puso un pañuelo rojo en la boca y me asió de los brazos.
    Grité. Fue horrible sentir el dolor de la aguja de sutura en mi hombro. La operación era una agonía, no terminaba de entender por qué había sido encerrada, lo único que supe fue que, después de cerrarme la herida, me administraron una droga que me dejó inconsciente, quizás por horas. Cuando desperté, era de día.

    ***
    Sesshoumaru
    ***

    Las horas se hicieron eternas, el tiempo parecía querer jugarme una mala pasada ¿Cuánto podría tardar en cerrarle una maldita herida?
    Tu discípula está sangrando, ya mismo sube a su habitación —le había gritado a Kagome mientras le daba la llave de las dependencias de Rin. No se tardaron ni medio segundo en pararse y salir corriendo. Cada vez, parecía que Inuyasha y Kagome eran un mal necesario. Volví a reflexionar que los que realmente se preocupaban por ella y la ayudaban eran ellos. Yo estaba de sobra, siempre había estado de sobra. Ella podía quedarse todo lo que quisiera, pero eso no iba a cambiar la realidad de que ellos se habían vuelto su verdadera familia y que estuvieron junto a ella por mucho, mucho tiempo. Cuando ellos corrían en su ayuda, yo ni siquiera tenía derecho a quejarme, yo era el impotente, no ellos.
    El enojo mezclado a los celos me perforó hasta lo más profundo de mi interior, me encontré maldiciendo en silencio, parado junto a la ventana en mi cuarto. Jamás había sentido tantos celos y, encima, no tenía excusas para discutir con ellos.
    De pronto, alguien llamó a la puerta ¿Me informarían de ella?
    —Adelante
    —Maestro, ¿usted envió llamarme? —preguntó el zorro plateado, postrado del otro lado de la cortina de bambú.
    —Salgan de inmediato en la búsqueda de Kohaku y tráiganlo sano y salvo.
    —Pero, maestro, ¿y si…
    —Aunque sea quiero ver su cuerpo. Tengo una grave deuda.
    —Entiendo —me contestó antes de salir a toda prisa. Pude escuchar claramente cómo daba las indicaciones para salir a toda velocidad. La eficiencia era una cualidad necesaria para cualquiera que habitara en mi casa, la intolerancia a la insurrección era un buen método para mantener la obediencia de todos. Sabía que Inuyasha despotricaría de oír mis métodos, pero la que más protestaría, sería Kagome.
    Por solo segundos, pensé en Sango. Varios años atrás, ella casi había matado a Rin, quien se había salvado porque la providencia es grande y porque… y porque la deuda que tenía con Kagome era más grande todavía. Sango había quedado con tal cargo de conciencia que había arriesgado su vida, apostando a un tipo de amor que yo no conocía ni entendía.
    Kohaku era su hermano, a quien yo había protegido y, en cierta forma, había contraído una deuda conmigo. Ahora que Kohaku podía encontrarse mal o incluso muerto, las cosas se habían invertido y era yo el de la deuda. No quería verme atado con seres humanos… pero desde el momento en que había nacido de Inu no Taishou, aparentemente había perdido toda posibilidad de elección. Me miré al espejo por enésima vez. Tenía que ser. Todavía no terminaba de reconocerme en aquel reflejo.
    Horas más tarde, la perta se abrió y me invadió el fétido olor a hanyou.
    —¿Qué quieres, Inuyasha? —le espeté
    —Kagome está agotada, por eso no pudo venir a avisarte —inclinó la cabeza y pasó la línea de mi privacidad, metiéndose a mi cuarto— que rin se encuentra bien. Le ha suturado la herida que tenía en el hombro y la ha dejado dormida. Posiblemente, la medicina continuará su efecto hasta mañana al mediodía.
    No podía creer que era mi molesto hermano el que, invadiendo mi privacidad, venía a traerme noticias reconfortantes. Asentí por toda respuesta e hice una seña con la mano que fue suficiente para hacerle entender que saliera. Él aceptó la orden encogiéndose de hombros y saliendo con los brazos cruzados. Vestía nuevamente la hinezumi no Koromo de mi padre. Rin me había dicho que, cuando fueron apresados por los sublevados, ella llevaba prestada aquella singular túnica, pero que le fue robada por los soldados. La encontramos enterrada debajo del jardín y mi hermano se la calzó con todo y tierra. No acababa de entender cómo habían pensado en intentar engañar a mi olfato.
    Mientras pensaba en todas las vicisitudes de aquel tiempo en soledad, una tercera visita entró a mis dependencias, casi llegada la media noche.
    —Sesshoumaru-sama —anunció Jaken, que era seguido por cinco soldados de medio rango—. Su madre está aquí.
    De improviso y luego del toque de queda. Solo ella podría hacer algo así.
    Esa era la razón por la que había encerrado a Rin y, de hecho, les había pedido a los humanos que volvieran a encerrarla ni bien hubieran podido ayudarla. Mi madre nunca iba a ser demasiado tolerante con los humanos, y no importaba que se tratara de Rin. Es más, yo estaba casi completamente seguro de que tener una allegada humana solo haría empeorar las cosas. Después de todo ¿en qué pensaría ella al verla? En Inu no Taishou, eso era seguro. Yo casi vivía pensando en él con solo mirarme en el agua, no quería imaginar cómo vería ella la situación.
    Asentí y esperé. Cuando Jaken y los guardias salieron, ella entró sola, sin compañía. A ella no le gustaba tener cola, no quería seguidores. A diferencia de mí, que fingía desear la soledad, cuando realmente disfrutaba de tener a Jaken y los chicos detrás.
    Ella entró con paso grácil, mientras se acomodaba el cabello con una mano. Sus delicadas ropas seguían siendo las mismas de siempre, el Meidou-seki aún seguía colgando de su cuello, como si se tratara de un collar elegante.
    Ver esa piedra de azul oscuro aún me provocaba molestias.
    —Sesshoumaru, llegaste pronto —me sonreía.
    —Llegaste tarde.
    —¿Así recibes a tu madre?
    ¿Y cómo se suponía que había de recibirla? Manteníamos una prudente distancia de cinco pasos. Nunca habíamos sido demasiado cercanos.
    —¿Cómo has estado? ¿Qué noticias tienes?
    —Lo que ha acontecido de mayor relevancia en los últimos días es tu regreso.
    Caminó en círculos a mi alrededor, mirándome desde todos los ángulos.
    —Por poco y no te reconozco, cómo has crecido en tan poco tiempo.
    No respondí.
    —¿Y qué me dices de los humanos? —era, a todas luces, una pregunta capciosa.
    —No tengo interés alguno en los humanos —sabía perfectamente a qué humanos se estaba refiriendo, sabía que tampoco le iba a agradar que me hiciera el tonto. Pero qué más daba.
    —¿Cómo les ha ido a tus queridos acompañantes humanos? —preguntó con cinismo mientras volvía a dar otra vuelta a mi alrededor antes de pararse a mi derecha.
    —Los youkai que hay en este palacio los odian. Intentaron hacer que murieran.
    —Es decir, quisieron matarlos.
    —No. Intentaron que murieran, los dejaron por allí —tuve que reconocerlo.
    —¿Y cómo alguien tan pragmático como tú permitió semejante locura?
    El hecho de que me hubiera vuelto “blando” para con los humanos, le daba en el estómago. ¿No? La miré de reojo.
    —Yo no me hallaba presente.
    —¿Significa eso que tus propios sirvientes intentaron sublevarse?
    Era humillante. O quería humillarme. Cualquiera que fuera la intención, me estaba poniendo en una situación incómoda, en la evidencia de que algo podía estar volviéndome débil, en la certeza de que eran “los humanos”. Traté de evitar leer entre líneas.
    —Por supuesto que no.
    Por supuesto que sí.
    Ella sonrió como dándose cuenta. Cuando lo deseaba, era perversa.
    —Yo sé que tú te has enamorado de una humana —dijo lentamente y sonriendo, en un tono amable.
    No era verdad. No era verdad.
    —¿Y acaso alguien tan pragmático piensa que puede poner al nivel de un dios a un simple humano? —lo decía con desdén—. ¿A un ser mortal, inferior y débil, que mejor debería ser tu cena?
    Si tan solo supiera lo que acababa de hacer…
    —¿Acaso existe un humano que merezca eso? ¿Alguien tan excepcional que merezca tu preocupación y toda una serie de escenas melodramáticas?
    No me estaba preguntando si yo estaba interesado en una humana: lo estaba dando por hecho. Y me lo estaba recriminando. Era una pesadilla.
    De repente, reaccioné. No me estaba regañando a mí, estaba peleando con mi padre, que vivía dentro de mí. Quizás se había guardado eso por años.
    —¿Qué opinas, Inu no Taishou? —fue la primera vez que le oí referirse a mí con mi título. Me sentí inesperadamente mal.
    —Lo que yo sienta por otros, a ti no te incumbe.
    Ella frunció el ceño.
    —Así que sigues respondiendo con las mismas palabras aún después de pasado un siglo —me miró a los ojos—. Anda, ve a hacerles fiestas a tus humanos, entonces. Como lo hacías hace un siglo.
    Realmente, ella estaba discutiendo con mi padre.
    Pensé en qué tipo de respuesta hubiera dado él.
    —No todos los humanos son iguales, algunos…
    —…algunos son dignos de acompañar a youkais, esa historia ya me la sé.
    Eso daba miedo.
    —¿Sabes? Es tarde. Hasta que recapacites en eso de hacer fiestas a los humanos, me retiro a descansar.
    Miré en otra dirección mientras ella salía.
    Dormí un par de horas, intentando escapar a la presión de tener humanos y a mi madre en el mismo edificio. Fue mayor el tiempo que me pasé mirando las vetas del techo en aquella penumbra. Las quejas de ella giraban en mi cabeza, la incertidumbre sobre el destino de Kohaku, la preocupación por Rin y porque no fuera encontrada por mi madre o sus sirvientes.
    Me levanté antes del toque de queda y me desvestí. Me coloqué una ropa blanca, de corte chino, con bordados en hilos de oro en el hombro derecho. Esa era la túnica que combinaba con el vestido que Rin había llevado durante la ceremonia y que se había manchado con su sangre.
    Como aún nadie debía moverse de su lugar, decidí que era un buen momento para salir a caminar solo, pero ni bien entrar al pasillo, me crucé con ella. Si había ido a buscarme, era demasiado intuitiva. Preferí tomar la idea de que era una coincidencia.

    Caminamos en silencio por el ala que daba al jardín nevado.
    —Vine porque presentí algo muy desagradable. Y al parecer, no me había equivocado. Mira en los problemas que te metías por proteger a humanos.
    —Ellos tenían prohibido entrar a estas tierras. Fueron engañados y traídos a la fuerza. Eso no fue mi culpa, se suponía que las cosas no debían ser así.
    —Las sosas son como son, Sesshoumaru, nunca como deberían. Tú deberías ser temido por los humanos y no devoto de ellos —bajó la vista—. Tú no deberías cometer estos errores. Comete tus propios errores, no los errores de tu padre. Es como si, de pronto, hubiera resucitado y regresado a donde debería estar, solo para volver a hacer lo mismo de toda la vida.
    Eso fue como una estocada.
    —No parece como si fueras a preocuparte mucho por mí.
    —Eres mi preciado hijo, ¿qué esperabas? Aunque él pensara que necesitas un corazón compasivo, yo sigo sin entender eso. Ya tú sabrás que tipo de conexión metafísica los une a ambos con tanta fuerza.
    —Nunca he estado apegado ni a ti, ni a nadie y lo sabes. No me interesa en lo más mínimo lo que opines o lo que pensara hacer mi padre. No soy ni tú, ni él: soy otro youkai diferente. Toda la vida estuve con él, bajo su cuidado, bajo su devoción, su protección —hasta que apareció esa bola de pelo de Inuyasha— ¿y tú qué? Nunca te interesaste por mí o jamás lo demostraste ¿y ahora pretendes venir a meterte en mi vida y tomar decisiones?
    La estaba mandando, diplomáticamente, al diablo.
    —Una vez te llevé conmigo, sucedió después de que falleciera tu padre, debías tener unos diez años. Vivías hablando de él, respirabas a tu padre, Sesshoumaru —se interrumpió—. En las noches, tus sábanas aparecían estiradas de manera inverosímil sobre aros de metal, como si fueran lienzos para bordar y tú dormido encima, acurrucado. No solo eso, sino que también todos los objetos de metal a tu alrededor, aparecían con formas de demonios alados, independientemente de la forma que hubieran tenido antes —fruncí en ceño, eso era tan…— y no solo te me aparecías a mí en mi cuarto, sino a cualquiera. Cuanto te despertabas no entendías nada, aparentemente lo hacías estando dormido. Eras un dolor de cabeza, terrorífico, y despierto parecías un dulce angelito. Tuvimos que mandarte al diablo, nos ibas a enloquecer a todos.
    ¿Qué diablos…
    —Decías que dormías con tu padre, yo no tenía el menor interés de dormir contigo ni aunque te me aparecieras a la madrugada en mi cuarto. A eso de los doce años aparentemente controlaste tus poderes psíquicos, nadie nunca te dijo que eras débil así lo supieran, nadie se hubiera atrevido, creo que tampoco habríamos permitido tal atropello, quizás fue un error.
    Me di la vuelta dispuesto a irme, al parecer fui toda mi vida un dolor de cabeza, no solo para los humanos.
    —Y algo más.
    Volteé para escuchar lo último que tenía para decir.
    —No te pareces a tu padre, eres igual a él. Mantente al margen.
    Diablos, eso ya lo sabía. Además, lo dijo con semejante cara de repugnancia… quien imaginara lo que podría haber estado pensando. Me di la vuelta y me fui, no creí que tuviera algo más que decir y ni aún así hubiera permanecido a oír alguna incoherencia más, es decir, cualquier cosa que tuviese relación con mi pasado era incoherente. Nunca fui muy afecto a las cosas del pasado, principalmente cuando la mayoría de esas cosas no eran agradables. Precisamente para mantener al margen ese pasado, empecé a estudiar, a viajar, a buscar un futuro incierto, pero no dejaba de esconderme detrás de otro si la situación peligrosa ameritaba, no lo niego.
    Dejé de esconderme cuando entendí dos cosas. Primera, que no es posible negar lo que uno es y segunda, huir de los problemas no te los quita de encima: te los empeora.
    Además, hay dos cosas que le construyen la historia a cualquiera: las decisiones que, una vez tomadas, no pueden dar marcha atrás ni aunque lo sueñes y también las consecuencias que traen esas mismas decisiones. Desde esas dos bases, parte la historia de cualquiera, humano, hanyou, youkai o lo que consideres apropiado poner en lugar de mis propios pensamientos. Siguiendo esas bases, solo existe el tiempo presente… y convierte cualquier otro tiempo verbal en puertas cerradas, piedras en el camino o escalones.

    Poco después, las campanadas que anunciaban el fin del toque de queda sonaron. El palacio comenzó a vivir, los guardias comenzaron a circular, los sirvientes comenzaron a moverse… y la escoria despertó justo para la hora del desayuno. Mi madre pareció medianamente complacida de saber que había humanos que aún me causaban molestia.
    Un sirviente venía en dirección contraria y se postró delante de los dos, apenas sí lo miré y sabía que tenía a mi madre detrás. Sabía que ella estaba viendo algo que… algo que ya había vislumbrado a la distancia… quien sabe desde qué distancia en el pasado, quizás desde el momento mismo en que los oscuros ojos de mi padre mostraban lo mismo que los míos ahora, algo que yo no podía ver.
    En la época a la que mi madre hacía referencia, yo era una bola de pelo blanca con bonitos ojos, que hacía gritar a las cortesanas, según la opinión de Kagome, como fanáticas de alguna marca registrada.
    Si bien tenía idea del escándalo al que la chica quería hacer referencia, siendo que ella estaba en lo cierto —siempre estaba en lo cierto—, no era mucho pedir que alguna vez me hablara en japonés básico.
    Oh, Kagome y compañía.
    No necesito decir lo que opinaba mi madre al verlos, ni mucho menos de Inuyasha, por supuesto que no le agradaba, tenía un rechazo natural como todo youkai de elevado nivel y al parecer, era recíproco. Sólo una vez se cruzaron en un pasillo aquel día y eso había sido suficiente para entender que no podían hacer buenas migas. Tampoco le había agradado saber que Rin aún continuaba con vida. Ella no podía entender algunas cosas —ni yo mismo lo entendía—, porque la naturaleza del amor les es ajena a los espíritus, concerniendo nada más que a los humanos y correspondiendo por tanto, a una esencia débil… Keh…

    ¡!

    Era notorio que ella esperaba que ese asunto de parecerse a mi padre —en todo el sentido— no pasara de ser un juego malcriado que pusiera fin cuando Rin muriera, cosa que ella, al parecer, ansiaba pronto. Es decir, si no había entendido a Inu no Taishou, no podía esperar que me comprendiera a mí. Tampoco sentía que aquello fuera necesario, nunca sería comprendido por nadie más que no fuera Rin. Kohaku y Jaken eran partícipes de aquello también, pero en lo que respectaba a mi espacio, Jaken era un irrespetuoso y Kohaku… bueno, llegó algo tarde al grupo, el afecto que pudiera sentir hacia él era bastante diferente. Rin tenía facilidad de describir aquello como devoción, aun así no era sencillo de entender.
    Se podía decir que hasta poco antes de la aparición de Rin, mis verdaderas intenciones eran invisibles, pero después de que ella se abriera un camino hacia mi verdadera persona… de ahí en más, hasta el más idiota podía ver lo que yo pensaba y deseaba. Rin me había vuelto vulnerable en lo que respectaba a mis emociones. Fue entonces cuando entendí por qué había muerto mi padre: era demasiado transparente, demasiado predecible. Debía haber un modo de revertirlo, que no fuera sacar a Rin de mi vida.

    El amor te hace débil... Te hace fuerte… Te hace débil…

    Círculo vicioso. Vida, muerte y punto final.

    Entré a mis dependencias y allí permanecí en un silencio absoluto, buscando respuestas posiblemente inexistentes. Afuera, el palacio estaba lleno de vida, podía seguir las esencias completas de cada habitante. Cuando yo estaba allí, aquel lugar era completamente gobernado por mis sentidos, no podían burlarme, no querrían.
     
  2.  
    Asurama

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    Mi madre pensaba que estaba metiendo la pata de manera memorable, que estaba cometiendo errores de mi padre, reabriendo una grieta ajena. Ella pensaba que eso era grave y estaba intentando transmitirme lo que para ella era lo correcto. Mandar a los humanos al diablo y olvidarlo, supongo.
    Los humanos tenían una idea fija de que las cosas estaban sucediendo como debían ser, que estaba bien. Era más, ellos estaban seguros de que lo mejor para detener los problemas era aceptar lo que sentía y agregarlo sin más a mi plan de vida. Para ellos, lo correcto era ir a favor de mis emociones. Para los youkai, no.
    Desde mi punto de vista, lo correcto era que, al haberle quitado mi protección a Kohaku, él tendría la libertad de vivir con quien quisiera o entrenar solo. Que Rin, al vivir entre los humanos, recuperaría lo que había perdido y que viviría de la manera en que un humano consideraba “normal”. Se suponía que así debía de haber sido todo.
    Pero mi madre había dicho algo muy ingenioso.
    Las cosas son como son, no como deberían.
    Y Kagome también lo había dicho, de otra manera.
    La vida parecía un chiste.
    No puedes reírte cuando las circunstancias te aplastan.
    Tras un largo paso por un raudal de circunstancias adversas y situaciones inesperadas que no se amoldaban para nada a mi inicial plan de vida, había descubierto que las cosas básicas que me habían enseñado para sobresalir o para la supervivencia, resultaban completamente obsoletas en este mundo tan diferente al que había conocido de niño. En ese otro mundo, no había complicaciones ni miedos, no había errores graves que pudieran cambiar por completo la dirección de la vida de alguien… o quizás solo es así como vemos las cosas los niños.
    Aunque hubiera aprendido a ser pragmático y perfeccionista, aunque todo el tiempo tuviera en mente que no tenía permitido cometer errores, una gran parte de mi vida fue un camino sinuoso y resbaladizo. Poco importaba que me hubieran enseñado a caminar en seguro: mientras crecía, no había tenido nadie que me sostuviera, y lo peor de todo era que ese había sido mi propio deseo.
    Ahí estaban los resultados, no tenía nada de lo que había deseado, ahora deseaba y tenía la posibilidad de obtener otras cosas, pero con esas ganancias habían venido los problemas. Y en solo meses.
    No deseaba ni imaginar las cosas en el transcurso de años. No estaba echando la culpa a Rin, ni a Kohaku, ni a nadie. Como dije antes, la vida suele ser ingrata, y especialmente cuando no das bien tus primeros pasos.
    Cerca de medio día, Jaken entró a mis dependencias.
    —Sesshoumaru-sama, tengo buenas y malas noticias —dijo postrándose.
    —Escúpelo.
    —La buena noticia es que los grupos de Reconocimiento y Patrulla han podido encontrar a Kohaku y lo han dejado en la habitación oculta —tardó bastante—. La mala es que no se lo ha podido reanimar.
    —Manda bajo cuerda a Kagome para que lo vea y a un hechicero para que la asista. Si logra despertar, avísame.
    —Sí, amo.
    —Y algo más, Jaken —me quedé pensando en qué decirle—. Diles a los humanos que se reúnan ahí a media noche como para el funeral de un santo. Que nadie más lo sepa.
    —Como ordene —dijo antes de retirarse.

    Esa tarde, mi madre y yo nos reunimos a cenar. Algunos sirvientes ofrecieron quedarse haciendo una fuerte guardia alrededor de la sala de reuniones, como se hacía cada vez que alguien de clase importante se reunía. Acontecimiento imprevisto, raro y poco probable entre los youkai, ya que las familias youkai, especialmente cuando tienen un alto nivel, no se reúnen, porque las diferencias de poder, invariablemente, estallarían en guerras todas las veces. Aunque los príncipes suelen aprender de diplomacia, éstas no se aplican a la vida de los youkai. No debe de existir youkai con semejante templanza.
    Cuando la guardia, los criados y soldados comenzaron a agolparse alrededor del cuarto principal, los ahuyenté. Solo quedaron tres criados dando vueltas a nuestro alrededor por si necesitábamos cualquier cosa. No necesitaba a la chusma mezclada con mi familia, invadiendo mi privacidad, y eso también incluía a Inuyasha.
    Los primeros minutos, fueron totalmente silenciosos. Miraba hacia las puertas o lo que tenía en el plato. No me agradaba la idea de que pudiera creer que la estaba evitando. El hecho de estar cenando conmigo parecía serle suficiente.
    —¿Me estás evitando?
    —No. Probaba la cena.
    —¿Y desde cuando tienes buen gusto para la comida? Tú no diferencias entre un jabalí de bosque y una comida conservada —dijo cínicamente—. He notado que hay mucho movimiento en estos días, y no parece deberse precisamente a mi llegada.
    Sentí como un toque eléctrico en la base de la espalda. No di muestras de nada.
    —¿Serías tan amable de explicarle a tu madre qué hacen esos tres humanos aquí? ¿Y, de paso, quienes son?
    —Son los humanos de Inuyasha —sería la forma correcta de hacer entender a un youkai—. Los ha traído aquí consigo, saliendo de la región de Musashi cuando vino ya hace algunos días.
    —De modo que permites la presencia de hanyous, mocosos y humanos en el mismo lugar en donde estamos tú y yo.
    Me desentendí por unos instantes.
    —Inuyasha es mi hermano, no puedo echarlo.
    —Un mocoso bastardo de sangre impura —desvió la vista y frunció la boca—. Y a eso le dices tu hermano. Como quieras —me miró un rato en silencio—. Eso no explica por qué permites que traiga a sus humanos, como si no fuera suficiente con la peste.
    Fruncí el ceño, estaba de acuerdo.
    —Se adhieren como la peste —y olían peor que la peste.
    —Ya entendí —dijo copiando mi expresión. Se inclinó hacia mí— ¿Te han hecho algo? ¿Algo te han dicho?
    Si lo supieras.
    —No.
    —Uno de esos humanos, la miko, tenía un fuerte olor —aguzó la mirada—. Un fuerte olor de Rin.
    Sentí otro pinchazo en la base de la espalda y esta vez no pude ocultarlo. Ni siquiera había pensado que recordara quien era Rin.
    —¿Dije algo malo? —preguntó de forma capciosa.
    —No —fingí no haber entendido el comentario.
    —¿Qué relación tienen esos humanos… —comenzaba a violar mi espacio personal— …con los tuyos?
    —Sango es una youkai taiya, es la hermana mayor de Kohaku. Kagome es la hermana mayor de Rin.
    Puso cara de incredulidad.
    —¿Y cómo se dio esa extraña coincidencia?
    —Por coincidencia —afirmé.
    —¿En verdad?
    —En verdad —sabía que no sonaba cierto por más que lo fuera.
    —¿Y desde qué edad te suceden esas cosas tan coincidentes? —y yo que creía que era el insidioso.
    Puse cara de pocos amigos.
    —Desde que a mi padre se le ocurrió.
    —¿De modo que le vas a echar la culpa a tu padre? —miró en dirección a la puerta de entrada—. Bien hecho. Yo también lo haría. Por cierto, es extraño que, estando ellos aquí, tus humanos que son sus familiares no se dejen ver.
    —No están aquí.
    —¿Y en donde se supone que están? —traté de poner la cara de desconcierto que seguramente tenía mientras ambos estaban perdidos—. Y, dime ¿Qué otras cosas se le ocurrieron a tu padre?
    —Tener un heredero hanyou, una familia atestada de humanos, dos copias exactas de él y enterrarme hasta los infiernos.
    —Vaya, parece como si hubieras discutido cara a cara con un enemigo de él —dijo con gesto de sorpresa—. Ni yo en mis mejores tiempos hablaba tan mal de Inu no Taishou.
    —Puede ser.
    —¿Sabes qué opinaba él?
    —¿Qué?
    —Que el día en que no te le apegaras tanto, ibas a escribir una historia propia —llevó una mano al mentón—. Me pregunto si eso incluía sus errores.
    Le sonreí.


    Había mantenido cierta seguridad sobre Rin y Kohaku al haberlos exiliado, pero ni siquiera eso había sido suficiente. Ellos, igualmente, eran mi punto débil y yo, su mayor amenaza. La única manera de no ser débil era no tener puntos débiles y, en mi caso, sería fingir que no los tenía.
    La solución aparentemente fácil que se me había ocurrido, no era muy agradable. Era hacer creer que ambos estaban muertos y esparcir rumores. Y para desaparecerlos virtualmente, tendría que ponerlos en donde no los viera nadie. Eso claramente podría significar encerrarlos allí de por vida. La segunda opción, la que sería aceptada por mi madre y los sirvientes, la más segura, no sería aceptada por ninguno de los dos y rompería mis pactos: enviarlos a China. Mis territorios no iban a poder ser traspasados. Proponerlo iba a ser provocar el estallido de un volcán, pero debía intentarlo.
    Pasada la media noche, busqué el momento en que nadie me seguiría y me escabullí como un fantasma hasta la parte más antigua que tenía el palacio. Una de las ocho alas estaba constituida por un templo de tres puertas, que tenía una entrada oculta hacia otra habitación, subterránea, que no aparecía en los mapas, como si fuera un laberinto con un camino sin salida.
    A esta habitación se la conocía como la habitación oculta y, en un corto lapso de tiempo, había ordenado hacerle algunos cambios para utilizarla por si la situación lo ameritaba, previendo que podrían acontecer cosas como las de ahora. Uno de los principales cambios, fue la ubicación de la entrada. Hasta el momento, los únicos que la conocíamos éramos Jaken y yo. Los constructores del proyecto fueron asesinados por cuestiones de seguridad. Alguien que no estuviera al tanto por menos de un año, posiblemente ya no hubiera dado con la entrada, me valí de eso para ocultarla de mi madre, aún sabiendo que estaba mal.
    Al llegar a la habitación oculta, abrí su única puerta, entré y volví a cerrarla. Al voltear, Jaken, Inuyasha, Kagome, Sango, Miroku y Rin estaban mirándome en silencio.
    —La presencia humana ha suscitado problemas.
    Kagome frunció el ceño cual si le hubieran aplicado un hierro para marcar caballos. Creo que se lo veía venir.
    —Aquí en el Oeste hay muchas familias con líderes daiyoukai, por eso las tierras no son seguras.
    Esta vez, fue Inuyasha el que puso cara de odio.
    —Esta discusión ya la habíamos tenido —me reclamó, notablemente enojado.
    —Cierto —le corearon Sango, Miroku y Kagome, mientras me miraban con los ojos cruzados.
    Mi consciencia me gritaba que diera la vuelta y saliera.
    —La única manera de volver intocables a Kohaku y a Rin es correr el rumor de que están muertos. Para que no vuelvan a ser vistos, deberán permanecer encerrados aquí de por vida.
    —Lo acepto —contestó Rin entre dientes. Aparentemente, quiso demostrar neutralidad, pero terminó mirándome mal, igual que los otros.
    —Esa moción tendrá muchos detractores —continué—. Ambos, Kohaku y Rin, deberían marcharse, posiblemente a China.
    —¿Vas a mandar a China a mi hermano?
    —Esto ya lo habíamos hablado, no puedes venir ahora con que los sacarás de aquí.
    —Esta decisión la estás tomando sin ellos.
    —Eres un egoísta, ¡siempre anteponiendo tus necesidades!
    —Sesshoumaru-sama, ¿cómo pudo? Lo prometió.
    —No son objetos no puedes controlarlos.
    —¡Maldito hijo de perra! me quedé callado solo para ver con qué cojudez salías. ¡Esto no estaba en el trato que hicimos! ¡Yo me los llevo de regreso!


