Prólogo La primera vez que la vi Nunca pensé que un simple “¿te apetece venir con nosotros?” cambiaría tanto mi vida. Tenía quince años, esa edad rara en la que aún eres un niño para unas cosas y un adulto en potencia para otras. Mi mundo se limitaba a las mismas calles, las mismas caras y la rutina de siempre. Mi grupo de amigos era pequeño, cerrado, y yo estaba cómodo ahí. Por eso, cuando uno de ellos me dijo que solía salir con otra gente y que estaría bien que yo me uniera, lo primero que sentí fue rechazo. ¿Qué pintaba yo metiéndome en un grupo ya hecho, con bromas internas y códigos que yo no entendería? Imaginaba miradas raras, silencios incómodos, esa sensación de ser “el nuevo” que no soportaba. Pero mi amigo insistió. “No pierdes nada, Javi. Vente, son majos, te vas a reír”. Al final cedí. A veces uno acepta por no escuchar más, y eso fue lo que hice: aceptar. Recuerdo perfectamente aquella primera tarde. El sol caía despacio y yo iba de camino al parque donde me habían citado, con el estómago encogido y la cabeza llena de excusas por si me arrepentía a última hora. Pero cuando llegué, me recibieron con sonrisas. Un “hola” sincero, un hueco en el banco, una broma para romper el hielo. Y, contra todo pronóstico, me sentí bienvenido. Hablamos de tonterías, reímos de cosas sin importancia, y poco a poco mi incomodidad se fue diluyendo. Eran como yo: chavales de mi edad con ganas de pasar las tardes en cualquier esquina del mundo, con un paquete de pipas y mil historias que no llevaban a ningún sitio. No me di cuenta en aquel momento, pero esa decisión “la de aceptar aquella invitación” iba a marcarlo todo. Porque entre las risas, los juegos, las conversaciones sin trascendencia, había alguien allí que, sin buscarlo, iba a cambiar mi forma de sentir para siempre. Todavía no lo sabía, pero ese día fue el principio de la historia más larga y más intensa de mi vida: la de un amor que me acompañaría en silencio durante años, aunque ella nunca llegara a ni si quiera imaginar la cantidad de amor que sentía por ella.
A los quince años todo parecía girar en torno a los mismos rostros, las mismas calles, las mismas rutinas. Yo solía salir con un par de amigos de siempre, los de la infancia, con quienes compartía videojuegos, caminatas sin rumbo y silencios cómodos. Mi vida social cabía en un círculo pequeño y previsible, y la verdad es que no me molestaba. Había una tranquilidad en lo conocido. Pero un día, uno de esos amigos me propuso algo distinto: “Oye, ¿te apetece venir con nosotros? Siempre salgo con el mismo grupo, estaría bien que conocieras a más gente”. Yo dudé. No era de lanzarme a lo desconocido. Me sentía torpe al entrar en ambientes nuevos, como si todos pudieran notar en mi cara que yo no pertenecía. Pero insistió, y al final acepté, casi más por no quedar como un aguafiestas que por verdadero entusiasmo. La primera vez que fui, me sorprendió la naturalidad con la que me recibieron. Ninguna mirada rara, ningún gesto de desconfianza. Era como si llevara tiempo allí, como si hubiera estado ausente solo unos días y por fin regresara. Eso me descolocó y a la vez me relajó. No esperaba ser aceptado tan rápido. El grupo era una mezcla de personalidades y voces que se superponían sin orden ni concierto. Había quien siempre llevaba la iniciativa, quien hacía de payaso, quien se limitaba a asentir, quien discutía por deporte. Éramos jóvenes, con energía de sobra, y cualquier excusa bastaba para reunirnos: un banco en el parque, un paseo hasta el supermercado, una tarde en la cancha aunque nadie jugara bien al baloncesto. No necesitábamos más que estar juntos y llenar el aire de ruido. Yo, que hasta entonces había vivido más en mi mundo que en el de los demás, empecé a disfrutar de esa sensación de pertenencia. Era nuevo, pero no sobraba. Podía reírme de las bromas, aportar alguna ocurrencia, sentir que mi voz no quedaba perdida en el vacío. Fue como descubrir un idioma que no sabía que entendía. Dentro de esa multitud de risas y voces, ella estaba. Una más, al menos al principio. No me fijé en ella con ninguna intención distinta, ni busqué nada especial. Para mí era solo parte del conjunto: una chica entre tantas, hablando, riendo, caminando con los demás. Pero había algo invisible que la diferenciaba, aunque aún no supiera ponerle nombre. Era como si, sin hacer nada en particular, destacara del resto.
