Bunkyō Apartamento Mattsson [Casa]

Tema en 'Ciudad' iniciado por Amane, 15 Octubre 2025.

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    Bruno TDF

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    Considerando que sobrellevaba su resaca, no esperé en absoluto la efusividad con la que reaccionó al ver el libro. Fue como si la energía hubiese aterrizado en su cuerpo con la fuerza de un rayo, lo que me hizo girar el rostro en su dirección con una ceja apenas alzada. Mi gesto pasó desapercibido, pues Cay había acercado el libro a su rostro, detallándolo a tan poca distancia que el cuadro resultó ciertamente estrafalario, y me causó una gracia que me ocupé en disimular. No me costó entender lo que estaba diciendo en inglés, mas sí me causó curiosidad el acento presente en su voz derretida de ternura.

    Su entusiasmo, vale decir, me alcanzó hasta contagiarme. Que recibiera tan bien El café de la luna llena me había supuesto una sorpresa muy agradable, por lo que me explayé con mi explicación mientras preparaba el café. No obstante, procuré ser preciso y escueto al referirle la historia y su ambientación. Podría decirse que quise evitar que se agobiara con mucha información de golpe, pero pronto me quedó claro que algo así estaba muy lejos de suceder. La emoción permanecía en el ámbar de sus ojos, con un brillo que, por decirlo de alguna manera, revelaba su niño interior.

    Cay se dejó caer en el sofá de dos cuerpos, atento hacia mis palabras, pero sin perder de vistas las páginas que hacía circular entre sus dedos. Desde mi lugar en la barra, aún ocupado con el café, mi sonrisa se amplió: tenía su encanto ver a un amigo con un libro en sus manos. Era algo que pensaba de vez en cuando al mirar de reojo a Bleke, durante nuestros largos silencios de lectura en la biblioteca. En el caso de Cay me entusiasmaba, ya que él no era de leer mucho, hasta donde tenía entendido.

    Compartir algo que amaba, como lo era la lectura, y ver que fuese tan bien recibido; daba un reconfortante calor al alma.

    Su siguiente comentario lo recibí mientras me aproximaba al sillón, para entregarle la taza de café. Su perspectiva sobre sobre ser atendido por gatos fue mucho más entusiasta y hasta pasional que la mía, lo que sin dudas daba cuenta de cuánto debían de gustarle. Todo lo decía con una sonrisa que iluminaba su rostro, de un modo tal que no parecía haber despertado de una noche caótica. Verlo así me tranquilizaba, e hizo que me alegrara haber comprado este libro hace apenas unos días, siguiendo la recomendación de Beatriz. Al igual que ella, Cay puso énfasis en el gato de la portada, al que definió como abrazable debido a su robustez. Lo cierto es que los tres coincidíamos en el pensamiento de que era tierno, y a mí en particular me provocaba cierta admiración.

    —Yo imagino que posee una voz que te relaja al oírla —secundé, sentándome en el sofá individual. Le sonreí desde allí, para luego mirar al susodicho gato de la portada— Es como si su diálogo fuese en sí mismo un abrazo, además de una guía. Actúa como un sabio maestro y buen amigo. Tomarle cariño es inevitable.

    Hubo una pausa en la que Cay bebió su café. Observé sus gestos con atención, lo cual me permitió corroborar que no le importaba la alta intensidad de la bebida, ni el hecho de que no estaba endulzada. No me extrañó, a sabiendas de que, al darnos pistas sobre nuestras preferencias en chocolates, dejamos claro nuestra inclinación por el café. Con esto aprendí algo sobre su gusto.

    El diálogo continuó fluyendo. No sabría decir si los gatos me agradaban con la misma pasión que a Cayden, lo cual no desmerecía mi interés hacia éstos y otros felinos. Eran intrigantes, como le expresé, y también encarnaban algo parecido al misterio, con sus siluetas escurridizas y los ojos atentos, hasta penetrantes.

    El misterio me atraía como un llamado. era esa mi realidad.

    Ya fuese en criaturas, personas o lugares.

    Cay convino conmigo en que los gatos eran bonitos, y que disfrutaban de la cercanía de sus personas, aunque pareciesen distantes. Me sonreí por aquel comentario, pensando en mi caso en particular.

    No obstante, me limité a continuar escuchando, esta vez sobre la carta astral. Negué con una sonrisa cortés cuando me preguntó si tenía conocimientos de astrología; el enlace con la astronomía no era errado. Sin embargo, ambas disciplinas seguían distintos enfoques al momento de mirar los cuerpos del universo. Apoyé un tobillo sobre una rodilla, con un codo clavado en el apoyabrazos de mi sofá y la mano descansado en la espinilla que había quedado en horizontal. No se me pasó por alto el interés con el que Cay me miró, y fue entonces que entendí el por qué: entramos en el terreno de los signos.

    Me entretuve (en el buen sentido de la palabra) con sus divagaciones. Era de Capricornio, pero cuestionaba los lineamientos que definían a las personas de este signo, siendo el orden y el control sus principales características. No lo conocía lo suficiente como para afirmar o contradecir. Sin embargo, me mantuve momentáneamente pensativo, con los ojos puestos en su cuerpo inclinado.

    Podía asegurar que había mostrado compostura al conocer el dolor que yo atravesaba. No todo debía ser plenamente preciso, en cualquier caso.

    Captaba con cierto esfuerzo algunos de su diálogo, como la relación de la luna con las emociones. No me quedó más opción que esbozar una sonrisa conciliadora cuando Cay admitió que las emociones lo desbordaban, no había forma de hacernos los desentendidos con sus lágrimas de anoche.

    —No estoy muy versado en la astrología —admití—. Tuve una única incursión desde que comencé a leer este libro, sólo para advertir cuán amplio y complejo es este mundo. No niego que el libro me interesó por su conexión con los planetas y las estrellas, si bien la astronomía los mira desde el plano científico, más regido por la lógica —quedé un instante pensativo, y sonreí más para mí mismo—. Lo descubrí porque vi a una amiga de la academia leyéndolo, una mañana en el patio norte, y me lo recomendó porque, como tú, vio la conexión con la astronomía.
    >>Para ser honesto, había algo de poético en verla leer El café de la luna llena. Pues su apellido es “Luna” en español.

    Hubo una pausa, donde nuevamente me vi meditativo. Me abstraje con los ojos puestos en algún punto del techo…

    —No pude evitar la curiosidad y busqué mi carta astral en la web —dije por fin, regresando la mirada a Cay— Sabes... Conozco bien la hora de mi nacimiento, ya que se trató de algo que podríamos definir como peculiaridad o curiosidad: llegué al mundo en plena medianoche, a la luz de las estrellas que brillaban en un cielo despejado. También es poético a su manera, ahora que lo pienso —comenté al aire al final, con una mano en el mentón.

    >>Mi signo es Acuario —continué, satisfaciendo la curiosidad de Cay—. Según dicta la astrología; como nativo de este signo, me sumerjo en el mundo abstracto de las ideas y los pensamientos. Lo cual no me parece errado, ya que creo que me conduzco mucho el camino de la lógica y la racionalidad. La astrología también se dice que somos idealistas, originales y humanitarios —me sonreí—. Son bastantes cuestiones, y no sé hasta qué punto me definen. No todo tiene por qué ser preciso al cien por ciento, en todo caso; pero no deja de ser interesante.

    >>Sobre mi luna… No he llegado a leer mucho. Lo único que sé, es que estaba en Piscis, como la tuya.
     
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    —Como si un maullido se transformara en voz —secundé a su comentario sobre el gato de la portada, la idea en sí misma me resultó tranquilizante y me sonrisa se amplió—. Aunque ya de por sí los maullidos se parecen mucho a una voz.

    El intercambio que inició por el libro continuó sin mucha dificultad, Hubert me escuchó parlotear y luego llegó el turno de sus respuestas, momento en que de nuevo le presté mucha atención. Resultó que el libro había sido recomendación de Bea y tuve que tragarme una risa, también la pregunta interna que me alcanzó sobre cómo habría reunido la valentía para hablarle más de cinco minutos y, de paso, recomendarle un libro. La respuesta, sin embargo, era Hubert en sí mismo.

    La calma con que nos trataba regulaba el caos.

    No detuve sus palabras, ni siquiera cuando miró el techo, y lo dejé seguir hablando. Resultó que era de Acuario y pensé un rato, tratando de ubicar entre mis amistades, Acuario, Acuario... ¿Era Arata? No se parecían ni de chiste. Fue otra risa que me tuve que tragar mientras oía a Hubert diciendo las características de los acuarianos; puede que lo único lógico y racional que poseía Arata fuese la manera tan directa y por consecuencia terriblemente realista en la que se movía por la vida. El resto ni de lejos, era caótico y brusco.

    Pensé en él y suspiré a sabiendas de que había dejado el teléfono en silencio zambullido en el bolsillo. Llevaba rato sin contestarle los mensajes y no tenía ganas de hacerlo hoy tampoco. Como fuese, en lo que el niño hablaba tomé algo más de café y alcé las cejas al oír que su luna estaba en Piscis, como la mía. No era ciego, como siempre, habían similitudes en nuestras personalidades, muy puntuales, pero existían... Así que era un poco gracioso que justamente allí coincidiéramos, incluso si el tema de la astrología no era que definiera mi vida ni nada parecido.

    —Soy amigo de Bea, de hecho el otro día me mandó una foto del gato de su vecina —retomé entonces junto a una risa floja, dejando la taza de nuevo en la mesa—, pero no. Yo más bien dije que era ofensivo preguntárselo al hijo del astrónomo justamente porque la astrología colisiona con la lógica científica de la primera. No vi la conexión, vi la diferencia.

    Me enfocaba demasiado en lo que era distinto, ¿no?

    —Yo nací a las cinco y cincuenta y cinco de la mañana —compartí ligeramente divertido, siempre me había hecho un poco de gracia la tripleta de cincos—. ¿Qué día cumples años?

    Luego de preguntarlo saqué el teléfono y abrí Google, busqué primero el margen de fechas de cada signo, pues para ver dónde podía caer Hubert y después me puse a buscar la luna en Piscis. ¿Por qué? Por la pura gracia, la verdad. Ya que el señorito "Descansa el día de hoy" me tenía aquí como muñeco de porcelana, al menos nos entretendríamos con algo.

    —A ver, dice que entender la luna de las personas en su carta natal puede brindar información sobre su mundo emocional, necesidades y cómo expresan su amor y afecto. Representa los deseos profundos, así como las reacciones instintivas. —Bajé algo más en la página, que estaba en inglés—. La luna en Piscis, un signo conocido por su profundidad, intuición y sensibilidad, genera personas con una gran capacidad emocional haciéndolos empáticos, compasivos y también los pone en contacto con aquello que es invisible para otros.

    Me reí, echándole un vistazo a Hubert.

    —Te hablan, ¿no te parece? Anyways! Qué más dice... Ah sí. Aquellos nacidos bajo la luna de Piscis pueden verse sobrepasados por la profundidad de sus emociones, así como la conexión que logran con las emociones de otros. Woah, that's me for sure. —El comentario me salió como si nada, ya de por sí había hecho el de antes—. Al parecer somos así como que súper creativos, ¿te gustan otras artes además de los libros? A mí me gustan puras tonterías frikis... No sé si eso es creativo de mi parte.

    >>Espera, aquí estás otra vez. Sip, esto sin dudas dice "Príncipe Hubert" por todas partes. —Me aclaré la garganta como si fuese a dar un discurso y empecé a parafrasear con tono solemne—. Los individuos de la luna de Piscis son naturalmente compasivos, por lo que no es raro que sientan la necesidad de cuidar y sanar a otros. Su empatía les permite conectar profundamente con las personas a un nivel emocional, volviéndolos excelentes cuidadores o consejeros. Tienen una habilidad única para ofrecer confort y refugio a quienes los necesitan. Listen! Usualmente poniendo el bienestar de otros sobre sus propias necesidades. Sí, no sé tú, pero yo ahí leí que "dormirían en una silla para cuidar al amigo bruto que se pasó de alcohol" y "no dejan al borracho lavar la ropa de cama que ensució".

    Como para reafirmar mi punto giré el teléfono en su dirección, estiré a mano y se lo acerqué. Tonterías a un lado, ¿por qué de repente esta página estaba describiendo lo que Hubert había hecho desde que me sacó de donde Hikkun y continuaba haciendo aquí? De cualquier forma, asomé el rostro desde atrás de mi brazo estirado.

    —Otro día yo te cuidaré y no tendrás más remedio que dejarme. Mark my words.
     
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    Bruno TDF

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    Sonreí con cierta ternura al escucharle decir que también era amigo de Luna; resultó evidente la familiaridad con la que recortó su nombre, refiriéndose a ella como “Bea”. Lo cierto es que yo estaba al tanto de esto desde el día anterior, pues la chica me había buscado para darme sus chocolates de la White Week y, además, pedirme que hablara con Cayden durante el fin de semana. Sólo cuando me pidió esto último, fue que hubo más fluidez en la voz y compostura en su pequeña figura. Estaba preocupada por él, y en éste impulso dejaba ver el cariño que le tenía. La tranquilicé con una promesa, ya que compartíamos el deseo de hacer algo por nuestro amigo. Claro está, no imaginé que nuestro encuentro se produjese con tanta antelación, y que el llamado hubiera surgido del otro lado de la línea.

    Pero Cay parecía encantado con el Café de la luna llena, había recuperado algo de brillo. Beatriz no sólo encontraría alivio al enterarse de esto.

    Tenía la seguridad de que la haría feliz saber que hablábamos sobre su libro.

