Otro Entre tazas y tijeras (Heartless Marissa Meyer)

Tema en 'Fanfics sobre Libros' iniciado por Navaja, 9 Mayo 2026.

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  1. Threadmarks: Capítulo 11
     
    Navaja

    Navaja El mundo está esperando ahí

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    Entre tazas y tijeras (Heartless Marissa Meyer)
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    12
     
    Palabras:
    2019
    Capítulo 11
    Hatta se acercó a la cocina y vio a Shelly devorando prácticamente un pote de yogur y soltar un suspiro exasperado al final.

    Ella se volteó y se secó con el dedo una gota de la comisura del labio.

    —¿Qué quieres comer? Vas a desaparecer de pura hambre.

    — Té. Y pan, si no es demasiado inconveniente.

    Shelly apartó unas bolsas color verde selladas que estaban sobre la mesa —evidencia de que Hatta no las había tocado— y le hizo un pan con mantequilla. Puso a hervir agua y se sentó por fin. Hizo un pan para ella también.

    —Esta noche vamos a dormir más cómodos. No podemos exponernos a un resfrío. Aquí es muy helado.

    Él dio unos pasos hacia ella.

    —Ven, siéntate —dijo ella apartando uno de los banquillos plásticos.

    Él obedeció. Se quedó un momento en silencio, con la mirada fija en el pan, como si las palabras le pesaran más de lo que estaba dispuesto a admitir.

    —No entiendo, querida, cómo logras convertir cada gesto de hospitalidad en una deuda que yo no pedí.

    Ella lo miró de inmediato.

    —¿Hice algo mal?

    —Me dejas en una posición… indecorosa. Nunca, ni en mis pesadillas más horribles, imaginé que una dama tendría que vestirme.

    Por un momento ninguno dijo nada. A Shelly se le enrojecieron las mejillas de rabia y vergüenza. Hatta frunció el ceño y desvió la mirada.

    El hervidor pausó su burbujeo. Shelly preparó el té para ambos. Esta vez eligió uno de arándanos secos y le extendió el único plato con pan.

    —Olvidé traer más platos —murmuró Shelly para sí misma.

    Se extendió un silencio incómodo. Shelly quería largarse a llorar. Sintió la respiración temblarle y bebió un sorbo que le quemó la lengua.

    Se levantó y salió de la cocina para buscar en las bolsas de basura negras. Sacó una toalla, el neceser y ropa. Lo llevó todo al baño.

    Hatta suspiró y se frotó la sien, exhalando sonoramente. No pudo esperar más y comió lo que Shelly le había dejado, mientras escuchaba correr el agua en el baño y una nube de vapor comenzó a llenar el ambiente.

    El olor a té comenzó a mezclarse con fragancias dulces y frutales que provenían del vapor del baño. Se sintieron amplificados los aromas que emanaban de Shelly sutilmente cuando le hablaba de cerca y no pudo pensar en nada mientras seguía bebiendo el té, que se sentía como un premio por haber sobrevivido un día completo en esa nueva realidad.



    Shelly se demoró bastante. Se escuchó el secador de pelo un largo rato y, cuando salió finalmente, vestía un pijama rosa de dos piezas, bastante felpudo. Su piel pálida tenía las mejillas sonrojadas y la nariz con un rojo brillante. Sus ojos también estaban rojos. Olía a limpieza y un perfume a chicle que se olía de lejos.

    Ella llevó sus prendas oscuras hasta el cesto de las toallas sucias y Hatta la siguió.

    —Milady.

    —Hatta, no sé qué palabras usar porque va a sonar mal de todas maneras.

    —Te escucho —Hatta enderezó la espalda.

    Ella suspiró y miró el suelo.

    —No sabes lo que me costó traer todo esto. No me gusta tener que comprarte ropa para que la desprecies. No me sobra el dinero y de verdad quiero que te sientas cómodo aquí. Lo siento si te ofendí, pero tú me has ofendido a mí al rechazar mi esfuerzo.

    Habló de corrido, sin atreverse a mirar a Hatta ni una sola vez.

    —No me gusta echar en cara cosas ni sonar como víctima. Pero no hay ninguna otra manera en la que se me ocurrió decírtelo.

    Hatta no respondió de inmediato. Se quedó de pie con la espalda recta. Cuando habló, la voz le salió baja, precisa, sin el filo de antes pero tampoco blanda.

    —No desprecio tu esfuerzo.

