Long-fic Crónicas de Gensokyo - La redención de la Matavampiros [Castlevania & Touhou]

Tema en 'Fanfics sobre Videojuegos y Visual Novels' iniciado por Angelivi, 11 Noviembre 2018.

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  1. Threadmarks: Prólogo
     
    Angelivi

    Angelivi Bruja ordinaria

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    Título:
    Crónicas de Gensokyo - La redención de la Matavampiros [Castlevania & Touhou]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Aventura
    Total de capítulos:
    5
     
    Palabras:
    644
    Este relato dividido en cinco actos forma parte de la saga de relatos Crónicas de Gensokyo, en la cual se narrarán los pasados de los personajes más relevantes que viven en Gensokyo, país ficticio donde se desarrolla Touhou Project. Son historias independientes las unas de las otras; aunque algunas hagan referencias a ciertos hechos que ocurren en otras crónicas, no hay un orden definido de lectura.

    En esta primera Crónica de Gensokyo que escribo descubriréis el origen de la cazavampiros más controvertida de Gensokyo. Aquella con el poder de manipular el tiempo, aquella que fue atrapada por las garras del destino: la impasible sirvienta de la Mansión Escarlata, Sakuya Izayoi.

    Todos los hechos que se narrarán a continuación siguen fielmente el canon de la saga Castlevania y Touhou Project; sin embargo, este relato no debe ser tratado como canon. Si bien se pretende acercar a la verdad, la inclusión del mundo de Castlevania en el relato podría restar la veracidad de la historia. Todos los personajes originales pueden y deben ser considerados fanon; pero con los hechos, con la idea general, pretendo que sea tratada como una teoría plausible.

    De todas formas, al finalizar la historia incluiré un capítulo especial llamado La Verdad tras la Crónica, donde hablaré detalladamente de los aspectos importantes de la historia, las teorías descartadas y otras explicaciones.

    Espero profundamente que disfrutes de la historia tanto como lo hice yo al investigar y construir esta crónica.


    "¿Crees en el destino? ¿Que hasta los poderes del tiempo pueden ser alterados por un propósito? […]

    En la vida hay tinieblas, mi niña, pero también hay luces. Y tú eres la luz de toda luz."
    Bram Stoker, Drácula


    La humanidad vive a salvo en su reino de luz, embriagada por la felicidad brindada por la ignorancia. Pues donde hay luz, hay oscuridad. Y donde hay oscuridad, germina el mal. En las tinieblas viven seres monstruosos, sedientos de sangre; son amenazas que acechan desde las sombras, enemigos de los humanos: son vampiros.

    Las entrañas de la Tierra están infestadas por el mal, estas tierras son conocidas como Transilvania, el Reino de los Vampiros. Desde su lúgubre castillo, el conde Drácula, antaño llamado Vlad III Tepes, lidera a su ejército de las tinieblas con el fin de acabar con la humanidad. Sin embargo, la humanidad no está indefensa, posee un escudo: el clan Belmont.

    Desde el año 1094, el clan Belmont ha enfrentado las hordas del conde Drácula en pos de la humanidad; pero no fue hasta el año 1476 cuando el joven Trevor Belmont derrotó a Drácula empuñando el legendario látigo Matavampiros. La humanidad celebró su victoria, se habían salvado.

    Pero el mal siempre habitará en la oscuridad y la oscuridad jamás puede ser destruida, solo puede ser menguada. Cien años después de la victoria de Trevor Belmont, Drácula volvió a la vida. Así, la disputa entre el reino de los hombres y el reino de los vampiros se repetiría cada cien años, siempre con la victoria de los Belmont.

    No obstante, esta guerra no podía ser eterna. Un hombre llamado Nostradamus predijo que en el año 1999 un gran eclipse sería visible en el mundo entero, y este eclipse traería el terror sobre la humanidad con la última resurrección del conde Drácula. Nostradamus había pronosticado el fin de la humanidad.

    Estamos en el año 1999. La humanidad ha reunido los restos de las familias cazavampiros, castigadas por la fatiga de más de 500 años de guerra. Apoyado por la familia Morris, Julius Belmont es el último miembro de su clan, es la última esperanza de la humanidad.

    Pero los designios del destino quisieron postrar sus ojos en una muchacha de pelo plateado. Una muchacha olvidada por su raza que defendería una causa que nadie compartiría...
     
    Última edición: 3 Diciembre 2018
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  2. Threadmarks: Acto I
     
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    Crónicas de Gensokyo - La redención de la Matavampiros [Castlevania & Touhou]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Aventura
    Total de capítulos:
    5
     
    Palabras:
    2871
    I


    —… y cuando exterminamos al último ente maligno, la cuarta cadena se disolvió. Allí estaba, frente a nosotros, la pintura que acabaría con la humanidad. Con nuestros corazones henchidos de valor, Jonathan y yo nos internamos en el mural. En su interior nos esperaba el infame vampiro Brauner.

    —¿Y cómo le derrotasteis?

    —Fue una dura batalla, Brauner combinaba las artes vampíricas con las demencias que invocaba desde sus diabólicos cuadros; pero con la tenacidad de Jonathan con la Matavampiros y el apoyo de mis conjuros Brauner no fue rival para nosotros.

    —¡Oooh! ¡Debíais de ser muy poderosos!

    —Lo éramos, mi niña. Pero has de saber que el mal nunca descansa, la derrota de Brauner no fue el final de la batalla. Cuando fue derrotado…

    —¿Maestra Aulin?

    Un hombre corpulento interrumpió el relato justo cuando llegaba a su clímax. La anciana miró al hombre, su atuendo de cuero con remates de plata mostraba los distintivos del clan Belmont. Era el heraldo que anunciaba la llegada del héroe. Posó su vista cansada en la niña que reposaba en su regazo, absorta por la historia de la que acababa de ser arrancada. Le dedicó una amarga sonrisa y respondió al caballero.

    —¿Ya ha llegado sir Julius Belmont?

    —Así es. Julius Belmont y la familia Morris esperan su presencia.

    —Está bien. Diles que ahora mismo voy.

    —Maestra Aulin.

    Con una reverencia, el heraldo dejó a la anciana y a la niña a solas. La pequeña de pelo plateado la miró decepcionada.

    —¿No vas a contarme el final?

    —Lo siento, pequeña. Me temo que ya no va a poder ser. La humanidad me necesita. Oh cielo, pero no te preocupes. Tu hermano conoce la historia. Cuando acabe la reunión pídele que te cuente el final.

    —¡De acuerdo, abuela Charlotte!

    Satisfecha, la joven de 15 años bajó de su regazo y se marchó de la cabaña despidiéndose con una sonrisa. No era tan pequeña para ser tratada tan infantilmente, pero toda la familia Morris la trataba con excesivo cariño, no por su extrema dulzura, ni por su impecable educación. Ella era especial.

    Las circunstancias de su nacimiento fueron singulares. Bañada por la luz de la luna, el vástago de la familia Morris nació bendito. Su pelo era plateado, su piel era pálida como la nieve que cubría el Cáucaso. Eran señales divinas, un regalo de los ángeles. Su destino era erradicar a los vampiros, todos estaban seguros: había nacido una leyenda. Fue bautizada con el nombre de Ariene; Ariene Morris, la estaca de plata que se clavaría en el corazón de las tinieblas.

    Tras Ariene salió su abuela, la ilustre Charlotte Aulin. A paso quedo Charlotte se dirigió a la cabaña principal, donde todas las cabezas de familia la esperaban para debatir la estrategia que usarían en la batalla final. Ariene se quedó rondando por los alrededores de la cabaña principal, jugueteando con las huellas que iba dejando en la nieve.

    Al entrar, Charlotte pudo ver a todos los presentes en la reunión. Empezando por su izquierda estaba el famoso héroe de la prestigiosa familia Belmont, Julius Belmont. A la temprana edad de 19 años ya se había ganado su fama como cazador de vampiros. Definitivamente, la sangre Belmont era especial. Enfrente suya se sentaban William Morris y su hijo, Albert. Padre e hijo tenían muchas similitudes: ojos azules, barbilla prominente, nariz delgada y pelo rubio. Pero ninguno superaba la belleza del pelo plateado de la menor de los Morris. Mirarles le hacía recordar a su querido Jonathan. Habían pasado tantas aventuras… Qué cruel destino le tenía reservado el futuro, el mismo que tendría toda la humanidad si no detenían a las hordas de Drácula.

    —Ya estamos todos, pues. Acabemos prestos y saldremos cuanto antes a poner fin esta locura —el joven Belmont mostraba un entusiasmo jovial propio de su edad, pero Charlotte temía que fuese demasiado impulsivo.

    —Comparto tus inquietudes, sir Julius Belmont, pero hay cosas que han de prepararse antes de partir a la batalla. Una mente ciega es tan inefectiva como una espada roma —Julius se incomodó por las palabras de la anciana—. Veo que seremos tres… —aunque Albert asistiría a la reunión, él no participaría en la batalla por orden de su padre. Cuando contó a todos los presentes reparó en un quinto asistente encapuchado del que no se había percatado, y eso le dio mala espina—. Perdón, cuatro. Seremos cuatro combatientes. ¿Qué opciones tenemos?

    —¿No está claro? ¡Obraremos como lo hemos hecho siempre! Irrumpiremos en el castillo y lo recorreremos hasta dar con el cubil de esa alimaña. Los Belmont siempre han vencido contra las huestes de Drácula y esta no será la excepción —Julius Belmont mostraba una seguridad capaz de elevar la moral del soldado más cobarde, pero Charlotte no estaba complacida por esa resolución.

    —Esta vez es distinta. Las profecías señalan que esta será la resurrección definitiva de Drácula. No podemos derrotarle con los métodos convencionales, podríamos fracasar. Hemos de destruirle definitivamente, para siempre.

    —Por eso tenemos un aliado más —Julius señaló al hombre encapuchado que no se había pronunciado hasta ahora. El hombre se descubrió el rostro. La sorpresa fue generalizada, Charlotte incluso pudo oír la aguda ovación de la pequeña Ariene, posiblemente saciando su curiosidad a través de algún agujero del entablado de la cabaña—. Su nombre es Adrian Fahrenheit Tepes, también conocido como Alucard.

    Sus rasgos no daban lugar a duda: el pelo blanco, la piel lechosa, esa mirada muerta y los colmillos prominentes propios de un vampiro. Era el hijo del mismísimo conde Drácula.

    —¡Imposible! ¡El enemigo entre nosotros! En nombre de Dios, ¿qué blasfemia es esta? —William Morris se levantó de la silla y echó mano a su espada de plata. Charlotte le indicó con un movimiento que se sentará y William la obedeció sin protestar.

    —Tengo conocimientos de que antaño un miembro cercano al conde Drácula traicionó a su especie y colaboró en su destrucción… Pero jamás habría pensado que se trataba de su propio hijo.

    Julius iba a hablar, pero Alucard se adelantó. Su voz era serena, firme, y fría como el témpano.

    —Hace 500 años ayudé a Trevor Belmont en su batalla contra mi p… —se mordió el labio, un vistoso hilo rojo de sangre brotó por su labio y se relamió— el conde Drácula. Hace 200 años volví a colaborar con los Belmont desmantelando el ardid del brujo Shaft que había estado controlando a Richter Belmont. Si con ello consigo librar al mundo de la tiranía de mi padre, lucharé una tercera vez junto a los Belmont.

    Hubo unos instantes de silencio. Charlotte estaba sorprendida, había pasado toda su vida luchando contra los vampiros, pero nunca había visto en un vampiro tanta humanidad como la que acababa de mostrar Alucard. Tenía dudas respecto a un hombre que había traicionado a su raza y a su padre; pero por alguna razón, esa convicción le agradaba más que la imprudencia del Belmont. Opinión que no compartía su hijo.

    —¡Es inaudito! ¿Cómo podemos fiarnos de un ser capaz de traicionar a su propia especie? ¡Sigue siendo un vampiro! ¡Se alimenta de nuestra sangre! ¡Toma a nuestras mujeres!

    Las ofensas de William no hicieron mella en la impasibilidad del vampiro. No era la primera vez que sentía el desprecio de los humanos, de aquellos a los que intentaba proteger.

    —Alucard ya ha demostrado en el pasado su lealtad hacia la humanidad. No hay motivos para sospechar de él ahora. Necesitamos todos los aliados posibles para esta batalla y, desde luego, Alucard es un aliado del que no podemos prescindir —Charlotte sonrió por las palabras cabales de Julius, se preguntó si en el fondo estaría siendo seducida por una idea audaz pero insensata.

    —Considero que lo mejor sería que Alucard nos prestase su fuerza para apoyarnos en estos tiempos oscuros. El enemigo será más fuerte que nunca y nosotros tenemos que serlo aún más. ¿Alguna objeción, William?

    —Ninguna. Espero no tener que arrepentirme…

    —En ese caso doy por finalizada la reunión. Mañana al alba partiremos al castillo de Drácula. Cuando lleguemos buscaremos un punto de entrada. Descansad, camaradas. Bien esta podría ser nuestra última noche.

    Todos los presentes se levantaron al mismo tiempo y se dirigieron a sus respectivos aposentos. Cuando Charlotte se levantó, miró hacia donde intuía que estaría su pequeña espía. Efectivamente, pudo entrever un par de ojitos cenizos parpadeando al otro lado del muro. Charlotte hizo como si no la hubiese visto y, escondiendo su sonrisa, habló en voz alta.

    —Las niñas que se acuestan tarde son devoradas por los vampiros.

    Cuando salió de la cabaña comprobó que la espía había abandonado su posición. Al fin y al cabo es una buena niña, pensó Charlotte. Estaba a punto de entrar en su casa cuando oyó una discusión apagada. Reconoció las voces de William y Albert Morris. Entrar ahora interrumpiría la conversación, aguantar un poco el frío valdría la pena por tal de descubrir las inquietudes familiares.

    —Por favor, padre. Déjame ir contigo. Ya tengo 20 años, he estado entrenando mucho. He matado a varios vampiros. Estoy listo para enfrentarme a Drácula.

    —No, no lo estás. Las huestes de Drácula no tienen nada que ver con esos vampiros menores. Tu misión es proteger a la familia, mantener el legado. No dejes que el apellido Morris muera. Tu madre y tu hermana dependerán de ti cuando yo no esté.

    —Padre, no…

    —Albert, sé maduro. Estamos hablando de Drácula. Aun si conseguimos vencerle nada nos garantiza que salgamos vivos. Ya me he hecho la idea de que no os volveré a ver.

    —Padre…

    —Por eso no quiero que el último recuerdo de mi hijo esté difuminado por tus lágrimas. Por favor, déjame recordarte con una sonrisa. Quiero recordar por qué lucho…

    Desde el interior se escuchó un sollozo. Charlotte se apoyó en su burdo bastón y se sentó en un banco cercano. Quizás tendría que esperar un poco más… El viento arreciaba cada vez más, cuanto más entraba la noche más gélidos se volvía el aire. Este es el clima ideal para los vampiros, la baja visibilidad es perfecta para sus cacerías. Mañana se enfrentarían al vampiro más peligroso de todos. Incuso con la ayuda de Alucard, ¿serían capaces de vencer? Tenía un extraño presentimiento, algo le decía que en el castillo de Drácula les esperaba un destino que ninguno imaginaría.

    Una sombra perturbó sus pensamientos. Charlotte se levantó, miró a los lados. ¿De dónde provenía? ¿Serían los vampiros? ¿Se iban a adelantar a sus planes? Preparó un hechizo por si acababa siendo atacada, pero la presencia no se mostró. La oscuridad trae malos augurios, era mejor entrar ya en casa. Debía descansar mientras pudiera.

