Explícito E de Enfermera

Tema en 'Relatos' iniciado por Fersaw, 23 Enero 2019.

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    Fersaw

    Fersaw ¿Os gusta el pan?

    Aries
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    Escritor
    Título:
    E de Enfermera
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Tragedia
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    1367
    Mi nombre es Charlotte Mercier, soy una mujer francesa de treinta años, vivo a las afueras de parís hoy día, mi marido y yo tenemos una pequeña granja de hortalizas, además de un pequeño niño de cuatro años que corre alegre por nuestra casa todas las mañanas. No obstante, la relajada y pacifica vida campirana no me ha hecho olvidar mis años como enfermera voluntaria, y hoy os quiero compartir una de mis vivencias. Les voy a hablar de los días en los que visité el infierno. Eso ocurrió hace diez años, en 1916, durante la gran guerra.

    Habían pasado dos años desde que las naciones se declararon la guerra, lo alemanas atacaban el este de Francia, recuerdo que, en aquel tiempo, aun con las noticias de la guerra que venían todos las mañanas aún se podía vivir tranquilamente en la capital, los hombres se alistaban entusiastas en las bases militares y luego partían en los trenes cantando canciones de alegría y honor. En uno de esos andenes despedí a mi padre y mi hermano, ambos sonreían y no paraban de decir que volverían para el invierno con una medalla cada uno. Mi madre y yo solo reíamos sin conocer a donde se dirigían nuestros amados hombres.

    Una semana después llegaron los afiches donde se solicitaban mujeres para servir como enfermeras. Tenía un gran sentimiento de apoyar a nuestros hombres que luchaban, así que sin pensarlo mucho me inscribí, nos llevaron tan rápido que apenas pude despedirme de mi madre. Al igual que los hombres las mujeres también nos mostrábamos animadas y con gran emoción, la guerra y sus estragos eran algo que desconocíamos por completo.

    Antes de llegar al centro médico en el que serviríamos se nos dio un curso de una semana, aprendimos lo básico y uno que otro truquillo para atender diferentes tipos de heridas o enfermedades. Las chicas estaban emocionadas por aprender el noble oficio de la enfermería, no obstante, yo sentía que había algo extraño. “¿Por qué el curso era tan corto?” Me pregunté en un par de ocasiones, hasta que decidí preguntárselo a la enfermera en jefe, una seria mujer de edad madura, quien, con una frialdad digna de un militar me respondió “No podemos prepararlas para lo que van ver”. Recuerdo que esas palabras me helaron la sangre.

    Entonces llegamos al centro médico. Las puertas se abrieron y fue como entrar a un inframundo de agonía y desesperación sin igual. La primera tarea era repartir medicamentos entre los internados, parecía sencillo, solo fue un vistazo a los “rostros sin vida” así los llamarían luego. En una sola habitación había decenas de camas con personas en ellas, hombres descansando, “No se ven tan mal” pensábamos mientras repartíamos las medicinas. Pero sus miradas estaban perdidas y apenas hablaban. Gruesos vendajes cubrían las heridas en sus cuerpos. Aun así, cuando nos acercábamos nos miraban y sonreían un poco.

    Al aparecer el ejército elegía mujeres jóvenes para esta labor porque pensaban que animaba a los heridos, quizás sí. Esa sala era muy tranquila y silenciosa, no entendíamos que era así porque permanecían sedados las 24 horas.

    Al otro lado del pasillo principal, las coas eran muy diferentes, veníamos camillas entrar a toda velocidad con militares y doctores profesionales, todo el día, a cualquier hora. Esa sala era terriblemente diferente, y yo lo descubriría al tercer día de mi llegada.

    Era el medio día, y recién terminábamos la ronda de repartición de medicinas y comida. Así que yo y mis compañeras estábamos fuera del centro conversando. Entonces un pequeño camión llegó a toda velocidad, hasta casi derrapar. Varios soldados bajaron y comenzaron a llamar a los doctores. Uno de ellos salió a toda velocidad para ver que ocurría, un hombre estaba en una camilla y no dejaba de gritar, era un grito aterrador, estaba sufriendo y debía ser algo muy serio.

    El doctor estaba alterado, al parecer era un general quien estaba en la camilla, así que hicieron de lado a todos los pacientes que esperaban tratamiento y le dieron prioridad a ese hombre. Estábamos carentes de manos ese día, así que yo y otra compañera fuimos habladas para auxiliar al doctor.

