Fantasía Soldado, Poeta, Rey III: La Balada del Mago y la Muerte

Tema en 'Novelas' iniciado por Reual Nathan Onyrian, 28 Agosto 2020.

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    Reual Nathan Onyrian

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    Soldado, Poeta, Rey III: La Balada del Mago y la Muerte
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    4
     
    Palabras:
    8524
    La Balada del Mago y la Muerte - Parte I

    La violencia de la puerta al abrirse llamó la atención de todos los parroquianos que se hallaban en aquella perdida taberna de La Frontera, llamada “La Lechuza Plateada”. Aquellos que estaban ocupados jugando a “conquistadores” levantaron la vista de la mesa, en donde dos hileras de cartas se mantenían enfrentadas una con la otra. El veracciano que estaba por iniciar la mano de una nueva partida de truco miró por encima de su hombro, un despiste que fue rápidamente aprovechado por la pareja rival, para intercambiarse señas el uno al otro. Las risas se ahogaron y las historias se acallaron. De los pocos clientes que en ese momento se encontraban en el establecimiento, tan solo dos no voltearon su rostro para ver a los recién llegados.

    Un cuarteto de invididuos de feroz aspecto se encontraban en el umbral de la puerta. El que parecía el líder, un fill’kuta de lustrosas escamas negras y una alta aleta que corría desde el puente de su nariz hasta la base de su cuello, sonrió al ver el efecto que él y sus hombres causaban. Todos estaban enfundados en armaduras de cuero remendadas, y estaban armados con caras de pocos amigos. Tatuado en sus musculosos brazos desnudos, y cosido en el centro de su atuendo, se podía notar un emblema. Una cabeza de jabalí empalada en una jabalina. Tenían toda la pinta de ser un típico grupo de matones, listos para sembrar el miedo y extorsionar a cualquier pobre alma que se cruzara frente a ellos.

    Sin embargo, los clientes de esta posaba perdida en el centro de lo que anteriormente fuera el reino de Tol Krhogo eran hombres y mujeres de La Frontera. Los únicos que se decidían a pasear por esos lares eran testarudos que no querían comprender que su orgulloso reino ya había caído, aventureros, mercenarios, y sobre todo, idiotas. El lugar estaba lleno de gente dura y tosca, pero a todos se les encogió la rudeza cuando fueron tomando nota del emblema que estos individuos portaban.

    No eran una simple banda de rufianes. Eran representantes de Las Cabezas de Pecarí, un grupo de cazarrecompensas especialmente sanguinario. Y quien lideraba ese cuarteto no era nada más y nada menos que el jefe de toda la banda. Su gruesa cola se encontraba alzada de manera altanera, y tenía un ojo cerrado, seguramente de manera permanente, si se podía tomar la cruenta cicatriz que lo atravesaba como un testimonio de lo que había ocurrido.

    A medida que se internaban en el local, la gente cuchicheaba a su paso.

    — Escuché que son tan sádicos que solo toman trabajos en los cuales puedan entregar a su presa muerta.- comentó uno a su compañero, casi por debajo de la mesa.

    — Supuestamente se ganaron el nombre por su morboso forma de entrega. Dicen que envían el cadáver con la cabeza de un jabalí en vez de la cabeza de esa persona, y luego envían esta por separado.— se escuchó en otra mesa.

    — Patrañas, yo escuché que, sobre la cabeza de la víctima, ponen una cabeza ahuecada de pecarí, que cazan ellos mismos con sus propias manos.

    — ¿Ese es su líder, no? ¿Rykaal el Negro? Se rumorea que nació de un huevo incubado por un dragón de sombras.— el que había dicho tal cosa recibió pronto un cachetazo en la nuca, de parte de su compañero borracho.

    — ¡Qué idioteces dices, niñato! Los dragones no existen. En realidad lo empolló un basilisco.

    Rykaal sonreía a medida que los susurros llegaban a sus oídos. Amaba ser el centro de atención. Con una sola mirada intensa de sus ojos reptilianos y un gruñido, la mesa del centro fue desalojada de sus habitantes. El cuarteto se sentó pesadamente en las sillas, y mientras uno de los integrantes, un fornido semiorco torkai de piel azul, hacía señas a una de las muchachas que servían en el lugar para que los atendiera, el fill’kuta golpeó la mesa con fuerza.

    — Lamento interrumpir su almuerzo, señores, pero mis camaradas y yo de verdad quisiéramos comer en paz, y tanta algarabía y cuchicheos por nuestra llegada, si bien me halagan, tan solo convertirán luego en molestia. Así que si todos ustedes pudieran poner pies en polvorosa y salir huyendo de aquí, se los agradecería.— anunció, con voz calmada, y que no admitía quejas. Sin embargo, nadie parecía moverse.— ¿Acaso están sordos, o se quedaron cagados de miedo en sus asientos? Vamos, no tienen por qué temerme. No estamos aquí por ningún trabajo. Simplemente para disfrutar de una buena comida y un agradable descanso. Pero eso no puede lograrse si todos están aquí. Así que los invito de nuevo, de forma amable, a que se marchen.

    Otro de los integrantes del grupo, un dragariano rojo, con un enorme cuerno en la nariz, dejó escapar un gruñido, mientras volutas de humo y pequeñas chispas flameantes se colaban por la comisura de sus labios. Fulminó a todo el bar con sus ojos dracónicos.

    — No me hagan contar hasta diez. No quiero tener que iniciar ninguna pelea ni arruinar este fino establecimiento.— añadió Rykaal, hurgándose los dientes afilados con una uña.

    Estaban intimidados, eso era obvio, pero también eran tozudos. El fill’kuta de escamas negras se permitió una sonrisa ladina. Era justo lo que quería. Con un movimiento vago de la mano, seleccionó una mesa al azar, resultando ser en donde se había estado disputando la partida de conquistadores. Sus cuatro integrantes, todos ellos humanos de distintas etnias, miraron con algo de aprensión como el dragariano se les acercaba, amenazante. Este se quedó parado a un costado, sonriendo de manera maliciosa, tapándolos con su imponente sombra. Uno de los humanos tragó saliva, mientras sentía como un sudor frío caía por su frente. No eran más que trabajadores que habían decidido pasar el descanso del almuerzo de manera tranquila, alrededor de un juego de cartas. Eran hoscos y orgullosos, sí, pero ninguno era un idiota.

    Antes de que cualquiera pudiera levantarse e irse, y sin previo aviso, el dragariano descargó un fuerte puñetazo sobre la mesa, partiéndola a la mitad y haciendo que las cartas salieran volando por el aire. Aprovechando la sorpresa que había generado en sus víctimas, el gigante rojo levantó su barbilla, coronada con fieras púas, para luego dejar escapar un abrasador aliento de fuego sobre sus confundidas presas. Los chillidos y los gritos de uno de los trabajadores, que se había visto completamente envuelto por las llamas, llenaron toda la estancia, mientras rodaba por el suelo y sus compañeros hacían inútiles intentos para apagar las ascuas que lamían su piel y su ropa. Todos se quedaron contemplando la escena, atónitos. Todos, excepto por dos figuras.

    Los que estaban menos bebidos arrojaron agua e hidromiel sobre el hombre, logrando así poder apagar las llamas. Una de las muchachas de servicio había intentado acudir con un balde de agua de la cocina, pero había sido frenada en su camino por el torkai, que la había detenido con un fornido brazo, mientras meneaba la cabeza de manera negativa, exhibiendo los cruentos colmillos que sobresalían de su labio inferior. Rykaal simplemente sonreía, divertido, mientras le arrebataba el balde de agua a la joven y lo lanzaba a un costado.

    Los humanos levantaron a su compañero, que se encontraba sollozando y soltando quejidos de dolor cada vez que lo movían, y se fueron de allí rápidamente. El resto de los clientes los siguió, los más testarudos siendo empujados por sus compañeros. Tan solo quedaron el cuarteto de matones, el personal de servicio, y esas dos figuras, que anteriormente no habían mostrado ningún tipo de reacción ante la abrupta entrada y el sádico espectáculo de aquellos personajes.

    Una de ellas, que se encontraba en esos momentos en la barra, sentada con los pies en el aire debido a su baja estatura y la altura del banco, intercambió una mirada de circunstancias con la persona que se hallaba detrás de la misma. El dueño del local, un ta’hani de coloración violácea e intensos ojos rojos, simplemente bufó, quitándose de los ojos el flequillo de pelo negro que caía entre sus cuernos, y se encogió de hombros, en un gesto de resignación. Se notaba que esto pasaba a menudo. Era una de las razones por las cuales había tomado la política de cobrar antes de servir cualquier consumición. Y también la de barnizar todos sus muebles con pátina ignífuga.

    El semiorco le indicó a su jefe con un movimiento de cabeza que dos personas no habían seguido su comando. Este sonrió de manera divertida. Por dentro, había deseado que alguien lo enfrentara. Había esperado que la provocación exaltara los ánimos de la gente, pero no había tenido éxito. Necesitaba una distracción, y esta parecía ser una muy buena opción. Investigó a ambas figuras. Una de ellas se encontraba en un rincón, solo en su mesa, la cabeza enterrada en una bufanda violeta, los brazos cruzados frente a su pecho. Parecía estar durmiendo. Rykaal bufó. Tenía toda la pinta de ser aquellos tipos “serios y oscuros” que al final tan solo eran mucha palabrería y no tenían nada interesante. No sería divertido.

    Sin embargo, la otra persona sí parecía más satisfactoria. Era pequeña, su fina cola terminada en un mechón de pelo y la punta de sus cortos cuernos ramificados asomándose entre su cabello la identificaban como una elfa del bosque, pero sus brazos desnudos de piel bronceada se encontraban bien torneados, y se podían notar varias cicatrices en los mismos. Portaba lo que parecía una simple camisa de lino sin mangas, color crudo, un pantalón holgado color tierra, y sus pies terminados en garras estaban enfundados en botas de viaje. De su cintura colgaba la funda de una espada.

    Al fill’kuta le intrigaba el motivo por el cual no había hecho ni el más mínimo movimiento desde que habían entrado. ¿Tal vez se hacía la valiente? ¿O acaso se había paralizado en el lugar, intentando en vano hacerse pasar por alguien invisible? Rykaal se entretuvo con esa idea, mientras, con una seña de cabeza, enviaba al semiorco y al cuarto integrante, un gâjnlur de ojos hundidos del color de la castaña y pelo grasiento, a que “conversaran” un poco con la muchacha. Por el aspecto, podía ser una aventurera novicia, que había decidido empezar a lo grande, yendo a La Frontera en busca de fortuna. Bueno, lo que iba a encontrar era una buena golpiza.

    En cuanto sintió la compañía a cada lado, la arblur bajó la jarra de la cual había estado bebiendo hasta ese instante. Suspiró y se acomodó un mechón de su pelo castaño rojizo detrás de la oreja. Este le llegaba hasta los hombros. El dueño del bar simplemente le dedicó una mirada de advertencia, y se alejó de allí, para ordenar el estante lleno de botellas que tenía detrás.

    — ¿Tienes esas orejas tan largas llenas de musgo, elfa?— preguntó con tono mordaz el semiorco, poniéndole una pesada mano en el hombro.— Nuestro jefe pidió que por favor lo dejen en paz, pero sigues aquí, molestando.

    — En cuanto termine mi bebida, me voy. No pagué por ella para dejarla a la mitad.

    El elfo salvaje que se encontraba a su lado le arrebató la jarra y volcó su contenido sobre ella, formando un charco en el suelo, haciendo que una de las meseras soltara una queja, debido a que tendría más cosas para fregar y limpiar. Tanto el gâjnlur como el torkai miraron con curiosidad el charco.

    — ¿Agua? ¿Pagaste por tomar agua? Tenías que ser una arblur para ser tan idiota.— se burló el gâjnlur, con una voz chillona que no concordaba mucho con su increíble altura. La burla hizo eco en el resto de sus compañeros.— Ya no tienes nada más que terminar. Puedes irte, pobre excusa de lur.

    La elfa simplemente suspiró, bajando la mirada. Observó a sus dos rivales con atención, pero de manera disimulada. El torkai parecía ser el más morrudo de los dos, y tenía una ligera cojera en una pierna. El elfo salvaje era el más alto, e iba descalzo, como solían ir todos los miembros de su raza. Tener pies grandes y largos y pezuñas en los dedos hacía que fuera incómodo tener que usar calzado. La supuesta aventurera novicia parecía estar jugueteando con algo en su mano izquierda, mientras su cola se movía de manera nerviosa. Los dos matones también parecieron notarlo, pues pusieron sus manos cerca de sus armas.

    — Esto no acabará bien para ti, enana.— amenazó el semiorco, mostrando los colmillos.

    — Sí, y a menos que quieras terminar en un estado que lamentarás luego, te sugiero que muevas tu lindo trasero fuera de aquí.— añadió el gâjnlur, asiendo la cola movediza de la arblur.

    Esa fue la última acción consciente que el elfo salvaje realizó en ese día. Freyja, con una velocidad pasmosa, le estampó el culo de la jarra vacía en pleno rostro, con tanta fuerza que la nariz del matón se hundió como un bizcocho, y un par de dientes salieron volando. Este se tomó la cara, sorprendido, momento que la cazadora aprovechó para bajarse de un salto del banco, aplastarle los pies desnudos con todo el peso de sus botas, y lanzarle la jarra vacía al torkai para distraerlo. Tomó luego el mueble y lo estrelló contra la mandíbula del elfo, acto seguido descargó otro golpe en su estómago. El gâjnlur no pudo hacer más que retorcerse y encorvarse, mareado por tanto castigo, momento que la elfa aprovechó para destrozarle el banco contra la nuca. El matón cayó al suelo, con espasmos que le recorrían todo el cuerpo, completamente inerte. Si estaba vivo o muerto era algo que no le interesaba demasiado.

    El semiorco ya había desenfundando su clava y había lanzado un torpe pero mortal golpe a su cráneo. Freyja, que se había quedado con las patas del banco luego de que este se rompiera, las utilizó para fácilmente desviar el ataque, y descargarlas luego contra la mano de su contrincante, haciendo que soltara su arma. Mientras el torkai azul lanzaba un gruñido de dolor y se agarraba la mano, la elfa aprovechó para descargar ambas patas contra la rodilla de su oponente, que cedió con un escalofriante crack. El torkai gritó, perdiendo el equilibrio, cosa que la elfa aprovechó para tomar su cabeza, e impactarla una, dos, tres, cuatro veces contra la barra, con una furia inusitada. El cuerpo inconsciente del matón, más muerto que vivo, cayó inerte al suelo, con un sonoro plaf.

    Freyja tragó saliva, y exhaló un par de veces, recuperando el aliento. Comenzó a atarse el pelo en un rodete, dejando a la vista un tatuaje en su cuello: un corazón agujereado, con una campanilla creciendo entre los agujeros. Le dedicó al dragariano y al fill’kuta, todavía sentados, una fiera mirada de ojos gatunos color miel y una sonrisa exhibiendo sus colmillos. Se limpió un poco de la sangre que le había salpicado al destrozar el rostro del semiorco contra la barra, y desenvainó su espada.

    — Muy bien, ¿quién sigue?— preguntó, escupiendo a un lado.

    Rykaal tenía una expresión de sorpresa impresa en su rostro. No esperaba tal resistencia de parte de su supuesta víctima. Sin embargo, el asombro dejó paso a la satisfacción. Sí, no se había equivocado de presa. Esto sería divertido.

    — Tu turno, Weloh. Ve y demuéstrale lo que Las Cabezas de Pecarí le hacemos a los rebeldes.- el hombre lagarto palmeó a su compañero en el hombro, para luego poner las manos detrás de su cabeza, y subir sus escamosos pies terminados en garras sobre la mesa.

