Historia corta Dulce Ironía

Tema en 'Novelas' iniciado por Navaja, 11 Octubre 2026 a las 8:53 PM.

Cargando...
  1. Threadmarks: Prólogo
     
    Navaja

    Navaja El mundo está esperando ahí

    Libra
    Miembro desde:
    14 Junio 2009
    Mensajes:
    265
    Pluma de

    Inventory:

    Escritora
    Título:
    Dulce Ironía
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    6
     
    Palabras:
    942
    Prólogo​

    Estaban sobre la cama, entre caricias y besos hambrientos, todavía a medio vestir, cuando él se detuvo un momento.

    Le acarició el cabello con una ternura casi temblorosa y apoyó la frente contra la de ella.

    —No sabes el miedo que tenía de invitarte a mi casa —susurró—. Nunca había traído a una mujer. Me refiero a que… eres la primera que…

    Respiró hondo, como si las palabras le pesaran.

    —La primera que quiero tener cerca.

    Sus dedos se enredaron suavemente en el cabello de su nuca mientras acercaba los labios a los de ella.

    —Ay, Dios… —murmuró contra su boca.

    Y volvió a besarla con una intensidad que le robó el aire.

    Se besaron largamente, hasta que ella terminó abrazándolo con los brazos y las piernas, aferrándose a su espalda. Cuando él se separó apenas unos centímetros, dejó un beso tierno en sus labios antes de susurrar:

    —Yo te elijo.

    Ella se quedó paralizada.

    Contuvo el aire y apretó los labios, intentando sofocar una risa que amenazaba con escapársele. No lo consiguió. Se cubrió la boca con una mano, pero la carcajada emergió de todos modos, tan fuerte que terminó por sacudirle los hombros.

    Él la observó, desconcertado.

    La sonrisa se le desdibujó lentamente mientras sentía que algo se le apretaba en el pecho. Había tardado tanto en reunir el valor para decirle aquello que, por un instante, temió haberse equivocado. Quizá había sido demasiado vulnerable. Quizá acababa de entregarle una parte de sí mismo que ella no sabía qué hacer con ella.

    —Lo siento —consiguió decir ella entre risas—. Es que, cuando dijiste eso, me sentí como un Pokémon.

    Él parpadeó una vez. Luego otra.

    —¿Un… Pokémon?

    La pregunta salió tan desconcertada que ella volvió a reírse, incapaz de explicarse.

    —«Yo te elijo» —repitió e hizo el gesto de lanzarle un objeto en el aire mientras hacía el efecto de sonido de lanzamiento «Pssshhh»

    Él intentó mantener la seriedad durante un segundo más, pero fue inútil. Una carcajada profunda le brotó del pecho, genuina y despreocupada, y terminó por doblarse sobre ella, apoyando la frente en su hombro mientras todo su cuerpo temblaba de risa.

    —¡Estábamos teniendo un momento hermoso y profundo y tú…!

    No pudo terminar la frase.

    Se apartó apenas para mirarla, con los ojos húmedos de tanto reír y una arruga en la comisura de los ojos.

    —Dios… Solo tú podrías arruinar un momento romántico de esta manera y hacer que me gustes todavía más por ello.

    Ella se cubrió la cara con ambas manos, ahogándose de la risa.

    —Lo siento…

    —No, no lo sientes en absoluto.

    La miró durante unos segundos, todavía sonriendo. Entonces, como si acabara de tener una idea brillante, deslizó un brazo por detrás de su espalda y el otro bajo sus piernas.

    —¿Qué haces? —preguntó ella, alarmada, justo antes de que la levantara de la cama.

    —¡No! ¿Por qué me haces esto? ¡Me da miedo!

    Él empezó a girar con ella en brazos, riéndose mientras ella pataleaba y se aferraba a su cuello.

    —¡Porque soy un huracán!

    —¡Me dan miedo los huracanes!

    Su protesta se mezcló con una carcajada cuando él dio otra vuelta. Ella escondió el rostro en su cuello, apretándose contra él, hasta que poco a poco dejó de resistirse y se permitió disfrutar de aquel absurdo momento.

    Finalmente, él se detuvo y la depositó con cuidado sobre la cama.

    Ambos quedaron sin aliento, exhaustos de tanto reír.

