One-shot 505 [FSN | UA]

Tema en 'Mesa de Fanfics' iniciado por Gigi Blanche, 12 Febrero 2020.

  1.  
    Gigi Blanche

    Gigi Blanche r e l o a d a b l e Cerbero #NoHomo

    Piscis
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    Escritora
    Título:
    505 [FSN | UA]
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    1352
    Título: 505
    Rol: Fate Stay Night
    Personajes: Joey Wickham; Jezebel Vólkov.
    Notas: los bbs are here, y la tensión sexual me saca chispas en todos los fósforos de la casa(?) Esto es una continuación directa de 00:00, o sea transcurre en la misma noche. Y nada, los amo uwu







    505
    (or more like sos)
    .
    .
    .

    No estaba bien. No era justo.

    —Déjame ayudarte, Jez. ¿Puedes caminar? Mira, sostente de aquí. Sí, despacio.

    ¿Por qué era así? ¿Por qué siempre igual?

    —¡Jez, agárrate! Mierda, ¿estás bien? Ven, vamos a sentarnos un rato.

    ¿Cuál era su puto problema?

    —Pero, Joey, ¡mírate! Tú también estás super borracho.

    —Sí, corazón, pero yo sé caminar borracho.

    ¿No le habían enseñado a parar cuando debía?

    Jamás lo hacía. Con los problemas, o con el alcohol, o con Connie, o con Jez.

    Jamás paraba.

    —¿Qué insinúas, Joseph Wickham?

    —Insinúo que deberías escucharme y estarte quieta un rato, Jezebel Vólkov.

    —Qué mandón.

    —Qué rebelde.

    —Seguro solo ayudas a las bonitas.

    —Claro. Por eso estoy aquí, ayudándote.

    ¿Jez era bonita? Sí, era preciosa. Y Connie era su novia.

    ¿Cierto?

    —Ah, ¿a pesar de que ni siquiera me conoces? Sí, tiene sentido.

    Joey tragó saliva. ¿Dónde estaba Daichi? ¿Acaso nadie llegaría a tiempo para rescatarlo? No tenía idea cómo contenerse, jamás había tenido que hacerlo y ahora, de repente, sentía que debía o moriría ahogado en verguenza. No, no, no. No estaba bien, no podía hacerle eso a…

    ¿A cuál de las dos?

    —Bueno, ¿qué te parece si nos conocemos, entonces? Joey Wickham, señorita. Un gusto.

    Jez soltó una carcajada producto de la borrachera y los dedos le temblaron ante aquel sonido.

    —¡Ya sé eso!

    De todos modos, estrechó su mano. El contacto le hizo cosquillas y se preguntó por qué mierda, a pesar de todo, había decidido tocarla. Su piel se sentía ligeramente fría y sudada, y deslizó el agarre sobre el contorno de su brazo.

    ¿Qué estaba haciendo?

    Jez no dijo nada. Permanecía, de hecho, con la mirada clavada en sus manos, las cuales había encerrado entre sus muslos. Joey entreabrió los labios y se inclinó hacia ella. No iba a hablar, necesitaba respirar. Respiró pausado y hondo hasta llegar a rozar su cabello blanco, y allí echó la cabeza hacia el costado del sillón. Inhaló.

    Ah, su maldito cabello… olía a perfume.

    Su mano seguía distraída en la trayectoria de su brazo, rozándolo aquí y allá. La piel bajo sus dedos se erizó y Joey sonrió, buscando los ojos ámbar oscurecidos bajo las luces ultravioletas.

    —¿Te hace cosquillas? —murmuró.

    Sus miradas se encontraron, quizá demasiado cerca, y Joey notó en la tensión de sus brazos cómo Jez comprimía los puños bajo sus piernas. No se alejó, sin embargo, y asintió.

    —Perdona —continuó, ligeramente risueño—. ¿Quieres que pare?

    Ah, era una muchacha tan pura e inocente. Su propia piel la delataba, erizándose y tornándose roja. Sus propios ojos la traicionaban, viajando justo hacia donde quería, pero no sabía cómo. Era tan dulce, tan transparente, que Joey no lograba evitarlo.

    La quería.

    Ante la ausencia de respuesta, la sonrisa de Joey se estiró aún más y así también lo hizo su mano, viajando hasta su cabello. Lo llevaba suelto, sobre los hombros, y era tan largo, sedoso y brillante… Bajo las luces parecía fosforescente y lucía irreal.

    —Tu pelo es, como, super loco —murmuró, riendo bajo—. Es natural, ¿verdad?