    Freyja retrocedió un par de pasos y levantó el mentón cuando el tal Weloh se incorporó. Era como una maldita montaña andante. Estaba más que segura que había tenido que agacharse para poder entrar al lugar. “Pequeño” en dracónico. Era un mal chiste.

    El dragariano de escamas rojas rugió con furia, con mechones de fuego escapando de la comisura de sus labios. Unió ambas manos en un puño, y lo descargó contra el suelo, en el lugar exacto en donde la elfa había estado momentos antes. Esta rodó una vez y se incorporó. Observó el cráter que Weloh había dejado. Lo más probable es que hubiera terminado hecha pulpa si no se hubiera movido lo suficientemente rápido. No le parecía tan inverosímil ahora que cazaran jabalíes con sus manos desnudas.

    Sin embargo, no tuvo demasiado tiempo para pensar en la cuestión, pues otro enorme puño de escamas carmesí se dirigía hacia ella. Saltó hacia un costado y tomó una silla con su mano libre. En cuanto se incorporó, la lanzó contra la cabeza de su oponente. Este sonrió y cabeceó el proyectil, haciéndolo añicos. Soltó un leve gruñido.

    — Ah, ¡por favor!— se quejó Freyja, con las manos a los costados y expresión de hartazgo en el rostro.

    Esta expresión fue rápidamente sustituida por una de sorpresa cuando vio como una mesa volaba hacia ella. Con un diestro juego de pies, esquivó el proyectil por centímetros, impactando este luego contra la pared. El viento que este había generado le movió algunos mechones sueltos de cabello. Observó los restos de la mesa, que había estallado al golpear contra la pared. Todos los muebles de la posada estaban hechos de roble. La fuerza que había imprimido su enemigo en ese lanzamiento había sido enorme. Si no se hubiera movido a tiempo, estaba más que segura de que hubiera terminado con el pecho totalmente hundido.

    Pasos pesados que corrían hacia ella la hicieron volver a la realidad, y pudo encontrarse con que su oponente había decidido abalanzarse ante ella. Se permitió una media sonrisa confiada, mientras ponía la espada entre ella y la mole de escamas rojas. Con la velocidad y el ímpetu que llevaba el dragariano, él mismo se ensartaría solo con el arma. Tan solo tenía que apuntar de manera correcta, y esta pelea acabaría en un…

    La expresión confiada de su rostro fue borrada completamente y reemplazada por una de sorpresa en cuanto vio como, con una sonrisa, el matón apartaba el filo de la espada utilizando una mano desnuda, arrancándole el arma de las manos en el proceso. Weloh se la llevó puesta con la misma facilidad que una carroza atropella un gato desnutrido. La elfa no pudo ni reaccionar ante como el dragariano la tomaba por las piernas y la zarandeaba de un lado para otro como si se tratara de un trapo sucio. La usó para destrozar otra mesa, la hizo besar el suelo con bastante vehemencia, y le dio un recorrido facial por toda la barra. Por último, la alzó por los brazos, y crujió los dedos de la mano libre. Soltó una risa burlona al notar el pobre estado en el cual había quedado su víctima, y terminó desencajándole un puñetazo en el estómago, con tanta fuerza que esta salió volando varios metros atrás, escupiendo sangre por la boca. Aterrizó sobre una sillas y quedó tirada en el suelo, retorciéndose.

    — Vaya, pensé que ibas a dar mucha más pelea, niña. Pero no eres más que una simple muñequita. Alguien tenía que bajarte de tu pedestal, enana.— comentó Rykaal, limpiándose las escamas.— Cumpliste tu función de entretenimiento, a pesar de eso, por lo que te agradezco. Termina con esto, Weloh.

    El dragariano carmesí soltó un gruñido de satisfacción, mientras se acercaba con una sonrisa a una elfa que a duras penas intentaba ponerse de rodillas. Le costaba respirar y había perdido la visión de su ojo derecho. Todo el mundo le daba vueltas, y sentía como el sabor metálico de la sangre se acumulaba en su boca y nariz. Su puño se cerró con fuerza sobre el objeto que había agarrado cuando había sido usada como repasador para limpiar la barra.

    Sintió como la alzaban por la camisa, que a pesar de la golpiza que había recibido, no se había ni deshilachado. El aliento fétido de Weloh le llenó las fosas nasales cuando este resopló en su rostro. Apenas podía ver la fila de dientes afilados esculpidos en una sonrisa sádica. El enorme cuerno de su nariz parecía ahora cómicamente grande, y le hubiera dado a su rostro un aspecto bastante gracioso, si no fuera por la situación de mierda en la que se encontraba. Ocultó detrás suyo su puño cerrado.

    — ¿Últimas pal… ?

    Sus altaneras palabras fueron rápidamente interrumpidas por un grito de dolor.

    El dragariano soltó a la elfa, que cayó al suelo de espaldas. Weloh rugió, con sus gruesas manos tapándose la cara, de la cual caían hilillos de sangre, producto de las astillas de vidrio que se le habían clavado en su piel y ojos. Freyja pasó rodando por debajo de sus piernas, mientras el ahora ciego matón intentaba encontrarla con una mano. Menos mal que había logrado manotear ese vaso de tragos de la barra. Las botellas estaban demasiado alejadas.

    Recuperó su espada e intentó pararse. El mundo daba cientos y cientos de vueltas a su alrededor. Bueno, la vista no le iba a servir de mucho. Cerró el único ojo que tenía moderadamente sano e inspiró. El lado bueno de que la totalidad de los clientes del lugar hubieran huido era que no había ruidos que ensuciaran su percepción. Se concentró en su alrededor, mientras sus orejas se movían de un lado a otro. Soltó un eructo, manchado con espuma roja. Sentía unas fuertes ganas de devolverle al mundo lo que sea que se encontrara en esos momentos en su estómago.

    Captó los distintos sonidos del lugar. Los quejidos de dolor y furia de Weloh, insultándola. Las risas y aplausos de Rykaal, extremadamente divertido con el espectáculo que se brindaba frente suyo. Las imprecaciones del dueño de la taberna también eran bastante audibles, y era bastante generoso sobre a quién se las repartía. Los quejidos de las pobres muchachas que tendrían luego que ordenar todo este desastre. Y por último, los ronquidos de aquella figura misteriosa. Por los Mahla, ¿acaso seguía dormido después de todo el barullo? ¿Estaba pasado en borrachera? Sin embargo, su ronquido sonaba extraño. Como si fuera forzado...

    Expulsó esos pensamientos de su mente. Debía concentrarse en su presa. Empuñó la espada con ambas manos, sintiendo su peso, balancéandose de una pierna a otra. En cuanto los pesados pasos del dragariano se sintieron lo suficientemente cerca, Freyja abrió el ojo que no se encontraba en compota y descargó un preciso y potente espadazo contra la pierna de Weloh. El acero mordió y atravesó sin problemas la pobre protección de cuero de la zona, dejando un profundo tajo en su pantorrilla. La sangre brotó, al igual que un sonoro grito de dolor proveniente de la garganta del matón.

    La elfa aprovechó ese momento para hundir la hoja en la cara interior del muslo del carmesí, cerca de la ingle. Retorció el arma en la herida, para luego extraerla y alejarse de allí con una finta. Con fieras heridas en ambas piernas y la cabeza repleta de esquirlas de vidrio, Weloh cayó de espaldas, habiendo perdido el equilibrio. La arblur se acercó arrastrando un pie, con la espada detrás suyo. Al dragariano parecía costarle respirar, y estaba intentando incorporarse. Apoyó la punta de la espada en la boca de su estómago, y presionó con el peso de su cuerpo, hundiendo el arma más y más, haciendo que la sangre borboteara como si de una fuente se tratase. El matón quiso sacarse el filo de su barriga, pero varios espasmos se lo impidieron. Al final, dejó caer su cabeza hacia atrás, los ojos vacíos, la boca abierta.

    Freyja cayó de rodillas, todavía agarrada con fuerza a su arma, mientras batallaba por respirar. Por eso no usabas armadura de cuero sin nada debajo, en especial una de tan mala calidad. Era estúpido. Ni siquiera podía frenar los tajos de una espada.

    Una sarcástica ristra de aplausos le recordó que todavía tenía un problema extra del cual encargarse. Se sentó en el suelo, al lado del fresco cadáver de lo que anteriormente había sido un envalentonado matón, y miró con un solo ojo como Rykaal se levantaba de su silla de manera perezosa. El fill’kuta sonrió. Parecía satisfecho.

    — Bueno, me has divertido bastante, elfita.— Freyja frunció el ceño. Odiaba que le dijeran así. El hombre lagarto se frotó los nudillos.— Lamentablemente, tengo que ponerle fin a este espectáculo. No puedo pasar por alto que dejaste al borde de la muerte a dos de mis hombres, e incluso te aseguraste de matar a uno.

    La elfa simplemente lo miró desafiante y gruñó, exhibiendo los colmillos. Era obvio que tenía que hacer algo, pero en estos momentos se estaba esforzando solamente por respirar. Había recibido una buena tunda. Rykaal parecía disfrutar mucho de esto, pues cada paso que daba lo hacía de manera agónicamente lenta, disfrutando de su segura victoria. Se pasó la lengua larga y afilada por aquellas fauces reptilianas sin labios, saboreando el momento. Lo único que hizo Freyja fue levantar la mano en un gesto obsceno, que desencadenó una pequeña seguidilla de risas por parte del cazarrecompensas.

    Con un gesto de dolor, metió lentamente la mano debajo de su camisa, y comenzó a levantarla. El fill’kuta enarcó una ceja, en un gesto burlón.

    — ¿Qué intentas hacer? ¿Una última táctica desesperada? Créeme, nada te funcionará ahora.— comentó Rykaal, prepotente. Sonrió, y se permitió tiempo para otra puya.— Aunque dudo que haya mucha sustancia debajo de tu camisa, la verdad. La mesa que te arrojó Weloh tenía más ondulaciones que tu pecho.

    La cazadora simplemente chasqueó la lengua. Y en un abrir y cerrar de ojos, arrojó lo que había tomado de un cinturón que tenía bajo su ropa. El frasco impactó de lleno contra el rostro del matón, que abrió la boca para soltar un gruñido de sorpresa, que fue inmediatamente sustituido por un aullido de dolor al sentir como toda su cara se derretía por acción de un espeso líquido anaranjado. Quiso quitárselo con las manos, pero solo logró quemarse las palmas, extrayendo más ruidos de agonía de su garganta.

    Luego de un pequeño respiro, la elfa apoyó pesadamente la palma de su mano derecha en el suelo. El tatuaje de su cuello brilló tenuemente por unos segundos, y un estremecimiento le recorrió el brazo. Sintió como la energía dejaba su cuello y se dirigía hacia el suelo, utilizando su brazo como conductor. Debajo de Rykaal, las maderas del suelo estallaron, y zarcillos hechos de pura oscuridad lo tomaron por la pierna, haciendo que perdiera el equilibrio. La cabeza del fill’kuta, al caer, impactó contra una silla, haciendo que su cuerpo cayera inerte a un costado.

    Los zarcillos de oscuridad comenzaron a envolverlo, formando un capullo a su alrededor. Freyja trepó sobre su pecho a duras penas, lista para rematarlo en caso de ser necesario. Cuando notó que un hilillo de sangre corría por el oído derecho del fill’kuta, suspiró, calmándose. Comprobó los latidos del corazón y su respiración. Estaba inconsciente, pero vivo.

    La elfa se dejó caer a un costado, soltando un quejido de dolor. Se arrastró hasta una silla, y trepó como pudo en la misma. Se sentó y calmó su respiración. Sentía como su ojo derecho estaba completamente hinchado, sus brazos habían ganado nuevos cortes, el ligamento que sostenía su pelo se había roto y ahora este caía sobre su rostro. Pero lo peor se lo había llevado su torso. Levantó su camisa, y desprendió el cinturón de cuero que tenía cruzado sobre su pecho, para lanzarlo al suelo. Había servido como arma secreta, pero ahora lo único que hacía era dificultarle respirar de manera profunda.

    Observó su costado, donde se había originado un desagradable y enorme hematoma. Iba cambiando de coloración a medida que se acercaba al centro, cada vez más oscuro. Se desplomó sobre el respaldar, y el solo movimiento le envió una oleada de dolor por todo el cuerpo. De no haber sido por la protección que le brindaba su ropa de hilo sidhé, seguramente sus órganos no serían más que pulpa sanguinolenta en estos momentos. La habían mancillado bastante.

    — Ale, ¿querés hacerme el favor de alcanzarme mis cosas?— preguntó, el cuello doblado sobre el respaldar, los ojos cerrados.

    — Freyja, esta fue la primera y última vez que dejo que me arrastras a este tipo de locura.— comentó el ta’hani detrás de la barra, con una mano en la cadera y la otra en una posición que claramente demostraba su descontento.

    Con un movimiento de su mano libre, un bolso que se hallaba a sus pies se alzó en el aire, levantado por una fuerza invisible, y flotó hasta ponerse al lado de la elfa.

    — Créeme, también es mi última vez. La próxima utilizaré la vieja táctica de tomarlos por sorpresa en un camino, y tener mi armadura puesta.— con una mueca, se puso a rebuscar en el bolso.— Gracias Schmidt.

    El espacio de aire que había delante de ella se agitó, como si tuviera vida propia, y retornó hacia la mano de Ale, que mantenía la palma extendida. Este bufó una maldición en un idioma que sonaba bastante profano, y se puso a acomodar el desorden que había, ayudado por las desdichadas muchachas de servicio. Era la última vez también para ellas que aceptaban un “turno especial” por el doble de paga. La cantidad de trabajo extra no lo valía.

    Freyja rebuscó en el bolso y tomó una cantimplora. Lo destapó con los dientes, dejando que el corcho colgara de la cuerda que la unía al recipiente, y tomó su contenido de color ocre oscuro de manera ávida. Se permitió una profunda inspiración al terminar, mientras sentía como el líquido recorría todo su cuerpo, calentándolo y brindándole ligeras y nuevas energías. Los cortes de sus brazos se cerraron, formando costras, y el dolor de su torso se volvió tolerable, al menos al punto que le permitía respirar y moverse con cuidado sin sufrir espasmos. Con un quejido, tapó la cantimplora y la dejó caer sobre el suelo. Intentó incorporarse, pero su cuerpo la estaba obligando a permanecer quieta. Gruñó. No iba a ceder ante su propio cuerpo.

    — Recomendaría que no te movieras. Tu cuerpo te lo impide por algo.— una voz que poseía una extraña mixtura entre suavidad y rispidez pareció surgir de la nada, rompiendo el silencio.

    A duras penas, la elfa se giró en la silla, apoyando un brazo sobre el respaldar, para ver a su interlocutor. Se encontró con dos intensos ojos de una increíble tonalidad esmeralda que la observaban con curiosidad, contrastando fuertemente con el rostro moreno de su dueño. La cazadora apartó la mirada por unos segundos. La fuerza de esa mirada la había abrumado un poco.

    Chasqueó la lengua.

    — Vaya, el borracho decidió unirse al mundo de los vivos. Pero creo que algún golpe en la cabeza me debe haber dado un poco de amnesia, porque no recuerdo en qué momento le pedí su maldita opinión.— apretó los dientes cuando otra oleada de dolor le recorrió el cuerpo.

    — También dejaría de hablar, y me guardaría la sorna para más adelante.— comentó el hombre, con expresión divertida, recostandose en el respaldar de su asiento. Entrelazó las manos detrás de su cabeza.— Freyja, ¿no es así? Me sorprende que seas capaz de moverte, después de la golpiza que te proporcionó el dragariano.

    La aludida miró al ta’hani, con expresión de desconcierto. Este la ignoró. Chasqueó la lengua y se incorporó. Se agachó a duras penas para recoger su bolso y, arrastrando un pie, se dirigió hacia la mesa en donde el hombre se encontraba sentado con una sonrisa. Tomó una silla y se sentó pesadamente en ella, soltando otra mueca de dolor.

