Long-fic Resplandor entre Tinieblas

Tema en 'Crossover' iniciado por WingzemonX, 21 Junio 2017.

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    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 141.
    Nuevo Truco

    Lily siguió moviéndose desesperada por aquel paraje cubierto de neblina, siendo acosada por los sonidos del combate de las dos bestias a escasos metros de su espalda. Atrás ya habían quedado los árboles y el resto de la vegetación, y había prácticamente caído en lo que parecía ser una desolada área de juegos; con sus toboganes, columpios, barras e incluso una caja de arena.

    —¿A dónde crees que vas? —le gritó la voz de Emily detrás de ella con sorna—. ¿No has entendido que no hay a dónde huir, tontita?

    Lily la ignoró y se movió rápidamente hacia los juegos. Se metió presurosa debajo de uno de los toboganes, sentándose en la tierra y ocultándose de la vista de sus perseguidores. O, quizás no de todos.

    —Oh, vamos, ¿cuánto en verdad crees que podrás esconderte aquí? —le susurró Emily de pronto, que prácticamente se había materializado a su lado. Lily se sobresaltó sorprendida por su presencia.

    —¿Por qué eres tan molesta? —le cuestionó Lily, exasperada.

    —Pregúntatelo a ti misma —rio Emily, divertida—. Soy parte de tu sueño, duh. Pero ya en serio, si crees que este sencillo escondite te protegerá de esos dos, pues…

    Si acaso pensaba decir más, no tuvo oportunidad pues en ese momento el estruendo de las dos criaturas acercándose cruzó el aire, retumbando en sus oídos. Lily extendió su mirada, y pudo ver los enormes cuerpos del lobo y la serpiente surgir de la niebla, forcejando entre ellos hasta caer contra el área de juegos, aplastando unos columpios en el proceso.

    —Maldita sea —soltó Lily al aire, y salió rápidamente de su escondite para volver a correr. Sin embargo, en cuanto puso un pie fuera del área de juegos, se encontró de frente con una reja de malla de acero, con la que casi se estrelló de narices—. ¿Qué? ¡No!

    Tomó la reja entre sus dedos y la sacudió, como si en verdad pensara que podría derribarla con tan sólo intentarlo, pero por supuesto sin obtener ningún resultado. Comenzó a correr a un lado de la reja, buscando en donde terminaba, pero parecía no haber un fin. Era como si rodeara toda aquella zona, sin siquiera una mísera puerta de acceso.

    —Ay, qué mal —pronunció Emily con tono calmado, andando detrás de ella—. A la otra diseña mejor tu sueño, querida.

    —¡Cállate! —le gritó furiosa. A su grito le siguió de inmediato el intenso rugido de una de las criaturas que luchaban a la lejanía. O, quizás, no tan lejos en realidad.

    Desesperada, comenzó a intentar escalar, colocando sus dedos y la punta de sus pies en los agujeros de la reja. No tenía idea de que tan alta era, pero a pesar de haber subido al menos un par de metros, no lograba ver el final. ¿Acaso se alargaba hasta el maldito infinito?

    Su pie se resbaló al intentar meterlo en uno de los agujeros, y su cuerpo entero se precipitó hacia el suelo. Cayó sobre su costado derecho, golpeándose fuerte el hombro. Dejó escapar un fuerte alarido de dolor al aire, pues sueño o no, aquello se sintió bastante real.

    —Te dije que si te lastimabas te iba a doler de verdad —comentó Emily con falsa tristeza, de pie a su lado.

    Lily gimoteó, soltó un par de maldiciones (la mayoría no las conocía antes de comenzar a convivir tanto con Esther), e intentó ponerse de pie con bastante esfuerzo de por medio. Los sonidos de golpes, rugidos, destrozos y arañazos de la pelea entre los dos monstruos retumbaban en el aire. En un momento, logró captar como todos estos se acrecentaban de golpe, un rugido más fuerte que todos lo demás sobresalió, llegando a parecerse más a un intenso grito de desesperación. Luego, un sonido grotesco húmedo de carne machucada, algo grande rompiéndose como un tronco, y entonces… nada.

    Todo se sumió de un momento a otro en absoluto silencio. Y eso no hizo más que alterar aún más a Lily.

    La niña se puso rápidamente de pie y se giró en la dirección que había escuchado por última vez los sonidos. Por unos momentos no vio más que pura neblina, ni escuchó nada más. Un temblor le recorrió la espalda, y un sudor frío le impregnó la frente, mientras aguardaba.

    Y entonces la vio, esa sombra negra aproximándose, materializándose centímetro a centímetro entre la neblina, hasta que Lily fue capaz de identificar íntegramente su forma: alargada, delgada, de cabeza ancha y ojos rojizos. Era la serpiente. Y no había rastro alguno del lobo.

    —No —susurró Lily despacio, incrédula. Retrocedió rápidamente, claramente asustada, hasta que su espalda chocó directamente contra el cuerpo de Emily.

    —Creo que tenemos un ganador —pronunció aquella visión con tono festivo, y rápidamente la tomó firmemente de sus brazos con ambas manos.

    —¿Qué haces? —exclamó Lily, confundida. Se zarandeó intentando liberarse de su agarre, sin conseguirlo.

    La serpiente siguió avanzando hacia ellas, lentamente.

    —Ven y reclama tu premio, grandote —comentó Emily en alto.

    Aquel monstruo siguió acercándose.

    —No, no, no… —masculló Lily, apenas logrando darle forma a sus palabras.

    —¿Qué pasa? —murmuró Emily despacio, agachando su cabeza hasta colocarla a un costado de su oído, y poder entonces susurrarle en voz baja—: ¿No se supone que no le tienes miedo a nada?

    Lily no respondió. Su atención estaba fija únicamente en el horrible monstruo erguido ante ella, preparándose para engullirla entera como había sido su deseo dese un inicio…

    — — — —
    Esther se irguió con cuidado, apoyándose en el mueble de recepción, prácticamente con su cuerpo pegado contra éste para poner la mayor distancia entre ella y Owen; o lo que fuera aquello que tenía la apariencia del hombre al que le había metido tres tiros en el pecho, y luego visto como Eli le rompía el cuello. Éste la observaba desde su posición, con su postura relajada, y sus ojos totalmente carentes de alguna emoción clara que Esther pudiera descifrar. Casi parecía una simple estatua de cera, y por unos momentos de hecho se mantuvo tan inmóvil como una.

    —¿Cómo es posible? —masculló Esther, con la mayor firmeza que la impresión del momento le permitía—. Tú estabas…

    —¿Muerto? —exclamó Owen, cortándola. Soltó luego una perturbadora carcajada, pero no tanto como la sonrisa que se congeló en sus labios al instante siguiente—. Creo que ya lo estaba desde hace mucho —señaló, mientras se acomodaba sus anteojos con una mano—. Sólo que no me había enterado.

    Esther en un inicio no comprendió a qué intentaba referirse con aquello. Recordó poco después lo que Eli le había comentado con respecto a que, a veces, lo que ella llamaba la “infección” no se activaba en algunas personas hasta que éstas morían. ¿A eso se refería? ¿Acaso ya estaba infectado desde hace tiempo sin que lo supiera? La inquieta mente de Esther comenzó a imaginarse las diferentes formas en las que ese contagio pudo haberse dado, y ninguna era una imagen del todo agradable para tener en la cabeza.

    La expresión de Owen se endureció de pronto, y al momento comenzó a avanzar lentamente hacia ella.

    —¿Dónde está Eli? —le cuestionó con tosquedad.

    —¿Y yo cómo voy a saber? —masculló Esther con una sonrisa burlona, al tiempo que retrocedía lentamente, arrastrando sus pies por el suelo.

    En cuanto lo vio conveniente, se dio media vuelta y corrió en dirección a la puerta trasera de la recepción, aquella que daba al patio central. Sin embargo, de un segundo a otro el cuerpo de Owen se movió a una velocidad increíble, alcanzándola antes de que pudiera siquiera tocar la puerta. La tomó de su brazo derecho, apretándolo como fuerza entre sus dedos, lo que por supuesto le provocó un fuerte dolor. La alzó entonces en alto del brazo, separando sus pies del suelo lo suficiente para que su rostro quedara a la altura del suyo. No le costó ningún esfuerzo hacerlo; como si la mujer no pesara ni un kilo.

    —¿Crees que te puedes hacer la bromista conmigo? —escupió Owen con rabia—. Ya no soy el mismo de anoche.

    —A mí me pareces el mismo imbécil —le respondió Esther, ofuscada. Y a pesar de su incómoda posición, logró alzar el puño de su brazo libre, estampándolo contra la cara de Owen con la suficiente fuerza para romperle el cristal de su lente derecho.

    Owen gruñó, pues uno de esos trozos de cristal le había provocado un largo corte en su ceja. Arrojó a Esther con tanta fuerza contra el suelo, que su cuerpo incluso rebotó un poco contra éste. Se golpeó principalmente en la nariz, que comenzó a sangrarle, y en su pecho, sacándola casi todo el aire. No había siquiera intentado levantarse cuando Owen le propinó un fuerte puntapié en su costado, arrojándola hacia el frente, estrellándola contra una de las sillas de la sala de espera, rompiendo está con la fuerza del impacto.

    Esther se quedó unos segundos en el suelo entre los resto de la silla, adolorida y aturdida por todos los golpes. Pasó una mano por su nariz, limpiándose la sangre con el dorso de su mano, y giró como pudo su cuello en dirección a Owen. Éste se estaba retirando por completo los anteojos, tirándolos al suelo con brusquedad. Pasó una mano por su ceja, contemplando poco después sus dedos cubiertos con su sangre. Los contempló fijamente unos segundos, como si se tratara de lo más fascinante o raro que hubiera visto en mucho tiempo. Y de pronto, acercó los dedos su boca, comenzando a lamerlos y chuparlos con algo de apuro.

    Esa definitivamente no era una imagen agradable de ver.

    Esther intentó pararse, pero en cuanto se sentó un dolor punzante en su costado la inmovilizó un momento. Al girar su mirada en ese punto, logró ver un largo y puntiagudo pedazo de madera de la silla, que se le había clavado.

    —Mierda —masculló despacio.

    Tomó entonces el pedazo de madera con ambas manos, y se lo retiró de un fuerte tirón. El dolor salió de ella en la forma de un fuerte chillido, pero luego de eso logró menguar. Cuando se giró de nuevo hacia Owen, éste la contemplaba desde su posición, al parecer hasta cierto punto fascinado. Y Esther se maldijo a sí misma, pues lo único que logró pensar era lo realmente apuesto que se veía en esos momentos sin sus anteojos.

    —¿Qué demonios eres con exactitud? —inquirió el hombre de barba con frialdad—. No eres un vampiro, pero tampoco eres una niña, ¿verdad?

    No podía llegarse a una conclusión más lógica que esa. Igual Esther no le dio el privilegio de una respuesta. En su lugar, comenzó de nuevo a levantarse, presionando la herida de su costado con una mano. Sentía como poco a poco se iba curando, pero no lo suficientemente rápido. Su otra mano, mientras tanto, se dirigió al arma oculta en su espalda.

    —Da igual —pronunció Owen en alto, pero de seguro aquello era más para sí mismo.

    Se movió entonces con la misma velocidad de hace un rato, reapareciendo casi en un parpadeo justo delante de Esther. Ésta se hizo hacia atrás e intentó jalar su arma hacia adelante, pero no fue lo suficientemente rápida. Owen la tomó con una mano de su cuello, volviéndola a alzar, mientras con la otra agarraba firmemente la muñeca de la mano que tomaba al arma, apretándola tan fuerte que Esther sintió sus huesos crujir. Sus dedos se abrieron por sí solos, y el arma se escapó de ellos hacia el suelo.

    Una vez desarmada, Owen la tomó y la agitó hacia un lado, pegándola contra el muro con tanta violencia que la parte trasera de la cabeza de Esther se golpeó contra éste, y la mujer sintió al instante siguiente el líquido caliente resbalando por su nunca.

    —Ahora respóndeme —exigió Owen mientras la sostenía contra la pared—. ¿Dónde está Eli?

    Esther hizo el intento vano de forcejear, pero lastimosamente tuvo que darse cuenta de lo realmente débil que se encontraba tras la pelea de la noche anterior, más todo el ajetreo de ese día, sumado a lo poco que había podido comer y descansar. Ciertamente no estaba en su mejor condición, y aunque lo estuviera de seguro no habría podido hacer mucho contra un hombre grande que le doblaba en tamaño y peso, mucho menos con esas monstruosas habilidades de vampiro.

    A pesar de su penosa situación, Esther se las arregló para alzar su mirada desafiante hacia su captor, y con una sonrisa burlona responderle:

    —La maté… La arrojé al sol y se prendió como una hoguera…

    Los ojos de Owen se abrieron grandes, estupefactos ante aquella posibilidad.

    —Mientes —declaró con voz carrasposa, su rabia claramente a punto de estallar. Pero eso no la intimidó.

    —Sal al patio, y puede que aún veas sus cenizas esparcidas por la nieve —murmuró mordaz, acrecentando aún más el enojo de Owen.

    —¡Mientes! —espetó el hombre con ferocidad. Alzó entonces el cuerpo de Esther aún más alto, la agitó en el aire, y la estrelló de espaldas contra el mueble de la recepción haciendo que éste crujiera. Colocó su cuerpo sobre ella, prácticamente agazapándose encima del mueble para someterla.

    Esther abrió los ojos, y contempló el rostro de aquel apuesto hombre, flotando en el aire a unos centímetros sobre el suyo. Su mano seguía firme contra su cuello, a sólo un poco más de fuerza de comenzar a estrangularla. En otras circunstancias, aquello podría resultarle incluso excitante.

    —¿Por qué estaría yo viva si no es así? —soltó de pronto con la mayor calma posible. La incertidumbre y la duda se hicieron visibles en la expresión de su captor.

    Owen se alzó un poco, contemplándola en silencio. Pareció a simple vista algo más tranquilo, pero Esther presintió que aquello no era para nada el caso. Desde ahí podía percibir como su mente se aceleraba, imaginando todas las diferentes formas en las podría despedazarla ahí mismo, con sus propias manos.

    La soltó de pronto, pero no fue por mucho. Rápidamente con una mano la tomó de su cabeza, ladeando está hacia un lado, mientras la otra la colocaba en su hombro, jalándolo hacia abajo con todo y su chaqueta. De esta forma, dejaba claramente expuesto el costado derecho del delgado y pálido cuello de Esther, y sus venas palpitantes.

    —Siempre quise saber cómo se sentía hacer esto —murmuró Owen de pronto, abriendo grande su boca, lo suficiente para que Esther pudiera ver por completo los largos y afilados colmillos que sobresalían del resto de su dentadura. Los colmillos que perforarían con suma facilidad su piel y carne para alimentarse de ella.

    Y aquella horripilante visión en verdad espantó a Esther. Comenzó a forcejar con más desesperación que antes, pero siendo incapaz de apartar ni un centímetro las pesadas y fuertes manos de Owen. El hombre se inclinó hacia ella, dirigiendo su rostro hacia el cuello sin menor miramiento. Esther apretó con fuerza los ojos, esperando la inevitable mordida. Pero antes de que los colmillos la alcanzaran, la voz de una tercera persona los interrumpió.

    —¿Oskar? —susurró la pequeña intrusa, desde el umbral de la puerta trasera.

    Ninguno de los dos se había dado cuenta de su presencia, pero rápidamente se giraron en su dirección, contemplando la delgada y desalineada figura de Eli. Detrás de ella, era apreciable que el sol aún no había bajado del todo, pero al parecer sí lo suficiente para que se atreviera a salir de su escondite. Esther no pudo evitar echar un vistazo a sus muñecas, que se encontraban rojas por el roce de las sogas, pero en especial por el esfuerzo que había significado romperlas.

    «Así que en verdad sí habría podido romperlas en cualquier momento…»

    Por su parte, la niña vampiro los contemplaba azorada, con sus ojos bien abiertos, fijos en especial en su amigo.

    —Eli —masculló Owen, o más bien Oskar, sorprendido. Rápidamente se olvidó de Esther, apartándose de ella de un salto, dejándola ahí de espaldas contra el mueble de recepción. Su sorpresa se convirtió rápidamente en alivio—. Eli, estás bien…

    Eli no dijo nada de momento. Solamente comenzó a avanzar lentamente en su dirección. Oskar se agachó rápidamente, pegando una rodilla al suelo. Eli se paró justo delante de él, quedando sus rostros a la misma altura, uno frente al otro. La niña alzó tímidamente una de sus manos, posándola dulcemente sobre la mejilla del hombre. Éste cerró sus ojos, y pegó su rostro aún más contra la palma de la pequeña mano. Sin embargo, los volvió a abrir casi de inmediato, notándose sorprendido.

    —No puedo sentirte —murmuró despacio—. No como antes…

    —Ay, Oskar… —susurró Eli, agobiada por un profundo pesar—. ¿Qué te he hecho?

    El hombre de barba negó frenético con la cabeza.

    —Oye, está bien, todo está bien —pronunció con firmeza, tomando el pequeño rostro de la vampiro entre sus manos con suma delicadeza—. Soy yo, mírame. Volví.

    Sus labios se estiraron en una amplia sonrisa que intentaba sobre todo parecer alegre. Eli, sin embargo, claramente no compartió el sentimiento.

    —¿Cómo pasó? —susurró la vampiro, confundida—. Yo… yo te…

    —No estoy seguro. Pero no importa, ¿o sí?

    Oskar tomó en ese momento las manos de Eli entre las suyas y las acercó a su rostro, recorriendo sus palmas y sus dedos delicadamente con sus labios. Igual que el roce en su mejilla, apenas lograba percibir su piel contra él, como si lo hiciera por encima de varias prendas de ropa. ¿Así era como ella sentía? ¿Tan superficialmente? ¿Tan gris…? Pero eso no importaba. Lo único que le interesaba era que ella estaba ahí, y él también.

    —Ahora podremos estar juntos, por siempre —declaró con desbordante alegría—. Cazar juntos, alimentarnos juntos… empezando por esa pequeña zorra.

    Al pronunciar aquello, se giró a mirar sobre su hombro en dirección a Esther. Ésta se había bajado de encima del mueble, e intentó aproximarse lentamente hacia donde su arma había caído, aprovechando que ambos estaban distraídos; o, al parecer, no tanto como ella creía.

    —Ni se te ocurra moverte ni un centímetro más —le amenazó Oskar—. O veremos que tanto puedes curarte con un cuello roto.

    Esther sabía por experiencia propia que podía hacerlo, pero igual no tenía deseos de tentar a su suerte más de la cuenta. Apenas y había logrado lidiar con una de esas criaturas la noche anterior; enfrentarse ahora a dos, y en el estado en el que se encontraba en esos momentos, no era su escenario ideal ni de cerca.

    —Oskar —susurró Eli despacio, tomando en ese momento el rostro de su amigo con dulzura entre sus manos, acariciándolo con delicados roces—. Mi hermoso, hermoso, Oskar —pronunció en voz baja. Se inclinó entonces hacia él, besándolo con cuidado en su frente, haciendo poco después lo mismo en cada uno de sus parpados, en su nariz, y mejillas. El hombre cerró sus ojos, intentando sentir lo mayor posible los apenas apreciables roces de los pequeños labios de Eli contra su rostro—. Siempre quise que esto ocurriera. Que tú y yo pudiéramos estar juntos por siempre; para siempre. Sin que nada ni nadie se interpusiera. Sólo nosotros contra el mundo entero…

    Eli se dirigió en ese instante directo a los labios de Oskar, presionando los suyos contra ellos con mayor fuerza que los besos anteriores. Aquello resultó en una sensación mucho más viva para Oskar, que la rodeó rápidamente con sus brazos, atrayéndola contra él. Ambos se fundieron en aquel profundo, y hasta cierto punto apasionado beso, ante la mirada incrédula de Esther. Aunque en realidad no estaba del todo sorprendida de enterarse de que ambos tenían ese tipo de relación.

    De pronto, sin embargo, se le ocurrió que quizás aquello pudiera ser algo diferente a lo que se veía a simple vista, pues el recuerdo del otro beso que había presenciado en la habitación con Lily se le vino a la mente.

    Eli y Oskar se separaron tras unos segundos. Ambos abrieron los ojos al mismo tiempo, y contemplaron con atención al otro. Y aunque el rostro de Oskar radiaba de emoción y alegría, fue evidente incluso para él el sentimiento frío, totalmente apartado, que acompañaba a Eli.

    Justo como Esther había adivinado, aquel beso había sido con más intención que sólo ser un acto de pasión o de amor. Había sido un intento de Eli para echar un vistazo al interior del alma de su amigo, y ver lo que ahí se ocultaba. Y lo que vio, bien o mal, confirmó lo que se temía desde el momento en que lo vio.

    —Pero eso nunca podrá ser —sentenció con dureza, tomando por sorpresa al hombre delante de ella.

    Sin dar alguna otra explicación, Eli se apartó rápidamente, jalando su brazo derecho hacia atrás, y al instante siguiente empujando su mano con tremenda fuerza hacia el frente, directo al lado izquierdo del pecho de Oskar. La fuerza y velocidad que llevaba deberían ser más que suficientes para atravesar su carne y hueso, e ir más allá hasta su corazón, y así destrozarlo con sus propias manos. No sería la primera vez que lo hiciera; ni siquiera la primera vez que lo hiciera contra el cuerpo de uno de sus amigos.

    Sin embargo, quizás había subestimado lo débil que se encontraba debido a sus heridas, falta de sangre y sueño. Pues no fue capaz de alcanzar su objetivo lo suficientemente rápido, antes de que la mano izquierda de Oskar se alzara, prácticamente por sí sola como un reflejo ante el inminente peligro, y se cerrara como un grillete fuerte en torno a su muñeca. Su mano se detuvo en seco, con sus dedos presionándose contra la tela de la chaqueta del hombre, pero a milímetros de alcanzar su piel.

    Oskar se giró a mirar la mano de Eli contra su pecho, horrorizado al instante por aquella imagen. Rápidamente la empujó con su otra mano hacia atrás, haciéndola deslizarse un par de metros lejos de él, hasta que su espalda chocó de lleno contra el muro. Luego se paró y retrocedió alarmado, asustado, y algo asqueado.

    —¡¿Qué… qué estabas tratando de hacer?! —exclamó en alto, presionando sus dos manos contra el área de su corazón—. ¿Acaso querías…? ¡¿Cómo pudiste?! ¡¿Por qué?!

    —Porque tú no eres Oskar —respondió Eli con tosquedad, alzando su mirada sombría hacia él—. Ya no más. Oskar murió anoche. Tú no eres más que un cadáver, movido por la infección como una vil marioneta. Justo como le pasó a Hakan…

    —¿Qué tontería estás diciendo? —soltó el hombre de barba con mofa, aunque la rabia volvió rápidamente a apoderarse de él—. ¡Por supuesto que soy yo! ¡¿Qué no me ves?!

    Eli se quedó callada, e incluso su mirada se desvió por instinto hacia otro lado; lejos de la horripilante imagen de su viejo amigo que se erguía ante ella. Esto a Oskar no hizo más que exasperarlo aún más, por lo que se le aproximó apresurado y la tomó violentamente de su brazo, alzándola de un jalón.

    —¡Mírame! —le exigió con agresividad, sonando casi como un rugido.

    Eli soltó un agudo gemido de dolor. Oskar la alzaba tan alto que tenía que pararse en las puntas de sus pies.

    —Oskar… me lastimas —masculló con un tono empapado de sufrimiento, y eso pareció despertar algo en Oskar pues de inmediato abrió su mano para soltarla. El cuerpo delgado de la vampiro se desplomó al suelo, sin fuerzas.

    —No quise hacerlo —pronunció Oskar, su voz casi templando por la preocupación y la vergüenza—. Tú… ¡Tú me fuerzas a hacerlo! ¿Por qué me haces esto…?

    Esther, que había estado contemplando todo aquello con una curiosa combinación de fascinación y aprensión, aprovechó ese momento en el que claramente la atención de ninguno de los dos estaba en ella para lanzarse de lleno hacia el arma en el suelo a unos metros. Su movimiento brusco jaló de inmediato la atención de Oskar, que giró su cuello como un látigo hacia ella, en el momento justo en el que su mano se aproximaba al mango del arma.

    Oskar se precipitó hacia ella con increíble velocidad. Esther, en el suelo, se giró de lleno hacia él, apuntando con su arma. Su dedo presionó el gatillo, pero no logró hacerlo por completo antes de que Oskar desviara el cañón con un manotazo hacia un lado, y la bala saliera disparada directo contra el techo. De un golpe más, Oskar logró arrebatarle el arma de las manos, y el tercero lo propinó directo en el costado derecho de la cabeza de Esther, haciendo que su cuerpo entero se precipitara contra el piso.

    No la dejó ahí. Pues antes de que intentara recuperarse, Oskar la tomó de su nuca, la alzó y le restrelló la cara contra la pared, provocando el sonido pastoso de algo quebrándose. Eli incluso tuvo que desviar su mirada hacia un lado para no ver aquello.

    Esther siguió consciente tras ese horrible golpe, pero apenas. Su nariz estaba rota y sangraba abundantemente al igual que su labio. Su mirada estaba borrosa, incapaz de centrarla en absolutamente nada. Sus brazos y piernas colgaron flácidas, estando únicamente sostenida por la fuerte mano de Oskar en su nuca. El nuevo vampiro la giró hacia él, y contempló con curiosidad su rostro magullado. La acercó más a su rostro, y sin miramiento comenzó a recorrer su lengua por el mentón, mejilla y nariz de Esther, lamiendo con bastante apetito la sangre que brotaba de ella. A pesar de su estado, Esther percibía sin problema la sensación húmeda de su lengua, así como su aliento o el olor mismo de su piel. Sin embargo, le fue imposible reaccionar o hacer algo para detenerlo, si acaso en verdad quería hacerlo.

