Acaba de pasar el 14 de Febrero y ¿qué mejor forma de celebrarlo que con más Nidoran? Bueno, "más" es un decir. Traigo de vuelta a la misma parejita de mi historia anterior de San Valentín, ¿los recuerdan? ¿Sí? Pues ahora hicieron familia. Esta historia ya lleva corriendo por un tiempo en inglés, ¡pero ahora la traigo para la comunidad en Español! Ojalá la disfruten. En general, las actualizaciones serán en los días alrededor de San Valentín, aunque actualizaciones con fechas especiales serán anunciadas con antelación. Que lo disfruten. [DIVIDE=1][/DIVIDE] En algún lugar del mundo… Proveedor (1) Era una noche oscura y tormentosa en las tierras costeras del este de Suocé; mas no en los precipicios y blosques altos al oeste, en la Mesa, donde viven los Nidoran. La colonia de Pokémon conejos, esparcida entre colinas y montañas lejos del alcance de los humanos, se encuentra aún durmiendo. Prestos. Como raza crepuscular, atendían a los primeros rayos del sol como la llamada de Frith, Dios Pájaro del Sol, quien los conminaba a salir al mundo exterior para explorar y en esta pequeña franja del día hacer suyos los bosques, los arroyos y las cuevas, territorios donde se alimentarían, combatirían y aparearían. …Bueno, ése sería el plan usual, pero en una madriguera en el lado oriental de las montañas, en las orillas de la colonia y alejada de la actividad social más frenética, Inka, la Nidorina madre de familia, había decidido que lo mejor sería seguir durmiendo junto a su prole. Tan sólo cinco minutos más, enrollada en la cueva junto a sus seis bolas de pelo roncadoras que hacían su camada más reciente. A unos pasos dormía el émar de Inka, Baluarkos, un joven macho rural, estirado ante la entrada de la madriguera para servir de obstáculo. Qué mejor hubiera sido para la pareja que pasar la mañana durmiendo. Sin embargo, como padres de una camada de seis, más al menos dos camadas previas, estaba dado que eso no podía durar. —Ni~ —gimió una de las crías. —¿Ri? —chilló otra. —¡Ro! —¿...Niiiii? — chilló la primera cría, esta vez insistiendo con más fuerza. Dentro de poco ya había una cacofonía de llamados y chillidos mientras las bolas de pelo se despertaban, se estiraban y empezaban a lamerse unas a otras, a empujarse, a olisquear y rasguñar todo y a picotear a su madre en busca de atención. ¡Las bolas de pelo quieren entretenimiento y aventura! —Día de hraka... ¿por qué tan temprano? —fue el siseo y lamento de Inka ante todos los manotazos y picotazos que la despertaban. A las crías no pareció molestarles, y siguieron insistiendo en buscar su atención. En la apertura de la cueva, Baluarkos se despertó y alzó una oreja. El Nidorino palmeó el suelo un par de veces, a ver si podía llamar a las crías al orden. Después de eso dio vuelta la cabeza para ver lo que pasaba y frunció el ceño ante tanta actividad. —Lenguaje, amor. Buen día, por cierto. —¿Lo es, Ba’? —respondió la coneja, tratando suavemente de sacarse cuatro crías de encima. —Siento que acababa de echarme a dormir... El Nidorino ladeó la cabeza hacia la salida de la cueva. Asomándose un poco, podía ver la coloración del cielo aclarándose un poco ya. En su oreja pudo percibir el reclamo de la hembra buscando recuperar el sueño. Una vez más, Baluarkos se dio vuelta hacia el interior de la cueva y le dio tumbos al suelo con una pata para llamar la atención de las crías. —¡Do! —¿Ro? —¿Ni? Algunas de las crías se bajaron raudamente de su madre y fueron donde su padre, dando saltitos y tumbos animados como las crías de la Colonia suelen hacer. El padre les lamió y los acorraló cuidadosamente con su pata para que no fuesen de vuelta con su madre. Con cuidado, el Nidorino se pudo de pie dentro del espacio de la madriguera. —Ellos sólo quieren jugar —comentó en medio de un bostezo. —¡Ro! ¡Ro! De inmediato una de las crías clamó y alzó una pata, tratando de alcanzar el hocico de su padre, como confirmando ese comentario. Inka se aplanó como pudo contra el suelo de la