Long-fic Buscando el paraíso en un sueño (Completa)

Tema en 'Crossover' iniciado por JeshuaMorbus, 12 Octubre 2018.

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  1. Threadmarks: Buscando el paraíso en un sueño - Capítulo 21
     
    JeshuaMorbus

    JeshuaMorbus Entusiasta Lobo de Lucifer honorario

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    11 Octubre 2018
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    Título:
    Buscando el paraíso en un sueño (Completa)
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    21
     
    Palabras:
    7953
    Capítulo 21: Flores de ciruelo

    Lou miró fijamente el aparato que tenía en sus manos y después dirigió su vista a los tres niños que estaban a su lado jugueteando con sus queridos daimonions... estaba nervioso y conocía bien el origen de su temor...

    —¿No me iras a salir ahora con miedo escénico?

    —¡Pues claro que no! —contestó Lou con firmeza. —Usted debería saberlo mejor que nadie: A estas cosas uno no se puede acostumbrar rápido.

    —No creas... tengo muchísima más edad que tú. A lo largo de mi vida he aprendido a experimentar con toda clase de cosas y a todas he aprendido a adaptarme a toda velocidad. No creo que con tu intelecto te cueste adaptarte.

    —Pero es que sólo soy un chaval de diecisiete...

    —Dieciocho —corrigió ella.

    —Eso... años... ¿Es que no vio la cara que me puso David cuando le conté lo de Laura? Nadie en mi vida me ha mirado así.

    —Pues imagina cómo se sentía Robert cuando tú le mirabas así. Sólo es una mirada. Cuantas más miradas de ésas te ganes, antes te acostumbrarás.

    —Ya... me está diciendo que siempre será así...

    —Siempre. Robert pasó su parte, yo la mía, hasta Anerues se ganó tu escepticismo.

    Lou, todavía inseguro, se insertó el auricular en el oído y comenzó a escuchar con quietud el mensaje que le enviaba el aletiómetro... no escuchaba palabras sino tan sólo sonidos, sonidos inconexos, aparentemente sueltos y caóticos pero que a él le sonaban como un mensaje perfectamente comprensible. Tal era el genio de Robert: Éste había sido capaz de construir un aparato totalmente adaptado a la mente de Lou, un aletiómetro hecho a medida de cualquier pregunta que se le pasara por la cabeza. Tan sólo tenía que hacerse una pregunta y el auricular le transmitiría una respuesta rápida y clara a su oyente...

    —Entonces, ¿marchamos? —preguntó ella alzando su estola.

    —Qué, chicos, ¿marchamos? —preguntó Lou animado a los tres niños.

    —¡Sí! —exclamaron los tres.

    —Alguien tiene que quedar como testigo... —dijo Agatha avanzando hacia el agujero que se abría ante sus ojos.

    —Y alguien ha de poner los puntos sobre las íes —dijeron unos muy compenetrados Thomas y Pablo.

    —Pues en marcha...



    Adam iba cansado... demasiado. ¿Cuánto había dormido esa noche? ¿Tres horas? No, probablemente no fuese ni media siestecilla... Desde que había llegado al Vaticano no habían dejado de atosigarle una y otra y otra vez...

    “Ya me extrañaba a mí que me llamaran desde tan lejos” pensaba. “Yo sólo soy un cura de pueblo de cuarta categoría... y, sin embargo, ¿ahora me necesitan más que nunca porque les falta dinero?” Se llevó la mano a su dolorida cabeza y trató de conseguir algo de paz interior pero no sirvió de mucho: Maxwell ya estaba girando la esquina. “Otro alimento para mi depresión...”

    No habían pasado ni seis horas desde su última discusión con ese imbécil... de entre todos los componentes del obispado, éste parecía haber encontrado una buena diversión en presionarle continuamente para conseguir dinero por parte de su familia...

    Adam cerró los ojos, suspiró y le dejó acercarse... pero de repente escuchó una voz familiar, una voz que hacía casi dos años que no escuchaba...

    —¡Padre Adam! —llamó Thomas mientras corría hacia él a toda prisa.

    —¿¡Pero qué haces tú aquí!? —exclamó el padre realmente animado, al tiempo que se lanzaba hacia él ignorando totalmente el falso saludo del cardenal Maxwell.

    —Nada realmente —respondió el soldado tan contento como el cura. —He venido aquí escoltando a alguien y bueno... él me dijo que estarías aquí, así que me dejó venir a saludarte.

    —Hay que ver como te has endurecido, chico —comentó Sophía posándose encima de Fédeta. —Ni que hubieras estado en la guerra.

    —Lo he estado, te lo puedo asegurar... pero pasemos a otros temas: Tiene que venir conmigo, padre.

    —¿Para qué? —preguntó el aludido. —¿Es que corre prisa?

    —Mucha —dijo Thomas sonriendo. —Si no nos damos prisa no podremos entrar en el recinto del Concilio.

    —Bueno, yo iba para allá...

    —Dentro de treinta minutos ni Dios podrá entrar —dijo el soldado tirando de la mano de su padrastro. —De todas maneras, ¿quieres que te deje con ése?

    Adam miró al impaciente Maxwell e, inmediatamente, cambió su posición por la de Thomas y tiró de él hacia San Pedro.

    Según iban avanzando, Adam vio como la plaza estaba casi vacía, como si todos los cardenales y demás personalidades importantes ya hubieran entrado en la capilla Sixtina... últimamente la Iglesia estaba presionando demasiado a las familias adineradas para conseguir fondos que mantuvieran la precaria situación que estaba viviendo la organización. Por eso mismo estaba él allí: Al ser un Cashner, en teoría, podría convencer a su hermano Second para que contribuyera a la causa eclesiástica.

    Hasta el momento se había mantenido firme en su negativa pero la insistencia mezclada con los intempestuosos horarios de las reuniones estaban minando su moral y capacidad de cognición... si no fuera por su buena fe y por lo que sabía de las estrategias de esa tribu de buitres, haría tiempo que habría sucumbido a sus manipulaciones.

    Tras más de un cuarto de hora de caminata rápida, la pareja llegó a las puertas de la Capilla donde les esperaba una linda niñita con el ceño fruncido.

    —¡Ya era hora! —reprochó ésta. —¡Yo lo habría hecho cientos de veces más rápido!

