Long-fic Cupido

Tema en 'Otro Fanfiction' iniciado por Mavia Loxar, 26 Diciembre 2016.

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    Mavia Loxar

    Mavia Loxar Editor Gráfico

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    Romance/Amor
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    Cilophyte.-

    Ella tenía su abrigo. El abrigo más chillón que he conocido es imposible de olvidar.

    Mi mirada se ensombreció y sentí como mis músculos se tensaban por la presión que ejercían mis dedos al cerrar mis puños. Ira, sentía ira.

    —¿Dónde está? —dos tonos más bajo de lo usual, mi voz raspó mi garganta.

    La chica no me dejó de observar, pero en ningún segundo la expresión nula de su rostro cambió. Se hizo a un lado de la puerta permitiéndome entrar. No dudé.

    El interior de la torre es exactamente igual que el exterior, y, al parecer, igual que la actitud de las dueñas del destino. Sombrío, rudimentario, viejo y frío.

    La joven comienza a caminar por un lúgubre pasillo lleno de telarañas, y un húmedo aire comienza a filtrarse por mis pulmones. La tensión de mis músculos aumenta a medida que llegamos a una habitación más iluminada. Tiene forma de cúpula y está compuesta de piedra lisa tallada con los mismos símbolos de afuera, sólo que esta vez, en mayor cantidad. Un atril de piedra nos recibe, está mucho más limpio y cuidado de lo que parece la torre. En, él un libro grueso abierto en una página específica.

    La joven, que aún sostiene tanto su actitud imperturbable como el abrigo de Becca me insta, mediante una seña, a acercarme al libro.

    Con una caligrafía prolija se leía:

    Rebecca Isabel Hunter

    La hoja estaba en blanco.


    Rebeca.-

    Vuelvo en mí cuando siento arena golpeando mi cabeza y algo sujetando mi cintura.

    Me sacudo en movimientos rápidos y dolorosos tosiendo lo que espero sea agua de mar y no mis órganos internos. Me duele hasta respirar. Lentamente recupero el control de mi cuerpo sintiendo aún pequeños espasmos. Lo que sea que siento en mi cintura me obliga a moverme hasta estar de costado. De manera perezosa logro abrir mis ojos, los siento pesados e irritados por el agua. Demonios.

    Lo primero que logro enfocar es mi propio vaho saliendo de mi boca en un tembloroso suspiro. Mi mano se apoya en lo que reconozco como arena tratando de incorporarme.

    Un movimiento brusco me hace caer de bruces al suelo cuando lo que sea que sentía rodeando mi cintura desaparece al mismo tiempo que escucho un chapoteo. Trato de incorporarme nuevamente prestando más atención a mi alrededor.

    ¿Estoy en tierra?

    Mis sentidos vuelven poco a poco desde la punta de mis dedos tocando la arena, hasta la punta de mis pies siendo mojadas aún por el agua. Vuelvo a sentir un chapoteo cercano.

    La ropa se me adhiere a la piel haciéndola más sensible al momento de sentarme al fin. Por el rabillo del ojo veo algo moverse en el océano hacia atrás de una roca. Y es ahí cuando lo siento.

    El golpeteo de mi corazón en mi pecho, la tensión de mis músculos, y el inconfundible el cosquilleo en mi nuca.

    Hay un ente sobrenatural cerca.

    —No deberías sentarte aún. Estuviste mucho tiempo inconsciente y en el frío del Atlántico —una voz aparece desde atrás de la roca.

    —¿Qué... eres? —mi voz aparece rota desde las paredes de mi garganta.

    —Sérrion.

    —No pregunté quién. Pregunté qué.

    El chapoteo del agua vuelve a escucharse cuando lo que reconozco como un tentáculo de pulpo aparece en mi campo de visión. Justo detrás de la roca.

    Vaya, no pensé que los pulpos hablaran.

    O que fueran azules.

    —No soy un pulpo. Y sí, hay pulpo azules —el dueño de la voz termina de salir de atrás de la roca. Definitivamente no es humano.

    Y tampoco un pulpo.

    —Que no soy pulpo, Rebecca. Soy un Cilophyte.

    ¿Acaso el acaba de leer mi mente?

    — Sí lo hice.
     
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    Mavia Loxar

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    Parangaricutirimicuaro.-

    Parangaricutirimicuaro.

    Parangaricutirimicuaro.

    Parangaricutirimicuaro.

    Parangaricutirimicuaro.

