El apunte de la rebeldía hizo reír a Yuzu, como si ella misma no hubiese lidiado con su propia rebeldía y la de los demás, de hecho seguía comiéndose los coletazos de un montón de adolescentes que estaban convirtiéndose en adultos igual de complicados, pero aún así no le quitaba el gusto de reírse de la rebeldía de otro. El asunto era que lo de Sasha no se limitaba sólo a haberse mudado en plena adolescencia, era todo lo demás, Eloise y los niños y ahora esta mierda. La chica era resistente, de eso no me cabía duda alguna, y puede que fuese lo que de alguna manera emparentaba a estas dos aunque no lo supieran. Eran capaces de conservarse a sí mismas en lugares donde otros caíamos muertos. —A veces es así. Como que la realidad se asienta luego, con el paso del tiempo y de otras cosas en la vida —concluyó Yuzu—. El muy cliché, pero es todo parte de un proceso que no es necesariamente lineal. La conversación se desvió a lo del surf, que Yuzu preguntara si daba miedo con todo el resto de cosas que hacía era hasta hipócrita, ¿pero quién era yo para juzgar? Si a la mujer le daba miedo subirse a una tabla en el mar, pero no cagar trompadas a alguien pues era su asunto. En todo caso, la comparación con andar en bici la hizo reír, ambos estábamos siguiendo la historia y creí que también los dos dábamos un respingo cuando ella pareció recordar algo, que hizo que cambiara el tema a la patineta y nos mostró el codo. Yuzu soltó la risa al ver la cicatriz y yo me acordé de cuando acabé rastrillado contra el piso mientras aprendía a manejar la moto, lo mío fue más una quemadura por fricción que una abertura en la piel, pero también fue una cagada. —Las heridas en zonas donde se doblan articulaciones son siempre un desastre. Respiras y cuando te das cuenta tienes todo lleno de sangre otra vez, tú incluida —sumó ligeramente divertida—. Suelen dejar cicatriz por lo mismo, el movimiento no deja que tu cuerpo haga lo que tiene que hacer. Aunque ahora tendré que trasladar el miedo del surf a la patineta. —No creo que ninguna de las dos debiera preocuparte tanto —advertí más para molestarla que otra cosa. Desbocamos en la carrera de Yuzu y pues claro yo de universidades no entendía un carajo ni había hecho investigación alguna. La posibilidad nunca había existido, por lo que gastar tiempo en eso era un desperdicio. Moriría en donde había nacido, sin más. —El año pasado hicieron un cambio y algunas de las especialidades que me interesaban estaban en Komaba, por estar más emparentadas a las ciencias básicas. Este año paso muy poco tiempo en Bunkyō, ni vale mencionarlo casi —explicó Yuzu con calma. Según recordaba había sido siempre una buena estudiante, por eso estaba en esa universidad para empezar, pero de seguro seguía siendo el caso. Algún día, quizás, eligiera abandonar el mundo de sombras que había pertenecido a su padre o tal vez no. Porque eso significaba abandonar a sus perros salvajes y a nosotros. ¿Entonces por qué estudiaba tanto? La duda me asoló de repente, fue extraño, y me quedé mirando a Yuzu mientras ella conversaba con Sasha. Era la clase de cosas que no preguntaba porque la respuesta seguro me sabía mal, porque las sensaciones acabarían proyectándose a mí. Todo lo que sabía era que era una mierda. —¿En serio? Ser hermana mayor de gemelos o mellizos es todo un caso, ¿no te parece? Las mías hicieron los dieciocho este año, pero al casa sigue siendo un desastre apenas llegan de clase —apañó en el momento en que oyó lo de los mellizos y una risa le vibró en el pecho—. Hemos vivido en Tokyo toda la vida. Cuando estábamos más pequeñas vivimos en Chiyoda un tiempo, luego nos movimos a Minato y al independizarme yo con las gemelas sólo nos movimos a otra zona del barrio. Me gusta bastante, ¿tu familia ahora dónde vive? ¿Te queda muy lejos la academia? Esto está como- —¿En el culo del mundo? —intervine porque me pareció que lo pensaba aunque no iría a decirlo. La risa que soltó fue casi una confirmación, pero no dijo nada al respecto y terminamos en el asunto de la moto. La afirmación tan descarada que soltó Sasha de que surfear se parecía más a como yo manejaba y que seguro Yuzu era más prudente me hizo soltar la risa, casi quiso ser una carcajada, y la mayor se rascó la nuca con cierta vergüenza. —Lo único prudente que hace es ponerse el casco con más frecuencia y eso se lo reconozco, pero es una loca para conducir. Hasta Hikkun conduce más tranquilo yo creo. —Diría que sí, por eso a veces se la dejo —reconoció Yuzu junto a un suspiro—. La prudencia no es una de mis cualidades. Es lo que tiene haber crecido junto a un montón de varones yo creo, al final te sincronizas a su neurona colectiva tarde o temprano porque hasta el más tranquilo de la nada hace una locura. Yo espero que si tú te sincronizas a la de Arata puedas sacar algo bueno, si es que queda algo bueno que sacar. La tontería me hizo fruncir el ceño, por supuesto, pero me ahorré el reclamo por una vez en la vida. Contenido oculto cuando hice mi research (ya hace un buen rato) se ve que no la hice bien, traté de balancear, pero de una advierto que lo de las especialidades me lo inventé porque si no tendría que ponerme a editar todo mi lore JASHJA *clown*
