La campana sonó y, para mi sorpresa, apenas me inmuté. El ruido pasó casi desapercibido entre el torbellino de pensamientos que ocupaban mi mente. No presté atención a lo que ocurría a mi alrededor; estaba demasiado absorta en todo lo que había sucedido en mi vida durante esos últimos días. Y, aunque intentara negarlo, gran parte de ese caos tenía que ver con Enzo… y con esas chicas. Él, tan cobarde como siempre, aún no había sido capaz de decirles la verdad: que los responsables de todo lo ocurrido en aquel accidente habían sido miembros de su propia familia. Yo sabía perfectamente que ellas no reaccionarían bien al enterarse, pero también tenía claro que era necesario que lo supieran cuanto antes dejar que lo descubrieran por su cuenta solo haría que todo fuera mucho peor. Y ese desenlace parecía inevitable si Enzo seguía guardando silencio. Las vacaciones estaban cada vez más cerca, y con ellas mi viaje a Alemania. Tenía que atender ciertos asuntos con mi papá relacionados con unas gemas que querían que diseñara la idea me emocionaba más de lo que estaba dispuesta a admitir; diseñar joyas era algo que realmente me apasionaba. Sin embargo, había un detalle que no terminaba de convencerme: mi padre nunca me dijo para quiénes serían esos diseños yo no trabajaba con personas que no conociera del todo, así que me tomé el atrevimiento de pedirle a Jean que investigara por mí. Pero Jean aún no tenía ninguna información. Todo era un completo caos. Suspire con pesadez mientras recogía lo poco que tenía sobre la mesa y lo guardaba con movimientos lentos, casi automáticos. Tomé una botella de agua y bebí un sorbo largo; no tenía ánimo de salir. Jean había salido a comprar no sé qué cosa y dijo que me traería algo de comer. Se lo agradecí sinceramente, porque la sola idea de caminar hasta la cafetería me resultaba agotadora. Saqué una hoja grande, de esas que suelen usarse para lienzos, y la extendí sobre la mesa. Apenas tenía unos bocetos: joyas que había empezado a diseñar por puro placer, si es que podía llamarlo así. Al mirarlas, no pude evitar que mi mente viajara hasta el dibujo que le había entregado a Rowan. Me pregunté qué habría hecho con él. Recorrí el salón con la mirada y no tardé en divisarlo. Incliné ligeramente la cabeza, pensativa. ¿Debería acercarme? No creía que mi presencia le molestara; incluso me atrevería a decir que se veía más tranquilo que su amigo. Con el otro apenas habíamos intercambiado palabras, más allá de aquel día en que hablamos del proyecto… si es que podía llamarse así. Tomé una decisión antes de que el arrepentimiento se hiciera presente, algo que, curiosamente, no solía pasarme. Tomé la hoja, algunos lápices y colores, y caminé hacia él. Supongo que pedir un poco de ayuda no estaba de más, ¿no? No éramos enemigos. O al menos, eso quería creer. Cuando llegué a su lado, tomé asiento en la silla vacía frente a él. Lo observé unos segundos antes de animarme a hablar. —Hola, Rowan —dije, acompañando el saludo con un leve gesto de la mano, solo porque sí—. ¿Cómo estás? Antes que nada… espero que mi presencia aquí no te moleste. Una pequeña sonrisa se formó en mis labios. Contenido oculto Holiss Zireael por aquí te dejo a la niña. Ahhh ya la extrañaba ✨
Era el dichoso viernes antes de vacaciones por fin y mi plan era... ¿Tenía un plan? La verdad era que no. En algún punto de las clases de la mañana Tora se levantó, se inventó que estaba indispuesto y se largó, suponía que a la enfermería, y cuando sonó la campana no dio señales de vida ni nada. Lo dejé estar, de por sí nos veríamos las caras más tarde como siempre, pero de pronto me dio una pereza inmensa salir de la clase y me quedé revisando algunos mensajes en el teléfono. Brennan me pedía que le llevara helados cuando llegara casa, mamá que la ayudara con la exposición de verano, Hinata decía que estaba en Tekné. Nada muy rato. Me puse a contestarle a cada uno, hacerle más preguntas a Hinata y así, sin darme cuenta, le di tiempo a Eda Diekmann de acercarse a mí. Alcé la vista al percibir su figura en el asiento vacío frente a mí, traía cosas consigo, pero no le di demasiada importancia y le sonreí. Me hacía algo de gracia seguir manteniendo conversaciones con esta chica, de toda la gente posible, pero de todo había en la viña del señor, ¿no? —Todo bien, ¿qué tal tú? ¿Te aburriste mucho en estas casi infinitas horas de clase? —pregunté y me guardé el teléfono en el bolsillo, negando con la cabeza al resto de sus palabras—. No me molesta.
