—Stop sulking, girl —resopló Yuta, rascándose el cabello junto a la coleta; era raro oírlo hablar en inglés a voluntad—. No hay nada que puedas hacer. —Pero- —Tú se los dejas, y si acaba internada con una gastroenteritis o algo así, la semana que viene le preparas otros. ¿Ves qué fácil? —¿Por qué comería otra cosa que le deje si la primera la enfermó? —me quejé, molesta, y él se encogió de hombros. —¿Para no ofenderte? A veces la gente hace cosas tontas por motivos tontos. —¿Por eso no paras de decir tonterías? —Oye, dije una sola. —Dos. —¡Una! Nuestra dinámica se había reparado un poco de la noche a la mañana, y yo nunca lo cuestioné. Yuta era así, tendía a responder a impulsos y, cuando el enfado se le pasaba, volvía como si nada. Si acaso yo me había salvado de sus rabietas casi sin excepción hasta la fecha, suponía que había una primera vez para todo. Me daba demasiada pereza buscar algún tipo de respuesta, así que lo acepté y retomamos la rutina usual. Yo sacándolo de la cama por las mañanas, él lanzándome gotitas de agua a la cara, matando el tiempo en un rincón cualquiera de la Academia y echándose siestas a mi lado cada que podía. Era un poco desesperante, pero lo prefería al silencio. Ni noqueado me permitía obviar su presencia con los ronquidos que entonaba. Así, había conseguido relajarme. En cuanto tocó la campana, me dirigí a la puerta de la 3-1 y él meneó la cabeza tras recibir mis ojos, pues ya sabía qué me preocupaba. Llevaba haciéndolo toda la semana. Bajé la caja que sostenía entre mis manos y me vacié el pecho, decepcionada. Se reunió conmigo en el pasillo y me sugirió que le dejara el obsequio en su casillero y ya, que el lunes (y cito, "con suerte") lo encontraría. Quizá debiera regresarlo a casa y seguir probando suerte la semana que viene, pero una parte de mí... No estaba segura, sólo sabía que esa condenada cajita llevaba toda la semana mirándome desde la repisa de mi habitación y quería entregarla. Yuta, por otro lado, sólo debía tener ganas de archivar el tema. —¿No es mucho ausentarse toda la semana? —murmuré, preocupada, empezando a recorrer la hilera de casilleros atenta a los nombres—. Aún si se hubiese enfermado, si fuese un resfrío o algo normal, ¿le tomaría tanto recuperarse...? —Capaz la gastroenteritis ya le agarró. O le dio una infección de oído, de tanto que hablaste de ella. Lo ignoré, pues había dado finalmente con la taquilla de Laila, y la abrí con movimientos precavidos. Se sentía... un poco invasivo husmear en el casillero de alguien más. Deposité mi obsequio con cuidado, sobre sus zapatos de interior, y suspiré bajito mientras lo cerraba. Fue al voltear hacia Yuta que mi semblante se deformó. —¡Yuta! ¿Qué haces? —Inspección. Estaba abriendo taquillas a diestra y siniestra, sin ninguna clase de orden o patrón concreto. Me apresuré encima suyo, pero al llegar a su lado no supe bien cómo detenerlo y empecé a mirar en todas direcciones, con pánico de que alguien nos pillara. ¡Dios, este chico! —Qué aburrido, a nadie le- Ah, galletas. —Recién entonces leyó el nombre en la etiqueta y una sonrisa revoloteó en sus labios—. ¿Oh...? Míralo a Yaboku. A ver... ¿El lobito? Nada. ¡Fujiwara! ¡Tenemos un ganador! ¿Qué es esto? ¿Una pluma? —¡Yuta, basta! —¡Más ganadores! Ikari... Ikari Rowan... ¿De qué barrio era? Mira qué lindos bombones, con dedicatoria y todo. Tora, Tora, Tora... Torahiko, aquí. Nada. Se quedó de brazos cruzados, repentinamente pensativo, y yo lo miré con la intensidad suficiente para perforarle la cara. De un momento al otro frunció el ceño y casi me llevó puesta al regresar sobre sus pasos. —Espera un momento. —Abrió su propio taquilla y sonrió, victorioso—. Ah, más le valía. Bueno, dejando el episodio de... inspección a un lado, si se quedaba en su casillero podía relajarme. Me acerqué y husmeé sobre su hombro, curiosa. Había no sólo unas galletas, sino también una bolsa de bombones, y alcé mis cejas todo lo que los músculos me lo permitieron. La primera era igual a la de Sugawara, ¿cierto? —¿Por qué te están haciendo regalos con esos modales, Yu? —Cierra la boca, ¿no ves que claramente soy un encanto? Me agitó una de las dedicatorias en la cara, haciéndome arrugar la nariz, y entonces la leí, volviendo a sorprenderme. Los dos nos sorprendimos, en verdad. —¿Meyer-san? —murmuré. —¿Se habrá muerto y vino a dejarlos su fantasma? Le dejé ir un coscorrón y sentí un chispazo de ilusión. Mientras Yuta se quejaba y se sobaba la zona, correteé hasta mi casillero y lo abrí sin