Tragedia A sangre fría.

Tema en 'Relatos' iniciado por Poisonbird, 7 Septiembre 2018.

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    Poisonbird

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    A sangre fría.
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    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Tragedia
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    Hola, Poisonbird trayendo más trabajos viejos~ bueno, quizá este no sea tan viejo. Creo que hace cosa de un año que lo he escrito. Y no hice mucho más después de este, así que...

    Esto viene a raíz de un roleplay que hice con cuatro personas (que al final acabamos siendo tres lol). Era una dictadura steampunk gobernada por un dictador viejo y carcamal y sus siete hijos que son... yep, los siete pecados capitales hechos persona. Queríamos hacer que la dictadura se viniera abajo por una revolución, pero nos habíamos ido quedando sin gente y decidimos que la cosa se viniera abajo por un asesino a sueldo y... bueno, creo que eso ya es spoiler [?]. Y quizá algún ejército del mal random que no volvieron a aparecer en lo largo de la historia. Y si, creo que algunos también tenían poderes ahí.

    En fin, total, que la cosa acabó siendo una tragedia de tres pares de narices. Y fue tal que quise hacer un original de esto, pero dijimos "nah, la cosa esta tiene demasiados agujeros argumentales", así que el único vestigio que hay de ese RP es este one-shot.

    Y bueno, eso. Espero que lo disfruten. Cheers!

    A sangre fría.

    El viento levantaba una nube de ceniza que intentaba maquillar las ruinas con un fingido vacío. Las estrellas brillaban en su ausencia bajo un denso manto tormentoso. Solo las luces fatuas de Ambrosía acompañaban la melancolía de aquel espectro que vagaba por ese paraíso perdido. Esa tierra fértil y verde que un día fue se convirtió en un desierto de ilusiones derrumbadas por el ansia de violencia.

    Aunque ella tampoco era libre de pecado; ni mucho menos. Dio la espalda a los suyos encargando a otra que los tirara al precipicio, uno por uno. Acordó alianza con los artífices de estas ruinas con tal de poder acorralarlos cuando el final llegue; todo y que el odio hacia ellos era innegable. De momento solo quería acabar con lo que había empezado. Y esta vez, lo haría sin intermediarios.

    Pena le daba ser ella quien se ensucie las manos esta vez. Pero si quería pasar un último rato en familia, tenía que acabar con su sufrimiento personalmente.

    Y al final del camino, un suspiro. Había llegado a su rincón de juegos; su pequeño refugio; el lugar donde su madre le ilustró la infinidad de virtudes que tenía cada planta. Ese jardín era un lugar donde podía contemplar hasta dónde la vida podía embellecer esos páramos…

    ¿Ahora? No había nada. Los troncos estaban carbonizados por completo y sin ninguna hoja; los arbustos se convertían en polvo con tan solo un delicado toque. El fuego había devorado gran parte del vergel. Tan solo unas dalias y unas pocas fárfaras plantadas al lado sobrevivieron al incendio; justo como si la propia naturaleza intentara advertir de lo que se avecinaba.

    Al lado de las flores de la traición, podía ver cómo un hombre en kimono de una espesa melena lila deshacía una hoja seca entre los dedos. Se le veía nervioso. Claro, cómo no. Era natural estar nervioso en tiempos como estos. Incluso le daba lástima verle así. Esa tez que poca arruga tenía para un varón de cuarenta años aparentaba haber perdido su temple con todos esos percances. Parecía cansado.

    —¿Papá?

    Pero solo bastó una sola palabra para encender al fin ese sombrío rostro. Incrédulo, giró su cabeza para ver a la parca levantar su capucha. Una pequeña persona hecha a su imagen y semejanza. El largo cabello desordenado y esos ojos marrones, reminiscentes a su esposa, eran inconfundibles. Aunque llevaba una caperuza sucia, era obvio que no se trataba de ningún farol ni una impostora.