    — Ale, o alguna de ustedes chicas, ¿me pueden traer un poco más de agua con limón? La que tenía antes yace ahora sobre el suelo y sobre mi persona.— preguntó al aire, escurriéndose un poco el pelo y volviéndoselo a atar en un rodete. Luego clavó su mirada en el humano, inclinándose sobre la mesa.— Perdón por irrumpir en tu pequeña esquina de melancolía y contemplación profunda, pero dime por favor: ¿quién carajos sos y por qué juzgaste que sería interesante fingir que estabas durmiendo durante todo el despliegue?

    Este levantó una ceja, divertido, y le dedicó una media sonrisa. Se inclinó sobre la mesa también, con un aire que hizo que Freyja lo relacionara con una pantera. La elfa cedió un poco de terreno, algo abrumada. El humano señaló con la cabeza al fill’kuta, todavía noqueado, rodeado completamente de aquellos zarcillos oscuros. Varias flores similares a las campanillas habían surgido en el capullo.

    — Muy linda decoración, la verdad. Me tienes algo intrigado, eso sí. ¿Qué le arrojaste en el rostro? Nunca había visto esa coloración y esa consistencia, además de ese poder destructivo. ¿No es una variante de fuego de alquimista, no?

    La elfa chasqueó con lengua, recostándose hacia atrás.

    — Ácrido diluido, un vial. No pensé que iba a tener tal efecto, la verdad. Me alegro no haberlo matado. La recompensa lo pedía vivo.— Freyja paseó su mirada de Rykaal al humano. Tenía acento essino, y algunos rasgos eran marcadamente anorianos, como la configuración de sus pómulos y su barbilla, pero su tonalidad de piel, el puente de su nariz y su contextura lo hacían notar como un ulalmarano.- No respondiste mi pregunta.

    El aludido soltó una carcajada y se llevó una mano al bolsillo. Extrajo un papel doblado, que desplegó en la mesa y se lo pasó. La arblur se inclinó para verlo mejor, y chasqueó la lengua, mirando molesta hacia otro lado. Era un clásico cartel de “Se Busca”, con su rostro. Soltó un poco de aire por la nariz, divertida. Se habían tomado ciertas libertades creativas con el dibujo. Sus colmillos sobresalían por encima de sus labios, sus cuernos no estaban ramificados y eran mucho más grandes y puntiagudos, y sus pómulos eran excesivamente protuberantes.

    — ¿“Deh Kin... Kinverschlin”? No pienso pronunciar eso

    Deh Kinverschlinger von Sasee, la devoraniños de Sasee, sí. Curioso nombre, la verdad.— contestó el humano, divertido, la cabeza apoyada en un puño.

    — Interesante título. Y vaya, que recompensa mediocre. No sé si sentirme aliviada o insultada.— la elfa deslizó el cartel lejos suyo.— No sabía que había causado tal impacto en aquel pueblo perdido en medio de la nada. Supongo que llevarse el cadáver de esa niña no fue tan buena idea después de todo.

    — No logro concebir ningún escenario en el cual esa idea hubiera sido buena.— comentó Ale, mientras depositaba otra jarra llena de fresca agua alimonada enfrente de Freyja.— ¿A ti te traigo algo?

    El aludido meneó la cabeza. El ta’hani asintió y se dio media vuelta. Suspiró al volver a ver el desastre que era su establecimiento en esos momentos, y volvió a ponerse manos a la obra. La arblur tomó un largo trago, dejando que el agua le acariciara la garganta, y soltó un suspiro de satisfacción.

    — Extraña elección de bebida.

    Freyja iba a contestar con un gruñido, pero un cuchillo apareció como por arte de magia en la mano del humano y se clavó sobre el cartel. Los músculos de esta se tensaron, y una de sus manos comenzó a moverse lentamente hacia la empuñadura de su espada. Lo que la había puesto alerta no fue el despliegue de velocidad del otro, que de por sí había sido impresionante, sino el mensaje que había transmitido con esa acción. Clavar cualquier arma en el cartel de “Se Busca” de alguien era sinónimo de que habías seleccionado a una presa, y de que esa presa iba a volver muerta. Pasaron varias fracciones de segundo llenas de tensión, hasta que, con una carcajada, el hombre tomó el papel y lo rasgó, para luego hacerlo un bollo y tirarlo al costado. Completamente indignada, la elfa le tiró el agua que le quedaba encima.

    — No pienso reponerte esa jarra.— se escuchó la voz de Ale detrás.

    La arblur lo ignoró, mientras miraba con una mueca desconcertada como el extraño seguía riéndose. Luego de secarse un poco el rostro con la bufanda de tela que llevaba al cuello y calmarse, miró fijamente a Freyja, con una sonrisa.

    — Supongo que me lo merecía. Lo siento, lo siento. Déjame compensarte.— levantó ambas manos, en señal de que venía en son en paz, y estiró una hacia el rostro de la elfa. Esta se inclinó instintivamente hacia atrás, mirándolo desconfiada.— Tranquila, confía. Sabes que no tengo nada en contra tuyo.

    Esta lo miró por unos segundos, para luego relajar los hombros y acercar el rostro. Había visto lo que el humano había hecho con el cartel. Si sus actos eran verdaderos, no traía malas intenciones. Este le puso suavemente una mano sobre su ojo herido, y cerrando los ojos, comenzó a recitar palabras en voz baja. Las orejas de Freyja se movieron curiosas, captando lo que el humano estaba susurrando. Era una historia. Se concentró en escucharla, mientras sentía como las chispas de energía salían de la palma de la mano del extraño y bañaban su ojo herido. Sin embargo, pudo entender poco y nada, ya que parecía estar siendo narrada en un idioma que no conocía, que sonaba como un llamador de ángeles al viento.

    El essino terminó su relato, con los ojos cerrados y una voz completamente calmada. En cuanto las últimas palabras escaparon de sus labios, Freyja sintió como el escozor e hinchazón de su ojo iban desapareciendo lentamente, suplantados por una refrescante sensación de alivio. En cuanto el humano retiró su mano, la elfa pestañeó un par de veces, sintiendo como su ojo lagrimeaba, pero iba recuperando la visión lentamente. Se lo restregó con suavidad, para sacarse las lágrimas.

    — Vaya, magia peregrina. ¿Eres un parabolero?

    — No, es un pequeño truco que aprendí cuando estuve estudiando medicina en Auzbünfurt.— respondió el humano, encogiéndose de hombros.- Tan solo puedo hacerlo una vez al día, y es un milagro bastante menor. Sacrificar parte de tu alma para poder realizar hechizos no me apetecía sobremanera, la verdad.

    Freyja observó a su acompañante con atención. Ahora estaba genuinamente curiosa, en especial teniendo en cuenta la casi invisible línea que había percibido bajo la bufanda, de una cristalina coloración celeste. Tamborileó con sus dedos sobre la mesa, sopesando las palabras.

    — Bueno, cada cosa que dices y hacés no hace más que aumentar el misterio que te rodea. Si es lo que estás buscando, felicidades. Pero dejame decirte que teniendo en cuenta tu atuendo y lo rasposo de tu voz, no te deja en muy buena posición, la verdad.

    — Ah, ¿sí?— preguntó divertido el humano.

    — Exacto. Tienes toda la pinta de ser uno de esos tipos que rodean su vida de misterio simplemente por lo aburrida y sosa que esta suele ser en realidad. La mayoría de las personas como vos no son para nada interesantes cuando se descubre toda la verdad.

    El desconocido se pasó la mano por su corto y rizado pelo azabache, mientras esgrimía una sonrisa de disculpas. De hecho, con su atuendo, tranquilamente podía entrar en esa categoría. Vestía ropa oscura, con su elaborada bufanda color violeta tapándole todo el cuello y parte de su barbilla, que exhibía la sombra de una barba hirsuta. Sobre su blusa, se encontraba un peto de un metal negro, que podía adivinarse como thochka, por su falta de brillo. Sus guantes de cuero estaban reforzados en los nudillos y las falanges con placas y tachas de acero. Sus pantalones también eran de cuero negro, obviamente teñido, con grebas de acera sobre las pantorrilas. Sus botas, de aspecto robusto, estaban reforzadas en la punta. Y encima de todo el conjunto, tenía un polvoriento sobretodo de viaje.

    — Sí, puede que de esa imagen. Pero descuida, me importa un soberano ajo ese concepto, la verdad.— respondió, encogiéndose de hombros, para luego cruzar los brazos enfrente suyo.— Pero supongo que tanta puya no es un simple desperdicio de aire, teniendo en cuenta que en tu estado te cuesta hasta respirar. Así que dispara. Supongo que te debo un par de respuestas.

    — ¿Un par?— gruñó Freyja. Y era verdad, ¿por qué estaba hablando tanto? No solía ser su estilo.— Bueno, empecemos por lo básico, ¿qué diablos hace un estudiante de medicina vestido de esa manera y en La Frontera?

    — Por la misma razón que tú, supongo. Es temporada de gnolls.

    — Oh, ¿así que sos un mercenario? ¿O un atraparratas?— el essino la miró algo confundido.— Aventureros. Una manera despectiva de decirles.

    — No tienes mucha estima hacia los aventureros, ¿verdad?

    — No, pero ese no es el tema en cuestión. Eres un mercenario entonces.

    — Algo así.

    — Bueno, ahora lo siguiente. ¿Qué diablos sigues haciendo aquí? Ya establecimos que estabas fingiendo sueño o borrachera cuando los Cabezas de Nabo entraron a la posada. Quiero saber la razón.

    — Está atado a mi primera respuesta. Tú eres la razón. Ahora sé los motivos por los cuales te quedaste también.— contestó, señalando con la cabeza hacia el fill’kuta.— Por cierto, cuando se despierte, si es que alguna vez lo vuelve a hacer, ¿no podrá liberarse fácilmente? Esas lianas no parecen muy gruesas.

    — Son más resistentes que una cadena de acero, así que lo dudo mucho.— respondió Freyja, mientras sentía como la punta de sus orejas se sonrojaba. ¿Ella era el motivo? Nunca le había gustado ser el centro de atención.— ¿Yo era la razón por la cual te quedaste?

    — Exacto, ¿tanto te sorprende? Eres famosa, y no solo por secuestrar cadáveres de niños.— la elfa le gruñó, mostrando los colmillos. El humano levantó las manos, en señal de paz.- Eres una cazadora de monstruos conocida. Freyja, la Erinia de Hierro.

    — ¿"Erinia de Hierro"? ¿Qué trovador borracho inventó esa mierda?— replicó la elfa indignada, para luego soltar una mueca de dolor, y agarrarse los oblicuos.

    — No deberías hablar tanto, en el estado en el que estás.

    — Es una mala costumbre que incorporé de una amiga.— respondió, con una tímida media sonrisa.

    — Aunque te queda bien el nombre. Tu resistencia al castigo es bastante conocida. Dicen que te caíste de un grifo en pleno vuelo, junto con el mismo grifo, te quebraste tan solo una pierna, e igual te incorporaste de nuevo y terminaste de rematar a la bestia. Con lo que acabo de ver, puedo darle mucho más crédito a esas historias.

    — Hay que destacar que me caí porque yo misma haché una de las alas del animal, así que fue en parte por mi culpa. Y yo no terminé de matarlo, mis compañeros… — Freyja se calló de inmediato, cerrando su boca como si un sortilegio le hubiera impedido continuar. Pasó unos segundos en silencio, en los cuales el humano se la quedó viendo con curiosidad. Al final, chasqueó la lengua y cambió de tema.— ¿A qué vino todo el circo que montaste hace unos minutos? ¿No era más sencillo hablar conmigo directamente?

    El humano se rascó la nuca, esgrimiendo otra sonrisa de disculpas. Vaya, para esta persona sonreír debía ser igual de fácil que respirar.

    — Sí, tienes razón. Lo siento, no soy muy bueno con las primeras impresiones.

    — Puedo notarlo.

    — Las cosas en mi mente transcurrieron de forma bastante distinta. No imaginé que fuera tan difícil intentar acercarme a ti.

    — ¿Y por qué dices eso?

    — Acabas de matar a tres personas, a dos de ellas con la misma soltura con la cual un niño aplasta una hormiga. Cualquiera se podría asustar por ese despliegue de habilidades.

    — Te equivocás, solo maté a uno.— comentó, restándole importancia con una mano.

    — La única forma en que los otros dos matones sobrevivan consiste en practicarle primeros auxilios de inmediato, e incluso realizar cirugía. Y nadie de aquí lo está haciendo, así que prácticamente están muertos.

    — ¿Vos no sos médico? ¿Ustedes no hacen un juramento al terminar sus estudios, algo sobre no dejar nunca a ningún herido sin tratar?— Freyja levantó una ceja.

    — No, dejé la escuela, a punto de terminarla. Se… perdió el interés, por decirlo así.— el humano se encogió de hombros.— Además, no tengo ni los instrumentos ni las instalaciones para tratarlos. No tiene sentido simplemente estirar su sufrimiento.

    — Hmm.

    El silencio, por primera vez, se instauró entre ellos. La elfa no pudo ocultar otra mueca de dolor, al intentar acomodarse mejor en la silla.

    — Pero puedo intentar atender tus heridas, si quieres.— se ofreció el desconocido.

    Freyja le quitó importancia con una mano.

    — No, por ahora, lo único que me interesa es saber el motivo por el cual estabas buscándome.— recargó un codo sobre la mesa.— Sigue siendo el meollo de todo este asunto.

    — Vaya, pensé que habías ya sumado dos y dos. Quería pedirte que formáramos un equipo, o al menos, que nos cuidemos la espalda mutuamente, cuando nos internemos en las Tierras de Nadie.— anunció el humano, apoyando ambos codos sobre la mesa y sosteniendo su cabeza con sus manos entrelazadas.

    — Una proposición… curiosa. ¿Hablas de contratarme? ¿Necesitas protección? No deberías internarte por estos lares si la segunda respuesta es positiva.

    — No y sí. Verás, tengo… una carga de la cual ocuparme en casa, y soy su único sostén. El negocio de los gnolls es extremadamente lucrativo, como bien sabes, pero su valor es directamente proporcional a su letalidad.— el humano se permitió una sonrisa tímida.— Mira, lo que quiero decir simplemente es que me gustaría volver de aquí con vida. Tengo todavía asuntos pendientes, y no me gustaría que todos tuvieran un fin abrupto en el estómago de un demonio hiena. No dudo de mis habilidades, tan solo… un seguro extra de verdad calmaría mi conciencia.

    — Por qué entonces decidiste venir a La Frontera, sigo sin entender eso. Pareces bastante preocupado por esos asuntos pendientes que tienes. ¿No sería mejor resolverlos antes de internarse en la boca de la hiena?

    — No pido que entiendas mis motivos. No quiero mezclar sinceramente lo que es vida personal con vida profesional. Tan solo te pido esto como favor. Piénsalo, dos cabezas son mejor que una. Sin resentimientos si dices que no.

    Freyja se lo quedó mirando durante unos instantes, sopesando sus opciones. Observó el panorama alrededor, ignorando deliberadamente las miradas acusatorias de las muchachas que estaban arrastrando los cuerpos fuera de la posada. Las palabras que salían de la boca del extraño sonaban sinceras, y en sus ojos no había rastro de mentira. Aunque era difícil saberlo, teniendo en cuenta la intensidad de su mirada. La ponía incómoda.

    Sin embargo, su oferta no era mala. Un par de ojos extras para vigilarte la espalda en las Tierras de Nadie nunca estaba de más, en especial si esos ojos tenían entrenamiento médico. Y por la velocidad con la que había clavado esa daga sobre la mesa, se podía notar que tenía entrenamiento especializado en el manejo de las armas. Ningún simple mercenario tiene esa capacidad para sacar un cuchillo como por arte de magia. Era obvio que ocultaba muchas cosas, pero como bien había dicho, la vida profesional y la personal no debían mezclarse. Ella tenía sus propios secretos de por sí.