    Él se inclinó sobre ella, apoyando una mano en el colchón, y se quedó mirándola. Ella tenía el cabello revuelto, las mejillas encendidas y una sonrisa que todavía se le escapaba a pesar de sus esfuerzos por recuperar la compostura.

    Él sonrió también.

    Pero esta vez no se rio.

    Le apartó un mechón de la cara y acarició su mejilla con el pulgar. Durante unos segundos, se limitó a contemplarla, como si quisiera guardar en la memoria aquella imagen: ella despeinada, sonrojada y feliz, mirándolo con una confianza que jamás habría imaginado inspirar en alguien.

    —¿Qué? —preguntó ella, todavía con una sonrisa tímida.

    Él negó despacio, sin dejar de acariciarla.

    —Nada.

    Una sonrisa ladeada apareció en sus labios.

    Ella soltó una risita y posó una mano en el pecho de él, sintiendo los latidos acelerados bajo la palma. Él atrapó su mano antes de que pudiera retirarla y le besó los nudillos. Después entrelazó sus dedos con los de ella y volvió a apoyar la frente contra la suya.

    La besó despacio, con una ternura que ya no necesitaba demostrarse con palabras. Ella respondió acercándose a él, acomodándose entre sus brazos como si aquel lugar le perteneciera.

    Él la estrechó suavemente contra su pecho y dejó un beso en su frente.

    No recordaba la última vez que se había reído de aquella manera. Mucho menos la última vez que había deseado prolongar un instante solo porque sí, sin necesitar nada más que la presencia de otra persona.

    Pero con ella era distinto.

    Quería volver a escuchar aquella risa. Descubrir qué otras ocurrencias inesperadas podían compartir y cuántas veces más lograría sorprenderlo sin siquiera proponérselo.

    Cerró los ojos un momento, abrazándola un poco más, respirando el aroma fresco de su cabello mezclado con la calidez de la piel.

    —¿Sigue dando miedo el huracán? —susurró él contra su sien, con un tono suave y juguetón.

    Ella soltó una risita ahogada contra su pecho y negó despacio con la cabeza.

    —No… este huracán me gusta.

    Él sonrió en silencio en la penumbra, apretándola con la certeza absoluta de que, pasara lo que pasara afuera, en esa habitación y entre sus brazos, el tiempo podía detenerse para siempre.
     
    Última edición: 11 Octubre 2026 a las 9:01 PM
    • Adorable Adorable x 2
  2. Threadmarks: Capítulo 1: Fuego
     
    Navaja

    Navaja El mundo está esperando ahí

    Libra
    Miembro desde:
    14 Junio 2009
    Mensajes:
    265
    Pluma de

    Inventory:

    Escritora
    Título:
    Dulce Ironía
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    6
     
    Palabras:
    1107
    Capítulo 1: Fuego
    ​
    Antes de que empiece a amanecer, la escuché levantarse en silencio, con cuidado de no despertarme.

    Yo llevaba despierto un rato mirándola dormir. Memorizando sus facciones, lo serena y tierna que se veía entre mis brazos. Moría de ganas de acercarme a darle un beso en la frente, en su fleco despeinado y negro. Cuando por fin me rendí y posé los labios con cuidado, ella se movió. De inmediato fingí estar dormido. No sé por qué me asusté.

    Ella se vistió con su uniforme oscuro y esas botas demasiado pesadas y masculinas para unos pies tan delicados y pequeños.

    Me moví de forma perezosa y no noté que estaba sonriendo como un tonto hasta que ella me miró de esa manera tan suya: como pidiendo permiso, bajando la mirada de inmediato y sonriendo para sí misma. No necesité encender las luces para saber que se ha sonrojado.

    —¿Te vas tan pronto? —susurré en la penumbra, con la voz ronca.

    Ella asintió y soltó un suave «ujum».

    —Debo ir a trabajar. Y debo ir a arreglarme.

    —Puedes ducharte aquí —no me di cuenta de que estaba casi rogándole.

    —Tengo mis cosas allá —me miró sin atreverse a hacer contacto visual—. Nos vemos.

    Susurró esas dos palabras antes de bajar las escaleras corriendo. Yo me quedé tumbado en la cama, con el torso desnudo, y solté un suspiro que fue mitad frustración y mitad enamoramiento, poniendo un antebrazo sobre mi cara.

