Cosas imposibles

Tema en 'Historias Abandonadas Originales' iniciado por Niphredil, 4 Julio 2012.

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    Niphredil

    Niphredil Entusiasta

    Virgo
    Miembro desde:
    23 Octubre 2009
    Mensajes:
    131
    Pluma de
    Escritora
    Título:
    Cosas imposibles
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    2
     
    Palabras:
    1221
    Prologo

    El viento suena aún a través de la ventana cerrada del avión, aunque para mi suerte el clima de este lugar en invierno es bastante impredecible, puede que haya sol como puede que no.

    La niña que está en el asiento de al lado me observa fijamente haciendo caras, trato de ignorarla, a ella y a su madre que ronca como un hipopótamo sin prestarle atención, apenas está amaneciendo y parece que solo estamos nosotras despiertas lo que es peor. Me sigue golpeando el brazo y haciendo muecas hasta que lo aparto del descansabrazo con brusquedad y me pongo los auriculares del Mp3 para que piense que la ignoro, pero la mocosa continua. Le agarro el brazo con el que me molesta y siseó:

    —Sí sigues haciendo eso, vendrá un monstruo y te tragara hasta el último hueso—. El filo de mi lengua logró que se pusiera pálida y mirara hacía adelante, sin decir ni una palabra.

    Una canción conocida suena en mis oídos, hermosa, triste; aprieto con rabia los botones hasta casi romperlos cuando escucho hablar al capitán avisando que nos pongamos los cinturones despertando a la mayoría de las personas.

    —Estamos a punto de aterrizar en la Ciudad de Buenos Aires—dice a través del micrófono mientras las azafatas despiertan a la gente que aún duerme. Enrolló el chaquetón de cuero rojo entre mis brazos y me pongo el cinturón sin ganas, la madre de la niña insoportable me lanza una mirada de desprecio, como si le hubiera hecho algo grave al pequeño monstruo que trae, cuando solo la protegí mejor que ella.
    Porque hay monstruos mucho peores que los de los cuentos.

    Al aterrizar e pongo el sweater porque según ellos hace mucho frío y aunque no lo necesito sé que ellos sospechar que este solo con una remera en pleno julio en Buenos Aires. La mayoría de los pasajeros son turistas españoles que salen de Madrid en verano para venir aquí y otros son argentinos que vuelven a pasar las vacaciones con sus familias; me encantaría ser uno de ellos, venir a esta tierra solamente por placer.

    Agarro mi bolsa y me la cuelgo al hombro esperando que salgan, no quiero chocarme con nadie y no estoy de humor para andar entre el montón de gente. La enorme mujer pasa de entre los asientos y me aprieta al propósito las piernas contra el asiento, la mocosa de cuatro años me sacá la lengua en sus brazos, arriesgándome pero divertida de hacerlo, abrí grande los ojos y le enseñé los dientes; se espantó y escondió la cara en los apretados rulos oscuros de su madre.

    Salgo del avión, la azafata me dedica una sonrisa cordial y aunque intento devolvérsela un dolor repentino me sorprende.

    «Ay no» pienso para después bajar las escaleras a toda prisa. Puse mi brazo delante de mi cara para evitar aquella esencia caliente y brillante que sólo logra lastimarme. Cierro los ojos por un instante maldiciendo la estrella incandescente por aparecer justamente este día.

    En la corrida, choqué contra alguien que casi me hace caer, sentí que me sujetó de la cintura, no le vi la cara pero no me cabía duda de que era un hombre.

    — ¿Está bien?—pregunta suavemente con un inconfundible acento chileno.

    —Sí, eh, gracias—tartamudeo antes de salir corriendo sin mirarle.

    Solté un monumental suspiro cuando caí en refugio de los techos del aeropuerto, un guardia me pregunta si estoy bien y yo sólo asiento preguntando en donde están los sanitarios, al llegar revisó que no haya nadie y me recargo en un lavamanos. Observando mi rostro oculto entre los revueltos risos rubios, la nariz respingada y los labios gruesos de mi madre hacen una mueca jadeante, los ojos azul oscuro y la piel extremadamente pálida parecen contrarrestar con los rasgos aborígenes que sólo trajeron discriminación los primeros años de mi vida.