    Tamborileó un rato los dedos sobre la mesa, al ritmo de una canción de su infancia, sobre un soldado, un poeta, y un rey. La ayudaba a concentrarse. Suspiró, chasqueó la lengua, y miró hacia su acompañante, que la había esperado pacientemente, con una sonrisa.

    — Sinceramente, te rodea un aura de misterio que no sé si tengo ganas de agujerear, y la única habilidad útil que has demostrado hasta ahora es poder sanar un ojo hinchado una vez al día.— arrancó la daga ,que todavía se encontraba clavada en la mesa, y se la arrojó perezosamente.— Pero al menos, me intrigaste lo suficiente como para aceptar tu trato. Tan solo una condición: lo que mata cada uno, se lo queda cada uno. Nada de compartir ganancias.

    Apoyó el codo sobre la mesa, y extendió la mano en dirección del humano. Este sonrió agradecido, y se dispuso a estrecharsela. Sin embargo, Freyja retrajo la suya.

    — Y otra cosa, quiero saber tu nombre. Yo me encuentro en desventaja. Si no quieres compartir nada de tu vida, está bien, pero al menos, dame algo para no llamarte simplemente “Humano”. Todavía no sé si incluso eres un anoriano o un ulalmarano.

    El aludido la miró sorprendido por un segundo, para luego soltar una carcajada.

    — ¿Cómo se me pudo olvidar? Otra prueba más de que no funciono para las primeras impresiones. Para quitar toda niebla sobre mi identidad étnica, soy anoriano, essino para ser más exacto. Mi madre era ulalmarana, así que saqué ciertos rasgos de ella. Pero supongo que la sangre mixta de mi padre tuvo más fuerza en el momento de la concepción, ¿eh?— al ver que Freyja ni siquiera sonreía, si no que lo miraba confundida, se mordió los labios y asintió con la cabeza.— Sí, chiste médico, lo siento. Mi nombre es Nànoi.

    Estiró la mano, pero la elfa tan solo la alejó más.

    — ¿Nànoi, en serio?- exclamó, exasperada, los brazos al aire.- Entiendo que no querés decirme tu verdadero nombre, ¿pero Nànoi? ¿Cero en élfico? Ahora estoy más que segura que tienes todo un trasfondo trágico. Seguro mataron a tus padres y quedaste huérfano en las calles. Tenías que robar para sobrevivir y cada día era una lucha contra el hambre, el frío, y no sé, ¿osos de callejón? ¿Alguna otra cosa absurda que quieras agregar?

    Nànoi tan solo se la quedó mirando, levantando una ceja, y apoyando su cabeza en una mano. El arrebato de la supuesta Erinia de Hierro lo había tomado completamente por sorpresa. Cada tanto, Freyja soltaba un quejido de dolor, por haber estirado demasiado y muy súbitamente los brazos.

    — ¿Sabes qué? Te voy a llamar Null. Así es, cero en essino, así entiendes lo estúpido que suena para mí que hayas elegido esa palabra como nombre.- sentenció, los brazos cruzados.

    — ¿Terminaste con tu berrinche ya?

    Freyja gruñó, mostrando los colmillos.

    — Perdón, suelo ser bastante apasionado sobre lo que me exacerba. Y en esa categoría entra cualquier cosa que no vea como práctica o la sienta estúpida, como tu nombre.— inspiró profundamente, para calmarse.— Otra mala costumbre que adquirí de una vieja amiga.

    — Bueno, dejando de lado mi reciente y poco ortodoxo bautismo, ¿tenemos un trato?

    — Sí, lo tenemos. Null.

    Con un bufido de parte del essino, ambas manos, al fin, se estrecharon. Este no pudo evitar sonreír y soltar una corta risa, lo que hizo que Freyja lo mirara intrigada. Null le quitó importancia con una mano.

    — Nada, tan solo que me parece extraño. De todas las escenas que visualicé sobre cómo transcurriría esto, en ninguna ocurría lo que acaba de pasar.

    — ¿Ah, sí? ¿Y en cuántas de esas escenas terminabas pagándome el almuerzo?- comentó la elfa, con una sonrisa ladina y un rugido en el estómago.

    — Si te soy sincero… — comenzó el anoriano, devolviéndole la sonrisa y levantando una mano, para llamar la atención de una de las muchachas que estaba descansando. Entre el índice y el mayor, tenía dos marcos de plata.— En cada una de ellas.
     
    Última edición: 15 Septiembre 2020
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    Tenemos un problema... Ya es la tercera historia de Freyja que leo y las anteriores fueron tan buenas que vengo con demasiadas expectativas y...
    ¡Me encantaaaaaaaaaaaa! Buah, ha sido un capítulo súper emocionante. Tenía un montón de ganas de empezar a leerla y ya de entrada he visto que era un capítulo bien largo y lo he cogido con unas ganas que no te puedes ni imaginar. Sabes que el personaje de Freyja me fascina, ese carácter tan fuerte que tiene, lo dura que es, esa mezcla de sarcasmo e ironía constante, simplemente fascinante.

    Me sorprende que en cada una de sus historias se rodea de personajes distintos, siempre tengo la ilusión de volver a encontrármelos, porque les cojo tanto cariño como a Freyja y me encantaría volver a verlos, pero éste último me tiene de lo más intrigada. Nànoi, Null para los amigos, tiene un aura de misterio muy intrigante, ya se deja ver que esconde algo y que va a dar mucho juego con la elfa. Desde el principio me ha descolocado que se mantuviera al margen de la pelea, me ha recordado a la escena del Señor de los Anillos con Aragorn fumando de la pipa... UY que me desvío. Los poderes que ha demostrado después y ser tan reacio a hablar de sí mismo, dejando en claro desde el principio que quiere dejar la vida personal al margen, ¡es tan misterioso! Supongo que con el tiempo se irán descubriendo más cosas sobre él. Me ha encantado la escena en la que ella le cambia el nombre y tiene una pequeña pataleta por no saber su nombre real. Curiosa elección de palabras, usando otro idioma, y una forma genial de aprender un nuevo idioma. Es algo que me encanta de tus escritos, los nuevos idiomas, las nuevas palabras que hacen referencia a razas, costumbres... A veces siento que no las entiendo, no sé qué es exactamente null por esa terminología extraña, simplemente me he quedado con que es humano y tiene conocimientos de medicina.

    Como siempre, tus narraciones sobre escenas de acción son soberbias. Me he metido en la pelea desde el principio, es muy fácil sumergirte en la lucha y vivirla intensamente junto a Freyja. La aparición de los 4 villanos, muy del estilo a película del oeste, ha sido genial. Desde el inicio se intuía que se iban a llevar su merecido, porque es Freyja, y obviamente es la mejor. Además, sabía que iba a ser ella porque soy una impaciente y en cuanto he visto que había un escrito tuyo he venido a cotillear, sin leer, simplemente saber a primera vista si leía su nombre. Toda la ambientación inicial, ese clima que se genera en el bar con la aparición de los 4 forajidos, cómo muestran su superioridad, los crueles que son para mostrar quién manda, cómo van contra la que consideran una mera diversión... esa forma de sumergirnos al lector y crear un ambiente tan propicio es difícil y lo has conseguido a la perfección. Estaba deseando que llegara el esperado enfrentamiento y por si fuera poco ha habido cuatro peleas, luchando individualmente contra cada uno. Los dos primeros han sido emocionantes, rápidos y me he sentido orgullosa de ella. En el tercero lo he pasado hasta mal, ha sido el más intenso de todos y en uno de los momentos pensaba que iba a terminar peor. Finalmente, pensaba que la lucha contra el jefe sería la peor, con eso de ir aumentando la dificultad, pero Freyja ya estaba destrozada, no podía ni respirar... De nuevo me ha sorprendido con todo el arsenal y objetos poderosos que lleva encima, un final muy ingenioso.

    Ha habido algún error de alguna letra cambiada, Freyja hablando en masculino... pero no molestan en la lectura y es comprensible en un escrito tan extenso. Una cosa nada más por si lo quieres corregir.
    Supongo que ahí quisiste decir sombrero o algo similar.

    Otro detalle que me ha sorprendido es que la elfa de vez en cuando hablara con expresiones como vos, sos.

    Resumiendo, estaba deseando leer una nueva aventura de Freyja y me ha encantado el primer capítulo. Tienes una manera de narrar muy atrayente y tus escenas de acción son sobresalientes. Tienes lectora asegurada hasta que termine la historia.
     
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    Soldado, Poeta, Rey III: La Balada del Mago y la Muerte
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    Fantasía
    Total de capítulos:
    4
     
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    2784
    La Balada del Mago y la Muerte - Parte II

    Atravesar las tierras desoladas de lo que otrora fuera el orgulloso reino fronterizo de Tol Khrogo, el bastión de defensa de los Dominios Lejanos frente a las huestes monstruosas de las Tierras de Nadie, era una perspectiva bastante poco atrayente para la mayoría de las personas. Por aquí y allá, lo único que podía verse eran ruinas de lo que anteriormente habían sido casas llenas de vidas y risas, y granjas abundantes en cosechas y ganado. La Frontera nunca había sido buena con nadie, pero siempre había tenido su encanto. Los pocos habitantes demasiado testarudos y reticentes como para buscar otras pasturas miraban con semblantes mustios como el carruaje se arrastraba por los vestigios del antiguo Camino Real.

    El conductor del mismo, un joven anoriano de ojos esmeralda y piel morena, que no debía tener más de treinta años, se ajustó la bufanda púrpura para protegerse del viento frío que comenzaba a arreciar, y saludó con una mano y una sonrisa a una niña que pasaba a su lado. Su amabilidad fue simplemente correspondida con una tímida levantada de mano de parte de la niña, y un gruñido proveniente de la madre, que tironeó del brazo de la pequeña, para continuar con su camino. El muchacho se las quedó mirando un rato, con algo de pena, y azuzó al menudo cimarrón que tiraba del carro. Ellos también tenían que llegar a su destino todavía.

    — Nunca me imaginé que las vistas iban a ser tan… sobrecogedoras.— dijo, después de intentar buscar la palabra correcta.— La verdad que el Consejo de los Dominios Lejanos tuvo una actitud bastante egocéntrica con respecto a estas pobres personas. Que yo haya escuchado, ningún esfuerzo se ha dispensado para intentar reconstruir aunque sea partes del reino.

    — A mí lo que siempre me molestó es el nombre de “Dominios Lejanos”.— contestó Freyja, a sus espaldas, ignorando completamente las preocupaciones de su compañero.— Toussegard y Tres Arroyos son limítrofes al Imperio Donovan, e incluso desde donde estamos nosotros ahora mismo, supuestamente el reino más “lejano”, aunque ya de reino no tiene nada, estamos a unos simples cuatro días de viaje, uno por tierra y tres por barco, de Ragrard. No estamos lejos de nada.

    Null suspiró, derrotado. Desde que habían retomado su viaje esta mañana la elfa no había dejado de quejarse de cosas sin sentido. Sinceramente, no entendía de dónde provenía el malestar por el cual seguramente la cazadora debía estar pasando. Así que se limitó a mirar el camino más adelante, dejando de lado cualquier otro intento de conversación.

    Freyja no tenía noción de todo el paisaje depresivo que atravesaban en esos momentos. Lo único que podía ver, tirada en el carro como estaba, eran las barandas del mismo, el cuerpo envuelto y a duras penas consciente de Rykaal, y el cielo azul sin nubes que se extendía sobre ellos. Cada tanto, el fill’kuta soltaba un quejido sordo de dolor, que la elfa acallaba dándole un talonazo. Teniendo en cuenta todo lo que había llegado a derretir el ácrido diluido, dudaba de que conservara muchas capacidades cerebrales en estos momentos.

    Se sentía rara, la verdad. El día había comenzado de manera muy extraña. No, esa sensación venía desde el día anterior, desde que había cerrado su trato con el anoriano. Cerró los ojos, mientras recordaba los sucesos que habían acaecido desde ese momento.




    El almuerzo había terminado sin eventos ni conversación de por medio. Null lo había intentando, pero Freyja no estaba con el humor para hacerlo, además de que el apetito se le había abierto de manera feroz después de la pelea y de que la poción de vitalidad comenzara a hacer efecto en su cuerpo. En cuanto hubo terminado, soltó los cubiertos sobre el plato y soltó un sonoro eructo, recostándose en la silla. No pasaron ni dos segundos de que ya había hecho un ademán de pararse, cuando el anoriano la detuvo con un gesto.

    — ¿Qué te pasa ahora?— preguntó la elfa, algo molesta.

    — Espero que no pienses partir de inmediato.

    — Ese es exactamente mi plan. ¿Acaso ahora también me vas a decir que podés leer la mente, o tan solo las obviedades?

    — En el estado en el que estás, lo más sensato es que al menos pases un tiempo recuperándote.— comentó Null tranquilo, ignorando el tono ácido de la voz de su ahora socia.— Recibista una paliza brutal, y hasta que no tomaste un trago de esa poción tuya, ni siquiera podías respirar normalmente. Hablando de eso, ¿qué tomaste?

    — Una poción de vitalidad, ¿por qué?— inquirió Freyja, encogiéndose de hombros.

    — Quiero simplemente saber, para así dar un diagnóstico adecuado. Lo siento, pero no puedo permitir que mi nueva compañera se suicide yendo a cazar gnolls cuando tiene todavía un hematoma del tamaño de una pelota en su torso y múltiples cortes recién cicatrizados en los brazos y el rostro. ¿Quieres hacerme el favor de alcanzarme tu cantimplora?

    La cazadora lo miró hastiada, pero, con un chasquido de lengua, le lanzó al anoriano lo que pedía, ignorando su mano extendida. Este atrapó la cantimplora diestramente en el aire, mientras la miraba con expresión de circunstancias y levantaba una ceja, y la destapó. Se la acercó a la nariz, la olisqueó, y luego derramó unas gotas sobre su dedo, para llevárselo a la boca. Saboreó el líquido un rato, haciendo una mueca de asco. Freyja soltó una pequeña risotada ante la expresión de Null.

    — ¿De qué está hecha? En mi vida había probado una poción tan amarga, y mira que ninguna hierba medicinal tiene el dulce gusto de la miel, precisamente.

    — No tengo la menor idea. Me la preparó un amigo mío, un gigante. Supongo que será con diferentes partes animales, ya que muchas plantas no crecen en el Fin del Mundo.— contestó la elfa, encogiéndose de hombros.— Para que no se me acabara, la puse en esa cantimplora, que supuestamente está encantada para que el líquido que tiene dentro dure de manera indefinida. Hasta ahora no me ha traicionado.

    — Bueno, eso no hace más que complicar las cosas. Si fueran hierbas sería más sencillo, pero yo no tengo idea de cómo funciona la alquimia con partes animales.— Null le devolvió la cantimplora y luego se cruzó de brazos.— Sin embargo, no importa cuán fuerte pueda ser esta mixtura, igual necesitas descansar. Ya sabes que ningún tipo de magia o alquimia es milagrosa, excepto por, bueno, los milagros, valga la redundancia, pero incluso ese tipo de hechizos son muy demandantes para quien los conjura.

    — Y vos tan solo sabés remendar ojos en compota, ¿eh?

    — Es simplemente la cantidad de mi alma que estuve dispuesto a sacrificar, no pidas mucho más.— el anoriano dejó escapar una corta risa. Luego, su semblante se puso serio.— Como sea. Partiremos, como mínimo, en dos días. Tal vez pueda aprovechar mis plegarias para intentar ayudarte a acelerar la recuperación, además de utilizar algunos ungüentos que ya tengo preparados.

