FanficsLandia Cuando las calabazas lloran

Tema en 'Literatura experimental' iniciado por Liza White, 17 Septiembre 2019.

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  1. Threadmarks: Prólogo
     
    Liza White

    Liza White Equipo administrativo Comentarista empedernido

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    Cuando las calabazas lloran
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    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    2
     
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    Después de aprender de los mejores, llegó mi momento de soltar una buena fumada (?) A ver si consigo romper mi miedo a hacer long-fics de una buena vez... y de escribir algo con mi género favorito. Se supone que dividí la trama y va a consistir en un prólogo y diez capítulos, espero no salirme del esquema.

    The Papuh Yáahl SweetSorrow Todo va a girar alrededor del Talco's Crew (gracias Mely por inspirarme (?), so espero que os guste asdfghj *huye*. (Etiqueta a Gigavehl bc sale en el fic)

    PD: Yo plagiando títulos, me encanta.






    Prólogo: La maldición de Fanficween


    "Legend says that on a full moon it will raise the spirits of the dead when lit by a cursed on Fanficween night".


    Soltó un amplio bostezo, encarando al inmenso manto de estrellas que le saludaba aquella fría noche de finales de octubre. A pesar de que el silencio se había adueñado de las inmediaciones de aquel bosque, llegaba hasta sus oídos el rumor de una alegre melodía, proveniente del colorido pueblo que se situaba a las afueras de aquel retiro natural, no muy lejos de donde se encontraba. Una suave sonrisa se dibujó en sus labios, súbitamente contagiado por el ambiente festivo que despertaba el pueblo de Fanficslandia aquella señalada noche.

    Quizás Fanficsween no fuese su festividad favorita dentro del calendario, pero no podía decirse lo mismo de la persona que se acercaba hacia él, iluminándolo tanto a él como al carrito que cargaba bajo la tenue luz de la luna llena. Se apartó del árbol en el que se encontraba apoyado con cierta pereza, sacando las manos de los bolsillos, y saludó con ánimos renovados a la persona que había estado esperando.

    De alguna forma u otra, había aprendido a tomarle cariño a aquella tradición gracias a él y a sus locuras.


    —Feliz Fanficween, perro.

    —Tienes que practicar más ese tono, Giga. Parece que estás pidiendo que acaben con tu sufrimiento —la luz de la luna iluminó su cuerpo, dejando ver cómo una calabaza verde con sombrerito decoraba su cabeza, así como una capa morada se ondeaba suavemente sobre su espalda, mecida por la brisa nocturna—. ¿Y dónde demonios está tu disfraz?

    —Voy disfrazado de Lucario, ¿no lo ves? —Gigavehl alzó una ceja, extendiendo los brazos para dejarle ver su atuendo con mayor precisión.

    —Vas así todos los días del año.

    —Eh, ¿y qué me dices de ti, calabazo?

    —Un sombrerito puede marcar la diferencia, ¿me oyes? —detuvo el carrito de repente, visiblemente indignado—. ¡Puede marcar la diferencia!


    A pesar de los años que llevaban conociéndose, Gigavehl nunca sabía por dónde iba a salirle alguien como The Pacman. Era sumamente impredecible ante sus ojos, pero quizás era ese detalle lo que le hacía todo un personaje, impidiéndole negarse ante sus planes y conquistas. No por nada todos los años acababa metido en más de un percance, todos relacionados con el talco.

    Aún a día de hoy se negaba a preguntar el porqué.

    Soltó un pequeño suspiro, acercándose hacia su amigo y el carrito que portaba, y lo rodeó con notoria curiosidad en la mirada.


    —¿Tu objetivo de superarte cada año sigue en pie? —tuvo que contener una pequeña risa ante el solo recuerdo de aquella noche, un año atrás—. Porque mira que va a ser difícil hacerlo después de esa lluvia de fuegos artificiales ilegales, amenazando a la presidenta con volarle el despacho si no te ponía calabazas verdes como decoración.

