Boku no Hero Academia De Deseos y Humanidad [TodoDeku] [One-Shot]

Tema en 'Anime Heaven' iniciado por ElsaFH, 24 Agosto 2018.

  1.  
    ElsaFH

    ElsaFH Is this how you adult?

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    24 Agosto 2018
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    Título:
    De Deseos y Humanidad [TodoDeku] [One-Shot]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    7714
    Heya!

    Antes que nada (primero que todo, whatevs), decir que estoy muy nerviosa de hacer esto porque todos me intimidan mucho *hysterical laughter* Sin embargo, dado que como todos me intimidan, sé que podré sacar buen provecho de los posibles comentarios y las críticas bien intencionadas uvu

    Si ya vieron esto en AO3 no se alarmen, sí fui yo. Escribí este one-shot para el último día de la TodoDeku Week 2018, y la verdad estoy bastante orgullosa. Es mi bebé y lo amo.

    Sin más preámbulos, los dejo entonces para que lean mi fic uvu

    Gracias de antemano ♥

    __________________________________
    «Los sueños se vuelven realidad solamente si lo deseamos con suficiente fuerza. Puedes tener todo en la vida si sacrificas todo lo demás por ello».

    —J.M Barrie, Peter Pan.

    Shouto es un niño solitario. Encerrado en las paredes del castillo de su padre, siendo abandonado poco a poco por las personas que más ama, le pide a las estrellas que le envíen compañía.

    No contaba con que las estrellas mismas descendieran del cielo para estar a su lado.

    __________________________________
    Érase una vez, en un lugar muy grande y muy solitario, un niño muy pequeño, frágil y tan solitario como el castillo que lo rodeaba.

    Tiempo atrás, cuando su vida era más o menos feliz y su madre seguía con él, ella le había enseñado a pedir deseos a las estrellas. Le había dicho que si deseaba algo con la suficiente fuerza, que si lo pedía desde el fondo de su corazón, el universo conspiraría a su favor para darle aquello que añoraba.

    La primera vez que le pidió un deseo a una estrella después de que ella desapareciera, rogó porque se la devolvieran.

    Las estrellas hicieron oídos sordos a sus pedidos.

    Tenía cinco años en ese entonces y una quemadura que había dañado su piel y su ojo izquierdo. Los pormenores de aquel accidente tenían mucho qué ver con la desaparición de su madre, pero su padre, el rey de Endeavor, jamás le contó, nunca le refrescó la memoria.

    Nunca le explicó que había sido su madre quien, en un arranque de locura, había vertido agua hirviendo sobre su cara.

    El niño vivió así en la ignorancia. Muchos podrían decir que la ignorancia es una bendición, pero cuando esta viene acompañada de una profunda soledad, la ignorancia no es más que una maldición, generando resentimientos como la caída de fichas de dominó. Y aquel pequeño niño, que había perdido a su madre a los cinco años, pasó los siguientes dos odiando a su padre, odiando el castillo, odiando a sus hermanos, a sus sirvientes y a los súbditos de su padre.

    Fue solamente cuando cumplió los siete años y uno de sus hermanos mayores dejó el castillo, desapareciendo de la faz de la tierra igual que su madre, que el pequeño volvió a pedirle un deseo a las estrellas.

    Les pidió que le devolvieran al único hermano que no lo miraba con pena, al hermano que jugaba con él y le entregaba compañía. Al único que entendía su odio y su resentimiento y que no lo juzgaba por ello.

    Pero las estrellas volvieron a ignorar su petición.

    Un año más tarde, cuando ya la soledad era insoportable, el pequeño se resignó, se deshizo de su orgullo (muy poco común en un niño de ocho años, demasiado pequeño como para siquiera conocer el significado de esa palabra) y de su resentimiento, y volvió a pedirle un deseo a las estrellas.

    Les pidió que le enviaran a alguien que estuviera con él, alguien que no se fuera. Alguna persona que pudiera acompañarlo, hacerlo reír, jugar con él y mantenerlo a salvo de las sombras tenebrosas que se movían en el castillo. Alguien que lo arrullara antes de irse a dormir, que le contara cuentos, que lo tratara como el niño que era y no como el resto de las personas, como si fuera un príncipe de cristal, algo que se iba a romper de un momento a otro.

    Las estrellas cumplieron su deseo. No como él esperaba, por supuesto, porque las cosas buenas jamás vienen de la forma en la que uno las espera.

    Su deseo se hizo realidad y apareció ante él convertido en un dios.

    Dormía en esa enorme cama que parecía demasiado grande para su pequeño cuerpo, las cortinas de terciopelo azul del dosel cerradas para impedir que la luz de la luna perturbara sus sueños. Era una noche de verano, las estrellas titilando como pequeñas luciérnagas adheridas a la pared de una cueva en completa oscuridad, y una plácida brisa removía las cortinas a cada lado de la ventana como si fueran fantasmas inquietos.

    Un pie se posó en el mármol del balcón, sin producir ruido alguno, la pierna hacia arriba materializándose a medida que una capa caía a su alrededor. Luego otra pierna, luego el cuerpo, los brazos, y finalmente, la cabeza.

    El príncipe despertó de un sueño plácido sin saber muy bien por qué. No tenía sed ni quería ir al baño. Tampoco estaba hambriento, y las pesadillas habían estado ausentes por tanto tiempo que ya casi no recordaba lo que se sentía tener una. Pero fue como si una fuerza sobrenatural tirara de él desde esa infinita inconsciencia hacia el mundo físico, extrayéndolo de los sueños ya olvidados para plantarlo de cara en la realidad.

    La completa oscuridad que lo rodeaba gracias al dosel era una visión a la que estaba totalmente acostumbrado. Que la luz se filtrara en su lecho no había sido la razón por la que se había despertado repentinamente. Y mientras se frotaba el ojo derecho, somnoliento, conteniendo un bostezo, se preguntó si acaso había escuchado algún ruido extraño del que su subconsciente sí se había percatado, pero que había pasado desapercibido por su mente.

    Se deslizó hacia el borde del colchón, apartando la cortina de terciopelo, plantando sus pies descalzos contra la fría piedra del suelo. Un escalofrío le bajó por la espina dorsal, sus ojos hinchados por el sueño peinando la habitación para ver si podía encontrar aquello que lo había despertado de pronto.

    Entonces vio la silueta perfilada por la luna, tan larga que casi alcanzaba a tocar sus pies, y la somnolencia desapareció por completo de su organismo.

    Parado en la baranda de mármol castaño del balcón, dibujado a contra luz, yacía parado un desconocido cuyo rostro era incapaz de ver. La capa cubría casi toda su figura y era incapaz de saber qué tipo de contextura corporal tenía, pero la espalda ancha le dijo que definitivamente era un hombre. Su hermana mayor, Fuyumi, le había explicado que los hombres y las mujeres son fáciles de diferenciar por los hombros y las caderas. Y mientras fruncía el ceño y entrecerraba los párpados para aclarar un poco más su visión, se esforzó por encontrar esas características que confirmaban su teoría.

    Entonces la persona en el balcón dio un paso hacia delante, dejándose caer sobre la roca pulida de color blanco, ingresando a la habitación a través del enorme ventanal.

