Long-fic Buscando el paraíso en un sueño (Completa)

Tema en 'Crossover' iniciado por JeshuaMorbus, 12 Octubre 2018.

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    JeshuaMorbus

    JeshuaMorbus Entusiasta

    Géminis
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    11 Octubre 2018
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    Escritor
    Título:
    Buscando el paraíso en un sueño (Completa)
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    21
     
    Palabras:
    4467
    Vieja historia que tenía abandonada en el cajón desde hace demasiado tiempo. ¿Os gustó "La materia oscura" de Philip Pullman, si alguien la ha leído por aquí? ¿Touhou? ¿Castlevania? Por una razón esto va a crossovers...
    Espero que os guste esta historia paralela a lo relatado en las tres novelas de Pullman.

    Fan ficción de la trilogía “La Materia Oscura”


    CAPÍTULO 1: ¿DÓNDE ESTAMOS?

    En un lugar de Escocia, esto es, muy al norte...

    Anerues miró al frente y vio que la casa de su tío Leo estaba a la vista. Ésta era una casa de aspecto rústico, muy grande para el lugar en dónde estaba, en medio de las montañas. Desde ese lugar apenas se percibían las siluetas de los edificios de la ciudad que se veía a lo lejos. El grupo que llegaba estaba formado por cinco chicos de unos diecisiete años de edad

    —Ya falta poco —avisó a sus compañeros.

    —¡Menos mal! ¡Ya tengo los pies helados de tanto caminar! —se quejó Zoé. Ésta era la única chica del grupo. No sería la más dura del grupo pero era muy buena amiga de sus amigos.

    —No eres la única —dijo Lou. Éste era un chico de origen chino y probablemente la persona más inteligente que conocía Anerues. —¿No había otra manera de llegar hasta aquí arriba?

    —Todo esfuerzo tiene sus recompensas —dijo Anerues. —Este lugar está totalmente abandonado en medio de ninguna parte por lo que nadie nos molestará por aquí. Ahora tenemos toda una semana por delante para olvidarnos un poco del internado.

    —El lugar tiene buena pinta para esquiar —dijo Jack, un chico muy corpulento.

    —Mejor dormir un poco antes de pensar en hacer un poco de ejercicio —dijo Amadeo, el bajito y apocado del grupo, pero con más carácter del que aparentaba tener. —Llevamos todo el santo día de un lado para otro y encima hace un frío del carajo. Yo no me levanto en todo el día.

    Mientras se acercaban a la casa no se fijaron que en el suelo empezaba a formare una extraña niebla. Tan sólo se fijaban en el peso de sus mochilas y en lo bien que lo iban a pasar esas vacaciones. Pero para cuando se hubieran dado cuenta, alguien, desde “otro lugar” estaba terminando un ritual. Y se dieron cuenta cuando escucharon el resonar de una especie de rasgar monstruoso, cuyo tronar retumbaba en las paredes de las montañas, y vieron con horror que el suelo desaparecía bajo sus pies. Aquí empezó todo para ellos.



    Anerues despertó un rato después, tumbado sobre la hierba. Se incorporó dolorido y miró a su alrededor, totalmente extrañado de lo que veía: Ya no estaba en una empinada y helada cuesta de camino hacia una casa rústica sino en medio de una llanura de hierbas altas desde la que se veía una ciudad y el mar a lo lejos. Miró al cielo, por donde se supone que había llegado y vio “algo”. Y digo “algo” porque no tenía la menor idea de lo que estaba viendo en realidad. A unos seis o siete metros sobre él había... ¿Un cielo sobre otro? ¿Un agujero en medio de ninguna parte? ¿La boca de un monstruo enorme? Todas esas definiciones valían pero no decían que podía ser esa cosa.

    Cuando bajó la vista vio que los demás se levantaban.

    —¿Estáis bien? —preguntó Anerues.

    —Servidor está bien —dijo Jack.

    —He tenido mejores caídas —dijo Lou. —¿Qué ha pasado?

    —Creo que hemos caído por allá arriba —dijo Anerues señalando la “cosa” —pero...

    Todos alzaron la vista y todos se espantaron al ver el agujero.

    —¿Dónde estamos? —preguntó Zoé asustada nada más verlo.

    —No tengo la menor idea —respondió Anerues. —Deberíamos ir a preguntar a la ciudad ¿No creéis?

    Los cinco se pusieron en marcha sin más dilación. En menos de un cuarto de hora llegaron a la ciudad, justo cuando empezaba a ponerse el sol pero cuando llegaron vieron con temor y sorpresa que en esa ciudad no había ni un alma.

    —¿Dónde está todo el mundo? —preguntó Lou después de un rato buscando. —¿Qué está pasando aquí?

    —Diga lo que diga, no serviría de nada porque yo tampoco sé lo que está pasando —dijo Anerues. —Si no hay nadie que nos vaya a ayudar a volver por donde venimos quizá tengamos que quedarnos algún tiempo por aquí. De momento, busquemos un lugar donde descansar esta noche.

    Los cinco estaban turbados por la situación pero intentaron no aparentarlo. Después de buscar un buen rato se encontraron con unos grandes almacenes.

    —Es un buen lugar, ¿no creéis? —dijo Jack.

    —No sé —dijeron Lou y Zoé inseguros por la situación.

    —No os preocupéis. La ciudad está desierta.

    —Si no hay ningún lugar mejor, lo idóneo será ir allá —dijo Anerues. —Mañana pensaremos mejor en lo que está pasando.



    Después de buscarse un sitio en la sección de colchonería, Anerues se echó y se durmió intranquilo. ¿Qué les había pasado? Cuanto más lo pensaba, menos sacaba en claro, sobre todo cuando recordaba esa cosa del cielo. Sin embargo, acabó cediendo al sueño. Y en él, soñó. Soñó que estaba en esa misma ciudad, preparado para ir a dar un paseo. Caminó por las calles de esa ciudad desierta mirando con interés todo lo que veía: Era ciudad moderna, sin duda pero con apariencia antigua, como si el tiempo se hubiera detenido. Después de un rato de paseo se dio cuenta de que sí que había gente en ese lugar: Vio a un grupo de cinco personas agrupadas, como si estuvieran buscando algo. Cuando le vieron, se giraron de inmediato y fueron hacia él. Anerues se fijó entonces en ellos: Parecían humanos pero era como si les faltara algo a todos ellos: Un brazo, una pierna, la cara... estaban incompletos y parecía que buscaban lo que les faltaba en él.

    Anerues escapó inmediatamente pero al poco se encontró con un grupo aún más nutrido que el anterior. Miró bien a su alrededor y vio claramente como todo el lugar estaba lleno de esos seres incompletos por lo que empezó a sentirse asustado. Esos seres iban lentos pero eran tantos en tantos lugares que era difícil evitarlos.

    Un buen rato después Anerues consiguió salir de la ciudad y se encontró con la llanura que había visto al llegar allí. Vio que en medio de ella había un espejo de cuerpo entero. Esto lo alegró sobremanera así que empezó a correr hacia él, sabiendo que estaba salvado pero de repente surgieron esos seres de Dios sabrá dónde y lograron cogerlo. Anerues empezó a gritar desesperado pues notaba como intentaban arrancarle algo, no sabía qué, pero algo que le dolía a horrores perder.

    “¡Dejadla! ¡No la toquéis!” gritó desesperado. “¡Dijuana!” y justo entonces despertó bañado en sudor.



    Anerues no pudo conciliar el sueño otra vez. Desde pequeño siempre le había tenido un respeto casi reverencial a los sueños pues de ellos tenía la creencia de que siempre decían algo. Esos seres incompletos ¿serían algo de ese mundo que él no conocía? Recordó perfectamente el miedo que le causo el verlos y el dolor... Esos seres querían completarse quitándole algo ¿Pero qué?

    Al amanecer, los cinco se reunieron en el bar del edificio y robaron un poco de comida al ver que nadie les iba a amonestar por ello. Mientras desayunaban, Anerues hizo una serie de apuntes en su “diario onírico”.

    Anerues tenía la costumbre de apuntar siempre lo que soñaba en ese diario pues decía que le ayudaba a recordar mejor sus sueños. Además, escribir en él le relajaba bastante, cosa que en ese momento necesitaba más que nada, al igual que todo el grupo.

    —¿Dónde creéis que podemos estar ahora? —preguntó Jack. —Parece que hayamos sido transportados a otro lugar casi por ensalmo.

    —“Transportados”... ni que estuviéramos en una película de ciencia ficción —murmuró Amadeo. —Puede que haya sido algo peor, sino esta ciudad estaría llena de gente, como sería lo normal.

    —He estado pensando —dijo Zoé para romper el incómodo silencio que se había formado en ese edificio. —¿No creéis que toda esta ciudad está vacía por que la gente ha huido rápidamente de algo? En varios documentales sobre guerras he visto cosas parecidas a esto.

    —Es posible —dijo Lou. —Lo raro es que a pesar que no parezca que ha pasado nada, ya habéis visto la cantidad de polvo que hay sobre los muebles, la gente no vuelve.

    —Yo creo que por prudencia, lo mejor sería marcharse rápidamente de aquí para buscar ayuda en otra parte —dijo Anerues. —Quizá en algún pueblo o ciudad cercana sepan lo que ha pasado y tal vez puedan ayudarnos a volver al lugar de donde venimos.

    Dicho y hecho, los cinco se levantaron, cogieron sus mochilas y salieron a la calle pero nada más salir se encontraron con algo muy extraño: Había una especie de forma oscura delante de la puerta de los grandes almacenes. Parecía una especie de sombra amórfica y con volumen. Cuando salieron del edificio, ésta empezó a moverse hacia ellos, lenta pero sin pausa.

    —¿Qué es eso? —preguntó Lou.

    Anerues se acordó de inmediato de su sueño. Pensó que tal vez le estaría avisando de esa cosa.

    —No lo sé —dijo Anerues. —Pero creo que esa cosa es la que hizo que la gente de esta ciudad huyera dejándoselo todo atrás —casi de inmediato aparecieron dos formas más —y creo que no hay sólo una.

    En menos de un minuto ya empezaba a haber una aglomeración importante de esas formas por lo que el grupo salió corriendo despavorido.

    —¡Seguidme! —gritó Anerues, pensando en el sueño que había tenido. —Quizá podamos despistarlos en la llanura por la que llegamos aquí.

    Nadie le discutió la idea y todos le siguieron. Anerues tomó el mismo camino que había tomado en sueños y vio con alegría que ese era el camino más conveniente para despistar a aquellas formas. Después de una larga carrera se encontraron en la llanura. Anerues empezó a buscar con la mirada aquel espejo que había visto en sueños pero no consiguió verlo. Extrañado pero sin tiempo para pensar pues las formas estaban a punto de alcanzarles, siguió buscando, quedándose rezagado en el grupo.

    —¿¡Qué haces!? —le gritó Amadeo. —¡Corre!

    —Un momen... —Anerues interrumpió su respuesta pues, al mirar a contraluz, algo le había tapado de la luz del sol naciente: Había logrado dar con el “espejo”: Era un agujero como el que había en el cielo sólo que mucho más pequeño. Tras él se podía ver un prado también pero en este caso era hierba corta y además nevado. —¡Seguidme, por aquí! —exclamó lanzándose a correr para saltar dentro.

    Cuando cruzó el “espejo”, se encontró en el claro de un bosque de coníferas, en medio de la nieve. Al poco le siguieron los demás que se sorprendieron tanto como el primero.

    —Mejor que corramos —advirtió Anerues. —Puede que nos sigan más allá del agujero.

    Nadie le dijo nada y empezaron a correr, alejándose lo más rápidamente posible del agujero. Cuando ya no pudieron dar un paso más, pararon a descansar ocultos dentro del bosque.

    —¿Qué eran esas cosas? —preguntó Lou nada más parar.

    —Seres incompletos que buscaban completarse con nosotros —dijo Anerues entre respiraciones.

    —¿Cómo? ¿De qué hablas? —preguntó Amadeo escéptico.

    —Ya sé que os pareceré un pesado con este tema pero lo he soñado.

    —¡Por favor! ¡No empecemos con este tema otra vez!

    —¡Es cierto! Los vi, a esos seres, vi cual era el mejor camino para escapar y vi ese agujero. Todo lo vi, he incluso llegué a ver qué te pasaba cuando esos bichos te tocaban. ¡Hicimos bien escapando, os lo aseguro pues jamás había sentido un dolor tan intenso, a pesar de que tan sólo era un sueño!

    —Bueno, de acuerdo, eso nos ayudó a escapar pero sigue sin decirnos donde estamos.

    —Falso —dijo Anerues sintiendo un mareo de vergüenza. —Ya no estamos en casa. Estamos en otro mundo.

    —¿¡Pero qué chorradas dices!? —gritaron Lou y Amadeo al mismo tiempo.

    —En mi sueño vi que ese agujero era un espejo. Cuando crucé el agujero, se me vino a la cabeza cierto paralelismo con otra historia: “Alicia a través del espejo”. En esa historia pasaba lo mismo que nos pasó a nosotros: Pasamos de un mundo a otro. Y por mucho que me lo neguéis, lo que pasó en esa ciudad es difícil de creer que hubiera pasado en nuestro mundo, sino hubiéramos oído hablar del asunto.

    —Entonces, ¿dónde estamos?

    —Eso aún no lo sé. Mejor que busquemos algún lugar dónde podamos enterarnos de... ¿Qué es... eso? —dijo interrumpiéndose y señalando al horizonte.

    Los otros cuatro se volvieron a mirar a donde señalaba y lo vieron: A través de una intensa niebla se podía ver un agujero como el que acababan de atravesar pero de dimensiones TITÁNICAS.

    —¿Qué demonios está pasando aquí?



    Después de recuperarse del susto se pusieron en camino por lo que parecía un camino. Estuvieron andando durante más de dos horas hasta que llegaron a un pequeño pueblo. Éste tenía la apariencia de ser una pequeña colonia minera pero, como en el mundo anterior, parecía desierto.

    —¿Habrá pasado lo mismo aquí que en la ciudad? —preguntó Jack.

    —No sé... —dijo Anerues. —Dividámonos a ver si hay alguien por aquí. Si alguno de vosotros ve uno de esos monstruos, que grite.

    Así los cinco se dividieron. Anerues se fijó en que el pueblo tenía marcas de pisadas y ruedas en las calles lo que le hizo pensar que el lugar no llevaba demasiado tiempo abandonado. Sin embargo, esto no lo alegró en absoluto pues eso podría ser señal de que aquellos monstruos aún estaban por ahí.

    Fue hacia una casa y entró. Vio como algunos cristales de las ventanas estaban rotos desde fuera lo cual le puso nervioso, sin embargo no perdió la compostura y subió hacia el piso de arriba. Se encontró con que todas las ventanas del piso superior estaban destrozadas de mala manera, como si hubieran irrumpido de manera muy violenta poco tiempo ha. Vio como las habitaciones tenían todo el mobiliario destrozado, camas, armarios, espejos... incluso le había parecido haber visto manchas de sangre.

    De repente, escuchó un ruido en la habitación de al lado. Temeroso, por si acaso y sin nada mejor con que defenderse, cogió un tablón. Empezó a andar en silencio hacia la puerta de al lado y abrió con cuidado la puerta Y ahí vio a una mujer desnuda sobre la cama de esa habitación en la penumbra, mirándole. Nada más verla se puso de espaldas más rojo que un tomate. Pero más se sorprendió cuando la oyó hablar:

    —Anerues... estoy... ¿me puedes ver?

    —¿Quién es usted? —preguntó él avergonzado, sin darse la vuelta. —¿Cómo sabe mi nombre?

    —¿No me reconoces? No seas así...

    —Nunca la he visto, señora. Vístase por favor —dicho lo cual se dispuso a bajar las escaleras pero cuando se encontró a la mitad del camino hacia abajo notó como le asaltaba ese increíble dolor que sintió cuando esos monstruos le tocaron. Empezó a mirar en todas direcciones para encontrarlos y así saber por donde no debía ir pero no vio nada. Al poco escuchó los pasos de esa mujer en el pasillo y a cada instante empezó a sentirse mejor. Cuando la volvió a ver en la parte alta de las escaleras, la sensación de dolor casi había desaparecido por completo.

    —No temas —dijo ella. —Aquí no están esos seres.

    Anerues se fijó un poco más en ella: Iba vestida con una manta que había cogido del piso de arriba y era gris... No, la manta no, ella era gris, toda su piel lo era. Tenía el pelo largo, grandes y dorados labios destacaban en su cara y ésta y su pelo estaban recorridos por un gran número de trazos dorados.

    —¿Quién es usted? —volvió a preguntar él.

    —Aún no tengo nombre. Tú podrías... —antes de terminar la frase escucharon gritar a Zoé afuera. Anerues salió corriendo y miró a su alrededor a ver si lograba encontrar a esos monstruos. Sin embargo vio una estampa muy distinta: Vio a Zoé correr totalmente espantada huyendo de un monstruo mezcla de gato gigante, lobo y reptil. Era como un lobo sin pelo con cabeza felina y con el cuerpo lleno de placas óseas de color gris, como si estuviera acorazado. Su aspecto era bastante feroz.

    —¡Pero Zoé! —decía el animal. —¡No huyas, por favor!

    Cuando ella vio a Anerues en la casa, corrió hacia él y cerró la puerta tras de sí nada más entrar sin fijarse en esa mujer tan extraña.

    —¡Zoé! ¡No me rechaces, por favor! —se escuchó desde fuera.

    —¿¡Qué eres tú!? —gritó ella. —¿De qué me conoces? ¿Y cómo es que puedes hablar?

    —Yo... yo formo parte de ti. Eso es todo lo que sé.

    —Déjame ver —dijo la mujer gris abriendo la puerta y saliendo.

    Cuando Zoé la vio, se sorprendió por su estrafalario aspecto.

    —¿Quién es ésa? —preguntó Zoé a Anerues mientras la otra observaba al animal.

    —No lo sé. Acabo de verla allá arriba y según parece, también conoce mi nombre.

    —Podéis salir —dijo la otra dejando la puerta abierta. —Es como yo.

    —¿Es como tú? ¿A qué te refieres?

    —Él forma parte de Zoé —dijo señalando a ese animal —y yo formo parte de ti.

    —¿Qué tontería es...? —y, otra vez, fue interrumpido por un grito de terror, esta vez de Lou. Al poco vieron como éste llegaba estando perseguido por una especie de serpiente voladora más grande que su pierna pero cuando vio al animal que había perseguido a Zoé se dio la vuelta para resbalar y caerse en la nieve.

    —Vamos, Lou —dijo la serpiente posándose sobre su pecho. Anerues se fijó más en ella y vio que se parecía mucho a esos dragones chinos que había visto dibujados más de una vez. —No voy a hacerte daño, soy amigo, ¿lo ves? No te hago daño.

    —¿Qué está pasando aquí? —gritó alguien en la calle. Los tres (mejor dicho, los seis) se giraron hacia un hombre vestido con pieles para cubrirse del frío y con un rifle en la mano. Sobre el hombro llevaba una lechuza. —¿Qué son esos seres?

    La lechuza levantó el vuelo y se acercó a ellos. Ésta miró con interés a los tres nuevos del grupo para acabar diciendo, para sorpresa de Lou, Zoé y Anerues:

    —Son daimonions, no hay de qué preocuparse.

    El hombre bajó el rifle y preguntó:

    —¿Qué ha pasado aquí?

    —Perdone —dijo Lou algo nervioso todavía, —¿qué ha dicho que son?

    El hombre les miró con cara de sorpresa.

    —¿Qué qué son? Pues daimonions, así de simple.

    —¿Y qué es un daimonion? —preguntaron los seis a la vez.

    —¿Para qué me preguntáis tonterías como ésas?

    —Es que acabamos de llegar de un lugar como ése de allá y... —dijo Anerues señalando el horizonte.

    El hombre se giró, miró el agujero en el cielo y se volvió extrañado hacia ellos.

    —¿De allá? ¿De ese coso?

    —¿Eso pasa a menudo?

    —No, es la primera vez que veo algo como esto por aquí. Hace cosa de día y pico se escuchó un sonido gigantesco venir del norte y cuando nos dimos cuenta teníamos eso ahí. ¿No sabréis lo que es?

    —No tenemos ni idea. Cuando nos dimos cuenta, estábamos en otro mundo desierto pero lleno de unos seres espantosos, escapamos y llegamos aquí. Y ahora, para colmo, nos llegan estos ¿daimonions, dijo? y... en fin, que no nos enteramos de nada.

    —¿Es que de donde venís no hay daimonions?

    —Ya le hemos dicho que no tenemos ni idea de qué es eso de los daimonions.

    —Menudo asunto... —dijo llevándose la mano a la cabeza. —Los daimonions son...

    —¿Qué está pasando por aquí? —preguntó Amadeo que acababa de llegar, con paso tranquilo y con un animal de pelaje negro y de tamaño mediano a sus pies.

    —Ésos de ahí son como yo —dijo el animalillo.

    —¿Pero cuántos sois? —preguntó el hombre.

    —Falta uno —dijo Zoé. —Supongo que no tardará en pasar por aquí.

    —Mejor voy a buscarlo —dijo Anerues poniéndose en marcha dejando atrás al grupo para que, de repente sintiera esa sensación de nauseas que había sentido antes.

    —¡Pero serás loco! —exclamó el hombre. —¿A quién se le ocurre dejar a su daimonion atrás?

    —Quizá a alguien que no tiene ni idea de qué es un daimonion. ¿De qué va todo esto?

    —Pasad adentro —dijo el hombre. —Estaremos mejor ahí adentro.

    Los diez (personas y daimonions) entraron y se pusieron cómodos en la cocina.

    —Se me ha olvidado presentarme —dijo el hombre. —Me llamo Adam Cashner, soy el cura de este pueblo y ésta de aquí es Sophía, mi daimonion. ¿Y vosotros sois?

    —Yo me llamo Anerues Altro y ésta no sé como se llama.

    —Shen Lou y tres cuartos de lo mismo.

    —Amadeo Lota —y acariciando a su daimonion —y ésta es Goppler.

    —¿Te ha dicho ella su nombre? —preguntó Adam.

    —No. Me dijo que le pusiera un nombre y así lo hice. Como es un glotón... no, perdón, glotona la llamé Goppler. ¿Es eso importante?

    —No, no, somos las personas las que debemos darle un nombre a nuestros daimonions. ¿Y usted, señorita?

    —Me llamo Zoé Batiste —dijo algo más relajada y aceptando el contacto de su daimonion. —Yo, por no saber, no sé siquiera qué clase de animal es éste.

    —Pues mira tú, yo tampoco sé qué animal es.

    —Es un Cu—Sith —dijo la mujer—daimonion. —En la tradición celta son unos animales fieles a las hadas a quienes ayudan y protegen.

    —¿Cómo lo sabes? —preguntó Anerues.

    —Tú no eras el único que estaba leyendo el “Compendio de leyendas” aquella vez en la biblioteca.

    —¿Es que tú...?

    —Si vas a preguntar si estaba delante —interrumpió Adam, —sí que estaba. Los daimonions están con nosotros desde que nacemos hasta que morimos y siempre están con nosotros. Según parece, en el lugar de donde venís no se puede ver a los daimonions ¿cierto?

    —¡Ya se lo he dicho un montón de veces! ¡No! —exclamó Anerues exasperado.

    —Tranquilo, joven, tranquilo, ya veo que ese punto ha quedado bastante claro. De momento pienso que sería buena idea que les fuerais dando nombres a vuestros daimonions, así podré hablar con ellos con más facilidad.

    Los tres que tenían daimonion sin nombre empezaron a cavilar un poco para que al rato Lou dijera:

    —¡Ya sé! Tú te llamarás Riong Fu.

    —“Dragón viento” en chino... no me suena mal —dijo la dragona.

    —Hmmm... yo creo que llamaré al mío Ku—Te —dijo Zoé.

    —¿Qué quiere decir? —preguntó el Cu—Sith.

    —No lo sé, me suena bonito, nada más. ¿Y tú, Anerues? ¿Cómo la llamarás?

    Anerues caviló un rato y al poco dijo el primer nombre que se le vino a la cabeza:

    —Dijuana. Recuerdo que te llamé en sueños, supongo.

    —Pues Dijuana seré.

    —Deberías ir a vestirla —dijo Adam. —Los daimonion con forma humana no vienen con ropa. Sube arriba y en la habitación del fondo a la derecha encontrarás una habitación donde hay un armario con ropa adecuada para ella siempre y cuando las criaturas del abismo no lo hayan destruido todo.

    Anerues decidió ahorrarse la pregunta para acompañar a Dijuana al piso de arriba. Una vez arriba, vio como la sala estaba totalmente pulverizada y como la ropa que le había mencionado Adam estaba hecha trizas así que le pasó su mochila a Dijuana, cerró la puerta de la habitación y esperó a que estuviera vestida con algo de su ropa.

    —Esto... ¿tú siempre...? —dijo Anerues mientras esperaba, algo inseguro por la situación.

    —Siempre he estado contigo —dijo desde el otro lado de la puerta. —Todos los días de tu vida no me he separado un solo instante de ti. Me alegra que ahora me puedas escuchar y ver de verdad. Ahora podré tocarte de verdad y ver cómo eres consciente de ello, eso es lo que más ilusión me hace ahora.

    Anerues enrojeció de vergüenza. Eso si que iba a ser una anécdota interesante que contar a sus nietos.

    Dos minutos después Dijuana salió vestida con unos pantalones de pana gruesa bastante caliente y un jersey blanco de lana con motivos estriados. En una esquina de la habitación encontraron unas botas que habían sobrevivido así que se las puso, a pesar de que le quedaban algo grandes. Cuando bajaron se encontraron sólo con Amadeo que estaba jugando inocentemente con Glopper.

    —Los demás han salido a buscar a Jack —dijo nada más verlos. —Yo me quedo aquí, por si pasa por aquí.

    Anerues y Dijuana salieron para buscar a Jack pero nada más salir lo vieron. O mejor dicho, vieron a su ENORME daimonion: Era una especie de pájaro de unos tres metros de altura y de plumaje pardo. Parecía una mezcla entre águila, por el plumaje y buitre, por el pico. Alrededor de él estaban Jack y los demás, totalmente anonadados por la inmensa talla del ave.

    —¡Por Dios santo todopoderoso! —gritó Adam, atrayendo a Amadeo. —¿¡Qué infiernos es eso!?

    —No es tan mala —dijo Jack. —No sé lo que es, tampoco sé cómo puede hablar y aunque dé mucho miedo al principio, es muy cariñosa.

    —¿Qué clase de animal es ése? —preguntó Lou.

    —Es un pájaro Roc —dijo Dijuana. —Aparecen descritos en las historias de Simbad.

    —¿Ése es su daimonion? —preguntó Adam.

    —No lo sé. En eso usted es más ducho que nosotros.

    —Es un daimonion, no hay duda —dijo Sophía. —Eso sí, es el más grande que he visto en toda mi vida. Ni siquiera los daimonion oso que he visto le llegan a superar.

    —¿Daimonion? ¿Qué es eso? —preguntó Jack, algo extrañado por ver a una lechuza hablar.

    —Eso, eso, ¿qué son? —dijo Zoé. —Todavía no nos lo ha explicado.

    —Bueno, ahora que estamos reunidos —dijo Adam, —tan sólo puedo deciros lo que sé: Los daimonions son seres que nos acompañan desde el mismo momento de nuestro nacimiento. Compartimos con ellos sentimientos, dolores y alegrías, nos ayudamos mutuamente, nos aconsejamos, nos consolamos, nos queremos... El daimonion siempre quiere lo mejor para su persona y la persona hace lo propio con el daimonion. Nadie es capaz de separarse de su daimonion sin morir (aparte de ser algo terriblemente doloroso), tened esto siempre muy presente. Sólo una cosa más: Existe una regla no escrita que prohíbe terminantemente tocar el daimonion de otra persona ¿entendido?

    —Ya, muy interesante, pero sigue sin haber respondido a nuestra pregunta.

    —Jovencita, preguntar qué es un daimonion es casi como preguntar por qué la sangre es roja: Yo no puedo responder a eso. En fin, supongo que será mejor que vayamos a la iglesia con el resto del pueblo. Probablemente ya estén preocupados porque no vuelvo —dicho lo cual se puso en marcha hacia el edificio más grande del pueblo.
     
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  2. Threadmarks: Buscando el paraíso en un sueño - Capítulo 2
     
    JeshuaMorbus

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    CAPÍTULO 2: LAS CRIATURAS DEL ABISMO


    Al poco llegaron a la iglesia. Ésta era, en comparación, el mayor edificio del pueblo pero parecía algo ruinosa: Tenía tablones podridos, había ventanas rotas, clavos oxidados...

    —Esto... ¿Nos podría decir qué ha pasado aquí? —preguntó Zoé al ver el estado ruinoso del pueblo.

    —Hace dos noches nos atacaron las criaturas del abismo por sorpresa y no había nadie que nos ayudara —dijo Adam —así que nos hemos parapetado los que quedamos en la iglesia.

    —¿Qué?

    —Dejadme adivinar: No hay criaturas del abismo en el lugar de donde venís ¿A que no?

    —¿Qué son?

    —No hará falta que os explique nada: Cuando las veáis entenderéis lo peligrosas que son.

    En ese instante salió un niño de unos diez años acompañado de su daimonion petirrojo de la iglesia y fue hacia el grupo.

    —¡Padre! ¿Dónde andaba? Nos ha preocupado mucho tardando tanto —y mirando a los visitantes. —¿Quiénes son éstos?

    El petirrojo se acercó a Ku—Te y lo miró con curiosidad.

    —No te preocupes —dijo Adam. —Son viajeros que se han perdido. Vuelve adentro, aquí hace mucho frío.

    El niño llamó a su daimonion y este volvió a su lado al instante para transformarse en un hurón nada más llegar a su hombro. Todos los nuevos se sorprendieron de esa transformación pero intentaron no manifestar nada para no llamar la atención. Adam, adivinando las intenciones del grupo se adelantó a decir:

    —No os extrañéis de ver a un daimonion cambiar de forma. Antes de llegar a la pubertad pasa con normalidad. Ahora esperad aquí y le explicaré al pueblo vuestra situación.

    Adam entró en la iglesia y los del grupo empezaron a hablar:

    —¿Cómo vas a llamar al tuyo? —preguntó Amadeo a Jack.

    —¿A quién? ¿A ella? ¿Tengo que darle un nombre?

    —Me gustaría tener un nombre —dijo el enorme pájaro que acompañaba a Jack.

    —Pues no sé... Dijisteis que ella era un ¿daimonion?... ¿Qué te parece Dai?

    —No me suena mal.

    Lou se tapó la boca, ocultando unas risas.

    —¿Qué pasa? ¿Es que he elegido un mal nombre?

    —No, no, todo lo contrario —dijo Lou medio riéndose. —Es que en japonés, “Dai” quiere decir “grande”.

    —Pues entonces te va como anillo al dedo —dijo hablando a su daimonion.

    Al poco rato, Adam salió de la iglesia y les indicó que entraran así que fueron todos. Allí dentro se encontraron con un grupo de unos treinta hombres mujeres y niños, la mayor parte de ellos de raza tártara con algún miembro de otra etnia. Cuando entraron vieron como esas personas les observaban con curiosidad o, más bien, cómo observaban a sus extraños daimonions, sobre todo a la enorme Dai, que apenas podía asomar la cabeza por la puerta.

    —Bienvenidos seáis, extranjeros —dijo un hombre bastante mayor que parecía hablar en nombre del grupo. —El padre Adam nos ha explicado lo que os ha pasado. Podéis quedaros todo el tiempo que necesitéis hasta que podáis marcharos aunque no tengamos mucho que ofreceros.

    Los cinco se acomodaron donde pudieron: Zoé entre las mujeres, Lou entre los más ancianos, Amadeo junto a la puerta acompañando a Jack que prefería quedarse fuera con Dai y Anerues con el padre Adam.


    —Así que venís del agujero —le dijo una mujer bastante mayor a Zoé. —¿Cómo es ese mundo? ¿Se parece a éste?

    —Aún no sabría decirle, señora... —dijo la aludida algo cohibida. —Acabamos de llegar y bastantes cosas nos son bastante extrañas como... como Ku—Te, sin ir más lejos.

    —¿Y qué tiene de extraño? —preguntó el daimonion topo de la mujer. —¿No te sientes bien con él?

    —No he dicho eso... La primera impresión que me dio fue la de estar viendo una horrible bestia sanguinaria pero ahora —dijo mirando a su cariñoso daimonion —me parece que tenga una especie de gatito enorme. Ya no me parece tan horrible y eso me sorprende, sobre todo viéndole los dientes.

    Zoé acarició la cabeza de Ku—Te como si fuera lo más normal del mundo.


    —¿En vuestro mundo hay tártaros? ¿Hay oro? ¿Minas? —le preguntó a Lou un anciano tártaro con un daimonion murciélago colgado de su ya escasa cabellera.

    —Sí... —respondió algo inseguro, dejando que Fu Riong se enrollara en su cuello para dormir un sueñecito. —¿Es qué pretenden ir allá a buscar oro?

    —Bueno, cuando se acabe la veta de esta zona (esperemos que eso no ocurra nunca) tendremos que encontrar algún lugar donde ganarnos el pan.

    —“Ganarse el pan”... ¿aquí también existe el cristianismo?

    —¿El qué?

    —La iglesia católica.

    —¡Ah, la iglesia! ¡Tienes menos luces de las que esperaba, chaval! Ahora mismo estás en uno de sus templos y en uno de los mejores, debería decir.

    Lou puso cara extrañada mirando el lamentable estado del edificio.

    —Será un sarcasmo ¿no?

    —No te fíes tan sólo de lo que ves. El padre Adam es uno de los mejores sacerdotes que ha conocido este pueblecillo pues es uno de los pocos que decide ayudar con hechos, no sólo predicando: Tanto se preocupa por la buena marcha del pueblo que descuida algunos aspectos del cuidado de la iglesia pero, en todo caso, la mayor parte de la culpa de los daños de la iglesia y del pueblo en general la tienen los espectros.

    —¿Las criaturas del abismo que mencionó el padre?

    —Sí. Si lo preguntas es porque en vuestro mundo no hay ¿No?

    —Pues no ¿Qué son? A ver si me lo puede aclarar usted.

    —Son los seres más espantosos que existen en esta zona del mundo: En menos que canta un gallo ya te han despedazado y te están rajando para comerte las entrañas para después pasar a torturar a cualquier desgraciado que estuviera a su alcance. Son una criaturas sucias, horrendas, feas...

    —Vale, vale... ya me hago a la idea —dijo Lou frunciendo preocupado el ceño.

    —¿No me irás a decir que un chaval joven como tú tiene miedo de las criaturas? Tranquilo, jovenzuelo, serán monstruos grandes y fuertes pero son bastante estúpidos y lo normal es que ni reculen cuando les apuntas con un rifle y, además, cerca de aquí hay un lago en el que...

    El viejo recibió una sonora colleja por parte del padre Adam que había estado escuchando la conversación. Aquél se volvió algo enfadado pero cuando vio al padre calló cualquier queja que pudiera tener, como si comprendiera que no debía decir nada sobre ese lago. Lou decidió callar cualquier pregunta al respecto.


    Mientras los mayores hablaban, unos niños disfrutaban mirando a la monstruosa Dai mientras sus daimonions lo olían y tocaban.

    —¡Seguro que es tan fuerte que puede acabar con todas esas criaturas de un zarpazo! —dijo un niño de unos ocho años.

    —No sé yo... —dijeron Jack y Dai al mismo tiempo.

    —Seguro que es lo suficientemente fuerte como para llevarte volando —dijo otro niño.

    —Eso sí que lo creo —dijo Dai. —¿Quieres volar un poco? —le preguntó a Jack.

    —Ahora no creo que sea un buen momento...

    —¡Anda y súbete de una vez! —le gritó Amadeo desde la puerta. —Si no lo pruebas ahora no sabrás si te será útil después.

    —¡Eso, eso! —le acompañó Goppler.

    Jack miró a Dai y con un golpe de voluntad se dijo:

    “¿Quién dijo miedo?” y le indicó a Dai que agachara la cabeza.

    Cuando se acomodó, a duras penas pues no tenía más agarradero que las plumas de su daimonion, Dai caminó hacia la calle principal para tener un lugar cómodo por el que despegar. Una vez en posición empezó a correr mientras desplegaba y batía las alas para acabar elevándose a los pocos segundos.

    Fue un vuelo corto pues Dai inmediatamente se dio cuenta de que Jack estaba pasando un miedo espantoso al no tener prácticamente ningún lugar donde agarrarse, así que giró en el aire y volvió a la calle de la cual había despegado.

    Nada más aterrizar, Jack bajó con cuidado y se apoyó en Dai al no responderle bien las piernas.

    —¡Bravo! —exclamó Amadeo medio riéndose con el grupo de niños de la cara de espanto que tenía Jack. —¡Precioso! Ahora tan sólo tienes que aprender a andar.

    —Mejor no te rías de lo que no entiendes —dijo el aludido mientras alisaba el plumaje de Dai. —No tienes ni idea de lo que se siente cuando te elevas de esa manera, cuando notas que no tienes nada a que agarrarte, cuando...

    —Vale, vale, no hace falta que te pongas así. Tan sólo intenta entender que tienes la posibilidad y la suerte de poder volar.

    Los niños, que habían visto el vuelo con una mezcla de miedo y alborozo rodearon a Jack y lo bombardearon con toda clase de comentarios y signos de admiración.


    Anerues observó medio sorprendido y maravillado cómo los niños jugaban con sus daimonions. Le sorprendía esa extraña capacidad de transformarse en cualquier animal.

    —¿Te pasa algo? —preguntó Dijuana.

    —No... Oye, ¿tú puedes hacer eso de cambiar de forma?

    —A tu edad, desde luego que no —dijo Sophía que estaba apoyada en el hombro de Dijuana. —Llegas a la pubertad y tu daimonion pierde la capacidad de transformación.

    —¿Hay alguna razón para que se estanque en esta forma en concreto?

    —No podría responderte científicamente a esa pregunta —dijo el padre Adam —pero se ha venido sabiendo a lo largo de los tiempos que su forma definitiva tiene que ver con el futuro o el carácter de la persona.

    —¿Entonces Dijuana qué podría querer decir de mí?

    El padre Adam empezó a cavilar un poco junto con su daimonion y al poco dijo:

    —Bueno, recuerdo haber visto a sólo tres personas con un daimonion de forma humana: El primero que vi fue un daimonion con forma de niño en Londres. Era el daimonion de un gran orfebre. Éste tenía unas manos de oro, era capaz de crear verdaderas obras de arte ya fuera con plata como con simple hierro. Recuerdo que su daimonion le ayudaba y que tenía unas manos similares a las de su persona.

    >>El segundo daimonion de forma humana que conocí fue el daimonion de un licenciado de Oxford, (creo). Su daimonion tenía la forma de una mujer joven. Aún recuerdo su porte elegante a pesar del poco tamaño que tenía ¡Je! ¡No medía mucho más que un buzón de correos! No llegué a conocer a ese licenciado demasiado (de hecho sólo lo vi un par de veces) pero recuerdo que decían de él que era un gran orador.

    >>El último daimonion de este tipo que conocí fue el de uno de mis profesores en el seminario, el señor Lionel. Era una mujer también pero en este caso sólo llegué a verle la cara una vez, casi por accidente.

    —¿Por qué?

    —Pues porque ese tonto baba de profesor que tenía creía que la forma de su daimonion era demasiado impúdica para exhibirla así que la tapó de pies a cabeza con un montón de velos para que ni se le vieran los tobillos. Decía que era pecaminoso que un sacerdote como él tuviera un daimonion tan poco pudoroso, “con un cuerpo para el pecado” decía él. Teniendo en cuenta el carácter que tenía me imagino que no hizo bien eligiendo ser sacerdote.

    —El muy imbécil se pasaba más tiempo gritándole a su daimonion que dando clase —dijo Sophía. —No me quiero imaginar como se sentía la pobre Sera (su daimonion).

    —¿Entonces yo soy un símbolo de que Anerues va a ser una gran orador o una persona muy hábil? —preguntó Dijuana.

    —Eso el tiempo lo dirá —dijo el padre Adam. —Aunque viendo tu cara, tu forma bien podría significar alguna otra cosa pues parece que llevas una máscara del Ducado de Véneto: Podría querer decir que ocultas algo a los demás, que eres falso como tú sólo, que no dejas traslucir lo que realmente piensas o quizá que eres una persona muy inmadura para tu edad. Podría querer decir cualquier cosa. De momento no pienses en ello, tan sólo preocúpate de descansar un poco para luchar contra las criaturas si llega a hacer falta.



    Esa noche la mayor parte del pueblo se agrupó como pudo para dormir: Personas daban calor a otras personas y sus daimonions hacían lo propio. Allá afuera estaban unas cuantas personas de guardia, Jack y la enorme Dai que no podía dormir adentro.

    Anerues estaba al lado de la puerta, sin poder conciliar el sueño. Sabía, por alguna razón que se escapaba a su entendimiento, que no debía dormir esa noche aunque también sabía que tampoco iba a poder hacerlo: Le habían ocurrido demasiadas cosas en demasiado poco tiempo y sentía la cabeza como un bombo.

    Para pasar un poco el rato observó detenidamente la cara de su daimonion. A la luz de las lámparas apenas se veía nada pero destacaban los trazos dorados de la cara de Dijuana: Sus labios, el trazo bajo su ojo derecho que parecía una lágrima, las cuatro pestañas doradas que tenía bajo su ojo izquierdo, los trazos en forma de ceja furibunda que tenía sobre su ojo izquierdo y unos trazos que parecían una rama florida que tenía encima de su ojo derecho que se extendía por su mejilla. Su pelo estaba cubierto por líneas y lo que parecían hojas, todo de color dorado, contrastando con el color negro y gris de su cabello.

    “No es que me parezca fea” se dijo a sí mismo, “de hecho me parece todo lo contrario pero es que... una mujer... ¡me da vergüenza que me mire así! Parece que quiera que haga algo por ella pero yo no creo estar a la altura de lo que ella quiere...” siguió mirándola un rato más, detenidamente, sin prisas, como si ver su cara fuera como contemplar una verdadera obra de arte. Pasó un largo rato mirándola hasta que se dio cuenta de algo: Dijuana estaba sonriendo ligeramente, como si estuviera conteniendo la risa. Anerues se inclinó sobre ella y le dijo al oído:

    —Venga, abre los ojos y ríete un poco.

    Dijuana no se hizo esperar e hizo lo indicado, no ya porque se lo pidiera él, sencillamente porque ya no se aguantaba más.

    —¿Tanto te gusta que te observe? —preguntó él.

    —Me gusta mucho más que me observes a que me mires con cara de vergüenza pues al fin de al cabo, yo soy lo que soy por lo que tú eres.

    Anerues se sintió cómodo con ella por primera vez desde que llegó a ese mundo. Ahora le daba la impresión de estar hablando con una vieja amiga, una camarada o quizá algo más superior. Estaba totalmente seguro de que podría confiar en ella siempre que quisiera.

    —¿No quieres dormir? —preguntó Dijuana.

    —Hoy no estoy para dormir, quizá mañana. ¿Damos un paseo?

    Anerues abrió la puerta y salieron en silencio para ver a Jack que se estaba resguardando del frío bajo un ala de Dai en un cobertizo cercano.

    —¡Eh, hola! —saludó efusivamente Jack. —¿Tú tampoco puedes dormir?

    —Obviamente. ¿Qué tal el frío polar?

    —No me quejo: Dai es un daimonion muy calentito.

    —Aún así me estoy helando de frío —dijo la aludida.

    —Cuando amanezca me dejarán entrar en la iglesia para dormir un poco —dijo Jack. —Hasta entonces vigilaré un poco esta zona —dijo levantando una carabina. —Ya ves, nunca sabes cuando te puede resultar útil entrar en el club de tiro olímpico. Ya tienen que ser peligrosas esas criaturas para que nos hayan armado nada más llegar.

    Anerues miró el pico que le habían dado para defenderse y empezó a pensar en que podría hacer si estuviera en situación de luchar contra ellas.

    —¿Qué tal con Dijuana? —preguntó Jack. —¿Ya no te sonrojas con ella?

    —No, ya no. Si te fijas, es bien...

    Un sonido estruendoso interrumpió la conversación. Los cuatro, personas y daimonions, afinaron el oído y escucharon gritos procedentes de la iglesia. Salieron del cobertizo y miraron hacia la iglesia para ver como unos siete seres alados estaban atacando violentamente la iglesia, tanto desde el suelo como desde el techo. No tuvieron que preguntarse qué eran esos bichos tan asquerosos: Eran las criaturas del abismo.

    Jack no se lo pensó dos veces y, tan impulsivo como siempre, se lanzó a ayudar a los tres que estaban de guardia fuera de la iglesia.

    —¡Ve dentro de la iglesia! —gritó Jack. —¡Lo peor que pueden hacernos será sitiarnos!

    Anerues no le discutió la idea y se lanzó al portón seguido por Dijuana mientras Jack disparaba sin demasiada seguridad a las criaturas del techo. Cuando Anerues entró en la iglesia se encontró con una de esas criaturas entrando por una de las ventanas pero ésta se encontró con que los de dentro ya estaban preparados: Recibió una ráfaga de disparos la cual le derribó en ese mismo instante para que lo remataran los que no disponían más que de picos, palas o hachas.

    —¡Mía, Cara y esto... Zoé! —gritó el alcalde. —¡Llevaos a los niños a la casa del padre y escondedlos como bien podáis!

    La casa del padre estaba adosada al templo por lo que las aludidas y los ocho niños del pueblo tan sólo tuvieron que atravesar una puerta para salir del campo de batalla que se había formado. Nada más estar ellas fuera de la sala irrumpieron tres criaturas por la puerta y las ventanas.

    Anerues se introdujo dentro de la formación en círculo, mirando hacia una criatura que acababa de entrar por la puerta, resguardándose un poco para rematar a las criaturas nada más estuvieran abatidas, tal como acababa de ver. La bestia que estaba ante sus ojos no tardó en tambalearse ante el disparo que había recibido por lo que Anerues salió con otros dos hombres para reducirla. Éste jamás podría llegar a describir el asco que sintió al hundir el pico en la carne de la bestia, al ver toda esa sangre por lo que, nada más dar dos golpes, volvió a la formación para limpiarse la mano y controlar sus náuseas.

    —No te preocupes —le susurró Dijuana apoyando sus manos en los hombros en un gesto tranquilizador nada más volvió. —Aquí rige la ley del más fuerte, no pienses en su muerte ahora.

    A Anerues le tranquilizó lo que le dijo su daimonion y al poco pudo volver a rematar a otras dos criaturas que osaron entrar por la puerta pero empezando a sentir un miedo que jamás había sentido antes.

    —¡Olvídate del miedo! —le gritó su daimonion desde el círculo. —¡No es momento!

    Anerues, ahora animado, pensó con mediana tranquilidad y al poco se le ocurrió la idea de usar de los cadáveres de las criaturas más cercanas a la puerta para interrumpir el paso de las que intentaran entrar por la puerta para conseguir alguna ventaja. Cuando encontró la ocasión, llamó a Dijuana y con su ayuda arrastró todos los cadáveres que pudo a la entrada, cosa que entendieron los otros tres hombres que le acompañaban en el ataque redoblando sus esfuerzos en acabar con las criaturas que pudieran incordiarlos. Al poco, la entrada estuvo semi—taponada , lo suficiente como para que no les resultara fácil a las criaturas entrar sin recibir un disparo.

    Vista la tranquilidad de esa zona, Anerues se asomó sobre la montaña de cadáveres y miró al exterior: Vio como Jack y Dai luchaban desesperadamente contra cuatro criaturas a la vez. Los tres guardas que había fuera ya estaban muertos y tan sólo quedaba él.

    —¡Súbete! —gritó Dai bajando la cabeza mientras movía las alas espantando a los espectros. —¡Tenemos que huir!

    Jack no se lo discutió y se subió rápidamente pero inseguro a su espalda. Una vez allá arriba empezó a disparar a las criaturas mientras despegaban para acabar por huir con una escolta de tres espectros.

    Viendo la velocidad que alcanzaba el pájaro roc, Anerues no se preocupó por él se volvió a apoyar al grupo principal, el cual empezaba a replegarse hacia la entrada.

    —¡Faltan municiones! —gritó un hombre.

    —¡Aquí también! —replicó otro.

    —¡No os preocupéis por eso aún! —gritó el padre Adam. —¡Buscad cualquier cosa que os sirva de arma y atacad cuando podáis!

    Anerues buscó a sus compañeros sabiendo que iban a necesitar apoyo conociendo su experiencia en la guerra: A su izquierda se encontró con un fiero Amadeo, blandiendo un hacha y un cuchillo de cocina al mismo tiempo, atacando sin piedad a toda aquella bestia que osara a encontrarse en su campo de visión mientras su daimonion se dedicaba a rematar las víctimas de su persona y en el centro del círculo se encontró a Lou medio llorando por la situación, atacando muy de cuando en cuando, siendo animado por Fu Riong. Esto no era, en absoluto, lo suyo.

    —¡Retiraos hacia la entrada! —gritó el padre Adam como un viejo general. —¡Tenemos que aguantar hasta el final!

    La situación iba empeorando por momentos: Las criaturas no parecían acabarse nunca y a cada nuevo cadáver aparecían tres bestias más, sin tener en cuenta el hecho de que apenas ya quedaban municiones que permitieran abatirlas desde la distancia. A los pocos minutos de resistencia, el pueblo estaba acorralado contra una de las paredes de la iglesia.

    —¡No es momento de rendirse! —gritó Amadeo pidiendo ayuda con señas. —¡Adelante! ¡Tenemos que aguan...! —Amadeo interrumpió su grito cuando vio como tres de las criaturas que más cerca tenía habían sido abatidas a flechazos. —¿Qué pasa aquí?

    —¡Las brujas! —gritó alguien desde la puerta. —¡Han venido las brujas! ¡Estamos salvados!

    Antes de que Amadeo, Lou o Anerues pudieran enterarse de lo que estaba pasando, las criaturas empezaron a huir despavoridas ante los refuerzos aliados y al rato, la zona volvía a estar en calma.

    El pueblo deshizo la barricada de la entrada y salió a respirar aire fresco mientras esperaba a recibir a las “brujas” para agradecerles el apoyo.

    Anerues se quedó dentro junto con Lou mientras Amadeo iba a buscar a Zoé y a los niños para informarles de que todo ya había terminado.

    —¿Por qué nos está pasando todo esto? —dijo Lou traumatizado por la situación y limpiándose histéricamente la sangre que tenía pegada al cuerpo, labor en la que le ayudaba fervientemente Fu Riong. —¡Maldita sea! ¿¡Por qué, Anerues!? ¡Ya estoy harto de todo esto! ¡Tiene que haber alguna razón para que nos esté pasando! —le gritó entre sollozos.

    —Dejémosle tranquilo —le susurró Dijuana a Anerues. —Será mejor.

    Anerues le hizo caso y fue afuera a ver a sus salvadoras.



    —No somos capaces de decirles cuan agradecidos estamos de que nos hayan ayudado —dijo el padre Adam a las recién llegadas.

    Anerues las observó con atención: Eran cinco mujeres de apariencia joven, vestidas con túnicas muy ligeras para el clima del lugar, con un arco en una mano y una rama de alguna clase de árbol que él no reconocía en ese momento en la otra.

    —Agradézcanselo a ese chico —dijo la que parecía la cabecilla del grupo señalando a Jack montado en la enorme Dai que en ese momento estaba intentando bajarse con el máximo cuidado. —Si no lo hubiéramos visto huir de esas criaturas, habríamos pasado de largo.

    —¿Ha ocurrido algo en lo que podamos ayudar?

    —Puede dedicarse a reconstruir el pueblo, señor Adam. Se va a celebrar un concilio en el lago así que el pueblo estará bien protegido durante un par de días.

    —¿Ya han acabado las guerras?

    —Hemos encontrado una razón para unir fuerzas, nada más. Puede que el concilio desemboque en una paz larga y próspera pero hasta entonces seguiremos en guerra.

    —Lástima. En fin, las brujas siempre serán bienvenidas en este pueblo, sean del clan que sean.

    —Le tomo la palabra, señor Adam —dijo la bruja subiéndose a la rama para salir volando montada en ella. Las otras cuatro la imitaron.

    Tanto Lou como Anerues se sorprendieron al ver elevarse a esas mujeres lo cual reflejaron bien en sus caras.

    —¿No me iréis a decir que en vuestro mundo tampoco hay brujas? —preguntó el padre nada más verles la cara.

    —No exactamente —respondió Lou. —“Hubo” brujas pero durante la Edad Media la Inquisición las persiguió y quemó en la hoguera a miles al decir de ellas que eran las consortes del Maligno o cosas peores.

    —Ya veo que tenéis cosas que contarme sobre vuestro mundo. En fin, mejor durmamos un poco, que mañana habrá trabajo.
     
  3. Threadmarks: Buscando el paraíso en un sueño - Capítulo 3
     
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    Buscando el paraíso en un sueño (Completa)
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    Capítulo 3: Revelaciones

    Anerues vio como ese oasis helado estaba más florido que nunca. Era un lugar precioso y esplendoroso... no encontraba más palabras para describir el lugar. Aspiró aire y notó un olor ligeramente amargo pero no desagradable. Fue hacia el pueblo, contento de cómo le había ido la vida, de encontrar un lugar tan estupendo como ése.

    —Pronto habrán pasado tres años —le dijo Zoé.

    —Pronto ya no tendremos salida —le dijo Lou.

    —Siempre dije que este no era un mal lugar —le dijo Amadeo. —Quedémonos para siempre.

    —¿Qué es lo que piensas de este lugar? —le preguntó Jack.

    Anerues se extrañó de algo, no supo de qué al principio pero al rato se dio cuenta de que con ellos no estaban ni Ku—Te, ni Fu Riong, ni Goppler, ni la enorme Dai y con espanto vio que Dijuana tampoco estaba.

    —¿¡Dónde están nuestros daimonions!? —gritó asustado mirando a sus compañeros pero cuando los miró, le recorrió un escalofrío la espalda al ver como sus caras empezaban a languidecer, a “envejecer” y a cada segundo que pasaba una nueva arruga cubría sus rostros.

    —Ésta es la consecuencia de nuestra elección... —dijo Zoé, casi irreconocible al perder su larga cabellera castaña.

    —Nuestro viaje ha acabado así por nuestra elección... —dijo un Lou con aspecto reseco.

    —¡No me arrepiento de nada! —exclamó Amadeo con voz ronca.

    —¿Y tú? —preguntó Jack, casi encogiendo al perder su corpulencia. —¿Qué eliges?

    Anerues no pudo hacer otra cosa más que coger aire, profundamente, aspirando ese aire con regusto amargo, para dar una respuesta pero cuando respiró vio como sus manos empezaban a ser recorridas por una gran cantidad de manchas. Se las llevó a la cara y notó como su cara estaba arrugada.

    —¡ELIGE! —le gritaron los cadáveres de sus compañeros de viaje mientras se convertían en polvo.

    Anerues no lo pudo aguantar más y despertó violentamente, totalmente inundado en sudor junto a Dijuana, aún dormida, en medio de la noche.



    —¡Buen provecho! —exclamó la señora Rospetin —¡Te lo mereces!

    Anerues, aún algo confuso por el sueño de esa noche, tardó un rato en reaccionar pero al poco empezó a comer con avidez con Dijuana todas las viandas que le había preparado la señora Rospetin, en cuya casa se estaban hospedando.

    —¡Si no hubiera sido por tu idea de la barricada, no lo contamos! —felicitó efusivamente Shuu, el daimonion lobo de la señora Rospetin.

    —No fue nada... —dijo Anerues algo cohibido. —Fue Dijuana que supo animarme en todo momento, nada más.

    —Vuestra ayuda nos ha venido como anillo al dedo: Ha sido el séptimo ataque de las bestias en menos de cinco años y jamás habían atacado tantos juntos.

    —¿Entonces suelen atacar mucho?

    —Por desgracia, sí —dijo la señora Rospetin. —No sé qué interés tendrán en el lago de las brujas pero lo que sabemos es que nuestro pueblecillo los molesta lo suficiente como para que quieran destruirlo cada vez que van hacia él.

    —¿El lago es de las brujas?

    —Siempre ha sido así. Esta colonia se estableció apenas hace treinta años y siempre se ha tolerado, en mayor o menor medida, la existencia de las brujas en el lugar. Pero esto no se lo digas a nadie que no sea del pueblo, ¿vale?

    —¿Es que en este mundo también persiguen a las brujas?

    —No exactamente, más bien se desconfía de ellas o se las ve como bichos raros. De hecho, la Junta de Oblación envió a tres sacerdotes a este pueblo para encontrar pruebas de que practicaban ritos satánicos hace ya más de veinticinco años ¡Je! Los dos primeros murieron antes de tiempo por meter las narices donde nadie les llamaba y el tercero llegó a formar una alianza con ellas.

    —¿Se refiere al padre Adam?

    —El mismo que viste y calza. Nadie tiene la menor idea de lo que hizo con ellas pero, para cuando nos dimos cuenta, en este pueblo dejó, legalmente, de haber brujas.

    —¿Uh? —preguntó Anerues con la boca llena.

    —Siempre que te pregunten por este pueblecillo di que jamás has visto pasar una sola bruja, que aquí no hubo jamás bruja alguna y que el hecho de pensar en ello es pura tontería. Si no, se nos echará la Junta de Oblación encima.

    En ese instante, alguien llamó a la puerta. La señora Rospetin fue a abrir momento en el que Dijuana aprovechó para hablarle a su persona.

    —¿Has dormido mal? Tienes mala cara.

    —No pasa nada, sólo he tenido una pesadilla.

    —Cuéntame.

    —Más tarde, cuando la escriba. Ahora...

    —¡Ah! ¡Amadeo, el guerrero! —exclamó la señora Rospetin desde la puerta. —¡Pasa y desayuna algo, campeón!

    —Lo siento pero ya he desayunado. Otro día quizá ¿Está Anerues?

    Anerues apuró su tazón y salió a recibir a Amadeo.

    —¿Qué tal está Zoé? —preguntó nada más verlo.

    —Nada mal, teniendo en cuenta lo que le hicieron. Acaba de despertar y me ha parecido buena idea que fuéramos todos a visitarla.

    Se despidieron de la señora Rospetin y fueron hacia la casa de los Srubak, lugar donde se alojaba Jack pero decidieron dejarlo allí pues, según Dai, acomodada en el establo de la casa, aún estaba profundamente dormido.

    Así fueron al hospital del doctor Clark, el segundo mayor edificio del pueblo, lugar donde se recuperaban los convalecientes y Zoé.

    En la batalla de la noche anterior, unas dos criaturas habían irrumpido en la casa del padre Adam y a Zoé no se le ocurrió mejor cosa que ocultar rápidamente a los niños en el pequeño sótano de la casa para enfrentarse como bien pudiera a las criaturas. Sólo Ku—Te y Mía, una de las chicas que la acompañaba, fueron testigos de la fiereza que desplegó esa chica de aspecto frágil para defender a los niños pero eso no le evitó que a Zoé le rompieran una costilla en la pelea.

    Cuando llegaron se encontraron con Lou encargándose como un buen enfermero de todas las necesidades de los heridos en la batalla. Esto sí que era lo suyo.

    —Inútil en batalla ¡pero cómo trabaja! —comentó el doctor nada más verles entrar. —¿Venís a ver a vuestra amiga ¿no?

    Se encontraron con Zoé, recostada en la cama, con una venda sujetándole unas hierbas medicinales sobre el pecho, terminándose el desayuno. Ku—Te estaba al lado de la cama, somnoliento.

    —Hola, fierecilla —bromeó Amadeo. —¿Qué tal va?

    —La próxima vez me lo pienso dos veces antes de atacar sin armas. ¡Je! Cuando somos jóvenes nos equivocamos mucho.

    —¿Aún te duele?

    —No desde que me aplicaron estas hierbas. Es casi como si tuviera el pecho dormido.

    —Estas hierbas nos las dieron las brujas para casos como éste —dijo el doctor Clark. —Teniendo en cuenta la cantidad de veces que nos atacan y que cuidamos de ellas de vez en cuando, decidieron enseñarnos algunas de sus técnicas de curación.

    —Por aquí, brujas y personas normales colaboran mucho, según me han dado a entender —dijo Lou retirando el desayuno de Zoé.

    —Sí. Si no fuera por ellas, Oasis ya no existiría.

    —¿El pueblo se llama Oasis? —preguntó Anerues.

    —No siempre se ha llamado así, sólo desde la alianza con las brujas. Lo llamamos así por una anécdota que nos contó el padre Adam: En los desiertos de la lejana África, el único lugar donde no se podía luchar, fuera cual fuera la razón, eran los oasis pues si los convertían en campos de batalla podrían perderlos y eso es algo que en el desierto no se puede permitir. Esta aldea es como un oasis para las brujas: Nosotros no nos metemos en sus vidas y ellas tampoco en las nuestras pero nos ayudamos mutuamente. Si varios clanes de brujas entran en una guerra, Oasis se convierte en un lugar donde pueden estar a salvo en el caso de que acaben heridas, un terreno neutral, vamos.

    —Señor —llamó Lou, —necesito ayuda por aquí.

    —Ya voy. Si me disculpáis.



    Después de charlar animadamente con Zoé, Anerues y Amadeo se dirigieron a la iglesia a retirar todos los cadáveres de las criaturas que la llenaban.

    —¡Menuda escabechina! —fue lo único que acertó a decir Anerues cuando vio el montículo de cadáveres que ya se había formado: Allí había unas treinta criaturas y aún quedaban un buen montón dentro de la iglesia. Aparte había cinco cajas con los cadáveres de cinco personas que habían muerto en la batalla.

    Unos tres hombres, dirigidos por el padre Adam, estaban limpiando la estancia principal, labor a la que se unieron Anerues y Amadeo de inmediato.

    —¿Podríais encargaros de mi casa? —preguntó el padre nada más les vio prepararse para el trabajo. —Yo estoy muy ocupado con esto y no quiero que esas criaturas empiecen a atufarme la casa.

    Anerues entró en la casa y vio como la cocina estaba totalmente pringada por la suciedad y la sangre de las bestias que habían muerto ahí la noche anterior.

    —No se andó con chiquitas —comentó Amadeo, refiriéndose a Zoé.

    —Como tú anoche —dijo Dijuana.

    —Bueno, yo tan sólo entendí qué era lo que tenía que hacer, nada más.

    Después de acabar con la casa hablaron con los otros sobre el padre Adam mientras limpiaban el interior de la iglesia. De él contaban maravillas y lo ensalzaban casi hasta la santidad. Decían que era un hombre trabajador (cosa que estaba demostrando en ese mismo momento) que incluso les ayudaba en las tareas de la mina, que predicaba siempre con el ejemplo, aunque eso le hiciera descuidar lo que él llamaba “tareas secundarias” (esto es, dar misa y escuchar confesiones). En ese pueblo se respiraba mejor desde que él estaba allí, solían decir.

    Un par de horas después, la iglesia estaba totalmente limpia y los cadáveres de las criaturas fueron incinerados en una gran pira fuera del pueblo.

    Cuando acabaron, Anerues fue a la casa de la señora Rospetin a limpiarse y escribir en su diario. Así, después de asearse un poco, empezó a relatar el sueño de esa noche.

    Dijuana leyó con interés lo que escribía Anerues pero a cada palabra que trazaba sobre el papel, más preocupada parecía.

    —¿Qué pasa? —preguntó Anerues al verla con esa cara.

    —No es nada... bueno, sí que lo es —dijo algo insegura. —¿Recuerdas de qué era el olor que respirabas?

    —¿Es algo importante?

    —Puede que sí. Intenta recordar bien.

    Anerues se concentró en todo lo que recordaba de esa noche e intentó revivir el olor. Al rato dijo:

    —Creo que era el olor de algún fruto seco algo pasado.

    —¿Almendras?

    Anerues asintió y Dijuana pareció más preocupada aún.

    —¿Qué pasa? —preguntó Anerues.

    —Es el sueño. Te está intentando advertir de algo.

    —¿Cómo?

    —Ese olor que recuerdas no era el olor de almendras amargas en el aire: Era cianuro, veneno. Ese veneno te empezó a afectar nada más respiraste profundamente.

    —¿Y eso qué quiere decir?

    —Morirás antes de tiempo si te quedas en este mundo.

    Anerues se sorprendió.

    —Todo el sueño fue un símbolo: El oasis refiriéndose a este mismo pueblo como metáfora de este mundo...

    —Pero si aún no sabía nada de este pueblo, ni siquiera el nombre.

    —Llevas con la onironáutica muchos años y más de una vez te has encontrado con casos de precognición ya fueran en ti como en relatos de otros soñadores —Anerues tuvo que reconocer que llevaba razón. —Esto es algo muy normal. Recuerda el resto de los símbolos: Zoé como poseedora de la verdad, Lou como la razón, Amadeo como la impulsividad y Jack como la duda. Los cuatro decían algo relacionado con este mundo:

    o Zoé era la verdad: Tres años y empezaremos a notar como envejecemos antes de tiempo.

    o Lou tenía la razón: Llegará un momento en el que no podremos volver a casa. Tenemos que decidir cuanto antes si nos quedamos para morir aquí antes de tiempo o volvemos a casa.

    o Amadeo era tu sentido de la impulsividad: Sólo se fiaba de lo que ya conocía y no se arrepentía de nada, cosa que quiere decir que este mundo te puede gustar mucho, obligándote a decidir en un duro trance.

    o Jack es la duda: Él sólo elegiría si tu decidías y te seguiría en tu decisión.

    >>El que no estuviéramos en el sueño ni Ku—Te, ni Dai, ni Fu Riong, ni Goppler ni yo puede que sea una señal del sueño para que te fijaras en él, para que te dieras cuenta de que estabas soñando, como si el sueño fuera un ente que intentaba advertirte ya no inconscientemente sino de una manera totalmente consciente.

    >>El último mensaje es más bien una exigencia: ¿Qué decides? ¿Vivir o morir? Todo depende de tu decisión.

    Anerues miró fijamente a Dijuana: Su cara reflejaba un sentimiento de miedo y nervios, como si todo lo que dijo fuera realmente en serio aunque no hubiera querido decirlo.

    —“Decide”, eso es lo que te ha dicho el sueño —sentenció ella.



    Por la tarde, después del entierro de los fallecidos la noche anterior, Anerues fue a la clínica a visitar a Zoé.

    —Hola, Anerues ¿Qué hay de nuevo? —preguntó Zoé desde la cama.

    —Esto... tengo que preguntarte algo —dijo Anerues algo inseguro. —¿Has soñado algo esta noche?

    —Volvemos con las mismas, ¿eh? Bueno, no me importa el tema con tal de no aburrirme... —Zoé dejó de hablar al ver la cara de preocupación que traía Anerues. —¿Ha pasado algo?

    —Todavía no lo sé. Sólo cuenta, nada más.

    —Esta noche no recuerdo haber soñado nada ¿Qué pasa?

    —Ha soñado algo importante —dijo Dijuana viendo que Anerues no estaba muy dado a responder en ese momento. —Le preguntaremos a los demás antes de decirte nada.

    —¿Qué pasa? —preguntó Lou mientras barría.

    Le repitieron la pregunta y él respondió de manera similar a Zoé.

    —¿Has tenido algún sueño preocupante? —preguntó Zoé.

    Dijuana les enseñó el diario con la entrada de esa noche y luego les explicó su interpretación del mismo.

    —¿Morir antes de tiempo? ¿Es que hay algo en este mundo que no sepamos?

    —No sé qué es lo que tendrá este mundo pero eso es lo que dice el sueño —dijo Dijuana. —No sé si será algo que tiene el aire o la comida o el agua o simplemente es alguna regla física que nos impide estar en otros mundos pero sé que si nos quedamos aquí nos convertiremos en auténticos desechos humanos. Veníamos a preguntaros para ver si a vosotros también habíais soñado algo parecido.

    —Nosotros no nos centramos en el mundo de los sueños tanto como Anerues —dijo Lou, —así que generalmente no les prestamos atención. No creo que sea tan grave como dice, al fin de al cabo sólo ha sido un sueño.

    —¿Y lo de la ciudad aquella? —preguntó Anerues. —Jamás había soñado de esa manera. He practicado durante años para conseguir recordarlos mejor, para llegar incluso a ser consciente en ellos pero jamás me han dado mensajes tan claros.

    —De momento no me preocuparía. Tu sueño dijo que teníamos tres años, ¿no? Eso es mucho tiempo, el suficiente como para ver si nosotros llegamos a tener esa clase de sueños o para ver si los tuyos son realmente preconscientes. Nos quedaremos algún tiempo, lo suficiente como para que Zoé esté curada y luego hablamos, ¿de acuerdo? Ésa es la solución más razonable.

    Anerues asintió y se quedó más tranquilo.

    —Por cierto —dijo Lou, —el doctor Clark ha dicho que se necesita ayuda en prácticamente todo el pueblo para reconstruir. Nos han pedido ayuda.



    Y pasó una semana...

    Durante ese tiempo, el grupo se quedó en Oasis para ayudar en la reconstrucción: Amadeo y Anerues ayudaron en la reconstrucción de la iglesia y de las casas, Lou trabajó en el hospital; Zoé, tan pronto como pudo volver a moverse, ayudó a las mujeres en diferentes tareas de tipo doméstico y Jack, ya acostumbrado a montar en Dai, aprovechó las características de su daimonion para pedir ayuda al pueblo más cercano.

    —Recuerda —le dijo el padre Adam entregándole una carta, —sigue recto hacia el monte Norek y probablemente avistarás la colonia esta noche. Allí pídele a John Srubak, el encargado de la tienda, que traiga todo lo de la lista. Podrás alojarte en su casa y volver con él.

    En cuanto a los sueños de Anerues... no dejó de soñar en prácticamente toda la semana y todos los sueños, según Dijuana, tenían el mismo significado. Sin embargo, sus compañeros no parecieron tener sueños especialmente reveladores.

    —Ya van seis sueños y todos dicen lo mismo —dijo Dijuana la noche del séptimo día. —Si esta noche tienes un sueño similar ya podemos pensar dos cosas: O que estás loco o que está pasando algo muy raro.

    Y así pasó. Esa noche volvió a soñar. Pero esta vez...



    —¿Y bien? —preguntó al día siguiente Dijuana después de desayunar.

    —Primero quiero escribirlo y después corroborarlo cuando vuelva Jack —dijo Anerues algo más contento que el resto de la semana. —Si lo que he soñado se corresponde con lo que nos cuente Jack, entonces sí que podré decir que estos sueños nos están advirtiendo de algo.

    Anerues se guardó el diario ese día, sin enseñárselo a Dijuana, y fue a trabajar como durante el resto de la semana, sin aparentar nada raro. Trabajó normalmente como si no pasara nada especial hasta que, mirando su reloj, a cosa así de mediodía, dejó lo que estaba haciendo para salir a la calle principal. Y justo en ese momento, en el mismo instante en el que ponía el pie fuera de la casa en la que estaba, descendió Dai.

    —¡Eh! ¿Qué tal Anerues? —saludó Jack mientras bajaba de un salto.

    —Muy bien —dijo Anerues sonriendo. —La Guardia Suiza ya ha llegado a la colonia, ¿verdad?

    —Sí pero ¿cómo sabes...? —respondió extrañado.

    —De la misma manera que sé que te intentaron parar nada más llegaste ante la cantina por llevar a una “bestia”, de la misma manera que sé que te obligaron a dormir en un pajal junto al establo, de la misma manera que sé que John Srubak era un auténtico tacaño que te intentó robar (en este orden) el abrigo, el reloj, las botas y tu colgante y de la misma manera que sé que ahora se dirige hacia aquí para llegar mañana nada más despunte el sol.

    —Esto... —dijo Jack algo turbado por todo lo que había dicho, —¿me has enviado un espía o algo así?

    —No. Tan sólo he soñado —y dirigiéndose a Dijuana. —Ya tenemos la prueba.



    —Están pasando cosas muy raras por aquí —empezó a relatar Jack nada más estuvo reunido el pueblo. —El pueblo estaba lleno de soldados, de una punta a otra y para colmo decían que tan sólo era una avanzadilla. Según le oí decir a ese John, tienen planeado ir al gran agujero.

    —¿Te encontraste alguna bruja? —preguntó el padre Adam.

    —Cientos, y todas volando en esta dirección. No soy la persona más adecuada para hablar del asunto pues apenas he visto brujas en mi vida pero esa aglomeración no me parecía normal.

    —Llevamos viéndolas venir a montones desde hace tres días y como dices, esto no es muy normal. Tiene que haber pasado algo muy gordo para que tengan que hacer una reunión tan grande.

    —Otra cosa —siguió Jack. —Mientras venía hacia aquí una bruja me asaltó y me dijo esto: “Si vas por Oasis, dile a sus habitantes que se marchen”, dicho lo cual se volvió a su formación y siguió su camino.

    El pueblo empezó a murmurar preocupado.

    —¿Te dijo su nombre? —preguntó el padre Adam.

    —De ella tan sólo recuerdo que era rubia y que llevaba un bastón.

    —¿Tenía los ojos dorados?

    Jack hizo memoria y asintió.

    —Era María Kirisame —dijo Adam muy serio. —La advertencia iba muy en serio: Va a pasar algo que nos puede perjudicar gravemente. Debemos huir del pueblo de inmediato.

    —¿Quién es María Kirisame? —preguntó Lou.

    —La primera bruja que conocí en mi vida y con la que conseguí crear la alianza con las brujas. Es la bruja en la que más se confía en este pueblo y la que más esfuerzos puso para crear esta tierra neutral.

    —¿Entonces qué haremos? —preguntó alguien del pueblo.

    —Esperar a que llegue John Srubak y volvernos con él a la colonia. Una vez allí, ya veremos, pero aquí no nos quedamos. Cuando nos enteremos de qué está pasando y se solucione el problema, volveremos. Id haciendo el equipaje.



    Esa noche, los cinco se reunieron en la cantina del pueblo. Este edificio era realmente pequeño en comparación con el resto del pueblo pero, teniendo en cuenta lo populoso que era Oasis, poco importaba.

    —¿Y bien? ¿Qué querías contarnos? —preguntó Amadeo a Anerues.

    —Debemos marchar de este pueblo y de este mundo cuanto antes mejor —dijo Anerues con firmeza y sin rodeos. —Si no lo hacemos corremos el riesgo de morir antes de tiempo.

    —¿Qué chorradas dices?

    —Lou, Zoé, ¿os acordáis de lo que os dije hace ya una semana?

    Los aludidos asintieron.

    —¿Y recuerdas tú lo que te dije justo en el momento de tu llegada, antes de que pudieras decir nada? —preguntó a Jack.

    —La verdad es que aún no me has explicado como te has enterado de todo eso sin que te dijera nada.

    —Pues todo lo que te dije lo recuerdo haber visto en un sueño lúcido. Durante toda la semana he estado contemplando como moríais una y otra vez por la simple razón de estar en este mundo. Pensaba que me estaba volviendo loco o algo peor pero esta noche me concentré en un sueño hasta alcanzar la lucidez (hace años desde la última vez que lo hice) y escuché algo. Al principio no lo escuché muy bien pero luego oí claramente como si un coro estuviera diciendo la palabra “verdad” a lo lejos. Seguí la voz y, después de un largo viaje, te vi en la colonia, haciendo todo lo que te dije que habías hecho. Incluso vi más cosas de las que no me enteré hasta esta tarde: Vi un globo aterrizar en donde está el lago.

    Los otros cuatro miraron extrañados a Anerues.

    —¿Desde cuándo eres un vidente? —preguntó Amadeo escépticamente.

    —Puede que desde que estoy aquí, desde la caída o desde yo—qué—sé cuando. Lo que sé es que he acertado en lo del viaje de Jack, ¿no?

    —Bueno... —respondió algo inseguro, —no sé, esto de empezar a fiarse de sueños como quien no quiere la cosa... no me parece muy sensato.

    —Pregúntame lo que sea sobre tu viaje. Si lo he visto acertaré y probaré que tengo razón.

    Jack empezó a pensar en algo que preguntarle y acabó diciendo:

    —Durante el viaje Dai y yo nos entretuvimos contando las brujas que pasaban en voz alta ¿Hasta qué número llegamos?

    —Doscientas treinta y siete —respondió al instante, cosa que pilló totalmente desprevenido a Jack.

    —¿Qué llevaba puesto John Srubak cuando me lo encontré? —preguntó algo nervioso.

    —Concretamente, un delantal blanco con tres manchas: Una de café a la altura del pecho, una de sangre a la altura de los pies y una de mostaza a la derecha, pantalones de pana marrón, un jersey negro y una pala en la mano. Es un hombre corpulento, con cicatrices de viruela y con una personalidad de lo más tacaña. Su daimonion es un jabalí llamado Amgip.

    —¿Qué... qué me dijeron exactamente los guardas cuando me pararon en la colonia? —ya patidifuso por la velocidad de sus respuestas.

    Anerues se levantó y empezó actuar tal como lo había visto en el sueño:

    —¡Tú! ¡Él de la bestia! ¿Qué clase de abominación es ésa?

    Y cambiando de posición, haciéndose pasar por Jack:

    —Esto... es mi daimonion...

    —¡Eso no te lo crees ni tú! —dijo cambiando otra vez de posición.

    Anerues se agachó y fingió ser un perro.

    —Es un daimonion. Dice la verdad, jefe.

    —Pa’ mí que lo soy —dijo con tono burlón, subiéndose a una silla y poniéndose en el lugar de Dai.

    —Entonces —dijo Anerues dejando de fingir, —asustaste al pobre guarda y llamaste la atención de medio pueblo que deseaba ver a Dai.

    Jack no podía dar crédito a lo que oía.

    —¿Qué? ¿He acertado o no?

    —Como si realmente hubieras estado allí —dijo Dai desde fuera.

    —¿Entonces tengo credibilidad por aquí? ¿Me haréis caso?

    Los demás permanecieron callados un rato hasta que Amadeo rompió el silencio:

    —De acuerdo: Puedes ver pero aún así no has visto por dónde podemos ir. Yo por ese mundo lleno de monstruos no vuelvo a pasar

    —Intentaré buscar una respuesta a eso pero de momento, paciencia. Nos iremos con el pueblo y luego ya veremos.



    Esa noche, Oasis contempló lejos hacia el norte la luz de un montón de hogueras. El concilio de las brujas ya había empezado.

    Anerues, sin embargo, lo ignoró y se fue directamente a dormir para conocer más detalles sobre lo que debía hacer.

    —¿Quién iba a pensar que la onironáutica iba a acabar por servirme de algo? —le comentó a Dijuana mientras se metían en la cama.

    —No sé... me parece algo muy raro. Si antes no te pasaba, ¿por qué ahora sí?

    —Quizá la voz que me decía “verdad” de continuo pueda responderme pero antes de eso debo encontrar algún camino para que podamos volver a casa. Nuestros padres ya deben de estar muy preocupados por nosotros. En fin, buenas noches —dijo apagando la lámpara y echándose.



    El gran poeta Anerues se encontró en medio de una llanura helada, pensando en el amor. Levantó un brazo y dio un Do de pecho. Oh, ese lugar era pacífico e inspirador. Le daban ganas de cantar, de escribir, de dibujar, de crear algo que contribuyera a la paz del mundo, de... Anerues miró atentamente sus manos e inmediatamente se dio cuenta de que todo eso era un sueño.

    “¡Leñe! ¿Y esta ropa?” pensó al ver que iba vestido con ropas medievales de lo más horteras.

    Se arrancó la ridícula ropa que llevaba encima, materializó ropas acordes con su personalidad y miró atentamente a su alrededor. Al poco escuchó la voz de su anterior sueño y la volvió a seguir.

    Atravesó la llanura y llegó a un bosque algo pedregoso. Entró en él y siguió un pequeño acantilado de no más de dos metros de altura para acabar encontrándose con una pared rocosa sobre la que veía un espejo de tres cuerpos. Al lado de los mismos se encontró con un par de malabaristas disfrazados de payaso lanzándose mazas mutuamente.

    —Hola —saludó nada más verlos.

    —Viene, viene, vuelve y va —respondieron ellos al unísono. —Todo este camino es puro azar y no sabes qué es lo que te puede esperar cuando este espejo vayas a cruzar.

    Cuando callaron, corrieron a los espejos mientras se pasaban las mazas para acabar despareciendo por ellos.

    Anerues, realmente extrañado, fue a mirarse en los espejos y contempló cosas bastante raras:

    o El cuerpo izquierdo del espejo era más grande que los otros dos y tenía una espada encima suyo. En él no se vio reflejado sino que vio a un hombre de mediana edad, de pelo gris, muy pálido pero que le daba muy buena impresión sin saber muy bien por qué.

    o El cuerpo central, a pesar de ser el más pequeño, era el que estaba decorado de manera más elegante. Sobre él se podía ver una estantería llena de lo que parecían ser especias. A través del reflejo del cristal pudo ver lo que parecía un monasterio, aunque podía estar equivocándose.

    o El tercer cuerpo era el más extraño: Estaba enrejado de manera que al reflejarse uno en él, se veía como estando tras los barrotes. Más allá de éstos y de su propio reflejo se podía ver un inacabable desierto que le dio miedo, que le hizo sentir una soledad como nunca había sentido.

    Después de ver este último, dejó de observar los espejos y levantó el vuelo para encontrar puntos de referencia que le permitieran reconocer y llegar a ese lugar. Después de encontrarlos habló a la voz del cielo:

    —Muchísimas gracias, seas quien seas.

    A lo que la voz respondió clara y sonoramente:

    —ASESINO.

    Y Anerues despertó espantado.
     
    Última edición: 14 Octubre 2018
  4. Threadmarks: Buscando el paraíso en un sueño - Capítulo 4
     
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    Buscando el paraíso en un sueño (Completa)
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    Capítulo 4: Éxodo

    Al día siguiente, John Srubak llegó a Oasis, liderando una caravana. Tal como lo había descrito Anerues, era un tipo gordo y algo desaliñado, con un aspecto que casaba con su personalidad. Su daimonion, Amgip, era un jabalí de gran tamaño y de aspecto fiero.

    —¡Hola, chavales! —dijo nada más ver al pueblo en la carretera principal. —¿Ha pasado algo mientras estaba fuera?

    —Desde luego —respondió el padre Adam: —Nos volvemos contigo.

    —¿Cómo? ¿Y lo que he traído?

    —Te lo pagaremos cuando volvamos pero ahora tenemos que marchar. El agujero ese está atrayendo a demasiadas criaturas por aquí —dijo el padre Adam soltándole la primera excusa que se le ocurrió. —Este lugar se está convirtiendo en un auténtico infierno en la tierra así que mejor alejarse durante un tiempo hasta que podamos volver.

    El comerciante masculló algo para sí pero no pareció quejarse.

    —¡Muy bien! Id preparándoos y dentro de dos horas nos reuniremos aquí. Mis perros necesitan descansar.

    Anerues, Zoé, Amadeo, Lou y Jack fueron a preparar su escaso equipaje a sus respectivas casas de acogida.



    —¿Qué te pasa? ¿Otro sueño preocupante? —preguntó Dijuana ayudando a Anerues a preparar el equipaje.

    —No lo sé. Todo el sueño fue perfectamente casi hasta el final. Ahora sé más o menos por dónde tenemos que ir pero... esa voz me llamó asesino.

    Dijuana se puso seria.

    —¿Estás seguro?

    —ASESINO fue lo que gritó, claramente y con todas las letras ¿Crees que puede querer decir algo?

    —No lo sé. Un asesino suele ser un símbolo de conflicto interno pero como en este caso eras tú bien podría querer decir otra cosa ya que eras consciente de lo que pasaba en ese sueño... quizá que vas a tener que matar a alguien, sencillamente.

    —¿A quién?

    —No lo sé y no quisiera saberlo pero de momento no te preocupes: Aún no ha pasado —dicho lo cual, sonrió de una manera muy tranquilizadora. —Ya me contarás más cuando estemos de viaje.



    Zoé se cambió la venda y se puso manos a la obra.

    —¿Qué haréis cuando lleguemos? —le preguntó Mía, en cuya casa se había estado alojando. —¿Vendréis con nosotros?

    —Aún no lo sé. Anerues dice que puede saber cuál es el camino para volver a nuestro mundo pero que de momento tendremos que viajar con vosotros, hasta que encontremos el lugar que vio.

    Mía se sentó en la cama y la miró en silencio.

    —¿Qué pasa? —preguntó Ku—Te algo extrañado de la actitud que traía la chica.

    —Me gustaría conocer vuestro mundo. Yo he estado encerrada en este pueblecillo perdido en medio de ninguna parte desde niña y, no sé, quisiera ver más cosas. Viendo la manera de la que te comportas pensé que podría ser más parecida a ti. Jamás he visto a ninguna mujer que sea capaz de discutir con cualquier hombre sin miedo a las represalias (brujas aparte).

    —La verdad es que no te pierdes nada: Este mundo le da bastantes vueltas a mi mundo en bastantes aspectos aunque haya que reconocerle un gran desfase en otros. Estoy de acuerdo en que es bueno cambiar de aires de vez en cuando pero tampoco viene mal aprender a reconocer lo bueno de lo que ya se tiene. Sólo te aconsejo que no desprecies lo que ya tienes.

    —Hablando en plata —dijo Ku—Te, —este mundo aún conserva tierras vírgenes, no como en el nuestro en el que prácticamente no queda nada en pie.

    —Es un mundo bastante caótico en comparación con éste a pesar de que se diga que está muy bien organizado. Si quieres saber cosas sobre él te puedo contar lo que quieras, si eso te ayuda a satisfacer tus ansias de saber, lo cual puedes pagarme contándome cosas sobre este mundo.

    —Estaré a la escucha —dijo Mía sonriendo.



    —¿Tenías pensado hacerte médico en el futuro? —preguntó el doctor Clark a Lou.

    —Me lo he pensado varias veces y aún no me he decidido. La verdad es que hay muchas cosas que me interesan pero no soy capaz de decantarme por ninguna: Tan pronto deseo ser médico como quiero ser abogado, escritor, empresario, profesor... Aún no lo tengo muy claro.

    —Viendo como se te da la medicina pensé que sería bueno recomendarte a alguna gran facultad.

    —Gracias por la invitación pero no creo que vaya a quedarme el resto de mi vida en este mundo. En todo caso, se me da bien porque es usted un buen maestro.

    El doctor Clark, después de observar un rato cómo Lou ordenaba sus cosas pareció acordarse de algo, se retiró al piso superior del edificio y bajó con una caja bastante grande.

    —Acepta esto como un regalo en recompensa por los esfuerzos de esta semana —dijo el doctor nada más bajar. —Aquí están gran parte de las hierbas que has estado usando conmigo esta semana más algunas más. Teniendo en cuenta que la mayoría son medicinas de bruja, podrás encontrarlas si las buscas detenidamente por la naturaleza.

    Lou miró dentro de la caja que le entregó el doctor Clark y vio muchos frascos de diferentes tamaños, alguna botella rellena de algún líquido, un pequeño botiquín y un manuscrito del doctor de bastante tamaño.

    —Léete el libro si deseas avanzar en el conocimiento de la medicina —dijo el doctor. —Si la medicina convencional no puede ayudarte, busca en el libro alguna solución. Puedes obrar milagros, te lo aseguro.

    Lou sacó el libro y acomodó la caja como mejor pudo dentro de su mochila.

    —Muchas gracias, haré buen uso de él —dicho lo cual, salió a esperar al resto del pueblo.



    La casa de los Srubak era todo un hervidero y Jack estaba en medio de él.

    —¡Eh, Jack! —dijo Matthew Srubak, padre y jefe de la familia. —Me he enterado por tus compañeros que ese imbécil te ha estado molestando.

    —¿Se refiere a John? Algo... ¿Son familia?

    —Sí, por desgracia somos hermanos. Si te roba algo, avísame y te compensaré.

    —No se preocupe. Conseguí esquivarle lo suficiente para que no me robara nada.

    —Cambiando de tema, toma —dijo Matthew lanzándole una bolsa dentro de la mochila. —Esto es una compensación por todo el trabajo que has hecho. Si no fuera por ti y tus compañeros aún estaríamos arreglando la casa.

    Jack miró dentro de la bolsa y se encontró un gran número de monedas de oro.

    —Gracias... —dijo él algo embobado por la cantidad de monedas que le había dado.

    —En fin, ya nos volveremos a ver en la colonia. Hasta otra —y se retiró.

    —¿Qué ha querido decir? —preguntó Dai desde fuera.

    —Lo lógico: Tú no puedes ir andando así que lo mejor será adelantarlos volando y esperarlos en la colonia. No puedes estar parándote continuamente con lo que te cuesta despegar.

    Jack terminó de llenar su mochila y salió a la calle.

    —Además —dijo ya en un tono más íntimo, —estar allá arriba contigo es lo más bonito que he llegado a sentir jamás.

    —Tú no sueles hablar así —dijo Dai mirándole raro.

    —Bueno, tú tampoco solías dejarte ver hasta ahora —dijo mientras se subía a la espalda de Dai. —¿Qué? ¿Marchamos?

    Dai se dirigió a la calle principal y, como el primer día, desplegó sus alas en toda su envergadura, cogió carrerilla y despegó.



    —Sigo diciendo que estás perdiendo una gran oportunidad —dijo el alcalde a Amadeo. —¿Por qué no te quedas? La veta es enorme y no parece que vaya a acabarse en este momento precisamente. Viendo la fuerza con la que trabajas, podrías ser un gran minero en cuestión de meses y hacerte rico en menos que canta un gallo.

    —Lo siento pero no está en mis manos esa decisión —dijo Amadeo meneando la cabeza.

    A pesar de lo escéptico que era con todo este asunto de los sueños de Anerues, seguía respetando la decisión del grupo y no iba a separarse de él.

    “Además” pensó, “hay más posibilidades de encontrar otro camino a casa fuera de este pueblo. Si hay más de esos agujeros por ahí, estoy seguro de que los encontraremos, con sueños o sin ellos”.

    —Tenemos que volver a casa —dijo Goppler. —Nuestras familias nos están esperando en nuestro mundo y, lo queramos o no, tenemos un deber para con ellas de informarles de nuestra situación. Supongo que lo entenderá.

    El alcalde no pudo replicar a su razonamiento y se retiró.

    —Buen golpe, pequeña —felicitó Amadeo en voz baja.



    Cuando el pueblo estuvo preparado, los Srubak sacaron tres grandes trineos y hombres, mujeres, niños y equipajes fueron embarcados.

    —No parece que sea la primera vez que hacen esto —dijo Lou viendo la organización del pueblo en la evacuación.

    —Han pasado muchas cosas desde que se estableció Oasis —dijo el padre Adam. —Desde que estoy aquí, está es la tercera vez que huimos y ésta es la primera que lo hacemos por petición de las brujas. Mientras estemos fuera tendremos que alojarnos en la colonia y yo tendré que ir a informar a la diócesis de lo que ocurre en este pueblo, como es costumbre (por supuesto, ocultando algunos detalles) —añadió en voz baja.

    —¡Muy bien! ¡En marcha! —gritó John Srubak, liderando la expedición.

    Los perros y los caballos se pusieron en marcha. Los acompañantes de John Srubak se adelantaron para llegar a la colonia cuanto antes mientras que su jefe se quedaba rezagado para ir con el grupo de Oasis.



    Un par de horas después ya habían perdido de vista el pueblecito.

    Durante ese tiempo, en el carro más rezagado, Lou estuvo leyendo el libro que le entregó el doctor Clark.

    —¿Qué te parece? —preguntó éste al ver tan enfrascado a Lou en la lectura.

    —Algo confuso pero bastante claro en general aunque... ¿qué son todas estas “V” que aparecen?

    —Las “V” que te encuentres quieren decir “voluntad”. Las brujas curan de maneras diferentes a las que me enseñaron a mí en la facultad, pues para curar a sus pacientes tienen que “desear” curar, quererlo claramente, cosa que, en mi caso que he hecho el Juramento Hipocrático de corazón, no me cuesta nada pero que a ellas les cuesta bastante más en algunos casos.

    —Es decir, voy a estar manejando magia... —dijo Lou algo inseguro.

    —Llámalo así si quieres. Una buena parte de las curas que se describen no funcionan sin un correcto enfoque de la voluntad del sanador y si no crees en la efectividad de las mismas, ten por seguro que algunas no funcionarán jamás o lo harán peor.

    —La buena fe al poder... —comentó Lou sonriendo.

    —¿Qué es eso que estás leyendo? —preguntó Amadeo quitándole el libro a Lou y ojeándolo un poco. —¿Un manual de primeros auxilios?

    —Algo así. Puede que nos sea útil en el futuro, quién sabe.

    —¡Bah! Esto no es lo mío —dijo Amadeo devolviéndole el libro. —Esperemos que no tengamos que usarlo nunca.



    En el carro más adelantado...

    —¿Cinco picos iguales? —preguntó el padre Adam. —Creo que una vez vi que al este del monte Norek se podía ver algo así ¿Por qué lo preguntas?

    —Nada, nada, por nada —dijo Anerues quitándole importancia a la pregunta y apuntando esa referencia en su diario junto a la descripción de todos los puntos que había visto en su sueño.

    —¿Qué es eso? —preguntó el padre viendo la libreta.

    —Sería un poco raro de explicar qué es lo que tiene que ver con la pregunta...

    —Es un diario de sueños —dijo Dijuana directamente. —Anerues vio un camino a nuestro mundo en el sueño de esta noche.

    —¡Dijuana! —exclamó Anerues por lo bajo.

    —¿Tienes sueños proféticos? —preguntó el padre. —¿Eso suele pasar en vuestro mundo?

    —Lo dudo mucho. Desde hace muy poco he empezado a tener de estos sueños y no estoy muy seguro de que nos estén guiando de manera veraz pero esto es lo único que nos ha dado alguna pista para volver a casa por un camino menos peligroso que por el que vinimos a parar a este mundo. Pensará que es una tontería, supongo...

    —En absoluto. Soy de los que creen que los sueños son el lenguaje perdido de Dios: Lo dicen todo pues lo conocen todo, como Él. Si tus sueños te indican un camino, es que Él quiere que sigas ese camino ¿Me dejas ver tus apuntes?

    Anerues le pasó la libreta y el padre leyó con interés todo lo que había escrito a lo largo de los anteriores tres meses.

    —Muy interesante aunque hay cosas que no entiendo —comentó después de leer un rato señalando un pasaje.

    —Está en francés. De vez en cuando voy variando un poco el idioma para no perder la práctica.

    —¿Hablas francés?

    —Habló inglés por parte de padre, español por parte de madre, francés por el lugar dónde me eduqué y también chapurreo un poco de chino gracias a Lou. Todos los de mi grupo son algo políglotas.

    —Ya veo —dijo pasándole el diario a Dijuana. —¿Alguno de vosotros sabrá latín?

    —¿Para qué quiere saberlo?

    —En la batalla de la semana pasada murió mi ayudante y nadie que conozca sabe escribir bien en ese idioma así que...

    —Lou es uno de los mejores que conozco en esa asignatura. Ese bestia ha sido capaz de aprenderse siete idiomas en lo que lleva de vida, entre ellos el latín. Siempre dice que una vez aprendido no hay idioma que se te resista. Si no hay que hacer ningún trabajo largo supongo que podrá ayudarle.

    El padre Adam puso cara de sorpresa al oírle decir eso.

    —¿Es que no tiene otra cosa que hacer el chico ese?

    —Según él, aprender o morir (de aburrimiento). Es un superdotado, una persona con mucho talento para casi todo. Sus padres lo enviaron al internado donde estudiaba yo para que desarrollara mucho más sus habilidades y ya ve: Todo un geniecillo.

    —¿Os importaría entonces que me lo llevara durante un par de días a la Diócesis? Me va a hacer falta tener a un secretario ducho en diferentes idiomas para escribir varias cartas para pedirle fondos a la iglesia y recuperar el dinero que nos gastamos en reconstruir el pueblo.

    —Si él no se niega, no veo por qué no, supongo que no pasará nada por quedarse un par de días más. Además, durante ese tiempo podremos explorar un poco esta zona para encontrar esos picos y así encontrar el agujero que nos lleve a casa.

    —Esto... Anerues —dijo Dijuana después de leer el relato del sueño.

    —¿Sí?

    —Ese camino es peligroso. Los payasos, para ti, son una señal de caos absoluto, de guerra. Para llegar al agujero tendremos que abrirnos paso peleando.

    —¿Payasos igual a guerra? —preguntó el padre Adam. —¿Qué clase de relación es esa?

    —Es la relación que hace Anerues. Cuando él era pequeño, una vez que fue al circo, le sacaron como voluntario a la pista y empezaron a hacer chistes con él. A todo el mundo le hizo gracia lo que hacían con él menos a él mismo, por lo que al rato de estar en la pista se marchó dando puñetazos y patadas totalmente enfurecido. Desde entonces relaciona a los payasos con el caos, la guerra y la vergüenza.

    —Interpretas muy bien los sueños —dijo el padre bastante sorprendido.

    —Como daimonion suyo que soy, conozco bien a Anerues por lo que también conozco bien sus símbolos personales. Podría interpretar casi cualquier cosa que me contara con mayor o menor acierto.

    —¿Qué más cosas cuenta el sueño? —preguntó Anerues.

    —Las mazas que se repartían los payasos son nuestros compañeros por lo que podría decir que nos vamos a separar. Los espejos nos dan a entender en qué lugares nos vamos a separar pero no soy capaz de decir qué clase de lugares son. Aparte, decir que lo de aparecer vestido de poeta podría ser un símbolo de que podrías acabar encontrando una solución para pasar pacíficamente pero esto no es seguro.

    Anerues no preguntó nada más y empezó a anotar la interpretación hecha por Dijuana.



    —...y eso es lo que pasó en la Segunda Guerra Mundial —zanjó Zoé. —¿Algo más? Ya tengo la garganta seca de tanto hablar.

    Zoé le había estado explicando un poco de historia de su mundo a Mía durante todo el viaje y está estaba demostrando ser una alumna muy aplicada pero después de más de cinco horas de explicación, Zoé ya estaba algo cansada.

    —No tenéis nada que envidiarnos en cuanto a guerras estúpidas —comentó Mía. —No sabía que también hubiera sefardíes en vuestro mundo.

    —Judíos, no sefardíes.

    —Lo que sea. En este mundo hace largo tiempo que han sido exterminados. Si queda alguno por ahí, oculta muy bien sus costumbres pero de poco le servirán si le pilla la Junta de Oblación.

    —En mi mundo hace ya mucho tiempo que hemos acabado con la Inquisición ¿Por qué por aquí no?

    —No lo sé: Puede ser porque los altos cargos eclesiásticos tienen las mayores riquezas del mundo, porque la gente quiere realmente mantener las costumbres que promulgan o sencillamente porque nos han lavado el cerebro a lo largo de los siglos sin dejarnos espacio para opinar. La iglesia, vista desde fuera, es algo asqueroso pero esa opinión cambia mucho cuando se ve al padre Adam trabajando con el pueblo. Mis padres me comentaron que antes de su llegada, todos los curas eran unos caraduras redomados, que no hacían más que pedir en el cepillo, que iban por ahí mendigando comida, oro y algunas cosas más... que mejor no comento. Exigían y no daban prácticamente nada a cambio. Gente como el padre te hace creer en que aún hay gente buena por el mundo.

    —¿Tanto control tiene la iglesia sobre el mundo?

    —Tanto y más —dijo Nan, el daimonion mamba negra de Mía asomándose por su cuello. —La iglesia controla a la Guardia Suiza, al ejército del gran Imperio Turdetano, el ejército franco, la Guardia Prusiana, las armadas inglesa y escandinava y hasta ahí me acuerdo. Son lugares en los que han llevado cruzadas a favor de la iglesia durante siglos y siglos y en las que han conseguido un control casi absoluto sobre todo lo que es Europa y gran parte de las colonias del mundo.

    —Conviene no contrariarles... —ironizó Ku—Te. —En nuestro mundo la iglesia tocó tanto las narices a nuestros antepasados que actualmente casi se les ha apartado del ámbito público pero claro, se resisten a perder su antigua gloria aunque haya que reconocerles cosas buenas de vez en cuando.

    —Yo no estoy en contra de que se ensalce y venere a la Autoridad... —dijo Mía.

    —Ni yo —dijeron Zoé y Ku—Te al mismo tiempo.

    —...pero se podría hacer de maneras más edificantes que luchando y exterminando continuamente todas las herejías habidas y por haber...

    —Si yo te contara —dijo Zoé: —El cristianismo se separó en un mogollón de diferentes ramas: Catolicismo, protestantismo, maniqueísmo, cristianismo ortodoxo, Islam... todas adoraban al mismo Dios, todas se han estado peleando a lo largo de los siglos y se han estado pasando el mandamiento del “No matarás” por el bigote. Para ellos Dios no era ley, ley era lo que ellos querían que fuera ley incluso si iba en contra de la palabra de Dios sólo para conseguir tener el mando absoluto.

    Mía sonrió y se rió un poco.

    —Es interesante ver el mundo desde una perspectiva diferente y totalmente externa a la mía. ¿Quién iba a pensar que acabaría viendo que otro mundo es posible? Yo pensaba que mi futuro se reduciría a casarme y tener cuantos más hijos mejor pero viéndote sé que puedo acabar de más maneras.

    Y así siguieron hablando hasta que llegó la noche...



    Anerues vio el espejo otra vez, esta vez más de cerca y vio que el lugar estaba vigilado por un gran número de serpientes. Empezó a observarlas con detenimiento y después de buscar un rato vio como una de esas serpientes, la más alejada del grupo principal, llevaba una llave que agarraba con los colmillos. Fue hacia ella y empezó a acariciarla, sin ningún miedo para que abriera la boca y soltara la llave, cosa que hizo al rato de caricias y cariños.

    —No te olvides de la segunda llave —le dijo la serpiente de la llave después de dársela.

    Nada más decir eso, las otras serpientes de su grupo se lanzaron a por ella, como censurando lo que acababa de decir. Anerues no lo toleró e intentó separarlas lo más pacíficamente posible. Las serpientes atacantes no se negaron a su petición y la dejaron pero algunas empezaron a observarle con recelo y algunas otras con agresividad. Anerues sintió miedo pero no odio por ellas. Sabía que si le atacaban era por quitarles la llave.

    De repente, una sombra negra cayó del cielo sobre las serpientes y las atacó: Era un cuervo en busca de pelea.

    —¡Alto! —gritó Anerues parando su ataque y cogiendo al cuervo para escudarlo del más que posible ataque de las serpientes. —Una dama como usted no debería meterse en estos combates.

    El cuervo sacudió la cabeza, como si estuviera confuso pero aceptó su contacto.

    —No me trates como a una mujerzuela cualquiera —dijo el cuervo. —Sigo teniendo mi dignidad.

    Anerues se lo llevó hacia el espejo y allí buscó algo en el suelo cercano a él mientras las serpientes, cada vez más nerviosas y agresivas se le acercaban por la espalda. Después de un rato de búsqueda, logró encontrar la segunda llave la cual estaba oculta en la decoración del espejo. Metió las llaves en dos sendos cerrojos que sobresalían en el espejo y abrió una puerta.

    —Hecho esto no puedo hacer otra cosa que quedarme con usted —dijo Anerues al cuervo nada más abrir la puerta.

    Y Anerues se volvió a despertar.

    —¿Otra pesadilla? —preguntó Dijuana, que estaba a su lado.

    —No... ¿Sigues despierta? —dijo Anerues frotándose los ojos para desperezarse.

    —Me acabo de despertar. No soy capaz de dormir entre tanto ronquido.

    Anerues miró su reloj y vio que aún faltaban más de tres horas para reanudar la marcha. Se levantó y fue hacia la hoguera para escribir en el diario.

    —Hola, chavalete —dijo John Srubak que estaba montando la guardia. —¿Vienes a hacerle compañía a este viejo?

    —No se ilusione tanto —dijo Anerues conociendo la mala fama del hombre. —Tan pronto como acabe me vuelvo a dormir.

    —¡Bah! Mientras me paguen, acepto lo que sea. Oye, ¿tú sabrías decirme por qué esos imbéciles se empeñan en vivir en ese pueblucho de mala muerte?

    —¿Es que usted no lo sabe?

    —¿Crees que te lo estaría preguntando si lo supiera, idiota?

    —Les gusta tener una buena veta de oro, nada más —dijo Anerues molesto, intentando escribir ignorando a ese desagradable hombre. Cuando acabó, le preguntó a Dijuana: —¿Entiendes algo de este sueño?

    Dijuana leyó la descripción de su sueño y, después de cavilar un poco dijo:

    —Más de lo mismo pero esta vez mucho más concreto:

    o Esas serpientes son los vigilantes del agujero, supongo que militares por el carácter viril de las mismas, lo cual me hace pensar que ese agujero es de uso privado de algún estado... no sabría decir cuál todavía.

    o El cuervo siempre ha sido un símbolo de mal agüero aunque en este caso le ayudaste lo cual me hace pensar que puede significar todo lo contrario: Tú no apoyarías al enemigo de las serpientes sin una buena razón. Además, hay que tener en cuenta lo que dijo pues a ese cuervo lo llamaste “dama” por lo que cabría pensar que es una mujer.

    o El hecho de que buscaras las llaves bien podría ser que algo te preocupa pero que sabes que puedes solucionar (sino no las buscarías).

    o Abrir la puerta del espejo bien podría ser un cambio en nuestras circunstancias, esto es, que nos vamos a separar, tal como dije ayer, y la razón es ese cuervo, el enemigo de las serpientes. Según parece tendremos que quedarnos atrás, en este mundo, y dejar que el resto vuelvan a nuestro mundo (aunque no sabría decir si realmente es un agujero que dé al nuestro).

    o Al final le dijiste al cuervo que te quedarías... quizá la persona a la que representa acabe herida en la pelea con las serpientes y te quedes atrás en este mundo para curarla o llevarla a algún lugar a que se recupere.

    >>Esto es todo lo que puedo interpretar de este sueño.

    Anerues no dijo nada, se apoyó en un árbol para relajarse el tiempo que pudiera antes de marchar y miró el cielo. Dijuana se sentó a su lado esperando en silencio pero al rato dijo señalando al cielo:

    —¡Eh! ¿Ésa no es Dai?
     
  5. Threadmarks: Buscando el paraíso en un sueño - Capítulo 5
     
    JeshuaMorbus

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    Buscando el paraíso en un sueño (Completa)
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    Capítulo 5: La separación

    En cosa de un par de minutos, después de buscar un sitio, Dai aterrizó con Jack a su espalda. Anerues y Dijuana se levantaron para ir a recibirle.

    —¿Qué haces aquí? —preguntó Anerues. —¿No ibas a esperarnos en la colonia?

    —Te lo explicaré más tarde —dijo Jack bajando apresuradamente. —¿Dónde está el padre Adam?

    Anerues le llevó hasta él y se lo encontraron todavía dormido. Jack lo zarandeó para despertarlo y al poco abrió los ojos.

    —¿Qué pasa? —preguntó el padre algo confuso. —¿Jack? ¿Qué haces aquí?

    —El ejército ha tomado toda la colonia y está haciendo una expropiación sistemática de todo lo que puedan necesitar. Debéis cambiar de ruta si no queréis que os quiten todo lo que tenéis.

    El padre Adam se incorporó y se estiró.

    —Tenía que acabar pasando... —comentó éste. —En fin...

    El padre Adam fue hacia uno de los trineos, cogió su saco del cual sacó una bolsa de oro y se dirigió a John Srubak.

    —¿Qué ha pasado? —preguntó Anerues mientras el padre discutía con John.

    —Cuando llegamos allí, Dai y yo vimos como la cantidad de soldados había aumentado enormemente. Intentamos buscar un lugar para dormir pero ni siquiera en la casa de ese tacaño nos pudimos alojar: Todo, absolutamente todo estaba bajo el control de la Guardia Suiza. Un poco más y me confiscan hasta mi carabina.

    —¿La tienda de John...?

    —También eso. Ahora todos sus bienes son propiedad de la sacrosanta Iglesia.