dudarlo. Allí estaba, una bolsa de bombones igualita a la de Yuta. Sonreí de oreja a oreja, los tomé y me lancé a leer el papelito. ¿Intermitente con la escuela...? Se enlazaba a su ausencia, claro, pero ¿estaría bien? ¿Le habría ocurrido algo grave? La preocupación acabó pisada por la alegría, de todos modos, y me volteé hacia el chico, mostrándole el obsequio. —¡Mira, Yu! La tristeza de ser humano ya se estaba zampando los bombones mientras caminaba en mi dirección. Repasó mi semblante y sonrió más relajado, apoyando una mano en mi cabeza. Su caricia fue hosca, se me aflojó una risilla y acerqué la bolsa a mi pecho, cerrando los ojos un instante. Era... Era el primer regalo que me hacían aquí, en el Sakura, y en general desde que vivía en Japón. Me hacía feliz. —Yu, ¿podrías cerrar la boca al comer? Me arruinas el momento. —Te quejas mucho, ¿lo sabías? —Y me estropeas la coleta. Rodó los ojos, quitándome la mano de encima, y echó su peso contra la línea de taquillas. Se lanzó a la boca el último bombón. —Ahora hablando en serio, probablemente una amiga suya o algo así haya hecho la repartija por ella. —Sí, supongo... —divagué, volviendo a pensar en el contenido de la dedicatoria ahora que la alegría inicial se evaporaba, y lo miré—. A todo esto, ¿de quién eran las galletas? —Ah, eh... Una tía del proyecto. —¿"Una tía del proyecto"? —cuestioné, enarcando una ceja. —Sí, de nombre raro. —Me puso la tarjeta en la cara y apenas llegué a encontrarlo escrito antes de que la quitara—. Nos regaló a Yaboku y a mí, imagina el desperdicio de chips de chocolate. Suspiré, resignada, y lo dejé estar. Este chico no tenía remedio. Regresé la vista a mis bombones, los apreté un poco más entre mis manos y cerré mi taquilla. Volví a la de Laila y recuperé el obsequio que le había dejado. No, no tenía sentido. Prefería prepararle algo fresco para la semana que viene, cuando regresara a la escuela y pudiera disfrutarlo de verdad. Esto... no se suponía que obedeciera a mis nervios o al impulso de quitármelo de encima. Debía ser paciente y aguardar al momento indicado. Al fin y al cabo, hacía esto por ella, no por mí. —Vamos, Yu. Yuta siguió mis movimientos, no dijo nada y sonrió, empezando a caminar a mi lado. Contenido oculto la entrega bait Ya que la tengo, for the funsies dejo la lista de casilleros que abrió Yuta JAJAJA: Fiorella Bianchi Zeldryck Kasun Enzo Lombardi Adara Makris Haru Sugawara Kou Shinomiya Kakeru Fujiwara Rowan Ikari Torahiko Sakai Eun-Bi Hwang Katrina Akaisa Kenneth Thornton
Dejé salir un suspiro de nada mientras bajaba los últimos escalones, aprovechando que ya no quedaban muchos alumnos por la zona para también estirar un poco el cuerpo. Me había sentido muy tentada de pedirle a Milly las llaves de la sala multimedia y pegarme otro atracón legendario de bombones, pero me retracté al recordar el horrible bajón que tuve el día anterior por ello mismo. Eso no quitó que mirase con ojitos deseos a la sala cuando pasé por su lado, claro... ¿Cómo iba a poder aguantar la tentación cuando los tuviese disponible 24 horas al día en casa? No tenía ni idea, a decir verdad, y miedo me daba la poca fortaleza que solía tener con estas cosas. Sea como fuere, aquel sería un problema de la Riamu del futuro; la Riamu del presente había tenido otro tipo de debate personal. Le había traído dulces a todo el mundo excepto a Arata y ese... ese había sido un tema al que le había dado muchas vueltas en mi cabeza. Seguía sintiendo que era un poco extraño que me hubiera buscado para hablar justo cuando yo me había acordado de él, pero... bueno, al final del día me había preparado chocolates y yo no era ninguna desagradecida. De todos modos, la caja que le había comprado me servía de pequeña venganza por haberse olvidado de mí, ¡así que podíamos estar en paz! Era un poquito divertido imaginarse a Arata, con sus pintas de macarra, saliendo de la escuela con una caja rosa llena de dulces de color... claro, rosa. Dejé la caja dentro del casillero, pues, y me paré en la máquina expendedora del pasillo antes de volver a subir a clases. Al fin y al cabo, también había bajado para comprarme una botella de agua, ya que de alguna manera tenía que engañarme para no comer nada durante el receso... Contenido oculto Zireael holiii, Ri le deja esta cajita a Arata en su casillero uwu quería que le pusiese una nota de que compartiese los dulces con sus hermanos porque según yo ella sabía que tiene, pero tbh, no estoy segura y no lo encontré, so there's that (???