    —Lo siento —trató de disculparse Thomas, como si la niña fuera un superior militar suyo. —Es que el padre no está en muy buen estado de salud.

    El hombre no añadió más e introdujo al padre Adam dentro de esa concurrida sala en la que apenas podía respirar por lo viciado del aire: Más de cuatrocientas personas se hacinaban como podían en sus asientos, silenciosos todos al estar observando al siguiente orador el cual ya se encontraba en el púlpito. Éste, al ver entrar al padre Adam, bajó de su elevada posición y se dirigió hacia los recién llegados... Adam, si no estuviera tan cansado habría jurado que ese chico que se acercaba con paso alegre era...

    —¿Lou? —preguntó Adam confuso de ver su cara en ese lugar. —¿Qué haces tú aquí?

    —Muchas cosas —respondió el chaval animadamente. —Muchas gracias por haber venido tan rápido ¿Querría sentarse? Voy a empezar.

    —¿Empezar a qué?

    —A hacer su trabajo —respondió una mujer de largos cabellos rubios que se encontraba sentada justo a su lado. —Mejor que se siente: Algunas de las cosas que va a decir le van a pillar totalmente descolocado.

    El anciano, sin entender demasiado lo que estaba pasando, sencillamente se dejó llevar por su hijastro y fue conducido a un asiento cercano al púlpito donde una mujer, un soldado y tres niños esperaban a que comenzara la alocución.

    Lou ascendió al púlpito y, mientras los murmullos iban callando, se colocó un auricular en su oído izquierdo. Cuando todas las voces enmudecieron, comenzó a hablar:

    —En fin, señores cardenales, arzobispos, obispos y demás fauna, buenos días. Ahora que mi buen amigo el padre Adam ha llegado puedo comenzar mi discurso. Se preguntarán por qué diantre se me ha ocurrido presentarme aquí tan de repente... bueno, se preguntarán más bien “cómo” lo he hecho pero eso es lo de menos. Mi objetivo en este momento es muy simple: Acabar para siempre con el sistema instituido por la Iglesia para acabar para siempre con las desigualdades.

    Esta frase fue respondida de inmediato por las poderosísimas risotadas de su público. La mayoría de los presentes estuvieron partiéndose de risa largo rato hasta que, al ver la seria pero confiada cara de Lou, callaron todos medianamente cohibidos.

    —Suena un poco inalcanzable, ya lo sé, pero sé lo que me digo...

    —¡Que alguien saque a ese loco de ahí! —interrumpió un cardenal de las filas más próximas a la posición de Lou.

    —¡Sí, fuera! —gritaron otros tres, siendo seguidos por un murmullo generalizado que se acabó convirtiendo en una desbandada de sotanas que se acercó rápidamente al púlpito. Pero en su camino se interpuso la elegante mujer que le había hablado a Adam la cual levantó una estola roja que llevaba colgada de su brazo izquierdo. Y cuando una cabeza humana (o algo parecido) salió de su superficie roja, todos se pararon espantados por la extraña brujería que estaban presenciando. Y salieron a toda prisa cuando el ser que estaba ahí dentro saltó fuera de ese agujero y mostró sus garras y las más de veinte cuchillas que llevaba entre ellas.

    —Ran, encárgate de mantener a esa chusma alejada —pidió con serena aunque fría voz la mujer de la estola. El extraño ser, de cabellos dorados y con nueve colas tras de sí, asintió y agitó su brazo derecho lanzando amenazadoramente todas las cuchillas que sostenía en esa mano. Todos los eclesiásticos retrocedieron de inmediato asustados.

    —Háganme el favor de no interrumpirme, ¿quieren? —pidió Lou. —Será una estupidez, eso no se lo niego, pero por muy estúpido que sea he venido preparado. Y ahora, si no les importa, vuelvan a sus asientos y probablemente no les pase nada.

    —¡No tenemos porque escucharte! —gritó uno de los miembros del tumulto siendo respondido por varias voces de aprobación. —¡Larguémonos!

    Todos los presentes se encaminaron ruidosamente hacia la puerta de salida pero se encontraron con un obstáculo: La niña les cerraba el paso.

    —Vuelvan a sus asientos —ordenó ésta con voz fría. Sin embargo ninguno de los presentes vaciló y todos continuaron con su camino. La niña, al tiempo que suspiraba, sacó una cuartilla de papel de debajo de su abrigo, la alzó y esta se disolvió. E, inmediatamente, un enorme brazo de color rojo atravesó violentamente la puerta que se encontraba tras de sí, cuya aparición paralizó de terror a todos los que trataban de salir.

    —¿¡Qué es esto!? —gritaron varios de ellos.

    —Podría decir que es una manera de llamaros la atención —respondió Lou con voz simpática —pero creo que esto entraría dentro de lo que llamaríamos “golpe de estado”. Háganme el favor de volver a sus asientos y tal vez nadie salga herido.

    Adam, que había estado observando todo lo que había ocurrido desde su asiento, estaba anonadado, abrumado por las muestras de fuerza que mostraban esas dos... y horriblemente asustado por pensar que ese chico con el que había viajado y convivido durante semanas fuera capaz de controlarlas...

    Los cardenales, más aterrados que convencidos, volvieron rápidamente a sus asientos sin dejar de mirar a las dos atacantes, las cuales vigilaron atentamente a todos los presentes.

    —En fin —continuó Lou —como iba diciendo, éste pretende ser el último concilio que se celebre. ¿Y por qué? Sería un poco largo explicar quién soy así que esa tarea se la dejo al padre Adam, aquí presente —dijo señalándolo. —Resumiendo un poco, puedo decirles que mi procedencia es el agujero que Lord Asriel abrió en el norte —los murmullos volvieron a resonar en la sala pero volvieron a callar a los pocos segundos. —Yo llegué aquí y observé todo lo que se cocía por este mundo: Los espectros del abismo, las brujas, los movimientos militares, el sistema social, los estamentos, las leyes, la forma de vida de las gentes y la obsesiva manera de entender la religión en este mundo... mi primera impresión sobre este último punto fue enormemente positiva: El padre Adam me mostró que por aquí también existe la generosidad y el más puro altruismo. Y, ciertamente, de no haber sido por lo que llegó a saber uno de mis compañeros de viaje, me habría quedado con esa impresión inicial: Me encontré con que todos los habitantes de su aldea escupían sobre el nombre del clero, creyendo tan sólo en el ejemplo de Adam; con que en ciertos lugares estuvieron a punto de matar a mis compañeros tan sólo por intentar encontrar un camino de vuelta a casa; que, por pensar y tratar de descubrir cosas que tal vez hicieran de nuestra vida un lugar interesante en el que vivir, perseguíais a los pobres que se atrevían; que, en fin, vosotros fijabais e imponíais a vuestro antojo vuestra idea del bien y el mal.