    —Esa mujer nunca sabe lo que hace —Pacman se cruzó de brazos, dejando que su acompañante inspeccionase el carrito con la mirada, sin acercarse demasiado. Debía guardar el misterio hasta el final, todo fuera por el teatro y el factor sorpresa en acción—. Ese día aprendí que si quieres hacer algo bien, tienes que hacerlo tú mismo. Y eso, mi buen Giga —el joven esbozó una sonrisa cómplice, que le generó un escalofrío a su acompañante; ya no tenía escapatoria posible—, es lo que haremos esta noche.

    —¿Puedes darme al menos una pista de lo que tramas esta vez? —sus pies se movieron automáticamente cuando las ruedas del carrito comenzaron a girar, ayudando con la carga desde uno de los costados. A pesar del crujido de la hojarasca bajo sus pies, aún podían escuchar el sonido de los grillos, ocultos debidamente entre la maleza.

    Acechando en silencio como únicos testigos de lo que estaba por suceder.

    —¿Desde cuándo un adelanto no es contraproducente con el misterio de la trama?

    —Bueno, en los tráilers de las películas al menos consiguen llamar tu atención —Giga se alzó de hombros, despreocupado.

    —Touché —soltó una breve risa, y alzó la mirada, sopesando bien sus palabras. Palabras que se llevaría el viento, pero que nunca sabría a dónde irían a parar. O más importante: a quién—. Si tuviese que darle un título a nuestra misión de hoy, sería...

    >>...Cuando las calabazas lloran.


    Giga entreabrió los labios, queriendo añadir algo más. Pero decidió callar, concentrado en su tarea de tirar del carro.

    Y para sus adentros pensó que, quizás, no era un mal título después de todo.



    ***​


    —Tita Mely, ¿estás bien? —la dulce voz de Sweet pareció sacarla de su ensimismamiento. Tan tensa que parecía estar a punto de romper los papeles que sostenía entre sus manos. Colocó su mano sobre las suyas, haciéndola reaccionar—. ¿Estás nerviosa por el discurso?

    Yáahl no pudo evitar contener una breve risa al escuchar sus inocentes palabras. La música de los altavoces y el rumor del gentío a su alrededor la obligaba a alzar la voz para poder ser escuchada.

    La fiesta de Fanficween estaba yendo sobre la marcha, sí, pero...

    —No, no es por eso. Ya estoy acostumbrada a estos discursos, una acaba aprendiendo a improvisar —la tranquilizó, devolviéndole al fin la mirada, antes de volver a revisar sus alrededores con cierta insistencia—. El calabazo me tiene estresada cada año, me preocupa no saber nada de él esta vez. A saber qué mierdas tiene planeadas.

    Esta vez fue SweetSorrow la que dejó escapar una pequeña risa, divertida con la situación. Le dio otro bocado al algodón de azúcar que sostenía en su mano libre, curioseando cada uno de los puestos del pueblo con la mirada, animada. Lo cierto es que estaba orgullosa de la labor de su acompañante y de todos los que habían conseguido animar una vez más aquel diminuto pueblo con aquella colorida festividad.

    —Míralo por el lado bueno, al menos es el alma de la fiesta —apuntó hacia el cielo con el algodón, recordando—. ¿Quién no habló durante meses de ese mensaje con fuegos artificiales, y de cómo intentaste castigarle después? ¿O de cómo trajo un séquito de gatos negros que acabaron comiéndose la comida de los puestos? O de aquella vez que...

    —Está demente, Sweet. Él y sus locuras siempre acaban cargándose algo —soltó un suspiro, exasperada—. Y aún no sabemos qué será esta vez. Como vuelva a insistir con las malditas calabazas verdes...

    —Quizás decidió tomarse un año sabático, seamos positivas —le sonrió entonces, intentando animarla. Su acompañante le devolvió la sonrisa, en un intento por despejarse de aquel tema.

    —Eso espero —dobló los papeles y decidió guardarlos en su bolso, volviéndose hacia la menor algo más tranquila—. ¿Liza ha acabado ya su turno?