    Mi perro, un American Bully negro, entró y se acostó a los pies de la cama. A ella no le había ladrado nunca. Es más, se llevaban bien como si fueran mejores amigos de toda la vida. Eso me ponía un poco celoso... no sabía si de él o de ella.

    La lluvia caía torrencialmente afuera y se escuchaban algunos truenos. La ausencia de ella en mi cama me dio frío. Me levanté a ponerme algo de ropa. Vi mi camiseta oscura olvidada en el piso y la olí. Tenía su aroma. Negué con la cabeza, como regañándome a mí mismo.

    ¿Desde cuándo me volví tan estúpido?

    Nunca me habían importado demasiado los romances ni amanecer con alguien. Usualmente era yo quien desaparecía antes de que saliera el sol, porque no soportaba enfrentar lo que venía después. Pero con ella no podía entender por qué todo se volvía tan puro y natural.

    Recordé la noche anterior, cuando por fin la pude hacer mía... o al menos eso intenté al principio. Después de besarla largamente y quitarle la mitad de la ropa, hizo ese comentario absurdo que me hizo reír. Reír de verdad, como solo lo había hecho hacía mucho más tiempo del que puedo recordar. Reí hasta llorar y, en un impulso infantil y juguetón, la alcé en brazos así, vestida solo con esa playera blanca sin mangas y esas bragas azules que enmarcaban tan bien sus curvas. Se me olvidó todo el calor del momento y la hice girar. Ella se aferró a mí pataleando y después se rindió, confiando en que no la iba a soltar.

    Esa sensación me inundó el pecho.

    Miré mi reflejo en la oscuridad que ya se tornaba azulina. Eran las 6:27 de la mañana. Estaba sonriendo. Me sentí ridículo. Yo, de metro ochenta y uno, delgado pero musculoso, con cicatrices visibles, cabellera canosa, desordenada y áspera... sonrojado como un puberto.

    Mi perro ladró hacia la ventana.

    Escuché abrirse la reja de la casa de al lado. Me escabullí para mirar, oculto detrás de la cortina, y la vi salir corriendo, cubriéndose con la capucha de ese abrigo verde que, pese a estar hecho para abrigar, enmarcaba muy bien su silueta. Una camioneta oscura la espera. Hay un hombre al volante.

    —Solo es su compañero de trabajo —le dije a mi perro.

    Me obligué a soltar el aire que estaba conteniendo y, con ese único gesto, también aflojé el puño que se había cerrado a mi costado. Cerré la cortina y me senté en la cama.

    ¿Por qué me molestaba tanto? Yo mismo le pedí discreción con estas citas clandestinas que, además, habían llegado a algo solo una vez: la noche anterior. ¿No era ese el objetivo? El alivio de su piel en mi cama para por fin sacármela de la cabeza. Eso hacía con otras mujeres interesadas en mí. Ella también lo estaba, pero... ¿por qué no quería que eso acabara?

    ¿Acaso nuestras largas conversaciones y lo mucho que teníamos en común me estaban nublando el juicio? ¿La edad me estaba ablandando? ¿La soledad?

    Sabía que, si quisiera, ese mismo día podía tener a otra mujer conmigo. Pero no quería. De hecho, me daba vergüenza admitir que jamás había compartido mi propia cama con nadie.

    Mi perro, que entendía mis pensamientos mejor que yo mismo, ahogó un gemido con esa mirada que me atravesaba el alma.

    —Ella es mi vecina. Es más práctico vernos aquí.

    Me repetí esa frase infinitas veces cuando planeé nuestra cita de anoche.

    Puras excusas.

    Esa mujer había tocado una parte muy profunda en mí que no tenía nada que ver con la atracción sexual. Podía ser mi amiga. Podía ser incluso mi confidente. Le gustaba el mismo pasatiempo absurdo mío y tenía otros que me interesaban bastante. Quería aprender de ella.

    Rayos.

    No me gustaba admitir que sentía una admiración que quemaba por alguien que, en simple apariencia y currículum, tenía menos que ofrecer que yo. Pero en espíritu me tenía absolutamente embobado... y ella ni siquiera lo sabía.

    No sabía que, con su mera existencia, era capaz de iluminar la oscuridad que cargaba conmigo a diario. Me hacía sentir visto no como el hombre soltero codiciado, ni el trabajador competente, ni el ciudadano ejemplar. Me hacía sentir como yo mismo. Como niño y como todo a la vez.