    —¿Qué estáis tratando de hacer al repetir eso? —arrugando sus cejas se fruncieron mientras inclinaba la cabeza hacia un lado, el sonido de las aguas jamás paró. Paré de repetir mi mantra mental.

    —Quería confundirte —eso, y tratar de no pensar en mi deplorable estado.

    O en Eros.

    —Pues, lo de confundirme lo estás logrando, sobre tu estado... sólo diré que he visto peores. Ah, y sobre Cupido...

    Dejó la frase a medio terminar. ¿Por qué coño dejó la frase a medio terminar? Negó con la cabeza anticipando mi siguiente pregunta al mismo instante que dejé de pensarla.

    Un soplo de aire frío me congeló hasta los huesos. Inevitablemente comencé a castañear los dientes. Los colores que cubrían en cielo comenzaron a cambiar, estaba anocheciendo.

    Y yo empapada. Genial.

    —Deberías tratar de secarte.

    Llevando las rodillas a mi pecho lo miré. Realmente lo observé con detenimiento antes de que la poca luz que quedaba del día me lo impidiera. Grandes tentáculos azules pavoneándose en la superficie del agua, dejando, no siempre a la vista, unas ventosas de distintos tamaños. Cintura estrecha, torso marcado, cabello largo y negro que se pierde en el inicio del agua.

    —¿Por qué me salvaste?

    —Porque te conozco.

    —Leer mis pensamientos no es conocerme —lentamente comencé a incorporarme. Si quería algunas respuestas, no podía verme tan deplorable ¿No?

    —Insisto en que he visto peores —jadeé al momento de tratar de erguirme. Y, tambaleándome logré ponerme de pie. Si es que podemos llamar estar de pie a temblar incontrolablemente en una pose semi erguida.

    —¿Nunca dejas de hacerlo? —leer mentes me refiero.

    —No puedo controlarlo —comenzó a avanzar hasta que su cuerpo Cilophyte estuvo por completo en la arena húmeda. Y cambió.

    La parte inferior de su cuerpo se desvaneció convirtiéndose en espuma y perdiéndose en las aguas mar. Una bruma cubrió lo que anteriormente eran sus tentáculos.

    Pero el siguió caminando. Una inspiración quedó trabada en mi garganta cuando la bruma desapareció. Allí estaba, a escasos metros de mis cuerpo encorvado y temblando de frio; un Sérrion completamente desnudo.

    Santas vacas voladoras sálvenme.

    Tragué saliva al momento de que la impresión de tener un cuerpo masculino desnudo en todo su esplendor dejó de sorprenderme. Y qué cuerpo. No, cuerpazo.

    —¿Quieres algo de calor? —una risa escapó de sus labios mientras dejaba que lo examinara sin ninguna clase de pudor. Dioses, que arrogancia, ni comparado al chico que se escondía tras una roca hace unos minutos.

    Y aquí entre nos, incluso puede ser pariente de Úrsula. ¿Ariel estará por aquí?

    Tratando de ignorar tanto su pregunta, como su estado... uhm, de vestir, lo miré a los ojos fijamente. Ojos cafés, nada muy extraordinario. Curioso.

    —¿Por qué me salvaste? —volví a repetir la pregunta, esperando, esta vez, una mejor respuesta.

    Eso, y que ignorara mis anteriores pensamientos.

    —Porque te conozco. Todos lo hacen.

    —¿Qué? —el aire casi se me escapó de los pulmones.

    —De tus vidas pasadas, por supuesto.

    Serrion bb.jpg
     
    Última edición: 24 Junio 2018
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    Ana inukk

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    Amo tu historia y que me hayas hecho buscar (para posteriormente enamorarme de) una leyenda nueva... Me tienes siguiendo esta historia muuuy ansiosa.
     
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    Mavia Loxar

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    Owww, no sabes que alegría me das <3
    Me emociona también, que os haya gustado este pequeño fanfic (/u\) actualizaré todas las semanas porque soy cool y ando inspirada (? ajajaja.

    Saludos <3
     
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    Paulijem

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    ¡Al fin pude terminar de leer :omg<3:! (Bueno, hasta aquí xD)

    Juro que no había leído algo tan genial como esto. Me gustó en como todo ha evolucionado y hablo también de la escritura. Pude notar que hubo gran mejoría a comparación de cuando iniciaste (y eso que yo no soy una experta :kuku:). Me fascina el hecho de ver la «mitología» caminando entre esta trama tan entretenida (y esos personajes tan...:eyebrow:). Los capítulos son cortos, pero disfrutables y enigmáticos como éste último, lo que provoca que me fascine :<3:.