    Una vez que terminó de saborear ese pequeño bocado, Oskar se relamió sus labios, y luego se los limpió con la manga de su chaqueta. Se viró de regreso hacia Eli, aun teniendo el pequeño cuerpo de Esther bien sujeto. Eli se encontraba de rodillas en el suelo, con su mirada agachada y sus cabellos oscuros cayendo sobre su rostro.

    —Siempre dijiste que esto era como una maldición —indicó Oskar, llamando su atención—. Pero… esta nueva fuerza que recorre mi cuerpo es increíble. Este poder, estas sensaciones. Puedo verlo todo, oírlo todo, olerlo todo. Ya no siento temor alguno. Es como si estuviera vivo por primera vez. No me digas que tú no sientes lo mismo.

    Eli siguió sin responder. La dureza con la que lo veía resultaba casi dolorosa

    —Lo que necesitas es alimentarte —señaló Oskar, indiferente. Comenzó entonces a caminar hacia ella, prácticamente arrastrando a Esther por el suelo. Ésta intento tomar la poderosa mano que la oprimía para librarse de ella, pero sus débil y delgados dedos no lograron mucho.

    Una vez de pie frente a Eli, Oskar alzó a Esther, y luego la azotó contra el suelo para que quedara pecho a tierra.

    —Te sentirás mucho mejor en cuanto des un primero bocado.

    Colocó una mano atrás de la cabeza de la mujer, empujándola contra el piso, haciendo que su mejilla se apretujara contra éste. Con la otra jaló la chaqueta y el cuello del vestido de Esther hacia un lado, casi rasgándolo, dejando totalmente al descubierto su cuello justo enfrente de Eli.

    —Anda, sabes que quieres —ronroneó Oskar, sonando casi como una coqueta provocación.

    Los ojos de la vampiro se abrieron grandes, incapaces de ocultar el hambre y el anhelo que aquello imagen le provocaba. Oskar sonrió complacido al notarlo.

    — — — —
    La serpiente se fue abriendo paso en la neblina, hasta erguirse portentosa y fuerte ante Lily, tan alta como un edificio. Aun teniéndola tan cerca y no oculta en la niebla como hasta ese momento, seguía siendo sólo una masa negra volátil y ambigua, sin ninguna característica distinguible más allá de sus brillantes ojos rojizo, que Lily sintió clavados enteramente en ella. Podía sentir además vívidamente el hambre y el ansía con la que aquella cosa la miraba, deseosa de devorar cada milímetro de su ser, sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo.

    «Esto no es real» se dijo a sí misma mientras forcejaba contra las manos de Emily que la seguían sujetando con fuerza de los brazos. «Esto es sólo un sueño, una ilusión. ¡Nada esto está pasando!»

    Y en parte estaba segura de que así era, pero igual lo estaba que, aun así, en verdad poco importaba. Y por más que lo repitiera, aquello sí era de cierta forma real. Al menos lo suficiente como para que el miedo que la carcomía estuviera más que justificado.

    Nada de eso tenía sentido para ella. ¿Cómo podía todo eso ser real si era un sueño? Y encima era su sueño, un espacio en el que ella siempre había tenido el control absoluto de todo lo que ocurriese. ¿Cómo podía esa cosa hacer lo que le diera la gana, reptando por su cabeza como si fuera suya?

    «¿De eso trata esto?» pensó, lo mejor que su mente atormentada le permitía. «¿Todo esto ahora es tuyo? ¿Yo soy tuya? ¡¿Qué maldita porquería es ésta?!»

    ¿Qué era lo que le pasaría si esa serpiente o lo que fuera la comía como tanto lo deseaba? ¿Qué era lo que quedaría en su lugar…? ¿Esa cosa se apoderaría por completo de todo lo que la hacía ser ella?

    ¿Y qué era eso que la hacía ser ella, en realidad? Emily había dicho que la otra criatura, el lobo era su verdadero ser, aquello que había llegado a ese mundo dentro de ella desde el momento mismo de su nacimiento. Y en ese instante, estando su cuerpo prácticamente petrificado ante la inminente amenaza de aquella serpiente, la mente de Lily comenzó a recorrer sus memorias más arraigadas y guardadas. Cada momento en el que, aun no teniendo a nadie a su alrededor, sabía que no estaba del todo sola. Siempre estaba presente esa pequeña presencia, haciéndola saber cosas que no debería, convenciéndola de hacer lo que normalmente no se le hubiera ocurrido, dándole las fuerzas para hacer lo que no habría podido lograr en otras circunstancias.

    Estuvo con ella cuando se encontraba atrapada en aquel horno, indicándole que todo estaría bien; que todo era parte del plan. Estuvo en ella cuando el vehículo de Emily se precipitaba al río, diciéndole qué debía hacer. Cuando Esther le disparó, cuando Samara le hizo aquello a su pierna, cuando aquel sujeto la molestó en la fiesta, cuando Damien casi la estranguló… incluso cuando aquella niña la había mordido (logró recordarlo en ese instante). Eso siempre había estado con ella, de alguna u otra forma.

    Pero para Lily aquello no era en realidad una persona, mucho menos un enorme lobo, susurrándole palabras al oído. Eran simples pensamientos, un instinto primario que siempre había pensado que simplemente era parte de ella. Pero siempre, quizás de forma inconsciente, había intentado mantenerlo algo apartado de ella, a una distancia segura, como detrás de una puerta de madera a través de la cual pudiera escucharla, pero nada más. Y Lily siempre había tenido la opción de abrir esa puerta y dejar que aquello entrara, que se sentar a su lado, que la viera a los ojos, que su voz se volviera mucho más nítida y tangible.

    Pero nunca lo había hecho. Tener esa puerta cerrada siempre le había resultado más cómodo y seguro, ya que… sí, le tenía hasta cierto punto miedo a lo que se ocultaba al otro lado; ahora podía admitirlo con mayor claridad.

    “Todos le tienen miedo a algo.” Le había dicho Doug, el psiquiatra amigo de Emily. “Trabajando en nuestros miedos, conquistándolos, es como mejoramos. Así que quiero que me digas: ¿qué te da miedo?”

    Y Lily recordaba claramente cuál había sido su respuesta: “Yo.”

    Le temía a lo que estaba del otro lado de la puerta, a su verdadero ser. Temía en lo que podría convertirse, en lo que podría provocar. Pero ya no más…

    “Trabajando en nuestros miedos, conquistándolos, es como mejoramos.”

    —Levántate —pronunció de pronto—. ¡Levántate! —gritó con fuerza al aire, mientras permitía al fin que la puerta se abriera por completo—. ¡¡Levántate!!

    La serpiente abrió grande sus fauces, soltando un agudo y estruendoso siseo al aire, y se abalanzó de golpe hacia Lily. Su quijada estaba totalmente abierta, lista para engullirla de un sólo y certero mordisco. Pero un instante antes de que lograra alcanzarla y cerrar su boca en torno a ella, algo la jaló reciamente hacia atrás, haciendo que el cuerpo entero de la criatura se precipitara al suelo con un fuerte estruendo.

    El cuerpo entero de la serpiente fue arrastrando de regreso hacia la neblina mientras gimoteaba, perdiéndose de nuevo de su vista. Aun así, Lily mantuvo su mirada quieta, observando el punto justo en que había desaparecido. Los rugidos y los ajetreos volvieron a hacerse presentes, y discretas siluetas comenzaron a hacerse notar entre la niebla, forcejeando entre sí. El estridente bramido de uno de ellos hizo retumbar el escenario entero, seguido después del distinguible sonido de carne siendo perforada, arrancada y aplastada. Era un sonido grotesco, pero al mismo tiempo hipnótico.

    Todo duró sólo unos cuantos segundos, y luego todo volvió a sumirse en silencio como antes. Pero en esa ocasión Lily no supo identificar si ese silencio era angustioso como el anterior, una buena señal, o quizás algo muy diferente.

    —Bien hecho, pequeña —escuchó que Emily pronunciaba a sus espaldas con orgullo; el orgullo desbordante de una madre. Sus manos la soltaron en ese momento, y Lily se giró por mero reflejo sobre su hombro. Emily ya no estaba ahí detrás de ella, y no había rastro alguno de a dónde se había ido.

    Lily se viró de nuevo hacia el frente, aguardando y observando paciente hacia la neblina, hasta que de nuevo una enorme silueta negra comenzó a moverse, aproximándose en su dirección. Su forma ya no era la alargada de la serpiente, sino una incluso más enorme que la del lobo; como la sombra de una gran montaña proyectándose.

    Lily se puso tensa, expectante sobre lo que se avecinaba. Sin embargo, lo que surgió de entre la niebla no fue el enorme lobo que esperaba, sino una figura mucho, mucho más pequeña.

    —¿Qué? —pronunció Lily, sorprendida al ver la apariencia de aquel ser. Y mientras más se aproximaba hacia ella con ese paso tranquilo, casi juguetón, más verificaba que su primera impresión había sido la correcta.

    Era ella, o más bien algo con una apariencia bastante similar a la suya; su misma estatura y complexión, con sus mismos rasgos, su mismo cabello castaño largo y suelto cayendo a sus espaldas. La diferencia, sin embargo, era que la piel de su rostro era totalmente pálida, tan blanca como la neblina o incluso más, además de que unas marcas negras similares a venas recorrían sus mejillas y su frente. Pero la mayor diferencia eran sus ojos, que eran totalmente negros, sin pupila, cornea, iris ni nada. Sólo eran dos grandes agujeros totalmente negros, decorando ese rostro pálido, casi muerto. Pero la sonrisa confiada y juguetona que se dibujaba en sus labios… esa ciertamente sí le era familiar.

    —¿Ya dejemos al fin de lloriquear, Lilith? —masculló aquel ser, sonando en su cabeza como su propia voz interna, mientras caminaba a su lado y la observaba sobre el hombro. Lily la siguió con la mirada mientras caminaba a su alrededor.

    —¿Eres el lobo? —susurró despacio, desconcertada—. ¿Eres… yo?

    —Creí que ya lo habías entendido —susurró con voz burlona aquel ser con su cara—. ¿En serio necesitas que te lo explique?

    Lily no respondió, pero en su interior supo que no era necesario. Ella lo comprendía, o al menos casi todo, pues aún había un único punto que no le quedaba del todo claro.

    —¿Qué soy? —soltó Lily con voz firme—. ¿Soy en verdad un demonio?

    —¿Quién sabe? —respondió risueña aquel ser, encogiéndose de hombros—. Demonio, monstruo, abominación… Son conceptos bastante ambiguos, creados por los humanos para nombrar a todo aquello que les asusta. Y tú, eres la materialización de todos ellos, capaz de descubrir el ideal de Infierno de cada individuo, y hacer que lo viva en carne propia. Así que, ¿en verdad importa si eres humana, demonio… u otra cosa?

    —A mí me importa —inquirió Lily, aunque no sonando del todo convencida—. ¿Para qué viene a este mundo entonces? ¿Qué se supone que debo hacer?

    —No tengo idea —rio aquel ser—. No sé mucho más de lo que tú siempre has sabido en el fondo de tu ser. Yo soy , después de todo. Y esto es sólo un sueño. Pero el mundo de allá afuera te espera, y definitivamente aún hay mucho que debes hacer.

    El ser se detuvo justo enfrente de ella, encarándola muy cerca, a sólo unos cuántos centímetros de separación entre sus narices. Desde esa distancia, Lily pudo ver de más los dos pozos sin fondo que eran sus ojos.

    —Basta de charla —declaró el ser con elocuencia—. ¿Lista para continuar con lo que sigue?

    —¿Qué es lo que sigue? —susurró Lily, confundida.

    El ser sonrió, divertida.

    —Eso también ya lo sabes… Es hora de que te quites tus ataduras y… “mejores”

    Lily guardó silencio unos instantes, reflexiva.

    —Entiendo… Adelante, entonces.

    De un parpadeo a otro, la niña delante de ella, se transformó de nuevo en aquella inmensa figura negra con forma de lobo. Lily la observó fijamente desde su posición, pero no sintió miedo alguno en realidad. Si acaso había alguna sensación que la acompañaba, esa podía ser curiosidad. Curiosidad por saber lo que vendría.

    El lobo abrió grande sus fauces y arremetió contra Lily, atrapándola y envolviéndola entera en la oscuridad.

    — — — —
    Recostada en la cama de la habitación 303, los ojos de Lily se abrieron de golpe, siendo jalada abruptamente al mundo real. De inmediato se sintió incapaz de respirar, como si tuviera algo atorado en la garganta que se lo impidiera. Se sentó rápidamente en la cama, se inclinó hacia un lado y comenzó a toser con fuerza. Tras unos segundos de insistencia, comenzó a vomitar, soltándolo todo en la alfombra. Pero no era un vómito común, y no sólo por su cantidad, sino porque lo que salió de su cuerpo fue un líquido espeso y oscuro como alquitrán, que pudo sentir como le quemaba mientras le subía por la garganta.

    Una vez que todo pareció salir, Lily permaneció sentada en su sitio, respirando agitadamente intentando recobrar el aliento. Se limpió la boca con la manga de su chaqueta, e inevitablemente desvió su mirada hacia el charco oscuro y maloliente que se había formado en el suelo entre las camas. Para su horror, vio en el centro de éste algo sólido, alargado y deforme, como la cola magullada de alguna rata. Lo que fuera, tras unos segundos a Lily le pareció ver claramente cómo se movía, como si un espasmo lo recorriera de punta a punta.

    Se sobrepuso de golpe a la debilidad de su cuerpo, y empujada por el mero instinto se puso de pie y salto hacia el charco, estampando la suela de su bota al menos diez veces contra aquella cosa, hasta que todo lo que quedó fue una plasta grumosa flotando en aquel líquido oscuro.

    —Qué… asco… —soltó en voz baja, sintiendo casi como si el sólo hecho de hablar le resultara agotador.

    Se dirigió tambaleándose hacia el baño del cuarto. Se apoyó en el lavabo firmemente con sus dos manos para evitar caer, y abrió por completo la llave de agua. Tomó algo del líquido en su mano, y la llevó a su boca repetidas veces, enjuagando y escupiendo, hasta que aquel molesto sabor ácido desapareció lo más razonablemente de su boca. Se echó justo después agua en la cara para lavársela, y ya para ese punto comenzaba a sentirse mejor.

    Al alzar la mirada, sus ojos se enfocaron en el espejo delante de ella, y en su propio reflejo. Su cabello era una maraña sin forma, su cara estaba notablemente pálida, y unas marcadas ojeras decoraban sus ojos. Pero pese a todo, debía aceptar que se veía bien. A simple vista no parecía haber nada diferente en ella, pero… podía sentir que eso no era del todo cierto. Algo había cambiado, algo profundo. Podía sentirlo tan vívidamente como los latidos de su propio corazón.

    De pronto, su vista se desvió sólo un poco hacia un lado, centrándose fugazmente en el reflejo en el espejo de la silueta negra en el rincón, y en sus brillantes ojos que la veían de regreso. Lily se sobresaltó y su respiración se cortó. Sin embargo, al siguiente parpadeo, aquella silueta desapareció, tan rápido como había aparecido.

    Se talló la cara con la mano húmeda, e intentó despejar de su cabeza la repentina sensación de alerta que aquel desliz le había provocado. Aunque, por otro lado, eso le había ayudado a aclarar la mente y recordar mejor lo que había ocurrido antes de desmayarse: el área de juegos, el baño… esa mocosa encima de ella, la herida de su cuello…

    «Mi cuello» pensó sorprendida, y reparó en ese momento en el vendaje que le rodeaba dicha área.

    Comenzó rápidamente a retirarse las vendas para echar un vistazo debajo de ellas. Su costado se veía amoratado, pero en el centro de aquella mancha purpurea sobresalían dos heridas punzantes, circulares y rojas.

    «Esa perra era un vampiro» concluyó una vez que su mente estuvo lo suficientemente clara. «Un vampiro me mordió… como en las leyendas. Entonces, ¿la serpiente era…?»

    Mientras pensaba en todo aquello, lo último que había presenciado antes de perder la consciencia se volvió claro en su mente: aquella habitación, ese hombre de barba muerto, aquella chica… y Esther.

    Volvió presurosa al cuarto y miró a su alrededor, esperando ver a Esther en algún lado. Pero aunque el cuarto era claramente muy parecido al que les habían asignado al llegar, no tardó en darse cuenta de que no era el mismo. Y no había rastro alguno de su compañera de viaje.

    Divisó entonces un pedazo de papel sobre el buró, por lo que rápidamente se acercó a él y lo tomó. El mensaje en éste era corto:

    Seguiré mi camino hacia donde habíamos dicho. Si sobrevives, puedes seguirme, volver a tu casa, o hacer lo que quieras.
    E.


    Lily releyó la carta un par de veces y luego alzó su mirada pensativa hacia un lado; en dirección a la ventana del cuarto, en ese momento con la cortina cerrada. Y tras un rato de observar en silencio hacia ese mismo lado, lo tuvo bastante claro. Esther no estaba en realidad muy lejos de ahí.

    — — — —
    Eli se aproximó hacia donde Esther yacía en el piso, hasta colocarse a su lado, con su rostro suspendido sobre su cuello. Oskar la seguía sujetando con firmeza, expectante e incluso emocionado porque hiciera lo que debía. Los labios de Eli se separaron, dejando a la vista sus letales colmillos, que se alargaron hasta casi sobresalir por completo de su boca. Esther, debido a su posición, no lograba verla, pero de alguna manera podía sentirla. Era como un molesto, casi doloroso cosquilleo en la piel expuesta de su cuello, como si aquellos filosos colmillos ya la estuvieran rozando.

    Podría intentar forcejar, seguir peleando, pero la verdad era que su cuerpo carecía de cualquier tipo de fuerzas. De hecho, su mente se inclinaba más a la inconsciencia tras aquellos últimos golpes, y por un momento deseó poder desmayarse a voluntad. Y así no sentir nada, y que pasara lo que tuviera que pasar.

    Eli dejó escapar de pronto un agudo y disonante chillido, como el de algún tipo de animal rastrero. Esther se preparó para sentir sus colmillos penetrándola, pero de nuevo aquello no ocurrió como lo esperaba.

    La figura de la pequeña vampiro saltó de pronto desde su sitio, no hacia Esther sino directo hacia Oskar. Se agazapó a éste con sus piernas y brazos, aferrándose a él con todas sus fuerzas. El hombre de barba se sobresaltó, confundido. Retiró sus manos rápidamente de Esther, y se paró. Antes de que pudiera enderezarse por completo, Eli clavó enteros sus colmillos en el costado izquierdo de su cuello, desgarrando por completo su carne en el acto.

    Oskar gritó a todo pulmón lleno de dolor y confusión. Por mero reflejo tomó el pequeño cuerpo que lo aprisionaba con ambas manos y comenzó a empujarlo para apartarlo de él. Eli, sin embargo, se sujetó aún más fuerte, al tiempo que succionaba y bebía con desesperación de su cuello. Oskar se tambaleó por todo aquel espacio, rebotando por las paredes, dejando rastros de sangre pintados por ellas. En su desesperación, sus puños se cerraron, y por mero reflejo propinó un fuerte golpe a un costado de la cabeza de Eli. El impacto fue tan fuerte que la cara de la vampiro fue prácticamente arrancada de la parte que había aprisionada con sus colmillos.

    Una vez que tuvo su cuello libre, y Eli estuvo aturdida por el golpe, la tomó de nuevo con sus manos y ahora sí pudo apartarla de él, para luego arrojarla con violencia al suelo. El pequeño cuerpo de la vampiro azotó contra éste, y rodó un par de metros hasta quedar boca abajo, agitada y apenas consciente.

    Oskar presionó una mano contra la herida de su cuello, que para cualquier otro ser vivo hubiera sido de seguro mortal. Llevó su mano frente a su rostro, mirando incrédulo su palma totalmente roja. En verdad lo había hecho; Eli deliberadamente lo había mordido. Pero eso no había sido como la noche anterior que él se había ofrecido a ella por completa voluntad; ella había intentado asesinarlo.

    —Tú… —masculló con voz carrasposa, alzando su mirada iracunda hacia donde yacía. La rabia se apoderó de él, y rápidamente se aproximó hacia ella—. ¡¿Cómo pudiste?!

    Alzó en ese momento su pie, golpeándola con todas sus fuerzas en su costado. Eli pudo sentir como sus costillas se rompían por el impacto. Soltó un fuerte alarido al aire, pero no tuvo ni un segundo para intentar recuperarse. Oskar rápidamente la tomó del cuello, apretándola con sus dedos y la alzó de un jalón para encararla de frente. Eli lo miró de regreso con ferocidad, su cara manchada por segunda vez con la sangre de su querido amigo.

    —¡Luego de todo lo que he hecho por ti! —espetó Oskar, inundado de coraje y de odio—. Dejé mi vida entera, a mi madre, mi país, ¡todo por ti! ¡Porque te amaba! Porque creí que tú me amabas…

    Eli no respondió nada, y ese silencio resultó aún más doloroso.

    Algo lo distrajo un instante. Por el rabillo del ojo, pudo notar como el cuerpo de Esther comenzaba a arrastrarse con debilidad hacia la puerta del patio, apoyándose en el suelo con sus manos y codos. Oskar soltó a Eli con brusquedad, dejándola caer al suelo. Se giró de inmediato hacia Esther, y antes de que lograra llegar a su cometido, le plantó de forma contundente la planta de su pie contra su espalda, presionándola como una prensa contra el suelo. Esther se quedó estática en su sitio, incapaz de seguir avanzando. No gimió ni dio seña alguna de dolor por la sensación de aquel pie aplastándola, más allá de una mueca en su rostro.

    —Eres bastante resistente —indicó Oskar, y al segundo siguiente comenzó a mover su pie de un lado a otro sobre su espalda—. En otras circunstancias admiraría tu notable deseo de vivir, y hasta consideraría brindarte el don que acabo de obtener, en parte gracia a ti. Pero de ninguna manera te daré la oportunidad de ser como nosotros. En lugar de morderte, te partiré en dos y beberé lo que brote de ti…

    —No, Oskar —exclamó Eli con debilidad a sus espaldas. Estaba en esos momentos incorporándose, apoyándose en la pared más cercana—. No lo hagas…

    —¡¿Por qué no?! —espetó Oskar furioso, girándose hacia ella—. ¿Por qué te empeñas tanto el protegerla después de todo lo que nos ha hecho?

    —No lo hago por ella —aclaró Eli con mayor firmeza—, sino por ti. Tú… no eres así. No eres un monstruo como yo…

    —¿Qué dices? —bufó Oskar, soltando entonces una sonora risotada sarcástica—. ¿Qué no soy un monstruo? ¿Sabes acaso a cuánta gente he matado por ti todos estos años? ¿Has llevado al menos la cuenta de cuantos hombres, mujeres, niños, ancianos he colgado de cabeza y cercenado sus gargantas para poder llevarte su sangre? ¿Cuántos cadáveres he tenido que esconder, quemar o enterrar? Y todo lo hice por ti, Elias… Me convertí en un monstruo mucho antes que esto, sólo por ti…

    Esther desvió su mirada ligeramente hacia atrás, mirando un tanto confundida al hombre que la pisoteaba.

    «¿Elias…?»

    Por su parte, Eli no tuvo otra alternativa que agachar su mirada, avergonzada por las palabras de reclamo de su joven amigo. Ya que ella sabía, después de todo, que eran ciertas.

    —Lo sé —susurró tan bajo que si no fuera por el oído agudizado, de seguro Oskar no hubiera sido capaz de escucharla—. Y lo siento…

    Un fuerte golpe hizo retumbar las paredes de toda la recepción, poniendo en alertar a todos. Un segundo después, miraron atónitos como la puerta trasera que daba al patio salió volando de su marco, arrancada de sus bisagras, y se dirigió como un proyectil directo hacia Oskar. Éste tuvo que reaccionar haciéndose rápidamente hacia un lado, retirando su pie de la espalda de Esther. La puerta siguió de largo delante de él, estrellándose contra la pared y prácticamente estampándose contra ésta.

    —¿Qué demonios…? —masculló Oskar atónito. Él, al igual que Eli, y Esther en el suelo, se giraron hacia el agujero en el muro donde hasta hace unos segundos se encontraba la puerta. Y los tres pudieron ver claramente como una pequeña figura entraba con suma tranquilidad por él, plantando sus pies con firmeza.

    La niña recién llegada recorrió su mirada rápidamente por el cuarto, esbozó una amplia sonrisa alegre, y extendiendo sus brazos a los lados exclamó el alto y con voz cantada:

    —Cariño, ya llegué.

    —¿Lily? —susurró Esther, atónita, intentando alzar su torso del suelo apoyada en sus brazos. Era sin lugar a duda ella, pero… por un motivo, no estaba del todo segura.

    —¿Estás viva? —exclamó Oskar, confundido.

    Lily giró de inmediato su atención hacia él, observándolo con más detenimiento.

    —Tú también… o algo así.

    Esther se apoyó como pudo en sus rodillas para intentar alzarse, pero sólo logró llegar hasta ahí. Levantó su rostro, mirando con aprensión a Lily. Algo no estaba bien, podía sentirlo.

    —¿Acaso tú…? —susurró en voz baja, haciendo que Lily se virara hacia ella. Al sentir esos ojos fríos posados en ella, una sensación más agobiante le recorrió el cuerpo entero—. ¿Ahora eres…?

