Corazón Equivocado

Tema en 'Historias Abandonadas Originales' iniciado por BlueRay, 15 Julio 2012.

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    Corazón Equivocado
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    6
     
    Palabras:
    774
    Resumen: Clarissa es una chica de 19 años que es secuestrada una mañana mientras va a la universidad. No sabe porqué ni por quien, y su captor, un hombre misterioso, no le pondrá fácil averiguarlo...
    ¿Cómo puedes odiar a alguien si ese alguien es la única persona que hay en tu vida?

    1: El secuestro

    Clarissa Dwyer era una chica delgada, alta, de piel clara y cuerpo delicado. Tenía el pelo castaño claro, casi rubio cuando le daba el sol, y unos grandes ojos de un verde muy oscuro. Acababa de cumplir 19 años, y en aquella mañana de otoño caminaba hacia la universidad con pasos lentos, disfrutando el calor y la leve brisa que lo hacía soportable. El día se presentaba hermoso, y las hojas secas crujían satisfactoriamente bajo las suelas de sus deportivas blancas. No tenía ninguna prisa por llegar a sus clases.

    Clarissa era una chica inteligente y tranquila. Por eso, cuando la furgoneta gris se detuvo junto a ella y el conductor la apuntó con una pistola y le indicó que subiera, tan sólo afirmó levemente con la cabeza, abrió la puerta del vehículo y se sentó en el asiento del copiloto, sin dejar de mirar a aquel enmascarado que, por su parte, no dejaba de apuntarle a ella.

    Sabía que debía mantener la calma. No dijo nada, ni hizo nada que delatara que empezaba a ponerse nerviosa.

    Tras diez minutos conduciendo, cuando ya estaban entrando en una parte de la ciudad que la chica no conocía, el hombre enmascarado habló de nuevo:

    -Tu nombre.

    Clarissa parpadeó. Le tomó un momento darse cuenta de que él le estaba preguntando como se llamaba.

    -Clarissa Dwyer -dijo ella, con una voz sorprendentemente firme para la situación en la que se encontraba. Clarissa tenía una voz muy femenina y suave, en contraste con aquel hombre, que hablaba con un tono duro y seco, grave.

    -Bien.

    Y no dijo nada más, hasta un cuarto de hora más tarde, cuando salieron de la ciudad.

    -Ponte esta venda en los ojos -dijo, mientras le daba a Clarissa un trozo de tela oscura.

    Ella lo tomó, dubitativa.

    -Esto es un secuestro -Lo sabía desde el primer momento, pero hasta entonces no se había sentido segura de poder decirlo en voz alta. Ni siquiera era una pregunta; sería absurdo. Pero necesitaba alguna explicación, al menos. Miró a su secuestrador.

    -Exacto. Diría que no voy a hacerte daño, ¿Pero de qué serviría mentirte? De todas formas, pareces una buena chica. Estoy seguro de que no quieres más problemas. Pórtate correctamente y puede que todo salga bien. Ahora ponte la venda.



    Clarissa se puso la venda. La tela era gruesa y no le permitía ver nada, excepto los cambios en la intensidad de la luz, si no eran muy sutiles. Por eso fue que supo que habían salido del vehículo, cuando el hombre le agarró del brazo y la obligó a levantarse. Anduvieron durante unos minutos, y él no la soltó en ningún momento, como si temiera que fuera a echar a correr o intentar escapar en cuanto aflojara la presión. A Clarissa le costaba andar así, cegada, pero hizo todo lo que pudo para mantener el equilibrio, y tener algo en lo que concentrarse la ayudó a conservar la calma.

    Se dejó guiar hasta el interior de algún edificio… un lugar grande, por la sensación que le dio. Pero no tenía manera de confirmarlo.

