Fui advirtiendo sus reacciones una a una, aún si eran sutiles o no hablaba en absoluto. Percibí la aparente calma, esa que bien podía ser resignación, también la sonrisa amarga que le cruzó el rostro y todo lo demás. Intentaba darle sentido al caos, al huracán de emociones girando violentamente. Intentaba convertir el ruido en palabras, pero mucho se me escapaba. No estaba seguro cuánto era verdad y cuánto producto de mis propios fantasmas. Algo había, sin embargo. Algo creía haber presionado. Quería y no quería tener razón. Cedí a sus intenciones, me alcé sobre mis rodillas y me senté con cuidado entre sus piernas. Primero apoyé las manos en sus hombros y lo miré, pero el abrazo me atrajo a su cuerpo y le rodeé el cuello, descansando allí la barbilla. Respiré profundamente, pestañeé con cierta pesadez y aguardé. Tenía un montón de cuestiones que atender y sentía la neurona espesa. ¿Por dónde debía empezar? Le había prometido respuestas, pero ¿cuánto estaba dispuesto a darle? La maldita cuestión del llavero rebotó y pasé saliva, retrocediendo lentamente. Una mano permaneció en su hombro, la otra se distrajo en los botones de su camisa y exhalé. No lo miré. —No sé bien cuándo empezó, fue como una bola de nieve —murmuré, una parte de mí se sentía un crío regañado desde ayer—. Las cosas fueron pasando una a una y supongo que quise hacerme el loco, pero no pude manejarlas y acabé cometiendo errores peores y peores. No se trata de las cosas que le he hecho directamente a la gente, ¿entiendes? Es más bien... lo que mis acciones provocaron, como una cadena, porque me cuesta poner límites, porque mi forma de ser, de comportarme y de relacionarme no... no es muy compatible con la de los demás. Arrugué el ceño, intentando e intentando darle sentido al huracán. —No quiero lastimar a nadie, pero lo acabo haciendo porque... porque digo esto, o hago aquello, o recibo atenciones que quizá no debería, y al final provoco cosas que no pretendía... o tal vez sí, pero que para mí no habrían sido un problema. —Suspiré con pesadez—. El domingo la abuela me echó de casa porque caí a almorzar puesto que te cagas, desde entonces no he regresado. —Lo miré, anticipando lo que pensaría—. Hoy voy a volver, ya hablé con ellos. El punto es que... me pasé la semana, e incluso desde antes, brincando de piso en piso. No lo hablé con ninguno de mis amigos porque sabía que estaba huyendo de algo inevitable y... me daba vergüenza. Volví a suspirar. Hablar de estas cosas me ponía nervioso, me hacía sentir incómodo. Me tomé un momento y subí la manga de mi camisa, echándole un vistazo al moretón. —No recuerdo del todo bien cómo fue —confesé—. Había fumado mucho y me descompensé en la cocina, creo, entonces supongo que me jaló hacia alguna parte. —Esbocé una sonrisa amarga—. Haru fue a buscarme y en realidad fue por eso que falté ayer. Me eché toda la madrugada del miércoles convertido en un lastre por mis decisiones de mierda. Sé que no fui honesto contigo cuando nos mensajeamos, lo lamento por eso. La única verdad es que me daba vergüenza y me la sigue dando. Pero le había prometido que respondería sus preguntas, después de todo. Tomé mucho aire y paseé la vista por la comida desparramada. Recordarnos hace apenas quince minutos, bromeando y degustando, me arrancó una sonrisa más liviana. —Sé que fue repentino, pero no creo que haya ningún motivo complicado detrás. Ayer tuve un día de mierda, pero hoy al despertarme me di cuenta que me sentía mejor, más animado, menos nervioso. Por eso pensé en comprar todo esto, porque quería hacer algo por ti. Quería compensar de alguna manera el almuerzo que habías preparado para mí. Sabía que me estaba guardando información, pero eran cuestiones más sensibles que aún no sabía cómo afrontar y temía... temía que contárselas a nadie derivara en errores todavía peores. Sus caricias en mi cabello me relajaron las facciones y volví a rodear su cuello, abrazándolo. Permanecí quieto, con los ojos cerrados, y el susurro que brotó de su pecho bastó para congelar el mío por lo que me pareció una eternidad. No sentía... ¿Qué sentía? Ya me lo había dicho en inglés antes, pero esto era diferente. En mi corazón vibraba diferente. El eco permaneció, insistente, y sentí muchísimas cosas a la vez. —¿Qué se siente? —musité, sin despegarme de él—. Tú... sabes lo que es el amor, lo reconoces en ti mismo. Suena tan natural de tu voz, tan... sencillo. Me deslicé hacia atrás, lentamente. Le dejé un beso entre el cabello, tras la oreja, luego en la mejilla, cerca de su mandíbula, en la comisura de los labios. Volví a sostener su rostro con ambas manos, rocé su boca y me presioné suavemente contra ella. Busqué sus ojos. —¿Acaso yo puedo decirlo? —inquirí, aunque ya sabía la respuesta; la llevaba grabada como hierro caliente en el corazón—. ¿De verdad mi amor es tan diferente del tuyo? Del de todos, siempre.
Mi error fue el silencio de la vez anterior porque fue anormal, porque yo nunca tomaba distancia de él si no todo lo contrario e incluso ahora, con el desorden que sentía dentro del pecho, esto me parecía más orgánico que escapar. Sus manos se quedaron en mis hombros, me miró, pero con el abrazo me rodeó el cuello y lo sentí respirar entre mis brazos hasta que retrocedió, no me miró y una de sus manos se distrajo con mi camisa. Lo dejé, le di tiempo a que eligiera cómo y qué decirme, pero apenas empezó volqué toda mi atención en él. Asentí cuando me preguntó si entendía, pues en verdad yo tampoco estaba muy orgulloso de mi versión del último mes o de los últimos años. No éramos iguales, pero tampoco tan distintos y sabía, porque sí, era parte de los que acababan metidos en el embrollo, que la forma de ser de Ko era complicada y distinta a lo ordinario, por decir algo. Eso no lo volvía una mala persona ni nada parecido. Fruncí el ceño al oír que llevaba fuera de casa desde el domingo, lo que sentí fue un poco similar a la molestia, pero apenas me miró aflojé los gestos y le di espacio a explicarse, supuse que anticipándose a mi regaño. No lo interrumpí como tal, pero murmuré un "Gracias" muy quedo y mis manos, que seguían ancladas a su cuerpo, le dedicaron caricias livianas. Puestos en el asunto, a saber cuántos sermones llevaba ya, no era la idea darle otro. La molestia acabó transformándose en otra cosa, volví a sentir ganas de llorar y, de nuevo, las contuve. Lo vi alzarse la manga, vislumbré el moretón y el teatro de ser the bigger person se me quiso caer al escuchar lo demás, pero yo había preguntado. Además, un poco sí estaba hasta los huevos de oír el nombre de Haru, fuese de él o de otras personas, pero eso no importaba ahora. Entre un random que lo movía como si fuese de trapo mientras estaba descompensado y Haru, prefería mil veces al segundo porque sabía con una certeza casi estúpida que sí lo cuidaría. De nuevo, no era yo, pero me valía. Me valía en tanto lo cuidara de verdad. Tomé aire, parpadeé y usé una mano para alzar su brazo con cuidado, el del moretón, y le dejé su beso liviano allí. Retrocedí, relajé su extremidad y lo abracé una vez más, acariciando su espalda y sus costados. Me quedé así un rato hasta que aflojé un poco el agarre, ya más tranquilo, y pude mirarlo. —No te llevas un máster en el manejo de emociones y creo que lo sabemos todos. Es normal que dé vergüenza todo el caos y parezco un porfiado, pero puedes acudir a mí, a nosotros, y ni siquiera debes darnos explicaciones. Además, todos nos metemos en cagadas por lo que decimos o no, lo que hacemos o dejamos suceder incluso si no deberíamos y sé que es... Bueno, no se siente bien y todo se apila entre sí. Tampoco hace falta que me expliques por qué no fuiste sincero conmigo, al final no estaba en mi momento más brillante tampoco, estaba preocupado y no sabía muy bien cómo administrarlo. Gracias por responderme ahora y por decidirte a volver a casa de una vez, necesitas dejar de dar vueltas como loco. Come, descansa, respira —dije en voz baja y después suspiré, batallé con mis ideas ilógicas e hice una última pregunta—. Hay más, ¿verdad? No tienes que decirme qué, es respuesta