Las galletas de mamá eran más mejores, indiscutiblemente. Algunos dirán que se debe a ser mi madre, y toda criatura de su vientre amaría las galletas que ella ofrece, indiscutiblemente. Aún con ese argumento en contra, indiscutiblemente hay hijos que jamás volverían a probar una galleta de su madre, e hijas que se vuelven (según lo que ellas creen) superiores no solo en habilidad, sino en carisma... indiscutiblemente. Por eso ya no tan solo son las galletas de mamá, sino el alimento con el cual me presenté al taller de cocina... indiscutiblemente. Para mí sorpresa, todas tenían... sus galletas de mamá, indiscutiblemente. Les gustaron, pero como eran mi réplica, era indiscutiblemente que su fascinación fue mayor cuando les llevé unas porciones creadas directamente por mi madre. Sus deleites aquel día fue, indiscutiblemente, insuperable Con ese inicio casi triunfal, de no haber sido por mi precaria experiencia creando... más bien replicado las galletas de mamá, comenzó mi travesía por el taller. No ayer, no mañana: ese día, indiscutiblemente. Comimos torta de mil hojas, ensalada cesar, arroz con pollo al horno, ¡tiramisú y todo! Unas buenas limonadas, una tarde incluso nos las ingeniamos... más bien ellas se las ingeniaron para hacer cócteles. Sí, cócteles. Indiscutiblemente. Casi nos pillan, pero la mayor supo sacarle la vuelta al docente que pasó a encaminarnos, de sorpresa, por la tarde. Sus dos amigas lo marearon aún mas entre preguntas y sonrisas, logrando que se marchara, indiscutiblemente confundido y extraviado de su propia docencia. ¿Cómo lo lograron? ni idea, podría no haber funcionado. Lo único indiscutible fue mi falta de bebida, no me interesaba tomar alcohol en la escuela, ¡pero los bombones de licor, eso era otra cosa! Sabroso, dignos de un Óscar, indiscutiblemente. Cuando se graduaron no tuve más que hacer, el taller cerró por falta de integrantes y no podía mantener un taller, que mínimo necesitaba cinco integrantes, solo por mi cuenta. El mínimo requisito era, cuanto menos, indiscutible. Por lo que cerró el taller, quedando así sin nada que hacer en mis tiempos libres. No podía planificar recetas, pues no le veía el sentido compartir el resultado solo con mi familia. Tampoco sabía qué hacer en los recreos, pues me acostumbré tanto a ellas que jugar al balón con los otros o chismear con las otras me daba... una pereza tan grande. Indiscutiblemente. Así como el sabor de las galletas de mamá... era vacío. Era un recuerdo amargo... Al final del día, era discutible la habilidad de mi madre para saber a hogar y azúcar. Eso me motivó a buscarla, a preguntar por posibilidades, ¿por qué debía acabarse nuestro taller, nuestro grupo, solo por separar caminos al crecer? Pero no fue posible. Cada una tenía su motivo, así como cada una defendió las galletas de su madre ese primer día... Por más que a mí ya no me importara el saber de mis recetas, sino era con ellas, era indiscutible que no importaba mucho lo que hiciera: - Una limonada sin azúcar - Una galleta quemada - Un cóctel mal medido - Una cazuela con demasiado aceite - Una ensalada sin topings - Una Mil hojas con sabor plástico - Tiramisú con sabor a tierra... Era indiscutible que mis recetas ya nunca cabrían en sus repisas. Indiscutiblemente.