Su resolución me arrancó una risa genuina y meneé la cabeza, algo incrédulo. ¿En serio me estaba haciendo amigo de esta chica? No iría a negar que la idea me resultaba atractiva y casi, casi volvería el trabajo merecedor de mi tiempo y entusiasmo. —Una de mis especialidades, ¿cómo lo supiste? —bromeé, sin creer en mis palabras ni un ápice. En ciertos campos llegaba a exhibir un grado de confianza que bien podía interpretarse como vanidad, y en otros sencillamente no me interesaba darme crédito. Sólo me importaba absorber la atención de quienes captaran la mía primero. Conversamos un rato más y recibí su beso con cierto agrado, pues se me antojó un gesto delicado y más bien dulce. La disposición exacta se la dejaría pasar. Al encontrar sus ojos de vuelta le sonreí y asentí, sintiendo la inminente presencia tras mi espalda. Aiden se quejó, compartí un vistazo con Kazuha y medio giré el torso para enfrentarlo. —No, no, sólo vine a pagar y me encontré a Kazuha-chan de casualidad, así que conversamos un poco. —Suspendí un breve silencio durante el cual permanecí en sus ojos—. ¿Te quedarás aquí, entonces?
Me rasqué las raíces del cabello mientras veía a Kohaku alejarse, la más absoluta confusión apoderándose de mi semblante ante el desarrollo de los eventos. ¿Tanto le había ofendido que hubiera elegido este bar para tomar algo? Genuinamente pensé que se le había pasado después de la charla tan amena que había mantenido con Kazuha... Ah, well. Suspiré, girándome sobre mis talones para dar media vuelta y dirigirme hacia el pasillo que separaba aquella zona de la entrada. Caminé con calma, pues una parte de mí estaba por completo convencida de que Kohaku ya se había escabullido y, por lo tanto, no merecía la pena darse prisa. Cuál fue mi sorpresa al ver que seguía en la barra, hablando tan pancho con la muchacha que nos había estado acompañando. Recogí mi bebida de la mesa que habíamos estado ocupando y me acerqué a ellos, alzando una ceja con curiosidad al presenciar el beso que ella le dejó. No le creía absolutamente nada y el ceño fruncido con el que lo miré debía ser clara muestra de ello, incluso si me aguanté las ganas de decir algo al respecto. Pestañeé sin prisa al mantenerle la mirada y, pasado unos segundos, por fin dejé salir el suspiro dramático que me había estado guardando hasta entonces. —Pues... sí. Ahogaré mis penas en alcohol, ya que has decidido abandonarme —seguí quejándome, sin aparente intención de parar pronto.