La vida seguía su curso y yo sentía que me desvanecía poco a poco. Simplemente no me sentía cómoda con nada; quería huir a algún lugar donde pudiera reflexionar sobre mi pasado, mi presente y mi futuro. Un sitio donde dejara de hacerle daño a los demás, donde pudiera controlar mis emociones sin lastimar a nadie. Donde todo fuera normal… donde nunca hubiera existido el accidente que me quitó a mi mamá, donde mi papá siguiera siendo el hombre que una vez fue, antes de que la tormenta llegara sin siquiera avisar. Suspiré mientras miraba el paisaje. Mi papá había decidido venir a dejarme, y yo estaba más que indispuesta. No quería llegar a la academia, quería quedarme en casa. —Papá. Me encontré con sus ojos a través del retrovisor, iguales a los míos: del mismo tono gris y sin emociones. Eso era lo único que compartíamos ahora. No mencionó nada, y eso me dio a entender que siguiera hablando. —¿Podemos regresar? —sus ojos se entrecerraron—. No me siento bien. Alzó una ceja. —¿Migraña? La tienes desde ayer —negué—. ¿Entonces? ¿Desde cuándo te gusta faltar? Encogí los hombros sin mucha importancia. Ni yo misma me entendía; solo sabía que no quería pisar nada que tuviera que ver con la escuela. —La gente cambia —desvié mi mirada en cuanto me di cuenta de que habíamos llegado—. Así como tú cambiaste. Noté que algo cambió en su mirada, pero así como llegó, retrocedió, volviéndose aún más fría que antes. —¿Qué me quieres decir realmente con eso, Adara? —se volteó para mirarme en cuanto escuchó mi risa, más que nada seca. ¿Qué quería decirle realmente? —¿Qué quiero? —lo miré por unos minutos—. Lo que quiero contigo es algo incierto, papá. —Adara. Pasé por alto la advertencia que escuché en su voz. —Lo que realmente quiero es tener de vuelta a mi papá, no al hombre que hace como si fuera el único que sufrió al perder a su esposa, sin darse cuenta de que está lastimando con su indiferencia a su hija —sonreí—, la cual también perdió a su mamá. —Abrí la puerta para salir de una vez—. Eso es lo que realmente quiero, papá, pero como dije, las cosas contigo son inciertas. Con eso, apenas me despedí. Cerré la puerta con un golpe seco. Si antes no tenía humor para nada, ahora menos. Saqué de la mochila unos audífonos y reproduje lo primero que vi en mi móvil. Mi vida se basaba en eso: fingir que no me dolían las discusiones con mi papá. Y era extraño… yo antes lo miraba como mi héroe. Mi papá siempre había sido mi héroe, pero... Ahora se había vuelto nada. Reí con cierta ironía, y noté cómo mi mirada se cristalizaba y las primeras lágrimas empezaban a caer. Ser fuerte era lo que más me costaba, y qué ironía: era lo que más aparentaba ser. Me detuve justo cuando faltaba poco para llegar a mi casillero. Conté mentalmente para tranquilizarme, sin llegar a ponerme realmente los audífonos. Sentí que el corazón me palpitaba muy rápido, y lo que más difícil se me hacía ahora era respirar. Sentía que el aire me faltaba y sabía, con certeza, que estaba empezando. Cálmate, Adara. Nunca había sufrido ataques de pánico, pero estos últimos días se habían vuelto más constantes. Calma. Migraña. Pérdida. Calma, Adara. Y ahora… ataques de pánico. ¿Qué más me iba a pasar? Me incliné hacia abajo por unos momentos, tocando mis rodillas. Luego llevé una mano a mi corazón, sobando ese lugar con cierta desesperación. Necesitaba… Necesitaba que el aire volviera a mis pulmones. Lo necesitaba ahora. Estaba tan sumida en tratar de regular mi respiración que apenas noté que alguien se me acercaba. Solo sentí unas manos tocar mi espalda y a la persona tomar mi misma posición. —Respira conmigo, bonita —mi respiración se aceleró aún más. Era justo la persona que menos quería ver ahora, y la que menos quería que me viera así—. Vamos, trata de respirar, no puedes hacerme esto. Reí. ¿Qué no podía hacerle? ¿Dejar de respirar? Escuché su voz en mi oído; era demasiado suave y, a la vez, una calma en medio de la tormenta. Era lo que más quería, pero no necesitaba que viniera de Enzo. No ahora. —Necesito que respires conmigo, vita mía —solo por esta vez seguí lo que me decía y traté de igualar mi respiración con la suya—. Eso es, sigue así, cara. Inhala. Exhala. Hice el proceso algunas veces, hasta que sentí que todo volvía a la normalidad. Solo levanté mis ojos y me encontré con los de la persona que había evitado todos los días después de toparme con él antes de hablar con Jez. Lo miré fijo; no supe cuánto tiempo pasó hasta que me ayudó a levantarme. —Gracias. No respondió, solo me miró, analizando mi semblante. Yo, en cambio, desvié mi vista hacia sus brazos, cubiertos de tatuajes, y a su cabello; la última vez no lo había observado bien, pero estaba más oscuro. Se veía diferente. No quedaba nada del chico