    Las ruedas del destino ya habían comenzado a girar, pero había un engranaje que aún estaba suelto. Había una pieza a la que el destino tenía preparado un papel muy, muy distinto. La pequeña Ariene había sido descubierta por el sagaz ojo de su abuela, se preguntaba lo perspicaz que habría sido cuando era joven. Desde luego, sus historias tenían que ser ciertas. Lo que no sabía era hasta que punto eran ciertas. Siempre había oído a su abuela relatar historias de vampiros, y ahora que había visto uno en directo era totalmente distinto a lo que se había imaginado. ¿Dónde estaban los rasgos monstruosos? ¿La desenfrenada sed de sangre? Ese tal Alucard había destruido toda imagen que tenía de los vampiros, y causar semejante conmoción en una niña de su edad implicaba despertar su más profunda curiosidad. Si seguía a ese vampiro podría aprender más sobre ellos.

    Se dirigió en dirección a donde había ido Alucard, pero no pudo dar más de tres pasos antes de ser descubierta.

    —Ah, ah. Jovencita, ¿no le enseñaron modales en su casa? Hay que hacer caso a los mayores. Acabará siendo devorada por los vampiros.

    Era una voz nueva para ella. Al darse la vuelta vio a un distinguido hombre alto de atuendo extravagante. Vestía una chaqueta roja, una camisa negra abotonada, un ajustado pantalón blanco y llevaba una chistera. Del cinto le colgaba una espada, un florete en particular. Tenía una melena rubia que le llegaba hasta los hombros y lucía con orgullo un hermoso bigote de caballero. Fuese quien fuese, no debía de ser de la zona.

    —Oh, hablo de modales ajenos cuando no cuido los míos. Monsieur Saint Germain —el sujeto hizo una exagerada reverencia con chistera incluida—. Qué buen momento he escogido para hablar contigo. Podría haber vuelto para venir después, pero no es buena idea jugar con el tiempo. ¿Sabe?

    Ariene no entendía ni una palabra de lo que estaba diciendo ese señor. Estaba a punto de responder, pero el caballero intervino de nuevo.

    —Claro, entiendo. ¿Cómo podría una niña entender de paradojas temporales? En fin, vayamos al grano. El tiempo no es algo que sobre… ¿No hace mucho frío aquí?

    Con un chasqueo de dedos el frío cesó. No, no se trataba del frío. El aire había dejado de soplar, Ariene podía tocar las inmóviles partículas de nieve que flotaban a su alrededor. Iba a preguntar cómo había hecho eso, pero Saint Germain se adelantó a sus pensamientos.

    —Bonito truco, ¿verdad? Es más práctico cuando están a punto de quitarte la vida, pero también es útil en estos momentos. Por favor, sentémonos. No querrás hablar todo el rato de pie, ¿verdad?

    Ariene afirmó con la cabeza y ambos se sentaron en algún banco, no sin antes que Saint Germain retirase la nieve que cubría su parte de banco. El caballero sacó un reloj de arena y después de escrutarlo durante unos valiosos segundos, lo volvió a guardar.

    —Bien, veamos. Eras… esto… ¿Ariel?

    —Ariene.

    —Discúlpame, no soy bueno con los nombres. Verás, quería hablar contigo de algo importante, pero no soy tan bueno con los niños como con los adultos. Estas cosas ya son difíciles de explicar a los que comprenden como para hacérselo entender a los que no comprenden —la niña no daba señales de estar entendiendo demasiado, así que decidió continuar lo mejor que pudiese—. A diferencia de los mortales normales, yo poseo una habilidad especial. Puedo ir allá y acá sin tener que ser este allá o aquel acá. Básicamente conozco las cosas que sucedieron y las que están por suceder.

    Esta parte sí pareció que Ariene lo entendiese para esperanza de Saint Germain quien siguió explicando.

    —La voluntad del destino ha querido que este conflicto acabe con un giro un tanto inesperado. No puedo detallar los sucesos o lo que sería dejaría de ser, pero lo que sí puedo decir es lo que debo decir pues así se pensó hacer. Tu destino no se encuentra en este país, ni siquiera en este continente. Me atrevería a decir que apenas comparte la misma realidad, pero allí estarás, sin falta. Formarás parte de un encantador futuro, aunque por desgracia tendrás que pasar antes por un sombrío bache. Pero eres fuerte, lo sé porque te vi. Podrás superarlo.

    Ariene estaba empezando a preocuparse, apenas podía entenderle, pero había algo que no le gustaba.

    —Sé que es todo muy repentino, entiendo tu confusión. Pero no te preocupes, tengo un obsequio para ti —de su chistera sacó lo que parecía ser un reloj de bolsillo de plata. El relieve estaba muy recargado y en su interior podían verse doce números en romano. Ariene no sabía hasta qué punto ese reloj estaba relacionado con el Londres victoriano—. Este es un reloj especial, permite detener el tiempo a voluntad. Claro que tampoco se puede hacer de la nada. ¿Sabes que no es la primera vez que entrego este reloj? Bueno, en realidad fue este reloj pero era otro reloj. Detalles nimios. El caso es que estos relojes solo pueden ser dominados por aquellos con una sangre especial… como la de los Belmont —en este punto Saint Germain volvió a despertar el interés de la niña.

    »Aunque un pajarillo me ha dicho que no tienes sangre Belmont pura… ¡Y por eso eres especial! ¡El destino te depara grandes cosas, niña! Tu destino se encuentra junto a aquello que más odias, es tu deber ser el puente de dos razas en guerra, ser un ejemplo de convivencia racial. ¡Y nunca serás consciente de ello! Formarás parte de la hermosa tierra que ellas están forjando. ¡Así me lo pidió esa mujer! —de pronto Saint Germain pareció darse cuenta de algo y sacó de nuevo su reloj de arena—. ¡Santo cielo, qué tarde se ha hecho! Me encantaría quedarme un rato más charlando, pero me temo que tengo un asuntillo que solucionar con cierto invocador de demonios inocentes. De todas formas he hablado más de lo que debería, espero que el tiempo sepa perdonarme —en ese momento el caballero se levantó y abrió una especie de portal dorado—. Ha sido un placer hablar con vos, damisela. Use adecuadamente mi obsequio. Bon voyage!

    Nada más irse, la nieve reanudó su descenso y el viento invernal volvió a azuzarla. Ariene todavía no salía del asombro, era la experiencia más rara que había tenido; pero en el futuro se encontraría con individuos aún más particulares. Mientras volvía a casa no dejó de mirar el precioso reloj de bolsillo que aquel caballero le había regalado. Desde ese momento jamás se separaría de aquel reloj tan especial.
     
    Última edición: 4 Diciembre 2018
  3. Threadmarks: Acto II
     
    Angelivi

    Angelivi Bruja ordinaria

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    II

    —¡Hyaaaa! —Albert Morris se abalanzó hacia delante propinando un tajo en vertical con todas sus fuerzas con su espada de plata.

    La pequeña Ariene bloqueó su ataque, pero la fuerza que había usado su hermano fue demasiado para ella y se le resbaló su espada de los dedos, la espada plateada que había recibido hacía una semana por su cumpleaños. Albert le apuntó con su arma, le estaba rozando la punta de la nariz.

    —Se acabó el juego, enana. Estás muerta.

    Ariene apartó suavemente la espada de su cara y le echó una mirada de desprecio.

    —Es la primera vez que combato, ¿por qué me has estado golpeando tan fuerte? Además, esta espada pesa mucho…

    —Es cierto que una espada de plata pesa algo más que una de hierro, pero solo la plata podrá defenderte de los vampiros —Albert le dedicó una sonrisa burlona—. Creo que madre debería haberte regalado una espada de juguete, es más apropiado para ti, enana.

    —¡Deja de tratarme como una cría! Ya tengo 16 años y…

    —Y aún te quedan dos años para ser mayor de edad. Aún no podrías ser desposada, sigues siendo una cría. Una cría incapaz de sostener una espada —Albert se rió de su hermana. Le encantaba chincharla a todas horas y, con los nuevos entrenamientos, las oportunidades de burla se habían multiplicado considerablemente.

    —Ariene, hija mía, no dejes que Albert te ponga nerviosa. A tu edad Albert no era demasiado diestro con la espada, y eso que ya llevaba un año practicando con vuestro padre —Rose, la madre de los dos Morris, les había estado observando toda la hora que habían estado entrenando. Aunque al principio no le pareció buena idea regalarle una espada a su pequeña Ariene, acabó aceptándolo por el entusiasmo con el que Ariene había recibido su regalo de cumpleaños. Y como madre, se sentiría más tranquila sabiendo que su hija también podría defenderse sola, sobre todo ahora que la aldea estaba más vulnerable.

    —¡Madre! —Albert se sonrojó al quedar en evidencia delante de su incordiosa hermana menor. ¿Por qué le había tocado entrenarla a él? ¿Es que no había otro instructor en toda la aldea? Si su padre estuviera aquí no tendría que estar desperdiciando el tiempo con Ariene y podría pasar más tiempo cortejando a esa moza pelirroja de la que se había encaprichado desde hace un mes.

    Ariene no estaba satisfecha con el resultado del duelo, cogió su espada y volvió a ponerse en posición. Albert suspiró al ver que la condena se prolongaría. Era la primera clase y ya estaba odiando a su hermana más que en toda su vida.

    —¿Aún no has tenido suficiente, enana? Me podría pasar todo el día dándote una paliza tras otra, pero tengo cosas mejores que hacer.

    —Quizás si me enseñases algo no tendríamos que estar tanto tiempo viéndonos las caras —a Ariene tampoco le caía demasiado bien su hermano. Pensaba que era un engreído, solo por ser cuatro años mayor que ella. Muchas veces soñaba con que ella era la mayor y era quien molestaba a su hermano. Por mucho que se odiasen, su madre sabía que en el fondo se querían mucho.

    —Una cabezota como tú jamás podría aprender nada…

    —Anda, Albert. Sé bueno con tu hermana. Seguro que hay una cosa que otra que serás capaz de enseñarla —regañó Rose. Albert gruñó en respuesta, pero no podía negarse.

    —Está bien… Mira, enana. Ya que no tienes mucha fuerza intenta poner los brazos así y retira un poco la pierna izquierda. Si dejas caer tu peso sobre ella puede que tu espada no salga volando.

    Ariene siguió las órdenes de su hermano y se puso tal como le había indicado. Albert ejecutó el mismo golpe que antes y sucedió exactamente lo mismo, la espada de Ariene regresó al suelo. La chica estaba por dejarlo, quizás era verdad que jamás sería tan buena con la espada como su padre.

    —Otra vez —Albert la miró seriamente. Su actitud era muy distinta, estaba siendo más firme. Al fin la estaba tomando en serio.

    Ariene sonrió y recogió la espada. Volvió a la posición que le había enseñado y repitieron el movimiento una y otra vez. El sonido del choque de espadas hacía eco en la silenciosa tarde. A pesar de las horas, la aldea de Wygol estaba desierta. La mayoría habían marchado a luchar contra el conde Drácula y los que se habían quedado —mujeres, ancianos y niños— preferían quedarse en casa por el intenso frío que parecía no abandonar nunca aquellos parajes. Rose observó el entrenamiento de sus hijos durante la otra hora que permanecieron espada arriba, espada abajo. Les recordaba a aquellos días en los que William entrenaba con Albert. ¿Qué habrá sido de él? Desde que marcharon no hubo una sola noche que no hubiese rezado por su seguridad.

    El sol se escondió por el horizonte cuando las fuerzas de Ariene la abandonaron. Su primera lección había sido muy intensa, había sido exactamente como esperaba. Estaba tan agotada como satisfecha.

    —Ya está bien por hoy. Para ser una enana tienes mucha energía —Albert envainó su espada, escondiendo el orgullo que sentía por tener una hermana con un talento que no tenía ninguna otra niña de la aldea.

    —Lo habéis hecho genial, hijos míos. Como recompensa os voy a hacer el mejor estofado que hayáis probado nunca. Os quiero en casa en una hora —Rose se levantó del banco desde el que los había estado observando y, sacudiéndose un poco de nieve del vestido, entró en la cabaña de los Morris.

    —¡Sí, madre! —respondieron los dos al unísono.

    Albert y Ariene se fueron por caminos separados. Albert aprovecharía esa hora libre para hacerle una visita a su querida Nicoleta, quizás hoy conseguiría robarle su primer beso. Ariene, por su parte, tenía planes muy distintos. Corrió con su espada en el cinto hasta el árbol caído al que había acudido todas las tardes desde su encuentro con aquel caballero misterioso. No estaba muy lejos de su casa, había calculado que estaría como a unas tres cabañas de distancia; pero como estaba escondido entre dos montículos de nieve era difícil de localizar, por eso se había convertido en su escondite secreto.

    Nada más llegar, depositó la espada de plata a un lado del tronco caído y miró a su interior hueco. Dentro había un nido de mirlos cobijándose del eterno frío. Mamá mirlo alzó la cabeza para vigilar que su visitante no hiciese nada peligroso para sus tres regordetes polluelos. Ariene amaba a los animales, no era muy frecuente encontrarlos en la tundra en la que vivían. Extrajo del bosillo un puñado de semillas que había acostumbrado a traer. Los polluelos salieron tímidamente del nido y picotearon ansiosamente del montón de semillas. Ariene los contempló ensoñada mientras comían.

    Cuando salió de su embobamiento recordó la razón por la que solía venir aquí, que no significaba que no le importasen los mirlos, pero aquella fue la razón por la que casualmente se hiciese amiga de esa familia de mirlos. Sacó el reloj de plata que le regaló Saint Germain y lo abrió. Sabía que ese reloj tenía algo de especial, no solo porque aquel caballero lo hubiese dicho, lo sentía. Siempre que habría ese reloj, los engranajes retumbaban en su cabeza y sentía que el mundo se retorcía a su alrededor.

    “Permite detener el tiempo”, dijo Saint Germain en su momento. ¿Sería eso verdad? Ariene estuvo probando a diario activar ese poder de mil maneras posibles, pero nunca fue capaz de hacer nada fuera de lo común. Hubo una vez que sintió como si hubiese capturado un segundo del universo, pero fue tan rápido como un pestañeo. Ariene estaba segura de que si lo intentaba todos los días, tarde o temprano conseguiría dominar su poder, al igual que con su espada.

    Sujetó el reloj con las dos manos, se lo acercó al pecho y cerró los ojos, concentrándose. Quizás tenía que pensar en algo especial para activarlo. Pensó en su hermano y en su madre. Abrió los ojos. No funcionó. Cerró los ojos y volvió a concentrarse. Esta vez pensó en su padre, enfrentándose a los vampiros, luchando con valor para protegerlos a todos. Volvió a abrir los ojos. Nada. Ariene suspiró, hoy tampoco hubo suerte.

    —¡Ariene! ¡Albert! ¡Ya está lista la cena! ¡Venid! —oyó la voz de su madre en la distancia, seguramente mientras estaba asomada por la ventana.

    ¿Tanto tiempo había pasado ya? Cuando estaba en su escondite secreto se le pasaba el tiempo volando. Se levantó, guardó el reloj, recogió su espada y volvió a casa, ignorando que si hubiese abierto los ojos mientras pensaba en su padre abrió visto a la estática mamá mirlo suspendida en el aire mientras intentaba echar el vuelo.

    Ariene, Albert y Rose estaban sentados alrededor de la mesa, cada uno con un suculento guiso de conejo y verduras tentándoles a que los devoren. Una columna de humillo ascendía desde los platos, la comida casera recién hecha era lo mejor, y esta vez su madre lo había hecho con todo su amor, lo que haría de él el mejor plato del mundo. Los tres comieron en silencio, sin derramar ni una gota del suculento manjar sobre el mantel tejido por su abuela Charlotte.

    Eran las diez de la noche cuando terminaron de cenar. Albert se tiró un eructo que sonó aún más por el silencio que reinaba la casa. Rose le echó una mirada de culpabilidad, le costaba mucho inculcarles modales, sobre todo a Albert. Después de ese pequeño incidente cotidiano, pasaron un tiempo en silencio. Fue Ariene quien habló primero.

    —Espero que padre esté bien.

    Albert y Rose la miraron. Compartían la misma preocupación que ella.