    En fin, esta es mi opinión y seguiré leyéndote :quis:.

    ¡Saludos!
     
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    Mavia Loxar

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    Parcas.-

    —¿Qué significa esto? —la confusión se mezcla con mi ira denotando un flujo de voz que desconocía en mi.

    Volteo a ver a la aprendiz de Parca, pero lo único que me encuentro es a mi solo en la habitación.

    No lo entiendo.

    ¿Por qué querrían mostrarme esto? ¿Dónde cojones está Becca? ¿Qué significa?

    Me devuelvo sobre mis pasos para buscar respuestas con la primera persona que pueda encontrarme. Paso una vez más por el lúgubre pasillo que me lleva de nuevo a la puerta roñosa por la que entré. Nadie irrumpe en mi camino, agudizo mis instintos para tratar de detectar algún indicio de que hay alguien más en la torre.

    Trato de calmarme en el proceso. Necesito tranquilizarme y rememorar los hechos para poder pensar con claridad.

    Conocí a una chica. Estudia en Yale. Puede ver Dioses y presencias sobrenaturales. Su cabello es negro, y sus ojos increíblemente verdes. Huí de ella las primeras veces que noté que podía verme. Le gusta el amarillo. Conduce una moto. Viajamos a España. Su cuerpo pegado al mío. Una arpía nos atacó. Becca cayó al océano. Invoqué la armadura de Dios. Desperté en la cama de Afrodita. Salí a ver a las Parcas, una tenía el abrigo de Rebecca. Había un libro con su nombre. El libro estaba en blanco.

    Sé que son efímeros momentos, pero los siento como si fueran una eternidad.

    Un crujir de madera se siente por sobre mi cabeza. Camino de prisa hacia un pasillo más luminoso que el anterior. Una escalera de caracol. La subo a prisa saltándome algunos escalones.

    Al llegar arriba me sorprendo al encontrar un espacio completamente limpio y luminoso y, en hileras, estaban perfectamente ubicados seis grandes telares. Cada uno en funcionamiento a manos de una parca. Sus dedos se movían con destreza por entre los hilos. Cada hilo representando a una persona. Si bien puede haber hilos más gruesos o delgados todos conforman un mismo tapiz. Y cada tapiz, un continente.

    Vuelvo bruscamente mi cabeza hacia el toque que siento a mi derecha, es la aprendiz de parca. Me extiende el abrigo de Becca.

    Lo tomo de manera torpe.

    »Necesito saber qué está pasando —las palabras salieron como un susurro de mis labios.

    —Debes hacer las preguntas correctas, para tener las respuestas que deseas.

    Una anciana de las que estaban los telares hizo resonar su voz por sobre el sonido que hacían los telares a la par. Caminé hasta ella, aferrando el abrigo amarillo a mi mano, y haciendo resonar el sonido de mis botas en la madera del piso. Justo por sobre el telar había una inscripción que se cernía aferrada al muro.

    Αμερικανική ήπειρο.

    Continente Americano.

    Sinceramente hablar con seres tan amarrados a las antiguas costumbres me confundía. ¿Cuál es la pregunta correcta? ¿Por qué algo siempre tiene que ser correcto o incorrecto?

    —¿Quién es Rebecca Hunter?

    —Esa si es una pregunta correcta —su voz ya no sonaba tanto por encima del trabajo de los demás telares, por lo tanto tuve que esforzarme por escuchar. El trabajo de sus manos con los hilos jamás se detuvo—. Cada uno de estos hilos es la duración de la vida de cada individuo existente en el mundo. Cada hilo es el destino de una persona humana, Dios, planta, animal o insecto. El hilo puede mantenerse solitario, puede trenzarse con otros, puede enredarse, cortarse y, en casos especiales, incluso enmendar ese corte. Cada uno de estos hilos conforma el telar. Y, por consiguiente el tejido. Es, justamente, este tejido lo que pasa a ser lo más preciado de la humanidad; sus recuerdos y memorias. Su historia. La historia de la humanidad y las eras antes de ella.

    Sus dedos seguían el trabajo. Fijo mi vista en el tejido que sale por la parte posterior del telar. La tela, conformada por los blancos hilos de las personas, comienza a tomar colores, dibujos y formas. Es… hermoso.