    Sweet negó con la cabeza, algo apenada. Sabía que la chica había decidido encargarse de tres puestos de actividades aquel año, y que al principio parecía feliz con ello, pero lo cierto es que con tantas personas en el festival debía ser un desastre. Detuvo sus pasos durante un segundo, reparando en un cartel de propaganda en la pared contigua.


    "La espiritista EliLover organizará una sesión en el cementerio a las 00:00. Es la hora de demostrar que la maldición de Fanficween es real".

    —...Aún está trabajando, pero si quieres podemos ir a verla —retomó la conversación entonces, volviéndose hacia ella. La curiosidad acerca de aquella maldición pareció captar su atención—. Quizás podamos ir todos a ver esa sesión de Eli, ¿qué te parece?

    Yáahl asintió, conforme, retomando la marcha hacia el puesto indicado.

    —Me parece perfecto.



    ***​


    El pueblo de Fanficslandia rebosaba de júbilo durante aquella hermosa noche, en la que por una vez nadie parecía tener intenciones de conciliar el sueño. Mientras los más pequeños se dedicaban a recorrer las calles en busca de caramelos para sus cestas, decenas de puestos decoraban las plazas, llenos de actividades, aperitivos y todo tipo de souvenirs de aquella señalada época del año. El espíritu de Fanficsween seguía más vivo que nunca, y eso parecía ser bueno para todos...

    ...o para casi todos, quizás.


    —Oiga, señorita, dije que quiero el peluche del panda-vampiro.

    —Juanjo, por quinta vez, los premios por explotar tres fantasmas son los de la tanda de abajo.

    —Pero mi esposa quiere el panda-vampiro —el chico se cruzó de brazos, férreo en su decisión—. He ganado, así que tienes la obligación de dármelo.

    —Vengaaa, Lizaaa… —Amane a su lado se mostraba tan insistente como su acompañante—. Nadie se dará cuenta, ¿qué más da?


    Liza se llevó dos dedos al puente de la nariz, y respiró hondo en un intento por calmar el dolor de cabeza que había empezado a martillearla. Pronto, alguien más parecía haber comenzado a tocar la campanita de aviso en el puesto de al lado, que al parecer también era suyo.


    —Esperad un momentito, ¿sí? —les pidió, juntando las manos antes de saltar la mesa del puesto y entrar en el adyacente. Se dirigió hacia el mostrador conteniendo su mal humor, colocando los brazos en jarra al ver allí a su hermano mayor—. Ahora qué, Reual.

    —¿Sabes qué? Me lo he pensado mejor, y creo que en vez de helado de fresa con sirope de chocolate, quiero que sea helado de chocolate con sirope de fresa —el chico se inclinó sobre el mostrador, con una fingida sonrisa inocente—. ¿Porfa?

    Tuvo que aguantar las ganas de estamparle el cucurucho en la cabeza, pero debía guardar la compostura que definitivamente no tenía a aquellas alturas de la noche. Quién la mandaría a organizar tantos juegos, quién.

    —Ahora mismo te lo traigo —y esbozó una mueca que simuló ser una sonrisa, pero que más que confianza, le generó cierto temor al chico al otro lado del puesto. Pero por supuesto que aquello no podía ser tan fácil, y antes de pulsar el botón del helado, una tercera campanita sonó... en otro puesto que también le pertenecía. Sintió su cabeza a punto de estallar—. ¡Vas a tener que esperarte un segundo, ahora vengo!

    Y de nuevo volvió a pasarse al puesto contiguo, encontrándose aquella vez con Yáahl y Sweet, aguardando para poder conseguir un premio en los dardos. Tan estresada estaba que no reparó en el enorme carro que Pacman parecía estar cargando al otro lado de la calle, y el "Hasta luego Honey!" que se perdió entre la muchedumbre.

    ¿A dónde iba el calabazo a estas horas, de todas formas?


    —¿Cómo va la jornada? —Yáahl pudo notar las ojeras en el rostro de la chica, más marcadas que de costumbre, y no supo si sería más adecuado desviar el tema por el momento.

    —Tiene pinta de que estás muy ajetreada... —murmuró Sweet, mirando hacia todos lados. ¿Ese de allí era Juanjo intentando alcanzar un peluche? ¿Y qué hacia Reual con ese dispensador de helado?