    —Buenas noches—saludó el desconocido ante él. El pequeño príncipe esperaba la voz grave de un hombre adulto, pero en vez de eso, lo que escuchó fue la voz de un adolescente, no lo suficientemente profunda pero distintivamente masculina—. ¿Cómo estás, Shouto?

    El niño pestañeó confundido hacia el extraño, cayendo de pronto en la cuenta que podía ser un asesino enviado a encargarse de él. Era uno de los príncipes de Endeavor, y su padre siempre había dicho que debía cuidarse de cualquier desconocido. Su instinto de supervivencia entró en acción entonces, sus pequeñas manos dirigiéndose hacia lo que tenía más cerca.

    Sus dedos se envolvieron alrededor de la jarra de agua que descansaba sobre la mesa junto a su cama, aferrándose a ella como si su vida dependiera de ello. Un grito se construía un su garganta, todos sus sentidos agudizándose, listo para lanzar la jarra y correr hacia la puerta, gritando para atraer la atención de los guardias del castillo.

    — ¡Whoa, hey!—exclamó el extraño, quedándose quieto en su sitio—. ¡No es necesario, no vengo a hacerte daño!

    — ¿Cómo sabes mi nombre?—preguntó el príncipe, alzando la jarra en ademán de lanzársela al desconocido.

    —Pediste un amigo, ¿no es así?—dijo el otro, dando un paso al frente con precaución—. Soy lo que pediste.

    Atónito, el pequeño bajó lentamente el intento de arma que sostenía entre sus manos. Sus ojos se clavaron en el extraño, dibujando con su mirada la silueta recortada por la luna, intentando adivinar si lo que aquella persona tenía en la cabeza era cabello o alguna especie de extraña corona.

    Una mano salió de entre los pliegues de la capa, y la jarra volvió a alzarse, lista para ser arrojada. Shouto no tuvo tiempo de eso, sin embargo, porque en la palma del desconocido comenzó a brillar una pálida luz, blanca y pura como la de las estrellas, moviéndose sobre sí misma, girando, envuelta en un finísimo polvo que le recordaba al príncipe al movimiento sinuoso de la seda.

    La esfera de luz se alzó por sobre la cabeza del extraño, se dividió y se esparció por el cuarto en esferas más pequeñas, yendo a descansar justo sobre cada uno de los apliqués en las paredes y sobre cada una de las mechas de los sirios y velas repartidos por toda la estancia.

    Ahora que podía ver más que una simple silueta, el pequeño príncipe descubrió ante él a un muchacho que no aparentaba más de dieciséis años. De piel blanca y esponjoso cabello verde, parecía sacado de esas pinturas de los cuentos de hadas que su mamá solía leerle tiempo atrás. Era como la ilustración de una historia de caballeros traída a la vida, la capa negra que parecía brillar en miles de colores cada vez que se movía, las botas de caña larga de cuero negro, la espada de empuñadura y guardia dorada colgando de un cinturón alrededor de sus caderas.

    Sus ojos se encontraron con los del extraño, y a Shouto le pareció que contenían todas las estrellas en su interior. De un verde profundo como el de un bosque, brillantes, límpidos e infinitos, parecía que pudieran verlo todo a la vez, mirar a través de las épocas a un tiempo que ni siquiera podía llegar a imaginar.

    —Mi nombre es Izuku—se presentó él, dando otro paso al frente—. Soy tu deseo hecho realidad.

    — ¿Mi deseo?—repitió el pequeño Shouto, entre confuso y estupefacto.

    —Sí—asintió el joven llamado Izuku, acercándose a él con un par de largas zancadas. Se detuvo en frente del príncipe, agachándose para clavar una rodilla al suelo y así poder quedar a la altura de su mirada. Desde esa distancia, Shouto descubrió que sus ojos no parecían contener simplemente estrellas nada más; contenían el cielo completo, con sus estrellas, nebulosas y planetas—. Pediste alguien que te hiciera compañía, que te contara cuentos, que jugara contigo.

    — ¿Quién eres?—inquirió el pequeño, entrecerrando sus ojos hacia Izuku.

    —Te lo dije—rio el otro, con suavidad—. Mi nombre es Izuku.

    —No me refiero a eso—se quejó el niño, volteándose para dejar la jarra sobre la mesa. Se giró de vuelta hacia el joven, frunciendo el entrecejo—. ¿De dónde vienes? ¿Cómo supiste de mi deseo?

    —Vengo de muy lejos—contestó Izuku, apartando la capa con un fluido movimiento. La tela, que parecía tener diminutos cristales adheridos, lanzó destellos de colores a la atmósfera, todo el espectro moviéndose como si tuviera vida propia ante los ojos de Shouto—. De tan lejos que no podrías imaginártelo.

    — ¿Vienes de otro planeta?—preguntó el chiquillo. Uno de sus profesores, un científico loco, le había explicado que el planeta tierra no era el centro del universo. Que había cientos de miles de planetas orbitando alrededor de estrellas como su sol, tan lejanos que necesitaría ser inmortal para llegar a ellos.

    — ¿Otro planeta?—repitió Izuku, pestañeando. El príncipe creyó que iba a burlarse de él, pero en vez de una risa desdeñosa, lo que salió de sus labios fue un sonido pensativo. Aquellos ojos que parecían no tener fin se entornaron en algún punto más allá de Shouto, como cavilando la idea—. No, no vengo de otro planeta. Vengo de las estrellas.

    —Es lo mismo.

    —No, no es lo mismo—contradijo él con suavidad. Ahora que Shouto podía mirarlo mejor, se lo encontró vestido como un príncipe, tal como él. La camisa parecía de un hilo finísimo que aun así no transparentaba su piel, y el chaleco verde musgo parecía bordado con hilo de oro y plata, formando patrones que reconoció como constelaciones—. Venir de otro planeta es totalmente diferente a venir desde las estrellas.

    — ¿Cómo?—bufó el muchacho, cruzándose de brazos.

    Izuku soltó una risita.

    —Porque yo, mi querido Shouto—comenzó, irguiéndose. Deshizo el broche que ataba su capa, y cuando esta comenzó a deslizarse hacia abajo, Shouto tuvo la acuciante necesidad de detenerla de golpear el piso. Sin embargo, antes de que cayera, un movimiento de la mano de Izuku la hizo desaparecer como si nunca hubiese estado allí—, soy el dios de las estrellas.

    __________________________________​

    Izuku era, en pocas palabras, diferente e interesante. En muchas palabras, era algo que la mente del príncipe no alcanzaba a entender. Decía ser un dios, y los poderes que venían con él parecían confirmar sus palabras: podía iluminar la noche más oscura con esferas de luz que parecían luciérnagas, podía ubicarse en cualquier parte del mundo incluso con los ojos cerrados. Podía hacer aparecer y desaparecer cualquier cosa que le perteneciera, podía hacer que lluvias de estrellas fugaces surcaran el cielo si Shouto así se lo pedía.