Al principio no había nada evidente. Ella hablaba, reía y caminaba como el resto, sin hacer nada que llamara más la atención que los demás. Pero poco a poco, en medio del barullo, empecé a notar matices. Como cuando escuchas una canción y de pronto te fijas en un instrumento que siempre estuvo ahí, sonando bajito, pero nunca lo habías reconocido. Era distinta, aunque yo no supiera todavía explicarlo. Quizá era la manera en la que se expresaba. Mientras muchos buscaban encajar a toda costa, ella parecía no tener prisa por demostrar nada. Tenía un aire sereno, como si no necesitara seguir el ritmo que los demás marcaban. Había algo en su postura, en la forma de mirar, que transmitía seguridad. Y eso, a los quince años, era como encontrar un faro en mitad de un mar agitado. Me llamaba la atención que hablara con más madurez que el resto. Sus frases tenían un peso distinto, como si hubiera vivido un par de años más que todos nosotros. Cuando opinaba, no lo hacía para quedar bien ni para agradar: lo hacía con claridad, sin titubeos, dejando claro qué aceptaba y qué no. Y lo curioso era que no necesitaba imponerse para que se la escuchara. Era suficiente con la firmeza en su voz. Mientras otros intentaban ser graciosos o exageraban historias para ganar protagonismo, ella se mantenía fiel a sí misma. No se esforzaba por brillar, pero brillaba. No buscaba llamar la atención, pero mi mirada empezaba a detenerse en ella cada vez con más frecuencia. A veces, sin darme cuenta, me encontraba siguiéndole la conversación más que a nadie, incluso aunque no tuviera nada especial que contar. No era lo que decía, sino cómo lo decía. Como si entre todas esas voces juveniles, la suya tuviera un timbre más claro, más definido, imposible de ignorar. Fue entonces cuando algo dentro de mí empezó a cambiar. No me había dado cuenta aún de lo que estaba germinando, pero sí notaba una diferencia: mientras con los demás compartía risas, con ella compartía atención. Y eso, aunque parecía una sutileza, lo era todo.
Recuerdo III – El carácter firme Hubo una tarde en la que lo entendí de golpe. Estábamos todos en el mismo banco de siempre, las pipas circulando de mano en mano, las botellas de refresco a medio acabar en el suelo, y el sol cayendo lento, tiñendo el cielo de un naranja cálido. Era una de esas escenas que se repetían una y otra vez, idénticas en apariencia, pero que siempre escondían algo nuevo. Uno de los chicos del grupo, de esos que disfrutaban provocando risas a base de molestar, empezó a bromear con ella. No era nada grave, apenas un comentario tonto, pero tenía un filo escondido que buscaba incomodarla. Los demás rieron, quizá por inercia, quizá por costumbre. Yo también solía reír esas bromas, aunque después me parecieran insulsas. Pero ella no. No se encogió de hombros, no hizo como que no pasaba nada. Se giró despacio, con la calma de quien no tiene prisa en responder, y lo miró directamente a los ojos. La risa del grupo se fue apagando poco a poco, como si esa mirada hubiera bajado el volumen de todo alrededor. Con voz firme, sin elevarla ni un tono, le dijo algo que se me quedó grabado: —No me hace gracia. Y si quieres seguir con eso, busca a otro. No hubo gritos, ni insultos, ni necesidad de defenderse con excusas. Fue directo, claro, irrefutable. Y lo más sorprendente fue el efecto inmediato: él, que siempre tenía una respuesta rápida para todo, se quedó en silencio, encogió los hombros y cambió de tema. El resto del grupo intentó recuperar la conversación como si nada, pero para mí nada era igual. Esa escena me golpeó más que cualquier broma. No era la primera vez que veía a alguien plantar cara, pero en ella había algo distinto: la seguridad, la convicción tranquila, el no necesitar aplausos ni aliados para hacerse respetar. Me quedé mirándola, todavía con las palabras resonando en mi cabeza. En ese instante la vi distinta, poderosa a su manera. Fue como si de pronto hubiera visto una parte de ella que hasta entonces permanecía oculta, una fuerza que no necesitaba exhibirse porque simplemente estaba allí. Y entendí que lo que me atraía no era solo su madurez, sino ese carácter firme que se imponía sin imponerse. Una claridad que, a esa edad, era rara, casi imposible.
