Ciudad Témpera

Tema en 'Rutas' iniciado por MrJake, 27 Agosto 2013.

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    Yugen

    Yugen D e p r e s s e d | m e s s

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    Inari pareció pensativo durante un breve instante como si sopesara los pros y los contras del aquel ofrecimiento improvisado. Casi podía ver las ideas revoloteando en su cabeza como un enjambre de Combee. La comida siempre era una gran idea, especialmente cuando se trataba de negociaciones de paz con Pokémon.

    Devoró las galletitas con fruición, emocionado, y una pequeña sonrisa satisfecha o tal vez enternecida se dibujó en mis labios. Se me daban bien los asuntos diplomáticos, al parecer. Parecía que sería una paz firme.

    Ignoré como toda una profesional el hecho de que Liz nos sacaba fotos a escondidas—no era muy disimulada al respecto—, pero parecía tan feliz que no tuve ni cómo quejarme. Además era modelo, ¿no? Estaba acostumbrada a ser el objetivo de la lente de una cámara.

    Podría hacerme aún más fotos si tan solo accediera a trabajar como mi fotógrafa.

    —¿No has leído el chat grupal?—inquirí como si nada dirigiéndome al microondas para preparar té—. Miki perdió su bajo y las chicas la estaban ayudando a encontrarlo. Al final, el bajo estaba en el primer lugar que miró.

    Hice una breve pausa antes de enarcar una ceja y dirigirle una mirada de circunstancias.

    >>¿Crees que el chat grupal ha sido buena idea?
     
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    Andysaster

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    —Me quedé frita y hasta ahora no he tenido oportunidad de revisar —Le expliqué cuando me cuestionó el hecho de no haber leído el grupo con anterioridad. Comencé a teclear, enviando un par de mensajes mientras Mimi se dirigía hacia el microondas. Solté una risa nasal cuando recibí de inmediato una respuesta—. Conozco a Miki desde hace dos días, pero eso que dices suena demasiado a ella.

    Me disculpé con la chica por no haber podido responder sus llamadas y pronto le restó importancia a su manera. Intercambiamos un par de mensajes, dejé de atender la pantalla cuando Mimi me transmitió su inseguridad al respecto del grupo y en ese momento recibí (o recibimos, en realidad, aunque su teléfono estaba sobre la mesa) las fotos del concierto.

    Eran fotografías... bastante mal hechas, en realidad, pero desenfadadas. La mayoría estaban cortadas; mostraban a Poly en un cómico contrapicado, tocando el triángulo subido en una percha, o a Miki concentrada en su bajo, solo que con un zoom exagerado hacia el instrumento. Contemplarlas me dolía en el alma de fotógrafa en ciernes, pero no creía que hubiese mejor forma de mostrar al mundo su mensaje:

    Ser ellos mismos.

    —Creo, de hecho, que fue una idea brillante —afirmé, con cierto aire petulante, suavizado por la jocosidad de la situación. Le mostré la pantalla con las imágenes mientras hablaba—. Son personas particulares, pero siento que le añadirán cierto encanto a nuestros planes. Además —Me llevé una mano al mentón, cerrando los ojos con solemnidad—, tener un grupo en común nos ayudará a no caer en la rutina.

    Al abrir los ojos de nuevo le saqué la lengua, claramente bromeando, y volví a centrarme en el teléfono con una sonrisa en los labios. ¿Yo, aburrirme de ella? Ni en un millón de años. Para el poco tiempo que nos veíamos, además, resultaba ciertamente difícil algo así.

    >>Me estás haciendo un tecito también a mí, ¿verdad?
     
    Última edición: 7 Diciembre 2025
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    Yugen

    Yugen D e p r e s s e d | m e s s

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    Éramos personas muy diferentes. No solo Liza y yo, todas lo éramos. Tener un grupo de chat grupal podría terminar por resaltar aún más esas mismas diferencias... o por el contrario, disolverlas como quien disuelve un azucarillo en una taza de té, pero no me sentía particularmente optimista.

    Aika no tenía salvación, Miki era un misterio y Ai era un Seviper en el cuerpo de una mujer. Quería conocerlas más, que dejaran de ser desconocidas, pero me preocupaba los choques inevitables que nos traería un acercamiento periódico.

    Iba a ser interesante, eso sin ninguna duda. Tuve la certeza cuando White me mostró las fotografías que acababa de enviar Miki. La mayoría desenfocadas, cortadas o con un zoom exagerado. Ninguna se salvaba, pero transmitían una sensación de familiaridad y desenfado, era divertido mirarlas.

    Y Poly de verdad que tocaba el triángulo.

    Creía que estaba bromeando.

    Vertí el agua caliente en la taza mientras la escuchaba hablar de fondo. Cierto encanto a nuestros planes, decía... No lo calificaría como encanto, especialmente teniendo a alguien como Mamiya en la ecuación.

    >>Me estás haciendo un tecito también a mí, ¿verdad?<<

    Hah.


    —No. Porque siempre le pones una cantidad obscena de azúcar—había cerrado los ojos pero abrí uno solo de ellos al poco tiempo, interrogante—. ¿Quieres uno también?
     
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    Andysaster

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    Liza White

    —Creí que había hecho suficientes méritos el día de hoy para ganarme ese té con azúcar —Le recordé, poniéndole ojitos. Regresé al teléfono cuando escuché otra notificación, respondiendo su pregunta sin mirarla—. Sí, porfa. Si no sigo mi rutina no podré dormir por las noches.

    El resto de la noche se sucedió con calma. Nos acurrucamos para ver una película cualquiera a petición de Mimi, dejando nuestras tazas en la mesita para darle sorbos de tanto en tanto. La suavidad de las sábanas, la comodidad del colchón y el calor que irradiaba el cuerpo de Mimi fueron devastadores, y tardé apenas unos minutos en quedarme profundamente dormida. Yo no lo sabía, pero los párpados de Honda se cerraron al poco tiempo, y terminamos por caer rendidas después de un día tan agitado, en la seguridad que nos confería la presencia de la otra.

    La televisión siguió funcionando de fondo, bañando la habitación con sus colores. Cuando la película llegó a su fin la televisión se apagó, fundiendo a negro la habitación con ella.


    ***​


    Transcurrieron apenas dos horas cuando Mimi notó movimiento a su lado. Las sábanas se deslizaron sin hacer movimiento alguno, pues alguien más lo estaba haciendo por ella. Liza se había sentado en la orilla de la cama, observando un punto fijo de la habitación con detenimiento durante extensos segundos.

    Si le habló, no pareció escucharla.

    Se levantó de repente, con movimientos extrañamente ralentizados. Tenía la mirada perdida y una expresión ausente. Caminó por la habitación, desorientada en apariencia, y tras unos minutos se dirigió hacia el armario. Encontró el pomo y tiró, comenzando a hurgar por prendas sin ninguna clase de sentido.

    ¿Qué... Qué estaba haciendo? ¿Pretendía salir a alguna parte, quizás? ¿Pero a dónde a esas horas?
     
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    —Nadie dijo que no puedas tomar té con azúcar—suspiré descruzando los brazos y puse una segunda taza dentro del microondas—. Pero si valoras tu salud deberías cuidar la cantidad. Te pondré tres cucharadas como máximo.

    Cuando la tazas estuvieron servidas no sentamos en la cama para ver alguna película sosa y sin gracia. Y digo sosa y sin gracia porque el argumento era desabrido y falto de gusto en su totalidad. Era una de esas películas lentas, sin giros de trama inesperados y con una progresión completamente predecible. Además, los actores eran malos hasta decir basta. Yo haría mejor trabajo que cualquiera de ellos con lo ojos cerrados y sin saberme el guion.

    Mis párpados empezaban a pesar y observaba la televisión con aburrimiento cuando sentí un peso repentino en mi hombro.

    —Pero Alfred, ¡debiste decírmelo!—tronó una voz femenina desde el televisor— ¿Qué voy a decirle ahora a mis hermanas?