Apenas y había notado que estaba siendo el chico antes de acercarme, podría decir ¿que era un poco extraño que estuviera buscándolo para tener alguna clase de práctica? Para nada. El dicho decía: “Ten a tus enemigos cerca y a tus amigos más cerca”, ¿no? ¿O estaba equivocada? No lo creía. Más que nada, nunca me declararía enemiga de nadie, y mucho menos de los apestados que había en esta escuela para nada común. No me lo iba a tomar tan a pecho. Lo miré fijamente por algunos segundos hasta que escuché su pregunta. Reí un poco por lo último que dijo; no lo creí posible. Lo que sí era cierto es que tenía pereza de salir de estas cuatro paredes hacia algún otro lugar que quedara abajo de esta tercera planta. —Todo bien igualmente —sonreí—. Aburrida, aburrida no; solo con algo de pereza de salir de aquí —le di un vistazo al salón—. ¿Y tú? ¿Ansioso de que este sea el último receso y ya salir a vacaciones? Solo me quedé al escuchar que dijo que no le molestaba mi presencia. Entonces, mi vista fue a dar a la puerta. Estaba esperando el regreso de Jean con lo que fuera que me trajera para comer, y solo me quedé sonriendo, pues Jean sabía cuándo aparecer, y más que nada justo cuando pensaba en ella. Y así fue. Noté toda su postura, sus cejas alzadas cuando me buscó y me vio donde estaba sentada. Ladeé la cabeza con curiosidad y reí por lo bajo ante su expresión indignada. Su mirada decía todo lo que no quería preguntar. Le hice un gesto para que se acercara, y la expresión que hizo… Dios, realmente estaba dando todo de mí para no reírme. Apenas se acercó, miró a Rowan por encima. —Perdón y permiso —eso salió tan caracterizado de ella, frío y sin emoción, me miró—. Aquí tienes, Königin des Brettspiels. No entiendo cómo comes tanto dulce y no te empalagas —apenas miró al chico—. Eres una rareza de la naturaleza, eso es seguro. Reí. —Gracias, ya me lo han dicho —miré el dulce—. Te lo agradezco. —Ajá, disfrútalo —como había dicho, no le prestó atención a Rowan, hizo como si nadie estuviera ahí, y me dio mucha risa, para no mentir. Sabía que a él le importaría poco pero como a mí me gustaba fastidiarle la existencia, lo hice. —Jean… Apenas hizo el ademán de irse, me miró por encima del hombro. —¿Puedo saber dónde están tus modales? Entrecerró los ojos antes de ver a Rowan y después volvió a verme, como si lo que le pregunté fuera en serio. Cosa que aceptó por mi forma de mirarla. —Ikari —lo saludó, para después mirarme—. ¿También deseas que le pregunte cómo está? Por que puedo hacerlo, aunque dudo que a él le importe. Apenas negué; la sonrisa estaba más que dispuesta a salir. Solo alcé la ceja cuando distinguí el tono con el que me habló, pero más allá de querer decirle algo, no lo hice. —Listo —sonrió fue falso—. Pueden seguir con su conversación antes de que apareciera. Negué en cuanto la perdí de vista. —Perdónala, Jean tiene un carácter algo peculiar —volví a verlo para después abrír el boceto; antes de eso moví una mesa para que casi no tocara la mesa de Rowan—. Aunque eso ya lo sabías, ¿no? Sí, se lo preguntaba porque ella me había contado lo que pasó en la terraza con Tora, y justo Rowan apareció para calmar a su tigre. Miré atenta todo lo que había hecho. —¿Qué te parece? Te iba a pedir ayuda, ya sabes, por si estás aburrido y tienes ganas de dibujar o algo —parpadeé antes de alzar un lápiz—. Por cierto, ¿puedo saber qué hiciste con el dibujo que te di ese día?
