Mimi Honda Enrojeció y la vi desviar la mirada con la misma fragilidad con la que yo misma solía hacerlo. Por un instante me pregunté si me había sobrepasado porque antes le había pedido que me besara y se negó. Pero entonces me miró, miró mis labios y antes de que pudiera hacer algo al respecto—como si siquiera hubiera querido hacer algo al respecto, duh—, me besó. Un escalofrío apremiante me recorrió la espalda, cerré los ojos y separé los labios en un suspiro ahogado invitándola a profundizar el beso. No era nada justa haciéndome sentir así. Dándome la oportunidad de mostrarme vulnerable y aceptándome sin miramientos cuando era algo que necesitaba casi tanto como respirar: me estaba volviendo loca. Podía haber estado borracha pero no mentía cuando se lo dije: me encantaba besarla. Me encantaba sentirla cerca y cuanto más mejor. El calor me reptó la piel. Sus lengua rozó la mía y el mundo se fue a negro. Cuando nos separamos ambas jadeábamos. Ella se disculpó con timidez y volvió a desviar la mirada con esa fragilidad que me resultaba ajena viniendo de ella y algo ronroneó dentro de mí. Se veía adorable. Era jodidamente adorable. Ah, mierda. Cómo si no se lo hubiera pedido antes. Independientemente de si estaba molesta o no, le había pedido explícitamente que me besara. ¿Por qué se disculpaba ahora que lo había hecho? ¿No era esa nuestra relación actual? ¿No era ella la que había dicho que podíamos hacer ese tipo de cosas porque si no lastimábamos a nadie y tampoco a nosotras mismas estaba bien? Amigas con derechos se quedaba muy corto para describirnos. Pero suponía que esa era nuestra situación actual. —Espero que no tuvieras otros planes para esta mañana, Liz—le comenté a media voz irguiéndome sobre ella y terminando de desabotonar los botones de mi camisa del pijama. La arrojé al suelo sin miramientos—. Porque parece que acabo de reservar tu tiempo para mí. Me incliné de nuevo sobre ella, ruborizada de igual manera, y me mordí el labio inferior. >>No te disculpes, no tiene ningún sentido hacerlo. Solo bésame. Contenido oculto Mimi las uñas you horny little bish-
Liza White Contrario a lo que podía parecer no me disculpaba por lo que debía estar imaginando. Sería absurdo hacerlo cuando yo misma normalicé la situación entre ambas. Mi disculpa recaía en mi incapacidad por escoger un momento más adecuado, después de todo la situación era delicada; Mimi se estaba desahogando, y aunque ella inició el beso, dudaba que algo tan ligero y casto cargase dentro de sí más que un agradecimiento sincero. A pesar de guiarme siempre a través de impulsos creía tener límites más definidos. Esperaba contar con algo más de autocontrol. Pero empezaba a comprender que ese término no tenía cabida alrededor de ella. Mi indefensión me avergonzaba y hacía que me desconociese a mí misma. ¿Era meramente producto de la atracción que sentíamos hacia la otra? ¿O la conversación tan íntima había servido de catalizador? Estaba echa un lío. Para mi sorpresa, Mimi se desabrochó el resto del pijama y lo lanzó al suelo, haciendo que abriese ligeramente los ojos. ¿Qué estaba...? Antes de que pudiese recuperar el control de mis acciones puso de manifiesto sus intenciones de permanecer en la habitación el resto de la mañana, y sentí ese calor apremiante redoblándose por cada fibra de mi ser. Mi único plan de la mañana era salir a hacer ejercicio... Pero suponía que había otra clase de ejercicios que podían hacerse en casa. Se inclinó hacia mí, ruborizada de igual forma y me pidió de nuevo que la besase. No tuvo demasiado sentido, porque para ese entonces ya estaba reduciendo la distancia entre ambas y atrapando sus labios nuevamente, esta vez con necesidad. Comenzamos a devorar a la otra sin contenciones de ningún tipo, llenando la habitación rápidamente del insistente chasquido de labios humedos. Una, y otra, y otra vez. Había algo placentero en el hecho de reconocer su cuerpo, de identificar con mayor precisión cada sendero que trazaba sobre su figura. En esa sensación de familiaridad hallé también cierta comodidad, que me permitía desenvolverme de forma ligeramente distinta. Y aunque tenía una mayor noción sobre qué lugares debía tocar o no, quise fingir que no lo sabía. Quería disfrutar de las sensaciones a mi propio ritmo. Descendí hacia su cuello cuando recorrí su boca al completo y lo llené de besos húmedos. Mis manos seguían rodeando su cintura, atrayéndola hacia mi en un vaivén ligero al que se acopló con facilidad. Ambas parecíamos buscar esa fricción, y la posición en la que nos encontrábamos era demasiado conveniente como para no dejarse llevar. —Ni siquiera les hemos dado tiempo para que desaparezcan del todo —murmuré, rozando con mis labios las tenues marcas que aún permanecían sobre la piel de su cuello—. ¿Debería... respetarlas? —Besé otra de ellas, y luego otra más, conteniendo como podía mi evidente agitación. Mi aliento cálido le cosquilleó la piel—. ¿O debería añadir más a la colección? Como si a alguna le importase realmente dejar marcas en este momento, cuando las ganas nos estaban nublando el juicio de esa forma.