—Diría que esa cosa es el primo hermano de las patinetas —comenté, jocosa, señalando su moto con la barbilla—, así que no tienes de qué preocuparte, Yuzu-san. Al final había acabado en un punto intermedio entre su apodo y el formalismo, me sentía más cómoda así entre la diferencia de edad y el hecho de que esta chica fuese una vieja amiga de Arata. Me comentó su situación universitaria y asentí, alzando las cejas con cierto interés. La medicina nunca había captado mi atención de forma particular, pero a decir verdad seguía sin descartarla. ¿Podría hacer estudios universitarios, para empezar? Bueno, quería creer que en algún momento sí. Me reí y asentí un par de veces, dándole la razón de que los gemelos tendían a ser... una experiencia. —Nosotros vivimos en Suginami desde que nos mudamos aquí —respondí—, así que... sí. Hemos estado considerando la posibilidad de mudarnos pero me gustaría evitarlo de ser posible, así que si tienes otro trabajo libre por ahí me avisas~ Lo acompañé de una risa y fue una broma a todas luces, aunque el hipotético dinero extra tampoco vendría mal. Miré alrededor, la vegetación que nos envolvía, y pensé que sí, quedaba en el culo del mundo, pero al menos nos permitía respirar lejos del cemento un rato. Luego hice el apunte de la moto y me sorprendió tanto notar la reacción inicial de Yuzuki como oír la risa de Arata. Intercambié la mirada entre ambos, a la espera de una aclaración, aunque ya imaginaba por dónde iban los tiros. Otra loca, ¿eh? Bueno, por algo eran amigos. No supe cómo, pero volvimos a terminar pegándole a Arata y a mí se me escapó una risa nasal. Sus argumentos tenían sentido, sí, tampoco dudaba que ella se llevara parte del crédito. —Well, my dears, I shall pray for your souls —bromeé y le piqué el brazo a Arata—. Se nos hace tarde, cielo. ¿Vienes conmigo o subes después? Iba a ir subiendo con o sin él, por lo que luego le sonreí a Yuzuki. —Un placer haberte conocido, Yuzu-san. Ojalá podamos volver a vernos pronto. Contenido oculto no sé si llegaré a hacer otro post so por las dudas *le pone la cinta de intento de cierre*
Calificar la moto de primo hermano de las patinetas nos hizo reír a los dos al mismo tiempo, porque sabíamos que tenía razón con lo de que Yuzu no tenía nada que temer si manejaba una. De todas formas, tenía su gracia, seguro nos ponías una patineta a cualquiera de los dos y acabábamos dándole un beso francés al piso incluso si andábamos por Tokyo manejando como un par de locos. Noté que Sasha al final se quedó en un punto intermedio con la formalidad, pero a la mayor pareció valerle igual y continuó como si nada. Al final preguntó dónde vivía ella, era del otro montón de cosas que yo no le había dicho, y ladeé un poco la cabeza al oír lo de la posibilidad de la mudanza. Moverse sonaba como un incordio, la verdad, y no sabía qué tan difícil era cambiarle a Danny el espacio donde ya se sentía cómodo. —Cariño, si lo que nos faltan son manos. —Se lamentó Yuzuki también en tono de broma —. Te voy a tener de primera en la lista de recomendaciones~ No dudaba que Yuzu pudiera sacarse un empleo de debajo de las piedras de ser necesario, quizás hasta habría sido mejor para Sasha, pero la habían pescado los cabrones del club antes y ahora nos tocaba comernos una mierda. Por demás, incluso si lo dijeran en serio, si esta chica se proponía a trabajar más ya era un atentado contra sí misma. Prefería que me pusieran extras a mí y luego veíamos qué hacer. Todo terminó en que ambos éramos unos locos para conducir y pues no teníamos remedio, al final hasta estaba bueno que alguien rezara por nosotros. Como fuese, no le había llevado el apunte al paso del tiempo hasta que Sasha lo dijo. —Subo contigo, obvio. Se despidió de Yuzu, ante lo que ella le dedicó una sonrisa amplia que le barrió todo rastro de cansancio de rostro. Era un poco excesiva con su confianza, por lo que no me extrañó que cortara distancia para darle un toque amistoso a Sasha en el brazo. Luego se estiró para revolverme el pelo a mí, como si fuera un niño. —Eres siempre bienvenida en Minato, Sash, un día si te vuelves con Arata pueden pasar por casa y les preparo algo para el té. Fue muy bonito conocerte —dijo mientras retrocedía—. Tengan buen día. Asentí con la cabeza, medio giré el cuerpo y busqué que fuéramos entrando. No era mi plan decirlo en voz alta, pero me había gustado que se conocieran, se sentía correcto de alguna forma. —Vamos a tener que subir casi corriendo —solté para Sasha junto a un suspiro, fue solo por fastidiar. Contenido oculto mi humilde cierre por acá a gracias por caerle al marido y a la cuñada uwu
—¿Ya llegamos, primo? —preguntó la vocecita desde nuestras espaldas. —Creo que al doblar la próxima esquina —bostecé, prácticamente sin taparme la boca. —Es como la cuarta vez que nos preguntas en menos minutos, chiquita —dijo Don Ferrari con las manos en el volante del coche, con una sonrisa tan bonachona que nadie habría pensado que era una queja. —¿Entonces falta poquito? ¡Qué emoción! Una sonrisa adormilada me surgió en la cara. Como todavía no me despertaba del todo, me moví con demasiada lentitud cuando acomodé al cuerpo para mirar a la pequeñaja que iba detrás de nosotros, asegurada con firmeza a su butaca infantil. Era un poco bajita para lo que solía verse en criaturas de su edad; es decir, siete años. Su pelo era rojizo como el de mi viejo y como el de su mamá; o sea, mi querida tía Aurelia. Le gustaba llevarlo atado en dos trenzas, que por lo general me pedía a mí que se las hiciera porque decía era el “mejor del mundo mundial de las trenzas”. Aquel día le elegí unos moñitos rosas que pegaban perfecto con su vestido, que iban de maravillas con sus ojazos brillantes. Angélica De Sanctis Ferrari, una de mis primitas. Hoy no tenía escuela porque había una jornada de “no sé qué” donde los profes se sentaban a hablar sobre “una cosa que ahora no me acuerdo”, al menos así me explicó Angélica cuando vino a despertarme. Y por despertarme, entiéndase que se puso a saltar en mi cama con