    ¿A quién demonios le importaba? Las hermanas de Alice odiaban a Alfred menos de lo que yo empezaba a odiarlo. Menudo palurdo.

    Me acurruqué más bajo las sábanas y estaba empezando a quedarme dormida cuando dirigí mi mirada a la repisa. Allí había dejado a Amber Junior, aquel pequeño peluche de Shinx con su lacito rojo, y un pensamiento tan infantil como ridículamente tierno me punzó en el pecho.

    ¿Cuando había sido la última vez que me habían regalado un peluche? ¿Había sido papá? En algún momento entre mis ocho y mis diez había decidido que era demasiado mayor para ellos y había rechazado recibirlos. Pero en el fondo me moría por tener una habitación llena hasta arriba de peluches.

    Dirigí una mirada a Liza para asegurarme de que estaba dormida y lentamente me deslicé fuera de la cama y caminé hasta la repisa, recuperando rápidamente a Amber Junior y regresando al calor de las sábanas. El corazón me latía acelerado, desbocado casi, como si estuviera haciendo algo malo o prohibido.

    —Buenas noches, Liz—murmuré en voz baja apretando el peluche entre mis brazos—. Buenas noches, Amber.

    No hubo una respuesta vocal, tan solo una respiración profunda y acompasada. Pero el calor de las sábanas y el cuerpo ajeno me resultaron tan reconfortantes que con el rumor de la película de fondo y aquella sensación de familiaridad y paz, no tardé en quedarme dormida.

    Me mente se sumió en un sopor profundo y sin sueños, o al menos no logré recordarlos al despertar. Inesperadamente desperté al cabo de unas pocas horas al sentir movimiento a mi lado. Los muelles chirriaron ligeramente bajo el peso de un cuerpo.

    —Liz...—rezongué con pereza. Aferré mis dedos a la sábana que tenía encima al sentirla deslizarse fuera de la cama. Su movimiento había descubierto su lado y traído el frío consigo—. No me destapes, idiota...

    Aún mantenía los ojos cerrados y el ceño fruncido, debatiéndome entre el sueño y la vigilia. Cuando la película terminó, la televisión se había apagado automáticamente y sumió la habitación en sombras.

    No hubo respuesta.

    De hecho, todo lo que recibí fue un silencio pesado y extraño. Sentía su presencia en la oscuridad, el peso de su cuerpo sentado al borde de la cama, pero no dijo nada. Y eso era inusual porque hubiera respondido de estar despierta.

    ¿H-huh?

    —¿Liz?—repetí. Esta vez no era una queja si no una interrogante tintada de contrariedad.

    Estaba por acercar mi mano y tocar su espalda cuando se levantó repentinamente, sobresaltándome, y vi su silueta deslizarse hacia el armario en la oscuridad. Empecé a escuchar ruido y movimiento y mi mano buscó el interruptor de la luz de la mesita.

    Cuando la iluminación cálida inundó la instancia, White no pareció inmutarse. Parecía rebuscar en el armario de forma frenética, dándome la espalda, sacando ropa convenientemente doblada y arrojándola al suelo sin cuidado.

    >>¿Qué... qué estás...?—farfullé. La situación estaba tan fuera de lugar que había desgarrado las neblinas del sueño. La falta de una respuesta clara hizo que la inquietud anidara rápidamente en mi pecho y me hizo incorporarme de la cama y acercarme a ella—. ¡O-oye!
     
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    La exclamación de Mimi pareció alcanzarla durante un breve instante. Sus manos se detuvieron, la avalancha de prendas cesó su descenso y su respiración se aceleró en consecuencia. Se veía... agitada. Presa, tal vez, de una misteriosa urgencia.

    —Tengo... Tengo que... salir... —musitó. Arrastraba las palabras, fue difícil comprender lo que decía, como si estuviese hablando en sueños hacia una entidad invisible para Honda. Volvió a enterrar las manos en el interior de su armario, lanzando ropa a diestro y siniestro como si su vida dependiese de ello—. Va a venir... Sabe... dónde estoy...

    Una de las camisetas aterrizó en el rostro de Mimi, nublando momentáneamente su visión. Frustrada con la situación y la aleatoriedad de los hechos se aproximó hasta encararla del todo, y fue consciente al ver a Liza a los ojos que no la estaba enfocando en realidad. Su mirada se encontraba perdida, nublada por la bruma del sueño. Intentar hablarle o ponerle las manos encima tan solo incrementaba su visible tensión, haciendo que comenzase a temblar y a estremecerse como un cachorro asustado.

    >>Ngh... —La castaña retrocedió, abrazándose a sí misma hasta que su espalda encontró con brusquedad la superficie del armario—. N-No... ¡Suéltame...!

    Era evidente que no le hablaba a ella. Había algo, o alguien, que la estaba torturando en sueños. Mimi desconocía acerca de los episodios de sonambulismo de Liz, y mucho menos que estos se originaban más a menudo de lo que ella creía. Las pesadillas eran el aliciente perfecto, y Darkrai, por desgracia, la visitaba con una tortuosa frecuencia.

    Pero... ¿Por qué ahora? ¿Por qué no mostró señales antes?

    De repente se deslizó hasta acuclillarse en el suelo, adoptando la misma posición que había usado en el interior del ascensor, y Mimi lo comprendió todo. Sea lo que fuere que estuviese pasando, parecía estar viviendo una mezcolanza del suceso de aquel día junto a algo más, tal vez sus propias y recurrentes pesadillas. Su claustrofóbica experiencia debió haber removido lo suficiente a los demonios que habitaban en su propia psique, liberándolos del todo de sus cadenas.

    Sus labios se separaron, boqueando por aire con insistencia, y entonces pronunció un nombre que no esperaba volver a escuchar. Ese nombre que había formado parte de las propias pesadillas de Mimi y el resto de Holders hacía ya tanto tiempo.

    El nombre de su creadora.

    Tau.


    >>Ya... Ya viene... —Cubrió su cabeza con los brazos. Se veía tan pequeña y vulnerable en ese estado que a Honda se le arrugó el corazón. ¿Pero qué podía hacer contra una amenaza que se gestaba en su propia mente, tan lejos de su alcance?—. Necesito... salir de aquí... No quiero... No...

    Comenzó a sollozar, aterrada. Y se acurrucó más sobre sí, negando una y otra vez con la cabeza. Sus palabras proyectaron un miedo visceral que llevaba incrustado en su corazón quién sabía cuánto tiempo.

    Fue como si Liza abriese en ese instante las puertas de un sótano que había cerrado a conciencia bajo siete llaves, impidiendo que nada ni nadie pudiese asomarse jamás.

    Al menos, hasta ese entonces.

    >>No quiero... No quiero morir otra vez.
     
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    Yugen

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    No lograba entender nada de lo que estaba pasando. Era como una escena sacada de un sueño febril, algo que no tenía sentido. ¿Por qué estaba actuando así? Parecía... fuera de sí misma, presa de una ansiedad que no podía comprender.

    En determinado momento dijo algo pero sus palabras no eran claras. Era como si murmurara en sueños, arrastrando las palabras visiblemente. ¿Iba a venir, decía? ¿Quién iba a venir? Fruncí el ceño, contrariada, intentando descifrar lo que era para mí un comportamiento completamente errático.

    —Qué estás dicien—¡agh!

    Una de las camisetas fue a dar justo en mi rostro aumentando de por sí la contrariedad que me generaba todo lo que estaba sucediendo. Chasqueé la lengua, irritada, y arrojé la camiseta a un lado, acortando la distancia hasta que pude tocar sus hombros.

    —¡Ya está bien, Liz!—le espeté— ¡Deja de hacer el tont—!

    La había forzado a girarse, frustrada como me sentía, pero cuando sus ojos encontraron los míos el corazón me dio un vuelco de la impresión. Honestamente, sus ojos no dieron con los míos porque simplemente no veían como tal. Tenía la mirada perdida y vidriosa como si su mente simplemente no estuviera en sí.