    —¡Di-Dinara, estás bien!—de enseguida corrió a abrazar a su hija con lágrimas contenidas. Tan abrupto fue que la joven no tuvo tiempo de reaccionar. Podía aprovechar esa confianza para…

    No. Aún no. Solo quería algo de calidez en ese momento.

    —Sí… estoy vivita y coleando, ya me ves.—dijo mientras disfrutaba esta reconciliación. Luego pudo ver de cerca su cara de felicidad mientras le apartaba un poco agarrándola de los hombros.
    —Oh, pero mírate, estás hecha un desastre. ¿Cómo puedes dejarte esos pelos? Madre mía, estás hecha un esperpento.
    —Eh, tampoco es para tanto. Solo estoy algo despeinada.
    —¿Y esa ropa, de dónde diablos la has sacado? Bueno, no importa. ¿Te han hecho algo? ¿Tienes alguna herida?
    —¿Daniel no te dijo nada? Bueno… no me hicieron nada importante. Estoy bien.—intentó tranquilizar, sin sonar muy convencida; todo y que no decía ninguna mentira… al menos esta vez.
    —¿Segura? Te veo un poco apagada.
    —No te preocupes, en serio. Se pasará.—insistió. En el fondo, sabía que esa herida no se iba a cerrar jamás.
    —Bueno… el caso es que estés aquí, bien, sin heridas y a salvo.
    —Sí…

    Es lo que le gustaría. Que todo fuera tal y como él creía… no pudo decir gran cosa después. Se hizo un corto silencio que pronto incomodó a Dinara. Ni tres minutos pasaron hasta que ella volvió a empezar la conversación.

    —Entonces… los daños también llegaron aquí, ¿verdad?
    —Sí. No tuvieron miramientos a la hora de bombardear la zona. Malditos necios, la que les espera cuando los encuentre.
    —Tú no te preocupes… ya recibirán su merecido. A todo esto, Dani me puso al corriente de lo que ha ocurrido últimamente… el incendio de Nueva Venecia, la muerte de mamá…
    —Así que… ¿ya lo sabes?

    No podía articular palabra alguna. Solo asentía con la pena enmudeciéndola mientras pasaba su mano por una fárfara.

    Mas pronto pudo decir algo al respecto sin mostrar su cara.

    —Sí. La verdad… me hubiera gustado pasar más rato con ella antes de que esto ocurriera. Quizá pasarlo más en casa… no me esperaba que pasara así, la verdad…
    —Tuvo que ser duro recibir esas malas noticias; pero era mejor así que no haberla visto una vez muerta. Solo… diré que cayó luchando. Quizá si no hubiera sido por ella…
    —Hubiera tomado su lugar. ¿No es eso?

    Sabía perfectamente qué le habría deparado a ella y a su hermano si Alanis no hubiera plantado cara ante esa marcha invasora. No era necesario ningún recordatorio de este tipo.

    —Parece que no hace falta que lo diga. Pero ahora que estás aquí, estoy reconfortado. Eres la prueba de que su sacrificio no fue en vano. Lo sé, quizá suene como si no la esté echando de menos… pero seguro que eso era lo que quería. Que pudierais… salir adelante los dos. Por eso dio su vida, estoy seguro. Por todos nosotros… para que pudiéramos vivir.

    Pronto volvieron los remordimientos que devoraban por dentro. Recordó una conversación que tuvo lugar después de la muerte de su tío Olburuk, o Gula, como le llamaban. Su madre tuvo un mal presentimiento. Dijo que la guadaña de la muerte estaba acariciando sus cuellos, e insistía que fuera a los funerales, al menos para dar sus respetos.

    Pero, como Soberbia, Kibureus no podía dejar que nadie le viera dando condolencias a los caídos. En vez de eso, decidió seguir con sus proyectos, apartando temores y tristezas.