    Unos segundos más tarde, el padre Adam le entregó la bolsa a John y volvió con ellos dos.

    —Gracias por molestarte en volver —dijo el padre. —Si no fuera por ti, John nos habría triplicado el precio a pagar por los materiales. ¿Qué más sabes de lo que ha pasado?

    Jack le explicó todo lo que había visto en menos de dos minutos.

    —Brujas movilizadas, Guardia Suiza movilizada, Iglesia movilizada... —se dijo el padre. —Tiene que estar pasando algo realmente malo para que todos se estén moviendo ahora... Tendré que darme prisa en llegar a la Diócesis para enterarme de lo que está pasando.



    Un par de horas después, todo Oasis estaba despierto y enterado de lo que había ocurrido en la colonia.

    —¿¡Y mi tienda!? ¿¡Qué ha pasado con mi tienda!? —gritó John Srubak nada más enterarse.

    —Olvídate de tu tienda —dijo Jack —pero recuerda “todo lo que des en vida te será centuplicado en el cielo” —ironizó.

    Todo el pueblo estalló en carcajadas al oír eso y John no pudo hacer nada más que apartarse del grupo enfurruñado.

    —Muy bien —dijo el padre Adam dirigiéndose al pueblo, —tendremos que desviarnos a Lockville. Si allí no han llegado los soldados podremos pasar sin problemas durante algún tiempo.


    Así, el pueblo volvió a ponerse en marcha y en cuestión de seis o siete horas llegaron a una pequeña aldea.

    Una vez allí, sin descansar siquiera del largo camino que había recorrido, el padre buscó y encontró a alguien que le llevara a él y a Lou a la Diócesis.

    —No tenemos tiempo para descansar —dijo el padre mientras preparaba sus cosas para marchar. —Podría estar pasando algo grande y puede que nos quedemos sin fondos para la reconstrucción de Oasis así que cuanto antes nos enteremos, mejor.

    —Encontrad el agujero y esperadme —dijo Lou despidiéndose a toda prisa. —¡Nos vemos!

    Una vez solos, Anerues, Jack, Zoé y Amadeo fueron a la cantina para buscar a alguien que les pudiera guiar por el lugar. Después de un buen rato de charlas con diferentes personas del lugar, encontraron a Norberto, un viejo pero fornido hombre que estaba dispuesto a llevarles por ese bosque. Su daimonion era un viejo sabueso negro llamado Nerus.

    —¿Y para qué queréis ir por allá? —preguntó después de la negociación del precio del viaje. —¿Es que no habéis oído los rumores?

    —¿Rumores? —preguntó Amadeo.

    —Si, lo de los asesinatos y desapariciones misteriosas en esa zona. Se cuenta que hay un demonio que mata a toda persona que se encuentra y que secuestra a los niños que logra encontrar. A mí, la verdad, todo eso de los demonios me parece un cuento de viejas pero las desapariciones son reales.

    Todos se miraron entre sí algo preocupados por la noticia pero no dijeron nada para no cargar más el ambiente, así que se fueron a sus habitaciones a pasar la noche.



    Dos días más tarde, después de un viaje poco más que movidito, el grupo paró en una cueva de la zona para pasar la noche.

    —¡Ay, madre! —exclamó Amadeo totalmente agotado. —¿Falta mucho?

    —Vaya con los jóvenes de hoy —se burló Norberto. —¿Sólo llevamos dos días por aquí y ya estáis agotados?

    —Esperemos que sirva de algo —dijo Amadeo mirando a Anerues con recelo, —porque si todas estas agonías han sido en vano te acordarás de mí durante mucho tiempo.

    Mientras el grupo cenaba, Anerues y Dijuana miraron el mapa de la zona.

    —Esta zona ya está —dijo Anerues tachando dos de las cuadrículas. —Nos quedan nueve... ¿Qué pasará si me he equivocado con todo esto?

    —No temas —dijo Dijuana. —Yo creo en ti y sé perfectamente que lo que viste es real. Bueno... real, lejano y oculto, debería decir.

    —¿Estás segura de que ésta es la zona desde la que se ven los cinco picos? —preguntó Anerues a Dai mientras ésta se comía un reno que había cazado ese día.

    —Sí. Hoy he encontrado cuatro zonas llanas y vacías como las que me has descrito pero en ninguna de ellas he visto a persona alguna.

    —Yo creo haber visto una zona bastante accidentada cerca de uno de esos claros a cierta distancia de aquí hacia el este —dijo Jack. —Podríamos adelantarnos mañana Dai y yo para ver si ése es el lugar que buscamos.

    —No —dijo Dijuana firmemente. —Si es cierto que hay soldados vigilando, mejor que no vayas solo y que te quedes en las alturas, es más seguro. Puede que sean ellos los que causaban las desapariciones.

    —¿Soldados? —preguntó Norberto. —¿Es que eso del demonio es cosa del hombre?

    —Eso creemos pero aún no sabríamos decir si es cierto. De momento comprobaremos la zona y, si no nos dejaran pasar, encontraremos alguna manera para pasar a donde queremos ir.

    —En fin, ¿qué más me da? Hombres y demonios matan igual. Me voy a dormir.



    Al día siguiente, el grupo se levantó temprano y salió hacia el este mientras Dai y Jack lo seguían desde las alturas. No tardaron más de dos horas en llegar al lugar que les indicó Jack el día anterior.

    Nada más llegar, Anerues contempló con detenimiento esa zona y al poco declaró:

    —Éste es el lugar.

    —¿Seguro? —preguntó Amadeo algo escéptico.

    —No hay duda: El monte Norek, la cordillera de los cinco picos, el montecillo en medio del bosque, el árbol caído... todo coincide con lo que he escrito y dibujado en el diario —dijo pasándole la libreta para que lo comprobara.

    Amadeo no pudo hacer nada más que confirmar lo dicho por Anerues por lo que se preparó para ir andando hacia el lugar.

    —Usted quédese aquí —dijo Anerues a Norberto. —Volveremos dentro de un rato.

    Así, Anerues, Zoé, Amadeo y sus daimonions se pusieron en marcha hacia el otro lado del claro, llegando unos minutos después. Nada más entrar de nuevo en el bosque, Ku—Te empezó a moverse con nerviosismo.

    —¿Qué te pasa? —preguntó Zoé.

    —¿No lo oléis? —preguntó Ku—Te. —Huele a podrido... un montón de carne podrida... cerca de aquí.

    Los demás se pusieron a olisquear el aire pero sólo Goppler confirmó lo dicho por el Cu—Sith:

    —Sí... parece que por aquí alguien ha enterrado bastantes cadáveres... huelo algún conejo y un... oso pero la mayor parte del olor es humano.

    —Yo también huelo pólvora, aunque es un olor bastante débil.

    —Mejor que andemos en silencio —dijo Amadeo. —No quiero que nos peguen un tiro por ser demasiado poco discretos.

    Siguieron andando hasta que llegaron al pequeño barranquillo, el cual siguieron hasta encontrar la pared rocosa.

    —El agujero debería estar por aquí —susurró Anerues señalando un zona bastante amplia. —Es posible que lo hayan ocultado por lo que...

    Anerues no pudo terminar la frase pues alguien les disparó desde la espesura del bosque. Sin pensarlo casi y con un buen susto en el cuerpo, los seis se lanzaron por el barranquillo para ocultarse lo más rápidamente posible, echando a correr hacia un gran tronco que allí había.

    Al rato se escucharon unas risas venir del lugar desde el que se habían efectuado los disparos y después alguien habló.

    —¿Qué están diciendo? —preguntó Zoé abrazándose a Ku—Te para recuperarse del susto. —No hablan inglés.

    —Hablan en español —dijo Anerues algo sorprendido por encontrar ese idioma en ese lugar. —Esperad aquí, quizá pueda hablar con ellos.

    Anerues, tragándose el miedo que pudiera tener, mostró sus manos desnudas fuera de la protección del tronco y habló a sus atacantes:

    —No vamos armados. ¿Qué quieren de nosotros?

    —No sois turdetanos —se escuchó desde la parte alta del barranco. —¿Quiénes sois y qué pretendéis hacer aquí?

    “¿Nos disparan y luego preguntan?” pensó Anerues. “Lo único que quieren hacer es que salgamos... seguramente no son muchos y quizá con armas pesadas...”

    —¡Responded! —gritó el otro interlocutor.

    Anerues miró a Dijuana y ésta, conociendo su duda, asintió.

    —Disculpen nuestra rudeza si hemos llegado sin hacerles notar que estábamos aquí. Buscamos el agujero que lleva a otro mundo —soltó Anerues como si tal cosa.

    Se escucharon unos murmullos allá arriba y al poco salió un hombre embozado con pieles y con un fusil en la mano seguido por su daimonion perro.

    —¿Quién os envía? —preguntó éste con altivez. —¿El capitán Suárez?

    —No, nosotros... —Anerues dejó de hablar y pensó seriamente en lo que iba a decir. “¿Y qué le digo yo ahora? Si digo cualquier cosa nos matarán al instante... Quizá...” Anerues sentía un miedo similar al que sintió cuando vio a las criaturas del mundo anterior en el que había estado pero, a pesar de ello, se mantenía en un estado de tranquilidad poco común para la situación en la que estaba. Pensó que en esa situación ya debería estar llorando de angustia, pidiendo clemencia, odiando a esos hombres que les estaban apuntando... pero no, él estaba sereno e incluso pensaba que debía ser amable con esos soldados. —No, nosotros no hemos sido enviados por nadie —dijo sonriendo amablemente. —Sencillamente no esperábamos que nos recibieran así.

    El hombre de las pieles bajó el arma algo confundido por la expresión de tranquilidad que ofrecía Anerues y se quitó el embozo para hablar claramente:

    —¿A qué habéis venido? —dijo el soldado algo nervioso, repitiendo la pregunta.

    —Queremos cruzar el agujero, nada más, llegar al otro lado y seguir nuestro camino tan campantes. ¿Acaso no podemos?

    —No... esto...

    —¿Le han dado órdenes de no dejar pasar a nadie? ¿Es eso?

    —...no... yo...

    Viendo el nerviosismo del soldado, Anerues decidió relajar un poco su ronda de preguntas y se sentó en el suelo para hablar más tranquilamente, dándole al soldado la impresión de que no deseaba escapar.

    —¿Cómo se llama, señor? —preguntó Anerues sonriendo. —Si vamos a hablar, prefiero llamarle por su nombre.

    —...sargento Pablo Medina —contestó al cabo de un rato. —¿Cómo es que conocéis la existencia de ese agujero? —dijo éste con más seguridad que antes, al ver que estaba en una situación más dominante.

    —Ellos poco saben de él —dijo Anerues señalando a sus compañeros. —Lo único que saben es que está ahí y que debemos pasar por él para llegar a nuestro destino. Él único que sabe cosas ciertas sobre ese agujero soy yo —Anerues sintió un retortijón de miedo al decir esto último pero se controló para no manifestar nada.

    —¿Qué cosas? —preguntó Pablo volviendo a apuntarle.

    Anerues hizo acopio de todo lo que había visto en sueños y miró a su alrededor, buscando el agujero. Después de mirar detenidamente el lugar levantó el brazo y señaló una gran piedra que no había visto en sus sueños.

    —El agujero está exactamente ahí, detrás de esa roca, ¿verdad, señor Medina?. Si fuera un enemigo no debería ni saberlo, pues ustedes se encargan de que nadie conozca la existencia de ese agujero, ¿cierto?

    —Cierto... —dijo Pablo asintiendo. —De todas formas necesito saber quienes sois.

    —Viajeros —dijo Anerues arriesgándose al máximo al pronunciar esa palabra tan ambigua.

    —¿Exploradores?

    —Si lo prefiere —dijo Anerues acordándose de las dudas de Dijuana sobre el lugar al que daba el agujero, dudando él mismo sobre lo que habría al otro lado. —Tan sólo necesitamos que nos abran el camino... de hecho, al ver la roca pensé en ir a buscarles para que nos ayudaran a moverla porque ¡buf! ¡menudo tamaño! —a Anerues le salió esta mentira como si fuera lo más natural del mundo, seguramente confiando en que ya dominaba la situación. —¿Sería tan amable de ayudarnos a pasar al otro lado, señor Medina?

    El sargento Pablo se llevó una mano a la barbilla y después de un rato de cavilaciones y miradas suspicaces a Anerues, disparó al aire gritando:

    —¡Vamos, chicos! ¡No hay peligro! Son amigos.

    En un instante, de entre la maleza y los árboles, salieron unos quince hombres con las armas bajas, todos vestidos de manera similar a la de su sargento seguidos por sus daimonions perro. La mayor parte de ellos llevaban fusiles pero un trío de ellos llevaban una ametralladora, arma mucho más pesada que las que llevaban los demás. Anerues pensó en la cantidad de asesinatos que habrían cometido en ese lugar pero no sintió odio por ellos, pensó en que la gente que había matado esos soldados ya estaba muerta y ni siquiera la conocía de nada por lo que no podría llorarlos y así no puso cara que pudiera hacer sospechar a los soldados sobre sus verdaderas intenciones.

    —Podéis salir, no os dispararemos —dijo el sargento Pablo.

    Anerues no notó temblor alguno en la voz del sargento por lo que supuso que no mentía así que se acercó a sus compañeros para indicarles en voz baja qué hacer:

    —A partir de ahora dejad que hable sólo yo. Me parece que confían en mí pero aún así controlad lo que decís por si os entienden y a ser posible, fingid saber poco o nada sobre el agujero —dicho esto, se fijó en Dijuana que estaba sentada de una manera extraña. —¿Qué te pasa? —le preguntó a su daimonion.

    —...me duele el estómago... —dijo ella con un tono de voz muy bajo. —Se me pasará, no te preocupes.

    Anerues ayudó a levantarse a Dijuana pero cuando la enderezó sintió algo raro, ¿cómo decirlo?: Sintió “odio”, casi como si lo oliera y lo sentía muy cerca de allí, muy intensamente... Salió de detrás del tronco a toda prisa, llamando la atención de los soldados y casi enseguida, mirando a través de los árboles consiguió ver a una bruja apuntando a los soldados desde las alturas.

    —¡¡NO!! —le gritó Anerues con toda su voluntad, turbando ligeramente a la bruja.

    —¡Una bruja! —gritó un soldado que miró al mismo lugar al que miraba Anerues. —¡A muerte!

    Toda la tropa empuñó sus armas, empezaron a disparar y unas detonaciones después derribaron a la bruja. En el momento en el que la derribaron, Anerues gritó, medio ido:

    —¡¡Vosotros tampoco!! —Anerues empezó a sentir un mareo muy extraño, como si acabara de salir de una situación que necesitaba de una concentración suprema. El aire se le escapaba de los pulmones y casi no podía respirar por la tensión que estaba sufriendo su cuerpo en ese momento. Al poco se tambaleo, siendo sujetado por Dijuana para evitar que se cayera. —...vosotros tampoco... por favor... —dijo casi sin aliento y llevándose la mano a su dolorida cabeza.

    —¿Qué te pasa? —preguntó el sargento volviendo a mirarle suspicazmente.

    —¡No le disparéis! ¡Viene con nosotros! —gritó Anerues enfadado, después de recuperar el aliento y la concentración. “¿¡Pero qué demonios estoy diciendo!?” pensó totalmente extrañado de esa reacción tan espontánea que había tenido.

    —¿Con vosotros? —preguntó algo extrañado el sargento.

    —Se lo explicaré más tarde —dijo Anerues con cara de enfado, poniéndose en marcha hacia el lugar donde había caído la bruja. —Di, sígueme —le dijo a Dijuana.



    La bruja había caído a unos cien metros del lugar en un árbol en el cual se había quedado colgada.

    —¿Qué vas a hacer? —preguntó Dijuana.

    —Ayudar al cuervo —respondió Anerues empezando a escalar el árbol para ayudar a la bruja herida, —y no tengo ni idea de por qué.

    Tres minutos después de una escalada algo compleja por culpa de la gran cantidad de ramas del árbol, llegó hasta ella: Era una bruja que tenía una llamativa melena rubia, algo más baja que Anerues y que aún sujetaba un enorme arco más grande que ella misma. Tenía una herida de bala en el brazo derecho cerca del hombro que sangraba mucho y estaba inconsciente por un duro golpe que se dio en la frente al caer.

    Anerues, sin fijarse en más cosas, sacó un cordón de sus zapatos y le hizo un torniquete lo más rápido que pudo para evitar que siguiera perdiendo sangre y al poco la incorporó para intentar despertarla zarandeándola un poco.

    —¡Anerues! —llamó Zoé. —¿Qué tal está?

    —¡Tranquilos! —dijo Anerues girándose hacia su compañera. —¡Está...! —Anerues no pudo terminar la frase porque la bruja, recuperando la conciencia, le asestó un brutal derechazo. —¿¡Pero qué está haciendo!? —le gritó Anerues algo enfadado mirándole a los ojos a la asustada bruja. Inmediatamente se calló al ver que tenía los ojos de un color amarillo tirando a dorado.

    —¿...qué... qué estás haciendo...? —preguntó la bruja llevándose la mano a su brazo herido pues se le había vuelto a abrir la hemorragia.

    —¿No será usted María Kirisame? —preguntó Anerues en un susurro con cara de sorpresa colocándole el torniquete otra vez.

    María, con cara de dolor al apretarle él el torniquete, asintió y Anerues le indicó en otro susurro:

    —Por favor, sígame el juego. Me crea o no, estoy de su parte.

    María Kirisame asintió confiando en Anerues así que, ayudada por él que llevaba su arco y su rama de nube—pino, bajó del árbol.

    —¿Y bien? —preguntó el sargento.

    —Es una bruja que está de nuestra parte —respondió Anerues volviendo a concentrarse en parecer sincero pero sin poder controlar un sentimiento de odio hacia el grupo. —Las brujas de su clan y el gran Imperio Turdetano se han aliado para alcanzar objetivos comunes: Nosotros las apoyamos ayudándolas a vencer a su clan rival y ellas nos prestan servicios de exploración y de apoyo logístico ¿¡Por qué demonios le han disparado!? —gritó muy enfadado, concentrándose en tener más autoridad. —¡Brujas como ésta no abundan y tampoco es buena idea tenerlas de enemigas!

    El sargento retrocedió un paso algo asustado por la enorme autoridad y firmeza que aparentaba tener ahora ese chico que hacía un momento era tan simpático.

    —¡Disculpe, señor! —se excusó el sargento como si fuera un soldado raso. —¡Yo me hago responsable!

    —De acuerdo, de acuerdo —dijo Anerues frunciendo el ceño realmente enfadado. —Tan sólo ábrannos el camino hacia el agujero. Estos dos se adelantarán y yo volveré dentro de un par de días, cuando haya dejado a esta dama en un lugar donde pueda recuperarse de sus heridas.

    El sargento lo miró ahora con una mezcla de extrañeza y enfado, como si no aceptase que un chico tan joven como Anerues le diera órdenes como si fuera un superior suyo pero no se pudo negar a su orden así que indicó a tres soldados que movieran la roca, cosa que consiguieron al rato.

    —Vosotros dos seguid adelante —dijo Anerues a Zoé y a Amadeo en francés. —Jack, Lou y yo tendremos que quedarnos atrás pues estos ya empiezan a sospechar de mí.

    —De acuerdo —dijo Amadeo cogiendo sus cosas. —Nos veremos por allí. Que tus sueños encuentren un camino para los otros.

    —Eso haré. ¡Vamos! ¡Marchad!

    Zoé se despidió y entró en el agujero, seguida por Ku—Te y por Goppler para que al final los soldados volvieran a taponar el agujero.

    —¡Muy bien, señores! —dijo Anerues. —¡No informaré de esta inconveniencia! Volveré dentro de cinco días con algunos ayudantes más. Hasta entonces, buenos días.

    Dicho esto, se dio la vuelta y se dirigió hacia el lugar dónde había dejado a Norberto lo más rápidamente posible seguido por María Kirisame.



    Nada más llegar a los trineos y casi sin dar explicaciones de lo que había pasado a un muy extrañado Norberto, se pusieron en marcha a toda prisa para llegar a un lugar seguro antes de que se dieran cuenta del tongo siendo seguidos por Jack y Dai a una distancia prudencial.

    Dos horas más tarde, después de haber cogido varios caminos ocultos que conocía Norberto, llegaron a una cueva como en la que habían descansado el día anterior para curar a una ya algo febril María Kirisame.

    —¿Podrá curarla? —preguntó Anerues a Norberto una vez colocaron a la bruja dentro de la cueva.

    —¡Tranquilo, chaval! ¡Que sé como hacer esto! —dijo mientras le quitaba a María el escaso ropaje que tenía en el hombro. —Tu vete afuera y descansa un poco, que me molestas.

    Anerues hizo lo indicado mientras Norberto empezaba a trabajar sobre el cuerpo de la bruja. Al rato vio como Jack y Dai se acercaban andando al lugar después de haber aterrizado a unos cientos de metros del lugar.

    —¿Qué ha pasado? —preguntó Jack algo extrañado. —¿Ella está bien? Cuando escuchamos los disparos, alejó toda idea de interrogarme y fue a ver lo que pasaba por allá abajo.

    —Espero que esté bien —dijo Anerues algo confundido por todo lo que había pasado, sentándose para recuperarse de los mareos que había estado teniendo desde que gritó a los soldados.

    —¿Estás bien? —preguntó Dijuana preocupada.

    —No lo sé —dijo llevándose una mano a la frente para ver si tenía fiebre y apoyándose en un árbol. —Tengo la cabeza medio abrasada y no sé por qué... no estoy para responder nada ahora. Si quieres saber qué pasó, pregúntale a Di —dijo dirigiéndose a Jack. —Yo voy a echarme un poco.

    Anerues se puso cómodo y se dispuso a dormir un poco mientras el aire fresco le enfriaba un poco su acalorada cabeza. Durante las horas que estuvo durmiendo no soñó más que delirios, esos incómodos medio sueños que no puedes quitarte de la cabeza una vez que han entrado en tu mente. Cuando despertó no recordó nada de lo que había soñado pero se encontró algo mejor. Dijuana estaba sentada a su lado, esperando su despertar.

    —¿Qué tal ahora? —preguntó ella nada más le vio abrir los ojos.

    —Mejor... —dijo frotándose el cuerpo para recuperar el calor. —¿Y María?

    —Se ha dormido. Según Norberto un poco más y se nos habría desangrado.

    —¿Ah, sí? Que bien...

    —¿Qué te ha pasado?

    —Algo muy raro... —dijo recordando lo que había hecho delante del agujero. —Es casi como... ¿cómo decirlo sin que suene raro? Como si hubiera olido todo lo que sentían los soldados, el sargento Pablo, María Kirisame, Zoé, Amadeo, Ku—Te, Goppler y tú al mismo tiempo... oler, notar, sentir... ¡Demonios! ¡Es algo aún más raro que mis sueños! ¡Y para colmo hice que todos vosotros olierais una fragancia inventada por mí para que me hicierais caso...! ¿¡Pero que chorradas estoy diciendo!? —dijo dándose un golpe en la cabeza.

    —Tranquilízate —le dijo Dijuana con suavidad. —¿Estás diciendo que has sido empático?

    —No... —dijo Anerues tomando algo de aire y serenándose un poco. —Ha sido como... como...

    —¡Anda! ¡Deja de comerte el coco con lo que ha pasado por allí! —dijo Jack apareciendo de la cueva. —Ya es bastante que hayáis conseguido escapar con vida. ¿Ya estás mejor?

    Anerues asintió y, dejando a Jack y a Dai fuera, se levantó para ir a ver a María. Se la encontró acostada bajo una manta de piel, más pálida aún que cuando la vio por primera vez pero respirando tranquilamente.

    —¿Para qué la ayudaste? —preguntó Norberto que estaba allí vigilando su convalecencia.

    —Resumiendo mucho, sé que tenía el deber de ayudarla. No me pregunte por qué.

    “Si le dijera que lo hice porque un sueño me indicó que debía hacerlo me tomaría por un loco” pensó Anerues.

    —Dijuana me dijo que fuisteis atacados por turdetanos ¿Sabéis qué hacían por allí?

    —Vigilar algo que nosotros buscábamos... —Anerues se extrañó. ¿Por qué le ocultaba lo que había visto por allí si todo el mundo ya conocía la existencia del agujero? “¡Bah! ¿Qué más da? Si no pregunta nada, no diré nada...” pensó. —¿Cómo va ella?

    —Mejor pero tendremos que llevarla con alguna otra bruja para que cuiden de ella. No tienes la menor idea de lo temperamentales que pueden llegar a ser estas mujeres. Ya nos indicará ella a dónde tendremos que ir cuando haya descansado un poco.



    Esa noche, María Kirisame despertó recordando lo que le había visto hacer a Anerues en el bosque.

    “¿Cómo demonios consiguió hacer eso?” se preguntó. “Eso era magia de bruja, sin duda... ¡Dioses! ¡Era como si me hiciera sentir lo que él quería que sintiera y eso ni las brujas más veteranas son capaces de dominarlo bien!... Pero es un hombre... No puede dominar magia de bruja...”

    María se levantó y notó una gran mejoría en su hombro, aunque tuviera mareos por falta de sangre. Después de comprobar su vendaje, miró a su alrededor y vio a Norberto y a Anerues dormidos.

    —Buenas noches —saludó Dijuana que seguía despierta. —¿Aún le duele?

    —Sí pero ya casi no me duele —respondió la bruja con vehemencia. —Debo agradeceros vuestra ayuda.

    —No importa. Las brujas ya nos han ayudado una vez y esto es lo mínimo que podíamos hacer por una de las suyas.

    —¿Vosotros sois los compañeros del chico de la gran ave?

    —Sí, somos compañeros de Jack ¿Por qué lo pregunta?

    —¿Oasis ya está evacuado? —preguntó la bruja con preocupación.

    —No tiene de qué preocuparse: Cuando el padre Adam se dio cuenta de que era usted la que enviaba el mensaje, movilizó el pueblo de inmediato.

    —Ah... si es así, mejor —se dijo a sí misma María tranquilizándose.

    —Si quiere que le enviemos un mensaje nosotros, sólo díganoslo: Puede que nos volvamos a encontrar con él pronto.

    —No hará falta —dijo María bruscamente. —Tengo que marchar. Transmita mis agradecimientos a... ¿cómo se llama él?

    —Anerues, Anerues Altro y yo soy Dijuana, su daimonion.

    —Pues, por favor, señorita Dijuana, transmítale a Anerues mi más sincero agradecimiento por su ayuda con esos bandidos —dijo María casi con aspecto de llevar prisa.

    —¿A dónde va? Aún está herida.

    —No te preocupes, me recuperaré más rápido si llego junto al resto de mi clan.

    María cogió su rama de nube—pino, su carcaj y su enorme arco y salió con paso rápido de la cueva pero antes de salir fue interrumpida por Dijuana:

    —Sólo dos preguntas: ¿Su daimonion es un cuervo y me podría decir qué está pasando para que tanto brujas, como iglesia, como ejército estén desplegando fuerzas?

    María se giró y después de cavilar un poco una respuesta adecuada, dijo escuetamente:

    —Respecto a su primera pregunta, sí, mi daimonion es un cuervo llamado Jacob. Respecto a la segunda sólo decir que vamos a matarlo. A Él.

    Dicho lo cual y sin dar más explicaciones, se montó en su rama de nube—pino y salió volando.
     
  6. Threadmarks: Buscando el paraíso en un sueño - Capítulo 6
     
    JeshuaMorbus

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    Buscando el paraíso en un sueño (Completa)
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    Capítulo 6: Los Utukku

    One Man One Goal One Misión

    One Heart One Soul Just One Solution

    One Flash of Light yeah One God One Vision

    (“One Vision” Queen)



    —No me importa si este mundo se llama Infierno, Paraíso, Averno, Asgard, Midgard, Valhala, Olimpo, Takamagahara, Fantasía o mundo Digimon... —dijo Amadeo bastante enfadado al ver el bosque en el que se habían introducido —¡pero éste no es nuestro mundo!

    Después de salir del agujero vigilado por los soldados turdetanos, Amadeo, Zoé, Goppler y Ku—Te habían estado vagando por un bosque lleno de árboles que no habían visto nunca, unos árboles que aparentemente eran de climas templados, con bastante hojarasca de un color verde tirando casi a negro, sin llegar a ser tan altos como los olmos (lo que no quitaba que fueran bastante altos) cuyas hojas tenían una forma mezcla de lobulada y aserrada. Su ramaje era abundante pero tenían el aspecto de ser escalables.

    El lugar tenía el aspecto de ser un bosque bastante húmedo, con unas nieblas constantes y bastante oscuridad en general, con un gran número de suaves colinas que daban al lugar un aspecto bastante confuso de ver pues había tantas colinas y todas se parecían tanto unas a otras que era fácil perder la orientación. No parecía haber ningún lugar habitado cerca.

    —Sea lo que sea —dijo Zoé resignándose, —la cuestión es que Anerues acertó con la localización del lugar...

    —¿¡Pero de qué nos sirve si no estamos en casa!?

    —¡Cálmate un poco y piensa en lo que haremos a partir de ahora! No podemos volver atrás por culpa de los soldados así que tendremos que arreglárnoslas solos de momento.

    —Ya lo sé... —refunfuñó Amadeo tragándose sus quejas. —Con tanta nube no seremos capaces de ver la Estrella Polar así que no tenemos más remedio que seguir en línea recta hasta que lleguemos a algún lugar.

    —Como si supieras si en este mundo hay Estrella Polar... —murmuró Zoé algo contrariada por la actitud de su compañero.

    —¿Decías? —preguntó Amadeo poniéndose en marcha.

    —No, nada, que sigamos...



    Después de nueve horas de caminata y un par de descansos, el lugar empezó a oscurecer más aún por lo que los cuatro fueron a buscar un lugar donde pasar la noche. Tras un par de minutos de búsqueda encontraron una piedra plana apoyada sobre una pared rocosa lo bastante resguardada como para poder dormir tranquilos esa noche.

    —¡Aú! —se quejaron las dos personas cuando se sentaron a descansar sus doloridos pies.

    —¡Vamos! —animó Goppler. —¡No es para tanto!

    —Habla por ti, que Amadeo te deja ir encima suyo —comentó Ku—Te, también bastante cansado. —Casi parece que no llegamos a ninguna parte... —dijo con tono preocupado.

    —Tanto da —dijo Amadeo mientras sacaba un poco de comida de su mochila. —Si hay plantas, habrá comida y, mientras esos soldados no nos sigan, estaremos bastante seguros por aquí.

    —¿Pero y si...? —preguntó Zoé preocupada.

    —¿Las criaturas de ese otro mundo? Poco importa lo que hagamos pues si están, no podremos volver por culpa de los soldados aquellos. Hazte a la idea: No podremos escapar.

    Tras esta última frase, Zoé se abrazó con gesto preocupado a Ku—Te y Amadeo, dándose cuenta de lo que acababa de decir, se apresuró a añadir:

    —¡Pero no nos hemos encontrado nada en todo el tiempo que hemos estado aquí! ¡Tranquilízate! No hay de qué preocuparse aún.

    Zoé asintió pero no dejó su expresión triste.

    —Esto... —dijo Goppler rompiendo el silencio. —Hará falta que vayamos a por algo de leña para hacer un poco de fuego antes de que oscurezca más.

    —Tienes razón —dijo Amadeo mientras se levantaba con lentitud. —Vosotros quedaros aquí.



    —¡Maldito Anerues! —se dijo Amadeo mientras buscaba leña. —¡Maldito Anerues y sus rarezas! ¡Maldito...!

    —¿Qué te pasa? —preguntó Goppler extrañada de ver a su persona murmurar tanto.

    —Nada... —dijo Amadeo tranquilizándose. —Sólo intento culpar a Anerues de lo que nos está pasando... ¡Ahg! ¿¡Por qué tuve que hacerle caso!? ¡Al final toda la culpa es sólo mía!

    —No te castigues así. Imagina lo que pensará él cuando se enteré de que nos ha enviado a un mal lugar. Aunque... —añadió con preocupación.

    —Da igual que venga a buscarnos o no, al fin de al cabo todo lo que hace depende de lo que sueña y, si no sueña con esto, sólo podemos acabar pensando en como vivir el resto de nuestras vidas aquí...

    Nada más terminar la frase, Amadeo empezó a pensar con tristeza en su casa, en el internado, en sus compañeros del gimnasio, en sus estudios, en su hermana Luana y, ante todo y sobre todo, en sus queridos padres. No pudo dejar de llorar un poco movido por la melancolía que le estaba dominando pero al poco de empezar, dejó las lágrimas a un lado y se concentró en su tarea.



    —¡Dios...! —murmuró Zoé. —Jamás habría pensado que lo acabaría diciendo pero, por primera vez en mi vida, hecho de menos a mis padres...

    —¿En serio? —preguntó Ku—Te sorprendido.

    —Serán odiosos y todo lo que quieras pero... —Zoé pensó seriamente lo que iba a decir y al poco espetó: —ni de broma... esos dos no se preocupan por mí ni de broma —Zoé soltó a Ku—Te y empezó a acariciarle suavemente. —Quizá haya tenido más suerte de la que pienso que tengo... Otro mundo, un lugar al que ellos no pueden llegar a mí ni controlarme a su antojo... —Zoé rió. —¡Quizá se está cumpliendo mi mayor deseo! ¿¡Quién sabe!?

    Dicho esto se formó un opresivo silencio en el bosque, un silencio que atenazaba la mente de una atormentada Zoé.

    —No... —dijo ella en un susurro. —Yo... tengo miedo... miedo de lo que me vaya a pasar... miedo de lo que te pase a ti... de lo que le pase a los demás... —Zoé empezó a llorar. —¡Ahg! ¿¡Esto qué es!? ¿¡Una bendición o una maldición!? ¿¡Por qué los sueños de Anerues nos han traído hasta aquí!? ¿¡Por qué...!?

    —No te preocupes —dijo Ku—Te. —Yo nunca te abandonaré y nunca estarás sola, así no tendrás miedo nunca más. Yo espantaré a todo aquel al que se le ocurra hacerte el más mínimo daño ¡Lo juro!

    Zoé, algo más animada, se abrazó a su daimonion como si fuera una niña en busca de protección.



    Al día siguiente, después de un frugal desayuno, se volvieron a poner en marcha por ese oscuro bosque. Durante más de dos horas estuvieron andando en la misma dirección pero en todo ese tiempo no encontraron señal alguna de civilización.

    —Ya no sabemos ni a dónde vamos... —se quejó Zoé. —¿De qué nos sirve seguir por aquí si...? —Zoé dejó de hablar de repente.

    —¿Qué pasa? —preguntó Amadeo al ver a Zoé interrumpirse de esa manera.

    —¿No lo habéis oído? Me parece haber escuchado un grito venir de allí —dijo señalando un claro cercano. —¡Quizá por fin hayamos encontrado a alguien! —dijo esperanzada mientras se lanzaba a comprobar el lugar siendo seguida por Amadeo. Sin embargo, lo que allí se vio fue algo muy distinto de lo que se esperaba encontrar: El lugar estaba sembrado de varias decenas de cadáveres, tanto de hombres, vestidos con corazas y gualdrapas, como de caballos. Todo tenía la apariencia de una sangrienta batalla medieval ocurrida hacía poco tiempo.

    —¿Qué es esto? —preguntó Zoé asustada.

    —Una masacre —dijo Amadeo mucho más tranquilo que ella, observando los cadáveres con frialdad. —Si todos estos están muertos, mejor que sigamos nuestro camino. Esto no nos incumbe. Al menos sabemos que el lugar está habitado...

    Zoé no pudo discutirle la sugerencia, así que se dirigió de nuevo hacia el bosque pero de repente, gritó.

    —¿¡Qué pasa!? —preguntó Amadeo acercándose rápidamente hacia ella.

    —¡Éste! —exclamó ella arrodillándose hacia un cadáver postrado. —¡Éste sigue vivo! Me ha agarrado de la pierna cuando nos íbamos.

    Zoé le dio la vuelta con cuidado y contempló el lamentable estado del hombre.

    —¡Buf! —se quejó Amadeo al verle las heridas. —Lo han acuchillado a gusto.

    El moribundo estaba recorrido por una gran cantidad de heridas de arma blanca: Tenía el brazo derecho con un corte de apariencia profunda, la mano izquierda acuchillada, una herida punzante en la pierna izquierda y, sobre todo, una herida que le había atravesado la coraza a la altura del abdomen.

    —¡Aún tiene pulso claro! —exclamó ella con alegría. —¡Podemos salvarlo!

    —¿Cómo que podemos? ¿Acaso tienes idea de cómo cerrarle todas esas heridas? Por mucho que quieras sanarlo, con sólo quererlo no vas a conseguir nada.

    —¡Pues muriéndose aquí no lo dejo! —dijo ella categóricamente. —Además, si sobrevive podrá decirnos dónde podremos encontrar un camino para llegar a alguna parte.

    —Tú misma —dijo él rehuyendo la discusión y descargando su mochila. —¿Y qué debemos hacer entonces?

    —Lo primero va a ser desinfectarle estas heridas —dijo sacando un pequeño botiquín de su mochila. —Con lo que llevamos encima no creo que baste... Haz un fuego y trae agua de aquel riachuelo para ponerla a calentar... ¡Vamos, rápido! ¡Que se nos muere!

    Amadeo la obedeció, y después de buscar algún recipiente y traer agua, hizo un fuego lo más rápidamente posible. Durante el rato que Amadeo hizo todo esto, Zoé le había quitado la armadura al hombre y le había empezado a limpiar las heridas con un poco de agua oxigenada cosa a la que reaccionó el hombre.

    —Si encuentras algo de licor por ahí, tráelo —dijo ella al rato. —Lo que menos puede ayudarnos es que se nos despierte mientras le cosa las heridas. Podrían abrírsele o podría empezar a sangrar más.

    Amadeo dejó un par de cantimploras de lo que parecía vino al lado de Zoé para volver con su trabajo de desinfectar los instrumentos que iban a usar en un momento.

    Zoé le dio de beber al hombre y éste lo hizo ávidamente, dejándose caer a los pocos segundos, quizá más cansado que borracho.

    —Ku—Te, tú busca algo que pueda servir de leña y dáselo a Amadeo —dijo ella mientras sacaba un par de camisetas de su mochila para hacer vendas. —Si puedes búscale algo que le sirva de cama o que lo eleve un poco.

    Cinco minutos después, el agua ya hervía y Zoé ya había rasgado las camisetas con las que estaba empezando a tapar las heridas del hombre con la ayuda de Amadeo, después de subirlo encima de la lona de una tienda de campaña.

    —Menos mal que está dormido —dijo Amadeo con tranquilidad al ver que perdía menos sangre de la que cabía esperar.

    Zoé le volvió a comprobar el pulso y notó como aún lo tenía bastante claro. Hecho esto, sacó la pequeña caja de costura que se llevaba en todos sus viajes y se acercó al agua hirviente. Una vez allí, después de comprobar que tenía bastante hilo de algodón como para cerrar todas las heridas, lo metió dentro del agua junto a la aguja para desinfectarlos bien y, mientras, se impregnó las manos de agua oxigenada para evitar transmitirle bacterias al herido, hecho lo cual, Amadeo imitó para ayudarla con la operación.

    —Muy bien —susurró ella con voz nerviosa, sacando el hilo y la aguja del agua. —Tú... tan sólo evita que se mueva demasiado —y, dicho esto, se puso manos a la obra.



    Siete horas después, tras una agotadora operación, el herido convalecía apaciblemente mientras sus dos enfermeros velaban por él.

    —Deja de comprobarle el pulso —dijo Amadeo mientras fabricaba una improvisada camilla con una lanza, una alabarda y ropas diversas que había encontrado por el campo de batalla. —No va a mejorar por eso.

    —Pero...

    —Tú ya has cumplido y no sabes qué más hacer. Ahora sólo hay que llevarlo a un lugar donde puedan cuidarlo mejor.

    —Vivirá —animó Goppler. —Estoy segura de ello.

    Zoé sentía unas náuseas terribles por toda la sangre que había tenido que ver. Mientras descansaba un poco de todo lo que había tenido que hacer, observó con detenimiento al hombre: Era un hombre de mediana edad, quizá veinticinco años, con el pelo gris bastante largo, teñido de rojo por la batalla. Sus facciones eran esbeltas pero no parecía ser flaco, aparte de tener la piel muy pálida, quizá por la pérdida de sangre.

    Zoé dejó de observarlo y se echó en la hierba mientras esperaba.

    —¡¡Zoé!! —gritó Ku—Te eufórico al segundo de apoyar ella la cabeza en el suelo. —¡¡Ha despertado!!

    Los cuatro se lanzaron sobre el hombre que estaba abriendo los ojos poco a poco, mientras recuperaba la conciencia.

    —Ahg... —se quejó el hombre. —¿Don... dónde estoy? —preguntó nada más ver a Zoé. —¿Qué ha pasado?

    —Dónde estamos, no lo sé —dijo una tranquilizada Zoé. —Respecto a lo que ha pasado, le encontramos herido y le curamos lo mejor que supimos. Por lo que parece usted es el único superviviente de esta tropa.

    El hombre intentó incorporarse, tarea en la que le ayudó Zoé, y miró a su alrededor. Y nada más ver a Ku—Te, gritó de terror.

    —¿¡Qué es eso!? —gritó espantado.

    —Ku—Te para servirle —dijo el aludido con algo de sorna.

    —Un... un doppelgänger... —dijo el hombre con cara de sorpresa. —¿Sois Nobles? ¿Por qué me habéis salvado si sois Nobles?

    —¿A qué se refiere? —preguntó Amadeo.

    —¡No os hagáis los tontos! ¡Sólo los Nobles tienen doppelgänger!

    —Perdone, pero no le sigo. Nosotros acabamos de llegar aquí y no conseguimos enterarnos bien de lo que está pasando. ¿Podría decirnos qué eso de los Nobles?

    Al ver la expresión confusa de las personas, el hombre pareció dudar.

    —¿Nos podría decir su nombre? —dijo Zoé sonriendo amablemente.

    —Adrian Fahet... —respondió tras un rato de dudas.

    —Pues muy bien, señor Adrian, yo me llamo Zoé y éstos de aquí son Amadeo, Ku—Te y Goppler. Encantada de conocerle —dijo ella sonriendo más si cabe.

    —¿A qué esperáis? —dijo Adrian cejijunto.

    —¿Esperar a qué?

    —¡Si esto es una broma, ya la estáis llevando muy lejos! —gritó furioso. —¡Somos enemigos, maldita sea! ¡Vosotros sois Nobles! ¡Yo soy un utukku! ¡Vuestras leyes os ordenan que me matéis!

    Zoé y Amadeo se miraron extrañados al ver la violenta reacción del hombre.



    Esa noche, después de una larga caminata...

    —¿Pero por qué demonios me ayudáis? —preguntó por enésima vez Adrian desde su camilla.

    —¡Buf! —se quejó Amadeo mientras encendía un fuego para preparar la cena. —Está pesado el chaval ¿¡Acaso quieres que te dejemos aquí abandonado!? Aunque nos lo pidas, no lo haremos. No sería ético. Además, eres la única persona que nos puede decir el camino hacia alguna parte.

    —¿Podría explicarnos qué es lo que pasa por aquí? —preguntó Zoé en tono conciliador. —Aunque no nos crea, nosotros acabamos de llegar aquí hace realmente poco y no sabemos nada de las guerras que hay por aquí.

    Adrian, aún temeroso, se incorporó con cuidado y se apoyó en un árbol para estar más cómodo.

    —¿En serio no sabéis lo que es un utukku? —preguntó Adrian.

    —No —respondieron los cuatro.

    Adrian se llevó la mano a la cabeza, como si aún no se creyera lo que estaba pasando, pero aún así empezó a explicar:

    —Un utukku es... ¿cómo explicároslo? Es un tipo de persona que no es ni Noble ni elato ni dríada. A primera vista, los cuatro somos idénticos: Misma forma, misma capacidad mental, similares tipos de sociedad... Pero todos nos diferenciamos por cosas evidentes: Los Nobles, como vosotros, tenéis doppelgänger, un animal que os sigue siempre a todas partes... porque os siguen a todas partes ¿no?

    —Alguna vez he intentado separarme un poco de Ku—Te —respondió Zoé —pero duele... y mucho.

    —Entonces tú no eres una dríada.

    —¿Una dríada? ¿Una ninfa, quiere decir?

    —No. Es otro tipo de persona... de mujer, cabría decir. Si bien los Nobles llegaron hace relativamente poco, las dríadas siempre han estado ahí. Son gente extraña pues viven aisladas del resto del mundo, ocultas en sus propios asuntos y tienen una personalidad terrible en comparación con cualquier otra mujer. Practican ritos que sólo ellas comprenden, fabrican pociones, vuelan...

    —¿Sobre ramas de Nube—Pino? —interrumpió Amadeo.

    —No, sobre cualquier tipo de rama ¿Habéis visto alguna en vuestra vida?

    —Tal como las describe, casi parece que está hablando de las brujas del lugar del que acabamos de salir.

    —¿Son capaces de separarse de sus doppelgänger?

    —O eso o no los tienen. No recuerdo haber visto a ninguna con daimonion.

    —Entonces deben ser lo que yo conozco como dríadas.

    —Entonces —dijo Zoé —Nobles: Tienen daimonion y no pueden separase de él; dríadas: Tienen daimonion y pueden separarse de él; ¿elatos?

    —Son personas sin doppelgänger.

    —Entonces son personas normales... ¿Y un utukku qué es? Llevamos dándole vueltas a esa pregunta todo el santo día.

    —Esto será un poco complicado... los utukku éramos una raza de seres solitaria y errante. A pesar de vivir la mayoría en bosques y en montañas, casi aislados, manteníamos excelentes relaciones con los elatos pues gracias a esa colaboración, nosotros podíamos alimentarnos y ellos recibían todo nuestro apoyo. Pero hace cosa así de doscientos cincuenta años, aparecieron los Nobles.

    —¿Entonces no vivían aquí desde el principio?

    —No... la verdad es que nadie tiene la menor idea de dónde salieron los Nobles, casi parece que surgieron de la nada... Todo lo que se sabe de ellos es que venían acompañados de doppelgänger de una manera similar a la de las dríadas, que hablaban un idioma que sólo se habla allá a lo lejos, en el lejano occidente y que intentaban promulgar las enseñanzas de la Autoridad.

    —Entonces eran cristianos —dijo Zoé. —¿A ver si lo adivino? Por razón de que no creíais en su religión empezaron a perseguiros para llevaros a la hoguera, ¿verdad?

    —Pues no adivinas: Eso sólo lo hacen con los elatos. A los utukku los matan sólo por ser utukku. Apoyaron su pretensión en que nosotros éramos una raza diabólica, que traía el caos y la enfermedad a este mundo tan sólo por nuestra “forma antinatural” de comportarnos.

    —¿A qué se referían con “antinatural”?

    —Pues... mira esto —dijo él pasándole una de las cantimploras que se había llevado del campo de batalla. —Una imagen vale más que mil palabras.

    Zoé, algo extrañada, destapó la cantimplora, olió el líquido que tenía dentro y apartó la nariz al instante.

    —¿Qué pasa? —preguntó Amadeo.

    —No... no estoy muy segura. Huélelo tú, a ver si es lo que creo qué es.

    Amadeo cogió el recipiente y lo olisqueó inseguro para acabar reaccionando igual que su compañera. Ese olor lo había olido durante un largo rato allá en el claro donde encontraron a Adrian pues era...

    —...¿Sangre? —preguntó Amadeo dubitativo. —¿Tú bebes esto?

    —No lo bebo, lo necesito para vivir —respondió Adrian como si tal cosa. —Si no lo hiciera palidecería, adelgazaría de manera horrible, me cansaría por nada, mi cuerpo rechazaría la comida y acabaría por morir de mhenasaura.

    —¿Mena—qué?

    —Mhenasaura o asfixia de sangre, como la llaman los vuestros. En fin, ¿ahora qué pensáis de mí?

    Amadeo y Zoé se cruzaron miradas dudosas pero al rato, tanto ellos como sus daimonions estallaron en carcajadas sin contenerse.

    —¿Pero qué os pasa? —preguntó Adrian con expresión confusa.

    Los cuatro siguieron riéndose hasta que, un buen rato después, Amadeo pudiera contestar:

    —Mire, señor Adrian: Después de pasar por un mundo de monstruos come—almas y por otro lleno de brujas y bestias del abismo que te despezaban en menos que cantaba un gallo ¿cree usted, en serio, que un simple vampiro, que es el ser más civilizado que nos hemos encontrado en casi una semana, nos va a espantar? ¡’Enga ya!

    —¿De qué estás hablando? —preguntó Adrian más confuso aún.

    —En fin, esto empezó hace ya unos cuantos días... —empezó a relatar Amadeo.



    Y así, mientras cenaban, Amadeo, Zoé, Goppler y Ku—Se te relevaron para contar toda la odisea que había tenido que pasar para llegar hasta ese lugar ante la atónita mirada de Adrian. Cuando ya era más de medianoche, terminaron su relato y se fueron a dormir dejando a un incrédulo Adrian dudando como nunca había dudado.

    Al alba, después de limpiar las heridas del convaleciente, se volvieron a poner en marcha siguiendo las indicaciones del lugareño.

    —Parece que lo ha asimilado bastante bien —dijo Amadeo al cabo de un rato de marcha.

    —No creas... —respondió el aludido. —A mí, todo eso que me habéis contado no me parece más que una absurda patraña. En todo caso me fío de vosotros.

    —Por mí, piense lo que quiera: Es la verdad y no va a dejar de serlo por mucho que queramos. ¿Falta mucho para llegar a... a dónde sea?

    —Si seguimos por aquí llegaremos al Rat Chalyben en cosa de seis o siete nemgas. ¿No tenéis miedo?

    —¿De qué?

    —Vamos, aunque sea cierto lo que me contáis, seguís teniendo todo el aspecto de ser Nobles. Os masacrarán antes de que podáis hacer nada.

    —¿Incluso si nos ven traerle a usted?

    —Mucho me temo que sí. Desde que estamos en guerra con los Nobles no nos andamos con chiquitas ni nos fiamos de nadie.

    —¿No hay alguna manera de que podamos llegar para, al menos, dejarle allí? —preguntó Zoé.

    —No... —Adrian calló y se puso pensativo —bueno, quizá sí pero si con eso los míos no os dejan entrar, no podréis ir con los Nobles si no queréis que os maten.

    —¿Qué hay que hacer?

    —Tu doppelgänger es este pequeño, ¿no, Amadeo?

    —¡Me llamo Goppler! —exclamó ella enfadada.

    —Sí ¿Por qué? —respondió Amadeo.

    —Si en serio quieres que los guardianes de Chalyben respeten temporalmente tu vida, deberías ocultar a Goppler en tu bolsa y evitar en todo lo posible que la vean.

    —Eso no es difícil —dijo Goppler con voz altiva.

    —Además de eso tendrás que dejar que te marque.

    —¿Quiere decir... morderme?

    —Eso es. A pesar de estar en guerra, hay elatos que prefieren vivir con nosotros. Todos ellos, al beber nosotros su sangre, tienen una marca característica en el brazo que indica que alguna vez nos han dado de comer. Si te ven con esa marca, los guardianes se fiarán de ti, siempre y cuando no te vean a Goppler.

    Amadeo se paró, dejó la camilla en el suelo y se arrodilló junto a Adrian, dándole el brazo derecho.

    —¿En serio sabes lo que estás haciendo? —preguntó Adrian algo sorprendido por la naturalidad en la forma de comportarse de Amadeo. —Si, a pesar de poder dejarme allí, no te dejan entrar, no podrás volver con los Nobles: Ellos matan a todo ser marcado y después lo queman en la hoguera.

    —Ya me inventaré alguna excusa —dijo Amadeo con decisión descubriéndose el brazo derecho. —Haz lo que tengas que hacer.

    Adrian algo extrañado, así lo hizo: Abrió ampliamente su boca y la acercó al antebrazo de Amadeo.

    —Ya está —dijo Adrian a los pocos segundos.

    Amadeo se miró el brazo y vio un pequeño corte de forma alargada del que brotaba un abundante reguerillo de sangre.

    —Apenas lo he notado —dijo Amadeo sorprendido al ver la limpieza de la operación..

    —Los utukku llevamos haciendo esto desde el principio de los tiempos —dijo Adrian con modestia. —Sabemos que el dolor espanta a todo aquel al que mordemos así que hacemos lo posible para que no duela.

    —En fin, lo hecho, hecho está —dijo Amadeo mientras se tapaba la herida con un pañuelo. —Mejor que sigamos adelante.



    Seis horas después, después de un agotador viaje, el grupo avistó lo que parecía un campamento empalizado en la falda de una montaña rocosa.

    —Tú quédate aquí —dijo Adrian a Zoé. —Tú no tienes marca así que si las cosas van mal, aún tendrás una oportunidad para ir con los Nobles y sobrevivir. Si todo va bien, conseguiré algo de tiempo para explicar quiénes sois y hacer que os podáis alojar aquí. Lo único que puedo prometeros es que acabéis saliendo vivos de este lugar.

    Dicho esto, Amadeo ayudó a levantarse a Adrian y, sirviéndole de apoyo, le ayudó a ir caminando al campamento, con Goppler en la mochila. Después de caminar unos seiscientos metros se escuchó una voz entre los árboles:

    —¿¡Amigo o enemigo!? ¡Responde o muere!

    —Soy el Aruco —respondió Adrian mirando a uno de los árboles. —¿Te importaría ayudarme, Trevor?

    —¿¡El Aruco!? —exclamó el del árbol bajando al instante. —¡Dioses! ¡Sigues vivo! Pero... ¡¡Gente!! —gritó llamando al campamento. —¡¡El rey ha vuelto!! ¡¡Llamad a un médico!!

    —¿Rey? —preguntó Amadeo sorprendido.

    —Ya te lo explicare más tarde —dijo Adrian sonriendo.

    Mientras llegaba gente a ver lo que ocurría, Trevor, un arquero de avanzada edad pero con un aspecto físico inmejorable, ayudó a Amadeo a llevar a Adrian hacia el campamento.

    —¿Se puede saber qué os ha pasado, majestad? —preguntó Trevor nada más ver su lamentable estado. —¿Y quién eres tú? —preguntó a Amadeo.

    —Este joven, de nombre Amadeo, me recogió del campo de batalla, me curó las heridas y me ha traído hasta aquí. Si no fuera por él ya no estaría en este mundo.

    Al rato llegaron más soldados que se llevaron a Adrian en volandas.

    —Trevor, llévale a una habitación, espera mis órdenes y ante todo, no le contravengas —ordenó el rey antes de desaparecer dentro de una cabaña. —¡En nada! —apuntilló desde dentro.



    —Disculpa que te haya hecho esperar —dijo Adrian un par de horas después recostado en la cama de su habitación. Éste se encontraba en una cama muy cómoda para el lugar en el que estaba. Sentados alrededor suyo estaban una mujer, un niño, Trevor y un médico. —Te presento a mi esposa Remiria y a mi hijo Richard.

    Amadeo hizo un ademán de saludo pero tanto mujer como hijo le miraron mal y giraron la cabeza altivamente.

    —Discúlpales —dijo Adrian viendo la expresión de Amadeo. —Ya les he contado lo de Goppler y...

    —¡Que se marche! —gritó Remiria levantándose roja de ira. —¡Tú no eres más que un espía de los Nobles!

    —¡Remiria! —exclamó Adrian algo enfadado por la interrupción.

    La aludida no pudo hacer otra cosa más que sentarse y tragarse sus quejas.

    —Ya te dije que por aquí no se iba a tolerar tu presencia —continuó Adrian. —Si ni tan siquiera soy capaz de convencer a mi propia esposa de tus buenas intenciones, ¿cómo crees que podré convencer a todo el Rat?

    —Majestad —dijo Trevor, —entiendo que os sintáis en deuda con este Noble por salvaros la vida y que por ello le hayáis dejado pasar perdonándole la vida... yo habría hecho lo mismo, pero aún así no hay razón alguna para que le dejemos quedarse aquí. Podría ser un espía.

    —Trevor... tú que llevas luchando en esta guerra desde hace más de tres décadas... ¿Cómo reaccionan todos los Nobles al ser marcados?

    —¿Queréis que lo marque? —preguntó el aludido con sorna. —Siempre me chifla ver como se ponen a llorar esos cobardes cada vez que los marcamos ¡Dioses! ¡Si hasta se mean encima cuando se lo hacemos!

    —Amadeo... —dijo Adrian mirando a Amadeo.

    Éste entendió el gesto por lo que se descubrió el brazo.

    —¿¡Pero qué demonios...!? —exclamaron Remiria y Trevor al mismo tiempo.

    —Sí, es una marca de mis propios colmillos —dijo Adrian. —Y te puedo asegurar que es la primera vez que veo a un Noble como él: No se negó en absoluto a que lo marcara, compartió su comida conmigo, me cuidó como el Gran Ser, no me trató con desprecio sino como si no me conociera de nada... ¡si incluso le dije mi nombre y como si nada! ¡Este Noble de aquí ni siquiera sabía que estábamos en guerra!

    —¡Es una treta! —volvió a interrumpir Remiria. —¡Sabes perfectamente cómo son los Nobles! ¡Cuando le des la espalda te matará!

    —Si hubiera querido matarme, le habría bastado con dejarme en el campo de batalla... no... en serio, él no sabía nada de nada —Adrian hizo una pausa pensando algo —bueno... sí que sabe algo: Sabe de dónde surgieron los Nobles.

    —Esto... —dijo Amadeo inseguro. —No quisiera contradecirle pero... yo sólo sé de dónde vengo yo.

    —Con lo que me contaste me basta para hacer alguna conjetura.

    —Majestad —dijo Trevor algo confuso por las declaraciones de su rey. —¿Estáis seguro de lo que implica lo que queréis hacer? No habrá utukku que acepte a un Noble en nuestras filas.

    —Pero tampoco habrá Noble que acepte a un marcado en las suyas así que seguimos en las mismas. Ahora Amadeo no pertenece a ninguna parte por lo que podremos integrarlo en nuestro pueblo sin problema alguno.

    —Pero...

    —“Yo seré tu amigo si tú deseas ser mi amigo” dijo el Gran Ser. Eso se aplica a utukkus, elatos y dríadas. Él me ha respetado y me ha salvado la vida, no ha dado señal alguna de hostilidad hacia mí y me ha tratado como a un semejante. No puedo negarme a su petición aunque sea temporalmente si hizo tal cosa.

    —¿Y qué hará aquí? Sigo diciendo que no es más que un espía.

    —¿Tan lejos de Tricápita? ¡Vamos, Trevor! Jamás has visto a un Noble a más de cien leguas de Tricápita y ahora sé por qué.

    —¿Por qué, majestad?

    —Ahí está tu tarea: Tendrás que escoltar a Amadeo hasta el lugar por el que llegó a este lugar. Entonces entenderás el por qué del miedo de los Nobles a alejarse de Tricápita y, ya de paso, lo tendrás bien vigilado. Así todos contentos.

    —Esto... —dijo Amadeo dudando. —No es que no sepa dónde esta ese lugar, podría reconocerlo con sólo verlo, es que casi no recuerdo el camino.

    —No hay problema —dijo Adrian. —Trevor es el mejor explorador de toda la región de Arseal. Se conoce todo este enorme bosque como la palma de su mano.

    —...y también está el asunto de Zoé.

    —Tienes razón...

    —¿Qué es Zoé? —preguntó Remiria.

    —Otra Noble que también me ayudó en todo esto. Fue la que me cosió las heridas.

    —Un trabajo bastante chapucero —comentó el médico mirando las heridas de su rey, —pero no está nada mal para pasar el mal trago. Aún no sé como no os habéis muerto por una infección.

    —Te lo explicará ella cuando llegue.

    —¿¡Vas a permitir que otra Noble entre en Chalyben!? —exclamó Remiria por enésima vez. —¿Es que te has vuelto loco?

    —Mirémoslo de otro modo si tan poco te fías de ella: Yo le debo mi vida así que le dejaré que se hospede aquí pero si resultara ser una espía como dices o si Amadeo me traicionara, rodará su cabeza.

    Amadeo notó un salto en su corazón. ¿Cómo podía estar hablando tan fríamente de la pena de muerte?

    —Pero no creo que necesite hacerlo porque tengo plena confianza en que tanto él como ella se comportarán como deben.

    —...haz lo que te venga en gana —masculló Remiria —pero ya sabes lo que pasará cuando el resto del Rat la descubra.

    —Sencillamente, démosle tiempo al tiempo. De momento, dejemos descansar a estos dos dentro del Rat. Amadeo, Trevor, id a buscar a Zoé, yo me encargaré de informar al Rat.
     
  7. Threadmarks: Buscando el paraíso en un sueño - Capítulo 7
     
    JeshuaMorbus

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    Buscando el paraíso en un sueño (Completa)
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    Capítulo 7: El otro hombre


    Please, help me, or kill me

    But don’t bury my soul

    I’m dreaming, I’m screaming

    Full of grief

    I’ll be condemned without mercy,

    Without a song

    But I’ve a nice hope.

    (“In the heart of the stone” Dark Moor)


    Mientras el furioso río arrasaba lo poco que quedaba de Oasis, dos daimonions, un cuervo y una urraca, lo sobrevolaban en dirección a la colonia.

    —¿Me podrías explicar de que va todo esto? —preguntó la urraca un rato después de dejar Oasis atrás. —¿Qué es eso del “Otro Hombre”?

    —Sería muy complicado de explicar ahora... Si logramos encontrarlo quizá podamos entender todo este asunto, tanto tú como yo.

    —Pensaba que ya lo habíais olvidado...

    —Ni ella ni yo nos hemos olvidado jamás de eso y seguimos estando tan confusos como al principio. No sabemos qué es lo que hará ni como lo hará pero la cuestión es que María ha encontrado a alguien que podría ser ese “Otro Hombre”.

    La urraca calló, sabiéndose incapaz de sacarle nada más al cuervo.



    —¡Demonios! —exclamó la urraca al ver el estado de la colonia desde las alturas. —Había oído que había gente pero...

    —Cierra el pico —susurró el cuervo. —Lo que menos puede ayudarnos ahora es que nos ametrallen vivos por llamar demasiado la atención.

    Ambos daimonions empezaron el descenso para ir en búsqueda de información.

    —¿Tenemos que ir a por ese imbécil otra vez? —preguntó la urraca desagradada mientras oteaba el lugar.

    —Será un imbécil sacacuartos, pero no deja de ser un hombre de palabra... Su tienda ha sido requisada... ¿dónde demonios estará?

    —Mira allá —dijo la urraca señalando las afueras del pueblo.

    El cuervo se giró y vio una carpa algo separada de las tiendas de campaña militares. Fuera de esa carpa estaba John Srubak acariciando tranquilamente a Amgip con todo el aspecto de tener una depresión de caballo. Los daimonions se dirigieron de inmediato hacia la tienda y al poco aterrizaron enfrente del comerciante.

    —Dichosos los ojos... —dijo Amgip, tan desanimada como su persona. —¿Qué les trae por aquí, señores?

    —Buenas —saludó campechanamente el cuervo. —Necesitamos...

    —¿Y quién no necesita algo? —se quejó John. —¿Qué queréis? Decídmelo, quitádmelo y marchaos. Hoy no estoy para bromas.

    —Disculpadle —se apresuró a implorar Amgip. —La Guardia Suiza le ha quitado todo lo que le costó más de quince años conseguir en menos de un día y... En fin, que si necesitáis algo, preguntadme a mí.

    —Necesitamos saber un par de cosas sobre unas cuantas personas que habían llegado hacía poco a Oasis.

    Amgip hizo un poco de memoria y al segundo respondió:

    —Sí, algo sabemos. ¿Cómo olvidarnos de aquel pedazo de mastodonte con plumas?

    —Necesitamos saber a dónde ha ido a parar ese grupo.

    —No sabemos mucho. Sólo recuerdo que una vez los dejamos en Lockville, todos ellos se marcharon al poco en busca de yo que sé.

    —¿Nada más?

    —Yo oí algo de que iban a volver a reunirse allí en unos días —dijo John algo más cooperativo. —Ya ha pasado más de semana y pico así que no sé donde estarán. Si queréis saber algo más, deberíais ir a Lockville y preguntar allí mismo. Seguro que queda alguno de Oasis por allí. Y ahora que lo sabéis, largo —dijo con tono borde. —No me gusta que me vean en esta situación...

    —Gracias por su ayuda —dijeron el cuervo y la urraca al mismo tiempo, desplegando las alas y haciendo una reverencia. —Si podemos, le ayu...

    —¡Largo! —gritó John interrumpiéndoles, ya bastante irritado.

    Ambos daimonions levantaron el vuelo y se marcharon rápidamente hacia el este.

    —¿Siempre tiene que ser así? —preguntó la urraca.

    —Déjalo. No tiene otra manera de sobrellevar sus penas que comportándose como un viejo cascarrabias. De todas maneras, siempre nos ha ayudado a María y a mí en mayor o menor medida.

    La urraca no siguió hablando y ambos continuaron su viaje.



    Un par de horas más tarde, los pájaros llegaron a Lockville. Como el lugar estaba situado en lo alto de una colina, había podido librarse de la riada que estaba arrasando la falda de la misma aunque, sin embargo, había aislado totalmente el pueblo.

    Una vez sobre el pueblo, se dirigieron a una de las casas del lugar, una casa que ya habían visitado más de una vez. Allí, después de comprobar que había gente en la casa, picotearon el cristal de una de las ventanas para llamar la atención. A los pocos segundos, la señora Rospetin abrió la ventana y les dejó pasar.

    —¡Saludos, Dor y Jacob! —preguntó la señora Rospetin tan efusivamente como siempre. —¿Hace cuanto que no nos vemos?

    —Buenas tardes, señora —saludó Jacob inclinándose. —Diría que ya han pasado más de siete meses desde la última vez ¿Qué tal le va?

    —No demasiado mal —dijo ella sentándose y acariciando a Shuu. —He encontrado otro trabajo de matrona. Ya ves, primero mi hijo, luego Thomas y... en fin, que te voy a contar que no sepas ya. ¿A qué habéis venido? Tiene que ser importante después de ver el despliegue que han efectuado las brujas.

    —Si, alguna importancia tiene... ¿Nos podría decir dónde se encuentran ahora mismo aquellos que llegaron hacía poco a Oasis?

    —Te refieres a Jack, Anerues y compañía, ¿no? Sé que volvieron hace ya algún tiempo pero no estuve presente... Creo que Mía les recibió nada más se enteró que habían vuelto. Quizá ella sepa algo ¿Me esperáis un momento y voy a buscarla?

    Jacob no se negó y al momento, la señora Rospetin ya estaba fuera.

    —Al final todo esto va a llevar para rato... —dijo Dor.

    —Nadie dijo que iba a ser un trabajo corto —dijo Jacob. —Aunque es gracioso lo que hay que llegar a hacer para tan sólo saber una palabra.

    A los cinco minutos la señora Rospetin volvió con Mía.

    —Buenos días, Jacob —saludó Mía nada más ver a los daimonions. —¿Qué es eso que querías preguntarme?

    —Necesitaríamos saber a dónde fue el grupo de Jack.

    —Ah, sí... Volvieron hace cosa de cuatro días aunque sólo Anerues y Jack. Como Zoé no estaba me desinteresé un poco de lo que les pasaba pero aún así escuché algo de que iban a ir a un lugar llamado Sha—Mo o algo así.

    —¿¡Sha—Mo!? —gritaron los pájaros.

    —¿Estás completamente segura de que dijeron eso? —preguntó Dor.

    —Déjame recordar... Primero se encontraron con Lou, después comentaron no sé que cosas sobre un “abismo” y...

    —No hace falta que sigas —dijo Jacob muy sorprendido.

    —¿Qué os pasa? Parecéis turbados.

    —...no... no pasa nada... ¿No sabríais algo más sobre ellos? Algún detalle extraño, comportamientos raros...

    —¿Cosas raras, preguntas tú? —preguntó la señora Rospetin. —Ya es bastante extraño que tengan que buscar un camino de vuelta a casa.

    —¿Perdón?

    —Señora, que no saben nada —dijo Mía.

    —¡Oh! Se me había olvidado —dijo riéndose un poco. —¿Os acordáis del gran agujero del norte? Pues esos cinco decían que habían llegado de un agujero como ése y que ahora están buscando otro para volver a su mundo

    —¿Entonces conocen el camino? —preguntó Dor.

    —Esto os sonará más extraño: Uno de ellos, Anerues, dice que es capaz de encontrar los agujeros buscándolos en sueños ¡Je! Gente bien rara la de ese mundo.

    —Ya veo... —dijo Jacob asimilando todo lo que había oído. —¿Sabríais decirme el último lugar al que se dirigieron?

    —De eso no llegué a enterarme pero sé que su guía les llevó a algún lugar al este de este pueblo, quizá Kediklon, dejando a Lou atrás bajo el cuidado de el padre Adam hasta que volvieran. Espero que esto os sirva de ayuda.

    —Sí... Muchas gracias por vuestra ayuda —dijo Jacob inclinándose torpemente. —Ahora debemos marchar —dijo con apariencia de llevar prisa. —¡Hasta más ver!

    Y echó a volar, siendo seguido por Dor.



    Al día siguiente, después de hacer algunas preguntas en Kediklon, Dor y Jacob se encontraban siguiendo la pista del trineo de Norberto.

    —¿Pero qué demonios pretenden hacer esos dos? —preguntó Jacob realmente nervioso. —¡Demonios! ¡El Sha—Mo es el último lugar al que desearía volver!

    —Tranquilízate un poco —dijo Dor mucho más tranquilo. —Seguramente no tienen ni idea de hacia dónde se dirigen y cuando lleguen, sencillamente no seguirán con su camino. No conozco a persona normal que haya podido aguantar semejante viaje y, aunque sean de otro mundo, dudo mucho que sus daimonions toleren el lugar.

    Jacob y Dor estaban sobrevolando el bosque al este de Lockville en busca de Norberto, que, tras dejar a Anerues y a Jack en Kediklon, se había ido a cazar.

    —¿Entonces es a ese tal Anerues a quien buscamos? —preguntó Dor.

    —Sí y, más o menos empiezo a entender por qué María dijo que él podría ser el Otro Hombre.

    —Si fue capaz de usar magia de bruja, muy normal no debe de ser... —Dor calló al ver que ya veía al grupo de Norberto, un trío de trineos. —Ahí está nuestro hombre.

    Los daimonions descendieron lo más rápidamente posible y aterrizaron sobre el trineo en cabeza.

    —¿Qué demonios...? —preguntó su musher.

    —¿Podrían parar un momento, por favor? —preguntó Jacob.

    Los tres del grupo obedecieron la petición y pararon inmediatamente.

    —Daimonions de bruja... —dijo Norberto quitándose el embozo que lo protegía del frío. —¿Venís por lo de la señora Kirisame? Si se ha muerto no ha sido culpa mía, fue ella la que se marchó sin previo aviso...

    —Todo lo contrario —dijo Jacob medio riéndose. —María se encuentra perfectamente y, es más, le agradece mucho su ayuda. Veníamos por algo de información sobre las personas que llevaba con usted entonces. ¿Sabría decirnos a dónde se dirigieron nada más los dejó en Kediklon?

    Norberto hizo memoria y al poco respondió:

    —Exactamente no sé a dónde se dirigieron. Sólo sé que nada más llegar a Kediklon, Anerues dijo que necesitaban encontrar a Olaf, un viejo medio loco que vive en una cabaña algo separada del pueblo. Si queréis saber algo sobre esos dos, él sabrá más que yo. Lo reconoceréis por su daimonion: Es una carpa.

    —¿Nada más?

    —Yo no controlo la vida de mis clientes. Ahora, si no os importa, debo seguir mi camino.

    —No se lo recomendaría —dijo Dor. —Si sigue por aquí lo más probable es que se encuentre con un par de corrimientos de tierra.

    —Si fuera usted, me dirigiría hacia el sur e intentaría cazar allí —dijo Jacob. —Si sigue, no encontrará otra cosa que no sea la muerte. Tenga este consejo como una parte de la recompensa que le concede María Kirisame por su ayuda.

    Dicho esto, los pájaros remontaron el vuelo.



    —El agujerajo ese ya me está empezando a mosquear —dijo Jacob mirando los estragos del calor que procedía del mismo. —Menos mal que Alisa se huele las catástrofes.

    —Sí. Gracias a eso los de Oasis siguen vivos. ¿Faltará mucho para llegar?

    —Pues... —Jacob enmudeció al ver que la cabaña que buscaban se había derrumbado bajo una avalancha de barro. Alrededor suya se había algunas personas contemplando el suceso.

    Los daimonions descendieron y se pusieron delante de la muchedumbre.

    —Disculpe, ¿sabe si el viejo Olaf estaba dentro de la casa? —preguntó Jacob a la persona más cercana.

    El hombre se asustó un poco al escuchar a Jacob pero, al ver que era un daimonion de bruja, respondió más tranquilamente:

    —No, por suerte para él, no. ¡Por la Autoridad! ¡Para una vez que sale de su casa y se la destruyen!

    —¿Dónde se encuentra ahora?

    —¿Olaf? Creo que aún estará en el pueblo preparándose para un viaje. Creo que cogerá el próximo barco hacia el sur así que, si queréis verlo, deberéis daros prisa.

    Jacob agradeció la información y despegó de vuelta a Kediklon.

    —A ti te mosqueará el agujero —dijo Dor —pero a mí ya me está empezando a mosquear que tengamos que dar tantas vueltas para encontrar a ese par.

    —Paciencia... —respondió el cuervo.

    Jacob y Dor no tardaron en llegar al río. En el embarcadero del pueblo se encontraron con unas cuatro personas cargando un vapor mientras una quinta persona contemplaba la operación con una pecera en las manos.

    —Buenos días —saludó Jacob aterrizando delante del hombre de la pecera. —¿Es usted el señor Olaf?

    —Vaya, vaya... Esto es lo último que esperaba encontrarme en estos momentos...—dijo el anciano. —Sí, soy Olaf ¿Qué quieren de mí, señores?

    —Queríamos preguntarle algo sobre un chico llamado Anerues...

    —¿Era a vosotros a quién tenía que esperar? —interrumpió Olaf.

    —¿Cómo?

    —Antes de marchar, Anerues me dejó esta carta para vosotros —dijo sacando un sobre. —Me dijo que se la diera a quién preguntara por él.

    —Ábrala y déjeme ver.

    Olaf hizo lo indicado y dejó la carta en el suelo. En ella rezaba así:


    “Mi nombre es Anerues y... bueno, no sé cómo empezar a escribir esto... Decir que todo esto lo escribo porque un sueño me indicó que lo hiciera no es muy lógico, pero Dijuana me asegura que es esto lo que tengo que hacer.

    Mi sueño me indicó claramente (al menos es eso lo que me dijo Dijuana) que debía indicarle a la “dama” que me seguía (no sé si usted es un hombre pero en mi sueño usted era una mujer, así que no se ofenda) a dónde me dirijo en este momento. Mi destino en este momento es la aldea de Daski, en el borde del desierto de Sha—Mo. No sé si en ese lugar habrá un camino a mi casa pero es el lugar al que mis sueños me han estado indicando constantemente que vaya y después de lo de la partida... No sé lo que me esperará allí pero estoy seguro de que tendrá algo de importancia para mi viaje.

    Dicho esto, espero que esta carta le llegue a alguien y que a ese alguien le resulte útil esta información.”



    Se despiden Anerues Altro González y Dijuana.



    P. D.: ¿Qué es Bolvangar? En mi sueño la “dama” comentó a lo lejos: “Hagas lo que hagas y pase lo que te pase, llega al segundo anillo de ese Infierno llamado Bolvangar y descubre la verdad. Una vez la descubras, haz lo que debas...”


    —¿Bolvangar? —se preguntó Jacob al leer el final de la carta. Sabía que ese nombre lo había oído mencionar en alguna parte pero en ese momento no era capaz de recordarlo. Decidió dejar ese tema para más tarde y preguntó: —¿Sabe usted a qué se refiere con esto de la partida? —preguntó a Olaf.

    —¿Partida? —preguntó Olaf leyendo la carta atentamente. Segundos más tarde, exclamó: —¡Demonios! ¡Si al final hasta ha tenido ayuda divina!

    —¿A qué se refiere? —volvió a preguntar el cuervo.

    —En fin, ¿cómo empezar? Hace un par de días esos dos vinieron a mi casa y, después de que intentara echarlos (como suelo hacer), me dijeron cosas que me parecieron interesantes: Anerues me contó cosas sobre mis hijos, cosas de las que me había desinteresado tiempo ha y me advirtió que pronto iban a estar en peligro por yo qué sé que revuelta, así que convenía que volviera con ellos. La verdad es que ya llevaba un tiempo pensando en ir a visitarlos pero me encontraba en una situación económica... poco menos que penosa. Entonces Anerues, me propuso algo: Si él conseguía el dinero que yo necesitaría para volver a Inglaterra, yo le daría mi astrolabio.

    —¿Para qué quería un astrolabio?

    —No era para él sino para Jack, para orientarse mejor por las bastas llanuras del este. Dijo que, ya que las brújulas apenas funcionaban por culpa del agujero del norte, tenía que recurrir a varios trucos.

    —¿Le dijo cómo sabía que tenía un astrolabio?

    —No hacía falta. Todo el pueblo sabe que fui un navegante cuando era joven así que no hacía falta cavilar demasiado para saber que tenía uno.

    —¿Qué ocurrió después?

    —Pues nada, acepté el trato y fuimos a la cantina. Allí nos encontramos con Chester, un tahúr realmente hábil, un auténtico genio de las cartas y un desplumador como pocos. Recuerdo que Dijuana le dijo a su persona “ahora tan sólo haz lo que yo te he dicho, confía en lo que se te ha dicho” y se pusieron a jugar a las cartas con ese saca—cuartos... ¡Por todos los demonios habidos y por haber! ¡Empezaron con sólo tres monedas y acabaron con toda la fortuna de ese estafador! ¡Y encima con sus propias cartas!

    —¿Qué?

    —De todos es sabido que Chester sólo juega con extranjeros y recién llegados. Al principio se ofrece como una persona muy simpática que tan sólo quiere jugar un poco para pasar el rato. Al principio siempre te deja ganar un poco para que te confíes, para que pienses que tienes un buen día... y después te despluma vivo gracias a su juego sucio y a sus cartas marcadas. Sin embargo, todo cambió con ese buen chaval: No fue Chester quien lo invitó sino que fue él el que lo retó, y lo hizo de una manera... poco menos que mágica.

    —¿Qué quiere decir?

    —Anerues no llegó jamás a tocar las cartas que le pasaba Chester, no hizo cambio alguno en ellas, no pasó nunca y siempre apostó fuerte... y con razón: Siempre tenía una mano mejor que la de su contrincante, ¡demonios! ¡Si llegó a sacar cinco escaleras reales de corazones seguidas! —Olaf empezó a reír. —¡Y encima Chester sabía que no podía hacer nada! La cara que puso durante toda la partida fue de antología.

    —¿No intentó hacer trampas?

    —¡Oh, sí! Pero para eso ya estaba Jack, vigilando atentamente a ese maldito tramposo. “¿No repartes demasiado lento?”, “Dale esa carta”, “Las manos quietecitas” decía cada vez que veía que hacía algo raro. ¡Je! ¿Qué edad tendría? ¿Dieciocho años? Hay que ver como imponía para ser tan joven. El final sí que fue espectacular: Después de que Anerues sacara un full de tres ochos y dos ases frente a una doble pareja de picas y tréboles, Chester estalló en ira y apuntó a Anerues con una Derringer[1] pero Jack lo paró dándole un golpe con su carabina. Anerues calmó los ánimos de ambos y propuso acabar el juego de una manera más sencilla y civilizada: Tenía tanta confianza en su suerte que propuso acabar el juego a la carta más alta. Primero jugó él sacando un dos de diamantes y después jugó Chester...

    —Y ganó Anerues, ¿a qué sí?

    —Chester sacó un As de Picas, la carta de la mala suerte... Anerues acabó con ese maldito truhán en menos de una tarde... Después de leer esto ya empiezo a pensar que recibió ayuda de allá arriba.

    —¿Hace mucho que se marcharon?

    —Bueno... después de que les diera el astrolabio se pasaron un tiempo por aquí comprando material para su viaje... y comprando chocolate (esa Dijuana zampaba chocolate por cuatro). Les perdí un poco la pista pero sé que marcharon en ese mismo día así que os llevarán... unos cinco días de ventaja, día más día menos. A estas alturas ya deben de estar a mitad de camino así que no creo que os cueste demasiado alcanzarlos.

    —Muchísimas gracias por su ayuda —dijo Dor echando a volar.

    —Que un buen viento guíe su viaje —se despidió Jacob siguiéndolo.

    —Hasta más ver... —dijo el anciano.



    Después de más de tres días de viaje ininterrumpido, Dor y Jacob ya habían dado con varias pistas sobre el paradero de Anerues y de Jack: Según parecía, Jack había empezado a seguir su camino por separado del de Anerues gracias a su mayor capacidad de movimiento por lo que se había adelantado hacia Daski. Anerues, por su lado, siguió su camino en diversos barcos y en varias caravanas (que por alguna extraña “casualidad” siempre iban a salir el día que llegaba al lugar de donde partían). Viendo esta situación, Jacob decidió seguir a Anerues y Dor decidió seguir a Jack, sabiendo que los dos no iban a tardar en volver a encontrarse.



    “¿Quién será ese “Otro Hombre?” pensó Dor. “¿Tanta importancia tiene para María?... Sí, ella escuchó voces en el Sha—Mo, como casi todas pero ninguna bruja se obsesiona tanto con ellas. ¿Qué le habrían dicho?”

    Dor ya llevaba más de una semana siguiendo el rastro de Jack y ya le faltaba poco para llegar a las grandes estepas. Ante él se desplegaba una gran llanura, casi desértica y vacía... seca de todo. No se veía rastro de vida alguno en todo lo que podía abarcar de vista... Recordaba perfectamente ese paisaje y lo que menos le apetecía en ese momento era volver a él. Sin embargo, él había dado su palabra de que ayudaría a Jacob a encontrar al Otro Hombre, fuera quien fuese.

    “Espero que después de esto no haya demasiado que hacer. No me gusta pasar tanto tiempo lejos de Alisa” pensó recordando a su persona.

    Dor dejó a un lado sus cavilaciones y se concentró en su viaje. Sabía cual era el precio a pagar por ser el daimonion de una bruja.



    Cuando Jacob, por fin, llegó al cielo de Daski se encontró con un pueblo devastado por el paso de los siglos. Por debajo suyo se encontraban las ruinas de lo que fuera una gran ciudad: Edificios, en una época pasada realmente enormes, ahora eran un montón de piedras desperdigadas aquí y allá, siendo carcomidas lentamente por el viento y la arena de ese frío desierto.

    —¡Jacob! —escuchó después de un rato de búsqueda: Era Dor que volaba hacia él a toda velocidad. —¡Ven! ¡Deprisa!

    —¿Los has encontrado? —preguntó Jacob esperanzado.

    Cuando vio que Dor no respondía y que se daba la vuelta con rapidez para guiarle, Jacob notó que algo no iba bien. Y al poco vio el problema: Un enorme pájaro estaba encogido de dolor y, a lo lejos, lo que parecía ser un ser humano se estaba arrastrando a duras penas por el difícil terreno del Sha—Mo. Dos daimonions. Ninguna persona.



    Alrededor de Dai se extendían los restos de una batalla: Agujeros de bala en las maltrechas paredes, casquillos sembrados aquí y allá, un humo sofocante, restos de un fuego que se negaba a apagarse...

    —¿¡Qué ha pasado aquí!? —preguntó Jacob totalmente espantado por el espectáculo que estaba contemplando.

    —Son los daimonions de Anerues y Jack —dijo Dor tan acongojado como él. —No tengo ni idea de lo que ha pasado: Ésta de aquí no capaz ni de hablar de puro dolor desde que he llegado y la otra... —dijo mirando el desierto —A por la otra no me atrevo a ir...

    —Tranquilo, te entiendo perfectamente —dijo Jacob suavemente para evitar que se sintiera mal. —Yo me encargaré de ella, tú intenta calmar a Dai.

    —¿¡Es que estás loco!? —gritó Dor espantado. —¡Los daimonions no podemos pisar el abismo sin matar a nuestra persona!

    —Si ella ha llegado hasta allí, yo también podré hacerlo —dijo Jacob con más miedo del que aparentaba tener. Si tuviera saliva, en ese momento la tragaría. —Tú quédate aquí y que no se te pase por la mente por un momento el seguirme, ¿me has entendido?

    Dor no respondió, tan sólo se dio la vuelta para evitar ver a su amigo sufrir lo insufrible.

    Jacob remontó el vuelo y, tras un corto viaje, aterrizó al lado de uno de los mojones que indicaban el comienzo del desierto.

    “Sé que me juré no volver a este lugar” pensó Jacob temblando de miedo “pero tanto María como yo juramos que haríamos lo que nos dijo la voz”

    Jacob, sin más preámbulos, dio un salto dentro del Sha—Mo. Y empezó a sentir el “vértigo del abismo”, un sentimiento de miedo tan atroz que hacía que el más mínimo movimiento fuera una auténtica tortura tanto para él como para su persona.

    “¡Lo siento, María!” se dijo en medio de su sufrimiento, mientras intentaba avanzar a duras penas. “¡Sólo aguanta!” Apenas había avanzado un par de pasos y ya apenas podía tenerse en pie. “No me importa que ella sea el daimonion del Otro Hombre...” Jacob no cejó en su esfuerzo y dio otro paso “¡No puedo dejarla morir aquí!” Y avanzó un poco más. Y dio otra zancada más... Caminó como si eso fuera lo último que hiciera en su vida con tal de llegar hasta la daimonion que estaba sufriendo allá a lo lejos.

    Pasaron los minutos, que a él le parecieron días enteros, y la distancia se fue cerrando. Ya era capaz de ver el cuerpo postrado de Dijuana, probablemente agotada por el esfuerzo de soportar el vértigo del abismo. Eso le alegró pero le dolió al mismo tiempo ¿Cuánto lograría aguantar en el abismo sin matar a María? ¿Y cuánto aguantaría Dijuana sin matar a Anerues?

    “Tranquilízate” se dijo a sí mismo. “María es la bruja más fuerte que jamás haya visto en todos los clanes que conozco... Algo como esto no será capaz de matarla...”

    Minutos más tarde, Jacob apenas era capaz de respirar bien y estaba empezando a marearse y a tener náuseas pero, con alegría vio que Dijuana estaba a apenas veinte pasos de él así que, en un último esfuerzo, llegó a su altura.

    Dijuana aún era capaz de moverse y seguía avanzando arrastrándose muy lentamente, sin fijarse en nada de lo que pasaba a su alrededor, ni siquiera en Jacob.

    —Saludos —saludó Jacob con la voz ronca del cansancio.

    Dijuana no respondió y siguió con su lento avance por lo que Jacob intentó llamarle su atención colocándose delante de su cara.

    —Debes volver atrás —advirtió con voz más débil que antes. —Éste no es lugar para daimonions.

    Dijuana, percatándose de la presencia de Jacob, giró la cabeza y lo miró.

    —Me... duele —dijo Dijuana llorando en un hilo de voz, con los brazos rodeándole el pecho. —Anerues...

    —Debes volver al filo del desierto —volvió a advertir Jacob con algo más de fuerza.

    —Debo... llegar... hasta... —Dijuana no pudo continuar hablando y empezó a toser horriblemente para acabar vomitando un poco. —¡Tengo que seguir! —lloró.

    —¡Debes volver! —gritó Jacob con más fuerza abriendo las alas, tapándole la vista. —¡Si sigues por aquí matarás a Anerues de puro dolor!

    —¡Apártate! —gritó Dijuana entre sollozos. —¡Tengo que rescatar a Anerues! ¡Tú no sabes...!

    —Sí que lo sé —interrumpió Jacob con voz serena para tranquilizar a Dijuana. —Y no soy el único que sabe lo que se siente: Todas las hijas de las brujas deben cruzar este desierto para convertirse en brujas de pleno derecho. Mi persona cruzó este desierto hace más de ciento setenta años y, aún pasado ese tiempo, no he conseguido olvidar este dolor. Sin embargo, a los daimonions se nos está vedado este lugar. Hazme caso, vuelve y Anerues vivirá.

    Jacob calló manteniendo su postura mientras Dijuana le miraba atentamente, con los ojos llorosos, como analizándole.

    —De acuerdo —carraspeó Dijuana. —Vol... volveré...

    Jacob bajó las alas totalmente agotado y, soportando un dolor indecible, se encaminó de vuelta al filo del desierto, siguiéndole Dijuana igualmente cansada.



    Cuando Dijuana y Jacob volvieron de su corto pero sufrido viaje no pudieron hacer otra cosa más que caer dormidos por el agotamiento. Así, los cuatro daimonions se pasaron cuatro horas en blanco, sin decir nada, sin moverse, casi sin vida...

    —¿Quién eres tú? —preguntó Dijuana a Jacob nada más despertar de su incómodo sueño, sin cambiar lo más mínimo su postura.

    —Mi nombre es Jacob y soy el daimonion de María Kirisame —dijo Jacob aún con mareos.

    —¿Qué es lo que queréis? No creo que el hecho de que vosotros estéis aquí sea fruto de la casualidad —dijo Dijuana con tono furibundo casi olvidando el dolor que en ese mismo momento le ardía en el pecho.

    —Yo soy la “dama” que Anerues vio en sus sueños.

    —Así que nos seguíais... ¿Para qué? —preguntó ella aún más inquisidoramente.

    —Para haceros una simple pregunta: El auténtico nombre de Anerues es Andrés, ¿verdad?

    —Sí, así le llamó su madre al nacer. ¿Sólo eso? ¿Habéis hecho todo este camino para preguntarme esa tontería?

    —No es tanta tontería —dijo Jacob recuperando las fuerzas y levantándose animado. —Hace ya mucho tiempo ha, María Kirisame ejecutó su iniciación atravesando este desierto de lado a lado, totalmente sola... sin mí... No hace falta que te diga lo que se siente: Eso mismo lo estás sintiendo tú. Una vez se está en medio del viaje, todas las brujas flaquean y María no fue una excepción: Más de nueve veces dudó y más de nueve veces continuó pero en la décima flaqueza, deseó abandonar el viaje. Y justo en ese momento, escuchó una voz, una voz que se cuenta que escuchan todas las brujas cada vez que hacen la iniciación... sólo las brujas. Y digo esto porque yo, en medio de mi dolor, también la escuché y ella decía, mezclada con el sonido del viento, casi como si me la silbaran al oído: “No vuelvas la mirada atrás... Mira al frente y no dudes... pues si vuelves, acaecerá un desastre sobre el mundo... Debes seguir, debes aguantar, debes soportar esta dura prueba... pues el Otro Hombre, aquel ser que desearás que sea él, te espera en el futuro que se encuentra tras esta cruel llanura... Sé una bruja, corre, vuela, lucha, cura, hazte fuerte, enamórate, sé la paladina de tus hermanas... VIVE... pues el Otro Hombre hará que haya un futuro más allá de este inacabable desierto gracias a tus desvelos y sufrimientos... El Otro Hombre es un ser diferente, ni hombre, ni mujer, ni bruja... No es fácil de ver y menos en tu realidad... Sin embargo, lo reconocerás, pues desearás que sea él, lo reconocerás porque le acompañarán un gigante, una bestia, un demonio... No olvides este mensaje en el viento... No lo olvides... Y ahora... Levántate y anda...”. Y gracias a este “mensaje en el viento”, María se levantó y continuó su viaje sin volver a dudar ni una sola vez, hasta volver a mí. Cuando supimos que el otro había oído también la voz, nos juramos mutuamente que haríamos lo posible para encontrar a ese Otro Hombre.

    —¿Qué tiene eso que ver con nosotros? —preguntó Dijuana algo confusa por el discurso de Jacob.

    —Cuando María volvió al lago hace ya más de dos semanas, después del incidente con aquellos soldados se pasó algún tiempo descansando y curándose, sin comentar nada. Un par de días después, Alisa Grímora, la bruja de Dor, el daimonion que está ahí, volvió de un viaje y le preguntó a María sobre sus heridas.

    —Entonces salió a la luz el nombre de “Anerues” —dijo Dor. —Al principio, Alisa escuchó mal el nombre y lo confundió con “Andrés” al saber que Anerues era turdetano.

    —Y entonces, María hizo la asociación: Anerues Altro es un juego de palabras: “Anerues” es “Andrés” que en el griego es “Andros”: Hombre; y Altro que viene de la palabra “Alterus”, Otro en latín. “Anerues Altro” es igual a “Otro Hombre”. Y es al Otro Hombre a quién buscamos.

    Dijuana miró escépticamente al cuervo mientras se incorporaba. Cuando estuvo de nuevo en pie, musitó:

    —...estúpido... —esto lo dijo con las cejas arqueadas de furia. —¡Estúpido! —gritó. —¿¡Me estás diciendo que todo lo que nos pasa no es fruto de la casualidad!? ¡¡MALDITO ESTÚPIDO!! ¿¡Me estás diciendo que estamos obligados por el destino a facilitaros vuestro futuro, incluso si eso es nuestra tortura y perdición!? ¿¡Me estás diciendo que nuestro viaje, las vidas de Jack, Amadeo, Zoé y Lou son consecuencia de nuestros actos!? ¿¡Tienes la desfachatez de decirme que el hecho de que estuvieran a punto de matarnos más de tres veces sea cosa de un “destino” que nos sobrepasa!? ¡¡ME NIEGO!!

    Ese último grito lo hizo con tanta potencia que los tabiques de las maltrechas casas temblaron. Ahora Dijuana se parecía a cualquier cosa menos a un ser humano.

    —¡Anerues llegó a este mundo sin conocerlo de nada, sin ni siquiera conocerme a mí! ¡Si por mi fuera ni siquiera habría aparecido, ni siquiera me habría mostrado ante él, quedándome en su interior, para evitar que nos separaran y así ahorrarle el sufrimiento! ¿¡Crees que debemos luchar por vosotros sólo porque esa voz os lo dijo!? ¿¡Por qué demonios iba a luchar por alguien que no conoce de nada que nada iba a reportarle en su vida!?

    La mirada que tenía ahora Dijuana era aterradora. Jacob apenas podía moverse ante la impresionante presencia de Dijuana, casi como si estuviera delante de la mayor de las bestias jamás conocidas, ante un gigante de altura inconcebible, enfrente del más terrorífico demonio...

    —Dai —dijo Dijuana, interrumpiéndose, al pájaro roc, —marchemos a por Anerues y Jack. Nos están esperando.

    Dai tardó en reaccionar pero no perdió el tiempo en responder a la petición de Dijuana por lo que bajó la cabeza para dejarla montar.

    —Y vosotros... —dijo Dijuana recuperando la compostura —Gracias por ayudarnos y disculpad mi rudeza de hace un instante... —Dijuana volvía a ser la que era normalmente. A pesar de mantener una sonrisa para evitar asustar más a los espantados daimonions de las brujas, sus mejillas estaban siendo recorridas por sendos regueros de lágrimas, lágrimas de dolor por perder a quien más quería. —Espero que volvamos a encontrarnos en otras circunstancias...

    Sin más charla, Dijuana se subió al cuello de Dai, casi como si no fuera la primera vez que lo hacía, con una extraña soltura.

    —Vámonos, Dai...


    [1] Pistola diminuta de pequeño calibre con capacidad para una sola bala
     
  8. Threadmarks: Buscando el paraíso en un sueño - Capítulo 8
     
    JeshuaMorbus

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    Buscando el paraíso en un sueño (Completa)
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    Capítulo 8: Un chaval muy raro

    El estúpido no perdona y olvida,

    El ingenuo perdona pero olvida

    Y la persona inteligente perdona pero no olvida.

    (Proverbio)



    —¿Aún sigues leyendo? —preguntó el padre Adam desperezándose después del largo viaje que había tenido que realizar.

    —Generalmente no suelo dormir demasiado —respondió Lou levantando la vista del libro que le entregó el doctor Clark. —Además, la lectura está interesante.

    —¿Faltará mucho para llegar?

    —Creo que durante la noche ya pasamos por Northampton así que a este paso... dentro de un par de horas, si este lugar se parece un mínimo a mi mundo.

    —¿Pero no vivías en Francia?

    —Lou ha pasado por toda suerte de lugares —respondió Fu Riong. —Francia, Inglaterra, China, Japón, Alemania, España, Italia, Grecia...

    —Chico de familia rica, pues.

    —Adinerada, no más —dijo Lou. —Mi padre es uno de los grandes jefes de la empresa del padre de Anerues por lo que dinero se tiene. De todas formas en este mundo de poco me sirve el dinero que llevo encima.

    —No te preocupes: Le prometí a Anerues que cuidaría de ti y eso haré.

    —Por cierto, ¿a dónde vamos? —preguntó Fu—Riong.

    —A la casa de mi familia para después intentar dejarte en algún lugar donde puedas esperar a tus compañeros. De momento piensa en dormir un poco, que no es bueno estar tanto tiempo despierto.

    Lou le hizo caso por lo que, después de guardar el libro, se recostó en su asiento poniéndose lo más cómodo posible para dormir aunque fuera tan sólo un par de horas.



    —¡Demonios! —exclamó Fu—Riong al ver el lugar al que habían llegado. —¿Usted vivía en esta casa?

    El padre Adam y Lou, un par de horas después de salir de la estación, se encontraban delante de una enorme mansión parda decorada finamente con cierto estilo barroco pero sin llegar a ser excesivamente recargado, con unos amplios jardines cuidados hasta el último detalle rellenos de tulipanes de todos los colores y de sauces que decoraban una plácida laguna en la que se podía ver un palacete cuya decoración casaba a la perfección con la naturaleza que le rodeaba. Toda esa fastuosidad recordaba más a un palacio del Barroco francés que a una mansión inglesa.

    —Más que eso —dijo el padre Adam, —en teoría debería ser mía, sin embargo, cuando me convertí en cura le cedí la propiedad a mi hermano pequeño.

    —Le debe estar muy agradecido... —comentó Lou al ver el lujo del lugar.

    —¡Je! ¡Si yo te contara! Ahora vamos a encontrarnos con él y ya veremos dónde te metemos para que pueda ir de una vez a Roma.

    Después de presentarse ante un sirviente a la entrada, fueron llevados sin dilación hacia el gran portón de la casa. Nada más estuvieron enfrente del portón, salió a recibirles un hombre de cierta edad pero con apariencia más joven que la de Adam, con el pelo y barba entrecanos, vestido elegantemente. El hombre se les acercó rápidamente, seguido por su daimonion gorila, para acabar lanzando un abrazo de bienvenida a Adam.

    —¡Bienvenido a casa, Adam! —saludó el hombre. —Tu carta decía que llegarías ayer, pero en fin, qué demonios, ¿hace cuánto que no asomas la nariz por estos lares?

    —Pues ya será cosa de tres años —respondió el padre con la misma cara de alegría que ese hombre.

    —Veo que traes a alguien contigo ¿Me lo presentas?

    —Sí, claro: Lou, éste de aquí es mi hermano Second y su daimonion Traditas y, Second, este de aquí es Lou, otro chico que he acogido y su daimonion Fu—Riong.

    —Encantado de conocerle —dijo Second dándole la mano a Lou. —Espero que su estancia por aquí sea grata.

    —Espero no ser una molestia... —dijo Lou con modestia.

    —No habrá problema: La fortuna de la familia Cashner es grande. Acoger a un chico como tú no supondrá un gran gasto. Estaréis cansados por el viaje, ¿no? Ya tenéis unas habitaciones preparadas. De momento, sólo preocuparos de descansar.



    Después de una sencilla colación (Lou no tenía demasiada hambre), Lou y Fu Riong fueron guiados a su habitación en el segundo piso del edificio. Una vez allí, Lou se dejó caer sobre la cama, ya bastante cansado del larguísimo viaje que había tenido que realizar.

    —Bestias, brujas, fantasmas... —comentó mientras se levantaba para cambiarse para dormir. —¿Quién habría imaginado que nos acabaría pasando todo esto?

    —Eso sin contar todo lo inverosímil del asunto de Anerues... —comentó Fu Riong.

    Lou se puso el pijama y se metió en la cama con Fu Riong.

    —De todas formas...

    —...“deja que se lo lleve el agua” —comentó Fu Riong. —Ya sé que esto casi no lo aceptas, pero yo creo en lo de los sueños de Anerues. Al fin de al cabo, gracias a eso, ahora estamos aquí, alejados de las bestias del abismo y de los peligros del norte.

    —Ya... pero no me gusta ser el inútil del grupo. Quizá pudiera ser tan fuerte como Jack, o tan impulsivo como Amadeo, o tan convencido como Anerues...

    —Cada cual tiene su lugar en el mundo y en cada situación. Recuerda lo que dijo Anerues antes de marchar: “Ante todo, no olvides ser tú mismo. Eso te ayudará por allá”.

    Lou pasó un rato pensando un poco lo que le dijo su daimonion para al rato preguntar:

    —¿Esto nos está pasando por casualidad?

    —¿A qué te refieres?

    —No consigo entenderlo del todo pero todo lo que nos ha estado pasando ha sido una larga sucesión de casualidades, desde la simple caída a ese mundo a los extraños sueños de Anerues... No sé... —Lou dudó mucho antes de seguir su frase. —Por lo que nos contó Anerues al volver de aquel otro agujero, eso de que ahora dudaba que llevara a nuestro mundo... ¿no es demasiado casual que los sueños que le indicaban que el agujero que estaba ahí y que debía ir allí, hicieran que Amadeo y Zoé acabaran en ese mundo, como si ese mundo les reclamara?

    —No te entiendo.

    —¡Demonios! ¡Lo que digo es que parece que alguien nos esté dirigiendo desde la sombra! Sé que suena a locura pero es lo que pienso. Me parece demasiado casual que Anerues empezara a “ver” justo cuando lo necesitábamos, que llegáramos justo cuando se nos necesitaba en Oasis, que hubiera unas brujas de paso justo en el momento de la huida de Jack, que yo fuera ducho en varios idiomas justo cuando el padre Adam necesitaba a alguien como yo... incluso tú, Fu Riong, me parece demasiado casual que aparecieras tan de repente, eso de que casi aparecieras de la nada... ¿Quién demonios ha planeado todo esto? ¿Para qué?

    —“Los designios del Señor son inescrutables” se suele decir —Fu Riong se rió levemente. —Si todo ha sido planeado, no te preocupes: Nosotros también tendremos nuestro papel en esta historia, sino no estaríamos aquí. De momento tan sólo pensemos en dormir un poco —dijo ella bostezando y enrollándose sobre el pecho de Lou. —Ahora mismo, de nada nos va a servir saber por qué estamos aquí.

    Lou decidió seguir el consejo de su daimonion y, sin hacer más comentarios, cerró los ojos.


    Dos días después, tras un tiempo de descanso del agotador viaje, el padre Adam, vestido con los hábitos, guiaba a Lou hacia uno de los Colegios Mayores de Oxford.

    —Espero que no te incomode cambiar tan rápido de lugar —dijo el padre Adam mientras atravesaban el Támesis sobre un puente.

    —Todo lo contrario. Ya me empezaba a sentir incómodo en la casa de su hermano. No me gusta abusar de su hospitalidad...

    —¡Vaya contigo! ¡Eres aún más modesto que Thomas!

    —¿Qué quién?

    —El primer chico que acogí en mi familia, el hijo de una bruja que no tenía a quién dejárselo. Decidí ocuparme de él yo mismo con la ayuda de la señora Rospetin, la matrona del pueblo. Hace ya bastante tiempo que lo traje por aquí para que cursara estudios superiores gracias a la filantropía de mi familia y, en fin, que tú no eres la primera persona que acojo por aquí, de hecho, eres el quinto.

    —¿Es que tantas... señoras —dijo Lou evitando la palabra “brujas” —se quedan sin padre al que entregar a sus hijos?

    —Por lo general, cuando eso pasa, los entregan a un pueblo, sin dejárselo a nadie en concreto. En Oasis pasa lo mismo, pero soy yo quien se encarga de los huérfanos siempre.

    El padre dejó de hablar, mirando al frente.

    —Ya hemos llegado —dijo el padre. —Second ya se ha encargado de recomendarte para que vayas a estudiar derecho, viendo como se te dan las lenguas muertas. Podrás vivir aquí hasta que regresen Anerues y los demás.

    —No hay problema, sólo espero que no tarden demasiado en regresar.

    —Ahora voy a llevarte con David, un sobrino mío que está estudiando aquí. Es un poco excéntrico pero es muy buena persona. Espero que no te importe compartir habitación con él.

    Los cuatro se encaminaron hacía el edificio que se levantaba ante ellos y una vez dentro preguntaron a uno de los bedeles.

    —¿David? —preguntó el hombre. —No sé. Lo vi esta mañana irse a clase pero no tengo ni idea de a dónde fue después. Es que ya lo sabe, cuando anda...

    —Gracias —dijo Adam retirándose. —En fin, puede que nos cueste un poco encontrarlo —le dijo a Lou. —Ese David... seguro que no ha cambiado nada en estos tres años.

    —¿A qué se refiere?

    —Pues a que... —Adam no pudo terminar la frase pues alguien pasó andando a toda velocidad delante suyo. —¡Alto ahí! —exclamó cogiendo al chico en un movimiento rápido.

    Éste paró en seco junto a su daimonion coyote y miró con cara de enfado al que le acababa de parar, tornándose su cara en una de alegría. Éste era un chico bastante alto (al menos más que Lou), bastante corpulento aunque algo gordo. A pesar de estar sonriendo, sus cejas se arqueaban de tal manera que parecía que aún estaba enfadado, cosa que combinada con una feísima barbucha (esa cosa ni siquiera merecía el nombre de “barba”) no lo hacían parecer de demasiada confianza. Su daimonion era una bonita coyote, que, a pesar de parecer cansada, mantenía la cara de mala leche de su persona.

    —¡Tío! —exclamó David. —¡Demonios! ¿¡Hace cuánto que no nos vemos!? —y mirando a Lou. —¿Otro huérfano?

    —Más o menos... ¿Qué tal te van los estudios?

    —Mal —dijo David y su daimonion como si tal cosa. —¿Hace mucho que has regresado?

    —Hace ya dos días pero tengo que marcharme ya mismo a Roma.

    —Una lástima que tengas que marcharte tan rápido... Por cierto, ¿cómo te llamas? —preguntó David a Lou.

    —Esto... Lou —respondió éste algo cohibido por la situación.

    —Pues bienvenido al Colegio Mayor Charles Thames. Me va a tocar vivir con él, ¿verdad?

    —Eso tenía pensado. ¿Podrías enseñarle el lugar? Yo tengo que coger un barco dentro de un par de horas y aún tengo cosas que preparar.

    —No hay problema. Ve... pero vuelve pronto, ¿de acuerdo? Quiero conocer más batallitas tuyas de... ya sabes qué.

    El padre Adam se despidió sonriendo y se marchó rápidamente.

    —En fin... querrás ver tu habitación, ¿verdad? —preguntó David con aspecto de tener ganas de arrancar otra vez.

    Lou asintió y David se puso en marcha... dejando a Lou más sólo que la una en menos de tres segundos.

    —¿¡Pero que manera de andar es esa!? —exclamó Fu Riong viendo el embalamiento del chico.

    —¿A qué esperas? —preguntó David desde el final del pasillo. —¿Te ayudo con el equipaje?

    —No... no hace falta, ya voy —dijo Lou yendo hacia él a una ínfima parte de su velocidad. “¡Demontre! ¡Tan grandullón y como corre!” pensó sorprendido de la forma de andar, que no correr, de David.

    Rato después, Lou llegó a su habitación, en cuyo umbral le estaba esperando David.

    —Otro punto —dijo la coyote con alegría cuando Lou llegó.

    —Diana, esto no era una carrera —dijo David y dirigiéndose a Lou: —Adelante —dijo abriendo la puerta. —Espero que no te parezca que esté todo demasiado desordenado.

    Lou entró en una sencilla habitación, de decoración más sencilla aún, apenas dos camas, dos mesas, un par de armarios y un montón de libros y libretas bajo una de las mesas, bastante bien ordenada pero algo llena de polvo.