    Me cortó las palabras en la garganta.

    Se estremeció agitándose y buscando librarse de mí y mis manos la soltaron como si su tacto me quemase. Su espalda chocó contra el armario y angustiada se abrazó a sí misma. Fue como si sus piernas ya no pudieran sostenerla, como si fueran simples palitos endebles, y se deslizó hasta el suelo en medio de un absoluto terror.

    Tau.

    No pude reaccionar por segundos que se sintieron eternos. Los engranajes de mi cerebro no se dignaban a funcionar ni procesar la situación apropiadamente. Estaba en shock, consternada, detenida en el sitio como si me hubieran congelado.

    Hacía... mucho tiempo que no escuchaba ese nombre. Era una sombra nefasta que atormentaba las pesadillas de todos. Nuestra creadora, el monstruo que nos engendró de la energía vital como simples herramientas sin voluntad.

    Fue entonces que lo comprendí. Liza no estaba bromeando. Estaba teniendo una pesadilla, rememorando todos los horrores que habíamos vivido, pero su cuerpo aunque estaba dormido no actuaba como tal.

    Liza era... ¿sonámbula? ¿Desde cuándo? ¿Había desencadenado el episodio el suceso del ascensor? Si era propensa a tener episodios de sonambulismo, una situación de gran estrés podría provocar uno fácilmente.

    Me arrodillé a su lado tratando de alcanzarla como había hecho en el ascensor aunque la situación era muy distinta ahora. No había un peligro real, no había algo a lo que temerle físicamente. Y sin embargo, para ella era real. Ella tenía la seguridad absoluta de que estaba en peligro.

    —Liz, Tau no está aquí—le aseguré a media voz. No sabía siquiera si lograría escucharme, pero tenía que intentarlo—. Ya no está en ninguna parte, no puede hacerte daño.
     
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    Era… doloroso verla así. Más aún después del episodio del ascensor. Mimi estaba acostumbrada a una versión de ella que se mostraba despreocupada ante la vida la mayor parte del tiempo, como si no hubiese obstáculo alguno que pesase lo suficiente como para lograr detener sus pasos. Su cabeza, que en ocasiones parecía estar llena de aire y nada más, se encontraba repleta de sueños, ambiciones y un profundo amor por la vida. Se la veía feliz con lo que hacía y con todo lo que había logrado hasta ahora.

    Pero Mimi había acumulado sin pretenderlo pruebas suficientes ese día como para saber que eso no era del todo cierto. Cada vez era más y más evidente que Liza ocultaba tras su sonrisa confianzuda mucho más de lo que Honda pudiese llegar a sospechar. Algo que se había estado gestando durante meses, tal vez años. ¿Sería eso lo que había intentado contarle en la noria? ¿El lado de sí misma al que era incapaz de enfrentarse como decía?

    Mimi permaneció junto al cuerpo tembloroso al que se había reducido su amiga el tiempo que hiciera falta, tratando de alcanzarla con su voz a través de la espesa bruma que nublaba su conciencia. En un primer momento pareció incapaz de escucharla; apartaba sus manos con cierta brusquedad, como si buscase zafarse de una amenaza que se cernía inexorablemente sobre ella. Pero entonces, en algún punto, el brillo en sus ojos cristalizados por las lágrimas regresó y parpadeó, sintiendo su respiración agitarse como si hubiese sido despertada con un sobresalto.

    —¿Qué…? —murmuró, notando la humedad en sus mejillas. Desorientada y confusa entrecerró sus ojos, tratando inútilmente de enfocar la habitación. Cuando se percató de la persona que tenía al lado su ansiedad pareció redoblarse, visiblemente desconcertada—. ¿M-Mimi…? ¿Dónde…? —Suspendió las palabras en el aire cuando la luz dejó de molestarle lo suficiente e identificó la cama a lo lejos.

    El corazón le dio un vuelco en el pecho. Había vuelto a pasar.

    En su expresión se vislumbraba los resquicios del terror que había vivido, desconcierto pero, sobre todo, una profunda vergüenza.

    “Mimi no debería estar allí.”

    “No debería estar viendo esto”.


    >>Lo siento… —Cubrió sus ojos con sus manos; la voz le tembló al hablar—. Te he asustado, ¿verdad? Esto… me pasa a veces —Intentó rescatar una normalidad que era imposible fingir. No cuando se trataba de ella, mucho menos cuando se la veía tan asustada, tan apesadumbrada, tan… rendida a las circunstancias. Los sollozos se volvieron incontenibles a medida que hablaba—. Lo… Lo siento mucho, Mimi. Lo siento… Solo sé estropear las cosas.

    Primero su primera experiencia en un parque de atracciones, ahora también perturbaba su sueño… ¿Qué iba a ser lo siguiente?
     
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    Era extraño, anticlimático quizás, y no podía evitar maldecir este día porque se estaba cebando con ella a base de bien. Primero el asunto del ascensor que le había generado un terror visceral, y ahora un episodio de sonambulismo. Muy probablemente ambos hechos estaban relacionados, uno había generado el otro. Pero de verdad, ¿era necesario que pasara justo hoy?

    Si se trataba de Tau, si la pesadilla que había causado el episodio tenía que ver con la zorra de nuestra creadora, entonces el problema era mucho más profundo de lo que había creído. No se trataba solo de una claustrofobia generada tras un evento en un cueva, era un trauma enraizado que llevaba gestándose desde quizás la primera vez que enfrentamos nuestra propia inexistencia. Quizás incluso antes, cuando fuimos testigos de la primera gota de sangre ajena.

    —Me has asustado—convine a media voz y desvié la mirada de sus ojos—. Pero no por lo que crees. No sabía que eras sonámbula y no... no tenía ni idea de cómo reaccionar.

    De hecho en un principio había pensado que me estaba tomando el pelo. Al menos hasta que nuestros ojos se encontraron y me di cuenta de que no me estaba mirando. Sus ojos estaban vidriosos, abiertos pero sin ver nada.

    Su mirada logró enfocarse finalmente. Estaba confusa y aturdida y tardó unos instantes en comprender donde estaba y que había pasado. Su gesto mudó de color y de la confusión pasó a la consternación. La vi llevarse las manos al rostro y la voz se le quebró mientras intentaba explicarse.

    El corazón se me encogió bruscamente en el pecho. ¿Por qué se estaba disculpando? ¿Por qué, en su estado, lo primero que sentía era la necesidad de pedirme disculpas por algo por lo que ni siquiera tenía la culpa? Sentí una punzada de pesar, inquietud y frustración gestarse en mi garganta y tensé la mandíbula. No sabía si abrazarla en un impulso repentino u obedecer a la frustración que me generaba toda la situación en sí. Y principalmente el no saber exactamente qué hacer ni cómo ayudarla porque me faltaban datos para entender el por qué.

    Me importaba un cuerno de Tauros que me hubiera despertado. Lo que me generaba preocupación era la razón.

    >>No digas eso—torcí y aunque mi voz se mantuvo firme, no permití que la frustración se colara en ella. No era bienvenida allí—. ¿Cómo que solo sabes estropear las cosas? Ni se te ocurra culparte por lo que sucedió en el ascensor. Nada de eso fue tu culpa. Y esto tampoco lo es.

    >>Solo son... una serie de acontecimientos nefastos—repliqué, y tuve que cerrar los dedos al darme cuenta de que mis manos estaban temblando—. No voy a permitirte disculparte por algo que no puedes controlar. Eso sería ser complaciente con las circunstancias y cargar con una culpa que no te pertenece.

    Dejé escapar un profundo suspiro buscando destensar mis hombros y me incorporé para tomar un vaso y llenarlo con agua.

    >>Toma—se lo extendí con cautela como si algo dentro de mí temiera asustarla con movimientos bruscos. Cuando finalmente lo tomó, me senté a su lado con la espalda pegada al armario y recogí las piernas—. Dices que te suele pasar a veces. ¿Sabes por qué ocurre?
     
