Advertencia de contenido: Contenido violento explícito, lenguaje extremo e insinuaciones sexuales. Contenido oculto: Lista detallada de advertencias (posibles spoilers) - Violencia gráfica extrema (mutilación, desmembramiento). - Canibalismo. - Temas de infidelidad. - Lenguaje extremo. - Insinuaciones sexuales y parafilias. Digerible con miel. Recuerdo lo que decían las jovencitas a mi alrededor sobre ti. Que tu silueta desgarbada era desagradable, que tus ojos hundidos eran incómodos, que el sueño pesaba en tus párpados, que te tenías, pálido, de una oscuridad que sombreaba tus pestañas. No tenías una sonrisa agraciada, directamente no tenías sonrisa. Tampoco tenías ademanes muy carismáticos, con suerte volteabas a vernos, huidizo, tras comprar el pan de la señora Berta. Pero nos mirabas, ¿no? Todos los miércoles, al caer del sol, esa única mirada furtiva a nuestros encuentros en la valla. Me gustaba verte, como que... tenía ese presentimiento, ¿sabes? Destinado a conocernos. —Jejeje —vibró mi garganta con los párpados brindándome un rojo sobre la piel de mis ojos. Tan rojo como mis mejillas redondeadas por mi sonrisa. Y, cuando bajé la mirada, sostuve la de ellas con juicio fino, sí... Agudo. —Pues me parece guapo... —dije sin más. —¡Já! ¿Estás ciega? —soltó una con su propia sonrisa, solo que bastante torcida. Eh... eso tampoco se veía lindo en su rostro... Solo digo... —Bu... bueno, puede tener su gracia —dudó otra que, tras vernos, volteó a ver la casa solitaria entre campos de cultivo—, eh... —¡Ja, no puede ser que le sigas en todo, Casimira! —rebatió otra vez. Yo reí divertida ante su ahogo. —¿Qué, soy muy mala influencia? —contesté con sosiego alegre. Me volteó a ver de inmediato... sus ojos espantados... Preocupados, más bien. Eran lindos, un castaño brillante. Más con la luz de la tarde. Frunció aún más su ceño y volteó a ver a otro lado, Casimira por su lado seguía viendo la casucha del agricultor. —Sé que no se ha casado... tampoco parece tener amante alguna... —mencionó otra de las presentes, siempre de grácil postura, por más que su temple tan recto arruinara ese lindo rostro que cargaba. Volteó también a ver la casa. Todas terminamos viendo la casa. >>Tal vez... ¿tal vez es un buen hombre? —Uhjejeje —reí y con ello piqué una de sus mejillas—, ¿quieres un buen hombre en tu vida, Rebecca? Giró a verme y atajé al vuelo el color en sus mejillas, ¡y era imposible engañarme, bien lo sabían! Eso no era por el sol de la tarde. Me miró con escepticismo y musitó con calma. —No juegues, está claro que todas queremos eso... —Con lo difícil que es encontrar uno bueno en este pueblo del demonio —comentó mi siempre contrincante Felicia, tan ruda que era con Casimira siempre, eh. —O son malos contigo —comenté sonriendo amplio. Me miró otra vez enfadada y reí risueña—, broma, broma —sonreí desde la altura que le ganaba—. Son así con todas... Y no hablamos mucho más, la verdad, porque la madre de Casimira nos mandó a recoger toda la colada que caía sobre el cordel tendido por la madera en paralelo la una de la otra... Que aburrida la vida de internada, ¿no? Feliz estaba de escabullirme por las noches, facilísimo era~. Gracias a eso te conocí, conversamos y conversamos. Vivías solo, porque tu padre falleció hace unos años, y tu madre al parir. Mantenías tres hectáreas en gran medida tú solo, porque no tenías ni para un siervo. Por eso había tanta maleza en la lejanía, eran hectáreas igual de cuidadas que tu cuerpo, demacrado. ¡A mí poco me importaba la apariencia, eh...! Pero tu entusiasmo... Definitivamente eras un buen hombre, ¿no? Lo suficiente para ser insípido, al menos. ¡Tenía unas cuantas amigas que podían caer por ti! Pero.... no, creo que al final con todo y cumplidos jamás fuiste de mi tipo... A mí me gustaban... más pasionales. Trabajador, recatado, y ni con un afán por las diversiones nocturnas, es que no había chances. Ni tú ni tus vecinos, incluso los flojos, los soberbios y esos