    Me quedé en silencio escuchando la sentencia. Me dijeron de todo, menos que era agradable.
    Y volví a recordarme aquello que me había dicho mi madre.
    Las cosas son como son, nunca como deberían ser.
    —¿Qué quieren? ¿Qué lo piense? —lo pregunté irónicamente, más que por otro motivo.
    —¡No! por pensarlo demasiado, lo vas a arruinar todo —me lanzó Kagome— ¿Sabes qué es lo mejor que puedes hacer? Lo que haces siempre: mandar al diablo al que no esté de acuerdo con lo que deseas ¡pero con lo que realmente deseas! —Frunció el ceño, quedando con una expresión horrible—. No con lo que quieres fingir. Es inútil, ya todos nos dimos cuenta, y desde hace años.
    Daría lo que fuera porque no se hubieran dado cuenta. No podía dar marcha atrás al momento en que nadie sabía nada.
    —¿Qué es lo que te avergüenza? —preguntó con neutralidad el monje— ¿Que se sepa que proteges a humanos igual que tu padre? —todos lo mirábamos—. ¿Te avergüenza parecerte a tu padre y a tu hermano? ¿Es así? —y allí estaba la prueba fehaciente de que mi transparencia tampoco tenía arreglo ni vuelta atrás, ni aunque mandara a los causantes a otro lado.
    —Pensé que eso ya lo habíamos discutido y que lo habías aceptado —me recriminó Kagome—. Esas cosas no hacen débil a nadie —era como si quisiera forzarme a creer—. Si los demás piensan así, déjame decirte que los demás están equivocados. Kohaku ha tenido un tiempo difícil y por eso aún está inconsciente, pero si estuviera despierto, creo que pensaría igual que Rin, que aceptaría quedarse encerrado aquí antes que olvidarse de la devoción que te tienen. Todos los que estamos aquí confiamos en ti —se puso en jarras—. Y el que no está de acuerdo con que los conserves, sencillamente no confía en ti y deberías hacerlo a un lado.
    ¿Por qué Kagome siempre tenía que tener la maldita razón? Las cosas son como son, no como deberían ser.
    —Yo no me considero débil, pero para los que vean la situación desde afuera, sí seré juzgado como tal.
    —Pues, se quedarán con un palmo de narices cuando les patees el culo ¿no? —dijo Inuyasha tranquilamente, mirándome con un solo ojo y con los brazos cruzados.
    —Las cosas son tan sencillas, verdad —quise sonar cínico, pero estaba enojado. Antes de esos humanos, y antes de él, nadie se hubiera atrevido a cuestionarme una sola palabra, aunque estuviera cometiendo el error del siglo.
    —Oye, durante las batallas siempre estabas siendo confiado y hasta afirmaste que la presencia de los chicos aquí impide que cometas errores —fue la primera vez que lo oí referirse a mí con cinismo desde que comencé a usar la Tenseiga—. ¿Por qué sencillamente no haces lo de siempre y sigues siendo confiado y que las cosas tomen un curso natural?
    ¿Y qué era lo natural para él? Ser confiado, en el pasado, no solo había provocado que me hirieran, sino que muchos habían salido afectados.
    —No puedo dejar las cosas a la suerte.
    Hizo un giro con las manos y comenzó a señalarme a Rin, a Sango, el compartimiento donde seguramente se hallaba Kohaku dormido…
    —No los estamos dejando “a su suerte”, los estamos dejando en tus manos y —no quiero darle la razón a Kagome— pero no lo haríamos si no confiáramos en ti. ¿Qué le pasó a tu confianza? ¿se fue por el drenaje después de las batallas con Naraku?
    Quise saltarle encima, pero se escabulló del otro lado de Rin. Muy listo.
    En realidad, nunca los había metido en las batallas, salvo durante unos graves accidentes que, de conocer el peligro, no los hubiera metido nunca. Meterlos en las Tierras era meterlos en batalla, y era un precio que estaban dispuestos a pagar. Yo no parecía totalmente dispuesto aún. Rin se veía totalmente neutral.
    —Rin…
    —Lo prometió —murmuraba— ¡que nos permitiría quedarnos!
    Jamás antes la había visto con el rostro inexpresivo, imposible de leer, pero sonaba enojada. Y realmente enojada. Iba a reclamarle que no me cuestionara, pero no quería entrar en discusiones delante de esa sarta de imbéciles, sólo para que hablaran más. Sabía que Rin era capaz de seguir discutiéndome, iba a saber cómo.
    Pensé por un momento la situación. Entre decidirme y no decidirme a dejarlos, esos humanos quedaban en medio. No quería jugar una apuesta con sus vidas, principalmente con la de Rin, pero al menos Rin, sí parecía muy entregada a que sucediera lo que fuera a suceder, ni las consecuencias, aun conociendo cuáles podrían ser.
    Ella había nacido libre, no me parecía justo que permaneciera allí encerrada de por vida. Pero sin sacarla de mi vida, no existía otra opción.
    Sabía qué excusa blandiría para desarmarme. Que, de todos modos, hubiera pasado el resto de su vida encerrada en una aldea, y que sería lo mismo. Que preferiría cualquier consecuencia a tener que ir a un lugar que desconocía y donde su destino podía ser aún más incierto. Sabía que lo haría.
    No necesitábamos iniciar una discusión.
    —Si estás pensando en gritarle a Rin, mejor piénsatelo dos veces porque no voy a permitírtelo —dijo Kagome poniéndose de pie y remangándose el haori—. Ella solo es víctima de tus manipulaciones.
    Volteé y la fulminé con la mirada, pero ni se movió.
    —¿Qué te pasa? ¿Te molesta que te digan la verdad?, es eso lo que has estado haciendo —me gritó Inuyasha—. La traes, te la llevas, te culpas, te indultas, la confundes y después quieres que te obedezca con la boca cerrada ¡déjala en paz!
    —En primer lugar, vas a tener que olvidarte del fantasma que representa tu padre —el houshi se puso delante de Rin y ésta se puso de pie a su lado, con un gesto de confusión—. Las cosas no suceden del mismo modo dos veces —y lo decía descaradamente con tanta tranquilidad. No me gustaba que se tomara libertades de dibujar mi mundo interno como mejor le parecía—. Si la situación te obliga a hacerlos pasar por muertos, pues, que así sea. Yo sé que Rin está dispuesta a hacer cualquier tipo de sacrificio. Lo oí de su boca, como todos nosotros y tiene edad de decidir, pero no creo que quiera marcharse —la miró por unos momentos antes de volver a mirarme—. En cuanto a Kohaku, tendrás que esperar a que despierte. Pero no son objetos, no puedes decidir sin ellos y no importa que tengas el título más grande que exista en el universo.
    —Cállate, houshi.
    —Tiene razón —me retrucaron Kagome y Sango.
    Miré a Rin parada a su lado y descubrí que tenía razón.
    —¿Crees que me equivoco?
    —En extremo —me dijo Kagome, muy enojada.
    Era el colmo.
    —Entonces, quédate aquí con Rin y Kohaku y explícales como me he equivocado.
    Equivocado o no, salí del cuarto dando un portazo y escuché cómo discutían y peleaban a Jaken. Poco me importó. Caminé por los pasillos y subí las escaleras como si quisiera aplastar la piedra y hundirla debajo de mí. A medio camino, ella apareció.
    —Sesshoumaru ¿en dónde te habías metido? Te he estado buscando por todas partes y no…
    Volteé a mirarla con el ceño fruncido, era suficiente para hacerle entender que quería estar solo. Retrocedió unos pasos.
    —¿Has tenido una mala noche?
    No respondí y seguí mi camino.
    —¿En dónde están tus modales? —me gritó mientras me alejaba. A media noche y con esos ánimos, no le hubiera respondido ni a mi mismo padre.
    Subí hasta mis dependencias y ahí me encerré. De pronto, oí llamar a la puerta una, dos veces.
    —Sesshoumaru, ábreme.
    Me apoyé con los brazos cruzados sobre la mesa de los mapas y me desentendí. Volvió a golpear, dos, tres veces.
    —Sesshoumaru, ábreme ahora mismo o le ordenaré a la guardia que me abra.
    ¿Cómo se atrevía a ordenar a mi guardia?
    Apoyé la cabeza y cerré los ojos.
    De pronto, sentí una mano pasando entre mis cabellos. Abrí los ojos como platos y me encontré con el extraño “paisaje” de mi cuarto de dormir. Acostado, en mi lecho. Volteé y me encontré con mi madre, estaba en su regazo. Desvié la mirada y volví a la posición en la que estaba antes de despertar ¿qué demonios…?
    —tienes my malos modales ¿Te echas a dormir en cualquier parte y ni siquiera eres capaz de abrirme la puerta?
    No quería responder, me incomodaba su cercanía, me incomodaba su seguridad, me incomodaba que todos estuvieran seguros de mí, menos yo, que solo fingía esa seguridad para sentirme un poco más fuerte.
    —¿Hasta cuando piensas seguir con ese juego estúpido de perturbarte por un par de mocosos humanos?
    De modo que lo sabía.
    —Respóndeme algo ¿Nunca te enamoraste? En tu padre sería tan típico…
    Resoplé.
    —No me digas que de verdad te enamoraste —parecía repentinamente muy interesada— ¿De quién?
    —De una persona que admiraba mi fuerza —creí que ahí terminaba el interrogatorio. Pero no.
    —¿Y qué le pasó?
    Le dije mi versión.
    —La maté —murmuré entre dientes.
    —¿Ah, sí? —su mano seguía pasando por mi cabello. Ya ni la miraba.
    —Me pidió ayuda y cuando me decidí a ayudarla, era tarde —se suponía que decirlo no iba a resultarme traumático. Pero no—. Lo intenté —escondí la cara en su ropa.
    —Esas cosas pasan —dijo.
    No me molesté en responder.
    —De modo que es eso lo que te tiene tan aterrado —la miré a la cara sin entender—. Te asusta que vuelva a suceder ¿ah?
    Diablos. ¿Mi madre también era parte del complot? ¿Así que era eso lo que —supuestamente— me pasaba? Me quería matar. Volví a esconder la cara.
    —Es tonto que te dejes asustar por cosas que no volverán a suceder. ¿Recuerdas lo que te había dicho? La vida es finita y que en algún momento se acabe, es lo más natural, no puedes evitarlo, no eres un dios.
    Eso era lo que me asustaba.
    —¿Por qué vas a asustarte de algo que no puedes cambiar? —pasó un buen rato en silencio— ¿por qué los youkai detestamos a los humanos?
    —Porque son inferiores —eso era lo que me habían enseñado desde siempre.
    —Detestamos a los humanos porque pertenecen a un mundo diferente. Si dos mundos diferentes se mezclan, los resultados son inciertos —sentí cómo se encogía de hombros—. ¿Pero qué trato de explicarle a un niño malcriado que ha vivido toda su vida en lo incierto?
    —Soy muy predecible.
    —Eres demasiado blando.
    —No me hagas sentir peor —le recriminé.
    —Solo esperaba que tus errores no fueran tan graves como los suyos —frente a mí, una de las paredes estaba pintada con la imagen de mi padre atacando un palacio—. Pero tal parece que tus errores serán más graves ¿que no te das cuenta? —me puso la mano en el hombro—. A ver ¿qué es lo que quieres hacer?
    —No te incumbe.
    —Basta de tus malcriadeces —me sacudió por los hombros— ¿qué es lo que quieres hacer? —no recordaba muchas ocasiones en que me hubiera regañado fuertemente.
    Tomé aire.
    —Traer a Kohaku y a Rin a vivir aquí, conmigo, en las tierras que pertenecen a youkais, como si fueran parte del Clan, acabando con el exilio que los mantuvo durante años fuera de las tierras del Oeste y haciendo creer que ambos han muerto para mantenernos a salvo.
    —Pero ¿te das cuenta de la gravedad de lo que estás diciendo?
    La miré.
    —Sí, me doy cuenta.
    Frunció el ceño.
    —¿Y qué más quieres hacer? ¿Acostarte con esa mocosa? ¿Que tome tu lugar? ¿Sacar de aquí hanyous, como esa bastardo de “tu hermano”? ¡Dilo de una vez!
    —No.
    —Claro que sí. No estoy ciega.
    Me senté y le di la espalda.
    —A mí no me des la espalda, Sesshoumaru.
    Volteé.
    —Y si las cosas se salieran de control y así fueran ¿qué? —de acuerdo, no iba a ponerle excusas.
    —Me has decepcionado.
    —Cuánto lo lamento.
    —Tenía razón. Tus errores serán más graves. Al menos tu padre jamás trajo un humano aquí —iba a gritarle, pero me calló—. Sé que saldrás con vida, sin importar qué decisión tomes. Confío en eso. Aprendes rápido, las cosas no serán como antes. Si tu padre sabía o quería que las cosas terminaran así, ojalá supiera bien lo que estaba haciéndote. Porque ya es tarde. Más te vale que no vuelva a cruzarme con ningún humano que tenga algo que ver contigo o con ese idiota, o pobres de ellos —se puso de pie y caminó en dirección a la puerta, pero volteó a verme—. Pero sabe que sigues siendo mi hijo, sin importar tus decisiones. Solo cuídate.
    No parecía querer discutir conmigo. Poco le importaban los humanos.
    Ella creía que, por muy mala que fuera mi decisión, podría sobrellevarla y salir con vida. A diferencia de mi padre, no me había rechazado.
    El círculo vicioso volvía a presentarse. Si daba un paso, no importaba lo que intentara hacer, no había marcha atrás. Sin embargo, nadie iba a matarme o acusarme por eso, nadie iba a rechazarme. Nadie iba a intentar adueñarse de mi mundo interno por mucho que me conociera.
    Desde que lo había aceptado, sabía que era peligroso y sacrificado y que Rin también lo aceptaba como tal. Me encogí ¿Cómo había superado tal miedo, si yo aún me encogía internamente cada vez que lo pensaba?
    Abrí la cerradura y empujé cuidadosamente la puerta para no hacer ruido. Entré a la silenciosa y oscura habitación y apoyé la mano sobre una de las cortinas de bambú. La silueta de Rin se dibujaba inerte sobre el futón, del otro lado. Su respiración, con el leve ritmo del sueño, cambió repentinamente. Cuando se movió, llevé el dedo a la boca, demandando silencio. Supe que distinguía mi silueta del otro lado.
    —¿Realmente aceptas quedarte aquí aunque eso signifique no volver a salir jamás? ¿puedes aceptar que mi casa se convierta en una jaula de oro? ¿no has reconsiderado al peligro? ¿no considerarías una última posibilidad de escapar? ¿otra tierra? ¿tu casa?
    —Mi casa es esta. Yo elegí esto y está bien, soy feliz. Mi familia también lo cree así ¿le cuesta tanto entenderlo?
    —Me cuesta —pasé a través de la cortina—. Los youkai no entendemos los corazones humanos. Eso no es bueno para alguien como tú.
    —Yo creo que se puede aprender. Los humanos no entienden a los youkai. Pero yo sé que tiene miedo y que está triste, pero no hay motivos para preocuparse.
    Me senté junto a su lecho. Había cosas que no me entraban en la cabeza y que no me iban a entrar nunca ¿Cómo alguien se podía abandonar totalmente? ¿Era posible? Me incliné hacia delante, apoyé la cabeza en su pecho y me envolvió el sonido de los latidos de su corazón, que parecieron acelerarse de pronto.
    Sentí la presencia de mi madre alejarse. Se iba. Estaba decepcionada. No iba a meterse en mi vida.
    Me recosté sobre el pecho de Rin, empujándola de espaldas contra el futón y sosteniéndola de la cintura. No pareció preocuparse por mi peso, acunó mi cabeza como si nada estuviera pasando. Solo cerré los ojos y seguí escuchando en silencio.

    Siempre había pensado que lo que sentíamos era imposible, como la danza del sol y la luna, que al unirse, dejaban todo a oscuras. Rin parecía luchar por quedarse —prisionera, sin futuro y rodeada de youkais— en donde estaba yo, que, impasible, no terminaba de aceptar completamente aquello.
    Era como si el sol bailara alrededor de la luna, buscando provocar un eclipse total.
     
  3.  
    razon

    razon Usuario común

    Tauro
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    Re: Eclipse Total

    lo lei y no me lo crei, esa madre que mala,bueno ni tanto, yo por mi no le diria eso a rin, nunca me atreberia (bueno si ¬¬pero por ataque de ira, la verdad haria cualquier cosa xD)
    bueno a mi me tienes detallista, pues me fije te comiste un signo de pregunta ¬¬
    bueno eso si te salio muy personalidad sesshomaru , no quiere admitir lo que siente, pero tiene consiensia de ello .
    ese si es un buentabajo de la personalidad de sesshomaru.
    eso si ahora que estoy en momento de "detallista", te queria decir gracias por avisarme, mientras yo estaba omo durmiendo con ojos abiertos.(yo le digo así al aburrimiento xD), sera mejor irme ya que quiero ver que hay de nuevo, y de paso dormirme un poquito ya que me desbele ayer.
    bey.

    atte:razon

    PD:no te olbides de avisarme :)
     
  4.  
    pomy

    pomy Usuario popular

    Libra
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    Re: Eclipse Total

    Casi excelente, en el rango más alto que en este momento pudiera otorgar a un texto, que posee algunos errores pero me mantuvo a la expectativa desde su inicio. Me gusta cómo jugaste con las personalidades, y la manera de relatar.

    Sin embargo, algunas cosas no compatibilizaron con mi gusto. En algunos capítulos posees bastantes errores cohesivos, y la imagen que subiste de ambos desdibujó un poco la magia.

    Quiero leer más cosas tuyas, mantenedme al tanto. Y por supuesto, te espero en mis fics, como siempre ^_^

    Pomy
     
  5.  
    Hikari Azura

    Hikari Azura Usuario común

    Piscis
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    Re: Eclipse Total

    ohayo!!
    ahora si querida lube-chan ya termine de leer todo aaaaaaaah n.nu
    me sorprende mucho este ff es mas todos lo ff que tienes me fasinan

    es mas tu deberias hacer la continuacion del manga de inuyasha con tu toque tan especial que haces divertido
    el ff..mil respetos para ti
    me encanta como llevas los sentimientos de sesshomaru.
    jajaja mas como las dicusiones de kagome-chan y sesshomaru-sama
    espero que me avises cuando va a ver continuacion que voy a estar ansiosa de leer tu ff
    bessos
    sesshogriss
     
  6.  
    Tachi

    Tachi Guest

    Re: Eclipse Total

    Ohayo~!!
    como siempre muy bueno!... la verdad que los capitulos estuvieron increibles, pusistes a la madre de sesshoumaru-sama muy estricta y correcta, la verdad que me impresiono! pero me duele ver cuando sesshoumaru-sama discute con kagome o con el grupo! siempre le culpan de algo cuando en realidad trata de resolver las cosas, espero que todo salga bien para kohaku!, quisiera leer mas pero sera hasta el proximo capitulo!, aun lo espero con ansias!

    Sayoo~!!
    Atte: Tachi~!!
     
  7.  
    wariolo

    wariolo Iniciado

    Leo
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    Re: Eclipse Total

    Un fin genial, sin apenas errores, y con una forma de explicarse estupenda. Normal que Sessho halla salido como es, con esa madre xD

    Ánimo.
     
  8.  
    Asurama

    Asurama Usuario popular

    Cáncer
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    Re: Eclipse Total

    La más terrible de todas las puertas es la de la muerte, su dueña es la más posesiva de todas.
    En ella no prevalece nada, ni siquiera el amor. El amor es el que tiene la puerta más benévola de todas, nunca al revés.
    O-yakata-sama estaba confundido.
    O-yakata-sama estaba asustado.
    O-yakata-sama sentía tal tristeza que ésta llegaba a aflorar a la superficie y envolverme a tal punto de contagiarme. Mis ojos, a los que creía secos, se nublaron de lágrimas. O-yakata-sama estaba sintiendo dolor.
    Pero nadie más era capaz de ver eso, muchos me hubieran dicho “pero ¿de qué hablas? Él no tiene miedo, él no se siente triste” ¡pero o-yakata-sama estaba tan mal! Me dolió en el alma y lo único que pude hacer fue abrazarlo para intentar aliviar lo que estaba sintiendo.
    Deseaba decirle que no había motivos para asustarse, que no había que temer al sufrimiento, ni a lo incierto del futuro, que los humanos vivíamos así y para nosotros era normal, que yo tenía la certeza de que todos esos miedos podían superarse, que el youkai más valiente de todos no tenía por qué temer. Que todo iba a estar bien.
    A estas alturas, ya se lo había dicho incontables veces, le había dicho que él podía, que era capaz, que yo sabía que tenía debilidades pero era capaz de levantarse y superarlas. Lo había hecho cien veces y podría hacerlo mil veces más. Pero si necesitaba que siguiera diciéndoselo, permanecería allí, repitiéndoselo cuantas veces necesitara oírlo, hasta que mi tiempo dijera basta. Él era mi equilibrio, yo era su equilibrio, me preguntaba si alguien más sería capaz de hacer eso. Yo lo llamaba mentalmente cuando lo necesitaba y él respondía, cuando él me llamaba, yo acudía.
    Pronto sería el alba y el sol se levantaría en el cielo, junto con toda la vida en el palacio. Esas personas no podían vernos juntos, todavía no estaban listos para superar algo tan shockeante como ver una dama humana en brazos de su señor.
    Esa debía de ser una de sus mayores preocupaciones, su otra preocupación, era mi destino, al que yo me había abandonado por completo ya. Mi mente no tenía ningún tipo de dudas y seguiría intentando hacérselo entender, puesto que me había expresado claramente que a los youkais les costaba. Le preocupaba sobremanera no poder entenderlo, no poder aceptar que la persona a la que quería realmente se había abandonado. Debía de haber un modo de que comprendiera y que superara el miedo. ¿Y qué cosa lo tenía tan triste?
    —Sesshoumaru-sama —murmuré en voz baja, mientras acunaba su cabeza contra mi pecho. Se había tendido sobre mí motu propio—. ¿Qué está mal?
    Una de sus manos se asió con la fuerza de un torno alrededor de mi brazo y hundió más la cabeza. Era demasiado triste como para poder soportarlo. Yo ya lloraba francamente y en silencio, intentando que no se notara, que no se me quebrara la voz. Me había dado cuenta de que mis lágrimas no se habían secado, tan solo se habían congelado por el frío de la soledad, pero se habían derretido nuevamente con la calidez de su corazón.
    Lo estaba recordando ¿verdad? El horrible dolor… Ese que te partía el alma cuando venía a la mente el recuerdo de la partida de un ser querido. Yo ya lo conocía bastante bien.
    Hay quienes sostienen que, cuando sufres una desgracia sin explicación, es para que luego tengas la fuerza y la sabiduría de sostener a alguien que pase por lo mismo. No me di cuenta de que estaba acariciándole la cabeza, lo hacía de modo automático. No me había dado cuenta de que lo estaba abrazando con fuerza.
    —Por qué siempre tienen que dejarme —murmuró.
    —Hay cosas que ni siquiera vosotros los youkai podéis cambiar. Yo sé que estará bien —susurré con la voz quebrada—. Yo no soy alguien indispensable, soy un ser humano más de tantos que hay en el mundo.
    —Eres el único ser humano con el que he podido entenderme y que ha podido hacer cosas increíbles con solo sonreír, serás irreemplazable.
    —Si puedo contribuir a su fortaleza, me sentiría honrada —hundí la nariz en su precioso cabello—, pero si he de volverme una molestia, podrá disponer de mí como mejor le parezca —sonreí apenada—. No importa lo que diga Kagome.
    Esperaba que dijera algo parecido a “Cómo te atreves a pensar que Kagome puede disponer”. Se separó de mí y me miró a la cara, me quedé con los ojos muy abiertos, aunque estuviéramos en la penumbra, sabía que el trasluz y mi olor delatarían mis lágrimas. Se inclinó lentamente hacia mí y le vi entrecerrar los ojos. Su rostro estaba casi pegado al mío…
    De repente, sonó la primera campanada del toque de queda y se movió rápido, desapareciendo de mi habitación como si jamás hubiera estado ahí.

    Escuché con atención las diez campanadas, que se sucedían una tras otra, como si quisieran perforarme la cabeza con sus tañidos. O-yakata-sama había estado conmigo ¿Conservaría, quizás, mi olor? Había permanecido encerrada allí durante un día entero. Aunque fuera casi como una diosa, de ahora en más, mi vida consistiría en eso: vivir encerrada en ese cuarto gigante por el resto de mis días, así lo había decidido por mí misma y así quería que fuera. No estaba para nada arrepentida.
    Cuando era más pequeña, no había podido tomar decisiones por mí misma y mi vida era gobernada por otros, por la forma en que las cosas sucedían, por el destino en el que no creía. Sin embargo, cuando decidí seguir a Sesshoumaru-sama lo había hecho por voluntad propia, ya que él me había dado esa libertad. Y los youkai no suelen dar voluntad. Esa voluntad mía seguía en pie con tanta fuerza como el primer día y no se había esfumado por más que hubiera transcurrido el tiempo o por mucha distancia que hubiera entre nosotros. Así son los lazos hechos con los youkai.
    Sesshoumaru-sama era del tipo de personas que no asumía riesgos si no eran necesarios. Las veces que había hecho locuras, había sido por perder el control, porque las cosas no habían salido como planeaba. Mientras las cosas estuvieran bajo su control, él analizaría la situación antes de tomar riesgos. Yo sabía que me consideraba parte del riesgo y parte arriesgada. Humana tenía que haber nacido. Con una sola vida, por más que me compararan con los gatos.
    Yo sabía que había muchas personas que intentaban entenderme, pero que ninguna realmente podría llegar a entenderme del todo. Ni siquiera él, en quien yo confiaba tanto, podía llegar a entenderme del todo. Desde que había aparecido, me consideraban un misterio y algo raro. Yo había formado parte del milagro y no parecía ser del todo consciente de ello.
    Pero él sí me veía como parte del milagro y quería tratarme como tal.
    Un youkai me había preguntado meses atrás si me habría gustado nacer perra. Quizás sí, pero si hubiera nacido perra, quizás no lo hubiera conocido, y quizás jamás hubiera formado parte del milagro. A veces, las cosas sucedían como tenían que suceder, sin que nosotros tuviéramos ningún tipo de control. La prueba estaba en que O-yakata-sama había pretendido poner distancia entre nosotros y no lo había logrado. Kagome-sama sí creía fielmente en el destino y trataba de demostrármelo, yo no hubiera plantado cara al maestro, al menos no como ella lo había hecho. Consideraba tal cosa como una falta de respeto, pero Kagome-sama lo veía como si me estuviera dejando utilizar, como si me estuvieran manipulando.
    Aparentemente, en el lugar del que Kagome-sama provenía, las mujeres tenían mucha libertad y el mismo derecho que los hombres. Las mujeres del lugar de donde ella provenía, aparentemente hubieran podido ganar una batalla mental contra o-yakata-sama. Yo consideraba totalmente monstruosa a la sola idea. Yo iba a ser su sombra, nada más, porque eso era lo que quería ser y eso era lo que podía ser. Sabía que Kagome-sama iba a estar en total desacuerdo conmigo. El problema era bastante sencillo: yo podía leer a todo el mundo, pero no todo el mundo podía leerme a mí.
    De repente, varias criadas entraron a mis dependencias, interrumpiendo mis pensamientos. Me llevaron al baño de la vez anterior, me quitaron mis ropas de dormir y me asearon con cuidado antes de volver a vestirme con el mismo tipo de atuendo complicado y pesado de la vez anterior: un vestido de seis capas, pero sin broches ni adornos, por suerte.
    El agua del baño tenía nuevamente olor a hierbas medicinales. Me pregunté en qué momento se levantaba Kagome-sama para preparar el agua y por qué no estaba allí durante los baños.
    Comencé a darme cuenta de que, de allí en más, no iba a necesitar asearme ni vestirme. Eso ya lo hacían las criadas.
    También iba a tener que acostumbrarme a que todo mundo me llamara Rin-sama por más que tuvieran doscientos años más que yo, puesto que esa había sido la orden. Y pedirles que me dijeran “solo Rin” no servía de nada, yo era “Rin-sama” para el que me hablara. Pero luego, oí murmullos en los pasillos y me di cuenta de que, así como nadie llamaba a Sesshoumaru-sama por su nombre y le decían Maestro, yo tampoco era llamada por mi nombre. No solo iba a perder mi identidad, para ellos, yo solo era “la Dama”. Se me crisparon los nervios de saber eso, pero algunos criados me dijeron que así tenía que ser, que ese era “el protocolo”.
    El protocolo también tenía otras exigencias, a saber:
    Que yo no podía demostrar afecto a nadie, mucho menos a Sesshoumaru-sama en un lugar público.
    No podía reír ni llorar en un sitio público.
    No podía hablar con los sirvientes ni trabar amistad con ellos. No debía saludarlos inclinando la cabeza y, en última instancia, no debía saludarlos, ni mirarlos, ni nada.
    No debía aplicar honoríficos de respeto a nadie que no fuera Sesshoumaru-sama o su madre. Asimismo, no debía permitir que alguien se dirigiera a mí sin honorífico de respeto. Para ellos, sería “Rin-sama”, “usted”, “dama”.
    Según las “nuevas reglas”, tampoco podía dejar que nadie viera mi rostro.
    No debía hacer nada por mí misma, para eso estaban los criados. No debía realizar ningún tipo de quehaceres. Como máximo, iba a recibir clases de un profesor, que ocuparían todo mi tiempo.

    A mí nunca me vinieron bien las reglas.

    Después de haberme vestido, y de haberme dado de comer, las criadas me ayudaron a acostarme de nuevo, en un lecho con sábanas nuevas, limpias. De seda.
    No estaba tan herida, pero ya me había acostumbrado a que el maestro fuera extremista en lo que mi salud/seguridad refería.
    Al rato, Jaken entró y se postró del otro lado de la cortina de bambú, como lo hubiera hecho ante Sesshoumaru-sama.
    —Jaken —murmuré.
    —Rin-sama, el maestro me ha enviado para ver si necesita algo.
    Tuve que cubrirme la boca, me sobrevinieron ganas de partirme de risa, hasta me brotaron lágrimas. Agradecí que la cortina me ocultara.
    —Jaken, no me digas así —le pedí aún aguantándome la risa.
    —Sesshoumaru-sama me mataría después de ordenar que la tratáramos así. Su lugar aquí es tan importante como el de él.
    Cielos, cómo cambiaba el tiempo las cosas ¿verdad?
    —Entonces, te ordeno que no me digas así —no podía terminar de creérmelo ¿yo, ordenando a Jaken?
    Negó con la cabeza.
    —No puedo cumplir esa orden.
    —Claro que puedes —me indiqué a mí misma—, yo te lo ordeno —era hilarante.
    —Está bien, como usted ordene —me aclaré la garganta—. Digo, como ordenes, Rin.
    —Necesito que me traigas algo de beber.
    —Como ordenes —dijo antes de salir y esperé a que cerrara la puerta.
    Reí con ganas, tenía el estómago acalambrado de tanto aguantarme las carcajadas, hacía mucho rato desde que no me divertía tanto… pobre Jaken.
    Al rato, regresó acompañado de una criada que me trajo una bandeja con un recipiente de agua y unos vasos de porcelana. Así que ahora no tenía necesidad de ir a meter mis manos en un arroyo para beber.
    —¿No prefieres té?
    —Agua —repetí tranquilamente.
    —Dama —preguntó la criada—, ¿desea que la ayude a incorporarse? —se lo agradecí aún sabiendo que no debía. Al rato, replegó la cortina y se postró junto a Jaken, del mismo modo en que éste lo había hecho antes. Le dije que no hacía falta que hiciera eso, pero no hubo caso.
    —Me pregunto si hará un buen día hoy —pensé en voz alta.
    —Oh, es un excelente día, la nieve esta increíblemente blanca, muy fría, lo cubre absolutamente todo y el cielo está despejado y azul —comentó Jaken. Al parecer, aún no le agradaba la idea de que yo tuviera el puesto que él hubiera deseado para sí mismo. Ya había tenido que pelear muchas veces con sus celos, pero ahora…
    Aún recuerdo que, en una oportunidad, habíamos discutido porque él creía que Sesshoumaru-sama tendría un imperio enorme, que sería solo para él. Pero la verdad, era que Sesshoumaru-sama solo quería reivindicarse. Él era el señor de las Tierras del Oeste, el dios youkai del Oeste y debía regir como tal. Ese cargo no se lo iba a dejar a nadie, ni siquiera a Jaken, en cambio, me había elegido a mí como su mano derecha, qué rayos. ¿Jaken era la izquierda? ¿O Kohaku era la izquierda y Jaken la cola? Era hilarante… pobre Jaken.
    Me tentaba la idea de salir, pero sabía que no iban a dejarme. Bueno, pensé, y ahora que tenía el poder del maestro, no iba a amedrentarme por un manojo de guardias ¿o sí?
    —¿Te gustaría salir? —me preguntó Jaken.
    Asentí
    —El maestro no estaría de acuerdo.
    —¡Qué diablos! Quiero respirar un poco de aire puro, he estado encerrada aquí como una prisionera durante todo un día.
    Yo dejaba el vaso en la bandeja y la mujer volvía a llenármelo, era mecánico, ni siquiera me permitía servirme a mí misma.
    —Lo siento, es que la madre de Sesshoumaru-sama estuvo aquí ayer y él no sabía si era apropiado que se cruzaran —comenzó a redundar—. Ya sabes, a ella tampoco le gustan mucho los humanos y…
    —¿La madre de Sesshoumaru-sama estuvo aquí y nadie me dijo nada?
    —Es que Sesshoumaru-sama no estaba muy seguro, considerando el regreso de Kohaku y tu actual estado de salud.
    —Pero al menos me lo hubieran dicho. No tenía idea de por qué estaba aquí, pensé que había hecho algo malo, escucha, eso es un atropello —me cubrí la boca al tiempo que Jaken abría mucho sus saltones ojos amarillos. Eso era algo que Kagome-sama diría—. Perdón, olvídalo, no dije nada —bajé el tono de voz—. No dije nada. El maestro puede hacer lo que le parezca, esta es su casa y yo un súbdito más, no dije nada.
    —Rin, ¿te sientes bien?
    —Sí, eso creo —ya me había dado el “síndrome de la metedura de nariz” ¿No era así? Ese que tenía Kagome-sama y que a Sesshoumaru-sama le fastidiaba tanto. Me regañé mentalmente.
    De repente, Jaken miró de mala manera a la criada y le hizo señas para que se fuera y se llevara la bandeja consigo. Me le quedé mirando ¿quería que nos quedáramos solos?
    —¿Le hubieras dicho eso a Sesshoumaru-sama? —me preguntó con un dejo de enojo en la voz, era evidente que esperaba una palabra para regañarme o, al menos, en eso había pensado. No podía regañarme ahora que yo tenía un cargo más elevado que el suyo. Cómo cambia las cosas el tiempo ¿verdad?
    —Sí, se lo hubiera dicho —le respondí tranquilamente.
    —¡¿Qué?! —me gritó escandalizado y luego se cubrió la boca.
    —Bueno —lo pensé— no se lo hubiera dicho tan así, pero sin duda se lo habría reclamado.
    Lo miré. Parecía estar conteniéndose por querer soltarme algún improperio.
    —¿Es que acaso se te pegó algo en esa maldita aldea humana? —soltó finalmente—. Todo este tiempo me había estado preguntando si había sido una buena idea dejarte ahí. Nunca terminé de comprender por qué si el amo realmente pretendía desentenderse de ti, iba todas las lunas a verte, maldita sea, te hubiera sacado de una vez, a ti y a ese mocoso de Kohaku.
    No podía decirle nada al respecto.
    La verdad, era que yo también me lo había preguntado por mucho tiempo. La única respuesta que tenía era que, así como yo necesitaba verlo, él también necesitaba verme a mí. Ese tipo de razones, desde mi punto de vista, no necesitaban un cómo, ni un porqué. A Jaken no podía explicárselo y, como aquella era solo una teoría en mi mente, posiblemente no me hubiera atrevido a presentársela al maestro.
    Haciendo a un lado las quejas de Jaken que, evidentemente, ahora se harían muy recurrentes, me quedé pensando en la visita de la madre del maestro
    ¿Acaso pensaba él que ella podría hacerme algo?
    ¿La veía como una amenaza hacia mí?
    ¿O acaso estaría avergonzado de mí?
    Le di afirmativo a las tres preguntas, lo conocía bastante.

    —¿Por qué te has quedado callada?
    —¿Se supone que algo debía decir?
    —Te estás volviendo igual que Sesshoumaru-sama.
    —Me alegro —murmuré sin caer en la cuenta.
    —¿Cómo han estado tus heridas?
    —Mucho mejor, gracias a la medicina de Kagome-sama. Al parecer, prepara mi baño todas las mañanas.
    —“Kagome-sama”, “Kagome-sama” —espetó con impaciencia—. Y a ella la tratas con respeto.
    —Es que me he acostumbrado. En serio, lo siento —y en realidad lo sentía.
    —Pues no parece.
    —Pero lo digo en serio.
    —Tu cara no tiene signos de sentir nada, es más, no tienes expresión alguna —dijo de repente.
    Lo miré.
    —¿Cómo dices?
    —Tienes el rostro totalmente inexpresivo, igual que una máscara de teatro No.
    —¿En verdad? —no era consciente de eso. Me miré en un espejo que colgaba del otro lado de mi habitación. Era verdad, realmente parecía una máscara del teatro No, no me estaba haciendo ningún tipo de broma. Mi cara parecía de una porcelana fría y dura, justo como la tenía Sesshoumaru-sama.
    Entendí que, desde el punto de vista de Jaken, yo estaba haciendo algún tipo de simbiosis-mimetización con el maestro. A mí no me causó ninguna clase de sentimiento, pero para alguien como Jaken, seguramente resultaba shockeante.
    Desde el día en que había sido dejada en la aldea de Kaede-sama, mi sonrisa se había ido apagando, hasta que un día desapareció para convertirse en la mueca de una sonrisa. La razón era bastante sencilla para mí, aunque a la mayoría, le hubiera parecido idiota. Yo consideraba a Jaken y Sesshoumaru-sama mi familia. Aunque los otros también se habían vuelto una parte de mí, no era exactamente lo mismo. Si yo hubiera estado pensado cada hora en que Sesshoumaru-sama me había dejado ahí y no pensaba regresar por mí, me hubiera vuelto loca. Así que, para protegerme de mis propios sentimientos, me fui envolviendo en un escudo. Sin notarlo, fui convirtiéndome en algo muy parecido a él, aún cuando no perdiera mi propia esencia.
    Era chistoso escuchar las bromas que me hacían Inuyasha y los muchachos de aquella pequeña aldea. Ellos creían que yo era como una copia de Sesshoumaru-sama, que hablaba como él, que me vestía como él y hasta me comportaba como él. También, llegaron a decirme que regañaba igual que él… cuando me enojaba.
    Por suerte, no había muchas cosas que pudieran hacerme enojar. La mayor causa de mi enojo podía ser la muestra de insolencia hacia el maestro. En el peor de los casos, podía cruzarle la cara a alguien de una bofetada, como había hecho a Yoichi antes de que falleciera, aunque también podía llegar a los extremos de trabarme en una pelea.
    Oh, sí, yo siempre daba pelea. Cada vez que me amarraban, no lo hacían como a los esclavos o a los prisioneros. Me amarraban igual que a los soldados, porque daba tanta pelea como uno. Si alguna vez alguien hubiera prestado atención a los nudos de mis ataduras, seguramente hubieran encontrado la referencia de un hombre de ochenta años, con la bravura de un youkai. Y no, resultaba que tan solo se trataba de una mocosa irreverente de doce años, que no se comportaba como lo que era.
    Así que, además de parecerme, peleaba como Sesshoumaru-sama.
    —¿Cómo llegaste a hacerte semejantes heridas?
    —¿El maestro no te ha dicho nada?
    —¿Crees que hablaría de tus heridas? —preguntó levantando el tono y luego, volviéndolo a bajar. La transición de tratarme motu propio con respeto, parecía resultarle difícil. Pobre Jaken.
    —Un kitsune plateado me salvó del bosque en que me habían abandonado y me dejó en una aldea del límite Este —miré el dorso de mis manos sobre mi regazo—. La aldea fue atacada por bandidos, pero me resistí.
    —¿Qué clase de niña humana pelea con unos bandidos como si fuera un samurái?
    Le clavé la mirada.
    —Una que creció en la estepa, entre youkais y taiyas —debí haber mostrado tal determinación, que bajó la mirada.
    —Eres incorregible.
    No comprendí qué quiso decirme.
    —¿Alguna vez superaste lo que los bandidos le hicieron a tu familia?
    Me pregunté si lo habría dicho por solo hacerme sentir mal. Me quedé mirando al paisaje nevado que se alzaba del otro lado de la puerta entreabierta y me cerré el abrigo.
    —Hay cosas que uno no puede cambiar y debe estar listo para poder aceptarlas —me pregunté si el maestro habría llegado a la misma conclusión—. Mis padres y mi hermano están muertos y no hay nada que se pueda hacer al respecto, no por eso los enterraré en el olvido o viviré en el llanto.
    —Desde hace mucho dejaste de llorar, ¿no?
    —Mis lágrimas no se han secado, tan solo se mantenían congeladas, pues, aunque el invierno solo dure tres lunas, el invierno de mi corazón ha sido largo, interminable —me volví hacia él y lo miré con ternura—. Mi corazón moría de frío sin la presencia de ustedes. Ahora, aunque es invierno, mi corazón está lleno de sol.
    Me miró como si estuviera diciéndole una semejante estupidez y lanzó algún comentario poco amable, pero ignoré aquello y me limité a sonreírle.
    —Estar en soledad puede ser un terrible suplicio.
    —La verdad —asumió—, no sé qué haría si me separaran de Sesshoumaru-sama por tiempo indefinido, creo que sufriría mucho porque no podría verlo, ni escucharlo —suspiró—, ni recibiría sus golpes.
    Me reí de forma involuntaria.
    —¿Qué te parece tan gracioso?
    —No sé cómo alguien podría lamentar el no recibir un golpe. Es tan masoquista.
    —Pues te sonará masoquista, pero es lo que pienso.
    Parecía molesto.
    Volví a reír.
    —Que no te rías.
    —Ya —hacía tanto tiempo desde que no reía…

    Kagome-sama entró en mi cuarto a la hora de cambiarme los vendajes. Sabía que comenzaba el momento de las indagaciones, fingir mutismo no servía de mucho cerca de alguien como ella. El mayor inconveniente era que ella no parecía notar lo avergonzadas que se sienten algunas mujeres al hablar de algunas cosas, aún cuando en su lugar de nacimiento pudiera no ser así.
    —Sesshoumaru vino aquí anoche ¿no es así?
    Ya me lo veía venir.
    —¿Por qué piensa eso? —pregunta capciosa.
    —Su youki está pegado en la habitación como si viviera aquí.
    —Tal vez es porque vive aquí. Esta es su casa ¿no?
    —Sin embargo, ha dejado ver su rastro ¿a qué hora se ha marchado?
    No quería tener que contestarle. Y no iba a hacerlo. Fingí dolor en mis heridas.
    —Oh, no, ese truco no funciona —dijo con picardía—. Tienes mucho coraje para soportar cosas peores que éstas. Tus heridas se están cerrando muy rápido, están casi curadas, increíble.
    Diablos.
    Heme allí, desnuda frente a mi hermana mayor “adoptiva”, con medicinas y vendajes que me provocaban cierto ardor, pero no tanto ardor como mi mente; siendo víctima de una de esas indagaciones que al maestro le ponían los pelos de puntas. Comenzaba a comprender por qué.
    Tranquila, Rin. Pensé, has pasado por cosas mucho peores que estas
    Pero sin duda, ningún suplicio podía superar el de la extroversión de la miko-dono. Si yo era extrovertida —según la opinión de algunos—, ella era peor. Y no quiero decir que lo considere como algo malo, es que simplemente, era difícil de sobrellevar.
    —¿Y de qué hablaron?
    De pronto, sentí que mi rostro comenzaba a arder.
    —Anda, cuenta, hasta te has sonrojado.
    No me estaba preguntando si Sesshoumaru-sama había estado allí, lo estaba dando por hecho.
    —No… —traté de que no me vacilara la voz— no hablamos de nada en especial —traté de desviar la mirada de una manera que no pareciera como si estuviera intentando evitarla. No podía quedar como maleducada frente a ella, después de todo, seguía siendo mi “hermana mayor”.
    —¿Cree que yo podría llegar a ser una buena miko? —intenté cambiarle el tema lo más rápidamente posible, sin que se diera cuenta y sin darle tiempo a formular otra pregunta.
    —Creo que no llegarás a ser una miko.
    Eso me dio por lo más bajo de lo bajo, sus palabras me atravesaron las entrañas. Yo también había estado entrenando con la esperanza de llegar a ser miko en algún momento. Me había esforzado mucho, aún cuando lo hiciera para no pensar en la ausencia del maestro. Por lo tanto, escuchar de mi hermana mayor que mis esfuerzos no tenían valor, era…
    —¿Por qué cree eso?
    —No te deprimas, no lo dije de mala manera —le oí suspirar—. Creo que no llegarás a ser miko porque tendrás otras aspiraciones.

