—Pero si los lindos son los peores —repliqué al aire, entretenida con esta pequeña trifulca sobre la marcha—. Además, sí sabes que vivo con mi mamá y mi hermana pequeña, ¿cierto? Ningún hombre ha pisado mi casa jamás. Try harder, lad. Técnicamente no estaba mintiendo, pues sólo había ido con muchachitas preciosas y cuando, por algún azar de la vida, estaba segura de tener la casa sola un buen puñado de horas. Me gustaba salir temprano para pillar el tren, leer a un ritmo pausado y saborear la comida, por supuesto que me tomaría todo el tiempo del mundo para disfrutar de un cuerpo ajeno. En especial si eran mujeres, con su piel tan suave, el cabello fragante y sus dulces voces moduladas en suspiros tan tentadores. Ah, ah, me estaba distrayendo. Una vez alcanzamos el bosque y le concedí un último período de gracia, su respuesta fue tan cómica e impredecible que me arrancó una risa nasal, incrédula. La cantidad de películas que este chico debía tener en la cabeza, por favor... No me quejaba, claro, pues todo contribuía al encanto del momento, y sentí una brisa acariciarme las piernas conforme se aproximaba y colocaba una mano en mi cintura. Detallé sus facciones, una a una. Tendría mis gustos peculiares, pero seguía siendo una muchacha bastante simple y la criatura frente a mí era un festín para los ojos. —Con lo poético que sería que me mates tú —rumié, algo distraída, y fui desenredando las manos de mi espalda lentamente—. Además, ¿te preocupa ir a la cárcel y no que mi espíritu te persiga por el resto de la eternidad? How very sad... Dejé caer la bolsa en el césped y me enredé a su cuello, alzándome sobre mis puntillas. —I lied —susurré, y la sonrisa me descubrió la dentadura—. Yer a braw lad, are ye? No te traje aquí para invocar nada, sólo para recompensarte. Aguardé unos segundos por si quisiera decir algo y, habiéndome aferrado a un puñado de su cabello, me empujé contra su boca con una nueva cuota de intensidad. Era mentira que hubiese mentido, acababa de decidir tenerle compasión y dejar la Ouija quieta hacía quince segundos, pero ¿a que era más divertido así~? Contenido oculto acaso cambié de planes porque no nos daba el tiempo de probar la ouija como dios manda??? nunca lo sabremos gracias por la interacción, bebi, it was so much fun JAJAJA god i love them
—I know that, silly —repliqué, zarandeando apenas la cabeza mientras rodaba un poco los ojos, claramente ofendido de que hubiera dudado de mi inteligencia de esa manera—. Voy a encantar tu casa y, además, voy a perseguirte cuando salgas. Así que, incluso si quedas con chicos fuera de tu casa, los voy a asustar~ Era una verdadera lástima que no pudiera leer mentes, eso sí, porque de haber sabido lo que Morgan había empezado a pensar en mitad de nuestra conversación... well, let's just say que no tendría especial interés en espantar a sus ligues si estos se trataban de chicas bonitas. Ah, pero no tenía ese valioso poder en mi arsenal, por lo que solo me quedaba seguirla pensando en los posibles chicos que se le acercaban, (un)blisfully unaware of the rest. Ladeé ligeramente la cabeza al sentir su mirada sobre mis facciones, dedicándole una sonrisa sedosa que solo flaqueó cuando escuche su conclusión tan... bueno, Morgan-like. Dejé salir una risa de pura incredulidad, casi más que las que ella había dejado salir hasta el momento, y solo Dios sabe cómo me controlé para no largar todavía más carcajadas al respecto. >>You're such a weirdo —murmuré, justo antes de sentirla enredándose en mi cuello. Deslicé la mano de su cintura hasta alcanzarle la espalda baja, presumiendo que habría decidido hacer un cambio de planes, y no sentí la necesidad de decir nada al escuchar sus posteriores palabras. Recuperé la sonrisilla satisfecha, imposible de controlarla, y correspondí a su beso con intensidad, llevando también mi otra mano a su espalda para presionar un pocos los dedos en la misma, acercando incluso más su cuerpo al mío. Definitivamente mejor que invocar espíritus, ¿o no? Contenido oculto ¿Sale cita nocturna en una casa abandonada para probar la oujia? yo digo que sí (? Bueno, post un poco a las prisas porque hoy tuve unas cuantas reuniones, pero quería cerrar sí o sí con Kenny boy, so here we are uwu7 gracias por aceptármela, it really was super fun JAJAJA no esperaba que la entrega de regalos acabara con Kenny sulking but alas, la vida a veces es curiosa y no nos decepciona uwu
Contenido oculto: tururu Suponía que sí, pero la atención al detalle que había que ponerle a que algo pareciera accidental implicaba mucho tiempo también. Había que trenzar hilos finos y luego, de pronto, cortarlos y confiar en que el resultado final fuese lo bastante convincente para salir librado, ¿o no? Eran la clase de casos que se quedaban sin resolver o que tomaban años en descifrarse, al menos eso era todo lo que yo, como hija del policía, podía saber. —Oh, dear —murmuré al escuchar lo que dijo después sobre lo de arrojarlo a un agujero, puede que mi sorpresa esta vez si hubiese sido genuina, pero al final una risa me sacudió el pecho—. Supongo que lo tomaré como tal, sí. ¿Qué había de cumplido en ello en realidad? ¿El hecho de que siquiera se pensaba las cosas que aceptaba en tanto vinieran de mí? Vete a saber, elegí no pensarlo tanto y nuestra