Mimi Honda Quizás, hasta hace poco, ni siquiera yo era consciente de lo mucho que me gustaba. No era como si hubiera pensado en ello de más o quizás prefería no darle importancia pero era evidente cuando estábamos juntas. Incluso antes de empezar... todo esto. Liza me gustaba. Quizás no de una forma romántica, tal vez no aún... pero era evidente que me atraía como un maldito imán. Y la intensidad era tal que mi tonto orgullo de plástico ni siquiera podía hacerle frente a veces. Por eso le decía que era injusta. Porque no me daba la oportunidad ni la posibilidad o tan siquiera la necesidad de protegerme a mí misma. Me desnudaba el alma, me exponía y me dejaba vulnerable. Y aunque una parte de mí quería luchar contra eso, a la otra le importaba un cuerno de Tauros. Mis caderas presionaron contra las suyas buscando necesitadamente algo de fricción mientras nos besábamos como si el mundo fuese a acabarse. Las suyas presionaron hacia arriba en respuesta y el aire se me cortó en la garganta. Mierda que era injusta. Pero dos podían jugar ese juego. —T-tonta... no hay espacio para más—mascullé agitada mientras hacía lo propio con su cuello. Y entonces mordí; mis dientes y mis labios presionaron sobre su piel buscando marcarla de forma casi posesiva—. ¿Me quieres convertir en un cuadro impresionista? So bold of you.
Liza White Separé los labios, a punto de morder su piel cuando ella se adelantó e hizo lo propio con la mía. Fue un chispazo de tal magnitud lo que sentí que perdí el hilo de lo que estaba haciendo y a su vez las fuerzas, como si me las hubiesen drenado de golpe. Mi cuello era extremadamente sensible y Mimi sabía lo expuesta y vulnerable que me dejaba. Solté un sonido de lo más vergonzoso y dejé caer mi frente sobre su hombro, respirando agitada contra él. A pesar de lo débil que me hacía sentir incliné la cabeza hacia un lado, porque el placer que sentía era tremendamente satisfactorio en consecuencia. No me molestaba que tuviese ese poder sobre mí. Le había entregado mucho más que eso durante nuestra primera vez. Nos comprendíamos de mejor forma ahora. —¿Luego... la injusta soy yo? —le reclamé entre suspiros, cerrando los ojos. Traté de hacerme una imagen mental del sendero que sus labios estaban trazando sobre mi cuello y sentí mi propia piel erizarse, prendiéndose fuego—. Sabes que no puedo hacer nada contra ti si te... Ngh... Si te centras ahí.
Mimi Honda Su reacción casi me hizo ronronear. Fue como un chispazo para ella y la dejó sin fuerzas, tanto, que buscó apoyo en mi hombro. Inclinó la cabeza hacia el lado exponiendo su cuello aún más y sonreí con satisfacción sobre su piel. Ah. No podía hacer eso. A la princesita soberbia que vivía en mí le gustaba un poco demasiado el poder. Se había criado en él y vivía por y para eso; si me lo estaba entregando en bandeja no iba a contenerme. Si bien jamás nos sobrepondríamos en detrimento de la otra aquella era una competición justa. Todo valía en el amor y la guerra. Aunque aquella no fuese realmente ninguna de las dos. —Te llamo injusta porque lo eres—le respondí a media voz trazando un camino de besos desde la línea de su mandíbula hasta su clavícula. Volví a morder allí, apretando apenas lo suficiente para sentenciar un fútil amago de protesta—. Eres demasiado amable para tu propio bien. Yo estoy siendo consecuente. En realidad yo también podía ser injusta. Terrible y absolutamente injusta... pero no me apetecía serlo con ella. No tenía razones para serlo con ella. Mencionó que no podía hacer nada al respecto si me centraba en su cuello y comprendí que era la misma situación con mis orejas. Pero estaba bien porque eso implicaba que ahora mismo tenía carta blanca. —¿Ah sí?—enarqué una ceja como si no lo supiera y volví a erguirme sobre sus caderas esbozando una sonrisa prepotente. Mi voz fue casi un ronroneo de nuevo, baja y carnal—. Qué conveniente. Sería una lástima que conociera todas las zonas que te pueden dejar indefensa frente a mí.