    ¿Otras? ¿Cuáles?

    —Yo creo que podrías quedarte aquí y convertirte en una de las damas de este palacio, puesto que eso fue, a mi parecer, lo que expresó Sesshoumaru. Él no es de las personas que acostumbren gastar palabras en vano ¿o sí? Yo creo que a él tampoco le gustaría que llegaras a ser miko.
    —¿Por qué?
    —Bueno, tendrías unas cuantas prohibiciones.
    —Pero… —dudé— Kagome-sama, muchas personas creen que parezco una miko.
    —Parecer una miko y serlo, son dos cosas muy distintas. También habías entrenado con los youkai taijiya, y no por eso significa que vayas a convertirte en uno. Solo son otras experiencias para tu vida, en algún momento les encontrarás la utilidad.
    Era más, ya me habían sido útiles, las había usado para sobrevivir. Yo sabía perfectamente que el maestro pensaba que “despreciables” humanos como esos no hubieran podido darme ningún tipo de arma con la que sobrevivir, pero no era así. La sobrevaloración de la capacidad humana de supervivencia, parecía común en los youkai. Me hallé pensando en que, quizás, el maestro no podía entender que, en cuanto más peligro se encontraba un ser humano, más se esforzaba en luchar por su vida. Algunos morían en el intento, otros, no.
    —¿A usted le gustaría que yo llegara a ser miko?
    —Me gustaría que llegaras a ser aquello que te haga más feliz.
    Cerró su caja, me saludó amablemente y salió.
    Allí estaba yo de nuevo, en silencio en mi lecho, meditando en la soledad.

    Cuando pensé que podía volver a retomar el sueño, algo me alteró.
    —Escuché rumores por ahí de que se te ha pegado el histerismo de “ciertas mujeres” —oí pronunciar a una hermosa voz desde la penumbra—. Escuché que se te da bien eso de despotricar contra las órdenes.
    Era un sarcasmo bastante duro, y solo por un comentario mal hecho a Jaken en la mañana.
    —¿Has venido a verme? —pregunté mirando en dirección al sonido de su dulce voz.
    —No, nada más pasaba por aquí —dijo en forma brusca—. ¡Feh! Claro que he venido a verte, tonta —apareció con los brazos cruzados y una sonrisa en los labios.
    —Ven, siéntate acá —le dije con una enorme sonrisa.
    Caminó rápido hacia donde yo estaba y se sentó junto a mi lecho.
    Reí al ver moverse sus simpáticas orejas.
    —¿Cómo has estado después de lo de ayer?
    —No es como que me moleste estar encerrada —dije mirando al techo, con el rostro inexpresivo—. Es algo que he elegido.
    —Pues déjame decirte que tienes muy mal gusto para las elecciones.
    —¿Qué quieres decirme, eh? —pregunté intentando fingir enojo. Estaba acostumbrada, siempre me gastaba así, no había terminado de entender cómo era que el maestro y yo nos llevábamos tan bien. Aquello era normal, nadie lo comprendía, pero no iba a ir intentando explicar lo inexplicable a todo el mundo.
    A mí no me gustaba estar hablando a espaldas de los demás. Si tenía algo en contra de alguien, me gustaba decírselo en la cara. Así era el maestro, no tenía lengua de doble filo. Una virtud.
    Apreciaba que los demás fueran iguales de sinceros conmigo, la sinceridad es la base de toda relación también. Si no confías en alguien y no eres sincero, muchas cosas pierden completamente el sentido.
    El maestro pensaba que Inuyasha tenía la cabeza llena de aire, siempre lo decía. Yo opinaba lo mismo, pero, sin embargo, tenía un enorme corazón. Yo pensaba que quizás todos los perros tenían esa característica en su personalidad, un corazón gigante, aunque ninguno lo demostraba abiertamente. Lo había visto en Sesshoumaru-sama, lo había visto en su madre… lo veía todos los días en Inuyasha.
    Le puse una mano sobre su brazo y lo vi sonrojarse. Al parecer, no acostumbraba al tacto de los demás, o quizás le incomodaba. Era un poco arisco para ciertas cosas, la delicadeza no parecía ser una palabra conocida en su dialecto, al contrario del maestro.
    —Lo que quería decir —recalcó—, es que no puedes permitir que te manejen como si no furas más que un objeto.
    —Nadie me maneja como un objeto, decidí estar cerca de Sesshoumaru-sama, con todo lo que eso pueda significar.
    —Creo que debes de sentir mucho orgullo —dijo tímidamente—. Te veías espléndida, sentada sobre el trono de un youkai —parecía apenado—. No entiendo cómo puedes sacrificar toda tu vida y dejarla pasar solo por un poco de poder.
    —El poder no me interesa en lo absoluto —lo miré a los ojos—. Es el maestro lo que me interesa.
    —Creo que ya es hora de que entiendas que a ese tonto no le interesa que tú lo acompañes —negó con la cabeza—. Lo único que quiere es vivir sin ningún tipo de problema y tú le significas un problema muy grande, que no entra en su plano de vida. Lo que quiere es que permanezcas con vida y sabe que no lo lograrás estando aquí.
    —Él no me dejaría.
    —Quiero llevarte de regreso a la aldea —¿por eso no se marchaba?
    —Quiero quedarme aquí.
    —Aquí no tienes nada —sus ojos eran, sin duda, mucho más expresivos que los de Sesshoumaru-sama. Seguramente, pensaba que podría tener una gran familia regresando a la aldea, y que todos allí me extrañarían. Era la excusa típica para retenerme.
    —Aquí está Sesshoumaru-sama, es lo único que quiero tener.
    —¿Por qué tienes tal obsesión por mi hermano?
    —No es obsesión.
    —No hay otra forma de llamar a algo que te tiene tan pendiente, aún sabiendo lo malo que es para ambos. Él también lo cree así y dudo que lo ignores.
    —¿Y si así fuera?
    Asintió con un pesado movimiento de cabeza.
    —Entonces, sostengo que tienes mal gusto para elegir. Rin —negó con la cabeza—, Sesshoumaru no puede darte nada.
    Sabía que tenía la razón, pero no iba a dársela.
    —Pensé que estabas en condescendencia con las ideas de Kagome-sama.
    Chistó.
    —Kagome es atolondrada para decidir algunas cosas, pero no puede decidir por ti o por él, principalmente porque ni él mismo puede decidirse.
    —No eres la mejor persona para lanzar ese juicio.
    Paró las orejas.
    —Oye…
    —Al maestro no le cuesta tomar las decisiones, pero tiene temores, como cualquiera. Yo no apoyo la presión que Kagome-sama pretende ejercer sobre el maestro, ni tampoco deseo presionarlo, pero aún así no quiero regresar.
    —¿Aún sabiendo que le causarás problemas? ¿No crees que es algo egoísta de tu parte?
    Sentí como si se me clavara una daga en el corazón.
    —¿Tú deseas que me quede con el maestro o que regrese?
    Chistó de nuevo.
    —No me importa la decisión que tomen ustedes, tan solo me interesa que sea la que les parezca mejor, pero que se decidan de una vez y dejen de darle tantas vueltas al asunto —parecía ofuscado.
    —Dijiste que querías llevarme de regreso a la aldea —le recriminé.
    —Eso es porque él quiere tenerte aquí, luego mandarte lejos, te encierra, te exilia… no puede tenerte así, tienes que estar en un lugar. Hasta que no se decida de una maldita vez ¿piensas seguirle el juego y arriesgarte?
    —Así soy yo.
    —Eres una maldita obstinada, igual que él.
    Le pellizqué la mano.
    —No vuelvas a decir que el maestro es obstinado.
    —Digo la verdad.
    —Osuwari —lo vi ponerse tenso, como si esperara un fuerte golpe.
    De pronto, me ladró.
    —Explícame por qué se enojaron con el maestro cuando decidió volver a hablar con ustedes.
    —Porque hemos tenido la misma discusión un millar de veces y ya estamos hartos ¿qué esperabas? No todos tenemos tu paciencia —apoyó el rostro en la mano.
    De modo que ellos estaban hartos de la indecisión del maestro y además, lo consideraban una muestra de egoísmo: él era egoísta porque quería dejarme y yo era egoísta porque quería estar con él. Polos opuestos. De modo que, sin ese egoísmo, el resultado sería más o menos el mismo: no íbamos a poder.
    —¿Crees que somos egoístas? ¿los dos?
    —Sí, y mucho.
    No sabía decidir cuál de las dos opciones era más dolorosa y más forzada: estar juntos o estar separados. Pero sabía cuál quería.
    —¿Qué piensas hacer, Rin-chan?
    —Ya te lo he dicho.
    —¿Qué crees que piensa hacer él?
    Sonreí.
    —Lo que se niega a hacer —suspiré—. Lamentablemente.
    Inuyasha rió abiertamente.
    —Ojalá y ya se decida…

    Me quedé pensando en las palabras de Inuyasha, que Sesshoumaru-sama no podía darme nada. Era verdad, pero yo no esperaba recibir nada, aquello no me importaba, lo aceptaba, la renuncia parecía ser una parte de mí… tan solo me negaba a renunciar a él, era lo único a lo que nunca me acostumbraría.
    A diferencia de ellos, yo no pensaba que él fuera egoísta. No quería verme a mí misma como egoísta por mucho que así fuera. Pensaba que a él también le gustaría tenerme.
    —Sesshoumaru-sama —murmuré al silencio de la tarde— ¿le gustaría tenerme? —sabía que jamás iba a tener la respuesta concreta de esa pregunta.
    Muchas veces, las cosas que queremos son las más difíciles de conseguir, así le sucedía a él… y así me estaba sucediendo a mí. Tener al lado lo que más deseas y no poder alcanzarlo es duro, doloroso. El que siempre lucha, puede saberlo y sigue insistiendo hasta sus últimas fuerzas.
    Me pregunté cuál habría sido el error. Cuál era el terrible error que ambos habíamos cometido ¿conocernos? No podía ser.
    ¿Era imposible cumplir esos sueños?
    Solo había una forma de saber si algo era imposible: intentarlo.
    Me aferré a la tela del futón y me jalé hacia delante, inclinándome, luego recostándome de lado y, finalmente, sentándome. Al principio había resultado doloroso, pero luego de un largo rato, había conseguido ponerme en pie y mantenerme así sin más ayuda que la de mi propio cuerpo. Fui hasta la mesa en la que estaban mis peinetas y me desenredé el cabello. Pasé un largo rato mirándome al espejo. Mucha gente sostenía que yo tenía los ojos de un anciano. Quizás, las miles de vicisitudes por las que había atravesado me habían dejado así. Me di cuenta de que mi forma de vivir era poco común. Pensé mucho en las palabras de Kagome-sama y de Inuyasha. Ella sostenía que, con presionar al maestro, bastaría. Inuyasha sostenía que era mejor no presionarlo y dejarlo solo hasta que decidiera… pero ambos coincidían en algo, querían que la decisión tomada fuera la que nos hiciera más felices, y que aquella sería la correcta. Por muy ilógica que ésta pudiera parecer.
    Me cerré el abrigo y salí en el cuarto del modo más silencioso que pude. Pensé que no había nadie, olvidando que la guardia estaba oculta por doquier en el palacio.
    Con una falsa seguridad, caminé por los pasillos, bajé las larguísimas escaleras con cuidado y salí al jardín. Estaba todo blanco y hermoso. Los estanques eran puros espejos de hielo, el sol poniéndose hacía un hermoso contraste de fuego. La nieve que me había castigado durante semanas, ahora parecía un adorno perfecto de aquel lugar.
    De pronto vi, al otro extremo del palacio, cómo se levantaba un edificio un poco más pequeño. Llamó mi atención y caminé hacia ese lugar. El sol casi se había puesto por completo cuando llegué, aquel predio era mucho más grande de lo que hubiera imaginado. El “pequeño” edificio no era tan pequeño y era bastante sombrío. Se trataba de un templo. En el lado izquierdo, había una estatua de muchos pies de alto, con la forma de un perro salvaje. En la parte inferior, llevaba la inscripción de “Señor del viento”. Entendí que aquella estatua representaba al más poderoso, el padre de Sesshoumaru-sama, el anterior Inu no Taishou. Si había alguien que entendiera las complicaciones de proteger a un humano e intentar sobrevivir a ello, él era.
    De pronto, tuve miedo. ¿Eso le esperaba al maestro? Me vi a mi misma como un monstruo, una amenaza. Pero pensé que la fuerza del maestro no permitiría un mal destino, que sobreviviría a mí. ¿Cómo podía desconfiar de su fuerza? ¡Blasfemia! De pronto, lo entendí. Así como yo me veía como su amenaza, él se veía a sí mismo como una amenaza para mí, también.
    Miré a la estatua de Inu no Taishou.
    —Usted tiene la culpa de todo esto, sabía que esto iba a pasar y lo permitió —me sentía como una tonta, hablándole a una estatua—. Sería muy justo con los demás, pero fue muy cruel con sus hijos ¿lo sabía?
    Miré hacia la puerta entreabierta de aquel templo. Era raro que los encargados fueran tan descuidados al respecto. Quise encaminarme hacia allí, pero tropecé con un montículo de nieve. Antes de que cayera, unas manos me sostuvieron en el aire.
    —Ten cuidado.
    Volteé.
    —Gracias —me apoyé en su brazo derecho—.Maestro…
    —Dime.
    Al levantar la vista, no me encontré con quien esperaba.
    —¿Quién es usted? —murmuré.
    Me colocó la peineta que se había caído de mi cabello.
    —Alguien muy cruel con Sesshoumaru, según parece.
    Miré a la estatua y al extraño youkai, Se parecía a Sesshoumaru-sama y tenía su tono de voz pero…
    Volví a mirar la estatua y al mirar a mi lado, allí no había nada… ni nadie. Miré en todas direcciones, pero no había señal ni presencia que indicara que un youkai del palacio hubiera estado allí conmigo.
    —Estoy imaginando cosas —tragué saliva y caminé hasta la puerta, asomando la cabeza. Todo en el templo estaba oscuro y silencioso, solo una velita iluminaba un larguísimo altar. Me pregunté si sería correcto entrar.
    Mis pasos hicieron eco, pero había sonido de otros pasos allí.
    —¿Quién está allí? —pregunté y mis palabras reverberaron.
    —¿Quién está allí? —repitió una voz femenina.
    Esa voz se me hacía conocida.
    —¿Quién eres? —pregunté.
    —¿Quién eres? —preguntó la voz.
    —Soy… soy Rin.
    —¿Tú eres Rin? ¿Y qué haces aquí?
    —No lo sé —contesté insegura— ¿y… y tú?
    —Creo que estoy haciendo lo mismo que tú —de la nada, una pluma cayó a mis pies—. Acompañar a Sesshoumaru.
    Me quedé petrificada.
    —Pero si tú eres —agucé la mirada cuando se descubrió el rostro— Kagura. ¿Tú no habías muerto?
    —Estás perdiendo el tiempo aquí.
    —Qué dices.
    —¿Sabías que Sesshoumaru me ama? —se oía feliz—. No hay lugar para ti, no hay lugar para nadie aquí.
    Eso no podía ser verdad ¿Acaso ella desconocía la devoción que él tenía hacia los demás?
    —Eso no es verdad —intenté estirar la mano hacia ella, pero desapareció como si nunca hubiera estado, pero su voz hacía eco y dos plumas habían caído detrás de mí, como si hubieran volado de su peinado. Me acurruqué en el suelo.
    No hay lugar para ti, no hay lugar para nadie aquí.
    No era cierto, no podía ser cierto. Aquello era igual de cruel que decir que el padre de Sesshoumaru-sama lo había rechazado completamente. Lloré.
    —¿Pero qué tenemos aquí? ¿Acaso no es la pequeña dama humana? —dijo con ironía una voz a mis espaldas—. Vaya, si por un momento pensé que hasta había un alma en pena rondando por la parte más antigua del palacio. Una dama no debería estar sola por aquí a estas horas de la noche.
    Quise voltearme, pero me asió por la cintura, rodeándome con el brazo y acercándome hacia sí. Era un perro rojo, casi todos los guardias del palacio lo eran.
    —¿Por qué llora? Hace una noche tan hermosa —seguía teniendo ese tono tan cínico y meloso, como si le hablara a un animal acurrucado en un rincón. Lo era. Quería soltarme, pero no era cosa sencilla pelear con la fuerza de un youkai, mucho menos si éste te había cazado por detrás—. No debería llorar, mejor debería ir a buscar consuelo —metió la mano que le quedaba libre en el bajo de mi kimono y me lo abrió.
    No, no otra vez. ¡No otra vez!
    Quería gritar a viva voz, pero no la encontraba. En esa posición no podía ni soltarme ni defenderme, ni siquiera podía gritarle improperios, como solía hacer en ese tipo de situaciones.
    —Suéltame.
    —¿Dijo algo, joven dama humana? —me sobrevinieron náuseas cuando sentí esa mano. Ese maldito hijo de perra se reía abiertamente, mientras yo forcejeaba en vano y le gritaba que me soltara.
    —Guau ¿pero qué pasa aquí? —dijo una voz diferente, con el mismo tipo de cinismo— ¿Qué tenemos aquí, Subaru? ¿No es esta la pequeña dama humana?
    Lo vi de reojo. Era un guardia oni de piel gris azulada, llevaba una armadura sencilla y una alabarda enorme. Me aplastó la humillación de que alguien viera tal deplorable espectáculo.
    —Me divierto —le dijo el que me sujetaba por detrás— ¿No quieres?
    El oni rió de una forma perversa.
    —¡Es divertido ver esto! ¡Creo que me subiré un par de rangos! —con la alabarda, le voló la cabeza al perro rojo y caí al suelo, con el cadáver sobre mí. El oni me sujetó del brazo y me sacó de debajo del perro de un jalón ¿Y ahora qué?
    En ese momento, otro guardia entró. Solo vi su silueta, llevaba el cabello atado.
    —¿Qué pasó? Hay mucho escándalo —preguntó viéndome a mí y al oni.
    —Parece que uno de los nuestros ha querido pasarse de listo con la joven dama —pateó el cadáver a los pies del recién llegado. Éste, a su vez, lo tomó y lo arrojó fuera.
    —Llevémosla con el maestro —sugirió.
    No. No tenía forma de explicar al maestro lo que había pasado ni cómo había salido a escondidas.
    —Llévenme a mis dependencias.
    —Como ordene —dijeron los dos y me llevaron.
    Cuando se me pasó el susto, me di cuenta de que habían acontecido unas cuantas cosas raras. Había visto fantasmas ¿me había vuelto loca o qué? Me senté mirando a la estatua de cristal que representaba al maestro en todo su esplendor, como inuyoukai. Me pregunté si ya sabría lo que había pasado.
    —Tal vez sí —dijo una voz a mis espaldas.
    Volteé.
    —¿Cómo llegó aquí? —no le había oído entrar ni le había sentido acercarse. Allí estaba, sublime en todo el sentido, magnífico hasta para moverse. Justo como me lo estaba imaginando.
    —¿Qué hacías en el altar de los ancestros?
    —Lo había visto a la distancia esta tarde y había llamado mi atención. La puerta estaba entreabierta, pensé que podía…
    —¿Qué hacías ahí? —me di cuenta de que mi respuesta no le satisfacía.
    —Siempre me pregunté qué sentía el youkai que había velado tanto por la salvación de la raza humana.
    —¿Cómo te encuentras?
    —Estoy bien, nadie me ha hecho nada —no me atrevía ni a mirarle.
    Frunció levemente el ceño.
    —Así que ya puedes ponerte en pie y andar por ahí como se te da la gana.
    —Sé que quizás no debí…
    —Acompáñame —ordenó volteando y saliendo, sin darme tiempo de terminar mi disculpa.
    Salí detrás de él y lo seguí en silencio a lo largo de los pasillos. Entramos en una dependencia enorme, que estaba llena de baúles y estanterías repletas de pergaminos por doquier.
    —Esta es la sala de los escritos. Aquí hay escritos de todas las clases, cada ciencia, cada arte, cada historia que se ha aprendido en este clan.
    Miré con admiración todo aquello. No por nada el Clan del Inuyoukai tenía la fama de ser uno de los más civilizados, comenzando por la diplomacia de sus príncipes.
    —Como veo que te sobra el tiempo para hacer estupideces, te buscaré más ocupaciones ¿Sabes escribir?
    —Miroku-sama se ha dedicado a enseñarme caligrafía.
    —Eres buena para comprender las cosas que suceden aquí. Te dedicarás a la cronología del palacio, tendrás manejo de todas las crónicas pasadas y escribirás las presentes.
    Sacó tres enormes pergaminos y los puso sobre la mesa. Los abrí, los tres estaban en blanco.
    Se me acercó.
    —Cada respiro que suelte, cada paso que dé, tú lo vas a anotar y vas a armar mis crónicas de aquí en más.
    —¿Y mi tiempo libre?
    Estaba detrás de mí. Se inclinó hacia mi oído.
    —No, no. No me comprendiste, desde ahora en más no vas a volver a tener tiempo libre, vas a pasar cada segundo de tu vida escribiendo sobre mí —lo vi sonreír y no podía creerlo. Me di cuenta de que aquello le parecía gracioso—. Aunque, como sabes, soy flexible —seguía sonriendo—. Puedes volver a esa aldea, con Inuyasha.
    Ya me había parecido que algo raro había detrás de todo eso. Pero no iba a dejarme amedrentar.
    —No —dije espantada, de todos modos—. Llevaré las crónicas, será sencillo.
    La sonrisa se le fue borrando.
    —¿Eso crees?
    —Sí. Eso creo —traté de mostrar tanta convicción como era capaz.
    —Bien, empiezas ahora.
    —¿Qué escribo?
    —Escribe cómo es que me he vuelto débil a causa de un manojo de humanos.
    —¿Es en serio?
    —Tienes que escribir —se sentó frente a mí, del otro lado de la mesa, mientras apoyaba un brazo—. Según las lunas, cómo es que llevo mi vida, a cuántas personas he conocido. Qué cargo, qué lugar tienen, de dónde han salido, a qué clan pertenecen. Qué proponen, que han hecho, qué respondo al respecto, cómo actúo en consecuencia —hizo una larga pausa—. Qué pienso.
    Entonces entendí la verdadera razón de adjudicarme tal trabajo.
    —¿Qué vas a escribir?
    Tomé aire, tomé el fino pincel que había a un costado de la mesa y lo puse en la barra de tinta.
    —“… O-yakata-sama pensaba que al traer seres humanos a sus tierras, se convertirían en su amenaza y él, en una amenaza para ellos. Pero las cosas no sucedían de la misma manera dos veces, él era mucho más fuerte incluso que su padre. Si algo lo asustaba, de todos modos lo vencería…”

    Mi vida se tornó algo monótona. Temprano, cuando despuntaba el alba, era aseada y vestida por las criadas y luego, desayunaba. De inmediato, una profesora llegaba conmigo y me enseñaba música, canto, danza y modales. Al acabar las clases, almorzaba e, inmediatamente, me ponían a estudiar historia. No, tal vez no lo estoy diciendo adecuadamente. Sesshoumaru-sama me llevaba a la sala de los escritos y me leía historia. Vale decir que las historias de los youkai son larguísimas y llenas de conflictos, de lugares, de nombres, de cargos. Llenas de fechas.
    Aprender historia no me costaba nada, hubiera pasado una eternidad escuchando la cadencia de su voz y su acento tan particular. Antes no me había dado cuenta, puesto que no hablaba demasiado, pero prestarle atención a su lectura durante horas, había hecho que me enamorara de su voz. Cuando acababa de leer, yo recordaba casi todo. Esa era mi parte preferida del día, la esperaba con ansias.
    Al acabar, tenía un lapso de tiempo “libre”, en el que podía tomar una pequeña merienda y lo aprovechaba para escribir las crónicas. Después de cenar, me enviaban a dormir. Era agotador.

    Pero volvamos a mi historia.
    Esa noche, cuando regresé a mis dependencias, sentí como si hubiera alguien más allí. Caminé con sigilo y traté de seguir la presencia en cada rincón para dar con el intruso, pero caí en la cuenta de que no había nadie.
    —Debo estar imaginándome cosas —concluí.
    No sabía si aquello podía ser causado por el golpe que me di en la cabeza o algo similar, o realmente me estaba volviendo loca… o necesitaba que Kagome-sama me diera una muy buena medicina. Había tantas cosas dando vueltas en mi cabeza que no podía conciliar el sueño. Tuve que poner otro cobertor en mi lecho, pues me estaba muriendo del frío. Claro que aquello no era nada comparado con lo que había tenido que pasar en el bosque del límite Este. Al menos aquí dentro no había lobos salvajes ni humanos incomprensivos.
    Me detuve por un momento a pensar en Yoichi. Tenía unos hermosos e inusuales ojos grises, y también tenía un bonito rostro. El día en que un los bandidos habían atacado su aldea por sorpresa, cuando el incendio comenzó, pensé en escapar por atrás y entrar al bosque, pero Yoichi le tenía terror al bosque debido a las leyendas de los youkai y así también era su familia. Cuando el incendio alcanzó la enorme casa y varios jinetes irrumpieron, él intentó protegerme y fue degollado. Tuve un feo déjà vue de lo que le había sucedido a mi familia. Era como ver morir a mi hermano, justo igual. Me invadió un temor horrible, pero había aprendido de los youkai que, cuanto más se teme, más se lucha. Estúpidamente, pensé que quizás lograría sobrevivir, intenté llamar a Yoichi, pero no hubo caso y no tuve mucho tiempo de intentar, pues fuimos separados de un jalón. Me opuse a esos bandidos tanto como pude, esquivé los golpes, esquivé las lanzas, esquivé las antorchas y las katanas, me lancé del caballo aún bajo el peligro de ser aplastada o quemada. Corrí como pude. Las mujeres y los niños habían sido reunidos en un rincón y eran atormentados por un grupo de bandidos. Por un momento, me opuse a ellos, intenté sacar a esas personas de ahí.
    Cuando los desgraciados se dieron cuenta de mi brusquedad, me separaron del resto, me amarraron como se hace a los soldados prisioneros de guerra, me golpearon y me arrojaron sobre la grupa de uno de los caballos como si fuese un saco de arroz. Tuve un déjà vue de lo que había sucedido con los soldados del maestro y los lobos y me sobrevino una gran ira. De todos modos, no podía hacer nada en aquel estado. Me sentía impotente, me sentía inútil, me sentía una simple basura humana, un gusano, justo como me habían visto los youkai. Tenía una mordaza en la boca, no podía hablar, pero maldije para mis adentros. Intenté soltarme en vano y recibí varios golpes a lo largo del viaje.
    No dejé de llamar mentalmente a Sesshoumaru-sama durante toda la tarde. No puedo saber a ciencia cierta si me había oído, pero, de hecho, llegó hasta mí como me lo había prometido. Cuando vi su reluciente armadura negra, sentí que todas mis esperanzas estaban ahí y me lancé del caballo sin importarme la dureza del suelo, el frío de la nieve, la sequedad del golpe, mi cabeza rota o las armas de esos bandidos. En ese momento, lo único que sabía era que tenía que llegar hasta él y así lo hice.
    No pude lamentar la muerte de las demás personas hasta que estuve vendada y abrigada, bajo los cuidados de Kagome-sama y los demás. A partir de ese momento, mi única preocupación se había vuelto él.
    Me pregunté si la muerte de Yoichi no habría sido un castigo a la forma de haberme tratado a mí y a mi maestro. No sabía si un dios youkai como era Sesshoumaru-sama hubiera hecho eso, pero no era factible. Sería lo mismo que adjudicarle otras muertes. Yo no quería adjudicarle ninguna muerte… pero sabía que él sí se lo hacía a sí mismo.
    No hay lugar para ti, no hay lugar para nadie más aquí.
    No era verdad, el corazón de Sesshoumaru-sama era demasiado grande y generoso como para no dejar entrar a nadie más que a una sola persona. No era verdad, como para hacernos a un lado. No era verdad, ella estaba equivocada. Claro que había lugar, todos nosotros teníamos lugar en donde estaba él.
    Con la tranquilidad de saber que él cumplía sus promesas, de que enfrentaba dificultades, de que renunciaba en pos de otros y en pos de sí mismo… con la seguridad de que yo estaba en lo cierto, me dormí.

    Desperté con brusquedad a eso de la media noche y salí de mi habitación. Mis pasos me pesaban terriblemente. Todo estaba frío y oscuro. Al salir al pasillo, oí el eco de pasos que iban y venían, pero no veía los pies que los producían. Oía murmullos y voces, pero no veía las caras de los que hablaban. Se suponía que todos debían recogerse después del toque de queda, no era posible que alguien diera señales de vida a esas horas. Me pregunté si habría tanto movimiento porque algo había pasado. Salí corriendo para buscar información y tropecé. Me levanté rápidamente y volví a correr, pero no encontré a nadie en ningún lugar. Era como si todo el palacio hubiera quedado absolutamente abandonado, rodeado de fantasmas que producían pasos y voces.
    —Maestro… —me froté los brazos, pero estaba temblando por algo más que solo el frío—. Inuyasha… —mi voz hacía eco—. Kagome-sama, Jaken —era inútil, solo mi eco respondía.
    Aterrada, subí por las escaleras hasta el último de los niveles.
    —Maestro —y otra vez oí mi eco— ¿Hay alguien aquí? —¿era posible que me hubiera quedado sola?
    —No estás sola —el eco fue largo—. Aquí estoy.
    —¿En dónde?
    —Aquí —intenté seguir la dirección de procedencia del eco.
    —¿En dónde está?
    —Aquí.
    Al entrar en una de las habitaciones, vi una silueta moverse.
    —Aquí —entré, pero no había nada. Antes de darme cuenta, había salido de las dependencias por el otro extremo y estaba afuera nuevamente. De pronto, vi frente a mí una montaña de huesos. Literalmente, porque tenía el tamaño de una montaña y llevaba una armadura negra enorme, una armadura como la del maestro.
    —Aquí —la voz era de aquel ser esquelético del tamaño de una montaña.
    —¿Eres tú el que me llama?
    —Sí. Estoy aquí, no te he abandonado.
    Me arrimé al balcón tanto como pude. Los ojos relucieron de un endemoniado rojo.
    —Nunca te abandonaría, y no quiero que sufras, pero yo no puedo evitarlo. La vida es dolorosa, pero vale la pena vivirla, sin importar cuantas veces caigamos y nos golpeemos en el camino. Yo no te he abandonado.
    Solo distinguía su silueta.
    —Quiero verte el rostro —pedí en voz alta.
    Aquella montaña de huesos con ojos relucientes tembló y se movió. Al avanzar hacia mí, vi un perro blanco, enormísimo, con una gran melena, con brillantes ojos azul verdoso en medio de un rojo resplandeciente. Ese no era Sesshoumaru-sama, era…
    Caí de rodillas.
    —Chichi-ue —dijo una voz a mis espaldas. Cuando volteé, vi a Sesshoumaru-sama. Tenía los ojos muy abiertos.
    —Yo no te he abandonado —repitió el daiyoukai antes de retroceder y regresar a esa forma original, esquelética.
    Me incorporé en el futón. En ese momento, la puerta junto a mí se cerró ¿Alguien había estado conmigo? Me levanté apresurada, pero al abrir, no había nadie. Me pellizqué la mejilla para saber si estaba despierta. Lo estaba.
    —Yo no te he abandonado —repitió la misma voz que había oído antes.
    —¿Inu no oyakata-sama? —pregunté en voz alta.
    —Qué pasa, Rin-chan.
    Un viento comenzó a soplar dentro del cuarto, pero las puertas estaban cerradas. El viento se volvió como traslúcido, como dibujando la silueta de una persona justo a mi izquierda.
    —¿Desde cuándo ha estado aquí?
    —¿Crees que aquel zorro plateado apareció en la madriguera de los yourouzoku por casualidad?
    Recordé lo que había ocurrido esa vez.
    —Yo envié por ti —aquello me shockeó—. Yo le dije a Sesshoumaru en donde te habían llevado los bandidos. Es más, yo le llevé el pie de la aldea en que vivías de niña.
    Me hubiera gustado decir que lo escuché todo y no me desmayé, pero no todos los días se te aparece un muerto y te habla.
    —Rin, despierta —abrí los ojos y lo miré. De nuevo no había escuchado llegar a Sesshoumaru-sama, pero daba la impresión de que había bajado corriendo hacía pocos segundos—. ¿Qué te sucedió? —me ayudó a sentarme—. Olvídalo, no quiero saberlo —me levantó y me llevó hasta mi futón, donde me tendió y me arropó. Luego, fue a paso rápido hasta una ventana y la abrió, apoyando los brazos en el marco y mirando hacia fuera.
    —Tenían que pasarme cosas —ya le había oído despotricar así cuando estábamos solos, fuera de la aldea— pero no quiero oír ninguna de sus malditas disculpas. No hay derecho, ya es tarde, me hizo lo que quiso, me importan un carajo sus disculpas.
    —Sesshoumaru-sama —me eché de lado—. No quiero ofenderlo —dije con diplomacia—, ¿pero no cree que está siendo un poco injusto con…
    —¿Un poco injusto? —me miró— Al diablo. Aquí el único injusto fue él. —Volvió su vista hacia fuera de la ventana y yo me quedé mirándolo en silencio, hasta que se le pasara el enojo. En otras circunstancias, hubiera ido a sentarme cerca.
    —¿Le gustaría saber lo que me dijo?
    —No.
    Pasamos un buen rato en silencio.
    Me miró de reojo y volvió la vista hacia fuera.
    Bizqueó un poco, se acomodó el cabello y volvió a mirar afuera.
    Me miró de reojo.
    Lentamente, volteó a verme.
    —¿Qué te dijo?
    —Que él le dijo cómo encontrarme. Que me dijo cómo encontrarlo.
    Volvió la vista hacia fuera por enésima vez, frunció el ceño y soltó un mohín.
    —Se lo agradezco —sonaba totalmente cínico.
    Me animé a ponerme en pie y caminar hasta donde estaba.
    —¿Está molesto?
    Giró hacia mí.
    —No, en verdad se lo agradezco —repitió denotando asombro.
    Volteé el rostro hacia el otro lado y miré el piso. Mi rostro estaba hirviendo como agua para té.