conversación se desvió a lo de los pigmentos y tal. Volví a reírme por lo de los científicos, donde terminó metida mi madre ya que le había mencionado lo de su posgrado y tal. —No entiendo la mitad, tengo que admitirlo, pero de lo que logré internalizar sé que su investigación estaba enfocada en medicina regenerativa más que todo —contesté y me descubrí a mí misma tomándome la pausa para sólo oírlo reírse—. Igual me gusta cuando me explica sobre sus materias y su tesis. Cuando las personas hablan sobre lo que les gusta les brillan los ojos de una forma muy bonita. Aunque no te voy a negar que esto de la ciencia, la medicina y el laboratorio sorprende y asusta a partes iguales, ¡y si convierte a la gente en reptilianos, supongo que tendré que llevarme el secreto a la tumba! Había amarrado el pensamiento en voz alta con una tontería, para no perder las buenas costumbres. Ya cuando me detuve para empezar con el misterio correspondiente, creí notar la sonrisa en su rostro y tuve que esforzarme por no reírme o algo, sobre todo al oírlo decir que ahora sí comenzaba a temer por su vida. De todas formas ya lo había visto alzando el brazo, así que comprendí qué decisión había tomado y me pregunté si se había basado en la confianza o en la mera curiosidad. Daba igual, recibí su mano y, en espejo, envolví la suya con suavidad y le sonreí una vez más antes de que cerrara los ojos. Di los primeros pasos hacia el patio entonces, llevándolo conmigo. —Creo que de serlo habría elegido ser algo distinto a una chica de preparatoria —bromeé en respuesta a lo que dijo al final y me fui fijando en el suelo, para cumplir la promesa de no hacerlo caer—. Digo, la parte de venir a la escuela es tediosa. Tracé el camino de memoria, incluso si no había vuelto desde entonces, y mientras andaba cuidando los pasos de Kakeru y los míos, comencé a cantar por lo bajo. Privado del sentido de la vista, digamos que me ahorraba una parte de la vergüenza, ¿verdad? Si no sería yo una mente maestra. Comencé de cualquier línea, la que me llegó primero a la cabeza. —Meet me at the sea with my cheeks glowing roses, I can dance so free while you just keep smoking up, up —empecé—. Won't you take me as I'm meant to be? Wild, wild. Don't mistake me for the wind when she howls, howls. Find me barefoot on the hillside, swinging. —Pray down on your knees, I'll keep all your secrets tied up- Cuidado con el suelo —advertí a tiempo, tragándome una risa, e intenté retomar—. ¿Cómo era? ¡Ah sí! 'cause I'm enveloped by the stars, and I want you as you are. El resto de la canción la convertí en un tarareo lo más similar que pude a la melodía que recordaba mientras rodeábamos el observatorio. Tuve cuidado de que no fuese a vernos alguien o lo intenté, pues con el buen clima asumí que habría más personas, y seguí andando hasta que... ¡Bingo! Allí estaba la valla rota. Le advertí que tuviera cuidado y me tomé el atrevimiento de manipular un poco su cuerpo para que pudiera pasar por el espacio, una vez del otro lado, tomé su mano otra vez y lo hice andar algo más, de forma que quedáramos en la espesura y fue en ese momento que recordé que aquí, bajo la lluvia, había pensado en nuestra conversación de la azotea. Sobre el cielo, aquel bajo el que se encontraba el que había sido nombrado para volar, y los árboles, como el nombre que me habían dado. —Listo. Puedes abrir los ojos —anuncié dándole un apretón a su mano antes de soltarlo con cuidado.
Asentí en acuerdo silencioso, imaginando la clase de declaraciones incomprensibles que saldrían de la boca de una señora con la formación suficiente para cruzar el océano en busca de un posgrado científico. Ese pensamiento fue demasiado largo. Si mi cerebro ya echaba humo oyendo las anécdotas académicas de Subaru, el único de nuestro grupo de infelices estudiando en la universidad, el de Ilana debía quedar directamente calcinado. Con todo, comprendía la sensación de simplemente disfrutar el oír a alguien hablando de lo que le apasionaba. —Medicina regenerativa como, ¿para curar el cáncer y eso? —pregunté desde la más pura de las ignorancias. El mundo se había oscurecido por completo y en pocos segundos mi oído ya se había agudizado. Los primeros pasos fueron dubitativos, me sorprendí un poco más de la cuenta con el choque del sol y apreté los párpados por reflejo. Ah, querido astro celestial, siempre tan violento en verano. La escuché, claro, pero estaba demasiado concentrado en lo que mis pies encontraban, así que almacené mi respuesta para después. ¿Por qué estaba haciendo esto? ¿Qué hacía yendo a ciegas por el patio y adónde diablos íbamos? No conocía la resolución de ninguna de mis incógnitas. Al menos cumplíamos nuestro objetivo, ¿no? Eso de acabar por todo lo alto. Y, también, conservábamos la simpática tradición de Ilana arrastrando a Kakeru a lugares. Poco a poco, el murmullo general del patio quedó tras mi espalda y su canción fue ganando terreno hasta ocuparlo por completo. No entendía una palabra y supuse que no lo necesitaba, pues una pequeña sonrisa mantuvo mis labios curvados. Habían sido varias las ocasiones donde se permitió demostrarme el gusto que le daba la música, pero siempre habían sido tarareos pasajeros o frases sueltas. Me aseguré de permanecer callado y la oscuridad, lentamente, se