Liza White Me dejé hacer sin oponer resistencia y Mimi no tardó en aprovecharse de la situación, más que encantada con que le cediese el control. La vez anterior me habría molestado, pero en esta ocasión... No me parecía tan malo dejarle ser. ¿Estaba de mejor humor? ¿Me sentía más cómoda al haber vivido esto antes con ella? No me comprendía a mí misma a veces. Me llamó injusta nuevamente y volvió a marcar mi piel, haciendo que me revolviese bajo su cuerpo, temblorosa. Al separarse de mí la miré con intensidad, con los ojos ligeramente cristalizados por las diversas sensaciones. La curiosidad y la confusión brillaban en aquel mar de aguas cristalinas. —¿Demasiado... amable? —repetí, tratando de entender. Mi mirada insistente casi pareció ver a través de ella, probablemente haciéndole sentir expuesta—. ¿Qué tiene de malo transmitirte lo que me importas? Si fuera consciente del alcance que mi honestidad tenía en ella, ¿la usaría para mi propio beneficio? Lo dudaba. Era parte de mi encanto, aún así, no ser consciente de esos detalles. Creía que ser yo era suficiente. Pero a veces podía serlo demasiado. Se irguió sobre mis caderas, soberbia, y la miré desde abajo conteniendo una sonrisa de circunstancias, disimulando aquel cosquilleo apremiante que sus palabras habían generado a pesar de todo. Su argumento era tan sólido como un castillo de naipes cuando yo también conocía todos y cada uno de sus puntos débiles, pero hoy no me apetecía protestar. Preferí jugar otro tipo de carta en su lugar. La atraje de nuevo hacia mí, abrazándola, y apoyé esta vez mi mejilla en su hombro con un suspiro, rendida. Dejé pequeños besos sobre el espacio entre su cuello y su hombro, mientras liberaba una de mis manos para jugar tentativamente con un mechón de su cabello. Ascendí ligeramente, hasta donde mi posición alcanzaba. —Mhm... —susurré, no demasiado cerca de su oído, con un tono sedoso, atrayente—. Tengo la cabeza algo embotada. Me pregunto si podrías volver a recordarme esas... zonas.
Mimi Honda Si seguía diciéndome que le importaba con tanta transparencia la iba a morder. Ya lo había hecho, pero más aún. Y no serían del tipo de mordidas que le gustaban a no ser que tuviera cierta cuota masoquista. No tenía nada de malo que me transmitiese su afecto, no técnicamente, pero era peligroso cuando no sabía que hacer conmigo misma. Me encantaba pero era como rascarle bajo la barbilla a un Purrloin callejero que no había recibido afecto nunca. O al menos no el suficiente o el que realmente necesitaba. Era alimentar una parte de mí que llevaba quien sabía cuando tiempo muriendo de hambre sin saberlo. Tenía la capacidad de derretirme literalmente. Podía volverse adictivo con una facilidad ridícula. Lógicamente eso me asustaba. El poder que tenía sobre mí y su facilidad para sobrepasar mis murallas me asustaba porque no estaba acostumbrada. Una parte de mí quería pedirle que me lo dijera de nuevo. Lo mucho que le importaba, lo especial que era para ella y todo eso que me había dicho en más de una ocasión, que me lo repitiera una y otra vez hasta que me lo creyese; y la otra parte solo quería que cerrase la boca y se callara. Era mucho más fácil lidiar con todo ese revoltijo de emociones dentro de mí así. Me atrajo de nuevo hacia ella y me abrazó besando el espacio entre mi cuello y mi hombro. Dejé escapar un pequeño, apenas perceptible gemido y sentí mi rostro encenderse por la verguenza cuando tuvo la audacia de pedirme que le recordase sus propias zonas erógenas. De verdad, la osadía de esta mujer. —No... no voy a decirlas en voz alta, idiota—mascullé con evidente pudor.
Liza White Si alguien buscaba el dicho de "mucho ruido y pocas nueces", se encontraría probablemente adjuntada la imagen de Mimi a un costado. En los últimos días había descubierto lo pudorosa que podía llegar a ser, y esa era una carta mucho más efectiva y menos agresiva que enfrascarnos en una batalla de orgullos en bucle. No buscaba ganarle en nada realmente, no aquella vez al menos, tan solo responder a su tono presuntuoso con... mi propio estilo de juego, suponía. Sonreí contra su piel, más que encantada con su reacción. Pero aquello era contraproducente para mí, porque irónicamente quería cederle el poder esa vez. Tenía una necesidad muy grande porque me tocase y no sabía qué hacer con ella ni de dónde procedía. Me sentía... ciertamente inestable. En vistas de que no parecía reaccionar de una manera proactiva, achantada repentinamente por mis palabras, comencé a recorrer con lentitud cada hueco al que podía acceder desde mi posición, murmurando contra ella con voz quejumbrosa entre besos y mordidas. —Entonces... ¿A dónde se fueron todas esas cosas que podías usar en mi contra? ¿Hm...? —me quejé, con un tono lastimero y tremendamente caprichoso. No era mentira, ciertamente; en realidad quería que me lo demostrase—. Quizás... ¿No era tan cierto como parecía? Vaya...