    — ¡Que vieja estás, Milla!—me susurro con ironía antes de echarme agua en la cara.

    Me dirijo a las bandas para esperar mis maletas, observo como la gente recogé su equipaje, la jaula con mi gata, una de ropa y un extraño y enorme maletín que parece de metal, agarró la jaula con una mano y la otras dos me las paso en el brazo derecho; parece a simple vista una carga demasiado pesada para alguien de mi tamaño.

    Esperé a que trajeran mi pequeño auto y un valet me ayudo a meter los bártulos en el maletero, el muchacho me miró con los ojos desorbitados al sentir el peso excesivo del equipaje, hice una mueca y me metí al auto subiendo las ventanas oscuras para que el intruso brillante no siguiera quemándome.
    Observo unas mil veces la dirección que me había dado mi contacto antes de que se pusiera en verde el último semáforo, no conocía el lugar así que solo me guíe por el GPS hasta llegar a Liniers, el papel decía: «El departamento sobre la tienda de dulces cerca de la Iglesia de San Cayetano». Me estacione cerca de la iglesia y agradecí que comenzara a llover, salí del auto y camine hasta esa estructura como lo que era: un ser entre dos mundos, alguien con el tiempo detenido. La poca gente que salía y entraba me miraba como si fuera un fantasma pues caminaba mojándome con toda tranquilidad sin prestar atención a la lluvia.
    Entró a enorme lugar intentando no reír con el enorme estereotipo que rompería sí alguno de mis antiguos enemigos me viera entrando como si nada a una iglesia católica; es una puntada de gozo acompañada por el recuerdo de acero caliente dañando mi piel. El recuerdo de un tabú que yo misma me había puesto, incluso en contra de mi propia naturaleza.

    El cura del lugar se acerca y me sonríe.
    — ¿Te puedo ayudar en algo?—preguntó con amabilidad.

    Me quedo quieta un instante, pensando en el pasado que me encantaría desconocer, así también me olvidaría del prejuicio que tengo a esta clase de personas, aunque yo jamás confesé ser inocente, otras personas que no lo fueron, sufrieron un destino mucho peor que el mío.

    —Su iglesia es muy bonita—digo agitando la cabeza de forma negativa mientras los lagos risos golpea mi rostro—. Lo siento, solo quería resguardarme de la lluvia. —Volteo para marcharme.
    —Dios te bendiga, hija.
    Me detengo un instante, aprieto los labios y respiro hondo antes de hablarle con voz contenida.
    —Muchas gracias, padre.

    Pobrecito, él no tiene la culpa de nada, al igual que aquellos acusados, este hombre no tiene que cargar con las faltas cometidas por la ambición del pasado.

    Tampoco de que yo sea un monstruo. No nadie tiene la culpa de nada.

    Sólo es el destino.
     
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    Escritora
    Título:
    Cosas imposibles
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    2
     
    Palabras:
    4046
    Asesina

    Toco el timbre varias veces, esperando a que me abra. Tal vez no esté, es bastante temprano aún debe estar fuera, durmiendo o en otro lugar que no me atrevo a mencionar, es un hombre “ocupado”.
    Llamo a su teléfono desde el celular, da el contestador, incluso puedo oír el fuerte timbre del aparato en el umbral la puerta bajo el edificio de la tienda de dulces, lanzo un suspiro innecesario y vuelvo a dirigirme a mi auto. Me siento, me vuelvo a salir y luego finalmente prendo la inactiva calefacción para que mi gata no se muera de frío, le acarició la oreja peluda, ella ronroneá un poco y vuelve a dormirse sin emitir queja alguna. Bueno, una hora más en la jaula no le afectara. Cierro el auto y comienzo a caminar en el nublado y frío Liniers.
    Camino sin rumbo, entró a los comercios como si fuera una más de ellos, en uno que vende cosméticos y productos de perfumería una chica de unos veintitantos me pregunta sí quiero elegir algo, solo tomé una sombra color negro, como usaba normalmente y le pagué con aire ausente, ignorando que miraba la quemadura de mi mano que comenzaba a desaparecer.
    Paseé por el lugar, volví al auto y conduje más para la capital, llamándole unas mil veces y quedándome con la burlona respuesta del contestador. Aparqué en una plaza viendo como el sol, casi ausente en todo el día, desaparecía, todavía estaba lloviendo, el sitio estaba vacío, sólo estaba yo sentada en un banco bajo un árbol frondoso.
    — ¿Catalina Millaray Hernández? ¿Sos vos?—dijo alguien detrás de mí. Volteé, había sentido antes su presencia, pensé que era un cualquiera que andaba merodeando pero pronunciando mi nombre me advirtió que debía estar alerta.
    Era un hombre de unos treinta años, más alto que yo y bastante corpulento pero ni siquiera tengo que hablarle para darme cuenta de que es muy imprudente, sus ojos grandes y de color carmesí, el aura destilando como una llama, sin tratarla de ocultar y de la comisura de sus labios fluía un hilo de sangre.