    — ¿Dos días?— exclamó la elfa, atónita.— ¿Qué voy a hacer en dos días? ¿Charlar contigo? Prefiero que Weloth vuelva a vapulearme de un lado a otro antes que eso.

    — Deberías estar agradecida de que sean simplemente dos días. Cualquier otra persona necesitaría al menos dos semanas para recuperarse del castigo que te dieron, y eso si es que hubiera seguido con vida.

    Freyja bufó, pero el essino tenía razón. Si bien la medicina que le había proveído Nootaikok había sido de gran ayuda, brindándole nuevas energías, sólo había hecho eso. Y no se podía negar que los golpes que había recibido todavía le dolían. Ir a la batalla con esas lesiones sería sinónimo de muerte. Y de una imbecilidad bastante grande. Y ella era arrojada, no imbécil.

    — Además.- agregó Null.— Si tanto dices que te vas a aburrir, puedes aprovechar ese tiempo para ayudar al pobre de Ale a ordenar y reparar todo lo que tú destrozaste. ¿Qué opinas?

    Ante la sonrisa traviesa del anoriano y la mirada acusatoria del ta’hani y sus empleadas, la arblur no pudo hacer más que rezongar con un gruñido. Fulminó con la mirada a su socio y se dejó caer pesadamente sobre la silla de la cual se había levantado.

    — Está bien, vos ganás. Pero dos días. No más que eso.— concedió la cazadora, chasqueando la lengua.




    Freyja, con un movimiento de su mano, ahuyentó temporalmente a una mosca, solo para que esta volviera con más ahínco. Parecía empecinada en posarse sobre uno de sus ojos. Desestimó con un gruñido la pregunta de Null, que se interesaba en saber cómo estaba y si le dolía o molestaba algo. Sí, había muchas cosas que le molestaban. El vendaje que le envolvía todo el estómago y le atravesaba el torso le escocía y estaba frío y húmedo, haciendo que sufriera leves escalofríos cada tanto. El essino lo había impregnado con una sustancia refrigerante, que la elfa no conocía ni se interesó en conocer el nombre, que supuestamente le ayudaría con las inflamaciones y hematomas que tenía en su castigado tronco. El ungüento que le había puesto sobre los brazos le picaba, y las costras de sangre que se le habían formado de sus recientes cicatrices rozaban contra la tela de su gambesón y no hacían más que aumentar su incomodidad.

    Los últimos dos días que había pasado con Null habían sido bastante extraños para Freyja. Aparte de aburridos. El joven había intentado sacarle algo de conversación; oh, los Mahla, los Cronistas, los Mártires y los Dioses Dragón sabían lo que había intentado. Sin embargo, no lograba comprender de que la arblur era antisocial por naturaleza. A Lavignia le había costado meses mantener algo más allá que una simple conversación incómoda con ella, en dos días no iba a lograr mucho más. Y después de todo lo que había pasado, intentar hacer amigos nuevos era lo último de su lista.

    Además, en cierta manera, su presencia la incomodaba. Tan alegre, tan servicial, tan atento, siempre con una sonrisa y un agradable brillo en los ojos. Le daba náuseas. Tanta amabilidad se le hacía empalagosa.

    Con una mano enfundada en un guantelete acarició el ojo que había recibido la magia del anoriano hace un par de días. Ya no le latía, y había dejado de lagrimear. Hurgó en su bolso y sacó el medallón de plata que Ale, esta vez con la forma de un alto elfo de sangre, con cabellos y ojos de un penetrante color dorado, le había dado al partir. Lo contempló en contraste con la Sonrisa, observando el relieve de una lechuza con las alas extendidas de un lado y las garras listas, como si estuviera a punto de cazar a su presa. En la otra cara, tan solo se veía el rostro de la lechuza. Chasqueó la lengua, mientras volvía a guardar el medallón, y le daba una patada gratuita a Rykaal. Entendía por qué estaba frustrada, pero admitirlo era otro tema completamente distinto.

    Null la miró por encima del hombro, levantando una ceja acusatoria en cuanto vio el trato que recibía el cautivo. Sin embargo, tan solo suspiró y no dijo nada. En esos dos días, había aprendido lo testaruda que podía ser Freyja.

    Esta miró su nuca desde su posición recostada, mientras rumiaba palabras que nunca llegaban a salir. Porque el hecho de que estuviera tan rara se debía a que, por primera vez en décadas, alguien había cuidado de ella. Usualmente era al revés. Era contratada para proteger a personas en viajes o en misiones específicas, siendo usada como escudo de carne. A veces tenía que ir sola a limpiar la guarida o nido de un monstruo, y luego volvía al pueblo para recibir su recompensa. Ella cuidaba del resto, no a la inversa. Y nunca le molestó. Pero esta situación sí que la frustraba un poco, la verdad. Aunque por qué la frustraba era algo que sí se le escapaba.

    Soltó un sonoro bufido. No tenía sentido seguir pensando en eso. Null sintió como, perezosamente, Freyja apoyaba los brazos y la cabeza al lado suyo, sobre el borde del carro. La miró curioso, con una media sonrisa.

    — ¿Ocurre algo?

    — Sí, de hecho. Ya que nos vamos a enfrentar juntos a las hordas del Gehenna, me parece que sería algo bastante inteligente conocer la forma de combatir y la estrategia del otro.

    — Una decisión sensata.— concordó el essino, con una sonrisa.

    — Vos ya me viste pelear en la Lechuza Plateada. No hay mucho más que agregar de mi estilo de lucha. Simplemente uso lo que tengo a mano, y de la manera más efectiva posible.

    — Y también sanguinaria, digamos. No hacía falta estamparle la cabeza al torkai cuatro veces contra la barra. Te dejas llevar bastante por el fragor del combate. Supongo que de alguna manera debías ganarte el nombre de “Erinia” en ese apodo tan pintoresco tuyo.

    La aludida gruñó, encogiendo los hombros.

    — Dejando de lado lo que seguramente fue un intento de sátira por parte de ese juglar, queda todavía la incógnita de saber cómo vos te desenvolvés en batalla. Por lo que he visto, eres simplemente un cobarde que prefiere simular estar dormido o borracho antes de ayudar a quien obviamente lo necesita.

    — ¿Vas a estar así de rencorosa todo el viaje, o se te va a pasar prontamente?

    — No sé, tendrás que averiguarlo por vos mismo.— respondió, sonriéndole de manera agresiva, mostrando los colmillos.

    Null soltó un suspiro descorazonado. Habían dejado ya detrás las últimas construcciones civiles y estaban llegando a lo que había sido anteriormente el borde del Tol Krhogo.

    — Ya te dije, tu pelea con el dragariano duró apenas unos segundos, no sé si logró siquiera pasar el minuto. Y al principio se te veía bastante bien. Pero ignorando eso, porque al parecer eres tan porfiada como resistente, pasemos a lo que nos compete. Tengo entrenamiento en batalla y puedo manejarme por mis propios medios. Y mis conocimientos en anatomía y medicina me dieron la capacidad de poder vislumbrar ciertos puntos débiles en el resto.

    — Vaya, un médico que sabe como pelear. Y con todo ese rollo de los puntos débiles, sonás cada vez más como un asesino.— Null la ignoró.— Bueno, interesante discurso, pero esa estrategia funciona excepcionalmente bien cuando te encuentras en un duelo formal, no en un páramo caótico lleno de demonios y ruinas. Dudo mucho que un gnoll te conceda una honorable pelea uno a uno a la primera sangre.

    — Estás bastante irritada. Desde que empezamos el viaje estás así. ¿Pasó algo? ¿Te encuentras bien? ¿Tus vendajes te molestan, quieres que te los cambie por unos más frescos?— el essino hizo una pausa, mirándola curioso.— ¿Acaso estás en menorrea?

    La pregunta congeló completamente a Freyja, que ya había abierto la boca para quejarse y decirle que no molestara. Soltó un par de sonidos ahogados, sus ojos se movieron nerviosamente de un lado a otro, y sintió como sus orejas pasaban de su suave cobrizo típico al saturado carmesí. Apuntó de manera acusatoria a Null, que la miraba sin entender qué le pasaba, y abrió la boca, pero no lograba articular ninguna palabra. Al final, soltó un gruñido de frustración y se sentó en el carro, dándole la espalda, el rostro como un tomate.

    ¿Cómo se atrevía a preguntarle eso? ¿Quién se pensaba que era? Recién se conocían, no habían estado en la compañía del otro por más de tres días, y ya le estaba preguntando sobre su período. ¿Qué acaso no sabía que esas cosas no se preguntaban? ¿Quién diablos lo había educado? Se agarró la cabeza, frustrada. Ahora tan solo quería aplastarle la suya al essino bajo las ruedas del carro.

    — Oye, ¿estás bien?— preguntó este, mirándola por encima de su hombro.— No sabía que el tema te iba a afectar tanto. En Northumbreisen nunca fue algo de lo que se hiciera un gran revuelo, y menos todavía en Auzbünfurt, en la Universidad. Supongo que ustedes los elfos tienen otros tabúes.

    — Callate, ¿sí?— replicó la arblur con violencia, sin verlo a la cara.— No tiene nada que ver con elfos, ni tabúes raciales, ni nada. No, no lo estoy, para responder tu maldita duda, pero si vuelves a preguntar algo así, te voy a demostrar lo doloroso que puede ser sangrar por ahí abajo. Involker.

    Null volvió a ver el camino, mientras exhalaba por la nariz y meneaba la cabeza, sonriendo.

    — Lo siento, lo siento. No volveré a hacerlo. Cada uno tiene sus temas prohibidos, lo entiendo.

    — Te pedí que te callaras.

    — Sí, perdón.

    Para intentar quitarse la furia que llevaba encima, Freyja pateó un par de veces el cuerpo inconsciente y envuelto de Rykaal. Sonrió satisfecha. Sí que era tranquilizador.
     
    Última edición: 11 Septiembre 2020
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    Primero que nada, perdón por tardar tanto en pasarme, ha sido una semana un tanto rara. Aunque no lo parezca tenía ganas de seguir leyendo sobre Freyja.

    He disfrutado mucho de la historia, la elfa tiene una forma muy curiosa de comportarse, me gusta cómo has incidido en su testarudez y lo que le cuesta hablar con otras personas. Me ha encantado la comparativa con Lavignia, espero que vuelva a aparecer de nuevo en esta u otro historia. A Null le sigue envolviendo un aura de misterio que me tiene de lo más intrigada, apenas se sabe de él, incluso cuando le ha preguntado directamente sobre cómo lucha tampoco ha dado grandes detalles.

    De nuevo, estoy curiosa por saber por qué Freyja de vez en cuando usa el vos. También me gusta el detalle de su incomodidad al ser cuidada por otra persona. aunque haya sido a regañadientes no le ha quedado otra que descansar. Ese juego de tener siempre el rol de cuidadora y no saber invertirlo es interesante, sus reacciones son divertidas.

    El final ha sido mi parte favorita, parece que ella intenta hacer un ademán de conversación y termina de manera de lo más curiosa. No me esperaba que se sintiera tan incómoda hablando de la menstruación. Al final se comporta como una niña pequeña, dando la espalda, roja como un tomate y mandado callar. Imaginarlo ha sido tierno.

    Un par de cosillas de nada por si las quieres corregir, pequeños dedazos.
    Te sobra ese de.

    Va a pasar, ahí te faltaría la preposición.

    Como siempre he disfrutado muchísimo de la historia, también como es costumbre siempre me dejas con ganas de más... Tengo muchas ganas de leer como evoluciona la relación de ambos, si los diálogos empezarán a darse más fluidamente, con esos toques sarcásticos que los caracterizan. Por supuesto, estoy deseando ver esas acciones de acción que se te dan tan bien. La narración excelente y el vocabulario empleado muy amplio, nada más empezar ya he tenido que echar mano al diccionario. ¡Con muchas ganas de seguir leyendo el siguiente capítulo!
     
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  5. Threadmarks: Parte III
     
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    Soldado, Poeta, Rey III: La Balada del Mago y la Muerte
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    Fantasía
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    La Balada del Mago y la Muerte - Parte III

    El inti se alzaba alto en un cielo que había sido limpiado completamente de nubes, gracias a un fuerte viento que se había levantado hace algunas horas. La Sonrisa acariciaba a los tres ocupantes de aquel solitario carro que avanzaba por antiguas calles embarradas. El hecho de que en pleno Capullo Abierto en los Dominios Lejanos hubiera aparecido un día seco era verdaderamente un regalo de los Mahla. Y Freyja se lo agradecía de manera silenciosa. Se había empapado los primeros días que había llegado allí.

    Terminó de comprobar el estado de su equipo por enésima vez en una hora, para luego chasquear la lengua. Null había seguido las instrucciones al pie de la letra, y no le había soltado palabra a ella desde el pequeño incidente. Se quedó contemplando su espada bastarda, que había vuelto a afilar y aceitar luego de enfrentarse a los matones en la Lechuza Plateada, y contempló el soso brillo del acero, viendo su rostro reflejado en él. Se frunció el ceño a sí misma y luego realizó una extraña serie de caras, para terminar enojándose con el reflejo y dejando caer el arma sobre el piso del carro.

    Miró al essino de soslayo, y soltó un bufido. Podía pasar días y hasta semanas sin hablar con ninguna criatura pensante, mientras viajara sola. Pero en cuanto tenía un compañero, sentía una tediosa necesidad de entablar conversación. Maldijo a Lavignia entre dientes, y le tocó el hombro al joven.

    — Che, todavía tenemos que seguir con la charla anterior.

    — ¿A qué charla te refieres? Porque si es lo último, no tengo problema en prepararte algo que te ayude con el dolor. Eso sí, no sé si dispongo de los elementos para…

    — Callate, por favor, y no arruines mi pobre intento de socializar con alguien. Y para evitar que sigas destrozando toda conversación, solo vas a responder las preguntas que yo te haga, ¿entendido?— Null simplemente la miró directo a los ojos, sonrió y asintió. La elfa frunció el sueño. Sería estupendo que dejara de sonreír tanto.— Bueno, sinceramente tu entrenamiento en pelea parece inútil con la situación que vamos a tener enfrente, aunque supongo que tan solo el tiempo lo dirá. La otra cosa que me interesa, y bastante, la verdad: ¿cuáles son tus armas? Necesito saber que equipo trajiste para saber cómo debo prepararme.

    — ¿Quieres saber específicamente sobre las armas que porto, o sobre todo mi equipo? Porque debo decirte que se entrecruzan bastante.

    — Me parece que sos lo suficientemente inteligente como para darte cuenta vos solo. Digo, pudiste descifrar que no necesitaba nada de ayuda en la posada, supongo que puedes descifrar esto.— replicó la cazadora, sonriéndole de manera enigmática, apoyando su cabeza en un puño cerrado.

    El humano tiró la cabeza hacia atrás y soltó un gruñido de frustración, que tomó por sorpresa y divirtió por partes iguales a la elfa. Null se pasó una mano por el rostro, haciendo una pausa de unos segundos antes de responder.

    — Bueno, terminemos con esto. Traigo conmigo un estoque y un requieter. También varias trampas desplegables, y una daga de parada.— Freyja lo miró con una expresión de no creer. Null le devolvió la mirada, desconcertado.— ¿Ocurre algo?

    — ¿Qué pensás que vamos a hacer, asaltar una bodega en Veraccia? ¿Un estoque y una daga de parada? ¿Trampas? ¿Y qué demonios es un “requieter”? Niño, nos vamos a enfrentar a demonios en forma de hienas humanoides, no a nobles en armadura. ¿Para qué te va a servir un estoque?

    — Dicen que la piel de los gnolls es tan dura como una cota de mallas.— intentó defenderse el anoriano. “¿Niño?”, pensó para sí, pero no lo dijo en voz alta.