—Ansioso por dormir, supongo —respondí a lo de las vacaciones, era una respuesta vaga a pesar de ser genuina. De pronto Bernard apareció y no me molesté en verla de más, porque de por sí ella tampoco lo hizo al llegar para dejarle de comer a Diekmann. Ni siquiera me interesó tomármelo personal, el numerito de la azotea que llegué a interrumpir me había dejado claro que era igual de... especial que Tora, tal vez. A pesar de ello me coloqué una sonrisa amable en el rostro, pues porque yo no era mal encarado por deporte ni nada y dejé que el intercambio sucediera. Me pareció un despropósito la intervención de la alemana, la verdad fuese dicha, no supe a qué servía ni qué cambiaba, pero me reservé el pensamiento para mí mismo. Lo que la gente de esta escuela hacía a veces desafiaba mi comprensión y de cierta manera era mejor así. No me interesaban sus embrollos, yo tenía los propios y de pronto se habían salido un poco de control, con Liam Dunn ofreciéndome mano de obra y todo. —Bernard —reflejé como si eso valiera de saludo. Total que al final la chica se fue y yo regresé la atención a Eda, que excusó el carácter de su amiga e hizo referencia al incidente de la azotea. Me reí por lo bajo y me encogí de hombros, pues porque tampoco era un secreto de estado ni nada. No vi que acotar algo valiera la pena en absoluto, de forma que no lo hice y alcé las cejas cuando dijo que quería pedirme ayuda. Eso sí era inesperado. Al comprender la clase de ayuda me reí de nuevo, la verdad no era que me estuviera muriendo de ganas por dibujar ahora, ¿pero cómo podría negarle ayuda a una dama? —Supongo que ayudar a alguien no está pegado al cielo... —reflexioné y anclé un codo al pupitre con tal de descansar el mentón en mi mano—. ¿Tu dibujo? Pues lo tengo guardado en casa, ¿qué esperabas que hiciera con él?
Solo presté atención a lo que dijo sobre estar ansioso por dormir; bueno, era lo que él suponía. Aun así, el simple hecho de que Jean apareciera me hizo sonreír más de la cuenta, incluso hasta el momento en que se fue… o mejor dicho, desapareció tras esa puerta. Ella era un jodido problema andante, de eso estaba completamente segura. Si yo era una rareza, entonces ella era un problema. Como fuera, alcé una ceja ante lo que dijo sobre mi dibujo. ¿Qué esperaba que hiciera con él? No estaba segura. Aun así, la curiosidad me picaba por dentro. —No lo sé —respondí, todavía con el lápiz entre los dedos, haciéndolo girar con movimientos ligeros—. El dibujo son joyas que están en un lugar muy famoso en Alemania, así que, si lo vendes, tal vez… ¿alguien lo compre? Solo se han visto una sola vez. Yo las diseñé y las fabriqué. Sonreí, con un dejo de orgullo imposible de ocultar. —Puedo decir que son famosas. Entonces miré lo que había hecho hasta ahora: apenas estaba comenzado. Eran joyas y necesitaban terminarse. Pensé que no sería mala idea pedirle ayuda a Rowan. Así que tomé otro lápiz y se lo extendí. —Entonces, ¿me ayudas? —dije mientras observaba la hoja del lienzo—. Puedes dibujar lo que quieras, cualquier diseño que se te venga a la mente. No creo que se te haga difícil. Parpadeé con cierta torpeza, como si dudara por un segundo. Supongo que podía decirle para qué eran realmente. —En realidad, lo que salga de aquí… cuando lleguen las vacaciones, voy a diseñarlo —ladeé un poco la cabeza, sonriendo—. Tranquilo, si llegan a ser famosas, te daré créditos.