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    La presencia de Tau se desvaneció al abrir los ojos, pero el susto me pesaba en el cuerpo aún habiendo regresado a la seguridad que me confería mi habitación, allí donde la sombra de la muerte no podía alcanzarme. Cada una de las pesadillas que experimentaba se sentían tan vívidas que resultaba imposible diferenciarlas de la realidad, como si cerrar los ojos me conectase con el Mundo Distorsión en lugar de estar soñando. Era una experiencia que no le deseaba a nadie.

    Cuando los engranajes de mi raciocinio comenzaron a funcionar de vuelta supe, al encontrarme con la expresión inquieta de Mimi, que uno de mis mayores miedos finalmente se había cumplido. Detecté en sus ojos el temor y la frustración que había vislumbrado en tantos otros antes, la preocupación tal vez por no saber cómo ayudarme, y detesté profundamente la situación y a mí misma.

    Me tendió un vaso de agua y lo sostuve con movimientos ralentizados, incapaz de ocultar el temblor en mis manos. Arceus… me sentía tan patética. Era cuestión de tiempo que sucediese algo así, no iba a tapar el sol con un dedo. Pero hubiese deseado que mi cabeza me hubiese concedido algo más de margen.

    Solo cuatro días más.

    Sorbí un poco entre hipidos, notando la garganta algo seca y rasposa. La escuché decir que no debía culparme de nada pero dudaba que algo de todo eso le sirviese. Para alguien que se había criado desde pequeña con la idea de ser autosuficiente, con padres amorosos pero ahogados en sus propias penas, pedir ayuda o recibirla de manera voluntaria se sentía más como una derrota hacia mí misma que una salvación. Era una contradicción enorme, porque odiaba que me ciudasen pero sabía que dentro de mí no había nada que desease con tanta fuerza que eso.

    “Dices que te suele pasar a veces. ¿Sabes por qué ocurre?”

    Asentí, queda. Si tuviese más energía habría soltado una risa vacía y sin gracia; por supuesto que lo sabía. ¿Cómo no saberlo, después de tanto tiempo lidiando con mi propia mente en completa soledad?

    —Mhm —murmuré. Extendí el silencio más tiempo del que pretendía, tratando de encontrar tal vez las palabras adecuadas. Observé el movimiento del agua detenidamente, abstraída de la realidad—. Sufro de pesadillas recurrentes desde hace más de un año. Las más fuertes suelen derivar en episodios de sonambulismo, como sucedió justo ahora. El tratamiento y la terapia me ayudaron a disminuirlas en frecuencia e intensidad, pero a veces…

    Me detuve de inmediato al ser consciente del peso de mis palabras. Tratamiento. Terapia. Tomé una bocanada de aire temblorosa. Tal vez debía dejar de dar vueltas y contarle toda la verdad, sin medias tintas.

    Pero nunca era fácil hablar de estas cosas.

    >>...Me diagnosticaron trastorno de estrés post-traumático severo hace un año y medio. Fue como si todo lo que había vivido hasta entonces estallase el día menos esperado: el torneo en Gérie finalizó, las amenazas de científicos locos cesaron… Disfrutaba incluso de unas merecidas vacaciones, junto a Nikolah. Creí que era feliz —Tensé los labios, tratando de contener de nuevo las lágrimas—. Y entonces las pesadillas empezaron a atormentarme.

    >>Cada noche, los terrores que hemos vivido como Holders se reproducían en mi cabeza sin descanso. No me di cuenta de lo traumatizada que estaba hasta entonces, ¿cómo no íbamos a estarlo? Toda la sangre, las muertes; todo el sufrimiento, el caos y la devastación. El suceso del futuro, Melissa… Tau era la pesadilla más recurrente de todas —Pronunciar su nombre hizo que un escalofrío me recorriese la espalda. Odiaba profundamente tenerle miedo al fantasma de un recuerdo, ¿pero cómo luchar contra eso? No tenía la menor idea, aún seguía sin saberlo—. Era como si hubiese vuelto a la vida e instalado en mi propia mente. Como si se alimentase del terror y del sufrimiento que me provocaba. Durante un tiempo estuve convencida de eso.

    —Tomé pastillas durante mucho tiempo para tratar de recuperar un poco de estabilidad. Tenía cambios de humor absurdos, era incapaz de distinguir la realidad de la ficción… A veces ni siquiera sentía que mi cuerpo me perteneciese del todo, como si viviese los eventos desde fuera —Hasta ese entonces no me atreví a alzar la mirada del vaso. No quería mirarla a los ojos y vislumbrar lo que más temía: lástima, condescendencia. Decepción, tal vez—. No se lo conté a nadie. Me sentía patética y defectuosa, joder. Mientras todos parecíais tener la resiliciencia suficiente como para seguir adelante y alcanzar vuestros sueños, yo me limitaba a llorar y a atiborrarme de pastillas día sí y día también. La gran mayoría de los días no podía salir siquiera de la cama.

    Dejé el vaso sobre mi regazo y la miré por fin.

    >>Estoy tan desesperada por volver atrás en el tiempo que pretendí fingir durante estas vacaciones una normalidad que ya no tengo el lujo de vivir. La realidad es que no soy más que una niña rota y asustada que es incapaz de asumir que no importa el tiempo que pase, nunca más volveré a como estaba antes.

    Y no sé qué demonios hacer con eso.
     
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    Yugen

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    Era doloroso para mí verla en ese estado. Solía ser brillante, incansable, terca como un Mudsdale, pero con un corazón amable lleno de un profundo amor por otros. En ese instante, arropada por la luz cálida de la mesita de noche y hecha un ovillo contra el armario, no parecía nada de eso. Todo lo opuesto. Se veía pequeña, contrariada y perdida. Como si quisiera huir y esconderse pero no tuviese las fuerzas suficientes para ello.

    >>Cuando revives un trauma, lo haces como si tuvieras la edad que tenías cuando sucedió.<<

    Esas palabras resonaron en mi mente como traídas por un soplo de brisa nocturna. Era la voz de mi propia psicóloga, la mujer a la que detestaba ver porque pensaba que asistir a terapia era un símbolo de debilidad y no había nada que odié más que reconocer mi propia vulnerabilidad. De la misma forma que White parecía pensarlo. No me pasaron desapercibidas la tensión que sentí en su cuerpo cuando mencionó el tratamiento y la terapia, y mucho menos la forma en qué seguía culpándose a sí misma por algo que seguía sin ser culpa suya.

    Apoyé el mentón sobre mis rodillas y la escuché en silencio sin intervenir ni interrumpirla. ¿Cuanto tiempo... llevaba guardándose todo eso para sí? Debía haber sido una carga demasiado pesada vivir aterrada de tu propia mente y ser incapaz de compartirlo con alguien por temor a ser juzgada o recibir miradas lastimosas y condescendientes.

    ¿Trastorno de estrés post-traumático? Eso se quedaba corto para los problemas paicológicos que debíamos tener después de todo lo que habíamos vivido. Si no fuera porque los Holders éramos resilientes, quizás estaríamos ya muertos o internados en una unidad psiquiátrica por atentar contra nuestra propia vida. Jamás la culparía por haber asistido a terapia ni por tomar pastillas; ni tampoco mostraría ni lástima ni condescendencia. No necesitaba un "cuánto lo siento", una palmadita en el hombro ni miradas cargadas de compasión. La lástima ajena era completamente inútil sin una intención real de ayuda y solo recrudecía ese pinchazo amargo en el pecho.

    No. Lo que Liz necesitaba era comprensión, tiempo, y alguien que la escuchase y le permitiese desahogarse de todo lo que llevaba dentro.

    Y lo sabía porque... yo era exactamente igual que ella.