    De todos modos, no se quedaron mucho tiempo quietos. El hombre le obligó a bajar unas largas escaleras, y Clarissa tropezó hacia la mitad. Por unos segundos se sintió caer, sin notar nada más que vacío frente a ella, y creyó que iba a golpearse y bajar rodando hasta el final de las escaleras, si es que había uno. Y, en ese momento, todo el pánico que había conseguido evitar hasta entonces la golpeó, llenándole los ojos de lágrimas, y tomó conciencia plena de su situación. No importó que el hombre la sujetara por la cintura y al final no llegara a caerse; se sentía peor que si lo hubiera hecho.

    Llegaron abajo. Clarissa se moría de ganas de llorar, pero las retuvo. Sabía que no le haría ningún bien mostrarse débil ante su captor.

    Él no había vuelto a dirigirle la palabra, y no lo hizo entonces. Simplemente la soltó un momento para, al parecer, abrir una puerta. Después condujo a Clarissa al interior, salió, cerró la puerta de nuevo, y se marchó, dejándola encerrada en aquella habitación.

    Espero que les haya gustado! Por favor, si pudieran dejar un comentario diciendo que les ha parecido sería muy importante para mi, ¡Es lo que me anima a continuar!
     
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    6
     
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    2: La habitación

    Clarissa tardó en quitarse la venda de los ojos. No se la quitó cuando escuchó cerrarse la puerta, y no se la quitó cuando escuchó los pasos del hombre mientras se alejaba. Ni siquiera se la quitó cuando estuvo absolutamente segura de estar sola.

    Estaba aterrorizada de lo que podría ver.

    Derramó un par de lágrimas silenciosas, casi sin darse cuenta, y se sentó en la oscuridad, pensando en lo que podría pasarle ahora, no queriendo pensar en nada de aquello.

    Transcurrieron un par de horas sin que pasara nada, y finalmente, Clarissa se quitó la venda, aunque no importó mucho: el lugar estaba tan oscuro que veía lo mismo con ella que sin ella, o sea, nada. Sólo negrura, y frío, y silencio, hasta donde sus sentidos podían alcanzar.

    Se pasó los dedos entre el pelo, desenredándolo, por hacer algo. Se sentía mareada y perdida. ¿Porqué estaba allí? ¿Qué era ese lugar? Sólo podía notar el suelo de piedra, que lastimaba sus piernas desnudas, pues había decidido llevar una faldita marrón aquella mañana, junto con su camisa blanca.

    No comprendía porqué alguien habría querido secuestrarla. Ella no era rica. Su familia apenas tenía dinero para ir tirando, y si lo que querían era un rescate, se habían equivocado de persona. Y sus padres ni siquiera la querían demasiado. Su padre quizá se preocuparía más cuando se diera cuenta de que había desaparecido, pero su madre estaría convencida de que se había marchado de casa. No la conocía en absoluto.

    De todas formas, quedaban horas para que su ausencia le resultara extraña a alguien. Y la policía no comenzaría a buscarla hasta dos días después, al menos…

    De repente, Clarissa se sintió muy sola, abandonada allí, sin poder notar la presencia de nadie a su lado. No era una chica especialmente sociable, pero no le agradaba la soledad. Se sintió estúpida y medio boba por ello, pero se dio cuenta de que deseaba que aquel hombre misterioso bajara de nuevo a estar con ella. Necesitaba ver a alguien, a cualquiera.

    Pero pasó el tiempo, lento, como melaza, y él no acudió.


    En aquella completa oscuridad, Clarissa no podía llevar bien la cuenta del paso del tiempo. Asustada, no quería moverse, y empezó a sentirse dolorida por ello. No quería dormir, temiendo lo que podría pasarle entonces, pero no podía mantenerse despierta eternamente, y cuando no pudo aguantar más y estimó que ya debía ser de noche, se permitió cerrar los ojos y conciliar un sueño intranquilo pero profundo, que la arrastró a las profundidades de la inconsciencia.