    Lou hizo una pausa, como si estuviera otorgando a su público la oportunidad de defenderse.

    —Tú dices que a nuestro antojo —replicó uno de los de las últimas filas —pero deberías saber que cuanto hacemos es vivir de acuerdo con las directrices que nuestro señor, la Autoridad, nos ha otorgado para que podamos vivir en paz y armonía.

    —¡Ya tenías que hablar tú, Donato! —exclamó Lou encarando las cejas. —¡No hables de seguir directrices cuando tú eres uno de los que más las incumple! ¡Sé perfectamente que has firmado más de treinta penas de muerte por herejía de mujeres que no querían hacer caso de tus intimaciones!

    El aludido primero dio un respingo cuando oyó su propio nombre pero cuando escuchó las acusaciones que se vertían sobre él, bajó la cabeza muy avergonzado.

    —¡A partir de este momento sólo aceptaré réplicas de sacerdotes que tengan las manos limpias! —advirtió Lou con la voz en grito. —¡Vosotros que juzgáis por la pureza de alma de las personas, por los actos puros e impuros que se han hecho a lo largo de sus vidas, sois ahora los juzgados! ¡Pues yo acuso! ¡Acuso a la Iglesia de ser hereje de sí misma! ¡Acuso a la Iglesia de pretender ser soberana absoluta, absoluta en cuanto suelta de su propia ley, de este mundo! ¡Acuso de horribles vejaciones cometidas por esta organización en nombre de la Autoridad! ¡Acuso, definitivamente, de que esta no es más que una reunión de cuervos que pretende sojuzgar al mundo a unos ideales que nadie en este mundo está dispuesto a aceptar apoyando sus pretensiones en el más ruin uso de la fuerza y la coacción física!

    Todos enmudecieron, Adam más que nadie: Éste jamás se habría imaginado semejante muestra de carisma por parte de ese tranquilo chico...

    —Esto... —carraspeó una voz entre el mogollón que se apretujaba en esa sala.

    —Sí, Karl, tú puedes hablar —dijo Lou volviendo a su tono comedido, ganándose de nuevo la sorpresa del aludido.

    —Si de veras piensas lo que dices, ¿entiendes lo que pretendes hacer? Esta que llamas “organización” sabe defenderse muy bien. A pesar de los sucesos que han ocurrido a lo largo de los tiempos de la larga historia de la Iglesia, nadie ha podido derrocar este sistema. No niego que no haya corrupción en estos círculos, yo mismo la he vivido, pero ni aún con los ataques de diferentes periodistas, nadie ha sido tan siquiera capaz de conmover la base de esta gran organización.

    —Me estás diciendo que no tengo ni el poder ni el conocimiento necesarios para poder derrocar este sistema, ¿no? —preguntó Lou con tranquilidad. —En ese punto tengo que decirte que te equivocas mucho, demasiado tal vez. Yo, ciertamente, poco he vivido lo que se cuece en este mundo, tan sólo hasta hace un par de días he comprendido la gravedad de los actos criminales de la Iglesia. Sin embargo, tras conseguir esto —dijo levantando el aparato que sostenía gracias a una especie de bolso —mi visión de este mundo se ha visto enormemente aumentada: Podría estar mencionando durante una semana los numerosísimos desmanes que habéis estado cometiendo con pelos y señales mas... creo que sólo me limitaré a comentar uno, el que me ha parecido más horrible que ningún otro, que tan sólo de pensar en él, se me revuelven las tripas: El asunto de los “zampones”.

    Y no pudo evitarlo: Una gran mayoría de los espectadores empezó a gritar, muy asustados todos por lo que iba a decir el orador pero, cuando vieron a las centinelas de la sala no pudieron más que sentarse y arrodillarse desesperados, preparándose para escuchar la sentencia de Lou.

    —Sí, han oído bien: Zampones. Ruego a los aludidos que se acerquen frente a este púlpito para ser públicamente juzgados.

    Los que hacía un momento habían tratado de huir a toda velocidad de la sala, se quedaron quietos de repente como esperando que nadie se hubiera apercibido de su desesperación.

    —Hay que ver... —musitó Lou. —Yukari, ¿podrías...?

    —Sí, claro —respondió la mujer de la estola roja comenzando a caminar por la zona indicada por Lou mientras iba sacando de su prenda a los reos del que éste hablaba. Uno a uno, Yukari iba lanzándolos fuera del rojo de su estola, asustando a cuanto llegaba al alcance de su mano y espantando a los que se encontraban junto a los que agarraba la mujer pues los reos desaparecían de repente de sus asientos para aparecer espontáneamente en la estola. —¡Buf! ¡Ale, ya está! —dijo Yukari nada más acabó de sacar a los más de ochenta temblorosos acusados. —Todos tuyos.

    Los acusados, entre el púlpito y la mujer de las nueve colas que esgrimía cuchillas a manos llenas de nuevo, callaron e inclinaron la cabeza ante la presencia de Lou que les miraba escrutadoramente con cara de risa.