cueva. —Dicen "ro", masculino, así que tú dales atención —se quejó ella, tratando de ignorar los llamados de las crías. Baluarkos dio un pisotón más fuerte en el suelo, pero las crías tenían mucha energía como para tranquilizarse. El Nidorino agarró cuidadosamente a una de las chicas al paso, alzándola del pelaje del cuello levemente para sentarla frente a él. —¿A dormir, bebita? La Nidoran pequeña miró a su padre, parpadeó un par de veces, y continuó sus chillidos. Pronto algunas de las otras crías vinieron a saltar círculos alrededor de ella, uniéndose al reclamo. —Supongo que no. ¿Desayuno, entonces? Las crías miraron fijo al Nidorino por un rato y luego intensificaron su llanto. Lo que fuese que querían, al menos no era alimento. Al otro lado de la cueva, Inka dio un suspiro. —Ya tuvieron su comida. Baluarkos miró fijamente a su émar mientras dos o tres crías se entretenían subiendo y bajando de su lomo cuando suspiraba, aprovechando el vaivén del pecho de su madre. Eso le dio a Baluarkos una idea. —Pues entonces lo que quieren es aventura. Apa, niños, nos vamos afuera. —Por mí está bien —reclamó Inka. El Nidorino hizo un esfuerzo por recolectar a sus crías y acercarlas a la salida de la cueva; pero la mayoría de ellas insistía en arrastrarse de vuelta más cerca de su madre. —Vamos… —insistió el joven macho, pensando en alguna salida. —¡Como si quisieran pelear! ¡Y eso les llamó la atención! En particular los niños, que alzaron las orejas y se apomponaron, tratando de hacerse los grandes en lo que se sentaban al lado de su padre. Como para enfatizarles el punto, Baluarkos arrastró la punta de su cuerno por el suelo, y los críos no le quitaron el ojo. —Entonces, uno que otro movimiento. Ya sería hora que aprendan a dar Picotazos. Con eso ya agarraba también la atención de las crías que estaban aún subidas a su madre; cuidadosamente se bajaron y se acercaron a Baluarkos a saltitos. Inka dio un suspiro más relajado. —Yo puedo enseñarles eso —musitó. Baluarkos dio un gruñido suave de burla. —Pensé que querías dormir. Inka dejó escapar un par de improperios entre suspiros, y se enrolló lo más que pudo. Su intento de volver a su descanso inmediatamente llamó la atención de los críos, y algunos de ellos trataron de acercarse a ella. Su única respuesta fue darse vuelta al lado opuesto, esta vez mirando a su pareja, pero aún enrollada y haciendo lo posible por ignorar a sus críos. —Rasguño entonces —ofreció Baluarkos como alternativa —, o lo que sea que sirva practicar antes que debamos enviarlos a la Colonia. ¿Sabes? No es justo que sólo los Nidorino instructores puedan lucirse. —Para enfatizar su mensaje, Baluarkos dio un vaiven con su cuerno. —¿Sigues en plan de tratar de enseñarles a pelear? —preguntó Inka dando una mirada fría a su macho, una que se contradecía con esa suave sonrisa. —Pero claro. Es divertido —, fue la respuesta. Baluarkos no pudo ahondar en el tema mucho más. Las bolas de pelo ya se habían encantado con la idea y se comportaban de manera alocada, así que el Nidorino se tomó un momento para agarrarlos de a uno y sentarlos frente a él. Cuando tuvo ya a unos cuantos sentados, se volvió a su pareja. —Sabes que la tropa sólo enseña lo usual; me gustaría que nuestros críos tuviesen una experiencia única. Inka simplemente gruñó y entrecerró los ojos. Los críos ya empezaban a dar vueltas alrededor de Baluarkos, aunque uno o dos habían volteado la oreja hacia su madre. —Quién sabe, incluso mi encanto especial. Los críos ya se habían dado cuenta que no obtendrían mucha atención de su madre, cerrando los ojos y dando bostezos, así que se habían dado ya la vuelta a su padre y lo observaban con ahínco, chillando de vez en cuando para exigir la diversión del día. Baluarkos les respondió con un guiño y apuntando hacia la entrada de la madriguera, en lo que esperaba la confirmación de Inka. —No entiendo que insistas tanto, pero… —fue lo que ella dijo, estirándose y aplanándose contra el suelo de la madriguera cual