    No terminó su pregunta, pero ésta quedaba bastante implícita. La sonrisa en los labios de Lily se ensanchó aún más hacia los lados, tomando incluso una forma casi grotesca.

    —Así es —susurró en voz baja, intentando a toda vista que sonara enigmática—. Ahora… soy… un horrible… ¡vampiro!

    Alargó en ese momento su rostro en su dirección abriendo su boca grande para enseñar un par de largo y filosos colmillos, así como el brillo rojizo y letal de sus ojos. Esther se sobresaltó sorprendida por esto, haciéndose hacia atrás e irremediablemente cayendo de sentón al suelo.

    Lily soltó una aguda carcajada, y de un parpadeó a otro los colmillos y los ojos rojos se esfumaron. Había sido sólo una ilusión.

    —Es broma —indicó, agitando una mano despreocupada en el aire—. Estoy bien.

    Esther parpadeó, confundida. Hasta hace menos de una hora estaba agonizando en una cama… ¿y ahora entraba ahí a hacer bromas?

    —¿Derrotaste a la infección? —pronunció Eli, totalmente atónita.

    Ella podía sentirlo sin lugar a duda con tan sólo verla: una de las dos criaturas que había visto al entrar en ese espacio de su mente se había ido. Pero… ¿y la otra?

    —Es imposible —declaró, escéptica.

    —¿Qué más da? —dijo Oskar con voz amarga—. Sólo es más alimento.

    Comenzó entonces a caminar presuroso hacia aquella niña. Lily se giró lentamente hacia él, notablemente calmada. Lo miró fijamente mientras se le aproximaba, y cuando estuvo lo suficientemente cerca soltó con voz apacible y clara:

    —Si fuera tú no me acercaría más, cerdito

    Oskar se detuvo por completo al escucharla, estupefacto en especial ante esa última palabra.

    —¿Qué dijiste? —le cuestionó con brusquedad. Lily se limitó a sólo mirarlo en silencio, sonriente.

    Aquella mirada por algún motivo no hizo más que exasperarlo más, y por mero reflejo se lanzó hacia ella con la intención de taclearla, tirarla al suelo, y desgarrarle su cuello con sus colmillos, asegurándose de que no volviera levantarse otra vez. Sin embargo, para su sorpresa, su cuerpo terminó chocando con mero aire, precipitándose justo después de narices al piso. Pero lo extraño fue que no chocó contra el duro suelo laminado, sino que su cara se hundió de lleno contra la nieve.

    Se irguió presuroso, apoyándose en sus rodillas, y pasó su mano rápidamente por su rostro para quitarse los rastros de nieve de la cara. ¿Cómo había pasado eso? ¿Se había salido por la puerta sin que se diera cuenta?

    Y de pronto, pudo percibir algo extraño. La sensación de su mano contra su rostro, no estaba bien. Y cuando logró abrir los ojos y echarle un vistazo, vio por qué: tenía puestos unos guantes oscuros de tela. Pero, él estaba seguro de que hace un segundo no estaba usando guantes. Y eso no era todo, pues la forma de la mano que se ocultaba bajo el guante también le resultó ajena; era más pequeña, y algo regordeta.

    No era lo único fuera del lugar. Al alzar su rostro y echar un vistazo alrededor, se dio cuenta que no estaba en la recepción, tampoco en el patio. Estaba de rodillas en la nieve frente a un edificio, que le resultó dolorosamente familiar. Estaba en el patio central de un complejo de departamentos; su complejo de departamentos. A su diestra se encontraba la estructura de tubos, la misma en la que hace muchos años recordaba haber visto a Eli por primera vez, y a su izquierda aquel árbol que solía usar a veces como su víctima sustito para probar su navaja, imaginando que era Conny Forsberg o alguno de sus estúpidos amigos. Todo estaba tal y como lo recordaba la última vez que lo vio… hace treinta y seis años…

    «¿Qué carajos es esto?» pensó confundido y claramente alterado.

    Escuchó pisadas en la nieve, pesadas y numerosas, a sus espaldas. Se paró y se giró rápidamente, y entre las sombras del patio contempló como surgían varias figuras, al menos unas diez, de diferentes tamaños y formas, pero todas en general parecían tener la complexión de niños. Todos usaban chaquetas, gorros, bufandas y guantes. Sin embargo, sus rostros eran como sombras nebulosas, de las que Oskar sólo lograba distinguir un par de ojos enteramente blancos, que aun así podía sentir que lo miraban solamente a él mientras avanzaban en su dirección.

    Oskar retrocedió por reflejo. La manera en la que se acercaban denotaba hostilidad. Y conforme más se acercaron, pudo notar que en sus manos cargaban tubos de PVC y palos de madera. Pero lo otro que llamó su atención era que, a pesar de que claramente todos eran niños, le parecieron de su misma estatura o incluso más altos.

    —Aléjense —demandó Oskar con fuerza, y se sorprendió de la voz que surgió de él; más aguda, temblorosa, cobarde… La voz de un niño de doce años muerto de miedo.

    Las figuras siguieron avanzando hacia él, y en cuanto la primera estuvo lo suficientemente cerca, alargó la vara que traía consigo, y le propinó un fuerte latigazo en su mejilla. Oskar sintió como su piel se abría por el fuerte golpe, dibujándole una larga línea rojiza en dicha área.

    Llevó su mano a su mejilla, presionándola, y comenzó a retroceder con más desesperación a trompicones. Otro de aquellos niños lo golpeó con fuerza en su brazo derecho, provocándole un dolor intenso. Pero no tanto como el tercer golpe, que le dio directo en el costado derecho de su cabeza, destrozándole el oído.

    Oskar gimió de dolor, y se precipitó al suelo sobre su costado. Las figuras comenzaron a rodearlo, y sus sombras lo engulleron rápidamente.

    —Chilla como cerdo —pronunció en alto uno de ellos, sonando con un intenso eco. Al instante siguiente arremetió con su arma contra él, y los demás le siguieron. Todos comenzaron a golpearlo al mismo tiempo en diferentes partes de su cuerpo. Oskar no pudo más que hacerse ovillo en el suelo, intentando cubrirse inútilmente con sus brazos—. ¡Chilla como cerdo, mariquita!

    —¡Basta! —gritó Oskar con todas sus fuerzas, alzándose de golpe con los ojos cerrados, y extendiendo su mano con la intención de tomar a alguno de sus atacantes. Su mano en efecto tomó algo, pero al abrir sus ojos le sorprendió ver que estaba de nuevo en la recepción del hotel, y su mano de adulto estaba firmemente aferrada a la chaqueta de aquella niña que acababa de entrar, que lo miraba de regreso con indiferencia—. Tú… ¿qué me hiciste?

    —Aún estoy comenzando —susurró Lily con tono confiado, Oskar pudo percibir como algo intentaba penetrar de nuevo en su cabeza, casi como si fuera de forma física.

    Apretó sus ojos, e intentó bloquearse, repelerla por completo. Lily lo percibió, similar a lo que aquella otra chiquilla había intentado la otra noche. Pero estaba preparada para ello.

    —Eso no funcionará ahora —declaró con sorna, y entonces empujó con aún más fuerza, rompiendo en pedazos ese muro que intentaba colocar entre ambos.

    Oskar fue arrojado de golpe de regreso a la misma ilusión, cayendo de espaldas en la nieve mientras todas aquellas figuras de niños lo golpeaban con mayor intensidad. Podía sentir como le laceraban la piel y le rompían los huesos, sin que él pudiera levantarse siquiera.

    —¡Chilla como cerdo! —gritaban como un rugido—. ¡Chilla!

    Mientras él se hundía más y más en aquella pesadilla, Lily observaba complacida a su lado como se retorcía y gimoteaba en el suelo, envuelto en sus brazos temblorosos. Tras un rato, notó por el rabillo del ojo que Esther se le acercaba por un lado, cojeando, con una mano aferrada a su costado mientras la otra colgaba a su lado, pero sujetaba firmemente entre sus dedos su arma de fuego perdida.

    —Te ves horrible —señaló Lily, hiriente.

    —No tanto como se verá este imbécil —declaró Esther con ofuscación en su voz. Caminó entonces hacia Oskar, y apunto su arma directo hacia su cabeza. Su intención era vaciarle el cartucho entero hasta llenarle su cabecita de agujeros, y ver si después de eso aún podía levantarse.

    —¡No! —escucharon como Eli gritaba a todo pulmón, y en un abrir y cerrar de ojos se lanzó hacia Oskar, cubriéndolo lo mejor posible con su cuerpo, sirviendo de escudo contra el inminente disparo.

    Esther la miró confundida.

    —¿De qué maldito lado estás? —le cuestionó con irritación. Aquello resultaba confuso, si hace un momento estaba más que dispuesta a matarlo ella misma.

    —¿Qué esperas? —exclamó Lily a su lado, impaciente—. Dispárale a esta perra, o lo haré yo.

    Lily hizo el ademán de querer quitarle el arma, pero Esther rápidamente jaló su brazo hacia un lado, alejándola de ella.

    —Espera un segundo, ¿quieres? —le respondió de forma tosca. Lily no entendió a qué venía eso, pero le hizo caso.

    —Oskar —murmuró Eli con suavidad, sacudiendo un poco a su amigo que lloraba y gemía. Él no reaccionó en lo absoluto.

    Eli lo observó con pena. Destruirle la cabeza a tiros no iba a matarlo, sólo haría que terminara como un zombi sin consciencia, siendo movido únicamente por los deseos de la infección que lo carcomía; como había pasado con Hakan. Oskar no merecía terminar así; no se merecía nada de lo que le había pasado, incluida la desgracia de conocerla. Lo único que podía hacer era intentar terminar con aquello lo más rápido posible, el último acto de amor que podía hacer por él.

    Alzó un brazo en el aire, estirando sus dedos. Sus garras se alargaron, convirtiéndose prácticamente en letales cuchillas. Un movimiento rápido y perforaría su pecho, atraparía su corazón y se lo arrancaría, con todo y el núcleo de la infección que ahí yacía. Eso debía bastar para al menos inmovilizarlo, hasta conseguir la manera de prenderle fuego al cuerpo.

    De pronto, antes de que pudiera realizar su letal ataque, Oskar alzó abruptamente su mirada, y sus ojos casi desorbitados se fijaron en ella. Y lo que vio en ellos fue algo totalmente apartado de la mirada cálida y amable que siempre había visto en su querido amigo, incluso en su último momento de vida. Lo que la miró de regreso a través de esas dos ventanas azules, profundas como pozos sin fondo, era otra cosa totalmente distinta.

    —¡Aléjate! —gritó Oskar de pronto, y rápidamente agitó un brazo en el aire, golpeándola con fuerza y arrojándola precipitadamente contra la pared.

    Esther se sobresaltó al ver esto, y rápidamente alzó su arma. Sin pensarlo dos veces disparó tres veces, pero Oskar reaccionó rápidamente, saltando hacia los lados para esquivar cada uno de los disparos. Se dirigió entonces a gran velocidad hacia la puerta principal, atravesando con el cuerpo entero el cristal de ésta hacia el exterior.

    —¡Oskar! —gritó Eli alarmada, e intentó ponerse de pie para seguirlo. Sus piernas sin embargo le fallaron debido todas sus heridas, y terminó desplomándose de narices al suelo.

    Quien logró avanzar con mayor solidez hacia la puerta fue Esther. El frío del exterior le goleó la cara en cuanto se paró en el agujero de la puerta. Con pistola en mano, se asomó hacia afuera, pero no logró percibir nada más que la oscuridad de la carretera. El tal Owen u Oskar había desaparecido.

    Soltó una maldición silenciosa, y luego pateó algunos de los cristales rotos en el suelo. Lily no tardó mucho en llegar y pararse a su lado, mirando también hacia la noche, aunque con bastante más calma.

    —¿Lo soltaste apropósito? —le cuestionó Esther, exasperada. Era una deducción evidente, pues de un momento pasó de estar ahí tirado sumido en su pesadilla, a pararse y salir y corriendo.

    Lily sonrió y se encogió de hombros, indiferente.

    —Para ver qué le hacía a esa impertinente harpía.

    —Pues felicidades, se escapó —exclamó Esther, apuntando a la carretera con su arma—. Y te puedo asegurar que no será la última vez que lo tengamos prendado de nuestros cuellos.

    —Pues ya ni modo —exclamó Lily con tono hiriente. Se giró entonces sobre sus pies e ingresó de nuevo al interior del edificio. Esther resopló y la siguió, resignada.

    —Estás bastante normal, o lo que para ti es normal, considerando que hasta hace poco estabas muriéndote, convirtiéndote en vampiro, o lo que sea. ¿Tienes idea de lo que tuve que pasar por aquí mientras tú dormías tranquilamente?

    —¿A eso le llamas dormir tranquilamente? —le contestó Lily con dejo defensivo—. No tienes ni idea de la locura de sueño que tuve.

    Ambas se encontraron irremediablemente de nuevo con Eli, que seguía sentada en el suelo con su cabeza agachada, aunque cuando las tuvo justo frente a ella alzó su mirada hacia ellas, notándosele desafiante.

    —Y todo por tu culpa, Abby o cómo te llames —carraspeó Lily con marcada molestia. Eli se mantuvo inmutable.

    —¿Qué le hiciste a Oskar? —preguntó la vampiro con voz serena.

    —¿Lo de hace rato? —susurró Lily, señalando con su mentón hacia donde Oskar había estado tirado, lloriqueando como un bebé—. Lo mismo que te haré a ti por haberme mordido, bruja. Y en esta ocasión no te será tan fácil dejarme fuera. Aunque tal vez debería perdonarte, y además agradecerte, pues si no fuera por eso no habría sabido que podía hacer todas estas cosas interesantes… Nah, definitivamente no haré tal cosa.

    Lily se paró firme delante de ella, mirándola hacia abajo, imponente. Su mirada de agudizó, centellando de ira, pero también de emoción.

    —Dime, ¿cuál es tu idea de cómo es el Infierno?, ¿eh? —le preguntó con voz grave, aunque algo juguetona—. Porque te haré vivirlo en carne viva.

    Eli se mantuvo serena, e incluso logró sostenerle la mirada sin mucho esfuerzo. Y manteniendo su máscara de hielo inamovible, le respondió con voz fría y ausente:

    —Yo ya vivo en él…

    Lily esbozó una media sonrisa al escuchar esa respuesta. Comenzó entonces a enfocar su mente, a proyectarse en la de Eli para indagar en lo más profundos de sus miedos. Una parte de ella se sentía preocupada por lo que podría encontrar ahí dentro, pero al mismo tiempo estaba intrigada. ¿Cómo funcionaría la mente de un ser como ese? ¿Su castillo mental sería como el de Mabel, quizás? Lo descubriría muy pronto…

    —Espera —pronunció Esther de pronto, apoyando una mano en su hombro. Lily volteó a verla, impaciente.

    —¿Qué?

    —No lo hagas —le contestó con seriedad—. No todavía.

    —¿Por qué no?

    —Aún nos puede ser de utilidad. Y… —Esther miró de reojo a Eli, que las observaba en silencio desde el piso—. Creo que se lo debo. Me salvó la vida hace un momento, aunque lo que no entiendo es por qué.

    Observó en silencio a la susodicha, esperando que se dignara a dar alguna respuesta, pero no fue así. Siguió en silencio, aguardando.

    —Pues yo no le debo nada —respondió Lily con brusquedad, quitándose la mano de Esther del hombro con un manotazo—. ¿Recuerdas esto? —añadió señalando la fea herida expuesta de su cuello—. En verdad no sabes el suplicio por lo que tuve que pasar por su culpa.

    —Y por eso tendrás el privilegio de hacer con ella lo que quieras —le respondió Esther con un tono gentil, bastante disonante—. Pero no ahora.

    —Como quieras —bufó Lily molesta, y se dirigió entonces a una de las sillas de espera aún de pie, dejándose caer de sentón en ella.

    Esther se giró de nuevo a Eli. El desafío en su expresión se había esfumado, y ahora parecía en efecto más una niña, aliviada de no recibir un castigo, pero aún preocupada por lo que había hecho.

    —Gracias… —susurró despacio sin mirarla.

    —No agradezcas tan pronto —indicó Esther con severidad—. Sólo retrasé lo inevitable.

    La dejó de momento ahí en el suelo y se alejó de ella. Si era lista, podría salir corriendo en ese momento por la puerta rota, y desaparecer al igual que su amigo. Eso en efecto les ahorraría muchos problemas. Sin embargo, Eli no parecía tener intención alguna de huir, y en su lugar se quedó ahí en el suelo como si esperara que le dijeran que podía pararse.

    «Quizás nos sirva como mascota» pensó Esther, divertida.

    Se aproximó entonces a dónde Lily se había sentado. La niña de Portland miraba con aburrimiento y molestia hacia el muro. Aunque de cierta forma parecía estar muy fija en una de las manchas de sangre que Esther había dejado en la pared con su pelea con Oskar, si podía llamarla de esa forma.

    —Oye, ¿estás bien? —le preguntó con voz seria, notándose ligeramente preocupada.

    Lily se giró a mirarla, y le sonrió de esa forma prepotente que Esther bien le conocía, y tanto le molestaba.

    —¿No me veo bien? —le respondió de forma juguetona.

    —Te ves… diferente. ¿Qué fue lo que te pasó?

    —No lo tengo muy claro aún —contestó Lily, enigmática, parándose de la silla de un salto ágil—. Pero sí, me siento diferente. Al parecer lo que estuvo dormido dentro de mí al fin despertó, y mis poderes ahora son mucho más grandes que antes.

    —¿Des… pertó? —murmuró Esther, incapaz de ocultar la inquietud que esas palabras le causaban.

    —De hecho —exclamó Lily en alto, girándose por completo hacia ella—, creo que aprendí un nuevo truco. ¿Recuerdas cuando dijiste que necesitábamos un adulto para pasar más desapercibidas? Pues bueno…

    Retrocedió entonces un par de pasos, haciendo una prudente distancia entre Esther y ella. Estiró sus brazos hacia los costados, cerró los ojos, y entonces… Esther no sabría bien como describir lo que pasó a continuación. Fue como si el cuerpo entero de Lily se estirara y deformara hacia los lados y hacia arriba, aunque también parecía como si “algo” estuviera moviéndose dentro de su piel, estirándose para intentar salir al exterior. Lo que fuera, resultaba algo difícil de ver, pero aun así Esther no desvió su mirada ni un instante. Incluso Eli en ese momento se había puesto de pie, y se aproximó hasta pararse a un lado de Esther, contemplando también confundida tan extraño fenómeno.

    «¿Ella también lo ve?» dedujo Esther, sorprendida. «¿No es una ilusión?»

    O al menos no una como las que había visto anteriormente.

    El proceso sólo duró unos cuantos segundos, y cuando terminó, el resultado final fue ciertamente interesante. Ante ellas se encontraba ahora una chica alta y delgada, posiblemente en sus veintes, de larga cabellera castaña, ojos grandes claros, rostro delgado, y usaba una versión para adulto de la misma ropa exacta que Lily usaba. De hecho, toda ella, su rostro, sus ojos, su cabello… todo era una versión veinteañera de Lily Sullivan.

    La chica sonrió divertida mostrando sus dientes, de la misma forma exacta que Lily lo hacía. Y Esther lo tuvo claro: esa chica era Lily. Pero no sólo eso, pues en efecto tuvo la certeza de que aquello era más que una simple ilusión.

    —Creo que resolví nuestro problema —comentó la Lily adulta, sonando incluso su voz distinta—. ¿Qué te parece?

    Esther tardó en poder reaccionar para darle una respuesta. Cuando logró salir de su impresión, lo primero que hizo fue esbozar una amplia sonrisa llena de maravilla. Y por último, pronunciar un escueto pero sincero:

    —Genial…

    FIN DEL CAPÍTULO 141
    Notas del Autor:

    Y aquí queda de momento este pequeño nuevo arco de Esther y Lily viajando, y al parecer peleando con vampiros. ¿Qué les pareció el regreso de estas dos? ¿Y qué les pareció la introducción de Eli y Oskar? Como ven me tomé varias libertadas en la caracterización de ambos, pero siento que encajaron bien con el tono de la historia. Y por supuesto, no será la última vez que veamos a cualquiera de los dos. Sin embargo, ahora nos toca viajar a otro rincón de este mundo, y a ver a otros personajes. Estén pendientes pues lo que viene a continuación será explosivo. ¡Nos leemos!
     
  2. Threadmarks: Capítulo 142. VPX-01
     
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX

    Capítulo 142.
    VPX-01

    Hace 5 años…

    Annie la Mandiles, como la conocían sus hermanos del Nudo Verdadero desde hacía poco más de medio siglo, se paró a un lado de la carretera, con la mirada perdida en el lejano horizonte. Ante ella sólo se erguía el amplio y despejado monte, cubierto de hierba seca, y sólo unos cuantos árboles casi pelones esparcidos por aquí y por allá. Las montañas más cercanas eran unas manchas grisáceas en la lejanía que prácticamente se mezclaban y perdían con el cielo. Un aire cálido y seco le golpeaba la cara, y agitaba levemente sus cabellos oscuros. A sus espaldas, las voces de Doug el Diésel y Phil el Sucio le llegaban escuetamente, mientras ambos seguían discutiendo la noticia que les acababan de dar.

    Barry el Chino, Jimmy el Números, Andi Mordida de Serpiente, El Nueces… y ahora también Papá Cuervo. Sus hermanos, a los que se suponía iban en camino a ayudar como sus refuerzos, todos estaban muertos. Y lo peor era que la mayoría había sucumbido ante la mano de la vaporera que se suponía era su presa. ¿Cómo era eso posible? ¿Cómo había ocurrido algo tan horrible como eso en tan corto tiempo?

    Aquello resultaba simplemente surreal. No sólo tenían esa enfermedad carcomiéndolos por dentro, sino que ahora una simple vaporera podía eliminar a varios de ellos así como así; como si fueran sólo moscas perturbándola.

    Annie nunca había sido la más fuerte o inteligente del Nudo Verdadero. Pocas cosas la distinguían de los demás, salvo su cualidad de poder soltarse a llorar a voluntad; habilidad que resultaba útil en ocasiones, pero la mayoría del tiempo era opacada por las cosas increíbles que otros miembros del Nudo podían hacer como Andi, Mabel, y por supuesto la propia Rose. Incluso alguien como Sarey, que podía ocultar su presencia incluso del más observador, dado el momento podía ser de mucha más utilidad que alguien que simplemente podía llorar cuando se lo pedían.

    Y lo más gracioso del asunto, por decirlo de una manera, es que en esos momentos no le era posible soltar ni una sola lágrima por sus hermanos caídos. No podía, o quizás en el fondo no quería.

    —Es sólo una paleta —recalcó Doug con severidad.

    —Los mató a todos —repitió Phil con insistencia, su voz temblándole un poco—. Incluso a Papá Cuervo. No sé qué clase de monstruo fue el que encontró Rose, pero es claro que no somos rivales para ella.

    —No sabemos lo que pasó realmente. Quizás los síntomas de la enfermedad se presentaron y todos estaban demasiado débiles; quizás se confiaron; quizás los tomaron por sorpresa, o quizás la niña tiene algún tipo de ayuda.

    —Demasiados “quizás”, Doug. La única verdad es que no tenemos ni puñetera idea de nada. Y no sé ustedes, pero yo no estoy dispuesto a tirarme a la boca del lobo sin tener claro a qué me voy a enfrentar.

    —¿Y qué otra alternativa tenemos? —cuestionó Doug tajante—. Igual no importa. Rose quiere que demos media vuelta y volvamos, así que será mejor que nos movamos de una vez.

    —¿Y volver para qué? —rio Phil, incrédulo—. ¿Oíste lo que dijo El Lamebotas? Rose no quiere soltar esto. Piensa vaciar todos los termos y que vayamos todos en contra de esa chiquilla. Aún si no terminamos muertos, terminaremos alertando a toda la maldita policía del estado de nuestra presencia. Rose ha perdido totalmente la cabeza.

    —No —exclamó Annie de pronto en alto, llamando la atención de ambos hombres. Hasta ese momento se había quedado bastante callada.

    La Mandiles se giró lentamente hacia ellos, mirándolos con seriedad en la mirada.

    —Lo que está es dolida, herida —masculló despacio—. Por la muerte de su amado, y también por su orgullo roto.

    —Y por eso mismo no puede pensar con claridad ni oír razones —señaló Phil con insistencia—. Aceptémoslo, hasta ahora siempre hemos creído ciegamente en sus planes, pero la verdad es que últimamente todos han terminado en un desastre. Ya no es la grandiosa e imponente Rose la Chistera que siempre hemos conocido. No lo ha sido desde que por su culpa todos nos contagiamos de esta enfermedad. Y mientras esté al frente del Nudo Verdadero, no tendremos futuro.

    —¿Y qué sugieres? —preguntó Annie, más curiosa que molesta, aproximándosele con cautela—. No la podemos “derrocar” si eso es lo que piensas. Es muy poderosa. Además, no es así como funciona elegir un nuevo líder.

    Y en realidad Annie no tenía claro cómo funcionaba, pero sabía que no era tan fácil como que uno renunciara y otro más tomara su sitio.

    —No, claro que no podemos hacer algo contra ella —murmuró Phil, con voz ausente—. Pero tampoco tenemos que seguir haciéndole caso.

    Doug y Annie lo miraron, desconcertados.

    —¿A qué te refieres? —masculló Doug despacio.

    La Mandiles permaneció en silencio todo el rato siguiente, mientras Doug y Phil discutían la propuesta de este último. Su opinión no fue requerida, y ella tampoco la expuso abiertamente. Pero aún sin ella, al final los tres tomarían el camino totalmente opuesto al que Rose les había ordenado. Ese día, los tres abandonarían para siempre el Nudo Verdadero. Y no serían los únicos.