    —Liz—hablé finalmente cuando sus ojos volvieron a encontrar los míos. Los suyos seguían vidriosos, la luz cálida les arrancó un destello dorado y el corazón se me apretó de forma dolorosa—, no le desearía a nadie por lo que hemos pasado. La CSG, el P.A.M, Tau... todo ha sido una mierda. Pero estás aquí. Y aún si se te hace difícil a veces, estás aquí. Eso es más de lo que otras personas en tu situación podrían decir.

    >>Cuando fui a terapia en Sinnoh después de lo que sucedió con Emily y todo el mundo se me vino encima, mi terapeuta me dijo que las personas que realmente necesitan ir a terapia no van: van sus víctimas—le conté—. Víctimas inocentes de la locura y desestabilidad mental de otros. Ser una víctima no es un pecado, el pecado es convertir a alguien en una. Y hemos pasado por momentos horribles cuando éramos apenas unos niños. Nos han mentido, nos han traicionado, nos han usado... incluso hemos tenido que enfrentar el hecho de que no teníamos el derecho de decidir por nosotros mismos. De que... ni siquiera existíamos como tal.

    >>No eres patética ni defectuosa por sentir. Y tal vez suene un poco hipócrita que yo te diga esto cuando detesto mi propia vulnerabilidad, pero no hay nada mal contigo. No estás haciendo nada malo y tu miedo, tu ansiedad... son válidas.

    Mi mano rozó la suya, entre ambas, hasta que pude tomarla. Si las palabras no eran suficientes entonces lo demostraría con acciones. Era mucho mejor demostrando que hablando. Después de todo, las palabras podían fingirse, confundirse, falsificarse... pero las acciones jamás mentían.

    >>Sanar es un proceso—aseveré—. A veces estás mejor, a veces estás peor... pero el solo hecho de no rendirse cuando todo está tan jodido es el mayor logro posible. Esa es la verdadera fuerza. Todos tenemos una forma diferente de lidiar con el trauma. Algunos fingen que no sucedió, otros hacen lo posible por huir de él... a ti y a mí, sin embargo, nos ha tocado enfrentarlo de frente. Mírame a mí: aún sigo aterrada por los bichos por lo que me hizo el hijo de puta de mi hermanastro. Si crees que eres débil por no haber superado todo por lo que pasamos, entonces tienes que creer que yo también lo soy y no voy a permitirte eso.

    Algún día, quizás, volveríamos la vista atrás y nos daríamos cuenta de que aprender de la experiencia y superar los obstáculos nos hizo más fuertes. Pero de momento, todo lo que teníamos era seguir intentándolo. Nunca estaría todo perdido mientras tuviéramos la fuerza para ponernos en pie.

    >>Lo estás haciendo bien. Si no puedes volver atrás, entonces sigue adelante, el camino no está trazado aún. Y si aún así, en algún momento sientes que es demasiado y no puedes seguir avanzando, que el miedo es una carga demasiado pesada y las cadenas del dolor te arrastran, me tienes a mí para sujetarte—apreté el agarre de mi mano en torno a la suya, cómplice, como si se tratara de una muda promesa—. No voy a dejarte caer si está en mi mano evitarlo, Liz. Puedes tener completa seguridad de ello.
     
    Última edición: 23 Diciembre 2025
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    Andysaster

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    Liza White


    Había pretendido armarme de valor para contarle toda esta verdad, en la noria... pero una vez más debía rozar los extremos para ser siquiera capaz de enfrentar las partes de mí que tanto me esforzaba por rechazar. Si no hubiese vivido el aterrador episodio en el ascensor tal vez jamás le hubiese contado el origen de mi miedo. Si no hubiese tenido esta pesadilla, quizás nunca me habría atrevido a revelarle lo asustada que vivía en realidad.

    La niña que aprendió a curarse las heridas y a sanar en silencio, por temor de sentirse una carga hacia sus padres y el dolor con el que estos cargaban, se revolvió ligeramente al escuchar sus palabras. Habló de los horrores que habíamos vivido, me aseguró que no había nada mal conmigo y que era válido sentirme así, pero pronto el eco de mis pensamientos alteró el sincero cauce de sus palabras.

    Solo podía escuchar la palabra fracaso en su lugar, la jodida palabra maldita de mi familia. Fracaso como Holder, fracaso como entrenadora y fracaso como Ranger, quizás. Tal vez no ahora, pero si mi mente seguía interponiéndose en mis estudios y en mi propio entrenamiento de esa forma, no tardaría mucho en volver esa sentencia realidad.

    Una profecía autocumplida.

    Fue entonces cuando, perdida en un océano de pensamientos intrusivos y ponzoñosos, su mano rozó la mía, prestándome parte de su calor. Parpadeé, sintiendo las lágrimas arderme tras las cuencas, y me aferré a esa muestra de cariño genuina y desinteresada como a un madero a la deriva. Fue como si tuviese el poder de silenciar mi mente y me centré en su voz, en sus palabras y en la calma que me transmitía su sola presencia.

    "Lo estás haciendo bien"

    "Me tienes a mí para sujetarte"

    A veces solo se trataba de eso.

    Sintiendo las lágrimas silenciosas recorrer mis mejillas me acurruqué sobre su hombro, ansiando un poco más de su calor. Mi cuerpo se agitaba de tanto en tanto entre los espasmos del llanto, pero era evidente que sus palabras me habían alcanzado en el buen sentido. No estaba segura de si considerarme una persona fuerte como ella aseguraba, pero en ese momento quería creerla. Quería poder dejar de odiar esa parte de mí, aprender a mirarla a los ojos y escuchar lo que tenía para decirme. Solo así sería capaz de aceptarla y poder sanar heridas que aún no habían dejado de sangrar.

    —Se me da horrible delegar tareas o dejarme cuidar por otros. Desde siempre —Apreté ligeramente su mano, insegura de cómo debía continuar. Había llegado hasta allí, no podía retroceder ahora—. ...¿Sabes? Durante un tiempo creí que lo único bueno que tenía, lo único para lo que realmente servía era para cuidar de otros. Estaba tan perdida con mi futuro, tan desesperada por no ser otra mancha en el camino de los White, que creí que podría aferrarme a eso. Pero olvidaba cuidarme de mí misma. Genuinamente aún a día de hoy no sé cómo hacerlo.

    >>Creí que podría afrontar todo esto si le echaba ovarios, como hago con todo en esta vida. Silenciaba mis pensamientos con pastillas, recurría al deporte intensivo como válvula de escape, hacía encargos de más en mis horas de servicio, con tal de no llegar a casa. Si parezco un Spoink con sobredosis de azúcar de por sí, esta situación solo recrudeció ese comportamiento. Te insistí en llenar cada minuto del día con actividades porque solo así evito pensar. Pero es insostenible a largo plazo: la sucesión de eventos nefastos es solo la consecuencia de lo mal que me tratado a mí misma todo este tiempo. De que en realidad no puedo hacer esto sola.

    Que no hay nada de malo en pedir ayuda.

    —Tengo esta concepción errónea de que soy un estorbo para los demás por cargarles con mis problemas cuando ya tienen los suyos. Ahora mismo sigo sintiéndome un asco porque estás despierta a las cuatro de la madrugada por mi culpa... Pero también sé que no te sientes así en realidad —Solté una risa nasal, baja, frotando ligeramente mi mejilla contra su hombro—. Que solo es mi cabeza tratando de hacerme sentir culpable. Mis padres siempre han velado por mi bienestar, y me apoyan en esto... Pero han sufrido mucho. Tampoco hay una forma de explicarles todo lo que ha sucedido con nosotros, de modo que me acostumbré a filtrar mis emociones y mostrarles siempre la punta del iceberg. Con el tiempo la máscara se incrustó en mi rostro con tanta fuerza que, cuando quise darme cuenta, no podía desprenderme de ella.

    Ahora la máscara yacía sobre mi regazo, arropada por la luz dorada que irradiaba la habitación. Se había desprendido sola, empujada con suavidad por las lágrimas y las palabras amorosas de Mimi. Y aunque me sentía desnuda y el temor no desaparecía del todo, no sentí la necesidad de colocármela de nuevo.