    Era lo único que no le gustaba de su padre. Que se enfrascara tanto por conservar su estatus. Que estuviera puliendo esa imagen con constancia, solo para que su influencia llegara a todos; que alardeara tanto de sus logros en todo momento…

    Y sin embargo, menuda ironía. Había pensado eso, justo cuando en esos días ella también manejó varios hilos para sus propios propósitos. Nadie se percató, pero desde luego, razón no le faltaba a la mujer. ¿Quién estaba empuñando la hoz, después de todo? Si su madre quería poner a salvo su marido, entonces toda esa masacre; ese… noble acto fue en vano. Este reencuentro no estaba sirviendo para nada más que derramar lágrimas. Ojalá pudiera dar alto a esa matanza. No quería cortar de una tajada ese amor fraternal. Aún no quería que llegara ese momento.

    Pero se le estaba agotando el tiempo. Si no tomaba el puesto que le correspondía por sangre, quién sabía cómo acabaría esto.

    Toda esa pérdida fue un gasto innecesario.

    —No… ella no se merecía esto. Yo… ¿por qué no me mataron a mí primero? ¿¡Por qué dejé que ocurriera!?

    No pudo aguantarlo más. Al final, todo sentimiento reprimido fue liberado entre llantos desconsolados. No era justo. En absoluto. Tal fue el daño que, por instinto, ella se aferró a su padre para ensuciar sus telas. En algún lugar debía ahogar sus llantos. Él no hizo más que dar unas palmadas en su espalda.

    —Ya… ya ha pasado, cielo. Todo irá bien…
    —¿Que todo… irá bien…?

    Esas palabras la despertaron como un balde de agua fría. No se dio cuenta que, tras soltar toda su impotencia, había ganado otra oportunidad de oro. Sería otra atrocidad para en su lista. Otro principio que se hundía sin más. Ya no había marcha atrás.

    Le causaba hasta gracia esa confianza. No pudo impedir soltar una pequeña risa que dejó perplejo a Soberbia. ¿Qué podía ir bien a esas alturas? Por favor...

    —Lo siento, padre.

    Y de repente, frío. Una punzada. Un dolor agudo que calaba hondo, muy cerca del corazón. Era inaguantable. Intentó gritar; pero la puñalada ahogó su voz.

    Le había clavado una daga. No… era mucho más gélido. Hielo. Una daga de hielo. ¿Pero cómo pudo?

    Dejó que cayera al suelo, asustada. No era el lugar por donde quería apuntar. Le ha faltado muy poco para matarlo al instante. Al menos no iría a durar mucho si atinó al pulmón. Por otra parte, estaba harta de ese secretismo. Mejor que muriera sabiendo, al menos.

    —¿Sabes? Nunca me hizo mucha gracia que hicieras todas esas mentiras. La televisión, la manipulación de información, las miles de investigaciones que colaboraste, los atroces experimentos que financiaste… te respeto y te quiero como padre que eres, ¿pero, cómo personaje público? Eres una farsa.

    —¿D-Din…? ¿Pero qué…? ¿De qué estás hablando...?

    —Oh, tú sabes muy bien de lo que hablo. Todos esos líderes, excusándose de sus pecados con el pretexto de que necesitan los bienes de los otros, justo cuando lo que en realidad querían era tener tierras que no les pertenecían y refugiarse en bienes. ¿Te crees que toleraría todo eso después de saber todo lo que hacíais? No podía dejar que continuara esta pantomima. Adivina, ¿qué movió al demonio para aniquilar a los altos mandos? ¿Instinto asesino? No… desde luego necesitarían un incentivo para limitarse a cierto tipo de personas, ¿no crees?

    Estaba desconcertado. Confuso. Ese cambio de actitud tan repentino era muy anormal. Quería decir algo. Pero su propia sangre le estaba ahogando. Si era verdad lo que le estaba diciendo, entonces significaba que ella iba a “curar” esa ciudad poniéndose al mando.

    Aún le parecía increíble todo lo que estaba sucediendo. Pero desde luego, eso no lo iba a dejar pasar por alto. Esa carga era demasiado para ella; lo sabía muy bien.

