Comedia Demian y Sandra [Editada]

Tema en 'Novelas Terminadas' iniciado por Borealis Spiral, 10 Diciembre 2010.

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    Borealis Spiral

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    Demian y Sandra [Editada]
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    Comedia
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    ***Bueno, aquí quise hacer algo que no suelo hacer y fue editar esta historia. Se supone que era comedia y así dejaré el género, pero con la edición no sé cómo quedó xD Con decirles que de 8 capítulos que eran se volvieron 12 :P Eso es editar. Pero algo es seguro, ya no vuelvo a tocar esta obra después de esto, jejeje. Igual el resultado me gustó bastante :D Sin más dejo la historia editada.

    ¡Difruten!***



    Demian y Sandra I

    CAPÍTULO 1

    Sandra caminaba tranquilamente por la calle en dirección a su hogar, pues las clases de ese día habían concluido.

    Sandra era una chica de diecisiete años que cursaba el último año de preparatoria. Era de tez blanca y bonita, rostro ovalado, ojos cafés de tamaño mediano y los que cerraba mucho a lo estilo oriental cada que sonreía. Era alta para el promedio con un metro setenta, además de que su complexión física era rellenita aunque no por eso desagradable, pues sus curvas y dotes femeninos estaban muy bien desarrollados. Era una chica muy feliz y esa felicidad quedaba evidenciada por su amplia, radiante y bella sonrisa de dientes blancos y parejos, sonrisa que iba de oreja a oreja; sin duda, una de las cosas más lindas que tenía. Su carácter era fácil de describir, pues aunque era generalmente tranquila, si se llegaba a enojar, se enojaba de verdad.

    La joven se hallaba concentrada en lo que suyo de colocar un pie delante del otro como si fuera la mayor ciencia, hasta que alguien la sacó de su importante asunto al llamarla por su nombre. Detuvo su andar y miró a todos lados encontrándose con ningún otro que con Demian, su ex-novio. No era que su relación con él fuera mala después de su ruptura hacía más de un año. De hecho, seguían en contacto y podían considerarse buenos amigos, mas era verdad que las cosas habían dejado de ser como antes. Así y todo, a Sandra siempre le daba gusto verlo, por lo que esa ocasión no fue la excepción y no pudo evitar regalarle la mejor de sus sonrisas.

    —Hola, Demy. ¿Cómo has estado? —lo saludó al tenerlo frente a ella, siendo “Demy” el apodo que casi todas las chicas le habían dado.

    Demian tenía la edad de Sandra; era alto con un metro ochenta, delgado, tez blanca, cabello negro y ojos de un peculiar color verde que no parecía verde gracias al borde de éstos que era de un café oscuro, por lo que dependiendo de la ropa que usara y de la iluminación, a veces se veían más claros o más oscuros, siempre manteniendo el tono entre café y verde. Era bastante atractivo y por demás popular entre el género femenino; un adonis por el que todas las chicas suspiraban de amor e ilusión. Su actitud era compleja por naturaleza, aunque entre sus actitudes más comunes estaban el hecho de que era un avaro y tacaño a más no poder, que era algo vanidoso y que hasta el momento no se había contentado ni visto satisfecho con ninguna de sus antiguas parejas, ya que actualmente estaba soltero.

    —Hola, Sandra. Diría que estoy bien, pero no estoy seguro —reconoció Demian frunciendo el ceño.

    —¿A qué te refieres? ¿Por qué lo dices? —Sandra compartió la confusión que mostraba él.

    —Es complicado de explicar. Tengo la cabeza hecha un lío. —Se llevó una mano a la frente—. Creo que me levanté con unas lagunas mentales dignas de cuidado.

    —¿Lagunas mentales? —Sandra se cruzó de brazos y lo miró con desaprobación—. ¿Acaso te has metido en el vicio de la borrachera, Demy? O peor aún, ¿de las drogas?

    —¡Por supuesto que no! —Demian se indignó por la acusación—. ¿Por quién me tomas? En ese tipo de asuntos soy muy cuidadoso.

    —Pues con las amistades que te marcas, no creo que esa precaución sirva de mucho, ¿sabes?

    —¿Qué eres? ¿Mi madre para que me digas con quién andar o no? —Demian la miró con expresión irritada—. Además, al menos yo sí tengo amigos.

    —Mira tú, ni porque me preocupo por ti. Pues bueno, me voy.

    —Ya, ya. Perdona —se apresuró a detenerla él antes de que se fuera—. Pero tú empezaste y te he dicho que hoy no ha sido mi mejor día. Ni siquiera recuerdo qué hice esta mañana.

    Sandra iba a preguntar algo más al ver la mortificación en el rostro de su amigo, pero entonces notó que detrás de Demian se acercaba Adriana, la más inteligente de las hermanas de Sandra básicamente porque era la única hermana que tenía; contaba con un hermano, pero no con otra hermana salvo ella.

    Adriana era un año menor que Sandra por lo que tenía dieciséis años y asistía al mismo instituto que su hermana. Era alta, más que Sandra por cuatro centímetros, morena clara, cabello casi negro y muy largo, el que siempre lo sujetaba en una coleta y sus ojos eran cafés, muy grandes a pesar de que estaban enmarcados por los anteojos que usaba siempre al padecer de una miopía insana. Era buena para el estudio a pesar de que no le gustara nada, con una media general de más de nueve, por lo que sí era lista. En actitud era normalmente seria a pesar de que de vez en cuando se le salía su instinto malévolo natural, el que casi siempre era dirigido a Demian, a quien odiaba a muerte.

    En realidad, en cuanto el pelinegro distinguió a la morena una expresión de completo fastidio se adueñó de su rostro, pues así como Adriana lo odiaba con locura, así él no la toleraba lo que vendría siendo nadita, nadita.

    —Hey Sandra, creí que ya estarías en casa. Vámonos de una vez, ¿no? —le dijo Adriana en cuanto estuvo a su lado.

    —Es de mala educación no saludar a las personas, Adriana. Deberías saludar a Demian —la regañó Sandra al ver que pasaba de largo a Demian. A veces en verdad no comprendía por qué ese desprecio hacia su ex.

    —¿Cuál Demian? —indagó la otra mirando a su hermana como hubiese perdido un tornillo, logrando que el chico rodara los ojos.

    —No seas tan grosera, Adriana. Ignorar a las personas de esa forma no es cortés —volvió a reprenderla la castaña.

    —Pero si no veo a ninguna persona por aquí. Es más, no sé para qué te detuviste.

    —¿Cómo que no ves a ninguna persona? —Sandra empezaba a exasperarse del jueguito de Adriana—. Demy está aquí y obviamente me detuve a platicar con él.

    —Déjala, Sandra, ya sabes lo infantil que es ella —dijo él intentando picar a la joven, quien pareció optar por ignorarlo pues no dejó de mirar a Sandra con los ojos entrecerrados, escudriñadora, en lo que preguntaba:

    —Oye, Sandra, ¿no me digas que no te has enterado?

    —¿Qué cosa? —Tanto Sandra como Demian pusieron atención a lo que la morena les diría.

    —Pues de que el sábado pasado hubo un accidente automovilístico y parece que Demian estaba allí.

    —¿Pero qué dices?

    Sandra abrió los ojos por demás incrédula y velozmente dirigió su visión a donde Demian se hallaba, notando con pánico que ya no estaba. ¿Cómo había desaparecido de un segundo a otro? Sintió que el color se le iba de la cara.

    —¿Por qué dices eso, Adriana? ¿Cómo la sabes? ¿Quién te contó?

    —En mi salón era la noticia del día; está en boca de todos, en especial de las chicas. Me sorprende que no te enteraras. Es más, me tienen hasta la coronilla con su “Ay, Demian esto...” “Ay, Demian lo otro...” “Ay, pobre Demy...” ¡Dah! Y lo peor es que de los tres que iban en el carro, él fue el único que salió vivo. ¡Maldita suerte la suya!

    —¡Adriana! —se indignó Sandra.

    —¿Qué? Sí es una desgracia que los otros murieran, ¿o me vas a decir que no?

    —Pues sí, pero tu planteamiento del asunto hace pensar que la desgracia es simplemente porque Demy vivió.

    —Me alegra que lo captaras.

    —Ash. —Sandra bufó con molestia—. Pero bueno, ¿dices que Demy está vivo? ¿Está bien?

    —Desafortunadamente sí. —Sandra le lanzó una mirada de advertencia—. Aunque no puedo decir que esté del todo bien. Creo que está en coma o algo así, por lo que oí. Sinceramente no presté mucha atención; el tema no era de mi mayor interés.

    Sandra ya no dijo nada más, sino que se sumió en un mutismo total, al tiempo que volvía a mirar a donde había estado Demian instantes atrás, siendo el resultado el mismo: ni sus luces de él. ¿Qué significaba todo aquello? ¿Acaso había estado conversando con un fantasma?

    @@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@

    Espero les haya gustado ^w^
     
    Última edición: 23 Marzo 2017
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    BLack NiGTH

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    Me gusta, me van las historias sobre gente que puede ver y oír cosas que la otra gente no puede. Seguiré tu fic.

    Salu2 cordiales: BLaCK NiGTH

    PD: Me a hecho mucha gracia el comentario del hermano respecto a la habitación de Sandra... XD XD XD ......
     
  3.  
    Borealis Spiral

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    Hola. Bueno, agradezco a BLack NiGTH por su comentario, me animó a seguir publicando el fic por acá. Espero te guste este capi, así como a todod los que llegan a pasarse y no comentan.

    ¡Disfruten!

    CAPÍTULO 2

    Sandra se encontraba en su habitación, pues en cuanto ella y Adriana arribaron a su hogar, se había ido a encerrar allí para meditar largo y tendido en todo lo que estaba pasando. Simplemente no podía creer que Demian estuviera en coma; tenía que ser imposible por el sencillo hecho de que ella lo había visto como si nada e incluso había conversado con él. ¡Ni siquiera había lucido como un ente espectral traslúcido! ¿Pero entonces por qué Adriana no lo vio? ¿Por qué había desaparecido de su ángulo de visión en un parpadeo? Y lo que era más importante: ¿por qué ella sí podía verlo?

    Claro que debía recordar que no era un fantasma tal cual dado que no estaba muerto, sino sólo en coma pero daba igual; la sensación era aterradora. ¡Vaya suceso paranormal estaba viviendo! Afortunadamente había desviado el tema de conversación con Adriana para que no la interrogara más con respecto a su supuesta extraña actitud. Después de todo, ¿qué le diría si ella misma no terminaba por dar crédito a lo que sucedía? Lo mejor sería esperar a tener todo en claro.

    Estaba echada sobre su cama boca abajo, reposando de la larga caminata hasta que de soslayo notó que una figura se aparecía de la nada, para después oír su nombre. Gritó despavorida y a todo pulmón al tiempo que se levantaba en tiempo récord de la cama, blanca como la nieve.

    —Shh, Sandra, cálmate —intentó tranquilizarla Demian, siendo él el invitado no deseado y mucho menos esperado.

    —¡Aléjate, aparición del demonio! —chilló ella en lo que le lanzaba uno de sus innumerables cojines, el que vino a traspasar el cuerpo intangible de él, lo que provocó que volviera a gritar histérica.

    —Eh, ¿qué pasó? —Adriana hizo acto de presencia abriendo la puerta de golpe, preocupada—. ¿Qué traes? ¿Por qué gritas así?

    Sandra miró fugazmente a Demian, el que le decía con señas que guardara silencio e igualmente le rogaba que se tranquilizara.

    —Necesito que me ayudes, Sandra, por favor —suplicó él juntando sus manos a manera de plegaria.

    —¿Qué pasó? —insistió Adriana en saber qué mosca le había picado a su pariente, pues desde hacía rato que se comportaba más raro de lo normal.

    —Ah, nada, es que... —Sandra barrió el cuarto con la mirada, intentando buscar una excusa que la sacara de su predicamento—. Vi una araña y me asusté.

    Así que ahora soy una araña, ¿eh?”, pensó Demian deprimido.

    —¿Y una araña merecía que hicieras tanto escándalo? Creí que Pablo era el que tenía aracnofobia, no tú —Adriana se mostró algo escéptica haciendo alusión a su hermano menor que le tenía pánico desmedido a las arañas.

    —Se me apareció muy de repente y me sorprendió, es todo —intentó persuadirla Sandra—. Pero ya, mira, el cojín la mató.

    Y muy campante fue a recoger el proyectil acolchonado que usó contra Demian, regresándolo a su sitio.

    —¿Lo ves? Ya puedes regresar a tus asuntos.

    —Ah, okey.

    Adriana decidió regresar a su cuarto no del todo convencida, pues estaba segura de que Sandra tenía algo y dado que la conocía de toda la vida era fácil deducirlo; mas ya le preguntaría más calmada y razonablemente —en realidad la chantajearía, pero bueno— a que le contara qué ocurría. En cuanto la morena se fue a lo suyo, Sandra se apresuró a cerrar la puerta para encarar a Demian nuevamente. Abrió la boca procurando decir algo, pero los pensamientos eran tan atropellados que al final no fue capaz de formular ni una palabra.

    —Hey, hey, cálmate, Sandra, en verdad necesito que te calmes —repitió Demian alzando sus brazos frente a él en un intento por sosegarla, temeroso de que le diera un ataque allí mismo.

    —Estoy calmada, estoy calmada —asintió la castaña tratando de apaciguar su apresurado corazón—. Pero no entiendo. ¿Cómo es que estás aquí? ¿No se supone que estás en coma?

    —Supuestamente sí —aceptó él.

    —¿Cómo que supuestamente?

    —Es que yo tampoco lo sabía. Ya te dije que no recuerdo nada; justo acabo de enterarme también. Pero debe ser cierto porque cuando escuché a Adriana dar la noticia, me dieron ganas de ver a mi madre para saber si era verdad y para ver cómo estaba, así que pensé en ir a su lado y ¡pum!, en una abrir y cerrar de ojos estaba en casa.

    —Por eso desapareciste así como así. —Sandra comprendió lo que había pasado, emocionada—. Es genial, Demy, tienes poderes de teletransportación.

    —¡Estoy en estado crítico, mujer! Eso le quita la genialidad a todo —se exaltó el chico.

    —Ah claro, claro, es verdad, lo siento. Continúa, por favor. ¿Viste a tu madre?

    —Sí. —Suspiró con abatimiento—. Estaba en la sala de la casa con algunas de sus amigas y las vecinas, ya sabes, las chismosas del barrio. Ellas la consolaban y hablaban del desafortunado accidente, por lo que es oficial: estoy en coma.