estampó de colores provenientes de su canción. Fue todo muy bonito hasta que nos detuvimos y empezó a... ¿tenía que agacharme? ¿Y pasar una pierna, y luego la otra? Sentí un mechón de cabello engancharse con algo y deslizarse, por suerte era lo suficientemente lacio. La risa que solté se permeó de incredulidad. —Muy bien, empiezo a preocuparme —confesé, y la sentí recuperar mi mano—. Oh, Dios, ¿todavía no llegamos? Y así y todo, no había abierto los ojos ni un instante. Que alguien reconociera mi compromiso, de verdad. Retomamos el andar y, de un momento al otro, lo primero que noté fue que el sol sobre nuestras cabezas desaparecía. El frescor fue agradable. Al recibir la autorización no lo dudé ni medio segundo y por fin recuperé la vista. ¿Un... bosque? ¿Estábamos en un bosque de verdad? Giré en la dirección de la cual proveníamos, pero la vegetación era demasiado densa y no se veía nada. Intenté conectar neuronas. Agacharme, el pelo enganchado... Claramente esto no era terreno escolar. ¿Habíamos cruzado la valla? Me reí con ganas. —¿Querías presentarme a tu familia? —pregunté, apoyando una mano en el tronco más cercano. Pobre criatura, jamás dejaría de molestarla con eso, ¿cierto? Desvié esa misma mano y me rasqué el cabello, sin superar plenamente la sorpresa. El follaje nos protegía del calor y se respiraba un aroma húmedo y terroso. Pensé en su pueblo natal, nuestra conversación del invernadero, y entendí que quizás ella, aún de forma inconsciente, vivía en la eterna búsqueda de estos lugares. Su obsequio para mí, había dicho. —Esto... ¿Cómo rayos lo descubriste? Pretendía que el tamaño de mi sonrisa se disfrazara de incredulidad, disimulando el golpe de alegría que me había dado en el estómago.
—También para la regeneración de otros tejidos, sobre todo lo que es tejido cardíaco —añadí con un poco de orgullo. Por mucho que me sintiera... desconectada en esta jungla de concreto, con las luces cegadoras y los nacionales prejuiciosos, jamás podría ser tan egoísta para desbaratar el sueño de mi madre. Amaba verla plena, emocionada, trabajando por algo que le había costado lágrimas, horas de sueño y de tiempo compartido con nosotros. Nos amaba, a papá y a mí, pero también dejaba claro que no quería dejar de amarse a sí misma por ello. Por otro lado, era bueno ver que manteníamos las buenas costumbres y yo seguía llevándolo a cualquier parte, pues porque él se dejaba. La idea me hizo gracia y una risa se quiso atravesar en mi canción, pero logré atajarla a tiempo. A la hora de pasarlo por el hueco de la valla pensé que habría sido glorioso grabar esto para luego partirnos de risa, pero tampoco iba a hacer todo el set up si estaba cuidando no matarlo en el intento. ¡Tenía que llegar de una pieza! —Ya habías empezado a temer por tu vida, creo que estarás bien con algo de preocupación —atajé mientras tomaba su mano otra vez—. Dicen que lo bueno se hace esperar. Al final me dio un poco de ternura que de verdad no abriera los ojos ni para pasar por la valla, porque entonces lo que parecía simple curiosidad tomó forma de confianza y pensé que, bueno, eso también era un halago a su manera. Cuando se lo indiqué abrió los párpados y desde su costado, donde me había quedado, contemplé su reacción y lo vi buscar el lugar por dónde habíamos ingresado. Su risa me alcanzó de nuevo, se rio con ganas y el sonido repicó antes de que se me contagiara al escucharlo no dejar ir lo de los árboles. —Cuidado con dónde tocas a mis familiares —advertí poniéndome terriblemente seria. Recorrí el espacio hasta que ubiqué una roca donde dejé el bento que al final me había enganchado al brazo para poder lograr la faena de pasar al chico de, ¿cuánto medía, ya que estábamos? Le eché un breve vistazo, sutil, y aposté que le andaría cerca al metro ochenta y pasar esa altura por la valla no era tan sencillo tampoco. Como me liberé la mano pude permitirme estirar el cuerpo, elevando los brazos hacia las copas de los árboles y al relajar los músculos de nuevo, di un par de pasos y luego giré despacio sobre mi eje antes de volver a mirarlo. El olor de la hojarasca y el fresquito de la sombra me hacía bien al alma, su sonrisa también, ya de paso. —¡Es un secreto secretísimo! —defendí muy convencida, pero volví a acercarme a él y lo pesqué por las muñecas, balanceando el punto de contacto—. Gracias por acompañarme e incluso venir a ciegas. Es un parche de bosque, pero quería compartirlo contigo porque me hace feliz y ya. Como el tiempo que me regalas y las veces que has pensado en mí lo suficiente para hacerme un obsequio. Afiancé un poco el agarre en sus muñecas y le hice un mimo con los pulgares. Habría sido muy gracioso saber que este chico se había hecho un lío por darme la kalimba cuando yo guardaba incluso la margarita que me había dado el día del invernadero, que me había convocado como si la flor fuese un código o algo. La había secado entre los libros, rezando porque la humedad no me jugara una mala pasada. —Así que gracias por eso y por haberme dicho que podía acudir a ti si alguien me molestaba otra vez —continué y aunque de pronto parecía esto un sincericidio, no sé, no vi por qué callarme aunque me dio vergüenza y bajé la vista a algún punto de su torso—. Ojalá te guste que pasemos el receso aquí afuera.