    Elevé sutilmente una ceja al saber que le había enviado una foto del gato de su vecina. Había en esta conversación algunas coincidencias fascinantes; tanto, que me sentí tentado a preguntar de qué color era el felino, pero callé para dejarlo hablar.
    Cay aclaró que habló de “ofensa” porque reconocía la diferencia de la astrología respecto al enfoque científico, a lo que correspondí con otra sonrisa conciliadora, conteniendo una risa ligera.

    —Conozco a los científicos que trabajan en el observatorio astronómico fundado por mi padre —conté—. Puedo asegurarte que unos cuántos si divertirían leyéndose las cartas astrales, incluido él.

    Sabía que Cay simplemente bromeaba con lo de la aparente ofensa, pero no vi por qué no compartirle un poco más sobre mis entornos. Continué escuchándolo, para enterarme que nuestra coincidencia no era solamente la luna en Piscis, sino también nuestros nacimientos a una hora curiosa: mientras que llegué al mundo a medianoche, Cay nació durante un triple 5, que me hizo asentir con cierta fascinación.

    —5 de febrero —respondí a lo del cumpleaños.

    Dicho esto, lo vi realizar una búsqueda en su móvil. Si bien era seguro que aún padecía síntomas de sus excesos, tuve la impresión de que se lo veía más relajado y compuesto, que su recuperación marchaba a un ritmo mayor al que había calculado; eso era bueno.

    Descrucé las piernas para inclinarme en su dirección, los codos apoyados sobre las rodillas, como si con eso me permitiese oírlo mejor. Su introducción sobre el signo lunar había captado mi interés de un modo más que evidente, por lo que le presté atención… o eso fue mi intención al inicio, ya que luego no supe bien cómo lidiar con lo que vino a continuación.

    Cay se explayó largamente al hablar sobre la luna en Piscis. Comenzó explicándome que bajo la misma surgían seres compasivos, empáticos, que a su vez estaban en contacto con lo invisible. Me limité a sonreír cuando me interpeló con una mirada, concediéndole con una inclinación de cabeza que esa descripción inicial quizá no estaba errada. Me gustaba ser atento con mis seres queridos y sobreponía la paciencia ante todo; lo de estar en contacto con lo invisible me hacía pensar en mi capacidad de observación, en cómo podía ver más allá de los gestos y las miradas de las personas… Y las dificultades que esto podría implicarme.

    Me erguí lentamente en mi asiento cuando habló de que nos veíamos sobrepasados por nuestras emociones y aquellas otras con las que conectábamos. Asentí sin darme cuenta, pero no por el hecho de que se lo atribuyó a él mismo con una frase en inglés. Effy atravesó mis pensamientos como una estrella fugaz; su belleza, sus palabras y el tacto de sus manos, extraña mezcla de firmeza y suavidad. Negué ligeramente, bajando la cabeza con una sonrisa leve.

    It's not just you… —repliqué en voz baja, aunque pronto respondí a lo siguiente— No dediqué tiempo a otras artes además de los libros, y seguramente siga atado a ellos: pues me gustaría tratar de escribir novelas en el futuro. Supongo que es lo que contaría como creatividad en mi caso —lo miré, dediqué una sonrisa suave—. Si lo tuyo te gusta, si lo disfrutas, no diría que son “tonterías”. Es, al final de cuentas, lo esencial de poseer algo así, cualquier cosa, actividad o hobbie.

    Continuó, había más por revelar. Al escuchar que sacaba a colación la broma de “Príncipe Hubert” me reí con cierta resignación, con la extraña sensación de que estaba recibiendo esos tipos de reconocimiento sobre los que me ponía necio, como con Katrina o Cayden mismo. Habló de compasión, de la necesidad de cuidar y sanar a los demás a costa nuestra. Suspiré, a sabiendas de que cualquier tipo de réplica no haría sino intensificar las afirmaciones en torno a mi persona. Con los, digamos, cumplidos; me llevaba de forma similar que con los contactos físicos: si eran amplios o más profundos, me recorría una oleada de recato en el pecho. No me ruboricé, pero las vergüenza se notó en la forma en que entrelacé los dedos de mis manos sobre las piernas, o en lo huidizo de mi mirada, ligeramente baja.

    Sacó a colación el hecho de que preferí dormir en la silla, lo que me hizo nuevamente consciente de la dolencia en la espalda. Pero más pronunciada fue la sensación de vergüenza que estuvo a punto de colorear mi rostro. No ocurrió por obra de algún milagro de mi compostura, aunque no pude evitar que la risa que solté, más baja y contenida, se escuchara algo apenada. Alcé la mirada para ver el teléfono de Cay, donde leí rápidamente todo aquello que me le leyó. Su rostro se asomó desde detrás del dispositivo y su brazo.

    Otro día yo te cuidaré y no tendrás más remedio que dejarme. Mark my words.

    Suspiré nuevamente, parpadeando un par de veces. Dicho así tan de pronto, comprendí las dificultades de Cay en los primeros minutos desde que despertó, porque la idea de ser cuidado me sonaba un poco vergonzosa; algo de lo que no fui consciente, pues vivía ubicado en el lado opuesto. Pero era importante decir algo sobre esto.

    Que no lo rechazaba, y que sus palabras me alcanzaron, quedando enmarcadas en mi espíritu.

    La sonrisa que alcanzó mi rostro llegó a entrecerrarme los ojos. Hubo una profunda calma en mis ojos, mezclada con el dejo de bochorno visible en la postura de mi cuerpo. Sin embargo, lo que hice fue apoyar la yema de los dedos en el borde superior del móvil de Cay.

    Lo bajé lentamente, llevando el brazo en el proceso, para poder ver completamente su rostro.

    —Una cosa ha de quedarte clara: no me arrepiento de dormir en la silla, menos de encargarme de lo de la ropa de cama —le dije, suavizando mi sonrisa— Si se dijera que lo mío es un sacrificio; por ti, mi amigo, me sacrificaría dos veces —asentí— Tendré presente tus palabras, y las agradezco enormemente. Imagino que podría despertarte si hiciera falta.

    Bajé la mano y regresé la espalda a mi sofá, desde donde hice un recorrido visual del apartamento, tanto que procesara mis palabras como para yo hacer lo propio. Mis ojos se detuvieron repentinamente en la puerta de entrada del apartamento, a cuyo costado estaba la ventana daba al pasillo exterior, cubierta por cortinas.

    Contra estas, noté la sombra que nos observaba en silencio, quién sabe desde hace cuántos minutos.

    Me sonreí, para luego mirar a Cay.

    —Tenemos visitas —anuncié, incorporándome sin prisas, para luego añadir en broma—. Creo que te gustará conocerlo… —me dirigí a la ventana, la cual abrí murmurando unas palabras hacia la presencia acomodada en el alféizar.

    Recibí un maullido como respuesta.

    La figura negra saltó al interior y atravesó el apartamento con paso seguro, demostrando loa acostumbrado que estaba a este lugar. Dudó a medio camino, reparando en la presencia de Cay, y me miró en un aparente gesto interrogativo. Me limité a sonreír, divertido, mientras cerraba la ventana, y le seguí el paso, atento a la reacción de ambos. El visitante tuvo otro momento de duda, hasta que finalmente saltó al sillón individual, reclamando mi lugar.

    El gato se sentó con movimientos cautelosos, algo distante de Cay. Clavó en él sus ojos amarillos, como si le preguntara quién era y qué hacía aquí.

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    *Michi salvaje ha aparecido*

    Si roleas que Cay intenta interactuar con el gato, vas a tener que lanzar 1d20 en tu post anterior, y asumir lo siguiente de acuerdo al número obtenido:

    1- El gato le arroja un zarpazo de advertencia

    2-10 El gato se baja del sillón y se refugia entre los tobillos de Hubert, quien los mira de pie

    11-19 Olfatea su mano y se deja tocar, aún cauteloso

    20- Ronronea y se le sube encima

    Buena suerte (?)
     
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    Zireael

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    Solo Dios sabía cómo me tomaría saber que Bea había expresado su preocupación sobre mí con Hubert, aunque tampoco era que fuese la primera vez como tal. Estaba el incidente Anna y mi ojo morado, por decir algo. De todas formas, vivía en la ignorancia al respecto y todo lo que importaba ahora era que Hubert estaba leyendo su libro y yo, bueno, quizás cayera en la tentación de leerlo también. Parecía sencillo y llevadero, al menos en las páginas que había husmeado.

    Que Hubert me dijera que los astrónomos, su padre incluido, se divertirían con las cartas astrales me sacó una risa nasal de pura incredulidad. Luego me dijo que cumplía el cinco de febrero y me desinflé los pulmones con cierta decepción antes de seguir hablando, apresurándome a aclarar el motivo.

    —Claro, el acuariano ya cumplió años y no pude hacerle fiesta. —Me lamenté como un niño enfurruñado—. Yo soy de enero, del diecinueve. Nos quedamos sin fiesta compartida, ¡dos veces!

    Después de mis quejas retomé el asunto del signo lunar y aunque en sí sentía el cuerpo maltrecho todavía, por lo menos mi estado de ánimo era menos nefasto. Puede que fuese exagerado verlo de esa manera, pero quizás sí había vomitado todo en el baño de Hikkun... Todo lo que tenía anudado en el cuerpo, lo que había callado y por lo que seguía lamiéndome las heridas. Tal vez ahora, purgado, pudiese por fin empezar a intentar cambiar algo.

    ¿Pero podía?

    Hablé y hablé, primero sin darme cuenta de la vergüenza de Hubert, aunque percibí su asentimiento por la visión periférica y sus palabras en inglés me hicieron sonreír con cierta resignación. Me pregunté qué tan parecidos éramos en realidad si nos poníamos a hilar más fino y supuse que daba igual, pues la respuesta estaba en nuestra amistad y el cariño que le tenía. Siempre me era más sencillo volverme cercano con personas que se me parecían.

    —Si escribieras una novela, quiero una primera edición autografiada —exigí sin pensarlo medio segundo y luego me reí al escuchar su corrección, con la vista todavía pegada al teléfono—. Supongo que sí, ese es el sentido de un pasatiempo.

    Fue después de eso que le lancé la artillería pesada al pobre niño y fue el momento en que, por fin, creí notar su estado. No era solo un burro respecto al contacto físico, también lo era respecto a los cumplidos y llegué a cuestionarme si era así desde siempre o el evento sin nombre había tenido algo que ver, también, en su percepción de sí mismo. Yo identificaba los cortes, las alteraciones en mí mismo, ¿pasaría lo mismo con Hubert?

    No dije nada al respecto, qué va, y tampoco dejé de parlotear porque era el mismo que había dicho que era adorable cuando se avergonzaba y no iba a privarme a mí mismo del gusto, suponía, además de que me parecía bastante inofensivo. Le solté la tontería de turno y no esperé que su reacción fuese una sonrisa que alcanzara a entrecerrarle los ojos; de hecho me pescó en frío y cuando me hizo bajar el teléfono, lo que sentí no fue vergüenza en sí mismo, fue... Ni idea, simple y llano calor. Era como un bochorno sin el sonrojo violento, al menos así fue un instante, hasta que abrió la boca y la sangre me subió la rostro.

    —¿Pero qué dices? —repliqué, apenado, y regresé el brazo a mi espacio mirando la pantalla como quien no quiere la cosa—. You... you silly, that's not how it works, is it? El príncipe eres tú, es por el que se hacen los sacrificios y ni siquiera son sacrificios si uno los hace con gusto.

    Mi amor no era un sacrificio, ¿verdad? Tenía que dejar de verlo como tal.

    —Puedes —afirmé a lo de despertarme—. Por supuesto que puedes, vendría hasta Bunkyō por ti o tomaría un avión a Suecia, yo qué sé.

    Estaba superando la suerte de colapso cuando él anunció que teníamos visitas y de primera entrada temía incordiar a alguien que hubiese venido a buscarlo, pero cuando se incorporó y se acercó a la ventana entendí que no era una persona. Escuché el maullido de respuesta a su voz, luego reparé en la sombra y enderecé la espalda en el sillón, repentinamente emocionado.

    Contuve el impulso de levantarme y recibir al gato porque sabía lo nerviosos o delicados que podían ser, de forma que me quedé en mi lugar y esperé que el animal tomara su decisiones. Entró como si fuese su casa y al verme alzó su carita hacia Hubert, en una pregunta silenciosa y aunque dudó, al final robó el lugar en el sillón individual.

    Con movimientos lentos me deslicé fuera del sillón, mis piernas encontraron el suelo y así quedé a una altura más coherente respecto al tamaño del gato. Era como tratar con niños, siempre era mejor no verse tan grande.

    —Hola, Nyanko —dije en voz baja junto a una sonrisa, a falta del nombre del animal improvisé, claro—. Soy un amigo de Hu, me llamo Cay. ¿Tú tienes nombre?

    El animal se bajó del sillón, no demasiado convencido con el desconocido, y se refugió entre los tobillos del chico. Ver el cuadro me sacó una risa y a tientas agarré el móvil que había dejado en el sillón, abrí la cámara y le tomé una foto. Miré a Hubert un segundo, fue ínfimo, y le cambié la abertura al lente de forma que él también encajó en la foto. Al mirar cómo había quedado sonreí, dejé el aparato en el suelo y me quedé sentado allí, estirando una mano en dirección al gato, froté mis dedos entre sí, creando un sonido que solía gustarles pues a mí me parecía que les dejaba claro que la intención era darles una caricia.

    —No sabía que tenías visitantes tan bonitos, Hubby, y yo en estas fachas. De haberlo sabido me peinaba mejor en el baño, ¿qué pensará este guapísimo e ilustre gato ahora?