    »Pero, —continúa —hay casos, en los que algo impensado ocurre y se genera un hilo incoloro —sus largos dedos y de uñas largas detienen el movimiento de los hilos, tomando ahora, el tejido. Lo acerca a mi rostro. Veo la hermosa tela conformada con las miles de vidas de los ciudadanos del continente americano —Por más que lo enredes o entrelaces… no puedes. Y permanece allí, siendo parte de todo y nada a la vez. Esperando ser arrancado.

    Señala con una de sus uñas una parte específica. Fijo mi vista en ese lugar. Un hilo blanco atraviesa rectamente el hermoso telar los dibujos no lo tocan… los colores tampoco, pero estando allí. Siendo parte de todo y nada a la vez.

    »Este hilo, es Rebecca Isabel Hunter.
     
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    No quiero morir.-


    Rebecca.-

    —¿Estás de joda? ¿Crees que es muy gracioso? —mi voz sale con los tonos más sarcásticos e irónicos que me es posible generar. ¿En serio espera que me crea eso?

    Amiga, pasó de ser un pulpito a un sexy hombre desnudo frente a ti con un ¡Puff! ¿Qué crees que es más incrédulo?

    —Eres graciosa, esta versión de ti me agrada —grácilmente se acuclilló, su rostro quedando a escasos centímetros del mío—. Belinda, tu antepasada, también lo era. Selina no tanto, ella era más seria, excepto quizás con Eros. Todas son corazoncitos cuando están con él. Siento algo de envidia sabes.

    Su mano se estira acariciando la superficie de mi mejilla, el es frío. Su pulgar comienza a trazar círculos en mi piel, un escalofrío me recorre. No puedo moverme. Esto no me gusta.

    »Tus versiones siempre son tan lindas…, que me dan ganas de robarte —su palma estendida desciende llegando a la superficie de mi cuello—. Rebecca, Rebecca, Rebecca, incluso tus nombres son lindos, es una lástima.

    Sus dedos se aferran a mi garganta cortándome la respiración. Mis manos logran responderme cuando la desesperación me invade. Araño y me sacudo intentando liberarme. Veo como los músculos de su brazo se contraen apretando más su agarre. Un intento de jadeo se escapa de mis labios.

    —Mira eso, incluso con tu cara de pánico te vez linda.

    Voy a morir, a morir. Genial, sobreviví a ese puto hielo llamado océano para terminar aquí siendo asfixiada.

    Intento desesperadamente tratar de conectar patadas a alguna parte de su cuerpo, mientras mis manos, aún congeladas, continúan tratando de devolverme el aire. Escucho las palpitaciones de mi corazón en mis oídos, y los ojos se me llenan de lágrimas.

    —¡Vas a llorar! Que tierna eres, Becca. Lástima que él no te quiere aquí.

    Se levanta del suelo llevándome consigo. Ya no tengo fuerzas, pero me niego a rendirme. No quiero morir aquí. ¡No quiero morir aquí! Mis dedos se entierran en la carne blanda de sus mejillas, buscando sus ojos. Pero él ni se mueve, ¡demonios!

    Lágrimas corren por mis mejillas al momento que mis brazos caen a mis costados. No puedo más. Estoy perdiendo la conciencia.

    Y seguramente debo estar boqueando como un pez.

    —Oh querida, fue un placer conocerte.

    Acerca mi rostro al suyo, y toma mis labios en un beso. Su agarre en mi cuello se suelta, y lo veo desaparecer.


    Eros.-

    Es parte de todo y nada a la vez.

    Cierro mis ojos mientras intento volar con mayor rapidez alejándome del Olimpo. ¿Todo y nada a la vez? ¿Qué podía significar eso?

    Me encantaría decir que a la vieja parca me ha dado con lujos y detalles todo lo que quería saber. Pero no, prácticamente me echó alegando que era todo lo que necesitaba saber por el momento.

    Una neblina fría me recibe cuando bajo a ras del océano. Una isla aparece a mi vista. Me arde la herida del costado, pero la ignoro. Debo encontrarla.Las parcas sabían donde estaba Becca, y al menos tuvieron la “amabilidad” de decirlo.

    ¿Amabilidad? Las amenazaste con tomar sus vidas si no te decían donde estaba. Algo estúpido considerando que ellas también controlan tu hilo, genio.

    Me poso en una roca buscando a mi alrededor cualquier indicio de vida. Cualquier indicio de Becca. La oscuridad comienza a avecinarse llevándose la claridad, y, por ende, obstaculizando más mi búsqueda.