    —No te haces una idea... —Liza se dejó caer sobre el mostrador, agotada—. Acabad con mi sufrimiento, por favor.

    La mayor, apenada, sopesó por un momento sus opciones. Revisó el reloj y aunque aún faltaba bastante para el discurso, supo que aquella era la única forma de que Liza no acabase volviéndose loca aquella noche. Se volvió hacia las personas que aguardaban al otro lado de los puestos y colocó en los mostradores el cartelito de "cerrado".

    —Me temo que los puestos van a cerrar durante media hora, todos deberíais ir yendo al escenario para el acto de bienvenida de este año —se volvió hacia las chicas, haciéndoles un gesto disimulado con la mirada para que le siguiesen el juego—. El discurso empezará en seguida, y luego tendréis todo el tiempo del mundo para jugar.

    Y con esas palabras, la gente fue dispersándose hasta dejar en libertad los puestos (aunque algunos costaron más que otros, cabe destacar). Liza, incrédula, salió del puesto para extirar los brazos, pudiendo respirar al fin con tranquilidad.

    ¿Quién iba a decirle que podía ser tan fácil?

    —¡Gracias, gracias, gracias! —exclamó, abrazando a Yáahl con notoria gratitud—. Te prometo que te devolveré el favor, me has salvado la vida.

    —Tranquila, no tienes que devolverme nada —sonrió, tomada por sorpresa. Se volvió hacia Sweet entonces, recordando cierto detalle—. ¿Nos dará tiempo de ir a lo de Eli, Sweet?

    —Déjame ver... —la chica revisó la hora en el cartel y asintió, con ánimos renovados—. ¡Sí, tenemos veinte minutos!


    ***​


    Los gritos de júbilo se deformaron en muecas de espanto. Las coloridas luces de los puestos se tiñeron de rojo, el calor de las llamas volvía ardúa la tarea de respirar siquiera.

    Todo se había vuelto un completo caos.

    Las masas se movían, desorientadas, sin saber hacia dónde ir. El incendio se propagaba con suma velocidad, pero aquel no era el mayor de sus problemas. El staff del lugar no tardó en dar la señal de aviso, y mientras Rey, Gold y Kurone se encargaban de evacuar a la población, el resto se dirigía raudo hacia el cementerio.


    "Alguien ha dado la voz de alarma"


    "¿Cómo que han encontrado un cuerpo?"


    "¿Alguien ha visto a mi esposo?"


    "Sangre, mucha sangre"


    "La maldición... todo es culpa de la maldición".


    Sus pasos resonaban con fiereza sobre el asfalto. Algunos habían perdido ya el aliento. Sollozos producto del temor comenzaron a interrumpir el silencio sepulcral del cementerio.

    Se dice que, tiempo ha, el pueblo de Fanficslandia fue asolado por un mal augurio. Nada se sabe de su origen o de su motivo, pero todos saben de su existencia.

    Se detuvieron cuando el grito de uno de ellos confirmó sus más temidas sospechas. Aquella noche en el cementerio todo se sentía más frío y tétrico que de costumbre. Como si todo allí les indicase la existencia de un mal augurio. Con el corazón atorado en la garganta, alguien dio un paso al frente.

    Cada noche de luna llena que coincida con el aniversario, un alma en pena será dada como sacrificio. Solo así el pueblo perdurará con el transcurrir del tiempo.


    EliLover señaló agitada hacia una de las tumbas. A diferencia de las demás, esta se encontraba abierta. La columna de humo se alzaba a sus espaldas, pero el grupo de personas congregadas tenían que establecee prioridades.

    —Os dije que la maldición era real, pero no me creísteis —su voz, cargada de resentimiento, dejaba entrever cierto tono atemorizado—. No me creísteis. Pero ahí tenéis la prueba.

    Con el corazón a punto de salirse de su pecho, dieron un paso al frente, asomándose a la cripta. Contuvo las ganas de vomitar al ver la sangre que cubría lo que parecía ser un cuerpo sin vida.