    La pregunta fue una estupidez, obvio, la hice porque sí y unos segundos después tuve una idea. Vete a saber por qué, pero a los gatos también les gustaba la música, al menos a los míos y a veces a los de la calle, de forma que empecé a tararear una nueva melodía quizás para que se acostumbrara a mi voz.
     
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    La suerte de lamento que expresó al saber mi fecha de cumpleaños tentó una risa baja de mi parte, más que nada por la actitud enfurruñada con la que lamentó que nos hubiésemos perdido una fiesta doble, puesto que su natalicio no distaba mucho del mío si mirábamos un calendario. Hice el amague de hablar, pero callé por un impulso involuntario, por lo que la conversación fluyó sin más. Había estado a punto de decirle que aún teníamos una oportunidad de celebrar nuestros cumpleaños en el siguiente año; y eso implicaba hacer el apunte de que mi intercambio finalizaría en la segunda mitad de marzo. Más adelante, atribuiría este silencio a al objetivo de no tocar su sensibilidad, pues Cay me había confesado que la sola idea de mi regreso le dolía…

    Puede también hubiese mantenido silencio… por lo que podría haber sentido yo.

    Ahora me preguntaba si dolería.

    Sonreí con mi serenidad usual cuando dijo que esperaba recibir un ejemplar autografiado de la edición de mi primer libro, aunque continué manteniendo silencio al momento de corresponder su idea con un asentimiento. Era demasiado pronto para pensar en aquellos detalles, la idea de mí como novelista recién estaba formándose, y no niego que era ciertamente vaga, un deseo inocente para el futuro. A la única persona que le había hablado del tema era, si mal no recuerdo, a Morgan, en el salón de actos. Mas, si llegaba aquel día en que debutara como novelista, estaba seguro de que no sólo firmaría un libro para Cay: a su vez, pondría su nombre en la dedicatoria de la primera página. Junto a mis padres, junto a Bleke, Verónica y Beatriz.

    Me vi algo abrumado por los halagos velados, los cuales pronunció mientras leía las características de aquellos nacidos bajo la luna de Piscis. Sin embargo, con la misma falta de voluntad con la que me alcanzó la vergüenza, acabé por propinarle una especie de contraataque con mi entera sinceridad, al decirle que por él me sacrificaría dos veces. Fueron palabras poderosas que ilustraban bien cuánto lo apreciaba, pero sólo fui consciente de su alcance en el momento que el color volvió a invadir el rostro de Cay. La verdad sea dicha, debía de ser la envidia de Verónica ahora mismo, que tanto adoraba verlo en este estado.

    Suspiré al verlo así, terminé por dedicarle una sonrisa de disculpas ante el apunte de que debía ser él quien se sacrificara por mí, en su calidad de caballero protector. Me rasqué la mejilla con el índice, algo apenado por avergonzarlo de aquella forma. Mientras que Vero era más de disfrutar las vistas, en mi caso debía batallar entre la intención de pedir disculpas y la sensatez de guardar silencio, ya que imaginaba que cualquier palabra sobre acentuaría el bochorno. Al final, me terminé riendo por lo bajo al escucharle decir que, por mí, se tomaría un avión a Suecia.

    —Eso es bastante extremo —bromeé, con un suspiro que me permitió desvanecer la incomodidad de haberlo hecho sonrojarse—. Tendríamos que despejar

    Permití el acceso al felino con la misma familiaridad con la que éste atravesó el apartamento. Su primera reacción fue un comprensible desconcierto, mientras que la emoción se vislumbró en cada fibra de Cay, que se había erguido en el sillón para mirar mejor. Me limité a sonreírle al gato en cuanto recibí sus ojos, y luego observé con atención desde el momento que ocupó mi sofá para analizar al chico. Cayden se deslizó con cuidado fuera de su lugar, para así saludarlo. Noté su sonrisa, la ilusión que manaba de sus ojos; incluso su voz recobrada, como si no estuviera atravesando una resaca.

    En respuesta al acercamiento, el gato negro vino a sentarse entre mis pies, desde donde siguió observando al “desconocido”, al menos desde sus ojos. Suponía que la desconfianza era algo normal en los gatos, sobre todo en éste en particular. No se había dejado tocar las primeras veces, pero algo tenía yo, que no dejó de despertar su interés y curiosidad hasta que, lentamente, entramos en confianza. A estas alturas respondía a mi voz, por lo reaccionó a apenas le susurré unas palabras tranquilizadoras, como asegurándole que estaría bien con Cay. En respuesta, el gato alzó la cabeza para mirarme, respondiéndome con un leve maullido. Yo bajé al rostro para regresarle la mirada, sonriéndole suavemente, y fue por esto que no me di cuenta de que Cay nos estaba apuntando con la cámara de su móvil. Alcé la vista al oír el sonido, primero desconcertado y, acto seguido, compungido.

    —Avisa la próxima vez —le reproché, con una risa algo nerviosa. ¿Habría puesto una cara rara mientras miraba a este gato? No era tomarme fotos, aparecía en muy pocas.

    Lo dejé ser, a pesar de todo, permitiéndome una risa por su comentario, que me hizo observar su cabello que aún secaba. Cay, sentado en el suelo, comenzó a frotar sus dedos para llamar la atención de nuestro nuevo acompañante. El gato lo miró con curiosidad; se movió levemente entre mis tobillos, por lo que pude percibir su instante de duda, de resistencia. Al final, terminé sonriendo, y me incliné sobre él. Una primera caricia en su cabeza lo relajó al instante, arrancándole un corto maullido; con la yema de mis dedos rasqué detrás de una oreja y, luego, deslicé a lo largo de su lomo. El gato pasó de estar sentado a recostado sobre su vientre, con los ojos entrecerrados.

    Miré a Cay, sonriéndole.

    —Acércate —invité, de cuclillas— Quizá se resista menos ahora que está conmigo —miré al gato, mi sonrisa se suavizó mientras lo seguía acariciando con delicadeza— Me visita desde principios de año, poco después de que me trasladé aquí —expliqué—. Tengo la sospecha de que vive en los territorios del Santuario Nezu y gusta de merodear por el barrio; le he caído bien, por algún motivo. Los vecinos lo conocen, y aseguran que siempre fue desconfiado.

    >>No sé si tiene dueño, pero a veces le digo Poe. En honor al autor.

    Como el gato tiene a Hubert cerca, está más relajado.

    Lanza 1d20 y, de acuerdo al número obtenido, deberás asumir lo siguiente:

    1- Zarpazo de advertencia
    2-5 El gato retrocede hasta apretujarse contra
    6-19 Se deja acariciar sin oponer resistencia
    20- Maulla con gusto, ronronea y se va a las manos de Cay
     
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    Con todas las interrupciones, desvíos y continuaciones, al final nos detuvimos otra vez cuando él dijo que lo de volar a Suecia era un poco extremo. Estaba un poco avergonzado todavía, pero me encogí de hombros y miré a cualquier lado. Era la clase de estúpido que subiría los no sé cuántos escalones del Yasukuni, el que tomaría un Uber o le rascaría un boleto de avión a Liam, ¿qué importaba lo extremo que pareciera si podía hacerlo? De todas formas esa fue toda mi defensa, un encogimiento de hombros, y dejé el asunto quieto.

    El gato fue la nueva distracción y como el bicho, como buen gato, desconfiaba de quienes no conocía, fue Hubert quien tuvo que hablarle y el animal contestó con un maullido. Era bastante tierno que le tuviese confianza, pero más allá, el hecho de que fuese un gato negro me hacía pensar en Nyx. Le tenía mucho cariño a los gatos negros por la enana, que era terriblemente cariñosa.

    En fin, que me aprovechara de la situación para encajar a Hubert en la foto me significó una llamado de atención, aunque la verdad me arrancó una risa floja que me hizo rebotar un poco el dolor de cabeza. Su risa fue algo nerviosa y, que me perdonara Dios otra vez, daba un poco de ternura que se preocupara por una foto que yo no tenía intenciones de mostrarle al pueblo.

    What? —apañé ligeramente divertido—. Saliste guapo, I promise. Uno siempre sale guapo si en la foto hay un gatito, yo sé de eso.

    Fue la vez un halago descarado y un comentario terriblemente egocéntrico, pero como tuvo el tinte de una broma no le di mucha importancia en ninguna de las dos direcciones. Me entretuve buscando la atención del animal al que le noté la resistencia de inmediato y quise reírme, pues también era típico de ellos. De todas formas, tarareé la pizca de canción con la intención de acostumbrarlo gradualmente a mí y luego Hubert se inclinó.

    El gato recibió su caricia de buena gana, incluso se recostó con la caricia en el lomo y me descubrí a mí mismo observando la escena con una sonrisa suave en el rostro. Era una cagada que hubiese terminado aquí borrachísimo, quizás hubiese sido más inteligente solo buscar a Hubert desde el principio y pasar algo de tiempo con él, ya que me hacía sentir más tranquilo, pero ni modo. Lo hecho, hecho estaba.

    Recibí la mirada de Hubert y cuando me invitó a acercarme, siquiera lo pensé. Me deslicé desde mi posición hasta la suya y mientras lo escuchaba, estiré la mano con cuidado hacia el gato. La presenté frente a él primero y luego, al ver que no parecía disgustado, lo acaricié entre las orejas con mimo.

    —Los gatos son animales que se guían un poco por vibras, supongo. Si hay algo en ti que les agrada, lo que sea, te aceptan o te buscan directamente —dije en voz baja, sin detener las caricias—. Y si es un merodeador callejero, son muy agradecidos. Recuerdan a quienes los acarician o los tratan bien, si quieres otro día puedo traerte hierba gatera de casa. En una maceta pequeña. Ya verás cómo le gusta, les encanta comerla cuando está fresca o revolcarse en ella si es la seca que venden en paquetitos en las tiendas de mascotas.

    Continué la caricia hacia los costados de su cabeza y busqué rascarle la barbilla.

    —Poe es un buen nombre. ¿Tú qué opinas, Poe? ¿Te gusta llamarte como un autor?
     
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    Bruno TDF

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    Que se me permita un paréntesis para repetirme sobre el siguiente punto: dada mi convivencia diaria con Verónica en los trenes que nos llevaban hasta la estación más próxima a la academia Sakura, me había acostumbrado (quizás un poco a la fuerza) a la soltura con la que dejaba ir sus palabras condimentadas con cumplidos. No venía a implicar esto una absoluta falta de bochorno de mi parte cuando la oía, mas podría afirmarse que me permitía regular mejor mis reacciones.

    Esto lo menciono porque, en cualquier otra circunstancia, el halago de Cay hacia mi persona, en respuesta a mi advertencia sobre la fotografía; habría provocado en mi un gesto pronunciadamente tímido o escandalizado. Su comentario consiguió darme vergüenza, estuvo claro. En respuesta, un hondo suspiro escapó desde la profundidad de mi pecho mientras bajaba la mirada nuevamente, haciendo una leve negación con la cabeza; alcé involuntariamente un índice hacia mi mejilla, completando un cuadro que debía verse triunfal para Cay, habiendo conseguido un efecto con sus palabras. No lo miré directamente, sino que me concentré en los ojos de Poe, que seguía mirándome desde el espacio entre mis tobillos; para así, eludir cualquier intención de replicarle al chico. ¿Qué otra cosa conseguiría en todo caso, sino volver a la conversación sobre lo “especial” que podía ser a ojos de los demás? Retornar a esa conversación me incomodaría.

    En su lugar, brindé mi soporte para que se acercara a Poe sin incidentes. El gato se mostraba tranquilo en mi cercanía, pero yo sabía de primera mano que también guardaba un carácter belicoso e impredecible. Por fortuna, recibió sin miramientos las manos del “desconocido” y, tras experimentar ese primer tacto, esta vez decidió confiar en Cay. Se mantuvo recostado sobre su barriga, sin moverse, y fue su leve inclinación de cabeza lo que me sirvió de señal para romper mi propio contacto. Alejé mis manos de su pelaje oscuro y me senté de piernas cruzadas, dejando los antebrazos reposando sobre mis rodillas y entrelazando los dedos de mis manos, sin dejar de observarlos con una sonrisa. Observar a Poe y Cay conociéndose, vale decir, tenía cierto poder relajante.

    Escuché sus palabras sin romper mi postura, permitiéndole que acariciara a Poe hasta donde éste le permitiese. El tema de la hierba gatera me hizo mirarlo con curiosidad, pues desconocía la existencia de tal planta.

    —Podrías incluir en la maceta algo que lleve tu esencia; es decir, tu aroma —sugerí, mirando a Poe, quien se mantenía quieto en su lugar; me pareció que acomodaba levemente la cabeza para recibir las caricias de Cay— De este modo, entenderá que es un presente tuyo y, claro está, sabrá agradecerte… Creo yo. Honestamente, el de los gatos es un mundo que escapa a mi conocimiento.

    Me pasé la mano por los cabellos de la nuca, conteniendo una leve risa con la que disimulé mi duda. En ese momento, Cay le habló al gato sobre su nombre, preguntándole si le gustaba. Para ambos estaba claro que el felino estaría lejos de comprender sus palabras y, por lo tanto, de contestarlas como era debido. Y sin embargo, algo de eso pareció suceder.

    Poe maulló en dirección a Cay. Su sonido fue largo y suave, demostrando que se sentía a gusto. Casi pareció decirle que estaba de acuerdo con sus palabras. El se irguió sobre las patas delanteras, adquiriendo la posición de “sentado, y alzó la cabeza para que recibir más caricias en el mentón. Estaba de espaldas a mí, pero podía imaginar perfectamente cómo cerraba los ojos, relajado.

    Sonreí, con los ojos puestos en el animal. La ternura se filtró en mi mirada, y se conservó cuando la alcé hacia Cay.