Vaya, su mamá sonaba... bastante cool de repente. O sea, de por sí "posgrado en biomedicina" tenía mucho estilo, pero sumándole la vocación ¿altruista? pues qué le quedaba a los burdos mortales, ¿no? El orgullo en su voz no me pasó desapercibido, y es que no era para menos. Los límites de mi mundo siempre habían sido humildes y estrechos, mi familia pertenecía lisa y llanamente a la clase trabajadora y yo mismo no soñaba con nada demasiado grande. Mi hermano había sido el único ambicioso y luego estaba Kou, los Shinomiya en general. Si me detenía a pensarlo, tendía a sentirme pequeño junto a personas exitosas. —Y uno aquí derrochando todos los fines de semana de su vida en tonterías —bromeé, sin saber qué otra cosa decir—. Qué grande la señora Rockefeller, ahora me dices que el señor Rockefeller es el líder del partido comunista y me pego la vuelta aquí mismo. De por sí el apellido sonaba importante, me di cuenta de repente. Luego cruzamos la valla, alcanzamos la porción de bosque que ella había elegido y, al cuestionarme que dónde tocaba a su... digamos que a su tío, removí la mano enseguida y me miré la palma, consternado. —Lo siento, otro-señor Rockefeller —le dije al árbol, con reverencia y todo; me erguí y observé alrededor—. Vaya, tantos señores y señoras Rockefeller, ¿y ninguno es tu hermano? Qué triste tu vida, Lana. El sitio era muy bonito, pero empecé a preguntarme si nos meteríamos en problemas por estar aquí y me preocupé sólo un poquito. Además, la naturaleza y yo, yo y la naturaleza, no podía decir que fuésemos precisamente amigos. Había comenzado a preguntarme dónde rayos se suponía que me sentara y me distraje en sus movimientos, aguardando, quizá, una invitación que resolviera mi repentino dilema existencial. La vi dejar la bolsa, estirarse y deambular antes de volver junto a mí. —¿No se lo dirás ni a tu fan número uno? —murmuré mientras ella envolvía mis muñecas. No tenía qué, la verdad, ni siquiera lo pretendía. Su agradecimiento fue dulce y se me antojó honesto, tal vez demasiado para mi preparación mental de mero receso escolar. Por otro lado, era Ilana, ¿no? Ya sabía que hablaba por los codos y mucho de lo que decía siquiera lo filtraba. Así como la ocasión de los bombones, eran cosas que hacía y se le ocurrían porque valoraba la amistad que estábamos construyendo. Éramos amigos antes que cualquier otra cosa. Además, había nacido en un pueblo lleno de paisajes como este, ¿no? Debía ser terriblemente común para ella irse al bosque con... con sus amigos, sí. Su pequeño discurso perdió algo de fuerza hacia el final y la forma en que evitó mis ojos me hizo pensar que probablemente se había avergonzado. Sonreí, atento a la caricia de sus pulgares, y no me atreví a mover un músculo con tal de no romper la intención de su contacto. —Por mucho que hayas amenazado con volverme un arbusto parlante... —Miré alrededor—, y por mucho que esto parezca el lugar perfecto para hacer una cosa así... ¿Recuerdas mi superpoder? —Me incliné levemente hacia ella, buscando sus ojos—. Me gusta este lugar, es lindo y tranquilo. Gracias por traerme. Deslicé los brazos para poder envolver sus manos, darles un apretón breve y soltarlas. Le concedí una última sonrisa antes de rebasarla y empezar a acercarme a la roca donde había dejado sus cosas, con la atención puesta en todo lo que nos rodeaba. —Aunque ahora tendrás que decirme. —Me detuve y la miré—. ¿Quién tuvo la maravillosa idea de estropear mi regalo? ¿A quién debo envenenarle la comida?
—Y yo derrocho hasta los días de semana —reboté a su broma y me reí por lo que dijo de papá, pero pensé que si soltaba que era el sargento de yo no sé qué unidad era igual—. ¿Lo bueno? ¡Yo solo soy yo! Creí que con ese comentario se daba por cerrado el asunto, que tampoco creía fuese tan importante. Al final yo... Bueno, yo no aspiraba a ser un ancla de la justicia y la salud del mundo ni nada tan trascendental. Quería hacer lo que de verdad me hiciera sentir yo misma de alguna manera. Suponía que mis padres lo entendían o eso quería pensar. El asunto era medio abstracto, pues aunque fuese en silencio de alguna forma siempre creía que debía ser mejor de lo que era ahora, que podía serlo. Ya en el exterior verlo quitar la mano del tronco me sacó una risa directo del pecho, que se disculpara con el otro señor Rockefeller casi hizo que se convirtiera en una carcajada y después agité una mano, restándole importancia. ¿Cómo habíamos establecido que no había un solo hermano aquí? Algún árbol tendría que haber nacido después de mí o... o no hace tres décadas, por decir algo. Ya ni modo, tocaría improvisar. —Es súper triste, claro, pero aprendo a vivir con eso. No me queda más —solté con pesar impostado—. Ah y dice el otro señor Rockefeller que no pasa nada, pero que tengas más cuidado. No es como que el árbol dijera algo en verdad. Eso a un lado, pues estábamos afuera, pero yo no era el mejor punto de referencia para pensar en potenciales castigos o cosas así. Me escapaba de casa para meterme al bosque, ¿qué iba a importarme si me pescaban los profesores? Ni siquiera se me había ocurrido. Pensaba tan poco en ello que me puse a recorrer el espacio sin más antes de regresar con él y me reí bajito. —No se vale que uses la carta de fan número uno, ¿sabes? Tengo un soft spot por mi querídisimo fan —bromeé y antes de la terrible confesión, me desinflé los pulmones y cedí. Total ya el secreto había sido filtrado, que me perdonara Morgan, pero me habría pesado en el corazón no traerlo—. Morgan me trajo. De hecho esta es apenas la segunda vez