    —Muy bien, para los que no anden muy enterados de lo que quiere decir la palabra “zampón” —empezó a hablar Lou —les remitiré a una reunión extraordinaria celebrada hace ya diez años. Por aquel entonces la mayor parte de los cardenales de esta sala eran tan sólo simples sacerdotes de segunda y de los componentes de esta sala sólo quedan estos ochenta. Se debatió durante más de un mes un arriesgado proyecto basado en las investigaciones de un controvertido investigador, Lord Asriel. Muchos de ustedes habrán oído hablar de él, supongo, así que no me alargaré en mis explicaciones, sencillamente diré que el señor Ox —Lou señaló a uno de los muchos reos que se encontraban ante sí —eminente teólogo experimental en sus ratos libres, investigó varios escritos de ese hombre cuando aún trabajaba en la Junta de Oblación. Su inspirada lectura le valió su ascenso a cardenal y que en esta sala se debatiera utilizar las investigaciones de Asriel para beneficio de la comunidad cristiana. Mas... ¿saben ustedes cuál era el campo de investigación de Lord Asriel? Su investigación no tardó en atraer las sospechas de herejía de esta sala la cual trató de detenerlo a toda costa, no pudiendo hacerlo por su enorme carisma y sus viajes constantes. Su investigación, digámoslo ya, trataba acerca de la creación de un material que interactuara no sólo en el plano físico sino en más planos como el espiritual o el existencial, un material con el que, si se construía una cuchilla, se podría pasar de un universo a otro rompiendo las barreras naturales existentes desde el principio de los tiempos.

    —Entonces... ¿fue su investigación la que causó el Agujero del Norte? —preguntó el mismo Karl que había hablado antes.

    —Fue ÉL el que abrió el Agujero del norte, el mismo que, además, me trajo a este mundo por accidente. He de reconocerlo: Sus sospechas de que Asriel era un hereje no iban nada desencaminadas pues él no sólo era hereje sino que además es un “antiteo”, esto es, un asesino de dioses.

    Tanto Karl como una buena cantidad de clérigos a su alrededor alteraron sus facciones de puro terror.

    —Sí, eso he dicho —continuó Lou: —Asriel pretendía acabar con la mismísima Autoridad.

    —¿Pretendía? —preguntó un cardenal de entre los de las filas traseras.

    —Sí. Desafortunadamente acaba de morir apenas hace veinte minutos tras una durísima pelea contra el regente de la Autoridad, Metatrón... pero eso no es lo que importa: La cuestión está en el uso que éstos de aquí decidieron dar al filo inventado por Asriel. Como dije antes, Lord Asriel había inventado un material que interactuaba entre diferentes planos de la existencia. Lo que él pretendía desde el principio era crear un sistema para pasar de un universo a otro para así poder alcanzar a la Autoridad, reunir un ejército y destruirla pero, sin saberlo hasta mucho después, no supo que la Iglesia continuó su investigación en otro aspecto: La interacción de ese material en el plano espiritual o, lo que es lo mismo, en el plano en el que existen los nexos con nuestros daimonions.

    Los acusados inclinaron aún más la cabeza y otros, casi llorosos, se taparon los oídos para no oír las acusaciones del chico.

    —¿Y eso para qué? —preguntaron varios de los espectadores al mismo tiempo. —¿De qué nos serviría eso?

    —Para destruir los vínculos entre personas y daimonions —acusó fríamente Lou espantando a todos los presentes, más aún al mismo Adam que no se esperaba que en esa sala se hubiera preparado algo tan horrible como eso. —¡Ah! ¡Qué buenos tiempos aquellos! Uno entraba aquí y podía declarar sin temor a condena alguna, “¿y por qué no les quitamos el alma a la gente para que nos sirvan mejor?”; “el alma de los que se nos oponen es un impedimento, mejor quitémosela a los herejes para tener esclavos que sean capaces de morir por nuestra causa”; “creemos soldados perfectos sin piedad ni alma”... Ése era y es el objetivo de esa investigación. Y sí, digo “es” porque aún hoy se seguían aplicando los resultados de la investigación. La señorita Agatha, aquí presente —dijo Lou señalando a la mujer que se encontraba justo delante de tres niños —ha sido testigo de excepción de las consecuencias del uso de la Guillotina de Plata inventada por ustedes —dicho lo cual pidió a la mujer que subiera hasta su posición, petición obedecida de inmediato. Nada más llegar allá arriba, la mujer comenzó a hablar:

    —Seré escueta: Pasé por dos de sus laboratorios, Bolvangar y Nuntio Delubro, lugares donde, primero, me encontré con uno de sus experimentos, un hombre que decía llamarse John, un hombre sin daimonion y del que más adelante supe que había sido “amputado” en el primer laboratorio que mencioné. Gracias a sus conocimientos y a un trabajo de investigación mío llegué al segundo laboratorio mencionado en el que toda una tropa de amputados como John acabaron con su vida. A mí me capturaron y me mantuvieron cautiva durante casi tres meses. Y pasado algún tiempo, me encontré con que tenía dos compañeros de cautiverio: Un chico llamado Jacques Smith y otro, mucho más misterioso, llamado Anerues Altro —Adam pegó un respingo cuando escuchó el nombre del soñador que había conocido en Oasis. —Este último, la persona más conocedora de cuantas tribulaciones se manejan por aquí, me explicó con pelos y señales lo que realmente estaba ocurriendo: Ahora que Lord Asriel se disponía a asesinar a la Autoridad, que había movilizado a su enorme ejército, estaban buscando maneras y maneras de contrarrestar su fuerza creando un ejército invencible formado por miles de amputados. Para ellos el alma de esos pobres hombres era lo de menos pues sólo querían a alguien que fuera capaz de llevar a cabo misiones casi suicidas sin decir nunca que no... pero no conformes con esto, no sólo se atrevieron a quitarle el alma a los adultos sino también a niños que nada tenían que ver con lo que estaba pasando: Cientos de niños marginales captados por los zampones habían sido usados en sus estúpidos experimentos para mejorar sus sistemas de reclutamiento —Agatha comenzaba a traslucir una gran ira contenida pero, en ese preciso instante prefirió retirarse rápidamente para volver a otorgar la voz a Lou.

    —Muchas gracias —dijo Lou mientras la mujer volvía a su asiento. —Ya lo han oído: Ustedes que se creen los dueños de la moral en este mundo han estado robando el alma a cientos de personas...

    —¡Tú no tienes pruebas de nada de lo que habéis dicho! —interrumpió gritando uno de los muchos reos. —¡Esto es una estupidez! —gritó a todos los que se encontraban tras de sí. —¡Éste chino payaso pretende vendernos que no somos más que unos estúpidos demonios!

    —No pretendo venderos nada —dijo Lou sin alterarse lo más mínimo por el apelativo que le habían puesto. —Ya os lo dije: Vengo con pruebas.