    * * * *
    Los últimos días habían sido bastante extraños para el Nido en general, y en especial para el Dr. Russel Shepherd. Había demasiado que hacer, demasiado que supervisar, demasiado en qué pensar. Y aunque habitualmente se mostraba ante su equipo con una actitud jovial y enérgica, lo cierto era que ya para esos momentos comenzaba a sentir sobre los hombros el peso del verdadero cansancio.

    Quizás ya era hora de que se tomara unos días libres; no recordaba la última vez que lo había hecho. Lamentablemente, dudaba que el trabajo se lo fuera a permitir. Además, ya casi era Acción de Gracias y al menos un tercio del personal de planta había solicitado su semana libre justo en esos días, así que con más razón no podía dejar las cosas sin supervisión. Quizás para Navidad todo estuviera mejor; igual él prefería más esas fechas que Acción de Gracias.

    Aquella mañana, muy temprano, Russel se presentó en la sala de observaciones en donde el equipo médico había estado monitoreando el progreso de su segundo prisionero más reciente. Y aunque estos ya le habían informado con anterioridad de lo que vería, ciertamente le fue imposible no contemplar con una combinación de asombro y espanto el rostro dormido de Damien Thorn a través del cristal de la cámara hiperbárica; un rostro totalmente sano, sin rastro alguno de quemadura en él, ni siquiera una sola cicatriz. Con su cabeza totalmente cubierta de su grueso y brillante cabello negro, tan limpio y pulcro como si acabara de lavarse. Todo totalmente en su sitio, como si el horrible y deplorable estado en el que había llegado nunca hubiera ocurrido.

    Russel sintió como un sudor frío le recorrió la frente, y se apresuró rápidamente a secarse con un pañuelo antes de que fuera muy evidente. ¿Por qué aquello lo ponía tan nervioso? No lo tenía claro, pero así era. Contemplar ese rostro dormido y calmado, le causaba todo menos tranquilidad. Temía que en cualquier momento esos ojos se abrieran repentinamente, se fijaran en él, y entonces…

    —Increíble, ¿no le parece? —masculló la voz del Dir. Sinclair, justo cuando se paró a su lado para mirar también hacia el chico inconsciente—. Sólo unos cuántos días, y se regeneró totalmente de todas sus heridas, sin necesidad de ningún tratamiento adicional. ¿Con qué estamos lidiando, Dr. Shepherd? ¿Algún progreso con eso?

    Russel carraspeó un poco y se acomodó discretamente el nudo de su corbata. Respiró hondo intentando recobrar por completo la compostura antes de responderle.

    —Me temo que no, señor. Los análisis que hemos logrado realizarle confirman que su bioquímica no es como la de los UX, ni siquiera parecida. En general, todos sus exámenes de sangre salieron casi normales.

    —¿Casi? —inquirió Lucas, curioso.

    —Sí. Al parecer hay cierta… estructura inusual en su sangre. Su ADN, para ser exactos, es un poco diferente al de un ser humano convencional.

    —¿Qué me está diciendo, Russel? —susurró Lucas, cruzándose de brazos—. ¿Acaso no es un ser humano? ¿Qué entonces?, ¿un extraterrestre?

    —Bueno, no tan diferente como para estar cómodo con ponerlo en esa clasificación. La estructura de su sangre sigue siendo similar a la que uno esperaría de un ser vivo de este planeta, sólo que no precisamente la que se suele ver en un ser humano. Según algunos miembros de mi equipo, se asemeja más a la que verías en… la sangre de un animal.

    Lucas arqueó una ceja, claramente desconcertado con esa explicación que lo dejaba con aún más preguntas que antes.

    —O en una hipotética cruza, más bien —añadió Russel con voz serena—. Me temo que no puedo darle más información de momento. Necesitamos seguir investigando. Pero de todas formas, no hay nada que nos indique que la inusual estructura de su sangre pudiera estar relacionada directamente con este acelerado y milagroso ritmo de recuperación. Al parecer debe haber algo más. Pero, repito, necesitamos seguir investigando.

    —Tendrán todo el tiempo y recursos que necesiten para realizar esa investigación —recalcó Lucas con firmeza—. Pero eso será hasta que pueda interrogarlo de frente. Luego de eso, será todo suyo.

    —¿Interrogarlo? —exclamó Russel, su voz temblando ligeramente—. ¿Quiere decir que… piensa despertarlo?

    —Esa es la idea —asintió Lucas—. Hay muchas cosas que necesito saber de él, empezando por la identidad de las personas que lo protegen.

    Miró sobre su hombro a los demás en la sala; sólo otros dos miembros del equipo médico. Lucas tomó a Russel discretamente del brazo y lo jaló hacia un lado de la sala para poder hablar con un poco más de privacidad.

    —No puedo darle mayores detalles, pero sospechamos que podría haber incluso gente dentro del DIC que deliberadamente lo ha estado escondiendo de nosotros. Recuerda lo que estuvimos hablando con Douglas aquel día en la videollamada, ¿cierto?

    Russel lo recordaba. Era difícil olvidar a un hombre adulto siendo reprendido de esa forma.

    —Creía que había sido sólo un error —masculló Russel con ligera preocupación.

    —Yo estoy casi seguro de que no fue así. Pero ese muchacho puede tener la clave para poder al fin estar seguros de eso, o no. Además, necesito también que nos diga todo lo que sepa de sus cómplices, empezando por la tal Leena Klammer, Lilith Sullivan, y una mujer que estuvo detrás de la muerte de… una vieja conocida en Los Ángeles, que parece ser que también trabaja para él. Así que sí, en vista de que ya está completamente recuperado, lo despertaremos para poder interrogarlo sobre todo eso. Ya hablé con McCarthy y el Sgto. Schur ayer sobre esto, y se está preparando una sala especial para ello. En cuanto esté listo, ocuparé que se encargue de llevarlo y despertarlo. Y claro, de volverlo a dormir en cuanto terminemos. ¿De acuerdo?

    —De acuerdo, señor —asintió Russel, aunque en el fondo no se sentía precisamente muy convencido. Si ese chico le causaba tanta incomodidad estando dormido… no podía imaginarse cómo sería verlo despierto.

    —Luego de ese interrogatorio tendré que retirarme —informó Lucas con seriedad—. He estado ya bastante tiempo aquí, y mi esposa me matará si no estoy en casa para Acción de Gracias. Confío en que podrán encargarse de todo ustedes solos.

    —Claro —respondió Russel escuetamente.

    Lucas sonrió satisfecho con su respuesta, y le dio un par de palmadas amistosas en su brazo, y luego se giró a la salida con la aparente intención de irse de la sala. Antes de alejarse demasiado, sin embargo, se detuvo un momento y se giró de nuevo hacia él.

    —Apropósito, ¿en qué terminó la negociación con la química externa que logró despertar a Gorrión Blanco? —preguntó con marcado interés—. La Srta. Mathews, ¿cierto? ¿Aceptó al final nuestra propuesta o no?

    —Me temo que no —respondió Russel, negando con la cabeza—. Lo ocurrido en aquel quirófano la alteró demasiado. No cree que este tipo de ambiente de… alto riesgo, se podría decir, sea lo suyo. Y me temo que podría tener razón.

    Lucas asintió.

    —Es una lástima. Logró en unos cuántos días lo que muchos otros no lograron en cuatro años. En fin, encárguese entonces de los preparativos para su traslado.

    —Sí, señor.

    Y sin más que agregar, Lucas se dirigió ahora sí a la puerta. Russel, por su lado, permaneció unos momentos en el mismo sitio, pensativo, admirando desde su posición a la cámara hiperbárica y a su inusual ocupante.

    * * * *
    Hace unos meses…

    Aquel había sido para variar un buen día, y Annie la Mandiles sabía que en serio les hacía falta uno. Doug, Phil y ella habían ido tras la presa que Mabel la Doncella les había conseguido, mientras ésta iba por otra en compañía de James, Hugo, y un muy enfermo Marty. Aún desconocía como les había ido a ellos, pero el grupo de Annie ciertamente estaba muy contento con el resultado.

    El niño paleto al que habían ido a buscar, un escuincle lleno de mocos, delgaducho y sucio, resultó ser un muy buen botín. No de los mejores que hubieran visto en sus años en el Nudo Verdadero, ni de cerca. Pero considerando los tiempos de escases por los que habían pasado, ciertamente poder llenar más de la mitad del cilindro con un vapor puro y lleno de energía, era algo digno de celebrar. Y Annie lo notaba vívidamente en el buen humor de sus dos acompañantes. Ella, por su parte, no podría decir que compartiera su sentir del todo. Más que alegría, a lo mucho lo que debía sentir es algo de alivio pero… ni siquiera estaba segura de sentir eso.

    Cuando llegaron al punto de encuentro, un claro boscoso con sólo un camino de acceso, no había aún rastro alguno de sus demás compañeros. Los campers de Doug y Annie, y el de Hugo y Marty, se encontraban justo donde los habían estacionado, pero no había rastro del de Mabel y James, que era en el que se habían ido los cuatro a cumplir su respectiva misión.

    —Aún no llegan —señaló Annie en voz baja, al tiempo que se bajaba de la camioneta de Phil, seguida de cerca por Doug.

    —Ya deben estar en camino —indicó Phil despreocupado, apeándose también del lado del conductor—. Y si les fue tan bien como a nosotros, hoy comeremos como no lo hemos hecho en mucho tiempo. ¡Al fin!, ¡carajo!

    Phil el Sucio estaba que no cabía de su excitación. Aquello resultaba un poco contagioso, incluso para Annie, aunque sólo podía limitarse a sonreír levemente.

    —Voy a guardar esto —informó Phil, alzando el termo medio lleno que cargaba en su mano—. Y voy a traer un par de cervezas para celebrar, ¿de acuerdo? ¡Ni se les ocurra moverse!

    Y antes de que alguno pudiera responder realmente algo, Phil corrió presuroso hacia el camper de Doug y Annie, en donde estaban guardando los termos de reserva.

    Annie lo observó en silencio hasta que entró en la casa rodante, con sus brazos cruzados y su mirada un tanto distraída. Alzó luego su mirada al cielo, contemplando el cielo azul que los árboles dejaban a la vista, percibiendo además algunos de los rayos del sol que se filtraban entre las ramas y las hojas. Annie respiró profundo por su nariz. El olor de los bosques como ese solía parecerle agradable, incluso relajante. Pero hacía mucho tiempo que ya no sentía lo mismo; ni con los bosques, ni con nada. Como si en verdad se hubiera quedado vacía, desde aquel horrible día hace cinco años en el que el Nudo Verdadero dejó de existir.

    Sintió entonces como unas grandes y fuertes manos se posicionaban en sus hombros, acariciándola con una delicadeza que parecería casi impropia de las manos que lo hacían.

    —¿Un centavo por tus pensamientos? —murmuró la voz de Doug el Diésel muy cerca de su oído.

    —Te costará más caro que eso —respondió Annie bromeando, apoyando su cuerpo hacia atrás para pegar su espalda contra el amplio y fuerte pecho de su pareja—. No es nada, sólo me siento un poco cansada.

    —¿Cansada? —masculló Doug con preocupación, y de inmediato dirigió una mano a la frente de la mujer, temeroso de percibirla más caliente de lo debido.

    —Estoy bien —rio Annie, apartando la mano de Doug—. No es la enfermedad, en serio. Es sólo que tuvimos que conducir casi toda la noche. Te diré si me comienzo a sentir mal, te lo prometo.

    —De acuerdo, yo te creo —asintió Doug, y se permitió entonces rodearla con sus gruesos brazos, y apoyó su barbilla contra su hombro—. Sé que siempre has tenido tus dudas con todo esto, y no te culpo. Pero las cosas parece que mejorarán. Y si seguimos así, dentro de poco podríamos incluso darnos el lujo de reclutar a nuevos miembros. Otro rastreador, quizás. Y así podremos conseguir mejores presas y estar más fuertes.

    —¿Crear un nuevo Nudo? —masculló Annie, volteándolo a ver sobre su hombro con evidente escepticismo—. ¿De eso estamos hablando?

    —¿Y por qué no? —respondió Doug con total seguridad—. Ya hemos pasado demasiado tiempo preocupados en sólo sobrevivir. ¿No es ya momento de comenzar a pensar en el futuro?

    —Sí, por supuesto —respondió Annie, sonriente.

    Doug se inclinó hacia ella y le dio un sonoro beso en su mejilla, y luego bajó a su cuello, causándole un poco de cosquillas.

    —Por lo pronto, esta noche abriremos uno de los cilindros, y nos pondremos fuertes antes de emprender de nuevo el viaje. ¿Quién sabe? Quizás incluso Marty se ponga mejor.

    Annie asintió como respuesta a su comentario, y Doug se apartó entonces de ella caminando en dirección al camper, quizás para reunirse con Phil y tomar una de esas cervezas que había sugerido. Ella, por su lado, se quedó de pie en el mismo sitio, con su mirada de nuevo alzada hacia el cielo.

    Tomar una buena dosis de vapor, crear un nuevo Nudo… eran ideas que hace tiempo la hubieran podido emocionar, pero ahora eran sólo otras de esas cosas que la hacían sentir vacía con tan sólo pensar en ellas. Y aunque no se atrevería a decirlo en voz alta, la verdad era que incluso Doug se encontraba también como uno más de esa lista.

    Descubrió de mala manera que, así como se le hacía fácil llorar a voluntad aunque no lo sintiera, parecía tener la misma cualidad de fingir o imitar otras emociones; como la felicidad, la excitación, o incluso el deseo. Pero lo cierto era que ya no creía ser capaz de sentir nada de eso. Pero sabía que no era culpa de algo que Doug o alguien más hubiera hecho mal. Ni siquiera se trataba de resentimiento reprimido por haberla convencido de abandonar a Rose, como el que Mabel claramente sentía hacia James y a veces era incapaz de esconder.

    No, eso era algo que estaba totalmente en ella. Algo había muerto en su interior la noche en que Rose y los demás lo hicieron. Y ahora se sentía como un simple caparazón hueco, incapaz de sentir o desear nada, mucho menos poder pensar en el futuro como Doug le había sugerido. ¿Qué futuro podía tener un ser vacío como ella?

    Bajó su mirada al escuchar el lejano sonido de un motor, resaltando enormemente en la casi absoluta quietud del claro. Al mirar hacia el camino que llevaba hacia donde se encontraban, le pareció percibir el lejano punto de un vehículo aproximándose.

    —Creo que ya vienen llegando —pronunció con fuerza para que los otros dos la escucharan.

    Doug y Phil salieron en ese momento del camper, cervezas en mano. Alzaron sus miradas en dirección del camino y… sus miradas no era precisamente de alivio.

    —¿Son ellos? —masculló Doug, aprensivo, volteando a ver a su amigo.

    Phil corrió en ese momento de regreso a su camioneta, hacia una de las maletas de la parte trasera de la que sacó rápidamente un par de binoculares. Los alzó y enfocó para poder distinguir con más claridad el vehículo que se acercaba.

    —¿Qué demonios? —exclamó totalmente exaltado.

    Annie se giró a mirarlo, y en cuanto Phil bajó los binoculares, pudo ver claramente su rostro pálido y sus ojos llenos de asombro… por no decir terror. Y al mirar de nuevo hacia el camino, y a pesar de no tener la vista tan aguda, le bastó para poder darse una idea de lo que tanto había espantado a su amigo.

    Aquello no era el camper de James y Mabel. De hecho, no era un sólo vehículo, sino varias camionetas negras todo terreno, aproximándose a gran velocidad directo a su encuentro.

    * * * *
    Lisa contempló en silencio los cinco ratones muertos sobre su bandeja metálica. Todos habían convulsionado y sufrido una abundante hemorragia, creando charcos rojos bajo sus pequeños cuerpos, antes de perecer y quedarse completamente quietos. Una escena que era prácticamente una repetición de lo que habían sido sus primeros días en el Nido. ¿A cuántos ratones inocentes había asesinado desde que llegó a ese sitio? Y además de formas tan horrendas. Temía lo que pasaría cuando ese karma se le regresara.

    Había estado toda esa mañana jugando con las dosis del Lote Diez, variando un poco las proporciones que habían logrado despertar a Gorrión Blanco. Sin embargo, no había podido replicar otro resultado favorable como los de aquel día. Era casi como si simplemente el Lote Diez hubiera decidido dejar de funcionar justo cuando Lisa creía haberlo comprendido, lo que resultaba muy, pero muy frustrante, por decirlo menos.

    Desvió su mirada hacia un lado, de los ratones muertos a las radiografías sobre la pantalla de luz; las mismas del cerebro de Gorrión Blanco que el Dr. Shepherd le había mostrado la otra noche, y que mostraban claramente las nuevas lesiones que habían surgido en él. Había considerado que tal vez podría encontrar una nueva combinación que pudiera servir para volver a regenerar el cerebro de Gorrión Blanco, quizás incluso de forma permanente en esa ocasión. Pero comenzaba a pensar que quizás aquello había sido un simple golpe de suerte (si es que la muerte de toda esa gente, en la que por poco ella misma estuvo incluida, podía llamarse suerte de alguna forma).

    Quizás el curarla lo suficiente para despertarla era lo más lejos que ella podía llegar. Y aunque no lo fuera, si tenía verdadera suerte no estaría ahí el suficiente tiempo para averiguarlo.

    El sonido del candado electrónico de la puerta abriéndose captó su atención, sacándola de su cavilación. La puerta se abrió un instante después, y no le sorprendió ver aparecer del otro lado a Russel. De hecho, le parecía extraño no haberlo visto más últimamente.

    —Srta. Mathews —le saludó el Dr. Shepherd, cerrando la puerta detrás de él. Miró discretamente hacia la charola de metal delante de ella, y luego la observó con una discreta sonrisa—. Imagine mi sorpresa al escuchar que ha estado solicitando más ratones de prueba y muestras de los compuestos del Lote Diez. Luego de nuestra conversación, creí que seguir haciendo estos experimentos sería lo último que querría hacer.

    Lisa entornó los ojos y se giró al instante a los recipientes transparentes sobre su área de trabajo, tomando con una jeringa pequeñas dosis de cada uno para colocarlos en un tubo de ensayo nuevo.

    —Y no está equivocado —le respondió mientras continuaba concentrada en lo suyo—. Sólo pensé que, ya que estaré encerrada aquí hasta quién sabe cuándo, al menos podría intentar hacer algo de provecho.

    —¿Y eso es…? —inquirió Russel con curiosidad, parándose a su lado.

    —Ver si puedo encontrar una mejor combinación del Lote Diez que pudiera serles de utilidad para… bueno, eso —señaló entonces con la jeringa en sus dedos hacia las radiografías en la pantalla de la pared—. O al menos dejarle en mis notas al que sea mi remplazo algo de camino por dónde empezar.

    Russel miró un momento hacia la radiografía, no ocupando mucho para reconocerlas.

    —Creía que tampoco sentía mucha simpatía por Gorrión Blanco.

    —No es por simpatía —respondió Lisa de forma mordaz—. Sólo… no quiero que haya dudas de que hice un buen trabajo.

    —No las habrá —señaló Russel con firmeza, y eso tomó a Lisa un poco por sorpresa.

    El científico acercó en ese momento la silla que no hace mucho le pertenecía al Dr. Takashiro, y la estacionó cerca de ella. Tomó asiento, se giró por completo en su dirección, y la observó fijamente a través del cristal de sus anteojos.

    —Estuve pensando en lo que hablamos —musitó el Dr. Shepherd con una seriedad que a Lisa le resultó inusual viniendo de él—. Es una química excepcional, Srta. Mathews. Inteligente, trabajadora y muy responsable. Sería una increíble adición a mi equipo, y una verdadera perdida si se va. Pero tiene razón en lo que me dijo: no me sirve de nada tener trabajando para mí a alguien que no desea hacerlo.

    Hizo una pequeña pausa reflexiva, y entonces pronunció al final:

    —Es por eso que he decidido finalizar nuestra relación de trabajo como usted desea. Con toda mi satisfacción y gratitud por el grandioso trabajo que hizo, por supuesto.

    —¿De verdad? —preguntó Lisa, notándosele algo suspicaz. Russel asintió con afirmación.

    —Pero me temo que tendrá que esperar un par de días para poder irse.

    —¿Por qué?

    —Bueno, por simple logística. Esta semana será Acción de Gracias, y como ha de suponer muchos pedirán su semana de descanso a partir de este momento. Así que será más sencillo para todos transportarla de nuevo al mundo real junto con los demás miembros del personal que dejarán la base pronto. Usted lo entiende, ¿cierto?

    Lisa no respondió, pero en efecto lo entendía. No era la situación ideal, pero lo entendía. Y al menos eso significaba que podría estar en casa para Acción de Gracias, y eso ciertamente no le molestaba.

    —Está bien —masculló Lisa despacio—. Gracias, Dr. Shepherd.

    Russel asintió, y le sonrió con gentileza; otra expresión que a Lisa le resultaba extraña en él pues sus sonrisas no solían sentirse tan… sinceras. De hecho, toda su presencia se sentía diferente; más seria, pensativa, incluso algo cansada.

    El científico se paró en ese momento de su silla, y sin pronunciar alguna despedida se dirigió hacia la puerta para salir.

    —¿Sabe? —pronunció Lisa de pronto en alto para llamar su atención antes de que se fuera—. La clave de todo esto ha sido siempre el VPX-01 —declaró, alzando uno de los franquitos de vidrio, en esos momentos ya casi vacío—. Es el compuesto central y más importante del Lote Diez, como bien usted sabe; además de ser responsable de hacer que éste logre tener un efecto tan agresivo en el cuerpo del sujeto, pero a la vez tan efectivo. Pero no sólo me refiero a eso pues, como se lo había mencionado antes, uno de los mayores problemas que tuve al realizar las pruebas fue mi desconocimiento total de qué es exactamente esta sustancia. Si quiere tener mejores resultados la siguiente vez, creo que va a ser importante que sea mucho más comunicativo con mi remplazo sobre qué es exactamente, de dónde se obtiene, cómo es que puede hacer lo que hace…

    —Me temo que ese es uno secreto institucional mucho más allá de lo que abarca su Autorización de Seguridad —indicó Russel, volviendo a su más conocido tono burlón, mientras se giraba hacia ella—. Pero habría podido compartírselo sin problema si hubiera decidido quedarse. Aunque… —calló un momento, y observó pensativo hacia un lado—. Es probable que no hubiera resultado muy sencillo de entender para usted.

    —¿Por qué lo dice? —inquirió Lisa, confundida pero también curiosa—. ¿No le he demostrado en este tiempo que soy bastante capaz de entender incluso las cosas más complicadas?

    —No me refiero precisamente a eso —respondió Russel, negando con la cabeza—. Pero ya no importa. ¿Necesita un poco más de él? —preguntó de pronto, señalando al frasquito que Lisa aún sostenía en la mano.

    —Si fuera posible, sí —respondió Lisa, dudosa—. Pero si es algo tan especial, no quisiera que lo desperdiciaran en alguien que ya va de salida.

    —Le conseguiré un poco para que pueda seguir con sus experimentos el tiempo que le quede aquí —indicó Russel sin vacilación alguna—. Un pequeño regalo de despedida, ¿de acuerdo?

    —Supongo —murmuró Lisa, encogiéndose de hombros—. Gracias.

    Russel asintió, y ahora sí salió de la sala.

    * * * *
    Hace unos meses…

    Los vehículos negros se acercaban rápidamente por el camino, y la indecisión de Annie, Doug y Phil resultó ser fatal. Sin saber exactamente quienes eran o cuál era su cometido, ¿qué era lo que debían hacer? ¿Intentar enfrentarlos?, ¿o quizás mejor huir? Y cada segundo que pasaban sin tomar una decisión, el peligro se aproximaba más.

    Al final, el primero en reaccionar fue Phil el Sucio, que en cuanto sus piernas se lo permitieron se dirigió corriendo de nuevo hacia la parte trasera de su camioneta, sacando su rifle de asalto de la misma bolsa de la cual había sacado los binoculares. Y antes de que Annie o Doug pudieran decirle algo, Phil colocó el arma contra su hombro, apunto hacia los vehículos a la distancia y abrió fuego repetidas veces.

    Las balas rebotaron contra el chasis reforzado de la camioneta negra que iba al frente de la formación, creando unas pequeñas chispas. El vehículo giró un poco, quedando en diagonal en el camino y se detuvo. Los demás autos lo hicieron también, pero prácticamente lo hicieron ya en la mera entrada del claro, lo suficientemente cerca para que sus ocupantes se bajaran presurosos: al menos quince hombres con trajes de asalto color negro, armas largas, cascos y caretas que cubrían por completo sus rostros. Los quince se dirigieron presurosos hacia ellos en formación militar, y los que iban más adelante alzaron sus armas y abrieron fuego mientras avanzaban.

    Los tres verdaderos se refugiaron rápidamente detrás de la camioneta de Phil, y las balas de los atacantes chocaron contra ésta, haciéndole profundos agujeros en su armazón.

    —¡¿Quién jodidos son?! —exclamó Annie, respirando con agitación. Sentía su corazón casi a punto de explotarle bajo el pecho.

    —¡¿Y yo qué mierda voy a saber?! —exclamó Phil, asomándose rápidamente por el capot de la camioneta para disparar contra los extraños y que se disiparan un poco—. ¡Tenemos que largarnos de aquí!

    Phil señaló con su arma hacia el camper de Hugo y Marty, que era el más cercano a su posición.

    —¡No sin los termos! —exclamó Doug con fiereza.