que vuelvo. Igual el contexto era innecesario, por eso no lo mencioné. En sí el bosque para mí representaba un montón de cosas, en él había conexión, libertad, aprendizaje. Era de alguna manera en donde más podía ser yo de la forma en que me diese la gana y se me ocurrió hasta ese momento que tal vez por eso solté tanto la lengua con los agradecimientos. Por eso no me frené incluso si me avergonzaba. Además, de cierta manera podría decirse que conocíamos fracciones algo vulnerables del otro, partiendo de cómo había comenzado a hablarle y cómo yo había elegido contarle lo de Shimizu y hoy había elegido traerlo aquí. Era, así como él cerrando los ojos, mi muestra de confianza. Abochornada o no, que trajera a la mesa lo de volverlo un arbusto parlante me hizo murmurar un "No voy a volverte un arbusto" que sonó algo quejumbroso, como si le reclamara por creerme capaz de semejante cosa todavía. No me duró mucho, pronto buscó mis ojos, luego de preguntarme si recordaba su superpoder, y sonreí sin darme cuenta en verdad. Sus palabras también me recordaron el papel que le dejé, el comunicado luego de los bombones, y pensé que al pobre le tocaba estarme recordando que apreciaba mis regalos por repentinos o, en este caso, extravagantes que fueran. Reflejé el apretón que dio en las manos y cuando me soltó uní las mías tras la espalda. Traté de batear también el pensamiento de que quizás lo tocaba demasiado, en esencia porque no se me apetecía del todo soltarlo, pero pues ese era defecto mío. Era un poco mano suelta. —Gracias por dejarte secuestrar —dije por la pura tontería, aunque el tono me salió suave, algo enternecido por su propio agradecimiento. Lo vi acercarse a donde había dejado las cosas, así que seguí sus pasos y quité de allí el bento envuelto que resguardaba la botella y la kalimba. Evalué la roca hasta que supuse que podría servirnos a los dos y estaba por sentarme cuando habló de nuevo. Por un momento las neuronas me hicieron cortocircuito, me quedé recalculando y me iluminé con lo que decía su notita. No le respondí de inmediato, en su lugar me senté en la roca y di una palmadita a mi lado, invitándolo a hacer lo mismo. A la vez extraje el instrumento de dónde lo había guardado y pulsé algunas teclas, fue para probarlas, ayer había estado practicando otras canciones, pero igual había una que quería tocar para él, el tema era que debía aprenderla bien primero. Tendría que esperar un poco. —Fue mamá, así que sin comida envenenada, por favor. Papá pasó a dejarme a la escuela y antes de irse me dio una bolsa que ella le encargó, yo no la abrí hasta el receso y, ¡no, espera! —Despegué la vista de la kalimba y lo miré a él, ofendida—. ¡Tú me viste y ni siquiera se te ocurrió saludarme! ¡Ni te vi pasar! Al chico le reclamé como si no fuésemos compañeros de clase ni nos viéramos las caras on a daily basis y mucho menos nos hubiéramos echado esa misma mañana enviándonos mensajes tontos. El arrebato me dio vergüenza porque no lo pensé hasta después y porque... medio que sí era en serio, así que giré apenas el cuerpo para centrarme en las teclas metálicas. Me concentré la módica suma de cinco segundos y luego me distraje tomando un mechón de mi cabello, mirando las puntas. Al dejarlo caer ocupé los ojos en la planta más cercana y las manos otra vez en el instrumento. —Igual la que me regaló mamá no tiene flores —añadí en voz baja—. Te aseguro que no puede competir contra eso.
Me acompasé a su risa y dejé el tema morir, sin brindarle verdadera importancia. De por sí habíamos acabado allí gracias a los reptilianos y los dedos arcoíris de Patterson-sensei, ¿cómo habría de tenerla? Una vez en el bosque, suspiré aliviado el descubrir que el árbol Rockefeller había aceptado mi disculpa y más tarde, con sus manos ya en mis muñecas, una sonrisa involuntaria me alcanzó los labios. Eso del soft spot sí logré entenderlo e, incluso siendo una evidente broma, pues me gustó cómo sonó. —Vale, de Morgan sí que no me extraña y tampoco planeo cuestionarlo —resolví, junto a una risa—. Descuida, el secreto muere conmigo... ya sabes, porque viniste a matarme. ¡Ah! ¡Por eso me lo estás diciendo! No hice demasiado escándalo ya que su agradecimiento seguía en cola de espera y, la verdad, poseía mayor relevancia. Una vez me tocó responder, me esforcé por estar a la altura y su queja, mezcla de refunfuño y réplica, me tintó la voz con un dejo de ternura. —Ah, un placer —contesté al aire luego de rebasarla—, ser secuestrable es uno de mis mejores pasatiempos. No hay mejor forma de darle adrenalina a la vida que dejándote secuestrar por las futuras mentes maestras del mundo, ¿no crees? La broma hacía referencia a aquella charla absurda según la cual cometía un genocidio tras llegar al poder. A ciencia cierta, no creía que hubiera motivos demasiado profundos u oscuros para mi complacencia. A Shimizu le había admitido que, muy tristemente, sufría un poco de complejo de héroe, pero eso no era todo. Ilana me había pillado en un momento de absoluta (y patética) debilidad. La simple casualidad había abierto una brecha, una grieta en la puerta que me impedía cumplir a la perfección el papel que acostumbraba sostener, y esa prohibición, paradójicamente, me brindó cierta libertad. Me sentía cómodo con ella, me divertían los disparates que salían de su boca y me sorprendía a mí mismo adecuándome a su ritmo sin necesidad de fabricarlo o anticiparlo. Tomé asiento a su lado y entrelacé los dedos, que caían por el espacio entre mis piernas. La vi manipular la kalimba y sacarle un par de notas hasta que decidió