    —¡No seas estúpido! —gritó el que acababa de hablar. —¡Aquí no hay ningún científico!

    —¡Pero está uno de los que han estado capturando niños para la causa! —gritó furioso el soldado que acompañaba a Thomas.

    —¡Y uno de los centinelas de Nuntio Delubro! —gritó el mismo Thomas.

    —¡Una periodista que trató de investigar los sucesos de los zampones y fue despedida de su periódico, vilipendiada y perseguida por la Iglesia por esa misma razón! —continuó Agatha.

    —Y además... —continuó Lou parsimoniosamente —tres de los niños amputados de los que les había hablado —dijo señalando a los tres chicos, los cuales, dejando de lado a sus daimonions se dirigieron justo frente a los reos los cuales vieron con mezcla de terror la dureza de la mirada de esos aparentemente tiernos infantes los cuales aparentaban ser cualquier cosa menos niños: Sus miradas proferían un odio tan extremo que ninguno de los presentes se atrevió a mirarles a los ojos más de medio segundo. Parecían adultos en cuerpos enanos. —He aquí, tres niños que habían sido amputados que, por suerte, han podido recuperar a sus daimonions gracias a las investigaciones de mi amigo Anerues.

    Nadie se atrevió a replicarle por lo que todos permanecieron callados.

    —En fin, muchos de ustedes comprenderán la situación, ¿verdad? Y supongo que los que acaban de enterarse estarán seguros de que apoyar a semejante organización es más pecaminoso que tener un hijo habiendo jurado los votos —dijo Lou mirando a Adam el cual, por alguna razón, sintió un enorme bote en el corazón. —Ergo, muchos de ustedes estarán de acuerdo en destruir semejante tejemaneje.

    Los murmullos volvieron a inundar la sala y Lou tuvo que volver a pedir silencio.

    —Sin embargo, aún no he terminado: No sólo por lo amoral que ha resultado ser esta organización tengo el deber de destruirla sino también por otra cosilla un puntito menos importante: La Autoridad, vuestro señor, al que le habéis jurado fidelidad eterna, hace cosa de seis horas que ha muerto.

    Ahora ya no fue un murmullo sino un enorme grito de espanto de todos, incluido el mismo Adam. Nadie era capaz de creer lo que ese orador estaba diciendo.

    —¡Pero si habías dicho que su asesino había muerto! —gritó uno de los de las filas más adelantadas.

    —Nunca he dicho que Asriel fuera su auténtico asesino —respondió Lou ganándose el silencio de la sala. —Él pretendía serlo: Acabar con la Autoridad para instaurar la República del Cielo... iluso. Él no ha sido más que una herramienta para el auténtico asesino de la Autoridad. El asesino, el antiteo por excelencia es y siempre ha sido el que no necesitó más de veinte años de investigación para encontrar la fórmula de la Guillotina de Plata sino un simple chaval que, por accidente, cayó en este mundo, un joven que creía firmemente que sus sueños eran mensajes que “alguien” le enviaba para cumplir con un destino mucho más grande de lo que imaginaba. ¡Oh, sí! ¡Recuerdo perfectamente como pude escuchar que uno de vuestros sacerdotes le decía que los sueños “eran el lenguaje perdido de Dios” y le animaba a que continuara escuchándolos! —Adam sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —Ese chico no lo sabía entonces, no lo sabía hasta hace prácticamente nada, y ni siquiera yo ni nadie que lo conociera o se hubiera encontrado con él hubiera sido capaz ni tan siquiera de intuirlo: Anerues Altro, el chico del que ya os he hablado más de una vez, es el ejecutor de la Autoridad, en otras palabras: Lucifer.

    El padre Adam ya hacía un buen rato que esperaba a que Lou dijera esa palabra pero aún así sintió un enorme terror, un miedo tan intenso que tuvo que abrazarse a su propio pecho para tratar de encontrar algo que le hiciera sentir mejor sin conseguirlo.

    —¿Quién iba a esperarse que ese chico medio gitano fuera a ser el más temible de todos los demonios? Ese mismo sacerdote le dijo una vez... —Lou calló para escuchar algo atentamente en su auricular —que su daimonion decía de sí que no era nada de lo que aparentaba ser y así fue: Lucifer ha dirigido los designios del Polvo para llevar la muerte a la Autoridad.

    Ya no pudo contener más los gritos y todos los presentes empezaron a gritar y a llorar, como si no aceptaran que hubieran estado sirviendo toda su vida a un ente al que suponían inmortal y todopoderoso.

    —Y ahora, como remate final... —continuó Lou —os voy a decir quién soy yo: Si Anerues era Lucifer, yo soy Satanás. Soy uno de los más cercanos servidores de Lucifer y por él estoy dirigiéndoos este discurso. ¿Y para qué lo hago, si tan sólo quiero destruir esta organización? Para hacerlo podría llevar todo lo que sé, todas las pruebas de vuestros escandalosos experimentos y hundiros para siempre ¿Por qué? Muy sencillo: Os voy a proponer un pacto.

    Todos callaron. Nadie se esperaba que ahora saliera con ésas.

    —¿Qué clase de pacto? —preguntó el padre Adam que ya no podía contenerse más.

    —Ya era hora de que hablara el más puro de esta sala —comentó sarcásticamente la daimonion de Lou.

    —Es muy sencillo: Yo tan sólo quiero lo mejor para este mundo y, para ello, tengo bien claro mi primer objetivo: Destruir a la Iglesia. Sin embargo, tras vivir tanto tiempo en este mundo, he comprendido que no todos los sacerdotes son malos (aunque no podría mencionar a más de veinte en toda esta sala). También he comprendido la extensión de las redes de poder que tenéis todos vosotros a lo largo y ancho del mundo. Así pues propongo lo siguiente: Todos los reos que mencionaré serán destituidos de sus cargos a menos que hagan todo lo que las sagradas escrituras indican, si dedican su vida a crear paz y no a destruirla, si usan su dinero no para enriquecerse y para llenar sus ya gordas barrigas sino para repartir algo de felicidad entre los pobres... en definitiva, a hacer lo que se supone que tenéis que hacer.