    —Hace mucho que no tengo compañero de habitación así que si tu cama está algo sucia, lo siento —dijo David dirigiéndose a una de las mesas. —Si necesitas ayuda en cualquier cosa, dímelo.

    Dicho esto, David empezó a escribir algo en una libreta, entrando en un mutismo absoluto.

    “Curioso chaval” pensó Lou. “Parece que tenga prisa por hacerlo todo.”

    —¡David! —exclamó Diana con un tono bastante brutal para su tamaño, sorprendiendo a todos los presentes. —¿No recuerdas lo que dijo el padre? Lou acaba de llegar del norte y no conoce este lugar en absoluto.

    —Al menos deja que deshaga el equipaje —murmuró David a toda velocidad.

    —¡Vagonetas! —exclamó de similar manera la coyote.

    —¡Tú déjale y calla! ¡Ya habrá tiempo para eso!

    —¿Qué demonios están diciendo? —susurró Fu Riong extrañada.

    —Ni idea... —respondió Lou. “Este David no debe estar demasiado acostumbrado a hablar en público” pensó mientras se dirigía a colocar sus cosas en su armario.



    Al día siguiente, Lou fue hacia la facultad con paso tranquilo siendo guiado por un hiper—acelerado David, que tenía que pararse cada pocos pasos para evitar perderle de vista. Era un tipo raro ese chico... A pesar de parecer algo hiperactivo, siempre mantenía cara de sueño y era bastante torpe (aunque a la misma velocidad corregía todos sus errores (a veces más de cuatro veces en un minuto)). Además, su relación con su daimonion era... un tanto peculiar: Desde que había llegado a ese mundo, Lou había visto como las relaciones entre daimonions y personas eran el paradigma de la fraternidad, la amistad y el amor más profundos pero la relación entre David y Diana era más parecida a la de un matrimonio mal avenido: Esos dos se pasaban la vida discutiendo, siempre a toda velocidad y en un tono de voz absolutamente incomprensible. Ellos se entenderían pero lo que era Lou... A la más mínima Diana saltaba con una crítica y David trataba de defenderse lo mejor posible para al final acabar sentenciando todas las discusiones con un “no, si al final tú siempre tienes razón”. En el fondo se notaba que se llevaban bien pero...

    —Tranquiliza un poco el paso —se quejó Diana a mitad de camino. —No todo el mundo anda como tú.

    —Que haga lo que quiera —dijo Lou algo inseguro ante la autoritaria personalidad de Diana. —Mientras no moleste a nadie, él mismo.

    Diana bajó la cabeza como si se avergonzara de haber dicho lo que dijo y siguió su camino tan rápido como pudo.

    —Es raro que hayas venido en medio del cuatrimestre —le comentó David a Lou en una de sus pausas. —¿Ha pasado algo en Oasis sin que me haya enterado?

    —Bueno... Pues entre el asunto del agujero, un ataque de las bestias del abismo y un montón de catástrofes naturales... En pocas palabras, no era conveniente quedarse por allí.

    —Ya veo. Por cierto, la última vez que estuve en Oasis no te vi ¿Cuándo llegaste?

    —¿Has estado alguna vez a Oasis?

    —Dos veces ya. Es uno de los lugares más preciosos que conozco, si dejamos a un lado las bestias y las guerras de las brujas.

    —¿Entonces ya sabes lo de...?

    —¿Lo de las brujas? —preguntó en un tono más bajo de lo normal. —Todos los Cashner lo sabemos pero preferimos no decir nada, por eso de la Junta de Oblación y todas esas tontadas heréticas. Son buenas y bellas mujeres pero no me gusta verlas tan ensangrentadas y enfrentadas de esa manera. Ahora a lo que íbamos, ¿cuándo llegaste?

    —Un día después de lo del agujero del norte. Iba con unos amigos míos y llegamos allí.

    —¿Nada más?

    —Me gustaría que no fuera nada más pero prefiero guardarme el resto de la historia. Es que me han pasado tantas cosas en tan poco tiempo...

    —Po’ vale —interrumpió David. —Si no quieres contar nada, no lo cuentes. De momento sólo concéntrate en... —David se interrumpió mirando al frente. —Mejor vayamos por aquí —dijo señalando una calle aparte.

    —¿Qué pasa? —preguntó Lou viendo lo que veía David: Un grupo de tres chicos de más o menos su misma edad. —¿Quiénes son esos?

    —Gente a la que prefiero evitar, nada más —dijo David con la cara algo alterada, reflejando unos nervios incontenidos. —El camino por aquí es un poco más largo. Espero que no te importe.

    —No, claro que no.



    “¿¡Un poco más largo!?” se dijo Lou sentándose, medio agotado después de una larga caminata. “¿Qué querrá decir ‘poco’ para él? ¿Es que se perdió el capítulo donde se explicaba el concepto de ‘cerca y lejos’ en Barrio Sésamo?”

    Lou recordó todos los caminos, callejas, callejones, puentes, soportales, edificios, avenidas y resto de geografía urbana que había tenido que recorrer en menos de un cuarto de hora al paso endiablado de su compañero.

    Ahora mismo se encontraba en una de las aulas de la facultad de derecho esperando a que empezara la clase.

    —Toma —dijo David pasándole una nota. —Éstos son los horarios de las asignaturas troncales. Ahora mismo toca Doctrina Germánica.

    Lou la recogió y, después de ojear la nota con la mala letra de David, sacó el manuscrito del doctor Clark para leer hasta que empezara la clase.

    De ese manuscrito ya llevaba leído más de la mitad y de él había aprendido cientos de cosas en las que su parte racional no creía para nada.

    “Aunque si el doctor Clark confiaba en estas curas” pensó Lou acordándose de lo que había visto en Oasis, “no veo por qué yo no.”

    Media hora más tarde (“¿conque ahora mismo?” pensó Lou), comenzó la clase y Lou tuvo que dejar el libro a un lado.



    Tras más de cinco horas de clase seguidas, Lou y David salieron de la facultad, aquél algo confundido por las nuevas materias que estaba dando y éste bostezando medio dormido de aburrimiento dirigiéndose a una librería a buscar algunos libros para Lou. Un buen rato después llegaron a una tienducha en una calleja algo abandonada en medio del lío de callejas del exterior de la ciudad de Oxford. A través de la mugre que cubría el cartel se podía leer “Librería Frances Lorelei”.

    —Preciosa tienda —ironizó Lou.

    —No te rías de ella —dijeron David y Diana al mismo tiempo.

    —Será pequeña, sucia... —dijo Diana.

    —...desordenada y algo fea —continuó David —pero es la mejor librería de todo Oxford. Aquí podrás encontrar todo lo que quieras y, si no lo tienen, Frances te lo consigue en un santiamén. Frances compensa la fealdad de la tienda con un muy buen servicio (en ello le va el negocio).

    Dicho esto, David entró en la tienda.

    —Buenas tardes, señorito David —saludó alegremente la librera, una señora de ya cierta edad. —Ya han llegado las litografías que encargó. También tengo noticias de que Christian Zunath ha editado un nuevo libro de ilustraciones y...

    —Vale, vale, gracias y... buenas tardes a usted —interrumpió David. —Venía para comprar algunos libros para el compañero aquí presente —dijo sacando una lista de su carpeta.

    Mientras dejaba a David encargar los libros, Lou ojeó un poco el lugar: Sí, era una tienda diminuta, apenas se podían caminar más de dos pasos sin tocar una pared o una estantería pero había que reconocer que material sí que tenía: Había decenas de estanterías repartidas en dos pisos atestadas de libros hasta arriba sobre toda clase de materias.

    —Con esto se podría montar una buena biblioteca —comentó Fu Riong.

    —Si se dispusiera del espacio para contener tal cantidad de papel —contestó Lou.

    —Muy bien —dijo la señora Frances. —Esperad un segundo y ahora mismo os los doy.

    —Y bien, ¿qué te parece el lugar? —preguntó David acercándosele. —Por la cara que pones diría que te has llevado una buena impresión.

    —Has debido pasear mucho para encontrar este lugar —dijo Lou pensando en el camino que había tenido que recorrer hasta llegar a ese lugar.

    —Es lo que me gusta hacer —dijo dándose algunos aires, como si le gustara que le reconocieran ese talento. —En todo caso, no me gustan demasiado los lugares demasiado frecuentados y de moda.

    —A él le va lo pasado de moda y lo que no conoce casi nadie —dijo Diana. —Si algún día este lugar se vuelve famoso, ten por seguro que a David no lo verás por aquí.

    Lou se dirigió al piso superior y allí se encontró con una serie de estantes en los que se exponían una gran cantidad de litografías.

    —Antes la señora Lorelei mencionó algo sobre litografías e ilustraciones —dijo Lou. —¿Es que las coleccionas?

    —La ilustración es otra de mis aficiones, justo detrás de la música. La mayor parte de mis compañeros en la facultad piensan que lo que hago es una tontería pero a mí me chifla. Todas me parecen auténticas obras de arte y cada vez que veo una nueva, me tengo que hacer con ella. Por ejemplo mira ésta del maestro Zunath o ésta de Smith ¿No son preciosas?

    Lou las ojeó un poco (era una ilustración de una mujer en un parque con un parasol y una de ambiente de fantasía heroica) y pudo reconocer que estaban bien dibujadas pero no podía dar por cierto eso de “auténticas obras de arte”.

    —Mal no están —fue lo único que pudo decir Lou algo cohibido ante la personalidad de David. “Para gustos, colores...” pensó.



    Esa noche, durante la cena...

    —¡Ey! ¡Tú, el chino! —llamó un estudiante.

    Lou no se inmutó ante la llamada.

    —¡El nuevo! ¡Atiende para acá!

    Lou se dio la vuelta con desgana y vio a un joven de pelo oscuro con peinado a lo paje, con buenas ropas y cara que no le inspiraba demasiada confianza a Lou. Su daimonion era un diminuto perro pequinés. Haciendo un poco de memoria, Lou recordó que ése era uno de los chicos de los que había huido David por la mañana.

    —¿Sí? —respondió Lou con algo de deje mientras seguía comiendo.

    —¿Tú eres el nuevo compañero del “Japo”?

    —¿De quién?

    —De ese bobo —dijo el chico señalando a David que estaba comiendo en una esquina mientras hablaba—discutía con Diana, separado del resto de estudiantes.

    —Sí ¿Qué pasa? —respondió algo molesto por el trato que le daba a David.

    —¿Cómo es? —preguntó con interés el chico, sentándose a su lado. —Me gustaría saber cosas sobre él como si tiene alguna novia, alguna costumbre suya...

    “Me parece que ya empiezo a entender por qué David prefería no andar con éste” pensó Lou controlándose para no reflejar en su cara su desagrado ante ese chico. —¿Qué cómo es? Pues rápido —y volvió con su comida.

    —¿Y nada más? —dijo el otro acercándose más a él, haciendo que Lou se sintiera algo intimidado.

    —Sólo hemos pasado un día juntos, no puedo conocerle demasiado en tan poco tiempo. ¿Para qué quieres saberlo?

    —Por nada en especial, hasta luego —dijo el chico algo decepcionado mientras se levantaba para marcharse.

    —Como diría mi madre, “てぬえは ばかん です” (temee wa bakamon desu) —dijo con una sonrisa en la cara.

    —Esto... gracias —dijo el otro dándose la vuelta algo extrañado por la frase, yéndose enseguida para reunirse con un grupillo que comía en una mesa en el centro.

    —¿Por qué le has dicho eso? —le susurró extrañada Fu Riong al oído.

    —No soy especialmente sociable, pero sé como tratar a la gente de su calaña.

    —Pero si lo acabas de conocer.

    —Pues llámalo instinto. Tengo una clara impresión de que ese grupo de ahí abusa de David. ¿Te acuerdas de Anerues cuando era pequeño, cuando tanto él como yo no dejábamos de ser el objetivo de todos los abusones? Después de esa experiencia, sé como identificar a un abusón con sólo hablar un poco con él. Ya le preguntaremos a David después sobre lo de ése —dijo Lou terminándose la comida y marchándose del comedor.



    La siguiente hora se la pasó Lou sólo en su habitación mientras empezaba a leer los libros que había comprado ese día para no ir demasiado atrasado respecto del resto de la clase. Pasado este tiempo, llegó David.

    —¿Podría hacerte un pregunta? —preguntó David cerrando la puerta nada más entrar.

    —Si es sobre lo que me preguntó ese chaval, no le dije nada que le diera pie a que abusara de ti, así que tranquilo.

    —No es eso ¿A quién le llamaste imbécil? ¿A él o a mí?

    Esto pilló algo descolocado a Lou.

    —¿Nos estabas escuchando?

    —Tengo muy buen oído para escuchar conversaciones referidas a mí, sobre todo cuando alguien dice la palabra “imbécil” en nipón.

    —¿Entonces entiendes el nipón?

    —Muy poco, de hecho sólo entendí “bakamon desu”, “ser imbécil” ¿A quién te referías?

    —No te preocupes, le estaba insultando yo a él: “Temee” quiere decir “tú”, generalmente en tono de enfado.

    —Mejor, me caes demasiado bien como para enfadarme contigo —dijo dirigiéndose a su cama. —Hasta mañana.

    “¡Je! ¿Enfadarse él?” pensó Lou. “Parece más bien que esto de los abusos le traiga al pairo.”



    Esa noche Lou la pasó en vela leyendo los libros, cosa nada anormal en él pues lo había hecho cientos de veces en el internado. A pesar de varias peticiones de su daimonion, Lou no fue a la cama y continuo leyendo mientras escuchaba el ritmo que marcaba el despertador de David, una pequeña carraca más vieja que Matusalén y más ruidosa que unas maracas.

    Y pasaron las horas en silencio, hasta que Lou, algo entumecido, se levantó para ir al baño para refrescarse.

    —¿Cómo crees que estarán los demás? —preguntó Lou en un susurro a una medio dormida Fu Riong. Aún pasado todo lo que había pasado, Lou no podía dejar de preocuparse por sus compañeros que se quedaron atrás.

    —...no puedo saberlo —dijo ella soñolienta intentando acomodarse en el cuello de Lou. —...pregunta mañana...

    Lou no dijo nada más dejando que la dragona durmiera tranquila y fue hacia el cuarto de baño para lavarse la cara y limpiarse las legañas. Cuando acabó volvió a su habitación y se encontró a David y a Diana mirando por la ventana.

    —...siete, ocho, nueve —contaba David, —once, doce y... trece...

    —¿Qué cuentas? —preguntó Lou algo extrañado de ver a ese dormilón despierto a esas horas.

    David se dio la vuelta con cara medio sorprendida, medio extrañada dispuesto a decir algo pero callándose de inmediato para pedir consejo a su daimonion.

    —Pregunta y calla —ordenó tajantemente la coyote.

    —¿Qué pasa?

    —Esto... —dijo David inseguro —...pues que... ¡leñe! Es que... es algo bastante inverosímil... Resulta que... Mira, sólo diré una palabra: Anerues.

    Lou pegó un salto al escuchar esa palabra de labios de ese chico, despertando a Fu Riong.

    —¿¡Dónde has oído ese nombre!? —exclamó Lou acercándose a él a toda prisa.

    —Sólo si prometes no reírte... —dijo David más asustado que sorprendido por la reacción de Lou.

    —En sueños, ¿a que sí? A que fue en sueños, ¿verdad? —preguntó Lou bastante nervioso pero alborozado.

    —¿Entonces...? —preguntó David sorprendidísimo.

    —¡Este Anerues! —exclamaron Lou y Fu Riong al mismo tiempo. —¡Lo que sea soñar, que sea para él!

    —¿Te ha dicho algo? —preguntó Lou muy contento —¿Te ha dado algún mensaje? ¿Te ha dicho cómo está? ¿A encontrado un camino de vuelta a casa? ¿Qué le ha pasado? ¡Cuenta!

    —Pues me dijo que... —contestó David algo nervioso por el aluvión de preguntas que le lanzó Lou —en pocas palabras me dijo que te fueras a dormir... La verdad es que literalmente me dijo que te dijera “¡vete a dormir, imbécil!” mientras te daba un coscorrón, pero creo que eso sobraba... ¿Se puede saber quién era ese muerto en vida, ya que estamos?

    —¿Qué quieres decir?

    —No sé... Al principio recuerdo que lo vi en medio de la niebla, aquí, en Oxford mientras yo paseaba un poco sin darme demasiada cuenta de lo que estaba pasando. Era un chico bastante moreno, de pelo negro como el tizón, ojos de color verde oscuro, algo más bajo que yo... ¿era giptano?

    —Medio gitano, pero no dejes de contar —instó Lou al escuchar que su descripción concordaba con el aspecto de Anerues.

    —Al ser la única persona que andaba por ahí, me fijé en él pero cuando lo vi totalmente ensangrentado corrí a socorrerle ¡Dioses! Estaba recorrido de heridas y desgarrones de la cabeza a los pies, como si le hubieran arrancado la piel a tiras o algo peor y sangraba de una manera terrible... ¡Fue lo más asqueroso que he visto en mi vida! Le tapé las heridas como mejor supe hasta que le oí hablar: Lo primero que me dijo es que estaba soñando. Justo en ese momento me di cuenta de que todo lo que veía en ese momento no concordaba con lo que debería estar haciendo. Después me contó cosas como que eras amigo suyo, que estaba en un viaje iniciático al segundo anillo del infierno o algo así y que por ello él tendría que sufrir pero que no te preocuparas por él, que, a pesar del peligro y el dolor, saldría fortalecido. Mencionó otras cosas como el mensaje que te dije y una cosa que me preocupó más, tanto que apenas recuerdo qué es lo que dijo literalmente: Mencionó una guerra y un asesinato... no sé quién iba a morir asesinado ni contra quién era la guerra pero me dijo que tú y yo ya estábamos metidos en ella. Al final me dijo: “Como tanto tú como Lou no creéis demasiado en los sueños, cuando abras los ojos mira por la ventana y tú verás pasar trece estrellas fugaces seguidas para luego ver una enorme estrella de cinco puntas junto con Lou. Ahora, despierta...” y justo en ese instante desperté...

    —Y yo también —dijo Diana. —Yo soñé exactamente lo mismo que él y lo vi y escuché todo desde mi punto de vista. Al principio todo lo de ese sueño me pareció una tontería pero cuando David me contó que él también había soñado lo mismo pensé que era una casualidad demasiado grande por lo que ambos miramos por la ventana...

    —¡Et voila! ¡Trece estrellas fugaces cruzaron el cielo una tras otra nada más nos asomamos! Esto de casualidad no tiene nada.

    —Entonces... —dijo Lou mientras se asomaba a la ventana para ver el cielo estrellado. —Ahora debería aparecer una estrella de... —Lou no pudo hacer otra cosa más que enmudecer cuando vio pasar por el cielo cinco estrellas fugaces, cinco líneas de luz en cinco trayectorias diferentes todas al mismo tiempo, cuyas estelas de luz unidas formaban una estrella de cinco puntas sobre el oscuro cielo de Oxford en toda su magnitud para de inmediato acabar desapareciendo.

    —¿Empezamos a creer en los milagros? —preguntó Fu Riong más sorprendida que su persona.

    —Qué remedio...
     
  9. Threadmarks: Buscando el paraíso en un sueño - Capítulo 9
     
    JeshuaMorbus

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    11 Octubre 2018
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    Título:
    Buscando el paraíso en un sueño (Completa)
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    21
     
    Palabras:
    8986
    Capítulo 9: A mi merced


    I was told a million times

    Of all the troubles in my way

    Tried to grow a little wiser

    Little better ev'ry day

    But if I crossed a million rivers

    And I rode a million miles

    Then I'd still be where I started

    Bread and butter for a smile

    Well I sold a million mirrors

    In a shop in Alley Way

    But I never saw my face

    In any window any day

    Well they say your folks are telling you

    To be a superstar

    But I tell you just be satisfied

    To stay right where you are



    Keep yourself alive keep yourself alive

    It'll take you all your time and a money

    Honey you'll survive

    (“Keep Yourself Alive”, Queen)​


    —¿Aún te duele? —preguntó Yaksa preocupada mientras colocaba una compresa con hierbas sobre el maltrecho brazo de Zoé.

    —Un poco —contestó la aludida aguantando el resquemor intentando no poner mala cara, —pero no hace falta que te preocupes: Puedo aguantarlo.

    —¡Que puedas aguantarlo ya no me vale! —exclamó la utukku algo irritada ya. —¡Yo siempre he sido y seré fiel a Remiria pero aún así se está pasando!

    —Que no te preocupes... —intentó gritar Zoé, casi sin voz al resquemarle aún más la herida. —Cuando Amadeo vuelva y traiga las pruebas del lugar del que vengo, ella me entenderá. No me importa aguantar un poco más. Además, ya sabes que a sus ojos no soy más que una Noble como las demás...

    Yaksa, algo molesta por el comportamiento paciente de Zoé, le dio un suave manotazo sobre la pierna derecha, cosa a la que Zoé reaccionó con dolor, casi empezando a llorar.

    —¡No es cuestión de aguantar o no aguantar! —exclamó Yaksa. —¡Tú no estás aquí para convertirte en una mártir! —y acercándose un poco más a ella: —Sabes que puedo hacerle llegar un mensaje al rey. Pídele que te traslade a otro lugar o algo por el estilo. Cualquier excusa le valdrá y eso te servirá para alejarte de este lugar y de mi señora.

    —Tengo que esperar a Amadeo... —murmuró Zoé.

    —¡Espabila un poco! ¡Él sabrá perfectamente dónde estarás aunque te marches!

    —Por favor, déjala un rato tranquila —pidió Ku—Te en voz muy baja. —Intentaré convencerla yo.

    Yaksa miró al maltrecho daimonion, ya no tan fuerte y bello como lo vio por primera vez y le miró a los ojos, unos ojos negros como carbones, tremendamente inquietantes de ver pero que a ella le daban la impresión de ser muy sinceros.

    Yaksa suspiró derrotada por enésima vez y, dejando la caja con las medicinas y la lámpara, se retiró del cuchitril en el que le había tocado vivir a Zoé.

    —Hasta luego pues —se despidió Yaksa. —Vete a dormir pronto hoy y descansa cuanto puedas.

    —Gracias, lo haré —dijo Zoé intentando mostrar la mejor de sus sonrisas pero no pudiendo mostrar más que un gesto deformado por culpa del dolor y de sus heridas.

    Cuando Yaksa cerró la puerta Zoé ya no pudo controlarse más y rompió a llorar.



    Esa noche...

    —¿Aún estás despierta? —preguntó Ku—Te al notar como Zoé le abrazaba más fuerte aún.

    Zoé no respondió y siguió abrazando a su pobre daimonion.

    —¿Por qué no te marchas, tal como te propuso Yaksa? —preguntó Ku—Te. —Aquí no estás recibiendo más que...

    —...lo sé... —dijo Zoé en un hilo de voz. —...lo sé...

    —¿Pero por qué...?

    —Por Yaksa... ¿Tú crees que podré a encontrar con alguien como ella si llegara a otra parte? En cada Rat hay un gobernador y estoy segura de que todos harían lo mismo conmigo pero Yaksa sólo hay una...

    —“Más vale lo malo conocido que lo malo por conocer” ¿Eso es lo que quieres decir? ¿Entonces por qué no vas al Rat donde está Adrian?

    —Remiria emplearía esa petición para usarla en mi contra y lo sabes.

    —Pero si Yaksa haría llegar el mensaje en secreto y...

    —Remiria es la reina y gobernadora de Chalyben —dijo Zoé firmemente: —Tiene sus propias redes de información y nada más entregarle el mensaje al mensajero, Remiria se enteraría, diría que pido el traslado para matar a Adrian y tanto mi cabeza, como la de Amadeo, como la de Yaksa rodarán... no... no quiero arriesgarme... no con ellos en juego... —dijo acordándose de cuando llegó al Rat Chalyben.



    Haría cosa de una semana antes...

    Zoé, después de ser encontrada en el bosque fue conducida al campamento empalizado siendo escoltada por Amadeo y un séquito de seis soldados. Sin embargo, no se sentía nada cómoda: Su escolta le miraba de reojo, como si no se fiara de ella, como si en lugar de guiarla y protegerla fueran a asesinarla ahí mismo. Y la cosa no mejoró al entrar en el campamento: Nada más cruzar la puerta tanto Zoé como Amadeo como sus respectivos daimonions fueron el centro de atención de todas las miradas, miradas llenas de odio, tan cargadas desprecio que ni Ku—Te ni Goppler se atrevieron a levantar la vista del suelo, como avergonzados por existir tan sólo.

    A pesar de la tensión que se respiraba, no llegó a ocurrir nada por lo que acabaron por llegar a una de las cuevas que se abrían en la pared rocosa de la montaña. Y entraron en el Rat.

    Con una mezcla de miedo, sorpresa y maravilla, Amadeo y Zoé contemplaron la enorme caverna en la que se acababan de introducir, una gigantesca estancia totalmente horadada en la piedra, quien sabe si por obra del hombre o de la naturaleza, desde la que se veían accesos que llevarían más adentro de la montaña aún. Si había algo curioso en el lugar, era que, a pesar de que las paredes estaban recorridas por gran cantidad de regueros de agua, el lugar estaba iluminado casi como si fuera de día por cientos de antorchas que subían la temperatura varios grados.

    En medio de un abundante y curioso gentío que llenaba hasta las terrazas más altas de la cueva, Trevor, un grupo de cinco soldados, dos portadores y Adrian esperaban tranquilamente mientras los dos viajeros caminaban hasta él. Cuando llegaron a su lado, Adrian se levantó dificultosamente mientras soportaba el dolor de sus heridas y, pidiendo silencio, se acercó a Amadeo, lo abrazó y después repitió con Zoé. Al terminar, volvió a su silla gestatoria y ordenó seguir el camino a los portadores, ahora siendo él el guía.

    Zoé y Amadeo no llegaron a entender el gesto de Adrian pero cuando vieron las caras de sorpresa de las gentes de Chalyben comprendieron que no debía ser algo demasiado común. Algo amedrentados por las miradas que les profería la muchedumbre continuaron su camino por las entrañas de la montaña alejándose de ese ambiente tan claustrofóbico.

    —¿A qué vino lo del abrazo? —preguntó Amadeo nada más adentrarse en uno de los pasillos.

    —Es un símbolo muy clásico de nuestra cultura y de... —respondió Adrian.

    —Ahora somos sus siervos —interrumpió Zoé. —¿Verdad?

    —¿Cómo lo sabes?

    —En la antigüedad, en el lugar del que venimos se hacía igual: Para hacer efectivo el vasallaje se tenía que plasmar en un símbolo, esto es, un abrazo o un beso. Al menos es eso lo que leí.

    —Entonces vuestro mundo no debe ser demasiado diferente del nuestro.

    —No se vaya a creer...

    —¿A dónde vamos? —preguntó Amadeo.

    —A hacerte un regalo que vas a necesitar —respondió Adrian haciéndose el interesante.

    Después de subir durante más de un cuarto de hora por ese laberinto de cavernas hasta las estancias superiores del Rat, el grupo llegó a una enorme puerta de madera y hierro, la entrada a una fortaleza dentro de esa montaña. Sobre la puerta se podía ver un dibujo que bien podía ser el escudo de la familia de Adrian el cual representaba un bosque, una montaña, un murciélago y un lobo en cada una de sus cuatro partes.

    —Bienvenidos a mi castillo —dijo Adrian al tiempo que las puertas se abrían de par en par, permitiéndoles el paso hacia lo que se parecía más a un cuartel que a un lujoso palacio: Apostados en las cornisas de la estancia había al menos cuarenta arqueros y ballesteros vigilando esa entrada. Cualquier invasor que intentara entrar por ese lugar sería abatido a flechazos antes de poder defenderse de nada. Enfrente del grupo recién llegado estaban esperando lo que parecían los capitanes de la guardia, vestidos con corazas ligeras y armados con sables.

    —Bienvenido, mi señor —saludó uno arrodillándose al paso de Adrian. —Celebro con alegría que hayáis vuelto con vida del campo de batalla —y mirando a los dos recién llegados: —He escuchado toda clase de rumores desde que se os vio llegar a Chalyben pero no seré capaz de creerlos hasta que lo haya oído de vuestros labios.

    —Pues empezad a creer —dijo Adrian con tono jocoso mientras veía la cara de sorpresa de su capitán, como disfrutando de esa situación. —Zoé, Amadeo, os presento al capitán Kyleas, jefe de la guardia de palacio, de raza elata y uno de los militares más condecorados de todo el Rat.

    Los aludidos no supieron hacer otra cosa más que inclinar la cabeza en señal de respeto al no saber como reaccionar ante esta situación.

    —Kyleas, necesito que prepares un grupo de exploración —ordenó Adrian.

    —Enseguida señor pero, ¿para qué lo deseáis? Tenemos informes de que el ejército enemigo está en situación de retirada estratégica en sus ciudades. No veo razón para...

    —Sencillamente hazlo. Si lo que Amadeo y Zoé me han contado es cierto, esta guerra se nos está muy grande y puede que necesitemos de la ayuda de la reina Equa y del príncipe Otaz.

    —¿Grande? ¿A qué os referís?

    —Te lo explicaré cuando hayas reunido a tus soldados más capaces. Trevor será el guía y jefe del grupo, he dicho —así dicho, Adrian ordenó seguir la marcha por una de las cavernas que se abrían en la pared derecha de la cueva.

    A medida que avanzaban, los nuevos contemplaron la belleza de los pasillos de ese enorme castillo que, a pesar de que en semejante lugar deberían reinar la humedad y el frío más absolutos, se mantenía una temperatura perfectamente soportable gracias a un sistema de ventilación muy extraño que se podía ver traslucir tras alguno de la multitud de tapices que decoraban los pasillos.

    —Ésta es mi sala de armas —dijo Adrian al llegar a una estancia plagada de armarios y estantes en los que se encontraban expuestos una buena cantidad de espadas, martillos, lanzas, alabardas y demás armamento medieval. —Amadeo, como el viaje que vas a hacer ahora no va a ser un paseíllo te dejaré elegir el arma que prefieras de toda mi colección para que puedas defenderte durante el camino.

    —Un... ¿un arma? —preguntó Amadeo algo atemorizado.

    —Sabrás manejar una espada, ¿verdad?

    —Bueno, yo...

    —Amadeo es el actual campeón nacional de Francia en la especialidad de florete —dijo Zoé, como orgullosa de él. —Él sabe cómo manejar una de estás.

    —Te equivocas —dijo secamente Amadeo. —Yo sólo sé manejarme en esgrima deportiva, no en esgrima histórica. Lo más que sé de cómo manejar semejantes reliquias se limita al campo de las espadas roperas y ni siquiera sé si las réplicas que manejaba se parecen un mínimo a las que tienen aquí.

    —Pero...

    —Además hay que recordar que esto es una guerra —dijo Amadeo apesadumbrado. —No va a haber nadie que luche siguiendo unas reglas: Se limitarán a matar y punto.

    Zoé agachó la cabeza avergonzada por lo que acababa de decir.

    —Pero si fuimos capaces de ir por el bosque durante casi tres días sin encontrarnos con nadie, es bien posible que no pase nada —dijo Amadeo para animar a su compañera, dicho lo cual se dirigió hacia un estante en el que había expuestas varias espadas roperas para ir comprobándolas con el típico detenimiento que solía mostrar Amadeo en todo lo que se refería a la esgrima.

    Un buen rato después, tras revisar más de veinte espadas, largas y cortas; de lazo, de conchas y de taza; bellas obras de arte y simples pedazos de metal y después de comprobar como se adaptaban a su mano, se decidió por un modelo de espada ropera de lazo cuyos gavilanes se extendían sobre el puño del arma en forma de doble anillo dándole un toque bello al arma y cumpliendo su función de guardamano a la perfección. La hoja del arma, a ojos de Zoé era lo más cómico que había visto jamás: Era fina y alargada, casi con el aspecto de que se iba a caer en cualquier momento y que se iba a romper al más mínimo golpe. Ese arma se parecía más a un palillo que a un arma mortal.

    —¿Por qué has elegido ese modelo? —preguntó Adrian tras ver la elección de Amadeo.

    —Por su punto de equilibrio —dijo mientras movía la espada con holgura. —Está situado a poca distancia del pomo por lo que su inercia es bastante pequeña —dijo dando unos cuantos cortes muy rápidos y secos al aire. —Además, hay que tener en cuenta que una espada que corte con el punto de equilibrio más alejado de la mano no me serviría de nada frente a una coraza de placas mínimamente bien hecha, como la que usted llevaba cuando nos conocimos, por lo que mejor sería enfocar el combate al uso de la punta que, en el caso de las roperas, bien pueden atravesar cotas, huesos e incluso corazas tirando con un mínimo de intención causando el mínimo cansancio en la muñeca.

    —No resultas ser nada tonto en lo que se respecta a análisis militar —comentó Adrian gratamente sorprendido. —¿Ibas para soldado en tu mundo?

    —No —respondió enrojeciéndose de vergüenza, —la verdad es que era un poco aficionado a los videojuegos y... mejor se lo cuento otro día. De todas maneras, esta espada pesa casi el doble que las espadas que estoy acostumbrado a manejar y mide bastante más por lo que me costará adaptarme a este arma.

    —Pero Amadeo, ésa es un arma que... —quiso quejarse Goppler.

    —...ha sido concebida y diseñada para matar —continuó Amadeo algo nervioso. —Lo sé y no hace falta que me lo recuerdes... pero recuerda que los que están allá afuera no me dejarán marchar así como así, por lo que, si quiero que me acepten aquí y volver a casa algún día, tendré que defenderme, incluso si eso supone matar a otras personas.

    Amadeo, tras un rato de estar cabizbajo, pensando en lo que iba a tener que hacer, volvió a levantar la vista aparentemente más animado y pidió una funda para la espada.



    —...dijo que estaba dispuesto a matar... —susurró Zoé asustada. —...pero también dijo que podría morir...

    —No —dijo Ku—Te con firmeza. —Él no se dejará matar y sabes que hará todo lo posible para volver. Él sabe cómo adaptarse a todo con rapidez... —Ku—Te dudó. Realmente no tenía ni idea de lo que le había pasado a Amadeo desde que había marchado y, teniendo en cuenta la distancia a la que estaba el agujero, ya era preocupante que tardara más de una semana.

    Un golpe a toda potencia sobre la puerta de la habitación sacó a ambos de su ensimismamiento.

    —¡Arreando, Noble! —se oyó desde fuera a la jefa del servicio.

    Zoé se estiró un poco, salió de su nicho, se ajustó las vendas de su brazo y de su hombro y salió para volver al trabajo. Como de costumbre se encontró con Yaksa que la esperaba para guiarla hasta las dependencias de la reina y para defenderla durante el camino del resto de habitantes del Rat.

    —¿Te ha mejorado el brazo? —preguntó Yaksa mientras pasaban por un pasillo desierto.

    —Casi parece que haya mudado de brazo, lo único que me molesta es el olor que tiene ahora —dijo Zoé intentando reírse un poco de la situación. —Tienes unas manos de oro.

    —De veras siento mucho lo que te está haciendo mi señora. En el fondo es una muy buena persona —se disculpó como hacía todos los días. Pasara lo que pasara, allí siempre estaba Yaksa intercediendo por su señora, comentando sus buenas obras y todo lo bueno que había hecho en favor de todos los que se ocultaban en ese Rat.

    “No sé yo” se dijo Zoé sintiendo todos los golpes que le había estado arreando toda esa infernal semana. —Da igual. Todo esto lo han provocado los Nobles y yo soy una Noble. Punto. Cuando vuelva Amadeo, Remiria me entenderá.

    —...y dale que te pego... Llevas una semana repitiendo una y otra vez que te entenderá pero, ¿qué pasará si no vuelve?

    Zoé se paró con el corazón encogido intentando hablar sin poder evitar volver a empezar a llorar.

    —...no lo digas ni de broma... —dijo Zoé entre lágrimas. —¡Que Amadeo vuelva es la única esperanza que tengo de que esto acabe algún día! ¿¡Me oyes!? ¡La única!

    —¡No grites! —exclamó Yaksa por lo bajo, tapándole la boca. —¡Siento haber dicho eso pero no grites! Ya sabes lo que te hicieron la última vez que lo hiciste.

    Yaksa le limpió las lágrimas a su compañera y tras un rato para que se tranquilizara, continuaron con su camino mientras Zoé recordaba como había conocido a su única amiga allí...



    Un día después de que llegaran al Rat, Amadeo se marchó con un grupo de reconocimiento en busca del agujero. Apenas se cruzaron un par de palabras de despedida, sabiendo lo incomodo de esa situación y en menos de un minuto, Zoé perdió de vista a Amadeo, vestido con coraza y gualdrapa con el escudo del Rat, tras las puertas de la empalizada.

    —En fin —dijo Adrian desde su silla, —ahora me toca a mí. Mis asuntos me han estado reclamando al Rat Aenun desde mucho antes de conocernos. Espero que no te vaya demasiado mal por aquí.

    —Gracias por su ayuda —dijo Zoé inclinando la cabeza.

    —No, no, gracias a ti por la ayuda que me prestaste en el bosque. Os estaré eternamente agradecido por pararos a ayudarme. Si necesitas alguna cosa, díselo a Kyleas y él me hará llegar el mensaje. Cuídate.

    —Gracias, lo mismo digo... —Zoé vio con algo de miedo cómo se alejaba la única persona que conocía por allí.

    —¡Tú! —exclamó la jefa del servicio del castillo nada más saliera Adrian. —Su Majestad, la reina Remiria te reclama.

    Zoé asintió y siguió a la oronda mujer elata por ese laberinto de cavernas que era el Rat hasta los aposentos reales.

    Cuando atravesó las puertas, la jefa se marchó y Zoé se encontró en una sala realmente grande llena de cortinajes y tapices que le daban un aspecto muy oscuro pero a la vez precioso. En el poco tiempo que llevaba allí, Zoé ya se había acostumbrado a la escasa luz que había dentro del Rat, y gracias a ello pudo empezar a ver bien los motivos ocres y oscuros de los tapices, deliciosamente elegantes para la vista. La sala estaba diseñada de tal manera que los tapices cumplían la función tabiques separando las diferentes secciones del lugar mediante pasillos entelados y haciendo que las corrientes de aire del sistema de ventilación circularan mejor.

    “Aunque me pregunto yo para qué querrá ella una habitación tan grande” se dijo Zoé al ver que por allí casi no había un alma.

    Zoé siguió el pasillo central hasta llegar a la zona donde le esperaba la reina. Ésta era una mujer bastante parecida a Adrian: Joven, pelo blanquecino, notablemente esbelta... pero bastante más baja que él, quizá por ser más joven que su marido. Pero si tenía algo que inquietaba a Zoé era la manera en la que la miraba, una mirada mucho más intensa que la que le proferían los demás habitantes del Rat. Cuando la vio entrar, señaló al resto del servicio que la dejaran a solas con ella.

    —Así que tú eres Zoé... —dijo Remiria con altivez desde su silla nada más se hubieran retirado los criados.

    Zoé no supo hacer otra cosa más que inclinar la cabeza en señal de respeto, cosa en la que le imitó Ku—Te.

    —Puedes mirarme a la cara —dijo Remiria fríamente como ordenándole que lo hiciera.

    Zoé alzó la vista, algo nerviosa, como si ya supiera lo que le iba a pasar.

    —Adrian me ha hablado mucho y muy bien de ti.

    —Eh... no lo sabía...

    —¡Silencio! —ordenó la reina. —¡Me importa un bledo lo que digas que hayas hecho! ¡Sigues siendo una Noble sin marcar!

    —Eso se puede solucionar —dijo Zoé descubriéndose el brazo izquierdo.

    —Nadie te ha dicho que vaya a marcarte. ¿Qué pretendes haciendo que te marque? ¿Qué nos fiemos de ti? ¡Tú eres una Noble! ¡Ni con marca serás como nosotros!

    —Es cierto que estoy aquí —dijo Ku—Te acercándose a Remiria, —pero yo no siempre...

    Ku—Te no pudo terminar la frase pues Remiria le asestó una potente patada bajo la mandíbula, haciendo que tanto él como Zoé cayeran al suelo.

    —¿¡Pero qué...!? —intentó gritar Zoé llevándose la mano al lugar donde Ku—Te había recibido el golpe.

    —¡Ni una palabra! —ordenó Remiria levantándose. —¡No olvidéis de ante quién estáis! ¡Y a ti! —gritó señalando a Ku—Te que se estaba intentando levantar tras el golpe. —¡Ni se te vuelva a ocurrir acercarte a mí!

    Ku—Te agachó la cabeza y se retiró a toda prisa hacia donde estaba su persona, que le recibió dándole un abrazo tranquilizador. Zoé no sabía que hacer en esa situación: Esa mujer era la persona más poderosa del lugar y a todas luces veía como la odiaba en el más puro sentido de la palabra. No podía quejarse sin la amenaza de recibir más golpes y si se defendía, Dios sabría que podría llegar a hacerle. No pudo hacer otra cosa que quedarse arrodillada mientras abrazaba a Ku—Te, quedándose a su merced.

    —¿Qué pretendes hacer aquí? —preguntó Remiria inquisidoramente mientras se acercaba.

    Zoé se asustó ante esa pregunta. ¿Que qué pretendía hacer ella allí? Ésa era una buena cuestión. Había llegado al Rat siguiendo a una buena persona a la que había salvado pero no sabía dónde se estaba metiendo pues nada conocía de ese mundo. Sin embargo sí que sabía cual era la razón que la había estado guiando todo ese tiempo.

    —Volver a casa —respondió Zoé mirando fijamente a los ojos de Remiria.

    A la reina pareció inquietarle la respuesta pero no dijo nada y ocultó toda señal de miedo que pudiera tener.

    —Volver a casa... Curiosa respuesta —comentó la utukku. —¿Defines a Chalyben como tu casa?

    —No —dijo Zoé firmemente. —Yo soy una viajera que tan sólo desea encontrar el camino de vuelta a casa. Éste es sólo un lugar de paso.

    —¿Y dónde está tu casa?

    Zoé reflexionó sobre lo que debería responder, tomándose su tiempo, intentando hacer que Remiria no perdiera la paciencia.

    —Eso lo dirá el señor Trevor cuando vuelva. Hasta entonces no podré deciros ni probaros nada.

    La seguridad que reflejaba Zoé pareció amedrentar a Remiria que empezó a andar un poco por la sala pensando en sus respuestas.

    —Levanta —ordenó al cabo de un par de minutos —y ven aquí.

    Zoé la obedeció y, dejando a un asustado Ku—Te en el suelo, se acercó a ella.

    —Si de veras vas a estar aquí, tendré que marcarte —dijo Remiria extrañamente tranquila. —Descúbrete el brazo.

    Zoé así lo hizo y lo alzó para entregárselo. Remiria lo sostuvo suavemente con ambas manos y lo miró con detenimiento, como si no se fiara de lo que veía, pensando que había preparado alguna triquiñuela, pero, tras comprobar que el brazo no tenía nada extraño, abrió la boca y la mordió. Y Zoé por poco no chilló de dolor pues Remiria le clavó todos los dientes en el brazo, tanto los superiores como los inferiores, tanto colmillos como incisivos, causando el máximo dolor posible, agarrándole el brazo para evitar que se pudiera escapar. Zoé resistió en esa posición y Ku—Te soportó como pudo el dolor hasta que Remiria se hubo saciado con su sangre pudiéndose retirar después bastante dolorida, bajando la vista para evitar un castigo mayor.

    —Veo que eres inteligente al no quejarte —dijo Remiria mientras se limpiaba los labios. —Sin embargo, la marca que tienes ahora te impedirá viajar libremente por el mundo. Si intentas volver con los tuyos, te ejecutarán y se acabó. Ya no tienes otra elección que quedarte aquí a mi servicio, ¿me has entendido?

    —Sí... —dijo Zoé intentando taparse la herida con un pañuelo.

    —¡Sí, mi señora! —ordenó la otra dándole una bofetada.

    —Sí... mi señora —rezongó Zoé aguantándose las lágrimas mientras bajaba la vista.

    —Mucho mejor —rió cruelmente Remiria acercándose al cordel de una campanilla y tirando de él. Al poco rato apareció una mujer de algo más edad que Zoé. —Yaksa, ocúpate de enseñarle el lugar a ésta y dale la habitación de atrás. Yo tengo cosas que hacer.

    —Sí, mi señora —dijo la recién llegada con una reverencia. —Sígame, por favor —le indicó a Zoé.

    Ésta tardó un poco en reaccionar por los nervios pero acabó por hacerle caso y salió de la habitación lo más rápido que pudo.

    —No tengas miedo —dijo Yaksa sonriendo afablemente al ver la cara de terror que tenía Zoé. —No te haré nada.

    Zoé no pudo hacer otra cosa más que apartar la vista con miedo e ir mirando el suelo para evitar cruzar la mirada con cualquier otra persona. Sabía que al ser una “Noble” tendría a todo el Rat en su contra y nada podía hacer para evitarlo.

    Un par de minutos después, las dos llegaron a la entrada de una habitación en el fondo de lo que era la fortaleza del Rat. Al entrar, Zoé pudo ver que esa “habitación de atrás” apenas era un frío agujero en la roca de la montaña con dos aberturas en la pared que cumplirían las funciones de cama pero que a la vista de una dolorida Zoé se asemejaban a dos nichos preparados para darle sepultura.

    —Espera aquí mientras te traigo tus cosas y algo para curarte esa herida —dijo diligentemente Yaksa, marchándose de inmediato. —Tú sigue tapándotela.

    Zoé entró dentro de la habitación seguida por Ku—Te y, tras cerrar la puerta, se ocultó lo mejor que pudo en la esquina más oscura de la sala abrazando a Ku—Te mientras se cubría la herida de la que no dejaba de manar sangre.

    Tras una corta espera, Yaksa volvió al lugar con la mochila de Zoé, una lámpara de aceite y una caja que parecía un botiquín. Tras cerrar la puerta dejó la mochila en el nicho inferior y se acercó a Zoé.

    —Muy bien, déjame ver ese brazo —dijo Yaksa arrodillándose y sacando un rollo de gasa y lo que parecía ser una pomada de la caja.

    —¿Qué es eso? —preguntó Zoé asustada al ver la cajita de la pomada.

    —¿Esto? No te preocupes, sólo es una pomada a base de cica, una planta que cierra muy bien las heridas hechas por mordisco de utukku. Sólo déjame el brazo y te curaré.

    La actitud que le mostraba Yaksa la hizo desconfiar pero, para evitar un posible castigo futuro, le pasó el brazo.

    —Por favor, no tiembles —dijo Yaksa mientras le limpiaba la herida. —Si no te limpio la saliva la herida no se te cerrará nunca.

    Zoé siguió temblando. Ya no tenía razones para confiar en nadie de ese lugar. Sabía que ahora que Adrian se había marchado, no tenía ningún valedor que hablara en su favor.

    —No me pongas esa cara de funeral —dijo Yaksa intentando animarla mientras le intentaba aplicar la maloliente pomada. —Ya te he dicho que no te voy a hacer nada ¿De dónde vienes, ya que estamos?

    Zoé notó que evidentemente, esa mujer no pretendía hacerle daño, pero aún no entendía por qué.

    —...yo no soy de aquí... —respondió medio avergonzada.

    —Eso es evidente —dijo Yaksa mirando a Ku—Te. —¿Todos los doppelgänger son así?

    —No lo sé, pues tampoco soy una Noble de pura cepa.

    La respuesta pilló un poco descolocada a Yaksa pero no por ello dejó de sonreír tranquilizadoramente.

    —¿A qué te refieres?

    —Esa pregunta sólo te la podrá responder Amadeo cuando vuelva.

    —Amadeo... ¿el otro Noble? ¿Él tampoco es un “Noble de pura cepa”?

    —No... ¿para qué quiere saberlo?

    —Por nada en especial, tan sólo me es extraño estar con una Noble. Eres la primera que veo en toda mi vida y no eres tan temible como suelen decir... ¡Un momento! ¿Me has tratado se usted?

    Zoé, viendo la cara de sorpresa de la utukku y, temiendo otro golpe, se tapó lo mejor que pudo con sus brazos.

    —¡La primera vez que me hablan así! —exclamó riéndose. —¡Trátame de tú, que no estoy tan vieja! —pero al ver cómo se ponía Zoé dejó de reír. —Perdona, ¿te he asustado?

    Zoé no bajó los brazos esperando el golpe.

    —Que no te voy a pegar —dijo Yaksa con tono paciente, bajándole los brazos suavemente para volver al trabajo. —Es la primera vez que nos vemos y yo no te conozco de nada. Lo único que sé es que has salvado a una persona importante para esta comunidad y eso me basta para pensar que puedo confiar en ti. Ahora déjame terminar con esta herida...

    —¿Remiria siempre es así? —se atrevió a preguntar Zoé.

    —¿La reina? Ella es la mejor soberana de la que se tiene constancia. Es una mujer buena y generosa... pero ya ves que los Nobles no le caen demasiado bien. Si le muestras tus buenas intenciones seguro que te tratará bien pero para ello debes tener paciencia.



    “Una paciencia que estoy empezando a perder” pensó Zoé recordando cada una de las torturas a las que fue sometida día tras día estando al servicio Remiria casi como una esclava.

    —En fin, aquí te dejo —dijo Yaksa frente la puerta de los aposentos reales, añadiendo por lo bajo: —Hoy Kyleas no estará en la fortaleza, así que te dejará tranquila algún tiempo. No te fuerces demasiado.

    Dicho lo cual se marchó para ocuparse de sus obligaciones.

    —Ánimo —dijo Ku—Te. —Amadeo no puede tardar demasiado en volver.

    “Esperemos” pensó Zoé desesperanzada.

    Sin más dilación, cogió aire y dio tres golpes a la puerta siendo la misma Remiria la que le abriera, cosa que empezó a mosquearla.

    —¿Qué te pasa? —preguntó Remiria molesta al ver que Zoé no se movía. —¡Entra ya y cierra la puerta!

    —Sí, mi señora —Zoé había interiorizado tanto esa frase que ahora casi le salía sin esfuerzo. Sin embargo eso no le salvó de la típica colleja de todas las mañanas.

    —¡Vamos! ¡Ve a limpiar el trastero! —ordenó la reina. —Como me vuelva a encontrar una sola cosa fuera de sitio hoy vuelves caliente.

    “No sería nada raro” pensó Zoé desmotivada. “Parece ser que éste es mi sino hasta que vuelva Amadeo”.

    Y así pasó el día, entre limpiezas diversas, trabajos absurdos y diferentes abusos de Remiria, casi sin comer ni beber nada y sufriendo cada vez más por el dolor de sus heridas. En el único momento en el que pudo empezar a sentirse tranquila fue cuando Remiria tuvo que marcharse para ocuparse de varios juicios en la sala del trono. En el momento en el que por fin salió por la puerta, Zoé pudo sentarse para relajarse un poco.

    —Ven —pidió desde el suelo a Ku—Te petición que le concedió gustosamente. Últimamente no podía pasar más de una hora sin acariciar un poco a su daimonion. “Quién lo diría nada más lo conocí” pensó recordando lo que aconteció en Oasis. —¿Te encuentras bien?

    —¿Y tú?

    Siempre pasaba lo mismo: Siempre se hacían preguntas que no podían responder y al final se quedaban siempre en silencio. Sin embargo, esta vez Zoé no se embobó como siempre en ese momento de relajación, así que, dándole un besito a Ku—Te, volvió al trabajo.

    Ku—Te, extrañado por esa ruptura de su rutina, le preguntó con la mirada a Zoé, mirada que su persona sintió, para reaccionar empezando a colocar las cosas lo mejor que pudo, para hacer un buen trabajo y en lo posible ahorrarle sufrimiento a su daimonion. Éste, triste de ver cómo había acabado su persona, se echó y apartó la mirada, cosa que le dolió profundamente a Zoé.



    Esa noche (al menos eso le indicaba el medio roto reloj de Zoé) Remiria volvió con el mismo carácter de siempre.

    —¡Maldita sea! —gritó casi sin mirar la sala. —¡Te doy tiempo más que suficiente para ordenar veinte salas como ésta y tú ni siquiera has acabado con el trastero!

    —Perdone, mi señora —suplicó Zoé arrodillándose aún sabiendo lo que le iba a pasar: Nada más terminar la frase recibió una patada en la cara y fue levantada por los pelos.

    —“Perdón, perdón, perdón”... ¡Eso no me basta, Noble consentida! ¡Ahora tendrás que...! —Remiria se interrumpió de repente, según parecía por haber olfateado algo raro. —¿Qué es ese olor? —dijo levantado el brazo marcado de Zoé. —Esto es... ¡pérnico! ¿¡De dónde lo has robado!? —dijo abofeteándola.

    Zoé, algo más confusa que de costumbre, no pudo responder que gorgoteos incomprensibles mientras se intentaba cubrir de los golpes. Remiria volvió a tirarle del pelo sometiéndola de nuevo y preguntó con la voz en grito:

    —¿¡De dónde lo has sacado!? Sólo unos pocos pueden tener acceso al pérnico y tú no puedes ser uno de esos.

    —No lo sé —murmuró Zoé entre lágrimas. —Creí que era cica y...

    —¡Ah, ya lo entiendo todo! —dijo soltándole el pelo y agarrándola de la chaqueta. —Tienes un compañero en el Rat, un traidor a Chalyben. ¡Dime quién es!

    Zoé, al escuchar eso, pensó algo asustada si Yaksa habría robado algo de eso que Remiria llamaba pérnico.

    —No lo sé... —respondió apartando la mirada.

    —¡Mírame a los ojos! —gritó dándole un puñetazo en el ojo derecho. —¡Claro que lo sabes! ¡Y yo también! Me negaba a creer esos rumores pero veo que era cierto: Yaksa te ha estado ayudando llegando a robar pérnico para curarte las heridas. Ahora se enterará de lo que es ayudar al enemigo —dijo soltando a Zoé y dirigiéndose a la campanilla.

    Zoé, aterrorizada por lo que podría pasar, miró a Ku—Te pidiendo consejo y se encontró con el Cu—Sith levantado, como implorándole que lo hiciera. Y así lo hizo: Zoé cogió unos de los trapos que tenía en el bolsillo y rápidamente hizo una bola con él mientras agarraba a Remiria del hombro.

    —¿¡Pero qué ha...!? —intentó gritar Remiria no pudiendo terminar la frase pues Zoé le había metido el trapo en la boca. Remiria trató de zafarse de los brazos de la otra para llegar hasta la campanilla pero ya no pudo: Zoé estaba furiosa y ni un ejército de reinas como ella podrían detenerla. Una vez acabó de meterle el trapo en la boca, aprovechó que Remiria le lanzó un golpe para cogerle del brazo, retorcérselo, hacerle perder el equilibrio y someterla contra el suelo, colocando su rodilla sobre la muñeca contra su espalda. Remiria intentó gritar pero el trapo le impedía emitir sonido alguno por lo que intentó quitárselo con la otra mano, movimiento que volvió a aprovechar Zoé para inmovilizarla. Colocó su otra pierna sobre ella y Remiria se quedó totalmente inmovilizada bajo el peso de Zoé, sin poder hacer otra cosa más que dar pataletas al aire.

    Zoé, sabiendo que lo que había hecho no podía más que llevarlo hasta el final, cogió otro trapo y con él aseguró la mordaza que Remiria estaba tratando de escupir a duras penas, hecho lo cual cogió su último trapo y le ató por las muñecas lo mejor que pudo, venciendo la cada vez más debilitada resistencia de la reina.

    —Si se mueve, rebánale el cuello —ordenó Zoé en un susurró a Ku—Te. Sabía perfectamente que por más que se lo ordenara, su daimonion no lo haría pero eso no lo sabía Remiria que se quedó totalmente paralizada de terror mientras Zoé cogía alguna de las cuerdas que sostenían las cortinas de la sala para atarla mejor.

    Primero le ató por los tobillos para evitar que siguiera haciendo ruido para luego pasar a las rodillas, las muñecas y los brazos. Cuando terminó, la levantó y la tiró sobre su cama.

    —Muy bien pues —dijo Zoé sentándose cansada y dolorida tras todo lo que había hecho. —Ahora eres tú la que está a mi merced.



    Las siguientes tres horas se las pasó Remiria llorando desde el momento en el que se dio cuenta que le era imposible librarse de sus ligaduras, esperando el momento en el que Zoé la matara. Sin embargo ese momento no llegó: Zoé esperó pacientemente a que dejara de llorar, momento en el que empezó a hablar:

    —Se estará preguntando muchas cosas: “¿Por qué se ha atrevido a hacerme esto? ¿Por qué no me mata? ¿Qué pretende?” y cosas así, ¿verdad?

    Remiria asintió mientras se movía iracundamente.

    —Es bastante absurdo responder a la primera pregunta: Tú misma te lo has buscado. Ni siquiera la gorda de Letty o ese pervertido de Kyleas se pasaban tanto como lo has hecho tú. Sin embargo hubo una cosa que sí que me ha sacado de mis casillas más que ninguna otra: Ibas a castigar a Yaksa cuando su único crimen fue ayudarme ¿Qué pretendías con ello? ¿Castigar la generosidad y la bondad? ¿Castigar a una persona que a pesar de saber lo que me hacías, te seguía siendo fiel?

    Remiria inclinó las cejas extrañada, preguntando con la mirada.

    —Sí, eso he dicho: Te es fiel hasta el final y precisamente por eso, por el respeto que te tiene, no te he matado. Si me hubiese dicho que tan sólo eras morralla y una basurilla que se hace la importante, haría tiempo que estarías criando malvas. Yo respetaré todo lo que ella respete, incluso si lo que respeta algo tan despreciable como tú. Y ahora viene la pregunta estrella: ¿Qué pretendo? Muy sencillo: Hacerte comprender de una vez por todas que en ningún momento he pretendido ser tu enemiga. Ahora pensarás: “¡Hacerme comprender! ¡Ilusa! ¡Tú sólo eres una asquerosa Noble que patatín y no sé qué patatán que piensa matar, espiar, etc, etc!”, ¿verdad?. Bueno, pues te diré lo que me he estado guardando todo este tiempo por miedo a que me castigaras por mentirosa: Yo no soy Noble de nacimiento, nací elata.

    Remiria miró con sorpresa a Zoé, totalmente escéptica.

    —Ya veo que no me crees —continuó Zoé. —Sin embargo esa es la verdad: No hace ni un mes que conozco a Ku—Te. Antes de eso ni siquiera sabía que existía. Veo que ahora estás más confusa: “¿A qué te refieres con que no sabías que existía? ¿Es que siempre ha estado ahí? ¿Siempre lo has ignorado?”. Es eso lo que me preguntas, ¿no?

    Remiria asintió sorprendida por la comprensión que mostraba Zoé.

    —Pues aquí está lo más gracioso —dijo inclinándose sobre Remiria: —Todo ser humano nace con un doppelgänger. Todo ser humano, sea Noble, dríada, elato o incluso utukku. Incluso tú tienes un doppelgänger que has estado ignorando desde el mismo momento de tu nacimiento.

    Remiria no pudo hacer otra cosa más que apartar la vista de los ojos de Zoé. La posibilidad de parecerse lo más mínimo a un Noble la espantaba sobremanera.

    —Mírame a los ojos —ordenó Zoé con voz comedida forzando a su prisionera a girar la cabeza. —Ahora vas a ser tú la que me escuche. ¿Tienes miedo de parecerte a mí? ¿De parecerte a una Noble? Yo no conozco a ninguno de los que vosotros llamáis Nobles pero puedo decir sin temor a equivocarme que tú eres más Noble que el más malvado de los suyos. Y no hay vuelta de hoja.

    Remiria se revolvió en la cama en señal de protesta pero cuando vio el gesto amenazador (el falso gesto amenazador) de Ku—Te paró.

    —A veces la verdad duele, ¿a que sí? ¿Acaso me estás diciendo que no me has estado golpeando, pateando, abofeteando, arañando, arrastrando, mordiendo, escupiendo, pisando y humillando durante todo este tiempo? ¿Me estás diciendo que por ser tú “la buena” tienes derecho a hacerme sufrir? Ahora mismo recuerdo algo que me dijo Adrian nada más conocernos: “Los Nobles nos matan tan sólo por ser utukku”. Entiendo que los odies por ello pero eso no es óbice para convertirte en uno de ellos pues a mí me humillabas tan sólo por ser Noble. Y bien, ¿eso te hacía sentir mejor? ¿Te hacía sentir una justiciera? ¿Alguien que cumplía con su deber? ¿Te sentías superior? En tu cara veo que no. ¿Qué pretendías entonces? ¿Vengarte sobre mí de lo que han hecho a tu pueblo los Nobles? ¿Hacer que te sirviera de chivo expiatorio de todos tus problemas y dudas, de todo tu odio? No lo sé, ni quiero saberlo ahora por razones evidentes —dijo señalando la mordaza.

    La expresión de Remiria había cambiado notablemente: Su rostro ya no estaba tan crispado y mantenía baja la vista, como avergonzada de todo lo que había hecho.

    De repente, alguien llamó suavemente a la puerta asustando a los presentes.

    Zoé había previsto muchas cosas en el tiempo que había estado con la reina a su merced pero en ningún momento había pensado que pudieran interrumpirla (generalmente cuando la reina estaba dentro con ella nadie osaba molestarla en sus calvarios) así que tuvo que ponerse a cavilar rápidamente. Lo primero que hizo fue correr las cortinas que permitían ver lo que estaba pasando al fondo de la habitación, lugar en el que estaba Remiria, para luego aclararse la garganta con un vaso de agua.

    —Mi señora... —dijo Yaksa abriendo levemente la puerta para ser escuchada. —Quisiera no molestaros pero... la Noble...

    —¡Maldita sea! ¡Ya lo sé! —gritó Zoé a pleno pulmón, desde detrás de las cortinas, arriesgándose al máximo al intentar imitar la voz de Remiria. —¡Esta bastarda aún tiene cosas que explicarme! ¡Y Yaksa, ya hablaremos del asunto del pérnico!

    Yaksa, probablemente asustada al escuchar esas palabras de la que creía que era su reina, cerró la puerta de inmediato sin fijarse en la voz de la que le hablaba.

    —No, si al final teníais razón —dijo Zoé, con el corazón en un puño, volviendo al lado de Remiria. —Ya sé que nada de lo que os pida servirá para nada pero hacedme caso, por favor: La menos culpable aquí es Yaksa.

    Remiria se arrastró para intentar erguirse, cosa en la que la ayudó Zoé, quedándose sentada al final. Ya no parecía estar tan asustada como al principio.

    —¿Ya no pensáis que vaya a mataros? —preguntó Zoé viendo la calmada actitud de la reina.

    Remiria negó con la cabeza y después bajó la vista en señal de humildad, tal como había hecho su medio esclava cientos de veces durante esa semana. Después alzó la vista empezando a gurgutar algo, como si quisiera decir algo. Zoé, desconfiada pero sin verdadera intención, miró en uno de los zapatos de Remiria y encontró un puñal (ya se lo había visto varias veces estando ella arrodillada a sus pies) y se lo colocó en el cuello.

    —Una sola palabra más alta que la otra y despídase de su cuello —amenazó mientras le quitaba la mordaza. —¿Qué quiere decirme?

    —Si sabes lo que va a pasar a partir de ahora, ¿por qué lo haces? —preguntó la otra mientras miraba el puñal.

    —Porque, la verdad, ahora que lo pienso, no tengo tantas ganas de volver a casa. Bien pensado, ése es el lugar donde viven mis padres y es con ellos con quienes menos pienso en regresar: Siempre manejándome como una marioneta, obligándome a hacer cosas que yo no tengo ganas de hacer, obligándome a aprender cosas que no quiero aprender, obligándome a conocer personas a las que no deseo conocer, haciendo que odie cosas que siempre me ha gustado hacer... Vamos, van a la zaga de ti. Además, ¿de qué me sirve estar viva si no tengo una razón real para vivir?

    —¿Cómo?

    —Mira a Ku—Te —dijo señalando a su daimonion. —Probablemente no lo sepáis, pero en el lugar donde me encontré con él me dijeron que él era una especie de reflejo de mí. Durante todo este tiempo en Chalyben, he estado intentando hacer un buen trabajo para evitar que Ku—Te sufriera al sentir mis golpes. Sin embargo hoy me di cuenta de una cosa: Lo que más le dolía no era que usted me golpeara sino ver lo bajo que había caído yo con la única excusa de querer seguir viva, en pocas palabras, se avergonzaba de ser parte de mí por lo que, en mí, querría decir algo bastante más alarmante: Me odiaba a mí misma. Parece que sus torturas me acabaron por afectar de verdad. Ahora me doy cuenta que la vida deja de tener sentido si estás toda la vida sufriendo. Como diría un gran hombre de mi mundo: “Prefiero morir de pie que vivir arrodillado”.

    Dicho esto, le volvió a tapar la boca.

    —Haced lo que debáis —dijo levantándose mientras se ocultaba el puñal en la cintura. —Pero recordad que esta vez me defenderé y juro por lo más sagrado que no dudaré en matar a todo aquel que pretenda atacarme. Dicho esto, buenas noches —y salió discretamente de la habitación.



    De vuelta a la habitación de atrás, Zoé se encontró con Yaksa en el pasillo que le llevaba a ella, esperándola con la caja de las medicinas. Cuando la vio se dirigió rápidamente hacia ella al ver sus nuevas heridas.

    —Hola —saludó Zoé disimulando lo mejor que pudo sus nervios. —Siento haber tardado tanto... —después de todo lo que hizo estaba cansada de verdad por lo que eso no tuvo que disimularlo.

    —¿Qué tal te encuentras? —dijo mirándole su ojo morado de cerca.

    —Bien... dentro de lo que cabe...

    Las dos entraron en la habitación y Yaksa se preparó para hacerle las curas a Zoé.

    —Siento que Remiria se haya enterado de lo del pérnico... —se disculpó Zoé.

    —No pasa nada, ya sabía dónde me estaba metiendo —dijo Yaksa aparentemente tranquila, poniéndole un trapo humedecido con alguna sustancia de olor dulzón sobre el ojo morado. —Pero, por muy Noble que seas, sigues sintiendo dolor y el dolor no le gusta a nadie y menos a mí, que no me gusta ver sufrir a la gente.

    —Gracias...

    —¿Te pasa algo? —preguntó la utukku al ver la cara de nervios de Zoé.

    —Intenté defenderte pero no creo que haya hecho otra cosa que no sea enfadarla más... —respondió como excusa. —Me dijo que te dijera que mañana fueras tú a despertarla a primera hora y que te diría un par de cosas entonces... Ten cuidado, por favor.

    Yaksa, algo asustada por la mentira de Zoé, dejó de hablar pero siguió con su trabajo de enfermera como lo hacía siempre. Cuando acabó, recogió sus cosas y se marchó dejándole la lámpara deseándole una buena noche. Zoé vio cómo se marchaba por el pasillo y cuando observó que se había alejado lo suficiente, empezó a montar las defensas de la que iba a ser su fortaleza al día siguiente: Lo primero que hizo fue empezar a rascar la madera de la puerta con el puñal para hacer un pequeño agujero en uno de sus lados que le sirviera para ver al otro lado sin tener que abrirla. Tras más de media hora de rascar incansablemente, consiguió fabricar una abertura lo bastante grande como para ver todo el pasillo sin dejarse ver demasiado. Después de eso fue hacia su mochila y sacó un libro y unos cuantos folletos que se había cogido hacía tiempo, cuando aún estaba de viaje en su mundo.

    “Ya no voy a necesitar leer nada” se dijo con desazón pero tranquila, mientras arrancaba las encuadernaciones del libro para atrancar la puerta haciendo cuñas con ellas. Cuando vio que la puerta ya no se movía a pesar de emplear gran parte de su fuerza, decidió marchar al nicho para dormir aunque fueran tan sólo un par de horas.

    Mientras activaba la alarma de su reloj para que la despertara seis horas más tarde sonrió a su daimonion.

    —En fin, esta será nuestra última noche juntos —le dijo sin temor a lo que podría pasar el día siguiente, mientras lo abrazaba. —Me alegro de haberte conocido, gran amigo.

    —¿No tienes miedo? ¿Acaso crees que Remiria te perdonará? —preguntó el daimonion extrañado al ver la tranquilidad de su persona.

    —Si la descubren tal como está ahora, ten por seguro que no se pararan a preguntar quién lo hizo para venir a ejecutarme sin juicio ni zarandajas de ésas. Además, “sólo soy una asquerosa Noble y no tengo derecho a respirar de su mismo aire” —dijo riéndose de la situación mientras le latía el corazón con fuerza. —Mañana viviremos más de lo que hemos vivido jamás, así que a dormir, que prefiero irme al Infierno descansada.

    —¿Y qué pasará con Amadeo?

    —Lo que va a pasar ahora sólo me incumbe a mí. Cuando él venga con las pruebas del mundo que hemos venido no podrán hacerle nada. Esperemos tan sólo que no pierda los nervios y no ataque a la reineja esa. Y ahora, sólo decir que pases una buena noche.

    Zoé se inclinó sobre la lámpara y apagó la lámpara para dormir, casi sin mirar, pero... vio un zapato. En los últimos instantes de luz pudo ver un zapato y en el zapato vio un pie, siguiendo el pie vio una pierna y en el último segundo de luz pudo ver el cuerpo entero de un niño, un niño de lo más vulgar, sin nada realmente especial ni que llamara la atención, un niño que ella jamás había visto pero que sabía perfectamente quién era: Su muerte.



    Al día siguiente, Zoé se levantó relajada pero emocionada por lo que iba a pasar en ese día. Volvió a encender la lámpara con una cerilla y vio como el niño que había visto el día anterior ya no estaba ahí pero no se extrañó de ello.

    “Toda la vida evitando que la viera y no ha perdido la costumbre” se dijo sonriendo mientras trataba de despertar a Ku—Te. —Vamos, grandullón, hay que desayunar.

    Zoé sacó los pocos caramelos que le habían sobrevivido desde el principio de su viaje y le dio la mitad a Ku—Te, saboreando ella los suyos con mucha parsimonia, disfrutando de ese dulce sabor, esperando a que llegara lo inevitable.

    Y lo inevitable no se hizo esperar: Poco después de terminarse el último caramelo escuchó unos gritos venir del final del pasillo. Era el rumor de muchas voces hablando y gritando todas al mismo tiempo.

    Zoé se levantó y se estiró mientras las voces se acercaban más y más y cuando las escuchó en el recodo del pasillo, sacó el puñal y se preparó para todo.

    Para todo menos para el grito que escuchó:

    —¡Que os quedéis atrás! —escuchó gritar a la mismísima reina Remiria.

    —¡Pero señora...! —escuchó replicar a otra voz.

    —¿¡No me habéis entendido!? —exclamó amenazadoramente la primera.

    Todo el mundo calló, cosa que sorprendió a Zoé la cual se acercó a su pequeño visor y vio como, efectivamente, todos los presentes, excepto Yaksa y Remiria, con visibles marcas de ligaduras tanto en la cara como en los brazos, se retiraban. Tras un largo rato de espera en el que las dos esperaron a que los demás se alejaran lo suficiente como para no ser incordiadas lo más mínimo, se acercaron en silencio hasta la puerta de la habitación de atrás a la cual llamó Remiria dando tres sonoros golpes.

    —¿Qué es lo que la reina y gobernadora de Chalyben pretende hacer en semejante agujero, acercándose a esta sucia Noble? —preguntó Zoé con todo su desparpajo pero sin perderle el respeto en ningún momento.

    —¿Puedo pasar? —preguntó la aludida.

    —Todo depende de lo que respondáis. ¿Qué es lo que queréis de mí?

    Remiria pareció dudar un poco pero ya venía con una frase preparada:

    —Yo... venía a... disculparme... —dijo con voz dubitativa.

    Zoé miró sorprendida a Ku—Te. ¡Eso tenía que ser un sueño!

    —Tenías razón al decirme todo eso ayer: No me he comportado como debería todo este tiempo... —Remiria vaciló al escucharse decir lo que dijo para acabar exclamando: —¡He sido una imbécil! ¡Sólo una estúpida y lerda imbécil! ¡No me he dado cuenta de lo que te estaba haciendo ni de lo que pretendías hacerme comprender hasta ayer! ¡Te ruego por lo que más quiero en el mundo que me perdones!

    —¿Por qué crees eso? —preguntó Zoé.

    —Porque tú tenías razón: Mi labor como reina no es castigar a los justos cuando hacen algo bueno ni usar mi posición para vengarme de los Nobles sino todo lo contrario. Quería pedirte perdón y agradecerte que me hubieras recordado cuál es mi lugar.

    Zoé escuchó algo incrédula lo que le dijo Remiria pero, pensando que ya no tenía nada que perder, retiró las cuñas de papel y abrió la puerta dejando el puñal en alto por si acaso. Pero lo volvió a bajar cuando vio la posición en la que estaba la reina y gobernadora de Chalyben, la persona más poderosa en ese lugar, la que decidía quien vivía y quien moría en sus dominios... ¡Estaba arrodillada a sus pies!

    Zoé se inclinó sobre ella bajo la atenta mirada de Yaksa, siendo ésta testigo de lo que estaba sucediendo, y le tocó la espalda a Remiria, la cual ni se inmutó ante el gesto.

    —Muy bien —dijo Zoé dejando el puñal en el suelo, al alcance de Remiria. —Podéis levantaros sin miedo. Todos nos equivocamos alguna vez —dijo riéndose un poco de la situación.
     
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    JeshuaMorbus

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    Buscando el paraíso en un sueño (Completa)
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    Capítulo 10: La ratonera


    When love breaks up

    When the dawn light wakes up

    A new life is born

    Somehow I have to make this final breakthru . . . now!


    (Breakthru, Queen)​



    —Señores, bienvenidos a Nuntio Delubro —saludó el comandante Keith a los recién llegados. —Sé que saben que el viaje que han realizado no es fruto sólo de la casualidad: Han sido seleccionados para cumplir importantes tareas en este gran complejo.

    El comandante indicó a un ayudante que encendiera el visor, mostrando la imagen del edificio en el que estaban: Era una instalación de gran tamaño y a gran altura sobre un desfiladero desde la que se podía ver una gran presa a lo lejos, probablemente la encargada de suministrar fuerza ambárica al lugar. El color ocre del edificio y su forma achatada, aunque alta, se confundía con el desierto que empezaba apenas a un par de kilómetros del lugar, pareciéndose más a una gran piedra que a un laboratorio con la última tecnología.

    —Nuntio Delubro es un gran laboratorio creado gracias a la colaboración de nuestros ejércitos, todo debido al constante apoyo que nos brinda la Iglesia, que nos ha hecho comprender que debemos dejar atrás nuestras antiguas rencillas para unirnos en un gran proyecto de dimensiones mundiales que nos ayudará a avanzar hacia el futuro mucho más rápidamente. Cierto es, sin embargo, que las investigaciones aquí efectuadas deben mantenerse alejadas del gran público pues malas gentes, como periodistas sensacionalistas o políticos sin escrúpulos, podrían malinterpretar lo que aquí se pretende conseguir. Teniendo en cuenta los sucesos recientes como el asunto del agujero del norte nos damos cuenta de que estamos aún muy alejados de la comprensión de todo lo que pasa en este enorme universo y por ello debemos investigar todo lo que ocurre para conseguir una mayor seguridad en un futuro y evitar desastres tan devastadores como las consecuencias suceso anteriormente comentado.

    >>Ahora bien, teniendo en cuenta ciertos problemas de trabajar en semejantes zonas del mundo como en el laboratorio Amazonas en Sudamérica —dijo señalando la filmina de un edificio impresionante en medio de la selva amazónica, —el complejo Kimba en Siria —dijo señalando otra filmina en la que aparecía otro gran edificio en medio de lo que parecía un Oasis, —ambos abandonados por falta de previsión y desconocimiento de las enfermedades locales o el gran laboratorio de Bolvangar, destruido recientemente por un gran incendio —dijo señalando la imagen de un edificio en llamas. —Los lugares seleccionados se mostraron como zonas ideales para la investigación encubierta a los ojos del gran público pero semejantes errores nos han hecho recapitular y se ha empezado a pensar que el apoyo del nuestras fuerzas armadas es, más que necesaria, imprescindible en una tarea de este calibre.

    >>Así pues, se han reunido en este punto a la flor y nata de los mayores ejércitos de medio mundo: Capitán Kliff Madsen de la famosa división seis de la Guardia Suiza, Sargento Pablo Medina de la temida División Viriato del Imperio Turdetano, capitán Giovanni Carotto de la Tropa Napolitana Italiana, Teniente Thomas Cashner de la Guardia Real Inglesa, Sargento Olaf Michaelov de los Cazadores Alpinos de Baviera y un servidor, Comandante Keith Gates de la Fuerza Internacional del Vaticano. Les pido y ordeno que dejen de lado toda rencilla que tengan o hayan tenido con los países de origen de los sus ahora compañeros pues la supervivencia de esta instalación dependerá en gran medida de sus esfuerzos en hacer que este lugar funcione como es debido. Recuerden que ahora, más que por su patria, estarán trabajando y luchando por el bienestar y el progreso del mundo.

    >>Dicho esto, pueden retirarse.



    “Y no sé qué esto es bueno , no sé cuánto más esto es mejor...” pensó Thomas mientras bostezaba después de escuchar el soporífero discurso de su comandante mientras se dirigía a su habitación. “Con decirnos que venimos a currar basta.”

    —¿Te pasa algo? —preguntó Fedeta, su daimonion puma. —Llevas enfurruñado todo el viaje.

    —No estoy enfurruñado, sólo cansado ¿Pero a quién se le ocurre instalar un laboratorio en medio de la estepa?

    —Bueno, ya oíste al comandante: Cuanto más aislado mejor. Así no hay problemas.

    —Aún así me parece absurdo que tengamos que ocuparnos de la seguridad interna de esta piedra. No sé que será eso tan importante que investigan aquí pero tampoco es razón para hacernos viajar por casi medio mundo para llegar aquí.

    —Bueno, ten paciencia y con el tiempo puede que lo entiendas. Sólo hay que esperar.

    Cuando llegaron a su habitación, cerraron la puerta y Thomas se preparó para deshacer su equipaje y empezar a estudiar los planos del lugar para preparar el sistema de seguridad con algo de inquietud por el grandísimo espacio abierto que se podía contemplar desde la ventana de la sala.

    “El Sha—Mo...” pensó Thomas algo nervioso por el bello pero vacío paisaje. “Media vida entre brujas te hace respetar a un pedazo de roca y arena más que al mayor de los dioses... ‘Evita ir demasiado al este’, ‘Nunca pases más allá de los mojones’, ‘Si no es por ti, hazlo por tu querida compañera’, etc, etc... Algún terrible secreto debe de guardar para que todas lo teman de esa manera.”

    Terminadas sus labores domésticas, Thomas decidió concentrarse en sus papeles para alejar de sí la inquietud que lo embargaba.

    Estuvo concentrado en su trabajo, ensimismado en la creación de planes, de patrullas, de sistemas ambáricos de vigilancia, en posibles fallos más tiempo del que habría pensado que habría estado y, para cuando se dio cuenta, se le había pasado la hora cenar y ya hacía largo rato que había anochecido. Thomas se llevó la mano a la barriga notando el rugido de su estómago.

    “El padre tenía razón” se dijo con sorna, acordándose de su infancia en Oasis. “Demasiado trabajo nunca es bueno.”

    Para aliviarse un poco el hambre se bebió un vaso de agua y comió una de sus raciones militares, la cual compartió con su elegante compañera, tras lo cual abrió la ventana y observó el paisaje del desierto a la luz de la luna creciente.

    “En semejante lugar no hay otra cosa que hacer” pensó bostezando.

    Con la débil argentada luz de la luna Thomas pudo ver los contrastes de colores del lugar, viendo que no era tan feo como había imaginado en un principio: El río que discurría por el desfiladero aún podía reflejar el la luz iluminando levemente las paredes del mismo a pesar de su poco caudal y más allá de la cascada en la que desembocaba el río se podía ver el Sha—Mo, con sus mojones que señalaban el comienzo del Abismo, con una apariencia aún más fría de lo que ya era ese desierto gracias al tono metalizado que le concedía la luz de la luna.

    “No es tan horrible como lo pintaban las damas” pensó Thomas estirándose y mirando el lugar por última vez para irse a dormir. “Quizá un poco inquietante pero... pero... ¿pero quién demonios es ése?”

    Thomas se volvió a asomar de inmediato mirando de nuevo hacia el Sha—Mo: Allí se podía ver a una persona andando tranquilamente tras los inmensos pilares que señalaban el comienzo del desierto, en medio del Abismo. A esa distancia apenas podía verse a quien estaba haciendo semejante proeza pero al menos se le distinguía que llevaba una larga capa con capucha que le cubría todo el cuerpo del los fríos del lugar. De repente, una ventolera levantó un gran viento que formó una nube de polvo y en menos de tres segundos, quien fuera que estuviera allí, desapareció.

    Thomas se dio un par de golpes en la cabeza como no creyéndose lo que acababa de ver y pensó:

    “Debe ser cosa de falta de sueño...”



    —Buenas noches, teniente Thomas —saludó el sargento Medina la noche siguiente, mientras cenaba. —¿Qué le parece su primer día aquí?

    —Arena, piedras, terrenos difíciles y encima un frío terrible. ¿A usted qué le parece?

    —¡Vaya con los ingleses que al fresco lo llaman frío! —rió el sargento. —No creo que tarde en acostumbrarse. Yo llevo aquí ya una semana y ya no me parece tan mal lugar. No es demasiado diferente de mi tierra natal en invierno.

    —Diga que sí —comentó uno de sus hombres.

    —¿Hace cuánto que le llegó la notificación? —preguntó Thomas. —Tengo entendido que antes de venir aquí estaban trabajando cerca del agujero del norte y todo ese camino...

    —No fue para tanto —respondió modestamente Pablo, —de hecho, nos llegó la información en medio de una misión. Por suerte y gracias a que había un helipuerto militar cerca, todo nos pilló de camino y pudimos terminar todas nuestras obligaciones sin incurrir en ningún retraso ni en falta alguna.

    —¿Qué misión?

    —Capturar a un par de espías que metieron las narices donde nadie les llamaba. Sólo puedo decir eso.

    —¿Tiene usted idea de lo que aquí se investiga? Ya he preguntado varias veces y siempre me salen con evasivas.

    —Ciertamente no tengo la menor idea. Oí cosas de una nueva y poderosa fuente de energía pero nada sé de qué se trata. Y ya puestos, ¿le llegó hace mucho la notificación?

    —Apenas cinco días. Yo estaba tan tranquilamente en Londres y de repente, sin comerlo ni beberlo, tuve que coger a veinte hombres, conseguir transporte y suministros y cruzar medio mundo para presentarme en este pedrusco.

    —Será mejor que se alegre de estar dónde está, señor. Las cosas son mucho peores allá afuera con el clima de este lugar. Mis hombres apenas son capaces de aguantar sin la ayuda de una caseta y, sin embargo, tienen que patrullar a todas horas.

    —A uno se le congelan las napias y las orejas en menos que canta un gallo —comentó el mismo soldado de antes. —Lo que daría yo por trabajar aquí dentro.

    —¿Y aguantar a esos niñatos? —preguntó otro. —Prefiero quedarme aquí dentro antes de estar en la misma sala que ésos malditos criajos.

    —Es cierto... —dijo Thomas recordando a los niños que había visto al explorar el edificio. —¿Pero quiénes son esos niños? ¿Son los hijos de los investigadores?

    —No lo sé pero, por lo que he visto, parece que es a ellos a quienes investigan aquí.

    —¿A qué se refiere? —preguntó su interlocutor extrañado.

    —No sabría decirle qué es lo que hacen con ellos pero, en el tiempo que permanecí aquí como guarda interno, vi que todos los investigadores se centraban en ellos, anotando todo lo referente a su estado de salud y otros aspectos.

    —¿Y eso es una nueva forma de energía?

    —Ya le he dicho que de este lugar sé tanto cómo usted pero, por conveniencia, más le valdría que no hiciera demasiadas preguntas. Los soldados al mando del comandante son gente muy extraña y poco dados a las contemplaciones en lo que se refiere a la vigilancia del laboratorio en sí —dijo señalando un cardenal en su brazo izquierdo. —Uno de ésos estuvo a punto de romperme el brazo de un golpe cuando quise ver un poco más de lo que debería.

    Thomas recordó a esos soldados, ese paradigma de la disciplina (o de la cuadriculación, que viene a ser lo mismo) que había visto nada más llegar a Nuntio Delubro.

    “¿Cómo lo aguantarán sus daimonions?” se preguntó al recordar la frialdad y la forma mecánica de hacerlo todo que tenían. “Si yo fuera como ellos, Fedeta se me echaría al cuello.”

    —En fin, gracias por la conversación —dijo Thomas terminando la comida. —Aún tengo cosas que aclarar de mi trabajo así que, buenas noches.



    Thomas se dirigió algo soñoliento a su habitación atravesando un oscuro pasillo, algo cansado por el trabajo realizado por lo que se dio prisa en llegar lo antes posible a su cama.

    —Aquí no hay tiempo para aburrirse, ¿eh? —comentó su daimonion.

    —Ya sabía yo que iban mal con el sistema de seguridad pero esto es casi como si taparan un diamante con un pañuelo... si no tenemos en cuenta a los cuadriculados esos.

    —¿Y mañana qué tocará?

    —Pues preparar el sistema de alarma, el sistema anti—incendios, el... ¿¡Qué es eso!? —preguntó Thomas parándose de repente.

    —¿El qué?

    La respuesta no se hizo esperar: Un terrible grito de dolor surgió de una de las salas cercanas atrayendo de inmediato a Thomas que intentó abrir la puerta, encontrándosela cerrada.

    —¡Ábranme! —gritó dando golpes a la puerta.

    —¡TÚ NO TE METAS! —gritó alguien desde dentro, con una voz totalmente desfigurada y monstruosa, espantando al recién llegado. —¡DIME DÓNDE ESTÁ AHORA MISMO! ¡SI NO ME LO DICES ALARGARÉ ESTA TORTURA HASTA EL FINAL!

    A pesar del espanto que le causó esa voz, Thomas no se amedrentó e intentó derribar la puerta encontrándose con una resistencia fuera de lo común.

    —...no lo sé... ¡Suéltala! ¡Por favor! —se escuchó gritar al otro lado.

    Thomas escuchó varios golpes, como si sacudieran algo contra las paredes de la sala con una fuerza desmedida haciendo temblar los tabiques. Le entró algo de miedo pero no cejó en golpear la puerta.

    —¿¡DÓNDE ESTÁ!? —volvió a gritar el otro. —Parece que necesitas un incentivo... —dijo el atacante bajando el tono de su voz. —¿Qué te parece si...?

    Thomas no pudo ver que había hecho el atacante pero sí que pudo escuchar los agónicos gritos medio de terror, medio de sufrimiento del pobre torturado.

    —¿Sigo? —preguntó el otro con sorna, como riéndose de su víctima. —¿Qué tal otro mordisquito? Esto puede terminar ahora y para ello sólo has de decirme dónde está.

    Thomas escuchó responder débilmente al torturado, en otro idioma que él identificó como turdetano. De lo poco que entendía de ese idioma sólo comprendió la palabra “abajo” y “capturado”.

    —Muy bien —volvió a hablar la otra voz, esta vez bastante más comedida y suave. —Lo prometido es deuda. Nos veremos en el Infierno.

    —¿Qué... qué estás haciendo? —preguntó el turdetano en inglés. —¿¡No pretenderás...!? ¡No! ¡¡Eso no!! ¡Déjala! ¡NO! ¡NO! ¡¡¡¡NO!!!!

    Ese último grito Thomas lo escuchó como si la voz se alejara, por lo que cogió carrerilla y, por fin, derribó la puerta, encontrándose con una habitación desierta, con el mobiliario removido y con la ventana abierta. Thomas fue rápidamente hacia la ventana, resbalando por poco al pisar algo que parecía arena pero volviéndose a poner en marcha de rápidamente. Cuando se asomó a la ventana no pudo ver nada claro por culpa de la oscuridad que ya había. Sin embargo sí que pudo ver varias manchas de lo que parecía ser sangre en la pared del acantilado que se abría bajo sus pies. Thomas no dudó e inmediatamente fue a buscar ayuda.



    —Teniente, ¿está seguro de lo que vio? —preguntó el doctor Fake mientras bajaba con Thomas y una pequeña tropa a buscar el cadáver del soldado caído. —Porque no le perdonaré que me haya despertado para bajar este precipicio si no hay nada.

    —Usted calle y busque como los demás —dijo Thomas algo nervioso aún por todo lo que había escuchado allá arriba. —Hay una víctima a la que han tirado por la ventana pero aún así no tengo ni idea de quién es.

    —Lo que usted diga...

    Thomas se preguntó si había hecho bien trayéndose al doctor Fake al desierto. Lo conocía bien y sabía que era muy competente en sus tareas pero también sabía que hacía todo lo posible para ahorrarse trabajo (que era un vago redomado, vamos). También era un hombre muy corpulento y fuerte, siendo conocido como el “doctor Gorila” por su enorme fuerza.

    —Tú no te quejes y ponte a lo tuyo —dijo Nemas, su daimonion cuervo.

    —A currar entonces... —dijo el gigantón estirándose.

    Durante horas, la tropa estuvo buscando al cadáver por esa pared rocosa, con cuidado de no caerse pero no fue hasta el amanecer cuando lo encontraron.

    —¡Eh! ¡Gente! ¡Aquí está! —llamó el doctor desde una zona de muy difícil acceso.

    Al poco los demás llegaron pero se encontraron con un espectáculo que pocos pudieron soportar sin apartar la vista: La víctima estaba recorrida de cortes de los pies a la cabeza, ocasionados por los golpes contra los afilados bordes de las rocas del precipicio. Sin embargo, lo que más les espantó no fue su deplorable aspecto sino que ¡aún estaba vivo!.

    —¿¡Pero qué demonios te mantiene sujeto a la vida!? —preguntó el doctor mientras intentaba ocuparse de él. —Buscadle a su daimonion. Supongo que estar con él es lo último que desea.

    Los demás soldados se marcharon gustosamente siguiendo su orden y Thomas se quedó con el doctor ayudándole en lo que pudiera.

    —¿Me podría contar qué es lo que escuchó o lo que pudo ver? —preguntó el doctor tras observar detenidamente al pobre muerto en vida con cara de extrañeza.

    —¿Por qué quiere saberlo?

    —Porque a este hombre no lo han tocado. Todas las heridas que ve han sido producidas por la caída. Sin embargo, no le veo ninguna señal de golpe directo...

    —¿Qué quiere decir? Yo escuché perfectamente como le golpeaban contra las paredes.

    —Fíjese en las piernas —dijo retirándole el pantalón. —Están literalmente hechas papilla y eso no puede pasar en una caída desde un lugar tan bajo. Si fuera desde el cielo, desde muchísima altura, quizá, pero no desde este precipicio. Además, mire las marcas —dijo señalándole unas señales rojas en forma de anillos que recorrían sus piernas.

    —¿Qué son?

    —Este caso sólo lo vi una vez en mi vida —dijo levantándose y empezando a andar para recordar mejor. —Cuando fui a una campaña en África, en la legión extranjera, me encontré en la situación de cuidar de todo un regimiento de las heridas provocadas por luchar con los bandidos sabulos. Eran auténticos salvajes, terriblemente poderosos en batalla campal gracias a sus monturas y a su forma de atacar en manadas. Sin embargo, lo que más me espantó fue la manera de torturar y entregar mensajes que tenían: A los soldados no los tocaban pero a sus daimonions los torturaban hasta lo indecible provocando heridas indirectamente sobre los cuerpos de sus personas. Llegaban a pulverizarles brazos y piernas enteros sin ni siquiera llegar a tocarlos sabiendo que sus daimonions no iban a dejarlos morir.

    —¿¡Cómo!? —preguntó Thomas aterrorizado. —¿Me está diciendo que...?

    —A éste no le han torturado: Han torturado a su daimonion. Las marcas que tiene en las piernas, gran parte de sus heridas y sus huesos rotos muestran que ha sido atacado donde más le dolía... Aunque no sabría decir si el torturador era humano o daimonion: Las marcas de las piernas son marcas de mordiscos, teniendo en cuenta hasta dónde llegan... la boca de quien fuera tendría que ser de un tamaño considerable pues para causar estas marcas tendría que haberse tragado las patas del daimonion... ¿sabría decirme que clase de animal era el daimonion de éste?

    —Si es turdetano, un perro de gran tamaño como todos sus compañeros —dijo Thomas asqueado al imaginarse a Fedeta siendo masticada sin compasión por quien fuera.

    —Dígame todo lo que escuchó en esa sala antes de entrar. ¿Qué es lo que le preguntó el asesino a éste?

    —No lo sé. Parecía que quería saber dónde estaba alguien pero no sé a quién buscaba. Tenía un vozarrón monstruoso y, por lo que me cuenta, debería tener un daimonion enorme... ¿un cocodrilo quizá?

    —No lo creo posible. Me temo que, si pudo escapar de la sala sin ser visto en menos de un minuto, el daimonion del asesino era pequeño por lo que más valdría pensar que el que torturó al daimonion de este pobre hombre fue una persona... pero aún así no hay boca humana que pueda meterse un animal de semejante tamaño dentro de sí... —el doctor pareció dudar un poco en lo que iba a decir. —Ahora mejor sería que vuelva al edificio y que vaya informando a los turdetanos de su pérdida. Yo le pediré permiso al comandante para investigar todo esto.

    —Ya tiene mi recomendación... —y, extrañado de que sus hombres no encontraran al daimonion del soldado caído, gritó: —¿¡Qué pasa!? ¡Qué es para hoy!

    —Disculpe, señor —dijo uno de sus hombres, —pero es que... ese daimonion no está aquí.



    Un par de horas más tarde, los compañeros de Enrique, el caído, lo trasladaron, ya muerto, al edificio. Todos mostraban una cara de espanto de lo más normal en semejante situación.

    —¿Qué es lo que ha pasado? —preguntó su sargento nada más llegó a ver a Thomas. —¿Quién ha sido?

    —No lo sabemos aún —respondió el doctor por él. —Necesitaría tener acceso al cadáver para investigarlo un poco. ¿Podría ayudarnos su médico? Cualquier ayuda es poca en un caso como éste.

    —Sí, claro... —dijo Pablo con cara de miedo al ver el cadáver de su soldado pero cambiándola por una de extrañeza. —¿Está insinuando que el que hizo esto sigue dentro de Nuntio Delubro?

    —Por lo que me contó mi teniente, único testigo del suceso, el asesino buscaba algo dentro de este lugar. Aún no sabemos qué es pero es posible que para llegar hasta ello mate a más gente. ¿Sabría decirme qué es lo que podría buscar “abajo” y que está “capturado” que conociera el soldado Enrique?

    Al sargento pareció sorprenderle lo dicho por el doctor pero al poco se tranquilizó, como si su primera sospecha fuera infundada.

    —No... —dijo con tono de duda. —Ustedes investiguen lo que pasó y puede que saque conclusiones más adelante.

    —Por cierto, ¿tiene conocimiento de algún objeto o alguna cosa que permita separar a personas de sus daimonions?

    —¿Cómo dice? —preguntó extrañado el sargento. —¿A qué viene esa pregunta?

    —Ahora Enrique está muerto, por lo que es totalmente ilógico que su daimonion esté aquí pero, mientras aún seguía con vida comprobamos que su daimonion había desaparecido de la faz de la tierra. Podría ser cosa de nuestra incompetencia el no poder encontrarlo pero estoy seguro de que a este hombre le habían separado de su compañero antes de morir.

    —¡Eso es imposible!

    —Esperemos que sea así pero es lo que yo vi allá abajo. Dígale a sus hombres que tengan cuidado: Si hay algo que ellos sepan, lo más probable es que el asesino irá a por ellos.

    —Gracias... —dijo el sargento retirándose.

    —¿De dónde ha sacado semejante idea? —preguntó el teniente cuando se marcho el sargento. —Sabe que es imposible...

    —Según lo que tengo leído, ya no —respondió interrumpiéndole. —¿Ha leído los trabajos de Lord Asriel?

    —¿Quién?

    —Es uno de los más inteligentes y brillantes licenciados de Oxford, un auténtico genio que a donde va consigue tantos acónitos (entre los que me incluyo) como enemigos. Hace ya bastantes años escuché una de sus escasas conferencias (es un hombre que viaja mucho investigando por el mundo) y pude ser testigo de su enorme genio. Fue capaz de demostrar teoremas considerados herejía hasta entonces... No es que tenga muchos amigos entre los miembros de la iglesia pero tengo entendido que llegó a colaborar con ellos para no sé qué proyecto. Tengo entendido, también, que es un hombre de carácter fortísimo y que todo lo que dice lo llevará a justo término como lo que le dije: Llegó a insinuar que se podían crear sustancias que podrían interactuar entre diferentes planos de la existencia, entre ellos, el plano en el que se encuentran los vínculos con nuestros daimonions.

    —¿Y llegó a hacerlo?

    —No puedo saberlo. Como ya le dije, es un hombre que viaja mucho y a la más mínima se le pierde de vista así que nada puedo saber.

    —Pues si es sólo una insinuación tampoco es para preocuparse.

    —No se confíe —dijo el doctor retirándose para recibir al médico turdetano que acababa de llegar. —Usted ocúpese del sistema de seguridad de este lugar. Según parece, vamos a necesitarlo de verdad.



    Durante los tres días siguientes, Thomas y sus hombres estuvieron instalando diferentes tipos de sistemas de seguridad por todo el edificio, siendo ayudados por los guardias de la fuerza del Vaticano. Serían fríos y más secos que el papel de lija pero, en lo que se refería a disciplina, no los ganaba nadie: Eran casi perfectos.

    “Demasiado para mi gusto” pensaba Thomas cada vez que estaba con alguno de esos hombres. Le daban una muy mala sensación, como si supiera que esos hombres ocultaban algo, no soportando estar más de veinte minutos con ellos. “¡Demonios! ¡Es como estar trabajando con un autómata!”

    El doctor Fake, por su parte, empezó una investigación más profunda de los hechos, siendo acompañado por el doctor Fernández. Sin embargo, durante todo ese tiempo no fueron capaces más que de confirmar las sospechas de Fake y de descubrir una extraña sustancia arenosa en la sala del ataque.

    —No es arena del desierto —le dijo Fake a Thomas esa noche. —Se la he pasado a los investigadores de Nuntio Delubro y me han dicho que no es arena sino polvo de porcelana.

    —¿Qué? ¿Porcelana? ¿Aquí?

    —Yo no me lo creía pero eso es lo que es. Sea quien sea ese asesino, tiene gustos bastante raros (aparte de caros). Aparte de eso, podemos decir de él que, uno: O tiene una fuerza realmente apabullante; o dos: Se nos está escapando alguna cosa.

    —¿A qué se refiere?

    —El día en que pasó el suceso, la sala estaba oscura, por lo que no pudo ver las paredes ni el techo demasiado claramente. Sin embargo, a la luz del día se podían ver marcas de destrozo tanto en las paredes como en el techo. ¡Si hasta derribó la mayor parte del falso techo! Teniendo en cuenta el tamaño de la daimonion de ese hombre (una mastín más grande que él mismo que bien podría pesar más de cuarenta kilos) pienso que hay muchas cosas que se nos escapan a nuestra lógica.

    —¿Ha conseguido descubrir por dónde escapó?

    —Creemos que sí: Por el falso techo, podría haberse escondido allá arriba subiéndose al armario de la sala para luego escapar cuando usted se marchó a buscar ayuda. Sea quien fuere, es un personaje rápido, ágil, fuerte y bastante inteligente. Si vuelve a atacar y usted está de testigo otra vez, tenga cuidado con él y simplemente huya.

    —Ya veo... ¿No hay más pistas?

    —No. Como la víctima fue el daimonion, no hay marcas en el cuerpo del cadáver que nos permitan conocer con precisión quien fue el atacante.

    —¿Pero no lo tiro por la ventana? Tendría que haberle agarrado para arrojarlo.

    —Ahí está lo gracioso: El asesino no tiró al soldado, fue el mismo soldado el que se tiró abajo. Según mi suposición, el asesino tiró a la daimonion por la ventana y la víctima, en un último y supremo esfuerzo, se tiró tras ella.

    —Este tontorrón habría hecho lo mismo por mí aunque tuviera las piernas de ese pobre hombre —comentó Nemas.

    —No tengo la menor idea de contra quien nos enfrentamos —continuó Fake —pero algo es seguro: Es el ser más cruel que jamás haya pisado la faz de la tierra.



    El día siguiente, al igual que el día anterior, Thomas continuó con su trabajo: Sabía que hacía falta terminar con el sistema de alarma cuanto antes. Fedeta, conociendo los temores de su persona, empezó a vigilar atentamente los lugares por donde trabajaban, para tranquilizarlo y para al menos saber a donde correr si le llegaban a atacar.

    —...cortamos este cable... conectamos... ¡y listo! —exclamó triunfalmente. —Ya van noventa y ocho botones de alarma. Un par más y ya no habrá pasillo en todo el edificio desde el que no se pueda llamar ayuda.

    —Buen trabajo —felicitó Fedeta algo nerviosa. Todo este asunto del asesinato le ponía más nerviosa que a su persona. —¿Volvemos ya a nuestra habitación?

    —Sí, mejor que nos vayamos... —Thomas calló al ver que las luces del lugar se apagaban de repente. —Un corte de luz... lo que faltaba.

    —Hola, Thomas —se escuchó en el pasillo asustando a la pareja.

    —¿Quién está ahí? —preguntó Thomas asustado, intentando ver con la poca luz que llegaba de fuera.

    —Una amiga aunque enemiga. Estoy contigo pero contra ti. No quiero hacerte daño pero sé que tú querrás luchar conmigo.

    —¿A qué se refiere? ¿Quién es usted?

    Thomas, después de adaptar sus ojos a la escasa intensidad luminosa del pasillo, consiguió vislumbrar a quien le hablaba. No era capaz de verle la cara ni nada más pero pudo distinguir una silueta humana cubierta con una capa oscura.

    —Soy una loba —contestó la otra. —Aunque tenga instinto asesino sigo pensando en la gente que me importa y tú eres una de esas personas.

    —¿Me podría decir de qué está hablando? —dijo él intentando acercarse a la otra siendo detenido por su gesto imperante.

    —Busca abajo. Interroga a los prisioneros y hazte una idea de lo que es este lugar.

    —¡Un momento! —exclamó al darse cuenta de lo que le estaba diciendo. —¿Qué busque abajo? ¿Tú eras la que torturó a ese soldado? ¿¡Tú fuiste quien tiró a Enrique por la ventana!?

    —Yo no tiré a nadie por la ventana, fue él mismo el que se tiró. Yo sólo le hice sufrir para que sintiera lo mismo que sentí yo.

    Thomas dio un golpe al botón de alarma de inmediato pero no contó con que aún no pasaba fuerza ambárica por el aparato por lo que no sonó. Armándose de valor y a pesar de la poca luz que había, se lanzó sobre la mujer no atrapando más que aire y cayéndose al suelo.

    —Lo que yo le hice sólo fue un acto de venganza de lo más justificado —dijo la mujer a su espalda. —Todos los que osaron tocarme, morirán y todos los que provocaron que se construyera este lugar, tendrán un destino peor que la muerte. Dale esta advertencia al comandante Keith.

    Thomas se levantó de inmediato e intentó volver a agarrarla pero no consiguió más que asir el vacío. La mujer volvió a hablar desde el otro lado del pasillo, a más de veinte metros de donde estaba él:

    —Por ser el hijo de buenas personas que ya me han ayudado más de una vez, no te mataré aunque me ataques. Sin embargo, te recomiendo que alejes a tus hombres de mí si no quieres encontrarte con que diriges a una banda de cadáveres.

    Thomas, algo desconcertado por las palabras de la mujer y sobre todo por su apabullante velocidad, se levantó del suelo algo desconcertado.

    —¿Quién eres? —preguntó él sin moverse del sitio sabiéndose incapaz de alcanzarla.

    —Una loba de Lucifer —respondió ella empezando a andar para marcharse.

    Casi al segundo volvió la luz y Thomas se encontró en el pasillo, totalmente sólo, sólo acompañado por Fedeta que intentaba ocultarse bajo sus piernas, aterrorizada por la aparición. La mujer ya no estaba ahí.



    —¿Un destino peor que la muerte? —preguntó el comandante. —No sea ridículo, teniente. Esa mujer es sólo una contra las más de ciento cincuenta personas que hay en Nuntio Delubro y dudo mucho, por muy fuerte que sea, que sea capaz de llegar hasta mí.

    —Bueno, yo sólo soy el mensajero —dijo Thomas algo avergonzado. —Pero de todas maneras no parece ser una persona demasiado normal, sobre todo después de ver lo que hizo con el soldado Enrique.

    —No tengo tiempo para sus tonterías —dijo el comandante con tono impaciente. —Respecto a su petición, haga lo que quiera: Si eso resuelve el asunto del asesinato y le sube la moral a la tropa, mejor que mejor. Por lo demás, no vuelva a mencionarme lo de esa “loba de Lucifer” (por Dios, que nombre más feo). Sargento Pablo, tenga este pase —dijo escribiendo algo en un papel —y lleve al teniente a los calabozos.

    —Sí, señor —dijo el aludido recogiendo el escrito para salir del despacho y guiar a Thomas.

    Unos minutos más tarde, después de recoger a al doctor Fake y al doctor Fernández, y tras bajar más de quince pisos llegando a los sótanos más profundos de Nuntio Delubro, Thomas se encontró ante unas dependencias terriblemente claustrofóbicas, bien construidas y bien limpias, “no como algunas celdas de las cárceles de Londres” pensó Thomas, pero tan frías y mal iluminadas que todo tenía un aspecto muy opresivo.

    —No sé como los de aquí dentro pueden aguantarlo —comentó el sargento después de mostrarle el pase al guarda.

    —¿Hay muchos prisioneros? —preguntó Fedeta con curiosidad.

    —Pues no, sólo tres pájaros y nadie más. Dos de ellos son los que me traje de mi anterior misión... —dijo bajando la cabeza, como recordando algo penoso. Un rato después ya estaban ante la puerta. —Si no les importa, ustedes hablen con ellos y yo me quedaré atrás. No soy capaz ni de mirarles a los ojos...

    —¿De qué habla? —preguntó Thomas extrañado.

    —Cuando los vea ya me entenderá. No me culpe, sólo cumplía órdenes...

    Thomas, Fake y Fernández entraron en la estancia dejando a un cabizbajo Pablo a la entrada y vieron una serie de ocho celdas. Sólo eso, ocho celdas más simples que un palote, apenas una cama, un retrete, una tragaluz y una reja. A pesar de su más que fría decoración, el lugar era fresco y no se percibía demasiada humedad.

    —¡Eh, chicos! —avisó una mujer de aspecto joven con un daimonion con forma de perro desde una de las celdas del fondo. —Ya han llegado las visitas.

    —Pues Anerues sigue dormido —se escuchó decir a un hombre desde la celda de enfrente. —Tendré que hablar yo con ellos pues... ¡Hola, señores soldados! —saludó cuando llegaron a su altura. —¿Qué hay de nuevo?

    Thomas se fijó en él: Era un chico bastante corpulento, casi más grande que él y con aspecto de brutote, de pelo castaño oscuro ya algo largo y greñoso. Parecía mantener un buen ánimo a pesar de que...

    —¿¡Dónde está tu daimonion!? —preguntó Thomas sorprendido. —¿Y el suyo? —preguntó después de mirar en la celda de al lado, en la que dormitaba otro chico.

    —Hola a usted también... —respondió algo molesto. —¿No se lo han contado los turdetanos esos?

    —¿A qué te refieres? —preguntó Fernández tan extrañado como sus colegas.

    —Ahora que me fijo... ustedes no estaban en el avión... ¿Quiénes son ustedes? Anerues me dijo que vendría Pablo.

    —¿Cómo lo has sabido? —preguntó Fernández aún más extrañado que antes.