que dejé en Italia… o mejor dicho, del joven que se alejó de mí por órdenes de su papá. —¿Te encuentras bien? —sus ojos seguían recorriendo mi rostro—. No sabía que sufrías ataques de pánico. ¿Desde cuándo los tienes? —su mirada cambió—. ¿Qué los ocasionó? ¿Mi llegada aquí? Parpadeé, tratando de procesar todo lo que ocurría a mi alrededor. —Recién empiezan —seguí caminando lo poco que faltaba hasta mi casillero y cambié lo que necesitaba—. Y no, no fue tu llegada la que los ocasionó —me giré a verlo después de cerrar el locker—. Llevo muchas cosas encima, supongo que tengo que aprender a controlar más mis emociones. Sus ojos no se habían apartado; suponía que había seguido todos mis movimientos. Cerró la distancia entre nosotros y, al llegar frente a mí, hizo algo que no esperaba: tocó mi rostro, llevó mi cabello detrás de mis hombros y me dio un pequeño beso en la frente. Ladeé la cabeza porque no me lo había anticipado, pero, aunque no quería tenerlo cerca, eso no evitó que cerrara los ojos. —Lo que realmente necesitas es relajarte —llevó sus manos detrás de mi espalda y me acercó a su cuerpo, sin ningún tipo de permiso—. Y dejar de alejarme. ¿Acaso no me extrañaste? Sabía muy bien lo que estaba haciendo: quería que olvidara lo que había pasado hace unos momentos. Me estaba distrayendo. —Y tú necesitas dejar de tocarme sin mi permiso. ¿Acaso olvidaste lo que es el espacio personal? Escuché su risa; sonó ronca y sin muchas emociones. —¿No te enseñaron que responder con otra pregunta es de mala educación? Quise alejarme, pero no me dejó. Más bien, me acercó aún más. —Necesito mi espacio, Enzo. —No, lo que tú necesitas es que te abracen. Así que deja tu orgullo a un lado —bajó su mirada para observarme—. Abrázame, cara. —Deja de llamarme cara —dejé que sus brazos me rodearan, solo porque sí—. No soy tu querida. No dijo nada, y yo tampoco quise hacerlo. Solo me relajé por un rato, olvidando que tal vez la familia del chico que ahora me abrazaba era la culpable del accidente donde murieron mi mamá y mis abuelos. Solo por ahora me permití dejar de pensar en eso y dejé que sus brazos se convirtieran en mi refugio. No podía negar que sí, lo había extrañado, y mucho. Pero… tampoco podía negar que necesitaba preguntarle sobre el accidente y por qué su familia estaba involucrada. ¿Qué clase de personas eran? ¿Por qué necesitaban hacerle daño a los demás solo para alejarlos? —Estás muy callada. —El silencio es lo mejor, y más en nuestro caso. Frunció el ceño. Quiso entender lo que quise decir, pero no habló. Yo sí. —¿Enzo? —¿Sí, bonita? ¿Puedo saber por qué tu familia aparece como la mayor involucrada en el accidente donde falleció mi mamá junto con mis abuelos… y, más que nada, los padres de Fiorella también? —¿Qué pasó, cara? Negué varias veces. —No, nada —esta vez sí me alejé por completo, antes de que ofreciera resistencia. Miré a mi alrededor buscando a Fiorella, y al mismo tiempo me pregunté si Jez ya había llegado… solo por pura curiosidad. —¿Quieres subir? Negué. —No, tengo que hacer unas cosas antes —toqué mi casillero, dándole a entender que iba a buscar otras cosas y que tal vez me demoraría—. Nos vemos después, necesito hablar contigo sobre algo. —¿Sobre qué? —Te lo digo después. Entrecerró los ojos, pero no indagó más. Me giré para no verlo, porque su mirada siempre me intimidaba. Contuve la respiración cuando se acercó y depositó un corto beso en uno de mis hombros. —Nos vemos en el salón, cara. Asentí y respiré con normalidad en cuanto se fue. Cerré los ojos y apoyé mi frente en el locker. Hablar con Enzo iba a ser más difícil de lo que pensé. Pero ahora había otra cosa que necesitaba, y era que las cosas con Jez volvieran a la normalidad. Quería poder hablar con ella como antes, y que mi presencia no la incomodara. La extraño... Contenido oculto AHHHHH ya la estañaba. Relleno que no sabía que necesitaba hasta que estuve dos horas casi escribiendo. Por aquí la dejo ✨
Me empiné la lata de café frío mientras cruzaba el patio frontal, acabándola en un par de tragos largos. Llevaba un ritmo apresurado de por sí, pero mis piernas no lo sentían. Fui escaneando el espacio, atento a un par de caras específicas, y al no dar con ninguna de primera mano me desinflé los pulmones. El interior de los casilleros estaba fresco y agradable. Lancé el envase vacío a la pasada dentro de un cesto y me desvié a la línea de casilleros de segundo. Thornton, Thornton, Thornton... Aquí estaba. Comprobé que sus zapatos de interior siguieran allí y cerré la taquilla, girando sobre mis talones y apoyando la espalda a un costado. Sólo quedaba esperar, ¿no? Llevaba esperando una buena cantidad de horas. El problema era que nada me garantizaba una respuesta. Crucé los brazos y