    Hizo una pausa.

    —Desprecio la posición en la que me colocas. De donde vengo, un hombre no recibe de una dama aquello que debería proveer. Cada cosa que pones en mis manos me recuerda que no tengo nada que ofrecer a cambio.

    Sus dedos se cerraron a los costados.

    —No es ingratitud. Es orgullo. Y no pienso disculparme por él.

    Desvió la mirada un segundo, incómodo con lo mucho que acababa de decir.

    —Dormiré con lo que ya tengo. Lo demás… lo pensaré.

    —Deberías tomar un baño. Si vas a hacerte el digno, al menos que sea oliendo bien.

    Shelly se dio la media vuelta a ordenar todo el equipaje que había en la entrada.

    Hatta buscó su bastón y lo apretó hasta que el pomo le marcó la palma. Se pasó una mano por el rostro, despacio, como si pudiera alisar la humillación.

    —Ofender una nariz sería de muy mal gusto, querida niña. Y yo tengo estándares.

    Hatta se dirigió al baño con la cabeza en alto y cerró la puerta tras él.

    Shelly armó el campamento, colchón en el piso al lado del futón y, ahora podía convertir aquel espacio en una verdadera cama, con sábanas de polar, frazadas, un cobertor y almohadas para cada uno.

    Se sintió feliz de su obra y se felicitó internamente por su decisión de haber pagado para que instalaran una discreta ducha en el baño. Durante el día, la teleducha quedaba oculta y, cuando se ocupaba, había un soporte para dejarla en alto y una manilla de agua caliente y fría.

    Estaba absorta en este momento de admiración propia cuando puso atención y escuchó que el chorro del agua llevaba un rato abierto, pero el calefón no estaba encendido.

    Se apresuró en llegar al baño y habló a través de la puerta.

    —Hatta, gira la manilla hacia el otro lado.

    Hatta no contestó. Su orgullo seguía intacto o, eso quiso creer mientras temblaba. La dejó un momento más así y después se escuchó un clic, el sonido del calefón encendido.



    La noche había avanzado bastante cuando el sueño se estaba apoderando de Shelly, que bostezaba cubierta hasta la nariz en el futón. La estufa encendida en una esquina calentaba por fin aquellas paredes que la noche anterior los había dejado helados. Luces bajas. Y Hatta, por fin, se atrevió a acercarse.

    Pelo húmedo. Olor a jabón. El sombrero bajo el brazo. El pijama nuevo puesto.

    Caminó con la frente en alto y el ceño fruncido. La tela le rozó la nuca al dar el primer paso. Algodón barato. Costuras un poco toscas. Un gris opaco, sin caída. No era horrible, era corriente. Y eso, para sus manos de sastre, resultaba casi más ofensivo que si hubiera sido ridículo.

    Se detuvo frente al colchón y escudriñó la escena con la nariz respingada.

    —Veo que has redistribuido el territorio.

    Shelly, medio tapada hasta la nariz, lo miró por encima de la frazada.

    —Eres más alto. Aquí en el futón yo quepo sin doblarme. Así que tú usarás el colchón.

    La sonrisa se le notó incluso en los ojos.

    Hatta volvió a mirar el colchón ataviado como una cama: sábanas de polar, cobertor, almohada. Todo práctico. Todo ajeno. Todo pensado para no pasar frío, no para ser bello. Una leve sonrisa se le extendió por la comisura de los labios.

    —Qué consideración tan práctica —murmuró—. Me cedes el suelo como si fuera un honor.

    Dejó el sombrero sobre la almohada y se metió dentro.

    El polar lo envolvió de inmediato. Afelpado, cálido, con ese olor a clóset y a casa que no era la suya. El pijama le raspaba un poco en los hombros y, aun así, debajo de las frazadas, la tela barata dejó de importarle tanto. Estaba limpio. Estaba abrigado. Odiosamente cómodo.

    Cerró los ojos, molesto consigo mismo por notarlo.


    Pasó un largo rato en silencio. La estufa apagada al igual que las luces. Ninguno de los dos podía dormir. Shelly lo notó porque la respiración de Hatta sonaba consciente, diferente a la respiración lenta y pausada de alguien que descansa.

    —Oye, Hatta…

    Pasaron unos segundos antes de escuchar su respuesta.

    —Sí.

    —¿Eres bueno aconsejando?

    —He dado consejos, sí. El problema nunca fue darlos. Fue que quienes los recibieron los tomaron solo hasta donde les convenía.