    —¿Es que está ahí? No me diga: No soporta vernos así y prefiere no vernos... ¡Eh! —gritó el chico a la puerta cerrada. —¡Sargentillo de poca monta! ¡Ven pa’ ca! ¡Que no te voy a comer!

    El sargento Pablo no entró a pesar de los gritos.

    —Ya veo que no están muy enterados de lo que nos ha pasado a mi compañero y a mí —continuó con cara de enfado al ver que Pablo no entraría. —Ese idiota de ahí fuera, “siguiendo ordenes imperativas de un superior” nos separó de nuestras daimonions dejándolas al otro lado del Sha—Mo. No soy muy ducho en daimoniología (disculpen la palabreja) pero creo que semejante jugarreta es una amoralidad en toda regla, ¿verdad?

    —¡Eso es imposible! —gritaron Fake y Fernández al mismo tiempo.

    —Si te separas de tu daimonion, mueres —dijo Fake.

    —No hay ser humano que pueda alejarse de su daimonion sin morir —siguió Fernández.

    —Si no contamos a las brujas —sentenció Thomas.

    Los doctores callaron al darse cuenta de que llevaba razón.

    —Usted debe ser Thomas, ¿verdad? —preguntó el chico al observarle la cara. —Thomas Cashner de Oasis, ¿no?

    —¿Cómo sabe mi nombre? —preguntó el aludido sorprendido.

    —Me lo dijo él —dijo señalando a Anerues. —Cuando se pone a soñar ve cosas bastante curiosas, ¿sabe?

    —Muchas cosas... —dijo Anerues levantándose con pesadez. —¿Qué hora es? —dijo estirándose mientras profería un sonoro bostezo.

    —Acaba de amanecer. Te has levantado pronto hoy.

    —Sí, bueno... Estaba soñando con lo de toda esta semana... —y fijándose en Thomas: —¡Ah! ¡Buenos días, señor Cashner! Sabía que acabaría llegando... —Anerues se levantó torpemente y fue medio tambaleante hacia la reja de su celda. —¿Ha recibido alguna noticia de su padrastro, el padre Adam?

    —¿De qué lo conoce? —preguntó Thomas con miedo, al pensar que podrían chantajearle al tenerlo secuestrado.

    —No se preocupe, que no nos lo hemos comido. Ahora mismo está de viaje cerca de Lutecia de camino hacia el Vaticano... —Anerues calló, como intentando concentrarse en algo. —No le va demasiado mal el viaje... tan sólo le duele un juanete en su pie derecho... En general tan sólo está bastante cansado... ¿Eso es lo que decía su última carta?

    —Me dijo que iba al Vaticano... ¿Cómo sabes todo eso?

    —Me lo dijo un pajarito —respondió Anerues señalándose la frente. —El padre nos ayudó muy amablemente cuando estábamos perdidos en Oasis. No seríamos capaces de hacerle daño... —Anerues calló de nuevo, apoyándose en las rejas para sostenerse en pie. —¿Me disculpan si me vuelvo a dormir? Últimamente no me tengo en pie... —dijo mientras se dirigía de nuevo a su cama, metiéndose con la misma pesadez con la que salió.

    —¿Qué le pasa? —preguntó Fernández al chico. —¿Tiene alguna alteración del sueño?

    —Se ha pasado las dos últimas semanas soñando, casi sin descansar en serio, sufriendo pesadillas y visiones terribles. Se entera de absolutamente todo lo que pasa fuera de esta cárcel pero no es capaz de relajarse un solo instante. Además, teniendo en cuenta el esfuerzo que hace para protegerme del dolor de haber perdido a Dai... No está precisamente en una situación muy agradable.

    —¿De qué estás hablando? —preguntó Thomas algo confuso.

    —¿Tienen tiempo para perder con este chavalín? Si es así...



    Las siguiente hora se la pasó Jack (el chico) contando todas sus aventuras y desventuras por ese extrañísimo mundo para él. A los visitantes les sorprendió que ese chico les hablara sobre otros mundos, sobre las visiones de Anerues y todo lo que tuvo que hacer para llegar hasta donde estaba. Sin embargo, Fake no pareció afectarle demasiado el discurso, manteniéndose en un escéptico silencio.

    —No sé si pensar que esto es una estúpida broma o la mayor desfachatez de todos los tiempos —dijo Fake cuando Jack, el chico, llegó a contar como había estado viajando por media Siberia para llegar hasta Daski. —¿Pretendes que me crea algo así?

    —Anerues ya me avisó que uno de ustedes sería algo más difícil de convencer —dijo Jack sin perder el ánimo, —así que me dijo que le mencionara las siguientes obras: “Existencia Cuántica” del doctor Robert Anstein, “Espacio—Tiempo infinito” de Al Crusoe y “Mil ojos observan un único multiverso” de Yukari Yakumo. Según Anerues, usted se ha leído al menos el primero así que esto, en teoría, no es tan absurdo como usted dice. Además, ¿no me irá a negar que en el Norte no hay un agujero de tres pares de...?

    —Vale, vale —suspiró Fake derrotado.

    —¿Usted entiende de esto? —le preguntó Thomas extrañado al ver que el doctor sabía tanto de Teología Experimental. —No le conocía esa faceta suya.

    —Tengo muchas aficiones, nada más —dijo modestamente. —Sin embargo, ésta es una afición bastante peligrosa pues a esos tres autores que ha mencionado están siendo perseguidos por la Junta de Oblación. Según parece, a la Iglesia no le interesa se conozca la existencia de otros mundos aunque no sé por qué...

    —¿Quiere saber el porqué? —preguntó Jack. —Yo también. Según parece, Anerues conoce la razón pero no suelta prenda respecto a eso.

    —Yo llevo esperando muchísimo tiempo a que diga cuál es la razón —dijo la mujer encarcelada, —pero por mucho que insista o le presione no dice nada.

    —...aún... —añadió Anerues medio dormido. —...todo a su debido tiempo...

    —Tú sigue durmiendo y no hables —dijo Jack preocupado por su compañero. —Creo que ya toca hablar de la parte importante de la historia: ¿Cómo nos hemos separado de nuestros daimonions sin morir? La respuesta: Hemos atravesado el Sha—Mo al igual que todas las brujas en su iniciación... bueno, más que “atravesar” el Sha—Mo sería mejor decir que nos obligaron a hacerlo. Esos malditos turdetanos nos atacaron, por poco nos matan y, por si fuera poco, drogaron a nuestras daimonions, nos subieron a sus aviones y las dejaron tiradas, tan sólo por seguir órdenes... ¡Maldita sea, Pablo! —gritó. —¡¡Se que me estás escuchando!! ¡Entra y da la cara!

    Pablo, como antes, ni hizo un ademán de entrar y se quedó en la entrada.

    —¡Tch! Cobarde —se quejó Jack. —Si por esto eres soldado...

    —Según parece sabes muchas cosas de este sitio —dijo Thomas.

    —Sólo lo que me han contado estos dos.

    —Esta noche me encontré con una tal “loba de Lucifer” que me envió a vosotros a que os preguntara cosas sobre este lugar, para que me hiciera una idea de qué es este lugar.

    —A veces la ignorancia es el mayor de los regalos, ¿sabe? —dijo Jack algo rebelde. —Lo que pudiera contarles les pondría en un aprieto, sobre todo si los zombis aquellos se enteran. Lo que cuente yo no debe salir de estas paredes pues recuerden ustedes que, ni juntándose con todas las demás tropas podrán llegar a tener la potencia de fuego necesaria para acabar con los soldados del comandante.

    —¿Cómo? —preguntó Fernández. —¿Pretendes que nos sublevemos? Somos soldados, no podemos desobedecer órdenes.

    —Si piensa así, es usted un completo estúpido moral, ¿sabe? De todas formas, no creo que después de contarle lo que tengo que contarle siga obedeciendo al comandante.

    —¿Y qué es eso que tienes que decirnos?

    —Sólo si ese estúpido de sargento está presente —dijo Jack sentándose a esperar. —Hasta que no esté frente a mí no soltaré prenda.

    —¡Déjate de tonterías y cuenta! —exclamó Fake. —Recuerda que estás aquí en calidad de prisionero.

    —¡Y usted recuerde que me han separado de mi daimonion! —exclamó Jack enfadado. —Si algo de honor le queda a su ejército, tráigame a ese cobarde para que se entere de a quién ha estado sirviendo. Hasta entonces... —dijo tapándose la boca.

    —¿Qué hacemos? —preguntó Thomas haciendo un corrillo.

    —¿De veras necesitamos saber lo que quiere decirnos? —preguntó Fake. —Tampoco creo que nos haga mucha falta saber qué es lo que la Iglesia investiga aquí.

    —Si esa “loba de Lucifer” me ha guiado hasta aquí será para algo. Dijo que quería vengarse de algo... quizá sea la novia de alguno de estos dos y quiera matar a todo aquel que se cruce en su camino por lo que cuanta más información tengamos sobre ella y sus motivaciones, será mejor para evitar más ataques.

    —Pero si no sabemos si ellos saben nada de esa...

    —El teniente tiene razón —dijo Fernández. —Por poco que sepan o dejen traslucir, nos servirá de mucho en este caso. Intentaré convencer al sargento. No prometo nada pero...

    —Adelante —dijo Fake. —Si esto ayuda...

    Fernández salió de la estancia y, tras una larga discusión con su superior en la que no faltaron gritos y negaciones a pleno pulmón, volvió con él.

    —Dichosos los ojos —dijo Jack al ver a Pablo acercarse cabizbajo. —¿Sigues siguiendo órdenes ciegamente?

    —¡Tú calla y contesta a lo que se te ha preguntado! —exclamó el sargento, bastante nervioso.

    —Sí, bwana —dijo Jack burlonamente. —¿Les importa que comience esta historia desde el principio?

    —Pues... pues no... —dijo dubitativamente Thomas. —¿A qué te refieres?

    —Señorita Agatha, le toca a usted —dijo Jack a la mujer.

    —Encantada, ya me estaba hartando de estar tan callada.

    —¿Qué tiene que ver ella con todo esto? —preguntó Fake.

    —Tiempo al tiempo, jefe —dijo Jack. —¿Podrías contarles lo que nos contaste a nosotros?

    —A ver, ¿por dónde empiezo? —se dijo a sí misma Agatha, llevándose la mano a la barbilla. —Mi nombre es Agatha Lens y soy periodista del London Bugle... bueno, era periodista de ese periódico hasta que, en fin... Digamos que un buen día mi jefe me dijo que investigara a una persona en concreto, para escribir un artículo en la página de sociedad: La señora Marisa Coulter, reconocida dama de la alta sociedad. En principio, el artículo se escribió bien, le hice una entrevista e investigué cosas sobre ella... A primera vista es una de las mujeres más maravillosas que existen sobre la faz de la tierra, realmente carismática, atractiva, bella, divertida, elegante, agradable, amable, caritativa, muy formal y educada... Era alguien indescriptible a primera vista. Sin embargo, fuentes fidedignas me indicaron que la investigara más a fondo pues, según parecía, ella no era todo lo que aparentaba ser. Al principio pensé que no sería para tanto, algún desliz de juventud como todo el mundo, nada grave... Hasta que la seguí y la vi encandilando a niños de barrios bajos, niños pobres, para atraerlos a un barco haciendo que de ellos no se volviera a saber nada de nada.

    —¿Niños desaparecidos? —preguntó Thomas recordando su reciente estancia en Inglaterra. —¿Se refiere al asunto de los “Zampones”?

    —Concretamente debería ser la “Zampona” pues, aparte de ella y los tripulantes del barco, no vi a más gente implicada. Investigué más a fondo el asunto: El barco que se llevó a los niños, en teoría ni existe; Marisa Coulter siempre tenía coartadas suficientes para parar una locomotora, quizá demasiadas y siempre demasiado casuales; había noticias de desapariciones de periodistas que la habían investigado antes... Eso era un asunto muy turbio, como si todo esto lo dirigiera alguien desde la sombra. Continué con mis pesquisas pero lo más que pude sacar en claro fue que su gran apoyo era la Iglesia. ¿Para qué querría la Iglesia secuestrar a niños?

    —¿Entonces los niños de arriba...? —intentó preguntar Fake.

    —Todos han sido raptados, no sé si por la señora Coulter pero el hecho es que están aquí. Seguí con mis divagaciones: Al no poder encontrar más información me decidí por la acción directa y me colé en una de sus fiestas para interrogar a gente cercana a ella pero lo más que conseguí saber de la señora fueron un par de frases de una niña que vivía con ella antes de que la misma señora Coulter me echara casi a patadas de su casa. A partir de entonces mi vida se convirtió en un Infierno: Me echaron del periódico en el que trabajaba, se corrieron extraños rumores sobre mí y mi pasado criminal (que juro por la Autoridad que no tengo), nadie aceptaba mis credenciales ni mis méritos... Mi carrera profesional se fue al traste tan sólo por querer resolver el asunto de los Zampones. Pero ahí no acabó la cosa pues también me convertí en un objetivo de la Junta de Oblación por una serie de artículos que había publicado hace varios años ya, heréticos según ellos... Tenía al mayor poder del mundo en mi contra y yo no podía hacer nada más que huir así que eso hice.

    —¿Y cómo acabó aquí?

    —Pues no rindiéndome (ustedes nunca me han visto cuando me tocan lo que no tengo). Después de perder la práctica totalidad de mis fuentes (todas desaparecidas “misteriosamente”) tuve que empezar a seguir rumores y habladurías... Escuché varias cosas entre los barrios bajos, de que los giptanos habían preparado una expedición hacia el Norte para ir en busca de los Zampones (no saben ustedes como puede llegar a desembuchar un giptano bien borracho) así que yo, por mi parte y con lo que quedaba de mis ahorros, hice mi propio viaje y los seguí. Después de una larga serie de idas y venidas que ahora no vienen a cuento, me encontré en un viaje hacia un edificio llamado Bolvangar. ¿Les suena?

    —Era un laboratorio hermanado con éste, creo —dijo Thomas. —Pero nos dijeron que había sido destruido por un incendio.

    —Es que yo presencié ese incendio —dijo alterando su cara, como si recordara algo terrorífico. —¿Se acuerdan de la niña que les mencioné antes? ¿La de la fiesta? Pues allí estaba, gritando a pleno pulmón, guiando a los niños secuestrados fuera de esa instalación...

    —¿Qué hacía allí?

    —Lo que hacía allí no era lo que importaba sino lo que gritaba: “¡Si os quedáis aquí os quitarán a vuestros daimonions!”. Sería tan sólo una niña pero jamás vi semejante decisión en las palabras de nadie y, si a ello le sumamos el hecho de que era la única persona que había conocido de cerca a Marisa Coulter, más cierto me pareció. Mencionó un caso anterior de un niño que todos los demás conocían y que había sido “amputado”... disculpen que no les diga ahora qué niño —se disculpó inocentemente, —me han quitado mi libreta de apuntes y sin ella estoy casi anulada.

    Los visitantes se espantaron ante la declaración de la mujer pues ninguno de ellos se podía creer que la Iglesia participara en semejantes asuntos.

    —¿Qué les pasó a los niños? —preguntó Pablo, bastante más espantado que los demás.

    —Por lo que tengo entendido, lograron escapar y llegar junto a los giptanos pudiendo volver después a sus casas (creo, no los seguí después de eso).

    —¿Tiene hijos, señor Pablo? —preguntó Jack duramente al ver la cara de crispación del sargento. —¿Le gusta saber a qué ha estado contribuyendo?

    —Tengo una hija... —dijo llevándose las manos a la cabeza, al darse cuenta de para quién había estado trabajando. —Yo siempre he estado trabajando al servicio de la patria... al servicio de Dios... al servicio de la gente... —Pablo empezó a llorar —¡y ahora me doy cuenta de que tan sólo me han estado usando como una vulgar herramienta! ¡A ellos no les importa si llegan a secuestrar a mi propia hija! ¡Esto no es luchar por patria ni Dios alguno! ¡No puedo aceptar que esos estúpidos digan que hablan en nombre de la Autoridad! —tras llorar un rato, cambió nuevamente de cara, mostrando una furia terrible. —Ahora entiendo por qué ese bastardo de Sánchez decidía ocuparse él mismo de los prisioneros que tomábamos... ¡Se va a enterar de quién soy yo cuando nos volvamos a ver!

    —Así me gusta, que lo entienda... —dijo Jack satisfecho.

    —¿Entonces es cierto que existen sustancias que pueden llegar al vínculo entre personas y daimonions? —preguntó Fake tan asustado como los demás.

    —Eso parece. Anerues mencionó un objeto llamado “Guillotina de Plata”, una especie de cuchilla de una aleación muy extraña que, en ciertas circunstancias, es capaz de cortar el lazo que nos une con nuestros compañeros.

    —¿Y de qué sirve tener a una persona... “amputada”? Sin daimonion no se puede vivir...

    —Permítame disentir —interrumpió Agatha. —Durante el incendio vi como gran cantidad de amputados escapaban de Bolvangar pero algunos lo hacían de manera aleatoria pues nadie les había dado órdenes específicas de hacia donde huir, al contrario que los niños, que iban más o menos agrupados. Antes de que me diera cuenta, tenía a un amputado cerca de mí, totalmente quieto al no saber que hacer, lo cual me asustó bastante pues pensé que ya habían logrado pillarme. Sin embargo, tras observarlo un poco, me di cuenta de que ese hombre amputado era, más que un hombre, un pelele, un muñeco, un ser que sólo obedecía órdenes de quien tuviera más voluntad, de quien más se fijara en él... Así que, sin comerlo ni beberlo, me agencié mi propio esclavo particular. ¡Demontre! Mientras estuvo conmigo no supo hacer más que lo que yo le indicaba que hiciera... En teoría, eso era un soldado perfecto: Nunca se queja, siempre obedece y lleva a buen término todo lo que se le ordena. De él pude extraer alguna información que, tras un largo viaje y más vueltas y revueltas que antes, me trajo hasta este lugar. Después de eso, me pillaron y a mi buen amigo John (así decía que se llamaba mi esclavillo) lo asesinaron sus propios compañeros tras lo cual me encerraron y conocí a estos dos —dijo señalando a Anerues y a Jack. —Y ya no tengo nada más que contar.

    —Ciertamente, los amputados siguen con vida —siguió Jack —pero la cuestión es cómo siguen: Los amputados pierden, casi literalmente, las ganas de vivir y hacen lo que sea para sentirse vivos... Más o menos es lo que me ha contado Anerues. La cosa es mucho más compleja de lo que les pueda llegar a contar y tiene que ver con una sustancia llamada “Polvo” que yo aún no he llegado a entender qué es.

    —¿A cuánta más gente le habéis contado esto? —preguntó Fake meditabundo.

    —Ustedes son los primeros y sólo porque Anerues nos dejó muy claro que lo hiciéramos.

    —Mejor. Del Polvo es de lo último que debéis hablar delante de los miembros de la Iglesia. En adelante ni se os ocurra mencionárselo a nadie.

    —¿Sabe usted qué es el Polvo?

    —Sé muy poco pero lo suficiente como para saber que la Iglesia lo odia. Cambiando de tema, ¿no sabréis algo de una mujer que se hace llamar “Loba de Lucifer”?

    —¿Mande? —preguntó Jack bastante extrañado.

    —Ayer me encontré con una mujer que decía ser la asesina de uno de los soldados del sargento Pablo —dijo Thomas. —Según parecía os conocía y nos envió a vosotros así que supongo que seguramente algo debéis de saber de ella.

    —Yo no...

    —Servidor... —interrumpió Anerues mientras se levantaba de nuevo bastante dificultosamente. —Yo le diré quién es... sólo a usted... —dijo señalando a Fake.

    —¿Cómo? —preguntó extrañado éste.

    —Le diré todo lo que sé de la “Loba”... si estamos sólo nosotros dos dentro de esta sala.

    —¡Ah, no! —exclamó Fernández. —No podemos sacaros de las celdas por mucho que queramos. Lo que tengas que decir, dilo ya sin más miramientos.

    —Entonces me vuelvo al sobre... —dijo echándose otra vez. —Güenas noches...

    Todos los presentes se quedaron en silencio, sin saber qué decir, con la mente medio en blanco por lo que acababa de decir.

    —Muy bien... —dijo Pablo tras un rato de meditación. —Teniente Thomas, usted es el miembro de mayor graduación de esta sala. Vaya a pedirle las llaves al guarda y nos encargaremos de vigilar a estos dos mientras su doctor interroga al señor Anerues.



    Thomas empezó a impacientarse ante la tardanza que mostraba el interrogatorio de Anerues pero no dijo nada. Ya llevaban más de tres horas esos dos metidos dentro de la celda y no habían dejado de hablar desde entonces... o eso al menos eso creía pues nada era capaz de ver u oír a través de la sólida puerta de la sala.

    Los otros dos prisioneros nada habían intentado hacer para intentar escaparse y se encontraban tranquilamente sentados en el pasillo contra la pared mientras charlaban siendo vigilados de cerca por los turdetanos y por el guarda (uno de los soldados del comandante).

    El sargento Pablo no era capaz de disimular lo que sentía por el amputado que estaba a su lado, una especie de sentimiento mezcla de miedo, odio y piedad, al entender que aunque autómata, ese hombre no tenía a nadie en su vida, ningún ser al que volcar todo su afecto... Lo entendía pero no era capaz de aceptarlo.

    Fernández, por su parte, era mucho más discreto aunque en apariencia pensara lo mismo que su superior.

    En cualquier caso, al soldado amputado nada le parecía llamar la atención de los presentes, manteniendo una cara totalmente impasible.

    —Antes mencionaste algo de que Anerues te protegía del dolor de perder a tu daimonion —dijo Fernández aburrido de tanto esperar. —¿A qué te referías?

    —No se confunda —contestó Jack, —yo no he perdido a Dai, sólo me he separado de ella... ¡Je! Ahora que lo pienso ya entiendo mi pequeño problema con la claustrofobia... Perdone, se me ha ido un poco el santo al cielo. A lo que me refiero es a que ahora mismo Anerues se está colocando en la posición de mi Dai.

    —No te entiendo.

    —Ni yo tampoco lo entiendo demasiado. En pocas palabras, él está haciendo de Dai, como sustituyendo a mi daimonion... Cada vez que le preguntaba algo sobre eso él me salía con “siguiendo la corriente de la nieve se pueden descubrir caminos. Si sigo la corriente seré capaz de ver el camino a cualquier parte y a partir de ahí hacer cualquier cosa y llegar a cualquier parte”. No tengo ni idea de qué es eso de la “corriente de la nieve” pero sé que desde que nos hemos separado de nuestras daimonions ha sido capaz de verla, seguirla y gracias a ello desarrollar algo que él llama “capacidad empatizadora” o “aroma sensual” o algo así.... —Jack bajó la cabeza algo preocupado. —Sin embargo... se está convirtiendo paulatinamente en una persona muy extraña. Según parece no es capaz de dejar de soñar desde que sigue esa corriente por lo que está constantemente lúcido, absolutamente incapaz de desconectar y dormir a secas... Será por lo que me dijo de que se había puesto en el lugar de Dai, pero no soy capaz de dejar de preocuparme de él.

    Fernández no dijo nada más y siguió con la vigilancia. Pasados un par de minutos, Fake llamó desde dentro pidiendo que le abrieran la puerta.

    —¿Y bien? —preguntó Thomas nada más abrirle.

    —Mejor dejemos todo lo que me contó para más tarde —susurró discretamente mientras señalaba al amputado. —La discreción es la norma a seguir a partir de este momento.

    Thomas asintió y llevó a Jack y a Agatha dentro de sus celdas. Allí vio como Anerues se encontraba sentado y bastante sonriente encima de su cama, mostrando una felicidad poco común para la situación en la que estaba.

    —¿Qué te pasa? —preguntó Thomas.

    —No vea usted lo bien que sienta quitarse este peso de encima. Guardarse estas cosas siempre es sufrido, como usted sabe bien.

    —¿A qué se refiere?

    Anerues le indicó que se acercara a su celda y Thomas así lo hizo. Sin embargo algo notó, algo sintió bajo sus pies, algo conocido... esa sonoridad, esa textura, ese color, esa fluidez que le hacía resbalar, esa... arena...

    —A eso me refiero —dijo Anerues cuando vio la cara de sorpresa del teniente.

    Thomas se dio la vuelta rápidamente y vio a Fake. Y lo encontró esbozando una sonrisa, no sé si decir jocosa o malvada pero aparentando saber perfectamente lo que estaba pasando.

    —Más le vale ir haciendo caso a quien usted ya sabe —le susurró Anerues al oído. —No sé si esto puede ser bueno o malo pero el sargento Pablo no tiene ni idea de a qué clase de demonio ha liberado.

    Thomas se volvió a girar y miró a Anerues esbozando una sonrisa apacible.

    —Gracias por traérmela —fue lo último que dijo antes de irse de nuevo a la cama.



    Thomas, nada más salir del calabozo, fue directamente a la sala de consulta de Fake... o de quien se estuviera haciendo pasar por él.

    “Y pensar que he estado tanto tiempo al lado del asesino...” pensó mirando a Fedeta, recorriéndole un escalofrío al imaginarse a Fake comiéndosela. “¡Todo esto no ha sido más que un simple montaje! El asesinato, la investigación, el contacto con sus captores... ¡Maldita sea! ¿¡Qué clase de monstruo es esa “Loba de Lucifer”!?”

    Al poco, Thomas llegó a la puerta de la sala en la que debería residir Fake y, sin dudarlo más, entró. Y se quedó de piedra cuando vio a Fake, el mismo Fake que en ese preciso instante debería estar con Fernández, el mismo Fake que él conocía, estar sentado tranquilamente en su mesa con Nemas en su hombro.

    —¿Podrías cerrar la puerta, Thomas? —preguntó Fake amablemente.

    —¿Usted es...? —preguntó Thomas mientras cerraba con cuidado la puerta, —¿es usted el auténtico Fake?

    —Entonces ya se ha enterado —respondió el otro suspirando. —¿No habrá hecho nada esa pequeña diablilla?

    —¿Qué sabe usted de la Loba?

    —Lo suficiente como para saber que el comandante no es trigo limpio. ¿Sabe ya lo que es un amputado?

    —Sí... ¿Usted también?

    —Pues sí: Esa Loba me ha mostrado claramente lo que es una amputación: Me guió por los pasillos de Nuntio Delubro, me quitó de en medio a la guardia del comandante y me acercó hasta una posición privilegiada para ver como funcionaba una guillotina de plata... ¿Cómo se atreve ese maldito comandante? —se preguntó a sí mismo Fake, cambiando el tono. —Esos gritos de terror, ese dolor que se podía palpar, esa herida sin sangre que rompió la vida de ese niño... Eso no es bueno, es algo absolutamente antinatural, ¡no puede ser una misión en favor del mundo!

    Fake parecía más alterado que de costumbre, probablemente por lo que estaba recordando en ese preciso instante.

    —Y ahora le pregunto, teniente: ¿Va a rebelarse contra el comandante o va a seguir obedeciéndole a pesar de saber de que estará contribuyendo su trabajo?

    —Esa pregunta no hace falta que le hagas —dijo el “otro” doctor Fake entrando por la puerta, con otro Nemas sobre el hombro. —Nada más se enteró de lo que la Iglesia montó aquí ya se había decidido: Nos apoyará.

    El otro Fake se dio un golpe en la frente, quebrándosele la piel, rompiéndose literalmente la cara. Por entre las grietas empezó a caer un fino polvillo, una arena blanca grisácea mostrando poco a poco una cara gris recorrida por trazos dorados: Un trazo con forma de rama florida sobre su ojo derecho, un trazo con forma de ceja furibunda sobre su ojo izquierdo, lo que parecía ser una lágrima dorada bajo su ojo derecho, cuatro pestañas puntiagudas bajo su ojo izquierdo y unos llamativos labios dorados que resaltaban en su cara, todo acompañado por una gran cantidad de manchas y trazos en su largo pelo que se le soltó nada más liberarse de su prisión de piedra.

    —Mi nombre es Dijuana —dijo la recién desenmascarada. —Como la Anomen Loba de Lucifer que es mi forma, declaro que a partir de ahora el ASESINO declara la guerra al cielo y a la tierra en nombre de la Corriente de la Nieve pues esa es la razón de su nacimiento. Juro por la existencia que me ha sido concedida que de Nuntio Delubro no quedará piedra sobre piedra antes de que acabe esta semana.
     
  11. Threadmarks: Buscando el paraíso en un sueño - Capítulo 11
     
    JeshuaMorbus

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    Buscando el paraíso en un sueño (Completa)
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    Capítulo 11: Confianza
    ¡Sounanoka! (¡Ya veo!)


    (Lumia, la visitante del ocaso; The Embodiment of Scarlet Devil)



    —¿Que quiénes somos? —preguntó Lou mientras comía acompañado por un más que curioso David. —¿No crees que es un momento poco adecuado para preguntarme eso?

    —Disculpa a este hotentote —pidió Diana. —Lo único que se le da bien es ser un impertinente total.

    —Pues anda que tú —se quejó David.

    Y allí mismo volvieron a discutir a su manera: A máxima velocidad, a mínimo volumen sólo entendiéndose ellos dos de lo que se decían.

    “Vaya par que me ha endosado Anerues” pensó Lou riéndose de la situación. Desde que le había contado todo el viaje que había tenido que hacer para llegar hasta ese Oxford, David se había mostrado especialmente receptivo y atento pero también terriblemente curioso. —No somos demasiado diferentes de la gente de este mundo. La única diferencia que le veo principalmente a este mundo es un relativo desfase técnico, social y poco más.

    —No me refería a eso —dijo David dejando de discutir con su daimonion. —Lo que quería decir es cómo son tus compañeros. Me extraña que seas tú el único que se haya quedado atrás teniendo en cuenta tu intelecto.

    —Lo de mi inteligencia viene de muy atrás ya: Soy un superdotado y prácticamente todo lo que sea pensar se me da bien. Sin embargo, lo que sea físico se me da bastante peor, aparte de que no soy especialmente valiente.

    —O estúpido que viene a ser lo mismo —interrumpió David. —Nadie ha dicho que tuvieras que quedarte entre criaturas que no soportas ver sin huir de terror.

    —Tienes razón —dijo Lou pensando en la reflexión de David. —En todo caso, sólo seguí la indicación de Anerues que, como ya bien sabes, no es precisamente alguien muy normal.

    —¿A qué crees que se referiría cuando te dijo que fueras tú mismo por aquí? ¿Es que eres una persona de carácter o algo así?

    —Eso es algo bastante dudoso —dijo Fu Riong. —Este chavalín siempre ha sido el callado y tímido de la clase.

    —Como alguien que yo me sé —dijo Diana riéndose.

    —Fu Riong tiene razón —dijo Lou. —Tú y yo nos parecemos bastante más de que puedas creer (si dejamos de lado el hecho de que tú lo haces todo a todo trapo). Yo, al igual que tú, nunca he sido especialmente sociable, tan sólo unas amistades fijas y fieles pero poco más, todo provocado por cierto rechazo de algunos estúpidos. Probablemente por eso me vuelco tanto en los estudios como tú sobre las ilustraciones, la música y la literatura.

    —Si me permites la pregunta, ¿qué te hacían en tu mundo? —preguntó David.

    —Lo mismo que a ti: Robarme el nombre.

    —Eso le hincha las narices a cualquiera —dijeron David y Diana al mismo tiempo.

    —Por cierto, si no es indiscreción... ¿qué quiere decir “Japo”? No veo que tengas ningún rasgo nipón.

    —¿Qué tiene que ver un escupitajo con un nipón?

    —¿Ein?

    —“Japo” o “Japito” quiere decir “escupitajo”. Lo que me llaman es escupitajo, no nipón.

    —Perdona, es que en... donde tú ya sabes —dijo Lou evitando mencionar su procedencia, —“Japo” es un término despectivo para referirse a los japoneses (o nipones, como tú los conoces). En todo caso, curioso apodo.

    —No es un apodo —dijo David firmemente. —Si de esa palabra piensas que es un apodo, entonces es que le haces caso y lo tomas como parte de tu nombre. Yo me llamo David y no tengo ningún otro nombre, ¿está claro?

    Lou se sorprendió de la seriedad con la que dijo esas últimas palabras, en comparación con las gracietas que solía contar de vez en cuando. Parecía que su nombre no era algo con lo que se debía bromear.

    —En todo caso —continuó —como David es mi nombre, no tengo que hacer caso a la gente que llama a un tal “Japito” así que no me siento ofendido por nada. Ya puestos, ¿qué nombre querían encasquetarte a ti?

    —Me decían “Fu Manchú” por mis orígenes chinos.

    —¿Y qué quiere decir eso?

    —El Dr. Fu Manchú era el personaje de una serie de... historias —dijo evitando la palabra “películas” para evitar una nueva sarta de preguntas. —En pocas palabras era el malo, un “chino” que quería dominar el mundo, que vestía según el tópico de “chino” y que... era el malo a secas. Que me llamaran así es casi como llamarme “tópico de chino” o “torturador”. A nadie le gusta que le insulten en sus orígenes.

    —Pues si hacías caso a sus insultos y llorabas o te peleabas les estabas dando lo que querían a ésos que te insultaban.

    —Hombre, eso ya lo sé, que ya he crecido lo bastante como para darme cuenta... aunque fue Anerues el primero en darse cuenta.

    —Déjame adivinar: Lo llamaban giptano.

    —Gitano —corrigió Lou. —Pues sí, eso le llamaban tan sólo por el color de su piel.

    —Bueno —añadió Fu Riong, —es que también es gitano.

    —Sólo a medias. Su padre era... ¿cómo lo decía él?

    —Payo.

    —Eso, payo, un payo inglés y su madre una gitana española.

    —No, no —corrigió Fu Riong. —Su padre era italiano de nacimiento, nacionalizado en Inglaterra.

    —Tampoco hace falta que me hagáis una biografía del chaval —dijo David riéndose un poco. —Así que él tenía más carácter que tú.

    —Pues no mucho más que yo —dijo Lou. —Él es, en pocas palabras, el raro del grupo. No sé si fue por ese accidente que tuvo cuando era pequeño o por los insultos que le proferían pero sé que siempre se intentó ocultar en lo onírico.

    —¿Eso se puede hacer? —preguntó David.

    —Según él, sí... Aún me acuerdo de aquella temporada en la que se puso realmente pesado con eso de los sueños.

    —¡Todo el mundo a soñar! —exclamó Fu Riong recordando. —¡Venid al otro lado! ¿Es que nadie quiere volar!... etc, etc... Si algo había que le gustara en el mundo era una buena cama.

    —Pero eso no quitaba que fuera bastante comprensivo. Una vez le dijimos que se estaba pasando con todo eso, dejó de hablar casi absolutamente de los sueños sin dejar de lado su afición. Y ya ves, al final, esa absurda afición nos ha salvado la vida ya un par de veces.

    —Tampoco es que sea algo demasiado normal...

    —Pero ahora sabemos que funciona (aunque no tengo la menor idea de cómo).

    —El que no sepas como funciona no es óbice para no hacerle caso —dijo David. —Yo creo en Dios y en la magia, aunque la Iglesia trate de decirme que la última no exista. Ambas cosas no son ni tangibles ni visibles pero para mí están ahí.

    —Eso es tener fe —dijo Diana: —Sencillamente creer en la existencia de algo sin necesidad de tener pruebas.

    —Tú tienes el libro del doctor Clark así que debes de creer aunque sea un poco en la magia, ¿verdad?

    —Un poco... —respondió Lou dudando. —Lo cierto es que me cuesta creer en ella y lo único que puedo hacer para creer que funcionan las recetas de ese libro es pensar que un médico experimentado como el doctor Clark confíe en ellas.

    —Entonces tienes fe y sabes que funcionan.

    —No creas. Después de leer que un placebo puede curarte totalmente un resfriado no sé que pensar.

    —¿Te refieres a la receta del espíritu del agua? —preguntó David llevándose la mano a la barbilla, recordando. —Si es ésa, ya la he probado y te puedo asegurar que funciona a la perfección y, ya de paso, decir que de placebo nada: Es una medicina con todas las de la ley sólo que sin ningún ingrediente especial: Sólo buena voluntad.

    Lou calló sabiendo que no iba a ser capaz de convencer a David de lo contrario y acabó su comida para salir a dar un paseo.



    Esa noche, tanto Lou como David estaban estudiando tranquilamente... más o menos. Según parecía, David tenía unos cuantos problemas de concentración y no dejaba de cabecear medio dormido cada vez que intentaba mantenerse centrado. Tras más de una hora de cabeceos, David fue hacia una cocinilla de gas que había en la habitación y empezó a preparar un té.

    —¿Quieres un poco? —preguntó mientras calentaba el agua.

    —Sí, gracias —respondió Lou estirándose dejando de leer lo que tenía en la mesa. —¿Normalmente estudias hasta tan tarde?

    —Sólo cuando hay un examen cerca —respondió el otro riéndose de sí mismo mientras encendía el fuego.

    —Le da pereza estudiar —dijo Diana —y al final tan sólo sabe empollar la semana anterior al examen.

    —De ahí que digas que los estudios te van mal... —dijo Lou.

    —Dentro de lo que cabe no me van tan mal —dijo David llenando la tetera. —Aprendo más con un poco de presión.

    —Siempre y cuando esa presión no te vuelva loco de remate —comentó su daimonion. —¿Te puedes imaginar que éste se haya escrito una novela de más de ciento cincuenta páginas en menos de una semana mientras estudiaba para un examen de “Fundamentos Civilísticos”?

    —Examen que acabé aprobando, por supuesto —interrumpió David esperando a que se calentara el agua. —La presión me afecta de muchas maneras pero generalmente hace que me vuelva medio loco.

    —Bueno —dijo Lou, —yo también me vuelvo algo loco cuando estudio demasiado. Supongo que le pasa a todo el mundo.

    —¿Cómo es la universidad de tu mundo?

    —No lo sé pues aún no he ido a ninguna excepto ésta. De todo eso sólo conozco habladurías de Zoé.

    —Zoé... la chica de tu grupo, ¿no?

    —Sí, ella. No paraba de repetir que lo que más quería era entrar en la Universidad para perder de vista a sus padres pues allí no podrían tocarla, ni verla, ni... quería ir para allá, eso es todo.

    —¿Tan mal le caen sus padres?

    —Tú no los conoces pero yo sí... —dijo recordándolos.

    —Es la gente más desagradable que jamás hayamos conocido —dijo Fu Riong. —Una cosa es preocuparse por la educación de tus hijos y otra es guiar hasta en el último detalle la vida de una persona: Le decían cómo tenía que vestir, qué debía estudiar, cómo debía comer, sentarse, comportarse, caminar, hablar, que compañías debía frecuentar...

    —“Olvídate de ese chino” —dijo Lou parafraseando a la madre de Zoé. —“Una señorita de tu categoría no debe estar en compañía de culís y gitanos como éstos”. La verdad es que nunca he perdido los nervios pero por una vez me apeteció estamparle el puño en plena cara a ésa. Por suerte, Zoé es mucho más tolerante que sus padres...

    —Probablemente sólo para llevarles la contraria —añadió Fu Riong riéndose.

    —Zoé tiene muy buen corazón y no le importa lo que piense la gente sobre lo que hace: ¿Qué se acerca a un culí y a un gitano como yo y Anerues? A ella le da igual. ¿Que las chicas piensan que es ridículo animar a una bestia enana como Amadeo? Tanto le da. ¿Qué estudia historia en lugar de piano enfadando a sus padres? Eso le encanta. Si antes me preguntabas por carácter, ella es la persona con más carácter que jamás haya conocido.

    —Incluso más que Amadeo, que ya es decir —dijo Fu Riong.

    —Con decir que al principio le encantaba tocar el piano pero que luego lo fue dejando tan sólo para chinchar a sus padres. Sigue teniendo buenas manos pero algo desentrenadas.

    —Sin embargo, es una genio de todo lo que se refiere a historia. Se leía y releía todo lo que se encontraba sobre tiempos pasados, llegando casi a saber más que este geniecillo, siendo ella la única persona que lo ha superado en alguna asignatura.

    —Chica interesante —dijo David mientras retiraba la tetera y preparaba una taza. —Sería curioso ver a alguien así por aquí. ¿Me pasas el té? Está en ese cajón.

    —Sería curioso verla por aquí si este mundo no fuese como el mío —dijo sacando un bote de té verde del lugar indicado, dándoselo a su compañero. —Con sólo ver cómo tratan a los niños por aquí puedo asegurar que este mundo, socialmente hablando, poco se parece al mío.

    David sirvió el té en una taza y se la pasó a Lou.

    —¿No ibas a tomar? —preguntó éste extrañado.

    —¿Yo? Yo no soporto el té —respondió David. —Demasiado amargo para mi gusto. Este té lo tengo aquí para invitados y para cuando vienen mis padres a visitarme. Me gusta más prepararlo que tomarlo.

    —Te presento al tío rarezas —dijo Diana. —Le gusta el trabajo de los criados. ¿Qué quieres que haga? ¿Fregar, limpiar, barrer, cocinar? Todo eso le gusta.

    —Y a ti te gusta pasarte un poco de la lengua —dijo dándole un golpecito desencadenando otra de sus incomprensibles discusiones.



    —¡Eh! Hasta luego, Lou y Japito —se despidió Lukas después de clase.

    David ni siquiera giró la cabeza y Lou respondió por él:

    —Hasta otra, Bakamon. ¡Ah! Y hasta luego, Aho, Kusottare y Warui —dijo al ver que también estaban Humphrey, Víctor y Mario.

    Los aludidos se rieron de las palabras de Lou, sin enterarse de qué les estaba llamando.

    —No creo que sea muy prudente que les llames eso —dijo David una vez se alejaron lo suficiente de la facultad. —Si se llegan a enterar de...

    —No hay de qué preocuparse —interrumpió Lou. —En todo caso, es lo que diría mi madre.

    —¿En serio? —preguntó David extrañado. —¿De verdad llama imbécil, idiota, estúpido y malo a todo el mundo con quién se encuentra?

    —Sólo a la gente que le cae mal —dijo Lou riendo mientras se acordaba de su temperamental madre. —Ella rompe con el tópico de que los japoneses son gente paciente y muy educada... Por cierto, ¿cómo es que sabes hablar japonés?

    —Nipón —corrigió David. —Me gustan los idiomas y entender lo que nadie más se esfuerza en entender. Del nipón he leído un par de cosillas en la librería de Frances, nada más. Lo primero que debes aprender de cualquier idioma son los insultos para que así nadie te falte al debido respeto.

    —Que en el caso de Dave, no sería la primera vez —dijo Diana. —Este tipo es un imán para gente indeseable como esos cuatro.

    —En todo caso, como diría la Biblia: “Quien a hierro mata, a hierro muere”. Si se acaban por enterar de lo que les estás diciendo te puedo asegurar que no serán nada sutiles contigo.

    —¿Incluso si sabes lo que te están llamando? —preguntó Lou.

    —Yo no soy como ellos: No insulto, no golpeo, no humillo, no escupo, ni hago las estupideces que suelen hacer. Eso me haría ser tan imbécil como ellos.

    —Más te vale que no te contengas tanto o acabarás como Amadeo —dijo Fu Riong.

    —No creo que acabe tan chaveta como me lo habéis descrito.

    —Bueno, él ya era temperamental de por sí pero el hecho de ser hijo de dos de los profesores del internado en el que estudiábamos hizo que los demás se cebaran con él.

    —El mayor insulto para él es que lo llamaran “hijo de Papá” —dijo Lou. —Cuando le llamaban eso se volvía especialmente violento... y cómo se ponía el maldito —dijo haciendo un movimiento de exageración con la mano. —Era capaz de enfrentarse con más de siete chavales saliendo más o menos bien.

    —Esto es —interrumpió Fu Riong, —totalmente apalizado pero sus contrincantes también.

    —Todo eso le acarreó bastantes problemas y bastantes discusiones con sus padres.

    —Igual que Zoé entonces, ¿no? —preguntó David.

    —No, total y absolutamente al contrario: Mientras que Zoé odia a sus padres con toda su alma, Amadeo los adora e idolatra. Tiene un respeto absoluto a lo que es la familia, entendiendo lo que es.

    —Zoé alguna vez dijo que envidiaba ver cómo se llevaba con sus padres —dijo Fu Riong. —Casi parecía que no se creyera que una familia pudiera ser como la de Amadeo.

    —Y si tan violento era, ¿por qué no lo expulsaron? —preguntó David.

    —Sus padres comprendieron cuáles eran sus problemas así que consultaron a un psicólogo que les recomendó que hiciera alguna actividad física que le ayudara a mantener bajo control su temperamento.

    —Así entró a practicar Judo, como muchos otros chavales de su edad —dijo Lou. —Según parece, la recomendación del psicólogo fue correcta y las peleas cesaron poco después de empezar... sin embargo, empieza a practicar, va y le gusta todo eso de las artes marciales, tanto que empezó a destacar de tal manera que no había casi nadie que pudiera retarle en igualdad de condiciones por lo que al año siguiente cambió de disciplina, para tener algo más de variedad: La esgrima.

    —Ahí sí que se pasó tres pueblos —dijo Fu Riong: —No sólo era mucho mejor en esgrima que en Judo sino que empezó a participar en competiciones de alto nivel llegando a ser campeón nacional de florete, quedando en segundo puesto en espada y tercero en sable.

    —No conviene estar en contra suya... —comentó David. —Por cierto, ¿qué es eso del Judo?

    —Ya te lo explicaré después —dijo intentando evitar una nueva sarta de preguntas. —De momento tan sólo guíame un poco por la biblioteca.



    La mañana del Sábado siguiente, Lou se encontró con David levantado antes de tiempo, escribiendo en una libreta.

    —¿Otra vez Anerues? —preguntó Lou mientras trataba de despertar a su daimonion.

    —...sí... —respondió el aludido mientras trataba de transcribir lo más fielmente posible lo que había vivido esa noche, a la semejanza de Anerues tal como le había recomendado Lou. —Intenta no molestarme...

    David había estado recibiendo los mensajes de Anerues por Lou desde la noche de las estrellas fugaces, así que calló sabiendo lo complicado que era para su compañero recordar sus propios sueños y esperó a que terminara. Un par de minutos después, David le pasó el escrito a Lou volviéndose a la cama de inmediato (no le gustaba mucho madrugar los Sábados).

    Después de descifrar la mala letra de David y tras reconstruir todo lo ahí escrito (ya había leído varias cosas suyas, historietas bastante bien contadas y curradas, pero la improvisación no era precisamente lo suyo) calló algo confuso.

    —¿Polvo? ¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Lou extrañado.

    —...eso se me ha dicho —dijo David perezosamente entre sus mantas. —Anerues me dijo algo así como “de la cosa más enorme a la más pequeña está condicionada por el Polvo, la corriente de la nieve, la materia oscura... Él hace que cada causa tenga un efecto, que hace que nada sea casual, que hace que cada cosa tenga su utilidad en el mundo. Mi deber me ha sido mostrado y el tuyo no tardará en llegar...” y algo así... Me recordaba a mis clases de filosofía cuando decían que la Autoridad estaba en todas partes dirigiéndolo todo y haciendo que todo sucediera como tenía que suceder. Básicamente ha dicho que ese Polvo es Dios.

    Lou alzó una ceja realmente extrañado pues recordó en su mundo también se había dicho algo parecido.

    —No me mires así —dijo David. —Yo sólo soy el mensajero. Anerues me dijo que podría encontrar información sobre el Polvo en este mundo si preguntaba a las personas adecuadas y que con ello conseguirías descubrir tu verdadero objetivo en este viaje.

    Lou miró a Fu Riong que le respondió con una mirada similar. ¡Sus suposiciones eran ciertas!

    —Ahora, si no te importa —dijo David tapándose de nuevo —déjame dormir.



    Un par de horas más tarde, Lou y David (bastante más activo ahora) se dirigieron de nuevo hacia la librería de Frances Lorelei para preguntarle sobre el Polvo.

    —¿Estás seguro de que ella puede saber algo sobre eso? —preguntó Lou.

    —Ella, o lo sabe, o sabe donde encontrarlo. Hay pocas cosas de las que no haya oído hablar esa mujer, sin contar que tiene una buena red de contactos entre todos los editores, tanto legales como ilegales. Ya lo dice ella: “En una semana te puedo conseguir cualquier cosa que me pidas”.

    Tras seguir por las intrincadas callejas del exterior de Oxford, por un camino más intrincado que el anterior (con David el camino siempre era más liado cada vez), llegaron ante la sólida puerta de la librería y, nada más entrar, fueron recibidos como de costumbre.

    —Tengo buenas noticias para usted: Stuart Monk ha publicado un nuevo...

    —Que sí, que sí, vale —interrumpió David callándola. —Veníamos a por otra cosa.

    —Pues dígame usted.

    —¿Sabría hablarnos de una cosa llamada Polvo?

    —¿Polvo? —dijo llevándose la mano a la barbilla con cara jocosa. —Sustancia que se pega a todo lo que se encuentra que se caracteriza por volver una y otra vez por mucho que la limpies. Mi madre era alérgica al polvo y alguno de mis hermanos heredó ese problema.

    —No, no... Estoy hablando de otra clase de polvo... ¿Cómo explicarlo...? ¿Conoce las teorías de Tomas Nogya?

    Cuando la señora Lorelei escuchó esa palabra cambió súbitamente de cara y se dirigió rápidamente a la puerta para cerrar de inmediato.

    —¿Dónde habéis oído hablar de eso? —dijo una vez la puerta estuvo cerrada.

    —Sería un poco largo de explicar. ¿Qué es lo que sabe usted?

    Frances, notablemente turbada y tras cavilar algo, fue hacia la trastienda y les indicó que la siguieran. El lugar era probablemente la vivienda de la mujer, notablemente más desordenada que el resto de la tienda pero mucho más acogedora: Era una sala grande, más parecida a un estudio que a una casa. Desde la entrada se podía ver la cocina y unos sillones que hacían las veces de sala de estar y, tras un biombo se podía vislumbrar la desecha cama de Frances al lado de la cual estaba un desordenado escritorio. Pero lo que más llamaba la atención era la cantidad de libros y manuscritos esparcidos aquí y allá, encima de mesas, estanterías, de la cocina, de la mesita, de los sillones, de la alfombra... allá a donde se pudiera mirar se veía toda clase de libros.

    Nada más entrar, Frances les indicó que se sentaran para empezar ella a buscar algo entre el barullo de libros que allí había. Pasaron varios minutos y, tras una exhaustiva búsqueda, Frances pareció encontrar lo que buscaba llevándose unos tres libros hacia el tercer sillón de la sala.

    —No sé donde habréis oído hablar del Polvo, no sé como os habéis llegado simplemente a enteraros de esa palabra... pero sé que, después de más de tres años de habernos conocido, me puedo fiar de usted, señor David.

    —No es para tanto... —dijo David modestamente.

    —Piense lo que quiera. En fin, respecto a lo del Polvo... ¿Sabéis exactamente en qué campo os estáis metiendo?

    —No tenemos ni idea de qué es exactamente el Polvo y por eso hemos acudido a usted. Según parece, usted sabe bastante del asunto.

    —No mucho más de lo que ya llevo leído —dijo levantando los tres libros que había cogido: Un enorme tomo forrado en piel, un librito que parecía más un folleto y un libro que casi parecía de bolsillo. —A lo largo de los años que llevo regentando esta tienda he conocido a una gran cantidad de autores y han pasado toda suerte de libros por mis manos. Entre ellos, los más polémicos y peligrosos para mi negocio son estos tres: “Otros Mundos” de Maximilian Eisendorf —dijo levantado el folleto, — “Existencia Cuántica” del doctor Robert Anstein —ahora el libro grande, —y “Mil ojos observan un único multiverso” de Yukari Yakumo. Poca gente conozco que tenga menor aprecio a su vida pues estos tres pues se están enfrentando directamente contra la Iglesia. La Iglesia, desde hace ya más de setenta años, tras el Concilio de Malta, prohibió expresamente en una orden de nivel mundial que no se debía hablar sobre esa sustancia que dicen se llama Polvo.

    —¿Y qué es el Polvo?

    —Tú mismo lo has dicho: Mencionaste al gran teólogo Tomas Nogya que teorizó la existencia de Dios diciendo que él era el que hacía que cada cosa funcionara como debía funcionar, que lo que nosotros llamábamos azar fuera en realidad Él...

    —La parábola de la flecha, ¿no? —interrumpió David.

    —Sí, eso es: Si disparas una flecha, tu produces un movimiento que lo impulsa pero cuando tú ya no la tocas, es la Autoridad quien la dirige y la que hace que llegue a alguna parte, siendo una especie de intermediario entre tu deseo y lo que ha de suceder... Hace ya mucho que no leo nada de eso, ¿era algo así?

    —Tal como lo dice, parece que esté hablando de Tomás de Aquino —dijo Lou.

    —¿Que quién?

    —Mejor se lo explico algo después —dijo David. —¿Qué le pasa al Polvo para que le tengan tanto miedo? Si está ahí y resulta que es Dios, ¿por qué lo condenan?

    Frances abrió el libro grande y empezó a leer:

    —“Y Dios hizo a Adán a su imagen y semejanza... Cierto es, eso hizo pero lo cierto es que la imagen de Adán no era la imitación física de la del cuerpo del Señor sino de la capacidad de tener ego, tener conciencia de sí mismo. Ésa fue la característica primigenia del primer ser humano.

    >>Mi ayudante me ha advertido que este comentario bien podría no complacer al obispo de Ginebra pero cada día lo veo tan claro que no puedo hacer nada para acallar a las voces de mi mente que me ordenan que siga investigando... No, no lo dejaré.

    >>Tras una larga observación del aletiómetro y tras hacer anotaciones durante ya más de tres días, casi sin dormir, he llegado a comprender cuál fue el pecado de Adán y Eva, cuál fue la fruta prohibida que no debían llegar a comer: Llegaron a la adultez. Eso es lo que Dios no llegó a aceptar y por ello los expulsó del Paraíso terrenal. Cuando cruzaron esa línea que separa la infancia de la madurez, cuando probaron ese fruto que les hacía pensar que iban a ser tan sabios como Él, esto es, cuando sus daimonions fijaron su forma definitiva, cuando pensaron que el Señor ya nada podía enseñarles, cuando creyeron saberlo todo... se dieron cuenta de la cantidad de errores que habían estado cometiendo durante su vida. La Autoridad, o lo que fuera que estuvo cuidando de ellos desde su nacimiento, les expulsó de su Paraíso, de su infancia y ya nada volvió a ser como antes pues las percepciones de Adán y Eva cambiaron...” y así sigue la cosa —sentenció Frances. —Esto es el principio de esta obra, en la que Robert Anstein hace su propia interpretación de lo que es la Biblia y de cómo influye en nuestras vidas. Él considera que el fruto del árbol de la inteligencia es la llegada a la adultez... según parece la Iglesia está de acuerdo con eso pero... no acepta que lo difunda de esta manera. Más adelante, en el libro comenta sus investigaciones, de cómo consultaba a su aletiómetro para...

    —¿Ale qué? —preguntó Lou algo extrañado. —¿Aletiómetro...? —empezó a cavilar un poco intentando encontrar una asociación. —¿Verdad? ¿Medidor de verdad?

    —Eso es exactamente. Es una clase de aparato que, según parece puede contactar con el Polvo. Anstein tenía uno y era de las pocas personas que era capaz de interpretar sus símbolos casi sin consultar su manual.

    —¿Para qué sirve?

    —Básicamente es un aparato que te permite saberlo todo, que te da respuesta a cualquier pregunta que le hagas, siempre correcta, por supuesto.

    —¿Existen aparatos así? —preguntó Lou bastante extrañado.

    —Yo conocí al doctor Anstein personalmente y puedo asegurarte que sí. Al principio pensé que lo que hacía con esa especie de enorme reloj de bolsillo era una payasada, una tontería que más se parecía a un juego de chavales que a algo serio pero... a todo lo que le pregunté le dio una respuesta lógica, ponderada y, ante todo y sobre todo, correcta. Y no le pregunté banalidades ni tonterías que cualquiera pudiera haber sabido, no, le pregunté cosas personales, cosas que, de no haber sido él yo, no podría haber sabido para nada.

    —Entonces, ¿para qué demonios condenan su uso? Si demuestra la existencia de Dios y encima permite tener acceso a una fuente inagotable de información, ¿por qué?

    —El doctor Anstein me dijo que conocía la razón... pero me dijo que era lo único que no tenía pensado desvelar pues el aletiómetro le dijo que debía esperar al momento adecuado aunque yo creo que más bien le tenía un mínimo aprecio a su cuello, lo que no quita que sea un hombre muy valiente.

    —“Cuando lleguen los tiempos confusos, diré lo que se me ha dicho pues, si antes se dijeran, causarían un revuelo tal, un escándalo tan enorme, que del mundo que conocemos se vería reducido a la nada por la guerra que se provocaría” —dijo David con tono muy serio haciendo que Frances le mirara con perplejidad. —¿Fue esto exactamente lo que le dijo?

    —Palabra por palabra... —respondió Frances unos segundos después, tras recuperarse de la sorpresa empezando a bombardearle con toda clase de preguntas: —¿Quién te lo ha dicho? ¿Cómo te has enterado? ¿Anstein está aquí? ¿Tienes un aletiómetro?

    —Me enterado de esto de la misma manera en la que llegué a enterarme de lo del Polvo, cosa que tiene que ver con el compañero aquí presente. Esto sería así...

    Y durante la hora siguiente, Lou y después David estuvieron contando todo lo que sabían: El viaje de Lou, su verdadera procedencia, los sueños de Anerues, los ahora sueños de David, los mensajes que aquél le daba... Tras el largo relato de los hechos, Frances miró gratamente sorprendida a sus dos invitados y dijo:

    —¿A que al final resulta que el profesor Anstein me dijo todo eso sólo para que os llegarais a enterar vosotros? Viendo cómo era capaz de manejar el aletiómetro, no es descabellado pensar que el Polvo tenía planes para nosotros desde hace ya siglos...

    —¿Cree usted que todo lo del agujero del norte tiene que ver con nuestra conversación? —preguntó Lou algo asustado al pensar en semejante ocurrencia.

    —No lo dudes. Sin embargo, aún no sé cual es el verdadero objetivo de vuestro viaje... ¡Ya sé! Escribiré una carta al doctor Anstein avisándole de que habéis aparecido. A lo mejor responde a nuestras preguntas.

    —¿Sabe dónde vive?

    —Más o menos. Se oculta mucho pero tiene mecenas que cuidan de él y lo protegen de la Iglesia. Y ahora, si me lo permitís, dejadme ordenar esta leonera a ver si encuentro la última dirección que me dejó.
     
    Última edición: 22 Octubre 2018
  12. Threadmarks: Buscando el paraíso en un sueño - Capítulo 12
     
    JeshuaMorbus

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    Capítulo 12: Chalyben


    Ya no podía hacer otra cosa más que cargar con él pero estaba tan agotado que apenas era capaz de mantener la vista al frente sin perder la conciencia. Todo cuanto había hecho durante los últimos días lo había dejado para el arrastre y ahora, que por fin estaban llegando, deseaba caer, deseaba descansar, dejar de correr y dejarse llevar... pero él sabía que no lo haría, sabía que su fuero interno no lo aceptaría, así que siguió corriendo, para luchar hasta el final, para no permitir que mataran a Trevor. Éste trataba de hacer que lo soltara mientras aún sostenía a su pequeña Frondea, ya sin fuerzas pero incesantemente pues sabía que ahora ya no eran más que una carga para Amadeo. Pero éste no los soltó y siguió adelante siguiendo el camino que le indicaba Rig.

    Amadeo miró a su alrededor y se espantó al ver como había acabado su viaje: Sólo sobrevivieron siete de los más de veinte que marcharon y ahora, casi a las puertas de Chalyben, estaban a punto de caer en manos de sus perseguidores.

    Pero no. Él no. No se iba a dejar matar. Ya había matado a demasiados para ahora echarse atrás y todo aquel que se atreviera a cruzarse en su camino sufriría la más terrible de las muertes.

    A poca distancia, a su espalda, se podían escuchar los gritos de los guerreros de los que estaban escapando, unos gritos furiosos, con unas palabras ininteligibles pero que sabía perfectamente lo que decían: “¡Muerte al traidor! ¡Muerte a los monstruos!”. Cada vez que escuchaba ese maldito grito, más culpable se sentía Amadeo pues le hacía recordar que era precisamente por él porque les perseguían hasta tan dentro del territorio enemigo. Pero no había tiempo para llorar, ni para gritar de terror, ni para respirar siquiera. Correr, eso era lo que debía hacer.

    Y pasaron los minutos. Y cuanto más tiempo transcurría menos parecía que se acercaran a la montaña de Chalyben. Parecía tan lejana y los gritos tan cercanos... Amadeo sintió el mordisco de Goppler que lo sacó del sueño que lo estaba invadiendo y siguió con su carrera desesperada. Pensó en lo que le podría ocurrir a su buena compañera una vez muriera... pues sabía que iba a morir, lo sabía desde la primera vez que desenfundó su arma. Sabía que toda persona que tiene un arma no está destinada a matar sino a morir. A la guerra no se va a luchar por ningún ideal, no se va a luchar por nadie, no se va a luchar por dinero, ni es pasatiempo morboso en el que se mata gente... a la guerra se va a morir. Y ahora él lo sabía. Y no quería aceptarlo. No quería aceptarlo. No...

    Amadeo se desplomó totalmente agotado dejando a Trevor a un lado. Trató de levantarse pero sus brazos ya no le respondían de tan derrengado que estaba por lo que lo único que pudo hacer fue lo que llevaba semanas deseando hacer: Llorar. Llorar de impotencia y terror, sabiendo que todo cuanto había hecho no había servido para nada, que jamás volvería a casa, que jamás volvería a ver la cara severa de su padre, la sonrisa algo fanfarrona de su madre, la inocente sonrisita de Luana... Todo cuanto podía hacer ahora era llorar sabiendo lo que iba a perder a partir de ahora.

    En menos de un minuto escuchó los sonoros pasos de sus perseguidores acercándose a ellos. Estaban solos Trevor y él pero Amadeo ya estaba demasiado cansado como para odiar a nadie pues, de todas maneras, ya sabía que no podría culpar a sus compañeros: Ellos deseaban vivir y a ellos no les importaba dejar a sus compañeros atrás. Amadeo levantó su ya rota, ajada y medio desmontada arma y se apoyó contra un árbol para tenerse de pie con el mínimo esfuerzo posible pues, si iba a morir, que fuera de pie y luchando. Miró a su daimonion y le acarició la cabeza, cosa que ella casi ni notó al estar tan cansada como su persona. Y el enemigo llegó: Eran tres soldados vestidos con corazas ligeras con la señal de la cruz de la flor de lis grabada a la altura del pecho. Cuando llegaron y vieron a Amadeo, ignoraron al utukku que estaba postrado y se dirigieron directamente hacia el traidor. Amadeo levantó su arma sin ganas y esperó a que se acercaran.

    Pero... no llegaron, ni pudieron hacerlo pues alguien había llegado atacando furiosamente al grupo con una alabarda pulverizando la cabeza a dos de ellos en un instante. Tan rápido se movía que Amadeo no podía percibir quién era. Pero eso ya no le importaba pues, en algún recóndito rincón de su alma lo sabía: Iba a vivir...



    Amadeo se despertó y lo único que pudo percibir fue una oscuridad profunda. Trató de levantarse pero sus heridas se lo impidieron por lo que trató de identificar el lugar aún sin luz: Era un lugar oscuro y cerrado pero era fresco, con un ligerísimo olor a humedad. Cerca de él se podía oír el rumor de una lejana corriente de agua, como si saliera de un altavoz... él conocía ese lugar. Estaba en Chalyben. Estaba a salvo.

    Y sabiéndolo ya, sonrió. Y lloró, ya no de desesperación sino de alegría, mientras buscaba a su querida Goppler, tanteando los pliegues de su cama, encontrándola al poco rato y abrazándola como si aún fuera un niño, ignorando el terrible dolor que aún sentía a lo largo de sus brazos y pecho, despertándola, haciendo que ella se uniera a su abrazo.

    Un rato después se dejó caer sobre su lecho y esperó mientras descansaba de todo cuanto tuvo que hacer desde que llegó ese mundo, cayendo al poco en un profundo sueño.



    Pasado un tiempo indeterminado, Amadeo notó como había luz en la sala por lo que abrió los ojos encontrándose con una chica de pelo castaño muy claro, de algo más edad que él, cambiándole las vendas.

    —Ho... —Amadeo carraspeó para aclararse la voz. —Hola.

    —Buenos días, joven aruco —saludó la chica. —¿Qué tal te sientes?

    —No sé para qué preguntas —dijo mostrando su torso recorrido por toda clase de heridas: Una herida punzante en el lado derecho de su pecho, tres cortes en los brazos y un espectacular corte transversal que le recorría el torso de lado a lado. Por suerte para él, todas eran heridas superficiales pero bastante dolorosas.

    —Bueno, eres un chico fuerte —dijo ella dándole un golpecito en el hombro. —Podrías haber sobrevivido a mucho más. Ahora, si no te importa, voy a llamar a Zoé que hace casi dos días que no duerme esperando a que te despertaras.

    —¿Tanto he dormido? —preguntó Amadeo.

    —¿Tanto te extraña? Si lo que Trevor ha contado sobre ti es cierto, para mí que te habrías pasado una semana entera durmiendo a pierna suelta —dijo mientras se levantaba y salía.

    Amadeo se estiró mientras esperaba. Sus brazos estaban ligeramente embotados, medio dormidos, aparte de que casi no podía mantener los ojos abiertos del tiempo que se había pasado durmiendo. Sin embargo, Goppler estaba de lo más animada, saltando y correteando a su alrededor, más alegre que unas pascuas.

    A los pocos minutos, Amadeo percibió unos pasos rápidos acercarse a la habitación, irrumpiendo Zoé poco después junto con Ku—Te, saltando a sus brazos.

    —¡Gracias a Dios que sigues vivo! —exclamó con alegría mientras le abrazaba.

    —Hola a ti también —dijo él sorprendido por semejante muestra de afecto.

    Cuando se separaron, él pudo fijarse en la cara de Zoé exclamando de inmediato:

    —¿¡Pero qué te ha pasado!?

    La cara de Zoé estaba literalmente morada, con marcas de golpes por toda ella... la mayoría parecían tener ya bastante tiempo por lo que no se notaban demasiado hinchadas. Sin embargo, doler, le debía doler mucho.

    —Cada uno de nosotros ha tenido sus propias batallas —dijo ella quitándole importancia a sus heridas. —No le busques tres pies al gato y simplemente descansa, que por lo que me han contado, necesitas hacerlo de verdad.

    —Ha sido mucho, sí, pero creo que Trevor exagera.

    —Es que no es sólo Trevor: Rig, Luc, Yann, Renur, Antón y Emiac coinciden en lo mismo: Has hecho una proeza que pocos puedan llegar a superar.

    —Pero aún así, los demás...

    —Como ha dicho Trevor: “Si no hubiera sido por él, ni os habríais enterado de que nos habían atacado”. Parece que tu presencia fue la más importante.

    —Fue tan sólo porque era un “Noble”. Si no hubiera sido por Goppler y por Frondea, ahora todos estaríamos muertos.

    —De acuerdo pues, llámalo destino si quieres.

    —¿Trevor ya ha contado lo que hemos visto?

    —Todo el Rat lo sabe. Aún después de mis problemas con la reina...

    —¿Ha sido ella quien te ha hecho todo esto? —interrumpió Amadeo señalando sus heridas.

    —Mejor dejemos ese tema para otro día... Digamos que aún teniendo el apoyo real, me costaba un poco caminar por Chalyben por la imagen que tenían los lugareños de nosotros. Pero ahora que Trevor ha contado lo del agujero y lo de tus proezas, hasta somos considerados como héroes.

    En ese momento, alguien llamó a la puerta.

    —Pasa —dijo Zoé, entrando la chica de antes. —Te presento a Yaksa. Ha estado cuidando de mí desde que te marchaste y curándote desde que volviste.

    —Buenos días, señorita —saludó Amadeo. —Gracias por sus cuidados.

    —Por ésta, hago lo que sea —dijo Yaksa dándole una palmada en la cabeza a Zoé. —Venía a deciros que la reina quiere recibiros.

    —Dile que ya iré yo —dijo Zoé antes de que Amadeo pudiera decir nada. —Éste no está para moverse.

    —¿Tú sola?

    —¿Qué pasa? Puedo darle una oportunidad, ¿no?

    Dicho esto, las chicas salieron de la sala, dejando a Amadeo con Goppler.



    Pasado un tiempo (dentro del Rat no se distinguía el paso de los días), Amadeo pudo volver a levantarse y, guiado por una hacendosa Zoé, fue llevado a visitar las maravillas del Rat Chalyben. Aparentemente, Chalyben no era más que un complejo lío de cavernas que recorrían toda la montaña de arriba abajo, un complejo enorme pues la altura a esa montaña le sobraba.

    —Éste lugar ha sido creado medio por los humanos, medio por la propia naturaleza —dijo Zoé una vez en la gran sala de la entrada. —Por lo que Yaksa me ha contado, y por lo que cuentan los más ancianos a su vez, esta caverna no era tan grande hace doscientos años, siendo después de la llegada de los Nobles cuando se empezó a excavar realmente en serio.

    —Todo para convertir esta entrada en un verdadero fortín... —comentó Amadeo mirando las diferentes terrazas. —El lugar es bonito pero no me gusta pensar que haya sido creado sólo por motivos bélicos.

    —No creas, a mí tampoco me gusta pero es gracias a esto por lo que los utukkus siguen en este mundo. Desde que llegaron los Nobles, los Rats y los bosques se han convertido en los bastiones de los uttukus... ¡Je! Bien pensado, esta podría ser la razón de todas las leyendas que circulan por nuestro mundo sobre los vampiros.

    —¿A qué te refieres?

    —Leyenda número uno: Los vampiros odian la luz del sol. Esto es falso pues lo único que pasa es que se ocultan en lugares oscuros durante largas temporadas. Yaksa una vez me comentó que no le gustaba mucho salir al exterior pues la luz del sol la deslumbraba haciendo que le dolieran mucho los ojos. Leyenda número dos: A los vampiros les ensordecen las palabras de la Biblia y les espantan los crucifijos... En esto hay otra lógica: Si hay alguien con un símbolo o que va diciendo frases de una ideología que quiere asesinarte, ¿no te asustarías y correrías a más no poder? Piensa en las esvásticas y los judíos... Leyenda número tres: Los vampiros no pueden cruzar grandes superficies acuáticas. Falso como siempre... o quizá no tan falso. Los uttukus pueden ir a cualquier parte en cualquier vehículo que quieran pero han de tener cuidado de tener una provisión suficiente de sangre o sino morirían de mhenasaura (no es muy prudente que haya un barco de pesca con tres elatos y veinte uttukus, la verdad). Leyenda número cuatro: Los humanos se pueden convertir en vampiros. Falso de nuevo: No se convierten en vampiros sino que se vuelven “de los suyos” haciendo que el resto de los elatos te rechacen al ver la marca de sus mordiscos. Leyenda número cinco: Los vampiros odian el ajo pues puede matarlos. Falso también: Los utukku son verdaderos gourmets y esos sabores tan fuertes no les van.

    —¿En serio? —preguntó Amadeo al escuchar lo último.

    —Pues claro que no —se rió Zoé. —Sólo te estaba vacilando. Respecto a la comida, no hay nada que no puedan comer, ni cubertería que les haga daño pues la plata no les afecta (pero mientras los Nobles piensen eso, mejor para ellos). Y por último, leyenda número seis: Los vampiros son inmortales. Esto es casi relativo: Son muy longevos y, si tienen una alimentación adecuada pueden llegar a vivir con buena salud durante más de doscientos años.

    —Eso ya lo sabía —dijo Amadeo. —Trevor me dijo que tenía ya noventa y siete años... Menuda edad para seguir en activo.

    —Eso sin contar a otros Matusalenes como el rey Mateo IV que llegó a vivir durante doscientos treinta y siete años o John I que vivió sin problemas hasta los doscientos cincuenta y nueve.

    —¿Te has metido en la biblioteca desde que me marché? —preguntó Amadeo con sorna.

    —No exactamente —dijo Zoé muy seria. —He estado estudiando un poco la historia de los utukku para ver si debía hacer algo... —Zoé calló y puso cara de preocupación.

    —¿Qué pasa?

    —Les he enseñado la fórmula de la pólvora.

    —¿¡Qué...!? —intentó exclamar Amadeo para tranquilizarse de inmediato y preguntar más calmadamente: —¿Por qué has hecho eso? Sabes perfectamente lo que puede ocurrir si le dan un mal uso.

    —Lo sé... lo sé. No sé si les estoy condenando a tener guerras durante el resto de su historia pero les hacía falta tener una ventaja sobre los Nobles... He estado leyendo toda clase de textos referidos a su pasado, he investigado, he hecho mis propias teorías y al final llegué a la conclusión de que necesitaban esta ayuda sabiendo que van a hacer buen uso de ella.

    —¿Por qué?

    —Cientos de veces lo he visto y cientos de veces siempre ha sido igual: Las guerras son cosa de elatos y dríadas. Los utukku luchan sólo porque son arrastrados a luchar, o lo que es lo mismo, no ha habido pueblo utukku alguno que haya empezado jamás una guerra pues es su colaboración con los elatos y dríadas lo que les permite seguir teniendo un suministro seguro de sangre con el que poder vivir. Los Nobles no aceptaban que eso de chupar la sangre fuera algo bueno, como en nuestro pasado, en el que se llegaron a condenar las transfusiones y los transplantes por antinaturales... Pero aquí, más que por antinaturales condenaban su alimentación porque les convenía.

    —¿Qué quieres decir?

    —Esto me llevará más tiempo explicártelo, así que tardaré un poco en entrar en detalles: ¿No te has preguntado por qué existe una raza tan extraña de seres humanos? ¿Por qué la evolución ha colocado en esta extraña posición a los utukku? Bien podría tratarse de que los utukku son una mutación realmente rara entre lo que es la raza humana pero por lo que llevo visto, en realidad están cumpliendo una función muy importante en el bienestar del resto de seres humanos: Los vacunan, vuelven invulnerables a gran cantidad de enfermedades a las personas a las que muerden.

    —¿Eh? —dijo Amadeo algo extrañado.

    —Sí, no me mires así que es eso es lo que hacen: Ellos son directamente inmunes a la gran mayoría de las enfermedades que existen en este mundo (a lo largo de su evolución han estado integrando toda clase de enfermedades en sus cuerpos al chupar sangre, lo cual hace que tengan un sistema inmunológico potentísimo) pero eso no los libra de que puedan llevar esas enfermedades dentro de sí, muy debilitadas eso sí. Al morder a otras personas pueden llegar a transmitir esas enfermedades por lo que los mordidos enferman al poco tiempo. Sin embargo, al transmitir la enfermedad tan debilitada, los enfermos se curan en muy corto plazo (por lo general) y después de eso, ya no vuelven a tener esa enfermedad durante el resto de sus vidas.

    —Una buena ventaja... ya veo. Entonces, ¿por qué la Iglesia quiere quitar de en medio a los utukku?

    —Por una epidemia que transmitieron los utukku. A ellos no les afectó la enfermedad pero los elatos empezaron a caer como moscas, al igual que muchos Nobles y algunas dríadas. Pasado un tiempo, la Iglesia acusó a los utukku de ser ellos el origen de todo ese mal.

    —Todo falso, ¿no?

    —No exactamente... Lo que decían los Nobles era, en gran parte, cierto: Los utukku extendieron esa enfermedad por culpa de su forma de alimentarse. Sin embargo, cuando leí sobre que fechas empezó la epidemia... me di cuenta de lo hipócritas que eran los Nobles: La epidemia empezó hace, año más año menos, doscientos cincuenta años justo cuando llegaron los Nobles a este mundo.

    —Entonces...

    —Los utukku extendieron la enfermedad pero fueron los Nobles quienes la trajeron desde su mundo a éste y, de hecho, empiezo a pensar que sabían perfectamente lo que hacían pues, para poder curarse de esa enfermedad, los afectados tenían que bautizarse. Por lo que algunos elatos me han contado, ese bautizo se hace con la típica concha, echando agua bendita sobre la cabeza pero los Nobles le han puesto un añadido: Dan de beber un vino de sabor muy extraño a los nuevos feligreses. Ese vino podría ser un antibiótico sencillo (¿quién sabe? A lo mejor es penicilina) mezclado con algún colorante que lo hiciera aparentar ser vino. ¡Et viola! Una vez bautizado la enfermedad desaparece por la gracia divina. Gracias a semejante actuación, al poco los Nobles pusieron a los elatos y a parte de la dríadas en contra de los utukku para así tener mayor control sobre este mundo... el mejor sistema para conseguir poder y que la sociedad esté contenta y en paz interna es precisamente éste: Tener un “enemigo”. Al crear un enemigo, todos estamos de acuerdo en que debe ser eliminado a cualquier precio por lo que aumenta la cohesión de la sociedad y hay relativa paz interna, como nuestros cristianos con los musulmanes o con los protestantes, exactamente igual.

    —Por eso les conviene tener a los utukku de enemigos... ya veo. Menudos pájaros les han tocado aguantar.

    —Por eso y tras investigar bastante más, llegué a la conclusión de que los que mejor uso podrían dar a la pólvora eran precisamente ellos... espero no estar equivocándome.

    —¿Ya han hecho algún arma?

    —No. De hecho aún están intentando encontrar la fórmula exacta (yo sólo les dije los ingredientes, no sus dosis) pero sí les he dicho como funcionan las diferentes armas de fuego que conozco así que en poco tiempo podrán tener esas armas a su disposición.

    —¿Le has contado lo de tu teoría a la reina?

    —Se la conté a Yaksa y ella se la dijo a Remiria. Me parece que la reina es sincera en que la van usar sólo hasta que acabe la guerra y que tras eso sellarán la fórmula para evitar problemas con los elatos.

    —¿Estás segura? —preguntó él escépticamente.

    —No, para nada. No tengo pruebas fiables de que le vayan a dar un buen uso en el futuro pero teniendo el carácter de los utukku en general, sé que no harán ninguna tontería.

    —Ellos no empiezan ninguna guerra pero son los que más se rebelan, ¿a que sí?

    —Me has quitado las palabras de la boca. Los utukku normalmente aman la paz por lo que harán lo posible para mantener la justicia en este mundo, incluso si eso significa iniciar una revuelta... De hecho, hay un refrán que dice “Utukku rebelde, algo va mal”.

    —Sin embargo lo de tu cara...

    —Te dije que no te preocuparas. Mientras ibas a buscar el agujero te lo debieron comentar más de una vez, ¿no? Ya sabes, lo que le pasó a Remiria para que acabara con ese rencor hacia los Nobles.

    —Sí, algo...

    —Entonces a callar —dijo Zoé muy seria. —Si quitamos lo de las palizas que me dio se puede afirmar que sí que es una buena persona, pues pocas personas he visto más humildes que ella por este Rat.

    Dicho esto, Zoé no dijo nada más, ayudando a volver a Amadeo a su habitación.



    —Éste es uno de nuestros mayores orgullos —anunció Trevor, —los fuelles de agua de Chalyben.

    Amadeo se soltó un poco el cuello de la camisa al notar que el ambiente estaba mucho más cargado de lo normal allí por Chalyben. La humedad era enorme allí abajo por la gran cantidad de herrerías que había por la zona. Habían bajado hasta ahí para ver como forjaban de nuevo su espada.

    —Con lo que llegaste a utilizar tu espada por poco no la tiramos —comentó Trevor.

    —No me lo recuerdes... —dijo Amadeo recordando todo lo que tuvo que hacer.

    —Tranquilízate —dijo el otro dándole una palmada en la cabeza. —Nadie te va a ordenar que vayas a luchar ahora que sabemos qué es lo que estás haciendo aquí. A mí me gusta matar tanto como a ti pero en mi caso, es un oficio. Un día de estos palmaré y todo habrá acabado pero hasta entonces, a disfrutar de la vida.

    —No me recuerdes eso a mí —añadió Frondea algo preocupada a sus pies.

    Amadeo se sintió algo intranquilo pero no manifestó nada así que se dirigió en silencio hacia la herrería en la que estaban forjando su arma, siendo recibidos de inmediato por Rig que los estaba esperando en la entrada.

    —Buenas, joven aruco —saludó éste. —Llegáis a tiempo: Marcus ya ha empezado a reforjarla.

    Entraron y se encontraron con un solo herrero cuidando del fuego. El lugar era bastante extraño: Más que una herrería parecía un expositor de fontanería en el que se podían ver gran cantidad de conducciones de agua que Marcus, el herrero, controlaba mediante unas palancas que accionaba con los pies. Con ellas abría o cerraba el paso del agua, la cual empujaba el aire con el que daba el oxígeno que necesitaba el fuego, dándole un aspecto candente.

    —La ventilación del Rat y el Órgano de Agua funcionan igual —dijo Trevor al ver la cara de curiosidad de Amadeo. —Las corrientes subterráneas de toda la región de Arseal confluyen cerca de aquí por lo que no nos es demasiado difícil encontrar corrientes de agua.

    —No, si agua ya veo que os sobra —dijo Amadeo abanicándose y secándose el sudor que lo estaba calando.

    Marcus, tras darle aire al fuego durante un buen rato, soltó el pedal y sacó los hierros del fuego, llevándolos al yunque y empezando a golpearlos con fuerza pero con bastante precisión.

    —Es la primera vez que ves esto, ¿no? —preguntó Trevor.

    —He visto fotografías y leído cosas pero, sí, ésta es la primera vez que veo cómo se hace una espada.

    —¿Foto qué?

    —Preguntas a la lista —respondió Amadeo refiriéndose a Zoé. —¿Cuánto llevará hacer esto?

    —¿La espada esta? —preguntó Marcus tras un rato de golpeo. —Probablemente acabe con ella para dentro de tres días.

    —Me lo imaginaba... Me voy a la biblioteca que no quiero tres días dentro de esta sauna. Nos vemos.

    —‘Ta luego —se despidió Frondea.

    Amadeo marchó del lugar lo más rápido que pudo seguido por Goppler que trataba de seguir su paso. Tras una larga caminata por los enrevesados pasillos de Chalyben llegaron a la biblioteca situada dentro del castillo, encontrándose con Patch, el bibliotecario nada más entrar.

    Esta zona del Rat era bastante grande en comparación con el resto de las estancias, siendo la zona más modificada de todo el Rat: Era una única estancia, no siendo una caverna dividida en diferentes estratos mediante terrazas sino mediante varios pisos de madera (cuatro en total) muy bien construidos que soportaban el peso de cientos y cientos de libros y de rollos pero era también la zona más oscura del Rat pues, aparte de unas escasas lámparas que señalaban el camino a seguir, no disponía de más iluminación que la que llevaba encima, todo para mantener la máxima seguridad posible en la zona. Pero lo que más le gustaba a Amadeo de ese lugar era la zona más baja de la biblioteca en la que se encontraba el Órgano de Agua, un órgano que, como los fuelles de agua de la herrería de Chalyben funcionaba mediante la corriente de aire generada por la corriente de agua que pasaba por las paredes del lugar.

    —Buenas —saludó Amadeo siendo recibido con la típica frialdad de Patch que siguió con lo que estaba escribiendo.

    Amadeo prefirió no molestarlo y siguió su camino entre las estanterías del lugar para intentar llegar hasta el órgano de agua, lugar en el que siempre estaba Zoé. Cuando llegó se encontró con Zoé leyendo con detenimiento un libraco enorme mientras Yaksa le chupaba un poco de sangre, tal como había visto hacer a gran cantidad de utukkus tanto a él como a otros elatos.

    —Hola —saludó Amadeo por lo bajo mientras cogía un libro que había dejado a medio leer la última vez que estuvo allí. —¿Hoy tocarás otra vez?

    —Quizá —respondió Zoé mientras se aplicaba un poco de cica en la herida que le había producido Yaksa. —Ya sabes que a Patch no le gusta demasiado la música que toco.

    —Pero sigue siendo una música preciosa —dijo Yaksa. —¿Cómo decías que se llamaba la canción de ayer?

    —Era uno de los nocturnos de Chopin. Lo tengo tan tocado y retocado que acabé por aprendérmelo de memoria... Cosas de mis padres, ya sabes. De todas maneras, la mayor parte de las canciones que sabía tocar ahora sólo sé tocarlas de oído y para eso necesito practicar mucho más con el órgano, cosa que molestará hasta lo indecible a Patch y, aún así, hay que recordar que esto es un órgano, no un piano por lo que la música que sale de aquí suena muy diferente a cómo debería sonar.

    —Pero teniendo en cuenta el timbre que tiene este instrumento, poco importa —dijo Ku—Te. —Este órgano no suena como los de nuestro mundo. Lo que deberías intentar recordar ahora son los conciertos de Brandemburgo de Bach. Eso sí que sonaría bien aquí.

    —No prometo nada pero lo intentaré —dijo Zoé. —Ahora, si me disculpáis, estoy intentando leer.

    Amadeo, Yaksa y Goppler se retiraron en silencio dejando a Zoé tranquila.

    —Aún me pregunto por qué sigue con el trabajo que le dio la reina al principio —dijo Yaksa nada más llegar a una mesa un poco más allá.

    —No le gusta sentirse inútil e intenta hacer cosas prácticas, por tontas que parezcan. “Me gusta sentirme humilde” suele decir de vez en cuando. Además, ya me ha comentado que le gusta hacerte compañía y ayudarte en tus tareas.

    —Eso ya lo he percibido. ¿Siempre ha sido así?

    —Siempre, desde el primer día en que la vi. Le gusta ser currante como pocas sólo para sentirse algo diferente a sus padres... ¿Le pasa algo a Goppler? —preguntó Amadeo al ver que Yaksa no dejaba de mirar a su daimonion.

    —¿Eh, qué? ¡Oh, perdona! Desde que vi a Frondea y tras escuchar todo lo que me contabais sobre vuestros doppelgänger... me ha entrado la ilusión de conocer al mío.

    —Si tú ya lo conoces —dijo Amadeo con una sonrisa. —Lo único que pasa es que aún no lo has escuchado en serio.

    —¿Cómo?

    —Es algo difícil de explicar: Tanto yo, como Zoé como el resto de nuestros compañeros antes de conocernos teníamos ciertos problemas de sociabilidad, los cinco éramos unos solitarios y apenas nos hablábamos con nadie. Durante el tiempo en el que nos encontrábamos solos, nos dedicábamos a pensar y a hablar con nosotros mismos... o al menos eso pensaba hasta ahora. Ahora que teníamos tiempo, Zoé y yo lo hablamos con más seriedad y acabamos por concluir que ya conocíamos a nuestros daimonions desde hace mucho más tiempo del que hayamos imaginado. Digamos que, antes de conocer a Zoé, Anerues y a los demás, yo ya “entendía” a Goppler.

    —No te sigo. ¿Quieres decir que mi doppelgänger está aquí hablándome?

    —Exactamente —respondió Goppler. —Lo que dice Amadeo es cierto: Él no me oía, no me veía ni me sentía pero era capaz de comprender mi existencia. Yo no era más que una especie de interferencia dentro de su hilo de pensamiento, una interferencia que lo animaba cuando lo necesitaba, que gritaba a los estúpidos que le apaleaban tan solo por ser hijo de dos profesores, que lo consolaba cuando lloraba... No sería estúpido llegar a afirmar que yo apareciera en Oasis sólo porque él me estaba llamando. Puede ser que el miedo que él estaba sufriendo en ese momento fuese la razón de que yo tomara cuerpo.

    —Algo así, sí —continuó Amadeo. —Que tu daimonion tenga o no cuerpo no es razón para pensar que no esté ahí. No sabes tú la cantidad de noches que pasé llorando solo en mi habitación mientras una extraña presencia se frotaba contra mi mejilla, tratando de animarme, o cuando llegué a campeón en esgrima, momento en el que noté como una parte de mí se alegraba mucho más que las demás... Sin duda era Goppler la que estaba ahí.

    —Entonces, ¿cómo sería mi doppelgänger?

    —Eso no lo sé, ni importa saberlo. ¿No te gusta sencillamente saber que está ahí? Que tenga cuerpo o no, no es lo importante. Saber que tienes un daimonion sí que lo es.

    —Pero...

    —Nada cambia una vez que tu daimonion tiene cuerpo o al menos eso es lo que dice Trevor cada vez que acaricia a Frondea. No puedo decirte cómo debes hacer para ver o sentir a tu daimonion, tan sólo puedo decirte que dentro de ti entiendes perfectamente a tu daimonion. Cuanto más trates de entenderlo, quizá lo escuches mejor. Tan sólo ten paciencia.

    Yaksa pensó seriamente en lo que le había dicho Amadeo y al poco volvió con Zoé.



    Esa misma tarde se armó un gran revuelo en el Rat y la noticia corrió como la pólvora, enterándose Amadeo y Zoé al poco: El rey Adrian había vuelto.

    —Parece que ya está mucho mejor que cuando se marchó —dijo Yaksa que fue a ver al rey in situ. —Nada más verme me preguntó por vosotros pues ya había empezado a escuchar los rumores que andan por ahí sobre vuestras proezas y no veáis la cara que puso cuando se enteró por mis labios que Trevor había conseguido encontrar a su doppelgänger... antológica.

    —Bueno, su gracia tendría —dijo Amadeo. —¿Te dijo lo que pensaba sobre el asunto?

    —¿En medio del tumulto que lo estaba recibiendo? Ni de broma. Me dijo que os avisara que esta noche cenarais con él, que me encargara de daros ropas adecuadas.



    Esa noche, tras una larga sesión de moda en la que tanto Zoé como Amadeo se estuvieron probando más y más ropajes de todo tipo y color a la moda del lugar, se dirigieron al banquete que se estaba celebrando en las salas centrales de la fortaleza del Rat.

    Amadeo iba con una ropa muy sencilla (lo único que destacaba era su cinturón con una hebilla plateada) en comparación con la que llevaban otros muchos utukkus y elatos, los cuales llamaban la atención a más no poder con los colores chillones de su ropa (si había algo que molestara a Amadeo era precisamente llamar la atención).

    Zoé iba ataviada con uno de los vestidos de la reina (regalo especial de ésta) de colores oscuros, muy elegante que casi hacía olvidar lo morada que estaba su cara (aunque ya le estaban desapareciendo las heridas).

    Por su parte, Yaksa había sido invitada a comer en la mesa del rey por lo que también se puso sus mejores galas llevando un vestido muy parecido al que llevaba Zoé.

    —¡Bienvenidos! —exclamó Adrian nada más ver llegar a los tres, los cuales se sentaron, Amadeo entre Remiria y Trevor, Zoé al lado de Adrian y Yaksa al lado de Zoé. —Desde que he vuelto no he parado de oír toda clase de cosas sobre vosotros: Lo de Frondea, lo del agujero al otro mundo, lo de... —Adrian dudó un poco antes de seguir, —Remiria. Ahora que he vuelto me gustaría conocer todas vuestras aventuras de vuestros labios.

    —Lo mío prefiero que lo cuente la reina misma, si a ella no le importa claro —dijo Zoé centrándose en la comida.

    —No hará falta —dijo Adrian echando una severa mirada a su esposa. —Me lo contó nada más encontrarnos hoy. En fin, si algo bueno tiene es que es muy sincera conmigo.

    —Preferiríamos escuchar lo que aconteció para que Trevor se encontrara con su doppelgänger —dijo Remiria bajando la cabeza, evitando la mirada de Adrian.

    —Para eso mejor no tener la boca llena —dijo Trevor.

    —Muy de acuerdo —añadió Amadeo mientras asaltaba sus setas.

    Tras una opípara cena en la que no faltaron las setas (ése era el alimento más básico de los habitantes del Rat, casi como si fuese su pan) y las carnes del lugar (principalmente de reptiles y peces que vivían en las profundidades), todos los invitados, estando los reyes, Zoé, Yaksa y los soldados que acompañaron a Trevor y Amadeo en el centro se situaron para escuchar toda la epopeya que habían tenido que pasar para llegar hasta donde estaban en ese momento.



    Largo tiempo atrás...

    Amadeo estaba tenso, y tenía razones para estarlo: Los soldados que le acompañaban no dejaban de mirarle mal y parecía que en cualquier momento se le iban a echar encima. Goppler se apoyaba en sus brazos estando expectante de lo que pasaba a espaldas de su persona, vigilando que nadie le atacara.

    Trevor, siguiendo las indicaciones que le dio su rey, estaba guiando al grupo hacia el campo de batalla en el que éste había sido rescatado a buen paso, al cual llegaron al segundo día.

    —¡Ahg! ¡Qué peste! —se quejó Trevor al llegar al claro. —Se nota que aquí pasó algo grande... ¿Cómo pasaría todo esto?

    —¿Y aún lo preguntas? —dijo Rig mirando mal a Amadeo. —Aquí tenemos una verdadera fuente de información por lo que no hay que ir muy lejos para saber qué ha pasado exactamente.

    —Rig, cállate —ordenó Trevor. —El rey tendrá sus razones para confiar en él así que deja ya de atacarlo.

    —¡Por favor! ¡Sabes lo que es! ¡Un Noble! ¡Y sabes perfectamente cómo son todos!

    —Piensa lo que quieras pero hasta que no te lo indique, no le ataques —dicho lo cual se dirigió a Amadeo. —Muy bien, es a partir de aquí donde empiezas a guiarnos. ¿Por dónde?

    Tras mirar detenidamente todas las rutas posibles, Amadeo recordó cual era el camino y describió cómo era el lugar que estaban buscando.

    —Una zona muy espesa desde la que se podía ver una montaña negra al lado de tres grises... —comentó Trevor. —Conozco el lugar, aunque ya hace mucho que no paso por allí.

    —¿Qué le pasa al lugar? —preguntó Rig.

    —Es una fosa común. Tras la primera gran peste ese lugar se convirtió en una de las primeras tumbas del mundo. Se plantaron muchos árboles para que fuese de difícil acceso y así evitar que se extendiera aún más la enfermedad... Casi nadie suele pasar por allí por lo que es un muy buen lugar para ocultar cualquier cosa.

    —¿Y qué es lo que estamos buscando? No nos has dicho nada desde que marchamos.

    —Ya se verá. Hasta entonces paciencia y buen paso.

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    —Nos pasamos más de tres días andando medio en círculos por un par de equivocaciones mías —dijo Amadeo. —Pero tras ese tiempo logramos encontrar el lugar: El agujero al otro mundo.

    —Yo casi me caigo de espanto al ver esa... cosa —comento Trevor. —Una cosa era lo que me había dicho su majestad acerca de lo que le dijo Amadeo pero eso... No sabía que en el universo existieran cosas así. Pero al menos, así Amadeo ganó algo de credibilidad en el grupo.

    —Sí, ya estaba harto de que escupieran por la espalda —dijo mirando a Rig.

    —Lo siento —se disculpó este bajando la cabeza.

    —Aún recuerdo la cara de espanto que puso Antón —se rió Trevor. —“¡Es la entrada al Infierno!” gritó antes de que Amadeo le tapara la boca. Según éste había un montón de soldados apostados tras el agujero armados hasta los dientes con unas armas de lo más extrañas para nosotros. Yo no le creí demasiado por lo que decidí ir a echar un vistazo al otro lado para lo que él se ofreció como voluntario y guía para acompañarme, así que, para variar, me fié de él. Así pues pasamos y llegamos a otro mundo... y yo por poco me caigo de culo al ver lo que se veía en el horizonte: Un agujero como el que acababa de atravesar pero de tal tamaño que hasta tapaba el cielo, mostrando otro tras él. Tras recuperarme del susto y ver que por allí no estaban los soldados que mencionó Amadeo, ordené a mis compañeros que se ocultaran en un lugar cercano y que esperaran a mi llamada para volver a acercarse al agujero mientras yo me iba a explorar ese extraño mundo.

    —Estuvimos viajando más de dos días a pie hasta llegar a Lockville, el último pueblo en el que estuve antes de llegar a este mundo y, hasta entonces, me estuvo preocupando el hecho de que Trevor llamara la atención al no tener daimonion visible (o doppelgänger, como prefiráis llamarlo)...

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    —¿Todo este mundo es así? —se quejó Trevor al ver que no llegaban a ninguna parte por el camino embarrado que estaban tomando. —Se nos están acabando las provisiones y este clima no hay quien lo soporte. Yo estoy acostumbrado pero de todas maneras...

    —Paciencia, ya falta poco —respondió Amadeo. “Creo” pensó.

    Trevor se volvió a tragar sus quejas pero no dejó de mostrar mala cara. Tras más de cuatro horas de caminata tras despertar esa mañana, por fin lograron avistar la aldea de Lockville.

    —¡Por fin un lugar habitado! —exclamó Trevor contento nada más verlo, cambiando de inmediato su cara por otra de preocupación. —¿No habrá muchos Nobles por allí?

    —Me parece que no has entendido lo que te he estado mencionando durante todo el camino: “Todas” las personas que nos encontraremos allí son Nobles, de la primera a la última, así que... ¿qué hacemos? Tú llamarás demasiado la atención al no tener daimonion.

    —Me podrías prestar el tuyo.

    —¡Habló el listo! —exclamó Amadeo. —Un daimonion no es algo que se pueda prestar.

    —Venga, sólo será un momento —dijo cogiendo a Goppler, recibiendo un mordisco y un puñetazo de inmediato.

    —¡Ni se te vuelva a ocurrir hacer eso! —gritó Amadeo claramente incómodo y furioso por lo que acababa de sentir por todo su cuerpo, dejando a Goppler en el suelo mientras alejaba a Trevor violentamente.

    —¿¡Pero qué te pasa!? —exclamó el utukku mientras se tapaba el desgarrón de su mano. —¡Sólo es un animalejo!

    Amadeo golpeó a Trevor, derribándolo esta vez.

    —Ni se te ocurra volver a insultarla —advirtió aún más enfurecido que antes.

    —¡No te me pongas chulo ahora que estamos en tu mundo! —dijo Trevor mientras se levantaba. —Ahora sólo me golpeas porque estoy a tu merced.

    —Si tuvieras un daimonion entenderías que no es sólo un animal —dijo mientras llamaba a Goppler con una mano, tras lo cual ésta se subió a su espalda. —Tú naces con tu daimonion y éste te acompaña durante el resto de tu vida, lo veas o no. Yo no te ataco porque me sienta superior a ti, te golpeo porque no pienso permitirte tocar a esta parte de mi.

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    —No le entendí demasiado esa vez —dijo Trevor. —Durante el tiempo que estuve luchando por la reconquista de Tricápita entendí que los Nobles apreciaban casi hasta el exceso a sus doppelgänger, lo cual yo usaba en mi provecho para vencerles fácilmente... Cuán estúpido y cruel me siento ahora que entiendo lo que es un doppelgänger...

    —¿Pero cómo lo conseguiste? —preguntó Remiria con curiosidad.

    —Porque lo llamé.

    —¿Eh? Entonces...

    —Yo, en ese momento no creía demasiado en lo que me había dicho Amadeo, en eso de que yo también tenía doppelgänger, sin embargo, es innegable que durante toda mi vida ha estado cerca de mí... ¿Cómo explicarlo? Yo soy explorador y mensajero, siempre me ha gustado viajar y, dado que mi oficio era de índole militar, siempre tenía que hacerlo solo. En estos tiempos no es el trabajo más seguro que te puedas agenciar: No tengo suficientes dedos como para decir cuantas veces me han asaltado y han estado a punto de matarme al intentar llegar a alguna ciudad o cuando trataba de entregar una información importante o cuando trataba de espiar y observar los movimientos del enemigo. Siempre estás en tensión, sintiendo una horripilante sensación de presión, temblando sin temblar para no cansarte, gritando sin gritar para que no te escuchen, casi sin respirar porque piensas que no tienes tiempo para eso... casi deseando que te maten en ese preciso instante. Y digo “casi” porque había “algo” que me sujetaba fuertemente a este mundo: Frondea. Yo no la veía, no la oía, no la escuchaba, no la sentía... pero sabía que estaba ahí o como suele decir Amadeo, “comprendía su existencia”. Siempre la sentí ahí pero nunca habría pensado que ella fuera mi doppelgänger.

    —Dices que la llamaste. ¿Qué quieres decir con eso?

    —Hizo algo parecido a lo que hicimos Zoé y yo cuando llegamos a ese mundo —continuó Amadeo: —Tener miedo y sentirse solo y desamparado. No sé si Anerues ya lo sabía de antemano o si lo hizo inocentemente, pero el caso es que cuando llegamos al pueblo de Oasis, la primera zona habitada que encontramos, nos indicó que nos separáramos. Estoy casi seguro que, de no haber sido por eso, jamás nos habríamos encontrado con nuestros daimonions pues gracias a que nos sentíamos solos, sentimos miedo y gritamos a nuestro interior pidiendo una ayuda, una compañía, alguien que nos ayudara a superar el sufrimiento que estábamos padeciendo. Y justo en ese momento, aparecieron nuestros daimonions, no sé cómo pero ahí estaban.

    —Yo por poco no atravieso una pared al ver a Ku—Te —se rió Zoé. —Fue algo tan repentino que no supe hacer otra cosa más que correr.

    —Yo me lo tomé con más calma —dijo Amadeo. —Por alguna extraña razón, cuando vi a esta pequeña glotona, sabía que ya la conocía, no sabía de qué pero sabía que podía confiar en ella. Le indiqué con calma que se me acercara y se me acercó, le dije que se subiera a mí y se subió, la saludé y ella me devolvió el saludo.

    —Y entonces me tiró al suelo del susto —se rió Goppler. —Confiaba en mí pero ni en el más loco de sus sueños se habría podido imaginar que era capaz de hablar.

    —Mi caso fue más parecido al de Zoé —dijo Trevor.

    —Por lo que tengo oído de lo que le sucedió a ella, creo que fue mucho peor —dijo Amadeo con sorna.

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    Después de la pelea, Amadeo y Trevor acordaron no ir al pueblo hasta que la actividad del pueblo no se detuviera un poco, tiempo durante el cual se caracterizaron para no llamar la atención quitándose sus armaduras y ocultándolas lo mejor posible entre las telas de sus fardos, sufriendo sus armas un tratamiento similar. Tras esperar unas horas vieron que la gran mayoría de la gente se había retirado a almorzar, aprovecharon para entrar en el pueblo y dirigirse de inmediato a la casa en la que se estaba hospedando la señora Rospetin.

    Mientras caminaban por la calle principal de Lockville, Trevor no era capaz de mantenerse tranquilo al ver como todos los habitantes de ese pueblo tenían daimonion, como si pensara que lo iban a linchar en ese momento... No importaba cuanto intentara disimularlo, estaba aterrorizado.

    —¿Amadeo? —escuchó éste tras un rato de paseo. —¡Demonios, has vuelto!

    Amadeo se giró hacia la que hablaba y se encontró con la señora Rospetin llevando a un niño de unos tres años de la mano.

    —¿Qué es lo que te trae por aquí? —preguntó ella.

    —¿Podemos hablar en un lugar menos concurrido? —preguntó Amadeo cogiendo a Trevor del brazo.

    —¿Quién es ése? —preguntó Shuu al ver al anciano, asustándose este ante las palabras del daimonion.

    —Pregúntale eso más tarde —dijo la señora Rospetin guiando a los dos hasta una casa cercana. —Tienen todo el aspecto de tener frío y hambre.

    Amadeo la siguió pero al poco se dio cuenta de que Trevor se estaba retrasando, probablemente por la presión que estaba sintiendo.

    —Vamos —le indicó Amadeo con su tono más tranquilizador. —Aquí nadie te hará nada si no haces nada raro.

    —Pero es que... —empezó a quejarse, —aquí todos... ¡me van a matar!

    —Que no te preocupes. Mientras esté yo aquí haré todo lo posible para que nadie te haga daño.

    —No hay nada que temer —dijo Goppler.

    —Confía en ellos —dijo una comadreja desde su hombro.

    Y cuando oyó a esta última, Trevor chilló de terror, tirando al animal de su hombro, llamando la atención de medio pueblo.

    —¿Qué pasa? —preguntó la señora Rospetin saliendo de inmediato de la casa tras dejar al niño al lado de la cocina.

    Trevor estaba corriendo en círculos, tratando de escapar de esa comadreja parlante que Dios sabría de dónde habría salido mientras chillaba a todo pulmón. Amadeo, algo asustado de lo que estaba pasando pensó en algo rápidamente y dijo lo primero que se le ocurrió:

    —¡Venga, abuelo! ¡No pasa nada, no pasa nada! Ustedes no se preocupen —dijo Amadeo a los curiosos que se les habían acercado. —Es mi abuelo, que está un poco senil.

    —¿¡Pero qué dices!? —exclamó Trevor acercándose a él enfadado.

    —¡Sígueme el juego! —susurró Amadeo con mezcla de furia y preocupación, llevándole hacia la casa. —Eres tú el que tiene miedo a morir, ¿recuerdas? —y dirigiéndose a Goppler: —¿Podrías recoger a su compañera? Así no vamos a ninguna parte.

    Goppler hizo lo que le indicó su persona y al poco entraron en la casa de la señora Rospetin.

    —¿Pero qué le pasa, buen hombre? —preguntó ésta, empezando a preparar un poco de té al utukku. —En mi vida he visto semejante reacción.

    —Pues yo sí —dijo Amadeo. —Es la reacción de alguien que ve a su daimonion por primera vez.

    —Da... ¿un doppelgänger? —farfulló Trevor. —¿¡Me estás diciendo que esto es mi doppelgänger!?

    —¡Eh! ¡Un respeto! —se quejó la comadreja.

    —¿Otro que viene de tu mundo, pues? —preguntó la señora Rospetin. —¿No decíais que podríais morir si os quedabais demasiado tiempo en este mundo?

    —¿¡Cómo!? —exclamó Trevor espantado. —¡No me avisaste de que esto podía matarme! —le gritó a Amadeo. —¡Yo me voy! —dijo mientras salía por la puerta a toda prisa, dejándose la comadreja atrás y cayéndose de dolor al poco rato de salir.

    Amadeo, con su sacrosanta paciencia, recogió a Trevor, que se llevaba la mano al pecho de dolor, y lo trajo de nuevo al interior de la casa, sentándolo en su silla. Nada más estuvo apoyado, la comadreja se subió a sus piernas y se quedó mirándolo.

    Y entonces, de improviso y quizá por instinto, Trevor la acarició... sin miedo, sin rechazarla en absoluto...

    —¿Qué eres tú, que me haces sentirme así de bien cuando estoy contigo y que me haces sufrir cuando me alejo de ti? —le preguntó Trevor.

    —Yo soy parte de ti —dijo la comadreja alegremente. —Nunca antes me había separado tanto de ti pero ahora puedes verme.

    —Pequeña Frondea... —dijo Trevor afablemente.

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    —¿Le distes tú el nombre? —preguntó Yaksa con curiosidad.

    —No sabría decirlo —respondió Trevor. —Era casi como si ya supiera que ése era su nombre, como si ya llevara siglos conmigo...

    —Pues en camino estoy de estar un siglo contigo —dijo alegremente Frondea.

    —La cuestión está en que ya entendía lo que era ella, este ser...

    —Tras esto —continuó Amadeo —y hablar un poco con la señora Rospetin sobre quién era yo dejamos el pueblo de vuelta a este mundo. Y cuando llegamos... nos dimos cuenta de que a nuestros compañeros los habían asaltado.

    —Cuando cruzamos de nuevo el agujero yo llamé a mis compañeros pero en su lugar aparecieron un montón de soldados de la Orden de la Espada Cruzada.

    —¡De no haber sido por nuestros daimonions no lo contamos! —exclamó Amadeo.

    —Aún así nos costó ocultar tu marca.

    —¿Y cómo lograsteis convencerles de que no erais espías? —preguntó Yaksa. —Es decir, se supone que en ese mundo estaba prohibido saber de la existencia de ese agujero.

    —Eso fue porque hablé yo —respondió Amadeo. —Con toda la sangre fría que pude acumular, recordé todo lo que les dijo Anerues a los soldados que nos encontramos por primera vez (algo entendí de lo que había dicho la primera vez) y les dije todo lo que podía saber.