    —Oh Demian, en verdad lo siento mucho. —A Sandra le llegó el sentimiento.

    —Pero no lo entiendo. —El pelinegro se miró las manos, confundido—. ¿Cómo se supone que sigo aquí y por qué? Soy una especie de fantasma y aparentemente sólo tú puedes verme.

    —¿Y por qué yo? —Sandra frunció el ceño, extrañada.

    —No lo sé. ¿Tal vez porque eres la protagonista de la historia?

    —Ah... De acuerdo, acepto eso. —Sandra aprobó conforme.

    Iban a continuar con la charla cuando se escucharon unos golpes en la puerta, sobresaltándola y de pronto no supo qué hacer.

    —Abre —le aconsejó él—, recuerda que no pueden verme.

    La joven asintió y se dirigió a la puerta para abrirla, dejando ver a Pablo, el estúpido hermano menor de ella y Adriana.

    Él tenía quince años, era el más alto de la familia aunque no tanto como Demian; era muy delgado tirando a flaco escuálido y desnutrido; de ojos café oscuro, cabellera negra medio larga; de rostro alargado y tostado por el sol. Iba en último año de secundaria no porque hubiese reprobado a pesar de que sus calificaciones era terribles, sino porque había sido atrasado un año por absurdas leyes de fechas de nacimiento. Era alegre, gracioso y ocurrente, pero por demás fastidioso y un holgazán bien hecho y derecho. Entre sus pasatiempos favoritos estaban irritar a sus hermanas y madre, jugar videojuegos, no hacer tarea y ver si rompía su récord de no bañarse en cuatro días. Y...

    En realidad no tiene sentido que lo describa porque él no es relevante para la historia, así que dejemos el relleno y continuemos.

    —¡Sandra! —gritó Pablo a todo pulmón, dejándola casi sorda—. ¡Que te vengas a comer!

    —Pero no grites que estoy enfrente tuyo. —Lo regañó ella—. Oye Pablo, aparte de mí, ¿ves a alguien más en mi habitación?

    No era que no le creyera a Demian ni nada, pero quería asegurarse al cien por ciento con las evidencias que tenía enfrente, y de hecho consideró que la pregunta estuvo de más al notar que Pablo no había inquirido quién era su acompañante si es que realmente pudiera verlo. Así y todo, el quinceañero cuestionó:

    —¿Es que debería haber alguien contigo? —Y se inclinó un poco hacia adelante para asomar su cabeza al interior—. ¿Has secuestrado a alguien o algo?

    —No, lo decía por decir.

    —Lo único que veo mal de tu habitación es que es rosa maricón y eso sí es terriblísimo.

    —Deja de hacerle bullying a mi cuarto.

    —A lo bien que tiene razón, Sandra. El color es horrible —intervino Demian estando de acuerdo y la castaña tuvo que suprimir el deseo de mirarlo con disgusto.

    —Merece ese bullying y más —sentenció Pablo—. Pero ándale ya, vente a comer.

    Y sin más, Pablo se fue a avisarle a Adriana de la misma forma que lo hizo con Sandra a base de gritos, los que pudieron oírse claramente a pesar de que Sandra cerró la puerta porque la recámara de la morena estaba a un lado de la de ella.

    —¿No que no podía verte? —interrogó la chica a Demian acercándose a él para encararlo, evidentemente molesta.

    —¿Pero qué dices? ¡Si no lo hizo! —contestó él por demás confundido.

    —Lo sé, pero tenía ganas de decirlo —explicó ella, tranquila—. Una vez vi una parodia donde alguien supuestamente invisible al resto fue visto por la madre del protagonista y siempre quise reclamarle a alguien como lo hizo él.

    Demian la miró con una expresión que indicaba que no le tenía ninguna esperanza, antes de finalmente declarar:

    —Creo que el Internet te hace daño.

    —Sí, también sé eso —confesó ella bajando los hombros, abatida—. De todos modos me voy a comer ya.

    @@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@

    Bueno, esta es la conti. Sin más me despido. Cuídense. Bye
     
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    Ok, les dejo el capi que sigue de esta historia.

    ¡Disfruten!

    CAPÍTULO 3

    Sandra se dirigió a la cocina con Demian detrás de ella como el perrito faldero que era... digo, como la sanguijuela... es decir, la lapa.... ¡perdón!, el amigo, como el buen amigo que era. Toda la familia, salvo el padre que estaba en el extranjero por cuestiones de trabajo, se hallaba frente a la mesa dispuesta a degustar los alimentos recién hechos por todo el amor-diagonal-obligación que caracterizaba a la madre de Sandra, por lo que ella tomó su habitual asiento, que era el de una de las cabezas de la mesa. Demian quedó de pie, observando el exquisito manjar que se mostraba ante sí y tanto extraña como cruelmente para él, lo atacaron sin piedad la sensación de vacío en su estómago y el apetito voraz; incluso sintió que babeaba y que las tripas inexistentes en su actual estado se comían entre ellas.

    —No sabía que podía tener hambre —se lamentó con pesadumbre aunque de alguna forma animado. Si sentía todo eso significaba que estaba conectado a su cuerpo más de lo que creía, ¿no era cierto? Esas eran buenas noticias, ¿verdad?

    —¿Han escuchado algo en la escuela sobre el accidente que hubo este fin de semana? —preguntó la madre para hacer conversación—. ¿Les han dicho algo sus profesores?

    —A mí sí. Dijeron que eran jóvenes como de la edad de uno y que el conductor andaba bien borracho. Nos recordaron que por eso es malo beber y conducir y todas esas cosas —respondió Pablo tomándole a su limonada de limón, la que evidentemente tenía que ser de ese sabor porque los escritores no conocemos otro tipo de sabores.

    —Yo también lo escuché; es la noticia del momento en la prepa —comentó Sandra mirando con disimulo a Demian, el que todavía se derretía de ganas por comer algo.

    —Lo bueno es que no conocíamos a nadie que nos importara. —Fue la réplica de Adriana, malévola, posando sus ojos en Sandra, quien le devolvió la mirada con una de advertencia.

    —Ay, no digas eso, hija —se escandalizó la madre—. Piensa en la familia de esos chicos; en las madres. ¡Qué dolor para ellas!

    —Pues sí, las madres sí me dan pena, pero ellos también sufrieron las bien merecidas consecuencias de su imprudencia, así que ni modo —arguyó la morena no dispuesta a mostrar gran compasión por el simple hecho de odiar a una de las víctimas.

    Molesto por sus mordaces comentarios, Demian se colocó detrás de Adriana y le hizo cuernos, logrando que Sandra se riera justo en el momento en el que le daba un sorbo a su popular limonada de limón, provocando que se le saliera por la nariz.

    —¡Iguh, qué asco! —gritó Pablo con dramática exageración en lo que fruncía la nariz graciosamente—. ¡Cochina, puerca, cerda, marrana, asquerosa...! —Y siguió con un sinfín de sinónimos.

    —Loca —dijo ahora Adriana, medio preocupada de verla toser sin control y medio divertida—. Está bien que hay que ser felices, pero a veces siento que te pasas. ¿Por qué te reíste de la nada?

    —Hija, ten más cuidado que te puedes ahogar —habló la madre—. Así se ha muerto gente, te lo digo yo que he visto cada cosa.

    —¿Acaso esa era tu intención, Sandra? —la molestó Demian, sonriendo arrogante—. No puedes tolerar la idea de que esté como estoy y quieres acompañarme en mi desgracia.

    Roja por tanto toser y por la vergüenza, Sandra terminó de matar a su ex con la mirada y fue tan poco sutil que Adriana no pudo evitar notarla, por lo que frunció el ceño con extrañeza. No obstante, la castaña se repuso rápido y carraspeando un par de veces, dijo:

    —Lo que pasa es que me he acordado de algo importante que tengo que decirles, familia.

    Todos le prestaron atención aunque en ningún momento dejaron de comer.

    —La verdad es que... veo gente muerta.

    —¡Yo todavía no estoy muerto! ¿O sí lo estoy? —gritó Demian asustado.

    —Cuando veo en la tele que matan a alguien —concluyó Sandra.

    —Uff, ya me había espantado. —Demian se limpió la frente, aliviado.

    —Buuu, qué chiste más chafa. Buu, sáquenla —la abucheó Pablo mostrando el pulgar abajo.

    —La neta, ¿eh? Eso estuvo fatal —concordó Adriana—. Está mucho mejor el mío. ¿Ustedes conocen el chiste del no y yo tampoco?

    —No —negó Sandra secundado por Demian, quien en primer lugar no debía meterse en conversación ajena, pero dejémoslo al pobre.

    —Ah, ah —sacudió la cabeza Pablo.

    —No lo sé —dijo la madre.

    —Ah, pues yo tampoco. —Finalizó la morena.

    Pablo y Sandra la abuchearon sin consideración mientras que la madre y Demian negaban con la cabeza pero sin poder evitar soltar una que otra risilla, las que se debían más bien a lo pésimo que había sido el chiste; de esos que son tan pero tan malos que es inevitable reír.

    —Esos chistes no sirven, los míos sí que sirven —presumió Pablo—. Como este: Había una vez tres tipos que se llamaban Tonto, Nadie y Ninguno. Entonces Tonto llegó a la estación de policía y dijo alarmado: “Ayuda, oficial. Nadie se está ahogando y Ninguno lo está ayudando”. “¿Usted es tonto?”, le preguntó el policía y él contesto: “Sí, mucho gusto”.

    Una vez más, las carcajadas fueron por pura lástima. A partir de allí, muchos otros chistes sacados de la más grande mediocridad fueron contados por todos y desde su lugar como espectador y ajeno al círculo familiar en el que se hallaba como intruso, Demian detalló que era una familia muy bonita, que era unida y que se la pasaban bien juntos. Incluso Adriana embellecía el cuadro con su presencia y eso ya era mucho decir. De alguna forma le dio envidia, pues su hogar estaba dividido en ese aspecto, ya que a su padre no lo veía mucho por su trabajo y su madre no le prestaba la atención debida. Suponía que ese era uno de los efectos de vivir como una de las familias más prestigiosas en la ciudad.

    Vio que las bromas entre Sandra y su parentela continuaron, continuaron y continuaron hasta volverse conversaciones que ya no tenían ni pies ni cabeza.

    —¡Un segundo! Estas charlas ya no tienen sentido alguno. Esto es puro relleno, ¿verdad?

    Efectivamente, lo es, y como hemos sido descubiertos, pasaremos a lo que nos concierne.

    Todos habían terminado de alimentarse y como era costumbre en Sandra y Adriana, se dividieron el trabajo de limpiar la cocina, pues una recogía y la otra lavaba los trastes. En esta ocasión, a la castaña le tocó lavarlos, pero antes de empezar Adriana se acercó para pedirle algo:

    —Oye Sandra, ¿cuando termines podrías ir a mi cuarto? Quiero hablar contigo en privado.

    —¿De qué? —Eso la extrañó mucho, pues era raro que su hermana quisiera hablar y con tanta confidencia de por medio. Normalmente era ella la que buscaba a la otra para dialogar y compartir secretos.

    —Te lo digo cuando acabes, ¿sale? Te espero.

    Sin más, se fue de la cocina para ir a sus aposentos, dejando a Sandra sola con la inservible, que diga, invisible compañía de su ex.

    —Tienes una familia algo peculiar —comentó de pronto él en lo que la veía lavar los platos.

    Sandra lo miró un poco tomada por sorpresa, parpadeando varias veces antes de sonreír ampliamente.

    —Es cierto, es la primera vez que nos ves a todos juntos, ¿eh?

    —Sí, no conocía a tu madre ni a tu hermano a pesar de que te quejas mucho de él —asintió Demian al recordar que su noviazgo había sido un secreto por petición de Sandra. La única que lo supo y muy a su pesar fue Adriana.

    —Más que peculiar diría que somos muy felices —aceptó ella sin dejar de sonreír, en verdad sintiéndose orgullosa de su familia.

    —Tal vez son demasiado felices.

    —Y eso que cuando está mi padre es mejor. Con decirte que hasta agarramos un día a la semana en específico para burlarnos de alguno de nosotros. El mío es el jueves.

    Sandra rio ante el recuerdo y Demian dio un paso atrás, asustado. De pronto le pareció que los adjetivos “felices” y “peculiar” no les hacían justicia.

    —¿Estás hablando sola otra vez? —inquirió Pablo, quien había llegado de la nada y la había oído.

    —¿Otra vez? —Demian abrió los ojos mirando a su ex con asombro—. ¿Sueles hablar sola?

    —¿Y qué si lo hago? —respondió ella, desafiante, tanto para su hermano como para el pelinegro.

    Demian alzó las cejas, desconcertado, mientras Pablo la señalaba con el dedo y se ponía a reír como un maníaco a manera de mofa, antes de detenerse tan repentinamente como había comenzado.

    —Loca —le dijo con seriedad total antes de irse a su cuarto a jugar con sus muñecos de colección de los Transformers.

    —¿Y él lo dice? —articuló Demian con sorna haciendo reír a la castaña. Sin duda, una familia rara.
     
    Última edición: 23 Marzo 2017
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    Uy... Demy a dejado de reír. Creo que las miradas no, pero la furia sí que mata. Es una muy buena historia HarunoHana!!!! Espero la conti; eres genial (y tu fic también!! ^^).
     
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    Gracias BLack NiGTH. Bueno, dejo el capi que sigue.

    CAPÍTULO 4

    Sandra terminó de lavar los platos en tiempo récord ya que era su habilidad especial hacerlo velozmente, y de esta manera se dirigió a la habitación de Adriana para ver de una buena vez de qué quería hablar y por qué le ponía tanto misterio al asunto. En cuanto ingresaron a la pieza, Demian sintió que una gran fuerza de rechazo lo golpeaba con furia, con asco y con rencor; un aura asesina en el ambiente que hasta casi lo hizo sentir escalofríos y le quedó claro que los aposentos de Adriana eran para él una zona peligrosa, excesivamente peligrosa. Pero nuevamente, hablaban de Adriana, la chica que lo odiaba a muerte, por lo que no debía sorprenderle. Los dos notaron que la morena estaba acostada en su cama jugando con el Gameboy.

    —¿Qué hubo? ¿Qué quieres? Estoy un poco ocupada aquí, ¿sabes? —indagó la chica sin despegar sus enmarcados ojos de la pantalla.

    —Fuiste tú la que me pidió venir —le recordó Sandra rodando los ojos y colocando las manos en su cintura.