aparenté calma, de hecho estaba mortalmente quieto, pero el nudo en el pecho se resistía y me costaba toda mi concentración barrer lejos los pensamientos catastróficos, las imágenes inventadas. Mis mensajes ni siquiera habían llegado a su destino la noche anterior. Por mucho que buceé en Internet, no encontré más que la información superficial. Pero lo sabía. Era Blee. Contenido oculto Amane Pues nada, aquí estábamos. La conversación al respecto con Ri había sido breve pero efectiva... o algo así. Había preferido ahorrarme las réplicas a lo de "ganar puntos" porque dudaba ir a sacarle la idea de la cabeza. Además, ¿no que cuando intentábamos negar algo nos volvía más culpables del crimen? La indiferencia era el mejor camino, ¿no? Al final me colgué de su argumento musical y me aferré a él con uñas y dientes para dejar de sobrepensar el asunto. Tenía razón, ¿para qué quería yo un instrumento que no sabía tocar? ¿Para tenerlo de decoración? Me aseguré de no ver a Ilana a la redonda y, mientras caminaba, fui sacando el paquete de mi bolso. Ya tenía su casillero ubicado, por lo que el trámite se condensó en un par de movimientos ninja. Abrir, apoyar, cerrar. Prácticamente no me detuve para dejarle el obsequio dentro y me enorgullecí (o algo así) de mi propio sigilo. Aunque, llegando a mi casillero, me picó la paranoia de verla llegar y me apresuré en cambiarme los zapatos y huir escaleras arriba. Lo importante sólo era hacer la entrega, ¿no? Y dejar de pensar en eso. Contenido oculto Zireael no te das una idea de mi cara cuando vi ayer que ponías que la madre le había regalado una kalimba a Ilana JAJAJA. Kakeru y yo quedamos ambos como los payasos más grandes del universo, pero era algo que ya tenía ultra pensado y decidido so i just went with it. We went with it Dentro del paquete hay una kalimba y tiene una notita escrita a mano que pone: "Llegué un poco tarde, espero que te guste aún así". La kalimba es esta:
Para cuando llegué a casa papá no estaba, pero mamá sí y pude agradecerle por el regalo. Su respuesta fue un para nada convincente "no parabas de hablar del asunto" acompañado de una sonrisa y entre todo más que el objeto en sí, agradecía que a pesar de lo ocupada que estaba con sus estudios, todavía tuviera tiempo para escuchar mis tonterías y acordarse de ellas. El tema era que ayer, aunque me hubiese gustado pasarme la noche practicando otras canciones, tenía una misión entre manos. Le había dicho a Paimon que le regalaría algo, así que tuve que pasar por la pena de usar algo de dinero y comprar más cosas para hacer una última tanda de chocolates. Los que me dio él tenían forma de corazón y todo el tema, pero yo no quería apuntar tan arriba porque encima había sido lo bastante tonta para pensar que no le importaba un evento así, de forma que mantuve todo relativamente simple. Además, tampoco podía competir con el señorito que sabía cocinar like a nivel profesional. Por la mañana tomé el paquete, mis cosas y me fui. Para la hora que era el sol brillaba con fuerza y no me quedó más que rezar haber hecho bien lo que me enseñó Sasha y que el regalo no se me derritiera en el maletín. Igual me daba un poco de corte dárselos en persona, yo qué sé, vergüenza o lo que fuera, así que cuando entré al edificio no fui de inmediato a mi casillero, fui al de Pai, lo abrí y deposité allí la cajita. Eran seis bombones circulares, sencillos, de chocolate oscuro y rellenos de crema de maní. Con la misión lograda cerré la taquilla y ahora sí fui para cambiarme los zapatos, dejando el maletín a mis pies. Al abrir casillero reparé en el paquete que había y estiré la mano para tomar la nota y leerla, no fue hasta después de dejarla a un lado para abrir el paquete que entendí el contexto, aunque tuve que forzar algunas neuronas y asumir que en algún momento de ayer me había visto cuando estaba con Meyer y los Hattori. Me dio algo de pena pensar que quizás tuvo que pasar por el dilema mental de darme algo que ya tenía, pero me alegraba que por el motivo que fuese lo hubiese hecho al final. Me quedé ida al sacar la kalimba y repasé las teclas con un roce de la punta de los dedos antes de deslizar el tacto por las pequeñas flores pintadas. ¿Qué? ¿Había visto una por ahí, se acordó y la compró? ¿Qué pasaba con este gift giving tan estúpidamente natural? El gesto era increíblemente dulce y... muy vergonzoso, por alguna razón. Además, ¿qué le pasaba? ¡Qué me lo diera de frente, íbamos a la misma clase! O bueno, igual mejor no. Lo pensé con un delay inmenso, cuando sentí el rostro caliente y, nerviosa, alcé la vista para confirmar que no siguiera por ahí o algo. No era el caso, así que regresé la atención al instrumento y sonreí en medio de mi bochorno. Mira, estaba en los