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¿Cuántas veces nos hicimos la misma pregunta?

Tema en 'Historias Abandonadas Originales' iniciado por Nombre, 13 Julio 2012.

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¿Debo seguir o es una perdida de tiempo?

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    Leo
    Miembro desde:
    4 Junio 2012
    Mensajes:
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    Pluma de
    Escritor
    Título:
    ¿Cuántas veces nos hicimos la misma pregunta?
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    1398
    Grita la gente por la condición melancólica y desconsolada de mi filosofía. Pero eso se debe meramente a que yo, en vez de fabular un infierno futuro, como equivalente de los pecados de la gente, he mostrado que ya hay algo de infernal allí donde está el pecado: en el mundo.

    Arthur Schopenhauer.
    (1788-1860) Filósofo Alemán
    POR FAVOR COMENTEN Y SUGIERAN.​
    ¿DEBO SEGUIR O ES UNA PERDIDA DE TIEMPO?
    Preludio


    ¿Cuántas veces nos hicimos la misma pregunta?
    Divagamos más allá de la realidad con el fin de una respuesta, tan recóndita como, luego, la veracidad de tal afirmación. Qué será del pobre mártir, bendecido con la verdad, si es que realmente existe aquél erudito y si es que realmente se puede decir que no fue maldecido. ¿Qué ocurre a continuación? Su devota vida habría manifestado aquella necesidad, satisfecha al fin. ¿Cuál es el precio del conocimiento?, ¿El fin de la frustración? O, ¿La sabiduría de que es interminable? Semejante poder, para una persona, el ente por lo que muchos murieron, por lo que la humanidad perdió todo o muy poco.
    Un pretérito indecoroso, abarrotado de sangre, tantas batallas por el amparo de algo que nunca conocieron. La incertidumbre nos mantiene, firmes, hasta que nos desmorona el saber que todo lo que pensábamos era la mera legitimidad o una farsa más. Afirmarlo o negarlo, algunos nunca llegaron, otros lo consiguieron y fallecieron. Nadie lo soporta, hasta que se rinden ante lo que confrontan, siempre comprendiendo que nunca habrían ganado.

    Al fin y al cabo, todos viven y mueren sabiendo que no saben nada.


    -1-

    Suspiréexhausto. Aguardando en silencio, repasando la esotérica situación en la que me encontraba. Ya no recordaba cuánto tiempo había malgastado parado, en el baño anexo a mi pieza. Contemplaba el semblante de un joven de ojos marrón oscuro y cabello castaño claro con, por supuesto, aquellos indiferentes mechones dorados que lo hacían ver más atractivo. Sonreí amargamente. Y volví a retomar los pensamientos que me arraigaban allí, quieto, inmovilizado.
    Tres golpecitos, y todo en mi mente se despejó.
    -Alexis. ¿Ocurre algo?-inquirió mi tío desde el pasillo.
    El problema, tocaba la puerta de mi habitación interesado en lo que fuese que me estaba pasando. Me lo imaginaba. Aquél hombre de mediana estatura, joven y esbelto, tan despreocupado.
    -Alex. ¿Te sientes bien?-siguió insistiendo.
    Afrentado por el amasijo de sensaciones y sentimientos que se enmarañaban dentro de mi cabeza, la respuesta era nula.
    El picaporte comenzó a virar dubitativo. Alertándome de que ingresaría en mi pieza. Sin más remedio, me desplomé sobre la cama. Aferrándome a la almohada de plumas que tanto me agradaba, conjeturando cómo es que entraría. Sí, examinando, rincón a rincón.
    Cerró la puerta detrás de él y me sobresalté. Sentí su cuerpo al acomodarse junto a mis piernas, dándoles unas palmadas. Permanecí en extrema afonía, incluso en la misma posición, procurando, con todas mis fuerzas, no moverme; pretendiendo que no me había percatado de su presencia, ignorándolo a él y prescindiendo la obligación que lo había encaminado a mi habitación.
    Sabía que era en vano, una excusa para postergar un dialogo improrrogable. Desvié la mirada al asiento interior de la pequeña ventana mirador. Acostumbraba a reclinarme en el tapizado color zafiro, en ocasiones, para relajarme y disfrutar del crepúsculo invernal. Su jadeo con desdicha me abstrajo al presente. Me incorporé a su lado y vi su rostro de rasgos lozanos, ojos marrón oscuro como los de su hermano. No intercambiamos palabras. Nos dedicamos a observarnos. Su mirada, cálida y afable, exploraba puntillosamente las facciones de mi fisonomía, analizando nuestro parentesco.
    -¿Acaso he tomado la decisión apropiada?-musité impetuoso, irrumpiendo el silencio.
    Anthony, perplejo, caviló por eternos segundos, contemplando el horizonte. Un desconocido, un tío y un padrino ausente se convertían en la madre y el padre que había dejado marchar, y ahora me inquietaba saber si había hecho lo correcto.
    - Solo vos y el tiempo lo determinarán. Por alguna razón que desconozco has decidido quedarte, espero que esa razón sea más importante que lo que dejaste en Chicago-.Su sonrisa me recordó a mi padre.
    Carcajeé, abrumado por su carisma, embelesado por lo tanto que rememoraba a Raymond.