    No podía ser peor, aquel hombre había sido atravesado por una barra de hierro. Cuanta sangre, cuantos gritos. Mientras el doctor preparaba los instrumentos nos pidió que limpiáramos la herida. Sentí su sangre cubrir mis manos, por más que limpiábamos no dejaba de salir. Los gritos solo aumentaban y el hombre intentaba rezar por su salvación.

    Entonces el medico se acercó y comenzó a retirar la barra de hierro, tres soldados tuvieron que acercarse a nosotros para sostener al general y que no se moviera. Cada centímetro fuera de él era agonía pura, estoy segura que el general se desgarró la garganta por tanto gritar. El medico miró a mi amiga y le pidió que lo amordazara, ella tomó un trapo y se lo puso en la boca para menguar el escándalo, de poco serbia. Yo miraba paralizada y pálida lo que ocurría, mi corazón se aceleraba y no podía respirar, en cualquier momento me habría desmayado.

    De no ser porque el doctor me pidió que me acercara, había retirado la barra de hierro sí, pero la sangre ahora salía a borbotones, mi labor era tomar paños para hacer presión la herida para que no se desangrara, de poco serbia. Recuerdo que sentí como mis dedos se hundían en su carne. Durante toda la operación mis manos no dejaron de temblar. Por suerte logramos salvarlo, el general permaneció sedado, la sala no podía ser más horrible, sangre por todos lados. Aun con todo nuestro esfuerzo el general perecería días más tarde a causa de una infección.

    El infierno de la guerra solo mostraba una de sus tantas y mórbidas caras. Durante mi servicio fui capaz de ver la crueldad y la miseria que las humanos somos capaces de causar en nuestros semejantes.

    Recuerdo en mis pesadillas los ataques del gas mostaza. Carne quemada y cubierta de ampollas, incluso me dolían a mí con solo verlas, luego tosían y vomitaban sangre, sus ojos enrojecidos siempre terminaban en ceguera permanente. Gritos, los horribles gritos nunca faltaban en la sala de emergencias, medicina tras medicina, tratábamos de calmar su sufrimiento, era imposible. Era tan horrible y aterrador ver hombres fuertes y rudos gritar a y llorar por un dolor que no era imposible imaginar.

    Luego llegaron los mutilados por la metralla de las bombas y granadas. Desde ese día no he vuelto a comer carne picada, me da asco y me aterra, pues siempre me recuerda lo que veía. Esquirlas, trozos de metal y madera que atravesaban y desgarraban la carne y los huesos de esos pobres desdichados. A veces simplemente llegaban con un miembro ausente y vendas cubriendo el muño sangrante.

    El trabajo se volvió tan difícil que por nuestra seguridad mental debíamos dormir fuera del centro médico, pues los gritos de los heridos volverían loca a cualquiera. Gritaban de agonía y de miedo, los adultos gritaban llamando a sus esposas, los más jóvenes incluso a sus madres llorando cual si fueran niños. Algunos trataban de escapar y por ellos los soldados resguardaban las instalaciones para retenerlos.

    Las enfermeras recién llegadas se burlaban de los heridos, decían que eran cobardes y no eran hombres. Esas tontas no entienden lo que esos pobres habían visto y vivido, cosas que los marcaran de por vida, la mayoría perdieron la cordura y deberán ser trasladados a centros psiquiátricos para el resto de sus vidas, otros tantos se suicidaran al final de la guerra.

    Dos años serví en ese lugar, dos años como testigo de tanto dolor, muerte y miseria. Pasaron años hasta que pude superar todo lo que vi, fue gracias a mi marido, quien es un psicólogo, que pude regresar a vivir tranquilamente.

    Mi padre jamás regresó de la guerra, y mi hermano perdió la cordura por sus múltiples heridas, ahora reside en un centro psiquiátrico, de por vida. Al menos agradezco que no estuve el día que le cortaron ambas piernas.

    Solo espero que dios nos salve de otro evento como ese, el humano no puede ser tan estúpido como para permitir una barbarie como esa.

    Charlotte Mercier. 1926
     
  2.  
    sugar guerrera

    sugar guerrera Entusiasta

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    wow eso es muy profundo, y lastimosamente real. si subes otra parte me dices gracias.
     
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