mucha energía, fue un milagro que no se llevara puestas mis rodillas ni mis costillas. Dio la casualidad de que mi viejo empezaba su trabajo más por la tarde, por lo que propuso acercarme al Sakura en el Ferrarimóvil. Angélica, ni bien escuchó esto, se coló en el auto; luego de pedirle permiso a su mamá, claro. La niña llevaba una flor de papel en sus manitas, que hacía girar mientras miraba por la ventanilla. Se las enseñaron a hacer hace poco, en las clases de arte de su escuela, y le gustaron tanto que teníamos la casa llena de éstas. —¿Piensas regalársela a alguien? —le pregunté, divertido. —¡Sí! —contestó la chiquilla— A mi me pondría contenta que me regalen una flor como esta, así que a los demás seguro que también. —Ya llegamos —anunció Don Ferrari, hasta hizo megáfono con una manota para hablar con voz de azafato— Bienvenidos a la academia Sakura, señorita y señor. —¡Woaaaah! Nada más ver el edificio de la escuela, con sus aires tan prestigiosos y opulentos, la emoción rebotó en cada fibra de la pequeña niña, que ya estaba desabrochándose el cinturón de la butaca. Pegó la nariz a la ventanilla del auto, admirando la entrada principal y siguiendo el andar de la gente que iba llegando. Era gracioso ver cómo se fijaba en estudiantes random, movía la cabeza bastante chistosamente de un lado a otro, a veces tan rápido que sus trenzas se balanceaban en el aire. —Qué… ¡bonito…! Mi viejo y yo la miramos con una sonrisa, disfrutando del espectáculo que su emoción tan pura e inocente nos ofrecía. Lo que también venía a significar que bajamos la guardia como unos cabezas de chorlito. Angélica era una chiquilla inquieta, demasiado para su propio bien. Cuando quisimos darnos cuenta, acababa de abrir la puerta, tras quitarle el seguro. —Ah, ¡Angelita! —exclamé, al ver sus pies en la acera. Don Ferrari, a mi lado, negó levemente con la cabeza. Igual sonreía, porque todo el asunto no dejaba de hacerle gracia. —Búscala y quédate un rato con ella —me pidió, dándome una palmada en la espalda—. Hace rato que se moría de ganas de ver tu escuela. Pero ya sabes: nada de que cruce la Entrada Principal, no está permitido. —Como diga, señor —lo saludé militarmente. Apenas bajé del coche, me di cuenta que Angélica se había alejado un poco. La vi en la acera, admirando a cada estudiante que pasaba, que la miraban confundidos. Como me dio cosa que hiciera tropezar a algún distraído, me empecé a acercar a trote ligero. Me acerqué lo suficiente como para ver cómo se detenía enfrente de un estudiante, al que ofreció su flor de papel. —¡Buen día! —saludó— ¡Qué uniforme tan bonito! ¿Te gustan las flores? El cuadro se me hizo divertido, por lo que elegí observar un ratito desde una distancia prudencial. Contenido oculto Ahí quedan al servicio de la comunidad. A quien tome esta interacción, le aviso que debe asumir que fue interceptado por esta creatura: Contenido oculto Angélica, 7 años, prima de Markus Y que les está regalando una flor de papel similar a estas: Contenido oculto
—Yu, ¿me estás escuchando? La pregunta se respondió sola, pues cayó en saco roto. Miré a Yuta, quien andaba muy entretenido sonriéndole a la pantalla de su móvil, y bufé en voz baja, apresurando el paso. Las cosas no habían sido sencillas y su actitud ciertamente no ayudaba a relajar las tensiones. Se había ausentado de casa toda la semana anterior y eso, de por sí, me forzó a lidiar sola con su mamá y su hermana. El viernes, cansada de la situación, lo encontré entrenando como loco en el dojo de la escuela y logré convencerlo de regresar conmigo, aunque accedió a regañadientes y tal vez... tal vez no fue la mejor estrategia. Fue un fin de semana tenso, incómodo y agobiante, y Yuta se mantenía desconectado de la realidad cada vez que podía. No sabía cómo interceder, si estaba siendo demasiado dura o demasiado permisiva, pero los nervios comenzaban a traicionarme y me percibía más irascible de lo usual. No me gustaba sentirme así ni tener atorada la sensación de que Yuta, en cierta forma, no me perdonaba que lo hubiera forzado a volver a casa. Sólo quería recuperar la calma que por fin habíamos conseguido, ¿era... era mucho pedir? Acabé un poco atorada en mis pensamientos y le saqué un buen tramo de ventaja a mi primo sin darme cuenta. De la misma forma, una vocecita infantil se proclamó a mi lado y me detuvo de repente, pillándome por sorpresa. Al bajar la vista encontré a una niña pelirroja que tenía su atención volcada en mí. ¿Qué...? ¿De dónde había salido? Le sonreí por inercia y eché un vistazo alrededor, buscando algún adulto o estudiante que estuviera pendiente de ella, pero no quise demorar demasiado y, en un primer paneo, no identifiqué a nadie. —Buen día —respondí a su saludo, inclinando la cabeza con cierto aire solemne; decidí enfocarme por completo en ella y le concedí una sonrisa serena que cargó, aún así, un chispazo de emoción—. ¿Te gusta? Muchas gracias. A decir verdad, a mí también me gusta mucho. Es uno de los motivos por los que me transferí aquí, ¿sabías? Había pillado el borde de mi falda con ambas manos y lo solté conforme hablaba, muy a gusto con su apreciación. Apenas me ofreció la flor, sentí que el corazón se me derretía en el pecho y me acuclillé frente a ella, abriendo la boca con evidente sorpresa. —¿La hiciste tú? —inquirí, aceptándola con movimientos cuidadosos, y la giré entre mis dedos—. Está muy bonita, cielo, me encanta. Muchas gracias. Yuta se detuvo a mi lado, percibí su sombra larguirucha y alcé a verlo, pero él tenía sus ojos posados en la niña con el ceño fruncido. —¿Y tú serías...? —le preguntó, más confundido que grosero.