    El timbre. La campana, un redentor a media noche.
    Anthony me miró extrañado, sorprendido de recibir a un visitante a esta hora. Nuevamente, el timbre afinado y agudo se propagaba por las habitaciones de la casa.
    - No espero a nadie. Si eso es lo que te preguntas-comenté.
    Mi padrino, inquieto, se apresuró a bajar las escaleras. Los pasos, retumbaban por el pasillo como ladridos, cesando lentamente. Suspiré pensativo, un frenesí de cortas imágenes desperdigadas por mi cabeza pasearon por mis ojos. El auto plateado doblaba en la esquina alejándose de mí. Cada rincón evocaba algún momento vivido, aludiendo a mis padres con añoranza.
    Desde el vestíbulo escuché su voz irónica, familiar, una voz que también me recordaba a los buenos momentos, a un hermano, no de sangre, sino del alma.
    -¿Me equivoqué de dirección?-farfulló con su característica voz risueña. Thomas, el mejor amigo de la infancia. No había estado al corriente de la situación, la partida de mis padres había permanecido como una incógnita para todos. En realidad, había sido demasiado súbito, ni siquiera yo entendía aún que solamente los volvería a ver para mi cumpleaños.
    -¡Alex, te buscan aquí abajo!-exclamó Anthony asomándose por las escaleras.
    Suspiré, por si no me equivocaba, tercera vez. Me calcé las holgadas pantuflas pertenecientes a mi padre, un buzo del cual la capucha se atoró en mi cabello, y me dirigí dando ligeros trompiscones junto a mi amigo y mi tutor. Ambos se miraban con desconfianza.
    -¿Puedo hablar un momento en privado contigo?-inquirí, refiriéndome a Tom.
    Anthony se retiró hacia la izquierda, la cocina. En cuanto a mi amigo, casi se desplomaba al húmedo pastizal por el fuerte empujón que recibió de mi parte. Una enérgica correntada de viento congeló mi piel, suscitando tenues estremecimientos. La puerta principal se cerró de un portazo excluyéndonos en el porche delantero de la casa victoriana. La grácil luz plateada de la luna se embarullaba junto a la luminosidad de los faroles, bañando el jardín en una noche resplandeciente. El sosegado vecindario descansaba en desmesurado mutismo, arrebujados por la calidez de sus chimeneas.
    -¿Quién era ese?-inquirió, retocándose el cuello de la camisa.
    -Es mi tío-diserté. Abrazándome a mí mismo, soportando las precipitadas ráfagas de frío. Contempléel cielo cárdeno, oculto tras ajadas y lúgubres nubes; se avecinaba una tormenta.
    -Y… ¿Tus padres-?persistió nuevamente, como si fuese una especie de interrogatorio.
    -¡Se han ido Tom!- chilleé colérico. Los dejé marchar…mi voz se convirtió en un espinoso murmullo. Acuclillado, agitando mis cabellos, refregando mi rostro como si fuese a despertar.
    Tom se acercó unos pasos. Me dio unas alentadoras palmadas en el hombro y me acogió en un afectuoso abrazo.
    ...


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