    Más tarde, no supo decir si aquello lo había soñado o fue real, pero, muy de madrugada, se despertó a medias al escuchar un grito, grave música de piano y una voz desgarrada que parecía cantar, a lo lejos, arriba. Paró pronto, tras un ruido de cristales rotos, y ella volvió a dormirse. Estaba terriblemente cansada, agotada física y mentalmente, y no pudo evitarlo.

    Cuando despertó del todo, no sabía si era de día o de noche. Se sentía como si hubiese pasado muchas horas encerrada allí, como si no recordara la luz del sol, o cualquier luz, y comenzó a sentir una claustrofobia terrible. Golpeó las paredes de piedra, sollozando, aterrorizada por la idea de que los ruidos que había escuchado hubieran sido una indicación de la muerte de su captor y nadie más supiera donde se encontraba ella y jamás, jamás pudiera salir de allí…

    Entonces la puerta se abrió.

    ¡Continuará!
     
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    Capítulo 3: La promesa

    Clarissa quedó cegada unos intantes por la luz que entraba desde el exterior, que, aunque suave, era muy brillante a sus ojos.

    Cuando parpadeó varias veces y consiguió acostumbrarse, vió la silueta oscura del hombre parada en el umbral de la puerta, observándola. Desde su posición, sentada en el suelo, él se veía enorme, amezanador.

    La chica retrocedió hasta apoyar su espalda en la pared, sin levantarse ni dejar de mirarle. Él llevaba la misma máscara negra y sencilla que había llevado cuando la secuestró, pero ahora iba vestido distinto, con una camisa azul, unos vaqueros y zapatos marrones. Era alto y musculoso, de espalda y hombros anchos, y la forma en la que se movía denotaba una gran fuerza y confianza.

    No habló, pero entró en la habitación y dejó algo en el suelo; Un paquete blanco.

    -¿Qué hora es? -preguntó Clarissa, con un hilo de voz. No obtuvo ninguna respuesta-. ¿Qué quieres? ¿Porqué me has traído aquí? ¿Qué sitio es este?

    Lo miró esperando alguna respuesta, algo, lo que fuera, pero él se limitó a mirarla como si no la entendiera del todo, y se dio la vuelta para marcharse.

    -¡Espera! ¿Quién eres? Por favor, dime algo, cualquier cosa, espera -le llamó Clarissa, cuando el hombre ya estaba pasando por la puerta. Él se paró sin volverse al escuchar su tono, casi desesperado-. Háblame.

    Unos segundos de silencio. Ella esperó, mordiéndose la lengua, sintiendo ganas de llorar de nuevo.

    -Come un poco -dijo él, finalmenter-. Necesitas comer.

    Y se marchó, cerrando la puerta tras de sí. De nuevo a oscuras, Clarissa comenzó a sollozar mientras examinaba el pequeño paquetito blanco, que resultó ser un pañuelo de lino envolviendo una manzana y un trozo de queso. Se limpió los ojos con el dorso de la mano, pensativa, y se obligó a calmarse mientras daba buena cuenta de aquella comida.

    Pasaron varios días sin que Clarissa volviera a ver a aquel hombre.

    Aun así, él debía entrar en la habitación cuando ella se quedaba dormida, pues al despertar solía encontrar uno de aquellos paquetitos con comida, y, una vez, una pequeña linterna.

    Gracias a la luz, Clarissa pudo examinar aquella habitación. Era una habitación pequeña, con paredes y suelo de piedra, y absolutamente nada más que ella misma en el interior. No había mucho que mirar, pero Clarissa agradeció poder librarse de la oscuridad.

    Escuchó ruidos arriba en más ocasiones. En su mayoría, eran sólo pasos, pero a veces creía escuchar más música, que cesaba casi de inmediato. Eso la entristecía; era una música hermosa.

    No tenía forma de distinguir los días de las noches, así que dormía cuando tenía sueño, y comía cuando su captor le daba de comer. El miedo disminuyó un poco, dando paso a la incertidumbre. Aun no sabía nada acerca de su situación, realmente.