de sí o no, cariño, nada más eso. Es para luego no quedarme trepando por las paredes. Siquiera filtré el apelativo, se me resbaló de la nada y de la misma forma se perdió, porque no me presté la suficiente atención a mí mismo. Lo abracé de nuevas cuentas, él regresó los brazos a mi cuello y una de mis manos navegó el espacio hasta el cabello de nuca, donde lo acaricié. —Me gusta que hagas cosas por mí —admití un poco avergonzado, pero pues tampoco podía ser tan unidireccional, y de por sí era verdad. Guardé silencio entonces y luego dejé caer la bomba, cansado de pelearme con mis propias emociones como un estúpido. Sabía que posiblemente no implicara o cambiara nada en lo más mínimo, pero soltarlo sin la ambigüedad del inglés, que de por sí no había sido la idea del otro día, al menos me permitió liberarme. Algo seguía doliendo, pero también dejó de pesar, dejó de aplastarme y de envenenarme la sangre. Su pregunta llegó después y sonreí, algo divertido con el asunto. A veces parecía que no terminaba de conocerse a sí mismo. —Que suene sencillo no implica que lo sea, ¿o te parece que estaríamos en este cuadro de ser así? —apañé junto a una risa floja, no cargó malicia alguna y seguí acariciándolo antes de contestar la primera pregunta—. Es un desastre o el desastre soy yo, a la larga es igual. Amar es complicado en todas sus formas, te preocupas con o sin motivo, te sientes pequeño y frágil, pero en compensación energiza o sosiega. Es difícil amar a las personas, porque lo que les pasa te alcanza a ti y te enoja o te entristece o lo que sea, pero es difícil sentirse digno de ser amado también y todo eso acaba revuelto. Es una misión que no termina nunca y a veces me sienta como una patada, ¿sabes? Porque siento que amo de una forma caótica que no se parece a la de los demás, que no es tan altruista o tranquilizadora y debo hacer las paces con ella, conmigo, pero cuando puedo detenerme y pensar en frío... Es un sentimiento muy lindo, es tibio, agradable y al menos yo siento que me ayuda a madurar, me ayuda a olvidar lo frágil que puedo ser. Es la unión de la vulnerabilidad y la fuerza, el amor te permite ser diminuto o inmenso, por eso a veces también asusta. Lo dejé retroceder, recibí su beso detrás de la oreja, en la mandíbula y en la comisura de los labios. Cada uno se me antojó dulce y parpadeé, un poco adormecido, antes de que alcanzara a presionar sus labios contra los míos. No respondí de inmediato, lo besé de nuevo y después busqué sus ojos para sonreírle, a la vez encontré su rostro con las manos y lo insté a bajar la cabeza para dejarle un beso en la frente. —¿Por qué no podrías, Ko? —Me reí por lo bajo y seguí hablando en un murmullo—. Que yo sepa no hay reglamento para eso. Tomé otra pausa en la que simplemente volví a mirarlo, sostuve su rostro y le dejé un beso en cada mejilla. No tenía remedio. —A mí tu amor nunca me ha parecido diferente incluso si no sueles usar palabras para decirme lo que sientes —comencé con la paciencia de siempre, atrayéndolo de nuevo en un abrazo. Al él le daban vergüenza sus cagadas, a mí este nivel de sinceridad—. Está en la manera en que me miras, a veces en silencio, y en cómo te das cuenta que voy a abrazarte incluso antes de que acabe de mover un brazo, en lo que sentiste cuando te conté lo que me había dicho el imbécil de Liam y te pedí que no te enfadaras, porque sé que lo que me pase te afecta. También lo encuentro cada vez que dices que no te irás a ninguna parte porque no quieres hacerlo, en cada abrazo que me das y cuando me dejas escucharte cantar. Es el mismo amor con que yo te sostuve cuando me contaste de Chiasa, cuando te dije que podías tomar de mí el fuego que necesitaras. No encuentro las diferencias, sólo lo que es imposible de separar.
Aún si lo suyo no sonaba a regaño en todas las de la ley, sabía que seguía siendo uno disfrazado. De por sí los sermones no tenían por qué ser algo malo, muchas veces nacían de la preocupación y poco más. Me limité a asentir, por ende, e intenté prestarle un poco de atención extra a una de sus últimas directivas: comer, descansar, respirar. Era sencillo, ¿verdad? Podría empezar por ahí. Su suspiro me anticipó y lo miré a los ojos, aunque luego debí batallar el impulso de rehuir de ellos. Había más, sí, eran cosas que implicaban a otras personas y no me sentía cómodo soltándolas. Los sentimientos de Emily, por un lado, y en otro nivel de complejidad, el asunto del llavero. Asentí, por ende, y al no saber qué más decir simplemente guardé silencio. La nota de bochorno que acompañó a su confesión me causó un poco de gracia incluso en medio de toda esta tensión, ¿acaso se pensaba que no lo sabía ya? Con lo absurdamente transparente que era, que siempre había sido a mi alrededor. Luego, para equilibrar la balanza, fue mi propia pregunta la que lo hizo sonreír. Parecía divertido y pensé, bueno, que me alegraba no verlo tan... tan descompuesto por sus propias emociones. A veces me daba miedo que se desbordara pues no tendría idea qué hacer. Su respuesta fue larga, tendida y honesta. Dibujó un amor de semejante complejidad que, me convencí, realmente distaba de conocerlo. Tal vez fuera su propia percepción, eso no quitaba que... que su amor y el mío fuesen diferentes, por mucho que él argumentara lo contrario. ¿Por qué? ¿Cuál de los dos era el testarudo? ¿Quién debía ceder? Pero si el amor en su mente era eso, ¿qué era para mí? Le dejé el camino de besos, él reflejó el último y buscó mi frente, a lo que cerré los ojos brevemente. Después, uno en cada mejilla, y me abrazó antes de seguir hablando. Entendí que entendía mi amor, al menos una parte de él, aunque eso no significaba que le bastara, ¿verdad? Eso no significaba que no hubiera un gran y pesado "pero" detrás. ¿Por qué no podía quitarme la idea de la cabeza, la sensación del cuerpo? Era frustrante y molesto. No sabía poner límites y él tampoco me estaba ayudando a trazarlos. Fui consciente de la tela de su camisa contra mis dedos, estaba un poco húmeda y la recorrí lentamente, trazando caminos más bien azarosos. Su hombro, también, donde había apoyado la boca y la nariz. Giré el rostro, observé algunas puntas de su cabello y exhalé con cierta pesadez. Mi amor... ¿Cómo era mi amor? Intenso, quizá, pero de corta distancia. Era claro y enfocado, pero circunstancial. Él tal vez fuera capaz de echarse la semana entera preocupándose por una imagen que le di, yo dejaba de pensar en ello apenas desviaba la mirada. ¿Por qué no podría decirlo, preguntaba? Porque me estaba idealizando. Nuestros amores sí eran diferentes y él se negaba a verlo. Por eso no podía decírselo. —A veces eres un poco ingenuo, Cay —murmuré cerca de su cuello, riendo apenas—. Pero es una de las cosas que me gustan de ti. Por eso necesitaba saber los límites. Mis manos se afianzaron sobre sus omóplatos y presioné los labios en la piel de su cuello, ligeramente fría. Algo de su cabello me cosquilleó en la nariz y deslicé la boca, trazando un camino de besos simples. Antes de alcanzar su mejilla, me detuve y sonreí. —¿Sabes qué más me gusta de ti? —Me acerqué a su oreja y reinicié los caminos por su espalda—. El color de tu cabello, de tus ojos. Me gusta que sean tan cálidos. Me gusta la ternura con la que sueles mirarme, como un cachorrillo inocente, y las palabras que se te escapan en inglés cuando se te derrite el cerebro. Me gusta besarte. —Presioné los labios en su mejilla y seguí hacia su boca—. Me gusta abrazarte, me gusta tocarte. Todo lo que te gusta que te haga, me gusta hacértelo. No lo besé, sin embargo. Me humedecí los labios y acaricié los suyos, pero no lo besé. Sólo mantuve el contacto como un necio, como un hijo de puta, mientras la electricidad me lamía la piel y respiraba por la boca, un poco agitado. —Mi amor es tierno, sí, pero también es esto, y lo sabes. —Estuve a un pelo de empujarme contra su boca, sin embargo colé un brazo entre nosotros y me sujeté de su cabello con firmeza—. Te lo preguntaré de nuevo, y esta vez respóndeme. Retrocedí sólo lo necesario para encontrar sus ojos. —¿Estás bien con esto?