    Estaba asustado.

    Después de mucho meditarlo, de enfrentarme a mí mismo en la penumbra de mi casa y de mi alma, lo decidí.

    No quería ver cómo otro hombre la llevaba al trabajo. Me gustaría tener el privilegio de compartir las mañanas con ella. De verla tal como hoy, en todo su esplendor.

    Todos los días escuchaba ese maldito motor llegar puntual a las 6:30. No había nada que reclamarle. Ella trabajaba como guardia de seguridad a las afueras de la ciudad y era conveniente que ese compañero la fuera a buscar. Era lógico y práctico. Mucho más seguro que mi motocicleta en días lluviosos como hoy.

    La rabia volvió a instalarse en mi pecho. Me levanté.

    Iría a buscarla.

    Me daba lo mismo lo que la gente dijera ... incluso lo que yo mismo pensara.

    Mi perro ladró.
     
    Última edición: 11 Octubre 2026 a las 9:01 PM
  3.  
    Navaja

    Navaja El mundo está esperando ahí

    Libra
    Miembro desde:
    14 Junio 2009
    Mensajes:
    265
    Pluma de

    Inventory:

    Escritora
    Título:
    Dulce Ironía
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    6
     
    Palabras:
    801
    Capítulo 2: Nieve
    ​
    Mientras íbamos en el auto, la lluvia golpeaba la ventana con fuerza. El viento soplaba con furia y los truenos retumbaban cada tanto. Qué bueno que en esta zona no se formaban huracanes; les tenía pavor.

    No podía dejar de pensar en sus manos, en sus besos… pero sobre todo en su risa. Dios Santo. Qué sonrisa tan cálida y bonita. Nunca le había visto una risa tan genuina. Se le curvaban las cejas grisáceas hacia arriba y los ojos se le arrugaban con una expresión dulce, tan distinta a esa cara indiferente y con flojera que casi siempre lleva puesta, esa que casi no da ganas de hablarle.

    Solté un suspiro que ni cuenta me di que estaba conteniendo.

    —Andas muy pensativa hoy, señorita —dijo mi compañero con una media sonrisa—. Si no te conociera, diría que estás nerviosa. ¿Te pongo nerviosa a estas alturas? —se rió.

    —No, ¿cómo crees? —me reí también, aunque me sonrojé al haber sido descubierta. Las manos empezaron a sudarme. No quería ser evidente.

    Noté cómo se quedaba mirándome un poco más de lo considerado cortés. Me puse todavía más roja. Podía sentir las mejillas ardiendo.

    Este compañero siempre había sido amable conmigo. Vivía al otro extremo de la ciudad y se había ofrecido a recogerme porque le quedaba de camino. Nos tocaba hacer guardia en parejas y fue el primero en acogerme cuando llegué al trabajo. Era agradable trabajar juntos y nos reíamos bastante. Tenía una actitud coqueta, pero siempre se lo atribuí a su personalidad encantadora y no a algo más.

    —Me gusta mucho tu inocencia —dijo, volviendo a mirar al frente con una sonrisa más suave—. Es refrescante conocer a alguien que todavía conserva eso… la inocencia intacta.

    —Gracias —me rasqué la nuca con las uñas, de puro nerviosismo.

    Aquella jornada fue terrible. El clima no acompañó y terminé empapada. En un momento extraño del día, el sol logró abrirse paso entre aquel mar de nubes que aprisionaba la ciudad. Pude respirar un poco sin que el agua me azotara la cara. Cuando terminó el turno, agradecí a Dios.

    Mi compañero, que esperaba en el aparcamiento, me hizo una seña para que lo siguiera.

    —¿Vamos por un café? Yo invito.

    Asentí y lo seguí. Fuimos en su auto hasta una cafetería a la orilla del camino, rodeada de áreas verdes. Pedí un té y él un café. Nos sentamos en una banca frente a unos alerces y bebimos en silencio.

    —¿Te sientes mejor?

    —Sí, gracias. ¿Y tú? —lo miré mientras calentaba mis manos con el vaso de cartón.

    Él asintió, terminó su café y suspiró.

    —Me alegra poder hacer eso por ti. Hacer que te sientas bien.

    —Gracias. Siempre has sido muy amable conmigo —le sonreí brevemente antes de soplar el té.

