Alien 9 [Alien 9] Parásito (Completa)

Tema en 'Fanfics de Anime y Manga' iniciado por JeshuaMorbus, 12 Octubre 2018.

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    JeshuaMorbus

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    Título:
    [Alien 9] Parásito (Completa)
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    17
     
    Palabras:
    3422
    ¿Habrá alguien en todo el foro que haya leído alguna vez la obra magna del raro entre raros, el ínclito y excéntrico Hitoshi Tomizawa; la misteriosa y confusa "Alien 9"? Si he tenido esa suerte, he aquí una obra derivativa de ese compendio de simbioides alienígenas con un toque propio y paralelo a la historia contada en los escasos cuatro tomos publicados.
    Espero que os guste.
    Capítulo 1: Girasoles

    Oscuro...

    Todo estaba oscuro...

    El pasillo, las paredes, las mesas, las sillas...

    Todo estaba en la más oscura penumbra.

    Y delante de mí... esa cosa se estaba comiendo a la profesora.

    Me repugnaba pero de tan asqueada que estaba que no era ni capaz de vomitar. La sangre de la mujer se extendía por las paredes después de la violenta batalla que libró contra ese monstruo. No pudo hacer nada contra sus defensas y menos contra su fulminante ataque. Y después, como si tal cosa, le abrió la cabeza y comenzó a devorarla...

    No pasó demasiado tiempo antes de que ése se fijara en mí que me encogía contra la esquina. Tras ver que no podría salir de esa sala, me quedé paralizada de miedo. Y mayor terror sentí cuando vi la roja luz que emitían los ojos de ese ser. Éste levanto su brazo derecho y alzó dos dedos. Dos pequeños taladros se formaron a partir de sus cabellos y apuntaron hacia mí. Entre maravillada y angustiada me pregunté qué eran esas cosas y cómo había sido capaz de hacer eso... Pero no tuve tiempo para embobarme en ellos pues, con un movimiento brusco, el otro me los lanzó a toda velocidad y éstos se me clavaron en mi hombro derecho.

    —Estás ciega —dijeron varias voces al mismo tiempo. —Ciega.

    Esa mezcolanza de voces, muy agudas unas y muy graves otras, venían todas de ese ser que me alzó del suelo sin delicadeza alguna mientras seguía sintiendo un intenso dolor. Los dos largos taladros me acercaron hacia él, el cual extendió un brazo hacia mí que, en un último y fútil intento de escapar, intentaba desenclavarme esas dos largas varas de pelo tan duro como el metal. Pero ya nada pude hacer: El otro me agarró fuertemente de la frente tapándome levemente la vista.

    —Eres débil... —y, tras los dedos de mi atacante vi como sus largos cabellos se arremolinaban de manera amenazadora, con un sonido horriblemente discordante...




    No lo aguanté más y me alcé. Algo me impedía levantarme, una fuerza que, aunque débil, me sostenía contra el suelo. Bañada en sudor luché por poder levantarme hasta que me di cuenta de que me encontraba en mi habitación. Esa “fuerza” no era más que mi manta y mi ataque de pánico me sobrevino al ver que el tono de luz de la sala era igual al que había visto en sueños.

    “Sólo ha sido una pesadilla...” pensé aliviada mientras aún notaba el potente latir de mi corazón. Me llevé las manos tanto a la frente como al lugar donde se suponía que me habían clavado los taladros y los noté levemente dormidos...

    —Señorita Sandra, ¿se encuentra bien? —preguntó Girasol.

    —...sí... ¿te he despertado? —pregunté después de recuperar el aire.

    —Últimamente no es capaz de dormir bien. ¿Tiene algún problema que yo no conozca?

    —No, nada. Sólo tengo pesadillas, nada más.

    Girasol extendió sus planas y lisas patas blancas y arrastró su azulado cuerpo desde su cojín hasta mi regazo donde, como siempre, le dejé hacer... al fin de al cabo, como todo el mundo, no comprendía del todo el comportamiento de los aliens. Siempre que tenía un problema, Girasol o se ponía en mi cabeza o me observaba con calma con sus tres enormes ojos, como si estudiara el comportamiento de su anfitriona.

    —¿Va a volver a dormir? —preguntó él.

    —No, ya no —respondí al ver tanto la luz de la mañana como mi despertador. —Supongo que querrás desayunar... —dicho lo cual me quité la chaqueta de mi pijama y dejé al alien recorrer mi piel mientras buscaba la mugre que era la base de su sustento.

    Ésa era la rutina de todos los días: Despertarse, dejar a Girasol alimentarse, ducharse, desayunar, ir al colegio, resolver mis labores como encargada de contramedidas, estudiar, comer, etc, etc... no tenía muchas ganas de pensar en estas historias, la verdad. Ser encargada era, en principio, algo aburrido pero tras tres semanas de intenso trabajo, capturando hasta el último alien que se había quedado encerrado en las aulas de su colegio durante el verano me parecía repugnante.

    “A buenas horas me presenté voluntaria... no es que me parezca malo, es sencillamente asqueroso...” pensé recordando hasta la última de las rarísimas criaturas que me había estado encontrando: Desde las babosas del sistema de tuberías con los que empecé hasta los entre cómicos y terribles “toros boxeadores” con los que lidié hacía dos días, había peleado con ranas vegetales, serpientes de dos cabezas, arañas escavadoras, los olorosos “reventones”, los rarísimos perros—hombre... estudiaba ciencias naturales, sí, pero jamás había oído hablar de semejante ristra de rarezas. Siempre había pensado que me tocaría pelear contra animalillos asustadizos y tiernos, como si todo esto sólo fuera cosa de abrazar contra osos amorosos... pero después del duro combate de boxeo que tuve con ese toro de tres patas ya no volvería a pensar así. Al menos Girasol cumplía con su labor a la perfección defendiéndome con sus poderosas habilidades.

    Cuando el simbioide terminó de alimentarse, me vestí y fui a prepararme mi desayuno.




    Con algo de pereza, el estomago lleno y con Girasol sobre mi cabeza, me dirigí a la parada del autobús que me llevaría al colegio. Allí, entre la marabunta de chavales que iban a hacer lo mismo que yo, vi claramente a mis dos compañeros en las labores de control de aliens: Federico y Lua, ambos con sus sendos Girasoles sobre sus cabezas.

    El primero era un chaval que se me antojaba entre idiota, geniudo y temerario... su mentalidad era infantiloide en extremo y parecía que cada vez que peleaban con los diferentes aliens que entraban en la escuela se preparara para jugar. Era un chaval raro, sí, pero en lo que se refería a sus labores, era el miembro más útil del grupo.

    Luego estaba Lua... si Federico era un chico con una edad mental de seis años, ésta era una que se pretendía la reina del colegio: Orgullosa, soberbia, arisca... no era fácil de tratar y menos cuando creía que llevaba la razón. Tenía la creencia de que por ser ella la mayor (bueno, a mí sólo me sacaría un par de semanas más de edad...) tenía derecho a ser la jefa... pero a la hora de la verdad, la fuerza se le iba por la boca y apenas daba ni golpe. Al final éramos yo y Federico los que teníamos que atrapar a todos los aliens...

    Obviamente el chico me caía mucho mejor así que desde el principio me dirigí a él:

    —Buenas, Fede —saludé. —Ya empieza a hacer frío...

    —Mejor frío que calor —respondió él. —¿Recuerdas lo caluroso que fue este verano? En mi vida he sudado tanto... claro que estaba en la playa.

    —Sólo a ti se te ocurriría andar sobre la arena sin chanclas... —comentó Lua jocosa (tenía la mala costumbre de reírse de cualquier defecto de los demás).

    —¿Qué tal lleváis los estudios? —pregunté ignorando el comentario.

    —No demasiado bien... —contestó Lua sinceramente. —Aunque supongo que los tres vamos igual, ¿no?

    —¿Qué nos podíamos esperar con el colegio lleno de aliens?

    —Por mí encantado —dijo el chico. —Gracias a este trabajito —dijo señalándose a su Girasol, uno de color negro con líneas blancas y ojos azul claro —me ahorro las clases de lengua de ese imbécil de Naves.

    —A mí lo que no me van son las matemáticas... —dijo Lua —pero nunca tengo la suerte que tiene éste... —comentó con tono despectivo para reventar al segundo: —¿¡Pero por qué tuvieron que elegirme a mí!?

    “Imagina...” pensé riéndome para mis adentros de su pretendida superioridad.

    Tanto yo como Federico nos habíamos presentado voluntarios para ser miembros del control de aliens (yo porque no me esperaba lo que me acabaría encontrando y él... porque era Federico, qué diantre). Pero la tercera ya era otra historia: Muy probablemente, la razón por la que se quejaba tanto y era tan ácida era por haber sido elegida sin haber sido consultada para nada... según decían las habladurías llegó a gritar en clase para que no fuera elegida, incluso había quien decía que pataleó como una niña llorona (aunque nadie se atrevía a comentarlo demasiado si Lua se encontraba en las cercanías).

    Aunque, a estas alturas, ya parecía que no le importaba demasiado: Los tres nos habíamos acostumbrado rápido a nuestro violento cargo y estábamos llevando a cabo un buen trabajo...

    O al menos eso era lo que decía la profesora encargada del control de contramedidas, la señora Amelia (“menudo nombre de abuela que tiene la mujer esta” pensaba de vez en cuando), una mujer de carácter muy firme, tan seria que parecía que tenía parálisis en la mandíbula pero que, por lo demás, era muy práctica y sabía decir las cosas con claridad. Fue hasta capaz de colocarle el Girasol a Lua sin que esta se quejara en absoluto después de decirle sólo cinco palabras con un tono que rozaba lo marcial: “Calla y a lo tuyo”...

    En fin, ese día sería otro largo día, eso seguro: Siempre patrullando los pasillos de su escuela, buscando, vigilando, olisqueando y rastreando aliens...

    Vi el autobús, suspiré y me preparé para otro día en la escuela.




    Apenas habían pasado cinco minutos después de comer cuando un grupo de aliens fue avistado. Una vez dada la alarma se procedió a seguir el protocolo de seguridad: Las puertas fueron aseguradas con las rejas interiores, las ventanas fueron trabadas y los niños de cursos inferiores fueron trasladados a sus aulas para evitar problemas. Y, evidentemente, los tres miembros del sistema de contramedidas contra aliens fueron movilizados.

    —Muy bien, según dice el informe —comenzó Amelia con su típico tono frío —se ha avistado a un grupo de aliens dezumonto. Sólo se han avistado crías pero cuidado: Puede que alguno de sus progenitores haya venido con ellos. No son demasiado peligrosos pero son muy escurridizos.

    —Inofensivos serán pero, ¿entonces para que nos advierte sobre los padres? —preguntó Lua. Sería una pregunta impertinente, como casi todos los comentarios de la chica pero, bien vista, la pregunta era bastante inteligente.

    —Los dezumonto adultos son hiper—protectores en lo que se refiere a sus crías: Podrán atacaros con fuerza e incluso se sacrificarán con tal de que no las toquéis, así que mucho cuidado.

    Dicho esto, Amelia nos señaló nuestras correspondientes zonas de búsqueda: Federico, al ser el más hábil de los tres, se encargaría de capturar a los que se encontraban en el patio de la escuela y en el edificio de párvulos; Lua, de los que andaran por los pasillos del edificio principal y yo, de los que estaban en el polideportivo...




    Avancé silenciosamente gracias a mis patines a través de la gran sala del polideportivo, ocultándome en las sombras tal y como me habían enseñado a hacer en los primeros días de mi cargo. Desde debajo de las ventanas podía ver a un grupúsculo de tres dezumontos acicalándose unos a otros justo debajo de uno de los bancos. No se habían dado cuenta de mi presencia por lo que seguí acercándome en silencio... para variar me había encontrado con unos aliens que sí se parecían a lo que en un principio me había imaginado que serían: Parecían pequeños ornitorrincos con un pico más afilado que los de éstos y con las patas más largas. Aparte, tenían pequeñas aletas en los costados de su cabeza y una pequeña cola palmeada que parecían indicar cual era el elemento preferente de esos pequeñajos. Su apariencia era, desde luego, inofensiva y casi cariñosa... casi me daban ganas de dejar mis labores para abrazarlos de lo monos que eran.

    Mas no lo hice: Nada más estuve a unos diez metros de ellos, al alcance de los hilos de Girasol, alcé mis dedos indicándole al simbioide que se preparara. Éste, de inmediato, entrecerró casi totalmente sus párpados dejando apenas un pequeño agujerillo por el que poder ver y bajó su cuello mostrando los otros seis ojillos que tenía justo detrás de los tres grandes, sus insectos pseudo—autónomos (también conocidos popularmente como “opciones”), una especie de insectos que Girasol era capaz de controlar gracias a un finísimo pero durísimo nervio que lo mantenía en contacto con su cuerpo principal.

    Me concentré y traté de hacerle entender a Girasol mi plan de ataque haciendo leves movimientos con los dedos los cuales no fueron percibidos por los pacíficos dezumontos. Segundos más tarde, realicé un movimiento brusco, las alas de insecto de las opciones comenzaron a agitarse todas al mismo tiempo y el simbioide lanzó su ataque: Los seis pseudo—insectos volaron a la vez alrededor de los tres dezumontos los cuales se espantaron y trataron de escapar de inmediato pero nada pudieron hacer cuando los finísimos ligamentos que mantenían unidas a las opciones con su simbioide se enredaron en sus patas. Al final sólo tuve que indicar a Girasol que recogiera los hilos para así poder guardar la pesca: Tres dezumontos liados entre los seis hilos de Girasol... que me esforzaba en desatar para poder introducir a los aliens dentro de la jaula preparada a tal efecto.

    Pero lo que parecía una tarea fácil se me lió bastante pues los lindos animalillos trataron todo el rato de liberarse a picotazo limpio.

    —En este mundo nada es lo que parece... —comenté nada más acabé de encerrar al último. —Tan monos y mira tú...

    —Bueno, para algo lleva esos mitones —dijo Girasol mientras guardaba su última opción dentro de su cabeza, tras lo cual volvió a alzar su cuello. —Su uniforme ha sido diseñado para conferirle la máxima movilidad y defensa.

    —¿Con defensa te refieres a ti mismo? No sabía que te consideraras parte de mi atuendo.

    Girasol sencillamente rió y yo continué con mi trabajo.




    Dos horas más tarde y con doce dezumontos capturados, salí del polideportivo encontrándome con un animalillo de esos nada más posar mi pie fuera del edificio. Mi reacción fue instantánea y disparé una opción justo cuando el alien pretendía pasar por debajo de mis piernas.

    —¡Ah, gracias! —exclamó Federico recuperando el aliento después de una larga carrera con sus patines. —Mételo en una de tus jaulas: A mí ya no me queda espacio...

    —¿Cuántos has pillado? —pregunté.

    —Veintitrés... —dijo con la cabeza gacha por el cansancio. —Pero cómo corren los malditos...

    —Pues anda que tú... —comentó el Girasol del chico.

    —Si has capturado tantos creo que ya no te quedará ninguno... —comenté sacando el comunicador para informar a la profesora de nuestras capturas. —¿Profesora? Por aquí he encontrado trece. Federico tiene veintitrés. ¿Quedarán muchos?

    —Sí, los padres —respondió Amelia desde el otro lado de la línea. —Lua está teniendo problemas con ellos en la entrada del vestíbulo: Id a ayudarla de inmediato.

    Dicho y hecho, me guardé el comunicador y le indiqué a mi compañero que me siguiera, el cual, aunque cansado, me siguió con todas las fuerzas que le quedaban hasta el edificio. Entramos por la puerta de la cocina, pasamos al comedor y desde ahí salimos al vestíbulo donde nos encontramos a un dezumonto adulto despedazado en más de siete partes (con la consiguiente sangre repartida por medio pasillo).

    —¿Qué ha pasado aquí? —pregunté al ver la escabechina que había montado mi compañera.

    Ésta, arrodillada en el suelo, trataba de limpiar una de las patas de su Girasol que parecía estar bullendo al contacto con una sustancia corrosiva al tiempo que tosía, probablemente como reacción al olor de esa sustancia o al asco que le daba la sangre que le impregnaba la cara.

    —Ese asqueroso me vomitó no sé qué cosa encima cuando traté de coger a éste —respondió con voz contenida señalando su jaula la cual contenía dos crías de dezumonto y un adulto. —Girasol me defendió y le ordené que lo matara, nada más —dicho esto, se levantó y se dirigió escaleras arriba, ignorando completamente nuestra presencia, como queriendo que la dejáramos tranquila (siempre se cerraba de esa manera cada vez que le ocurría algo asqueroso).

    —Esto... si es por el trabajo, la profesora decía que tan sólo quedaban por recoger los adultos... —dije dudando al ver los restos sanguinolentos de la criatura.

    Y, como un ensalmo, la cara de Lua se iluminó, bajó las pocas escaleras que había subido para recoger su jaula y dirigirse de inmediato a la granja de aliens.

    —Las hay que realmente odian este trabajo... —comentó Federico siguiendo a su alborozada compañera con paso cansino.

    Sin mucha conversación, salimos por la puerta principal, nos dirigimos a los lugares donde dejamos nuestras jaulas y nos dirigimos a la sombría granja de aliens.

    Éste edificio se encontraba en el patio trasero de la escuela, muy cerca de la casa de la profesora Amelia (antes casa del bedel). No hacía ni siete años que esa granjita no era más que una simple granja de animalillos domésticos... ahora, por culpa de la cercanía de un bosque de naves espaciales caídas se había tenido que adaptar toda la escuela a las nuevas necesidades: El bedel no aceptó volver a vivir en esa acogedora casita así que la vivienda le fue concedida a la profesora que, en adelante, se encargaría de cuidar del estado de la granja (o depósito, como lo llamaban la mayoría de los estudiantes)...

    Nada más llegar frente a la pesada puerta del depósito nos encontramos con la profesora esperándonos y con Lua dando patadas al aire enfadada.

    —Buen trabajo, chicos —felicitó la mujer abriendo la puerta para que pudiéramos dejar a nuestras presas en sus correspondientes jaulas.

    —¿Qué te pasa? —preguntó Federico a Lua mientras entraba con tres de sus jaulas.

    —Está castigada —respondió la profesora por ella. —Ya os lo dejé claro el primer día: La vida es importante. Nunca matéis a los aliens pues es malo para la educación de los Girasoles.

    Ignoré las (sonoras) quejas de Lua y sencillamente me introduje dentro de ese apestoso espacio. Fui hacia el montacargas mientras veía la cantidad de presas que habíamos hecho en esas tres semanas a través de la reja que era el suelo que pisaba: Más de sesenta jaulas, muchas de ellas con alien dentro y un gran acuario donde se hacinaban todas las criaturas acuáticas que habíamos tenido que pillar.

    Posé tres jaulas en el suelo del montacargas y después Federico puso sus otras tres.

    —Yo bajo por las escaleras —me dijo dirigiéndose a las mismas.

    Así pues, cerré la puerta y pulsé al botón mientras seguía oyendo la fuerte discusión de Lua... ¿siempre había sido así de quejica?

    Nada más llegar abajo, Federico me abrió la puerta y cogió dos de las jaulas para liberar a sus ocupantes en otra más grande para que pudieran moverse con más soltura, labor en la que le acompañé. Tras liberar a los treinta dezumontos, volvimos arriba en el montacargas para que Lua hiciera lo propio con sus capturas. Cuando llegamos arriba nos encontramos con nuestra compañera que, con su jaula en la mano, trataba de contener las lágrimas tratando de aparentar ser más dura de lo que realmente era...

    —Después de esto podréis llegar a la última clase —dijo la profesora desde la puerta. —Daos prisa.




    Durante el resto del día no volví a ver a Lua, la cual, probablemente, se había tenido que quedar a limpiar la que había montado... siempre que acababa discutiendo con la profesora se ponía de un humor de perros y no quería que nadie le dirigiera la palabra... aunque con la cara que ponía ni yo me atrevía.

    Después de clase fui a mi autobús y sencillamente volví a casa, lugar donde por fin pude quitarme a Girasol de la cabeza, claro que, seguidamente tuve dejarle “comer”. En fin, esto era lo que me tocaba, ¿no? Qué más daba que me quejara si no podía renunciar a mi cargo por nada del mundo: Así eran las reglas y ahí estaban para cumplirse.

    ¿Por qué?

    Porque se había creado para solucionar problemas... ¿verdad?

    Seguro...

    Agité mi cabeza para quitarme malos pensamientos de mi mente y sencillamente dejé que el simbioide siguiera alimentándose.
     
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    Capítulo 2: Visión


    Era de noche... a esas horas nadie debería quedar en el patio de la escuela y, sin embargo, vi perfectamente como más de tres personas rondaban por allá.

    Me acerqué silenciosamente hacia la reja de entrada, abierta. ¿Por qué estaría abierta? Traté de ignorar ese hecho pensando que tal vez esas tres personas que se dejaban ver entre las sombras del colegio eran las responsables.

    —Sigues sin hacerte una sola pregunta.

    Ignoré el comentario y seguí avanzando mientras mis dedos golpeteaban la reja tras la cual se encontraba la vacía finca que estaba justo al lado de la escuela. El camino bordeaba los dos vetustos campos de fútbol y baloncesto detrás de los cuales se veían las casas largo tiempo ha abandonadas tras el primer encuentro... incluso a esa distancia, apestaban a viejo y verlas tan recorridas de enredaderas y otras plantas me hacían pensar que eso eran los restos de viejos castillos abandonados en medio de un territorio ganado por el bosque. Volví mi vista al frente y me encontré de nuevo con una acera, ésta menos vieja pero que ya acusaba sus años...

    “No sé para qué pienso en lo que no es viejo...” pensé. “Aquí este colegio es lo único que ha soportado el paso del tiempo.”

    Me paré y volví la vista hacia el oscuro paisaje que se podía ver a lo largo y ancho de la colina que se presentaba ante mí: De cerca se podían ver unas cuantas casas medio derruidas pero, con la luz de la luna llena, se podían ver decenas de restos de granjas que nada pudieron hacer ante el avance del bosque de las naves espaciales y que ahora estaban ahí, totalmente vacías y abandonadas... El lugar era tétrico, horroroso para una chica de mi edad pero, por suerte, ese bosque no se movía.

    ¿Verdad?

    Eso suponía...

    Dejé mis reflexiones y, tras recorrer unos cien metros desde la entrada, llegué junto al edificio principal: Tres pisos de naranja ladrillo macizo, con todas las ventanas cerradas con rejas, un par de bancos perdidos aquí y allá y poco más... no era un edificio demasiado llamativo. Tal vez fuera cosa de haberlo visto desde pequeña siempre allí arriba, en la falda de la colina del Santo Firme...

    Quizá fuera cosa de la vergüenza que me estaba dando estar aquí a estas horas pero sentí un potente mareo que me hizo apoyarme en la reja para no perder el equilibrio. Desde la esquina que daba a la entrada del edificio traté de encontrar a las otras tres presencias pero, de repente, me di cuenta de que estaba sola. No es que fuera que me diera miedo era que... ¿qué era?

    Una pregunta, bien...

    ¿Qué estaba haciendo aquí? ¿Qué buscaba yo aquí?

    Mejor, je, je...

    Sentí un mareo aún mayor que el anterior que hizo que tuviera que usar las manos para no caer de golpe al suelo.

    —Duda, retuércete y llora si lo crees necesario –escuché detrás de mí. Alguien estaba hablándome con voz potente desde la verja de entrada. –Pero no te ocultes detrás de esas estupideces que tratan de inculcarte.

    Traté de girarme pero algo en mí me prohibía hacerlo.

    —¿¡Qué estupideces!? –grité con un tono que reflejaba mi miedo ante lo que estaba haciendo.

    —Tú sabrás –contestó la voz despreocupadamente. –Cada vez que piensas algo, ellos te dicen “esto es así porque debe de ser así”, cada vez que te prohíben algo te dan razones estúpidamente manidas, cada vez que te ordenan hacer algo sabes que no debes quejarte pero, ¿tienes tú idea de por qué?

    —¿”Ellos”? ¿¡Qué ellos!? –grité al tiempo que, con un esfuerzo sobrehumano giraba mi cabeza hacia atrás. Pero de inmediato me arrepentí de ello y perdí el poco aire que quedaba en mis pulmones...

    Mis ojos estaban confundidos ante el bosque que se extendía justo detrás de mí, un bosque que cubría lo que antes había sido un simple patio de colegio. Era frondoso, oscuro y denso, una negrura bajo la plateada luz de la luna y por allí pululaban cientos de presencias que no era capaz de ver que se perseguían unas a otras como animales salvajes con el único propósito de comerse unas a otras. Y en medio de todos ellos, dos puntos rojos me miraban directamente a mis ojos, con tanta agresividad que me puse en guardia con mis atontados brazos al tiempo que a partir del pelo de esa criatura se formaban más de quince taladros que de inmediato apuntaron hacia mí...



    —¿Otra vez, señorita Sandra?

    Grité y di un golpe que hizo que lo que se había subido a mi pecho saliera despedido a más de dos metros de mí, hecho lo cual me levanté para protegerme lo mejor posible.

    —¡Pero Sandra! ¿¡Qué te pasa!?

    Tardé un buen rato en reaccionar por culpa de la oscuridad de la sala pero, tras controlar ese acceso de pánico acerté a decir:

    —¿Girasol?

    —¡Sí! ¡Girasol! –respondió el alien francamente molesto. –¿Pero que os ha pasado?

    —¡Perdón, perdón! –exclamé sin dejar de disculparme mientras me levantaba para ayudar a levantarse al simbioide del que, se suponía, tenía que cuidar, tras lo cual lo abracé para tranquilizarlo después del viaje que le pegué... –¡Lo siento! ¡Lo siento de veras!

    —Bueno... ya veo que fue cosa de sus pesadillas –dijo Girasol con uno de sus párpados cerrados, probablemente por lo duro del golpe que le hice darse contra la pared. –La próxima vez me lo pensaré antes de subirme a su pecho mientras está teniendo uno de esos sueñecitos –dicho lo cual rió agradablemente como no dando importancia a lo sucedido.

    Después de mirar un poco el golpe que se había dado, dejé que Girasol volviera a su cojín que se encontraba en la cabecera de mi cama y yo volví bajo mis mantas para tratar de conciliar el sueño de nuevo pues aún quedaban un par de horas antes del amanecer.

    Intenté cerrar los ojos y descansar un poco por el bote que me había pegado el corazón pero nada pude hacer y permanecí en vela las casi tres horas que me quedaban. Traté de quitarme a ese maldito ser de los ojos rojos que casi parecía ver a través de mí de mi cabeza. No sabía lo que querría de mí pero... pero bueno, ¡si sólo era un sueño! Que algo apareciera reiteradamente en un sueño no debía ser tan anormal.

    Suponía...

    ¡La próxima vez que me encontrara con ese maldito sabría a qué atenerme! ¡En un sueño no sería capaz de hacerme nada!

    Con estas frases en mi cabeza, me recosté pero aún así no pude volver a conciliar el sueño. Y así, sonó el despertador.



    —¡Buenas! –dijo una anormalmente sonriente Lua.

    —Hola... –respondí todavía algo descolocada. Hacía un par de semanas esa chica era un perrazo al que nadie se atrevía a acercarse pero, ahora, de repente desde hacía un par de días, se había transformado en una chavalina de risa alegre. Casi nadie seguía sin atreverse a acercársele pero ahora ella no parecía rechazar ningún comentario referido a ella. “Dios sabrá lo que le habrá pasado” pensé mientras buscaba a nuestro otro compañero. –¿Hay algo que te esté alegrando el día o algo así? –pregunté al ver que Federico estaba conversando alegremente con otros amigos suyos.

    —Sí y no... no sé. Hay días en los que te apetece sonreír más que otra cosa, ¿no es así?

    —En tu caso, semanas... teniendo en cuenta como eras antes...

    —¿Antes de qué? –preguntó ligeramente molesta, inclinando las cejas de esa manera tan característicamente suya que no causaba ni una sola arruga en su cara.

    —...no he dicho nada –respondí arrepintiéndome de inmediato de haber hecho el comentario, al fin de al cabo, ella seguía siendo la misma: Orgullosa, altiva... pero menos arisca, por suerte.

    —En fin, qué más da –dijo Lua estirándose. –Hasta yo sabía que era un cardo borriquero. Al final acabé cayéndome mal hasta a mí misma así que, por una vez, pensé en cómo se sentían los demás conmigo... y ya ves.

    Miré sorprendida a Lua: ¿Ella haciendo un comentario maduro? Mucho tendría que haber pensado para llegar hasta ese punto, sobre todo cuando recordaba lo soberbia y grandilocuente que era en cursos anteriores, popular por lo malo y que tan sólo dejaba de refunfuñar cuando hablabas de pájaros con ella... yo tenía cierta afición a la zoología, sí, pero ella se centraba mucho más en la ornitología, eso sí, a un nivel cientos de veces superior al mío. Era capaz de descubrir con una simple mirada cuál era el nombre de cualquier pájaro que pasara volando a toda velocidad, le encantaba el canto de los pájaros, ¡si hasta se conocía los calendarios de la migraciones de memoria! Un gusto raro, tal vez, pero era una nota de delicadeza que le pegaba muy bien.

    Yo... prefería animales en general (que no aliens) pero no con la misma pasión de Lua. Últimamente me había dado por otras aficiones más mundanas (videojuegos, películas y poca cosa más), al contrario que Federico que siempre había gustado de juegos de exteriores (cuando no te lo encontrabas jugando al fútbol, estaba o intentando meter alguna canasta o echándose alguna carrera con sus compañeros de clase).

    —Por cierto... ¿le ha pasado algo a tu Girasol? –preguntó Lua al ver que mi simbioide permanecía con un ojo cerrado.

    —Tuve una pesadilla y un ataque de pánico, punto –contesté secamente para evitar el tema en lo posible. –El pobre pagó las consecuencias por tratar de tranquilizarme.

    —Uno se acostumbra... –comentó el alien en un suspiro.

    —¿Que te acostumbras? –preguntó Lua. –¿No es la primera vez que te pasa?

    —Suelo tener pesadillas –contesté sin demasiado ánimo. –Son muy vividas y a veces no sé distinguir sueño de realidad –y cerré la frase con un deje definitivo como si no quisiera seguir con el tema.

    Mi compañera asintió al tiempo que emitía una leve sonrisa, como aprobando que compartiera eso con ella y sencillamente no siguió hablando... ciertamente, ya no era capaz de entender a la chica...



    Mientras uno de mis compañeros respondía a las preguntas del profesor, yo me entretuve mirando a través de la ventana. Ciertamente, el sueño de esa mañana me había afectado y un impulso irrefrenable me impedía apartar la vista del monte. Esa zona verdosa me era extrañamente atrayente a pesar de lo sombrío. Todos los días desde que era pequeña había oído las voces de los aliens que lo poblaban, chirridos agudos o graves rugidos de bestias innominadas...

    Al cabo de un rato dejé de ver las sinuosas formas de ese monte para atender un poco en clase. No podía dejar que mis ocupaciones secundarias me distrajeran de mis estudios, al fin de al cabo, sólo era una estudiante más.

    Una estudiante de sexto. Doce años a punto de ser cumplidos.

    Mis padres me lo repetían una y otra vez: Sin estudios no tendría futuro. Al menos, en ese punto siempre habían sido unos educadores muy firmes y siempre que pudieron me habían ayudado desinteresadamente (lo que no quitaba que me parecieran demasiado estrictos).

    Sin embargo, nada más empecé a atender a lo que el profesor explicaba, mi comunicador sonó llamando la atención de toda la clase.

    —Sandra, ven al aula ahora mismo –ordenó la profesora Amelia, tras lo cual cortó de inmediato.

    No tuve que pedir permiso para salir: Todos habían oído la orden. Así pues, salí sin decir nada y me dirigí al aula grande del primer piso.

    En la entrada había un viejo cartel de papel amarilleado por el paso del tiempo en el que rezaba “aula de música” pero desde que se formara el bosque, se había convertido en el aula de los encargados de contramedidas contra aliens. Abrí sin dudar y entré en esa vieja sala: Era mucho más grande que cualquier otra aula (la que más se le acercaba era la biblioteca) y, aparte de las pizarras con las partituras dibujadas, aún conservaba el aislante acústico (“curiosa manera de llamar a un montón de cartones de huevos pegados al techo...” pensaba yo cada vez que los veía). Justo a la derecha de la entrada se acumulaban más de treinta sillas—pupitre más viejas que mi abuela y desde la pared de enfrente se tenía una de las mejores panorámicas de Santo Firme de toda la escuela. La sala estaba equipada con varios botiquines (que, desgraciadamente, habíamos tenido que usar más de una vez), una estantería donde guardábamos temporalmente varias muestras, un par de grandes bombonas de monóxido de carbono puro (entorpecía a la mayoría de los aliens que lo respiraban, llegando a matar a los más pequeños (lo cual limitaba su uso a los aliens más peligrosos)), redes, jaulas vacías para capturas pequeñas (los dezumontos del otro día), etc, etc...

    —¿Qué pasa aquí? –pregunté nada más crucé el umbral mientras me dirigía a la mesa grande, donde ya me estaban esperando la profesora Amelia y Federico.

    —Mira esto mientras esperamos a que llegue Lua –respondió la profesora señalándome la masa sanguinolenta de un alien muerto que reposaba sobre la mesa.

    Me fijé en él: Era un dobi, un alien muy parecido a una ardilla pero sin pelo y con una piel muy lisa, casi como si fuera de plástico negro, no muy grande (poco más que medio dezumonto) y de comportamiento muy pacífico (de todos los que llevábamos capturados, éste era uno de los que cuya captura más me había agradado por lo amigables que resultaban).

    Sin embargo, el ejemplar que estaba sobre la mesa estaba muerto, cubierto de hierba y ligeramente podrido (si había algo a lo que no iba a acostumbrarme nunca sería al olor de los aliens muertos...). Pero lo que me llamaba la atención de esa pequeña criatura era su herida, un enorme mordisco que se le había llevado casi medio cuerpo.

    Lua no tardó en llegar y, con su nueva cara, nos saludó animadamente... hasta que vio al pobre dobi.

    —¿Qué le ha pasado a ése? –preguntó asqueada.

    —Es un dobi muerto –respondió Federico. –Me lo encontré mientras hacía mi patrulla por el césped de allá enfrente –dijo señalando el campo que se encontraba justo al lado del aulario de los párvulos. –Iba a tirarlo al depósito de aliens muertos cuando la profesora me dijo que...

    —Este alien ha sido comido –interrumpió al ver que Federico se enrollaba demasiado. –Pero no por otro alien: El mordico es claramente de origen humano.

    —Que asco... –comenté al imaginarme comerme ese bichito.

    —¿Y qué quiere decir con eso? –preguntó Lua sin alterar su cara. –Hasta un parvulito come lombrices en un buen día...

    —No compares este mordico con el de un niño: Su origen es de un sujeto de bastante más edad, de cuarto curso en adelante.

    —¿A dónde quiere llegar?

    —Existen muchas clases de aliens, eso lo sabéis: Los hay herbívoros, carnívoros, omnívoros, sociales, simbioides... el que ha causado esto tiene que haber sido uno de tipo parásito. Existen varios aliens que pueden causar tal hambruna con tal de desarrollarse dentro de un cuerpo humano que no les importa forzar a su anfitrión a alimentarse mucho más de la cuenta incluso con métodos un tanto degenerados, como si fueran animales de presa.

    —Desde... ¿desde dentro? –preguntó Lua sorprendida. –Pensaba que esa clase de aliens parásito se limitaba a los jeen...

    —No todos se alimentan desde el exterior del cuerpo. Como las tenias de este mundo, los hay que se instalan en el sistema digestivo o el respiratorio... Este, evidentemente, se ha instalado en el sistema digestivo de algún chaval de este colegio por lo que convendría encontrarlo antes de que se desarrolle demasiado: Hay parásitos que son capaces de hacer estallar a su anfitrión desde dentro una vez se han desarrollado lo suficiente.

    —¡El Octavo Pasajero Revisited! –bromeó Federico recibiendo como recompensa una colleja de la profesora.

    —¡Esto no es ninguna broma! –exclamó la profesora muy seriamente. –Vigilad a vuestros compañeros y, si encontráis a alguno con síntomas de anemia grave, ya sea palidez, debilidad, raquitismo o falta de fuerzas, avisadme y yo me encargaré de comprobar el estado del alumno, ¿de acuerdo?

    —No hay problema –dijimos los tres algo atemorizados por lo que nos había revelado la profesora.



    Así pues, volví a clase y seguí la orden de Amelia: Comencé a observar a mis compañeros para ver si alguno tenía alguno de los síntomas descritos por la profesora pero ninguno parecía tener la más mínima señal de anemia por lo que, tras observar detenidamente a la clase, volví a mi trabajo y atendí en clase.

    Tras un par de horas de clase deduje que el posible afectado no estaría en mi aula por lo que suspiré aliviada al verme liberada de una tarea... Dejé de pensar en ello y, al igual que la mayoría de la clase, me encaminé al comedor. Ese día tendría que comer bien pues me tocaba patrullar por la tarde.

    Cuando llegué fui hacia la mesa que compartía con alumnos de segundo curso para ejercer mis funciones de “jefa de mesa” (los alumnos de cursos superiores se encargaban de echar la comida a los de cursos inferiores) y, tras servir la comida a todos los chicos, me serví y comencé comer mientras observaba el bullicio de la sala. Decenas de voces y gritos se entremezclaban mientras unos cuantos profesores trataban de hacer que los niños más rebeldes se comieran las lentejas que eran el primer plato y yo me reí al ver lo frustrante de la tarea... cuando era pequeña a mí también me llamaban la atención para que me comiera la naranja del postre pero ni con toda su paciencia los profesores me pudieron obligar a comer esa fruta.

    Seguí observando a la vez que comía y vi a mis compañeros de cargo: Federico siempre había tenido buenas tragaderas, algo que demostraba en ese preciso momento mas, lo que ahora me extrañaba es que Lua estaba a la par: La chica, anteriormente alguien que parecía estar medio a régimen, comía como una lima. Pero, lo cierto, es que en parte la comprendía: Desde que comenzáramos con este cargo habíamos hecho mucho más ejercicio de lo normal por lo que comer menos sería poco recomendable. Cierto era también que nuestro tono físico, en comparación con el de otros alumnos, se había desarrollado más que el de la mayoría (yo ya empezaba a notar que tenía músculo en las piernas después de mis carreras contra los esquivos aliens).

    “En fin, algo bueno tenía que salir de esto...” me dije mientras veía llegar el segundo plato.

    Serví, comí, llegó el postre... el cual Lua no tardó ni dos minutos en acabar. Así pues, mi compañera terminó y, al ver que los chicos de su mesa no le daban problemas, se encaminó hacia la salida para tomar un poco el aire en las dos horas de recreo que seguían... Mas, una vez salió, se escucharon varios gritos, el sonido del disparo de las opciones del Girasol de Lua y el timbre de mi comunicador.

    —¡Eh! ¡Vosotros! –llamó Lua desde el otro lado. –Necesito un poquito de ayuda...

    Dejé mi yogur a medio acabar sobre la mesa y fui a toda prisa hacia el lugar del ataque junto a Federico. Una vez en el pasillo, nos encontramos con Lua que sostenía a cuatro dobis con un solo hilo de Girasol.

    —¡Vamos, vamos! –exigió nada más me vio llegar. –Esto se me está complicando un poquitín...

    Aunque sorprendida por la habilidad que había mostrado Lua al atrapar a tantos aliens de un sólo disparo, me puse al trabajo de inmediato y cogí dos de esos pequeños aliens (por suerte, rara vez mordían y menos cuando eran amigables como aparentaban ser estos).

    —¿Os encargáis vosotros de ellos? –pidió ella cuando pudo liberar el hilo de su Girasol el cual volvió rápidamente. –Cuando me crucé con estos estaba dispuesta a hacer cosas “que vosotros no podéis hacer por mí” –dijo con una jocosa sonrisa señalando el baño.

    —No veo problema... –dije sacando el comunicador para contactar con la profesora Amelia para informarle de las capturas. Pero, justo cuando mi profesora se puso, me pareció notar como algo se movía ligeramente dentro de uno de los bolsillos de Lua.

    —¿Qué pasa? –preguntó Amelia con tono algo molesto, probablemente por haberla interrumpido durante la comida.

    Al instante me olvidé de lo que había creído ver e informé a mi responsable de lo que tenía entre manos, la cual me dijo, algo más comedida, que los lleváramos al Aula de Contramedidas.

    Así pues, con los dobis revolviéndose en nuestras manos, subimos un piso, abrimos la puerta y los fuimos a meter en sus jaulas.

    Pero, desgraciadamente, justo cuando iba a meter al último, éste se apoyó en mi mano aprovechando que había soltado la presa y pegó un salto para huir de mí y de la sala. Su salto fue demasiado potente y mal dirigido por lo que salió disparado hacia el techo, lugar en el que rebotó y volvió algo confundido hacia mí que, bastante descolocada, me disponía a recogerlo. Pero, oh casualidad, no cayó en mis manos sino que cayó justo en mi hombro, lugar desde el cual, el dobi decidió huir... por dentro de mi camiseta.

    Así sin comerlo ni beberlo, tenía a un dobi paseándose por todo mi cuerpo mientras yo trataba de agarrarlo al tiempo que contenía unas irresistibles ganas de reír por culpa de las cosquillas que me causaba.

    —¡Podríais ayudar un poco! –grité a mí compañero el cual se estaba partiendo de risa por la escena que estaba montando y a mi Girasol que se mantenía pasivo mientras trataba de pensar alguna manera de ayudarme.

    El dobi se paseó por mi espalda, mi abdomen, mi pecho, por debajo de mis brazos e, incluso, intentó hacer un pequeño viaje por dentro de mis mallas pero, tras más de un minuto de guerra, logré agarrar al pequeño alien y lo metí bruscamente dentro de la jaula.

    —¡Lo que se ha perdido Lua! –exclamó Federico sin dejar de reír.

    —Menos risas y ayúdame un poco –dije mientras me secaba las lágrimas que me habían causado las cosquillas e iba hacia el botiquín. –Ese pequeñajo me ha arañado... –dije señalándome un cortecillo sangrante en el costado.

    Dicho y hecho, mi compañero ayudó con las primeras curas para que luego fuera la misma profesora, que llegó a los pocos segundos, quien se encargara de ello.



    Después de terminar mi patrulla esa tarde, entre los picores que me causaban las vendas y tiritas, sencillamente fui al vestuario del gimnasio a cambiarme, algo cansada a pesar de no haberme encontrado con ningún alien. Una vez allí me encontré con Federico saliendo del vestuario de chicos con su ropa normal y su Girasol sobre la cabeza pero me extrañó no ver a Lua (siempre era la primera en llegar a clase y la primera en marcharse).

    —¿Lua ya se ha ido? –pregunté a mi compañero.

    —Fue a entregar algo a la profesora –respondió él. –No lo vi bien pero creo que era otro cadáver de dobi comido hasta los huesos –dijo con cara de asco.

    —Y al final, qué, ¿estaba en tu clase el hambriento?

    —No. Los hay muy delgaduchos en mi clase pero nadie de por allí parece que tenga ganas de comerse a un alien crudo. Si dices eso es porque en tu clase tampoco estaba, ¿no?

    —En mi clase los hay más bien gorditos pero no, ninguno parece haber perdido reservas con todo esto del parásito ese –contesté con una sonrisa. –En fin, hasta mañana pues –dije entrando en mi vestuario.

    Mientras escuchaba marcharse a Federico, Girasol se fue de mi cabeza y me pude quitar mi holgada camiseta de Encargada tras lo cual empecé a cambiarme... pero todo el rato sin poder evitar dejar de rascarme: Esos arañazos eran realmente molestos... bueno, ¿para qué quejarse? La única defensa de los dobis era precisamente escupir una especie de saliva urticante. Ya me había limpiado sus babas y ahora sólo tendría que esperar a que se me pasara...

    ¿Esperar? ¡Y un huevo!

    ¡Me empecé a rascar casi sin control! Por mucho que la profesora Amelia me dijera que los efectos de la saliva de dobi fueran muy temporales, el picor me estaba volviendo loca. Me rasqué y rasqué hasta que me abrí parte de mis pequeños arañazos pero no fue hasta que Girasol se posó sobre mi piel que pude tranquilizarme un poco: Sus patas eran pegajosas, por lo tanto estaban ligeramente humedecidas y frescas lo cual me aliviaba un poco esa salvaje picazón.

    Mientras dejaba que Girasol se encargara amablemente de aliviar mis partes más afectadas, yo me senté y le dejé hacer, permitiéndole que se alimentara mientras tanto. Así sentada, escuché como había alguien jugando a algo en medio del gimnasio pero no pude ver nada. El sonido se me presentaba mucho más difuso de lo que solía ser en ese lugar mas no me extrañó pues el eco dentro de esa sala también era muy reverberante.

    Pasado un rato, Lua apareció y comenzó a cambiarse con algo de prisa.

    —¡Buenas! –dijo dejando una pequeña cajita al lado de su taquilla mientras se cambiaba a toda velocidad. –¿Qué estás haciendo?

    —Sobrellevando los efectos secundarios de tener a un dobi debajo de la camiseta... –Lua me rió el chiste mientras doblaba torpe pero rápidamente su camiseta. –Oye, ¿qué es esa caja?

    —Dentro está el cráneo del dobi que encontré hoy en un pasillo al salir de clase –dijo sin interrumpirse lo más mínimo. –Sólo es un pedazo de hueso pero tuve que informar de él. De todas maneras, le pedí a la profesora que me permitiera quedarme con él.

    —¿Cómo?

    —Como recuerdo. Bien mirados, los esos cráneos pueden ser muy bonitos como colgante...

    —Vaya gustos más raros que tienes...

    —Me gustaría quedarme a discutir contigo sobre el asunto, de veras –dijo mientras se ponía sus zapatos los cuales ató con un nudo muy sencillo –pero tengo un poco de prisa. ¡Nos vemos! –dijo al tiempo que su Girasol saltaba sobre ella para que no le dejara atrás.

    —Vaya prisas... –comentó mi Girasol. –Antes no tenía tanta prisa por llegar a ninguna parte...

    Ignoré el comentario y sencillamente disfruté del contacto de Girasol. Odiaba el picor pero adoraba el alivio que se notaba al dejar de sentirlo. Una vez terminó Girasol de alimentarse, yo ya me encontraba mucho más cómoda por lo que pude seguir cambiándome. Al terminar salí del vestuario mientras seguía escuchando el alboroto que causaban los que estaban jugando y, apoyada en la puerta, vi que había un nutrido grupo allá dentro... más de treinta alumnos y un par de profesores. Los primeros jugaban animadamente un partidito de fútbol mientras los otros les observaran como si aún continuaran en clase.

    —¿Qué está mirando? –preguntó Girasol como si estuviera extrañado.

    —¿Cómo que qué estoy mirando? El partido –dije señalando lo que veía delante de mí.

    Noté como el cuello de Girasol se alargaba notablemente como para querer mirar algo que no era capaz de ver y al cabo de un rato preguntó:

    —¿De qué está hablando?

    —¿Es que no ves lo que...? –no pude terminar la pregunta pues, de repente, el balón salió disparado hacia mi cara por la potente patada de uno de los chicos. Cerré los ojos y me cubrí de inmediato y esperé a que llegara el balón... y esperé... y seguí esperando casi diez segundos sin que notara nada.

    —¿Qué está haciendo? –preguntó más extrañado aún Girasol.

    Algo extrañada, me descubrí y observé lo que ahora había a mi alrededor...

    —¿¡Dónde están todos!? –exclamé nada más abrí los ojos: No había absolutamente nadie en esa gran sala. Los ruidos, las voces, las personas... ni siquiera el balón que se supone que debería haber chocado contra mí estaban allí...

    —¡Pero si llevamos un buen rato solos! ¡Lua ha sido la última en estar aquí! –me asustó lo que dijo Girasol y de inmediato él me cubrió con sus largas patas para tratar de darme aunque fuera un poco de sensación de seguridad. –¿Qué le ha pasado, señorita Sandra? Cuéntemelo...

    —No... ¡no pasa nada! –exclamé indicándole que recogiera sus planas patas. “¿Fantasmas?” me pregunté incrédula pero muy asustada mientras corría a la puerta. Mi sentido común me decía que eso no podría ser pero... ¡todo lo que vi fue tan real!

    No tardé en alcanzar la puerta y, nada más tocarla, me quedé paralizada de miedo: Las voces... los gritos... el sonido de rápidas carreras por ese suelo... sabía que debía salir cuanto antes pero aún así me giré... y allí estaban: Más de treinta personas y dos profesores...

    No me contuve y salí corriendo a toda velocidad llorando de puro miedo...
     
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    JeshuaMorbus

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    Título:
    [Alien 9] Parásito (Completa)
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    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    17
     
    Palabras:
    5513
    Capítulo 3: Pasado


    —Su madre le llama a cenar, señorita Sandra –indicó Girasol.

    —...dile que no tengo hambre... –contesté sin moverme de la esquina de mi habitación, lugar donde trataba de encogerme al máximo.

    Girasol me miró raro y se quedó observándome un rato tratando de entender lo que me pasaba. Y, la verdad, sería un alivio para mí que me dijera qué demonios me estaba pasando...

    Desde que viera a esos fantasmas del gimnasio, a cada paso que daba, cada vez que me sentaba o me paraba a descansar sobre cualquier superficie, de repente surgían espectros de todas partes. ¡Ni siquiera ahora que se suponía que estaba en mi casa! De todas maneras, fantasmas no creía que fueran: Muchos de los que estaban en el gimnasio, profesores incluidos, ya los había visto yo muchas veces, aparte de que aquí en casa veía “espectros” de mis padres paseándose por casa.... Entonces, si no eran fantasmas, ¿¡por qué tenía estas visiones!?

    Girasol, probablemente muy preocupado, usó su escaso peso para cerrar la puerta de mi habitación y se acercó a mí.

    —Señorita Sandra... –dijo, –¿le importaría decirme si hay algo en lo que pueda ayudarle? No me gusta verla llorar de esa manera...

    Se subió por mis rodillas y desde allí pasó a mi hombro derecho. No era capaz de verlo directamente a los ojos pero sabía que me estaba observando.

    —Tú... ¿tú no los viste? –pregunté al fin.

    —No. Yo no recuerdo haber visto nada que pareciera digno de ser temido –contestó con ese tono tan ambiguamente educado (al menos no me negaba que yo hubiera visto algo).

    —Yo... recuerdo haber visto que el gimnasio estaba lleno... había personas por todas partes –traté de controlarme lo más posible pero lágrimas afloraron por mis ojos. –¡Ese lugar estaba lleno de gente!

    Tales eran mis nervios que volví a sentir el picor que me llevaba atenazando desde que volviera así que volví a rascarme salvajemente en mis brazos, más que por quitarme el picor, para alejar mi miedo.

    —Sandra –dijo Girasol cambiando el registro que siempre había usado conmigo, –tal vez yo no sea capaz de ver qué es lo que tanto te da miedo pero, recuerda para qué estoy aquí: Soy y siempre seré tu protector. Detendré cualquier cosa que te amenace aunque ello me cueste la vida... pero a cambio de ello, por favor, no tengas miedo.

    Algo aliviada por sus palabras de ánimo, alargué mi mano hacia él para darle una palmadita pero...


    —Buenos días, ¿Sandra Álvarez? –preguntó Amelia mirando uno de sus papeles.


    —Buenos días –saludó Sandra... ¿saludé?



    Inmediatamente separé mi mano de la cabecita de Girasol y lo miré asustado. ¿Qué era eso que había visto? Había contemplado el Aula de Contramedidas nada más poner mi mano sobre Girasol... y me había visto a mí misma.

    Un momento... ¿desde dónde lo había visto todo? ...lo vi desde un lugar alejado de la puerta, cercano a la ventana... me vi entrando en ese aula y cómo la profesora me saludaba como si no me conociera de antes... y esa ropa que llevaba me sonaba... ¡Espera un momento! Eso era...

    Me miré la mano derecha entre espantada y maravillada y, tras dejar a un algo confuso Girasol en el suelo, fui hacia una de las estanterías de mi habitación. Por allí busqué alguna cosa que tal vez pudiera tener algo de importancia para mí o con algo de significado... me fijé en una vieja moneda de cien liras que mi padre me trajo de Italia hacía años y alargué mi mano derecha para tocarla con el dedo índice... pero no pasó nada. No cejé en mi experimento y la toqué con el dedo corazón. Entonces...


    —¡Mira! ¡Un recuerdito de Italia! –dijo mi padre pasándome una monedita.


    —¡Guau! –exclamé entusiasmada. –¡Cien liras...! ¿Y cuánto vale esto? –pregunté al ver el mal estado de la monedilla.


    —¡Ni un céntimo! –contestó mi padre riendo sonoramente.



    Y separé mi dedo de la moneda...

    —¿Qué pasa? –preguntó Girasol. –Pareces más contenta.

    —Sí... –respondí comedidamente pero sin poder evitar sonreír de alivio. –Creo que ya entiendo qué es lo que veo... por alguna extraña razón, soy capaz de ver el pasado de las cosas...

    No hacía falta ser muy inteligente para notar que la mirada de Girasol denotaba un gran escepticismo.

    —No me mires así –dije algo más animada. –Hace un rato, cuando te di una palmada en la cabeza, rememoré la primera vez que nos vimos pero desde tu punto de vista... fue extraño pero curioso... Creo que lo que pasó en el gimnasio fue producto de haber estado tocando cosas del mismo lugar –dije mirándome el dedo corazón, el cual estaba levemente enrojecido al igual que mis dedos anular y meñique, probablemente por haberme rascado tanto. –No comprendo cómo me ha pasado, no sé cómo lo consigo ni por qué me ha pasado así de repente pero al menos ahora sé lo que veo... ¡Si hubieras visto! ¡Llegué a pensar que todo lo que veía eran fantasmas!

    Girasol, viéndome más animada, rió conmigo y se subió a su cojín.

    —Pues, como veo que está más aliviada –dijo volviendo a su tono más educado –hágame el favor de ir a cenar. Su señora madre está comenzando a perder la paciencia –dicho lo cual, se dispuso a dormir.



    Al día siguiente, mientras mi autobús subía la cuesta hacia el colegio, me ajusté bien el guante. Todo esto de las visiones, sí, era curioso pero, se mirara por donde se mirara, era realmente molesto: El no tener ni idea de cómo controlar este extraño don hacía que, cada vez que tocaba cualquier cosa, rememorara su historia desde el principio y, teniendo en cuenta esto, no podía ni dormir. Por ello, cuando pude, busqué por casa un guante, me aislé el dedo corazón con una gasa estéril y me puse el guante encima. A pesar de que no era un aislante muy bueno (aún tenía visiones del proceso de fabricación de esa gasa), lo que era capaz de percibir se reducía sólo a la gasa y al guante y, con el tiempo, se redujo la potencia de las mismas.

    —¿Qué haces ya con guantes? –preguntó Lua desde el asiento que estaba detrás mío. –No hace tanto frío.

    —Es que soy un poco friolera... –respondí como excusa. –Aunque viendo lo que hay, me parece que de nada sirve quejarme: Frío voy a tener hoy para dar y tomar –dije señalando una nave espacial caída justo en medio del prado que estaba frente al colegio.

    Ése era un ¿aparato? gigantesco que parecía que acababa de caer esa misma noche. Era una nave de color pardo muy oscuro y sobre su superficie se veían una especie de flores, las salidas de la misma. Y, encima de todo ese enorme vehículo, se veía el arcaico paracaídas que había frenado la caída de la nave, tirado de mala manera sobre el césped quizá por haber soportado una caída demasiado violenta.

    —¡Bien! –exclamó alegremente Federico justo a mi lado. –¡Que te den, Naves! ¡Tengo trabajo!

    Cuando llegamos a la puerta del complejo, el autobús y se nos indicó que debíamos bajar. Justo al lado de la verja estaban esperándonos profesores que velarían por la seguridad de los demás niños, mientras que a su lado estaba la profesora Amelia esperándonos a nosotros.

    —Id a cambiaros –dijo nada más estuvimos a su lado. –Hay problemas.

    Sin decir ni una palabra más, nos señaló el gimnasio y se quedó vigilando el periplo de los demás alumnos.



    —¿Qué te ha pasado en la espalda? –preguntó Lua nada más verme quitarme la camisa. –¡La tienes toda roja!

    —Ya te lo dije ayer –respondí: –La saliva de dobi pica mucho. Por suerte, ahora sólo tengo que esperar a que me desaparezcan los cardenales.

    —Hasta que no se puso algo de pomada sobre las heridas no pudo dejar de rascarse –añadió mi Girasol. –Tal vez sea cosa de que también es alérgica, no lo sé.

    —Cambiando de tema –dije mientras me ponía la camiseta, –¿qué fue eso que hizo que salieras por piernas ayer? Jamás te había visto con tanta prisa.

    —Tenía que dar de comer a su mascota –respondió su Girasol por ella mientras se ponía los patines.

    —No sabía que tuvieras una mascota... ¿Qué es? ¿Un periquito? ¿Un canario? ¿Un loro? ¿Tal vez un azor?

    —Una serpiente –respondió ella ganándose mi escepticismo. –Se llama Naga y, aunque esté un poco lejos de mis gustos habituales, es una dama muy elegante: Piel más negra que blanca, tamaño mediano y, sobre todo, no es venenosa. Una escaligüerza de lo más mona.

    —Conociéndote como te conozco, pensaba que tendrías toda una colección de aves en casa...

    —A mis padres les molesta muchísimo el ruido que provocan... –dijo dirigiéndose a la salida para esperarme mientras acababa de vestirme. –Ni siquiera les gusta ir a una pajarería por los chirridos de los loros...

    —Pero una serpiente... –repliqué levantándome.

    —Mientras no haga ruido y no les moleste, a ellos les da igual. Y dentro de su pecera lo único que hace es mover la lengua... Quisiera tener la casa llena de pájaros, no lo dudes, pero de momento esto es lo más que puedo tener.

    —La opinión generalizada piensa que una chica de apenas doce años no debería cuidar de reptiles en su casa –comenté con un deje cómico.

    —Esto... ¿por qué te pones el mitón encima del guante? –preguntó señalándome mi mano derecha.

    —Ayer me corté en un dedo y preferiría que no se me infectase la herida –respondí disimuladamente. “Si le dijera la verdad a saber lo que pensaría de mí...”

    Marché con ella hacia la casa de la profesora Amelia, lugar donde ya nos estaban esperando tanto ella como Federico.

    —Buenos días a los tres –saludó ella. –Como habéis visto ha caído una nueva nave espacial.

    —Nada realmente especial, la verdad –suspiró Lua. –Como esta caen siete por mes...

    —¿No habéis notado nada especial en ella, entonces? –dijo Amelia señalando la nave.

    Nos giramos hacia ella y la observamos detenidamente...

    —Salvo por lo de esas flores que están por todas partes, no tiene nada de especial –comentó Federico.

    —Esas flores son el problema. Generalmente, una nave de estas características no pasa de tener adosadas una o dos flores. Que haya más quiere decir que junto a la carga habitual han llegado polizones. Y teniendo en cuenta que no hubo ningún testigo, no tengo ni idea de qué pudo haber llegado...

    —¿Estaba durmiendo a pierna suelta? –preguntó Lua algo cómica.

    —Desde luego –respondió Amelia como si tal cosa. –La cuestión está en que al no saber qué diantre pudiera haber allá dentro, podría ocurrir cualquier cosa: Podrían haber sido tres familias de dezumontos o siete trípodos... no lo sé. Por el bien de todos, sería mejor que encontrarais a todos los aliens que pudieran quedar en la escuela.

    —Alguno que se haya quedado con hambre, ¿no? –preguntó Lua. –Ya sabemos donde buscar... –dijo disponiéndose a marchar.

    —Me parece que estás un poco impertinente hoy –dijo cogiéndola de la camiseta. –No vayas tan fresca: Los aliens que han llegado pueden ser muy peligrosos. Recordad que los Girasoles son sólo una defensa, no una barrera infalible. Si tenéis algún problema, por pequeño que sea, llamad a vuestros compañeros o llamadme a mí si las cosas se os tuercen demasiado, ¿de acuerdo?

    Los tres asentimos y nos dirigimos a la nave para tratar de encontrar pistas que nos llevaran a conocer el paradero de los recién llegados.

    Una vez allí, una hacendosa Lua se pidió voluntaria para investigar el interior de la nave así que, aupada por Federico, miró dentro de todas las flores que estaban a su altura. Sin embargo, tras varias comprobaciones, sólo pudimos ver la cantidad de líquidos que habían dejado tras de sí los recién llegados.

    —Hum... ésta flor aún está ligeramente caliente –comentó Lua mientras tocaba una de las flores. –El que hubiera salido de aquí no debería estar demasiado lejos –dijo posándose en el suelo, tras lo cual pasó la mano por la hierba. –desgraciadamente, el césped está mojado. No podemos seguirle la pista.

    —¿Entonces lo típico? –preguntó Federico.

    —Tendremos que separarnos –dijo Lua.



    Después de echárnoslo a suertes, nos separamos por diferentes zonas: A mí me tocó el edificio principal, a Federico el gimnasio y a Lua el patio.

    Paseaba tranquila observando detenidamente hasta la última esquina de los pasillos del piso superior mientras escuchaba, difusa, la voz de los profesores dando clase, todas ellas con un cierto deje de temor...

    Al escuchar sus palabras nerviosas, me acordé de mi propio miedo cuando ocurría un ataque de estas características... cuando iba a párvulos, no me enteraba de lo que pasaba porque nuestras profesoras no nos explicaban nada. Luego, pasé a primero y empecé a sentir miedo cada vez que esos extraterrestres golpeaban las puertas a pesar de las protecciones; en segundo, igual; tercero, lo pasé con más hastío que miedo pero sin perderles el respeto; pasé a cuarto y dejé de pensar que fueran una auténtica amenaza cada vez que escuchaba a los encargados ocuparse de los aliens; llegué a quinto y sencillamente fue como si ya no existieran para mí...

    Y sexto: Encargada de Contramedidas por pura y simple ignorancia.

    “Recemos para que no sea otro toro boxeador” me dije con algo de temor.

    Pasé un buen rato andando por esos pasillos desiertos sin recibir ni una sola noticia de mis compañeros. ¿Los aliens habrían huido hacia el monte? Estaba segura de que lo que me habría respondido Amelia en este momento sería “no, no pueden haberse alejado demasiado”. Siempre negaba la posibilidad de que se hubieran marchado.

    ¿Por qué?

    No tenía ni idea. Tal vez fuera por la misma razón que alegó Lua: Tenían hambre y se quedaban para asaltar la cocina de la escuela.

    Me encogí de hombros y comencé a bajar las escaleras para volver al piso inferior y volver a revisar bien el lugar mencionado. Sin embargo, nada más poner el pie justo al lado de la puerta de la sala de profesores que se encontraba en la planta baja, escuché un traqueteo venir del pasillo que llevaba a la biblioteca...

    No era mi lugar favorito: Siempre permanecía medio a oscuras aún a pesar de la luz que venía del pequeño patio interior que se encontraba justo a la izquierda entrando hacia él. De camino hacia la puerta del fondo, se encontraban dos aulas a mi derecha, las de segundo curso, y a través de las ventanas de la izquierda, se podían ver el comedor. Precisamente por esto mismo no soportaba este lugar: Había muchos aliens escaladores o voladores y los que lograban pasar al patio interior desde arriba, podían introducirse casi a placer por las ventanas del patio interior. Si a todo ello le sumábamos el hecho de que en ese pasillo no durara sana una bombilla ni durante tres días, era un problema para mí.

    No me amedrenté y me dirigí con paso seguro hacia el final del pasillo para tratar de descubrir cuál era el origen del sonido. Sin embargo, cuando vi que la puerta de la biblioteca se abría con un profundo gemido de sus bisagras sentí un potente escalofrío que Girasol sintió como suyo: Éste expandió sus largas y planas patas y al poco me cubrió con una capa protectora que me hizo recuperar un poco de confianza.

    Seguí avanzando temerosa y observando hasta el más mínimo movimiento que pudiera percibir en esa oscura penumbra y no tardé en llegar a la puerta. Antes de cruzar el umbral que me llevaría a la biblioteca, también en penumbra porque tenía las cortinas echadas, cogí mi comunicador y preparé los dedos para hacer una llamada inmediata por si las moscas.

    Así preparada, me puse contra la pared y le señalé a Girasol que se preparara: Abrió la cabeza, y sacó una de sus opciones, no volando sino caminando con sus atrofiadas patas. El diminuto insectillo reptó por la pared y giró la esquina para comprobar el terreno con su gran ojo.

    —Hay algo... –susurró con una voz casi imperceptible. –Es muy pequeño pero parece que se ha dado cuenta de que estamos aquí.

    Asentí y le señalé a Girasol que extendiera un poco más sus patas por mi espalda, para protegerme rápidamente en caso de un ataque. Mientras lo hacía, me metí el comunicador en su funda y quité el seguro de la pistola de dardos. Una vez hecho, Girasol preparó las otras cinco opciones para inmovilizar al objetivo y me dispuse.

    Casi sin pensar, giré la esquina que daba a la biblioteca y ordené lanzar las seis opciones al mismo tiempo contra la criatura que estaba debajo de una de las mesas.

    El ataque, por desgracia, falló: El alien, cuya figura apenas se percibía a través de la oscuridad reinante, pegó un largo salto hacia atrás con sus extrañas patas (serían unas diez, todas muy cortas y puntiagudas), las clavó en la pared para trepar y se dispuso en mejor posición, ahora que las opciones se encontraban debajo de la mesa (Girasol sería un hacha apuntando pero recoger los hilos le llevaba algo de tiempo). En la pared, esa criatura clavó profundamente dos de sus patas y al segundo, tres de sus patitas se alargaron monstruosamente y, como si fueran largas flechas, trató de clavármelas. Inmediatamente me giré y dejé que las patas traseras de Girasol absorbieran el ataque, el cual se detuvo eficazmente. El alien no cejó en su intento y me lanzó sus otras cinco patas disponibles mientras seguía desplazándose hacia el techo.

    Yo, acostumbrada ya a la oscuridad, pude percibir el cuerpo principal del enemigo al que me enfrentaba: Tenía una forma muy achatada, tanto como el cuerpo de Girasol pero en lugar de patas planas, parecía que tenía dos alas blancas de gran tamaño que, a cada segundo que pasaba, se hacían más y más grandes surgiendo más patas desde su interior.

    Girasol detuvo los cinco ataques extendiendo las patas que se encontraban justo en mi frente y pudo iniciar un contra—ataque: Con los hilos algo holgados aún, las opciones se lanzaron contra todas las patas de ese alien que pudieron y las liaron con sus nervios. Así pues, al rato, ocho de las cada vez más patas de ese alien, quedaron inmovilizadas entre los hilos y yo tuve una oportunidad: Apunté calmadamente con mi pistola y disparé dos dardos, los cuales lograron impactar en la criatura, la cual cayó pesadamente al segundo.

    Cuando vi que tanto el cuerpo principal como las largas patas del bicho ese ya estaban relajados, pude volver a respirar normalmente.

    —¿Se encuentra bien? –preguntó Girasol.

    —No... sabes que no... –contesté mientras sentía que mi corazón latía fuertemente... siempre había sido así: Nunca tenía miedo “mientras” capturaba a los aliens, sólo después era cuando me permitía a mí misma darme cuenta de qué era lo que había hecho realmente. Y ahora que veía las armas de la criatura que acababa de abatir, un escalofrío me recorrió el cuerpo entero: No eran patas, eran taladros...



    —Cinco Drills... –comentó Amelia. –Cuatro de raza Gradius y uno de raza Borg... me habéis sorprendido mucho, chicos –dijo mucho más animada que de costumbre.

    Encima de la mesa del aula de Contramedidas había cinco peceras, una de ellas con el Borg que yo había capturado, y las otras cuatro, con unos aliens de forma bastante menos elegante que el primero, mucho más gordos, sin alas y con una boca enorme, la cual mostraba una enorme cantidad de taladros en su interior. Todos ellos se encontraban bien dormidos.

    —¿A qué se refiere? –preguntó Lua, dándose aires de grandeza al haber sido capaz de capturar tres de los aliens ella sola.

    —Los Borgs y los Girasoles son enemigos naturales. En teoría tienen capacidades muy equilibradas, a pesar de que los Girasoles les llevan cierta ventaja. Como son salvajes, su habilidad de combate es mucho más agresiva de lo normal por lo que me extraña que hayáis sido capaces de salir bien parados de vuestros respectivos combates, sobre todo tú, Sandra.

    —¿Yo? –pregunté sorprendida. –No fue para tanto...

    —No te hagas la modesta –dijo Amelia esbozando una sonrisa en su casi siempre imperturbable cara. –Los Borgs son la casta superior de los Drills: Son los más poderosos de cuantos Drills pueda haber, tanto en ataque como en defensa. Parece que tu pensamiento frío y estratégico ha logrado vencer su potente ofensiva... aunque no por ello quitémosle mérito a Lua: ¡Tres a la vez y en emboscada! Los Gradius son bastante flojos cuando no están unidos con otro ser pero en grupo ya son otro cantar.

    —¿Unidos? –preguntó Federico.

    —Sí, son aliens parasitarios. Alteran la psique de sus anfitriones haciéndoles pensar que son simbioides y al final les roban su memoria y casi toda su voluntad. Siempre que veáis un Drill, sea donde sea, capturadlo como sea y, si no tenéis opción, matadlos. Dentro de lo que son los aliens, estos resultan ser de los más peligrosos.

    —¿Y qué pasó con lo de “matar es malo para la educación de los aliens”? –preguntó Lua mientras salía para volver a clase cuanto antes, evidentemente sin querer oír la respuesta.

    Amelia no respondió y sencillamente nos indicó con un gesto severo que volviéramos a nuestras aulas.

    —¿No te parece increíble? –preguntó Federico justo antes de entrar en su aula. –Lua, que antes no daba un palo al agua ahora es incluso mejor que yo...

    —Si quieres halagarla, díselo a ella, no a mí –dije sin interrumpir mi camino. –A menos, claro está, que no te guste que te supere.

    —Lo siento... la verdad es que tú también...

    —No te quites méritos, anda –sugerí ya delante de la puerta de mi aula. –Desde que ella se puso de verdad al trabajo, yo me he convertido en la peor de los tres... aunque, qué más da: Haciéndolo bien o haciéndolo mal, conseguimos hacer lo que se nos ha dicho que debemos hacer –dije abriendo la puerta de mi aula.

    —Aunque no sepamos lo que realmente hacemos.

    —¿Qué has dicho? –pregunté algo extrañada por lo que oí.

    —¿Cómo? –preguntó Federico con un pie en su aula. –No te he respondido.

    —...deben de haber sido imaginaciones mías... –dije entrando en mi aula aunque sin quitarme esa frase de la cabeza...



    Durante lo que quedaba de clase, no tuve más remedio que quitarme el guante pues me molestaba mucho a la hora de escribir así que durante el resto del tiempo tuve que escribir sólo con la protección de la gasa. Así, salvo algún desliz ocasional que me hacía revivir las vivencias de mi bolígrafo, pasé la clase sin ninguna novedad.

    Tras cumplir con mis obligaciones docentes, salí de clase y me dirigí al depósito: Hoy me tocaba a mí dar de comer a los aliens. Suspiré algo cansada y hastiada pero no me negué mí misma este último deber así que me dirigí con paso rápido hacia allá.

    —¿Vas al depósito? –me preguntó Federico asaltándome en el pasillo. –¿Quieres que te ayude?