    Joey aún la observaba desde abajo, con la cabeza echada sobre el respaldar, y disfrutaba quizá con demasiado esmero cada pequeña reacción de la chica sentada justo a su lado. Tan, tan cerca. ¿Sus piernas ya estaban tocándose? Ah, seguramente por eso se había tensado de nuevo.

    ¿Debía… acercarse más?

    —Hay una chica que atiende en un pub, al otro lado de la ciudad, que lo lleva pintado de verde. Y brilla en la oscuridad, ¿sabes? Su cabeza destaca como un semáforo de noche, es genial. Pero tu pelo… brilla diferente. Como si no lo pretendiera, ¿me entiendes? Es sobrio, y aún así… —Se sonrió, enredando mechones de nieve entre sus dedos—. Cielos, Jez, creo que podría verlo por horas. Me gusta sacar fotos, ¿sabes? Así que te propongo un trato. Si me dejas sacarte una, y solo una foto, te contaré un secreto. ¿Qué me dices?

    Su primera reacción fue una risa, y Joey la maldijo mentalmente. La prefería callada, a decir verdad, porque si se relajaba y comenzaba a reír así…

    Bueno, no podría parar.

    —¿Un secreto? ¿Por qué eso me interesaría?

    —Porque te interesa conocerme, claramente. —Dejó suspenderse una considerable pausa entre ellos; Jez se expuso y él sonrió—. ¿Qué dices? ¿Trato?

    La mano que había estado acariciando su brazo, jugando con su cabello luego y esperando su aceptación ahora, la única mano que Joey había necesitado para adivinar sus pensamientos, se apretó contra los dedos de Jez y Joey buscó su analógica en el bolso que llevaba siempre encima. La chica que captó la lente era joven, impresionable, taciturna y jodidamente linda. Parecía una muñeca, pero a Joey no le gustaban las muñecas.

    —¡Anda, Bellabel! ¡Sonríe para mí!

    Era la primera vez que Joey le decía así desde que había adoptado el sobrenombre. La sorpresa traicionó a Jez y sus labios se estiraron solos, casi de golpe, sin pedirle permiso. Se cubrió la boca con ambas manos cuando lo notó, riéndose de los nervios, pero fue demasiado tarde. El gatillo de Joey había sido más rápido.

    Y otro obturador parpadeó.

    —¡Dijiste una foto!

    —Lo siento —se excusó—, es que te veías demasiado linda.

    —No mientas. No lo sientes para nada.

    —Me alegra que nos entendamos.

    Era la primera vez que oía a Joey reír de aquella forma, y Jez temió que el vuelco de su corazón se le notara en la cara. Comprimió los puños, entonces, debajo de sus muslos, y desvió la mirada hacia la gente. Joey, entre tanto, guardó la cámara sin acotar al respecto.

    Pero claro que lo había notado.

    —Muy bien, ¿quieres mi fantástico y jugoso secreto?

    Jez lo vio de soslayo, aunque la curiosidad chispeara sin remedio en el ámbar de sus ojos, y asintió apenas. Joey se acercó como se había acercado antes, y respiró como había respirado antes, y acarició su brazo, luego su cabello, y deslizó los labios hasta su oído. Y Jez apenas pudo pensar en lo que Joey le estaba diciendo, porque las malditas cosquillas no abandonaban ningún costado de su cuerpo. Ni siquiera, en especial allí, donde comprimía los puños con insistencia.

    Mierda.

    Cuando quiso acordar, Joey ya se había echado hacia atrás.

    —Veo que ya estás mejor —acotó el chico—, ¿te acompaño a tu casa?

    Jez aceptó su mano por tercera vez consecutiva cuando se incorporó y le ayudó a levantarse del sillón. Y sostuvo su mano hasta la salida, pues el lugar estallaba de gente y era tan fácil perderse. Y podría jurar que apenas, apenas con el pulgar, acarició el dorso de su mano antes de soltarla como si nada. Su cabeza aún daba vueltas y no había logrado procesar la situación. ¿Era idea suya o… Joey se había interesado en ella? No estaba segura, y ni loca preguntaría.

    Luego Joey alzó su mano para llamar un taxi, y con esa misma mano sostuvo la puerta de atrás para que ella ingresara primero. Mientras el coche andaba, Jez lo observó de soslayo con todo el disimulo del que fue capaz. Curioso, ¿no? Cuánto Joey había logrado sin siquiera usar las dos manos.

    Lo hacía ver tan fácil.

    Luego su teléfono sonó, y Joey atendió con el ceño fruncido. La voz femenina molesta y ligeramente soberbia llegó hasta los oídos de Jez, y la forma en que Joey se disculpaba se le atoró en la garganta. Reparó en sus dedos, largos y un poco bronceados, sosteniendo el móvil con firmeza, y volvió la vista al frente.

    Había sido una idiota.

     
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