Contenido oculto: girl guess who Luego de mi regaño encubierto y su asentimiento fue que pregunté, él me miró y luego asintió y yo cumplí con mi parte de la palabra: era de sí o no, punto. No tenía por qué contarme todo y de por sí sólo Dios sabría que haría con la información si la recibía alguna vez, si ya era todo un desorden. Respiré, continué sosteniéndolo y eso desembocó en lo demás, en mi aparente calma que nunca terminaba de saber si era aceptación, resignación o pura y llana desconexión. Estaba compuesto aquí y ahora, ¿pero más tarde? ¿Mañana y pasado? Le decía que se cuidara y yo cometía una estupidez tras otra. Era una necedad de mi parte, pero decir que no veía las diferencias era, quizás, una exageración. Tenía estos ojos, tenía estas ideas y estos miedos que no me dejaban en paz, tenía este corazón que no me permitía descansar, pero elegía no ver. Elegía no ver por que si me quitaba la venda de los ojos acabaría volviéndome loco. Era una ilusión y sabía que algún día el golpe me alcanzaría incluso con más contundencia, que en algún momento una barra descendería sobre mi nuca y acabaría noqueado. Yuzu se había comido esta conversación encriptada, mis dudas y mi miedo sin forma. El choque me partiría los huesos. Porque la reciprocidad tenía límites y yo no podía encontrarlos. El recorrido de sus dedos sobre la camisa me erizó la piel, no tenía una pizca de control sobre eso, nunca la tuve y aunque me cuestioné si debía sentir esto justo ahora luego de la confesión de pecados y la llorería, luego de los días de mierda que él había tenido... No era bueno con los límites yo tampoco, siempre se me habían dado como el culo de hecho. Tenía una inclinación ridícula a ciertos excesos, a borrarme del mundo y a elegir cabezas de turco. Por eso, también, me gustaba el foco de atención y el reflector cegador, incluso si no duraba más que unos minutos. Me gustaba que la gente orbitara sobre mí. O notar sus ansias por tocarme incluso si no se los permitía. Era un ingrato y eso también habría que reconocerlo, había que aceptarlo, ¿pero cuál era el problema real? Que a veces no me importaba lo suficiente, que mandaba todo por el caño y entraba en frenesí. Procuraba dejar a Kohaku lejos del desastre, ¿pero por qué? A veces creía tenerlo claro y otras no tanto, hasta parecía una idiotez, ¿siquiera le importaba? Si de vez en cuando hasta daba la sensación que de quería que lo metiera en el montón de fuego, como si fuese su puta casa. —It's more like a choice —atajé en el mismo murmuro a lo de la ingenuidad, fue automático. Era un poco mononeural, porque lo oí decir que era una de las cosas que le gustaban de mí y en la garganta se me atascó la pregunta de cuáles eran las otras. Las manos a altura de los omóplatos, los labios en el cuello y el camino de besos. Algo en la cabeza parecía exigirme que me centrara, pero los cables se salieron de lugar y los parches que llevaba colocando hace días se cayeron, pues ya no eran necesarios. No hacían falta cuando lo que pretendía sustituir estaba allí, ¿o no? Una respiración se me quedó congelada, luego me abandonó el pecho un poco entrecortada y me di cuenta de que seguía con las manos en su cuerpo y me aferraba a él con algo más de fuerza de la que habría pretendido. Lo noté, sí, ¿aflojé el agarre? No. Y lo escuché, escuché la lista con todo el gusto del mundo y para cuando siguió a mi boca ya estaba con las ideas hechas puré. No me besó y algo en ello me molestó, sentí el deseo rebotarme contra las costillas, en los barrotes de la jaula. Mi amor era diferente, ¿pero qué diablos importaba? Era mi problema, era yo el que había accedido desde el principio, Ko había tenido algo de lucidez un par de momentos y yo insistí, pues no me iría con las manos vacías. Acarició mis labios con los suyos, respiré con pesadez y lo miré, nada más que eso. Afirmó lo que dije, pero también lo diferenció y el fastidio comenzó a proyectarse, me consumió parte del pecho y las sensaciones corporales siguieron empujándome. Creí que iba a besarme de una vez, pero lo que hizo fue colar el brazo para sujetarme el cabello con firmeza y solté el aire por la nariz. Me preguntó lo mismo, esta vez sin dejarme espacio para escapar de la respuesta, y pasé saliva. La cosa había escalado como todo el tiempo, éramos un par de idiotas. Llorábamos, nos abrazábamos y volvíamos aquí, siempre aquí. Me moví para zafar el cabello de su agarre incluso si eso significaba llevarme un tirón y despegué una mano de su cuerpo con tal de pescar su rostro con cierta firmeza y me empujé contra su boca. ¿Estaba bien? Daba igual, bien o mal. Podía alzar vuelo y luego desplomarme. Relajé el agarre en su rostro, pero busqué su boca a conciencia y el tacto de mi mano se deslizó a su cuello donde lo sujeté con firmeza, lo atraje más hacia mí e hice un poco lo que me cantó. ¿Y qué había pasado con la sangre a la que había dejado de bombearle veneno? ¿La dulzura con la que podía tratarlo y el amor, desgraciado, que se me escapaba entre los dedos? Ni puta idea. Me separé de su boca con la respiración un poco en la mierda, solté su cuello y mi otra mano navegó su espalda baja sobre la camisa húmeda. Me relamí los labios sin una pizca de vergüenza, siquiera me importó, y besé la línea de su mandíbula, fue una serie de besos suave en comparación a lo de antes y al bajar a su cuello le dejé un solo beso más antes de echarle el aliento encima. —Estoy bien con esto —murmuré a pesar de saber la estupidez a la que accedía, si veía las diferencias y entendía, con una certeza aterradora, que me partiría los huesos en el choque algún día—. Pareces nuevo en este asunto. ¿Se te olvidó? Soy un caprichoso y lleva tiempo dándome igual. ¿Puedo tener ambas cosas? Entonces quiero tener ambas cosas, lo que me gusta recibir y lo que te gusta darme. Los cimientos y las cenizas. Contenido oculto
Era probable que una parte de mí ya se supiera las respuestas de antemano, el manual entero, pues así había sido casi siempre, lo admitiera o no. Veía más de lo que necesitaba, entendía más de lo que ansiaba, y en el negocio de fingir demencia era donde me titulaba. Sólo había necesitado un par de besos y tres palabras susurradas para oír el vuelco que dio su respiración, el resto de la historia se contaba sola. Una parte de mí, también, había intentado siempre ponerle un freno a esto. Y la otra lo mandaba a dar por culo. Por capricho, tal vez, o porque siempre me había gustado. La estrategia no era exactamente igual siempre, pero al poco tiempo de reencontrarnos había aprovechado los vacíos legales y acabé cobrándome lo que llevaba años postergando. En este terreno nunca había sufrido vergüenza, en ninguno realmente, y entonces las piezas se precipitaban como un juego de dominó. Lo pensé al buscar sus ojos, tenía las intenciones escritas en la cara, y ¿alguna vez le había negado algo? No. Se soltó de mi agarre y me besó. Se ancló a mi cuello, bajé las manos por sus brazos y rodeé su espalda, y me pregunté si tenía la menor idea de qué carajo estaba haciendo. No me dejaba muchas opciones, honestamente, era creerle o retroceder por completo, y la balanza se inclinaba con un descaro absurdo en el instante que el niño me quedaba enfrente. Tal vez pecara de varias cosas, pero no de ser directo. Él sabía bien al pozo que se estaba tirando. Tras corresponderle el beso se separó y recorrió mi mandíbula hasta alcanzar mi cuello. Cerré los ojos un instante, dejé ir el aire por la boca y parpadeé con marcada pesadez, viendo la estructura vidriada del invernadero. Relajé las manos a los costados de su cintura y habló, con la tontería y la prepotencia que le gustaba exhibir en situaciones como esta. ¿Debía seguir insistiendo? Tal vez. ¿Me quedaban ganas? Pues ya las había agotado. Creía haberme esforzado lo suficiente, pero el idiota era porfiado como una mula y me la ponía extremadamente difícil. —Eres imposible. —Solté el aire en una risa floja y me retiré para encontrar sus ojos—. Eres realmente imposible, ¿lo sabías? Se me oía divertido, pese a todo. Puestos a ello, me elevé sobre mis rodillas y reajusté la posición para hincar una a cada lado de su cuerpo. Descendí lentamente, relajando las piernas, y acuné su rostro con ambas manos. Le golpeteé la piel con la punta de los dedos y, mientras lo miraba, esbocé una sonrisa entretenida. —No podrás decir que no te lo avisé —advertí, inclinándome. Extinguí el aliento en su boca y me hundí en ella sin intermedios. Lo besé profunda y lentamente, deslicé la lengua dentro y la presioné contra la suya, enviándome estática por el resto del cuerpo. Alcancé su nuca, lo afirmé en mi dirección y, cada que ladeaba la cabeza, liberé suspiros entre sus labios. Al separarme no lo hice realmente, me quedé allí y una risa floja me descomprimió el pecho. Su boca estaba húmeda y tibia. —Lo que te gusta recibir y lo que me gusta darte —susurré—. ¿Me harías una lista~?