    ***
    —¿Ya acabaron? —preguntó del otro lado de la puerta.
    —Aún no —le contestó la criada que me desenredaba el cabello, mientras otra me ponía un suave maquillaje. Ser ataviada cada mañana y permanecer así hasta la noche era algo agotador.
    —¿Ya acabaron? —preguntó el rato.
    —Aún no —le contestó la misma criada mientras me hacía un complicado trenzado en el cabello.
    —¡Pues más vale que acaben de una vez!
    Osuwari —escuché la orden, seguida de un golpe seco y una queja—. No seas tan impaciente, Inuyasha.
    Este maldito rosario.
    Me aguanté la risa mientras las criadas se decidían a soltarme.
    Tan temprano y haciendo escándalo. El maestro iba a mandar llamarles la atención. No había pasado ni un minuto cuando escuché las voces de unos guardias que les pedían silencio, tal y como me lo había imaginado. Sí, tenía calcado al maestro como si fuese mi alma gemela.
    —Creo que no necesita que le ponga rubor en las mejillas —me dijo la mujer que estaba sentada frente a mí—. Está bastante ruborizada —me horroricé al comprobar aquello a través del espejo. Fingí neutralidad.
    Al abrir la puerta, Inuyasha entró como una tromba, atropellando a la servidumbre, seguido de Kagome-sama, que no tardó en rebajarlo a nivel del suelo.
    —Kagome-sama, el tatami sale caro, no debería estropearlo —le aclaré con dulzura.
    —¡Escucha, niña! ¿Hasta qué hora pensabas… guau —Inuyasha paró las orejas—. Sí que te ves bonita en las mañanas.
    Bajé la vista.
    —Muchas gracias. Tú también eres muy guapo.
    Levantó la nariz y fingió enfado.
    —Queríamos avisarte —comenzó entusiasmada la miko—, Sango nos pidió que te lo avisáramos cuanto antes para que fueras. Kohaku finalmente ha despertado.
    ¿Había escuchado bien? Aquello parecía un sueño. Se me dibujó una sonrisa de oreja a oreja. Inuyasha me levantó sobre uno de sus hombros sin darme tiempo a reaccionar y a Kagome-sama, en el otro.
    —Pero, ya, date prisa —corrió a toda velocidad hasta llegar al cuarto que le había sido asignado a Sango-sama y su familia. Y después de cerrar la puerta con el pie, nos puso a Kagome-sama y a mí en el suelo con mucho cuidado. Los tres hijos de Sango corrieron hacia mí y me abrazaron de tal modo que casi me arrojaron al suelo, debí tranquilizarlos.
    —Ya lo sé —les dije pacientemente con una sonrisa—. Kagome-sama fue a decírmelo.
    Sango-sama asomó por la puerta de la dependencia contigua.
    —Mi hermano está bien, dice que quiere verte —se pasó la mano por el cabello—. También dice que quiere ver a Sesshoumaru para darle las gracias. Se mantiene con medicinas y aún sufre un poco el frio, pero Kagome-chan piensa que no tardará en sanarse —me indicó con la cabeza—. Anda, Rin-chan, pasa —era muy amable.
    Cuando los niños se hicieron a un lado, pasé al cuarto y Sango-sama salió. Me quedé mirando por unos segundos a la puerta detrás de mí. En otras circunstancias no me habría extrañado que ellos se quedaran escuchando detrás. Sabía que tenían por costumbre seguir como espías las conversaciones ajenas para “ver cómo iban las cosas”. Al parecer, la idea había sido introducida por Miroku-sama y Kagome-sama, cuándo no.
    Kohaku estaba tendido sobre un futón que tenía cobertores idénticos al mío y las mantas eran oscuras. Hasta no estar un poco más cerca, no me había dado cuenta de que estaban confeccionados en piel, que el futón era considerablemente grueso, el más grueso que había visto hasta el momento, incluso más que el mío, perteneciente a una princesa, y que él llevaba puestos abrigos de piel. Pareció despertar de un leve ensueño.
    —¿Kohaku? —susurré, inclinándome un poco.
    —¿Rin? —susurró mirándome extrañado, como dándose cuenta de que yo estaba allí o, quizás, sin estar muy seguro de mi real presencia— ¿Rin? —se levantó apenas un poco de su lecho, parecía anonadado— ¿Eres tú?
    El mundo pareció detenerse y callarse.
    —¡Estás con vida! —repetimos al unísono, al tiempo que nos abrazábamos.
    —¡Me alegra verte bien! —dije mientras lo asía con fuerza hacia mí. Un par de lágrimas escaparon de mis ojos al tiempo que intentaba memorizarme a mi amigo. Lo miré preocupada— ¿Estás bien? ¿Qué te pasó?
    Él me soltó y desvió la mirada por un momento.
    —Fui llevado en una carroza hacia el oeste y arrojado en alguna parte del límite noroeste de las tierras. Me crucé con una bandada de murciélagos hiaki, ellos me lanzaron al mar, posiblemente creyendo que estaba muerto. Cuando fui arrastrado hacia la orilla en la mañana, ni siquiera sentía mi cuerpo, aparecieron unos pescadores y me rescataron. No estaba muy seguro de qué hacer y hablé del maestro —tomó aire—. Huyeron.
    —Esos misera… —me cubrió la boca.
    —Palabras muy feas para una inocente boca como la tuya —dijo de broma. Quizás ya me conocía bastante como para saber que iba a decir “esos miserables hijos de perra”—. Permanecí allí, congelándome y bañado de sal, no sé por cuánto tiempo… hasta que una mujer apareció. Al principio, me negué a hablar por temor a su reacción, pero en el hogar de ella había una chica, una no humana.
    —¿Eh?
    —Quise contarle algo de lo ocurrido, pero me encontré falto de habla. Estuve enfermo durante días, me desmayé y me desperté varias veces —mostró aflicción—. Apenas recuerdo nada, creí que no volvería a verte, ni a Sesshoumaru-sama —soltó un largo suspiro—, ni a mi hermana.
    Así que al fin lo había comprendido, lo doloroso que era negarse a ver a un hermano.
    —Recuerdo que entré en pánico al ver un grupo de youkais irrumpir en esa aldea y más al darme cuenta de que pertenecían aquí. No me sentía seguro. Sé que fui llevado, pero no tenía idea de que había sido traído hasta aquí, ni tratado ni medicado. No sabía que estaba mi hermana. Tampoco comprendí que había sido vendado hasta el… —le cubrí la boca.
    —Esas son unas palabras muy feas —crucé los ojos.
    Me dio la impresión de que había querido reír, pero incluso parecía carecer de fuerzas para tal “hazaña”. Le puse las manos en los hombros, lo tendí hacia atrás en el futón y lo arropé con el abrigo y los cobertores.
    —Guárdate ahí —le dije amablemente—, te vas a morir del frío —no opuso resistencia. Le pasé la mano por su liso cabello castaño.
    —Te ves bien —murmuró—. No te ha sucedido nada.
    Le regalé una amarga sonrisa y entreabrí el cuello de mis vestidos para que viera la herida y los vendajes.
    Puso ojos de plato y se sentó de golpe. Antes de que dijera nada, volví a ponerle las manos en los hombros para tenderlo sobre el futón y volver a arroparlo. Me acomodé la ropa.
    —¿Qué te pasó? —murmuró frunciendo el ceño.
    —Muchas cosas —susurré—, pero no es necesario que te sientas mal por estas…
    —¿Quiénes te hicieron eso? ¿Qué te ocurrió?
    —Ahora carece de importancia —suspiré.
    Me di cuenta de que se había quedado mirándome.
    —Fui sacada del palacio hacia el límite este y abandonada en un bosque lleno de lobos —incliné la cabeza—. Peleé con esos lobos, fui tomada como rehén por días, intentaron propasarse conmigo, fui salvada por un kitsune y llevada a una aldea en esa zona, estuve allí por semanas… Sesshoumaru-sama me encontró. El, Inuyasha y los demás me trajeron de regreso aquí. Llegué unas horas antes que tú.
    —Esas no son heridas de youkais —indagó.
    —La aldea en la que estuve fue atacada por bandidos una noche antes de que yo regresara aquí. Tuve que defenderme como pude. El maestro me encontró —lo miré fijo—. No quedó nadie.
    —¿Y no pensó en llevarte de regreso?
    Sabía a lo que se refería.
    —Kagome-sama le ha obligado a reconocer que quiere que yo permanezca aquí. Sesshoumaru-sama se ha llevado unos cuantos sustos y sorpresas en tan poco tiempo desde que yo arribé aquí. Somos su problema, Kohaku.
    —Me encantaría quedarme, pero el cuanto me recupere, volveré a mi trabajo. Me iré, regresaré… yo…
    —Kohaku, el maestro tomó una decisión… él…
    —Mi hermana me ha dicho que piensa que lo mejor es que ninguno de los dos jamás vuelva a salir de aquí y hacernos pasar por muertos. O llevarnos a la aldea o desaparecernos virtualmente y decir que hemos muerto. No creo que pueda vivir aquí encerrado para siempre, o confinado en algún lado, sin importar cuánto aprecie la protección de Sesshoumaru-sama.
    —¿Te irás? —no quería que se me quebrara la voz, pero así sucedió.
    —No soy como tú. Sé que no podré soportarlo.
    —Pero podrías morir.
    —No importa, de todas formas, debí de haber muerto hace mucho.
    Mierda, yo también debía de haber muerto. Lo tomé de los hombros.
    —Ya supéralo de una vez, pequeño embustero, eres peor que el maestro. Al menos él sí reconoce que puede encarar una situación suicida y no huye como un cobarde.
    Se me quedó mirando con los ojos muy abiertos.
    Sabía que ese no era un buen modo de hablarle, pero de alguna manera tenía que hacer que entendiera. Bien, quizás él fuera tan humano como yo, pero al menos debía entender un poco de la valentía de los youkai. Yo veneraba al maestro por eso ¿y él?
    —Eres un mal agradecido.
    —Quizás lo soy.
    —Kohaku —bajé el tono de voz.
    —¿Quieres que viva aquí?
    —Ya no estamos fuera de las Tierras, podemos permanecer aquí para siempre.
    —No puedo vivir aquí.
    —Pero ¿por qué no?
    —Porque no, Rin.
    —¿Rechazas al maestro así como rechazas a tu familia solo por adjudicarte culpas?
    Sin duda, el maestro y él se parecían muchísimo en este último punto. Me pregunté si todos los hombres tal vez fueran así. Me horroricé.
    Suspiró.
    —No es que rechace a mi hermana —dijo con lentitud—, pero ella tiene una vida propia, su propia familia… no puedo entrar a meter la nariz así como así, no por eso me olvidaré de ella o dejaré de verla ¡es mi familia! ¿Me entiendes?
    Asentí.
    —Y del mismo modo, con Sesshoumaru-sama no puedo venir a…
    —¿A qué? ¿Sugieres… sugieres que le molestará tu presencia?
    No me respondió.
    —Por supuesto que no le molestarás. Él te protegió a ti también, permitió tu regreso…
    —No, no puedo estar en donde está él.
    —¿Pero por qué no?
    Tomó aire.
    —Porque no, Rin-chan. No me presiones, yo no te presiono.
    —Sesshoumaru-sama prometió que podrías quedarte.
    —Pero no quiero quedarme.
    —¿No puedes o no quieres?
    —No quiero, no puedo, no voy a quedarme.
    Quería que se repusiera, así como yo, quería que todos volviéramos a ser lo que éramos antes, una sola persona con el maestro ¿Acaso no se podía? Lo abracé con fuerza.
    —No quiero que te vayas —él respondió a mi abrazo.
    —Kohaku —volteé la cabeza lentamente para ver detrás de mí. El maestro le dedicaba una expresión del tipo “¿Qué estabas haciendo?”, con el ceño levemente fruncido.
    Puse entre el chico y yo la distancia de tres pies y me senté a los pies de su lecho, como si su abrazo me hubiera quemado.
    —Maestro, buenos días —saludé formalmente.
    —¿Qué tienen de buenos? —me contestó de manera brusca, sin quitarle los ojos de encima a Kohaku-kun.
    —No es lo que parece, maestro —le contestó Kohaku. No entendía de qué estaban hablando.
    —Más te vale —le contestó antes de darse la vuelta y salir.
    —¿Qué pasa? —pregunté confundida.
    —Nada —dijo mirando hacia la otra pared—, no hagas caso.
    —¿Por qué te dijo eso? —dije en voz baja.
    Hizo el intento de encogerse de hombros.
    —¿Quién sabe?
    —¿Te quedarás aquí?
    Me miró de reojo.
    —No parece como si fuera a poder quedarme.
    —¿Por qué?
    Me soltó una sorna.
    —¿No viste?
    —¿Ver… qué?

    Me despedí de él y prometí volver en la tarde.
    Salí detrás de Sesshoumaru-sama e intenté seguirle.
    —¿Qué haces? —preguntó repentinamente.
    Me quedé paralizada ¿le molestaba que lo siguiera? Imposible.
    —Lo sigo.
    —¿Por qué mejor no sigues a esos humanos tuyos y permites que te guíen a la seguridad de tu hogar?
    Jamás le había oído usar el cinismo conmigo. ¿Se había molestado conmigo? ¿Por qué?
    Me paré a su lado.
    —Mi hogar es aquí —propuse.
    —Al parecer, tu hogar es con los humanos, después de todo, eres uno de ellos. Entiendo que las cosas son así.
    —Mi hogar es donde está usted. Ya se lo había dicho.
    —No puedo estar en donde están los humanos —¿me estaba rechazando? Tenía que ser mentira, que alguien me pellizcara, tenía que ser una pesadilla de las buenas, en cualquier segundo me despertaría y todo volvería a estar bien.
    —No entiendo por qué está tan enojado conmigo.
    —¿Qué te hace pensar —seguí la cadencia de su voz— que estoy enojado?
    —Demasiado lo conozco.
    —No estoy enojado contigo.
    —¿Y con Kohaku? —observé su reacción, cualquiera que fuera.
    No hubo reacción.
    —No estoy enojado con nadie.
    —¿Por qué se siente mal? —lo observé atentamente— ¿Por qué se siente fuera de lugar?
    —Porque lo estoy.
    —Claro que no.
    —Claro que sí.
    Lo abracé, pero se separó de mí.
    —Me prometió que podía estar aquí.
    —Pero en ningún momento te obligué a permanecer. Así como has podido entrar, eres libre de marcharte.
    —No quiero irme, quiero quedarme, sin importar lo que signifique, no dudo. Se lo dije.
    Se inclinó hacia mí y el corazón me dio un vuelco.
    —¿En verdad no dudas? —susurró y un escalofrío me recorrió la espalda—. Deberías volver al lugar al que perteneces.
    —Lo acabo de hacer.
    —Piénsalo por enésima vez, duda, haz lo que se supone que debes hacer.
    El escalofrío que sentía se tornó como una fuerte corriente eléctrica.
    —Suena como si me estuviera echando, como si estuviera obligándome a marcharme así de repente —lo miré a los ojos, los tenía entrecerrados pero inexpresivos—. Sé lo que estoy haciendo.
    —Eso espero —no levantaba la voz, seguía susurrando.
    —Creo que estoy haciendo las cosas como se supone que deben ser.
    —No desde mi punto de vista.
    —Maestro.
    —Tuve la impresión de que has preferido a los humanos.
    Pensé en el abrazo de Kohaku-kun y repentinamente… ¿acaso él pensaba… él pensaba que? No, no.
    —Tuvo una impresión errónea. Jamás pondría a nada por sobre usted.
    —¿Segura?
    —Completamente.
    —No sé si alegrarme o entrar en crisis —murmuró—. Creo que haré las dos cosas en honor a tu fuerza de espíritu —cerró los ojos y su rostro se contrajo de dolor por algunos segundos. No lo fingía, era una tristeza real y, poco después, me dedicó una sonrisa y se fue escaleras arriba.
    Me quedé allí parada mientras lo veía marcharse. Inuyasha, Kagome-ama y Miroku-sama llegaron corriendo hacia mí. Aparentemente, habían estado escondidos en los alrededores. Los miré feo.
    —Sé que te entusiasma esto de quedarte —dijo Inuyasha poniendo cara de repulsión—. Pero no hace falta que se arrimen en pleno pasillo.
    Iba a sonarle una bofetada cuando me detuvo la mano en el aire. De inmediato, vino a mi rescate un sonoro…
    —¡Osuwari! —Kagome-sama lo tomó por un mechón de cabello—. Inuyasha, no tienes remedio.
    —¿Qué fue lo que te dijo? —preguntó Miroku-sama.
    —Nada en especial —contesté de modo esquivo.
    —Pues estaban demasiado juntos como para no haber dicho “nada” —comentó Inuyasha
    —Anda, dinos, puedes confiar en nosotros —me alentó Kagome-sama.
    Al maestro no le habría hecho ninguna gracia que yo hablara de su vida íntima.
    —Es una mala idea —me puso ojitos de cachorrito abandonado—. La verdad, no tengo idea de lo que pudo haber sucedido. Le dio esa manía de pedirme solapadamente que me marche de regreso a la aldea.
    Inuyasha se cruzó de brazos.
    —¿Y cuál fue la excusa esta vez?
    Me sonrojé.
    —Que prefiero a los humanos antes que a él.
    Rompieron a reír en voz alta.
    —¿Cuál es la gracia?
    —Qué extraña inseguridad —exclamó Kagome-sama—. No existe nadie que crea que prefieres a alguien sobre él.
    —Claro que existe. Él lo cree.
    —Entonces, hagamos que deje de creerlo.
    —Kagome-sama, le pido amablemente que deje de presionar al maestro —le dije de modo tajante—. No quiero discutir con usted. Entiende.
    —Rin-chan tiene razón, Kagome.
    —Tonterías, Inuyasha, tu hermano es peor que tú en cuanto a las indecisiones y las inseguridades.
    Aproveché que se pusieron a discutir para huir hasta mis dependencias y encerrarme con mi profesora y con Jaken.
    Si yo hubiera tenido que mantener una guerra mental con el maestro, así como Kagome-sama hacía con Inuyasha, íbamos a terminar mal.
    Él iba a blandir los argumentos de que pertenecía a los humanos, era uno de ellos, mi vida corría peligro, que una aldea iba a ser más segura y que allí era donde debía permanecer, llevar una vida normal, tener una familia… Además, yo era un problema extra, un punto débil y lo sabía.
    Por otra parte, yo podía sostener que todo eso era mentira, que mejor que con él no iba a estar con nadie, que sabía lo que estaba haciendo, que renunciaba conscientemente a mi futuro, por voluntad propia, por mi decisión, sabiendo lo que estaba haciendo y lo que podía significar. Que él era el modo de vivir que quería elegir, que jamás elegiría a nadie más, que confiaba en su fortaleza, que él me había hecho múltiples promesas…
    Cielos, si hubiéramos de mantener una guerra mental, la cosa hubiera sido pareja. Alguien debía ceder. Si yo cedía, iba a volver a la aldea. Si era él el que cedía… el futuro era incierto.
    —Es un suicidio —murmuré cuando se fue la profesora.
    —Por eso te dije que te marcharas.
    —Pero soy suicida, me gusta la idea.
    Me puso una mano en la cabeza.
    —No me vengas con tus bromitas, no deseo contribuir a tu muerte ni que tú contribuyas a la mía.
    —¿Eso tiene arreglo?
    —No, lo eché a perder desde el principio. Esto nunca tuvo arreglo, es en vano, no importa cuántas vueltas le dé al asunto.
    —¿Entonces, por qué la insistencia?
    —Así somos los youkai ¿Y por qué tu terquedad?
    —Así somos los humanos.
    —¿Qué pasaría si peleáramos como la miko e Inuyasha?
    —Dios nos libre —dije entre risas.
    —Me estuve pensando algunas cosas.

    Cuando el maestro se ponía a pensar…

    —No voy a irme a ningún lado, no quiero otra protección que no sea la suya, no quiero más ocupaciones, no quiero a nadie por encima de usted, no quiero ni necesito dudar ni repensar nada.
    —Ay de ti, inferior humana —se me paró detrás, muy pegado a mí. Me puse tensa—. Olvídalo, no dije nada, no estuve pensando en nada.
    Sí, sé que suena raro que bromeáramos, pero en la soledad y con los más cercanos, el maestro realmente se daba el gusto. Raras son las veces que lo vi reír, pero eso no significaba que no supiera bromear o jugar a su modo.
    —Estuve pensando en mi padre.
    —Ayer en la tarde, me sucedieron cosas raras. Creo... creo que vi a su padre… o quizás a su fantasma. Le dije que había sido cruel con usted.
    Apoyó el mentón sobre mi cabeza.
    —Ambos sabemos que no es cierto, que esa solo es la excusa para salir indemne, que soy algo inestable y que jamás ha sido su culpa.
    —Sesshoumaru-sama, dentro del templo de los ancestros… vi a Kagura —no terminé de decir su nombre y me apretó ambas manos. Sabía que dolía un poco.
    —Necesito oírlo de la boca de alguien —comentó.
    Sabía a qué se refería.
    —Tienes un lado patético —le lancé de forma irrespetuosa.
    —Gracias —contestó tranquilamente y me soltó las manos— ¿Eso fue antes del sueño?
    —Sí, fue antes.
    —Entonces, los dos tenemos un lado patético.
    Me reí. Sentí que se separaba de mí y se alejaba hacia la puerta. Volteé a verlo y me sobrevino un sentimiento de ternura.
    —Nos vemos en la clase de historia para hablar un poco de —me miró de reojo y salió— mi padre.
    Yo había entrado a ese templo porque quería saber cosas de él. Sesshoumaru-sama decidió leerme historia y asignarme la cronología del clan para evitar que hiciera estupideces, sin frustrar mi ansia de saber, y porque yo era una de las pocas personas que lo conocía tanto como para escribir de él. Ingenioso, como siempre. Y matando varios pájaros de un tiro, también, él nunca perdía una oportunidad.
    Al asomar por la puerta, vi entrar a Kagome-sama.
    —Tienes que venir conmigo, dijo llevándome rápidamente de la mano y sin darme ningún tipo de explicación. Caminamos, caminamos, caminamos… el lugar al que entré fue la sala de reuniones elegida específicamente para ellos. Supuse que Sesshoumaru-sama no les hubiera permitido poner siquiera un pie en el salón que usaba para las conferencias. Nuevamente, los hijos de Sango-sama corrieron hacia mí y tuve que tranquilizarlos antes de que me echaran.
    Miré a los presentes. Se suponía que yo debía de estar descansando al igual que Kohaku, o escribiendo las crónicas o haciendo cualquiera de las tareas que me habían sido asignadas.
    —Sesshoumaru-sama había ordenado que yo permaneciera descansando ¿no es así?
    —No importa, no va a darse cuenta.
    —Eso es lo que usted cree.
    —A poco piensas que vendría a buscarte.
    —El maestro me ha asignado clases, horarios y varias tareas para mantenerme ocupada y que no haga ninguna estupidez —así me lo había dicho literalmente. Era sencillamente el modo en que hablaba, pero los presentes parecieron sentirse ofendidos.
    —Sesshoumaru es un abusivo.
    —No, es mi culpa, soy una máquina de ocasionar problemas.
    —No me digas que él te ha dicho eso.
    —No, Inuyasha, esa es la pura verdad.
    —No puedo creer cómo te rebajas.
    —No me rebajo.
    —Claro que sí, estás de objeto todo el rato.
    —Al menos no persigo a Sesshoumaru-sama como lo hace Kagome-sama —la miré. Era una indirecta bastante directa, pensé que sería suficiente para que me dejara marchar.
    —Tan solo queríamos saber qué fue lo que sucedió esta mañana —me preguntó Sango-sama mientras abrazaba a los niños.
    —Pero no es asunto de ustedes —intenté sonar amable, mi paciencia estaba llegando a su límite.
    —Pensamos que quizás podríamos ayudarte en algo.
    —Son muy amables, pero jamás he entrado en conflicto con el maestro ni pienso hacerlo, por lo tanto no tengo problemas.
    —No parece posible que no tengas problemas —bromeó Inuyasha.
    —El maestro no es como ustedes, él no molestaría a nadie.
    —Feh, se nota que no lo conoces.
    —Lo conozco mejor que tú, que eres su familia.
    —Keh.
    —¿Pasó algo malo con Kohaku? —preguntó Miroku-sama finalmente—. Él también ha ido a verle esta mañana en cuanto se ha enterado que despertó, ambos, tú y él salieron juntos. Kohaku no dijo nada, pero se veía muy bien.

    ¿Silencio incómodo?

    —¿Sesshoumaru le dijo algo malo? —indagó Sango-sama.
    —Le dijo algo, pero, la verdad no lo comprendí muy bien.
    —¿Qué pasó exactamente? —preguntó Inuyasha con impaciencia.
    —Kohaku no piensa permanecer aquí en cuanto se recupere —Sango se alarmó—. Le dije que quería que se quedara aquí justo en el momento en que el maestro entró… e inmediatamente salió y yo salí detrás de…
    —Ah…. —dijo Kagome-sama llevando un dedo al rostro. La miré—. Eso significa que está celoso —canturreó y Miroku-sama e Inuyasha rieron entre dientes.
    —¿Que está qué?
    —Que está celoso.
    —¿Celoso? ¿Por qué celoso?
    —Bueno, hablabas íntimamente con Kohaku, tal vez él pensó que…
    Una suave risa se levantó en el ambiente ¿Se estaban riendo del maestro?
    —Kagome-sama, yo me voy —ya estaba teniendo suficiente.
    Ella suspiró, me tomó de la mano y me llevó a sentarme.
    —Quédate ahí un momento, esto será breve —y se fue hacia un cuarto contiguo, yo no comprendía nada. Al rato, apareció con una caja negra en las manos.
    —¿Y eso?
    Se sentó frente a mí, puso la caja frente a mis ojos y la abrió.
    —He gastado todos mis ahorros para comprar esto.
    —¿Qué es eso? —miré intrigada. Sacó algo envuelto en una seda púrpura. Al abrir la envoltura, vi un objeto poco común. Era una esfera transparente, del tamaño de mi mano que, en su interior, llevaba tres flores de loto que parecían estar hechas en piedra. Era hermoso.
    —Es un adorno. Lo he comprado para obsequiárselo a Sesshoumaru.
    Me hice hacia atrás ¿Realmente pensaba obsequiarle eso a Sesshoumaru-sama?
    —Sé que ya ha pasado bastante tiempo desde que comenzó el invierno, pero aún así no habías podido estar con él para darle siquiera un obsequio de cumpleaños. Sería grandioso que, en compensación, le entregaras esto por su aniversario.
    Que… ¿que yo se lo obsequiara?
    —Mira, tiene coral, el coral es bueno para las personas a las que les falta confianza en sí mismas y que no les gusta tomar riesgos. Y también tiene una flor de turquesa, es buena para combatir los pensamientos obsesivos. Y también tiene piedra de luna, dicen que ayuda a les personas cerradas a exteriorizar sus emociones. Le hará muy bien tener esto.
    Bajé la vista y cerré los ojos.
    —¿Está sugiriendo que le dé al maestro algo que podría ofenderlo enormemente? —aunque era cierto que tenía todas esas debilidades.
    Chistó.
    —No lo ofenderá, además, va a ayudarlo en muchas cosas —envolvió la esfera en la tela y me la puso en las manos—. Tú no te preocupes, tan solo llévasela como te lo he dicho y se la dejas. Lo mejor es que no digas palabras que contengan duda, ni nada que suene pesimista, se nota que desvaría mucho.
    Dejé la esfera en la caja.
    —Kagome-sama, me he ofendido, eso es un insulto a la capacidad de análisis del maestro.
    —Los que piensan demasiado, terminan haciendo tonterías —dijo Inuyasha mientras me tomaba de la mano.
    Lo miré.
    —Y es verdad, mira —miró hacia la puerta de entrada, desvió los ojos y puso una expresión entre seria y apenada—… Rin, no puedes quedarte aquí, es demasiado riesgoso para todos, deberías repensarlo. Se supone que deberías permaneces entre los humanos. Perdóname, todo esto es mi culpa.
    Hijo de la grandísima…
    Todos rompieron a reír, menos Inuyasha.
    —¿Te estás burlando de Sesshoumaru-sama? —me saqué un abanico negro que tenía debajo del obi y lo golpeé en los brazos. Me levanté y lo perseguí con el abanico en la mano.
    —Deberías tener cuidado —dijo con la misma carencia—. Tus heridas están delicadas.
    —Vas a ver —le grité.
    Escuché cómo todos se reían a viva voz. Era extrañamente divertido, yo nunca me habría burlado.
    Escuché un comentario del tipo “No me la imagino persiguiendo así a Sesshoumaru”.
     
  9.  
    sessxrin

    sessxrin Fanático

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    Re: Eclipse Total

    wuaoooo!!!!
    como siempre me sorprendes. los capitulos estan muy buenos, en el anterior capitulo colocaste algunas letras que no deberias ir ahi, pero en este no. para mi esta perfecto.
    ¿sabes? a veces me dan ganas de entrar a la lectura y ahorcar a Rin, no me acostumbro a la personalidad fria que esta teniendo, creo que me encapriche demasiado a la Rin pequeña, alegre, espontanea, feliz (o bueno ella es feliz) en fin. verla asi, se me hace una faceta distinta a la Rin que todos estamos acostumbrados.
    en fin, seguire leyendo tu fanfic porque me encanta y me fascina!!!! ya me acostumbrare, ademas es tu fanfic.

    como siempre me gusta como escribes, no tenes errores.
    ah! se me olvidaba, me gustan las escenas de Inuyasha y Rin, son muy chistosas

    PD: me encanto esa escena de Rin y Kohaku!!!!
    PD2: Sesshoumaru celoso es encantador!!!!
    PD3: me sorprendio ver a Kagura alli, no le vendria mal a Rin....
     
  10.  
    pomy

    pomy Usuario popular

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    Re: Eclipse Total

    Hay de mí, si me obligara a criticar todo este capítulo. Pero es tan apreciable, agradable, renovador ver que el cursor nunca termina de alcanzar el final de la página, y los párrafos se extienden, gráciles y amables, contando la historia como un bello susurro. Ahora bien, el principio se me volvió pesado... algo difícil de digerir. Los diálogos rebajaron el peso del relato, y ya luego no podía parar de leer. Creo que es por demás entendible, tras observar la extensión del capítulo en cuestión, que te hayas comido algunos guiones de diálogo y equivocado en persona y tiempo de algunos verbos.

    Así que el joven hermano de Sango, Kohaku, causa celos a Sesshomaru. Exquisita descripción. Y cómo disfruté la carcajada que lancé al leer cómo Rin comenzó a correr a Inuyasha, aunque me costó imaginármela corriendo con esas ropas.

    Espero más que ansiosa la continuación, gracias por avisarme.

    Pomy
     
  11.  
    Asurama

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    Re: Eclipse Total

    :)Pomy
    Jajaja. No sé si fue tu propósito, pero sonaste con un poco de sarcasmo. No es que me coma guiones —te juro que lo leí muchas veces :eek:—, lo que sucede es que a veces, los pensamientos de Rin están metidos entre los diálogos y entre su versión de la historia. También pasa en la versión de Sesshoumaru, y allí es más seguido, puesto que casi no habla, pero piensa mucho.
    En cuanto al tiempo de los verbos, es probable que me haya confundido, eso sí me sucede a menudo y debo releer muchas veces. xD
    Pues sí, parece que Sesshoumaru tiene algo de celos. O quizás no, ya veremos. Sí, fue chistoso imaginar a Rin persiguiendo a Inuyasha, disfruté escribiendo eso —a mí también me cuesta imaginarme a Rin corriendo con todo lo que le ponen encima a la pobre, seguramente se cayó y por eso acabó el capítulo, jajajajaja xD—. Aunque lo que más disfruté fue la parodia que Inu hace de su hermano.

    sessxrin
    Me alegra que te haya gustado el capi. Sí, a veces, todos tenemos deseos de matar algún personaje, pero no te preocupes, que ya te daré el gusto jejejejejejeje… *perverso*
    En realidad, Rin siempre ha sido un poco así (no fría, más bien ruda), y también Kohaku. Cuando comienzan a hacer simbiosis con Sesshoumaru en el manga, ambos se empiezan a poner así, solo tienes que releer para darte cuenta (supongo que ya te acostumbrarás, y me extraña, porque Rin es así en todos mis fics).
    No creo que la Rin que yo hago sea tan diferente. La única diferencia aquí, es que aparece más madura.
    Me alegra que te haya gustado la escena de Rin y Kohaku. Pronto, más.
    Yo también creo que Sesshoumaru es encantador cuando se pone celoso. Personalmente, me gusta la escenita que hicieron en el bosque.
    Creo que a todos nos sorprendió ver a Kagura :eek: —y claro que no le vendría mal a Rin—. Al principio, iba a ser Inu no Taishou el que aparecía :si:, pero después se me ocurrió lo del sueño compartido.

    razon.
    ¿De verdad piensas que la madre de Sesshoumaru es muy mala? En realidad, es una youkai y se comporta como tal. Está preocupada por su hijo y le pide que haga lo que —para ella— es correcto. O sea, mandar a los chicos al diablo. Claro que Sesshoumaru es el tipo de hijo rebelde y consentido que no disfruta más de la sobreprotección materna y que quiere tomar decisiones propias :no:, sin importar cuán mal puedan estar a los ojos de su madre.
    Al principio, notamos que él tiene cierto “temor” a ser rechazado por eso pero después vemos que, felizmente, la madre es indiferente. Sé que suena feo :o, pero es lo que él necesita. Al principio la pobre mujer cree que tiene en frente a una copia de Inu no Taishou, bueno.
    Es un reflejo de mi relación familiar. En algún momento tenemos que salir de debajo del ala por mucho miedo que tengamos.
    Me alegra que pienses que hice un buen trabajo con la personalidad de Sesshoumaru. ;) Él es el que todos conocemos, callado pero con un rico mundo interno, que a veces, resulta confuso y hasta caótico. Lo que hice fue aprovechar eso.
    No es que él niegue lo que siente. Lo acepta, pero teme que los demás no lo acepten del mismo modo, por eso actúa así y por eso le pregunta tantas veces a Rin si no piensa cambiar de opinión porque sabe que, de algún modo, algo no está bien. No quiere perjudicarla.

    SESSHOGRISS
    Hasta que le diste fin al comienzo! xD Jajajaja. Me alegra que te fascinen mis fics, a mí también me encanta como escribes.
    Me halaga que pienses que yo debería continuar la historia, pero yo ya le he dado el mismo tipo de cumplido a una muy buena ficker, no creo que sea yo la más indicada, además, no sé si necesitaría pedirle permiso a Rumiko-sama.
    Estoy muy metida con el personaje de Sesshoumaru, porque siento que él y yo nos parecemos harto. :)
    Mataron las discusiones entre Sesshoumaru y Kagome, ella solo trata de ayudar —digamos, como se haría en su propia época— y no encaja.