Después de aquella tarde en el banco, ya no pude volver a verla igual. No fue un cambio brusco, más bien una transformación silenciosa que empezó a filtrarse en cada encuentro. En medio del bullicio del grupo, entre las bromas y las historias repetidas mil veces, me descubrí buscándola con la mirada. A veces me sorprendía contando cuántas veces sonreía en una tarde, o cuánto tardaba en volver de comprar algo en el kiosco. Si hablaba, mi atención se centraba en su voz, incluso aunque no tratara un tema que me interesara. Si callaba, me sorprendía mirándola de reojo, intentando descifrar en su silencio lo que pensaba. No era amor todavía, o al menos yo no lo llamaba así en ese momento. Era más bien una atracción invisible que me mantenía pendiente de ella sin que nadie lo notara. Mientras los demás reían, yo estaba atento a si ella también reía. Mientras alguien contaba una anécdota absurda, yo solo quería saber qué expresión pondría ella. Y lo curioso es que no necesitaba grandes gestos. Bastaba que se sentara cerca para que la tarde se volviera más liviana. Bastaba un cruce de miradas accidental para que me costara respirar un segundo. En esos silencios donde ninguno de los dos decía nada, yo sentía que pasaba algo. No podía ponerle nombre, pero lo sentía. Había días en que la observaba mientras hablaba con otros y me invadía un pequeño nudo en el pecho: la sensación de querer estar allí, en ese mismo lugar, formando parte de su atención. Otras veces, cuando se acercaba a mí por pura casualidad —para pedirme algo, para hacer un comentario al aire—, sentía que todo mi mundo se reducía a esa interacción mínima, como si el resto del grupo dejara de existir por un instante. Fue entonces cuando comprendí que la buscaba sin darme cuenta. Que, aunque fingiera ser uno más entre todos, mis ojos se desviaban siempre hacia ella. Era como un secreto que no podía contarle a nadie, ni siquiera a mí mismo en voz alta. Y en esos silencios compartidos, sin palabras, yo empezaba a descubrir que lo que sentía no era pasajero.
Recuerdo V – El descubrimiento El momento en que comprendí lo que sentía no llegó de golpe, como esas escenas de película donde todo encaja de repente. Fue más bien como un goteo constante: pequeñas señales que se iban acumulando, hasta que un día, sin querer, me vi ahogado por ellas. Recuerdo una tarde cualquiera. Estábamos de camino al supermercado, el grupo entero, ocupando la acera con nuestras voces altas y pasos desordenados. Ella caminaba unos metros más adelante, riendo de algo que yo no había escuchado. Y entonces me sorprendí observándola con una atención que iba más allá de lo normal: el movimiento de su pelo al girarse, la forma en que gesticulaba al hablar, incluso la manera en que sus zapatillas golpeaban el suelo con un ritmo casi despreocupado. Fue tan absurdo como revelador. ¿Desde cuándo me fijaba en esas cosas? ¿Desde cuándo me importaba si reía más o menos, si estaba cerca o lejos de mí? Al llegar a casa, me tiré en la cama y lo supe. No pude seguir engañándome. Me había enamorado. No era un enamoramiento superficial, de esos que se inflan rápido y desaparecen al primer viento en contra. Era distinto. No me gustaba solo por cómo se veía, sino por lo que transmitía: esa madurez que parecía sacada de alguien mayor, ese carácter que no se doblegaba, esa claridad en decir lo que pensaba. En ella no había disfraces. Y quizá por eso me atrapaba tanto. Pensé en lo injusto que era el corazón: había tanta gente alrededor, tantas voces, tantas sonrisas, y de todas, la mía había elegido fijarse en ella. Y no podía hacer nada para detenerlo. La certeza me asustó. Tener un “crush” pasajero era fácil, podías reírte de ello con los amigos, dejarlo atrás en unas semanas. Pero enamorarse era distinto. Enamorarse significaba arriesgarse, significaba admitir que esa persona tenía el poder de alegrar o arruinar tus días con un gesto. Me pregunté mil veces por qué tenía que ser ella. Y siempre volvía a la misma respuesta: porque era distinta. Porque, sin pretenderlo, me había mostrado una forma de ser que yo no había visto en nadie más. Esa noche, al cerrar los ojos, lo acepté por fin: estaba enamorado. Y aunque todavía no sabía qué hacer con ese sentimiento, ya era demasiado tarde para deshacerlo.