    —Podríamos intentarlo… ¿Puedo confesarte algo?

    Hatta se acomodó mejor para observarla en la penumbra.

    —Te escucho.

    —Desde que pasó las noches aquí, en casa no paran de decir que soy una libertina. Que de seguro es porque estoy haciendo cosas indecentes. Y todos los adjetivos descalificativos que se pueden agrupar con respecto a eso.

    La expresión de Shelly se contrajo y se ocultó un poco bajo las cobijas.

    —Me cansa ir a casa y recibir ese tipo de comentarios. Tener que defender mi honor de las personas que se supone me conocen desde niña y a la vez... Las que menos me conocen.

    La voz de Shelly se quebró en esa última frase. Tomó aire antes de continuar.

    —Estoy sumamente cansada, Hatta. Entre el estrés del salón, pagar este lugar, pagar los insumos y tener esto como un segundo hogar... Me quedo sin recursos. No tengo una casa. Por eso vivo aquí la mayor parte del tiempo. Por eso hay una cocinilla y una ducha al lado del inodoro. Soy un desastre en vida, Hatta —la voz de Shelly se fue apagando a medida que hablaba—. Este salón ni siquiera pasa lleno. Debería subir los precios o… contratar a alguien, pero no me dan los números.

    Hatta no habló de inmediato. La miró un segundo de más, con esa seriedad incómoda de quien no sabe consolar y se niega a fingir que sí.

    —Desde donde yo vengo, te tildarían de una manera similar o como una mujer rebelde. Eso si tienes suerte —Hatta miró el techo un momento y se alisó el pijama sobre el pecho notando lo justo que le quedaba de largo—. Pero, como el hombre de negocios que soy o… fui, sé lo que es llevar el peso de uno y, sostengo lo que te dije esta tarde. El peso que cargas es demasiado para el tamaño de tus hombros.

    —¿Entonces debería renunciar, cerrar mi local?

    La mirada que le dirigió Shelly le hizo apretar el corazón. Era la mirada de alguien desamparado, conteniendo lágrimas con dignidad.

    —Cielos, criatura —sonrió —. No es necesario ser así de tajantes. Te falta una buena estrategia. A los clientes se les atrae con promesas.

    —¿Cómo lo hacías?

    —Haciendo los mejores sombreros del mundo. Nadie que entrara en mi tienda se iba sin algo extraordinario encima de la cabeza —dijo como si fuera lo más obvio del mundo —. Simplemente debes leer a las personas y entender qué es lo que necesitan. Un ojo de artista entrenado entiende posturas, silencios y colores.

    Los ojos lavanda de Hatta parecieron afilarse un poco más al hablar y arquear las cejas.

    —Sí —asintió Shelly—. Es cierto. Entiendo a mis clientes cuando pasan por mi puerta. Sé cuándo están enojados o felices o… Mmm —Shelly escudriñó a Hatta como quien busca una pista.

    —Ahí lo tienes. Tu negocio debe hablar por sí mismo. Y tú, con tu mera presencia, deberías ser capaz de atraer miradas; bastaría incluso con el rumor de que estás cerca —Hatta alzó las cejas—. Y cuando traspasen la puerta, tengas la seguridad de que jamás vuelvan a ser los mismos.

    La mirada de Shelly recobró la chispa de entusiasmo y una leve sonrisa tiró de sus comisuras.

    —¿Crees que repartir flyers es buena idea?

    Hatta alzó los hombros.

    —Cada ciudad tiene su propio lenguaje. Debes buscar lo que funciona aquí.

    —Cuando repartía flyers la gente llegaba pero, ahora no he tenido tiempo de hacerlo.

    Hatta entendió la mirada de Shelly de inmediato. Sintió un nudo en el estómago al considerar la idea de hacer una tarea que sólo había realizado cuando era un niño aprendiz.

    Dio un largo suspiro.

    —Shelly, tienes delante a un humilde servidor que todavía sabe hacerse útil.

    Se señaló a sí mismo con un gesto grandilocuente.

    —¿T-tú lo harías? No sé… ¿En serio?

    Shelly se apoyó en un codo y se inclinó un poco hacia Hatta con los ojos grandes llenos de ilusión.

    —Considéralo como una cuota por tu hospitalidad, cariño.
     
  2. Threadmarks: Capítulo 12
     
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    12
     
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    Capítulo 12

    A la mañana siguiente, la claridad de la mañana se coló a través de las persianas del ventanal trasero del salón, que daba a un pequeño patio cerrado.