La pequeña Angélica se había detenido junto a Kaia para apreciar su vestimenta, eso era tan cierto como el hecho de que el blanco de su cabello destacó lo suficiente entre la gente como para llamar poderosamente la atención de la niña. Por eso, no podía decidirse si mirar el fantástico uniforme que portaba la joven o detenerse en sus hebras níveas que danzaban muy suavemente con cada movimiento. Sus ojos, celestes y brillantes, saltaban de un punto a otro reflejando infantil admiración. Se mostraba de lo más jovial, y fue inocente del modo en que Kaia buscó al adulto o estudiante responsable entre los transeúntes, antes de que tomara la resolución de enfocarse por completo en su presencia. Su sonrisa se hizo más radiante con cada palabra de Hattori, pues le alegraba saber que a la albina también le gustaba su uniforme. Angélica imitó sus movimientos, un poco sin darse cuenta. Tomó entre los dedos los pliegues de su vestido y dejó caer la tela, de una forma parecida a como hizo Kaia con la falda del uniforme. Muy seguramente, se estaba imaginando a sí misma como una flamante estudiante de la academia Sakura. Al final, terminó pestañeando con curiosidad cuando la chica le contó que se había transferido y poco le faltó para soltarle que a su primo también lo habían traspasado hace poco. Pero, antes que nada, la pequeña pasó a lo más importante: obsequiarle la flor. Su motivo no era complejo ni profundo, como solía suceder en la niñez. Angélica sólo quería darle a aquella jovencita una pequeña alegría, sin más. Y pensó que había logrado su cometido al notar la sorpresa con la que su regalo fue recibido. Su sonrisa se amplió hasta casi cerrarle los ojos y, cuando la jovencita del uniforme le preguntó si había hecho aquella flor, asintió con una energía que hizo danzar sus trenzas, las cuales reposaban por delante de sus hombros. —¡De nada! —respondió al agradecimiento— ¡Me alegra mucho que te encante! Aprendí hace poquito a armarlas. Puedo hacer hasta cien… ¡No! ¡Mil flores más! —estiró los brazos a los costados— ¡Un jardín entero si quieres, señorita! Fue entonces que apareció el otro muchacho. Alto, muuuy alto, wow. Traía el mismo uniforme que su primo. Angélica lo miró, curiosa y maravillada, porque este chico tenía el cabello casi tan blanco como el de la jovencita. La pregunta que recibió pareció reactivarla. —¡Angélica! Oh… Aunque dijo su nombre, acababa de acordarse de algo muy, muy importante: su mamá le había dicho que debía tratar de ser más formal al presentarse con la gente. Algo que, ya se veía, no le salía del todo bien. Aún así, la niña retrocedió un par de pasos, se alisó el vestido y miró a los Hattori con una postura erguida. —Me llamo Angélica De Sanctis Ferrari, ¡mucho gusto, señorita y señor! —su presentación vino acompañada de una rápida reverencia, que hizo que sus trenzas giraran en el aire; no tardó nada en erguirse, sonriéndoles— Estoy acompañando a mi primo que viene a esta escuela. ¿Ustedes como se llaman? ¡Se los puedo presentar, si quieren!
La respuesta de la niña me arrancó una risa directa del pecho, tan alegre como enternecida. ¿Señorita? Pero bueno, ahora me sentía vieja de repente. También me contó que había aprendido a hacerlas recientemente, lo cual justificaba su entusiasmo. Atendí a sus palabras mientras apreciaba con mayor detalle la flor de papel. Me gustaban los detalles de purpurina. —Y con mil flores, ¿podré pedir un deseo? —bromeé, recordando el mito popular de las mil grullas en origami. La sombra que Yuta proyectó por el rabillo de mi ojo captó mi atención y alcé a verlo sin incorporarme sólo un instante. Rápidamente regresé a la niña, quien parecía asombrada por algún detalle del chico, y nos concedió su nombre. Aguardé, pues parecía haber notado o recordado algo, y parpadeé con cierta curiosidad al ver que retrocedía. Su presentación adquirió un tono mucho más formal de repente y no pude sino sonreír, enternecida. —¿Señor? —oí quejarse a Yuta, pero no le llevé el apunte. —Es un gusto, Angie-chan. ¿Puedo llamarte así? —consulté—. Yo soy Kaia Hattori, y él también es mi primo, Yuta. —Hattori —completó. Resultó que su primo venía al Sakura, lo cual resolvía el misterio de la procedencia de esta niña. Ante su ofrecimiento, mi sonrisa se ensanchó y asentí con vehemencia, permitiéndome contagiarme de su entusiasmo. —¡Claro! ¿Tu primo está por aquí...? —pregunté, empezando a lanzar los ojos a nuestro alrededor. —Será aquel —apuntó Yuta. Señaló con la barbilla en una dirección determinada y supuse que lo debía haber ubicado desde un principio entre el flujo de alumnos.