    —Al ser Nobles —dijo Trevor, —al menos en apariencia, se fiaron de nuestra palabra y nos llevaron con ellos hasta el pueblo de Namaste, situado a un par de leguas de distancia del agujero.

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    —Mantente de pie, chico —dijo Trevor al ver el cansino paso de su compañero. —Ya falta poco y cuando lleguemos podrás dormir todo lo que quieras.

    Amadeo sostenía como podía a Goppler mientras avanzaban con paso rápido por medio de ese bosque. Su escolta iba al frente medio ignorándolos medio temiéndolos, creyendo en lo que aparentaban ser.

    —Ya hemos llegado, señores noris —dijo el jefe de la tropa señalando un pueblo al filo del bosque aunque más que pueblo eso era una auténtica ciudad amurallada, eso sí, rodeada de suburbios. —Podrán alojarse en el cuartel hasta que el mensajero vuelva y podamos informar de su situación.

    —Muchas gracias, joven —dijo Trevor aparentemente tranquilo. —De momento sólo necesitamos dormir.

    Pasados un par de minutos, llegaron a los suburbios y a su paso empezaron a salir gran cantidad de pobres que intentaban tocar a los dos “noris” (así llamaban a los Nobles los que no eran utukkus), esperando que eso solucionara sus problemas. Sin embargo, su escolta no les permitió acercarse a más de medio metro de ellos, blandiendo sus picas alejando a toda persona que se les acercara. Enseguida llegaron ante la puerta de la ciudad y entraron rápidamente para evitar el tumulto que se estaba formando.

    —¿Pero qué les pasa? —preguntó Amadeo a Trevor en un susurro.

    —Creen que los Nobles pueden hacer milagros —respondió éste. —Al ser los que han traído la religión de la Autoridad a este mundo, piensan que son como mensajeros divinos.

    La ciudad era un complejo entramado de callejas, nada que ver con las ciudades que conocía Amadeo: Estrechas, oscuras, frías, olorosas, insalubres... nada que ver con la frescura del Rat Chalyben. Sus pasos les llevaron hasta un edificio situado casi en el centro de la ciudad, un cuartel en el que se notaba gran actividad con gran cantidad de soldados entrando y saliendo todo el rato.

    —Señores noris, ya hemos llegado —dijo el soldado que les guiaba, tras entrar y subir a los pisos superiores del cuartel, presentándoles una habitación. —Descansen aquí y, si esperan, en muy poco tiempo les traeremos algo de comer.

    Los recién llegados despidieron al soldado y se sentaron en sus camas, muy confortables para el lugar en el que estaban, echándose Amadeo bastante cansado.

    —Llevo más de setenta años en esto de la exploración —dijo Trevor mientras se ponía cómodo —pero ¡jamás se me habría pasado por la cabeza que podría llegar a entrar en Namaste con todos los honores de un Noble!

    Amadeo lo ignoró para dormir mientras pudiera. Los últimos seis días se los había pasado andando de la mañana a la noche y tenía los pies pulverizados por lo que se durmió casi al instante abandonándose a su colchón.

    Varias horas más tarde, un aroma delicioso lo despertó y le hizo levantarse: Una bandeja con diferentes viandas estaba en la mesita que estaba al lado de su cama.

    —¡Ah! ¡Ya despiertas! —exclamó Trevor. —Sírvete, que está bueno.

    Amadeo hizo lo indicado pero al momento se acordó algo que su cansancio le impidió recordar:

    —¿Qué ha pasado con los demás de la expedición?

    Trevor frunció el ceño entre preocupado y enfadado y dejó comer a su pequeña Frondea.

    —Siete de los que nos acompañaban murieron en el asalto en el que fueron capturados —dijo con pesadez. —Los otros trece están en el calabozo de este cuartel siendo torturados para conocer detalles sobre el Rat Chalyben... A los elatos les están dando latigazos y a los utukku les han cortado el suministro de sangre... —dijo con cara de espanto y terror absoluto. Amadeo no conocería demasiado a los utukku pero sabía que si había algo que los aterrorizara de verdad era precisamente la mhenasaura.

    —¿Cuánto podrán aguantar sin sangre? —preguntó Amadeo muy serio.

    —No creo que aguanten más de una semana más...

    —Di mejor tres días —dijo Frondea tan seria como su persona interrumpiendo su comida. —Les han separado y puede que al final acaben por atacarse entre sí.

    —¿Pueden hacer eso? —preguntó Amadeo con sorpresa.

    —Tú nunca has visto a un utukku desesperado por la mhenasaura... Aún recuerdo cuando salvé a la familia real de Chalyben hace más de treinta años: De los quince miembros que fueron capturados y torturados sólo se salvaron dos: La entonces infanta Remiria y su hermana Frandol y aún así acabaron mal...

    —Pues algo tendremos que hacer —dijo Amadeo con decisión.

    —¿Tendremos? ¿De qué vas, novatillo? Esto no es un cantar de gesta en el que puedas cargarte a cien personas de un espadazo, esto es la realidad y tendremos suerte si conseguimos escapar nosotros dos de este lugar.

    —No he dicho que vayamos a hacerlo ahora mismo. Aprovechémonos de que somos “Nobles” para vigilar y conocer el lugar. Mientras aún estén confundidos por nuestra llegada podremos acumular la información suficiente como para organizar un plan de fuga.

    ·

    ·

    ·​

    —Y así lo hicimos —dijo Trevor. —Primero fuimos a visitar a nuestros compañeros al calabozo...

    —Al verme a mí por poco me matan —dijo Amadeo —pero al hablarles Trevor se tranquilizaron un poco. Cuando los guardas nos dejaron tranquilos, les di un poco de mi sangre para tranquilizar su sentimiento de angustia.

    —Tras eso empezamos a investigar los turnos de guardia, rutas de escape de la ciudad, formas de pasar inadvertidos, tuvimos que ingeniárnoslas para pasar sangre de vaca al calabozo y mantener bien alimentados a los chicos...

    —Así, tras cinco días de intensa vigilancia, iniciamos nuestro plan: Provocamos un incendio en el ala oeste del cuartel para mantener ocupados a los soldados mientras atacábamos el calabozo.

    —¡Y menuda manera de atacar! —exclamó Trevor. —Éste parece haber nacido con la espada en la mano. Los guardas ni se dieron cuenta de quien les estaba atacando cuando ya estaban muertos.

    —Tras eso, liberamos al grupo, disfrazamos a los que pudimos con los uniformes que pudimos encontrar, dejando a algunos como prisioneros a trasladar al cuartel externo de Namaste, eso sí, dándoles armas para defenderse si llegaba a darse el caso.

    —Salimos a toda prisa del edificio mientras todo el mundo trataba de sofocar las llamas que se estaban extendiendo de mala manera por el edificio, seguimos el camino más corto que encontramos para salir de la ciudad y, tras tomar las puertas, lo más discretamente posible, las abrimos y salimos fuera de Namaste a toda prisa.

    —Pero claro, no todo iba a ser perfecto: El incendio se extendió mucho más de lo que habíamos pensado por lo que se empezó a evacuar el edificio. Cuando encontraron a los soldados muertos en el calabozo se dio la voz de alarma y empezaron a perseguirnos. Yo pensaba que, por más que pudieran perseguirnos, una vez que estuviéramos en el bosque dejarían toda idea de correr tras nosotros... Sin embargo, jamás pensé que llegaran a tener dríadas de su parte.

    —¿Dríadas? —preguntó Adrian. —¿En Namaste? ¿No viven más a oriente?

    —La verdad es que sí —respondió Trevor —pero éstas no eran unas dríadas cualquiera: Eran las damas Uhlon, comandadas por Meira “la roja”.

    Entre el público se escuchó un murmullo generalizado pues todo el mundo había oído hablar de esas mujeres.

    —Nunca pensé que tendría que enfrentarme con brujas cuando fueron ellas las que me ayudaron hace ya tanto tiempo —dijo Amadeo —pero al poco nos encontramos con un grupo de cuatro mujeres voladoras intentando darnos caza.

    —Ese día murieron Gats, Rock y Ben siendo estos acuchillados sin piedad por esas malditas arpías —dijo Trevor apesadumbrado —pero Amadeo volvió a salvarnos el día.

    —No creo...

    —¿¡Que no crees!? ¡Demonios! ¡Fuiste capaz de vencer a Meira y eso nadie en este mundo es capaz de decir que lo haya hecho!

    —Pero...

    —¡Nada de peros! Esa dríada ya lleva más de quinientos años por el mundo y nadie ha sido capaz de vencerla en todo ese tiempo... hasta ahora. ¿Os lo podéis imaginar? Él con su ropera, enfrentándose a esa pelirroja montada en su rama de ciprés con su espada bastarda, primero atacándole ella, derribándola él con un movimiento magistral de espada cortándole la rama en dos, enfrentándose luego cara a cara, primero atacando él con una estocada que fue parada por ella llevando la mano de Amadeo a la derecha dando ella un puñetazo que él paró con su mano izquierda acercándose los dos el uno a la otra de una manera terrible y entonces... —Trevor se interrumpió pues apenas era capaz de seguir por la risa que le estaba dando lo que estaba contando —¡le escupió en los ojos! ¡Jamás habría pensado que semejante estrategia daría resultado pero fue efectiva hasta el final!: Tras escupirle, ella cerró los ojos confundida y apartó la cabeza, dando un pequeño traspiés cosa que él aprovechó para confundirla más e inutilizarla dándole un mordisco en la nariz, cosa que hizo que ella lanzara un golpe a ciegas mientras lloraba del dolor que le provocó semejante ataque, movimiento que volvió a aprovechar Amadeo agarrándole el brazo y dándole un volteo terrible... Tan enano como es...

    —¡Eh! —se quejó Amadeo dándole un golpe.

    —Bueno, ya se me entiende —dijo Trevor llevándose una mano al brazo donde le había golpeado Amadeo. —Consiguió levantar a una mujer que casi le sacaba una cabeza de altura, girarla en el aire y darle un espectacular golpe contra el suelo que, según parece, le dislocó el brazo por el que le estaba agarrando Amadeo, dejándola en el sitio. Gracias a eso, distrajimos al resto de dríadas que en nada fueron derribadas por los nuestros por lo que pudimos seguir con nuestra fuga a toda prisa. Y el resto ya es historia: Estuvimos corriendo durante días intentando despistar a nuestros perseguidores, llegamos a Chalyben, siendo tres menos aún y, gracias a la buena vista de esta señorita —dijo señalando a Zoé —conseguimos sobrevivir.

    —No sólo iba a descansar a la atalaya —dijo ella con modestia. —Cuando vi movimiento en el bosque, probablemente algo desesperada porque Amadeo no aparecía, me lancé de cabeza a ayudaros sin pensar que pudierais ser enemigos...

    —Ya, y para eso te llevaste una alabarda —comentó Amadeo con sorna.

    —Porque yo la obligué —la defendió Ku—Te. —Ella estaría desesperada pero yo aún seguía siendo lo suficientemente prudente como para que no cometiera tonterías. Tras matar a vuestros perseguidores y con alguna ayuda de los lugareños, consiguieron meteros dentro del Rat y, por fin conseguisteis descansar un poco.

    La sala se quedó en silencio, en un intenso silencio como si nadie acertara a saber que decir en ese momento hasta que alguien en el fondo de la sala gritó:

    —¡Bravo!
     
  13. Threadmarks: Buscando el paraíso en un sueño - Capítulo 13
     
    JeshuaMorbus

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    Capítulo 13: La Loba de Lucifer

    “By your side, Gear”
    (Guilty Gear)



    Cuando Jack se levantó, se encontró con Anerues en la misma posición en la que llevaba casi tres días: Tumbado, con los ojos cerrados, aguantando el frío que reinaba en ese calabozo sin la manta (aunque, la verdad, usarla era como cubrirse con un papel de fumar). La verdad es que todo lo que hacía últimamente ya le estaba impacientando sobremanera. ¿Cuándo saldrían de allí?

    —Vaya cara que pones, Jacques. Mejor no te devanes los sesos —dijo Agatha estirándose. —Si no comprendes lo que está haciendo Anerues, ponte a la par de ello.

    —No es que no lo comprenda —dijo Jack. —Después de las últimas explicaciones que nos ha dado entiendo mucho mejor lo que estamos haciendo aquí, sin embargo, si lo que debemos hacer es salir de aquí, no entiendo por qué no hemos escapado todavía.

    —Tiempo al tiempo, chico —dijo Dijuana desde el ventanuco asustando a Jack y a Agatha. —Venía a traeros algunas cosas más —dijo metiendo un par de cuchillos militares y un poco de comida dentro de la celda. —Escondedlos bien, que pronto tendremos que usarlos.

    —¿Siempre tienes que aparecer así de improviso? —preguntó Jack.

    —¿Y cómo quieres que lo haga? —dijo Dijuana alegremente. —¡Eh, morenazo! —exclamó a su persona. —¡Despierta, que tengo noticias frescas!

    Dicho esto, Anerues se levantó y se estiró, crujiéndole todos los huesos.

    —Todos los soldados que no son amputados están de acuerdo con el motín —dijo Anerues limpiándose las legañas de los ojos. —Ya lo he visto. Has hecho un muy buen trabajo.

    —Con un buen apoyo, servidora puede hacer lo que sea. También venía a traer un mensaje de parte de Dai —dijo hablando a Jack: —“Cuando salgas, ve directamente a la azotea” me dijo.

    —¿Entonces ya vamos a salir? —preguntó el aludido esperanzado.

    —Esta noche estará todo listo... después de lo que hice para salvar a ese par de niños, los amputados están más avezados que nunca.

    —¿Has encontrado alguna manera de llevarte la guillotina? —preguntó Anerues.

    —¡Eh! ¡Se supone que ése es tu trabajo! ¿No te han dicho nada en el Templo de la Justicia?

    —El Templo no controla esta clase de información. Probé también en el Monasterio Xiao Ling pero nada: No hay ladrones que me puedan aconsejar. También me he pasado por el cadalso del laboratorio pero esta vez si que han hecho un buen trabajo para proteger ese cuchillajo: Es más difícil conseguir la guillotina que entrar en el Templo Rosacruz con la verja echada... Quizá pueda encontrar algo en Francia, ¿quién sabe? A lo mejor me encuentro con Arsenio Lupin y así recibo una clase magistral.

    —Sea lo que sea, descúbrelo antes de esta noche. Los soldados no van a estar tan motivados cuando se den cuenta de que les envían de vuelta a casa.

    —Lo sé —dijo Anerues zampándose una tableta de chocolate en menos de un minuto. —Ya encontraré algo en estos días...

    Anerues volvió a echarse, Dijuana calló y volvió a tirarse al vacío para desaparecer en una nube de polvo, como siempre hacía para dejarse llevar por el viento del acantilado.


    Thomas esperó pacientemente a que Kliff Madsen terminara de ver las filminas del cadalso que había sacado Dijuana, dejando que se convenciera él mismo de lo que allí se hacía.

    —...no me lo puedo creer... —dijo Kliff al cabo de un buen rato. —No, sencillamente no se puede creer que se pueda hacer semejante salvajada.

    —Pues créaselo —dijo Thomas destapando una jaula en la que había un pequeño ser retorciéndose de dolor mientras cambiaba una y otra vez de forma, con toda la apariencia de estar agotado tras días de esfuerzos para soportar el dolor. —Éste es el daimonion de la foto. El niño no hemos podido rescatarlo todavía pero sabemos que sigue vivo en la sección cuatro del laboratorio.

    Kliff miró cejijunto al daimonion sufridor y, tras observarlo atentamente, declaró:

    —La Guardia Suiza se unirá a su causa. No importa que sea un simple niño, lo que ha hecho la Iglesia es imperdonable.

    —Así me gusta oírle hablar —dijo una voz desde algún lugar de esa habitación.

    —¿Quién ha hablado? —preguntó el anciano capitán sorprendido.

    —Es Dijuana —respondió Thomas. —Es la que nos ha pasado la información y la que está haciendo de espía para nosotros.

    —Y también soy el fantasma... —dijo ella poniendo voz tenebrosa. —Me ha encantado estar asustando a sus hombres todo este tiempo ¿Sin rencores?

    Kliff miró en todas direcciones sin encontrar a la que estaba hablando.

    —Uno tarda un poco en acostumbrarse a ella —comentó Thomas tapando la jaula otra vez —pero jamás vi espía más hábil que ella.

    —Loba de Lucifer, por favor —puntualizó ella. —No soy una simple espía.

    —Pues Loba, ¿qué más da? Tú eres Dijuana y punto, ¿no?

    —¿Loba de Lucifer? —preguntó el capitán Kliff algo asustado. —¿De qué están hablando? No me dijo nada de colaborar con demonios.

    —No, no es un demonio, sencillamente así se hace llamar ella —respondió Thomas. —Yo aún no tengo muy claro qué es eso pero sé que no es algo muy normal de encontrar.

    —Resulto ser un personajillo bastante útil —dijo Dijuana riéndose. —Ahora, si me lo permiten, me encargaré de este pequeñuelo.

    Dicho esto y en un instante, la sala quedó llena de un polvo grisáceo que impedía ver nada y, un par de segundos después, tanto el polvo como la jaula en la que estaba el daimonion amputado, desaparecieron sin dejar ni rastro.

    —¿Pero qué...? —se preguntó Kliff llevándose la mano al pelo y a su tupida barba. —Estoy... estoy limpio —exclamó con sorpresa que no tenía ni una brizna de polvo pegada a su piel. —¿Qué ha sido eso?

    —La típica discreción de la chica, nada más —dijo Thomas quitándole importancia al asunto. —Me parece que ahora deberíamos hablar de cosas más serias: El motín será esta noche...



    Maria indicó a Alisa que se acercara en silencio hasta su posición, cosa que ésta hizo de inmediato.

    —¿Qué ves? —preguntó Alisa.

    —¿Ves ese portal secundario, el que está en el ala este? —preguntó Maria señalando una portezuela que apenas se veía desde esa distancia. —Esta noche los niños aquí recluidos saldrán por ahí y vosotras os encargaréis de guiar a los niños fuera de este lugar.

    —Con eso no hay problema pero, ¿qué haremos con ellos después?

    —Tratad de esconderlos lo mejor que podáis en las montañas y unos pesjas se encargarán de recogerlos dentro de un par de días. Me deben un par de favores así que no creo que haya ningún problema con ellos.

    Alisa miró a su amiga con tranquilidad y al poco preguntó:

    —No me has llamado sólo por eso, ¿no?

    —Yo no podré ir con vosotras —respondió María mirando a otro lado.

    —Quieres cuidar del Otro Hombre... ¡Ah! ¡Por más años que pasan siempre va a pasar lo mismo! ¿No recuerdas lo que dijo Dor? No pueden quedarse en este mundo, de hecho, todo lo que quieren es marcharse de aquí.

    —No —dijo María con firmeza. —Hasta ahora lo que me dijo la voz del desierto se ha cumplido pero sé que nada me habría dicho sino fuera porque él me iba a necesitar.

    —No, no, no... ¿No eres capaz de ver que ya has cumplido tu función? Lo que tú tenías que hacer era prepararle el terreno, nada más, hacer que Oasis fuera Oasis para que no murieran nada más llegar a este mundo. Yo creo en esa voz, pero también creo que tu misión ya ha terminado.

    —No, aún me queda una cosa por hacer, ¿no lo recuerdas? La voz me dijo VIVE.

    —¿Y qué pasará si te equivocas?

    —¿Acaso equivocarse no forma parte de la vida? —dijo María sonriendo. —Llámalo intuición si quieres: Me va a necesitar.

    —Contigo no hay quien discuta —dijo Alisa resignada —pero, en todo caso, olvida toda esperanza que tengas depositada sobre él: Él cumplirá y luego se marchará.

    —Pues según lo que tengo oído, podría llegar a hacer cosas bastante grandes —dijo Jacob apareciendo de improviso, aterrizando en la cabeza de María.

    María cogió a su daimonion suavemente y lo acarició con delicadeza, dándole la bienvenida después del largo viaje que había tenido que realizar.

    —¿Cómo te fue con Dijuana? —preguntó ella sin más rodeos tras un rato de caricias.

    —Todo muy bien... y muy extraño. Mejor te lo cuento más tarde, que aún tengo que volver.

    —¿Volver? ¿Para qué?

    —Últimamente he descubierto una faceta de actor que jamás habría pensado que tendría —contestó Jacob con sorna. —Dijuana se está haciendo pasar por un doctor del edificio y yo, por su daimonion (suerte que soy un cuervo). Ahora me ha dejado volver porque está ocupada con otros asuntos pero dentro de poco tendrá que hacer cosas para las que me va a necesitar pero hasta entonces —dijo riéndose —¡divirtámonos un poco, que hace siglos que no nos vemos!

    María dejó a Alisa vigilando el edificio mientras se alejaba para charlar y jugar con su daimonion.

    “En el fondo sigue siendo una niña” pensó Alisa mirando afablemente a su amiga mientras dejaba su rama de nube pino a un lado y se sentaba en el suelo para observar a Jacob.

    —No te ensimismes tanto, Alisa —dijo Dor aterrizando en su hombro, agitando su cola con fuerza para recuperar el equilibrio. —Los amputados se están moviendo más de lo previsto.

    —Dime tú lo que hay de previsto en una guerra —dijo dándole un golpecillo amistoso en la cabeza volviendo a su trabajo mientras disfrutaba de la compañía de su daimonion.



    —¿¡Pero se puede saber qué demonios se supone que piensan que están haciendo aquí!? —gritó enfurecido el comandante Keith. —¡Saben perfectamente qué han venido a hacer en este lugar!

    —Pero... —intentó replicar Giovanni Carotto sorprendido por la reacción del comandante ante la noticia.

    —¡Ni se le ocurra contestarme, capitán! ¡Trescientos cuchillos! ¡Eso no es algo que se pueda robar en cinco minutos!

    —...pero sólo son cuchillos de cocina... —intentó decir tímidamente Giovanni.

    —¡¡Cómo si son palillos!! ¡Después de los asesinatos no podemos permitirnos perder más hombres ni bajar la guardia en ningún momento!

    —Ya, claro, tú sólo te preocupas cuando matan a “tus” hombres —rezongó en voz baja Vulpes, el daimonion zorro del capitán recibiendo una pequeña patada por parte de su persona pidiéndole silencio.

    —En todo caso, nadie habría podido prever que pudieran querer robar esos cuchillos —dijo Giovanni con toda la autoridad que pudo reunir. —Sabe perfectamente que hasta las cucharas cortan más.

    —No me venga ahora con sarcasmos —dijo el comandante muy serio. —Esto no es algo que podamos tomarnos a risa: Un asesinato baja la moral de la tropa; una serie, más todavía; y si para colmo nos roban sin darnos cuenta, habrá soldados que piensen que vigilar Nuntio Delubro es para tomárselo a risa. Sin moral no hay efectividad y sin efectividad, este lugar no funciona. Y es necesario que este lugar funcione.

    —¿Necesario? —preguntó Giovanni extrañado. —Es la primera vez que le oigo usar esa palabra.

    —Usted no tiene ni idea de lo importantes que son las investigaciones de este complejo para el futuro de la sociedad humana —dijo Keith con tono profundo, hinchándose de orgullo, volviendo a ponerse serio. —Usted dedíquese a vigilar este lugar y, ¡por la Autoridad! ¡Haga bien su trabajo!

    El capitán Giovanni hizo una inclinación de cabeza y se retiró en silencio.

    —Imbécil —se quejó Vulpes nada más cerró la puerta su persona.

    —Y tú idiota —recriminó el capitán. —Recuerda que tenemos que ser discretos.

    —Eso no quita que yo tenga razón —dijo la cabezota daimonion. —“Esto es necesario”, “es usted un idiota” y no qué sé más... ¡Dios! ¡Después de ver lo que le hizo a ese pobre chico me dan ganas de saltarle al cuello!

    —Y a mí también, no te creas —dijo Giovanni con tono paciente —pero recuerda lo que nos ordenó Thomas: Hasta esta noche, no llamar la atención.

    —Pues esa lobita podría aplicarse el cuento.

    —Sus razones tendrá para haberlos robado pero ya sabes que lo mejor es no estar en contra suya —dijo Giovanni recordando como acabaron sus tres últimas víctimas. —¿Recuerdas aquellos mordiscos? Semejantes dentelladas ni de broma son de talla humana...

    —¿Sigues pensando que es una daimonion de forma humana? Pensaba que ya te habías hecho a la idea de todo lo contrario.

    —¿Pero cómo lo hace?

    —¿No te has preguntado cómo soy capaz de cazar ratones sin haber sido enseñada? ¿O cómo consigo hacerme pasar por un cadáver? No te preguntes cómo lo hace: Cuando fijó su forma definitiva seguro que lo aprendió de inmediato. En todo caso, es un ser casi demoníaco...



    —No es tan difícil como piensas —dijo Zef. —Tan sólo fíjate en qué momento está totalmente liberada —dijo dándole a la palanca que soltaba la guillotina de plata, pero sin reaccionar la máquina. —¿Qué le pasa a este trasto?

    —Nada grave —dijo Anerues comprendiendo el funcionamiento de la máquina. —Ya entiendo cómo funciona, tan sólo necesito a cierto cateto que ponga algún peso dentro de las jaulas... y yo ya sé quién es el más indicado.

    —¡Ah! ¡El peso! No había pensado en eso. Bueno, entonces ahora sólo necesitas algo que pueda parar la guillotina y así recogerla sin problemas.

    —No hay ningún problema, tengo todo lo necesario —dijo Anerues muy seguro de sí mismo. —Bueno, muchas gracias por su ayuda, gran Zef. Ahora debo marchar, que aún tengo muchos asuntos pendientes.

    —Entendido, Asesino —dijo Zef saludándolo mientras aquél desaparecía del lugar volando a toda velocidad, de camino a Inglaterra. —¡Déjalo bien muerto! —exclamó al final.

    Anerues le devolvió el saludo y salió disparado hacia Oxford.

    “¿Qué? ¿Ya has encontrado la manera?” preguntó Dijuana por enésima vez desde que Anerues entró en ese sueño.

    “¿Otra vez la misma pregunta?” dijo Anerues algo cansado de la insistencia de su daimonion. “Sí, esta vez sí. Ahora deja de hablar conmigo o acabarán por pillar tu cuerpo desprotegido.”

    “¿Y qué importa si me pillan? Sabes que no pueden hacerme nada con sus armas.”

    “Un motín que empieza antes de la hora está destinado a un estrepitoso fracaso. Si los soldados oyen los disparos pensarán que el ataque ya ha empezado y empezarán la pelea antes de tiempo, antes de que podamos recuperar la guillotina.”

    “Bueno... ¿A dónde vas, por cierto?”

    “A ver como están Lou y David.”

    “¡Vaya ganas tienes de que te dé una paliza!” bufó Dijuana. “Y parecía tan inocente...”

    “Son cosas que pasan cuando te están humillando durante toda tu vida. De todas maneras, no pude encontrar un guardián mejor para Lou.”

    “Si eso es lo que piensas de alguien que sólo pelea cuando va en serio...” dijo Dijuana preparándose para marchar.

    “¡Espera!” exclamó Anerues. “¿Podrías vigilar los movimientos del comandante Keith hasta que regrese? Lo vamos a necesitar para poder llevarnos la guillotina.”

    “¡A la orden! Cuídate y suerte con la bestia” dijo Dijuana cortando la comunicación.

    En ese momento Anerues ya estaba sobrevolando Oxford y desde el cielo empezó a buscar a David con la mirada. Tras un buen rato de búsqueda consiguió vislumbrarlo encima de un tren que salía de la ciudad por lo que se lanzó en su persecución.

    En los coches traseros del convoy vio la estela inconfundible de la demencial personalidad del chico: Todo cuanto miraba y lo molestaba lo más mínimo acababa reducido a cenizas con sólo apuntar la mano al lugar. ¿Un carro que hacía un ruido que lo distraía? Una enorme bola de fuego se lo comía. ¿Un grupo de gente que se reía por una tontería? Una lluvia de hierro caía sobre ellos produciendo una horrible sangría. ¿Una mosca que había osado pasar por delante de sus ojos? Su destino sería acabar reducida a cenizas por una terrible explosión.

    —¡Buenas, Dave! —saldó Anerues alegremente aterrizando a su lado.

    En un principio, David lo ignoró pero al poco se giró mostrando una cara muy diferente a la que solía mostrar en la realidad: Ahora era una chica de aspecto joven, bastante más esbelta que el auténtico David, con el pelo castaño que le llagaba hasta los hombros. David llamaba a esa forma “la Dama” y para Anerues eso era sinónimo de pelea brutal durante un buen rato.

    “En fin, ¿qué se le va a hacer?” dijo Anerues preparándose para el ataque que no se hizo esperar...

    ·

    ·

    ·​

    Tres horas de épica lucha más tarde...

    “¡Jo con el chaval!” pensó Anerues ante el aspecto dantesco que tenía ahora la ciudad: Toda la línea de ferrocarril destruida, la estación derruida, más de cuarenta puentes pulverizados, decenas de barcos hundidos y edificios con todo el aspecto de haber sufrido un bombardeo militar en toda regla. Sin embargo, David ya estaba domado (ciertamente ésa era la mejor manera de definir lo que acababa de hacer), ya había descargado todas sus iras y había recuperado su forma masculina, la personalidad que solía mostrar al mundo, estando mucho más tranquilo ahora. “Por mucho tiempo que pase, jamás dejará de sorprenderme. Ni imaginarme quiero de qué pasaría si esa personalidad aflorara al exterior...”

    —Buenas... noches... —saludó David cansado pero riéndose tras la dura contienda levantándose de entre las ruinas de una casa. —Espero que la Dama no te haya hecho daño.

    —¡Bah! No ha sido nada —dijo Anerues ocultando su verdadero cansancio al tiempo que tiraba todas las armas que había estado invocando para conseguir abatir a esa bestia. —¿Qué, habéis encontrado algo? ¿Alguna información nueva?

    —Más que eso: Vamos a hablar directamente con Robert Anstein para que nos explique qué es el Polvo.

    Anerues, al ver que todo iba según sus planes, invocó su Libro del Destino y empezó a buscar pacientemente como siempre encontrando la referencia al poco rato.

    —Ya veo —dijo Anerues mientras leía lo que allí decía. —Así pues vais a viajar a Suiza, ¿no?

    —Sí, qué remedio. Dentro de dos días tendremos un par de días de asueto que aprovecharemos para viajar allá. Frances nos acompañará y nos hospedará en casa de unos familiares suyos en Berna. Tras eso, el profesor se pondrá en contacto con nosotros y ya veremos qué pasa.

    Anerues volvió a consultar su libro asustándose un poco de lo que leía.

    —¿Qué pasa? —preguntó David extrañado de la cara de Anerues.

    —¿Cómo van tus piernas? —preguntó Anerues recuperando la compostura.

    —¿Qué...? Bien, supongo. ¿Por qué lo preguntas?

    —Vas a necesitarlas y mucho. Tendréis problemas con la Iglesia una vez estéis en Suiza. Reacciona como debas pero no te sacrifiques estúpidamente, ¿de acuerdo?

    —¿Voy a morir? —preguntó David tranquilamente.

    —No, y deja ya de hacerme esa pregunta —dijo Anerues algo cansado de que, cada vez que hablaban del futuro, le hiciera siempre la misma pregunta —que no soy un pájaro de mal agüero. Sencillamente intenta salvarte cuando lleguen los problemas. Así todos acabaremos bien.

    —¡Como usted decee, señor! —dijo David con tono serio (tenía una extraña manía de mezclar el hablar chabacano y el buen hablar). —Ahora, si me lo permite, debo despertar. Gracias por la peleílla.

    —De nada —dijo Anerues viendo como David desaparecía.

    —En fin, ahora me toca a mí —dijo Anerues abriendo los ojos y saliendo al mundo real.



    Agatha se encontraba masticando, discretamente, un pedazo de chocolate mientras acariciaba a su tranquilo pero curioso daimonion cuando escuchó un estrepitoso crujir de huesos, señal inequívoca de que Anerues había despertado. Giró la cabeza y vio como empezaba a hacer ejercicios de calentamiento para recuperar el tono muscular mientras Jacques se dedicaba a mirar por el tragaluz a su querida Dai allá a lo lejos, ignorando un poco a su compañero.

    —Buenos días —saludó Agatha. —¿Algo nuevo que contar?

    —Nada nuevo: Hoy habrá motín, evasión y robo, tal como se ha planeado hasta ahora —respondió Anerues estirándose los brazos. —Esta noche va a ser movidita así que más os vale estar preparados y descansados.

    Agatha calló mientras recordaba su cometido en el motín pero al poco rato hizo una pregunta:

    —Has dicho que robarás la guillotina pero, ¿qué es lo que piensas hacer con ella? Has dicho que podrías destruir el complejo, ¿por qué no dejar la guillotina dentro?

    —¿Para qué crees que te he encargado que escoltes a los niños amputados y a sus daimonions? Si te he pedido eso no es porque quiera tener esclavos sino porque puedo curarlos.

    —¿En serio? —preguntó Jacques curioso bajándose de la ventanuco uniéndose a la conversación.

    —Totalmente en serio: Con el material de esa cuchilla se puede crear una solución al problema de esos chicos y, ya de paso, nos encontraremos de nuevo con Amadeo y Zoé que me parece que necesitan un par de explicaciones sobre su situación —dijo riéndose inocentemente.

    —Quien haya ideado todo el viaje que hemos hecho debe haber sido alguien muy retorcido, hacernos realizar todo este viaje por esos niños...

    —Ésa no es la razón primera de nuestro viaje —dijo Anerues apoyándose sobre sus manos para hacer flexiones. —La auténtica razón de todos estos sucesos es que ya ha empezado una revolución.

    —La guerra contra la Autoridad, ¿no? —preguntó Agatha.

    —Medio sí, medio no. Yo tengo mi papel en este asunto pero en apariencia todo gira sobre la figura de Eva.

    —¿Eva?

    —La pecadora original, la que probaría el fruto prohibido del conocimiento, de la cual se habla en el Génesis. Por poco que hayas ido a la iglesia en tu vida, supongo que habrás oído hablar de ella.

    —¿Quieres decir que ha vuelto, que ha resucitado?

    —No, sencillamente la corriente de la nieve ha empezado su juego para salvarse a sí misma, nada más. En principio, nosotros estamos aquí para ayudarla a que caiga en la tentación pues eso es lo que debe hacer.

    —Paso de preguntar la razón de eso.

    —Tampoco me explico tan mal.

    —Entonces explícame cuál es tu rol en lo que esta sucediendo. Ahora que lo pienso nunca nos has dicho qué vas a hacer tú.

    Anerues se levantó y se torció hacia atrás estirando los músculos de la espalda para acabar respondiendo:

    —Una vez existió un ángel, un ser de aura divina, tan bello, tan delicado y, a la vez, tan poderoso que fue el preferido de su señor, la Autoridad. Sin embargo, se cuenta que ese ángel se corrompió y se rebeló contra su señor, liderando un ejército de ángeles contra Él para destruirlo y ocupar su lugar, para crear un nuevo cielo. Pero, a pesar de la enorme fuerza que desplegó, fue derrotado y condenado a residir en el séptimo anillo del Infierno hasta el fin de los tiempos enterrado en hielo de cintura para abajo. Su nombre era Lucifer. Ése es mi papel.

    Agatha y Jack miraron escépticamente a Anerues siendo incapaces de decir nada.

    —Ahora ya veis la razón por la que no os he dicho nada —se rió Anerues volviendo a sus ejercicios. —La Corriente de Nieve me ha hecho nacer para que sea el que mate a la Autoridad, esto es, para ser el ASESINO y me ha dado razones más que suficientes como para desear matarlo.

    —¿Qué razones? —preguntó Jack dubitativamente.

    —Mi madre esta muerta, eso ya lo sabes —respondió Anerues poniendo cara seria. —Ya te he contado muchas veces lo buena mujer que era, lo amable, cariñosa y buena madre que era. Todo eso debería haber hecho que subiera al cielo, ¿verdad? Pues no, ella no fue al Paraíso, descendió al Infierno. Al único Infierno.

    —¿Único?

    —Tras la muerte sólo hay Infierno, nunca Paraíso. La Autoridad lo arregló todo para que todos los seres acabaran en ese agujero infernal hasta el final de los tiempos, para evitar que su esencia, el Polvo que llevan dentro, volviera a la Corriente de Nieve. Mi madre lleva atrapada allí más de trece años y casi ha perdido la cordura por culpa de los demonios que allí residen. Los designios del Señor son inescrutables, de acuerdo, pero eso no es óbice para permitir que les dejemos hacer eso.

    —Por lo tanto, vamos a luchar para destruir el Infierno... —comentó Agatha. —A esta pecadora le gusta la idea.



    Esa noche...

    Tras terminar de cenar, el comandante Keith fue a su despacho para acabar con el informe de las tropas que le habían enviado, francamente molesto por su proceder durante la última semana.

    “Este grupo no pega un palo al agua...” se quejaba continuamente. “Mis jefes me amonestarán, seguro y ya puedo ir olvidándome de abandonar este pedrusco...”

    Keith dejó sus reflexiones a un lado cuando escuchó un extraño sonido de arena al moverse.

    —¿Qué pasa? —preguntó Floda, la daimonion dóberman del comandante.

    —¿No has oído nada? —preguntó el comandante acordándose de lo que le habían contado sobre los asesinatos.

    Floda alzó las orejas pero al rato sacudió la cabeza, negando haber sentido nada.

    —No dejes que lo que ha pasado te vuelva paranoico. Termina el trabajo y ve a dormir, que lo necesitas.

    Keith asintió y se dio prisa en llegar a su despacho, extrañándose de no ver a las patrullas que rondaban por las dependencias superiores.

    “¿Dónde estarán mis mandos y esos malditos amputados?” se preguntó Keith algo molesto y asustado llegando a la puerta de su despacho para entrar rápidamente.

    Y cuando cerró la puerta, volvió a escucharlo: El sonido del fluir de la arena al otro lado de la puerta. Keith miró a su daimonion dándose cuenta de que ella también lo había percibido por lo que se retiró rápidamente hacia su mesa para coger el revolver que tenía guardado en el cajón y apuntó a la puerta con temor.

    Sin embargo, nada pudo hacer pues una fuerza irresistible pulverizó la puerta arrollándola entrando una confusa masa de polvo que lanzó cuatro cadáveres que Keith reconoció como sus soldados a pesar de estar totalmente descuartizados a base de terribles dentelladas...


    Y sonó la alarma, señal que Thomas y sus hombres, situados en puntos estratégicos del edificio, llevaban esperando desde hacía horas.

    —¡Muy bien! —exclamó Thomas. —Vosotros dirigid y escoltad a los niños fuera del edificio —indicó Thomas a los soldados de Giovanni Carotto —mientras, nosotros nos ocuparemos de los amputados. Cuando lleguéis afuera os ayudarán unas brujas pero aún así no bajéis la guardia.

    —Entendido —respondió Giovanni llevándose a su contingente para desplegarlo por los pasillos de Nuntio Delubro.

    —¿Cree que los turdetanos harán bien su trabajo allá afuera? —preguntó el auténtico doctor Fake mientras se dirigían a limpiar los pisos superiores para liberar el helipuerto que se encontraba oculto en la azotea.

    —Me juego mis galones a que ya han acabado con todos los amputados de afuera —respondió Thomas sin sombra de duda. —Si por algo es conocida la División Viriato es por sus terribles emboscadas.

    Y ya no hablaron más pues los amputados ya estaban empezando a organizarse tras la sorpresa inicial, parapetándose para evitar el paso de los aliados y defender su posición aún a costa de su propia vida.



    Jack observó medio espantado a su compañero tras verle degollar al guarda aprovechando que se le había acercado para darle el rancho. Durante todo el tiempo que había pasado en ese calabozo había llegado a pensar que Anerues sería capaz de hacer cualquier cosa pero...

    —No me mires así —dijo Anerues mientras se limpiaba la sangre con frialdad. —Sabes perfectamente para qué tienes ese cuchillo en la mano... No estoy diciendo que lo tengas que usar pero sabes que ahora, o matas o mueres, exactamente igual que nuestro primer día en Oasis.

    —Pero es que era...

    —¿Un hombre? Éste de aquí ya no era humano ni era nada desde que perdió a su daimonion. Si tuviera su daimonion a su disposición podría curarlo pero éste, al igual que todos sus compañeros aquí, ya ha olvidado completamente la existencia de su compañero así que está mucho mejor muerto. Y ahora menos charlas, que tenemos que salir de este agujero.

    Anerues, tras arrebatarle las llaves a su carcelero, abrió las puertas de las celdas y salió del lugar con una fuerza inusitada para una persona que se había pasado más de dos semanas casi totalmente inmóvil.

    Mientras andaban, escucharon los sonidos de la batalla que ocurría allá arriba, que, según parecía, se había recrudecido bastante pero eso no parecía afectar a Anerues que iba observando el techo, como mirando a través de él, percibiendo algo que sus compañeros no eran capaces de entender. No tardaron en llegar hasta las escaleras que empezaron a subir con prisa, tomándose un descanso al subir ocho pisos.

    —¿Falta mucho para llegar? —preguntó Agatha mientras intentaba recuperar el aliento.

    —Tu salida está en el siguiente piso —respondió Anerues sin mostrar ni un atisbo de cansancio. —Una vez fuera, ve al almacén que está enfrente de la salida y ve arrancando el coche que está allá dentro. Tras eso, escóndete y espera a que salgan los niños que luego liberaré pero no te molestes en seguir a la primera oleada que verás: De ésos ya se encargarán las brujas.

    —¿Y cómo los distinguiré?

    Anerues no respondió, como si no necesitara hacerlo e inmediatamente volvió a ponerse en marcha. Una vez llegaron a la planta baja, se separaron, yendo Agatha hacia una de las puertas secundarias evitando el tiroteo que se había formado en la puerta principal para dirigirse lo más rápidamente posible hasta el almacén.

    Hecho esto, Anerues recogió el arma de uno de los soldados caídos, uno de los italianos.

    —Toma, lo vas a necesitar —le dijo Anerues a Jack inmutable ante el cadáver. —Supongo que sabrás usarla.

    Jack cogió el arma (una Winchester bastante simplona pero muy ligera y sólida, quizá un punto ligera para él) y, tras comprobar que estaba cargada, asintió algo nervioso.

    —Recuerda —dijo Anerues cada vez más frío —no podrás negociar por la vida de un amputado: Si tienen que matarte matando a uno de los suyos, lo harán pero puedes despistarlos disparando a uno de sus mandos.

    —...¿sus mandos son...?

    —No son amputados pero fueron los que convirtieron a los demás en lo que son ahora —cada vez Anerues daba más miedo. —No tengas piedad con ellos. Ellos no la tendrán contigo pero, en todo caso —dijo recuperando la compostura y sonriendo amablemente —haz lo que te ha dicho Dai.

    Jack, al escuchar el nombre de su daimonion, recuperó el ánimo y asió su arma con firmeza para seguir a Anerues hacia la azotea.



    —¡Madre del amor hermoso! —exclamó uno de los soldados turdetanos al ver el espectáculo que era el ataque de las brujas contra el frente que los estaba atacando a ellos. —¡Es como ver un kaleidoscopio!

    —¡No te distraigas! —gritó Pablo. —¿Cómo van las fuerzas de contorno?

    —Aún siguen intentando avanzar —dijo el soldado. —La ayuda de las brujas nos ha permitido cerrar aún más el cerco pero esos malditos no dejan de defenderse.

    Pablo miró algo confundido el sinuoso movimiento en formación de esas ocho brujas pero ni de broma fue capaz de seguirlo más de tres segundos: Cuando creía que estaba viendo a una, en realidad lo que veía era su túnica que se movía salvajemente al seguir los movimientos de su dueña.

    “Esas malditas son inalcanzables” pensó Pablo al ver su ilusorio movimiento “pero nada tontas...” Pablo se fijó en que había una que era un objetivo fácil... aparentemente: Era una bruja de cabellos rubios realmente llamativos que se mantenía relativamente inmóvil dirigiendo la formación de sus compañeras con su voz y sus manos. En apariencia estaba totalmente desprotegida pues no llevaba su arco en las manos pero en realidad servía de cebo: Mientras los soldados que estaban allá abajo se intentaban concentrar en ese inmóvil objetivo, eran acribillados por las demás brujas y si intentaban seguir el movimiento de una sola bruja eran igualmente asesinados.

    Pablo observó detenidamente el terreno para arrastrarse hacia las fuerzas que se estaban acercando a la retaguardia para ver el progreso de la emboscada que estaban preparando, viendo con alegría que, gracias al ataque señuelo que estaban intentado detener los amputados por la vanguardia junto a la distracción que les suponía tener a las brujas atacando desde el cielo, les estaba distrayendo lo bastante como para no vigilar demasiado sus espaldas. Así, para cuando se dieron cuenta, tenían una ametralladora preparada para aniquilarlos a todos por la espalda...



    Mientras Agatha intentaba encontrar los suministros para hacer un largo viaje en medio de ese enorme almacén, escuchó el sonido de una ametralladora y los gritos de agonía de varios hombres al morir tiroteados, cosa que lo puso más nerviosa, tanto a ella como a su daimonion que intentó ocultarse bajo sus piernas, asustado.

    —No es momento para tener miedo —le dijo a Wyo, su daimonion. —Aquí estaremos seguros hasta que lleguen los niños. Ahora sal de ahí y busca algo de comida.

    —¿Es que vas a hacer lo que te ha dicho Anerues? —preguntó el daimonion con miedo.

    —¡Pues claro que sí! —exclamó Agatha. —¿Acaso tú no harías lo mismo? El mundo tiene que saber lo que está pasando aquí dentro y, si saberlo implica tener que ayudar a Anerues, vaya si lo voy a ayudar.

    —¿Pero es que quieres que te maten? En menos de un año ya han intentado matarte más de cuatro veces y no has dejado de viajar...

    —¿Y qué? —se quejó Agatha francamente molesta mientras arrastraba un saco de patatas hacia el camión. —¿Acaso quieres que vuelva a Inglaterra y que allí la Junta de Oblación me condene por herejía? Sabes que allí los recursos eclesiásticos no funcionan a menos que tengas dinero y una buena posición social así que si vuelvo, me matarán. Estamos metidos en esto desde que decidí investigar a esa maldita mujer y ahora, la única manera de volver a nuestra antigua vida pasa por destruir a la Iglesia. Si ayudar a Anerues es acabar con ese sistema, ten por seguro de que lo ayudaré.

    —Pero es que es...

    —¿Te asusta lo que dijo? ¿Lo de que era Lucifer? —Agatha, tras respirar un poco después de levantar ese enorme saco, fue a por un par de cajas de conservas. —¿Acaso no recuerdas aquella frase? “A veces Dios es llamado Demonio; a veces el Demonio es llamado Dios”. Si piensas que el sistema de juzgados eclesiásticos establecido por la Iglesia es algo bueno, necesario y “sacro” es que eres más idiota de lo que pensaba. Yo lo veo como una auténtica aberración contra la sociedad, algo que...

    —¿No nos deja ser como queremos ser? —interrumpió Wyo. —¿Es que acaso nosotros tenemos que ser así de libres? La sociedad nos libra de gran parte de nuestros problemas, normal que para ello necesite de un sistema de control.

    —No confundas la cohesión de la sociedad con la cohesión de la Iglesia. Son dos instituciones muy diferentes. Si se piensa que la Iglesia debe existir para que exista la sociedad, le estaríamos dando demasiado poder a una institución corrupta. ¿No recuerdas como murieron gran parte de los periodistas que trataron de condenar a la Iglesia? Tan sólo por señalar sus defectos fueron tachados de herejes siendo eliminados en menos que cantaba un gallo para evitar que dijeran más de lo que la Iglesia deseaba que dijeran. La Iglesia actual no es una institución que mantiene unida a la sociedad: La Iglesia se mantiene cohesionada a sí misma, caiga quien caiga, le moleste a quien le moleste. Es como un ser vivo: Si lo atacas (si hablas en contra suya), sus defensas se activarán y te matarán; si enferma, esto es, si surge una corriente de pensamiento diferente, sus miembros acabarán con esa opinión; si encuentra comida, ya sea dinero, bienes o tierras, irá directamente a por ello pues de eso se alimenta... Ellos ocultan todo lo malo que hacen tras una fachada de bondad y amabilidad pero tras esa cara visible no están más que los intereses enfrentados de sus miembros, que no dudarían en matar a quien esté en contra de sus ideales.

    Wyo inclinó la cabeza avergonzado por la respuesta de Agatha, comprendiendo que su posición era incorrecta recibiendo una caricia sobre la coronilla al poco rato.

    —Y ahora, hazme el favor de encontrarme algo de petróleo refinado —dijo Agatha subiendo la caja al camión. —Este cacharro no se arranca solo.



    María Kirisame se acercó sigilosamente al edificio de Nuntio Delubro mientras Alisa se encargaba de lidiar con los amputados situados enfrente de la instalación, acercándose a uno de los ventanucos de los pisos superiores.

    —Por aquí se llega a las dependencias de los mandos superiores de Nuntio Delubro —dijo Jacob, conocedor de la estructura del edificio. —Dijuana probablemente ya se haya encargado de todos los amputados y mandos de esta zona.

    —¿Puede atacar incluso a los que no son amputados? —preguntó María algo extrañada.

    —No ataca a las personas pero se come a sus daimonions. A los amputados no le importa tocarlos pues casi los considera como animales.

    María, encogiéndose un poco por la estrecha entrada que suponía ese ventanuco, entró dentro del edificio cayendo encima de una mesa tras haber colado su larguísimo arco. Tras su entrada se dirigió a la puerta haciendo que Jacob se asomara para que comprobara el terreno, indicándole éste en silencio que todo estaba tranquilo. María se colocó a Jacob sobre el hombro, indicándole éste el camino hacia el helipuerto, para dejar su rama de nube—pino en un lugar donde pudiera recogerlo fácilmente para salir lo más rápidamente posible si fuera necesario.

    Tras esta operación, se dirigió con rapidez pero sigilosamente hacia los pisos inferiores, siguiendo el sonido de las balas. Cuando bajó un piso, sacó una flecha de su carcaj y la colocó en su enorme arco preparada para lo que fuera.

    “Ojalá dominara tanto el sigilo como Alisa” se dijo María algo enfadada consigo misma al no dominar tanto la magia como sus compañeras. Siempre había sido un poco la oveja negra de su clan: Nunca aprendió a dominar los fundamentos básicos de la magia de bruja y apenas conseguía hacer una buena medicina pero, por contra, su fuerza y su inteligencia habían hecho de ella una bruja temible y apreciada entre las suyas.

    Mientras avanzaba por esos pasillos, María iba apagando y cortando los cables de la luz para avanzar en la más impenetrable oscuridad y así evitar que pudieran verla o apuntarle bien en caso de un encuentro. Tras un corto paseo se encontró con un soldado, que reconoció como miembro de las fuerzas vaticanas, que llevaba varias cajas de munición. Gracias a la oscuridad del lugar en el que estaba, ése no le vio, por lo que pudo seguirlo con cierta tranquilidad por esos tenebrosos pasillos, encontrándose una dantesca estampa en su camino: El pasillo por el que avanzaba impasible ese soldado estaba totalmente salpicado... no, mejor dicho, inundado de sangre y cadáveres recorridos de pies a cabeza de cortes, dentelladas y pedazos de metal que los mantenían literalmente colgados de la pared en posiciones grotescas como crucificados, colgados de sus pies, claveteados contra el suelo o contra el techo...

    —¡Je! Ya ha pasado por aquí —susurró levemente Jacob, bastante más asqueado de lo que aparentaba. —Esa Dijuana no se refrena para nada.

    Evitando mirar la masacre y que la sangre la salpicara, María pasó por el lugar todo lo rápido que le permitió el soldado y al girar una esquina se encontró con la batalla:

    Siete soldados amputados fuertemente armados y un mando notablemente más acorazado que sus subordinados estaban parapetados en un cruce de esquinas en cruz, intentando contener el avance de los soldados enemigos con bastante entereza detrás de una arcaica barricada. Por los gritos y los sonidos que se escuchaban más allá del cruce, estaban haciendo un buen trabajo y, como tenían un depósito de armas relativamente cerca, podrían aguantar durante mucho tiempo. Viendo así la situación, María decidió esperar a que algún soldado volviera por ese pasillo para acabar con él y así iniciar un ataque por la retaguardia por lo que se colocó el arco en torno a sí y sacó su machete.

    No pasó demasiado tiempo antes de que otro soldado tuviera que ir a por más munición, situación que María aprovechó a la perfección: Nada más giró la esquina el amputado fue sorprendido por el ataque de María la cual le degolló al instante sin hacer el menor ruido, colocándose en posición de nuevo para esperar a otro posible desgraciado que fuera a buscar a su compañero. Sin embrago, al poco rato se extrañó: En el pasillo habían dejado de disparar y apenas se escuchaba un sonido por encima de otro.

    —¿¡Qué os pasa, malditos imbéciles!? —gritó el mando a todo pulmón. —¡Disparad, disparad!

    —No creo que usted sea el más adecuado para dar esa orden —dijo alguien desde el pasillo al tiempo que se escuchaba el sonido de unas pisadas acercarse.

    María se asomó para ver mejor lo que pasaba y vio como los amputados estaban en posición firme mientras el mando, a su vez, se asomaba cautamente al pasillo para ver quién se acercaba, sacando su revólver nada más ver lo que había.

    —No sé quien te has creído, maldito niñato —dijo el mando apuntando a quien fuera, saliendo aquél a por el otro —pero eres un estúpido descubriéndote de esa manera. ¡Más os vale retiraros o acabaremos con él! —gritó a los asaltantes.

    —Chicos —habló suavemente el otro, —matadlo.

    E inmediatamente, los seis amputados blandieron de nuevo sus armas, apuntaron al pasillo y dispararon todos a una.

    —Te dije que tú no eras el más indicado para dar órdenes —dijo el otro llegando al cruce de pasillos y, cuando lo vio, a María le dio un salto el corazón: Ése de ahí era Anerues, el Otro Hombre... y no sólo le saltó el corazón porque fuera él: Su cara era de aparente simpatía y tranquilidad pero tras esa fachada se podía percibir una horrible frialdad, como si lo que acababa de pasar no lo importara lo más mínimo a pesar de andar él totalmente salpicado de la sangre del mando.

    —Buenas, señora Kirisame —saludó una voz a sus espaldas sacándola de su ensimismamiento.

    —¡Ah, hola, Di! —saludó Jacob como si nada, al tiempo que Dijuana pasaba con buen paso al lado de María llevando a un dóberman colgando de su mano. —¿Ése de ahí es...? —preguntó mirando a sus espaldas.

    Por respuesta, Dijuana apretó su mano alrededor del cuello del perro haciendo que éste se retorciera de dolor, escuchándose un quejido en la oscuridad del pasillo.

    —¡Vamos, que no tengo todo el día! —gritó Dijuana a quien estuviera en el pasillo.

    —Ya me encargo yo —dijo Anerues acercándose al lugar mientras se limpiaba con un pañuelo. —Por cierto, buenas noches, señora Kirisame —saludó Anerues más alegre de lo que parecía aparentar. —¿No va a ayudar a sus compañeras?

    La seguridad que mostraba Anerues la turbó un poco: A pesar de que no le faltaba el respeto en ningún momento, su actitud se le antojaba altiva y descarada. Sin embargo...

    —Mi misión era ayudar desde dentro —respondió María secamente aparentando firmeza siendo sorprendida por una más que fría mirada de Anerues. Por alguna razón, no le gustaba esa mirada, era casi como si mirara a través de ella.

    —En fin, ahora tanto da —dijo Anerues dándole poca importancia a la respuesta de María. —Lo que es esta zona, ya está limpia así que aquí todos ya sobramos. Yo me llevaré a éste —dijo levantando al hombre que estaba en la oscuridad, —conseguiré el armatoste que he venido a buscar y luego destruiré este lugar así que no le conviene quedarse aquí dentro.

    Serían imaginaciones suyas pero en medio de su mecanizada personalidad, Anerues había mostrado un viso de preocupación.

    —Usted preocúpese tan sólo de salir bien librada de este infierno —dijo Anerues mientras se llevaba a ese pobre hombre recorrido de estigmas de la cabeza a los pies hacia el pasillo.

    Llevada por un extraño impulso, María lo obedeció de inmediato para salir corriendo hacia la azotea, parándose al escuchar unos pasos precipitados tras de sí. Al poco vio que era aquel amigo de Anerues, al que ya había visto más de una vez, que corría como alma que llevaba el diablo en la misma dirección que ella.

    —¡Disculpe! —fue lo único que dijo él al pasar a su lado a toda prisa.

    María no respondió pero se rió pues más de una bruja ya le habría cortado un brazo ante semeja falta del debido respeto, cosa que ella no haría pues entendía la razón de su prisa. No tardó en confirmar su sospecha cuando, al salir al helipuerto, se lo encontró abrazando a su titánica daimonion. Así pues, dejando a esos dos reencontrándose, María se subió a su rama de nube—pino y se elevó para otear mejor el lugar, esperando el momento para empezar a cumplir con su verdadera labor.



    —¿Quién le iba a decir que acabaría así? —preguntó alegremente Anerues mientras cargaba con Keith caminando junto a Thomas, Fedeta, Dijuana y Floda hacia el Cadalso, no respondiéndole el comandante por el dolor que atenazaba su cuerpo. —¿Le duele? Parece que sí... pues da igual: Tendrá que aguantarse. Le necesito para conseguir esa maldita cuchilla.

    —¿Estás seguro de que podrás hacer suficientes argollas con la cuchilla? —preguntó Dijuana mientras llevaba colgando de su hombro a Floda, inconsciente por la tortura a la que le había sometido la Loba de Lucifer.

    —Da para hacer más de veinte y aún sobraría material.

    —¿Argollas? —preguntó Thomas extrañado mientras cargaba con la jaula del daimonion amputado.

    —Es lo que vamos a usar para reunir a esos pobres niños con sus daimonions —respondió Anerues. —Al ser de un material que interactúa entre planos puede tanto destruir como regenerar el vínculo de los daimonions.

    —Según parece —dijo Dijuana —si hacemos que sean los mismos chicos los que hagan esas argollas, podrán recuperar sus daimonions.

    —Pero antes de hablar de curarlos, hay que liberarlos así que aquí nos separamos —dijo Anerues señalando una escalera. —Por aquí se llega a la sección cuatro, lugar donde están encerrados todos los niños amputados... creo que eran tres. No muy lejos de sus celdas están sus daimonions así que, para tranquilizarlos lléveselos y déjelos intentar aliviarse mutuamente. Tras eso, haga lo posible para salir a toda prisa de este edificio y dirigirse al almacén que se encuentra fuera del complejo. Allí le estará esperando la señorita Agatha con un vehículo con el que le llevará al universo de los Utukku.

    —Muy bien —dijo Thomas marchando rápidamente por el camino señalado. —Ya nos veremos en ese “Universo”.

    Anerues le devolvió el saludo y continuó su descenso hacia el Cadalso, un piso por debajo de la sección cuatro. Una vez allí, Dijuana se encargó de abrir “tranquilamente” la puerta guiando a su persona por ese diabólico laboratorio.

    —¡Y por fin hemos llegado! —exclamó Anerues alborozado al ver las jaulas del Cadalso, con la guillotina de plata asomando ligeramente desde dentro de su protección.

    El Cadalso estaba formado por dos grandes jaulas de metal al que, a pesar de los refuerzos que tenía, se le notaban marcas de golpes furiosos y desesperados de niños que habían tratado de escapar de su fatal destino con todas sus fuerzas. Justo en el centro del aparato había un gran mecanismo, el seguro de la Guillotina, una especie de agarradero que sostenía la hoja (que no el filo) en su integridad con gran fuerza, habiendo justo en el suelo, en medio de la trayectoria de la cuchilla otro seguro que cumplía las funciones de freno al mismo tiempo que prevenía accidentes o robos de la misma. Semejante armatoste estaba reforzado hasta decir basta, tan acorazado que, para conseguir la cuchilla destruyendo la máquina, no había más remedio que destruir también la hoja.

    —Pues muy bien —dijo Anerues descargando al comandante Keith dentro de su jaula al tiempo que Dijuana hacía lo propio con Floda en la suya, cerrando los dos las jaulas de inmediato. Una vez hecho eso, las corrieron los cerrojos y se sentaron a esperar que se despertaran. Cosa que ocurrió un par de minutos después. Y no pasaron más de tres segundos antes de que empezaran a atacar furiosamente los barrotes de sus jaulas.

    —¡Vaya, vaya! —exclamó Anerues para llamar la atención de un furioso Keith. —Parece que reconoces el lugar a pesar de no haber estado nunca ahí.

    —¡Sácame de aquí! —ordenó Keith aterrorizado. —¡No tienes ni idea de con quien te estás metiendo!

    —¡Oh, no, no, no! ¡Sé perfectamente a por quién voy! ¡Sé a quién quiero matar! Aquí el que no sabe nada, eres tú.

    —¡¡Déjate de idioteces filosóficas y sácame de aquí!! —gritó el comandante lloroso golpeando sonoramente los barrotes.

    —¡Silencio! —ordenó Anerues abollando la jaula del comandante con un solo golpe de mano, haciendo que se callara intimidado. —¿Me has dicho que me deje de qué? ¿De tonterías filosóficas has dicho? Muy bien: Aplícate el cuento. Has sido tú el que defendió que este lugar debía protegerse a toda costa, que debía mantener sus actividades por inmorales que fueran y todo ello, por razones que escapan a nuestra comprensión pues ni tú conoces las causas de por qué se cometen estos pecados.

    —¡No son...! —quiso replicar Keith siendo interrumpido de inmediato por Dijuana:

    —¿Pecados? ¡Ah, claro! Se me olvidaba que los vuestros alteran y reconstruyen el concepto de “pecado” a su antojo. Muy bien, si no es un pecado, ¿por qué tienes tanto miedo al estar dentro de esa jaula? Si la inventó la Iglesia debe ser algo realmente bueno para ti, un privilegio que muy pocos han tenido.

    —¡No lo entendéis! ¡Esto es...!

    —El Cadalso, eso es lo que es —interrumpió Anerues. —Tú mismo le pusiste el nombre por lo que no puedes replicarme que no supieras para qué servía esta máquina.

    —¿¡Qué queréis ahora de nosotros!? —gritó Floda desde su jaula. —¿¡Es que queréis torturarnos!?

    —Exacta... —comenzó Anerues.

    —...mente —terminó Dijuana.

    —Somos un demonio, ¿sabéis? —dijeron los dos al unísono espantando a los encerrados haciendo que se acurrucaran en el fondo de sus jaulas, totalmente aterrorizados.

    —Pero claro —dijo Anerues acercándose al espacio entre jaulas, poniéndose justo delante de la cuchilla —las torturas me dan asco, como a la mayor parte de las personas (que no a ésa de ahí) —comentó señalando a su daimonion, —así que acabemos cuanto antes, tal como me ha pedido tu querida compañera. Dijuana —ordenó señalado la palanca que activaba el mecanismo de la guillotina, —dale.

    Mientras Dijuana se acercaba parsimoniosamente hacia la palanca, los encerrados, en un último y desesperado intento de escapar, empezaron a atacar los barrotes de sus jaulas con toda la fuerza que pudieron reunir, luchando con uñas, dientes, con todo el vigor de sus brazos y patas, golpeando furiosamente, abollando terriblemente los barrotes pero sin conseguir formar aberturas los suficientemente grandes como para poder salir. Cuando Dijuana llegó hasta la palanca, ellos seguían luchando, sudando él, soltando espumarajos ella por el esfuerzo.

    —Hasta otra —dijo Dijuana bajando la palanca.

    Y entonces, en menos de media centésima de segundo, sonó un potente y agudo sonido de aire comprimido liberándose, se abrió el seguro inferior, luego el superior y la guillotina calló con todas sus fuerzas al tiempo que Keith y Floda gritaban de terror... y siguieron gritando hasta que se dieron cuenta de que nada les había pasado. Agotados y algo embotados por los mareos que les provocaba el cansancio, vieron a Anerues, justo en el mismo lugar en el que les había hablado por última vez, ¡con la hoja de la Guillotina de plata entre las manos!

    —La... la has... —farfulló Keith agotado.

    —Parado —respondió Anerues sonriendo amablemente arrancando la cuchilla con todas sus fuerzas. —Mi objetivo no era amputarte, tan sólo quería conseguir a un “voluntario” que pusiera algo de peso en las jaulas para así poder activar la Guillotina. Sí, habría sido una buena lección que sintieras lo que es ser amputado en contra de tu voluntad pero yo, al contrario que muchos de los vuestros, me rijo por aquel sabio consejo de la Biblia: “Quien a hierro mata, a hierro muere”, esto es, si voy a tener que matarte, al menos que sea de una manera menos dolorosa que ésta.

    —¿Entonces... voy a morir?

    —Dijuana —ordenó Anerues señalando la jaula de Floda, dirigiéndose ésa, de inmediato, hacia ella para coger a la daimonion y llevarla hacia la jaula en la que estaba su persona, al tiempo que Anerues lo encañonaba con su propio revolver. Dijuana abrió la jaula y dejó entrar a Floda cerrando la puerta inmediatamente después, yendo Floda directamente a los brazos de Keith para fundirse con él en un abrazo.

    —Disfrutad mientras podáis el uno del otro —dijo Anerues mientras descargaba las seis balas del revolver, metiendo éste dentro de la jaula y recogiendo una de las balas después, mientras Dijuana se encaminaba hacia la salida tras recoger una extraña caja que había dentro de uno de los grandes armarios de esa instalación. —Esta instalación será demolida por los amputados en cuestión de un par de horas y tú morirás dentro de esa jaula cuando eso ocurra. Aunque consiguieras escapar, los amputados, los soldados o las brujas que aún quedan allá afuera te asesinarán, así que te hago el regalo de poder elegir en qué momento quieres morir —Anerues siguió el camino de su daimonion y, ya en la salida, le lanzó la bala a Keith. —Cuando llegues al otro lado, intenta encontrar a Elisa Fernández, madre de Andrés Altro y dile que voy a salvarla.

    Keith asintió recogiendo la bala, aceptando lo que le iba a pasar con todo el valor que pudo reunir.

    —Hasta nunca...
     
  14. Threadmarks: Buscando el paraíso en un sueño - Capítulo 14
     
    JeshuaMorbus

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    Buscando el paraíso en un sueño (Completa)
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    Capítulo 14: En la tierra de los Aino

    María había seguido el extraño camino que había decidido tomar Anerues desde la destrucción de Nuntio Delubro desde una discreta posición en las alturas, en un lugar donde no pudiera verla, desde hacía más de una semana. A pesar de la distancia recorrida por él, seguía caminando con vigor y sin señales de cansancio y ya había llegado al norte de la costa del mar de Nihon.

    —El chico ese da miedo, ¿eh? —solía decir Jacob cada poco tiempo para distender el ambiente.

    —...desde luego... —María no sabía que pensar de Anerues desde que vio lo que fue capaz de hacerles hacer a los amputados de Nuntio Delubro...



    María, con un pañuelo negro que ocultaba su llamativa melena, se acercó a una zona rocosa desde la cual empezó a observar a los soldados que se habían reunido para celebrar la victoria. Todos los soldados gritaron y bailaron alborozados por haber acabado con los amputados... hasta que vieron llegar al teniente Thomas y a los tres niños amputados, los cuales intentaban abrazarse desconsolados a los que una vez fueron sus daimonions. Pero, a pesar de volver a estar juntos, se notaba como unos y otros no estaban, en manera alguna, relacionados. Tanto ingleses, como turdetanos, italianos, bávaros y suizos guardaron un más que respetuoso y profundo silencio mientras veían pasar a los niños hacia el almacén donde les estaba esperando Agatha que intentaba arrancar el motor del camión. Nada más subir los niños al vehículo, los hombres empezaron a cuchichear sobre lo que iba a pasar a partir de ese momento cosa que Thomas intentó explicar al poco rato:

    —Señores —saludó Thomas, —sé que lo que ha pasado esta noche puede traernos graves problemas sin embargo, no creo que ninguno de ustedes piense que la batalla de hoy haya sido un error. A partir de ahora no nos queda más remedio que volver a nuestras casas y fingir que no ha pasado nada.

    —¿Cómo dice? —preguntó Olaf Michaelov. —¿Pretende que ocultemos lo que ha pasado? Si lo íbamos a ocultar, ¿para qué causar toda esta masacre?

    —No se preocupe —dijo Anerues apareciendo en medio del grupo de improviso, sorprendiendo a todos los presentes. —Hasta ahora, todo lo que se ha hecho ha sido correcto, sin embargo, aún quedan cosas por hacer: Esta mañana, el comandante Keith tenía previsto informarles de que debían volver a sus casas pues ya habían acabado con su cometido al fortificar y asegurar la zona. Así pues, sería conveniente que sigan con la farsa.

    —¿Para qué?

    —Para ayudar en sus casas. En estos precisos momentos, la Iglesia está reforzando abusivamente sus medidas sobre el control civil, comenzando lo que yo llamaría una “caza de brujas”: El más mínimo atisbo de herejía lo castigan de una manera exagerada encerrando a cal y canto al más mínimo insurgente y ejecutando a todo aquel que atreva a quejarse de la situación en aras de mantener lo que ellos llaman el “orden natural de las cosas”. Gran cantidad de disidentes se están organizando para comenzar una revuelta contra ese estado de sitio por lo que ahí es donde entran ustedes: Se llevarán las pruebas de lo que se investigaba y hacía en esta instalación (el señor Thomas les pasará las copias necesarias de las filminas y documentos que hagan falta) y con ellas, tratarán de convencer a sus compañeros y camaradas para iniciar y apoyar las revueltas pues, sin su apoyo, estoy seguro de que puede causarse una auténtica guerra civil.

    Anerues avanzó para colocarse a la vista de todos, al lado de Thomas, y una vez allí siguió:

    —Me imagino que nadie tendrá objeciones en apoyar los movimientos insurgentes, al fin de al cabo, es el pueblo de sus naciones el que va a luchar contra la terrible opresión de la Iglesia.

    —No me convence todo esto... —dijo Giovanni Carotto.

    —Que dude es normal, pero ya sabe que éste no es el primer laboratorio de esta clase en el mundo y puedo asegurarle que tampoco es el único.

    Los oficiales callaron y empezaron a meditar bien lo que iban a hacer... hasta que alguien gritó:

    —¡No tiene daimonion!

    Todos los presentes fijaron sus miradas sobre Anerues y, al ver que era cierto, blandieron sus armas apuntando directamente hacia el joven pero las bajaron cuando vieron que Thomas se ponía delante de él, escudándolo.

    —¡No disparen! —ordenó el teniente. —No es un amputado, él es...

    —Un Halek —interrumpió Anerues extrañando a Thomas. —No se preocupen por mi daimonion: Se encuentra ahora mismo dentro del edificio organizando a los pocos supervivientes para derruir definitivamente el complejo.

    —¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Kliff apuntándole con una pistola. —Esos malditos sólo obedecen al comandante.

    —Falso —afirmó categóricamente Anerues. —Por lo que les respecta, ahora sólo me obedecen a mí. Ellos son personas sin daimonion, seres sin nada que les sostenga a este mundo por lo que usan cualquier cosa para sentirse vivos... bueno, creo que el doctor Fake se lo habrá explicado mejor que yo. La cuestión de hacer que te obedezcan está en ser algo para ellos, sentirlos como parte tuya para que ellos piensen lo mismo de ti. Si se consigue hacer tal cosa, te siguen como perritos falderos, pues, al fin de al cabo, eso es lo que son ahora.

    —Y tras derruir Nuntio Delubro, ¿qué harás con ellos?

    —Nadie ha dicho que vayan a salir de Nuntio Delubro —dijo Anerues con frialdad. —Detonarán las bombas con ellos dentro y morirán para así, por fin, descansar en paz... Ahora que lo veo... sí, ahí está mi pequeña Dijuana —dijo señalando a sus espaldas a una mujer de aspecto estrafalario vestida con ropas sencillas y una capa de viaje, dirigiéndose hacia ella de inmediato.

    —Buenos días, señores —dijo Dijuana observando que había empezado a salir el sol y, dirigiéndose a Anerues: —Los chicos ya han colocado las cargas y las detonarán dentro de tres horas exactamente.

    —Bueno, ya la han oído —dijo Anerues a los soldados. —Si tenían alguna cosa dentro de Nuntio Delubro más les vale ir a recogerla ahora mismo antes de perderla para siempre.



    —¡Eso si que fue una auténtica detonación! —exclamó Jacob recordando la terrible explosión. —Sólo recuerdo haber visto un espectáculo semejante en los volcanes del sur de Nihon.

    —Para gustos, colores —dijo María llevándose la mano a la herida que le había causado en la cabeza un cascote que había salido despedido de la explosión. —No sé para qué han construido una fortaleza tan grande si al final se puede acabar con ella de una manera tan rápida.

    —Cosas de las personas “normales”, ya sabes —dijo Jacob mirando al suelo, viendo como iba Anerues andando con Dijuana y un caballo que les llevaba el equipaje. —¿Por qué irá andando?

    —No lo sé —dijo María, tan extrañada como su daimonion. No comprendía que, si tenía que ir al “universo de los utukku” al igual que Jack, asumiera ir por otro camino y encima, a pie o en barca, descendiendo por los ríos. —¿No te contó Dijuana nada sobre los planes que tenía?

    —A partir de nuestra vuelta del mundo en guerra apenas hablamos del futuro y sólo pensamos en acabar con Nuntio Delubro. Algo me comentó de que Anerues quería ir a buscar algo al norte pero no me dijo qué, probablemente porque él nada le dijo.

    María calló y observó el lugar: La costa, la vegetación cada vez más boreal, las islas que se veían en el horizonte... hacía ya largo tiempo que había reconocido esos paisajes pero hasta ese momento no se había parado a pensar que Anerues se estaba dirigiendo directamente a la tierra de los Ainos.



    Cuando se ocultó el sol, María se tapó el pelo con su pañuelo y aprovechó para acercarse al campamento que había montado Anerues para pasar la noche y así vigilarlo mejor. Oculta tras las copas de unos bambúes, se lo encontró asando un conejo que había cazado durante su marcha diurna hablando tranquilamente con Dijuana, tal como llevaba haciendo desde que marchó de Nuntio Delubro, de hecho, se pasaban la mayor parte del día cogidos de la mano, juntos, casi sin separarse ni un solo instante, como recuperando el tiempo perdido tras salir Anerues de su encierro. Sin embargo, ese día, Dijuana pareció decidir alguna cosa que le hizo separarse de Anerues por lo que al poco rato, se encontró él solo ante el fuego.

    —Voy a hablar con ella —dijo Jacob. —Quizá quiera contarme algo de lo que están haciendo aquí.

    —Muy bien —respondió María en un susurro. —Recuerda que yo no estoy aquí.

    Jacob alzó el vuelo y al poco, María se encontró sola. Sola y algo incómoda por el lugar donde estaba... Se sacudió la cabeza y se concentró en Anerues para alejar los pensamientos que la estaban embargando... pero no pudo: Mientras observaba el movimiento sinuoso del fuego empezó a recordar su infancia en esas tierras, de su educación como bruja...

    “...que nunca fue demasiado estricta” se dijo riéndose de sí misma y acordándose de su temperamental madre. “Alguien me dijo que las cosas no se aprecian hasta que se pierden... Nunca pensé que nadie pudiera tener tanta razón.”

    Volvió a sacudir la cabeza y se concentró de nuevo en vigilar a Anerues pero, para cuando se dio cuenta, él ya no estaba ahí. Sorprendida por esa falta de cuidado que no solía darse en ella, empezó a observar la zona lo más detenidamente que pudo para ver si era capaz de encontrarlo. Observó los diferentes bambudales que había por allí, las rocas, la piedra plana bajo la cual estaba el campamento, la playa, el mar...

    —¡Buenas noches, señora Kirisame! —María se estremeció al escuchar esa voz a su espalda perdiendo ligeramente el control de su rama de nube—pino y cayendo un poco, siendo recogida enseguida por una mano amiga. —Perdone, no tenía la intención de asustarla.

    María se dio rápidamente la vuelta e inmediatamente vio a Anerues... ¿levitando a su altura?



    —Espero que tenga hambre —dijo Anerues pasándole un poco de conejo a una más que extrañada María. —No me mire así, por favor —dijo él al ver su cara. —Ni que nunca hubiera visto a alguien volar.

    —Pero es que eres... —intentó decir María.

    —¿Qué? ¿Un hombre? Es cierto, soy un hombre. Ni que eso fuera un impedimento para poder volar.

    —¿Pero cómo has conseguido hacerlo? Va en contra de toda lógica que un hombre vuele.

    —¿En contra de qué? De toda lógica... Um... Bien, de acuerdo —dijo él con tono distendido, —ésa es su opinión.

    —¿Qué quieres decir con que es una opinión? Siendo un hombre no puedes...

    —Disculpe que la interrumpa otra vez y que sea tan descortés pero, hay que ser realmente cerrado de mollera como para no aceptar lo que acaba de ver como algo cierto. ¿No me irá a decir que lo que acaba de ver ha sido un simple sueño?

    María observó detenidamente la calmada actitud de Anerues: A pesar de que aparentemente sólo estaba hablando mientras comía su ración de conejo, cada palabra, cada gesto, cada mueca, cada simple movimiento, desde sus manos hasta su boca reflejaban una enorme convicción... ¿cómo decirlo? Era como si cualquier cosa que hacía dijera de él “mira tú, tengo toda la razón del mundo y tú no eres nadie para negármelo”. Todo eso le hacía sentirse un poco incómoda pues era como si estuviera retándola a cada instante, como si estuviera faltándole el respeto por el simple hecho de estar ahí... Si no se estuviera controlando haría un buen rato que le habría atacado.

    —¿Me podrías explicar cómo lo has hecho? —preguntó ella aceptando lo que acababa de ver hacía un momento.

    —¿Puede explicarme usted cómo vuela en su ramal de nube—pino?

    —¿¡Pero cómo te atreves...!? —exclamó ella llevando su mano hacia su machete.

    —¡Disculpe! —dijo él levantándose rápidamente. —No pretendía ser descortés, tan sólo era una pregunta retórica.

    María volvió a sentarse tranquilamente pero empezó a mirar con enfado a Anerues mientras éste volvía a sentarse delante de su plato.

    —Como iba diciendo —siguió Anerues, —¿cómo es que puede volar usted en su rama de nube—pino? Sencillo: Porque sabe perfectamente que usted misma es una bruja.

    Maria miró su rama y pensó en lo que había dicho, girándose de nuevo:

    —¿Dices entonces que pensabas que eras una bruja? —preguntó ella medio jocosa.

    Anerues acabó su cena y apartó el plato, tranquilamente para acabar respondiendo:

    —Yo sólo creo que yo soy yo. Yo puedo respirar, andar, nadar, correr y saltar como cualquier otro ser vivo pero, como ser vivo que soy, también puedo volar, hacer pensar las cosas que quiera a otras personas, hacer que ignoren mi presencia, hacerles sentir cosas que yo quiera que sientan... Yo puedo hacer eso como cualquier otro ser vivo.

    —...ya... —dijo ella escéptica.

    —Tal vez no me explicado bien... —dijo al ver la cara de risa que ponía María. —Digamos que usted, al principio de su vida no sabía volar, ¿cierto?

    Ella asintió.

    —Sin embargo, ahora mismo puede hacerlo con toda naturalidad pero, ¿acaso recuerda cómo lo aprendió?

    —No sabría decirte... ya ha pasado mucho tiempo —respondió sinceramente ella.

    —Y aún así, ha sido capaz de enseñarle a volar a sus hijas, ¿verdad?

    —Pues claro, eso es algo que es natural a todas las brujas. Se podría decir que es algo que llevamos en la sangre.

    —Pero cuando una bruja decide dejar de ser bruja, se pierde ese poder. ¿No es algo muy extraño para ser un poder que se lleva tan dentro de una? Reflexione bien esto: Ustedes pueden volar sencillamente porque “saben” que son brujas, sino no se levantarían del suelo más que una persona normal.

    —...bueno... eso es una opinión...

    —Cierto, eso es una opinión. Puede que para usted el volar sea un complejo de artes y maniobras mentales tan interiorizado que ya ni se fija en lo que hace para conseguirlo. Sin embargo no pasa de ser una enorme convicción en lo que es usted, una bruja. Cada vez que intenta levantar el vuelo piensa: “Soy una bruja ergo, puedo volar” y gracias a eso, puede despegar los pies del suelo y elevarse hacia su querido cielo.

    —De acuerdo, pero, ¿qué tiene que ver eso contigo?

    —Por Jacob debe saber de mi extraña capacidad para tener sueños lúcidos casi en cualquier momento del día. Gracias a esos sueños he aprendido a controlar mi forma de pensar de tal manera que puedo pensar que soy cualquier otra persona, imitándola en cualquier aspecto.

    —Entonces... aquello que me hiciste la primera vez que nos vimos, aquello de señalarme y hacerme sentir miedo, ¿estabas imitando a una bruja?

    —“Era” una bruja —afirmó convencido él. —Al menos mentalmente hablando. En ese momento no me di cuenta de lo que hacía por lo que me sentí un poco desorientado y cansado... Fue algo instintivo pero doloroso aunque fue gracias a eso por lo que pude salvarla.

    —Si no me hubieras descubierto no habría pasado nada —se quejó ella.

    —Falso: Sabe perfectamente que en un enfrentamiento tan desigual habría acabado muerta. Aunque sea la bruja más fuerte entre las latvianas y las aino sigue siendo algo poco menos que imposible vencer a un grupo de veinte soldados perfectamente entrenados, de día, de frente y perdiendo el factor sorpresa en el primer ataque. De todas maneras, yo y, estoy seguro que mis compañeros también, le agradecemos el arrojo que demostró al lanzarse directamente en nuestra ayuda.

    —De nada... —dijo ella halagada, dándose cuenta de repente de algo: —¿Cómo sabes que soy una bruja aino?

    —Mejor no se lo digo o me ganaré un machetazo —respondió él mirando el arma de la poderosa mujer.

    Fijándose en como le intimidaba el arma a Anerues, se la descolgó, al igual que su arco y su carcaj, y la puso entre los dos en señal de concordia.

    —No pretendo hacerte daño —afirmó ella con tono sereno retirándose a una distancia prudencial de las armas.

    —Ya lo sabía: Usted lo que quiere es proteger al Otro Hombre, ¿no es cierto?

    —¿¡Cómo sabes eso!? —preguntó ella asustada.

    —¿A ver cómo era? —dijo él haciendo memoria. —¡Ah, sí! “No vuelvas la mirada atrás... Mira al frente y no dudes... pues si vuelves, acaecerá un desastre sobre el mundo... Debes seguir, debes aguantar, debes soportar esta dura prueba... pues el Otro Hombre, aquel ser que desearás que sea él, te espera en el futuro que se encuentra tras esta cruel llanura... Sé una bruja, corre, vuela, lucha, cura, hazte fuerte, enamórate, sé la paladina de tus hermanas... VIVE... pues el Otro Hombre hará que haya un futuro más allá de este inacabable desierto gracias a tus desvelos y sufrimientos... El Otro Hombre es un ser diferente, ni hombre, ni mujer, ni bruja... No es fácil de ver y menos en tu realidad... Sin embargo, lo reconocerás, pues desearás que sea él, lo reconocerás porque le acompañarán un gigante, una bestia, un demonio... No olvides este mensaje en el viento... No lo olvides... Y ahora... Levántate y anda...”. Esto fue lo que escuchó usted en el Sha—Mo en el momento de su iniciación pero también fue lo que escuché cuando lo crucé yo. Tras ese duro viaje, después de sufrir lo insufrible, pues ni siquiera me estaba separando voluntariamente de Dijuana, empecé a tener sueños lúcidos a cada instante. Básicamente no podía dejar de soñar: Cerraba los ojos y me veía sumergido en centenares de situaciones que me impedían desconectar de la realidad... me pasé más de tres semanas soñando sin cesar, dolorido, cansado, medio loco... sufriendo un Calvario psicológico que muy pocos podrían afirmar que han pasado. Sin embargo, por culpa o gracias a eso, salí fortalecido de la situación: Conseguí la capacidad de mantenerme consciente en mis sueños casi sin desearlo y con ello pude empezar a visitar lugares oníricos. Con esta nueva habilidad, empecé a investigar los recientes sucesos, lo que nos pasó a mis compañeros y a mí para acabar en este mundo (me matan cuando se enteren), cómo iba progresando uno de mis amigos que ahora reside en Inglaterra...

    —¿Lugares oníricos?

    —Hágame el favor de no hacerse la ignorante, por favor. Sabe perfectamente qué es un lugar onírico: Estamos en uno de ellos.

    —¿Qué estamos en...? —María, algo atemorizada por lo que le dijo Anerues, miró detenidamente esa playa, bañada por la débil luz de la luna menguante y no tardó en empezar a recordar todo aquello que desde hacía más de siglo y medio estaba tratando de olvidar a toda costa: Su infancia, su educación, sus amigas y hermanas, el frescor del lugar cuando llegaba la primavera o el calor sofocante de los veranos, la época de las lluvias que a ella le encantaba, Jacob cuando todavía no se había establecido como cuervo, su estricta pero tierna madre... Todo eso lo había querido olvidar desde hacía años y años pero jamás pudo hacerlo pues siempre le acudían esos recuerdos terribles en sueños... María soltó una lágrima al recordar pero se limpió y se volvió de inmediato a Anerues. —Sí, tienes razón: Yo nací y me eduqué aquí y, siempre que duermo, vuelvo a esta tierra de los aino sin desearlo jamás, rememorando la masacre de mi clan... Porque tú sabes lo que pasó, ¿verdad?

    Anerues dejó su sonrisa a un lado y se puso serio:

    —Sí, lo sé: Las latvianas y las aino entraron en guerra y éstas últimas fueron exterminadas, salvo sus hijas que nada tenían que ver con su guerra. Tú, como las otras siete niñas de tu clan, fuiste recibida gustosamente por las latvianas y educada como bruja...

    —No sigas más —ordenó ella apesadumbrada. —Ya ha pasado demasiado tiempo como para que les siga guardando rencor pero tampoco es algo que me guste recordar.

    —Como guste.

    —Y eso de los lugares oníricos, ¿a dónde te llevó?

    —Fui andando de un lugar para otro, analizando las diferentes versiones del mundo que existen pasando por lugares como el Templo Xiao Ling, el monasterio Epoptae, Monserrat, las pistas de Nazca, Chapultepec, La Esfinge... y en todos esos lugares aprendí cosas acerca del mundo (o mundos) que nos rodea y acerca de lo que me ha pasado para acabar aquí. Sin embargo, fueron las palabras de un buen hombre llamado Tahuil las que me hicieron llegar al lugar definitivo: El Templo de la Justicia, el lugar donde nacen los milagros.

    María miró a Anerues más escéptica que nunca pero cambiando su mirada al ver que él se tomaba realmente en serio todo lo que decía.

    —Supongo que se estará preguntando qué es el Templo de la Justicia, ¿verdad? —continuó él. —Yo puedo decírselo y, ya de paso, responder cualquier pregunta que me haga, sea cual sea.

    —Por el tono en que lo dices parece que quieras algo a cambio.

    —Exacto —dijo él cogiendo una flecha del carcaj de María. Hecho esto, le quitó la punta de piedra que tenía y se la devolvió a su dueña. —Necesito que me ayude a aliviar mi suplicio —dijo señalándose la frente. —Necesito que usted me perfore el cráneo por aquí.

    —¿¡Pero qué dices!? —exclamó ella asustada por tan estúpida petición.

    —No se asuste, no le estoy pidiendo que me mate, tan sólo le pido que me trepane el cráneo, nada más. Sé que no sería la primera vez que ve a un hombre trepanado pues conoce a varios chamanes.

    —Sí, es cierto... —dijo ella dudando. —¿Pero para qué quieres que te haga esto?

    —Mi destino desde mi nacimiento fue estar en conexión con los dioses, con lo que la Iglesia llama “el Polvo”. Yo he empezado a escuchar sus voces recientemente pero, al no estar preparado para ello, sus palabras me están torturando de una manera que no se puede ni imaginar y por ello el mensaje que tratan de hacerme llegar es terriblemente confuso. Por suerte o por desgracia, todas esas voces estaban de acuerdo en lo mismo: Si quería escucharlas bien debía trepanarme.

    —Entonces, ¿por qué yo? ¿No puedes ir a hablar con un auténtico chamán para que sea él quien lo haga?

    —Aparte de porque no pertenezco a tribu alguna y no tengo tiempo para ganarme la confianza de ningún chamán para que confíe en que un extranjero como yo tenga conexión alguna con los dioses, porque sólo confío en la persona que desea protegerme, cueste lo que cueste.

    —Yo... —ella intentó replicar pero sólo se enrojeció de vergüenza sin llegar a hablar por no saber que decir.

    —No se avergüence, por favor. Yo ya sabía que alguien me estaba siguiendo desde antes de cruzar el Sha—Mo mientras me abría camino a Daski. Recuerdo que cada vez que soñaba estaba caminando hacia esa aldea y que cada vez que miraba atrás veía la figura de una mujer a la cual yo identificaba como la “dama”. Daba igual a dónde marchara y por dónde lo hiciera, esa dama siempre me seguía a todas partes vigilando mi avance llegando, a veces, a adelantarse a mí para hacer que mi camino fuera más sencillo o indicándome discretamente que el camino que cogía no era el más adecuado. A esa dama jamás le vi la cara ni pude ver bien su figura (de hecho ni siquiera sabía si era una mujer, yo sólo la llamaba “dama” porque así creía que debía llamarla). Cuando Dijuana y yo nos volvimos a encontrar en Nuntio Delubro ella me contó que esa dama sí que existía y que era usted, así que a partir de ahí sólo tuve que hacer una simple suposición: Dama igual a María Kirisame.

    María miró el mástil de su flecha dubitativa sin saber qué hacer.

    —Por favor, no se preocupe —dijo Anerues. —La he elegido a usted porque sé que hará todo lo posible para evitar hacerme daño, porque puedo confiar en su buen hacer.

    —Hazlo y calla —dijo Jacob aterrizando entre ellos apareciendo Dijuana al poco. —Puedo asegurarte que les duele mucho —y subiéndose a su hombro: —Si le trepanas dejarán de sufrir los dos.

    Tras un largo rato de reflexión no vacío de dudas, Maria se bajó a Jacob del hombro y se acercó a Anerues diciendo:

    —Lo haré. No sé si es lo correcto pero lo haré.



    A la mañana siguiente, tras enviar a Dijuana y Jacob camino del mundo de los utukku y tras preparar algunas medicinas para después del trabajo, Anerues se dispuso a la operación: Se echó sobre un lecho de hojas debajo de la piedra plana que le servía de techo y cerró los ojos, dejándose totalmente en manos de María.

    Y ésta, al ver a Anerues tan dispuesto y al contemplar sus instrumentos de trabajo se sintió... nerviosa, incapaz de hacer lo que le pedían. Tardó un buen rato en reaccionar pero tras un par de reflexiones, se arrodilló, agarró una de sus flechas y la dirigió de inmediato a la frente de Anerues. La acercó poco a poco, algo indecisa y así le practicó un pequeño corte en cruz sobre la frente. Anerues ni se inmutó ante el corte y siguió tranquilo, sin ni siquiera abrir los ojos, confiando plenamente en ella, tal como había dicho.

    Acabada esta primera fase de la operación, María cogió el mástil de la flecha que había despuntado Anerues la noche anterior y la colocó sobre la herida. La asió luego con ambas manos y empezó a taladrar lentamente la capa exterior de su cabeza. Al principio no iba muy segura pero al poco afianzo un ritmo sereno pero fuerte que le hizo ir atravesando la escasa capa de piel y músculo que le separaba del cráneo.

    Cuando notó como el palo empezaba a rascar una superficie mucho más lisa que el músculo que había estado taladrando, supo que ya estaba tocando el hueso y, a partir de ahí, pensó: Esos minutos en los que había estado dañando su piel no se reflejaban en la cara del chico, ¿cómo podía ser que no sintiera el dolor? ¿O es que... el dolor que mencionaba antes era mucho más grande que el que estaba causando ella en ese mismo momento? Pensar eso le hizo sentirse algo más segura en su trabajo pero, al poco, se dio cuenta que, por muy bonito que le decoraran el asunto, el hecho era que le estaba rompiendo una parte de su cuerpo... ¿No era esa flecha demasiado ancha? Quizá... quizá debiera cambiarla... ¡No! ¡No iba a dejar de mover ese palo hasta acabar con la operación pues sabía que si lo dejaba, por muy poco tiempo que fuera, no seguiría con ello! Se inclinó aún más sobre él y siguió moviendo la flecha: Una mano adelante y otra atrás, luego viceversa una y otra vez, siguiendo una cadencia si no rápida, si que era constante...

    Y pasaron las horas... el sol alcanzó la posición del mediodía y el lugar se volvió oscuro. La piedra tapó a ambos bajo una fría sombra pero ni uno ni otro parecieron darse cuenta de la temperatura: Ella seguía con su febril trabajo y él permanecía inmóvil, sin mostrar la más mínima seña de dolor.

    Y llegó el ocaso... sin cambios... Tan laboriosa como duradera era la operación ¿Cuánto tardaría en acabar? No es que María se sintiera impaciente o cansada, sino que le preocupaba que Anerues empezara a sentir hambre o sed... sin embargo, si hubiera querido quejarse, ya lo habría hecho hacía tiempo... Curioso chico... La primera vez que lo había visto en aquel bosque le había parecido un chico fuerte pero ahora que lo había seguido durante tanto tiempo... ¿por qué no era capaz de empezar a tratarlo como a un hombre? Él la trataba a ella con todo el respeto que podía dejar traslucir (lo que no quitaba que no aguantara esa manera suya de proclamar que siempre tenía la razón), la trataba como la adulta que ella era, como la bruja que siempre había sido...

    Observó su cara serena bajo el sol poniente: Respiraba con tranquilidad, manteniendo los labios ligeramente separados. Su tez morena le recordaba a las gentes del sur aunque cuando había hablado con él, sus ojos le llevaban a tierras más septentrionales, unos ojos de un verde oscuro de color tosco aunque profundo...

    A todo esto, recordó que cuando ella era una simple niña sus amigas decían de ella que tenía unos ojos de un color verde brillante precioso, que tenía una mirada intensísima que pocos podían aguantar mucho tiempo sin sonrojarse. Su madre coincidía en esa generalizada opinión y más una vez le dijo que cuando fuera una bruja de pleno derecho seduciría a muchos hombres con esa mirada...

    “No se equivocó” pensó sonriendo, sin dejar de taladrar. “Pero pasado un tiempo empecé a cambiar...”

    Y cambió el color de sus ojos hasta tornarse en un extraño color amarillento oscuro con cierto tono dorado, un color realmente extraño de ver en el mundo pero que hizo que, tal como había predicho su madre, los hombres cayeran a sus pies. Si había una parte de su cuerpo que apreciara más que las demás, ésa eran sus ojos.

    María dejó esos pensamientos a un lado y siguió con su trabajo, el cual notaba que estaba avanzando, o al menos gastando el palo que estaba usando, el cual ya estaba a la mitad de su longitud inicial. Intentó deslizarlo ligeramente a un lado pero notó que no podía pues estaba enclavado en la muesca que le había causado en el hueso. Sentido esto, bajó aún más su ritmo pues sabía que ahora la capa de que cubría esa zona de su cabeza era aún más fina que antes por lo que debía ir con mucho más cuidado si no quería introducirle el palo en el cerebro.

    Y se puso el sol y todo se cubrió de sombras. Pero ella no cejó en su labor, una labor que se volvió cada vez más y más lenta, más que por el cuidado que estaba prestando ella, por el dolor que estaba empezando a sentir en sus brazos. No es que tuviera unos brazos debiluchos, más bien todo lo contrario pues con uno de sus brazos estando herida llegó a darle un puñetazo brutal a Anerues del cual aún en ese momento le quedaba marca, sino que tras más de doce horas de trabajo continuado, ¿quién no se cansaba un poco?

    Apenas había ya luz, aparte de la luz de la luna menguante pero aún así se podían contemplar los regueros de sangre seca que cubrían la cara de Anerues el cual seguía sin quejarse lo más mínimo, de hecho... parecía todo lo contrario: Con la poca luminosidad que había y con su buena vista, María pudo vislumbrar como la comisura de sus labios se alargaba, esbozando una ligera sonrisa, una sonrisa de ¿alivio? Quizá fuera eso, no podría asegurarlo pero prefirió dejar eso para más tarde para seguir con su ya maratoniana labor.

    La luna siguió su curso a través del cielo hasta que el horizonte empezó a clarear mostrando un color entre índigo y azul: El alba se acercaba y su trabajo se notaba ya muy avanzado... quizá demasiado. Ya había oído hablar de chamanes tártaros que tenían que aguantar hasta tres días de operación para iniciarse en sus ritos pero sería por su dedicación obsesiva por lo que ella iba tan rápido, sencillamente porque no podía dejar de hacerlo so pena de no seguir. Sin embargo, cada vez ponía más cuidado en su labor... Su palo ya era una mínima expresión de lo que era al principio y sus manos ya estaban recorridas por una larga serie de llagas que si bien no eran dolorosas, si que eran molestas. Y aún así, no le importaba lo más mínimo pues ya estaba en una fase en la que sabía que no podría volver atrás.

    Notó la ya profunda muesca en el cráneo de Anerues mientras movía parsimoniosamente sus manos, miró la masa mezcla de sangre, serrín y hueso que se reunía alrededor del agujero ya formado y, con la luz del amanecer, observó su ya más pronunciada sonrisa de alivio. De repente vio como se tornaba en una expresión neutra, de cansancio, como si ya no aguantara más tiempo inmóvil.

    Y entonces, María supo que ya había acabado. Hizo un último y poderoso movimiento y retiró el desgastado palo tras lo cual, estiró sus brazos y se levantó recuperando la sensibilidad de sus piernas dormidas. Hecho esto, y tras colocarle una compresa de hierbas sobre la herida, siguió el ejemplo del hombre que lo acompañaba y se echó a descansar.



    Cuando María se dio cuenta, ya era más de mediodía y bajo esa roca se notaba un frío horrible bajo la sombra que procuraba, por lo que fue hacia el equipaje de Anerues y le sacó una manta para protegerle del frío.

    Mientras le ponía la manta encima, observó como su expresión había cambiado ligeramente: Ni durante la operación dejó de notar ella ese aura de seguridad que desprendía Anerues pero ahora parecía mucho más inocente pero a la vez maduro... Su expresión, si bien se había endurecido ligeramente, era de una serenidad casi infantil, casi como si brillara por sí misma. El tremendo orgullo que reflejaba su cara había desaparecido para mostrar una humildad que ella había visto en muy pocos hombres antes, lo cual no negaba la fuerza en cada una de sus facciones... A pesar de su herida ahora estaba más... bello. Sí, ésa era la palabra: Bello, que no guapo. Era algo que iba más allá de lo físico, casi como si en ese momento pudiera ver su alma y lo que veía fuese la intensa y preciosa luz dorada del sol.

    Nada más ponerle la manta se retiró y salió a que el sol calentara algo su ya fría piel lo cual la reconfortó profundamente... No sabía por qué, pero ahora no sentía esa terrible presión en el pecho que notaba cada vez que recordaba ese paisaje... quizá fuese cosa de la operación, que le hizo pensar en muchas cosas para alejar de su mente lo que estaba haciendo. Se giró hacia Anerues y vio como seguía descansando apaciblemente por lo que decidió ir a darse una vuelta por la zona para desperezarse un poco y revisitar su tierra natal, así que cogió su rama de nube—pino y se elevó todo lo que pudo para contemplar la larga costa que se extendía ante ella en cuyo horizonte se podía contemplar la silueta de la isla de Doikkaho, la cual se veía desdibujada por culpa de las nubes que la cubrían... lo cual no era demasiado anormal en esa zona. Se giró y siguió la dirección del viento tierra adentro, adentrándose en los bambudales de esas tierras, buscando los restos de la aldea de su antiguo y masacrado clan.

    Y no tardó demasiado en encontrar el lugar: En un pequeño vallecillo entre dos montes se encontraban las ruinas algo irreconocibles de lo que fueron quince chozas, construidas a base de bambú y piedra... De todo ello sólo quedaban las toscas paredes que soportaban el paso del tiempo con entereza, manteniendo las formas redondeadas que tuvieron más de ciento ochenta años atrás.

    María aterrizó y empezó a buscar la que fue su antigua casa, la cual no tardó en encontrar: La choza que se encontraba en el punto más alto de la aldea, con vistas a la cercana costa, guardando un árbol: Un pino nimbo, el árbol del cual las brujas recogían sus ramas para poder volar.

    —Has crecido desde que marche, ¿eh, pequeñuelo? —le susurró al ya anciano árbol mientras acariciaba su nudosa corteza. —Por ti no pasan los años... —María se extrañó al ver que una de las ramas del árbol había sido cortada. Se fijó con más cuidado y observó que no había sido haría demasiado tiempo. “¿Vivirá alguna bruja por aquí?” se preguntó ella con curiosidad deslizando su dedo por la zona dañada. “Sea quien fuere, estuvo aquí hace menos de dos días...”

    Dejó sus reflexiones sobre lo que acababa de descubrir y entró en las ruinas de su primer hogar. Se sentó a observar mientras trataba de recordar su vida en ese lugar: Recordó dónde dormía, siempre en la misma esquina sobre un simple camastro de hojas secas pero siempre arropada por su madre que le daba calor fuera cual fuera la época del año cuyo olor rememoraba siempre con una mezcla de ternura y agonía.

    “¡Agh!” se gritó a sí misma ocultando su cabeza entre sus rodillas. “¡Siempre tan cabezona! ¡Ya está muerta, maldita sea! Ya no puedo hacer nada por ella, tan sólo recordarla...”

    Abrió los ojos y vio como la niebla estaba empezando a cubrir los restos de la aldea. Semejante hecho, a pesar de extrañarle, no le impidió echarse sobre el frío suelo de su antigua casa y recordar las sensaciones de aquel entonces con los ojos cerrados. Sin embargo, varios minutos después, una voz la despertó de su ensimismamiento:

    —Levanta, romanticucha de tres al cuarto —era una voz femenina, fuerte y grave, una voz que si no desagradable, sí que despertaba algún recelo por su tono medio iracundo...

    María abrió los ojos sorprendida y miró a la niebla, no pudiendo levantarse del miedo de ver algo que no esperaba volver a encontrarse en vida.

    —¡Sí, te lo digo a ti, Marisa Kirisame! —exclamó esta vez.

    —Ma... ¡mamá! —gritó en respuesta María al ver la confusa imagen de su madre desdibujada en la niebla.

    —¿Qué pasa? —contestó la otra con sorna. —¿Has visto a un fantasma?

    María se levantó y se acercó al espectro, el cual también extendió su mano pero encontrándose ambas con el vacío, atravesando la mano de María la de su difunta madre.

    —No estoy muy corporal hoy —dijo la otra mirándose sus etéreas manos, —pero al menos estoy aquí —y dicho esto se rió con fuerza.

    —¿Cómo es que estás aquí? —preguntó María sin salir de su asombro.

    —La historia es muy larga... recuerdo que me mataron, que fui al Infierno, que me pasé allí más de un siglo... no voy a contarte qué es ese lugar, la verdad... Sin embargo, esta noche, un amigo tuyo llegó hasta mí a buscarme.

    —¿Qué amigo?

    —No lo sé, no me dijo su nombre pero me dijo que, como mínimo, te debía este favor y ya que podía...

    “Anerues...” se dijo María sonriendo para sus adentros.

    —Pero en fin, Marisa, ya que estamos aquí, hablemos mientras podamos que no puedo estar aquí eternamente.

    —¿Cuándo marcharás?

    —Cuando se levante esta niebla, desapareceré con ella y volveré al Infierno. Sin embargo, ese amigo me ha asegurado que podré salir pronto. ¡Pero basta ya de llorar por mí! ¡Piensa como una bruja y vive el momento!”



    Y así pasó: Madre e hija, sentadas contra la pared de la antigua choza, hablaron y hablaron de tiempos pasados, de lo que les pasó durante su vida y tras su muerte, de ese mundo y del otro, de vuelos, aventuras, de sus daimonions, de cómo habían sobrevivido, de cómo recordaban... todo fue como un largo sueño del que ni una ni otra querían despertar pero, tal como había avisado la madre de María, al levantarse la niebla, ella desapareció con la bruma, así, sin más y María se quedó sola de nuevo, sin saber si reír o llorar, triste por perder de vista de nuevo a su madre pero contenta de haberla vuelto a ver.

    María cogió aire y exhaló un largo suspiro, sabiendo que ahora sí que no podía hacer nada de nada pues el único que podía era... ¡Anerues!

    “¡Maldita sea!” se gritó a sí misma observaba cómo se ponía el sol. “¿Cuánto tiempo ha pasado? ¡No debí dejarle tanto tiempo solo!”.

    María salió de la choza a toda prisa para alcanzar su rama de nube—pino cuanto antes y, cuando la tuvo en la mano, se giró y dispuso para despegar de inmediato... hasta que vio el cuerpo inconsciente de Anerues apoyado contra la pared de la misma choza en la que acababa de pasar las últimas ocho horas.

    Dejando la rama a un lado, se acercó a él e inmediatamente comprobó su estado: La compresa de hierbas hacía buen rato que estaba seca, aunque no denotaba rasgos de fiebre alguna ni dolor. Sin embargo, lo cierto es que estaba totalmente demacrado, toda su piel había palidecido horriblemente mostrando un color de cara realmente extraño en comparación con su anterior rostro moreno. Al ver que tan sólo estaba apaciblemente dormido decidió llevarlo de vuelta a su campamento para cuidarlo mejor y cubrirlo de la tormenta que parecía acercarse desde Doikkaho. Así pues, cogió a Anerues en volandas, se subió a su rama de nube—pino y despegó rápidamente.

    No tardaron en llegar y, una vez en tierra, María dejó a Anerues de nuevo en su camastro de hojas, cubriéndole de nuevo y yendo directamente hacia su zurrón para prepararle una nueva compresa de hierbas. Minutos más tarde, Anerues había recuperado algo de color y tenía una nueva venda cubriéndole el agujero que tenía en la cabeza.

    Y María lo observaba sonriente y sorprendida por la enorme capacidad de ese hombre que fue capaz de atravesar incluso las barreras de la muerte para traerle a su familiar más querida de vuelta junto a ella... A pesar de que no había hecho más que estar dándole trabajo desde el día anterior, no se sentía incómoda con él, como si no le importara seguir trabajando como hasta ese momento, cuidando de él sin cesar...

    María alejó esos pensamientos y decidió encender un fuego para calentar un poco el interior de esa cavidad, cosa que suponía le sería beneficiosa al convaleciente y, tras coger un poco de leña, encendió un fuego cerca de él... A la luz de la hoguera ahora era capaz de ver mejor la cara de Anerues ¿No estaban sus ojos moviéndose salvajemente? Se acercó a él para observarlo mejor y le tocó los párpados, notando un movimiento enérgico bajo ellos.

    “Está soñando” pensó ella tranquila. “¿Dónde podrá estar en este momento?” se preguntó imaginándose las tierras que habría conseguido ver más allá de él mismo, las cosas que nadie más podría hacer, lo que habría aprendido... “Se parece a mí” sentenció ella tras un rato de observarle: “Puede volar y puede usar magia de bruja pero no es sólo eso... es como si hubiera nacido para ser brujo...” María se rió de la palabreja que se acababa de inventar. “Todo cuanto quiere hacer es ser libre a su manera, ése es nuestro mayor parecido...”

    Y así, casi sin darse cuenta, se inclinó sobre él y le dio un beso en los labios, con cariño y suavidad, sin intentar turbar su sueño. Y se espantó cuando vio que Anerues abría los ojos en ese mismo momento... María se apartó de él lentamente, sin poder apartar la mirada, hipnotizada por el brillante color verde que habían adoptado los ojos de Anerues, un color tan intenso que reflejaba la luz de la hoguera de tal manera que casi parecía que le brillaban.

    Anerues, algo desorientado todavía pero conocedor de lo que acababa de pasar, sonrió y María, siguiendo un impulso irrefrenable, también.