    Adam, gratamente sorprendido, tardó un buen rato en responder pero acabó diciendo:

    —¿Y qué pasaría si no obedeciéramos? —dijo en nombre de todos los presentes (que no en el suyo). —Sé perfectamente que no te puedes quedar en este mundo para vigilar lo que hagamos.

    —Pero puedo vigilarlo desde el mío. Créame, gracias a Anerues ahora ya sé como matar a alguien infundiéndole un simple sueño. Y, si alguien lograra escapar de mi poder para eso está la aquí presente Yukari Yakumo —dijo señalando a la mujer de la estola. —Detrás de su frágil apariencia se encuentra un auténtico monstruo que ha acabado con más de noventa tropas enviadas para asesinarla. Todos los imbéciles que lograron atravesar las defensas de sus dos sirvientas —dijo señalando a las dos centinelas —acabaron encontrando la más horrible muerte dentro de su estola. Es más: Podría destruir todo este universo en menos de una hora si se lo propusiera así que, cuidado con ella más que otra cosa.

    La aludida ocultó su cara tras su abanico y rió inocentemente como si no fuera nada de lo que había dicho Lou, aparentando ser tan sólo una mujer con la mentalidad de una niña.

    —Dicho esto, ya he dicho mis condiciones. Si no aceptáis en el plazo de la siguiente hora le pediré a Yukari que ejecute a todos los que hayáis cometido aunque sea un sólo crimen a lo largo de vuestra vida y sacaré a la luz todos (y digo TODOS) los trapos sucios de esta corrupta organización, destruyendo para siempre vuestra reputación. Dicho esto —dijo mientras bajaba del púlpito —esperaré vuestra respuesta..



    Zoé, después de un largo sueño, abrió los ojos algo atontada y observó detenidamente el lugar donde se encontraba: Esa cama, ese armario, la lámpara que se encontraba encima de su cabeza, el paisaje que se podía ver a través de la ventana...

    “Hemos vuelto...” pensó mientras veía el sol en el horizonte detrás de la cortina.

    —¿Ya te has despertado? —a Zoé se le paró el corazón cuando escuchó esa voz pues desde el principio había pensado que estaba sola en esa sala. Pero no era el estar acompañada lo que le había pillado desprevenida sino...

    —¿¡Fran!? —preguntó girándose bruscamente al otro lado, lugar donde se encontró a la utukku sentada con su daimonion echado a sus pies. —¿Qué haces tú aquí?

    —Esperar a que despiertes —respondió ella sonriendo. —¿Qué sino?

    Zoé, bastante más animada, se levantó algo dolorida (ni con todo lo que había dormido le habían dejado de doler los brazos) y preguntó:

    —¿Cómo has llegado aquí?

    —Una amiga de Anerues llegó hace un par de días al Rat Chalyben, una chica bastante rara... no da la impresión de que sea alguien muy normal...

    —¿Amai?

    —Si, así decía llamarse. No sé cómo lo consiguió pero logró subir todo el Rat hasta presentarse en mi habitación, en la Torre de Chalyben. Allí se pasó más de tres horas tratando de convencerme de que viniera con ella hasta aquí... y, bueno... aquí estoy —respondió sonriendo como si tal cosa.

    —Y yo que pensaba que nunca se te iba a pasar el enfado...

    —Muchas personas se arrepienten de enfadarse casi al instante nada más ver lo que pierden por gritar más de la cuenta... No creo que debiera haberte dicho todo lo que te dije...

    —No —interrumpió Zoé firmemente. —Tú sabías lo que decías —dijo con la cabeza gacha. —La que se arrepiente aquí soy yo, que no te escuché... Me dijiste que era una estúpida por hacer lo que precisamente yo condenaba y te aseguro que jamás he estado más de acuerdo contigo...

    —¡Bah! Eso ya es agua pasada. ¿Puedes levantarte? ¿Necesitas ayuda? ¿Quieres desayunar? ¿Te traigo algo?

    —...cualquiera diría que eres un miembro de la nobleza de Chalyben —comentó Zoé al ver lo servicial que estaba siendo Frandoll.

    Varios minutos después, tras ducharse, peinarse y vestirse, Zoé salió de la habitación acompañada por Frandoll que, al igual que su cuñado, veía maravillada la mansión Fânali. Ésta le guió por los largos pasillos hasta llegar al comedor donde unas cuantas doncellas recogían los restos del desayuno del grupo de los utukku. Sin embargo, nada más ver entrar a la pareja, una de las sirvientas salió de la sala a toda prisa para volver a los poco segundos con una bandeja de comida para la recién levantada, la cual, ya sentada, se relamió de gusto al ver lo que había delante suya (y más aún al notar los gorgoteos de su estómago).

    Frandoll apenas probó bocado y dejó que su amiga se alimentara cuanto quisiera sin interrumpirla con conversación alguna. Todo cuanto comía Zoé le sabía a gloria, sobre todo después de que Frandoll comentara casi para sí que ya llevaba tres días durmiendo.

    —Ya veo que te has recuperado —comentó Anerues a su espalda. Zoé no se giró y siguió comiendo con fruición. —Ya veo que tenías hambre atrasada... bueno, ¿quién no la tendría después de acabar con la mismísima Sariel, “la lancera divina”, “el ángel de la Muerte”, la...?

    —No me toques ese tema —respondió Zoé con mala cara interrumpiendo su comida. —Me importa tres cominos con quien hubiera acabado por allá. Si eran poderosos, ya no lo son y si sólo eran débiles, que en paz descansen... pero yo ya no quiero tener nada que ver con ellos.

    —Muy bien, ya veo que tú también has recuperado la sensatez. La próxima vez que veas que hay una batalla cerca, piénsatelo dos veces antes de embarcarte en ella de manera voluntaria.

    Zoé no respondió pues la cara de Anerues era un alegato muy gráfico de lo que pensaba de su actuación: No lo aprobaba ni lo aprobaría nunca, nunca quiso que fuera a la batalla.

    —¿Dónde están los demás? —preguntó ella para luego echar un trago de su tazón.

    —Amadeo dando un paseo, Jack con Dai como siempre, Lou en el mundo del agujero...

    —¿Qué pinta Lou allí? —preguntó Zoé extrañada.

    —Terminar nuestro trabajito. No creo que tarde más de media hora en volver...