No tenía idea de si las cosas que Diekmann decía era por alardear o porque a sus oídos sonaban normales, la duda me alcanzó cuando se puso a decirme que era de unas joyas en un lugar muy famoso de Alemania y que igual alguien lo compraba. Que solo se habían visto, asumía que se refería a que nada más se habían expuesto, una sola vez y que ella había sido la diseñadora y fabricante, que eran famosas y tal. El orgullo en su voz me hizo inclinar la balanza porque le gustaba alardear. Por alguna razón mis ojos viajaron a sus manos, como si esperara encontrar en ellas alguna marca o indicio de que, en efecto, era capaz de fabricar una joya para empezar. No dije nada y mi vistazo no duró más que un par de segundos. Fuera de eso, ¿qué clase de timing era este? Esa vez en la sala y la vez de ahora. De pronto, por alguna razón, se me ocurrió que la razón desproporcionada de Tora igual y tenía algo de sentido. Me sentí incómodo ante la idea de mostrar que yo poseía conocimiento al respecto, como si por alguna razón los ojos de Diekmann fuesen a atravesarme la cabeza y darse cuenta de que durante los recesos o después de clase estaba planificando junto a otros dos tontos la réplica de joyas para quedarnos la pasta. —Curioso que algo de semejante magnitud pueda ser hecho por una chica de... ¿Diecisiete, dieciocho años? —reflexioné sin sonar hosco o burlón, igual era algo que los grandes apellidos permitían. Pensé en el viejo Dunn, apostado junto a la camilla de mi hermano, y pensé en mi madre siendo financiada por él. ¿Si abusaba de los tratos con un tipo como él, no podría alcanzar el mismo idilio que Diekmann y diseñar y fabricar joyas así de exclusivas a mis tiernos diecinueve años? Daba igual. No era así cómo yo hacía las cosas y tampoco me arrodillaría para lamerle los zapatos a un tipo con Reaper, tan... desgraciado, suponía. Nada de lo que sabía del hombre era ejemplar. Tampoco quería ser tan estirado, si debía ser honesto, creía que ya lo era lo suficiente al ser capaz de replicar el trabajo minucioso de ciertos joyeros. Por ahora, más era codicia. Me guardé mis pensamientos, acepté el lápiz que me ofreció a chica y seguí escuchándola. ¿Qué me daría crédito? ¿Estaba asumiendo que, para empezar, luego de su suerte de speech querría simplemente hacerle mano de obra y luego ver qué pasaba? —No estoy muy seguro de querer involucrarme en algo de ese calibre por crédito y ya —dije comenzando a trazar líneas que, claramente, no pretendían ser nada remotamente similar a una joya—. Además, lamento decirte que no soy ningún prodigio que ve un papel en blanco y sabe cómo llenarlo. Necesito tiempo para buscar referencias, hacerme un moodboard y todo antes de siquiera pensar en hacer algo en el papel. La preparación es la mejor parte de cualquier diseño, enfrentarse a la hoja en blanco a secas es suicida o llanamente aburrido.