    —Ah, de veras. —Adriana apagó el juego y se sentó apoyando la espalda en la cabecera en lo que miraba fijamente a su fraterna—. Muy bien, Sandra, ¿qué te está pasando? Has estado actuando muy raro últimamente.

    —¿Últimamente? ¿Y desde cuándo es eso? —cuestionó Sandra incrédula.

    —Pues desde hace rato que veníamos de la prepa.

    Demian rodó los ojos con impaciencia y Sandra rio por la ocurrencia.

    —¿Ves? Ya me estás pegando tu sentido del tiempo distorsionado; como cuando dices “el otro día” y en realidad te refieres de ayer —se quejó Adriana, frustrada—. Pero esto no viene al caso. Lo que quiero saber es qué pasa contigo. Sé que estás ocultando algo, puedo sentirlo en el aire y no es por nada, pero ha de ser algo por demás apestoso porque aquí huele como a muerto.

    —O medio muerto —susurró Sandra para que la otra no la oyera a pesar de que Demian sí lo hizo.

    —¡Oye! Más respeto para los heridos y no le digas nada a ella. —Demian señaló a Adriana, molesto—. No tiene por qué enterarse de nada de esto. Que sea nuestro secreto, Sandra, únicamente de los dos.

    —Pero...

    —¿Pero qué? —Adriana enarcó una ceja—. ¿Ves por qué te digo que estás actuando raro? Anda, dime qué pasa, Sandra. ¿Sí, please? O te advierto que si no me dices ten por seguro que no volverás a ver a Mr. Chicharrón.

    —¡No! —gritó Sandra por demás en pánico antes de correr a su cuarto.

    —¿Quién es Mr. Chicharrón? —quiso saber Demian yendo tras ella, observando con confusión cómo buscaba algo entre todos los cajones de sus muebles con desesperación.

    —Es mi querido mini-Hulk.

    —¿Mini-Hulk?¿Tanto drama por un estúpido juguete? —Demian no pudo creerlo.

    —¡Hey! —se defendió Sandra al sentirse atacada—. Me costó mucho conseguirlo en las promociones especiales de las cajas de dulces.

    Desafortunadamente para ella, el dichoso juguete no apareció, por lo que volvió al cuarto de su hermana con el pelinegro pisándole los talones.

    —¿Dónde lo escondiste, Adriana? —exigió saber.

    —Por allí —dijo ella encogiéndose de hombros, inocente.

    —¡Devuélvemelo!

    —No, es mi rehén hasta que me cuentes qué te pasa.

    —No te dejes dominar —la alentó Demian—. Eres demasiado buena como para dejarte intimidar por esto.

    —Piénsalo, Sandra —amenazó la morena—. Sería una pena que cayera en las manos de un piromaníaco loco alias Pablo.

    —¡No! —Sandra recordó que su hermano tenía una obsesión insana por el fuego, por experimentar y por cualquier cosa que fuera incendiable—. Te lo diré todo.

    —¡Ay por favor! —Demian alzó los brazos con exasperación.

    —Comienza —animó Adriana cabeceando.

    —Lo que pasa es que veo a Demian.

    —Eso es imposible. —Adriana negó con la cabeza cruzándose de brazos—. Él está en coma y si me va bien, a punto de morir.

    —Cierto, pero también es cierto que lo veo; veo su “fantasma” o algo así.

    —¿Y por qué sólo puedes verlo tú? —Adriana desconfió bastante de que todo esto fuera verdad.

    —No lo sé. Tal vez soy especial. —Sandra alzó la barbilla, altiva.

    —Especialísima —dijo Demian con sarcasmo ganándose una mirada de reproche por parte de su ex, quien después se dirigió a su hermana para convencerla.

    —Pero es verdad, Adriana, lo veo y es bastante tenebroso si soy honesta. Me gustaría que se despertara de una buena vez.

    —En realidad prefiero quedarme así —comentó de pronto él al pensar en algo terrible—. Conociendo a mis padres, si me despierto harán que pague la cuenta del hospital con mis ahorros y luego me castigarán bajándome la mesada por sabe cuánto tiempo. Uff, ¡qué pesadilla!

    —¿Cómo puede preocuparte eso? —Sandra lo reprendió, irritada.

    —¿Qué, qué? —Adriana miró a todos lados, obviamente perdida de la conversación.

    —Demy dice que prefiere quedase en coma con tal de no pagar la cuenta —le informó la castaña aún disgustada.

    —¡Oh por Dios! ¡Sí es Demian! —Adriana gritó por demás espantada al reconocer que sólo un maldito, desgraciado e infeliz tacaño haría un comentario tan miserable como ese—. Esto es horrible.

    —Lo sé. —Sandra asintió con pesar—. Todo esto del accidente de Demy es muy feo.

    —No lo digo por eso. —La morena sacudió la mano indicando que eso no era importante—. Lo horrible es que ni estando entre la vida y la muerte soy capaz de librarme de cualquier rastro de su apestosa existencia.

    —Si pudiera hacerte algo o tan siquiera pudieras oírme —siseó Demian mirando a la hermana de su ex con ira mal contenida.

    —Calma, Demy —le advirtió Sandra.

    —Apuesto a que está amenazándome, ¿no es así? —Adriana adivinó lo que Demian querían hacer y no pudo evitar reír burlona provocando que el joven se enfureciera todavía más—. Pero claro, es imposible para él hacerme algo.

    —Sí, no puede porque es un “espectro intocable” —afirmó Sandra.

    —¡Qué va! —la corrigió la menor, socarrona—. Ni aunque lo tuviera enfrente, fuerte y sano podría hacerme nada. Que al cabo que...

    —¿No tiene la inteligencia ni la valentía suficientes como para intentarlo? —quiso saber Sandra pensando que sería una típica respuesta de Adriana.

    —¡No me defiendas, ¿quieres?! —demandó el joven, más molesto todavía.

    —Eh, bueno, iba a decir que era porque la autora nunca lo haría defenderse —confesó Adriana, pensativa—. Pero eso que dices tú me gusta más.

    —¡Ya basta! No tengo por qué soportar esto —declaró Demian hastiado de la ruin actitud de Adriana y de la ingenuidad de Sandra, así que salió de esa habitación que deseaba sacarlo a patadas desde que la pisó.

    —¡Espera, Demian! —Sandra se apresuró tras él.

    —Claro, ¿qué más saben hacer los cobardes aparte de huir? —se dijo Adriana al quedar sola en la habitación en lo que volvía a encender el Gameboy dispuesta a continuar con su juego.

    ______________________________________________________________________________

    Nos vemos/leemos
     
    Última edición: 23 Marzo 2017
  7.  
    Satya

    Satya Entusiasta

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    Hola!, ya habia leido un capitulo de tu historia, pero me habia ido sin dejar comentarios por q no estaba iniciada mi sesion xD!! prometo no volver a hacerlo. Me gusta la forma de ser de los personajes, sobre todo ese sarcasmo que hay en Adriana cada vez que se refiere a Demian, me rei mucho con ellos! estaré siguiendote ^^! saludos.
     
  8.  
    Borealis Spiral

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    Gracias satya por tu comentario, me animas mucho. A mí también me gusta la actitud de Adriana hacia Demian. Bueno, ahora traigo el capi que sigue, no publicaré tan seguido, disculpen, pero espero puedan disfrutar de éste.

    CAPÍTULO 5

    —¡Demian, espera!

    Sandra estaba por alcanzar al chico, llegando ambos a media sala después de atravesar el pasillo que conectaba las habitaciones de ella, Adriana y su madre.

    —¡Demian! —volvió a gritar esperando que él se detuviera, cosa que hizo; por desgracia su madre acababa de entrar a la estancia y alcanzó a escucharla también.

    —¿Quién es Demian? —indagó su progenitora con curiosidad colocándose frente a su hija, atravesando al invisible chico, quien después se colocó a un lado de la castaña.

    —Yo... Él, pues... —Sandra balbuceó infinidad de cosas, nerviosa.

    Estaba en problemas, en inmensos problemas. Después de todo, su madre nunca se había enterado de que ella tuvo novio y es que la doña era un tanto (bastante) estricta en cuanto al asunto de los novios, dado que consideraba que su hija era muy joven como para tener uno y Sandra sí le daba la razón de que había sido demasiado joven al tener a su primer novio, pero ya al andar con Demian había tenido quince años.

    Así y todo, la chica la había desobedecido ese par de veces simplemente porque... bueno, pues porque... porque era una adolescente. La adolescencia estaba llena de rebeldía, de idiotez, de la estupidez más grande que cualquier otra etapa de la vida pudiese tener, ¿no era así? ¡Por supuesto que no! Lo había hecho porque fue una tonta e inmadura muchacha con las hormonas alborotadas que no tuvo auto control ni la capacidad del sabio raciocinio. Ahora debía demostrar que ya era una joven capaz de reconocer sus errores, responder por sus actos y ser honesta ante todo...

    ¡Al diablo! No quería que la regañaran, por lo que debía encontrar una solución y rápido.

    —Es... es... es mi... ¿pulga? ¡Sí, pulga! Es mi pulga. Demian, ¿dónde estás? —Sandra llamó a la dichosa pulga como si de un perro se tratara.

    —¿Una pulga? —inquirieron tanto la madre como Demian, incrédulos.

    —¿Es la mejor excusa que se te pudo ocurrir? —replicó él con completa decepción; pensaba que Sandra tenía mucha más imaginación. Además, ¿por qué siempre terminaba siendo desagradables insectos? Primero una araña, ¿y ahora una pulga?

    —¡Sandra! —la nombró su madre con reprensión colocando los brazos en jarras, siendo obvio para ambos jóvenes que no se había tragado la patética mentira; mas fuera de todo pronóstico...—. ¿Cómo se te ocurre adoptar una pulga como mascota sabiendo que son mis peores enemigas?

    —¡Qué! —Demian gritó incapaz de creer el rumbo absurdo que la conversación estaba tomando—. ¿No me diga que le cree, señora?

    Lo conveniente de esto era que hacía poco toda la familia había sufrido una sublime plaga de pulgas, volviéndose especial problema para el ama de casa al intentar erradicarla con venenos, limpiezas extremas y demás. De allí que la idea de que su hija mayor tuviera uno de dichos animalitos como mascota no pareciera del todo descabellada, al menos no para ella.

    —Lo que más me inquieta es saber por qué le pusiste un nombre tan feo, hija.

    —¡Oiga! —se ofendió Demian.

    —Pues no sé... sólo se me ocurrió, aunque ahora que lo pienso sí es feo. —Sandra se tomó la barbilla, reflexiva.

    —¡Hey! —volvió a quejarse el insultado.

    —¿Al menos es educada? —quiso saber la madre, seria y refiriéndose a la pulga.

    —¿Cómo puede tomarse en serio esta conversación? —indagó Demian por demás frustrado. ¿O es que era un diálogo cuerdo y allí el loco era él?

    —Sí lo es, lo prometo —afirmó Sandra segura de sí misma.

    —Entonces puedes conservarla —aceptó su madre sonriente antes de retirarse a sus aposentos.

    —Uff, eso salió mejor de lo que esperaba. —Sandra suspiró aliviada, antes de dirigir su vista a su ex, quien la miraba con clara irritación; arqueó una ceja, confundida—. ¿Qué?

    —¿Por qué le pusiste mi nombre a una pulga? —cuestionó absolutamente nada contento.

    —Claro que no se lo puse. Eso sólo fue algo que inventé para evitar problemas.

    —Ah, por supuesto. Ya decía yo que aquí había gato encerrado. —Demian cabeceó en conformidad, sintiéndose bien de no caer en la farsa; luego miró a la chica con curiosidad—. ¿Cómo se llama tu pulga entonces?

    Sandra se llevó la palma de la mano al rostro en claro acto de vergüenza ajena, al tiempo que sacudía la cabeza varias veces.

    —¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí? —se preguntó con desencanto, logrando que su compañero la mirara confundido.

    —Lo digo en serio, Sandra. ¿Cómo se llama tu pulga? —insistió Demian.

    —Olvídalo, ¿sí? Tan sólo olvídalo —aconsejó la chica con fastidio.

    Demian frunció el ceño, inconforme de no obtener la respuesta que quería y Sandra quiso cambiar de tema para evitar más preguntas sinsentido, pero vio que Adriana entraba a la sala, ya que había terminado el nivel que quería pasar y ahora se dirigía al comedor para ocuparse en otra cosa. O al menos es era la intención, pues Sandra tenía otros planes para ella aquella tarde.

    —Adriana —la llamó cortándole el paso colocándose frente a ella—. Quiero ir a ver a Demy.

    —¿Y luego? —Adriana la miró con una ceja arqueada, extrañada. ¿Ella qué tenía que ver con eso?

    —Quiero que me acompañes —explicó la otra con simpleza.

    —¿Disculpa?/¿Qué? —interrogaron Adriana y Demian respectivamente, sacados de órbita y ahora el joven también se preguntó con desconcierto qué tenía que ver Adriana con todo eso, o más específicamente hablando, con cualquier cosa que tuviera que ver con él.

    —Hm, veamos. ¿Quedarme aquí disfrutando de la computadora, sin hacer nada; o ir con tu hermana al hospital para ver al chico que odias? —Adriana mostró sus manos elevándolas y bajándolas como si se trataran de unas balanzas, en las que naturalmente, la opción de la computadora terminó con mayor peso—. Sí, creo que está decidido. Espera por mí, laptop, voy para allá.

    Adriana estaba dispuesta a continuar su camino, pero Sandra la detuvo sujetándola del brazo y suplicó:

    —Por favor, Adriana, no quiero ir sola.

    —No irás sola. El remedo de fantasma del remedo de ser humano que es Demian te acompañará —sostuvo Adriana, tranquila.

    —Tan simpática como siempre —murmuró Demian con sarcasmo.

    —Bueno, me obligas a hacer esto. —Sandra frunció el ceño, amenazante—. Si no me acompañas le diré a Pablo que le saque el relleno a tu dulce osito de peluche. A ver quién te abraza en las noches.

    —¿Adriana duerme con peluche? —Demian sonrió burlón. Eso no lo sabía y podía ser algo muy interesante de tener en cuenta para chantajear a ese engendro del mal.

    —¿A Blue? —preguntó a su vez Adriana.

    —¿Acaso tienes otro peluche? —Sandra rodó los ojos.

    —¿Qué tienen ustedes con las amenazas y la toma de rehenes que involucren juguetes? —curioseó el de ojos verdes ya sin hacer un gran escándalo al considerarlo aparentemente normal es esa casa.

    Adriana miró a su familiar con molestia y resignación antes de soltarse de su agarre y aceptar, acorralada.