    Me sorprendió la invitación de mi compañero de tareas pero no me negué, así que al cabo de un rato estábamos detrás de la casa de la profesora Amelia, entrando por ese portón para bajar a esa oscura sala donde montones de aliens chirriaban como cada vez que nos acercábamos.

    Mientras bajábamos en el montacargas, pregunté a Federico:

    —¿A qué viene este interés por ayudarme? Que yo sepa esta es la tarea que menos te gusta hacer.

    —¡No, no! ¡Recoger las cagarrutas de todos los invitados de este gran hotel es lo que menos me gusta! –respondió riendo pero volviendo al instante a la expresión seria que mantuvo durante el camino. –Creo que ya he encontrado al alumno que tiene al alien parásito...

    —¿Entonces por qué no se lo has contado a la profesora? –pregunté sorprendida.

    —Sólo es una sospecha y aún así... no sé si debería decirlo sin su permiso...

    El montacargas llegó abajo pero no salimos de él.

    —¡No digas tonterías! ¡Ese alien es peligroso! –exclamé. –¡No importa lo que diga ese tipo! ¡Tendrías que haberle avisado del peligro! ¡Llevarle ante la profesora! ¡Obligarle a...!

    —Es que no hacía falta que le avisara de nada –interrumpió él muy inseguro: –Creo que la que tiene el parásito es Lua.

    Me sobresalté al escuchar el nombre de mi compañera y, según parece, mi Girasol también.

    —¡No digas tonterías! –exclamamos los dos al mismo tiempo.

    —¡Ella no es tan estúpida como para querer llevar esa bomba de relojería dentro! –continué yo. –Además, no parece que tenga ninguno de los síntomas que mencionó la profesora.

    —¿Y no imaginas por qué? –preguntó Federico saliendo del montacargas para comenzar con el trabajo. –Está aprovechando su posición de Encargada de Contramedidas no para capturar a los aliens sino para cazarlos y alimentar al parásito con ellos...

    —¡Bah! ¡Eso es estúpido! ¿¡En qué te basas para decir esas parrafadas!?

    —Entiendo que no te creas nada pero...

    —Vimos cómo acabó con aquellos tres Gradius –continuó el Girasol de Federico con voz mucho menos nerviosa. –Nosotros acabábamos de capturar un Gradius que estaba en los alrededores de la casa de la profesora y nos dirigíamos de vuelta al Aula de Contramedidas. Pero por el camino escuchamos el sonido de los gorgoteos de esos bichejos en el costado contrario del gimnasio así que Federico fue hacia el lugar con rapidez.

    —Llegamos tarde... Lua ya se había encargado de esos tres. Pero cuando giré la esquina, no me fijé en cómo estaban los pobres aliens, no... vi a Lua llevándose uno de esos Gradius inconsciente a la boca. Cuando notó mi presencia trató de guardar las maneras pero yo ya la había visto...

    —¿Y por qué me cuentas esto a mí? –pregunté mientras cargaba el carrito con los diferentes sacos de comida.

    —Es que puede que me esté equivocando... y últimamente me da algo de miedo acercarme a Lua, la verdad. ¿No te da cierta sensación de inseguridad estar cerca de alguien que parece tan seguro de sí mismo?

    —¿Me estás pidiendo que lo haga yo? –Federico, sin dejar de mostrar su preocupación, asintió y comenzó a empujar el carrito para terminar cuanto antes.

    Yo le seguí y durante los casi treinta minutos que duró toda esta operación no nos dirigimos palabra alguna hasta que, una vez terminamos, esperó una respuesta mía.

    —Lo pospondré –respondí con decisión. –Si puedo consultárselo no podrá ser hasta mañana por la mañana. Si para entonces no me he decidido, tendrás una última oportunidad para preguntárselo tú mismo porque, si para entonces me he decidido que no pienso pedirle permiso, iré directamente a la profesora, ¿entendido?

    —Que te lo pensaras era lo único que te pedía –me dijo expresando su gratitud. –¿Volvemos? –dijo abriendo la puerta del montacargas.

    —No... aún me queda pasar un poco la escoba por aquí... –dije señalando el suelo cubierto de arena, tierra, restos de comida y briznas de hierba seca. –Bueno... no tengo por qué hacerlo pero creo que con esto al menos no volveremos a resbalar.

    —Muy bien. Hasta mañana.

    Así, viendo como mi compañero se marchaba, fui hacia el armario donde estaban los útiles de limpieza... aunque sólo para guardar las apariencias: Cuando sentí que Federico ya había cerrado la puerta, dejé la escoba a un lado y me dirigí a las jaulas donde estaban los Drills capturados esta mañana.

    Sus jaulas eran parecidas a las peceras en las que estuvieron encerrados esa mañana sólo que en este caso unos pequeños tubos les transmitían una cierta cantidad de monóxido de carbono para mantenerlos adormilados sin matarlos. En este momento no se encontraban en un estado muy belicoso, más bien todo lo contrario: Los Gradius dormitaban sin mostrar mucha actividad y el Borg me miraba con curiosidad aunque sin poder ocultar su mirada perdida.

    Tras comprobar el terreno de nuevo (esta vez para asegurarme de que no había ninguna cámara oculta), abrí la tapa de la jaula en silencio.

    —¿Qué está haciendo? –preguntó Girasol extrañado.

    —Intentar saber qué es lo que vio Federico –dije quitándome la gasa del dedo. –A lo mejor se lo inventó todo llevado por la primera impresión y, aunque tuviera razón, estoy segura de que Lua lo negaría todo. Así que voy a entrar en contacto con los únicos testigos fiables de esto –dije destacando mi dedo corazón sobre los demás.

    Girasol no dijo nada pero se puso a la defensiva frente a los Drills (aunque teniendo en cuenta lo torpes que estaban los aliens cautivos, sobraba).

    Tras comprobar cuál era el alien que había capturado Federico, llevé mi mano hacia uno de los otros tres.

    —Pero... –saltó Girasol de repente asustándome, –¿sabe usted controlar esto? Quiero decir... cada vez que toca cualquier cosa lo revive todo y no es capaz de ver cosas concretas... si esto le lleva demasiado tiempo podrían descubrirnos y...

    —De vigilar te ocupas tú, entonces –respondí. –Éstos no parece que vayan a darme problemas así que dame un golpe o algo para avisarme de que viene alguien para maquillar un poco todo esto.

    —Muy bien...

    Tras echar una ojeada más a mi alrededor, me volví a concentrar en mi tarea: Alargué mi mano hacia uno de los Gradius y lo toqué con el dedo corazón.

    E inmediatamente un mar de memorias difusas afloró en mi mente. Moví el dedo sobre la piel del Gradius y las imágenes se volvieron más confusas aún así que lo paré. Esperé un rato y las imágenes comenzaron a serenarse un poco pero aún así no me daban ninguna respuesta a mis preguntas: En completo desorden sentí cómo vivió el viaje en la nave espacial, como había sido traído a esta jaula, como rompía el cascarón, como daba sus primeros pasos en medio del negro paisaje de un oscuro bosque casi muerto, como paseaba por el patio de la escuela por la noche... instintivamente hice un pequeño giro de muñeca y la imagen se aclaró mucho, mostrando el paisaje ya de día, con las brumas matinales.

    En este punto me concentré mucho más y las imágenes que vi se volvieron especialmente claras: Los cuatro Gradius iban paseando por el techo del colegio comandados por el Borg. Cuando vieron a la profesora Amelia comprobar el terreno, el Borg indicó silenciosamente a sus compañeros que se disolvieran así que mi testigo fue con otros tres mientras los otros dos tomaban caminos diferentes.

    Giré un poco la muñeca de nuevo y la imagen volvió a acelerarse pero de inmediato volví a la posición inicial. Por suerte, la imagen se paró en la parte en la que los demás niños ya habían entrado en clase. Los tres emboscados permanecían encima del gimnasio en una zona en sombra mientras veían... verme a mí misma desde ese ángulo hizo que se me acelerara el corazón pero seguí observando pacientemente: Los Gradius vieron como salíamos y después nos dividíamos sin moverse de su posición discreta... Esperaron y esperaron hasta que vieron a uno de sus objetivos acercarse a su posición: Lua, que paseaba alegremente sobre sus patines, se acercó distraídamente hacia la posición de los Gradius. Mi testigo flexionó sus seis patas al igual que sus compañeros y cuando Lua pasó por debajo suyo, se lanzaron los tres al mismo tiempo contra su distraída presa... o al menos eso era lo que aparentaba: Nada más mi testigo se posó en el suelo, abrió su gran boca y de ella salieron sus más de veinte taladros al mismo tiempo... pero al segundo se dio cuenta de que frente a él no había nadie.

    “¡Muy lentos!” dijo Lua en voz baja justo a la espalda de mi testigo.

    Éste se dio la vuelta rápidamente para apuntar mejor a mi compañera pero...

    En ese momento sentí como Girasol me tiraba del pelo. Inmediatamente supe que era la señal de emergencia así que, de inmediato, aparté mi mano de la piel de ese Gradius y cerré la jaula, tras lo cual miré hacia el techo mientras iba en busca de la escoba para guardar las apariencias.

    Por suerte para mí, la profesora ni siquiera había abierto del todo la pesada puerta del depósito cuando acabé de coger la escoba así que, cuando entró, todo lo que pudo ver fue a una hacendosa alumna y encargada de contramedidas barriendo afanosamente el suelo.

    —¿Qué estás haciendo todavía aquí? –preguntó la profesora nada más verme a través del enrejado del suelo.

    —Barrer un poco esta porquería –respondí con la mejor de mis sonrisas para tratar de ocultar mis nervios... y para tratar de asumir lo que acababa de ver. –Aunque si quiere, puedo darle un poco a la escoba usted. ¿Gusta? –dije levantando la escoba en un movimiento lo más cómico posible.

    —Crítica recibida: Esto es un estercolero, ¿no? –dijo esbozando una leve sonrisa. –Anda, vete a casa que ya me encargo yo.

    Así pues, dejé la escoba a un lado y subí por las escaleras para dirigirme de inmediato al vestuario... pero sin dejar de pensar en lo que vi...
     
    Última edición: 14 Octubre 2018
  4. Threadmarks: Parásito - Capítulo 4
     
    JeshuaMorbus

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    [Alien 9] Parásito (Completa)
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    Ciencia Ficción
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    Capítulo 4: Naga


    Al día siguiente, con ojeras y más sueño que ánimo, me presenté la primera en la parada de autobús... en toda la noche no pude conciliar el sueño por culpa de lo que había visto al tocar a ese alien y ahora, que no tenía otra cosa en la cabeza, había salido cuanto antes para que al menos el aire fresco de la mañana me enfriara un poco mi acalorada cabeza (aunque tener a Girasol en la coronilla me solucionaba poco las cosas).

    Aunque por muy acalorada que estuviera, debería haberme lavado el pelo. Me picaba a horrores desde que volví de clase...

    Así, entre frío y picores (mala cosa era que cada vez que me rascara me encontrara con que tenía la mano enguantada), esperé hasta que Lua llegara, la cual no tardó en aparecer con su Girasol en la cabeza: Según parecía era cierto que decía de que siempre era de las primeras en llegar.

    —¡Vaya! ¡Sandra! –exclamó nada más verme. –¿Cómo tú por aquí a estas horas?

    —Tenía que verte –respondí secamente.

    —¡Oye, oye! –dijo con tono cómico. –No lo digas así que parece que eres de la acera de enfrente.

    —Pared oeste del gimnasio, tres Gradius te asaltaron y tú los capturaste, ¿no es así? –pregunté ignorando el comentario.

    —Sí, así es –respondió sin perder la sonrisa. –¿Pero a qué viene...?

    —¿Querías comértelos?

    —Oye tú, ¿a qué vienen esas preguntas? –preguntó preocupada. –Me estás asustando...

    —Ayer Federico me contó que te vio llevarte un Gradius a la boca, con intenciones de comértelo, según él.

    —Lo que él vio fue como intentaba vengarme de uno de ellos que me clavó uno de esos ridículos taladros en la pierna. Un mordisco por una mordedura es de lo más justo, ¿no?

    Hasta yo me había dado cuenta de que lo que había dicho sonaba demasiado forzado así que seguí atacando:

    —No. No fue así: Esa herida que tienes en la pierna es de un combate anterior que se te abrió en esa pelea. Pero tu herida no es lo que importa sino lo que yo vi: ¿Cómo lograste pegarte a la pared de esa manera?

    La expresión de aparente seguridad de Lua cayó al instante mostrando un miedo que no veía en sus ojos desde hacía semanas.

    —¿Qué es lo que sabes? –preguntó asustada.

    —Lo que recuerdo es haberte visto esquivar más de sesenta taladros de Gradius con un simple movimiento de pierna y que, aprovechando el impulso, saltaste y te pegaste a la pared del gimnasio con tus dedos. Federico lo sospecha y yo ahora lo sé: Ese parásito que se supone está en el interior de alguno de los alumnos de nuestro colegio y que nosotros hemos estado buscando, está en tu interior, ¿no es así?

    —¡No es un parásito! –gritó dando un paso atrás al tiempo que su Girasol abría su cabeza y extendía sus patas.

    Mi Girasol hizo lo mismo pero al segundo le indiqué que recogiera sus armas.

    —Supongo que eso es una confesión... –dije calmadamente. –De todas maneras, no tengo pensado decirle nada a la profesora, al menos, no hasta oír tu parte de la historia. ¿Quieres hablarlo?

    Estuvimos un buen rato mirándonos a los ojos, esperando a que la otra hiciera algo hasta que, al ver que ya venían más personas, Lua recogió sus armas y me indicó que fuéramos a sentarnos en un lugar un poco más aparte.

    Una vez nos apoyamos en el mostrador de una tienda cerrada que se encontraba algo lejos de la parada, ella comenzó a hablar:

    —No sé cómo te has enterado pero, por favor, no le digas nada a la profesora... si llegara a enterarse de lo que he hecho, lo mínimo que haría sería ir a por mi Naga...

    —¿Tu serpiente?

    —Sí y no –respondió con una sonrisa dudosa. –Es cierto que es una serpiente, es cierto que no es venenosa, es cierto que es elegante pero no está en mi casa: Está en mi estómago –dijo dándose un par de palmadas en la barriga. –Sólo Girasol sabía algo de ella y es gracias a él que pude mantener a Naga. Cosas como ésta hacen que nunca quiera traicionarle...

    —¿Cómo no iba a hacer esto por ti? –preguntó el aludido. –De todas maneras, ¿cómo sacar a un parásito que no quiere salir?

    —Ya te lo he dicho muchas veces... –dijo Lua con tono impaciente: –Naga no es un parásito, es un simbioide. Por mucho que creas a la profesora, es un hecho ya demostrado que no me está quitando la vida sino que me ayuda en ella.

    —Entonces, ¿eso de pegarte a la pared fue cosa suya? –pregunté.

    —Sí, al menos de momento. Las Nagas son extraterrestres simbioides al igual que nuestros Girasoles pero, al contrario que la gran mayoría, para hacer efectiva su simbiosis, deben desarrollarse dentro del cuerpo de otro ser vivo. Sí, de acuerdo, consumen una cantidad casi excesiva de recursos del cuerpo el anfitrión pero a cambio potencian las capacidades de éste.

    —¿Qué quieres decir con “hacer efectiva”? –preguntó mi Girasol.

    —¡Oh, que tierno! –exclamó ella dándole un golpecillo amistoso sobre la cabeza. –Tú sólo eres un niño: Nada deberías saber sobre esto todavía. Como es algo complejo, mejor te lo digo otro día. ¿De acuerdo? –Lua parecía que había perdido gran parte de su miedo y ya volvía a hablar con soltura. –Respecto a los beneficios de tener a una Naga desarrollándose dentro de una, podría decir muchas pero, digamos, para resumir, que todo lo que hace es adecuar el cuerpo del anfitrión para la evasión.

    —¿Cómo dices? –pregunté extrañada.

    —Piernas más rápidas y potentes para correr al triple de velocidad y saltar más de seis veces más; piel adecuada para pegarse a las paredes; capacidad para descoyuntar los huesos y así librarse de presas y la capacidad que ya he notado que se está desarrollando en mí: Capacidad para volar...

    —Entonces, eso de poder pegarte a las paredes, ¿puedes hacerlo cuando quieras?

    Lua miró en todas direcciones y, al ver que nadie estaba mirando en esa dirección, puso la mano sobre el cristal que estaba a nuestro lado y levantó todo su cuerpo con un sólo brazo.

    —Siempre que quiera –dijo dejándose caer discretamente. –Es una buena ventaja que no hace daño a nadie, ¿no crees?

    —Hace daño a los aliens que capturaste, porque cazaste aliens para poder alimentarlo, ¿no?

    —Pues sí –dijo sonriendo apaciblemente. –Al principio, para que negarlo, fue molesto, casi terrorífico... verme en esa tesitura de comerme dezumontos y dobis crudos –Lua reflejó falso asco en su cara, riéndose de sí misma. –Sin embargo, con el tiempo te acostumbras. Será cosa de Naga que me hace pensar que no es tan malo pero al final he acabado opinando que el hígado de dezumonto es realmente delicioso, aparte de que los cerebros de dobi ¡saben a chocolate! o las patas de jeen que son como marisco o...

    —Sí, sí, lo que tú digas –interrumpí sin ocultar mi desagrado. –A todo esto, ¿de dónde diantre salió Naga?

    —¿Recuerdas hace cosa así de mes y pico, cuando despedacé a aquel dezumonto? Fue entonces: El dezumonto me atacó con sus jugos gástricos, Girasol me cubrió y yo, asqueada de la vida como nunca, le ordené que lo matara. Después de la masacre, me senté en el suelo a llorar como una nena sin darme cuenta de que entre los restos sanguinolentos de ese dezumonto había salido algo que él llevaba en el estómago: Una Naga recién nacida. De no haber estado llorando yo y de no haber intentado Girasol animarme, habríamos podido ver acercarse a esa pequeña gusanita negra... para cuando me di cuenta, había subido por mi ropa hasta llegar a mi cara. Y, una vez me di cuenta de que algo estaba reptando por mi cara no pude hacer nada: Se impulsó y se metió por mi nariz... ¡Intenté expulsarla! ¡Con todas mis fuerzas! ¡Tosí y tosí! ¡Carraspeé muchas veces! ¡Me di golpecitos en el pecho como si estuviera atragantada! ¡Incluso pensé en provocarme el vómito...! Pero al cabo de un rato, Naga entró en contacto conmigo... Me pidió, que por favor, no le expulsara, que le bastaba con que le dejara en el cuerpo de otro anfitrión, que no se iba a resistir...

    —¿Y tú le creíste? –pregunté.

    —¿Y por qué no? Después de discutir con Amelia, me fui al baño y le exigí alguna garantía de que iba a salir voluntariamente. Y así, salió por donde vino y se puso sobre mi mano: Un gusanito que no mediría mucho más que mi dedo meñique, más negro y brillante que el azabache, tan elegante que se paseaba libremente por mis manos como si fuera una serpentina... Podría haberla aplastado en ese preciso momento pero preferí ayudarla. Y así, con el tiempo, elegí ser yo misma su anfitriona al ver su buena voluntad hacia mí.

    Lua calló cuando vio que, de entre el grupo que se había formado mientras me hablaba, se acercaba Federico notablemente preocupado.

    —¡Buenos días! –saludó algo tenso, y, dirigiéndose a mí con voz queda: –¿Se lo has preguntado?

    —Anda que... –suspiré para después exclamar: –¡La próxima vez fíjate un poco mejor en lo que está haciendo antes de venirme con teorías idiotas! Está bien que te preocupes por ella pero no hasta el punto de decir barrabasadas como esa. ¡Ella con un parásito! Anda, vuelve con tus amigotes, que ésta está perfectamente.

    Tanto mi expresión como la de Lua fueron más que suficientes para borrar todo rastro de dudas de Federico, el cual, algo avergonzado, se dio un par de golpecillos en la nuca como prometiéndose no volver a pensar cosas tan raras.

    —...gracias... –me dijo al oído nada más Federico se alejó de nosotras...




    La tarde de ese viernes, dos días después...

    —Ponte cómoda –dijo Lua nada más entré en su habitación. –Espera un momento, que traigo algo de beber.

    Iba a decir que no hacia falta pero la visión de la habitación me dejó sin palabras... Por todas partes podía ver toda clase de materiales relacionados con las aves, ya fueran estanterías repletas de libros sobre pájaros; posters de diferentes aves, ya fueran gaviotas ya fueran palomas ya fueran azores; mapas con las migraciones transcritas; figurillas en plastilina (éstas se notaba que habían sido hechas con una técnica burda, lo cual indicaba que habían sido hechas cuando aún era una párvula) y cientos y cientos de cosas más...

    —No hace falta que me digas que me he pasado –dijo la dueña de la habitación riéndose agradablemente mientras llevaba una botella de refresco, dos vasos y tres bolsas de aperitivos a su escritorio, tras lo cual, cerró la puerta y corrió el pestillo. –Pero, por mucho que me haya pasado, me encanta mi habitación. –Cuando sirvió la bebida, fue hacia las ventanas y corrió las cortinas. –Sabes para qué te he invitado, ¿no?

    —Me lo imagino... –dije sentándome sobre la cama al tiempo que cogía el vaso que ella me ofrecía.

    —Ahora que sabes que Naga está dentro de mí me sabe mal que tú no sepas las cosas que me ha contado... pero, antes de decirte nada, quiero aclarar que todo lo que voy a contarte es un poco inquietante. A ti te pregunto: ¿De veras quieres saber lo que me ha contado?

    —Si no me dices de qué se trata, nada podré opinar –respondí simplemente.

    —¿Quieres saber para qué ha sido creado realmente el cargo de Encargado de Contramedidas contra Aliens?

    —¿Es que tiene alguna función aparte de la de controlar a los aliens que vienen cada día al colegio?

    —Responde sí o no.

    —Vale, sí, quiero saberlo...

    Lua, aunque no muy convencida, asintió, se quitó a su Girasol y se desabrochó la chaqueta, hecho lo cual se quitó la camiseta dejando ver su busto desnudo.

    —¡Oye! ¿¡Qué estás haciendo!? –pregunté al tiempo que daba un paso rápido hacia la pared para huir de ella.

    Ella, como respuesta, señaló a su Girasol y yo miré hacia él. Y en ese instante, sonó un zumbido casi inaudible venir de la espalda de Lua. Un segundo después, una opción apareció detrás de ella... un momento... si su Girasol estaba en el suelo, ¿de quién era esa opción?

    Para responder a esta pregunta, Lua se giró y apartó su larga melena...

    —...qué... ¿¡Qué se supone que es eso!? –grité espantada al ver lo que había en la espalda de Lua: Disimulados, bajo la piel de la espalda de Lua se podían apreciar unos catorce bultos. Uno de esos bultos estaba roto y ése era el lugar por el que la opción estaba conectada al cuerpo de Lua. La opción miró un poco los alrededores y al segundo volvió a entrar en su sitio, cerrándose el agujerillo sin dejar cicatriz alguna. Hecho esto, los catorce bultitos desaparecieron.

    No me podía creer lo que había visto...

    Debía creer...

    Lua... ¡Lua tenía opciones!

    Lua era como ellos...

    —No te asustes –pidió Lua volviéndose hacia mí. –Ya llevo casi una semana con esto en la espalda y no es para espantarse de esa manera...

    —Tú... ¿tú eres humana? –pregunté ocultándome cuanto pude en la esquina de la habitación.

    —Tanto como tú –respondió ella sentándose en la cama, justo delante de mí. –La única diferencia entre tú y yo es que yo ya he hecho efectiva la simbiosis con Girasol, al menos en parte.

    Mi Girasol, que no se había movido en todo este tiempo, se bajó de mi cabeza y se dirigió hacia Lua, la cual le recibió gustosamente en sus brazos.

    —¿Qué es hacer efectiva una simbiosis? –preguntó mi Girasol.

    —Hacerla definitiva –afirmó Lua mirándole a los ojos. –Una vez la hayas hecho, estarás con tu anfitrión durante el resto de su vida...

    —¡Un momento! –exclamé asustada. –¿Pretendes decirme que Amelia quiere que me una para siempre con Girasol?

    —¿Amelia? ¿Ella? Tonterías... –movió los brazos cómicamente. –Ella sólo es una mandada más. Su función es hacer que nuestras simbiosis sean lo más suaves posibles para que nuestros cuerpos no sufran el rechazo de los Girasoles. Un Girasol maduro puede, sin ningún problema, completar una simbiosis definitiva en menos de doce horas pero el problema está en que un ser humano al ser forzado a alterar su cuerpo en tan poco tiempo, puede acabar con graves secuelas o incluso muerto... “El cargo de contramedidas es una función que los chicos de sexto curso tienen que desempeñar para defender a los colegios de los repetidos ataques de aliens que ocurren en estos” –dijo con voz de falsete. –Esto es la “teoría”. Sin embargo, en la “práctica”, cualquier encargado con un mínimo de malicia podría hacerse unas cuantas “preguntas perversas”: ¿Por qué construyen colegios al lado de bosques repletos de aliens que quieren sacarnos las tripas? ¿Por qué las naves espaciales siempre caen en el mismo lugar? ¿Por qué los adultos nos obligan a jugarnos la vida a alumnas de apenas doce años? –comencé a sentir una inquietud brutal ascender por mi espinazo. –¿Por qué esa obsesión por “criar” a los Girasoles? ¿Por qué siempre son niños de sexto curso? –cerré los ojos y oculté mi cabeza entre mis piernas. –¿Por qué nos dan una protección viva como esta cuando podrían usar métodos más prácticos, cómodos y seguros? ¿Por qué señalan a todos los demás simbioides como “parásitos”? ¿Por qué...?

    —...basta... –pedí con voz queda.

    Mi cuerpo, paralizado por el miedo, había escuchado cada una de las preguntas de Lua y mi mente trataba de dar explicación a todas ellas. Pero cuanto recibí, fueron respuestas cada vez más y más inquietantes... Empecé a llorar angustiada y de inmediato Girasol volvió a mi cabeza para tratar de animarme, labor en la que le ayudó Lua.

    —Por favor, no llores... –pidió ella abrazándome contra su pecho, tal como si fuera una madre amantísima. –No debes dejar que esto te aflija...

    Alcé la cabeza y Lua se separó de mí, la cual fue a por su camiseta para vestirse de nuevo. Sin embargo, cuando vio mi primera reacción, se lanzó a pararme: Cogí a Girasol y traté de lanzarlo contra la pared.

    —¡Quieta! –exclamó cogiéndome de los brazos.

    —¡Suéltame! –exigí tratando de zafarme de su presa. –Yo... ¡yo no quiero a Girasol! ¡No quiero estar con él para siempre! ¡No quiero...!

    Lua, con un movimiento pausadísimo pero rápido, me tapó la boca con dos dedos y me hizo bajar los brazos suavemente para poder dejar a Girasol sobre el colchón. De alguna manera no supe negarme...

    —¿No recuerdas lo que dije hace un par de días sobre tu Girasol? –preguntó ella mirándome fijamente a los ojos mientras acariciaba a mi asustado Girasol para tranquilizarlo. –Él no es más que un niño. No quiere obligarte a nada porque su único deseo en el corazón es protegerte aún a costa de su propia vida. ¿No lo comprendes? –Algo más tranquila pero sin dejar que Girasol se me acercara, asentí. –No es él quien te obliga sino los adultos, los cuales, desde el primer contacto, han estado influidos por los aliens con los que han hecho simbiosis. Los aliens sabían que llegarían más y más de los suyos del espacio así que adoptaron varias medidas para favorecer la simbiosis y así tener a unos cuantos seres humanos preparados para defender a sus semejantes. Entre esas medidas se encontraba la de usar la pubertad, etapa de cambios en los seres humanos, para generar cambios casi perfectos con la simbiosis; hacer que nos enfrentáramos con otros aliens para conseguir una mayor afinidad y confianza con ellos y, por último, no hacernos saber hasta el último momento que este proceso es irreversible...

    Mi Girasol se zafó de la mano de Lua y dio un par de pasos atrás, como no creyendo nada de lo que decía pero reflejando un gran miedo en sus ojos...

    —Entonces... ¿no somos más que ganado? –preguntó mi Girasol. –¿Tú, yo, él y Sandra...? ¿¡No me estarás diciendo que sólo somos parte de una cadena de armas!?

    —Tienes derecho a sentirte mancillado –dijo su Girasol. –A todos nos gusta pensar que nuestra vida es algo más que estar sencillamente vivos, que toda nuestra existencia tiene algún objetivo”superior”... Cuando yo descubrí lo que significa mi propia existencia me di cuenta de en que clase de basura de mundo nací... y pensar que, por ello, Lua me podría odiarme para siempre... lloré y lloré durante horas sabiendo eso... Pero, gracias a Naga sé que al menos Lua no me traicionará.

    —¿Traicionar? –pregunté limpiándome las lágrimas.

    —No hacer la simbiosis aún habiendo recibido la protección del alien –respondió Lua. –Es lo mismo que robarle la vida que él ha dedicado a tu persona.

    Para tratar de tranquilizarme un poco, Lua se alejó de mí y me dio un vaso de refresco, el cual bebí tanto por cortesía como para refrescar mi ya reseca garganta.

    —¿Recuerdas cómo empezamos? –preguntó Lua con tono distendido a su Girasol. –Me pasaba llorando prácticamente todas las noches y tú...

    —...ya –dijo Girasol riéndose por lo bajo. –Yo pensaba que tal vez dormir sobre tu cabeza te tranquilizara pero eso sólo hacia que lloraras más y más. Te levantabas todos los días con la cara salada (sabía bien pero creo yo que no te complacía demasiado que comiera directamente de tus mejillas).

    La conversación de esos dos hizo que me abriera un poco, que sonriera un poco aunque fuera sólo por lo absurdo de lo que contaban. Tal vez no aceptara lo que estaba ocurriendo a mi alrededor pero al menos sabía que Lua no me haría nada.

    ¿Nada?

    —Esto...

    —Sí, dime –me dijo Lua mientras se ponía la camiseta de nuevo.

    —¿Tenías pensada mi reacción antes de contarme nada?

    —Por supuesto –respondió. –Pero dime: ¿Preferías haberlo descubierto en tus carnes o que alguien como yo te lo contara todo antes de que te ocurriera nada?

    Como toda respuesta, asentí levemente.

    —Si hoy os hemos llamado aquí –dijo su Girasol –no era para haceros sufrir ni para que discutierais entre vosotros sino para que supierais lo que sois y el papel que se os ha asignado.

    —Y, por lo que vemos, os da bastante vergüenza pensar que tal vez algún día estéis unidos para siempre –dijo Lua.

    —Hablas de esto como si fuese una boda –comenté algo cómica.

    —Una boda es algo que se puede disolver, por mucho que se diga que no. La simbiosis es algo que debemos aceptar, algo ineludible, al igual que la pubertad... aunque no es fácil... después de que Naga me contara lo que es realmente la simbiosis hasta yo tuve mis dudas y no dejé que Girasol se me acercara en un buen rato. Sin embargo, después de un buen rato de conversación con Naga, una larga reflexión, unas palabras amables de Girasol y algo de voluntad, acabé aceptando todo lo que suponía estar con dos simbioides.

    —Tú tienes la suerte de tener a alguien que esté dispuesta a escucharte en todo lo que supone todo esto –me dijo su Girasol. –Ella tuvo que meditarlo todo ella sola. Y, créeme, tratar de asimilar estas cosas totalmente solo no es algo demasiado sencillo.

    —¿Y qué ocurriría si traicionara a Girasol? –pregunté seriamente.

    —Tú no harás eso –dijo Lua cogiendo mi vaso vacío para rellenármelo. –Te he estado observando mientras hablábamos y ya se puede notar como has superado tu miedo.

    Me fijé en lo que había dicho y, sí, era cierto que ahora tanto Girasol como yo, ya no nos rechazábamos sino que ahora mi mano estaba posada sobre su cuerpo, apacible y suavemente.

    —¡Bueno! –exclamó ella. –¡Ahora que se han tranquilizado los ánimos creo que ya va siendo hora de dar de comer a Naga! –dicho lo cual, abrió las tres bolsas de aperitivos y engulló su contenido una a una en menos de un minuto. –¡Rico!




    A partir de ese día, entre clases, batidas para capturar (y cazar...) aliens, estudios y demás parafernalia, la relación entre Lua y yo se fue haciendo cada vez más estrecha. Ahora que tenía una cómplice en todo esto de Naga, Lua tenía que esforzarse menos en disimular y podía comer más tranquilamente a sabiendas de que alguien le cubría las espaldas en caso de emergencia.

    Yo y Girasol... bueno, no es que ahora fuéramos uña y carne pero al menos no nos rechazábamos. Yo seguía planteándome la posibilidad de unirme con él pero hasta el momento no había llegado a ninguna conclusión definitiva. Sin embargo, lo que si aceptaba era lo de “traicionarle lo menos posible”: Ya no me importaba tanto que hiciera que mi cuerpo cambiara a la manera de Lua. Al fin de al cabo era algo perfectamente disimulable, ¿no?

    Y, según íbamos pasando viernes juntas, ella acabó por enterarse de qué había hecho para enterarme de la existencia de Naga.

    —A ver, déjame ver ese dedo –me pidió nada más se lo conté, un día en mi casa. Analizó mi mano entera y se concentró en la punta. Tras un buen rato de análisis y varias pruebas que me provocaron más visiones, declaró: –Naga me está diciendo cosas... dice que tal vez lo reconoce pero para asegurarse me pide que te pregunte si, desde que empezaste a “ver”, de vez en cuando sientes picores generalizados por todo el cuerpo.

    —Sí. ¿Tiene eso algo que ver?

    —Entonces lo que tienes en tu mano no es nada que venga de ti: Es un Oboeteru, un hongo extraterrestre.

    —Ya sabía yo que era muy raro que comenzara a ver cosas así de raras de esta manera... ¿Naga te ha dicho de donde ha podido salir?

    —Es un hongo. Podría haber estado pegado a cualquier alien o planta que estuviera cerca de cualquier nave espacial. Si te contagiaste no pudo ser de otra manera que entrando en contacto físico con él. Y, ahora que lo pienso, ¿podrías descubrirte un poco la espalda?

    Diligentemente, como obedeciendo a un médico, me di la vuelta y me subí la camiseta para mostrarle mi espalda.

    —Hum... aquí hay menos pero sigue habiendo... seguro que la mugre de su espalda sabe diferente, ¿eh, Girasol? –comentó graciosa a mi Girasol.

    —Sí... –respondió el aludido. –Entonces eso rojo, ¿era un hongo? ¿Qué clase de hongo?

    —Otro simbioide me dice Naga. En el último planeta en el que Naga vio a esta variedad de hongo, vio como los depredadores se frotaban con plantas que estaban literalmente dominadas de Oboeteru hasta la copa. Así el Oboeteru podía extenderse por el mundo alimentándose de la humedad y mugre de los animales a los que se adosaba mientras que los depredadores conseguían una nueva y más que fiable fuente de información para rastrear a sus presas.

    —¿Tengo competencia? –preguntó Girasol sarcásticamente.

    —Como la infección de hongos ya está muy extendida mucho me temo que se habrá adentrado más allá de la piel y que por ello es casi irreversible –respondió pesadamente –pero, por suerte para ti, el hongo Oboeteru no impedirá que un depredador se una con ella (al fin de al cabo, hace simbiosis con seres como tú).

    —Un momento... ¿qué quieres decir con eso de “en el último planeta donde Naga vio”? –pregunté extrañada. –¿No me dijiste que era una recién nacida cuando la conociste?

    —Así es, era una recién nacida –contestó despreocupadamente –pero, ¿cómo crees que ella sabe tanto sobre aliens? Es por la misma razón por la que Oboeteru te permite leer la memoria de las cosas: Tanto las cosas como la carne tienen “memoria”. De ahí que los Girasoles sean capaces de hablar perfectamente en su primer mes de vida: Sólo les hace falta entrar en contacto con su anfitrión para leer la información de su propia carne y así grabar su impronta.

    —¿In—qué?

    —Lo mismo que los pájaros cuando salen del cascarón: Identifican al primer ser vivo que ven como su madre, en el caso de los simbioides, como su anfitrión. Las Nagas usan otro sistema que es transmitir la información de generación en generación imbuyéndola directamente en sus genes. Su capacidad de aprendizaje y asimilación es muy superior al del resto de seres vivos.

    —Parece que hablas mucho con Naga. ¿Tan bien te cae?

    —Eso no hace falta ni que lo preguntes (y respecto a Girasol tampoco). Ambos me comprenden a la perfección y son algo más que un par de soldados a los que les puedo exigir que den su vida por mí... En tanto en cuanto son tanto para mí, son parte de mí y, por tanto, les trataré como a tales.

    —Realmente me sorprendes... –comenté en un susurro. –Hace un par de semanas jamás habría imaginado que llegarías a ser tan... no sé... ¿madura?

    —Bueno, es que soy mayor que tú –repitió, como siempre hacía, su coletilla. –Aparte de eso, me estoy desarrollando mucho más rápidamente gracias a Naga por lo que, en cosa de un par de semanas, seguro que no sólo no me reconocerás intelectualmente sino que ni siquiera distinguirás mi cara de la que tengo ahora.

    —¿Tanto cambiarás?

    —Al menos eso dice Naga.

    —Y lo digo yo también –afirmó su Girasol. –Lua ha pegado el... ¿Cómo lo decís vosotros? ¿Estirón? Ha crecido casi diez centímetros en una semana. Eso es mucho, ¿no crees?

    —No, si ya... –comenté al darme cuenta de que tenía razón: No me había fijado antes pero era cierto que de un tiempo a esta parte, Lua había logrado superarme en altura (antes no me llegaba a la coronilla y ahora me sacaba más de frente y media).

    Sí, fue una época (relativamente) tranquila. Tan bien nos llevábamos que al final, varios amigos de mi círculo acabaron aceptando a Lua como una más, olvidando para siempre sus aspectos más zafios y groseros. La chica que nunca aceptó a nadie ahora era la aceptada. Y le encantaba...




    Un viernes, como cualquier otro, íbamos juntas a su casa para pasar una tarde agradable tras nuestras tareas en el colegio.

    Ya era diez de diciembre y se notaba como el frío gélido del invierno se acercaba pero aún así las copiosas lluvias que se habían estado repitiendo durante todo noviembre no remitían para nada.

    Protegidas de la lluvia gracias nuestros Girasoles (¡es que eran como navajas multiusos!) nos fuimos acercando a la casa de Lua. Sin embargo, al llegar frente a ella, mi compañera me indicó que parara.

    —¿Qué pasa? –pregunté extrañada por su movimiento.

    —Parece que tengo visita –dijo señalando a un hombre de unos veinte años de edad que estaba sentado en el portal del edificio.

    —¿Es de tu familia?

    —No. De todas maneras tendremos que dejar lo de hoy... –dijo pesadamente mientras se ponía en marcha hacia él, el cual se levantó al ver que Lua se acercaba. –En fin, nos vemos.

    Dijo esta frase con un tono que se me antojó demasiado apesadumbrado como para ser una simple despedida.

    No me equivoqué...
     
  5. Threadmarks: Parásito - Capítulo 5
     
    JeshuaMorbus

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    [Alien 9] Parásito (Completa)
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    Capítulo 5: Guías


    —En fin, ¿podrías tratar de describirme a ese hombre? —preguntó de nuevo el policía.

    Yo, más cohibida que nunca, apenas acertaba a creerme lo que acaba de pasar: Lua había desaparecido de repente como si se la hubiera tragado la tierra. Puesto que yo era la última persona que le había visto, las autoridades fueron hacia mí para recabar información.

    —¡Ya se lo he dicho! ¡No me fijé! —respondí molesta. —Era la primera vez que lo veía y como para Lua parecía ser alguien muy normal de ver, pensé que tal vez algún día me lo presentaría... Aparte de que tenía el pelo negro, no puedo decirle nada más.

    —¿Tú no te fijaste en él? —preguntó esta vez a Girasol, el cual dormitaba sobre mi regazo.

    —Para nada... —contestó sin ni siquiera molestarse en abrir los ojos. —Verle, le vi pero no puedo ayudarles más: Pensé exactamente lo mismo que esta dama de aquí.

    El agente, algo exasperado tras más de veinte minutos de respuestas idénticas, apuntó la declaración.

    —Perdone... ¿tiene usted idea de qué pudo haberle pasado a Lua? —pregunté lo más calmadamente posible al policía.

    —No lo sé —respondió encogiéndose de hombros. —Menos haber sido secuestrada, puede haberle pasado cualquier cosa. Lo que sé es que desde hace ya un par de meses se han ido produciendo desapariciones de miembros de las fuerzas de Contramedidas como tú. El caso de Lua vendrá a ser... —el hombre miró sus apuntes y contó varias hojas —el noveno en esta región. Según parece, tú eres la única persona que por fin ha tenido algún contacto con el posible responsable pero tu falta de atención no nos ayuda nada.

    —¿Usted memoriza las caras de todas las personas con las que se cruza por la calle? —repliqué más molesta que al principio.

    —En fin, si Lua se pusiera en contacto contigo, no dudes en llamarme a la comisaría —dijo al tiempo que me entregaba una tarjeta en la que había apuntado el número de su móvil. Hecho esto fue directamente a la salida y marchó. —Hasta luego.

    Algo irritada por la actitud del policía, cerré la puerta con fuerza y me dirigí a mi habitación... para cambiarme. Si el tipo ese que vi algo tenía que ver con la desaparición de Lua, se acabaría por enterar de que hasta las paredes “tienen oídos”.



    Una vez estuve en la calle donde vivía Lua y tras comprobar que no pasaba nadie por los alrededores, fui hacia el portal y me descubrí la mano... gracias al apoyo de Lua y por la continua práctica que había estado llevando a cabo estas semanas, por fin había logrado controlar (en gran parte) las posibilidades del Oboeteru. Todo era cuestión de tratar de imaginar la escena o el personaje al que buscaba y era el mismo Oboeteru el que buscaba esa información.

    Posé mi dedo sobre el lugar donde ese hombre se había sentado, me concentré sobre la imagen de Lua que tenía en mi cabeza e inmediatamente empecé a ver...

    Tras una serie de imágenes confusas en las que Lua entraba y salía de su casa, me controlé y me concentré en lo poco que recordaba de la cara de ese hombre. No tardó en aparecer la escena pedida:


    —Bueno, bueno... ¿despidiéndote de tu amiguita? —preguntó el hombre con un deje cómico.


    —No me he despedido de nadie —respondió ella algo cortante. —Sabes que ella no sabe nada de esto, Guídalo. Pero, en fin, que hayas venido quiere decir que todo está preparado, ¿no?


    —Éste no es el mejor lugar para hablarlo —dijo, ahora más serio, señalando a varias personas, entre ellas yo que me alejaba. —Nos reuniremos en el lugar de siempre, ¿de acuerdo?


    —¿De día?


    —Sí, de día. ¿Qué temes? Naga ya ha alcanzado la madurez y ya ha completado la simbiosis. Ya no te hace falta ocultarte en la oscuridad.


    —Muy bien... ¿dentro de dos horas?


    —Eso es. Te estaré esperando.


    Dicho esto, el hombre fue hacia un coche aparcado enfrente del portal y se marchó en él. Lua, por su parte, se marchó andando calle arriba...



    Retiré el dedo y analicé lo visto: Lua, desde luego, ya conocía a ese hombre de antes y éste conocía el secreto de Naga. Sin embargo, ¿quién era? A Lua no parecía desagradarle su presencia, tan sólo su actitud y, por lo que parecía, le había estado preparando algo...

    —¿Lo has visto? —me preguntó Girasol mientras meditaba.

    —...sí... Pelo negro, algo más largo de lo habitual en un hombre, ojos verdes, facciones muy angulosas y realmente delgaducho. Tendría más de veinte años por lo que logré ver pero con cara bastante aniñada. Sus movimientos eran muy firmes, casi como si estuviera un poco acartonado (era casi como si debajo de su piel tuviera mucho más músculo del que aparentaba tener...). Creo que Lua lo llamó algo así como “Guídalo” pero no estoy segura...

    —¿Y tiene algo que ver con la desaparición?

    —Lua dijo algo de que algo debía estar preparado... no sé. Sigamos el camino que siguió Lua y tal vez comprendamos más.

    Dicho y hecho, seguí el camino que Lua y fui calle arriba. Tras girar la esquina, me encontré una larga calle bastante desierta (apenas un taller de confección y una academia) así que puse mi dedo sobre el cristal del taller el cual se encontraba más cerca...


    Lua trataba de mantenerse serena pero por más que intentara aparentar otra cosa, andaba a tal velocidad que parecía que corría. Todo recto. Todo hasta el final de la calle sin girar en ninguna de las bifurcaciones...


    —¿Quieres algo? —preguntó una fuerte mujer de avanzada edad saliendo con su blanco uniforme del taller.

    —No... nada... —la declaración me pilló por sorpresa e inmediatamente seguí el camino que había seguido Lua. Tras pasar por esa larga calle casi desierta (no sería por aquí por donde nadie se enriquecería en este pueblo...), llegué hasta el camino que llevaba al colegio. Una vez allí, puse mi mano sobre el cristal de un bar hace años cerrado y, como un fantasma a través de los cristales, vi como Lua cogía el camino.

    No me demoré y, mientras tocaba las alambradas que bordeaban el camino, seguí el espectro de Lua, la cual andaba tan lanzada como antes. Por lo demás, no parecía nerviosa, ni ella ni su Girasol el cual parecía disfrutar del aire que le daba en la cara. Sin duda, lo que hacía Lua era ir al colegio...

    Seguí el camino, pasé al lado de la capilla en ruinas que había a la izquierda de la carretera, giré hacia las casas de los ancianos que aún insistían en vivir en esa zona a pesar de la cercanía del bosque, seguí junto a la altísima alambrada que separaba el campo que veía a mi izquierda del área residencial que estaba a mi derecha; no tardé en avistar la vieja biblioteca del pueblo la cual hacía años que había perdido tanto el techo como el naranja de sus paredes (ahora de un negro asqueroso); contemplé los restos de lo que fuera un inmenso polideportivo (“gastar tanto dinero para que luego unos cuantos aliens hagan que ya nadie quiera venir por aquí...” pensé cómica mientras veía como el óxido recorría de arriba a abajo las paredes del otrora orgullo del Ayuntamiento); observé las fincas abandonadas que se encontraban junto a la escuela... y vi como la imagen de Lua pasaba de largo de la verja de la escuela...

    —¿Qué miras? —preguntó Girasol al verme paralizada en el sitio mientras veía como Lua se adentraba más allá del límite permitido a los niños, la verja del autobús...

    —...nada... —musité poniéndome de nuevo en marcha.

    Ver andar a Lua tan dinámicamente por ese peligroso camino me estaba poniendo los pelos de punta... Sí, tanto a ella como a mí, encargadas de contramedidas, se nos estaba permitido andar un poco más allá de los límites señalados por los alambres pero siempre que fuera andándonos con mil ojos...

    Tras comprobar que el camino seguido por Lua fue recto (de hecho, hasta sus pisadas aún mantenían huellas en el suelo), le ordené a Girasol que mantuviera todos sus sentidos alerta mientras yo trataba de atravesar la cada vez más densa vegetación que se encontraba ante mí. Lua había seguido la vieja carretera que aún se encontraba bajo mis pies cuyo asfalto había pasado a mejor vida hacía años por culpa de las raíces de los árboles que se encontraban a ambos lados de la misma. Seguí avanzando y, tras cosa así de un minuto, llegué hasta la gran alambrada que separaba la zona habitada del bosque: Mediría al menos diez metros pero, a pesar de su imponente altura, pocos eran los aliens que no eran capaces de saltarla. Tan sólo hotentotes como los toros boxeadores (no, no los llamaré trípodos), las tortugas—tucán o algunas especies de babosas especialmente enormes no eran capaces de atravesarla... la razón, bueno, ya la conocía y, ciertamente, ahora poco me importaba eso. Lo que ahora veía me parecía más importante: Nada más tocar la alambrada, vi como Lua descansaba un poco del acelerado camino que había tomado apoyándose en la verja y, tras un par de potentes respiraciones, habló al aire:


    —Sandra, sé que me estás viendo.


    De inmediato separé mi mano de la alambrada y volví a ver todo tal como era en ese momento.

    —¿Qué te ha pasado? —preguntó Girasol al ver mi cara de susto.

    —Lua... Lua esperaba que le siguiera el rastro... —respondí asustada. —Me ha dejado un mensaje... —me di un par de golpes en la frente y traté de asimilar lo que acababa de oír: Lo que Lua había hecho había sido, desde el principio, algo premeditado.

    Sin embargo, como aún no lo sabía todo, le ordené a Girasol que permaneciera aún más atento mientras leía la visión de la verja...


    —Sandra, sé que me estás viendo... o que me verás —Lua se giró hacia su derecha y miró al lugar donde me encontraba yo, como si hubiera previsto hasta el lugar donde me encontraría. —Si estás viendo esto, desde luego ha sido porque te preocupas por mí. Si es así, gracias por la molestia de acercarte hasta aquí —dicho lo cual sonrió como ignorando lo peligroso del lugar donde se encontraba.


    Lua no sólo había previsto el lugar donde me encontraría sino que también había imaginado el lugar donde podría hablar “mirándome a los ojos” aunque, al estar hablando al aire, su mirada parecía levemente perdida en mi dirección.


    —¿Cuánto tiempo ha pasado desde que desaparecí? —preguntó. —¿Uno, dos días? La verdad es que eso no importa ya mucho: Esta noche ya estaré muy muy lejos de este pueblo y, muy probablemente incluso, de esta región. Te preguntarás por qué... pues es un se—cre—to. Siento tener que callarme este secreto contigo pero esto ya es algo que tú no lograrías aceptar tan bien como has aceptado tu posible unión con Girasol. El día de hoy parto de viaje. ¿Durante cuánto tiempo? No lo sé. ¿A dónde? No puedo decírtelo. ¿Por qué razón? Ahora no es el momento de que la sepas... de hecho... —su voz, hasta el momento tan alegre y distendida, tomó un cariz casi dramático —...ni siquiera sé si volveré con vida...


    —¡No seas ceniza, mujer! —exclamo su Girasol.


    —¡Bueno! —dijo algo más animada ahora. —Lo que ya sabes es que va a ser un viaje peligroso. Por favor te lo pido: No le digas a nadie que he venido aquí. Si Guídalo se da cuenta de que he atraído las miradas de ésos hacia este bosque, estoy segura de que me arrancará un brazo... Ya lo habrás visto, ¿no? A Guídalo, quiero decir. Fue él quien me sugirió que iniciara todo este embrollo. Ha reunido a varios encargados de otros colegios para realizar un proyecto bastante arriesgado. Es uno de los pocos supervivientes de la tragedia que aconteció hace catorce años, un hombre que no tuvo más remedio que hacer la simbiosis para sobrevivir a lo que le vino encima... Es nuestro maestro y mentor en aspectos que Amelia jamás nos enseñaría...


    Lua hizo una pausa como si no supiera cómo seguir. Sus labios se movían nerviosos como si cada vez que intentara decir algo se arrepintiera de inmediato de decirla.


    Estaba dudando. Quería decir muchas más cosas de las que podía hablar.


    Se le notaba cierto sufrimiento en sus facciones y un temblor generalizado en todo su cuerpo.


    —...yo... —continuó. —...me estoy yendo por los Cerros de Úbeda... —dijo mientras se le escapaba una lagrimita. —Cada vez que pienso en la cantidad de cosas que dejo atrás para hacer esto soy incapaz de contener las lágrimas... —ahora comenzó a llorar más abiertamente. —No... no quisiera dejarte sola... no quiero que sufras ¡En serio! Sé que estoy siendo horriblemente egoísta así que todo cuanto puedo hacer es pedirte que me perdones...


    Lua se arrodilló y se sentó contra la alambrada mientras sollozaba... Yo, como testigo futura y muda, no podía hacer nada desde mi posición salvo, quizá, compadecerme de ella. Sabía que no deseaba marchar pero, tras los tiempos felices que habíamos pasado juntas, ya conocía su sentido del deber: Cuando sus deberes se contraponían con lo que le gustaba se quejaba, maldecía e incluso lloraba pero siempre acababa cumpliendo aunque fuera a regañadientes...


    —No puedo quedarme aquí... —musitó mientras se levantaba y secaba las lágrimas. —Cuanto más tiempo pase aquí, más querré decirte lo que sé... jamás pensé que guardar un secreto fuera algo tan doloroso... —Lua se agarró a la verja con ambas manos y apoyó la cabeza contra ella. —Ahora me adentraré en el bosque pero, por lo que más quieras, no trates de seguirme: No durarías ni veinte minutos allá dentro —suspiró y levantó sus ojos justo donde estaban los míos. —A ti te lo digo, a ti, a mis padres, a mi hermano, a Federico, a todos los amigos que me acogieron en estas semanas, incluso a Amelia, pobrecita ella... a todos os digo adiós... ¡Adiós, pues es posible que nunca jamás volvamos a vernos!


    Tras proferir este potente grito que hasta espantó a alguno de los pequeños aliens que se podían ver tras la alambrada, pegó sus manos sobre la verja y la escaló a tanta velocidad que hasta parecía que corría sobre ella. Cuando llegó a la cima, se encogió, algo se revolvió en su espalda y rompió el abrigo desde dentro...


    Desde mi posición apenas acertaba a creer lo que estaba viendo: No sabía si lo que había allá arriba era un ser humano, un alien o un ángel... ¡Lua tenía unas enormes alas sobre su espalda! Eran de un negro sobrecogedor, con una extraña textura que no era ni emplumada ni palmeada y de una envergadura de más de ocho metros... Una vez se desplegaron del todo, la mujer ahora convertida en ángel, se levantó con perfecto equilibrio sobre la alambrada, tomó aire, saltó desde su elevada posición y planeó hasta el bosque lugar donde se perdió entre las sombras...




    Un mes después, tras las vacaciones de Navidad...

    Nada más llegué al Aula de Contramedidas, el primer día de clase después de las vacaciones, me encontré que junto a Federico y Amelia había una nueva presencia.

    —Llegas un poco tarde —dijo Amelia después de mirar el reloj. —En fin, ahora que por fin has llegado, podemos iniciar las presentaciones —dijo señalando al nuevo alumno, con un Girasol de piel roja y negros pétalos sobre la cabeza. —En vista de que Lua ha desaparecido, que no conocemos su localización exacta y que ahora sólo quedaban dos encargados para todo este colegio, tuve que hacer un par de llamadas para conseguir un poco de ayuda: Os presento a Martín Borlado.

    —¿Un par de llamadas? —preguntó Federico tan extrañado como yo.

    —Viene de la capital —aclaró Amelia. —Como la ciudad está tan lejos de este gran bosque allí andan escasos de trabajo y nosotros andamos cortos de personal desde que desapareció Lua. Así pues, gracias a que Martín se ha ofrecido voluntario, el trabajo no se os acumulará tanto.

    —Encantado de conoceros —saludó cortésmente el recién llegado.

    Me fijé en su cara e, inmediatamente, no pude hacer otra cosa que mirar a Federico: Eran como dos gotas de agua salvo por los colores: Federico tenía el pelo castaño y Martín lo tenía negro; si el uno tenía los ojos marrones, el otro los tenía verdes; uno moreno, el otro paliducho... por lo demás, altura, complexión, expresión... eran casi idénticos físicamente.

    —No me mires así, que me avergüenzas —se quejó el recién llegado. —¿Cómo te llamas?

    —Sandra... —no hacía falta decir que la extraña mezcla de cortesía y frialdad que mostraba Martín me resultaba hasta amenazadora. Hasta Girasol había cerrado los párpados como preparado para pelear contra él. Tenía un no sé qué que no me gustaba nada...

    —Yo soy Federico —dijo éste por su parte con su acostumbrada simpatía natural. —Espero que no te moleste trabajar por este pueblo de segunda.

    —Mientras haya trabajo... —dijo Martín encogiéndose de hombros. —En mi anterior colegio me pasaba los días paseando por pasillos desiertos y eso era muy aburrido y cansino... Pero en fin, aquí el bosque está a dos pasos. Supongo que el trabajo no faltara.

    —¿Te has trasladado tan sólo por el trabajo? —pregunté mientras comprobaba el estado de mi pistola de dardos sin ni siquiera mirarle.

    —No, fui yo —respondió Amelia. —Aquí la carga de trabajo ha estado muy por encima de la media de otras escuelas, de hecho, en esta región somos el segundo colegio con mayor cantidad de aliens capturados por mes. Sin embargo, el colegio de Martín es uno de los que menos ataques sufre por lo que he creído conveniente pedir su traslado. Su colegio puede pasar perfectamente con sólo dos encargados pero éste no puede, ni de broma, funcionar sin tres.

    “¿Encargados o alumnos?” pensé molesta. Últimamente, desde la desaparición de Lua me había vuelto muy susceptible y a la más mínima estallaba. “Si hay que defender un colegio, traed a adultos para encargarse del trabajo sucio, no nos hagáis pasar por esto”.

    Tras comprobar el estado de mi arma, la metí en su funda y me dispuse.

    —Me encargo del primer turno —sugerí (pero mi voz sonaba más a orden que a petición). —Aunque supongo que no tardaremos en empezar a trabajar juntos: Esos bichos se habrán acumulado durante las vacaciones.

    Antes de que la profesora me diera permiso o que cualquiera de mis compañeros replicara, salí del aula y comencé a vigilar el edificio donde me encontraba.

    —¿Son imaginaciones mías o estás un poco borde? —preguntó Girasol.

    —Son imaginaciones tuyas. Sencillamente cada vez duermo peor... —dije tratando de espantar los fantasmas que dominaban todas mis noches. Por más que tratara de relajarme, todas las noches las pasaba huyendo de cientos de taladros de Drills, todos procedentes de ese extraño hombre de los ojos rojos... aunque había que reconocerlo: Desde el primer sueño en el que le vi, no volvió a lograr clavarme ninguno más pero aún así la presión en el pecho con la que me despertaba todos los días era más atroz que cualquier otro dolor que hubiera sufrido en mi vida.

    Pensaba que, a lo mejor, a lo largo de las vacaciones de Navidad pudiera relajarme un poco pero probablemente mi cargo y, casi seguro, la desaparición de Lua me habían afectado muy negativamente.

    Nada más pensar en mi desaparecida compañera sentí el impulso de mirar por una ventana al exterior, en un vano intento por intentar verla volver volando como lo hizo cuando la vi marchar. Pero cuanto vi fue más trabajo...



    —Noventa y uno... noventa y dos... noventa y tres... —contó anonadado Federico. —¡Leñe! ¿¡Cómo has logrado capturar tantos de una sola vez y sin ayuda!?

    No respondí y dejé que él se encargara de llevarse a todos los dobis que había capturado mientras yo sufría por el picor de su maldita saliva.

    —Vaya... —comentó Martín tan sorprendido como Federico. —Creo que no voy a estar a la altura de las circunstancias de este lugar...

    —Me pillaron de mala leche, nada más —dije con el tono más cortante que encontré. —Tengo sueño, me duele la cabeza y no estoy para estar persiguiendo a toda una tropa toda la tarde... Anda, encárgate tú del resto del día. Quizá pueda dormir un rato en clase —dicho lo cual me levanté y marché a mi clase con unos mareos horribles.

    —¿Qué te pasa? —preguntó el recién llegado al verme andar de manera tan inestable. —¿Llamo a la profesora?

    —¡Qué...! —traté de gritar “qué no” pero, por culpa de mi mezcla de cansancio, agotamiento, falta de sueño y picores, trastabillé y resbalé con mis patines. Por suerte, la rápida reacción de Martín evitó que me diera un buen morrazo contra el suelo.

    —Me pregunto que habrás estado haciendo estas vacaciones... —comentó él con un deje cómico, logrando arrancarme una sonrisa. —Tal como estás, yo le pediría a la profesora que me dejara marchar a casa.

    —¡Sí, por favor! —suplicó mi Girasol. —¿Crees que contener a tantos dobis es sencillo?

    —Anda, no te quejes —dijo Amelia desde la ventana del primer piso del edificio, desde el aula de Contramedidas. —Sandra, hasta Federico se ha dado cuenta de tus ojeras. Con la cantidad que has capturado creo que has hecho bastante por hoy. Tienes permiso para volver a casa pero, por favor, duerme un poco, ¿quieres? Los aliens no perdonan la falta de fuerzas.

    Dicho y hecho, me enderecé con ayuda de Martín y me fui a cambiar al gimnasio (aunque, tal como iba, parecía que me iba a caer de puro sueño por el camino). Hice cuánto pude para llegar cuanto antes y, nada más llegué al banco de mi vestuario, sentí como mis rodillas se doblaban por mi propio peso y sencillamente me dejé caer sobre tan incomodo asiento...



    ¿Cuánto tiempo pasé allí? No lo sé y, la verdad, por muy incómodo que fuera el lugar donde estaba apoyada, dormir así, sin pesadillas que me atormentaran, hacía que lo último que deseara fuera abrir los ojos. Caí en un sopor que hacía semanas que no alcanzaba y sencillamente me dejé llevar...

    Sin embargo, un tiempo indeterminado después, me desperté... pero no en el suelo del vestuario (me había caído mientras dormía (tal era mi cansancio que ni me había apercibido del golpe)): Me encontraba en una sala algo más pequeña, con la penumbra de la tarde penetrando por las enrejadas ventanas que se veían por encima de mí. Mi lecho ahora era una mullida cama y sobre mí tenía un par de mantas muy calentitas...

    —¿...dónde estoy...? —pregunté en un hilo de voz, tratando de levantar mis ahora pesadas pestañas.

    —¿Ya estás más descansada? —preguntó Girasol desde detrás mío.

    —Sí... eso creo —respondí restregándome los ojos. —¿Dónde estamos?

    —Amelia te encontró durmiendo en el suelo y decidió traerte a su casa para que al menos durmieras cómoda. Te dejó aquí y me encargó que cuidara de ti mientras ella se ocupaba de su trabajo.

    Asentí y, sintiendo de nuevo el cansancio acumulado durante las semanas anteriores, me dejé caer de nuevo sobre la almohada para cerrar los ojos de nuevo totalmente derrengada...

    Había algo en el ambiente que me relajaba... tal vez fuera el fragante olor de flores que flotaba en el aire o la penumbra, que en este momento se me antojaba deliciosa, o la dulce musiquilla que oía más allá de la puerta de esta habitación, o tal vez la mera presencia de Girasol, el cual había bajado a acompañar mi sueño a mi lado... Fuera lo que fuera, tanto mi cuerpo como mi mente se encontraban en un estado de relajación tal que, inconscientemente, me encontré adoptando la postura fetal...

    Pasadas las horas noté el sonido de pasos sobre la moqueta de esa habitación. Me levanté algo torpe aún y me encontré con la profesora Amelia que trataba de alcanzar algo que tenía sobre la cómoda tratando de hacer el mínimo ruido para evitar despertarme.

    —¡Ah! ¡Ya estás despierta! —exclamó al verme levantarme tan de improviso. Ya con menos cuidado, alcanzó unas llaves y salió de inmediato. —Vuelvo en un momento. Siéntete en casa mientras tanto.

    Sentí como la puerta de entrada se cerraba y de nuevo me encontré a solas con Girasol. Sin embargo, un olorcillo delicioso llamó mi atención... ahora que lo pensaba, hacia horas que no comía nada. No sabía cuanto tiempo había pasado durmiendo pero deberían haber sido al menos cinco horas. Eso querría decir que mi hora de comer habría pasado hacía un buen rato así que, sin pedir permiso ni nada, me levanté, me calcé y fui hacia la cercana cocina de esa casa. Ésta, tan iluminada como la habitación, estaba bien ordenada y olía a limpio por todas partes. Sobre la mesa me encontré una fuente de lentejas y un plato con un filete empanado, probablemente la comida del comedor de ese día. Había colocado un plato vacío justo delante mío así que imaginé que Amelia me lo habría preparado para que comiera. No me hice de rogar y asalté la comida sin miramientos.

    Después de comerme media fuente, de casi engullir el filete y de comerme tres manzanas que había en el frutero, me sentí llena.

    —¿Qué? ¿Hay hambre? —preguntó la dueña de la casa al ver todo lo que me había zampado.

    Me giré y asentí agradecida.

    Cuando llegó a mí, se arrodilló y comprobó mi estado.

    —Cuando Federico te encontró tirada en el suelo, por poco no le da un síncope —dijo la profesora. —¿Qué has estado haciendo durante la Navidad para quedarte tan agotada como para caer rendida así de buenas a primeras?

    —Entre celebraciones y mal dormir no he podido descansar mucho durante las fiestas... —respondí, ahora algo avergonzada por estar en una casa ajena.

    —¿Duermes mal? ¿No estarás enferma? —preguntó posando su mano sobre mi frente para comprobar que no tuviera fiebre.

    —No. Es que tengo muchas pesadillas... Cada vez que duermo no dejo de ver Drills atacándome por todas partes...

    —¿Drills? —la profesora, hacendosa, cogió otra silla y se sentó delante mío para escucharme. —¿Tanto miedo te dan?

    —Sonará curioso pero comencé a soñar con ellos mucho antes de conocerlos... —dije sintiendo un mareo de vergüenza.

    —Bueno, hoy día suelen pasar cosas así —dijo despreocupadamente ella. —Seguro que tú vistes por encima alguna referencia a los Drills en la enciclopedia de aliens y ahora tu mente hace una reconstrucción a partir de lo que pudieras haber visto o, quizá, los hayas visto antes en tu infancia... no sé... he conocido a muchos niños que aún mantenían el recuerdo traumático de la llegada de los aliens hace catorce años...

    —¿Usted recuerda lo que pasó entonces? —pregunté interrumpiéndola.

    —Desde luego... —su cara, que hasta el momento había mantenido lo más animada posible para evitar preocuparme, se tiñó de pesar al escuchar mi impertinente pregunta. —Fue una época muy dura de mi vida... perdí a mis padres, a la mayor parte de mis amigos y casi todo lo que formaba parte de mi vida entonces... pero en fin, lo pasado pasado está. De esa época saqué todo el conocimiento que estoy usando para serviros de guía a vosotros, los encargados...

    Por más que tratara de disimularlo, su cara reflejaba ira y miedo así que, para evitar hacerle sufrir, cambié de tema:

    —¿Cuánto tiempo me he pasado durmiendo? —pregunté señalando la cama que se veía desde la cocina.

    —Todo lo que quisiste y más... ya son más de las siete, ¿sabes? —dijo señalándose el reloj. —Te has pasado durmiendo casi diez horas desde que caíste rendida (la primera de ellas en el suelo del vestuario) aunque, la verdad, después de lo que lograste esta mañana, poco me extraña: Eso no pudo hacerlo Girasol solo.

    —Ya le digo —afirmó el aludido. —Los que no capturé yo, los alcanzó Sandra a base de una mezcla de dardos, patadas y puñetazos... tal vez no hubiera sido la forma más ortodoxa de lograrlo pero esa mañana fue muy completa.

    —De veras me extraña mucho que hayas logrado capturar tantos con tan poca experiencia... —comentó Amelia. —¿Te ha enseñado Federico?

    —No, Lua —respondí pesadamente. —Siempre andábamos juntas cuando tocaba patrullar, ¿recuerda?

    —Sí, me acuerdo. De veras erais muy buenas. No sé cómo lo lograríais pero de nada servía que los aliens se escondieran: Vosotras, con tan sólo observar un par de paredes o unas pocas pisadas, erais capaces de rastrearlos sin ningún problema.

    —Dos cabezas piensan mejor que una —afirmé categóricamente.

    —¿De veras? Recuerdo haberos visto una vez desde la ventana del aula de Contramedidas... estabais siguiendo a tres jeens que se habían ocultado Dios sabría donde en la escuela y tú, tras tocar una pared con tu mano derecha durante un segundo, sencillamente señalaste el lugar a donde fueron... —Mi respiración se cortó por un instante, señal que parecía haber estado esperando la profesora. —¿Me dejas ver tu mano?

    Derrotada, no pude hacer otra cosa más que dársela, tras lo cual me quitó el guante y la gasa para comprobar el estado de mi dedo dominado por Oboeteru.

    —Ya me lo imaginaba... —declaró tras verlo un poco por encima. —¿Sabes qué es lo que tienes en esta mano?

    —Un hongo... —respondí sumisamente. —Oboeteru creo que se llama...

    —Hum... eres más inteligente de lo que pensaba —comentó al oírme decir ese nombre. —Aún sabiendo lo que es, ¿por qué no me habías consultado antes sobre él?

    —¿Quiere... no querrá quitármelo? —pregunté asustada cerrando la mano de inmediato.

    —No. Para nada —respondió más campechana que de costumbre. —En tanto en cuanto te sea de utilidad, mejor para ti. De todas maneras, no me vuelvas a ocultar algo así: Hay toda clase de monstruos que no lo parecen en absoluto.

    —¿Cómo cuáles?

    —Hay muchos aliens que engañan mucho a la vista. El Oboeteru que tienes es un buen ejemplo: Se diga lo que se diga, es un parásito al igual que todos los hongos pero, por suerte para ti, tiene propiedades simbióticas como las capacidades psicométricas que posees ahora.

    —¿Psico—qué?

    —Psicometría es el poder psíquico que permite “leer” los hechos pasados de cualquier objeto o ser vivo con sólo tocarlo. Hay unos cuantos aliens que provocan este efecto sobre otros seres vivos aunque la mayoría son hongos de la familia del Oboeteru. Otros aliens, como el illitia, también confunden mucho —Amelia se levantó y fue hacia su habitación para volver al rato con un ordenador portátil. Tras encenderlo, activó el programa de la enciclopedia de aliens que llevaba incorporado y buscó la palabra “illitia”. Al segundo apareció un extraño alien con forma de pulpo. —Esto es un illitia. Al igual que tu Girasol, se adosa a la cabeza de su anfitrión y se alimenta, en principio, de su mugre. Confiere poderes psíquicos poco finos como sugestión, telequinesia o descargas mentales... enfrentarse a uno es una tarea realmente dolorosa pero enfrentarse a uno que esté controlando a un ser humano es peor pues, de tan controlados que están, pueden llegar a sacrificarse por el illitia. En teoría, el anfitrión cree que está siendo protegido pero el illitia tan sólo lo utiliza como un objeto —la profesora volvió a teclear, esta vez la palabra “persona” tras lo cual apareció una especie de Girasol muy raro con dos patas negras muy largas delante suyo. —Esto es un alien “persona”, también conocido como “alien máscara”. ¿Ves esas dos patas tan largas? Cuando se adosa a la cabeza de un ser humano, las extiende sobre su cara y enraíza las terminaciones nerviosas que contienen más allá de la piel del desgraciado que le haya dejado subirse a él. Sí, confiere una inmunidad casi absoluta a toda clase de venenos y enfermedades y, según va desarrollándose, puede hasta generar fuego a partir de la nada pero las cicatrices que deja no te las quita nadie. —Volvió a teclear, esta vez la palabra “Borg” y la cara de uno de esos seres que tanto me atormentaban apareció en la pantalla. —Estos son los más crueles de todos los que conozco: Los alien Borg. En principio se unen simbióticamente a otro ser vivo y lo protegen como cualquier otro. Sin embargo, pasados unos seis meses, el Borg completa su desarrollo —la profesora pasó un par de imágenes y apareció un Borg con un enorme taladro por cola —y clava ese enorme taladro en el espinazo de su anfitrión sustituyendo el espinazo del anfitrión por el suyo propio. Con ello consigue un control casi absoluto de sus movimientos. Todo lo que puede hacer el anfitrión es pedirle permiso al Borg para todo lo que haga...

    Instintivamente me llevé la mano a mi nuca y pensé en lo que me acababa de decir la profesora. Tal vez fuera mentira (era lo que pensaba) pero al menos su historia sugestiva si que era.