Era un testarudo de mierda, lo había sido toda mi vida. Hasta ahora no me había detenido a pensar a conciencia si habría cambiado algo de lo que había hecho que desembocáramos en esto, si habría cambiado el desastre en la habitación de huéspedes de Akaisa, en los baños, en el observatorio o en casa y era que, por mucho que hubiese cosas que dolían, la respuesta era obvia. Habría repetido el camino hasta aquí, como el estúpido que era. ¿No había sido alguna vez el mismo niño que lo había notado en los pasillos? Hasta Yako debió darse cuenta, todos se habrían dado cuenta menos yo. Era un mocoso y me había gustado, cumplí dieciocho y me seguía gustando, tan simple como eso, si acaso el sentimiento adquirió otra fuerza y otra claridad cuando se me permitió sosegar la necesidad que sentía. Por eso ahora no quería tomar el camino que quizás fuese correcto y decente, por eso lo besé y siquiera me pasó por la cabeza detener esto por mí, si lo pensé fue por él, por los eventos recientes. No había mucho que hacer cuando yo me negaba a soltarlo y él me buscaba las cosquillas. Me correspondió el beso, sentí sus brazos rodearme la espalda y cuando alcancé su mandíbula y su cuello lo escuché respirar por la boca. Permanecí allí, respirando sobre su cuello, y una parte de mí rezó por que las ganas de seguir insistiendo se le hubiesen agotado por fin y fue el caso. Me erguí un poco cuando creí sentir que pretendía mirarme, me soltó que era imposible y la afirmación, la obviedad, en vez de hacerme sentir mal acabó por hacer que una risa me sacudiera el pecho. —¿Y eso no te gusta de mí? —Lo molesté porque si me picabas también me ponía un poco hijo de puta—. Tendrás que soportarme, no te queda de otra. Percibí su movimiento y cuando quise darme cuenta hincó una rodilla a cada lado de mi cuerpo. Alcancé su cintura, lo rodeé con los brazos y cuando sus manos acunaron mi rostro parpadeé lentamente, noté su sonrisa, escuché lo que me dijo y no pude hacer más que reírme. Me había dado todos los avisos del mundo, era yo el que elegía quedarme. Ya no había más que hacer por mi alma. Lo recibí, claro, el beso fue lento, profundo y presioné la lengua contra la suya apenas lo sentí dentro de mi boca, un suspiro murió allí. Mis manos navegaron su espalda baja, me olvidé de dónde diablos estábamos y busqué colarlas bajo su camisa para sentir su piel directamente; presioné su costado y lo empujé apenas hacia mí. Me comí sus suspiros, busqué su lengua con más insistencia y cuando se separó, bueno, lo que valió como separarse, lo miré ya algo desconectado. Mis dedos trazaron los caminos de la tinta del tatuaje un poco de memoria y al escuchar lo de la lista me tragué la gracia, ¿ahora encima pedía gustos? Estábamos jodidos. No contesté, rocé sus labios con los míos y descendí a su cuello donde le di un beso húmedo. La tontería se me ocurrió sobre la marcha, me hizo gracia y abrí la boca para presionar la lengua contra su piel antes de comenzar con su dichosa lista, por cada cosa que dije significó un beso en su cuello. Más que un "lo que me gusta recibir y lo que te gusta darme" era un listado de cosas que me gustaban a secas. —Me gusta cuando me miras con más intensidad, cuando se nota que al verme se te ocurrió algo, alguna idea de mierda. Cuando me sujetas el rostro para besarme como si me fuese a escapar, aunque sabes no lo haría, cuando te aferras a mi cabello. Buscas mi boca y me besas como te da la gana, don't you? Me gusta eso, me gustó desde la primera vez. Me gusta cuando te acomodas encima de mí, justo como ahora. —La suerte de confesión me sacó una risa que interrumpió mi ritual improvisado para la lista, pero lo retomé sin mucho problema—. ¿Y qué me das, que asumo que te gusta darme? Let me think... Me dejas tocarte, besarte como quiera y cuanto quiera, pero eso ya estaba dicho. Me reí de nuevo aunque más que oírse, sentí la vibración en mi propio cuerpo. Abandoné su cuello entonces, volví a sujetar su rostro con una mano y sonreí al encontrar sus ojos. —Te arrodillas frente a mí y me miras desde abajo, con estos ojos tan bonitos que siempre me gustaron, y accedes a largarte conmigo cuando te lo pido. No me había negado nada en su vida y seguiría aprovechando mi pequeño privilegio.