    >>¿De verdad que está bien... sentirme así? —volví a cuestionar, cautelosa. Mis ojos la enfocaron desde abajo con un brillo de culpabilidad. Mimi adivinó cierta súplica velada en ellos—. Tal vez te despierte de nuevo. Quizás... un día me sienta deprimida y desperdicie nuestro día por no querer salir de la cama. Puede que mañana no tenga ganas de ser la Liza que conoces, quizás sea una versión aburrida y sin gracia porque no encuentre las fuerzas para encarar el día con la vitalidad de siempre.

    ¿Estarás... bien con eso?

    ¿Me querrás así también?
     
    Última edición: 24 Diciembre 2025
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    Yugen

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    La sentí acurrucarse junto a mí. No me había acercado más a ella desde un inicio porque había luchado tanto durante el episodio de sonambulismo, aterrada, que pensé que sería contraproducente. Pero en el momento en que apoyó su cabeza en mi hombro, yo hice lo propio y me recliné contra la suya. Su calor me resultaba profundamente reconfortante. ¿Lo era el mío para ella también?

    ¿Qué significaba exactamente cuidar de uno mismo? ¿Era hacerse cargo de las necesidades básicas, de comer bien y descansar lo suficiente? ¿Era colmar las necesidades psicológicas, como la atención y el cariño? Yo tampoco lo tenía muy claro. Suponía que tenía que ver con respetar los límites propios, ser amable y paciente con uno mismo y no sobre esforzarse. Y si ese era el caso, White no estaba cumpliendo nada de eso. Se culpaba a sí misma por ser incapaz de avanzar, pero valoraba su progreso en función del de otros. Si otra persona lo había conseguido pero ella no, entonces era un fracaso y debía esforzarse aún más por lograrlo.

    Y esa era una forma muy tóxica de pensar. Era ella la única que sufría sus consecuencias.

    Podía sentir un nudo prieto en la garganta cada me pensaba en lo que mucho que se había descuidado. ¿Por eso había saltado a la colchoneta de espaldas en Arcadia? ¿Por eso estaba siendo tan imprudente, porque no quería pensar? Que estupidez. ¿Cómo podía creer que eso le haría algún bien?

    Y además, que solo servía para cuidar de otros evidenciaba una intención nula por el bienestar y las necesidades propias. Pondría a cualquier por encima de sí misma. Y aunque tanto afán de sacrificio resultaba admirable, también era un grito silencioso de ayuda. Su prioridad debía ser ella misma. No podría cuidar de nadie si no cuidaba primero de sí.

    —¿Y? ¿Qué te hace pensar que no voy a estar contigo pase lo que pase?—repliqué con cierto tono petulante, como si el solo hecho de que pensara que algo de todo lo que decía iba a alejarme fuera una ofensa—. No te vas a librar de mi ni con agua caliente, ¿sabes?

    Se había ganado mi paciencia y mi lealtad. Y absolutamente nada, a no ser que fuera particularmente grave, iba a romper esa muda promesa.

    >>No te gusta compartir tus problemas porque sientes que eres un estorbo para los demás. A mí no me gusta compartirlos porque detesto sentirme vulnerable. Pero si yo no pienso que tú seas un estorbo y tú no piensas que yo sea débil, ¿entonces qué más da?

    >>Ya te lo he dicho, Liz. Sanar es un proceso. No voy a culparte si un día simplemente ni siquiera tienes ganas de ser tú. Si no quieres salir a la calle, entonces no salgas. Podemos ver alguna película o charlar de todo y nada. Podemos desayunar en la cama o jugar algún juego de mesa. Podemos... tener una sesión de spa y bañarnos juntas y luego pintarnos las uñas como dos colegialas sin nada que perder.

    Mis mejillas habían vuelto a tomar color y en un intento o bien por ocultarlo o por darle fuerza a mis palabras, volví a apretar su mano.

    >>Me aseguraré de que cuides de ti misma para que puedas seguir cuidando de otros si eso es lo que de verdad quieres hacer—aseveré—. Pero a partir de hoy, tu prioridad eres tú, ¿me oyes?
     
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    Andysaster

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    Liza White

    Tal vez todo este tiempo había estado gritando por ayuda, pero nunca logré encontrar mi voz. Por mucho que extendiese mi brazo, nadie acudiría a mi llamado. Era... una sensación de impotencia y soledad abrumadoras. Como encontrarse sumergida en el fondo del mar.

    Ahora que mi voz había alcanzado a alguien más fue como si ese océano insondable se desvaneciese ante mis ojos. Ya no había necesidad de tener miedo, pues alguien más me veía. Veía mis defectos, mis fragmentos y mis demonios, y aún así optaba por quedarse. La compasión y los prejuicios no tenían cabida allí, tan solo una muestra de cariño genuino y desinteresado. Me había ganado su paciencia y lealtad, pero ella había obtenido lo mismo conmigo a cambio.

    Aquello era demasiado trascendental para mí. Tal vez jamás se hiciese una idea de cuánto.

    "A partir de hoy, tu prioridad eres tú, ¿me oyes?"

    —¿Puedes darme un día más de margen al menos? —Solté el aire por la nariz en una risa baja, la voz gangosa por las lágrimas. Si podía permitirme bromear es que iba por buen camino.

    Me erguí sobre su hombro, y mi mano libre sostuvo su mejilla con una suavidad y cuidados casi etéreos. Simplemente me nació hacerlo. Me acerqué y presioné mis labios sobre su mejilla, en un gesto cargado de ternura que extendí en el tiempo algo más de la cuenta, cerrando los ojos.

    >>Gracias —murmuré finalmente, retrocediendo lo suficiente para poder mirarla a los ojos. Le sonreí a pesar de las lágrimas, dulce, pues ya no sentía ese pesar en mi corazón. En lugar de eso me sentía extrañamente liberada—. Tal vez me cueste un poco al inicio, pero... Lo intentaré. Te lo prometo.

    Mi mano abandonó su mejilla entonces, y la dejé ir. Repasé la habitación con la mirada en su lugar; la ropa se esparcía por el suelo de manera arbitraria, y asumí que eso también había sido culpa mía. Me sequé la humedad de las mejillas, y tomando una bocanada de aire me infundí de las fuerzas necesarias para levantarme. Pronto, como era evidente, me detuve a medio camino al ver que aún me encontraba demasiado débil como para levantarme sin marearme un poco en el proceso.

    Volví a sentarme, resignada, y no me quedó de otra que dirigirle una sonrisa de circunstancias a Mimi, aún sentada a mi lado.

    —Lo siento... ¿Podrías... ayudarme un poco? —le pedí, desviando pronto la atención de sus ojos. Arceus, esto era más difícil de lo que pensaba—. Se ve que necesito un pequeño empujón. Y otro para encontrar el blíster también. Perdona —Me llevé una mano a la nuca, visiblemente incómoda—. Debería... dejar de pedir disculpas, ¿verdad?

    Mimi me ayudó diligentemente en ambas peticiones, en cualquier caso. A pesar de todo cuanto me dijo, me seguía sintiendo una molestia para ella. Suponía que era difícil borrar dieciocho años de malas costumbres en cuestión de minutos, pero quería creer que había dado el primer paso en la dirección correcta.

    La oscuridad bañó nuevamente la habitación, y aunque la tensión me alcanzó el cuerpo de manera inconsciente, allí bajo las sábanas y en compañía de alguien más me sentía resguardada de todo cuanto me atormentaba. La pastilla fue relajando mis inquietudes y me acurruqué, orientando mi cuerpo hacia ella.

    A pesar de que mis párpados comenzaban a pesar, traté de encontrar sus ojos en mitad de la oscuridad. Los míos brillaban con complicidad.

    >>¿...Sabes? Cuando era pequeña, hubo un tiempo donde vivía pesadillas cada noche. Cuando despertaba, y no podía volver a dormir, mi madre siempre me cantaba una nana. Escucharla cantar la melodía tenía la capacidad de alejar todos mis males. Era casi como... como su propio hechizo.