Mimi Honda Había dos formas de jugar este juego. Una era competir por poder y la otra era ceder ese mismo poder y depositarlo con toda la confianza del mundo en manos de la otra. Nuestra dinámica solía adaptarse más a la primera pero la segunda también era una opción... y era justamente la carta que Liza estaba usando ahora. Un escalofrío apremiante me recorrió la espalda cuando procedió a besar y morder cada rincón de mi piel que tenía a su alcance. Su voz sonaba lastimera, le lanzaba leña al fuego que ella misma había generado y por si fuera poco buscaba avivar mi orgullo. Era un cóctel peligroso. Liza era experta en eso. Lamentablemente, yo aún tenía cartas que jugar. —Pareces un Lillipup caprichoso gimoteando así—murmuré casi sin aliento, agitada, y busqué sus muñecas sujetándolas contra la cama en un intento por recuperar control. Solté una risa burlona, un ronroneo bajo y casi gutural—. ¿No crees que te quedaría bien un collar? Justo aquí. Un collar a juego con tus ojos con una bonita correa azul. Si seguía dándome poder íbamos a tener problemas. Era ella la que había empezado toda la tontería del Lillipup y el Glameow y ahora no dejaba de ver las similitudes. Volví a besar su cuello, a trazar su piel con besos y mordidas, a centrarme en el latido incesante de su pulso en su yugular y trazar un camino ascendente con la lengua hasta la línea de su mandíbula. Una cosa era lo que decía y otra lo que hacía porque en el momento que tuve oportunidad subí las manos que sujetaban sus muñecas hasta sus palmas y entrelacé firmemente mis dedos con los suyos.
Liza White Sujetó mis muñecas y me acorraló contra el colchón cuando le toqué los ovarios lo suficiente. Contuve mis ganas de sonreír, vanidosa, porque al final del día siempre terminaba saliendome con la mía. Lucía agitada y aún así tenía el suficiente orgullo como para contraatacar a su forma. Era digno de admiración cuanto menos. Enrojecí fieramente, eso sí, cuando sugirió buscarme un collar de perro para mí. La miré con incredulidad, como si fuera la primera vez que la veía y no diese crédito a sus palabras. En la posición en la que me encontraba ahora era más vergonzoso aún si cabía, porque no podía escapar de su mirada. —No... No sabía que te iban esas cosas —musité, desviando la mirada, con un repentino absceso de pudor—. ¿Por eso... mencionaste antes lo de pedirme que ladrase? No sé si sería capaz de hacer algo así... Mimi definitivamente debía estar a cuadros. ¿Buscándome las cosquillas y obteniendo más sumisión en su lugar? Resultaba hasta cómico la ironía de la situación en sí. Estaba exagerando un poco mis reacciones a propósito, pero en el fondo no estaba mintiendo. Esa era la razón por la que me salía bien. Volvió a atender mi zona sensible por excelencia y prácticamente me derretí allí mismo. Cada beso, cada mordida y cada sendero que creaba con su lengua lograba enloquecerme de tal forma que dejaba a oscuras cada recoveco de mi mente. Me removí bajo su cuerpo, entre suspiros y gemidos y el calor que se avivaba en mi cuerpo al saberme apresada de esa forma, y mis dedos se cerraron en torno a los suyos cuando sentí sus manos hacerme nuevamente de toma a tierra. Me encantaba ese detalle cada vez que lo hacía. Me resultaba demasiado considerado y tierno de su parte. —Mimi... —La llamé, lánguida, apretando ligeramente sus manos. No podía hacer nada más que aguardar, a merced de las circunstancias, pero eso solo parecía avivar el propio incendio de Honda—. Es demasiado intenso... Mngh...