    — ¿Quién lo dice?—susurré entornando los ojos. — ¿Crees que es prudente estar expuesto de esa forma en un lugar como este? Pueden verte.

    —El que lo haga no terminará vivo—me respondió con una sonrisa desagradable—. Te traigo un mensaje de Ferrer.

    — ¿Ferrer?—digo estúpidamente sin evitar que mi control se agitara por un segundo. — ¿Ferrer?

    —Dice que quiere dejar esta absurda persecución, los rencores, todo; y que está dispuesto a recibirte con los brazos abiertos sí te unes a él.

    Algo se rompé cuando él dice eso ¿qué es? Ah sí, mi autocontrol.

    La rabia brota y sin importarme que alguien nos viera lo aferro del cuello y le estampo contra un árbol, trata de liberarse pero es tan joven y tonto que le es imposible luchar contra mi fuerza.
    —Escuchame bien lo que te voy a decir, paracito—gruño enseñando los afilados caninos—. Dile al cobarde de tu jefe que primero arderé en el infierno antes de unime a él y que hay suficiente lugar ahí para que lo lleve conmigo.

    Aprieto más su tráquea, podría matarlo pero es sólo una oveja, lo que yo quiero es al pastor.

    — ¿Por qué no me matás, piba?—me sonríe de manera idiota, acerco mi cara a la suya y arqueó una ceja.

    —Porque todavía no es el momento—susurró con suavidad—, he visto siglos de sujetos como tú, idiotas a los que Ferrer promete la inmortalidad y luego terminan acabados por mis manos. Sólo eres uno más de sus ladrillos para el murallón que intenta poner para repelerme. Te mataré pero cuando estés peleando para proteger a tu amo como buen perro guardián que eres.

    Lo tiro fuertemente en el suelo y el hombre se levanta incapaz de enfrentar mi mirada.

    — ¡Vete!—le siseó—. Dile a Ferrer lo que te dije y disfruta tus últimos momentos.

    Se marchó de forma más rápida de lo creí, escapando en la oscuridad de la noche. Vuelvo a mi auto y saco a mi gata pegándola a mí, disfrutando el calor de la vida cerca en mi cuerpo helado. Ella sólo tiene un año, siempre me dijeron que no debía apegarme a los animales porque cuando mueren es casi igual que despedirse de una persona, pero siendo que el último gato que tuve vivó hasta casi dieciséis años puedo decir que estará un buen tiempo a mi lado.

    Pero en realidad ¿qué son dieciséis años para alguien como yo?

    — ¿Quieres comer algo, Lunita?—le susurro acariciando su cabeza, me ronronea—. Yo también, creo que deberíamos regresar a ver si volvió.


    La puerta se abrió y entró un joven gruñendo como un oso al que acaba de despertar de su siesta. Me notó instantáneamente, sentada de piernas cruzadas con mi gata en el regazo y un vaso de líquido rojo en mi mano.

    — ¿Cómo entraste, Cati?—murmura cerrando la puerta con llave.

    —Por la ventana—le respondo con un gruñido—. Dijiste que viniera temprano porque ibas a cazar de noche, Franco, y me arriesgué a estar bajo el sol para no incomodarte solamente para esperar y tener que pasar un mal rato con secuaz de Ferrer.

    — ¿Ferrer?—inquirió acercándose a mí— ¿ya lo encontraste tan rápido? Y además ¿qué es eso que tenés en la mano? ¿Exprimiste a una presa?—se ríe, típico de Franco, cambiar el tema para que no le recrimine— ¡Ah es verdad! Seguís con tu demente ayuno; vas a terminar enloqueciendo de necesidad, Cati.

