Otro Cali de quiénes, No sé.

Tema en 'Relatos' iniciado por RedAndYellow, 22 Noviembre 2019.

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    RedAndYellow

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    Escritor
    Título:
    Cali de quiénes, No sé.
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    631
    La noche del 21 nadie durmió, ni la del 22, ni ninguna otra de ese mes. Y que yo, asomadito por la ventana del abuelo, miraba las calles vacías y las moticos pasen que pasen. Que yo no entendía nada, pero que tampoco podía dormir porque apenas uno cerraba los ojos, las alarmas se ponían a gritar y córrale pa’ fuera que se metieron, Quiénes, No sé. Pero que el fijo de la casa no dejaba de sonar y mi mamita córrale para contestar; y que si dieron bala, piedra, metralla, gas y que robaron, o quemaron, o mataron, o saquearon. Quiénes, No sé. Pero ella llore que llore.

    Que la noche del 21 nadie sabía que pasaba, pero que daba miedo y que córrale. Si hasta me tocó dejar plantada a Cristina de tanto grito y bala que en algún lado caía, pero nadie sabía dónde. Que me tocó bajar de Chipichape hasta granada por la Sexta, y todo calladito, negocios cerrados, puertas cerradas, mentes cerradas. Que el camino se me hizo eterno, porque yo soy de esos medio-raros que le sonríe a todos, y esa noche los poquitos que había gritaban que dizque los del oriente se estaban metiendo y que ojo con las motos, Qué motos, No sé.

    Que llegué a mi casa mojado de tristeza y mi mamá a esconderme donde el abuelo. Y ahí estuvimos, hablando de los grandes campos verdes, pinturas al óleo, que se extendía en todo el valle y que la gente del Cauca iba a cultivar arroz y algodón. Pero que lo bueno siempre dura poco, y que era una moraleja, porque cuando uno menos pensaba, en las noches de diciembre, soldados de verde oliva, cargando fusiles oliva, dieron bala con olor a oliva y exterminaron a los campesinos de algodón hasta de la memoria de ellos mismos, y cargaron pesadísimos camiones verdes con todos esos caucanos, tantos como pudieron, y se los llevaron bien lejos, a un lugar que nadie nunca escuchó hablar. Los pocos que quedaron ahí mismo los enterraron. A las dos semanas, decía mi abuelo, ya se escuchaba por Cali de las nuevas fincas de caña de azúcar.

    Pobre yo, y claro, después de oír eso se me heló tanto la sangre que me quede quietecito en el sofá del abuelo, sin poder moverme, y que ahí me iba a dormir; pero que no podía de tanto temor, porque no más pensaba en esos soldados, y en la cara de los campesinos, y en el azúcar de ese valle y entonces me ardía el estómago y se corría pasito hasta mi garganta. Y que fue pa’ tanto que hasta me tenía que llevar la comida y un servidor al sofá. Y vea que yo soy un hombre de verdad, pero la muerte ahuyenta a cualquiera.

    Que así me quede hasta el 25, cuando en la tarde una camioneta negra, con dos motos al lado, y un par de hombres fornidos y gruesos gritaran dizque ellos eran unas águilas de algún color, o algo así, y que bajáramos a presentarnos. Yo no quería, solo deseaba estar ahí, en el sofá del abuelo, pero me obligaron a bajar. Hablaron de unas motos, y de unos muertos, y unos robos. Quiénes, No sé. Que se llevaron el carro de mi mamá y una plata en fajo, y esa noche, y todas las de la semana, uno podía oír los tiros, De quién, No sé.

    Y que así fue hasta el primero de diciembre, cuando tuve el valor de volver a salir y reunirme con Cristina, y que ya nadie se acordaba de lo que había pasado, y que nada había pasado excepto por unos muertos de allá, de Venezuela. Quiénes, No sé.


    -Cali de quiénes, No sé.​
     

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