Mimi Honda —N-no me van esas cosas—respondí rápidamente, tensa, sintiendo mi rostro arder. La imagen de Liza mirándome suplicante con un collar apareció rápidamente en mi mente y mi corazón dio un salto brusco y repentino. Quizás... quizás un poco. Un poco nada más—. Tú empezaste la estupidez esta del Lillipup y el Glameow, ¿sabes? Le di cierta tregua separando mis labios de su cuello y permitiéndole recuperar el aliento. No solo su respiración sonaba agitada, la mía también. Era una especie de manto espejo. Sus reacciones me enloquecían, sus gemidos eran música para mis oídos y repentinamente quería más de ellos. Cuando pronunciaba mi nombre de esa forma como si simplemente no pudiera tener suficiente de mí era puro éxtasis auditivo. Tiraba por tierra mis contenciones, alimentaba mi ego y me reafirmaba en mi trono particular. Más. Quería más. Sí, era esa bestia posesiva y orgullosa. —¿Intenso?—repetí sus palabras y presioné mis caderas contra las suyas al erguirme nuevamente sobre ella. La respiración se me cortó de nuevo en la garganta y apreté nuestros dedos entrelazados necesitando una toma a tierra tanto como ella—. ¿Cómo de intenso, Liz? No puedo ajustarlo para ti si no me lo dices. Y era tanto un reto como genuina consideración. Pero definitivamente un poco más de lo primero.
Liza White Se apartó de mi cuello para permitirme recuperar el aliento y mis pulmones lo agradecieron, pero yo no. Aún sentía el fantasma de sus labios cosquilleándome en la piel y tensé los labios, tratando de ocultar o al menos disimular mi excitación. Cuando se irguió y presionó sobre mis caderas, sensible como me encontraba, fue como si me arrojaran un bidón de gasolina encima. Jadeé, mis manos temblaron bajo su agarre y mis caderas respondieron casi por inercia, buscando más de ese contacto. Necesitaba sentirla más cerca. Aquello no era suficiente, maldita sea. —No... No quiero que lo ajustes —le confesé con voz temblorosa. La miré, con ojos suplicantes y cristalizados por las sensaciones, y me mordí el labio inferior de manera inconsciente—. Solo... solo sigue. Por favor.
Mimi Honda Inesperadamente seguía sin luchar. Me lo estaba dando en bandeja sin ningún tipo de rebeldía o contención. Me miró con los ojos cristalizados, con una vulnerabilidad que nunca había visto en ella antes y fue como un chispazo repentino, como si los cables que ataban mi raciocinio se cortasen de golpe. Un escalofrío me erizó la piel. Mierda Liz, ¿en serio? ¿Y encima me lo pedía por favor? Si seguía alimentándome el ego y mostrándome esa sumisión no me hacía responsable de lo que pasaría. Mi autocontrol tenía un límite. Dejé ir una de sus manos y deslicé mis dedos bajo su camiseta del pijama ascendiendo en un camino ardiente desde sus caderas y levantando la prenda en el proceso. No tenía idea de que equipación o siquiera a qué deporte se suponía que pertenecía y honestamente no podía importante menos. En cuanto su vientre quedó al descubierto casi volví a ronronear y sonreí con profunda satisfacción inclinándome para dejar un beso justo sobre su ombligo. —La noche pasada no pude verte bien porque estaba demasiado oscuro pero no pienso contenerme ahora. Subí la prenda aún más exponiendo la piel nacarada de debajo y sintiendo sus músculos tensos en anticipación. Su entrenamiento como ranger y la dura vida de un holder no desmerecía en lo absoluto, tenía una figura envidiable. La suavidad de su piel y su figura curvilínea me recordaban que era también una mujer. En realidad no me lo recordaba como tal porque no era estúpida y lo sabía, pero si lo hacía mucho más evidente y visceral. Era como tocarme a mí misma en otro cuerpo; pero las caricias, los besos, las mordidas... las sentía ella y no yo. Busqué sus ojos desde aquella distancia oscurecidos por una lujuria latente y descendí mis manos apretando sus muslos entre mis palmas con evidente posesividad. Buscaba sentirla y que me sintiese. Me hice un hueco entre sus piernas y volví a presionar contra ella y a buscar fricción mientras mi boca encontraba su entrenamiento particular a la altura de su clavícula y su pecho. —¿Quieres que siga?—pregunté con agitación y solté una risa baja, un ronroneo gutural— ¿Que siga con qué, pumpkin? No te mataría ser un poco más explícita. Era un descubrimiento fascinante para mí saber que el género me importaba poco y nada y que ni siquiera el físico era algo determinante. Apreciaba la estética de la misma forma de quien aprecia la belleza de un cuadro o una pieza musical. Lo que realmente me atraía, lo que me volvía profundamente loca al estar con Liza era el aspecto emocional de nuestra relación y la profunda conexión que compartíamos. Deslicé mis pulgares bajo sus shorts buscando bajar la prenda. >>Levanta las caderas, Liz. Daba igual si discutíamos, si no estábamos de acuerdo con la otra o si competíamos como dos idiotas orgullosas, los lazos que nos unían eran irrompibles para mí.