Contenido oculto ¿Lo habría sobrepensado demasiado, acaso? La duda me chispeó al notar la calma con la que estaba tomándose esto de repente. Bueno, "calma" por decir algo, claro. No me apetecía seguir dándole vueltas, venía de una semana extenuante, de charlas incómodas y estaba cansado. Regresar un poco a la normalidad, decirnos estupideces y bromear era casi demasiado tentador para evitarlo de pura voluntad. ¿Para él sería igual? No lo sabía. Me había enterado de su pelea con Arata y estaba el chisme de Haru, pero no era capaz de medir la incidencia de los eventos. —Soportarte —repetí, entretenido, y la sonrisa me descubrió la dentadura—. Más bien lo opuesto. ¿Tanto te gusto, Cay Cay? Puestos a ser imbéciles, igual era una duda genuina. Luego lo besé, él se acopló y mi cuerpo reaccionó sin pedirme permiso a sus manos bajo la camisa. El escalofrío me separó apenas un instante y entonces me relajé, permitiéndole empujarme en su dirección. No pude perderle pista a sus dedos por enfocado que estuviera en besarlo, la satisfacción se prolongó y, tras pedirle la estupidez, percibí sus intenciones de bajar. Alcé la barbilla apenas, acomodé las manos en sus hombros y pestañeé con pesadez, pasando saliva. El beso que imprimió en mi cuello fue húmedo, me hizo presionar los dedos contra su ropa y suspiré por la boca, sin molestarme en disimularlo ni una pizca. Con cada ítem de la dichosa lista dejó otro beso, acabé cerrando los ojos y hundiéndome en las sensaciones, un poco ido. En algún punto hundí una mano en su cabello suavemente y al oírlo decir que lo besaba como me daba la gana solté una risa floja. Tenía un hábito, en general, de hacer lo que me daba la gana. Y a él le gustaba. —Qué problema —susurré al aire, divertido. Su propia risa rebotó contra mi piel, enfatizó repentinamente la estática que me lamía la piel y me removí apenas, haciéndome más consciente de sus piernas entre las mías. Se alejó de mi cuello, sujetó mi rostro y abrí los ojos con bastante pereza, dándome un momento extra para enfocarlo. Exhalé por la boca y sonreí, tan satisfecho como incrédulo. ¿Se oía a sí mismo? ¿Tan dirty de repente? No pude evitarlo, la mera imagen mental me lanzó otro chispazo de electricidad y me mordí el labio, tragándome la risa. La mano que había permanecido en su cabello se deslizó a su nuca, colé los dedos en el cuello de su camisa, y la otra recorrió la extensión de su brazo. —Así que te gusta cuando me arrodillo —retomé, por joder más que otra cosa, y me acerqué a su oreja—. ¿Por qué será? Le quité las manos de encima y giré el torso para hacerme con la bandeja de mochis. Le removí el plástico entre nosotros sin prisa, si acaso le lancé a él un vistazo divertido, y recogí un dulce entre dos dedos. Lo miré desde abajo, risueño, entonces alcé el rostro y, sin correrme de sus ojos, me llevé el mochi a la boca; por el azúcar impalpable tuve que lamerme ligeramente la punta de los dedos en el proceso. —Hmm... —Lo saboreé, pensativo, y luego de tragar agregué—: Cinco sobre diez. He comido mejores cosas, honestamente. Al bajar la vista a la bandeja la sonrisa se me torció apenas y, fingiendo demencia, suspendí otro mochi frente a su boca. Las fresas estaban un poco ácidas, ese era el problema, pero en general se dejaban comer. —Tenemos un muy noble trabajo que terminar, Cay Cay~
Puede que ninguno de los dos tuviera muchas ganas de darle más vueltas a nada y no sabía hasta dónde eso era bueno o malo. Llevaba días evitando todas las conversaciones incómodas posibles, las que me comía era porque me cerraban las hendijas por las que escapaba, pero en sí lo que se dice elegirlas a voluntad, pues no. Ya había caído en este error de tirarme de cabeza al desastre con tal de no pensar el miércoles, ¿y ahora? Más de lo mismo, pero potenciado. Aquí no podía escuchar mis propios pensamientos, al menos no tantos. —Quite a lot, actually —respondí en voz baja, divertido, a su pregunta de si tanto me gustaba. Era una verdad como tantas otras y el contexto, para variar, me permitía soltarlo sin más. Si lo pensaba en frío pedir más era una estupidez porque en el fondo sabía... Reconocía mis propios errores, era inconstante, no era fanático de que me dijeran qué hacer y siquiera sabía en realidad cómo sostenía ciertas amistades con lo intermitente que era. No habría podido sostener lo que ansiaba, no estaba hecho para la estabilidad, por eso le había dicho a Shimizu e Ilana que no buscaba amor. Notarle el escalofrío me hizo sonreír, pero seguí con mis cosas y reconocí la satisfacción que sentí cuando lo vi alzar la barbilla ante mis intenciones de bajar. Me monté el numerito, lo oí suspirar por la boca y de nuevo sonreí, allí en su cuello; en algún momento sentí su mano en el cabello y respiré con pesadez, después oí lo que dijo y si me tragué la risa fue porque lo sentí removerse, la gracia me hizo más consciente de la posición. Al sujetar su rostro y buscar sus ojos lo noté ya un poco ido, me sonreí sin disimular la diversión y el gesto sólo se me ensanchó al ver su reacción a la cosa que había soltado un viernes a pleno mediodía. Deslicé la vista a su boca al verlo morderse los labios, no perdí detalle del recorrido de sus manos al cuello de mi camisa y por mi brazo, la estupidez que me dijo después me envió una onda de calor por el cuerpo. Otra de tantas, quería decir. —Siempre se pone divertido después —murmuré con la misma desfachatez que había dicho lo otro, ni siquiera lo pensé. Lo vi alcanzar los mochis una vez apartó las manos de mí, los abrió con la paciencia de un santo y como parecía que yo ya no existía, mantuve una mano en su espalda baja, acariciándolo, y la otra la deslicé para descansarla en su pierna. Por la pura gracia le rodeé el muslo para darle un apretón, nada más, y me comí el show en primera fila. No me quitó los ojos de encima, claro, y para terminar de hacerla se lamió la punta de los dedos. El suspiro que solté fue pesado, denso, aunque al escuchar la calificación del pobre mochi se me escapó una risa. —¿De verdad? Oh Lord. —Me lamenté de forma bastante exagerada—. Espero siquiera estar en la lista. A saber dónde dejaba la vergüenza, porque seguí diciendo estupideces como si me pagaran por ello. Total que el niño suspendió un mochi frente a mí, me dijo que teníamos que terminar el muy noble trabajo y volví a reírme. Solté el aire por la nariz, sostuve su mirada y me incliné para comer de su mano. La tontería me rasgó la mente y contuve la sonrisa de puro milagro, despegué la mano que había dejado en su pierna para sujetarle la muñeca y, todavía sin quitarle los ojos de encima, lamí el azúcar de sus dedos. —En esta vamos a concordar, me lo esperaba más dulce así que se llevan un cinco. Bueno, tal vez un seis porque me dio de comer un niño bonito —murmuré apenas iba separándome de su mano y le dediqué una de las sonrisas inocentonas de siempre—. ¿Puedo seguir sumando cosas a la lista de antes? Me gusta que me des de comer. ¿Me concedes el gusto otra vez? Just to be sure~
Que le gustaba mucho, decía, y ¿quién era más culpable de los dos? ¿Él, que parecía haberse inyectado el suero de la verdad o yo, que preguntaba lo que ya sabía? Se lo había admitido a Arata, que algo egocéntrico sí era, sólo quedaba definir si era una cualidad o un defecto cuando la raíz surgía del mero análisis objetivo del mundo. Quizá lo más correcto fuera afirmar que me escaseaba la humildad. Luego nos enfrascamos en la estupidez, Cay se puso cochino y le pareció divertido redoblar la apuesta. ¿Después se ponía divertido, decía? Bueno, mentir no mentía. Seguía arrimado a su oreja y oírlo me arrancó una risa en voz baja. Murmuré un sonido afirmativo, la tontería vibró contra mis labios y no contuve el impulso de dejarle un beso allí, donde alcanzaba mi boca. Entonces retrocedí. Claro que se comió el show del mochi y claro que captó el doble sentido de mis palabras, lo que me estiró considerablemente la sonrisa y le lancé un vistazo mientras pillaba un postre para él. —Lo estás —afirmé sin complicaciones. Que se adecuara a mis intenciones no volvía el espectáculo menos placentero. El idiota me retuvo la muñeca y verlo lamerme los dedos, sentir la humedad de su lengua, me lanzó tal calor al cuerpo que acabé presionando sus piernas entre las mías una vez más. Me quejaba de sus comentarios y luego yo me ponía así, de verdad. No