    Pero parecía tan joven… tan joven y tan frágil, con el esponjoso y rebelde cabello verde, con esa altura que no parecía ser demasiada incluso aunque a Shouto, a sus ocho años, aún le faltara mucho por crecer. Con esa sonrisa kilométrica y esa costumbre de pararse al borde del balcón de su habitación, casi en el último piso de la torre más alta. Con su risa, que parecía que jamás se agotaba, con las historias que le contaba.

    Izuku había dicho ser un dios, venir de las estrellas. Quizás cuántas cosas había visto a lo largo de su vida. ¿Cómo podía alguien verse tan delicado cuando había visto los confines del universo y llevaba milenios estando vivo?

    —Dime, Izuku—comenzó Shouto, la noche de su noveno cumpleaños. El dios solamente aparecía de noche, porque era allí donde tenía más poder. Durante el día, sin embargo, aunque el sol brillara con fuerza, se sentía somnoliento y cabeceaba hasta quedarse dormido sin importar lo mucho que intentara mantenerse despierto—… ¿por qué no cumpliste mis dos deseos anteriores?

    Izuku, que estaba mostrándole la historia de cada constelación mientras estas se movían, recreando sus propias leyendas, detuvo su función y dejó caer las manos, apoyando los antebrazos en la baranda del balcón.

    —No puedo interferir con las decisiones de los adultos—explicó, suspirando derrotado. Dejó caer los hombros, dedicándole a Shouto una mirada de disculpa tan estremecedora que el príncipe casi sintió deseos de llorar—. Tu madre y tu hermano… ellos hicieron sus elecciones. Como dios de las estrellas, no puedo poner el deseo de alguien, no importa cuán fuerte sea, sobre la voluntad de una persona.

    —Pero mi hermano no es un adulto—rebatió Shouto, clavando sus ojos en Izuku con resentimiento.

    —No de edad—suspiró el más alto, cruzando los brazos sobre el mármol castaño, apoyando su frente contra ellos para evitar la mirada de Shouto—. La juventud o la vejez se llevan en el alma, Shouto. Y con todo lo que tu familia ha vivido, tu hermano creció mucho más rápido de lo que debía.

    — ¿Qué hay de mí?—susurró el príncipe, cayendo en la cuenta de que quizás, solo quizás, su infancia se había esfumado cuando su madre desapareció—. ¿Sigo siendo un niño? ¿Puedes poner la voluntad de alguien por sobre la mía?

    Izuku se irguió solo lo suficiente como para poder mirarlo de soslayo, las estrellas en sus ojos parpadeando como si quisieran apagarse.

    —Nunca lo haría—contestó el dios, con simplicidad, una rotundidad inquebrantable en sus palabras y en la cadencia de su voz—. Jamás doblegaría la voluntad de nadie, ni siquiera la de un niño, por el deseo de alguien más. Puedo hacerlo, pero no es correcto.

    — ¿Por qué no es correcto?

    —Porque los humanos son seres pensantes, seres dotados de libre albedrío. No tengo derecho a interponerme en lo que deciden hacer o no… soy un dios, pero no soy un tirano.

    —Pero… ¿podrías hacerlo? ¿Incluso con la voluntad de un adulto?

    Los ojos verdes de Izuku miraron a Shouto con una curiosidad que lo dejó helado. Para el príncipe era fácil olvidar que era un dios omnipotente y omnipresente. Que no había nada que no supiera, nada que no pudiera ver, nada de lo que no pudiera deshacerse. Si era su voluntad, podía exterminar a cada ser viviente en la tierra con solamente chasquear los dedos.

    Pero decidía no hacerlo, porque su corazón era más grande y su amabilidad era tan extensa como el cielo sobre sus cabezas.

    —No hay nada que no pueda hacer, Shouto—replicó unos momentos después, con cuidado—. Todo está a mi alcance. La estrella más lejana, al final del universo que se expande, tan lejos que su luz nunca llegará a la tierra… puedo atraerla si así lo quiero. Dejar atrás todos los planetas que pueden o no orbitar a su alrededor y dejarlos morir. Puedo hacer volver a tu madre y a tu hermano con solamente parpadear… pero no lo haré, porque es incorrecto. Porque por muy superior que sea mi existencia, los humanos tienen derecho a dirigir sus propias vidas.

    Shouto pensó un poco en sus palabras, cayendo por fin en la cuenta del poder contenido en esa pequeña figura a su lado. En aquel chico que no parecía de más de dieciséis años, que era más un niño que el mismo príncipe en muchos aspectos. Pero que aun así, con todo ese poder, con todas las capacidades que poseía, era un alma noble, un ser benevolente. Se imaginó por un momento qué pasaría si Izuku dejara de ver a la humanidad como un conjunto de seres independientes uno de otro, con capacidad de pensar y tomar decisiones. Todo ese poder, con solamente chasquear los dedos… ¿no era abrumador?

    — ¿Eres el único dios que existe?—inquirió, intentando desesperadamente cambiar de tema.

    Si Izuku lo notó, no dio muestra alguna de verse molesto por el repentino giro que tomó la conversación.

    —Claro que no—dijo, sonriendo de oreja a oreja—. Hay muchos más como yo. La diosa de la sabiduría y el conocimiento, el dios del fuego y los volcanes. La diosa del aire, el dios de las leyes y todo lo correcto. La diosa de la música… todos ellos mis compañeros, regentes del universo entero.

    — ¿Qué tan grande es el universo?

    —Tan grande que no podrías imaginártelo.

    — ¿Cómo se llama la diosa de la sabiduría?

    —Momo.

    — ¿Qué edad tiene?

    —Tanta como el primer pensamiento racional.

    — ¿El dios de los volcanes y el fuego es simpático?

    —Cuando llegas a conocerlo.

    — ¿Hay un dios del amor?

    —Por supuesto que lo hay, Shouto. Solamente es un poco… excéntrico.

    — ¿Y de la poesía?

    —Todo un caballero.

    — ¿Tienen un rey?

    Ante aquella pregunta, una tristeza inconmensurable llenó los ojos de Izuku, opacando todas las constelaciones en sus irises verdes.

    —Sí, lo tenemos—contestó, echándole una ojeada al cielo—. Es bueno, justo y honorable.

    — ¿Cómo se llama?

    —Ustedes los mortales han de conocerlo como All Might. El todopoderoso.

    —He escuchado de él… ¿le ha pasado algo?

    —All Might tiene tantos años como el universo, Shouto. Incluso los dioses, inmortales como ustedes nos perciben, debemos desvanecernos algún día.

    — ¿Se ha desvanecido All Might?—preguntó el príncipe, preocupado.

    —Aún no—suspiró él, bajando los ojos. Su mirada se ancló a algún punto lejano, más allá del castillo, y Shouto se preguntó hacia dónde habría volteado la vista. ¿Estaba siquiera observando un punto en la tierra o miraba hacia alguna otra parte?—. Pero su esencia se debilita… no falta mucho para que se desvanezca y tenga que nacer de nuevo.

    — ¿Quién será su rey entonces?

    Shouto era un niño. Y como tal, su curiosidad era muchísimo más grande que ese atisbo de sentido común y sensibilidad que recién comenzaba a desarrollar. E Izuku parecía entenderlo, con su paciencia infinita, porque en vez de contestar, hizo que las constelaciones se proyectaran en el techo de su cuarto, iluminándolo todo de pura y blanca luz.