    —Está bien, ya que no me dejas opción, te acompañaré. Pero dime una cosa, genio. ¿Cómo se supone que vamos a ir a verlo? ¿Qué le diremos a mamá? Oh, espera, espera, ¡lo tengo! Será infalible decir algo como: “Mamá, ¿nos des permiso de ir al hospital a ver al ex-novio de Sandra del que nunca supiste y del que te desobedeció descaradamente?” No hay peligro con eso, ¿eh?

    —Ouch. —Demian se encogió de hombros—. No es por nada, pero a veces el sarcasmo de Adriana duele.

    En cambio, estando acostumbrada al sarcasmo de su pariente, Sandra se puso a pensar en lo que había dicho; era un muy buen argumento. Por supuesto que no podían decirle nada de eso a su madre; realmente no tenía ganas de acabar en el mismo estado de Demian: en coma. No podía arriesgarse.

    —No había pensado en eso —confesó inquieta.

    —¿Piensas? —Demian la miró con sorpresa y burla, ganándose una mirada de parte de ella llena de cólera.

    Adriana suspiró con cansancio prematuro sabiendo que a veces ella tenía que ayudarla a arreglar sus problemas; no por nada eran un equipo de los mejores. Pasó de largo a Sandra sin mediar palabra alguna, dirigiéndose a la cocina o más concretamente hablando, fue hacia el refrigerador teniendo a unos confundidos Sandra y Demian detrás de ella. Abrió el refrigerador, lo escaneó con la mirada, volvió a cerrarlo y giró sobre su eje para encarar a su pariente.

    —Podemos decirle a mamá que iremos por leche. No hay.

    —¿Crees que funcione? —cuestionó la castaña, ansiosa.

    —No lo sé. —Adriana se encogió de hombros—. ¿Pero no has visto que todos en las películas le echan la culpa a la escasez de leche para salir de sus líos? ¿Por qué nosotros no?

    —Touché —reconoció Demian al recordar escenas de películas o series en los que había tensiones entre los personajes y para librarse de ellas simplemente decían que irían a comprar leche.

    —Está bien, intentémoslo.

    El trío se dirigió a la recámara de la madre de las chicas, la que estaba antes de la de Adriana por el pasillo. La mujer veía muy concentrada su serie favorita en la televisión estando echada sobre la cama tamaño king. Hallándose en el umbral de la puerta, Adriana le dio un codazo a Sandra para que hablara; ella ya había ideado el plan, así que le tocaba a la otra ejecutarlo.

    —Má, ¿nos dejas ir a la tienda por leche? —preguntó un poco insegura.

    —¿Leche? ¿No hay? ¿Para qué la quieren? —indagó de vuelta la madre sin dejar de prestar atención a la pantalla.

    —Sí, leche. No, no hay.

    —Y se supone que es para tomar, ¿no? —recalcó Demian lo obvio.

    —Quiero hacer chocolate caliente, se me antojó —finalizó Adriana.

    —Está bien, vayan —los despidió la señora, dispersa, continuando con el disfrute de su programa.

    Al notar que no volverían a tener la atención de la adulta, las hermana se miraron entre sí y se encogieron de hombros dispuestas a salir de la casa para encaminarse a su destino.

    FFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFf

    Bien, es todo, nos estamos leyendo. Se cuidan.
     
    Última edición: 23 Marzo 2017
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    Bueno, en esta ocasión el traigo la continuación, después de tomarte unas largas vacaciones. Jejeje, gracias por ser tan paciente BLach NiGTH, sin más, aquí el capítulo seis.

    CAPÍTULO 6

    Las dos hermanas y el joven no visible caminaron un buen tramo del trayecto en silencio, hasta que la menor se dignó a preguntar:

    —¿Y dijimos que a dónde se supone que vamos exactamente?

    —Es cierto, no sé en qué hospital lo tienen —recordó Sandra mirando al chico—. ¿Dónde te tienen internado, Demy?

    —En la Cruz Roja —respondió él con la seguridad y la calma más envidiables.

    —¿Cómo la sabes? —quiso saber Sandra, curiosa.

    —No, no lo sabía.

    —¿Y luego? —Ahora frunció el ceño, extrañada.

    —¿Y luego qué? —Demian alzó una ceja, confundido.

    —Olvídalo. Pero si llegamos a la Cruz Roja y no estás allí, no intentaré visitarte de nuevo —se resolvió la castaña.

    No obstante, como esta es una historia muy conveniente que no puede decepcionar a sus personajes ni hacerlos batallar simplemente porque sí, la vuelta que se darán no será en vano porque Demian sí estará en la Cruz Roja sin importar que no estuviese planeado que se hallara allí, por lo que podemos continuar.

    Caminaron un largo rato porque la institución médica quedaba bastante lejos de la casa de las chicas, casi del otro lado de la ciudad, por lo que se sintieron aliviadas en cuanto distinguieron el edificio. Arribaron e ingresaron pidiendo el número de habitación donde yacía el bello durmiente.

    —Me sorprende que nadie te visite siendo que eres muy popular —comentó Sandra al ver los pasillos vacíos, pues esperaba ver a viejas locas y con las hormonas alborotadas de arriba a abajo.

    —Sandra, Sandra, pobrecita de ti. —Adriana sacudió la cabeza en fingida tristeza—. Es obvio que nadie lo visita porque...

    —Ya sé, ya sé —la interrumpió su hermana—. Porque es un idiota. Lo has dicho muchas veces.

    —Bueno sí, eso es evidente, pero déjame terminar —se quejó la morena—. Nadie lo visita porque estando a tu lado se le quita lo popular.

    Si las miradas mataran, Adriana ya estaría bien muertita y tres metros bajo tierra con la mirada que le lanzó su pariente; en cambio, Demian no pudo evitar reír divertido por la ocurrencia.

    —Creí que estabas de mi lado y que a él lo odiabas —reprochó Sandra, indignada.

    —Y es cierto. Mira, tanto es así que como no quiero que se te pegue su idiotez y superficialidad, sugiero que mejor dejes de juntarte con él de una buena vez.

    —Tal vez lo haga —sentenció Sandra y el chico dejó de reír ahora sí nada divertido.

    No pudieron hablar más al respecto porque llegaron a la habitación correspondiente, abrieron la puerta y lo que vieron los asombró mucho. Toda la recámara estaba llena de ramos de flores de todos tipos y colores, de tarjetas con buenos deseos, macetas con plantas, cartulinas que tapizaban las paredes y que rezaban frases como: “Que te mejores, Demy”, “Te apoyamos” y “Te deseamos lo mejor. Te amamos”, las que estaban adornadas con infinidad de corazones y... ¿marcas de besos con labial?

    —¿Me vas a decir ahora que nadie me visita? —le preguntó el pelinegro a su ex con arrogancia.

    Sandra se cruzó de brazos, irritada. ¿Cuántas veces la humillarían ese día? Notó que Adriana no dejaba de mirar los alrededores.

    —¿Todo esto es de las admiradoras de Demian? —cuestionó y ante el asentimiento de Sandra, soltó un bufido—. Pobres, necesitan anteojos con urgencia... o ya de perdis que les quiten la ceguera mental.

    Y mientras la morena se distraía un momento con todos los panfletos y tarjetitas, Sandra y Demian enfocaron su vista a la cama donde yacía el cuerpo inerte de él, el que se encontraba conectado a una máquina que permitía saber si su corazón seguía latiendo o no, además de las muchas intravenosas que servían para alimentarlo, aplicarle suero, medicina, etcétera.

    El joven desvió sus ojos de sí mismo para enfocarlos en la chica a su lado. Descubrió que el semblante femenino estaba cargado del más puro y bello cariño, el que era bastante notorio a pesar de que también se vislumbraban atisbos de preocupación. Sin desearlo, algo en el cuerpo espectral de Demian se removió al contemplarla así y casi juró que fue capaz de escuchar el palpitar de su corazón en las sienes. A Sandra realmente le importaba su bienestar, ¿no era así?

    Pudo haberse quedado disfrutando por más tiempo de esas curiosas sensaciones que revoloteaban dentro de él, de no ser porque Adriana se había aburrido de leer tanta cursilería vana y se había acercado a su cuerpo, picándole la mejilla con el dedo índice repetidas veces.

    —¿Qué se supone que hace la loca de tu hermana? —le preguntó a Sandra, fastidiado. Era un alivio que la menor no pudiera oírlo, pues así podía expresarse de ella como le viniera en gana sin represalias de su parte.

    —Adriana, ¿qué haces? —la interrogó Sandra.

    —Quiero ver si esto que hago le duele —contestó la chica sin dejar su actividad—. ¿Le duele?

    —¿Que si te duele lo que está haciendo? —interrogó ahora a Demian.

    —No estoy sordo, la escuché y no, no me duele.

    —Dice que no le duele —informó ella de vuelta a su hermana antes de bajar los hombros y suspirar—. ¿Sabes? Esto de ser portavoz es muy cansado.

    —Lo imagino. Tener que escuchar esa odiosa voz tiene que dar tremenda jaqueca —asintió Adriana—. Pero bueno, si no parece reaccionar al dolor físico, ¿significa que puedo hacer esto?

    Adriana tomó una de las varias macetas que había por allí, dispuesta a dejarla caer sobre la cabeza del inconsciente y lo habría logrado de no ser porque Sandra la detuvo a tiempo.

    —¡Adriana, no! Puedes dejar estragos permanentes en él.

    —¿Cómo? ¿Haciéndolo más tonto de lo que es? —Adriana puso los ojos en blanco—. No creo que sea posible; ya debe estar al límite. Además, no le duele por lo que ¿qué más da?

    —No entiendo cómo puedes vivir con ella —le dijo Demian incrédulo y enojado.

    —En realidad no es tan mala como se muestra. —Sandra intentó defendarla—. Además, si no te odia, tenerla como aliada es muy beneficioso; es alguien muy leal.

    —¡Ja! Gracias por las esperanzas —soltó él, sarcástico.

    —Oye, Sandra, ¿ya viste lo que querías ver? ¿Podemos irnos ahora? —inquirió Adriana mirando a su alrededor, incómoda—. Siento que con cada segundo que paso en este cuarto me empeora la miopía.

    —Sí, ya voy, ya voy.

    Los tres salieron de la Cruz Roja tomando el rumbo hacia el hogar de las hermanas.

    —Otro día venimos de nuevo —ordenó Sandra de pronto.

    —¿Qué? —La morena la miró anonadada—. ¿Me engañan mis oídos? ¿Has dicho “venimos”? ¿No querrás decir vienes; tú, sola?

    —No —negó su hermana, firme—. Venimos, las dos, ambas. Vamos, ¿qué te cuesta acompañarme otro día?

    —Me cuesta mi dignidad —respondió la chica sacándole un puchero de hastío a Demian—. ¿Tienes idea de lo que implica para mí tener que venir a ver al odioso ex-novio de tu hermana?

    —Vamos, Adriana, no exageres las cosas. Siempre hemos sido confidentes y cómplices en todo, ¡todo! —Sandra le lanzó una mirada significativa que Adriana entendió a la perfección—. No veo por qué tenemos que dejar de serlo en este caso. Además, si yo no me quejo, tú tampoco.

    —¡Oye! ¿Qué se supone que significa eso? —indagó Demian, ofendido por el comentario tan quitado de la pena.

    —No, nada. —Sandra sonrió con fingida inocencia y Demian suspiró cansino. Todas las mujeres eran un enigma completo.

    PPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPPP

    Bueno, es todo por ahora, espero les haya gustado.
     
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    Bueno, les dejo la conti que sigue:

    CAPÍTULO 7

    Dieron por concluida la conversación en todo el camino de vuelta básicamente porque Demian no quería oír los insultos y desprecios de la morena hacia su persona, porque Sandra no deseaba cumplir su papel de portavoz y porque Adriana en realidad jamás tenía nada de qué platicar. De aquella manera llegaron a la casa de las chicas.

    —De nuevo en casa, sanas y salvas —dijo Sandra al ingresar.

    —Por ahora —arguyó la menor con mortificación.

    —¿Y eso? —La castaña alzó una ceja, extrañada.

    —Nos olvidamos por completo de la leche.

    Sandra abrió los ojos con terror total. No podía ser verdad. ¡Iban a morir! Esperen, aún podían arreglarlo siempre y cuando su madre siguiera en su habitación; eso era, iría corriendo a la tienda a comprarla. Se dio la vuelta dispuesta a ejecutar el más brillante de sus planes, pero se encontró de frente con su madre y no pudo más que palidecer.

    —¿Por qué tardaron tanto? —las interrogó su madre, sospechando—. Sólo iban por leche.

    Sandra no supo qué decir. Balbuceó todas las incoherencias existidas y habidas por existir.

    —¿Y dónde está la leche? ¿Por qué no han empezado a hacer el chocolate?

    La mujer miraba a la mayor de sus hijos con reproche y demanda, ocasionando que Sandra casi se doblegara ante ella para contarle todo; Adriana no estaba en mejores condiciones.

    —Diles que se les olvidó el dinero —aconsejó Demian, presuroso; luego lo pensó mejor—. Un segundo. ¡Sí se les olvidó!

    —Se nos olvidó el dinero. Nomás fuimos de hoquis. —Sandra habló tan deprisa que su madre apenas pudo captar las palabras.

    —Ah, bueno, eso explica muchas cosas. —La doña sonrió confortadora, haciendo suspirar a sus hijas—. Aunque no explica una cosa.

    Su madre volvió a ponerse seria provocando que Sandra y Adriana tragaran duro. ¿Las había descubierto en su mentira?

    —Lo que no explica, hijas, es de dónde salieron tan distraídas y desmemoriadas, vaya. ¡Mira que olvidar el dinero! ¿A quién le pasan estas cosas?

    —Nosotras tampoco sabemos por qué somos así —comentaron las hermanas sin creer todavía que se hubiesen salido con la suya, pero de nuevo, esta historia es muy conveniente y está llena de excusas para que siga su curso normal.

    —Seguramente es por parte de la familia de su padre —avaló la madre antes de mirar a todos lados—. ¿A qué venía yo? ¡Ya se me fue el avión! ¿Qué quería hacer? Quizás si vuelvo al cuarto me acuerde.

    Y sin más, la mujer regresó a sus aposentos en un intento por atrapar su memoria perdida. Podrán notar, entonces, que la distracción es definitivamente por parte del padre, ¿eh?

    Sandra suspiró aliviada de que todo resultara bien al final. Centró su atención en Adriana, quien con gran amor corría a la laptop ubicada sobre la mesa del comedor, mientras la abrazaba con adoración y decía:

    —Tranquila, pequeña. No volveré a dejarte sola por tanto tiempo, lo prometo.