    Mientras nos quede aliento, la rueda del destino girará. Hilvanando grandes y pequeños crímenes.


    —No puede ser... —su voz se quebró, y fue incapaz de seguir hablando. Alguien más la rodeó entre sus brazos.

    —¿J-J-Juanjo...?

    —No... —Liza alzó la voz, intentando contener las ganas de romper en llanto—. Él es... Es...

    —Gigavehl.


    La luz de la linterna apuntó hacia el cuerpo sin vida, confirmando aquella pesadilla viviente en la que habían despertado. Yacía sobre la tierra, cubierto de sangre, un extraño símbolo cubriendo la pared de tierra. La burbuja de alegría y vitalidad había explotado, y la fría y cruel realidad les despertaba con una inusitada fuerza.

    —Espera, hay alguien más.


    Y, cuando la rueda se detenga...


    —No, debe ser una broma. ¡Él no ha podido hacer eso! ¡No!

    Los guardias de seguridad la apartaron de la escena, mientras varios de ellos se replegaban alrededor de un nuevo cuerpo que parecía comenzar a despertarse, al otro lado de la lápida. La sangre que bañana su cuerpo no parecía pertenecerle, y en sus manos portaba un revólver que aún parecía estar caliente.

    —¡Las manos arriba! ¡Suelte el arma!

    —¿Eh...? —confuso y desorientado, aquel joven disfrazado de calabaza alzó los brazos de manera mecánica, aturdido—. ¿Qué está pasando?

    —Señor The Pacman, queda arrestado por ser el principal sospechoso de un asesinato.

    Varios hombres se abalanzaron sobre él, y de nada sirvieron los gritos de Liza, suplicándole que dijese la verdad. Que no había sido él.

    Que él jamás mataría a Gigavehl.


    ...morirás.
     
    • Ganador Ganador x 4
    • Impaktado Impaktado x 3
    • Fangirl Fangirl x 2
  2. Threadmarks: Capítulo 1
     
    Liza White

    Liza White Equipo administrativo Comentarista empedernido

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    2
     
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    2177
    Capítulo 1: Culpable

    “But I’m not guilty,” said K. “there’s been a mistake. How is it even possible for someone to be guilty? We’re all human beings here, one like the other.” “That is true” said the priest “but that is how the guilty speak”
    ― Franz Kafka, The Trial


    El eco de sus pasos resonaba por los pasillos desérticos a primera hora de la mañana. Desorientados, erráticos. El murmullo del agua cayendo con fuerza al otro lado de la ventana se hacía cada vez más y más lejano, como el sonido de una estática olvidada al fondo de la estancia. Podía sentirse la humedad en el ambiente, el olor a tierra mojada inundaba sus fosas nasales y a pesar de la oscuridad de aquel día, apenas podía acostumbrarse a la luz de los focos. El insistente sonido de unas goteras tintineaba en algún lugar al fondo de su cabeza. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño, y con dos manchas oscuras surcando sus párpados, apenas podían mantenerse abiertos mientras era trasladado a la sala de detención. Hacía tiempo que había perdido la noción de hacia dónde le dirigían, como una marioneta sin voluntad.

    Llevaba toda la madrugada danzando de interrogatorio en interrogatorio. No había podido conciliar el sueño, pero era consciente de que aunque se lo hubiesen permitido, no hubiese sido capaz de hacerlo. Había intentado responder con coherencia y honestidad a cada una de sus preguntas, por más extrañas que le pareciesen, pero la única parte racional que parecía despierta en su cabeza solo le indicaba que tenía ganas de un buen chocolate caliente. El resto parecía sumida en un profundo sueño del que no parecía tener intención de despertar.

    Cada vez que la palabra muerte, asesinato o cadáver salía de labios de los agentes, un escalofrío extraño recorría su espalda. Las imágenes desordenadas de la noche anterior parpadeaban con insistencia en su mente confusa, haciéndole sentir una dolorosa opresión en el pecho.

    ¿Por qué todos le miraban como si fuese el hombre más despreciable de la faz de la tierra?