    —¿Todas las simbiosis dejan tantos efectos secundarios? —pregunté señalando a Girasol.

    Amelia, que parecía haber estado esperando esa pregunta, respiró y se puso seria:

    —No compares a Girasol con un Borg. Al contrario que la gran mayoría de los aliens, los Girasoles no provocan tantos daños sobre el cuerpo humano como los demás...

    —¿Seguro? —interrumpí molesta.

    Amelia encaró una ceja extrañada por mi reacción y me preguntó con la mirada.

    —Poco antes de desaparecer, Lua me enseñó cuál era la consecuencia de unirse definitivamente con un Girasol —dije ganándome un respingo por parte de la profesora. —No sé usted pero creo que ésa puede ser la razón por la que desapareció.

    —¿Qué es lo que viste? —preguntó apremiante.

    —Que tenía opciones debajo de la piel de la espalda. Según ella me dijo, sintió que iba a seguir cambiando y cambiando y que no iba a poder aguantar más ver esa visión suya de su propio cuerpo —mentí para tratar de cubrirle las espaldas a Lua. Tras decir esto, respiré y pregunté lo más firmemente posible: —¿Me pasará lo mismo a mí?

    —...so... sólo si así lo quieres... —respondió tan sorprendida como asustada Amelia. —No puedo obligarte a unirte con Girasol...

    —Ella no se unió con Girasol, de hecho, él todavía estaba completando su desarrollo. Me cuesta creer que no nos obligue cuando incluso un contacto de menos de tres meses bastaba para hacer eso.

    —Eso sólo ocurre cuando el anfitrión hace cosas extrañas —replicó Amelia muy a la defensiva. —A veces la mera autosugestión del anfitrión basta para hacer que un bebé de Girasol se convierta en un adulto en menos de dos semanas.

    —Tal como lo veía Lua, creo yo que lo último que quería era seguir desarrollando a Girasol —dije sin dejar de clavar mi mirada en la profesora. Ésta me dio la espalda y se apoyó en una pared, como buscando una respuesta que darme. Aún sin ver su cara sabía que dijera lo que dijera, me sonaría a mentira. —En fin, mis padres se estarán preguntando dónde estoy así que, hasta mañana —dije levantándome para ir hacia la salida. —Y, por favor, por mí no se preocupe —añadí cuando llegué a coger el pomo de la puerta. —He decidido unirme para siempre con Girasol —sentí como Amelia se dirigía rápidamente hacia mí pero yo me giré para evitar mirarla a la cara. —En tanto en cuanto me es útil, me protege y me apoya, es un deber que tengo para con él. Es lo menos que puedo hacer por Girasol después de todo lo que ha hecho por mí... —abrí la puerta y salí con el paso más apacible que pude representar. —Gracias por la cama, la comida y por responder a mis preguntas. Hasta mañana.
     
  6. Threadmarks: Parásito - Capítulo 6
     
    JeshuaMorbus

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    [Alien 9] Parásito (Completa)
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    Ciencia Ficción
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    Capítulo 6: Dudas


    Esa noche, tras cenar tanto Girasol como yo, me puse el pijama ante el alien, el cual había permanecido totalmente callado desde que saliéramos de casa de Amelia.

    —Esto... –musitó levemente Girasol.

    —Lo dije totalmente en serio –respondí antes de que Girasol pudiera preguntarme nada. –Contigo llegaré hasta el final siempre y cuando tú estés dispuesto.

    Yo seguí cambiándome tan tranquila mientras Girasol seguía mirándome con cara de sorpresa, como si aún no acabara de creerse lo que acababa de decir.

    —Pero... ¿no te da miedo? Quiero decir... ni siquiera yo sé lo que acabaré haciéndote...

    —¿Crees que me acabarás haciendo daño? –pregunté al tiempo que lo cogía en brazos. Me senté en la cama y lo dejé sobre mis rodillas. –La verdad es que creo lo que me dijo la profesora: Tú no eres como Borg. Sé que no me harás ningún daño.

    —...pero... ¡Piensa un poco! ¡Hasta a mí me parece muy extraño todo esto! ¿¡Para qué diantre quieren los seres humanos unir sus destinos con seres como nosotros!? ¡Están engañando a sus propios hijos para que se unan con... con...! –Girasol saltó de mis piernas y se alejó de mí mientras lloraba. –No sé cómo puedes confiar en mí que soy sólo un... ¡sólo soy un monstruo!

    —¿¡Pero qué dices!? –exclamé saltando hacia él. –¿Tú, un monstruo? –le acogí en mis brazos y lo abracé apaciblemente. –¿Tanto miedo tienes a ser lo que eres?

    —Tanto a ti como a mí nos están manejando como simple ganado... –respondió mirándome a los ojos. –Mentiría si dijera que no desearía estar para siempre contigo pero, por encima de eso quiero evitarte todo sufrimiento... No sé en qué demonios estarás pensando cuando dices que quieres unirte a mí pero, si quieres mi opinión, los adultos desean que lo hagas con toda su alma, pero no por tu bien sino para controlarte a su antojo.

    —Yo no me voy a dejar controlar...

    —Por favor, no seas tan tonta... Tú tienes tus instintos y tus costumbres pero yo tengo otros muy diferentes. Si me llegara a unir contigo, tú ganarías facetas mías en detrimento de tu propia naturaleza humana y eso podrá ser utilizado por ellos...

    —¿A qué te refieres?

    —Hay una cosa que vosotros, los seres humanos, podéis hacer. Algo que ni nosotros ni otras especies animales pueden hacer a menos que sea por accidente o por necesidad: Podéis mataros entre vosotros.

    —Ni ganas...

    —No lo comprendes, ¿verdad? Los seres humanos no estáis hechos para obedecer toda la vida. Esas construcciones tan vuestras, vuestras “noblezas”, vuestros “jefes”, las jerarquías, las promesas, la obediencia debida, el “deber” a secas... que podáis mataros los unos a los otros es una señal de que eso, en realidad, no existe en vuestra naturaleza primigenia. Tal vez seáis sociables pero no os adaptáis a ninguna jerarquía... sois seres solitarios, muy solitarios.

    Girasol temblaba abiertamente, como si temiera decir lo que decía.

    —Tal vez tengas razón pero...

    —Pero, si os unís con nosotros –continuó interrumpiéndome, –tan pronto como tengamos parte de control sobre vuestros cuerpos, ese factor que os da esa libertad para proteger vuestra propia vida frente a las amenazas de vuestros semejantes se desvanecerá para siempre: Vivirás en continua sumisión a mi raza, Sandra. Yo me convertiré en tu cadena y correa, conseguiré que pierdas tu humanidad... ¡Y no! ¡Yo te deseo libre! –tras gritar esto último, Girasol se zafó de mi abrazo y trepó a lo alto de mi armario. –Hazme el favor de pensarlo de verdad. Puede que mañana sea demasiado tarde para ti.

    Girasol se ocultó en una zona fuera de mi vista y yo me quedé en el suelo, pensando como jamás lo había hecho.



    Estaba tranquilamente en mi cama, tratando de descansar cuando, de repente, escuché un ruido. Me levanté de inmediato y busqué a Girasol con la mirada. Como había visto antes, no se encontraba a la vista así que, aún sin protección, me levanté y fui hacia la puerta.

    El ruido, una especie de repiqueteo contra las paredes y los cristales del salón, se repitió de nuevo pero aún así no me puse nerviosa: Abrí la puerta y miré hacia el final del pasillo. Y allí estaba: Una figura humana, dos brillantes puntos rojos como ojos y un montón de taladros que se percibían en medio de la penumbra del salón. Esto era un sueño. Por primera vez en mi vida sabía que me encontraba en un sueño...

    El ataque del otro no se hizo esperar y al segundo vi como más de cinco taladros me atacaban. Pero al contrario que otras muchas veces, no me aparté: Los cinco me atravesaron de lado a lado y yo permanecí totalmente inmutable.

    —¿No te apartas? –preguntó escépticamente ese ser de diabólico aspecto.

    —¿Creías que iba a tenerte miedo toda mi vida? –respondí provocadora mientras ignoraba la mordedura de las armas del otro. –¿Quién eres? –exigí saber.

    —Saberlo no te serviría de nada –respondió el otro cruzándose de brazos. –Sin embargo, que me lo preguntes quiere decir que al fin has madurado lo suficiente. Por fin te has decidido a abandonar a ese idiota de Girasol, ¿verdad?

    Como respuesta, alcé el brazo izquierdo, cogí el taladro que tenía clavado en mi hombro derecho y, al instante, una opción salió disparada desde debajo de la piel de mi brazo. Ésta rebanó un par de taladros más antes de que el monstruo lanzara otro el cual acabó de inmediato con la vida de la opción.

    —Hay que ver... –comentó el monstruo. –Eres muy poco reflexiva: Unirte con él sólo te acarreará problemas.

    De nuevo, invoqué más opciones, esta vez procedentes de mi espalda. Los catorce insectos que llamé cortaron en pedacitos todos esos pedazos de pelo que me atravesaban e hicieron retroceder al monstruo.

    —No me vengas con idioteces ¿Quién eres tú? ¿Un testigo, un juez o un verdugo? –dije casi sin pensar. “Mira tú, empiezo a hablar como una poeta” me dije sonriéndome, confiando en que, al ser esto un sueño, él no me podría hacer nada.

    —Te veo confiada... En fin, ya veo que desde aquí no puedo afectarte así que, de una manera u otra, ya nos volveremos a ver...

    El monstruo, sencillamente recogió sus taladros, se dio la vuelta y se marchó por la puerta de casa. No traté de seguirle. ¿Para qué iba a hacerlo? ¿Para que siguiera dándome respuestas evasivas?

    Por el contrario, me fijé en el cuerpo que tendría si me unía con Girasol: La opción que ese monstruo me había matado hacía un rato que había vuelto por donde había salido, lugar donde probablemente se estaría recuperando. Me palpé esa zona de mi brazo y no noté ninguna cicatriz, sólo un pequeño temblor por debajo de la piel de la parte baja de mi brazo. Por otra parte, a mi alrededor se acumulaban más de veinte opciones la cuales revoloteaban cual mariposas a mi alrededor. Tan armónico era su movimiento que ninguno de los nervios se entrecruzaba uno con otro... y era yo quien controlaba sus vuelos: Yo era la que movía las alas de todos esos insectos que estaban unidos a mí, yo era la que era capaz de ver a través de todos sus ojillos, la que recogía los hilos...

    Suspiré, hice volver a todas las opciones a su sitio y contemplé como la piel de mis costados (la única piel rota que tenía a la vista) se regeneraba gracias a un liquidillo blanco—azulado que nada más entrar en contacto con el aire, tras un breve burbujeo, se secaba y cambiaba de color a mi tono de piel.

    “Lástima de ropa...” me dije al ver que mi pijama estaba pulverizado por culpa de la acción de todas las opciones. “En fin, si las opciones de Girasol me salían de la espalda, ¿los pétalos...?” instintivamente miré hacia arriba, al poco flequillo que podía ver y, como si fueran una extensión de mi propio cuerpo, uní los cabellos que veía entre ellos formando una especie de telilla de aspecto muy compacto y duro pero a la vez flexible. Mantenía en color oscuro de mi pelo y era capaz de moverlo a mi antojo.

    “Parece que estuviera moviendo mi propia lengua” me dije tan pancha.

    Después de un largo rato ensimismada en mí misma, alargué los cabellos de mi nuca y me cubrí la espalda con ellos, como si llevara una gran capa para así poder salir a la calle: Seguí el camino que seguía habitualmente sin hacer ninguna filigrana (aunque fuera un sueño, no iba a saltar por la ventana), bajé las escaleras, dominadas ellas por la extraña vegetación del bosque del Santo Firme y salí a la calle...

    Maravillada, contemplé todos los árboles que atravesaban el asfalto y que ascendían hacia el oscuro cielo estrellado que veía sobre mí. No era capaz de verlas pero notaba la presencia de cientos de pequeñas presencias que me observaban entre las malezas bajas, las cuales, a cada movimiento mío, se alejaban a toda velocidad...

    No me contuve más y corrí entusiasmada entre los semi—derruidos edificios y los altísimos árboles: El restaurante que se encontraba frente a mi casa tenía taponadas las ventanas por un montón de enredaderas, el bar que se encontraba más allá tenía esas mismas plantas enredadas en las rejas que se encontraban ante sus cristales, el viejo supermercado se hallaba dominado por un montón de plantas y animales que se peleaban dentro de él...

    Llegué a la larga calle principal y miré a ambos lados: A mi derecha veía el Santo Firme iluminado por la luz de la luna... su vegetación que siempre me había parecido horrorosa ahora se extendía como un precioso manto verde y negro sobre el pueblo. Los edificios que me encontré por el camino estaban recorridos de ramas y lianas que se me antojaban muy decorativas. Me giré a la izquierda y vi una más larga visión de la calle: Los edificios se encontraban en el mismo estado que al otro lado, los grandes troncos me taponaban bastante la vista pero aún así era capaz de ver como ni la estación de trenes se había escapado al dominio de las plantas. Y, justo frente a mí, tres trípodos pastaban tranquilamente ignorando completamente mi presencia.

    Pasé ante ellos con toda naturalidad y ellos me ignoraron... lo que habría dado por tener una cámara de fotos para inmortalizar la serenidad que reflejaban tan poderosos animales.

    Seguí caminando: La tienda de electrodomésticos, la farmacia, la autoescuela, otro restaurante, una tienda de todo a cien, uno de los más antiguos restaurantes del pueblo... todos ellos con un montón de animalillos cuya presencia me iluminaba la cara. Así, tras dos minutos de agradable paseo, me encontré ante el nuevo bosque: El parque del pueblo.

    Apenas conservaba nada de lo que fuera antes, ya fuera el parque infantil o, simplemente, los bancos de madera blanca... No, ahora la vegetación hasta dominaba las grandes rocas de las que antes surgía el agua de la fuente y convertían los adoquines en simples pedruscos tirados aquí y allá. El parque infantil ahora parecía un gran invernadero, con todas esas plantas formando un castillo de plantas colgantes y enredaderas que se agarraban a los maderos de lo que fuera una construcción lúdica... pero, lo que más me gustó, fue ver como el jardincillo de flores que se encontraba justo en el centro de ese lugar, un trozo de tierra cuadrado antes con cuatro flores mal conservadas ahora resplandecía: Enormes flores de un color blanco purísimo reflejaban la luz de la luna, expandiendo un aroma tan fragante que no pude resistirme a olerlo más de cerca. Sin embargo, cuando me acerqué lo suficiente, noté como algunas de esas flores ¿se giraban hacia mí? Me acerqué más y lo constaté: Estaban plantadas, tenían grandes pétalos y delicioso aroma pero no eran plantas: Eran pequeños animalillos con forma de planta. Sus leves movimientos y el leve sonido de su respiración les delataba.

    Me acerqué a ellos y extendí mi mano al más cercano, el cual, nada más ver mi gesto, desenclavó sus patas y caminó a mi mano para luego subirse a mi hombro. Su olor era embriagador... pero a la vez me resultaba tan familiar. Cada vez que pensaba en lo que estaba oliendo, recuerdos afables llegaban a mi mente pero tan difusos que no conseguía acertar a saber dónde había sentido antes esta fragancia.

    Con semejante compañero de viaje, me alejé del parque y seguí caminando, esta vez hacia fuera del pueblo. A medida que me alejaba, más densa se volvía la vegetación y más oscuro se volvía el bosque. Este hecho, lejos de inquietarme, me animó a explorar y, acompañada por el animalillo—flor (que se reveló como excelente escalador), trepé el árbol más alto que encontré con la ayuda de mi nuevo cuerpo. Tras más de un cuarto de hora de dura escalada, me encontré cerca de las ramas más frágiles del árbol y pude ver la belleza del amanecer en el bosque: Las brumas se extendían por toda la región que podía abarcar con mis ojos. Si por algo era conocida esta zona era por ser una inmensa llanura en medio de decenas de montañas...

    —Parece que estuviéramos encima de un tazón de leche, ¿eh? –comenté a la flor mientras, allá a lo lejos, veía como empezaba a clarear la noche: A través de las montañas del este pude ver como el cielo ya mostraba un color violeta que no tardó en tornar a índigo. Y, un par de minutos después, el sol, con toda su fuerza, apareció rojo e iluminó toda la blanca llanura sobre la que destacaban unos pocos árboles como en el que estaba subida yo.

    Mientras las brumas se dispersaban con el calor del sol, mi visión fue haciéndose cada vez más difusa, señal inequívoca de que ya me estaba despertando. No me resistí, sabía que era inútil desear quedarse más tiempo dentro de este sueño y a medida que el sol iba subiendo, noté como la luz que llegaba a mis ojos era el leve luminoso de mi despertador.

    Perezosa pero exultante, me levanté en medio de la oscuridad (a pesar de lo largo que me había parecido el sueño, me quedaba más de una hora antes de que sonara el despertador) y me dirigí al baño mientras contenía hasta la última imagen de lo que había visto en mi mente.

    Girasol me había dicho que me lo pensara y me lo había pensado: Quería hacer la simbiosis con él...

    Entré en el baño, encendí la luz, me di un rápido lavado de cara y... cuando me miré en el espejo se me borró la sonrisa que creía que tenía grabada a fuego en mi cara: La imagen que me mostraba el cristal no era la de aquel ser combinación mía y de Girasol... Mis cabellos, en lugar de estar totalmente alisados formando una tela compacta estaban horriblemente retorcidos en forma de cilindros recorridos por interminables surcos en espiral... Di un paso atrás asustada sin dejar de mirar mi ahora horripilante reflejo y casi tropecé con la bañera: Mi imagen no era la de una simbiosis con un Girasol... ¡era la de una simbiosis con un Drill!


    Después de salir de casa, tras desayunar rápidamente, fui hacia la parada del autobús con Girasol sobre mi cabeza para tratar de aclarar mis ideas... Mi pelo, al segundo de mi horrible susto, volvió rápidamente a la normalidad (justo antes de que pegara el mayor grito de terror de mi vida) pero, sin embargo, ahora era capaz de enrollarlo a voluntad como si mi cabello fuera una extensión de mi cuerpo...

    —No habrás sido tú, ¿verdad? –pregunté espantada a Girasol.

    —Lo juro por mi vida: Yo no soy capaz de hacer eso con ninguna parte de mi cuerpo –aseguró el alien. –¿Dices que te despertaste así?

    —...sí... –respondí tratando, en lo posible, de no perder la calma. –¿Pero la profesora no dijo que un Borg tardaba seis meses en asimilar una muestra?

    —¿Ahora crees lo que dice? –preguntó Girasol escéptico. –Sí, eso dijo pero, ¿estás segura de que puede ser cierto?

    —Sí, esto sí se lo creo. Al fin de al cabo, decir “seis meses” no es lo mismo que decir “parásito” o “alien asesino”...

    Los dos callamos y nos quedamos esperando en medio de la bruma oscura de la mañana... De haber estado Lua, se lo habría contado todo y, aunque Naga no supiera responderle la razón de mi problema, sabía que al menos me escucharía... Pero si se lo contaba a Amelia no sabía lo que sería capaz de hacerme para quitarme esta simbiosis de encima... tendría que guardar secreto y tratar de descubrir la manera de librarme yo misma.

    Pero, antes de nada, lo que quería saber era cómo diantre había llegado a hacer simbiosis con un Drill. La única vez que estuve en contacto con ellos fue hacía casi dos meses, tras lo cual no volví ni a mirarlos. Entonces, si no fue por contacto, ¿por qué fue?

    Me devané los sesos junto a Girasol tratando de encontrar la razón dando cada uno de nosotros teorías, cada cual más estúpida que la anterior... hasta que, cuando nos dimos cuenta, estábamos rodeados de niños que esperaban el autobús.

    —¡Buenos días! –saludó campechanamente Federico. –¿Qué? ¿Has dormido mejor?

    —Eh... sí, gracias por preocuparte... –respondí algo descentrada.

    —Ayer cuando te vi en el suelo pensé por un momento que te había atacado algún alien ultra—peligroso de los que nos suele hablar la profesora... Cuando te escuché roncar suspiré de alivio...

    —¿Cómo te llevas con tu Girasol? –pregunté interrumpiendo la dicharachera charla de Federico. Mi cara seria hizo que el chico perdiera la sonrisa tan sólo por verme.

    —¿A qué viene esa pregunta? –preguntó él tratando de volver a un tema trivial.

    —Créeme si te digo que es una pregunta importante.

    —Pues... tampoco es que sea el centro de mi vida pero me llevo bien con él... ¿A qué viene esa cara? –preguntó extrañado.

    —Nada... son cosas que te incumben pero que de momento puedo dejar para más tarde... –me estiré y traté de recuperar la circulación en mis piernas para luego comentar, algo más jocosa: –Oye, Girasol, ¿pegó algún grito de nena cuando me vio?

    —¡Sí! –respondió alegremente el Girasol de Federico. –Empezó a mirar a todas partes tratando de buscar ayuda para saber qué hacer contigo.

    —Podrías cortarte un poco, ¿no crees? –dijo Federico con la cara cambiada, dándole un capirotazo a su Girasol. –En fin... supongo que si te encontraras un cuerpo tirado por ahí reaccionarías igual que yo –me dijo.

    —Todo depende de la costumbre –dijo Martín apareciendo de improviso. –Si vierais la cantidad de aliens atropellados que he visto en mi colegio...

    —Yo me estaba refiriendo a personas... –interrumpió Federico. –¿Tú no ibas en coche hasta el colegio?

    —No, ahora vengo en tren hasta aquí, donde cojo el autobús. Para algo me han dado una beca especial.

    —Debe ser cansado madrugar tanto para venir hasta aquí –comenté.

    —No es para tanto: Cuando son apenas las seis de la mañana pasan tantos coches por debajo de mi ventana que no necesito ningún despertador.

    —Aún así tanto camino para ir a un colegio de segunda...

    —Aquí al menos hago algo. Y, si este colegio es de segunda, aquel del que vengo debe de ser de cuarta regional: El único momento en el que puedes estar tranquilo es cuando haces una patrulla y aún así es ruidoso...

    —Ya me hago a la idea de como va a ser mi vida cuando vaya al instituto –dijo campechanamente Federico. –¡Ah! ¡El autobús!


    Este día, nos tocaba a Martín y a mí patrullar por la tarde. Era algo cansado pero al menos, gracias a todo lo que había dormido (dejando a un lado hechos traumáticos), ahora me sentía mucho más cómoda haciéndolo.

    Patinaba pensando en la extraña frialdad que mostró Amelia cuando llegué este día a clase... Parecía que todo lo que habíamos hablado el día anterior no había sido más que un espejismo. No reflejaba ni el miedo ni los nervios contenidos; no me preguntó nada, no me indicó nada... se limitó a decir “en fin, menos mal que te veo sin ojeras” pero no añadió nada más. Casi parecía que su expresión había vuelto a la semi—marcial con la que empezó el curso.

    —A mí me parece que estaba nerviosa –me comentó Girasol mientras pasábamos entre el edificio principal y la larga aula de manualidades. –Hacía lo imposible para evitar mirarte a los ojos.

    —¿Y qué quieres que haga? Ha venido ocultándonos cosas desde el principio. Que siga haciéndolo es cosa suya: Nosotros debemos aguantarlo.

    Claro.

    —¿Como buenos encargados de Contramedidas? –preguntó hiriente Girasol.

    Dejé de patinar y me senté en las escaleras que llevaban a la puerta de la cocina del colegio para descansar un minuto del paseo.

    —¿Ahora eres tú el que no quiere unirse a mí? –pregunté.

    —Mientras te lo hayas pensado de verdad, yo me uniré a ti.

    —Eso que acabas de decir es estúpido y lo sabes. Es casi como si hubieras dicho: “Haz lo que quieras que yo no voy a aceptar un sí por respuesta”. Tú quieres que diga que no, ¿verdad?

    Girasol enmudeció como si le hubiera dado justo donde más dolía.

    —Tal vez no sea el mejor maestro –continué –pero, el monstruo que aparece en mis sueños una vez me dijo “duda, retuércete y llora si lo crees necesario”. Me parece que no soy sólo yo quien debe dudar de todo lo que pasa a nuestro alrededor.

    Me levanté y dejé a Girasol pensando un poco en lo que acababa de decir y comencé a patinar de nuevo, giré la esquina y...

    Algo me hizo tropezar, cosa que hizo que Girasol se pusiera en guardia de inmediato: Sus patas amortiguaron mi caída y yo pude alzarme fácilmente mientras trataba de ver qué era esa cosa que me había derribado. Escuché varios zumbidos, probablemente opciones de Girasol y me alcé con la mayor entereza que pude... hasta que vi a otro chico...

    Inmediatamente le ordené a Girasol que me cubriera con sus patas mientras yo trataba de alcanzar mi pistola de dardos pero no tuvo tiempo: Las opciones que a ese chaval le salían por detrás de cuello, rebanaron sus patas izquierdas en un instante.

    No me aminalé y, en lugar de huir, me lancé contra él, cosa contra la que ése reaccionó lanzando más opciones contra mis piernas, las cuales me hicieron tropezar de nuevo al tiempo que otras tres me inmovilizaban. Traté de levantarme de nuevo pero los hilos de esas cuatro opciones estaban comprimiéndose contra mi piel, la cual comenzó a sangrar ligeramente.

    Girasol, temiendo por mi vida, lanzó sus opciones para acabar con el enemigo pero una telilla extraña surgió de detrás del cuello de mi atacante y como si fuera una gran mano, las rechazó todas, liándolas seguidamente con otra opción.

    Los hilos cada vez me apretaban más, abriendo grandes vías de sangre en mis brazos y piernas pero yo, lejos de rendirme, me sobrepuse y recurrí a mi último recurso: Enrollé mis cabellos tal como había hecho esta mañana lancé cuantos taladros pude contra lo que estuviera protegiendo a ese chico desde detrás de su cabeza. Ninguna opción más salió disparada y, según parecía, esta clase de ataque había pillado por sorpresa al alelado alumno por lo que nada le protegió del ataque punzante: Algo resultó atravesado justo a la espalda del alumno y, al instante, las opciones enemigas se relajaron súbitamente al mismo tiempo que el alumno caía inconsciente al suelo.

    Cuando las opciones cayeron, los hilos enemigos se relajaron y las opciones de mi Girasol pudieron volver a su lugar de origen. Mientras Girasol recogía los hilos yo pude quitarme esos lacerantes hilos de mi piel y levantarme. Mi camiseta y mis mallas estaban perdidas de sangre pero, al menos, las heridas eran todas superficiales. Pero no eran mis heridas lo que me preocupaba ahora: Después del subidón de la batalla, ahora comencé a sentir el miedo que siempre sentía después de cada pelea... pero no fue porque lo estuviera conteniendo: El alien que estaba adosado a la piel de ese chaval, el que me había lanzado sendas opciones y le había protegido era aquella extraña flor que había visto en sueños...

    Girasol, previendo mi reacción, usó sus patas indemnes para cubrirme mientras trataba de asimilar lo ocurrido... pero esta vez no me detuve a llorar: Algo en mi interior me impulsó a tratar de saber de dónde había surgido ese alien por lo que, con los taladros, lo acerqué a mí, me quité el guante, la gasa, devolví su forma original a mis cabellos y metí mi dedo corazón dentro de la redonda herida.



    —¡Le digo que es demasiado pronto! –gritó Amelia. –¡Sandra no está acostumbrada y siempre se hunde y Federico, por más que lo trate de ocultar, le tiene un horror inmenso a su Girasol! Ver como les atacan Magnolias será muy contraproducente.


    —¿Quién te crees que eres para alzarme la voz? –replicó el director mirando tanto a mi testigo como a sus compañeros de pecera. –¡No estamos para andarnos con chiquitas! ¡Los tuyos ya están comenzando a moverse! ¡No podemos tolerar que esos necios intocables se rebelen!


    Cuando logré fijar mi visión, vi como mi testigo había estado antes en el Aula de Contramedidas. Frente a él estaban Amelia y el director del colegio (no lo conocía demasiado pues rara vez salía de su despacho...). Por la pose asustada de Amelia como por el porte exageradamente soberbio del hombre pude deducir que el director era el más directo superior de la profesora...


    —Pero, es que...


    —¿¡Pero es que qué!? –gritó el director dándole un bofetón que ella ni trató de esquivar. –¡Aún no sé cómo permaneces aquí, maldita cerda! ¡Si fuera por mí haría años que te habría cortado la cabeza!


    Tras ese golpe, el director siguió golpeándola hasta derribarla para luego seguir golpeándola más allá del ángulo de visión de mi testigo. Tras una soberana paliza, el hombre se levantó y se fue hacia la salida.


    —¡Que no vuelva a oírte una sola queja! –advirtió el hombre. –¡Tu vida pende de un hilo y sólo depende de mí que la conserves! ¿¡Me has entendido!?


    Mi testigo no escuchó ninguna respuesta aunque, de todas maneras, el director salió de la sala de inmediato antes de escuchar nada. Pasado más de un minuto, Amelia, sangrando abundantemente por la nariz y la boca, con grandes moratones tanto en cara y brazos, se levantó y se dirigió sin derramar una sola lágrima hacia uno de los armarios de la sala, uno que siempre mantenía cerrado con llave, del cual sacó una gran garrafa de metal cuyo contenido derramó en una pequeña pecera que sacó a tal efecto. Tras comprobar la temperatura del líquido blanco—azulado sumergió su cara en él y se pasó más de tres minutos con su amoratada cara sumergida, tras lo cual resurgió de él. Pero no con sus heridas sino totalmente limpia...


    —No quiso escucharme... –dijo ella al aire. –Muy bien, juzga tú misma, Sandra.


    Evidentemente, el hecho de que, de nuevo, alguien me dejara un mensaje me pilló por sorpresa.


    —El director no sabe nada de tu Oboeteru y tú eres la primera persona a mi cargo que puede saber cuanto ocurre a su alrededor –dijo hablándole tanto a mi testigo como a sus dos compañeros. –Juzga tú misma y saca tus conclusiones... no me estoy excusando, sólo te digo la verdad: Yo no soy quien desea hacerte esto. De todas maneras, haz todo lo posible por matar al que captures... Una Magnolia entre Blossoms sólo está destinada a sufrir. Ahórrales ese sufrimiento...


    Dicho esto, alguien llamó a la puerta y ella fue a abrir. Dentro de esa sala entraron tres alumnos y...




    De repente sentí como Girasol me tiraba del pelo y de inmediato volví a mi tiempo.

    —¡Oye! –exclamó Martín mientras corría hacia mí con una Magnolia dormida en su mano. –¿Qué te ha pasado?

    —Me ha pillado por sorpresa... –dije sin querer hablar mucho. –No sabía que me atacaría un alumno...

    —Por primera vez me siento por encima de ti –dijo él orgulloso. –En mi anterior colegio esta clase de ataques ocurrían casi todos los días. ¿Te encuentras bien? ¿Necesitas ayuda? –dijo ofreciéndome la mano.

    —No... –me levanté sola y recogí la Magnolia muerta. –Dame el tuyo y encárgate de ése –dije señalando al chaval. –Yo tengo que ir a curarme...

    Mi compañero no se negó y me dio su presa. Así pude marchar hacia el Aula de Contramedidas tan deprisa como mis sangrantes piernas me permitieron.



    —Aquí tiene –dije lanzándole el cadáver de la Magnolia a la profesora. –¿Repito con éste? –pregunté señalando al dormido.

    —...ya veo que lo has visto... –comentó mi responsable mientras recogía el cadáver de tan bonito alien. –Bueno, ya sabes que...

    —Tres rábanos me importa si lo hizo aposta o no –dije dándome la vuelta hacia la puerta. –Sólo dígame donde está el tercero.

    —¿Para qué...?

    —Por Federico –interrumpí molesta. –Usted dijo que le tenía miedo a su cargo, ¿no? ¿Dónde está el último? –exigí saber.

    —No lo sé... –respondió Amelia con la cabeza gacha. –Podría estar en clase o en...

    —Muy bien –volví a interrumpir mientras ponía mi mano sobre la puerta para ver a quién le había dado el último alien que quedaba.



    —En fin... –suspiró Amelia. –¿Vosotros sois los...?


    —¿Ésos son los aliens? –preguntó uno sin esperar a que la profesora terminara. –¡Jo! ¡Si parecen flores!


    A éste lo conocía: Era Alberto, uno de los alumnos de mi clase.


    —Yo tengo uno igual –la profesora volvió a suspirar, como cansada. –¿De veras vais a aceptar?


    —¡Pues claro! –exclamó otro mientras forzaba la tapa de la pecera. Tras abrirla, cogió a uno de los tres sin ningún cuidado y se lo puso en la cabeza.


    —No es ahí –aclaró la profesora. –O detrás del cuello o en la espalda pero nunca en la cabeza. Aunque la localización sea diferente, la defensa es igual a la de los Girasoles.


    La Magnolia que se colocó el chico, me parecía que pertenecía a la clase a la que iba Federico, se colocó sola detrás del cuello, extendió sus patas sobre su cuello y nuca y luego ocultó sus grandes pétalos por debajo de su ropa. Así, con sólo subirse un poco el cuello de la ropa, las seis patas quedaban perfectamente ocultas.




    —Ya sé dónde está el tercero –declaré al tiempo que me lanzaba al control de alarmas. Sin dudar pulsé el botón de “Cese de alarma” y el sonido que señalaba el final del estado de emergencia dominó el colegio.

    —¿Qué haces? –preguntó Amelia al tiempo que venía hacia mí.

    —Lo sabrá ahora –respondí sin ocultar mi enfado.

    Salí del aula a toda prisa, subí las escaleras hasta mi aula y, una vez allí, llamé a la puerta para que me retiraran los barrotes que impedían la entrada de los aliens. Cuando escuché como ya habían quitado los candados y abierto la puerta, entré sin ningún cuidado a toda prisa. En menos tiempo que el profesor tuviera para darme la bienvenida o que nadie comprendiera lo que estaba haciendo, me dirigí a toda prisa hacia el asiento de Alberto, el cual, al ver mi expresión furibunda, se levantó y trató de huir de mí hacia la pared contraria.

    —¿Qué te pasa, Sandra? –preguntó el profesor al verme tan furiosa acorralando a mi compañero. –Anda, siéntate y...

    Antes de que el profesor pudiera decirme nada más, Alberto, en un ataque de miedo incontrolado, me lanzó una opción que intercepté de un manotazo de mi mano derecha al tiempo que me lanzaba hacia él y le agarraba sin nada de cuidado a la Magnolia que se encontraba en su espalda.

    Cuando todos vieron lo que Alberto tenía en la espalda, cundió el pánico y todos los chavales trataron de huir desordenadamente mientras yo me ocupaba de combatir al alien: Nada más arrojé a la Magnolia al suelo, Alberto cayó inconsciente y el alien trató de defenderse: Cubrió su cuerpo con sus pétalos formando una especie de capullo doble, uno para proteger su cuerpo principal y otro para proteger su espalda, lugar donde estaban situadas las opciones preparadas para ser disparadas. Pero no le dio tiempo: Con un movimiento rápido, Girasol lanzó una opción contra el capullo superior y lo rebanó por la mitad. Este ataque generó un enorme agujero en el cuerpo de Magnolia, lugar hacia el que ataqué de inmediato con mi puño izquierdo.

    El combate acabó ahí mismo: Magnolia acabó aplastada, yo pringada y los alumnos que huían asustados del alien, ahora se alejaban espantados de mí que llevaba impasible el cadáver de esa criatura en la mano mientras aún goteaba su sangre blanca mientras mi ropa lucía un rojo nada elegante...
     
  7. Threadmarks: Parásito - Capítulo 7
     
    JeshuaMorbus

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    [Alien 9] Parásito (Completa)
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    Ciencia Ficción
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    Capítulo 7: Ira


    A la mañana siguiente, nadie en la parada del autobús quiso tan siquiera mirarme. El rumor de “la asesina de aliens” había corrido como la pólvora por todo el colegio y ahora eran muy pocos los que no sabían lo que había hecho. Pero eso me importaba un comino.

    De todas maneras, que ni siquiera mis compañeros de cargo se me acercaran lo más mínimo ya me estaba doliendo un poco. De no haber sido por Girasol haría un buen rato que habría roto a llorar.

    Me sentía sola.

    Horriblemente sola.

    No importaba lo que hiciera: Durante la espera, el viaje en autobús, la clase... durante todo ese tiempo, todos cuantos conocía trataron de evitarme.

    Tenían miedo.

    Miedo de lo que era.

    Hasta que no llegó mi hora de patrullar no pude hacer otra cosa más que soportar miradas acusadoras... era lo normal: Los tres niños dominados por las Magnolias no habían vuelto a clase y pronto se corrió el rumor de que, por lo que hice, acabaron en el hospital. Mas, en este momento poco me importaba lo que se dijera: Seguía sintiendo la misma ira que me había dominado el día anterior.

    Y Girasol lo sentía. Sentía mi enfado como si fuera suyo. Daba igual lo que dijéramos: Los dos estábamos de malísima leche.

    ¿Y por qué? Porque, por primera vez, nos sentíamos humillados por sentirnos “objetos”. Tal vez él lo hubiera dicho cuando lo hablamos con Lua, tal vez yo hasta lo hubiera asumido pero no... ¡por esto no íbamos a pasar! ¡Cuanto iba a aceptar sería unirme con Girasol pero, a partir de ahí, de obedecerles nada! ¡No iba a tolerar ni una sola queja! Porque al loco que se le ocurriera... lo iba a sentir mucho por sus padres.

    Esa tarde me tocaba patrullar con Federico, el cual trataba de mantenerse fuera de mi campo de visión. De alguna manera, él también reflejaba algo de furia pero nada comparada con la mía. Me preguntaba...

    —¿Hay algo que te enfade? –pregunté sin tapujos mientras estábamos en el patio.

    —¡No lo sé! –exclamó él. Su cara, generalmente con una simpática sonrisa, ahora reflejaba miedo e ira... me extrañó. Me relajé un poco y traté de alejar de mi mente las causas de mi furia y me paré delante de él.

    —¿Es por lo que hice ayer? –pregunté mucho más relajada.

    —No exactamente... –dijo él apoyándose en la pared. –Durante semanas he tratado de ocultarlo pero... cada vez me gusta menos esto de ser encargado. Lo que hiciste no hace más que reafirmar lo que siento...

    Le señalé a mi Girasol que no perdiera detalle de lo que ocurría a nuestro alrededor mientras estábamos ahí parados y me dispuse a escuchar a mi compañero.

    —Ya somos dos –añadí yo con tono campechano, cosa que pareció animar a Federico.

    —Yo me apunté a esto porque pensaba que sería la manera de vivir aventuras como en la televisión o en los cómics. Mi hermano me contaba, una y otra vez, lo emocionante que fue para él pasar por esto del cargo de Contramedidas y, al final, casi sin pensar, me encontraba en medio de clase con el brazo levantado como un pasmarote... Y ahora ya no puedo renunciar.

    —¿Quieres que te diga la verdad? Yo empecé con esto porque pensaba que así, tal vez, conociera animales en primera persona... Sólo pensaba en los pocos que ya conocía: Dezumontos, dobis o esas malditas “Cebollas Fórmula Uno” –comenté con humor. –En ningún momento pensé en jugarme la vida.

    —¿Tú también piensas eso? Lo de jugarte la vida, quiero decir...

    —No lo pensé hasta que Lua usó esa expresión para referirse a este trabajo. Tal vez debiéramos haber escuchado mucho más a esa “quejica” mientras pudimos, ¿no crees?

    —No sé si deberíamos haberlo hecho... al final hasta le gustaba y todo.

    —No, sólo lo aparentaba. Yo pasé con ella más tiempo que tú y no, odiaba tanto este cargo como nosotros dos. Pero, si quieres mi opinión, algo bueno sí que ha salido de esto –dije señalando a Girasol.

    —No creas que el mío me cae tan bien... No digo que sea “odioso” como dicen todos los demás (¡eso jamás!) pero tampoco es que sea el centro de mi vida... Por suerte, ¿cuánto nos queda? ¿Cuatro meses?

    —¿De veras crees que todo esto acabará en cuatro meses? –pregunté seriamente. –Tú no sabes lo que yo...

    —Por favor, no me pongas esa cara de mala baba otra vez... me das miedo...

    —Miedo tiene que darte... –dije más firmemente aún.

    —¿A qué te refieres?

    —¿Sabes cuál fue la razón por la que me enfurecí tanto ayer hasta matar de esa manera a esos dos aliens? Pues porque me enteré de que los adultos quieren que nuestras uniones con los Girasoles sean permanentes –mentí.

    —¿Permanentes? ¿¡Para siempre!? –exclamó llevándose las manos a la cabeza.

    —Si quieres que te diga la verdad, a mí la unión no me parece algo tan espantoso, tan sólo el que no nos informen de ello. La verdad es que me apetece hacer simbiosis... aunque este briboncete no se haya decidido todavía –añadí jocosa dándole un golpecillo a Girasol. –Con él, por lo menos, jamás me he sentido sola.

    —¿¡No pretenderás que me una con “esto” para siempre!?

    —Si no unirte, al menos tratarlo con respeto –le recriminé. –Recuerda que él está dando su vida por ti. No estoy diciendo que “debas” sino tan sólo que te lo pienses. Ya lo tengo comprobado: Amelia no pretende hacernos nada malo, al menos, no por su voluntad.

    —¿Qué quieres decir? –preguntó esta vez el Girasol de Federico.

    —Ella tiene sus propios problemas, nada más. Lo que sé es que, a pesar de lo peligroso que es este cargo, hace todo lo posible para que al menos no nos matemos.

    —Pues hasta ahora nunca le he visto cazando a ningún alien –se quejó Federico.

    —Yo he pasado más tiempo con ella y conozco una parte de sus miedos... Lo poco que he visto de ella es que todo lo que hace, lo hace por órdenes del director. No es ella la que hace todo esto pero, de momento no puedo decir mucho más: Estoy investigándolo.

    —Sandra, tenemos trabajo –me avisó mi Girasol.

    —Un toro boxeador... –comentó Federico al tiempo que se levantaba pesadamente mientras mirábamos a uno de esos animales caminar tranquilamente por la explanada que había delante del colegio. –Es que parece que no se acaben nunca.

    —Uno, no... tres –observó su Girasol mirando a su espalda.

    Me giré para ver y, sí, así era. Sin embargo...

    —Oye... ¿de dónde sale tanto toro? –preguntó Federico al ver que la cantidad de aliens que había en ese patio era cada vez mayor: Pasó de ser uno solo a ser tres, luego cuatro, luego siete; diez, doce, quince...

    —Profesora... –le dije a mi comunicador mientras sentía el miedo ascender por mi espinazo. –Me parece que nos vamos a quedar cortos de dardos...

    —Estoy observando la situación desde el aula –dijo la profesora desde su lado de la línea. –Incluso para los tres juntos esto es peliagudo. Tratad de venir hacia el Aula de Contramedidas sin excitarlos demasiado. Si no mostráis signos de hostilidad no os harán nada, al fin de al cabo, son como vacas.

    —Entendido –dije cerrando la comunicación. –Vamos –comencé a moverme suavemente en dirección a la puerta principal pero, por desgracia, Federico no se movió ni un centímetro. –No te preocupes por ellos: Son muy pacíficos siempre y cuando no se les provoque –le pasé mi mano y él, más asustado de lo que pretendía aparentar, se asió a ella como a un salvavidas y se puso en movimiento.

    —¿Seguro que...?

    —Seguro –le dije con la mejor de mis sonrisas. –Tú nunca has estado cerca de trípodos pacíficos, ¿no? Son los seres más serenos que he visto en mi vida...

    —¿Alguna vez están tranquilos éstos? –preguntó dudoso su Girasol.

    —Cuando Lua aún estaba con nosotros logramos guiar a un trípodo voluntariamente hasta delante de la puerta del depósito.

    —Lo logró ella –aclaró Girasol. –Tú ni llegaste a tocarlo: Te limitaste a dormirlo delante de la puerta.

    —De todas maneras, creo que hasta yo podría hacerlo ahora –dije confiada mientras subía las escaleras que había delante de la puerta del edificio.

    Tras ver que ninguno de todos esos animales nos hacía ningún caso, entramos en el edificio y cerramos tras nosotros.




    —No sé... ¿no es un poco excesivo? –preguntó Martín mientras trataba de controlar la aparatosa arma que ahora tenía entre manos.

    —Hasta a mí me parece que sí –contesté algo dudosa mientras mantenía derecho el rifle en mi espalda. –De todas maneras, nos permitirán dormir a todos esos con facilidad. De cerca, esos toritos son de lo más peligroso.

    Los tres estábamos tomando un rodeo desde por fuera del patio para así poder derribar a cuanto alien se pusiera frente a las miras de nuestros limpísimos rifles de dardos (dijera lo que dijera la profesora, verme con este armatoste encima no era lo que esperaba de una chica de mi edad...). En fin, fuera lo que fuera, nos ayudaría mucho sin tener que ensuciarnos demasiado las manos.

    Nuestra posición actual era el campo que se encontraba más allá del colegio, justo detrás de la primera alambrada que protegía al colegio del avance del bosque. Por allí había un par de viejas atalayas, vestigios de los primeros tiempos del bosque, cuando la gente vigilaba el aún lejano bosque desde las alturas. Nuestra misión era, en teoría, sencilla: Nos subiríamos cada uno de nosotros a una atalaya y, desde nuestra privilegiada posición que nos permitía abarcar casi toda la totalidad del patio con nuestros rifles, abatiríamos a los trípodos.

    Nuestro primer objetivo era escoltarnos mutuamente en medio de esa selva: Federico dispararía desde la atalaya que cubría el aparcamiento de autobuses y la entrada del colegio (la más cercana a la vieja carretera, es decir, la que tenía la vía de escape más cercana), Martín desde la atalaya que se cubría la explanada, el prado y el centro del patio mientras que yo dispararía desde la atalaya más alta, la más lejana, situada mucho más allá que las otras dos desde donde cubriría la zona trasera del gimnasio, lugar al que mis compañeros probablemente empujarían a los trípodos.

    Federico no tardó en llegar a su posición y, mientras subía, nos deseó suerte. Martín, sin decir una palabra, subió a su atalaya mientras su Girasol se encargaba de sostener el rifle y yo, tras un paseo que se me antojó entretenido y precioso (cada vez tenía en mayor estima al bosque) escalé a mi atalaya, lugar desde el cual llamé a mis compañeros:

    —Muy bien, estoy en posición –le dije a mi comunicador. –Sólo tengo a tres trípodos a la vista así que id echándomelos para acá.

    Dicho esto, me guardé el comunicador, cargué mi arma con una carga de aire comprimido y un dardo, apoyé el rifle sobre la barandilla de la atalaya para evitar temblar y apunté al objetivo más cercano. Éste no tardó en caer dormido así que repetí el proceso con el resto de objetivos que se me estaban poniendo a tiro.

    A pesar del lugar en el que estaba, dentro del bosque, ni yo ni Girasol estábamos nerviosos. Estábamos... no sé... ¿como en casa? Sí, quizá fuera eso. Yo comenzaba y acababa los días en mi casa pero, durante el resto del tiempo, miraba el monte casi con nostalgia. Al principio, lo veía con miedo, luego con odio, luego respeto y, al final, lo adoraba... Me pasaba los recreos mirando el verde manto de Santo Firme y lo único que lograba distraerme de él era Girasol y el sonido del timbre que me obligaba a volver al colegio... Ahora que me encontraba disparando desde una atalaya en medio de la frondosidad de las ramas de más de tres árboles me sentía casi como en un hogar...

    Y Girasol también. El lugar era peligroso y lo sabía, pero aún así no se mantenía con todos los sentidos alerta como si en lugar de estar en medio de una zona en guerra estuviera tan pancho sobre su almohadón.

    Si por nosotros fuera, nos hubiéramos echado una señora siesta allá arriba... pero nuestros deseos no nos interrumpieron de nuestra misión: La operación iba bien, yo ya había derribado cinco trípodos con seis disparos (no tenía mala puntería, no) y pasados unos cinco minutos, aparecieron cuatro más bajo mi punto de mira. Desde mi posición que permitía abarcar buena parte del patio pude ver como el aparcamiento estaba bien sembrado de cuerpos de trípodos (habría unos veinte) y un poco más allá, siete más sin contar con los que habría delante del gimnasio. Así a ojo calculé que en el patio habría unos cuarenta y cinco trípodos caídos. Si había alguno más ya no importaba porque sería uno contra tres y eso ya resultaba más abarcable por nosotros.

    —Ya no veo ninguno más desde aquí –informó Martín desde su posición . –¿Has acabado con los que fueron para allá, Sandra?

    —Desde aquí no veo ninguno más en movimiento –respondí. –¿Ha escapado alguno fuera de la escuela?

    —No, todos han caído –respondió Federico triunfante. –Lo único que me molesta es que vamos a tener que acarretar con todos ésos... Espero que este somnífero sea realmente bueno porque no creo que podamos meterlos a todos entro del depósito antes de que despierten...

    —En fin... –suspiré al pensar en el trabajo que aún nos quedaba. –Nos vemos en la puerta pues...

    Resignada, recogí el rifle y bajé las escaleras. Trataría de disfrutar un poco más de la belleza del lugar donde estaba... Caminé parsimoniosamente por la leve marca de la senda que existiera una vez en ese lugar.

    Tanto mi carácter, tan irascible últimamente, como el de Girasol se había dulcificado un poco tan sólo por sentir las copas de los árboles por encima nuestro. Nos gustaba estar rodeados de verde, de sentir las piedras bajo nuestros pies, de notar el frío de la humedad y del agua que goteaba por los troncos... daba la sensación de que queríamos volver a ser salvajes.

    Remoloneamos un buen rato pero no me detuve. De todas maneras, mi paso seguía siendo muy lento... hasta que escuché el grito de Federico.

    De inmediato agucé todos mis sentidos, tensé todos mis músculos y me lancé hacia el patio. Nada más llegar a la alambrada vi como, entre los cuerpos de los trípodos había varios aliens más: Eran tres y no eran trípodos a pesar de tener una forma muy similar: Tres patas, piel escarlata, brazos acabados en puntas en lugar de en cuernos retorcidos y, sobre todo, un tamaño que casi triplicaba el de los caídos. Éstos estaban atacando sin ninguna piedad a mis compañeros que, como alma que llevaba el diablo, huían como podían sin el apoyo de sus patines.

    Ver la escena me espantó pero más lo hizo cuando vi que Federico caía. De inmediato sentí una angustia brutal atrancarme el cuello y paralizar mis brazos. Pero, lejos de seguir asustada, me sobrepuse y llamé a mi mente todas las razones de mi ira. Recordé lo que dijo el director, las razones por las que Amelia nos había colocado a los Girasoles sobre nuestras cabezas, el por qué de nuestra labor...

    Alcé mi rifle y saqué las dos últimas cargas de aire que me quedaban para al menos derribar a uno de esos hotentotes. Cargué mi arma, conecté la pequeña botella y apunté mientras trataba de mantener firme el pulso. Mi objetivo: El alien al que estaba esquivando Federico. Mi dardo voló y acertó de pleno en el abdomen de la criatura. Pero, lejos de dormirse, pareció enfurecerse más y empezó a sacudir su cuerpo para quitarse el doloroso dardo.

    Federico, desesperado, no tuvo más remedio que lanzar una opción contra una de las patas delanteras del alien para defender su vida y así, reflejando una ira similar a la mía, casi como si se la hubiera contagiado, le cortó la pata. El animal trastabilló y cayó mientras sangraba abundantemente.

    Tras ver que al menos Federico no se iba a quedar de brazos cruzados, corrí hacia la salida de la alambrada para ayudar más directamente a mis compañeros. Corrí como el viento mientras apartaba las ramas con mis manos y la ayuda de las patas de Girasol... aunque por mucho esfuerzo que le pusiera, no avanzaba tanto como quería y desde donde estaba no dejaba de escuchar los bramidos de esas criaturas y los gritos medio de terror medio de ira que profería Federico... el no escuchar a Martín me hizo temer lo peor así que aceleré... y tropecé. En el suelo, me maldije a mí misma y a la debilidad de mi cuerpo, que nada podía hacer para atravesar esa frondosidad mientras me alzaba y me impulsaba con más fuerza mientras me enredaba con las lianas y resto de plantas que estaban atravesadas en mi camino. Traté de correr por un camino menos poblado pero nada: Cuantos más atajos creía encontrar, más me retrasaba. Me seguí maldiciendo mientras mi ira iba creciendo por segundos hasta que, llevada por un impulso de furia ciega, fui hacia la alambrada y con el mayor impulso que jamás pegué con mi débiles piernas, salté...

    Y salté...

    Siete metros, todos hacia arriba...

    Ni yo misma me creía lo que estaba haciendo: Después de liberar una asombrosa fuerza que no creía que pudiera tener mi cuerpo, estaba medio volando por encima de la alambrada en dirección hacia la batalla que estaba librando Federico solo contra las dos criaturas que quedaban. No me dejé llevar por el pánico y aterricé con cierta entereza.

    Nada más puse mis rodillas sobre el suelo, uno de esos extraños trípodos se fijó en mí mientras Federico trataba, a duras penas, de lidiar con el otro que no dejaba de librarse de las presas de su Girasol.

    Antes de que el trípodo rojo llegara hasta mí, logré alzarme mientras sentía la mayor sensación de picor que jamás hubiera sentido en mi cuerpo y corrí hacia él: La mejor manera de esquivar a los trípodos no era huir de ellos sino lanzarse contra ellos puesto que les costaba mucho girarse. Si lograba pasar a su lado a toda velocidad, yo me quedaría su espalda y podría atacar a su pata trasera con más facilidad.

    Sin dudar me lancé a correr por el suelo de grava que era el aparcamiento de los autobuses y el trípodo hizo lo propio mientras cargaba con sus largos pitones al frente. Evidentemente pretendía ensartarme... le indiqué a Girasol que preparara las opciones pero que no se molestara en intentar protegerme con sus patas: Esos cuernos eran demasiado fuertes y lo más probable sería que las atravesara.

    Corrí sin dudar al frente, sin hacer ninguna finta que hiciera que el trípodo cambiara de dirección... quince metros... diez metros... cinco metros... dos...

    Me lancé a mi derecha y, con las patas de Girasol protegiendo mi cuerpo, me deslicé justo detrás del trípodo que, nada más ver mi táctica, se paró en seco mientras yo me alzaba y disparaba tres opciones contra la pata trasera... pero algo fue mal: El trípodo se apoyó en sus patas delanteras y lanzó una poderosísima coz contra mi cara. Ni la protección de Girasol pudo hacer nada: Las opciones no llegaron a tocar la pata del trípodo y nosotros salimos despedidos lejos de él, mientras yo sentía un intenso dolor en la cara.

    Uno de los cuerpos caídos paró mi impulso y yo traté de levantarme pero un enorme mareo dominaba todas mis percepciones... mientras me apoyaba en el cuerpo del trípodo dormido, mi cabeza me daba vueltas, no era capaz de ver bien los colores y todo se entremezclaba en medio de una neblina oscura que hacía bailar a mis ojos... mi sentido del equilibrio también se vio afectado y no fui capaz de levantarme. Y el dolor... me dolía la cabeza... el más mínimo ruido retumbaba brutalmente en mi sien... Ni tan siquiera era capaz de pensar bien. ¿Qué veía? Una niebla gris que confundía los colores. ¿Qué oía? Un rumor confuso que me recordaba a un grito. ¿Qué sentía en mi piel? Un picor salvaje... ¿Cuánto tiempo pasó? No lo sabía, ni me importaba: Perdí el control de mi cuerpo, perdí el control de mi mente, me perdí a mí misma...




    —¡Pero bueno! ¡Lo de las Magnolias tenía un pase pero esto es exagerado! –gritó Amelia.

    —Hace falta tener paciencia con gente como vosotros... –suspiró el director mientras comprobaba el estado de un trípodo dentro del depósito. –Cuanto te digo que hagas es que sigas el programa...

    —¿Tengo que recordarle que aquí la experta soy yo y no usted? –bufó ella. –Yo he logrado más simbiosis que todos lo demás Girasoles juntos en estos doce años.

    —¡No te me pongas chula! –gritó el director dándole otra bofetada. –¡Tres rábanos me importa lo que hayas inventado o la de éxitos sigas cosechando! ¡Aquí las cosas se deben hacer según nuestro orden de cosas!

    —Vuestro orden es lo que falla... –replicó ella en voz baja mientras se limpiaba la sangre. –Vosotros sólo lográis simbiosis forzadas y, aunque las consigáis voluntarias, sólo conseguís más y más fallos... –el director alzó de nuevo la mano y Amelia calló sin dejar de mostrar rebeldía en la mirada.

    —Tu método se ha mostrado como el más práctico, sí... –dijo él tras bajar la mano. –Sin embargo ninguno de tus alumnos se ha unido a nuestra causa. Lo que tú crías son rebeldes en potencia...

    —Se supone que éste es el planeta donde viven los humanos... yo les dejo conservar su humanidad.

    —Por suerte para nosotros, no ha habido ninguna revolución abierta... –el hombre comprobó el estado de los pitones de uno de esos enormes trípodos rojos. –Sin embargo, todo es cuestión de tiempo... ésos que tú llamas “humanos” son capaces de aliarse con los Drills a pesar de su simbiosis Blossom. Eso es toda una idea antinatural... ¿te imaginas? ¿Mestizos de Drill y Blossom que sean capaces de matarnos? Yo sólo evito problemas a mi clan...

    —Tú lo que haces es conseguir esclavos para tu clan –recriminó Amelia ganándose una nueva bofetada.

    —¡No digas...! –el director interrumpió su exclamación y sencillamente se sonrió. –Yo no consigo ningún esclavo: Para eso ya te tenemos a ti –dijo comedidamente mientras le cogía de la pechera de la camisa. –Tú eres una afrenta a toda tu especie, ya sea la humana como la Magnolia. Yo no creo esclavos, creo soldados que protegerán a sus semejantes. Ellos seguirán siendo libres. Pero tú... –el director le asestó un puñetazo brutal en el abdomen –maldita Magnolia asquerosa, tú tendrás que vivir por siempre bajo mis órdenes –el hombre la dejó caer y ella se encogió en el suelo mientras sentía el dolor del golpe. –Y lo más gracioso es que no puedes hacer nada, ni tan siquiera suicidarte –el hombre rió cruelmente mientras Amelia lloraba en el suelo. –Las Magnolias no sois más que basura que se arrastra en este mundo. ¡Jamás debisteis llegar a este mundo! ¡Este mundo es del clan de los Girasoles, los Blossoms, no de una raza inferior como la vuestra! –el director dio un par de golpes en la plana cabeza del trípodo rojo que estaba a su lado y se rió. –Estos rubritrípodos es lo que necesitamos para crear buenos aliados: Ese Federico necesita una dosis de realidad para que sepa que necesita a su Girasol más que nada en este mundo...




    Federico...

    ¿Todo este ataque era por él? ¿Era tan sólo para ponerlo en contra de todos los demás aliens? ¿Lo único que querían era ponerlo en tal estado de peligro que estuviera al borde de la muerte?

    Mi ira superó todos sus límites y, a pesar de que aún seguía sintiendo las secuelas de la coz, me alcé tambaleante mientras veía venir al rubritrípodo hacia mí... estaba obnubilada... mi ira era tal que, a pesar de mi falta de equilibrio, mi dolor, mis picores y mi mareo generalizado, me lancé corriendo contra esa maldita mascota del director.

    Mi respuesta a la coz fue un simple y brutal grito de furia que lancé al tiempo que esquivaba el cuerno derecho y lanzaba mi puño contra la cabeza de esa criatura. Mi golpe, imbuido por una fuerza que se me antojó sobrenatural, atravesó el cráneo del rubritrípodo y lo paró en seco. Pero no acabé ahí: Una vez saqué mi puño de dentro de ese enano cerebrito, lo preparé de nuevo y lancé un golpe ascendente que lo envió a tomar aire para después atravesarlo sin ninguna piedad con los taladros que formé a partir de mi pelo...

    No me entretuve viendo como ese despojo caía al suelo totalmente atravesado y sencillamente me di la vuelta para ir a ayudar a Federico que a duras penas era capaz de dar un solo paso más: Corrí a toda velocidad, el rubritrípodo se giró hacia mí pero nada pudo hacer: Catorce opciones que salieron como un ensalmo de debajo de mi piel al tiempo que una incontable cantidad de taladros formados a partir de mi pelo convirtieron a ese animalejo en carne picada...

    Federico, más espantado que nunca al ver mi faceta más salvaje, se encogió contra el suelo cubriéndose de mí mientras yo iba recogiendo todas mi opciones y me acercaba a él.

    —Permíteme que te ayude... –le dije mientras le cogía la cabeza a su asustado Girasol y se la aplastaba sin piedad. –Eres libre para seguir siendo humano...

    Dicho esto, sencillamente me di la vuelta y, mientras los últimos pedazos de lo que fuera el anterior cuerpo de Girasol caían a mi alrededor, me dirigí al edificio principal para resolver un último problema.

    Caminé comedidamente mientras escuchaba la voz de Amelia a la altura de mis caderas. Cogí mi comunicador y sencillamente lo tiré detrás mío para no tener que seguir aguantando las órdenes de esa pobre desgraciada. Cuando llegué a la puerta me la encontré cerrada pero eso no me importó: Alcé mi puño y pulvericé la cerradura con un simple golpe.

    Accedí al edificio y comencé a subir escaleras... ignoré el Aula de Contramedidas, ignoré mi aula, pasé de las oficinas y ascendí hasta el despacho del director...

    Tan sólo tuve que rememorar la escena que viví cuando toqué al trípodo y una enorme fuerza generada directamente a partir de mi odio hizo el resto: Comencé a sacudir salvajemente esa puerta cerrada a cal y canto con tanta fuerza que la pared, de ladrillo y hormigón, comenzó a ceder ante mis ataques. Tras dos minutos de golpes brutales, la puerta apenas se sostenía y mis manos ni tan siquiera sangraban así que, con último esfuerzo, concentré toda mi fuerza en mi puño derecho y preparé un último golpe.

    Pero no pude lanzarlo: Noté como algo se clavaba en mi cuello... Mientras caía dormida, miré hacia las escaleras y vi a Amelia sosteniendo una pistola de dardos contra mí...
     
  8. Threadmarks: Parásito - Capítulo 8
     
    JeshuaMorbus

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    [Alien 9] Parásito (Completa)
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    Capítulo 8: Rechazo


    —¿Cómo te encuentras? –me preguntó Amelia nada más abrí los ojos.

    Mi cabeza aún me daba vueltas y ya no era capaz de sentir esa ira tan obnubilante que hizo que mi cuerpo casi actuara por sí solo... Cuando me acordé de todo lo que hice, mi cuerpo se relajó súbitamente como si notara de golpe todo el cansancio acumulado durante ese rato de furia...

    Aún así, traté de levantarme pero, con miedo, noté como no podía: Estaba atada a la cama de Amelia de brazos y piernas.

    —¿¡Qué es esto!? –exclamé en un carraspeo.

    —No te preocupes, no voy a hacerte daño –dijo ella sin moverse de su silla. –Estas correas están sólo para evitar que volvieras a tener un episodio psicótico como el de antes al despertarte. Puesto que te veo menos enfadada te soltaré ahora mismo... –dicho y hecho, Amelia me fue quitando las correas una a una.

    Cuando terminó, se retiró a su silla y esperó a que recuperara la circulación de mis muñecas. Mientras me estiraba, me fijé en que no llevaba mi ropa usual sino otra, tal vez algo de ropa vieja de mi profesora. No pude ver muchos detalles por culpa de la oscuridad de la sala. Tras mirar a las ventanas, deduje que ya sería de noche...

    —¿A qué viene todo esto? –pregunté sin ocultar mi enfado. –¡Se supone que tú odias a ese imbécil! ¿¡Por qué demonios no me has dejado matarle!?

    —Te equivocas... –respondió ella con pesar. –Mi condición me impide “odiar” a los Girasoles...

    —¿¡Pero qué estupidez es ésa!? –grité mientras me alzaba contra ella. –¿¡No me estarás diciendo que lo respetas!? ¡Ese monstruo pensaba en matar a Federico! ¿¡Cómo puede ser eso algo respetable!?

    Como respuesta, Amelia me dio un puñetazo y me derribó. Traté de levantarme a toda velocidad pero ella me aplastó el cuello impidiéndomelo pero no me rendí: Formé tres taladros a partir de mi pelo y se los lancé a ciegas...

    Pero, por alguna razón, mi ataque fue detenido por algo muy duro que atrapó mis taladros...

    —Entiendo tu ira, créeme –dijo ella sin quitar su pie de encima mío –pero debes de entender mi posición –sentí como Amelia se quitaba la chaqueta y la dejaba caer a mi lado. –Mírame y comprende.

    Casi sin escucharla, me alcé con más de siete taladros preparados para ensartarla pero, cuando vi su cuerpo di un paso atrás llevada por el miedo...

    —¿¡Qué es eso!? –grité al ver lo que Amelia llevaba pegado en la piel.

    De sus clavículas a su abdomen, su cuerpo estaba recorrido de largas cicatrices, como si cientos de raíces la estuvieran atravesando desde debajo de su piel. Su abdomen lucía un patrón parecido al de una telaraña, su bajo pecho parecía que representara un cangrejo de tantas raíces que había, y de sus clavículas a sus pechos habría unas diez que aparentaban ser la cicatriz de dos grandes zarpazos.

    Pero no acabó ahí la cosa: la profesora se dio la vuelta y me mostró su espalda, lugar donde una Magnolia se sostenía contra su espalda, con sus largas patas ensartadas en su piel. Tenía varios nervios de opciones enclavados en la piel y las patas principales clavadas en su espinazo. Los pétalos, que ahora se extendían cual si fueran alas, fueron los que detuvieron mi ataque.

    Y, casi de repente, recordé la razón de por qué el aroma de las Magnolias siempre me resultaba tan familiar: Porque Amelia a veces olía a esos bellos aliens.

    —Esto es lo que los Girasoles llaman “simbiosis imposible” –dijo ella mientras recogía su chaqueta. –Una simbiosis hecha con un ser que, en principio, no puede hacerla. Yo soy una mujer unida para siempre con una Magnolia, los sirvientes de los Girasoles.

    —¿Qué... qué quiere decir? –pregunté algo temerosa aún.

    —Al igual que entre algunos seres humanos, entre los aliens existen “castas”. Pero, al contrario que con los humanos que las crean a partir de su cultura, las de los aliens son totalmente efectivas al ser de origen genético: Un humano, por muy inferior que sea a otro socialmente hablando, puede desobedecer, odiar o incluso matar a otro tan sólo por no seguir soportando la presión. Entre algunos aliens, sin embargo, esto no es posible: Los aliens Gradius entre los Drills o mi Magnolia entre los Blossoms son dos buenos ejemplos: No podemos ni tan siquiera pensar en dañar a un miembro de una casta superior so peligro de un sufrimiento indescriptible...

    —¿No me irás a decir que los golpes que te daba ese idiota eran mejor que...?

    —Sí, lo son. Las pocas veces que he llegado a faltar a mi trabajo a lo largo de los doce años de mi cargo siempre han sido por culpa de no saber controlar mis sentimientos de odio contra los Girasoles... sufres fiebre, calambres, unos dolores de cabeza que te roban la razón y al final caes en un estado comatoso del que sales para volver a sentir ese dolor por un mal pensamiento... De tantas veces que lo he pasado que he logrado encontrar las maneras de controlar mis pensamientos para evitar el sufrimiento... pero no estamos aquí para hablar de mis problemas sino de ti, Sandra.

    —¿De mí? ¿Qué va a ser? ¿Qué castigo me va a caer por intentar matar a ese imbécil?

    —Ninguno. En tal caso me caerá a mí por ser tu responsable.

    —Entonces...

    —Espera... –la profesora fue a encender la luz y la sala se iluminó al poco. –¿No notas nada cambiado?

    Miré la sala y no, no había nada fuera de lo normal. Me fijé en la cama y nada; la ropa esa, mis piernas sobre la manta, mis manos... ¡Mis manos!

    —¿¡Dónde está Oboeteru!? –exclamé levantando mi mano derecha.

    —Sigue ahí, no te preocupes –respondió ella con tono tranquilizador. –Que no lo veas no es impedimento de que ya hayas logrado unirte para siempre con él...

    Cuando escuché la palabra “unirte” instintivamente me llevé las manos a la cabeza para sentir la falta de Girasol.

    —¿¡Y dónde está Girasol!? –exclamé más asustada aún al notar su ausencia.

    —¿No lo recuerdas? –preguntó la profesora extrañada. –Yo lo vi todo desde el aula de Contramedidas: Completaste tu simbiosis durante el combate contra esos rubritrípodos. Ahora Girasol debe estar en tu interior, quizá un poco atontado por el chute que os metí. De su antiguo ser no quedan más que unos inservibles restos de su cuerpo.

    Me retiré la manga del jersey que llevaba puesto y de inmediato noté como algo bullía dentro de mi brazo. Noté el ojillo que lo veía todo oscuro, el diminuto cuerpecillo y las alas que tenía a su espalda... Moví las alas y una opción salió volando apaciblemente de debajo de la piel de mi brazo derecho...

    —Sí, ésta es ya vuestra opción –dijo ella jugueteando un poco con el insectillo. –Tuya y de Girasol. Ya formáis un único ser.

    Por primera vez desde que despertara, pude sonreír aliviada por saber que al fin había logrado lo que más deseaba.

    —Ahora, si no te importa –continuó ella, –¿podrías tratar de explicarme cómo has logrado completar una simbiosis con un Borg? Es más, ¿cómo demonios has logrado ir en contra de la naturaleza de Girasol?

    —¿Cómo?

    —¿Cómo has podido matar al Girasol de Federico?

    —Estaba furiosa, nada más –respondí encogiéndome de hombros. –¿Hace falta explicar más?

    —Si aún fueras totalmente humana esa sería una buena respuesta pero, puesto que cuando lo mataste ya estabas unida a Girasol, eso debería haberte echado para atrás, aunque fuera tan sólo dudar... lo que quiero decir, es que...

    —Tengo los instintos de Girasol –completé yo. –Algo me comentó Lua poco antes de que desapareciera.

    —¿Ella sabía hasta eso?

    —Ella lo sabía todo. Podría decir que hasta sabría más que usted –dije sin dudar.

    —Ojalá me hubiera contado lo que pensaba... podría haberla ayudado...

    —¿Ayudado a qué? Usted me lo acaba de confirmar: Unirse a un Girasol es crearte una cadena que te impide rebelarte. A lo mejor se escapó al enterarse de lo que suponía estar con él.

    —No niego que una vez unida seas incapaz de matar a otro Girasol pero tampoco te vuelves un esclavo –contestó comediadamente. –Yo ya llevo cincuenta y seis conversiones, veintiséis oficiales y treinta encubiertas, y en todas ellas he tratado de mantener el máximo de independencia en los sujetos sobre los que trabajaba. Eso es lo que molesta a mis superiores: Como logro hacer que todos piensen por sí, logro que se unan con Girasoles pero sus conciencias les impiden acabar con sus huesos en las organizaciones superiores...

    —¿Organizaciones superiores?

    —No es nada que te interese todavía. Hasta el momento cuanto he hecho es “no crearles enemigos”... no es que a mis superiores les guste esto (de hecho, no les gusta prácticamente nada de lo que hago) –añadió con deje cómico –pero aún así me lo han tolerado hasta el año pasado en el que me pusieron bajo el mando de Nicolás...

    —El dire para los amigos –aclaré.

    —Así es. Y ya ves tú: Por haberme cambiado el sistema, por primera vez tengo fallos: Un Girasol muerto, otro desaparecido y, según parece, uno fuera de control. Mi única esperanza habría sido Martín pero ahora ya no puedo hacer nada con él.