    ¿Drama? ¿Dónde? Mas lo curioso fue que Sandra sintió que debía ser ella la que ocupara el lugar de su pariente, pues ella sí que estaba más viciada al computador.

    —Vaya, esa loca tiene sus momentos para hacerte la vida divertida —declaró Demian al ver la chusca escena.

    —Tienes razón. —Sandra sonrió y luego miró de lleno al pelinegro, quien le devolvió la mirada—. Tengo que decirte algo, Demy.

    Él frunció el ceño en lo que la interrogaba con la expresión. ¿Decirle algo? ¿Qué sería?

    —No sé cómo decirlo, es algo vergonzoso —siguió hablando ella ligeramente sonrosada.

    La mente de Demian comenzó a trabajar y casi pudo sentir que un intenso rubor cubría sus mejillas. ¿Sería que le hablaría de su relación? ¿Había alguna manera de arreglarla? No había contemplado esa posibilidad hasta ahora y debía admitir que no le desagradaba nada. La observó expectante y encantado.

    —Verás, Demy, ya está a punto de anochecer y me gustaría alistarme para dormir. Sería incómodo hacerlo contigo aquí, así que ¿podrías irte por favor?

    Sandra finalizó su petición con una sonrisa inocente y Demian casi se llevó una mano al rostro en exasperación. ¿Cómo podía ser tan ingenuo? No era normal que él esperara algo de alguna chica; por el contrario, ellas esperaban todo de él. ¿Por qué debía ser diferente con Sandra? No tenía por qué serlo.

    —Descuida, claro que me voy —dijo él aunque no pudo evitar que las palabras salieran forzadas ante la irritación que de pronto lo invadió.

    —¿Estás molesto por algo? —cuestionó ella al ver su repentino cambio de humor.

    —¿Molesto? ¿Yo? No, qué va, si no estoy molesto para nada. ¿Quién te dijo? —Demian sacó todo el sarcasmo que había aprendido a lo largo de su vida y de Adriana—. Ya me voy.

    Y sin darle oportunidad a Sandra de decir nada más, visualizó su propia habitación en la mente y en un parpadeo desapareció de la vista de su ex en lo que se preguntaba con curiosidad si en realidad era él el ingenuo o era Sandra.

    En su lugar en su propio hogar, la castaña frunció el ceño por la extraña vuelta de acontecimientos y luego se dirigió a Adriana.

    —Demian es extraño, ¿no te parece? Creí conocerlo.

    —Extraño, tonto, anormal, odioso. ¿Qué importa? Hablamos de Demian, ¿no? Él puede ser eso y más —contestó Adriana como si fuera lo más obvio y al ver que su hermana abría la boca, se apresuró a añadir—. Claro que será todo lo malo y peor.

    Sandra rodó los ojos; ya decía ella que Adriana no le daría ni un respiro a Demian.

    La noche pasó sin mayores problemas y un nuevo día comenzó, por lo que Sandra se levantó con pesadez y con su humor de perros de todas las mañanas, así que mantuvo su carita que decía: “no me hables, no me toques, no te me acerques si quieres tener una vida larga”. Podría deducirse que la chica no era del tipo madrugador. Por ello, la familia entera se abstuvo de dirigirle la palabra y optaron por alistarse para ir a la escuela en silencio, y al estar listos se montaron en el auto, mas tuvieron que esperar algunos minutos extras para que Sandra subiera también. Nuevamente, podría deducirse que no era especialmente rápida para arreglarse al salir.

    La madre dejó al “pequeño” de la casa en la secundaria y a las hermanas las botó en la preparatoria, pero Sandra se llevó una gran sorpresa al ver que el mismísimo Demian la esperaba a un lado de la gran entrada principal.

    —¿Qué hay, Sandra? —la saludó él, casual y con pose cool.

    —Hola, Demy, qué sorpresa. No imaginaba encontrarte aquí.

    Demian se encogió de hombros e iba a decir algo más cuando Adriana se le adelantó.

    —Espera, ¿es que acaso ese sujeto está aquí?

    —Así es, Adriana.

    Sandra asintió risueña dando a entender que su malhumor mañanero se había esfumado, cosa que a la morena no le gustó. Hubiese pagado lo que fuera por ver a Demian siendo maltratado por Sandra con su pésimo genio matutino.

    Los tres entraron a la institución. Sandra y Adriana dejaron sus mochilas en sus respectivos salones para después salir al pasillo, ya que sus aulas quedaban en el segundo piso y una justo frente a la otra teniendo la escalera en medio. Reunirse allí era la costumbre de ambas para conversar de lo que fuera antes de que el profesor de alguna comenzara su clase.

    —A ver, ¿y qué se supone que hace ese tipo aquí? —demandó saber Adriana absolutamente nada contenta—. La escuela de por sí es lo suficientemente desagradable como para que él la empeore con su simple esencia. Además, ni siquiera está inscrito en este lugar, ¿para qué vino?

    —Es cierto, Demian. ¿Por qué viniste? —Quiso saber Sandra, curiosa.

    El joven se pensó si responder o no. Creía que Sandra merecía saberlo, pero no deseaba tener que soportar a Adriana y sus comentarios burlones, por lo que se quedó callado para no echarle más leña al fuego. Ya le explicaría a Sandra su razón de ir allí, la que en realidad no tenía mucho misterio según él; sólo quería estar con alguien que pudiera verlo y oírlo, o de lo contrario se volvería loco al sentirse ignorado por todos.

    Adriana estuvo a punto de decir algo más, pero se escuchó el timbre que daba inicio a clases y casi al instante vio que su profesor entraba al salón. Bufó con fastidio despidiéndose de Sandra.

    —Me tengo que ir. Trata de no hablar mucho con el fenómeno o prensarán que estás loca... más de lo que estás.

    Sin más, los dos observaron que la morena entraba a su respectiva aula refunfuñando entre dientes cosas como:

    —Odio que los profesores cumplan con su trabajo. ¿Qué clase de docente respaldado por el Sindicato se toma en serio su labor? —Entre muchas otras cosas más.

    YYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY

    No recuerdo si se los comenté... creo que no, pero ahora lo hago: esta historia seríamuy corta de hecho éste es el penúltimo capítulo; así es, el próximo será el final. Bien, sin más que decir por el momento.

    Bye


    ***Mentira todo lo anterior. La edición alargó esta cosa xD Así que nada de capítulo final***
     
    Última edición: 23 Marzo 2017
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    ¡Espero el cap. final! Demian a sido muy cruel con Sandra... Pero tambén hay que decir que ella solo quiere estar con Victor... ¡¿Por qué no se deciden de un vez?!
     
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    Borealis Spiral

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    Ahora sí, el capi final ***¡que no es cierto!***. Gracias por los comentarios. Sobre todo a BLack NiGTH, que se esmeró desde el inicio por seguir la historia.

    ¡Disfruten!

    CAPÍTULO 8

    —Adriana tiene razón, Demy. —Sandra enfocó sus expresivos ojos cafés en él—. No podemos hablar mucho. En casa es diferente, pero aquí pues...

    —Lo sé —la interrumpió él—. Ya lo sé.

    —¿Por qué viniste entonces?

    Demian volvió a guardar silencio. ¿Qué decirle? ¿Que toda la noche había estado pensando en ella? ¿En su sonrisa; en su trato amable para con él; en el apoyo que le brindaba? La realidad era que también había ido allí porque quiso verla, porque gozaba de su presencia; algo que resultaba irónico porque ni cuando anduvieron de novios había experimentado semejantes sensaciones. Claro que en aquella época no era que él fuera serio con ella. ¿Significaba que ahora sí lo era?

    Sandra suspiró aburrida, pensando que Demian había optado por no continuar la conversación para evitar que los otros pensaran que era lo suficientemente miserable y sin amigos como para hablar con ella misma. No obstante, lo aburrido se le fue en el instante en el que un chico que iba en su salón hizo acto de presencia, acercándose a ella. El tipo era más alto que Demian, midiendo un metro ochenta y cinco o por ahí, de cabello negro y ojos color... no recuerdo cuál pero alguno tenía seguro. Podríamos decir su nombre completo, pero para mantener el anonimato tan sólo llamémosle Víctor, Víctor No-sé-qué Sinojo.

    —¿Qué onda, jefa? —La saludó al verla, usando el sobrenombre que tan cariñosamente le había dado y con un acento ranchero dado que era de un pueblo rural, al tiempo que chocaba su mano y puño con el de Sandra.

    Ella respondió el saludo con un movimiento de cabeza y una sonrisa de las más radiantes que tenía, la más esplendorosa, la más encantadora; la más soñadora que los verdes ojos de Demian hubiesen visto jamás. El joven miró con desconfianza al recién llegado; algo le decía que el sujeto ese no le caería del todo bien.

    —¿Qué pasa, jefa? ¿Ya entramos? —le preguntó Víctor.

    Sandra asintió desbordando alegría, por lo que junto al chico entró al salón a pesar de que todavía no había llegado el profesor y se olvidó por completo de ese otro ser sin importancia que era su acompañante cuyo nombre, según cuenta la gente, era Demian.

    Las clases transcurrieron normales en tanto Demian veía con aburrimiento y fastidio completos cómo Sandra y Víctor reían como bobos por una idiotez que el ranchero había dicho. Se suponía que habían hecho equipos para trabajar en un proyecto, no para actuar como payasos. Demian rio de la manera más falsa y sarcástica de la que fue capaz.

    —Idiota —insultó a Víctor. Después de todo, él no podía escucharlo y ella... bueno, de pronto le dio la sensación de que tampoco lo hacía.

    Tuvo que soportar esa tortura hasta que dieron el timbre de receso. Víctor y Sandra salieron del salón y bajaron las escaleras hasta quedar cerca de uno de los jardines, en lo que el chico le hacía compañía mientra Adriana llegaba y cuando la morena hizo su aparición, Víctor se fue con sus amigos, los que se reunían cerca de allí.

    —¿Qué tal tu día? —le preguntó Adriana como era usual.

    —Igual que siempre —contestó ella para después darle su propio lonche consistente en un emparedado y una manzana—. Cuídame acá. Necesito ir al baño.

    Adriana asintió tomando la bolsa con los alimentos y Sandra se dirigió al baño de chicas, todavía sin ser consciente de la existencia de Demian, por lo que no se percató de que él la siguió. No fue sino hasta que entró a los servicios que, por fin, lo notó en toda la mañana y la impresión fue tan grande que no pudo evitar gritar sorprendida. Desgraciadamente no era la única en el baño, sino que había un par de chicas más, quienes al ser incapaces de ver al joven, dedujeron que a Sandra le faltaba un tornillo por lo que la miraron con claro recelo y extrañeza. Al darse cuenta de que había metido la pata, la castaña sonrió con inocencia y se apresuró a excusarse.

    —Ay, no me hagan caso, chicas. Ustedes sigan con sus actividades tranquilas.

    Las muchachas se lanzaron una mirada furtiva entre ellas antes de darse prisa en salir, temerosas de estar en el mismo espacio que una chiflada. Con esto, Sandra se agachó para ver a través de las puertas de los cubículos y percatarse de que no hubiera nadie más. Al asegurarse de que se hallaba completamente sola, se volvió a Demian y le gritó enfadada.

    —¡¿Qué rayos estás haciendo aquí?! ¿Estás loco? ¿Desde cuándo estás aquí? No creí que fueras esa clase de pervertido. ¡Aprovechado asqueroso!

    —¡Qué! —El pelinegro gritó con indignación—. ¡Si acabo de entrar junto contigo! ¡Y no soy ningún pervertido ni aprovechado!

    En eso, Adriana entró al caño con todo y comida. Sí, se veía mal y quizás no era lo más salubre, pero hey, el fin justifica los medios… o no.

    —¿Qué te pasa? —le preguntó a Sandra, preocupada—. Tus gritos se oyen hasta el otro lado del plantel.

    —Demian está aquí. Adentro. En el baño —le explicó ella sin dejar su molestia, haciendo una considerable pausa entre cada frase.

    —¡Qué! ¡Maldito pervertido! —Fue el turno de Adriana gritar con ira total, en lo que apuntaba en una dirección completamente diferente a la que se encontraba Demian—. ¡Esto es el colmo! ¡El colmo, ¿me oyes?! La gota que derramó el vaso. Voy a matar a ese degenerado. Se pasó, en verdad se pasó esta vez. ¿Desde cuándo está haciendo esas canalladas?

    —No lo sé. —Sandra sacudió la cabeza y lo pensó un poco—. ¿Sabes? Ahora que me acuerdo, no creo haberlo visto en toda la mañana. —Y sacó conclusiones muy, muy feas.

    —¡Qué! —volvió a chillar el chico, incrédulo. ¿Que no lo había visto en toda la mañana? ¡Si nunca se despegó de ella! Pero claro, ¿cómo iba a prestarle atención si se las pasaba de las mil maravillas con el Víctor ese?

    —Pues está decidido —tomó la palabra Adriana con un aura asesina rodeándola—. En cuanto salga de la escuela voy directo a la Cruz Roja y acabo de matarlo.

    Expresada su amenaza, la chica salió del baño.

    —No dudes que lo hará —le advirtió Sandra a su ex sin dejar su posición y expresión de irritación—. Es más, en este preciso momento Adriana no es la única que quiere matarte.

    —¡Me lleva el diantre! Déjame explicarte las cosas. Yo...

    Demian se vio interrumpido porque un grupo de chicas entró al bañó, mas lo que resultó sorpresivo para nuestros protagonistas fue que una de ellas gritara con pánico y señalara a Demian, perpleja.

    —¡Un chico!

    —¿Dónde? ¿Dónde? —Las otras muchachas que la acompañaban miraron a todos lados, pues obviamente no podían verlo.

    —No... ¿No lo ven? —les preguntó la chica con mayor sorpresa y confusión al notar que por más que buscaran, no detallaban al intruso. ¡Y eso que lo tenían frente a sus narices!

    La joven vio que tanto el chico como su compañera le hacían señas con las manos y gestos para que guardara silencio. Asintió a su petición por demás desencajada y tuvo que inventarse una justificación para su reacción; rio con nerviosismo.

    —No, no, amigas. No es nada de nada. ¿Un chico en el baño de mujeres? Pfff, ¡qué locura! Anden, vayan a hacer sus necesidades.

    Sus amigas le lanzaron la misma mirada desconfiada que le habían dado a Sandra hacia poco, pero olvidando el incidente pronto, una de ella se dirigió a Sandra y le dijo divertida:

    —No te asustes, amiga. Sonia es así de rara y loca. Es normal, así que no te preocupes.