    —No estoy ayunando—reboleo los ojos—, y en cuanto a esto, es sólo un maravilloso invento llamado: Banco de Sangre.

    — ¿Y el gato?

    —Es mía—respondí de forma mordaz—. No me dijiste nada sobre no poder traer animales, además ¿no te ibas a mudar en una semana?
    Franco lanzó un suspiro y se sentó junto a mí, me aparte por pura desconfianza, aunque le conocía desde ya hacía tiempo.

    —Sí, voy a mudarme, la gente comienza a sospechar mi edad y porque no salgo al sol pero han sido tres años—alargó el brazo y me rozó el pelo con la palma pero a ver mi negativa se levantó y camino hacía la cocina—. Supongo que ya hiciste uso de esa inútil heladera y que ya sabes dónde está tu pieza.

    Asiento y me levanto dejando a Luna en el sillón.

    —Voy a salir—murmuro poniéndome el chaquetón rojo, pero cuando me detengo frente a la puerta sé que está mirándome fijamente con sus ojos verdes.

    —Vas a seguir con esto siempre ¿no, rubia?—pregunta en voz baja—. No importa cuántos años pasen o como te hayas echo daño en esta persecución, no vas a parar hasta que pase algo realmente grave.

    —No tengo nada que perder—digo con amargura—. Sólo esta precaria existencia

    —Si vas a irte no te acerques mucho a provincia—me detiene—. La mayoría de los clanes aquí cazan más cerca de la capital y...

    —Franco, sabes que voy a todo menos a cazar—le corto. « Al menos no a humanos» pienso.

    — Sólo quiero que me escuches—me agarra del brazo— ¡Tené cuidado! ¿Entendés? Buenos Aires está plagado de Lobos.

    — ¿Lobos?—inquiero girándome— ¿cómo los de Canadá?

    —No, estos son diferentes, son grandes y según las leyendas de por aquí es el séptimo hijo varón de una familia pero han llegado más lejos que eso, Cati, creeme; ahora el de la familia que tenga la maldición lo trasmite a los hijos por medio de mordidas a cierta edad. Han dejado de ser primitivos, cazan en granjas y viven en manadas de casi diez integrantes ¡los he visto despedazar a uno de los nuestros en segundos!

    —Calmate niño, no voy a estar en provincia. Si lo que dices es verdad, dudo que Ferrer quiera perder a sus guardaespaldas bajo las garras de esos bichos, aunque debo admitir que me ahorrarían el trabajo—sonrío de forma seca—. Si veo algún lobo, corro y ya está, no tienes por qué alarmarte. Además no quiero conflictos, sólo vengo por mi venganza.

    Venganza.

    Esa es la palabra que ha trazado todos los días de mi larga existencia. Desde el día en que el monstruo al que persigo me compartió su condición. Desde que vi arder la casa que había sido mi hogar y las personas que más amaba en ella.

    En la época colonial, cuando Buenos Aires pasaba por varias fundaciones que terminaban mal ya sea por las enfermedades o por los desdichados aborígenes. Mi madre, una nómada medio tehuelche, medio mapuche llamada Aiwe, llegó a esos territorios como un fantasma. No recuerdo mucho de ella, sólo sé que era muy hermosa, de piel morena y grandes ojos negros, sus dos trenzas oscuras siempre le colgaban a los dos costados de la cara. Siempre fue silenciosa, pocas veces la escuchaba decir más de dos frases. Mi padre solía decir que veces la escuchaba por las noches hablar de forma silenciosa en su idioma con Lilén pero él jamás le cuestionó sobre ello.

    Lilén era la hermana pequeña de mi madre, su nombre, que significaba arbusto era una marca permanente en su vida, ya que tenía dos cejas espesas y negras. Aun cuando yo era una niña y ella una adolecente, la oía quejarse porque jamás sería tan hermosa como Aiwe y que su nombre no ayudaba mucho porque el de mi progenitora tenía el bello significado de amanecer.