    Tachi!
    Puse a la madre de Sesshoumaru como me pareció que debe ser una madre. Creo que la hice un poco como mi madre (si escucháras las épicas discusiones que a veces tenemos, en especial esa que ocasionó la muerte de mis sagrados archivos, pero no importa).
    Guau, a algunos les divierte las discusiones entre Sesshoumaru y Kagome y a otros les duele. Bien, es importante la variedad :). Es cierto que no es bueno que le culpen cuando trata de resolver las cosas y que son muy duros con el pobre. Pero ellos también tienen su cuota de razón: no importa cuanto temor tenga, esa no es una excusa para tener a Rin y Kohaku como bola sin manija :no:.
    Kohaku estará muy bien, como vas a darte cuenta. :D
    :sess:
     
  12.  
    Okita

    Okita Adicto

    Piscis
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    Re: Eclipse Total

    Quizá la solución a tu problema de "comerte guiones" sea que no metas diálogo y pensamientos mezclados, lo correcto sería que estuvieran entre guiones. O.o
     
  13.  
    razon

    razon Usuario común

    Tauro
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    Re: Eclipse Total

    bueno bueno entendi xD gracias por aclarar eso mi amiga gracias : ojitos :
    bueno si tienes razon la mdre de sesshomaru es muy diferente, como yukai no casi todos quieren mandar al diablo a los humanos -_-´
    bueno me disculpo por no postear antes es que estaba muy complicada con trabajos y todo xD

    atte:razon
     
  14.  
    Asurama

    Asurama Usuario popular

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    Re: Eclipse Total

    Eclipse Total
    Capítulo Quinto:
    La Luna baila alrededor del Sol

    —En verdad, Kagome-sama, yo la quiero mucho, aprecio su preocupación, su tesón, sus buenas intenciones e incluso sus consejos. Yo no haría algo que ofendiera al maestro ni permitiré que alguien más lo haga —no la dejé hablar—. Eso de que no lo presionara… lo dije en serio.
    Me tomó el rostro con ambas manos.
    —Podemos hablar mucho, pero eres tú la que conoce mejor que cualquiera. A nosotros no nos escuchará, tú eres la única a la que escucha. Si quieres que algo pase, eres tú la que tiene que hablar.
    ¿Entonces, la presión no iba sobre el maestro sino sobre mí?
    —¿Por qué insiste tanto? —murmuré.
    —Porque es lo que ambos quieren sin importar cuánto intenten mentir a los demás, es inútil, lo sabemos. He estado… —miró a los demás—. Ellos han estado viendo durante años cómo es que se encuentran y se separan en cada luna. Si darles un empujón sirve de algo, lo hago con gusto.
    —No es algo que queramos.
    Inuyasha movió las orejas.
    —Pero es algo que necesitan.
    Lo mire con una ceja levantada.
    —¿Cuándo te volviste parte del complot?
    —Mira, yo no estoy de acuerdo ni en contra de esto, pero Kagome tiene la razón.
    Su esposa le sonrió ampliamente.
    Yo me sentí fuera de lugar allí.
    —Ya te dije que nunca has sido la mejor persona para opinar sobre eso.
    Todos rieron.
    —¡Oigan! —se quejó.
    Ya sabíamos que era poco amable hacer chanza sobre la indecisión que había tenido por meses entre Kagome-sama y Kikyou-sama, pero se me había pegado esa costumbre del maestro, de ponerle en evidencia sus defectos para dejarlo desnudo y desarmado. Pobre Inuyasha.
    —La próxima vez que vuelvan a burlarse de mí, yo…
    —Tú lo empezaste —miré hacia el otro lado—, te burlarte de mi maestro.
    —¡Keh! Es lo que se merece ese tonto.
    Volteé.
    —¡Oye!
    —Digo la verdad.
    —Tranquilo, tranquilo —le dijo Miroku-sama poniéndole una mano en el hombro—, ahorra esas energías, las necesitarás.
    —Sí —comentó una de las hijas de Sango-sama—, para pelear con Kagome-sama —todos rompimos a reír.
    Inuyasha se quedó sentado con mala cara en el rincón.
    Kagome-sama volvió a ponerme la esfera envuelta en mis manos.
    —Anda, sube y llévasela —me quedé mirando el paquete—. No tiene nada de malo.
    Me levanté con un suspiro.
    —Si eso la hace feliz… —le sonreí ampliamente.
    Miroku-sama fue hasta la puerta y la abrió poniéndose a un lado para permitirme salir. Le sonreí y volteé. Kagome-sama, Inuyasha, Sango-sama y sus tres hijos me miraban expectantes. Parpadeé un par de veces y salí sintiendo cómo se cerraba la puerta a mis espaldas. De pronto, un guardia apareció a mi lado, no tenía la menor idea de dónde podría haber salido. Tenía la vista baja, como si no pudiera mirarme. Yo también miré en otra dirección y me encaminé hacia las dependencias del maestro. Tenía que subir dos pisos. Me di cuenta de que el guardia me seguía.
    —¿Por qué me sigues?
    —Son órdenes que usted no puede andar sola a ninguna hora del día ni de la noche y que la guardia debe acompañarla dondequiera que vaya.
    ¿Me había estado siguiendo? Caminé un rato en silencio, pero era molesto sentirme observada aunque no lo fuera realmente.
    —¿Me habías estado siguiendo?
    —La he encontrado en el pasillo, Rin-sama. De encontrarla sola, debemos de acompañarla. Es una orden.
    Permanecí impasible durante todo el trayecto. Presentí que el youkai sabía a dónde me estaba dirigiendo. Parecía perturbado. En realidad, todos parecían ligeramente perturbados en presencia del maestro. ¿Por qué yo no? Intenté recordar algún momento en mi vida en que me hubiera sentido así, pero no hallé en mis recuerdos tal hecho. Simplemente, nunca me pareció extraño acompañarlo. Y a él tampoco parecía molestarle ¿Entonces, por qué abandonarme? ¿Por miedo? ¿Porque debía? ¿Por qué dudar? ¿Aún seguía dudando? No quería preguntárselo.
    Cuando llegamos al último nivel del palacio, el guardia comenzó a retroceder, poniendo entre nosotros una considerable distancia de espacio personal. Me pregunté por qué al maestro le molestaba tanto que yo estuviera cerca de otras personas o de otros youkai ¿Serían realmente celos, como lo había propuesto Kagome-sama? Era factible, puesto que él celaba todo cuanto le pertenecía, ya fuera objeto o persona ¿pero tanto así? Recordé lo que había sucedido con Yoichi, el extraño evento de esa misma mañana, con Kohaku. No estaba en mí juzgarlo, pero ese tipo de celos era estúpido. Sin embargo, así eran los perros, aquello estaba grabado en su sangre, simplemente él no podía evitarlo. Sonreí. Los perros sí que eran algo curioso. Podía conocerlo mucho, pero aún tenía mucho que aprender de él. Era una pena que no fuera a vivir tanto.
    Suspiré y fui acercándome a la puerta principal de las dependencias. Los dos guardias que la flanqueaban, iban a anunciarme a voces, pero les hice señas de que permanecieran callados. Ambos se quedaron como si fueran estatuas. Entré lentamente. Nunca había estado allí, pero conocía el lugar debido al sueño en el que también había conocido al padre del amo. Recordé que eso no había sido solo un sueño, había sido totalmente real y, de algún modo, me había unido telepáticamente con el maestro. No era la primera vez que sucedía y no tenía idea de cómo.
    No tardé en sentir su presencia, estaba en una de todas esas habitaciones. Moví una puerta y asomé, no sabía si aún seguía perturbado por lo sucedido en la mañana y no quería molestarlo. La habitación era gigantesca, incluso más que en mi sueño, no alcanzaba a verlo todo, ni alcanzaba a verlo a él. Entré, cerré la puerta y caminé unos cuantos pasos.
    —Aquí estoy —dijo asomando por otra puerta que se hallaba a mi izquierda. Entrar a ese tipo de construcciones era como meterse en un laberinto.
    —Sesshoumaru-sama —le sonreí ampliamente.
    Me dio la espalda y volvió a entrar por donde había salido. Yo entré detrás de él con paso corto y rápido. En determinado momento, me paré en seco, poniéndome de rodillas y, dejando la caja con la esfera delante de mí, me postré hasta casi tocar el suelo con la cabeza.
    —Lamento no haber podido estar aquí durante el comienzo de las lunas frías, ni siquiera he podido verlo durante su aniversario —sentí que el rostro comenzaba a arderme—. Le he traído un humilde obsequio, espero sea de su agrado.
    No le había oído acercarse.
    —Ya te he dicho que eso fue mi… ¿qué es?
    Con curiosidad, levanté la vista y mi mirada se cruzó con la suya. Miraba la caja con tanta curiosidad como yo lo miraba a él. Uno de los putos débiles del maestro, era tener una eterna curiosidad de cachorro. Cuando algo le interesaba y llamaba su atención, sus ojos tenían un brillo distinto, como si sonrieran. Posiblemente, muchos no lo hubieran notado.
    Volví a bajar la cabeza, pero no podía evitar sonreír, deseaba oír su opinión.
    —Es un obsequio —repetí—, espero le agrade.
    —A ver qué ha conseguido Rin —pronunció lentamente, sílaba por sílaba. Levantó la caja y la puso sobre una mesa.
    Me levanté y fui rápidamente hacia donde estaba él. Lo vi abrir la caja y sacar el paquete. Lo miró bastante antes de abrirlo y tomar la esfera.
    —Mira nada más. Es más bonito que tú —lo miré con los ojos muy abiertos, su expresión era seria—. Es broma, nada es más bonito que tú.
    Me sonrojé y no me molesté en ocultarlo. Salió a la otra habitación y yo lo seguí. Fue hasta una mesa donde descansaba la bola de cristal —todos los inuyoukai macho tienen una—, la tomó, la envolvió en una seda negra y la guardó en un baúl. Al regresar a la mesa, puso la esfera de Kagome-sama en lugar de la bola de cristal.
    —Es la primera vez que un humano me regala una bola de cristal —comentó—. La primera que tuve fue un regalo de mi padre, le encargó a Housenki confeccionarla.
    Housenki era un ermitaño youkai milenario que confeccionaba joyas con poderes mágicos. A Inuyasha, en vez de darle una bola de cristal, le había obsequiado una perla negra, quizás porque solo era mitad youkai.
    Miré el baúl en donde había guardado la bola de cristal, quise abrirlo, pero la tapa era demasiado pesada. Sesshoumaru-sama la levantó con una sola mano y yo saqué la esfera roja envuelta en seda negra. Era bonita. En ese momento, yo aún no sabía que Sesshoumaru-sama solía romperlas de seguido si entraba en uno de sus conocidos ataques de ira. Por lo tanto, había cientos de esas guardadas en un almacén para reemplazar cualquiera que se rompiera.
    —¿Aún está molesto conmigo? —seguía ruborizada.
    —Ya te había dicho que no estoy molesto con nadie —lo miré y descubrí que era cierto—. No estoy molesto contigo.
    Claro, jamás se enojaba conmigo. Podía matar a Jaken a golpes y enloquecer a Inuyasha, podía destruir todo el palacio y convertir en polvo a alguien que no le agradara, pero conmigo nunca se enojaba. Me sentía intocable. Dejé la bola de cristal dentro del baúl para hacer algo que me distrajera por un momento. Me sorprendí al sentir su mano en mi frente.
    —Pensé que tenías fiebre —comentó— ¿Cómo está tu salud?
    —He estado mucho mejor —afirmé. Me cuidé de no nombrar a Kagome-sama ni ninguna palabra que sugiriera que podía estar mejor en la aldea. Era una de las cosas que la miko-dono me había aconsejado.
    —¿Cómo están tus heridas?
    —Se sanan rápidamente —de repente, tenía sus manos sobre mis hombros. De un tirón, me abrió el vestido de varias capas, dejando al descubierto mis hombros y mi escote—. ¿Maestro? —pregunté en el borde del desconcierto. Sus ojos habían quedado fijos en la línea del corte. Se inclinó sobre mí y sentí un repentino dolor, acompañado del olor de mi sangre. Había desatado con los colmillos los puntos de la sutura, supuse que tenía la piel abierta como una flor. Nunca fui impresionable, pero de todos modos no me atrevía a mirar.
    Repentinamente, sentí sus manos cerradas con fuerza alrededor de mis brazos.
    —No te asustes —murmuró. Sentí sus labios sobre mi piel y fue como si una terrible descarga eléctrica hubiera atravesado todo mi cuerpo, que se resintió de dolor. Tenía la sensación de estar quemándome viva, como si me hubieran arrojado a un mar de llamas. Era terriblemente doloroso, pero reprimí el deseo de gritar. La vista se me puso como un velo negro y ya no sentía nada que no fuera dolor.
    Cuando salí del estado de shock, estaba sentada sobre el pedestal del maestro.
    —Despertaste pronto. Baja a tu cuarto.
    Mientras me levantaba y me inclinaba para despedirme, me di cuenta de que ya no sentía ningún tipo de dolor. En vez de ir a mi cuarto, fui a donde estaban Inuyasha y los otros. Abrí puertas y bajé escaleras por mí misma, sin importarme que hubiera guardias por doquier.
    —Ya regresé.
    —¿Qué te dijo? —preguntaron Kagome-sama y Sango-sama a la vez. Era como si hubieran estado esperando mi regreso.
    No sabía qué hacer.
    —Dijo que era más bonita que yo.
    —¿Ves? Te lo dije —dijo Kagome-sama, guiñándome un ojo. Luego, me tomó de la muñeca y me sentó—. Ahora, hay algo que me preocupa —tenía fruncido el entrecejo.
    —¿Qué?
    —¿Te sientes bien, Rin-chan?
    —Sí, claro —dije extrañada— perfectamente —¿acaso había algún modo de que notara que el maestro se me había acercado?
    —¿Estás segura?
    —Sí, Kagome-sama.
    Inuyasha se acercó a mí de un salto, con las orejas en punta y olisqueando.
    —Es sorprendente, porque tienes tanto youki de mi hermano sobre tu cuerpo como si te hubiera atacado.
    —¿Qué? —no comprendía nada.
    Denoté extrema sorpresa y susto cuando Kagome-sama me abrió la ropa ¿acaso vería…?
    —Im… posible —murmuraron todos con caras de sorpresa y consternación.
    Kagome-sama sacó un espejo pequeño que tenía consigo y me lo dio. Miré la zona de mi hombro en donde antes estaba la herida ahora inexistente. Tenía la piel tan perfecta como si jamás me hubiera sucedido nada.

    Una sirviente entró a mis dependencias cuando me estaba arreglando el cabello.
    —Sesshoumaru-sama la espera para la cena, en sus dependencias —dijo mientras hacía una reverencia profunda.
    Asentí con ganas y la despedí amablemente. Cuando la criada salía, Inuyasha entró, lo vi a través del espejo.
    —No hace un rato desde que los dejé —puse las manos en mi regazo y volteé— ¿Qué necesitan?
    Me sonrió y se acercó.
    —Le prometiste a Kohaku que irías a verlo. Él y sus sobrinos reclaman tu presencia. En especial sus sobrinos. Dicen que extrañan que les cuentes historias y que juegues con ellos.
    Era verdad, había olvidado que le había prometido eso a Kohaku.
    —Terminaré de arreglarme el cabello e iré a su habitación.
    Soltó un largo bostezo.
    —Bueno, iré a decírselos, pero te ruego que te apresures, sino esos enanos van a dejarme sin orejas —se frotó la cabeza detrás de las orejas.
    Le sonreí y me volví hacia el espejo para terminar de arreglarme el cabello. En realidad, las criadas que me arreglaban en las mañanas se hubieran sentido ofendidas si me hubieran visto, pues me estaba deshaciendo el complicado peinado que ellas tardaban horas en armar. No quería parecer malagradecida, pero no podía perder la costumbre del cabello suelto, libre.
    Aunque fueran abrigados, lo más difícil de llevar vestidos de varias capas, era soportar su peso ¿y encima de eso tenía que soportar un complicado tocado? No, ya era mucho para mí. Además, muchas familias de aristócratas preferían el cabello suelto. Me puse un adorno de jade y perlas a un lado de la cabeza, donde mi flequillo se hacía largo hacia atrás, tomando una chistosa curva detrás de mi oreja. La forma de mi cabello no se me notaba de pequeña, pues la sostenía con una coleta… hasta que Kagome-sama descubrió “que me lucía bien”. Muchos cambios en mí, se dieron en el corto lapso de tiempo en que había conocido a Kagome-sama. Según Sesshoumaru-sama y algunas otras lenguas, ella era excéntrica. No sabía definir aquello como bueno o malo.
    Al salir, vi que una de las criadas ordenaba en un rincón el vestido que usaría al día siguiente. La ropa interior era roja con blanco, la enagua era blanca. El atuendo que iba a usar era invariablemente de varias capas, perfectos para el invierno, pero no aptos para caminar. Las ropas que usaba eran todas de seda, forradas, adornadas con hilos de oro o de plata. La mayoría era de colores pasteles: amarillo suave, salmón, lila, rosa, verde agua, celeste, blanco, plateado y dorado. Los motivos de las ropas eran todos florales, a veces con dibujos de aves. Me tomé la molestia de mirar en un armario. Solo para ocasiones especiales, habían haoris de colores fuertes: azul, rojo, negro, violeta, marrón y verde fuerte. La notable diferencia, eran los motivos que estos trajes tenían bordados: símbolos del Clan Perro, patrones abstractos.
    En un rincón apartado, había un baúl con los vestidos que Sesshoumaru-sama me había regalado muchas veces. Aunque había tanto ropas de invierno como de verano, no había usado ninguna. Según me explicó una de las sirvientes, al subir de rango, ya no iba a usar ropas “sencillas” como esas. ¿Significaba eso que aquellos vestidos iban a quedar allí guardados de por vida? ¡Qué desperdicio! Yo nunca fui partidaria de desperdiciar las cosas. Riendo, la mujer me explicó que sí los usaría, pero en contadas ocasiones, y en varias capas, igual que los vestidos que llevaba puestos ahora.
    Los vestidos que llevaba ahora, curiosamente tenían corte chino, algo distintos del clásico kimono japonés. Quizás eso hacía a una marcada diferencia con la aristocracia humana. Sesshoumaru-sama, a pesar de llevar un común haori, usaba una hakama de corte chino también, y la armadura era china. También la servidumbre y los guardias seguían ese patrón. Cualquiera dentro del palacio, hubiera pensado que estábamos en otro país al entrar, puesto que hasta las construcciones copiaban la arquitectura china. Era natural, pues el clan se había originado en China y había adoptado sus costumbres. Aún así, no tenía la menor intención de ir a China, iba a quedar pegada allí, con el maestro, a como diera lugar.

    Recordé cuando el maestro me dejó en la aldea. Apenas tenía ocho años. Kohaku tenía diez. Kohaku se hallaba sentado en la esquina de la pasarela del templo, acariciando a Kirara, yo me hallaba sentada sobre el lomo de Ah-Un con la mirada perdida en la distancia, hasta que pude oír una discusión entre Sesshoumaru-sama e Inuyasha. Aunque era verdad que discutían a menudo, yo no estaba muy acostumbrada a ello. Kohaku se puso de pie y caminó hasta el borde de las escaleras, subiendo Kirara a su hombro y yo lo seguí haciendo avanzar a Ah-Un.
    Cuando vimos que hablaba con Kaede-sama, nos miramos extrañados y bajamos hasta la casa de la anciana.
    —Sesshoumaru, no puedes llevarte contigo a unos niños humanos. Morirán —le había dicho la anciana Kaede en un modo que a mí me pareció algo irrespetuoso—, no tendrán a nadie que los vigile o cuide de ellos, no tendrán un techo para dormir, ¿Quién les proveerá de alimento? ¿Y si enferman? No pueden quedar atrapados en medio de una batalla. Tampoco pueden crecer entre youkais. Tienen que quedarse.
    Iba a protestar, pero Kohaku-kun me puso una mano sobre el hombro, como pidiendo neutralidad. Quería saber qué estaba pasando, por qué él discutía con Inuyasha y qué pensaba hacer Kaede-sama. Miré a Sesshoumaru-sama, intentado conocer su opinión. Era imposible que el maestro la escuchara, pero, de hecho, nos ignoraba completamente, mientras atendía a sus palabras.
    No entendí mucho de qué hablaban después, pero discutían de tiempo cronológico. Deliberaron parados allí por horas, mientras el maestro los observaba en silencio.
    Al acabar, se encaminó hacia nosotros.
    Lo miramos sorprendidos.
    —Rin —me dijo en forma seca—. Baja de Ah-Un.
    Lo hice. Entonces, el maestro me tomó por el brazo y tomó a Kohaku por el cuello del haori y nos arrastró hasta Inuyasha.
    —Permanecerán aquí —anunció enojado antes de voltear a ver a Jaken—. Jaken, vámonos.
    Fue tan repentino que demoramos en reaccionar. Le soltamos un sonoro:
    —¿Qué? —en realidad, tendríamos tantas preguntas que hacerle ¿por qué? ¿cómo? ¿cuándo? ¿Qué iba a suceder? Estábamos muy confundidos.
    —Lo que oyeron —dijo en el mismo tono frío mientras se alejaba.
    —¡No! ¿Por qué? ¡Lléveme con usted! —le supliqué llorando a gritos, pero parecía inamovible y no sabía cómo convencerlo. Finalmente, Jaken me dijo que me callara y obedeciera, que el amo no era youkai para cuidar niños o acompañarse de humanos, que la lucha era su forma de vida, de la cual yo no formaría parte y muchas otras cosas, estaba muy adolorida y asustada de quedarme en una aldea habitada por los humanos a los que tanto temía. Y allí nos estaban dejando.
    No importó cuanto gritáramos o pataleáramos. Esta vez, ninguna súplica o queja era suficiente para convencerlo. Él simplemente parecía no oírlas, Inuyasha y los demás nos impidieron todo intento de seguirlo mientras lo veíamos marcharse impasible, sin siquiera voltear a vernos.
    Lloré un mar de lágrimas y le rogaba que volviera por mí, aún cuando ya hubiera desaparecido en la distancia y estuviera totalmente lejos de nuestro alcance. Así comenzó nuestro confinamiento en la aldea. Aquella noche lloré mucho, a la par del cielo que soltó truenos, relámpagos y cántaros de agua. No dormí nada bien y rogaba que aquello no fuera más que una pesadilla, pero para mi mala suerte, era real. Me acostumbré a las personas más pronto de lo que pensaba. Era instruida por todos y ayudada en lo que necesitara, ocupaba mi tiempo en diferentes actividades para no tener que pensar, no necesitaba cocinar, puesto que Kaede-sama lo hacía por mí, dormía en un futón mullido, aún cuando hubiera seguido prefiriendo el cálido lomo escamoso de mi Ah-Un.
    Después de dejarme bajo la vigilancia de Kaede-sama, él siempre iba a visitarme con algún obsequio y asegurarse de que no me faltara nada. Cualquier excusa era buena. Quizás porque era consciente de que ya no volveríamos a estar juntos, de repente se preocupó mucho más por mí, incluso de cosas a las que antes no había prestado atención. Quizás, también por todo lo que me pasó, no quería que sufriera.
    Ahora entendía que lo había hecho porque estaba asustado de que volviera a pasarme algo grave y él no pudiera hacer nada. Ahora que lo pienso ¿Inuyasha en esa aldea era una mayor garantía de seguridad que él? No es que tenga nada en contra de Inuyasha, pero tener que verle esa cara todos los días… Cuando Kagome-sama regresó de “su país”, tuve que rogarle mucho para que me entrenara. Mi deseo de regresar y mis esperanzas fueron alimentados por ella y su entusiasmo. Quizás se entienda, entonces, por qué el maestro le tenía tanto recelo. No porque fuera “excéntrica y metiche”, sino porque resolvía nuestros asuntos a su modo.

    Pensé en recordar aquello con Kohaku-kun. Se reiría, puesto que lo malo ya había pasado.

    Corrí al cuarto de la “pequeña” familia y las niñas me recibieron sujetándose a mi cintura con fuerza y diciendo mi nombre.
    —¡La hemos extrañado! —me decían. Me recordaban a mí abrazando a Sesshoumaru-sama o a Jaken.
    —Sólo fui a arreglarme el cabello.
    Ellos me tocaron en cabello, me encantaba que lo hicieran, ciertamente disfrutaba que me tocaran el cabello o que jugaran a hacerme peinados.
    —El cabello suelto le queda mucho más bonito —me dijo una de las gemelas.
    —Te lo agradezco.
    En el cuarto de al lado, escuché reír a Kohaku y a su sobrinito. Me entró curiosidad así que entré.
    —¡Buenas, pero muy buenas noches! —dije en una forma estridente, sonriendo— ¿Quién me ha extrañado?
    —Ah, viniste —dijo mi amigo con una gran sonrisa y el niño se acercó hacia mí torpemente y me abrazó por las piernas.
    —Rin-sama —dijo en su media lengua.
    Miré a Kohaku. Seguía todo cubierto y vendado, todavía estaba tendido.
    —Te han dejado mal —comenté en broma.
    —Me sorprende que estés bien, siendo que pasaste por peores cosas que yo —me dijo.
    —Oh… bueno…
    —Era broma —soltó—. No me sorprende que resistas. Basta con nombrarte a Sesshoumaru-sama para que seas capaz de hacer cosas imposibles —eso era lo que todos decían, no solo Kohaku. Todos pensaban que el maestro, centrado en mi, podía hacer cualquier cosa. Y también, que yo podía hacer cualquier cosa en nombre de él. Vivir, morir.
    Además, había surgido una broma: siempre me decían neko hanyou, porque creían que tenía muchas vidas como los gatos. La verdad, era que me las arreglaba para sobrevivir, como hace todo el mundo… solo que no todo el mundo está relacionado con un daiyoukai.
    Me senté a su lado y le pasé la mano por el cabello.
    —¿Estás bien? ¿Te duele algo?
    —Me duelen un poco las piernas y los brazos, pero Kagome-sama piensa que podré levantarme mañana, ya he podido moverme, aunque ane-ue y los niños no me dejan comer por mí mismo.
    Reí.
    —Me alegra que estés mejor. En poco tiempo podremos volver a discutir con Jaken —ambos reímos. Esa era una broma frecuente a espaldas de Jaken. Nos lo imaginamos estornudando y reímos más. Los niños rieron con nosotros.
    No podía negar que ese ambiente me causaba placer. Era un placer distinto que el de estar con el maestro, pero me agradaba. Si hubiera existido alguna manera de fusionar ambos mundos en uno, lo hubiera hecho, estoy segura de que me hubiera sentido en la gloria… pero sabía que aquello era ciertamente imposible, que entrar a uno de los dos mundos significaba renunciar al otro. Qué pena.
    —Oye… ¿de qué estaban riéndose tú y Shako cuando llegué? —pregunté con curiosidad.
    —Ah, eso —sonrió divertido—. Me contaba que mi o-nii-sama tuvo una nueva adquisición la semana pasada.
    —¿Una nueva adquisición? —cuánto misterio.
    —Bien, ellos no tenían idea de lo que nos había sucedido, así que vivían normalmente hasta la otra semana, cuando Sesshoumaru-sama mandó a un zorro plateado para que los trajera aquí. Así que Miroku fue a una mansión a realizar un exorcismo y…
    —Espera ¿un exorcismo real o uno inventado?
    —Uno real.
    Rompimos a reír de nuevo. De Miroku-sama podía esperarse cualquier cosa.
    —Bueno, y tuvo que exorcizar a un oni que había poseído a unas personas, ayudándose de Inuyasha, como ya sabes. Y, como siempre, cobró una elevada tarifa. La casa se negó a pagarle, así que deliberaron por horas, hasta que el señor se decidió a darle algunas cosas de su colección —miró a su sobrino—. Y cuando llegaron a la casa con el tesoro y lo abrieron, había… —miró a las niñas y me pidió que me inclinara, hasta quedar a la altura de su cara—. Había una colección de pornografía —susurró. Yo ya tenía bastante edad como para tener una leve idea de lo que era la pornografía, bien. Intentaba imaginarme a Miroku-sama obteniendo y abriendo una colección así. Me puse de mil colores. Ese sujeto tenía atracción insospechada por la obscenidad.
    —Oh, dios —recuerdo que Kohaku rió mucho viéndome sonrojarme mientras me cubría la boca. No pude evitar reírme a todo pulmón. Los niños se rieron contagiados por mi risa, dudo que hubieran comprendido las cosas que hacía su inepto padre.
    Por todos los cielos.
    —Estuve recordando cuando Sesshoumaru-sama nos dejó en la aldea.
    —Así que te acuerdas —se incorporó apenas. Intenté ayudarlo—. ¿Pero tú deseas estar allí o quedarte?
    Dudé.
    —Ambas cosas.
    —Rin-chan, eso no se puede —me reprendió.
    —Lo sé, es lo que me preocupa tanto —sabía bien que, una vez que decidiera, no podría cambiar de opinión, y elegir una opción era renunciar a todas las demás.
    —¿Estás segura de que quieres hacerte pasar por muerta y vivir aquí encerrada como si fueras una prisionera por el resto de tu vida? Es lo que Sesshoumaru-sama quiere. Es por una buena causa, lo sé, pero eso no quita que sea cruel.
    —Solo no puedo olvidarme del maestro —para mí era tan sencillo.
    —Rin, tú… —me miró— ¿tú estás…? ¿Tú estás enamorada del maestro?
    Lo miré en silencio por un rato y luego desvié la mirada.
    —¿Qué vas a hacer aquí? —me preguntó.
    —El maestro me asignó un cargo y también tareas, está los criados, incluso tengo profesores…
    Extendió una mano y me la puso en el hombro.
    —No es eso lo que te estoy preguntando ¿Qué vas a hacer aquí?
    Suspiré.
    —Inuyasha también me vino con eso.
    —Pero tiene razón —me recordó— ¿Qué te puede dar un daiyoukai como es Sesshoumaru-sama?
    —No puedes pensar tan mal de Sesshoumaru-sama —murmuré en un tono muy bajo—. Te salvó la vida, y en más de una ocasión, eres un mal agradecido.
    —Esto está fuera de lo que el maestro pudiera hacer o no antes por mío por ti —negó con la cabeza—. Antes, las cosas eran sencillas, ahora ya nada es sencillo.
    —Lo es para mí.
    —Sabes que no, sabes en qué puede terminar todo.
    —Él también lo sabe, Kohaku-kun.
    —Pero al menos se concede el beneficio de la duda y no pierde la conciencia del modo en que las cosas deberían ser.
    —Para mí, las cosas están siendo como deberían —se me quedó mirando— ¿Tú qué crees que es lo correcto? Sabes perfectamente que jamás podré sentirme una persona aunque esté rodeada de los de mi especie.
    —Pero tampoco serás nunca un youkai.
    Otro más en la lista.
    Lo miré de lado.
    —¿Cómo deberían ser las cosas desde tu punto de vista?
    Me miró en silencio por un largo rato.
    —¿Kohaku? —inquirí cuando el silencio se hizo incómodo. Desvió la mirada—. No me digas que compartes la opinión del maestro.
    —Sí —susurró antes de mirarme fijo y levantar la voz—. Sí, creo que tiene razón. Que tú y él están cometiendo un error grave —volvió a bajar la voz—. Que tu destino no es quedarte aquí.
    —No creo en el destino.
    —Yo sí.
    —Pensé que estabas contento de regresar aquí.
    —Lo estuve en algún momento.
    —¿Y qué es lo que te ha hecho cambiar de opinión tan repentinamente?
    —Creo que estar al borde de la muerte te ayuda bastante con eso.
    Ahora, era yo la que me había quedado muda.
    —Kohaku… ¿tú pensaste que yo también me iba a arrepentir de regresar, justo como tú?
    —…Algo así.
    —No hay circunstancias que puedan cambiar lo que siento, no soy una veleta que gira con el viento, como tú o Kagura o Sesshoumaru-sama.
    —¿Me comparas con una veleta que cambia todo el tiempo de dirección?
    —Casi todas las personas que he conocido cambian mucho y son indecisas. Solo una persona no lo ha hecho. De tantas personas y youkais ¿Puedes creerlo?
    —¿Y quién es esa persona?
    —Kagome-sama. Ella tiene una fortaleza fuera de lo común, que no pasa por su fuerza física, sino más bien por su mentalidad.
    —¿Tu avatar cambió de nombre? —se burló.
    —No pienses que ya no siento devoción hacia el maestro. Kagome-sama es como una hermana mayor para mí, y aunque a veces sea un poco rara y no esté dispuesta a hacer todo lo que diga, es verdad que muchas veces tiene razón. He intentado nutrirme de la fortaleza que tiene, de sus convicciones.
    —Así que ella ha alimentado todos estos sueños peligrosos.
    —Intenta negar que alguna vez has tenido sueños peligrosos.
    —Los he tenido, pero eso no quiere decir que pretenda cumplirlos. Tengo sentido común, Rin-chan.
    —Gracias por decirme que carezco de sentido común.
    —No creo que carezcas de él, creo que no lo tomas en cuenta, impides que seamos la voz de tu conciencia.
    —Mi conciencia ya me ha torturado mucho durante años, creo que ya era hora de callarla.
    —No entiendo cómo puedes pensar así. El amor está a punto de hacer que pierdas la cabeza, y será lo mismo para Sesshoumaru-sama. Será mejor que, antes que eso, sientes cabeza. O mejor, deberían hacerlo los dos.
    —¿Has hablado con él? —pregunté.
    —Sí, ha pasado a verme.
    —Y, “por casualidad” —lo miré de costado—. ¿Te ha dicho que intentaras convencerme de que regrese?
    Bajó la vista.
    Maldije para mis adentros.
    —¿En qué se ha basado el maestro para hacer semejante manipulación?
    —En la desesperación, supongo.
    —Qué falta de respeto de tu parte.
    —Es mi punto de vista.
    —¿Te dejaste convencer?
    —Ya estaba convencido desde antes de que el maestro viniera a verme.
    —¿Por qué?
    No me contestó.
    —¿Por qué no quieres que me quede, si es lo que deseo?
    —¿Qué te han dicho mi hermana y los otros?
    —Ellos opinan que debería seguir lo que siento, lo que quiero. Que esa será la decisión correcta, más allá de lo que pueda significar. Todos están dispuestos a aceptar y apoyar mi decisión, cualquiera que sea —le toqué el cabello—. Todos piensan así, menos tú y él. Yo ya he tomado mi decisión, creo que solo ustedes están en desacuerdo —negué con la cabeza—. El temor no es una excusa, no desde mi punto de vista.
    Me abrazó y me quedé anonadada.
    —¿Qué estás haciendo?
    —He tenido mucho tiempo para pensar en todo esto. Creo que he estado vendo el vaso medio vacío durante semanas. Creo que Sesshoumaru-sama ha estado viendo el vaso medio vacío durante años, eres la nunca que ha estado viendo el vaso medio lleno.
    —Disculpa que te corrija, pero no soy la única.
    —Estoy hablando de nuestro pequeño grupo, no de los demás —y no entendía por qué no me soltaba.
    —Creo que es por eso que necesitamos una buena opinión desde afuera del grupo.
    —¿Y si te digo que no me gusta?
    —¿Acaso estás en desacuerdo con algo en especial?
    Puso cara de enfado.
    —Si tuviera que hablar… ah, tendría tantas cosas que decir al respecto pero… creo que prefiero no decir nada —me puso una mano en el hombro—. No quiero arruinar nuestra amistad. Tan solo no vayan a cometer ninguna tontería. Convencer al maestro de que te quedes, seguramente te resulta algo difícil debido a debilidad que tienes por haber nacido humana, como todos nosotros. A mí no me pidas que intente convencerle. Lo haría por ti, pero creo que sería muy difícil lograr algo. Hazlo, inténtalo, te deseo buena suerte.
    Lo apreté.
    —Por eso te quiero.
    —Ouch.
    —Perdón —era evidente que no le agradaba nada, pero iba a apoyarme de todos modos.
    La puerta se abrió y Sango-sama entró. Al verla, me separé de Kohaku.
    —¿Qué estaban haciendo? —preguntó.
    —Sólo hablábamos, hermana —le dijo él.
    —Pues intenten no “hablar” tan de cerca. Hay cierta gente aquí en el palacio que podría disgustarse de ver esto.
    —Sí, ya lo sé.
    —Vengo a darte de comer.
    —¿De nuevo?
    —Tienes que alimentarte bien para recuperar fuerzas. Espero no te importe pasar una temporada con nosotros.
    —Claro —respondió él despreocupadamente.
    —¿Rin se quedará a comer? —preguntó Sango-sama.
    De inmediato, los niños se colaron y me pidieron que me quedara, porque querían contarme unas cosas. El ambiente volvía a estar muy ameno, por eso, acepté con ganas.
    —Entonces espera —dijo Sango-sama—. Pediré que traigan un poco más de comida, comeremos con mi esposo y mis hijos —al oír eso, su hijo de le colgó del cuello.
    Sin dudarlo ni un segundo, una de las gemelas se sentó en mi regazo. Sin duda, lo que más te habría impresionado de ellas hubieran sido sus ojos azules, que contrastaban bellamente con sus cabellos castaños. El pequeño hijo de Sango-sama era una versión de Miroku-sama en miniatura. No me cansaba de verlos ni de jugar con ellos. Empecé a jugar con palmas junto a las niñas en lo que Sango-sama traía la cena.
    —… y entonces, Kagome-chan le comenzó a dar a Inuyasha razones que explicaban por qué podías quedarte, como ya sabes que tiene la cabeza dura.
    —Pobre —dije.
    —No, es torpe por naturaleza, es un experto en meter la pata —me dijo Miroku-sama.
    —Sesshoumaru-sama también opina este tipo de cosas, pero sin duda, Inuyasha es muy bueno, no deberíamos burlarnos tanto. Y, a propósito, Miroku-sama, me he enterado de lo que ha estado haciendo durante mi ausencia en la aldea —recriminé cortante.
    Él comenzó a reír como tonto mientras Sango-sama ponía otro bocado de la cena en la boca de su hermano.
    —¿Nos contarás un poco más de lo que sucedió en este tiempo? —preguntó con curiosidad Miroku-sama.
    —Ay, no. Es mejor que lo cuente cuando están todos, sino estoy repitiéndome mucho. Ya lo escribí incluso en las crónicas, a los niños les gustará, especialmente lo de los yourouzoku.
    El pequeño se subió a mi regazo.
    —¿Rin-sama pelea con los lobos? —preguntó en su media lengua.
    —Solo si la situación lo amerita —dije. En realidad, yo no era una experta en la pelea, pero si tenía que dejar inconsciente a alguien, iba a hacerlo. Claro que no era muy fácil si te amarraban y amordazaban, pero así y todo podía intentarlo.
    —¿Te imaginas a Rin-chan dándole un derechazo a un yourouzoku? —bromeó Kohaku y todos nos reímos.
    Yo bromeé haciendo gestos de golpe con las manos y las niñas me copiaron. Sus padres rieron divertidos.
    —Sí, Rin-sama —dijo el niño—. Cuéntenos cómo pelean los youkai.
    —Ya se los he contado muchas veces.
    Los tres comenzaron a aplaudir.
    —Otra vez, otra vez…
    Kohaku se sentó y aplaudió junto con ellos.
    —Veo que ya tienes fuerzas —le dijo Sango-sama.
    —Es lo que vengo tratando de decirte desde la mañana. Lo que sucede es que Kagome-sama es muy buena.
    Le hizo el gesto de una cachetada para bromear
    —No digas eso que me voy a poner celosa.
    En ese momento, me quedé viendo con ojos de plato cómo Miroku-sama le metía la mano en la parte de atrás y Sango-sama se daba la vuelta de un salto, dándole una cachetada de verdad mientras le decía “deje eso”.
    —Se ríen a mi costa —dijo Miroku-sama deprimido, non una semejante marca roja en medio de la cara. Sango-sama daba miedo.
    Sango-sama me contó cómo habían ordenado mi cuarto en mi ausencia, qué cosas había decidido Kagome-sama que tenía que llevar y cómo viajaron con todo eso. Era hilarante, algunos disparates de Kagome-sama eran divertidos. Me dijeron que hubieran disfrutado que cachara a Inuyasha cuando me puse a perseguirlo en la sala.
    —Mis condolencias por haberte caído con ese vestido —bromeó Sango-sama.
    —Si le resulta tan incómodo, debería quitárselo —sugirió Miroku-sama antes de recibir un puñetazo de su esposa en medio de la nariz.
    Yo escondí la cara detrás de la manga de mi vestido, no me imaginaba desnudándome, me daba mucha vergüenza… aunque ya unos lobos y un zorro me habían visto desnuda y no fue muy agradable, era denigrante ¿Qué no se entendía?
    —¿No ves que Rin se avergüenza de esas cosas? —salió Kohaku-kun en mi defensa—. Estaría mejor como miko.
    —Kagome-sama piensa que a pesar del entrenamiento, yo no llegaré a ser miko —les aclaré—. Ella piensa que tendré otras aspiraciones y que mi lugar es aquí.
    —Hazme caso a mí —dijo Miroku-sama—. Nunca aceptes nada que te exija un voto de castidad, no te lo recomiendo —dijo con rostro serio.
    —Emh…. Miroku-sama…
    —¿Sí?
    —Usted ejerce como monje y… —miré a sus hijos.
    —Bueno, jejeje… eso tiene otra explicación y…
    —Olvídalo —dijo Kohaku-kun de mala gana—. No creo que a Sesshoumaru-sama vaya a atraerle mucho la idea de que Rin presente votos de castidad, no le será de mucha ayuda.
    ¿Qué quieres que te diga? En ese entonces, yo era estúpida para entender el doble sentido.
    —Yo creo que le encantaría cenar con ella —comentó Sango— ¿no?
    Entonces, lo recordé. El maestro me había estado esperando para cenar ¿no? Y ya era tarde, había estado tan bien entre ellos que lo había olvidado por completo.
    —Ay, no —me quejé.
    —¿Qué pasa? —preguntaron todos.
    —El maestro me esperaba para cenar.
    —¿Ves lo que digo?
    —No, me esperaba para cenar esta noche, oh, he faltado.
    —Ya ha pasado el toque de queda —me advirtió Miroku-sama—. Creo que lo mejor sería que te retires a tus dependencias y te guardes hasta mañana, es muy tarde como para que vayas a ver a un señor y a solas.
    —No entiendo.
    —Que lo mejor es que esperes hasta mañana para disculparte. Y perdona que te hayamos retenido.
    —No —dije amablemente—. He disfrutado mucho de estar junto a ustedes, soy yo la que lamenta haber irrumpido en un momento familiar.
    Ellos me miraban como si supieran que lo que realmente me molestaba era haber faltado a la cita del amo.
    Cuando ellos abrieron la puerta de la dependencia, había cuatro guardias detrás. Evidentemente, estaban esperándome, porque me flanquearon y me acompañaron hasta mi cuarto.
    La culpa hizo que tardara siglos en conciliar el sueño.


