—Yo ni idea, solo queremos salir de esta ciudad—le dije a rojo—en serio...¿que tienes?—le pregunte al ver su expresión.
—.....bien—me acerco a arnine quien estaba al lado de rojo—arnine, procura que yair no caiga—el pokemon asiente.
Estaba mintiendo, estaba triste por estar solo —Está bien, la Gran Catarata suena genial —fingí una sonrisa—
Ya estaba demasiado como para seguir mintiendo —Bueno, ya basta de mentiras, estoy solo, por algo mi tristeza —comenté, mientras miraba el mapa, la gran Catarata estaba cerca de Témpera—
Ya estaba demasiado como para seguir mintiendo —Bueno, ya basta de mentiras, estoy solo, por algo mi tristeza —comenté, mientras miraba el mapa, la gran Catarata estaba cerca de Témpera—
—Pues, bueno, ya que —se me estaba subiendo el ánimo— La Gran Catarata está cerca de Ciudad Témpera, ¿Vamos?
Ya decidido, empecé a preparar mis cosas, subí a Mitsuki en Arnine junto a Yair y salimos todos a la ruta 308
Sonrei--Gracias--Dije y vi el sofa--ohh, bendito sofa eres mas comodo que las camas del centro pokemon--Dije mientras me tiraba en el sofa
No pudimos dar con el rastro de Alpha, pero lo bueno es que Pidgeotto aterrizó en ciudad Óleo, una ciudad de la que había escuchado mucho por su próspera industria. —Gracias por traerme, ahora descansa —mostré una leve sonrisa a mi pokémon volador antes de regresarlo al interior de su pokébola. Pero no terminaba él de entrar a la suya, cuando del interior del bolsillo izquierdo de mi saco emergió otra estela de luz blanca. El resplandor adquirió una forma de considerable tamaño frente a mí y, tras unos segundo, apareció Servine... O mejor dicho Serperior. Me miraba con un dejo de molestia. Yo le respondí con una afable sonrisa y me encogí de hombros. —Aceptaste el trato —le dije, acariciando un lado de su majestuoso cuerpo—. Me siento feliz de que hayas evolucionado, pero como aumentaste de tamaño, ni Pidgeotto ni Psyduck soportarían, ni tus dimensiones, ni tu peso... Entiendo que no te guste estar en la pokébola, pero ya sabes: cuando toque volar o surfear, deberás viajar en el interior de ella... El resto del tiempo, eres libre. Ya te acostumbrarás. Serperior me miró fijamente. Entendía bien las razones, pero no le gustaba. Pero, con gran madurez, asintió imperceptiblemente con la cabeza, dando a entender que respetaba el trato, por mucho que le costase. —Me alegra que lo comprendas —le dije, acomdándome el morral. Nos pusimos a explorar la ciudad.