    —Porque me nace. Te vi mojarte ahí en el patio mientras yo estaba adentro, calentito. Siempre te digo que pidas que te pongan de pareja conmigo.

    —No puedo hacer eso. Ya sabes cómo son… van a empezar a decir cosas.

    —¿Y qué tiene? —de pronto me miró de cerca.

    Me llevaba diecisiete años. A sus cuarenta y siete, tenía los signos de la edad marcados en el rostro y el cabello canoso acorde a sus años. No pude evitar compararlo con mi vecino, que, a sus treinta y ocho, tenía la cabeza completamente gris. Siempre había sido canoso, desde niño. Y a mí me parecía el cabello más hermoso que había visto.

    Siempre había querido pasar los dedos por esas hebras ásperas. Anoche, por fin pude hacerlo, cuando nos besamos de verdad.

    Siempre había suspirado por él desde lejos. Se veía soltero, aunque era sabido que tenía sus asuntos con algunas muchachas. Nunca nadie le vio una novia formal. Anoche, cuando se rió de aquel chiste absurdo que hice hasta llorar, sentí que fuimos una pareja por unas horas. Se sintió lindo.

    Estaba tan absorta en esos pensamientos que apenas escuché la voz de mi compañero. No entendí lo que decía. Solo asentí por inercia.

    —¿Lo dices en serio? —su tono subió un poco y los ojos se le iluminaron de alegría.

    Fruncí el ceño, a punto de pedirle que me repitiera lo que había dicho… pero entonces sentí su boca sobre la mía. Su mano me sujetó el cabello desde la nuca. Me sobresalté y solté el té, que cayó al suelo esparciéndose por el pavimento.

    El ruido lo hizo separarse. Fue entonces cuando vi, a lo lejos, aquella moto negra arrancar. Reconocí el casco, la figura, la chaqueta. Llevaba atrás un casco más pequeño… de un verde neón. Mi color favorito.

    No puede ser.

    Me levanté de golpe y di unos pasos hacia adelante, pero el motor ya rugía en dirección contraria, perdiéndose en el horizonte. Extendí la mano inútilmente.
     
    Última edición: 11 Octubre 2026 a las 9:02 PM
  4.  
    Navaja

    Navaja El mundo está esperando ahí

    Libra
    Miembro desde:
    14 Junio 2009
    Mensajes:
    265
    Pluma de

    Inventory:

    Escritora
    Título:
    Dulce Ironía
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    6
     
    Palabras:
    789
    Capítulo 3: Huracán
    ​
    Mi corazón latió fuerte al verla. Estaba empapada; el abrigo verde apenas disimulaba la ropa húmeda y helada que llevaba debajo.

    No me vio. En cambio yo la vi subirse a la camioneta de su colega y, por instinto, los seguí.

    Se detuvieron en una cafetería. La vi con las mejillas sonrojadas.

    Quería que ese tipo se largara de una vez y poder subirla a mi moto. Había conseguido un casco para ella. Jamás había pensado en llevar compañía, y quería que ella fuera la primera. Debía ser especial. Por eso elegí uno de su color favorito. Me imaginé ayudándola a ponérselo y lo adorable que se vería en ese cuerpo pequeño y bajito.

    Su colega hablaba y hablaba, acercándose cada vez más. Ella asentía sin mirarlo. Nunca mantenía contacto visual… ni siquiera conmigo, excepto anoche. Fue entonces que él la tomó del cabello y la besó.

    Se detuvo el tiempo.

    Sentí como si me hubieran dado un golpe en el estómago. Quise llorar. Quise vomitar. Solo atiné a encender el motor y salir de ahí. No miré por el espejo.

    No me di cuenta de que estaba llorando hasta que la visión se me volvió borrosa. Pestañeé y las lágrimas cayeron rápido, una tras otra.

    Los truenos volvieron. Apreté el acelerador.

    El golpe de los truenos en las costillas me distraía, aunque fuera por un instante, del dolor que llevaba dentro.

    Ella me dijo que le tenía miedo a los huracanes.

    Qué irónico.

    Porque ahora yo me he convertido en uno: rabioso, febril, incapaz de detenerme.

    Llegué a casa empapado.

    No encendí ninguna luz. Me quité la chaqueta y las botas todavía en la oscuridad y me dejé caer de espaldas en la cama. El perro se acercó en silencio y se acurrucó a mis pies, como si entendiera que hoy no debía ladrar.