casilleros a los ocho de la mañana, pero me dio exactamente lo mismo y pulsé algunas teclas. Su tamaño era distinto y también el grosor y forma de las teclas, así que reconocí la diferencia en el tono. Eso a un lado, incluso si hubiese sido idéntica me habría gustado porque más que un objeto era una muestra de la atención que me había prestado. Puntos para él, porque yo hablaba hasta por las orejas, imagina filtrar algo de todo lo que decía. Me reí por lo bajo, contenta, y después de algunos segundos de solo mirarla la guardé con cuidado en el paquete para meterla en el maletín. Me cambié los zapatos medio a la carrera, zambullí los de calle de cualquier manera en el casillero, y todavía allí plantada saqué el móvil y busqué el chat de Kakeru. Al encontrarlo, presioné el botón de audio y me puse a grabar aunque sí, siguiendo la misma lógica iba a verlo arriba. —¡Kakeru Fujiwara! —solté como si fuese un regaño, no me salió muy convincente, la verdad—. ¿Te han dicho que deberías entregar los regalos personalmente? Sobre todo cuando son tan bonitos. Está preciosa, me gustaron mucho las flores que tiene. Tomé una pausa, respiré y después hablé casi en voz baja. —Muchas gracias, ni siquiera sé bien qué decirte, no me esperaba que me trajeras esto. —La vergüenza me regresó al cuerpo, así que la bateé desviando mis propias palabras a cualquier lado sin pensarlo demasiado—. ¿Aunque las gracias también debería darlas personalmente? No sé yo, te desapareciste de aquí. Whatever, see you upstairs! Espera, ¿qué le estaba reclamando a Kakeru si yo también le había dejado un regalo en el casillero a Pai aunque le veía la cara todos los santos días? En fin, ¡ni modo! Los caminos de las decisiones femeninas no siempre eran claros, qué va. Contenido oculto bueno reacción de ila en 4k full HD 60 fps hermana, cuando vi los posts me sumé al circo tuyo y de tu hijo porque there's no fucking wayyyy, encima a mí se me ocurrió de pronto ese día, no lo pensé como con anticipación ni nada *clownery* BUT im so glad you went with it anyway cuz she's sooo happy (me, im happy as well). Me acabo de acordar también de los cupcakes que él dejó sin remitente y que la pobre tuvo que unir puntos mentales tho JAJAJ y está como: se perdieron los buenos valores de dar regalos face to face or what? dejando de lado un momento mi muerte por softness (?) Insane Ilana le dejó unos chocolates a Paimon en esta caja, cómo son está descrito en el post :D bye
—Qué ganas tengo de que acaben las clases hoy... —escuché decir a Kenneth a mi lado, no sin antes haber dejado salir un bostezo que, a mi parecer, fue algo exagerado—. Tú también, ¿no? Giré la cabeza para mirarlo, pestañeando un par de veces con lentitud, y me encogí de hombros tras mantenerle la mirada unos pocos segundos, indiferente. La realidad era que no entendía toda aquella expectativa general por las vacaciones de verano. Ciertamente, sabía que la mayoría de personas de mi edad no disfrutaba en exceso de las clases, y si bien era cierto que las temperaturas estivales no eran ideales para estudiar, nuestra academia contaba con una cantidad respetable de aires acondicionados. >>¿En serio? Solía hacerte ilusión cuando eras pequeña. —Eso era porque en verano podía pasar todo el día en la biblioteca de la ciudad. Y también porque nuestros padres nos llevaban a museos y exposiciones. —¡Es verdad! Nos lo pasábamos bien, ¿cierto? —Asentí—. Pues entonces te va a gustar lo que tengo que contarte... ¿uhm? ¿Y eso? Seguí la mirada mi hermano hacia el interior de la entrada, descubriendo con rapidez el motivo el tono de curiosidad de su apunte; quise concordar con su sentimiento, pero mentiría si dijese que la presencia de Joey en nuestra línea de casilleros me sorprendía. No tenía motivo alguno para creer que el chico quisiera hablar conmigo, por lo que me dirigí a mi propia taquilla sin prestarle demasiada atención. Kenneth, por otro lado, no parecía tener la misma convicción que yo. >>¡Hey, Joey! —Vi de reojo como levantaba la mano para saludarle, en lo que yo abría mi puertecilla—. ¿Andas esperando a alguien?
Eventualmente llegaron tanto Kashya como Kenneth. Mis ojos se mantuvieron en la chica hasta que él me saludó, a lo que le concedí una sonrisa de labios cerrados mientras despegaba la espalda de los casilleros para enfrentarlo. —Kenny —respondí, soltando el aire, y asentí—. Sí, de hecho... Esperaba a tu hermana. Supuse que eso bastaría para que Kashya volteara a verme, o al menos esperaba que lo hiciera. De una u otra forma, inhalé y, antes de seguir hablando, le eché un último vistazo a mi móvil. Era vano, lo sabía, y efectivamente no encontré ninguna notificación milagrosa. —Kashya, ¿has hablado con Blee entre ayer y hoy? —indagué, precavido.