    Shelly se movió y suspiró, estirando los músculos cuando vio a Hatta profundamente dormido en el colchón. Sonrió de verlo relajado y cerró los ojos nuevamente.

    Cerca de las nueve y media, Hatta se movió y se estiró.

    —Buenos días, milady.

    —Buenos días, Hatta, ¿tienes hambre?

    —Todavía no, ¿y tú?

    —Un poco, pero tengo ganas de seguir aquí acostada. Me levanto temprano toda la semana y el domingo es mi día de no hacer nada más que existir —Shelly esbozó una sonrisa orgullosa mientras estiraba los brazos hacia arriba, haciéndole crujir la espalda.

    —No me desagrada la idea. Después de la maratón de ayer, necesitamos un descanso adecuado —Hatta se acomodó un poco más debajo de las sábanas cálidas.

    Shelly se rio en silencio.

    —Eres de los míos. Me alegra compartir este momento perezoso sin ser juzgada, ¿o lo dices para agradarme?

    —No hace falta que me esfuerce, milady. Resulta que coincidimos.

    —Bueno, sí. Las cosas se han dado de manera natural y armónica contigo —sonrió—. Es difícil eso para mí.

    —Comprendo bien eso —sonrió brevemente Hatta, recordando a su grupo de amigos y, dejando que su mirada se perdiera en algún punto.

    —¿Cómo dormiste?

    —Mejor de lo que esperaba. Agradezco el cambio que sugeriste. Mi espalda se siente bien —asintió Hatta cruzando los brazos detrás de la nuca.

    Shelly solo asintió. Recordó a Hatta murmurar cosas que no comprendió, tal vez un idioma extraño o algún nombre. Decidió no darle más vueltas al asunto y descansar un rato más.

    La mañana avanzó hasta que Shelly fue a preparar desayuno. Pan tostado con jamón y queso, té de menta para él y, un poco de yogurt con avena y frutilla para ella. Llevó una bandeja para que comieran ahí en el campamento improvisado.

    —No esperaba un respiro tan pronto. Creí que el Tiempo sería menos generoso.

    —Quizás sean los tiempos mejores que tanto he anhelado —sonrió Shelly echándose otra cucharada a la boca, desde el sofá.

    Hatta se limpió una miga de la comisura de la boca con el pulgar mientras tragaba lo que le quedaba en la boca.

    —¿Quién sabe? Quizás despertó de buen humor y se olvide de mi castigo un momento.

    —No entiendo qué tuviste que hacer para que el Tiempo mismo quisiera castigarte.

    —Te lo contaré en otro momento. Por ahora solo quiero disfrutar de mi primera mañana tranquila en... —negó con la cabeza— No importa ya.

    Ambos terminaron sus desayunos con un suspiro de alivio. Shelly apartó los platos y los dejó encima de la bandeja en la mesita de centro que estaba a un lado.

    Shelly bostezó.

    —¿Vas a dormir otra vez? —Hatta preguntó burlón.

    —No. Solamente estoy en paz —Shelly notó como Hatta la estudió y desvió la mirada rápidamente—. O debe ser que dormí bien y calientita.

    Hatta se quedó arropado, con el Sombrero encima de la cabeza, descansando los ojos después que el reposo del desayuno comenzara a relajarlo.



    Shelly salió del baño vestida y maquillada.

    Hatta no pudo evitar desviar la mirada hacia ella. Llevaba las botas de caña alta, medias oscuras, una minifalda de mezclilla que tenía una rosa bordada en el muslo y encima, una camiseta cuello tortuga verde fosforescente.

    Se acercó arreglándose uno de sus mechones negros y fucsia detrás de la oreja, al notar la mirada fija de Hatta sobre su atuendo, sonrió tímidamente.

    —Querida, te ves deslumbrante. Como si quisieras guiar barcos en la niebla.

    Shelly se sonrojó cuando él dijo la primera frase pero al escuchar la segunda, sintió un balde de agua fría derramándose por su espalda.

    —¿Qu-eh, yo-mm?

    Ella apretó los labios. Definitivamente no la estaba halagando. Su ceño apenas fruncido lo delataba.

    Shelly ordenó con un poco más de fuerza el futón para desarmar la cama improvisada. No se le ocurrió una respuesta inteligente al calificativo que había recibido de Hatta.