—Si juntas mil flores, se te hará realidad todo lo que quieras, ¡y más! —convino, segurísima de lo que decía; sus ojos se detuvieron un instante en la flor de papel en manos de Kaia, y añadió—. Pero faltan muchísimas, así que puedes pedir un deseo usando esta flor solita. Como la hice yo, ¡no habrá problema! A este intercambio siguió su presentación, donde pretendió salvaguardar un poco de la formalidad japonesa que intentaba enseñarle su madre, de la que había heredado gran parte de sus rasgos. No hizo mucho caso a lo que dijo el chico altísimo, ya que en su inocencia no le pareció que se tratara de una queja ni nada parecido. La muchacha preguntó entonces si podía llamarla “Angie-chan”, algo que encantó sobremanera a la pequeña quien, jubilosa, aceptó con otro vehemente asentimiento de cabeza. Luego de lo cual, supo los nombres de estas personas con brillante cabello de nieve: Kaia y Yuta Hattori. El rostro de Angélica se iluminó cuando le dijeron que también eran primos, lo que motivó mucho más la idea de presentarles al suyo. Parte de su emoción se contagió a Kaia, y pronto las dos empezaron a buscar a Markus entre los estudiantes que seguían pasando por la vereda. La búsqueda no duró demasiado gracias a la oportuna intervención de Yuta. La niña miró hacia el árbol que señalaba y su sonrisa emocionada no tardó en ampliarse. —¡Es él, es él! —exclamó, mirando luego a Kaia— Espérame aquí con tu primito, ¿sí? Y correteó hacia Markus, quien los miraba con una sonrisa divertida en el rostro. Me dediqué a mirar la escena con un hombro apoyado en el tronco de este árbol, los brazos cruzados y un aire despreocupado, como si fuera un pibe cualquiera que miraba la acera como quien no quería la cosa. No me estaba escondiendo ni nada, pero tampoco creía que alguien fuese a darse cuenta, de buenas a primeras, que yo tenía algo que ver con esa pelotita de energía llamada Angélica, a la que tenía bien vigilada desde mi posición. ¡Pero bueno! Digo esto porque, cuando aquel jovenzuelo de pelo blanco me señaló con la pera, no pude menos que alzar una ceja entre divertido y sorprendido. Wow, ¡tenía ojos de águila, el muchachón! Mi primita llegó a mí con una sonrisa emocionada. Alzó la cabeza para mirarme a la cara. Pareció que iba a decirme algo, pero, al final, tomó una de mis manos sin mediar palabra. Me dejé llevar a lo largo de los pocos metros que nos separaban del dúo de albinos, a los que sonreí con liviandad una vez estuvimos cerca. Angélica, mientras tanto, se había puesto a parlotear de nuevo: —¡Adivina qué, Mark! —decía, intercambiando una mirada entre el par y yo— ¡Ellos son primos! ¡Como nosotros! La miré con las cejas alzadas, fingiendo sorpresa porque en realidad me habían llegado pedacitos de su charla con la muchacha. —¿En serio? —dije, mirándolos, y se me dio por molestarla un poco— Nah, no te creo. —¡Que sí, que sí! —insistió la pequeña aferrándose a la manga de mi uniforme, y presentó a los primos con un movimiento de mano— Ellos son Kaia y Yuta Hattori —acto seguido me dio unas palmadas en el brazo, medio me sentí como si Angélica estuviera mostrando la exposición de un museo— Kaia, Yuta, les presento a Markus. ¡El mejor primo y bailarín del mundo! Me reí por lo bajo. Apoyé una mano en la cabeza de Angélica y le acaricié suavemente el cabello, gesto que ella recibió con una sonrisa y los ojos cerrados. Luego miré a los Hattori, deteniéndome un breve instante en la flor de papel que estaba en manos de la tal Kaia. Apreciaba que la hubiese aceptado, sin dudas eso dejó el corazoncito de Angélica lleno de alegría —¡Es un placer conocerlos, estimados primos! —dije— Markus Ferrari a su servicio. Alumno de segundo año, fan acérrimo de la danza, etcétera, etcétera. Espero que Angelita los haya cuidado bien —bromeé.