disimulé ni un ápice lo que estaba sintiendo e incluso cuando empezó a hablar me tomó un momento subir de su boca a sus ojos. Su pedido me estiró una sonrisa en los labios y agarré el tercer mochi, pero en vez de alcanzárselo lo puse en mi boca. Era tan evidente que tuve que tragarme la risa. Afirmé la mano limpia en su nuca y me incliné, esperando que abriera la boca para recibir el postre. Lo empujé con la lengua y, al separarme para que pudiera masticarlo, permanecí a pocos centímetros y lo miré a los ojos. —A ver si ese sabe mejor —murmuré, deslicé la mano por el costado de su cuello, acariciando su torso, y la afirmé en su cadera—. Un niño bonito siempre contribuye a la ecuación, ¿no? Le clavé los dedos abajo y, con una delicadeza que resultaba contradictoria, le dejé una línea de besos que desembocaron al otro lado de su cuello. Permanecí allí, limitándome a respirar, y tuve que poner en la balanza el raciocinio y la calentura que ya tenía encima. Ah, qué difícil decisión. —¿Qué hacemos, Cay Cay? —Suspiré, exagerando el aplomo, y tuve que volver a tragarme la gracia. Le dejé un par de besos más y subí a su oreja—. Nos queda tanta comida que probar y tenemos que volver a clases... Contenido oculto no puedo ni decir que haya intentado cerrarlo, pero vamos a asumir que lo hice JAJAJA
Quizás si lo pensaba menos, si me salía de la espiral, me diera cuenta de que al final del día no era tan importante, que podía desconectarme de lo que sentía hasta cierto punto y dejarle el comando al resto. Que podía aparecer para sostenerlo como había hecho siempre y mantenerme dentro de la ecuación restante, la de este amor que consumía de forma caótica. Podía quedarme en los límites de la dulzura y la acidez, porque de por sí me gustaban ambas y no era un pecado. Puede que fuese el momento, pero caer en esa suerte de epifanía contribuyó a liberarme y los cables se me siguieron desconectando. Dije las cochinadas de turno sin batir una pestaña, escuché su risa cerca de mi oreja, también el sonido afirmativo y el beso que me dejó allí donde alcanzaba me hizo suspirar. Después me comí la película y vi que el hecho de que pescara la segunda intención le amplió la sonrisa mientras que a mí su respuesta me dejó bastante satisfecho, no me molesté en ocultarlo. Era bastante egocéntrico y él lo sabía. Sonreí al sentir cómo presionaba mis piernas entre las suyas por la gracia de lamerle los dedos y aproveché el brazo que conservaba en su cintura para arrastrarlo un poco más en mi dirección, si es que era posible. Además, el señorito aquí presente tampoco estaba disimulando nada, no subió la vista a mis ojos de inmediato y sólo porque ya había empezado a hablar no solté alguna tontería al respecto. En vez de mirarme mejor me besaba, yo qué sabía. Pedí que me siguiera dando de comer, fue el nuevo capricho que se me atravesó, y como Ko siempre accedía y se tomaba licencias no me sorprendió del todo que lo que hiciera fuese colocar el postre en su boca. Lo dicho, me gustaba cuando tenía ideas de mierda que me involucraban. También me tragué la risa y me adapté a la idea con una facilidad estúpida, afirmé la mano en el centro de su espalda, regresé la otra a su pierna y recibí el mochi, él lo empujó hacia mí con la lengua. —Así sabe mejor —concedí por seguir con el asunto, me relamí los labios y me incliné para besarlo, al retroceder no detuve la sonrisa que anticipó lo que iba a decir—. Debería mejorar todas mis comidas con un side de niño bonito, hasta que da gusto. Me había encajado los dedos una vez bajó la mano a mi cadera, fui demasiado consciente de ello, y alcé la barbilla para dejarle espacio para seguir con lo que pretendía. La delicadeza del camino de besos que trazó contrastó con todo lo demás, pero respiré por la boca y volví a presionar su muslo. No tenía mucha fuerza de voluntad y terminaba en este lío todo el tiempo, de verdad, era casi chistoso. Sentí su respiración, los nuevos besos y escuché lo que me dijo. A ver, tendría que haberle puesto siquiera algo de esfuerzo, ¿no? Me sonaba más a invitación que a cualquier otra cosa. —¿Tenemos? —cuestioné casi encima de sus palabras, regresé la mano a su espalda y recorrí su piel con ambas. Tracé su columna con una, con la otra delineé su costado y le puse muchísimo pesar a lo que dije después—. Y tú que trajiste toda esa comida para mí, ¿cómo podría irme sin haberla probado toda? Al darme cuenta de cómo sonó se me escapó una risa, no dije nada al respecto como tal y moví la cabeza para buscar que su rostro regresara frente a mí, apenas fue así busqué sus labios. Todavía tenía el regusto de las fresas ácidas, pero me dio igual y lo besé lento, busqué colarme en su boca y presionarme contra su lengua. Suspiré contra él, lo besé hasta que pude decir que me di por satisfecho y al retroceder pesqué su labio inferior entre los dientes sin fuerza en realidad. Era un irresponsable, ¿pero qué más se podía esperar de mí ahora? —Quédate conmigo un poco más —pedí en un murmuro, codicioso como era—. Total, una tardía o dos las tiene cualquiera y tengo que buscarte la camisa seca, ¿no? Contenido oculto cuándo aprenderé a cerrar una interacción yahoo respuestas girl pasé por un parkour emocional intensísimo JAJAJ lord save my soul, son un desastre con patas ahora mismo lo fueron siempre pero los quiero mucho, so thank u so much *chillidos incomprensibles*
—Ah, pero mi telepatía es de avanzada —especifiqué, dándome golpecitos al costado de la cabeza. ¿Lo era? Ni siquiera conocía la regla que ella había expuesto, vamos, me había tocado improvisar. Su apresurada aclaración respecto a sus tendencias chismosas fue tan repentina que me arrancó una carcajada del pecho. No había planeado contraatacarla con ese argumento, pero ya que lo traía a colación... —¿Estás segura? —dudé, inclinándome brevemente en su dirección. Defendió sus apuntes con mucha honra, por lo que me lo tomé seriamente y asentí, aceptando, así fuera de forma tácita, el ofrecimiento que me dejaba a la mano. En líneas generales no había tenido problemas siguiendo el ritmo de las clases en las escuelas públicas de Shinjuku, y aquí... pues venía bastante bien, la verdad. Le había tenido más miedo de lo que acabó siendo por todo el rollo de ser una prestigiosa academia internacional y bla, bla, bla. Suponía que el estatus se lo daban el presupuesto y las instalaciones, no tanto un elevado nivel académico. Luego elevé las cejas con cierta incredulidad al oírla hablando de repente de compostura y sutileza femenina. La miré, como preguntándole si hablaba en serio aún a sabiendas de que no lo hacía, y entonces tomamos el desvío. Respondí su pregunta con la mejor honestidad que encontré, la que me apetecía reconocer, y escuché su opinión compartida sobre los puntos de sobrecarga y la importancia de la preocupación. Me limité a asentir, no tenía muchas ganas de meterme en esa clase de conversación ahora mismo, y por alivianar el ambiente hablé casi sobre sus últimas palabras: —Ah, ¿así que estuviste pensando en mí? De paso la tontería se enganchó con la otra que solté, Ilana regresó la mirada al frente y yo permanecí en su perfil un par de segundos más. Alabó mis ocurrencias, me inflé el pecho de orgullo falso y volví a echarle un vistazo al notar que reparaba en sus bebidas. —Totalmente, sólo te aprovechaste del pobre chico en crisis —afirmé al instante, muy serio, y luego cedí a la sonrisa que quería estirarme los labios—. No te preocupes, no pasa nada. Además, me gusta cocinar. Debe ser lo único en el mundo para lo que sirvo. —La miré—. Quiero decir, que hago bien. O relativamente bien. Queda en tus manos juzgarlo. Encadené el final de la declaración con la llegada al invernadero. Yo tampoco lo conocía, pero por sostener el teatro me detuve bajo el umbral, medio giré el cuerpo en su dirección y la invité a pasar con un amplio vaivén del brazo. En el proceso, también incliné levemente el torso. Una vez acabé la tontería volví a caminar junto a ella y, ahora sí, me permití distraerme en el interior del lugar. Pensé automáticamente en Kohaku y Emily, pues sabía que eran miembros del club de jardinería, y una sonrisa suave se me plantó en los labios. En cierta forma podía imaginarlos allí, cuidando de las flores con mimo y paciencia. Les sentaba. —Lo tienen muy bonito —murmuré, más como un pensamiento en voz alta.