    —Es mi color favorito —soltó de pronto, sin mirarlo.

    —Ni siquiera me sorprende, cariño —Hatta se ajustó el sombrero en las sienes mientras mantenía uno de sus brazos detrás de la nuca—. Una mujer tan singular definitivamente tendría inclinación por algo igual de único.

    —Y todo eso es una crítica.

    —Es una observación, milady. De un humilde Sombrerero que ha trabajado con colores toda su vida.

    —De humilde no tienes nada —dijo tomando los platos sucios y llevándolos a la cocina.

    Hatta siguió a Shelly al poco rato, aún con el pijama puesto y, el sombrero encima de su cabello desordenado.

    —Lady Shelly.

    Ella ladeó la cabeza, todavía en cuclillas, el paño con desengrasante en la mano.

    —Con respecto a lo que pasó ayer, quería decirte que… Tus atenciones son demasiado generosas y yo, soy un hombre poco agraciado para recibir sin devolver —soltó un suspiro largo y se quitó el sombrero para ponerlo sobre su pecho. Shelly lo observó desde su postura—. Quiero sentir que mi presencia aporta en algo aquí, por lo que te ofrezco mis manos para lo que necesites.

    Hatta inclinó suavemente su cabeza hacia ella. Ella se levantó y se apartó un mechón de cabello con el antebrazo. Resopló de alivio al estar nuevamente de pie.

    —Gracias —asintió—. Lo más tedioso aquí en el salón es el aseo. Podrías ayudarme con eso.

    Hatta le sostuvo la mirada y se volvió a enderezar, para ponerse el sombrero nuevamente.

    —No te dejaré esa tarea exclusivamente, Hatta. Entre ambos podemos hacerlo mucho más rápido. ¿Qué te parece?

    —Un trato aceptable, milady. ¿Por dónde comenzamos?

    Shelly le explicó sobre productos de limpieza, el orden que ella usualmente manejaba y sobre el protocolo del salón después de cada cliente.

    Hatta, ya vestido, aprendió muy rápido y, acompañados de la música que puso Shelly en el parlante, comenzaron la tarea.

    Finalmente él se encargaba de limpiar los vidrios mientras ella trapeaba. El último paso de todo el ritual de aseo, que lograron terminar en menos de dos horas.

    El salón quedó reluciente y ella, mientras pasaba el trapeador desde la cocina hasta el salón principal, seguía cantando con voz animada las canciones que se iban reproduciendo. En más de alguna ocasión soltó la expresión «¡Oh! Adoro esa canción» y soltaba un suspiro o un gritito de emoción.

    El sol de la tarde se colaba por el ventanal del patio mientras Hatta lo terminaba de limpiar por dentro, protegiendo sus ojos con la sombra del ala de su sombrero, cuando decidió poner atención a la voz de Shelly, que ya estaba más cerca.

    No era un tarareo cualquiera, había presencia. Esa cosa que él había aprendido a reconocer. El modo en que una voz ocupa el aire y obliga a escucharla. Un quiebre breve al final de la frase, casi un ronroneo, y después esa mezcla rara, aniñada y un poco rebelde, que no pedía permiso.

    Hatta había visto talento de sobra. Payasos, cantantes, bufones, damas que creían tenerlo. Sabía cuándo alguien tenía más de lo que estaba dando.

    —Shelly, tu voz.

    —¿Qué pasa con mi voz? —Shelly se detuvo, apretando el palo de la escoba.

    —Sería adecuada para una merienda —Hatta ladeó la cabeza.

    —¿Una merienda?

    —Una de mis meriendas —Hatta alzó su cabeza y le dedicó una mirada de puro escrutinio. Al ver la transparencia en su mirada, que la hacía ver imposiblemente más joven, soltó una pequeña risa y se acercó unos pasos.

    Hatta la invitó a tomar asiento en el futón y con un entusiasmo poco usual en él comenzó a hablar.

    —Las meriendas que hacía en mi caravana. Así conocí a mis amigos. Quién usara el asiento a mi derecha, tenía el deber de entretener a los comensales y, una vez se terminaba su número, debía correrse un asiento para darle oportunidad a otro de deleitarnos o disgustarnos.

    La media sonrisa de Hatta estaba llena de picardía.

    —Suena a que eran muy entretenidas —dijo Shelly apretando el pliegue de su falda.

    —Yo nunca me equivoco cuando huelo talento. Y ya que estás sentada a mi derecha —Hatta de pronto se puso serio y le extendió una mano—, quisiera escucharte cantar.