Recuerdo VI – El peluche Fue en uno de esos viajes rutinarios al supermercado, el tipo de salida que se repetía tantas veces que casi no tenía sentido recordarlas. El grupo solía entrar en tropel, algunos con monedas sueltas en los bolsillos, otros sin dinero pero con la esperanza de que alguien compartiera algo. Yo iba detrás, como siempre, dejando que las voces rebotaran en los pasillos y llenaran el aire. No esperaba nada distinto. Pero entonces lo vi. Entre estanterías cargadas de galletas y montañas de bolsas de patatas fritas, en una esquina medio olvidada, había un peluche gigantesco. Era tan desproporcionado que parecía fuera de lugar, como si en vez de estar en venta lo hubieran dejado allí para decorar. Sus brazos eran enormes, sus orejas desmedidas, y ocupaba tanto espacio que casi parecía un personaje vivo observando el ir y venir de la gente. Me quedé quieto, clavado en el suelo. Los demás siguieron de largo, sin siquiera notarlo, pero para mí todo se volvió silencio. Porque lo primero que pensé fue en ella. No sé explicar por qué. Quizá porque aquel peluche descomunal me pareció tan ridículo y entrañable a la vez que pensé en cómo sonreiría ella al verlo. En cómo levantaría una ceja, como hacía siempre que algo la sorprendía, y después soltaría esa risa breve y clara que tanto me gustaba escuchar. En cómo, por un instante, podría ver en sus ojos algo parecido a la ternura. Sentí un calor extraño en el pecho. En ese mismo momento supe que lo quería. Que tenía que ser mío, no para mí, sino para ella. Como una promesa muda, un gesto que algún día acompañaría mis palabras, cuando al fin reuniera el valor para decir lo que llevaba guardado. Esa tarde no llevaba dinero suficiente, así que me marché con una punzada en el estómago, casi como si hubiera dejado un pedazo de mí mismo en aquel pasillo del supermercado. No dormí bien esa noche: me giraba una y otra vez en la cama, imaginando la escena en la que se lo entregaba, practicando en mi cabeza las palabras que nunca salían de mis labios. Al día siguiente volví. Con el poco dinero que había conseguido juntar, lo compré. La cajera me miró raro, como si se preguntara qué hacía un chico de mi edad con semejante monstruo de felpa, pero no me importó. Lo arrastré hasta casa con dificultad, luchando contra las miradas curiosas de los transeúntes. Cuando por fin crucé la puerta de mi habitación, lo dejé en la esquina de la cama. Y allí, inmenso y absurdo, se convirtió en mi secreto mejor guardado.