    Me quedé mirando el techo.

    Por esta razón no me entregaba a nadie. Siempre salía mal. Siempre. Me engañaron alguna vez. En otra ocasión en la que quise entregar el corazón también fui necio y demasiado inocente. Me dejé deslumbrar una y otra vez hasta que me sentí tan patético que me juré no volver a ceder a algo que me dejara tan expuesto. Por esa razón había decidido tener solo encuentros casuales. Nada más. No podía. Ya había perdido demasiado y, perder a una persona que yo mismo había elegido era autoimponerme un dolor que no sabía si podría soportar.

    Me volví a equivocar.

    ¿Tan mal he hecho las cosas en la vida? Dios, ¿por qué?

    Una lágrima solitaria me resbaló por la sien y se perdió en el pelo. Me cubrí el rostro con el antebrazo.

    Afuera seguía lloviendo. Adentro, la oscuridad ni siquiera competía con la penumbra en la que se encontraba mi alma.

    Giré la cabeza hacia la ventana. La de ella estaba iluminada.

    ***

    Pasaron dos semanas.

    Pedí vacaciones en el trabajo. No quería ver a nadie. No quería que nadie me viera.

    Me quedé en la penumbra de mi habitación, con las cortinas cerradas y las luces apagadas. Solo me levantaba para alimentar al perro, limpiar su espacio y volver a tumbarme en la cama.

    Pasaba las noches en blanco, sin conseguir dormir. Ardía entre los pliegues de las sábanas.

    Mi enorme perro se acurrucaba a mi lado, fiel, en silencio. A veces apoyaba el hocico en mi brazo como si entendiera que hoy tampoco iba a hablar.

    Esperaba la noche. Esperaba el momento en que ella volvía del trabajo y, casi siempre, empezaba a practicar.

    Su voz atravesaba las dos ventanas paralelas.

    Era preciosa. Dulce. Con carácter. Tenía ese pequeño ronroneo en algunas frases finales que me daba escalofríos cada vez. Tocaba la guitarra de forma torpe, pero eso no importaba. La canción salía igual de hermosa.

    La escuchaba prepararse para su presentación de canto. Y yo, desde la oscuridad, deseaba que algún día cantara directamente para mí.

    Fue precisamente por una de esas canciones que me atreví a iniciar una conversación con ella.

    Una noche cantó algo sobre amar a alguien en secreto. Me quedé petrificado detrás de la cortina. Al día siguiente la invité a salir. Fue la primera de tantas tardes y noches en las que nos quedamos conversando horas… primero en la calle, después desde nuestras ventanas, una frente a la otra.

    Ahora solo escuchaba.

    Y cada vez que su voz llenaba la habitación, yo lloraba en silencio.

    —¿Por qué de todas… por qué tú?

    La pregunta se me escapaba una y otra vez, apenas un susurro ronco contra la almohada.

    Afuera seguía lloviendo.

    Adentro, yo me consumía despacio, esperando la siguiente noche en la que volviera a cantar… y volviera a romperme el pecho.
     
    Última edición: 11 Octubre 2026 a las 9:02 PM
  5.  
    Navaja

    Navaja El mundo está esperando ahí

    Libra
    Miembro desde:
    14 Junio 2009
    Mensajes:
    265
    Pluma de

    Inventory:

    Escritora
    Título:
    Dulce Ironía
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    6
     
    Palabras:
    514
    Capítulo 4: Lluvia
    ​

    Miraba su ventana cada vez que podía, pero ya no había rastro de él. Ni ladridos de su perro. Su casa permanecía a oscuras, sin ningún ruido, sin ningún movimiento. Tampoco los vecinos sabían de él ni de su perro.

    Se acercaba mi presentación en la clase de canto individual. Descarté la canción que había elegido después de ensayarla dos veces. Mi corazón y mi cuerpo completo me exigían cantar canciones de amor. Canciones suplicantes. Deseaba que el viento llevara mi voz hasta él. Suplicarle que me escuchara. Pero tal vez ya había pasado la página conmigo y era yo la que se estaba aferrando a algo que nunca comenzó realmente.

    Quizás después de aquella noche él no me hubiera llamado de todas maneras. Quizás el hombre de la moto solo fue una coincidencia. Quizás mi vecino no era el hombre gentil que había idealizado, sino un coleccionista de experiencias… y yo había sido una más. Una que le había costado conquistar, pero que finalmente consiguió.