    Detuvo sus pasos cuando el guardia que le escoltaba frenó su avance. Alzó la mirada, desorientado, para leer en el cartel encima de la puerta que se encontraban en la sala de visitas. Dentro de sí solo deseaba que al abrir aquella puerta el idiota de Gigavehl apareciese para decirle que todo había sido una estúpida broma de las suyas, y que a pesar del enojo que le profesase en un principio, años después reirían recordando aquella anécdota.

    —Tienes veinte minutos —la grave voz del guarda le sacó de su ensimismamiento, abriéndole la puerta para permitirle el paso—. Aprovéchalos.


    Pero Giga nunca apareció por allí.


    La sala de visitas se le hizo especialmente amplia. Quizás porque había comenzado a acostumbrarse a las dimensiones claustrofóbicas de las habitaciones especializadas en interrogatorios. La luz se adentraba en la estancia con dificultad, el cielo nublado y gris parecía representar su estado anímico a la perfección y por un instante se sintió bien estar allí, sin aquellos focos de luz dañándole la vista de manera perpetua. Casi no pareció reparar en la enorme cristalera que le separaba de la sección para los visitantes. Como si aún fuese incapaz de asimilar el lugar en el que se encontraba encerrado.

    Una veloz sombra se abalanzó hacia sus brazos en cuanto la puerta se cerró tras su espalda. Tuvo que apoyar uno de sus pies hacia atrás para impedir ser embestido por la efusividad de aquel gesto. Abrió los ojos, atónito, al comprobar que entre sus brazos el pequeño cachorro de calabaza que había criado le observaba con una alegría latente en sus ojillos naranjas. No tardó en lamerle la cara, feliz de volver a verle, y por primera vez en muchas horas de los labios de Pacman brotó una risa genuina.

    ¿Qué tan débil tenía que estar su cuerpo para casi ser embestido por un cachorrillo como Pumpkin?


    —¡Hey! ¿Quién es un buen chico? ¿Quién? —comentó con cariño, acariciando la cabeza de aquella calabaza con complejo de perro. Pumpkin ladró como toda respuesta—. Tú lo eres, sí que lo eres. ¿Cómo has entrado aquí, enano?

    Pumpkin se removió entre sus brazos, buscando algo con la mirada. Se apoyó en su hombro, apuntando con su patita hacia algo que se escapaba en su campo de visión, y con cierta dificultad el joven dio media vuelta, encontrándose con una rejilla de ventilación abierta de par en par. Alzó una de sus cejas, sorprendido, y tomó al cachorro por las axilas para poder verle de frente.

    —¿Te has colado por la rejilla solo para verme? —inquirió, rodeándolo con sus brazos mientras echaba un vistazo a su alrededor, preocupado porque alguien le viese allí—. ¿Sabes lo peligroso que es eso? ¡Te pueden regañar si te encuentran aquí conmigo, Pumpkin!

    —¡Bark, bark!

    —Ay, no me puedo enfadar contigo, eres demasiado adorable —Pacman no pudo evitar depositarle en el suelo para comenzar a acariciar su tripa, como solía hacer a menudo—. Oye, ¿es cosa mía o ahora ladras distinto? ¿Quién te ha enseñado a ladrar así? Va a tener que vérselas con mi abogado.

    —¿Bark?


    Pero aquella charla amistosa se vio interrumpida cuando la puerta contraria, al otro lado de la cristalera, se abrió de improvisto. Pumpkin alzó la cola y comenzó a corretear, feliz, y Pacman no necesitó levantar la mirada para saber de quiénes se trataba. Tres chicas se adentraron en la estancia, con tres humores muy distintos las unas de las otras.

    La primera de ellas parecía visiblemente nerviosa, intercambiando miradas entre él y las otras dos chicas, como si sintiese demasiado tenso el ambiente, y la conversación que estaba por iniciar. La segunda, en cambio, se la notaba realmente molesta. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Pacman, porque identificaba bastante bien aquella mirada fija en él. Pero no pudo evitar sentir un pinchazo en el pecho al notar que la tercera no le dirigía la mirada. Su rostro, enrojecido visiblemente por las lágrimas, se encontraba cabizbajo, abrazada a sí misma sin intenciones de decir palabra alguna.

