[Doña Bárbara] Se trata de pensar

Tema en 'Fanfics abandonados sobre Libros' iniciado por rhapsodic, 13 Diciembre 2011.

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    rhapsodic

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    Escritor
    Título:
    [Doña Bárbara] Se trata de pensar
    Clasificación:
    Para niños. 9 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    875
    Título: Se trata de pensar.
    Fandom: Doña Bárbara [La Telenovela]
    Personajes: Eustaquia, Bárbara Guaimarán [La Doña]
    Género: Drama
    Resumen: Eustaquia pensaba en un futuro brillante para su niña, y ese sueño era tan distante, porque la actitud de Bárbara parecía no mejorar con nada... Lastimosamente, era inevitable.
    Notas: Aww, tenía que escribir de la novelita otra vez, esta vez, de la vieja más pówah del Arauca *¬*
    ______

    Se trata de pensar


    Bárbara Guaimarán era una mujer fiera, de artimañas y de armas tomar. No había nadie que pudiera referirse a ella como una amiga, a menos claro que fuese la vieja Eustaquia, figura materna de la doña y candado de todos sus secretos. Aún así, la anciana temía de las acciones de Bárbara, asesinando y brujeando a cuanto enemigo le pasase por el frente. Un perfecto ejemplo había sido aquella capitalina de grandes dotes, Luisana. La pobre había padecido más de lo que ningún otro lo había hecho bajo los conjuros de la doña, y había sobre aprendido a no desafiarla luego de verse pálida, flácida, enferma y casi sin cabellos en la cabeza.

    Su Barbarita había disfrutado tanto haciéndole daño a esa mujer que a ella misma le daba escalofríos; su amor por el doctorcito era inmenso, tanto, que rozaba el borde de lo enfermizo… Pero no podía culparla, había sufrido tanto y había cambiado un montón en tan sólo una noche, todo por culpa del Sapo y sus hombres, abusivos malditos… Merecían morir, una y mil veces.

    Y Eustaquia consideraba que, tal vez, Bárbara debía de acabar con todos ellos para recuperar su sonrisa y abandonar el Miedo, aún cuando ella le había dicho que sus esfuerzos y sacrificios por aquellas tierras valían la pena, la trémula anciana confiaba en que, efectivamente, su Barbarita volvería a los ríos y retomaría su vida como la pescadita que solía ser antes de que esos cinco borrachines le desgraciaran la vida a su niña.

    Algún día, ella se olvidaría de todo, con suerte, dejaría en el pasado eso que le cambió la existencia; dejaría atrás a Lorenzo Barquero, a Marisela, dejaría el Arauca y se embarcaría con el doctorcito en la aventura de su vida.

    Sin odio, sin tristezas, sin más sangre…

    Eustaquia confiaba plenamente en un futuro brillante para su niña, soñaba con verla sonreír como lo hacía de pequeña, soñaba con dejar de observarla rezándoles a aquellos dioses oscuros y que sólo traían desgracia y tragedias al llano… Su Barbarita, lejos de las barbaries de El Miedo y Altamira…

    Y era un sueño tan distante, porque las acciones de Bárbara parecían no querer cesar y su actitud no mejoraba con nada; a veces, la vieja creía que el empeño de Bárbara por estar cerca de Santos Luzardo no era más que mero capricho… Y por muy cruel que sonara, Bárbara la hacía pensar en esas cosas al cometer estupidez tras estupidez sabiendo las consecuencias.

    Era inevitable, era… Cruel creer esas cosas cuando era ella su único apoyo, pero era necesario considerarlo todo.

    Porque era violenta, y en ocasiones, tan vulgar como un hombre. Pero era su niña, su niña no tan niña convertida en una mujer deseosa de un hombre, del calor de un cuerpo en su cama, hambrienta de sensaciones que…

    El sólo pensamiento de aquello la hizo tropezar con uno de los taburetes. Qué osadía imaginarse cosas que en nada le concernían.

    —Vieja, prepárame un buen baño de hierbas que estoy que no me aguanto. —Las expresiones tan roídas de la doña la hicieron sonreír levemente. Así que, dejando la escoba que traía en la mano a un lado, se dispuso a juntar sus manos como siempre lo hacía y sonrió más ampliamente, volteándose a la esmeralda.

    —¿Y a ti qué te sucede vieja, qué pasó hoy que te tiene de tan buen humor?—. Preguntó la mujer, desabrochándose el guarda armas de la cintura y sentándose en una de las sillas de la estancia.

    —Nada. —Se apresuró a decir la anciana—. Es sólo que estaba pensando en unas cuantas cosas.

    —¿Cosas como qué? —Se apresuró a preguntar la Guaimarán.

    —En nada, en nada. —La vieja movió su mano derecha restándole importancia a la situación. La patrona la observó de forma inquisidora. —Bueno, ve a quitarte esa ropa, ya voy a prepararte las aguas. —Dijo, y enseguida, Eustaquia tomó su escoba y siguió barriendo los suelos con la misma sonrisa en el rostro.

    Y aunque aquel testimonio no había dejado a la doña del todo convencida, se negaba a decirle en lo que había estado pensando; por muy confianzuda que fuese con Bárbara, había secretos que la anciana se guardaba para sí misma, así como, estaba segura, su niña también le guardaba secretos a ella. ¡Y estaba perfectamente bien!, porque aunque la hubiese criado desde que era una bebé indefensa, no tenía derecho alguno de exigirle saber todos los detalles de su vida, sus segundos en soledad y mucho menos, pedirle que le confesara todos los aspectos de su vida personal.

    Ya que, como había pensado anteriormente, Bárbara Guaimarán era una mujer fiera, de artimañas y armas tomar; y por mucho que ella estuviera y compartiera con ella, de la doña no debía fiarse nadie.
     
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