    —Debo decir que has corrido con suerte —dije—. O puede que lo más justo sea decir que tienes algo especial para este, nuestro camarada —estiré una mano para rozar con un índice la coronilla de Poe, quien soltó un maullido corto al reparar en mi tacto— La primera vez que me acerqué a él, me enseñó las garras. Eso, como podrás imaginar, no me detuvo en nuestros siguientes encuentros fortuitos. Quizá mi insistencia en acompañarlo despertó su curiosidad, anulando su recelo —hice una pausa, pensativo— A una vecina de este piso le lastimó una mano cuando quiso acariciarlo —conté con cierto pesar—. Fue un momento sumamente angustiante y vergonzoso para mí, pues me sentí responsable por las acciones de Poe, ya que los estaba presentando como hago contigo ahora —cerré los ojos, negando levemente—. Tuve que hacerla pasar para limpiar y atender su herida. A pesar de todo, supo perdonarlo y no cambió la buena relación que ella y yo llevamos, pero digamos que la culpa no me abandona.

    >>En fin, lo que quiero decir es que me alegra y alivia ver que están entendiendo. Poe deja entrever un espíritu bravo en momentos inesperados.
     
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    No esperaba una gran reacción, pero verlo llevar el dedo a la mejilla de nuevo fue suficiente para darme por servido. El tiempo que habíamos compartido juntos desde la prueba de valor me permitía leer a este niño, sus contenciones o su timidez y había algo en esa suerte de inexperiencia o la cosa que fuera que resultaba un poco tentadora. Tampoco era que quisiera buscarle siempre las cosquillas, digamos que sabía cuáles eran mis licencias y más o menos hasta dónde llegaban mis permisos, aunque gradualmente tanteaba el suelo para ver si podía seguir avanzando.

    Me mantuve concentrado en el gato cuando el mismo Hubert pareció confirmar que estaba bien dejarnos espacio y aunque el estómago me daba vueltas todavía, así como la cabeza, la presencia del animal y el café me estaban ayudando un poco a revivir. Al estar acariciando a Poe se me ocurrió que igual Nyx y Cinis me echaban en falta, con lo intermitente que estaba en casa desde hace tiempo. Vaya desastre tenía.

    Bateé el pensamiento, porque no tenía caso seguir llorando sobre la leche derramada, y continué acariciando al gato. La sugerencia de Hubert me hizo mirarlo sin dejar de mimar al gato, la idea jamás se me habría ocurrido y por ello me dio algo de ternura que a él sí. Regresé la vista al animal y sonreí sin darme cuenta.

    —Supongo que podría dejarle alguna tontería con la maceta. Una liga para el cabello que haya usado varias veces o algo así, hasta le serviría para jugar —dije casi en voz baja mientras que deslizaba los dedos para acariciarle una oreja al gato—. Un regalo para mi nuevo amigo. Quizás hasta sirva para que vayas entendiendo mejor a los gatos, Hubby, de puro verlo jugar con la cosa más barata que pudo encontrar.

    Por más que uno creyera que la pregunta que le hice a Poe era compleja, la verdad yo sabía mejor que nadie que no había que subestimar la capacidad de estos bichos para entender lo que se les decía. Incluso así no esperé que me contestara con un maullido, fue largo, suave y me quedó claro que estaba a gusto y a mí se me escapó una risa cristalina. Le rasqué el mentón con más ganas, ya que se le notaba tan contento y conservé una sonrisa en el rostro.

    I know, baby. You like your name, I like it too —le dije con suavidad.

    Al volver la vista a Hubert porque me habló noté la ternura en sus ojos y me dio algo de pena, pero lo dejé estar y escuché al niño. Me hizo gracia toda la historia pues porque desde pequeño había tenido este click con los gatos, no importaba si eran ariscos o malhumorados, al final acababan cediendo y me dejaban mimarlos. Vete a saber, quizás fuese mi aspecto o la forma en que me acercaba a ellos, pero aceptaban.

    —Soy un poco encantador de gatos —solté, ligeramente divertido—. Me alegra ver que no he perdido el toque.

    Después contó que la vecina tuvo menos suerte y alcé las cejas ligeramente, prestando atención al resto de la historia. Era una pena por la pobre chica, pero mira nada más, había terminado con Hubert en modo enfermero lo que era como pegarse el jackpot. Bueno, no es que yo pudiera quejarme, tenía aquí al pobre diablo en modo marido, ¿cierto? No dije nada al respecto, simplemente me permití una risilla y asentí a lo que dijo al final, lo de que nos estábamos entendiendo. El tema era que mi cuerpo hecho mierda no estaba muy a gusto con esto de quedarse en el suelo, así que dejé de acariciar al gato y me enderecé despacio, con cuidado de no asustarlo.

    Regresé al sillón, me senté con la flexibilidad de un viejo y me bebí lo que me quedaba de café en la taza, que era poco más de un trago. Al terminar la dejé en la mesilla y llamé a Poe con el bien conocido "pspspsps" y dando una palmadita en el sillón; no tuve mucha esperanza al respecto, con lo receloso que era, pero se subió y de pronto lo tuve ronroneando y frotando la cabeza contra mí brazo, que fue lo primero que encontró. La sorpresa me hizo mirar a Hubert, pero con semejante muestra de cariño creí pescar que, bueno, ya podía hacer lo que me pintara.

    Me acomodé mejor en el sillón, estiré las piernas y bajé las caderas para medio acostarme en vertical. Así tomé a Poe y lo arrastré encima de mí, instándolo a recostarse sobre mi estómago. Me dediqué a mimarlo entonces, en el lomo, la base de la cola y de regreso a su carita que tomé en ambas manos para rascarle las mejillas, bueno, lo que sea que tuvieran los gatos en donde iban las mejillas.

    You are so damn cute —dije usando la voz tonta que ponía uno siempre para hablarle a los animales—. I love you. We are best friends now, yes we are.

    Al decir lo último envolví al gato en los brazos, sin apretujarlo, y me sonreí completamente encantado. Lo sostuve como si fuese un bebé, para qué mentir, y al buscar a Hubert para sonreírle el gesto me cerró los ojos. Era una estupidez vista desde fuera, pero me había hecho muy feliz... Luego de todo mi llanto esto era una brisa de aire fresco. El cuidado de Hubert y la forma en que Poe me había aceptado me aliviaban el dolor que tenía en el pecho y pensé que al final, tal vez, admitir que algo dolía quizás no fuese tan terrible.

    Que podía aceptar mis errores y permitirle a alguien sostenerme.

    —Hurin. —Llamé al chico usando el apodo que me había sacado de los huevos la otra vez que le hablé por mensajes, el tono me salió estúpidamente suave, y me liberé una mano para tomar el móvil que me había quedado en el sillón cuando me bajé para interactuar con el gato, una vez lo tuve, estiré la mano en su dirección con el objeto desbloqueado—. Tengo la peor cara de la historia ahora mismo, ¿pero me sacas una foto con Poe? Esto lo tengo que inmortalizar.
     
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    Bruno TDF

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    Su mirada me hizo comprender que no se le había ocurrido incluir algo suyo en la maceta de hierba gatera; frente a lo cual no pude menos que permitirme una pequeña cuota de satisfacción. Aún tenía presente la emoción que mostró al ver a Poe ingresando al apartamento. Lo había alcanzado una energía más pura que parecía reactivar su cuerpo maltrecho, por algunos instantes. Por ese motivo, me pareció un buen detalle que algo suyo se incorporara al regalo de Poe: para que el chico se supiera reconocido por éste animal que lo motivaba y, a su vez, para que el gato estuviese más acostumbrado a su cercanía, si es que había un próximo encuentro.

    Inconscientemente, daba por hecho que la presencia de Cay se repetiría en el departamento; en circunstancias que, esperaba, fuesen menos desafortunadas.

    Cay propuso una liga para el cabello, lo que me hizo observar sus rizos con un dejo de curiosidad. La tenue humedad que conservaban del baño los mantenía controlados, pero ya algunos amenazaban con adquirir una dimensión esponjosa. Con todo, fue ahí que pude notar que su cabello había crecido desde el campamento, pero, por su forma, nunca se me ocurrió que Cay tuviera la necesidad de atarlos. La posibilidad me resultó curiosa, pues seguro tendría una apariencia interesante y, si acaso, también me pregunté cómo me vería yo si se me ocurría seguir esa posible costumbre. Me limité a sonreírme y asentí, a la vez enternecido de que el chico ya hubiese declarado al gato como su “nuevo amigo”.

    —Puede que yo ya esté aprendiendo —convine, a lo de que jugaban con los objetos simples; me reí por lo bajo—. Hace poco descubrí que lo entusiasman las bolas de papel, quizá demasiado. Pero, si te sigues portando tan bien con Poe, puede que nuestro amigo no cambie tu liga por nada del mundo —concluí, a modo de broma.

    Poe cedía lentamente. En este momento, en el que estábamos sentados en suelo dándolo a conocer, llamaba mi atención la prontitud con la que su receloso inicial se esfumaba. Aunque me mostraba sereno, en verdad estaba mentalmente preparado para retener al gato en caso de que se sintiera amenazado, pues no deseaba que se repitiera el incidente de la vecina y presenciar sangre ajena. Pero la escena de Cay y Poe me estaban dando motivos para relajarme… más pronto de lo que había vaticinado. Por si fuera poco, ellos incluso llegaron a comunicar se comunicaron de alguna forma, cuando Poe el gato respondió con su largo maullido a las dulces palabras del muchacho.

    Tal circunstancia me motivó a señalar a Cay su buena fortuna, pues era extraño que Poe entrara en confianza de esta forma. Ni siquiera yo, de quien decían que era tranquilo y amable, me había librado de la amenaza de sus garras al principio. No tuve reparo en añadir que mi amigo debía poseer algo especial que Poe percibía con sus instintos, pues los hechos lo estaban demostrando frente a mis ojos. En respuesta, Cay se definió a sí mismo como un encantador de gatos que no había perdido su toque, lo que me hizo sonreír con calma y asentir sin más, como concediéndole razón por algo que, quizá, tan broma no era.

    Algo llamó su atención cuando añadí el incidente de la vecina en mi relato, a razón de que alzó las cejas conforme detallé parte del incidente. Estuve por sentirme avergonzado ante tal gesto, mas en esta ocasión era por motivos distintos. Aquel día, los vecinos del departamento de en medio, una pareja de ancianos; nos habían visto salir juntos de mi apartamento, lo que primero los escandalizó y luego los volcó a una inesperada picardía que nos forzó a aclarar la situación, de la que sólo tomaron consciencia al enseñarles Natsumi su mano vendada. Sin dudas, esta secuencia fue más bochornosa que el propio incidente con Poe, que aquella tarde se sentó a mirar el espectáculo como si no hubiera sido el principal perpetrador. La risilla que Cay se permitió casi me coloreó el rostro, pero luego asintió cuando le expresé mi alivio de que ellos se llevaran bien, frente a lo cual me permití relajarme.

    Me incorporé mediante movimientos lentos cuando él se dirigió al sillón, pues mi zona alta de la espalda se quejó por la posición antes tomada, sentado en el suelo e inclinado sobre Poe. El gato negro me miró al percibir mis movimientos, mas pronto empezó a seguir cuidadosamente cada paso de Cay hacia el sillón, manteniendo su quietud aún cuando se dejó caer en el mismo. Notar los movimientos dificultosos me obligó a reprimir un suspiro, pues me sentí un poco culpable de haberlo invitado a tomar lugar en el suelo en su estado; así como también me preocupé al verlo terminar su café a medio camino, temeroso de que estuviese ya muy frío y amargo para su estómago delicado. No hubo mucho que pudiese hacer al respecto, sólo dejarle espacio para que descansara, y prestar atención al momento en que llamó a Poe…

    No esperé en absoluto lo que sucedió.

    Alcé las cejas apenas el gato correteó al sillón, como si hubiese estado esperando por milenios la señal de Cay. Lo hizo con una seguridad repentina, que rompía por completo los parámetros esperables de su comportamiento, o al menos esa actitud que yo creía conocer un poco a detalle. Poe saltó al sillón y empezó a frotar la cabeza contra el brazo del chico, el cual alzó la cabeza hacia mí con la sorpresa inundando sus ojos. Habrá sido algo estrafalaria nuestra escena, como de una escena de película de comedia: pues Cay seguro encontró en mis ojos una sorpresa equiparable a la suya, además de una sonrisa de incredulidad.

    Poe se relajó en el vientre de Cay cuando éste lo invitó a acomodarse ahí, recibiendo con evidente gusto cada muestra de cariño. Ni siquiera puso resistencia cuando el chico lo tomó por los costados de la cabeza, como quien sostiene a alguien por las mejillas; fue a mis ojos su movimiento más arriesgado y, sin embargo… Sentí el ronroneo de Poe en el silencio de apartamento, conforme me acercaba a ellos con las manos entrelazadas en la espalda, observándolos con curiosidad, serenidad y cierta fascinación.

    Poe maullaba de vez en cuando, los movimientos de su cola se podían leer como señal de confianza y relajación. Estaba sorprendentemente entregado a Cay, y la realización me hizo reír por lo bajo.

    Fue entonces que Cay me mostró una sonrisa genuina, que le cerró los ojos.

    Se la regresé, sereno, embargado por la esperanza de que esto hubiera alejado, así fuese un poco, las oscuras nubes de su tormenta interna. Que lo hubiesen hecho lo suficientemente como para permitirle divisar un hilo de sol entre el caod: un camino que seguir para salir del torbellino.