    Decidió confrontar a su secuestrador acerca de ello, así que se hizo la dormida y esperó hasta que él entró en la habitación. Fue tan silencioso que por poco no se dio cuenta, pero cuando advirtió su presencia, se levantó y lo miró. Él pareció sorprendido y contrariado, en la medida que era posible de decir a causa de su máscara.

    -¿Por qué estoy aquí? -preguntó ella, sin rodeos, y le miró fijamente, intentando que él comprendiera que esperaba una respuesta.

    -¿En esta habitación? Era lo más seguro.

    Clarissa quiso aclarar que se refería a estar secuestrada en general, pero él parecía dispuesto a seguir hablando y ella sentía curiosidad, así que se calló y esperó.

    -Sé que es incómodo. Pero ahora puedes venir arriba, si prometes no hacer ninguna tontería, como intentar escapar. Porque entonces tendría que matarte -el hombre hablaba totalmente en serio, amenazador pero claro, como si realmente quisiera que ella comprendiera lo que trataba de decirle-. ¿De acuerdo, Clarissa?

    La chica se sintió extraña al escuchar a aquel hombre decir su nombre. Pero asintió con la cabeza: la perspectiva de salir de allí era demasiado emocionante como para pensar en nada más.

    -De acuerdo. Lo prometo.
     
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    Cáncer
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    Saludos linda.

    Bueno déjame decirte que me gustó, sí, estuvo bien, más sin embargo tuviste algunos errorcitos.

    ~Recomendaría que usaras el guión largo en vez del corto (—)

    ~Creo que tu ortografía esta bien, más sin embargo te falto acentuación, algo de gramática y noté que algunas palabras las colocaste mal escritas. Te recomiendo re-leer antes de subir y pasar tu escrito a Word.

    Bueno linda, de resto creo que estás aprendiendo muy bien, sigue mejorando C:

    P.D: Aquí algo que te puede ayudar: http://fanficslandia.com/index.php?threads/¿cómo-hacer-un-ff.27771/#post-547928
     
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    Chokoreto of blood, gracias por los consejos, prometo en el proximo capitulo usar el (—). este ya tenia escrito asi y me dio fiaca arreglarlo.


    4: La cena

    El hombre la agarró del brazo para conducirla arriba, muy fuerte, haciéndole daño, pero Clarissa estaba tan emocionada e inquieta por salir de aquella habitación que ni siquiera protestó.

    Subieron por las largas escaleras, y la chica se preguntó a cuanta profundidad había estado encerrada. Parecía bastante más profunda que un sótano normal, lo cual era extraño. ¿Qué clase de persona tenía una habitación así en su casa? ¿O no era allí donde estaba? Ella simplemente había asumido que estaban en la casa de su captor, pero ahora que lo pensaba, no había ningún motivo para ello.

    Igualmente, pronto lo descubriría, se dijo al ver la puerta de madera oscura al final de las escaleras. Pronto vería en qué clase de lugar se encontraba, y quizá, incluso ver la luz del sol… No era tan ingenua como para pensar que él le dejaría siquiera acercarse al exterior, pero a lo mejor lograba pasar junto a una ventana…

    Él abrió la puerta y Clarissa se vio deslumbrada de nuevo. A causa de ello, tardó unos instantes en recuperarse y poder observar el lugar al que él prácticamente le había arrastrado.

    Cuando pudo mirar a su alrededor, lo que pudo ver fue una habitación grande, con el suelo cubierto por una moqueta del color del vino tinto y paredes empapeladas de un tono más claro. No tenía ninguna ventana o adorno, tan sólo una puerta idéntica a la que acababan de cruzar, al otro lado de la habitación. La única iluminación provenía de una sencilla lámpara de techo, de luz amarillenta. Un sofá amplio y negro, una mesa de comedor y dos sillas componían todo el mobiliario; en un sitio tan grande, tan pocas cosas hacían que pareciera casi vacío, aunque todo parecía pensado para combatir esa sensación.