    — ¡Sí, pero sigue siendo pelaje! Tan solo tenés que poner un poco más de fuerza en tu brazo para hundir un hacha o una espada. O una maza incluso sería bastante práctica. Su piel no está hecha de pequeños eslabones o placas que podés romper con tu maldita arma de duelo.

    — Creo que acabo de encontrar otro de esos temas que tanto te molestan.— suspiró el essino, y se concentró en el camino, mientras la cazadora seguía remarcando todas las fallas de su equipo.

    — ¿Una daga de parada? ¿Qué vas a hacer, frenar un mazazo? ¿Una flecha? Una daguita de morondanga no va a servir de nada cuando un gnoll te intente abrir el cráneo como si fuera una nuez de un hachazo. Incluso un broquel sería de mucha más ayuda que una jodida daga. ¿De verdad planeas enfrentarte a estas criaturas con un armamento tan poco apropiado? ¿Tienes al menos pociones o aceites para ayudarte un poco siquiera?

    Freyja continuó despotricando por varios minutos más, remarcándole lo estúpido que era por haber traído esas armas, su obvia inexperiencia, de que había firmado un contrato con su propia muerte al haber decidido aceptar su trato, y sobre qué carajos era un requieter, por segunda vez. Null reunió toda la paciencia que tenía dentro de su cuerpo, y cerró sus ojos y oídos al mundo. Se concentró en tiempos más felices en los cuales no era asaltado por una impetuosa elfa con un fetiche por las armas y las armaduras y la preparación adecuada. Por esa razón no se dio cuenta de que otra voz, mucho más autoritaria que la de la cazadora, le gritaba que se detuviera. No fue hasta que su acompañante lo zarandeó de los hombros que despertó de su ensoñamiento. Por fortuna, el cimarrón que tiraba el carro era tan manso que se había detenido hacía ya varios segundos.

    El essino pestañeó como si se hubiera despertado de una revigorizante siesta, y mientras se desperezaba, se encontró con la mirada sorprendida de la elfa. Ante su rostro que obviamente articulaba la incógnita que no quería o no tenía ganas de decir, los ojos de la cazadora brillaron de indignación.

    — ¿Acaso me estabas escuchando mientras te hablaba?— inquirió, con el ceño fruncido.

    — Te diría que sí, Freyja, pero la verdad es que detesto mentir.— el joven sonrió de manera cansada, y se giró, para dirigirse hacia la persona que había ordenado que se detuvieran.

    Era un individuo particular, chaparro y orondo, enfundado en la armadura de escamas y en el uniforme típico de los Rangers de la Frontera, la fuerza militar que el Alto Consejo había instituido para reemplazar la protección que el difunto reino de Tol Krhogo anteriormente brindaba. La elfa pudo sentir la tensión que se posó por una milésima de segundo en las manos de Null, que se hallaban sujetando la brida. Lo miró de soslayo, algo extrañada. ¿Tenía alguna historia con los Rangers, acaso?

    El mediano enfundado en el uniforme los observó con atención y la nariz arrugada, dándose todo el aire de importancia que podía teniendo en cuenta que apenas rozaba el metro y de lejos podría haber sido confundido con una pelota. Se acomodó la boina verde de su uniforme, coronada con una pluma de faisán, y se dirigió a los recién llegados con una estridente voz de pito, que sumado a su fuerte acento troscano, lograba hacer que los oídos de cualquiera terminaran zumbando. El essino lo miró algo intrigado al escuchar su acento. ¿Qué hacía un mediano de Trosca a un continente de distancia de su hogar natal? El mundo sí que tenía muchas sorpresas.

    — Informen nombre y motivo por el cual arribaron a La Frontera.— ordenó, con una mano sobre el sable que tenía colgado al costado.

    — ¿De verdad hace falta tanta ceremonia?— preguntó Null, levantando una ceja.

    — Si tanto le molesta cumplir una petición tan simple, bien puede darse la vuelta, señor.— replicó el ranger, de manera inmutable.

    — Soy Nà… — se interrumpió al sentir el pellizco que Freyja, de manera inadvertida, le había propinado a su estómago. La miró de soslayo, con ojos enojados, a los que la elfa simplemente respondió con una sonrisa inocente. Suspiró.— Null. Null de Auzbünfurt.

    El ranger lo miró algo raro, antes de continuar.

    — ¿Y tú?

    — Freyja de Nidohueco.— respondió la aludida, en un tono completamente neutro.

    — Ah, la Mocosa. Supongo que vienen entonces por la temporada de gnolls. Aguarden aquí, les prepararé sus permisos de caza.

    En cuanto el mediano se dirigió hacia la garita de guardia, con todo el aire pomposo que una criatura de su estatura podía darse, el essino giró la cabeza para mirar a su compañera, con una ceja levantada.

    — Ya, escupí. No te golpearé ni me enojaré, te lo prometo.

    — ¿Cuántos apodos tienes?

    — Mirá, doscientos treinta años es suficiente tiempo como para coleccionar unos cuantos. En especial con el estilo de vida que llevo.

    — ¿Y por qué “la Mocosa”?

    — Fue solo una vez, ¿está bien?— replicó la elfa, indignada. Se cruzó de brazos y le dio la espalda, contemplando el paisaje.— No sé si fue la segunda o tercera vez que vine acá. Me había unido a un grupo grande de caza. Una noche que estábamos acampando, fuimos emboscados por un grupo de sapos gigantes. Y al parecer, de verdad había enojado a Tylmora ese día. La fortuna no estuvo de mi lado, aunque nunca suele estarlo. En cuanto lograba salir de la boca de un sapo, entraba en la de otro. Hubo un momento en el cual me tragaron incluso. Obviamente, terminé llena de baba y moco de sapo. De más está decir que no fue una linda experiencia.

    Freyja escupió, recordando todo, y sintió un escalofrío correr por su espalda. Null se la quedó mirando, con la boca torcida, antes de continuar.

    — Al parecer eres conocida por estos lugares. ¿Siempre ha existido esto de los permisos? Digo, no vamos a salir a cazar cervatillos ni conejos. Y que yo recuerde, las Tierras de Nadie no son jurisdicción de, bueno, nadie, valga la redundancia.

    — Lamentablemente, si querés cobrar la recompensa por cada gnoll muerto, deberás tener ese papelito. Al Alto Consejo le encanta la burocracia, más ahora que el Ducado y Toussegard son los que esgrimen el poder.— la cazadora pateó a Rykaal.— Yo incluso tuve que conseguir un permiso de cazarrecompensas para poder siquiera apresar a este inmundo fill’kuta. La “gente libre” de los Dominios Lejanos son mucho menos libres de lo que creen.

    — Al menos no estamos en Ragrard. Escuché historias bastante terroríficas sobre lo restrictivos que son allí.

    — Principalmente con los inmigrantes.— comentó Freyja, tronándose el cuello y luego sobándoselo. Estaba bastante contracturada.— Aunque la “Joya del Lago” entró en un período de decadencia hace un lustro creería ya, desde la caída del sistema teocrático que la gobernaba, según se rumorea. Sinceramente, no lo sé ni me interesa. Una ola enorme podría succionar toda la ciudad al fondo del Mar Interior y la máxima reacción que obtendrían de mí sería un ligero gruñido de sorpresa y una razón más para nunca meterme en un bote.

    El essino asintió, rumiando en silencio las respuestas que su compañera le había dado. Si bien era un largo trecho desde su Northumbreisen natal, en Thorun, hasta los Dominios Lejanos al sureste de Ashalyra, todavía tenía mucho que conocer del mundo. Bueno, Erä era enorme, y era de iluso creer que alguien podría conocer todo en el lapso de toda una vida. El mediano salió de la garita y volvió a su lado, llevando dos pergaminos doblados a la mitad bajo el brazo. Se los tendió a Null, que tuvo que esforzarse para agacharse y estar a la altura del ranger. Le tendió uno a Freyja, que prontamente lo guardó en su bolso.

    El joven examinó el suyo, y se dio cuenta que estaba cerrado con un sello con el emblema de los Rangers de la Frontera: una flecha agarrada en un puño cerrado. Se preguntaba cuántas organizaciones en el mundo tendrían un símbolo similar. No era muy original a decir verdad.

    — ¿Cuál es el precio de este año?— preguntó la elfa, asomándose por sobre el hombro del humano.

    — Diez veleanos por par de orejas.

    — ¿Qué? El año pasado era el doble.

    — Los intereses del Alto Consejo van variando, Mocosa. Este año han centrado todos sus esfuerzos en embellecer y mejorar Andola y Solel. Han decidido que es mejor invertir el presupuesto en urbanización y reforma interna, aparte de reforzar la guardia estacionada en el sur. El norte ha quedado bastante olvidado.— explicó el mediano, con su voz chillona, quitándose una mota de tierra invisible de su impecable uniforme.

    Freyja frunció la nariz y rezongó, lanzando un gruñido desaprobatorio. Null suspiró y se guardó el permiso entre sus ropas, preparándose para seguir, cuando la elfa lo detuvo.

    — Ah, cierto, tengo otro negocio con ustedes.

    Y empujándolo con el pie, tiró el cuerpo del fill’kuta fuera del carro, para luego bajarse ella y ponerse a rebuscar algo en su bolso. El mediano la miró confundido y se acercó de manera cautelosa al bulto envuelto, mirándolo desde una manera prudencial.

    — ¿Qué es eso?

    —— Esto, mi… querido amigo.— dijo la cazadora, meditando unos segundos antes de hablar.— Es nada más y nada menos que Rykaal, el jefe de Las Cabezas de Cerdo, Pecarí, Jabato, lo que sea.

    Freyja se agachó sobre el matón, se quitó el guantelete del brazo derecho y puso su mano desnuda sobre las ligaduras que lo ataban. Estas comenzaron a soltar un leve fulgor y a retorcerse, para dirigirse luego hacia la palma extendida de la elfa. Treparon por su brazo, internándose entre su piel cobriza y las rendijas de su armadura, hasta llegar al tatuaje de su cuello. Null pudo notar, en un momento en el cual se había asomado por curiosidad, como los zarcillos volvían a darle color al dibujo, mientras parecían volver a fundirse con este. Las venas del cuello y rostro de la arblur se tornaron negras por un segundo, y esta apretó los dientes, en una clara señal de dolor. Sin embargo, esto solo duró unos momentos, pues al instante la elfa pareció recuperar la compostura, mirando sonriente al mediano, extendiéndole un pergamino similar al que les habían entregado hace unos minutos.

    El ranger tomó el permiso con desconfianza y lo abrió, rompiendo el sello y alternando su mirada entre la lectura y el cuerpo ahora descubierto de Rykaal, que parecía tan tieso como un cadáver.

    — El anuncio lo pedía vivo.

    — “Preferentemente” vivo.

    — Tiene la cabeza derretida.

    — Respira y tiene pulso. Podés comprobarlo por vos mismo. Puede que nunca vuelva a recuperar la conciencia, pero dudo que lo buscaban para compartir una linda tarde de mate con criollitos y una charla intelectual. Ahora, lo que me pertenece.

    Freyja extendió la mano, que había vuelto a enfundar en el guantelete, con una sonrisa. El mediano la miró, volvió a leer el permiso, para luego pasar de su atención al cuerpo y de vuelta al pergamino. Suspiró y se guardó el papel, mientras volvía a la garita. Luego de unos minutos, en los cuales la elfa se entretuvo picando al fill’kuta con un pie y Null intentaba ignorar la escena, el uniformado volvió, con una gruesa bolsa de monedas.

    — Cincuenta veleanos, tal como se establece en el permiso. ¿Quieres renovarlo por una pequeña tasa de dos veleanos? Recuerda que no puedes realizar labores de cazarrecompensas si no tienes un…

    — No, gracias.— lo interrumpió la cazadora, arrebatándole el dinero.— Atraparlo con vida fue una experiencia más horrible que contemplar el parto de un ogro, y no me gustaría tener que volver a repetirla.

    El mediano se encogió de hombros, y dándose media vuelta, volvió a internarse en la garita, llamando a otros dos uniformados para que lo ayudaran a cargar con el fill’kuta. Freyja abrió la bolsa y extrajo de ella diez monedas. Se las guardó, y luego tomó el medallón de plata que Ale le había dado. El essino contempló con curiosidad mientras la elfa lo lanzaba al aire, haciéndolo girar sobre sí mismo. Su expresión de curiosidad quedó suplantada por una de sorpresa en cuanto el medallón comenzó a brillar, y en su lugar, apareció una enorme lechuza, cuyas plumas tenían el color de la plata, y observaba atentamente alrededor con dos enormes e inteligentes ojos azules. La arbulr le acarició las plumas del pecho, ya que el animal debía medir fácilmente unos dos metros de alto, y le tendió la bolsa, que la lechuza tomó con el pico.

    Thöir dá Ale, ¿thagairrahd Buhal?— preguntó en élfico.

    La soberbia ave la miró, con un increíble brillo de razón en sus ojos, y levantó vuelo, de manera silenciosa. Null hizo visera con una mano, mientras veía como la lechuza se elevaba cada vez más y más, volviéndose apenas una brillante mota en el cielo, perdiéndose luego a la distancia. Soltó un silbido de admiración.

    — Vaya, nunca había visto algo así.— comentó, con cierta emoción en la voz.

    Freyja inclinó la cabeza hacia un lado. Parecía más un niño que un adulto, algunas veces. Se encogió de hombros y volvió a subir al carro.

    — ¿No me vas a explicar que fue todo eso?— empezó el humano, mientras volvía a poner al vehículo en marcha, azuzando al tranquilo cimarrón.

    — Le debía dinero a Ale, por haberme permitido tener la libertad de destrozar su bar si hacía falta para poder atrapar al fill’kuta escamasnegras. El resto del dinero está para cubrir los gastos por haber literalmente destrozado su bar. Además de una pequeña comisión extra, por razones de las cuales no tengo ganas de hablar.

    — ¿Y la lechuza gigante?

    — ¿Buhal? Es eso, una lechuza gigante. ¿Nunca habías visto una?

    — No, en mi vida. ¿Entienden el lenguaje élfico? ¿Pueden entender otros idiomas? ¿Todas salen de medallones de plata?— la elfa lo miró con el mismo rostro que se le dedica a los niños que hacen preguntas estúpidas.— ¿Qué?

    Su compañera tan solo le dedicó un gruñido, mientras se ponía a rebuscar algo en su bolso. Null puso los ojos en blanco, mientras de dirigían hacia las Tierras de Nadie y la silueta de Buhal se perdía en el horizonte.
     
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    ¿Freyja también habla élfico? Yo también me he sorprendido de la aparición del búho de una manera tan singular, creo que me hubiera puesto como Null, deseosa de obtener más información y haciendo preguntas. Tiene ese toque mágico tan fascinante.

    El capítulo ha sido interesante, me ha gustado leer cómo Freyja hacía el intento de entablar una conversación y nada más empezar Null metía la pata mencionando el incidente. Me sigue haciendo gracia que sea tan sensible al tema. La conversación con el mediado ha sido muy enriquecedora, ha aportado mucha información sobre su vida como cazarecompensas, espero seguir conociendo más. Me sigue intrigando la nueva forma de hablar de la elfa y estoy deseando saber qué aventuras les esperan a ambos. Muy divertida también la conversación sobre las armas y como ella termina en un monólogo despotricando sobre ellas.

    La narración como siempre es excelente. Me fascina la imaginación que tienes para crear tantos personajes, seres distintos, lugares, costumbres, idiomas... eres capaz de crear un mundo maravilloso a la vez que sorprendente y muy atrayente. Estoy deseando que llegue el siguiente capítulo y ver con qué me sorprendes.
     