Tenía las cosas tan claras como el agua, y estaba completamente segura de que lo que menos me gustaba en la vida era alardear de lo que hacía. No lo necesitaba. Solo mencionaba mis logros con orgullo porque me gustaba saber —y recordarme— que lo que había conseguido no era gracias a mi padre ni al apellido que cargaba sobre los hombros. Era mío. Solo mío. No podía negar que, al principio, todo había sido posible porque Killian me había ayudado tampoco podía ignorar que mi padre no había estado nada contento con la idea. Según él, no serviría de mucho pero aun así, me sentía profundamente orgullosa de que ahora el negocio familiar de joyas estuviera en mis manos, y no en las suyas. Él se encargaba del contrabando y de todo lo demás; las joyas, en cambio, eran mi territorio. Mi espacio. Mío. Y no podía negarlo: gracias a eso también habíamos prosperado ultimamente me enviaba negociadores; algunos los aceptaba, otros no. Con el último, por ejemplo, todavía estaba dudando si cumplir o no con lo que me había pedido. Vaya uno a saber quién diablos era en realidad pero mi padre era el Don, y yo vivía bajo su techo. Eso significaba obedecer, nada más que obedecer. Qué irónico. Lo mío nunca había sido obedecer ni seguir órdenes. Parpadeé y fijé la mirada en Rowan, arqueando una ceja con curiosidad… y, sobre todo, con un interés apenas disimulado. ¿De verdad no creía que una chica de mi edad fuera capaz de diseñar y fabricar joyas? Reí, aunque solo para mis adentros. —Casi dieciocho —respondí mientras hacía girar el lápiz entre mis dedos, más por entretenimiento que por necesidad—. ¿No me crees? Si quieres, puedo llevarte al lugar donde se hacen. Así sabrás que todo es obra mía. Por si te quedan dudas —añadí con ligereza—, y porque puede que en vacaciones puedas aburrirte demasiado. Por pura necesidad había traído todo lo que necesitaba para crear las joyas. ¿Por qué? Porque no pensaba aburrirme sin hacer nada. Todo lo tenía guardado en un solo lugar, casi como un subterráneo del apartamento donde vivía Killian en realidad, él lo había comprado más para trabajar que para vivir no estaba a la vista, no llamaba la atención; pasaba perfectamente desapercibido en ese lugar que, definitivamente, no podía llamarse hogar del guardián de Anastasia. Lo más curioso de todo era que ya había escuchado ese tipo de comentarios antes, y para ser sincera, me importaban muy poco. Nunca me había interesado demasiado lo que los demás pensaran; que creyeran lo que se les viniera en gana. Casi nunca tomaba referencias al diseñar, solo cuando dibujaba a una persona por que eso era necesario. Aun que al principio lo hice, sí, pero siempre terminaba cambiándolo todo a mi estilo después dejé de hacerlo por completo: empecé a imaginar, y mis manos simplemente seguían su propio camino. Dibujar y dibujar hasta que algunas piezas cobraron forma mi padre se dio cuenta de que aquello sí podía funcionar, y casi me ofreció su ayuda… si es que a eso se le podía llamar ayuda. Miré lo que había empezado y saqué el móvil al escuchar todo lo que decía. Apenas lo observé; solo abrí una carpeta con las primeras joyas que había usado como referencia. Supuse que podría servirle, ya que, por lo visto, las necesitaba. Mi mente era muy fotográfica y, por lo general, la imaginación me fluía con facilidad. —Supongo que sería más que todo suicida, pero… —no lo miré; bajé de nuevo el lápiz al boceto— para nada aburrido —sonreí apenas—. ¿Quieres algo más que créditos, Ikari? Y yo pensando en no llevarme todos los méritos, y tú sales justo con eso. De maravilla. Contenido oculto Ahhh ando con inspiración..
Contenido oculto ¿La estaba prejuzgando? Un poco sí y no se trataba de poner en duda su capacidad como artista, no dudaba que pudiese diseñar sin problema y forjarse como joyera, simplemente... Era un poco exagerado para sus tiernos casi dieciocho años. Oportunidades como esas sólo surgían del privilegio sin importar que luego fuese usurpadas, modificadas o lo que quisieras. ¿Podría yo atreverme a replicar joyas de no ser porque mi madre se había matado estudiando y me enseñó su oficio desde que era casi un niño? Posiblemente no. ¿Podría Eda exponer sus logros habiendo salido de la costilla de un alemán promedio? Posiblemente tampoco. La cantidad de escalones, su altura y otras características se modificaba según dónde, cuándo y cómo nacíamos. Era innegable. —No necesito pruebas. Dudé del alcance del producto, no del talento de la joyera —apañé, sereno. A mis oídos seguía