    Sandra rio con inseguridad y sin más, las amigas de la chica llamada Sonia ingresaron a los cubículos para hacer lo que las leyes naturales dictaban. Aprovechando, la castaña le indicó a Sonia con un ademán a que salieran un momento. Ella asintió y avisándoles a sus compañeras, siguió a Sandra. Demian fue detrás de ellas en silencio.

    —¿Cómo puedes ver a Demian? —la cuestionó Sandra más que anonadada.

    —Cómo es que mis amigas no pueden ver a este chico es lo que yo quiero saber —replicó Sonia apuntando al pelinegro con descaro. Cualquiera diría que apuntaba el vacío.

    —¡Explícame! —exigieron amabas.

    Demian alternó la mirada de una a la otra. Esto estaba complicándose mucho en verdad.

    HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH

    Gracias de nuevo. Tengo la segunda temporada en proceso, pero no sé si subirla. Obviamente ya no habría más "fantasmas". A ver qué.

    Saludos
     
    Última edición: 23 Marzo 2017
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    BLack NiGTH

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    ¡¡¡¡Que bonitooooo!!!!

    ¿¿Hay una segunda temporada??:eek:
    ¡¡Si la hay súbela, por favor!! ¡Me da igual que no halla fantasmas!
    Además, me encanta el personaje de Adriana.
    ¡¡¡Es auténtica!!!:D

    Ahora las notas del capítulo: Me ha gustado mucho, aunque la verdad yo me totra manera... ¡Pero me gusta mucho más tu final!

    Por fevor, si en algún mmento escribes otro Original pásame la dirección, por favor.

    Salu2 cordiales: BLaCK NiGTH
     
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    Borealis Spiral

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    Gracias BLach NiGTH, me gustaron muchos tus comenatrios y sí, a mí también me gustó el personaje de Adriana, claro que subiré la segunda temporada, solo esperame un rato. Y si tengo otro original... este es el link

    http://fanficslandia.com/index.php?threads/a-pesar-de-todo.14593/

    Obviamente no soy buena en esto de escribir, pero es ya un vicio y no hay quien me lo quite. Nuevamente gracias por tus comentarios.

    Saludos
     
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    Borealis Spiral

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    ***Yo dije que esto no terminaba hasta que terminara y ahora se aguantan***

    CAPÍTULO 9

    —Alto, alto, alto —intervino él antes de que la tensión aumentara—. Si no somos ordenados no llegaremos a nada, así que Sandra, explica tú primero.

    —De acuerdo. Verás, Sonia, este chico se llama Demian y no existe... Bueno, sí existe pero no en carne y hueso... o al menos no ahora como lo ves... Es decir, ¿cómo te explico? Es un ente del más allá... aunque eso tampoco tiene mucho sentido porque, bueno... Eh...

    Sandra estaba en apuros verdaderos al no encontrar las palabras adecuadas para explicarse y es que, a pesar de ser alguien que hablara mucho, la realidad era que tenía problemas para soltar las frases con fluidez y elocuencia.

    —Estoy en coma —finalizó Demian un tanto harto de los balbuceos torpes de su ex.

    —¡Oh, entiendo! —exclamó Sonia atando cabos de inmediato—. Significa que eres una especie de fantasma, ¿cierto? —Demian asintió—. Eso explica muchas cosas.

    —Bien, ahora que eso ha quedado claro. ¿Cómo es posible que lo veas? —interrogó Sandra, interesada.

    —¿Por qué lo ves tú? —preguntó a su vez Sonia.

    —No necesito razones, soy la protagonista de la historia —declaró la castaña, orgullosa—. Deben pasarme todas estas cosas inexplicables a mí o la historia no tendría sentido.

    —Muy bien, entonces creo que yo soy el típico personaje que de la nada resulta tener el mismo don que la protagonista para tener la excusa de hacer las cosas más interesantes —argumentó Sonia, firme.

    —Excelente respuesta —halagó Demian, admirado.

    Sonia le sonrió encantada e iba a darle las gracias, pero Adriana volvió a acercarse a ellas.

    —¿Ya terminaste con lo tuyo, Sandra? Sinceramente ya me cansé de cargar esto. —Le entregó su lonche a su hermana—. Además, se te va a acabar el receso para que almuerces. Deberías darte prisa. Y lo siento pero no pude esperarte más, yo ya comí porque me estaba muriendo de hambre.

    —Adriana, ¿a que no sabes qué? Ella es Sonia- —Sandra señaló a la chica, emocionada—. También puede ver a Demy. ¡Igual que yo!

    —¿En serio? —Adriana alzó las cejas, asombrada—. Wow, ¿y cómo dices que se llama?

    —Sonia.

    —Vaya, parece que ese don diagonal maldición sólo lo tienen aquellas cuyo nombre empieza con S —comentó la morena con sorna.

    —¿De veras? —A Sandra le sorprendió saber eso.

    —No, Sandra, era broma —rectificó Adriana.

    En eso, Sonia vio que sus amigas salían del baño, por lo que se despidió del trío para irse con ellas; claro que antes de desaparecer le lanzó una mirada de dulzura a Demian, pues admitiéndolo, el joven estaba como para comérselo enterito. ¿Hormonas alborotadas? ¿Dónde?

    —Ay pobrecitas, las compadezco —se condolió Adriana en cuanto Sonia se alejó.

    —¿Por qué? —Sandra alzó una ceja, confundida.

    —Porque tienen que ver a Demian todo el día. ¡Qué horror! Pero bueno, eso de que Sonia pueda verlo también es un acontecimiento bastante extraño, ¿no crees?

    —¿Qué? ¿Qué? —Sandra había estado distraída observando otro lado y no escuchó a su compañera.

    Adriana frunció el ceño en ligera molestia por no tener la atención de su hermana y dirigió su vista a donde Sandra contemplaba con tanta insistencia, descubriendo a Víctor y sus amigos no muy lejos de allí.

    —¡Ay Sandra! De veras que no eres nada disimulada —rio por demás divertida y a Demian no le gustaron para nada sus insinuantes palabras, ya que él también había notado cómo la castaña veía al otro sujeto.

    —¿A qué te refieres? —La chica se hizo la desentendida en lo que alternaba miradas de su hermana al grupo de manera rápida.

    —Que si sigues mirando sin descaro a donde está Víctor siempre que tienes oportunidad, todos sabrán que te gusta.

    —Ah, cómo fastidias con eso, ¿eh? —respondió ella nada contenta pero sin ser capaz de ocultar el rubor en su rostro.

    Demian chasqueó la lengua sin pizca de gracia. En verdad Adriana sabía cómo fastidiarle la existencia con su lengua venenosa, no importaba que pudiera verlo o no. Los celos nunca estuvieron en su diccionario, pero como dicen por allí: siempre hay una primera vez y parecía ser que esa era la de Demian, ya que sintió que dichas emociones negativas recorrían cada vaso sanguíneo en su cuerpo, infestándolo de una sensación espantosa. Por eso apenas tuvo el temple de intervenir en la conversación entre las hermana.

    Dieron el timbre que reanudaba las clases, por lo que Adriana tuvo que entrar luego y luego porque su queridísimo profesor llegó puntual como siempre, lo que le dijo a la morena que definitivamente el docente no debía estar afiliado al Sindicato. Con su ausencia, Sandra quedó sola en el pasillo junto al pelinegro y cuando él iba a sacar charla sobre lo que fuera, fue interrumpido por el ya famoso por todos y odiado por el protagonista: Víctor. Al igual que en la mañana, Sandra se olvidó de Demian por estar en compañía del otro chico.

    Él estaba cansado de la actitud de su ex. Ella estaba muy equivocada si creía que iba a estar tras ella como perrito faldero mientras lo ignoraba y se divertía con otro; no permitiría que su amor propio se hundiera tanto. Así que fastidiado en totalidad, salió del salón de la chica sin que lo notara, pero claro, ¡cómo hacerlo si el ranchero acaparaba todo su interés! Demian deambuló por las instalaciones hasta que llegó a la cancha donde observó a muchos jóvenes haciendo diversas actividades físicas; al parecer estaban en clase de deportes.

    Posó sus ojos de rostro en rostro hasta que aterrizó en el de Sonia, quien también lo miró distinguiéndolo y le sonrió. Él le regresó la sonrisa. La miró bien y se sorprendió de la belleza de la muchacha: era baja de estatura, delgada, de buen cuerpo el que podía notarse bien a través del uniforme deportivo; tenía cabellos de un castaño dorado que mostraban algunos rebeldes caireles; sus ojos eran grandes y expresivos, de un color gris-azulado. No había reparado en ella hasta ahora y sin duda era hermosa. Notó que ella se alejaba del resto para acercársele.

    —Hola —lo saludó casual al colocarse frente a él—. Le dije a mis amigas que quería estar un rato a solas. ¿Te gustaría pasear por el lugar y conversar? Quiero conocerte más.

    —¿No te pondrán falta si el profe no te ve? —indagó él, curioso.

    —No creo, ya tomó lista y de cualquier forma una vez al año que me escabulla de su clase no lo matará, ni a mí —contestó ella con humor.

    Demian rio animado y sin verle nada de malo a la propuesta, accedió pasear con ella.

    —¿Por qué estás en coma? —Fue la primera cuestión de la rubia en cuanto empezaron a moverse.

    —¡Vaya! Eres bastante directa, ¿no es así? —Demian le sonrió cómplice y ella se sonrojó, avergonzada de su impulsividad—. Descuida, eso es bueno, me gusta. Fue un accidente.... En realidad no recuerdo mucho... Nada, de hecho. Sé por las noticias que he escuchado que fue un choque de auto.

    —Creo que he oído de él. —Sonia se tornó meditativa un instante—. ¿Sabes? Mejor cambiemos a un tema menos deprimente. Dime, ¿de dónde conoces a la chicas de hace rato? ¿A Sandra y... Adriana, creo?

    «Ese tema también es deprimente», pensó Demian con ironía, pero de todos modos respondió.

    —Esa es fácil. Sandra es mi novia... No, espera, eso era... Más bien es mi ex novia. —Enterarse de eso emocionó mucho a Sonia y de pronto esperó que nadie hubiese ocupado la posición de novia actual—. Adriana es su hermana y es la chica tan inusual que me odia.

    —¿Te odia? —La rubia se sorprendió mucho. No creía que Demian fuera del tipo de chicos al que se odiaba.

    —Y creo que odiar es poco en su caso. ¿Puedes creerlo? Desde que me vio le parecí insoportable y sin motivo alguno. Pfff, esa loca se sale de la norma que rige a toda chica cuerda y coherente.

    —Ya veo, entonces no deberías sorprenderte mucho. Todo héroe de novela debe tener un eterno enemigo que lo odie sin razón alguna, es lo típico.

    Y de pronto Demian deseó cambiar a su enemigo por cualquier otro, aunque al menos le quedaba el consuelo de que su existencia tenía más significado que el de simplemente odiar a alguien porque sí y causar el desagrado del público.

    —Igual, creo que tendré que ser más selectivo con mis amistades a partir de ahora. ¿De casualidad tú no tienes una hermana con rencor desmedido e instintos psicópatas, o sí?

    —No la tengo, descuida —lo tranquilizó ella con una sonrisa traviesa—. Hermana no tengo, pero hermano sí.

    —¡Qué! —El pelinegro se exaltó; si con Adriana como mujer ya le andaba, no quería pensar en cómo le iría con un varón.

    —Cálmate un poco. Mi hermano tiene ocho años y es un pan de Dios —explicó Sonia serena y a Demian le volvió el aliento, creyendo que no sería tan sorpresivo si un día de estos resultaba muerto en todo el sentido de la palabra con semejantes sustos.
     
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    CAPÍTULO 10

    Sonia y Demian continuaron con la conversación en lo que restó de la clase de deporte, por lo que pudieron conocerse un poco mejor, así que el joven supo que ella era una chica muy divertida y con gran sentido del humor; supo que tenía quince años y cursaba el primer año de preparatoria, y que tenía espíritu de deportista, pues amaba el baloncesto, cosa que lo impresionó dada su baja estatura, mas ella aseguraba que esa limitación suya tan sólo le daba mayor emoción a su gusto por el deporte. Sin duda, pasó un rato muy agradable con ella.

    —Ya terminó esta clase. Debo volver al salón —le dijo ella al escuchar el timbrazo que indicaba el cambio de asignaturas.

    —Sí. —Demian se tornó desganado—. ¿Te molestaría que me quedara contigo el resto de las clases?

    —Para nada, ¿pero qué pasa con Sandra? ¿No crees que se pregunte dónde estás?

    —¡Qué va! Si lo único que tiene en la cabeza es a su amor platónico —escupió él con mordacidad—. Además, tú eres la única que me ve aparte de ella.

    —¿Así que soy tu segunda opción?

    Sonia había deducido que el que Demian estuviera allí se debía más al despecho que sentía que por otra cosa y si era honesta, aquello la hería mucho, pues él en verdad le gustaba.

    —No, yo... No quise dar a entender eso, Sonia. —El pelinegro se avergonzó mucho por su actitud. Sonia no tenía por qué pagar los platos rotos de los errores de Sandra.

    —No lo tomes tan en serio, era una broma —Sonia le sonrió confortadora optando por dejar de lado el tema—. Me encantaría servirte de compañía, así que vamos antes de que me pongan falta o retraso.

    Demian asintió y siguió a su nueva amiga hasta su salón y cuando las lecciones dieron inicio, él creyó que tal vez no había sido la mejor de sus ideas, pues no podía desconcentrar a Sonia de escuchar al maestro, así que no podía hablarle ni hacer cualquier otra cosa que robara su atención de los estudios. No obstante, su inquietud se vio olvidada cuando Sonia ejecutó su plan de comunicación con él, consistente en escribir notas en su propia libreta para que él las leyera y conversaran de aquella manera.

    Ambos pasaron un buen momento, sobre todo cuando Demian hacía alguna broma referente a la clase o al docente en cuestión, consiguiendo que Sonia hiciera un supremo esfuerzo por no reventar a carcajadas frente a todos, haciendo las cosas más entretenidas tan sólo porque ahora sí ella envidiaba la invisibilidad de él y se lo hizo saber en sus notas. Indiscutiblemente, aquellas horas que convivieron juntos fueron de lo mejor y Demian se preguntó por qué Sandra no podía ser como Sonia. ¿Por qué a ella no se le había ocurrido la idea de las notas? Llegó a la conclusión de que su ex era muy egoísta y sólo pensaba en ella y el Víctor ese.