    —¿Por qué?

    —He sido suspendida de mi cargo hasta nueva orden. Mientras reconsideran mi permanencia en mi cargo, Nicolás se encargará de Martín como nuevo profesor de Contramedidas y yo me ocuparé de que no te metas en problemas.

    —No hace falta, estoy bien...

    —“Sí” hace falta: Ha sido una orden directa del ministerio de educación. Aunque tú o yo nos negáramos, nada podríamos hacer. Hasta que no decidan lo contrario, vivirás en esta casa.

    —¿¡Cómo!? –exclamé exaltada.

    —Lo que has oído.

    —Pero... ¿¡pero que pasa con mis padres!? ¿¡Saben ellos algo de esto!?

    —Por lo que tengo sabido, ya se han enterado de lo que te ha pasado... bueno, al menos desde el punto de vista de Nicolás, siempre tan apocalíptico. Según él, un fallo mío en mis indicaciones te lanzó a luchar contra un alien contra el que nada podías hacer. Como resultado, tu cuerpo sufrió las consecuencias y ahora debes permanecer bajo supervisión.

    —Para eso mejor enviarme a un hospital, ¿no?

    —En lo que se refiere a los casos de aliens, son siempre los responsables de Contramedidas los que se ocupan de velar por los alumnos afectados. Para acceder a este cargo hace falta estudiar nociones básicas de medicina alienígena, estudios que no existen en las facultades de medicina convencionales.

    —De acuerdo... me toca quedarme con una enfermerilla de tercera –comenté sarcásticamente.

    —¡No tengas tan mala consideración de mí! –exclamó herida en su orgullo. –Yo pasé por ese cursillo pero, no contenta con eso, seguí avanzando en esos estudios, seguí subiendo grados, alcancé honores que, en teoría, sólo pueden alcanzar Girasoles de pura cepa... y me convertí en la mayor eminencia en medicina alienígena del mundo...

    —¡Venga ya!

    —Me encantaría mostrarte diplomas que te lo probaran pero esto es información interna de los Girasoles así que nada hay oficial. De todas maneras, incluso Nicolás reconoce mi valía como doctora –dijo hinchándose de orgullo. –En fin... siento este acceso de orgullo propio que he tenido... continuando con lo que decía, mañana por la tarde vendrán tus padres para verte y traer tu ropa. Las órdenes que he recibido son las de impedirte salir de lo que es el colegio. Lo más que se me permite es dejarte pasear por los aledaños del bosque pero, en todo el tiempo que pases aquí, no podré quitarte el ojo de encima.

    —Ahora tienes tiempo para hacerlo –comenté sarcástica.

    —Acudirás a clase, comerás en el comedor de la escuela, desayunarás y cenarás aquí, te alojarás en esta casa y me encargaré de supervisar el avance del Oboeteru por tu cuerpo.

    —¿Qué tiene que ver Oboeteru en todo esto?

    —Es por Oboeteru que te quedarás en “régimen de observación” (¡bah! Otra manera de decir “encarcelamiento”). Su desarrollo es, a todas luces, anormal: Generalmente su crecimiento no pasa de ser de medio centímetro de piel al día en un cuerpo humano y menos aún hacia el interior. Sin embargo, cuando te recogí después de derribarte, el Oboeteru se había extendido por todo tu brazo derecho, gran parte de tu pecho, el hemisferio derecho de tu cara, parte del izquierdo, tu abdomen derecho, la pelvis y un par de líneas lograron alcanzar tus piernas y tu brazo izquierdo... lo primero que hice fue tratar tu piel con una dosis brutal de gel celular y por suerte logré cubrirte por completo con una capa de piel nueva. De no haber sido por eso, al más mínimo roce con cualquier objeto, habrías tenido tantas visiones que perder la razón habría sido cuestión de minutos.

    —Entonces, ¿sigue debajo de mi piel?

    —Bastaría con rascarte fuerte para que volvieras a tenerlo disponible aunque te aconsejaría que dejaras eso para cuando realmente lo necesites.

    Asentí y me sentí aliviada al saber que ya no tendría que seguir llevando ese molesto guante para cubrirme de las visiones.

    —En fin... ya son las once –dijo ella después de mirar su reloj. –Creo que lo mejor sería cenar algo antes de irse a dormir, ¿no crees?



    —¡Estúpida! –me gritó la criatura. –¿¡Cómo se te ocurre tirar tu vida a la basura uniéndote a esa marioneta!?

    Antes de escuchar el grito de ese pesado, hacía un buen rato que sabía que estaba en un sueño. Estaba en la atalaya desde la que había disparado durante el día anterior. Ahí, relajada sobre ese suelo de metal oxidado, trataba de ver los cambios que había sufrido el colegio: El techo del gimnasio había reventado por la presión de un enorme árbol, cientos de enredaderas salían de las ventanas del colegio; el asfalto, los adoquines, el cemento que cubría el suelo había sido destruido para dejar paso a una montaña de verde... lo único que no cambió de todo el colegio fue la casa de Amelia, la cual permanecía limpia y sin ninguna planta a su alrededor.

    —¿Tienes algún problema con mi decisión? –pregunté sin perder de vista a un grupo de trípodos que dormitaban en medio de la explanada del patio. –Me gustaba Girasol y le hice cumplir con su objetivo, nada más.

    —...debe ser cierto pues aquello de que algunos sólo nacen para ser esclavos... –murmuró él.

    —¿Entonces tú tratabas de liberarme, oh, gran señor héroe? –ni me digné a mirarlo pues la visión del viento moviendo las hierbas altas me llamaba más la atención.

    —No es eso...

    —¿Entonces qué es? –esta vez no le tenía ningún miedo y le iba a presionar a gusto. –Me has llamado ciega, estúpida, lerda, lenta, y corta de miras cientos de veces. Me has atacado, perseguido, atemorizado, acorralado, atravesado... –esta palabra la dije con tanto énfasis que hasta la criatura pareció apartar la cara. –¿Crees en serio que soy de esa clase de personas que se echan a llorar por cualquier tontería? ¡Cuanto más miedo tratabas de darme, más coraje me dabas! ¿¡Qué pretendías atacándome tanto!?

    —Hacerte huir... –la criatura dudaba. –¡Todos los aliens son iguales! ¡No pretenden otra cosa más que esclavizar a los seres humanos! ¡Mírame bien! ¡Mira mi cuerpo! ¡Esto es lo que me pasó por ser tan estúpido como para unirme a ellos!

    Sin dudar, salté desde mi elevada posición y me planté junto a él sin tan siquiera perder el equilibrio.

    —¿Y qué me cuentas? –pregunté desafiante. –¡Podrías haber huido! ¿Es que fuiste tan cobarde como para rendirte? ¡Fuera de mi vista! ¡No pretendas hacerme huir cuando ni tú pensaste en hacerlo!



    —Buenos días...

    Abrí los ojos un poco atontada aún y vi como ya había amanecido. No serían ni las siete pero el sol lucía con fuerza a lo largo y ancho del cielo despejado. Cuando vi el edificio del colegio, me levanté y me desperecé... se me hacía extraño despertarme en este lugar.

    —¿Qué hacemos aquí?

    —Estamos en observación. De momento nos toca... –de repente me di cuenta en quién me hablaba: –¿Girasol?

    —Deja ya de llamarme así –escuché. –Ahora estoy en ti, así que tú eres yo y yo soy tú. Ya no necesitamos nombres.

    —Tan tiquismiquis como siempre –le contesté mientras me dirigía al baño a ducharme.

    Por el camino me encontré con Amelia durmiendo a pierna suelta en el sofá—cama de su sala de estar. Parecía que no se había dado cuenta de que hacía un buen rato que ya había amanecido.

    —Ésa... ¿ésa es Amelia? –preguntó Girasol sorprendido al verle el abdomen, cubierto por las cicatrices de Magnolia. –¿Qué le ha pasado?

    —Mejor te lo cuento mientras nos duchamos.

    Mientras limpiaba mi cuerpo que apestaba a sudor mezclado con gel celular, puse al día a Girasol sobre todo lo que me había dicho Amelia poco antes de irme a dormir: Mi ataque de ira, mi intento de asesinato, mi caída, el avance de Oboeteru por mi cuerpo, nuestra puesta en “observación”, la existencia de Magnolia... Todo me lo escuchó bien atento, sin hacer un solo comentario, tal como marcaba su carácter recto y educado.

    —Lo que me sorprende es que te decidieras a unirte a mí precisamente en ese momento –comenté mientras me secaba. –¿A qué vino este arrebato?

    —Después de los cinco meses que hemos pasado juntos, creo que ya te conozco bastante bien y, después de meditarlo cuidadosamente, deduje una cosa: A veces eres tan cerrada de mollera que no hay manera de hacerte cambiar de idea. Realmente deseabas unirte conmigo, yo comencé a sufrir al debatirme entre hacerlo o no y, finalmente, me decidí a hacerlo... tal vez no fuera el mejor momento pero creo que los dos salimos ganando –comentó alegremente.

    —A todo esto... ¿tu simbiosis ha sido completa? –pregunté mientras me vestía.

    —...sí... creo que sí. ¿Por qué me lo preguntas?

    —Amelia dice que he actuado contra natura: Para ella resulta imposible que, una vez unida contigo, pudiera matar al Girasol de Federico.

    —Pues yo no noté ningún rechazo, es más, casi disfruté de ello...

    —¡Oye!

    —¡Oye tú, que me sentía exactamente igual que tú! –me reprochó. –Tampoco digo que matar Girasoles sea la ilusión de mi vida...

    —¿Ya estás despierta? –me preguntó Amelia desde fuera. –Necesito pasar...

    Salí, ya vestida y dejé que mi tutora entrara. Mientras ella se duchaba, con evidente prisa, fui a la habitación e hice mi cama.

    —Me preguntaba... ¿no es ésta la cama de Amelia? –me preguntó Girasol.

    —Lo mismo le pregunté yo y ella me respondió “ya que te obligan a estar aquí, que al menos estés cómoda”. Es una persona muy amable, ¿no crees?

    —Si de veras resulta que las Magnolias están sometidas a los Girasoles, tal vez lo haga para evitar el dolor.

    —¿Dices que lo hace porque me teme?

    —Eso es. Tal vez su amabilidad no sea más que miedo.

    —...lo que tú digas... mejor lo hablo con ella esta tarde. En fin, al colegio...



    Cuando ese día entré en mi clase noté algo extraño... El ambiente era diferente, había mucho más silencio de lo normal, tanto que hasta la voz del profesor se oía sorda.

    “Oye...” me susurró Girasol al oído. “Te están mirando...”

    “¿Mirando?” contesté moviendo levemente los labios, sin emitir ruido alguno.

    “No sé... es como si todo el mundo te estuviera reprochando algo... Prueba a mirar a Silvia, detrás de ti, a tu derecha”.

    Obedecí y me giré de improviso, pillando desprevenida a Silvia que me miraba con cara de recelo. Cuando crucé mi mirada con la suya, la apartó bruscamente al mismo tiempo que los otros siete niños que me estaban observando.

    “Trata de escucharles...” me comentó Girasol. “No entiendo muy bien qué están cuchicheando”.

    Así lo hice y, tras concentrar todos mis sentidos hacia mi espalda, pude escuchar el murmullo que siempre se oía en las filas de atrás...

    “¡La Carrie esa parece que tenga ojos en la nuca!” exclamó por lo bajo uno de mis compañeros.

    “¡Y yo que pensaba que al perder a ese bicho dejaría de sentir miedo!” replicó otro. “¡Dios! ¡Ahora es peor!”

    “Yo ni siquiera soy capaz de mirarle a los ojos... no sé... es que hay algo nuevo en su cara pero no logro adivinar qué...”

    “¿La cara de mala leche? Ésa la tiene desde hace meses...”

    “¡No! Sus ojos... dan miedo... Estás tan tranquilo, cruzas la mirada con ella y, de repente, ¡su cara parece transformarse en la de un demonio!”

    “Carrie es Carrie...” comentó una compañera que estaba a su lado. “¿Recordáis lo que hizo en el patio? ¿Qué era esa cosa que tenía en el pelo?”

    “¡No me lo recuerdes! ¡Me da nauseas pensar en eso! ¿Y los encargados tienen que hacer eso todos los días?”

    “Ya viste lo que hizo con el pobre Alberto... menos mal que no me presenté a encargada... San... digo, Carrie me habría matado si le hubiera quitado el puesto...”

    “Tanto como eso, no creo que...”

    —¡A ver! –exclamó el profesor. –¡Los de atrás! ¿Voy a tener que sacaros al pasillo?

    De inmediato cesaron los cuchicheos pero, según pude sentir por Girasol, las miradas recriminadoras no acabaron...

    Treinta minutos más tarde, la situación se me hizo insostenible y casi no podía atender por culpa de la presión que sentía a mi espalda así que, para relajarme un poco, cogí un trozo pequeño de papel, escribí un par de líneas y le pasé el mensaje a mi vecino de atrás. Éste, con miedo, pasó el mensaje a sus destinatarios y el papelito llegó a los tres cotillas de la fila de atrás.

    “...un mensaje... ¿de Carrie?” la voz del primer cotilla reflejaba auténtico terror.

    “A ver...” la chica cogió el papel y lo abrió. Su respiración se cortó al segundo: “No estoy sorda... Si queréis hablar mal de la Carrie, id a decírselo a la cara...”

    “¿¡Nos estaba escuchando!?” exclamó el tercero.

    En ese momento me di la vuelta y, sólo con mis labios, les respondí:

    “Oh, sí...”

    De inmediato me giré hacia el frente mientras los tres daban un paso atrás, arrastrando las sillas con ellos y montando un gran alboroto. La expulsión de la clase fue inmediata y mi sonrisa fue más que suficiente para olvidarme del rechazo de mi clase hacia mí.



    —¿Carrie? –me preguntó Federico. –Me suena el nombre pero ahora mismo no soy capaz de recordar de quién era... ¿Tan bajo han caído todos, que ahora hasta te ponen motes?

    —No les culpo, la verdad... –dije mientras enrollaba y desenrollaba mi pelo a placer, en un vano intento de tranquilizarme. –Hasta yo tengo miedo de mí misma cuando me enfado... De todas maneras, también comentaron algo sobre mi mirada, como que parecía la de un demonio...

    —Hombre, alguna cicatriz sí que tienes después de lo de ayer pero tanto como parecer un demonio... Tranquila, ya se les pasará, y si no dejaran de hablar mal de ti, no te preocupes: En cuatro meses estaremos en el instituto y probablemente ya no vuelvas a verlos si vas a estudiar a la ciudad.

    Las palabras de ánimo de Federico lograron tranquilizarme un poco y dejé de jugar con mi pelo. Por suerte, Federico no se había decidido a abandonarme.

    Después de que matara a su Girasol, sus ánimos habían vuelto a ser los de antes y sonreía sin ningún temor. Sin embargo, seguía habiendo un problema: Aún sin Girasol, él seguía siendo Encargado de Contramedidas. La decisión de ese imbécil del director me pilló totalmente desprevenida y casi estuve a punto de replicar pero su tono marcial y su forma de hablar de tal manera que no daba tiempo ni a interrumpir, me impidieron hacer queja alguna.

    En ese momento estábamos patrullando alrededor del edificio principal.

    —Algo le oí mencionar al director... –dijo él. –¿Es cierto que ahora vas a vivir con Amelia?

    —Así es. Es por culpa del Oboeteru.

    —¿Oboeteru? ¿Así se llamaba esa cosa roja?

    —Es una infección de hongos, nada más. Según la profesora, sólo estoy “en observación por un desarrollo anómalo de la infección”.

    —¿Anómalo? ¡Casi parecía que tenías la piel abrasada! Cuando te vi en la bañera, recuperándote de la batalla, casi creía que te habías caído de lado sobre brasas.

    —¿Tan mal estaba?

    —¡Sí! ¡Casi creía que ibas a morir! Fíjate en tu brazo: Ahora está normal pero allí estaba rojísimo. Tu cara parecía abrasada, tu pecho...

    —¿¡Mi pecho!? –exclamé asustada.

    —Oh... que no te lo mencioné... es que te vi desnuda –dijo riendo inocentemente. –La profesora tuvo que quitarte la ropa para poder curarte con el gel celular... No digo que estuviera bien que te mirara... pero entre nosotros hay confianza, ¿no?

    —Buf... Anda que... –me resigné: Ya había pasado... –¿Te va bien seguir siendo Encargado? –le pregunté para cambiar a un tema algo menos vergonzoso para mí.

    —A falta de Girasol, te tengo a ti, ¿no? –respondió con desparpajo. –De todas maneras, empezaba a depender cada vez más de Girasol. Los humanos también podemos atrapar a los aliens sin ayuda.

    —No te confíes...

    —Si no me confío –replicó él con seguridad. –Hace poco leí algo sobre Darwin en el libro de ciencias. Allí decía que los seres vivos se adaptan al medio poco a poco, generación a generación y que si nosotros y otros seres vivos seguimos aquí no es porque un Dios nos haya elegido sino porque nuestras habilidades, nuestras fuerzas, nuestros cuerpos han resultado ser los mejores para la supervivencia. Girasol tenía opciones para atacar y sus patas para cubrirme pero yo seguía siendo el que corría y el que agarraba a los aliens. En las últimas misiones que hemos tenido, ¿no te has dado cuenta de que hemos tenido que depender cada vez más de las habilidades de los Girasoles más que de nosotros mismos? Eso era lo que más me molestaba...

    —¿Qué insinúas?

    —Nada... Es que me parece que los ataques se parecen más a “exámenes” que a “ataques”... Al principio comenzamos con aliens pequeñitos y casi inofensivos. Atrapamos un montón de plantas y animalejos cariñosos, ¿recuerdas?

    —Sí –respondí sonriendo. –Cuando empecé fue cuando me pensaba que había hecho bien presentándome voluntaria...

    —Pero después la cosa fue empeorando: Plantas primero, babosas después, ejércitos de dobis que nos hicieron correr a toda velocidad durante semanas, dezumontos que iban aún más rápido y que nos obligaban a usar opciones, toros boxeadores que convertían a las patas de Girasol en imprescindibles, enormes grupos de jeens que nos obligaron a comenzar a atacar en grupo, aquellos riot que por poco nos aplastan más de una vez y, al final, aquellos trípodos gigantes... la dificultad ha ido aumentando progresivamente... demasiado progresivamente...

    —Ni que fuera un videojuego... –comenté sarcásticamente

    —No es cosa de risa –Federico iba muy en serio. –La noche de ayer, estuve ojeando un poco el CD de la enciclopedia de aliens que nos pasó Amelia... ¿sabes tú la cantidad de aliens “letales” existen? ¡A puñados! ¿Y te has parado a mirar la cantidad de “parásitos” que hay? ¡De más de cuatrocientos aliens que vi, sólo había siete simbioides! Parece que en este mundo los únicos simbioides sean los Girasoles.

    —Es que nos hacen pensar que dependemos de ellos –dije dándole una palmada para tranquilizarlo mientras andábamos. –No creas a pies juntillas todo lo que dice la enciclopedia. Por ejemplo... dime qué contaba de los dobis.

    —A ver... que son la base de la alimentación de un buen porrón de aliens depredadores.

    —¿De los riots?

    —Alien parásito—depredador...

    —¿Magnolias?

    —Otro parásito más, asqueroso, añadía en una nota la enciclopedia.

    —¿Naga?

    —Naga... espera... creo que leí algo sobre ése... ¿no era una especie de serpiente?

    —Sí.

    —Un parásito, y de los peores, según leí. Son como las tenias sólo que a lo bruto: No conformes con comer todo lo que su anfitrión come, son capaces de hasta chuparles la grasa directamente de debajo de su piel, como sanguijuelas...

    —Pues he aquí mi deducción después de observar detenidamente sus fotografías: Los dobis no son sólo presas, también son depredadores, de hecho, son omnívoros pescadores, al igual que las nutrias; los riots carecen de terminaciones que les permitan chupar alimento alguno directamente de sus anfitriones pues son herbívoros y por su forma hay que reconocer que son simbioides; las Magnolias son seres más delicados de lo que parecen y, aunque no son simbioides, pueden actuar como tales y de las Nagas... no lo dicen todo...

    —¿A qué te refieres?

    —¿Algo que quede entre tú y yo? –pregunté acercándome a él.

    —Por supuesto.

    —Aquel parásito que buscamos hace meses era una Naga. Yo seguí el desarrollo de su portador y, te lo puedo asegurar, de parásito nada...

    —¿Lo conociste? ¿¡Quién era!?

    —Eso me lo guardo –aunque hubiera llegado tan lejos al confesarle esto, para nada iba a revelarle lo que mostró Lua. –La última vez que me mostró sus habilidades me mostró algo... precioso: Le salieron alas y pudo volar.

    —Alas... ¡Je! Si Lua siguiera aquí, seguro que se embobaría con ése antes de pensar en hablarle.

    —Sí... Lua... claro... –defecto mío desde que mi compañera había desaparecido: Cada vez que oía la palabra Lua me ponía horriblemente nerviosa. Que yo la mencionara tenía un pase pero oírla de los demás...

    —¿Te pasa algo?

    —Nada... nada... –dije acelerando el paso. –Que debemos seguir patrullando...



    Escuché como Amelia me llamaba a la puerta mientras yo trataba de sobrellevar mi reencuentro con mis padres...

    —Esto... ¿estás mejor? –me preguntó comedidamente.

    —Sí, no te preocupes –dije sobreponiéndome a mis penas. –Girasol está conmigo.

    —¡Eso siempre! –exclamó usando mi boca.

    —¡Avisa antes de hablar, so traidor! –exclamé dándome un caponcillo a modo de broma, tratando de parecer animada. Pero mi actuación fue tan penosa que no pude ocultar mi expresión llorosa detrás de mi falsa sonrisa. –Jamás los había visto tan fríos conmigo...

    —Tal vez haya tenido algo de culpa al describirles de esa manera al Oboeteru... –dijo ella mientras se sentaba a mi lado, en la cama.

    —No, tú actuaste como buena doctora y describiste mis síntomas... de todas maneras, ellos ya venían enfadados... ¿Fue algo tan terrible lo que hice? –pregunté mientras me echaba de espaldas a la profesora.

    —Si quieres que te diga la verdad, sí, fue horrible –dijo con tono severo –pero hay que comprender tus circunstancias: Eres la primera alumna a mi cargo que termina en este estado y saber que te habías enterado de todo antes de que pudiera hacer nada... no es algo demasiado fácil de sobrellevar...

    —No habría cambiado mucho si no hubiera sabido nada, la verdad... –me encogí y luego me estiré a lo largo de la cama. –Tú no habrías podido evitar nada pues tú no eres mi auténtica responsable... Mi ira no es hacia ti, es hacia el director.

    Amelia no respondió, tan sólo escuché una profunda respiración que la mantuvo muda durante un buen rato. Sabía lo que le pasaba: Tenía que controlar su propia ira para evitar llegar a “odiar” a los Girasoles. Debía empezar a elegir los momentos para hablar del director...

    Tras más de tres minutos de respiraciones relajantes, Amelia se echó a mi lado. Le dejé sitio y le permití mantenerse cómoda mientras recuperaba su paz interior.

    —Al menos tú tienes familia... –dijo en un susurro. –Parecían enfadados, sí, pero no tanto como para que llegaran a pensar en abandonarte. Los lazos familiares pueden llegar a ser muy fuertes a veces...

    —Tú... ¿a ti ya no te queda nadie? –pregunté temerosa.

    —Absolutamente nadie –respondió con pesar. –Tú no sabes lo que es encontrarte de repente en medio de un bosque que no sabes de dónde diantre ha salido y, entre la vegetación, encontrarte con los restos de tus padres, de tus amigos y vecinos siendo devorados sin piedad por todos esos aliens... Sobreviví casi por casualidad durante casi un mes sin poder salir de esa selva hasta que me encontré a Magnolia –Amelia rió. –¿Sabes que lo primero que pensé de ella fue que quería comérmela?

    —Cuando el hambre aprieta...

    —Sin embargo, cuando vi que estaba mal herida... no sé, se me cruzaron los cables de alguna manera y traté de ayudarla. Traté de hacer toda clase de cosas hasta que, por casualidad, vi a otra Magnolia pegada a un cube.

    —¿Un qué?

    —Un bicho que no conoces aún... cuando los vi, se me hizo la luz e imité al cube: Me lo coloqué detrás del cuello y Magnolia no tuvo más que pegar sus patas detrás de mí. A partir de entonces vivió alimentándose de mi sangre.

    —¿No se alimentan de mugre?

    —No todos los simbioides comen eso. Los hay que comen sangre, otros piel, pelo, excrementos, parte de lo que come el anfitrión o los restos de su comida... los hay que hasta comen cera de orejas. Las Magnolias, para alimentarse, necesitan chupar una pequeña cantidad de sangre.

    —Según parece eso no te molestó demasiado.

    —Después de ver lo que hacía por mí esta pequeñaja, no pude negarme: Me protegió con todas sus fuerzas y logró que mi posición fuera más activa, que tratara de salir del bosque por mí misma. Gracias a sus opciones logré viajar por trayectos muy largos y con sus pétalos me protegió de cientos de peligros... y todo ello sin contar la compañía que me propiciaba...

    —¿Podría hablar con ella sobre eso?

    —No lo creo: Nunca aprendió a hablar.

    —¿Entonces eso de la compañía...?

    —Sencillamente estaba ahí en todo momento. Mira, la verdad es que Magnolia no es precisamente un dechado de inteligencia y cultura. Es más bien una especie de “tonta del pueblo”. Sin embargo, después de todo lo que me ayudó y de lo que me apoyó, gracias a su inocencia hacia mí, quise hacer algo que suena a pecado entre los Blossoms: Estar unida para siempre con ella. En teoría, Magnolia no puede hacer eso. Cuanto hace es unirse a un anfitrión que sea capaz de darle comida y, si no se la da, mata al anfitrión y se lo come. Yo logré que actuara contra natura: Me entregué totalmente a ella y le pedí que intentara unirse a mí de una manera mucho más profunda...

    —¿En ese momento sabía que las simbiosis podían ser permanentes?

    —No pero mi intuición me decía que era posible. Me equivoqué a medias: Magnolia se esforzó cuanto pudo y de veras que lo intentó, pero no logró más que una extraña media unión que es la que ves.

    —¿No se asustó de las cicatrices?

    —No, del dolor –dijo alzándose ahora más animada. –Estas cicatrices no son más que los restos de ese intento de unión. No me arrepiento de tenerlas por muchos problemas que me den. Son la prueba de mi aprecio por Magnolia.

    Me giré hacia ella y vi las marcas de su abdomen... se viera como se viera, eran horribles pero, a mis ojos, ya no eran tanto “heridas” sino más bien “símbolos”. Símbolos de la mayor fidelidad que jamás hubiera sentido en nadie... Cuando me alcé para verlas mejor, noté como en el ambiente flotaba la fragancia de Magnolia, ese aroma tan delicioso que me embriagaba sencillamente con pensar en él. Parecía que cuando la profesora se sentía tranquila, Magnolia emitía ese olor.

    —Y, después de nuestra unión y de salir del bosque –continuó –volvimos a la civilización... pero no sé si para bien o para mal: Cuando di a conocer mi simbiosis no sólo fui rechazada por los humanos sin alien sino que, encima, los unidos con Girasoles me “arrestaron” y me sometieron a semanas de investigaciones. De no haber mostrado cierto ingenio y un conocimiento muy amplio del comportamiento de los aliens salvajes, no habría salido con vida. A pesar del desprecio que sentían por mi simbiosis, me dieron un futuro aunque fuera para ser una media esclava... Estudié el cursillo básico de enfermería alienígena y fui destinada a este colegio como responsable de Contramedidas; seguí estudiando, hice méritos y varios descubrimientos importantes, alcancé el reconocimiento hasta de los Blossoms más cerrados de mollera y logre más conversiones que ningún otro profesor en la historia del sistema de Encargados... Fue duro y sufrido pero nunca me he arrepentido de lo que he hecho. –La profesora se levantó, ya animada y se estiró. Así vista, parecía mucho más joven de lo que era realmente. –En fin, voy a preparar la cena. Tú anímate y relájate, que ya es fin de semana.

    Así pues, Amelia se retiró y comenzó a preparar la comida. Se me hacía extraño verla tan sonriente... Girasol dijo que sería por miedo hacia mi condición pero, ahora que me había hablado, lo que yo creía era que era precisamente mi compañía lo que hacía que estuviera tan abierta. Por lo que deduje de sus palabras, ella había pasado sola gran parte de su vida: Ni familia, ni amigos, ni novios, ni tan siquiera colegas. Sólo Magnolia. Pero ahora que estaba en su casa, yo estaría como llenando un hueco... Me gustaba pensar que mi presencia le animaba tanto.



    Llegada la noche, trataba de dormitar a duras penas. Hacía un buen rato que Girasol se había dormido pero algo en mí me impedía cerrar los ojos. Lo comprobé varias veces y sabía que no estaba en un sueño así que la razón de mi insomnio era otra... me sentía, ¿cómo decirlo? ¿Angustiada? A cada segundo que pasaba, sentía como si me faltara algo pero era incapaz de decir qué...

    Me tapé, me destapé, me puse la almohada encima de la cabeza, abrí la ventana, giré sobre mí misma como una rueda pero nada: No conseguía relajarme. De tan tensa que estaba que decidí vestirme para dar un pequeño paseíllo, para ver si cansada era capaz de conciliar el sueño. Calzada, vestida y abrigada, salí por la puerta y paseé bajo la débil luz de la luna menguante que apenas se podía ver a través de las nubes. Caminar por ese lugar a esas horas de la noche era tenebroso pero a la vez delicioso: Las llamativas luces del pueblo a un lado, la atrayente oscuridad del bosque al otro y la inmutable silueta del colegio en medio. Hacía frío pero el ambiente, el cual, en lugar de mantenerme despierta provocaba lo que deseaba: Una sensación de soñolencia muy agradable. Tras observar el paso de las nubes desde el prado durante una media hora, decidí volver a la casa.

    Sin embargo, una vez crucé el umbral, sentí ese sentimiento de apremio que me oprimía el pecho. Pensé que tal vez fueran imaginaciones mías o algo pasajero pero, una vez volví a la cama, supe que no era casual: Había algo en esa casa que me impedía relajarme.

    Me levanté algo confundida y fui al baño a ver si remojándome un poco la cara lograba espantar lo que me mantenía despierta... pero, para cuando me di cuenta, estaba delante de la sala de estar frente a Amelia que dormía encogida contra una de las esquinas de su sofá—cama. Me di la vuelta, dándome un par de golpecillos en la frente por mi despiste pero, cuando di un paso atrás algo en mi interior me impidió moverme... pensé en que podría dormir si me lavaba la cara, que sería capaz de tranquilizar mi mente pero mis piernas no dieron un solo paso...

    Me giré de nuevo y miré a Amelia: Estaba echada en posición fetal, sonriendo muy levemente, tan relajada que ignoraba la luz encendida. Detrás de ella, los pétalos de Magnolia también colgaban lacios formando un pequeño bulto en su pijama. Envidiaba su falta de tensiones... ojalá pudiera descansar como ella...

    De repente, me di cuenta de que me había ido acercando a ella. Nada más puse mi rodilla sobre el sofá—cama, volví a la realidad y di un paso atrás, para sentir de nuevo ese sentimiento de rechazo... o de atracción. Algo hacía que quisiera estar en esa cama. Fuera lo que fuera, hacía que pensar en volver a la mía me hiciera sentir escalofríos...

    Con cuidado, avancé sobre el colchón y me eché sin molestar a su ocupante... mis palpitaciones cesaron casi de inmediato y sentí como si me hubiera librado de un gran peso. Aún sin almohada (Amelia la acaparaba toda), me sentía cómoda y al poco un poderoso sopor me dominó de pies a cabeza, cayendo dormida en menos de un minuto...

    ¿Qué soñé? Lo cierto es que sé que soñé pero no recuerdo qué... No fue nada relacionado con el monstruo sino todo lo contrario: Fuera lo que fuera, esa noche me resultó muy placentera... Entre mi sopor, la blandura del sofá—cama, la oscuridad de la sala de estar, el delicioso aroma de Magnolia y las respiraciones de Amelia dejé que pasara la noche...

    Y cuando desperté, con una gran sonrisa en la cara, me encontré con que dormía abrazada a mi profesora, la cual hacía lo mismo conmigo...
     
  9. Threadmarks: Parásito - Capítulo 9
     
    JeshuaMorbus

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    [Alien 9] Parásito (Completa)
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    Ciencia Ficción
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    Capítulo 9: Humano


    No me asusté, ni siquiera me alteré, sencillamente reafirmé mi abrazo y me acerqué más a ella... la atraje con mis brazos y la dejé sobre mí. Soñolienta y sintiendo su peso, volví a caer en estado de duermevela... Serían las ocho o las nueve de la mañana pero, como era Sábado, no importaba que nos quedáramos durmiendo un par de horas más.

    ¿Qué era lo que tenía ella que me hacía sentir tan tranquila? No me importaba el no saberlo mientras pudiera seguir con ella rodeada por sus brazos. Sentía las marcas de sus cicatrices sobre mí y, más que darme repelús, su tacto rugoso me agradaba...

    Y su olor... no era capaz de quitarme ese aroma de la cabeza. Hiciera lo que hiciera, toda esa sala estaba impregnada de la fragancia de Magnolia. Me mareaba pero me entusiasmaba al mismo tiempo... era un olor ácido con un regusto dulce, no como el limón sino mucho más suave. A cada bocanada de aire sentía cierta frescura en el fondo de mi boca y cuando espiraba, la temperatura volvía a la normalidad afectando a todo mi cuerpo. Me era extraño que también pudiera “saborear” ese olor: Hacía largo rato que me había dado cuenta que había estado babeando abundantemente y cuanto sentía en mi boca era un ligero saborcillo agradable, como de manzana ácida...

    Ahora ya no vivía... sólo sentía. Sentía ese olor, el tacto y calor de Amelia, su peso, su respiración y el silencio que nos rodeaba... Mi ira habitual, la que me había estado dominando durante tantísimo tiempo, parecía que nunca había existido en mí y ahora me mostraba como una pequeña criatura tranquila y pacífica...

    Lástima que esto no durara para siempre: Tras unos treinta minutos de paz total, noté como Amelia se despertaba y se movía. No me negué a lo que hacía y dejé que se soltara de mí. No sentí ningún acceso ni de atracción ni rechazo y permanecí quieta, con los ojos entrecerrados y la cabeza ladeada mientras ella me miraba, extrañada de mi presencia. Corrió las cortinas y sentí como la luz del día me daba en la cara lo cual hizo que cerrara totalmente los ojos. Sin embargo, al rato escuché como la tranquila respiración de Amelia se entrecortaba.

    —¡Sandra, despierta! –exclamó saltando sobre mí.

    —¿Qué pasa...? –dije muy atontada aún.

    —¡Tu cara! ¡Está...! ¡Espera! ¡No te muevas de aquí! –gritó al tiempo que salía de la habitación con su ropa en la mano.

    Me levanté amodorrada y me senté sobre el colchón. Mientras recuperaba un poco el norte, sentí como Amelia salía a toda velocidad de la casa dando un portazo. ¿A qué venía esa prisa?

    Sencillamente la ignoré y me encaminé al baño para lavarme la cara y así despejarme del todo. Sin embargo, nada más ver mi cara reflejada en el espejo, supe cuál era la razón del susto de Amelia: Mi cara, ayer blanca, estaba casi totalmente dominada por Oboeteru...



    —¿No sientes nada raro? –preguntó Amelia mientras examinaba mi cara y recogía muestras de mi piel.

    —Nada... –contesté tan extrañada como ella. –Con semejante cantidad de Oboeteru habría tenido una cantidad inmensa de visiones pero no he sentido nada en toda la noche.

    Apoyó su mano sobre la parte afectada de mi cara pero no vi nada con su contacto.

    —¿Nada? –preguntó.

    —Nada de nada.

    —Dame tu mano derecha un momento –le obedecí de inmediato y se la pasé. Una vez la tuvo, cogió un pequeño escalpelo y me hizo un corte en el dedo corazón, lugar donde antes tenía a Oboeteru. –Prueba ahora a ver...

    Le obedecí de inmediato y puse mi dedo sobre su frente...


    Me vi a mí misma, con el hemisferio derecho de mi cara totalmente rojo, “como quemado” tal como me describió Federico, viéndome desde su punto de vista.


    —Funciona... –dije separando mi dedo de su frente. –¿Es que lo de mi cara no es Oboeteru?

    —Podría ser... –dijo mientras aislaba las muestras y me pasaba una tirita. –Pero el color es idéntico al de Oboeteru. ¿No sientes dolor ni nada? ¿No hay picores ni tirones en tu piel?

    —No, nada... Me siento exactamente igual que siempre.

    —Y, a todo esto, ¿qué hacías durmiendo conmigo? –preguntó mientras guardaba las probetas.

    —Ayer no podía dormir y se me ocurrió que tal vez pudiera dormir más cómoda contigo...

    —¿De veras pensabas que ese maldito sofá—cama es cómodo? –preguntó jocosa ella. –¿Tanto miedo tienes a la oscuridad? ¿O es que has tenido otra pesadilla?

    —No, nada de eso... la verdad es que... –me sonrojé (más aún) –algo me atrajo a tu lado... No sabría explicarlo fácilmente... es sólo que... quería estar a tu lado...

    Amelia pareció extrañarse y se sentó a mi lado, cerca de mí. Al rato volví a notar el olor de Magnolia...

    —¿Hueles algo? –preguntó ella.

    —Sí... –pregunté embobada y con la mirada ligeramente perdida al tiempo que me dejaba caer sobre su hombro. –Huelo a Magnolia...

    —Entonces ya sé lo que te pasa... –dijo al tiempo que dejaba mi cabeza sobre su regazo. –Eres capaz de oler a Magnolia... No todos los seres humanos pueden hacerlo, de hecho, sólo una cuarta parte de la población tiene esa capacidad. Dentro de esa proporción hay más divisiones: Un tercio de los capaces reacciona normalmente (este olor es un olor más), otro negativamente (les apesta) y el último tercio reacciona de manera extraordinariamente positiva, igual que tú. Es una casualidad que tengas esta capacidad...

    —...suerte o no... a mí me encanta... –me encogí y cerré los ojos mientras sentía como el sueño me dominaba de nuevo. –...me extraña que no lo hubiera olido nunca antes...

    —Magnolia no siempre emite olor –aclaró Amelia que me acariciaba el pelo suavemente. –Mi estado de ánimo le afecta mucho y casi siempre está en tensión.

    —Sólo cuando estás tranquila... ¿verdad?

    —Sólo entonces... de veras me encantaría saber qué es lo que hueles. Yo no soy capaz de olerla...

    —...pues es algo maravilloso... –dije cada vez más obnubilada, sin casi fuerzas ni para abrir los ojos de tan relajada que estaba. –Mi mente se queda en blanco, asciendo a cada respiración y vuelvo de golpe a la tierra con cada espiración... dejo de ser yo para ser lo que hay a mi alrededor... dejo de “ser”... pierdo mis fuerzas, me relajo, una poderosa modorra me domina y luego... luego... –no me atrevía a seguir describiendo lo que sentía cada vez que sentía ese aroma... por alguna extraña razón me daba una vergüenza horrible describir el paso final, esa parte en la que todo mi ser se estremecía, perdía toda la sensibilidad ya fuera del sonido, ya de la luz, ya del calor y el tacto, ya del mismo aroma y todo el aire de mis pulmones y algo... algo, una ola, un calambre, una poderosa onda, algo... recorría todo mi cuerpo dejándome totalmente aturdida durante unos segundos que se me antojaban deliciosamente eternos y placenteros... para después volver a la realidad... Pasaba de la más poderosa luz a las más profundas tinieblas en cuestión de segundos, marchaba del Infierno y volvía al Paraíso sin darme cuenta... ese gran contraste era sencillamente maravilloso...

    Y sentir que durante esos lapsos de tiempo todo mi ser dependía de Amelia... eso me liberaba aún más... ella me cuidaba, ella me daba este placer, ella estaba ahí...

    No recuerdo cuándo perdí definitivamente la consciencia pero, cuando me di cuenta, hacia largo rato que estaba sola y mi cuerpo rezumaba sudor, saliva, lágrimas... toda clase de fluidos que, impulsados por mi propio descontrol, salieron fuera de mi cuerpo. Mi corazón seguía latiendo con fuerza, mis extremidades seguían retorcidas de manera poco natural, sentía leves convulsiones de placer y hasta mi lengua estaba fuera de mi boca pero ya no sentía tanta necesidad de ese olor que aún flotaba en el aire así que, volviendo a la realidad, recuperé mi posición normal, me levanté y fui a darme la ducha que en ese momento necesitaba.



    —¿Te molesta? –me preguntó Amelia nada más colocarme esa extraña máscara de plástico.

    —Me pesa un poco pero no es nada –dije mientras la recolocaba para poder ver bien. –¿Esto tapara el Oboeteru de mi cara?

    —Esa máscara lleva una carga de gel celular. Tu piel no tardará en cubrir toda la infección, así que no te preocupes.

    Me levanté del sillón y me estiré. Por culpa de la fragancia de Magnolia había perdido casi tres horas del día a pesar de que para mí no habían pasado ni cinco minutos. Ya eran más de las doce, el sol lucía en lo alto y mi estómago rugía totalmente vacío.

    —Curiosa reacción la que os causa Magnolia... –comentó Amelia tras escuchar ese gutural grito de mi estómago. –Eres la segunda alumna que tengo a la que le pasa lo mismo: De tan concentrada que estás en el olor que lo ignoras todo, desde el dolor hasta el hambre.

    —¿No es la primera vez que pasa? –pregunté curiosa.

    —No –respondió sonriendo. –Fue hace... cinco años, creo recordar, la primera vez que tuve a un alumno adicto a Magnolia. De tan pegado que tenía a ese chaval, que todo el mundo pensó que tenía un romance con él.

    —¡Como para no! –dije al tiempo que le pasaba el brazo detrás del cuello, con familiaridad y cariño. –Daría lo que fuera para que tú también sintieras lo que sentía yo –traté de completar el abrazo pero ella me rechazó suavemente.

    —Por cosas como ésta decían eso de nosotros –se quitó mi brazo y, con gesto fuerte, me posó la mano sobre mi regazo. –Trata de controlarte un poco, ¿quieres? Este olor es casi como una droga y la adicción puede ser muy fuerte. Si insistes demasiado en que siga emitiendo ese aroma, me sentiré presionada y dejaré de hacerlo. De todas maneras, recuerda que no te vas a pasar aquí toda la vida.

    —Lo sé –respondí algo acongojada por culpa del peso de la verdad. –Siento haber sido tan brusca...

    —No te disculpes, sólo contrólate. Después de los ocho meses que tuve a Juan (el alumno) tras de mí, sé que la adicción sólo puede superarse o con fuerza de voluntad o conmigo de mala leche.

    —No se preocupe. Sé que hay más cosas en la vida... –en ese momento mi estómago volvió a rugir –...como una buena comida, por ejemplo –añadí jocosa.

    De inmediato nos pusimos manos a la obra e hicimos la comida. Las dos nos coordinábamos bien en la cocina y, aunque fuera mi tercer día en esa casa, parecía que llevaba años viviendo allí.

    —¿Cómo te van los estudios? –preguntó ella una vez estuvo servida la comida.

    —Bastante mejor de lo que pensaría... –contesté orgullosa. –Parece que desde que soy Encargada chupo información como una esponja.

    —¿Estás diciendo que Girasol te ayuda?

    —Apenas... Él casi no atiende en clase pues eso no va con él aunque me las arreglo muy bien sin él.

    —¿Usas a Oboeteru? –preguntó inclinándose sobre mí.

    —Ya atraigo bastante malas miradas como para empezar a tener trances místicos en medio de clase –contesté sarcástica. –Prefiero dejarlo para asuntos un poco más importantes que mis estudios..

    —Ya veo... ¿Sientes rechazo en clase?

    —Sí –contesté secamente. –Hay quien dice que tengo cara de demonio y me han puesto el mote de “Carrie”...

    —¿Carrie? ¿La ira?

    —¿Sabe de quién es ese nombre?

    —Es de una película, creo recordar, de una chica con poderes psíquicos rechazada por sus compañeros que, tras una broma de muy mal gusto, empieza a matarlos a todos en un ataque de ira. Nunca la he visto pero creo que ése era el argumento...

    —Me tienen miedo –dije con tono irónico. –Tendré que aguantar unos meses escuchando un montón de cuchicheos detrás de mí pues nadie se va a atrever a decirme nada a la cara... En fin, al menos esto se acabará en un par de meses: Le pediré a mis padres que me dejen ir a estudiar a la ciudad y tan pancha, como si nunca hubiera ocurrido.

    —Es bueno que te lo tomes con tanto espíritu pero no creo que te guarden rencor durante demasiado tiempo.

    —Lo que tú digas –dije para después dar buena cuenta de las viandas que tenía ante mí.



    Después de comer, pude quitarme la máscara y pude ver como el estigma rojo había desaparecido.

    —Ahora sólo nos falta por saber qué es lo que ha provocado un crecimiento tan rápido –dijo ella tirando los restos de la máscara. Seguidamente miró su reloj. –En fin... tengo que dejarte sola en casa: Tengo que ir a comprar un par de cosillas al pueblo así que tardaré un rato en volver. Durante ese tiempo hazme el favor de no salir del colegio, ¿entendido?

    —No te preocupes: Por allá por el pueblo no creo que me queden muchas amistades...

    Así pues, Amelia se vistió y al rato se marchó en su coche, al tiempo que entraba un visitante por la verja.

    —¡Muy buenas por aquí! –saludó Federico entrando en el patio con sus patines y una pelota de baloncesto en la mano. –Pensaba que te estarías aburriendo de estar tanto tiempo con la profe, así que aquí estoy para hacerte una visitilla. –Se me acercó rápidamente y me lanzó la pelota cuando estuvo a mi altura. –¿Qué, un partidito?

    —Muy amable de tu parte pero ahora me encuentro un poco cansada –o mareada por los efluvios de Magnolia, que era mi caso. Toda mi ropa seguía oliendo intensamente a Magnolia pero Federico no parecía apercibirse de eso (lo cual reafirmaba lo que dijo la profesora de que no todos podían olerlo). –¿A qué viene esta visita tan repentina?

    —Me aburría en casa y decidí venir aquí a hacerte compañía, nada más. –La expresión de Federico era como un libro abierto para mí: Estaba mintiendo. De todas maneras, su manera de actuar no era forzada por lo que sí que había hecho el esfuerzo de subir hasta aquí para jugar conmigo. –¿Qué? ¿Se vive bien por aquí?

    —Mejor de lo que puedas imaginarte –dije mientras caminaba botando la pelota. –Amelia no tiene tele pero tiene una buena biblioteca. No me aburro.

    —¿Y lo de Oboeteru?

    —Incontrolado –traté de hacer que la pelota girara en mi dedo pero, por culpa de mis mareos, se me cayó muchas veces antes de que Federico la cogiera e hiciera bien el movimiento. –Esta noche ha vuelto a surgir un brote. Por lo demás, estoy perfectamente. En fin, ahora tú: ¿Por qué estás aquí? No me digas que sólo has venido por mí: Eres demasiado expresivo para mentir bien.

    —¿Tanto se me ve el plumero? –preguntó avergonzado.

    —Ya te digo...

    —Entonces te lo diré: En el pueblo se ha corrido la voz de lo que hiciste con aquellos trípodos gigantes y los chavales han exagerado lo que han visto hasta cotas grotescas. Por ello ahora todos los padres del pueblo prohíben a sus hijos que se te dirija la palabra.

    —¿Y a ti?

    —A mí también pero sé que esas cabezas cuadradas que son mis padres no te conocen de nada. Cuando escuché que te llamaban “maldita asesina despiadada” o “monstruo demoníaco”, me entró coraje y vine a visitarte. No me importa lo que me pase: Aquí estoy por que sé por qué has hecho todo lo que has hecho.

    —Gracias... –algo más animada, cogí la pelota y traté de lanzarla a la canasta pero mi tiro salió patéticamente desviado. –Pero jugar contra ti no creo que sea algo que me anime demasiado... –comenté al ver la diferencia entre mi nivel y el suyo.

    —Cazadora de primera pero deportista de tercera –rió Federico. –No podemos tenerlo todo, ¿eh?

    Así pues, comenzamos a jugar un par de partidas de baloncesto pero, a pesar de que él tenía el impedimento de llevar patines, me superaba en todo. Girasol me comentó varias veces lo petate que era, Federico trató de animarme dejándome ganar (veladamente, eso sí) y yo me divertí... hasta que escuchamos algo...

    —¿Qué es eso? –pregunté al escuchar un fuerte zumbido venir de detrás del colegio, al lado de la puerta de la cocina del comedor.

    —A estas horas sólo estamos nosotros dos en el colegio, ¿no? –preguntó él mientras descansaba del ejercicio realizado. –No sé... Algún alien perdido que se ha colado por aquí. Sencillamente ignóralo.

    —Si es un alien debería ir a ver qué es... de todas maneras, con la paliza que me estás dando hasta prefiero trabajar un poco...

    —Si quiere derrotas, Federico Botas –ironizó él mientras hacía unos malabarismos con la pelota.

    Me alejé de él con paso rápido y me acerqué al lugar del origen del sonido. Alcé mi brazo e invoqué una opción a la cual envié a comprobar el terreno antes de girar la esquina. Desgraciadamente, el ángulo de visión no era muy bueno por lo que, fuera lo que fuera que estuviera ahí, no se dejaba ver pues estaba detrás de uno de los grandes contenedores de basura de la cocina. Seguí avanzando y levanté la opción cuanto pude para tener una imagen aérea del lugar. Con este movimiento logré vislumbrar algo tras el contenedor del papel: Una especie de figura llena de bultos blancos sobre una piel negra. No era capaz de verla bien pero su tamaño sería ligeramente superior al mío. No veía la fuente de ese zumbido pero sabía que era de esa cosa de donde venía.

    Decidí dar un rodeo para identificar a esa criatura desde un lugar más seguro por lo que corrí hasta rodear el aula de manualidades y poder ver a la criatura desde el lado opuesto. Cuando llegué, allí seguía pero su aspecto me pareció mucho más sobrecogedor: Visto desde este ángulo, pude ver como el zumbido venía de los cientos de alas de las criaturas que poblaban esa especie de “colmena” negra. Pero lo que más me inquietaba era el aspecto de esos bichitos esféricos: Todos tenían forma de ojo, con pupila e iris incluidos... Desde mi posición vi lo que hacían: Como un enorme grupo de pirañas voladoras, estaban dando buena cuenta del papel y de los restos de comida que había por esos contenedores con las enormes bocas que se disimulaban con el color irisado de su parte delantera. Fueran lo que fueran esas cosas, tenían todo el aspecto de ser muy voraces.

    —Vaya... un Rainax –comentó Federico a mi espalda por sorpresa dándome un susto de muerte.

    —¿¡Qué haces aquí!? –exclamé por lo bajo. –¡Lárgate del colegio antes de que te vea!

    —Es un poco tarde para eso... –Federico señaló lo que había detrás de él: Un grupo de una docena de ojillos volaban justo detrás de él. –Mejor sal por patas y métete en casa antes de que nos pille el grupo principal: Éstos son demasiado para nosotros –dicho lo cual, se impulsó con sus patines y tras esquivar a esa avanzadilla, se escabulló en dirección al gimnasio a toda velocidad.

    No comprendí porque se dirigió hacia ese edificio cuando la salida estaba en la otra dirección hasta que me di cuenta de que el zumbido ya me estaba rodeando por todas partes...

    —¿¡A qué estás esperando!? –se escuchó a lo lejos. –¡Huye!

    No me entretuve y salí corriendo al tiempo que embestía con mi pelo transformado en las patas de Girasol, con las que sacudía bofetones que alejaban a esas criaturas. No tardé en darme cuenta de que el contorno del edificio principal ya estaba dominado por cientos de exploradores por lo que me di prisa en alejarme de esa mole para encontrar un camino mejor desde campo abierto. Sin embargo el panorama que me encontré fue mucho más dantesco de lo que hubiera querido... El cuerpo principal, la colmena de Rainax, parecía haberse dado cuenta de mi presencia y había salido flotando de entre los cubos de basura para atacarme directamente con todas sus fuerzas.

    No me amedrenté y formé una capa más larga a partir de mi pelo, rematando la tela con unos cuantos taladrillos que me sirvieran tanto como arma como anclaje. Protegí mi espalda y me cubrí un poco la cara para después preparar un par de capas más para el ataque.

    Hice bien protegiéndome: El enjambre no tardó en organizarse y, al tiempo que me atacaba de frente, un grupo bastante grande me rodeó para pillarme por detrás. Así puestos, me lancé hacia el grupo que me atacaba de frente y ataqué cuanto pude con mis armas. Esas criaturillas no aguantaban ni dos golpes y a cada giro que daba con mi pelo caían varios insectos. Sin embargo no conté con la cantidad que quedaba dentro de la colmena: Tras acabar con varias decenas de esos ojos, el cuerpo principal pareció comenzar a bullir y de dentro suyo salió una enorme nube de criaturas. Semejante cantidad de bichos habría pillado desprevenido a cualquiera así que en un reflejo, me di la vuelta y ataqué a los que tenía detrás de mí para huir hacia un lugar más seguro. Desgraciadamente la huida no duró: Acabé con unos pocos que no lograron esquivarme y al rato tuve que cubrirme totalmente pues Rainax me pilló por la espalda.

    Encerré mi cuerpo en un gran capullo y creí sentirme a salvo. Craso error: Todos esos ojos se comenzaron a acumular encima mío y al rato comencé a sentir sus mordeduras contra mi pelo.

    —¡Tenemos que marchar de aquí! –me gritó Girasol. –¡Como sigan así no duraremos mucho!

    No hacía falta que dijera nada: Las voraces mordiscos de Rainax estaban comenzando a causar agujeros en mis defensas y no tardaron en lograr introducirse dentro del capullo.

    —¡Cúbrete la cabeza! –escuché gritar a Federico desde fuera.

    Pensé en responderle, en decirle que huyera ahora que podía pero preferí hacerle caso. Incliné mi cabeza y la oculté entre mis rodillas al tiempo que trataba de matar a los pocos invasores que se había logrado introducir dentro. El golpe que recibí por la espalda me pilló desprevenida pero, lejos de quejarme del dolor, me sentí aliviada al notar que el peso que me mantenía paralizada desaparecía de repente.

    Levanté mis defensas y las preparé de nuevo para ayudar a Federico, al que escuchaba alejarse con sus patines. Cuando lo vi me puse de nuevo en movimiento y lo llamé con un silbido para que atrajera a la bandada que le seguía hacia mí.

    Federico me ignoró y, en lugar de buscar protección en mí, siguió esquivando audazmente a esos malditos ojos con bruscos movimientos y cambios de dirección confusos que esas torpes criaturas no podían asimilar bien, al tiempo que lanzaba algún que otro golpe con la pala que llevaba en la mano. Antes de que pudiera decirle que huyera ni nada, el chico se lanzó directamente contra la colmena de Rainax y clavó su arma en su estructura para luego salir corriendo en mi dirección.

    —¡Ya no puedo hacer más! –me dijo mientras corría hacia mí. –¡Si les destruyes la colmena morirán de frío al llegar la noche! –dicho esto, volvió a cambiar de dirección y alejó al grupo que ya le estaba dando caza.

    No me distraje ni un segundo más y me lancé en dirección hacia la colmena que, medio rota, con una gran grieta en su estructura, se alejaba lentamente llevada por una población mucho menor de insectos. Concentré toda mi energía en mis piernas y salí impulsada a toda velocidad hacia la criatura la cual lanzó sus últimos recursos contra mí. Di buena cuenta de los pocos enemigos que me lanzó e, inmediatamente después, di un golpe con todas mis fuerzas contra la pala que permanecía clavada en la colmena.

    El ataque fue un éxito: La colmena acabó partida en dos grandes pedazos y cayó destrozándose con la caída. Sin embargo...

    —¿¡Qué haces embobada!? –me gritó Federico mientras yo veía como surgían muchos más ojos de lo que quedaba de la colmena de los que había fuera. –¡Debemos ocultarnos! –No me hice de rogar y, mientras los insectillos esos trataban de alzar el vuelo, corrí hacia la casa, en cuya puerta me estaba esperando Federico. –¡Cierra las ventanas! –ordenó nada más llegué. –Debemos aguantar hasta que se vaya la luz.

    Más expeditiva que en toda esa tarde, obedecí sin rechistar y al poco, ya estábamos aislados de esa maldita colmena...



    Federico, que aún respiraba fuertemente por culpa de todo lo que había tenido que correr, se ocupó de mis heridas sin dirigirme la palabra. Por suerte, su rápida intervención me había librado de heridas mucho peores que las que tenía en brazos, piernas y cuello. Sin embargo...

    —Lo que acabas de hacer ha sido una estupidez –le recriminé.

    —Lo que sí fue estúpido fue que no fueras a ocultarte directamente y que fueras a ponerte en campo abierto, justo donde todos los exploradores estaban vigilando –me acusó él. –Yo esperaba que fueras directamente aquí pero cuando te vi cubierta por Rainax tuve que inventarme algo.

    —...bueno... –era cierto que llevaba razón: Sólo a una estúpida como yo se le ocurriría quedarse parada en medio de esa marabunta. –¡Duele! –me quejé al notar como me escocía una herida. –¿Estás tú bien?

    —No muy mal –dijo señalándose un mordisco en su cara. –Ya ves tú, una cicatriz que enseñar a los nietos (cuando toque).

    Sonreí agradada: Ni la más feroz batalla era capaz de alterar el buen humor de ese chaval. Pero a mí aún me quedaban muchas preguntas por hacer:

    —¿Ya conocías a esa cosa?

    —De haber leído sobre ella en la enciclopedia –dijo seriamente. –Ya te lo dije ayer: Los humanos podemos cazar aliens sin ayuda aunque para ello necesitemos de dos cosas: Conocer al enemigo anticipadamente y pensar en un montón de estrategias para derrotarlos. Puesto que ahora no tengo Girasol, tengo que arreglármelas con mis propios medios, esto es, usar artefactos, armas, mi conocimiento y mi inteligencia. Eso puede ser lo más útil para derrotar a cuanto alien se me cruce por delante, no un ser que lo más que dice es que dependamos de él.

    Estos cambios de humor repentinos que tenía últimamente Federico me estaban empezando a mosquear... ahora ya no sabía si seguía contento o si estaba enfadado...

    —¿Eso te decía tu Girasol?

    —Más veces de las que quisiera... –comentó él apesadumbrado. –No sé lo que te diría el tuyo pero el mío cuanto me decía todas las noches antes de irme a dormir era “aprende de tu hermano”, “él sabe que soy necesario”, “debiste haberle atrapado conmigo”, “para algo estoy”... y la verdad... no soy de los que piensan ser unos críos protegidos toda la vida –dejó que me curara mis heridas más superficiales mientras él se ponía algo más cómodo en el sofá de la sala de estar. –No digo que debamos ser todos unos héroes, lanzarnos sin dudar ante los peligros que nos amenazan, no... sé perfectamente que hay mucha gente en este colegio que preferiría huir antes que enfrentarse a un alien y, de veras, les comprendo. Pero no siempre vamos a poder estar siendo protegidos por alguien... a más protección menos cosas podemos hacer...

    —A más protección, menos libertad –dije yo parafraseando un libro que había leído la tarde anterior.

    —Exacto. No digo que rechazara la protección de Girasol... es que odiaba que se metiera tanto en mi vida en su afán por protegerme...

    —A mí me pasó al revés: Me gustaba que Girasol se metiera en mi vida porque me gustaba sentir que estaba conmigo en todo momento... siempre me escucha y comprende cuanto digo... tal vez sea cosa de que no tengo hermanos y que me siento un tanto sola en casa cuando mis padres no están.

    Federico sencillamente suspiró para al rato saltar de su asiento.

    —¿¡Y Amelia!? –preguntó sobresaltado. –¡Cuando vuelva se va a encontrar con una buena en el patio!

    —Ya me encargo yo –me levanté y me dirigí a la habitación, donde estaba el teléfono de la casa. Apuntado sobre el auricular estaba el número del móvil de Amelia para emergencias así que marqué.

    —¿Sí? –escuché al otro lado de la línea. –¿Eres tú, Sandra? Ahora vuelvo. Ya casi estoy delante del colegio.

    —Sí, soy yo... pero es mejor que no te acerques: El patio esta lleno de unos aliens rarísimos y muy peligrosos.

    —¿Aliens? –escuché un frenazo potente y como ella abría la puerta para salir. –¿Qué aliens?

    —Federico dice que se llaman “Rainax” o algo así...

    —¡Madre! –exclamó espantada. –¿Te ha hecho algo? ¿Estáis heridos? ¿Ha causado algún destrozo...?

    —No, no... destrozamos la colmena... –dije interrumpiendo su bombardeo de preguntas.

    —¿”Destrozamos”? –la profesora pareció querer gritar algo pero al instante se retractó. –En fin... esto es mejor que nada... Ya hablaremos cuando vuelva. Espérame para abrir la puerta cuando llegue.

    Colgó y yo obedecí: Fui hacia la puerta y escuché atentamente tras de ella, a la espera de escuchar el ruido del motor. Tras un par de minutos de inquietantes zumbidos, escuché el coche y giré el pomo para abrir nada más me lo indicara ella. Escuché como se apagaba el motor, como se abría la puerta, el portazo y un grito de angustia al tiempo que los molestos zumbidos se intensificaban. Abrí la puerta justo a tiempo y Amelia pudo entrar con la cara cubierta con los pétalos de Magnolia.

    —¿Estás bien? –pregunté preocupada.

    —Las he pasado peores... –comentó mientras se quitaba la chaqueta. –¡Madre mía! ¿¡Cómo se os ocurre destruirles la colmena!? –exclamó al tiempo que me agarraba de los brazos.

    —Eso fue idea mía –saltó Federico apareciendo en el pasillo. –Sandra no tenía ni idea de cómo huir del enjambre así que tuve que ir a ayudarla. No tuvimos más remedio que hacerlo si para mañana queríamos salir de aquí.

    —No trates de dar excusas: Los Rainax son de los peores aliens que existen. Los tres rubritrípodos del otro día no son más que carne picada delante de un Rainax... de todas maneras, es sorprendente que hayáis sabido manejaros con él.

    —Tenemos una buena maestra –respondió él modestamente.

    —Tan humano como siempre... –dijo ella dándole un golpecillo en la coronilla al tiempo que entraba en la sala de estar. –Tendrás que avisar a tus padres: Hoy no vas a poder salir de aquí.

    —Entonces, con permiso –cerró la puerta de la habitación y al poco se le escuchó descolgar el teléfono tras lo cual se escuchó hablar a Federico.

    —Buen trabajo –me felicitó ella.



    —No he sido yo... –dije avergonzada. –Casi todo lo hizo él... Fíjate, yo con Girasol, Oboeteru, mi fuerza, velocidad y estos taladros y al final no me han servido para nada contra Rainax...

    “Hasta yo tengo mis límites...” me comentó Girasol al oído.

    —¿De verdad? –preguntó sorprendida. –¿Todo lo ha hecho él?

    —Yo sólo di el último golpe pero el que distrajo a esos ojos, el que clavó una pala en su colmena y me espantó a los que me estaban atacando fue él. Y no habría tenido que hacerlo de no haber sido por un estúpido error mío...

    —No te machaques: Lo quieras o no, sigues siendo una niña de doce años. Nadie espera que domines estrategia de combate a esta edad –y, una vez dijo esto, yo volví a sentir su embriagadora fragancia...



    Me desperté en la cama del sueño que me había provocado ese olor cuando el sol ya comenzaba a ocultarse. Con la cabeza algo embotada, me levanté y fui al baño para refrescarme. Tras remojarme un poco pude volver a notar el zumbido que dominaba el exterior. La amenaza de Rainax seguía ahí...

    —Menuda manera de dormir la tuya –comentó Federico al tiempo que me sentaba en el sofá. –¿De veras tienes problemas de sueño?

    —Sería algo complicado de explicar lo que me acaba de pasar –respondí mucho más fresca ahora. –Sólo puedo decirte que me ha tocado una lotería muy especial... ¿Qué tal lo pasas por aquí?

    —Si no fuera por ese incordio de ahí fuera este sería un lugar muy agradable para vivir –dijo apartando el libro que había estado leyendo. –Y por mí, me quedaría aquí toda la vida...

    —¿A qué viene eso?

    —Por haber venido a jugar con cierta asesina despiadada mis padres me han castigado –contestó con la cara cambiada.

    —...lo siento...

    —Que no te disculpes –se quejó él. –He sido yo quien ha venido. Si te disculpas estarás dándoles la razón.

    —Primero Lua y ahora tú... –comenté sorprendida. –Habláis casi como adultos.

    —No puedo seguir siendo un niño si tengo que pelear con ésos de ahí fuera... ser mayor es un asco, ¿verdad? –preguntó con gesto ambiguo. –A ti te llaman Carrie en clase pero al menos te hacen caso... hace un par de meses tenía mogollón de amigos en todos los cursos para, de repente, encontrarme con que todos habían ido abandonándome uno a uno... Incluso ahora que no tengo alien que los espante, nadie se atreve a acercarse a mí... Todos me ignoran, nadie juega conmigo, me evitan... Se supone que los protegemos, ¿por qué nadie quiere tener nada que ver con nosotros?

    —“¿Qué beneficio hay en que un hombre gane un mundo pero pierda su propia alma?”... Creo que lo dijo San Mateo... –dije recordando lo que había leído en la Biblia pocos días atrás. –Cuanto más poderosos seamos, más nos temerán pues somos un peligro en potencia. Nunca se sabrá cuando será el día en el que nos rebelemos finalmente y, por ello, nos tienen miedo.

    —Es decir, ser poderoso es ser libre pero ser libre es algo que no todo el mundo no acepta muy bien...

    —Muy correcto –afirmó Amelia desde el umbral. –Pero el miedo que los demás tengan de tu libertad es algo que se puede compensar con el conocimiento: Si ellos saben qué es lo que el hombre fuerte y libre hace, ese hombre pasará a convertirse en un héroe y... ¿os parece bien que dejemos de hablar de filosofías raras? Me resulta un tanto extraño hablar de esto con niños de doce años... –comentó sarcásticamente, tras lo cual nos indicó que fuéramos a cenar.
     
  10. Threadmarks: Parásito - Capítulo 10
     
    JeshuaMorbus

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    [Alien 9] Parásito (Completa)
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    Capítulo 10: Integración


    ¿Y qué más contar? A la mañana siguiente nos encontramos que los fríos de la noche de finales de Enero se habían encargado de matar a todos esos insectos de Rainax y por lo tanto pudimos salir de nuevo al exterior a respirar aire fresco. Federico se marchó enseguida pues le había prometido a sus padres que volvería a primera hora y Amelia y yo pudimos ir al depósito de aliens para hacer los primeros análisis sobre ese extraño Oboeteru que se había vuelto a extender horriblemente por mi piel durante la noche, esta vez sólo por mi pecho y parte del abdomen.

    Una vez allá abajo, Amelia abrió una puerta que siempre había permanecido cerrada, la de la sala de tratamientos especiales. Y cuando la vi, por poco no grité de la sorpresa...

    —Grande, ¿verdad? –dijo señalándome ese enorme espacio vacío que había apenas a un par de metros del lugar donde trabajaba con los demás aliens, iluminado por débiles luces de emergencia. –Alguna vez pensé hacer una ampliación de mi casa hacia este bunker pero al final decidí que me gusta más la luz del sol –comentó con humor.

    Bajamos varias escaleras de mano, unos dos pisos, y llegamos a una zona de la que partían tres pasillos.

    —¿En alguna de tus visiones viste este lugar? –preguntó Amelia.

    —Visto así... –dije embobada por el lugar. –¿De aquí salieron los rubritrípodos?

    —Eso es. Aquí es donde se crían los aliens superiores con los que los Encargados tenéis que lidiar –y, como respuesta a esta frase, al fondo de uno de los muchos pasillos que dejábamos atrás, se escuchó un poderoso rugido. –Los Blossoms sabemos orquestar muy bien las cosas para que no parezcan lo que son realmente... aunque en eso nos pueden llegar a ganar los Drills.

    —Vamos, que el mundo está lleno de aliens sacacuartos... –repliqué algo molesta, a lo que Amelia respondió con una sonrisa.

    —Jamás hagas nada que no quieras hacer, nunca te dejes manejar como una simple marioneta –ordenó ella. –Tú tienes la mayor capacidad para rebelarte que jamás he visto en ningún otro niño que estuviera a mi cuidado y, más que pedírtelo, te ordeno que la aproveches. No acabes como yo...

    Llegamos a nuestro destino: Al fondo de ese oscuro y largo pasillo había una gran puerta de hierro que ella abrió con una llave de entre las casi cien que tendría en su enorme llavero.

    —Ponte cómoda hasta que me prepare –me dijo señalándome un par de taburetes al lado de una camilla tapada con una fina hoja de papel que la resguardaba del polvo (aunque mucho polvo no había por allá abajo).

    Amelia entró en una sala contigua y encendió las luces. La sala quedó completamente iluminada con una poderosa luz blanca la cual daba una nota fría a esa, ya fría de por sí, sala. Al cabo de un rato volvió con un carretillo con varios instrumentos y cajas precintadas.

    —En fin... –suspiró Amelia. –Hazme el favor de quitarte la parte superior de tu ropa: Vamos a tratar de averiguar lo que te pasa.

    Obedecí de inmediato y, mientras me quitaba mi chaqueta y mi camiseta, Amelia preparó la camilla para que me echara. Una vez terminé me coloqué allí y relajé los músculos de mi torso para facilitarle el trabajo a la profesora, ahora avezada doctora.

    —Puede que esto dure varias horas –me advirtió mientras se ponía unos guantes asépticos. –Si tienes alguna queja, hazla ahora: Cuando trabajo en esta clase de cosas soy bastante inflexible.

    —Hace frío... –contesté mostrando mis visibles temblequeos de frío.

    Amelia reaccionó de inmediato y le dio una patada a una palanquita que estaba cerca de la camilla y al rato noté como aumentaba la temperatura de la sala.

    —Muy bien pues... relájate... –y así comenzó una larga sesión de observaciones minuciosas a lo largo y ancho de todo mi cuerpo (al final tuve que quitarme los pantalones también). Me recogió más muestras de piel, me sacó sangre, me extrajo algunos pelos y varias cosas más... todo desde la más seca y fría eficiencia. Si bien como profesora era una persona cálida, aunque algo marcial, como doctora era un témpano... bueno, eso ayudaba a que no me sintiera presionada al verme desnuda: Era plenamente objetiva y no me tocaba más veces de las que necesitaba. –Si quieres, ya puedes vestirte –me dijo tras un largo periodo de tiempo, unas dos horas según me pareció.

    —¿Ya sabes qué es?

    —No estoy segura... –dijo sin perder de vista las muestras que tenía encima del carretillo. –Se mire por donde se mire, lo que tienes en la piel parece Oboeteru. ¿Te has fijado en lo seca que está ahora la piel de tu pecho? Eso es una reacción común del hongo cuando se desarrolla: Absorbe la propia humedad del cuerpo del portador para desarrollarse en él. Lo que me extraña es la cantidad que ha usado: Semejante crecimiento debería haberte arrebatado el setenta por ciento del agua de tu cuerpo, esto es, habrías quedado reducida a ser una uva pasa con brazos y piernas y, sin embargo, apenas tienes síntomas de desecación en la piel... Otro detalle es el avance hacia el interior... he encontrado esporas de Oboeteru en tu orina a simple vista. El hecho de que este hongo esté incluso en tu sistema excretor me da miedo: No tengo ni idea de cómo puede evolucionar un Oboeteru tan agresivo por tu cuerpo...