libidinosos. No, ninguno parecía ser suficiente... Pero bueno, qué hacerle. Podía tomar rumbo a otra pueblo, si es que así lo quería. A otra finca, a otra ciudad, ¿viajar en barco, tal vez? ¿Qué tipo de chica andaría en barco? Cuando hablé del tema con ellas, a la semanas, pensaron mil y un cosas. Las más repetidas fueron los sombreros, ¡qué lindo sería tener un sombrero! Uno de ala larga, y con un lazo diseñado con soltura, que hiciera buena proporción con mis facciones, sí, debería conseguir uno algún día... Y hablando de días, al final cada una terminó comprometida, ¡verás mi sorpresa cuando Felicia nos contó de la noticia! No te veía capaz, eh, pero lograste comprometerte con ella. Uhm... y ninguna charla nocturna necesitó contigo. Vaya aburrido... Con cada mano pedida, y algunas... afortunadas... concepciones, sí, sí... afortunadísimas. ¡Todo se volvió más interesante! Sí, día tras día, con cada borreguita en pareja el escenario en el internado se desoló bastante y, la verdad, no era mi interés hablar mucho con las más pequeñas del lugar, ¡que se me pegaban como abejas a la miel! Todo un tema que ignoraré. ¿Por dónde iba? Ah, sí, ¡que Casimira terminó con el más violento! Una lástima, era la más tímida. Y Rebecca, ay... Rebecca, ¡con quien más! Aguantando al más picaflor del sector, ¿por amor, porque estaba guapo, porque quería marcharse del internado? ¿O porque no fui la única con escapadas nocturnas? ¡Pero las mías no tenían nada de malo, si solo me ofrecías té, mermelada amarga y un pan bastante duro! Yo no sé cómo Felicia aguanta vivir así, con lo que amaba la buena comida. Pero claro, nuestra pulcra y bien portada Rebecca no tuvo la misma suerte, que a ella de probar le dieron otra ambrosía distinta. Y ahora la veías por ahí, cargando sus criaturitas que ya ni un respiro para hablar de chicos le quedaba. ¡Ay, pero que no puede hablar de chicos, cierto! Que ya están todas casadas, ¿no sientes que pasa rápido el tiempo? Así es la juventud, se vuela de un plumazo. Como la inocencia, blanca paloma, una vez me excedí quitando la sábana del cordel y salió volando con una rapidez fugaz. Fue una sombra blanca en el cielo y no di más con ella, pues a medida que se alejaba me sentaba más gris que blanco su plumaje. Pero creo que nadie tomó en cuenta nunca las palomas del pueblo, qué desgracia, ¿no? Aunque esas pequeñeces no evitaron que disfrutara del banquete que me ofreció el gran hombre de Rebecca, como que entiendo un poco por qué cayó por él. Era alto, me sorprendía al serlo yo también, aparte de que sus ojos tenían un color brillante, atrapante. Siempre bien peinado y con una confianza que hasta hacía sentir en su salsa a Casimira, ¡vamos, Casimira! ¡Casimira nunca está en su salsa! y de todas formas fue Rebecca que cayó. Como todas las otras. Qué decir, no la culpo. Era súper divertido pasar el rato con él, y nosotras merecíamos un poco de diversión, ¿no te parece? Aunque tú ya no te ves divertido, pues tus ojos se ven exorbitados. ¿Te preocupa, por qué? ¿acaso era amigo tuyo? ¿Extrañarás su rostro? Desfigurado ya no es tan guapo, ¡pero el cartílago es exquisito de mascar! así que era inevitable no hacerme con su nariz. De los ojos no soy fan, un poco... un poco insípidos, ¿sabes? Es más satisfactorio el deleite visual de una última y pasional mirada antes de cada uno volver a la luz de la cotidianidad, un brillo único del amor prohibido que se extingue cuando la noche se ilumina con el amanecer, velado el encuentro por los secretos nocturnos. ¡Ah, qué extrañarás su calidez! Esa calidez que rebosaba en su sonrisa, en sus ademanes, en la mano que tomaba su cintura y te acercaba a ese pecho trabajado por la siembra. Sano y joven, eso no quitaba que fuera un tantín mayor a nosotras, eh. Por eso Rebecca creía en sus promesas. Un pecho así puede ocultar un gran corazón, deshacerme de las costillas fue difícil... a que piensas eso, pero no. Creo que te equivocas, es tan sencillo como las ramas de un viejo árbol. Un