    Mi padre, Facundo Hernández, era un trabajador que había venido de España, no era rico, trabajaba como comerciante en el muelle (bueno o en lo que estaban construyendo) y vivía en una tierra un poco grande que había adquirido con dinero ganado en Europa, aunque lo que en ese momento era la cuidad (me habían dio que no llegaba a las cien manzanas en aquel momento). Físicamente era lo opuesto a Aiwe, rubio y de ojos azules, él un católico y ella una “pagana”, aun así pareció que vivieron un romance de cuento de hadas.

    Ninguno hablaba el idioma del otro, Facundo era considerado un debilucho por sus pares y Aiwe junto a su pequeña hermana eran extrañas para los pocos querandíes que quedaban en el lugar. Comenzó ayudándole una vez a cargar leños hasta su casa y luego, con su precario español, le ofreció su trabajo en los campos que él estaba cultivando. Porqué Aiwe no era una tonta y no iba a dejarse esclavizar por los invasores, así que hicieron un trato: Facundo la dejaría vivir con su hermana en ese lugar, sí ellas ayudaban con las cosechas. Mi padre jamás fue un hombre mezquino o muy fanático así que acepto, a pesar de los comentarios de la gente.

    Era el año 1577, él tenía veintiséis, ella dieciocho y se enamoraron. A pesar de todas las habladurías, de las críticas, nadie pudo quitarles lo que sentían.
    Pero el contraste religioso era uno de los más grandes obstáculos, porque aunque Aiwe no hiciera sacrificios ni nada que se considerara, todavía la gente sentía mucho recelo hacía ella y a la pequeña Lilén. Cuando Facundo le dijo que para poder casarse tendría que convertirse al catolicismo para que pudieran casarse, ella sólo le dirigió una mirada astuta y asintió con su acostumbrado silencio, así que días después fue bautizada en la pequeña capilla del pueblo con el nombre de María a pesar de que nunca lo usara para referirse a sí misma. Luego se casaron ya sin prestar atención a nada, en la pequeña tierra que tenían plantaron grano y la casucha se fue convirtiendo en una pequeña hacienda.

    Yo nací el cinco de octubre de 1582, siendo su única hija, mi madre me llamó como la suya: Millaray, que significaba flor de oro, porque decía que el dorado de mis cabellos se asemejaba los rayos que tocaban las montañas de los Andes, uno de los lugares en los que ella había vivido y aunque era un nombre bonito, mi padre me pudo el nombre de Catalina por encima, porque era cristiano y no despertaría ningún recelo.

    No puedo decir que mi vida fuera desgraciada, para ese tiempo fue bastante normal, hacía las tareas, íbamos a la iglesia, mi madre me enseñó a leer (aunque ella hubiera aprendido sólo unos años antes), y con el cura del pueblo aprendí otras cosas. Mi apariencia, demasiado similar a la de mi padre me aseguraba un lugar tranquilo entre los españoles, aunque fuera una mestiza había nacido dentro del sagrado matrimonio y no podían cuestionarlo dada mi gran parecido con él; cuando era pequeña y salía al mercado con Lilén, oía a la gente decir con una sonrisa «Ahí va la hermosa hija de don Facundo».

    Mi madre no disfrutó mucho de mi infancia, ni de su victoria contra los prejuicios, cuando yo tenía diez años, enfermó de viruela y falleció después de una semana en cama. Facundo no volvió a casarse, no sólo porque no habían mujeres solteras en la colonia aún, sino también porque nunca pudo olvidar a su bella nómada de ojos oscuros.

    A los dieciséis años, mi padre arregló un matrimonio para mí, no fue algo relativamente por conveniencia ya que era un amigo de la infancia, Facundo murió poco después, pescando alguna de las enfermedades comunes, siendo su única hija heredé el pequeño terreno; estaba embarazada, decidí que podíamos ir a vivir ahí con mi marido, nuestra actual casa era muy pequeña en comparación.

    A América los europeos habían traído su civilización pero también sus enfermedades (tifus, viruela, sarampión, etc.), patologías que acabaron con los pueblos originarios tan rápidamente como lo hicieron las armas. El vampirismo también llegó de Europa como esas pestes, a los individuos les alegró encontrar más territorio y presas para alimentarse, la mayoría cazaban solos, pero otros hacían una especie de selección natural y armaban clanes de entre seis y once miembros en los que compartían el alimento, el líder siempre era más fuerte que los demás y se deshacía de ellos sin ningún problema, aunque cada un tanto de tiempo, un vampiro de clan busca entre los humanos al que le pueda superar, para convertirlo en su sucesor; algo así como un segundo por sí al primero le pasa algo os sí lo capturan.