    Y lo que esa noche pasó bajo esa roca, sólo lo supieron ellos dos.



    —¿Qué estás mirando? —preguntó María al día siguiente al ver a Anerues observar su cuerpo con los ojos medio perdidos. —¿Tan bella te parezco?

    Anerues rió cerrando ligeramente los ojos y, mirándola a los ojos, dijo:

    —Eso no tienes que preguntármelo. Lo que estaba mirando era la corriente de nieve que se arremolina alrededor tuyo... y es una corriente realmente extraña, ciertamente.

    María miró su piel buscando eso que parecía ver tan claramente él pero, al no ver nada destacable, le preguntó con la mirada.

    —No te extrañe que no seas capaz de ver nada: En teoría no eres capaz de hacerlo porque no estás preparada para ello.

    —Pues paso de que me trepanes...

    —Bueno, hay maneras y maneras. ¿Deseas verla?

    —¿Podrías enseñarme a ver esa corriente? —preguntó ella ilusionada.

    —Mejor aún: Voy a cumplir mi promesa de llevarte al Templo de la Justicia.

    —Entonces... ¿debo dormirme?

    —No hará falta. Ahora, tan sólo siéntate y siéntete cómoda y relajada de momento.

    María así lo hizo: Se irguió y se apoyó contra la pared rocosa relajando su cuerpo mientras miraba a Anerues a sus ojos verde brillante.

    —Ahora necesito que relajes absolutamente tus pensamientos —continuó explicando Anerues. —De todo el ruido que escuchas en tu pensar, todas las imágenes que aparecen ante tus ojos continuamente, todos los recuerdos que llegan a tu mente... no sigas ninguno en concreto, síguelos y obsérvalos fríamente sin prestar atención de a qué estás mirando realmente. ¿Podrás hacerlo?

    María asintió y, apoyando la cabeza sobre la pared, cerró los ojos y empezó a escuchar toda la algarabía que se concentraba en su pensamiento... Cientos de imágenes se arremolinaban tras sus párpados cerrados pero ella, ya algo ducha en esas lides sobre la concentración, no se dejó embargar por ninguna, fuera cual fuera, si bien algún sonido le impulsaba a rememorar de forma refleja alguna situación de su vida pero volviéndose a controlar de inmediato. Y así, controlando tanto su corriente de pensamientos, su respiración y el latir de su corazón, empezó a ver las cosas de una manera más extraña: Si bien hacía un buen rato que estaba ignorando todo cuanto pasaba alrededor de su cuerpo, ¿cómo es que en ese preciso momento estaba viendo a través de sus párpados? Anerues estaba enfrente de ella, mirándola fijamente sin perder detalle de cuanto le estaba pasando a la vez que al fondo, tras la roca que se apoyaba en el suelo, se podía ver la playa y el mar a lo lejos coronados ambos por nubes de tormenta siendo removido todo ello por un viento que, si no frío, sí que era fuerte el cual agitaba tanto arena, como agua como los muchos bambúes que se podían contemplar desde su posición. Ya no notaba casi nada de cuanto rozaba su piel pero sabía que debía estar enfriándose mucho...

    —...no te aferres a tus sensaciones corporales... —susurró Anerues pausadamente acercándose a su oído. —...todo... absolutamente todo ha de parecer vulgar y sin...

    María no llegó a escuchar el final de la frase pues, antes de dejarle terminar, ya había entendido el sentido de sus palabras: No debía sujetarse a nada. Todo cuanto lo que le importaba en ese instante estaba más allá de cuanto pudiera ver con sus ojos. Así pues, cerró su mente a cuanta imagen pudiera acercarse a su mente...

    Y pasó un minuto.

    Una hora.

    Un día.

    Un mes.

    Un año.

    Una eternidad...

    Y entonces lo vio: Una partícula diminuta de algo brillante caer como nieve delante de sus ojos... Su brillo era precioso y llamativo en medio de esa insondable oscuridad pero aún así era vulgar, como si lo hubiera visto cientos de veces antes, era algo familiar que ya conocía... Contempló su trayectoria viendo como ese copo se acercaba lenta pero imparable como si lo que estaba haciendo en ese momento lo atrajera. María no se movió y le dejó acercarse hasta que llegó a ella y, entonces, notó su influencia en ella: Esbozó una amplia sonrisa. Enseguida vio como de su cielo oscuro empezaban a caer más y más copos de nieve que, al poco, cubrieron cada palmo de su cuerpo, sintiendo ella que cada copo tenía su sentido.

    Y la cosa no acabó ahí: Toda esa corriente de copos brillantes empezó a cubrir cuanto era capaz de abarcar con su vista: Había copos para mostrar el color de su piel, copos que mostraban la intención de su cuerpo de moverse, copos que marcaban el suelo sobre un fondo negro; copos, que no se movían con el viento sino que “movían” el aire... todo ello era precioso, algo digno de contemplarse y tan indescriptible que mis pobres palabras son incapaces de expresar cuanto era capaz de ver ella. Sin embargo, sí sé lo que más le llamó la atención o, más bien, lo que más miedo le dio: Enfrente suya había un remolino de copos de nieve, mejor dicho, un auténtico huracán que se movía salvaje a la vez que ordenadamente, casi como si fuera un enorme kaleidoscopio en tres dimensiones. Sus formas era deliciosamente caóticas pero, a la vez, elegantes. Algo que atrajera semejante cantidad de nieve no podía ser normal pues parecía que cada movimiento que hacía lo que ella veía tuviera cientos de significados secretos.

    Era Anerues. Lo que se veía dentro de ese enorme remolino era Anerues que seguía observándola pero que, a la vez, mezclaba su corriente de nieve con la suya, como extendiéndose más allá de él mismo para protegerla a ella.

    A pesar del miedo que le producía ver semejante movimiento, María osó a alzar una mano y acercarse a él, cosa a la que Anerues respondió acercando la suya lo cual hizo que la corriente se agitara aún más furiosamente pero que llegaba con suavidad a la mano de María.

    —Esto es lo que yo veo —dijo él, impulsando con fuerza cientos de copos que llegaban a los oídos de ella cargados de su mensaje, que manifestaban convicción, amor, cariño, alegría... Todo cuanto veía ahora de toda esa corriente le mostraba que él estaba convencido de saber lo que ella estaba viendo. Y ella sonrió, atrayendo la nieve hacia sus labios, posándose esos copos sobre prácticamente toda su cara.

    Cuando sus manos se tocaron, una enorme corriente se arremolinó alrededor de ambos y cuando él ayudó a María a levantarse, la nieve empezó a posarse sobre sus alas. Sí: Anerues tenía alas, alas que ella habría sido capaz de definir como angelicales si creyera en los ángeles.

    —Hecho esto —dijo él asiéndola mejor, —volemos.

    Y, sacudiendo sus alas, remontó el vuelo, llevándola a ella con él.

    Una vez en el aire empezaron a subir directa y rápidamente hacia el cielo, sólo hacia arriba, perdiéndose entre toda la corriente que circulaba en dirección noroeste, atrayendo gran cantidad de ella a su vez, haciendo que en nada de tiempo no se pudiera ni ver las palmas de las manos. Semejante experiencia fascinaba a María que contemplaba extasiada el preciosismo de la escena pero, a la vez, cuanto más tiempo pasaba, más pequeña se sentía, más pensaba que no debería estar viendo eso... Sin embargo, lo siguiente que vio le hizo olvidar todo pensamiento: Veía un horizonte en medio de una corriente de nieve ya menos densa, un punto de referencia en medio de un vacío enorme y allá a lo lejos, contempló una imagen alada que se acercaba a ellos rápidamente. No tardaron en encontrase: Ese ser era una mujer de bellas facciones y gran tamaño que tenía alas en lugar de brazos con las que tapaba el camino gracias a su enorme tamaño. Su figura le recordaba a las Isis aladas que había visto en algunos templos egipcios.

    Anerues dejó de avanzar y le susurró a María:

    —Deja que te vea la cara y recuerda que debes ser muy humilde aquí.

    María así lo hizo, diciéndose a sí misma que el segundo comentario sobraba: No necesitaba ser humilde pues estar en medio de ese impresionante lugar le hacía sentirse realmente diminuta, nimia y sin sentido por allí. La criatura se inclinó y les miró la cara a los dos, sonriendo, aparentemente sorprendida, al ver la cara de Anerues y levantando las alas para marcharse poco después, pudiendo seguir ellos su camino hacia ese horizonte tan lejano.



    —Bienvenida al Templo de la Justicia, el lugar donde nacen los milagros —dijo Anerues nada más aterrizar en su lugar de destino.

    María, viendo lo impresionante del lugar no pudo decir nada al estar embobada por la arquitectura de semejante edificio. ¿Estaban dentro o fuera? Difícil pregunta. El lugar era tan enorme que parecía un espacio dentro de otro, tan grande como para poder volar libremente y a toda velocidad sin peligro de chocar contra pared alguna y, aún así, las distancias seguían pareciendo cortas. El estilo arquitectónico era... inclasificable. Jamás había visto semejantes estructuras y construcciones en lugar alguno del mundo, y eso que ya había viajado sobradamente por el mundo, viendo los grandes castillos y catedrales góticas que poblaban el norte de Europa, los castillos del sur, las grandes mezquitas del gran desierto de África, los curvos castillos del lejano oriente... Ese lugar no se parecía a nada que hubiera visto antes.

    Luego estaba el aspecto demográfico: Allí no había absolutamente nadie lo cual hacía que ella se sintiera aún más pequeña.

    —¿Éste lugar está habitado? —preguntó ella tras la impresión inicial.

    —En el sentido de que alguien “viva” aquí, no, pero sí que pasa mucha gente por estos lares. Aquí, el tiempo pasa de una manera mucho más compleja que en el mundo del que venimos: Un día aquí no son más que unos pocos segundos en cualquier otro mundo.

    —Un momento, ¿me estás diciendo que estamos en otro mundo?

    —Sí. Sólo hay dos maneras para acceder a este mundo: O bien generamos un agujero como el boquete del norte o, mejor, venimos de la manera legal que es la que hemos usado tú y yo: En un sueño lúcido.

    —Ya sabía yo que esto tenía que ser un sueño...

    —Sí dices “sueño” hablando de algo que no tiene consecuencias en tu vida real, te estarás equivocando pues el hecho de visitar algunos lugares influye de maneras hasta grotescas en la realidad. Sin ir más lejos, aquí cientos de fuerzas e inteligencias controlan todos los universos haciendo que todo lo que suceda lo haga de tal manera a cómo debe hacerlo. El hecho de que exista la gravedad, de que seamos seres humanos, de que sencillamente comprendamos que es algo tan simple como un “color” viene de aquí y, también, lo que ha ocurrido en el norte ya se había previsto aquí haría ya bastante tiempo.

    —Entonces, el que estés tú aquí...

    —También estaba previsto: Nací para llegar a estar aquí alguna vez.

    —Resumiendo: ¿El que nos hayamos conocido también estaba escrito?

    Anerues levantó una mano y al poco un gran códice se posó sobre ella, abriéndolo él por una página que estaba marcada con el marca—páginas.

    —Esto de aquí es mi libro del destino —dijo Anerues. —En él se explica lo que me depara el destino y cómo las fuerzas que emanan de este lugar me afectan, me han afectado y me afectarán de ahora en adelante. Todo cuanto me ha acontecido hasta ahora viajando por tu mundo se ha visto reflejado en este libro. Sin embargo... —dijo señalando una sección del libro: Estaba escrito en un idioma que no entendía María aunque, si bien no comprendía lo que decía, era capaz de ver como había un gran tachón en medio de todo ese manuscrito.

    —¿Qué es lo que decía ahí? —preguntó ella.

    —En esta página se relata lo que hicimos esta noche. Al no ir las cosas tal como se previó, se tachó esta parte para evitar que en consultas futuras me confundiera con lo aquí escrito —Anerues empezó a andar tranquilamente hacia un gran portón de piedra que se encontraba cerca de allí. —Esta clase de tachones por aquí los llaman “Contracorriente” y, básicamente, son sucesos extraordinarios y poco comunes que no se han previsto aquí. Muy pocas personas son capaces de hacer algo semejante, tan sólo gente que tenga una fuerza de voluntad que supere todo lo concebible como yo (ya sé que suena presuntuoso pero esto es así) o como algunos personajillos que acabo de conocer hace realmente poco gracias a mis viajes.

    —¿Cómo quién? —preguntó ella mientras seguía a Anerues por unas escaleras.

    —Pues, por ejemplo, una tal Ayesha que vivió en mi mundo, un chaval llamado Will Parry del mismo lugar, una chica llamada Lyra Belaqua...

    —¿Lyra? —interrumpió María estando ya delante del portón. —De ésa he oído hablar yo hace ya algún tiempo.

    —Sí, fue durante el último concilio que se celebró en el lago de Oasis. Supongo que ya sabrás cuál es el papel de Lyra en este mundo, ¿no? Pues es esa clase de gente la que es capaz de hacer Contracorrientes: Gente que escribe y rescribe su destino casi sin darse ni cuenta gracias a su gran voluntad. Dicho esto —dijo abriendo el portón y dejando pasar a María dentro de la sala —ya hemos llegado a la sala del registro.



    Cinco minutos después de que tanto Anerues como María se quedaran dormidos o, lo que es lo mismo, tras más de dos semanas de peregrinaje por el Templo de la Justicia, ambos despertaron algo desorientados.

    —...me duele la cabeza... —se quejó ella.

    —...ya te acostumbrarás... —dijo él tan dolorido como ella.

    —Más me vale... —dijo ella riendo pero callando al poco rato, algo cohibida.

    —¿Qué pasa?

    —Ahora que te he trepanado... ¿qué harás?

    Anerues se llevó la mano a la frente comprobando el estado de su venda y dijo con tranquilidad:

    —Por mi parte, iré al mundo de los utukku y ayudaré a mis compañeros que están allí a que hagan lo que tienen que hacer y, respecto de ti, sólo puedo decirte que puedes hacer todo lo que se te antoje.

    —Entonces voy contigo.

    —A veces eres muy predecible, ¿sabes?
     
  15. Threadmarks: Buscando el paraíso en un sueño - Capítulo 15
     
    JeshuaMorbus

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    Buscando el paraíso en un sueño (Completa)
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    Fantasía
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    Capítulo 15: La dama oscura

    El porvenir es tan irrevocable

    Como el rígido ayer. No hay una cosa

    Que no sea una letra silenciosa

    De la eterna escritura indescifrable

    Cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja

    De su casa ya ha vuelto. Nuestra vida

    Es la senda futura ya recorrida.

    El rigor ha tejido la madeja.

    No te arredes. La ergástula es oscura,

    La firme trama es de incesante hierro,

    Pero en algún recodo de tu encierro

    Puede haber una luz, una hendidura.

    El camino es fatal como una flecha.

    Pero en las grietas está Dios, que acecha.



    (José Luis Borges, para una versión del I—Ching)



    Lou, con Fu Riong, Frances y Mystia (su daimonion golondrina), ya se estaba cansando de esperar a David cuando por fin lo vio hablando con uno de los bedeles mientras le entregaba las llaves de su habitación y un sobre.

    —¡Vamos! —exclamó Lou. —¡El tren no espera!

    —No te preocupes —dijo él con voz baja intentando alisarse un poco su despeinado pelo... ¿serían imaginaciones suyas o acaso parecía estar nervioso? —Me conozco un atajo.

    —¡Ah, no! —exclamaron tanto Lou como Frances como Diana.

    —Hoy vamos por el camino recto, que no tenemos tiempo para tus filigranas —dijo Lou quizá más nervioso que el propio David.

    David no respondió y cogió su equipaje para salir andando a toda prisa hacia la calle de la estación, siendo seguido lo más cercanamente posible por sus compañeros de viaje, llegando todos a la estación justo a tiempo pudiendo subir en la hora misma de salida.

    Nada más llegar a su habitáculo, Lou se desplomó resoplando sobre su asiento mientras dejaba que David colocara sus equipajes en su sitio.

    —Siempre llegas tres horas antes que nadie a clase... —Lou respiró un poco antes de seguir. —¿Qué has hecho para retrasarte tanto?

    —Pegarle una paliza a Lukas, romperle un par de costillas, ocultarle en el armario de nuestra habitación y escribir una carta al director para explicar mi conducta diciendo dónde había dejado a ese pobre desgraciado... ya sabes, todo eso lleva su tiempo —respondió con sorna.

    —En serio, por favor —dijo Lou sonriendo con gracia pero algo más serio.

    —Bueno... tuve “necesidades biológicas realmente imperantes”, nada más.

    —Pues para ir al baño no hace falta tomarse tanto tiempo.

    —Tanto da ya —dijo Frances, tan cansada como Lou. —Ya estamos en el tren y no creo que haya más problemas para llegar hasta Suiza.

    Lou se acomodó como pudo y sacó otra vez el libro que le dio el doctor Clark. Desde que se había enterado de lo de Robert Anstein, había tenido algunas crisis de ansiedad pero gracias a los remedios que en ese libro se describían, aprendió a hacerse unas tisanas la mar de relajantes... cada vez confiaba más en la magia que se describía en ese libro.

    —¿A dónde nos dirigimos, pues? —preguntó David a Frances, sentándose tras colocar todo el equipaje. —Decir “Suiza” suena muy genérico.

    —Ahora mismo vamos hacia el puerto de Dover desde el que cruzaremos el Canal de la Mancha, hecho lo cual, cogeremos unas cuantas locomotoras más atravesando Francia para al final llegar a Tour—de—Peilz, el pueblo donde vive mi hermano (al final mi padre no me dejó ir a su casa en Berna). Tal vez se encuentre un poco lejos de Lausana pero creo que es la mejor opción para hospedarnos durante este tiempo.

    —¿Y cómo es ese Robert?

    —Una persona muy inteligente.

    —Como Lou, entonces.

    —No, ya veo que no me has entendido: He dicho MUY inteligente. Tal vez lo entendáis cuando lo veáis.


    Tras tres días de viaje ajetreado y cansado, acabaron llegando a Tour—de—Peilz apenas aguantándose sobre sus piernas.

    —¿Y cuántas veces dices que haces este viaje al año? —preguntó David esforzándose en agarrar su maleta.

    —Dos veces —respondió Frances tan cansada como los demás. —Una por Navidad y otra durante el verano.

    —...empiezo a odiar los trenes... —añadió Lou por lo bajo.

    —Pero, en todo caso, ya estamos aquí —dijo Frances adelantándose y yendo hacia una casa cercana a la estación, llamando con fuerza a la puerta.

    —Ya va, ya va —se escuchó desde dentro para que, casi al instante, un hombre con cierta edad más que Frances, con pelo blanquecino y gafas, abriera y que, nada más verla, sonrió abiertamente. —Pensaba que tardarías algo más en llegar.

    —Es horrible viajar en estos trenes pero al menos son rápidos —dijo ella entrando, cogiéndole su hermano el equipaje. —Podéis entrar —le indicó a los que estaban aún fuera. —Éste de aquí es mi hermano Rinno, el cartero del pueblo, y va a hospedarnos durante el tiempo que haga falta.

    Los otros viajeros entraron también y al rato ya estaban sentados descansando los pies en la sala de estar (bueno, tal vez David no).

    —¿Tanto cansa llegar hasta aquí? —preguntó Rinno con tono de burla, sacando una cafetera llena.

    —Sin bromas, por favor —contestó ella. —Siempre que vengo por aquí llego igual...

    —¿No habréis tenido problemas por el camino? He llegado a oír toda clase de cosas desde que ocurrió lo del agujero del norte.

    —Aparte de los más de siete controles a lo largo de Francia y Suiza para entrar en este país... —dijo David acomodándose en su butaca. —A veces pienso que la Iglesia está loca.

    —¿Por qué la Iglesia? —preguntó Rinno. —No creo que la Iglesia tenga nada que...

    —Todas las fuerzas desplegadas son para proteger los centros neurálgicos de la Iglesia frente a ataques de herejes organizados pero yo creo que deberían ser utilizadas para ayudar a las gentes del norte que están sufriendo inundaciones y desequilibrios climáticos por culpa del agujero...

    —¿Has estado en el norte?

    —Eh... —David dudó antes de responder (al fin de al cabo, todo lo que conocía lo conocía porque lo había visto a través de sus sueños) para al final decir: —No, el compañero aquí presente. Estuvo allí hace relativamente poco.

    —Oh, bien, bien —dijo alegremente el hombre. —Por este pueblo apenas llega información del exterior y tienes que ir a las grandes ciudades de alrededor del lago para enterarte de lo que pasa por allá afuera.

    —Siempre y cuando no sea la hermana que vive en el extranjero la que te informe —añadió Frances mientras se servía un poco de café en su taza. —Pero basta ya de conversación: Mañana tendremos que salir pronto hacia Lausana y aún tenemos que descansar un poco del viajecito.

    Dicho esto, y sosteniendo aún la taza, Frances guió a Lou y a David hacia el desván de la casa, el cual cumplía las funciones de habitación de invitados, y les dejó deshacer su equipaje para seguir hablando con su hermano.

    —Y mañana, Anstein —dijo Lou ilusionado. —¿Qué crees que puede contarnos?

    —Cosas sobre una dama oscura... —dijo David sacando directamente su pijama para cambiarse de inmediato. —Para más información, vuelva usted mañana.



    Tras coger un tren hacia la ciudad de Lausana y, después de patearse más de seis kilómetros a las orillas del lago Léman (cosa que David no despreció en absoluto), a media mañana llegaron a una pulcra mansión de aspecto sencillo, en la cual lo más decorativo era, precisamente, el lago que se veía al fondo.

    Justo cuando Frances se disponía a tocar la campana para que alguien les abriera, un hombre salió de la casa, cesando ella su movimiento de inmediato.

    El hombre tendría bastante más edad que Frances, probablemente más de sesenta. Estaba calvo pero el poco pelo que aún conservaba mantenía un color castaño muy fuerte y sus ropajes eran elegantes. Su daimonion era una gata montesa atigrada con las orejas redondeadas y las patas traseras bastante más cortas que las delanteras (lo que no quitaba que fuera la mar de mona). Pero si algo había que destacara en él era una especie de bolso redondo de tamaño pequeño tirando a mediano con apariencia muy sólida a pesar de toda la decoración que llevaba, el cual llevaba a la bandolera.

    —Dichosos sean los ojos, vieja amiga —saludó nada más llegar a la altura de la puerta y, dirigiéndose a sus compañeros: —Ya veo que habéis llegado perfectamente hasta aquí.

    El hombre se dispuso a abrir la puerta y al poco pudieron acceder al jardín.

    —¿Cómo os ha ido el viaje? —preguntó el hombre. A pesar de su edad, destilaba vitalidad a través de todos sus poros.

    —Teniendo en cuenta la rapidez con la que nos has atendido, supongo que ya lo sabrás, Robert —respondió ella.

    —No le pregunto tantas cosas al aletiómetro. Se enfada bastante cuando le hago preguntas tan frívolas.

    Minutos más tarde, ya estaban sentados en la sala de estar de esa gran mansión.

    —No vives mal del todo —comentó Frances.

    —Todo gracias al señor Margatroid. Es un hombre sabio de gran generosidad.

    —Sabe apreciar a la gente valiosa...

    —En realidad es por su hija —añadió él sin ningún rubor. —Desde que era una simple niñita le ha interesado el funcionamiento de este trasto —dijo levantando ese bolso que llevaba a todas partes. —Puede que en un futuro no muy lejano acabe por heredarlo.

    —Tiempo al tiempo, viejo —dijo ella con todo su desparpajo. —Aún te quedan muchos años por delante.

    —En fin, aún no me has presentado a nuestros invitados —dijo mirando fijamente a Lou, que se sintió profundamente cohibido.

    —Éste de aquí es David Cashner, un buen cliente mío y el que me trajo a Shen Lou, este chico de aquí que supongo estarías esperando impacientemente.

    —Así que Lou... ¿oriental, pues?

    —No, no... —respondió el intentando apartar la vista de la profunda mirada que le lanzaba el anciano. —Mi padre es chino y mi madre japonesa, pero yo nací en Francia...

    —En fin, es evidente que a mí me da igual cuál sea tu origen —dijo él apoyándose en el respaldo de su sillón de orejas. —Podrá aparentar lo contrario pero aquí soy el que menos sabe de tus peripecias por este enorme mundo. Mientras la doncella nos prepara algo para picar, ¿me podrías contar lo que te ha acontecido para llegar hasta aquí?

    Y ya, por tercera vez desde que llegó a ese mundo, Lou relató sus idas y venidas por él (cosa que ya empezaba a cansarle).

    —...y así —dijo Lou para finalizar, —David también se enteró de todo esto. A partir de aquí imagínese lo que ha pasado.

    Lou se tomó un poco de agua para aclararse la garganta mientras el hombre lo miraba con curiosidad, cosa que lo intimidó un poco más.

    —...esto... —carraspeó débilmente Lou. —Si no es mucha molestia... ¿nos podría decir qué es lo que le dijo su aletiómetro acerca de lo que está pasando? Para algo hemos venido hasta aquí.

    Robert sonrió, como riéndose de algo que los demás no entendían, y sacó el aletiómetro de su bolso. Dentro de él, había una especie de enorme reloj de bolsillo de color dorado en el que se podía ver que tenía cuatro agujas y una gran cantidad de dibujos, símbolos que, en ese momento, Lou no lograba ver bien. Se veía pesado pero Robert lo sostenía con fuerza.

    —Ten —dijo pasándoselo a Lou. —Querías verlo, ¿no es así?

    Lou, quizá algo más resuelto que antes, cogió el aparato que le ofrecía el anciano y lo empezó a mirar con curiosidad.

    —Éste es uno de los siete aletiómetros que quedan en este mundo —dijo Robert. —Lo que tienes entre manos es un auténtico tesoro.

    —¿Es cierto lo que me dijo Frances? ¿Eso de que con este aparato se puede saber todo acerca de todo?

    —Desde luego, siempre y cuando el Polvo esté de buen humor.

    —¿Qué es eso del Polvo? —preguntó David. —Anerues nos dijo que le preguntáramos sobre él.

    —¿Anerues? —preguntó el anciano, dándose una palmada en la frente al rato. —¡Ah! ¡El otro hombre! Así que es así como se llama... Perdonad, a mi edad mi memoria... ¿Por qué no se lo preguntas a Lou? Él ya sabe qué es eso del Polvo.

    —¿Yo? —preguntó el aludido. —En mi vida he oído...

    —¿Cómo llamas a la fuerza ambárica en tu mundo? —interrumpió él.

    —...esto... ¿electricidad? —preguntó Lou algo descolocado.

    —Exacto. Esto nos lleva a pensar que en tu mundo el Polvo es conocido con otro nombre. A ver, piensa seriamente en ello: Has oído hablar de bastantes cosas acerca del Polvo pero en ningún momento has pensado en relacionarlo con algo de tu propio mundo, ¿no hay algo en tu universo que tenga las características de lo que nosotros llamamos Polvo?

    Dicho esto, Robert se volvió a recostar sobre su sillón (por alguna razón le encantaba inclinarse hacia delante una y otra vez) esperando pacientemente a que Lou meditara bien la pregunta, cosa que éste hizo de inmediato... y que al rato hizo que se sacudiera la cabeza algo desconcertado.

    —No, no creo... —susurró para sí.

    —¡Oh, sí! —exclamó Robert. —Más te vale que creas.

    —¿Qué pasa? —preguntó David. —Hace rato que ya me he perdido.

    —¿Me está diciendo que este aparatito mide los quants? —preguntó Lou muy sorprendido.

    —¿Los qué?

    —Los quants —respondió Robert. —Lo que nosotros llamamos Polvo y que en el mundo de Lou se conoce como quants, “materia oscura” o partículas elementales. ¿Te sorprende que por aquí hayamos conseguido crear objetos como éste?

    —¿Qué pasa? —volvió a preguntar David.

    —Este aparato de aquí es una computadora cuántica —dijo Lou con cara de sorpresa mayúscula. —En mi mundo han estado tratando de construir una desde que se emitió la teoría de que semejante aparato se podía construir... Tal aparato tiene las características que nos describió Frances: Puede calcular lo que pasa, todo lo que ocurrirá y ha pasado sin esfuerzo dando una solución a todo... —y mirando al aletiómetro —...¿pero cómo se maneja?

    —No es excesivamente complicado. Si una dama como Yukari Yakumo fue capaz de enseñarme a manejarlo, no creo que tú no puedas.

    —¿Conociste a la señora Yakumo? —preguntó Frances extrañada. —Nunca me lo dijiste.

    —Bueno, tampoco me preguntaste por ella —dijo Robert riéndose.

    —¿Se refiere a la autora de “Mil ojos observan un único multiverso”? —preguntó Lou. —¿Qué es lo que tiene de especial?

    —Que muy pocas personas pueden asegurar que han estado en su presencia —contestó Frances. —Algo oí sobre ella cuando buscaba los libros que os mostré sobre el Polvo: Decían que era una auténtica fantasma.

    Al oír esto último, Robert estalló en carcajadas.

    —¿Qué pasa? —preguntó, un poco molesta, Frances.

    Robert siguió riéndose un poco más pero acabó por controlarse al rato para responder:

    —No, nada, cosas mías —dijo mientras se limpiaba las lágrimas de la risa que le había dado. —Sí, en principio Yukari es la dama más escurridiza que jamás se ha encontrado la Junta de Oblación: A pesar de su llamativa indumentaria, de su extraña (y tan extraña) compañía, su extravagante comportamiento y de los lacitos que le ponía a todo lo que llevaba encima; a pesar de cómo llamaba la atención, casi nadie ha sido capaz de hablar con ella y ya no digamos de conseguir verla.

    —Pero usted sí que lo logró —comentó David.

    —Por supuesto, si no ahora no estaríamos hablando de ella... ¡Je! Parecía una niñita mimada pero era imparable en lo que se refería a cultura ¡Sabía de todo! No le hacía falta usar el aletiómetro para saber cuanto pasaba a su alrededor; a cualquier pregunta que se le hacía, sobre cualquier temática, te daba una respuesta correcta...

    —Esto me parece haberlo escuchado en otro lugar —comentó David sarcásticamente. —Algo bastante parecido dijo Frances sobre usted.

    —Vamos, que era tan inteligente como tú —dijo Frances.

    —Tanto no, más, mucho más. Si yo os contara...



    CUARENTA AÑOS ATRÁS...

    —Señor Anstein, no sé dónde diantre piensa que está —dijo muy serio el profesor Eco. —¿Acaso piensa que en esta facultad puede permitirse el lujo de venir a clase cuando le conviene, de la manera más impropia y encima organizar lo que organiza...? Su beca está pendiendo de un hilo, ¿sabe? No se tolerarán más desórdenes de aquí en adelante y, ya se lo advierto, al siguiente altercado será expulsado de esta facultad.

    Robert no pudo ni alzar la voz en contra de las acusaciones que se vertían contra él, todo cuanto pudo hacer fue asentir sumisamente y salir cuando acabó el sermón.

    —¿Por qué no te has defendido? —preguntó Yamapikarya, su daimonion, con tono más triste que furioso. —Sabes que no has hecho nada.

    —Pero las pruebas de todo lo que ha pasado están en mi habitación... la pintura, los pinceles... sin contar que mi ropa está allí.

    —La ropa que te robaron, por supuesto. Debemos descubrir quién ha hecho todo esto antes de que te expulsen.

    —Pero...

    —Eres el mejor estudiante de todo este Campus y nadie puede hacerte sombra en ningún aspecto. Con ello sabes que puedes tener un futuro más que prometedor siempre y cuando limpies esta mancha que se está extendiendo sobre ti.

    —Pero, ¿cómo? —dijo saliendo fuera y encontrándose con que la gente lo miraba mal, cómo no aceptando su presencia y cuando se acercaba un mínimo a otra persona, ésta se apartaba rápidamente de él, como si fuera un apestado. Visto esto, y mientras se ocultaba el sol, volvió velozmente a su habitación en su colegio mayor para evitar la vergüenza de estar entre tantas malas miradas.

    Cuando llegó, el sol hacía más de media hora que se había ocultado y el colegio bullía en el comedor... pero él no pensaba cenar ese día: Tenía el estómago demasiado revuelto por culpa del miedo que le causaba la posibilidad de ser expulsado de su apacible y próspera vida...

    De repente, una risita le sacó de sus reflexiones.

    —¡Ju, ju, ju! Vaya cara que pones, Robert —dijo una mujer que, a la vez que guapa, iba vestida con un largo vestido blanco y violeta y un montón de lacitos rojos que tenía anudados en su ropa, en su cuello, en sus dorados cabellos, en su parasol, en una estola roja que llevaba colgada de ambos brazos... pero si algo había que le llamara la atención, era el extraño daimonion que la acompañaba: Era una especie de mujer tan rubia como su persona, vestida con una túnica conjuntada con una especie de delantal azul cubierto de símbolos, con mangas anchas en las que ocultaba sus manos, un raro gorro con dos puntas en lugar de una y nueve grandes apéndices dorados, como si de colas se trataran, que surgían tras de sí.

    Controlándose un poco ante semejante presencia, él respondió:

    —¿Cómo sabe mi nombre?

    —¿Te preocupas de saber una cosa tan banal cuando lo que realmente te preocupa es que te expulsen de este lugar? —ella volvió a reírse tapando su cara tras un abanico con motivos de mariposas. —Desde el primer momento en que te vi me caíste bien, chico. ¿Qué te parece si nos volvemos a ver mañana? Hoy aún tengo que resolver los problemas de mi alojamiento en esta ciudad así que no podré ayudarte, sin embargo, mañana estoy libre. ¿Te parece bien a las nueve de la noche?

    Robert, algo confundo por el desparpajo de esa mujer y por la extraña indumentaria que portaban tanto ella como su daimonion, asintió involuntariamente, cosa a la que ella respondió sonriendo más ampliamente si cabe y tras pasarle una tarjeta, marchó por el pasillo en dirección a las escaleras. Aún afectado por la confusión, Robert miró la tarjetita perfumada que le acababa de dar esa mujer en la que rezaba:


    Yukari Yakumo
    Adivina

    C/ Leonardo, Nº 3

    (nunca atiendo hasta después de la puesta de sol)



    Segundos más tarde y habiendo leído esto, se dio la vuelta para preguntarle algo pero ella había desaparecido sin dejar ni rastro.

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    —¿Qué clase de ser era su daimonion? —preguntó Diana con curiosidad.

    —Ni aún yo tengo la menor idea de qué diantre era exactamente —contestó Yamapikarya. —Casi nunca hablaba y parecía haber estado sometida a una profunda disciplina desde que nació pero parecía que eso era lo que más le gustaba. No parecía llevarse mal con su persona, más bien todo lo contrario...

    —¡Ejem! —carraspeó fuertemente Robert.

    —¿Qué? —preguntó Yamapikarya extrañada, dándose cuenta al segundo de su fallo. —¡Oh, claro!

    —¿Qué pasa? —preguntó David, quizá algo distraído de la conversación.

    —Nada, realmente —contestó Robert. —Resulta que esa “daimonion” no era tal. Podría ser cualquier cosa pero un daimonion, no.

    —¿Entonces...?

    —¿Cómo decía ella que se llamaba? —preguntó Robert intentando hacer memoria.

    —Me parece que se refería a sí misma como una shikigami.

    —¿Shikigami? —preguntaron tanto Lou como David sorprendidos. —¿Está de guasa?

    —¿Qué es un shikigami? —preguntó Frances algo perdida.

    —Básicamente es un espíritu invocado de otro mundo —respondió Lou. —No es que haya leído mucho sobre ellos pero, aparte de que sólo son una leyenda, no creo que esos espíritus pudieran tener un cuerpo físico completo en este universo sino tan sólo un cuerpo de papel que los contuviera. Son criaturas de leyenda de los países orientales.

    —Pues nosotros dos tuvimos a esa criatura con nosotros mucho más tiempo del que imaginaríamos... —comentó Yamapikarya.

    —Ya sé que sonará a tontería —dijo David al ver que nadie decía nada —pero, ¿acudió usted a la noche siguiente? Quiero decir...

    —No, no es tan tonta la pregunta y entiendo lo que quieres decir —contestó el anciano. —Lo cierto es que dudé mucho durante esa noche y el día siguiente antes de aceptar la oferta pero, al ver que en el campus la hostilidad hacia mí se acrecentaba por momentos, decidí huir temporalmente de mi colegio mayor y aceptar lo que me diría esa extraña mujer...

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    Robert iba avanzando con cautela por esa barriada fantasma... muchas cosas había oído hablar sobre la zona este de la ciudad y ahora estaba empezando a creerse todas las leyendas urbanas que pululaban por ahí acerca de todos los fantasmas que vivían allí. Sin embargo, justo cuando se ponía el sol, llegó a la calle Leonardo y contempló ante sí esa larga avenida de mansiones venidas a menos, de jardines mustios y deslucidos, de rejas oxidadas y hojas otoñales caídas que nadie iba a recoger... Todo lo fantasmagórico de ese lugar se acrecentaba hasta cotas inimaginables dentro de la mente de Robert.

    Al rato de paseo, llegó hasta el Nº 3 y vio ante sí una reja que le esperaba abierta y una larga escalinata que llevaba hasta una ruinosa mansión.

    —No... no tienes porque ir —dijo Yamapikarya algo aterrada por el lugar. —Mejor volvamos...

    —Esto no es mucho peor que quedarse en medio de toda esa gente que me trata como un simple gamberro —contestó él con algo más de decisión pero tan aterrado como su daimonion. —Vayamos a ver qué es lo que nos espera...

    Así pues, cruzó la reja de entrada y subió, con más o menos buen paso, las escaleras que le separaban de la entrada de la casa. Y al llegar, se encontró con la lacónica daimonion de la mujer esperándole a la entrada.

    —Sígame, por favor —dijo ella con una voz un poco más animada de lo que aparentaba su cara. —La señora Yukari le atenderá enseguida.

    —¿Por qué la llamará señora? —preguntó Yamapikarya extrañada en un susurro. —¿Y dónde está ella?

    —Paciencia, por favor —respondió su guía. —Todo cuanto necesiten saber lo responderá mi señora.

    Así pues, cruzaron el desgastado portón de la casa y por poco no se quedaron con la boca abierta al ver la lujosa mansión en la que se acababan de introducir: No era un experto en arquitectura pero ese estilo de decoración era nativo de las tierras más orientales del mundo con grandes y largos pasillos de madera, con puertas correderas hechas a base de madera y papel, decoradas finamente con motivos florales y adornadas por unos escasos muebles, coronados por jarrones con delicadas composiciones florales. Si bien el aspecto que presentaba el lugar era de una angostura y oscuridad creciente, a medida que se adentraban en ese largo pasillo de múltiples bifurcaciones, se destilaba un calorcillo realmente agradable en ese lugar, una sensación de comodidad poco común para el sorprendido y maravillado Robert que miraba medio extasiado cuanto podía observar.

    —Disculpe que le haga esperar —dijo la guía abriendo una de las puertas correderas, mostrando una sala decorada con un gusto mucho más occidental, mostrando una enorme biblioteca con un ventanal con vistas al patio de la casa, en el que se podía observar el jardín interior, lleno de cipreses que apuntaban directamente hacia la luna en estado creciente. —Póngase cómodo y espere a que la señora se encuentre un poco más... —la mujer calló para buscar la palabra —activa. Hasta entonces, por favor, tenga paciencia.

    Robert obedeció entrando dentro de la biblioteca y empezó a curiosear un poco entre las librerías que allí había, observando la colección de libros que tenía la señora Yakumo. Al rato de buscar, encontró una estantería en la que había expuestos gran cantidad de tomos dedicados a teología experimental, la materia que estaba estudiando en ese momento, cosa que lo alegró sobremanera pues algunos de esos hacía siglos que no los encontraba en la biblioteca de la facultad. Así pues, cogió uno para pasar el rato hasta que llegara su anfitriona. Fue andando tranquilamente hacia las mesas del piso superior el cual tenía mejores vistas sobre el jardín y allí se encontró con otra presencia: Una niña de unos diez años vestida con un vestido rojo y un gorro verde claro que le cubría el pelo estaba leyendo a la luz de una vela, algo absorta de quién la estaba mirando en ese momento pero, al segundo de observarle él, se giró súbitamente, pareció asustarse y, para antes de que él se hubiera dado cuenta, la niña se había levantado, había salido corriendo a toda velocidad hacia él; había saltado por encima de la barandilla, cayendo desde más de tres metros de altura y había cruzado la puerta de la entrada... todo ello en menos tiempo que tenía Robert para pensar o decir nada.

    —¡Chen! —se escuchó exclamar a la daimonion de Yukari desde el pasillo. —¡Cuantas veces te he dicho que no debes correr por los pasillos! —un segundo después, apareció tras la puerta suspirando a la vez que sonreía. —La señora Yukari ya está despierta —anunció. —¿Puede hacerme el favor de seguirme?

    Robert bajó de inmediato y, tras dejar el libro que había cogido en su sitio, siguió a su guía otra vez por los largos pasillos de esa enorme mansión llegando, al poco a lo que parecía ser la habitación de Yukari Yakumo, una habitación tirando a muy sencilla salvo por el detalle de los lacitos rojos que había colocado en los pomos del armario, en las patas de la mesa, en la percha y en la mayor parte de sus enseres de peinado. En ese momento ella se estaba alisando el pelo con un cepillo, el cual dejó a un lado cuando vio a Robert entrar. La daimonion / sirvienta se retiró a una esquina y se arrodilló lo más cómodamente que pudo, a la espera.

    —Buenas noches, señor Robert —saludó. Él se fijó en que llevaba exactamente la misma ropa que el día anterior, incluida la estola (no entendía para qué la llevaba dentro de casa...). —Veo que al final quiso venir. Siéntese, por favor.

    —Ya... supongo que ya lo sabía —dijo con tono sarcástico, al tiempo que se sentaba y sacaba la tarjeta que le dio, señalando lo de “adivina” a lo cual ella respondió con una sonrisa (lo cierto es que esa mujer nunca dejaba de sonreír...).

    —No hace falta ser adivina para saber lo que le está pasando: Pintadas ilegales, acusaciones de vandalismo, de palizas y de faltas a clase sin justificar... ¿acierto si digo que hoy ha huido por culpa de la presión que ejercen sus compañeros sobre usted?

    Robert, probablemente confundido por el trato de usted que le daba la señora Yakumo tardó un poco en contestar:

    —...así es... pero...

    —Pero no has sido tú, ya lo sé —interrumpió ella, cambiando el registro para no incomodar a su invitado. —Hay gente que tiene mucha envidia, ¿sabes? Gente bastante miserable que te acusa para hundirte y que no puedas pisarla en un futuro...

    —...ergo, usted me va a indicar quienes son y así podré acusarles diciendo que una adivina me ha advertido leyendo las intenciones de los hados —interrumpió esta vez él, muy escépticamente. —Dice que me conoce pero yo no soy de las personas que creen en esas cosas.

    Yukari, sonriendo más si cabe, se quitó su estola y la colocó sobre la mesa, extendiéndola con suavidad dejándola con una forma ovalada sobre la mesa por los dos lazos que la decoraban. Hecho esto, hizo una pequeña rascadura sobre la superficie de la tela y entonces... apareció un ojo. Y no acabó ahí: De toda la estola empezaron a surgir más y más ojos que observaban con curiosidad al entre escéptico y aterrorizado visitante, pestañeando sobre la roja tela.

    —He aquí mi pequeña bola de cristal —dijo Yukari. —Con esto soy capaz de ver muchas cosas, cosas tanto importantes como banales, tan necesarias como innecesarias pero que sólo yo puedo llegar a saber.

    —¿Qué... qué es esto? —preguntó él espantado.

    —Tranquilízate, que no le va a comer —dijo ella riendo suavemente. —Tócalo y verás que es real a la vez que inofensivo.

    Robert extendió la mano, algo temeroso y tocó, con cuidado de ni rozar los ojos, la etérea tela de esa estola.

    —¡Vamos, un poco más de valor! —exclamó ella graciosa, surgiendo, de repente, un brazo de entre los ojos, agarrándole la muñeca y metiéndole la mano dentro del profundo agujero que era esa estola, a lo cual él chilló aterrorizado, intentando zafarse como bien pudiera del fuerte abrazo de esa mano, la cual le soltó poco después para que sacara el brazo de esa... “cosa”.

    —¿¡Pero qué clase de brujería es ésta!? —exclamó el llevándose la otra mano al brazo, como comprobando si aún lo tenía, acercándose a la salida.

    —Hágame el favor de no marcharse —pidió Yukari. Robert se quedó paralizado en el sitio, más que por la petición, por la expresión de la cara de la dama: A pesar de no haber dejado ni un instante de sonreír, ahora parecía algo más tensa, no sabiendo él si como amenaza o por miedo. —Ya se lo dije: No pretendo hacerle daño, tan sólo mostrarle mi raro poder.

    Robert, aún paralizado del miedo, miró a la daimonion de Yukari la cual estaba mirándolo fijamente, como a punto de saltar sobre él... Todo esto le daba muy mala espina por lo que sopesó las posibilidades que tendría si llegara a darse el caso de que tuviera que pelear contra esas dos para escapar de esa mansión... pero Yamapikarya se adelantó a sus reflexiones, saltando sobre la silla y luego sobre la mesa para acercarse sin temor a la “estola” de Yukari para olisquearla y tocarla con sus zarpas.

    —No te preocupes —dijo la gata después de examinarla con más curiosidad que detenimiento. —No sé qué es esto pero no me parece peligroso.

    —Vaya... un daimonion valiente —comentó Yukari recuperando la calma al ver como, aunque tenso, Robert se volvía a sentar.

    —Sin bromas, ¿qué es esto? —preguntó él intentando parecer estar seguro de sí mismo.

    —Un agujero —respondió sencillamente ella esbozando su amplia sonrisa.

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    —¿Un agujero? —preguntó Frances con escepticismo encarando una ceja sobre la otra.

    —¡Y menudo agujero! —rió Robert. —Ni aún hoy el aletiómetro me ha podido responder claramente qué era eso pero, por el cielo que servía para lo que decía ella.

    —Aún tardó un par de días en olvidar su “primer encuentro” —dijo riéndose Yamapikarya. —Aún recuerdo los saltos que pegaba este viejo cuando Yukari le acercaba esa estola (lo cierto es que ni aún hoy sé si lo hacía aposta o por accidente).

    —¿Es que volvió en días siguientes? —preguntó David.

    —No exactamente —respondió Robert. —Más bien, me quedé a vivir con ella.

    —¿Cómo?

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    —¿Cómo? —preguntó Robert la noche siguiente. Tras lo que había visto la noche anterior, decidió volver, más que por curiosidad, por la cara de tensión que puso Yukari cuando intentó marcharse. Algo había en esa mirada que no acababa de encajarle.

    —Sí, quédate conmigo un tiempo —dijo Yukari apoyando su cabeza sobre sus manos. —Hay muchas cosas que quisiera enseñarte.

    —¿Tarot reflexología y adivinación? Mejor que no.

    —¡Ay, chico! ¡Qué corto que resultas algunas veces! Tú estudias teología experimental, ¿no? Pues es eso exactamente lo que te enseñaré. No todo lo que es reconocido como científico tiene que parecerlo.

    Yukari guió a Robert por la casa hasta llegar de nuevo a la biblioteca donde se volvió a encontrar con la niña del día anterior, la cual volvió a marcharse con la misma celeridad.

    —¿Es su hija? —preguntó él, viendo como se alejaba por el pasillo.

    —No, podríamos decir que es más hija de Ran que mía —dijo ella mientras emitía una leve risita. —A veces la mima demasiado pero cumple bien su papel.

    —¿Ran es... su daimonion?

    —No, es mi shikigami. La invoqué hace ya mucho... ya he perdido la cuenta de los años, la verdad.

    —¿Entonces su daimonion...? —preguntó él, tragándose la pregunta de qué diantre era eso del “shikigami”.

    —No tengo, al menos de forma visible —respondió ella sin más, casi aparentando que el tema le aburría sobremanera. —No hace mucho que he entrado en contacto con semejantes criaturas (tranquila, no te estoy insultando) —le comentó a Yamapikarya con voz queda, —pero algo oí de ellas hace ya muchos años. En todo caso, el que no me lo veas no es algo que deba preocuparte.

    La eterna sonrisa de esa mujer le hizo olvidar todas las preguntas que en ese momento le rondaban la cabeza por lo que se centró mejor en lo que estaba haciendo ella en ese momento.

    —Mira este libro —dijo ella sacando un pequeño libro de entre un montón de enormes volúmenes: “Mil ojos observan un único multiverso”. —Lo escribí hace bastante poco viendo que podría serte de alguna utilidad para lo que quiero enseñarte.

    Cuando él leyó el título, inmediatamente se le vino a la cabeza la imagen de aquella aterradora estola que ella siempre llevaba a todas partes pero intentó no manifestar nada para no desagradar a tan amable mujer.

    —¿Qué aspecto de la teología experimental trata? —preguntó él llevando su mano hacia el libro que ella le ofrecía.

    —Las partículas elementales, lo que en este mundo es conocido como “Polvo”.

    Cuando Robert escuchó la última palabra, su mano salió disparada hacia atrás como un ensalmo, casi como si el libro quemara.

    —¿¡Pero es que está loca!? —exclamó él. —Ese tipo de investigaciones están prohibidas por...

    —...la iglesia desde el Concilio de Malta que no sé qué y no sé cuánto más... Por favor, no me repitas cosas tan obvias. Sé perfectamente que es un tema tabú.

    —¿Entonces por qué...?

    —Vivo del Polvo —respondió ella antes de que terminara la pregunta.

    —¿Dice que gracias a él puede ver el futuro?

    —No, yo no puedo ver el futuro, sólo puedo deducir qué puede depararnos el destino, nada más pero, sí, es el Polvo el que me permite hacerlo. Sin el Polvo, este amigo de aquí —dijo alzando su estola —no podría tener acceso a otros mundos, pero la cosa no acaba ahí: Sin Polvo, tú no serías tú, serías un pelele sin personalidad, serías un humano sin daimonion y todo lo que ocurriera en el universo carecería de sentido.

    —¿Cómo? —preguntó él levantando la ceja más escéptico que nunca.

    —Así son las cosas, créeme. En todo caso, sé que esta es una materia que te interesa desde hace mucho, ¿cierto?

    —Bueno... —dijo mirando más detenidamente el pequeño librito. —Es innegable que hace ya algún tiempo me interesó esta materia...

    —Pero nunca ha dejado de gustarte a pesar de las presiones por parte de tus profesores, de los párrocos e incluso de los que antes llamabas amigos —Yukari hizo una pequeña pausa en su frase y dijo: —Te haré una proposición: Léete este libro y, si no te convence lo que en él se te dice, me marcharé y no volveré a molestarte en toda tu vida. Sin embargo, si te interesa esto, será evidente que te interesa cuanto quiero explicarte y podrás quedarte a vivir en esta casa hasta que hayas aprendido todo lo que necesites saber para poder desenvolverte tú solo a partir de entonces.

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    —Fue la única vez que la vi seria de verdad —dijo Robert. —Y noté perfectamente como odiaba estar manteniendo esa actitud.

    —Por lo que notamos de ella —dijo Yamapikarya —todas sus sonrisas eran reales, nunca las forzaba.

    —Un encanto, vamos. No me pude negar a considerar su oferta (¿quién hubiera podido?) así que esa noche me quedé en esa casa.

    —Y no volvimos a salir hasta dos años después —rió su daimonion.

    —Todo por leerme este librito —dijo sacando un ejemplar de “Mil ojos observan un único multiverso”. —Parece corto pero tiene la letra horriblemente diminuta por lo que no es un libro que convenga leer con prisas. Yukari escribió este libro para que fuera mejor leerlo con detenimiento en lugar que deprisa y mal. En él explica, con una prosa casi perfecta, aspectos básicos de la naturaleza del Polvo.

    —Nos pasamos nueve horas seguidas leyéndonos ese libro, sin un solo descanso... En nuestra vida jamás habíamos tenido una lectura tan absorbente como ésa.

    —A cada minuto que pasaba, yo aprendía algo nuevo, cosas que jamás habría pensado que fueran así... pero con un poco de mi típico escepticismo. Antes de darnos cuenta, habíamos terminado el libro y hacía más de una hora que había amanecido. Fue entonces cuando le comunicamos a Ran, que no había abandonado la biblioteca en todo ese tiempo, que aceptábamos la propuesta de su señora.

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    —Mi señora la está esperando, despierte por favor —pidió Ran a Robert el cual se levantó de inmediato.

    “Otra noche...” se dijo para sus adentros mirando por la ventana de su habitación. “¿Por qué sólo de noche?”

    Robert llevaba ya más de tres semanas en casa de Yukari y no se podía quejar del trato que estaba recibiendo pero aún no se había acostumbrado del todo a las sesiones nocturnas a las que le sometía Yukari. En todo el tiempo que llevaba allí, ni durante un segundo había visto a la señora de la mansión estar expuesta a la luz del sol: Siempre estaba en las sombras. Eso sí, siempre y cuando no estuviera durmiendo pues esa mujer era capaz de dormir más de quince horas seguidas apoyándose en cualquier cosa (incluso creyó verla dormir una vez de pie en medio del pasillo cuando él se volvía a su habitación después de una larga jornada de trabajo).

    Robert apartó su pesado edredón y se vistió rápidamente. Tras adecentarse un poco y recoger a su dormida daimonion del colchón, se dirigió hacia la biblioteca a encontrarse con su maestra a la cual se encontró esperándole al tiempo que sostenía algo en la mano: Era una especie de reloj de bolsillo de grandes proporciones, de color dorado en cuya esfera se podían ver cuatro agujas y una multitud de símbolos.

    —Buenas noches —saludó ella dirigiéndose grácilmente a él moviendo con suavidad su largo vestido blanco y violeta. —Tengo un pequeño regalo para ti —dijo pasándole el extraño objeto.

    Robert lo cogió y lo miró con curiosidad pero acabó por preguntar:

    —¿Qué es esto?

    —¿Has oído hablar alguna vez de un objeto llamado “aletiómetro”?

    —¿Esto es un aletiómetro? —preguntó él con cierta sorpresa pero sin demasiada pasión (de sorpresas, Yukari ya le tenía curado de espanto). —¿De dónde lo ha sacado? Hace tiempo había oído que los habían destruido todos.

    Yukari contestó alzando su estola con ambas manos, a la cual él ya había logrado acostumbrarse, y a través de ella logró vislumbrar un papel en el que había una larga lista de nombres el cual estaba sobre un bureau.

    Esa estola era lo que utilizaba Yukari para ver más allá de sí misma, tal como si fuera su bola de cristal (una bola de cristal muy viva). Podía hacerla aparecer donde quisiera, aunque casi siempre la tenía colgando de sus brazos. Pero, lo más llamativo de esa estola era precisamente que era un “agujero”, un túnel que permitía acceder a otros lugares, a otras dimensiones de la realidad, controlado por la voluntad de su dueña.

    Sin temor aparente, Robert extendió la mano y cogió susodicho papel para pasar a leerlo con detenimiento.

    —“Lionel Smith, eliminado”; “Maximilian Eisendorf, en paradero desconocido”; “Paulo Oporto, localizado a la espera de órdenes”... —leyó él en esa lista en la que figuraban una veintena de nombres. Tras fijarse un poco, miró un poco el encabezamiento y, tras deducir que eso estaba escrito en germano, pudo deducir qué decía más o menos. —¿Es una lista de dueños de aletiómetros?

    —No dejas pasar una —dijo ella dirigiéndose a su sillón favorito desde el cual dirigía todas sus lecciones. —Sí, eso es lo que es. Como bien has podido ver, hay más de siete aletiómetros perdidos o desaparecidos. El que tú tienes en tus manos es uno de ellos, el que perteneció a Maximilian Eisendorf.

    —¿Ha muerto?

    —Lo han asesinado —dijo ella sin tapujos. —Ésa no es una lista de control, es una lista de ejecuciones. Si en algo aprecias tu cuello, a partir de ahora disimularía un poco el aparato.

    —Descuide... —dijo algo turbado al ver que le habían regalado un objeto de tanto valor. —De todas formas, aunque aprecio su regalo, no sé para qué me lo ha dado si no soy capaz de descifrar sus símbolos.

    —Bueno, para eso estás aquí. A partir de hoy alternaremos la investigación del Polvo con el manejo del aletiómetro. Conociéndote, no te será muy complicado encontrar aquí una buena base para tu formación. A partir de ahí, con ese aparatito serás capaz de hacer predicciones que podrán ayudarte a desenvolverte mejor por este mundo en el futuro.

    Robert no añadió nada más y se sentó en una butaca para ponerse a la escucha como hacía todas las noches. Las lecciones de Yukari siempre eran orales pero dictadas con tal vehemencia que no hacía falta apunte alguno para recordar bien cuanto decía... siempre y cuando no se quedara dormida en medio de sus explicaciones. Sus lecciones, aunque largas, nunca se hacían excesivamente pesadas y, cuando ella notaba que caía en ese defecto, llamaba a Ran para que preparara algo que comer para dejar descansar a su invitado.

    Ran, a diferencia que su ama y señora, casi siempre estaba seria y, a ser posible, casi invisible (más de una vez él se la había encontrado saliendo casi de la nada sin hacer el más mínimo ruido con sus pasos). A pesar de eso, era muy servicial y siempre cumplía a rajatabla cuanto le ordenaba Yukari (en realidad, ésta sólo “sugería”). En cuanto a su naturaleza, no era humana, eso ya se notaba nada más verle las nueve colas que tenía tras de sí, pero Robert tuvo que acabar reconociendo que tampoco era una daimonion. Aparte de las colas, en ella llamaban la atención sus manos, que siempre que podía llevaba ocultas dentro de sus anchas mangas, las cuales eran muy grandes para la media humana, con largas uñas y vellos excesivamente desarrollados pareciéndose más a unas garras que a unas manos femeninas; y su cabeza: Ese extraño gorro de dos puntas que siempre llevaba no era tal sino un orejero que ocultaba dos saltonas y doradas orejas de zorro.

    Esa noche, tras más de cuatro horas de explicación incansable (a Yukari nunca parecía secársele la boca dando a entender que posiblemente no era una novata en lo que refería a la oratoria), Yukari llamó a Ran para que fuera preparando el almuerzo (teniendo en cuenta cómo era el paso del tiempo en esa casa, las horas de las comidas eran las horas nocturnas correspondientes a las diurnas) hecho lo cual, guió a su invitado por los pasillos hasta el comedor en donde le dejó descansar de su larga disertación, retirándose junto a la ventana desde la que se podía ver la calle Leonardo en toda su decadencia (Robert no entendía cómo podía gustarle semejante vecindario (aunque vecinos vecinos, lo que se dice vecinos, aparte de los gatos callejeros y las ratas que pululaban por la zona, no tenía muchos)).

    Unos minutos después, mientras Robert leía un libro junto a la chimenea, vio entrar a Chen con los cubiertos, dispuesta a ayudar a Ran en su trabajo.

    Esa niña, una auténtica monada, tenía rasgos animales como Ran, en su caso, gatunos: Largas uñas, dientes más afilados de lo normal, orejas de gato y... ¿dos colas? Su comportamiento también se asemejaba con el del animal al que se parecía, imitando algunas veces su comportamiento (¿cuántas veces no se la encontró ronroneando apoyada en Ran?). Por lo que había deducido de las palabras de Yukari, Chen no era una shikigami suya sino de Ran por lo que el hecho de que la niña le obedeciera se basaba tan sólo en un respeto de ésta al comportamiento de su invocadora. Además había notado que la relación entre las dos shikigamis era más parecida a la de una madre y una hija más que a la de una ama y una esclava (más o menos, esto era lo que entendía Robert sobre el comportamiento de los shikigamis).

    No era capaz de entender demasiado de dónde y cómo diantre habían salido semejantes seres pero tampoco le importaba demasiado: No le molestaban para nada (más bien todo lo contrario) y él no se metía en sus vidas. Sin embargo, tampoco se llevaban tan mal como para estar ignorándose todo el tiempo por lo que, con el tiempo que llevaban juntos, habían empezado a acercarse unos a otros, iniciando pequeñas charlas amistosas (al menos ahora, Chen no huía de él cada vez que le veía acercarse) con lo que pudo reafirmar sus sospechas sobre cómo se llevaban Ran y Chen: Ran pensaba que Chen era la más bella criaturilla sobre la faz de la tierra, apenas pudiendo negarse a ninguno de sus caprichos, acudiendo en su ayuda a cada pequeño percance que tenía y esforzándose en que la niña no perdiera la sonrisa; mientras que Chen pensaba que “su señora” era el ser más fuerte que había pisado jamás esa tierra “si no contamos el poder que tiene la señora Yukari”, solía añadir ella. Respetaba cuanto decía Ran y, a consecuencia de ello, obedecía ciegamente a Yukari, alegrándose sobremanera cuando cualquiera de las dos le dirigía algún elogio.

    Cuando Chen terminó de colocar los platos y los cubiertos, hizo una pequeña reverencia y se retiró tan rápida como silenciosamente, probablemente yendo a ayudar a Ran a traer la comida.

    Mientras llegaba, Robert aprovechó para fijarse un poco en el aletiómetro que le había dado Yukari. Gracias a la charla de esa noche, ya sabía de él que lo llamaban “lector de símbolos” y que a partir de esos símbolos se podían conocer toda clase de cosas que se le preguntaran. El primer paso era señalar algún aspecto de la pregunta con las tres agujas así que empezó a girar las ruedas hasta señalar tres símbolos: La vela, refiriéndose a Yukari como su maestra, como la luz que le guiaba; la luna, refiriéndose a Yukari como alguien extraña y lejana pero a la vez llamativa y el sol, refiriéndose a su verdad, a lo que ella era. Hecho esto y, siguiendo las sencillas instrucciones que le dio Yukari, se concentró e intentó alejar cuanto pensamiento cruzara su mente salvo uno: “¿Quién es Yukari Yakumo?”. Tras un buen rato ignorando cuanto ocurría a su alrededor, pensando tan sólo en esa pregunta, la aguja fina empezó a moverse, cosa que no hizo que él perdiera la concentración, esperando pacientemente a que el aletiómetro terminara de dibujar su mensaje: Primero, la aguja se paró durante más de diez segundos sobre el alfa y el omega para luego pasar rápidamente hacia la imagen de la Virgen y, al final, se movió suavemente (más bien, lentamente) hacia la imagen del reloj de arena, hecho lo cual, no volvió a moverse.

    —¡Señor, señor! —llamó Chen tirándole de una manga. —La comida ya está.

    Robert se asustó un poco por no haberla visto ni entrar pero no dijo nada, dirigiéndose de inmediato a la mesa para comer, eso sí, sin olvidar los símbolos que le había señalado el aletiómetro.

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    —¿Y qué querían decir esos símbolos? —preguntó David con curiosidad.

    —El Alfa y Omega es un símbolo que significa “destino” o “eternidad”, el Reloj quiere decir “tiempo”, “cambio” o “muerte” y, por último, la Virgen es la “feminidad”, la “adoración”, la “maternidad”... Intentad adivinar qué quería decirme el aletiómetro —dijo sonriendo él esperando una respuesta.

    —¿Esa mujer estaba predestinada a darte un hijo muerto? —preguntó dudando Frances.

    —No, no es algo tan macabro.

    —¿Era una diosa predestinada a morir? —preguntó Lou.

    —Tampoco hace falta que exageres tanto...

    —Era una fantasma —dijo firmemente David a cuya respuesta le siguió una sorprendida mirada de Robert.

    —Exacto... —dijo lentamente. —Exactamente eso. Ella no era ni más ni menos que una fantasma. Tardé mis buenos cuatro años en interpretar bien esa primera revelación pero para entonces, Yukari ya se había marchado. Ya sé que el hecho de que tuviera cuerpo es algo bastante insólito pero, ya se sabe, no todo funciona igual en todos los mundos.

    —No hace falta que lo asegure... —comentó Lou.

    —¿Le preguntó al aletiómetro por qué Yukari se fijó en usted? —preguntó David.

    —No, no hubo necesidad —contestó Robert. —Fue ella misma la que me dijo la razón.

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    Y pasaron las semanas...

    En todo ese tiempo, Robert no había salido ni una sola vez de esa mansión, cosa que, sin embargo, no le molestaba demasiado a él ni tampoco parecía molestar a Yukari. Todo cuanto hacía era escuchar y aprender continuamente, día tras día, sin descanso...

    —Eres una persona muy paciente —comentó un día Yukari.

    —“El saber no ocupa lugar” se suele decir, sin embargo lleva su tiempo —fue la respuesta del hombre. —Si quiero aprender cuanto usted desea enseñarme, debo ser paciente. Además, es mucho mejor quedarme aquí que volver a la universidad —dijo dejando de observar el movimiento de la aguja del aletiómetro. —Si lo que me cuenta este aparatito es cierto, más me valdría no volverme por allí en mucho tiempo.

    —¿Le has preguntado al aletiómetro quién te está acusando? —preguntó ella con mucha curiosidad, inclinándose hacia delante para escuchar mejor la respuesta.

    —No me malinterprete, no es que no sepa leer el aletiómetro, sólo que no se lo he preguntado ni tengo interés en hacerlo.

    —Ah... claro... —dijo ella sonriendo ampliamente.

    Robert generalmente no aguantaba que adoptara esa actitud de aparente desconfianza (sólo aparente) pues normalmente le instaba a seguir contestando, cosa que así hizo:

    —No voy a ir diciendo por ahí que supe quién ha sido el verdadero culpable leyendo un aletiómetro: Se me echaría la Junta de Oblación encima.

    —Por supuesto... —Yukari siguió con esa maliciosa sonrisilla.

    —Además, ya no se puede hacer nada —insistió él. —Aunque lo atrapara y probara lo que hizo, mi reputación ya está más que rota desde que desaparecí del campus.

    —No me digas... —Yukari levantó una de sus cejas aparentando sorpresa, pero era un movimiento tan falso que Robert se exasperó.

    —¡¡Pero bueno, Yukari!! ¡¡Sabes que tengo razón!! ¡¡No me sigas con esa cara!!

    Tanto Ran como Chen, que estaban en ese preciso momento en la biblioteca, se pararon en seco y miraron con sorpresa (más bien con algo de terror) a Robert, el cual enmudeció al darse cuenta de qué había hecho.

    Yukari, había levantado las dos cejas, esta vez mostrando sorpresa real pero sin dejar de sonreír, pasando al rato soltar una carcajada, cosa que extrañó a todos los de la biblioteca.

    —¡Ay, chaval! Eres la primera persona que me grita en toda mi vida... Al menos es agradable ver como empiezas a tutearme un poco —dijo estirando su boca con una amplísima sonrisa al tiempo que tanto Ran como Chen suspiraban aliviadas por algo que Robert no llegaba a comprender. —Eres una persona de buen corazón. He conocido a muchos hombres cuya primera pregunta habría sido “¿quién ha sido el que me ha hecho esto?” pero tú eres el primero que no piensa así. Me hace gracia ver cómo eres capaz de renunciar a tus impulsos más primarios sólo para estar en paz contigo mismo.

    —“La venganza es un plato que se sirve frío” se suele decir —dijo Robert recuperando el habla. —Daría igual qué hiciera: Me sentiría mal haciendo lo mismo que ellos trataban de hacer conmigo.

    —Entonces sirvamos caliente el plato —dijo dejando colgar su estola delante de ella, metiendo la mano dentro del agujero y sacando al instante a un hombre en pijama, con su daimonion marta enrollado en su cuello, con una fuerza que no parecía corresponderse con la talla de esa mujer.

    El hombre se despertó nada más caer sobre el suelo de madera de la biblioteca, quejándose por la caída que había sufrido, probablemente pensando que en realidad se había caído de la cama. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que eso no era así y miró a su alrededor.

    —¿Dónde...? —preguntó lentamente a su alrededor fijando su vista sobre Robert. —¿Anstein? ¿Dónde estoy? ¿Qué has hecho?

    —Aquí tienes a tu gamberro —anunció Yukari limpiándose con un pañuelo la mano con la que había agarrado al joven. —A partir de aquí, te dejo hacer lo que quieras con él.

    Robert se fijó un poco en la cara del despeinado hombre y no tardó en decir su nombre:

    —Adolf... no me esperaba esto de ti.

    —¿Qué está pasando aquí? —dijo el aludido arrastrándose con miedo hacia la salida.

    —Así que fuiste tú el que pintó de rojo los cristales de la planta baja de la facultad, el que me robó mi uniforme, el que pegó una paliza a ese profesor dejando mi chaqueta atrás... Así que eras tú... ¿Tanto te molestaba ser el segundo de la clase?

    —...no... no sé de qué me estás hablando —dijo Adolf paralizándose de miedo.

    —Sí que lo sabes —acusó Yukari, sorprendiendo a Adolf y dejando su estola colgada de una de sus manos, la cual se extendió y ensanchó hasta tener una forma ovalada de bastante envergadura, como si fuera un ojo enorme, hecho lo cual, cambió su normal color rojo por ese espantoso (a los ojos de Adolf) estampado de ojos para luego pasar a mostrar una imagen nítida, en la que se veía a ese joven lanzar cubos de pintura dejando una cartera entre los arbustos del lugar. Tras eso, apareció otra imagen en la que un enmascarado (probablemente Adolf, que tenía sus mismas proporciones) golpeaba enfurecidamente a un hombre mayor, el cual, en el forcejeo, le arrancó media chaqueta. —¿Cómo lo decís vosotros? ¿”El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”? Robert, haz lo que quieras con él.

    Adolf, aterrorizado, se levantó a toda velocidad y salió golpeando la puerta de la biblioteca.

    —Pero qué predecibles que sois... —dijo Yukari cogiendo los bordes de su estola con el dedo índice y pulgar de su mano derecha, “cerrando” el agujero, haciéndolo desaparecer de entre sus manos. De inmediato, la estola volvió a aparecer delante de la puerta de la biblioteca, atravesándola Adolf y volviendo él a entrar en la biblioteca tal como si hubiera atravesado un espejo y lo que hubiera salido fuera su reflejo. Cuando se dio cuenta de dónde estaba, se volvió a dar la vuelta pero, esta vez, la estola se volvió roja otra vez y una maraña de brazos surgió del otro lado del agujero, los cuales agarraron con fuerza al fugitivo, forcejeando éste como un poseso intentando librarse de lo que le sujetaba. —¿Y bien? —preguntó ella cuando vio que Adolf ya no podía zafarse de su prisión.

    Robert, con toda la sangre fría que pudo reunir, se acercó a Adolf y le obligó a que le mirara a la cara.

    —A todo crimen le sigue su justo castigo... —Robert pensó lo siguiente que iba a decir y no tardó en decirle a Yukari al tiempo que soltaba al lloroso prisionero: —Déjale marchar. No vale la pena seguir castigándolo más de lo que ya lo has castigado.

    Yukari, que había estado manteniendo una velada sonrisa durante todo ese asunto, volvió a sonreír como solía hacer e hizo que los brazos soltaran a su prisionero.

    —Ran, encárgate de guiar al señor hasta la puerta, por favor —pidió Yukari sin dignarse siquiera a mirar al aterrorizado hombre.

    Ran no se hizo de rogar y, cogiendo al farsante de la pechera de su pijama, se lo llevó por el pasillo sin aparente esfuerzo para acabar lanzándolo al suelo, sin miramientos, cuando llegó a la puerta.

    Yukari se giró hacia Robert tras ver salir a Ran y se dirigió hacia Robert sobre cuyos hombros posó sus frías manos.

    —No me equivoqué contigo —dijo ella. —Tú no eres de los que dibujan fronteras en el aire y, por ello, eres la persona que podrá salvar mi futuro.

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    —Dijo esa frase con la sonrisa más esperanzada que jamás le vi mostrar a esos labios —dijo Robert. —Y fue la más bella cara que me mostró jamás.

    —¿Qué quería decir con eso de “dibujar fronteras en el aire”? —preguntó Diana.

    —Es de una cita que solía decir muy a menudo refiriéndose a los humanos en general. La frase completa es: “En este mundo, ellos dibujan fronteras en el aire. Es miserable desear tenerlo todo”. Con esa frase hablaba de las miserias que traen los malos pensamientos, el egoísmo, las ansias de venganza, el sufrimiento, la frustración, los deseos más terrenales... A ella le gustaba vivir intensamente su vida pero nada más. No molestaba a nadie, no reclamaba nada como suyo, nunca daba órdenes ni exigía nada. No, ella se conformaba con tener a Ran siempre a mano, la cual disfrutaba haciendo feliz a su señora a la vez que Yukari le dejaba cuidar maternalmente de Chen. Le gustaba ver como esos dos seres disfrutaban de su presencia y le agradaba ver que tampoco ellas eran excesivamente exigentes con lo que había a su alrededor. Y si surgían problemas, si la gente de este miserable mundo no aceptaba su forma de ser, no peleaba, sencillamente se iba, desaparecía a donde nadie era capaz de seguirla.

    —Entonces de ti decía que no eras una persona egoísta —dijo Frances.

    —Le caía bien por mi forma de ser, nada más. Yo no era ni más ni menos egoísta: Yo era yo, sin más. Si esto implicaba un comportamiento un poco más modesto que el de la media, estoy de acuerdo, pero yo nunca me sentí superior a nadie por mi forma de ser y era eso, probablemente, lo que llamaba la atención de Yukari.

    —También dijo que gracias a eso la salvarías. ¿Salvarla de qué? Si tan poderosa era gracias a su estola, ¿a qué podía temer ella?

    —Temía desaparecer, que la esencia que la conformaba desapareciera y con ello, su alma.

    —Temía que desapareciera el Polvo —aclaró Yamapikarya. —Actualmente el Polvo está sufriendo... —la gata buscó una palabra adecuada, —una crisis, se podría decir: El Polvo, esa esencia que nos permite ser como somos, que nos da nuestra alma, que hace que todo ocurra de acuerdo con unas leyes preestablecidas, el lienzo del universo... podría desaparecer por completo si no se actúa pronto.

    —Para evitar que tal cosa ocurra —siguió Robert, —el Polvo previó varios sistemas que pudieran solucionar semejante problema: El primero fue crear a una mujer para que frenara la desaparición del Polvo gracias a su apasionado saber hacer, una especie de “Eva” bíblica que cayera en la tentación de querer cambiar, de no seguir a rajatabla los designios de la Autoridad. El segundo sistema fue algo un poco más drástico: Dirigió los designios para que naciera un niño que fuera el ejecutor de la Autoridad, principal culpable de la creciente desaparición del Polvo, una especie de Lucifer, un hombre que se revela totalmente en contra de el señor, ya no para ocupar su lugar sino por una razón superior. Estos dos sistemas se están entrelazando uno con otro al día de hoy de una manera muy irregular pues, cuando el Polvo se fuerza a hacer cosas semejantes, corre el riesgo de equivocarse, cosa que no sería la primera vez que ocurre (supongo que ya habréis oído hablar alguna vez del fiasco de la primera rebelión de Lucifer contra la Autoridad). Mi aletiómetro no es capaz de decirme con certeza qué es lo que ocurrirá a partir de ahora, sólo me cuenta, con bastante miedo, lo que ocurre actualmente.

    —¿Y? —preguntó Lou.

    —En mi última lectura dice que Lucifer está cumpliendo aceptablemente su misión, a pesar de que se ha desviado en algunos pasos. En cuanto a Eva, dice que está a punto de tomar un camino muy arriesgado, un camino que debe seguir pero que puede hacer fracasar cuanto ha planeado el Polvo.

    —Eva y Lucifer... de acuerdo —dijo David con voz queda. —Pero resultará que nosotros los conocemos por otros nombres, ¿no?

    —Así es: Eva es una niña, casi adolescente, llamada Lyra Belaqua. Actualmente se está dirigiendo a... al final del camino —dijo sin revelar cuál era realmente su destino. —En cuanto a Lucifer, no he de decir demasiado sobre él: Ya lo conocéis.

    —Anerues... —dedujeron tanto Lou como David al segundo.

    —Exacto.

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    —Hágame el favor de no volver a gritar a la señora, por favor —pidió Ran acompañando a Robert a su habitación, la misma noche que el asunto de Adolf. —Lo último que me gustaría ver de ella es que se amargara.

    —No será para tanto...

    —No será para tanto pero, de todas formas, modere el tono de su voz ante ella. Le debe mucho y lo sabe, así que al menos mantenga el debido respeto.

    Robert asintió no pudiendo discutir su argumento.

    —Pero —continuó ella sonriendo —de todas maneras, parece que le gusta que se manifieste con naturalidad. Hace mucho que nadie como usted pasa por esta casa.

    —¿Pasó alguien más? —preguntó Robert. —Quiero decir, ¿ha tenido más discípulos?

    —Por supuesto: Yo misma pero, en mi caso, no me enseñó los fundamentos del Polvo sino magia.

    Robert no dijo nada, recordando entre maravillado y sorprendido cuantas proezas había realizado Yukari durante esas semanas gracias a su extraña estola.

    —En fin, pues —dijo ella delante de la puerta de la habitación de Robert, —hasta mañana.

    —Espere —pidió Robert, parándose Ran de inmediato. —Últimamente no dejo de llevarme este trasto a todas partes —dijo señalando el aletiómetro. —Me pesa y es bastante molesto, ¿no tendrá algún bolso por ahí que me ayude a llevarlo?

    —Sí es tan sólo eso, para mañana puedo hacerle uno.

    —¡Ah, gracias! —agradeció humildemente Robert, dándose cuenta al rato de algo: —¿Por qué no me enseña a hacerlo?

    —¿Para qué quiere aprender a coser?

    —Dudo mucho que vaya a pasar el resto de mi vida en esta casa, así que será mejor si aprendo a hacer estas cosas yo solo. No puedo depender siempre de lo que hace usted.

    Ran sonrió agradada y se alejó por el pasillo para volver al minuto con una caja de costura y algunos pedazos de tela y cuero. Así, en la habitación de Robert, se comenzó a explicar una lección bastante diferente de las que se solían contar en esa casa y, pasadas más de dos horas, terminaron de coser un pequeño bolso a medida para el aletiómetro.

    —¿Qué pasa? —preguntó ella al ver que Robert le miraba las manos al tiempo que elaboraban una trenza con tiras de cuero que sirviera de correa.

    —Nada, la verdad. Sus manos no son muy comunes de ver.

    —Si lo dice porque tengo las uñas muy largas y más pelo de la cuenta, no se lo negaré pero no puedo hacer nada: Así es mi naturaleza.

    —No he dicho que me parezcan feas: Están muy bien cuidadas y las maneja con elegancia —dijo recordando el tiempo que se habían pasado cosiendo esa noche. —A pesar de lo que trabaja tienen muy buen aspecto.

    —Tanto me da. Yo sólo guardo apariencias para agradar a la señora y a Chen (lo último que les apetecería ver serían unas garras desgarbadas y sucias).

    —¿Hace cuánto que trabaja para la señora Yakumo?

    —Desde que me invocó —respondió ella sin más.

    —¿Y eso es...? —dijo él rematando la trenza con un simple nudo.

    —Hace mucho ¿Nunca ha oído que es de mala educación preguntarle la edad a una mujer?

    —Siempre será mejor preguntarle a la mujer que preguntarle al aletiómetro —dijo guardando el aparato en la funda. —No se preocupe, no le preguntaré semejante tontería. —Dicho esto, cerró la funda y le abrió la puerta a Ran. —En fin, ya no le quitaré más tiempo para dormir.

    —Gracias —dijo ella agradecida por el gesto parándose en seco nada más cruzar el umbral.

    —¿Qué pasa? —preguntó él extrañado por la quietud de la mujer.

    —Silencio —ordenó ella quitándose el orejero, como para querer escuchar mejor cuanto sonaba en la casa. Segundos después, tras dirigir sus orejas en todas direcciones, pareció reaccionar a algo que Robert no logró escuchar. —Coja el aletiómetro, a su daimonion y sígame en silencio —pidió en un susurro.

    Más extrañado que antes, Robert no se negó sabiendo que ella era la que mejor se manejaba en esa casa. Avanzaron por el pasillo lo más discretamente que pudieron hasta que, en la entrada, escucharon un ruido.

    —...maldita sea... —se quejó ella sacando una pequeña lámina de papel de dentro de una de sus anchas mangas. No sería mucho más extensa que media cuartilla pero estaba profusamente pintarrajeada con unos símbolos que Robert no llegó a identificar bien. Ran la levantó con los dedos índice y corazón de su mano derecha, puso su mano izquierda sobre el codo contrario, cogió aire, como tratando de relajarse, y, al expirar, la lámina se convirtió en polvo, apareciendo “algo” a sus pies... no sabría decir muy bien lo que era, parecía una especie de burbuja que refractaba la luz que había en el ambiente pero, viendo la cara de seriedad de Ran, prefirió no preguntar qué era eso.

    —A por ellos —ordenó ella con voz queda, a la vez que cogía a Robert de la muñeca para llevarlo a toda prisa hacia la habitación de Yukari. Robert no pudo hacer nada más que espantarse cuando vio que la esfera, que a la orden de Ran se había lanzado hacia la entrada, estallaba lanzando una gran cantidad de esquirlas verdes y matando a cinco intrusos armados con pistolas y fusiles que parecía que habían entrado forzando la puerta. Y todo con un ruido ínfimo.

    Por el camino golpeó con fuerza la puerta de la habitación que compartía con Chen, saliendo ésta de inmediato y siguiéndoles un par de pasos tras ellos. Cuando llegaron delante de los aposentos de Yukari, cerrados con una fuerte puerta de roble que mantenía a la señora de la mansión alejada de miradas indiscretas, Ran entró sin llamar, encontrándose con Yukari profundamente dormida. Ran juró algo por lo bajo y se dispuso a dar las órdenes pertinentes:

    —Señor Robert, cierre la puerta y manténgala cerrada. Esos malditos no tardarán en llegar hasta esta habitación. Chen, ayúdale mientras intento despertar a ésta.

    Robert no comprendía lo que estaba pasando pero al menos entendía que la situación era grave así que cerró el portón al tiempo que Chen le traía sillas para atorarla. Robert se alejó de la puerta para buscar más cosas que pudieran atascar la puerta pero, apenas dio un paso, cuando notó que se acercaban pasos por lo que apoyó su propio peso contra las hojas de la puerta, indicándole a Chen que siguiera trayendo cosas. Durante un segundo pensó que los pasos pasaban de largo pero no tardaron en colocarse frente a la puerta para empezar a golpearla con fuerza. Los embestidas de los asaltantes eran excesivamente fuertes como para que un hombre del peso de Robert pudiera aguantar mucho por lo que Chen redobló sus esfuerzos para atascar la puerta: Colocó papeles en las rendijas, metió la llave dentro de la cerradura, asentó mejor las tres sillas de la habitación e incluso fue hacia uno de los cajones del armario de Yukari del que sacó un martillo y un par de clavos pero fue inútil: Los asaltantes derribaron la puerta apuntando de inmediato a los presentes.

    Ran, que se había pasado todo ese tiempo sacudiendo salvajemente a su señora para que se despertara sin éxito, al ver que su defensa había sido rota, alzó su mano.

    —¡Al suelo! —ordenó, obedeciendo Robert y Chen de inmediato, al tiempo que frente a Ran se volvía a generar otra esfera incorpórea. La explosión que vino después cogió más que desprevenidos a los intrusos dejando sólo a tres vivos que se retiraron rápidamente. —¡Despierte, maldita sea! —gritó Ran abofeteando a su señora, abriendo ésta levemente los ojos.

    —...todavía no es hora... —dijo perezosamente la otra, ignorando el dolor de los bofetones como si tal cosa.

    —¡Los soldados de la Junta de Oblación nos han encontrado! —gritó Ran. —¡Tenemos que marchar de esta casa!

    Yukari, sin señales de preocupación, agarró su estola (dormía con ella) y abrió un agujero a lo que parecía una gran pradera de noche.

    —¡Vamos! —ordenó Ran. —¡Hay que salir de aquí!

    Chen, sin dudarlo, se metió por el agujero y salió hacia ese paisaje siendo seguida por Ran que llevaba a Yukari en brazos. Robert se dispuso a seguirlas nada más cruzaron ese agujero pero tropezó con un pedazo de madera que salió despedido de la explosión, cayéndose de bruces entre astillas.

    Ran volvió a la mansión para ayudar a Robert, algo cegado por los restos de madera que se le habían metido en los ojos pero no pudo evitar que los soldados que quedaban pudieran alcanzar la sala. Ran, sin soltar a Robert mientras lo arrastraba hacia el agujero, sacó un par de cuchillas de su manga derecha, las cuales lanzó sin dudar al asaltante más cercano, cayendo muerto al instante. Sin embargo, aún quedaban dos soldados: El primero intentó dispararles con una pistola pero Robert lo evitó dándole una patada desde su baja posición; mientras que el segundo se lanzó a inmovilizar a Robert, a lo que Ran respondió sacando una cuchilla más. Así, los cuatro se enzarzaron en una pelea desigual... y digo desigual porque Ran era una auténtica bestia: El pobre loco que agarró a Robert acabó con un profundo corte en el cuello mientras que el otro salió despedido de la sala con un fortísimo puñetazo. Sin embargo, se escucharon más pasos acelerados acercarse a esa sala por lo que los fugitivos se dirigieron sin demora al agujero. Una vez al otro lado, Ran volvió a intentar despertar a su señora para que cerrara el agujero pero ésta siguió con su descanso en paz.

    —¡Chen, aléjalos! —gritó Ran, que volvía a abofetear a Yukari.

    Chen asintió sonriente al tiempo que sacaba otra carta similar a la que Ran había sacado instantes antes. Ésta también se disolvió en el aire y alrededor de Chen aparecieron cinco o seis esferas traslúcidas, de menor tamaño que la gran esfera de Ran, que se dirigieron lentamente hacia el otro lado del agujero.

    —No se quede delante del agujero —pidió Chen sonriendo al hombre, como un niño que juega con un juguete nuevo pero mostrando que lo que hacía parecía cansarla bastante.

    Antes de que pudiera apartarse del todo, un cuerpo cruzó el agujero, dirigiéndose directamente hacia Chen, que estaba en su camino para llegar a Yukari por lo que Robert se lanzó en su ayuda, placándolo con fuerza e inmovilizándolo contra el suelo. Ahí mismo comenzaron a luchar, viéndose Robert superado a los pocos segundos de pelea por los fuertes golpes del soldado el cual no tardó en librarse del abrazo de su enemigo. Robert, medio mareado por la paliza, trató de levantarse pero volvió a tirarse al suelo cuando escuchó el sonido de las explosiones de las esferas de Chen. Cuando volvió a levantar la vista, vio a Yukari alzando un brazo y haciendo el movimiento de cerrar el agujero. Y nada más terminarlo, tanto ella como el soldado, trastabillando por la explosión, cayeron inconscientes.

    Robert se levantó intentando ignorar el dolor de los golpes en su cara y se acercó al soldado para ver qué le había pasado.

    —Está muerto —dijo Ran al ver la cara de extrañeza del hombre. —Su daimonion se quedó al otro lado del agujero y al cerrarlo mi señora, la distancia que los separaba se convirtió en mortal —la mujer cogió a su señora y la levantó con delicadeza. —Ya no podemos hacer nada por él, así que mejor pongámonos en marcha.

    Robert, haciendo caso a Ran, echó un último vistazo a la cara serena del hombre y se dispuso a seguirlas.

    ·

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    Robert bebió un sorbo de café para aclararse la garganta tras tanto relato, acomodándose en su sillón.

    —No sabéis vosotros bien la cantidad de problemas que me dio este aparatejo de ahí en adelante. Lo que daría por tener a esa mujer como guardaespaldas...

    —¿Le explicó cómo hizo eso? —preguntó David.

    —¿El qué?

    —Ya sabe, lo de las explosiones...

    —Era magia, simplemente. No le busques explicaciones —respondió riendo un poco. —Ellas no son seres normales, son extraordinarias a los ojos de cualquier ser humano por lo que son capaces de hacer cosas que generalmente se tienen como imposibles... y sin embargo se comportan como una simple familia, nada más.

    —Hay una pregunta que me anda rondando la cabeza desde hace un rato —dijo Lou. —Su nivel de vida era muy alto (vivían en una mansión, tenían buena comida de sobra y una biblioteca enorme) pero, ¿de dónde sacaban el dinero para eso?

    —Ya veo que no se te ha escapado ese detalle. Como sabrás, existen muchos mundos diferentes, mundos en los que ciertas cosas se perciben de diferentes maneras, por ejemplo, la religión en tu mundo no es igual que aquí. ¿Qué ocurriría si encontraras un mundo en el que el oro fuese tan común como el cobre, que no costara nada encontrarlo como utillaje en cualquier familia, ya fuera millonaria como más pobre que una rata. Yukari encontró uno de esos mundos y, gracias a ello, logró encontrar una fuente de ingresos muy segura. De todas maneras, gracias a su estola era capaz de acceder a cualquier biblioteca adquiriendo cuantos documentos quisiera.

    —Más ladrona que adivina...

    —“El que roba a un ladrón tiene cien años de perdón”. Ella no robaba a cualquiera: Los libros de teología experimental de los que os he hablado los había robado de las bibliotecas de grandes cargos eclesiásticos y de los depósitos de la Junta de Oblación. Puesto que algunos de esos libros no iban a volver a ser abiertos en siglos, ella se apropió de cuanto le interesó coger. Y lo de adivina es cierto: De vez en cuando (muy de vez en cuando), iba por el mundo para ir a trabajar como adivina y solucionar algunos problemas de la gente. Gracias a eso, se ganaba el favor de la gente, gracias a lo cual, solucionaba algunos de sus problemas de alojamiento...

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    Chen llamó a la puerta mientras Ran reposaba a Yukari en un banco para examinar a la luz de una farola las heridas de Robert.

    —Te han dejado bonito —comentó ella con sarcasmo mientras le limpiaba un arañazo sangrante en la mejilla. —Es loable que te lanzaras a ayudarnos pero, si sabes que vas a perder la pelea, mejor ni lo intentes.

    —Si no era yo, ¿quién lo iba a hacer? —dijo él soportando el resquemor de sus heridas. —¿Dónde estamos? —preguntó al ver el lugar, cambiando así de tema.

    —En un pueblecito llamado Strumberg, en Alemania. Una vez, mi señora hizo un par de predicciones que permitieron a las cuatro familias fundadoras de esta aldea prosperar y conseguir llevar una buena vida a partir de entonces. La única condición que exigió para ello fue que el día que les pidiera alojamiento, se lo deberían dar, sin preguntas ni demoras —dicho esto, se dirigió a la casa al ver que alguien les abría.

    —A ver, que no son horas para andar llamando a ninguna parte... —se quejó una anciana mientras aún se ponía las gafas.

    —¡Buenas noches, señora Lucca! —saludó efusivamente Chen.

    Al oírla, a la anciana mujer por poco se le cayeron las gafas del susto, recuperándose al instante y mirando sorprendida a su visitante.

    —¿¡Chen!? —exclamó mirando la escena, con Ran dirigiéndose a la puerta y con Yukari durmiendo en el banco que estaba enfrente de la casa. —¿Qué...? —la anciana se tragó la pregunta y abrió la puerta diciendo: —Pasad, pasad. Ahora os preparo un par de habitaciones.

    —No se moleste —dijo Ran entrando. —Ya me encargaré yo. Usted ayude al señor a acomodar a mi señora.

    Así pues, Ran se dirigió inmediatamente al piso superior, siendo seguida por Chen. Por su parte, Robert cogió suavemente a Yukari para evitar despertarla, aunque tras ver la paliza que le había pegado su shikigami, dudaba que él fuera capaz de desvelarla. Se extrañó de ver que en su piel no quedaba marca alguna de los golpes. La señora Lucca le guió por los pasillos de la casa hasta el salón donde le indicó que colocara a la dama en un canapé, yendo seguidamente a la cocina a preparar algo a sus huéspedes.

    Cuando la recostó, Robert se sentó en un sillón a descansar sus brazos tras llevar el enorme peso de esa mujer... cierto que estaba profundamente dormida pero ni su fría temperatura ni su peso se correspondían con el de un ser humano, casi aparentando ser un auténtico cadáver y, aún así, seguía respirando tranquilamente.

    Un par de minutos después, Ran y Chen bajaron del piso superior, trayendo ésta una caja que parecía ser un botiquín.

    —Deje que me ocupe de sus heridas, por favor —pidió Chen abriendo la caja, ofreciendo Robert la cara sin dudar (sabía cuanto le gustaba a esa niña sentirse útil) y ella empezó a tratar sus heridas con delicadeza, aunque con algo de torpeza, al tiempo que Ran cogía a Yukari para llevarla a su habitación.

    —Gracias por lo de antes —dijo Chen mientras le pasaba un algodón con agua oxigenada.

    No se merecen —dijo Robert. —Cualquiera habría hecho lo mismo en mi lugar.

    —Ya, claro —dijo ella mientras contenía la risa. —Eso de “cualquiera lo habría hecho” es una frase demasiado manida, ¿no cree?

    —¿A qué te refieres?

    —Antes que usted, cuatro personas ya habían pasado por esa casa y ninguna de ellas nos aceptó ni a mí ni a mi señora. Siempre que podían, se mantenían alejados de nosotras, sin ni siquiera dirigirnos la palabra para nada y tratándonos como monstruos.

    —Hay mucha gente estúpida por el mundo... —intentó decir él para animar a la niña siendo interrumpido por ella:

    —...”que dibuja fronteras en el aire” —dicho lo cual, volvió a sonreír, volviendo a su trabajo.

    No tardó mucho en terminar y, tras ello, marchó con paso rápido al piso superior para ir junto a Ran.

    —¿Una taza de té, joven? —preguntó la anciana Lucca cuando se quedaron solos.

    —Sí, gracias —respondió él, cogiendo la taza que le había dejado la anciana, acomodándose como pudo en su sillón.

    —Ya veo que la señorita Ran se ha enfadado con usted —dijo ella mirando sus heridas. —No conviene meterse con su niña.

    —Esto... —Robert calló antes de decir nada. Ya estaba muy cansado y prefería no tener que dar explicaciones de lo que había pasado. —Claro... Ran siempre es muy protectora respecto a Chen... Disculpe que no siga la conversación pero tengo un poco de sueño. Si no le importa...

    —Claro que no. Su habitación es la primera puerta a la derecha según llega al segundo piso.

    Robert dejó la taza sobre la mesita del salón y se dispuso a ir a la cama pero antes de salir, la mujer comentó algo que no se escapó al fino oído de Robert:

    —...veinte años... veinte y no ha crecido ni un ápice...

    ·

    ·

    ·​

    —¿Veinte años? —preguntó Lou. —¿Quiere decir que la señora Yakumo estuvo en esa aldea veinte años atrás? Tal como nos la ha descrito, aparentaba tener esa edad, más o menos, ¿no?

    —Aparentaba tener veintitantos pero ya lo sabéis: Yukari, de normal no tiene nada. No sé qué edad tenía ni me interesa pero, al ser una fantasma, lo normal es que no crezca ni aparente cambiar. Lo mismo cabe decir de sus shikigamis: Tú mismo dijiste que sólo eran espíritus, seres que, en teoría, no pueden vivir en otro mundo de otra manera que no sea poseyendo otra clase cuerpo que sea capaz de contenerlos. Casi cabría pensar que tanto Yukari como Ran y Chen son inmortales.

    —Después de escuchar todo esto, hasta me lo creo...

    —¿Y qué pasó tras eso? —preguntó David con curiosidad.

    Robert miró la ventana y vio como el sol ya estaba cercano al ocaso.

    —¿Cuánto llevo hablando? —preguntó Robert como si estuviera desorientado. —¡Diantre! ¡Hablo y hablo y mira lo que pasa! ¿Qué os parece si descansamos un poco y lo dejamos para mañana? Incluso si el tema me gusta, hasta yo me canso.

    —Entonces ya nos veremos mañana —dijo Frances levantándose. —Quizá entonces puedas explicarnos para qué está Lou aquí.

    —No corre mucha prisa, la verdad —dijo Robert con tono animado. —De todas maneras, podéis quedaros esta noche a dormir aquí: Sitio hay de sobra.

    Los seis, tanto personas como daimonions, se miraron entre sí, pensando en el camino que tendrían que aguantar para volver a Tour—de—Peilz en tren y no tardaron en aceptar la oferta del anciano.



    —¿A dónde vas? —preguntó Lou yendo a la cama al ver que David se calzaba sus desgastadas botas.

    —Voy a darme una vueltecita —dijo poniéndose de pie. —Me he pasado casi todo el día sentado y eso me incomoda. Pasearé un poco junto al lago y así aprovecharé para contemplar un poco el paisaje y aprovechar así el viaje.

    —Tú mismo... —dijo Fu Riong enrollándose en el cuello de su persona. —Mientras no tengamos que darte patadas para despertarte...

    David sonrió, salió de la habitación y luego de la mansión.

    —Preciosa luna la de hoy —dijo dirigiéndose a la orilla del lago, atravesando un oscuro bosquecillo de abetos. A pesar de la oscuridad, la luz de la luna menguante se reflejaba bien en la mercúrica superficie del agua dándole un toque muy sereno al paisaje, al tiempo que las luces de las demás casas que estaban junto al lago lo decoraban con tonos amarillentos y alargados patrones...

    —Ya ves tú... —dijo Diana acercándose al agua. —Fantasmas viviendo entre nosotros. Al final resultará que tu miedo a la oscuridad tenía algún sentido.

    —De eso hace mucho y, aunque tuviéramos fantasmas rondando cerca nuestro, no veo que nunca nos hubieran hecho nada ni a mí ni a nadie que conociera. Son sólo una clase más de seres que andan rondando por el mundo.

    —Mundos —corrigió ella.

    —Pues eso... Es irónico pensar que, tras decir los periódicos que el mundo es cada vez más pequeño gracias a los nuevos medios de transporte, el universo se vuelva más y más grande apareciendo nuevos mundos, como replicando a semejante afirmación —y dicho esto, reavivó el paso, sonriéndose por su ocurrencia, caminando alegremente, viendo las formas desdibujadas de las nubes contra la débil luz de la luna, mostrando formas curiosas: Una nube circular con apariencia de reloj de bolsillo, lo que parecía un cuchillo, una muy alargada con el aspecto de parecer una senda en el cielo, una flecha que señalaba el suelo... David, de repente, tropezó con algo, perdiendo el equilibrio y cayendo sobre la hierba, empezando a jurar y perjurar su daimonion por el golpe.

    —¡Mira por dónde andas, imbécil! —le gritó Diana. —¡Eso duele!

    David trató de levantarse pero se dio cuenta de que tenía algo atrapado en los pies que no le permitía moverse así que, resignado, intentó quitárselo. Pero, con sorpresa mayúscula, vio que la cosa con la que había tropezado no era ni una hierba ni una raíz... era la decorada funda del aletiómetro de Robert cuya correa se había enrollado en sus pies. Algo asustado y con la poca luz que había, miró dentro de la misma y se encontró con el aparato, en perfecto estado y con el mismo aspecto que tenía cuando lo vio por última vez.

    —¿Qué hace esto aquí? —preguntó Diana, tan sorprendida como su persona.

    David, lejos de dejarse llevar por la emoción del momento, se sonrió y dijo:

    —Ya lo dijo Anerues: Tendremos que caminar.

    —¿A qué te refieres?

    —No podemos sacrificarnos inútilmente pero podremos ser de ayuda...

    —¿¡Pero de qué hablas!?

    —La Junta de Oblación ha llegado a la mansión —dijo él con cara muy seria, recordando las figuras que había visto en el cielo. —Debemos ocultar este aparato para evitar que llegue a malas manos.

    —¿Pero quién lo ha dejado... aquí? —Diana se quedó sin respiración al ver que en la orilla de ese lago había alguien más: Una mujer de largos cabellos rubios, con un vestido blanco y violeta, con lacitos rojos tanto en su pelo, su vestido y su parasol que llevaba abierto en ese momento, ocultando su cara tras la fuerte sombra que propiciaba... No la pudieron ver durante demasiado tiempo pues, al poco, estiró un brazo dejando colgar del mismo un pedazo de tela, una estola decorada con dos grandes lazos en sus extremos, la cual empezó a agrandarse al tiempo que de él surgían cientos de ojos hasta formar lo que parecía ser un ojo enorme el cual se colocó a su espalda.

    —Ayuda a Robert, por favor —dijo la mujer inclinándose y dando un paso atrás, cerrándose el agujero cual si fueran dos párpados y desapareciendo ella del lugar.

    David, aunque algo asustado por lo que acababa de ver, no se demoró en su petición y se levantó de inmediato, sabiendo que era posible que la Junta de Oblación estaría buscándolo, así que empezó a caminar directamente hacia la aldea de Tour—de—Peilz.
     
  16. Threadmarks: Buscando el paraíso en un sueño - Capítulo 16
     
    JeshuaMorbus

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    Buscando el paraíso en un sueño (Completa)
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    Capítulo 16: Reunión en Chalyben

    Vinieron a por los judíos pero como yo no era judío, no me importó.

    Vinieron a por los negros pero como yo no era negro, no me importó.

    Vinieron a por musulmanes pero como yo no era musulmán, no me importó.

    Vinieron a por los minusválidos pero como yo no era minusválido, no me importó.

    Cogieron a cuantos se quejaron pero como yo estaba bien, no me importó.

    Y vi cómo venían a por mí, pero con horror, vi como a nadie le importaba.

    (Creo que esto era de un folleto contra el racismo (yo y mi memoria de pez ¬_¬))

    El’Lo guió su carreta a toda velocidad por medio de ese bosque escapando de sus perseguidores pero poco a poco, los jinetes de Gen fueron cerrando distancias, pudiendo llegar a tenerlo al alcance de sus poderosas ballestas. El utukku tuvo que recurrir a sus reflejos para esquivar cuantas saetas le lanzaban pero aún así sabía que era cosa de tiempo el que acabaran alcanzándolo.

    —¡Maldita sea, corred! —le gritó azuzando desesperado a sus caballos que trataban de mantener su furioso galope a pesar de estar casi totalmente agotados tanto por el tiempo que llevaban corriendo como por culpa del irregular terreno por el que iban, lleno todo él de piedras, cascotes, árboles y hierbas que no dejaban de dificultarles el paso.

    El’Lo miró la montaña en la que se encontraba el Rat Orichalcum con desánimo: Sabía que no iba a llegar, sabía que lo iban a matar sabía que...

    De repente, la carreta volcó cayendo tanto él como su cargamento, escapando los caballos mientras el utukku aún intentaba alzarse del suelo mientras se llevaba la mano a su brazo izquierdo herido. Viendo como los jinetes se acercaban prefirió no rendirse y luchar hasta el final por lo que cogió su pequeña daga y les esperó hasta que estuvieran al alcance para lanzársela. Sin embargo, no pudo ni intentarlo pues, desde la distancia, empezaron a dispararle alcanzándole a los pocos disparos en su pierna derecha cayendo al suelo dolorido.

    —Estúpido demonio —dijo el capitán de los jinetes, acercándose a él. —Pudiste haberte entregado pacíficamente y así habríamos acabado rápidamente con tu vida pero tú tenías que decidir huir... estúpido —insultó escupiéndole encima y bajando del caballo al tiempo que sus quince compañeros se acercaban. —Mira que hacer que toda una patrulla saliera en tu busca... Me das asco —dijo dándole una patada en la cara a lo que El’Lo respondió con un amago de mordisco, a lo que el capitán respondió con un sobresalto, sacando su espada de inmediato.

    —...eres un cobarde... —dijo El’Lo asiendo su daga con firmeza, dispuesto a enfrentarse a ese hombre aún a sabiendas de que era un suicidio. —¡Los que sólo son valientes en manada son unos cobardes! —gritó para espantar su propio miedo, pensando que si tenía la razón aún podría vencer pero, por el contrario, sólo recibió una patada más mientras intentaba levantarse.

    —¡Mide tus palabras, demonio! —le gritó el capitán mientras le seguía dando patadas. —¡Ahora verás lo que es...! —el hombre enmudeció súbitamente y, un segundo después, se desplomó de cara justo delante del sorprendido utukku.

    —¿¡Qué pasa!? —gritó uno de los jinetes.

    El’Lo, levantándose dificultosamente, miró al capitán caído y vio que tenía una extraña herida en la nuca de la que manaba sangre mientras el capitán aún tenía espasmos.

    —¿¡Qué le has hecho, maldito utukku!? —gritó otro jinete levantando su arma dispuesto a dispararle una saeta pero no pudiendo pues, de repente, sonó una especie de trueno a lo lejos y el hombre se cayó de su silla, retorciéndose de dolor por una herida que le había atravesado el hombro. Los demás soldados, ignorando al utukku caído, se dispusieron en formación para detectar el origen del ataque pero, antes de poder hacer nada, una sombra enorme pasó sobre ellos llevándose el caballo del capitán.

    —¿¡Qué es eso!? —gritó un soldado señalando el gigantesco pájaro que había cogido al caballo, siendo su respuesta otro trueno y una herida mortal en la cabeza.

    —¡El ataque viene de allí! —gritó otro señalando a la arboleda, apuntando con su arma a lo cual una figura humana reaccionó ocultándose tras los árboles. —¡Al ataque! —ordenó disparando su arma. La saeta se clavó en el árbol pero, de inmediato, el atacante respondió descubriéndose un poco apuntando al grupo con una especie de tubo sonando otro trueno al poco, cayendo esta vez el soldado que acababa de disparar.

    —¡Maldita sea! ¡Carga de frente! —gritó otro soldado al ver como sus compañeros iban cayendo uno a uno. —¡No podrá con todos al mismo tiempo!

    Todos reaccionaron azuzando a sus monturas para ir a por el asaltante pero cuanto más se acercaban, más caían, trueno tras trueno. Y cuando parecía que les daba una tregua, ese enorme pájaro reapareció justo delante de ellos llevando a su berreante presa en sus garras, lanzándosela en su camino, matando al caballo y derribando a otros cuatro jinetes que tuvieron la desgracia de cruzarse en la trayectoria del animal.

    Los que consiguieron llegar, apenas cinco jinetes, desmontaron y rodearon a su objetivo por sus flancos, respondiendo el atacante apuntando con su tubo y derribando a los tres soldados de su derecha, asiendo una especie de espadón sin mango contra los dos que quedaban, lanzándose uno de ellos con su espada en ristre, a lo que el enemigo respondió lanzando un corte contra su espada, partiéndola por la mitad como si fuera mantequilla... partiendo al soldado en dos como si fuera simple gelatina... y el árbol cayó como cortado a sierra...

    —¿Quieres recibir? —amenazó el chico levantando su otra arma contra el único soldado que quedaba en pie, soltando el otro su arma al tiempo que cogía su caballo para huir a toda velocidad, siendo seguido de cerca por los que aún seguían vivos.



    —A ver... —dijo el fornido chico mirando la herida que tenía El’Lo en la pierna al tiempo que se quitaba los guantes y sacaba un pañuelo para hacerle un torniquete.

    Sus vestimentas eran... peculiares: Iba vestido con una especie de chaqueta de cuero cerrada casi herméticamente sobre su cuerpo, pantalones de lo que parecía ser lona o una pana muy rara, botas largas de viaje en las que guardaba los bajos de sus pantalones, guantes de cuero que se cerraban sobre los puños y un gorro del mismo material con una especie de gafas sujetas con una tira elástica. Visto así, parecía vestido para evitar el frío y el agua en la medida de lo posible.

    —¿¡Quién eres!? —preguntó el otro entre asustado y esperanzado.

    —Alguien que va a curarte la pierna. No me preguntes cosas tan estúpidas.

    —No... quiero decir... ¿cómo has hecho eso? Nadie habría sido capaz de hacer semejante masacre...

    —Cuestión de medios, nada más —dijo el chaval anudando el pañuelo. —Esto te va a doler, así que prepárate —dicho lo cual apretó el nudo y después lo fijó, a lo cual El’Lo respondió con una lágrima de dolor. —En fin, con esto podremos apañarnos para llegar hasta el próximo Rat... —el chico calló, al parecer porque había recordado algo. —Espera un momento —dijo sacando un silbato para llamar a ese enorme pájaro que había estado dando vueltas alrededor suyo desde que lanzara el caballo.