poco de presión y se quiebran. Y ahí tienes: Un corazón para amar, los pulmones para gritar ese amor. El estómago saboreará todo el encuentro, y del intestino, ¡se deshace con encanto de la hermosa ilusión que provoca la luna de miel! Miel como la que me dabas, cobijados bajo la luna, en ese té amargo. Era lo único bueno en tu casa, ¿sabes? el té. La mermelada era amarga y el pan estaba duro, ¡y tú eras tan bien portado! Que lo agradezca Felicia, que no terminará viuda como Rebecca, ¡y eso debes agradecerlo! Saboreé los huesos empapados de sangre, me comí las entrañas y degusté las vísceras, que eran sabrosas cuanto menos. Nunca fui fan del tren inferior, no cuando está duro como ese pan que me mandaste. La carne blanda es un deleite, pero dejarla reposar más de dos horas... no es lo mío, la verdad. ¿Por qué? ¿Tenías que revisar tu granero todos los miércoles por la tarde? ¿Por eso vivías cansado, porque vivías paranoico de hacerte cargo de tus responsabilidades? Bueno, ¡cosa tuya, sabes! A mí poco me importa y tu rostro de espanto es una preciosura. Por eso me reí a horcajadas de tu amigo, ¡o lo que fuera!, tal vez no era tu amigo, y solo era la pareja de la amiga de tu esposa, y de ahí el espanto... ¡Ah, que burra! Claro, ahora entiendo. Que tu espanto no es por quién él fue, sino por el temor de que tú serías el siguiente, ¿cierto? Uh... una lástima. Nunca fuiste tan apetitoso, ¿sabes? Porque a mí me gustan los codiciosos. Aquellos con una voluntad invaluable, deseosos de alcanzar cada una de sus convicciones. ¡Sí, era un desgraciado, dejaba hijos por ahí y Rebecca, solo por ser la que se casó, tenía que aguantar el perjuicio de las que se quedaron atadas a su rencor! Aunque, no te miento, con el pasar de los tiempos esa codicia fue perdiendo fuerza... ¿tener tanto crío a las espaldas lo agotó? ¿Cuántos eran? Uno con Theodora, otros dos con Midora, tienen ya tres con Rebecca y el último... Ja, ¿el último de Casimira, dices? Oh, bueno, no la culpo. Definitivamente la codicia golpea menos que la furia, ¿no crees? Yo conozco a alguien bastante iracunda, no es muy divertida de llevar... ¡Pero yo le agrado a bastantes! Jaja... No te preocupes, a ti no tengo por qué agradarte. Diría que lo entiendo, pero la verdad me importa poco. Al final, tu espanto, tu furia y tu miedo permearán el resto de tus días. Permearán esos días y así se propagará mi nombre. Así que, con la sangre entre mis manos fría, ese cuerpo ya no me satisface en ningún sentido. Es solo eso, carne y vísceras desfiguradas. Su alma fue un tentempié, la verdad. Pensé que estar unos diez años acá me haría encontrar un buen marinado, pero solo sabe a esas noches compartidas contigo, donde no había más que té, mermelada amarga y pan duro. La miel era lo mejor, para endulzar el té. Deberías olvidarte de tus cosechas y dedicarte exclusivamente a la apicultura, ¡te iría bastante bien! Pero eres bastante leal al legado de tus padres. —Probecito —golpeo tu mejilla espantada con dos toquecitos suaves, haciendo un puchero. Sonrío divertida y luego un casto beso sobre el labio inferior de esa boca entreabierta—, saluda a Felicia, ¿quieres? Jeje... Me estiro, la cola hace un chasquido contra el suelo tal látigo y de mis espaldas brotan los huesos recubiertos de piel dura. Suspiro para darte una sonrisa juguetona. —Que ni tengo idea cómo aguanta el hambre, ¡Ja, quién pudiera! Y me marcho. Se rompió el tejado, sí, ¡pero bueno, ni que doliera! La luz esta noche está preciosa, pues la luna llena se viste con la energía de nuestro fulgurante sol, ¡aunque ni sé si ustedes supieron alguna vez eso! A veces la vida de campo se estanca en el tiempo y no soy de las que guardan datos de cada lugar a donde van. Tal vez por eso marinar se me da tan mal, ¿cómo preparar algo sin conocer su entorno? ¡Tch! es que a veces es más fácil. La codicia consume a varios, pero creo que acá, con todo, eran bastante sencillos. Vaya que salva la humildad a algunos, qué desgracia.