    La melodía, suave y conciliadora abandonó mis labios sin siquiera pensarlo, transportándome a una época distante en el tiempo. Una donde no existían las dudas, donde vivía de la forma que quería hacerlo. Cerré los ojos, sumergida en el mar de recuerdos y sensaciones. Mi mano se cerró suavemente en torno a la tela de su pijama, casi como si, mientras mi cuerpo se relajaba y mi mente se sumergía en la bruma de la inconsciencia, necesitase sentir que seguía allí conmigo.

    Mi voz fue perdiendo fuerza a medida que caía en los brazos de Cresselia. Mi respiración acompasada fue el preludio de tan ansiada calma, y la habitación recuperó, una vez más, su pacífico silencio.

    Revoloteó aún en él el eco distante de aquella suave melodía, que las envolvió a ambas en un sueno cálido, ajeno al mal que las aquejaba.
     
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    Yugen

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    Nuestro horario de sueño se había ido un poco al traste, pero no había sido una noche perdida. Ahora que Liza había podido expresar sus miedos y hablado de las cadenas que la retenían, ya no tenía por qué seguir encadenada a ellas.

    Yo no iba a juzgarla. Al contrario, estaba más que dispuesta a apoyarla para que pudiera enfrentarlo. Y si no lo lograba entonces, siempre podía seguir intentándolo mientras no tirase la toalla.

    Nadie dijo que fuera fácil.

    —¿Puedes darme un día más de margen al menos?

    —Lo siento, la garantía caducó ayer—repliqué con cierta gracia y rodé los ojos, burlona—. Si te diera más tiempo, tendría que cobrarte una caja de éclairs de las caras.

    Se apoyó en mi hombro para incorporarse y sentí el tacto cálido y suave de su mano en mi mejilla. La habitación estaba fría, helada quizás, pero su cuerpo no.

    —¿Eh?

    Un pequeño chispazo nada más.

    No debería de ser la gran cosa, ¿no?

    Quizás, no debería haberle cargado la importancia que le cargué cuando sus labios se presionaron sobre mi mejilla. Tal vez, mi estúpido corazón no debería haberse sobresaltado como lo hizo, de una forma tan ridícula como brusca. Muy probablemente tampoco debería haberme quedado paralizada como una estúpida, como si el cerebro me hubiera dejado de funcionar.

    Pero mi cuerpo siempre había sido mucho más honesto que yo.

    La escuché agradecerme, sonreírme con una ternura que me desarmó, y todo lo que alcancé a hacer fue maldecir mi propia estampa por lo roja que debía tener la cara. Oh, ¡por las barbas de Samurot! Habíamos hecho cosas muchísimo más intensas, ¿por qué un simple beso en la mejilla me dejaba fuera de servicio?

    Cuando su mano se deslizó de mi rostro maldije el ademán que hizo mi cuerpo por inclinarse hacia ella, terco, como si extrañara ese calor perdido. Le echó un vistazo al cuarto, a la pila de ropa que en mitad del episodio de sonambulismo había arrojado al suelo en plan berserker, y aproveché que no estaba mirándome para racionalizar la situación. Y por racionalizar, quería decir por obligarme a calmarme, claro.

    Apreté los labios.

    Mi línea de pensamiento era un desastre sin dirección. Me asustó. Ese fue quizás el primer momento en que algo relacionado con White me causó terror.

    Cualquiera podía experimentar emociones fuertes durante el sexo, pero sentir algo por un simple beso en la mejilla... no era tan común. Y traer ese hecho a colación era mencionar al Donphan en la habitación: no tenía intención alguna de hacer tal cosa. Era imposible. Me negaba sistemáticamente.

    Por suerte no pareció darse cuenta de nada y si le hizo, afortunadamente no mencionó nada al respecto. La ayudé a incorporarse y encontré el blíster con la pastilla que le había dado la enfermera en la mesita de noche. No tardaría mucho en amanecer, pero aún tenía tiempo de sobra para recuperar horas de sueño. La pastilla evitaría otro episodio, aunque por lo relajada que se veía quizás ni siquiera hubiera sido necesaria.

    Mi cuerpo seguía algo tenso cuando nos deslizamos bajo las sábanas. La habitación se sumió en la oscuridad y sus ojos buscaron los míos en la semi penumbra.

    Me contó de la nana de su madre y empezó a cantarla en voz baja, dejándose llevar por recuerdos distantes y siendo arrastrada dulcemente nuevamente a los brazos de Cresselia. Sentía sus dedos aferrados a la manga de mi pijama, buscando quizás la seguridad de que seguía ahí, y mi mente aún estaba dándole vueltas a la madeja imposible de desentrañar de mis propios pensamientos.

    Mi pecho se vio estremecido por un suspiro.

    Solo estaba sacando las cosas de quicio.

    ****​

    Cuando Liza abrió los ojos horas después, los rayos del sol ya bañaban la habitación con una luz cálida. Las sábanas a su lado, sin embargo, estaban movidas y no había rastro de Mimi por ninguna parte.

    —No, Boris—esa era su voz. Sonaba tensa, irritada incluso—. Escúchame tú a mí.

    Provenía de la puerta entrecerrada del baño. Parecía que había recibido una llamada de su agencia y por no molestar a Liza, que aún dormía después de una noche tan ajetreada, se había ido a hablar allí.

    Pero, ¿de qué estaba hablando exactamente?
     
    Última edición: 28 Diciembre 2025 a las 6:54 AM
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    Andysaster

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    El día sucedió a la noche con prontitud, y al despertar sentí que no había descansado lo suficiente, por no decir nada. Era comprensible, después de haber interrumpido mi sueño y el de Mimi de esa forma. Por esa razón, a pesar de abrir los ojos al notar la claridad de la habitación, traté de seguir conciliando el sueño un poco más.

    Arceus, estaba exhausta.

    Fruncí ligeramente el ceño, al escuchar una voz en la distancia interrumpir el silencio que sumía la habitación. Intenté ignorarlo, pues se encontraba amortiguado por la lejanía, pero ya me había desvelado lo suficiente como para ser incapaz de ignorarlo. Al abrir los ojos del todo y notar que Mimi no se encontraba a mi lado, la curiosidad me invadió lo suficiente como para averiguar qué estaba sucediendo.

    —¿Mims...?

    Sí, definitivamente la voz que salía del baño era la suya. ¿Y estaba... discutiendo, acaso? Me levanté, frotándome los ojos con pesadez, y caminé hasta la puerta con cautela, sin intención de interrumpirla.

    Tal vez... ¿pudiese pegar la oreja? Solo un segundito nada más.
     
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    Yugen

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    Liza se acercó a la puerta que no estaba cerrada del todo y en el momento en que se apoyó contra esta, se abrió un poco más. Por suerte, no hizo el suficiente ruido como para alertar a Mimi. La joven siguió discutiendo dentro aparentemente ajena a la inesperada espía.

    O estaba muy metida en la conversación o simplemente no estaba prestando atención a la puerta. Le daba la espalda a esta, su cabello rubio y suelto caía sobre su espalda como una ondulada cascada de sol mientras delineaba sus ojos frente al espejo. Si dirigiera la mirada un poco a la izquierda la vería, pero estaba muy ocupada procurando que el eyeliner no se saliera de su sitio.

    La escuchó chasquear la lengua.

    —Te dije que no iba a aceptar ninguna clase de retoque a mis fotografías. Tengo derecho de propiedad sobre mi imagen.

    Liza no podía verla de frente pero por el tono irritado de su voz podía imaginar con perfecta claridad el tipo de expresión que estaba haciendo. El ceño fruncido, los labios apretados y los ojos cerrados, luchando por no perder la calma en algo que parecía ser una guerra perdida.