    Esa bestia no tardó en bajar y, nada más posar sus patas sobre el suelo, se acercó al que parecía ser su amo. Una vez cerca el uno del otro, el chico empezó a decir algo al pájaro el cual respondió con un largo asentimiento y marchando a por el caballo muerto para empezar a comérselo.

    —¿Qué es esa cosa? —preguntó El’Lo algo atemorizado.

    —Las preguntas, más tarde, ¿quieres? —dijo empezando a fabricar una pequeña e improvisada camilla india con los restos del carro para transportar al herido. —Aún tenemos que llegar a... ¿cómo se llamaba el Rat?

    —Orichalcum, Rat Orichalcum —respondió el herido.

    —¿No es el Rat Chalyben? ¿Me habré perdido? —dijo sacando una hoja de papel del bolsillo.

    —Casi, casi. Chalyben está a apenas treinta leguas de aquí ¿Eres un mensajero?

    —Casi, casi, he de decir yo también. Pero, en fin, ahora hay cosas bastante más preocupantes que mi misión, así que mejor acabemos esto para hoy —dijo poniéndose al trabajo.



    Zoé se arrodilló como de costumbre ante Remiria, saludándola como hacían todos los habitantes del Rat.

    —Ya te he dicho que no hacía falta que siguieras haciendo eso —dijo la reina.

    —Yo no soy más que nadie en este lugar —respondió Zoé levantándose. —¿Para qué me habéis llamado?

    —Quería tratar contigo un tema que me preocupa mucho... ¿Alguna vez has oído hablar de lo que le pasó a la familia real de Chalyben hace treinta años?

    —...sí... —respondió Zoé algo insegura al saber que ese era un tema que, en lo posible, la reina trataba de evitar. —Un poco...

    —¿Qué es lo que sabes?

    —Sólo lo básico... El Rat fue invadido por el ejército de la Cruz de Lis, la familia real fue capturada y enviada a Tricápita y allí murieron todos menos usted y su hermana.

    —Correcto. Sí, ciertamente eso fue así, contado con frialdad. Pero la realidad fue mucho más dura de lo que podrías pensar: Éramos más de treinta entre yo, mi hermana, mis padres, abuelos, tíos y algún primo, todos utukku. Tras un viaje de más de siete días a través de bosques, playas y el mar, llegamos al centro de poder de los Nobles: Tricápita. Una vez allí, nos separaron de los elatos que nos acompañaban y nos encerraron a todos los utukku juntos en una jaula abierta a la vista de todos... fue humillante. Nos trataron como simples animales de feria, como si fuéramos monstruos.

    —Pero no lo sois...

    —En esto no voy a negarles ese apelativo —interrumpió Remiria. —Ya llevábamos más de una semana sin probar casi nada de sangre y la mhenasaura ya estaba empezando a afectarnos en nuestra capacidad de cognición... ¿cómo explicártelo? Tú no eres utukku, así que nada sabes sobre cómo nos sentimos cuando nos falta la sangre: Sentimos dolor en cada uno de nuestros movimientos, incluso temiendo tener siquiera que pestañear; el movimiento de cualquier ser vivo nos altera y nos hace pensar en auténticas atrocidades; nos cuesta respirar, comer, andar, hablar... aunque ni siquiera llegamos a hablar pues todo cuanto se nos habría ocurrido decir es “necesito sangre”... En pocas palabras, nos convertimos en auténticos animales, la única justicia que existe para nosotros no somos más que nosotros mismos y nuestra propia supervivencia.

    >>Aguantamos un par de días más intentando consolarnos los unos a los otros, aguantando cuanto pudimos pero fue al tercer día cuando uno de mis tíos no aguantó más y empezó a atacar indiscriminadamente a cuantos familiares encontró... los demás trataron de reducirle pero otros tampoco aguantaron más y eso se convirtió en una auténtica guerra de todos contra todos —Remiria dejó de hablar tratando de no llorar ante ese recuerdo. —Y los Nobles... los Nobles estaban allá arriba señalándonos como los monstruos en los que nos habíamos convertido, ensalzando el valor de la Autoridad al tiempo que decían que nosotros sólo éramos demonios y que en ese momento lo estábamos demostrando... Tras todo ese tiempo aislados sin apenas alimento, todos nos encontrábamos cansados por lo que la batalla fue larga y penosa... más de cinco horas duró la contienda hasta que sólo quedamos mis padres, uno de mis abuelos, mi hermano Loki y Frandoll. Durante ese tiempo, nuestros padres trataron de protegernos con la poca cordura que les quedaba defendiéndonos de mi abuelo y mi hermano...

    Remiria calló, como si le costara seguir.

    —No tenéis porqué seguir —dijo Zoé. —Entiendo vuestro odio contra los Nobles y he de decir que haré cuanto sea posible para ayudaros a vencerlos.

    —No es eso lo que quería pedirte —dijo Remiria recuperándose un poco del recuerdo. —Como ves bien, ahora yo soy la reina pero eso sólo fue porque el puesto de princesa quedó libre al volverse loca mi hermana Frandoll. Durante estas tres décadas he estado cuidando de ella casi como si fuera su madre, educándola y tratando de controlar sus accesos de ira. Sin embargo, hice algo más que eso: La estuve adoctrinando continuamente para que odiara con toda su alma a los que le hicieron perder definitivamente la cordura, a los Nobles.

    >>El problema viene ahora: Hasta los utukku podemos ser Nobles y, ahora que todos conocemos a Frondea, debería tratar de enseñarle que no hay tanta diferencia entre nosotros. Por eso quisiera que tú me ayudaras a convencerla de lo que estoy diciendo... sé que tras todo este tiempo intentando hacerle odiar a cuanto Noble existiera me costará intentar convencerla de lo contrario, así que lo más acertado sería intentar hacer que una Noble se le fuera acercando poco a poco, para que pierda el miedo y el temor frente a ellos.

    —Vaya... —dijo Zoé llevándose la mano a la cabeza, pensando en la responsabilidad que le había caído encima. Entendía que esa no era una labor fácil, de hecho, era sumamente complejo deseducar a una persona adoctrinada en el odio desde su infancia.

    —No tienes por qué aceptar —añadió Remiria. —Pero, te lo pido por favor, ayúdame a resolver este entuerto.


    Zoé, con algo de miedo en el cuerpo, fue guiada por Remiria hacia la zona más alta del Rat, lugar donde se encontraban los aposentos de Frandoll, el lugar conocido como “la torre de Chalyben”. Era el lugar más aislado del mundo exterior de todo el Rat, más aún que el mismo palacio: Puertas y más puertas separaban a las visitantes de su destino, pasillos tan largos como sendas, lugares vacíos de toda presencia...

    —Intenta aprenderte el camino —dijo Remiria al tiempo que guiaba a Zoé por ese laberinto. —Si te pierdes en este lugar, es posible que en más de tres días nadie sea capaz de encontrarte.

    —¿Para qué aisláis tanto a la señorita Frandoll?

    —Por su personalidad. Tiende a ser una mezcla de infancia inocente y brutal adultez.... tiene accesos de ira que la hacen difícilmente controlable y predecible por lo que conviene que tenga poca gente cerca de sí. He dejado a su servicio a sólo cuatro personas y, aún así, he recibido muchas quejas de ellos por el caprichoso comportamiento de mi hermana. A ti te lo advierto también: Puede parecer inofensiva y muy inocente pero, a la más mínima te atacará, así que ten cuidado.

    —¿Y qué pasará conmigo? —preguntó Ku—Te. —Si tan peligrosa es...

    —La habitación de Frandoll es como la mía, llena de cortinajes y tapices, tras los cuales podrás ocultarte sin dejarte ver mientras Zoé trata de hablar con ella. No tengo que añadir que estar callado va a ser tu mejor opción cada vez que estés en su presencia.

    El daimonion asintió y continuó su complejo camino por esa caverna hasta que llegaron frente a una puerta algo más decorada que el resto en la que aparecía un escudo algo diferente del que había en el portón de palacio: Mantenía sus figuras de la montaña y el bosque pero las otras dos figuras eran las de un escudo con siete piedras de forma romboidal de diferentes colores y otro en el que aparecían tres cuchillos.

    —Éste es el escudo de la familia Sucat —explicó Remiria al ver la cara de curiosidad de Zoé. —O sea, mi escudo: El bosque de Arseal, el Rat Chalyben, las siete joyas de la corona y los tres cuchillos que representan los asesinatos de los padres fundadores de este lugar —dijo señalando las diferentes figuras del escudo.

    —Algo había leído acerca de esto —dijo Zoé. —Estaba tratando de recordar dónde lo había visto.

    —Últimamente no dejas de pasarte por la biblioteca —dijo abriendo la puerta. —¿Buscas algo en concreto?

    —No, tan sólo quiero conocer cosas de este lugar y creo que un buen lugar para empezar es la biblioteca. Gracias a la información que recogí, decidí pasaros la fórmula de la pólvora, ¿recordáis?

    —Sí... —dijo Remiria algo apesadumbrada. —Sonará raro que yo lo diga, siendo yo la que más había promovido la guerra en todo este tiempo, pero esa sustancia no acaba de gustarme...

    —Más os vale seguir pensando así, si no, os aseguro que el mundo acabará en una guerra constante como en el mío. Yo sólo os he dado una ventaja, que sepáis utilizarla, es cosa vuestra.

    La reina asintió y continuó su camino manteniendo su cara seria, como si estuviera pensando en otras muchas cosas. No tardaron en encontrarse con una de las criadas de Frandoll que se estaba vigilando pacientemente una puerta fuertemente acorazada con rejas y clavos.

    —¿Cómo se encuentra hoy? —preguntó Remiria al tiempo que la doncella se levantaba tras arrodillarse en señal de humildad.

    —Tranquila, dentro de lo que cabe, mi señora —respondió la mujer alzando la cara y dejando traslucir un pequeño moratón que parecía llevar algo de tiempo ahí.

    —¿Cómo va tu cara? ¿Aún te duele?

    —No me quejo. Franz lo ha pasado mucho peor que yo.

    —Muy bien. Ve a por Franz y Elly para avisarlos de que tenéis el resto del día libre y, ya de paso, llama a Rock para que vigile esta entrada.

    —Como vos deseéis, mi señora —dijo dándose la vuelta sin dilación.

    —Ahora verás a Franz —dijo Remiria a Zoé. —Lo que vas a ver va a ser lo que puede pasarte si bajas la guardia aunque sea un mínimo —y dicho esto, aparecieron las dos doncellas ayudando a andar a un hombre muy corpulento que tenía todo el cuerpo lleno de llagas y moratones, teniendo una pierna entablillada. —Esto es lo que puede hacer Frandoll con un simple atizador.

    Al grupo que se marchaba le seguía otro hombre corpulento que llevaba un llavero, el cual dio a Remiria.

    —Déjame entrar para ver cómo está la situación allá adentro —dijo la reina mientras giraba la gran llave de esa puerta. —Cuando te llame, pasa y oculta a Ku—Te como mejor sepas al otro lado de las cortinas, ¿entendido?

    Zoé asintió con algo de miedo metido en el cuerpo. Por alguna razón, sabía que se acababa de meter en camisa de once varas.

    Cinco minutos después de que entrara, Zoé escuchó la llamada de la reina y ella pasó rápidamente. Se encontró con una sala que si bien era mucho más angosta que los aposentos de Remiria, seguía conservando ese aura de elegancia que desprendía todo el Rat a pesar de los desgarrones que presentaban los tapices, como si alguien hubiera estado acuchillándolos a gusto durante años.

    —Por aquí —señaló Remiria desde el fondo de la sala, algo más a la derecha del camino que ella estaba tomando.

    Zoé le indicó a Ku—Te que siguiera un camino paralelo al suyo por el otro lado de una de las cortinas y, tras un corto camino entre la pared y el tapiz, en un lugar donde se respiraba angostura en cada uno de sus rincones, Zoé vio a Remiria abrazada a lo que parecía ser una pequeña figura femenina que se apoyaba en ella como si fuera su madre encima de una amplia butaca.

    Frandoll sería algo más baja que Remiria, de pelo rubio y mirada con una marcada furibundia en sus cejas, dejando ver que se había pasado gran parte de su vida con el ceño fruncido, cosa que no se reflejaba en la serena cara de su hermana mayor. Su ropa estaba medio raída por un montón de cortes que seguramente se habría infringido la misma Frandoll pero no parecía ser nada anormal viendo la gran cantidad de cortes que se podían apreciar en toda la habitación.

    —¿Quién es ésa? —preguntó Frandoll mirando con miedo a la recién llegada.

    —Se llama Zoé —respondió Remiria con la voz muy pausada. —No debes preocuparte por ella: Es una buena persona que te hará compañía hasta que tenga que marcharse.

    —¿Para qué está aquí?

    Remiria alzó la cara, pidiéndole con la mirada a Zoé que respondiera ella.

    —...esto... sólo deseaba conoceros mejor —respondió dubitativamente Zoé. —He oído...

    —Ha oído que eras una bella persona —interrumpió Remiria acariciándole la cabeza a su hermana. —Dice que quiere conocerte mejor.

    Frandoll se soltó bruscamente del abrazo protector de su hermana y se acercó a Zoé empezando a mirarla detenidamente.

    —¿Utukku o elata? —preguntó segundos después, acercándose a una pared.

    —Nací elata —respondió Zoé diciendo una media verdad.

    —No me gustan los elatos —dijo volviendo a ocultarse tras Remiria. —Están de parte de los Nobles, viven poco y son unos blandos... sois malos y aburridos.

    —¡Fran! —riñó su hermana mayor. —¿¡Qué te he dicho sobre lo de insultar a los elatos!?

    —¡Sabes que traicionan a quien sea para conseguir dinero o poder! —bufó la otra utukku. —¡Chalyben fue tomada por culpa de unos traidores elatos! ¡¡Merecerían estar todos muertos!!

    —No sabes lo que dices —replicó pausadamente Remiria. —¿Acaso tú podrías pasar sin su sangre?

    Frandoll calló enfadada y se apartó de su hermana para ir a sentarse en otra butaca cercana a una librería, sacando un libro de la misma.

    —Ahora os dejaré a solas, aún tengo trabajo que hacer —dijo Remiria levantándose y acercándose a Zoé. —Recuerda: Puedes dejarlo cuando quieras —le susurró. —Si te ataca, llama a Rock y él te quitará a Frandoll de encima.

    —Ya nos veremos pues —añadió Zoé por respuesta llevando a la reina hasta la puerta. Una vez que estuvo fuera, Zoé se dio la vuelta para volver con Frandoll pero grande fue su sorpresa cuando vio que estaba apenas a un paso tras de sí.

    —¡Déjame ver tu marca! —exclamó la utukku asustando a Zoé nada más se giró ésta. Frandoll le cogió el brazo izquierdo sin ningún cuidado y empezó a buscar violentamente por él.

    —¡No! —se quejó Zoé soltándose con fuerza de la otra pero aparentando no negarse a su petición. —Es en este brazo —dijo descubriéndose el otro y mostrando la cicatriz del primer mordisco de Remiria.

    La utukku se sorprendió por el tamaño de la cicatriz y la miró con curiosidad a la luz de las velas de la sala.

    —¿Quién te ha hecho esto?

    —Su señora hermana. No empezamos con muy buen pie...

    —Le debías caer muy mal para que te hiciera esto... —dijo la otra mirándola suspicazmente. —¿Qué has hecho por ella? ¿Has luchado en la guerra o algo así?

    —No... —respondió Zoé buscando una respuesta: —Le pegué una paliza y la dejé maniatada durante una noche entera —respondió con sinceridad, pensando que eso le haría gracia a Frandoll. Sin embargo, en lugar de reírse, ésta cogió a Zoé por el cuello y la estampó contra la pared.

    —¿Cómo dices? —preguntó la utukku frunciendo el ceño de tal manera que se alteraban sus facciones aparentando ser casi un animal. Zoé intentó gritar algo pero la presión de los dedos de la otra se lo impedía. No podía hacer otra cosa más que intentar soltarse pero la mano de Frandoll se cerraba como una tenaza sobre su cuello. De repente, la cara de Frandoll volvió a cambiar, relajando hasta el último músculo de su cuerpo, dejando ir a Zoé.

    Ésta se llevó la mano al cuello mientras recuperaba la respiración y vio como la otra se sentaba en el suelo mientras trataba de tranquilizarse un poco.

    —...lo siento... —se disculpó Frandoll. —Era un sarcasmo, ¿no?

    —...sí... —respondió Zoé intentando calmarse ella también. Esa situación le había puesto los pelos de punta y apenas era capaz de evitar temblar. —Lo cierto es que... sí que he luchado en la guerra —comentó obsequiosamente.

    —¿¡Ah, sí!? —exclamó la utukku levantándose de un salto y cogiendo a Zoé de los hombros. —¿A cuántos has matado? —preguntó, brillándole los ojos de alegría.

    Tal cómo lo preguntaba, parecía ser imperante darle una respuesta o sino recibiría otro castigo físico.

    —...sólo tres, de momento...

    —¿Tres? ¿A tu edad? ¿Y te parecen pocos? —preguntó con alegría pasándole el brazo tras el cuello y llevándola a la butaca en la que se sentó antes con su hermana. —A tu edad ya estaba encerrada aquí y en lo único que pensaba era en ir a las batallas de Remiria para darles su merecido a esos malditos Nobles... pero no nos salgamos de la pregunta. ¿Cómo fue? ¿Cuándo? ¿Dónde?

    Zoé, algo más resuelta ahora, aunque con toda la sensación de que no dominaba la situación para nada, le relató el combate que tuvo contra los tres soldados que trataron de dar caza a Amadeo cuando volvía a Chalyben. Le contó cuanto hizo sin descartar detalles morbosos, lo cual hizo que Frandoll se estremeciera de emoción, dando saltos encima de la butaca tal cual si fuera una niña que estaba viendo una película de dibujos animados.

    —¡Así me gusta! —exclamó Frandoll cuando acabó de relatar los hechos. —Mi hermana hasta ahora me enviaba sólo criados y doncellas que nada saben de cuanto se sufre allá afuera. La única que me hablaba de las batallas que sucedían allá afuera era ella misma.

    —¿Es que ella también ha luchado?

    —¡Oh, sí! Cuando se casó, su marido Adrian le enseñó esgrima y acabó siendo casi tan buena como él. Según lo que me han contado de ella, fue capaz de expulsar a más de cinco soldados de la entrada de Chalyben ella sola hace siete años. Pero dejemos de hablar de ella... —Fran calló buscando algo que hacer. —¡Ya sé! ¡Es la hora de comer! —dijo soltando a Zoé y marchando a la entrada, diciendo con la voz en grito: —¡Id trayendo la comida! ¡Hay invitados!

    No tardó en volver y, otra vez, se cogió al brazo marcado de Zoé.

    —¿Te quedarás a comer?

    —Claro que sí... —respondió ella algo preocupada por lo rápido que estaban sucediendo las cosas.

    —¿Puedo comer un poco de ti mientras viene el criado?

    Zoé dudó un poco: Últimamente le había estado dando de comer regularmente a Yaksa por lo que no sabía si andaba muy bien de sangre...

    —Pero no mucho, por favor —respondió Zoé. —Una amiga mía ha comido de mí hace poco...

    —Entonces perfecto —dijo Fran cogiéndole el brazo sin dejarle terminar la frase. Primero pasó una manga de su vestido sobre la marca y seguidamente, ni corta ni perezosa, le asestó un mordisco igual al primero que le dio Remiria.

    “Menos mal que ya estoy acostumbrada” se dijo Zoé aguantando estoicamente el dolor.

    Frandoll parecía mucho más serena ahora, sorbiendo y lamiendo la herida con fruición, disfrutando del sabor de la sangre de Zoé. Apenas movía la cabeza mientras apretaba sus labios contra el brazo.

    —¿Está buena? —preguntó Zoé dándole un par de palmadas en la cabeza a Frandoll.

    La aludida respondió dando un último chupetón y retirándose con una sonrisa en los labios.

    —Deliciosa —respondió yendo a por un pañuelo para limpiarse los escasos restos de sangre que tenía en la cara. —Generalmente sólo bebo sangre de hombres grandes y fuertes. Mi hermana casi nunca me deja que pruebe la de otra clase de gente.

    —¿Es que hay diferencias?

    —Típica frase de elato. ¡Claro que las hay! No es lo mismo la sangre de un flacucho que la de una mujer de buen ver, o la de un niño o la de un viejo... no. Todas tienen ligeras diferencias.

    —Y la mía, ¿cómo es?

    —Tiene un sabor ligeramente metálico pero salado en el fondo. Deja muy buena sensación en la garganta.

    —Bueno es saberlo —dijo Zoé sacando un pañuelo limpio para limpiarse la saliva que se había dejado Fran sobre la herida. —¿No tendrá algo de cica por ahí?

    Frandoll le pasó una caja que había encima de la estantería y se retiró a una esquina a seguir leyendo el libro que había cogido cuando Remiria estaba presente.

    —¿Qué es lo que lee? —preguntó Zoé con curiosidad.

    —Cuentos... —dijo ella distraídamente sin apartar los ojos del libro. —Esto es lo único divertido que se puede hacer por aquí.

    —¿Sólo lee?

    —¿Y qué más se puede hacer? Si no te puedes mover, mueve a tu imaginación.

    —¿Nunca ha salido?

    —Hace más de tres años de la última vez... —Frandoll bajó el tono de su voz, como si lo que dijera le diera vergüenza. —...es que soy un peligro para todos...

    Zoé se acercó a ella para escucharla mejor sin llegar a tocarla.

    —Lo cierto es que... —continuó —...no me gusta estar con mucha gente... no soporto que me miren con curiosidad, no me gusta que me señalen... ni siquiera me gusta que me llamen por mi nombre.

    —¿Por qué?

    —¡No me preguntes por qué! —exclamó Frandoll de repente, golpeándola y alejándola de sí. —¡No tienes porque saber cómo pienso! —siguió gritando mientras la golpeaba enrabietadamente pero, cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, se retiró a la esquina más oscura de la sala para llorar por no poder controlarse.

    Zoé se llevó la mano a la nariz y, tras comprobar que seguía en buen estado, pensó que había hecho una pregunta muy poco adecuada: A Frandoll no le gustaba que la señalaran como alguien especial pues una vez ya la habían tratado de esa manera. En Tricápita.

    —Lo siento... —se disculpó Zoé. —Si quiere, ya me retiro —dijo dando unos pasos hacia la puerta.

    —Quédate —ordenó Fran sin moverse de la sombra, paralizando a Zoé por el frío tono que desprendía esa palabra. —No te vayas.

    Zoé, obedeciendo a la utukku, volvió a la butaca y se sentó fijando su mirada en la difusa imagen que podía percibir de ella, escuchando los gemidos y respiraciones de esa pobre criatura desgraciada. Así se quedaron hasta que Rock entró en la habitación con una bandeja con comida para dos.

    —Déjanos a solas, ya —ordenó secamente Frandoll nada más dejó él la comida, siendo obedecida de inmediato. —Puedes comer —dijo nada más se marchó Rock. Ahora su tono parecía haberse dulcificado un poco.

    —¿No quiere usted? —preguntó Zoé acercando la butaca a la mesa donde estaba la comida.

    Fran no respondió por lo que Zoé supuso que comería más tarde, sin embargo, tras comer un par de cucharadas, Frandoll se le unió.

    —Lo siento —dijo ésta nada más sentarse. —Ya te lo dije... soy un peligro para todos... —dijo conteniendo las lágrimas.

    Zoé no dijo nada más y siguió comiendo al tiempo que escuchaba cuanto le decía la pobre mujer.



    —No te entiendo, chico —dijo Trevor. —Sabes que ya no tienes que hacer nada...

    —Me aburría estando allí dentro sin hacer nada —dijo Amadeo siguiendo a Trevor por el bosque hasta una de las atalayas de vigilancia que rodeaban el circulo exterior de Chalyben. —Además, me sienta mal que sea Zoé la única que esté haciendo algo útil en el Rat.

    —...menuda estupidez... Eres héroe de guerra y encima quieres seguir luchando...

    —¿Héroe yo? ¡Ja! —exclamó Amadeo. —Por lo que a mí respecta yo sólo hice dos cosas: Matar gente y sobrevivir. No he hecho nada realmente heroico.

    —¡Hablas como un viejo, chaval! —dijo Trevor riendo. —Ya veo que la juventud no es tan tonta como suponía. En todo caso, creo que deberías vivir más tu vida antes que pensar en quitársela a los demás.

    —Si lo hago, no es por gusto.

    —No hace falta que lo asegures. En estos tiempos, nadie hay quien viva como desearía. Hasta la familia real tiene sus propios problemas.

    —¿Qué clase de problemas? —preguntó Amadeo viendo el árbol en el que se encontraba la atalaya.

    —Políticos y diplomáticos. Me resultaría un tanto complicado explicarte cómo son las relaciones entre Rats pero, para resumir, se puede decir que cada Rat tiene ambiciones independentistas. Sí, Adrian es el rey de todos los Rats de la región de Arseal (son más de cincuenta) gracias a su sangre real pero, con el paso de los siglos, no se ha podido detener ese problema que es que cada uno de ellos quiere asentar su propio poder. En algunos casos es sólo por dinero, como en el Rat Insigne y sus minas de plata pero en otros es por otras razones que se me antojan más importantes, como en el Rat Eftar que se encuentra en la frontera. Si a esto le añadimos la problemática de tratar con otros países utukku... no resulta ser nada sencillo.

    —Ya veo... os negáis a uniros.

    —Nos apoyamos, pero no, no nos unimos. Los países que dominan Nobles están demostrando que tienen una cohesión que roza la perfección por lo que tienen una fuerza defensiva ardua de romper pues, cuando uno de esos países no puede defenderse, los demás acuden en su ayuda. Como las alianzas entre utukku no están tan bien definidas, todo cuanto podemos hacer es esperar y defendernos.

    —¡Ah del árbol! —llamó Amadeo cuando llegaron junto a la atalaya. —Bajad la escala.

    En un instante, los guardas que vigilaban allá arriba lanzaron la escala y los recién llegados pudieron subir. Una vez arriba, los dos guardas que estaban ahí marcharon sin mediar palabra para ir a tomar un merecido descanso tras más de ocho horas seguidas de vigilancia.

    La atalaya no sería más que una pequeña plataforma de madera que se sostenía en los troncos. No tendría una superficie mayor que cuatro metros cuadrados pero gracias a los árboles sobre los que se apoyaba, tenía un aspecto bastante acogedor aparte de quedar muy bien oculto entre las ramas. Colgado de una rama había una jaula con un uiban, una especie de murciélago / lagarto oriundo de las cavernas de Chalyben, el cual hacía las veces de paloma mensajera y voz de alarma.

    —En fin —dijo Trevor acomodándose. —Aunque lo que haces, en mi opinión, es una idiotez, te agradezco la compañía.

    —¿Y yo qué? —se quejó Frondea.

    —De ti no me olvido, pequeñaja —dijo dejándola salir de su chaqueta. —Siempre es mejor tener a alguien con la sangre más joven que la mía.

    Amadeo no dijo nada y, mientras veía ponerse el sol, se soltó su espada, cogió un arco y se puso a otear la llana cuesta de la colina sobre la que estaban.



    Tres horas después, siendo ya noche profunda, los dos seguían vigilando la zona en completo silencio a pesar de la casi nula visibilidad que daba la luna menguante (que, por una vez, se dejaba ver por entre las densas nubes y brumas de Arseal).

    —Si quieres dormir un poco, hazlo —dijo Trevor. —Generalmente no hay soldado que se acerque tanto a Chalyben.

    —Ya nos persiguieron una vez hasta tan cerca y, de hecho, lograron burlar la vigilancia, ¿recuerdas? —dijo Amadeo sin cambiar siquiera de posición para evitar que Goppler se despertara. —No pasará nada porque me vaya un par de horas más tarde a dormir.

    Trevor se levantó para estirar las piernas y los brazos, los cuales tenía medio entumecidos y volvió a su posición.

    —¿Por qué haces esto? —preguntó éste mientras giraba su cabeza para recuperar el tono.

    —Ya te lo dije: No me gusta sentirme inútil.

    —No, ésa sólo es parte de la respuesta. Si lo que hubieras querido es ayudar habría bastado que tomaras un trabajo en la herrería o en la biblioteca, por ejemplo. ¿Por qué precisamente soldado?

    —...quizá porque no creo que haya un trabajo que se me dé mejor —respondió tras un rato de reflexión. —Llámalo tontería si quieres pero creo que lo mejor que puedo dar de mí es, precisamente, mi habilidad con la espada.

    —Aún crees que puedes volver a casa...

    —Tengo esa esperanza. Ya que el Rat me va estar protegiendo hasta que encuentre la manera de volver a casa, hasta entonces lo protegeré yo aunque sólo sea una persona.

    —¡Ah, menudo viejo joven estas hecho! —exclamó el anciano dándole una palmada en la cabeza.



    Zoé se quitó el brazo de la dormida Frandoll de encima suyo y se levantó para estirarse tras esa larga larga noche.

    —¿Puedo salir ya? —preguntó su daimonion desde debajo de su cama.

    —¡Chitón! —exclamó Zoé por lo bajo dirigiéndose a donde estaba él. —Ya me costó que se durmiera como para que la despiertes.

    Ku—Te bajó la cabeza avergonzado pero la levantó cuando su persona le dio una palmada en la coronilla.

    —En todo caso —añadió ella por lo bajo —muy listo tú al ocultarte bajo la cama cuando entró ella.

    —¿Qué vas a hacer con Fran? —preguntó Ku—Te en un susurró.

    Zoé miró a la mujer con la poca luz que le propiciaba la lámpara de aceite que había sobre la cama y se fijó que incluso en sueños no dejaba de llorar y gemir dolorosamente.

    —Quedarme con ella. No sé si empeoraré su estado pero creo que podría ayudarla a que se sienta mejor.

    —¿Crees que podrás curarla?

    —¿Yo? Ni de broma. No soy psicóloga y ni siquiera sé cuál es el auténtico problema que tiene... Pero si mi presencia es capaz de hacer que se sienta algo mejor, que así sea.

    Ku—Se te asomó un poco más y miró a Zoé a los ojos.

    —¿Por qué lo haces? —preguntó clavando su mirada en la de Zoé como si fuera un puñal.

    —¿Qué por qué? —preguntó ella a su vez mientras metía la cabeza de Ku—Te de nuevo bajo la cama. —Porque creo que debo hacerlo. Si para algo sirve mi estancia aquí, que sea para aliviar a esta mujer.

    —¿Es porque es la hermana de Remiria? —preguntó el otro desde la oscuridad.

    —No negaré que ella es parte de la razón —respondió Zoé metiendo la cabeza debajo de la cama para evitar ser escuchada —pero la verdad es que me gusta hacer esto, cuidar de alguien que se siente desvalido y sufre mucho, aliviando su dolor aunque sea tan sólo con mi presencia.

    —Tú lo que estás es resentida.

    —¿¡Cómo di...!? —dijo alzando la cabeza golpeándose con el somier. Zoé sacó su dolorida cabeza de debajo de la cama al tiempo que volvía a mirar allá debajo.

    —¿Qué pasa? —preguntó Frandoll despertándose haciendo que Zoé se volviera a golpear la cabeza asustada. —¿Qué haces ahí?

    —...nada —dijo llevándose la mano a la nuca. —Se me cayó el brazalete debajo de la cama, nada más. ¿La he despertado?

    —...no suelo dormir mucho... —dijo cerrando los ojos al tiempo que se estiraba sobre la cama. —Cuando duermo con mi hermana o con alguna doncella suelo dormirme más rápido pero generalmente me despierto entre pesadillas.

    —¿Pesadillas sobre... Tricápita?

    —Sí... —respondió ella casi sin voz al tiempo que se tapaba bajo la manta.

    Zoé se sentó en la cama al lado de Frandoll y le quitó la manta de la cara.

    —¿Podría pediros un favor? —preguntó Zoé inclinándose sobre ella y reuniendo cuanta sangre fría tenía. —¿Me podéis contar qué soñáis?

    Y, como ya tenía previsto, Frandoll le respondió con una sonora bofetada al tiempo que se alzaba violentamente para lanzarse sobre ella.

    —¿¡Cómo se te ocurre pedirme cosa semejante!? —chilló al tiempo que apretaba sus manos sobre su cuello. Sin embargo, esta vez enmudeció al ver que Zoé no trataba de defenderse sin siquiera alterar su cara, como si hubiera estado esperando esa reacción, por lo que Frandoll retiró sus manos, apartándose en silencio mientras Zoé se pasaba la mano por el cuello. Tras unos segundos de pesado silencio, Frandoll habló: —¿Por qué me haces esa pregunta?

    Zoé se acomodó sobre las mantas, relajadamente y sin prisas, sin mostrar preocupación alguna en sus rasgos.

    —Tengo un amigo que sueña mucho, ¿sabes? —dijo Zoé mirándola a los ojos y cambiando el registro que había estado usando hasta ese momento con ella. —Hubo una época en la que realmente se puso pesado con eso de los sueños, época en la cual aprendí cosas de su afición casi sin querer (tengo la mala costumbre de casi memorizar todo cuanto me dicen los demás). Ahora que me dices que sueñas con algo que te hace sufrir, se me ha venido a la cabeza una frase que dijo: “Nuestros sueños no son más que reflejos de todo lo que vivimos, sentimos, amamos, odiamos y sufrimos. Lo queramos o no, eso es lo que nosotros somos y, si no nos gusta, podemos enfrentarnos a esa verdad que nos muestran”. Lo que deseo saber es qué es lo que reflejan tus sueños. El contármelo podría servirte como método para “enfrentarte” a lo que te muestran.

    Frandoll volvió a echarse, dándole la espalda a Zoé.

    —Muy bien —dijo Zoé con tono paciente como si no le importara su silencio, echándose también y apoyándose en su espalda. —Buenas noches.

    —Me los como —dijo Frandoll de repente.

    Zoé evitó manifestar nada y se quedó apoyada en su espalda esperando que dijera algo más. En su espalda notó como su compañera de cama se encogía al tiempo que temblaba como un flan pareciendo que lo que acaba de decir era algo digno de temer.

    —...noche tras noche... sueño que me los como... siempre igual y de la misma manera que hice aquella vez —continuó con un hilo de voz. —Recuerdo a Loki, recuerdo a Remiria y a mis padres... Veo como Loki muere por los salvajes mordiscos de mi abuelo y como mis padres le mataron entonces... y luego, sabiendo que su cordura poco duraría, ellos vinieron a por nosotras y nos ordenaron... que comiéramos de ellos... —Frandoll empezó a gimotear —...¡nos dijeron que así éramos! ¡Que éramos monstruos que sólo deseaban vivir aunque fuera a costa de los demás! ¡Que si no los matábamos nosotras, serían ellos los que nos matarían!

    Frandoll se dio la vuelta en un instante y se abrazó a Zoé, para no volver a decir nada durante el resto de la noche.

    A pesar de la fuerza de su abrazo, Zoé cogió la manta y se cubrió tapando a Frandoll también, sabiendo que estando cubierta se sentía mejor.

    “Hacer lo que jamás hicieron mis padres...” pensó Zoé asiendo las manos de Frandoll. “Escuchar y servir de apoyo cuando me lo piden... ¡Je! ¡Va a ser cierto que estoy resentida!”



    Despuntando el alba, a la atalaya llegó el relevo de la guardia.

    —¿Con sueño? —preguntó Trevor viendo la cara de trueno que tenía Amadeo. —¿No estás acostumbrado a trasnochar?

    —No demasiado —contestó Goppler con más ánimo que su persona. —Tan sólo tiene que ir a la cama y descansar un poco, nada más.

    Trevor lanzó la escala y en menos de un minuto, el relevo llegó a la atalaya, saliendo los otros dos seguidamente.

    —Bueno... en unos minutos tendrás una comida caliente y una cama esperándote.

    Amadeo no respondió y sacó su cantimplora, echándose agua en la cara para despejarse. Tras esta operación, se sintió mucho más fresco y se dirigió con paso vivo hacia el Rat.

    Al llegar, se encontraron con un grupo de gente delante del descampado que había delante de la entrada a la empalizada, todos mirando al cielo.

    —¿Qué pasa aquí? —preguntó Trevor al soldado que estaba de guardia.

    —Buenos días a ti también, Trevor —respondió algo molesto el otro. —No pasa nada realmente especial, tan sólo que un enorme pajarraco ha estado sobrevolando el Rat desde el amanecer. Nadie sabe lo que es pero ha atraído un montón de gente al exterior del Rat.

    Tanto Trevor como Amadeo alzaron la vista y allí lo vieron, tal como les dijo el guarda: Un pájaro de enormes proporciones estaba dando vueltas por encima del Rat, como si estuviera observando algo.

    —¿Cómo decías que se llamaba aquel amigo tuyo del doppelgänger gigante? —preguntó Trevor.

    —...Jack...



    —¿Seguro que nos verán? —preguntó Dai. —Ya empiezo a aburrirme.

    —No te preocupes: Cuando se corra la voz de que estamos aquí, nos harán la señal.

    —¿No deberíamos ir a ver cómo está El’Lo?

    —No sé yo... Mejor no volvamos hasta que los de allá abajo digan que somos de fiar. Hasta entonces mejor esperar.

    Dai descendió un poco más para mostrar su enrome tamaño más claramente a la muchedumbre curiosa y así llamar más la atención y vio, junto a su persona, como la gente se arremolinaba en el centro del campamento empalizado, mirando embobado el vuelo de esa titán. Sin embargo, minutos más tarde, el grupo se disolvió dejando la zona central del área libre de personas. Seguidamente, alguien empezó a echar lo que parecía polvo de yeso sobre el suelo, escribiendo enormes letras que sólo eran visibles desde el cielo:

    “BAJA” rezaba el letrero, orden a la que Jack no se negó, pidiéndole a su daimonion que descendiera.

    —Después de esto, ve a vigilar como va el viaje de El’Lo —pidió la persona mientras se colocaba la Winchester y su preciado cargamento en una buena posición.

    —Entendido —dijo Dai mientras Jack se descolgaba sin temor alguno de su cuello hasta sus patas. —Ya nos veremos.

    Así pues, entraron sobrevolando el bosque cercano, pasaron la muralla, Dai descendió para volar a ras de suelo y Jack se lanzó al suelo cayendo con bastante entereza y siguiendo Dai con su vuelo de vuelta al bosque.

    Inmediatamente, el visitante fue rodeado por un montón de personas que le lanzaban miradas curiosas por su extraño atuendo, cosa a la que él no reaccionó, quedándose inmóvil a la espera de que alguien se dirigiera a hablarle.

    —¿Cómo has hecho eso? —dijo alguien a su espalda.

    —Hola, Amadeo —dijo Jack como si tal cosa, dándose la vuelta. —Dichosos sean los ojos. ¿Está Zoé por ahí?

    Jack miró a un cambiado Amadeo, algo más delgado que cuando lo vio por última vez, con unas cuantas pequeñas cicatrices de cortes en la cara pero con buen color, señal de que había estado bien alimentado. Goppler estaba a sus pies y por la expresión de sus facciones, Jack sabía que estaba más sorprendida que el propio Amadeo de lo que acababa de hacer.

    Aún algo extrañado, Amadeo se giró para ver como Dai se alejaba hacia el bosque para cerciorarse de que había visto lo que había visto y al poco volvió a preguntar:

    —¿Cómo...?

    —Me han pasado muchas cosas desde que nos separamos —respondió el otro. —Viajé, conocí gente, hice amigos, me atacaron, me separaron de Dai, me encerraron durante la tira de tiempo, me escapé de la cárcel junto a Anerues, maté a unos cuantos soldados que trataron de matarme, me reuní con Dai de nuevo, ayudé a que volaran una instalación secreta de la iglesia y, al final, Anerues me dijo que me viniera para acá para darte alguna explicación de lo que está pasando. Si quieres, te cuento más pero preferiría que Zoé estuviera delante. ¿Me presentas a tu amigo? —preguntó señalando a Trevor que estaba junto a Amadeo.

    Así pues, Jack fue guiado hacia una de las chozas que poblaban la zona exterior del Rat, lugar donde se sentó relajadamente.

    —Por tercera vez —dijo Amadeo: —¿Cómo te has separado de ella?

    —Tú debes ser Frondea, ¿no? —preguntó Jack señalando a la aludida. —Anerues me ha hablado de ti... —Jack calló al ver la cara de seriedad de su amigo por lo que se apoyó en el respaldo de su asiento y se dirigió a él. —Perdona, es que después de ese tiempo en la cárcel me siento mucho más contento aquí en el exterior. Lo que hice para que Dai se alejara de mí es algo sin importancia. Lo importante es la razón por la que he venido —dijo cogiendo su gran mochila y sacando su contenido: Primero sacó una gran caja negra de forma alargada y, tras abrirla, sacó una cuchilla de superficie brillante de bastante tamaño.

    —¿Qué es eso? —preguntó Amadeo algo extrañado.

    —La guillotina de plata o, como lo diría Anerues, “el filo definitivo, el cual es capaz de cortar hasta las fronteras del tiempo” —y, para demostrar que sus palabras eran ciertas, alzó la cuchilla con cuidado y descargó su fuerza sobre su asiento, partiéndolo por la mitad como si hubiera cortado el aire. Viendo la cara de anonadamiento que ponía su amigo, se rió y buscó otro lugar donde sentarse. —Aquí cada uno se ha currado su camino a su manera: Tú, luchando; Zoé, mostrando su personalidad; Lou, investigando; Anerues soñando y yo, viajando. Y, para colmo, todo lo que nos ha pasado ha sido cosa del “destino”... Perdón, estoy adelantando cosas que no debería decir aún...

    —¿Qué dices del destino? ¿Quieres decir que estaba prefijado que llegáramos aquí...? —Amadeo calló al darse cuenta de lo que estaba diciendo. —¿Pero que chorradas estás diciendo?

    —Puede que hasta nuestros nacimientos estuvieran prefijados pero eso no es algo que deba preocuparnos ahora. Anerues me dijo dos cosas: La primera es que debemos esperar a mis compañeros de viaje y, la segunda, esta noche, todos a dormir. Después de eso sólo me dijo que nos preocupáramos de descansar, que vigiláramos nuestras espaldas y que esperáramos a que llegase.

    —¿De qué estás hablando?

    —Un grupo de Orichalcum se acerca a Chalyben. Lo más probable es que el ejército de la espada cruzada les asalte así que convendría protegerlos. Y ahora, si no os importa, ¿podría dormir un poco? Hace días que no toco una cama.



    —No sé... —dijo Remiria llevándose la mano a la frente, pensando fríamente. —Esto ya es algo que no me incumbe sólo a mí: Tanto Frandoll como Zoé quieren seguir juntas y, por mucho que lo desees, no puedo contradecirlas.

    —Pero... —intentó quejarse Amadeo.

    —No te preocupes —interrumpió ella. —Ella está trabajando voluntariamente y no parece que Frandoll le haya hecho nada grave. De hecho, ni siquiera parece que Frandoll haya obligado a hacer nada a Zoé, es ella la que ha decidido quedarse. Ella misma que ha dicho que no las molestáramos durante al menos dos días, que quería probar algo con Frandoll para que se sintiera mejor...

    —¿Al menos podría hacerle llegar un mensaje?

    —Por supuesto pero, ¿ese chico es de fiar?

    —Yo respondo por él. En todo caso, tiene conocimientos técnicos de artillería, es decir, sabe más o menos como construir armas de fuego. He oído que ya han descubierto la fórmula exacta de la pólvora por lo que la ayuda de Jack podría ser un buen apoyo para el desarrollo de esas armas.

    —Siguen sin gustarme esas armas —dijo ella secamente. —Tres investigadores han resultado heridos por una explosión provocada por esa sustancia. ¿Estáis seguros de que puede ser una ventaja?

    —Por lo que vi en el otro mundo —dijo Trevor —las armas de fuego son como una espada: Su filo puede volverse contra usted si no las controla bien.

    —¿A qué te refieres?

    —Nada importante —respondió Amadeo. —Vio como un hombre disparó su arma contra su pie. Tras eso vimos como tenían que amputárselo al gangrenarse la herida por falta de medicinas.

    —No me gustan... —repitió la reina retirándose a las estancias superiores, no dejando de murmurar esa frase.



    —Prueba otra vez, a ver qué tal —dijo Zoé pasándole las baquetas a Fran. Ésta las cogió con decisión y se lanzó a tocar la composición que había escrito Zoé sobre la partitura. —Así, muy bien —animó Zoé mientras Frandoll tocaba el xilófono, quizá torpemente pero muy bien para ser el primer día que tocaba. Así, tras unos segundos de melodía mal tocada, le devolvió las baquetas a Zoé para que tocara ella. —¿Te gusta la música? —preguntó al ver la amplísima sonrisa de la utukku.

    —¡Me encanta! —exclamó Frandoll. —¡Ahora toca tú! ¡Vamos!

    —Un momento... —dijo Zoé pacientemente, cogiendo la partitura y escribiendo una nueva melodía, lo suficientemente sencilla como para que la otra pudiera seguirla.

    —¡No! —gritó la otra quitándole los papeles violentamente. —Sé que puedes tocar cosas mucho más complejas que las tonterías que he tocado yo! ¡Toca algo más virtuoso!

    —No son tan tontas si a ti te gustan —dijo cogiéndole los papeles a Frandoll sin hostilidad alguna. —Además, yo lo que sé manejar es el piano, no el xilófono.

    —¿Piano?

    —Un instrumento de cuerda con teclado. Casi nadie por este Rat sabe cómo es...

    —¿Es como el órgano de agua?

    —Parecido, sí...

    —¡Y dices que no sabes! ¿¡Tú sabes la cantidad de teclas que tiene ese monstruo!?

    “No lo sabes tú bien” pensó Zoé recordando sus prácticas. —Sigue habiendo bastante diferencia pero, ya que me lo pides, voy a ver qué puedo hacer —dijo cogiendo las baquetas y concentrándose, al tiempo que Frandoll se alejaba de ella sentándose en una butaca para ser una silenciosa espectadora.

    No pasó demasiado tiempo antes que Zoé empezara a tocar, primero lentamente, marcando bien el ritmo con las notas graves, tocando una sencilla melodía con la otra mano. Sin embargo, aceleró el ritmo, volviendo el sonido de su mano izquierda algo más irregular, con mayor variedad de sonidos... en menos de un minuto, Zoé ya estaba aporreando todas las teclas que podía con sus escasas dos manos, tocando una auténtica improvisación para xilófono. No supo cuanto tiempo estuvo golpeando esas notas pero, cuando por fin acabó, con los brazos algo cansados por la velocidad de sus movimientos, Frandoll estalló en aplausos por ella.

    —¡Delicioso! —exclamó la espectadora. —¿Qué clase de música es ésa?

    —Tan sólo era una simple improvisación. Tampoco es para ponerse así.

    —Ojalá pudiera tocar como tú...

    —Sólo hay que practicar mucho, nada más. ¿No tendrás por ahí alguna partitura para tocar? A lo mejor encuentro alguna canción clásica de este lugar para adaptarla al xilófono.

    —Lo que tengo es poco y no se refiere a la música. Me gustan más las historias bélicas.

    —¿Por qué?

    —¡No me seas estúpida! —le gritó dando un pisotón para imponerse ante Zoé, tranquilizándose al ver que no se alteraba ni parecía que fuera a hacerlo. —Lo que más me gustaría ver es cómo mueren esos estúpidos Nobles.

    —Estoy de acuerdo —dijo Zoé desde su posición sentada. —Sin embargo, me parece a mí que eso de querer estar continuamente en guerra no es sano.

    —¿Te estás burlando de mí? —dijo Frandoll clavando sus uñas en un cojín de la butaca en la que estaba sentada Zoé.

    —Nada más lejos de mi intención —respondió Zoé sin dar importancia a las violentas reacciones de Frandoll. —Piensa un poco: ¿Crees acaso que luchar toda tu vida es algo que te permita alcanzar una paz algún día?

    —Si consigo mi objetivo, sí.

    —Pero sabes que semejante objetivo es imposible de alcanzar en una sola vida.

    —¡Aunque tenga que criar a mis hijos a mi imagen y semejanza! ¡Los Nobles morirán!

    —Tal vez lo estoy enfocando de una manera equivocada... ¿Podrías decirme qué es un Noble?

    —Unos imbéciles que sólo piensan en sus doppelgänger, que dirigen el mundo como si fuera suyo.

    —Si no nos fijamos en lo de los doppelgänger, ¿qué diferencia hay de ellos a nosotras? Yo ya he visto a Nobles pero no son demasiado diferentes de los utukku, la verdad.

    —¿¡Has visto Nobles? —exclamó lanzando sus manos contra la otra pero deteniéndose cuando Zoé le lanzó su tranquila mirada. —¿De qué los conoces?

    —Antes vivía con Nobles...

    Esta vez Frandoll no se contuvo y le dio un puñetazo a Zoé, empezando a arañarle y escupirle salvajemente, no tardando en retirarse a la librería en busca de un tomo grande que le sirviera de arma.

    —¡He hecho mal pensando que serías de confianza! —chilló la utukku lanzándole el libro, parándolo Zoé con indiferencia, para luego levantarse ésta para esquivar mejor los ataques de la otra. Durante un minuto estuvo lanzándole tomos y tomos, con mayor o menor precisión, los cuales Zoé esquivó sin demasiadas ganas (tampoco iba a poder matarla con esos libros) y, pasado ese tiempo, Frandoll se tranquilizó, sentándose entre asustada y furiosa en el suelo.

    Zoé, esperando a que se le pasara la rabieta, se limpió los arañazos y los escupitajos, recogió los libros que había lanzado la otra y los volvió a poner en su librería, sentándose junto a Frandoll nada más terminar.

    —...te odio... —susurró entre lloros la utukku.

    Zoé suspiró y, sentándose ante ella, se descubrió su brazo marcado.

    —¿Recuerdas quién me hizo esto? —preguntó Zoé con voz comedida señalando su cicatriz. Frandoll no dijo nada, ignorando el brazo de Zoé, ocultando su cabeza entre las piernas. —Muy bien... —dijo volviéndose a tapar el brazo, levantándose para marchar de la sala.

    —Remiria... —interrumpió la otra, volviendo a mirar a Zoé.

    Ésta se acomodó dejando su brazo al descubierto para que la utukku viera bien la cicatriz, haciendo que no olvidara cual era su posición respecto a ella.

    —Ya ves: Las dos pensáis de manera similar —dijo Zoé señalando la herida. —Cuando llegué aquí, lo único que tu hermana sabía de mí es que venía de un lugar en el que había convivido con Nobles y, por ello, me hizo de todo menos caricias... —dijo señalando las marcas de golpes que aún le quedaban. —Pero, tras algún tiempo y algunas palabras, logró comprender que yo no era sólo lo que aparentaba.

    —¿Has traicionado a los Nobles? —preguntó Frandoll.

    —Yo no he traicionado a nadie pues no tenía a nadie a quién traicionar. Yo he dicho que “convivía” con ellos, no que ellos mandaran sobre mí.

    —¡Ja! —exclamó la otra alejándose de Zoé. —Tú eres mujer y yo sé cómo tratan a las mujeres elatas en Tricápita.

    —No he dicho que venga de Tricápita.

    —¿No? —preguntó Frandoll sorprendida. —¿Es que hay más lugares donde vivan esos monstruos?

    —Los llamas monstruos porque tú no has conocido a los que conocí yo pero, los que yo vi, ni siquiera conocen la existencia de los utukku.

    —¿Cómo...? ¿Que no saben... que existimos...? —preguntó Fran dudando de si estaba haciendo una pregunta sensata.

    —No, de hecho, para ellos sólo sois una leyenda; una leyenda muy confundida, por cierto.

    —Nos llaman monstruos a nosotros...

    —Es cierto: Aún siendo seres de leyenda, seguís siendo considerados como monstruos pero al no conoceros, nada hacen contra vosotros pues nada podéis hacerles a ellos.

    Frandoll se quedó en silencio un rato, sin moverse en absoluto, como pensando profundamente en algo. De repente, se levantó de nuevo y se volvió a la butaca, indicando a Zoé que se sentara a su lado. Una vez a su lado, la utukku se puso a su espalda y se abrazó a ella, inmovilizando sus brazos y apoyando su cabeza en el cuello de la otra.

    —¿De dónde vienes? —preguntó fríamente Frandoll poniendo su oído en el cuello de la otra.

    —No soy de aquí —respondió casi mecánicamente Zoé, aceptando el contacto de la otra.

    —¿De aquí dónde? —preguntó más fríamente si cabe.

    Zoé tardó un poco en contestar pues sabía que una mala respuesta equivaldría a un terrible castigo físico ahora que estaba su cuello tan cerca de los afilados dientes de Frandoll, teniendo sus brazos inmovilizados por su abrazo.

    —No soy de este mundo —respondió sin más, sin temblor alguno en su voz pero latiéndole fuertemente el corazón.

    Frandoll permaneció largo rato sin decir nada, apoyando su cabeza contra el cuello de Zoé, abrazándola fuertemente pero no tardando en soltarla.

    —Tengo sueño...



    Esa noche...

    —¿Cuánto querías hacerme esperar?

    —No se enfade, excelencia. Los utukku no son gente fácil de esquivar.

    —¿Y tu compañero?

    —Ha ido a relevar a la guardia. Oficialmente, yo estoy haciendo mis necesidades antes de subir.

    —Bien. ¿Alguna novedad?

    —Ciertamente... sí —respondió el lugareño. —Sería bastante complicado de explicar...

    —¿A qué te refieres?

    —Hay tres Nobles en Chalyben.

    El visitante pareció estremecerse pero inmediatamente se impuso.

    —¡Estupideces! —exclamó éste. —No puede...

    —Diga lo que quiera, pero es cierto: Hace ya varias semanas que llegaron dos Nobles a Chalyben, un chico y una chica bastante jóvenes, trayendo al rey consigo. Creí que tras la emboscada no volvería a verlo pero, de repente, esos dos lo trajeron vivito, coleando y con más fuerza que nunca.

    —Pero siguen siendo Nobles en una ciudad utukku...

    —Le sonará estúpido y hasta provocativo pero esos dos no se comportan como los Nobles que he conocido hasta el momento. Sí, tienen su orgullo pero, por lo demás, son muy humildes.

    —¿Nos estás llamando soberbios?

    —No he dicho eso... quiero decir, que esos dos no dudaron ni un solo instante a la hora de aceptar los más penosos trabajos que les ofrecieron, uno como soldado y la otra como sirvienta personal de la reina. Teniendo en cuenta mi posición, traté de sonsacarle información a la chica mientras el otro estaba fuera en una misión de exploración pero todo lo que saqué de ella fue que me llamó violador... en mi vida pensé que llegaría a hacerlo pero tuve que pegarle una paliza para que callara... No me gusta pegar a las mujeres pero ésa era una chica horriblemente más orgullosa que todas las que conozco: No se amilana ante nadie salvo ante los reyes y una de sus sirvientas; si tiene que dar una voz, la da sin miramientos aunque ello le suponga un golpe; se queja de cuanto le molesta a la vista...

    —Bueno, así son los utukku: Rebeldes por naturaleza. Habrá aprendido sus costumbres, nada más.

    —¿Y entre sus costumbres está maniatar a la reina durante una noche entera, amenazándola de muerte? No sé qué diantre le habría dicho esa noche pero, algo es seguro, dentro del Rat tiene una carisma terrible.

    —¿Una Noble se ha ganado la confianza de la realeza? —preguntó el visitante gratamente sorprendido.

    —Una Noble que no ha dudado ni un instante en matar a tres de los nuestros. Respóndame a esta pregunta: ¿Tiene usted idea de quién es y de dónde ha salido?

    —No, nosotros no usamos mujeres en nuestro ejército —dijo el otro llevando su mano hacia la cabeza de su doppelgänger oso. —Sea quien sea, debe de ser alguna chica fugada de Tricápita.

    —Hay más cosas: Hace relativamente poco, el otro Noble volvió de una misión de exploración, para ir en busca de “algo que hace que la guerra se nos esté muy grande” como suele decir el rey. Y de repente, nos dimos cuenta de que ya no eran dos sino tres, los Nobles que había en el Rat.

    —¿Otro huido, quizá?

    —Aquí está lo más extraño: El nuevo Noble no es Noble sino utukku.

    —¿¡Cómo dices!? —exclamó el otro muy sobresaltado.

    —Dice que en ese viaje encontraron una especie de agujero, una especie de puerta que llevaba a otro mundo, un mundo en el que se podía ver una especie de rasgadura en el cielo, tan enorme que a través de ella se podía ver un mundo más allá. Trevor, el utukku, contó que, tras un largo viaje, al llegar a una aldea, encontró a su ¿daimonion? Creo que los otros llamaban así a sus doppelgänger.

    —¿Dónde encontraron ese “agujero”? —preguntó el Noble haciendo sus propias pesquisas.

    —Está, creo, a unos tres días de camino hacia el sur de aquí, en una de las primeras fosas comunes de la gran peste.

    —¿No será el agujero de los turdetanos, verdad? —preguntó el doppelgänger.

    —No sé... —dijo el hombre llevándose la mano a la cabeza, tratando de aclarar sus ideas. —Vigila de cerca de esos dos y, si lo crees conveniente, mátalos. Si vienen de donde yo creo, pueden ser gente muy peligrosa. ¿Hay algo más que puedas contarme?

    —Sí, más cosas sobre los Nobles esos: Tras cierto tiempo, la chica le enseñó una fórmula alquímica a la reina de una sustancia que podría inclinar la guerra a su favor. He oído cosas de los experimentos, pero de momento nada oficial.

    —¿Qué sustancia?

    —Ahora no recuerdo el nombre pero sé que sus componentes eran carbón, salitre y...

    —...azufre —completó el visitante haciendo que el otro asintiera sorprendido, confirmando la sospecha de aquél. El Noble se abrazó a la cabeza de su gran doppelgänger encarando sus cejas, enfureciéndose por instantes. —Pólvora... esos malditos les han enseñado la fórmula de la pólvora a esos demonios. ¡Maldita sea! —gritó sin importarle que alguien pudiera oírlo. —¡Cuando los tengas a mano, mátalos sin más dilación!

    —Sabe que... —intentó decir el otro con la voz en duda.

    —¿Que es difícil? ¡Me importa un bledo! ¡Adelantaremos la fecha del ataque si hace falta pero esa fórmula no debe salir jamás de Chalyben! ¡Mata a esos Nobles! ¡Mata a todos los que estén desarrollando la sustancia! ¡Mata a toda la familia real si hace falta! ¡Pero, por lo que más quieras, que nadie haya sabido jamás de la existencia de la Pólvora en este mundo!

    —Como vos deseéis, excelencia —dijo el otro inclinándose ante la autoridad que desplegaba el visitante. —Debo retirarme ahora, si no, empezarán a sospechar.

    —Mañana, a esta hora te estaré esperando en la colina Nube. Tráeme toda la información que puedas reunir sobre las defensas de ese pedrusco y, si es posible, las cabezas de esos dos.

    —Amen...



    —Despierta, joven Aruco... —escuchó Amadeo mientras dormía. Éste, algo cansado todavía, abrió levemente uno de sus ojos y miró a quien acababa de hablarle, sobresaltándose como nadie al ver la extraña cara de Dijuana.

    —¡Dijuana! ¿¡Qué... qué haces tú aquí!? —exclamó Amadeo.

    —¿Tú que crees? Vamos, el Rat está esperando en la entrada.

    Dicho esto, Dijuana le dejó una lámpara y se marchó por el pasillo, canturreando algo siendo acompañada por la quejumbrosa voz del cuervo que llevaba en su hombro.

    —¿Qué pasa? —preguntó Goppler despertándose por el ruido que había armado su persona. —¿A qué viene esa cara?

    —Dijuana ha estado aquí —respondió Amadeo recuperando la compostura y vistiéndose para seguir a Dijuana. —Desperézate rápido, que nos vamos.

    Cuando terminó de vestirse, salió rápido hacia la entrada del Rat encontrándose con un montón de gente que seguía su misma dirección. Fijándose un poco en el tumulto, Amadeo distinguió a una cara conocida.

    —¡Yaksa! —llamó él.

    La aludida, con los ojos algo perdidos, se paró y se giró hacia él, quedándose quieta hasta que le alcanzó.

    —¿Qué te pasa? —inquirió él al ver su extraño estado. —Despierta.

    Cuando Amadeo dijo “despierta”, algo pareció ocurrirle a la chica, la cual abrió ampliamente sus ojos, perdiéndose más aún en el infinito pero recuperándose poco después.

    —¿Qué...? ¿Dónde estoy? —preguntó Yaksa al ver dónde estaba. —¿Qué haces aquí...? ¿Qué hago YO aquí?

    —Lo mismo iba a preguntarte yo. ¿Qué está pasando?

    —No lo sé... —respondió Yaksa aún confundida. —Yo me fui a dormir, como todas las noches y, de repente, algo me forzó a levantarme para ir a la entrada del Rat...

    —Vayamos para allá entonces. Habrá que ver qué está pasando —dijo Amadeo al fijarse en que todos los presentes estaban como adormilados e iban en la misma dirección.



    Zoé abrió los ojos sobresaltada al darse cuenta de que se había quedado dormida. Aún pensando que Frandoll se controlaba lo suficiente gracias a su lado infantil, sabía que al más mínimo acceso de ira, ya fuera en la realidad como en un sueño, podría acabar con sus colmillos en el cuello. Por ello, intentó mantenerse lúcida toda la noche para evitar, en la medida de lo posible, un más que probable ataque de su compañera de cama... cosa que, evidentemente, no había conseguido.

    Zoé se levantó para desperezarse y acercarse a la única y débil lámpara que permanecía encendida y allí miró su reloj para saber cuánto tiempo había pasado dormida. Pero, para su sorpresa, su reloj había cambiado, mostrando unas agujas horriblemente retorcidas con puntas en forma de corazón negro y mostrando doce sietes en lugar de la numeración normal de la esfera.

    “¿Qué...?” pensó confundida dándose cuenta al poco de lo que pasaba.

    —¡Anerues! —llamó a viva voz, sin temor de despertar a Frandoll. —Esto es un sueño, ¿no?

    Como respuesta, un potente golpe de aire sacudió la sala y abrió la puerta de entrada con gran ímpetu.

    —¿Qué pasa? —preguntó Frandoll medio dormida pero sorprendida por la ventolera. —¿A qué vienen esos gritos?

    —Nada especial —respondió Zoé falsamente. —Mira, nos han dejado la puerta abierta ¿Qué te parece si nos vamos a dar una vueltecita por el Rat?

    Frandoll se levantó extrañada y miró al pasillo, ahora sin cortinajes, pudiendo ver perfectamente la puerta y la luz del pasillo. Sin embargo, su reacción no fue de alegría sino de espanto, ocultándose rápidamente bajo su manta.

    —¿No me irás a decir que temes salir? —preguntó Zoé divertida, aparentando que eso era de lo más normal.

    —No puedo salir. Soy... peligrosa...

    —¿Peligrosa? —preguntó Zoé sonriendo con gracia. —Yo he pasado tres días contigo y no me has parecido nada peligrosa. De hecho, eres bastante inofensiva. ¡Je! ¡Tres días! ¡Incluso te dije que viví con Nobles y tú sólo lloriqueaste asustada sin atacarme en serio! ¿Peligrosa tú? ¡Ni en sueños!

    —¿Por qué me hablas así? —preguntó Frandoll algo llorosa al ver que el comportamiento de Zoé era menos sosegado y más descarado.

    —Ku—Te —llamó Zoé, saliendo su daimonion de debajo de la cama, siendo seguido por la vista asustada de Frandoll. El Cu—Sith se dispuso al lado de Zoé y se sentó, diciendo con voz simpática:

    —Buenas noches.

    Esta vez Fran, cambiando su cara de niña por su cara más salvaje y animal, no se refrenó en absoluto y se lanzó contra Zoé, saliendo ésta corriendo fuera de la habitación conociendo las salvajes reacciones de la utukku. Como sabía que eso era un sueño, no se cortó a la hora de correr con todas sus fuerzas a través de los ahora cambiados túneles del Rat, viendo como Frandoll tampoco se refrenaba, siendo su obsesivo deseo de destruir a los Nobles más poderoso que su sensatez y percepción del cansancio que debería dominarla.

    Como Zoé ya imaginaba, todos los túneles y pasillos que atravesaba estaban desiertos de solemnidad, escuchándose sólo sus pasos, los de Ku—Te y los de su perseguidora. El problema estribaba en que ella apenas conocía esa zona de la montaña por lo que, más de una vez, Fran estuvo a punto de darle caza. Dieron más de tres rodeos por los mismos pasillos, una y otra vez, por ese laberíntico y absurdo trazado, estando Zoé cada vez más nerviosa pues su plan podría malograrse si pasaba demasiado tiempo.

    —¿A dónde vamos? —preguntó Ku—Te mientras corría por delante de su persona.

    —Fuera del Rat —gritó para que Frandoll le escuchara. —Tú encuentra el camino.

    Ku—Te, a sabiendas de las posibilidades que permitía el sueño, se separó de su persona la cual le perdió de vista en pocos segundos.

    Tras varios minutos de carrera, Zoé perdió a la perturbada utukku y vio como había llegado a las dependencias del Palacio del Rat. Pensando que la otra tal vez se habría perdido, Zoé se paró para escuchar mejor los pasos de Frandoll.

    —¡Estoy aquí! —gritó Zoé al escuchar un eco de los pasos, el cual se dirigió de inmediato hacia ella. Así, Frandoll apareció en ese túnel blandiendo un cuchillo que, probablemente, había cogido de la cocina. La otra volvió a escapar ya más animada que antes pues ya se conocía mejor el camino. Guiando a Frandoll por esos lugares, Zoé vio como el aire se templaba y humedecía, como si hubiera gran cantidad de gente cerca de donde estaba. Sin embargo, cuando llegó a la gran entrada no encontró a nadie a pesar del calor que se notaba en el ambiente y de los extraños ruidos que resonaban en todas partes.

    Frandoll no pareció apercibirse de esto último y siguió corriendo tras de Zoé la cual ya había logrado atravesar el arco de entrada a la montaña. Ésta siguió corriendo hasta salir del campamento empalizado y llegar al bosque, lugar en el que se dio la vuelta dejando que Fran hiciera lo que quisiera con ella. Y Frandoll no se hizo de rogar, derribándola e inmovilizándola contra el suelo donde empezó a golpearla tan histéricamente como siempre, alzando su cuchillo al final, para clavárselo a Zoé entre las cejas. Sin embargo, algo detuvo la mano de la utukku a pesar de seguir ésta totalmente enfurecida, al tiempo que respiraba fuertemente.

    —¿A qué esperas? —presionó Zoé sintiendo el virtual peso de su atacante atenazándole los brazos contra el suelo. —Mátame.

    —¿Por qué? —preguntó Frandoll apoyando el cuchillo sobre el cuello de la serena Zoé. —Si eras Noble... ¿por qué has pasado todo este tiempo conmigo?

    —Tú representas uno de mis mayores deseos —respondió Zoé notando la mordedura del cuchillo sobre su piel pero sin esbozar muestra alguna de preocupación por lo que pudiera ocurrirle.

    —¡No seré tú esclava! —gritó la otra volviendo a golpear y arañar histéricamente a su presa pero no alterándose ésta, la cual seguía mirando firmemente los ojos de su captora.

    —Ni quiere que lo seas —dijo Ku—Te colocándose a la vista de la utukku haciendo que ésta dejara de golpear. —Ella quiere otra cosa de ti.

    —¡De mí no conseguiréis nada! —chilló Fran apoyando la punta del cuchillo sobre la garganta de la otra con las manos temblorosas.

    —¿Y qué es lo que refrena tu mano pues? —preguntó la víctima sin temor. —Puedo asegurar, sin temor alguno, que es mi deseo el que lo causa.

    —¡Tú no me controlas! —gritó cerrando los ojos y alzando el cuchillo con ambas manos, reflejando una gran inseguridad que trataba de vencer burdamente.

    —Ser como tu madre es mi deseo.

    Frandoll se paró en seco y abrió los ojos para ver a Zoé sin haber cambiado en nada su expresión. Fue, sin embargo, un instante tan sólo, pasado el cual, el cuchillo siguió su trayectoria hasta hundirse en el cuello, haciendo que el cuerpo de la Noble se estremeciera pero sin dar señal alguna de sufrimiento. Sin desviar la mirada, los labios de Zoé se empezaron a mover, como tratando de aspirar algo de aire. Sin embargo cuando, siguiendo su impulso natural, tosió intentando eliminar lo que estaba atascando su garganta, escupió sangre la cual empezó a fluir por sus mejillas.

    Fran mantuvo las manos sobre la empuñadura del cuchillo, viendo como Zoé moría poco a poco, viendo como la herida y su boca sangraban cada vez más... sin poder hacer nada por evitar que siguiera manando sangre pues, nada más sintió como el cuchillo atravesaba la carne de su amiga, supo que ya no había vuelta atrás y que había cometido el más estúpido error que jamás habría deseado hacer. Con ojos llorosos y manteniendo una cara mezcla de ira, alegría y la más sórdida tristeza, se volvió hacia su doppelgänger, el cual acusaba el efecto remoto del ataque que había recibido su persona empezando a disolverse éste en una masa de polvo difusa que desdibujaba las poderosas formas del animal, desapareciendo en cuestión de segundos.

    —¿Zoé? —preguntó al cadáver que aún seguía mirándola con los ojos perdidos, que parecían querer seguir buscando los de su atacante. —¿Zoé? —insistió al no recibir respuesta pensando que tal vez siguiera viva y que sería capaz de responderle. —Despierta, por favor —Frandoll no pudo evitar que las lágrimas empezaran a escaparse de sus ojos... no, no era tristeza lo que le hacía llorar, todo lo que deseaba en ese momento era no ver lo que tenía ahí delante, era demasiado horrible y, sin embargo, sabía que tenía que hacerlo. —Por favor... —le quitó del cuchillo del cuello y vio la horrible herida que se podía ver tras ella, llevándose la mano Fran a la suya propia al ver una imagen tan sugestiva. —¡Vuelve! —ordenó golpeándole los hombros con los puños crispados, no aceptando nada de lo que estaba viendo. Pero ninguna respuesta recibió de la masa inerte que yacía bajo sus piernas. Frandoll no pudo evitarlo y rompió a llorar como la niña que aún era, sin poder pensar claramente en lo que acababa de pasar, como si todo fuera una terrible pesadilla que aún no comprendía.

    “¿Para qué has muerto?” se preguntó a sí misma mirando la ensangrentada cara de Zoé. “¿Por qué te he matado? ¿Tan sólo por ser Noble debía irse...? ¿Acaso yo pensaba que ella deseaba matarme? ¡No! ¡Ella jamás me mostró hostilidad! ¡Ni siquiera me provocó! ¡Habló conmigo! ¡Me escuchó! ¡Jamás me contradijo y en todo momento estuvo ahí! No te odiaba en absoluto... ¿Y para qué matarte?” pensó intentando limpiarle la sangre de la cara pero no haciendo otra cosa que embadurnarla más. ”Ella no pudo hacerme nada en el pasado... ella no me capturó, no me torturó ni hizo que me comiera a mis padres...” Frandoll encaró ceja con ceja, irritada. “¿Por qué te dejaste? ¿¡Por qué demonios no te defendiste!? ¡Si te hubieras defendido, si tan sólo tú te hubieras defendido, podría entenderlo! ¡Podría aceptarlo! ¡Aceptar la muerte de esta manera no es leal!” Frandoll se crispó y abofeteó el cadáver en un ataque de rabia que fue incapaz de contener pero del que se arrepintió de inmediato, colocando la cabeza de Zoé de nuevo mirándola, siendo en este momento su único consuelo. No podía culparla de nada. Eso era. Ahí, la única culpable era ella misma, una pecadora que nada podía hacer por resolver ese asesinato. Pensando obsesivamente en todo esto, se inclinó sobre el cadáver y lloró más fuerte si cabe.

    ¿Cuánto tiempo pasó llorando? Ni ella misma lo sabía pero aún así, con un absurdo impulso de esperanza, acabó reaccionando cogiendo el cadáver de Zoé para llevarlo cuanto antes ante un médico que pudiera ayudarla.

    —No te preocupes —le dijo al cuerpo muerto, asiéndolo con fuerza y levantándolo sobre sí, —te recuperarás, ya lo verás...

    Cuando llegó a la entrada del Rat, arrastró el cuerpo cuanto pudo y en el centro de la estancia gritó con toda la fuerza de sus pulmones para que alguien viniera en su ayuda, ayuda que no tardó en llegar: Un chico de la misma edad que Zoé, de cabellos oscuros, piel morena y unos ojos de color verde brillante salió de una caverna y se dirigió a ella.

    —¿Sí? —preguntó fríamente él.

    —¡Ayúdeme! —imploró Frandoll dejando el cuerpo sin vida de Zoé a sus pies.

    El otro se agachó y miró sin demasiado detenimiento ese pedazo de carne sin vida.

    —No seas idiota —fue la respuesta del chico. —Uno, ésta ya está muerta; y dos, era una Noble. No nos importa para nada lo que le haya pasado —dijo levantándose y marchándose.

    —¡No era una Noble! —se quejó la utukku, yéndosele el aire de los pulmones, como si su mente se negara a aceptar lo que acababa de decir.

    —¿¡Ah, no!? —exclamó el otro volviéndose a ella con mirada furiosa. —¿Tenía doppelgänger y aún así dices que no era Noble? ¿Era la soberbia en estado puro y no era Noble? ¿No me irás a decir que no amaba a su doppelgänger por encima de todas las cosas?

    —¡Ella ni era soberbia ni apreciaba tanto a su doppelgänger! —gritó ella imponiéndose ante el otro asentando fuertemente sus pies. —¡Ella era mi amiga!

    —Vaya, vaya... —dijo el chico con gracia sacando una daga de entre sus ropajes. —Una utukku se ha hecho amiguita de una sucia Noble... me parece que sabes lo que eso significa por aquí...

    —¡Déjate de estupideces y sálvala!

    —¿Y por qué iba a ayudar a una traidora a Chalyben? —acusó él señalando a Frandoll.

    —¡Porque no hay diferencia entre nosotros! —gritó con toda su alma. —¡Noble, elato o utukku! ¿¡Qué más da esa distinción!? ¡Todos somos seres humanos!

    El chico, como respuesta, se guardó la daga y sonrió.

    —Nunca pensé que todos oyeran estas palabras de tus labios, princesa Frandoll —dijo apoyando sus brazos sobre los hombros de la otra. —¿Me dejas un segundito antes de ayudarla? —dijo dándole unos golpecitos en la cabeza de la sorprendida mujer y girándose para abrir los brazos en toda su amplitud. Y lo que sucedió a continuación por poco le cortó la respiración a la chica: De la nada empezaron a surgir personas y más personas, en ese piso, en las terrazas, surgiendo de las cavernas, habiendo incluso personas volando sobre ellos. Cientos... no, miles de ojos les estaban observando en ese momento, muchos extrañados, otros tantos sorprendidos y unos cuantos hasta enfadados.

    El chico se inclinó sobre el cadáver de Zoé y posó su mano sobre la profunda herida musitando:

    —Ya puedes volver...

    Y dicho esto, retiró la mano y la herida se cerró por sí sola, empezando a bullir alrededor de Zoé una especie de humillo que empezó a cobrar forma a su lado, adoptando la figura de la poderosa criatura que había visto Frandoll en el bosque antes de verlo desaparecer.

    —¡Todos lo habéis visto! —gritó el chico a toda la congregación, mientras Frandoll se cogía a las manos de la otra, llorando de alegría. —¡Hasta la que más odiaba a los Nobles en este Rat es capaz de aceptarlos! ¡A pesar de sus prejuicios no ha dudado en gritar y pelear por defenderla, para salvarla de su muerte! ¡Vosotros también tendréis que empezar a entender al igual que hizo ella! ¡Ahora despertad y entended el sentido de mis palabras!

    —¿Cómo dices...? —preguntó Frandoll sorprendida al escuchar la palabra “despertad”, sintiendo como un manto de sueño se cerraba sobre sus ojos.

    Un tiempo indeterminado después, la utukku despertó en su habitación junto a Zoé, aún dormida. Sin embargo, sobre la cama había algo... cuatro puntos brillantes reflejaban la débil luz de la lámpara...



    Cuando Yaksa despertó de su sueño, sin abrir todavía los ojos, sonrió. Lo que acababa de ver había sido tan bello y conmovedor. Ella conocía a Frandoll pues alguna vez tuvo que trabajar para ella y conocía perfectamente su falta de paciencia. ¿Cuántas veces se peleó con ella? Perdió la cuenta al tercer día de trabajo, día en el que renunció a seguir trabajando para esa niñata pero...

    “Esta Zoé...” pensó alegremente, “sería capaz de convencer a una piedra...”

    Y abrió lo ojos. Y se espantó... pues ella no era la única que estaba en esa habitación...



    —¿...qué...? —se preguntó Remiria medio dormida todavía, pero teniendo en mente toda la imagen de lo que acababa de ver en sueños, de cómo su hermana gritaba para defender a Zoé... “¿Qué ha sido todo esto?” se dijo volviéndose a mirar como Adrian seguía durmiendo apaciblemente.

    Sin embargo, dos presencias le hicieron olvidarse de cuanto había visto...



    —¡QUÉ DEMONIOS ERES TÚ! —resonó en todo el Rat y alrededores.



    —Me encanta que las cosas me salgan bien —dijo Anerues levantándose animado, dirigiéndose hacia el lugar donde había guardado las ramas de nube—pino.

    —¿No crees que te has pasado al cambiar las reglas de ese mundo? —preguntó María estirándose, no estando muy acostumbrada a dormir tanto.

    —Para nada, sé perfectamente lo que me hago. En todo caso —dijo riéndose a mandíbula batiente —¡va a ser una sorpresa mayúscula para todos los que viven allí...!



    Zoé, algo psicológicamente cansada por lo que había hecho en sueños, sintiendo todavía como su cuello estaba algo agarrotado como si aún sintiera el cuchillo, intentó acomodarse en su sitio, pero la falta del abrazo de Frandoll le hizo extrañarse por lo que, haciendo un gran esfuerzo, se levantó... encontrando a Frandoll abrazándose a una criatura mezcla entre perro grande y felino, con el cuerpo cubierto de placas óseas y con aspecto muy fiero.

    —¡Ku—Te! —gritó nada más ver al Cu—Sith.

    —Estoy aquí —dijo el aludido a su espalda pillando totalmente desprevenida a Zoé. Ésta se giró, vio a su daimonion sentado al lado de la cama, se volvió a girar y vio a Frandoll sonriendo al tiempo que restregaba su mejilla contra la cabeza de otro Cu—Sith.

    —¿Qué...? —fue cuanto se le ocurrió decir a Zoé antes de quedarse en blanco.

    —Te presento a mi doppelgänger —dijo Frandoll sonriendo.



    Durante toda esa mañana, en el Rat reinó el más absoluto de los caos, con miles de elatos y utukkus corriendo de un lado para otro siendo perseguidos por esos extraños animales que parecían haber surgido de la nada. Sin embargo, un grupo de la policía de palacio comandado por Trevor puso orden en el lugar y todo volvió a una relativa calma. Y, por supuesto, los Nobles que residían en el Rat no tardaron en ser llamados a la presencia de los reyes.

    Zoé, acompañada de cerca por una ya mucho más estable Frandoll, entró en el salón del trono donde se encontró con Amadeo, Yaksa, Remiria, Adrian y, lo que le extrañó mucho teniendo en cuenta el lugar en el que estaban, Jack. Y junto a la mayoría de ellos se encontraban diferentes entes: Una glotona junto Amadeo (obviamente), un San Bernardo con Yaksa, un lobo junto a Remiria y una extraña criatura alada de gran altura con forma humanoide con cabeza de lo que parecía ser un pájaro apoyada en el trono de Adrian.

    —Puesto que todo el Rat ha oído el discursito de tu amigo y ha visto lo que te ha pasado esta noche en sueños —dijo Remiria aún algo alterada por lo que acababa de pasar —me podrías aclarar, si no es mucha molestia, ¿¡QUÉ DIANTRES HA PASADO AQUÍ!?
     
  17. Threadmarks: Buscando el paraíso en un sueño - Capítulo 17
     
    JeshuaMorbus

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    Buscando el paraíso en un sueño (Completa)
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    Capítulo 17: La batalla de los traidores


    “Aunque corten todas las flores, no podrán detener a la primavera”

    (J. L. Borges)​


    —Pero... ¿¡se puede saber qué es eso!?

    —...pues... no se enfade, por favor, no le miento, señor... Esto es... mi doppelgänger, excelencia...

    —¿Estarás de broma? —preguntó el clérigo altivo.

    —No —respondió el doppelgänger oso, tranquilo aunque sorprendido, mientras olfateaba y tocaba al galgo que acompañaba al recién llegado. —Esto es un daimonion, sin duda.

    —¡Explícate rápido y explícate claro! —exigió el superior.

    —Por favor, crea cuanto le digo pues es la más pura verdad: Esta mañana, cuando despuntó el sol, toda la población del Rat Chalyben, tanto elatos (ya lo ve) —dijo señalando a su doppelgänger —como utukkus, amanecimos con doppelgänger. Yo estaba de vigilancia, como sabe y, lo normal es que, para guardar las apariencias, estuviera vigilando desde mi atalaya sin moverme en absoluto pero cuando noté que el cambio de guardia se retrasaba, me di la vuelta y me encontré con... ésta.

    —¡Eh! ¡Sin faltar! —se quejó la galga. —Yo nunca he dejado de estar a tú lado así que tampoco “he aparecido”.

    —¡Silencio! —se quejó su persona. —Discúlpela...

    —No pasa nada —dijo el clérigo sonriente, aunque en el fondo se notara que estaba preocupado por la noticia. —Incluso a mí me cuesta controlar a Guioh de vez en cuando... Así que aquí también... —se dijo para sus adentros. —¿Tienes idea del origen de todo esto?

    —No fui testigo pues me pasé toda la noche en vela. Sin embargo, todos cuantos se fueron a dormir esa noche, contaron como un chico les dirigía un discurso a todos ellos en la entrada de la montaña.

    —¿En sueños, dices? Eso es... —intentó decir “estupidez” pero al ver la seria cara del recién llegado prefirió preguntar: —¿Sabes lo que dijo?

    —Hay muchas versiones pero, lo que todo el mundo recuerda a la perfección es la primera frase: “Voy a cambiar las reglas de este mundo”. Nadie tenía muy claro entonces qué quería decir con eso por lo que, la mayoría se quedó en silencio escuchando cuanto decía desde sus posiciones en la entrada del Rat. Cierto tiempo después, hizo un pasillo en la muchedumbre, pasando por él la Noble de la que le hablé ayer y su doppelgänger escapando de la hermana de la reina, Frandoll Sucat, de la que supongo que habrá oído hablar...

    —Por supuesto.

    —Me contaron que la última esgrimía un cuchillo con el que parecía querer atacar a la Noble. Cuando salió del Rat, nadie la siguió por lo que nadie sabe lo que pasó realmente ahí fuera pero todos cuentan que al poco Frandoll volvió arrastrando el cadáver de la Noble a la que le había clavado el cuchillo en el cuello, llorando e implorando ayuda para salvarla, cosa que el chico que mencioné al principio le concedió, hecho lo cual, todo el Rat despertó. Y sucedió lo que le conté: Todos con doppelgänger.

    —Ya veo... ¿y dices que todos están alterados?

    —Reina un poco de caos, pero se está recuperando el orden muy rápidamente. Los reyes tienen pensado cerrar las puertas de la montaña para dejar que todos recuperen la calma por lo que, en algún tiempo no podré pasaros más información.

    —No importa ya la información: Ésta es una situación ideal para iniciar nuestro ataque. Dile a tus hombres que se vayan colocando en sus posiciones, distrae a la vigilancia cuanto puedas, ralentiza sus defensas y mañana por la noche, ábrenos las puertas de Chalyben. Cuando amanezca, nadie quedará vivo dentro de esa colonia de monstruos.

    —Como vos deseéis, excelencia.



    —Sólo os podré dejar salir un rato —avisó el guarda. —Viendo lo que está pasando aquí dentro, sería fatal que nos atacaran.

    —No se preocupe por mí —dijo Jack sacando su silbato, tras lo cual, sopló en él con fuerza. Cuando vio que la enorme Dai descendía desde la cima de Chalyben, continuó: —Yo no volveré en un tiempo. Informe a la reina de que probablemente Anerues llegue en dos o tres días y que otro grupo llegara aquí esta tarde.

    —Por nosotras tampoco se preocupe demasiado —dijo Zoé protegiendo la vista de Frandoll con un parasol improvisado hecho con una aspa, un bastón y un pedazo de cortina. —Iremos un poco hasta el bosque, pasearemos y volveremos antes de la hora de comer.

    —Recordad que a la más mínima señal de incursión enemiga cerraremos las puertas y que no podremos abrirlas bajo ningún concepto —avisó el guarda.

    Dai aterrizó en ese momento, justo delante de la puerta, recibiéndole Jack de inmediato. Éste apoyó su cabeza contra el pico de su daimonion para escuchar cuanto tenía que decirle.

    —El grupo de Orichalcum está a menos de media legua de aquí —avisó Jack. —Yo por aquí ya he cumplido así que nos vemos —dijo montándose sobre Dai.

    —¿Ya te vas? —preguntó Zoé. —¿Tan pronto?

    —Siento no poder quedarme más tiempo pero no sabes la cantidad de cosas que aún tengo que hacer —mientras hablaba, Jack se ajustó su gorro de piloto y sus guantes.

    —¿Como qué?

    —Unirme al ejército de la República del Cielo —respondió con prisa, indicándole a Dai que alzara el vuelo. —Si quieres saber más, pregúntale a Amadeo o a Anerues —y alzando la mano, se despidió mientras Dai se elevaba.

    Los tres que quedaban en la entrada vieron como se alejaba hacia el sur en un vuelo sereno aunque rápido. Tras perder de vista a la enorme ave detrás de la densa arboleda, Zoé y Frandoll empezaron a caminar.

    —Que doppelgänger más grande —comentó Frandoll mientras iba del brazo de Zoé hasta la entrada del campamento.

    —Sí, mucho... ¿No te espantas? Casi todos los que vieron a Dai por primera vez se impresionaron bastante por su tamaño.

    —Todos los habitantes del Rat han conseguido doppelgänger. Algo como esto no debería sorprendernos, ¿verdad, Levi? —dijo dándole un golpecito en la cabeza a Laeviathein, su daimonion Cu—Sith.

    Zoé miró extrañada al daimonion de Frandoll: Durante el tiempo que llevaba paseando entre mundos siempre se había encontrado con que todos los daimonions eran siempre del género opuesto al de su persona. Sin embargo, Laeviathein no era un macho sino hembra, cosa que le chocaba bastante a Zoé.

    —¿Qué pasa? —preguntó la daimonion.

    —Nada... sólo me extraña un poco tu forma...

    —Algo teníamos que tener en común para que me fiara de ti —dijo Fran abriendo el portón de entrada al campamento empalizado, intentando no mirar directamente al sol. —Aunque a mí también me extraña que tengamos el mismo tipo de doppelgänger... hace frío aquí fuera —comentó cambiando de tema.

    —Normal: El Rat casi siempre está a la misma temperatura, por muy bien aireado que esté. Ahora deberías preocuparte más por no pillar un resfriado.

    —Los utukkus no podemos resfriarnos —dijo Fran alegremente. —Será injusto pero esto ya es algo de nacimiento.

    Zoé sonrió tranquila al ver que ya no le importaba tanto su vivencia en Tricápita y era capaz de aceptar que era una utukku sin miedo alguno. Lo que en ese momento le inquietaba era cuál era la razón por la que había insistido tanto en salir del Rat... Fran interrumpió sus reflexiones cuando le quitó el parasol y empezó a correr hacia el bosque, con prisa por meterse entre los árboles. Zoé la siguió como pudo, alcanzándola a los pocos segundos mientras la utukku descansaba por la carrerita.

    —¿Falta de forma? —preguntó Zoé mientras volvía a cogerle el parasol.

    —...no... suelo correr... mucho —jadeó Frandoll andando hacia la sombra del árbol más cercano sentándose pesadamente para descansar. —Con unos cuantos paseos creo que podría aguantar más.

    —¿Para qué has querido salir? —preguntó Zoé sentándose a su lado mientras los daimonions jugaban un poco.

    —¿No es obvio? Para cambiar un poco de aires... ¿Hará cuanto que no veo el cielo? —dijo alzando la vista al cielo despejado, entrecerrando los ojos por la intensidad de la luz. —En todo caso, gracias por acompañarme.

    —No podía dejarte sola aunque... reconozco que yo también quería ver un poco el cielo —confesó Zoé. —Estar dentro del Rat será todo lo seguro que quieras pero allá adentro se pierde la noción del tiempo y no se puede dormir muy bien...

    —Pero se sueña mejor —dijo la utukku dándose la vuelta, mirando a un pequeño claro detrás de ellas. —Fue ahí, ¿no?

    Zoé se dio la vuelta y asintió, sabiendo perfectamente a qué se refería.

    —¿Por esto querías venir? —preguntó Zoé.

    —Hay muchas razones por las que querer salir de un encierro pero yo tengo esas más una más: Siento haberte matado —dijo Frandoll inclinándose ante Zoé.

    —No tienes que disculparte —dijo Zoé alzando la cabeza de Fran. —Sabes que todo fue un sueño.

    —Sí, tú lo sabías, lo sabía ese tal Anerues, Amadeo, Remiria y unos pocos más en el Rat pero yo no. En ese momento te maté, acabé contigo sin considerar nada. ¿Qué era un sueño dices? ¿Dices que no te habías sacrificado? ¿Me estás haciendo creer que yo no te clavé un cuchillo en el cuello? Créeme: Para mí todo fue tan real como este árbol y tan doloroso como el más fuerte latigazo que me dieran en Tricápita... —Frandoll se levantó con el parasol y fue hacia el punto en el que había derribado a Zoé esa noche, echándose sobre la hierba fresca. Zoé siguió a la utukku y se sentó a su lado para sostenerle el parasol, pero la otra le indicó que le dejara a ella. —Prefiero ver el cielo sin que nada me interrumpa la vista —dijo Frandoll dejando la sombrilla en el suelo y mirando directamente al azul, respirando relajadamente a pesar del daño que le hacía la luz en los ojos. —Échate tú también —pidió Fran. —Una se está muy cómoda aquí...

    Zoé no la contradijo cuando se encontró mirando las mismas nubes que su compañera mientras oía el aire correr entre los árboles, el piar de los pájaros y el ruido que armaban Ku—Te y Laeviathein mientras jugaban a su manera. Pasaron un largo rato sin decir nada, contemplando las caprichosas formas de las nubes hasta que Frandoll rompió el silencio:

    —¿En qué nos parecemos?

    —¿A qué te refieres? —preguntó Zoé algo distraída.

    —Tenemos doppelgängers iguales y tú me dijiste que eran el reflejo de nuestra alma... algo deberíamos tener en común.

    —Ya pero, ¿es algo tan importante?

    —No —dijo la otra sentándose, —¿pero no me irás a negar que no te entra curiosidad por saberlo?

    Zoé sonrió sin levantarse, intentando pensar una respuesta:

    —Yo no puedo decirte cómo soy pues no tengo ni idea de cómo me ven los demás así que mejor descríbeme tú. ¿Qué te parezco?

    Frandoll, bajando la vista para evitar que la luz la molestara, se puso a meditar la pregunta. Le llevó un tiempo pero, segundos más tarde, empezó a responder sin dudar:

    —Yo de ti puedo decir, a pesar del poco tiempo que ha pasado desde que nos conocimos, que eres una persona, ante todo y sobre todo, fiel. Pero ésta no es una fidelidad ciega, es una fidelidad que no se mezcla con tu orgullo propio el cual te impulsa a defender tu forma de ser aunque ello te suponga ganarte la enemistad de los demás. Por todos los golpes que te he dado hasta este momento y por tu forma de tranquilizarme los ánimos puedo decir que tienes mucha paciencia y que no te gustan especialmente las peleas a pesar de que puedas usar la fuerza en algunos casos...

    —Remiria te ha contado lo que le hice, ¿no?

    —Sí —rió Frandoll. —Me aseguró que jamás se había sentido tan pequeña y humilde, a pesar de que no la habías golpeado en ningún momento. De esto se puede extraer otra cosa de ti: Sabes imponerte, eres una persona que sabe cómo llamar la atención sin llegar al insulto y, a pesar de esto, eres humilde y no tienes grandes deseos, tan sólo que te respeten debidamente. Así es como yo veo a los Cu—Sith: Humildes, leales, orgullosos e imponentes... aunque, por el lado negativo... también cabe decirse que a veces son cegados por su propio orgullo pudiendo alcanzar hasta la soberbia; que son salvajes e irascibles cuando tienen por seguro que tienen la razón; que a veces son incapaces de arrepentirse a pesar de ver claramente que están equivocados...

    —No te sigas machacando más —dijo Zoé dándole un golpecito en la coronilla sin ni siquiera alzarse. —Ni yo tengo todo lo positivo ni tú todo lo negativo. Nosotras somos lo que somos y ya está.

    Frandoll asintió y volvió a echarse para mirar al cielo, cosa a la que se unieron Laeviathein y Ku—Te al poco, algo cansados de jugar, quedándose todos en un profundo silencio.



    Mientras Remiria revisaba los libros, Adrian se le acercó por la espalda.

    —¿A qué viene esa cara de funeral? —preguntó el rey.

    —Mira tú mismo —dijo ella enseñándole los documentos que Jack se había traído desde el mundo del gran agujero. —Armas, armas y más armas... Últimamente no he dejado de pensar en esto y, te lo puedo asegurar, me está resultando deprimente.

    —¿Éstas son las armas que nos describió ese tal Jack?

    —Sí... —dijo Remiria con voz queda para luego estallar: —¿¡Pero de qué clase de mundo demencial han venido ésos!? Fíjate en este arma de aquí: Tal como se describe, podría destruir prácticamente toda la entrada del Rat, o esta otra, que es capaz de arrasar con patrullas enteras o ésta de...

    —¿Qué te pasa? —interrumpió Adrian cerrándole los libros. —Llevas pidiendo algo como esto desde hace años y ahora no dejas de quejarte.

    —La gente cambia —dijo ella apesadumbrada. —No sé, tal vez, al mismo tiempo que esos dos me convencían de que esto era una ventaja algo en mí me decía que no era buena idea usar la pólvora...

    —Tú siempre miras por el bien del Rat —dijo Ed, la daimonion aruco de Adrian, con su voz desfigurada. —Algo te está diciendo que no deberías poseer este poder.

    —Tiene razón —dijo Adrian. —Que tengas este poder no quiere decir que tengas que usarlo. Bien pensado, yo podría usarlo para someter a los Rats del norte y así mantenerlos unidos. Sin embargo, usar el miedo para unificar un país no es algo demasiado sensato.

    —“Mas todos me tenían miedo, todos no se atrevían a mirarme y se alejaban de mí. ¿De qué me servía tener el mundo a mis pies cuando mi ser no es más que ser uno entre los demás?”

    —Cuarto libro del Viso, creo recordar —comentó Adrian recordando la cita de sus escrituras sagradas.

    —Un canto a la humildad —dijo Vespertil, el daimonion lobo de Remiria. —Ella no desea esta clase de poder.

    —Y más ahora, que todos tenemos doppelgänger —siguió ella. —Yo antes sólo quería vengarme por todo lo que me hicieron los Nobles pero ahora que somos iguales quiero paz. Sólo paz...

    —Cuanto has cambiado desde que nos conocimos —dijo Adrian sonriendo tranquilizadoramente. —Pero, en el fondo, sigues siendo una jefaza.

    —Así fui educada: Yo no soy nada sin el Rat y el Rat no puede controlarse a sí mismo sin mí.

    —Eso es lo que más me gustó de ti cuando nos conocimos —dijo Adrian sentándose en el diván de la sala. —Eres una mujer que nunca da el brazo a torcer y mira por el bien de todos, quizá un poco fija de ideas pero muy humilde entre los tuyos.

    Remiria dejó los libros y se fue a sentar junto a su marido.

    —¿Y tú qué, “gran Aruco”? —preguntó ella apoyándose en él.

    —¿La pregunta va con segundas? —preguntaron Adrian y Ed al mismo tiempo.

    Remiria rió agradada.

    —Guerrero sin igual, vencedor en mil batallas por tu buen hacer y saber, por tu habilidad con las armas, por tu sentido de la justicia que hasta respeta al enemigo...

    —A todos los trato por igual —comentó él. —A todos cuantos mato son elatos con ideas mal inculcadas, que se fijan más en su fanatismo que en lo que está pasando a su alrededor. Ser un rey justo no es matar a todos los enemigos de la patria sino dar a éstos la oportunidad de unirse a ella.

    —Tú nunca eres lo que pareces —dijo ella inclinando la cabeza hacia atrás. —Ahora sonríes y eres amable pero tanto podrías estar pensando en cientos de asaltos sangrientos en las ciudades cercanas como en jugar como un chiquillo con tu hijo...

    —Guardar las apariencias es mi trabajo —dijo él abrazándola y dándole un beso en la cabeza. —¿Quieres saber en qué estoy pensando ahora?



    —Qué paciencia hay que tener... —se dijo Amadeo algo exasperado intentando hacer que un niño dejara de llorar porque su daimonion no dejaba de subírsele a la cabeza. —¡Deja de llorar, por favor!

    —¡Este bicho no me deja en paz! —gritó el niño pataleando para alejar a su daimonion. —¡Dile que se marche! ¡A mí no me hace caso!

    —¡A ver si te enteras! ¡Esto es tu doppelgänger! —le gritó Amadeo. —¡No puedes separarte de él sin morir!

    El niño, lejos de tranquilizarse, volvió a llorar más fuerte incluso que antes.

    —Anda, déjame a mí —dijo Yaksa abrazando al niño para que llorara en su hombro. —Ya me puedo imaginar dónde tienes la delicadeza...

    —Lo siento... —dijo él enrojeciéndose de vergüenza.

    Horologio, el daimonion San Bernardo de Yaksa, cogió al del niño con la boca y se lo acercó a su joven persona.

    —No has de preocuparte por él —le dijo Yaksa al niño. —Míralo bien: Está llorando porque no dejas que se acerque a ti. Dale una oportunidad y ya verás como no te hace nada.

    El daimonion de Yaksa dejó al del niño en el suelo y éste, cambiando su forma al de una ardilla, se le acercó algo temeroso de que volviera a lanzarlo a lo lejos. Sin embargo, Yaksa mantuvo al niño tranquilo mientras él se le subía hasta el hombro, lugar en el que empezó a restregarse contra la mejilla de su persona, cosa que él aceptó mucho mejor que antes, intentando mantener cara seria pero no pudiendo evitar reír por las cosquillas que provocaba su daimonion.

    —¿Ves ahora cómo se hace? —preguntó Yaksa a Amadeo, dejando al niño disfrutar de su nueva compañía. —Podrás ser todo lo valiente que quieras pero tu paciencia ya es otra historia.

    —No estoy muy acostumbrado a tratar con niños... —contestó Amadeo.

    —Ya se nota —dijeron Goppler y Horologio.

    —¿Qué está pasando ahí? —preguntó Amadeo avergonzado, para cambiar de tema. Cinco hombres giraban la polea que permitía mover la pesada puerta de piedra de Chalyben, entrando seguidamente un nutrido grupo de soldados y toda una jauría de daimonions perro. —Pensaba que todos los soldados estaban dentro del Rat.

    —¿Has olvidado lo que nos dijo Jack? —dijo Goppler. —Nos avisó que vendría una tropa desde... Ori—algo...

    —Orichalcum —corrigió Yaksa. —Mira, ahí está Kyleas recibiendo al grupo —dijo señalando al capitán de la guardia que se aproximaba junto a un séquito de tres soldados.

    —Un poco raras sus armas, ¿no crees? —dijo Amadeo agudizando su vista sobre las dos grandes fundas que llevaba Kyleas.

    —Soldado tenías que ser... Hay cosas más prácticas que hablar de armas en estos momentos. De todas formas, tienes razón: El capitán Kyleas es conocido por ser el único que aún maneja esos arcaicos sables—mandoble en todo el país.

    —Habilidad le sobra —comentó Horologio. —Llegar a capitán con semejantes armatostes en menos de dos años no es algo sencillo de lograr.

    Los cuatro, personas y daimonions, vieron como los recién llegados presentaban su credenciales, viendo, mientras tanto, como Zoé y Frandoll se introducían a su vez dentro del Rat, evitando aquélla todo contacto con el capitán, yendo directamente hacia las cavernas.

    —Sigue en las mismas —comentó Horologio al ver el airado comportamiento de Zoé.

    —Como para no —dijo Yaksa.

    —¿De qué habláis? —preguntó Amadeo.

    —Zoé prefirió que no te contáramos lo que le pasó con Kyleas pero, básicamente, le trató igual, puede incluso que mucho peor, que la reina mientras tu buscabas el agujero.

    Viendo como los recién llegados eran introducidos dentro del Rat, Amadeo fue hacia la biblioteca esperando encontrarse allí con Zoé acompañándole Yaksa.

    —No sé si hoy vamos a poder verlas —dijo Yaksa. —Con el revuelo que causó todo eso del sueño de Anerues, todo el mundo quiere ver a Zoé y a Frandoll.

    Y así fue: Cuanto más trataron de entrar en palacio, más gente les taponó el paso.

    —¡Dejen paso! —exclamó Kyleas escoltando al jefe de los recién llegados hasta la sala del trono. —Disuelvan el tumulto —ordenó. Pero tras varias peticiones infructuosas perdió la paciencia e hizo que tres de sus soldados apartaran a la gente picas en mano pudiendo cruzar entonces las puertas de palacio mientras la gente se apartaba hacia donde se habían ido Zoé y Frandoll.

    —A donde va, triunfa —comentó Yaksa sorprendida. —Sabía que llamaría la atención tras eso del sueño pero...

    —Justo al revés que en nuestro mundo —dijo Amadeo. —¿Te creerías que era una de las chicas más reservadas del colegio? Prácticamente con los únicos que tenía amistad era conmigo, Jack, Anerues y Lou.

    —Si no contamos a los niños del parvulario —añadió Goppler.

    —Esa chica va para madraza —dijo Yaksa. —Incluso cuando aún era despreciada en el Rat era un hacha tranquilizando a niños llorones.

    —Alguna vez me comentó que, si sus padres no metían las narices, querría ser maestra de algún pueblo pequeñito —dijo Amadeo. —Y, ciertamente, eso le va muy bien.

    —Puede que en eso coincidamos ella y yo: Me encanta cuidar de los niños.

    —¿Y Frandoll qué? —preguntó Horologio ácidamente.

    —...según que niños...



    Anerues, guiando a María por una oscura cueva submarina, empezó a nadar de vuelta a la superficie, atravesando el agujero que se encontraba ante ellos con lo que pasaron a otro mundo.

    Una vez fuera del agua, tomaron aire y se montaron cada uno en su rama de nube—pino remontando el vuelo desde el agua.

    —...y con este ya van nueve... —dijo María escurriéndose el pelo. —¿Hemos llegado ya?

    Anerues no respondió de inmediato pues aún estaba comprobando la posición de las estrellas para ver si se correspondían con lo que tenía previsto, asintiendo tranquilizado al ver que así era.

    —Hemos llegado —dijo él para reafirmarse. —Pero aún nos queda un buen trecho para llegar hasta Arseal así que más vale que nos pongamos en marcha.

    —Esto... —preguntó dudosa ella.

    —¿Sí? Dime.

    —¿En serio quieres volver a pasar por la Tierra del Loto? —preguntó ella recordando, algo espantada, su viaje.

    —Sí —dijo él riendo. —Ese Kaede me ha caído bien —comentó con cara agresiva. —De todas maneras, ése es el camino más corto para llegar hasta el campo de batalla desde este mundo. Y si, además, cumplo el trato con Kaede, será una ventaja para la tropa.

    —Eso va a ser un suicidio para los pobres soldados que vayan por allí...

    —No, no lo es y lo sabes bien —dijo Anerues guiando su rama directamente hacia el este. —Estas cosas no las dejo nunca al azar. De todas maneras, hay métodos y métodos para evitar a esos fantasmones.

    —¿Y para evitar a esa banda de locos? En mi vida quiero volver a escuchar “¡es primavera!”. Aún huelo a quemado tras eso...

    Anerues sonrió agradablemente pero no respondió, cosa que a María le bastó.

    —De acuerdo... ¿y ahora qué? —preguntó ella.

    —Yo me adelantaré hasta Arseal para hacer que las dríadas se unan a nuestra causa. Tú ve llamando unas cuantas estrellas que las vas a necesitar. Cuando las hayas reunido, ve hacia la puerta de Chalyben y retén cuanto puedas al grupo que se está acercando. Con suerte Dijuana ya estará allí cuando llegues así que puede que te eche una mano.

    —Por mí bien pero, por favor, no mates a todas las Uhlon —dijo María algo preocupada. —Si hay algo que no sepas hacer, es refrenarte.

    —Me esforzaré —dijo él dándole un beso de despedida. —Nos veremos en la entrada de Chalyben y, recuerda, si me oyes llamar a Dijuana, huye a toda velocidad, ¿de acuerdo?

    María asintió comprendiendo el sentido de sus palabras y vio como se apoyaba en su rama para, al segundo, desaparecer de su vista dejando una estela al volar a ras del agua.

    “En fin, al trabajo” se dijo ella empezado a concentrarse en el cielo para encontrar alguna piedra que pudiera servirle.



    —¡Por fin te encuentro! —exclamó Amadeo al encontrar a Zoé sentada en una esquina oscura de la biblioteca.

    —¡Silencio! —gritó ella por lo bajo. —Vas a despertarla.

    Amadeo se dio cuenta entonces de que Frandoll estaba apoyada en sus piernas durmiendo plácidamente.

    —Mejor me marcho... —dijo él.

    —No hace falta —dijo Zoé comprobando el estado de Fran. —Parece que, por una vez, tiene un sueño profundo. De todas maneras quería preguntarte una cosa.

    —Lo de Anerues, Jack y eso del ejército de la República del Cielo, ¿no?

    —Exactamente.

    —No conozco todos los detalles, sólo sé lo básico pero, lo que tengo por seguro es que Anerues va a perder todos los dientes cuando nos volvamos a ver.

    —¿Nos ha metido en algo gordo?

    —Tan sólo por estar con él el día que caímos por el agujero estamos destinados a ayudarle a luchar contra el Cielo.

    —¿El cielo? ¿No estarás refiriendo a...?

    —A Dios me estoy refiriendo... o a un ídolo, como lo llama él. ¿Te acuerdas de esa Autoridad de la que tanto se hablaba en el mundo del gran agujero? Pues actualmente está en guerra contra el Ejército de la República del Cielo, un grupo de rebeldes contra Él que quieren derrocarlo e instaurar un sistema menos opresor y menos exigente...

    —Como en todas las revoluciones... —comentó Zoé.

    —Su jefe es un hombre de gran inteligencia llamado Lord Asriel que logró encontrar una manera de ir entre mundos gracias a sus investigaciones.

    —¡Ah! ¿Entonces es por eso que quiere ir Anerues a luchar con él? ¿Para que ese tal Asriel nos lleve de vuelta a nuestro mundo?

    —Lo cierto es que... fue ese mismo Asriel el que nos llevó hasta ese mundo abandonado.

    —¿Cómo?

    —A ver cómo te lo explico... ¿te acuerdas del gran agujero que nos encontramos nada más llegamos al mundo de Oasis? El padre Adam nos explico que “hará cosa de día y pico” apareció de la nada armando un estruendo terrible. Seguramente, más de uno de los habitantes de Oasis te habría contado que ese ruido fue un sonido de rasgar de proporciones titánicas. ¿No te suena eso a algo?

    —Sí... —respondió Zoé recordando el principio de todo este viaje.

    —Lo más probable es que ese maldito Asriel no sepa nada de los efectos secundarios que causó el abrir un agujero en ese mundo pero, lo cierto, es que él fue el que hizo que acabáramos con nuestros huesos en ese mundo lleno de fantasmas... “un problema de exceso de potencia” dijo Anerues.