    No sé cuantos minutos han pasado, cuando una la línea de lo que creo fue un cuerpo arrastrándose capta mi atención. Va de la playa hacia el bosque. La sigo sin dudar.

    Un sweater a rayas negras y blancas es lo primero que veo. Es ella.

    cats.jpg
     
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    Confusión.-

    Todo esto es muy confuso. La mayor parte de mi vida siempre ha sido el mismo círculo vicioso sin nada destacable, sin nada remotamente curioso o interesante para contar. Y debo decir que eso es triste, no se puede negar. Soy un Dios después de todo.

    Lejos quedaron las guerras antiguas con los humanos o entre los mismos Dioses. Lejos ya están aquellos días en los cuales éramos venerados y cada día era una fiesta. ¿Cómo llegamos al olvido, a la separación de los mundos, a ocultarnos de los mortales? No lo recuerdo. Y jamás me lo había preguntado, nunca, hasta ahora.

    Ahora, que una chica humana va en mis brazos, inconsciente, ardiendo en fiebre, y con notorias marcas de dedos en su cuello.

    Cuando llegué a la isla que las parcas me habían dicho ya se encontraba en esa situación. Y no lo entiendo. ¿Quién le hizo esto? ¿Quién mandó a la Arpía que nos atacó? ¿Quién la saco que aquel mar y la llevó a la isla? Porque definitivamente ella no llegó sola, la isla Porto Santo está a varios kilómetros de distancia bajo el territorio en el cual volábamos. Mucho más al sur.

    Me ajusto a la distancia de las coordenadas que me llevan de regreso a Connecticut. Y continúo volando.


    Rebecca.-

    Me cuesta respirar.

    Pero al menos lo haces.

    Un pitido intermitente resuena en mis oídos, y es de lo segundo que soy consciente. Intento despertar, pero todo me da vueltas y la desorientación me abruma. Logro pestañear y observo mi entorno. El techo es blanco, ya luz me ciega un poco. Soy consciente de la bolsa suero colgada a mi izquierda y como la aguja está perforando mi piel. Una cortina verde me separa y me impide ver más allá del espacio rectangular en el cual me encuentro. No intento levantarme. Muevo los dedos de mis manos, y mis pies.

    Bien, paralitica no estoy y esto es un hospital.

    Intento tragar saliva, es ahí cuando noto el dolor de mi cuello, y como un collarín lo cubre. Es cierto, trataron de matarme.

    Los recuerdos llegan de a rápidamente a mi mente logrando confundirme. Veo como una enfermera pasa por el espacio libre de cortina. Va metida en el celular y lleva una carpeta bajo el brazo, ni siquiera levanta la mirada cuando ya la pierdo de vista.

    ¿Cómo llegué aquí?

    La enfermera vuelve a pasar, intento hablarle y captar su atención, pero de mi garganta solo sale un quejido ronco, que duele como el infierno. Por suerte, creo que logra escucharme.

    —¿Ya despertaste?

    No estoy durmiendo con los ojos abiertos.

    Intento hablar de nuevo, mala idea. Sus pasos la acercan a mí y guarda el teléfono en el bolsillo de su delantal. Leo la placa de su pecho; su nombre es Karen y es una estudiante en práctica de enfermería.

    Uy chica, si yo fuera quien te evaluara, 10 puntos menos por usar celular. Ay, me acordé de Harry Potter.

    Su mirada se fija en mí y espero que en mi rostro se demuestre mi desorientación.

    —Hay un procedimiento para esto, un segundo —saca su celular del bolsillo. Vamos de mal en peor. Toma la pizarrita de mi camilla al momento que parece que encuentra lo que buscaba—. Tu nombre es Rebecca Hunter, son las 10:34 am., hoy es 20 de Febrero y estamos en el año 2018.

    Me remuevo incómoda, creo que tengo ganas de ir al baño.

    »Este es el hospital universitario de Yale, ingresaste la noche de ayer a las 11:35 pm., con una fiebre alta, índices de hipotermia, así como hematomas e inflamación en la zona del cuello —hace una pausa, regresando la vista a mis ojos—. No hay respuesta a la llamada de familiares.

    —¿Quién me trajo?

    ¡Al fin!

    Aunque debo admitir que casi no sueno como yo, mi voz salió rasgando mi garganta en el proceso. Por si no lo dije antes, duele. La cara del intento de enfermera se contrae en confusión.

    —No lo sabemos, el personal te encontró abandonada en el estacionamiento.

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