    —Seguro que estará sano como un roble. Ya conocéis a vuestro padre, es demasiado tozudo como para que unos vampiritos le impidan volver a probar uno de mis estofados. Seguro que cualquier día le vemos entrar por la puerta.—Rose lo dijo intentando mostrar plena seguridad, pero ella misma era la primera que temía todo lo contrario. Albert pensaba lo mismo, pero estaba harto de que su madre siguiese dándoles falsas esperanzas.

    —Madre, sabes que nunca volverá. El castillo entero desapareció con ellos. Se los ha tragado el eclipse, han muerto todos. Debemos afrontarlo. Padre nos ha salvado de los vampiros, pero ya han pasado cuatro meses desde entonces y no hemos recibido ninguna noticia de ellos desde entonces.

    Ariene se quedó desconcertada. Su madre siempre le había dicho que papá volvería pronto y así lo creía. Era la primera vez que su hermano hablaba del tema, no sabía que Albert fuese tan pesimista.

    —Pero la abuela Charlotte está con ellos, seguro que todos están bien…

    —Ariene, Charlotte también habrá muerto.

    —¡Albert! —gritó Rose. Hablar de ese tema le ponía de los nervios y que su hijo fuera tan franco no ayudaba.

    Albert miró con furia a su madre, se levantó golpeando la silla adrede y se fue a su habitación. Rose miró al suelo apesadumbrada, Ariene aún estaba procesando lo que acababa de decir su hermano.

    —Mamá…

    —Cariño, vete a la cama, por favor —no había enfado en su tono, tampoco había tristeza. En realidad no había nada, fueron palabras ausentes de fuerza, sonidos que carecían de vida.

    Ariene obedeció a su madre. Se metió en la cama y trató de dormir, pero sus preocupaciones no la dejaban descansar. ¿Sería verdad que su padre había muerto? Un mes después de que el grupo de cazavampiros partiera al castillo de Drácula, recibieron la noticia de que todo el castillo había desaparecido junto con el eclipse que Nostradamus predijo. Nadie sabe qué fue de todos los que quedaron atrapados en el interior del castillo. Muchos aseguraron que Drácula ha sido derrotado definitivamente, otros opinaban que solo consiguieron que quedase atrapado en el eclipse y por eso los cazavampiros se sacrificaron para salvar a la humanidad. También había rumores de que algunos han conseguido escapar. Un comerciante que pasó por la aldea aseguraba que viajó junto con Julius Belmont en estado de amnesia, aunque en aquel momento no le reconoció. Aquello había traído esperanzas a los Morris que se quedaron en la aldea, pero no fueron más que rumores. William Morris jamás volvió a casa.

    Ariene rezó en silencio por poder ver de nuevo a su padre. Al final, entre rezo y rezo, la pequeña de cabellos plateados se quedó dormida mientras de fondo se oían los llantos de su madre.

    Aquella noche Ariene soñó. Fue un sueño extraño. Estaba dentro de una mansión y a pocos metros delante suya había una vampiresa vestida de rosa. La miraba fijamente con unos penetrantes ojos escarlata. Temió aquella mirada, la vampiresa también temía a aquella muchacha. Ariene se dio cuenta de que empuñaba en una mano un látigo y, en la otra, su reloj de plata. En su sueño luchaba con la vampiresa, ella le hablaba; no sabía qué le decía, sus palabras no sonaban.

    Las dos se impulsaron al mismo tiempo para la arremetida final y cuando chocaron… el mundo se desmoronó. La vampiresa desapareció junto con la mansión. Ahora estaba en un prado, jamás había visto un lugar tan verde. A lo lejos distinguía una enorme montaña sobrevolada por una manada de cuervos. Unas niñas aladas jugueteaban a orillas de un río cristalino. Era el paraíso… Pero aquel vergel se oscureció por una sombra, y entonces la vio. Flotando sobre ella, portando un parasol, una dama de cabellos dorados y vestido púrpura la observaba orgullosamente como una reina contemplando a sus súbditos.

    —Ella ya ha deseado vuestro destino. Ahora despierta… Sobrevive —dictó la mujer.

    Ariene despertó súbitamente. Alguien había dado un alarido. Era muy tarde, estaban a plena noche. ¿A qué venía ese alboroto? Se levantó aún aturdida por el extraño sueño y corrió hacia la ventana. Contempló aterrada las llamas que se propagaban por la aldea. La gente corría despavorida, huyendo de sombras que descendían en picado sobre ellos. Entonces los reconoció: aquellas sombras eran ni más ni menos que vampiros. Desde que su padre había dejado la aldea no habían vuelto a atacarles, pensaban que ya se habían deshecho de los vampiros para siempre. ¿Es que nunca se terminaría esa pesadilla?

    Pero no podía quedarse ahí, su madre y su hermano también estaban en peligro. Se vistió todo lo rápido que pudo, cogió su espada y el reloj de plata y fue a la habitación de su hermano.

    —¿Albert? ¡Albert! —Ariene le llamó, pero no estaba allí. Debía haber salido.

    Su madre tampoco estaba en su habitación. Quizás estarían a salvo, seguro que su hermano estaba ahora mismo protegiendo a los demás. De pronto, un vampiro se estrelló contra la ventana. Los cristales estallaron, uno de ellos le hizo un corte en el brazo, pero eso era lo de menos. El vampiro bufó furioso nada más verla. Era horrible, sus facciones estaban desproporcionadas, tenía unos ojos saltones inyectados en sangre, mostraba unos prominentes colmillos sucios y su cuerpo estaba cubierto por una delgada capa de vello.

    Ariene huyó del vampiro, que se abalanzó para intentar devorarla. Consiguió escapar de la casa por los pelos, recibió en el hombro un arañazo; pero lo importante es que salió con vida. Por desgracia, la situación fuera de casa era mucho peor: una bandada de vampiros sobrevolaba la aldea, cayendo esporádicamente sobre las desafortunadas víctimas a las que les mordían el cuello y les chupaban toda la sangre.

    La aldea de Wygol era un caos. Estaba rodeada de fuego y sangre, el rechinar de las espadas y los disparos de los revólveres de plata se mezclaban los desgarradores gritos de los aldeanos. Sin embargo, Ariene solo pensaba en su madre y en su hermano. Corrió por la aldea buscándolos desesperadamente.

    —¡Mamá! ¡Albert!

    Mientras corría se encontró con una niña con la que había jugado varias veces. Se alegró de ver una cara conocida, si iba con ella había más posibilidades de poder encontrar a su familia. O eso pensaba, sin tiempo para poder decir palabra alguna, un vampiro agarró a la niña y la mordió en el acto. Ariene se quedó paralizada, la situación la había superado, estaba aterrorizada. Se derrumbó y rompió a llorar. No podía más, iban a ser devorados por vampiros. Podía notarlos sobre ella…

    Entonces sonó un desagradable sonido acompañado por el alarido de una bestia.

    —¡Ariene! ¡Gracias a Dios! Estás viva…

    Ariene abrió los ojos. Era su hermano, acababa de salvarle la vida. Jamás había estado tan feliz de verle.

    —¡Albert! ¡Al fin te encuentro! —Ariene miró a su alrededor—. ¿Dónde está mamá?

    —Se ha refugiado en la iglesia con el resto de supervivientes. Ve tú también. ¡Vamos!

    —Pero… ¿y tú? ¿No vienes?

    —No, yo me quedaré a luchar con los demás. Mi deber es protegeros a todos. ¡Vamos, Ariene, vete ya!

    —¡No! ¡Me quedaré a luchar contigo! ¡Para esto hemos entrenado!

    Ariene desenvainó su espada y se preparó para el combate. Un vampiro se abalanzó hacia ella, intentó golpearle con la espada, pero sus movimientos eran demasiado lentos. Albert se interpuso entre ella y el vampiro y lo mató atravesándole la espalda.

    —¡Ariene, no seas idiota! ¡Aún no estás preparada!

    —¡No pienso abandonarte! Me quedaré contigo hasta el final.

    Los vampiros se estaban agrupando en el cielo. Albert se puso muy nervioso, no podía luchar con los vampiros y proteger a su hermana a la vez. Albert cogió a Ariene del cuello de su camisa y la tiró lo más lejos que pudo.

    —¡Idiota! ¡Te he dicho que te largues! ¡Escóndete y no salgas hasta que todo acabe!

    —Pero Albert…

    —¡Que te vayas! ¡¡¡Ya!!!

    Albert se defendió de un par de vampiros que habían aterrizado sobre él. Ariene sabía que no podría ayudarle, quería estar con él pero entendió que lo único que estaba haciendo era estorbarle. En contra de lo que le hubiera gustado hacer, salió corriendo en dirección a la iglesia.

    Ariene corrió con todas sus fuerzas por toda la aldea, mientras a su alrededor se desarrollaba la matanza. Estaba a punto de llegar a la iglesia, pero se encontró con que la calle estaba cortada por los escombros de una casa derrumbada. Ya no podía llegar a la iglesia. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Dónde podría esconderse? En ese momento recordó el único lugar donde podría estar a salvo: en su escondite secreto. Estaba lo suficientemente retirado de la aldea y oculto como para evitar que los vampiros le prestasen atención. Si llegaba allí con vida, quizás sobreviviría.

    Se dio media vuelta y corrió hacia su escondite. Por el camino vio a los aldeanos enfrentándose a las criaturas de la noche, pero no vio a su hermano entre ellos. No podía volver a pararse para buscarle, su hermano le había pedido que se escondiera. Iba a hacerlo, iba a conseguirlo, iba a sobrevivir…

    Pero sus esperanzas se esfumaron a poca distancia de su escondite. Un grupo de vampiros la rodeó, cubriendo cualquier ruta de escape. Estaba atrapada… No podía ser, estaba tan cerca de conseguirlo, solo un poco más y habría estado a salvo. Pero no se rendiría, Ariene era valiente. Tenía miedo, mucho miedo; pero no podía morir ahora, no podía fallarle a su hermano. Desenvainó su espada y colocó sus brazos y sus piernas tal y como Albert le había enseñado. Lucharía hasta el final.

    Sintió un calor intenso en la espalda. Un vampiro la había arañado y estaba a punto de elevarla para devorarla. Ariene blandió la espada con las dos manos y, con un giro lento, golpeó al vampiro que se alejó herido. La pequeña sonrió por su primer golpe exitoso, pero antes de que se diera cuenta otro vampiro se abalanzó contra ella y la golpeó con tal fuerza que salió despedida contra el muro de una cabaña.

    Ariene estaba tendida en el frío suelo níveo teñido por su sangre. Los vampiros se acercaban poco a poco. Iba a ser devoraba, definitivamente moriría allí. Intentó coger su espada, pero estaba demasiado lejos. Lo había intentado con todas sus fuerzas, pero los vampiros fueron demasiado para ella. Su muerte se acercaba lenta pero inexorablemente. Miró a su alrededor: el fuego devoraba la aldea, aquellos que luchaban con los vampiros estaban siendo aniquilados, toda esperanza que quedara se había ido. Ese era el caos que traían las huestes de las tinieblas. Contemplando el caos que la envolvía encontró a su lado, clavado en la nieve, el reloj de plata. Lo cogió y se lo puso en el corazón como había estado haciendo los últimos meses. Después cerró los ojos por última vez mientras pensaba en su familia.

    —Lo siento mamá, papá… Y Albert. Os he fallado a todos, no he podido sobrevivir. Lo siento…

    Estaba acurrucada esperando su inminente muerte. No veía nada, no oía nada, se había sumergido en el limbo. ¿Esto es lo que se sentía al morir? En el insondable silencio oía los latidos de su corazón… ¿Su corazón? No es posible, si estaba muerta su corazón no podía latir. Ariene abrió los ojos, entonces lo comprendió todo.

    Se levantó costosamente, estaba muy herida pero por alguna razón ya no sangraba. Echó un vistazo a los vampiros. Estaban a un metro de ella, pero no se movían, estaban totalmente paralizados. Pero no solamente eran ellos, los aldeanos no se movían, ni las llamas, ni la nieve que había estado cayendo. El mundo se había parado: había detenido el tiempo.

    Andó lentamente hacia su escondite. Tenía la sensación de estar paseando por un museo lleno de estatuas, ni siquiera podía oír el crujir de la nieve por sus pisadas. Irónicamente, parecía un fantasma entre los humanos y los vampiros. Era escalofriante. Cuanto más avanzaba más agotada estaba. Sentía como si el reloj estuviese drenando todas sus fuerzas.

    Al fin llegó a su escondite secreto. Si se metía en el tronco estaría a salvo, solo tenía que entrar al tronco hueco. Pero antes de esconderse vio una cara conocida. Era un caballero de atavío estrafalario con una chistera y un bigote inconfundibles: era Saint Germain.

    —Temía que no lo consiguieras. Has tardado más de lo normal. Pero el tiempo nunca se…

    Antes de que pudiese terminar la frase, Ariene se desmayó delante del tronco y el tiempo prosiguió su marcha.

    —Mon Dieu! ¡Qué inesperado! Debería estar escondida… Esta línea temporal va mal, muy mal. ¿Debería intervenir? —Saint Germain se quedó reflexionando delante del cuerpo inconsciente de Ariene, ajeno a los gritos que se oían desde la aldea—. Creo que no será necesario, los vampiros estarán saciados dentro de poco. Este pequeño desliz se reparará enseguida. Sí, estoy seguro. Solo me pregunto a qué se debe esta variante. ¿Será por mi conversación? ¿Quizás se trate de mi propia existencia que ha distorsionado la historia? En fin, yo solo sé que soy un mero observador. Me encargaron darte ese reloj y eso he hecho. El resto es cosa tuya. Arienette, eres una chica muy especial. Te deseo mucha suerte.

    Saint Germain se marchó satisfecho por su trabajo. Y así, la peor noche de la aldea de Wygol terminó…


    ***​


    Ariene despertó. Le dolía todo el cuerpo. No sabía cuánto tiempo había estado durmiendo. La familia de mirlos revoloteaba a su alrededor, debían de haber estado durmiendo sobre ella mientras estaba inconsciente. Alzó la vista, el cielo estaba nublado, la nieve caía como ceniza. Se arrastró hacia la aldea. Las casas estaban quemadas, los escombros se esparcían por todos lados. Las calles estaban salpicadas de cadáveres humanos y de vampiros. La roja sangre se fundía con la nieve. La aldea estaba muerta, ni siquiera los pájaros se atrevían a cantar en aquel aciago día.

    La niña vagó por la aldea. Necesitaba ir a la iglesia, tenía que saber si Albert y su madre habían sobrevivido. Tardó bastante en cruzar toda la aldea, a pesar de que no era demasiado grande. Cuando estaba próxima a la iglesia recordó que la calle que daba a la iglesia estaba cortada por los escombros. Podría llegar dando un rodeo, pero sería un largo rodeo. Si estuviera en mejores condiciones lo habría escalado.

    Después de un largo paseo cojeando llegó a la iglesia. La fachada no estaba en muy buenas condiciones, la vidriera estaba totalmente destrozada y el tejado se había derrumbado. Empujó la pesada puerta de la iglesia y… Vio un cementerio de cadáveres. Allá donde mirara solo veía más y más muertos. Todas las mujeres y niños que se habían escondido yacían inertes, tenían marcas de mordiscos en el cuello y algunos incluso estaban medio devorados. Ariene no tenía cuerpo ni para vomitar, solo tenía a su familia en la cabeza.

    Avanzó por la iglesia, evitando pisar los cadáveres. A medio camino se tropezó, le costó reincorporarse. Cuando llegó al altar observó que había varios hombres tendidos en el suelo, parecía que habían sido arrinconados y estaban protegiendo a los últimos supervivientes. Miró más allá de los últimos guardianes y encontró lo que buscaba.