    Se irguió con cierta dificultad, y caminó en silencio hasta tomar una de las sillas frente al cristal, así como ellas hicieron desde su lugar. A pesar de su situación, Pacman les dirigió una sonrisa cansada.


    —¿Y esas caras tan largas? Sé que me has echado de menos Yal, pero solo han sido unas horas, mija —bromeó, recargándose en el asiento mientras paseaba la mirada entre las tres. Liza no levantó la vista del suelo en ningún momento, y el nudo en su estómago solo se acrecentó.

    —No estoy de humor para tus delirios, calabazo. Ninguna lo estamos —Yáahl no tardó en cortar el rumbo de la conversación, frustrada. Sweet no pudo evitar tensarse a su lado—. Espero que tengas una buena explicación para todo esto.

    —Tú no lo has hecho, ¿verdad que no, tío Ghosty? —murmuró Sweet, con cierto brillo suplicante en sus ojos—. Tú no eres culpable...

    —¿Culpable? —Pacman cerró los ojos, sin borrar aquella diminuta sonrisa—. Si estamos hablando de lo masho que me veo al otro lado de una sala de detención, sí, me declaro culpable de todos los carg...

    Un golpe sobre la mesa hizo que las palabras murieran en su boca. No pudo evitar dar un respingo sobre su asiento, tomado por sorpresa. Pumpkin agachó la cabeza y comenzó a gimotear, sintiendo la atmósfera que comenzaba a formarse a su alrededor. Yáahl se había levantado de su asiento, las manos sobre la mesa, cerradas ahora en dos puños.

    —Basta —sentenció, advirtiéndole con su expresión que no siguiese por ese camino. La sonrisa de Pacman se borró de inmediato al notar cómo Liza intentaba aguantar romper en llanto, temblando sobre su asiento—. Dinos de una vez qué demonios pasó anoche. Nos merecemos saber la verdad.

    Tras unos segundos que se sintieron eternos, donde ambos interlocutores se sostenían la mirada en silencio, el joven al otro lado por primera vez borró su expresión por completo. Una mueca amarga se dibujó en su rostro y se cruzó de brazos, soltando un pequeño suspiro hastiado.

    —¿La verdad? ¿Crees que si yo la supiera seguiría estando aquí, Yáahl? —cerró sus ojos, recargando su espalda en el respaldar del asiento. El sonido de la lluvia cayendo sin descanso inundó la estancia durante unos instantes, hasta que Pacman les dirigió una vez más la palabra. En ningún momento se movió de su lugar—. No recuerdo absolutamente nada. Mi mente está llena de lagunas mentales que cubren los momentos que me ayudarían a tener una coartada. No recuerdo cómo llegué al cementerio, no sé por qué Gigavehl ha muerto. Pero lo que sí se... —abrió entonces sus ojos, mostrando verdadera sinceridad en sus palabras—. ...es que yo jamás sería capaz de matarle. Jamás.


    Pumpkin se sentó junto a sus pies, en un intento por apoyarle en aquella situación tan difícil para su dueño. El joven, conmovido, alzó al cachorro hasta colocarlo en su regazo, hecho que la mascota pareció aceptar con gusto.


    —¿No recuerdas nada de lo que pasó? ¿Nada de nada? —Sweet parecía aturdida ante aquella revelación. Sin duda, solo hacía las cosas más difíciles de lo que ya eran—. ¿Ni siquiera sobre el incendio del bosque de las afueras?

    —Nada; todos los eventos que sucedieron anoche ocupan una gran mancha oscura en mi cabeza —comentó sin más—. ¿Qué fue lo que pasó?

    —Pasaron demasiadas cosas a la vez esa misma noche —esta vez fue Yáahl quien continuó el rumbo de la conversación—. Como dice Sweet, el bosque de las afueras comenzó a arder de repente en torno a las doce de la noche, y hasta hace muy poco lograron apagarlo. Tuvimos suerte de que la lluvia mitigase los efectos, pero aún no se ha determinado la causa. Dicen que es muy probable que fuera intencionado.