    Desperté temprano aquella mañana y hacía más frío de lo normal. Como siempre, unas criadas entraron, una se acercó y, luego de hacerme una profunda reverencia, salió esperando que me pusiera un kimono antes de volver a entrar y levantar la cortina de bambú. Luego, me ayudó a levantarme y me acompañó hasta el baño. Como siempre, había un ejército para ayudarme a prepararme. Me metí al agua y me quedé allí quieta mientras las criadas me limpiaban. Algunas parecieron enormemente sorprendidas al ver que mi herida había desaparecido, pero nadie preguntó nada. Al despertar fuera del baño, vi entrar a Kagome-sama con una tina con agua y un paño.
    —¿Kagome-sama? —la llamé extrañada.
    —Muy buenos días, Rin-chan, veo que has disfrutado del baño, espero no molestar a estas horas, solo vine para asegurarme de que estás bien.
    —Oh, estoy muy…
    —Es increíble la resistencia que tienes al youki. Pero deberíamos limpiarte rápido —dijo al tiempo que me ponía de bruces sobre el futón y me quitaba la yukata, dejándome desnuda. Me puso el paño embebido en el agua tibia y comenzó a frotármelo en la espalda, principalmente cerca del hombro. Me invadió el fuerte olor a hierbas medicinales. Parecía que estaba en una herboristería. La esencia de los poderes espirituales de Kagome-sama se sentía como un intenso calor, como si entrara la resolana, al mismo tiempo, la sensación que le acompañaba era de algo que se desprendía del cuerpo, como si fueran escamas de algo ligero, papel.
    —¿Te pasa algo? —me preguntó—. Estás tan callada.
    —Anoche, el maestro me esperaba para la cena, pero fui a ver a Kohaku-kun y me quedé cenando con Sango-sama y su familia, así que lo olvidé.
    —Esas cosas pasan.
    —Al maestro no va a agradarle que me haya olvidado de él, menos cuando me esperaba. No me siento muy bien conmigo misma.
    —Estoy segura de que te perdonará. Tienen mucho tiempo por delante para estar juntos, lo sabes —me animaba.
    Cuando acabó de lavarme, me secó con unas toallas que traía y me ayudó a ponerme la yukata, aunque me duró puesta el tiempo que venían un par de criadas a llevarme a la sala contigua para ponerme un vestido de siete capas. Kagome-sama se quedó viendo cómo me arreglaban, quizás lo hizo por curiosidad más que por acompañarme. De todos modos, el hecho de ser ataviada parecía todo un ritual en el que tenía que estarme quieta como un maniquí, dócil, mientras me llenaban de cosas.
    —Esas ropas deben de pesar mucho.
    —No tiene idea —dije en condescendencia. El vestido que llevaba aquel día era blanco, bordado con hilos de seda en varios tonos de azul claro, que imitaban el cielo a la hora del crepúsculo, repleto de aves de distintas especies. Debajo, llevaba vestidos con patrones de flores, confeccionados en telas de diferentes tonos en dorado y amarillo, de los cuales sólo se veían el cuello y una pequeña franja por debajo. El cinturón era blanco, bordado en hilo de oro.
    Al acabar de vestirme, iba a salir detrás de ella, pero apareció una criada vestida de un modo más formal que las otras y se postró delante de mí. Kagome-sama se quedó muy intrigada y comprendí por qué. Era la primera vez que veía a los sirvientes haciéndome reverencia.
    —El maestro quiere enviarle ahora a sus profesores —asentí y le dije a Kagome-sama que en un momento la seguiría. Me sorprendió el hecho de que la mujer no se levantara ni siquiera cuando le di permiso de retirarse.
    —El maestro ordenó que alguien hablara con usted a solas. Hoy tendrá el día libre, puesto que sus profesores no pueden atenderla hoy y han anunciado que estarán ausentes.
    Eso significaba que iba a tener libre toda la mañana ¡qué bien! ¿Pero por qué tanto misterio?
    La mujer me hizo una reverencia antes de seguir hablando.
    —El maestro la espera hoy para el almuerzo. Manda que no falte.
    Asentí sorprendida de que me hubiera indultado. En realidad, no era nada, porque él siempre hacía ese tipo de cosas. Siempre tan contemplativo, tan paciente… tenía una capacidad de abstracción insospechada que seguramente le permitía comprender muchas cosas, incluso que hubiera ido a cenar con Kohaku.
    Despedí a la mujer, que esta vez sí se retiró e iba a salir a ver el jardín nevado cuando algo me lo impidió.



    Los relámpagos iluminaban el cielo oscurecido por las espesas y cargadas nubes, los truenos se oían con tanta fuerza como si el maestro estuviera ladrando. De repente, cayeron dos o tres gotas que en cuestión de segundos se convirtieron en una terrible tormenta con agua, nieve y granizo. Todas las puertas y ventanas se cerraron al mismo tiempo. La inclemencia climática no afectaba en lo absoluto a la antigua construcción, que estaba hecha de materiales muy resistentes. Hubieran resistido incluso a que se partiera la tierra. Pero el frío y la humedad sí se hacían sentir. Afortunadamente, gracias al maestro, yo no tenía ni rastros de heridas que pudieran resentirse con el mal clima, pero eso no significaba que no sintiera el frío.
    Todas las dependencias, al ser gigantescas, tenían sus propios baños y sus propias pequeñas chimeneas por si hacía frío. En realidad, a los youkai no les importaba mucho el frío, podían estar desnudos como si nada…. Pero pobres de nosotros, los humanos. Nos sentamos todos juntos cerca de una hoguera grande y calentita. Era como hacer un campamento bajo techo.
    —Es divertido, comentó Kagome-sama, es como hacer un campamento bajo techo.
    —¿Me ha leído los pensamientos?
    —¿Ven que tengo razón?, hasta Rin-chan piensa lo mismo. Los inviernos fríos son divertidos.
    —No desde nuestro punto de vista —comentó Inuyasha y me miró de reojo—, aunque deberíamos preguntarle a Rin.
    Le di un empujón. Me lo decía porque el cumpleaños del maestro era a principios del invierno. En realidad, había nacido en otoño, pero sólo le hacían celebraciones en invierno por la misma razón por la que se nos permitía entrar a los humanos: había poco movimiento en todas las Tierras. Durante la época fría, entrar allí era seguro para nosotros, la tierra yerma no era apreciada por muchos youkai, no nos hubieran atacado, algunos incluso podrían estar hibernando. Todo era silencioso y tranquilo, el maestro permanecía en la casa, el clan se podría permitir hacer una celebración… aunque a él, esas cosas no le atraían mucho que digamos.
    Lo repensé. Mi cumpleaños era a mediados de la primavera, pero seguramente, pensarían hacer lo mismo. No me entusiasmaba tener una fiesta en la que no fuera a estar Sesshoumaru-sama... aunque me fascinaba la idea de celebrar con Inuyasha y los otros. Cuando no comía como animal, Inuyasha era muy divertido.
    —Traje cartas —comentó Kagome-sama— ¿Quieren jugar?
    Oh, sí, el día tormentoso era perfecto para jugar.
    —Sí, sí —comenzaron a decir los niños y saltaban.
    Miré a Sango-sama de reojo y me incliné hacia ella.
    —¿Yo también era así cuando era más pequeña?
    Me devolvió el gesto.
    —Sí, así eras.
    Kagome-sama había terminado de mezclar el mazo y lo había repartido entre todos, menos Inuyasha, que se había negado a jugar.
    Me incliné hacia él.
    —Anda, juega —le pedí poniendo ojitos de cachorrito abandonado, como hacía cuando quería extorsionar al maestro con algo—. Juaga con nosotros ¿¿Sí??
    Me miró extrañado por unos segundos.
    —¡Keh! Está bien, lo haré —dijo sentándose en un círculo junto con nosotros.
    Los niños seguían saltando. Yo no podía con las toneladas de ropa, pero al menos les aplaudía.
    Nunca había sido muy buena jugando a las cartas por mucho que entendiera el juego. La suerte no me sonreía ni siquiera en esas cosas, además, no sabía mentir, no me gustaba hacerlo, pues amaba la transparencia y la sinceridad. Nunca ganaba jugando a las cartas, pero me divertía mucho. Kagome-sama y Miroku-sama solían gritar cada vez que ganaban una partida, yo los celebraba siempre y les habíamos inventado una canción con los niños. Esta costumbre la había traído Kagome-sama, al parecer, bastante antes de que yo apareciera en sus vidas, pero de todos modos, no había tardado mucho en acostumbrarme. Sí, siempre fui muy adaptable al ambiente, moldeable. Podía adaptarme tanto al gracioso Shippou como al magnífico Sesshoumaru-sama con la misma facilidad, ellos apreciaban eso y eso me hacía sentir bien.

    Jugábamos a las cartas en la noche, cuando teníamos tiempo libre. En el verano, en la primavera… y ahora en invierno. Jugábamos en los días lluviosos, en los que no se podía hacer otra cosa. Yo amaba las lluvias de verano y las de primavera, me encantaba corretear jugando debajo del agua, aunque pudiera pescar un resfriado. Aunque, después de lo que había tenido que pasar este invierno, un resfriado no me causaba mucha gracia. Sin embargo, podía disfrutar de jugar. Los niños eran los que más lo disfrutaban, reíamos mucho. Jugábamos por pocas monedas. Nunca me interesó el dinero, pero le imprimía algo de entusiasmo a la situación. Nadie quería jugar con Sesshoumaru-sama —estaban seguros de que él les hacía trampa—.
    Estábamos tan cómodos y calentitos. Casi había olvidado que había una terrible tormenta allá afuera. El granizo y los truenos se hacían notar, pero ya a esas alturas, parecía un agradable sonido de fondo.
    Después de las cartas, siguió el juego del mentiroso. Me negué a participar, pero los hijos de Sango-sama terminaron por convencerme. Puse la cara que ponía durante las ceremonias, como una máscara del teatro No, inescrutable, impasible.
    —Eso es trampa —me dijo Inuyasha—. No se vale imitar a Sesshoumaru para ganar —de hecho, gané. Todos rieron mucho con ese comentario. Hice un esfuerzo sobrehumano para no reír, pero finalmente, estallé.
    Con eso, di una gran idea, así que, al juego del mentiroso, siguió el juego del serio. El chiste era ese: quién soportaba el mayor tiempo posible inmóvil, inexpresivo… y sin reír.
    Kagome-sama fue la primera en perder, luego, siguió Miroku-sama, luego, Kohaku y las gemelas. Quedamos Sango-sama, Inuyasha y yo en un triángulo. Impasible, conté algunas cosas, era imposible que alguien escuchase mis comentarios y no se pusiera a reír. Hice perder el juego a Sango-sama. Finalmente, solo quedamos Inuyasha y yo enfrentados.
    —Ya te dije que no se valía copiar a Sesshoumaru para ganar.
    —No me estoy copiando de él. Soy única ¿lo sabías?
    —Díselo a la parte de tu consciencia que se está convirtiendo en una sombra suya.
    —Síguele. Vas a ver cuando acabe el juego —se lo decía de broma, jamás le hubiera hecho algo malo a Inuyasha ni a ninguno de los otros, ni aunque me pagaran por ello.
    —Quiero verte intentar hacer algo —respondió en el mismo tono de broma, pero sin reír—. Si este juego se extiende, me voy a parecer a ese tonto, por la cara de palo que tiene.
    Bajé la vista.
    —Rin se va a reír —canturreaban detrás de mí.
    —No lo voy a hacer.
    —Se va a reír —seguían canturreando. Es la típica frase que te hace reír en contra de tu voluntad.
    —Niños —pidió Kohaku sentado a mi derecha.
    —¿Sí, tío? —dijeron solícitos.
    —Al ataque.
    Se me tiraron encima y comenzaron a hacerme cosquillas. No tardé ni un segundo en reír con ganas.
    —Ya quiero ver que te hagan eso en las ceremonias de presentación —comentó Inuyasha, riendo victorioso. No podía creerlo ¡él!—. Quisiera ver qué cara pondría Sesshoumaru.
    Yo ya estallaba de risa en el suelo con los tres niños encima, no podía responder nada, no podía parar de reír. ¡No me dejaban ni respirar!
    —Auxilio —dije entre risas—. Que alguien… —intentaba tomar un poco de aire— que alguien me ayude. Que alguien me salve de estos niños salvajes.
    —Mira quién habla —comentó Kohaku. Ya todo mundo se reía a viva voz.
    ¿Sabes lo que es revolcarte de la risa?
    Miroku-sama y Sango-sama se acercaron y tomaron a los niños en brazos.
    —Ya, déjenla respirar.
    Cuando me levanté, mi pelo parecía una estopa, llevé las manos a la cabeza. La risa general no se hizo esperar. Me tiré hacia atrás en el suelo y seguí riendo junto con ellos.
    Era tan divertido, nunca habíamos tenido tanto tiempo libre, no queríamos dejar de jugar. Seguimos con un concurso de canto. Kagome-sama desafinó mal, mal, pero no tanto como Inuyasha, que casi me dejó sin oídos.
    —Kagome-sama, Inuyasha-sama —comenté—. Cuando tengan un hijo, tráiganmelo para que les cante las canciones de cuna, no se vaya a asustar el pobrecito.
    —No te apures —me dijo Kohaku—. No todos tienen profesor de canto, como tú.
    Solo me limité a reír. Hasta me sonrojé cuando dijeron que cantaba bonito, yo no me lo creía, nada más lo hacía para pasar el tiempo o para entretener a los niños. Los niños de las aldeas amaban que les cantara, así que solía pasármela inventando canciones. De paso, hacía de niñera y de vez en cuando, cuidaba algún bebé. Eso era bueno para llenar un hueco, puesto que nunca podría tener un bebé, y no lo lamentaba puesto que así había decidido que fuera.
    Sabía que el maestro lo lamentaba y que, de no convencerlo, era capaz de culpabilizarse de por vida. Era experto en hacer eso, en tener pensamientos obsesivos: obsesivo por el padre, obsesivo por la Tetsusaiga, obsesivo por mi(s) muerte(s), obsesivo por mi seguridad, obsesivo por su orgullo, obsesivo por el orden y la perfección… obsesivo por todo. Muy obsesivo. Era raro que no tuviera estrés.
    Al rato, unos sirvientes entraron al cuarto y trajeron bandejas con comida.
    —¿Ya llegó la hora del almuerzo? —preguntó Kagome-sama sorprendida antes de mirarme—. Quédate a comer con nosotros —me invitó con una sonrisa.
    —Sí, anda, quédate —me pidió Kohaku.
    Los niños corrieron hacia mí y me abrazaron.
    —¡Sí, Rin-sama! ¡Quédese! ¡Quédese! —les devolví el abrazo y los apreté contra mí. Estaban muy entusiasmados.
    —Está bien, me quedaré.
    —¡Sííííí! —gritaron con ganas.
    Así, Inuyasha pidió que trajeran una porción más de comida para mí. Me hallé contando la historia de cómo fue que desapareció Naraku. Yo no quería escuchar eso, pero no sé por qué a los pequeños les encantaba. Esa historia la había repetido un par de cientos de veces, sin exagerar.
    —…y entonces, le disparé —comentó Kagome-sama.
    —¿Y qué pasó? —preguntaron los niños.
    —La ilusión desapareció —les dijo Kohaku.
    Los niños se voltearon a verme. Yo me encogí de hombros.
    —No, Rin-chan tiene nueve vidas como los gatos, cayó vivita y coleando. Yo la atrapé en el aire, estaba bien. Emh… más bien, fue Ah-Un el que la atrapó. Es un dragón muy rápido. Si lo pensamos bien, Rin-chan siempre sale viva y coleando.
    Yo me reí apenada. En realidad, tenía mucha suerte para escapar de situaciones límite, al igual que mi maestro.
    Así, sin darme cuenta, transcurrió la tormentosa tarde. Finalmente, llegó el momento preferido por los niños, el de las historias de terror. Ellos pensaban que yo contaba buenas historias de terror, sin embargo, siempre terminaban riendo. La que tenía las mejores historias, sin duda era Kagome-sama.
    —…entonces, lo miré de forma despectiva —di énfasis a mis palabras—, esos ojos vidriosos me miraban como si yo fuera algo comestible, ¡ash!, ese lobo. Y con todo y el rostro lastimado, lo encaré y le dije… —en ese momento, sentí una mano en el… lugar donde la espalda pierde su nombre— ¡¿Qué crees que haces?! —le grité enfadada a Miroku-sama que reía como idiota. Al instante siguiente, houshi-sama lucía un moretón propiciado por Sango-sama. Me alejé un par de pasos antes de sentarme en un sitio más seguro.
    Los niños reían sin entender nada. La verdad, era que le había dicho lo mismo al lobo. Fingí que nada pasaba.
    —“Escúchame, no soy comida para lobo. No pienso terminar en tu estómago así que más te vale soltarme ahora mismo” —todos rieron por mi graciosa salida—. Y cuando dijo que me iba a tener de mascota, le lancé “mejor cómeme”, los lobos se estaban babeando. Estaba rodeada, eran como cincuenta —hice el gesto de temor que cualquiera hubiera tenido en una situación así. Me gustaba hacer ese tipo de cosas para hacer reír a los niños. Y no era que no hubiera sentido miedo, pero en la ausencia de Sesshoumaru-sama, si hubiera mostrado debilidad, los lobos seguramente me habrían despedazado, por lo tanto, me investí de la misma fortaleza—. “Nos vamos a comer a los tontos perros y te obligaremos a observar” me amenazó, pero yo estaba segura de que ningún perro se iba a dejar comer por lobos sarnosos.
    —Muy de acuerdo —dijo Inuyasha irguiéndose y poniendo cara de enfado.
    —Entonces le dije “oye, los perros no tienen ni un pelo de tontos”…. A no ser Inuyasha, pero eso es otra historia —todos estallaron en carcajadas.
    —¿Qué me dijiste?
    Usé mi salida rápida.
    —Sesshoumaru-sama opina eso.
    —Sí, y tú.
    —Yo nada más estoy diciendo lo que he escuchado.
    —¿Que acaso no tienes opinión propia? ¡Ahora vas a ver!
    —Osuwari —le gritó Kagome-sama enfadada, haciéndolo caer de cara sobre los restos de comida.

    Después de un par de historias contadas por Kagome-sama, me despedí de todos y salí en dirección a mis dependencias. Al caminar por la plataforma exterior, repentinamente me encontré con Sesshoumaru-sama. Llevaba puesto un traje ceremonial plateado que nunca se lo había visto, sobre un haori y una hakama de gris oscuro.
    —Sesshoumaru-sama. Afuera, con este clima —murmuré.
    —No apareciste en el almuerzo —murmuró repentinamente volteando hacia mí. Estábamos como a más de diez pasos de distancia—. Tampoco apareciste anoche en la cena.
    Entonces, recordé que él había estado esperándome. Me sentí muy mal.
    —¿Estuviste con Inuyasha y sus humanos?
    Asentí.
    —Apestas a ellos.
    El comentario me sobresaltó. Volteó y se metió por un pasillo. Parecía demasiado molesto, o quizás sólo era mi impresión porque yo no me encontraba nada bien. Me vi a mí misma como un gusano en medio de la nieve. Nunca había sido mi intención dejarlo solo, pero realmente se me había olvidado. Debía de sentir que les prefería a ellos más que a él, como para haber olvidado acompañarlo. Además, se había mostrado paciente, me había esperado desde la tarde anterior. Ya se había alejado como veinte pies cuando reaccioné. Quise alcanzarlo e intenté correr, pero mis ropas entorpecieron mi paso. Cerré los ojos cuando perdí el equilibrio y, repentinamente, fui atrapada por él.
    —Perdóneme —desvié la mirada por un momento, no sabía en donde meterme—. Lo había olvidado, que me esperaba.
    —Sí. Dos veces —me ayudó a incorporarme, se alejó unos pasos de mí y volvió a darse la vuelta. Lo alcancé y lo abracé por la cintura, por detrás. No se movió.
    Permanecimos un largo rato así, en silencio. Poco me importaba que hubiera gente por ahí. Los sirvientes que venían, giraban sobre sí mismos y se perdían por donde habían venido, se esfumaban, era como si vieran al diablo. Pronto, no había nadie más que nosotros.
    —Las tierras cambian cada luna —murmuró—. Se mueven de modo diferente, cada nueva luna trae nuevos acontecimientos, nuevas sorpresas. Como señor del Oeste, no puedo parecer indiferente y me veo atado a estas tierras y a lo que sucede en ellas, siempre.
    Miré hacia arriba y lo vi voltearse y mirarme por sobre el hombro.
    —Pero aún así no me olvido de que me esperas todas las lunas —fue como si me clavaran un manojo de dagas.
    Se separó de mí y se fue. No me atreví a seguirlo. Me sentía horrible y sucia.
    Fui a mi cuarto y me quedé sentada sobre mi lecho con la vista perdida.
    —Soy imposible —pensaba. No sé por cuánto tiempo habré permanecido así.
    Me sobresaltó el sonido de la puerta abierta.
    Lo malo de vivir en la sede de un ejército, era la indiscreción con la que podían introducirse en la privacidad de uno, como los dos guardias que acababan de entrar, acompañados de un sirviente.
    —Rin-sama, acompáñenos —dijeron prácticamente sacándome de mi habitación y conduciéndome por caminos que yo no conocía. Aunque no me miraban la cara, no me hablaban y todas esas cosas que se habían ordenado, la forma en que me habían sacado no era muy respetuosa. Me llevaban —solapadamente— a la fuerza. Era como su diosa, pero estaba atrapada por el régimen, hete allí la trampa.
    No tenía la menor idea de a qué sitio podían estar llevándome.
    Entramos a una habitación poco común. Era como escalonada, como si tuviera tres niveles diferentes de altura. La mayoría de las dependencias del palacio estaban interconectadas y ésta era un conjunto de tres habitaciones. Como todo allí en el palacio, era enorme. Las paredes y las puertas eran rojas como la sangre, con marcos negros, con dibujos de árboles pintados en blanco y en negro. La luz de las lámparas que colgaban del techo era muy tenue. Entrar daba escalofríos, y más si las personas desconocidas que te habían llevado, te dejaban allí en soledad.
    De repente, sentí una presencia justo a mi izquierda, salida de la nada.
    —Sesshoumaru-sama, me ha asustado —dije al verle el rostro. Ya me había dado cuenta de que a nadie se le permitía mirarle el rostro. Ladeó la cabeza y no dijo nada, fue como ir tomando conciencia de que era un perro. Hasta ese momento, no me había dado cuenta de que la habitación era muy cálida a pesar de que ser un día tormentoso en pleno invierno—. Perdón por haber faltado a mi compromiso.
    —¿Y qué importa? —me sentía aliviada de oír que fuera tan indulgente. Nunca perdía eso en su personalidad—. Pero dijisteis que jamás preferiríais a los humanos por sobre mí. Mentisteis. No es lo que habéis hecho estos días. Dijisteis que queríais permanecer aquí a cualquier coste. Vuestras actitudes demuestran lo contrario.
    —¿El maestro está ofendido?
    —Decepcionado.
    Desvié la mirada, me sentía apenada otra vez, no era agradable haberle faltado, me sentía una mocosa malagradecida con alguien que realmente me daba todo lo que podía y que ahora estaba decepcionado de mí. Bajaba y levantaba la vista. Así que le había dado la impresión de que dudaba después de todo, de que dudaba igual que él.
    —No es la impresión que quería darle.
    Se inclinó hacia mí, estaba muy cerca.
    —No es tu obligación hacer o demostrar algo que no quieres —susurró.
    —Pero realmente quiero quedarme con usted.
    —¿Segura? No quiero que te equivoques, ni que sufras. No podría soportarlo.
    —No siento que me equivoco y no sufro por lo que he decidido. Aún así no podrá evitar que un día me equivoque.
    —Al menos quise intentarlo —debió la mirada y creí ver dolor en él.
    —¿Está celoso de ellos?
    Se hizo un largo silencio.
    —Ellos han podido tenerte cuanto yo no he podido —susurró— y darte cosas que yo no he podido, aún siendo seres humanos.
    Me recosté contra su pecho y pude oír los latidos de su corazón.
    —Es usted la persona que más aprecio, no existe nadie que pueda ocupar el lugar que usted tiene en mi corazón. No hay razón para que sienta celos. Debería dejar de preocuparse tanto por mí y comenzar a preocuparse por usted.
    —Ya me preocupo bastante por mí —finalmente levantó el tono de voz—. Si no me sintiera a salvo, no me daría el lujo de preocuparme por otros.
    —¿Entonces significa que ya no le importa lo que piensen los otros?
    —Me importa lo que pienses tú —me pasó la mano por el cabello—. Los demás me son indiferentes, se pasan mis decisiones por el culo.
    Asentí.
    —Me consta. Aunque a Inuyasha y los otros parece importarles.
    —Creo que les importa conseguir que permanezcas aquí.
    Le sonreí tímidamente.
    —Por algo será.
    —Es una locura.
    —¿Qué cosa?
    —Todo.
    —Kagome-sama piensa que es bueno hacer locuras de vez en cuando.
    —Kagome no tiene tan siquiera un poco de cordura en sus acciones. Es excéntrica, rara, impulsiva, irrespetuosa. Los otros humanos se han copiado de ella, no irás a decirme que tú también.
    Le puse cara de circunstancia.

    Esa noche, aconteció algo que nunca antes había presenciado. El maestro habló conmigo por horas, o más bien, me contó cosas durante horas. Me habló de sus padres de un modo íntimo, de su aprendizaje, de cómo había sido su niñez… ¿Que quieres saberlo? quédate con la duda, pero habló más de lo que le había oído nunca. El gentil corazón del maestro casi nunca salía a la luz. De escucharlo hablar, exteriorizar sus pensamientos, muchos lo hubieran entendido. Me puse a pensar si tal vez el regalo de Kagome-sama habría funcionado. Su acento y sus cadencias eran los mismos que cuando leía, nunca perdía sus buenas maneras. Era el tipo de discurso bien elaborado que hubieras deseado escuchar eternamente.
    De pronto, entró a la habitación una mujer de cabello claro, trayendo una bandeja con comida. Se postró y luego salió en un total silencio.
    El maestro hizo un ademán con la mano para que comiera. Le invité algo, porque no me agradaba mucho la idea de ser observada mientras comía, como si fuera un espectáculo, y además no quería parecer maleducada. Él agradeció y dijo que no me apenara. Los youkai, a diferencia de los humanos, no necesitaban comer de seguido ni todos los días. El maestro podía estar casi un mes sin comer ni dormir, pero cuando lo hacía, podía comerse tres vacas con todo y cuernos, literalmente. Yo no lo había visto, pero me lo habían contado. No le gustaba la comida humana. Humanos no comía por varias razones. Yo era una de esas razones y su padre era otra.
    Me di cuenta de que el maestro encontraba un extraño placer en verme comer. Se sentó de lado y apoyó la cara en el dorso de la mano mientras me miraba fijamente, con esa mirada que no se la había visto dedicarla a nadie más. Me sentía especial aunque solo estuviera picando un poco de arroz con salsa en medio de un cuarto de fiesta silencioso y vacío. Cualquier espacio era llenado por su presencia, y no necesariamente me refiero a su tamaño o a su poder. Como le había dicho a Inuyasha, yo no estaba interesada en su poder, como sí lo había estado Kagura. Yo estaba interesada, más que nada, en su corazón.
    —Les había dicho a los humanos que se moderaran con la comida, ya que las reservas hechas estaban pensadas en ti.
    Y después, yo era la mentirosa. Él sabía de antemano que yo iba a elegirlo, que iba a querer estar ahí, ya sabía que se estaba autoboicoteando, todo el mundo lo sabía, todos lo sabíamos. El corazón se me encogió con ternura.
    —Pobres, ellos también necesitan comer para sobrevivir.
    —¿Qué tal cocinan los sirvientes? —era obvio que los youkai no cocinaban y que lo habían aprendido de prisa, para mí.
    —La cena está deliciosa —dije sonriendo ampliamente, mientras me limpiaba el rostro con una servilleta—. En la aldea me hacían pasar hambre.
    Su expresión se endureció de golpe.
    —Era broma —le dije en tono divertido—, las reservas de la aldea están pensadas en grandes cantidades, puesto que, en los inviernos, es difícil de conseguir y llevar —miré mi taza de té, me era placentero pensar en ellos—. Miroku-sama trabaja como exorcista y tiene consigo a Inuyasha como empleado mal pago. Cobra tarifas muy elevadas y estafa a muchos de los clientes. Lo que cobra en especias no solo es aprovechado por su propia familia, muchos piensan que pueden castigar sus malas acciones compartiendo todo lo que roba. Kagome-sama lo llama una especie de “mal comunismo”. La aldea siempre ha estado bien provista —sonreí ampliamente—, no he pasado hambre desde que tenía cinco años.
    Se me quedó viendo con gesto de incredulidad, como diciendo “y con esos te he dejado por años”, pues, esa era la pura verdad. Bueno, tenía muchos años por delante para recriminárselo con bromitas como esa. En realidad, no lo hacía con maldad, nunca le habría hecho una maldad a la persona más bondadosa conmigo. Me sonrojé por nada y clavé los ojos en mi cuenco de arroz mientras tomaba un bocado. De repente, levanté la vista y noté que se pasaba la lengua por los labios. Creo que me licué por dentro, no sé qué expresión le habría puesto, porque aquello me sorprendió, llamó mi atención, me pareció extraño… me atraía. Volví a bajar la vista mientras sentía que el rostro me ardía. Se me cerró la boca del estómago y no entendía por qué. Como autómata, dejé el cuenco a medio terminar sobre la bandeja.
    —¿No comes?
    —Gracias por la comida —intenté parecer neutral, aunque era ciertamente difícil—. Estoy repleta —para demostrarlo, hice la bandeja a un lado con un movimiento delicado de ambas manos.
    De pronto, sentí su mano en mi cabello, me puso un mechón detrás de la oreja, su tacto se sentía extraño y agradable, nunca lo había sentido así, a pesar de que lo había hecho unos cuantos cientos de veces. Vi cómo alejaba la mano, era perfecta como todo en él. Quería besársela, era un impulso imperioso. Mientras me preguntaba qué rayos estaba haciendo, le sujeté los dedos con ambas manos. Sus manos siempre me habían sorprendido por lo enormes y blancas que eran, y por la seguridad que me representaban, no era consciente de que se la estaba acariciando. Me incliné y le besé los nudillos. Su mano se cerró alrededor de la mía y me jaló hacia sí, hasta que, prácticamente, estaba encima de él. No podía dejar de mirarlo a los ojos, tenía una expresión que… nunca antes le había visto ésa.
    Llevó una mano a mi cordón y lo desató en dos movimientos, haciéndolo caer al tatami con todo y mi cinturón. Me abrió de un tirón las cinco capas del vestido, que cayeron detrás de mí. Tan solo me había quedado con el kimono interior. Estaba segura de que tenía ojos de plato, porque mi desconcierto era total. Mi corazón latía tan fuerte que lo sentía en mis propios oídos. Es decir ¿qué pasó?
    Puso ambas manos a los costados sobre el tatami y se inclinó hacia atrás, apoyándose en los codos.
    —Ven acá.
    Medio temblando, apoyé las manos en el tatami y me incliné lentamente hacia él, me acerqué tanto como pude —oh, el frío que hacía era una excelente excusa para ello— y apoyé el rostro contra su pecho, luego, apoyé ambas manos y permanecí allí con los ojos cerrados. Su corazón, a contrapunto del mío, parecía ir lento. El maestro se reclinó más hasta quedar tendido de espaldas. Levanté la vista y me lo encontré mirándome. Con una mano me levantó por la cintura hasta que mi rostro quedó a la altura del suyo. Escondí el rostro en su hombro y así me quedé. Me rodeó con los brazos y me di cuenta de que pretendía cubrirme del frío. No sé en qué momento la situación cambió, pero pasé de estar sobre su cuerpo a estar debajo y encontré que olisqueaba en el borde de mi rostro, después en mi cuello y en el borde del cuello de la yukata. Cuando metió la cara a la altura de mi escote, entré en pánico, olisqueaba en el lugar en que me había mordido el yourouzoku. Sentí que abría la boca contra mi pecho, y el filo de sus colmillos rozándome la piel. Me quedé tiesa.
    —Ay, no —solté accidentalmente.
    Frotó la mejilla contra mi pecho y se quedó recostado, me di cuenta de que oía mis latidos, mis alocados latidos. Qué vergüenza.
    —¿Te asustas de mí? —murmuró.
    —No.
    Volvió a ponérseme encima y a cubrirme. Me acurruqué, no sentía para nada el frío. En aquel silencio total, me hice consciente de la tormenta de afuera.
    Me sumí en un sueño profundo. Y soñé.
    Soñé al maestro como un despótico, despiadado y cruel príncipe youkai. Mataba sin piedad, no le tenía perdón a nadie y maltrataba a los humanos, asesinando de un modo horrible. Y reía con crueldad, disfrutando de cada uno de sus actos. Abusaba de mí y de cualquiera, como el lobo que me había tenido cautiva por días y me trataba como si fuese un insecto, la peor basura del mundo. Poco más y estaba desnuda, porque ni siquiera se le podían decir harapos a los trozos de tela sucia y rota que me cubrían, pero que no se comparaban en nada con las manchas sobre mi propio cuerpo, todas heridas muy profundas. Todo el sueño era un mar de lágrimas y gritos de personas o youkais que morían ahogados en su propia sangre. Era un infierno de humo y fuego. Era lo más horrible, era angustiante. Era imposible de comparar con nada que hubiera vivido.
    Me desperté sudando y respirando forzadamente. Cuando el maestro me puso una mano sobre el muslo, salté del susto, no estaba muy segura de estar despierta o soñando.
    En la penumbra, Sesshoumaru-sama se incorporó y me miró, o al menos tuve la impresión de que me miraba fijo.
    —¿Tenías pesadillas? —murmuró en el tono amable que siempre usaba. Era él sí como siempre le había conocido.
    No quería ofenderlo con las estupideces que maquinó mi mente en sueños, así que me limité a acercarme con paso lento y volví a acurrucarme en su pecho. Era él sí como siempre había sido sin ningún cambio en su bella personalidad. Pero no se conformó con mi silencio.
    —¿Soñabas?
    —Soñaba cosas tristes.
    —¿Qué tipo de cosas?
    —Soñaba con un mundo lleno de dolor y sufrimiento, con un mundo difícil.
    —No te asustes, aquí estoy —volvió a cubrirme.
    Le puse una mano en el pecho y pude sentir su pulso. Me resultaba maravilloso sentir su vida.
    —Soñé que era despótico —me preparé para recibir la reprimenda del siglo.
    —Lo fui —dijo para mi gran sorpresa—, quizás por algún tiempo.
    Muchas veces le había oído decir a Inuyasha aquello, pero no le había creído. Oírlo de la boca del maestro era distinto, porque no solo me lo estaba confirmando, me mostraba una imagen de lo que pudo hacer sido. Me sentí avergonzada de que, quizás, nuevamente estaba compartiendo sueños, emociones y pensamientos con él.
    —¿Te hace sentir mal?
    —No —dije sonriendo contra su pecho. Yo aceptaba lo que él fuera o hubiera sido. Era mi vida, estaba segura.
    —Pensé que me odiarías.
    —Nunca podría odiarlo —jamás creí que el maestro pudiera tener ese tipo de temor, ya que siempre demostraba gran confianza en sí mismo aunque, quizás, solo fuera una fachada. Me sorprendió no haber podido ver eso en su corazón, lo cual significaba lo mucho que aún debía aprender de él—. Para mí, usted es intocable, casi un dios. La única persona que me trató con amabilidad cuando nadie más lo hubiera hecho. No importa cómo haya sido antes —sentí sus dedos resbalar entre mi cabello y cerré los ojos. Era placentero—. Sé que puedo encontrarlo cuando tengo miedo.
    —¿Y qué hacías en la soledad?
    —Lo buscaba en mis recuerdos o en un sueño —me aferré a su ropa—, nunca lo he sentido lejos, usted permanece en mi corazón, con mucha fuerza. Esa fuerza me ayuda a vivir —respiré profundamente—. Y se lo agradezco.
    Sentí una de sus manos cerrarse fuertemente alrededor de mi cintura.