    Asentí cuando me pidió la fotografía. Miré a Poe en sus brazos, que se había recostado casi como un infante, con el vientre arriba y las patas plegadas sobre éste, lo que le confería un aspecto adorable completamente alejado de su aire más, digamos, estoico y callejero. Me quise reír de vuelta, sin poder creérmelo, mas me atajé a tiempo. Regresé la vista a Cay.

    —De hecho, me has robado esa misma pregunta, pues pretendía saber si era lo que deseabas —admití con solemnidad, luego de lo cual saqué mi móvil, aprovechando que éste poseía una cámara de alta calidad; mientras buscaba la aplicación correspondiente, añadí:—. Y créeme cuando te digo que no tienes mala cara ahora mismo. No con esa sonrisa, así que no te preocupes por tal detalle.

    No presté atención a su reacción por estar concentrado en lo mío, pues además me enfoqué en retroceder algunos pasos para enfocarlos. Primero, le tomé una fotografía de cuerpo completo luego de que él se acomodara, tras lo cual (contando con su debido permiso, que se lo pedí verbalmente), tomé otras imágenes más cercanas. Poe mantuvo los ojos cerrados en algunas, más dejó ver el amarillo de su mirada en otras; incluso mirando a la cámara, como si posara junto con Cay. Era un animal más inteligente de lo que aparentaba, como Copito.

    Sonreí, satisfecho, dispuesto a enviárselas por chat. Hasta que, cuando quise darme cuenta, Poe se había acomodado con los ojos cerrados, otra vez, sumamente relajado. Lo observé unos segundos, luego de lo cual, tras dedicarle una mirada de aviso a Cay, acerqué la cámara para tomar una foto en la que sólo saliera Poe. Del chico sólo se veían sus brazos, sus manos.

    —Disculpa —me reí por lo bajo—. Pensé que a Beatriz también podría gustarle conocerlo —dicho esto, tomé lugar en el sillón individual para mandar más cómodamente las fotografía al chico; al sentarme, lo hice con un tobillo elegantemente apoyado en mi rodilla, como acostumbraba a hacer sin darme cuenta— Por cierto, esto me recuerda algo de El café de la luna llena; más concretamente, de su sinopsis

    Hubo una pequeña pausa de mi parte. El instante de silencio lo ocupó un maullido bajo de Poe, quien se desperezó en brazos de Cay para luego volver a (como se suele decir coloquialmente) hacerse "bolita" allí.

    —En Japón, los gatos son símbolos de buena suerte —continué— y dicen que, si eres amable con ellos, algún día te devolverán el favor. De ahí se plantea que, si ayudas al felino adecuado, éste te lleva a la cafetería. Imagina que Poe es uno de esos —alcé la vista para mirarlo con una sonrisa— Me sigue sorprendiendo que te haya tomando semejante confianza en tan corto tiempo. Pero en realidad no debería de extrañarme, ya que dijiste que tienes unos gatos que les gusta acurrucarse; tu experiencia como encantador de felinos reluce, visto lo visto —bromeé, relajando la espalda en mi sillón, sin descruzar las piernas—. ¿Cómo se llaman? ¿Me podrías hablar más de ellos?
     
    Última edición: 13 Enero 2026
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    Zireael

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    Me habría hecho gracia notar a Hubert mirándome el cabello, ya que visto de fuera era un poco raro que eligiera atármelo de alguna forma si entre todo, digamos, lo tenía corto. No era algo que hiciera siempre desde que me había cortado la mata de pelo, menos con el remedo de undercut de la nuca, pero a veces el fleco se me salía un poco de control y entonces aparecían las ligas para sacármelo de la cara al menos unos segundos. La coleta era corta y me quedaba casi en la coronilla, pero cumplía su función.

    Hubert comentó que a Poe le gustaban las bolsas de papel y me reí sin dejar de hacerle mimos, aunque su comentario de que si seguía tratando bien al gato quizás no cambiarla la liga por nada. La posibilidad me enterneció, para qué mentir, aunque no dije nada y seguí centrado en mi asusto. Me hacía un poco de gracia ahora toda la historia de la vecina saliendo rasguñada, cuando en realidad a Poe parecía que le gustaba mucho que le hablaran bonito y ya. Mira, hasta nos parecíamos, ¿o no? Los dos igual de tontos.

    El asunto de la vecina lo dejé correr sin más, sin saber que hasta había estado por avergonzar al chico, y me aplasté en el sillón. Que Poe escuchara mi llamado nos sorprendió a los dos, ya que al mirar a Hubert encontré un espejo de esa emoción, y entonces yo mandé al diablo todo el recelo y cuidado de antes. El animal me dejó hacer e incluso cuando le sostuve la carita, lo escuché ponerse a ronronear en vez de protestar y me derretí de amor. Maullaba, movía la cola y daba todos los signos de estar realizado con el baño de atención que le estaba dando.

    Me dejó acomodarlo como si fuese un bebé y del gato potencialmente callejero y receloso no quedó ni una pizca, acomodó las patitas y entonces lo moví un poco para darle un besito entre los ojos como solía hacer con los míos. Después fue que le pedí la foto a Hubert y al verlo sacar su teléfono, entonces dejé el mío caer en el sillón otra vez, lo que no esperé fue el resto de su comentario y aunque no perdí la sonrisa, sí que bajé la vista al gato con tal de no mirarlo a él. Me puse a tocarle las patitas con mimo, presionando sus almohadillas y le acaricié el camino de la nariz a la cabeza.

    Cuando la vergüenza se me pasó, entonces me acomodé para la foto y ya luego le di permiso al chico de tomar las fotos como quisiera. Tonterías a un lado, moribundo y todo, ya tenía nueva imagen de perfil para todas las redes sociales, ¿o no? Se me escapó una risa nasal ante el pensamiento y de pronto vi a Poe otra vez con los ojos cerrados, relajado y le hice mimos con cuidado en la carita. A los gatos les gustaban esos, cuando te dabas cuenta estaban casi dormidos.

    —Igual pensaba enviarle a Bea una en la que salgamos los dos —murmuré con los ojos puestos en el gato, con las facciones igualmente relajadas—. You're such a sleepy baby, are you tired of being cute?

    Poco después se desperezó, lo hizo luego de maullar, y creí que se iría, pero en su lugar volvió a hacerse bolita entre mis brazos en una posición más cómoda para él. Me limité a dejarle los brazos como soporte y ocupé las manos en acariciarle el cuerpo, el lomo, los costados y el cuello de vez en cuando. También le estampé otro beso en la cabeza, entre las orejas, y fui escuchando a Hubert aunque me había entrado una ola de sueño fatal. Supuse que era por el gato, siempre me pasaba.

    En Japón, los gatos son símbolos de buena suerte.

    El rojo es el color del destino.

    ¿Qué hacía su voz apareciendo ahora?

    De la buena fortuna.

    Pronto cumplirás cuatro años bajo tierra.

    —¿Me llevarás al Café de la Luna Llena? —le pregunté al gato en un susurro, ligeramente divertido, y me sirvió para distraerme de los ecos de mí mismo. Seguí acariciando a Poe con suavidad, parpadeando con algo de pesadez—. Son animales sensibles, también, ya sabes... Se dan cuenta cuando las personas no se sienten bien.

    Dejé la idea suspendida y ya, no porque fuese a decir nada más. Acaricié más al gato con cuidado de no interrumpir su sueño si se había quedado dormido.

    —Tengo dos. Cinis es un gato gris, gris sólido quiero decir, bastante grande. Debe estar pesando unos siete kilos, es casi ridículo. Es un poco malhumorado y no le gustan mucho los extraños, pero le encanta dormir conmigo o con mamá. El otro día también... —Me corté de pronto al notar lo que iba a contar, el vacío en el que algo hizo eco, puede que mi llanto de anoche y de la madrugada—. En fin, que le tiene confianza a pocas personas y va a más a su bola. La otra es Nyx, que es negra como Poe, pero es pequeñita, pesará unos cuatro kilos a lo sumo. A ella le encanta estar con la gente, es muy mimosa y hablantina, por todo maúlla. También me llevo bien con los callejeros, por la hierba gatera y que a veces les pongo comida.

    >>Hay una leyenda japonesa relacionada a los gatos. Se dice que si uno de los tuyos se pierde, debes salir y contarles a los callejeros sobre él, diciéndoles su nombre, lo mucho que lo amas y que por favor le digan que vuelva a casa. Varias personas dicen que han recuperado a sus mascotas así —dije concentrado en Poe todavía y suspiré, adormecido y cansado. Lo que solté fue una especie de pensamiento en voz alta—. ¿Crees que funcione con personas? Pedirle a los callejeros que los busquen y le dejen el mensaje de lo mucho que los quieres, aunque sea en idioma gatuno.

    Presioné los labios en la cabeza de Poe, en repentino silencio, y me reí de lo infantil y deprimente de mi idea. ¿Qué pretendía, pedirle perdón por correo gatuno? Ya daba lo mismo, no tenía sentido. Solo podía esperar.

    —Es una tontería —murmuré, desganado, y quebré el tema—. Además, para decírtelo a ti no hace falta el gato mensajero.
     
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    Dado que en Suecia no había formado vínculos estrechos más allá del caso de Effy, que de por sí fue extraordinario; no tuve muchas ocasiones con las cuales pararme a reflexionar o cuestionarme en torno a los límites de mi honestidad. El comentario sobre la apariencia de Cay, a partir de la sonrisa que afloraba en su rostro por Poe, no estuvo desprovisto de la directa sinceridad a la que muy seguramente ya lo tenía acostumbrado. Pero, una vez más, no me detuve a pensar en el impacto, en el real alcance que estas palabras llegaban a adquirir. A lo mejor podría haberme limitado, considerando que le había provocado bochornos en no menos de una ocasión, desde que abrió los ojos en mi apartamento. No obstante, esta contención era de por sí difícil, dada mi naturaleza.

    Nunca faltaba a la verdad, ante lo que mis ojos observaban.

    Cay ocultó su vergüenza durante el breve momento en que busqué una buena posición para las fotografías. En ese intervalo, mantuvo su vista centrada en Poe mientras jugueteaba con las almohadillas de sus patas y deslizaba un dedo sobre su nariz. Como reacción a lo primero, el felino había estirado sus pequeños dedos hasta hacer asomar parte de sus garras, en algo que se apreció más como desperezamiento. En cuanto a la caricia de la nariz hasta la zona entre sus orejas, Poe quizá intensificó su ronroneo, no podía saberlo por la distancia; eso sí, observé cómo deslizaba la cabeza lentamente hasta dejarla caer contra el pecho de Cay.

    Me sonreí ante semejante cuadro, procediendo entonces con capturar unas buenas imágenes. Todo terminó con una fotografía exclusiva de Poe, ante lo cual me disculpé por una posible intromisión hacia el espacio de Cay, dada mi idea de enviársela a Beatriz. No mentí al decirle que pretendía presentarle a Poe con esa foto, pero lo mío guardaba, esta vez sí, una segunda intención: hacerle saber a la chica que había estado con él, que habíamos hablado y que lo cuidé; tal como se lo había prometido. De hecho, cuando Cayden mencionó que pensaba enviarle una de las fotografías en la que salía junto con el gato, no vi por qué no hacer un comentario.

    —No dudo que le hará bien verlos —dije, ya desde mi lugar en el sillón, mientras enviaba las fotografías al chat que tenía con el chico—. Beatriz te guarda un gran aprecio, se nota en sus ojos cuando habla de ti. A mí en particular me alegra mucho saber que son amigos —sonreí, bastante intrigado sobre las circunstancias en las que se conocieron y desarrollaron su vínculo, sabiendo de la intensa timidez e inseguridad de ella—. Es una buena chica. Con un alma extremadamente pura.

    De mi pecho quiso brotar un hondo suspiro que preferí guardarme para mí mismo, de modo que tal señal quedó fuera del alcance de alguien tan observador como Cay.

    Me detuve a oír con calma su respuesta a mi intervención, si es que la hubo; mientras veía a Poe en una absoluta relajación en sus brazos, casi como una porción de oscura sombra a punto de derretirse y escurrirse entre sus dedos. Todo esto me llevó a rememorar la sinopsis de El café de la luna llena, que empezaba hablando de la buena fortuna que simbolizaban los gatos, y sugerí en broma que Poe sería aquel que guiaría a Cay a ese lugar, el cual seguro necesitaba para aclarar su camino.

    El chico preguntó a Poe si lo llevaría al Café de la Luna Llena, ante lo cual entreabrió sus ojos amarillos, sabiéndose interpelado; como toda respuesta, bostezó ampliamente frente al rostro de Cay y volvió a acomodarse en sus brazos, retomando su plácido sueño. Noté entonces que, al igual que el gato, el chico daba señales de estar por dormirse. Continuó hablando, sin embargo; sus ideas mantenían su claridad, y la primera de ellas fue que los felinos sabían detectar las almas agobiadas por un malestar… La idea quedó suspendida en el aire. La tomé en silencio, sin mostrar un solo movimiento mientras lo observaba.

    Tardaría en olvidar las desgarradoras lágrimas con las que me recibió en Taito.

    Me habló de sus gatos, en respuesta a mi pregunta. Lo escuché tranquilo, con mi clásica postura en el sillón individual, una leve sonrisa en mis labios. Llevaban los nombres de Cinis y Nyx, y no logré evitar alzar las cejas al conocer que el tamaño del primero; era un hecho que no tenía el ojo entrenado para definir el tamaño de un felino a partir del dato de su peso, e igualmente me impresionó imaginar lo grande que podía llegar a ser. Nyx era opuesta en ese sentido, pero también en el plano de la personalidad: al saber lo cariñosa que era, mis ojos volvieron deslizarse hacia Poe en sus brazos. Un gato que parecía implacable con su recelo hacia los desconocidos, pero había caído sin oponer resistencia.