    Pasaron dos semanas y el temporal no amainaba.

    Renuncié a mi trabajo. No quería volver a ver a aquel compañero. Aunque extrañaba que me llevara en el auto, sabía que no podía seguir trabajando a su lado como si nada hubiera pasado.

    Iba caminando abrigada con mi abrigo favorito —aquel verde oscuro que parecía un mini vestido—, botas de caña alta y guantes negros. Venía de regreso de mi nuevo trabajo. Era más sencillo y mucho más cercano a casa, así que podía caminar, aunque el agua me llegara a los tobillos en algunas partes del camino.

    Doblé la esquina de mi calle. Caminé varios pasos mirando el suelo hasta que levanté la vista… y ahí estaba él.

    Tenía los ojos hinchados y estaba más pálido que de costumbre. Me miraba con las manos metidas en los bolsillos mientras el agua empapaba su cabellera plateada.

    Tragué saliva y me detuve. Mi casa quedaba justo al lado de la suya; para llegar, tenía que pasar por donde estaba él.

    Pero no pude moverme.

    Me quedé quieta, observándolo, como una presa frente a un depredador.

    Él no me quitaba la vista de encima, con esos ojos difíciles de leer. Podría estar enojado o tranquilo y su expresión casi no cambiaría. Llevaba puesta una mascarilla oscura —quizás estaba resfriado—.

    Nos miramos durante un rato. Entonces él dio un paso hacia mí.

    Algo en su mirada me hizo querer acercarme también. Había calidez en aquellos ojos, una ternura que no esperaba encontrar después de tanto tiempo.

    Dejé caer el paraguas y corrí a sus brazos.

    Me abrazó con desesperación. No me importó quedar empapada con su ropa y su cabello. Hundí la cara en su chaqueta mojada.

    —Renunciaste… —dijo en voz baja.

    —Sí. Ya tengo otro trabajo. Me queda más cerca.

    Levanté el rostro para mirarlo, aunque llevara la mascarilla puesta.

    Me acarició la mejilla con sus dedos largos y fríos, con mucha ternura, y me invitó a entrar.

    Antes de siquiera abrir la reja, escuché a su perro rascando la puerta, ladrando de emoción.


     
  6.  
    Navaja

    Navaja El mundo está esperando ahí

    Libra
    Miembro desde:
    14 Junio 2009
    Mensajes:
    265
    Pluma de

    Inventory:

    Escritora
    Título:
    Dulce Ironía
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    6
     
    Palabras:
    227
    Epílogo
    ​

    La lluvia seguía golpeando los cristales cuando por fin apagué la única lámpara que había dejado encendida.

    Ella ya estaba profundamente dormida a mi lado. No fingía. Dormía de verdad, con esa respiración lenta y pesada de quien por fin se siente segura. Tenía la mejilla apoyada cerca de mi pecho y una mano delicada descansando sobre mi camiseta.

    Me quedé mirándola un rato en la penumbra.

    Saqué con cuidado la manta que estaba al pie de la cama y la arropé hasta los hombros. Ajusté la tela alrededor de su cuerpo para que no sintiera frío. Ella se removió apenas, murmuró algo ininteligible y volvió a quedarse quieta.

    Bajé el antebrazo que tenía sobre el rostro y sonreí. Una sonrisa pequeña y cansada.

    A los pies de la cama, mi perro roncaba estirado a sus anchas. Era un refugio de tres que nunca imaginé poder disfrutar de esa manera, pero me sentía extrañamente en paz y el pecho libre de aquella opresión.

    Suspiré, largo y profundo, mientras pasaba los dedos con extrema suavidad por su cabello.

    Afuera el temporal seguía.

    Adentro, ella dormía en mi cama… y yo solo podía pensar que, al fin, estaba exactamente donde quería estar.

    Sentí una calidez en el pecho.

    El fuego nocturno que derretía, por fin, la nieve que nos separaba durante el día.

     
    Última edición: 11 Octubre 2026 a las 9:03 PM
Cargando...

Comparte esta página

  1. This site uses cookies to help personalise content, tailor your experience and to keep you logged in if you register.
    By continuing to use this site, you are consenting to our use of cookies.
    Descartar aviso