responder a mi pregunta. La mención de la estimada señora Rockefeller alzó mis cejas y automáticamente sacudí la cabeza, casi horrorizado. No, no, ¿cómo podría hacerle algo malo a la biomédica que combatía el cáncer? La comida envenenada quedó por completo descartada. Pensaba responderle cuando ella reaccionó de repente y me reclamó el episodio de ayer, pillándome desprevenido. Ah, claro, a mí ni se me había ocurrido la posibilidad de que se la hubiesen obsequiado literalmente ayer. Eso volvía mi suerte aún menos afortunada. —Lo siento —contesté al instante, intentando sonar conciliador sin pretenderlo, y cuando ella regresó a la kalimba yo incliné la cabeza hacia un costado—. Perdona, Lana. Cuando pasé justo estabas tocándola, y encima había tres personas que no conozco de nada. No me animé a interrumpir. Además... ¿Un sincericidio compensaría la ofensa? Esperaba que sí. —Ya la había comprado (a la kalimba, quiero decir), y cuando te vi tocando una me sentí un poco tonto. —Cierto bochorno navegó mi sonrisa—. No era que pretendiera que fuera el regalo del siglo ni nada, pero sí me hacía ilusión darte una y... bueno, fue un poco decepcionante. Entre todo el cacao mental ni se me ocurrió acercarme. No la creía realmente capaz de enfadarse, pero tampoco me quedaba tranquilo librándolo a la suerte. Su agregado me ayudó a quitarme parte de la vergüenza y la sonrisa me entrecerró los ojos. —¿Te gustan las flores? —pregunté en voz baja, y repasé la textura de la pintura con la yema de un dedo—. Son margaritas, ¿no?
El señorito fan número uno dijo que de Morgan no le extrañaba y que no lo cuestionaría, lo que me sacó una risa baja y siguió con el asunto de que venía aquí a matarlo y que, encima, por eso se lo había dicho. Oh, come on, this boy needed to pick a struggle! ¿Lo aventaba a un agujero en el bosque o lo convertía en arbusto parlanchín? Ninguna era compatible con la otra y si me daban a elegir, ni modo, acabaría siendo un nuevo invento de la ciencia y no se libraría de oírme hablar nunca más, porque hasta donde yo sabía los arbustos no tenían piernas con las que salir corriendo. Fue un pensamiento tan absurdo que me habría seguido riendo de no ser porque estábamos en medio de mi agradecimiento/sincericidio. Su contestación a lo del secuestro me hizo menear la cabeza un momento, entre divertida e incrédula. Puede que le quedara debiendo lo de la mente maestra, por mucho que saliera de una de nuestras varias nonsense talks, pero la parte del secuestro nunca quedaría pendiente, ¿o sí? Estaba patrocinadísima por "Ilana arrastrando a Kakeru a lugares". En cualquier caso, se sentó junto a mí y le fui contando el asunto de la kalimba, el pobre negó apenas descubrió que la autora intelectual de arruinar su regalo había sido mi madre y yo seguí parloteando hasta que las neuronas me hicieron sinapsis. Fue la sinapsis más torpe de la historia, eso fue lo peor, y me quedé un poco en neutro intentando balancear la idea de estar siendo ridícula, aunque al empezar a escucharlo lo miré por el rabillo del ojo. Ahora era cuando el soft spot me pegaría un disparo en el pie, ¿verdad? —Ah, es cierto —murmuré, arrugando las cejas—. Estaba con los Hattori y Meyer... Supongo que habría sido un poco raro. Aunque para cosas raras está Yuta, que me llamó de pronto, yo estaba sola al principio. La cosa fue más o menos una asociación libre, pero no ayudó para nada a que procesara la suerte de espectáculo que había montado. Estaba pensando en eso y en lo del soft spot todavía sin mirarlo directamente, hasta que de pronto fue él quien empezó con las confesiones. Giré un poco el rostro, de forma que pude ver el tinte de su sonrisa y me causó entre gracia y ternura todo el lío mental resultante. Hasta entonces había tenido el ceño algo fruncido y no me di cuenta de que suavicé por completo las facciones. Cuando preguntó por las flores bajé la vista al instrumento, de forma que lo vi repasar una, y asentí con la cabeza con una cuota de entusiasmo que no pude regular. —Están hermosas —dije de inmediato y la mención a las margaritas me obligó a inspeccionar la kalimba, haciéndome ahogar un sonido de sorpresa al darme cuenta de mi poca atención al detalle—. ¡Son margaritas! Dios, qué vergüenza, ahora soy yo la que no reconoce una. Encima eso es como excesivamente cute, ¿nos hablamos con margaritas ahora? Al decirlo una risa cristalina me sacudió el pecho y repasé una con la punta del dedo yo también. Hablando del disparo en el pie, ya me había olvidado por completo de la tontería de que no me había saludado, a pesar de ello, volví sobre lo que había dicho antes de hacerme la pregunta. Busqué sus ojos de nuevo, mi sonrisa no desapareció del todo, sólo se relajó y al hablarle incliné un poco el cuerpo hacia adelante, ladeando la cabeza para verlo bien. —El único escenario en que habrías sido un tonto de verdad era si no me la dabas nunca y la dejabas agarrando polvo por ahí. Si de alguna forma me enteraba te habría reclamado hasta el año que viene y el siguiente y el siguiente también —dije en un arrebato de sinceridad que podía salirme muy bien o muy mal—. Quiero decir, es un obsequio tuyo. Lo compraste porque te hablé de eso, te acordaste y te hizo ilusión regalármelo... Incluso si hubiesen iguales, para mí es diferente porque viene de ti. Es un regalo que habla de la forma en que me escuchas sin importar de qué tantas cosas te hable, en el mar de tonterías que digo bien podría haberse quedado perdido y ya, pero tú no lo perdiste, ¿cierto? Había desmembrado y reformulado una frase como la