gato. —No es como que seas malo para esto, pero si fuese por enseñar a los roolil a pelear —anunció ella de forma resoluta —, eso debería hacerlo yo. Inka se relajó sobre la tierra, agradecida de que los pequeños Nidoran guardaban silencio y que ahora la dejarían dormir. Tardó un momento en darse cuenta que estaba todo callado… muy callado. Inka abrió los ojos y se dio la vuelta hacia la entrada de la madriguera, y de inmediato vio tres… cuatro… cinco… seis, roolilsentados atentamente frente a ella, mirándola con grandes ojos tiernos y brillantes como perlas, orejas alzadas y atentas apuntándole en forma educada, y una respiración persistente pero suave y callada. Las seis crías, mostrando esa mejor faceta de ellos que a tan temprana edad, sabían que sus padres no se podían resistir. Inka los miró fijo, luego miró a Baluarkos, quien sólo se limitó a deslizar una sonrisa, y luego de vuelta a los críos. Uno de ellos – el macho más grande – dio un saltito adelante y apoyó su patita contra el pecho de Inka, poniendo una expresión de súplica. Inka se dio cuenta de inmediato, que había caído en su trampa. Su pecho se aflojó y sus orejas se cayeron en lo que mentalmente aceptaba el fin de una tranquila madrugada. —…¿Ahora mismo? Más temprano que tarde, la pareja de Nidos se vio en el mundo de fuera de la madriguera con sus retoños. Baluarkos había salido primero para vigilar, dirigiéndose al pasto más corto y desde ahí echando vistazo a la oscuridad colina arriba, que de a poco empezaba a amainar. Bajo el negro del cielo se dejaban ver algunas hilachas de luz rojiza, señal que Frith estaba por ascender pero que había aún tiempo disponible. Lo mejor sería usarlo en explorar y entrenar. Inka, quejona como ella sola, salió a continuación y llamó a los seis retoños, que emergieron corriendo de la madriguera y se esparcieron alrededor, cada uno haciendo lo suyo: rascando la tierra, mordisqueando el pasto, o tratando de hincarle una garra a las ramas y troncos caídos cerca para poder trepar. Entre respingos, Inka olfateó el viento por un momento, y una vez contenta que no habría nada extraño cerca se dio vuelta a donde estaba su macho, vigilando. Ella le indicó que vigilara él el espacio de colina abajo mientras ella aseguraba el terreno superior. La ronda de seguridad de los padres fue rápida, limpia, eficiente. Tras instruir a los críos que se mantuvieran cerca de la apertura del nido, ambos padres hicieron sus respectivas rutas, revisando pedruzcos y ramas cercanos, buscando cualquier huella de pisotones o arrastres en el pasto, y viendo si había alguna criatura trepada en los árboles colindando arriba. Los retoños miraron con asombro cómo su madre trepaba un árbol tomando ventaja de un segmento donde el tronco se doblaba. Inka y Baluarkos consideraban la ronda de seguridad usualmente aburrida: la baja densidad del bosque en este lado de la colina, a diferencia de las tierras centrales de la colonia, significaba que era fácil notar en las rondas que no había ningún depredador demasiado cerca… así como tampoco ninguna familia de Nidoran vecina. Así, una vez que Baluarkos hubo marcado el territorio alrededor, e Inka se hubiese contentado con su revisión de los alrededores, ambos padres se devolvieron al tronco de árbol más cercano a la madriguera. –Ningún elil cerca, eso es bueno —declaró Inka usando el término más tradicional para los depredadores. —Puedo yo encargarme de la clase. —¿Segura? —preguntó el Nidorino en lo que acercaba a los retoños de a uno en uno pescándolos del pescuezo. —Esperaba poder mostrarles lo básico además de— —Eso lo veré rápido —le respondió ella de golpe, viéndolo de reojo. —De momento tráenos hierbas y bayas, no vaya a ser que uno de los críos sufra una herida. Ante la respuesta fría de Inka, Baluarkos agachó las orejas y se quedó mirándola, algo confundido. En el intertanto los retoños ya empezaban a impacientarse y hacían saber su descontento dando vueltas en círculo alrededor de sus