Liza White Estaba tan sorprendida como ella, en realidad. Usualmente su lado arrogante y pretencioso me sacaba de quicio, y hacía asomarse a escena mi carácter rebelde e inconformista. Terminaba por dominarla para cerrarle la boca, que tuviese una pequeña lección de humildad y dejase de comportarse como una cría. No parecía haber aprendido nada de la última vez, y dudaba que lo hiciese nunca. Era intrínseco de su persona. Sin embargo, esta vez no me irritaba necesariamente. Si acaso me hacía sentir algo ansiosa, porque solo sabía dar vueltas en círculos y marear la perdiz en lugar de ir a lo hecho. Pero me satisfacía recibir su atención. Que fuese incapaz de apartar sus cinco sentidos de mí como si fuese lo más interesante del mundo para ella. Era demasiado gratificante como para ponerlo en palabras. Me preguntaba qué es lo que había cambiado con respecto a la última vez. Por qué ahora no me importaba mostrarme tan sumisa y vulnerable frente a ella, me atrevería a decir que más de lo que me había mostrado ante nadie nunca. ¿Quizás me había despertado más needy de lo usual? ¿Sería la confianza o el cariño que de por sí le tenía? Lo achacaba a las circunstancias, pero en mi fuero interno tenía la certeza de que algo había cambiado, algo que no lograba identificar y que se estaba gestando dentro de mí, latente, sin siquiera ser consciente de ello. Alzó mi camiseta deportiva, me acarició aquí y allá trazando surcos con sus dedos, erizándome la piel allá donde hacía contacto. Cerré los ojos cuando se hizo un hueco entre mis piernas y revolví las sábanas en mitad de mi agitación, sintiendo que la fricción me nublaba el juicio. Mencionó que deseaba poder verme mejor ahora que era de día y abrí solo uno de mis ojos, respirando con dificultad debajo de ella, mirándola fijamente desde allí. Casi parecía estar retándola con la mirada, sacando a flote parte de la Liza que sí le resultaba familiar. "Be my guest, then" Por supuesto que quería que me viese. Que se grabase la imagen en sus retinas el tiempo que fuera necesario y más. Su boca se entretuvo cerca de mi pecho y me pidió, una vez más, que fuese explícita. Como si no le hubiese dejado en claro ya varias veces todas las cosas que deseaba que me hiciese. Suponía que me lo estaba buscando por darle tanta cuerda, pero me sentía demasiado rendida y convulsa como para quejarme. De modo que aprovechando que había liberado mis manos la atraje hacia mí y la besé con ganas, profundizando el beso hasta quedarnos sin aire. —...Tócame —Le pedí, jadeante sobre su oído. Mi pecho subía y bajaba ante la falta de aire pero aún no me había quedado satisfecha. Sentí su cuerpo estremecerse ante la cercanía—. Bésame. Muérdeme. Haz conmigo lo que quieras —Besé la unión de su cuello y su oreja, amagando y tentando; era si se quiere mi propia y sutil advertencia—. Solo deja de preguntar. "No tires por tierra tu oportunidad." Me separé y al poco tiempo me pidió que alzase mis caderas, cosa que hice sin oponer resistencia. Me quitó los shorts y los lanzó lejos; decidí aportar a la causa y crucé los brazos sobre mi pecho, dejando a un lado también mi camiseta. Empezaba a sentirme sofocada y la ropa solo me molestaba.
Mimi Honda Estaba... fuera de sí. Ni yo lograba comprender del todo hasta que punto pero parecía genuinamente desesperada porque la tocase. Me atrajo hacia ella y me besó con necesidad. Tuvo tal desesperación impresa que me costó seguirle el ritmo. Mordí su labio inferior en una muda protesta abrumada por la intensidad y me separé de ella, boqueando porque lo pulmones me ardían por la falta de oxígeno. —Mmmf... ¿Qué... qué te pasa, tonta?—jadeé— ¿Estás en celo o qué? ¿Voy a tener que ponerte un collar de verdad? Pero me ignoró y hablándome directamente al oído me pidió que la tocase. Por si mi autocontrol no estuviese dando tumbos ya, me habló al oído y me dijo que hiciera con ella lo que quisiese. Y ya no fue solo un ronroneo lo que me vibró en el pecho, fue un absoluto y genuino gruñido gutural. Ah, a la mierda. La besé y la mordí como me había pedido. Repasé la marcas que yo misma había cubierto con maquillaje el día anterior y busqué hacerlas más visibles como si fuera algún tipo de sello de pertenencia. Ahora que ella misma se había deshecho de su camiseta tenía vía libre para disfrutar de su torso como quisiera y no tarde en centrar mi atención en sus senos, ahuecándolos con mis palmas y recorriéndolos con los labios y lengua como quería hacerlo. La miré a los ojos en todo momento reparando en el más mínimo gesto o cambio de expresión. Quería grabarlas a fuego en mi mente, todas y cada una de ellas. Eran simplemente exquisitas. Allí, a plena luz del día. Si quería que la viese no pensaba negárselo. Yo también quería verla. Y por consiguiente quería que me viese ahora que la camisa del pijama estaba en algún lugar no identificable de la habitación. Quería que se grabase en las retinas la imagen que no era suficiente para una absurda e insípida revista. Descendí una de mis manos y la deslicé entre sus piernas y entonces recordé un detalle nimio pero crucial. Mierda, mis uñas. —Tsk—molesta chasqueé la lengua—. Dame un segundo. No tenía tiempo para esto. Me aparté de ella y fui a por mi bolso. Detenerme a cortarme las uñas ahora... vaya manera de cargarse el mood.