    Shelly tragó saliva. Enrojeció hasta sentir que estaba sudando.

    —Yo no-no canto delante de la gente. Me da vergüenza —su piel era tan roja que sus mechones fucsia quedaban en la misma escala de color.

    Hatta miró a su alrededor.

    —Pues, no hay gente. Solo un Sombrerero, una escoba y un salón reluciente. Una audiencia lamentable.

    Shelly se echó a reír, nerviosa. Tomó aire y se levantó del sillón.

    —Espera —Hatta se levantó junto con ella y se quitó el sombrero —. El actor debe llevar un sombrero.

    —P-pero e-es tuyo...

    —¡Y no tienes un sombrero aquí, querida! Alguien debe arreglar ese terrible inconveniente —Hatta negó con la cabeza mientras ponía con cuidado el sombrero sobre la cabeza de ella. Dio un paso atrás —. Ahora estás lista.

    Shelly tenía ese gesto conmovedoramente indefenso, que le provocó una pequeña risa. Se vería adorable con aquel sombrero enorme que se le ladeaba a un lado como un cachorro con disfraz. Ella lo sostuvo del ala para que no se le fuera a los ojos y puso la canción elegida en el celular.

    Empezó una melodía cursi de violín que hizo a Hatta fruncir el ceño. No esperaba una sinfonía de orquesta, pero se echó para atrás en el futón cuando empezó a sonar el piano. Una armónica. Un banjo. Sonidos metálicos que no comprendía, que le hicieron hacer una mueca entre desagrado y risa... hasta que ella comenzó a cantar.


    «Poor old Johnny Ray...»


    Un verdadero espectáculo: el índice llamando a una Eileen que no estaba, la mano en el pecho, la cara hacia arriba como quien pide un favor al techo del salón. Moviendo caderas, los pies, los hombros cuando terminaba una estrofa, perfectamente coordinada con aquella melodía que le parecía vulgarmente feliz.

    La voz le salía dulce, juguetona; al cerrar ciertas frases se le quebraba en ese ronroneo corto que no pretendía ser nada pero se quedaba rebotando en el ambiente. Luego volvía lo otro: rebelde, juguetona, viva.

    Hatta no parpadeó.

    El cuerpo le reconoció el acto antes que el orgullo. Se le tensó la mandíbula. Se le fue la mirada a ese sombrero suyo dando vueltas sobre una mujer que no era de su mundo y, aun así, fue capaz de entregarlo. Por un rato absurdo la caravana cupo entre ese salón de belleza.

    Shelly seguía con su número, con una mano agarrándose el sombrero y moviendo las caderas y los pies hacia adelante parecido al baile can can. Una mezcla tan extraña de todo: la estética de ella, la voz, la melodía, su sombrero y el baile.

    Hatta se mordió el interior de la mejilla, obligándose a desconectar sus pensamientos y cualquier crítica que burbujeaba por salir.

    Él se descubrió disfrutando de aquel último coro, un ritmo aún más rápido que todo lo anterior, al igual que el baile desordenado y vivaz de Shelly, terminando con esa frase que le hizo apretar el estómago.


    «Oh, my thoughts (I confess) Well, they're dirty»

    Con esa mano en su pecho, pidiendo consuelo imaginario al techo por la magnitud de lo que acababa de decir, pero al verla divertirse tanto, no se lo pudo tomar en serio.

    El Sombrerero negó con la cabeza.

    Cuando ella alargó aquella última nota final en la palabra everything, Hatta no se dio cuenta que estaba tamborileando sus dedos en la rodilla, mientras su pie, inquieto, le seguía el ritmo.

    Al terminar su canción, Shelly se quitó el sombrero e hizo una reverencia a Hatta, digna de una dama de la realeza. Aún sonaban los vestigios de la canción apagándose, cuando ella se acercó a él y le devolvió el sombrero con las manos temblorosas.

    Hatta lo tomó con las dos palmas, como se toma una corona. Inclinó la cabeza lo justo, devolviendo el gesto de ella.

    Shelly no sabía dónde poner los ojos y sus piernas le temblaron.

    —Es tu turno.

    —No, querida. El juego ha terminado. Recuerda, yo inventé las reglas.

    Shelly levantó la vista con la boca entreabierta.

    —¡Tramposo!

    —A tu servicio —Hatta levantó el sombrero a modo de cortesía.