    Su paso era lento, muy lento. Cuando les alcanzó se cayó de rodillas y se apoyó sobre los cuerpos sin vida de su madre y su hermano. Liberó de golpe toda la tensión que había estado aguantando. Lloró, y lloró, y lloró… ¿De qué había servido sobrevivir si toda su familia había muerto? Ya ni siquiera tenía sentido seguir viviendo…

    Quería que se acabara el mundo. Quería que todo hubiese sido una pesadilla. ¿Por qué tenía que pasarles eso? ¿Por qué los vampiros eran tan crueles? Todo era por su culpa, ellos habían destruido la aldea, ellos habían matado a su familia… Odiaba a los vampiros, quería matarlos a todos…

    Ariene, agarrando con fuerza la ropa manchada de sangre de su hermano, aclamó en voz alta:

    —Juro por Dios que mataré a todos y cada uno de los vampiros del mundo. No descansaré hasta que todos estén muertos… ¡Muertos! ¡¡¡Muertos!!!

    El grito retumbó por la iglesia, solo un halo de luz la hizo compañía. Dios escuchó su plegaria y bendijo a aquella niña que lloraba entre los muertos, alimentando las llamas de la ira que se propagarían por toda Europa. Aquel día nació una cazavampiros; aquel día nació una leyenda.
     
    Última edición: 17 Noviembre 2018
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    Angelivi

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    Título:
    Crónicas de Gensokyo - La redención de la Matavampiros [Castlevania & Touhou]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Aventura
    Total de capítulos:
    5
     
    Palabras:
    7019
    III

    El barco surcaba el mar silenciosamente. En la proa de la cubierta, Ariene estaba apoyada sobre la barandilla, mirando el reflejo del atardecer sobre el extenso azul. Había dejado bajo sus pies la mochila en la que cargaba los viales de agua bendita, una cruz de plata, un juego de cuchillos de plata, una copia sagrada de la Biblia y, cómo no, su reloj de plata. A su derecha un hombre rechoncho, canoso, de ojos caídos y barbilla ancha, le hablaba incansablemente. No se había callado desde que zarparon de Shangai hacía dos horas.

    —Se lo digo en serio, no encontrará gente más callada que los japoneses. Solo son karaokes y escapadas nocturnas a algún tugurio de los barrios rojos. Esa gente no sabe divertirse. Si viniesen a Estados Unidos, mi patria querida, aprenderían lo que es una buena fiesta —Philippe Moore “Polo”, autoproclamado descendiente del legendario Marco Polo, había estado el último cuarto de hora hablándole sobre su destino, Japón. Estuvo alabando la maravillosa cultura japonesa, criticó su gastronomía que, según él, no sabían comer otra cosa que arroz y pescado crudo de todas las formas y disposiciones posibles; habló de las encantadoras vistas de ciertas regiones del país del sol naciente, y finalmente llegaron al ocio nipón. Ariene solo quería saber cuándo cerraría el pico.

    La culpa era suya, no era la primera vez que conocía a un hombre así. Cuando das conversación a un hombre de mundo con miles de historias que relatar, ya podías dar la tarde por perdida si no lo remediabas pronto. Philippe era uno de esos hombres, un mercader americano que se ganaba la vida convenciendo al mundo de que comprase las peores baratijas a precio de oro. Pero no fue del todo su culpa que aquel hombre hubiese estado taladrándole el oído, su fama le precedía.

    Nadie a pleno año 2001 que estuviera versado en el mundo del ocultismo desconocía el nombre de la Matavampiros, nombre forjado a partir de los ecos del desaparecido látigo de los Belmont. A Ariene no le hacía especial ilusión ese apodo, no era más que una vulgar descripción de su trabajo; pero poco le importaba cómo la llamasen, ella solo quería exterminar vampiros. Y lo hizo, sea testigo el cielo si lo hizo. Durante los dos años que pasó viajando por Europa había dado caza a cientos de vampiros. Tenía el favor del pueblo, tenía el favor de la Iglesia; era famosa. Aunque la fama poco le importaba, ella solo quería exterminar vampiros. Había sido su obsesión todo este tiempo.

    Un hombre de mundo como Philippe Moore sabía perfectamente quién era, más de una vez había llegado a sus oídos rumores sobre sus hazañas, algunas ciertas y otras ornamentadas por las fantasías de los escritores. Philippe no podía perder la oportunidad única de conocer a la legendaria Matavampiros, debía hablar con ella, como humano curioso y como mercader emprendedor, pues donde hay guerra también hay dinero.

    —¡Quieran creerlo mis ojos! ¡Qué obsequio del destino! ¿No eres tú aquella que ha exterminado la plaga de engendros que infectaba Europa? ¿No fuiste tú quien logró desvelar el horripilante mal que ocultaba la condesa húngara Erzsébet Báthory? ¿No eres tú la Matavampiros? —Moore había estado unos minutos cerca de ella desde que habían subido al barco, estuvo esperando el momento perfecto para entrar en escena.

    —Siento decirle que yo no fui quien enfrentó a ese engendro. A menos que realmente pretenda creer que viajé 400 años en el pasado solo para volver a hacer un trabajo del que ya se encargó la Iglesia —y seguramente algún miembro de los Belmont, pensó Ariene. Había respondido con la misma seriedad con la que había estado empleando con todos los hombres que había conocido; pero al mencionar su hipotético viaje al pasado dejó aflorar una sonrisa por una broma personal.

    A pesar de la frialdad de su respuesta, Philippe ya se había labrado un punto de partida para su intervención.

    —Vaya, lamento la confusión. A veces a un hombre le cuesta discernir la verdad entre tantos rumores. Soy Philippe Moore Polo, seis veces tataranieto del célebre mercader y explorador Marco Polo, a su servicio.

    Ariene le miró con recelo. Odiaba a los tipos pomposos como él, conocía a los embusteros de su calaña. Te seducen con sus palabras para luego sacarte todos los cuartos en una estafa bien planeada. Recordó a aquel mercader italiano que casi consiguió salirse con la suya.

    —Dudo que un vampiro vaya a presentarse en mitad de un crucero. El agua no es su fuerte, ¿sabe? No necesita estar bendita, el agua en movimiento les es dañina —el mercader le miró incrédulo—. No es un conocimiento muy popular, pero así es. Por eso prefieren los terrenos áridos. Si me disculpa…

    Philippe temía que su clientela sustancial se le escapase de las manos antes de siquiera poder entrar en las negociaciones. Aquello requería de su mejor elocuencia.

    —¡Vamos! ¡No sea así, mujer! El viaje es largo. ¿No dejará que este humilde mercader le acompañe en su travesía. Puedo brindarle de fascinantes historias que incluso una experta cazavampiros podría no haber escuchado.

    —Si no trata de vampiros no me interesa y puede estar seguro que lo sé todo sobre vampiros.

    Ariene rechazó bruscamente su compañía, pero el avezado Philippe Moore no se rendiría. La siguió por la cubierta tratando de anclarse en algún tema.

    —Lo entiendo, lo entiendo perfectamente. Jamás se me ocurriría insinuar que sé más de vampiros que la mejor cazadora de vampiros de todos los tiempos. Por ello, sería infinitamente generosa si pudiese compartir con este anciano algunas de sus grandiosas peripecias.

    Philippe había dejado entrever un atisbo de desesperación por iniciar la conversación. Ariene no era muy habladora, pero estaba demasiado cansada para estar dando esquinazo a aquel irritante mercader. Por supuesto, ni se le había pasado por la cabeza bajar a su camarote; había pasado demasiado tiempo en criptas, catacumbas y otros lugares lúgubres, desarrollando un profundo odio por los espacios cerrados. Prefería estar en la cubierta soportando a ese hombre que agobiarse entre cuatro paredes que se mecían al son del mar.

    —¿Y qué le gustaría saber un mercader que tantas historias ha escuchado? A estas alturas cualquier cosa que le cuente le resultará aburrida.

    —¡Desde luego que no, señorita! El mundo guarda incontables secretos, por muchos que conozca jamás viviré lo suficiente para descubrirlos todos. Su punto de vista me será muy valiosa, desde luego —Philippe exhaló, liberando tensiones. Tardó unos segundos de meditación en escoger las palabras adecuadas para formular su siguiente pregunta—. Su nombre era Ariene Morris, ¿verdad?

    —Solo Ariene, por favor —la mención de su apellido le traía amargos recuerdos.

    —Está bien. Dígame, Ariene. ¿Cómo la solitaria niña superviviente de la destrucción de la Aldea de Wygol llegó a convertirse en cazavampiros?

    Ariene estaba sorprendida. ¿Cómo sabía del incidente de Wygol? No es el típico lugar que todo turista conoce y su ubicación fue borrada del mapa hace tiempo. Nunca había que subestimar las fuentes de un veterano trotamundos.

    —Tras el ataque de los vampiros, me limité a sobrevivir —Ariene se quedó callada. Philippe la miró expectante. El silencio se estaba alargando demasiado, no estaba contento con esa respuesta. Ariene lo notó, suspiró—. Llegué a otro pueblo. Estaba hambrienta, pasé días enteros sin comer. Estuve cerca de una semana viviendo allí de mendiga, pero las limosnas no daban para vivir. Me vi obligada a robar.

    —¡Pobre chiquilla! ¿Nadie se dignó en acogerte? —el silencio de Ariene le dio la respuesta—. ¡En este mundo ya no hay caridad!

    —No tardaron en descubrirme. Para ellos era una peste extranjera, no pertenecía al pueblo —omitió la parte en la que confesó que venía de Wygol y los residentes, temerosos de que les ocurriese lo mismo, la echaron por traer malos augurios—. Volví a estar sola. Aprendí a sobrevivir a partir de lo que me ofrecía la naturaleza. Cada mañana, nada más despertar, cogía mi espada —que rememoraba a su familia en los momentos más delicados de la soledad— y entrenaba duro para poder vengarme algún día de los vampiros.

    —Qué emotivo… Una auténtica historia de autosuperación. Sería un buen material para una novela.

    —Créame que no. Para enfrentar al mal no basta con determinación, valentía y fuerza de voluntad. Esa mentira ha llevado a la muerte a demasiados cazadores —Ariene recordó a su hermano, un hábil guerrero cuyos principios no le defendieron de la sed de sangre de los vampiros—. Se necesita un poder superior, y ese poder me lo concedió aquel hombre.

    —¿Qué hombre?

    Ariene no supo qué contestar. Su identidad debía ser un secreto, nadie debía saber que se había reunido con Alucard. Prometió que jamás le contaría a nadie lo sucedido en la última batalla contra Drácula en 1999, prometió mantener en secreto que William Morris, su padre, había sacrificado su vida para proteger a Julius Belmont. Jamás diría que Julius seguía con vida, pero que sufría de amnesia y ahora se encontraba en paradero desconocido. Y, sobre todo, nunca debía decir que ahora Alucard se hacía llamar Genya Arikado y que estaba trabajando para la Iglesia, buscando a la persona adecuada que se convertiría en el recipiente del poder de Drácula para evitar que el Señor Oscuro renaciera en el año 2035, como dictaba cierta profecía.

    Esa fue una historia demasiado compleja para Ariene en su momento, no recordaba los detalles en su exactitud, pero seguramente sería lo mejor; no era de su incumbencia. Todo lo que hablaron durante los tres meses de entrenamiento debería quedar en la más absoluta confidencialidad.

    Entonces, ¿qué le diría a ese entrometido mercader?

    —Un antiguo cazador de vampiros. Estaba regresando a casa después de matar a un vampiro mayor cuando casualmente nos encontramos. Entendió mi situación y, aunque no me podía mantener a causa de las limitaciones económicas que suponen cuatro hijos, accedió a entrenarme.

    Ariene pensó que era una historia convincente. Puede que incluso sería más convincente que decir que el hijo de Drácula le había estado enseñando cómo matar vampiros. Qué ironía. Aunque tiene su lógica. ¿Quién conoce mejor las debilidades de un vampiro que otro vampiro? Al principio la relación fue un tanto tensa, Ariene reconoció desde el primer momento que era un vampiro, pero no le reconoció y trató matarlo. Sin embargo, no era rival para Alucard. Debería estar agradecida por la suerte de que Alucard viese en ella los ojos de su camarada William, al que tanto le debía, y descubriese que quien le acababa de atacar no era otra que su hija.

    Fue en ese encuentro cuando Ariene le puso al corriente de lo ocurrido en la Aldea de Wygol, y fue en ese momento cuando Alucard decidió hacerla su discípula. Con los Belmont fuera de combate y la familia Morris asesinada, el mundo se había quedado sin cazadores de vampiros. Ariene era la última persona con sangre de cazavampiros, la mejor baza de la Iglesia.

    En un principio, Alucard pretendía entrenarla para que trabajase en el futuro con la Iglesia, a la que se había afiliado recientemente tras el incidente del eclipse. Le enseñó las mejores técnicas contra los vampiros, le instruyó en el uso de las clásicas herramientas de los cazavampiros, adiestró su cuerpo y su mente. El entrenamiento fue duro, pero Ariene mostró un talento que ya estaba aflorando en las primeras sesiones con su hermano.

    Al acabar el segundo mes, Alucard decidió que ya estaba preparada para cazar a su primer vampiro. Gracias a los contactos de la Iglesia, a Ariene se le concedió el equipo inicial de los cazavampiros: cinco viales de agua bendita, una cruz sagrada, una Biblia encantada cuyas páginas desataban una magia sagrada y, su arma favorita, un montón de cuchillos arrojadizos bañados en plata. Con todo eso Ariene salió a enfrentarse al vampiro que le habían asignado, no sin antes llevarse su preciado amuleto protector, el reloj de plata, cuyo poder había estado practicando en secreto.

    Su primera gesta fue exitosa. Puso en práctica satisfactoriamente todo lo que había aprendido. El vampiro cayó más rápido de lo esperado, nada que ver con su penoso desempeño en su antiguo hogar. En aquel momento, Ariene se sintió poderosa. Por primera vez en su vida sintió que podría cumplir su sueño.

    El éxito de Ariene fue de mucho agrado para Alucard. Si las cosas seguían así, en un mes Ariene podría unirse a las filas de la Iglesia. Alucard acompañó a Ariene durante su último mes en varias misiones de caza de vampiros, cada cual más difícil. Todo marchaba a la perfección, había entrenado a una gran cazavampiros.

    Llegó el día en que Ariene se unió a la Iglesia. Estaba emocionada, al fin empezaría su vida como cazadora de vampiros… o eso pensaba. Se encontró con un mundo obstruido por la burocracia, ralentizado por períodos de preparación estratégica, salpicado por alguna misión en la que debía destruir guaridas de vampiros; pero durante su etapa con la Iglesia jamás se enfrentó a un vampiro mayor, siempre había que hacer demasiados preparativos, demasiada gente a la que reunir. No, eso no era lo que quería. A ese ritmo nunca podría ejecutar su venganza.

    Un día, Ariene decidió marcharse. Se despidió de Alucard quien trató de convencerla para que se quedase, pero nada pudo retener su ansia de venganza. Antes de partir, Alucard le aconsejó que no se dejara lleva por su sed de sangre o el destino acabaría con su vida. Con esas palabras su mejor discípula le abandonó.

    —¿Recuerdas el nombre de ese cazador de vampiros? —preguntó Philippe Moore.

    —¿Qué… qué cazador? —por un momento Arienne había olvidado la historia que se había inventado—. Ah, sí. Perdón. Se llamaba… Vanhel Singenzel —dijo lo primero que se le ocurrió.

    —Vanhel Singenzel… Lo cierto es que me suena su nombre. ¿De qué será? —el mercader se quedó pensativo, el nombre le era muy familiar, pero no era capaz de recordar quién era—. Supongo que será uno de esos héroes anónimos que salvan el mundo a diario. Pero, ¿qué nos importan los héroes anónimos teniendo aquí presente a una verdadera heroína?

    —No lo hago para ser tratada como a un héroe —respondió Ariene, aunque se había ruborizado ligeramente.

    —¿Ves? Los auténticos héroes son el modelo perfecto de la modestia —entonces el mercader se aproximó a ella y habló más bajo—. Pero entre tú y yo, ambos sabemos que la humanidad estaría acabada si no existieras. Tú vales mucho.

    —Tampoco lo hago por la humanidad.

