Hola a todos! Aquí estoy yo con una nueva historia! A todos los lectores que también hayan leído “La caída del Imperio” les pido disculpas, he estado muy ocupada durante un largo tiempo, y varias ideas para historias deambularon por mi cabeza jajaj Y si sumamos una posible mudanza a otro país… Lo bueno es que estoy de vacaciones de invierno, así que voy a subir más capítulos de esa y esta historia. Con orgullo, debo admitir, les presento “See what I’ve become”, una historia que escribí para mejorar mi narración y probar ideas que, si bien toqué una en mi otra historia, quería narrarlas desde otra situación. Resumen: La avaricia es una cosa sorprendente: a veces, nos lleva a la victoria, a alzarnos con un orgullo que darle a nuestro nombre; pero otras nos lleva por un camino oscuro, haciéndole daño a nuestros seres queridos y causando más caos de lo esperado. “Miren en lo que me convertí” dije alguna vez, destruyendo la poca armonía que sobrevivió a su caída. Yo soy Eclipse, y esta es mi historia. Va a estar narrada en tercera persona, a pesar de que el resumen dice lo contrario. No me di cuenta hasta que ya la había terminado, y me gustaría intentar narrarla en primera persona, pero eso lo deciden ustedes, mis queridos lectores. Pongan en los comentarios si quieren que lo haga, y si es así, desde que punto de vista: Eclipse, Diego o Jigoku (ya van a ver quien es este último personaje) -_-_-_-_-_-_- 1 — Capítulo uno — Amanecer. Él se dirigió a la terraza del departamento donde vivía, alegre de haber despertado con tiempo de sobra para realizar su tarea desde que el príncipe cayó enfermo con una gripe que lo mantenía en cama. Al abrir la pesada puerta de metal, vió a su mejor amiga parada sobre el barandal, desconociendo él que, por mucha altura que ella cayera y cuan duro sea el golpe que reciba, no había forma de que perdiera la vida, Ella giró sobre las puntas de sus botas de cuero negro, sus ojos de diferente color, azul y verde, observaron la oscura figura, tratando de descubrir su verdadera identidad. Por un segundo, y gracias un leve flash en sus irises, él notó sus pupilas tornadas en unas tan agudas que podían igualar a las de la mayor fiera gatuna existente. —¿Despierto ya, Diego? —cuestionó ella saltando a las rojizas baldosas, cayendo de nuevo sobre las puntas de sus pies, doblando levemente las rodillas para resistir el impulso—. Ya sabes, yo puedo hacer tu tarea. —No, Eclipse. Es mi tarea, yo debo cumplirla —contestó él tras dar un largo bostezo. Quitó de sus manos sus guantes marrones oscuros y los guardó en los bolsillos de sus jeans negros—. Hace mucho frío para ser otoño, ¿ya has puesto en marcha el ciclo invernal? Ella asintió y rió por lo bajo, rápidamente dirigiendo su mirada a la luna alta en el cielo. Tembló, un largo siseo escapó de sus labios. Aún no se acostumbraba a no ver la oscura mancha a uno de sus lados, menos aún superar todo lo que pasó cuando desapareció. Con cuidado, Eclipse se quitó sus guantes y los guardó en su sudadera celeste, dispuesta a hacer aquel deber otorgado hace sólo medio año pero al que aún no se acostumbraba. Quizá en su otra vida, como una de las dos hijas Concordia, le habría parecido algo normal. Ambos se miraron a los ojos y asintieron, rápidamente conjurando aquellos hechizos olvidados que les fueron enseñados por los inmortales príncipes. La primera en actuar fue la chica, creando un aura celeste opaca en sus manos. Con velocidad, cuatro lazos de esa misma energía se elevaron hacia la luna, y se unieron a ella casi como cadenas a un prisionero. Eclipse movió su mano hacia su derecha, haciendo un pequeño semicírculo, con la cautela y lentitud necesarias al saber que aquellos lazos podían romperse de nada. El cielo se oscureció enseguida; las estrellas se apagaron; parecía un manto negro que envolvía la Tierra. Fue entonces que Diego actuó, lanzando rápidos seis lazos de energía entre naranja y amarilla, que también atraparon el sol. Careciente de toda buena actitud que poseía su compañera, movió brusco su mano hacia arriba, generando un fuerte tirón que elevó el sol al cielo en muy poco tiempo. Desactivó mal su hechizo; no se deshizo de la energía sobrante. Cuando disipó las auras en sus manos, aquella energía residual tuvo efecto en su cuerpo. Sus nervios se entumecieron, su respiración se detuvo, su corazón latió con fuerza; era como si fuertes descargas eléctricas lo golpearan. Desconcertado, sin control de su cuerpo, con un incesante hormigueo y convulsiones de vez en cuando, cayó en brazos de su mejor amiga, quien fue enseguida a ayudarlo. —¡Pero serás tonto! —exclamó iracunda—. ¡Tercera vez que te pasa ya! Él rió, poco a poco calmando aquellas sensaciones y tomando control de sus miembros. Cuando pudo mover las piernas, se levantó y tiró la cabeza hacia atrás, admirando el hermoso cielo que había creado. —Sólo tres amaneceres y ya casi muero, ¿cómo aguantaré once más? La menor giró los ojos y le golpeó el hombro, enviando ella una pequeña descarga de energía al cuerpo del varón. Él sintió su cabello castaño ponerse de punta de nuevo y una pequeña niebla en sus ojos verdes. Hombre, mujer; día, noche; sol, luna; luz, oscuridad; castaño, celeste; verde, azul. Así ellos eran, opuestos en todo sentido, pero aún así muchos aseguraban que eran los mejores amigos alguna vez vistos.