    —¡Hagan lo que quieran, entonces! ¡Yo me largo! —señaló Phil desdeñoso, y sin más se dirigió corriendo hacia el camper.

    —No, Phil —exclamó Annie con inquietud—. Debemos estar juntos…

    —¡Olvídalo! —gritó Doug con voz de mando, tomándola del codo con algo de brusquedad—. ¡Vamos a nuestro camper! Debemos recuperar los termos e irnos.

    Doug no esperó ninguna confirmación de su parte, y sin más comenzó a correr en dirección a su casa rodante. Annie vaciló unos momentos, mirando hacia Phil y hacia Doug sin estar segura de a quién seguir. Al final, su cuerpo se inclinó a seguir a su pareja, y se apresuró a salir del refugio de la camioneta e ir detrás de él.

    Las balas volaban por los aires, y Annie casi le pareció sentir como le pasaban sobre su cabeza o le zumbaban en el oído. Al sonido de los disparos, sin embargo, se sumó de golpe el de una fuerte y estridente explosión que lo sacudió todo.

    Instintivamente Annie se detuvo un momento y se giró hacia atrás, sólo para ver que el camper de Hugo y Marty comenzaba a prenderse en llamas, y un denso humo oscuro emanaba de él. ¿Qué había pasado? ¿Le habían arrojado una granada? ¿El tanque de gasolina había estallado? No tenía idea. Pero lo que le pareció más alarmante fue distinguir la figura de Phil en el suelo, de espaldas a algunos metros del camper, aturdido. Al parecer había sido arrojado hacia atrás por la explosión, e intentaba recuperarse.

    ¿Debería ir y ayudarlo…?

    —¡Annie! —escuchó que le gritaba Doug, ya prácticamente en la puerta de su camper, haciéndole un ademán con su mano de que siguiera avanzando.

    La Mandiles comenzó a correr hacia él, pero justo a mitad del camino sintió un dolor punzante y ardiente en su pierna derecha. Una bala acababa de entrarle por un costado de su pantorrilla, atravesándola de lado a lado. Annie gritó de dolor y se desplomó al instante pecho a tierra. Se giró a ver su pierna, que empezó a sangrar abundantemente, y luego se giró hacia Doug. Éste la miraba desde la puerta del camper, con sus ojos pelones y desconcertados.

    Annie extendió una mano hacia su pareja, suplicándole en silencio que la ayudara. Doug titubeó un instante, y al final… se dirigió hacia el interior del camper, dejándola ahí tirada. Y por primera vez en mucho tiempo, Annie fue capaz de sentir algo en su pecho vacío, aunque no fue para nada un sentimiento agradable.

    Se giró como pudo en el suelo para ver a Phil. Éste avanzaba tambaleándose hacia su camioneta, aturdido y golpeado tras aquella explosión. Como pudo abrió la puerta del conductor y se subió casi arrastrándose, intentando encenderla a tientas con las llaves que estaban aún en el arranque. Antes de que pudiera lograrlo, Annie vio también a uno de los hombres de negro, posicionándose justo delante de la camioneta, alzar su arma, apuntar directamente hacia él y disparar; todo en menos de un segundo.

    Desde su ángulo Annie no fue capaz de verlo con total claridad, pero lo sintió en cada fibra de su cuerpo. La bala atravesó el parabrisas, y siguió de largo hasta la frente de Phil, atravesándola también de adelante hacia atrás. Restos de cráneo y sesos volaron de su parte trasera, manchando el vidrio posterior de la camioneta; eso Annie sí lo pudo ver. Pero igual las manchas de sangre no duraron mucho, pues casi al instante el Sucio entró en ciclo y su cuerpo se esfumó por completo, dejando detrás sólo sus ropas contra el asiento del piloto, y rastros de vapor grisáceo que Annie pudo ver cómo se escapaba por la ventanilla y se alzaba hacia el cielo.

    Phil estaba muerto. Esos sujetos lo acababan de ejecutar sin el menor miramiento, y dentro de poco ella sería la siguiente.

    Escuchó en ese momento como el motor del camper de Doug y ella se encendía, al igual que sus luces. Por mero instinto, Annie comenzó a arrastrase hacia allá por el suelo, jalando su pierna herida detrás de ella y dejando un rastro de sangre en la tierra. No logró llegar muy lejos, antes de que unas manos enguantadas la tomaran con fuerza de los brazos y la alzaran con brusquedad, causándole un fuerte respingo de dolor.

    Dos soldados la sujetaron con fuerza de cada brazo, sometiéndola y obligándola a quedarse de rodillas en el suelo. Escuchó más disparos, y como pudo alzó su mirada al frente, sólo para ver como más de esos hombres de negro disparaban contra su camper mientras éste comenzaba a avanzar y abrirse paso. Incluso estando en movimiento dos de esos hombres lograron introducirse por la puerta abierta de un costado hacia el interior. Annie escuchó más detonaciones y golpes provenientes de adentro, y el camper dejó de moverse abruptamente, acompañado de un fuerte rechinido.

    Y aunque no lo vio, también lo supo; fue como una terremoto formándose en su propio pecho, que luego le recorrió el cuerpo entero hasta los pies. Doug también estaba muerto…

    De nuevo, otro sentimiento logró aflorar en ella, exteriorizándose en la forma de una pequeña lágrima que le recorrió su mejilla.

    Todo lo que siguió resultó confuso, pues para esos momentos la mente de Annie la Mandiles prácticamente se había ido a pasear, dejando su cuerpo totalmente solo. Ya ni siquiera sentía el dolor de su pierna, o las manos que le apretaban los brazos. Ya no sentía nada…

    El motor del camper se apagó, y poco después los dos hombres que habían ingresado salieron de él con un salto. De un momento a otro, todo el sitio se llenó de esos hombres de negro, yendo y viniendo, revisando todo el lugar. Annie estaba tan perdida en sí misma que no supo qué tanto tiempo estuvo ahí, pero en algún punto al alzar su mirada de nuevo, se vio rodeada por todos aquellos hombres armados que la miraban hacia abajo como a un insecto.

    —Ella es la única que queda, todos los demás fueron neutralizados —escuchó como informaba uno de ellos con voz fría.

    Uno de los soldados se aproximó hacia ella, se posicionó justo delante y alzó su rifle, pegando la punta del cañón de éste contra al frente de la mujer. Annie sintió el frío del acero contra su piel, y le resultó casi agradable. Cerró sus ojos, y simplemente aguardó.

    —Espera —pronunció con fuerza otro más, y el cañón se retiró rápidamente de su frente—. Nos dijeron que lleváramos al menos a uno de ellos con vida.

    Aquella afirmación desconcertó a Annie, más de lo que ya estaba. Abrió sus ojos de nuevo, sólo el instante correcto para alcanzar a ver la culata de uno rifle dirigiéndose de lleno contra su rostro. Después, todo se volvió negro.

    * * * *
    El nivel más bajo del Nido era el -20, ubicado en el subsuelo, cinco niveles por debajo de la enorme montaña que albergaba el resto de la base. Esos niveles eran los más restringidos de todos, con gruesas capas de acero que los convertían en uno de los bunkers más seguros, y el sitio ideal para proteger los secretos mejor guardados del DIC. Muy pocas personas tenían acceso a esas áreas; sólo las de más alto rango dentro del departamento como el Dr. Sinclair, el Cap. McCarthy y, por supuesto, el Dr. Shepherd como cabecilla de la unidad científica.

    Tras su conversación con Lisa, Russel se dirigió por el ascensor hacia dicho nivel, pasando su tarjeta por el escáner de éste, seguido de un código de seguridad que tuvo que teclear en el tablero. Una vez que llegó al nivel deseado, fue admitido por un recibidor totalmente alumbrado con luz blanca, y una única puerta reforzada con dos soldados armados apostados en ella, además de un tercero ubicado tras un módulo y un cristal. Russel tuvo que dirigirse justo hasta éste último, y especificar en voz alta ante una pantalla con micrófono y cámara su nombre, puesto, y la sala a la que se dirigía.

    —Dr. Russel Shepherd, Jefe de Investigación, sala 217.

    Además de la información dada, la pantalla se encargó también de escanear su rostro entero, y el guardia pudo ver toda esa información en su pantalla para comprobar su identidad y autorización. Todo aquello era mera formalidad, pues los soldados que custodiaban ese nivel sabían muy bien quién era el Dr. Shepherd, así que no hubo problema en comprobar su información y darle acceso.

    La puerta de acero se abrió al instante, dejando a la vista al otro lado un largo pasillo, también alumbrado con esa pulcra luz blanca. Russel avanzó por éste con paso decidido. A cada lado había puertas numeradas, y delante de varias de ellas (la que se encontraban ocupadas en esos momentos) había algún soldado adicional apostado, de pie firme en su posición. Al llegar a la sala con el número 217, el soldado delante de ella le ofreció un saludo respetuoso, mismo que Russel respondió con un ligero asentimiento de su cabeza. El soldado se hizo a un lado, y usando su respectiva tarjeta la pasó por el escáner de la puerta para que ésta se abriera.

    Muchos pasos, mucha seguridad, pero nada era demasiado considerando que lo que varias de esas salas guardaban eran algunos de los bienes más preciados del DIC, incluyendo lo que se escondía en la sala 217.

    En el interior de esa sala, había dos miembros del equipo médico y dos del equipo científico, monitoreando una serie de pantallas que mostraban los signos del espécimen que tenían ahí recluido. Había adicionalmente dos soldados más en cada extremo de la sala, de pie sólo observando. Y en el centro de la sala, dentro de un largo cilindro de grueso vidrio que se extendía desde el suelo al techo, se encontraba justamente el espécimen en cuestión.

    Su cuerpo, cubierto con una simple bata blanca, se encontraba atado de piernas y brazos a lo que parecía ser una camilla colocada de forma vertical, de tal forma que el individuo permaneciera prácticamente de pie. Además de los aparatos conectados a su cuerpo para medir sus signos vitales, tenía dos tubos pequeños conectado a cada brazo, cada uno conectado a su vez a una máquina distinta colocadas en lados contrarios de la inusual celda de contención.

    Russel avanzó hacia el cilindro, sin que ninguno de los presentes reparara demasiado en él, pues su presencia resultaba bastante común para ellos. Se paró justo delante de éste, y contempló al espécimen. Éste tenía en ese momento la cabeza agachada, y sus largos cabellos oscuros caían al frente. Parecía inconsciente, o al menos lo suficientemente débil para que se le dificultara mantener su cuello erguido. De hecho, todo su cuerpo delgado se veía flácido, incapaz de sostenerse si no fuera por las gruesas correas que lo sujetaban.

    Russel acercó una mano hacia un botón colocado en la parte exterior, que activaba el sistema de comunicación con el interior del cilindro. Un pequeño pitido resonó en el interior, haciendo que el espécimen se estremeciera un poco, quizás sacudido fuera de su letargo.

    —Buenos días, Annie —pronunció Russel con seriedad, su voz sonando en la bocina interna del cilindro por la cual el espécimen lograba escucharlo.

    La persona al otro lado del cristal alzó débilmente su rostro, enfocando de forma difusa su mirada en el hombre delante de ella. Russel, por su lado, fue capaz de contemplar con total claridad el rostro demacrado y cansado de Annie la Mandiles, del infame Nudo Verdadero. Su espécimen UX, como dentro del DIC conocían a los verdaderos como ella.

    —¿Cómo te sientes? —preguntó Russel, sin que su expresión severa se mutara ni un ápice.

    —¿Cómo me siento…? —masculló Annie con voz carrasposa—. ¿Cómo crees que me siento?, ¡estúpido paleto! —gritó de golpe, zarandeándose además, logrando que sus correas rechinaran un poco.

    —Veo que estamos con más energía que de costumbre —pronunció Russel con elocuencia—. Quizás eso significa que no necesitas tu dosis de hoy.

    Hizo entonces el ademán de querer darse la media vuelta y retirarse, y eso provocó un repentino golpe de terror en su prisionera.

    —No, no, espera —susurró Annie casi suplicante—. Por favor… la necesito… me siento realmente mal… por favor…

    Russel se giró de nuevo a verla, y pudo apreciar la desesperación desbordando de la mirada de Annie. La misma desesperación de un adicto consumado sufriendo de varios días de abstinencia, lo cual era de hecho bastante parecido a lo que debía sentir.

    —Bueno, esa actitud me agrada más —indicó Russel con tono burlón. Se giró en ese momento hacia uno de los miembros del equipo científico, y con un pequeño ademán de su cabeza le indicó que podía proceder.

    No se necesitó más explicación, pues estaba más que claro. El hombre de bata blanca se dirigió a su terminal, y tras presionar algunas teclas, la máquina conectada al brazo derecho del espécimen comenzó a zumbar. Y un segundo después, un líquido transparente comenzó a viajar por el delgado tubo transparente, lentamente hasta introducirse directo al cuerpo de Annie la Mandiles.

    En cuanto aquel líquido, una mezcla muy especial y única del Lote Nueve, ingresó dentro del cuerpo de Annie, el cuerpo de ésta se estremeció, y su rostro se alzó por completo. Un pequeño quejido de dolor, o quizás incluso de placer, surgió de la boca de aquel ser con forma de mujer. Como todas las veces anteriores, sus ojos resplandecieron con ese mismo fulgor plateado, y poco a poco sus brazos delgaduchos, casi esqueléticos, comenzaron a cubrirse de nuevo de músculos. La fuerza volvía a su cuerpo, la claridad de su mente también. Poco a poco volvía a parecerse más a aquella mujer que habían aprehendido hace meses en aquel bosque, y que desde entonces había sido su prisionera… por no llamarla sujeto de estudios.

    Sin embargo, el proceso siempre se detenía justo antes de que dicha fuerza llegara a ser demasiada, aplicando sólo la dosis suficiente cada cinco días para que su espécimen no muriera; una dosis que ya estaba más que medida. Y cuando llegó a ese punto, la máquina que le suministraba el Lote Nueve dejó de zumbar, y el líquido dejó de correr. El cuerpo de Annie se relajó de golpe, y el fulgor de sus ojos se desvaneció. El pico de energía que había sentido por un instante, rápidamente fue menguando, y la debilidad se apoderaba de nuevo de ella.

    —Maldita sea… ¡maldita sea! —exclamó Annie casi llorando, cargada de una gran frustración. Volvió a zarandearse con desesperación, pero sus correas no permitieron que sus extremidades se movieran ni un centímetro de su posición.

    Cada ocasión sentía por un momento que estaba a punto de recuperar sus fuerzas, de volver a ser ella misma, pero cada vez lograba apenas rozar la superficie para de nuevo sumergirse en esas aguas oscuras que habían sido su existencia todos esos meses. Esa sustancia, ese químico extraño que su cuerpo procesaba como algún tipo de vapor sintético, era lo único que la había logrado mantener apenas con vida ese tiempo. Pero así como le hacía bien, le hacía también un tremendo daño; podía sentirlo cada vez que entraba en su cuerpo, como le quemaba por dentro como si le desgarraran sus venas y sus entrañas con ácido. Y, aun así, añoraba con ansías que llegara el momento de su próxima dosis. Se había vuelto totalmente dependiente de ella; era lo único que podía hacerla sentir que aún estaba viva, y que ese no era un maldito infierno en el que había caído.

    Aunque claro, esas personas no la mantenían con vida sólo porque sí. Y ese proceso de administrarle su horrible químico lo hacían por sus propios motivos.

    —Sigan con la extracción —ordenó Russel, y justo entonces otro de los miembros de su equipo hizo lo debido en su consola.

    La máquina conectada al brazo izquierdo de Annie se encendió, y al instante ésta gimió adolorida. Un claro rastro de sangre comenzó a brotar de su brazo, abriéndose camino por el delgado tubo, hasta llegar a la máquina, donde era vertida gota a gota en el interior de una bolsa almacenadora.

    Esa sangre, extraída del cuerpo del UX, sería luego pasada por un proceso meticuloso para separar sus componentes, y aislar uno en específico. Un compuesto que el cuerpo de los UX, incluida Annie, producía de manera natural una vez que asimilaba el vapor de sus víctimas o, en este caso, esa combinación única del Lote Nueve que simulaba bastante bien las propiedad de dicho vapor. El mismo compuesto desconocido, o uno muy similar, que días antes los analistas de laboratorio del hospital detectarían en los exámenes de sangre realizados a Mabel la Doncella cuando ésta estaba en coma. El mismo compuesto que el DIC llamaba como nombre clave VPX-01…

    Ese era el secreto que Russel acababa de mencionarle a Lisa que no podía compartirle, y que quizás no hubiera sido capaz de entender. El VPX-01 era el compuesto desconocido, casi mágico, que Russel y su equipo teorizaban le daba a los UX su aparente inmortalidad y capacidad de regenerar las células de su cuerpo. Y, desde que lo descubrieron, era el elemento más importante que conformaba al Lote Diez. Y era extraído directamente de la sangre de su prisionera en la habitación 217 del Nivel -20 del Nido.

    Esto era algo que muchos no conocían, ni siquiera el Sgto. Francis Schur a pesar de haber participado meses atrás en los primeros experimentos del Lote Diez, del que él resultaría el único sobreviviente. Pero quizás, gracias a los nuevos descubrimientos realizados por la Srta. Mathew en su trabajo en el proyecto Gorrión Blanco, aquel desastroso resultado podría ser corregido. Esa era la mayor expectativa de Russel con todo ese trabajo.

    —¿Por qué me siguen haciendo pasar por esto? —escuchó de pronto como la voz de Annie mascullaba con debilidad, sonando incluso casi como sollozo—. ¿Por qué no me matan de una buena vez…?

    —Todo es por un bien mayor, Annie —le respondió Russel con voz tranquila, mientras la bolsa de sangre se seguía llenando—. Con tu ayuda, podremos al fin entender la naturaleza de los UP, y la mejor manera de usarlos en beneficio de la seguridad de nuestro país. Si me lo preguntas, el pasar por esto, es un castigo bastante indulgente en comparación con todos los crímenes que has cometido. Todos los niños inocentes que has asesinado a lo largo de… ¿cuánto tiempo, Annie? ¿Un par de siglos?

    Annie no respondió nada. Su cabeza volvió a caer hacia el frente, y posiblemente se estaba acercando de nuevo a la inconsciencia.

    —Como sea, a mí no me corresponde juzgar eso —añadió Russel encogiéndose de hombros—. Mi interés es meramente científico. Así que mientras no descifremos la forma de replicar el VPX-01 sin requerir de alguien como tú, serás nuestro huésped de honor.

    Se dio en ese momento la vuelta, dirigiéndose a uno de los gabinetes ubicados a un lado de la sala, en donde guardaban bajo llave las muestras recién elaboradas del Lote Diez y, por supuesto, las del VPX-01 en su estado puro. Russel tomó una pequeña botellita de éste último para llevársela a Lisa, justo como se lo había prometido, y se dirigió al momento a la puerta para llevárselo. Antes de irse, sin embargo, la voz de Annie volvió a resonar entre todo el agotamiento que la inundaba.

    —Si no me matan ahora, cuando salga de este maldito tubo… juro que los destriparé vivos a todos; a cada uno de ustedes…

    Alzó en ese momento su rostro, clavando directamente en Russel su mirada repleta de furia, la emoción más real que era capaz de sentir desde que estaba ahí.

    —Y ni siquiera lo haré para alimentarme, pues no hay nada de provecho que pueda extraer de vejestorios inútiles como ustedes… Lo haré por mero gusto… Y lo disfrutaré como no tienes idea…

    Soltó en ese momento una sonora y estridente risotada, que retumbó con fuerza en toda esa sala, y dejó visiblemente desconcertados a todos los presentes; incluso al propio Russel. Sin embargo, éste no pronunció palabra alguna, y en su lugar optó por irse de una vez por donde vino, dejando atrás a Annie que seguía riendo cuando la puerta de la sala 217 se cerró a sus espaldas.

    FIN DEL CAPÍTULO 142
    Notas del Autor:

    Annie la Mandiles es un personaje perteneciente a la novela y película de Doctor Sleep o Doctor Sueño de Stephen King, siendo un miembro más del Nudo Verdadero. En la novela y en su respectiva adaptación no se dieron muchos detalles sobre ella, salvo algunas referencias y que fue parte de uno de los grupos que dejó el Nudo Verdadero tras la muerte de Papá Cuervo. Por ello, gran parte de lo expuesto en este capítulo con respecto a su apariencia y personalidad, se basan mucho en mi propia interpretación del personaje. El mismo caso aplica para Doug el Diésel y Phil el Sucio.

    —Los flashbacks mostrados en este capítulo son un complemento de lo que anteriormente se contó en el Capítulo 75, solamente que en aquel entonces fue narrado desde la perspectiva de Mabel y James, pero ahora toca mostrar lo ocurrido en el campamento desde la perspectiva de Annie. Si alguno no recuerda del todo aquello, le sugiero darle una leída rápida a dicho capítulo para poder comprenderlo mejor, pero tampoco es obligatorio.
     
  3. Threadmarks: Capítulo 143. Propiedad Privada
     
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    Título:
    Resplandor entre Tinieblas
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    149
     
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    8949
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 143.
    Propiedad Privada

    La travesía de Cody Hobson y Lucy para descubrir el misterioso paradero de Lisa Mathews, había resultado más extenuante y agotador de lo que ha Cody le hubiera gustado. Para empezar, Lucy no aceptó subirse a un avión, sino que en su lugar prefirió que recorrieran todo el largo camino desde Dakota del Norte hasta Maine a bordo de su New Beetle, un viaje que en situaciones normales tomaría al menos unas treinta horas; en su caso, Cody intuía que serían afortunados si sólo les tomaba eso.

    —Cómo ya te dije, no tengo aún una idea clara de dónde está ese sitio —le había explicado Lucy con una calma que parecía casi robótica, estando sentados ambos en la sala de ella, bebiendo cada uno una taza de té—. En estos momentos sólo tengo la dirección a la que debemos ir desde este punto en el que estoy ahora. Y conforme nos vayamos acercando al lugar, poco a poco, es probable que la ubicación exacta se vuelva más clara en mi cabeza. Pero para poder lograrlo, necesito ir avanzando a mi ritmo, siguiendo la brújula que tengo en mi cabeza. Si me subo a un avión y cambió en un santiamén mi punto de referencia de una forma tan abrupta, lo más probable es que pierda por completo mi rumbo, y no te puedo asegurar que lo pueda recuperar. He hecho esto muchas veces, y conozco bien cómo funcionan mis habilidades de rastreo. Te aseguro que no sólo es la mejor forma, sino la única.

    Cody se mantuvo escéptico ante tal explicación. No estaba seguro qué tanto de aquello era cierto, y qué tanto era que simplemente le daba miedo subirse a un avión. Como fuera, no le quedó más que aceptar a regañadientes. Después de todo, sabía bien que sin Lucy no sería capaz de encontrar a Lisa.

    El viaje por carretera resultó en efecto largo y cansado. Tuvieron que parar algunas noches para descansar en alguna ciudad o pueblo de paso. A veces en algún motel (haciendo Cody uso de sus pastillas mágicas para dormir y prevenir cualquier pesadillas indeseada), y a veces simplemente estacionando su vehículo en algún área de descanso.

    A pesar de que Cody no acostumbraba conducir muy seguido, y menos en carretera, no le quedó más remedio que turnarse con Lucy para hacerlo, no sólo para que ambos estuvieran más descansados, sino para que su compañera pudiera calibrar mejor la “brújula que tenía en su cabeza” para asegurarse de que iban por el camino correcto, y no hubiera surgido algún cambio en el paradero de Lisa. Hasta el final, la poca información que tenían los seguía dirigiendo hacia Maine.

    En un momento durante el último tramo del viaje, pasaron bastante cerca de Boston, y Cody se preguntó si acaso Matilda ya habría vuelto a su casa. Lo más probable era que no. La última vez que se vieron en Oregón, ella se dirigía hacia Los Ángeles para descansar la herida de su hombro en casa de su madre, así que lo más seguro era que optara por quedarse allá hasta después de Acción de Gracias. Igual se sintió tentado a llamarla, sólo para hablar con ella y saber cómo seguía, pero desistió al último momento.

    «De seguro si se le dijera lo que estoy haciendo, me daría un discurso entero para convencerme de que diera media vuelta y me regresara a casa»

    Y el sólo hecho de sacar él mismo esa conclusión debería bastar para que tomara la decisión de hacerlo por su propia cuenta, pero no fue así. El sentimiento apremiante de que algo no estaba bien con toda la partida tan repentina de Lisa pudo más que su sentido común.

    Cody pensó que una vez que llegaran a Maine, todo lo demás sería mucho más simple. Sin embargo, para su mala suerte no fue así. Al estar ya tan cerca del punto que Lucy había logrado detectar en el mapa, sólo le confirmaba que en efecto “algo” la bloqueaba. Pero no todo estaba perdido, y sorprendentemente Lucy se mantenía optimista. Estaba convencida de que podrían dar con el sitio correcto… a su tiempo.

    Comenzaron a prácticamente cada día recorrer cada carretera y camino alterno de Maine, y poco a poco Lucy sentía que podía ir ubicando con más claridad hacia donde tenían que ir. Hasta ahora todo parecía indicar que tenían que ir hacia el norte; ¿qué tanto?, eso sólo el tiempo lo diría, y ciertamente esa última parte estaba tomando bastante más tiempo del que cualquiera de los dos hubiera querido. Aunque Lucy parecía bastante tranquila al respecto.

    —¿Segura que puedes tomarte más días libres del trabajo? —preguntó Cody en algún momento mientras conducían por una carretera secundaria, rodeados de un paraje boscoso.