    En realidad, era sorprendentemente bonito, o eso le pareció a Clarissa, que había llegado a odiar la frialdad de su celda de piedra.

    -¿Qué te parece? -preguntó él, y había algo extraño en su voz. Clarissa le miró y pensó que parecía como si él estuviera nervioso por su reacción, como si que le gustara el lugar fuera importante. Pero aquella máscara no le dejaba ver nada realmente.

    -Es toda una mejora -dijo ella, tratando de que su voz no vacilara, tratando de no estar asustada y fallando miserablemente. Se preguntó si sonreír le haría ganar puntos, pero temía que, de intentarlo, en lugar de eso se echara a llorar.

    -Lo sé. Hoy vamos a cenar aquí.

    Ella se sorprendió de que ya fuera la hora de cenar. No se sentía para nada hambrienta. Sentía como si su estómago se hubiera cerrado para siempre y nunca más fuera a tener ganas de comer, pero se obligó a recordar que lo necesitaba. No quería morir de hambre, ¿Verdad?

    Sacudió la cabeza para intentar quitarse de la mente otras alternativas, y tan sólo esperó mientras él salía de la habitación por la otra puerta. Ahora estaba sola allí. ¿Debía hacer algo? ¿Intentar escapar? Probablemente no. La puerta estaba cerrada con llave, y él debía estar a punto de volver. Sólo le pondría las cosas más difíciles, o, probablemente, la mataría.

    “Y lo he prometido.” Pensó, tontamente.

    Él volvió con un pequeño carrito como los que usan en algunos sitios para transportar la comida, y puso en la mesa dos copas de fino cristal, una botella de vino, y dos platos de ravioli de setas al pesto, con sus respectivos cubiertos.

    Él le indicó que se sentara en una de las sillas, y ella así lo hizo.

    -Tu máscara… -murmuró Clarissa, al darse cuenta de que la intención de su secuestrador era que cenaran juntos. ¿Cómo iba a comer así? Tendría que quitársela.

    Por una parte, la idea le daba escalofríos. No sabía si quería conocer el rostro de aquel hombre, al que hasta ahora había imaginado como un monstruoso ser sin cara, sin más, y la verdad es que aquello era más terrorífico que cualquier deformidad que pudiera estar escondiendo. Por otra parte, si lograba escapar, le sería útil poder identificarlo. De todas formas, Clarissa había pensado antes en eso, y lo cierto es que se sentía capaz de reconocer a aquel hombre sólo por la voz. Tenía una voz particular, áspera y arrastrada, tan grave que retumbaba dentro de su pecho en las raras ocasiones en las que le escuchaba utilizarla.

    Creía que nunca podría olvidar la manera en la que pronunciaba su nombre.

    -Sí. Voy a quitármela, pero no quiero ningún comentario -dijo él, sentado frente a ella, sacando a Clarissa de su tren de pensamientos. Acto seguido, se llevó la mano a la máscara y la retiró, dejando al descubierto su rostro.
     
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    5: El beso

    Como aún no asociaba aquel rostro con su secuestrador, Clarissa pudo examinarlo desapasionadamente, con curiosidad pero de una forma alejada emocionalmente.

    Lo que vio fue a un hombre joven, que no podía tener más de 26 años, quizá algunos más, pero estaba tan en forma que no lo aparentaba. Tenía un aspecto pulcro, cuidado, perfectamente afeitado y peinado. Su pelo era negrísimo, como sus ojos, de un color tan oscuro que resultaba desconcertante. Le daban una mirada curiosa, fija y apagada a la vez, como si su propietario estuviera realmente muy lejos.