Recuerdo VII – Los pequeños gestos Hubo un día en el que el grupo entero parecía haberse esfumado. Cada uno tenía sus motivos para no salir: deberes atrasados, cansancio, excusas vagas. Yo, sin embargo, necesitaba aire. Ella también. Quizá fue casualidad, quizá destino, pero coincidimos en lo mismo: queríamos salir de casa, aunque no hubiera plan ni compañía. Nos escribimos sin demasiada formalidad. Al principio fue ese intercambio de dudas: —¿Vas a salir? —No lo sé, nadie quiere. —A mí me pasa igual… Y de pronto, como si la solución hubiera estado siempre ahí, dijimos casi al mismo tiempo: —Pues salgamos nosotros dos. Era lo mismo de siempre: caminar sin rumbo fijo, acabar en el supermercado, comprar cualquier tontería. Pero para mí no lo era. Para mí, ese “los dos solos” convertía la tarde en algo extraordinario. Recuerdo que el aire estaba más fresco de lo normal, como si el mundo quisiera acompañar nuestra pequeña aventura improvisada. Caminamos charlando de nada en particular: de profesores pesados, de canciones que sonaban en la radio, de cualquier cosa que llenara los silencios. Yo la escuchaba con una atención exagerada, como si cada palabra tuviera más importancia de la que realmente tenía. Al llegar al kiosco, saqué las pocas monedas que llevaba en el bolsillo. No era mucho, pero lo suficiente para arrancarle una sonrisa. Compré un par de chicles, uno de su sabor favorito —lo recordaba porque lo había mencionado de pasada días antes—, y se lo tendí como si fuera un tesoro. Ella se rió, medio sorprendida, y dijo algo como: —¿En serio me invitas a esto? —Claro —contesté, intentando sonar natural, aunque por dentro me temblaba todo—. No todos los días puedo invitarte a lo mejor del kiosco. Su sonrisa en ese instante valió más que cualquier banquete. Seguimos caminando y, con lo poco que me quedaba, compré una bolsa pequeña de caramelos para compartir. Le ofrecí el primero con un gesto torpe, y ella lo aceptó con la naturalidad más bonita del mundo. No necesitaba grandes regalos ni gestos espectaculares: bastaba con esas nimiedades para verla reír, para sentir que, aunque fuera solo por un rato, yo podía hacerla un poco más feliz. En ese paseo descubrí que la felicidad no estaba en lo grande, sino en lo mínimo. En un chicle, en un caramelo, en el roce de nuestras manos al pasarnos la bolsa. Cada detalle, por pequeño que fuera, tenía un valor inmenso porque era con ella. Y aunque nunca se lo dije, yo sabía que estaba dando todo lo que podía dar. Puede que fueran monedas sueltas, pero eran también mi forma de entregarle lo mejor de mí.
Recuerdo VIII – Con ella bastaba Con el paso del tiempo, mis sentimientos crecían en silencio, cada vez más grandes, cada vez más imposibles de ocultar. Pero también lo hacía mi miedo. Porque con cada risa compartida, con cada tarde en el parque o paseo hasta el supermercado, se reforzaba una certeza dolorosa: si algún día me confesaba y ella me decía que no, podía perderlo todo. No era solo el rechazo lo que me asustaba, sino la idea de que aquel “no” levantara un muro entre nosotros. Que ya no pudiera sentarme a su lado con naturalidad, que las conversaciones se volvieran incómodas, que esa complicidad sencilla desapareciera como si nunca hubiera existido. Y esa posibilidad me parecía insoportable. Así que callaba. Guardaba todo dentro, como un secreto demasiado frágil para exponerlo al aire. Y en ese silencio me fui convenciendo de algo que, aunque me dolía, también me daba paz: no necesitaba que fuera mía para ser feliz. Me bastaba con estar con ella. Con escuchar su voz aunque hablara de cosas sin importancia. Con verla sonreír aunque no fuera por mí. Con acompañarla en las tardes aburridas, en los paseos sin rumbo, en las bromas tontas del grupo. Cada instante a su lado, por pequeño que fuera, tenía un valor inmenso para mí. Tenía miedo, sí. Pero ese miedo nunca fue más fuerte que la dicha de compartir tiempo con ella. Aunque nunca se convirtiera en mi pareja, aunque mis sentimientos permanecieran escondidos, yo sabía que ya era afortunado por poder caminar a su lado. Y con eso, me repetía una y otra vez, yo era feliz.