    —Soy freelancer —se explicó Lucy—. Significa que no trabajo formalmente para una empresa, sino que lo hago por proyecto. Ellos me contactan directamente, y…

    —Sé lo que freelancer significa —le cortó Cody, algo abrupto.

    —Sí, bueno… al final tengo mayor flexibilidad con mis horarios y días libres. Antes de irnos entregué el último trabajo que tenía pendiente, así que estaré bien si me ausento un par de días más.

    «Si es que esto en verdad dura sólo un par de días más» pensó Cody con desgano.

    —¿Qué hay de ti? —preguntó Lucy con curiosidad—. ¿Puede el profesor de biología seguirse ausentando por más tiempo?

    —Para eso están los profesores suplentes —respondió Cody con tono burlón—. Dije que tenía una emergencia familiar, y que necesitaba ausentarme un par de semanas.

    —Qué mentiroso.

    —Oye, no es precisamente… una mentira.

    —Si no estás casado con la Srta. Mathews, no es legalmente tu familia. Y ni siquiera sabes si realmente hay una emergencia. Así que sí… eres un mentiroso.

    Cody no estaba seguro si lo decía en broma o en serio, pero decidió mejor sólo reír como respuesta. A pesar de todos esos días que llevaba conviviendo con la rastreadora, seguía sin lograr acostumbrarse del todo a ella. Las cosas que decía o hacía le resultaban inusuales, aunque no tan ajenas en realidad. Había visto conductas parecidas en algunos de sus alumnos antes, y al menos uno de ellos se había comprobado que estaba dentro del espectro. No sabía si era el caso de Lucy, y tampoco sintió correcto el preguntarlo. Pero como fuera, de lo que estaba seguro es que era una persona “especial” en más de un sentido.

    Esa noche durmieron en su vehículo a un lado de la carretera solitaria, al pie de los árboles. Lucy no tuvo reparó en señalar lo peligroso que esto era, y cómo un asesino podría simplemente acercarse a ellos en la oscuridad y dispararles a través del cristal mientras dormían, y no había mucho que pudieran hacer para evitarlo. Por suerte aquella idea no provocó que Cody tuviera alguna pesadilla esa noche, y no hubo nadie cerca para ver las imágenes de sus sueños que muy seguramente pintaron el páramo mientras dormía.

    Fue justo al día siguiente en el que dieron con el área que tanto habían buscado.

    Temprano en la mañana se dirigieron al norte, Cody al volante, mientras Lucy, sentada en el asiento del copiloto, se concentraba con sus ojos cerrados en percibir su entorno, y los lentes de Lisa bien sujetos entre sus manos. El cielo estaba despejado, y no habían visto ni un sólo vehículo por la zona desde que comenzaron el día. Pasó quizás una hora sin que Lucy diera ninguna instrucción a Cody, más allá de que sólo siguiera conduciendo sin desviarse.

    De pronto, Lucy abrió sus ojos grandes como platos y soltó al aire un estridente:

    —¡Detente!

    Cody reaccionó asustado por el exabrupto, y pisó a fondo el freno. Las llantas rechinaron, y el vehículo se descontroló un poco, quedando al final ladeado a mitad del camino. Por suerte no venía ni un vehículo. Cody se giró hacia ella, agitado por la conmoción. Pero antes de que pudiera preguntarle qué pasaba, Lucy se quitó el cinturón de seguridad, salió apresurada del vehículo y comenzó correr con apuro algunos metros más adelante. Cody se apresuró a bajarse para ir detrás de ella.

    Lucy se paró firme a mitad de la carretera y comenzó a girar lentamente, recorriendo su vista por todo su alrededor. Lo único que había en toda dirección eran árboles y más árboles, altos y frondosos. Estaban en una parte elevada cerca de las montañas. Todo se sentía muy silencioso y casi desolado. El suelo de asfalto sobre el que se encontraban, y la señalética a un lado del camino, eran las únicas muestras de civilización a la redonda.

    —Lucy, ¿qué ocurre? —le cuestionó Cody con preocupación.

    La rastreadora siguió en silencio, contemplando reflexiva a todas direcciones. Sus dedos se encontraban aferrados a los anteojos de Lisa, hasta casi estar a punto de romperlos. Tras unos minutos, respingó con violencia y centró su atención en un punto en específico.

    —Es por ahí —indicó con firmeza, señalando con un dedo hacia los árboles—. O eso creo…

    Cody miró con aprensión hacia donde ella señalaba.

    —¿Estás segura?

    —No, por eso dije “eso creo” —respondió Lucy con ligera irritación—. Pero es la sensación más fuerte que he tenido hasta ahora.

    Cody avanzó con apuro en la dirección que Lucy le indicaba. Bajó de la carretera, pisando la gravilla con la suela de sus zapatos, e inspeccionó entre los arbustos y los troncos que bordeaban el camino. A sus oídos sólo llegaron los sonidos de agua corriendo, el revoloteó de algunas aves, y el crujido de las ramas de los árboles al ser agitadas por el viento. Un paisaje bastante pacífico a simple vista, y aun así no le transmitía en lo absoluto dicha sensación.

    —Creo que hay un camino de tierra más adelante —escuchó que Lucy comentaba a sus espaldas. Al girarse, vio que la rastreadora había avanzado más por la carretera, y sostenía su teléfono celular con una mano, intercalando su mirada entre la pantalla y el frente—. Debe ser uno privado pues no aparece en el GPS.

    —Veamos a dónde nos lleva, entonces —indicó Cody con convicción, y de inmediato regresó hacia al vehículo. Esperaba que Lucy le respondiera alguna negativa a la propuesta, pero para su sorpresa no mencionó nada. Sólo se subió de regreso al asiento del copiloto, y se colocó rápidamente el cinturón de seguridad.

    Ya ambos a bordo y listos, se pusieron en camino tomando el camino adyacente que Lucy había encontrado, que los introdujo por el bosque, hasta que todo lo que podían ver a su alrededor eran árboles, y apenas un poco del cielo azul sobre ellos. Tuvieron que avanzar con cuidado, pues el camino irregular y algo inhóspito puso a prueba al pequeño vehículo de Lucy. Cody temía que se fuera a quedar estancado en cualquier momento, o que alguna llanta se ponchara, pero pareció aguantar lo suficiente.

    Luego de una media hora de lento avance, el camino topó abruptamente con una barda de malla de apariencia descuidada y vieja, con un cartel oxidado que mostraba en letras grandes y rojas:

    PROPIEDAD PRIVADA
    NO ENTRAR

    Cody detuvo el vehículo frente a la barda, y ambos bajaron del vehículo y se aproximaron a ésta.

    —Parece que hasta aquí llegamos —señaló Lucy, al tiempo que observaba con curiosidad el cartel.

    —¿El lugar que buscamos está más adelante? —preguntó Cody, pensativo.

    Lucy se encogió de hombros.

    —Segura, segura, no lo estoy. Pero… supongo que hay una forma de verificarlo.

    Cody quiso preguntarle cuál era esa forma, pero entonces Lucy se acercó hacia la barda y colocó rápidamente sus dedos contra la malla. El profesor se sobresaltó un poco, temeroso de que estuviera electrificada o algo así, pero por suerte no pareció ser el caso.

    Lucy cerró sus ojos, respiró hondo, estrujó los anteojos de Lisa con su otra mano, e intentó entonces extender su mente hacia el frente, en la dirección fija a la que su brújula interna le señalaba, hacia donde estaba convencida que Lisa Mathews se había ido. Sin embargo, no logró avanzar mucho más de donde se encontraba, pues en cuanto intentó ver qué o quién se encontraba más allá de esa barda, sufrió el equivalente psíquico de estrellarse de narices contra una pared. Y, de hecho, su cuerpo reaccionó como si físicamente eso fuera justo lo que le ocurrió, y se precipitó de sopetón hacia atrás, hasta incluso caer de sentón a tierra.

    —¿Estás bien? —susurró Cody acongojado, y rápidamente se agachó a su lado para ayudarla a levantarse.

    —Es aquí —respondo Lucy con asombrosa calma, mientras él la ayudaba a pararse. No parecía haberle perturbado su caída en lo absoluto—. Ese punto ciego al que mis poderes no pueden entrar, es justo detrás de esta barda. O unos metros más delante de ella, para ser exactos.

    Cody desvió su mirada inquisitiva hacia el páramo boscoso que se extendía del otro lado de la barda. A simple vista no había nada extraño, excepto una cosa de la que Cody no fue consciente hasta ese momento. Esos sonidos propios de la naturaleza que había captado anteriormente, en ese punto habían desaparecido por completo. El viento, el agua, los animales… nada de eso parecía estar presente. Lo que los rodeaba era un casi sepulcral silencio.

    «¿Qué lugar es éste?» pensó intrigado, y por supuesto preocupado por la idea de que Lisa hubiera ido a un sitio así.

    —¿Qué hacemos ahora? —le preguntó Lucy, al parecer más curiosa que preocupada.

    Sin responderle, Cody se apartó de ella y volvió al vehículo, en específico a la parte trasera en dónde traían un par de mochilas de acampado que habían adquirido días atrás con comida, agua, y varias herramientas de supervivencia; quizás más de las necesarias, pues el vendedor en cuestión claramente les vio cara de que no sabían con exactitud qué ocuparían, y claro que aprovechó la ocasión para vender de más. Cody se colocó la mochila en la espalda y caminó de nuevo hacia la barda.

    —¿Quieres traspasar la cerca de propiedad privada? —le preguntó Lucy incrédula. Y al momento siguiente, pudo ver cómo Cody comenzaba a intentar escalar la malla con sus manos y pies—. Oh, sí lo harás.

    —No tienes que seguirme —indicó Cody con seriedad mientras escalaba—. Entenderé si quieres volver.

    Lucy pareció vacilar un instante, pero luego se dirigió también hacia su vehículo, tomando la otra mochila.

    —Ya llegué hasta aquí —concluyó con simpleza, y se apresuró a seguir los pasos de su acompañante mientras se colocaba también su mochila a los hombros—. Pero ayúdame, ¿sí?

    Cody le extendió una mano desde su posición más elevada para jalarla y darle un poco más de impulso. No fue tan sencillo, pues en realidad ninguno de los dos era precisamente muy fuerte, pero entre ambos lograron de alguna forma saltar la oxidada y vieja cerca, sin que ninguno se cortara o tuviera que preocuparse por el tétanos. Sin embargo, aunque su escalada fue más o menos aceptable, su descenso al otro lado fue más una caída menos solemne. Por suerte ninguno salió demasiado herido, y tras limpiarse un poco sus pantalones, pudieron alzarse y comenzar a andar siguiendo los vestigios de lo que claramente en algún momento fue un sendero.

    —Debo admitir que me sorprende que hayas querido venir hasta aquí, Lucy —bromeó Cody, intentando aligerar un poco el ambiente mientras avanzaban con paso prudente—. Espero no ofenderte, pero no me pareces del tipo… bueno, aventurero.

    —Usted tampoco es precisamente Indiana Jones, profesor Hobson —señaló Lucy con ligera tosquedad.

    —Definitivamente no lo soy —masculló Cody—. Pero necesito saber que Lisa está bien.

    —Y yo en verdad quiero saber qué es lo que se oculta aquí que puede mantenerme alejada de esta forma —añadió Lucy, algo abstraída—. Me resulta preocupante, ¿sabes? Desde niña siempre he podido ver y oír lo que ocurre en prácticamente cualquier sitio que yo quiera. Se podría decir que no estoy acostumbrada a que se me cierren las puertas. Aunque no sabría decir si la curiosidad vale en realidad una intrusión como ésta.

    —Aún puedes volver.

    Lucy se encogió de hombros.

    —¿Qué es un arresto por invadir propiedad privada entre amigos?

    —¿Ahora ya somos amigos?

    —¿Quién dice que hablaba de ti?

    Cody rio divertido. De nuevo no sabía si aquello era una broma o no, pero prefería pensar que sí.

    Ambos siguieron andando por el camino, sin tener claro con qué exactamente se encontrarían más adelante.

    — — — —
    Un par de kilómetros más adentro del punto por el cual Lucy y Cody ingresaron, se alzaba la alta montaña que componía las instalaciones del Nido. Y para esas horas, la actividad regular de sus ocupantes ya estaba más que empezada.

    Como de costumbre, el despertador de Gorrión Blanco la sacudió violentamente de su sueño esa mañana, haciéndola estremecerse y sentarse de golpe en su cama. Sin embargo, a pesar de lo impetuoso de su despertar, su siguiente acto fue quedarse totalmente quieta, ida con su mirada fija en la pantalla plana postrada en el muro delante de ella, en donde lograba vagamente captar la silueta de su propio reflejo, gracias a la leve luz de la lámpara de buró a su lado.

    Y así se quedó un rato, quieta y contemplando a la nada, con su cerebro intentando arrancar como el testarudo motor de una lancha, sin mucho éxito. Cuando al fin logró reaccionar, extendió su mano derecha a tientas hacia el buró hasta poder presionar con sus dedos el despertador y así hacer que su estridente sonido cesara al fin. El silencio que le siguió resultó más agitador para ella que el estrepitoso retumbar que la había levantado.

    Tras lograr desperezarse lo suficiente para levantarse de la cama, se retiró sus ropas de dormir y se atavió con uno de sus atuendos de entrenamiento, pues su intención siguiente era ir un rato al gimnasio como lo había estado haciendo cada mañana de los últimos días.

    Justo como le habían ordenado, Gorrión Blanco tomó como descanso los días siguientes a su misión en Los Ángeles, para así poder recuperar fuerzas. En ese tiempo no había hecho en realidad gran cosa, más allá de leer algunos de los libros disponibles en la pequeña biblioteca de la base, ver algunas películas en el catálogo restringido que se podía acceder desde el televisor de su cuarto, además de caminar y recorrer la base (al menos las partes que tenía permitido ver). Y claro, ir al gimnasio a hacer un poco de ejercicio, aunque le habían indicado que no se excediera demasiado.

    Todas aquellas actividades más mundanas en general le eran entretenidas, además de novedosas. Aun así, no lograban hacer que su mente se despejara por completo de las preocupaciones que la acosaban. No estaba segura de si aquel descanso le estaba sirviendo o no. De entrada, no sabía cómo se suponía que debía sentirse. A la mañana siguiente de volver a la base, ella creía ya sentirse bien; un poco débil, pero bien en general. Y no sentía que ese estado hubiera mejorado o empeorado desde entonces.

    Y lo peor era que las extrañas visiones que había tenido en aquel pent-house en llamas, no habían desparecido tampoco. No habían sido tan frecuentes, ni tampoco tan vividas y violentas como las de aquel momento. Se presentaban más que nada como pequeños destellos que le llegaban de golpe sin avisar, a mitad de una película o mientras caminaba por algún pasillo. No duraban más que unos cuantos segundos, y entre ellos lograba ver fugazmente rostros y lugares que no le resultaban conocidos. Pero eran más comunes los sonidos: gritos, risas, música, frases que por sí sola no tenían ningún sentido y, en especial, nombres que Gorrión Blanco no lograba captar o entender por completo, pero aun así identificaba que eso eran. Y había uno que parecía repetirse más que los otros, pero a sus oídos llegaba como un sonido incomprensible; como mera estática.

    No había comentado con nadie más acerca de esto desde la conversación que tuvo con la Dra. Mathews hace unos días. Lo que ésta había comentado sobre que podrían ser partes de su memoria perdida, ciertamente la había intrigado e interesado. Y temía que si se lo decía al Dr. Shepherd o a alguien más que las seguía teniendo, harían algo para suprimirlas. Y de ser así, no podría obtener de ellas las pocas pistas que pudieran darle. Quizás era un poco irresponsable de su parte, pero al menos de momento lo prefería así.

    Además de aquel nombre que no lograba captar enteramente, había podido identificar algunas cosas que se repetían en sus visiones: los pasillos, salones, gimnasio, alberca y demás locaciones de lo que parecía ser una escuela; un crucifijo, o más específico la cara de Jesús en la cruz, demacrada y sangrante, con sus penetrantes ojos mirándola fijamente; una combinación de rostros borrosos, sonidos dispersos, risas, y fuego… el fuego solía estar muy presente, envolviéndola por completo en todas direcciones. No sabía qué tanto de eso era real y qué tanto lo estaba creando su propia cabeza. Pero tenía esperanza en que, igual que las piezas de un rompecabezas, si lograba encontrar la forma de hacer que todas encajaran, cobrarían sentido.

    Antes de salir de su habitación, se recogió su cabello rubio en una cola hacia atrás de su cabeza, y se inspeccionó detenidamente en el espejo. Esto no resultaba muy sencillo, pues ciertamente no se consideraba muy fan de su propio reflejo. Si quizás se le permitiera usar un poco de maquillaje o algo similar. Aunque… no recordaba si acaso era algo que solía hacer antes de despertar de su coma. De hecho, esa idea se le había pegado más por los libros y películas que había visto en esos días, pero a ella el concepto le resultaba un tanto ajeno.

    «Quizás por mi trabajo como soldado nunca acostumbré usar maquillaje» concluyó mientras se observaba su rostro, siendo más consciente de las marcas y granos presentes en él, en especial en el área de su frente y nariz. Pero si era así, deseaba en esos momentos que no fuera el caso. Pues, de hecho, había otro motivo por el que había optado por ir cada uno de sus días de descanso al gimnasio, y que no tenía que ver exactamente con un deseo de mantenerse sana y en forma. Y ese motivo tenía nombre y apellido: Francis Schur.

    El sargento había sido realmente amable con ella desde que despertó, y la había cuidado a cada paso de su recuperación, sin mencionar que le había salvado la vida durante la última misión. Y había además estado a su lado todo el camino de regreso a la base en el avión y los helicópteros, sujetando su mano y hablándole para mantenerla tranquila y despierta.

    Era atento, caballeroso y muy apuesto… Gorrión Blanco no podía evitar preguntarse si sus atenciones eran sólo por su trabajo, o si había algo más. Después de todo, en las películas que había visto siempre que un chico se portaba así con una chica, era porque le interesaba como algo más que una compañera o amiga. Y el comenzar a sopesar esa posibilidad hacía que su corazón entero se agitara debajo de su pecho. Y el que cada mañana pudiera verlo en el gimnasio, con sus ropas de entrenamiento firmemente ajustadas a sus marcados músculos, su rostro sudoroso y respiración agitada… no ayudaba tampoco a calmar el temblor en su pecho. Y esa mañana no fue la excepción.

    Al llegar al gimnasio, Gorrión Blanco divisó a Francis en el área de pesas, de espaldas sobre un banco de entrenamiento, mientras subía y bajaba lentamente con sus brazos una pesada barra desde su pecho hasta lo alto, exhalando lentamente con cada esfuerzo. Su vista estaba fija en el techo, aunque de seguro su mente estaba totalmente concentrada en el ejercicio. Esa profunda seriedad de su rostro perlado lo hacía ver aún más atractivo.

    Gorrión Blanco respiró hondo, pasó una mano distraída por su cabello y avanzó en dirección del soldado con una dulce sonrisa.

    —Buenos días, sargento —masculló despacio, parándose a su lado. Francis se mantuvo enfocado en su ejercicio, pero igual le respondió.

    —Buenos días, Gorrión Blanco. ¿Cómo te sientes?

    —Muy bien, gracias por preguntar. Creo que hoy también me ejercitaré un poco.

    —Adelante. Si necesitas algo avísame.

    —Es muy amable, gracias.

    Se dirigió entonces a la estantería donde se encontraban las pesas, tomando dos de tamaño mediano. Se suponía que no eran de hecho tan pesadas, pero sólo una resultaba bastante para sus brazos delgados, y casi la jalaron por completo contra el suelo. Lo ideal sería tomar de las más pequeñas, pero lo que menos quería era parecer una debilucha frente a Francis. Así que, haciendo un poco de trampa, se apoyaba un poco en su telequinesis para poder alzar y bajar ambas pesas, haciendo que el proceso se volviera mucho más sencillo. Quizás no era justo, pero… de cierta forma ejercitaba también su telequinesis, así que, ¿por qué no?

    Se paró entonces no muy lejos del banco de Francis y comenzó con sus series con una pesa en cada mano. Le resultaba curioso como con sus brazos le era tan complicado levantar una de esas, pero con su telequinesis no parecían pesar casi nada; sentía que incluso podría arrojar una de esas por todo ese espacio como si fuera una simple pelota, y quizás la arrojaría mejor que a una verdadera pelota. ¿Qué determinaría esa diferencia?

    Miró de reojo hacia Francis. Éste continuaba totalmente enfocado en lo suyo.

    —Y… ¿cuándo cree que tendremos nuestra siguiente misión, sargento? —pronunció Gorrión Blanco de pronto, intentando llamar un poco su atención.

    —No te precipites —pronunció Francis, notándose en su voz el esfuerzo que involucraba para él levantar la pesa—. De momento debes enfocarte únicamente en recuperarte.

    —Lo sé, lo sé. Es sólo que no me gustaría quedarme tanto tiempo más encerrada. Fue divertido viajar hasta allá y luchar… los dos juntos, ¿no?

    Francis no respondió de inmediato. Permaneció callado casi un minuto entero, y luego apoyó la pesa en el reposabarras y se sentó. Respiraba agitado, y pasó una mano por sus cabellos húmedos.

    —Cinco personas murieron en esa misión, Gorrión Blanco —murmuró Francis, no sonando del todo como una reprimenda pero sí bastante cerca—. Decir que fue divertido no es apropiado.

    La muchacha se sobresaltó, un poco sorprendida por el comentario, aunque también apenada.

    —Lo siento —murmuró cabizbaja—. Tiene razón. Es sólo que… creo que hicimos un buen equipo allá, y me gustaría que se repitiera.

    —Es probable que no nos toque volver a trabajar juntos en el campo —soltó el Sgto. Schur de pronto, tomando a Gorrión Blanco totalmente por sorpresa.

    —¿Qué?, ¿por qué no? —exclamó sorprendida, olvidándose por unos instantes de sostener las pesas con su telequinesis, haciendo que sus brazos fueran jalados abruptamente hacia abajo, lo que la hizo apresurarse a recuperar la compostura y volverlas a alzar—. ¿Hice algo incorrecto?

    Francis se había parado para ese momento del banco y pasaba una toalla por su cabeza y rostro para limpiarse el sudor.

    —En lo absoluto —indicó, negando con la cabeza—. Pero mi responsabilidad primordial es la seguridad del Nido, por lo que no suelo salir a misiones fuera de la base. Lo de la otra noche fue un caso especial, que dudo se vuelva a repetir pronto.

    —Entiendo —masculló Gorrión Blanco despacio, decepcionada—. Será un poco raro no tenerlo cerca para cuidarme la espalda, pero supongo que debí de haber hecho varias misiones así… antes de caer en coma, ¿no?

    Alzó su mirada hacia él, esperando algún tipo de respuesta, aunque ésta no llegó. Francis le daba la espalda mientras se seguía secando, y Gorrión Blanco tuvo una vista casi directa de sus hombros anchos, sus gruesos brazos al descubierto, y la forma fornida de su espalda con la tela de su angosta camiseta gris pegada a su cuerpo.

    Gorrión Blanco se mordió ligeramente el labio inferior, y se atrevió a avanzar un poco más en su dirección, hasta pararse a menos de un metro detrás de él.

    —Al menos… podremos vernos seguido aquí en la base, ¿verdad? —indicó con una tímida sonrisa—. Quisiera que pudiéramos pasar un poco más de…

    Sus palabras fueron cortadas de tajo en cuanto a su mente llegó abruptamente uno de esos destellos repentinos, yendo y viniendo como el parpadeo de la luz de alerta de un semáforo. En un momento se encontraba en ese gimnasio, rodeado del equipo de ejercicio, los espejos y demás accesorios, y al siguiente se encontraba de pie frente a una casa, de color blanco, con hierba crecida en la parte superior. Conforme un flashazo iba o venía, la casa se acercaba más o, más bien, ella se acercaba a la casa.

    Gorrión Blanco soltó un alarido al aire, y las pesas se soltaron abruptamente de sus manos, precipitándose al suelo y creando un sonido estridente al golpearlo. Llevó sus manos a su cabeza, sintiendo de pronto un dolor punzante en ésta, y su cuerpo se dobló ligeramente hacia el frente. Apretó los ojos con fuerza, y al abrirlos de nuevo la visión de la casa a la que se dirigía, y de la acera por la que caminaba, se hicieron presentes y se quedaron ahí más tiempo que antes. Sí, ella caminaba hacia esa casa, esa casa que por primera vez le resultó familiar… pero no le provocaba precisamente una sensación agradable.

    Pero entonces su atención se desvió a algo más; al otro lado de la calle, a una camioneta azul que se había estacionado frente a la casa, y al chico alto y moreno de chaqueta azul y blanca que se había bajado de ella y comenzado a caminar hacia la entrada.

    Gorrión Blanco sintió como su corazón se aceleraba con aprensión, e instintivamente sus pies comenzaron a moverse con mayor apuro para interceptarlo.

    —¡¿Qué haces aquí?! —pronunció una voz (¿su voz?) casi aterrada.

    El chico se volteó a verla. No lograba distinguir su rostro con claridad; toda su imagen entera era como una masa deforme que se movía, y de la que lograba captar por momentos sólo pequeños pedazos. Aun así, creyó percibir que la miraba y le ofrecía una sonrisa; una cándida y hermosa sonrisa.

    —Qué suerte encontrarte —comentó aquella persona con entusiasmo—. ¿No vas a invitarme a pasar?

    —¡Claro que no! —respondió Gorrión Blanco con severidad, y se paró rápidamente delante de él, interponiéndose entre aquel muchacho y la casa blanca a sus espaldas. Aquella figura era más alta que ella; casi igual que el Sgto. Schur le parecía—. ¿Qué quieres? Debes irte.