    —...entonces... ¿voy a morir?

    —No lo sé pero tampoco voy a dejarte –dijo guiñándome un ojo simpática. –Tal vez tenga que hacerte un par de radiografías o alguna resonancia... por suerte, la cantidad de minerales que tiene el Oboeteru en su formación estructural es enorme por lo que con una simple sesión de Rayos X sabremos cuáles son tus partes más afectadas. Pero, de momento, lo mejor sería comprobar estas muestras. Puedes marchar mientras tanto –dijo entrando el carretillo en la sala contigua.

    No me dejó añadir nada más y al rato me encontré sola en esa seca sala. Permanecí en el mismo lugar unos minutos, mientras escuchaba los diferentes tintineos y sonidos de los instrumentos de Amelia. No sabía lo que estaba haciendo pero algo me decía que no era conveniente (ni sensato) interrumpirla en su trabajo, así que obedecí a la profesora y me marché.



    Trataba de pasar el rato jugando con una pelota cuando vi un coche entrar en el colegio. Incluso desde lejos reconocía ese modelo de lujo: Era el coche del director. Nada más verle acercarse, fui a dejar la pelota en la entrada de la casa y esperé a que aparcara delante.

    —Buenos días –dijo con un tono mucho más cálido del que le tenía acostumbrado oír. –¿Está la profesora Amelia por aquí?

    —Está trabajando allá abajo –dije educada pero fríamente, mostrando la falsa expresión que me había creado para cuando me encontraba con él. –¿Quiere que le lleve hasta ella? Creo que ya debe haber acabado mis análisis así que hago cosas de paso... –no le dejé contestar y me dirigí al depósito.

    “Trata de controlarte” me sugirió Girasol al oído. “La cara que pones pondría de los nervios a cualquiera”.

    “¡Que se aguante!” le respondí manifestando una terrible mueca de ira sin que el otro me viera. “Si viene a lo de siempre, espero que al menos se controle al tener un testigo delante...”

    Eso es, me había prestado a guiarle tan sólo para evitarle más golpes a Amelia. Por mucha que fuera la repugnancia que le causara, no tenía derecho a golpearla de esa manera.

    Bajamos en silencio, yo con expresión fría y él aparentemente tranquilo y llegamos al minuto.

    —Tú quédate fuera un momento –me dijo nada más puse la mano en el pomo. –Tengo cosas privadas de las que hablar con ella.

    —Aún tengo que saber qué es lo que me pasa: Ella ya me ha avisado de que esta cosa puede matarme –dije mostrando el estigma de mi pecho. –De todas formas, por muy privado que sea puedo acabar enterándome de lo que hayáis “hablado” –entré y le dejé la puerta abierta al hombre que no pareció verse afectado por lo que había dicho.

    —Te dije que esto me llevaría tiempo –me avisó Amelia desde su laboratorio. –Espera un poco más.

    —Soy yo –avisó él con voz potente y el sonido de la silla de Amelia causó un ruido estridente contra el suelo. La mujer se apresuró en salir de su sala de trabajo y apareció aún vestida con gorro, máscara, bata y guantes..

    —...se... señor director... ¿qué hace usted aquí un domingo? –preguntó ella alterada quitándose el gorro y la máscara.

    —Venir a informar y a ser informado –dijo secamente mientras se sacaba un sobre de debajo de su ropa. De su interior extrajo varias fotografías que pasó a la profesora. –¿La reconoces?

    Amelia fijó la mirada en las fotografías y pareció extrañarse un poco para, al cabo de un rato saltar:

    —¡Éste es Guídalo!

    Noté como hasta el último pelillo de mi coronilla se erizaba brutalmente al volver a oír ese nombre pero hice lo imposible para manifestar nada de miedo.

    —Eso lo sabe cualquiera que mire mínimamente los informes –replicó altivamente el director. –Pero no es él en quien tienes que fijarte sino en la chica que está detrás suya.

    “¡No te muevas!” me gritó Girasol al oído nada más moví mi rodilla para ver lo que le mostraba él más de cerca. “¡Si muestras interés ahora le estarás confesando a gritos que conoces a Guídalo!” suspiré para relajarme y, en lugar de acercarme, me alejé en dirección a uno de los taburetes para evitar levantar sospechas.

    —Ésta... –Amelia dudaba mucho al ver la imagen y varias veces la fue cambiando de posición para cerciorarse de lo que veía. –¿Ésta es Lua?

    Ahora ya no me contuve y me acerqué a toda velocidad nada más oír su nombre. El director no me impidió que me acercara (bueno, tampoco podría haberlo evitado) y le cogí una de las fotos a Amelia: En ella se veía una instantánea tomada en un aeropuerto en cuyo centro podía ver a Guídalo tal como lo recordaba: Pálido, delgaducho, pelo largo y negro y de apariencia joven. Llevaba gafas de sol y un buen abrigo cubierto de nieve.

    Y, justo detrás suyo, había cuatro personas más: Un tipo totalmente embozado de pies a cabeza del que apenas se le podían ver los ojos, corpulentísimo él; un par de hombres de no más edad que Guídalo que escoltaban al enmascarado por ambos lados y, agarrado a su brazo, una chica... ¿o una mujer? Me fijé bien en lo que veía: Cabellos negros y muy largos, ojos verdes, altura considerable (pero más baja que el gigantón enmascarado), no muy corpulenta, facciones agresivas pero muy serenas...

    —¿Ésta es Lua? –pregunté encarando las cejas extrañadísima. Se mirara por donde se mirara, la edad de esa mujer no se correspondía con la apariencia que debería tener realmente mi amiga y, sin embargo, verle la cara causaba una sensación de deja vu tan inquietante...

    —Creo que ya tenemos dos confirmaciones –contestó él dejando el sobre sobre la camilla. –Esta foto ha sido tomada en el aeropuerto de París hace cosa de doce horas. Según nuestros informadores, Lua y ese hombre al que están escoltando habían venido en un vuelo procedente de Brasil. ¿Tienes idea de quién puede ser ése?

    —Bueno... –dijo ella rascándose la cabeza. –Están Guídalo, Lua, Tomás y Felipe pero al último no le reconozco... sin embargo, habría que ser muy idiota para no darse cuenta de lo que le pasa para ir así: Ese hombre es un Licán.

    —¿Licán? –preguntamos tanto el director como yo al mismo tiempo.

    —Viendo estas fotografías puedo deducir que el movimiento de ese hombre no es muy equilibrado: Se tambalea mucho y eso se nota –dijo mostrando las raras inclinaciones del embozado. –Por lo demás, lo han enmascarado así para evitar llamar la atención... No sé... pensaba que Guídalo usaba otros métodos para introducir a aliados internacionales de una manera mucho más discreta.

    —Es que tiene prisa por algo: Envió a Lua a Brasil a buscar algo pero no tenemos ni idea de qué se trata y al final vuelve... ¿con un maldito hombre—perro?

    —Bastante mejor que con un ejército, ¿no cree? De todas maneras, ¿para qué me pregunta a mí? ¿Los de inteligencia no pueden hacer nada solos? –preguntó jocosa, cosa que hizo que él levantara la mano. Por suerte no llegó a descargar un golpe por culpa de mi presencia.

    —Tú eres la experta que tengo más a mano –respondió como excusa, –además de que no sabíamos si ésa de ahí era realmente Lua. De todas maneras, la simbiosis de esa chica me ha llamado la atención: ¿Se puede saber cómo se te pudo escapar que tuviera una Naga dentro?

    —Si el anfitrión es discreto, las Nagas no llaman la atención. Hasta los más expertos se confunden.

    Me fijé más en la cara de Lua y traté de preguntarme cómo habían descubierto que Lua había hecho simbiosis con Naga a pesar de que conservaba totalmente su forma humana.

    —¡Tú eres la más experta! –le gritó él. –¡La tuviste casi cuatro meses delante tuya y no fuiste capaz de descubrir eso! ¡No sé cómo no te mato ahora! –gritó alzando de nuevo la mano e ignorando completamente mi presencia. No me contuve y le disparé una opción que le atrapó el brazo el cual atraje hacia mí.

    —Las manos quietas, ¿quiere? –ordené fríamente con el ceño fruncido.

    —¡Tú no te metas! –gritó al tiempo que preparaba otro golpe contra mí con el otro brazo.

    Yo sencillamente alcé mi brazo libre y paré el golpe... sin inmutarme... paré un golpe con toda su fuerza y yo no me moví ni un centímetro, de hecho, ni siquiera me dolió...

    —¿¡Pero de qué demonios estás hecha tú!? –se quejó el director llevándose la mano al puño con el que me había golpeado, el cual le sangraba tal cual si hubiera chocado contra algo duro y afilado.

    —Eso estoy investigando ahora –contestó Amelia. –Y, por favor, si tiene algo más que añadir aparte de sus quejas hacia mi trabajo, dígalas y, si no, márchese: Tengo trabajo que hacer –dijo girándose hacia mí.

    El director se marchó a toda prisa mientras se tapaba la herida con un pañuelo. Cuando cerró la puerta tras de sí, Amelia pudo hablar conmigo tranquilamente:

    —Gracias...

    —No hay de qué... pero... –dije mirándome extrañada el brazo: Había sangre en mi manga y una especie de cuchilla la atravesaba desde debajo. Lo que había herido al director era precisamente esa cuchilla...

    —Déjame ver... –dijo ella retirándome la manga: Justo debajo de la tela pude ver como una especie de cuchilla rara surgía justo debajo de la piel de mi brazo, ahora enrojecida por culpa de Oboeteru. –¿Te vale que te diga que es un “me lo imaginaba”?

    —¿¡Ya sabes lo que es!? –pregunté entusiasmada.

    —Sí: Es Oboeteru –mi cara reflejó enorme extrañeza –pero no un Oboeteru cualquiera... dentro de tu cuerpo tienes una mutación de la cepa original: Tienes un Memento Vitae.

    —¿Un qué?

    —Un emulador genético, para entendernos –Amelia me ofreció un asiento y nos pusimos algo más cómodas. –Hasta el momento te habías limitado a recoger información directamente de objetos o seres vivos. Eso, para cualquier alien o ser humano es una ventaja increíble para rastrear presas pero el Memento Vitae que tienes ya es otra historia: No sólo absorbe la información objetiva de lo que está en contacto suyo sino que además es capaz de grabar y reproducir el código genético de cualquier alien del que haya adquirido una muestra de tejido y permitirle a su anfitrión usar una reproducción casi perfecta de lo que ha recogido. Este hongo ya no cabe calificarlo como “parásito” sino directamente como “simbioide”.

    —Otro más al bote... ¿Lo que me estás diciendo es que ahora puedo transformarme en cualquier alien al que haya tocado?

    —Más o menos es eso, sí. Tu brazo ahora tiene ese cacho cuerno porque ya habías tocado a un rubritrípodo: Es el Memento el que te lo causa.

    Me fijé en el cuerno—cuchilla y vi como ésta se iba retirando de nuevo al interior de mi cuerpo. Cuando estuvo dentro de nuevo, una capa de rojo cubrió mi herida y esta se cerró en menos de tres segundos.

    —Es muy difícil distinguir al Memento del Oboeteru pues comparten propiedades comunes –continuó –pero una vez desarrollado no cabe duda alguna. Sin embargo no hay muchos estudios que expliquen cómo funciona realmente... no tiene mente ni conciencia y como tampoco emula la información del anfitrión, ni habla ni se comunica contigo. Es uno de los aliens más impersonales que existen: No esperes que te diga nada.

    “Como si necesitáramos saberlo...” comentó Girasol.

    —Sus manifestaciones son irregulares, y a veces irracionales... nadie comprende qué criterios utiliza para saber cuándo el anfitrión está en peligro.

    —Pues yo puedo retorcer mi pelo a lo Drill a voluntad –dije haciendo el movimiento.

    Amelia observó el taladrillo que había formado y, tras meditar profundamente, me acarició la cabeza con simpatía.

    —¿Puedes dejar que Girasol tome el control un momento? –me pidió. –Tengo un par de preguntas que hacerle.

    Asentí y cerré los ojos. No tardé en sentir como algo dentro de mí se movía y comenzaba a tomar el control de cada una de las partes de mi cuerpo. Por alguna razón, esta posesión no me resultaba ni invasiva ni forzada... tal era la educación de Girasol que todo lo hacía con la misma suavidad y cortesía. Cinco segundos después, mi yo se encontraba relegado, casi aislado, del exterior pero Girasol se las arregló para que no perdiera detalle de lo que íbamos a hablar.

    —¿Qué quiere saber? –preguntó Girasol por mi boca.

    —Bueno, lo primero, saber cómo te encuentras en este cuerpo. Tengo curiosidad por saber cómo vives ahí dentro.

    —Muy cómodo, gracias pero, por favor, no nos distraigamos del tema principal: ¿Qué quiere saber de mí?

    —Muy bien, muy bien... Girasol, ¿tú eres capaz de controlar los taladros que te ha proporcionado el Memento Vitae?

    —Sí, sin ningún problema –respondió él formando una docena en un instante. –No es que me agraden a la vista pero si a Sandra le son útiles, no me niego a usarlos.

    —Aparte de esto, ¿crees que serías capaz de controlar alguna característica más de Memento?

    —Lo dudo... El Oboeteru... Memento, sólo se ha manifestado un par de veces y en esos momentos no es que Sandra y yo estuviéramos muy puestos a atender a lo que ocurría a nuestro alrededor... La única vez en la que pude fijarme ligeramente en lo que ocurría fue durante nuestro combate contra los rubritrípodos: La desesperación de Sandra hizo que pudiera saltar la alambrada con un simple impulso y justo después, golpear con una fuerza inhumana a esos dos aliens... ¿estaría imitando a un dobi y a un trípodo?

    —Eso pienso yo...

    —Bueno, lo que sé es que estaba muy alterada... dudo que sea cosa de estimulación de su cerebro reptiliano pues no se defendía a sí misma sino a Federico... ¿tal vez la mera ira?

    —No lo creo... si ése fuese el catalizador haría mucho tiempo que Memento estaría imitando... Sandra es un barril de dinamita, ya lo sabes.

    —Pero sabe enfadarse –no supe si entender eso como un cumplido o como un insulto velado. –Se diga lo que se diga de la ira, todo el mundo mantiene un poco de conciencia despierta: Sandra siempre mantiene una parte de su mente perfectamente consciente de sus actos. Mantiene un control perfecto de su cuerpo en situaciones que serían capaces de desquiciar a cualquiera... sienta miedo, terror absoluto, agotamiento o furia, siempre se controla. Estará de acuerdo conmigo de que eso de “estar obnubilado de ira” es una estupidez.

    —Pudiera ser...

    —Sandra, en comparación con otros muchos niños, no esconde esta parte de sí: Sabe que tiene enfados antológicos que le hacen parecer una bestia y un sentido del orgullo que no le hace perder la compostura (no demasiada) y por ello se controla en todo momento... no sé si me entenderá. Lo que pretendo decir es que siempre que su ira acaba, se arrepiente a pesar de que ha reducido las consecuencias a base de pura voluntad.

    —Lo comprendo, no te preocupes. Te explicas muy bien. Lo que he comprendido es que Sandra es una chica llena de tensiones, ¿me equivoco?

    —Salvo cuando sabe que puede relajarse... cosa que no ocurre muy a menudo: Hasta cuando tenía sueños agradables, se levantaba horriblemente tensa. La disciplina puede ser útil pero a ella le impide sentirse cómoda de verdad... aunque, si quiere que le diga la verdad, con usted se siente mejor que nunca.

    —Ya me imagino por qué...

    —¡No! ¡No es sólo por Magnolia! –se apresuró a corregir Girasol. –Es por usted: Sandra se identifica con usted...

    —¿Conmigo? –preguntó ella entre halagada y extrañada. –No soy tan loable como para ser digna de admiración...

    —Pero ella le respeta, créame. Desde lo más profundo y casi por instinto, no os haría nada que os perjudicara, cosa que acaba de demostrar –dijo él levantando mi brazo cubierto por Memento. –A decir verdad... su respeto es tal que casi cabría decir que...

    —¡Punto! –exclamé de repente, volviendo a recuperar el control de mi cuerpo. “Sé un poco más discreto, ¿quieres?” le susurré.

    “¿Y acaso no es cierto lo que iba a decir?” preguntó amistosamente él. “Anda, sigue tú. Yo me voy a echar una siestecita”.

    —Es agradable ver como hay algún Blossom que es capaz de respetarme –comentó ella sonriendo ampliamente. –En fin... creo que ya va siendo hora de un descanso –dijo tras mirarse el reloj. –Hasta a mí me espanta estar demasiado tiempo aquí dentro...



    Descansamos, volvimos, nueva revisión del Memento que se me había vuelto a extender, análisis, investigaciones, observaciones, deducciones... durante el resto del día no paramos, ella de investigar y yo de aprender.

    Era cierto: Mi mente era una auténtica esponja de información. Incluso los conceptos más complejos que me decía ella ya era capaz de comprenderlos sin problemas y rara vez tenía que recurrir a Girasol para que me ayudara y así, sin comerlo ni beberlo, ya estaba haciendo algún pequeño trabajito para ayudar a Amelia.

    ¿Por qué? Pues por lo dicho: Aunque hubiera descubierto que lo que tenía en mi piel era Memento Vitae, su desarrollo era demasiado acelerado y, puesto que no había mucha información sobre este alien, lo mejor era experimentar conmigo (para de paso encontrar algún remedio que no fuera el gel celular para que no se me notara).

    Amelia... a pesar de tener mi compañía se comportaba incluso más fríamente que cuando me revisó por primera vez. Parecía llevar la palabra “eficiencia” escrita en la frente pues no hacía nada que no le reportara alguna idea, no hablaba más que lo necesario y casi parecía que tenía medido hasta el ritmo de su respiración... y cuando por fin salimos de esa sala, volvió a ser la Amelia de siempre. No es que diera miedo, no es que fuese tan fría como parecer una máquina... es que parecía otra...

    Durante la cena tratamos de llegar a alguna conclusión:

    —Ya lo he comprobado con la mayoría de las emanaciones de tu cuerpo pero ninguna causa la más mínima reacción en el Memento... –me comentó. –No es la adrenalina ni las endorfinas que suele ser lo más común entre los aliens... Probé incluso con jugos gástricos pero nada...

    —Si no es una sustancia de mi cuerpo, ¿no podría ser alguna de sus consecuencias? –pregunté.

    —¿Consecuencias?

    —La adrenalina dispara los latidos del corazón y la temperatura del cuerpo mientras que las endorfinas hacen lo contrario. ¿No reaccionará a eso?

    —Tendría que comprobarlo más a fondo... de hecho, ese experimento ya lo tenía en mi lista...

    —...o quizá simplemente reaccione al azar... Ya que es un simple “cambio” dentro de su especie puede que no sea estable.

    —Es una posibilidad aunque, por lo que tengo investigado, no es muy común que un alien tenga reacciones al azar. La locura es un término poco dado entre los aliens... aún así, que reaccionara ante hechos completamente opuestos es algo que no deja de darme vueltas en la cabeza...

    —Tal vez sea porque no es tan “impersonal” como dices.

    —¿Pretendes decir que ese hongo tiene un “ego”, una conciencia de sí mismo?

    —Es posible. No hace falta que un alien hable para saber que comprende lo que hay a su alrededor, ¿verdad?

    —Cierto... –dijo ella llevándose la mano a su espalda, lugar de donde salió uno de los pétalos de Magnolia. –Pero es que las células de Memento no tienen una estructura neuronal... aunque...

    —¿Aunque?

    —Mejor terminemos de comer primero... –dijo para comenzar a cavilar algo.

    Cuando acabamos, fuimos a la sala de estar y allí ella sacó una libreta de entre todos los tomos que había por allí. Era enorme, con la anchura de cuatro libretas y todas ellas estaban manuscritas por la mano de Amelia.

    —Esto es la memoria que fui apuntando durante los tres primeros años de mi cargo como Responsable de Contramedidas. Entonces tenía que recurrir a experimentaciones con mis propios alumnos para descubrir cosas que los Blossoms no me dejaban aprender... –Amelia buscó una página en concreto y luego me pasó la libreta.

    —“Diecisiete de Septiembre de 2002” –leí. –“Fenómeno extraño: Claudia, Felipe y Roberto, mis tres alumnos, han acudido a recibir consejo nada más han ‘sentido’ algo extraño. Según sus declaraciones, tras el ataque de esta tarde, los tres entraron en un estado de furia incontrolada a pesar de que sólo Roberto tenía razones para ello. Claudia y Felipe han declarado que aún sin haber peleado contra los Cube (Claudia ni los vio), sintieron como la ira les dominaba y fueron a la caza de lo primero que encontraron. Sólo más adelante, tras despedazar a los siete Cube que había en el patio, pudieron volver a controlarse. Según la declaración de Roberto, un Cube trató de engullirlo y, una vez dentro de su estómago lo reventó con ira para, justo en el mismo instante, sus compañeros sintieran su dolor y su ira como propio al igual que los Girasoles que estaban encima de sus cabezas. He tratado de preguntar a mi contacto pero me ha respondido que es algo común y que no tiene sentido que pregunte por ello. ¿Será tal vez la empatía familiar una característica común entre los Blossom?” –ahí terminaba la cita. –¿Qué quieres decirme con esto?

    —A los largo de toda mi carrera he comprobado que eso de la “empatía familiar” es algo que se da comúnmente entre gran cantidad de aliens, entre ellos, los Blossom. Al principio de cada curso entregamos a los Encargados un Girasol para que hagan simbiosis con ellos mas, hay un detalle que nunca me hicieron conocer: Los tres aliens de cada generación, los tres que me son entregados, son siempre hermanos, los tres siempre nacidos de la misma puesta. Esto sólo pude comprobarlo tras una serie de experimentos genéticos en los que acabé descubriendo una consanguinidad demasiado casual...

    —¿Dices que los Blossoms sienten el peligro de sus semejantes por intuición?

    —Algo así: Una reacción extrema de una cría de Girasol llamará la atención de sus hermanos que, sin dudar, irán en su ayuda como si el miedo, la ira, el dolor o lo que sea, fuese suyo. Experimenté y experimenté hasta darme cuenta de que los proyectores y receptores de esas “comunicaciones” son unos diminutos componentes y sustancias encerrados dentro de sus células... De ahí que haya pensado que, como su comunicación empática no es cerebral sino simplemente celular, eso se pueda aplicar también a tu Memento: El Memento Vitae no tiene “cerebro” ni “conciencia” pero, al unirse con un portador es capaz de iniciar una comunicación con él. Eso explicaría por qué tu piel se ha puesto tan roja: Aún estás cambiando pues está introduciendo cambios en cada una de las células de tu cuerpo para conocer cuándo estas en peligro y cuándo no.

    —Entonces, ¿qué pasó en los demás casos de gente dominada por Memento?

    —Tengo constancia de quince casos en territorio Blossom y todos ellos fueron extirpados... –la cara de Amelia se compungió un poco. –Lo cierto es que sólo tres de esos quince aún siguieron vivos después de esas operaciones... aparte de que los que quedaron fueron considerados “fracasos”...

    —¿Fracasos?

    —Algo que nunca he hecho: Inutilizar el cuerpo o la mente de un alumno hasta tal punto que pierde funciones corporales, el cuerpo o la razón. También es considerado “fracaso” el que se une con otro alien y se pierde total control sobre él.

    —Mi caso, supongo...

    —He oído toda clase de rumores sobre esos fracasos... y ninguno es para estómagos sensibles. Están desde que pierden todo el cuerpo menos el cerebro hasta los de entrada en un estado esquizofrénico—paranoide que anula la personalidad original de cada sujeto...

    —Repito lo que dije: Hay mucho alien sacacuartos por ahí... ¿Qué clase de fracasos fueron esos tres?

    —A ver... déjame recordar... uno perdió la mitad izquierda de su cuerpo por lo que su Girasol tuvo que sustituirle el corazón y los pulmones, otro se suicidó y el último lo mantuvo ligeramente estable aunque, como tú, perdió los instintos de Girasol y se volvió horriblemente violento hasta el punto que tuvo que ser ejecutado para evitar que matara a sus padres.

    Sentí un escalofrío recorrerme la espalda... ni en el peor de mis sueños pensaba que Memento pudiera causara tales consecuencias sobre la personalidad de las personas.

    —No me pongas esa cara –me dijo ella amistosa. –Todo eso pasó por culpa de que se quiso “extirpar” el Memento cuando ya estaba unido definitivamente con sus portadores. Eso es casi como si les hubieran querido arrancar la piel tan sólo porque no les gustaba el color: Nada bueno podía salir de eso. Por lo poco que te he visto, tú no te niegas a tener a Memento en ti así que trataremos de mantenerlo ahí. Espero que mi reputación como doctora sirva para convencer a los Blossoms de que es mejor dejar las cosas como están.

    —Pero... ¿cómo disimularé esto? –pregunté enseñándole el estigma que ya se veía en mi barbilla.

    —Tal vez eso ya no tenga solución. De todas maneras, ni te duele ni te pica, ¿verdad?

    —Pero molesta a la vista...

    Como respuesta, ella se descubrió el abdomen y me mostró sus cicatrices.

    —Bienvenida al club –y sonrió ampliamente, como si nuestras respectivas marcas no fueran más que una vulgar tontería.



    Esa noche, trasnochamos un poco investigando cuantos más datos pudimos acerca de Memento y su forma de actuar pero, cuando vimos que ya era medianoche, nos fuimos a dormir, juntas, como la noche anterior. Amelia había decidido que, para evitar “ataques cariñosos” en el futuro, me dejaría dormir con esa fragancia cerca. Así al menos no sentiría esa necesidad tan poderosa como la del primer día todos los días.

    Por suerte, esa cama era mucho más amplia que el incómodo sofá—cama así que no nos molestábamos mucho la una a la otra.

    Amelia se echó de costado y dejó a Magnolia apuntando hacia mí y yo me quedé boca arriba para percibir lo mejor posible su aroma.

    —Buenas noches –dijo ella antes de apagar la luz. –Y disfruta...

    Cerré los ojos y comencé a sentir el aroma que había estado percibiendo levemente durante toda nuestra conversación anterior... y no tardé en hundirme en él...

    Como en ocasiones anteriores sólo sentí... sentí toda clase de cosas que me hicieron caer y ascender de un sueño inestable pero fuertemente relajante. Mi conciencia se fue al carajo al igual que la razón, la memoria... hasta mi sentido del yo... No era tan malo “no ser”, ser algo inerte y sin vida. Como no sentía el tiempo pasar, el tiempo se comprimía y expandía al azar, lo eterno se volvía cotidiano y el ahora dejó de existir...

    Escuché una voz. La voz de Girasol... ¿estaba hablando? Pensaba que cada vez que tenía este aroma a mi alcance, él se quedaba siempre dormido. No parecía nervioso ni soñoliento. Quizá tan sólo estuviera alucinando, como yo... Si ya lo decía Amelia: Aún estando unidos, el cambio se iba a alargar un tiempo más...

    No buscaba eso... no...

    Pero su voz, de repente, se cortó y yo volví a mi silencio predilecto mientras sentía un calor intenso ascender por mi cuerpo.

    Sabía lo que era. Sabía lo que buscaba.

    Éste comenzó en mis manos, como un fuego húmedo que no era capaz de mitigar aún moviendo mis insensibles manos y luego pasó a manifestarse en mi pecho...

    ¡Lo encontré! ¡Lo encontré!

    Sus movimientos se volvieron erráticos y tan pronto como lo sentía en mis brazos, los sentía en mi cara, en mi pecho, en mis piernas, en mi bajo abdomen... me gustaba... me encantaba ese calor.

    ¡Alumbró y calentó otras tierras! ¡Creció! ¡Floreció!

    Y sólo fue pensar esto y noté como todo mi cuerpo empezaba a arder. Lastima que fuera momentáneo: De repente sentí como el frío volvía a dominarme y algo me hizo recuperar la sensibilidad.

    ...pero toda flor acaba muriendo en la misma primavera...

    Me encogí lo más que pude para conservar esa calidez tan agradable y el fuego se concentró en mi pecho.

    Mas, toda flor, siempre deja una semilla.

    Pero no fue suficiente así que lo introduje dentro de mí: Atravesó la piel de mi pecho y noté como se reavivaba.

    Conservaría esa semilla...

    Las llamas crecieron y al poco las sentí ascender por mi cuello hasta mi boca... Mi lengua comenzó a arder por lo que abrí la boca para buscar algo que aliviara esa cada vez mayor sensación de calor. Por desgracia sólo encontré más ardor... ¿por desgracia? ¡No! ¡Adoraba esa quemazón!

    ...y crecería... ¡encontré el lugar! ¡Sería allí!

    La dejé entrar en mí hasta que me sentí satisfecha y al rato el fuego se reavivó y reinició su ascenso hasta el interior de mi cabeza... y cuando noté que mi cabeza ardía como si fuera un horno... desfallecí y caí en el mayor sopor en el que jamás hubiera caído...

    Se había acabado... lo más gracioso es que ya sabía que todo sólo acababa de comenzar...
     
  11. Threadmarks: Parásito - Capítulo 11
     
    JeshuaMorbus

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    [Alien 9] Parásito (Completa)
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    Capítulo 11: Maldad


    Cuando me desperté aún era de noche... miré el reloj y vi que aún eran las seis de la mañana... Me dije que mejor para mí así que me giré y busqué a Amelia... para no encontrarla. Sentí como su lado de la cama ya llevaba largo rato frío y como el olor de Magnolia casi había desaparecido del ambiente.

    Me levanté para saber qué había pasado y salí al pasillo en medio de la oscuridad de la casa. Nada más abrir la puerta escuché algo tras la puerta de la sala de estar... parecían ¿gemidos?

    —¿Amelia? ¿Estás bien? –pregunté desde detrás de la puerta.

    —¡No entres! –me gritó desde el otro lado para volver a gemir angustiada.

    —¿Qué te pasa? –pregunté mientras abría.

    La respuesta me pilló totalmente descolocada: Amelia cerró la puerta de un golpe sin ningún cuidado dándome en la nariz.

    —¡No...! –algo le quitó el aire a Amelia y su voz se entrecortó mientras escuchaba como se retorcía en el suelo. –...no entres...

    Su voz era ambiguamente confusa... cierto que gemía casi como si le estuviera ardiendo la piel pero su voz entrecortada revelaba un alivio que no comprendía. No me moví de mi posición y escuché como su movimiento se intensificaba, como el sonido del roce de telas aumentaba de volumen y como ella suspiraba al tiempo que lloraba, gritando de dolor o de alivio cada cierto tiempo...

    —¿...por qué...? –le escuché decir varias veces. –¿Por qué me has hecho esto? ¿¡Cómo me has hecho esto!? –y volvía a suspirar sin control.

    El sonido de las telas se volvió paulatinamente más sordo pero más intenso y, cuando eso ocurrió, ella gritó de nuevo y pude escuchar un sonido como de chapoteo al otro lado, como si estuviera removiendo algo muy húmedo al otro lado de esa puerta...

    ¿Sufría o disfrutaba? No comprendía lo que le pasaba pero, fuera lo que fuera, generaba un olor tan intenso de Magnolia que tuve que alejarme de la puerta para no verme afectada directamente.

    Pasó casi una hora así, entre gritos, suspiros y gemidos hasta que escuché como su cuerpo se desplomaba para después poder escuchar sólo su fuerte respiración.

    Al escuchar el golpe, fui de inmediato a la habitación y cogí un pañuelo. Por una vez iba a rechazar oler a Magnolia: Amelia necesitaba ayuda. Me anudé el pañuelo detrás de mi cabeza y abrí la puerta. Contuve la respiración y me encontré con Amelia tirada cara arriba, con los ojos llorosos y respirando agotada. La recogí, la arrastré como pude mientras trataba de sobreponerme al olor de Magnolia y la pasé a la cama de la habitación.

    Estaba muy sudada... pero sudada de verdad: Casi parecía que se había metido en la bañera antes de entrar en la sala de estar. Estaba despeinada, muy desaliñada, enrojecida por el cansancio, tan caliente como si tuviera fiebre, babeante por el descontrol... se parecía a mí después de oler a Magnolia... Sus ojos estaban perdidos en ninguna parte pero, al rato, recuperó el sentido:

    —¡Te dije que no entraras! –me gritó nada más fijar su vista en mí.

    Se alejó de mí y se comprimió como si fuera un animal acorralado... su cuerpo temblaba brutalmente... bueno, más que temblar, tenía unos espasmos horribles. Me acerqué a ella para comprobar como estaba pero, nada más tocarla la escuché mascullar algo entre lágrimas:

    —...no me toques... por favor... ya no más...

    Sus manos se aferraban a la manta como si se estuviera agarrando a un salvavidas y mantenía su cabeza gacha, invisible entre sus hombros para evitar mirarme a los ojos... Ahora la que parecía una niña de doce años era ella. ¿Qué demontre habría ocurrido?

    La dejé y me senté en un taburete alejado de la cama. Una vez me alejé de ella, las reacciones de Amelia comenzaron a disminuir en potencia. Dejé que se calmara, sin prisa alguna. No la forcé ni me acerqué a ella... pero tras un largo y pesado silencio tuve que preguntar:

    —¿Qué te ha pasado? –al tiempo que hablaba, sentía como un sentimiento de culpa ascendía por mi garganta al pensar que lo que le pasaba tal vez era culpa mía. –Te... ¿te he hecho algo?

    —¿¡No recuerdas nada!? –exclamó ella mientras aún temblaba abiertamente. –¿¡Tan embobada estabas en Magnolia que no eres capaz de recordar absolutamente nada!?

    Nos miramos a los ojos... otra expresión ambigua... no era capaz de saber si estaba enfadada o contenta. Parecía que al enterarse de que yo no sabía nada, se había librado de un gran peso pero, igualmente, mantenía las cejas encaradas.

    —¿Qué ha pasado? –repetí nerviosa, temiendo lo peor.

    —Tú me has... –su voz se entrecortó bruscamente, apartó la vista y su cuerpo se encogió más si cabe. Vi como sus piernas, en medio de esa incomodísima flexión, se frotaban una contra la otra, suave pero cadenciosamente. Ese movimiento parecía relajarla, incluso complacerla... hasta que, con un grito de voluntad, Amelia se sobrepuso, se estiró en toda su extensión en una pose muy forzada, se levantó y se apoyó contra la pared para evitar mirarme a los ojos... –Puedo... –un nuevo acceso hizo que se quedara muda varios segundos durante los cuales se llevó la mano al pecho. –¿Puedo pedirte algo? –me preguntó cada vez más temblorosa sin apartar los ojos de la pared.

    —¡Sí, claro! ¡Lo que sea! –respondí rápidamente para ayudarla en lo posible. No sabía por qué pero algo me decía que lo que le pasara lo había causado yo.

    —Échate en la cama y cierra los ojos... –Obedecí de inmediato, sin escuchar qué más quería decirme y al segundo estaba sobre el colchón, con los párpados completamente cerrados. Sentí como ella se giraba hacia mí mientras aún jadeaba. –Esto... esto sólo lo haré una vez... sólo esta vez y no más. Si trato de volver a hacerlo pelea, ataca o mátame si quieres... pero, por favor, no me rechaces esta única vez... –su voz, cimbreante e inestable, ronca y dulce a la vez, no me afectó, es más, en lugar de tensarme, me relajó y al segundo mis brazos estaban puestos con gran suavidad sobre el colchón y mis párpados no estaban crispados sino suavemente cerrados. Muchas veces fue ella la que se quedó velando por mí, mientras yo estaba ida. Éste era un buen momento para devolverle el favor. –...gracias... –su voz denotaba cierto alivio pero su respiración se aceleró... sentí como ponía sus rodillas sobre el colchón, como avanzaba sobre él, como colocaba sus brazos a mis lados y como su respiración se acercaba a mi cara.

    Me besó.

    Me besó en los labios, suave, lenta y deliciosamente.

    Sentí un alivio temporal en la crispación general de su cuerpo... dejó de temblar, su respiración se tranquilizó, sus labios...

    Sus puños se crisparon de repente antes de que pudiera sentir más detalles y la profesora corrió a encerrarse de nuevo en la sala de estar.

    Escuchado el portazo, me levanté anonadada... ¿¡a qué vino eso!?



    Me quedé sentada encima de la cama esperando que Amelia saliera de la sala de estar. Pasó más de media hora sin hacer ni un sonido, ya fueran más gemidos o su respiración. Parecía que los ánimos se habían calmado... aunque, a decir verdad, ahora era yo la que estaba nerviosa a más no poder: No comprendía por qué me había besado.

    No lo rechazaba, al fin de al cabo, dijo que sólo iba a ser esa vez aunque seguía sintiendo cierto repelús dentro de mí. Girasol aún estaba dormido así que no se enteró de nada de lo que había pasado... no sabía si para bien o para mal... me daba vergüenza hasta pensar en decírselo a él, con quien había decidido compartirlo todo desde que nos unimos.

    Perdí un poco la paciencia y fui a la puerta. Golpeé ligeramente y, al no recibir respuesta, apoyé mi oído sobre la madera. Escuché el ligero ronquido de Amelia, ergo, se había quedado dormida, además, el poderosísimo olor que había antes se había mitigado en gran parte, siendo sustituido por el suave que percibía normalmente. Preferí no molestarla en ese momento: Lo que fuera que le había forzado a besarme podía esperar... bueno, más bien yo no quería preguntar.

    Fui al baño para despejarme y distraerme mientras me daba una ducha pero, como ya era costumbre, nada más verme en el espejo di un paso atrás asustada. Pero esta vez no fue por culpa de que tenía toda la cara roja, ni los brazos, ni el resto de mi cuerpo, no... de hecho, estaba completamente limpio: El estigma, que la noche anterior ya me había alcanzado la barbilla, debería haberse extendido por mi cara pero ahora... ¿estaba en mi pelo?

    Ciertamente era algo muy curioso verme con ese raro cambio de look: Mis cabellos ahora lucían un elegante color negro irisado de rojo escarlata. Cada vez que movía mi cabeza, mi cabeza devolvía cientos de tonos de rojo. Lo malo: Si me daba la luz, mi cabeza resplandecía como si estuviera cubierta de sangre; lo bueno: Aún era invierno, no había luces muy intensas y era fácil disimular ese nuevo color si me recogía el pelo en una simple coleta.

    La verdad es que cuando me vi no me sorprendí (de sorpresas, ya estaba curada de espanto) pero, de todas maneras, me dispuse a comprobar sistemáticamente cada una de las capacidades que ahora residían en mi cuerpo: Alisé mis cabellos y formé telillas, invoqué opciones y generé taladros... nada había cambiado. No me detuve ahí y me quité la tirita que llevaba desde el día anterior y me abrí la herida con los dientes para comprobar si al menos las funciones de Oboeteru seguían funcionando y acerqué mi dedo al espejo mientras rememoraba alguna imagen de lo que pudiera haber ocurrido delante de él.

    No pasó nada.

    “No todo podía ser tan bonito...” pensé algo disgustada mientras me ponía otra tirita.

    Supuse que todo el Oboeteru habría acabado como el Memento: Todo en mi pelo... ya se habían acabado los días en los que era capaz de saberlo todo con tocar cualquier fruslería...

    Suspiré y me duché rápidamente para luego ir a prepararme el desayuno (Amelia no estaba muy por la labor), todo ese rato, tratando de adivinar qué había pasado esa noche... la opción de usar a Oboeteru para descubrirlo ya quedaba descartada así que... temblé de nuevo al verme en la tesitura de preguntárselo a Amelia.

    “Anda, mejor dejarme de tonterías” me dije dándome un par de golpecillos en la frente. “Después de clase seguro que ya estaré más calmada.”

    Comí tranquila, tratando de pensar que lo que había pasado no era para tanto y luego fui a vestirme a la habitación. Mientras me ponía mi uniforme de Encargada escuché un par de ruidillos venir de la sala de estar. Agucé el oído pero al parecer Amelia tan sólo se había dado la vuelta en ese incomodísimo sofá—cama... y cuando volví a mi ropa, noté como todo mi pelo se movía hacia la pared. Antes de que pudiera hacer nada, todos mis cabellos estaban en contacto con la superficie...


    Me encontraba ahí, en esa misma sala, a esa misma hora y en la misma posición en la que me había quedado cuando mi pelo entró en contacto con la pared... eso era lo extraño: Yo me estaba viendo a mí misma totalmente quieta a cierta distancia. Casi parecía que el tiempo se había detenido...

    Me miré a mí misma y comprobé que estaba entera... me pregunté que podría haber ocurrido pero, antes de hacerme la pregunta ya conocía la respuesta: Memento había causado esto... En ese mismo instante me encontraba como en medio de un mundo detenido. Sin mucho ánimo por investigar a estas horas de la mañana (lo que habría dado por volver a la cama) fui hacia la puerta entreabierta de la habitación y cogí el pomo. Pero, para cuando me di cuenta, mi brazo entero había atravesado la puerta. Retiré la mano asustada y me la miré bien... hasta que me di cuenta de qué podría estar pasando: El Memento había entrado en contacto con la memoria que yacía en toda la casa y había hecho que mi mente consciente pudiera explorar por la imagen que había creado a partir de la información recogida... o al menos eso creía. Me volví a la ventana y miré por ella.

    “Como pensaba...” me dije al ver que, en un radio alrededor de los seiscientos metros de esa casa, se extendía una densa niebla que no había cuando miré por última vez. Memento había recogido las memorias de la casa y me estaba dando a ver lo que podía percibir desde ese punto. Más allá de esos seiscientos metros, nada se podía ver.

    Con calma y sangre fría, asimilé esto y me dispuse a ver qué más posibilidades tendría este nuevo y raro poder: Fui hacia la puerta y la atravesé (sentí un cosquilleo extraño, como si atravesara un muro de merengue), tras lo cual, pasé por la puerta de la sala de estar. Como imaginaba, Amelia se encontraba durmiendo apaciblemente en el sofá—cama, abrazando la almohada con todo su cuerpo como de costumbre (cuando dormía con ella, al final siempre me encontraba con que me había quitado la almohada) y en posición fetal, como siempre también. En el aire flotaba su delicioso aroma y tras de sí, pude ver como los pétalos de Magnolia colgaban más lacios que nunca aunque...

    Me acerqué para analizar un poco mejor lo que veía: Sí, eso eran los pétalos de Magnolia, no cabía duda pero ¿no eran un poco demasiado más grandes que la última vez que los vi? El bulto que veía era notablemente más grande que otras veces... bueno, a través de la ropa no podía tener una buena perspectiva de lo que habría allí detrás, así que me volví a la habitación. Una vez allí, me senté en el suelo y comencé a meditar un poco si, ya que podía ver todo lo que pasaba en mi entorno a tiempo parado, tal vez pudiera volver atrás en el tiempo para ver lo que hubiera ocurrido por allí antes, tal como hacía con Oboeteru.

    Y así, sin comerlo ni beberlo, de repente vi como todo el ambiente cambiaba: Me volví a ver a mí misma pero esta vez entrando tranquilamente por la puerta, en movimiento. Lo que decía, lo que hacía, la manera en que actuaba... sí, esto había pasado el viernes pasado nada más volver de clase, justo antes de recibir a mis padres.

    Así visto, el Memento funcionaba de una manera muy similar a la de Oboeteru sólo que de una manera miles de veces más potente...

    Alegre por ese descubrimiento, me sonreí y traté de concentrarme en lo que más me estaba preocupando en ese momento: ¿Qué podría haberle hecho a Amelia para que acabara tan agotada esa noche?

    Centré mi mente en los momentos antes de quedarme dormida y al rato la imagen apareció... pero...


    “La Carrie se ha teñido el pelo...” musitó uno de los muchos cotillas que me amargaban las mañanas.

    “Ni lo menciones... parece que se lo haya lavado con sangre...” respondió otro.

    Yo, sin ánimos de estar aguantando sus chismorreos, cogí un papelito, les escribí un mensaje y se lo pasé a mi vecino de mesa que, expeditivo, se lo mandó a los dos cotillas.

    “Esto ya empieza a ser costumbre” comentó el primero con miedo. “A ver... Hoy no estoy de humor y estoy menos sorda que nunca... No me busquéis las cosquillas o acabaréis mu...” el chico enmudeció y así permaneció, por suerte para él y alivio para mí.

    “¿Qué te pasa?” preguntó Girasol preocupado. “No has dicho nada desde que salimos de casa...”

    Como si tuviera ganas de comentar mi visión con nadie...

    “¿No has notado nada raro esta noche?” pregunté desanimada.

    “No, no he notado nada, sólo he dormido como un bendito... ¿A qué viene esa cara?”

    “Yo...” el corazón me dio un tumbo y callé. “Te enterarás cuando hable de esto con Amelia...” dije para intentar volver a la explicación de mi profesor. Pero, por desgracia, ni mi mayor voluntad pudo evitar que mi mente se fuera a otras partes...

    Cada vez que pensaba en lo que había visto, lo que había ignorado al estar sumida en ese obnubilante aroma... era la sensación más ambigua que jamás había sentido... ¡agh! ¡No sabía qué pensar!

    Yo...

    Ese fuego que había dominado mis manos... eso era... ¿vergonzoso o exultante? Entonces me había parecido una sensación deliciosa pero ahora que sabía lo que realmente había hecho, un mórbido placer dominaba mi cuerpo... pero era tan horriblemente retorcido que cada vez que lo rememoraba, temblaba...

    No lo comprendía.

    Tal vez era por eso que le tenía tanto miedo. Por suerte para mí, lo que hubiera pasado había quedado sólo entre nosotras dos. Sin embargo, ¿cómo iba a poder volver a mirarle a los ojos?

    El tiempo pasó entre más y más reflexiones y las palabras perdidas de mis profesores, hasta que me llegó mi turno de patrulla. Hoy me tocaba compartirla con Martín.

    Últimamente, este chico se había mostrado más simpático de lo normal y se había encargado de la mayoría de los trabajos considerados “molestos” por mí y Federico. Decía que, en el fondo, le encantaba hacer trabajos más sencillos pero en realidad sabía que se sentía culpable por habernos dejado tirados cuando el ataque de los rubritrípodos. Para mí, ese sentimiento de culpa no era necesario pues yo habría hecho lo mismo de haber tenido la oportunidad (y de no haber estado tan furiosa), pero se lo consentía: Todo el mundo se libra de sus culpas de alguna manera y él lo hacía mediante el trabajo.

    —De verás no sé cómo es que seguís en el cargo sin aliens –me comentó mientras dábamos un paseo por los pasillos del edificio principal. –Yo no me habría atrevido a volver a clase si no fuera con éste.

    —Es Federico el que se ha quedado sin Girasol –respondí mientras patinaba lentamente. –Yo lo tengo dentro de mí...

    —¿Entonces es cierto que has hecho ya la simbiosis?

    —¿Ya habías oído hablar de ello? –pregunté sorprendida.

    —Algo, sí. Tengo un amigo muy aficionado a navegar por internet. Cuando se enteró que me había convertido en Encargado, le entró la vena artística y comenzó a buscar información sobre el tema... choca un poco enterarse de lo que pasa por llevar a éste en la cabeza, ¿eh?

    —¿No lo rechazas?

    —¿Has rechazado tú al tuyo? –dijo encogiéndose de hombros. –Hoy día las simbiosis se hacen en todo el mundo. Más que algo que podamos elegir, parece más algo que “debemos” hacer.

    —“Debemos” suena un poco fuerte...

    —Después de la masacre del impacto es normal que los humanos comencemos a defendernos de los aliens, aunque sea con su propia ayuda, ¿no crees? ¿Acaso no aprecias al Girasol que ahora tienes dentro de ti?

    —Nunca he dicho lo contrario pero no es porque me defienda por lo que le aprecio.

    —Ya... claro... –dijo apartando la vista. –Cuida de ti sin dejarte sola...

    —¿Te pasa algo?

    —Algo, sí –respondió su Girasol con su cabeza en el exterior. –¡Díselo ya!

    —Perdona por haberos abandonado el otro día... –dijo finalmente.

    —No pasa nada –respondí sin darle mucha importancia al asunto. –El miedo no es cobardía.

    —Si no es por eso... es que ni siquiera te dirigí la palabra cuando todo el mundo te llamaba monstruo por el asunto de las Magnolias... todos te señalaban y hasta yo notaba que estabas a punto de llorar. Quería hablar contigo pero no quería que los demás me vieran contigo entonces... resulto ser un poco egoísta, ¿no crees?

    —Olvídalo –suspiré paciente. –¿Qué importa lo que no hicieras entonces si ya ha pasado? Ahora hablas conmigo con toda naturalidad, ¿no? Dejémoslo estar.

    —¿Lo ves? No fue para tanto –dijo su Girasol. –¡Tienes que ser más impulsivo!

    —Lo que tú digas –dijo él dándole un capirotazo pero sin dejar de reflejar desánimo. –Esto...

    —¿Hay algo más que no sepa? –pregunté al tiempo que me daba la vuelta hacia él.

    —Ten cuidado con el nuevo profesor... –me susurró.

    —Eso no tienes que decírmelo –repliqué decepcionada por una revelación tan vana. –Lo conozco lo suficiente como para querer matarlo...

    —Es que es él quien quiere matarte a ti –eso me pilló un poco desprevenida. –El domingo llamó directamente a mi casa... me informó de que tu cuerpo había sufrido unos cambios terribles por tu unión con un alien llamado “Oboeteru” y que era posible que te volvieras peligrosa... ¿es eso cierto?

    —Sí, estoy unida a cierto alien muy parecido a Oboeteru; sí, soy muy peligrosa; sí, me enfado muy fácilmente –recalqué estas últimas sílabas –pero lo cierto es que el peligro no es real: A él lo que le molesta es que sea un “fallo” totalmente fuera de su control. No debes temer por la vida de nadie (salvo por la suya).

    —Ten cuidado entonces... me dio órdenes de que peleara a muerte contigo si perdías el control... aunque lo decía de tal forma que casi parecía que quería que te asesinara por la espalda después de la captura de cualquier alien...

    Asentí incómoda (algo más...), me giré y volví a mi patrulla, tratando de sobrellevar esta declaración...



    Cuando volví a la casa, me la encontré vacía. Amelia habría salido o se habría encerrado en su laboratorio... Por un lado me alegré de poder posponer nuestra conversación pero, por otro lado, me sentí algo angustiada... por alguna razón, quería poner los puntos sobre las íes ya...

    Me senté en la cama y, mientras veía como pasaban las horas en el Santo Firme, esperé pacientemente. Ella no podría pasarse toda la vida allá abajo, lo sabía... pero, aún sabiéndolo, la presión en mi pecho se fue haciendo más intensa a cada instante...

    Girasol sabía que lo que me estaba afectando tanto era un tema muy delicado, así que, muy educado él, no me atosigó con preguntas y trató de aliviarme tratando temas mucho más banales. Escucharle me resultó gratificante y él se reveló como un gran orador, logrando que me distrajera un poco de mis preocupaciones hasta que se fueron las luces del día.

    Pero de nada sirvió toda la verborrea que me soltó cuando vi a Amelia delante de la puerta de la habitación: En un primer instante, mi vista se vio confundida, mi respiración se aceleró tanto como los latidos de mi corazón y mi piel empezó a segregar sudor espontáneamente... Ella no estaba mucho mejor: Su cara reflejaba tanto desconcierto como el que yo debía estar mostrando, aparte de unas ojeras brutales...

    —...hasta yo te he notado esas ojeras... –comenté nada más verlas, sin nada más inteligente que decir.

    Amelia, que a duras penas trataba de mantenerse serena, se acercó a mí y se sentó delante mía con la cabeza gacha.

    —Ya... ya lo sabes, ¿no? –preguntó avergonzada. –El Memento...

    —Sí, el Memento... ahora lo recuerdo todo... Al principio pensé que todo lo que había sentido era cosa del aroma de Magnolia pero, tras verlo, sé que todo ha sido cosa mía...

    —¿¡Entonces, si lo sabías, por qué lo hiciste!? –me gritó de repente. —¡Ya sufro bastante todos los días como para tener que soportar un peso más en mi conciencia!

    —¿No te gustó? –pregunté fríamente. –Dime, a secas, si disfrutaste o no. Tal vez no hubiera sido muy consciente de mis actos pero sé que lo que te hice te gustó... –Amelia se alejó un poco de mí y apartó la vista de nuevo... mi pregunta había sido demasiado gélida. Casi aparentaba que lo había dicho con odio. –Imagina qué es lo que siento cada vez que tú me das el regalo de Magnolia. Me encanta la sensación que me provoca, no lo niego pero hay algo que adoro mucho más que ese olor tan adictivo: Mi ser se anula, mi yo desaparece pero que tú estés ahí, cuidando de mí, es algo que siempre me hace volver. Lo sentí la primera vez, la segunda y la tercera... me sentí “culpable” de disfrutar yo sola. Me entristecía que tú, que sufres más que vives, me dieras ese placer sin pedir nada a cambio... Era... injusto...

    —¡Injusto! –exclamó ella. –¡Lo que es injusto es que no te pararas a pensar cómo me sentiría yo! Tú... sólo eres una niña... –se acercó a mí llorosa. –¿Sabes lo que es amar a una niña? Es algo tan morboso y feo... me dan ganas de huir cada vez que lo pienso...

    —¿De veras piensas que sigo siendo una niña? ¿Qué hace que un niño sea un niño? ¿La edad? ¿El conocimiento? ¿El desarrollo del cuerpo? Sabes que no...

    —Eso suena a excusa... ¡trata de meterte en esa diminuta cabeza que no deberíamos haber...! –enmudeció y comenzó a respirar pesadamente. Estaba a punto de odiar a los Girasoles...

    Dejé que se echara para recuperarse. Tras un buen rato de respiraciones noté cómo se había logrado calmar.

    —Lo que me caracterizaba como niña ya no lo tengo –continué. –Carezco de la inocencia con la que comencé mi vida: Sé cómo funciona este asqueroso mundo y ahora participo en él... he dejado de ser una pieza suelta para ser un engranaje más. Antes de que te tocara ya había dejado de ser una niña hacía mucho tiempo.

    —¿Pretendes hacer que ese discursito haga que me sienta mejor? –preguntó ella, aún recostada y con los ojos cerrados.

    —En la infancia existe algo llamado malicia –comenté calmada; –en la adultez, algo llamado maldad. Me gusta la maldad... todo lo ves de una manera mucho más abierta... –ella abrió los ojos. –La maldad te hace sentir culpable, ¿no? Poseer a una niña como yo... eso es algo que no quieres que nadie sepa, algo que ocultas, pero algo que adoras al fin de al cabo... –Amelia me miró asustada. –¿No es tu corazón lo que siento aquí? –pregunté tras poner mi mano sobre su pecho. –Late fuerte... ¿Te doy miedo o crees que tengo razón? –ella no se movió. –Piensa esto pues: Cuando se hace algo malvado, se trata de ocultar a los ojos de todo el mundo. Su gracia está en el riesgo...

    —Eres perversa... –me dijo ella apartando la vista, acorralada.

    —Como todos –comenté con gracia. –No existe la rectitud, sólo las normas que la establecen. Todos hemos hecho alguna cosa considerada pecado alguna vez, todos hemos mentido, robado, herido, abusado, insultado... alguna vez en nuestras vidas. Extraño el placer que provocan, ¿no crees? –y recalqué mi pose acercando mi vista a la suya.

    —Sí... –me respondió sin volver la vista hacia mí.

    —Tú llegaste a saborear ese placer en tu infancia pero hasta eso se te ha sido arrebatado cuando volviste a este sucio mundo –seguí atacando sin piedad. –¡Tu maldad se quedó en el bosque y ahora no te queda más que esa maldita rectitud que los Girasoles te otorgaron! ¡No puedes rebelarte! ¡No puedes huir! ¡No puedes ni tan siquiera rendirte! ¡No puedes ser tú! ¡La pureza te ha arrebatado tu ser!

    —Sí... –abrió los ojos pero mantuvo su mirada alejada de la mía, muy insegura.

    —Yo te he hecho hacer maldades y te hice culpable –continué con una sonrisa en la cara. –Cuando lo vi todo... me sentí más culpable aún que tú... pero lo que vi era tan precioso... tú tratándome con tanta delicadeza como si fuera una muñeca de porcelana, acariciándome, besándome de esa manera... y yo correspondiéndote con la misma delicada pasión... ¿No es algo bonito ser malvado? –su corazón se disparo.

    —Sí –respondió firmemente al tiempo que se giraba hacia mí, que empezaba a jadear nerviosa, no pudiendo soportar la situación mucho más tiempo.

    —¡Pues alégrate! ¡Puedes disfrutar de la vida! –exclamé, liberando toda mi tensión y logrando que ella se alzara. –Mi pura dama de las flores... –musité mientras me abrazaba llorosa pero exultante –sé feliz... –y me entregué totalmente a ella mientras un olor más intenso que nunca me robaba la razón.



    —Vaya manera de echarse a perder...

    Aún bestialmente embotada, logré abrir un ojo y, detrás de los cabellos de Amelia, logré ver esos dos puntos rojos que distinguían al monstruo. Aunque fuera un sueño, me sentía sin nada de fuerzas... hasta ahí llegaban los efectos del olor de Magnolia.

    —...buenas noches... –musité cerrando los ojos agotada. –Hoy tengo resaca... vuelve a dar la murga otro día, ¿quieres?

    —Dije que volvería pero no dije cuándo... ahora veo que tuve que volver antes –me recriminó. –¿Tan sola te sentías que tuviste que beneficiarte de esta perra?

    Por muy atontada que estuviera, mi reacción fue inmediata: Quince taladros atravesaron a ese monstruo sin darle tiempo a que esquivara nada para luego despedazar su cuerpo sin miramientos.

    —Mide tus palabras –musité volviendo a mi estado de duermevela.

    —¡Vaya! –exclamó el otro como si nada le hubiera pasado. –¡Esto si que no me lo esperaba!

    —...largo de aquí... –ordené sin muchos ánimos de discutir con ese advenedizo.

    —Muy bien, muy bien, siento haber llamado eso a tu profesora –se disculpó él con tono falso –pero, como dije, tenía que hablar contigo...

    Muy molesta, le lancé otro taladro a la frente y ésta fue atravesada.

    —Ya veo que no se puede razonar contigo... –suspiró él mientras se rascaba la herida. –Muy bien, hoy vine a saber qué has estado haciendo durante este tiempo que te he dejado sola, no a pelear... pero me parece que no tardaremos en vernos las caras en serio... de todas maneras, te vas a arrepentir de no haber huido.

    Ignoré el comentario y me abracé fuertemente a Amelia que nos cubría a ambas con sus ahora enormes pétalos de Magnolia que se abrían como alas por encima nuestra...
     
  12. Threadmarks: Buscando el paraíso en un sueño - Capítulo 12
     
    JeshuaMorbus

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    [Alien 9] Parásito (Completa)
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    Capítulo 12: Regreso


    Y continuó la semana...

    En clase comencé a revelarme como un auténtico cerebrito, una de las mejores de mi clase. Siempre que el profesor preguntaba, una chavalina medio pelirroja siempre tenía la mano preparada; cada vez que pedían voluntarios, yo era la primera y, a pesar de mi mala fama, algunos hasta se atrevían a pedirme ayuda con los deberes.

    En lo que se refería a mi trabajo como Encargada, gracias a mi cada vez mayor dominio de Memento, conseguía hacer cosas que ninguno de mis compañeros podría hacer ni en sueños... Evidentemente esto atraía malas miradas por parte del director, ya no contra mí, sino contra Federico y Martín que se suponía que tenían que “neutralizarme” en caso de descontrol... Ninguno de ellos pensaba hacer lo más mínimo para detenerme a partir de entonces pues, aparte de que nada podrían hacer contra mí, me tenían bastante respeto, aunque no tanto como el que estaba empezando a sentir por ellos: Federico, que carecía de alien, se había vuelto realmente habilidoso con sus “pobres” características humanas y era capaz de hacer capturas inverosímiles incluso para mí (jamás pensé que un simple cepo de cuerda sirviera para capturar a un trípodo o que una rama correctamente doblada fuera capaz de derribar a un döppelt...); mientras que Martín comenzaba a especializarse en el manejo de su Girasol...

    Quizá en este punto hubiera que aclarar que, por mucho que los respetara por igual, ellos dos no se llevaban precisamente “bien”... Quizá era que Federico era demasiado cerrado de ideas pero no soportaba ver a su compañero lucirse tanto con Girasol. Cada vez que Martín hacia una nueva captura, el otro hacía siete con métodos que nada tenían que ver con el uso de aliens... Por una vez, vi el lado más intolerante de Federico.

    Así era mi vida diaria y diurna... mas, cuando llegaba la tarde me retiraba a los aledaños del bosque, me pasaba cuatro horas contemplando esa selva que tanto me atraía y, para cuando todos los profesores ya se habían marchado y Amelia había terminado con su trabajo de laboratorio, volvía a la casa y ni ella ni yo salíamos de la habitación hasta el día siguiente...

    “Las amantes ermitañas” nos llamaba Girasol... cierto era: Cuando estábamos allí encerradas, ni nada ni nadie era capaz de sacarnos de nuestros éxtasis, ni el teléfono, ni el ruido, ni tan siquiera ese imbécil del director... fue la única vez que le oí replicar a Amelia de esa manera: Sin odio, con un sentido del humor realmente ácido, le hizo un par de comentarios y le dio largas para, al final, colgarle el teléfono sin darle tiempo a replicar y volver cuanto antes conmigo.

    Durante este tiempo hablamos mucho. Mucho más que antes... pude conocer muchas más cosas sobre su triste vida a lo largo de esas íntimas conversaciones, me contaba secretos al oído y luego yo le hablaba de mi banal y corta vida, con sus nimias anécdotas, nimias pero que a ella le encantaban casi tanto como si reviviera su infancia perdida. Hablábamos, nos amábamos, dormíamos y volvíamos a empezar. Vivíamos el presente sin que nos importara nada más. Y nos encantaba saber que tan sólo nosotras sabíamos lo que hacíamos.

    De cara al resto de la gente, nuestra relación no pasaba de ser la de “médico—paciente”, como si esa casa fuera un hospital. Los profesores no sospechaban, los alumnos ni lo olían, mis compañeros de cargo no preguntaban, mis padres... me ignoraban.

    Hacía ya demasiado tiempo que no recibía ni una sola noticia suya, ni siquiera una simple llamada de teléfono...

    —Si tanto te preocupa, deberías llamar tú, ¿no crees? –opinó Amelia mientras leíamos un libro juntas. –Que estés aquí no es óbice para que pierdas el contacto con tu familia.

    —Ya... pero...

    —¿Qué pasa?

    —No es que tengamos una relación muy estrecha... por culpa de sus trabajos casi siempre me quedaba sola en casa durante mucho tiempo y, al final, casi siempre me encontraba con que no conocía a mis padres de casi nada. Imagina, que con ellos he pasado doce años de mi vida y contigo apenas dos semanas y creo que te conozco más a ti que a ellos... rara vez estábamos los tres juntos durante más tiempo que la cena y siempre han sido muy fríos conmigo, para que no llorara por estar sola en casa, para endurecer mi carácter según ellos...

    —¿Y qué quieres decirme con eso? ¿Que te odian?

    Directa a la llaga, como siempre.

    “No creo que sea muy buena idea que pases de ellos” me dijo Girasol. “Fríos serían pero no eran mala gente.”

    —Cuando los vi cuando les hablé de Oboeteru, su reacción fue muy similar a la de mis conocidos que saben de la existencia de Magnolia –continuó ella: –No saben como reaccionar.

    —¿Entonces ya saben lo de Girasol?

    —Les he ido informando acerca de Memento pero nada les he dicho de Girasol (nada puedo decir de eso). Quizá cuando vieron los charcos de sangre de tu batalla contra los rubritrípodos aumentaron el sentimiento negativo hacia Memento que les había inculcado Nicolás...

    —Hablando de ése, ¿se puede saber qué problema tiene conmigo?

    —Quizá el que quieras matarlo sea algo que le influya –dijo sonriendo.

    —Bueno... estoy esperando a que me provoque, cualquier cosa para tener una buena razón para saltar sobre él, no voy a hacerlo ahora precisamente...

    —¿Son impresiones mías o quieres cambiar de tema?

    Directísima a la llaga, tanto que hasta me dolió...

    —¿No quieres llamarles? –me preguntó seriamente. –Aunque te rechacen, al menos habrás probado, no te habrás quedado quieta lamentándote por tonterías.

    —Pero...

    Antes de que pudiera decir nada, Amelia descolgó el teléfono que había sobre su mesita y se marchó de la habitación.

    —Tómate tu tiempo si quieres, pero no dejes que ese estúpido miedo tuyo te haga perder el contacto con tus padres –me dijo suavemente mientras cerraba la puerta. –Te dejo sola: Decide tú misma si quieres llamar o no.

    Una vez sola, miré el auricular y lo cogí con algo de miedo. Sí, miedo. Lo que me había propuesto Amelia me había congelado la sangre pero tenía que reconocer que llevaba razón...

    Mientras marcaba, pensé que mis padres nunca habían sido tan fríos como los describía, que los conocía mejor de lo que creía (y que eran estrictos, eso no me lo quitaba nunca de la cabeza)... cuando me di cuenta, estaba escuchando como alguien cogía el teléfono.

    —¿Diga?

    —Hola... –tragué saliva... estaba mucho más nerviosa de lo que pensaba. –Hola, papá...

    Escuché como el otro auricular se movía un poco, como si su portador se hubiera estremecido pero no tardé en escuchar la voz de mi padre:

    —¡Sandra! ¿¡Hace cuánto que no te oigo!? –exclamó con alegría incontenida. Tan fuerte fue el grito que escuché los pasos de mi madre acercarse al teléfono. –¿Estás bien? ¿Ya te han dado el alta? ¡Dime!

    —No, aún no... –contesté cohibida. –Como no llamabais pensé en llamaros a vosotros...

    —Ah... eso... es que Nicolás nos dijo que mientras estuvieras ahí, no te llamáramos, para evitar interrumpir el tratamiento. Lo más que recibíamos era el informe diario de la profesora Amelia acerca de esa infección. ¿Te trata bien?

    —Muy bien –afirmamos tanto Girasol como yo al mismo tiempo, generando una voz un tanto extraña en el proceso. Mi padre enmudeció durante unos segundos por lo que me di prisa a responder yo sola: –Estoy muy bien, eso no lo dudes. Ella es muy amable y me cuida atentamente...

    —¿Sandra? ¿Cuándo volverás? –preguntó ahora mi madre tras arrebatarle el auricular a mi padre. –Esta casa está muy vacía sin ti...

    —Tan pronto como Amelia sepa cómo controlar lo que me pasa, volveré...

    —¿Qué tal te van los estudios? –mi madre se aferraba a las preguntas más típicas para impedir que me desconectara... sonreí agradada.

    Y así continuamos hablando... casi una hora después de que Amelia me descolgara el teléfono, seguía hablando tranquilamente con mis padres. Parecía que ellos hacían un esfuerzo increíble por contar hasta la última anécdota del pueblo, relatando hasta su último detalle...

    Me hablaban del presente, de lo que había dejado de conocer del pueblo, de lo que contaban en las noticias... cualquier cosa, siempre evitando tocar de nuevo el tema de Memento o de mi cargo. No fue hasta un buen rato después que me di cuenta de que no hablaban de mi o de nosotros tres en general. Era cierto: Doce años de convivencia habían acabado siendo doce años en los que no nos habíamos conocido de nada. Pero era precisamente por esta separación que ahora se arrepentían de no haber estado más tiempo conmigo. Volví a sentir ese afecto que Amelia profería por mí: Me sentí querida...

    Tras hablar más de una hora con ellos, me despedí hasta una próxima vez y colgué.

    —¿Ya has acabado? –preguntó Amelia desde el otro lado de la puerta nada más separé mis dedos del auricular.

    —Sí... –sonreí cuando vi que Amelia entraba y se acercaba a mí. –Lo has oído todo, ¿no? Menuda tontería hablar de esas cosas... –reí mientras ella se abrazaba a mí.

    —Al menos habéis hablado... –los pétalos de Magnolia retiraron su chaqueta y me abrazaron también. –Que no sea yo quien te arrebate a tu familia...


    Federico estaba sereno. Cada uno de sus movimientos era algo tan simple y armonioso como el movimiento de un velo. Con sus manos atrajo la mirada del trípodo que estaba ante él, con el leve movimiento de sus piernas llamó su atención y con su voz lo atrajo hacia sí. Emitía leves susurros que el alien parecía entender de alguna manera. Tal vez no fueran más que un montón de sonidos inconexos pero se notaba que el chico se esforzaba en encontrar a los que mantuvieran al trípodo tranquilo.

    Cuando éste llegó hasta la reja, apoyó uno de sus cuernos contra ella, justo donde Federico había puesto su mano. Él se arrodilló y colocó su otra mano para que el trípodo apoyara su otro cuerno. Él sonreía confiado y el alien respiraba sin resoplar...

    Preferí no moverme y contemplé la serena estampa, aquélla que antaño habría logrado que me uniera al control de aliens por lo adorable de algunas de las criaturas, sin que él se diera cuenta. Pasó más de una hora desde que entrara silenciosamente y él seguía junto a ese animal... hasta que, un leve tropiezo mío, llamó la atención del chico que se volvió asustado hacia mí.

    No dije nada y él no dijo nada tampoco. Yo estaba apoyada en una esquina oscura, lugar desde donde vi toda la escena discretamente y él estaba delante de una de las jaulas de los trípodos, hablando sin palabras a uno de esos seres.

    —¿Para esto te ofrecías voluntario a dar de comer a los aliens todos los recreos? –pregunté con gracia, sin manifestar ninguna hostilidad.

    Federico prefirió coger el carretillo de la comida y seguir con el trabajo antes que contestarme. Pero, justo antes de marcharse de delante de la criatura, dijo “¡su, su!” y el fuerte y enorme animal volvió con sus compañeros que habían ignorado al humano como si no hubiera estado ahí.

    —No se lo diré a nadie –continué. –¿Crees que se lo diré al Nicolás ese?

    —Nadie te ha pedido que lo entiendas –me contestó al fin. –Tan sólo evita decirle nada a nadie...

    —¿Te gustan los trípodos? –pregunté mientras cogía uno de los sacos de comida del carretillo para dárselo a un par de döppelts.

    —Algo así... –me contestó tras una larga pausa en la que pude dar su correspondiente plato a cada alien. –Desde que me dijiste que eran muy serenos, no sé, me entró esa idea de empezar a tratarlos como vacas o caballos...

    —¿No te dan miedo?

    —Me infunden respeto –afirmó categóricamente. –El miedo provoca rechazo, el respeto atracción. La verdad es que, cada vez que los veo, me apetece tocarlos... pero ahora que no tengo a Girasol no puedo entrar dentro de sus jaulas...

    —Si quieres pedirme algo, no te me andes por las ramas –le recriminé sonriente. –¿Terminamos y probamos?

    Él sonrió complacido y se puso al trabajo a toda velocidad, acabando en menos de un cuarto de hora lo que nos habría llevado casi el triple. Tendría su faceta adulta pero seguía siendo un simplón sin remedio.

    Cuando acabamos, volvimos a la jaula donde estaba ese gran trípodo con el que había estado desde el principio.

    —Recuerda –advertí mientras él llamaba suavemente al animal: –Sólo nos queda media hora antes de volver a clase pero aún así deberíamos salir antes para evitar llamarle la atención a ése –dije despectivamente refiriéndome al director.

    —Descuida...