    En mi sonrisa se notó que algo me hizo gracia, mas me lo guardé para cuando Cay terminara de hablar, pues añadió una leyenda a nuestra conversación.

    Me contó que, si un gato se perdía, podías hablar con los callejeros para fomentar su regreso. Les trasmitías un mensaje en el que, sobre todo, había que remarcar el amor que sentías por el animal extraviado. Que añadiera la pregunta de si aquello funcionaba sus personas amplió mi sonrisa, puesto que tal idea se hallaba rondando mi mente en ese momento, habíamos pensado lo mismo, al menos en parte. Cay plantó en beso en la cabeza de Poe, que se estremeció del puro gusto, y me tomó algo desprevenido cuando finalizó con que no le hacía falta un gato para expresarme que me quería.

    Cerré los ojos, mientras guardaba el móvil en mi bolsillo; todas las fotografías habían sido debidamente enviadas. Me tocó a mí valerme del fugaz intervalo para disimular la vergüenza, ya que volvíamos a lo mismo: así fuese en palabras o gestos físicos, no estaba del todo acostumbrado a las muestras de afecto, pero no significaba que las rechazara. Quizá Beatriz y yo nos parecíamos en ese sentido… con evidentes diferencias de intensidad, claro está.

    Al retornar la mirada hacia los ojos de Cay, me limité a sonreírle. No dije nada, sino que me incorporé de mi asiento. Antes de que el sueño le permitiera ser plenamente consciente de mi acción, el chico pudo ver cómo hincaba una rodilla ante ellos, entre el sofá de dos cuerpos y la mesa ratona. Con un toque del índice llamé cuidadosamente la atención de Poe, quien estiró la cabeza hacia mí con el rostro adormilado. No estaba plenamente seguro de la ocurrencia que estaba por llevar adelante, pero aún así me incliné sobre el oído del gato, al que murmuré unas palabras que Cay no pudo escuchar.

    Poe dejó escapar un maullido mezclado con un bostezo. Acto seguido, giró la cabeza hacia el muchacho y dejó ir un nuevo maullido, mientras estiraba una de las patas delanteras para enganchar las garras suavemente a su ropa. Tras lo cual, volvió a acomodarse como un infante.

    —Ahí tienes mi respuesta —me reí suavemente, levantándome—. Dame un segundo, por favor.

    Mientras dejaba a Cayden procesar la escena, volví a dirigirme a mi habitación. Allí, cambié la funda de la almohada y me hice con la pequeña manta a la que se mantuvo aferrado al despertar. Cuando regresé, dejé los objetos en uno de los apoyabrazos del sillón. Poe apenas reaccionaba a mis movimientos, pero se notaba que estaba atento a mí de alguna forma.

    —Cay —dije—. Te hago una última propuesta, y entonces te permitiré moverte con libertad: ¿Qué te parece si duermes un poco más, aquí mismo? Noto que conservas cansancio en el cuerpo. O quizá Poe te dio sueño, lo que me resulta comprensible; es como su poder, a veces me pasa cuando lo tengo encima —me sonreí—. Además, me gustaría prepararte un almuerzo que, espero, ayude a recuperarte. Procuraré que sea liviano y adecuado.
     
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    Si lo pensaba bien, y me estaba costando bastante más de lo normal pensar si debía decirlo, lo mejor sería comenzar a separar la sinceridad inocente y casi bruta de Hubert de cualquier otra cosa. La noción del encierro en la torre y en sí su aire un poco inocentón de forma genuina confirmaban que seguramente no le confería una cuota de pensamiento. Lo que decía era cierto a sus ojos, pero también carecía de cualquier otro tinte. Era el halago de un amigo sin más, aunque quizás eso lo convertía en el mejor hype man del que tenía conocimiento.

    Incluso en medio de mi vergüenza, tapada a medias con Poe, la idea de Hubert como hype man me quiso hacer gracia y de milagro contuve la risa o habría tenido que explicarme. De cualquier manera, el gato con la caricia en la nariz se acomodó contra mi pecho y sonreí un poco más. El tema de las fotos nos llevó a Bea, no supe si fui yo rebuscándolo, pero el comentario de Hubert se sintió diferente y no me atreví a mirarlo. Además, no tenía cómo librarme, ¿verdad? No luego del almuerzo que tuve con ella y como, sin escalas, terminé vomitando hasta el alma en el baño de Hikkun.

    —Nos gustan los videojuegos y siento que nos parecemos un poco, así que nos empezamos a llevar bien rápido. Es muy sensible y atenta en medio de su ansiedad sin fin —dije en voz baja, concentrando mi atención en Poe a pesar de todo, y un suspiro pesado me desinfló el pecho—. La angustié muy de gratis también, almorcé con ella en estos días.

    No dije nada más, cualquier comentario habría sido bastante self-deprecating y no creía que Hubert me dejara sólo decir mierdas como esas sin más, así que mejor no abrí la boca de nuevo. Poe seguía derretido sobre mí, entre mis brazos, y el sueño que tenía estaba empeorando. Hablarle de Nyx y Cinis medio que me ayudó a espabilarme, pero esto de tener al Bello Durmiente encima no ayudaba para nada. En algún punto de mi narración miré a Hubert un instante, justo cuando lo vi sonreírse como si algo le viniera en gracia, pero yo ya estaba diciendo lo de la leyenda japonesa y todo ese tema.

    Al terminar quise restarle importancia, desvié el asunto a él para intentar borrar que quería usar el correo gatuno de otra forma, pero cuando cruzamos miradas otra vez me sonrió y le regresé el gesto. Creí que se levantaría para cualquier cosa, pero cuando quise darme cuenta había hincado una rodilla delante de mí y en mis ojos vibró un chispazo de confusión, para mi desgracia el corazón también se me saltó un latido y pensé que Poe, aplastado en mi pecho, se habría dado cuenta.

    Él llamó la atención del gato que, adormilado, estiró la cabeza en su dirección y a pesar de que Poe se había enderezado un poco, lo cierto fue que Hubert se tuvo que inclinar hacia mí por obvias razones y yo estaba, bueno, casi acostado. La cercanía me puso nervioso, también el hecho de que estaba susurrando allí, prácticamente encima de mí y le pedí fuerza a todos los dioses del panteón. El gato recibió la información y cuando quise darme cuenta maulló hacia mí, enganchándose a mi ropa y las palabras de Hubert me pescaron el frío y lo miré con una mezcla de confusión, vergüenza y puede, sólo quizás, que algo de ilusión.

    —¿Ah? —Fue lo único que me salió, no pude hilar una frase con sentido y lo vi alejarse.

    Algo enfurruñado, tomé a Poe y lo despegué un poco de mi pecho para poder encararlo, él me miró como si la cosa no lo involucrara. Lo miré frunciendo ligeramente el ceño y le reclamé en voz baja por ser cómplice de la tontería de Hubert, el bicho me dejó hacer y se zafó de mi agarre para volver a aplastarse encima de mí, pues se la sudaba el mundo entero como a todos los gatos. Bufé por lo bajo, abrazándolo, y cuando el muchacho volvió con la almohada y la manta me faltaba muy poco para cabecear de sueño, aunque claro que lo escuché cuando me habló. Sí, bueno, ¿podía yo negarme al niño en modo marido preparándome la comida? No, no podía. Tenía la fuerza de voluntad de un fideo mojado.

    Fine —murmuré fingiendo desinterés y con cuidado acomodé al gato al borde del sillón, cuidando de ponerlo en la posición que estaba sobre mí—, pero sólo porque Poe me contagió todo el sueño del mundo. Gracias por cuidarme.

    Me estiré para tomar la almohada, acomodarla y entonces me acosté de lado. Ya se me había secado un poco el cabello, pero me rendí y me resigné a que me iría de aquí pareciendo un león. Arrastré la manta entonces, me la eché encima y arropé también a Poe como si fuese un bebito. Lo escuché ronronear de gusto y se estiró un poco, lo suficiente para medio acomodarse en mi brazo con el lomo pegado a mi pecho.

    Oh, I know. Seguro te ayuda a dormir también, ¿no? —susurré para el animal, sin ser consciente de lo que decía en verdad—. Pasas mucho tiempo con Hurin, después de todo. Todas sus cosas huelen parecido.

    Dudé, pero estreché al animal que se dejó hacer y quedé con la nariz casi pegada a su cabeza. Estaba tibiecito y de pronto me pesaron un montón los párpados, aunque el estómago se me revolvió al acostarme. El dolor de cabeza se había transformado en una sensación sorda, constante, pero no aguda y supuse que no me quedaba más que esperar a que mi cuerpo se deshiciera del veneno que le quedaba. Todo era culpa de las puñeteras pastillas que le acepté a Kairi, la resaca se sentía distinta, como si fuese a durarme dos días.

    —En vez de hablarle a Poe —dije, atontado—, tendrías que haberme hablado a mí, ¿te parece que pueda traducir gato? ¿Qué le dijiste?

    Sonó un poco a berrinche, la verdad fuese dicha, pero no me di cuenta. Necesitaba dormir de verdad, no caer noqueado como hace unas horas.

    —¿Me despiertas cuando esté la comida? No me lo quiero perder... —pedí en el mismo tono, cediendo a cerrar los ojos por fin—. El almuerzo que me llevaste a la escuela estaba muy rico.
     
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    En el momento donde Beatriz fue brevemente el centro de nuestra conversación, Cay se ocupó de echar un poco más de luz sobre cómo se erigió el vínculo que los conectaba. Comenzó mencionando un gusto compartido por los videojuegos y, acto seguido, hizo alusión a un parecido de carácter más general, por el cual empezaron a llevarse bien con relativa celeridad. Este aspecto, para mí, era el punto esencial que posibilitó su amistad. Mantuve mi sonrisa serena al momento de asentir en respuesta, cuando añadió que Beatriz era muy sensible y, a la vez, atenta. En mi opinión, la chica poseía una capacidad de percepción digna de consideración; no sólo con sus alrededores, sino también hacia las personas. No obstante este rasgo pasaba desapercibido a causa de su resonante emocionalidad, la cual podía equiparar con la que Cayden había mostrado anoche. Podía suponer que, al encontrar una intensidad parecida en el otro, como en un espejo, llegaban a sentirse acompañados de una forma distinta a la que yo podía ofrecerles.

    Mi semblante se suavizó en un gesto conciliador cuando Cay mencionó que la había angustiado durante un almuerzo que tuvieron. Beatriz me había hablado de ese receso al acudir a mí, sin dar muchos detalles. Hizo lo que estuvo a su alcance para tratar de hacerlo sentir bien, con un abrazo. Ella había demostrado tristeza en cada gesto, no sólo por el estado del éste amigo al que tanto apreciábamos, sino también por una errada creencia de que sus acciones fueron insuficientes para alcanzarlo. Obviamente, no permití que menospreciara el valor de su bondad y de su esfuerzo: le dije que lo nuestro sería un fuerza conjunta para levantar a Cay. Que ella ya había hecho su parte, y que dejara en mis manos el resto.

    Esperaba estar cumpliendo debidamente con mi palabra. Y estar a la altura de mi propio deseo de ser el pilar que jamás permitiría su caída.

    —¿Qué mejor que unas fotografías de Poe para erradicar la angustia? —bromeé tranquilo, con tal de romper la tensión interna que, muy seguro, debía estar aquejándolo por haber preocupado a Bea— Les gustan los gatos; en eso también se parecen. Ella me habló una vez sobre uno que la visita en su residencia, blanco y esponjoso, al que llama Kumo.

    Después de su contestación, si es que la hubo, la charla fue fluyendo a un cauce que no se apartó por completo del tópico de los felinos. No sólo hablamos del Cafè de la luna llena, de los gatos como símbolo de la buena fortuna, de Cinis y Nyx; sino que esto derivó en la leyenda de los gatos mensajeros y la consideración de otros usos que podríamos darle a este medio de comunicación. En el proceso, tras una divagación, Cay terminó afirmando que no necesitaba de un correo gatuno para decirme que me quería… Ante lo cual, pasado mi recato inicial; me dejé llevar por una ocurrencia que implicó acercarnos.

    Era consciente de la inminente proximidad de nuestros cuerpos y, por lo mismo, hice todo lo posible para que el espacio personal de Cayden fuese invadido lo menos posible. Consideraba que esta intención fue llevaba a cabo con efectividad; por lo que, a diferencia del chico, yo me mostré muy sereno al momento de inclinarme sobre Poe para susurrar mi mensaje en una de sus orejas. Para mi fortuna y a la vez sorpresa (debidamente disimulada), el felino reaccionó de un modo tal que dio la impresión de que se había coordinado perfectamente con mi tontería.

    Aquello me hizo reír por lo bajo al momento de hablarle a Cay con la sóla idea de dejarlo intrigado, y no pude evitar que en mi sonrisa chispeara un dejo de satisfacción cuando me di la vuelta para dirigirme a mi habitación. En el camino pude escuchar su voz confundida pronunciando un quedo “¿Ah?”.

    Al regresar al living, le pedí un último favor: que tratara de dormir otro par de horas, lo que me daría tiempo para prepararle un almuerzo liviano que lo ayudaría a recobrar energías. A lo largo de nuestra conversación, no se me pasó por alto la contextura de sus brazos y del cuello. Lo había notado delgado, y eso me causaba una preocupación profunda, considerando que no había pasado demasiado tiempo de la última vez que nos vimos. Me iba a quedar más tranquilo si se retiraba de aquí tras haber comido algo…

    Cay no se opuso a la idea, vencido por la paz que le daba el calor y los ronroneos de Poe, quien descansaba en sus brazos como si no existiera mejor sitio en el mundo. Al acomodarse sobre el sillón, lo observé con detenimiento para asegurarme de que adoptara una posición cómoda, que no le supusiera una contractura al despertar. El gato fue cobijado con la manta, y se dejó abrazar contra el cuerpo de Cay con una confianza inusitada, que aún me seguía sorprendiendo. Al ver cómo se acurrucaban los dos, cómo el chico le hablaba; debí hacer un esfuerzo descomunal para contener la ternura que purgaba por colarse en mi sonrisa. Eso sí, preferí obviar el comentario sobre mi aroma.