    Su fría respuesta le pilló de sorpresa, volvió a dejar la misma distancia prudencial que dos desconocidos deberían tener. Le acababa de arruinar su gran oportunidad de negocio. Pero un buen mercader nunca se rinde, mientras siguieran en ese barco no tiraría la toalla. Si no podía por un frente, cambiaría de táctica. Habló sobre varias de sus aventuras por Europa, lo que la gente había oído de ella, historias verídicas y no tan verídicas de vampiros a los que supuestamente mató. Algunas de las historias Ariene las confirmó, otras las negó y en otras mantuvo el silencio; pero en ningún momento entró en detalles. Era una persona difícil de acceder, pero aún guarda un as en la manga.

    —Una vez me contaron que estuviste en Londres persiguiendo a cierta familia de vampiros. Según esos rumores, no encontraste a tu objetivo —Philippe forzó una sonrisa sobreactuada—. Ah… Entiendo, por eso viajas a Japón, ¿verdad?

    Ariene volvió a sorprenderse con aquel mercader. Definitivamente los hombres de negocios son seres terroríficos.

    —Sí, así es. Está en lo cierto. Y si lo que dicen es cierto, es el vampiro más poderoso que sigue con vida.

    Desde que viajó a Reino Unido ha sido su obsesión, era el último paso para concluir su venganza personal contra los vampiros. Tras abandonar a la Iglesia, Ariene se dedicó un año entero viajando por Europa siguiendo el procedimiento habitual de la Iglesia para localizar vampiros; solo que a su estilo, es decir, más rápido. Sus consecutivos logros hicieron ganarse mucha fama y la fama la acabó convirtiendo en leyenda. Cuando llegaba a una aldea de la que se rumoreaba que era acosada por algún vampiro, sus habitantes la recibían con júbilo.

    No había vampiro capaz de hacerla frente. Incluso los vampiros temblaban al oír su nombre. Con el paso del tiempo Ariene se había vuelto despiadada, hasta su personalidad se tornó más fría y hostil. Sus instintos estaban siendo guiados por la venganza, si llegaba a sus oídos el nombre de un vampiro famoso lo podían dar por muerto. A esas alturas ya no quedaban amenazas en Europa. Los vampiros pagaron muy caro el asesinato de su familia. Qué orgullosos estarían de ella, pensaba Ariene cada noche.

    Pero el destino había estado contemplándola toda su vida, aún estaba por enfrentarse al mayor reto de su vida.

    Un día, estando en un albergue de París, recibió una carta anónima. En ella se aludía a su reciente fama para rogar que se encargase de un delicado trabajo que muchos habían intentado sin éxito. Se pedía urgentemente el exterminio de la más vil de las criaturas, el más retorcido de los vampiros. Se trataba de una vampiresa que mataba a humanos y vampiros por igual. Un siniestro ser que se había atrincherado en una mansión de muros escarlatas rodeada por una niebla de sangre desde hacía más de 200 años. Su nombre era Remilia Scarlet.

    Nunca había oído hablar de ese vampiro, tampoco había oído de ningún vampiro que matase a otros vampiros a excepción de Alucard. Ariene estaba convencida de que ese vampiro sería el más peligroso de todos a los que había enfrentado. Si acababa con ella eliminaría al último vampiro importante de Europa y, por lo tanto, acabaría su venganza. Nada más leer la carta, recogió el poco equipaje que llevaba y puso rumbo a Reino Unido.

    Era febrero del 2001. Ariene llegó finalmente a Londres. Reservó una estancia en el hostal más barato que encontró y se puso manos a la obra en el rastreo del vampiro. La carta era anónima por lo que no podría acudir al remitente, tendría que recolectar información a la vieja usanza. Acudió a las tabernas más frecuentadas y, una por una, fue preguntando por rumores relacionados con vampiros.

    Escuchó la historia de un antiguo asesino en serie llamado Jack el Destripador que mató a varias mujeres y se hizo famoso por eludir a la policía e incluso burlarse de ellos mediante cartas. Los rumores más morbosos aseguraban que Jack era vampiro, pero Ariene lo descartó de inmediato. Su perfil no coincidía con el de un vampiro. Por otro lado, también se enteró de que por la misma época, por 1880, hubo otro incidente con un grupo de vampiros liderados por un tal Dio Brando. Aquella historia le resultó más verídica, pero no le fue de ayuda pues aquel incidente ya se había resuelto.

    Le contaron más historias similares, muchas eran demasiado fantasiosas, pero el que la sigue la consigue. Entre esos rumores apareció por fin el nombre de la familia Scarlet. Ariene le interrogó largo y tendido. Aquel excéntrico ciudadano que disfrutaba contando historias de terror le narró una antigua leyenda que muchos habían olvidado.

    Hace muchos siglos, una familia de vampiros se instaló en una mansión abandonada al norte de Inglaterra, en el condado de Cumbria. Se trataba del clan Scarlet, un poderoso linaje de vampiros conocido por sus salvajes cacerías y su brutal violencia. Se decía que los trajes que vestían estaban teñidos por la sangre de sus víctimas. Sembraron el terror en el condado, las aldeas cercanas sufrían saqueos regulares y miles de humanos perdieron la vida para satisfacer la gula de aquellos monstruos. Ni siquiera los cazavampiros podían con ellos, la población perdía cada vez más su esperanza con cada cazador de vampiros que no regresaba de la mansión maldita, temían que se repitiese la misma situación que se estaba viviendo en Rumanía; pero ellos no tenían a los Belmont.

    Sin embargo, los ataques cesaron misteriosamente hace 400 años. Se pensó que los vampiros se habían apiadado de ellos, otros pensaron que habían emigrado a otras tierras más “aprovechables”, una pequeña parte de la población estaba convencida de que un héroe anónimo había conseguido destruir a la familia Scarlet y empezaron a difundir rumores sobre héroes falsos.

    Unas semanas después decidieron acabar con los rumores enviando a un grupo de cazavampiros para internarse en la niebla escarlata y descubrir lo sucedido. Al día siguiente solo uno regresó mortalmente herido. Antes de morir pudo revelar que la mansión estaba llena de cadáveres de vampiros y que solo uno de ellos permanecía con vida, se había presentado como Remilia Scarlet y aclamaba que la mansión ahora era suya. Le dijo al grupo de cazavampiros que si abandonaban inmediatamente sus tierras les perdonaría la vida; pero ellos vieron la oportunidad perfecta para erradicar a la familia Scarlet y la atacaron. El superviviente fue incapaz de narrar lo sucedido durante la batalla, estaba traumado y sus heridas no tardaron en llevarse el alma de aquel pobre cazador.

    Tras oír su historia, algunos valientes cazavampiros desafiaron a la vampiresa, pero ninguno volvió. Desde entonces nadie se ha atrevido a acercarse a la mansión, a la que han bautizado con el nombre de “La Mansión del Diablo Escarlata”. Se dice que todas las desapariciones misteriosas son cosa de Remilia Scarlet, aunque la situación era mucho mejor ahora que no actuaba toda su familia. Los ingleses se lo tomaron como una catástrofe natural y rezaron que algún día alguien fuese capaz de acabar con la última Scarlet.

    Al terminar la historia, el hombre añadió que en realidad nadie desaparece en Cumbria y que todo eso no sería más que una leyenda inventada para que los niños se vayan a la cama temprano. Negaban la existencia del vampiro, pero Ariene sabía que los vampiros podían ser muy discretos si sentían peligro. Su intuición le decía que Remilia Scarlet aún estaba escondida en aquella mansión.

    Gastó todo su dinero en artículos contra vampiros y marchó a Cumbria. Estaba ansiosa por matar a aquel vampiro, si lo lograba al fin podría descansar. Qué sorpresa se llevaría Ariene cuando descubrió que Remilia Scarlet había desaparecido junto con toda la mansión. No había rastro del edificio ni de la niebla escarlata que mencionaba la historia, solo encontró por la zona algunos insignificantes vampiros menores de los que no tuvo ni un ápice de compasión.

    Estaba furiosa. ¿Realmente toda esa historia era falsa? ¿Su viaje había sido una pérdida de tiempo? Ariene interrogó a uno de los vampiros que encontró, seguro que sabría algo al respecto. Su presa le confirmó tras una larga tortura la existencia de una mansión en el mismo lugar donde se encontraban, pero no le dijo dónde estaba, ya fuese porque no quería decírselo o porque realmente no lo sabía. Ariene le clavó la cruz de plata en el corazón y se marchó.

    Ahora sí que estaba furiosa. ¿Cómo podría vivir tranquila sabiendo que andaba suelta por el mundo un vampiro tan peligroso? Jamás podría descansar hasta acabar con la vida de Remilia Scarlet. Ahí empezó su obsesión.

    Abandonó Reino Unido, sin pistas del paradero de Remilia sería incapaz de encontrarla, se vio obligada a acudir a aquellos a los que abandonó hace un año. Viajó al Vaticano, donde se encontraba el cuartel general de los cazadores de vampiros que trabajaban para la Iglesia. Ariene sabía más que de sobra que no iba a ser bien recibida, necesitaría contactar discretamente con un viejo amigo y sabía cómo hacerlo.

    Espero a que cayera la noche delante del “despacho” de Genya Arikado, una tumba en mitad de un gran cementerio. La lápida se abrió y de su interior emergió una pálida figura trajeada. El hombre se sorprendió por un momento al verla, pero enseguida recuperó la inigualable cautela, la impasibilidad que le había atraído años atrás.

    —Cuánto tiempo… Ariene.

    —No has cambiado nada desde la última vez que nos vimos, Alucard.

    Los dos se abrazaron. A pesar de que Alucard era un vampiro, había sido su maestro y su único amigo desde que marchó de la Aldea de Wygol. Ariene le consideraba humano, es más, le tenía más estima que a muchos humanos. Siempre que pensaba en él tenía sentimientos encontrados, pero no era momento de pensar en el pasado.

    —Necesito tu ayuda.

    —Abandonaste a la Iglesia, sabes que no estarán muy dispuestos a ayudarte, ¿verdad?

    —He dicho que necesito “tu” ayuda.

    Alucard meditó su petición. Iba en contra de los preceptos de la Hermandad de Cazavampiros apoyar a los traidores, pero no podía darle la espalda a la hija de William Morris. Además, si Ariene necesitaba su ayuda es que se trataba de algo serio.

    —Está bien, te ayudaré. Pero sé breve, si nos ven hablando ambos tendremos problemas.

    —Necesito información sobre la vampiresa Remilia Scarlet. Vivía en Reino Unido, en el condado de Cumbria; pero ha desaparecido con toda la mansión.

    —¿Scarlet? Los conozco, es una prestigiosa familia entre los vampiros. Ariene, esto te queda grande.

    —Solo voy a encargarme de una, el resto ya ha muerto. Seguramente fue cosa de esa tal Remilia.

    —¿En serio? Hacía tiempo que teníamos un ojo puesto en la familia Scarlet, pero no tenía ni idea de lo sucedido. Quizás mis superiores sepan algo. Iré a preguntarles, mañana a la misma hora te diré lo que sepa.

    —De acuerdo. Muchas gracias, Alucard.

    Alucard la miró sin mostrar reacción alguna, ocultando la añoranza al recordar el tiempo que pasaron entrenando. Había madurado mucho en tan solo un año, la insegura niña había sido sustituida por una elegante mujer de mirada intimidante. El vampiro se marchó sin decir nada más. Ariene se quedó sola en mitad de aquel bosque de lápidas, su corazón latía rápidamente. No sabía qué era lo que le oprimía el pecho, era un sentimiento que no comprendía.

    A la noche siguiente se volvieron a reunir. Alucard la esperaba con buenas noticias, ella en cambio seguía sufriendo aquel extraño dolor en el pecho.

    —He descubierto dónde se esconde Remilia. Por lo visto mis superiores ya sabían lo que había pasado con la familia Scarlet y enviaron hace mucho a varios agentes en su búsqueda. Según los informes se ha descubierto una mansión rodeada de niebla escarlata en una región despoblada de Hokkaido, en Japón. Se ha confirmado la existencia de un vampiro y varias entidades demoníacas en su interior, además de una poderosa fuerza latente bajo la estructura; sin embargo se le consideró como “amenaza inactiva” y se le han dado prioridad a otros casos. Aun así el informe reitera en varias ocasiones que el vampiro que mora la mansión es extremadamente poderoso, siendo superado solo por Drácula.

    —Muchas gracias, eso era todo lo que necesitaba saber.

    Ariene se dio la vuelta y se dispuso a irse, pero una gélida mano le agarró de la muñeca. Inexplicablemente, su corazón se puso a latir a una velocidad vertiginosa y un hormigueo le recorrió el estómago.

    —Ariene, no vayas. Es demasiado peligroso, deja que se encargue la Iglesia. Ya no quedan muchos vampiros por el mundo, convenceré a la Iglesia de la amenaza que podría suponer en el futuro. No corras riesgos innecesarios.

    Ariene miró fijamente a Alucard a los ojos, hasta ahora no se había dado cuenta de lo bellos que eran sus ojos cenicientos, por un momento olvidó que era un vampiro.

    —Lo siento, Alucard, pero tengo que hacerlo. Llevo toda la vida luchando para este momento. Cuando acabe con Remilia habré vengado a mi familia y a todos los que murieron en la aldea.

    Alucard iba a insistir, pero vio en sus ojos la misma convicción que albergaban los ojos de William Morris minutos antes de sacrificar su vida. No podía recusar la voluntad de un Morris, no sería capaz aunque lo intentase. Le soltó la muñeca y la miró con tristeza.

    —Por favor, Ariene. No mueras. No soportaría que sufrieras el mismo destino que tu padre.

    —Volveré, te lo prometo.

    Ariene miró a Alucard. Estaba muy nerviosa, no podía controlar esa sensación que llevaba todo el día molestándola. Por alguna razón su vista pasó por sus níveos labios. ¿En qué estaba pensando? Ariene se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás. Había prometido que volvería, eso le daría fuerzas para luchar con más fuerza que nunca.

    —Si se va a enfrentar al vampiro más poderoso del mundo necesitará el mejor equipo del mundo. ¿No cree?

    El persistente mercader sacó a Ariene de sus pensamientos. Se había quedado en su mente la imagen de Alucard, ver a ese viejo rechoncho había roto toda la atmósfera.

    —Claro, claro. Lo que usted diga.

    —¡Ah! ¡No sabe cuánto me alegra oír eso! Tengo a su disposición las mejores armas de plata y ungüentos de esos que usáis los cazadores para curaros las heridas. Y por ser usted le haré un descuento especial —mintió Philippe triunfante—. Tendrá que ir con mucho cuidado en estas tierras extranjeras. Se dice que en Japón viven criaturas únicas. ¿Conoce a los Jiang-shi? Es una especie oriental de vampiros. Por una insignificante suma de dinero podría ofrecerle toda la información que necesita saber.

    —¿Está dudando de mi profesionalidad? —respondió Ariene molesta.

    —¡No, desde luego que no! Disculpe a este tonto mercader que se mete donde no le llaman —Philippe miró su reloj de muñeca. Aún quedaba mucho para la llegada prevista a Osaka—. Bueno, ya que va a Japón podríamos tener una conversación más amena sobre nuestro destino. ¿Ha oído hablar alguna vez de las costumbres japonesas? Son de lo más educado, sin duda, pero son lo más aburrido del mundo. Se lo digo en serio, no encontrará gente más callada que los japoneses.

    Ariene se había enfrentado a incontables vampiros, pero no estaba preparada para la avalancha verbal de un comerciante. Iba a ser un viaje eterno.


    ***


    Por fin llegaron al puerto de Osaka. El viaje fue mucho peor que el de Reino Unido, estaba deseosa de tomar tierra cuanto antes. Ariene se dejó engañar por las argucias del viejo Philippe Moore y no se volvieron a ver jamás. Ahora que había llegado al país del sol naciente solo tenía una cosa en la cabeza: matar a Remilia Scarlet.

    Realizó un viaje mucho más tranquilo a través de todo el país hasta llegar a la isla septentrional de Hokkaido. Ciertamente era un país muy distinto a cualquiera de los que había visitado anteriormente, pero no había venido a hacer turismo, tenía un vampiro que cazar.