    Volví a soñar, y esta vez, fue una cosa rara, diferente.
    Soñé que vivía en una aldea pequeña en una zona de estepa, con desconocidos, aunque, en mi sueño, yo conocía a todos. Por cierto, vestía como una campesina. Un día, salía de mi casa y veía cómo, a lo lejos, se levantaba una ola realmente gigantesca, como una montaña, como si el mar hubiera avanzado sobre la tierra para cubrirla toda, y así sucedió, puesto que el agua cayó con fuerza descomunal, arrasándolo todo. Me salvé al subir a lo alto de una colina, pero la aldea y todo lo que había detrás de ella y en ella, había sido arrastrada hacia atrás por ese mar inclemente de aguas negras y heladas, dejando solo un desierto lleno de barro en el sitio que antes estaba lleno de vida. Aquello fue una enorme sorpresa para mí. No parecía que el mar fuera a levantarse así una vez más, así que tomé el valor para bajar de la colina e ir hasta el sitio de antes.
    Me llevé una enorme sorpresa al encontrar una casa lujosa en medio de ese desierto de barro. Me entró curiosidad, así que asomé por la puerta. El interior era mucho más grande que lo de afuera, lóbrego, frío y oscuro e incluso las gotas de agua al caer producían ecos y efectos inverosímiles. El piso estaba hecho de baldosas, posiblemente de mármol negro. No me di cuenta de que tenía los pies llenos de barro hasta que entré y lo ensucié todo. De todos modos, hasta el techo y las paredes estaban ennegrecidos y llenos de moho. Nunca había visto una construcción similar. Las puestas eran todas de una madera pintada de negro, altas y estrechas y se abrían hacia delante en vez de hacia los costados, haciendo un horrible chirrido cada vez. Había muchísimas puertas y muchísimas habitaciones, daba temor perderse.
    De repente, abrí una de las puertas y me vi a mí misma a los seis años. Vestía con ropas sucias y andrajosas, estaba recostada contra un árbol, descansando mientras comía un trozo de melón que había robado de un campo. Eso había pasado era una parte de mi pasado, era real.
    De pronto, la puerta se cerró, empujada por un fuerte viento.
    Abrí otra puerta y se me llenaron los ojos de lágrimas. Me encontré viendo a mi mamá sostener en brazos a un pequeño bebé que lloraba mientras ella le cantaba canciones de cuna. A su lado, había un niño de unos ocho años. Me di cuenta de que el bebé era yo, el niño era mi hermano y mi padre entraba a casa en ese momento. Igual que antes, empujada por una fuerte corriente, la puerta se cerró en mi cara.
    Caminé por un largo pasillo durante un largo rato hasta que vi una puerta que tenía una mancha de lodo con forma de una mano. La abrí.
    Vi a una larga hilera de youkai pequeños, con la forma de Jaken. Estaban todos postrados en el suelo, haciendo una profunda reverencia. Entre ellos, vi pasar a Sesshoumaru-sama, que aparentaba unos quince años, ni siquiera los miraba, pasaba de largo. Repentinamente, uno de los pequeños youkai sapo se ponía de pie y corría detrás de él. Era Jaken. Empujada por un viento, la puerta iba a cerrarse, pero la detuve con las manos y seguí mirando. La escena no me era desconocida, la había visto durante meses y años: Jaken y Sesshoumaru-sama caminaban juntos en la distancia. Dejé la puerta asomada y seguí caminando.
    Repentinamente, quería ver más cosas.
    Vi otra puerta marcada con lodo y la empujé. La escena me era desconocida y me impactó con fuerza, se trataba de Sesshoumaru-sama atacando a Kagome-sama con veneno y luego clavándole las garras en el estómago a Inuyasha.
    —No, eso no puede ser —murmuré y, de inmediato, la puerta se cerró.
    Abrí la puerta de al lado y vi unos bandidos degollando a una mujer, una parecida a mí. Cerré rápido la puerta y me apoyé de espaldas contra ella. Era la muerte de mi familia lo que estaba viendo, era mi madre a la que habían degollado. No necesitaba abrir aquella puerta para recordarlo, había soñado con esas imágenes durante años, las reconocía perfectamente. Lloré.
    Lo que fuera que se halara ahí oculto, mostraba cosas reales.
    Puse la mano en otra de las puertas, pero no supe si abrir o no. La abrí y vi a un youkai alto, elegante, de largo cabello plateado y piel morena, me parecía conocido ¿Dónde lo había visto antes? De pronto, un niño se le colgó del cuello. Se parecía a su padre.
    —Chichi-ue, me han dicho en la guardia que puedo vencerlos a todos en un encuentro múltiple —comentaba el pequeño en un tono inocente.
    —¿En verdad? —le preguntaba su padre.
    —En verdad —de pronto, se subía a sus hombros y le ponía las manos en la cabeza—. Cuando crezca, voy a ser un youkai grande, así —le tocaba la cabeza—, como usted.
    —Serás un daiyoukai muy fuerte —vi cómo le pasaba la mano por el cabello—, incluso serás más fuerte que yo.
    —¿En verdad?
    —En verdad
    —¿Cómo lo sabe?
    —Los padres lo sabemos todo —tomó a su hijo en brazos y lo puso en el suelo—. Ahora tengo que irme, solo vete —vi al youkai darle una palmadita a su hijo antes de que la puerta se cerrara. Intenté abrirla de nuevo, pero no se podía, estaba muy cerrada.
    Pronto, me atrajo otra puerta. Al abrirla, me vi a mí misma tomando agua de un río cuando de pronto, un resplandor apareció en medio del bosque, espantando a las aves. Entraba con curiosidad para llegar al lugar del resplandor cuando un youkai fiero se levantó gruñéndome. Era Sesshoumaru-sama muy herido. Esa era la imagen de cuando nos conocimos.
    La puerta fue empujada por un viento y yo puse todo el cuerpo.
    —¡Oh, no! ¡No dejaré que te cierres, no esta vez!
    La secuencia de la imagen era una copia exacta de mi pasado. Me vi a mí misma lavando las heridas del maestro, mientras él desviaba la mirada, cansado de gruñirme sin conseguir efecto alguno. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Asomé la puerta lentamente, pero ésta se cerró, produciendo un fuerte eco.
    De pronto, al final del pasillo, vi una puerta con una marca en forma de mano, impresa con sangre. Me acerqué y empujé, pero por mucho que intenté, no pude abrirla, estaba atascada. Finalmente, la golpeé, de verdad quería saber lo que había detrás.
    Nada pasó.
    Finalmente, toqué a la puerta, como si alguien fuera a responderme. Del otro lado, me respondieron tres golpes iguales a los míos. Di cuatro golpes y recibí en respuesta cuatro golpes. Di un golpe y recibí en respuesta un golpe. Pasé así un largo rato hasta que, de repente, la puerta se abrió desde dentro.
    Me quedé paralizada del susto. Frente a mí, había una mujer vestida de rojo, con los negros y largos cabellos cayéndole hacia delante, cubriéndole completamente el rostro.
    Estiró las manos hacia mí. Estaban ensangrentadas. Intenté retroceder, pero ella me sujetó de los brazos con una fuerza descomunal, sentí que su youki me quemaba. Forcejeé rudamente, intentando liberarme de su agarre y que no me arrastrara.
    —¡Sesshoumaru-sama! —grité desesperada.
    —Sesshoumaru-sama —dijo en tono de burla la youkai, riendo cruelmente—. Nunca debiste abrir esta puerta, ahora es demasiado tarde y nunca podrás escapar —me jaló hacia dentro, hacia un mundo muy raro, lleno de ruidos. Ella levantó la vista, entonces, le vi el rostro y grité de horror.

    —Rin, ¿qué pasa? —me preguntó el maestro mientras me ponía una mano en la frente.
    Otra vez estaba sudando frío y respiraba agitada. Le regalé una sonrisa de oreja a oreja.
    —Sesshoumaru-sama, acabo de soñar algo increíble. Es decir, no va a creerme —y le susurré al oído.
    Se dejó caer sobre el tatami, cubriéndose la boca con el brazo. Vi una lágrima en su rostro. Y luego, el mundo entero calló.

    La mañana fue buena y tranquila. Comenzó como siempre: entré a mi cuarto y ya las criadas esperaban para arreglarme. Después de todo el ritual de siempre, desayuné mientras charlaba con Jaken.
    —¿Jaken, te imaginas si yo fuera a vivir para siempre, por los siglos de los siglos? —bromeé.
    —Me vas a volver loco por los siglos de los siglos, mejor olvídalo.
    —¿Pero no le gustaría que seamos amigos para siempre?
    —Claro que sí —contestó apenado, mientras miraba en otra dirección.
    Al acabar el desayuno, recibí la agradable sorpresa de la visita de Sango-sama, que dijo que quería probarme unos adornos para el cabello. Acepté con ganas a pesar de que ya las criadas me habían arreglado el cabello, pero no me importó y me quité los adornos mientras me deshacía el peinado.
    Me puse de espaldas a Sango-sama, frente a un espejo y miré los adornos de varios colores que había traído. Eran sencillos, de madera, pero de todas formas quería su atención. Repito que adoro que me toquen el cabello, esa era la parte más divertida del ritual matutino.
    Comenzamos a hablar de lo mucho que nos habíamos divertido el día anterior. Jamás habíamos disfrutado tanto de una tormenta… hasta que recordé todo lo acontecido en la noche.
    —¿Te pasa algo? —me preguntó Sango-sama.
    —Anoche… —dudé, quizás no debía decirlo—, anoche cené con el maestro. Intentó morderme —me abrí el vestido hasta la altura del pecho—. Aquí.
    —Una marca —comentó en voz baja.
    —¿Qué?
    —¿Te mordió? —preguntó con ojos muy abiertos.
    Negué con la cabeza.
    —Pero cuando me cazaron los yourouzoku, uno de ellos me mordió, justo ahí, en el mismo sitio ¿por qué lo pregunta?
    —Porque… hum…
    —¿Sango-sama?
    —Los youkai tienen más de naturaleza animal que naturaleza humana —puso las manos en el regazo y una expresión seria—. Los youkai macho muerden a las parejas con las que se aparean.
    Diablos. Miré hacia todos lados antes de volver a mirarla.
    —¿Está sugiriendo usted que el maestro intentó… que el maestro intentaba… ? —comencé a hacer gestos confusos con las manos, me había puesto repentinamente nerviosa.
    —En primer lugar, no te asustes, que no pasa nada, aunque es necesario que te advierta que los youkai son iguales de bruscos que los animales y tienen poco control —tenía una leve idea de lo que quería decirme, puesto que un lobo rabioso me había dado una prueba tácita meses atrás. No voy a fingir que no me asusté cuando Sango-sama comenzó a darme una serie de recomendaciones, que no sabía cómo tomarlas. De todos modos, se lo agradecí.
    Pero lo de la mordida no era lo único que había acontecido en la noche, aunque pensaba que no estaba bien contarle a todo mundo las cosas que había soñado. Tenía que buscar a alguien especial, alguien en quien confiara, alguien que no fuera a abrir la bocota y armar un escándalo. Ese alguien ya lo sabía y había sentido una terrible confusión a mi parecer.
    Todas las cosas que había soñado detrás de las puertas de la casa eran reales, así que lo de la última puerta debía ser real también. Me sentía asustada, quedé muy traumatizada cuando le vi el rostro. No podía imaginarme entrando a mi cuarto una mañana y encontrándome con la mujer de ese sueño… del otro lado de mi espejo. Pero iba a pasar.
    Cuando Sango me colocó los adornos en mi nuevo peinado, le dije que esperara afuera y que luego la acompañaría para mostrárselo a los demás. Me encogí sobre mí misma en la soledad de mi habitación y lloré.
    —Mami, papi, hermano, no sabré vivir como youkai. No quiero verlos morir a todos. No puedo.

    En lo que había tardado en tomar fuerzas para salir, Sango-sama había aprovechado para ir a decir a todo mundo lo que había acontecido, de modo que, al entrar en la sala común de Inuyasha, todos me miraban como si yo fuera un bicho raro. Era sencillo saber lo que podían estar pensando y también era algo molesto.
    Miroku-sama e Inuyasha me hicieron bromas al respecto y yo solo me limité a fingir que me causaba gracia. El punto al que había llegado mi acercamiento al maestro, no era algo para que se burlaran, no era algo para que me discriminaran. Ya mucho me habían discriminado de pequeña, primero por ser huérfana pordiosera y después por seguir a un youkai. Me parecía que era suficiente, que debían darme un descanso para pensar las cosas en calma, no atosigarme con todas sus ideas. La de las ideas más peligrosas…
    Sí, así como lo piensas, era Kagome-sama.
    —Así que Sesshoumaru quiere con Rin —me saqué el abanico del obi, dispuesta a darle un buen golpe a Inuyasha en su cabezota, pero lo esquivó y saltó hasta el otro lado de la habitación, escondiéndose detrás de Miroku-sama.
    —Hanyou cobarde, no te comportes como gallina, sal de ahí y pelea como hombre —le dije antes de soltar un improperio.
    —No te enojes con él —dijo Miroku-sama en ese modo pragmático, tan característico suyo—. El pobre tonto no sabe lo que dice.
    Al momento siguiente, Inuyasha le estaba jalando de las mejillas.
    —¿Qué me dijiste, monje pervertido?
    —No en frente de los niños —respondió houshi-sama tranquilamente.
    —Inuyasha, deja la cara de Miroku —pidió Kagome justo cuando los niños se le abalanzaban al hanyou gritando
    —“¡al ataque!” —y sí, tenían que liberas a su padre de alguna forma, aunque fuera estirándole de sus sensibles orejas como venganza.
    —Niños, no hay que usar la violencia —dije amablemente, sabiedo que en ese preciso momento no estaba siendo buen ejemplo de lo que quería transmitir, pero poco me importaba.
    —¡Keh! Mira quién habla —se quejó Inuyasha mientras se sacaba uno por uno a los niños de encima —uno en cada mano y uno con el pie—.
    Yo solo me limité a mirar en otra dirección y aparentar desdén.
    Yo le tenía afecto a Inuyasha, pero no soportaba algunas cosas de él. Quizás el principal motivo, era que lo comparaba con Sesshoumaru-sama y encontraba diferencias abismales. Yo quería hablar seriamente y me olvidaba de con quién estaba hablando: “el despreocupado”. Además, yo compartía unas cuantas opiniones de Sesshoumaru-sama y, a su vez, era influida por éstas. Eso ya no era mi culpa.
    —Rin, perdónalo, es un poco despistado a veces —dijo Kagome-sama.
    La miré de reojo antes de volver a mi posición de enfado: —¿Un poco?
    —Bueno, es bastante despistado.
    —Sí, lo sé —dije volteando hacia ella, pero me areció que ya es un poco exagerado esto de ir y…
    —¿Es verdad que anoche cenaron juntos? —preguntó esperanzada, con unos ojos soñadores y juntando las manos.
    Y ahí estaba de nuevo el interrogatorio.
    —Sí, anoche me buscó para cenar —en realidad, había mandado buscarme, recordé—. Es que hacían ya dos veces que me había esperado para comer y yo había olvidado por completo eso. Pero, ya sabe, el maestro es paciente, indulgente…
    —En verdad, no sé qué le ves de bueno —soltó Inuyasha.
    Lo apuñalé con la mirada.
    —El maestro tiene muchas cosas buenas. Es muy gentil. Si no te tomaras tanto el trabajo de solo hallarle las malas y no te metieras en su camino todo el tiempo, podrías conocer a tu hermano en totalidad.
    —¡Keh! Escucha, es hora de que entiendas algo de una vez por todas. De todos los seres de la tierra eres la única que se le ha acercado tanto y ha vivido para contarlo. Hallaste gracia a sus ojos. Lo bueno y lo gentil lo tendrá contigo. Con los demás, es un animal.
    Caminé hacia él enojada y lo empujé.
    —Eso sí no te lo voy a perdonar.
    —Es la pura verdad.
    —¿Inuyasha? —canturreó Kagome-sama mientras el hanyou se ponía tieso—. No hagas enojar a Rin así, además en su casa, eres un maleducado —le dijo en tono amable.
    —¿Qué tiene de malo decirle la verdad?
    Osuwari
    —¿¡y eso por qué!? —se quejó pegado al tatami.
    —Anda, compórtate adecuadamente —lo corrigió como si fuera su madre en vez de su esposa.
    La escena me hizo olvidar en seguida el enojo.
    —ahora, dime —me preguntó— ¿En dónde está Sesshoumaru?
    Lo pensé por un rato.
    —Si no me equivoco, según lo que me ha dicho Jaken, el maestro se encuentra desde hace varias horas reunido con un grupo de youkai que conforman su grupo de Patrulla y Reconocimiento. Según las costumbres de la casa, ellos pasan varias veces al mes a informarle al maestro de los movimientos que hay en las Tierras del Oeste, pero a veces, el maestro prefiere hacer patrulla y reconocimiento por sí mismo.
    —Oh, eso explica sus continuos viajes.
    —Pues, sí, partirá cualquier día de estos.
    —Entonces aquí estarás igual de sola que si estuvieras en la aldea —dijo Inuyasha de un modo que a mí me pareció capcioso.
    —Al menos podré pasar más tiempo con él que lo acostumbrado hasta ahora.
    —Siempre se hace un tiempo para verte ¿no es así? —preguntó Kagome-sama en un tono que pretendía ser como “romántico”, pero resultó empalagoso.
    —El maestro es muy gentil, como ya les dije. No podría olvidarse de sus protegidos.
    Hasta ese entonces, sango-sama y Kohaku-kun habían permanecido callados observándome.
    —¿Te dirá lo que sucede en las Tierras? —preguntó Kohaku-kun.
    —Kohaku-kun, pensé que lo conocías tanto como yo. Él no tiene por qué darles explicaciones a sus inferiores y no se molestaría en meternos en problemas. No se molestaría en decirnos nada.
    —¿Pero no tienes curiosidad?
    Desvié la mirada.
    —Por supuesto que tengo curiosidad, pero no tengo derecho a saber.
    —Claro que lo tienes, eres la segunda persona más importante, aquí.
    —Vamos, Kohaku-kun, usa el cerebro para algo más que adorno ¿piensas que el maestro vendría a decirme algo conflictivo justo a mí? —me indiqué— si tiene metido en la cabeza que debe alejarme como sea del conflicto.
    Nos dimos cuenta de que todos nos estaban mirando mientras discutíamos.
    —¿Siempre discuten así? —preguntó sango-sama.
    —Casi siempre —se apresuró en responder él.
    Pensé que mejor hubiera sido que no se hubiera tomado la molestia, yo no gustaba de discutir y consideraba aquello “un par de aclaraciones, por si no lo tenían lo suficientemente claro”. Lo hacía cada vez que alguien salía a decir algo en contra del maestro a sus espaldas. Ciertamente, nunca me había gustado eso de los comentarios a espaldas de otros y, para mi mala suerte, eso era una costumbre muy arraigada entre todos ellos, con la que luchaba cuando podía y cuando no, suspiraba aceptándolo calladamente, como siempre.
    Miré a Kagome-sama, pensando en la razón de su pregunta. No comprendía…
    —Se me ha ocurrido de pronto una gran idea —dijo entusiasmada.
    Y ahí estaba de nuevo. Pero intenté no dejar ver mi desacuerdo. Quizás si me quedaba quietita y callada, Kagome-sama no haría ninguna insensatez que pusiera de malas al maestro.
    Se levantó y le dijo algo a Sango-sama en el oído. Sango-sama pareció estar plenamente de acuerdo, porque asentía y sonreía. Yo sudaba frío ¿De qué se trataba?
    Ambas se pusieron de pie y corrieron hacia mí, tomándome cada una de una mano. Las miré confundida.
    —Acompáñanos —repitieron a la vez.
    Yo asentí mientras me llevaban.
    —¡suerte! —me dijeron en un tono divertido los muchachos. Me pregunté si ellos tal vez tenían alguna leve idea de adonde estaba yendo.
    Ante mi sorpresa, llegaron frente a mis dependencias y entraron conmigo, mientras los enormes guardias abrían las puertas.
    Sango-sama se apresuró en buscar unos cojines y los dispuso en medio de la habitación. Kagome-sama desapareció por otra puerta y, al rato, apareció con un delicado vestido.
    —Quiero que te pongas este —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
    Me quedé muda al ver el vestido. Era uno que el maestro me había obsequiado, estampado en rosa pálido y púrpura, con líneas diagonales que caían desde el lado izquierdo. Estaba bordado con aros verdes y mariposas blancas por doquier. El largo obi que le acompañaba era dorado. Ese era un vestido idéntico al que había usado antaño Kagura. No podía creer que quisiera que me pusiera eso.
    Asentí extrañada y entré a mi cuarto de dormir, sacándome la ropa y poniéndome las tres capas multicolores que conformaban el atuendo.
    Luego, asomé por la puerta.
    —¿Les gusta? —pregunté.
    Ellas aplaudieron.
    —Estoy segura de que a Sesshoumaru le sorprendería verte así —dijo Kagome-sama y yo di un paso atrás.
    Realmente no podía estar pensando en que yo me apareciera así frente al maestro ¿o sí? Que fuera broma.
    Ellas no me dieron tiempo de analizar las circunstancias y me sentaron junto a ellas, trayendo varias cajas lacadas.
    Me miré así vestida y me sentí fuera de lugar con ese atuendo. Si me lo había obsequiado, suponía que era porque quería que lo usara en algún momento, pero aún así, vestirme como la señorita Kagura era… No, necesitaba salir de ahí como fuese, pedir ayuda, gritar a la guardia, saltar por la ventana… no lo sabía.
    —Kagome-sama, Sango-sama, esperen, yo… —ni había terminado de hablar cuando, repentinamente, estaba sentada frente al espejo.
    Al notar que me recogían el cabello, me entró pánico. Entendí que Kagome-sama tenía en mente hacerme lucir, en apariencia, exactamente igual que Kagura. Yo… yo no me atrevía a salir así de ese cuarto, ni dejar entrar a nadie, no mientras estuviera así. Si, de repente, apareciera frente al maestro como su venerada Kagura… solo Dios sabía lo que podía llegar a pensar.
    También había entendido que Kagome-sama planeaba que el maestro me viera.
    De repente, tenía el cabello recogido hacia atrás, en algo parecido a un pequeño acerico y vi que me colocaba un adorno que tenía plumas.
    —Kagome-sama… —no había manera de disimular mis nervios, pero intenté parecer tranquila de todos modos—, Sesshoumaru-sama le echará una maldición —se lo estaba diciendo en serio. La miraba a través del espejo y ella ni siquiera parecía inmutarse.
    Sango-sama, que me maquillaba, tampoco.
    —Tonterías, cuando te vea a ti, se le olvidará que todos nosotros existimos.
    Así que después de todo tenía pensado que él me viera. Apreté los puños sobre mi regazo y entré en tensión, hasta mi estómago se resintió
    ¡Noooooo!
    No, simplemente, no podía aparecerme como Kagura. No, no, no…
    —Rin, ¿por qué no te tranquilizas? —me dijo Kagome-sama dulcemente—. Solo es un pequeño vestuario.
    Claro que no, para el maestro, eso sería más que un simple vestuario que llamaría su atención. Esto era grave. Kagome-sama no parecía muy consciente de la gravedad de lo que estaba haciendo. Sango-sama tampoco, y ya había acabado de maquillarme. Me miré al espejo por instantes. Mi cara parecía hecha de porcelana blanca, me había puesto la sombra lilácea que siempre usaba en los ojos, pero el color en que mojó el pincel que me pasó por los labios, era un fuerte rojo carmesí. Tenía la apariencia de una geisha.
    Ahora sí tenía pánico, lo único que me faltaba, era que mis ojos fueran escarlatas en lugar de pardos.
    Ni siquiera me había dado cuenta de que Kagome-sama me había puesto un par de pendientes de jade iguales a los de Kagura.
    Mi intención era levantarme, ponerme el traje con el que me cubría para no ser vista por los sirvientes, ir a un baño o a otra habitación y quitarme todo lo que me habían puesto antes de permitir que el maestro me viera. Pero Kagome-sama y Sango-sama no me dieron tiempo, me tomaron una de cada mano y me llevaron. Ya suponía a dónde…
    Kagome-sama, tomó un espejo que estaba a mano, lo puso frente a mí para mostrarme mi imagen.
    —Estás muy bonita ¿No lo crees?
    Bonita o no, salir así era buscar la guerra ¿es que acaso no terminaban de comprender?
    Al pararnos frente a la puerta, me di la media vuelta.
    —Kagome-sama, yo no puedo salir así —le recriminé enojada y de forma cortante—. El maestro no puede verme así ¿qué va a pensar?
    —Le encantará, en serio.
    —Me opongo, no quiero ser partícipe de esto —le dije con fuerza—. Sé que al maestro no va a agradarle, esto no es un juego ni un chiste —me llevé las manos al cabello para soltármelo y desarmar así el peinado—. No pienso salir así.
    —Espera —volvieron a retenerme las manos para que no me deshiciera la perfecta imagen… la perfecta imagen de la desgracia.
    —Que no. Ya nos divertimos mucho, es suficiente, esto no me gusta —no estaba en mí jugar con los sentimientos del maestro, jamás lo estaría, y Kagome-sama tenía que comprenderlo, aunque eso pudiera significar llegar al punto de la agresión.
    De todas maneras, volvieron a tomarme de las manos y me llevaron a través de los largos pasillos. Mi siguiente oportunidad era zafarme y correr en la dirección contraria, aunque con lo que llevaba puesto encima, no era una tarea muy fácil de hacer. De todos modos, lo intenté.
    Kagome-sama me sujetó del brazo y volvió a llevarme en la dirección de antes.
    —Rin, no es para tanto.
    —Después, no me diga que no se lo advertí.
    Escuché la dulce cadencia de la voz del maestro. Cuando llegamos frente a la puerta de la sala, me quería matar. Kagome-sama abrió y prácticamente me obligó a entrar.
    —…más allá del límite sureste hay… —dejó de hablar, interrumpido por la entrada de las tres. Todas las miradas de los presentes recayeron… sobre mí.
    El maestro me miraba con una expresión… una expresión… no tenía la menor idea de lo que podría estar pensando o sintiendo. Se había quedado callado, con la boca entreabierta y con la mirada fija en mí; parpadeó varias veces, como si quisiera aclarar la visión. La sensación era la de ser yo el único objeto y persona en todo el lugar. Por mi parte, aún sabiendo que debía bajar la vista, me encontré incapaz de hacerlo.
    El tiempo se estiró y se hizo eterno, el sonido y el movimiento cesaron por completo, el mundo se redujo impresionantemente de tamaño, estaba formado de una sola cosa: Él.
    De pronto, nuestra comunicación mental se vio interrumpida por algo. Sesshoumaru-sama parpadeó rápidamente varias veces, como si despertara de un sueño y su mirada pasó de mí a Kagome-sama y frunció el ceño. Supe que había tardado menos de un segundo en comprender lo que había sucedido.
    —Fue un gusto conocerla —le susurré a la miko-dono—. Que descanse en paz.
    Como pude, corrí hacia donde estaba Sesshoumaru-sama, me puse de rodillas a su lado y me incliné hasta el suelo, haciendo una profunda reverencia en un intento de no avivar su ira y, en lo posible, aplacarla. Iba a ser muy feo si le hacía o le decía algo a Kagome-sama. De verdad no quería que le echara una maldición por haber hecho algo que ella creía estaba bien —aunque estuviera sumamente equivocada—.
    Todos a mi alrededor comenzaron a reír, eso me animó a levantar la vista. Aunque la mayoría de los presentes se burlaba, el maestro lucía notablemente enojado. Volví a bajar rápidamente la cabeza, aguantando cada burla como una pedrada. Sentí cómo se levantaba y caminaba hacia Kagome-sama y Sango-sama. Del susto, volví a levantar la vista y vi cómo las echaba mientras las increpaba. Acto seguido, se volvió hacia mí.
    Volví a bajar la cabeza.
    Él podía tener la impresión de que yo había sido plenamente partícipe y la sola idea me avergonzaba enormemente, sentimiento que era aumentado por las anteriores burlas, que finalmente se habían acallado con el enojo del maestro.
    —Retírate a tus dependencias —dijo en un tono grave y pausado, con la misma cadencia que tenía durante sus escasas conferencias.
    Me puse de pie, hice una profunda inclinación de cabeza y salí. Caminé con paso lento y armónico, aunque mi primer impulso había sido el de salir disparada por cualquiera de las puertas y desaparecer de la vista del maestro.
    Tenía la sensación de que, cuando saliera de la sala, echaría a correr por los pasillos para perderme, pero mis pies parecían disonantes con mi cabeza y mis pasos fueron ralentizándose, hasta que me permitieron caminar apreciando con detalle la complicada y elaborada construcción de cada uno de los rincones del palacio. Pensé en las manos que habrían levantado aquel prodigio de edificio y me desentendí por un rato de esa consternación y el enojo que sentía hacia esas dos mujeres.
    De pronto, un viento comenzó a soplar a lo largo del corredor y me rodeó un montón de polvo, nieve, hojas y plumas. Era como si fueran movidas por un remolino. La extraña mezcla giró a mi alrededor dos veces antes de seguir de largo. No lo pensé ni un segundo para ir a mi habitación. En el camino, llamé a unas criadas y le pedí que me ayudaran con la complicada tarea de vestir la ropa de Corte. Ponérmelo todo tardaba varios minutos de imitar a un maniquí. Amaba la paciencia de esas mujeres para vestirme de día y desvestirme de noche. Yo no hubiera tenido paciencia, pues nunca había formado parte de cosas complicadas. Trataba de transformar cuantos hábitos eran posibles, en cosas sencillas.
    Al acabar de vestirme, les agradecí y les di permiso de retirarse.
    —Saldré un momento a hacer algo.
    —Oh, no, Dama, no es necesario que salga. Podemos traerle aquí lo que necesite.
    Ese era un ejemplo de “lo fastidioso de lo complicado”. No necesito decir más.
    —En realidad, preferiría ir yo, pero se los agradezco. Pueden retirarse ahora.
    Ellas salieron ordenadamente una tras otra, con el mismo paso calculado a pesar de que solo eran criadas. Imaginé que quizás muchas de ellas podían tener cientos de años, a pesar de aparentar dieciocho o veinte, que quizás habían aprendido a moverse así durante tanto pero tanto tiempo que les salía natural y, sin embargo, estaban obligadas a mostrarme respeto a mí, una chiquilla humana, que de modales no sabía más que el “hola”.
    Mientras me expiaba de las culpas de todas las estupideces que había hecho desde el día anterior hasta esa mañana, me decidí a cometer un pequeño desliz hasta la cocina para tomar un poco de fruta. La ventaja de estar en casa, era que no sentía como si estuviera robando, solamente era una travesura más. ¿Qué le hace otra raya al tigre? Mientras me reía de la comparación y me acercaba a la cocina, sentí una presencia que chocaba con las energías del lugar de un modo completamente inarmónico. Eran youkai, de eso no me cabía duda, pero era extraño que fueran diferentes de los otros. Estos tenían unas auras muy pesadas, como si en cualquier segundo fuera a caerles un rayo. Seguí esa esencia a lo largo de los pasillos hasta que me encontré mirando a la casa de los criados. Vi que había cuatro youkai en la puerta. Tres onis enormes y un perro rojo. Eran ellos.
    Me acerqué en silencio y observé desde el pasillo, detrás de una columna roja.
    A la distancia, vi cómo llevaban a unas mujeres por los cabellos y las arrojaban fuera, haciéndolas caer sobre la nieve.
    —¿Qué están mirando? ¡Insolentes! —gritó uno de los onis.
    —Vayan a trabajar de inmediato, grupo de alimañas —dijo el perro rojo mientras las pateaba, tanto si estaban en el suelo como si no.
    —¡Lo siento, señor! —gritaban algunas de las mujeres, desesperadas.
    —Y ya verán si vuelven a quedarse frente a nosotros —les gritó otro de los onis y golpeó en la cara a una joven… realmente muy joven—. Y creo que tú te vienes con nosotros.
    Ya no lo soporté, bajé al suelo y corrí hacia donde estaban ellos.
    —¡Basta! ¿Qué les están haciendo? ¿Por qué las maltratan? Son guardias ¿o no? Su puesto no es este.
    Yo era casi como Sesshoumaru-sama. Me sentía inmune.
    Dos de ellos voltearon a verme.
    —Es la dama humana ¿verdad? —preguntó el oni que tenía la piel más oscura.
    —Este tampoco es su puesto, y estas mujeres no están en sus puestos tampoco —dijo otro, de piel clara—. Esto es lo que les hacemos a los que están en un lugar que no les corresponde. Mejor cuídese de ocupar su lugar.
    Me sentí invadida de rabia. Aquello era injusto.
    —Déjenlas en paz —les ordené—. No vuelvan a molestarlas.
    —Oh, no —se burló el perro rojo—. Eres tú la que no debería molestarnos a nosotros.
    Dicho eso, pasaron empujándome a un lado, como si yo no fuera más que un saco en el camino y rieron perversamente.
    Fui hacia las jóvenes que habían sido golpeadas.
    —¿Se encuentran bien?
    —¿Usted se encuentra bien? —preguntaron ellas mucho más preocupadas.
    —Sí, sí lo estoy. No se preocupen —miré por sobre el hombro a los cuatro guardias—. ¿Pero a esos qué les pasa?
    —Son la guardia mala —me dijo una youkai de piel morada y ojos rojos, mientras se levantaba.
    —¿La guardia mala?
    —Nadie los quiere aquí, pero nadie se atreve a enfrentárseles o denunciarlos ante el Maestro —me dijo otra—. Si alguien está en su camino o si alguien se les queda mirando, lo golpean a más no poder, son muy engreídos. Cuando aparecen, es mejor esconderse. Válganos si llegan a vernos.
    Las otras comenzaron a murmurar.
    —Voy a detener esto.
    —No, Rin-sama, si se enfrentara a ellos, le harán daño, no podemos permitirlo.
    —Pero no puedo permitir que sigan con este atropello.
    Después de todo, yo también había sido atropellada cuando era niña, sabía cómo se sentía.
    —Es riesgoso.
    —Le diré a Sesshoumaru-sama que los pare.
    Las vi poner caras de desesperación e inclinarse hasta postrarse en el suelo delante de mí. El corazón se me estrujó. Volví a entrar a la casa principal y fui hasta la cocina. Tomé algo de fruta y me senté junto a la puerta de entrada, sintiendo el vapor del almuerzo y pensando en lo que había pasado. Por lo que habían dicho, yo tampoco le simpatizaba a la Guardia Mala, y a ellos no parecía preocuparles que yo fuera tan importante como el maestro. Ellos me veían como lo que era, como una humana, y de seguro eran capaces de pasarme por encima si los encontraba en un mal momento. Pero yo no era fácil de amedrentar, ni iba a dejarme atropellar por nadie.