    La primera vez que conocí a uno tenía veintitrés años, mi pequeño hijo tenía siete y estaba a punto de enterarme de que venía otro en camino, salía de la iglesia junto con mi marido cuando un hombre que hablaba con el sacerdote nos detuvo.

    —Señor Martínez—le saludó, mi esposo el devolvió el gesto—. Me gustaría hablar con usted y su bella señora.

    El hombre se hacía llamar Ignacio Ferrer, en apariencia parecía rozar los cuarenta años, alto y delgado, con un espeso cabello, castaño, piel muy pálida y ojos grises, decía ser un pintor viajero que repartía sus obras en las iglesias, castillos y catedrales, le dio al sacerdote de nuestra capilla un par de cuadros muy hermosos con la imagen de Jesús y María, su técnica era extraña, como los que usaban los artistas en Italia pero en ese momento; estábamos en invierno y el sol apenas salía pero cuando lo hacía Ferrer permanecía oculto en la cabaña en que se hospedaba. Todos éramos tan ingenuos y estábamos tan encantados con el artista que no prestamos atención a sus particularidades.

    —Quisiera pintar un retrato de doña Catalina—propuso con una sonrisa encantadora—. Sí su señor esposo me lo permite, por supuesto, joven señora, debo decir que usted reúne la belleza de las flores españolas con lo exótico de las Américas.

    Sumisa y torpe como era en ese tiempo, simplemente esperé a que él aceptara o no. En efecto, aceptó gustoso considerando un honor que yo sea retratada por aquel pintor, así que cada día, Ferrer venía a nuestra casa y se encargaba de su obra. Para esa pintura yo había usado un vestido color azul y estaba sentada con el pelo de oro cayendo sobre mis hombros. La cabeza la tenía a medio perfil y mi expresión era sería.

    Ferrer jamás me provocó confianza, sentía que su mirada no sólo escudriñaba mi figura para retratarme sino el resto de mi ser.

    El retrato quedo colgado en el saloncito de nuestra casa, para nuestra sorpresa, el artista no la firmó sólo le puso el título de Catalina Millaray Martínez, la flor del Río.

    Me alegré de que se fuera, había terminado su trabajo y eso era todo, los últimos tres meses de mi vida los pasé felices, viendo crecer tanto a mi hijo mayor, como a la criatura que tenía en vientre, mi marido era atento y cariñoso conmigo y aunque vivíamos en un lugar en formación, no había tantos problemas como para no poder criar en paz a una pequeña familia.

    Pero en la primavera del año 1605 ocurrió la tragedia que cambiaría para siempre el trascurso de mi existencia.

    A medianoche escuchamos un grito ahogado, una mujer, que reconocí inmediatamente como mi pobre tía Lilén, traspasó nuestra habitación con los ojos cargados de terror, trayendo al pequeño Manuel de la mano, quien corrió y se apretó contra mí. Lilén tenía un hombro ensangrentado y movía los labios diciendo algo inaudible.

    —Demonio—la había escuchado articular antes de que cayera al suelo. Grité de horror, mi esposo salió inmediatamente de la pieza para ver lo que pasaba. Me arrodillé enfrenté de mi tía y note que estaba muerta o al menos eso pensé en ese instante.

    Me invadió el terror y abracé a mi hijo con toda fuerza que mi cuerpo me proporcionaba, recé porque no le pasara nada a su padre, el miedo por mi embarazo le habían impulsado a salir, lo sabía. Tomé firmemente a mi hijo de la mano y salimos de la habitación, todo estaba oscuro y hacía que se me encogiera el corazón.

    Llamé a mi esposo por su nombre, muchas veces y también lo hizo Manuel, no hubo respuesta, estaba a punto de decirle que se encerrara en mi habitación cuando sentí una presencia detrás de mí.

    —Es hora, pequeña Catalina—dijo el demonio. De repente todo se redujo a imágenes incoherentes; escuché a mi pequeño gritar, junto con mis propios gritos y un dolor agudo y horrible en mi cuello.