Correspondí a la sonrisa de Joey tras haber bajado la mano, aunque a los pocos segundos mi expresión mutó a una de sorpresa, pues resultó que el chico había estado esperando a Kashya. Bajé la vista hasta su rostro, que por supuesto no pareció mostrar ningún indicio de extrañeza por la situación, y observé como cerraba de nuevo su casillero para girarse en dirección al moreno, sin haber llegado a sacar los zapatos del interior. —No. La última vez que hablé con ella fue el lunes. Esperé unos pocos segundos tras escuchar su respuesta, con la vaga esperanza de que quisiera indagar al respecto de la pregunta recibida, y al percatarme de que nada de eso iba a ocurrir, dejé salir un suspiro imperceptible en lo que volvía mi atención hacia el muchacho. —¿Por qué lo preguntas, Joey? —añadí, junto a una leve sonrisa cauta—. ¿Ha pasado algo...?
¿Desde el lunes...? Hombre, ¿pero no iban a la misma clase? Suspiré, rascándome las raíces del cabello, y murmuré un simple "I see". No tenía sentido cuestionar a esta niña cuando sabía que Bleke también era bastante rarita. ¿Eso significaba que no habría asistido al club en toda la semana? Lo apilé con sus recurrencias a la enfermería y seguí dándole vueltas a los escasos recuerdos que conservaba de ella en el último tiempo. Había algo que me escamaba, no sabía qué, y sentía que lo de ayer sólo fue la gota que rebalsó el vaso. Miré a Kenneth y saqué el móvil de mi bolsillo, empezando a buscar. —Pues... sí. —Me metí al chat con Matty y abrí la noticia que me había pasado, girando el aparato para que lo tomara el muchacho—. Esto salió publicado ayer a la noche. El titular decía algo como "Violento siniestro en Ōme", era de un portal que reunía las novedades de la prefectura de Tokio. Hablaba de un choque que se había provocado entre dos coches que venían de frente, en el tramo de la autopista 468 que cruzaba la ciudad. No había muertos y los heridos habían sido trasladados inmediatamente al hospital más cercano. La foto del artículo había sido sacada con la escasa luz del atardecer y mostraba los dos montones de fierros estrolados, cada uno en una dirección anárquica. —Hacia el final lo pone —agregué un tiempo después—, que según testigos uno de los coches iba con exceso de velocidad, y que según se rumorea irían miembros de la familia Middel en su interior. El artículo luego hacía un resumen sobre el clan Middel, y su influencia y negocios dentro del país. Era bastante puntilloso, como si la relevancia del accidente en sí hubiese quedado en segundo plano. —De primera mano le escribí a Blee para preguntarle si todo iba bien, pero los mensajes no le llegaban y entonces me di cuenta... Estamos al lado de Ōme y la hora del accidente también cuadra. —Solté el aire con fuerza; hablar de esto en voz alta intensificaba los nervios—. Y tengo un presentimiento de mierda.
Presté especial atención a las reacciones de Joey tras haber contestado a su pregunta, sin poder negar que su presencia había acabado por despertar mi curiosidad; sobre todo si consideraba que había estado esperando para preguntarme sobre Bleke. Me coloqué a un lado de Kenneth cuando este recibió el móvil de Joey, terminé de leer la noticia poco antes de que el moreno volviera a hablar y esperé a que mi hermano hiciera lo mismo para poder enfocarnos en la conversación. —Parece bastante probable que ella haya estado en el coche, sí... —murmuró, estirando el brazo para devolverle el teléfono, y pude ver como una cuota de aflicción le alcanzaba el rostro al haber bajado la vista hacia mí—. ¿No me dijiste que habíais estado hablando de la carta aquella...? —Sí, pero... ¿Tendría algo que ver? Podía ser una simple coincidencia, incluso si había algo dentro de mí que quería creer en el presentimiento de Joey. A decir verdad, me parecía improbable que el chófer de su familia tuviese un accidente de ese estilo después de tanto tiempo trabajando para ellos, ¿y acaso no había admitido temer que a Ophelia le hubiera pasado algo malo? Sin embargo, no podía imaginarme un motivo por el que alguien quisiera hacerle daño a ella o a su prima. >>Tú estabas arriba el otro día, cuando se le cayó la carta —apunté, centrándome de nuevo en Wickham—. Estuvimos hablando de eso y... puede que no tenga nada que ver, ¿pero tú sabes algo de su prima, Ophelia? Blee cree que le puede haber pasado algo malo. De nuevo, quizás no tenga que ver, pero sería demasiada coincidencia que haya tenido un accidente después de haberme dicho algo así.