    El sueño iba ganándole el pulso. La voz pesada, sus párpados cayendo lentamente, el tono algo sedado de sus palabras, mientras Poe dormía profundamente sobre su brazo. Eso sí, Cay conservó la energía suficiente para dirigirme una suerte de reproche.

    En respuesta, le dediqué una sonrisa. Esta vez no hubo satisfacción ni jocosidad en ella. Una vez más, demoré mi respuesta con intención, quizá porque aún en el fondo me apetecía molestarlo un poco más. Mientras tanto, acerqué el sillón individual al suyo, para sentarme cerca suyo, a la altura de su cabeza.

    —¿Qué le dije a Poe? —parafraseé, divertido— Me temo, Cay, que tendrás que teorizarlo con la almohada. Aprender el idioma gatuno también es una opción, pues de ese modo podrás preguntarle luego a Poe, tu nuevo amigo.

    Fue el instante que Cay procesaba mi respuesta, que pronuncié un cordial “Permiso”. Acerqué mi mano lentamente a su cabeza, con una considerable pizca de duda al principio. Busqué, en sus ojos adormecidos, alguna señal que me ayudara a estar seguro de que podía avanzar sin matarlo de vergüenza por enésima vez. Quizá la encontré, porque mi mano se posó sobre sus cabellos. Un muy sutil rastro de humedad impregnó la yema de mis dedos, cuando inicié una lenta caricia entre los rizos de fuego. Esto bastó para hacerle cerrar los ojos.

    Sonreí ante su pedido de que lo despertara. Guardaba tan buen recuerdo del almuerzo que le dejé en la escuela, que no quería perdérselo.

    —Así será, Cay —le dije, sin dejar de acariciar su cabello—. Me alegra poder hacer algo así por tí, de verdad. Ahora… duerme.

    La gentileza de mi mano lo ayudó a relajarse y, más pronto de lo que anticipé, pude notar que se había quedado tan profundamente dormido como el gato negro. Sonreí, al abrigo del plácido silencio que llenó el apartamento. Me incorporé con cuidado de mi asiento, a la vez que retrocedía lentamente mis dedos. Las yemas realizaron un último roce entre los rizos, cariñosos. Y antes de que rompiera el contacto por completo, miré a Cay desde arriba, su rostro ahora plácido.

    —Jag älskar dig också, min vän.

    Yo también te quiero, amigo mío.



    El tiempo pasó, y el almuerzo estaba servido en la mesa. En el ambiente predominaba un agradable aroma a sopa miso, acompañado de muy sutiles notas de pescado y arroz. De seguro, fue lo primero que Cay debió percibir cuando palmeé con delicadeza su hombro, buscando que despertara paulatinamente. Al hacerlo, quizá también notó que Poe no se encontraba con él, pues él gato ahora comía tranquilamente de un plato que había junto a la barra; a él también le había preparado una comida algo elaborada, ideal para felinos.

    Y cuando el chico abriese los ojos… Con seguridad, le llamaría la atención el delantal negro que yo portaba, el cual no me había quitado aún. Así vestido, recibí su despertar con una sonrisa serena, mientras retiraba la mano de su hombro.

    —Bienvenido de vuelta, Cay —saludé, observándolo con atención— ¿Te ha servido el sueño? ¿Te encuentras un poco más recompuesto?
     
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    Parecidos o no, estaba seguro de que Bea no haría un numerito como el mío. En líneas generales me estaba costando trabajo balancear las cosas que comprendía desde mi análisis, digamos, objetivo de la situación en comparación a lo que yo sentía que era mucho más desordenado e intenso. Me sentía perdido, si debía ser honesto, ya no tanto por el tema de creer que iba a perder todo lo que apenas había recuperado, era... No sabía cómo proceder con esto como un todo. No me sentía listo para dar un paso en ninguna dirección más que, ni idea, ¿mantenerme vivo y tal?

    Tampoco estaba muy a gusto con la sensación que me dejaba la posible idea de que las personas a mi alrededor sintieran que lo que hacían por mí no servía de nada, pero la línea sobre la que caminaba era curva y estaba fragmentada, por ello mi avance era tan interrumpido. Por eso, como el cobarde que era, había mentido y ahora pagaba las consecuencias. Era justo también que los demás retrocedieran, en el fondo no los resentía por ello, sencillamente me asustaba la posibilidad de que esa distancia acabara por ser infinita.

    El comentario de Hubert me sacó una sonrisa ligera y asentí al oír la mención de Kumo, pues a mí también me había enviado una foto del susodicho. No vi necesario decir nada más y como los pensamientos de pronto estaban retornando, tampoco fue que pudiera usar muchas de mis neuronas en ese momento sobre todo cuando pasó lo del mensaje gatuno y todo ese asunto. Poe se hizo cómplice de la tontería de Hubert y yo, obvio, me quedé con las ganas de saber qué era el dichoso mensaje o quizás, por necedad, me negué a aceptar la respuesta que ya sabía.

    De cierta forma acepté mi derrota tanto en el correo felino como en quedarme a echar una siesta e irme de aquí con algo en el estómago. Me acomodé, gato incluido, y bajo la manta me puse a reclamarle tonterías sin sentido a Hubert. Noté su sonrisa cuando arrimó el sillón individual, no me había contestado y arrugué un poco los gestos al ver que me dejaba esperando y luego, cuando me dijo que lo teorizara con la almohada, solté el aire por la nariz.

    —Voy a teorizar que me estás molestando —dije sin filtrar el tono de queja otra vez—. Respeta a tus mayores.

    El remedo de berrinche sin sentido no me duró demasiado, bastó escuchar el "Permiso" y ver su duda para que cerrara la boca. Había buscado mis ojos, por ello, en vez de desviar la vista, simplemente arrastré un poco la cabeza en su dirección, sin despegarla de la almohada como tal. Apenas sentí la caricia cerré los ojos y, de nuevo, algo del pesar y las confusiones que me rebotaban en el pecho y la mente bajaron de volumen.

    —Los mimos en el cabello dan mucho sueño —murmuré, casi noqueado y completamente derretido bajo su tacto.

    Entre el calor de Poe, el agotamiento por culpa de la intoxicación tan gratuita que me había encajado anoche y la caricia de Hubert acabé por quedarme dormido sin darme cuenta y no hubo manera de que escuchara lo que había dicho en su lengua materna. El sueño en el que caí fue denso, pesado y vacío de sueños. Vacío de cualquier cosa.

    Cuando el niño me despertó palmeé el espacio a mi lado, buscando el gato, y noté el olor a comida, a sopa miso más que nada. Me costó un poco abrir los ojos, pero al conseguir la misión me fui enderezando en el sillón y entonces miré a Hubert, que estaba en el modo más marido de los maridos. Verlo me sacó una sonrisa y esperé disimular la diversión en ella al enjuagarme los ojos. El dolor de cabeza se había desvanecido casi por completo, aunque mi estómago seguía un poco en huelga.

    —Mi estómago quiere renunciar yo creo, pero no voy a despreciarte la comida, no te preocupes. Me siento un poco mejor, gracias —contesté con la voz algo pastosa y me levanté del sillón, estirando la espalda un momento.

    Al mapear el espacio noté a Poe comiendo y después regresé la vista al muchacho. Quizás no debería ser tan hincha pelotas, ¿pero podía no decir nada? Me lo ponía muy difícil. Como fuese, di medio paso hacia él y pretendí husmear en dirección a la cocina, al hacerlo estiré la mano con disimulo, algo en lo que por desgracia tenía práctica, y logré pescar uno de los bordes del delantal, cerca de donde nacía la tira que rodeaba su cintura.

    —Así casi casi pareces un chef —bromeé y tiré muy suavemente de la prenda. No tuvo intenciones extrañas, fue una mera broma inocentona y por ello lo dejé ir con suavidad—. Vamos. Necesito que tú también comas o no voy a poder con mi conciencia dentro de unas horas.

    Tuve que cubrirme un bostezo con la mano, pero de inmediato me ofrecí para ayudarle en lo que necesitara con tal de poder almorzar o al menos pretender echarle un par de bocados a mi estómago para no desmayarme por ahí. Tenía que volver a casa de una vez y si no hablaba con mamá de inmediato, al menos tener la decencia de mantenerme bajo su techo un tiempo con tal de no seguirla preocupando.
     
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    Bruno TDF

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    Al detectar atisbos de sus despertar, di un suave paso hacia atrás para concederle el espacio necesario para desperezarse. Dado que me había mantenido en pie en todo momento, el delantal oscuro ceñido a mi cuerpo se desplegó plenamente ante su mirada adormecida, como una capa de sombra en la que, tranquilamente, Poe habría podido camuflarse. De hecho, ahora que se mencionaba al gato, fue a quien Cay buscó en primer lugar mientras retornaba a la vigilia, sólo para reparar en que se había retirado en algún momento de su descanso.

    Una sonrisa divertida destelló en mi semblante por un fugaz segundo… Tuvo relación con ambos, en efecto; pero no se debió al hecho de ver a Cay tanteando el espacio vacío. Conté con la ventaja de que mi gesto se podía atribuir con extrema facilidad a este hecho.

    Una expresión similar tiñó su rostro apenas pudo entornar la mirada en mi dirección. Mi sonrisa fue serena mientras lo aguardaba en pie, con las manos entrelazadas tras mi espalda, a la vez que me daba cuenta de que su intento por disimular la diversión fue en vano. Supuse que le causaba cierta gracia verme en delantal, que bien podría ser una costumbre ligada a edades más avanzadas. Lejos estuve de intuir el real motivo, y fue mejor que se diera de aquel modo.

    Ante todo, pregunté por su estado, y su respuesta inicial hizo retroceder en parte mi sonrisa. Yo, que no conocía en lo absoluto los efectos de la resaca, más allá de escenas de ciertas novelas; me sentí sorprendido de que el daño estuviese perdurando a esta altura del día, sobre todo porque había reposado dos veces. Sin embargo, Sugino me había puesto en aviso al respecto, por lo que había tenido cuidado con las cantidades de alimento que pretendía ofrecerle. Cay, por su lado, quizá viendo mi latigazo de duda; había remarcado que no despreciaría mi comida y aseveró que se encontraba en mejor estado, culminando con un agradecimiento.

    Asentí con calma.

    —No te fuerces si algo no te sienta bien —le pedí; no rechacé su voluntad de comer mi almuerzo, pero le dejaba a su vez la opción de detenerse si algo comenzaba a sentarle mal.

    Terminé a que terminara de levantarse y lo seguí en dirección a la cocina, deteniéndome a su lado. Había una arrocera de la que se desprendía un fino vapor, además de una cacerola sobre la hornalla apagada, tapada, de la que provenía el agradable aroma de la sopa de miso. Y sobre la barra, dos bandejas cuidadosamente organizadas: cada una con un cuenco recién servido de sopa, un plato pequeño con una pieza de salmón sin grasa y otro tazón con algo de arroz. Era una presentación bastante tradicional, digna de un hogar japonés.

    Me encontré sumido en la fugaz disyuntiva de permitirle llevar su bandeja o no; en la pregunta de si las cantidades para él estaban bien… Que no había reparado, en lo absoluto, de la posición tan cercana de su mano, en el borde de mi delantal. Los dedos de Cay se habían acercado a mí con una precisión insospechada, silenciosos como el aire; invisibles y tenaces. Lo escuché hablar, comparándome con un chef, y una sonrisa humilde asomó en mi semblante. No obstante, no alcancé a negar con la cabeza.

    El leve tirón del delantal me hizo respingar; Poe, no muy lejos, alzó la cabeza para dedicarme una mirada. El mío había sido un sobresalto extremadamente sutil, casi imperceptible, que sólo podía ser apreciado por Cay gracias a su cercanía (y, para qué mentir, la mirada delatora del gato, que no había tardado en retomar su almuerzo). Ante el chico, mis músculos cantaron sus sorpresa, y más evidente fue la misma cuando instintivamente busqué con la mirada la zona del tirón, encontrándome con su mano. Entonces, di con los ojos de Cay cuando siguió hablando, insistiendo con que yo también comiera, y al final suspiré con una leve negación.

    Me había atrapado con la guardia baja. El sólo imaginar la satisfacción que mi reacción debió generarle; me hizo sonreír con cierta resignación. Me rasqué la mejilla, visiblemente avergonzado por el fugaz e involuntario espectáculo de mi cuerpo.

    —Puedes llevar tu bandeja —le dije, señalándole la suya.

    Así las cosas, ambos fuimos con nuestros respectivos almuerzos a la mesa, donde ya había dispuesto previamente una jarra con agua acompañada de los respectivos vasos, además de cubiertos y servilletas… Lo que hicimos fue apoyar los tazones de sopa y arroz, y los platillos con la porción de salmón, luego de lo cual regresamos las bandejas a la barra.

    No supe si fue efecto de la broma de Cay o porque me concentré en que todo estuviera bien dispuesto sobre la mesa, pero… Al sentarme frente a él, noté al instante que seguía con el delantal puesto. Hubo un silencioso suspiro de resignación, a ojos cerrados, pero opté por quedarme así, con tal de no dar muchas más vueltas.

