One-shot Amada [BTOOOM!]

Tema en 'Mesa de Fanfics' iniciado por Yáahl, 23 Abril 2019.

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    Yáahl

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    Amada [BTOOOM!]
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    Para adolescentes. 13 años y mayores
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    Drama
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    1
     
    Palabras:
    1149
    Estaba oxidadísima y el rol me está ayudando a ponerme en marcha de nuevo.
    Just Katrina.






    Amada





    Se miró en el gran espejo. Su liso cabello rubio le rodeaba el rostro como un velo, que fluía hasta sus caderas. Acentuaba la palidez de su piel y el tono azul de su ojo derecho.
    Era la viva imagen de su madre, idéntica en casi todo aspecto, exceptuando el hecho de que su cuerpo adolescente aún no había terminado de desarrollar las curvas femeninas.

    Recorrió su pulcro uniforme con la mirada y de repente sintió una oleada de odio hacia sí misma que la hizo fruncir el ceño.

    Ese sería el comienzo de lo que luego casi parecería un tic nervioso.

    ¿Quién era?

    Una alumna de notas perfectas, ¿y qué más?

    Tomó un mechón de su cabello y deslizó sus dedos por este, hasta las puntas. Una Akaisa, eso era y nada más.
    La niña ideal, la que deseaba todo padre y todo maestro. Silenciosa y centrada, con un futuro asegurado por el apellido de su padre.
    No tenía control sobre su vida, porque esta estaba planificada desde su nacimiento.

    Al menos así era antes de que todo se fuera a pique.

    Tomó las tijeras que reposaban sobre la cómoda y, dudosa, extendió el mechón que acaba de tomar. Calculó y cortó. Los hilos dorados cayeron sobre la alfombra de su habitación e incluso años más tarde, algunos permanecerían allí enredados.

    Repitió el proceso con el resto de su cascada rubia, hasta que el cabello cubrió el suelo a su alrededor.

    Volvió a mirarse al espejo, reconociéndose ahora con su velo reducido hasta los hombros.

    Bufó. No era suficiente, ya nada le parecía suficiente.

    Fúrica, se deshizo del uniforme y escarbó en su ropero. Blusas, faldas y vestidos de colores vivos cubrieron el suelo junto al cabello recién cortado.

    Nada. No había nada que sintiera propio, que la identificara, que la hiciera más ella de lo que nunca había sido.
    Estaba cansada de ser una muñeca. Después de todo, llevaba el nombre de un maldito huracán.


    —Cariño, ¿qué pasa? —Le llegó la voz delicada de su madre desde el exterior de la habitación. La muchacha no respondió. Apenas cubierta por la ropa interior, se había sentado entre su ropa esparcida por el piso, con la vista clavada en algún punto perdido—. Katrina, voy a entrar.


    La mujer abrió la puerta con cautela y la cerró de la misma forma. Era baja pero esbelta, al igual que la muchacha, su rostro era adornado por dos ojos heterocromos.
    Lucía cansada y quizás hasta enferma. Sus delgados dedos estaban cubiertos de profundas heridas, que ella misma se había causado sin apenas darse cuenta.
    Se arrodilló junto a su hija y acarició su cabellera. Estuvo por abrir la boca para preguntarle qué era lo que había hecho, pero hizo algo completamente diferente.


    >>Te sienta bien el corte, cielo.


    Notó que la chica dio un respingo y fue como si la respiración se le hubiese detenido un momento. Por sus mejillas se deslizaban, silenciosas, las lágrimas. Su madre la envolvió entre sus brazos, acurrucándola en la calidez de su pecho.
    Los surcos que recorrían su rostro aumentaron de grosor.
    La progenitora actuaba como si aquel no fuese el primer colapso de la chica.



    Regresó la vista al cielo nocturno cubierto de estrellas, frunciendo el ceño ante los recuerdos que se revolvían en su mente.

    No sabía si prefería seguir castigándose por haber enviado a Rachel a la batalla o recordando mierda de su pasado en esa puta isla, pero las memorias fluían sin permiso.


    —Papá, necesito ropa nueva —dijo la chica al hombre corpulento que, tras un escritorio, le daba la espalda. Hablada por teléfono y se volteó sin siquiera alzar la mirada.