    Una vez llegó a la isla revisó la información. En la copia de los informes que le había ofrecido Alucard se detallaba la ubicación exacta de la mansión. Estaba al oeste, cerca de un acantilado. Tenía parecidos lejanos al castillo de Drácula, pero esta vez no era un castillo sino una mansión. La mansión no estaba envuelta por esa niebla escarlata de la que todo el mundo hablaba, pero indudablemente estaba ante la Mansión del Diablo Escarlata. Reunió todo su coraje y se dirigió hacia la mansión.

    Delante de la verja que daba al recinto de la mansión vigilaba una guardiana. Era una mujer alta, de constitución fuerte, cabello largo y carmesí, sus ojos eran celestes y vestía un traje tradicional chino. En la cabeza llevaba una boina con una placa metálica en forma de estrella cuya inscripción no logró reconocer, pero se trataba del kanji de “dragón”.

    En cuanto la guardiana vio a Ariene se puso en posición de combate, debía de conocer algún tipo de arte marcial.

    —¿Quién eres? ¡Aquí no se te ha perdido nada, intrusa!

    —Soy una amiga de tu ama. ¿Me dejas pasar?

    La guardiana se quedó pensativa, no había sido informada de ninguna visita.

    —Esto… Mi señora no espera a nadie. Lo siento, pero tienes que irte —respondió con un inesperado tono amistoso.

    —Qué pena, hoy tenía cita con la muerte.

    —¿La muerte…?

    Antes de que pudiese reaccionar, Ariene derribó a la guardiana y la dejó inconsciente. Era muy extraño, ¿qué hacia una humana vigilando la mansión de un vampiro? Claramente no tenía ningún rasgo de vampiro, quizás sería una esclava. Ariene comprobó su cuello, no había sido mordida. No entendía qué hacía ahí, si no era un vampiro, ¿por qué no huyó? ¿Estaba cuidando de la mansión por voluntad propia?

    De todas formas no iba a matarla. Había matado a muchos vampiros, pero jamás a un humano. Una vez se encargase del vampiro esclarecería el misterio de la guardiana. Dejó a la mujer tirada donde estaba y entró a la mansión.

    El vestíbulo era amplio, el suelo estaba enlosado con baldosas blancas y negras, las paredes estaban recubiertas por una tela roja estampada. Sobre su cabeza colgaba una ostentosa lámpara de araña, al frente ascendía una imponente escalera franqueada por armaduras. Del vestíbulo partían varios pasillos distribuidos simétricamente. La mansión era realmente bonita, una pena que fuese propiedad de un vampiro.

    —Vaya, vaya, vaya… ¿Tenemos visita?

    Ariene miró a lo alto de la escalera, hacia el origen de la voz. Allí arriba la miraba con orgullo una niña que no aparentaba más de 16 años. Descendía lentamente por las escaleras, ondeando su ligero vestido rosa pálido. Su aspecto era infantil, lucía sendos lazos rojos a su espalda y en su cabeza, en la que llevaba además un gorro que parecía más para dormir que para salir al encuentro de nadie.

    —Remilia Scarlet, he venido a poner fin a tu pecaminosa vida.

    —¡Oh, vaya! ¡Soy famosa! Te sabes mi nombre y todo. ¿Así que tú eres la niña que han enviado a matarme? ¡Menudo chiste! —Remilia se peinó su pelo azul y sonrió exageradamente, mostrando sus prominentes colmillos.

    Ariene echó mano a sus cuchillos y le lanzó uno de ellos. Remilia desapareció súbitamente, el cuchillo se clavó en uno de los escalones. Una voz le habló a sus espaldas.

    —Veamos… Cuchillos de plata, cruz, agua bendita, lectura para el camino y una espada. —Ariene se dio la vuelta y se alejó con un salto hacia atrás—. Niña, se te han olvidado los ajos. ¿Es que no te gustan? La verdad es que a mí tampoco, te deja muy mal aliento.

    —¡Deja de jugar conmigo, escoria! —por primera vez en mucho tiempo, Ariene estaba asustada. ¿Se había teletransportado? No la había visto moverse siquiera, era increíblemente rápida.

    —¿No quieres jugar? ¿Y qué quieres que haga? No me dirás en serio que has venido a pelear. Esta va a ser una noche agradable, no me gustaría matar a una niña.

    Ariene miró a través del enorme ventanal del que apenas pasaba luz. El sol se estaba escondiendo y el cielo ya se teñía de naranja. Ariene maldijo para sus adentros, tenía que acabar con ella cuanto antes. Echó mano a un vial de agua bendita y lo arrojó hacia la vampiresa, quien desplegó sus alas de murciélago y flotó por el vestíbulo. Del lugar en el que estalló el frasco brotaron llamas azules que se apagaron rápidamente.

    —¿Eso es todo? ¿Vas a lanzarme todos tus juguetitos hasta que te quedes sin recursos? Qué aburrido… —Remilia bostezó y se recostó en el aire.

    Ariene le lanzó la cruz de plata y saltó hacia una pared. Remilia esquivó la cruz fácilmente, Ariene rebotó en la pared y trató de clavarle la espada en su corazón, pero también lo eludió entre risas. Remilia agachó la cabeza, sobre ella pasó rozando la cruz de plata que regresaba como un búmeran. Ariene recogió la cruz y torció el gesto. Esa era una de sus mejores bazas y esa vampiresa lo había esquivado como si nada.

    —Reconozco que esa ha sido una buena jugada. Ha estado cerca, un poco. Quiero decir… ¡Me encantó lo bien planificado que estaba! Cuando me lanzaste la cruz y saltaste a la vez sobre mí, buah, fue genial. Pero cuando luego sentí la cruz detrás de mí, eso fue alucinante. No lo haces nada mal para ser una niña. Me caes bien.

    Ariene no podía contener la furia, ese engendro la estaba provocando, se burlaba de sus movimientos y la hacía parecer una idiota. ¿Y qué pasaba con esa actitud? ¡Se lo estaba tomando como un estúpido juego! ¿Tanta diferencia de poder había?

    —Te arrepentirás de haberte reído. Voy a matarte aquí y ahora.

    Ariene extrajo de un bolsillo su preciado reloj de plata. Ya era capaz de detener el tiempo a voluntad durante unos segundos y había estado practicando cierto movimiento especialmente para esta batalla. Cogió el reloj por la cadena y lo balanceó cual péndulo.

    —Eres poderosa, Remilia Scarlet, pero tus días de terror acaban hoy. Doblégate a la fuerza del tiempo, muere en esta pesadilla atemporal.

    Remilia la miraba sonriendo expectante con los brazos cruzados, esperando a ver qué hacía esa mocosa. Entonces el tiempo se detuvo, Remilia dejó de aletear, se quedó suspendida en el aire. La luna empezaba a ascender, la noche había llegado. A los vampiros les encanta la noche debido a su fotosensibilidad, ese vampiro no iba a volver a ver la Luna.

    Ariene saltó y desplegó todo su arsenal de cuchillos hacia ella. Los cuchillos quedaron flotando en dirección a Remilia, esperando a que el tiempo reanudase para abalanzarse sobre ella todos a la vez. Cuando Ariene reiniciara el tiempo, cincuenta cuchillos de plata la atravesarían todo el cuerpo. No había escapatoria. Ningún vampiro, por muy rápido que fuese, podía escapar de una emboscada de cuchillos. Su venganza se había completado.

    Ariene cerró el reloj de bolsillo y el tiempo siguió su curso.

    Un enjambre de cuchillos cayó sobre la vampiresa. Sonó el rechinar de los cuchillos. Tintineos. Zumbidos. Y silencio. Ariene alzó la mirada. Dejó caer su reloj. Remilia volaba sobre ella, riendo a carcajada limpia, empuñando una lanza de energía. A sus pies se extendía una maraña de cuchillos, los había repelido todos con su lanza.

    —¡Jajajaja! ¡Qué divertido! ¡Ha sido divertidísimo! No me lo esperaba, ha sido brillante. Me has obligado a sacar mi Gungnir. ¿Cómo lo has hecho?

    Ariene se derrumbó sin dejar de mirar a la vampiresa. Todo esfuerzo había sido en vano, había sufrido una derrota humillante.

    —No puede ser… —los ojos de Ariene se llenaron de lágrimas.

    Remilia descendió, hizo desaparecer la lanza y se acercó a Ariene.

    —Oh, venga. No te pongas así, me vas a hacer quedar como la mala.

    Ariene dio un puñetazo al suelo mientras lloraba.

    —¡Cállate, maldito monstruo! ¡Sois vosotros quienes nos matáis indiscriminadamente! —Ariene la miró furiosa y se bajó el cuello del traje, exponiendo la parte favorita de los vampiros —. ¡Venga, vamos! ¿No es esto lo que quieres? ¡Mátame de una vez!

    Remilia miró a los lados, como si sintiera vergüenza por si alguien los veía.

    —Ey, no seas tan melodramática. Has perdido, pero no es para tanto…

    Ariene la miró desconcertada. ¿Qué estaba diciendo? ¿Acaso iba a perdonarle la vida? Su mirada parecía dulce. Quizás era como Alucard, quizás era amiga de los humanos. Remilia se agachó y le levantó la barbilla con un dedo, mirándose la una a la otra a los ojos muy de cerca.

    —Sin embargo…. Ya que has perdido, debes recibir un castigo. ¿No es así?

    Las pupilas de Remilia se dilataron. Sus ojos escarlata brillaban intensamente, se relamió. Ariene le apartó la mano de una bofetada y se arrastró alejándose de ella.

    —¡Escoria! Todos sois iguales, solo pensáis en sangre. Pudríos en el infierno…

    Remilia hizo como que ignoró los comentarios y volvió a acercarse tranquilamente a Ariene.

    —No solo pienso en sangre, ¿sabes? Los vampiros también tenemos nuestras vidas, y nuestros sentimientos. Me ofende que nos tengas en tan baja estima.

    Ariene seguía arrastrándose, al final se topó con una esquina. Ya no podía alejarse más. Remilia miró por el ventanal, la Luna ya se vislumbraba claramente en el firmamento. Por alguna razón, desde aquel lugar la Luna se veía teñida de rojo, de un intenso y sangriento escarlata.

    —Seguramente no lo sabrás, pero mi hermana y yo hemos estado muy solas todo este tiempo. Hemos pasado por muchas cosas, deseé tener a alguien que nos cuidase, alguien en quien poder confiar. Usé mi poder, pero no estaba segura de que mi deseo se fuese a cumplir. Al igual que el tiempo, el destino es algo muy difícil de manejar y no siempre acaba como a una le gustaría. ¿Verdad, pequeña?

    Ariene seguía mirándola con un profundo odio, le daba igual las historietas que le contase. Seguía siendo un vampiro y la iba a devorar, los hechos no cambiarían. Su pasado le importaba una mierda. Remilia suspiró, no era capaz de conseguir que esa chica se relajase.

    —Dime tu nombre —dijo Remilia. Ariene calló—. Por favor, ¿serías tan amable de decirme tu nombre? —Ariene seguía callada. Remilia bufó, su paciencia se estaba acabando—. Estoy empezando a plantearme el comerte inmediatamente. ¿Quieres decirme cómo te llamas?

    —Ariene… Ariene Morris —respondió finalmente. No tenía nada que perder. Al menos le daría su nombre para que la recordase cuando viniese Alucard a vengarla.

    —¿Ariene Morris? Pff, qué asco de nombre. Tus padres tenían muy mal gusto. No, no me gusta —Remilia contempló la luna escarlata, pensativa. De pronto se le ocurrió una idea—. Ya sé. Ya que estamos en Japón, ¿qué te parece un nombre japonés? Sus nombres sí que me gustan, son más poéticos, tienen más significado.

    Remilia se acercó peligrosamente hacia el cuello de Ariene. Ella ya se había resignado a su destino, no tenía fuerzas para huir. Igualmente no sería capaz de huir con la endiablada velocidad de la vampiresa. Remilia mostró sus colmillos y empezó a recitar una especie de oración que, según su opinión, quedaba muy chula con la escena.

    —En esta noche los vampiros cantan su réquiem. La luna proyecta sobre nosotros su sangre divina. En esta noche de luna llena uniré nuestros destinos con el hilo rojo de nuestras sangres. En la decimosexta luna de esta floreciente noche yo, Remilia Scarlet, tu nueva ama y señora, te bautizo con el nombre de Sakuya Izayoi. Bienvenida a tu nueva vida.

    Entonces Remilia Scarlet hundió sus colmillos en el cuello de Ariene, abandonando la poca humanidad que le quedaba.
     
    Última edición: 14 Diciembre 2018 a las 4:21 PM
  5.  
    kmastersmash

    kmastersmash Iniciado

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    ostras esta largo despues lo edipto pero como me agradan las historias de gensokyo , le falto mas (9) aun asi xD
     
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  6.  
    Taylor Rowan

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    Crítica correspondiente al prólogo.

    Pues, aún tengo problemas para entender algunos aspectos de la interfaz de la página(?)

    Viendo los aspectos técnicos de la historia, me pareció que estaba muy bien.

    Quiero decir que, en esta crítica, tenés puntos en contra. ¿Qué significa esto? Que mi atención no está al cien por ciento. Esta no es una historia que yo sola elegiría porque no soy fanática de estos géneros.

    Teniendo en cuenta lo que dije arriba, quiero que sepas que me resultó interesante el prólogo. Siempre me pareció importante que los prólogos sean concisos, ya que son lo que presentan la historia. El tuyo me dio un background que voy a necesitar adelante para entender.

    Me agradó que tu narración sea directa, explicas la situación como es sin poesía innecesaria (me refiero a cuando sobre describen las cosas con sinónimos extravagantes(?)), pero igual dejando algunas cosillas sueltas, como esta misteriosa chica de cabello plateado, que es evidente que será protagonista/co-protagonista, porque no es el momento de presentarla.

    En fin, me agradó tu prólogo. Nos leemos en la siguiente crítica.
     
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  7. Threadmarks: Acto IV
     
    Angelivi

    Angelivi Bruja ordinaria

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    Título:
    Crónicas de Gensokyo - La redención de la Matavampiros [Castlevania & Touhou]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Aventura
    Total de capítulos:
    5
     
    Palabras:
    4107
    IV

    —¡Señorita Sakuya! ¡Señorita Sakuya! ¡Abra la puerta, por favor!

    La voz al otro lado de la puerta estaba aporreando la puerta estridentemente, parecía que en cualquier momento iba a tirarla abajo y sabía que tenía fuerza suficiente para ello.

    —¡Lárgate! ¡No pienso abrirle la puerta ni a ti ni a nadie de esta mansión! ¡Y me llamo Ariene! ¡Ariene!

    La voz dejó de castigar a la pobre puerta. Ariene se recostó en la cama y suspiró mirando al techo. Las paredes eran rojas al igual que toda la mansión, una pequeña ventana filtraba la poca luz de aquel nublado día. Aun habiendo sido un día soleado, la iluminación era un concepto extinto en el edificio. Ideal para una morada de vampiros. Al menos estaba recibiendo un buen trato: le habían dado una habitación pequeña pero apañada, con su cama comodísima, su baño propio, su espacioso vestidor e incluso con un espejo para maquillarse si se daba el caso, que no se daría pues el maquillaje siempre le pareció un bien innecesario. En la mesilla donde estaba el espejo habían dejado cuidadosamente colocado su reloj de plata. La trataron como si fuese una invitada de honor, un huésped especial que no tenía permitido salir de su habitación. Un preso con lujos.

    Había estado recluida en ese dormitorio desde hace dos noches. En la primera noche estuvo inconsciente y por el día no la dejaron salir. No fue hasta la segunda noche cuando tuvo oportunidad de hablar con la dueña de la mansión. Entró a su habitación como si no hubiesen tenido un combate mortal el día anterior.

    —¡Buenas noches, Sakuya! ¿Qué te parece tu nuevo hogar?