    —...¡medio segundo! —respondió Lou entrando animadamente en la sala con Fu Riong que bailaba en el aire. —¡Misión cumplida! ¡Tenemos a la Iglesia a nuestros pies! ¡Ni uno sólo de esos sacacuartos se ha negado a tus exigencias!

    —¿De qué hablas? —preguntó Zoé aún más extrañada.

    —Bueno... —suspiró Anerues —tú fuiste a la batalla a destruir a la Autoridad, como un buen porrón de los soldados que estaban allí pero Lou fue a atacar a otra parte: Fue al Vaticano a destruir el sistema de la Iglesia... y en fin, que lo ha conseguido.

    —Si no fuese por la presión de esos tres niños nada habríamos conseguido —añadió Lou.

    —¿Niños? ¿Presión? ¿Me he perdido algo? —preguntó Zoé algo confusa.

    —Las tres cuartas partes de la historia —rió Anerues. —Hasta éste de aquí tiene lagunas —dijo señalando a Lou. —Pero, créeme, no creo que quieras saber todo cuanto ha pasado: Te deprimiría más aún.

    Zoé terminó su comida y apartó la bandeja mientras se armaba de valor para preguntar algo:

    —Entonces... ¿cuándo volvemos?

    —No hay prisa por volver —dijo Anerues mientras se dirigía a la salida. —Aunque, si tanta prisa tienes en volver a nuestro mundo, ¿por qué no te llevas a los utukku a hacer una visita guiada por las maravillas de nuestro mundo? —dicho lo cual, desapareció de su vista.

    —¿Le pasa algo? —preguntó Zoé al notar a Anerues más contento de lo habitual.

    —Lleva así desde que llegó aquí —respondió Frandoll. —Me parece que es cosa de aquella dríada... María creo que se llamaba.

    —¡El chico se ha echado novia! —dijo Lou riendo. —Siento no seguir contigo pero David me ha pedido que lo guíe a nuestro mundo así que, hasta más ver, chicas.

    Lou se marchó como si tal cosa y Zoé le perdió de vista en segundos.

    —¿Son imaginaciones mías o todo el mundo tiene prisa? —preguntó Zoé.

    —No te imaginas nada —respondió la utukku. —Según Anerues, los ángeles han comenzado a cerrar las puertas entre mundos por lo que, en teoría, ésta es la última vez que nos veremos... —dijo con la cabeza gacha.

    —Pues habrá que disfrutar de este tiempo, supongo... —dijo Zoé dirigiéndose a la sala de música donde hacía menos de cuatro días había tocado / peleado con Amai...



    —Entiendo que hayáis venido hasta aquí para descansar, entiendo perfectamente que a los aliados haya que tratarlos como iguales, entiendo perfectamente lo que es una deuda de sangre pero... ¿¡se puede saber por qué narices me habéis metido un oso blanco en la casa!? —gritó Kaede, recién levantado después de pasarse casi tanto tiempo en la cama como Zoé.

    —Tú no estabas con nosotros así que tuve que hacer algo para conseguir ayuda —replicó Jack defendiendo a Schein, el oso acorazado que los había protegido en la batalla. —Esto es lo mínimo que podíamos hacer por él ya que no sabe como volver él solo a su casa.

    —A buenas horas tuve que caer rendido... —se quejó Kaede.

    —Déjalo, Kaede —pidió Amai. —Sé que estás cansado pero al menos gracias a esto has conseguido el metal ese...

    —Sí, sí, bueno... —replicó sin muchas ganas de discutir con su hermana. —De todas maneras, deberías ser un poco más inflexible: Al final esto también te ha acabado afectando a ti.

    —Si fui al mundo de los utukku fue por mi propia voluntad, no porque un destino incierto me hubiera metido allá. Sabía que sería de mucha ayuda si iba para allá.

    —¡Di que sí! —dijo Agatha mientras veía a los niños jugar alegremente en el jardín con sus brillantes y relucientes “argollas de plata” colgadas del cuello, con las caras mucho más animadas que cuando estuvieron en la Capilla Sixtina, apenas tres horas antes. —De no haber sido por ella, esos niños de allí probablemente ya estarían muertos.

    —Lo que queráis... —dijo Kaede mientras se retiraba algo cojeante a descansar en otra parte.

    —Disculpad a nii—san —pidió Amai. —Es que...

    —Déjalo —pidió Adam sin tan siquiera girarse, mientras trataba de recuperar el sueño que había perdido la semana anterior. —Yo me pondría igual si me metieran un cervatillo en mi casa —dijo riendo.

    —¿El comentario va con segundas, padre? —preguntó Thomas jocoso.

    Los aludidos rieron agradablemente mientras los demás descansaban como bien podían de todo el barullo que habían tenido que vivir...

    —¿Alguien sabe donde está Anerues? —preguntó Amadeo sentado a la sombra del poderoso oso acorazado. —Desde ayer no lo he visto.

    —¿Tú preocupándote por Anerues? —preguntó Zoé llegando a ese jardín acompañado por Frandoll. —Que tierno de tu parte...

    —¡Menos burlas! —respondió el aludido apartando la cara.

    —Si realmente es el amante actual de María —respondió Adam riendo, — y teniendo en cuenta cómo es ella... bueno, vosotros sois jóvenes aún: Imaginad.

    Prácticamente todos (menos Frandoll que no se enteraba) se enrojecieron al pensar lo que podrían estar haciendo esos dos...

    —¿...no te molesta que te hayamos llenado la casa con tanta gente? —preguntó Zoé a Amai para cambiar de tema cuanto antes.

    —Después de que Kaede probara su desastroso “Cuatro de una clase”, ver a unas cincuenta personas en casa no me parece demasiado —respondió la chica. —De todas maneras, es lo que prometió Kaede, ¿no?

    Nadie añadió mucho más y todos pensaron sencillamente en cómo pasar lo más relajadamente posible esa mañana intentando no pensar en que eso tendría un final...



    David y Laura hacía un buen rato que estaban enmudecidos. Nada dijeron en más de media hora mientras Lou, Giuseppe, Anstein y Rodolpho los veían tranquilamente mientras comían algo en un restaurante del mundo de Lou.