Liza White No respondí a su pregunta, pero a pesar de tener los sentidos embotados sí que logré captar algunas palabras. ¿Así... se sentirían los pokémon en celo? Enrojecí aún más, presa de una vergüenza visceral, y arrojé la cuestión a algún lugar recóndito de mi mente, donde no pudiese pensar en ello. No estaba en celo, por Arceus, solo más, eh... ¿Receptiva de lo usual? Ah, como fuera. No pretendía volver a hablar de esto luego. Se deshizo de mi sostén y brindó toda su atención en mi torso, haciendo que me fuese cada vez más dificil mantener los ojos abiertos. Acató mi petición con diligencia, besando, mordiendo y apresando mis senos entre sus usualmente frías palmas. Esta vez estaban cálidas al tacto, suponía que por la temperatura que teníamos encima de por sí, pero el contacto me resultó aún más placentero de lo usual. El hecho de que sus ojos estuviesen posados en mí en todo momento hizo que un escalofrío apremiante me recorriese la espalda y enredé una de mis manos en su cabello, la otra aún anclada a las sábanas. El aire se me cortó con brusquedad en la garganta cuando su mano amagó por encontrar un lugar entre mis piernas, en el incendio que ella misma había creado, pero entonces reparó en algo y se apartó. Todo mi cuerpo pareció reclamar su ausencia de inmediato. —¿Mimi...? —la llamé, quejumbrosa, irguiéndome en el colchón con dificultad. La vi caminar hacia su bolso pero no estaba yo en mi mayor momento de lucidez como para sumar dos más dos, a decir verdad—. ¿A dónde vas ahora...? Me dejé caer boca abajo con dramatismo, soltando un suspiro resignado. Tensé mis piernas entre sí, tratando de aplacar la molesta sensación con aquel roce superficial. Por un instante se me cruzó la idea de tocarme a mí misma y me miré las manos, dubitativa. Lo deseché pronto. No estaba en celo. Podía esperar. ¿Podía hacerlo?
Mimi Honda Tomé mi bolso y busqué mi cortauñas. Sería más rápido cortarlas que limarlas. ¿Por qué no lo había hecho antes? De verdad, vaya corte de rollo más innecesario. Podría haber ignorado mis manos y hacer lo mismo que la noche pasada pero quería probar algo distinto. Quería algo más... eeh... ¿profundo? Si me paraba a pensarlo probablemente me moriría de la verguenza pero la parte buena de todo esto era que no estaba pensando. Mi autocontrol ya no estaba dando tumbos, se había desconectado directamente. La escuché preguntarme a dónde iba con aquel tono lastimero—¿podía dejar de actuar como un cachorro durante solo cinco segundos?— y cerré los ojos con un suspiro de circunstancias, irritada conmigo misma por olvidarlo. ¿Que bicho le había picado? Quería decir, tampoco tenía muy clara cuál era nuestra dinámica sexual cuando esta era literalmente nuestra segunda vez, pero parecía particularmente... complaciente hoy. —Si estas uñas te causaron semejante desastre en la espalda no quiero imaginar lo que harán si te tocan... en otro lugar. Así que sé una buena chica y espérame, ¿de acuerdo? Extendí la mano frente a mí y sonreí con satisfacción. Parecía estar bien, sería suficiente. Bye bye garritas. No os echaré de menos.