    Tenía unos rasgos masculinos y rectos, con una pequeña cicatriz lívida en la parte alta de la mandíbula, cerca de la oreja. Por lo demás, era un hombre perfectamente atractivo, si bien su rostro podía resultar demasiado inmutable y serio para que alguien (la mayoría de las mujeres) lo clasificaran así de inmediato.

    Era amenazador, y Clarissa lo advirtió al instante. Le aterrorizaba aquel hombre que la retenía allí contra su voluntad, y, contrariamente a lo que había pensado, conocer su rostro sólo acrecentaba ese temor.

    Él apartó la vista, aparentemente contrariado ante la mirada fija de la chica. No parecía gustarle verse observado de esa forma.

    -Clarissa, empieza a comer -ordenó. Sin la máscara para hacerla resonar, su voz era algo más suave, pero no variaba mucho.

    Clarissa, nerviosa, agarró el tenedor con una mano temblorosa y probó los ravioli, mientras su captor servía vino en ambas copas. No sabía como debía comportarse, qué era lo que estaba bien y qué no. Todo aquel silencio, además, la ponía nerviosa, pero no sabía que decir sin enfadar al hombre. Siguió comiendo y pronto se dio cuenta de que, en realidad, si tenía hambre, o quizá sólo era efecto de la deliciosa comida comparada con lo que había estado comiendo hasta entonces desde que había sido secuestrada.

    -Lo he cocinado yo mismo, para ti -al escuchar esto, ella se arriesgó a mirar al hombre, y se dio cuenta de que él apenas había tocado su propio plato. En cambio, había terminado su copa de vino y se servía otra. Clarissa sintió pánico al pensar que debía contestar algo, pero él siguió hablando y la salvó de ello-. Y este es un buen vino. Prueba un poco.

    Ella no solía beber, pero no osaba contradecirle, así que tragó el ravioli que tenía en la boca y tomó un tímido sorbo de su copa de vino.

    -Eso es.

    Siguieron comiendo en silencio. Él apenas tocaba su plato, tan sólo comía un ravioli de vez en cuando: más que nada, bebió bastante vino, y ella con él, para no provocar su ira.

    Clarissa trataba de encontrar algo que decir, pero todo le parecía estúpido y peligroso. Y él no paraba de mirarla, lo cual no hacia más que ponerla aun más nerviosa.

    -¿Puedo saber tu nombre? -pidió ella, de la forma más educada que fue capaz.

    Él pareció sorprendido por su pregunta, como si no comprendiera porqué ella querría conocer detalles como aquel. De todas formas, su rostro apenas se alteró.

    Se lo pensó un momento, y, finalmente, negó con la cabeza. A causa de ese gesto, un mechón de su cuidado pelo negro cayó sobre su frente.

    -No. No veo necesidad de ello, Clarissa.

    -Pero…

    Él la fulminó con la mirada, y ella bajó la vista, temerosa de haberse excedido.

    -No. La cena ha terminado -El hombre se levantó casi bruscamente, haciendo chirriar la silla contra el suelo.

    Por un acto reflejo, ella se levantó también, y al hacerlo se dio cuenta de lo mareada que estaba. No estaba segura si era a causa del vino, el miedo, el cansancio o una mezcla de todo, pero no se encontraba nada bien. Dio unos pasos para alejarse de la mesa.

    -¿Adonde crees que vas…? -murmuró él, acercándose a ella y agarrándola por la muñeca. Con un fuerte tirón la obligó a volverse hacia él, y, rodeando con su brazo libre la pequeña cintura de la chica, la acercó a su cuerpo.

    Ella intentó resistirse, pero estaba débil, y dudaba que incluso en condiciones normales hubiera podido resistir la fuerza de aquel hombre.

    -N-no… -acertó a susurrar, entrecortadamente. Él la ignoró.

    Sus rostros estaban ya muy cerca, como si él pretendiera besarla, y Clarissa podía notar su cuerpo contra el suyo propio, firme y decididamente atlético, y su aliento a alcohol.