recordaba, porque no supe bien cómo traducirla sin que sonara excesivamente afectuosa o algo así. Con todo y esa suerte de esfuerzo mental extra, creí que lo que dije finalmente guardaba la esencia de la idea y también la que comenzaba a notar en él. Era atento y detallista, lo que hablaba de la atención que le prestaba a las personas. Tomé el objeto con cuidado y lo deposité sobre su regazo de la misma manera. Regresé la espalda a la postura anterior, pero incliné un poco el cuerpo en su dirección y pulsé una de las teclas, el sonido de la pulsación se elevó entre nosotros y creí notarlo avanzar por la espesura. Siempre me había gustado cómo corría el sonido por el bosque según el viento y la cantidad de árboles. —Puede que para ti suene igual, sobre todo porque no tengo la otra aquí, pero me di cuenta de que el timbre el distinto. Nunca hubo nada por lo que sentirse tonto o algo parecido, porque como noté la diferencia en el sonido de la kalimba, te oigo a ti. —Pulsé otra tecla y después, como si tuviera que balancear todo aquello, bromeé con algo relacionado a los mensajes—. Por eso el rollo de chico misterioso no te serviría conmigo, nada tenía que ver con las florecitas. Empiezo a conocerte, al menos cómo eres conmigo. La tontería me estiró una nueva sonrisa en el rostro mientras regresaba el instrumento a mi espacio, esta vez para dejarlo con cuidado sobre el pañuelo del bento luego de desenvolverlo y apoyé el almuerzo en mis piernas. No probé la comida ni nada, simplemente estiré las piernas hacia adelante y enganché un talón sobre el tobillo. —Eso a un lado, ¿cómo las aventuras kakeruísticas te llevan a terminar comprando una kalimba? —pregunté un poco entretenida con la idea de imaginarlo metido en alguna parte y topándose el objeto de pronto o algo así—. Además, nunca había visto una con flores pintadas. Así que eso hace que tenga algo como super exclusivo, ¿verdad? Wait! Los cupcakes rositas con... ¡con margaritas! Kakeru, estaban riquísimos y lindísimos, ¡casi tan lindos como la nota que seguramente debieron tener, señorito Misterio! Eso último sí fue para molestarlo directamente, pero me había acordado de pronto de ese regalo también aunque lo tuve presente en otros momentos. Poco me faltó por agarrar al pobre chico y zarandearlo, ya no porque no le hubiese puesto remitente a la comida, qué va, era porque me estaba muriendo de ternura con todas las cosas juntas, ¿y quién iría a culparme por ello? Que la kalimba, el postre y el sincericidio. Just like that, folded like a beach chair. Contenido oculto cuándo dejaré de escribir tanto help me lord
Mi sonrisa se amplió probablemente más de lo que debería. En el plazo de dos días ya tenía a dos chicas quejándose del famoso Yuta, Yutarín para los amigos, y comencé a preguntarme qué clase de persona sería. Un grano en el culo, dadas las estadísticas. —¿Lo conocías de antes? —pregunté, para aclarar el panorama y la... rareza del evento. Al mencionarle las margaritas, su sorpresa me arrancó una risilla que disimuló cierto grado de pena. ¿No se había dado cuenta antes? Suponía que, al final, no me habían quedado muy bien... La miré, barriendo el pensamiento sin esfuerzo, y murmuré un sonido afirmativo. —Margaritas y gotitas de lluvia —respondí, y mi sonrisa se ensanchó. No había pretendido que mi confesión derivara en ningún tipo de conversación seria, pero ella viró el torso en algo que se asemejó mucho a esa intención y le presté atención. Dejando de lado el dejo de vergüenza por la evidente exposición, me... me alegraba oírla decir estas cosas. Eran una forma de asistencia, una segunda voz ayudándome a recordar que no todo en el mundo era tan negro. Que yo no era, quizá, tan inútil. —Me jacto de mi buena memoria —bromeé en un murmullo, intentando disolver un poco el asunto. Me alegraba, sí, y al mismo tiempo me colocaba en una posición algo incómoda. Me gustaba hacer estas cosas, fueran los cupcakes, el libro de cuentos para Jez o esta kalimba, pero no sabía cómo lidiar correctamente con la gratitud posterior. Quizá fuera por eso que, sin quererlo o no, excluyera mi nombre de las tarjetas, y toda la estupidez del hombre misterioso fuera una tapadera burda. —Al final serás tú la telépata... —me lamenté en voz baja, recibiendo la kalimba en mi regazo. Ella presionó una tecla y me tomé el atrevimiento de imitarla, sonriendo levemente ante el sonido. Una vez la removió, me estiré por detrás de su espalda y tomé mi propia bolsa, abriéndola entre mis piernas para hacerme del bento. Iba a responder su pregunta, pero Ilana tenía la costumbre de... bueno, de seguir hablando, y su conexión de ideas la llevó de regreso a los cupcakes con, sorpresa, margaritas. Me reí, el sonido salió directo de mi pecho. —Mini Ishi... Ko, quiero decir, que le decimos Mini Ishi porque ya tenemos un Ishi, me había pedido si podía pasar a retirar unas cuerdas que había encargado en una tienda de música cerca de casa. Le hice el favor y fue ahí donde vi la kalimba, y me acordé de ti. —Me encogí de hombros, intentando restarle importancia adrede mientras me distraía abriendo mi almuerzo—. No era cara, la verdad, y justo me habían pagado, así que tomé decisiones impulsivas. En mi mente estaba siendo un héroe sin capa, ya sabes, pero claro que la señora biomédica sería más inteligente y rápida que yo. Hablando de reptilianos... ¿Ya habíamos vuelto ahí? Golpeteé los palillos entre sí y la miré de soslayo, entretenido. —Dijiste que no elegirías una chica de preparatoria. ¿Qué serías, entonces? Si fueras reptiliana, que definitivamente no lo eres.