    Una vez delante de la jaula, me indicó que no me acercara y repitió el mismo ritual que antes, atrayendo la mirada del animal que se acercó a él mientras sus compañeros le ignoraban. Tras un par de minutos de suaves susurros y palabras leves, me indicó que abriera la puerta y así lo hice, tras lo cual formé un muro con mis cabellos para evitar que los otros dos trípodos se acercaran o que el tercero se escapara.

    Tal vez fuera un infantil intercambio de caricias, casi como si ellos dos no fueran más que un bebé y un gato, pero percibí aún más tranquilidad ahora que antes que había una reja entre ellos.

    Tras un rato de jugueteos varios, le indiqué a mi compañero que fuera despidiéndose y él, resignado, volvió a alejar a la criatura de sí y salió de la jaula.

    —Menos mal que Amelia no salió hoy para comer... –le comenté mientras subíamos en el montacargas. –No sé lo que habría pensado de ti si te hubiera visto con ése...

    —Me daría igual lo que pensara –dijo alegremente. –Pero mejor dejemos este tema entre nosotros y para otro día... lo último que quisiera es que el director se enterara de esto.

    Así pues, salimos del montacargas, abrimos la puerta del depósito y entonces...

    —¿¡Qué ha pasado aquí!? –exclamamos los tres (Girasol incluido) al ver la cantidad de cuerpos postrados que había en el suelo.

    En lo que era capaz de abarcar mi vista, pude ver cientos de cuerpos caídos, todos de alumnos a los cuales o les sangraba la nariz o las orejas... Sin dilación fuimos a comprobar el estado del más cercano y suspiramos aliviados al ver que seguía vivo aunque totalmente inconsciente. De los diez que estaban al lado de la entrada del depósito, ninguno parecía tener más heridas que esas llamativas heridas en oídos, nariz o boca.

    —¡Profe! –grité al comunicador sin recibir respuesta. –¡Maldita sea, haga su trabajo y póngase!

    —¿...Sandra...? –escuché la temblorosa voz de Martín.

    —¡Martín! ¿¡Qué ha ocurrido!?

    —...un monstruo... –susurró con voz acongojada. –...no sé qué era eso... no sé cómo hizo todo esto... pero... –Martín rompió a llorar asustado.

    —Tranquilízate, ¿quieres? –le pedí calmada. –¿Has logrado verlo? ¿Sabes lo que puede ser?

    —¡Ya te dije que no lo sé! –gritó para arrepentirse de inmediato y volver a hablar con susurros. –Es un humano unido con un alien... no sé lo que quiere pero no ha dudado en dejar inconscientes a todos...

    —A ver... –dijo Federico con voz paciente. –Ya sabemos que estás asustado pero lloriqueando así no nos ayudas: ¿Con qué clase de alien estaba unido?

    —Parecía un Drill... pero en ningún momento le vi lanzar uno solo de sus taladros... parecía que sólo tenía que mirar a alguien para dejarlo fuera de combate. Traté de atacarle pero era como si atravesara a un fantasma: Era totalmente intangible.

    —¿Dónde estás? Si vamos a tener que enfrentarnos a algo como eso es mejor que estemos juntos.

    —...estoy en... –Martín interrumpió su declaración con un grito brutal y desgarrador de puro dolor para luego sólo pudiéramos oír como se desplomaba al igual que su comunicador.

    Iba a tratar de llamarlo de nuevo cuando, de repente, escuché como se acercaban unos pasos al otro lado de la línea. Tras abrir la puerta que le separaba a Martín, alguien cogió el comunicador y habló, helándome la sangre en el mismo instante en el que oí esa voz tan ácida como odiosa:

    —El chavalín no ha sabido manejar a su juguetito... ¡Ah! ¡Qué gusto es volver al colegio! En fin, Sandra mía, espero que seas mejor entretenimiento que estos tres cobardes.

    —¿¡Qué le has hecho!? –le grité furiosa al monstruo de mis sueños, cuya voz había reconocido desde el primer instante.

    —A este aprendiz, dejarle fuera de combate; al inútil del director, igual; a los corderos que había por medio, inutilizarlos y a cierta bella flor... quedármela...

    Mi cuerpo se paralizó al escuchar la frase tras lo cual volví a gritar, con más furia que nunca:

    —¿¡QUÉ HAS HECHO CON AMELIA!?

    —No te enfurezcas –ordenó el monstruo desde el otro lado con tono serio. –Depende de ti, tan sólo de ti, que ella siga viva. ¿Vas a obedecerme?

    Pensé en tirar el comunicador al suelo e ir a matar a ese monstruo aún sin saber dónde estaba pero me contuve al pensar en lo que estaba en juego.

    —¿Dónde estás? –pregunté conteniendo mi ira.

    —Espérame en la parada de autobuses –ordenó. –No hagas nada raro y ve sola. Si a tu amigo se le ocurre acercarse, tanto él como tu querida profesora pagarán las consecuencias, ¿entendido, pipiolo?

    El monstruo cortó la comunicación y todo quedó en un incómodo silencio.

    —Toma... –le dije dándole el comunicador a mi compañero. Tras esto me encaminé resignada al lugar indicado.

    —¿No irás a...?

    —Sí, iré –dije pesadamente. –Si ese maldito se parece lo más mínimo al monstruo que conozco yo, hará lo que dice...

    —¿Lo conoces?

    —De mis sueños... pensaba que él era algo creado por mi mente o algo así pero... –apreté mis dedos contra mi brazo hasta hacerlo sangrar, henchida de una ira que no podía manifestar. –Tú no te acerques, ¿entendido? No quiero que maten a Amelia por tu culpa...

    Sin una sola palabra más, caminé hacia la parada de autobuses tan rápido como mi ánimo me permitió. Cuando llegué me encontré con más de cuarenta cuerpos tirados en el suelo, los cuales trataba de ignorar con la mayor de mis voluntades.

    —Muy bien, me gusta que seas obediente –dijo ácidamente el monstruo a mis espaldas.

    Me di la vuelta sorprendida pues ni siquiera había oído sus pasos sobre la grava y al fin pude ver su cara de día: Era un hombre de unos veintitantos bastante alto, tal como recordaba de su silueta oscura en sueños. Su cara era notablemente afilada y cada una de sus marcadas líneas de expresión denotaban mucha más edad de la que el resto de su cuerpo sugería. Su pelo, aparte de mostrar más de veinte taladros preparados, tenía un volumen considerable, casi como si estuviera hinchado desde dentro. Y claro, sus ojos... rojos como brasas.

    —¿Qué es lo que quieres de mí? –pregunté cada vez más y más furiosa.

    —Yo, tan sólo capturarte –dijo él encogiéndose de hombros. –No tengo la menor idea de lo que quieren hacer mis jefes contigo. Yo sólo soy un agente más.

    —¿¡Un agente de quién!? –formé varios taladros por culpa de mi ira pero al segundo los deshice. Mi descontrol me estaba jugando malas pasadas.

    —No tardarás en saberlo –dijo levantando una pistola de dardos. –No sabía que tu amor por esa perra te llevara a ser tan sumisa –y dicho esto me disparó al tiempo que yo le lanzaba un taladro instintivamente. Mas, al tiempo que caía dormida, vi como mi ataque no servía para nada: El taladro atravesó su cuerpo pero fue como si atravesara el aire y al final sólo pude lamentarme de mi impotencia...



    En un mar de sensaciones sentí el más incómodo sueño que jamás tuve... mi mente, mi cuerpo, mi misma alma, bullían de ira. Todo mi ser se retorcía pero mi cuerpo no me respondía.

    El fuego se apagaba.

    Traté de gritar pero la voz no me salía, traté de correr pero mis piernas no me respondían, quise saber lo que pasaba pero mis párpados no se abrieron...

    Recogí el fuego sobre mí misma, como Prometeo guardó el fuego en una flor de hinojo...

    Concentré todo mi ser en mis percepciones... escuché cosas, noté algo cogerme...

    ...tal vez se reavivara...

    No dejaba de escuchar esa odiada palabra: “Perra”. Cada vez que la oía mi ser se estremecía pero nada podía hacer. Lloré cada vez que la escuchaba y sentí un horrible dolor en mi pecho.

    La flor comenzó a arder...

    ¿Por qué? ¿Por qué en todas partes tenían que abusar así de ella? ¿Por qué castigaban su vida de esa manera?

    La herida de Prometeo volvió a abrirse...

    ¿Por qué los Blossoms despreciaban a una mujer que se preocupaba por los que iban a continuar su legado?

    Los pétalos se tiñeron de rojo...

    ¿Por qué los Drills despreciaban a esa bella dama?

    ¡El fuego renació cual volcán! ¡Sí! ¡Sabía que había vuelto con toda su fuerza!

    ¿Por qué los seres humanos, que se dicen tan solidarios, no se atrevían ni a mirar a ese alma tan caritativa?

    Sentí que algo me atravesaba la garganta y como se dirigía a mi espalda...

    Me sentí ingrávida, sutil y ligera como una pluma...

    Desde detrás de mis pulmones a mi cuello sentí como el fuego me dominaba de nuevo...

    Pero también sentí el asqueroso abrazo de ese monstruo que me sostenía al tiempo que me llevaba a Dios sabría donde...

    Mi vida fluyó por ese nuevo fuego... pero no era simple fuego: Eran alas. Alas ardientes y refulgentes que ardían...

    La presa de mi captor se hizo inestable...

    Mis llamas lo quemaron todo... hasta la última de mis impurezas quedó reducida a cenizas.

    Sentí como caía...

    Renací cual ave Fénix... sentí mi nuevo cuerpo, sentí mi refrescada mente, sentí mi renacida alma...

    Pude abrir los ojos y ver la cara del monstruo mirarme espantado.

    Y sentí lo único que necesitaba para volver a la vida: La voz de Amelia...



    —...estoy bien... –escuché levemente, como si una voz me hablara a cientos de metros para, de repente, sentir como el monstruo destrozaba algo contra el suelo.

    Adormilada pero ya totalmente despierta, me alcé del suelo mientras trataba de mantener el equilibrio pero al instante noté la punzante sensación de otro dardo en mi pecho. Pero esta vez, en lugar de volver a caer inconsciente, sentí como un calor brutal inundaba mis venas y me alce con una fuerza inusitada cada vez más consciente.

    —¡Maldita sea! –le escuché gritar al monstruo. –¡Los dardos no me funcionan!

    Por fin, con los ojos totalmente abiertos y con mi mente en su sitio, pude ver la situación: No nos habíamos alejado más de doscientos metros del lugar donde ése me había derribado y ahora estábamos delante del edificio principal, de camino al gimnasio. El monstruo, espantado, estaba hablándole a un comunicador mientras recargaba su arma.

    Miré mi cuerpo y vi como tenía seis dardos clavados... Eran molestos pero no me dormían. De hecho, a cada segundo que pasaba, me sentía más lúcida, como la ira que había mantenido contenida se despertaba. Y todo eso tan sólo por haber escuchado a Amelia decir “estoy bien”...

    —¡No te contengas! –escuché gritar a Amelia al otro lado de la línea del comunicador del monstruo. –¡Estos malditos...! –el monstruo cortó la comunicación antes de que pudiera seguir escuchando la voz de Amelia y se dispuso a combatir al ver que yo ya estaba más que dispuesta: Invoque las opciones de mis brazos y las lancé torpe pero certeramente.

    Ese indeseable dio varios saltos y se alejó de mí habilidosamente, aprovechando mi atontamiento hasta que se quedó fuera de su alcance.

    —¿¡Qué demonios eres tú!? –me gritó al ver que preparaba más opciones. –¡Te he metido suficiente somnífero en el cuerpo como para dormir a un elefante!

    —...soy... –di un torpe paso al tiempo que trataba de volver a la realidad –...soy fuego... –y lancé todas mis opciones contra él.

    Mas, mi ataque, de nuevo, fue infructuoso: Los hilos de las opciones atravesaron ese cuerpo como si fuera un fantasma. En contra—ataque, él alzó una mano y empujando el aire, me lanzó como si una mano invisible me tirara contra la pared.

    El golpe volvió a atontarme pero sólo durante un segundo: El dolor hizo que mi mente despertara súbitamente al igual que toda mi sensibilidad. Aún sin saber qué me había hecho, sabía que ya nada me mantenía de manos atadas: Podía ir a por ése con toda libertad...

    Después de alzarme, lancé toda una andanada de opciones y taladros los cuales atacaron al monstruo desde todos los ángulos posibles pero de nada sirvió: De repente, ese bicho parecía haberse convertido en un fantasma y ninguno de mis ataques parecía surtir efecto.

    Por contra, cada vez que él alzaba su mano, sentía una especie de bofetón poderosísimo que me derribaba. Tal vez pudiera actuar con todas mis fuerzas pero el no poder tocarlo dejaba las cosas tal como estaban.

    —Tal vez ya no tenga a Amelia... –me dijo sin moverse ni un ápice después de derribarme por cuarta vez –pero, por si no te has dado cuenta, tengo un patio lleno hasta el tope de rehenes –advirtió agriamente señalando a uno de los muchos cuerpos caídos. –Y más te valdría que me hicieras caso: Cuanto más tiempo permanezca aquí, peor lo pasarán...

    —¿Y a mí qué? –pregunté ganándome su mirada asustada. –La única que me importaba era Amelia... ¿no eres capaz de reconocer tu situación? –me volví provocadora hacia él. –¡Usa un poco tu lógica! ¡No importa cuantos seáis! ¡Ahora sólo quedas tú ahora que Amelia se ha encargado de los demás! ¡Si ella ha podido con ellos, ella podrá contigo! –de inmediato sentí un nuevo golpe invisible el cual me sacudió varias veces contra el suelo sin piedad. Cuando terminó, mis brazos rezumaban sangre pero yo estaba lejos de rendirme.

    Traté de concentrarme en ver lo que estaba pasando: Podría ser cierto que ahora sólo quedaba él entre los que tomaran el colegio y secuestraran a Amelia pero la batalla era, a todas luces, terriblemente desigual. Igual de evidente era que el monstruo no era un Drill, ni mucho menos. Parecía que tenía esos taladros para llamar mi atención pues no los movía para nada... es más, su pelo parecía que se hinchaba cada pocos segundos, casi como si respirara. Rechacé de inmediato que me estuviera golpeando con el aire así que me concentré en la única posibilidad plausible: El monstruo estaba unido con un alien psíquico. Cuál fuera, eso ya no importaba: No tenía la menor idea de cómo enfrentarme a uno de ésos. Lo único que sabía de ellos eran detalles que me contaron Amelia y Federico medio de pasada, previendo los tres que jamás íbamos a tener que enfrentarnos a semejantes monstruos...

    “Un momento... Girasol...” llamé. “Si a todos los demás los derribó de un solo golpe, ¿por qué a nosotros nos apaliza de esta manera?”

    “Hasta tú te has dado cuenta... No tengo la menor idea. Parece que todos los demás los han dejado fuera de combate reventándoles desde dentro... ¿tal vez no quiere que salgamos con daños internos?”

    Como respuesta me toqué una de mis costillas, la cual ya sabía que estaba rota desde hacía un buen rato.

    “Si esto no es daño interno dime lo que es...” le dije mientras soportaba mi dolor estoicamente.

    —Muy bien, chiquilla –me dijo el monstruo arrodillándose desde su inmóvil posición. –Es cosa tuya que sigamos con esto. O te rindes o...

    —Pues continúa... –respondí quejumbrosa mientras me alzaba dolorida. –Amelia, por mucho que la desprecies, sigue siendo la responsable de Contramedidas de este colegio. No tardará en llegar a ayudarme... –la respuesta del monstruo fue otro brutal empujón que me mantuvo contra la pared, casi como si una enorme prensa me aplastara contra ella.

    —En fin, tú misma... –el monstruo aumentó el ritmo de las respiraciones de su pelo y alzó dos dedos como si me estuviera apuntando con una pistola.

    “¡Ya sé!” gritó Girasol. “¡Usa a Memento!”

    ¡Claro! ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Si ese ser era todo ilusiones, me las estaría mandando directamente a mi mente pero, con Memento, yo podía conocer todos los detalles objetivos de la realidad que me rodeaba... de inmediato mis cabellos se pusieron en movimiento...


    “¡Buf, qué asco!” pensé al ver el verdadero aspecto del monstruo.

    Era cierto: Ese ser era todo ilusiones. Lo único que conservaba de su aspecto original eran los ojos rojos porque todo lo demás era completamente diferente: Lo que yo veía como taladros eran un montón de tentáculos y lo que yo creía que era pelo que se hinchaba una y otra vez era una especie de segundo cráneo con forma de campana detrás de su principal la cual se sostenía con un segundo cuello que penetraba directamente en su columna vertebral. Carecía de manos y en su lugar lucía algo más parecido a tentáculos terminados en una especie de palma. Su cara en poco se parecía a la de un ser humano, de cuyo aspecto ni siquiera conservaba el tabique nasal.

    Pero, lo que realmente me interesaba de él era su posición: No estaba a diez metros de mí, lanzándome ataques desde la distancia sino que estaba a apenas medio metro de mí, con un tentáculo preparado para tocarme...


    Mi reacción fue inmediata y brutal: Lancé todo lo que tenía al mismo tiempo contra ese ser invisible y sentí como todos mis taladros lo atravesaban. No se volvió visible con este ataque pero, la sangre que ya emanaba de su cuerpo delataba su posición por lo que lo rodeé con opciones y lo atravesé con taladros. Trató de defenderse torpemente pero nada pudo hacer: En menos de diez segundos logré volverlo visible y pude cortarle sus dos cuellos.

    La batalla había acabado y yo, por fin, pude dejarme caer para descansar...



    —Tan furiosa como siempre, ¿eh, chavalina?

    Traté de abrir los ojos pero la potente luz que tenía sobre mí me hizo volver a cerrarlos. Apenas notaba mi cuerpo, el cual permanecía medio dormido.

    —¿Dónde estoy? –pregunté atontada.

    —En una bañera, tranquila –me respondió una voz femenina que no logré reconocer. –Pensaba que tendría que ir a salvarte el día pero al final lograste encargarte tú sola de ese illitia... cada día me sorprendes más.

    —¿Eso era un illitia? –pregunté al recordar a ese alien del que había oído hablar alguna vez.

    —Y uno de los peores, créeme. Es mundialmente conocido como “Disruptor Joseph”, un mercenario muy peligroso. De no haber sido por tu Oboeteru, nada habrías podido hacer contra él.

    —¿Qué ha pasado con todos los demás? –pregunté preocupada.

    —Todos los alumnos despertaron a los pocos minutos de que mataras a ese advenedizo, tranquila. Tu compañero Martín volvió en sí sin demasiados problemas (aunque ahora tiene un dolor de cabeza antológico), Amelia salió sin muchas heridas (aunque no podría decir lo mismo de sus captores...) y Federico parece que fue el único que salió indemne.

    —...si es así... bien...

    —Me gusta ver que sigues conservando esa mala leche que te caracteriza, chavalina –me dijo ella al tiempo que me golpeaba amistosamente la frente.

    —¿Nos conocemos?

    —Ya te dije que no me reconocerías cuando volviéramos a encontrarnos.

    Abrí los ojos de golpe para volver a cerrarlos de rápido por culpa de la luz pero, aún así traté de ver la cara de quien estaba vigilando mi proceso de curación...

    —¿Lua? –traté de alzarme para verla mejor pero ella me mantuvo bajo el gel celular con un dedo.

    —¿Te alegras de verme? –me preguntó poniéndose sobre la luz para que la viera mejor.

    Ahora que la veía en vivo, sabía que ésa era Lua. En la foto la vi preocupada y tensa lo cual no asociaba con la Lua que había trabajado conmigo. Sin embargo, ahora que veía su cara risueña, sabía que esa mujer que se encontraba ante mí era Lua, sin ninguna duda.

    —Eso no tienes que preguntarlo –contesté con una sonrisa en la cara. –¿Qué haces aquí abajo?

    —¿Abajo? –preguntó sorprendida. –¡Ah! Que crees que estamos en el bunker del colegio...

    —¿Dónde estamos entonces?

    —Sería un poco largo de explicar pero, para resumir, estás en un viejo palacio que está en medio del bosque –dijo suavemente. –Íbamos a buscarte al colegio pero, de repente, vamos y nos encontramos con ese maldito illitia y va Guídalo y nos ordena que te trajéramos aún sin tu permiso...

    —¿Por qué hablas en plural?

    —Por mí –dijo una voz muy gruesa al otro lado de la sala. –Deberías adelgazar un poco: Cuesta volar contigo a cuestas.

    —¡Muy gentil de tu parte! –se quejó Lua. –Disculpa a Ramalho... A veces no es muy fino que digamos...

    —¿Qué hago yo aquí? ¿Para qué me habéis traído?

    —Órdenes de Guídalo, nada que te deba preocupar. De momento descansa un poco y luego te saco de la bañera, ¿de acuerdo?

    Lua se encargó, hacendosa, de todos los aspectos de mi curación y, tras una larga (para mí) espera, pude volver a alzarme, esta vez totalmente recuperada y sin ningún dolor ni cicatriz en el cuerpo. Nada más salí, mi compañera me entregó unas ropas bastante menos ajadas que las ensangrentadas que estaban a su lado.

    —Ale, con esto ya vas que chutas –opinó mi compañera tras ayudarme a vestirme.

    —¿Ya puedo entrar? –preguntó Ramalho al otro lado de la cortina que nos separaba de él.

    —Adelante –indicó Lua y así lo hizo: Ramalho entró... y yo di un paso atrás totalmente espantada: El aspecto de ese ¿hombre? era grotescamente deforme. Sus facciones parecían haberse retraído un montón, tanto que casi no tenía nariz, sólo algo parecido a un hocico. Su boca era enorme y los belfos le colgaban pesadamente, ligeramente humedecidos; sus orejas eran largas pero carecía de pómulos y le colgaban como pesos muertos... ¿qué era eso? ¿Un hombre o un buldog andante?

    —¿Un Licán...? –musitó Girasol por accidente.

    —¿Ya sabes lo que es un Licán? –preguntó Lua gratamente sorprendida. –Amelia ha debido enseñarte muchas cosas para llegar a ese punto... En fin, te presento a Ramalho Pires, un amigo...

    —...que te has traído de Brasil –interrumpí yo.

    —¿Y eso cómo lo sabes? ¿Te ha comentado algo Amelia?

    —No, el imbécil del director. Hace ya algún tiempo nos enseñó unas cuantas fotos de ti en un aeropuerto. ¿Aquél tipo cubierto hasta las cejas era Ramalho?

    —Sí, era él –dijo Lua al tiempo que le hacía una seña a su compañero, el cual se marchó de inmediato a toda prisa. –Entonces ya sabías que había vuelto...

    —Sólo sabía que andabas por París, nada más –dije mientras me ponía mis zapatos. –Eso es lo único que sé: Tú volviste de Brasil con un Licán y fuiste recibida con prisa por Guídalo en París. No sé más –dicho lo cual miré escrutadora a Lua.

    —Quieres saber lo que hice, ¿no? –dijo ella esperándome en la puerta. –Eso mejor pregúntaselo a Guídalo. Quien mejor te puede explicar todo esto es el mismo jefe...
     
  13. Threadmarks: Parásito - Capítulo 13
     
    JeshuaMorbus

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    [Alien 9] Parásito (Completa)
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    Capítulo 13: Planes


    “Será ‘el mismo jefe’” pensé “pero vaya pintas...”

    Me encontraba en el piso superior de la torre de ese desvencijado y pequeño palacio aunque, por la cantidad de cajas y materiales diversos, se parecía más a un gran almacén. Las escasas habitaciones que pude ver mientras subía estaban atestadas de gente durmiente, de decenas de personas a las cuales no había que mirar demasiado para saber que estaban unidas con un alien... todas, sin excepción. Y en ese momento, frente a mí, me encontré con el mismo Guídalo que había conocido meses atrás... roncando espanzurrado de mala manera sobre varios sacos.

    —¡Eh, jefe! –llamó Lua. Al no haber respuesta, le dio un bofetón y el hombre se despertó de sopetón.

    —¿¡Qué...!? –Guídalo calló al ver a Lua. –¡Lua, por favor, hay maneras y maneras! –se quejó mientras se restregaba los ojos. –¿Ésta es Sandra?

    —Así es. Ya está curada y despierta: Toda suya.

    El hombre se desperezó y bajó de encima de esos sacos para mirarme directamente a los ojos. Los suyos, verdes brillantes, me miraban... ¿con sorna? ¿Qué tenía en la cara que le hiciera tanta gracia?

    —Así que tú eres la joven amante de la buena de Amelia... –comentó en tono de broma. Mi corazón dio un tumbo brutal lo cual se manifestó en mi cara. –¡Me encantan esta clase de reacciones que tenéis los jóvenes! –exclamó alegremente mientras yo daba un paso atrás asustada. –Tranquila, no te estoy juzgando –comentó al tiempo que volvía a sentarse. –Casos como el tuyo los he visto a puñados... debe ser el signo de los tiempos...

    Lua no se quedó de brazos cruzados y me trajo una desvencijada silla que había perdida por ese pasillo. Cuando le miré al sentarme no noté ningún cambio en su expresión... o ya lo sabía desde hacía tiempo o no le importaba en absoluto.

    —Supongo que te preguntarás qué estás haciendo aquí... –asentí mientras trataba de moverme lo menos posible sobre esa silla que parecía que perdía clavos a cada pestañeo. –Bueno, lo primero, dejar que te reencontraras con tu amiguita (se pasó las dos semanas desde que volvió pidiéndome una y otra vez que le dejara visitarte...) y, segundo, tratar de adivinar qué es eso que tienes en el pelo. En mi vida vi semejante mezcolanza de poderes de alien en una sola persona...

    —...Memento... –carraspeé sin mucha confianza. –Se llama Memento Vitae...

    —Curioso... –comentó mientras se acariciaba su leve barba. –Eres la primera que consigue sobrevivir a una infección de Memento... bueno, Amelia es la mejor doctora especializada en aliens del mundo. Supongo que su buen hacer habrá bastado para que se desarrollara bien en ti.

    —Nada de buen hacer –replicó Girasol por mí. –Sólo un buen juicio: No hacer absolutamente nada.

    —No, si ya... esa mujer busca desesperadamente una manera de rebelarse contra sus amos... ser tan retorcida le ha merecido su título... ¿Ya dominas las características de este alien?

    —¿Para qué quieres saberlo? –pregunté algo más resuelta.

    —Por nada en especial... si, en principio quiero que te unas a mi selecto grupito pero preferiría conocerte un poco antes.

    —Creo que ya sé cómo funciona pero a duras penas lo controlo bien salvo para generar taladros.

    —Luego está su personalidad –añadió Lua dándome un golpecillo amistoso en la cabeza. –Es del tipo “estornúdame y te fusilo” y es entonces cuando es capaz de hacer milagros.

    —¿Para qué me queréis aquí? –pregunté extrañada.

    —Yo no te quiero aquí –replicó Lua. –Ni en sueños quiero que vivas lo que yo... esto es cosa del Guídalo de aquí...

    —Que no soy un sargento... –se quejó el hombre. –En fin, al grano: Supongo que te habrás fijado en la cantidad de gente que está viviendo aquí al subir.

    —Sí, un señor ejército –dije recordando hasta el último detalle de la conversación entre Amelia y el director.

    —...tanto como eso... Todos son humanos que se han unido con aliens pero que comparten una característica común: Todos son fallos. Ya sabrás por dónde van los tiros, ¿verdad?

    —¿Esto es un refugio de fallos?

    —No, es “el” refugio de fallos. Aquí lo único que te encontrarás es la mayor colección de personas a medio unir con aliens que encuentres en el mundo, ya sean Blossoms unidos con hongos raros –dijo señalándome, –Blossoms unidos con serpientes –dijo señalando a Lua, –o tipejos muy raros como yo... Todos nosotros venimos huyendo de las organizaciones superiores todas partes del mundo por... “desacuerdos ideológicos”, no sé si me entenderás.

    —A mí quieren asesinarme así que sé de qué hablas... Así que quieres ocultarme por aquí...

    —Básicamente es eso, sí.

    —Paso –interrumpí mientras me levantaba. –De momento no siento necesidad de escapar a un lugar como éste. Tengo muchas cosas que hacer en el colegio...

    —Nadie ha dicho que tengas que unirte ahora. Sé bien cómo deseas proteger a tus compañeros y a tu profesora. Estás aquí por otra razón.

    No me moví y pregunté con la mirada.

    —¿No has notado nada raro últimamente en el desarrollo de tus funciones como encargada? ¿No crees que últimamente te falta algo?

    Medité la pregunté y repasé mis recuerdos uno a uno.

    —¿Demasiados trípodos? ¿El alien de Federico? ¿Que caen menos naves espaciales? ¿Que...?

    —¡Eso, eso! –me interrumpió él. –¿No te has fijado que en el último mes apenas han caído dos?

    Ahora que lo mencionaba era cierto: Generalmente caían a un ritmo de casi cuatro por semana pero, por lo que yo recordaba, sólo habían caído dos y encima con aliens muy débiles. El resto de aliens que habíamos estado capturando eran los que se habían colado del bosque y los que nos había preparado el director.

    —¿Eso quiere decir algo?

    —Sí: Algo ha ocurrido allá arriba –dijo señalando el cielo. –No tengo la menor idea de qué pero, de acuerdo con mis informaciones, lo más probable es que haya ocurrido una gran batalla.

    —¿Y qué?

    —Ocurrió otra gran batalla hace ya algún tiempo, hace ya... unos catorce años...

    —¿El primer contacto? –pregunté sorprendida.

    —Sí. Los aliens supervivientes de ese primer encuentro con los que logré comunicarme me mencionaron batallas brutales en el espacio y en sus planetas natales. Los recién llegados mencionan que habían vivido unas batallas inusitadamente violentas, “tales como en las anteriores guerras” me dicen. No sé qué podría ocurrir en esas batallas pero, por lo visto se está acercando un gran contingente en esta dirección.

    —¿Va a haber un segundo contacto?

    —No, el contingente es enorme pero todo se dirige en una sola dirección, no muy disperso como el anterior... no estoy muy seguro de cuál va a ser y, a decir verdad, no sé si va a ser en un solo punto, pero la cuestión es que el asunto se está volviendo peligroso: Uno de los puntos de aterrizaje más posible puede ser este monte: El Santo Firme.

    —A mí Guídalo me reclutó para que comprobara diferentes terrenos de la selva amazónica –dijo Lua. –Tuvo la gentileza de dejar que terminara mi simbiosis y luego me envió escopetada para allá... otro de los posibles lugares de aterrizaje está allí y es muy posible que sea escogido como segunda pista... lo queramos o no, el Santo Firme se está llevando todas las papeletas de una señora invasión a gran escala.

    —¿Eso lo saben en el colegio? –pregunté temerosa.

    —Nicolás, seguro; Amelia, no sé –respondió él. –La cuestión está en que ninguno hará nada, el primero porque así se lo han ordenado y la segunda porque no puede desobedecer sus órdenes de silencio. El problema está en que los resultados de la batalla están aún muy en el aire y nadie sabe a ciencia cierta quién ha ganado o va ha ganar...

    —¿¡Y qué si no lo saben!? ¡Tendrían que evacuar!

    —No tienen por qué hacerlo si tienen en mente que van a vencer los Blossoms. Los dos clanes más poderosos que existen son los Blossom y los Drill. Por lo que me han contado de ellos, llevan milenios masacrándose mutuamente y evolucionando brutalmente gracias a esa cantidad de combates.

    —Para bien o para mal seguimos aquí... –comentó sarcásticamente Girasol. –Entonces, según usted está diciendo, los Blossoms no quieren evacuar la zona porque tienen la certeza de que van a ganar. Entonces, ¿los Girasoles que puedan llegar no serán salvajes?

    —Todo lo que viene de fuera viene en estado salvaje, eso siempre. Los que llegan de arriba nunca han estado en contacto con seres humanos por lo que al llegar, aparte de un hambre brutal, sienten una necesidad cerval de hacer simbiosis.

    —OK, ya lo pillo: Dominio a la fuerza de una gran parte de la población local para extender las simbiosis Blossom...

    —Tienes buen ojo. Drills y Blossoms son, ciertamente, muy fuertes y tienen una capacidad de aprendizaje que nada tiene que envidiar a la de las Nagas pero tienen un profundo problema: Son racistas hasta la médula. No ven otra tierra que la dominada por sus respectivos clanes.

    —No me van esas ideas tan prepotentes...

    —Eso es porque Sandra se las ha arreglado muy bien para destruir tus instintos primarios, tus genes egoístas –dijo Lua. –Aquí parece que en lugar de haber hecho tú una simbiosis con ella, ha sido ella quien la ha hecho contigo.

    —Girasol humanizado –comentó muy chulesco. –Tiene su gracia... pero no estamos para esto: ¿Hay una posible fecha de llegada?

    —Nada concreto aún –contestó Guídalo. –Nuestros telescopios no son tan sofisticados como los que poseen las instituciones superiores y nuestras antenas son bastante más débiles así que no sabemos ni a qué distancia está la batalla ni quién va ganando. Todo cuanto podemos saber, lo conocemos gracias a las labores de nuestros espías.

    —Tal como lo dice, esto parece una institución militar...

    —En parte lo es... –dijo Lua. –Por eso mismo os prefiero lejos de esta organización: No tenéis ni idea de lo duro que es el día a día por aquí... Vivir escondidos en medio del bosque no es nada sencillo, ¿sabéis?

    —Pues nada... –seguía algo cansada pero ya había logrado asimilar casi todo lo que me habían dicho y ya tenía ganas de marchar. –Cuanto antes informe a quien pueda, mejor.

    —Bueno, yo ya he cumplido... –dijo Guídalo echándose de nuevo. –Lua, encárgate tú de escoltarla de vuelta a casa y dale “eso” –dijo con cara de asco. –Supongo que querréis hablar de vuestras cosas... pero no te olvides de darle una buena coartada, ¿de acuerdo?



    Jamás olvidaré la cara de alegría de Amelia cuando me vio volver... entre maravillada y alborozada me vio descender poco a poco y aterrizar suavemente cual ángel caído del cielo. No se atrevió a tocarme mientras recogía las alas que había logrado mediante la asimilación del código genético de Lua y, cuando por fin me levanté, me abrazó suavemente.

    Aún era noche avanzada (las tres de la mañana al menos) por lo que ella, sin preguntarme nada, sólo manifestando una gran alegría en su cara, me llevó a la casa y me dejó ir a dormir. Esa noche no habría acción: Tanto ella como yo estábamos demasiado cansadas para nada, las dos nerviosas a nuestra manera así que conciliamos el sueño en pocos segundos.

    Y por fin... por fin un sueño sin ese maldito Illitia—Drill que me llevaba atormentando todos estos meses, un sueño profundo, tranquilo, relajado y sin sobresaltos. Me olvidé de todo por unas horas, me olvidé de posibles invasiones, asesinatos, odios, amores, aprecios, aliens y humanos. Me olvidé de todo y sencillamente dormí en el vacío.

    ¿A qué hora abrí los ojos? La verdad es que no me importaba mucho. Al ver la débil luz de ese día nublado entrar por la ventana supuse que no tendría que ir a clase...

    —¿Ya estás despierta? –me susurró Amelia.

    Me giré y le miré a los ojos, sin abrir la boca para mantener el silencio.

    —Lo siento... –suspiró ella al cabo de un rato. –Por mi culpa acabaste malherida...

    —No digas tonterías –repliqué sonriente. –Si no hubiera sido por tu voz y por Magnolia no habría podido despertar... ¿sabes una cosa? Ya sé manejar a Memento.

    —Ya me lo imaginé cuando te vi volver volando. Al principio pensé que eras un pajarraco gigantesco pero cuando logré ver tu cuerpo, supe que eras tú... Ahora también imitas a las Nagas. Imitas a los Borgs, a los Gradius, a los Girasoles, a las Magnolias, a las Nagas, a los trípodos, a los rubritrípodos, a los dobis, a los dezumontos...

    —Todo es cuestión de saber no que tienes una parte suya sino que tú eres así desde el principio. Controlar a Memento es un estado mental, no dar una serie de órdenes a tu cuerpo.

    Amelia retiró la sábana y se levantó para ir a hacer algo para desayunar. Mientras, yo permanecí en la cama un rato más mientras notaba que el calor de mi compañera de cama desaparecía. No tardé en decidirme a saltar de la cama y al segundo ya estaba delante de un potente desayuno.

    —¿Hoy no tengo clase? –pregunté al ver el reloj.

    —Hoy no hay clase para nadie. Después de la que montaron esos illitias, lo raro sería que los padres no se preocuparan por sus hijos (no quisiera ser el médico del pueblo hoy...). Por suerte, nosotros tres pudimos arreglárnoslas.

    —¿Tres?

    —Tú, yo y Federico. Él hizo poco pero lo que hizo fue esencial: Te tiró un comunicador para que pudieras enterarte de que yo estaba bien. Lástima que ese illitia lo destrozara...

    —Joseph –interrumpí ganándome su mirada sorprendida. –Se llamaba “Disruptor Joseph”.

    —¿¡Disruptor!? –exclamó aterrada. –¿¡Tú has logrado...!? Quiero decir... ¿¡Tú has logrado vencer a...!?

    —No supe como se llamaba hasta que leí en su cuerpo –mentí siguiendo la coartada preparada por Lua. –Por mí que se llame Disruptor o Diego Felipe... o lo mataba o me llevaba con él... –callé un rato mientras comía un poco de mi parte para luego preguntar: –¿Por qué habrán enviado a un equipo de mercenarios a por mí? ¿Por Memento?

    —No lo creo. Joseph comenzó sus ataques mucho antes de que tuvieras la infección en tu cuerpo. Será por lo normal...

    —¿Lo normal?

    —Por lo que he podido saber a lo largo de mis años en mi cargo, en el mundo se han extendido las razas alienígenas de maneras diferentes a lo largo y ancho del globo. Disruptor Joseph y su equipo son... eran –corrigió –un grupo mercenario de origen estadounidense. Por lo que se sabe de ellos, hasta donde se recuerda sólo han trabajado para el gobierno de ese país desde el primer contacto.

    —Pagan bien –comenté al recordar algo que sí había visto al estar en contacto con “eso”, esto es, la cabeza de ese desaprensivo que los fallos de Santo Firme se habían quedado y de la que yo pude extraer información antes de marchar para tener una buena coartada. –Un mercenario no tiene que jugarse la vida por nada. No son héroes, sólo currantes –comenté parafraseando sus fríos (pero prácticos) pensamientos. –Pelear mucho, hacer lo que se te diga y nunca hacer preguntas. Ése era su trabajo.

    —Por lo que sé, el único país donde se acepta libremente a los fracasos es en los Estados Unidos pero siempre hay un pero...

    —O te conviertes en un soldado fiel u olvídate de que te acepten... algo vivió Joseph de eso.

    —De un tiempo a esta parte han estado seleccionando a posibles candidatos a fallo por el mundo para reclutarlos y unirlos a su causa. Según parece, se cebaron contigo.

    —“Rebelde, gritona, furiosa, iracunda, bestial, testaruda y sin embargo, abierta, colaborativa, amistosa, brillante, inteligente y disciplinada dentro de su rebeldía”. Así es como me definió Joseph... Por suerte no le dijo a nadie nada sobre lo nuestro... habría sido una pesadilla que volvieran a utilizarte como rehén.

    —Que esté unida con una Magnolia no quiere decir que no sepa pelear –dijo ella algo molesta. –Mi único límite está en los Blossoms: A ellos no puedo matarlos ni desobedecerlos ni odiarlos. Todos los demás son carne picada delante mía (y más cuando todos insisten en que soy débil de carácter... serán zotes...). Pude acabar con esos cinco antes de que pudieran darse cuenta de que Magnolia es capaz de acelerar mi metabolismo a placer. Para cuando por fin vieron que estaba despierta, todos esos aprendices de pulpo tenían una opción alrededor del cuello... cuellos –corrigió.

    “Vamos, que no eres un príncipe, mi pequeña dama” me comentó Girasol sarcásticamente.

    —¿Qué pasó con el imbécil? –pregunté refiriéndome claramente al director.

    —Fue el primero en caer –comentó riendo levemente. –De todas maneras, ése fue un buen golpe: Nicolás es mucho más de lo que aparenta, no es sólo un tipo que me da palizas porque sabe que no me voy a defender.

    —Ya... ¿Martín estaba escondido en el baño?

    —Allí lo encontré... Joseph se cebó de lo lindo con él: O bien no le gustaba su cara o tenía la cabeza muy dura. En fin, a él no lo veremos en al menos dos días. No está grave pero el viaje que le metieron en el cuerpo fue lo suficiente potente como para que no despertara hasta cuatro horas después del ataque.

    —¿Y todos los demás?

    —Despertaron muy confundidos y doloridos pero ninguno tenía nada grave (aunque encontrarse ese cadáver decapitado hizo que cundiera un poco el pánico). Tan sólo tú fuiste herida de gravedad, al menos eso es lo que me dijo Federico –dijo señalándome. –¿Qué ha pasado con tus heridas?

    —ADN de döppelt (esos malditos se regeneran a toda velocidad); la ropa esta, me la encontré en una de las casas de allá arriba (aún quedan bastantes cosas en buen estado, escondidas de los aliens que pululan por allá). El resto fue cosa de tomarme algo de tiempo para refrescar mis ideas con la cabeza de Joseph.

    —Entiendo. En fin, habrá que aprovechar el día. Un día de fiesta no lo tenemos todas las semanas...



    Mientras Amelia aprovechaba para limpiar un poco la casa, fui a la entrada del colegio y allí empecé a leer algo... bueno, algo o cinco tochos. Mi capacidad de aprendizaje había vuelto a crecer de manera grotesca y ahora no podía pasar sin leer algo (me aburría horriblemente si no hacía algo, cualquier cosa...).

    Tras terminarme dos de esos tochos en menos de dos horas (¡es que parecía que leía en diagonal!), vi movimiento en la entrada: Un chico de no más de diecisiete años había entrado en el colegio y caminaba rápidamente. Me levanté y fui a recibirle, suponiendo que tal vez quisiera visitar a Amelia, la única habitante fija de esa zona.

    —Buenas –saludé. –¿Querías algo?

    El chico paró y me miró bien tras lo cual respondió:

    —Sí, algo así... ¿tú no te llamarás Sandra?

    —Sandra es mi nombre, eso lo sabe todo el mundo por aquí –respondí recordando mi mala fama.

    —Mi hermano suele hablarme mucho de ti... pero en fin, no vengo a hablar contigo. ¿Está Amelia?

    —Sí, en casa pero está un poco ocupada.

    —Da igual, necesito su ayuda –dijo al tiempo que se lanzaba a la casa.

    Le seguí de cerca, algo extrañada tras ver la cara de preocupación que traía. Cuando llegamos, llamé a Amelia, la cual salió de inmediato.

    —¡Anda, Felipe! –exclamó ella agradada. –¿Qué es de tu vida?

    —Me va bien, sí... ¿ha pasado mi hermano por aquí? Desde ayer por la noche no lo hemos vuelto a ver.

    —¿Qué hermano? –pregunté.

    —¿Federico ha desaparecido? –preguntó ella.

    —Ayer, casi por la noche, llegó a casa con mis padres muy alterado y se encerró en su habitación pero, cuando fuimos a despertarle, había desaparecido. Su cama no estaba deshecha, no se había llevado ni ropa ni dinero ni notamos que hubiera salido por la puerta... ¿No lo habréis visto por aquí?

    —No, yo no.

    —Yo menos... –respondí yo. –Por la entrada no pasó nadie más que tú.

    —Ya veo... en fin, sólo venía a preguntar... –se dio la vuelta y comenzó a andar. –Si lo veis, por favor, llamad a mi casa.

    —Cómo se nota que sois hermanos... –suspiró ella. –Se os nota a leguas que mentís ¿Has venido por aquí porque tienes alguna sospecha?

    —No –respondió sin pararse. –Ya sabes que es malo investigar lo que ellos no quieren que investigues –tras lo cual marchó a toda prisa hacia la entrada.

    —Lo que faltaba... –suspiró ella de nuevo.

    —¿Ha pasado algo de lo que no me haya enterado? –pregunté algo perdida.

    —Sí y no... Con todos mis antiguos alumnos sigo manteniendo cierta comunicación, muy eventual pero sigue ahí. Todos conocen mis problemas con los Blossoms y por ello tratan de no molestarme demasiado pero aún así, saben que hay cosas que las instituciones superiores no les dejan pedirme –Amelia se retiró dentro de casa y entró en la habitación para cambiarse. –Cosas como, por ejemplo, buscar alumnos que se hayan escapado. Cuando Lua escapó, yo informé y me dijeron, desde el principio, que no metiera las narices. Puesto que ahora no tengo a nadie con una sospecha “formal” de su posible evasión, tengo un tiempo de margen para investigarlo por mi cuenta, antes de que pueda ocurrirle algo grave a Federico.

    —¿Algo como qué?

    —En mis años de cargo se me han escapado alumnos siete veces, dos de esas veces, hacia el bosque. No sé tú, pero para mí ya es bastante peligroso andar al lado de la verja...

    —Entiendo...

    —En fin, hay comida en la nevera. Yo no volveré hasta muy tarde así que hasta luego –dijo mientras corría hacia el coche.



    —Pues por aquí no lo he visto –sentenció Lua categóricamente tras contarle yo lo que había pasado. –De todas maneras, Federico no es tan estúpido como para querer esconderse aquí.

    Estábamos Lua y yo hablando tranquilamente en la atalaya que dominaba la parte trasera del patio tal como lo habíamos acordado la noche anterior.

    —No será estúpido pero a veces es imprevisible –repliqué yo. –Amelia sabe mucho, Naga sabe tanto como ella pero él está estudiando cosas sobre aliens a marchas forzadas, casi descuidando sus estudios. Además, aplica sus conocimientos de tal manera que parece que conoce a todos los aliens de años atrás...

    —No, si ya me han contado las barrabasadas que hacía. Es un chico muy práctico, y precisamente por eso, no cometerá la estupidez de acercarse aquí.

    —Tal como hablas del bosque parece que no te gusta estar ahí...

    —Cierto que es difícil y pesado vivir aquí pero tengo algo dentro de mí que me impide abandonarlo –dijo dándose un golpe en el pecho. –Tú lo has sentido también, supongo, esa sensación de atracción brutal a este lugar...

    —Me hace ilusión estar entre esos árboles pero aún soy lo suficientemente consciente de que no conozco nada de lo que hay detrás de la alambrada.

    —Un infierno, o el Paraíso, si lo prefieres. Maravilloso y horrendo a partes iguales, grotesco y perfecto en la misma medida, sencillamente inclasificable... La colina es suave pero está muy accidentada, mucho más de lo que deja traslucir la vegetación y cunde la oscuridad, tan profunda que parece que estés dentro de la boca de una bestia. Luego está la humedad que mantiene una temperatura cálida casi todo el tiempo pero que te hace sudar como a una magdalena; la hojarasca que cubre el suelo está podrida como el lodo pero hace crecer toda clase de seres en su interior; hay tanta paz y tanta guerra como puedas imaginar...

    Reí agradada al ver hablar así a Lua. Antes parecería una niña dándoselas de adulta pero ahora era una adulta en toda regla. Y no sólo era por su discurso ni por su cuerpo, no... desde sus ademanes hasta su respiración denotaban algo que antes no tenía.

    —En fin... así siempre ha sido el plan de los aliens –sentenció.

    —¿Plan?

    —Sí, plan: ¿Cómo adaptarse a otro planeta sin cargárselo? Muy sencillo: Adaptándolo tú mismo. Por esa razón existen tantos simbioides: Los simbioides tienen unas necesidades, los seres de este mundo otras. Si tanto terrestres como extraterrestres aúnan sus capacidades para un objetivo común, todos podremos sobrevivir. Imagina que los aliens no pueden comer la comida terrestre... sólo pueden comer sustitutivos raros como mugre, cosas mucho más sencillas.

    —La mugre la comen como si fuera leche materna, eso ya lo he notado –dije dándome un golpecillo en el pelo. –Comen, se desarrollan, se unen a nosotros y al final pueden vivir de lo que nosotros nos alimentamos.

    —No podrías haberlo dicho mejor. A esto se le llama una señora invasión... y nadie se ha parado a pensar en ello –Lua rió agradablemente. –En fin, tanto da: La tierra es un ecosistema y los aliens tratan de alterarlo lo menos posible, es más, tratan de reforzarlo, aunque sea de manera forzada, desplazando a los humanos.

    —Eso no es necesariamente bueno –dijimos Girasol y yo.

    —Bueno, tampoco es bueno sustituir los conflictos que antes tenían los humanos por los que ahora tienen los aliens... la verdad es que sólo es un cambio de contexto: Nada ha cambiado, sigue habiendo guerras, problemas de supervivencia, estupidez, egoísmos, intereses... pero lo que nos estamos jugando ahora no es estúpido dinero sino la misma vida de este planeta y de los que habitan en él...

    —A veces me pregunto por que nos cebamos con vosotros... –comentó Girasol. –Sois fuertes, sí, a vuestra manera pero hay animales mucho más fuertes y mejor desarrollados que vosotros.

    —Porque los seres humanos, por desgracia, son los “señores de la creación”... Es una tontería muy sencilla de entender: Los seres humanos no aceptan cambios en sus vidas, al menos no los rápidos. Si hubiese un cambio brutal del ecosistema, ellos reaccionarían contra ese cambio. Solución: Cambiar a los mismos humanos. Sencillo de entender. De todas maneras, según como se desarrolle un cuerpo humano, pueden surgir unas funciones inusitadas en los poderes que concede inicialmente un alien, todos esos cambios apoyados en la capacidad cognitiva humana. ¿Puedes imaginarte cuál ha sido el cambio revolucionario que ha causado entre los aliens el descubrimiento de ese raro y brutal poder que descubrimos en este planeta?

    —¿Lo de cambiar el medio antes que adaptarse a él? No lo veo yo muy claro... si mis congéneres siguen por ese camino se acabarán convirtiendo en depredadores de recursos naturales, como los humanos de por aquí.

    —No llegamos a ser tan estúpidos –contestó el Girasol de Lua, alterando ligeramente su voz. –Ganamos consciencia y razón pero seguimos atados a nuestros instintos primarios (salvo en tu caso y en el mío, qué diantre). Sé que tanto tú como Sandra no seríais capaces de pasar sin bosque...

    —Aunque más bien parece que últimamente esté atada a las pasiones más enfermizas y morbosas... –comenté cabizbaja.

    —Tal como acabas de decir eso –dijo Lua –parece que tengas unas ganas terribles de decirme algo... ¿No será sobre cierta profesora que conocemos las dos? –preguntó con voz melodiosa.

    Asentí mientras me sonrojaba.

    —Que no te dé vergüenza –respondió dándome una palmada amistosa. –Ya lo dijo Guídalo: Es el signo de los tiempos. Será por la presión que sentimos los Encargados pero cada vez se dan más casos de extraños amoríos entre alumnos o entre alumnos y profesores. Bueno... eso no quita que me choque un poco lo tuyo...

    —¿Te choca?

    —¿Cómo lo habías dicho? ¿“Cuando somos pequeños existe algo llamado malicia y cuando somos mayores, algo llamado maldad. Me gusta la maldad”? –Lua sonrió simpática. –Tú te dices muy niña pero oírte decir eso...

    —¿Pero cómo...?

    —Guídalo ordenó instalar a varios espías alrededor de la casa para saber cómo avanzaba tu infección y algunos de ellos llevan micrófonos con los que pueden oír y registrar todo lo que decís tras esas paredes.

    Suspiré abochornada al pensar que todo lo que creía que sólo sabíamos Amelia y yo ahora lo sabía quien no quería que supiera nada.

    —Mira, yo no soy quien para juzgar lo que has hecho –replicó ella. –Hay que tener en cuenta muchas cosas, desde las presiones a las que has estado sometida hasta tu actual condición. ¿Qué ha podido influir más? No lo sé. Y no importa. Sé que cuando estás con ella eres feliz... bueno, en realidad no lo sé... sólo sé lo que oigo y, en fin, tú ya sabes: Por muy poca edad que tenga, sé lo que escucho –dicho lo cual rió con un deje sarcástico. –De veras, no te preocupes porque nosotros sepamos lo que ocurre realmente dentro de esa casa: Muchos de los nuestros tienen cosas más serias en las que pensar. Por mí, haz lo que quieras, al fin de al cabo, sabes por qué lo haces, ¿no?

    —...sí... sé lo que hago... y por ello, ¿no os importaría dejar de espiarnos cuando...? En fin, tú ya sabes...

    —No hay problema. De todas maneras, no es a mí a quien tienes que...

    —¡Lua! –gritó una voz desde la base de la atalaya.

    Nos asomamos al instante y allí vimos a uno de los fallos de Santo Firme.

    —¿Qué pasa? –preguntó la aludida. –Sabes que no puedes acercarte por aquí.

    —¡Lo sé, lo sé! –replicó la otra. –¡Es Ramalho! ¡Le han tendido una emboscada!

    La hasta el momento serena cara de Lua se comprimió en una expresión de ira que jamás había visto en ella y, antes de que pudiera ver qué diantre había hecho, había desplegado sus alas para volver a toda prisa hacia el bosque, dejándome más sola que la una en menos tiempo que tuviera para apercibirme...
     
  14. Threadmarks: Parásito - Capítulo 14
     
    JeshuaMorbus

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    [Alien 9] Parásito (Completa)
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    Capítulo 14: Rescate


    Esa noche Amelia no volvió. Tampoco Lua.

    Así, de buenas a primeras, me había quedado completamente sola en el colegio.

    Y yo aburrida.

    Y preocupada.

    Ya fuera por Federico, buen amigo donde los haya; ya por Ramalho, que por muy feo que fuera parecía buena persona, estaba un tanto desalentada. Sabía que no podía salir del colegio pues, si lo hacía, Amelia pagaría las consecuencias de mi osadía. Mas no podía dejar de pensar en que debía hacer algo...

    Pensé varias veces en llamar a Amelia, a ver si podría ayudarla pero sabía que su respuesta sería no. También pensé en pedirle ayuda a mis padres pero como que no: Si supieran todo lo que ocurría a espaldas de todos...

    Al final, yo me quedaba sola y a salvo (bueno, es un decir...) en el colegio.

    “No sigas por ahí” me dijo Girasol al verme tan preocupada. “¿Crees que obsesionándote con todo lo que pasa vas a solucionar algo? Limítate a relajarte”.

    —¿Y en qué quieres que piense? –le pregunté a viva voz. –Sé que Amelia no lo pretende pero me siento como apartada...

    “¿Qué edad tienes?”

    Bufé contrariada pero con la certeza de que Girasol llevaba razón: Por muchas cosas que dijera, por muchos discursitos que hiciera, mi cuerpo y la mayor parte de mi mente seguían funcionando como los de una niña de mi edad. Sería todo lo fuerte que quisiera pero, se viera como se viera, no sabía por dónde empezar. Amelia sabía hacerlo por el pueblo; Lua por el bosque pero yo...

    Di una patada a la verja que se encontraba delante de la entrada de la escuela furiosa por mi propia impotencia...

    “Cálmate” pidió Girasol. “Lo mínimo que podemos hacer es esperar a que Amelia nos informe sobre lo que haya descubierto, no más... relájate y espera a que mañana ella te informe de todo, ¿vale?”.

    Dando un golpe más que hizo resonar toda la verja me retiré derrotada y me encaminé a la casa... a la que ya consideraba “mi” casa. Se mirara por donde se mirara, tal era mi soltura al andar hacia ella que ya no me era tan especial entrar por esa puerta. La única diferencia que había entre esta y mi auténtica casa era que detrás de esa puerta no me esperaban mis padres sino Amelia... ¡Je! Yo ahora pensando alegremente en los míos y Federico discutiendo con los suyos...

    ¿”Ahora” y “padres”?

    —Un momento –dije nada más posé mi mano sobre el pomo. –¿No dijo Felipe que Federico “volvió alterado a casa”?

    “Sí, eso dijo, pero ya sabes que Federico, desde que decidió apoyarte no se lleva demasiado bien con sus padres...”

    —No es por eso... ¿han estado ellos aquí?

    “Suponiendo que se hubiera corrido la voz de lo que habías hecho y de lo que ese Joseph hizo, supongo que habrían venido a toda prisa a recoger a Federico”.

    —A toda prisa pero... ¿no comentó algo de que habían vuelto tarde?

    “Mmm... sí, eso creo...”

    —Pero resultó que el único que salió ileso de todo el colegio fue él... ¿por qué fue el último en marchar? Dudo mucho que le obligaran a recoger el cadáver de Joseph. ¿Le obligarían a quedarse?

    “¿Crees que Nicolás quiso hablar con sus padres?”

    —No estoy segura pero tendría algo de lógica... desde que Federico sabe lo que hace el imbécil ese piensa más o menos igual que yo... ¿podrían haberle dicho algo que le enfureciera tanto como para querer desaparecer?

    “Muchos jóvenes desaparecen por cosas así... es posible, sí. De todas maneras, no podemos saber...”.

    —“Sí” que podemos –dije al tiempo que me soltaba el pelo y abría la puerta de la casa. –Si algo hablaron los cuatro, lo habrían hecho en el aula de Contramedidas –tras rebuscar un poco en uno de los cajones del armario de la sala de estar, saqué el gran llavero de Amelia. –Y, ya lo sabes: “Las paredes tienen oídos”.



    Tras un breve paseo, me personé en el Aula de Contramedidas. Desde que aprendiera a manejarme con el código genético de Joseph ya no me había vuelto a hacer falta encender las luces: Era capaz de ver en la oscuridad sin problema alguno.

    —Perrito con recursos... –comenté al ver la sala con un tono rojizo—grisáceo, tal como vería él cientos de cosas mientras aún seguía vivo.

    Sin dudar me acerqué a la zona con mejor visión de toda la sala: La mesa del responsable. Desde ahí se abarcaba toda el aula sin problemas y podría percibir cualquier cosa que se hubiera dicho o hecho. Así pues, nada más posar mis cabellos sobre la superficie de esa gran mesa me concentré en lo que pudo pasar el día anterior...



    La sala seguía en el mismo estado, salvo por una pequeña mancha de sangre que el director no había limpiado del suelo, probablemente propia... y por un maletín que parecía que había puesto él para mostrar algo.

    Las visitas no se hicieron esperar: Por la puerta entró Federico con su uniforme y, detrás suyo, sus padres con la mirada inquieta tras ver lo que había pasado fuera.

    —Buenas tardes, señores –saludó el director nada más verlos entrar.

    Éstos cerraron la puerta tras de sí y se sentaron en los asientos preparados a tal efecto.

    —Me alegra ver que se preocupan mucho por su hijo –continuó el director. –Aunque supongo que su llegada habrá sido causa de la histeria colectiva que ha causado ese alien...

    —¿Federico está bien? –preguntó la madre.

    —Totalmente sano, de hecho, fue el único que salió ileso en todo el colegio por saber lo que tenía que hacer.

    El aludido no respondió, sólo bufó sarcásticamente.

    —De todas maneras, que hayan venido me ha venido al pelo –continuó el director. –Necesitaría ayuda para... zanjar cierto asuntillo algo... –el director se demoró un rato buscando la palabra adecuada –...controvertido.

    La expresión de Federico cambió de sarcástica a furiosa. No trató de disimular: Ponía la misma cara de ira que solía poner yo.

    —¿De qué se trata? –preguntó el padre.

    —Supongo que habrán oído hablar de una de las compañeras de cargo de su hijo, Sandra Álvarez –los padres de Federico asintieron con firmeza, como si supieran de primera mano quién era yo. –Comenzó su cargo siendo una buena cazadora, capturó aliens manteniendo un promedio de presas que estaba a la zaga de las de su hijo (aunque, hay que reconocerlo, en eso ninguno de sus compañeros llegó a superarle). Hizo todo lo que la anterior responsable le indicó y fue muy responsable hasta que... –su cara se alteró ligeramente, –en fin, incluso en este cargo pueden surgir problemas... Sandra Álvarez contrajo una infección, un hongo extraterrestre, el conocido como hongo Memento. ¿Su hijo les ha hablado de él?

    —No, no solemos comentar esta clase de cosas en casa –respondió el padre para luego dudar. –Bueno... en realidad sí, algo comenta... pasado un tiempo del curso empezó a leerse todo cuanto pudo sobre los aliens, casi como si estuviera estudiando biología o algo parecido. Y cuando perdió a ese... ¿Girasol se llamaba?, intensificó sus estudios. La única vez que le pregunté sobre por qué le ponía tanto empeño, me respondió una tontería... algo así como “los humanos pensamos...”.

    —“Los humanos pensamos y creamos. Ésa es nuestra ventaja” –completó Federico sin dejar de adoptar pose seria, con los brazos cruzados sobre el pecho. –No tengo alien y, si quiero cumplir sin sufrir daños, debo aprender cuanto pueda sobre los seres que capturo.

    —Un esfuerzo digno de mención –alabó el director con cara simpática. –En ese aspecto acabó superando a la otra Sandra.

    —¿Otra? –preguntó la madre.

    —En un pueblo tan pequeño como el suyo los rumores vuelan. Supongo que habrán oído hablar de ese acceso de ira que llevó a esa chica a despedazar a varios rubritrípodos con saña y sin ninguna piedad...

    —¡Lo que nos extraña es que no expulsaran a la chica después de eso! –exclamó ella. –¡Una asesina no puede ser buena influencia...!

    —¡Cállate! –gritó Federico con tono definitivo cortando la queja de su madre. –¡Tú no tienes ni idea de por qué hizo eso!

    —Exacto, no tienen ni idea de su situación –continuó el director favorable a lo que dijo Federico. –Si antes me he referido a Sandra como la “otra” Sandra es porque la Sandra que se supone que él conoce y que ustedes conocen, ya no existe: El Memento la ha dominado por completo y ha causado tanto la destrucción de sus tejidos y órganos humanos como de su psique. En pocas palabras, ella ya no es Sandra “ser humano” sino Sandra “Memento”: Se ha convertido en un alien.

    Los padres de Federico exclamaron atemorizados al tiempo que Federico bufaba despectivamente, evidentemente sin creer ni una palabra de lo que decía el director.

    —Por tu expresión deduzco que no crees lo que digo –dijo el director arrodillándose a la altura de la cabeza de Federico –pero, antes de que me digas que lo que he dicho es una estupidez...

    —Es una estupidez –interrumpió él con sorna.

    —¡No interrumpas al señor director! –ordenó su padre. –¡Es de muy mala educación interrumpir a tus mayores!

    Él asintió pero no cejó en su pose rebelde y cejijunta.

    —En fin... antes de que me interrumpieras –continuó el director con tono paciente –iba a preguntarte que, ya que has estado compartiendo más tiempo con ella que el resto de alumnos del colegio, ¿no has notado cómo su comportamiento ha cambiado de un tiempo a esta parte?

    —Al empezar el curso era un barril de dinamita y ahora sigue siendo un barril de dinamita –respondió fríamente. –No ha cambiado en absoluto.

    —¿Seguro? –preguntó el director mientras se levantaba. –Yo no era el responsable entonces pero creo que al principio del curso no se limitaba a matar a todos los aliens que se encontraba, que no iba a por los pobres posesos por aliens y se los arrancaba sin tener ni idea de cómo quitarlos sin dañar a sus anfitriones, que no provocaba sangrías sin razón aparente y que no iba por ahí a pulverizar la puerta de cierto despacho bastante importante en este colegio...

    —El suyo, supongo –comentó el chico con voz agria.

    —Mucho me temo que su descontrol se debe a un dominio excesivo de Memento. Lo que quede de Sandra dentro de su cráneo no creo que pase de ser su cerebro reptiliano y su cerebelo. El resto está completamente dominado por Memento. Ahora mismo no tengo acceso a los documentos que lo prueben pero si vuelven mañana, la profesora Amelia les entregará las copias que hagan falta.

    —¿Y qué tiene que ver nuestro hijo con lo de esa desalmada? –preguntó el padre.

    —Ya les dije que esto era un asunto algo peliagudo... digamos que no creo que ni yo, ni la profesora Amelia, ni su tercer compañero, Martín, estemos a la altura de vencer a un alien tan poderoso... Sí, tendrá el cuerpo de una niña pero también la fuerza de tres toros aparte de tener capacidades innombrables...

    —Los niños hablaban de algo de taladros o pinchos... –comentó la madre.

    —Sí, eso: El cuerpo de esa niña se ha convertido en un arma mortal. Nada es lo que aparenta en ella... bueno, supongo que habrán visto la que montó en el patio esta tarde...

    —¿Y no adivina usted por qué? –preguntó Federico más rebelde por segundos.

    —Porque no sabe controlarse –sentenció el director. –Su mente ya no es la de una persona, es la de un animal más del bosque: Lo que considera enemigo, lo mata; lo que considera alimento, lo come. Y esto último queda probado tras ver que se ha llevado la cabeza de ese alien.

    —¡Eso lo hizo para otra cosa! –replicó furioso él.

    —¿Para qué? A ver...

    —¡Para saber para qué le han atacado! ¡Sabe que Memento puede hacer que el anfitrión pueda leer la memoria de las cosas!

    —¿La memoria de las cosas? Esto es algo serio, no cosas de poesía –se mofó el director. –Además... ¿no resulta un tanto egocéntrico pensar que sólo iban a por ella?

    —¡Es cierto! –exclamó cada vez más exaltado. –¡El Memento otorga poderes psicométricos a su anfitrión! ¡Puede leer cualquier hecho pasado de ellas!

    —Ya, y luego me dirás que es capaz de absorber ADN de sus víctimas para poder transformarse en ellas –replicó él con tono socarrón. –No te esfuerces, te montas la película tú solo.

    —¡Es cierto! –gritó Federico henchido de ira al tiempo que se alzaba contra él.

    —¡Silencio! –ordenó su padre. –Siéntate y no grites –dijo alzándole la mano.

    Federico, conocedor de que no podría replicar al director sin ninguna prueba se sentó más furioso que nunca.

    —Como iba diciendo, ninguno de los responsables actuales está a la altura de tratar con un alien tan poderoso como ese Memento. Sin embargo, he notado cierto comportamiento en Memento que nos puede resultar útil: Tiene plena confianza en Federico. Con Martín aún tiene recelos pero con Federico no se corta. Pasan largos ratos juntos sin pelearse, muy tranquilos los dos y juegan de vez en cuando...

    —¡Te dijimos que...! –gritó la madre siendo interrumpida por su hijo:

    —Sé bien lo que me habéis dicho... –la respiración de Federico estaba tan acelerada, era tan fuerte, que parecía yo... en lo único que pensaba era en saltar sobre el director.

    —¿Puedo continuar? –preguntó el director al ser interrumpido por enésima vez. –Pues bien, lo que te estoy ordenando, Federico, es... –el director abrió el maletín y descubrió un gran cuchillo y su funda –que mates a ese alien aprovechándote de su confianza hacia ti.

    Los tres presentes se estremecieron de terror pero sólo el aludido respondió casi al segundo:

    —¡Métete ese machete por el culo!

    —¡Federico! ¡No digas...!

    —¿¡Que no diga qué!? –gritó sin temor a su padre. –¿¡No me irás a decir que estás de acuerdo!? ¡Anda y que te den! –gritó al tiempo que le daba una patada a su silla.

    —¡No es un asesinato! –replicó el director. –¡Es una caza necesaria! ¡No podemos capturar a todos los aliens vivos y lo sabes!

    —¿¡Y quién habla aquí de aliens!? –gritó Federico golpeando el maletín tirando el cuchillo al suelo. –¡Sandra es la chica más humana que conozco! ¿¡Cómo te puedes atrever a decirme que la mate!?

    —¿Es que tendremos que esperar a que ella mate a alguno de los demás alumnos para que te des cuenta de lo que supone que Memento ande libre por ahí? –preguntó el director muy serio.

    —Pues inténtelo usted, ya que tan valiente es –respondió él con el tono más ácido que pudo encontrar. –¡Yo paso!

    —¡No puedes pasar! ¡Tuya es la responsabilidad! ¡Tú debes acabar con esa falsa Sandra! ¡Debes matar ese cuerpo antes de que ocurra algo grave! ¡Por algo eres Encargado de Contramedidas!

    —¡Qué falsa ni qué ocho cuartos! –gritó el chico tras darle un golpe en el pecho para alejarse de él. –Ésa es la Sandra auténtica... eso no es caza... ¡es simple y puro asesinato! –enfervorecido le pegó otro patadón a su silla y fue hacia la pared para tratar de calmarse. –¿¡Tanto te enfurece que esté más bajo el control de Amelia que el tuyo!? ¿¡Odias a Sandra porque prefiere a una profesora de casta inferior!? Olvídate de mí. ¡Hazlo tú! ¡Quizá hasta puedas sobrevivir!

    —Señores –dijo el director con tono calmado a sus padres, –lo que está pasando es, desde luego, algo muy excepcional, de hecho, es la primera vez que tengo que recurrir a un método tan drástico como éste pero el peligro es real: No podemos dejarlo sin tratar más tiempo y debemos aprovechar hasta la última de las ventajas que tengamos en nuestras manos. Por favor, quiero evitar un episodio similar al que vivimos hace catorce años –al mencionar el primer contacto, los padres de Federico se estremecieron y fueron hacia él.

    —Por favor, Federico –pidió su madre tras ponerse a su lado, –sabes que hay un peligro... tú lo has visto muchas más veces de que nadie por aquí... y, si esto puede traer un poco de paz a este pueblecito...

    —El señor Nicolás es el experto –dijo el padre. –Sí, hasta yo recularía ante semejante orden pero... mira, no quiero agobiarte con mis batallitas del primer contacto... sabes que allí perdiste a tu hermana mayor y a todos tus tíos y abuelos. “Asesinato” es una palabra fea pero si eso sirve para que nadie más muera...

    —¡A callar! –gritó Federico consiguiendo que sus padres se separaran de él a toda prisa. –Para que nadie más muera... ¿no os estaréis refiriendo a esos hipócritas que escupen sobre mi nombre cada vez que me nombran? ¿No serán esos malditos niñatos que no ven más allá de mi uniforme? ¿No pensaréis que quiero matar a mi única amiga en este colegio tan sólo para que no mate a nadie? ¡Por mí que todos se vayan todos al Infierno!

    —¡Federico! –exclamaron los dos.

    —¿Qué pasa? ¿Qué he dicho? –preguntó con tono falsamente comedido. –¡Si me estáis ordenando que mate a alguien! –gritó al tiempo que los señalaba acusadoramente. –No puedo insultar, quejarme, gritar, decir lo primero que se me ocurra ni negarme... pero sí que puedo matar a alguien... buena enseñanza la de hoy, muy bonita –dicho lo cual escupió al suelo. –La respuesta será no y seguirá siendo no por mucho que me insistáis.

    —¡No puedes negarte! –exclamó el director. –¡Tú mismo has estado recibiendo esta clase de protección a lo largo de más de seis años! ¿¡Qué crees que han estado haciendo los demás Encargados!? ¡Ensuciarse las manos haciendo un trabajo que no todos quieren aceptar...!

    —He estado siendo protegido por Encargados... No, no, no... –Federico negó con el dedo. –Todos ellos no han estado protegiéndome... desde el primero al último, mi hermano Felipe incluido, todos ellos lo único que han hecho ha sido perder su humanidad. Tú hablas de “proteger” pero tú sabes perfectamente lo que se cuece aquí... –replicó Federico ganándose la mirada sorprendida de sus padres al hacer él un comentario tan poco común para su edad.

    —Así es el sistema de Encargados: Es duro pero es un deber que tenéis que aceptar todos los alumnos. Desobedecerlo sería algo injusto...

    —¡No me vayas de señor justiciero ahora! Sabes que ante un alien no existe justicia alguna, sólo una delgada línea entre la vida y la muerte la cual sólo se puede ensanchar a base de fuerza.