    Al acabar de comer, caminé en dirección a la sala de los escritos para ver si podía hacer algo con las crónicas. En eso, alguien se cruzó en m camino.
    —¿Kohaku-kun?
    —Rin-chan, te he estado buscando.
    —¿Me habías estado buscando? Bueno —dije presumidamente—, pues ya me encontraste.
    Hizo un ruido como si contuviera la risa. ¿Se reía de mí?
    —Supe lo que te hicieron Kagome-sama y ane-ue. Es una pena que te hayas quitado tan bonito vestido aunque ciertamente no puedo imaginarte luciendo como Kagura.
    —Yo tampoco lo imagino, ni aunque me haya mirado en el espejo.
    —¿Así que te viste y no te gustó?
    —No me gustó por el significado que ellos le han dado ¿Cómo crees que podría aparecerme ante el maestro luciendo como Kagura? Si hubieras visto cómo me miró…
    —¿Cómo te miró? —me interrumpió.
    —No sé, era confuso.
    —¿Estaba enojado el maestro?
    Fruncí el ceño.
    —Mucho.
    —Lo lamento.
    —¿Qué lamentas?
    —Lo de Kagura —lo vi bajar la vista—. Lo hizo para defenderme. Si tan solo no hubiera…
    —No fue culpa tuya, Naraku gustaba de jugar con los sentimientos de las personas y también con sus debilidades. Ha pasado demasiado tiempo como para que aún te lamentes. Ya te pareces al maestro.
    Me miró.
    —¿El maestro también se lamenta?
    Guardé silencio por un rato.
    —Le duele.
    —No es el único que siente dolor. Por aquí hay muchas pérdidas irrecuperables y de todos.
    Le puse un dedo en el pecho.
    —Yo me cuento entre ellos y no por eso estoy llorando un mar de lágrimas.
    —Sí que eres fuerte, pero tú no fuiste la culpable de la muerte de tu familia.
    —Y aún así me sentí impotente. Basta, Kohaku, no me gustan tus melodramas.
    Me sonrió y le devolví la sonrisa.
    —Aún así, siento que esto fue jugar con los sentimientos del maestro. Diles a tu hermana y a Kagome-sama que estoy muy enojada por lo que le han hecho a Sesshoumaru-sama.
    —Creo que se lo imaginan. Te deben una buena disculpa, a ti y al maestro y me encargaré de decírselos.
    —Olvídalo, no es necesario que gasten sus palabras. Sesshoumaru-sama no las oirá y a mí no me preocupa mientras se mantengan al margen. No quiero que me comparen con Kagura, no soy ella, por Dios, está muerta, no la podemos revivir —desvié la mirada—. Y es horrible tan siquiera pensar que el maestro pueda sentir hacia mí lo que sentía con Kagura. Yo no estoy ocupando el vacío dejado por alguien, tú sabes mejor que nadie que eso no se puede hacer.
    —¿Qué vas a hacer? ¿Tú sí te disculparás con él?
    —Creo que no bastará con una disculpa.
    —Lo que le hemos hecho es muy feo.
    —En primer lugar, es Sesshoumaru-sama el que manda confeccionarte los vestidos ¿o me equivoco? Entonces él tiene la mitad de la culpa por haberte mandado hacer un vestido idéntico al de la señorita. Si te lo obsequió, supongo que es para que te lo pusieras alguna vez.
    —Pero no una vez cualquiera, Kohaku. ¿Te das cuenta? Irrumpí así justo en medio de una sala repleta de youkais cuando estaba trabajando. Además, todo mundo se puso a reír. El maestro debió de sentirse muy humillado.
    —Entiendo a lo que te refieres.
    Puse gestos de enojo.
    —La próxima vez, que se fijen en lo que hacen.
    —Si no tienes nada que hacer… ¿te gustaría cenar conmigo?
    —¿Eh?
    —Y con mi ane-ue y mi onii-sama, claro.
    —Si me desocupo para esa hora, iré —miré hacia fuera—. No entiendo por qué siguen aquí si ya te has recuperado.
    —¿Quieres que se vayan?
    —No, no. No quise decir eso.
    —Supongo que es para recuperar el tiempo. Piénsalo, nos habían perdido por casi un mes, nos necesitan.
    —¿Acaso se quedarán hasta que acabe el invierno?
    —Es muy posible.
    —Crees… ¿crees que el maestro admitirá que yo permanezca aquí durante la primavera? Sería peligroso. Y sabes cómo es él.
    —¿Qué harás si no quiere que permanezcas?
    —Mi primera opción es encapricharme. O deberle obediencia como se supone que ha de ser. Tú no le debes obediencia.
    —Fue él el que me quitó su protección. En realidad, eso no significa que yo haya renunciado a él. Así como tampoco renuncio a Inuyasha o a mi hermana.
    —De todos modos, das la impresión de que estuvieras escapando de todo —le recriminé.
    —Lo sé —murmuró mientras bajaba la vista—. Pero pensé que lo mejor para mí era darme un tiempo de soledad.
    —Un tiempo realmente largo —dije sarcásticamente.
    —Lamento haber desaparecido durante tanto tiempo, pero había estado trabajando duro. Y creo que dio resultado, mírame, sobreviví.
    Me burlé.
    —Aún así no pudiste evitar que te amarrara la guardia.
    —Cállate, que tú también lo sufriste. No es fácil pelear solo y con esa cantidad de youkais —acercó su cara a la mía—. Kagome-sama, Miroku-sama, Inuyasha y mi hermana siempre peleaban juntos. Eran un verdadero equipo, así las cosas son más fáciles.
    Entrecerré los ojos y hablé de forma jactanciosa.
    —Entonces deberías quedarte en donde están ellos, sería mucho más fácil.
    —Oh, calla, Rin-chan, tú no puedes decir eso en cuanto prefieres abandonarlos por Sesshoumaru.
    —En primer lugar, yo siempre he querido estar con él. Y también pasé a su lado suficiente tiempo como para conocerlo internamente.
    Él me miró de modo jactancioso.
    —Si comparamos el tiempo en que ha estado contigo con el tiempo en que llevas de vivir en la aldea, Sesshoumaru sale perdiendo.
    Lo empujé un poco, porque estaba demasiado cerca.
    —¿Desde cuándo le faltas el respeto a Sesshoumaru-sama? y, además, fue él el que quería que me quedara allí —no sabía en donde poner la vista, porque no quería mirarlo a la cara—. Y al mismo tiempo me quería con él... Eso de la indecisión debe ser un mal de familia.
    —Pobre de él. O pobre de ti, si él supiera que lo comparas con Inuyasha. No tiene un pelo de estupidez humana… pero… creo que sí se ha mimetizado con los sentimientos de la raza —sentí que era una indirecta a mi fuerte carácter y a mi mentalidad.
    —Conste que eso lo estás diciendo tú, no yo —pero de todos modos, me estaba dando la razón, porque realmente Sesshoumaru-sama estaba siendo como su medio hermano y su difunto padre. Aún así, ¿quién hubiera tenido el valor de decírselo?… Oh, sí, me olvidaba de la bocota de Kagome-sama y de lo contagiosa que era, sin desmerecerla. —Al menos estamos de acuerdo en que eché a perder al maestro —le dije.
    Kohaku-kun me tomó de la mano.
    —Oye, oye, están a mano. Él también te echó a perder a ti.
    Me solté “delicadamente”.
    —Ya se disculpó.
    —¿Y tú? ¿Te disculpaste?
    —Creo que estas cosas no vienen a ser asunto tuyo.
    —Uy, me metí en boca de lobo —dijo cínicamente—. No creas que tengo miedo de lo que él pueda opinar.
    —Aún así podría darte una buena paliza —le aclaré.
    —Pero tú no irías a culparme delante de él ¿verdad? —preguntó en un tono empalagoso.
    —Pues no, pero deberías mantenerte al margen.
    —No me gusta cómo te olvidas de que somos amigos.
    —No olvido que somos amigos, pero pedirte que respetes un poco al maestro no está de más. Hay cosas que puedes saber, cosas que no.
    —¿Por ejemplo?
    No respondí.
    —Me haces creer como que tú y él están ocultando algo.
    —El maestro no gusta de ocultarse, ni yo.
    —Pero te habías quedado tan callada…
    —Pues, tengo derecho ¿no?
    —¿Te volviste igual a él para llamar su atención, Rin-chan?
    —En primer lugar, no soy igual a él. En segundo lugar, lo hice para proteger mis emociones hasta que me permitiera regresar.
    —Pues por lo que estoy oyendo, creo que él protege bastante bien tus emociones.
    —Has cambiado mucho en estos años ¿acaso pretendes burlarte del maestro?
    —No, ¿cómo crees? No me irás a soltar que soy un malagradecido, como dijiste el otro día. No lo soy, tan solo comparto ms puntos de vista.
    —Creo que los de esa clase, no deberías compartirlos conmigo.
    —¿Te molesta? Creí que éramos amigos. Además, a ti no te gusta la gente de dos caras, ¿verdad?
    Fruncí el ceño.
    —Pero tampoco me gustan los descarados.
    —Gracias —dijo en tono sarcástico—. Solo intentaba ser sincero.
    —No —negué—. Estás siendo cínico, deberías controlarte un poco —lo miré de lado—. Tú no eras así —murmuré.
    —Tranquila —dijo despreocupadamente—. Solo hago lo mismo que tú: proteger mis emociones —no obstante, seguía sonando cínico.
    —Elegiste una mala forma de hacerlo. No me hartes, no me gusta cómo estás actuando ¿Qué te pasa?
    Se encogió de hombros.
    —No me pasa nada.
    Me fui acercando a él
    —Oh, no, señor. Algo te pasa, algo con el maestro y me gustaría saber qué…
    —¿Qué están haciendo? —interrumpió una voz.
    Inuyasha estaba parado con cara de circunstancia a varios pies de distancia. Venía en la dirección contraria, pero se había quedado ahí de brazos cruzados.
    Ambos lo miramos sorprendidos.
    —No estamos haciendo nada —le dijo él.
    —Solo hablábamos —agregué yo.
    —Pues deberían escoger otro sitio para hablar —dijo mientras se acercaba, tomándonos del cuello de nuestras ropas y separándonos—. No me gusta el modo en que están hablando —dijo cínicamente, mientras sonreía forzadamente, apretando los dientes—. Demasiado cerca ¿No creen que pueden mantener una distancia prudencial de… de dos habitaciones?
    —Solo charlábamos, no me digas que vas a enojarte por eso.
    —Pero hay otras formas de hablar, ¿no crees? —le dijo antes de molerle la cabeza a golpes—. Hoy en la cena es un buen ejemplo.
    Empujé a Inuyasha.
    —¿Cómo lo golpeas así?
    —Si está haciendo estupideces, es porque tiene fuerzas de sobra. Prefiero golpearlo yo antes de que lo haga mi “querido” hermano.
    —Pero si no estaba haciendo nada.
    —¿Crees que no oí su “conversación”?
    —Deberías tomarte esto con calma.
    —Ustedes también —y levantó del cuello de su haori a Kohaku, que reía nerviosamente y sudaba frío—. En especial tú —le dijo mirándolo mal.
    Y se fue mientras lo llevaba a las rastras y le gritaba que tuviera cuidado con las cosas que decía y que no me tomara de la mano y cosas de ese estilo.
    Uy, Inuyasha. Con hermanos cómo esos ¿Quién necesita más familia?

    Entonces, seguí mi camino hasta llegar a la sala de los escritos, tomé barras de tinta, un papel y, en vez de trabajar, comencé a dibujar. Lo primero que dibujé fue a Kohaku y escribí su nombre. La otra persona que vino a mi mente, fue Inuyasha. Lo dibujé con una luna negra de fondo y me quedé mirando el dibujo. Me pasé horas concentrada en eso y dibujé de todo. Cuando me di cuenta, ya era la media tarde, me lo había avisado mi estómago. Fui hasta la cocina y me serví algo. Me sentía bien al poder hacer cosas por mí misma, sin ser presionada por la constante persecución de los sirvientes. Yo quería demostrarles que era una persona capaz, como cualquier otra. Pero si iba a vivir ahí y tenía que complacer al maestro, iba a tener que aprender a comportarme, tarde o temprano, como una princesa. Pero sencillamente era difícil de hacer, principalmente para alguien tan hiperkinético.
    Al acabar de comer, salí a caminar para bajar el almuerzo hasta que escuché una risa proveniente de unas escaleras. Subí y seguí el sonido hasta una habitación, pero al entrar, no había nada, más que el polvo que se juntaba el nos rincones y las telarañas que colgaban de las blancas paredes. Salí y, al cerrar la puerta, volví a escuchar la risa, abriendo en el acto para atrapar al que estuviera haciendo la broma.
    —Ya, sal —la voz estaba en una esquina ¿pero era solo la voz?
    —Te escuché —susurró—, escuché lo que dijiste —en la esquina, apareció un fantasma con el ondulado cabello negro caído hacia delante. Se descubrió el rostro con una mano—. ¿Cómo te atreves a intentar robarte mi lugar? ¡Ya te dije que aquí no hay sitio para nadie!
    —Hay sitio para todos —murmuré en voz baja para mí misma.
    Negué con la cabeza. Era Kagura, o al menos su esencia. De repente, estaba a solo unos pasos de mí.
    —Te equivocas —frunció el ceño— ¡te equivocas! ¡Se equivocan! Cómo se ha atrevido a compararme con alguien como tú.
    No dije nada y no me moví. Los espíritus no deben ser molestados. Al instante siguiente, allí no había nada, nadie. Era como si nada hubiera sucedido. Salí caminando, arrastrando el alma por los subsuelos ¿acaso sería verdad que Sesshoumaru-sama me había comparado con Kagura? Tenía que ser una broma y de las malas. A paso duro, llegué a mi cuarto. En primer lugar, tenía que decirle a alguien que esa casa estaba llena de fantasmas pero, ¿qué daba? Miroku-sama me había dicho que las construcciones viejas estaban llenas de fantasmas, pero, generalmente, de niños. Me pregunté si ella tenía algún tipo de rencor hacia mí, porque no era la primera vez que su esencia se aparecía así. Ya lo había hecho muchas veces. Por otra parte, intenté imaginarme como youkai, si sería muy diferente de lo que ella había sido. No eran celos, ni envidia, más bien sentí dolor. Aunque también se me habían aparecido otros espíritus y me hubiera gustado saber por qué me seguían, por qué intentaban comunicarse conmigo, qué rayos querían de mí.
    Estaba leyendo un libro que me había obsequiado Kagome-sama sobre historias de fantasmas cuando, de repente, ellos entraron. Eran cinco enormes guardias ¡nada menos que cinco!
    Se armó la gorda, pensé, pero no dije nada. Si había mandado a cinco, por algo era. Vislumbré que se me venía la noche y mi corazón comenzó a correr una fuerte carrera.
    —Dama, acompáñenos —dijo uno de ellos.
    Cerré el libro, lo dejé en un rincón, me puse de pie y los seguí. De pronto, me hallaba flanqueada por ellos. No necesitaba saber a dónde me llevaban, ya lo sabía. Se me estrujó el estómago y tragué saliva ¿permanecería el enojo? Me preparé mentalmente para recibir una fuerte reprimenda. El camino se me hizo larguísimo, lo mismo que las escaleras. Cuando llegamos frente a la puerta, sentí un escalofrío que me recorría la espalda.
    Entramos y lo vi parado. Aún vestía la armadura que llevaba en la mañana. Estaba mirando la bola de cristal —la que yo le había obsequiado— entonces, volteó hacia nosotros.
    —Déjenme a solas con ella y asegúrense de que no entre nadie.
    Eso no me gustó. Los cinco youkai salieron y cerraron la puerta. Yo me quedé ahí mirándolo, no me atrevía a soltar ni media palabra.
    —Pasa —dijo yendo a otra habitación de las dependencias.
    Me sentía como esos reos llevados al suplicio. Había una mesa, pero yo permanecí de pie. Lo vi pasar a otra habitación más, pero como no me había dicho nada, no lo seguí. Cuando salió, no tenía la armadura, pero aún llevaba las muñequeras y las botas. Se sentó a la mesa.
    —Siéntate —obedecí como autómata. Ni siquiera me había mirado. En la mesa, había una pequeña cajita decorada.
    Lo vi desatarse y sacarse las muñequeras de forma lenta. Aunque las llamara así, esos eran guantes completos y se desarmaban en tres partes para poder quitarlos. Miraba a sus manos, a mí no me miraba. Al acabar, se quitó las botas y también tardó mucho. El silencio me había puesto muy nerviosa.
    Se soltó el cabello finalmente.
    —¿No quieres? —preguntó mirando la caja.
    Sorprendida, la arrastré hasta mí y la abrí. Eran dulces.
    —¿Por qué robaste la imagen de la dama de los vientos? —preguntó lentamente. Era la pregunta que no quería oír, pero no sonaba como si me regañara—. Crees que estoy molesto. No lo estoy —eso me sorprendió—, sólo me causa… curiosidad —me sorprendió verlo sacar un dulce de la caja y llevárselo a la boca, escuché claramente cómo se partía.
    Me miraba con evidente curiosidad.
    —Kagome-sama…
    —Eso ya lo sé —me interrumpió— ¿por qué te dejaste?
    Negué con la cabeza.
    —No tengo idea.
    —No es como si quisiera convertirte en Kagura por haber mandado confeccionar ese vestido. No podría y no querría convertirte en algo que no eres. Pero es un modo de proyectar… lo que pienso.
    Eso me movió por dentro, porque era como si me estuviera diciendo que pensaba de mí similar a como podía haber pensado de Kagura. Yo sabía que sentía afecto hacia mí, pero desconocía que pudiera sentirlo con esa fuerza. Se me cerró el estómago, así que agradecí por los dulces.
    —Es una pena que se desperdicien. He gastado en tantos obsequios… —pues sí que gastaba mucho en demostrar con acciones lo que pensaba. Sí, ya había entendido a donde iba.
    —Pero sí estoy molesto con los humanos de Inuyasha —lo miré y me pregunté si quizás sentía dolor—. Crees que estoy mal. No lo estoy. Pero no es agradable.
    Entonces era como supuse.
    —Canta para mí un poco —me sorprendió que quisiera oírme cantar. Yo nada más sabía algunas baladas —muy hermosas, por cierto— que me habían enseñado los profesores y las canciones de cuna que les cantaba a los hijos de Sango-sama. Probé suerte y me di cuenta que lo único que quería era que gastara saliva. No importaba lo que dijera, lo que quería era oírme, quizás como yo disfrutaba de oírle a él. No era la primera vez que se quedaba escuchándome, porque lo hacía siempre que me visitaba en la aldea. Como a la hora, se había agotado mi repertorio, así que mandó traer un libro de memorias para que se lo leyera. Esa era mi obligación porque, después de todo, era yo quien manejaba las crónicas. Sólo que, aparentemente, no quería que saliera, por eso mandó a otro. Oh, eso era el paraíso, era la paz, jamás había hablado tanto —y tenía fama de buena habladora—.
    —Cena aquí —demandó cuando se hizo de noche. Me parecía maleducado decirle que ya había sido invitada a cenar por Inuyasha. Por otra parte, pensé que Inuyasha lo entendería y no se molestaría, así que acepté con ganas. El silencio o el ruido eran agradables cuando estaba él.
    Me di cuenta de que el fantasma se equivocaba de nuevo. Él no me comparaba con Kagura.
    Pero algo sentía. Aunque yo no tenía ni idea de qué podía ser ese algo.
    Y el estómago no dejaba de hacerme cosquillas por dentro, como si tuviera mariposas.

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    Desarrollo de los personajes y de hechos en el fanfiction Eclipse Total.

    Como el título lo dice, aquí podrán ver cómo desarrollo a los personajes de Rumiko-sensei a lo largo del fic (y sí, es largo, se los había advertido).
    Mierda, me lo han borrado todo, así que vamos a ver si se puede hacer de nuevo.

    El desarrollo de Rin.
    Rin es, sin duda, un personaje tierno y divertido que entró en trama para hacer contrapunto al carácter de Sesshoumaru, pero terminó convirtiendo a nuestro estoico príncipe de ojos dorados en otra cosa completamente distinta a lo que era, sacó a la luz cosas que estaban ocultas.
    La Rin de mi fic no es muy diferente a la que conocemos, es la misma, es la del manga. Quizás, al principio, choque un poco el carácter que le puse pero la verdad es que la chica siempre es así en mis fics, en los otros fics se la muestra como un personaje débil y desvalido que no es. Yo no diría que tiene un carácter frío, más bien es ruda… y madura. Ya que, como había dicho antes, la inmadurez de los personajes de Inuyasha es directamente proporcional a su edad.
    Como dije, en mi opinión, pensé que, al criarse entre youkais, terminaría asumiendo comportamientos de esa especie y nutriéndose de su sabiduría. Creo que esa es una de las razones por la que Sesshoumaru deja a Rin al final del manga, sumado a su miedo a perderla, entre otras cosas.

    El desarrollo de Sesshoumaru.
    Me he esforzado para que sea lo más parecido posible al de Rumiko-sama, pero es difícil cuando me tomo como base de la profundidad que tiene.
    Como todos sabemos, Sesshoumaru es un personaje que no habla, pero piensa mucho. Como mi fic es un POV de la pareja, me aprovecho de eso para explorar en profundidad el mundo interno que no deja salir. Él siempre ha tenido un rico mundo interno que a veces resulta confuso y hasta caótico. Recordemos que, aunque sea youkai, durante la historia de Rumiko, tiene la mentalidad de un caprichoso adolescente. Quizás, al principio resulte chocante, pero hay que recordar que, en este fic, lo miramos desde adentro, no desde afuera —y Rin también lo ve desde dentro, debido a lo mucho que lo comprende—.

    Inuyasha y el grupo.
    Ellos aparecen como la familia adoptiva de Rin, la protegen, la cuidan y la ayudan en lo que pueden. Esa ayuda se extiende también a Sesshoumaru, aunque éste pueda tomarlos más como una molestia. Tienen un papel algo pequeño aquí, viniendo a ser como los secundarios de la historia, pero intento mantener con ellos un ambiente cómico y cómodo, ya que Sesshoumaru seguirá tan frío como siempre. En cierta forma, me ayudan a demostrar, pese a algunas teorías de lectores, que Rin en realidad no es fría, solo se pone así cuando trata de sobrevivir (Ya, en serio ¿ustedes qué harían si fueran arrojados desnudos, golpeados, amarrados y amordazados en medio de un bosque nevado lleno de lobos?).
    Tenía imágenes para esto, pero creo que sufrieron un desafortunado accidente.

    Otros personajes (inventados míos).
    Ginakihoshi, el zorro plateado que salva a Rin de los yourouzoku, tiene un notable papel pequeño aquí, pero quizás —y solo quizás— le dé un poco más de profundidad, aunque es difícil de hacer en un POV. De todos modos, me pareció un lindo detalle introducirlo en otro fic, porque me quedé prendada de este zorrito, que es como una versión pulida de Shippou-chan.
    Kuroika. Éste aparecerá a futuro. Espero que sea un personaje al que vayan a tenerle mucho, pero que mucho miedo.

    Analicemos algunas cosas raras que suceden.

    Los sueños. Sin duda, los sueños conforman una parte importante del mudo interno, ya que es donde fluye con mayor libertad, expresando cada deseo y miedo oculto. Es lo fantástico dentro de lo fantástico, ya que, aunque nos metamos en el mundo mitológico, los personajes se encuentran en circunstancias raras, ajenas a ellos, que no pueden manejar. Más bien, ellos son manejados por sus sueños. Al soñar, podemos hacer cualquier cosa, como Rin que, al ser atrapada por los yourouzoku, soñaba que se convertía en inuyoukai y escapaba matando a todos.
    Eso introduce incertidumbre (¿Puede un sueño ser real o es solo una maquinación del subconsciente?), introduce misterio (¿Los sueños pueden revelar el pasado y el futuro? ¿Pueden convertirse en cosas reales?) tiene magia (¿puede un sueño influir en el mundo real y tangible?). Para ser más clara, de seguro alguna vez soñaste que volabas, igual que nuestro príncipe (¡guau! ¡eres increíble!).

    Las apariciones. Las apariciones son poco comunes en los fics, desde mi punto de vista, pero es una forma interesante de introducir personajes que, de otro modo, no podrían entrar en la trama. Como Sesshoumaru, que se le aparece a Rin en medio del bosque, siendo que en ese momento estaba físicamente en otro sitio (eso le ocurre más específicamente a Inuyasha en un capítulo del Hakureizan). Del mismo modo, se aparecen en esta historia personajes que se hallan muertos (Kagura, el Guardián del Viento). También es otra manera de introducir duda, es decir ¿qué tiene ese palacio? ¿Qué tienen esas Tierras?

    El título. El título hace referencia a algo que pasará más adelante, créanme, no los defraudaré (espero).
    Pero luego, me di cuenta de que podía tratar a la pareja como si fueran la luna y el sol, respectivamente. Sí, sé que no soy la primera ni la última en hacer eso, pero es una interesante idea. Como sabes, la luna y el sol no se encuentran nunca, a menos que estemos hablando del Sol de Medianoche, que aparece junto con la luna en el North Pole, pero es difícil. El único momento en que vemos a la luna y al sol juntos, es durante un eclipse de sol pero, ya sea parcial o total, todo queda negro. Basándose en las experiencias de los ancestros, los dos personajes saben que les podría aguardar un futuro negro si se unen, y aún así quieren correr el riesgo.
    Tómese como ícono la frase que le he puesto a Sesshoumaru en un capítulo anterior: “nuestro amor es como la danza del sol y la luna. Al unirse, todo queda a oscuras”
    El fic no se llama Eclipse Total por nada. Prepárense, porque se viene un eclipse.

    Y, hablando de eclipse, un mal chiste:
    (Yo, Matías © Sendra)
    Matías: Eclipse de luna, la Tierra tapa a la Luna. Eclipse de Sol, la luna tapa al sol.
    Mamá: Matías ¿Querés que te prepare algo para comer?
    Matías: No, gracias, estoy en medio de un eclipse. (Eclipse de pito, la panza tapa al pito)

    Pese a ser muy común, el género SesshoumaruXRin no es muy leído, según me he ido dando cuenta, pero tiene sus buenos adeptos ¿Cuál es el secreto que caza lectores o, por el contrario, los aleja? En realidad, no es ningún secreto, porque te pasa cada vez que ves un dibujo de ellos, cada vez que miras una escena del manga o del animé, cada vez que lees esas escenitas: ¡es una pareja que te derrite de la ternura! (y no me digas que no) Quizás demasiada ternura. Tal vez por eso algunos se empalagan.
    He oído decir por ahí que Sesshoumaru usa como excusa el ser hermano de Inuyasha para robar cámara… ¡pero que se la robe toda! ¡Qué más da! No sé si será príncipe, pero para mí, es el Rey.
    También se ha dicho que todo iba sobre ruedas hasta que apareció Rin y desplomó su reputación de youkai asesino psicópata ¡pero qué importa, si lo convirtió en algo adorable! Sí, sé que el cambio fue muy brusco e inesperado, pero creo que fue un excelente cambio, más allá de lo que se pueda pensar…

    Oh, cierto, tengo que mostrar mis respetos a mi colega y una gran maestra en el arte de manejar las personalidades de los personajes de Rumiko-sensei. Ella es Tsuki no Youkai. Yo la considero un ficker increíble, me gusta su estilo aunque no comparta algunas cosas.
    El fic que estoy desarrollando está, en cierto modo, basado en su larguísimo fanfiction “Instinto”, un Sesshoumaru&Rin que yo lo tomo como el clásico, que ha durado cinco años y quince largos capítulos. Ella se ha dedicado a hacer una amplia investigación para escribir, ¡yo pienso que no está para juegos! Sin llegar al límite del plagio, he tomado ideas bases suyas, como para adaptarlas a otra historia. Pero he hecho todo para tener un manejo de trama y personajes algo diferente. Eclipse Total es, entonces, un homenaje al trabajo de Tsukino Youkai-dono. Y, por supuesto, a nuestra maestra Rumiko-sama.
    Pero, ¿sabes, Tsuki-chan? No eres la única que predijo cosas. En primer lugar, todos sabíamos que Kagome se quedaba. Como dos años antes de que pasara, yo dibujé a la madre de Sesshoumaru justo como apareció en el manga, con todo y Meidou Seki e, incluso, hacía que un perro gigante saliera de la piedra y los aplastara a todos. Y mi adorada nee-chan inventó a Rokudou Rinne-Kun mucho antes que ella. En todo caso, debemos ser nosotros, los fans, quienes deberíamos pedirle a la señora que nos pague los derechos de nuestras ideas ¿no lo crees?

    Por último, traigo una noticia que siento que debo compartir con todos. A pesar de que mis padres hicieron lo que no debían hacer, gracias al bendito Internet recuperé una importante cantidad de archivos perdidos (quizás un 50%, me arriesgo a decir). Se salvaron mis adorados archivos que estaban desperdigados, subidos a diferentes páginas web. Eso es un milagro maravilloso. ¡Gracias, Internet!
    :sess:
     
  15.  
    windmiko

    windmiko This is war

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    Re: Eclipse Total

    Hola, no se si te acuerdad pero me invitastes a leer tu FanFic, debo admitir que tienes buena narracion con los personajes. Me encanta la trama, pero debo decir que no la he leido toda, pero te dejo mi post para que sepas que estoy al pendiente de ella. Este es el segundo Long-Fic que leo sobre esta pareja y creeme que me ha encantado por completo; mi recomendacion es... fijate de tan concentrada que estaba en la lectura no me fije en esos pequeños detalles; es solo una pequeña cosa, si no quieres seguirlo por mi esta bien es solo que te pido que separes un poco mas los parrafos. Eso es todo.
    Apenas voy a terminar de leer el capitulo tres asi que me perdonaras por eso, pero casi no he tenido tiempo, pero no dejare de leerlo, los titulos que le colocas a cada capitulo son muy impactantes o mas bien que llaman mucho la atencion. Me gusta ese aspecto, es algo mas que caracteriza al Fic. Muchas felicidades y espero a que sigas con esto.
    Sayonara
    :princess:
     
  16.  
    pomy

    pomy Usuario popular

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    Re: Eclipse Total

    Excelente. Algunos errores que no voy a destacar porque de todos modos pude seguir sin problemas la trama.

    Espero que sigas tan constante como vas con los capítulos, un placer y un privilegio para mí.

    Pomy
     
  17.  
    sessxrin

    sessxrin Fanático

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    Re: Eclipse Total

    wuaoo!!!!
    como siempre, estoy encantada con el fanfic, es una historia que te engancha.
    este capitulo fue muy fácil de leer, ya que la entrada fue más "ligera" no se si hacerme entender, y al final estoy metida en la lectura, cuando veo que termino el capitulo digo ¡ahhh tan pronto! xD

    kya!!!me encanta el Sesshoumaru de la historia, es tan encantador...pero Rin, arg!!! a veces es muy hostil.

    otra vez kya!!!! me están encantando las escenas KohakuxRin, son tan lindos, las escenas no son Ooc. Bueno, tengo una pregunta...¿porque el grupo de Inuyasha, o mas bien Inuyasha y Sango se ponen tan recelosos cuando ven a Kohaku y a Rin hablar tan "cerca"? ya que a ellos no parece molestarles.

    espero la continuación, la historia como dije antes me engancha y me mete demasiado.
     
  18.  
    Jade

    Jade Iniciado

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    Re: Eclipse Total

    Esta parte me dio tanta risa, me lo imagine tan cómico por eso de la aldea olvidaba de la mano de Dios, aparte de que ahí parece un hermano menor molestón.

    ¿Por cierto entonces Sesshoumaru ya había besado a Rin?

    Esto es elegantemente romántico.

    Por dios Kagome se lee exasperante, por un momento me la imagine como una de esas señoras gordas adoradoras de pasteles ofreciendo amor a cualquier cosa existente y a Sesshoumaru morado y con una gotita. xD

    Lolol me la imagino encantada de la vida entre algodones de dulce y flores con las manos juntas imaginando escenas románticas estilo telenovela entre Rin y Sesshoumaru jajaja.

    No me imagino a Sesshoumaru en fotografías, es fatalmente divertido todo esto, además de que para él es algo desconocido. Sabes, a mi mente vienen Sesshoumaru poniendo la v de victoria e InuYasha a su lado con cara de tonto alegre n_n. ¿Por cierto como rayos Kagome revela las fotografías? se que es una pregunta muy idiota pero me da risa pensarlo.

    Me hiciste reflexionar sobre que para Sesshoumaru, Kagome efectivamente resulta excéntrica, no lo había visto de ese modo más bien no lo había profundizado.

    Eso ya es demasiado weird, me la imagine haciéndole sus oraciones 5 veces al día como musulmana. No se en que pensaron las chicas de la decoración...

    En verdad puedo decir es por mucho de los mejores que he leído en mi vida. <3.

    Me los imagine mirándose mutuamente y escondiendo las manos.

    La típica familia de la novia exasperante y el hermano oportuno.

    Jajaja amo a los hermanos, me hubiera encantado ver algo así, aunque bueno en el anime pasan una escena de InuYasha y Sesshoumaru comiendo juntos y mirándose fijamente con odio. A Miroku le falto decir "hagan el amor no la guerra"

    Jajajajajajajajaja me mato.

    ¿Dónde diablos estaba InuYasha? esto hubiera generado un problema familiar muy muy grave.

    Bueno hasta hora por el momento, necesito dormir pero en verdad me quede picada, en cuanto me despierte sigo leyendo y quoteando

    Edit:
    ¿Como supiste que el meidou-seki iba ser azul obscuro o lo acertaste?

    Es normal, a nadie le gusta ver el hijo de la otra. Aunque a ella no le molestaba el hecho de que Inu-No-Taishou estuviera con otra si no el hecho que se rebajará a estar con humana, eso era lo que causaba vergüenza. No parece haberle guardado resentimiento, ni que le hubiera importado mucho el padre de su hijo, lo que le importaba era su hijo. Al parecer terminaron en muy buenos términos de otra no luciría el meidou-seki como el regalo de un marido amoroso, como un exquisito adorno, si no lo hubiera tirado inmediatamente al haber finalizado su función.

    Tú la pusiste como si ella si guardara rencor, debió dar miedo xD y la forma tan natural de decir que es su hermano también da miedo.

    ¿Cual es su función?

    Ya me puse al corriente, espero la continuación ansiosa. Al leer tu fic y ver todo tan detalladamente, con una evolución razonable me da envidia, aparte de que lo haces parecer como si fueran capítulos de un libro, ya me encantaría dedicarme a escribir así sin perder la constancia, en eso debería seguir el ejemplo de mi madre, que es escritora, bueno en realidad es abogada, ejecutiva y escritora
     
  19.  
    xXxHinata

    xXxHinata Usuario común

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    Re: Eclipse Total

    Hola! si si ya se supone que ayer te tenia que cmentar :l es que estuve ocupada jeje *verguenza* bueno aqui vengo! xD

    Pues me gusto mucho tu fic, y el trama.

    Se nota, que no tienen el mismo caracter que en el anime o el manga, pero esta historia seria por decir una alternativa a lo que pasaria despues de el final de la serie, ¿no creen? bueno eso es a mi parecer :D

    Me gusto mucho la personalidad de Rin, es fuerte, madura, ruda asi no es tomada como una niña debil, si no como toda una chica fuerte y bueno algo tendria que aprende despues de haber vivido tanto tiempo con youkais ñ_ñ

    Tambien me gusto, la personalidad de Sesshomaru, es mas abierta y no se ve asi tan frio como suele ser y se ha visto :D

    Pero lo que mas mas me gusto fue... la pareja! :D xD siempre me ha gustado esta pareja! ñ_ñ seria lindo que al final ellos 2 quedasen juntos :D jeje bueno...

    Adios! me despido hasta luego :D cuidate y ponle conti pronto cuando puedas :D
     

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