    Las preguntas quedaron olvidadas entonces, e Izuku terminó de contarle la historia de las constelaciones que se movían contra la piedra pulida, recreando una vez más las leyendas que las habían hecho dignas de ser inmortalizadas en el cielo.

    __________________________________​

    La noche anterior al doceavo cumpleaños de Shouto, Izuku le explicó que su sistema solar era uno de tantos. Que mientras ellos vivían sus vidas, tranquilos en la tierra, guerras terribles y batallas interminables habían acabado con su vecino más cercano, un planeta al que llamó Marte.

    Estaban sentados en la cama de Shouto, con las cortinas del dosel corridas de modo que los rodeara la completa oscuridad. Y un planeta completamente rojo giraba sobre la palma de Izuku, y Shouto podía ver la progresión de la separación de los continentes, siglos de historia puesta en cámara rápida.

    —Marte fue una vez como la tierra—murmuró Izuku, su mano libre moviéndose sobre la esfera que giraba lentamente sobre su palma, deteniendo la historia para mostrar enormes extensiones de tierra, glaciares, ríos y montañas dándole vida al planeta—. Los seres que habitaban allí se habían adaptado a la altísima temperatura y su cadena alimenticia era muy parecida a la de los seres humanos. Nunca llegaron a desarrollarse hasta este extremo, pero estuvieron muy cerca.

    La superficie de Marte comenzó a dejar escapar humo entonces, explosiones dejándose oír en intervalos cada vez más cortos. La expresión de Izuku se ensombreció, un tinte de tristeza llenando sus ojos verdes.

    —Sus habitantes iniciaron la guerra por los recursos naturales, que se acababan debido a la explotación inescrupulosa. Y cuando no hubo materiales por los qué luchar, murieron de hambre.

    —Eso es muy triste—susurró Shouto, desviando la mirada de la pequeña réplica del planeta, que lucía ahora desolado y muerto—. ¿Y tú tuviste que observarlo sin hacer nada?

    —Todos lo hicimos—dijo Izuku, bajando su mano y haciendo desaparecer la réplica de Marte. La oscuridad completa inundó ese pequeño espacio privado que había creado el dosel, y Shouto sintió un pánico terrible cuando pensó que si Izuku no volviera a aparecer, más o menos así sería su vida—. Todos estábamos tristes… siempre es horrible ver que una civilización se extermina desde adentro.

    — ¿Y no podían hacer nada?

    Sosteniéndola entre sus manos, como si fuera un tesoro muy precioso, Izuku hizo aparecer una esfera de luz pura que dibujó sus sombras alargadas contra el terciopelo azul.

    —Tomaron sus decisiones—le recordó, con esa paciencia infinita que poseía—. Ninguno de nosotros interfiere en las decisiones de las personas.

    Para el príncipe era difícil recordar eso. Su cerebro siempre le recordaba que los dioses eran todopoderosos, que podían hacer lo que querían. Y sin embargo, decidían quedarse al margen, porque los humanos necesitaban entender que todas sus acciones tenían una consecuencia que tenían que afrontar.

    Notando la tristeza en los ojos del dios, Shouto decidió cambiar de tema.

    —Cuéntame tu historia—pidió, curiosidad genuina derramándose de su voz—. Te he conocido por cuatro años, pero no sé nada de ti. Nada más que tu nombre.

    —Sabes que soy el dios de las estrellas—recordó Izuku, medio pensativo medio en broma.

    —No me refiero a eso—bufó Shouto, en tono juguetón—. ¿Cuándo naciste?

    —Cuando la primera estrella brilló en el universo.

    —Eres muy… viejo, Izuku.

    En contra de todo lo que Shouto esperaba, el dios se echó a reír. La luz entre sus dedos pareció recibir la risa de la misma forma que una flor recibe el agua en una sequía, creciendo, titilando, pequeñas motas pálidas escapándose de la central para revolotear sobre sus cabezas, haciendo girar las sombras.

    —No lo parezco—se carcajeó Izuku, sonriéndole de oreja a oreja—. Me mantengo muy bien.

    —Es obvio, eres un dios—dijo Shouto, rodando los ojos con un fastidio tan sobreactuado que una nueva risa de parte de Izuku rebotó contra las paredes de la habitación.

    Una nueva carcajada resonó por el cuarto del príncipe, y esta vez, Shouto se unió al dios, riéndose hasta que le faltó el aliento y su abdomen dolía. Ni siquiera se dio cuenta que Izuku había evadido su pregunta.

    Así transcurría su vida. Cada noche sin faltar, el dios de las estrellas bajaría de su trono en la cima del universo y entraría hecho carne y hueso en su habitación. Lo haría reír, le contaría historias del pasado y del futuro, le explicaría cosas que los hechiceros y los científicos matarían por saber. Le mostraría mundos lejanos, le contaría sobre los dioses, sus batallas y aventuras.

    Embelesado, Shouto escucharía cada palabra. Las grabaría en su cabeza y durante el día, recordaría todo lo que Izuku le había contado. Intentaría imaginar cómo serían aquellos mundos que el dios aún no le había mostrado, imaginar a su gente y sus costumbres.

    Pero a medida que crecía, incluso si el dios no se lo decía, crecía también la oscuridad en él. Shouto no se había dado cuenta, claro estaba, porque la oscuridad de otros es siempre más fácil de detectar que la propia. Pero su pasado había envenenado partes de su alma, y el resentimiento que había olvidado de niño había regresado con más fuerza.

    Cuando Shouto cumplió los dieciséis años, se dio cuenta de que en el transcurso de todo ese tiempo se había enamorado perdidamente del dios de las estrellas. Que cada vez que Izuku sonreía, algo en su pecho se contraía de una buena manera, haciéndolo sonreír a él también. No importaba cuán grande fuera la oscuridad dentro de él, ni cuánto resentimiento albergara en su corazón, la simple luz que Izuku le otorgaba era suficiente para olvidarse de ello.

    Ya siendo un adolescente, el príncipe era varios centímetros más alto que Izuku. El entrenamiento que su padre le había hecho llevar había transformado la grasa natural de un niño en puro músculo, y sus conocimientos en el manejo de distintas armas (la espada, la ballesta, el arco y la flecha) eran vastos y refinados. De haber pertenecido al ejército, seguramente habría sido uno de los soldados más valiosos de las fuerzas del reino de Endeavor. Pero su padre, siempre consciente del peligro al que estaba expuesto, jamás le había permitido participar en una lucha.

    —Me mantiene encerrado en este castillo de mierda—chasqueó Shouto una noche, pateando la mesa junto a su cama. La jarra de porcelana y la palangana se destrozaron contra el suelo cuando el príncipe rompió una de las patas del mueble, que se inclinó hacia el costado junto con todo lo que había sobre él—. ¡Cree que no soy lo suficientemente fuerte para…!

    —Shouto—lo detuvo Izuku, alzando las cejas sorprendido.