    —Esto no es el bosque, es la civilización. Será duro pero es más fácil que aceptar que vivir en el bosque...

    —¿Duro? No, no... complicado... los humanos somos tan complicados... –dijo Federico al tiempo que cogía el cuchillo del suelo. –Somos capaces de hacer lo imposible para tratar de evitar reconocer que no somos un animal más. “Somos diferentes”, “somos inteligentes”, “tenemos el uso de la razón”... –desenfundó –pero al final nuestra inteligencia es un mecanismo natural más. No somos artificiales: Sólo nuestras culturas lo son –jugueteó con ese enorme pedazo de metal macizo. –Y, la verdad, tras escuchar la de sandeces que estáis tratando de hacerme tragar, antes que haceros caso prefiero renunciar a este mundo –dicho lo cual, se apoyó la punta del cuchillo en el cuello.

    La reacción de los tres presentes ante la decidida frase de ese joven temerario fue mucho más rápida de lo que habría supuesto pero, antes de acercarse y hacer ninguna tontería que clavara más ese cuchillo en su piel, se quedaron congelados en su sitio.

    —¿Qué os pasa? –preguntó provocador mientras una gota de sangre resbalaba por su cuello. –¿Sandra puede morir pero yo no? Oh, claro... es que sois mis padres... mira tú, que triste casualidad: Sandra también tiene. Si yo muriera, qué tristes os pondríais, cuánto lloraríais por mi muerte, ¿verdad? Pero si muriera Sandra, vosotros tres bailaríais sobre su tumba mientras sus padres sufren. Pues fijaos vosotros: Alguien aparte de mí sigue pensando que Sandra es humana, por muchos que sean los aliens con los que se haya unido. –Dicho esto enfundó el largo cuchillo y se fue hacia la salida con el arma en la mano. –A casa –ordenó con su voz más fría –y que no vuelva a oír una sola palabra: Ya sabéis que el dire me cree capaz de matar a cualquiera...



    Tras un largo rato de observación, por fin pude sentir que podía separar mis cabellos de la mesa... y, cuando me di cuenta, sentí como sendos regueros de lágrimas recorrían mi cara. Me había emocionado ante la réplica de Federico... sabía que se había enfrentado con todos con tal de defender mi nombre y mi vida...

    —Aquí estabas... –dijo Amelia desde la entrada. –¿Qué haces aquí? –preguntó al tiempo que encendía la luz. –¿Y por qué estás llorando?

    —Porque Federico ya ha renunciado a este mundo... –dije al tiempo que me apoyaba contra ella tratando de sobrellevar esa frase tan desgarradora para mí. –Porque Federico quiere ser un humano...



    —Bienvenido a las “vías muertas” –anuncié exultante al día siguiente mientras comprobaba el contenido de mi pesada mochila nada más vi llegar a Martín al andén.

    —¿Qué hacemos aquí? –preguntó él (algo pálido aún) tan extrañado por ver el equipo que había desplegado ante la alta muralla que separaba la estación de trenes del ramal del bosque más cercano al pueblo como por el nuevo uniforme que le habían dado en el colegio: En vez de mallas cortas, pantalones largos, en lugar de camiseta, chaqueta de lona, en lugar de patines, botas duras y resistentes... todo ello decorado con un bonito color verde militar a juego con el color del bosque (sólo nos faltaba el casco para parecer soldados).

    Esta zona del pueblo era conocida como “las vías muertas” pues, desde el primer contacto, los túneles que atravesaban el monte en dirección al mar, situados a cosa así de un kilómetro de esa estación, habían sido dominados por el bosque y ningún tren pudo volver a correr por allá. Toda la vía, todo el camino que pasaba tanto por debajo como por encima del monte, como el valle, el pueblo que se encontraba al otro lado, la prisión que una vez hubo allá... todo eso había desaparecido bajo la vegetación.

    —Ésta es vuestra misión de hoy –anunció el director tras lo cual le señaló su correspondiente mochila. –Vuestro compañero Federico ha desaparecido en circunstancias un tanto extrañas...

    —Esto es, ha huido –interrumpí molesta. La cara de ira que me mostró no impidió que siguiera comprobando cuanto tenía en la mochila. –Jefe... por favor, por una vez, por una sola vez, déjese de discursitos pomposos, ¿quiere? Le exigió que me matara y él prefirió huir a un lugar donde usted no pudiera alcanzarle. Nos toca ir a rescatarlo, compañero Martín.

    Dicho esto, le pasé su mochila, totalmente comprobada por mí y me alcé con la mía en mi espalda para comenzar a caminar hacia la apenas visible puerta que nos permitiría entrar en ese territorio desconocido.

    —¿¡Cómo que ir a rescatarlo!? –gritó asustado Martín al director. –¡Si nosotros no tenemos ni idea de cómo andar por allá!

    —No te molestes en quejarte –comenté mientras caminaba. –Nos toca y nos sigue tocando. Siempre podrás volver antes si algún alien logra matarme o si encontramos su cadáver así que, cuanto antes, mejor.

    Le escuché rezongar un buen rato hasta que, al final, acabó llorando. Pero las duras palabras del director le obligaron a venir hacia donde yo, con su mochila encima.

    En la puerta estaba esperándonos Amelia, con la llave en el enorme candado de esa discreta puerta enrejada.

    —Siento que tengáis que hacer todo esto... –susurró ella nada más estar yo a su altura. –Si por mi fuera, iría yo misma...

    —Es que ya vas, en espíritu –me señalé el pelo para recordarle la cantidad de datos sobre supervivencia en el bosque que había absorbido a partir de su cuerpo gracias a Memento. –Iré a por él y lo ayudaré a volver, aunque sea en pedacitos... –añadí algo preocupada, –y Martín... en fin, alguien tiene que cuidar de él –comenté mientras lo veía acercarse medio lloroso. –Anímate –le dije al chico. –Con suerte sólo nos pasaremos poco más de un día allá.

    Él me miró asustado y luego miró, más espantado, la sucia blancura del muro que nos separaba del bosque. Sus temblequeos de terror no eran nada discretos por lo que apoyé mi mano sobre su hombro.

    —No te preocupes –le dije conciliadora. –Amelia me ha enseñado cómo sobrevivir en estos parajes. No tienes nada que temer, ¿entendido? De todas maneras, recuerda que siempre vas bien protegido –le di un golpecillo en la cabeza a Girasol y éste alzó la cabeza amistoso –y que Federico necesita nuestra ayuda.

    —¿¡Entonces por qué...!? –Martín se tragó su pregunta y sus lágrimas también. Ya se había hecho a la idea de que, dijera lo que dijera o hiciera lo que hiciera, no le permitirían volver hasta encontrar a Federico.

    No volvió a decir nada así que Amelia quitó el candado y abrió la puerta. Nos saludamos por última vez antes de entrar (apenas un asentimiento) y al segundo, ella ya nos había cerrado el camino de salida.

    —Si os hace falta volver rápido, venid aquí –avisó ella desde el otro lado de esa puerta. –Podréis salir por cualquier otro lugar pero es aquí donde estaré esperándoos. El director estará en el colegio. Si os hace falta ayuda médica de cualquier tipo, ya sea para vosotros ya para Federico, no dudéis en llamar y trataré de llegar en el menor tiempo posible.

    Le hice una seña afirmativa sin girarme y, mientras llevaba a un todavía asustado Martín de la mano, nos adentramos en el bosque.

    Por este lugar, en el filo del bosque, la vegetación no era excesivamente poblada pero el camino se complicaba por culpa de las piedras sobre las que se asentaban antes las vías. No era muy diferente del borde que había en el colegio pero este lugar, al contrario que esa zona, bullía y resonaba mucho más... era más oscuro y confuso y, como única marca de camino, teníamos las vías que sabía que no debíamos seguir hasta el final pues llevaban a los túneles, sellados desde que el pueblo vecino fuera dominado. Esa zona era un callejón sin salida en caso de una emboscada o una huida precipitada.

    Tras avanzar unos cuatrocientos metros entre los árboles y las piedras, llegamos a una pequeña y medio derruida construcción, un viejo transformador, que nos marcaba el camino a seguir. Subimos por el pequeño terraplén que allí había y saqué mi cuchillo para poder abrirnos paso por la maleza.

    —Esto... ¿a dónde vamos? –preguntó Martín.

    —Silencio –le musité. –A partir de ahora trata de no hablar demasiado alto: Estamos demasiado cerca de los túneles. –Martín asintió arrepentido y le respondí: –A un lugar lo más alto posible para encontrar posibles marcas del paso de Federico por aquí. Con encontrar una sola evidencia me bastará para poder hallar su rastro.

    Dicho esto, le hice la señal de pico cerrado y continuamos nuestro camino.

    Martín, tan lloroso al principio, no tardó en mostrarse participativo y al rato estábamos cortando arbustos molestos con rapidez y en completo silencio. Tras más de una hora de incansable avance por medio de la vegetación, llegamos a las ruinas de una granja en lo alto de un promontorio por encima de los túneles.

    Tal como me dijo Lua, ese lugar era oscuro como la boca de una bestia pero, por suerte, el sol iba ascendiendo poco a poco lo cual iba espantando las brumas y las tinieblas. La casa que se encontraba ante nosotros estaba en un estado deplorable por lo que nos costó encontrar una pared que se conservara con un mínimo de entereza donde poder apoyarnos para descansar un rato.

    —Me duelen los pies... –se quejó el chico en voz baja.

    —Es que las botas son nuevas –aclaré mientras estiraba las piernas. –De todas maneras, puede que el peso de estos mochilones influya...

    Sí. Un equipaje digno de la Segunda Guerra Mundial, desde luego... más de treinta kilos de equipamiento de lo más diverso: Víveres para tres días, agua, tienda de campaña que repartíamos entre nuestras dos mochilas, saco de dormir, pala, cuchillo, botiquín, radio, linterna, GPS, brújula, navaja, pastillas potabilizadoras, varias pilas de recambio y una cocinilla de gas que llevaba yo gracias a mi mayor fuerza. Todo ello para lograr sobrevivir en esa peligrosa selva todo el tiempo necesario hasta que pudiéramos encontrar a Federico...

    —¿Pero por qué así de repente? –preguntó Martín en voz baja. –Aún me duele la cabeza después de lo que me hizo ése hace dos días...

    —El director ha asumido que el que Federico haya escapado es culpa mía así que, “por responsabilidad compartida” debemos “hallar el paradero de nuestro compañero caído” –dije imitando el tono pomposo que solía usar el director. –Dice que es culpa mía pero él ha escapado porque fue ese imbécil le espantó.

    —Espantar... curiosa expresión... –comentó Girasol por mi boca. –¿Salir del colegio amenazando a los padres es estar asustado?

    —Cada uno se toma el miedo como quiere. Federico es un caso aparte... de todas maneras, me alegro de que nos hayan permitido venir aquí...

    —¿Te gusta este lugar? –preguntó él extrañado.

    —A ti te acabará pasando lo mismo, ya lo verás –le miré de reojo mientras descansaba mis doloridos pies y vi su expresión extrañada. –Girasol, ¿qué piensas de estar aquí?

    —¿Quién, yo? –preguntó el Girasol de Martín, a lo que yo respondí asintiendo. –Un tanto... pequeño... pero no estoy incómodo del todo, la verdad. De todas maneras, sería mucho mejor volver a casa...

    —Otro chaval tierno... –le di una palmada amistosa sobre su lomo. –Desgraciadamente, por aquí vas a tener que aprender a endurecerte... a menos que tengamos mucha suerte, vamos a tener que estar alerta mucho tiempo. Hasta que encontremos a Federico, tendremos que dormir por turnos, buscar lugares seguros, encontrar rutas poco transitadas, andar ocultos y encontrar pistas... ¡ah! ¡Que gusto da estar en un lugar como éste...! Supongo que ahora estarás maldiciendo el nombre de los que te escogieron para ser Encargado...

    —Pues no –respondió él sonriente: –Yo me presenté voluntario para no tener que aguantar el alboroto que causaban los de mi clase todos los días –Martín estiró los brazos y el cuello varias veces, algo agarrotado por culpa del peso que ahora tenía que llevar. –No vayas a pensar mal: Ni ahora me arrepiento de lo que hice... me gusta tu pueblecito. Puede que incluso llegue a gustarme este bosque, ¿quién sabe?

    —¿Sólo trabajas en esto por el barullo que armaban los de tu clase? –pregunté extrañadísima.

    —Tú no conoces a los de mi clase en mi anterior colegio... cuando no hablaban, gritaban, andaban libremente por clase, hacían negocios varios (¡en serio!) e incluso había quien se atrevía a jugar al fútbol con la papelera... Yo odio todo ese ruido. No soporto el desorden ni el estruendo, ¡me vuelven loco! Por eso elegí ser Encargado: Por muy duro que sea este cargo, parte del trabajo es, precisamente, no hacer ruido. Capturar aliens no me molesta, tampoco tocarlos y que el compañero este me lama... no me incomoda demasiado. Cuidar de los aliens me gusta tanto como a Federico y poder estar fuera de clase sin tener que escuchar los cuchicheos de los de las filas de atrás me relaja. Si no fuera por el molesto detallito de que el director nos está “criando” sería perfecto...

    —¿Y qué piensas de Amelia? También fue nuestra profesora.

    —¿Qué quieres que piense? Está en el mismo carro que él y ya me lo dijiste tú: No puede desobedecerle... Lo siento mucho pero no puedo fiarme de ella.

    —Pero te cae bien, ¿eh, bribón? –dije dándole un codazo amistoso.

    No respondió. Se limitó a sonrojarse.



    —Ni pensar en montar la tienda... –comenté mientras llevaba a Martín colgando. –Hoy toca dormir aquí arriba.

    Ya habían pasado unas diecisiete horas desde que entráramos en el bosque y, en todo ese tiempo, no dejamos de correr de un lado para otro mientras éramos perseguidos por toda clase de criaturas. Por suerte para nosotros, habíamos llegado a un árbol de Stringers, unos aliens inofensivos para los humanos pero que muchos depredadores preferían evitar.

    Éstos parecían tortugas no mucho más grandes que cualquier Girasol, sin patas, sólo con ocho largas terminaciones con forma de cuerda, retráctiles, acabadas en una punta muy pegajosa que podían lanzar en cualquier dirección para desplazarse o mantenerse colgados en los árboles en los que podían evitar a posibles cazadores. Sus dos cuerdas delanteras, al contrario que las otras seis, eran dos llamativos aguijones que estaban impregnados de un veneno que, si bien no era mortal, resultaba muy doloroso (al menos eso decía la enciclopedia).

    Las criaturas que ahora estaban a nuestro alrededor estaban colgadas boca abajo, dormidas mientras unas pocas, probablemente centinelas de ese árbol, nos miraban con recelo mientras se movían con suavidad, tanta que parecían frutas de ese árbol que se movían al son del viento.

    Antes de que Martín abriera la boca o de que los Stringers nos echaran, recogí un par de frutas que había recogido por el bosque poco después de encontrar una laguna limpia en la que descansamos un rato esa tarde. Se las ofrecí en silencio y al segundo, uno de esos, curioso, se acercó y me olisqueó la mano y la chuchería que le ofrecía. Después de verme bien mirada con su enorme y único ojo, abrió su bocaza, agarró la fruta más grande y se la llevó para compartirla con su compañero de trabajo.

    —Bien, hoy tendremos donde dormir –le musité a mi compañero. –No armes demasiado ruido y ellos nos dejarán quedarnos aquí.

    Martín asintió y se acomodó en la enorme rama que había logrado encontrar en una de las muchas persecuciones de ese día (Martín pretendería ser cooperativo pero a las mínimas de cambio nos metía en las situaciones más peligrosas tan sólo por hacer más ruido del que debería).

    Lo bueno del viejo bosque de Santo Firme es que estaba lleno de eucaliptos. Cientos de aliens simbióticos y otras especies agresivas habían logrado hacer que esos árboles, bastante enclenques, ganaran en resistencia y, sobre todo, volumen, al tiempo que la frondosidad de las copas era brutal: El día apenas se diferenciaba de la noche por la cantidad de hojas que taponaban la luz.

    La rama sobre la que estábamos apoyados se parecía más a una pequeña plataforma en la que teníamos espacio más que suficiente como para que uno de nosotros se echara a dormir sin demasiado peligro de caer al vacío.

    —En fin... –suspiré algo cansada y hambrienta. –Habrá que cenar algo...

    Encendimos una linterna a modo de lámpara y amortiguamos su potencia con una tela para luego asaltar nuestras provisiones: Eran grandes y pesadas latas de conservas preparadas para estas situaciones. Nunca había probado una de estas pero ya tenía por sentado que no era comida casera (y, la verdad, la comida de lata nunca me había entusiasmado...). Daba igual: Ahora no estábamos en la tesitura de poder ir a buscar comida pues el bosque estaba demasiado oscuro...

    “¿En qué estás pensando?” me preguntó Girasol extrañado. “¿Prefieres ir a buscar comida fuera de aquí antes que comer lo que tienes delante?”

    “No creo que Federico sea tan tonto como para dejarse encontrar o, en el caso de que haya muerto, que el bosque nos deje encontrar su cadáver así que convendría ir pensando en una manera de ir ahorrando comida... de todas maneras, ¿crees que con el barullo que tengo ahora en la cabeza pienso de manera civilizada?” pregunté mientras trataba de evitar mirar a los Stringers para no comérmelos.

    Así pues, comenzamos a comer y, tras sortearnos a cara o cruz quién dormía primero, me tocó hacer la primera guardia.

    “¡Puaj! ¡Sabía a podrido!” me quejé mientras en mi boca mantenía el mal recuerdo del sabor de mi lata.

    “Un poco rancio si que estaba...” comentó Girasol tan desagradado como yo. “Pero bueno, siempre es mejor vigilar con la barriga llena. Tan sólo evita quedarte dormida”.

    Así hice: Me acomodé como pude apoyada en unas ramas laterales mientras mi compañero dormía apaciblemente bajo varios Stringers y contemplé la negrura que había más allá del alcance de la débil luz de mi linterna. Allá a donde dirigiera mi vista sólo encontraba más y más hojas, la mayoría las curvas y alargadas de los eucaliptos, pero también otra muchas que apenas había visto en mi vida como algunas tan dobladas sobre sí mismas que parecían pequeños bulbos tiernos.

    Apagué la lámpara para no llamar la atención de posibles atacantes y agucé el oído por si acaso. Ahora, en medio de esa densa oscuridad sólo podía percibir unas pocas estrellas en el cielo y los ojos brillantes de los Stringers que ya nos ignoraban por completo. Éste era el reino del silencio...

    Mi estómago rugió.

    El rey silencio había sido derrocado en un golpe de estado por parte de su ministro “tripas revueltas”...

    Me limité a reírme de mi ocurrencia y me acomodé entre las hojas de la rama para hacer una mejor digestión. Pasaron los minutos en silencio pero mi estómago volvió a rugir... era extraño: Había comido bien pero mi cuerpo resonaba como si aún tuviera hambre. Me moví un poco pero mi movimiento sólo hizo que se me escapara el aliento en forma de un poco elegante eructo. Y entonces comencé a sentirlo: De mi abdomen a mi garganta todo me ardía brutalmente. Segundos más tarde no pude hacer otra cosa más que encogerme para soportar el dolor que comenzó a dominarme. Traté de gritar pero ni eso pude hacer.

    Mis ojos, teóricamente cegados por la oscuridad, empezaron a ver puntos de colores en todas partes, luces brillantes que me confundieron... ¿qué me estaba pasando?

    Traté de levantarme pero, cada vez que lo intentaba, un dolor intenso en mi bajo vientre impedía que me moviera así que, en medio de un esfuerzo terrible, me arrastré hacia mi única fuente de ayuda: Martín.

    No vi el momento de llegar hasta él en medio de ese obnubilante dolor pero cuando por fin logré llegar hasta él, no me encontré con fuerzas para despertarle... de repente hasta el último de mis movimientos se había convertido en un suplicio: Mis manos no me respondían como quería, mis brazos estaban medio insensibilizados, mis piernas estaban casi dormidas, todo mi abdomen ardía mientras sentía algo revolverse dentro de mí, en mi pecho latía dolorosamente el corazón y lo peor de todo: No era capaz de comunicarme con Girasol. No sabía qué hacer para evitar ese dolor... quizá precisamente por eso actué sin pensar: Mientras sentía como si cientos de agujas me atravesaban, alcé mi cuerpo y golpeé sin dudar a Martín. El dolor hizo el resto: Caí inconsciente.
     
  15. Threadmarks: Parásito - Capítulo 15
     
    JeshuaMorbus

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    [Alien 9] Parásito (Completa)
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    Ciencia Ficción
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    Capítulo 15: Abandono


    También...

    Sentía dolor. Nada más que dolor.

    También...

    Nada más... Ni voces, ni luces, ni sonidos, ni las sombras, ni el silencio mismo...

    Un torrente fluyó con fuerza...

    De repente me sentí ligera pero no por ello mejor: Recuperé las sensaciones de mi piel y de ella sólo logré recibir señales de calor.

    Fuego...

    Todo me ardía de nuevo... pero no era ese calor pasional que sentía cuando estaba con Amelia, era fuego infernal que castigaba hasta el último centímetro de mi piel, hasta la última cavidad de mis entrañas...

    Yo... también...

    Sentí el aire refrescarme la cara...

    Salí a buscar alivio...

    Mi pecho recibió una leve bocanada de aire que me alivió levemente.

    Busqué agua...

    Cuando traté de abrir los ojos, mi mirada perdida hizo que perdiera el sentido de la realidad ante las luces que estaban asaltando mi visión por lo que cerré los ojos...

    Luces cercanas... Cientos de miradas que me ignoraban...

    Me revolví en busca de frío pero sentí enormes pesos sobre mis muñecas que me impidieron que me moviera.

    Las piedras me hacían daño pero al menos estaban frescas.

    Escuché gritos... ¿Martín? ¿Sería él?

    Mi ignorancia de la realidad era total... no era capaz de oír ni el más mínimo ruido venir del bosque.

    Noté como algo me alzaba y como, en menos de un segundo, mi torso recibía algo de aire fresco.

    Burdos pedazos de metal impedían que me acercara... tenía que volver...

    Una fuerza irresistible me tumbó boca abajo. Unas manos me tocaron la espalda...

    Pero él no me dejó... porque sabía que aún no podía volver... porque sabía que ya estaba allí...

    Esas manos hicieron que el fuego volviera a fluir. Mi corriente de calor se volvió a poner en movimiento mientras mi cuerpo flotaba ligero.

    Sentí alivio y tristeza... quería volver, quería estar allí con ella pero sabía que aún no era el momento...



    No sé qué hora sería cuando por fin me desperté pero, cuando me di cuenta estaba mirando a Lua con la mirada perdida.

    Aún sentía ese calor febril que me había dominado toda la noche pero esta vez de una manera mucho más llevadera. Ignoré esto, respiré un poco del aire límpido y fresco de la mañana y me levanté... para darme cuenta de que no llevaba ni chaqueta ni camiseta.

    —Buenos días, chavalina –me saludó mi compañera amistosamente. –¿Qué tal lo llevas?

    —¿Qué... qué ha pasado? ¿Dónde está Martín?

    —Tu compañero ha ido a buscar algo de comer –nada más escuchar esa última palabra, mis tripas resonaron hambrientas. –En cuanto a lo que te ha pasado, no soy médico pero creo que han tratado de envenenarte a base de bien... De no haber imitado la simbiosis Magnolia ahora ya no estarías entre nosotros. Ese directorucho de tres al cuarto se las sabe todas.

    —Ya te digo... –comenté graciosa pero todavía algo dolorida. –Y yo que pensaba que al menos se dignaría a atacarme de frente.

    —Eres demasiado para él y lo estás demostrando en este preciso momento –dijo al tiempo que sacaba un comunicador. –Según me han informado desde el pueblo después de enviarles algo de lo que había en la lata, en lo que habías comido esta noche había tantísimo arsénico, cianuro y otras sustancias mortales de necesidad que no se explican cómo diantre habías logrado tragarte ese mejunje sin quedarte con la lengua insensible de por vida.

    —Habrá que reconocerlo: El dire sabe cocinar –comenté sarcástica.

    De nuevo, un rugido de hambre vino de mi estómago y al instante me sentí muy mareada.

    —La próxima vez que te ocurra algo parecido, provócate el vómito un poco antes, ¿quieres? –pidió ella. –Tuviste que acelerar tu metabolismo tan a lo bestia que apenas deben quedarte grasas en el cuerpo.

    Me miré los brazos y vi que así era: Estaba demacrada, pálida y mucho más delgada que la noche anterior, aparte de que empezaba a sentir un frío terrible recorrer mi piel. Al verme temblequear de esa manera, Lua se apresuró a darme mi ropa y, tras vestirme, me abrigó con el saco de dormir de Martín.

    —De momento sólo preocúpate de alimentarte bien –me dijo suavemente mientras me pasaba una de esas latas. –Todas las de Martín están limpias. Come sin miedo.

    Así lo hice: Con avidez pero sin prisa comí cuatro latas pero aún así, seguí con hambre. Nada más acabé, escuché como alguien trepaba por el árbol.

    —¿Alguien tiene hambre? –me preguntó Martín nada más llegó a la copa. –Toma, el postre –me lanzó una bolsa de tela con algunas frutas del bosque dentro y yo las asalté como si me fuera la vida en ello.

    Me pasé un buen rato comiendo, ignorando cuanto hubiera a mi alrededor. Tal vez en esto el director tuviera razón: Me comportaba como un animal aunque eso no me importaba lo más mínimo pues (¡qué diantre!) era lo que había venido a hacer allí.

    —¡Señor! –exclamó Martín sorprendido cuando vio las latas que me había comido. –Vaya manera de comer... bueno, después de echar la pota de esa manera, no me extraña pero...

    —Siento no haberte dejado dormir... –me disculpé arrepentida.

    —¿Pero qué dices? ¿Has estado a punto de morir y crees que es culpa tuya? Tú descansa, que ésta de aquí y yo nos encargamos de buscar a Federico.

    —A todo esto... ¿de dónde sales tú? –pregunté extrañada.

    —Entre tus sonidos estomacales, tus espasmos y los gritos que tu compañero profería a su comunicador, tuvimos que hacer algo para que los Stringers no os acribillaran a aguijonazos –contestó Lua. –Y, la verdad, no habría tenido que intervenir de no haber sido porque “alguien” ha saboteado vuestras radios.

    —Pensé en hacer toda clase de arreglos a estas cajas vacías –comentó él –pero no pude... faltan circuitos y cables tanto en tu radio como en la mía. Por más que queramos, no podemos pedir ayuda... El dire se ha cebado contigo y parece que no le importa prescindir de mí –comentó él enfadado.

    —Bueno, bueno... no sirve de nada enfadarse con él –dijo Lua al tiempo que se levantaba. –Él es un mandado al igual que Amelia. De todas maneras, a ti no quiere matarte. Supongo que cuanto querría sería que te encontraras solo en esta selva para forzarte a hacer la simbiosis con tu Girasol. Si de paso se quitaba a este fracaso de en medio –dijo señalándome –mejor para él –la radio de Lua sonó en ese momento y ella, expeditiva, se retiró a un lugar más discreto. –Disculpad un momento.

    —Lo último que me esperaría encontrarme por aquí es gente viviendo en este bosque... –comentó Martín mientras veía hablar a Lua. –Y encima ella habla de un “pueblo” aquí en medio de la nada... Hay que haber perdido un poco el norte para querer vivir aquí...

    —Pues yo debo estar loca –contesté jocosa. –Sólo hay dos cosas que me aten a la civilización. De no ser por ellas, haría mucho, mucho tiempo que habría huido hacia aquí.

    —¿Es por Memento?

    Me acomodé un poco más sobre el saco de dormir para dejar que bajara todo lo que había comido y contesté:

    —Tal vez sí, tal vez no. Por alguna u otra razón siempre quise entrar aquí aunque fuera para cargarme de una vez a todos los aliens que se metían en el colegio –reí con cara agresiva y él me acompañó.

    —Disculpad que os deje en este momento –dijo Lua tras su conversación por radio. –Tengo que volver al pueblo ahora así que, hasta que vuelva, no hagáis demasiadas tonterías.

    —¿Por qué ahora? –pregunté.

    —Ramalho ha vuelto en sí. Ayer lo encontramos a las puertas del palacio del bosque con heridas que yo no querría ni para mi peor enemigo: Casi todas las costillas rotas, un brazo hecho papilla, una cuchillada brutal en un hombro y una fractura en el cráneo que por poco no lo remata definitivamente... ¡y todo sólo para robarle la ropa! Fue un auténtico milagro que no muriera mientras lo trasladábamos al sótano... Si de veras hay algún cazador de fracasos en este bosque, yo procuraría andar con mil ojos –no añadió más e, impaciente, saltó ágilmente de árbol en árbol hasta que desapareció de nuestra vista.



    Después de un descansito de la comilona que me había zampado esa mañana, Martín y yo decidimos bajar de nuevo al bosque para acaparar comida y agua tras instalar un pequeño “campamento base” en la copa de ese árbol.

    Por suerte para mí, mi cuerpo se recuperaba rápidamente y al cabo de unas horas, mi blanca piel se tornó rosada de nuevo (aunque seguía estando en “estado palillo”). Ello, junto con que por fin pude hacer uso racional de los conocimientos sobre supervivencia que me otorgó Amelia y que Martín había ganado en soltura en el bosque, nos sirvió para acabar con una buena bolsa de víveres que bien nos durarían unos dos días (o medio, si me volvía a entrar un ataque de hambre). Aprovechamos ese tiempo para explorar un poco el terreno y tratar de encontrar alguna pista que pudiera haber dejado Federico atrás pero sólo encontramos un zapato de antes del primer contacto. Tuvimos que acabar aceptando que, si Federico estaba en el bosque, tendría que estar más adentro.

    Cuando por fin volvimos junto a nuestros amigos los Stringers, les ofrecimos unas cuantas frutas para que consintieran nuestra presencia y comimos sin dejar de vigilar el bosque atentamente. Nuestro plan del día no había cambiado: Después de comer y de ocultar nuestras cosas convenientemente, volveríamos al bosque y trataríamos de buscar un poco más lejos, más allá de los túneles, en el valle. Según nuestros GPS, por esa zona estaban los restos de lo que fuera una pequeña aldea (que suponíamos que era donde estaban los fracasos) y, algo más allá, los restos de una prisión. Más allá de allí se extendía el bosque casi hasta al mar, sólo detenido por las murallas de las ciudades costeras... más o menos serían unos veintitantos kilómetros hasta el mar e incontables hacia el este y el oeste. Si ya lo decía Amelia: Ese clima era casi perfecto para el bosque de los aliens...

    Una vez acabamos, nos pusimos nuestras chaquetas, cogimos algo de equipamiento mínimo (linternas, GPS y cuchillos) y marchamos con paso tranquilo. No es que fuéramos expertos pero al menos no nos encontramos con nada de excepción (tan sólo un riot cariñoso que trató de asaltarme para unirse conmigo) hasta que llegamos ante un edificio bastante grande que se conservaba bastante bien: Parecía una gran casona de color amarillo sucio con el techo hundido pero, tras analizar un poco el entorno, supimos que era una estación de trenes, la que antiguamente conectaba mi pueblo con éste.

    Aprovechando mis capacidades, escalé ese edificio y observé el lugar: Más allá de este punto, en dirección sur se encontraban los túneles y hacia el este, tras bajar un pequeño barranquillo, se encontraba una aldea perdida entre los árboles la cual conservaba algunas de sus casas medianamente intactas. Ver como un pequeño halo de humo salía de algunas de esas casas fue lo único que necesitaba para saber que por allí vivía algún humano. Detrás de mí estaban los restos de lo que fuera una fábrica en la que no logré apreciar ningún movimiento.

    Le señalé a mi compañero que mejor siguiéramos nuestro camino, que no estábamos para dar explicaciones de quiénes éramos a los habitantes de esa zona, así que seguimos las vías hasta la salida del pueblo. Según el mapa incorporado en nuestro GPS, esas vías rodeaban el pueblo así que al menos conocíamos una zona dónde no estaría Federico (de haber estado por allí, Lua lo habría sabido de inmediato). Nos dirigimos hacia la prisión pues, si estaba deshabitada, ése podría ser un buen lugar para establecerse o para cazar buenas presas nosotros para la cena. Si el lugar estaba habitado, otra zona a excluir de nuestra búsqueda.

    Dimos algún rodeo, pasamos por zonas con una densidad arbórea tan fuerte que apenas éramos capaces de pasar entre árbol y árbol pero, tras un largo camino, llegamos a la estación de trenes de esa prisión, apenas dos andenes de cemento minados por las plantas y un par de cobertizos y bancos milagrosamente bien conservados (bueno, la forma la conservaban pero el metal estaba tan oxidado que era mejor no pensar sentarse ahí...). Tras ver la cantidad de criaturillas que estaban tomando el frío sol del invierno sobre esa gris superficie, dedujimos que allí no había humanos establecidos así que avanzamos por las escaleras que partían de la estación tras lo cual nos encontramos con las alambradas caídas y oxidadas de lo que fuera una simple cárcel de provincias. Tras ellas, había varios muros caídos y techos de plástico verde celeste casi blanco tras años de abandono... se mirara por donde se mirara, ese lugar estaba desolado. Sería de los pocos lugares en el bosque donde los árboles no reventaran desde dentro todas las estructuras aunque ni este edificio se libraba totalmente: Tuvimos que atravesar varias filas de árboles hasta que pudiéramos llegar a un lugar que conservara sus paredes.

    —Muy bien, tú dirás –dijo Martín dando un par de golpecillos a la pared de lo que parecía ser la entrada del complejo. –¿Ha pasado Federico por aquí?

    Me puse al trabajo de inmediato y mis cabellos se pusieron en movimiento...



    Analicé lo sucedido en esa zona en los últimos tres días con paciencia. Por esa zona habían pasado de largo un par de fracasos que parecían estar de cacería. No osaron acercarse demasiado al lugar y lo evitaron sin dejar de vigilar los alrededores con temor... avancé en el tiempo cautelosamente, sin dejar de perder de vista lo que pudiera haber entrado por allí: Varios gusanos gigantes, cientos de lagartos, serpientes excavadoras, alguna rana vegetal que prefirió marchar, algunas pecóridas (lo que yo llamaba “cebollas Fórmula Uno”)... y me paré justo cuando vi lo que quería ver: En el ocaso de hacía dos días, al día siguiente de la huida de Federico, éste había pasado por ahí.

    Parecía cansado y algo herido aunque sólo fueran unos pocos rasguños. Llevaba una chaqueta verde militar, muy parecida a la que yo llevaba puesta, algo ajada, rota y un punto ensangrentada en el hombro aparte de una mochila de tamaño mediano lo cual me llevó a preguntarme desde hacía cuánto tiempo que él llevaba preparando la fuga... Blandía el cuchillo que le dio el director mientras avanzaba con paso silencioso, atento a todo lo que se moviera o sonara en esa zona... alzaba un pie, lo movía, lo posaba y repetía en silencio el proceso con el otro pie... iría lento pero ni yo era capaz de escucharle. Cuando se cercioró de que en esa zona no había ningún alien que resultara ser una amenaza, andó algo más rápido pero igualmente silencioso, sin dejar de llevar su arma en la mano.

    Seguí sus pasos por esos angostos pasillos. Iba observando atentamente cada zona, ya fueran las escaleras como los patios y celdas. Era un lugar grande y bien conservado pero no por ello mejor: Había bastantes criaturas de tamaño mediano que campaban a sus anchas y no todas de confianza. Buscó detenidamente mientras las luces iban desvaneciéndose por lo que tuvo que recurrir a un mechero para poder ver mejor por las zonas más oscuras, lugares que se introducían en una densa niebla, el límite de mi campo de visión...



    —Ha estado aquí –declaré contenta. –No sé dónde estará ahora pero sé que al menos ha pasado por aquí. De todas maneras tenía una herida muy fuerte en el hombro por lo que creo que muy lejos de aquí no debe de estar.

    —¿Vamos a entrar? –preguntó Martín con recelo.

    —Si tienes miedo a lo que pueda haber, puedes quedarte fuera. De todas maneras, no podremos explorar durante demasiado tiempo –dije señalando el sol. –Apenas deben quedar más de dos horas y media de luz así que, echamos un vistazo rápido por aquí y volvemos.

    Martín asintió y se dispuso a seguirme. Sin apenas un ruido, nos adentramos por los pasillos que yo ya había previsto y avanzamos hacia uno de los patios. Allí afiné mi olfato y traté de buscar restos del aroma del humo de alguna posible fogata. No tardé en encontrar un rastro y, tras pasar por ese campo de hierba que era el patio, llegué hasta la pared de la cual provenía ese débil olor. Una vez allí, posé mis cabellos sobre la pared...



    Apenas dos pisos más arriba, en una de las celdas, Federico había pasado la noche dos días atrás. Me lo encontré desmontando las patas de una litera oxidada... estaba preparando una trampa de las suyas. Bueno, eso era lo lógico en él: Ya que iba a tener que dormir allí y que no iba a tener un alien que lo protegiera mientras dormía, debía agenciarse un refugio seguro. Le vi cerrar la puerta (una fuerte plancha de acero algo deslucida) asegurándose de que no quedara totalmente cerrada y tras ello colocó toda clase de objetos afilados que acabarían con cualquier alien chalado al que se le ocurriera abrir la puerta: Mediante mecanismos que yo no comprendía demasiado (y que Dios me librara si llegaba a entenderlos...) colocó varias lanzas hechas con las patas de las literas y cristales rotos. Tras eso, preparó una especie de campanilla con varios cristales y cordones que le alertarían si algo abría la puerta. Tras eso, sencillamente preparó un fuego y se puso a asar algunas criaturas cazadas en el bosque...



    —Espera aquí –ordené a mi compañero nada más apartar mis cabellos de la pared.

    Sin dudar, me pegué a la pared y trepé hasta el lugar de acampada de Federico. Como esperaba, a través de los barrotes no fui capaz de ver nada más que una celda vacía con las trampas rotas, lo cual indicaría o que las había usado o que las había llevado consigo...

    —Sandra –llamó Martín desde el centro del patio, justo al lado de uno de los muchos árboles que había por allí desperdigados. –Tienes que ver esto...

    Me solté de la pared y me dejé caer para ir a toda prisa al lugar donde estaba mi compañero: El árbol era un simbioide más, un Mokujin, una planta que se había unido con un humano y que había convertido su cuerpo en un gran pedazo de madera. Era retorcidamente bello ver a ese cuerpo desnudo emulando a un árbol: Sus pies se enraizaban en la tierra, sus brazos se extendían hacia arriba como las ramas que eran ahora y su expresión neutra me recordaba a la de una estatua griega. Sin embargo, eso no era lo que había llamado la atención de Martín sino lo que había a los pies de ese árbol: Una tumba.

    En el suelo se notaba un bulto bastante grande y, justo detrás de él, una especie de lápida de madera muy bien conservada, casi decir que reciente. En ella rezaba:


    “Parad vuestros pasos un momento y leed: Aquí yace quien habría dado mi vida por mí, aquí yace quien me habría matado por protegerme. Llorad la muerte de quien no sabía qué era proteger”


    Martín sólo tuvo que hacer un ademán para que me pusiera en marcha así que, al segundo, puse mis cabellos en contacto con la lápida...



    Después de la noche que pasó en esa celda, Federico estuvo ahí. Vi la lápida apoyada contra ese árbol y frente a él vi a mi compañero abrir una pequeña fosa con una tabla de madera a modo de pala. Tras abrir un buen agujero, abrió su mochila y de su interior sacó... ¿¡qué diantre...!? ¡Girasol! ¡Su mismo Girasol! ¡El que yo misma había matado! Lo observé bien cientos de veces pero no cabía duda: Era el mismo. Su piel y sus pétalos eran negros, muchas líneas blancas recorrían su lomo y sus tres ojos, abiertos, mostraban un color azul muy profundo. Su cabeza no estaba aplastada tal cual yo la dejé sino que ahora mostraba una profunda fisura, un corte sagital que partía su cabeza y su ojo central en dos.

    Una vez Federico introdujo al que una vez fuera su alien en su fosa, tapó la zanja con tierra, la alisó, colocó la lápida y se arrodilló a rezar algo por el cadáver que yacía allá abajo.

    —Descansa en paz –musitó él serenamente al tiempo que se levantaba para marchar en dirección a la salida del patio...



    —¿Pero qué demonios...? –musité extrañadísima.



    Esa noche dejé que fuera Martín el que durmiera, tanto porque él lo necesitaba más, como porque yo aún trataba de asimilar lo que había visto en esa prisión... Al final resultaba que no se había preparado para nada: Federico sólo se había llevado el cadáver de Girasol y el cuchillo que le dio el director. Comprendí media razón por la que él prefirió exiliarse por allí mas, la otra parte no la entendía: Había venido al bosque para enterrar a Girasol, en un lugar donde nadie pudiera alcanzarlo so pena de arriesgar su vida pero, aún así, no me explicaba porque no volvió a la civilización de inmediato... su relación con sus padres, sí, sería tensa pero sabía que Federico era de los que hacían frente a sus problemas...

    “¿Otra vez dándole vueltas a lo que no deberías?” preguntó Girasol carraspeando.

    —¿Estás mejor? –pregunté preocupada. En todo el día no había escuchado ni una sola frase por su parte. Cada vez que intentaba saber cómo estaba, sólo recibía sensaciones de dolor.

    “La próxima vez vigila lo que comes...” pidió sarcásticamente. “...me duele el tarro...”

    —Trata de dormir un poco pues –pedí. –Será mejor que estés descansado para mañana.

    “Eso puede esperar un poco. ¿Qué ha ocurrido?”

    —He encontrado el rastro de Federico. Sé, más o menos, por qué zona del bosque puede estar pero... le vi enterrando a su Girasol.

    “¿Qué Girasol?”

    —El mismo con el que empezó el curso, el que es tu hermano, el que yo maté aplastándole la cabeza... Creo que si Federico vino a este bosque fue para enterrarlo...

    “¿Pero él no odiaba a su Girasol?”

    —No recuerdo haberle oído decir jamás que él lo odiara, de hecho, le maté antes de que Federico se inclinara o no a hacer la simbiosis.

    “Ya entiendo... Federico seguía sintiendo respeto por él”.

    —Ahora que lo dices, puede ser eso, sí –dije recordando la inscripción de la lápida. –Le dedicó toda una lápida para él en la que parecía que expresaba lo que sentía por él: Decía de él que sabía que lucharía por Federico hasta el final pero que, aún así, no sabía lo que era proteger. Lo que hacía era compadecerse de él y dejarle descansar en paz... –interrumpí mi discurso un instante... sí, era respeto lo que había visto reflejado en los actos de Federico pero, viéndolo en perspectiva, no lo comprendía demasiado: Federico, desde que lo perdiera, había tenido una relación de odio feroz con los Blossoms en general (por suerte, ni yo ni Amelia manifestábamos esa parte nuestra muy a menudo). ¿Por qué compadecerse de un alien que se suponía que odiaba? Había visto sus reacciones ante Martín y sabía que a él no podía verlo ni en pintura, sobre todo cuando, según él, “se pavoneaba de una fuerza que no era la suya”...

    Me levanté y fui hacia el tronco para escalarlo y respirar un poco de aire fresco. Trepé sin demasiados problemas hasta que llegué a las ramas de la copa. Desde allí pude ver el cielo nublado que se estaba extendiendo sobre el bosque... si lo que había leído del cuerpo de Amelia era cierto, ésas eran nubes de lluvia. Tocaba empezar a usar bien nuestra ropa para protegernos de lo que nos iba a caer encima.

    —No creo que desde ahí se vigile bien el campamento.

    Me giré hacia el lugar de origen del comentario y, entre las tinieblas en un árbol cercano, pude distinguir la silueta de Lua.

    —Para vigilar ya están los Stringers –respondí algo cansada (lo que habría dado por ir a dormir en ese momento). –Si has vuelto es porque Ramalho está mejor, ¿no?

    —Es un decir –respondió ella mientras saltaba hacia mí. Una vez se agarró a una rama inferior a mi posición, me señaló que bajáramos. –Al final, lo que le hicieron no fue una emboscada. No hay ningún cazador de fallos por el bosque.

    —¿Entonces qué fue?

    —Trampas. Más de quince que el pobre chaval se comió... según lo que dijo él, esquivó las dos primeras que encontró pero que luego no pudo hacer contra las otras trece que se le vinieron encima. Los cazadores de fracasos no trabajan así: Si van a por nosotros tratan de no dejar pruebas de que han estado ahí, tales como los restos de las trampas que se dejó atrás el culpable...

    —¿Decías que a Ramalho le quitaron su ropa? –interrumpí.

    —Sí, chaqueta y pantalones. Sólo le dejó los calzoncillos por respeto, supongo. ¿Por qué preguntas?

    —¿Y decías que llegó con una grave herida en el hombro? –Lua asintió y yo, no sé si jocosa o asustada, sonreí. –Ese desalmado que por poco mata a Ramalho es, nada más y nada menos, que el mismo tontorrón que Martín y yo estamos buscando por aquí.

    —¿Ha sido Federico? –preguntó Lua extrañadísima.

    —Supongo que por accidente –contesté protegiendo a mi compañero huido. –Por lo que llevo sabido de su estancia por aquí, Federico vino con lo puesto y con un cuchillo, nada más. Cuando me encontré su rastro, allá en la prisión al norte de aquí, vi que llevaba una chaqueta verde militar de lona que le quedaba bastante grande y con una gran mancha de sangre en el hombro. Supongo que Ramalho habría caído en las trampas que había preparado Federico para asegurarse un lugar tranquilo para pasar la noche y que, después, el chico se encontró con la escabechina montada... seguro que hizo lo imposible para curar a Ramalho pero, cuando se encontró el pueblo de los fracasos, prefirió dejarlo allí, eso sí, tras llevarse lo que le pudiera resultar útil, al fin de al cabo, no venía preparado para vivir por aquí.

    —OK... –replicó Lua con las cejas inclinadas aunque no realmente enfadada. –Ya sé que será lo primero que voy a hacer cuando me encuentre a ese intento de desgraciado...

    Nos acomodamos en la rama en la que Martín seguía durmiendo a pierna suelta, ignorando nuestra conversación.

    —Hay algo que quiero preguntarte –dije. –¿Existen maneras de resucitar a los aliens?

    —Buena pregunta –comentó Lua sorprendida. –En lo que se refiere a revivir un cuerpo ya muerto de por sí, eso es imposible. Sin embargo, si hablamos de resucitar las memorias de un alien, ya es otra cosa. Sin ningún problema y siguiendo unos sencillos pasos, se puede trasplantar la memoria del cuerpo de un alien a un embrión para que éste renazca con toda la información acumulada antes de su muerte efectiva. ¿A qué viene la pregunta?

    —Federico ha venido a este bosque a enterrar a su Girasol –respondí. –Cuando lo vi no me pude creer que ése fuera el mismo que yo maté...

    —Entiendo –me interrumpió ella. –¿Amelia no te había dicho nada?

    —Ni ella ni su cuerpo sabían nada de eso.

    —Entonces ella se ahorró contarte lo de esta capacidad que tienen los aliens de regenerarse y el director no se molestó en contarle a Amelia que iba a tratar de resucitar al Girasol de Federico... éste es un proceso que lleva cosa así de un mes en completarse así que las fechas concuerdan... ¿Entonces Federico mató a su Girasol?

    —Tal como dice la lápida que le dedicó, eso puedo deducir. Le clavó un cuchillo en la cabeza y se la partió en dos.

    —Entonces si ese cadáver está en este bosque dudo que ya nunca más vuelvan a por él para resucitarlo. Si el director no dispuso del cuerpo de ese Girasol en las

    setenta y dos horas después de su muerte, ya nunca más podrá hacer que vuelva a la vida. Parece que Federico ya se ha librado para siempre de él.

    —Pero él sigue por aquí. Pensaba que la razón por la que se había marchado tan de improviso había sido por Girasol pero ahora dudo mucho que sea la única razón...

    —Tal vez sea la misma razón por la que yo estoy aquí: Me siento apartada del mundo así que prefiero aislarme antes de que me señalen como a un bicho raro. A lo mejor Federico tan sólo desea renunciar a todo lo que se supone que es bueno para él.

    —Si, algo dijo de eso antes de marchar... ¿te puedes imaginar a ese chaval de eterna sonrisa más enfadado que yo?

    —Tendría razones –respondió Lua seriamente. –Aunque él es el primer encargado fugado que sigue este camino...

    —¿Cómo?

    —Si algún encargado decide dejar de seguir las órdenes que les dan, la mayoría prefiere hacer lo que nadie les permite: Unirse con otros aliens que no sean aquellos con los que empiezan, esto es, lo que he hecho yo. Al tener una buena parte de mí dominada por Girasol es incluso posible que hubieran respetado mi vida (de todas maneras prefiero permanecer lejos de los tejemanejes de las instituciones superiores). Sin embargo, Federico rechaza todo contacto con aliens, no quiere estar con ninguno, no acepta sus intimaciones... quiere estar solo. Es la primera persona que conozco que quiere pasar el resto de sus días completamente solo... Bueno, al menos lo está pensando. Si al final decide que eso no es lo que quiere, puede que en un par de días vuelva al pueblo por su propio pie. Pero si al final prefiere, como él mismo dijo, “renunciar a todo” lo más posible es que no le volvamos a ver fuera del bosque...

    —Esto es, que se convierta en el humano más humano de todos –sentencié yo.



    Al día siguiente, tras dormir yo un poco bajo el cuidado de Lua, decidimos dividirnos en dos grupos para cubrir más bosque y así encontrar a Federico cuanto antes: Yo iría sola mientras que Lua y Martín se encargarían de buscar rastros a partir de la prisión.

    —Cuida bien de la radio –me pidió Lua nada más llegamos a la entrada de la prisión. –Está en buen estado pero en el pueblo no disponemos de demasiadas.

    —Muy bien –dije guardándome el aparato tras lo cual comprobé la información de la última pared que había visto pasar a Federico. –Vosotros tened cuidado e id hacia el norte –sin añadir más, me despedí con la mano y salí disparada hacia la dirección indicada mientras, a base de pequeñas visiones, comprobaba el avance de mi compañero por el bosque.

    Las capacidades que me daba el código genético de Naga eran sorprendentes: No necesitaba desplegar mis alas para ir a toda pastilla por medio de ese mar de árboles. Mi avance se componía de tres pasos: Hacer un gran avance en la última dirección comprobada por medio de grandes saltos entre árboles; leer la información del entorno para actualizar mi información y saber por donde seguir y comprobar el terreno actual para evitarme peligros. Oh, y un cuarto: Buscarme comida. Como aún seguía sobrellevando las consecuencias de mi intento de envenenamiento, cada vez que encontraba algo mínimamente comestible, ya fueran frutas, bayas o algún alien que pudiera comerme de un bocado, no decía que no.

    Así pues, en menos de seis horas me encontré los restos de dos campamentos que había montado Federico (la enorme cantidad de trampas desmontadas que me encontré en cada uno de ellos era prueba más que suficiente para saber quién había estado ahí). Cada vez que comprobaba su paso por ellos, vi como Federico era eficiente hasta el extremo y como aprovechaba al máximo las características del terreno que elegía para pasar la noche (una pequeña cavidad debajo de una roca plana y unos cuantos árboles caídos fueron sus guaridas), tanto para poder dormir como para poder conseguir comida.

    Su ruta, en todo ese tiempo, fue, más o menos desviada hacia el norte, alejándose todo lo posible del pueblo en el que antes vivía pero siempre intentando no seguir las vías del tren (cosa lógica teniendo en cuenta la de criaturas que acechaban por ahí). Informé de este hecho a mis otros dos compañeros y seguí mi camino mientras continuaba comiendo todo lo que me encontraba.

    Corría, comía, descansaba de vez en cuando y comprobaba el terreno siempre en medio del más profundo silencio hasta que, once horas después de salir de la entrada de la prisión, llegué hasta lo que antaño fuera un gran puente. Federico había hecho el largo camino con tanta pericia que no tuvo más que dos encuentros con aliens peligrosos en los casi dos días que tardó en llegar hasta allí.

    Sin embargo, ahora la estampa era diferente: Más allá de ese puente y de los restos de lo que fuera una gran autopista, vi una pequeña elevación donde se acababa el bosque de árboles y donde empezaba una gran explanada de hierbas altas. A partir de este punto ya no había más cobijo bajo los altos árboles.

    En varias visiones vi como Federico iba de un lado para otro comprobando el terreno para llegar al los restos de la aldea que se encontraba más adelante. Pasó remoloneando unas siete horas antes de decidirse a partir de nuevo. Cuando por fin pude dejar de ver como Federico dudaba (me mantuvo más de tres horas comprobando sus idas y venidas de un lado a otro) vi como estaba oscureciendo.

    “¿Tan pronto?” me pregunté extrañada. Pero caí en que, con el tiempo que llevaba metida en medio de la oscuridad del bosque, se me había pasado que aún era invierno y que los días eran más cortos. Me fije en el cielo y escuché como las nubes de lluvia que había podido ver la noche anterior estaban comenzando a tronar. Al ver lo que estaba a punto de caer, encendí la radio. –Lua, he llegado a un puente. Parece que Federico había llegado ayer a las ruinas de un pueblo que puedo ver desde aquí.

    —Ya veo... –contestó ella desde el otro lado tras una breve reflexión. –Nosotros hemos vuelto al campamento a preparar la tienda. Mejor que vuelvas cuanto antes.

    —Creo que puedo seguir un poco más...

    —Mejor que... –Lua interrumpió su réplica y al cabo de un rato de reflexión contestó: –Lo cierto es que no es mala idea: En ese pueblo los fracasos hemos preparado un pequeño refugio para emergencias. Supongo que no te costará encontrarlo, lo único, que te lo encontrarás totalmente vacío. Si quieres cenar algo, tendrás que conseguirte tu propia comida.

    —Por eso no te preocupes –dije al tiempo que desplegaba los finos huesos que conformaban el armazón de mis alas tras levantarme un poco la chaqueta en mi espalda. –Entonces nos veremos en el refugio mañana por la mañana, ¿de acuerdo?

    —Como me gustaría a mí dormir en un refugio... –se oyó quejarse amargamente a Martín desde el otro lado de la línea.

    Sencillamente sonreí ante el comentario, cerré la comunicación y completé la formación de la tela que conformaría mis alas (los aliens le daban toda clase de usos al pelo...) así que, sin dudar, salté del árbol en el que estaba subida para atravesar ese valle sin ningún peligro.

    Nada más llegué, me posé sobre la superficie más segura que encontré a primera vista, el techo bien conservado de una casa que estaba junto a la estación del tren. Comprobé el entorno con Memento y en menos de un minuto ya supe dónde estaba el refugio que me mencionó Lua: Era el sótano de un edificio cercano a mi posición. Tras atravesar los restos podridos de la puerta y andar unos pocos pasos, me encontraría una gran plancha de metal que taponaba el acceso a ese útil refugio. En teoría era tan grande que al menos hacían falta dos personas para levantarla, para evitar que los aliens pudieran entrar por ahí.

    Así pues, con la información de la zona en mi cabeza, comencé una corta cacería y en menos de un cuarto de hora me encaminé al refugio con tres dobis y unas pocas frutas para cenar.

    Con un poco de esfuerzo logré levantar la pesada plancha (pocas cosas habría ahora con las que no pudiera...), entrar la comida y cerrar tras de mí. A partir de ahí, sólo tuve que encender mi linterna y comprobar el terreno: A pesar de los pequeños tragaluces que había allá abajo, el lugar estaba en tinieblas por culpa de las nubes de tormenta. Tras atravesar un par de pasillos angostos logré entrar en una zona con estancias más amplias, a modo de grandes habitaciones. Plegadas y arrinconadas aquí y allá había unas cuantas camas de campaña y, tras comprobar en un armario, unos pocos sacos de dormir, aunque estaban tan húmedos que casi prefería dormir sobre las telas de las camas... Por suerte para mí, había algunas mantas en buen estado así que, tras extender una de las camas, me preparé mi lecho para esa noche.

    “Te veo contenta” me comentó Girasol.

    “Para compensar que no tengo a Amelia cerca, tengo que pensar que estoy en el lugar en el que más quiero estar” le contesté en el mismo volumen para no romper el silencio que reinaba en esa zona.

    Cené en silencio mientras escuchaba como caían las primeras gotas del pedazo de tormenta que estaba encima mío, tras lo cual me di un paseo por ese sótano para hacer la digestión.

    El lugar era mucho más grande de lo que había pensado, tanto que parecía que habían derribado los tabiques entre varios sótanos para formar éste tan enorme. Habían taponado todas las entradas excepto por la que entré para que no hubiera más que una salida (“mejor que entren aliens por un sólo lugar que por tres” pensé) y se habían acumulado por allí materiales para emergencias: Botiquines, algunas garrafas de gel celular, camas y sacos de dormir e incluso algunos libros escondidos en los recodos más secos de algún armario por si acaso alguien caía en ese horrible estado que es el aburrimiento. Todo bien recogido...

    “¿Qué es eso?” preguntó Girasol al ver otra cama abierta en una de las zonas más alejadas de la entrada. Sobre ella había unas mantas extendidas...

    Me acerqué a toda prisa a ese lugar y lo comprobé.

    —Aún está caliente... –musité alegremente al mismo tiempo que extendía mis cabellos hacia él para ver precisamente lo que quería ver. –¡Federico! –exclamé a viva voz. –¿Estás ahí?

    Escuché como algo caía en una sala cercana así que fui a toda prisa al lugar. Y allí, tirado en el suelo por un mal tropiezo, me encontré a quien buscaba: Federico Botas.



    —¡Por poco me matas del susto! –se quejó mi compañero. –¿¡Se puede saber qué es lo que haces aquí!?

    —¿No es lógico? Venir a buscarte.

    —Paso de volver –contestó de inmediato Federico poniéndose cómodo en mi cama. –Parece que lo único que quieren por allí es manejarme como a una marioneta, ya sea ese directorucho de pacotilla ya sean mis propios padres...

    —Algo vi de eso –dije sonriente al tiempo que señalaba la pequeña herida que tenía en el cuello. –Gracias por defenderme de esa manera.

    —No hay de qué –respondió mientras se estiraba.

    —De todas maneras no creo que sea muy conveniente para ti vivir por aquí...

    —Pues lo prefiero –me interrumpió molesto. –Hasta tú me has dicho alguna vez que te gustaría vivir aquí. No eres quien para llevarme de nuevo ante esos... –Federico se ahorró el apelativo y sencillamente bufó disgustado.

    —Pues lo siento, debo llevarte. Martín no es que disfrute demasiado de esta situación.

    —¿Ése también está? –preguntó despectivamente. –Tanto me da: A mí no me arrancáis de aquí.

    —¡Oh! Y por no mencionar el problemilla que te acabas de crear al casi matar a uno de los fracasos que viven en este bosque –añadí.

    —¿Fracaso? ¿Te refieres a aquel hombre—perro...? ¿De qué lo conoces? –me preguntó extrañado.

    —Es el noviete de Lua –respondí ganándome la mirada escéptica de mi compañero. –Lua también vive en este bosque, al igual que un montón de fracasos como ella o yo. Tal vez deberías saber que no es conveniente tener a tanta gente en contra tuya...

    —¡Que no lo hice aposta! –exclamó él. –Si monté trampas fue para conseguir un lugar donde dormir la primera noche, nada más. La culpa fue suya que no miró por donde andaba... y, a todo esto, ¿qué hace Lua aquí?

    —¿Quieres preguntárselo tú mismo? –le pregunté al tiempo que sacaba la radio.

    —No hace falta... supongo que estará haciendo lo mismo que yo.

    —Lo cierto es que no del todo pero, sí, básicamente es lo mismo. De todas maneras, ahora tiene un trabajo bastante más serio que el que tenía en el colegio y no puede estar por nosotros.

    —Pues vale. Por mí que siga con lo que quiera: Yo pienso quedarme aquí.

    —...anda que eres cabezón...

    —Cabezona tú, no te fastidia. Si quieres, dile a ese imbécil que he muerto y así todos contentos.

    Ver tan cejijunto a Federico me dejó sin palabras así que simplemente asentí.

    —Muy bien –respondí. –A partir de ahora estás oficialmente muerto... ¿quieres que le diga algo a tus padres?

    —Sí: Que son unos tontorrones que no ven más allá de sus narices y que, como tontos que son, nunca los he odiado... ¿no quedaría bien eso en mi lápida?

    —No sé yo... –comenté sonriente. –Y, hablando de lápidas, ¿de dónde salió ese otro Girasol?

    —Ese otro no, “mi” Girasol –apuntilló él. –Entró en mi habitación la misma noche en la que decidí marchar. Me dio un susto de muerte apareciendo de improviso en mi habitación, trató de obligarme a unirme con él y lo maté con este cuchillo –dijo al tiempo que alzaba su arma. –Tal como estaba, tan obsesionado, no se parecía en nada al Girasol con el que una vez estuve unido... Parecía que había pasado de ser alguien importante para él a ser un simple pedazo de carne.

    —Es que, en ese momento, te habías convertido en eso –comentó mi Girasol desde mi interior. –El deseo de proteger empieza como algo agradable y fácil de sobrellevar pero pasado cierto tiempo llega a ser algo tan obsesivo que no podemos pensar en otra cosa... por suerte para mí, esa etapa la pasé dentro de este cuerpecillo.

    —¿Y a ti no te molesta tener a semejante pretendiente dentro de ti? –me preguntó Federico pellizcándome la nariz.

    —Para nada –respondí encogiéndome de hombros. –La simbiosis fue más bien al revés porque era él quien se negaba a unirse.

    —Es que ella fue demasiado rápido... –comentó Girasol algo avergonzado.

    —Pero, por mucho que no te gusten los aliens, a mí me gusta tener esta compañía dentro. No abuso de su fuerza, sólo disfruto de su compañía.

    —Quien pudiera estar acompañado de alguien como él... –comentó Federico. –A mí me toca seguir vagando por el bosque...

    Federico prefirió no seguir y fue a por su cama para traerla junto a la mía. Después de un par de viajes, lo dejó todo en su sitio y se metió bajo sus mantas pues parecía que ya empezaba a tener frío.

    —¿Quieres las mías? –le pregunté al tiempo que le pasaba mi ropa de cama.

    —Me va bien con esto, no te preocupes. Estos pedazos de tela son lo primero que he encontrado en este bosque que me dé algo de calor aparte del fuego y sé que del fuego no puedo depender demasiado pues atrae a muchos bichos indeseables...

    Dejé que Federico hablara de lo que quisiera... por alguna razón le notaba tenso y sabía que no era por culpa de estar en medio de la nada. Habló y habló, con el típico tono simpático que solía usar conmigo, sin dejar de tocar temas tan prácticos como la captura de criaturillas salvajes, como conseguir hacer fuego sin mechero, cómo logró llegar hasta allí (siempre que tocaba este tema acababa diciendo “aunque supongo que eso ya lo habrás visto, ¿no?”) y muchas cosas más...

    La verdad es que me apetecía escucharle. Teniendo en cuenta la que estaba cayendo allá fuera, una buena manta, un poco de luz y unas palabras cálidas nunca venían mal. Ese intento de superviviente intentaba incluso intercalar algún chiste que trataba de arrancarme una sonrisa pero...

    —¿Por qué has querido escapar precisamente hacia aquí? –pregunté tras un rato de conversación. –El mundo es muy grande pero tú has querido venir aquí, sabiendo perfectamente lo que hay.

    Federico, que probablemente llevaba algún tiempo esperando la pregunta, suspiró y respondió calmadamente:

    —El mundo no es tan grande, de hecho, es todo lo contrario. ¿Tú por qué defines la grandeza del mundo? Si es por los caminos que puedas recorrer sin peligro, te estarás equivocando ¿No recuerdas lo que hablamos ese día en casa de Amelia, cuando lo del Rainax? “A más protección, menos libertad”, esto es, si hubiera ido a un lugar protegido por Girasoles, me habrían encontrado en un momento y ahora estaría de nuevo en mi casa o, peor, en una comisaría. No puedo confiar en los que se dicen humanos, no puedo confiar en la mayoría de los aliens, no puedo confiar en nadie que no quiera tratar de ponerse en mi lugar... Quiero vivir pero no en ese mundo... –Federico se frotó las manos algo tenso. –Yo... odio ese mundo... Nadie es capaz de darse cuenta de lo que hay a su alrededor: Todos pelean por tonterías que nada tienen que ver con la mera supervivencia de sus cuerpos. Unos estudian, otros trabajan, otros muchos compiten, todos quieren vivir bien pero siempre pasa que muchos se quedan en el camino y acaban mal... Es un mundo de ilusiones y esperanzas infundadas, un mundo falso, en el que todos se aplastan unos a otros y en el que nadie quiere ser amigo de nadie. Incluso nuestros padres nos enseñan a eso... –Federico se levantó y comenzó a andar para calentarse un poco. –Y tú no eres quien para negármelo: Será por la influencia de tus aliens pero sé que ellos no comprenden ese mundo. Por eso, tanto tú como yo, sentimos esa atracción a este lugar. Si luego la vida por aquí es difícil, no me importa: Al menos sé que si muero aquí, mi muerte no será en vano pues serviré de alimento a alguna de las alimañas que pueblan este bosque. Aquí al menos todos los seres vivos se conocen entre sí: O nos matamos como presa y cazador o nos amamos como anfitrión y simbioide. No hay enemigos, no hay competencia, sólo mera supervivencia...

    —Eres bastante retorcido... –señalé agradada por su discurso.

    —No, todo lo contrario: Soy simple. Muy simple. Tan simple que paso de todas las cosas que la sociedad “humana” me da –recalcó sarcásticamente esa palabra, –que reniego de mi condición y de todas las posibilidades que había ido aprendiendo, que me conformo con la regla de “comer o ser comido” para no tener que aguantar a un par de tontorrones que me dicen qué es lo que debo hacer con mi vida... Prefiero la simpleza difícil de aceptar a la complejidad de los conformistas.

    Me levanté hacia él y le puse la mano en el hombro, amistosa.

    —Eres malvado –afirmé sonriente.

    Un par de fuertes truenos resonaron y el repiqueteo de la lluvia sobre los cristales enrejados de los tragaluces se intensificó.

    —Da frío de sólo oírlo –comentó él simpático.

    —Y que lo digas –dije al tiempo que arrastraba mi cama hacia una esquina para que no le diera la corriente. –¿Te parece bien si juntamos las camas? Así al menos nos aseguraremos de no pasar frío.

    Él no respondió pero tampoco se negó, así que, tras arrastrar las camas hacia la esquina y ponerlas juntas, levanté sus mantas y le llamé a mi lado.

    Sentí algo de recelo en él pero no tardó en echarse a mi lado, tras lo cual apagué la linterna.

    —Primero diciendo que entre nosotros había confianza y ahora dudando de esa manera –comenté graciosa al tiempo que nos tapaba.

    —Bueno... tampoco pensaba en tanta confianza...

    —Somos malvados, no le des tantas vueltas –comenté al tiempo que pasaba mis pies entre sus piernas para calentármelos. –Una persona honrada y recta pensaría “oh, dios mío, estoy compartiendo cama con una chica. No debería...” pero creo que tú has superado esa fase.

    Como respuesta, casi como queriendo darme la razón, Federico me pasó el brazo detrás de mí y me atrajo hacia él hasta que nos pegamos las frentes. Otro trueno y una fuerte descarga de lluvia hizo que estar así, abrazados y dándonos calor mutuamente, me resultara muy agradable...

    —No sé qué pensarían mis padres de verme así contigo –comentó Federico con la voz en risa.

    —Supongo que algo mucho peor que lo que pensarían los míos –reí yo. –De todas maneras, ya estás muerto, ¿recuerdas? Su opinión ya no cuenta: Haz lo que consideres mejor para ti.

    —¿Algo como esto? –comentó en broma al tiempo que me tocaba un pecho con la mano.

    —Adelante, si quieres. –La mano de Federico se crispó y la retiró de inmediato pero sin dejar de abrazarme. –¿Tienes miedo? –pregunté muy serena.

    No me contestó pero noté como su respiración se había entrecortado a lo que yo reaccioné sonriendo ampliamente.

    —Desde que te escuché defenderme he sabido que tú eres como yo –dije al tiempo que volvía juntar nuestras frentes. –Aparte de ti, sólo Amelia es como yo... a ella le debo mucho por lo que hace por mí y a ti te debo tanto o más por lo que habías hecho. Tú eres mío y, por lo tanto, yo soy tuya –dicho lo cual, le besé sin dudar ni un instante.
     
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    JeshuaMorbus

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    [Alien 9] Parásito (Completa)
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    Capítulo 16: Parásito


    —¿¡Cómo te atreves a venir por aquí!? –gritó la madre de Federico al tiempo que descargaba su mano contra mi cara.

    Encajé el bofetón sin inmutarme y dejé que la mujer descargara sus iras contra mí mientras seguía sosteniendo la caja contra mi pecho. La mujer gritó, lloró, me golpeó y atrajo las miradas de los vecinos pero yo no me moví lo más mínimo y adopté la pose más fría que pude.

    Cuando por fin la mujer se calmó, mi cara estaba enrojecida por los golpes pero por fin pude empezar a hablar:

    —¿Puedo pasar? –pregunté con mi mirada fija en sus ojos. –Tengo que hablarle de algo importante.

    La mujer volvió a alzarme la mano con las fuerzas recobradas pero, esta vez, se contuvo lo bastante como para aguantarse.

    Con gesto severo me indicó que entrara, lo cual agradecí educadamente. Me introduje en el recibidor y pasé al salón, en cuya mesita coloqué la caja que había estado protegiendo desde que volviera de la selva pocos minutos antes.

    —¿Tardarán mucho en llegar su marido o su hijo? –pregunté fríamente. –Lo que quiero decirle es mejor que lo sepan todos ustedes al mismo tiempo.

    La mujer se limitó a bufar mientras me mataba con la mirada. Supuse que no tardarían en llegar y, por suerte, acerté: Al rato llegaron padre e hijo con la compra recién hecha.

    —¿¡Pero qué...!? –exclamó el padre de Federico al verme. –¿¡Qué hace ésta aquí!?

    —Buenas tardes –saludé educada pero fríamente. –¿Quieren sentarse, por favor?

    No sé si por miedo o por odio pero me obedecieron al instante. Sólo Felipe se mantenía algo menos furibundo que sus padres pero aún así parecía que ellos le habían infundido un profundo odio contra mí.

    Una vez estuvieron en sus sitios, suspiré y abrí la caja.

    El padre abrió los ojos como platos.

    La madre perdió la respiración.

    El hermano se estremeció de horror.

    Y yo permanecí impasible mientras les mostraba la cabeza de Federico.

    Su madre se levantó como loca contra mí pero, al instante, su cuerpo se resintió y cayó al suelo profundamente conmocionada. El padre la acogió en sus brazos mientras lloraba y Felipe sencillamente perdió el habla.

    Les di tiempo. Mucho tiempo. Todo el que necesitaron hasta que se calmaran. Pasaron más de dos horas entre lloros y suspiros incontenidos mientras contemplaban la cruda estampa que era la cabeza decapitada, sucia y ensangrentada de Federico.

    Pero, por muy impasible que quisiera ser, ver lo que ellos veían también me acabó afectando y solté un par de lágrimas que traté de contener espartanamente.

    —No pude hacer nada por él... –suspiré tras ese largo y pesado silencio. –Federico encontró un refugio en el bosque, allí lo encontré a él y dormimos en él. Planificamos toda clase de cosas esa noche pero, esta mañana, nada más salir de ese refugio, una de las alimañas del bosque nos atacó... Antes de que pudiera reaccionar a nada, esa enorme serpiente lo estampó contra el suelo y lo metió en su boca. La maté pero ya daba igual: Las enormes cuchillas que ese alien tenía por dientes acabaron con la vida de Federico al instante...