siendo un despliegue de orgullo innecesario, el equivalente de que yo escupiera mis propias habilidades sin más, sin nada que lo conectara o lo hiciera valioso en la conversación—. Tampoco necesito con qué entretenerme en vacaciones, aunque te cueste creerlo. Tenía mis propias mierdas que hacer. Además, ¿qué sentido tenía todo esto? Estábamos en la escuela, ¿cómo era que terminaba en esta conversación que me parecía, de alguna forma, tan plana, insípida y de alguna forma unidireccional? Quise echarle la culpa a mi estado mental, a mi preocupación por el asunto de Brennan, la cercanía del fin de semana y el trabajo en Tekné, las opciones de collares que me daría Sasha para nuestro negocio, si Arata habría conseguido los contactos para la materia prima y esas cosas. Tenía la cabeza demasiado ocupada en cuestiones que seguro a Eda Diekmann le parecerían triviales, ocupaciones de una pandilla diminuta y un emprendimiento que todavía no era demasiado ambicioso, mientras ella estaba aquí hablándome de diseños que tenían el potencial de ser famosos. Cuando dejó a mi vista la foto de una joya de referencia me di cuenta de que como ella poseía el poder de la creación casi esquizofrénica o algo, no entendía o no intentaba siquiera entender un carajo de lo que le decía, porque su proceso creativo era mucho más directo y sin desvíos. Bien por ella. A su vez, en ese gesto que no pude evitar entender como "aquí está la referencia, si tanto la necesitas", el pedido de ayuda mutó para asimilarse más a una obligación que yo, sin duda, no había pedido y tampoco aceptaría. Dejé de trazar las líneas, giré el lápiz entre mis dedos y luego lo dejé sobre su pliego de papel, totalmente desinteresado. Entendía que mis sonrisas y mi personalidad le dieran la idea a la gente de que me adecuaba a lo que viniera, que me gustaba hablar y existir simplemente, pero no era el caso. Era un principio simple que Tora había entendido hace tiempo, la primera vez que me había oído alzar la voz. Con tal de defenderlo a él. Sí, sí, mucho "¿Cómo iría a negarle ayuda a una dama?", pero tampoco iba a ayudar damas en estas condiciones tan precarias. Puede que fuese yo un romántico de las artes, pero me importaba una mierda. No tenía ganas de dibujar y el ambiente tampoco estaba muy inspirador, con la forma de trabajar de Eda. Cada cabeza era un mundo, de eso no cabía duda. —Quiero algo más de motivación —corregí mientras apoyaba la mano en el borde del pupitre y apliqué fuerza para levantarse. Uno de mis tantos músculos o huesos maltrechos se quejó, para variar, y me contuve de arrugar los gestos. No era un día en que pudiera caer en cama, maldita sea—. No toda referencia es la foto directa de una joya, Diekmann. Tu color de ojos puede serlo, una foto del cerezo del patio, una canción... Hasta el carácter tan peculiar de Bernard, si quieres. Comprendo que el concepto pueda ser difícil de internalizar para los prodigios como tú, no pasa nada. No se me ocurrirá un modelo porque de pronto tenga una foto en las narices, por desgracia. Dije todo con calma, pero creí percibir en mí mismo la intención algo... pasivo-agresiva del comentario final o quizás sólo la incomodidad de haberme visto envuelto en lo que sea que fuera esto. Puede que ni siquiera fuese tan importante y sólo fuese yo, sintiendo de más, ¿pero qué coño importaba? Ante un trabajador desmotivado, mejor le ahorraba la peripecia y me ahorraba a mí tener que seguir en esta charla. —Me temo que no podré ayudarte, aunque me disculpo por la decepción —continué mientras comenzaba a caminar hacia la puerta del salón—. Agradezco la humildad de haber pensado en no dejarte todo el reconocimiento, pero a mí me parece que te las puedes apañar perfectamente tú sola, ¿verdad? Have fun! Y que tus diseños de verano sean muy muy famosos. Medio giré el cuerpo para dedicarle una sonrisa, luego regresé la vista al frente y cuando estaba por salir Tora entró de repente. Venía cargando un bento de la cafetería, dos cajas de jugo y unas galletas. Al casi chocarse conmigo me miró y yo le hice una seña para que girara en redondo con tal de que saliéramos de la clase. —¿Qué pasa? —preguntó genuinamente confundido. —I hate snooty kids, that's what happened —murmuré con tal de que no se me oyera. —¿Y tú qué eres si no otro estirado en diferente fuente? —rebotó al mismo volumen. —And that's why I can hate them as much as I want. Come on, let's go upstairs, I'm done. Contenido oculto sorry JAJAJAJ en términos de soportar, no soportó