Liza White El tiempo que Mimi se pasó limándose las uñas me sirvió para tranquilizarme gradualmente. Quizás cortaba el ambiente un poco, sí, pero era algo que necesitaba. Lo que había iniciado siendo una baza para contrarrestar su teasing había acabado conmigo bastante dentro del papel; ya fuera porque me había despertado needy, por las emociones que se me revolvían dentro, de manera inconexa, o por quién sabe qué más. Quería que me tocase y quería sentirla cerca, sí, pero también quería extender la situación en el tiempo. Poder disfrutar y descubrir mejor aquel nuevo lado de nuestra relación con algo más de calma. Suspiré, apoyando mi mejilla en la palma de mi mano, y paseé la mirada por la habitación haciendo tiempo, sin saber muy bien con qué entretenerme. Alcé y bajé las piernas, con movimientos rítmicos contra el colchón, viéndola de espaldas terminando de cortarse las uñas. De verdad, ¿no era muy poco práctico ir por la vida así? Se lo tenía más que merecido. —De haber recordado que las llevabas largas no te habría permitido acercarte en primer lugar —Me permití bromear entonces, señal de que había regresado algo más cerca de mi eje. Entonces estiré los brazos hacia delante, haciendo un mohín a propósito—. Mira que hacerme esperar de esa forma. Qué poco caballeroso de tu parte...
Mimi Honda —Sorry por ser considerada entonces—me permití una risa genuina y rodé los ojos con cierta gracia girando sobre mis talones para acercarme a ella—. No, en serio. Debí haberme ocupado de ello antes. Pero no hablamos de esto en su momento y no sabía si iba a volver a pasar... Desvié la mirada y jugueteé con un mechón de cabello avergonzada repentinamente. Si le hubiera expresado mis dudas en el mismo día que sucedió la primera vez probablemente no tendría que haber arruinado el mood como acababa de hacerlo. Pero estaba bien, era algo que podía manejar. Especialmente porque parecía que la pequeña pausa nos había ayudado a calmarnos. No había ninguna prisa y no sabía por qué actuábamos como absolutas posesas. No parecíamos siquiera seres racionales cuando estábamos juntas. Me tumbé a su lado en la cama y busqué sus ojos. Repentinamente me sentía extrañamente vulnerable, expuesta o simplemente con ganas de ser honesta. Inusualmente honesta incluso. —Liz—la llamé a media voz girándome hacía el lado para encararla—. Me gustas. Sé que ya lo sabes, no estaríamos haciendo esto si no fuera el caso. Pero... necesitaba decírtelo. Me di cuenta de lo que acababa de decir en ese preciso momento y enrojecí bruscamente cuando mi corazón dio un salto brusco en mi pecho. Carraspeé y cerré los ojos para aclarar tanto mi garganta como mis ideas. >>Como... como amiga con derechos que somos, claro.
Liza White Soltó una risa cristalina que me hizo sonreír en respuesta, contagiada repentinamente por la atmósfera distendida que volvía a ganar terreno entre ambas. Negué con la cabeza cuando pareció culpabilizarse por la situación. Mm-hm, estaba bien así. Aún me encontraba algo sofocada, pero al menos había recuperado cierta lucidez. Tener sexo estaba bien, pero me resultaba mucho más atractivo y especial compartir ese otro tipo de intimidad con alguien, una que casi me perdía por mi propia impaciencia. Se tumbó a mi lado, de costado para verme a los ojos e imité su gesto, sosteniéndole la mirada y recuperando mi brillo natural. Desnudarse en cuerpo y alma traía consigo la seguridad de poder hablar desde el corazón, de sentirte a salvo con la otra. No había nada que esconder allí, ya no. Esa era la verdadera definición de intimidad. “Liz. Me gustas”. Enrojecí al mismo tiempo que ella, notando cómo mi corazón eludía un latido. Cada vez que lo hacía, cada vez que sus facciones se suavizaban y me hablaba con tanta honestidad me desarmaba. Eso sí que era injusto. —...Tenías razón. Decirlo de esa forma hace que parezca otra cosa —solté una risa nasal, baja, tomando una de sus manos entre las mías—. Pero te agradezco la honestidad. Posé su mano sobre mi palma, y con la libre comencé a trazar caminos aleatorios sobre su dorso, de manera distraída. Me gustaban sus manos. Eran finas, delicadas y suaves. Definitivamente tenía manos de pianista. >>Nunca había sentido una química tan fuerte con nadie. Nos hace actuar de maneras impredecibles y a veces me asusta, porque no sé qué hacer con todas esas sensaciones dentro de mí —Mis ojos seguían el lento movimiento de mis dedos, abstraída y relajada en lo que hacía—. Pero de alguna forma siempre volvemos a actuar con la misma normalidad, como ahora, y eso me tranquiliza. Imagino que al inicio es normal —Hice pequeños círculos sobre el centro de su palma y alcé la mirada para sonreírle—. Que todo sea tan intenso y atolondrado, quiero decir.