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  7.  
    Gigi Blanche

    Gigi Blanche r e l o a d a b l e Cerbero #NoHomo

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    Parte I

    AAAAAAAA PERO BUENO WE ARE BACK BITCHES ON DA HOUSE. Perdón por tardar tanto en leer, chale, más de dos semanas ohboy god forgive me for i have CLEARLY SIN

    Mentiría si dijera que logré retener en mi memoria todos los conceptos de razas and stuff que me tiraste por toda la cara jsjs, pero igual me encanta el nivel de detalle y que todo tenga un nombre, soy super nerd por esas cosas y realmente denota todo el trabajo que le has puesto encima a tu universo. Y sé que ya te lo dije miles de veces pero lo voy a seguir haciendo porque de veras de veritas pienso que estas historias son muy buenas y tienen un lore cada vez más y más amplio, rico e interesante, y eso aaaaaaa its great, really. Me dan ganas de tryhardearlo y aprenderme todo.

    A ver pa cuándo la enciclopedia (?

    Como dijo Its, aunque una parte de mi chicken heart extraña a los compañeros de aventuras pasadas de Freyja, igual me encanta que siempre nos introduzcas nuevos personajes para poder conocer sus personalidades, historias y sus dinámicas con Freyja. La elfa ya se ganó un lugar en mi corazan, btw, cuando la leí de vuelta me agarró esta sensación de nostalgia como cuando luego de un año por fin estrena la nueva temporada de una serie que estás siguiendo (? Es como aaaaaa me emociona volver a leerla y acompañarla en sus aventuras suicidas que casi la matan, like, el 99% del tiempo.

    I swear, por un momento tuve miedo de que la piba realmente se hubiera quedado ahí sólo porque quería terminar su vasito de agua, pero yo sabía que tanto vos como ella eran mejores que eso (? Al final los estaba cazando, obvi, y AAAAAAAAA toda la escena de la pelea, como siempre, estuvo GENIAL. Parfavar estuvo impecable y disfruté como una niñita leyéndola. Bueno, una niñita precisamente no, había mucha sangre y tripas, pero se entiende el punto (? Siempre me gusta ver cómo se las va a arreglar para salir de las situaciones porque siempre lográs sorprenderme y nada, la verdad que no sé por qué tardo tanto tiempo para leerte si ya sé que lo voy a disfrutar un huevo jsjs im just a dumb bitch

    F al pobre hombre que calcinaron, btw (?

    Y UN HIGHLIGHT a la random shit de la descripción de la voz de Null. Cuando pusiste lo de "suave y áspera" te juro que paré, cerré los ojos y me puse a intentar darle forma en mi mente JAJAJ-PORQUE AAAAAAAAA CIERTO, ESO, wey amo tus descripciones. Ahora se me vino a la mente la del idioma que sonaba como llamadores de ángeles al viento, cuando Null estaba curándole el ojo, IDK FUE MUY HERMOSO, SABÉS? I LOVED IT. Y bueno, parece que Freyja va a tener a un muchachote de compañero esta vez y no me engaña, todas mis alertas de charming boy se encendieron leyéndolo y nO SUELEN FALLAR.

    Otro highlight al pobre Ale y las señoritas trabajando en la taberna JAJAJA son las verdaderas víctimas de todo esto.

    Hoy no voy a tener tiempo de leer las demás partes pero no quería irme sin comentarte la que sí leí, y que igual fue la más larguita por bastante. La verdad que las 8k se me pasaron como agua, fue super entretenido y fluido de leer, y nada, estoy super contenta de que hayas vuelto y que nos hayas traído una nueva aventura de Freyja <3

    Aaaaaa cuando pueda leo las otras dos, I'LL BE BACK
     
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  8. Threadmarks: Parte IV
     
    Reual Nathan Onyrian

    Reual Nathan Onyrian Dummy bro

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    La Balada del Mago y la Muerte - Parte IV
    Los rangers apostados en la puerta de la empalizada que separaba la Frontera de las Tierras de Nadie revisaron los permisos que Null les había extendido, para luego dejarlos pasar, observándolos atentamente con aires de importancia. El essino contempló la pobre empalizada, de apenas tres metros y reforzada con tierra, que era la única línea de defensa entre los Dominios Lejanos y las huestes monstruosas de las Tierras de Nadie. Había podido divisar tan solo a dos decenas de uniformados por toda el área. Si una banda de guerra gnoll o una horda de grandes trasgos decidían atacar, esas defensas no serían más que un pequeño inconveniente en su camino.

    Ni siquiera se habían molestado en restaurar o reutilizar el muro de piedra que se encontraba a unos kilómetros más adelante, que había marcado el anterior límite de Tol Krhogo. Por alguna razón, el Alto Consejo parecía estar empecinado en ignorar o de incluso borrar todo rastro del reino fronterizo. El muchacho agitó la cabeza. No entendía de política, y la verdad es que no debería distraerse con eso ahora. Miró por encima de su hombro para observar a Freyja, que había estado haciendo algo de ruido detrás, y la sorprendió en el momento en el cual se levantaba la blusa. Ambos se quedaron en silencio, mirándose fijamente durante unos segundos, en los cuales Null levantó una ceja, y la elfa chasqueó la lengua, terminando de desembarazarse de la prenda.

    — Mira, estoy seguro que tú tienes mucha más experiencia que yo en esto de internarse en el peligro, pero quedarse con el torso tan solo cubierto por vendas no creo que sea lo mejor.— comentó, con una media sonrisa.— ¿Necesitas que te cambie el vendaje?

    — No, no hace falta.— respondió la aludida, luego de unos segundos de pensarlo. Pudo notar la mirada intensa de ojos esmeralda del essino en su espalda, lo que hizo que la punta de sus orejas se enrojecieran.— ¿Se te perdió algo?

    — Tienes las vendas embarradas con sangre seca. Déjame que me ocupe, no es sensato que sigas así.— la elfa abrió la boca para discutir, pero fue frenada por una mano en alto del humano.— Insisto. Es una de las pocas cosas en las que te puedo ayudar, y me daría paz mental saber que al menos vas a estar bien parcheada antes de enfrentarnos a cualquier monstruo.

    Freyja soltó un gruñido, pero dejó caer la camisa de algodón gruesa que había tomado, y puso los brazos al costado. Null frenó el lento andar del cimarrón con una tirada de las riendas y se sentó detrás de ella. Tomó su bolso, del cual extrajo un mortero, algunas bolsas y frascos, y varios rollos de vendajes, y se dispuso a trabajar. La elfa lo dejó hacer, a pesar de que la molestia se le notaba en su ceño y nariz fruncida. Nunca le molestó que la vieran desnuda, pero no le gustaba que le palparan y le tocaran el cuerpo de esa manera. Sabía que era necesario, pero ese pensamiento no le quitaba ninguna incomodidad. En especial teniendo en cuenta que era el anoriano el que lo estaba haciendo en ese momento. Sus palmas eran ásperas, pero su tacto era suave. Parecía como si todo su cuerpo imitara esa extraña dicotomía entre rispidez y suavidad que tenía en la voz.

    — Y dime, ¿de donde vino el súbito deseo de desnudarte en el medio de las Tierras de Nadie? ¿Acaso es una especie de código oculto de cazadores de monstruos y mercenarios que no conozco?— sonrió el essino, con tono jocoso.

    — Si seguís así, lo que me va a terminar matando son tus bromas.— espetó la elfa, molesta.— Pero no, nada similar. Estamos entrando en terreno más peligroso. Me iba a poner mi armadura.

    Null la miró confundido.

    — Pero… si ya llevabas puesto armadura. No logro entender.

    — Lo que tenía encima era mi armadura de viaje.— respondió la elfa, como si fuera lo más obvio del mundo.— Es más liviana y no me sofoca tanto. Sin embargo, ahora que entramos en las Tierras de Nadie, prefiero poner toda la protección posible entre mi pecho y la lanza de un gnoll.

    Todavía sin entender del todo, el humano miró alrededor, mientras cambiaba el vendaje de uno de los brazos de Freyja. En efecto, en el piso del carro, se podía ver una cota de mallas y un gambesón, que previamente la cazadora había llevado encima, protegiendo su torso y sus muslos, hombreras, guardabrazos, brazales y guanteletes para ambos brazos y grebas para las piernas. La elfa solo se había quedado encima con sus pantalones y botas de cuero reforzado. Así que todo eso había sido su protección ligera. Ni quería imaginar lo que debería ser su armadura completa.

    Inadvertidamente, tragó un poco de saliva. ¿Tanto hacía falta para internarse por aquellos lares? Su mente divagó lejos de allí, hacia aquel poblado diminuto, en donde su carga lo esperaba. Se cuestionaba ahora sí había sido lo más sensato dirigirse hacia la Frontera. Agitó la cabeza, ahuyentando esos pensamientos. Ya estaba allí, y la verdad que el prospecto de ganar una decena de monedas de plata por cada par de orejas de gnoll era muy atrayente.

    — Bueno, terminé.— anunció, palmeándole el hombro a la cazadora.— Puedes volver a enfundarte en tu muralla de acero.

    Esta soltó una risa irónica, y se dispuso a vestirse, tarea que le llevó sus buenos quince minutos. En cuanto terminó, Null pudo notar que ahora, en adición a toda la protección que tenía antes, llevaba una coraza que le cubría todo el pecho y el estómago, que continuaba luego en lo que parecía una pollera de placas de metal que le llegaban hasta las rodillas. Había suplementado sus piernas con quijotes, rodilleras, y escarpes. Notó el sobreveste que tenía sobre la coraza, en donde se notaba un corazón agujereado y atravesado por una flor de campanilla. Abrió la boca para preguntar, pero la mirada fulminante que le dedicó la elfa fue suficiente como para que se lo pensara mejor.

    — Dijimos que dejaríamos la vida personal de cada uno en privado.— comentó esta, con seriedad en la voz.

    — Sí, lo siento. A veces soy demasiado curioso. No quise importunar.

    — Bueno, al menos decidiste no hablar, que es lo importante.

    — Oye, ¿quieres conducir tú a partir de aquí? Me vendría bien un poco de descanso.

    — No, la verdad es que no quiero. Además, todavía me queda revisar todo mi equipamiento, para asegurarme de que esté a punto.

    — Yo también tengo que hacer lo mismo.

    — ¿Qué vas a hacer? ¿Tirar tus armas por la borda ya que te diste cuenta que son inútiles?— sonrió Freyja, mostrando los colmillos. Null le dedicó una mirada de circunstancias.— Vaya, está bien. Tan solo dejame terminar y cambiaremos lugares.

    Y dicho y hecho, la elfa se dispuso a revisar que la espada bastarda, el hacha de guerra y las hachas arrojadizas que había llevado estuvieran afiladas, las fundas aceitadas en el caso de necesitarlo, que la lanza partesana estuviera bien balanceada, que los distintos frascos con aceites, pociones y demás líquidos se encontraran en buenas condiciones, que los mangos no estuvieran resbalosos, y que su escudo-linterna se encontrara en óptimo estado. Luego de ello, probó que todas las articulaciones de su armadura funcionaran de manera adecuada, y se aseguró de que todo estuviera bien agarrado y ajustado.

    En cuanto terminó, lanzó un suspiro desganado. Sinceramente, no tenía la menor intención de dirigir el carro, pero había dado su palabra. Y era lo justo, suponía. Aunque nunca le había interesado hacer especialmente lo justo. Rezongando, se pasó al frente y le arrebató las riendas a un sorprendido Null.

    — Ya, andate a dormir o lo que quieras hacer. Así al menos podremos ir un poco más rápido.— el essino le sonrió y le agradeció, gesto que la elfa desestimó chasqueando la lengua.— Y más te vale apurarte. Estamos llegando a las Ruinas Amuralladas. Otro nombre que no me gusta, pero al menos es práctico.

    El humano hizo visera con una mano, para que el sol de la tarde no le dañara la vista, y se concentró en la lejanía. De hecho, a tal vez un par de kilómetros, se podía notar la ominosa silueta de lo que antes había sido el Muro Fronterizo, como un caído gigante que la sociedad decidió olvidar. Null no pensó en eso, si no que se dedicó a preparar su equipo. Tenía que asegurarse de que todos los cargadores del requieter estuvieran en condiciones, además de que sus latas de aire comprimido no tuvieran ninguna pérdida. Luego, tenía que verificar que sus trampas se encontraban en buen estado. No quería que fallaran en el peor momento.

    Freyja azuzó al chaparro cimarrón con las riendas, pero el animal debía tener algún pariente burro o mula, porque era bastante terco, además de lento.

    — Ya, morcilla cruda. Movete más rápido. Si me voy a morir, al menos me gustaría hacerlo por la mano de un gnoll, no de aburrimiento.— gruñó, molesta.

    El equino simplemente le respondió con un bufido, y sacó la lengua, intentando quitarse las bridas de la boca. La elfa soltó un bufido similar y apoyó su cabeza en su puño cerrado, a la vez que apoyaba su codo en una pierna. Una media sonrisa se asomó en sus labios a los pocos segundos, mientras el caballo continuaba su paso, lento pero seguro. Soltó un poco las bridas, dándole más libertad al animal. La elfa agitó la cabeza, quitándose cualquier pensamiento que hubiera tenido ese momento de encima. No servía de nadar recordar esas cosas. Null lo notó, y luego de asegurarse de que todo quedaba al alcance de la mano, en el caso de emergencia, se sentó al lado de Freyja.

    — ¿Qué, ya querés cambiar de lugar?

    El joven soltó una risa ligera, que podía hasta tomarse como musical. Freyja lo miró algo molesta. No entendía esos arrebatos de alegría del humano. En su vida había conocido a alguien así. Y mira que ella había vivido y viajado mucho.

    — No, tan solo que no hay mucho que hacer detrás. Además, es más lindo siempre mirar el paisaje que tienes al frente, no el que ya has dejado.

    El silencio se instauró en ellos durante apenas unos segundos. Null se dedicó a mirar las pequeñas lomas por las que circulaban con curiosidad, observando todo un panorama nuevo. No había mucho verde en ellas, lo cual era algo raro, teniendo en cuenta que los Dominios Lejanos eran bastante húmedos, y Capullo Abbierto era de las estaciones más lluviosas. Sin embargo, el paso de cientos de soldados, carros, maquinarias de guerra y animales de pastura por allí durante décadas e incluso siglos había dejado su marca. Y más ahora teniendo en cuenta la destrucción que esa zona había sufrido.

    La elfa lo observó por el rabillo del ojo. Tenía un aire melancólico en la mirada esmeralda.

    — Che, Null…

    — Chitón, callada.— la interrumpió este, levantando la mano.

    — Ah, ¿vos podés hablar todo lo que quieras pero yo no? Qué te pensás que podés chistarme… — comenzó a quejarse la arblur, pero una mano le tapó la boca.

    — ¡Silencio!— susurró el humano, ignorando la expresión asesina que le estaba dedicando en ese momento su compañera.— Vi una silueta más adelante, por las ruinas. Parecía que estaba escondiéndose.

    Freyja se calmó un poco, aunque chasqueó con la lengua cuando el anoriano le retiró la mano de la boca. Hizo visera con una mano para protegerse los ojos, y los entrecerró para intentar enfocarlos mejor, pero le era imposible ver nada. Al menos, nada fuera de lo particular. Las Ruinas Amuralladas estaban a sus buenos trescientos metros de distancia, y aunque uno tenía el inti en la espalda, los únicos movimientos que veía eran las sombras danzando al viento. ¿Cómo había logrado el essino siquiera distinguir algo?

    — ¿Estás seguro de que no te estás confundiendo?

    — No, algo se movió. Más bien alguien.— replicó Null, pasándose a la parte de atrás del carro, y tomando su estoque. Comenzó a atarse la funda del arma en el cinturón.— Frena al caballo, continuaremos a pie hasta el muro derruido.

    La elfa lo miró desconcertada por un segundo, y continuó camino, ignorando por completo la sugerencia del essino.