    —Sí... Y también está esa desaparición —murmuró Sweet a su lado, entristecida—. Antes de que iniciase el incendio Amane pareció perder a Juanjo de vista. Al principio pensábamos que sería algo normal en él, pero después del incendio y de lo sucedido en el cementerio... Estamos muy preocupadas.

    >>Todavía no ha aparecido.

    —Demasiada casualidad, ¿no creéis? Una muerte, una desaparición y un incendio la misma noche, en torno a la misma hora —Pacman se cruzó de brazos, reflexivo—. Está claro que alguien está intentando inculparme. ¡Seguro que fue ese Juanjo, es demasiado conveniente todo!

    —¡J-Juanjo no haría eso! ¡Es nuestro amigo! —exclamó casi sin pensarlo, abrumada por aquella sola idea—. Y tú también, tío Ghosty... Estoy segura de que debe haber algo más detrás. Algo está pasando en Fanficsween... ¿Y si los ancianos tenían razón respecto a la maldición?


    Silencio. Un silencio significativo que recorrió la sala sin dejar indiferente a nadie. Para cuando la lluvia comenzó a amainar, la puerta de la sala se abrió, dejando paso a uno de los guardas, que parecía indicarle al preso que apenas le quedaban un par de minutos para finalizar la charla. Pacman se levantó de su asiento, las manos en los bolsillos de su chaqueta. Su mirada se perdió tras la ventana.


    —Quién sabe —fue todo cuanto dijo. Siempre había sido un amante de los mitos y leyendas de aquel pueblo, y la maldición nunca le dejó indiferente. ¿Gigavehl habría sido víctima de esta? ¿Había algo que les relacionase a todos ellos en aquel extraño caso? El joven se volvió una vez más hacia las chicas, decidido—. Os dejo a vosotras el resto. Me gustaría ayudaros a jugar a los detectives pero... bueno, ya sabéis: estoy preso —se permitió soltar una breve risa, que no sonó como ninguna de las anteriores. Dio media vuelta, caminando lentamente hacia donde el guarda le esperaba—. Descubrid quién originó ese incendio y porqué, encontrad a Juanjo y... por favor, probad mi inocencia.

    Su mirada se dirigió por última vez hacia Liza. Esta le observaba por primera vez, con dos diminutas lágrimas surcando sus mejillas. Al hacer contacto desvió la mirada, y Pacman no supo qué decir.

    Liza... ¿Qué estaría pasando por esa cabeza tuya?


    >>Yo no soy culpable. Tenéis que creerme.


    Y tras esas últimas palabras, la puerta se cerró tras de sí, dejando ver por última vez a Pacman. Las chicas, tras unos segundos de expectación, esperando a que Pumpkin saliese por la rejilla de ventilación, se levantaron de sus asientos y se marcharon del lugar. Por alguna razón, aquella vez fueron incapaces de negarse ante aquella locura que Pacman les proponía.

    ¿Resolver un caso de asesinato, ellas? Aquello era imposible.

    Pero mientras caminaban de vuelta al coche que les llevaría a casa, no pudieron evitar recordar aquella inusual mirada en el rostro de su amigo. Una mirada que nunca antes habían visto en él.

    Y en ese instante supieron con certeza que Pacman decía la verdad.


    ¿Quién es el verdadero asesino de Gigavehl, entonces?
     
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    Calabaza No Naku Koro Ni (?)

    Y... Lo hizo.

    Me lleva el chanfle con éstos pinches furros (?)

    ¡Eso es! ¡Nadie niega el poder del sombrero! ¡Nadie!

    Wat. ¿Cómo puede el talco...? ¿Sabes que? Olvídalo.

    Entendí esa referencia.

    Una pequeña falla detectada:
    Ardua no lleva acento, y de hacerlo, lo llevaría en la primera a que es la vocal tónica.

    No puedo reseñar mucho porque carezco del contexto y seguramente me haya perdido el 80% de todos sus chistes internos, pero sí puedo decir que ha sido bastante interesante la lectura a pesar de eso.
     
    • Gracioso Gracioso x 1
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