    La mirada de la chica se turnaba entre el chico y la calle, preocupada de… ¿de qué exactamente? ¿De qué alguien los viera? Pero… ¿quién? ¿Quién le provocaba esa sensación de pavor que casi hacía que se le cerrara la garganta?

    —Directo al grano, ¿eh? —masculló el chico entre risas, y en un momento su voz le pareció extrañamente parecida a la de Francis, pero también a otras más mezcladas—. Ya sabes porque estoy aquí. Es sobre el baile.

    —Ya te lo dije, no... no puedo —masculló Gorrión Blanco nerviosa, con un ojo puesto en él y otro en un vehículo que se acercaba por la calle.

    —Lo sé, pero esperaba que quizás podrías haber cambiado de opinión.

    Gorrión Blanco no respondió. Su atención se fijó en el vehículo, temerosa de que se detuviera delante de ellos, o girara para meterse en el camino de la cochera. Pero en su lugar siguió de largo y se alejó. Esto le ayudó a respirar con mayor normalidad.

    Se giró entonces de regreso al muchacho de pie delante de ella, y por primera vez logró distinguir claramente su rostro, pero… era el del Sgto. Schur. Sus serios ojos azules, sus cabellos rubios en corte militar, su rostro de facciones toscas, su cuerpo fornido y grueso… sólo que aquella chaqueta de equipo deportivo no parecía concordar. Todo ese escenario a su alrededor no parecía ser el correcto.

    —¿Por qué haces esto? —pronunció Gorrión Blanco con cierta reticencia—. ¿Qué es lo que quieres?

    —Lo único que quiero es llevarte al baile —respondió aquel chico, y aunque los labios que se movían eran los de Francis, su voz era la de alguien más.

    Gorrión Blanco negó frenética con su cabeza.

    —Tienes que irte —insistió, pero él se mantuvo firme en su sitio.

    —No me iré hasta que me digas que sí —declaró el muchacho, esbozando una amplia y juguetona sonrisa. Una expresión que definitivamente nunca había visto en el rostro del sargento, pero que la hizo simplemente estremecerse, y sonreírle de regreso—. Gorrión Blanco —pronunció de pronto, su voz sonando de repente abrumadoramente diferente—. ¡Gorrión Blanco!

    Sintió en ese momento como la tomaba de los brazos y la agitaba un poco. Los flashazos volvieron a bombardearle la cabeza un par de veces más, pero al final el escenario ante ella volvió de nuevo a ser el gimnasio del Nido, y el chico delante de ella era el Sgto. Schur, pero vistiendo sus ropas de entrenamiento, y con la misma expresión seria de siempre, aunque cargando en esos momentos una marcada preocupación mientras la observaba.

    —Gorrión Blanco —repitió con tono más calmado—. ¿Estás bien? Mírame, ¿me escuchas?

    Sí, lo escuchaba claramente.

    —Estoy bien —le respondió despacio, y hasta ese momento notó que le faltaba el aliento y que su respiración se había acelerado, intentando jalar algo de aire a sus pulmones lo mejor que le era posible.

    —¿Qué fue lo que pasó? —cuestionó Francis con temor—. ¿Fue otra visión?

    —Eso creo —respondió Gorrión Blanco con extraña tranquilidad. Se volteó a verlo directamente a sus ojos azules, y una pequeña sonrisita alegre se dibujó en sus delgados labios—. Perdón por preocuparte —murmuró de pronto en voz baja, al tiempo que extendía sus brazos hacia él, rodeándole el cuello lentamente. Francis pareció desconcertado por esto—. Siempre has sido muy bueno conmigo. No sé qué haría sin ti para cuidarme…

    Y en ese momento jaló a Francis hacia ella, al tiempo que extendía su rostro hacia él, cerrando los ojos y dirigiendo sus labios sin menor espera hacia los del apuesto soldado. Sin embargo, antes de que ese anhelado beso fuera al fin sellado, sintió como el Sgto. Schur se resistía a su acercamiento, y además como con sus manos en sus brazos la hacía un poco para atrás, apartándola con sólo un poco de brusquedad.

    Gorrión Blanco abrió de nuevo los ojos, confusa, y se encontró de frente con el rostro serio como piedra de Francis, aunque debajo de éste logró percibir cierta… aversión brotar de él, hacia ella.

    —No, Gorrión Blanco —murmuró despacio, apartando sus manos de ella y dando un paso hacia atrás—. Me temo que has… malinterpretado las cosas.

    —¿Mal… interpretado? —masculló la muchacha despacio, como si la palabra le resultara desconocida—. Yo creía que usted… ¿Es que… no le gusto? —susurró, asomándose algo de desesperación en su voz. Sus dedos se dirigieron por sí solos hacia su fleco, intentando nerviosa bajarlo como si quisiera cubrirse el rostro con él—. ¿Tan fea soy…?

    —No se trata de eso —se apresuró Francis a pronunciar con firmeza—. Yo… no puedo explicártelo, pero hay cosas que no entiendes.

    —No, no lo entiendo, ¡no lo entiendo! —exclamó con fuerza de golpe, girándose hacia un lado.

    Francis notó en ese momento como los espejos del lugar temblaron un poco, y las pesas que Gorrión Blanco había soltado, aún en el suelo, se agitaron un poco. Aquello provocó que por mero reflejo diera un paso atrás, y todos sus sentidos se pusieran en alerta ante el inminente peligro.

    —¿Por qué te has portado tan amable conmigo? —cuestionó Carrie, su voz casi quebrándose—. ¿Por qué me has hecho sentir así?

    —Gorrión Blanco, cálmate… —musitó Francis con el tono más calmado que le fue posible.

    —¡No quiero calmarme! —exclamó la chica con furia, girándose de lleno hacia él, y de nuevo todo se sintió como si temblara de golpe. En la mirada de Gorrión Blanco se percibía una profunda ira que Francis no había visto en ella… desde aquella noche en el quirófano—. Si no te gusto, ¡¿por qué me invitaste al estúpido baile?!

    Como respuesta a su ferviente cuestionamiento, las pesas en el suelo salieron volando como proyectiles hacia un lado, estrellándose de lleno contra dos de los espejos, rompiéndolos en pedazos al instante. Fragmentos de vidrio volaron por el aire, y Francis se apresuró a cubrirse el rostro con los brazos. Sintió alguno de ellos picándole la piel, pero ninguno le provocó ningún daño aparente.

    Una vez que logró recuperarse, miró de nuevo a Gorrión Blanco. Ésta lo observaba aún con la rabia apoderada de su expresión entera, y respiraba agitadamente. Francis consideró rápidamente sus opciones, y qué tan viable sería alcanzarla y neutralizarla como lo había hecho en el quirófano. A simple vista parecía poco viable, pues sabía muy bien que antes de que pudiera acercársele lo suficiente, ella fácilmente podría empujarlo a un lado con su telequinesis, y bien podría no salir bien librado del golpe.

    Sin embargo, no tuvo que tomar el riesgo, pues poco a poco el enojo que la había invadido pareció menguar, aunque no precisamente siendo remplazado por calma.

    —¿Qué? —masculló Gorrión Blanco, girándose hacia un lado y sujetando su cabeza con una mano—. ¿Qué fue lo que dije…? ¿Baile? ¿Qué… baile?

    ¿Por qué había dicho eso? No le encontraba sentido, aunque… en esa visión, aquel chico dijo también algo de un baile, ¿no es cierto? ¿Quién era esa persona? ¿De qué baile estaban hablando…?

    Sin que fuera del todo consciente, sus pies comenzaron a moverse por sí solos hacia la salida del gimnasio con relativo apuro.

    —Gorrión Blanco —pronunció Francis con cautela, extendiendo una mano para intentar detenerla del brazo.

    —¡No me toques! —exclamó la chica con fuerza un instante antes de que sus dedos la alcanzaran. Francis sintió al instante como tu su cuerpo se paralizaba, como oprimido de cada extremidad por una gruesa cuerda invisible.

    Aquello duró unos cuantos segundos, en los que el sargento ciertamente se sintió nervioso. Estaba totalmente a su merced, y ella podría hacer con él lo que quisiera a continuación. Por suerte, aquello pareció ser más un acto reflejo que un verdadero deseo de hostilidad hacia él, pues al momento en el que se volvió consciente de lo que estaba haciendo, Gorrión Blanco lo soltó.

    —Yo… lo siento —murmuró la muchacha, apenada—. Yo sólo…

    Su lengua se trabó, incapaz de completar su frase, así que sólo se dio media vuelta y comenzó a andar hacia la salida con el mismo apuro de antes. Y esta vez Francis no hizo intento alguno de seguirla.

    Gorrión Blanco avanzó por el pasillo sin rumbo fijo, sólo queriendo alejarse lo más posible de aquel sitio. Sin embargo, su cabeza le daba vueltas, y sentía que sus piernas le temblaban un poco, por lo que su huida resultaba más complicada de lo que le gustaría. Tras unos minutos, además, otra visión la golpeó de pronto, haciéndola detenerse y doblarse de dolor como la vez anterior.

    —¿Qué me está pasando…? —soltó al aire, asemejando demasiado a un gemido de dolor.

    Y al momento en que pudo incorporarse y alzar de nuevo su mirada al frente, de nuevo ya no vio el mismo sitio en el que se encontraba hace un momento. El pasillo había desaparecido, y en su lugar lo que veía era… árboles, césped, el cielo azul, y más allá una calle iluminada por el brillante sol de la tarde.

    Se dio cuenta además de que se encontraba sentada en lo que parecía ser una banca de madera. ¿Era acaso un parque?

    —No puedo decidir por ti, ****** —pronunció una voz a su lado, jalando su atención. Se dio cuenta en ese momento que no estaba sola en la banca. Había alguien sentad a su lado, que igual se mostraba ante ella como una silueta sin forma fija, pero le pareció que era una mujer; su voz al menos así le sonaba—. Tú debes de elegir si quieres o no aceptar esa invitación. Sólo puedo decirte que no debes tenerle miedo a tomar riesgos. La vida está llena de ellos, y si te quebrantas ante todos, puedes perderte de ver muchas cosas hermosas.

    Gorrión Blanco entornó un poco los ojos, intentando ver a aquella persona con mayor claridad. Y poco a poco logró descifrar la forma que se ocultaba entre toda esa neblina metal que la rodeaba. Y el rostro que se asomó desde el otro lado, fue sorpresivamente el de la Dra. Lisa Mathews, que la miraba a través de sus grandes anteojos, y le sonreía. Aun así, la voz que provenía de ella no se parecía a la suya, y tampoco le resultaba conocida.

    —Y, sobre todo, debes dejar de permitir que tu madre te impida poder disfrutar de dichas cosas. Te lo dije antes, pero tarde o temprano tendrás que aprender a volar sin ella. Será todo mejor para ti cuando logres hacerlo.

    «¿Mi madre?» pensó Gorrión Blanco desconcertada, agachando su cabeza hacia sus propios pies, que vestían unos botines gastados, asomándose de debajo de la larga falda de su vestido. Y por algún motivo, pensar en la idea de su madre, la oprimió el pecho tan fuerte que se le dificultó respirar. Aun así, escuchó como su propia voz pronunciaba, con una inusual alegría en ella:

    —Creo que… aceptaré… Creo que iré al baile…

    De nuevo un baile. ¿Qué baile era ese y por qué todo el mundo hablaba de él? O, más bien, ¿por qué ella seguía recordando cosas sobre un baile…?

    Sintió que la mano de aquella mujer se posaba en su hombro, y Gorrión Blanco alzó por reflejo su mirada de nuevo en su dirección. El rostro que la miraba en esa ocasión, sin embargo, no era más el de Lisa, sino el de una mujer de cabello castaño y ojos azules que ella nunca había visto antes… ¿o sí? Quien quiera que fuera, le esbozó una pequeña sonrisa, y pronunció despacio y claro:

    —Sé que la pasarás muy bien… Carrie

    Sintió como si la hubieran empujado con violencia hacia atrás, y su espalda terminó chocando contra la pared detrás de ella. Sus ojos pelones bien abiertos estaban fijos al frente de ella, que volvía a ser el mismo pasillo del Nido en el que se había encontrado hace un momento. Ningún rastro de aquel parque o de la mujer que estaba sentada con ella. Sin embargo, las palabras que había pronunciado se quedaron muy bien marcadas en ella, en especial esa última; ese nombre…

    —¿Carrie? —pronunció despacio con voz ausente, y hacerlo le causó una singular sensación de familiaridad, incluso de nostalgia—. Carrie… —repitió una vez más, sintiéndolo aún más natural que antes.

    Ese nombre… ¿acaso era…?

    — — — —
    En un extremo casi contrario al camino que Cody y Lucy habían tomado para adentrarse al bosque, un camper Peugeot Rocket One, comprado de segunda, se abrió paso por un camino rocoso e irregular en desuso, ayudado por sus grandes llantas todo terreno, aplastando arbustos y maleza a su paso, y ahuyentando a algunos ciervos y pájaros. El vehículo se detuvo entre los árboles, a unos quince metros de la misma reja oxidada y vieja que rodeaba toda aquella inmensa área. Desde ese punto, el vehículo se mantenía bastante oculto de la vista de cualquiera, incluso de alguien que se parara al otro lado del cercado y mirara en esa dirección. La pintura de tonos verdes, similares a los colores del camuflaje de un cazador, ayudaba mucho a lograr ese efecto.

    Sentada ante el volante de la casa rodante, Mabel la Doncella apagó el motor y contempló pensativa la cerca, pero en especial el terreno que se extendía detrás de ella.

    Las cosas habían mejorado para ella desde su escape de Los Ángeles, pero no por ello se habían vuelto más tranquilas. Siguiendo las instrucciones que Verónica le había dado, logró salir de la ciudad oculta en la caja de carga de un tráiler de Thorn Industries, que la había llevado a salvo hasta Las Vegas. Ahí se bajó antes de que el camión entrara a la ciudad, y siguió en teoría por su cuenta. Para el conductor, Jacob, o cualquier persona dentro de Thorn que pudiera haberse enterado de aquel extraño movimiento, ahí concluía sus asuntos con la misteriosa fugitiva. Sin embargo, eso no concluía los asuntos de ésta con la tal Verónica Selvaggio. Después de todo, ambas habían hecho un trato, y una de ellas ya había cumplido su parte.

    Por supuesto, Mabel había considerado seriamente no respetar su palabra y aprovechar que ya estaba a salvo para perderse y seguir su propio camino. Sin embargo, sin entender aún si Thorn estaba o no detrás de las acciones de esta chica, de momento obedecerla parecía el accionar más seguro. O al menos eso se repetía que era su principal motivo, pues en el fondo sabía que había algo más, que aún no sabía como descifrar. Algo que se derivaba de los recuerdos de Rose, que habían llegado a ella al momento de terminar de su consumir su vapor.

    Aún no tenía claro cómo funcionaba aquello. Se suponía que además de sus poderes y fuerza, ahora tenía varios de los conocimientos y recuerdos que en alguna ocasión pertenecieron a la antigua cabecilla del Nudo Verdadero, o al menos varios de ellos. Sin embargo, no había aprendido bien cómo acceder o hacer uso de todos ellos. Y en el caso de este asunto con la tal Verónica y el sitio al que la estaba mandando, tenía el presentimiento de que Rose sabía algo que tenía que ver con todo eso. ¿Qué con exactitud?, no tenía idea. Pero lo que fuera, era algo importante que necesitaba comprender, y esa había sido su mayor motivación para seguirle el juego a esa paleta.

    Tomó del asiento del copiloto un par de binoculares de largo alcance, y los usó para enfocar su mirada en el frente, intentando divisar algo del terreno más allá de la cerca. No logró ver nada en especial, más que árboles que cubrían toda la vista. Ningún movimiento aparente o algo fuera de lo común.

    Salió entonces del vehículo y se dirigió a la parte trasera, en donde usando una escalera ahí instalada se montó hasta la parte superior. Se acostó pecho a tierra contra el techo de la camioneta, y utilizó de nuevo los binoculares, obteniendo un resultado similar. No parecía haber ningún edificio ni nada construido por el hombre en las cercanías, salvo claro esa barda de malla.

    Mabel resopló y dejó los binoculares a un lado. Respiró hondo, cerró los ojos, y aunque supuso que el resultado sería el mismo de las veces anteriores, intentó enfocarse y extender su mente más allá de su ubicación actual, intentando detectar cualquier presencia o mente a su alrededor, en especial al frente más allá del límite de aquella cerca. Similar a como le pasó a Lucy, no logró avanzar demasiado antes de ser repelida hacia atrás como la patada directa de un caballo en la cara. Abrió de nuevo los ojos, y pasó rápidamente el dorso de una mano por la nariz. El efecto físico de aquello fue de hecho más intenso que antes, tanto que incluso un poco de sangre le brotó de la nariz.

    Lo que fuera que se escondiera en ese sitio, no era capaz de verlo con sus poderes. Y era más que evidente que no era una coincidencia que justamente la hubiera hecho ir hasta ese sitio en específico.

    Estando aún recostada sobre el techo del vehículo, introdujo su mano en el bolsillo de su pantalón, y sacó de éste aquel teléfono con el que se había estado comunicando con su extraña benefactora. Marcó entonces el teléfono listado como V.S. y lo colocó en altavoz delante de ella.

    —Al fin llegaste, ¿eh? Justo a tiempo —masculló la juguetona voz de Verónica al otro lado de la línea, sin preocuparse mucho por saludar siquiera. Pero estaba bien, pues Mabel tampoco tenía interés en hacerlo.

    —¿Qué demonios es este sitio? —exclamó, claramente molesta—. ¿Por qué no puedo proyectarme o ver más allá de este punto?

    —Esa es una buena pregunta —murmuró Verónica, reflexiva—. No estoy segura si sea por algo natural de esas montañas o por alguna de las curiosidades que el DIC esconde en su sótano; yo creo que es lo segundo. Pero lo que sea, no deja que ningún tipo de proyección psíquica entre en el área, o salga. Imagínate, es como un gran punto ciego en tu habilidad de proyección y rastreo, querida Doncella. Los secretos que podrían esconderse de ti en ese lugar. Pero bueno, no tendrás mucho tiempo de explorarlo, pues necesito que entres, busques lo que necesito, y salgas lo antes posible.

    —Sobrestimas de lo que soy capaz —carraspeó Mabel, levantándose y dirigiéndose a las escaleras para bajar del techo—. Estás hablando de que me infiltre en una jodida base militar a robar aún no sé qué.

    —No te preocupes, dentro de poco habrá una pequeña distracción que te facilitará las cosas. Pero dependerá de ti aprovecharla como se debe.

    Mabel había ya plantado sus pies en tierra en cuánto Verónica mencionó aquello, y ciertamente la desconcertó un poco.

    —¿Qué distracción? —inquirió con marcadas reservas.

    —Lo sabrás cuando la veas —respondió Mabel con voz risueña, y frustrantemente enigmática—. Mientras tanto, prepárate para tu excursión, deja el camper en dónde estás, y salta la barda. Necesito que te vayas encaminando en la dirección que te indiqué lo más discreta posible. ¿Crees poder hacerlo?

    —¿Con quién crees que estás hablando?

    —Sí, porque lo que hiciste aquí en el hospital fue muy discreto.

    —Esa fue tu maldita culpa —exclamó la Doncella con irritación.

    —¿Para qué seguir culpándonos una a otra por cosas pasadas? Hay que ver hacia el futuro, ¿no estás de acuerdo?

    Mabel no respondió nada, pero sus labios se movieron en la forma de una clara maldición silenciosa. Abrió en ese momento las puertas traseras del camper, dejando a la vista el área de carga con todo lo que ahí traía, resaltando enormemente una larga maleta negra.

    Colocó el teléfono aún en altavoz en la alfombra de la cajuela y abrió el zíper de la maleta. En el interior se encontraba un largo rifle de asalto, municiones, granadas, un par de cuchillos de caza… todo lo mejor que el dinero de las cuentas del Nudo Verdadero podían comprar, incluyendo ese nuevo camper. Una ventaja de que los números y contraseñas de cada una de las cuentas fuera uno de los recuerdos que más vívidamente vinieron a ella del vapor de Rose, así que ese no sería más un problema para ella.

    Adicional a las armas, había traído consigo también un traje militar de asalto color negro, por lo que empezó rápidamente a quitarse ahí mismo de pie a mitad del bosque su atuendo de aventurera campista, para vestirse más acorde a lo que se ocuparía a continuación. Eso incluía botas de combate de suela gruesa, guantes de cuero, una bufanda, chaleco antibalas y demás instrumentos que en el Nudo le habían enseñado a usar, pero que nunca había ocupado tan directamente, pues su mayor protección casi siempre había sido el camuflarse como persona corriente.

    —Pero dejemos las bromas de lado, que necesito que me escuches con mucha atención —pronunció en alto la voz de Verónica por el altavoz del teléfono mientras Mabel se alistaba—. Una vez que cruces a esa área, la señal de tu teléfono dejará también de funcionar, así que no podré comunicarme contigo de nuevo hasta que salgas. Por lo que será muy, muy importantes que memorices las instrucciones que te voy a dar y las sigas al pie de la letra. ¿Está claro?

    —Muy claro, paleta —murmuró Mabel con seriedad, mientras se abrochaba los pantalones, y luego se sentó para colocarse las botas—. Y que a ti te quede claro que éste será el único favor que te haré, y luego de eso estaremos a mano. Y no quiero volver a saber de ti otra vez. ¿Entendido?

    —Entendido —respondió Verónica con simpleza—. Pero tengo el presentimiento de que no será así.

    —¿A qué te refieres?

    —Hablaremos de eso una vez que salgas con mis paquetes —masculló Verónica, de nuevo con esa irritable voz que intentaba ser ambigua—. Ahora cállate y escúchame con atención. Esto es lo que harás, paso por paso. Haz algo fuera del lugar, y estarás muerta, y eso complicará las cosas para mí más de lo que quiero.

    Mabel terminó de atarse con firmeza las agujetas de sus botas. Se puso de pie, y se tomó un momento para inspeccionar el rifle, a armarlo verificando que cada parte estuviera bien, y a colocarle un cargador completo. Sentir el peso del arma en sus manos le resultaba tranquilizador. Aunque sabía que en esos momentos la mayor arma que tenía estaba en su cabeza. En especial ahora que contaba con el impulso que le había dado el vapor de Rose.

    —Bien, habla de una maldita vez —sentenció con dureza, volteando de reojo hacia el teléfono—. ¿Qué es lo que tengo que hacer?

    FIN DEL CAPÍTULO 143
    Notas del Autor:

    ¿Se acuerdan de Cody y Lucy? Espero que sí porque no veíamos a ninguno desde el Capítulo 86, pero ya los tenemos aquí de regreso. Y no de la mejor manera, pues están por meterse a la boca del lobo, y no serán los únicos. ¿Qué está por ocurrir en el Nido? Lo veremos dentro de poco, así que estén pendientes del siguiente capítulo.
     
  4. Threadmarks: Capítulo 144. Base Secreta
     
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 144.
    Base Secreta

    Similar a como había sido su rutina en el Nido hasta entonces, esa mañana Lisa Mathews se despertó y acudió al gimnasio para correr un poco en la caminadora. Le sorprendió encontrarse con el equipo de mantenimiento limpiando los vidrios rotos de un par de espejos, y reemplazando estos con unos nuevos. Tuvo curiosidad de preguntar qué había pasado, pero una parte de ella le dijo que en verdad no quería saberlo, así que se enfocó únicamente en su ejercicio.

    Luego de ejercitarse, ducharse y desayunar, se dirigió sin mucho ánimo a la sala de investigación que había estado ocupando desde su llegada a la base. En el comedor escuchó decir a algunos otros miembros del equipo científico que los transportes para aquellos que habían solicitado días libres esa semana comenzarían a partir esa misma tarde. A Lisa no le habían informado aún nada al respecto, pero esperaba en serio que en la lista de personas que dejarían la base ese día, estuviera el suyo.

    Hasta que eso ocurriera, ocuparía la mañana en un par de pruebas más que había dejado pendiente del día anterior, se encargaría de poner totalmente en orden sus notas para que no hubiera ningún problema para que la persona que la reemplazara lograra entenderlas, y más tarde se encargaría de empacar todo lo que había llevado consigo, que en realidad no era mucho. Suponía que no le dejarían llevarse nada de lo que le habían dado ahí (incluida la vestimenta), pero esperaba que le regresaran su computadora y teléfono intactos como habían prometido.

    Cuando bajó del elevador en el nivel —5 y comenzó a caminar por el pasillo en dirección a la sala 5016, iba muy concentrada listando en su cabeza todo lo que haría. Tanto así que no reparó en la persona sentada en el suelo del pasillo, justo delante de la puerta a la que se dirigía, hasta que estuvo a unos cuántos centímetros de chocar con ella. Aquella persona tenía sus brazos rodeando sus piernas, pegadas estás contra su cuerpo. Su rostro se ocultaba contra sus rodillas, y en los largos cabellos rubios que le caían a su alrededor. Y aunque no veía su rostro directamente, su complexión delgada, su cabello rubio lacio y que le llegaba a los hombros, o incluso su propia presencia, le resultaron bastante familiares… para su pesar.

    —¡Ah! —exclamó en alto sin proponérselo inspirada por la impresión. Su voz retumbó en el eco del pasillo.

    Gorrión Blanco se sobresaltó al escuchar su gritito, y alzó lentamente su mirada adormilada en su dirección. Parpadeó un par de veces, intentando enfocar mejor su mirada, y soltó entonces un agudo bostezo.

    —Hola, Dra. Mathews —murmuró con voz aletargada, mientras se tallaba un ojo—. Lo siento, ¿acaso la asusté?