    — ¿No lo ves, Izuku?—exhaló él, pasándose una mano por la cara. Le clavó una mirada desesperada al dios, que yacía cómodamente sentado en la baranda del balcón, piernas cruzadas como si no estuviera a muchos metros del suelo—. Me muero de aburrimiento aquí. Quiero salir, quiero ver el mundo… quiero luchar por mi pueblo.

    —Creía que odiabas a tu pueblo—murmuró el más bajo, entornando su mirada en Shouto.

    —Ya no soy un niño. Ahora entiendo que ellos no tienen nada que ver con que mi madre huyera—replicó, dejándose caer al borde del colchón.

    —Las guerras son terribles, Shouto. Les quitan a las personas los deseos de vivir, su tranquilidad y sus tierras. Lo poco que tienen, se lo dan al reino para que sea más fuerte… una guerra solamente se alimenta de la fuerza vital de quienes no pueden combatir. ¿Por qué querrías ser parte de una cosa como esa?

    —Porque es mi deber como príncipe de Endeavor—chasqueó, levantándose de nuevo, caminando hacia Izuku. Se sentía tan desesperado por hacer que el dios comprendiera, por hacer que se pusiera en sus zapatos e intentara mirar a través de sus ojos. Había una guerra más allá de los muros del castillo del rey Enji, y su deber como heredero al trono era proteger su reino—. ¿No lo entiendes, Izuku? ¿No ves que tengo que hacerlo?

    —No, no lo entiendo—contestó el aludido, con simplicidad y rotundidad—. Tu padre ha sido un tonto al involucrarse en esta guerra, como lo han sido todos los que están metidos en ella y todos aquellos que lo antecedieron y lucharon contra sus pares. Las guerras no traen nada bueno, Shouto, ¿no lo comprendes?

    — ¡Claro que lo comprendo!—exclamó, apretando los dientes—. ¡No quiero que haya una guerra, pero si hay una, quiero terminarla lo antes posible!

    El rostro de Izuku, siempre lleno de alegría y quizás de vez en vez oscurecido de tristeza, fue cruzado por una sombra que Shouto nunca había visto. Había sido amigo del dios de las estrellas por ocho años y jamás había visto una expresión así en su cara. Toda la ira, toda la furia incontenible de un dios materializada ante él, hecha carne y hueso, y Shouto se preguntó cómo era posible que un cuerpo físico pudiera albergar algo así sin despedazarse en el intento.

    Descruzó sus piernas y se deslizó de su asiento, parándose ante Shouto en toda su corta estatura. Tras su espalda, las estrellas en el cielo parecieron resplandecer sombríamente.

    —Cualquier hombre—comenzó el dios, invadiendo el espacio personal de Shouto— que desee inmiscuirse en una guerra, sea cual sea su razón, no merece ser llamado hombre. No merece el don del entendimiento que Momo tan generosamente ha mantenido vivo para él, ni merece la protección de All Might en el campo de batalla.

    —All Might morirá de todos modos. ¿De qué sirve la protección de un hombre muerto?

    Se arrepintió en ese mismo momento de lo que había dicho. El rostro de Izuku se contorsionó de ira, y las esferas de luz pura y pálida que había esparcido por la habitación se convirtieron en pequeñas bolas de fuego que comenzaron a crecer de a poco, como alimentándose de su furia.

    — ¿Qué es lo que acabas de decir, niño?—siseó el dios. Pareció crecer varios palmos con solamente ponerse derecho, tan imponente que aunque su altura no había variado, Shouto se sintió muy pequeño en comparación.

    —Izuku, lo s-

    — ¿Crees que la bendición de un hombre muerto no sirve para nada?—lo interrumpió en un chasquido—. ¿Qué crees que es la luz de las estrellas a las que les pides deseos? ¿Qué mierda crees que soy yo?

    —No quise-

    — ¡Las estrellas son la luz de la memoria, niño ignorante!—exclamó el dios. Sus ojos se iluminaron de rojo, naranjo y amarillo, igual que el sol, y por primera vez desde que lo conociera, el príncipe sintió miedo de aquel que había sido su compañía por tantos años—. ¡La luz que ves no es nada más que el último suspiro de las estrellas, estrellas muertas, a cientos de millones de años luz de tu patético planeta! ¡He intentado enseñarte a valorar la vida de cada criatura que convive en la misma tierra que tú, he intentado mostrarte lo que las guerras le hacen a los mundos! ¡Pero tu especie no aprende, tu especie es incapaz de la resiliencia y el razonamiento! ¡Momo pierde el tiempo con todos ustedes, con cada cerebro que se cree pensante pero muerde a su congénere a la menor oportunidad, al menor malentendido!

    —Izuku—susurró Shouto, intentando no encogerse ante la imponente presencia del dios ante sí. Respiraba con dificultad, las mejillas arreboladas y la ira palpable casi como un aura colgando a su alrededor. Era un completo extraño, alguien a quien definitivamente no quería volver a ver en su vida. Ese no era su Izuku, no era la persona, dios, o lo que fuera, de quien se había enamorado—. Lo siento.

    Las bolas de fuego tras la espalda de Shouto se desvanecieron, dejando tras de sí el aroma del ozono, inundando su habitación con una oscuridad que se le antojó opresora, como si pesara toneladas e intentara aplastarlo.

    Izuku dio un paso atrás, desviando su mirada de la de él.

    —Duerma bien, su alteza—siseó—. Que lo sueños del príncipe Shouto Todoroki del reino de Endeavor sean dulces y tranquilos.

    Sin decir nada más, Izuku desapareció.

    Aquella fue la primera noche, desde que el dios de las estrellas se apareciera en su cuarto, en la que Shouto se quedó dormido solo en una cama que aún le parecía demasiado grande para él solo.

    __________________________________​

    Izuku no regresó hasta una semana después. Durante todas esas noches, las estrellas habían estado ocultas por nubes de tormenta, y una lluvia implacable había azotado el reino por siete noches consecutivas. Durante el día, el sol se mantenía oculto del mundo con una gruesa capa de nubes grises y amenazantes, convirtiendo el mundo en una copia deslavada y deprimente de sí mismo.

    Shouto estaba sentado en su cama, mirando directamente hacia el balcón, como todas las noches anteriores, esperando a que algo sucediera. Ojos ansiosos peinando el lugar donde Izuku aparecía todas las noches, sin importarle la lluvia inclemente que se colaba por las ventanas abiertas de par en par. Cada pequeño sonido o movimiento lo ponía en tensión, listo para levantarse y rogar por el perdón del dios de las estrellas, y cada vez que se cercioraba que no era él, lo llenaba una decepción tan grande que apenas podía soportarlo.

    Se odiaba a sí mismo por el error que había cometido, por haber dejado que algo como eso saliera de sus labios. El príncipe entendía el amor inconmensurable que Izuku sentía por All Might, un amor que solamente los dioses son capaces de sentir. Y entendía también su ira, porque había ofendido la cosa más importante que tenía.

    También estaba enojado consigo mismo, así que no juzgaba al dios. Nada de lo que había dicho lo pensaba en realidad. No añoraba la guerra ni quería involucrarse en ella, solamente quería proteger a su gente. Pero había llegado a la conclusión de que había otras formas de proteger a los súbditos de Endeavor, otras que no incluían batallas donde vidas valiosas iban a perderse. Y esperaba que Izuku le perdonara las cosas horribles que había dicho, que había amenazado con hacer, porque la soledad se lo comía por dentro.