    — ¿Estás loco? ¿Las Tierras de Nadie ya te afectaron la cabeza? Puede que hubieras visto tan solo un animal moviéndose por las ruinas. ¿Tan paranoico te ponés por una sombra?

    — El carro solo nos estorbaría si tuviéramos que enzarzarnos en una pelea. Además, hace que seamos un objetivo más elevado, en el caso de que quieran emboscarnos.- replicó el humano, caminando a lado del vehículo.

    — ¿Acaso te escuchás? Mirá, incluso si esperan emboscarnos, que de improviso empecemos a actuar de manera sigilosa solo incrementará sus sospechas. Además…

    La cazadora frenó el carro tan de improviso que Null se adelantó un par de pasos sin darse cuenta. Pudo notar como las orejas de su acompañante se movían nerviosas. Frunció el ceño, intrigado, y abrió la boca, pero Freyja se llevó un dedo a los labios, haciendo una seña de que se callara. Señaló sus propias orejas, mientras sus ojos se movían de un lado a otro, nerviosos. El humano se concentró, pero tan solo podía escuchar el sonido del viento susurrando entre las ruinas. Todo estaba en silencio. Pero de pronto, lo oyó.

    Era similar all sonido de un pájaro, un trino suave y melodioso. Parecía venir de todos lados, pero no se veía a ninguna criatura viva a la redonda. No sonaba como ningún ave que este hubiera escuchado antes, pero tampoco había dedicado demasiado de su vida al estudio de los cantos de las mismas. Quiso encogerse de hombros, pero el sonido volvió a repetirse, esta vez en una octava más baja. La elfa también pareció notarlo, pues lentamente, comenzó a llevar su mano hacia la empuñadura de su espada, que había dejado a la distancia de un brazo.

    Sin embargo, aunque la tensión todavía seguía poblando sus hombros, el essino decidió relajar los músculos de su cuello y aguzó el oído todavía más. Había algo en ese canto, un patrón que le resultaba vagamente familiar.

    Lanzó un silbido, que parecía tener un tinte interrogatorio. Freyja levantó una ceja, en una clara demostración de que creía que el humano había perdido la cabeza. Este la ignoró, mientras parecía agudizar el oído. La elfa abrió la boca, pero la cerró al escuchar otra ronda de silbidos, esta vez distintos. Parecía que Null se estaba comunicando con lo que fuera que hiciera esos sonidos. Chasqueó la lengua, mostrando su confusión ante la situación, y desenvainó su espada, para ponerla sobre su regazo. Si su interlocutor escondido los estaba viendo, suponía que entendería el mensaje.

    La conversación, si podía llamarse así, entre el essino y el silbador misterioso continuó por unos minutos más. Al final, el primero sonrió, y la arblur notó como sus hombros se distendían.

    — Bueno, podemos avanzar.— dijo, mientras subía al carro, a su lado.— No corremos peligro.

    — Ajá. ¿Y le preguntaste también cómo iba a estar el clima dentro de unas horas? La verdad que odiaría que el día se nublara y no pudiera disfrutar del solcito en mi rostro mientras intento que las babosas mandíbulas de un famélico demonio hiena se cierren sobre mi garganta.

    — Supongo que ser ácida para ti es igual de fácil que respirar. ¿Acaso no confías en mí?

    — Valiente pregunta para alguien que conocí hace tres días. ¿Cómo podés estar tan seguro de que lo que sea que te silbó no piensa hacernos daño?

    — Pues me lo dijo.— la cazadora le pegó un puñetazo en el hombro. Null soltó un quejido de dolor y la miró confundido, sobándose la parte afectada.— Es silbarado, un dialecto de la jerga de ladrones.

    — Sabés que mi paciencia es tan abundante como toda el agua que hay en el desierto de Arenisca. Ni te voy a preguntar cómo conoces algo siquiera de la jerga de ladrones. Y no me mirés así, tampoco te pegué tan fuerte.

    — Tienes un guantelete de acero encima de tu mano. Eso duele.

    — Por favor, si vas a quejarte por eso, dudo mucho que puedas soportar…

    Un movimiento nervioso de sus orejas detuvieron su puya, y la elfa miró hacia el frente, tensa, mientras una figura se acercaba hacia ellos, de manera tímida. Para ser tan grande, de verdad que se movía de manera silenciosa, sus pies calzados en botas altas con cordones apenas haciendo ruido sobre el camino. Traía un sombrero de ala ancha decorado con una pluma multicolor. El sombrero era púrpura, color que se repetía en varias partes de su atuendo extravagante. Se fue acercando despacio, siendo observado de manera curiosa por los dos jóvenes. A la cazadora se le venía a la cabeza la imagen de un oso, si ese oso tuviera un sentido de la vestimenta poco ortodoxa y llamativa.

    El extraño era humano, pero era enorme. Por sus facciones y el color de ébano de su piel, se notaba que era un ulalmarano. El jubón que tenía encima era también púrpura, bordado con hilo de oro. Llevaba un pañuelo azul al cuello. Freyja se preguntaba cómo no lo habían asaltado hasta ahora. Suponía que su tamaño y su rostro podían intimidar al ratero y bandido medio. Llevaba un parche en el ojo izquierdo, desde donde sobresalían cruentas y viejas cicatrices. Le faltaba parte de una oreja, y su barba oscura era gruesa y de rudo aspecto. Sin embargo, el brillo en su único ojo visible rebosaba de curiosidad, como un niño asombrado al observar el mundo a su alrededor. Se frenó a unos metros de distancia y se quedó allí, observando.

    — Así que este es nuestro pájaro oculto. Aunque más tiene pinta de armario que de pájaro. Pero la parafernalia que trae encima bien lo podría categorizar como un ave extraña.

    Null la ignoró, y silbó una pregunta. El otro humano le contestó, con tono algo entusiasmado. El essino se giró hacia su compañera, que le sonrió con tanta falsedad que este puso los ojos en blanco.

    — Pregunta si puede acompañarnos.

    La elfa miró a Null, luego al extraño, de vuelta a Null, y volvió a posar sus ojos en el ulalmarano. Este se había quitado el sombrero, y lo estrujaba nerviosamente en sus manos, como si fuera un pequeño que espera la aprobación de los adultos. Pudo notar varias escarificaciones en su cabeza pelada, así como también pequeños aros de oro en sus orejas. Una sonrisa tímida se asomó por entre los pelos de su barba, mostrando dientes blancos como la leche.

    — No.— respondió de forma simple, y agitó las riendas, haciendo que el caballo retomara su paso.

    Los dos humanos la vieron con ojos confundidos.

    — ¿Eh? ¿Por qué no?— inquirió el anoriano.

    — ¿Estás viendo lo mismo que yo? Nunca me había topado con un individuo tan llamativo en mi vida. No estamos formando un espectáculo viajero, venimos a cazar gnolls. ¿Te diste cuenta que todo lo que traía era una mochila de viaje, bandoneón y una guitarra? Ya de por sí tengo mucho en mi plato con vos y tus benditas armas de duelo, no tengo ganas de tener que cuidar a un trovador.

    — Otro par de ojos puede ayudarnos a vigilar mejor nuestras espaldas.

    — Cierto, pero muchos cocineros echan a perder el estofado. Además, los trovadores son buenos para nada. Lo único que hacen es hacer ruido, sea esto hablando, tocando instrumentos, cantando o mintiendo. ¿Qué podría sumar al grupo?

    El rostro del extraño parecía pensativo, según podían ver a medida que se acercaban. Un segundo más tarde, se le iluminó, y se puso al frente de ellos, con ambas manos en el aire, en un gesto de frenarlos. Obviamente, el cimarrón no iba a seguir su camino con un obstáculo tan grande frente suyo, sin importar las quejas y amenazas de su conductora. Esta bufó y apoyó la cabeza en una mano. Sabía mejor que nadie que no podía contra un animal terco.

    El ulalmarano sonrió, y desabrochó el bandoneón que llevaba atado al cinturón, mientras volvía a acomodarse el sombrero, y con una sonrisa, comenzó a tocar. Null lo miró curioso, mientras Freyja, con cara de hartazgo, levantó una ceja. Sin embargo, a esa ceja se le unió la otra, al mismo tiempo que se elevaban más y más de asombro. Su cabeza se fue separando lentamente de su mano, mientras veía el espectáculo que el trovador había materializado ante sus ojos.

    Comenzó con una suave brisa, que se levantó de repente, trayendo el aroma a otoño y la fresca sensación del invierno. A pesar de que no había árboles alrededor, hojas secas, marrones, amarillas y rojas, aparecieron arrastradas por el mismo, en una danza coordinada por la música que despedía el instrumento. Esta parecía amplificarse, y los rodeaba como si el mismo ambiente fuera el que estuviera resonando, y no un bandoneón en las manos de un hombre. Freyja levantó la mano y dejó que una hoja se posara en ella, para luego aplastarla, escuchando el satisfactorio crujido. Abrió la palma y dejó que los restos se dispersaran. Estos volvieron a unirse, formando una nueva hoja, distinta a la anterior. La elfa intercambió una mirada con Null, que también había atrapado varias hojas, asombrado. No eran ilusiones. Eran reales.

    Las hojas se transformaron en pequeñas motas de luz, de varios colores, que comenzaron a formar figuras humanoides. Estas comenzaron a contar una historia, a través del movimiento y la mímica, como si de un espectáculo de sombras se tratase. Ninguno de los dos podía comprender esa historia, porque no le estaba hablando a sus ojos. Sus ojos no tenían nada que ver con lo que ocurría al frente suyo. Pero eran capaz de verlo gracias a la magia del extraño hombre que tenían al frente. Había sido capaz de transformar la música, el sonido, en imagen.

    Allí no terminó el espectáculo, pues, a medida que el trovador pasaba a tonos más graves y retumbantes, las luces pronto se deshicieron, dejándose caer como una fina y delicada lluvia sobre el suelo. La tierra comenzó a temblar, y una enorme mano, hecha de tierra, seguida de un enorme cuerpo, surgió de ella. El gólem, con una vaga figura humanoide, se irguió en todo su esplendor, y los miró con dos guijarros negros en lugar de ojos. La cazadora los contempló. Eran distintos a cualquier otro gólem que hubiera visto en su vida, y tan solo se había encontrado con un par. Sin embargo, los ojos de este ejemplar tenían algo distinto. Estaban… vivos. No era un simple constructo sin mente. Era una criatura viva.

    El ulalmarano estaba inmerso en su interpretación, soltando gruesas gotas de sudor, y resoplando. Claramente, estaba usando una gran cantidad de magia. Además, tenía su único ojo cerrado. Pero no se veía tensión en ese gesto. Simplemente, parecía ser un hábito para concentrarse mejor, una manera para ignorar el mundo a su alrededor, y centrarse en lo que quería transmitir con su canción. Debía concentrarse lo más posible, pues debía materializar sus deseos. Debía crear.

    El gólem, a medida que la canción se tranquilizaba y parecía llegar a su final, se recostó en el suelo, fundiéndose una vez más con la tierra. Las luces abandonaron su cuerpo, formando luego una silueta, que imitaba al extraño de piel de ébano. Copió sus movimientos como si fuera una sombra, y al final, en cuanto la canción terminó, compartió la reverencia que hizo el humano. Este se sacó el sombrero, momento en el cual su doble se desvaneció, formando un nombre: “Lahnla Swhat Lah”.

    Lahnla volvió a ponerse el sombrero, sonriéndoles de manera radiante. Freyja no decía nada, su ceño dejando en claro que estaba reflexionando. Null, por su parte, estaba extasiado, aplaudiendo como un niño en una feria.

    — Es… un bardo.— comentó la elfa, en voz baja, con un dejo de asombro en la voz.

    — ¿Puedes creerlo?— preguntó emocionado el essino.— Nunca pensé que vería un hechicero en mi vida. Hizo magia de Creación, ¿no es así? Esas hojas aparecieron de la nada, junto con esa brisa, y las luces, ¡y la criatura de tierra! ¿Viste el brillo en sus ojos? Bah, en las piedras que tenía como ojos.

    — Ya, calmate. No tenés siete años.— Freyja suspiró.— Es impresionante, pero que sea un bardo empeora las cosas. Estos son peores que un trovador normal. Están todos inflados porque tienen un trozo de la Canción Primordial dentro suyo o no sé qué cuentos. La convivencia sería un desastre.

    Null la miró, algo divertido. Había muy poco convencimiento en la voz de su compañera. Al parecer, su opinión sobre el músico estaba cambiando. En un arranque de inspiración, y también un poco empujado por una sospecha que tenía anteriormente, silbó una pregunta. En cuanto escuchó la respuesta, sonrió satisfecho.

    — Creo que no tienes porqué preocuparte, si te molesta que tanto converse o hable. Es mudo.— comentó.

    Freyja lo miró sorprendido, y pasó su mirada del joven hacia Lahnla. Este asintió, confirmando las palabras del anoriano. Incluso abrió la boca e hizo el intento de hablar, con el único resultado siendo una suerte de jadeo.

    — Vaya, de verdad es mudo. Es la primera vez que veo un bardo mudo. Entonces sí, que suba.— tanto Null como Lahnla la miraron emocionados. La arblur chasqueó la lengua. ¿Desde cuándo se había transformado en su madre?— Eso sí, un par de reglas: nada de música. Eso solo atraerá atención no deseada. Y tampoco nada de conversaciones a puro silbido, por la misma causa. Y no planeo gastar más energías protegiéndote que las que gastaré para salvarle el pescuezo a este ganso, así que más vale que sepas cuidarte solo.

    El ganso soltó un quejido, ignorado completamente por la cazadora. Esta se encontraba mirando fijamente al bardo, que había asentido atentamente a todas las condiciones que le habían impuesto. Parecía que simplemente estaba feliz por tener compañía. En cuanto se acercó más a ellos, se sacó el sombrero, y con un melódico silbido, que evocaba a la estación de Capullo Abierto, sacó un manojo de nomeolvides del mismo, y se las extendió a la elfa, sonriendo. Esta levantó una ceja, y soltó una risa ronca.

    — Creo que el más indicado para recibir flores es Null, aquí a mi lado. Por cierto, soy Freyja.

    Lahnla inclinó levemente la cabeza, y luego entrecerró los ojos, mirando a la cazadora con atención. Esta se retrajo un poco en su asiento, algo incómoda por el súbito miramiento que estaba recibiendo en ese momento. El rostro del ulalmarano se iluminó, y con otro silbido y un movimiento de manos, las nomeolvides se cambiaron por otras flores. Freyja lo miró algo divertida, pensando en la futilidad de su acto de intentar caerle bien, pero su rostro se bañó en sorna y sombras en cuanto vio las flores que el bardo sostenía. Campanillas.

    De un súbito manotazo, las esparció por todo el camino, ante la sorpresa de ambos hombres. Las flores cayeron al suelo, en donde se volvieron mustias y desaparecieron, como si nunca hubieran existido, con gran pesar para el caballo, que ya había agachado el morro para probarlas. La cazadora miró a ambos de manera fulminante, y ninguno dijo palabra. El mensaje estaba claro. Lahnla tragó saliva, y con una rápida reverencia y un silbido que Null tradujo como una disculpa, cosa que Freyja ignoró por completo, se subió al carruaje, con algo de dificultad, probablemente debido a que el jubón que llevaba de por sí era rígido, y más teniendo en cuenta que debía acomodar una gruesa barriga. El bardo era grande en muchos sentidos.

    La elfa azuzó el caballo, con el rostro serio, y la carreta siguió su camino. Null miró a su compañera y extendió una mano para tocarle el hombro, pero luego se lo pensó mejor. Simplemente se mordió el labio y se pasó a la parte de atrás, para estar con Lahnla. Las sombras en el rostro de Freyja indicaban que necesitaba tiempo para estar sola.
     
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