Lo de que su telepatía era avanzada me hizo soltar una risa por la nariz, no podía seguir debatiendo al respecto porque mis conocimientos llegaban hasta ahí e igual había dicho ya lo del superpoder. Además, mi aclaración sobre ser chismosa le arrancó una carcajada y se me contagió un poco, bueno, bastante cuando me soltó por la cara el "¿Estás segura?". ¿Lo estaba para empezar? De vez en cuando me metía donde me llamaban, eso no podía negarlo, pero dudaba mucho que fuese un superpoder. Era más bien un defecto. —¡Estoy segura! —Me defendí entre la risa. Mira que entre eso y lo de los apuntes había terminado defendiéndome más de lo esperado, pero él asintió a mi ofrecimiento y me di por servida. Incluso si la academia no era particularmente desafiante ni nada, la gente a veces se ausentaba y había que rellenar los vacíos para no quedar como tonto luego. Así que eso, si algún día le hacían falta, ya tenía a dónde acudir. Cuando dije lo de la sutileza femenina me miró como preguntando si iba en serio, no respondí como tal, en su lugar le sonreí con suavidad y dejé que eso valiera como una para nada convincente afirmación. Luego di mi opinión, una que él no tenía por qué responder, y sólo entendí mi suerte de desliz cuando habló encima de lo que dije al final. Podría haberme dado vergüenza, pero en su lugar me vino un poco en gracia y la sonrisa se me ensanchó. ¿Se me podía culpar? La verdad era que no. —Pensé en ti, sí —admití como si no fuese la gran cosa antes de alabar sus hazañas del día. Volteé el rostro para mirarlo cuando dijo que me había aprovechado del chico en crisis, la seriedad no le duró mucho y solté una risa ligera antes de escuchar lo demás. El contraste quizás me lo imaginé, jamás podría estar segura de ello, pero entre las confianzas de temprano con el mensaje codificado y ese comentario creí vislumbrar dos versiones distintas de sí. Se aclaró, por supuesto, y el asunto me hizo reír de nuevo. —Me tomaré mi trabajo de juez muy en serio, que lo sepas —añadí porque sí. No era una persona demasiado exigente, al menos pretendía no serlo, y cuando se trataba de gestos así al final el corazón se me suavizaba más por las intenciones de las personas que por cualquier otra cosa. En los detalles encontraba retazos de las personalidades ajenas, como piezas de rompecabezas, y algunas encastraban mejor entre sí que otras, pero así era cómo funcionaba. Era así cómo formábamos las imágenes de los demás. De la manera que fuese, el cierre de ese intercambio coincidió con la llegada al invernadero y porque se veía que el señorito aquí presente no acabaría con el espectáculo, me invitó a pasar con un gesto del brazo, hasta se inclinó un poco. Como seguía con las bebidas en una mano, me llevé la otra al pecho en un gesto de aparente sorpresa y di el primer paso dentro del invernadero, él pronto regresó a mi lado. Me distraje de inmediato con el espacio allí a donde me alcanzaba la vista, se sentía el olor de las plantas y creí reconocer el de algunas flores en particular, mezcladas entre sí, y sonreí sin darme cuenta en realidad. Tomé aire profundamente, me llené los pulmones, y al exhalar cerré los ojos unos cuantos segundos a sabiendas de que no iba a chocarme con nada y fue en esa ventana de tiempo que escuché el comentario de Kakeru. —Es precioso —combine en un tono similar, un poco abstraída—. No es fácil cuidar de un lugar así. Implica esfuerzo y cariño, algunas plantas son muy delicadas en incluso bajo el cobijo de un invernadero hay que atenderlas con regularidad. Volví a respirar, el aire que me llegaba al pecho no se parecía al del fragmento de bosque que Morgan me había mostrado, pero incluso así me gustaba. Eran esta clase de espacios en los que me sentía tranquila y menos extraña, eran una suerte de refugio. Pensando en eso me adelanté unos cuantos pasos y alcé la vista al vidriado antes de girar el cuerpo para mirar a Kakeru y dedicarle una sonrisa amplia. —Gracias por aceptar venir conmigo —dije con sinceridad—. Aunque me haya aprovechado del momento de crisis para arrastrarte.
La pobre chica se defendió con la suficiente vehemencia para convencerme y quedarle resto a favor, de ese que quizá, sólo quizá, le fuera útil algún otro día, cuando tuviera que preguntarse genuinamente si era entrometida o no. Tal vez alguien lo pensara, alguien más hosco o receloso de sus emociones, pero a mí, desde mis escasos conocimientos, no me lo parecía. —Muy bien —respondí, con la risa colada en la voz, y respiré de golpe—. Te creo. Igual parecía que me estaba entreteniendo esto de picarla, pues cuestioné más de sus dichos y la suavidad con la cual sonrió me hizo pensar que sí, que podía ser lo suficientemente sutil como para jactarse de ello. Decidí guardarme la opinión y, al rato, me confirmó tan tranquila que sí había pensado en mí. ¿Esperaba ponerla nerviosa? No exactamente, no parecía tímida ni introvertida. Tal vez sólo me había apetecido ver cómo reaccionaría, sin más. —Qué honor —murmuré un poco al aire, regresando la vista al frente. Al finalmente adentrarnos en el invernadero, noté de soslayo que Ilana cerraba los ojos y la dejé ser; sólo me mantuve un poquito más atento a si tropezaba o cualquier otra cosa. Me respondió y esbocé una sonrisa liviana, debatiéndome mentalmente si seguir dándole rienda suelta a mis pensamientos o no. —Sabias palabras de un árbol —bromeé al final, preparándome para alguna clase de protesta o contraataque. En lo que alcanzábamos el espacio central, Ilana se adelantó y yo, sin pensarlo demasiado, ralenticé el ritmo con cierta curiosidad. Mantuve mi vista en ella, quien alzó a mirar el techo y luego se giró hacia mí. Se veía contenta y relajada, y eso era bueno, ¿verdad? Recibí su gratitud con calma, sonreí y retomé el andar, rebasándola para dirigirme a la mesa. —Creo que yo tengo más que agradecerte —dije al pasar a su lado, y tras depositar la bolsa sobre la mesa giré el torso en su dirección—. Pero podemos quedar a mano, si te parece. Fui quitando lo que traía dentro: el bento de casa, primero, el tupper sellado, después. Conservé la esperanza de que no se hubiera enfriado y, al quitarle la tapa, el vapor me cosquilleó la nariz. Reí en voz baja y busqué a la chica con la mirada, hundiendo la mano en la bolsa. —Ven, ven —la llamé, como si fuera el gran evento. Saqué el tarro de ketchup y, con cierta teatralidad, escribí un kanji encima del omurice que acababa de preparar en la sala de cocina. Decía Itsuki, el nombre japonés que le había adjudicado la semana pasada. Quise hacer ver que no, pero sí me había preocupado un poco que me quedara mal. Una cosa era practicarlo en papel y otra muy diferente controlar el chorro de aderezo. Con todo, me quedé bastante satisfecho con el resultado y lo presenté frente a ella sobre mis dos manos, con cuchara y todo. —¡Examen sorpresa! —exclamé de repente—. ¿Qué pone ahí? Contenido oculto este sería el kanji, btw:
Mi defensa bastó para que dijera que me creía, pero la risa me duró algunos segundos más antes de que entráramos al tema de la sutileza. Muchas veces no era intencional, pero me jactaba un poco de ello para insistir alrededor de las personas si se daba la ocasión, sin hacer mucho alboroto avanzaba o retrocedía, esperando por lo que pudiese pasar. No podía recordar si había sido siempre así, tampoco creía que importara lo suficiente, como ahora lo de ser entrometida no era lo principal. La confirmación de que había estado pensando en él la solté con la misma tranquilidad que decía o hacía otras cosas, tampoco sabía hasta dónde era una virtud o un defecto, pero de todas formas sonreí al oír su respuesta. Era una pequeñez, pero que pudiéramos bromear con algo como eso me pareció una pequeña muestra de confianza y decidí guardarla en la memoria. —¿De un árbol...? —reboté ante su broma y luego fingí ofensa—. ¡Mucho hablas, Mister Fly! No se necesita ser un árbol para opinar sobre el cuidado de las plantas. Si bien le había respondido eso no detuvo mi intención de avanzar unos pasos y el posterior agradecimiento. Él retomó la marcha, se adelantó y avanzó hasta la mesa, escuché lo que dijo sobre el agradecimiento y se me escapó una risa por la nariz. No creía que tuviese más por lo que darme las gracias, quería decir, no me parecía necesario, pero tampoco lo iba a invalidar. —Podemos quedar a mano, suena bien —acordé sin mucho problema para evitarnos el loop de "gracias". Ya había dado algunos pasos con intención de acercarme, pero me detuve al verlo ya centrado en la bolsa y por eso cuando me llamó reinicié la marcha hasta la mesa. Deposité allí la botella de té helado, también la caja de jugo y en ese espacio de tiempo también lo miré mientras escribía sobre la comida, creí reconocer el recorrido inicial de los trazos, pero me perdí antes de la mitad y mejor esperé. Cuando lo presentó incliné apenas el torso, para husmear mejor, y no me di cuenta de que estaba sonriendo. Lo del examen sorpresa, eso sí, me hizo alzar la vista hacia él algo alarmada. —Resulta que tú te libras de la clase de botánica y yo tengo clase de japonés, ¿te parece justo? —cuestioné y el intento de sonar seria no me salió muy bien, porque solté la risa. Volví los ojos al kanji escrito con ketchup sobre el omurice y usé toda la concentración que pude en tratar de darle sentido. ¿Era pánico escénico o me había olvidado cómo se leían estas cosas de repente? Traté de no mostrar que se me estaban fundiendo las neuronas hasta que logré oxigenar el cerebro y me acordé que el fin de semana, en un intento por distraerme, había practicado escribirlo. —¡Itsuki! —anuncié con tal entusiasmo que cualquiera hubiese dicho que había adivinado el acertijo más complicado del mundo. Hasta me señalé a mí misma como si me hubiese llamado así toda la vida, darme cuenta me hizo soltar la risa de nuevo—. Aunque, estimado chef, debería darme puntos extra porque tratar de leer esto con el olorcito del omurice estaba muy difícil. Así no hay quién se concentre, es como examen sorpresa con trampa.