    — ¿Cómo está su alteza real, príncipe Shouto de Endeavor?

    La voz del dios pareció salir de ninguna parte. Entre un parpadeo y otro, Izuku había aparecido en el lugar de siempre, sentado cómodamente, como si aquel fuera su propio castillo, la imagen perfecta de la despreocupación hecha carne. Estaba allí, sin cubierta alguna al clima que parecía no tener piedad, pero no estaba empapado. La luz de las velas que alcanzaba a derramarse por la ventana abierta era más que suficiente para saber que al dios de las estrellas no lo afectaba la lluvia si así lo quería.

    — ¿Oh?—exhaló el dios, alzando las cejas. Se deslizó fuera de su sitio, aterrizando sin hacer ruido en la piedra pulida, ingresando a la habitación con una parsimonia peligrosa, una calma que causaba terror incluso con el temporal tras él—. ¿Te comió la lengua el ratón, Shouto? ¿O es que la guerra te ha dejado mudo?

    —Izuku—suspiró Shouto, saltando de la cama, lanzándose hacia él. Envolvió al dios entre sus brazos, abrazándolo contra sí con una fuerza que a cualquier ser humano normal le habría parecido aplastante. Para el muchacho entre sus brazos, sin embargo, no era nada, y la forma en la que se mantuvo tieso entre sus brazos, tenso como un arco listo para saltar, le dijo a Shouto que lo que había hecho era imperdonable—. Izuku, lo siento tanto… no quise decir nada de eso… no sé qué me pasó, te juro que…

    —No jures en vano—dijo él, su voz amortiguada contra el pecho de Shouto—. Todos estos años te he visto crecer, y he visto crecer la oscuridad de la humanidad en tu interior, Shouto Todoroki. Y no sé si tenga cura.

    Las rodillas del príncipe cedieron bajo su peso, golpeando dolorosamente contra la piedra. Se mantuvo aferrado a la capa del dios, con la cabeza gacha, llorando en silencio. Dolía saber que había estropeado lo más hermoso que le había sucedido jamás, que no podría recuperar a quien amaba más que a nada.

    —Lo que sí sé—continuó Izuku, y había un matiz más suave en su voz. La capa desapareció de entre los dedos de Shouto con un sinuoso movimiento, la sensación de la nada contra sus manos haciéndolo alzar la mirada justo en el momento en el que el dios se inclinaba, de la misma forma que aquella primera vez que había entrado a su cuarto, para mantener sus miradas al mismo nivel— es que el arrepentimiento y la humildad son dones tan grandes como el conocimiento mismo, pero que no son valorados de la misma manera.

    La mano derecha del dios, que estaba surcada de cicatrices y cuyos dedos lucían ligeramente deformados, como si una terrible lesión lo hubiese aquejado, acunó la mejilla izquierda de Shouto. Alcanzó a ver el filo de su pulgar cepillando suavemente contra su pómulo, y maldijo la piel insensible debajo del tacto.

    —La oscuridad de la humanidad—murmuró él, una mirada enternecida fija en la de Shouto— es algo que no puedo evitar que crezca en ti. Es algo que acepté en todos los demás seres humanos, algo que acepté en todos los seres pensantes, porque nadie que piense es ajena a ella.

    — ¿A qué…?

    —No puedo pedirte que te deshagas de aquello que me hizo bajar del cielo, abandonar mi trono, para estar contigo por todos estos años, Shouto—susurró. Su aliento cálido cepilló contra los labios del príncipe—. Cumplí tu deseo yo mismo porque vi en ti la humanidad más pura que he presenciado en todos los milenios que he vivido. Y también fue mi error enojarme por algo que sabía que no sentías.

    —Pero lo que dije fue horrible—bisbiseó el joven, alargando sus manos para aferrarlas a los hombros del contrario, sus dedos enterrándose en el chaleco de Izuku—. ¿Cómo podrías perdonarme después de una cosa así?

    —Los humanos han hecho cosas peores que decir algo que no creen en realidad—lo tranquilizó el dios, sonriendo con suavidad—. Y aun así cumplo sus deseos, dentro de su justa medida, porque sé que son capaces de más.

    — ¿Y todo lo que dijiste?

    —Los dioses también decimos cosas que no pensamos en realidad—fue todo lo que dijo.

    El alivio fue tal que de no haber estado ya arrodillado, probablemente se habría ido de cara al piso. Dejó caer los hombros, desvió su mirada de la de Izuku. No tenía idea de cómo expresarle lo solo que se había sentido sin él, lo lejos que aquellos años de felicidad se habían sentido mientras esperaba, en vano, a que él regresara.

    —Lo lamento mucho, Izuku—murmuró, conteniendo un sollozo.

    —Yo también lo siento, Shouto.

    Alzó la mirada, fijándola en la del dios ante sí. Las mismas estrellas de siempre, la lejanía del universo, todo ello contenido en dos irises que parecían las piedras preciosas más raras de todo el mundo. ¿Cómo habría podido vivir sin su compañía, sin su risa?

    —Pensé que no ibas a volver—confesó, avergonzado de su propia debilidad.

    — ¿Cómo podría dejarte solo, Shouto?—replicó el dios en un murmullo, algo que casi no se oyó sobre el rugido de la tormenta—. ¿Cómo podría abandonarte cuando te he visto crecer y he visto el increíble hombre en el que te has convertido?

    —Sigo siendo humano—suspiró el príncipe, y ya no era solamente la debilidad lo que lo avergonzaba.

    —Eso es lo que amo de ti—dijo Izuku, y el corazón de Shouto se saltó un latido—. Tu humanidad, con lo bueno y lo malo. ¿Cómo podría no amarte, si has tenido todo en la vida para deshacerte del lado bueno de ser humano, pero has escogido no hacerlo? Ni siquiera los dioses somos capaces de abandonar lo que amamos… ¿por qué crees que no he faltado una sola noche en todos estos años?

    —No creo que me ames de la manera en la que yo te amo, Izuku—exhaló el príncipe—. El amor es diferente para los dioses y para los humanos.

    —Eso es verdad—admitió el aludido, asintiendo con la cabeza—. Pero te olvidas que los dioses amamos para siempre. Amamos de manera inconmensurable, de una forma que ustedes los humanos solamente alcanzan a entender en el momento en el que pierden aquello que atesoran.

    Shouto ya había perdido cosas que atesoraba. Su madre, su hermano mayor. Su niñez. ¿Podía entonces entender la forma en la que Izuku lo amaba? ¿Lo amaba siquiera de la misma manera, de la forma en la que un ser humano ama a alguien que no es familia ni amigo? Ese amor que se desarrolla más allá de la amistad, transformando a alguien de amigo al ser amado sin saberlo. ¿Lo amaba de esa forma?

    —Quieres saber si la clase de amor que te profeso es la misma que sientes hacia mí, ¿no es así?—inquirió el dios, una sonrisa triste estirando las comisuras de sus labios.

    —Creo… creo que sí—asintió Shouto.