    Al abrir los ojos, le dediqué una sonrisa a mí amigo. Y aunque no podía verlo, sabía que Poe se había acercado a él, quizá recostándose junto a sus pies.

    —Comienza por la sopa miso; es liviana, pero me aseguré de que el sabor no decepcione —dije—. Y recomiendo que pruebes el arroz y el pescado con bocados muy pequeños, para así corroborar si tu estómago lo asimila. Si es el caso, tal vez puedas continuar comienzo. Pero siempre con prudencia, por favor.

    Estaba sonando más imperativo de lo que había pretendido. Al darme cuenta, bajé la cabeza un poco apenado, pues siempre procuraba no imponerme sobre Cay. En general, al tratar de ayudarlo, buscaba limitarme a ser un consejero que, no obstante, no le negaba su libertad. A pesar de mi breve recato, Cay pudo ver en mis labios una sonrisa.

    Una sonrisa solemne.

    —Gracias por llamarme, anoche —dije entonces, acercando a mí el tazón de sopa sólo por hacer algo; mi pulgar se deslizó distraídamente por su borde, junto al vapor— Y sobre todo, agradezco que me hayas dejado cuidarte, aún si he llegado a ser terco en cierto puntos —una leve risa estremeció mis hombros, recordando que no lo había dejado marcharse al principio, o cuando me negué a permitirle lavar la ropa de cama.

    Alcé la vista, hacia sus ojos, y mi sonrisa se suavizó; incluso, entrecerrándome los ojos.

    —Siempre puedes volver aquí —continué—. No importa la circunstancia. Si llegas a necesitar un lugar donde estar, Poe y yo te recibiremos encantados. Es lo que hacen los amigos, ¿no es así, compañero? —hice un gesto con la mano debajo de la mesa y, milagrosamente, Poe se sincronizó a mis palabras con un maullido corto; estuve a punto de reír, pero opté por guardar la compostura pues esto era serio, y hablaba con la verdad.

    >>Puede ser tu segundo hogar, si quieres —sugerí, momento en el que me llevé una mano al mentón, pensativo—. Si es así, creo que no te he dicho lo que corresponde a todo miembro del hogar que llega… —entonces, con una sonrisa entre fraternal y divertida, estiré un brazo sobre la mesa y, con cuidado, empujé el cuenco de sopa de Cay en su dirección, deslizándolo con ayuda de mi índice; lo miré a los ojos nuevamente.

    —Bienvenido a casa, Cay.

    Otro maullido de Poe, como secundándome.


    Bueno, te concedo el honor de cerrar esta salita. Muchísimas gracias por dejarme la oportunidad de que Hubert se pusiera la camiseta de Super-Chambeador Legendario. Estoy orgulloso con su logro (?)

    Ah, y obvio disfruté todo, estos dos son terriblemente divinos y losquiermucho, snif.
     
    Última edición: 23 Febrero 2026
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    Zireael

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    Muy a mi pesar, lo que siempre tardaba más en reponer luego de mis borracheras era el estómago y con el revoltijo asqueroso que había hecho anoche, pues peor. Quizás debía dar gracias que no había vomitado de nuevo al despertar, aunque fuese el agua que me dio Hubert, así que en lo que a mí me concernía un triunfo era un triunfo. No estaba defendiendo mi accionar, únicamente pensaba que habría podido ser significativamente peor. ¿No resumía eso la vida? Podía ser siempre peor. Podía sólo no hablarme con mi viejo o hablar con él y volverme loco, podía dejar a la gente irse o aferrarme y que se fuese igual. Podía, podía y podía.

    Pero yo tendría que haber tenido la madurez para ser honesto.

    A Hubert, a su manera, también lo tenía enredado en una mentira y para sostenerla había utilizado a la siempre amable y siempre obvia Ilana. Este castillo de naipes también caería, ¿verdad? Ahora... Esta vez yo debía elegir cómo. Tenía que liberar a la chica, ¿verdad? Sacar de sus hombros el peso de algo que no le correspondía y luego, si mi suerte de segunda vida se destapaba con Hubert, asumir las consecuencias como había ocurrido cuando Anna se fue de la lengua con Aleck, aunque a Aleck no tuve que enfrentarlo porque se hizo humo una segunda vez antes. El punto era que si ocurría, debía entender que sus ojos, así como los de Ko, no sabrían de qué forma mirarme.

    Que el espejo se quebraría.

    Todo eso me alcanzó la cabeza mientras él, como siempre, me recordaba que tenía voz y voto en mis propias decisiones. Que si mi cuerpo no se sentía en la capacidad de comer, sencillamente no lo hiciera, ¿pero no era eso también lo que me tenía en este desastre? Como no me sentí capaz de enfrentar el dolor, entonces no lo enfrenté y absorbí en mi torbellino al que llamaba mi mejor amigo. Tenía que... Algo debía cambiar, pero todavía trataba de balancear el dolor de las heridas abiertas, la certeza de que también había herido a todos los demás y el averiguar qué y cómo debía cambiar.

    Al seguirlo a la cocina vi todo organizado de forma bastante tradicional, el olor me abrió el apetito aunque no tenía seguridad de si podía comer tanto como quisiera, pero más que eso, el olor de la comida ya más de cerca me hizo sonreír con un dejo de vergüenza. Me jodía saber que este chico estaba haciendo todo esto luego de ir a recogerme en un Uber a horas indecentes de la madrugada, habiendo dormido en una silla y todo lo demás, pero tampoco quería borrar su intención. El hecho de que me cuidaba porque así lo disponía su corazón, no porque simplemente fuese correcto o esperable.

    Como no quería volver esto una sesión de terapia, lo molesté con lo del delantal y como era de esperar, él no se dio cuenta de mi mano hasta que fue demasiado tarde. Me sonrió por el comentario del chef, pero si iba a hacer otra cosa no pudo, pues fue cuando tiré un poco de la tela y el chiquillo, de repente, fue un desastre. Su sobresalto fue ligero, pero yo estaba demasiado cerca y detallé la reacción, la suerte de salto ligero de su cuerpo, el viaje de sus ojos al delantal y luego la oscuridad de su mirada al encontrar la mía. Su sonrisa siguiente fue resignada y lo vi rascarse la mejilla, seguramente avergonzado por su propio espectáculo.

    Darme cuenta de la reacción que había causado me arrojó algo de satisfacción encima, fue ligera, pero por ella el retroceso de mi mano trastabilló un instante, fue tan breve que no hubo forma de que él lo notara cuando fue más una sensación corporal mía que un movimiento. De haber sido otra persona u otro contexto, quizás, le habría dado un toque en la cintura, pero simplemente volví a mi espacio y tomé la bandeja cuando así me lo indicó. Creí que se enfocó de más en acomodar las cosas en la mesa, pero se me ocurrió que igual sí lo había avergonzado mucho y ante la posibilidad no dije nada. En silencio, repliqué la disposición de los objetos y por fin me senté. Su suspiro a ojos cerrados me hizo ladear la cabeza, pero como en cuanto los abrió me sonrió, elegí no preguntar. Además, me distraje un momento al sentir a Poe en mis piernas, de hecho me agaché para buscarlo y hacerle un mimo en la cabecita.

    —Que empiece por la sopa y no me atragante, lo tengo —dije ligeramente divertido, irguiéndome de nuevo.

    Estaba por tomar la cuchara para probar la comida cuando volvió a hablarme y al mirarlo noté su sonrisa. Las palabras que me dedicó fueron mortalmente genuinas, agradeció que lo llamara y que lo dejara cuidarme y pensé, sin permiso, cómo insistía en arrebatarle esa posibilidad a los otros. En como sin quererlo o sin ser del todo consciente de hecho repetía aquello que reclamaba en otros.

    —No fuiste terco —murmuré, cohibido, y bajé la vista al tazón frente a mí. Mis manos estaban en mi regazo, algo incómodas, y me puse a jugar con las costuras del pantalón a los costados de mis muslos—. Sólo te preocupaste por mí.

    Alcé la mirada al ver que él hacía lo mismo y su sonrisa, por mucho que no quisiera, me envió algo de sangre al rostro. No fue un bochorno exagerado ni nada, pero sin dudas estaba allí y lo ignoré como pude. El condenado mocoso siguió por el camino de la dolorosa amabilidad y el gato como si entendiera todo, hasta se sumó con un maullido. Continuó, me dijo que este podía ser mi segundo hogar y luego reflexionó sobre sus propias palabras y su sonrisa tuvo un tinte distinto al tiempo que acercaba hacia mí el tazón de sopa miso.

    Bienvenido a casa, Cay.

    Escuchar otro maullido de Poe me sacó una risa, fue sincera, cristalina incluso y me ardieron los ojos. Las lágrimas que quisieron agaloparse no fueron ya de confusión, de tristeza ni por sentirme sobrepasado por todo el embrollo en el que yo mismo me había metido. Fueron porque Hubert me había conmovido con una frase tan sencilla. Había privado a mi familia de decirlo por semanas y semanas, casi sin pausa.

    —Si así son las cosas, supongo que incluso de haber estado lo bastante consciente para decirlo no habría podido hasta ahora —empecé en voz baja todavía, mis ojos volvieron a la comida frente a mí. A la segunda comida que este muchacho me preparaba, sin pedir explicaciones ni nada a cambio—. Estoy en casa.

    Decirlo en voz alta me aguó los ojos de verdad y volví a reírme avergonzado, usando la manga de la camiseta para atajar las lágrimas antes de que cayeran. Después dudé, pero lo miré unos segundos y me excusé para levantarme, al hacerlo viajé a su posición, le di un toquecito en el hombro instándolo a separar la espalda de la silla y con cuidado de no tocarlo de más, deshice el nudo del delantal. De esa manera, pasé la tira del cuello sobre su cabeza y le quité la prenda, doblándola con cuidado para dejarla sobre la barra.

    —En casa no se come con el delantal —dije desde allí, como para explicar qué bicho me había picado.

    Al volver, en lugar de regresar a mi silla, me detuve un instante para darle un remedo de abrazo echando el brazo sobre sus hombros y recostando la cabeza en la suya. Las hebras negras y rojas se mezclaron por un costado de mi visión y entonces cerré los ojos un momento. No hice más que absorber algo del calor de su cuerpo. Al retroceder le di una palmadita en el hombro y por fin regresé a mi lugar para darle una probaba a la sopa. Estaba bastante levanta muertos, la verdad.

    Comí despacio, atento a las reacciones de mi cuerpo, y cuando creí estar seguro de que no iría a botar las tripas ni ahora ni más tarde, probé un poco del salmón. Estaba muy rico y yo iba a llorar de felicidad ahora, que a estas horas donde Hikkun seguro me estaría comiendo un ramen instantáneo con una salchicha de pollo y temblando como ciervo recién nacido todavía. Sin embargo, él me había dado medicina, agua y me había permitido descansar. No podía dejar que esto fuese en vano.

    Sólo necesitaba tiempo.

    Tiempo antes de barrer estas cenizas y ver qué podía hacer con los escombros, aunque algunas cosas las tenía más claras que otras. En el pasado había cometido errores que eran distintos a estos, ambos en puntos opuestos de la escala, pero no por ello dejaban de ser eso: errores. Había muchas personas con las que debía ser honesto. Debía ser mejor hijo, mejor sobrino y sobre todo mejor amigo.

    Debía luchar contra el miedo que me carcomía en vez de dejarlo controlarme.

    —Perdona por no contarte todo. Hay cosas de las que no sé cómo hablar todavía, así como tú, pero gracias porque sé que en cuanto me sienta listo vas a estar allí —comencé a decir un poco de repente y mis ojos se mantuvieron en la porción de pescado mientras armaba otro bocado pequeño, cuidando de no comer mucho ni muy rápido—. Sé que las puertas de tu casa están abiertas y que Poe y tú estarán aquí. Aunque no hayas ido a mi casa, quiero que sepas que también es tuya. Ya te lo dije, pero cuando quieras hablar puedes escribirme o llamarme o lo que sea o podemos ir juntos a donde quieras. Así como tú has estado para mí, quiero estarlo yo para ti. Así que gracias a ti, Hubby, por haber cogido el teléfono y por haber ido a buscarme.

    Quiero reflejar el cariño que me brindas.

    Tú y todos los demás.

    —Por quedarte a mi lado hasta que me dormí —añadí con una sonrisa tímida—. Gracias por la comida también, está riquísima. ¡Pero esta conversación está como que muy sentimental y no quiero llorar más! Así que mejor háblame de Suecia y más de tus padres. Te pareces a tu papá, ¿sabes?

    Al decirlo se me escapó una nueva risa y entonces me concentré en comer y en escuchar lo que tuviese para contarme. El tiempo que poseíamos con las personas era reducido y azaroso, estaba parchado de últimas veces que ni reconocíamos como tales. Ahora mismo no quería replicar las mierdas de hace cuatro años o de hace dos o de esta misma semana. Quería atesorar lo que tenía, bien y de verdad, al menos hasta que los naipes cayeran.

    Planeaba comer, ayudarle a ordenar la cocina y entonces volver a casa. En un escenario ideal tendría que hablar con mi madre o con mis tíos, pero no me sentía listo. No estaba preparado para destapar todo de forma tan abrupta luego de este despertar. Suponía que el primer paso, quizás, fuese decir eso para empezar. Tal vez todo ese día hubiese sido diferente si hubiese comenzado por allí, por esa pizca de honestidad.

    Ahora no había marcha atrás.

    gracias a ti por meter a tu hijo en este quilombo JAJAJ campeón él, la verdad

    disfruté mucho la salita ;; como todas las interacciones de los niños, vaya (?) los quiero un montón <3
     
    Última edición: 24 Febrero 2026
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