De primera mano le tomó un segundo extra captar la intención de mi broma, y ya luego solté la risa sobre sus quejas. —Nunca dije eso —me defendí, aún divertido. Tras escribir Itsuki sobre la comida y presentársela junto a la pregunta de rigor, Ilana también se quejó y, contrario a mis reacciones anteriores, esta vez mi semblante no cargó efusividad. Fue un gesto relajado que me suavizó parcialmente las facciones. Había notado su sonrisa, por supuesto. —Me libro porque tú quieres —rebatí, sin alzar la voz ni nada. Tal vez para no desconcentrarla, pues ya había enfocado toda su atención en la comida. Le tomó algo de tiempo y a mí me hizo gracia ser consciente de que estaba allí, de pie y manteniendo el tupper suspendido entre nosotros como una estatua, y que probablemente me aguantara el calambre de los brazos con tal de no interrumpirla. Por suerte no hizo falta convertirse en perchero. La respuesta la alcanzó de repente, o eso me pareció a mí, y la sonrisa me cerró los ojos al asentir. Verla señalándose a sí misma me dio ternura. —Muy bien, Itsu-chan —la felicité, sacando el apodo porque sí. Según la lógica que acababa de inventarme, ahora que había sabido leerlo finalmente le pertenecía—. Considera esto tu... bautismo japonés. O algo así. Felicitaciones. Me liberé una mano y moví los dedos frente a su rostro como si le salpicara agua, acompañando el gesto de pequeños efectos de sonido. El resto de su apreciación me renovó la sonrisa y, con el mismo brazo, abrí la silla junto a mí para invitarla a sentarse. Una vez lo hubiera hecho, me incliné y deposité el tupper con la cuchara frente a ella como si de repente estuviésemos en un restaurante y fuera yo el camarero. —Su comida, señorita —anuncié, muy solemne, y me erguí. Rodeé la mesa y tomé asiento frente a Ilana, atrayendo el bento hacia mí. —No es nada muy loco, igual —comenté, riendo ligeramente—. El omurice, digo. Podría haber preparado algo mejor en casa, o al menos más nutritivo, pero bueno. Igual confío en mis habilidades omuricísticas, la receta se ha mantenido en mi familia por generaciones. No era para tanto. Mamá se había echado nuestra infancia entera cocinando curry y omurice porque nunca tenía tiempo ni muchas ganas de cocinar, y, a fuerza de repetición, desde los... trece o catorce años me había propuesto mejorar la receta. Mi paladar debía poder distinguir hasta veinticinco sabores diferentes dentro del plato, fuera de bromas. Había probado todas las especias posibles, batido los huevos de todas las maneras existentes, y cocinado el arroz a cien temperaturas. No consideraba que fuera una anécdota divertida ni interesante, sólo me había servido de entretenimiento cuando volvía a casa y debía estar solo hasta entrada la noche. Además, así liberaba a mamá de la obligación de cocinar. El bento tenía arroz de ayer, unas albóndigas de carne de cerdo, rodajas de pepinillo encurtido y una salsa agridulce que había hecho hace unos días. Partí una albóndiga con los palillos y me llevé comida a la boca, paseando la mirada por el invernadero mientras masticaba. —¿Qué es lo tuyo? —indagué, señalando las bebidas, y empujé el almuerzo un par de centímetros en su dirección—. Ah, ¿quieres? Puedes agarrar lo que quieras. Mi casa es tu casa, y mi comida es tu comida. La primera parte la había soltado en español, pues era una frase relativamente hecha, fácil de pronunciar y, además, se la había oído a Anna varias veces.
Su defensa no fue la gran cosa, pero me hizo gracia y lo dejé pasar sin demasiado problema, no mucho más tarde con el asunto del kanji lo oí de nuevo y mi sonrisa se ensanchó. En parte era cierto, pero también había una parte de mí que temía aburrirlo así fuese un poco aunque suponía que era sólo una idea sesgada, que no tenía fundamento real para ello. Si bien lo encontré en plena crisis, la verdad era que me había escuchado parlotear sin mostrar nada remotamente parecido. Entre todo no me detuve a pensar en que tenía al pobre de pie allí en modo tieso, lo bueno fue que conecté neuronas relativamente pronto y no hizo falta que se convirtiera en piedra ni nada. Habiendo logrado descifrar el kanji alcé la vista y noté que la sonrisa le había cerrado los ojos, luego me adjudicó un apodo y junté las manos al frente de lo más encantada, ¿y la sutileza femenina? A la basura. Parpadeé con lo del bautismo simbólico y la risa que solté me resultó liviana y puede que hasta algo infantil incluso a mí misma, pero elegí no darle mucha importancia. —Muchas gracias —dije como si no le hubiese agradecido antes ya de por sí y acaté a cómo me invitó a sentarme, cosa que hice con movimientos ya más suaves, digamos—. Itsu-chan suena muy cute. Queda aprobadísimo. ¿Había que aprobarlo para empezar? La verdad era que no, pero por hacer el tonto. Ya de paso él me había dejado la comida al frente, para no dejar el servicio a medias, y me siguió haciendo algo de gracia lo compenetrado que parecía con todo el teatro. Esta vez mi agradecimiento fue una inclinación sutil y esperé a que él también tomara asiento antes de hacer o comentar cualquier otra cosa. Atendí a lo que dijo sobre el omurice, puede que no fuese nada complicado o demasiado loco, pero eso no quitaba que olía muy bien. A las ocho de la mañana de hoy si me preguntaban si tenía hambre, la verdad era más posible que se me voltearan las tripas de puros nervios, pero ya me sentía mejor y el aroma de la comida me abrió el apetito. —¿Existen las habilidades omuricísticas? —cuestioné tragándome una risa y tomé la cuchara aunque por seguir hablando no probé la comida de inmediato—. No dudo de tus habilidades culinarias, eso sí. Si hiciste esto ahora, seguro habrías hecho más en casa, pero esto está bien. Muy bien de hecho. Ya con eso dicho, di el primer bocado y me aseguré que llevara algo de ketchup, por supuesto. Mastiqué con calma, volví a sonreír de forma inconsciente y no creí que hiciera falta decir nada, porque antes de siquiera procesarlo me llevé otra cucharada a la boca. Estaba muy rico y que estuviese recién hecho le daba muchos puntos extra. Lo que me hizo volver a prestarle atención fue su pregunta, pero todavía tenía estaba terminando de masticar y negué suavemente con la cabeza antes de usar la mano libre para deslizar ambas bebidas un poco en su dirección. Apenas me bajé el bocado, aclaré mi intención. —Elige tú primero. Mi gesto se solapó con el suyo de ofrecerme también de su bento y se me escapó una nueva risa, la otra frase no la pude cazar, algo sonó un poco parecido a otros idiomas y hasta a sílabas del japonés, pero todo lo que pude intuir era que se relacionaba con lo de la comida, quizás. Igual pues confianzuda sí que era y él se había podido dar cuenta el otro día, así que usé la cuchara y me robé una rodaja de pepino encurtido. —¿Y tú? Preparaste esto y todo, ¿quieres? —pregunté refiriéndome al omurice y le arrimé un poco el tupper—. La frase de ahora, ¿qué significa? Algunas sílabas sonaron parecidas a las del japonés, pero ya, hasta ahí llegó mi cerebro.