    —¿Tan impactante os pareció? —preguntó Lou al cabo de un rato. —No creo que ver eso sea algo tan anonadante.

    —Pero... es que... se movían... —comentó Laura.

    —...yo tengo cientos y cientos de imágenes... pero es la primera vez que veo que se mueven...

    —La última vez que os llevo a ver una película de dibujos animados... —dijo Lou sonriente mientras seguía comiendo. —Pensé que con lo que te gustan las ilustraciones te gustaría verla, David.

    —Si no digo que no me gustara... ¡Dios! ¿Así es como vivís el arte por este mundo?

    —Hay muchas maneras de vivir el arte. Al fin de al cabo, no es más que representación física de lo que se cree bello. Tú lo que has visto ahora no es más que la representación del movimiento, un arte que fue inventado hará cosa de siglo y poco.

    —¿En este mundo inventáis artes? —preguntó Laura rompiendo su mutismo inicial.

    —Cuando se tiene la tecnología suficiente para ello, no es difícil —dijo Lou señalando la vista que se podía ver desde la ventana de ese restaurante, la muchedumbre paseando, las luces encendidas, las pantallas en las tiendas, los autobuses londinenses circulando... —De todas maneras, en vuestro mundo ya llegaréis a tener algún día vuestro propio cine.

    Nadie añadió nada y todos siguieron comiendo la cena convidada por Giuseppe, contentísimo al saber que Anerues volvería en pocos días. Tras acabar, Lou, Rodolpho, David y Laura pasearon de vuelta a su hotel... estos dos últimos veían maravillados el mundo en el que se habían metido, comportándose como niños ante con un juguete nuevo...

    —No sé... ¿no deberíamos haber dejado a Laura en su mundo? —preguntó Rodolpho mientras esos dos descansaban en un pequeño parque después de todo lo que habían visto.

    —¿Y dejarla al alcance de esa tropa de imbéciles? Tú los vistes...

    —...lo que vi fue a un loco que se enfrentó con siete personas armado con una simple tubería de plomo —interrumpió Rodolpho.

    —Locura y valentía van siempre unidas de la mano —dijo Lou parafraseando a David. —De todas maneras, mi aletiómetro ya me avisó de que si no la traíais con vosotros, la acabarían matando... ¿es que te molesta?

    —Me molesta tener a un par de nenes jugueteando como imbéciles...

    —Ponte en su lugar: Su mundo no tiene esta tecnología y es normal que se sientan impresionados.

    —Pero...

    —¿Te recuerdo cómo te comportabas tú cuando descubriste como funcionaba el aparato intencional? —preguntó Lou levantando el aletiómetro. Rodolpho no dijo nada y sencillamente apartó la cara avergonzado.

    Lou sencillamente dejó a los dos dejarse llevar y se sentó en un banco mientras tanto, viéndoles observar mientras no dejaban de dar mimos a sus daimonions.

    —Menos mal que Lacrima es una cotorra y que todos piensen que Diana es un perro —comentó Fu Riong asomándose fuera del abrigo. —Lástima que lo mío sea más difícil de ocultar...

    —Ya pensaré algo —dijo el aludido acariciándole la cabeza al ver que nadie les observaba. —Eso suele ser mi especialidad...



    Anerues escuchó la canción de María con toda su atención... ahora que lo pensaba, nunca le había escuchado llamar al viento... él, que había vivido lo que nadie en sus sueños, que había hecho lo que nadie había sido capaz de aprender, él, el soñador, no había vivido algo que tenía tan cerca.

    La voz de María no es que fuera de timbre perfecto. Sin embargo tenía un tono que destilaba fuerza a cada palabra, tanta que el aire temblaba y las hojas caídas de ese monte temblaban con ella. Estaba llamando al viento del oeste, llamando a un viento cálido... y Anerues sabía por qué: María no deseaba dormir esa noche ni quería dejar a su amante hacerlo tampoco.

    “La intuición de las mujeres es sorprendente” se dijo Anerues.

    María sabía que se marcharía esa noche y ella estaba tratando de evitar que lo hiciera sin despedirse, de evitar que sencillamente le diera la espalda mientras marchaba... no quería perderlo de vista...

    Anerues sabía lo que ella quería pero, desgraciadamente, ése era el único deseo que no podría concederle. Sin embargo, se levantó, se acercó a ella, tomó aire y canto con ella. Su voz, algo más grave que la de ella resonó en el bosque y las hojas que antes temblaban, ahora se estremecieron ante la llegada de una fuerte brisa que se acercaba. María sonrió, algo apenada pero sinceramente, y aumentó el volumen de su voz cosa en la que le imitó su amante y al poco rato las nubes comenzaron a moverse al ritmo que marcaba su voz. Eran ellos los señores del viento en ese monte...

    Pero, tras varios minutos de canto incansable, la voz de Anerues varió un poco del canto de María y comenzó a sonar ligeramente desafinado. Ella dejó de cantar y escuchó sólo la voz de Anerues la cual desviaba ligeramente el viento hacia el norte. Ese viento del sur se olía mucho más seco y fragante pero lo suficientemente fuerte como para despejar las nubes que comenzaban a taponar el cielo.

    Y, entonces, en medio de la fuerte luz del atardecer, María vio caer algo del cielo... no era lluvia, no eran pájaros ni tampoco insectos... dejó que se acercara a ella esa masa de puntos oscuros y al poco vio lo que eran: Flores. Miles y miles de pequeñas flores de color rosado estaban cayendo sobre ellos mientras el chico cantaba, las cuales se posaron sobre sus pieles y cabellos dándoles un toque de color tanto a ellos como al suelo que pisaban.

    —Recuerda que, aunque yo me marche... —dijo él alzando una de las florecillas a la altura de los ojos de María.

    —...esto no habrá hecho más que empezar —continuó ella al fijarse qué clase de flores eran esas: Flores de ciruelo. Las flores de la planta que florece antes de sacar hoja, las flores que marcaban el comienzo de la primavera...

    Así, sencillamente María inclinó la cabeza y se acercó a Anerues que la acogió en su pecho...


    Cuéntame una historia

    ¿Qué clase de historia?

    Una con final feliz

    Eso no existe

    ¿Un final feliz?

    No, un final.



    (La niña del Faro, Jeanette Winterson)



    FIN
     
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