    -Clarissa… -susurró, tan sólo a unos centímetros de sus labios, antes de acortar esa distancia y besarla a la fuerza.


    Que, ¿Se pone la cosa interesante?
    ¡Muchas gracias por leer! Por favor, si te ha gustado y te gustaría seguir leyendo, estaría genial que dejaras un comentario...
     
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    Holis, perdon por la demora en subir capitulos...


    Capítulo 6: La oportunidad

    Clarissa luchó de forma inútil durante un par de segundos antes de rendirse, demasiado afectada para echarse a llorar siquiera. Él lo notó y se separó lentamente de ella, mirándola con ojos turbios.

    Ahora tan sólo la agarraba por la muñeca, pero tan débilmente que Clarissa estaba convencida de poder soltarse de un tirón decidido. Entonces, contando con que la puerta no estuviera cerrada con llave, ella…

    No. No conocía lo que había más allá, y, dicho sencillamente, no tenía ninguna oportunidad de escapar. Pero en cierto modo planearlo era una manera de mantenerse cuerda en aquel momento horrible, de distanciarse un poco.

    Sin poder evitarlo, soltó un rápido sollozo, que se apresuró a reprimir llevándose la mano libre a la boca. Al hacerlo y notar la piel mojada, se dio cuenta de que, en realidad, sí que había empezado a llorar.

    -Y-yo… -logró murmurar, a pesar de que no sabía que decir.

    En ese momento, él la miró de una forma que ella jamás podría olvidar, con una terrible mezcla de furia y… repugnancia, como si no soportara tenerla cerca. La soltó de inmediato, casi como si su sólo roce le causara dolor, y retrocedió un par de pasos a trompicones, parando poco antes de chocar con la mesa.

    Clarissa se sentía mareada y terriblemente enferma a causa de todo aquello. No sabía si podría mantenerse allí de pié mucho más siento sin nada que la sujetase, así que se sentó en el sofá negro, en el extremo más alejado de su captor. Se sentó allí, con la vista fija en sus manos cruzadas en el regazo y tratando de dejar de derramar lágrimas. Mientras tanto, escuchaba la pesada respiración de él a tan sólo unos metros, mientras se acercaba.

    -Clarissa… -andaba hacia ella con precaución, con pasos pequeños y cuidadosos, sorprendentemente silenciosos para alguien de su tamaño. Era la forma en la que alguien se acercaría a algo muy frágil, o a un pequeño animal herido que podría echar a correr en cualquier momento.

    Se sentó en el sofá, mirándola, pero aun bastante alejado.


    Clarissa podía ser una chica sensible en ciertas ocasiones, y ciertamente esta era una de ellas, pero estaba claro que no era tonta. Por eso, cuando la mayor parte de su ser aun estaba traumatizada por aquello, una pequeña parte pensaba en la manera de utilizarla la situación en su beneficio.

    -Tengo… ¿T-tengo que volver ahí abajo? -dijo, en un tono de voz lastimero y totalmente auténtico.

    -No. No. Por supuesto que no. -respondió él con rapidez. La miró mientras se pasaba la mano por el pelo para retirarlo de su frente, y después suspiró- te buscaré otro lugar. Algo más cómodo. No te preocupes… -ella aun no le miraba, aunque dirigió un breve vistazo en su dirección al escuchar esto último. Él lo interpretó como un permiso para acercarse de nuevo, y se movió hasta estar sentado a su lado-. Clarissa… estás temblando -era cierto. Ella se había dado cuenta y había tratado de ponerle remedio, pero le había sido imposible-. ¿Tienes frío, pequeña? Ven…

    Él la abrazó, envolviéndola con sus grandes brazos y casi obligándola a descansar sobre su pecho, hasta que, de alguna forma, ella se quedó dormida.



    A lo mejor fue un poco corto, espero que les haya gustado igual, quiero comentarios... Besitos
     
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