    >>¿Cómo que es la agencia la que tiene el derecho?—alzó la voz de forma repentina. La indignación era perfectamente audible en su voz y todo su cuerpo se tensó como si hubiera sido alcanzado por un rayo. Soltó un gruñido, un típico 'ugh~' que se asemejó más a un quejido petulante que cualquier otra cosa. Liza pudo verla tocándose un ojo con el índice—. Mierda.

    >>¿¡Huh!? ¡Eres mi agente! ¡ debías leer ese estúpido contrato!

    Fuera lo que fuere que ocurría, no parecía ser algo bueno. ¿Qué debería hacer Liza entonces...?
     
    Última edición: 28 Diciembre 2025 a las 4:43 PM
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    Andysaster

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    Liza White

    El corazón me dio un vuelco repentino en el pecho cuando, medio adormilada como me encontraba, me percaté tarde de que la puerta no estaba cerrada del todo. Al apoyarme en ella para poder escuchar mejor esta amenazó con abrirse del todo, si bien se detuvo antes de que pudiese resultar una amenaza para mi improvisado escondite.

    Me llevé una mano al pecho, despertándome del todo con aquel susto, y fue entonces cuando la escuché mejor. Mimi estaba… ¿Discutiendo con Boris? Bueno, nada nuevo bajo el sol. Suponía que ese era el pan de cada día para ella. Algo más tranquila al pensar que no era ninguna emergencia nefasta que la involucrase o estropease de alguna manera nuestras vacaciones, decidí que ya había invadido su privacidad lo suficiente. Nada se me perdía allí, en realidad. Y empezaba a tener hambre.

    Paralelamente Amber, quien se había levantado de la alfombra en la que estaba hecha un ovillo al escuchar ruido, se acercó a mi ubicación con curiosidad. Creyendo quizás que estaba teniendo problemas con la puerta la empujó levemente con la cabeza, diriendome una sonrisa orgullosa posteriormente al ver que había ayudado a su entrenadora con aquel obstinado obstáculo. Abrí los ojos como platos al notar su intención de reojo, pero fue demasiado tarde.

    —¡Am, no, quieta…!

    La puerta se abrió cómicamente, revelando cómo abrazaba el cuello de la Luxray para apartarla sin éxito de la puerta. Me congelé en el sitio cuando Mimi nos pilló con las manos en la masa, y parpadeé con lentitud, tratando de procesar la situación.

    Bueno, no se podía decir que no me lo había buscado, ¿no?

    Le sonreí, inocentona, como si no hubiese roto un plato en mi vida, y me apresuré en tironear de Amber, quien no se estaba enterando de nada, para cerrar la puerta y dejarle hablar tranquila con su agente.
     
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  19.  
    Yugen

    Yugen D e p r e s s e d | m e s s

    Piscis
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    Mimi Honda

    El resto de la noche transcurrió sin sobresaltos. Quizás fue aquella nana o el hecho de que la situación también me había dejado emocionalmente exhausta, pero hice a un lado el lío de pensamientos en mi cabeza y me dejé arrastrar al mundo de los sueños.

    Cuando abrí los ojos horas después lo hice con un gruñido porque un molesto rayo de sol se había deslizado entre las cortinas y me golpeaba justo en la cara.
    En un primer momento me hice un ovillo bajo la manta, irritada, pero me fue imposible volver a conciliar el sueño. Me había acostumbrado a levantarme temprano, como modelo seguía una estricta rutina: Me levantaba, iba a la ducha a prepararme para el día y desayunaba un té y unos éclairs—tendrían que arrancármelos de mis manos frías y muertas—, antes de salir de casa.

    Cuando Liza regresase a Almia tendría que salir quizás aún más temprano para buscar un trabajo menos esporádico, uno que nos permitiese pagar el piso. Desafortunadamente las opciones que tenía no llamaban mi atención: Camarera en un café, cajera de una tienda de conveniencia y... ¿repartidora de comida de un restaurante de Kalos?

    Prefería suicidarme.

    Me había incorporado de la cama, con la mente aún dando vueltas, cuando mi teléfono sonó. Mi expresión se agrió cuando vi el nombre del contacto. Últimamente ver su nombre me generaba más rechazo que alegría. Era una sombra pesarosa empeñada en cortarme las alas.

    Me giré hacía Liz para comprobar que seguía dormida y entonces, haciendo de tripas corazón, me deslicé hasta el baño y entrecerré la puerta.

    Boris estaba tenso porque al parecer, el hecho de que yo respetase mi propia imagen corporal y no quisiera cambiarla era un gran agravio para la agencia. Había denunciado la edición de mis fotografías en todas mis redes sociales porque era consciente de que denunciarlos ante la policía y buscar repercusiones legales no prosperaría. Pero la presión pública sí y era un arma con la que no contaba ni la propia revista.

    Tensos por su imagen pública habían contactado a la agencia y ahora querían hablar conmigo personalmente para alcanzar un consenso. El mismo motivo por el que me habían escogido a pesar de haber iniciado relativamente poco en el mundo del modelaje: mi fama en Gérie, ahora les estaba generando una mala prensa que no querían asumir.

    Boohoo.

    Lo tenían más que merecido.


    Yo no era la única que sufría por ediciones injustificadas. Éramos muchas, lo veía constantemente y ya estaba harta. Si tenía que trabajar con empresas que glorificaban cuerpos imposibles, prefería no trabajar en lo absoluto.

    Sin embargo, había algo de toda esa larga charla que sí me interesó. Y estaba debatiendo las implicaciones morales conmigo misma, cuando la puerta se abrió y Ámber y Liza entraron en el baño. La sonrisa inocentona que White me dirigió antes de salir me arrancó un suspiro indulgente del pecho.

    Había intentado no molestarla... pero suponía que llevaba ya un rato ahí. Bueno, qué remedio. Se lo iba a contar de todos modos.

    —¿Recuerdas el asunto de las fotografías retocadas?—inquirí cuando salí poco después del baño al terminar la llamada. Apoyé mi espalda contra la pared y crucé los brazos—. La revista está dispuesta a llegar a un consenso si accedo a hablar con ellos. Retirarán las fotos editadas, todas, no solo las mías, y darán una disculpa pública si yo accedo a eliminar su mala imagen de mis redes.

    No supe en ese momento si era una confirmación de intenciones o si le estaba pidiendo su opinión. Parecía un trato justo y no me beneficiaba solo a mí.

    Pero.
     
    Última edición: 29 Diciembre 2025 a las 11:40 AM
  20.  
    Andysaster

    Andysaster Game Master

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    Liza White

    —Escúchame bien. Cuando salga por la puerta quiero que le pongas la cara más adorable que puedas, ¿me oyes?

    —¿Lux?

    Amber ladeó la cabeza sin comprender. Me masajeé los párpados en respuesta, resignada. Me había sentado en la cama de vuelta, aguardando por mi funesto destino (la evidente regañina de Mimi), cuando la Luxray alzó las orejas, detectando movimiento al otro lado de la puerta. Preparé mi mejor sonrisa, fingiendo naturalidad a pesar de que se me notaba la tensión a leguas, y entonces la susodicha apareció por la puerta.

    Sin... ninguna queja en realidad.

    Oh. Lucky me!

    Me apoyé sobre la cabecera de la cama y crucé las piernas, escuchando lo que tenía para decirme. Había amanecido con cierta migraña, tal vez por las intensas emociones vividas el día anterior, pero nada con lo que no pudiese lidiar. Al parecer la revista había lanzado un alto al fuego bastante tentador, pero mientras me masajeaba la sien repasé sus facciones con cautela.

    Sonaba demasiado bien, en realidad. Pero por mucho que lo hiciese, su expresión no mostraba júbilo alguno. Se veía... Conflictuada, tal vez.

    —Hay algo más, ¿verdad? —comenté, perspicaz. Apoyé la mejilla en mi palma, brindándole el tiempo necesario para aclarar sus ideas—. Si es por mí no te preocupes, te acompañaré como apoyo moral. No voy a dejarte sola en esto. Y antes de que lo digas, no: Boris no cuenta como compañía.
     
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