    —¿...y cómo te atreves a presentarte aquí con esto...? –musitó la madre de Federico mientras se alzaba contra mí. –¡Por tu culpa, mala pécora, él fue allá! ¡Por tu culpa Federico ha muerto! ¡No mereces vivir! –la mujer levantó una pierna para asestarme una fuerte patada en la cara pero, antes de que pudiera hacer nada, me autosugestioné con las memorias de Joseph, invoqué mis recuerdos y al segundo...



    —Pues bien, lo que te estoy ordenando, Federico, es... –el director abrió el maletín y descubrió un gran cuchillo y su funda –que mates a ese alien aprovechándote de su confianza hacia ti.

    ·

    ·

    ·​

    —Señores –dijo el director con tono calmado a sus padres, –lo que está pasando es, desde luego, algo muy excepcional, de hecho, es la primera vez que tengo que recurrir a un método tan drástico como éste pero el peligro es real: No podemos dejarlo sin tratar más tiempo y debemos aprovechar hasta la última de las ventajas que tengamos en nuestras manos. Por favor, quiero evitar un episodio similar al que vivimos hace catorce años –al mencionar el primer contacto, los padres de Federico se estremecieron y fueron hacia él.

    —Por favor, Federico –pidió su madre tras ponerse a su lado, –sabes que hay un peligro... tú lo has visto muchas más veces de que nadie por aquí... y, si esto puede traer un poco de paz a este pueblecito...

    —El señor Nicolás es el experto –dijo el padre. –Sí, hasta yo recularía ante semejante orden pero... mira, no quiero agobiarte con mis batallitas del primer contacto... sabes que allí perdiste a tu hermana mayor y a todos tus tíos y abuelos. “Asesinato” es una palabra fea pero si eso sirve para que nadie más muera...

    —¡A callar! –gritó Federico consiguiendo que sus padres se separaran de él a toda prisa. –Para que nadie más muera... ¿no os estaréis refiriendo a esos hipócritas que escupen sobre mi nombre cada vez que me nombran? ¿No serán esos malditos niñatos que no ven más allá de mi uniforme? ¿No pensaréis que quiero matar a mi única amiga en este colegio tan sólo para que no mate a nadie? ¡Por mí que todos se vayan todos al Infierno!



    Los tres presentes enmudecieron espantados tras ver esa extraña visión.

    —¿Culpa de quién, decís? –pregunté fríamente. –¿De veras conocíais a Federico? Él era consecuente hasta el final, consecuente con todo lo que decía y hacía... Él creía en la bondad natural de las personas a pesar de que vosotros le estabais tratando de inculcar un miedo cerval a todo lo que vosotros temíais –me levanté enfadada. –¡Aquí los únicos culpables sois vosotros! –les grité furiosa. –¡Él me defendió! ¡Él quiso lo mejor para todos! ¡Él sabía todo lo que pasaba a su alrededor y vosotros no sabíais NADA! ¿¡Cómo os atrevisteis a exigirle que matara a alguien!? ¿¡Que padre que se precie enseña a sus hijos a matar a sus semejantes!? ¡Yo lo quería aquí y sin embargo murió allí! ¡Vosotros le echasteis al bosque, le espantasteis al pedirle que me matara...! –esta ristra de gritos me vació totalmente los pulmones por lo que respiré lo más tranquilamente posible para calmarme. –No sé siquiera por qué diantre estoy obedeciendo su última voluntad ante sus propios asesinos...

    —¿Última voluntad? –preguntó Felipe. –¿Es que pretendía suicidarse o algo así?

    —Antes de que lograra “convencerlo” –recalqué mucho esta palabra –de que volviera junto a mí, me dijo que cuanto deseaba era dejar atrás este mundo, que no quería ninguna de sus falsedades. Prefería ser comida de alien antes que estar en esta sociedad de buitres. Pero, mientras me decía esto, me dejó un mensaje para ustedes –me volví a concentrar y entonces...



    —Muy bien –respondí. –A partir de ahora estás oficialmente muerto... ¿quieres que le diga algo a tus padres?

    —Sí: Que son unos tontorrones que no ven más allá de sus narices y que, como tontos que son, nunca los he odiado... ¿no quedaría bien eso en mi lápida?



    —¡Deja de hacernos esto! –gritó el padre mientras trataba de recuperar su percepción de la realidad.

    —Pensé que quien mejor podría deciros nada sería el mismo Federico –comenté enfadada. –Dejando a un lado lo que pienso de ustedes, haré lo que me dijo que hiciera: No les haré nada a pesar de lo que le habíais hecho. Y, ya que he terminado con esto –dije tapando la caja, –debo volver al colegio para informar de la muerte de su hijo.

    —¿¡A dónde te llevas eso!? –preguntaron los padres enfadados mientras me cogían del brazo.

    —Primero entregar una prueba al director Nicolás para demostrar que Federico está muerto, luego ir a enterrar esto a un lugar seguro antes de que hagan ninguna tontería con el cerebro... –me solté de sus manos con fuerza pero sin hostilidad y, con la caja en las manos, me encaminé a la puerta. Una vez cogí el picaporte me giré por última vez hacia ellos. –Y lo siento por ustedes, pero ya sea por mí que enterraré esta cabeza en el bosque; ya por el director, si logra arrebatármela, Federico no tendrá tumba por aquí. Dicho esto, buenos días.

    Salí con prisa al tiempo que trataba de controlarme. Debía ser un témpano hasta que se lo enseñara al director, debía mantenerme impasible, debía...

    —¡Alto ahí! –gritó Felipe nada más puse mi mano sobre la puerta del portal. –¡Por mucho que digas que Federico te ha pedido esto, no tienes derecho a llevarte los restos de mi hermano! ¡Dame la cabeza y yo hablaré con el director!

    —...paso... –respondí sin volverme. –Tengo prisa...

    —¡Que te estés quieta! –me gritó. Y, al instante, un potente zumbido vino de él.

    Los hilos de sus opciones rodearon mis piernas y con un violento movimiento me derribó para después atraerme hacia él. Tras esto, sin dejarme tiempo para hacer nada, me dio un pisotón en el pecho y me hizo perder la respiración para luego ir a recoger la caja que se me había caído.

    —¡Ya está! –gritó triunfante cuando por fin estuvo en su mano mientras sus opciones se introducían de nuevo bajo su chaqueta. –Ahora puedes irte al cole... –Felipe se extrañó de algo por lo que abrió la caja de inmediato. –Está... ¿está vacía? –se giró extrañado hacia mí, pero yo ya había comenzado mi contra—ataque...



    Formé quince taladros con mis cabellos y se los ensarté sin dudar. Casi no tuvo tiempo de empezar a gritar antes de que lo lanzara a lo bestia contra el espejo que había en ese portal. Las esquirlas plateadas se le clavaron profundamente en la piel cubriendo toda esa pared de sangre.

    —¡En mala hora tuviste que meter las narices en ninguna parte! –le grité furiosa.

    —¿...dónde... está...? –preguntó Felipe a duras penas mientras trataba de quitarse alguno de los fortísimos taladros que lo había atravesado.

    —En lugar seguro y, sobre todo, lejos de aquí –le contesté al tiempo que sacudía los taladros y lanzaba a Felipe contra la otra pared. –Engañar a sus padres primero, luego mostrarles una ilusión a mis profesores para probar que Federico estaba muerto y luego todo habría ido tal como habíamos planeado... ése era nuestro plan: Federico no va a volver por mucho que le insistáis.



    —¡Ni se te ocurra escapar! –gritó Felipe al tiempo que se levantaba para lanzarse contra la pared y acabar estampando su cara contra los azulejos.

    —¿A quién le estás gritando? –pregunté jocosa con la caja vacía en mi mano.

    Felipe se levantó dolorido pero con fuerza suficiente como para lanzarme toda una andanada de opciones para acabar conmigo... pero lo más que hizo fue atravesar mi falsa imagen que le había enviado a su mente.

    —¡Maldita seas! –gritó enfervorecido. –¡Eres una...! –Felipe enmudeció al darse cuenta de algo...

    —Eres más lento de lo que pensaba... –comenté riéndome de él.

    —¿Qué ha pasado? –preguntó Felipe anonadado: Todas las heridas que, se suponía, le había causado en todo su cuerpo habían desaparecido por arte de magia, la sangre que debía recorrer las paredes y el suelo ya no estaba y el cristal del espejo estaba totalmente intacto.

    —Una ilusión más –contesté divertida. –¿Crees que soy tan tonta como para mostrar toda mi fuerza en medio del pueblo? Me basta con sugestionarte para poder anularte.

    —¿Dónde está mi hermano? –volvió a exigir saber.

    —Sigue en el bosque y allí se quedará, ya te lo dije. Está vivo, muy vivo (ya te lo puedo asegurar...) –dije al tiempo que llamaba a mi mente unas pocas imágenes sueltas de lo que habíamos estado haciendo durante la noche. –De hecho, desde el momento en el que se dio cuenta de lo que significaba ser Encargado, jamás lo vi tan animado. Mentiría si dijera que no querría que volviera pero, la verdad, creo que su lugar está en el bosque.

    —Di lo que quieras... iré a buscarlo –replicó con decisión.

    —Tú no irás a ninguna parte –le ordené severamente. –Ya que me has descubierto, me parece que eres el más adecuado para llevar a cabo cierto plan que no sabía cómo comenzar...

    Felipe me ignoró y siguió subiendo escaleras a toda prisa, con el deseo de contarle a sus padres cuanto había descubierto.

    Sencillamente suspiré y le envié una serie de imágenes a su mente...

    No tardó ni cinco segundos en volver hacia mí...

    —¿¡No te atreverás!? –me preguntó totalmente espantado tras haberse visto atacarme con opciones.

    —¿Qué pensarían de ti tus papás si supieran lo que escondes bajo tu piel? –pregunté riéndome cruelmente. –¿Te aislarían? ¿Te rechazarían? ¿Te odiarían? Supongo que sí, viendo como me tratan a mí...

    —¡Vale, vale! –gritó aterrado. –¡Dime qué quieres que haga y basta ya!

    —Haz todo lo posible para alejar a tus padres de este pueblo –ordené firmemente. –Diles lo que quieras, incluso que quiero ir a matarlos, pero aléjalos de aquí. Dentro de poco tiempo, aún no sé cuánto, cientos de naves espaciales caerán sobre Santo Firme y los aliens que lleguen harán simbiosis forzadas con todos los humanos que encuentren a su paso. Federico quiere que estén lejos para que no les alcancen los efectos de este Segundo Contacto así que, por favor, obedéceme... En segundo lugar, quiero que te quedes en este pueblo y que contactes con todos los alumnos de Amelia que seas capaz de encontrar. Necesitamos a todos los voluntarios independientes que podamos encontrar para rechazar lo que se nos viene encima. ¿Me has entendido?

    —¿De qué diantre estás hablando? –preguntó Felipe horriblemente extrañado.

    —De que se prepara una invasión –afirmé categóricamente. –Si los que llegan son Blossoms, hasta yo podría hacer algo pero si los que llegan son Drills, de todos los que logren hacer simbiosis no saldrá nadie vivo: Los Blossoms los matarán a todos... pero, en fin, ¿qué te estoy contando que no sepas ya? Ya me pondré en contacto contigo cuando lo considere necesario...



    “¡Qué bien se encuentra uno de vuelta a casa!” exclamó Girasol desde mi interior al ver el colegio.

    —Piensa lo que quieras pero recuerda que quien nos está esperando no es Amelia sino ese imbécil... –respondí amargamente, con unas ganas terribles de volver con mi querida profesora. –Esperemos que no se ponga tan violento como el hermano de Federico...

    Avancé con decisión hasta la entrada y, una vez allí, me encaminé al edificio principal, al aula de Contramedidas. Sin embargo, cuando estuve delante de la puerta, un olor muy familiar asaltó a mi olfato...

    —¡Vaya! ¡Qué bueno verte por aquí! –exclamó Amelia alegremente sentada en la mesa. –¡Ya estaba a punto de decidir que se iniciara una búsqueda de rescate!

    —¿Qué haces tú aquí? –pregunté extrañada.

    —¡Vivir la vida, pequeña! –exclamó al tiempo que saltaba hacia mí. –¡Nicolás ha sido destituido de por vida! ¡Se acabaron las palizas! ¡Se acabaron los insultos! ¡Vuelvo a ser la profesora de Contramedidas!

    —¿¡En serio!? –exclamé tan contenta como ella pero volviendo de nuevo a mi expresión de tristeza glacial. –Bueno... buenas noticias aparte, traigo una muy mala...

    Amelia se puso seria y comprendió que era lo que llevaba en brazos.

    —¿Federico está ahí? –preguntó apesadumbrada.

    —Si quieres verlo... –comenté haciendo el amago de abrir la tapa.

    —No lo hagas –Amelia se dio la vuelta para no ver. –Me fío de tu palabra... Habrá que avisar a sus padres entonces...

    —Ya me he encargado yo. Pensé que ellos tenían más derecho que nadie a saber lo que le había pasado a su hijo... –Amelia me miró escrutadoramente pero se encogió de hombros: Yo sabía que ella opinaría de una manera similar. –Y, esto...

    —¿Qué pasa? –preguntó ella.

    —¿Podría cumplir la última voluntad de Federico?

    —¿Última voluntad? Era un poco joven como para pensar en esa clase de cosas... En fin, ¿de qué se trata?

    —Me pidió que le enterrara junto al cadáver de su Girasol...

    —Eso ya no es posible: Yo misma disolví su cuerpo para devolverlo al banco de ADN de la oficina médica alienígena...

    —Lo devolvieron a la vida –afirmé muy segura. –Si Federico escapó, no fue sólo por las discusiones con sus padres sino porque la misma noche en la que escapó...

    —...fue atacado por él... –completó Amelia. –Comprendo. Es una de las tácticas más sucias y barriobajeras que usan las instituciones superiores para asegurarse simbiosis... al final han acabado por perder tanto al alien como al sujeto...

    —Como lo enterró en medio del bosque, te pregunto: ¿Puedo o no puedo?

    —Siempre y cuando me digas que Martín también está bien.

    —Está bien, no te preocupes: Le dejé en las Vías Muertas para poder ir cuanto antes a la casa de Federico a darle las malas noticias a sus padres... supongo que el chico se estará preguntando dónde estás...

    —Muy bien pues: Haz lo que debas y yo iré a buscar a tu compañero... ¿ha habido algún cambio en él?

    —¿Simbiosis dices? –Amelia asintió. –No, aún no pero ya me ha dicho que quiere hacerla. Este año al menos tendrás una simbiosis bien hecha.

    —Pero dos fracasos y un muerto... –suspiró amargamente mientras se dirigía a la salida. –En fin, espero que Martín no se haya marchado por su cuenta.

    Por el camino sencillamente me dio un beso en la frente y se marchó. En fin, ahora éste volvía a ser su trabajo... Ella se marchó en coche y yo desplegué mis alas para salir volando hacia la aldea de los fracasos.



    —No me imagino a Felipe poniéndose tan violento –dijo Federico delante de la tumba de su Girasol. Estaba inscribiendo una nueva lápida para la que iba a ser su “tumba”. –En fin, supongo que yo también me habría arriesgado a que me descubrieran si le hubiera pasado lo mismo. ¿Amelia sospecha algo?

    —Dice que se fía de mí así que supongo que las instituciones superiores no sabrán nada de lo que has hecho –respondí mientras abría un segundo agujero al lado del de su alien. –Pero, a lo que íbamos: ¿Estás completamente seguro de que quieres seguir viviendo solo?

    —Para los fracasos soy más una piedra en el zapato que algo útil. He elegido el peor momento para meterme en e bosque... Les ayudaré en todo lo que haga falta pero no les pediré nada salvo si realmente lo necesito. Así de primeras, ahora que sólo soy un simple humano corriente y moliente de tan sólo trece años de edad, no les ayudaría en nada con lo de la invasión... sólo hay que ser realista...

    —Es que soy realista: Tras realizar la invasión, ¿hacia dónde crees que vendrán los aliens? Si es rechazada, vendrán aquí y, si es lograda, extenderán sus redes por esta zona del bosque cargándose a todos los fracasos que logren encontrar. Dudo, y mucho, que entonces la vida por aquí sea mucho mejor que en el pueblo...

    —Pues por eso mismo no volveré: Da igual de hacia donde me vaya pues ellos me perseguirán. La única diferencia es que aquí me encuentro mucho más suelto que en el pueblo, es decir, estoy en mi terreno. Sé que no todo el mundo estaría dispuesto a hacer lo que yo... estoy seguro que el escriba la historia de nuestra vida tampoco estaría dispuesto a hacerlo...

    —¿Tú crees que puede haber alguien tan friki como para escribir sobre nosotros? –pregunté sarcásticamente[1]. –Muy bien... –tras dar un par de paladas más, el agujero ya tenía el tamaño suficiente como para albergar una sandía o, lo que es lo mismo, una cabeza humana. Una cabeza que estaba tardando en llegar...

    —¡Buenas! –saludó Lua tras más de quince minutos de espera. –Me costó lo mío encontrarla pero aquí está.

    Entre sus brazos llevaba una caja con una calavera humana en su interior, una de las muchas que había desperdigadas por el bosque: A causa del Primer Contacto, mucha gente murió en esa zona por lo que muchos cadáveres permanecían sin enterrar desperdigados por todo el bosque. Lua sólo había recogido una de las muchas calaveras que por ahí había para disimular lo mejor posible la muerte de Federico (por si acaso algún miembro de las instituciones superiores me pedía pruebas de lo que había “descubierto”, le mostraría esta tumba, suponiendo que con ver una calavera y a Girasol muerto no harían más preguntas).

    —¿Qué tal anda Ramalho? –preguntó Federico preocupado.

    —Ya está perfectamente –respondió Lua al tiempo que me lanzaba esa calavera. –Ya puede correr y volar como antes de vuestro desgraciado encuentro –dijo con toda la ironía que pudo reunir.

    —...lo siento... –Federico bajó la cabeza pero Lua se la sacudió amablemente.

    —De todas maneras es una alegría que no tengamos que estar cuidando de ti –continuó ella.

    Mientras tapaba el agujero me fijé en la expresión de Federico: Totalmente normal. Ni cuando se volvieron a ver por primera vez ni ahora, Federico mostraba la más mínima señal de extrañeza: Para él, desde el principio, esa mujer de ahí era Lua.

    —¿Hay alguna noticia del avance de las naves espaciales? –pregunté tras tapar la fosa.

    —Dentro de dos o tres semanas estarán aquí –respondió. –Estamos movilizando a todos los fracasos que logramos encontrar e incluso hemos hecho alguna incursión en otros países para lograr alguna ayuda útil (bueno, supongo que eso ya lo suponías) –añadió refiriéndose, evidentemente, a Ramalho.

    —Yo ya le he ordenado al hermano de Federico que llame a todos los alumnos de Amelia al pueblo.

    —¿Es de fiar?

    —Totalmente: Lo he chantajeado con la amenaza de hacer saber a todos lo que querría que nadie supiera... –dije al tiempo que hacía que una de mis opciones revoloteara a mi alrededor. –Algo sé de los anteriores alumnos de Amelia después de varias lecturas en su cuerpo y, lo que se repite en todos ellos, es que son todos muy nobles.

    —Felipe seguro que se habría aprestado a ayudarnos incluso sin chantajearlo –comentó Federico dando los últimos cortes sobre la lápida. –No es que sea la mejor persona del mundo pero es muy cumplidor.

    —Ahora lo que toca es saber cómo evacuamos a nuestros padres... –le dije a Lua.

    —Con los míos no hay problema –dijo ella. –Les enviaré una carta falsa para que vengan a recogerme al lugar donde se supone que estoy retenida y así los alejaré del pueblo. Cuando todo empiece no creo que quieran volver.

    —Según parece, la única que tiene problemas por aquí eres tú –dijo Federico. –Y más cuando no puedes comunicarte con tus padres...

    —Sí que puedo –interrumpí muy segura.

    —¿Seguro? –preguntó Lua. –Sí, poder hablar con ellos sí que puedes pero, que sepas, el teléfono de Amelia está pinchado... Lo último que queremos es que algún oficial de las instituciones superiores se meta a investigar por qué quieres enviar a tus padres fuera del pueblo... de todas maneras, los esfuerzos de los fracasos están más enfocados a evacuar todo el pueblo (no somos tan egocéntricos...).

    Suspiré algo cansada y sencillamente terminé de tapar el agujero. Federico colocó la lápida y todo ya quedó resuelto.

    ¿”Amaba a la persona que aquí yace. / Agradezco haberlo sabido antes de su paso a mejor vida”? –pregunté al leer el pedazo de madera. –Esa frase no me pega...

    —Tú amas a demasiadas personas –comentó bromista Lua. –Claro que te pega.



    —Te noto tensa... –dijo Amelia esa noche mientras estaba entre sus piernas encima de la cama.

    Aparté el libro y asentí.

    —Ahora ya no tienes a Nicolás como director –dije –pero, ¿quién te va a supervisar a partir de ahora? No creo que los Blossom te dejen el control absoluto así de buenas a primeras...

    —Sí, es cierto, no me lo han concedido –dijo pesadamente –pero, por lo que queda de año, me han dado libertad absoluta para hacer todo lo que quiera con Martín. Los Blossom han considerado que, ya que con Nicolás me han surgido tantísimos problemas cuando antes no tenía ninguno, lo mejor es que me encargue yo de no crearles otro problema más.

    —¿Trató de quejarse el petate ese? –pregunté cómica.

    —Con uñas, dientes y opciones... –comentó ella sacudiendo la mano. –Hasta la Lua de principio de curso parecía menos rebelde que ése...

    —Ojalá siguiera por aquí –dije agresiva. –Me encantaría darle de comer las comiditas que me metió en la mochila.

    —¿Por...? –Amelia interrumpió su pregunta y reflexionó un instante. –¿Trató de envenenarte?

    —Y por poco no me mata... Estar contigo tiene muchas cosas buenas –sentí como una especie de dedillos suaves me tocaban las mejillas, dos de los pétalos de Magnolia... –Por cierto... –me armé de valor e hice la pregunta directamente: –¿Se está preparando alguna invasión de esta zona?

    —¿Pero qué me estás preguntando? –preguntó ella inclinando su cabeza para mirarme a los ojos.

    —¿Recuerdas que Lua volvió hace algún tiempo a Europa?

    —¿Está aquí? –sus facciones reflejaron alegría.

    —Ya marchó –me apresuré a aclarar –pero, según dijo, volvería pronto, precisamente por eso de la invasión.

    —Nada me habían contado... bueno, es lo mismo: Nada me iban a contar, quizá, tan sólo por cortesía, me evacuarán antes de que empiece la invasión...

    —Parece que sabes de esto...

    —Algo... No es la primera vez que pasa, al menos según mis fuentes, algunas Magnolias que emigraron desde los países del norte. Hasta el momento, invasiones sorpresa tengo registradas seis... Una de esas Magnolias me dijo que algunos humanos gritaban “¡se nos cae el cielo encima!” y cosas peores. Si nos pusiéramos en sus lugares, no sería demasiado diferente: Miles de monolitos negros cayendo sobre ciudades enteras y destruyendo edificios; miles de aliens de todo tipo que parece que surgen de la nada y, tras un par de horas, humanos muertos por no soportar la unión, otros unidos pero como locos, otros peleando contra todo lo que se mueve no confiando ni en nada ni en nadie... un infierno, vamos... Lo que yo viví cuando era pequeña era una nimiedad en comparación pues al menos yo iba avisada de que estaba ocurriendo algo en el mundo. De todas maneras, ésta es la primera vez que ocurre algo similar tan al sur y en una zona tan habitada... ¿Te ha mencionado Lua cómo es de grande el contingente?

    —Sólo me dijo ”nuestros telescopios no son tan sofisticados como los de las instituciones superiores” –dije parafraseándole. –Lo único que tiene claro es que el ejército que vendrá es enorme y poco importa que sean Blossoms o Drills: Un grupito pequeño no podrá hacer nada contra ese mogollón.

    —¿Me estás diciendo que está con un grupo? ¿Te mencionó a Guídalo?

    —“Los fracasos de Guídalo” me dijo. Aún no lo he visto –mentí –pero con la foto que me enseñaste me basta... Por cierto, ¿quién es ese tal Guídalo? No parecía caerle demasiado bien a Nicolás.

    —Uno de los primeros fracasos que existieron en este mundo aunque, claro, entonces no se llamaban así.

    —¿Cómo entonces?

    —A secas, “monstruos”. Cuando lo conocí él era un simple Blossom más, unido con un Girasol como la gran mayoría de los Blossoms en este país. Fue uno de los encargados de custodiarme para llevarme ante las autoridades Blossom cuando volví del bosque... no volví a verlo desde entonces pero supe, por una larga serie de informes, de sus tropelías por el mundo... No es ningún ángel pero es de los pocos que no fuerzan las simbiosis. Hace todo lo posible por conseguirla, aunque siempre sea con una condición: Que el resultado siempre sea un fracaso. Según él, ésa es la única manera de hacer que los humanos mantengamos cierto nivel de independencia frente a nuestros compañeros aparte de ganar fuerza frente a los invasores. Lo mejor de él: Que acepta y ampara a cualquier fracaso que esté en problemas... la última vez que supe de él debía tener un grupo de por lo menos doscientas cincuenta personas...

    —Tal como hablas de él, parece que te caiga bien.

    —Que quede entre nosotras –me susurró al oído: –El programa que he estado usando todos estos años con mis alumnos está basado en los métodos de Guídalo. De no haber metido las narices Nicolás, ahora serías una Blossom más.

    —Pues prefiero estar como estoy. De no haber sido por Memento ahora estaríamos muertos Girasol y yo... –Amelia cerró su abrazo sobre mí súbitamente. –¿Qué te pasa? –fue tan sólo mencionar “Memento” y empezó a respirar con fuerza.

    Sentí su corazón latir contra mi espalda y como su respiración se aceleraba para luego volver a la tranquilidad y a que el olor de Magnolia dominara brutalmente el ambiente...

    Picaba.

    De vuelta a mi querido mundo de las sensaciones... genial. Sí, me encantaba pero el quedarme con una pregunta en la boca me fastidiaba bastante... y más cuando pensaba que algo de lo que había dicho le había alterado de esta manera.

    Quemaba.

    De alguna manera, más allá de mi medio dormido busto sentía los brazos de Amelia que no habían cambiado de posición en a saber cuánto tiempo.

    ¡Ardía!

    Como siempre disfrutaba su contacto pero esta vez... en el fondo estaba sufriendo. Algo se retorcía en el fondo de mi alma, algo me dolía...

    ¡Dolía! ¡Me dolía!

    —Me duele... –esta frase se escapó de mis labios. No la había oído porque nada era capaz de oír pero creía que debía decirla...

    Sentí un fuerte hormigueo por donde estaba en contacto con Amelia. De repente, éste se cortó durante unos instantes en los que mi cuerpo se enfrió para luego pasar al calor tan rápido como me fui. Mi pecho, mi espalda, mi abdomen, mis brazos y mis piernas, mi cabeza... todo me hormigueaba a tanta potencia... Amelia volvía a estar sobre mí.

    Odiaba... quería odiar...

    Mi mente ida no supo qué percibía pero notaba cierto apresuramiento en los pocos movimientos que sentía por parte de Amelia...

    ¿Quería? ¡Quiero! ¡Y odio!

    Aún sin saber si realmente lo hacía, alcé mi brazo y la puse sobre el lugar donde suponía que estaba la cabeza de Amelia. A lo mejor la posé sobre su espalda, a lo mejor sobre su hombro pero el movimiento salvaje de mi amante se tranquilizó.

    ...pero nunca a ti... a ti nunca te haría daño...

    Atraje lo que fuera hacia mí.

    ¡Todos ellos merecían sufrir!

    Suspiré varias palabras... ni yo sabía qué estaba diciendo pero, aún sin saberlo, no dejé de hablar. La fragancia de Magnolia se intensificó pero yo no dejé de sufrir en el fondo porque...

    ¡Se arrepintió! ¡Tan pronto como se lo mostré se arrepintió! ¡Y ellos, que tan justos se creían, al ver lo que había sufrido, lloraron como idiotas!

    ...ése no era mi sufrimiento.

    ¡Por primera vez me temieron!

    Despierta.

    ¡Por una vez pude mirarles por encima de sus hombros!

    Cálmate.

    ¡Lloraron ante mí como yo hice cientos de veces arrodillados a sus pies!

    Recuerda...

    ¡No tuve piedad!

    Recuerda quién eres.



    Abrí los ojos confusa. ¿Qué diantre me había pasado?

    ¿Que qué te ha pasado? Sencillo: Ya no soy uno.



    —Tú... no eres... así... –forcé todo mi ser a salir del trance del aroma de Magnolia y musité esas cuatro palabras.

    Y Amelia, ya no pudiendo contenerse más, lloró en mi hombro mientras notaba como el aire viciado desaparecía. A cada segundo comprendí cada vez mejor qué era lo que había sentido siempre que estaba en los brazos de Amelia: No era yo quien sentía alegría, alborozo, amor... era ella. Amelia era quien sentía todo eso por mí. Cada vez que me hundía en un trance, mi ser me abandonaba e iba a ella. ¿Y por qué?

    Ver la piel roja que se extendía por la mayor parte de su cuerpo fue la única explicación que necesité: Yo le había contagiado mi Memento.



    En el fondo sabía que ella nunca habría querido hacerlo pero acabó haciéndolo...

    En ese mismo instante me encontraba en una de las estancias más grandes del bunker, la gran granja de aliens.

    Ante mí estaba un Rainax criado en cautividad en una jaula, el cual estaba comiendo los restos de su última ración: No quedarían más que un par de huesos y restos del cráneo pero gracias a Memento supe que ese esqueleto era el del director Nicolás.

    Amelia le había matado.

    El reguero de sangre que se extendía por la sala indicaba el grado de ensañamiento que le aplicó. Y, de veras, no hacía falta usar a Memento para oler el odio con el que le despedazó: El descontrol de su nuevo poder hizo que la mayor parte de la sala estuviera llena de marcas y hendiduras causadas por taladros, golpes contundentes y poderes psíquicos. Algunos de los habitantes de este sótano habían sufrido la suerte del director pero nada comparable con la ristra de salvajadas que Amelia le concedió.

    Girasol, tan sorprendido como yo, no pudo decir nada y, aunque lo hubiera dicho, estaría fuera de lugar, tan vacío de significado, que sería igual que el silencio.

    Estaba compartiendo con él todos mis sentidos y le dejaba “ver” lo que yo veía... Jamás había usado las posibilidades de Memento hasta este nivel: No sólo era capaz de verlo todo sin contacto físico con alguna pared sino que encima me podía poner en el lugar de Amelia. Y esa sensación de odio visceral me hacía arder como si yo dejara de ser yo. ¡Me dolía! ¡Era brutal e inhumano! ¡Ver tantas veces la muerte de ese maldito! Ni siquiera yo sería capaz de imitar la crueldad de mi amante...

    Una vez leí una frase en un cuento: “Ni mil muertes serían castigo suficiente para expiar tu culpa”. Pero esto no eran mil muertes... era peor, tan doloroso que mis pobres palabras eran incapaces de pensar en otra palabra que no fuera “infierno”: No conforme con atravesarle, cortarle y estimularle desde el primer al último receptor de dolor con suma saña, se introdujo en su mente y aceleró su ritmo cerebral... ¿cómo lo hizo? No lo sé, ni yo era capaz de tanto... realmente le hizo pasar por mil muertes pues una y otra y otra y otra y otra vez le hizo revivir esa brutal y dolorosa masacre... a cada segundo.

    Miré atentamente la cara de ese cadáver en vida mientras aún podía respirar a duras penas. No tenía su porte soberbio, carecía de vida; respiraba por instinto, no porque lo deseara; su piel lloraba sangre al igual que sus ojos cegados; sus dedos, retorcidos, mostraban los dedos en carne viva... lo que hubiera dentro de esa cabeza haría mucho tiempo que habría dejado de pensar hundido en el más salvaje sufrimiento.

    Y Amelia, recorrida de pies a cabeza por el estigma de Memento, se ensañaba... no quise calcular el tiempo que tardó en arrastrar al director hasta ese lugar por temor pero sobrepasaría, sin esfuerzo, las tres horas... tres horas desde que empezara y al final lo lanzara dentro de esa jaula... después de tanto tiempo de tortura, ¿quién no desearía estar muerto?

    Estaba tan conmocionada por ese grotesco espectáculo que tuvo que ser Girasol quien dirigiera mis piernas para sacarme de allí a toda prisa pero ni él ni yo pudimos evitar vomitar al salir de tan opresiva sala.

    Era culpa mía.

    Yo fui quien le concedió Memento, yo fui quien le enseñé a usarlo y quien le dejó investigar sobre él...

    Comencé a correr a toda prisa en busca de algo de aire. Atravesé pasillos y más pasillos hasta que logré encontrar la salida y una vez fuera, abrí mis alas y me lancé hacia el bosque para lograr algo de paz interior.

    Me sentía culpable.

    Yo más...

    Volé sin rumbo y me dejé caer entre los árboles nada más vi algo que pudiera distraerme de mi obsesivo pensamiento.

    Los restos mal conservados de una casa... No era el mejor lugar pero creía que ahí podría estar tranquila un rato. Me dirigí a lo que fuera el garaje de esa casa y me oculté en una esquina. A mi alrededor varias pecóridas seguían con sus asuntos, ignorándome por completo. Dejé que alguna de esas rápidas cebollas se acercara a mí y me tranquilizó un poco su contacto pero, mi obsesivo pensamiento me volvió a asaltar...

    Me preguntaba... ¿qué le ocurriría a Amelia una vez se descubriera el asesinato de Nicolás?

    —Pues que vendrán a matarme y, de paso, a ti también –me contestó una voz tras la pared sobre la que me apoyaba. Era Amelia... tal era su dominio de Memento que había logrado hasta leer mi hilo de pensamientos. –Me gusta saber que, incluso sabiendo lo que he hecho, te sigas preocupando por mí.

    —Bueno... –contesté sonriendo de verdad, sin ninguna falsedad en mi cara. –Aparte de que he sido yo quien te ha hecho eso, ese imbécil se lo merecía.

    —¿No crees que soy odiosa? –preguntó ella pesadamente.

    —¿Desde cuándo ese tipejo te llevaba golpeando día tras día? Tiene lo que se merece y con intereses –contesté sin sombra de duda. –Pero, eso sí, la próxima vez cuéntamelo y no me hagas ver ese espectáculo gore... mi estómago tiene sus límites.

    —Comprendido –rió ella. –¿Sabes? Tu cuerpo es una inagotable fuente de información... ¿Te parece bien si le hago una visita a Guídalo? Supongo que no me irá mal recordar viejos tiempos...

    —Mejor que no, aún –contesté al tiempo que me levantaba. –Tú dijiste de él que “no era ningún ángel”... si quieres matarlo por lo que te hizo cuando lo conociste, mejor después de la invasión.

    —Muy bien pues... habrá que pensar alguna otra cosilla para esta tarde –y no escuché ni una sola palabra más. Amelia se había ido.


    [1] NdJ_M: ¬_¬ U
     
  17. Threadmarks: Parásito - Capítulo 17
     
    JeshuaMorbus

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    [Alien 9] Parásito (Completa)
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    Ciencia Ficción
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    Capítulo 17: Adiós


    Pasaron los días... Aparentemente, todo era normal en nuestra vida diaria: Yo seguía yendo al colegio como si nada hubiera hecho, Amelia asumía su trabajo de encargada con total normalidad, Martín se encontraba más animado que nunca, Lua trabajaba por su lado, Ramalho por el suyo, Guídalo no tenía la menor idea de lo que Amelia preparaba para él, Felipe, espantado, encontraba alumnos de Amelia a puñados y Federico seguía muerto.

    Pero, una vez abierta la cortina de la ignorancia, uno veía toda clase de cosas menos “normales”: Amelia y yo nos encargamos de espantar a los siete nuevos responsables que enviaron las instituciones superiores con métodos... poco finos; Amelia seguía en el puesto aunque de manera no oficial; Martín ya sabía de lo que iba a ocurrir y estaba esperando a que su Girasol se sintiera preparado para hacer la simbiosis para así ayudar; Lua iba a espiar a las instituciones superiores gracias a su apariencia “normal”, Ramalho buscaba aliados en territorios no muy alejados de Santo Firme, Guídalo continuaba instruyendo a los recién llegados con bastante precipitación; Felipe, que pudo volver a ver a su hermano, aceptó mi mando y ahora me obedecía sin rechistar y Federico... diantre con él... había logrado domesticar a un trípodo como si tal cosa.

    —Si esto no es talento, dime tú lo que es –me comentó una vez supe de su nuevo compañero.

    —Das miedo... –comentó Girasol mientras acariciaba asombrada la cabeza de ese poderoso animal. –No has tardado ni dos semanas en tener a un trípodo a tu lado, ¿es que quieres ayudar de alguna manera en lo que va a ocurrir?

    —¿Crees que poner cientos de trampas en este bosque es bueno para los cadetes? –preguntó refiriéndose a los fracasos. –Ésta es una mejor solución para dormir todas las noches. En todo caso, me siento mejor estando algo acompañado –hizo una señal con sus dedos y el trípodo me ignoró de inmediato para ir con él que le recibió gustosamente. –Y me parece que a Ox también le gusta mi compañía... me pide bien poco a cambio. Cuando lleguen los aliens lo alejaré cuanto pueda del peligro: Es lo menos que puedo hacer por él.

    En fin... así vivía él en el mismo pueblecito en el que nos volvimos a encontrar. No parecía que pasara hambre, ni frío, ni aparentaba que hubiera pasado por ninguna enfermedad... eso sí, había adelgazado bastante, tenía ojeras y su piel había perdido mucho color pero seguía manteniéndose fuerte. Quizá a partir de ese momento pudiera dormir mejor con la compañía de Ox...

    Los preparativos para la batalla estaban desarrollándose a pasos agigantados. La aldea de los fracasos bullía de actividad: Conté cerca de trescientas personas de toda clase y condición las cuales estaban recibiendo una formación muy similar a la militar. Cierto era que la gran mayoría de ellos no eran más que bestias descontroladas pero se notaba que tenían confianza en sus instructores.

    Híbridos de toda clase, medio unidos, humanos con parásitos varios... en el gran claro que había al lado del pueblo estaba el mayor muestrario de bichos raros que hubiera visto en toda mi vida (yo incluida).

    Curioso fue encontrarme con un fracaso que tuviera el hongo Oboeteru. Según parecía esa clase de simbiosis era extraordinariamente rara. Pero, para rarezas, la mayor de todas: El mismo Guídalo.

    Hasta ese momento no me había fijado demasiado en él pero, tras observarlo un par de veces, me fijé en que siempre llevaba guantes y que ocultaba sus brazos, torso y piernas aún más que Amelia. La razón era la simbiosis que provocó que se convirtiera en un fallo: Un Nerumba. Si yo tenía una colonia de hongos bajo mi piel, él tenía una colonia de microorganismos, como bacterias, repartidas por la mayor parte de su cuerpo. Guídalo decía que no tenía un control absoluto de todas las posibilidades que le confería esa especie de manchurrón negro que se extendía por todo su cuerpo pero sus posibilidades básicas las dominaba a la perfección como, por ejemplo, que no tuviera casi necesidad de comer ni beber nada.

    —Un monstruo es su mejor definición –me comentó una vez Amelia desde un árbol que dominaba todo el claro. –Podría pasarse tres semanas perfectamente sano sin haber comido o bebido nada... y si necesitara comer le bastaría tocar a cualquier ser vivo para absorberle los recursos necesarios para sobrevivir. Parece humano pero tiene las manos de un vampiro. Yo te pareceré solitaria pero que él no pueda tocar a nadie sin dejarlo seco como una uva pasa... resulta bastante desmoralizador. Tal vez el que sea capaz de controlar tanto a un simbioide tan peligroso le sirva para educar a los demás. En ese aspecto es mejor profesor que yo...

    —Pero lo matarás igualmente –repliqué. –Casi parece que te caiga bien pero, a la más mínima, saltas con que quieres matarle...

    —Es porque también está unido a un Girasol... llámame retorcida pero en este momento no sería capaz de controlarme demasiado ante un Girasol que me mostrara sus opciones...

    —¿Y qué pasa con Martín y yo?

    —A ti no te haré nada de nada y lo sabes. Martín... bueno, sigue siendo mi alumno. Él, al igual que Lua, no ha sido el culpable de que me estuvieran golpeando desde tan joven. No tiene nada que ver con los de las instituciones superiores –dicho lo cual, se rió al recordar la que montó en las oficinas del ministerio que se encontraban en la capital cuando llevó a Martín de vuelta a su casa. –A partir de ahora los Girasoles tendrán una buena razón para golpearme pero, pobres ellos, esta vez me defenderé.

    Cada vez que hablaba así yo sonreía ¿Cómo dices? ¿Que era inmoral, piensas? Tal vez sí. Los locos y los malvados no estamos atados a lo que se nos dice que es lo bueno o lo malo. Tras ver lo que eran capaces de hacer algunos aliens con los humanos, me importaba bien poco lo que les pasara cuando se toparan con Amelia...

    —A partir de ahora será “sed buenos o vendrá Amelia” en lugar de “sed buenos o vendrá el hombre del saco” –me comentó Lua un día mientras descansaba de su doble vida, la de espía y la de una oficinista más en la oficina del ministerio de educación (¿había comentado alguna vez la velocidad a la que aprendía Naga?). –En los círculos alien de la oficina no se habla de otra cosa...

    —¿Ha matado a alguien más? –pregunté impasible.

    —No, se está conteniendo. Lleva una lista de veintitrés víctimas pero, a pesar de eso, nadie se atreve a ir contra ella. Como sólo atacó con taladros muchos piensan que se unió con un Drill en secreto por lo que, de momento, nadie sabe que se ha unido con Memento. Eso es bueno para ti: No te han fijado como objetivo y para ellos sólo eres un fallo algo más violento que la media, nada que merezca tu exterminio (luego estaba la opinión de Nicolás, que en paz descanse).

    —¿Aún no se han dado cuenta de quién eres? Nicolás te reconoció a la primera y sabía perfectamente que estabas unida con Naga. ¿No saben nada?

    —No saben que soy Lua pero saben de Naga. Como no les desobedezco, piensan que mi parte Blossom es mayor que mi parte Naga por lo que me dejan trabajar allí (que Amelia me quitara a candidatos al puesto de en medio me ayudó mucho). Pude acceder al puesto con un par de documentos falsos y una nueva identidad... no hay ningún mérito por mi parte.

    —Debe ser difícil investigar desde dentro...

    —¡Bah! ¡Tonterías! No podré pelear contra todos ellos pero, si escapo, no habrá nadie en este mundo capaz de alcanzarme... De todas maneras, ¿cambiamos nuestros trabajos? A ti se te daría mejor que a nadie: Sólo necesitas tocar cualquier cosa con tu pelo para saber de todo...

    —Me lo pensaré –respondí agradada. –¿Cuándo volverá Ramalho? –la verdad es que, cada vez que veía a ese maromo con cara de perro, cada vez me caía mejor. La mejor palabra para definirlo: Saleroso. El que más se reía de su condición de Licán era él mismo y a los demás fracasos los trataba con mucha familiaridad, franqueza y con tanta simpatía que siempre contagiaba sus sonrisas.

    —Para esta noche ya estará por aquí. En fin, ya sabes que es algo más lento que yo: Pesa bastante más.

    —Nunca te lo había preguntado antes pero, ¿para qué te lo trajiste de Brasil? ¿Sabía más de lo normal o algo así?

    —No, él no sabía nada, de hecho se había escapado de su colegio para huir de su cargo de Encargado, al igual que Federico, por culpa de que se había decidido unir con un Licán, los enemigos naturales de los illitias, los aliens que se usan por allá. Yo me lo encontré por pura casualidad mientras escapaba de su profesor. Si ese maldito me hubiera visto, ahora seguramente estaría muerta pero, por suerte, pude pillarle por sorpresa y acabar con él antes de que se percatara de mi presencia.

    —¿No te asustó su cara?

    —Asustarme no, sólo darme risa. Según él, yo era la primera persona que no se espantaba de él desde que decidiera unirse con un Licán... En fin, nos llevamos bien desde el principio y así seguimos durante los dos meses que me pasé por allá, tan bien, que él hasta aceptó que le pasara un embrión de Naga a su cuerpo. Así pues, tenemos a un hombre—perro—volador... Su nuevo trabajo como rescatador de fracasos lo está llevando muy bien y, en el poco tiempo que lleva aquí, ya ha hecho dos rescates tan bien hechos que los profesores responsables de esos chicos siguen pensando que a sus alumnos se les ha tragado la tierra.

    En fin, vistas así las cosas parecía que todo estaba muy relajado y que la amistad y el compañerismo flotaba en el aire, ¿verdad? Falso... Entre la mayoría de los fracasos se respiraba tensión. Todos ellos estaban ahí por propia voluntad pero aún así seguían sintiendo un miedo desmoralizador... Sabían por qué lo hacían pero, aún así, no eran capaces de soportar la situación. Muchos dormían mal, otros se indisciplinaban y pasaban algún tiempo dentro del bosque... parecía que querían que las naves cayeran de una vez para terminar con esa situación de miedo constante.

    Incluso yo tenía problemas para conciliar el sueño. Por suerte para mí, Amelia estaba ahí para ayudarme... lastima que Martín no pudiera dormir tan profundamente como yo...

    —Cuando te dije lo que iba a venir no pretendía pedirte que te unieras a nosotros –le comenté cuando me comunicó sus intenciones.

    —Soy Encargado, se supone que para lo que me apunté fue para proteger al colegio, ¿no?

    —¿Tú estás sordo o qué? Nosotros no protegemos a nadie, eso es sólo la excusa para ponernos a los Girasoles encima de la cabeza. Mejor que te marches antes de que esto te alcance a ti también.

    Martín dudó un poco antes de responder.

    —¿Y cuando huya, qué pasara? ¿Vosotros lucharéis y todos estaremos a salvo? Tal vez lo estoy enfocando de una manera muy apocalíptica pero, bien pensado, el grupo que llegue debe ser terriblemente enorme... Vosotros os quedaréis aquí a proteger en primera línea pero... ¿no creéis que vuestro grupo es demasiado pequeño para lo que va a llegar?

    —A lo mejor... pero un solo aliado más no cambiará mucho las cosas.

    —Vosotros sois unos trescientos, cuatrocientos con mucha suerte pero lo que los aliens van a hacer es conquistar esta zona... pensemos tranquilamente: ¿Crees que ellos llegarán con doscientos o trescientos soldados? Mi idea es que no sólo superarán esa cifra sino que encima podrían llegar a ser más de diez mil efectivos. Y ante esa marabunta, un simple muro formado por unos cuantos aprendices... Entiendo que quieras echarme del grupo pero no digo que quiera luchar en el frente sino que tan sólo quiero ayudar.

    El planteamiento de Martín me mantuvo preocupada durante días... seguí sin aceptar que peleara donde yo, pero le permití que ayudara a los fracasos en las tareas de evacuación.

    Pensé en lo que me dijo detenidamente... muy detenidamente...




    —¿A qué venían esos gritos? –me preguntó Amelia mientras salía de su casa.

    —Mira tú misma –reí mientras veía salir pitando al octavo asesino que nos habían enviado. –Cada vez nos los envían peores... Los Blossom podrán ser todo lo fuertes que quieran pero siguen siendo poco discretos... –mi risa se notaba forzada y eso lo notó Amelia enseguida.

    —A ver, ¿qué te preocupa ahora?

    —¿No es un poco irreal tratar de rechazar la invasión con tan poca gente? –solté como siempre hacía. –Cierto que tenemos potencia pero puede que lleguen miles de enemigos y eso es difícil de abarcar para cualquiera...

    —Bueno... ese razonamiento tiene su punto... A mí no me importa perder la vida si es peleando contra Girasoles pero, aunque sea contra Drills no pienso huir... Por muy psicótica que esté ahora, sigo sintiendo cierto respeto por la especie en la que nací, la humana. Muchos de los fracasos piensan de manera parecida e incluso tú quieres estar aquí dando la cara para proteger a tus padres. Y que seamos pocos no quiere decir que estemos impotentes ante lo que llegue. Los simbioides sin anfitrión son terriblemente más débiles que los unidos. Los Blossom mismos pierden mucha fuerza al no tener lugar donde apoyarse y los Drills pierden mucho equilibrio a la hora de atacar. Nosotros, que ya hemos hecho la simbiosis, somos mucho más fuertes que ellos (cosa que, me parece, ya demostraste aquella vez que capturaste casi cien dobis de una vez) . La única diferencia que habrá entre ellos y nosotros será el número.

    —Pero hay otra cosa que me preocupa: Si Los Blossom que están en la tierra van a por los fracasos y éstos lo saben, ¿para qué se reúnen tantos en un mismo lugar? Estarán en un buen lugar para esconderse pero están localizados...

    —Los Blossom no harán nada de momento, estoy segura. Como la invasión aún no se sabe si va a ser de Drills o de Blossoms, si cae de Drills, los fracasos serán un buen sistema para reducir la cantidad de bajas Blossom cuando traten de contrarrestarla y, si caen Blossom, sólo pasaran los más fuertes por lo que será un buen sistema de criba para seleccionar a los mejores. Tal vez Guídalo lo sepa o tal vez haya caído en su trampa de la peor manera pero hay que reconocerle buena voluntad. En fin... tanto da...

    Amelia salió de la casa y se fue a dar una vueltecita para comprobar si el asesino (o asesinos) había dejado alguna trampa oculta en los alrededores.

    Conmigo se comportaba como siempre: Jovial, amable y familiarmente. Pero cara al resto de la gente había pasado de su recatamiento y marcialidad a una faceta algo más agresiva: Saludaba sin miedo a todo chaval con el que se cruzara, casi como si fuese una persona nueva, como tratando de ganarse su favor, mientras que a los adultos... bueno, no iba a matarlos ni tenía esa intención pero cuando algún profesor encontraba su mirada con la de ella se le helaba la sangre de la cara que ponía.

    El Memento que tenía ella repartido por todo el cuerpo aún no había alcanzado su fase final de desarrollo por lo que podía disimularlo perfectamente bajo su ropa lo que no quitaba que, de vez en cuando, tuviera que cubrirse los estigmas de su cara. Magnolia seguía sana, de hecho, era en esa parte del cuerpo de Amelia en el único donde no se había extendido la infección. Si quitábamos alguna de las raíces, nada de Magnolia tenía Memento.

    Y era precisamente esa pequeña infección en las raíces la que había causado ese cambio de personalidad: No tengo ni idea de cómo diantre aprendió a controlarlo pero Amelia dirigió Memento por su cuerpo hasta poder destruir las sinapsis cerebrales que compartía con Magnolia, las que le impedían pensar en rebelarse contra los Girasoles. Gracias o por culpa de eso, ahora podía pensar en todo lo que quisiera, aunque eso supusiera despertar a la bestia dormida que tenía en su interior.

    “Pero en el fondo sigue siendo una buenaza” me comentaba Girasol de vez en cuando. “Es lo suficientemente consciente de que los niños de este colegio, por muy mal que traten a los Encargados, no tienen nada que ver con los Blossom”.

    —Lástima que esto no dure demasiado... Ya llevan ocho asesinos enviados. Si esto continúa así, las instituciones superiores pueden acabar haciendo pública la condición alien de Amelia y eso supondrá que ella huya y que el colegio quede en manos de algún otro desaprensivo.

    —“...sí... entiendo. De todas maneras, ¿crees tú que Amelia se quedaría de brazos cruzados? No creo que se aleje mucho de esta zona...”

    —Espera un momento... –interrumpí al darme cuenta de algo. Lo pensé detenidamente y al final dije: –No hará falta que ella vigile nada...

    “¿Entonces lo harás tú?”

    —Tampoco yo, ni nadie... cuando llegue la invasión perderemos esta zona para siempre. Lo siento por todos los que viven aquí pero el bosque volverá a extenderse.

    “Ya veo...” dijo Girasol girando mi cuello hacia el monte. “Me parece a mí que los colegios de la ciudad van a tener mucho trabajo a partir de ahora...”.

    —Pobres los amiguetes de Martín...

    Mientras me reía medio agradada, medio amargamente, caminé hacia un banco y me senté a ver el cielo nublado, como esperando que las naves empezaran a caer de un momento a otro...




    —Pero hija, ¿qué te has hecho en el pelo? –preguntó mi madre extrañada de mi nuevo color.

    —¿No te lo contó Amelia? –pregunté extrañada.

    —Cuando nos habló de lo que tenías, pensaba que estaría por tu piel, o por tu cara o algo así... –declaró dudosa. –¡Bueno, lo que sea! –exclamó alegremente. –Bienvenida de vuelta a casa.

    Entré mi maleta y pasé yo. En fin... un par de días con mis padres para alejarlos lo más posible de lo que iba a ocurrir, ése era mi plan. No es que tuviera mucha comunicación con ellos pero seguía sintiendo afecto.

    —Entonces, ¿ya estás curada? –preguntó mi padre.

    —No, para nada –contesté. Mi padre se compungió pero yo contesté antes de que dijera nada más: –Lo que tengo ya es incurable, pero al menos no me matará. Además, tiene sus ventajas.

    —En todo caso, tu pelo...

    —...parece lavado en sangre... ya lo sé. Me lo repiten mis compañeros todos los días...

    —¿Qué tal era Amelia? –me preguntó mi madre por enésima vez, aunque esta vez percibí cierto viso de preocupación.

    —A ver... ¿qué os han dicho los vecinos sobre ella? –pregunté algo molesta. –¿Que es un monstruo o algo así? ¿Que tiene más cicatrices que Freddy Krueger? ¿Esto y aquello? Sigue siendo una muy buena persona por muchas bichos que tenga pegados.

    —Bueno, sí... nos dijeron que tenía algo muy raro en la espalda...

    —¿Por qué creéis que sabe tanto sobre aliens? Ella también tiene uno. Tampoco es tan raro hoy día –dije al tiempo que me señalaba la cabeza. –El único de mis compañeros que acabó sin alien fue Federico.

    Mis padres no dijeron nada y en el ambiente flotó un incómodo silencio.

    —¿Ya sabéis lo que le pasó a Federico? –pregunté al mirar sus caras.

    —Hace ya varios días vinieron sus padres por aquí llamándonos de todo menos guapos... –respondió mi padre en voz baja. –Te acusaban de haberlo matado... pero tan pronto como nos estaban gritando empezaron a acusarse mutuamente y... en fin, ¿qué le pasó?

    —Sería una larga historia que no me gustaría contaros, la verdad –repliqué sin ganas de hablarles de él. –Básicamente, murió en el bosque y yo no pude hacer nada para salvarlo. Quizá deba ir a hacerles otra visita para explicárselo mejor...

    —Ya no puedes –dijo mi madre. –Se han marchado a toda prisa hace ya dos días. No sé qué mosca les picó pero, sin comerlo ni beberlo, cogieron todas sus cosas y se largaron, cuanto más al sur pudieran según me dijo el carnicero. Parecían muy asustados...

    —Pero su otro hijo se ha quedado –continuó mi padre. –Al fin de al cabo, sigue estudiando en la Universidad...

    —Ah, entonces bien –musité.

    —¿Entonces bien qué?

    —¿Me admitís una sugerencia?: Nosotros también deberíamos marcharnos...

    —¿A qué viene eso?

    —La verdad es que no me apetece hablar de eso ahora mismo, es algo bastante agobiante, de veras... quizá mañana –tenía la certeza absoluta de que si se lo contaba directamente no me iban a creer en absoluto. Éste era un asunto que debía manejar con el máximo cuidado y precaución... por suerte para mí, tenía las capacidades necesarias para ello. –¿Os importa que guarde todo este mogollón en su sitio? –dije señalando mi maleta. –Mi habitación ya debe oler a viejo después del tiempo que llevo fuera.

    No me equivoqué: De todas las habitaciones de la casa, ésta era la única que no tenía calefacción (mira tú si no era casualidad...) por lo que era la habitación en la que más humedad se acumulaba.

    “Una pequeña delicia para Memento” comentó Girasol mientras seleccionaba la ropa que iba a ir a la lavadora. “Lástima que no vaya a durar...”.

    “No nos sirve de nada lamentarnos” le musité. “Lo que pase, pasará pues hay cosas que no se pueden evitar por muy injustas que sean. Lo único que podemos hacer es tratar de mantenernos con vida. Nos puede llevar mucho tiempo o nos puede costar mucho dinero pero da igual: Mientras sobrevivamos, mientras continuemos bien, siempre habrá alguna oportunidad...”.

    “Keep yourself alive, keep yourself alive, it’ll take all your time and money, Honey, you will survive” cantó sarcásticamente Girasol. “Tú vas para poeta...”.

    “Voy para bestia del bosque” respondí seriamente. “Mis planes no han cambiado: Voy a “morir” en la batalla y a partir de entonces viviré en el bosque. Y aunque decidiera salir de allí, con Memento podría labrarme un futuro sin demasiados problemas. Me llevará su tiempo, me costará mucho...”

    “...etcétera, etcétera... en fin, ahora sólo preocúpate de hacer que se marchen. Y recemos por su salvación...”.




    No había pasado ni una semana desde que marché junto con mis padres, convenientemente bien sugestionados, a la casa de uno de mis tíos en la capital cuando un lunes por la tarde, por fin, recibí la ansiada llamada...

    —¡Cuando se caiga el cielo sobre nuestras cabezas, me aseguraré de llevar casco! –escuché en el auricular para luego oír como colgaban.

    Era la consigna que marcaba el inicio de la invasión, la señal que movilizaría a todos los fracasos y a todos los unidos independientes en dirección a mi anterior pueblo. Sencillamente suspiré al ver que mis padres no estaban en casa y les dejé una nota para avisarles de mi marcha. Tras esto, sencillamente abrí la ventana, desplegué mis alas y me lancé al vacío para volar hacia el Santo Firme.

    Tras elevarme un poco pude verlos: Entre la bruma invernal que flotaba a lo lejos, cientos... ¿qué digo? ¡Miles! de naves espaciales estaban cayendo sin cesar sobre la zona. Mucha gente, avisada por las noticias de sus radios y sus televisores estaba saliendo a la calle espantada, preparándose para evacuar cuanto antes fuera posible.

    “Casco... en fin, al menos no tendré que luchar contra los míos...” comentó Girasol tan asqueado como yo.

    Como la contraseña indicaba la palabra “casco” eso quería decir que los invasores eran Drills, no Blossoms (“sombrero”) ni illitias (“gorro”). ¿Para qué usar claves? Los fracasos sabían que desde que vivía con Amelia, me habían pinchado el teléfono y ahora que se estaba preparando lo de la invasión lo último que querríamos hacerles saber era qué era lo que realmente había caído. Así pues, si hubieran sido Blossoms no habrían hecho nada, esto es, no nos habrían atacado por la espalda y si eran Drills, como los que estaban cayendo, prepararían las defensas para los evacuados más rápido que los fracasos.

    Volé por encima de cuantos edificios encontramos, seguí hasta la gran estación de trenes y, a partir de allí, seguí las vías de vuelta a mi pueblo para no volver jamás...

    A medida que avanzaba, más y más naves caían... el aspecto que estaba tomando el asunto era cada vez más dantesco. Ni siquiera Amelia había vivido algo tan grande como eso... Aceleré mis aleteos mientras debajo de mí, varias decenas de chavales como yo corrían en dirección al nuevo bosque. Si ahora no se hacía pública la existencia de esta clase de humanos es que los Blossoms eran muy buenos ocultando cosas...

    Tras unos veinte minutos de vuelo rápido, me encontré con una primera ola de evacuados que huían despavoridos de los miles de Drills que los perseguían...

    “Borgs, Gradius, Bullgers, Wingers, Horologios...” recitó Girasol según iba viendo las diferentes clases de alien Drill que se podían ver desde el aire. “No falta ninguno... ¿No bajamos aquí?”

    —De esos se encargarán los que vienen de la ciudad –respondí sin dejar de mirar al frente. –Nos toca hacer de barrera...

    Mi función en la batalla iba a ser de contenedora del avance de las criaturas de la invasión, justo entre los encargados de la evacuación y los luchadores en el frente. Lua se encargaba junto a Martín y los demás Girasoles independientes de la evacuación dadas sus habilidades en combate; Amelia, Ramalho y yo seríamos la primera barrera entre nosotros y los habitantes del que era mi pueblo y justo más allá de donde estaría yo, Guídalo estaría dando la cara en primera línea de combate y más allá.

    A lo largo de todas estas semanas el grupo de los fracasos había crecido de manera grotesca: Al principio, los habitantes de ese pueblecillo no pasarían de los sesenta permanentes pero ahora eran más de ochocientos, venidos de hasta la última esquina del globo: Portugueses, españoles, franceses, italianos, suizos, alemanes, rusos, griegos, marroquíes, israelíes, unos pocos siberianos, chinos, japoneses, coreanos, australianos, estadounidenses, canadienses, brasileños, argentinos, ingleses... mejor no me monto un lío con la cantidad de gente que se había acumulado... Casi ninguno de ellos tenía una simbiosis totalmente estable pero todos peleaban por lo mismo.

    Cuando llegué a la barrera, la zona de la estación del tren y las salidas cercanas, me encontré con un espectáculo que en nada se parecía a las visiones que había estado pasando a mis padres días atrás: Yo pensaba en muchos, sí, pero eso era mucho más de lo que mi retorcida imaginación pudiera abarcar... suelo, paredes, campos, techos, antenas... hasta la última superficie de lo que abarcaban mis ojos estaba cubierto de esos seres llenos de taladros. Sus naves habían acabado por medio derruir gran cantidad de edificios que tenía a mi vista y habían destruido los muros que separaban el bosque de la zona habitada. Por culpa de esto, ahora muchos de los invasores estaban unidos con aliens del bosque por lo que la tarea de los defensores se había vuelto mucho más complicada de lo que debería.

    Mientras bajaba y gracias a mi vista privilegiada, vi a lo lejos pelear a los fracasos del frente: Serían unos sesenta, los que poseían las simbiosis más poderosas y estables (convencí a Amelia para que no estuviera allí para que no matara a Guídalo en ese momento...) pelear en una batalla de uno contra un millón con las armas de sus aliens y con sus propias armas ya fueran cuchillos, palas y alguna arma de fuego. Guídalo dirigía a todos sus compañeros mientras con su Nerumba acababa con Drills de veinte en veinte con sólo dejar unos cuantos restos de su mortífera simbiosis en el suelo... era casi como si fuera siete criaturas en lugar de un solo ser humano...

    “En fin...” suspiramos Girasol y yo al ver el camino que íbamos a tener que abrirnos entre los casi treinta Wingers que nos habían avistado. “Al trabajo...”




    Supongo que querrás saber lo siguiente que pasó... no hay mucho que contar, la verdad: Los Drills atacaron con todas sus fuerzas, se toparon con nosotros, acabamos con cuantos pudimos sin dejar apenas ninguno en pie, luchamos hasta perder el aliento... pero cuando acabamos, los Blossoms nos atacaron por la espalda. Mientras Guídalo, apenas cansado (nunca se cansaba... curioso) y Amelia, con ganas atrasadas de partir cabezas de Blossom, se quedaban atrás a contenerlos (ellos dos solos tendrían la fuerza de siete ejércitos...), los supervivientes a la batalla, unos trescientos, nos retiramos a los diversos refugios desperdigados por medio bosque.

    Eso es todo.

    ¿Escaso? Bueno, también es que no me apetece estar contando lo que estuve haciendo durante los casi TRECE DÍAS que estuvimos peleando sin descanso, ya fuera contra Drills, ya fuera contra Blossoms... De los trescientos supervivientes, casi todos continuaron con vida tras ese tiempo, tras lo cual, nos desperdigamos de nuevo por el mundo... Ahora que la amenaza había sido neutralizada, sólo nos quedaba irnos a nuestras correspondientes casas...

    Felipe, el hermano de Federico, fue arrestado por su colaboración con “grupo terrorista” al igual que los demás alumnos de Amelia que acudieron a la batalla. Por suerte para ellos, como no pelearon contra los miembros de su propia especie (sólo los contuvieron y ayudaron a evacuar), ninguno salió perjudicado y hoy día siguen libres.

    Lua y Ramalho se quedaron con el grupo de Guídalo y, después de la batalla, continuaron rescatando fracasos y espiando a los aliens por el mundo, cada día más compenetrados... es que parecían hechos el uno para el otro...

    Guídalo, después de la larga batalla contra los perseguidores, tuvo que vérselas con Amelia totalmente ida de olla. Logró huir y ahora vive bien escondido para que no le encuentre... el día que muestre la cara, pobre de él...

    Martín fingió que todo el tiempo había estado siguiendo órdenes de Amelia como si no supiera nada de todo lo que había causado en las instituciones superiores por lo que acabó siendo un “tonto” que no sabía lo que estaba haciendo realmente así que los Blossom no pudieron acusarle de ningún crimen real. Durante la batalla hizo simbiosis con su Girasol tras lo cual ayudó a evacuar. Como su simbiosis fue perfecta, tras acabar sus estudios superiores, estudió para ser profesor de Contramedidas con el objetivo de ser un adalid de las uniones voluntarias tal como lo fuera Amelia como bien tú sabes.

    Federico... tan pancho y jovial como siempre, no le pasó nada de nada. Huyó de la zona del bosque por la que la ola de Drills atacó y se llevó a su querido Ox con él para protegerlo. Ahora mismo sigue en medio del bosque, conviviendo pacíficamente con los trípodos y viviendo peligrosamente en el bosque.

    Amelia, tras la batalla, sencillamente volvió al bosque.

    Y yo... en fin, aquí estoy, contándote esta historia. Estoy... algo cansada, qué quieres que te diga. Vivir en el bosque no es sencillo pero para mí es gratificante aunque algo estresante. A veces me pregunto como les fue a mis padres tras la invasión pero, tras una corta reflexión, siempre alejo estos pensamientos de mi mente...

    Aquí no tengo que preocuparme por nada más que por alimentarme bien todos los días, encontrar lugares seguros donde pasar la noche, cuidarme del frío y del calor, del cambio de las estaciones y de los demás peligros del bosque... sí, como ves, ahora soy una criatura del bosque.

    Vivo sola. Totalmente sola. ¿Cómo? ¿Que qué pasó con Amelia? No ha ocurrido nada con ella, sigo amándola igual que el primer día. Sencillamente vivimos cada una por nuestro lado, separadas para evitar caer en la rutina... a veces nos pasamos largas temporadas lejos la una de la otra (una vez llegamos a pasarnos siete meses sin vernos el pelo) pero siempre que nos reencontrábamos, nos abrazábamos como si aún siguiéramos siendo esa profesora y su alumna en el colegio...

    Amelia, Federico y yo no nos evitamos, no nos odiamos, es más, nos adoramos los unos a los otros pues sabemos que todos nosotros somos “semejantes”. Somos amantes habituales y no sentimos envidia por las relaciones de los otros dos... no vamos a hacernos daño por una nadería como ésa. Convivimos y nos amamos. No más.

    Y... en fin, decía que iba a acabar... si quieres más, pregúntame tú misma, anda...




    Me llevé la mano a la cabeza, terriblemente mareada tras la larguísima visión que me había hecho ver Sandra. Por un segundo se me había olvidado que estaba en medio del bosque...

    —¿Te parece suficiente? –me preguntó esa fuerte mujer medio pelirroja con cara de satisfacción.

    —Podemos repetir si quieres –comentó su Girasol con sorna. –Nos encontramos con tan pocos visitantes por aquí que poco nos importa alargar nuestras conversaciones hasta el infinito.

    —Tan pronto como coma algo... –contesté algo desorientada, como si aún pensara que yo era “Sandra”... –A todo esto... ¿cómo dije que me llamaba?

    —Te he tenido que pegar un buen viaje para que acabes por no recordar tu propio nombre... –comentó Sandra con sorna. –Te llamas Diana, ¿recuerdas?

    —...sí, Diana... –musité cansada mientras veía el sol ponerse más allá del gran puente que separaba el bosque del pueblo refugio. Cogí el bocadillo que me había traído y le ofrecí algo a Sandra la cual no hizo ascos. –Es difícil vivir aquí pero ahora que me has mostrado todo esto... me gustaría vivir aquí...

    —Por mí no hay problema –me respondió ella mientras daba buena cuenta de lo que le di –pero recuerda que no voy a poder estar por ti todo el día. Si te encuentro en problemas, te salvaré, al igual que lo harían Federico o Amelia pero si no estamos delante cuando te ocurra algo, lo sentimos por ti, pero lo más probable es que acabes muerta, olvidada en medio de este gran bosque.

    —...es que eso es lo que menos me importa ahora... Prefiero que me den por muerta...

    —No, si ya... que te quieran matar es una buena razón para querer huir. Has tenido muchísima suerte con que tu profesor haya sido Martín... de haber sido cualquier otro, ahora estarías en el otro barrio

    —Sí, es cierto –contesté sonriente. –Ahora que he visto tu vida, sé de dónde sacó su forma de ser. Lástima que ahora sea mi cazador...

    —Bueno, bueno, tampoco le machaques así: Es un Blossom más. Por más que quiera no va a poder desobedecer las órdenes de sus superiores (aunque siempre puede avisar de lo que va a hacer) –añadió con un simpático tono quedo. –En fin, –suspiró, –siempre podrás ponerte en contacto con el grupo de Guídalo (alguna manera habrá de hacerlo, ¿no?) si tantas ganas tienes de ocultar tu simbiosis. Ante sus ojos tú serías tan humana como cualquiera. Pero si aún insistes en quedarte en este bosque, ¡bienvenida seas a nuestra extrañísima pandilla! –exclamó al tiempo que pasaba su brazo detrás de mi cuello, con cariño y suavidad.

    Sentí aprecio por su parte, una amabilidad que no había sentido en nadie que viviera más allá de ese bosque y no tardé en caer rendida ante su ambiguo encanto... ella no hizo caso a ninguna de las marcas que tenía desperdigadas a lo largo de mi ahora fría y gris piel y sencillamente me abrazó... en un principio a mí, que me eduqué en un mundo donde esta clase de contacto físico era algo casi tan tabú como un asesinato, me chocó un poco su dulce ofrecimiento pero, tras haberme pasado casi diez horas viendo la vida tal como la había vivido ella, me había convertido en una de los suyos...

    En el bosque viviría...

    El bosque sería le responsable de mi muerte...

    Sería el nacimiento de mis penas, de mis dolores, de mis sufrimientos...

    Sería el lugar de origen de mis amores, de mi nueva vida...

    De allí no sacaría cosas tan estúpidas como el miedo a mis semejantes, no temería que me miraran mal y, sobre todo, no sentiría esa extraña y estúpida necesidad de odiar a alguien, de obedecer a nadie, de luchar por nada...

    Odiaba el mundo en el que había nacido tanto como Sandra. A partir de ahora lo abandonaría todo para cambiar las reglas de mi vida: Nada de seguridad por toda la libertad del mundo. Mi vida ya no importaba, no era algo sujeto a ser un número, era algo nimio y sin importancia. Viviría y moriría olvidada, sería apreciada por los pocos que sabían lo que era vivir y no estar sometidos a nada...

    “Cuando se hace algo así, lo primero que se ha de hacer es decirle algo a lo que dejamos atrás” me comentó mi simbioide, una Nemona, que disfrutaba tanto como yo de nuestra nueva situación.

    “Sí, claro...” musité en brazos de Sandra, mientras trataba de sentir hasta la última de sus caricias. “Adiós, mundo cruel...”



    FIN
     
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  1. Kohome
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