    —¿Qué dices, Katrina? —preguntó cubriendo el celular con su mano un momento.


    —Ropa, papá. —Fríos, distantes, como si él no la hubiese engendrado y ella no sintiera nada por el hombre por el que estaba viva. Era obvio que no había siquiera notado el corte irregular e inexperto de su única heredera.


    —Ah sí —respondió mecánico—. Clarke te llevará a donde necesites esta tarde, ¿está bien?


    No le dio tiempo siquiera de responder, cuando había vuelto a darle la espalda.


    —Quisiera ir a la peluquería también —dijo prácticamente al aire.


    Exigencias y nada más. Aquel hombre no la había enseñado a amarlo.
    Su padre asintió con la cabeza y continuó al teléfono.



    Bufó y se llevó las palmas de las manos a los ojos. Estaba harta.

    Su búsqueda de identidad la había hecho desprenderse de aquel ideal estúpido, de aquella extraña perfección.
    Ya no era la muñeca de nadie, o eso quería creer.
    El corte, el cabello teñido, la nueva ropa, sus vicios y su personalidad. Todo no era más que una incesante búsqueda de control sobre algo en aquella vida planificada y a la vez un grito que demandaba la atención de su figura paterna.
    Las heridas en sus dedos, como las de su madre, la necesidad de acudir a lugares a la hora exacta, ni un minuto más ni un minuto menos, la de detener su lectura en páginas pares y un sin fin de diminutos rituales que casi pasaban desapercibidos. Todo se resumía al control.
    Compulsiones que buscaban aliviar su dolor emocional, el constante dolor de no saber quién era.


    —Damian, ¿qué haremos con ella? —La voz de su madre llegaba desde la sala de estar, era casi un murmullo.


    —¿Que qué haremos? —Parecía confundido—. ¿Acaso tiene problemas?


    —No volteas ni a ver a la niña, claro que no sabes que le ocurre algo. —Pocas veces había escuchado a su progenitora hacer un reclamo tan directo.


    —Le doy lo que necesita y ha mantenido sus notas —sentenció. Damian Akaisa no tenía ni una pizca de inteligencia emocional, lo mismo era una patata que su corazón. Si alguna vez le había demostrado amor a alguien había sido a su mujer, pero eso ya no era así—. Estará bien, Hailee, es una Akaisa.


    Su esposa bufó. El mismo acto defensivo de reproche que su hija había imitado de ella.


    —Es más que eso, Damian. Algún día deberías darte cuenta.



    Rió con sorna, con la vista clavada en el cielo de nuevo.

    Definitivamente a su padre no le importaba nada más que su rendimiento académico y aún así, había en el fondo de ella, un atisbo de amor por él.
    Deseaba ser vista, que alzara la mirada cuando le pidiese algo, que le dijera que estaba orgulloso, que fuese capaz de verla como igual y aceptar la persona en que, a pesar de las dificultades, se estaba convirtiendo.
    Katrina quería ser amada por su padre como lo era por su madre, pero aquello nunca ocurriría. Mucho menos en aquella maldita isla, donde muy seguramente moriría.
     
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    Gigi Blanche

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    Los daddy issues de todos stos niños se van acumulando y yo ya no puedo con mi cora ;-;

    Cada vez me encariño más con Katrina. Qué va, con todos, joder. Pero ahora vamos a hablar de Kat (?) Sé que muchas veces no es suficiente, pero me alegra ver que, al menos, tenía en su madre a una aliada. También me encantó el detalle de que, a pesar de querer diferenciarse lo más posible de ella, haya terminado imitando muchas de sus costumbres y reacciones. Suena kind of lame, pero Kat no es más que una niña que habría deseado ser mejor amada por quienes se suponía debían amarla y cuidarla, no sólo cargarla con expectativas académicas. Es muy triste que haya acabado en la isla sin poder cumplir su deseo, siendo que probablemente no vuelva.

    Y así se van acumulando las backstorys sad y yo acá, pensando que voy a tener que narrar cómo les echo bombas tóxicas encima. I wanna die
     
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    Tarsis

    Tarsis Usuario VIP Comentarista supremo Escritora Modelo

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    Sigue siendo su padre. Y no hay nada que duela más que la indiferencia.
     
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