    Cuando recuperé la conciencia ya no era la misma. Alguien me sostenía en brazos, veía una brillante luz naranja a lo lejos. Fuego.

    —No se retuerce demasiado—dijo la voz de una mujer.

    —Depende de cada persona—siseó otro—. Pero será muy poderosa ¿no es cierto, jefe?

    —Por supuesto—habló quién me sostenía—, de lo contrario, no me habría molestado en hacer esto.

    Entonces caí en cuenta que era esa luz. Mi casa, mi hogar ardía en llamas como si fuera un simple leño en la chimenea. Chillé y me liberé de la persona que me sostenía, con una rapidez extraña corrí hacía el incendio gritando el nombre de mi hijo, de mi esposo pero no llegué muy lejos pues dos personas me sostuvieron con fuerza de los brazos.

    —Tranquilizate, Catalina, te daremos a alguien para que te alimentes—le vi la cara, sabiendo perfectamente quien era, aquel hombre misterioso que había llegado y se había ido como un extraño y ahora regresaba como un monstruo, con los ojos color carmesí y los caninos filosos goteando de sangre.

    Forcejeé como una loca, presa de una rabia desbordante como lava, mi cabeza colgó entre los dos vampiros que me sostenían, cuando caí en cuenta del último detonante de aquel explosivo, por el cuello de camisón no veía más vientre plano y liso a diferencia de la pequeña pancita de cuatro meses que había dejado antes de desmayarme. Mi bebe, era lo último, lo único que le faltaba por quitarme.

    Rugí como una fiera salvaje, soltándome de sus secuaces y saltando a su cuello, me había quitado todo, lo que más amaba ahora no era más que cenizas. La vampiresa y otro gorila no me dejaron acercarme más, era una neófita y no estaba mi control ni siquiera para matarle.

    —Maldito—dije con voz de ultratumba— ¡Maldito seas!—grité.


    No pudo retenerme ni un día a su lado, a pesar de querer atarlo a toda costa, sabía que no podía hacerlo en el estado en el que estaba y más con sus dos guardaespaldas.

    Robé un par de ropas durante mi primera noche de casería, no podía andar con ese camisón ensangrentado. En esa semana con un tanto de terror y otro diminuto de alegría, encontré que mí querida Lilén no estaba muerta, era como yo y aunque jamás le habría deseado semejante destino, me alegraba de siguiera existiendo. No podía decir en realidad, que nosotras estuviéramos con vida.

    Lilén no aceptaba su nueva naturaleza, y por muchos días se abstuvo a alimentarse diciendo que era una barbaridad, yo le dije que no había escapatoria, éramos lo que éramos y nadie podía cambiarlo, las vidas de mis presas era lo que menos me importaba en ese momento.

    Dejé a mi tía en América con sus remordimientos y fui hacia Europa, donde se había escondido el que me había convertido en un monstruo, el que me había condenado.

    Lo que no sabía Ferrer, era que su condena iba a ser yo.

    Pasando barreras de idiomas, tiempos y edades, le perseguí por casi todo el mundo, en cada país que él quisiera refugiarse y crear a nuevos sirvientes para protegerse de mí, de su sucesora. Entraba en cada una de sus guaridas y exterminaba a sus marionetas como si fueran muñecos de papel, nada me detenía y sólo una vez cometí un error; cuando cazaba en una ciudad en España, unos sujetos de la Inquisición me atraparon y por poco acaban conmigo pero escapé pronto, aunque perdí la única reliquia que me quedaba de mi antigua vida y terminé con una quemadura en forma de cruz en el costado del torso. Dos siglos después tuve que ser más cautelosa, porque aunque fueran débiles, los humanos se daban cuenta de las desapariciones y para el siglo XX cazar era casi imposible.

    Ahora estoy en una nueva búsqueda y aunque haya tenido que renunciar a una dieta normal por temor a que me descubran no estoy siendo buena, ni mucho menos piadosa, sí tengo que matar, mentir o robar poco me importa.

    Porque ya no soy Catalina, no soy esa dulce muchacha, ella murió hace cuatrocientos siete años.

    Soy Millaray, la vampiresa, la guerrera.

    La asesina.
     
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