padres. Baluarkos bajó la cabeza y les echó un vistazo, pero ellos lo ignoraron en favor de quemar energía. Cuando Baluarkos alzó de nuevo la cabeza y sus ojos se encontraron con los de Inka, ambos se miraron, e Inka también pareció confundida por un momento, o al menos eso le pareció a él, al verla ladeando la cabeza y abriendo un poco su hocico, como queriendo decir algo. Mas antes que alguno de los dos se pudiera aventurar a explicar la situación, algunos de los críos se treparon a su madre y se agarraron con toda la fuerza que daban sus garras, que ya a su temprana edad era la suciente como para que ella no los pudiera ignorar. La pobre madre dio un par de pisotones en el suelo, tratando de llamar a su prole al orden. Con un suspiro, le rogó a su macho que fuera por los frutos y volviera pronto, aunque tras un par de parpadeos inseguros de Baluarkos ella tuvo que repetir y enfatizar el gesto. —Supongo —, fue todo lo que alcanzó a decir el joven macho antes de dar la vuelta y partir colina arriba, a donde estaba el mejor alimento. ...Si es que los elil no habían llegado primero. Continuará... (por ahora) Y bueno esto ha sido todo por ahora. Dejando algunas Notas de Autor: Esta historia fue publicada originalmente en inglés en 2017 como un one-shot pero fue, con el tiempo, agregando actualizaciones en varios años, y ahora es una historia con publicación regular los días de San Valentín. Ahora empieza su sindicación en Español, actualizando anualmente cuando sea posible. La segunda parte de este capítulo se publicará durante el mes de Febrero. Y eso, espero que hayan disfrutado.
Y ahora, la continuación de la escena anterior, para completar la entrada de este año. Proveedor (2) Para cuando Baluarkos estaba dando su última ronda, el Sol ya se alzaba de a poco en el horizonte, desde la infinita distancia deslizando su luz bajo el techo del bosque y sus miriadas de hojas, y agregando así un tinte verdoso y largas sombras danzantes al mundo alrededor del Nidorino. Baluarkos había llegado a un rincón del bosque en su última ronda, donde había algunos árboles de bayas. El Nidorino les tenía una particular atención. Mirando cauto al horizonte y a la colina abajo, rasgó el suelo con sus garras y empezó a olfatear, preocupado. Las primeras rondas de vigía habían pasado sin pena ni gloria, lo cual era bueno: eran simplemente cosa de ir furtivamente de un lugar a otro y obtener semillas, bayas y hojas de alimento. La familia de Baluarkos era de las pocas que vivían en esa colina en particular así que la competencia contra otros Nidorino por obtener alimento no era mayor problema, dejando solamente la preocupación por los depredadores a la cabeza. Pero esta ronda había resultado diferente. El Nidorino dio un respingo y se aproximó a su arbusto de baya favorito, un ramal de Aricoc que había logrado crecer en este suelo después que las semillas habían de alguna manera llegado desde el lado norte de la Colonia. Baluarkos habría asumido que ningún Nidorino vendría por este sector del bosque. Estaba demasiado cerca del borde de la Colonia, expuesto al lado Este y al cielo abierto, y bordeaba los territorios de los Pokémon roca y de las “nubes de muerte”. Ningún Nidorino que tuviera su familia como principal preocupación vendría a sacar bayas de este pasadizo al borde del bosque que Baluarkos había mantenido oculto. Y sin embargo aquí estaba el arbusto, con sus frutos cortados. Una Aricoc había caído al suelo a corta distancia, aplastada y chorreando, marcando sus jugos las huellas de pata que parecían ser de Nidoran. Había otras pocas huellas en los alrededores, pasado los otros arbustos, así como sangre y mechones de pelaje que el Nidorino estaba seguro que era de especies vecinas como Aron o Zigzagoon. Pero no estaban tan cerca del huerto oculto. Baluarkos caminó cuidadosamente por los alrededores haciendo un estudio. Trató de meter su cabeza entre los recovecos que dejaban los arbustos, para revisar que ninguna criatura muy