    En vez de contestar, Izuku se irguió. Las manos de Shouto resbalaron de sus hombros, y la ausencia del calor de la mano derecha de Izuku en su mejilla se le antojó inclemente.

    El dios se giró hacia el cielo, saliendo al balcón. Clavó su mirada en la bóveda celeste, encapotada de nubes que aún desataban la tormenta, y con simplemente soplar, la lluvia se detuvo y el cielo se despejó, revelando las nítidas estrellas.

    —Deseo—comenzó, cerrando los ojos— poder estar con Shouto de la forma en la que él lo desea, hasta que mi tiempo se acabe y la vida ya no sea algo que me pertenezca.

    __________________________________​

    Érase una vez, en el solitario castillo del reino de Endeavor, un chico frágil y tan solitario como las paredes que lo rodeaban. Tenía dieciséis años y un muchacho de su edad, si bien más bajo, acababa de caer a través de la puerta de su habitación. Tenía las mejillas arreboladas y el cabello verde y esponjoso totalmente revuelto, la ropa llena de polvo y las rodillas rasmilladas.

    El príncipe se sobresaltó, girándose hacia el extraño, temiendo que fuera alguien que iba a hacerle daño.

    —Tiene que esconderme—rogó el muchacho. Parecía que sus ojos contuvieran todas las estrellas del cielo—. Los guardias quieren atraparme porque me robé un pan de la cocina…

    — ¿Quién eres?—preguntó el príncipe, tenso como un alambre.

    —Soy Izuku Midoriya—se presentó el muchacho, corriendo hacia él. Cuando aferró sus manos a las del príncipe, el joven pudo notar el temblor del miedo—. No quiero hacerle daño, príncipe Shouto… me iré en cuanto esté seguro de que los guardias no me siguen, pero por favor…

    Ante los ojos de Shouto pasaron imágenes de noches iluminadas por luz de estrellas, sus oídos llenándose de una risa que parecía tintinear como cascabeles. De una voz que le contaba historias increíbles, que lo arrullaba hasta que se dormía. De una mano cálida contra su mejilla, secando lágrimas que no sabía que estaba derramando.

    Aquello parecía la vida de alguien más. Pero se sentía como suya, al igual que el chico parado frente a él, rogándole que por favor lo salvara de un destino terrible. Y cuando Shouto escuchó a los guardias del castillo correr por las escaleras que llevaban a su cuarto, casi en el último piso de la torre más alta, un miedo terrible le mordió las entrañas y casi lo hizo llorar.

    —Eres tú—susurró, abriendo los ojos de par en par, mirando a Izuku a través de los ojos de ese Shouto que nunca alcanzaría a ser.

    Los ojos del joven se iluminaron mientras sonreía.

    —Las cosas buenas nunca vienen a nosotros como uno las espera, alteza—dijo—. Y a veces hay que sacrificarlo todo por aquello que más ansiamos.

    Shouto tiró del muchacho hasta su cama, metiéndolo debajo justo en el momento en el que el guardia cruzaba la puerta.

    — ¡Alteza!—llamó, preocupado—. ¿Ha visto a algún extraño por aquí?

    —A nadie—contestó el príncipe, que ya recordaba toda esa otra vida, que pensaba como el Shouto que había sido en aquella existencia, esa que había alcanzado a saborear antes de que el dios de las estrellas decidiera abandonar la divinidad para demostrarle que lo amaba de la misma forma en la que él lo hacía—. Solamente estamos las estrellas y yo.

    Cuando el guardia se fue, después de disculparse por la intromisión, Izuku salió de debajo de la cama, sacudiéndose el polvo de las ropas. Se acercó a Shouto, alargando su mano para envolver sus dedos con los de él, dándole un cariñoso apretón.

    — ¿Crees ahora que te amo de la misma forma en la que tú me amas?

    El príncipe lo miró a la cara, toda su figura suavemente iluminada por las velas y los apliqués de gas encendidos en las paredes. Era humano, frente a él, a su completa disposición.

    —No—contestó. Notó la tensión de los músculos de Izuku en sus dedos, la mirada confundida del que una vez había sido un poderosos dios fija en él—. Ahora lo sé.

    Antes de que Izuku pudiera relajarse por completo, los labios de Shouto se habían presionado contra los de él, y un jadeo ahogado fue todo lo que se escuchó en la habitación antes de que se rindiera bajo sus caricias.

    En aquella habitación, cuya puerta había sido cuidadosamente cerrada por el guardia, solamente se encontraban el príncipe Shouto Todoroki del reino de Endeavor y las estrellas, siendo acariciadas como nunca lo habían sido en sus milenios de existencia.
     
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    Antes de comenzar a hablar sobre el fic tengo que decir que gracias a ti decidí empezar a ver BNHA, así que siéntete orgullosa (?).
    Ahora hablando del fic, me ha gustado bastante. Me ha parecido muy adorable, muy bonito, muy "ay mi kokoro". Al principio me quedé un poco shokeada por el hecho de que estaban en un reino y Todoroki era un príncipe y todo eso, pero luego me di de cuenta de que debía de ser un AU xd.
    Dejando todo eso, solo tengo algo que comentar:
    La temperatura de Marte se caracteriza por ser más fría que la Tierra (ya que de media suele haber una temperatura de -63 grados). Si no se refiere a que en esa época había temperaturas altas ese dato es incorrecto.
     
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    ¡Hola!

    La verdad me siento muy honrada de que por mí hayas decidido ver BnHA skdlsmd. Algo tengo, además de la capacidad de ser endemoniadamente insistente, que hace que las personas vean el anime.

    Respecto de lo otro, el dato está equivocado a propósito. Como es una mezcla de AU medieval con dioses y fantasía, me tomé unas cuantas libertades con todo lo que se dice de Marte. Creo que debería haber avisado de ello en las notas del capítulo.

    ¡Gracias por pasarte a comentar!
     
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    Pippia

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    ¡De nada! Es que me parecía extraño que Izuku, al ser un dios todopoderoso y eso, se hubiera equivocado en algo así xd.
     
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    Te prometo que al acabar de leer esta historia, no tenía idea de qué rating darte. Es adorable, me puso muy fangirl, es creativo... Pero creo que el ganador los encierra a todos en uno solo <3 Puedo decir con gran seguridad que esta es la historia de Bnha que más me ha gustado de todas las que leí, y no han sido pocas, créeme. Asdfgh, ¡ni siquiera sé por dónde empezar, lo amé tanto de principio a fin!

    Antes de nada, es una lástima que historias de amplia extensión tengan tan pocos lectores. Cuando ya tienen un notorio número de palabras, parece que a la mayoría les cuesta dedicarles un tiempo, más que nada por simple pereza o por falta de tiempo, quién sabe. Créeme que entiendo de lo que hablo, porque tengo bastantes historias con un número de palabras parecido y no es lo mismo que leer y comentar un drabble. Lo dicho, es una pena, porque se pierden cosas como estas. Por ello (y porque tu historia se lo merece de principio a fin) pedí que la moviesen al foro de Anime Heaven, donde se llevan las historias destacadas de este foro. ¡Ojalá más gente pueda leerte de esta forma!