    Se acomodó el sombrero, todavía con el eco de aquella voz detrás de los dientes.

    —Quiero saber si, además de dar un buen espectáculo, puedes responder mi pregunta favorita.

    Shelly lo miró, desconfiada, con las mejillas aún calientes.

    —A ver —Ella puso una mano en su cintura y acomodó el peso en una pierna.

    —¿En qué se parecen un cuervo y un escritorio?

    Ella frunció el ceño como si estuviera en un examen oral.

    —Déjame pensarlo un momento.

    Hatta asintió. Se sentó en el borde del sillón y esperó. Había hecho esa pregunta decenas de veces. Había visto sonrisas tontas, respuestas inconclusas, silencios ofendidos. Solo una persona, en toda su vida, le había dado algo que mereciera llamarse solución.

    Shelly levantó la vista.

    —¿En qué ambos sostienen plumas?

    Por un segundo Hatta no hizo nada.

    Después se le rompió la compostura. La risa le salió de verdad, amplia y estridente.

    Shelly se echó un poco atrás, asustada de tanto ruido en un hombre que hasta entonces le parecía contenido.

    A Hatta se le llenaron los ojos. Una lágrima nada más. Gusto. Orgullo.

    Se limpió el rabillo del ojo con el pulgar, todavía riendo, ya más bajo.

    —Le encontraste una solución a algo que no la tenía.

    Shelly parpadeó.

    —¿No tenía respuesta?

    —No una que importara. En toda mi vida solo un hombre acertó. Jest.

    —Tu amigo bufón.

    Hatta soltó un suspiro. Por primera vez se le suavizó la mirada hacia ella.

    —Así es. La de él era diferente. La tuya... es más precisa.

    A Shelly se le quedó el nombre dando vueltas. Jest. La forma en que lo había dicho no la dejó indiferente. Era la de alguien que no se reemplaza. Y, sin querer, sintió una opresión en el pecho.
     

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    Última edición: 7 Septiembre 2026 a las 8:45 PM
  3.  
    J.Nathan Spears

    J.Nathan Spears Adicto Comentarista Top

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    Me ausento de FFL por una semana y me encuentro con esto :’v. Las alertas valen cada vez menos últimamente.

    Oh, bueno, a ponerse al día :P

    Me proyecté sin querer xD. A mi madre SIEMPRE le tengo que ayudar yo con la mercadería... es una paja enorme.

    Luego, se ofrece a ayudar con algo más... el pobre realmente siente que tiene que ayudar. Esta deuda de gratitud puede ser un poquitín peligrosa n__nU. No sé por qué lo siento así... en especial luego de ver que le compraron ropa, desodorante y calzoncillos...

    Y si en los primeros episodios se decidió atesorar un cepillo de dientes con el alma, pues aquí... auch.

    Igual, estoy seguro de que Shelly aprecia la ayuda. Se le nota súper ajetreada aquí.

    Yo jamás me atrevería a responder así a alguien que me acoge en su hogar... bueno, casi hogar. Pero supongo que ya con esto demuestra valer más que los políticos xD.

    Y luego...

    Ay no... se viene otro de esos “ataques”

    Y luego, la abuela de Shelly... ay, qué carácter el de esa vieja.

    Aunque Shelly no se queda atrás y además...

    Esa es una pregunta que yo haría, solo que con otro tono (y sin faltarle el respeto a Shelly). Yo diría "¿No tiene a nadie más con quién contar? Qué conveniente..."

    Y yo hablando de políticos hace nada... xD. Aunque al menos ella pone resistencia ética. Y claro, también está el factor incomodidad... ya que ella usó a Paolo como escudo, que más encima, es un hombre casado y encima, alguien a quien Shelly aprecia mucho. Auch.

    En serio, señora, deje de meterse. A veces me dan ganas de que Shelly se subleve y le pegue una cachetada... y luego recuerdo las leyes que protegen a los mayores de edad y se me pasa xD.

    Y cuando menos esa señora tiene alguna consideración con Shelly. A pesar de llamarla "dama de la noche" (para hacer que suene más bonito -w-U)

    ¿Cuesta mucho decir “gargantilla”? xD

    Igual, todo muy tenso para Shelly. Casi al mismo nivel que con Hatta... y mira que lo acomodaste todo en menos de 1500 palabras. Wow.

    Algo pesado se debe venir en los siguientes capítulos... a ver cuánto tardo en actualizarme.
     
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