2 — Capítulo dos — Cenit solar. Mirándose en el espejo Diego peinó su cabello, hoy más rebelde que nunca; al final se decidió por mojarlo y tirarlo hacia atrás. Bajó la mirada para cerrar la canilla de agua fría y volvió a admirar el espejo. Parpadeó un par de veces, ¿había visto bien? Volvió a mirar su reflejo, su cabello seguía castaño y sus ojos verdes, nada parecido a los que había visto antes. Se mantuvo quieto, frío, casi temblando. La imagen, antes reflejada en el espejo, había quedado grabada en su memoria. “No es nada” pensó él mientras mojaba su rostro con agua helada, “No estas loco… No fue más que un mal vistazo, sólo eso” Secó su húmedo rostro y volvió a su habitación; se sentó sobre sus rodillas a admirar el paisaje que se cernía delante de él, quizá uno de los más hermosos. Los altos edificios pintados de bellos colores naranjos, rojizos, incluso cobrizos; las pequeñas góndolas marrones o negras bordeando las calles apenas sobre el agua, mayor característica de aquella zona de Italia, y, a lo lejos, un largo puente unía dos calles con gran elegancia, logrando un buen contraste por sus colores blancos. Parpadeó e intentó recordar como era aquella misma vista en la noche; aguas oscuras, de apariencia turbia, pequeñas luces amarillas apenas reflejadas en las leves olas por las brisas nocturnas, tal vez a lo lejos alguna neblina grisácea. Frunció el ceño y se mordió la lengua; cómo se perdía tan hermosa vista al caer el sol. Quizás, si no volviera a atardecer todos podrían apreciarla… Negó con la cabeza hasta el punto de dolerle el cuello, ¿cómo se le ocurría eso? ¡La noche también era hermosa, quizás no en Venecia, pero sí en otros lugares! Intentó enumerar cinco lugares de los pocos países que había visitado, solo pensó en dos nada más: el Puente de Carlos y el Castillo de Praga, ambos en República Checa. Diego bajó la vista y cerró sus ojos, recordando la gran energía, la descomunal sensación de control, hasta el asombroso poder que obtenía cada vez que elevaba o descendía el sol, siempre y cuando sus seis lazos no se rompiesen. Que lástima que no posea una natural conexión con los cuerpos celestes del día y la noche, como su mejor amiga. Abrió los ojos y admiró la imagen en el marco de plata sobre la mesa de luz, ¿cómo reaccionaría ella al tener que renunciar al poder brindado por no uno, sino por dos astros? Sus manos alcanzaron la fotografía y la llevaron hasta el nivel de sus ojos; aún recordaba ese momento: ambos, junto a cuatro amigos en común más, reunieron a los tres hermanos Concordia vivientes. Sonrió, ¡cuán grande había sido su sorpresa al saber que su mejor amiga era la cuarta! —¿Has pensado en lo que te propuse? —cuestionó cierta voz en su cabeza que ya había oído muchas veces; delante de él, en mitad de las sombrías esquinas de su habitación, se abrieron dos ojos carmesí, cuya pupila, fina y fría, le hacía recordar todos los momentos que Eclipse se dejaba consumir por la ira. —No puedo negarlo —contestó el actual heraldo del sol dirigiéndose hacia aquel monstruo de oscuridad. —¿Y, Diego? ¿Aceptarás el poder del sol mismo para traer el día eterno? —por su tono de voz, el heraldo aseguró ver la fina línea de una sonrisa en la fúnebre oscuridad. El de ojos verdes se quedó quieto, mirando siempre los ojos del monstruo; sentiría tanta energía fluyendo por sus venas, tendría poder suficiente para controlar el mundo mismo… Parpadeó y asintió, rozando con la yema de los dedos la oscuridad; enseguida, casi como látigos de tinta, la penumbra lo buscó, rodeó y absorbió al final. Supo que se encontraba dentro al sentir los trazos de energía llameante entrar en su cuerpo, su propia magia intentando dominarla. El rechazo principal causó torrentes de dolor por todo su cuerpo, enormes y no deseables para nadie; seguidamente, la calma por la dominación final de su propia energía restauró todo el daño antes sufrido. Abrió sus ojos al ya no sentir los trazos existiendo en otro lado excepto dentro de su cuerpo, volvía a estar en su habitación; de nuevo los cerró e inclinó la cabeza, una larga risa salió desde lo más profundo de su ser. Ahora solo tenía que acabar con esos cuatro genuinos heraldos y su deseo se volvería realidad.