    Ariene se sorprendió la primera vez que la llamaron Sakuya. No recordaba que Remilia, en uno de sus caprichos, decidió cambiar el nombre de Ariene Morris por Sakuya Izayoi. Le parecía un nombre horrendo, ella no era Sakuya lo que sea, ella era Ariene Morris, la última heredera de los Morris, la orgullosa Matavampiros. ¿Esa vampiresa la había convertido en una más de su especie? ¿Ahora era su esclava? Una cosa tenía clara: jamás se rebajaría al nivel de trabajar para un vampiro. Prefería morir antes.

    —Este no es mi hogar y nunca lo será —respondió Ariene con indignación.

    —Sí, querida, sí que lo es. Acostúmbrate, te vas a pasar el resto de tu vida aquí, te guste o no.

    —Vete al infierno.

    Remilia la miró decepcionada. Sabía desde el principio que no sería fácil, quizás necesitaría más tiempo para que se acostumbrase a los cambios.

    —Como quieras. Eres libre de quedarte aquí sola todo el tiempo que desees. Cuando estés dispuesta a salir avísame. Te visitaré mañana.

    Con cuidada cortesía, Remilia hizo una reverencia y se marchó de la habitación, cerrando la puerta con llave. Ariene se tiró a la cama. Aún no había desaparecido el sentimiento de culpa por haber sido derrotada tan fácilmente. ¿Es que todos estos años de lucha contra los vampiros no habían servido de nada? ¿Por qué Remilia Scarlet era tan fuerte? Lo que más le molestaba era haber fallado a su familia, en el último momento. Ariene lloró, su vida había sido un fracaso.

    De pronto sonaron unos golpes en la puerta. Ariene se secó los ojos.

    —¿Hola? ¿Sigues despierta? —una voz familiar le hablaba desde el otro lado.

    —Sí… ¿Quién anda ahí?

    —Soy Hong Meiling, la guardiana de la mansión. Me golpeaste ayer, ¿te acuerdas?

    Ariene hizo un poco de memoria. Antes de enfrentarse contra la vampiresa tuvo un corto encuentro con una mujer vestida de verde. Era la que parecía saber artes marciales.

    —Ya me acuerdo. ¿Vienes a vengarte? —imaginaba que tendría ganas de vengarse por lo ocurrido, al igual que ella quería hacer con Remilia.

    —¿Eh? ¿Vengarme? ¡No, qué va! Solo me preguntaba si tendrías un poco de hambre. Como no has comido nada en todo el día…

    Eso sí que era inesperado. Cuánta hospitalidad por su parte, por un momento pensó que podrían ser buena gente después de todo; pero no, no podía ser. Estaba hablando con vampiros, no podían ser buena gente.

    —No tengo hambre. No quiero nada vuestro.

    —¿Seguro? La jefa dice que los humanos son muy frágiles y necesitan comer a diario.

    —¡Que me dejes en paz! —chilló Ariene.

    Después del grito no volvió a escuchar la voz de la guardiana. No la engañarían, por muchos cuidados y regalos que la hiciesen no cambiaría el hecho de que la han encerrado contra su voluntad. Peor aún, tendrían pensado esclavizarla. Si mantenía su voluntad firme se presentaría alguna oportunidad para escapar. Todavía tenía el reloj de plata, podría usarlo en la próxima visita de Remilia. En cuanto abriese la puerta detendría el tiempo y correría hacia la libertad… No, imposible. No sería capaz de detener el tiempo hasta llegar a la entrada, se agotaría antes y la alcanzaría con su endemoniada velocidad. Además tendría que sortear a la guardiana. Necesitaba otra opción. ¿Y si se escapaba por la ventana? Era pequeña, pero cabría perfectamente.

    Ariene abrió la ventana y se asomó. Estaba en un segundo piso. Si tuviese su cruz o algo afilado podría descender por la fachada, pero no había nada en la habitación que le sirviese para su propósito. Otra opción descartada. ¿Qué más podía hacer?

    También podría esperar. Si aguantaba el tiempo suficiente, Alucard vendría tarde o temprano a rescatarla. Sí, era su mejor opción. Podía confiar en Alucard, estaba convencida de que la salvaría. Ariene se recostó en la cama pensando en Alucard hasta que se durmió.

    Amaneció un nuevo día. El cielo seguía tan nublado como su ánimo. Ariene se levantó perezosamente y se estiró. Ya que estaba allí podría hacer algo más productivo… ¿Como qué? Analizó la estancia, ahora que se fijaba con más atención pudo ver algunos otros detalles que había pasado por alto, como la figurita del ángel que la miraba sonriente desde la mesita de noche, o el candelabro que podría haber encendido a expensas de la falta de luz, o la vieja alfombra que calentaba sus pies desnudos.

    Mirando con calma podía ver que la habitación estaba muy descuidada, todos los muebles estaban cubiertos por una capa de polvo, había telarañas en cada esquina y algunas manchas de humedad estropeaban las bonitas telas que recubrían su celda. Parecía la típica mansión abandonada de los cuentos de terror, con sus vampiros y todo.

    Dejando a un lado el horrible estado de la habitación, que con mucha seguridad podría aplicarse al resto de la mansión, decidió mirar en el ropero. Con suerte podría permitirse el lujo de cambiarse de ropas. Cuando Ariene abrió el armario se llevó una buena sorpresa: en su interior había diez uniformes de sirvienta. Nada más, solo trajes de sirvienta. Ariene cerró el ropero de mala gana. ¿Pretendían que se pusiera ese ridículo traje? ¡Ni loca! Si pretendían que les hiciese de sirvienta lo llevaban claro.

    En ese momento sonaron unos golpecitos en la puerta.

    —¿Sakuya? ¿Estás despierta?

    Ariene reconoció la voz, era otra vez la guardiana.

    —Sí.

    —¡Qué bien! ¡Buenos días! Te he traído el desayuno. Leche y cereales, es lo que desayunáis en Europa, ¿verdad?

    Esa mujer no pillaba el mensaje, si no quería nada es que no quería nada. ¿Por qué insistía en hacerse la bonachona?

    —¡Ya te dije ayer que no quería…! —Ariene se detuvo. Se lo pensó una segunda vez, tenía un plan—. Pensándolo mejor… Sí, dame el desayuno. Estoy muy hambrienta.

    —¡Bien! ¡Sabía que lo entenderías! Enseguida te abro.

    Al otro lado sonó el tintineo de unas llaves y el chasquido de un cerrojo abriéndose. Ariene cogió el reloj de plata y se preparó. En cuanto Meiling abrió, Ariene detuvo el tiempo. Empujó a la guardiana a un lado y echó a correr. Esta era su mejor oportunidad: por el día los vampiros duermen, Remilia no podría evitar su huida y como había dejado atrás a la guardiana tenía vía libre. ¡Esta vez sería libre!

    Cuando llegó al vestíbulo se quedó sin energías y se vio obligada a dejar que continuase fluyendo el tiempo, pero no importaba pues ya estaba cerca de la salida. Ariene corrió hacia su libertad, al fin sería libre. Ya estaba planeando su venganza: compraría de nuevo todos los utensilios necesarios, entrenaría lo que hiciese falta y volvería para destruir a esa condenada vampiresa. La próxima vez no fallaría…

    Pero no hubo una próxima vez. Al salir se topó con un muro de piedra. ¿De dónde diablos había salido? Intentó derribarlo con el hombro pero fue inútil, era demasiado macizo. De fondo oyó el eco de una voz desesperada.

    —¡Señorita Sakuya! ¿Dónde está? ¡No se vaya que la jefa me mata!

    Tenía que darse prisa, si la guardiana la alcanzaba estaría perdida. Tal vez podría detener el tiempo para esconderse y buscar una ruta alternativa. Iba a abrir el reloj para detener el tiempo de nuevo cuando una repentina ráfaga de aire se lo quitó de las manos. ¿Qué estaba pasando? Corrió para recoger el reloj, pero del suelo surgió una columna de fuego que la obligó a retroceder. ¿Qué brujería era esa?

    —Le agradecería humildemente que desistiera en decepcionar a la ama. Se pone insoportable cuando sus planes no transcurren como desea.

    Desde el lado contrario por el que había escuchado la voz de la guardiana apareció una nueva figura. Era una mujer baja, de piel muy pálida, algo encorvada, de mirada cansada. Sus ojos y su largo pelo eran violetas y vestía una especie de pijama del mismo color. También llevaba el mismo gorro para dormir que usaba Remilia Scarlet. ¿Era otro vampiro? No lo parecía, no se le veían las alas ni los colmillos. Solo portaba un grueso libro que brillaba intensamente. ¿Era magia lo que acababa de ver?

    Meiling llegó al vestíbulo y se alegró al encontrar a Ariene.

    —¡Aquí estás! ¡Menos mal! —entonces Meiling se fijó en la tercera persona— ¡Oh, también has venido tú, Patchy! Qué raro verte fuera de la biblioteca.

    —Si cierta guardiana hiciera bien su trabajo no tendría que salir a cazar ratas —respondió la mujer en un idioma que Ariene no entendía. La mujer tosió un par de veces mientras recogía el reloj de plata.

    —Mis disculpas. Ahora mismo la devuelvo a su habitación.

    —Más te vale. Si Remilia se llega a enterar de este percance tú y yo tendríamos serios problemas. Que no vuelva a ocurrir.

    La mujer se marchó por donde vino. Meiling miró a su fugitiva con desaprobación.

    —Qué problemática eres, Sakuya. Con la buena intención que tenía y vas y decides escaparte —sin dejar de hablar Meiling agarró a Ariene y se la echó al hombro—. Será mejor que volvamos pronto. Espero que esto no afecte a mi paga…

    —¡Suéltame! ¡Suéltame te digo! —Ariene golpeaba una y otra vez la espalda de la guardiana, pero necesitaría más que eso para hacerle daño.

    Finalmente regresaron a la habitación de Sakuya, es decir, a la de Ariene. Con mucho cuidado Hong Meiling la dejó en la cama.

    —Me temo que ya no podrás desayunar. Cuando saliste se me cayó la bandeja, no entiendo cómo pudo pasar… En fin, tendrás que esperar hasta la hora de la comida.

    La guardiana salió de la habitación y echó la llave. Ariene estaba muy frustrada. ¿Quién era esa misteriosa mujer? A juzgar por el libro debía de ser una hechicera. ¿Cuánta gente habría en la mansión? Primero la humana guardiana, luego la vampiresa y ahora esa hechicera. ¿Qué venía ahora? Sus posibilidades de escape eran cada vez más bajas, solo le quedaría confiar en que Alucard viniera a por ella…

    Dieron las tres en punto, puntual como un reloj llegó de nuevo la guardiana.

    —¡Hola, Sakuya! He preparado la comida: unos tallarines con salsa de soja. No soy muy buena cocinando, pero lo he preparado con todo mi cariño. Espero que te guste.

    Meiling abrió la puerta, esta vez Ariene no intentó huir. El delicioso aroma de los tallarines inundó el dormitorio. Su estómago rugió, tenía más hambre de la que estaba dispuesta a admitir.

    —Ten cuidado, el bol quema. ¿Sabes usar palillos chinos? —Ariene negó con la cabeza— Vaya, qué fallo. Dame un segundo, te traeré un tenedor.

    A la que salió, Ariene vio las llaves que colgaban del cinto de la guardiana. Si tan solo tuviese su reloj podría detener el tiempo y robarle las llaves. Aunque tampoco necesitaba el reloj, con un poco de maña sería capaz de quitárselas. Esperó a que Meiling volviese con el cubierto para intentarlo.

    La inocente guardiana volvió feliz con el tenedor.

    —Aquí tienes. Avísame cuando termines.

    Se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. Con un hábil movimiento de manos, le descolgó el llavero de su cinto y lo escondió detrás suya con cuidado de que no tintinearan. Meiling la miró, Ariene sonrió. La guardiana cerró la puerta y fue a echar mano de la llave.

    —¿Eh? ¿Dónde está…?

    Rápidamente Ariene cerró la puerta desde dentro. Meiling la aporreó desde el otro lado.

    —¡Señorita Sakuya! ¡Señorita Sakuya! ¡Abra la puerta, por favor!

    —¡Lárgate! ¡No pienso abrirle la puerta ni a ti ni a nadie de esta mansión! ¡Y me llamo Ariene! ¡Ariene!

    Había conseguido atrincherarse. ¿Y ahora qué? Al principio le pareció un buen plan, pero no tenía ni idea de qué hacer a continuación. La desesperación por salir de allí no la había dejado pensar con claridad. Si hubiese esperado a un momento más propicio podría haber robado las llaves con más cautela y habría escapado sigilosamente. Pero el mal ya estaba hecho. Al menos disfrutaría de la sensación de aislamiento al poseer las llaves de su propia celda. Ella no podría salir, pero los demás tampoco podrían entrar. Cogió el cuenco de tallarines y los saboreó con mucho placer mientras la guardiana seguía rogando que le abriera la puerta.

    Hacía tiempo que Meiling se había ido cuando Ariene terminó los tallarines. Estaban deliciosos, quizás demasiado salados. Con el estómago lleno podría pensar cómo salir de allí, con las llaves en su poder podría salir cuando quisiera, preferiblemente antes de que se despertase Remilia.

    Mientras urdía su plan de huida llamaron a la puerta.

    —Señorita Sakuya… Soy yo otra vez. ¿Podemos hablar?

    —¡Cuántas veces tengo que decírtelo! ¡Márchate! —Ariene estaba cansada de la insistencia de la guardiana. Su excesiva amabilidad la ponía de los nervios.

    —Verá… En realidad es Patchouli quien quiere hablar.

    —¿Patchouli? ¿Quién es esa?

    —Es nuestra bibliotecaria. La chica que conoció en el vestíbulo cuando intentó escapar.

    Ya la recordaba, fue la culpable de frustrar su huida. Por su culpa ahora lo tenía mucho más difícil.

    —No tengo nada que hablar con esa mujer.

    —Me ha dicho que te diga que quiere negociar contigo.

    —¿Negociar? —Ariene se levantó de la cama y se acercó a la puerta— ¿Qué quiere negociar?

    —Tu libertad —respondió Meiling con tristeza.

    Ariene se sorprendió. ¿Lo decía en serio? ¿No sería alguna estratagema para recuperar las llaves? Desconfiaba de la guardiana, pero la propuesta de la negociación era demasiado tentadora para dejarla pasar. Ariene abrió la cerradura y giró el picaporte.

    —Llévame con ella.


    En el más absoluto silencio las dos recorrieron todo el camino de vuelta al vestíbulo, se dirigieron al corredor opuesto del que procedían, que era una copia simétrica de la otra mitad de la mansión, y torcieron hacia la única parte de la mansión que rompía la perfecta simetría: unas largas escaleras que descendían hasta el corazón de las tinieblas de la mansión.

    Pero no bajaron hasta el final, a mitad de camino otro pasillo se abría hacia la derecha y fue por allí por donde fueron. ¿Qué habría más abajo? Desde la oscuridad Ariene pudo sentir un inmenso poder, algo tan aterrador que la hacía dar escalofríos. Para su alivio no lo descubriría por ahora. El lúgubre pasadizo apenas iluminado por la débil llama de las antorchas daba a una enorme, gigantesca, descomunal biblioteca. Allá donde alcanzaba la vista estaba repleta de estanterías a rebosar de libros, ni en diez vidas sería capaz de leer tantos libros. El techo parecía muy lejano, apenas podía vislumbrar las lámparas que colgaban. ¿Tanto habían descendido?

    Si solo el tamaño de la biblioteca le parecía impactante es que aún no la había visto en acción, pues aquella biblioteca estaba viva: los libros volaban de un lado a otro, Ariene tenía la sensación de que los pasillos iban cambiando constantemente, una sombra con la silueta de un vampiro pasó por encima y se respiraba una pesada atmósfera mágica. Era un lugar asombroso.