¿Y esta cría de dónde había salido? ¿Generación espontánea? Un segundo me reía con un video en el grupo con los chicos y al otro, Kaia se había esfumado de mi lado y la veía más allá haciéndose amiga de una enana misteriosa. Antes de alcanzarlas había aminorado la velocidad y me dispuse a panear el espacio, y para cuando las alcancé, ya había localizado al tío apoyado en el árbol con su atención puesta sobre la niña. Sólo era información existente, como mucha de la que flotaba en el aire. Cuando te encuentras un crío perdido en el supermercado, ¿qué haces? La niña era bonita, adorable, alegre y todo lo que quisieras, me daba bastante igual. Nunca había tenido un soft spot ni nada parecido por los mocosos. Kaia, por otro lado... Parecía encantada con la criatura, brindándole toda la atención del mundo y compaginándose con su estado anímico. Suponía que en cierta medida me aliviaba un poco verla capaz de comportarse así. No venían siendo los mejores días y en parte era mi culpa. Que las mil flores, que los deseos, sí, sí. Kaia volvió a demostrar una mezcla de sorpresa e ilusión al oír de la niña que podía pedirle un deseo a esa única flor y giró el objeto entre sus dedos lentamente, bajando la vista a él. —En ese caso... —murmuró, guiñándole un ojo a la cría, y se acercó la flor al rostro, cerrando los ojos. Pasados unos pocos segundos volvió a abrirlos—. Ya está. ¿Crees que la diosa de las flores oiga mi deseo? ¿Y quién era esta "diosa de las flores", exactamente? Ni ella lo sabría. Me exprimí la neurona sólo por apalear el aburrimiento, frunciendo los labios levemente. ¿Konohanasakuya-hime, tal vez? Regresé la atención a ellas a la hora de las presentaciones, la enana me hizo sentir un viejo decrépito y fruncí el ceño. A ver, a ver, ¿no estaba como en la flor de mi juventud? Kaia le facilitó nuestros nombres y yo intervine agregando mi apellido, no por completar la información, sino porque prefería ese si planeaba referirse a mí. No que la niña fuera a hacerme caso, claro, o a darse cuenta de mis intenciones en absoluto. Igual no me mataría que me llamara Yuta, en parte lo hacía para romper los huevos y ya. Cuando llegó el momento, clavé la vista en el chico que había identificado antes y lo señalé. Diez puntos para Slytherin, ¿no? La niña salió disparada a buscarlo y yo me vacié los pulmones, exhalando con fuerza por la nariz. Kaia volvió a erguirse, acomodándose brevemente la falda con la mano libre, y le eché una ojeada a la flor de papel ahora que podía verla de cerca. —Puedes irte si lo prefieres —murmuró Kaia, y miré su perfil. Su sonrisa había menguado casi hasta desaparecer. —¿Qué dices? Si tu primito tiene que quedarse. —Hablo en serio, Yuta. —Me miró directamente—. Si vas a hacer las cosas difíciles, sólo vete. Bueno, le había tocado los ovarios. Le bajé dos rayitas a la actitud, volví a exhalar y desvié la vista a la niña y su primo, que ya se aproximaban. Kaia, por su parte, hizo lo mismo que yo y volvió a sonreír con la naturalidad de hace quince segundos. Markus, resultó llamarse el tío. Primo, bailarín, estudiante de segundo año. Toda una currícula. —Hola, Ferrari-kun —intervino Kaia, con la cordialidad usual y bastante animada—. Ha sido un placer conocer a la pequeña Angie-chan, ¡me dejó pedir un deseo y todo! —Le lanzó un vistazo cómplice a la cría y regresó a Markus—. ¿Eres bailarín, de verdad? Suena maravilloso, y eres tan joven... —Sólo le sacamos un año, ¿lo sabes? —acoté. —Lo sé, lo sé, eso no quita que sea joven. —Se rió—. ¿Te especializas en algún estilo, Ferrari-kun?
La chica me recibió con los mismos ánimos que a la pequeñaja. Guardó algo de formalidad al llamarme por el apellido como la mayoría de los japoneses, pero igual me gustó su capacidad para seguir el ritmo que veníamos manejando, que Angélica y yo (bah, los Ferrari en general) vivíamos saltándonos las etiquetas sociales cada dos por tres. Distinto parecía ser el caso del dichoso Yuta (a quien, por cierto, imaginé como policía apenas escuché su nombre): se lo veía ahí, tan quieto, tan callado, tan como desinteresado y ajeno a nosotros… ¡Nah, muy cool el tipo! Cuestión que Kaia dijo que fue un placer conocer a mi primita, hasta le había puesto un apodo y todo. Angie-chan sonaba requete-bien si me lo preguntaban, no hacía falta mirar a la niña para notar lo mucho que le gustaba su nuevo sobrenombre. Y tampoco hizo falta verla cuando nuestra estimada Hattori le hizo una miradita cómplice tras contar que le había dejado pedir un deseo con su flor: no me cabía la menor duda de que Angélica asintió con algo de satisfacción en su carita, la expresión de alguien que acaba de cumplir una importante misión con éxito. Asentí cuando la albina preguntó si era bailarín, pero se me terminó escapando una risa por la nariz ante el apunte de que era, yo, todo un jovenzuelo. Yuta le señaló que entre nosotros había apenas un año de diferencia, lo que a su vez fue como decirme que iban a tercer año. Lo suyo acabó por terminar de hacerme gracia y medio que me terminé riendo a la par de Kaia, que luego preguntó por mi especialidad. —¡Swing! Quien le respondió fue Angélica, que había levantado la mano con saltito incluido. —Pues eso, lo que dijo esta poderosa chiquitina —ahora sí contesté yo, con una sonrisa divertida— Le meto mucha pila al swing, al charlestón y todo lo que se le parezca. Viene a ser música de los años ’20 y ’30. Igual bailo de todo un poco, pero el swing es… —cerré mi idea con un chef kiss. —¡El swing es muy divertido! —añadió Angélica con entusiasmo, mirando a los Hattori con ojos brillosos— ¿A ustedes les gusta bailar? O, o, o, ¿tocan música? Eran buenas preguntas, lprácticamente me las sacó de la boca. Así que me limité a echarles una miradita al par de primos, invitándolos con una sonrisa a saciar nuestra curiosidad.
Alcé las cejas con evidente curiosidad al descubrir que este muchacho bailaba swing, pues era algo que, ahora que lo pensaba, sólo había visto en algunas películas. Ni siquiera estaba muy segura de identificarlo con claridad, y eso que yo era, técnicamente, estadounidense. La niña parecía empapada en las actividades de su primo, lo cual me dio una idea de la importancia que poseía para él y, quizá, del alcance familiar de la afición. Aunque esto último sólo era una teoría. Sonreí hacia la pequeña cuando desvió la pregunta hacia nosotros, aprovechando aquel instante para definir qué le contaría. Experiencia como bailarina realmente no tenía, sólo había oficiado de acompañante en ciertos eventos y festividades tradicionales cuando era más pequeña y se ausentaba alguna de las niñas. Me limitaba a portar ropas muy pesadas y deslizar un abanico a mi alrededor. Si me habían puesto a ello, entonces, y a entrenar ninjutsu después, era por el mismo y simple motivo: poseía buen control de mi cuerpo. —Toco la flauta shakuhachi desde pequeña —murmuré, pues, enfocando mi atención en la niña—. ¿La ubicas, Angie-chan? Es similar a la flauta dulce, hecha en bambú. ¿Tú tocas algún instrumento? ¿O te gusta bailar, quizá? Mientras hablaba había reparado disimuladamente en las reacciones de Yuta, o más bien sus no reacciones. Me di cuenta que no planeaba compartir sus aficiones relacionadas a la música y regresé la mirada a Markus. Era mejor dejarlo ser. —Quizá sea una pregunta extraña, pero ¿cómo llegaste a interesarte por el swing? Es una elección bastante peculiar.