    El tiempo pasó indetenible y el timbre de salida sonó, por lo que todo el alumnado salió de sus jaulas... quise decir aulas. Sandra también caminó a la puerta principal dispuesta a dejar las instalaciones, pero se encontró con que Demian la esperaba a un lado de esta, manteniendo su ceño fruncido en disgusto y cruzando los brazos en desaprobación. Al verlo tan molesto, la sonrisa en el rostro de la chica y con la que planeaba saludarlo se desvaneció.

    —¿Qué tienes? ¿Por qué esa cara larga?

    —Oh, nada, es mi cara de siempre —dijo él con sarcasmo—. ¿No ves lo feliz que estoy? Pero cómo no estarlo si me lo pasé súper bien hoy junto a Sonia. Al menos ella sí aparenta saber que existo —recalcó la última palabra en un tono que no le gustó a Sandra.

    —¿Qué quieres decir con eso? —se defendió ella—. ¿Qué te piensas, eh? Estuve preguntándome todo el bendito día dónde rayos te habías metido. Pensé que estarías en el baño de mujeres haciendo de las tuyas otra vez.

    —¡Qué! —se exasperó él por demás furioso—. ¿Por qué clase de degenerado me tomas?

    —Escúchame bien, Demian, yo no... —Sandra se interrumpió a sí misma al ver que algo extraño pasaba con él, pues en un segundo podía verlo y al siguiente desaparecía, así sucesivamente, como si se tratara de una bombilla que se apagaba y se encendía—. ¡Demian! ¿Por qué haces eso? Como que apareces y desapareces; vienes y te vas. ¡Pareces un foquito de navidad!

    —No lo sé. —Demian se miró las manos, las que en un momento vislumbraba y al siguiente no—. Desde hace rato que lo hago. Sonia me preguntó lo mismo y no supe qué decirle.

    —¡Qué! ¿Y por qué no me avisaste? —lo reprendió irritada.

    —¿Cuál es el punto? No te interesa —respondió él a su vez, resentido.

    —¡Basta de tus niñerías! Esto es importante. No sabes si podría tener que ver con... —La castaña volvió a silenciarse al recordar algo terrible. Se puso pálida como la cera. ¿Sería acaso que...?—. Demy, ¿sabes si Adriana ya se fue?

    —No sé, creo que sí. Me parece que salió antes que tú, así que lo más seguro es que sí.

    El chico se extrañó en demasía. ¿Qué tenía que ver Adriana con todo esto? De pronto recordó lo mismo que Sandra: la amenaza que había hecho la morena en el baño.

    »«En cuanto salga de la escuela voy directo a la Cruz Roja y acabo de matarlo».

    Los dos se miraron asustados.

    —¿Crees que ella...? —Demian no acabó la interrogante porque desapareció muy rápidamente y ya no reapareció.

    Sandra se llevó las manos a la boca para no gritar de terror, quedando congelada en su lugar durante unos segundos. No fue sino hasta que todo el peso de la realidad la golpeó que la hizo reaccionar y corrió; corrió a la Cruz Roja, corrió como nunca antes lo había hecho en su vida y tan rápido como su condición física se lo permitió. Lo conveniente era que el establecimiento médico no quedaba tan lejos de la preparatoria, así que llegó en cuestión de minutos.

    —¡Demian! —gritó a todo pulmón en cuanto ingresó al lugar, corriendo por los pasillos como si la vida le fuera en ello—. ¡Demian! ¡Demian!

    Entró a la habitación correspondiente abriendo la puerta bruscamente, encontrándose con la desagradable sorpresa de que varios doctores trabajaban con el cuerpo inerte del chico y por sus rostros dedujo que había problemas. La sacaron inmediatamente y por mucho que pusiera resistencia, al final no pudo oponerse y terminó fuera de la recámara con un sabor amargo en su paladar, sintiendo que el corazón le latía a mil por hora ante el miedo y la angustia. De pronto escuchó unos pausados y flojos aplausos.

    —Linda entrada, aunque creo que le faltó más drama —le dijo Adriana, quien se mantenía sentada en una de las tantas sillas de espera que había por el pasillo, teniendo algunas hojas de papel en su regazo.

    —¡Adriana! —exclamó Sandra—. Creí que ya habías acabado con Demy.

    —Era la idea, pero no pude. Desde que llegué, los doctores han estado allí dentro. Iba a irme pero preferí hacer una que otra investigación y encontré cosas interesantes —sonrió astuta sacudiendo las hojas.

    Sandra no le prestó atención a lo que fuera que Adriana quisiera mostrarle. Lo que en ese momento le preocupaba más que cualquier otra cosa era el bienestar de Demian. Se encontraba tan intranquila y desesperada que caminó de aquí para allá, a punto de hacerle una zanja al piso de no ser porque su pariente le sugirió que se sentara. Lo hizo y ambas esperaron un buen rato que a la castaña le pareció eterno. Finalmente los doctores salieron del cuarto y presurosa, Sandra los abordó.

    —Doctores, ¿qué pasa con Demian? ¿Está bien?

    Los médicos intercambiaron miradas y uno de ellos optó por dar la noticia.

    —Me temo que el estado del chico es crítico y va de mal en peor. Nuestro personal no cubre las necesidades que el muchacho necesita y es imposible trasladarlo a un hospital más capacitado dada su delicada salud. Además, son muy raras las veces en las que una persona que cae en tan grave coma sobreviva. Lo siento mucho.

    Sin más que decir, los galenos se fueron dejando a una Sandra muy triste, sintiendo que un nudo en la garganta le robaba el aliento y que sus ojos escocían ante la posibilidad del llanto. Era tan injusto que alguien con tanta vitalidad, juventud y toda una vida por delante estuviera en una situación tan trágica y lamentable. Demian era su amigo y no quería pensar en que moriría, no era justo que la hicieran sufrir de esa manera. Se suponía que ella era la protagonista bobalicona que vivía en su burbuja de fantasía de una obra de comedia, no de una tragedia griega; este cambio de escenario no estaba en su contrato y se negaba a hacerlo. Se quejaría con la autora, pediría un rembolso y se tomaría unas largas y bien merecidas vacaciones después de esto.
     
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    Demian y Sandra [Editada]
    Clasificación:
    Para todas las edades
    Género:
    Comedia
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    12
     
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    CAPÍTULO 11

    Sandra se acercó a donde seguía sentada Andriana, quien no se había movido de su sitio y que desvió sus ojos de los papeles hacia su hermana.

    —Demy… está en un estado muy grave, Adriana. Él puede morir en verdad. —Hizo un gran esfuerzo por explicarse sin romper en llanto.

    —¡Qué! —Adriana se levantó de la silla de golpe y la tomó por los hombros—. Sandra, debemos evitar que eso pase cueste lo que cueste.

    —¿Y desde cuándo quieres que no muera? —indagó la otra, sospechosa, soltándose de su agarre.

    Adriana sonrió, perversa, al momento de decir.

    —Desde que descubrí esto. —Volvió a tomar las hojas y las sacudió frente a Sandra—. Como no tenía nada que hacer, me puse a indagar sobre los gastos que tiene y esto fue lo que encontré.

    Le entregó los papeles y cuando la castaña los vio, abrió mucho los ojos, impactada. ¡Esa cifra era demasiado grande! ¿En verdad existía ese número?

    —Imagínate su reacción cuando despierte y vea lo que tendrá que gastar —añadió la morena con ilusión malsana—. Seguro y le acaba de dar el patatús. Y conste que esta cantidad es sólo la de su estadía en el hospital. Aún falta agregar la suma de los medicamentos y honorarios del personal que lo atendió.

    Sandra negó con la cabeza, incrédula de que cualquier cosa que hiciera enojar a Demian o lo dañara hiciera feliz a Adriana; no importaba si para ello tenía que evitar que su deseo más grande de verlo muerto se cumpliera.

    —En fin, ya no tenemos nada que hacer aquí, ¿o sí? ¿Podemos irnos? —preguntó la de anteojos y Sandra asintió, por lo que ambas salieron de la Cruz Roja rumbo a su casa.

    El día transcurrió normal, con la salvedad de que no hubo rastro de Demian en toda la tarde, por lo que Sandra se mostró preocupada y melancólica, comprendiendo claramente por qué el joven había aparecido y desapareido de aquella manera. La vida se le estaba escapando poco a poco y si lo hacía en definitiva, era natural que su esencia también se fuera. Cayó la noche y Sandra hacía tarea de última hora en su habitación, cuando de la nada, ¡puf!, Demian apareció ante ella.

    —¡Demian!

    Sandra se levantó de la silla de su escritorio, incapaz de disfrazar la dicha que le ocasionó verlo e incluso casi lloró de alegría. Él arqueó una ceja, confundido. ¿Se alegraba de verlo pese a que había demostrado lo poco que le importaba? De cualquier forma, eso no era relevante en ese momento.

    —¿Qué pasó? —la interrogó, ansioso.

    —¿Qué recuerdas?

    —Que… estábamos hablando… o más bien discutiendo… El caso es que de pronto todo se desvaneció, se borró como si hubiese perdido el conocimiento y luego desperté hace poco en mi habitación en el hospital. Vine aquí esperando respuestas. ¿Alguna idea?

    Sandra suspiró con abatimiento, pero no podía callar una verdad tan grande. Era su vida y tenía derecho a saber cómo estaba.

    —Demy, tú… estás en peligro. Tu salud no es nada buena y… puedes morir.

    El joven sintió que todo el peso del mundo le caía encima y si hubiese podido perder el color de la cara lo habría hecho. ¿Morir? ¿Él? ¿Cómo era posible? ¿No se suponía que era el protagonista? ¿Por qué las cosas se habían tornado de esa forma? ¿Acaso aquella divinidad que sabía manejaba su vida lo odiaba o algo? Ignorante al hecho de que la respuesta a su última pregunta es afirmativa, Demian se cubrió el rostro con las manos, sintiéndose desconsolado.

    —Cuando desapareciste por completo me dirigí a la Cruz Roja —siguió explicando Sandra—. Al llegar me encontré con que había muchos doctores en tu cuarto. Me echaron a la fuerza, pero los abordé en cuanto salieron y me dijeron que tus esperanzas de vida son pocas. Por eso ibas y venías.

    —Ya veo. —Demian se revolvió el cabello y bajó la cabeza, apesadumbrado a más no poder. Iba a morir. ¿Ya qué le quedaba? Absolutamente nada.

    —No te inquietes, Demy, estoy seguro de que saldrás de esta. Debes ser fuerte. —Sandra intentó animar a su ex, pero sus esfuerzos resultaron en vano al notar que Demian no hacía más que perder la vista en el vacío, sordo a todo—. Ya verás que todo saldrá bien.

    Esas fueron sus últimas palabras para él en el día antes de que se fuera. A la mañana siguiente en la escuela, el pelinegro acompañó nuevamente a Sandra durante mediodía, pero como ella no hizo más que prestarle atención a nadie más que a Víctor, ignorándolo a él otra vez, en cuanto llegó el recreo fue a buscar a Sonia para quedarse a su lado, claro, una vez que ella aceptara.

    —Hey, hola. —Sonia lo saludó, animada, acercándosele al verlo—. Le dije a mis amigas que quería estar a solas otra vez. ¿Te gustaría pasear de nuevo?

    —Por supuesto —aceptó él de inmediato—. Venía a buscarte, me agrada tu compañía. Ayer me lo pasé genial.

    —A mí también me gusta tu compañía. Sólo espero que no te moleste verme comer mientras caminamos —dijo Sonia mostrando su torta, sonriente.

    —Descuida, come tranquila. ¿Pero no crees que tus amigas se preocupen por ti? —Demian alzó una ceja, en lo que comenzaban a caminar—. Quiero decir, es la segunda vez que les dices que irás por tu cuenta.

    —Oh descuida. Lo peor que puede pasar es que me cataloguen como una emo deprimida, pero considerando que ser uno está de moda, oye, no está tan mal. —Le guiñó un ojo, divertida y él rio.

    —En serio me gusta tu sentido del humor. Me haces sentir mejor.

    —¿Oh? ¿Ha pasado algo malo? —Sonia alzó las cejas, extrañada.

    —No… —Demian dudó un poco—. Me enteré ayer que mi situación de salud es delicada.

    —Oh, lo lamento. —La chica se tornó desanimada—. Ahora que lo pienso, no he ido a verte. Definitivamente haré un espacio para hacerlo. ¿Dónde estás y en qué habitación?

    —En la Cruz Roja, cuarto 123.

    —Bien, espera mi visita. Hasta te llevaré un regalo. ¿Algo que te guste en especial?

    —Descuida, lo que sea está bien.

    Y entre más conversaciones agradables, el recreo terminó y al igual que el día anterior, Demian acompañó a Sonia en sus clases, usando su peculiar método para comunicarse con notas. La relación que ambos habían formado era linda, le gustaba mucho; en cambio, su lazo con Sandra iba desmoronándose cada vez más y según él, la culpa de todo era del tal Víctor. Fue precisamente por ese resentimiento y por sus celos infundados que no evitó pelear con ella, pues una vez la escuela terminó Sandra vio que nuevamente su amigo la esperaba en la puerta de salida.

    —¿Dónde estabas? —curioseó ella sin malicia, dispuesta a regresar a casa.

    —Con Sonia —respondió él con frialdad y sequedad—. ¿Sabes algo? Estoy harto de tu actitud.

    —¿Qué actitud? —Ella lo miró sin entender.

    —Esa. Estoy cansado de que finjas estar preocupada por mí, pero cuando estás con el Víctor ese no hagas más que reír y reír. Eres una hipócrita.

    —¡¿Qué?! —Sandra se indignó—. Óyeme bien. Yo no puedo estar poniendo una cara triste todo el tiempo por lo que está pasando. ¡Me volvería loca! No es sano pensar tanto en lo malo. E imagínate que todos me vieran así de decaída y de llorona… Sería vergonzoso.

    —Eso me confirma que no te importo y que sólo piensas en ti misma —atacó él, mordaz.

    —¡Me juzgas sin fundamento, Demy! Yo…

    —Es por eso que ya no me gusta estar contigo —la interrumpió Demian con brusquedad—. A diferencia de ti, Sonia no es egoísta; es amable y se nota que le intereso en verdad.

    —Ay, por favor. Acabas de conocerla hace dos días. No sabes si te quiere sólo por tu físico.

    —¡Cállate! No eres más que una ególatra celosa. Así es, estás celosa de que Sonia es mejor que tú, de que la prefiera a ella y de que sea más atractiva de lo que jamás podrás ser tú, que no eres más que la imitación de una mujer.