    Al fin llegaron al centro de la biblioteca, un espacio redondo vacío del que partían las arterias de ese mar de libros. En mitad del área había un escritorio cubierto por montañas de libros y, tras ellos, podía distinguirse una persona que estudiaba un libro. La sombra que vieron antes descendió al lado de la bibliotecaria. Ariene pudo verla mejor: debía de tratarse de otra vampiresa, tenía alas de murciélago en la espalda y en la cabeza; quizás era un súcubo. Su pelo era escarlata y aunque no era capaz de distinguirlo desde esa distancia apostaba a que sus ojos eran del mismo color. Llevaba un vestido negro con una corbata roja y tacones, parecía una secretaria.

    —Patchouli-sama, ya ha llegado la señorita Meiling con nuestra invitada —informó la secretaria con mucho ánimo.

    —Ya lo sé, no hace falta que me digas algo tan obvio. Puedes retirarte, Koakuma —contestó la bibliotecaria.

    La vampiresa llamada Koakuma recogió uno de los montones de libros del escritorio y se marchó volando. Meiling, por su parte, se acercó a la mesa e hizo un saludo militar.

    —He traído a Sakuya, Patchy.

    —Lo sé, lo sé. ¿Por qué os empeñáis en repetir lo que ya sé? Podría detectar a una pulga en cuestión de segundos, no necesito que nadie me diga quién entra y quién sale de mi biblioteca. Puedes irte tú también, China. A ver si dejas de holgazanear y te quedas en tu puesto de trabajo.

    —Pero si estaba cuidando de Sakuya…

    —Ya veo cómo lo haces. Mejor vuelve a tus quehaceres.

    —De… de acuerdo —Meiling abandonó la biblioteca cabizbaja. Hoy no estaba siendo su mejor día.

    Ariene y la bibliotecaria se quedaron a solas. Patchouli analizó cada detalle del aspecto de Ariene, incluido su potencial físico y mágico. Hizo espacio en el escritorio y le señaló la única silla libre.

    —Por favor, si es tan amable de tomar asiento, señorita Morris.

    Ariene la obedeció sin que pasase desapercibido el hecho de que se hubiera dirigido hacia ella por su apellido real. La bibliotecaria hojeaba un libro mostrando poco interés. Iba a formular una pregunta, pero la bibliotecaria se adelantó.

    —Soy Patchouli Knowledge, maestra bibliotecaria y hechicera elementalista. No tema, no voy a hacerle daño; permanece en la mansión en calidad de invitada de honor por gentileza de nuestra ama y señora Remilia Scarlet —hizo una pausa mirando a Ariene condescendientemente—. ¿Quiere un poco de té?

    —No —respondió con frialdad.

    Odiaba esa falsa cortesía con la que la habían tratado durante todo su cautiverio. La bibliotecaria, en cambio, no parecía muy afectada por el nulo decoro que mostraba su interlocutora. De un movimiento de muñeca apareció un juego entero de té y se sirvió un delicioso té Darjeeling que sorbió elegantemente. Tras la pausada intervención volvió a hablar.

    —Sé por lo que está pasando.

    —No me conoces para nada, basura.

    —La conozco perfectamente. Y le agradecería que abstenga su vocabulario soez en mi presencia —Ariene calló por la inesperada indulgencia. Patchouli atrajo con algún hechizo de viento un pequeño cuaderno con anotaciones y se dispuso a leerlo forzando un poco la vista—. Eres Ariene Morris, hija de Rose y William Morris; nieta de Jonathan Morris y Charlotte Aulin. Residías en la Aldea de Wygol, actualmente extinta por el ataque de un grupo de vampiros salvajes sucedido el 12 de febrero del año 2000 según el calendario gregoriano. Fue entrenada bajo la supervisión del hijo de Drácula, Alucard, ahora conocido como Genya Arikado, y durante dos semanas y cuatro días trabajó para la Iglesia. Después actuó por su cuenta ejecutando a un total aproximado de 600 vampiros menores y 27 mayores, ganándose el título de Matavampiros. Su última caza resultó ser la de mi señora Remilia Scarlet. Desde entonces nadie ha sabido nada de usted. ¿Me he dejado algo?

    Ariene se quedó sin aliento.

    —¿Cómo sabes todo eso?

    —No subestime mi capacidad de recolección de datos, señorita Morris. Conmigo no hay nada fuera del alcance del conocimiento de mi señora.

    La seguridad con la que afirmaba cada una de sus palabras daba verdadero miedo, parecía un autómata recitando toda la información grabada en su perfecta memoria. Era una mujer extremadamente peligrosa, quizás la más peligrosa junto con la vampiresa.

    —Ahora que hemos resuelto los conflictos preliminares podemos abordar los asuntos que nos atañen —Patchouli sorbió sosegadamente de su taza—. Deseo transmitirle mi desilusión por el rebelde comportamiento que ha mostrado estos dos días. Remilia-sama ha depositado toda su confianza y benevolencia en usted, esperando con fervor que en un futuro próximo se integre entre los miembros de la Mansión del Diablo Escarlata y forme parte de nuestra familia. Mas no ha dado señales de mejoría alguna en su actitud, sino todo lo contrario.

    Ariene no daba crédito a lo que estaba escuchando. ¿Formar parte de una familia de vampiros? ¿Se había vuelto loca? ¡Vendería su alma al diablo antes que vivir con esos monstruos! Iba a dar una respuesta que distaba de ser amistosa, pero de nuevo Patchouli se adelantó.

    —Comprendo el recelo dado su historial. Es normal sentir odio hacia la raza que mató a sus seres más allegados. Ha pasado toda su vida matando vampiros siguiendo la senda de la venganza. Entiendo su postura, de verdad. Pero también querría que comprendiese nuestra posición; por eso la hice venir aquí.

    Por un momento Ariene dudó, sus palabras eran demasiado lógicas, demasiado convincentes; aunque su férrea voluntad había conseguido alejarla de las lenguas emponzoñadas hasta ahora, no sucumbiría ahora.

    —Si quieres que forme una “familia feliz” con un vampiro temo que estás perdiendo el tiempo.

    La bibliotecaria suspiró, antes de comenzar la conversación intuía que no sería fácil. Se había preparado bien.

    —No espero que olvide todo su rencor. El pasado es algo que no se ha de ignorar, pero tampoco debe gobernarnos. Mi señora Remilia también ha sufrido a causa de su familia; familia que, debo señalar, estuvo compuesta por vampiros en su totalidad. Sin embargo no tengo la intención de convencerla para que se quede. Quiero ofrecerle un trato: quédese una semana, tan solo siete días. Si en el transcurso de esos siete días sigue sin cambiar de opinión entonces convenceré a mi señora para que la deje libre, sin compromiso.

    Ariene meditó la propuesta. Tendría más oportunidades para escapar en el futuro, pero las posibilidades eran extremadamente bajas. Nada garantizaba que pudiera escapar por sus propios medios. Si esperaba, tarde o temprano Alucard llegaría con un pelotón de sacerdotes de la Iglesia y asediarían la mansión. Era un plan más viable; pero ya que iba a esperar, ¿por qué no aceptar su petición sin resistencia? Incluso podría gozar de algunos beneficios. No había razón para negarse.

    —Está bien, acepto.

    Patchouli estuvo complacida con su respuesta.

    —Me alegra su decisión. Espero que pase una agradable estancia en nuestro hogar. Llamaré a Meiling para que la devuelva a su habitación —sacó una diminuta campanilla y la sacudió. Sorprendentemente no hizo ruido alguno, era natural pues esa campanilla estaba encantada y solo aquel que fuese llamado oiría su timbre. Mientras esperaban a la guardiana, Patchouli añadió una última advertencia—. Tan solo le ruego una cosa: si finalmente abandona la mansión, espero que no trate de tomar represalias contra cualquier miembro de la mansión. De ser así… deseará haber muerto el día que puso un pie en esta mansión.

    Su tono tomó un carácter radicalmente lúgubre. De traicionarles, Patchouli había planeado más de cien formas de torturarla como ningún humano había sufrido jamás. Aunque Ariene no temía, estaba segura de que la Iglesia podría vencerles sin problemas.

    Meiling acudió a la biblioteca y escoltó a Ariene hasta su habitación. La guardiana estuvo preguntándole a “Sakuya” durante todo el camino por la conversación con la respetada hechicera, pero Ariene permaneció taciturna. Estaba pensando en la extraña situación en la que se encontraba. No había sido asesinada, ni devorada, ni esclavizada. La trataban como si realmente viviese allí, a excepción del asilo en su habitación. Todo eso era impropio de cualquier vampiro; es más, era impropio de cualquier bestia inhumana. ¿Qué clase de vampiro era Remilia Scarlet?

    Tendría siete días para descubrirlo.
     
    Última edición: 6 Diciembre 2018
  8.  
    Taylor Rowan

    Taylor Rowan wh y Crítico

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    Crítica correspondiente al capítulo I.

    Volví(?)

    Me agrada no saber qué va a pasar en la historia(?), es decir, creí que el primer capítulo sería bastante introductorio, presentando la historia de algún personaje o algo (cosa que, de alguna forma, hiciste, con la historia que le contaba Charlotte a Arienne), pero fue algo interesante igual.

    Me agrada eso del viaje en el tiempo, porque me encantan las paradojas, así que voy a estar atenta a ver si encuentro alguna(?).

    En general, no tengo mucho qué decir. Me agradó que todos los personajes actuaran de acuerdo a su rango (haciéndole caso a Charlotte sin rechistar) y que fueran maduros, aunque sin dejar de ser humanos (la escena entre Albert y William).

    No puedo evitar pensar que las cosas que "oscurecerán" el camino de Arienne serán que todos se mueran, pero, oh well, ya lo veré en los siguientes capítulos.

    Nos leemos en el siguiente cap.

     
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  9.  
    Taylor Rowan

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    Crítica correspondiente al capítulo II.

    Me tomé mi tiempo para este capítulo, especialmente porque no encontraba momento para leerlo y hacer la crítica juntos (no me gusta leerlo entrecortado o hacer la crítica después). En fin, te pido disculpas.

    Pues, al principio, no sé porqué, creí que era un flashback este capítulo(?), después resultó que era un flashforward de tres meses. Me resultó interesante el capítulo, mayormente porque no sabía aún qué camino iba a tomar. Si te soy sincera, no me dejó muchas cosas para decir el capítulo; siento que los remarcos que puedo hacer son bastante obvios así que(?)

    Lo que sí tengo son algunas citas que me llamaron la atención de la historia, las cuales detallaré abajo.

    Este foreshadowing me gustó y me causó gracia. Es decir, si yo estuviera en su lugar, creo que le daría más importancia al sentimiento extraño con respecto al tiempo. Parece que la pequeña Arienne es un poco despistada(?).

    Me gustó cómo Albert explotó en ese momento, aunque me llamó bastante la atención que haya tardado tanto hacerlo. Según mostraste, es un personaje realista, al parecer más que su madre (a Arienne la dejo fuera por ser más pequeña), pero también creo que, basándome en el contexto que creo que fue criado(?), debió dejar su inocencia infantil atrás a una corta edad, tal vez no forzado por su familia, sino por lo que veía a su alrededor. Habiendo dicho esto, creo que él habría explotado antes, aunque, dando el beneficio de la duda, puede ser que esta no es la primera discusión sobre el tema con su madre, pero sí delante de Arienne.
    Y ya que estamos en esto mismo, me llama la atención que hayan decidido entrenar a Arienne tan tarde, es decir, han pasado tres meses desde que todos los cazadores se fueron y de seguro que Albert, habiendo sido obligado a quedarse, no dejó de entrenar ni un día, tal vez preparándose para lo peor (que fue lo que pasó).

    Quiero remarcar que la mayor parte de esto son suposiciones mías porque, al final de todo, no conozco el canon de estos personajes.

    Estoy contrariada porque se supone que el reloj estaba escondido en el árbol? Pero ella no llegó hasta ahí, ¿o sí?

    En fin, fue un capítulo interesante. Estimo que habrá un flashforward en el siguiente capítulo? Lo descubriré cuando siga leyendo(?)

    Saludos.

    P.D.: Me agradaba Albert, ¿por qué eres así? (?)
     
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  10.  
    Angelivi

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    Taylor Rowan Ariene no escondía el reloj de plata en el tronco, siempre lo llevaba con ella. Tal vez debería haber descrito este detalle para evitar confusiones. Cuando tenga un rato lo editaré. Respecto al entrenamiento de Ariene su madre no estaba de acuerdo en que su hija tomase una espada, pero dado que fue un regalo de cumpleaños y Ariene lo recibió con mucho entusiasmo no pudo negárselo.

    Albert Morris, William Morris y Rose son personajes originales, no pertenecen a ninguno de los dos canon de este relato. Incluso la identidad de Ariene también es original, es totalmente inventado. Para saber a qué me refiero tendrás que seguir leyendo, jejeje. ;)
     
  11.  
    Taylor Rowan

    Taylor Rowan wh y Crítico

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    Angelivi, ah, tenía entendido que ella lo escondía en el árbol lol

    Respecto al entrenamiento, entonces el cumpleaños de ella pasó luego de la partida de los cazadores. Alright.

    Ahora me siento tonta por no haberlo sabido (que eran personajes originales), aunque nunca vi nada de estos animes(?)

    Otra cosa más, siento que lo que dijiste respecto a Ariene es un spoiler, pero bueno(?)

    Crítica correspondiente al capítulo III (última crítica).


    Oh, my, qué capítulo(?)

    Me sigue gustando mucho cómo narrás, mayormente la divagación de los recuerdos de Ariene mientras habla con el mercader. Me resultó interesante todo el capítulo y, ha decir verdad, fue el que más corto se me hizo (porque fue el que más disfruté).

    Sin embargo, tengo algo para señalar:
    *emoji de ojitos*.

    Otra cosa que me gustó muchísimo del capítulo fue esto:
    Como me encanta el romance, no puedo evitar verlo en todos lados(?), así que, desde el primer capítulo que estaba esperando una interacción entre Alucard y Ariene. En verdad, no sé qué tenés planeado para ellos, pero, si más adelante van a estar juntos, me alegra muchísimo que, al comienzo, no tengan algo romántico. Es decir, hay personas que prácticamente no desarrollan ningún otro tipo de relación más que romántica en los personajes. Ignoran la amistad o familiaridad que pueden desarrollar los personajes para saltar directamente a amantes. Alucard tiene un par de siglos(?) y Ariene es una niña aún, es políticamente incorrecto, aunque no sabría decir si ellos tendrían ese problema. Creo que más bien iría por el lado de que Alucard tiene un compromiso moral con ella por su familia y cosas así.
    Creo que estoy sobrepensando MUCHO eso, pero, bueno, es lo que me pasa cuando algo me gusta(?)

    Me molesta lo cerrada de mente que es Ariene con respecto a los vampiros; se nota que aún está cegada por la venganza y quiero ver todo el desarrollo que tendrá ahora que está atada a Remilia (está atada? supongo que sí).

    Remilia me parece un personaje agradable, tal vez un poco típico en el sentido de que parece que vivió tanto que ya está harta de ser vampira y quiere relacionarse más con los humanos. O eso parece. Sea como sea, quiero ver qué pasa con ella.

    Volviendo con Ariene(?), me parece que es bastante dramática ("quiero que sepa mi nombre para que sepa porqué Alucard vendrá a vengarme" o algo así era, sé que sabes a qué me refiero), pero también me agrada porque sigue siendo una niña y creo que ella lo olvida. En fin, son detalles que creo que la hacen más real y bien construida. No lo olvides, los detalles hacen al personaje.

    No recuerdo si me quedó algo más qué decir; si es así, lo diré después.

    Saludos.
     
  12.  
    Angelivi

    Angelivi Bruja ordinaria

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    ¡Ay va! Qué fallo lo de la errata en "práctica", lo arreglo enseguida. El tercer acto es el que más miga tenía, me alegra que te guste. Remilia Scarlet es un personaje con mucho trasfondo que bien se merece un relato aparte (cosa que seguro que haré en el futuro). Lo dejaré en que es un personaje interesante. Y sí, Ariene está obsesionada con su venganza, algo que se seguirá viendo. Aún tengo que escribir el quinto acto y el epílogo. Debo ponerme las pilas.

    Gracias por tus críticas Taylor Rowan ^-^
     
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