    —Aunque… en realidad, me arrepiento de todo lo que hice. No me enorgullezco de nada. Ni siquiera quería matarte, aunque no fuera con mis propias manos… pero en realidad, te estoy quitando un buen peso de encima, si lo piensas. Sé que a mamá no le va a gustar que vengas así… pero no creo que quieras continuar con toda tu vida derrumbándose… ¿no?

    Algo no andaba bien. Se sentía acosada por otras miradas. ¿Quizá fueran sus odiados aliados?

    Peor todavía. Al fondo estaba Daniel, paralizado por lo que estaba atestiguando, junto a su sirviente y ese demonio que tanto le acosaba.

    —¿Pe-pero qué es esto…? Dinara, dime que no…

    Se miró la mano un momento. Hasta ahora estaba tan absorta en su dolor que no se percató de que tenía la mano manchada de rojo. Aparte, ¿qué diablos hacía Daniel ahí? ¿No le dijo que se fuera de la ciudad, acaso? ¡Idiota! Por una vez que quería conservar una sola vida y le hace esto…

    No, con cobrar el alma de su padre ya le bastaba. ¿Por qué tenía que complicarse tanto las cosas? Así no podía hacer nada.

    Cerró los ojos por un momento. No podía dejar que hayan testigos. Guste o no, parecía que iba a tener que enfrentarse a su hermano y sus criados; para sobrevivir y seguir o morir y acabar. Ya tanto le daba.

    —Te dije que te fueras bien lejos de aquí… bueno. No importa. Voy a tener que acabar con vosotros ahora, si-

    De repente, de la tierra quemada se levantó. Grandes torretas rodearon a la traidora, encerrando a padre e hija entre cañones que apuntaban a ella. No entendía qué acababa de ocurrir. Estos cañones no estaban antes. ¿Cuándo diablos se habían instalado, y cómo se accionaron?

    Pronto supo porqué. En la mano de Kibureus tenía un mando con dos botones. Casi no podía respirar; como mucho toser la sangre que perdía. Ni idea de dónde salían esas fuerzas para hablar.

    —No… no importa que seas mi hija… no… no dejaré que… salgas… con la tuya… acabaré contigo antes de que ocurra…

    Estaba acorralada. El botón lo tenía al alcance de su mano. No había ninguna vía de escapatoria. Por suerte para ella, las campanas no tardarían en repicar por su padre. El pulgar le estaba fallando. Estaría bien si recibía su merecido.

    Mas por desgracia, ella no estaba dispuesta a sufrir ese fusilamiento. Ni por asomo. Daba igual lo que hubiera hecho; siempre podría empezar de cero en otro mundo.

    Se apresuró en sacar el dispositivo de portales y abrir uno antes de que Soberbia apretara el botón de disparar.

    —Lo siento, pero tampoco me voy a dejar matar de esa forma. Adiós padre… un placer verte de nuevo.

    Sin más dilación, se desvaneció fuera de ese espacio. Soberbia no llegó a pulsar a tiempo el botón. Se sentía frustrado. Que le apuñalaran por la espalda cuando se mostró compasivo ante su hija…

    ¿Era ese el precio por mantener el orden? ¿Por conducir a la humanidad hacia el progreso? No quería el mal para ella. Pero si iba a tomar las riendas de ese lugar en ruinas, mejor que se vaya preparando.

    Cerró los ojos para despedirse del mundo de los vivos. Lo único que quería ahora era reunirse con su esposa otra vez.
     
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    Aries
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    Fue extraño de leer. En cierto modo siento que me he perdido de mucho. Aunque sólo alcanzo a hilar algunos aspectos del contexto, la mayor parte queda fuera del alcance del lector. Por otro lado, las emociones de Dinara y Soberbia se transmiten bien, y es en ellas que la escena se sostiene y gana la suficiente fuerza.

    Buen trabajo de inmersión. Con tan poca información, esta cumple bien su papel de introducirnos a una historia de la que se nos cuenta lo mínimo necesario para entender su desenlace, y llama la atención incluso desde las primeras líneas.

    A mi me ha gustado bastante. Recién caigo en el juego de palabras del título.

    O/
     

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