    —Vaya —rió Zoé.

    —Parece que te haga gracia.

    —No lo parece, me hace gracia de verdad. Ya conoces ese dicho de “reír por no llorar”. Lo cierto es que todo este viaje no ha sido tan malo...

    —¿Te señalo tus cicatrices o te digo a cuántos he matado? —replicó él molesto. —¡Este viaje no ha tenido nada de bueno! ¡Y todo por culpa de ese...!

    —¿Y qué tiene que ver Anerues en todo esto? Según lo que me has dicho, él no fue quien hizo ese agujero.

    —Pero fue el que nos llevó a la casa de su tío, que viene a ser lo mismo.

    —No intentes culparle por algo tan trivial. ¿Qué iba a saber él?

    —Cierto, él no sabía nada “entonces”.

    —¿Qué quieres decir?

    —Que gracias a sus sueños ha descubierto que ha estado predestinado desde el nacimiento para matar a la Autoridad. El hecho de que cayéramos en el agujero era sólo cosa de él, no nuestra. Yo siempre he sido muy escéptico en todo lo que se refiere a divinidades, destinos y toda esa tontería pero ahora creo con firmeza lo que me contó Jack: El destino de Anerues se ha mezclado con el nuestro cambiándolo de forma de una manera muy desgraciada.

    —Permíteme disentir —dijo Frandoll levantando la mano, asustando a los otros dos. —¿No estarás diciendo que el haber estado aquí no nos ha ayudado a nosotros los utukku y sus allegados? Si esto es una guerra contra el Dios de los que han causado la guerra en la que estamos inmersos y resulta que Anerues va en busca de la Autoridad para matarla, ¿no creéis que vosotros, que nos habéis dado la ventaja de conocer la pólvora, no estáis aquí para completar el trabajo que él tiene que hacer? —Fran se levantó y estiró los brazos. —Si todo lo que habéis dicho es cierto, vosotros formáis parte del destino de Anerues desde mucho antes de que llegarais aquí.

    Los otros dos se quedaron mudos ante la afirmación de la utukku la cual, tras atraer hacia sí a Laeviathein, dijo sonriendo:

    —Si crees que todo lo que hizo Zoé por mí no es más que un “desgraciado accidente” permíteme partirte la cara —dijo sin dejar de sonreír. —Y si, además, insistes en que lo que hiciste por los soldados que te acompañaron a buscar el agujero no fue más que una “sarta de asesinatos sin sentido”, que te muestre Trevor su rechazo a su doppelgänger o cómo los supervivientes se quejan de estar vivos. Vosotros tal vez penséis que sois desgraciados por haber llegado aquí pero, por parte de los que vivimos en este mundo, digo que sois lo más parecido a unos salvadores divinos, siendo los dos valientes y sacrificados hasta límites que nadie en este mundo conoce. Pero, en todo caso, ¿os sentís desgraciados por ser como sois?

    Los otros dos se quedaron mudos ante el largo discurso de Frandoll (al menos había enlazado más de siete palabras seguidas sin gritar ni echarse a llorar). Pero Amadeo, lejos de sentirse impresionado por esa larga sarta de palabras respondió algo airado:

    —Muy bien, estamos aquí por culpa de un destino que nos sobrepasa; hemos hecho lo que hemos hecho porque así creíamos que debíamos actuar; hemos trabajado, luchado y matado sin casi tiempo para reflexionar nada. Pero —Amadeo tomó aire y gritó sin temor: —¡ni por asomo llegues a pensar que lo hemos hecho por gusto! Todo cuanto queremos hacer es volver a casa. Tú lo ves desde fuera, que somos una pareja de chicos muy valientes que luchan por los utukku y que muestran sus ideas sin temor a lo que les pase pero, visto desde nuestro punto de vista, la historia cambia y mucho: Yo sólo quiero volver con mi familia y evitar que Zoé muera. Quiero llegar y mostrarle a mi familia, a la familia de Zoé, al padre de Anerues, a los de Lou y los de Jack que todos hemos regresado vivos y ahorrarles así el sufrimiento de haber perdido a sus hijos. No quiero que nadie llore nuestra marcha pues ellos ya estarán llorando nuestra desaparición... Pero jamás, repito, JAMÁS pienses que yo he estado luchando por desconocidos o por órdenes de algo que nos sobrepasa a todos. Porque yo he matado pero tú no, porque yo he sufrido mientras tú te pasabas tus años dentro de esta tumba, porque yo he visto a gente morir tan sólo porque yo estaba ahí... Y después está lo vuestro: Antes nos despreciabais tan sólo por existir, ¿y ahora deseáis que estemos de vuestro lado? ¿¡Crees acaso que me gusta saber que todo esto es mi destino!? ¿¡Has entendido todo lo que te dicho!? —gritó con lágrimas en los ojos retirándose de la sala dando un portazo.

    Mientras hablaba, Frandoll volvió a abrazarse a Zoé, no se sabe si asustada o llorosa pero de sus brazos no se separó en un buen rato.



    Amadeo volvió a toda prisa a su habitación, con paso nervioso y crispado llevando a Goppler en brazos. No le gustaba nada perder los estribos y lo estaba demostrando. Aunque Goppler tratara de tranquilizarlo, Amadeo no escuchaba más que la voz de su temperamento que no dejaba de ordenarle que gritara para liberarse de cuanto le atenazaba desde dentro.

    Cuando entró en su habitación, encendió una lámpara, tiró su espada sobre su cama y cogió uno de los libros que había cogido prestados de la biblioteca, para ver si una lectura le servía para calmarse. Sin embargo no tuvo tiempo para relajarse pues alguien llamó a la puerta.

    —Pasa —dijo él secamente dejando el libro a un lado. A su orden entró Zoé. —Eres tú... ¿Qué quieres? —preguntó él con tono muy cortante.

    —Te has pasado —respondió ella con el ceño fruncido.

    —¿Y qué? Que acepte lo que yo he vivido.

    —¿Es que no lo entiendes? Ella también lo ha vivido. Sabe lo que sientes y piensa lo mismo que tú...

    —¿Qué sabe ella? Lo que ella sabe es que se ha pasado más de treinta años aquí encerrada haciéndose la mártir sin intentar siquiera controlarse. Pero no tiene ni idea de lo que he tenido que hacer yo: Ella fue víctima y no llegó a tener la oportunidad de defenderse pero yo, la única opción que tuve fue sobrevivir ¿¡Crees que me gusta saber que he matado a más de treinta personas tan sólo para volver aquí!?

    —¡Eso no es algo que te debiera hacer sentir culpable!

    —Si lo que dices es que no debería arrepentirme de ello, no lo estoy haciendo, es más, jamás lo haré pues sino ahora yo sería el muerto. Pero nunca me digas que no me sienta culpable pues...

    —¡Yo también he matado! —interrumpió ella acercándose, imponiéndose ante él. —¡Y por la misma razón que tú, maldita sea!

    Amadeo enmudeció ante el grito de su compañera siendo incapaz de contestar.

    —¡Antes dijiste que lo hacías para que pudiera volver! —continuó ella. —¿¡Qué crees que hice yo!? ¡Tú sufriste un camino! ¡Yo otro! ¡Pero jamás digas que todo esto no ha servido para nada!

    —¡Y es que no va a servir para nada! —gritó él al tiempo que se levantaba. —¡Cuando volvamos a casa no podremos volver sin arriesgarnos a morir, ya sea por esa absurda enfermedad de la que nos habló Anerues como por la guerra! ¡Esto no es ningún juego!

    —...tranquilicémonos... —dijo ella dándole la espalda, con un tono mucho menos crispado, bajando la cabeza y buscando un lugar donde sentarse. —Tranquilicémonos...

    Amadeo le pasó su silla y se fue a sentar a su cama. Pasaron un largo rato en silencio para calmar los ánimos hasta que ella empezó a musitar:

    —No deberíamos estar discutiendo cuando los dos queremos lo mismo...

    —Lo sé —dijo él. —Ni yo sé que me ha pasado ahora...

    —Eres demasiado temperamental —acusó ella. —¿Por qué no tratas de pensar un poco en como se sienten los demás antes de abrir la boca?

    —Porque mi costumbre es hacerlo después ¿Crees que me gusta hacer que la gente se sienta mal? ¿Crees que lo que le dije a Frandoll era tan sólo para que se torturara más? Yo sólo he expresado mi opinión, mi verdad. Mi intención era que supiera cómo me sentía yo, no que ella se avergonzara de sí misma... pero cuando pierdo la calma digo cosas y cosas... A todo esto, ¿cómo se lo tomó?

    —No le ha gustado pero parece que lo que le has dicho sea algo que le enrabiete —a Zoé, de repente, se le vino una idea a la cabeza. —¿Por qué me preguntas por su estado si, según tú, todo esto no debería importarnos?

    Amadeo, sintiéndose pillado, no contestó y salió de la sala algo avergonzado. Sin embargo, cuando abrió la puerta chocó con una de las doncellas del castillo del Rat.

    —Disculpe —dijeron tanto Amadeo como la mujer.

    —Les llaman a la entrada —avisó la doncella mientras se comprobaba el estado de la nariz por el golpe. —La reina dice que es muy urgente.



    Cuando Amadeo y Zoé llegaron a la entrada se encontraron con la guardia de palacio desplegada en las terrazas de la entrada, apuntando con sus arcos a las grandes puertas del Rat esperando a que las abrieran mientras los reyes permanecían en la más alta observando lo que sucedía.

    —¿Qué pasa aquí? —preguntó Amadeo nada más encontrarse con Trevor.

    —Cuando volviste esta mañana del bosque —dijo Trevor a Zoé —dijiste que alguien vendría esta tarde, ¿no es así?

    —¿Ya están aquí? —preguntó ella.

    —Lo cierto es que... no lo sé. Desde la ventana de los vigías —dijo señalando una terraza muy alta por encima de la puerta —se puede ver a un grupo de unas seis personas montadas en un carro, un carro sin caballos...

    —Abrid las puertas —dijeron Zoé y Amadeo sin dudar, al saber a qué se refería.

    El utukku, algo receloso pero confiado, le indicó a unos cuantos soldados que fueran hacia la polea que permitía abrir ésas dos enormes moles que eran las puertas de Chalyben, dos puertas mezcla magistral de piedra y hierro con un aspecto casi indestructible pero, a la vez, pesado. Con gran esfuerzo, siete hombres retiraron las tres vigas de madera que atrancaban la puerta y otros cinco empezaron a girar la polea, mientras que en la polea que permitía cerrar la puerta otros cinco soltaban cuerda para facilitar y acelerar la operación. Así, en cosa de dos minutos, la puerta se había abierto dejando ver una camioneta de bastante tamaño en la que estaban tres adultos y tres niños. La única mujer del grupo estaba en la zona de carga de la camioneta guiando a tres niños llorosos fuera del aparato mientras que los otros dos adultos, cargados con sendos mochilones militares, se acercaban a Zoé y Amadeo que salieron a recibirlos.

    —¿Esto es el Rat Chalyben? —preguntó sin rodeos el más alto de los dos.

    —Sí —respondió Amadeo. —Usted debe ser Thomas Cashner, supongo.

    —Efectivamente. Jacques nos dijo que podríamos hospedarnos aquí hasta que llegara Anerues que nos ayudaría a resolver el problema de los niños —dijo señalando a su espalda.

    —Siento interrumpir la charla —dijo Trevor —pero urge ir cerrando las puertas.

    —Por supuesto —dijo el otro recién llegado dirigiéndose hacia la camioneta y arrancándola mientras la mujer entraba a los niños dentro del Rat.

    Ante la sorprendida concurrencia que estaba en las terrazas, la camioneta fue introducida en el Rat al tiempo que las puertas eran cerradas con gran esfuerzo.

    —¿Qué clase de ingenio es ése? —preguntó Trevor a Amadeo mientras esas actividades eran llevadas a cabo.

    —Eso es una camioneta —respondió sencillamente Amadeo. —Pero si quieres una respuesta un poco más sofisticada, una camioneta movida por un motor de explosión. Como siempre, las preguntas a la lista.

    —Muy bien pues —dijo el conductor apagando el aparato tras aparcarlo en una esquina. —¿Y ahora qué?

    —Ya oíste a Anerues entonces —respondió Thomas. —Estamos en manos de esta gente hasta que le curemos la amputación a los niños.

    —¿Esos son los niños? —preguntó Amadeo algo incómodo por la presencia de esos llorosos y a la vez, callados infantes. Algo tenían esos niños que nadie se atrevía a acercárseles. A pesar de que se abrazaban fuertemente a sus daimonions, ninguno de ellos parecía estar “vinculado” a los mismos.

    —Da igual —dijo Trevor siguiendo las órdenes que le enviaban los reyes desde lo alto mediante señales. —Parecéis cansados por el viaje así que mejor hablemos tras dejaros descansar un poco.

    Así pues, Trevor guió a los recién llegados hacia el interior del Rat mientras Kyleas llegaba y se encargaba de reorganizar de nuevo la entrada.



    Mientras el sol continuaba descendiendo, la jefa de las Uhlon, Kirno, se acercó hasta las tropas, que desde Namaste habían partido hacia el Rat, para encontrarse con Gill, comandante de ese enorme ejército.

    —Buenas, señora Kirno —saludó él como si tal cosa. —¿Habéis descubierto algo de interés?

    —No —respondió ella de una manera tan fría como su firme expresión.

    —¿No hay vigilancia, ni patrullas ni nada?

    —Nada.

    —Bueno es saberlo —dijo el otro sonriéndose ante la más que posible victoria sobre los habitantes de Chalyben. —¿Y Meira? ¿Se ha recuperado de sus heridas?

    —Sigue furiosa.

    —Así me gusta, que se mantenga animada.

    —Ella desea que, si es posible, le dejen matar a ese desgraciado que le venció.

    —No puedo prometeros nada pero, en todo caso, se hará lo posible por mantener a ese chico con vida. Aún necesitamos saber de dónde ha venido. Tras interrogarlo podremos dejároslo para que lo ejecutéis como os plazca.

    —Déjenos el interrogatorio a nosotras. Conocemos muchas más maneras que vosotros para descubrir cuanto pueda ocultar.

    —Ya veremos. De momento nos basta que os vayáis apostando alrededor del Rat ¿Podréis hacerlo?

    —Mientras vosotros cumpláis con vuestra parte de la promesa, nosotras seremos vuestros perros de presa.

    —Así sea. Vaya a avisar a tus compañeras: La batalla será esta noche.

    —Que la gran Qua guíe tu mano, Clérigo —saludó Kirno al tiempo que se elevaba a toda velocidad con su rama de abeto.

    “Ilusa...” pensó Gill seriamente. “Que Qua ni que ocho cuartos. O la Autoridad o nadie, creed o morid.”



    Adrian miraba los documentos de El’Lo con interés, mientras éste y Trevor esperaban algo impacientes pues ya deseaban retirarse a descansar.

    —Perdone la espera —se disculpó el rey tras dejar los papeles a un lado. —Esta clase de cosas hay que comprobarlas bien antes de decir nada. A pesar de que estoy plenamente de acuerdo con las peticiones del príncipe, sigue sin cuadrarme que se haya ofrecido así a prestarnos ayuda. Ni aún en la peor época de la primera gran cacería, el Principado de Ombra se declinó por ayudar a nadie prefiriendo el aislamiento.

    —Usted pidió ayuda y el príncipe desea concedérsela —respondió El’Lo. —Que seamos cerrados no quiere decir que seamos soberbios, sólo muy prudentes.

    —Sin embargo en el mensaje que os mandé os conté lo de los Nobles y, aún sabiéndolo y conociendo el histerismo que existe alrededor de esa clase de personas, ¿Otaz se presta a ayudarnos? Entiendo que seáis precavidos pero tampoco hacía falta enviarme un espía para comprobar el terreno.

    —Veo que sois inteligente —dijo El’Lo inclinándose para, de paso, disimular el cambio de peso de una pierna a otra y acomodarse en su posición marcial.

    —Bueno, como ya ves, la distinción entre Nobles y utukkus ya es algo bastante irrelevante —dijo dando un golpecillo amistoso en la espalda de Ed. —Si lo que ese chaval dijo es cierto, he de suponer que en Ombra ha ocurrido lo mismo.

    —Nosotros soltamos a nuestros uiban para informar del... —El’Lo titubeó buscando la palabra —...cambio. Supongo que ya estarán enterados por allí de lo que ocurre en este lugar.

    —De todas maneras, hasta mañana por lo menos no sabremos nada de lo que ha ocurrido en Ombra. En fin, ahora que está todo aclarado puedo invitarle a usted y a sus compañeros a que se queden una temporada en el Rat. Siéntanse como en casa.

    —Gracias —dijo inclinándose, esta vez sin disimular el terrible picor que sentía en sus piernas. Se dio la vuelta mientras Trevor le abría la puerta pero, antes de cruzar el umbral, se paró y preguntó: —Disculpe mi descortesía pero, ¿y los Nobles que llegaron aquí?

    —No son peligrosos —respondió el rey levantándose para dirigirse a la sala contigua. —Nos mostraron una fórmula alquímica muy interesante y muchas cosas que, en teoría, sólo conocen los Nobles de Tricápita pero ellos, en sí, no son una amenaza para ningún utukku... salvo para mi mujer —añadió jocoso al tiempo que atravesaba la puerta. —Cuanto tenga que hablar sobre eso con Otaz, que sea con su auténtico enviado.



    —Otaz no se fía de nosotros —dijo Remiria desde la cama nada más atravesó la puerta Adrian.

    —¿Te extraña? —respondió él. —Mencionamos a los Nobles y eso les hizo desconfiar, nada más. En todo caso, fiarse parece que se fían, de hecho, más aún después de que a ese El’Lo lo salvara Jack. Sin duda, el saber que disponemos de armas como las que nos mostró hará que se nos unan muchos aliados.

    —No olvides que todo será una alianza interesada —dijo ella mientras se levantaba y recogía su ropa. —Si difundimos demasiado esa fórmula, los Rats del sur se sublevarán sin ninguna duda.

    —Confiemos en que después de la guerra no haya problemas.

    —Mientras haya elatos ambiciosos habrá problemas.

    —¿Aún sigues resentida por la traición? —dijo él recogiendo la blusa a su esposa.

    —¿Y quién no lo estaría? —dijo ella colocándose la falda. —No es que desprecie a los elatos, es sólo que sé que de ellos me puedo fiar menos que de los utukku. Al fin de al cabo, ellos se pueden vender.

    —A partir de ahora no creo que se dejen sobornar —dijo él ayudándole a ella a abrocharse. —A menos que sus clérigos empiecen a someter más aún a los antiguos elatos a base de proclamar que el cambio ha sido provocado por un regalo divino, dudo mucho que sigan creyendo que los Nobles son seres superiores.

    —Regalo divino... —rió ella. —Si lo que nos contó Jack era cierto, más bien se tratará de un regalo del mismísimo demonio.

    —Más te vale que a partir de ahora no se te ocurra mencionárselo a nadie: Lo último que nos faltaría es que los clérigos tuvieran razón al decir que estamos apoyando a su diablo.

    Remiria comprobó que su falda estaba bien puesta y se dispuso a calzarse.

    —No estamos apoyando al demonio —dijo ella. —Es él el que nos está apoyando a nosotros, sin más petición que prestarle ayuda para ir a matar al ídolo que ha causado toda esta guerra. Yo le daré toda la fuerza del Chalyben si es necesario.

    —¿Te fías de él así de buenas a primeras?

    —¿Nos ha dado razones para no hacerlo? No conozco sus verdaderas motivaciones pero lo cierto es que nos ha enviado un par de buenos apoyos tanto en lo militar como en lo civil. Desde que Zoé y Amadeo llegaron aquí la moral de las tropas ha subido mucho, las gentes creen que podemos tener acceso a secretos del enemigo y creen que la victoria final sobre los Nobles no anda muy lejos. Y, lo mejor de todo, es que no es falso: Es absolutamente real.

    —Pero a la larga no será creíble —dijo Adrian apartando a Ed que le tapaba el acceso hacia el lugar donde había dejado su espada. —Hasta que no llegue ese tal Anerues no podremos probar que el sueño de esta noche hubiera sido real...

    —...cosa que ocurrirá en cosa de tres días —interrumpió ella viendo si tenía bien puestos los zapatos. —Jack llegó hasta aquí por lo que no hay por qué dudar que el otro no vaya a hacerlo.

    —Pero, ¿existe? —preguntó él escéptico mientras se colocaba el cinturón con la funda de su arma.

    —¿Crees que no? —dijo ella mientras buscaba algo dentro de su armario. —Hay que ser muy cerrado de ideas para pensar que lo que todo el Rat ha visto no era real.

    —Siempre se podría pensar que todo ha sido una enorme casualidad —Adrian desenfundó su arma.

    —No lo creo —dijo ella sacando la funda de sus puñales.

    —¿Para qué has sacado eso? —preguntó él al ver a Remiria colocándose ese largo cinturón en el que estaban sujetos más de diez puñales. Remiria se paró en seco al darse cuenta de lo que estaba haciendo.

    —¿Y tú para qué desenfundas? —preguntó ella. Adrian se sobresaltó al darse cuenta de que así había sido.

    Ni el uno ni la otra dijeron nada por la extrañeza que les causaba el verse mutuamente con las armas preparadas para luchar.

    —¿Por qué...? —intentaron preguntar los dos. Sin embargo, el sonido de un fuerte golpe en la sala de al lado les hizo darse cuenta de que esa alteración en su normal comportamiento no era fruto de la casualidad.



    —Descansa las piernas, chico —dijo Trevor, tan contento como El’Lo de dejar de mantener la postura. —Ahora toca divertirse un poco antes de volver al trabajo.

    —La gente de por aquí es muy familiar, ¿no? —preguntó el aludido estirando fuertemente las piernas por las cuales aún sentía fuertes picores.

    —O tú eres demasiado serio. ¡Un espía! —exclamó Trevor. —Desde luego pareces cualquier cosa menos eso.

    —Sin faltar —se quejó seriamente la daimonion leopardo de El’Lo. —Somos como somos...

    —No importa —interrumpió El’Lo dándole un golpecillo a su daimonion para que callara. —Todo el mundo siempre me ha dicho que soy un poco bajo para mi trabajo.

    —Si casi le sacas una frente a Amadeo —comentó Frondea desde el hombro de su persona. —En comparación eres hasta alto.

    —Amadeo... ¿el Noble? —preguntó El’Lo.

    —Amadeo, el “joven aruco” —corrigió Trevor. —Noble o elato, ahora esa distinción poco importa.

    —¿Lo llamáis aruco cuando sólo ha luchado una vez hasta ahora? —preguntó la leopardo extrañada.

    —Lo llamamos aruco porque estuvo peleando casi sin descanso durante cinco días seguidos, sin perder ni un solo combate y matando a cuanto enemigo trató de parar mi expedición. Créeme: Se crece en batalla al tiempo que se vuelve cada vez más y más difícil de vencer.

    —Darle medio segundo es perder una pierna —dijo Frondea; —uno entero, es perder la vida y darle dos es suicidio. Jamás vi a nadie pelear de esa manera...

    —...vaya... —se le escapó al espía en un descuido. —¿Y es joven?

    —No tiene más que diecisiete primaveras —respondió Trevor. —Y ya habrá matado a más de treinta personas.

    —Y es eso precisamente lo que más le molesta —dijo Frondea. —Le gusta hablar de armas, de técnicas, de posturas, pero más te vale no decirle que luche en serio.

    —Es tan bueno que hasta se asusta a sí mismo —dijo Trevor. —Sólo hay que recordar la cara que puso cuando derrotó a Meira.

    —¿¡Meira, la roja!? —exclamó El’Lo.

    —La misma —respondieron Trevor y Frondea al mismo tiempo. —Más de seis personas (entre ellas, nosotros incluidos) podrán atestiguártelo.

    El’Lo no dijo nada, sorprendido por la declaración de su guía.

    —En fin, ya estamos —dijo Trevor pasando a las dependencias de invitados mientras encendía un candil para El’Lo. —Creo que tu habitación era la quinta a la derecha. Ya nos veremos en el comedor.

    Así pues, el espía se despidió de Trevor y se encaminó hacia la puerta de su habitación. Sin embargo, cuando la abrió, nada pudo hacer.



    En la habitación más grande de las dependencias para invitados, Agatha, Thomas, Pablo y los tres niños se acomodaban en su lugar. Agatha había estado haciendo las veces de matrona de los amputados al tiempo que Pablo, probablemente cargado con cierto sentimiento de culpa, le ayudaba. Thomas, por su parte, dedicaba ese momento de relax para limpiar y preparar las armas que llevaban en las mochilas, cargar las cananas y adecuar, junto a Pablo, el aspecto de la habitación para evitar un ataque, levantando la mesa y las camas formando un pequeño fortín en el que se ocultaban los pequeños.

    —Recuerde lo que le ha advertido Anerues —dijo Thomas: —No salgan de esta habitación en todo lo que queda de noche pues éste es el lugar más seguro del Rat, ¿entendido?

    —Por mí no hay problema —dijo ella sacando un revolver de su mochila dejándolo a su alcance ante un más que posible ataque. —Lo único que temo es que la puerta ceda.

    —En el caso de que ceda no podremos ayudarla —dijo Pablo vistiéndose para la batalla. —De todas maneras, confíe en lo que le dijo ese chaval.

    Tras vestirse el chaleco antibalas, colocarse las cananas, cargar su arma y cortarse el flequillo con un cuchillo, Pablo se dirigió hacia su compañero y esperó sus órdenes.

    —No tenías porque hacer esta penitencia —comentó Thomas mientras esperaba.

    —Yo ayudé a que esos niños acabaran como están —dijo el otro recolocando un poco la mesa tras la cual iban a estar parapetados los niños. —Si algo puedo hacer para curarlos, que así sea.

    —¿Incluso ir a meterte en una batalla que probablemente perderás?

    Pablo no respondió y tomó aire para relajarse, a la espera de que comenzara toda esa absurda batalla.

    —Sea lo que sea —dijo Thomas, —por algo nos habrá enviado Anerues hasta aquí. Y no creo que esa razón sea la muerte.

    De repente, en el pasillo se escuchó un grito que fue ahogado rápidamente.

    —¡Muy bien! —gritó Thomas abriendo la puerta para salir con el arma en alto siendo seguido por Pablo hasta tres habitaciones más allá de la suya lugar donde se encontraron a dos hombres acuchillando a otro al que habían pillado por sorpresa.

    —Anerues tenía razón —dijo Pablo en castellano al ver la escena. —Había soldados traidores en Chalyben.

    Los dos de la sala se giraron al oírlo y, al ver que no eran de los suyos, se lanzaron contra ellos. Sin embargo nada pudieron hacer contra la andanada de disparos que recibieron.

    —Pues por el bien de esta gente, acabaremos con ellos —respondió Thomas en el mismo idioma.



    “Hay que ver cómo duerme esta chica” dijo Zoé mirando la ahora serena cara de Frandoll. Cuando tenía relajados todos los músculos de la cara, sin forzarla por las pesadillas que tenía, parecía un auténtico ángel. Viéndola así, Zoé se sentía ante una bebé durmiente, ajena a cuanto ocurría pues se sentía protegida. “Espero que por mí” pensó Zoé sonriendo. “En fin, dejemos que duerma, que yo aún tengo trabajo” Zoé dejó de contemplar a la utukku y fue hacia la remodelada librería de la habitación: Ahora que Frandoll había recuperado gran parte de su salud mental, Remiria había decidido que empezara a estudiar un poco para que la ayudara en sus tareas de gobierno. Para ello le había dado a Zoé la responsabilidad de ser su maestra durante los primeros días, conociendo la familiaridad que sentía hacia ésta, para que se acostumbrara a cierto ritmo de trabajo.

    —Al final sí que vas a ser maestra —dijo Ku—Te.

    —Es lo que quiero ser... —dijo Zoé sacando un par de grandes libros de la librería. Una vez sobre la mesa, fue hacia una pequeña mesita y sacó un bote de tinta, una pluma y unas cuantas cuartillas de papel para practicar caligrafía al día siguiente. —Supongo que Frandoll no encontrará inconveniente en aprender cosas nuevas.

    —Teniendo en cuenta la pasión con la que relata tus conciertos de órgano, creo que deseará aprender cuanto sea posible para ser ella la que toque ese armatoste.

    Zoé colocó las cosas de tal manera que tendría la clase preparada para el día siguiente por lo que fue hacia la cama para dormir un poco. Pero, para cuando ya se había quitado los zapatos, Frandoll se levantó como un ensalmo, asustando ligeramente a Zoé.

    —Buenos días —saludó Zoé al ver que la otra se levantaba animada.

    Frandoll no contestó y se restregó los ojos, intentando despertarse, tras lo cual se estiró los dedos. Sin embargo, lo que vio no le gustó y volvió a repetir la operación dedo por dedo.

    —¿Qué te pasa? —preguntó Zoé preocupada.

    —Espera —dijo Frandoll dándole un golpecillo a Laeviathein para que despertara para dirigirse a toda prisa a la entrada mientras Zoé la observaba sentada en la cama. A los pocos segundos, la utukku volvió a toda prisa a los pies de Zoé, algo llorosa, más por miedo que por tristeza.

    —¿Qué pasa? —preguntó otra vez Zoé, empezando a preocuparse por las acciones de Fran, la cual ocultaba su cara entre las piernas de la otra. —¿Ha pasado algo?

    Fran, muy temerosa, alzó la cara y digo con voz acongojada:

    —¿Es soñar una locura?

    Zoé no respondió, es más, le preguntó con la mirada.

    —Los he visto... —dijo con voz muy queda. Zoé se inclinó para escuchar mejor a su amiga. —Los elatos de la entrada... han matado a todos los utukku y han abierto las puertas... ¡Un ejército ha entrado en Chalyben! —Fran volvió a romper a llorar, asustada porque pensaba que no era capaz de distinguir realidad de sueño.

    —Ven aquí —dijo Zoé abriendo los brazos acogedoramente. —¿Y por qué me lo cuentas?

    Frandoll se abrazó a Zoé, asustada y respondió:

    —Le he visto. He visto a Anerues...

    Zoé sintió un escalofrío recorrer su espalda, sabiendo que, si Frandoll había soñado eso, no era cosa de la casualidad.

    —Me dijo —continuó —que no te fiaras del traidor del galgo... que si no haces nada, matará a Amadeo...

    —Entendido —dijo Zoé transmitiendo su preocupación a la otra. —He de pedirte algo —dijo alejando a Fran de sí: —Voy a salir de aquí a comprobar lo que ha dicho Anerues, ¿me entiendes? Desde lo que ha pasado la pasada noche, tengo por seguro que un mensaje en sueños de Anerues no es algo que haya que tomarse a la ligera.

    Frandoll asintió.

    —Tú ocúltate en esta habitación como mejor sepas y no salgas bajo ningún concepto, ¿entiendes?

    Frandoll volvió a asentir, esta vez más asustada.

    —No te preocupes, volveré —dicho lo cual, le dio un beso en la frente y se encaminó a la salida con el corazón en un puño mientras la mirada de Frandoll la seguía con congoja.

    —No dejes que volvamos a sentir la pérdida —pidió Laeviathein cuando pasaron la puerta. Zoé no respondió, concentrándose ahora más en lo que pudiera encontrarse.



    —¡Amadeo! ¡Despierta!

    El aludido, algo desorientado todavía, abrió los ojos y se encontró con el capitán Kyleas, zarandeándole para que despertara.

    —¿Qué pasa? —preguntó levantándose rápido al ver que la situación no pintaba bien.

    —¡Vístete, rápido! —ordenó Kyleas mientras volvía a la puerta. Éste abrió ligeramente la puerta y miró cuidadosamente de un lado a otro del pasillo. Cuando vio que no había nadie, cerró la puerta y ayudó a Amadeo pasándole algo de su ropa. Éste, algo atemorizado, se dio prisa mientras escuchaba la nerviosa explicación de Kyleas: —No sé cómo pero el enemigo ha logrado atravesar la puerta de Chalyben. ¡Maldita sea! ¡El enemigo ha entrado dentro del Rat! Ya he enviado a unos cuantos a la llamar al resto de la tropa pero necesito al menos un compañero para volver a defender la entrada. ¡Date prisa!

    Amadeo, algo nervioso por la declaración del capitán, terminó de ponerse la ropa y cogió su arma.

    —¿Y tu armadura? —preguntó Kyleas.

    —Cuando empecé a ser un simple patrullero me la quitaron —respondió Amadeo, algo asustado al verse tan desprotegido ahora.

    —Da igual —dijo el capitán abriendo la puerta. —Hay una armería en el tercer terrado de la entrada. Allí te conseguiremos una coraza.

    Amadeo, algo más animado aunque con los nervios de encontrarse ante una situación tan imprevista como esa, siguió a Kyleas sin dudar por los desiertos pasillos del Rat al tiempo que terminaba de ajustarse la ropa y los guantes. Aunque suponía que era normal en un ataque a un lugar como ése, semejante quietud no le gustaba. Pero mientras descendían a la entrada, más claramente se escuchaban los gritos y el entrechocar de las armas. Haciendo el más mínimo ruido posible, los dos avanzaron por ese pasillo, Kyleas delante vigilando la vanguardia y Amadeo detrás con el arma en alto.

    —¡Capitán! —llamó un soldado nada más salieron del túnel que desembocaba en la segunda terraza de la entrada. —Son cada vez más y ya no sabemos como retenerlos.

    —Mantened a los piqueros en las escaleras —respondió el capitán. —Los arqueros deben sobrevivir cuanto sea posible. Cuando acabe con éste, volveré con vosotros para ayudaros con el ataque.

    El soldado asintió y volvió con sus compañeros a mantener la defensa.

    Antes de que Amadeo pudiera echar un vistazo a la cruenta batalla que se estaba librando allá abajo, Kyleas le agarró del brazo y lo llevó a la tercera terraza, lugar desde el que ya se podía observar la dantesca estampa que presentaba el campo de batalla que se había formado allá abajo: En una enorme masa de cuerpos inertes, la mayor parte de soldados del Rat, y sangre que se extendía tanto por suelo como por paredes, una enorme cantidad de soldados avanzaban en formación casi perfecta. La vanguardia del enemigo estaba formada por una línea de piqueros que se extendía en forma de cuña para contrarrestar y debilitar la defensa utukku. Frente a ellos se encontraban los montantes que avanzaban con gran ímpetu contra los piqueros del Rat, los cuales no tenían más remedio que lanzar a sus alabarderos contra aquéllos, los cuales eran fustigados sin cesar por los piqueros por su complicada situación.

    —Por aquí —señaló Kyleas abriendo una puerta fortificada. —¡Vamos! ¡Sé donde hay una coraza de tu medida! —Kyleas guió con rapidez a su compañero por entre todas esas armas y armaduras hasta llegar a una esquina en la que había expuestas tres corazas. —¡Date prisa!

    Amadeo cogió, sin más demora, la coraza que más le parecía que era de su medida al tiempo que escuchaba como Kyleas desenfundaba sus armas, sin duda preparándose para la batalla que iba a librar en un momento. Pero, con los nervios, a Amadeo se le cayó la parte delantera de su protección por lo que se lanzó para recogerla. Y a partir de ese día Amadeo bendeciría la disciplina de los soldados de Chalyben que les llevaba a mantener limpias hasta el extremo sus armaduras: Amadeo vio como Kyleas levantaba la empuñadura de su espada larga para descargarla contra su nuca reflejado en la superficie espejada del metal. Amadeo reaccionó en consecuencia de inmediato: Agarró la empuñadura de su espada y la lanzó con todas sus fuerzas a su espalda. Y, como supuso, su arma chocó duramente contra la parte más baja de la hoja de Kyleas, el cual trastabilló sorprendido ante la reacción del chico.

    —¿¡Qué pretendes!? —exclamó Amadeo alzando la espada a la altura de sus ojos, manteniéndola perpendicular a su cuerpo y así creando un espacio defensivo muy amplio.

    —Eres bueno... —comentó Kyleas sacando su otra arma.

    —¿¡Qué estás haciendo!? —exigió saber Amadeo al tiempo que alzaba su otra mano para usarla de escudo. Pero en menos de un segundo se dio cuenta de lo que implicaba que estaba haciendo Kyleas: No fue el enemigo el que entró en el Rat sino que fue el mismo capitán Kyleas, el que dirigía los accesos a la ciudad, el que ordenó abrir las puertas. Ese hombre era un traidor.

    Amadeo alejó este descubrimiento de su mente y se concentró en el combate que tenía por delante: En un primer instante analizó a su enemigo: Kyleas era un hombre bastante alto el cual sujetaba sendas katanas en ambas manos, una corta en la zurda y una larga en la derecha. Esto era un problema: La altura jugaba en contra de Amadeo con el problema añadido de que, al no llevar éste coraza, dichas armas eran letales de necesidad. Amadeo no se amedrentó por ello: No era la primera vez que se encontraba en tesitura semejante por lo que, al segundo siguiente ideó un plan de ataque.

    Así, un segundo después de analizar y pensar la manera de encarar a su enemigo, se lanzó directamente al ataque, pillando algo desprevenido a Kyleas: Amadeo dio un paso rápido al frente y lanzó un estramazón muy visible contra la frente de Kyleas, a lo que éste respondió inclinándose ligeramente hacia atrás esquivando el corte por poco. Amadeo no paró su ataque y se lanzó al fondo tratando de ensartarle por el cuello, movimiento que Kyleas ya había previsto hacía tiempo y que esquivó basculando ligeramente el cuerpo. A partir de este punto, el hombretón inició su contraataque golpeando salvajemente la ropera de Amadeo para apartarla y lanzando otro ataque, igualmente potente, contra el hombro del enano. Sin embargo, Amadeo ya conocía sus intenciones antes de que empezara el contraataque: Desde el principio ya había sabido que Kyleas no pretendía matarlo por lo que sabía que dirigiría su ataque contra una parte no vital de su cuerpo y así, tras ver con que mano apartó su espada, pudo saber contra que lado iba a dirigir su katana y actuar en consecuencia: Antes de que Kyleas se hubiera percatado, Amadeo ya estaba un paso por detrás del alcance de la larga arma, recuperando la posición de su ropera para lanzar una estocada contra el pecho de su enemigo y cuando la katana pasó delante de su cara, Amadeo se lanzó de inmediato contra el otro. Pero Kyleas, aunque sorprendido por la entereza que demostraba tener ese chico, esquivó el ataque como pudo, sin poder evitar que su mano izquierda se alzara para detener la estocada. Como resultado de esta primera confrontación, Kyleas acabó herido en su mano izquierda, perdiendo su espada corta.

    —¿Cómo...? —trató de decir Kyleas sin poder enlazar una sola palabra más por el salvaje contraataque de Amadeo el cual volvió a lanzar un estramazón contra la frente del hombre. Éste, aprovechando la forma de su larga espada, alzó su arma y paró el golpe, llevando el arma de su enemigo hacia el suelo y seguidamente lanzó un puñetazo con su mano herida. Amadeo, que no se esperaba esta reacción, encaró el golpe sin siquiera preocuparse en esquivarlo, sin perder de vista la katana y las piernas de Kyleas. Éste dio un paso atrás para liberar su arma e iniciar un nuevo ataque pero, al tiempo que lo daba, Amadeo siguió su movimiento para después levantar por la fuerza el arma del hombre con su ropera colocando ambas armas frente a sus ojos. Kyleas, nervioso, no comprendió por qué Amadeo se quedaba en tan mala posición frente a él pero no tuvo tiempo para pensar la razón porque Amadeo empujó su arma contra sí a lo cual éste reaccionó embistiendo con su todo su peso y aprovechando su altura. Craso error: Amadeo, sabiendo que ese hotentote intentaría algo semejante, basculó ligeramente su cuerpo hacia su derecha mientras él empujaba y adelantó su pierna izquierda entre las de Kyleas provocando que se cayera al tropezar con semejante zancadilla.

    —...hasta nunca... —susurró Amadeo mientras lanzaba una estocada contra el costado de Kyleas mientras caía. Sin embargo, esta vez fue Kyleas el que sorprendió a Amadeo: Mientras caía, Kyleas ya sabía que Amadeo ya estaba preparando el golpe de gracia por lo que, en un último y supremo esfuerzo, se giró en el aire mientras lanzaba un corte a su espalda. Dicho ataque pilló desprevenido a Amadeo que, de inmediato, inclinó su cuerpo hacia atrás... pero no fue suficiente: La hoja de Kyleas cortó profundamente el tabique nasal y el ojo derecho de Amadeo, el cual se retiró bastante confundido pero sin entrar en pánico. Mientras éste trataba de asimilar su herida, Kyleas se levantó con rapidez y cogió su arma con ambas manos, ignorando el dolor y descargó su arma contra el otro con todas sus fuerzas, pensando tan sólo en salir vivo de esa sala.

    Amadeo, lejos de impresionarse por su herida y pensando tan sólo en sobrevivir, alzó su arma e intentó encajar el golpe. Pero esta vez tampoco sirvió: La katana, imbuida con toda la fuerza y peso del otro guerrero, rebanó la fina ropera de Amadeo más allá de su mitad. Nuevamente confundido, Amadeo vio como Kyleas volvía a levantar su arma contra él. Y entonces todo se paró... Todo era miedo, tanto por parte suya como de su enemigo... Ninguno de los dos quería seguir luchando pero ninguno de los dos iba a dar el brazo a torcer en esa batalla.

    “Esto es estúpido...” pensó Amadeo sonriendo ligeramente mientras veía que el otro blandía su arma con más fuerza, preparado para lanzar el corte final. “Ni él ni yo queremos seguir con esta batalla; los dos tenemos miedo, no queremos que el otro nos mate... esto es estúpido... Tal vez debiera dejarme matar... pero... ¡No voy a morir aquí!” se gritó a sí mismo dejando caer lo que quedaba de su arma mientras veía descender la cuchilla de Kyleas. Y antes de que el arma llegara a tocarle la frente, ¡Amadeo la paró con ambas manos! Y aquí empezaron los diez segundos más largos y penosos de la vida de Amadeo: Todo cuanto sentía se reducía a su enemigo y a su arma, la cual retenía fuertemente con la ayuda de sus guantes. En ese tiempo vio la desesperada expresión de Kyleas; el temblor de sus brazos al tratar de cortar a Amadeo; el temblor de su pulso por saber que si no acababa ahora con él, le mataría; su mano ensangrentada que goteaba sangre de manera continua; el sudor que recorría su frente; su cabello que se encrespaba por la presión; su expresión serena descompuesta por el terror; su respiración lenta pero potente; el sobrio color gris de su katana; la muesca que había causado el primer choque de las armas... “¡La muesca!” se dijo Amadeo al ver la marca: Sabía que las katanas tenían un filo durísimo y muy resistente pero su cuerpo era mucho más flexible. Si fuera capaz de doblar esa cuchilla, inutilizaría el arma de su enemigo... Haciendo un esfuerzo sobrehumano, doblegó la posición de Kyleas ligeramente hacia la derecha. E inmediatamente después, giró bruscamente sus brazos hacia el lado contrario, quebrando el arma de su atacante justo por su base, lugar donde estaba la muesca. Amadeo se apartó de inmediato al ver que el otro se le caía encima y, con la cuchilla aún en las manos, lanzó un último y desesperado ataque contra su enemigo mientras éste recogía su espada corta para atacar a Amadeo... movimiento que no llegó a terminar cuando una alabarda se descargó con gran estrépito sobre la cabeza de Kyleas partiéndola por la mitad.

    Algo asustado aún, Amadeo se atrevió a girar la cabeza pero, cuando vio a Zoé respirando fuertemente mientras aún asía la alabarda, dejó caer la cuchilla y se sentó a descansar un poco por ese corto pero, a la vez, intenso combate, al tiempo que veía como el daimonion galgo de su enemigo se disolvía en el aire.




    Los reyes, tras acabar con los asaltantes que habían irrumpido en sus aposentos, habían salido de inmediato hacia los niveles bajos de Palacio para dar la voz de alarma. Por suerte para ellos, la gran mayoría de la guardia era de raza utukku por lo que tenían un apoyo asegurado. Sin embargo, cuando llegaron sólo pudieron lamentar haber llegado hasta allí: Ya desde la distancia se podía apreciar ese olor insípido de la sangre caída; cuando se acercaron pudieron ver los cadáveres de sus soldados y cuando entraron en los barracones, vieron a un nutrido grupo de antiguos elatos fustigar, acorralar y ejecutar a los pocos utukkus que aún intentaban defenderse: Les habían estado ejecutando mientras dormían por lo que la cantidad de bajas era dantesca.

    Sería por defecto de carácter que los reyes se lanzaran sin dudar a ayudar a su gente, ignorando el sentido común que les exigía que huyeran pero al poco, estaban atacando por la retaguardia a todos los traidores mientras los apresados iniciaban un nuevo y reanimado ataque. Pero todo fue momentáneo: Tras recuperarse de la sorpresa inicial, el enemigo que reorganizó y encaró a los refuerzos. Los reyes no pudieron hacer más que aguantar, esperando que sus aliados pudieran llegar hasta ellos.

    Adrian con su sable y Remiria con su ropera y sus puñales aguantaron con gran entereza el asalto de cinco enemigos al mismo tiempo pero, aún así, no tardaron en perder terreno frente a ellos.

    —¡Gente de Chalyben! —gritó de repente alguien a su espalda. —¡Tapaos los oídos!

    Inmediatamente sonó un tronazo brutal que sacudió los paredes he hizo que todos los presentes se llevaran las manos a sus doloridos oídos.

    Remiria, aunque dolorida, aprovechó la confusión del enemigo para abatirlo. Sin embargo, nada más matar a uno, los demás cayeron al ritmo que marcaban unos trallazos menos sonoros que el primero.

    Al ver que la batalla ya estaba sentenciada, los reyes se volvieron a sus espaldas y vieron a los dos hombres que entraron en el Rat esa tarde, blandiendo unas armas que Remiria reconoció de inmediato.

    —¿Están bien? —preguntó Thomas.

    Nadie en ese pasillo respondió. Todos estaban algo asustados por la demostración de fuerza que habían mostrado esos dos soldados.

    —Supongo que sí... —continuó él. —Si no les importa, ¿podrían traer unos cuantos soldados a la entrada? Algún estúpido ha abierto las puertas y los enemigos no dejan de entrar.

    —¿Les importaría ayudarnos un poco? —preguntó Pablo. —Aún teniendo estas armas, sólo somos dos.

    Nadie respondió inmediatamente pero, segundos más tarde, todos los utukkus de ese pasillo se retiraron a sus habitaciones para equiparse mejor.

    —Ustedes deben de ser los reyes, ¿cierto? —preguntó Thomas mientras esperaba a que los demás se prepararan.

    —Sí... —respondió Remiria con voz queda. —¿Qué está pasando aquí?

    —Teníais una facción traidora en vuestro ejército, nada más. Setenta hombres son más que suficientes como para poner en jaque una gran ciudad como esta.

    —¿Cómo sabéis eso? —preguntó Adrian. —No será que vosotros...

    —No se confunda —interrumpió Pablo. —Nosotros no formamos parte de esa facción. Todo cuanto sabemos nos lo ha contado Anerues. ¿Saben de quien les hablo?

    —Sí... Entonces, ¿él ya sabía lo que iba a pasar aquí?

    —Sí, lo sabía. De todas formas, este ataque evitó que en el futuro hubierais tenido un ataque mucho peor.

    —Explícate —exigió Remiria mientras se recolocaba su coraza.

    —Zoé y Amadeo llegaron a este mundo creyendo haber encontrado el camino de vuelta a su casa. Sin embargo, lo que se encontraron fue una guerra que ni ellos comprendían por lo que se dispusieron, casi sin dudar, a luchar de su lado, de ahí que ahora ustedes conozcan la fórmula de la pólvora. Ahora bien, el enemigo, al tener espías aquí dentro, se enteró de lo que habíais descubierto y de que podíais tener a vuestra disposición un poder tan temible como éste —dijo levantando su arma. —Así pues decidió atacar cuanto antes fuera posible para evitar que nadie más en este mundo conociera semejante fórmula. Zoé, sin saberlo, forzó a que el enemigo que teníais aquí dentro se descubriera.

    —¿Entonces ella ha causado toda esta masacre? —preguntó Adrian señalando los cadáveres que tenía a su espalda.

    —Sí y no —respondió Thomas. —Piense claramente, ¿quiere? La clave para vencer una guerra es no lanzarse a lo loco. Gracias a que el enemigo sabía lo de la pólvora, Zoé ha conseguido que forzaran su ataque. De no haber sido así, los traidores que pululaban este Rat habrían podido conseguir una mejor oportunidad para arrasar esto.

    —De todas maneras —dijo Pablo —¿cree acaso que quien ideó este plan iba a dejar que ustedes fueran masacrados?

    —Para eso estamos nosotros aquí: Somos un apoyo enviado por Anerues para evitar que Chalyben caiga en manos enemigas.

    —¿Sólo dos? —preguntó Remiria escéptica.

    —No, siete —respondió Pablo.

    —Dos artilleros —dijo Thomas señalándose a sí mismo, —un guerrero bajito, una chica con más temperamento que cabeza, una bruja, un cuervo y el mismísimo demonio en persona.

    —No se preocupen. Aún por las bajas, esta batalla la van a ganar ustedes.




    Dijuana miró la escena desde las alturas montada en su rama de nube—pino y descendió rápidamente hacia un árbol cercano a la batalla.

    —No te preocupes —dijo Jacob. —María llegará enseguida y poco después vendrá Anerues. Esto no es algo que pueda frenarte.

    Dijuana no contestó y sólo le dio un golpecillo cariñoso en la cabeza.

    —Cuídame la ropa, ¿quieres? —pidió ella saltando a la batalla sin dudar. Cuando puso el pie sobre el suelo concentró toda su conciencia en la transformación de su cuerpo. Conocía bien sus capacidades y por ello no sentía temor alguno. Sin embargo sabía también cuales eran las consecuencias de luchar como lo hacía... “Mejor no pensar en esto” se dijo cuando vio que su piel empezaba a convertirse en arena.

    Segundos más tarde, su piel gris empezó a caer sin parar sobre el suelo. Su ropa cayó cuando no tuvo nada sobre lo que sostenerse y, finalmente, se convirtió en lo que deseaba: Una criatura oscura, amorfa y traslúcida que avanzaba al tiempo que a su alrededor se arremolinaban los restos de su cuerpo. Dijuana sabía que en esa forma era absolutamente invencible pero aún odiaba tener que adoptarla.

    —¿Qué te pasa? —preguntó Jacob bajando a por la ropa al ver que no se movía.

    Dijuana no respondió (no podía) y empezó a andar pesadamente hacia el enorme grupo que trataba de introducirse en el Rat.

    —No olvides por quién lo haces —dijo Jacob cargando con la ligera camisa de Dijuana. —Todo lo que puedas sufrir no es nada comparado con lo que podría llegar a pasarle a los niños en el caso de que perdiéramos esta batalla.

    Dijuana, animada por las palabras del otro daimonion, aceleró el paso. Tras un breve paseo, se encontró de frente con un grupo de infantería que, en un principio, le ignoró. Sin embargo, cuando vieron el torbellino de arena que se levantaba sobre ella se giraron a observar tan curioso fenómeno. Y observaron hasta que ella atacó al primero que encontró: Saltar sobre su daimonion, introducirlo dentro de sí, comerlo mientras aún agonizaba, absorber todo el conocimiento que albergaba su ser, amputarlo de su persona y concentrar la materia de su cuerpo para que formara una serie de cuchillas que libraran al amputado de su sufrimiento... así hizo más de treinta veces en menos de un minuto hasta que de ese grupo no quedó más un montón de cadáveres... Y Dijuana, como siempre, se asqueó, pero no se desvió de su objetivo: Una vez acabó con el último, continuó su camino hacia la entrada del campamento empalizado y cuanto enemigo se encontró, acabó con un destino similar al de los primeros. Semejante masacre no tardó en llamar la atención, así que al rato, la daimonion estaba rodeada de un montón de soldados desconocedores de lo que ella representaba. Ella habría querido no haber tenido que matarlos pero sabía que ese era el destino de todos los que en ese momento asaltaban Chalyben: Nadie saldría vivo de allí. Y así inició, otra vez su serena pero imposible de seguir danza de la muerte, llevándose varias vidas con cada movimiento que hacía, vidas que no podía dejar de rememorar cada vez que introducía dentro de sí a otro daimonion...

    Una salvaje explosión la sacó de su depresivo pensamiento y vio con alegría como la ayuda ya había llegado: A varios metros sobre ella se encontró a María blandiendo su enorme arco con el que abatía a todos sus enemigos sin dificultad alguna. Y tras ella vio como cientos de luces brillantes jalonaban el cielo, cientos de pequeños meteoritos que se acercaban a toda velocidad hacia ese lugar atravesando las nubes que cubrían toda Arseal.

    Viendo este panorama, Dijuana dejó de lado a esos pobres desgraciados que trataban de darle caza allí en el campamento empalizado y se lanzó directamente hacia el interior del Rat para intentar expulsar a cuanto invasor pudiera. Atravesó filas y filas de soldados, columnas enteras, cientos de soldados que la ignoraron pensando que tan sólo era una nube de polvo y llegó a la entrada del Rat. Una vez allí embistió directamente a los arqueros de la retaguardia que no dejaban de disparar sobre los pocos piqueros y arqueros que aún guardaban las escaleras y así, en menos tiempo del que tuvieron los de la vanguardia para darse cuenta del ataque, los utukkus vieron como todos los arqueros eran masacrados sin piedad. La daimonion reconcentró las partículas de su boca para hablar:

    —¡Al ataque! —gritó Dijuana a los utukku, animándoles a que iniciaran la ofensiva que liberaría las puertas.

    Aún sin entender demasiado lo que estaba pasando, los aludidos se lanzaron tal como ordenó ella: Los arqueros y ballesteros, libres de la lluvia de flechas que les impedía tan siquiera asomarse, reiniciaron su tarea de cubrir a los piqueros y alabarderos que salieron con fuerzas renovadas mientras veían como esa masa amorfa seguía masacrando a cuanto soldado enemigo encontrara.

    Por más que le dispararon flechas, por más que le tiraron lanzas, por más que trataban de cortar su etérea forma, nadie logró hacerle el más mínimo daño a Dijuana que seguía comiendo daimonions como si la vida le fuera en ello. Y, al ver que contra ella nada servía, los mandos ordenaron la retirada. Pero eso de nada les sirvió: María seguía dirigiendo las estrellas fugaces contra los grupos que osaban cruzarse en su campo de visión.

    Dijuana salió tras ellos para seguir espantándolos fuera del Rat pero al poco escuchó una voz venir del bosque:

    —Dijuana, ven aquí.

    Tal vez fuera una voz entre miles, tal vez casi no se distinguiera entre el maremagnum de gritos que inundaba ese lugar, quizá... pero ella sabía que esa era la voz de Anerues, voz hacia la que se lanzó de inmediato.




    —Dijuana, ven aquí —escuchó María.

    —¡Jacob! —gritó ella mientras seguía abatiendo a los enemigos que salían del Rat en desbandada. —¡Entra en el Rat! ¡Rápido!

    Un graznido apenas perceptible fue su respuesta.

    María dirigió su rama de nube—pino hacia la entrada del Rat y allí se encontró con un nutrido grupo de bienvenida: Más de cuarenta utukkus, nada más le vieron entrar alzaron sus armas manteniendo una formación defensiva, temiendo por lo que pudiera hacer.

    —¿¡Quien eres tú!? —preguntó el soldado más adelantado. —¿Una dríada?

    —Soy amiga, no os preocupéis —dijo ella aterrizando. Una vez en el suelo fue hacia una de las grandes poleas. —¡Venid, rápido! ¡Hay que cerrar las puertas!

    Aún desconfiando de ella, los utukku se ofrecieron prestos a ayudarla por lo que al poco más de veinte personas se encontraban girando las poleas con toda la fuerza y prisa que lograron reunir. En menos de un minuto, las grandes y vetustas puertas del Rat se encontraban herméticamente cerradas.

    —¿Quién eres? —preguntó la daimonion comadreja del soldado.

    —Una bruja. Estoy de vuestra parte —respondió ella apoyándose en la polea, descansando de haber tenido que empujar ese armatoste.

    —¿Bruja? ¿Eres conocida de Zoé o de Amadeo?

    —Así es. ¿Les importaría retirarse al interior del Rat? Si no nos damos prisa mi amante podría matar a todo el que quede a su vista.

    —¿Qué quiere decir? —preguntó el anciano soldado al tiempo que se quitaba el yelmo. —Nadie es capaz de atravesar estas puertas.

    María, como respuesta, sonrió.

    —Usted no conoce a mi amante —respondió ella.

    El hombre, quizá algo atemorizado por la expresión de seguridad que reflejaba la cara de la bruja, indicó a sus hombres que fueran retirándose al interior dejando a unos pocos de guardia en la entrada.

    —Si no les importa, yo también vigilaré un poco —avisó ella subiéndose a su rama de nube—pino para acercarse al ventanuco que permitía otear el exterior. Desde allí vio como los últimos supervivientes de la batalla corrían hacia el bosque. Sin embargo... los gritos que se percibían desde el Rat...

    “Anerues ya ha empezado...” pensó ella algo asqueada.

    —No me pongas esa cara —dijo Jacob llegando del bosque. Éste aterrizó a su lado y le miró a los ojos. —Ya sabes que él cuando dice, hace.

    Y así era aunque eso era lo que menos le gustaba de él: Sería encantador, cumplidor, dedicado, fuerte, respetuoso y orgulloso pero no le gustaba esa parte tan visceral que tenía de hacer las cosas.

    —¿Y por qué tiene que hacer las cosas así? —preguntó ella viendo como las nubes se retiraban mostrando el cielo estrellado.

    —Porque no lo va a hacer siempre. Cuando acabe con la Autoridad, dejará su faceta agresiva para siempre.

    —Y se marchará...

    —¿Qué esperabas? A él no le gusta verte sufrir por nadie.

    —Ya lo sé... —dijo ella sentándose sin perder de vista el cielo en el que se veía la luna cambiar de fase poco a poco. —Ojalá pudiera quedarse más tiempo...

    —Siempre quedarán los sueños...

    —De un sueño no puedo conseguir lo que quiero de él.

    —Ya... —Jacob vio como la luna ya había alcanzado la mitad de su fase llena. —De todas maneras eso ya lo sabías desde el principio. No te quejes ahora.

    —De ilusiones he vivido hasta ahora... Parece que por allá arriba no desean que deje de ser bruja...

    —Olvida a Adam, ¿quieres? —se quejó Jacob. —¿Cuánto tiempo vas a estar llorando lo que no pudiste evitar? Sabes que de no haber sido por él, todas las latvianas ya estarían muertas y que Anerues habría muerto nada más llegar a nuestro mundo. No hay mal que por bien no venga.

    María dejó que su daimonion se subiera a su hombro mientras veía como la luna se establecía finalmente en su fase llena.




    Gill, el Clérigo guió a su caballo por el bosque, huyendo a toda velocidad de ese infernal ejército que Dios sabría de dónde había salido mientras Guioh le seguía lo más rápido que podía. El olor a podredumbre y sangre se podía notar a cientos de metros pero la oscuridad le impedía ver quién y por donde le atacaban.

    De repente, notó un cambió: Las nubes, empujadas por el viento, descubrieron un cielo estrellado, una isla de estrellas en medio de un mar de nubes. No se preocupó por la forma que adoptó el cielo y continuó su carrera mientras seguía escuchando los gritos de guerra de quien le estuviera persiguiendo.

    Cuando llegó a un río, pensó que tal vez pudiera esquivarlos si lo seguía corriente arriba, borrando así sus huellas así que se lanzó. Sin embargo, al contrario de lo que pensaba, los sonidos se intensificaron... al tiempo que notaba como la luz de la luna empezaba a iluminar su camino.

    “¡Pero si hoy había luna nueva!” se dijo extrañado. Y más se asustó cuando vio que la luna iba progresivamente avanzando en sus fases. En menos de un minuto, vio como la luna ya había alcanzado la fase de luna llena y se espantó por empezar a ver las siluetas de quienes le perseguían: Eran soldados de infantería, cientos de ellos ¡que lo perseguían a pie! Azuzó inmediatamente a su montura para que atravesara el río, para que escapara en dirección del ahora visible monte Nube, lugar donde se encontraba otra avanzadilla preparada para rematar el trabajo de Chalyben. Sin embargo, segundos más tarde, vio como ya estaba rodeado por guerreros que le disparaban flechas sin parar que Gill esquivaba como podía gracias a su agilidad y su coraza. Cuando vio que tenía al enemigo delante de su montura, desenfundó su arma y atacó al tiempo que embestía. De a quienes atacó, no notó resistencia alguna... ni tan siquiera trataron de esquivarle... Ignoró este hecho y sacudió las riendas de su caballo continuando con su camino.

    Su caballo empezó a mostrar señales de cansancio, viéndose reflejada en su piel la espuma formada con su sudor... ¿Pero cuánto llevaba corriendo esa pobre bestia? ¿Desde hace cuánto que había estado huyendo? ¿Pero cuánto eran capaces de aguantar sus perseguidores?

    Unas sombras que taparon la luz de la luna le sacaron de sus reflexiones instándole a mirar al cielo pero todo lo que vio fueron los árboles que no le permitían nada más que ver la enorme y brillante luna llena.

    —¿¡A qué juegas, altivo clérigo!? —gritaron cientos de voces a su alrededor. Gill por poco no se cayó de su montura por la impresión que le causó ese grito. —Vamos, ratoncito, sigue con tu carrerita... —unos soldados volvieron a cruzarse en su camino, esta vez empuñando picas contra el suelo para matar a su caballo. Gill los esquivó rodeándolos por su derecha y siguió corriendo sin parar, mientras escuchaba la sonora respiración de su montura. —De nada te va a servir, estúpido arrogante...

    Gill no terminó de escuchar la frase cuando notó como su vínculo con Guioh tiraba de él. Refrenó ligeramente a su caballo dejando que el oso les alcanzara. Pero, por culpa de bajar su velocidad, el enemigo se lanzó contra su caballo, derribando a su jinete, el cual blandió su arma contra los enemigos que lo estaban acorralando contra un gran roble mientras Guioh gritaba a cuanto soldado se les trataba de acercar.

    —¡Vais a saber qué es capaz de hacer un servidor del Señor! —gritó tratando de espantar a los ahora parados enemigos. —¿¡A qué esperáis!?

    —A nuestra alma —respondieron todos al mismo tiempo.

    Ignorando el temor que lo dominaba, se lanzó contra los tres enemigos más cercanos y les derribó a base de cortes salvajes pero... ninguno de ellos trató siquiera de defenderse, nadie salió en su ayuda, a nadie parecía importarle lo que acababa de hacer...

    —¡Atacad! ¡Vamos! —exigió él, cada vez más asustado.

    Y todos rieron al mismo tiempo intimidando a Gill.

    —¡No esperes que volvamos a obedecerte! —gritaron todos. —¡Por tu culpa ahora somos esto! ¡Ahora todos somos un solo ser que no puede morir! —todos dieron un paso adelante, como si fueran uno sólo. —¡No vamos a volver a obedecer a un adorador de ídolos como tú!

    —¡Yo soy un servidor de la Autoridad! —gritó Gill que se lanzó con el arma en alto contra el grupo, sin importarle el hecho de que pudieran matarlo. Allí dentro cortó, embistió, clavó y ensartó a cuantos soldados se encontró pero éstos siguieron sin defenderse. Gill siguió avanzando mientras seguía atacando como un poseso pero segundos más tarde se encontró rodeado por todas partes por esa masa de enemigos... o eso pensaba antes de verles las caras... —¿¡Quiénes sois vosotros!? —gritó empujando al soldado que tenía delante de sí al tiempo que se fijaba en las caras de los demás: Todos eran los guerreros que se había traído a asaltar el Rat.

    —¡Somos Legión! —gritaron todos. A Gill le faltaron fuerzas para sostenerse sobre sus piernas, por el miedo que le causaba haber estado luchando todo ese tiempo contra sus propios hombres.

    —¡Sois unos traidores! —gritó el comandante.

    —¡Un muerto no puede traicionar a nadie! —gritaron todos. —¡Sólo somos cuerpos sin alma! ¿¡Es que no nos ves!?

    Gill, más asustado que antes, comprobó como ninguno de sus enemigos tenía daimonion, el daimonion que deberían tener todos desde esa mañana...

    —¿Quién os ha hecho esto?

    —¡Tú!

    —¡No puedo haber sido yo! ¡Yo sólo iba a liberar el Rat del dominio de esos demonios!

    —¡Oh! ¡Aquí tenemos a nuestro juez y redentor! —gritaron todos mientras reían sarcásticamente. —¿Qué es un demonio?

    —¡Un demonio es el que causa epidemias, el que absorbe las vidas de todo aquel a los que tocan, aquellos que no son capaces de ver siquiera la pura luz del sol!

    —¡FALSO! —gritaron todos con tanta potencia que hasta los árboles temblaron.

    —Un demonio —respondió una sola pero terrible voz que avanzaba al ritmo de sonoras pisadas —es la contraposición de “símbolo”: Un símbolo es “lo que une” y un demonio es “lo que desune” —los pasos se volvieron cada vez más fuertes, haciendo que el suelo temblara. —Los utukkus, los que vosotros consideráis demonios, jamás liberaron una enfermedad sino que habíais sido vosotros los que la trajisteis para que la extendieran.

    —¡Eso es falso! —gritó Gill. —Ellos no son más que terribles demonios que sólo viven para quitar la vida de los verdaderos humanos.

    —¡No me hagas reír! —gritó la muchedumbre.

    —¡Sois vosotros los que matáis sin razón! —gritó la terrible voz. —Tú conoces el origen de toda esta guerra absurda, tú sabes que, para hacer que este mundo se sometiera al dominio de ese horrible ídolo, tus antepasados liberaron una enfermedad que se extendió tan rápida como terriblemente usando la inocencia de los utukku.

    —¿¡Qué vas a saber tú!?

    —¡TODO! —gritaron todos.

    —¿Crees que no te conozco? —dijo el enorme ser que se acercaba pesadamente al comandante. —Conozco a todos los de tu calaña, créeme. He visto toda vuestra historia desde sus comienzos, sin perderme el más mínimo detalle... Lo que he visto no se asocia con ninguna obra de buena voluntad. Todo lo contrario: Vi como tus más cercanos antepasados ideaban maneras de someter este mundo, como pensaban que, teniendo a los utukkus de enemigos, podrían tener dominado al mundo gracias al miedo. Sólo vi como ideaban métodos y más métodos de exterminio... Ver todo eso me recordaba a mi propio mundo. Vosotros sólo pensabais en separar a los elatos de los utukku, siguiendo la idea contraria de éstos que sólo pretendían tener una pacífica vida junto a sus amigos que les permitían vivir.

    Gill quiso contestar, “vuelve a tu infierno, bestia infernal” pero cuando vio el monstruo que tenía ante sí, se le escapó todo el aire de sus pulmones: Enfrente suyo había una horrenda criatura formada por cientos de cuerpos humanos, retorcidos en posiciones horribles formando entre todos la figura de un oso. Ver como los miembros de la mayor parte de esos cuerpos estaban medio desmembrados, como por todas partes se podían ver vísceras salirse de sus cuerpos, como la sangre y otros fluidos manaban abundantemente dejando un pringoso rastro a su paso... Por poco no vomitó de inmediato al ver tan horrorosa criatura. Pero, cuando su cuerpo empezó a liberar todos los cuerpos que sostenía, sí que lo hizo: A todos esos cuerpos los reconoció como sus hombres que le miraban con los ojos perdidos o con los ojos salidos...

    —¿¡Qué eres tú!? —gritó una vez hubo acabado de vomitar.

    —¡Somos Legión! —gritó de nuevo toda la muchedumbre, dejando pasar un cuerpo de entre todos los que había ene se enorme montículo de cadáveres.

    —Uno que es muchos —dijo el ser que salió de entre ese enorme grupo. —Yo soy quien manda sobre Legión.

    Gill enmudeció al ver a ese desnudo ser, de sexualidad ambigua que lo miraba sonriendo plácidamente. No era especialmente alto, ni corpulento pero causaba una gran impresión física...

    —Dispersaos —ordenó ese ser al resto de los soldados tras girarse. —Llamad a nuestros aliados y defended esta tierra de ataques futuros.

    Los demás le obedecieron y se pusieron en marcha de inmediato y Gill se quedó paralizado al ver la enorme cantidad de cicatrices que tenía ese ser en la espalda en comparación con la perfección del resto de su cuerpo. Era como si le hubieran asestado cientos y cientos de latigazos, destrozándole literalmente la espalda.

    —¿Quién eres tú? —preguntó Gill sin levantarse espantado ante la terrible presencia que tenía ese ser.

    —¿No lo adivinas? —dijo él acercándose parsimoniosamente, mostrando sus ambiguos encantos: Piel fina y ligeramente brillante; movimientos firmes pero armoniosos, como si mezclara la fuerza masculina con la delicadeza femenina; y trazos... cientos de trazos dorados cubrían su cuerpo, su cara y sus largos cabellos, mostrando figuras como árboles, plumas, una luna, un sol, estrellas... —De todas maneras, hay algo más importante ahora —dijo alzando la mano y señalando a un cuerpo volador que descendiera.

    Así, segundos más tarde, Kirno, la jefa de los Uhlon estaba frente a él.

    —¡Kirno! ¡Ayúdame! —exigió Gill.

    Kirno miró al comandante con su típica frialdad y desenfundó su cuchillo. Pero lo que hizo no fue atacar a ese ser sino lanzárselo contra él.

    —¿¡Qué haces!? —gritó el hombre cuando el cuchillo dio justo a su lado.

    —Luchar por mis hermanas —respondió ella saliendo a la luz de la luna. Cuando estuvo bajo el brillo lunar, se pudo ver la enorme marca que tenía en la frente: Un triángulo inscrito en un círculo con gran cantidad de extrañas escrituras. —Esto es, matar al que nos iba a traicionar.

    —Yo no...

    —¡Tú sí! —gritó ella lanzándose con otro cuchillo en la mano. —¡No tengo ni idea de qué es éste de aquí pero sé perfectamente lo que me ha mostrado! ¡Acabar con todas las Uhlon! ¡Ésas son las órdenes que te han dado!

    —¿Ése te está controlando? —preguntó Gill al ver cómo le había cambiado el comportamiento a la otra. —¡Resiste!

    —Estúpido —dijo el brillante ser. —¿Es que nunca has visto a una dríada de mala leche? Yo le he mostrado cuanto necesitaba saber.

    —¡Te está engañando! —gritó él.

    —Ésa es una mentira difícil de tragar, sobre todo cuando he hecho que todas las Uhlon vean lo que les ibais a hacer... ¿y vosotros sois unos nobles y castos caballeros? Anda que...

    —Por eso mismo, por la traición que me ha mostrado éste —dijo ella conteniendo mucho la voz, controlándose para evitar matarlo en ese momento —las dríadas Uhlon no seguiremos cumpliendo con la promesa y nos uniremos a los utukku para acabar para siempre con vuestra ridícula cruzada por la Autoridad.

    El otro se acercó tranquilamente a Gill, sin dar señales de que quisiera atacarle.

    —¿Por qué no se lo cuentas a tus señores? —dijo él apoyando su mano sobre la frente del comandante. —Por si preguntan por mí, diles que soy el primer traidor.

    Y el grito de terror que se escuchó entonces en ese bosque pudo ser escuchado a kilómetros.
     
  18. Threadmarks: Buscando el paraíso en un sueño - Capítulo 18
     
    JeshuaMorbus

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    Buscando el paraíso en un sueño (Completa)
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    Capítulo 18: Siempre Coyote

    Buddy you're a boy make a big noise

    Playin' in the street gonna be a big man some day

    You got mud on yo' face

    You big disgrace

    Kickin' your can all over the place

    Singin'



    'We will we will rock you

    We will we will rock you'



    (We Will Rock You, Queen)



    Alguien llamó a la puerta del despacho.

    —Adelante —dijo el jefe de policía. Cuando vio que era el sargento Philippe dejó los papeles que tenía entre las manos y preguntó sin rodeos: —¿Y bien? ¿Ya sabe algo sobre ese fugitivo?

    —Sí —dijo mostrándole la carpeta. —El viejo no se resistió y nos dio el nombre del chaval sin oponer resistencia. Gracias a ello pudimos conocer detalles sobre el historial criminal de ese desaprensivo.

    —¿Es peligroso?

    —No es ningún ángel —exclamó Philippe. —Es un poco camorrista y ha estado a punto de matar a un estudiante.

    —¿Sólo a uno?

    —Lea el informe que me han mandado. Tal vez no lo haya matado pero leyendo esto podrá conocer el verdadero significado de la palabra “agresividad”.

    El capitán miró con interés el papel:

    —David Cashner... Inglés... Diferentes trifulcas y peleas callejeras sin importancia... intento de asesinato... —en esta parte se paró. —“Mientras hablaba tranquilamente con una chica, el señor Lukas fue asaltado de repente por el imputado. Tras golpearle repetidas veces contra la pared, el suelo y un cristal, le dio patadas estando su víctima totalmente indefensa en el suelo. Tras ello lo metió en su habitación, continuó golpeándolo un poco más contra los cristales y luego lo encerró en su armario. Tras eso, escribió una nota que pasó a bedel que la pasó al director del centro. Por lo poco común del hecho y teniendo la normal y pacífica personalidad del chico, el director no le hizo mucho caso a la nota pero, tras ver que la víctima se encontraba en paradero desconocido pasados tres días, decidió ir a mirar él mismo. Tras encontrar a la víctima, ésta fue enviada sin más dilación al hospital donde se le diagnosticó la rotura de siete costillas, una desangración grave, un desprendimiento de retina y graves heridas de cristales en la cara...” —el capitán siguió leyendo un poco más pero prefirió no seguir al ver la cantidad de atrocidades que había hecho ese chico con ese tal Lukas. —¿Se han encontrado más datos sobre él?

    —No todavía. Esto es todo cuanto nos han enviado las autoridades inglesas de momento.

    —¿Qué es lo que quiere la Iglesia de él?

    —Según parece posee informaciones importantes para ella pero, de momento, no nos han dicho de qué se trata.

    —¿El viejo les ha pasado alguna descripción?

    —Sí. Prefirió confesar antes que ser sometido a un interrogatorio: Joven de raza blanca, corpulento, pelo bastante largo, rizoso y abultado, barbucha mal cuidada, algo regordete, cara llena de cicatrices de heridas pequeñas, bastante alto y con un daimonion coyote. De carácter aparentemente impasible, aparentemente atontado, pero bastante sorpresivo en sus reacciones. Difícil de tratar cuando está nervioso y con bastante capacidad física para andar grandes distancias a gran velocidad.

    —¿Se sabe qué es lo que pretende?

    —Nada se sabe aunque la Iglesia nos ha pedido que vigilemos los caminos de Lausana hasta aquí.

    —¿Pretende venir aquí? Muy bien pues. Si la Iglesia así lo pide será porque sabe lo que hace. Hagan controles cada seis kilómetros en todos los caminos que encuentren de Lausana hasta Ginebra. Tienen autorización para ser todo lo contundentes que sea necesario.

    —Entendido.



    David iba andando tranquilamente viendo el bello paisaje que era el lago Léman mientras su daimonion jugueteaba al tiempo que seguía el paso rápido de su persona. Pero, unos segundos más tarde, se llevó un dedo al oído.

    —Me pitan los oídos... —comentó él.

    —Alguien está hablando de ti —dijo Diana con gracia. —Si al final vas a ser todo un fugitivo fuera de la ley.

    —Mira que ilusión me hace... —dijo él sarcásticamente. —De todas maneras, creo que les va a costar mucho encontrarme.

    —Cuando sólo se usa una neurona, normal —replicó sarcásticamente ella. —¿Faltará mucho?

    —Un día de camino más por lo menos, eso si descansamos un poco antes de entrar en Ginebra... ¿Pararemos?

    —Por supuesto. No sé tú, pero yo prefiero pasarme un par de horas sentada antes de meterme en esa ciudad... ¿Le pasará algo a Rinno?

    —Si no sabe nada de lo que ha pasado, estará totalmente a salvo. Aunque Frances nos trajo hasta aquí no creo que puedan imputar nada contra ella tampoco.

    —Al menos hasta que no le registren la librería...

    —No seas ceniza.

    —De todas maneras, si que podrán imputarle delitos a Robert y tal vez también a Lou... y cuando se enteren de lo de Lukas, a ti también.

    —Pues que así sea: Él se lo buscó y yo ya sabía lo que hacía cuando lo golpeaba. Que nadie crea que no soy capaz de hacerlo no es óbice para que no pueda hacerlo realmente. De todas maneras, sabes que tenía una razón de peso para apalizarlo. Cuando nos condenen por eso no lloraré ni me quejaré pues sé que me lo merezco. Pero no pensemos en eso: Ahora tenemos que llegar hasta Ginebra... Mira, allí está Thonon. Ya hemos hecho la mitad del camino.

    —¿Y qué haremos cuando lleguemos?

    —Que ya veremos —se quejó él. —No te preocupes por eso ahora y preocúpate tan sólo de encontrar un lugar donde comer.



    En Ginebra, calabozos de la policía...

    —¿¡Pero por qué diantre has dicho nada!? —le gritó Lou a Robert, con el que compartía celda.

    —Créeme —respondió el anciano apaciblemente. —Conozco a esta gente y no es precisamente un dechado de virtudes, sobre todo cuando lo manda la Iglesia.

    —Pero...

    —¿Crees que aguantarías más de tres minutos de su tortura? —interrumpió Robert. —Te lo voy a dejar claro: Ni tú ni yo seríamos capaces de aguantar más de medio minuto. Ya he sido joven y ya me basta con que me hayan estrujado los dedos una vez —dijo levantando su mano izquierda, cuyos dedos presentaban profundas marcas redondas. —No sé si tuve la suerte o la desgracia de no tener ni idea de donde estaba Yukari cuando se marchó hace treinta años, pero tuve que soportar que me aplastaran hasta rompérmelos y dislocármelos todos. Me salvé de la infección del meñique de milagro y tuve que aguantar el dolor de las uñas rotas durante más de un mes sin contar que, a partir de entonces casi no pude usar esta mano. Sé perfectamente que tú no habrías aguantado más tiempo que el que empleé yo para contarles lo que sabía.

    —¿Confesó entonces? ¿Y el aletiómetro? ¿Cómo no se lo encontraron? —preguntó Lou recuperando la calma.

    —Entonces no pude contestar nada sobre Yukari porque no sabía nada (tuvieron que aceptarlo al ver el aguante que estaba demostrando) y, gracias a Dios, no sabían que tenía un aletiómetro.

    —Pudo haber huido si hubiera atendido al aparato...

    —Es que lo mejor que podía hacer entonces era aparentar ser alguien normal. Soy aletiometrista pero, si no encuentras un mecenas que te escude, tienes que permanecer largas temporadas de tiempo en alguna ciudad de segunda currándote la vida hasta que surja una oportunidad. Llamar la atención proclamando a los cuatro vientos que sabes más cosas que nadie no es algo prudente.

    —Ya veo... ¿Ya habrán encontrado el aparato?

    —Si estaba en la mesita de mi cama, ya debe estar en manos de la Iglesia.

    —¿Qué quiere decir con “si estaba”? —preguntó Fu Riong extrañada. —¿No se separaba nunca de él?

    —Te sonará extraño pero, de vez en cuando, el aletiómetro desaparece sin dejar rastro durante cierto tiempo.

    —¡Venga ya! —gritaron los otros dos.

    —¡No, no es broma! —insistió el anciano. —A veces, cuando me despierto, sencillamente no está ahí donde lo dejé y, a la mañana siguiente, como por arte de magia, reaparece como si tal cosa. Nunca le pregunté al aletiómetro dónde había estado durante esos lapsus y tampoco me importa mucho. De todas maneras, he de suponer que la culpable es Yukari.

    —¿Y por qué iba a querer quitárselo?

    —¿Y por qué no? Su carácter era a veces harto impredecible. Recuerdo que algunas veces llegó a suspender sus clases a la mitad de las mismas porque le apetecía más jugar con Chen y, otras veces, para jugar al ajedrez conmigo (frustrante experiencia, he de añadir). De todas maneras, ¿conoces a alguien que pudiera robarlo más de ocho veces cada año sin que nadie se diera cuenta durante más de treinta años?

    —Me la ha descrito como alguien infantil pero tampoco creo que pueda llegar a tal tontería.

    —Veámoslo de otra manera: Quizá tan sólo estaba indicándome que no me quita el ojo de encima, que si me propaso con el uso del aletiómetro un buen día lo perderé sin que pueda hacer nada para evitarlo.

    —Pues ya que le está vigilando podría venir a ayudarnos, ¿no cree?

    —Si durante treinta años no me ha vuelto a dirigir siquiera un saludo, incluso estando yo en situaciones muy incómodas, he de suponer que me está diciendo que no puedo depender de ella. Intervendrá cuando quiera o cuando sólo ella considere necesario pero, hasta entonces, tendremos que apañárnoslas nosotros dos solos.

    Lou, algo asqueado por la situación (y, por qué no decirlo, por la porquería que se acumulaba en ese calabozo), se apoyó en las rejas y miró un poco el solitario lugar: Ellos eran los únicos habitantes de ese calabozo. Desde su posición en ese largo y oscuro pasillo no se podía ver más que un par de tragaluces desde los que se observaba el escaso bullicio que pasaba por la calle aledaña, tres celdas más hacia la derecha y una hacia la izquierda y una puerta de acero tras la cual se encontraban sus carceleros. La luz era escasa, más aún teniendo en cuenta que cuatro de las cinco bombillas del lugar estaban fundidas.

    Apenas llevaban día y medio encerrados y ya habían constatado la frialdad de los policías de Ginebra: Todo cuanto decían esos autómatas era “el rancho”, “la cena”, “luces fuera” y nada más (y que Robert despachara todas las conversaciones confesándolo todo no animaba demasiado el ambiente).

    —¿No te preocupa David? —preguntó Robert frotándose los brazos para calentarse.

    —Supongo que si no está aquí, habrá escapado mientras estaba dando el paseo —respondió Lou que dejó de mirar para sentarse. —Aunque no sé lo que durará ahí fuera.

    —Teniendo en cuenta lo morlaco que es —comentó Fu Riong —habrá ido caminando tan pancho hasta Tour—de—Peilz... aunque supongo que allí ya lo pillarán.

    —De todas maneras ya no podrá volver a su casa si no es entregándose —dijo Lou.

    —Siempre y cuando no nos ejecuten —añadió Robert con sorna.

    —Gracias por animarme —se quejó Lou. —Ya ni sé por qué he venido aquí...

    —Todo lo que está pasando es cosa de un juego. Que tú sepas a qué estás jugando es una cosa que sólo puedes saber tú.

    —¿Qué pretende decir?

    —No lo sé. Eso es lo que me dijo el aletiómetro que te dijera. Éste me pidió que no siguiera preguntando al respecto y así lo hice.

    —Habla como si el aletiómetro estuviera vivo —comentó Fu—Riong.

    —En sentido lato no lo está —dijo Yamapikarya. —Sin embargo recuerda qué es lo que lee.

    —El Polvo... ¿Estás diciendo que el Polvo está vivo entonces?

    —El Polvo no está vivo —dijo Robert: —Es la vida. ¿No atendías cuando hablábamos en Lausana?

    —Sí, ya: El Polvo está vivo, el Polvo tiene voluntad, el Polvo es Dios...Polvo, Polvo, Polvo... ¿Qué es lo que tiene de importante? No necesitamos conocer su existencia para poder vivir con él...

    —“Un científico ha de pensar más que en cómo avanzar, en si debe avanzar” solía decir Yukari. No necesitamos conocerlo, no, pero sabiendo lo que está pasando actualmente es conveniente hacer algo para solucionar el asunto.

    —¿Qué es lo que está ocurriendo?

    —El Polvo no tiene esencia física real. Nosotros interactuamos con él pero jamás lo hemos “tocado” o “sentido”. Sin embargo hay una cosa: Reacciona ante los agujeros entre mundos. El Polvo de los diferentes mundos atraviesa esos agujeros y huye hacia otros mundos.

    —¿Y eso es un problema?

    —En teoría, no, si no fuera por el molesto detalle de que el Polvo se va colando poco a poco al mundo de los muertos.

    —¿Ein? —preguntó el otro acomodándose.

    —Digo que el Polvo que paulatinamente se va colando en ese mundo desaparece para siempre en un abismo insondable... al menos eso es lo que me dijo el aletiómetro. Si no se cierran los agujeros entre mundos puede pasar que el Polvo empiece a desaparecer, a interactuar peor entre mundos... causando la destrucción de la vida, del universo, de la existencia en sí misma entendida.

    —Entonces... —se dijo Lou más a sí mismo que a su compañero de celda, empezando a recordar aquel sueño que le relató Anerues allá en la lejana Oasis: —Si alguien descubriera la manera de cerrar esos agujeros y yo no pudiera salir de aquí antes de eso...

    —Te quedarías atrapado para siempre en este mundo, muriendo agónicamente tras cierto tiempo. Adaptarse al Polvo de otros mundos es una tarea harto difícil, casi imposible para una persona normal. Tú ahora eres como un cuerpo extraño en este mundo y este mundo trata de eliminarte pues no perteneces aquí, como un cuerpo vivo que rechaza una bacteria. Si no logras salir de aquí, el mismo Polvo acabará con tu existencia.

    Lou enmudeció. Una cosa era oírlo de los labios de un fantasioso soñador como Anerues pero otra muy distinta era escucharla de un anciano tan inteligente como ése.

    —Pero no te preocupes —continuó Robert. —Si estás aquí no es para morir sino para descubrir qué es lo que realmente tienes que hacer aquí ¿A qué crees que estamos jugando ahora? —dicho lo cual, dejó pensando a Lou y se echó en la cama para dormir un poco la noche que no pudo dormir.



    Anton inició su patrulla como otro día cualquiera, aunque ahora tenía que tener en cuenta la ley marcial decretada hacía dos días. Tal vez le aburriera pero era su trabajo por lo que, junto a su daimonion sabueso, marchó hacia la zona sur de la ciudad de Ginebra.

    —Vaya rollo —se quejó la daimonion. —Casi parece que estén recibiendo al Papa en la zona norte...

    —Están esperando a un fugitivo y no voy a ser yo quien les diga cómo tienen que hacer su trabajo.

    —¿Aunque envíen a más de la mitad de los hombres disponibles? Si hoy se desata una rebelión no me gustaría ser yo quien intentara pararla...

    —Es lo que hay —dijo Anton resignadamente.

    Ambos continuaron su camino por esas oscuras callejas, en una soledad casi absoluta sólo rota por algunas voces que venían de las casas y de algún gato callejero que salía a su paso. Así era desde la última semana en la que la Iglesia decreto la ley marcial total para la práctica totalidad de las ciudades europeas.

    A pesar de ello y de la tranquilidad de que se respiraba, Anton se aburría enormemente.

    —“No hay nada que temer porque el enemigo llegará por el norte” —comentó él parafraseando a su jefe. —Pues que acaben rápido, a ver si puedo volver de una vez a mi trabajo...

    —¿Tanto echas de menos la oficina? —comento la sabueso. —Aquí, al menos andas.

    —Pero hace frío, está oscuro y es aburrido... prefiero mil veces mis papeleos que estar andando por aquí sin hacer nada... pero es lo que pasa cuando se anda escaso de personal... ¿Qué será lo que tiene ése para que envíen tantos hombres a por él?

    —No lo sé. La Iglesia ha dicho que era un sujeto “extremadamente peligroso si no se sabe tratar”, “que no es nada de lo que aparenta”, etc... vamos, lo que suelen decir siempre de la mayoría de los herejes.

    Anton, con su cansino paso que bordeaba las viejas casuchas del sur, empezó a vislumbrar el bosque que se encontraba fuera de la ciudad. Aún desde ahí y con la poca luz que procuraba el cielo, se podía ver la silueta del el Colegio de San Gerónimo, el tribunal supremo de la Junta de Oblación.

    —No me gustaría estar en la piel de ese pobre desgraciado cuando lo atrapen —dijo él, recordando la cantidad de leyendas que circulaban acerca de ese edificio.

    Continuó andando volviendo hacia el interior de la ciudad, siguiendo una ancha calle. Pero, de repente, un ruido fuerte lo puso en tensión: Era el sonido de una tapa de alcantarilla chocando contra el suelo. Sin dudarlo, y a pesar de la poca gana que le daba, alzó su lámpara para buscar a quien hubiera hecho ese ruido (fuera quien fuera, estaba violando el toque de queda).

    —¡No me aplastes la cara! —se quejó una voz masculina.

    —¡Silencio! —se quejó otra femenina. —Ya nos ha costado bastante entrar. No lo fastidies ahora.

    —¿¡Quién anda ahí!? —gritó Anton andando rápido hacia el origen de las voces. Pero antes de que llegara escuchó como los dueños de esas voces ya habían puesto los pies en polvorosa. Cuando llegaron a la boca de alcantarilla abierta, Anton le ordenó a su daimonion que empezara a rastrear mientras él se ocupaba de cerrarla. Tras unos segundos de olisqueo, ella empezó a correr entre las callejas de esa zona de la ciudad siguiéndole su persona de cerca con la porra en la mano. Subieron cuestas, bajaron escaleras, atravesaron puentes, pasaron junto a soportales, fueron calle arriba, calle abajo, por la derecha y por la izquierda...

    —¿Estás segura de que le sigues el rastro? —preguntó Anton al ver el caótico camino que estaba siguiendo el fugitivo.

    —¡Sí! —exclamó ella, molesta por la interrupción en su labor. —O ese tipo no conoce esta ciudad en absoluto o sabe como perderse... o las dos cosas. Apesta a sudor por lo que es fácil seguirlo pero anda muy rápido.

    —En fin, despachémosle rápido y volvamos a la comisaría...

    Y así continuaron con la persecución del rápido y escurridizo fugitivo. Cada vez que pensaban que se dirigía a algún lugar en concreto, se encontraban con que, de repente, cambiaba totalmente su dirección yendo a veces hasta en sentido contrario, dando rodeos sin sentido, atravesando plazas en línea recta, girando tres veces en la misma calle...fuera quien fuera, iba muy rápido y no hacía ningún ruido con sus pasos. Sin embargo, pasado un rato, se empezó a notar como acusaba cierto cansancio al poder empezar a vislumbrarlo en medio de la oscuridad.

    —¡Alto ahí! —gritó Anton. —¡Está violando el toque de queda! ¡Deténgase y no será castigado! —el fugitivo no pareció apercibirse y siguió con su rápida carrera. “¡Bastante ya me estás castigando tú!” se dijo Anton. “¡Para de una vez!”

    El huido, lejos de obedecerle, aceleró el paso y no tardó en desaparecer de su campo de visión.

    —¡Perfecto! —exclamó la sabuesa al ver a dónde se había dirigido el fugitivo. —Por ahí sólo llegará a un callejón sin salida. Ve preparando la porra.

    Anton así lo hizo y, tras atravesar una verja y un largo y enrevesado callejón, vio el final del mismo... pero el otro no estaba ahí.

    —¿No estaba aquí? —preguntó Anton extrañado de que el olfato de su compañera fallara.

    —Tú lo viste entrar aquí igual que yo... Su rastro se extiende por aquí y es muy oloroso. O ha huido escalando o se ha escondido... —la sabuesa calló y siguió olfateando el suelo. —Por aquí —dijo señalando otra tapa de alcantarilla. Anton enfocó su linterna y vio como había sido movida hacía muy poco tiempo. —No nos conocemos la alcantarilla así que mejor volvamos a la comisaría a informar.

    —No, espera —dijo seriamente él, fijándose bien en lo que acababa de hacer ese otro. Su daimonion se volvió extrañada hacia él pero no dijo nada mientras su persona retiraba la plancha de metal. —Para ser un simple chaval que huye del toque de queda, se mueve mucho, ¿no crees?

    —¿No pretenderás bajar? —preguntó ella previendo la respuesta.

    —Sólo para comprobar. Ése no parecía llevar lámpara por lo que estará en desventaja allá abajo y como rehuía el combate, cabría pensar que si lo atrapo y lo esposo, no me dará muchos problemas.

    La sabuesa no dijo nada y se subió a la espalda de su persona, la cual inició un corto descenso de inmediato. Una vez abajo, se encontraron con un colector maloliente y angosto pero que se ampliaba pocos metros más allá de la entrada. Al ver la humedad del suelo que pisaban, negaron de inmediato la posibilidad de poder rastrear a su presa por lo que tuvieron que conformarse con seguir las débiles marcas del paso de ése. Segundos más tarde escucharon sus pasos cuyo sonido se acrecentaba por lo angosto del lugar y por el agua que estaba pisando. Anton no se alteró por esto y siguió con paso tranquilo, enfocando el túnel para conseguir ver al huido. Sin embargo, tras unos minutos de avance discreto, se encontró con que el otro había dejado de caminar y de hacer ruido por lo que, lo que Anton suponía que era una ventaja, su lámpara, se volvió contra él pues ahora el otro podía conocer su posición en cualquier momento.

    Muy desagradado, Anton apagó su linterna y trató de conseguir una solución pacífica:

    —No sé quién es ni qué está haciendo al violar el toque de queda pero si no se entrega ahora y me acompaña a la comisaría tendré que utilizar la violencia para que obedezca.

    —¿Ah, sí? —dijo el otro casi gritando, haciendo que su voz rebotara en todas direcciones. —Viendo la manera de actuar que tiene se ve a leguas que desea volver cuanto antes a la comisaría. Vuelva, que yo no le molestaré.

    —¿No me ha entendido? Venga aquí y entréguese ahora. Así se ahorrara heridas.

    —No puedo hacer eso —volvió a gritar el otro. —Si alguien que me reconociera me pillara ahora, me pasaría el resto de mi vida entre rejas.

    —Remolonear de esa manera no dice nada a su favor —dijo Anton algo irritado ya. —Le daré tres segundos para que salga con las manos a la vista o sino entraré a por usted y puede que acabe con un brazo roto —Anton asió su porra no queriendo utilizarla pero sabiendo que su amenaza había ido muy en serio. —¡Uno! —gritó.

    —¡Tres! —gritó el otro, sintiendo Anton un terrible mordisco en su cuello. La presión sobre él era tal que apenas podía respirar, ya no decir que pudiera gritar nada. Tratando de buscar lo que lo estaba mordiendo, se dio cuenta de que no tenía nada en contacto con su piel por lo que se giró a su daimonion y encendió su lámpara y allí vio como una especie de perrazo se estaba ensañando con el cuello de su sabuesa... pero para cuando se dio cuenta, el otro, la persona de esa daimonion que estaba mordiendo a la suya, ya se había acercado, tubo de plomo en mano y le sacudió un fuerte golpe en la nuca.

    —¡Vámonos, Diana! —exclamó ése al tiempo que salía corriendo hacia el lugar por donde había entrado. —¡Lo siento! —fueron las últimas palabras que le escuchó decir antes de que desapareciera en el túnel.



    David, con los brazos temblorosos que aún asían el tubo, llegó hasta la escalera por la que había entrado minutos antes, tratando de no perder el equilibrio en tan inestable superficie. Diana, nada más alcanzar la superficie, corrió a comprobar el terreno mientras su persona volvía a colocar la tapa de la alcantarilla tras lo cual, puso un par de adoquines sueltos para atorarla.

    Así pues, ambos salieron por patas, haciendo el mínimo ruido posible para evitar una persecución como la que acababan de pasar. No había mucha luz (David ya lamentaba haber perdido su lámpara) pero al menos las pocas farolas que aún seguían encendidas les marcaban un buen camino.. aunque claro, de nada servía ver el camino si no se sabía qué camino seguir (y estar bajo ley marcial no le ayudaba demasiado). Después de pensarlo con algo de tranquilidad, David pensó que lo mejor sería ocultarse en algún lugar hasta que amaneciera y entonces ya decidiría que hacer por lo que, tras un par de paseíllos, encontraron una calleja discreta llena de embalajes en la que no llamarían la atención y se ocultaron bien, esperando a que saliera el sol.

    —¿Cuánto queda? —preguntó Diana.

    —Casi acaba de anochecer, así que al menos ocho horitas de nada. Trata de dormir un poco que ya vigilo yo —Diana no se hizo de rogar y se acomodó en las piernas de su persona, mientras ésta removía algunas cajas de cartón para crear un pequeño escondite. No pasaron más de tres minutos antes de que ya estuvieran tranquilos por lo que David, algo cansado por haber recorrido el lago Léman por su lado sur (un recorrido que casi triplicaba la distancia de la ruta norte) y por no haber dormido nada la noche anterior, decidió que él trataría de reposar un poco como su daimonion.

    Se colocó sobre un cartón, apoyó el peso de su cuerpo contra la caja que tenía a su derecha y la pared que tenía detrás suyo y cerró los ojos tratando de dormir aunque sólo fuera una siestecilla. Gracias a que ya llevaba más de día y medio sin dormir no tardó en pegar ojo. Y así, reposando, tampoco tardó en empezar a soñar... Él sabía que estaba soñando pero tal vez el hecho de estar en una posición tan incómoda le impedía darse cuenta de ello totalmente por lo que, cuando despertó sólo pudo recordar un par de palabras: “Pura voluntad”, “que lo agarre con los dientes”, “Campanario de la Capilla de la Sagrada Penitencia” y “San Gerónimo”.

    —¡Despierta! —exclamó Diana por lo bajo, que le estaba mordiendo suavemente las manos. David se desperezó y vio como aún era de noche. Algo agarrotado aún trató de levantarse pero su daimonion le instó a que no lo hiciera.

    —¿Qué pasa?

    —El policía que noqueaste antes está por aquí. Su daimonion ha seguido nuestro rastro y ahora está comprobando la zona. Hace un rato que ha pasado por aquí delante pero por suerte algo le ha distraído la atención.

    David se asomó y miró con cautela: Frente a la calleja no había nadie.

    —¿Hacia qué lado marchó?

    —Siguió por la izquierda, según parecía porque encontró a otra persona violando el toque de queda.

    —Tenemos suerte... —dijo David levantándose. Sin falta fue hacia la entrada del callejón y se asomó cuidadosamente a observar el lugar. Pero inmediatamente se volvió a ocultar cuando vio al policía acercarse a ese lugar a toda prisa: Lo había visto.

    —¡Alto ahí! —gritó el oficial. —¡Considérese arrestado, joven! ¡No se atreva a empeorar su situación!

    David no le escuchaba. Estaba medio desesperado porque no sabía hacia dónde huir:

    “Si voy hacia él, me arresta... si huyo de él, llama a sus compañeros y me arrestan... si trato de ocultarme... es tarde para eso... entonces...” David no lo pensó más y asió con fuerza el tubo de plomo que se había llevado de la alcantarilla y esperó a que el policía girara la esquina para sorprenderle... no, eso ya no: El otro ya sabía que estaba ahí y que podía ofrecerle resistencia violenta ergo... “Hay que jorobarse...”



    Anton vio como el chico, que en un primer momento había decidido ocultarse de nuevo en la calleja, salía a toda prisa de él con el tubo de plomo con el que le había golpeado en la nuca. El policía no dudó en perseguirlo, pensando que ya estaba en sus manos pero al poco se dio cuenta de la clase de ruta que seguía el chico: Sólo seguía cuestas arriba, escaleras y terrenos difíciles. Sería un tipo bastante grande y no especialmente rápido pero esos terrenos no parecían afectar ni a su velocidad ni a su resistencia. Tras cinco minutos de carrera, el huido parecía cansado pero no tanto como Anton que ya casi no podía mantenerse en pie.

    —Como se notan las horas de oficina —dijo su daimonion sarcásticamente.

    Anton alzó su lámpara y vio como el otro se había parado a descansar mientras veía un cartel. Éste se dio la vuelta y cuando vio como se le acercaba el policía, volvió a correr.

    Anton, que apenas podía con su alma, miró el mismo cartel que había estado mirando el huido:

    “Colegio San Gerónimo...” pensó Anton mientras veía cómo se alejaba su presa. “Perfecto...” se dijo con alegría.

    —¡Pero será idiota! —exclamó por lo bajo la daimonion de Anton. —¿Pretende ir directo al centro de poder de la Junta de Oblación?

    —Pues vale, que haga lo que quiera pero sólo seguirá haciéndolo mientras lo sigamos así que en marcha —Anton se arrepintió de inmediato de haber dicho esto pues, aparte de no tener aire en los pulmones le dolían las piernas, tenía agarrotados los pies y ya había tenido algún acceso de calambre. Aún así, se puso en marcha y sacó su pito para llamar ayuda... si alguien lograba oírle: Estaba en la zona más al sur de Ginebra y allí, aparte de él, sólo habría tres o cuatro agentes que estarían tan hastiados como él de ese trabajo. Sopló igualmente y continuó corriendo mientras aún tenía a la vista a su fugitivo. Como supuso, su camino era hacia el Colegio San Gerónimo por lo que vio, con algo de horror como su camino se volvía paulatinamente más inclinado a medida que se acercaban al bosque en el que estaba localizado. —¿Pero es que ése no se cansa? —preguntó al aire Anton.



    “¡Ay, madre!” pensó David mientras trataba de mantener la respiración. Estaba acostumbrado a ‘caminar’ largas distancias a buena velocidad pero esta carrera le estaba matando. Por suerte ya estaba en la senda que lo llevaría al Colegio de San Gerónimo... aunque aún no sabía para qué iba para allá. De todas maneras aceleró el paso cuanto le permitió el cuerpo tratando de dejar atrás a su implacable perseguidor (bueno, eso pensó hasta que escuchó los jadeos del policía por encima de los suyos propios).

    “Resulta un poco patético, la verdad” pensó David. “Cuando leía historias sobre persecuciones de policías y ladrones me imaginaba que los policías estarían bien preparados... y ahora voy y me encuentro con un poli tan gordo como yo apenas teniéndose en pie tras una pequeña carrerita...” a pesar de lo serio que era el asunto, David sonrió jocoso al escuchar como el policía trataba de soplar su pito casi sin respiración, sonando una especie de medio pitido mezclado con las babas que se le escapaban de la boca.

    Según iba avanzando, las farolas iban desapareciendo, no habiendo prácticamente nada de luz. Como supuso, en el camino que llevaba al Colegio no había luz alguna por lo que tuvo que sacar el mechero que se había cogido de la casa de Rinno (sin él no habría salido jamás de las alcantarillas cuando entró en la ciudad) y moderar su paso para así evitar extinguir la llama. Al menos ahora era capaz de ver por donde pisaba en ese suelo mojado y resbaladizo por lo que, pasados unos minutos, dejó atrás al policía que parecía que se había dado por vencido. David anduvo lo más rápido que pudo por ese camino que serpenteaba por esa colina y al rato logró ver las primeras señales de civilización que había por allí: Un puente, suelo adoquinado, mojones a ambos lados del camino y medio desdibujada en el oscuro cielo, la silueta del edificio que aspiraba a alcanzar.

    Unos quince minutos después de subida por esa complicada senda, llegó a ver la entrada del colegio de San Gerónimo y, gracias a las diversas luces encendidas por todo el edificio, pudo orientarse mejor y no depender más de su mechero.

    —Por delante no va a poder ser —masculló David al ver que la puerta principal estaba vigilada por un soldado. —Mejor busquemos un lugar por donde saltar el muro.

    Diana asintió y fue por delante de su persona comprobando el terreno por entre los arbustos. Mientras caminaban un poco más tranquilamente, David aprovechó a recuperar el aliento (lo hacía con bastante rapidez) y empezó a observar la muralla: medía unos tres metros y era muy sólida. Como el Colegio de San Gerónimo era un convento no tenía ninguna clase de trampa para evitar que saltaran el muro.

    —¡Eh! —exclamó Diana. —¡He encontrado algo! —Diana señaló unas pisadas en el húmedo suelo las cuales bordeaban la muralla, interrumpiéndose de repente en un punto de la misma. Por su apariencia, no parecía que llevaran ahí mucho tiempo. —Parece que no somos los únicos que saltamos muros por aquí...

    David observó bien el lugar y vio como por esa zona el muro era algo más bajo por una elevación del terreno por lo que, ni corto ni perezoso, dejó que Diana se le subiera a la espalda, cogió aire y se lanzó a saltar el muro. En un primer intento se le resbalaron las manos y cayó estrepitosamente pero después lo hizo mucho mejor: Consiguió asirse firmemente y logró pasar una de sus enormes patonas al otro lado del muro. El resto fue sencillo: Se dejó caer, atravesó el patio en el que había entrado y entró dentro de lo que parecía ser una capilla.

    —¿A dónde vamos? —preguntó Diana extrañada por la celeridad que mostraba David en ese terreno tan desconocido.

    Éste señaló una piedra labrada encima de la puerta que iban a atravesar en la que rezaba: Sacellum Sacrae Poenitentiae.

    —“Capilla de la Sagrada Penitencia” —tradujo David. —Antes de que me despertaras, me parece que Anerues me dijo que viniera aquí.

    —¿Por qué?

    —No lo sé. Mencionó el campanario... supongo que allí estaremos a salvo durante algún tiempo o que al menos allí podremos dormir mejor hasta que nos dé otro mensaje.

    Diana no dijo nada así que lo siguió discretamente mientras atravesaban en silencio la desierta capilla. Alcanzaron las escaleras del campanario pocos segundos después y las subieron rápidamente.

    —¿Qué? ¿Cansado? —preguntó Diana al ver como jadeaba su persona una vez en una sala previa al campanario en sí: Era una pequeña habitación en la que había un armarito y unos cuantos pedazos de tela por el suelo.

    —Déjalo, ¿quieres? —pidió David abriendo el armario. Dentro de él había una lámpara de aceite, herramientas diversas, un bote de grasa y unos hábitos. —Ésta debe ser la sala de trabajo del restaurador del campanario —dijo David cogiendo la lámpara. La encendió y miró la sucia ropa que había dentro de ese armario. —Bueno, con esto al menos pasaré desapercibido si necesitara salir de aquí —dicho lo cual, se puso ese pedazo de tela que apestaba a aceite.

    Tras esto, y mientras recuperaba el aliento antes de dormir, decidió ir a ver cómo era el Colegio de San Gerónimo desde las alturas. Subió las últimas escaleras, abrió la puerta y salió al campanario, lugar donde se encontró con la gran campana que coronaba esa capilla y con una ventolera fría como el hielo. Desde tan privilegiado lugar pudo ver el complejo de edificios, tan altos y tan bajos, caóticamente mezclados y con lúgubre apariencia a esas horas de la noche. Se podían ver también unas pocas luces encendidas por el convento por lo que ese era un lugar muy tranquilo por el que esconderse.

    —¡Whoa! —exclamó Diana al ver el oscuro suelo que había bajo sus pies. —¿A cuánta altura estamos?

    —Pues no sé... —dijo David enfocando distraídamente al suelo, deseando irse cuanto antes a dormir... pero encontrándose algo que le hizo olvidarse de ese deseo...



    —¿Pero qué me está contando, buen hombre? —preguntó el soldado que guardaba la entrada del colegio de San Gerónimo.

    —Se... se les ha colado... un hombre que... ha violado el toque... de queda... —farfulló Anton entre aspiraciones.

    —Nadie ha pasado por aquí en más de siete horas —dijo el guarda altivo.

    —Da igual... —continuó Anton. —Dé la alarma...

    —¿Pero quién se cree usted? Mire, le acompañaré por el monasterio si así lo quiere pero no me haga dar la alarma por una tontería como ésa.

    —Muy bien. Adelante.

    El soldado llamó a un compañero para que lo relevara y guió al policía por el lugar al tiempo que éste trataba de recuperar el aliento en marcha.

    “Malditos...” se quejó Anton internamente. “Ni uno... ni un solo policía me ha hecho el más mínimo caso... ¡Pero para qué tenemos estos malditos pitos! Una carrera más como ésta y dimito...”

    —Usted me dirá —dijo el guarda. —¿Por dónde?

    —Saltó el muro por la derecha del edificio. Yo no estaba en estado de saltar nad