    Ahora, en cuanto al relato, me sentí como si estuviera leyendo un cuento propio de mitología o de historias medievales por la forma en la que lo narraste, y por el contexto es muy probable que fuese lo que buscabas. Y a pesar de que es un AU bastante distinto a lo que bnha nos plantea, conservaste las personalidades de todos tan bien que no puedo más que felicitarte. Los pequeños detalles en una historia son lo mejor, porque se nota que el escritor ha cuidado todos los aspectos para recordarnos que después de todo, esto es un fanfic. Ver a Momo como la diosa de la sabiduria o a Bakugo como el dios explosivo y de los volcanes fue inesperado, y lo amé. Sobre todo la mención a All Might como el rey de los dioses, y cómo hiciste que le afectase tanto a Izuku su próximo fin. Es que relacionaste todo con tu contexto original que asddffg <3 Incluso la historia del propio Todoroki, con la falta de su madre y el maltrato que sufrió de pequeño, así como la mala relación con su padre. Todo lo adecuaste perfectamente.

    Amo la pareja que has narrado aquí, es una de mis favoritas y desde luego, de las más famosas dentro del fandom. Creo que sus personalidades tienen una química estupenda, y ver a nuestro Izuku con esa aura imponente de dios pero conservando su bondad y su simpatía fue encantador. Más aún ver cómo Todoroki recibe con los brazos abiertos su compañía y se acaba enamorando perdidamente de él, y cómo no... ¡Pero el propio dios también acabó enamorándose del pequeño con el pasar del tiempo! Y a pesar de la tensión que nos hiciste sentir con su discusión, su reconciliación fue el broche de oro para finalizar esta historia. Cómo, para demostrarle su amor, el dios de las estrellas renuncia a todo para poder compartir su vida con la persona que ama. De verdad que no puede tener un final mejor.

    La historia fue original y hermosa, pero tu forma de narrar lo es aún más. Se te da muy bien la escritura, o al menos esa es la sensación que me dio al leerte. Haces metáforas y comparaciones muy poéticas y sonoras, describes todo con lujo de detalles y todo surge de forma fluida y amena, como debe ser. Encontré dos o tres errores de tipeo minúsculos que creí que sería conveniente señalarte, para dejar la historia impecable.


    Esos qué no deberían llevar tilde :3

    Aquí sentí que le faltaba un "antes", tipo: Shouto tuvo la acuciante necesidad de detenerla antes de golpear el piso". Son cosas minúsculas, como dije, pero creo que harían la frase aún más entendible :D

    Y ahí te faltaba una s, dado que sueños está en plural.

    Lo dicho, he amado esta historia y espero poder verte de nuevo en otras nuevas por aquí, estaré encantada de leerte de nuevo, Elsa.

    ¡Nos vemos!
     
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    ElsaFH

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    ¡Hola!

    Ay, no sé si Momo te dijo algo (estábamos haciendo una llamada por Discord cuando vi tu comentario y créeme que perdí mucho los papeles. I'm still ????? Shooketh), pero me ha costado muchísimo encontrar las palabras para poder contestar a este bonito review. Y de hecho creo que aún no lo hago, porque como en la universidad, aquí estoy yendo a la vida y ya está. *Chuckles* I'm in danger.

    De partida, quiero decirte que me siento muy honrada de saber que mi historia ha sido la que más te ha gustado de BnHA. Hay un sinfín de historias buenísimas (que yo también he leído muchas, aunque en inglés), y pues, no sé, es súper inesperado el cumplido y... sñdljs. Eso me describe perfectamente.

    La verdad es que estoy acostumbrada a que no se me lea demasiado. Como publico en AO3 (porque Amor Yaoi no tiene la sección de BnHA y no me siento muy cómoda en Wattpad, tanto por el layout del sitio como por el tipo de público que lee las historias), me es muy normal no obtener muchas lecturas. Y por consiguiente, también estoy acostumbrada a los pocos comentarios. En general mi público no es muy grande, y por eso valoro mucho cada hermoso comentario que me llega, sobre todo de mis lectores asiduos en AO3 que son amor y vida. Y para serte sincera, el tuyo es uno de los comentarios más bellos que me ha llegado jamás (fuera del archivo) y estoy muy, muy halagada por él ;___; Sin mencionar que esto de que movieran mi fic a Anime Heaven me ha dejado gratamente sorprendida, más cuando pienso que este es mi primer fic en el foro y... oof.

    Ay, muchas gracias por eso lkdsjfns. De verdad que soy muy autocrítica con el tema de mi narración, porque siempre siento que le falta algo, siempre encuentro algo que no me gusta, y ha sido muy difícil publicar para mí todos estos años. Además de eso, me alegra ver que logré mantener la personalidad de Shouto y la de Izuku, porque los amo así tal y como son. Para mí no es necesario cambiarles nada, porque me enamoré de ellos siendo los dos tontitos adorables que son y... ugh. Maldición, los amo tanto ;^; ♥ Con respecto a los detalles que mantuve, me gusta hacer guiños a la historia original en mis fanfictions, y eso es algo que mis lectores siempre me han agradecido mucho. Lo hago en parte porque siento que enriquecen la historia y porque es como una pequeña conexión entre mis lectores y yo, pequeñas referencias que entendemos todos, como chistes internos que nos vinculan.

    La química de Shouto e Izuku es, para mí, una de las más bonitas. La complementación, el apoyo, el crecimiento... me puede lo adorables que son juntos, lo mucho que podrían ayudarse mutuamente en el camino a ser héroes. Por eso y por mucho más son mi OTP en Boku no Hero Academia, la verdad. Podría hacer un seminario completo de por qué los amo tanto y por qué los shippeo como lo hago, pero eso ya sería pasarse de lanza (?)

    Para serte honesta, en un comienzo pensé hacer todo al revés. Que Izuku fuera el humano y que Shouto fuera el dios... pero por alguna razón, terminé escogiendo esto. Quería ver si podía manejar a Izuku como alguien "poderoso más allá de toda medición" (parte de una de las citas de la TodoDeku Week que amé con mi vida *-*), pero aun así mantener la esencia que lo convierte en esa cosita adorable, rayito de luz, cinnamon roll que amo tanto. Y por lo que me dices, logré hacerlo, y estoy muy contenta por ello ;^; ♥

    Ay, los errores que me señalaste fueron cosa de no leer bien saldkjs. Lo de las tildes fue más que nada ignorancia, porque no fue hasta hace muy poco que una profesora me enseñó las situaciones en las que "que" lleva tilde. Pero como acabo de terminar mi semestre en la universidad (que finalizó ayer recién) no he tenido nada de tiempo para corregirlo todo. ¡Muchas gracias por señalar los errores! Los corregiré de inmediato ^^

    Muchísimas gracias por leer, por pedir que movieran mi fic a Anime Heaven y por las correcciones, de verdad ♥ Me siento, como ya dije, muy halagada de que mi historia te haya gustado tanto. Además, trataré de subir pronto algún otro one-shot que tenga por ahí, para ver si no fue solamente la suerte del principiante la que me ayudó en esta ocasión ♥

    ¡Gracias por todo!

    Besos,

    Elsa.
     
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