Una de dos: a Yuta le habían comido la lengua los ratones, o era tan tímido que ponía cara de cool para que no se le notara demasiado. Lo habría tanteado con alguna pregunta para que no se quedara tan afuera de la charlilla, de no ser porque la cabeza no me iba a dar para eso, para hablar con Kaia y encima vigilar que Angélica se portara bien. Así que le presté más atención a las primas. La respuesta de la muchacha fue especialmente dirigida a Angie-chan, lo que no quitó que yo la escuché con el mismo nivel de atención que la chiquitina. Nos gustaba mucho la música, qué les puedo decir; y conocer gente que tuviera algo que ver con el tema también era un placer. Para el caso de la piba Hattori, resultó que tocaba el shakuhachi, un tipo flauta que no nos sonó (valga la redundancia) a ninguno de los dos . Angélica igual hizo esfuerzo por tratar de acordarse, hasta que lo de la flauta dulce la ayudó a hacerse una idea. —Mis papás y mis tíos hacen música, ¡pero a mí me gusta más bailar, como Mark! —contestó— De grande quiero ser como él. —Oh, y lo serás —dije, poniéndome de cuclillas y echándole un brazo sobre los hombros chiquitos— No, ¿sabes qué? Serás mejor, que te veo practicando mucho. Le di un toque en la nariz que la hizo reír, contenta, y al volver a pararme Kaia me habló. Pero, espera, ¿cómo que “pregunta extraña”? ¡Hombre, si hasta la recibí encantadísimo! —Más que elección, yo diría que es un sentimiento —dije con una risa ligera, luego me pensé un poco cómo explicárselo bien—. Verás, en mi familia son todos músicos, como dijo Angelita recién… —¡Sí, sí! Mamá y papá tienen una banda con mis tíos. —Sí, eso. Pero vamos de a poco —sonreí hacia la niña, que entendió que tenía que dejarme hablar; carraspeé y volví a darle mi atención a Kaia y a Yuta en su plano astral alternativo—. En casa siempre sonó música funk, y también el jazz en todas sus formas. Un día alguien se trajo una colección de vinilos de swing jazz, y los escuché por primera vez cuando era del tamaño de la criatura aquí presente —le volví a acariciar el cabello a Angélica—. Me gustó tanto que no paré de bailarlo desde ese día... o eso me cuentan en casa. A veces exageran —me reí—. Pero es algo que me gusta desde peque, por obra y gracia de la familia. Eso segurísimo. Miré a Kaia con algo más de atención y me llevé la mano al mentón. —¿De casualidad estás en el club de música? —pregunté— Tengo un amigo ahí que se sabe un par de instrumentos de viento. Toca la flauta traversa. Hice la mímica, agarrando el susodicho instrumento en su versión invisible. Angélica, al verme, me imitó.
Tal y como había estimado, al parecer estos primos compartían de por sí un intenso ambiente musical dentro del seno de su familia. Mi caso había sido similar, al menos en los papeles. La diferencia quizá radicara en la obligatoriedad de las inclinaciones. En casa siempre había sido un mandato, una tradición y una responsabilidad. Markus y Angelica, al menos por lo que me transmitían ahora, parecían vivirlo a través del gusto, la libertad y la pasión. Les fui prestando atención conforme hablaban. Había músicos, bailarines y hasta una banda conformada. La idea suavizó mi sonrisa, pues se me hacía un cuadro entrañable. Markus nos contó de qué forma había accedido al swing y el entusiasmo que le imprimió a la anécdota, las bromas esporádicas, me ayudaron a mantenerme en su sintonía. Me reí a la par suya, conservé el entusiasmo y fui asintiendo. —Suena a una experiencia maravillosa —comenté, aún algo divertida—. Los adultos tienden a exagerar los recuerdos que tienen de sus niños, pero eso sólo evidencia lo importantes que son para ellos. Noté que la atención de Markus se concentraba en mí, ante lo cual pestañeé y aguardé a que hablara. Su pregunta fue más sencilla de lo que esperaba y mecí la cabeza en un gesto negativo. —Me invitaron, pero es de música ligera y mi instrumento no cuadra allí. —La mención de su amigo, sin embargo, elevó mis cejas con cierto interés—. ¿Sí? Sólo he hablado con Bianchi-san, la pianista, así que por desgracia no lo ubico. ¿Cómo se llama?