    El hecho de que Demian la acusara de ser egoísta sin pruebas de nada ya había lastimado mucho a Sandra, pero sus palabras finales fueron como dagas mortíferas que se clavaron en su corazón, por lo que no pudo reprimir las lágrimas. Ese ya no era el Demian que ella conocía; no era el chico del que una vez estuvo enamorada y por eso ya no quería nada con él.

    —¡Cállate tú! —le gritó con voz quebrada—. Aquí el egoísta eres tú. Eres un odioso juzgador que no hace más que pensar en sí mismo. ¡No quiero verte más, ¿me oyes?! —Al decir esto, Demian empezó a hacer lo del día anterior de aparecer y desaparecer simultáneamente—. Lárgate de mi vista y no vuelvas aparecer nunca más. ¡Te odio!

    Ante esto, el chico desapareció totalmente y ya no regresó. Herida en su interior, Sandra tan sólo corrió a su hogar, llorosa, arrepintiéndose por sus últimas palabras; era verdad que no quería verlo en ese momento, pero no lo odiaba. Llegó a su casa y rápidamente se encaminó a su cuarto para que nadie la viera en su afligido estado; mas no contó con que Adriana la conociera tan bien como para saber que algo no andaba bien con ella, por lo que sin pensárselo, tocó su puerta.

    —Hey, Sandra, ¿estás bien? —le preguntó con un deje de mortificación.

    —Adriana —la nombró entre sollozos y eso fue suficiente para que la morena entrara de lleno a la habitación.

    —Hey, hey, ¿por qué estás así? —Adriana se sentó en el borde de la cama, mirándola con pesar.

    —Yo… De… Demian… —No pudo seguir; no quería recordar aquello ni contarlo en ese preciso instante.

    Adriana frunció el ceño y crispó las manos en puños, molesta, muy molesta. No necesitó escuchar más comprender que el imbécil de Demian le había hecho daño otra vez. ¡Pero qué afán de hacerla sufrir! El odio característico que reflejaba el rostro de Adriana cada que Demian salía a colación, se intensificó más y Sandra lo notó, por lo que conociendo a su hermana y sus posibles intenciones, le advirtió.

    —Olvídalo, Adriana… Ni se te ocurra cometer una locura, ¿me oyes?

    La morena miró a su hermana con mala cara. ¿Seguía defendiéndolo y estando de su parte aun pese a todo lo que le había hecho? ¿Por qué no aprendía de una vez? Que lo prefiriera de aquella manera hizo que lo despreciara todavía más, pero de cualquier manera intentó tranquilizarle para no ir y estrangular al idiota. Si Sandra le había pedido que no hiciera nada, no lo haría, sólo por ella. Después de todo, por mucho que la irritara y la hiciera sentir celosa a más no poder, sabía que si algo en verdad grave llegaba a pasarle a Demian, su hermana terminaría devastada y el papel de ella era evitar eso a toda costa.
     
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    ***Este sí es el verdadero capítulo final xD***

    CAPÍTULO 12

    Sandra había esperado que pasara lo mismo que la vez anterior en la que Demian había desaparecido y regresó pocas horas después, sin embargo en esta ocasión no fue así. Pasó el resto de ese día y el siguiente y uno más y Demian no volvía. En esta ocasión sí que no pudo mantener del todo su sonrisa y muchos lo notaron, incluso Víctor, quien de vez en cuando intentaba animarla con sus payasadas y aunque sí lo conseguía, era sólo un momento.

    —¿Sabes algo de Demian? ¿Le ha pasado algo? —Sonia se le acercó en el receso, extremadamente preocupada—. Ayer fui a verlo a la Cruz Roja y pensé que estaría allí, pero no y cuando pregunté cómo estaba de salud, los doctores dijeron… dijeron que… —No terminó la frase y miró a la castaña con gran inquietud—. ¿Es cierto?

    Sandra frunció el ceño, dolida. Cómo empezaba a odiar este papel de emo depresiva. Oh, pero la autora la iba a escuchar al final de esto, sí señor.

    —Sí —susurró al final—. Lo siento.

    Sonia abrió los ojos, impactada, y se alejó de ella, no deseando mostrar el efecto que saber eso le causó. Se había encariñado tanto con Demian que la simple idea de que pudiera irse para siempre la hería demasiado.

    Sandra no estaba en mejores condiciones, pues Demian siempre había sido un muy querido amigo y lo echaba de menos. Esa tarde optó por ir también a verlo a la Cruz Roja, sabiendo que su vida pendía de un hilo. Lo contempló así, tan vulnerable y rogó a esa divinidad maldita que controlaba su vida que lo despertara, que si lo hacía haría lo que fuera, lo perdonaría y se dejaría manejar por ella a su antojo y sin volver a quejarse; sólo pedía que le diera su final feliz.

    —Demy, por favor, despierta —rogó sintiendo que sus mejillas eran humedecidas por las lágrimas. Odiaba ser tan sentimental—. No es cierto lo que dije. No te odio, para nada que lo hago. Es sólo que me dolió mucho lo que dijiste, pero no quiero que desaparezcas, no quiero que mueras. No quiero estar sola.

    —No lo estarás. No te dejaré.

    La voz a sus espaldas la sorprendió y al virar se encontró con ningún otro que con el “fantasma” del pelinegro. No pudo evitarlo, sonrío con sinceridad. ¡Qué alegría verlo!

    Y a partir de aquí, si el lector lo desea, puede acompañar la escena con una música romántica de fondo.

    —Sandra. —Demian se le acercó—. En verdad lo siento mucho, Sandra. No sé qué me pasó. No quise ofenderte así, no sé por qué lo hice, pero no merecías nada de eso. Fui un tonto cegado por los celos del momento ya que yo… en verdad te necesito. Sandra, eres muy… yo te…

    La puerta se abrió de improvisto y entró una enfermera a hacer el chequeo general del inconsciente. Y como podrán suponer, la música romántica de fondo se fue al garete.

    La mujer miró a Sandra y parpadeó, confundida.

    —Sé que estás sola, pero no sé por qué me da la sensación que llegué en un muy mal momento —dijo, extrañada.

    —No, descuide. Si da igual —la tranquilizó Sandra, apacible.

    Demian bajó la cabeza, apesadumbrado. ¿Eso qué se supone que significaba? ¿Acaso nunca se podría declarar de nuevo? ¿Sandra no le daría una segunda oportunidad jamás? ¿O era lo suficientemente despistada como para no darse cuenta de sus intenciones?

    Vieron en silencio que la enfermera trabajaba en su cuerpo inerte y cuando terminó, se fue. Sandra se acercó más a la cama, contemplándolo con una expresión de tristeza en el rostro. Él se colocó a su lado, mirándose también.

    —¿Crees que en verdad muera? —Quiso saber él, melancólico.

    —No lo sé. Depende de lo que la autora de la historia quiera —reconoció ella, solemne.

    —¿Crees que la autora me quiera muerto?

    Sandra entrecerró los ojos, inquieta, mas no le contestó y al no obtener respuesta, Demian intentó enfrentar su mirada, pero ella la rehuyó. Él empezó a ponerse nervioso.

    —Sandra, dime la verdad. ¿Crees que la autora me quiera muerto? —insistió, pero nuevamente no obtuvo respuesta—. Sandra, mírame —ordenó y ella obedeció—. ¿Quién es la autora? ¿Quién hizo esta historia? ¡Contéstame!

    Una fría ráfaga de viento se coló por la ventana semi abierta de la habitación y hasta Demian pudo sentir aun en su forma inmaterial lo helada que era. Después, la puerta volvió a abrirse con brusquedad, dejando ver a una Adriana con una libreta y una pluma en su poder, manteniendo una expresión maligna en su rostro.

    —Por fin estoy a punto de terminar. Es la hora, Sandra. —Miró a su hermana.

    Demian dio un par de pasos hacia atrás, aterrado. No podía ser verdad, ¿o sí? ¿Adriana era la autora? No podía ser, no podía, ¡no podía!

    —¿Sabes que es inevitable, verdad? —le preguntó la morena a Sandra.

    La aludida asintió, triste, y aquello confirmó las sospechas del chico. ¡Adriana era la autora! El descubrimiento provocó que se aterrara más y su atractivo rostro se desfiguró por el pánico. Era definitivo, iba a morir. Si en realidad Adriana era la autora no podía dudar un poco de que acabaría con su vida en ese preciso momento. Con terror observó cómo Adriana estaba por anotar algo en su libreta e incapaz de soportarlo más, cerró los ojos y lanzó un grito desesperado.

    —¡Ah! —Abrió los ojos y se levantó de la cama.

    —¡Demian! —exclamó Sandra, contenta—. Por fin despertaste. ¡Qué alegría!

    Miró a su ex, quien estaba sentada en el costado de la cama, junto a él.

    —Vaya, en verdad que eres flojo. Mira que dormir tanto tiempo. Ya ni yo. —Fue el comentario despectivo de Adriana, quien estaba del otro lado de la cama, de pie y con libreta en mano.

    —¿Qué pasó? —indagó él, barriendo la estancia descubriendo que seguía en el cuarto de la Cruz Roja—. ¿Pero qué…? ¿Cómo es que…? Creí que… ¿No eras tú…? ¿Eh?

    Se rascó la nuca, no entendiendo absolutamente nada.

    —¿Qué pasa? ¿Ya no sabes ni cómo hablar de no hacerlo en estos días o qué? —se burló Adriana.

    —¿No eras tú la autora? —preguntó al fin, señalando a Adriana.

    —Claro que no. Si fuera así ten por seguro que no habrías sido el protagonista desde un principio porque te hubiese matado apenas empezar... Es más, ni siquiera hubieses existido.

    —¿Entonces qué haces con esa libreta y qué es lo inevitable? —Ahora señaló la susodicha.

    —Ah, ¿eso? Son unas anotaciones que te encantarán —contestó Adriana con una sonrisa malévola, mostrándole el cuaderno a Demian—. Me faltaba hacer la suma de todo lo que gastaste en tu estadía en la Cruz Roja. Es tu cuenta, lo que deberás pagar.

    Demian vio la gran suma de dinero. ¡Había muchos ceros! Miró a Adriana, quien se la devolvía, expectante a la reacción de locura de él.

    —Pero… ¿en verdad no eres la autora? —Quiso asegurarse él.

    —Que no —bufó ella, aún esperando.

    Demian miró un punto al vacío antes de reventar a carcajadas. ¡Qué tonto había sido al pensar que Adriana era la autora! Seguro que si se hubiese visto la cara de susto que puso se habría reído de sí mismo. Lo importante era que estaba vivo y de vuelta al mundo físico. Estaba feliz.

    Por el contrario, Adriana estaba que echaba humo por las orejas. Esa no era la reacción que ella quería ver. De haber sabido que no iba a afectarle en nada lo hubiese acabado de matar hacía mucho tiempo. Aventó la libreta al suelo, furiosa y luego le gritó a Demian.

    —¡No sabes cuánto te detesto! Definitivamente tendrías que haber desaparecido de la faz de la tierra. ¡Te odio!

    Y salió de la habitación sin cerrar la puerta.

    —¿Y ahora qué le pasa? —preguntó Sandra sin entender los cambios de humor de su hermana. Tal vez estaba en sus días.

    Demian se limpió unas lágrimas que le habían salido de tanto reír y miró a Sandra. La tomó de la mano, por lo que ella lo miró inquisitiva.

    —No interesa lo que le pase a ella. Lo que importa es que tú estás aquí conmigo. Gracias. En verdad lamento lo de aquel día. Yo…

    —No importa, Demy. Lo pasado, pasado —lo interrumpió ella—. No hay nada que perdonar si ya lo hice, ¿no crees?

    Demian sonrió. Adriana tenía razón: era un idiota; no sólo eso, era el rey de los idiotas. Con esta pequeña aventura había podido darse cuenta de eso. Un idiota por haber terminado con Sandra, por hacerla sufrir y preocupar tanto; un idiota por no haberse dado cuenta antes de lo que significaba para él; un idiota por no haber visto las hermosas cualidades de ella. Era cierto que Sonia era una belleza, pero ni siquiera estaba seguro de que le importara tan sinceramente como le importaba a Sandra, quien desde el principio había estado allí, apoyándolo de manera incondicional y altruista.

    Sin importarle absolutamente nada, Demian comenzó a acercar su rostro al de Sandra con la intención de besarla, tomando por sorpresa a la joven que no atinó a moverse, además de que el agarre de él era muy firme. Y habrían rosado sus labios de no ser porque de la nada, un ramo de rosas recién cortadas (incluyendo espinas y todo) se restregó en el rostro del chico.

    —Mira, Demian, ¿no soy preciosas estas rosas? —cuestionó Adriana, sin dejar de mover las letales flores contra la cara masculina para que las detallara bien.

    —¡Adriana, basta! —exigió Sandra, alarmada.

    La morena alejó el ramo de Demian, dejando al descubierto las múltiples heridas que las espinas habían dejado en la piel del joven al clavarse en ella por el brusco movimiento; algunas eran lo suficientemente profundas como para hacerlo sangrar bastante. Él la miró con el mayor de sus desprecios.

    —No, no, a ustedes nadie los entiende. —Adriana sacudió la cabeza en señal de confusión y fingiendo inocencia—. Si uno no tiene consideración con el paciente, lo regañan, y cuando por fin hago algo lindo, ¡también lo regañan!

    —Pero debiste tener más cuidado, Adriana. Mira cómo dejaste al pobre de Demy. Iré por un doctor.

    Sandra salió del cuarto y al verse solos, Adriana miró a Demian con profundo odio y algo más. Él descifró el reto en la mirada. Lo había hecho a propósito y sabía por qué. Lo había visto intentando besar a Sandra y era claro que no permitiría que su hermana volviera con él.

    —Puedo ser muy persistente, ¿sabes? —advirtió él, decidido.

    —Y yo lo puedo ser todavía más —decretó ella, determinada, antes de sonreír, malvada—. Después de todo, mi papel es mucho más sencillo de cumplir. Me cuesta las simpatías de las masas, ¿pero qué importa? Es mi papel. Veremos quién se rinde primero.

    Y salió de la habitación. Demian sonrió de medio lado. Siempre había creído que reconquistar a Sandra y volver con ella sería pan comido para alguien como él. Pero como siempre, había obstáculos que superar y para él, el principal y mayor de sus obstáculos se llamaba Adriana.

    Bueno, la guerra empezaba ahora.

    Fin... ahora sí
    ¡Gracias por leer! Hasta otra.
     

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