Ante su pregunta de si conocía a Yuta de antes negué con la cabeza, lo que seguramente me dejaba también, de cierta forma, en la categoría de personas que no se darían cuenta de que serían empujados a un sumidero hasta que estuvieran cayendo. Daba igual al final, estaba en la escuela y más allá del incidente Shimizu, en el que no me había metido a voluntad claramente, no es que me hubiesen pasado más cosas cuestionables como para estar a la defensiva ni nada. Además, estaban las dos chicas y el receso compartido no había estado mal, pero claro, ¿cómo iba a estarlo si a mí lo que me faltaba era hablar con mi sombra? Ahora mismo Yuta daba lo mismo también, ¡yo estaba ocupada aquí con las margaritas! Si me pillaba en un día de rumiar ideas sin sentido, puede que este regalo hasta me hubiese puesto a lloriquear, de hecho de pronto me quisieron arder los ojos sin motivo y recordé a mi padre abordando a Shimizu en la entrada de la escuela, a las gemelas Minami contándome que había aparecido en su casa y todas esas cosas. No era que... no lo pensaba todo el día ni me estresaba por ello en loop, pero quizás de pronto sencillamente me di cuenta de que aquí afuera, con Kakeru, las margaritas y las gotitas de lluvia me sentía segura. Me sentía vista y contenida. Parpadeé algunas veces, logrando deshacer la sensación con rapidez, y me puse con la conversación seria, ¿por qué? Porque me había pintado, porque a mí me parecía importante y punto. Era un poco demasiado sensible para ciertas cosas, así que tendría que soportarme, para variar. El apunte a su buena memoria me amplió un poco la sonrisa y me tragué las ganas de decirle que en verdad la memoria era una cosa un poco caprichosa. —¿Estás diciendo que el que no reconocía una margarita hasta que se lo dije ahora me ganaría en un juego de memoria? —contesté, divertida, pero mi tono seguía siendo suave y estaba parchado de la ternura que hace rato no me abandonaba el pecho. Su lamento de que al final sería yo la telépata me sacó una risa nasal, no pude evitarlo incluso al dejar el instrumento a su alcance. Toqué una nota, él me imitó y sin ser consciente de ello, mis ojos buscaron repasar su rostro de forma que noté su sonrisa ante la pulsación del instrumento. No dije nada, claro, y regresé la atención al objeto como si nada. —¿Yo? No creo. Pensemos que mi telepatía es en verdad... intuición femenina —murmuré—. A veces una chica solo sabe cosas. Seguí hablando, obvio, y mi unión de pensamientos hasta los cupcakes al final lo hizo reír y a mí se me contagió un poco la gracia al oírlo empezar a contestarme con el orden de los Ishi. Caí en que no le había preguntado a Kohaku si daba igual que me dejara la guitarra en vacaciones, pero suponía que ya era algo tarde para eso, ¿o no? Además, si había un momento para practicar era en el verano. De la manera que fuese, fui abriendo mi propio almuerzo. —Eso tiene sentido, dudaba mucho que las kalimbas aparecieran por generación espontánea en alguna tienda random —dije y volví a reír por el comentario hacia mi madre—. Estaban en competencia sin saberlo, es más, ¡ella sigue sin saber que fue más rápida! Pero ya que lo dices, héroe sin capa, para mí sigues siéndolo. Que volviéramos a los reptilianos y al escenario hipotético de que yo fuese uno me resultó cómico. Y es que para empezar, ni siquiera me había puesto a pensar qué sí sería, ¿qué haría si pudiera elegirlo sin preocupaciones ni consecuencias, si pudiera subir los escalones a la velocidad que me diera la gana?. —I'm not! No tengo las manos azules ni violeta, ¿ves? —dije para disimular que no tenía idea de qué contestar y dejé el tenedor en mi comida para alzar la mano, enseñándosela—. En verdad no sé qué sería. ¿Viste que esto de los reptilianos siempre involucra como que puestos de poder o corrupción inmensos? Yo... supongo que no haría fraude fiscal ni lavado de dinero ni abusos de autoridad, creo. Puede que eligiera una cosa tan sencilla como ser una artista reconocida, una actriz o una cantante o una compositora, yo qué sé. Al contestar entonces probé bocado por fin y al terminar de masticar, giré el tenedor y le piqué la mejilla con el otro lado. Pobre hombre, no lo dejaba en paz. —¿Y tú? ¿Qué serías? Me acabo de acordar, antes estábamos culpando a los Malfoy de todos los males, ¿te sabes tu casa de Hogwarts?