Una sonrisa, tal vez la más suave de esta mañana, se me plantó en los labios al escuchar lo que decía la señorita albina. Hasta ahora no había pensado que las exageraciones de la gente grande eran como una muestra de amor hacia sus retoños, al menos así lo pensé cuando Kaia dijo que esas cosas demostraban lo importantes que los peques eran para los adultos. A mí, en general, las exageraciones se me hacían de lo más graciosas, una típica tontería de los Ferrari y sus compañeros de vida; yo mismo hacía eso al hablar de mis primitos. Pero, visto de el punto de vista de Hattori, daba como un calorcito agradable en todo el kokoro. Recordé que mi madre se la pasaba contando a medio mundo lo de que empecé a bailar swing siendo un tremendo enano. Le daba muchísimo orgullo, ¡cosa normal!, que había sido la bailarina estrella de la familia. En paz descanse, ella, que hoy danza entre ángeles. Su recuerdo me trajo otra sonrisa, pero pronto me quedé como orbitando en la cuestión del shakuhachi. Le pregunté a Kaia si estaba en el club de música porque para mí, que era un simplón empedernido, tuvo todo el sentido del mundo. Igual, cuando me contestó, también pensé que su flauta a lo mejor no pegaba tanto con el tono más rockero del club. Lo cual me dio algo de pena... Algo se podría hacer para dar protagonismo a otros instrumentos, ¿verdad? Como… ¿un evento que estuviese a tono? Hum…—Ah, también soy amigo de Fiorellita. Su toque en el piano es, ¡uf!, una delicia —asentí; a Angélica se le notaron las ganas de meter bocado, ya que sabía de quién estaba por hablar—. Mi amigo se llama Gaspar Sóloviov, va a la 3-1. Lo reconocerías muuy fácil porque es del tamaño de tu primo, tiene unas pintas que gritan “¡Ruso!” por todos lados y anda siempre con gafas oscuras, hasta dentro de la academia —me reí—. Yo creo que le encantaría conocer el shakuhachi. Podrías traer el instrumento un día, si lo tienes, ¿quizás? Ah, y obvio me invitan. Le guiñé un ojo con complicidad. Lo cierto es que Gaspy tenía unos modos bastante especiales para hablar, así que a lo mejor Kaia iba a necesitar a su servidor como traductor. Y eso que el traductor a veces se perdía con tantas metáforas intergaláticas, filosóficas y musicales, pero detalles. Acto seguido revisé la hora del móvil, dándome cuenta que apenas teníamos la cantidad justa de tiempo. Estábamos a bastantes metros de la Entrada Principal de la academia, por lo que más vale que pusiéramos marcha cuanto antes. Fue lo que le dije a los Hattori. —¿Vamos yendo? —invité. Angélica, a mi lado, hizo pucherito. —¿Ya? ¿No nos podemos quedar un ratito más? —Ojalá, chiquitina, pero así son las cosas. Tienes que volver con el tío. La pequeña suspiró. Y, sin pensárselo ni darme tiempo de frenarla, se paró al lado de Kaia. Miró a la chica con una sonrisa tan adorable que me pregunté si la sacó a propósito, porque entonces le ofreció su mano. —Kaia-san, ¿podemos ir de la mano hasta la puerta? —preguntó, con los ojitos brillosos Suspiré, me encogí de hombros y le dediqué a la susodicha una sonrisa de disculpas. Irónico, vaya, que yo también me pasaba con las confianzas a veces. Contenido oculto Por acá cierro, ¡muchas gracias por caerme! Un placer rolear este encuentro legendario de primos (?)
La descripción de su amigo fue cuanto menos peculiar, lo suficiente para robarme otra pequeña risa. Tanto la mención de su clase como la similitud en estatura con Yuta me hicieron voltear hacia el muchacho, quien veía a Markus y parecía haber conectado cables. —Ah, sí, ya sé cuál es —acotó, girando el rostro en mi dirección—. Es uno rubio y muy alto. Te diría el color de ojos, pero ni su madre debe conocerlo. Lo decía por las gafas, suponía. La actitud de Yuta me dio la pauta de que no tenía ninguna opinión fuerte formada en torno a Sóloviov, lo cual, al menos de primera mano, era algo bueno. Cascarrabias y todo, pero solía irle bastante bien entendiendo a la gente. En cierta forma sus impresiones de los demás me daban confianza, una de la cual a veces carecía. Al leer todo esto en sus ojos, pude volverme hacia Markus relajada y con una nueva sonrisa. —Si les interesa, estaría encantada de traerla algún día —acepté, genuinamente contenta, y reí apenas—. Y claro que estás invitado, nuestro flamante benefactor. Aguardé al notar que Markus sacaba su móvil y también advertí que Yuta le echaba un vistazo al reloj en su muñeca. Asentí, dispuesta a despedirme de la pequeña Angie, cuando la niña se ubicó a mi lado repentinamente. Los ojitos de cordero, la sonrisita, la manito extendida, todo el cuadro me derritió de pies a cabeza y apenas pude llevarle el apunte a la disculpa implícita de Markus. ¡No me daba el corazón para todo! Decidí acuclillarme frente a la niña una vez más, así fuera breve. Descansé los brazos sobre mis muslos y alcé la flor que me había regalado entre nosotras. —La guardaré muy, muy bien hasta el día que volvamos a vernos —murmuré, y aunque no fuera verdad, tampoco contradecía los deseos de mi corazón—, pues es lo que le pedí a esta flor. A fin de cuentas, ahora mismo sólo me apetecía dejarle una bonita sensación, tanto como la que ella me había dejado a mí. Me erguí, entonces, y envolví su mano dentro de la mía con suavidad. Y al empezar a caminar lo hice despacio, tan despacio que Yuta me miró con una ceja arqueada. —Deséame suerte, Angie-chan, que es lunes y no me apetece nada ir a clases —me quejé, junto a un suspiro, y al llegar al límite permitido me contuve las ganas de pedirle un abrazo; no sabía cuán impropio sería de mi parte—. Ten un muy bonito día, ¿sí? Adiós, preciosa. Yuta, entre medio de Markus y yo, hundió las manos en los bolsillos y no dijo nada. Tan sólo se limitó a mover la cabeza al hacer contacto visual con la criatura. Contenido oculto *nyooom* sabés que no me di cuenta que era reunión de primos hasta como la mitad de la interacción JAJAJA así que créditos a mi inconsciente