Sus reacciones fueron las esperadas (o al menos la de Kenneth, digamos) hasta que mencionaron una carta. Arrugué el ceño, confundido, y alterné la mirada entre ambos. ¿El... otro día? Ah, esa vez que ella había estado leyendo algo en la ventana, ¿no? Que pretendí gastarle una broma espantándola por detrás y a ella el respingo le aflojó las manos. Ahora que lo mencionaba lo recordaba, sí, pero ¿cómo podía relacionarse con esto? Demoré mis reclamos, pues mi confusión no hizo más que aumentar. A ver, siguiendo su hilo de pensamientos, ¿esta dichosa carta se relacionaba a la tal Ophelia? Ophelia... ¿Blee me la había mencionado alguna vez? No estaba seguro, vaya. Que le hubiera ocurrido algo malo... y que el accidente... ¿no podía ser coincidencia? —Hold up, hold up —la paré, repentinamente estresado—. ¿De qué me estás hablando? Mi temor era que Blee simplemente hubiera sido la del choque, ¿por qué ahora todo suena a complot mafioso? Exhalé de golpe, extenuado. —No me ha hablado de ella, no, al menos no que recuerde. Si lo hizo, no habrá sido nada importante. Pero no venía a hablarte de eso. —Sacudí la cabeza—. Quería preguntarte si conoces a alguien de su familia como para contactarlo. Por fuera de ella no sé a quién escribirle y tampoco encontré información del hospital ni nada.
Paré de hablar tan pronto como el muchacho me lo pidió, dejando caer la cabeza a un lado tras entender por qué había reclamado aquella pausa. Yo no hubiera dicho exactamente un complot mafioso, aunque podía entender que una mente más creativa asumiese algo por el estilo con la información que había proporcionado. Por otro lado, me causaba genuina curiosidad que ese hubiera sido su único objetivo al mostrarnos la noticia. —Seguramente sea ella. Tú mismo lo has dicho, ¿no? El lugar y la hora coinciden. Miré a Kenneth tras hacer aquel apunte, queriendo comprobar que él hubiera asumido lo mismo que yo, pero lo único que pude percibir fue una sonrisa desenfadada que acompañó su movimiento al llevarse la mano a la nuca. Quizás mamá tenía razón cuando me decía que las mujeres éramos mucho más perceptivas que los hombres... >>De todos modos —retomé, volviendo a centrarme en Joey—. Está su hermano mayor, Jenkin, pero no tengo su número de teléfono. Aunque puedo decirte donde vive, si quieres. —Uhm... ¿quizás podamos encontrar el hospital nosotros mismos? —escuché decir entonces a mi hermano, quien sacó su móvil para (presumiblemente) buscar los alrededores de la posible zona del accidente—. No puede haber tantos hospitales cerca de la carretera, ¿no? Me retracté de contestar, pues parecía que el chico lo había dicho más para sí mismo que en busca de una respuesta.
La respuesta de Kashya me forzó a detener mi tren de pensamiento (y de pánico) y simplemente la miré, sin exhibir la incredulidad que sentía. Pero... A ver, si ella lo había asumido desde un primer momento, ¿cómo rayos estaba tan tranquila? Que el artículo dijera que no había muertos era una buena noticia, claro, sin embargo restaban un millón de escenarios posibles en la galera. ¿Y si estaba en terapia intensiva? ¿O toda quebrada? ¿O si se había lesionado la columna? Miré a Kenneth, buscando alguna clase de apoyo logístico, pero tampoco parecía muy preocupado. ¿Era yo el loco? No podía serlo, ¿o sí? La sugerencia del muchacho fue razonable y me anoté mentalmente hacerlo al subir a mi clase; por lo demás prefería irme de aquí. Solté un suspiro que se asemejó a un bufido y sacudí la mano, restándole importancia al asunto. —Da igual, ya me encargo yo luego. Nos vemos. Me di la vuelta y abandoné los casilleros sin esperar respuesta.
Mantuve la vista en el pasillo durante unos segundos extra tras la partida de Joey, sintiendo que la conversación había acabado mal de alguna manera que no llegaba a entender. Miré a Kenneth tras aquel momento de silencio, con una ligera chispa de duda en los ojos, y pude ver como dejaba salir un suspiro pesado tras haber vuelto a guardar su móvil en el maletín. —¿No estás preocupada por Blee? —me preguntó al rato, apoyando su hombro en la columna de casilleros contigua a la mía. —Uhm... —murmuré, volviendo a centrar la vista en mi propio casillero—. Un poco, quizás. Pero si ella ha estado en el accidente, ponía que la han llevado al hospital y ahí deben estar cuidándola para que se ponga bien. Nuestra preocupación no va a conseguir que se cure más rápido, si es que está herida. —Ya, pero... —¿Quieres decirme que Joey se ha enfadado porque no le he dicho que estaba preocupada? —le interrumpí, pestañeando un par de veces con lentitud. —Esa sería mi apuesta, aunque no lo sé con seguridad. —Tú tampoco has dicho nada —apunté, mirándolo con el ceño apenas fruncido en confusión. —Yeah, well... Kenneth no pareció ser capaz de darme una explicación decente, por lo que acabé llevando mis ojos hacia el pasillo una vez más, con la duda todavía impresa en mi semblante. La reacción de Joey... ¿acaso había algo mal con nosotros? >>Deberíamos ir subiendo. —Mhm.