grande podría haber entrado por ahí. Encontró, pasada la primera línea de arbustos alrededor, huellas de breves combates: suelo movido, pelo suelto y rasguños en la corteza de los arbustos. Sin embargo, todos esos combates iban por el camino bosque adentro; la ubicación del huerto oculto de Baluarkos no parecía haber sido el centro de atención, y las huellas indicaban que los combates habían sido recientes y azarosos. Baluarkos agachó la cabeza y trató de oír por debajo de las ramas de los arbustos si habría ecos de Pokémon corriendo más allá. Los combates recientes podrían haber sido emboscadas. Cuando ya hubo descartado un asalto directo a su huerto, Baluarkos se dirigió pasada la fila de arbustos y hacia los árboles más gruesos. Este era un camino difícil, con un suelo empinado y adornado con una que otra roca de textura muy resbaladiza. Tras revisar por un momento, Baluarkos se detuvo, apuntó sus orejas y escuchó el ruido de un curso de agua. El suelo accidentado aquí había sido de ayuda, si significaba que los combates en esta área serían complejos y breves y los Pokémon que habían dejado las varias marcas habrían corrido colina abajo, al arroyo cercano, donde había más espacio para un combate abierto. …Sin embargo, era el arroyo que llevaba directamente a la madriguera familiar, y de ahí al oeste — a la Colonia. Baluarkos entrecerró los ojos y apuntó sus orejas a la distancia. Si algún Pokémon de la Colonia había estado explorando el borde usando el arroyo como guía, podrían haber atraído atención de los Zigzagoon que patrullaban el borde vecino. Cuidadosamente, el Nidorino se asomó más allá de los arbustos, se aproximó a una elevación en el terreno y desde ahí observó el curso de agua, tomando curvas agudas en la distancia colina abajo, aproximándose al borde del escarpado donde estaba la madriguera de Baluarkos, y luego torciendo a la izquierda y adentrándose en el bosque, donde sería una de las fuentes de agua de los suelos dedicados a la alimentación. ¿Habría sido, se preguntó Baluarkos, que algún nuevo Pokémon emergió de los suelos cercanos a la colonia y pensó en establecer su territorio aquí? Ciertamente explicaría que alguno de los Nidorino que hacían rondas de vigía hubiese aparecido para confrontar al intruso y defender el territorio, pero no explicaba que no hubiese venido ninguno de los guardias de la Colonia a dar aviso a Inka o a sus vecinos. El Nidorino saltó al borde del arroyo y se dedicó a seguir el flujo del agua, olisqueando los alrededores en busca de cualquier huella. Sin embargo, aunque había rastros de Pokémon caminando normalmente cerca del arroyo, no encontró más rastros de combate o de huida. Caminando colina abajo, Baluarkos se preocupó. No era algo tan simple como un intruso que hubiese encontrado el huerto oculto, pero el hecho que el intruso había sacado varias bayas, incluyendo del arbusto de Aricoc. Baluarkos no había podido defender su arbusto más oculto, y eso no pintaba bien para defender los otros espacios, más abiertos, donde Baluarkos usualmente buscaba su alimento. Si esto había sido obra de un depredador, Baluarkos no se preocupaba mucho: Inka se encargaría de cualquier depredador que se acercara lo suficiente como para avistar la madriguera. Ella era muy buena peleando y matando y, al menos hasta donde Baluarkos y sus vecinos sabían, nunca había perdido contra algún depredador. Ni siquiera contra las “nubes de muerte”. Pero esto aún significaba que la capacidad de Baluarkos de mantener a su familia alimentada había sido amenazada. El Nidorino había sido puesto en alerta por un potencial depredador y por un Nidorino, posiblemente vecino, que le había salido al encuentro. Y uno de los dos, tras el combate, había osado robar la baya preferida de Baluarkos. La baya favorita de Inka. Avistando la madriguera, Baluarkos trepó fuera del arroyo a la colina y dio un bufido. Esa intrusión, cuando Baluarkos la encontrara nuevamente, merecería una cornetada. Una sangrienta.