    —¿A mí? —musitó Lisa, nerviosa—. No, no… claro que no… Pero, ¿qué haces aquí?

    —Quería hablar con usted —se explicó Gorrión Blanco, al tiempo que se ponía de pie—. Creí que estaría en su oficina, pero… creo que esta tarjeta no abre esa puerta —susurró apenada, alzando su tarjeta de acceso y señalando con ella justo a la puerta delante de ella—. Así que sólo esperé a ver si salía o llegaba, y creo que me quedé dormida unos minutos. ¿Estuvo mal?

    Había angustia en su voz al pronunciar aquella pregunta, como si en verdad le preocupara el hecho de haber hecho algo incorrecto.

    —No, supongo que no —le respondió Lisa, encogiéndose de hombros—. Pero, ¿de qué querías hablar? —le preguntó con voz cauta, mientras se aproximaba lentamente hacia la puerta de la sala, con su espalda casi pegada a la pared para no acercarse de más a la joven de cabellos rubios—. Creí que había quedado claro el otro día que yo no podía ayudarte con… tus problemas de memoria.

    —Lo sé —asintió Gorrión Blanco—. Pero sólo deseo hablar un poco con usted. Después del Sgto. Schur, usted es la única persona en esta base con la que me siento en completa confianza. Y bueno —susurró apenada, girándose hacia otro lado, y acomodando discretamente un mechón de cabello detrás de su oreja—. Con él… ocurrió algo hace rato y no puedo hablarle en estos momentos.

    Había algo sospechoso en la forma en la que se había referido al Sgto. Schur, mas Lisa no se fijó demasiado en ello, pues su atención se había quedado en el comentario que había hecho con respecto a ella.

    —Espera… ¿conmigo? —masculló Lisa, señalándose con un dedo—. ¿Te sientes en confianza conmigo…?

    —Sí —asintió Gorrión Blanco, efusiva—. Usted fue la que me logró despertar, y además… no lo sé, siento que siempre ha sido sincera conmigo.

    Su rostro se ensombreció de pronto, y agachó su cabeza, como si se sintiera de alguna forma avergonzada.

    —Aunque sé bien que mi presencia le incomoda. O incluso puede que me odie un poco, ¿verdad?

    La miró de reojo, como si sinceramente esperara expectante escuchar su respuesta a aquella pregunta. Lisa, sin embargo, permaneció en silencio. No sabía qué le sorprendía más, enterarse de que aquella muchacha en verdad era consciente de la inquietud que la invadía cuando estaba en su presencia, o que aun así le dijera que sentía “confianza” estando con ella. Para Lisa una cosa debería contradecir a otra, pero al parecer en la mente de esta muchacha las cosas funcionaban distinto.

    Por supuesto que se sentía incómoda cuando se encontraba cerca, por decirlo menos. ¿Cómo no estarlo frente a alguien que había sido capaz de lastimar y asesinar a tantas personas ante sus ojos con tan sólo pensarlo? Pero… ¿odiarla? ¿La odiaba de alguna forma? Eso era difícil de decir. En especial en ese instante, en el que se veía tan delgada e indefensa, temerosa y vacilante, sin lugar a duda en busca de alguien que le tendiera una mano.

    Como una jovencita normal y corriente, y no la máquina asesina que era en realidad.

    Aunque quizás una cosa no quitaba lo otro.

    Lisa suspiró, mitad resignada, mitad frustrada.

    —¿De qué querías hablar? —susurró en voz baja, intentando sonar lo más amable posible. Si acaso algo de su sentimiento negativo se asomó en su tono, Gorrión Blanco no pareció percatarse de ello, pues su rostro pareció iluminarse con júbilo en cuanto le hizo aquella pregunta.

    Gorrión Blanco se apartó rápido del muro y se paró delante de ella, parándose derecha como si estuviera a punto de presentar un examen oral.

    —¿A usted le suena de algo el nombre “Carrie”? —le preguntó con voz cauta.

    —¿Carrie? —dijo Lisa como primer reflejo, arrugando un poco su entrecejo, pensativa—. No, no realmente —respondió tras un rato. La única persona que se le venía a la mente al escuchar aquel nombre, era la actriz Carrie Fisher, pero dudaba de que le estuviera preguntando por ella—. ¿Por qué?

    Gorrión Blanco suspiró con pesadez.

    —Acabo de tener otra de esas visiones que le conté el otro día, y me pareció ver y escuchar a alguien que me llamaba así.

    Su voz se tornó seria de golpe.

    —Creo que ese podría ser mi nombre; mi verdadero nombre.

    Aquello sorprendió un poco a Lisa.

    —¿No sabes cuál es tu nombre? —preguntó curiosa.

    Gorrión Blanco negó con su cabeza.

    Era obvio que “Gorrión Blanco” no era su nombre real, y Lisa supuso desde el mero inicio en el que le presentaron el proyecto de esa forma que era sólo un nombre clave. Sin embargo, no creía que la amnesia de aquella muchacha fuera tal que ni siquiera conociera su nombre; o, más bien, que nadie en esa base se lo hubiera dicho. Resultaba extraño, pues en más de una ocasión tuvo la impresión de que más de uno sabía quién había sido esta chica antes de su coma. Y en especial se le habían quedado grabadas las palabras del Dr. Takashiro.

    “Si te sirve de consuelo, esa chica no era una santa en lo absoluto. Algunos dirían que se merecía terminar así, o peor.”

    Él sabía algo, y si él lo sabía implicaba que el Dr. Shepherd también, y muy probablemente el Dir. Sinclair. ¿Todos ellos sabían quién era esa chica y deliberadamente se lo habían ocultado?

    Indudablemente el lado inquisitivo de Lisa comenzó a sentirse intrigado por esta misteriosa situación.

    —Carrie… —repitió en voz baja, intentando encontrar algo en su memoria, sobre alguna conversación que hubiera oído ahí en el Nido que le diera alguna pista con ese nombre, pero no se le vino nada más a la mente—. ¿No oíste algún apellido de casualidad? —le preguntó con seriedad.

    —No, no todavía —negó Gorrión Blanco—. Quizás si sigo teniendo más visiones pueda tener más pistas. Pero… —alzó en ese momento una mano hacia su cabeza, presionando la palma contra su frente—. Cada vez que ocurre, mi cabeza da vueltas, me comienza a doler y me siento muy mareada.

    —¿Tu cabeza duele? —preguntó Lisa, consternada—. ¿Te duele en estos momentos?

    —Un poco, sí —asintió Gorrión Blanco.

    Lisa se tensó. Su mente fue inundada con la imagen de las radiografías del cerebro de aquella chica, con sus claras lesiones en ellas. Por supuesto no era médico, pero no lo necesitaba para saber que eso, combinado con dolores de cabeza, no debía ser una buena señal.

    Tragó saliva un poco nerviosa, pero se forzó al instante siguiente en recuperar la compostura. Lo más seguro era que nadie le hubiera informado del estado de su cerebro, y ciertamente no sería ella la responsable de hacerlo. En especial cuando ya estaba con un pie fuera de aquella base.

    —Ven, pasa —le propuso con tono amable, sacando la tarjeta de acceso de su bata para acercarla al sensor de la puerta y poder así abrirla—. Te daré una aspirina.

    —Gracias, Dra. Mathews —contestó Gorrión Blanco con entusiasmo.

    —No soy… doctora —suspiró Lisa—. Sólo dime Lisa, ¿sí?

    —De acuerdo, Lisa —asintió Gorrión Blanco, esbozando justo después de una amplia sonrisa alegre, que Lisa no pudo evitar imitar, aunque no quisiera.

    Era tan difícil reconciliar esa imagen de niña necesitada y perdida que siempre tenía, con la horripilante escena que había visto en su despertar. ¿Era en verdad la misma persona?

    Quizás se estaba confiando de más, pero al menos en ese momento no se sentía amenazada por su presencia. Tanto así que no reparó en que estaba ingresando a una sala cerrada a solas con ella, hasta que ya estuvieron dentro.

    — — — —
    La caminata de Cody y Lucy por el bosque no había dado muchos frutos. Hasta ese momento no se habían cruzado con nada más que árboles, maleza, rocas… y básicamente sólo eso. El camino que habían ido siguiendo no tardó mucho en desvanecerse, dejándolos un poco a la deriva. Por lo tanto, no estaban siquiera seguros de si iban por la dirección correcta, pues en el par ocasiones que Lucy intentó ubicarse desde que cruzaron la cerca, sencillamente le fue imposible mirar con su mente nada más allá de unos cuántos centímetros a su alrededor.

    Lucy describía esta sensación como estar atrapada dentro de un tubo de vidrio, que la dejaba ver a través de él, pero no le permitía dar un paso más allá de su diámetro. Cody no creía poder entenderlo del todo, pero no dudaba en que debía resultar en una sensación más que incómoda para ella. Y claro, ella tampoco era muy disimulada al respecto, pues conforme avanzaban, Cody la notaba más inquieta y tensa. Era como si lo que fuera esa fuerza que envolvía aquel sitio la estuviera afectando de formas que ninguno de los dos podía comprender. Eso, o quizás era el propio Resplandor de la rastreadora, susurrándole al oído que se fuera de ahí cuánto antes.

    A Cody le parecía también escuchar un poco de ese susurro, pero se forzaba, tal vez inconsciente, a ignorarlo y seguir adelante.

    —Llevamos buen rato caminando y aún no vemos nada —escuchó Cody a Lucy mascullar con voz molesta y cansada a sus espaldas—. Quizás en realidad no haya nada.

    —Nadie puso una cerca sólo para rodear un pedazo de bosque vacío, ¿no crees? —respondió Cody, sagaz.

    —Tal vez sí —exclamó Lucy alzando los brazos hacia los lados—. Tal vez esto es un área protegida o algo así, y estamos violando algunas leyes de preservación además de cometer allanamiento de propiedad privada.

    Cody no respondió, pero estaba muy seguro de que aquello no era un área protegida, reserva ecológica, ni nada similar. En parte porque, como biólogo, conocía al menos por nombre la mayoría de las reservas ecológicas que había en el país, incluyendo las de Maine. Y esa ubicación en la que se encontraban no encajaba con ninguna que él conociera.

    Pero además de eso, el motivo principal que lo llevaba a concluir que aquello no era un sitio normal, era que sin importar cuánto avanzaban, ese abrumador y antinatural silencio seguía presente, al igual que la ausencia completa de cualquier animal; a lo mucho quizás unos cuántos insectos, y aun así menos de lo que se esperaría en un lugar como ese. Sus conocimientos como biólogo no alcanzaban para explicar cómo un entorno como ese podía existir, salvo por dos posibilidades: que deliberadamente la mano del hombre sea el que se encargara de mantener a los seres vivos apartados, o estos por mero instinto lo hacían por su cuenta.

    Después de todo, era bien sabido que muchos animales resplandecían más que algunas personas.

    —Qué raro —murmuró Lucy de pronto con confusión.

    Cody se detuvo y se giró a mirarla. Lucy tenía su teléfono en una mano, y lo alzaba por encima de su cabeza mientras observaba fijamente la pantalla.

    —¿Qué pasa?

    —Mi teléfono no agarra señal —mencionó Lucy con seriedad.

    —Bueno, estamos a mitad de la nada, ¿recuerdas? —señaló Cody con tono burlón, a lo que Lucy respondió negando con la cabeza, frenética.

    —Estoy totalmente segura de que había buena señal hasta hace un momento cuando estábamos en el vehículo. Esto no me agrada. Así es como comienzan las películas de terror.

    —No me hables de películas de terror, por favor —exclamó Cody con ligera molestia.

    En ese momento, el casi sepulcral silencio que hasta entonces había reinado, fue roto de pronto por un zumbido cercano que se acercaba hacia ellos. Cody y Lucy se detuvieron, y escucharon con atención. Tras unos segundos, reconocieron aquel sonido como un motor. ¿Un vehículo, tal vez?

    Instintivamente se colocaron detrás del cobijo de un árbol cercano, asomándose sólo lo necesario para ver en la dirección de aquel sonido. Poco a poco se volvió apreciable para ambos una figura moviéndose por entre los árboles a una velocidad moderada. Era definitivamente un vehículo, y al parecer uno equipado para terrenos irregulares como ese. Y se dirigía en su dirección, o al menos muy cerca de dónde se encontraban.

    —Al fin una persona —murmuró Lucy—. Quizás podamos pedir indicaciones, ¿no?

    Cody agudizó aún más su mirada, mientras observaba aquella figura volverse cada vez más grande y visible conforme se aproximaba. Y esa vocecita en su oído que le susurraba acerca del peligro, y que hasta ese momento había intentado ignorar, se volvió de pronto bastante más insistente.

    —No lo creo —susurró Cody con desconfianza—. Ocúltate.

    Ambos bajaron prácticamente sentados por la pequeña ladera, ocultando sus cuerpos entre las hojas caídas y la maleza. Se asomaron discretamente desde su escondite, lo suficiente para ver como aquel vehículo pasaba a unos cinco metros de su ubicación. Era un jeep color verde oscuro, descapotado y de ruedas grandes. Sobre él iban tres hombres, todos ellos vestidos con uniformes azules y gorras al juego; uno conducía, mientras los otros dos iban de pie en la parte posterior. Y, lo más importante, estos dos cargaban en sus manos rifles de asalto largos color negro. Esto último alarmó bastante a Cody y Lucy, dejándolos inmóviles en sus escondites como simples rocas.

    El jeep siguió de largo sin que sus ocupantes al parecer repararan en ellos. Ninguno dijo o volvió a moverse, hasta que el vehículo se alejó lo suficiente entre los árboles para ya no ser visible.

    —Esos eran soldados —masculló Lucy, parándose y pasando sus manos por sus pantalones para limpiarlos del lodo y las hojas secas—. Eran soldados, ¿verdad?

    —Eso creo —respondió Cody, dubitativo, observando fijamente en la dirección que se habían ido—. ¿Qué harán en un sitio como éste?

    Lucy frunció el ceño, y recorrió entonces su mirada inquisitiva por todo su alrededor, como si buscara algo entre los árboles que le diera alguna respuesta a esa pregunta, aunque ella comenzaba ya a fraguar su propia teoría.

    —Lugar desolado a la mitad de la nada, sin ningún punto de interés cercano marcado en el mapa. Y ahora un jeep con soldados. Si fuera tan fanática de las conspiraciones como Mónica, diría que se trata de una base militar ultra secreta.

    —¿Base militar secreta? —inquirió Cody, claramente escéptico—. ¿Eso realmente existe?

    —Te sorprenderías —contestó Lucy, encogiéndose de hombros—. Quizás por eso mis poderes de proyección no funcionan para penetrar esta área. Y por eso mi celular dejó de funcionar en cuanto nos acercamos. Deben tener mecanismos para aislar cualquier tipo de comunicación, incluso la psíquica.

    —Suena algo… loco —masculló Cody, acompañado de un discreto dejo risueño—. ¿Qué base militar podría tener algo para incluso evitar que un rastreador pudiera verla…?

    Cody calló de golpe en cuánto percibió que algo había cambiado en la expresión de Lucy. De un momento a otro, los ojos de la mujer se habían abierto bien grandes, su cuerpo entero se tensó, y su rostro adquirió un tono pálido, casi enfermizo. Cody ciertamente se sintió desconcertado por esto, incluso un poco asustado.

    —Oh, por Dios —susurró Lucy, sonando casi como si le doliera hacerlo—. El Nido.

    —¿El qué? —cuestionó Cody, confundido.

    —Pero por supuesto, ¿por qué no se me ocurrió antes? —soltó Lucy al aire, ignorando las palabras de su compañero. Comenzó a caminar hacia un lado y hacia el otro, soltando pequeñas expresiones ansiosas, mientras se tallaba sus manos con tanta insistencia que su piel se tornó rosácea—. Maldición. Esto fue una muy, muy mala idea. Y yo soy una estúpida por seguirte —soltó de golpe como una clara recriminación hacia él—. Tenemos que largarnos de aquí; ahora.

    —Oye, espera, espera —pronunció Cody, exasperado—. ¿Qué ocurre? ¿Qué es el Nido?

    —No hay tiempo, vámonos —insistió Lucy, comenzando a caminar en la dirección que venían, o al menos la que ella creía que era la dirección de la que venían.

    —Aguarda sólo un segundo —exclamó Cody, y se apresuró rápidamente a alcanzarla, y por mero reflejo la tomó del brazo para detenerla. Éste acto no pareció sentarle muy bien a su acompañante.

    —¡No me toques! —espetó Lucy con enojo, girándose con rapidez para lanzar varios manotazos al aire y así alejarlo de ella.

    Cody reaccionó, apartando su mano rápidamente y retrocediendo un par de pasos.

    —Lo siento —se disculpó, apenado. Sin embargo, al momento recuperó la firmeza en su voz—. Pero no me iré a ningún lado, y menos si no me explicas.

    Lucy lo miró con severidad, tanto que por un segundo pareciera que su mirada atravesaría sus gruesos anteojos, y a su vez le atravesaría su cabeza como dos afiladas navajas. Parecía en verdad enojada, aunque más que nada nerviosa. En todos esos días de viaje que llevaban juntos, era la primera vez que la veía así de alterada.

    —Maldita sea, Cody Hobson —espetó al aire, al tiempo que golpeaba el suelo con fuerza con un pie—. Está bien. Has oído hablar del DIC, ¿verdad?

    —Algo —asintió Cody, sin comprender de momento a qué venía esa pregunta con exactitud—. Era una agencia de investigación del gobierno que dejó de funcionar en los 80's…

    —Y volvió a funcionar a principios de este siglo —añadió Lucy de pronto de forma tajante—. Sin que casi nadie del público general lo sepa, dicho sea de paso. Y su principal función desde entonces es la investigación, reclutamiento, encarcelamiento y aniquilación de individuos con poderes psíquicos. Ósea, resplandecientes como tú y yo —indicó señalando a ambos con un dedo.

    —¿Qué? —exclamó Cody, atónito—. ¿Hablas… en serio?

    —Muy en serio —le respondió Lucy con marcada seriedad—. Y el Nido se rumorea es su base más secreta, oculta en una locación desconocida, muy bien protegida, y que alberga sus proyectos más secretos y delicados. Una base secreta que definitivamente tendría algo para repeler a gente como yo. Debió de haber sido mi primera teoría en cuanto me enteré de todo esto, pero no consideré que pudiera tratarse de algo tan serio. Estaba convencida que sólo era un tonto desacuerdo de novios. Yo sabía que no debía salir de mi casa. Pero tenía que dejar que mi curiosidad me dominara. Nota mental para después: nunca volver a permitirme ser llevada por…

    —Lucy, concéntrate —exigió Cody con aprensión—. ¿Tú cómo sabes de todo eso?

    —Por Mónica, obviamente —le respondió con brusquedad—. Ella está obsesionada con estos temas, ya lo sabes.

    —Mónica siempre exagera. Ella cree en cada locura que se cruza en internet, como que a JFK lo mataron los aliens.

    —No, no, esto sí es en serio, Cody —se apresuró Lucy a recalcar, claramente preocupada—. Te aseguro que no es una locura, que es muy real.

    Cody guardó silencio, meditando sobre todo lo que Lucy acababa de compartirle. Sin embargo, pese a todas las cosas que había visto a lo largo de su vida, la idea de una organización secreta del gobierno que estudiaba y vigilaba a los resplandecientes, con bases secretas a mitad de la nada y tecnología capaz de repeler rastreadores… todo eso parecía algo sacado de una absurda película.

    Sin embargo, si lo pensaba con detenimiento, y por absurdo que sonara, estaban en un área a donde los poderes de Lucy no habían podido penetrar, que tenía una cerca de propiedad privada rodeándola, y acababan de ver un jeep con soldados armados pasar cerca de ellos. Si agregabas todo eso en la misma ecuación, ¿la explicación que Lucy acababa de darle no podía encajar sin mucho problema?

    Pero lo más preocupante de todo el asunto vino a la mente de Cody, al sumarle el motivo que los había llevado a aquel sitio en primer lugar: Lisa había sido llevada a aquel lugar.

    —Si es real… —murmuró despacio, volteando a ver en la dirección que se había ido el jeep—. ¿Me estás diciendo que lo que hay más adelante es esa base secreta que mencionaste?

    —Sólo digo que es muy, muy… probable —aclaró Lucy—. Pero mi curiosidad no llega a tanto como para arriesgarme a descubrirlo…

    Una vez más el silencio reinante del bosque fue opacado por el sonido de un motor. Pero éste no era el de un vehículo, y ni siquiera venía de alguna dirección a su alrededor, sino de arriba de ellos. Ambos alzaron sus miradas por mero reflejo. La fuente de aquel sonido no tardó en hacerse visible para ellos, en la forma de un gran helicóptero negro que volaba sobre ellos a varios metros de altura.

    —Cuidado —indicó Cody con apuro, y ambos se apresuraron de inmediato a esconderse una vez más.

    — — — —
    El helicóptero negro siguió largo en su trayecto, sin que sus ocupantes divisaran en lo absoluto a los dos intrusos que se hallaban abajo en el bosque. En su lugar, avanzó en línea recta en dirección a la pista de aterrizaje ubicada justo en la cima de la montaña del Nido. Ahí, el equipo de tierra ya los esperaba para recibirlos, junto con el Capt. McCarthy en persona, que miraba el helicóptero descender desde un lado de la pista.

    No tenían en el itinerario de ese día alguna llegada programada, por lo que el mensaje de aviso de su proximidad los tomó un poco por sorpresa. Sin embargo, no representaba algo de cuidado, considerando el pasajero que se confirmó que arribaría.

    Cuando el helicóptero se encontraba ya firmemente parado sobre la pista y su rotor se apagó, la puerta lateral del vehículo se abrió, y de éste descendieron al menos cinco hombres y mujeres de uniformes verdes, bufandas, boinas y lentes oscuros. Y detrás de ellos venía su oficial al mando, la Capitana Ruby Cullen, dirigente de los agentes de campo, investigación y limpieza del DIC. Era una mujer de complexión alta y fornida, digna de una agente de inteligencia de más de casi veinte años de servicio. Su cabello rubio rizado se encontraba recogido por completo en una pequeña cebolla en la parte posterior de su cabeza. Vestía unas pesadas botadas negras que resonaron al caer de un brinco al piso de la pista, además de un largo abrigo verde olivo que portaba sobre su uniforme. Traía gafas oscuras como sus acompañantes, pero se las retiró en cuanto estuvo fuera del helicóptero, dejando a la vista sus ojos verde claro, estoicos y serenos, a juego con su rostro duro como piedra.

    La capitana avanzó con paso decidido hacia el Director General del Nido, que la aguardaba paciente en su posición.

    —Cullen —pronunció McCarthy respetuoso, extendiendo una mano hacia su colega. Ésta la aceptó, estrechando sus manos en un fuerte apretón.

    —McCarthy —le saludó Cullen con tono ecuánime, aunque al instante siguiente una pequeña sonrisita burlona se dibujó en sus labios—. Te ves más gordo. Estar sentado en ese escritorio te está cayendo mal.

    McCarthy dejó escapar una discreta risilla divertida.

    —Alguien tiene que hacerlo —respondió con simpleza, encogiéndose de hombros.

    Cullen le dio un par de indicaciones a sus hombres, que servían en realidad más de su escolta personal. Pero estando ya en la base, podía prescindir de ellos, así que les indicó que se tomaran un par de horas de libres, pero que no se distrajeran demasiado. Tras ofrecerle un saludo a su superior, los cinco soldados de verde se apresuraron a los ascensores a cumplir su encargo. McCarthy y la recién llegada hicieron lo mismo, aunque con paso más moderado.

    —Me sorprendió escuchar que venías para acá —indicó McCarthy mientras caminaban uno al lado del otro—. ¿Ocurrió algún problema en Los Ángeles?

    —Todo lo contrario —aclaró Cullen, negando con la cabeza—. La limpieza está prácticamente concluida, así que dejé a mis hombres encargándose del resto.

    —¿Algún rastro de Leena Klammer o de los otros individuos que huyeron del pent—house?

    —No exactamente —susurró la mujer rubia con un extraño tono enigmático—. De hecho, en parte por eso estoy aquí. Necesito hablar de ese asunto con el director, y escuché que aún andaba por aquí.

    —¿No podía ser por una llamada? —cuestionó McCarthy, confundido.

    —Por seguridad, preferí que no.

    Cullen solía ser siempre bastante seria, incluso fría, en su manera de hablar, por lo que casi siempre resultaba complicado intentar adivinar qué era lo que pensaba. Sin embargo, McCarthy detectó en esa ocasión la presencia de genuina preocupación en sus palabras, y no pudo evitar cuestionarse qué podría haber perturbado de esa forma su temple de hierro.

    —¿Pasó algo? —susurró McCarthy en voz baja, a lo que Cullen respondió negando sutilmente con la cabeza.

    —Es mejor que lo hablemos en privado con el director.

    Ambos llegaron ante uno de los ascensores, y el oficial al mando de la base usó su tarjeta de acceso para abrirles paso y que ambos pudieron subirse.

    —Bueno, tendrá que esperar un poco —dijo McCarthy una vez que las puertas del elevador se cerraron y estuvieron a solas—. El Dir. Sinclair estará muy ocupado el día de hoy, preparándose para su interrogatorio con Thorn.

    Cullen giró rápidamente su cuello hacia él, mirándolo intrigada.

    —¿Con Thorn? ¿Lo van a despertar?

    —Ya están preparando todo para hacerlo —señaló McCarthy.

    —¿Será sensato? Escuché bastante del escándalo que armó cuando intentaron capturarlo.

    Las palabras de Cullen no eran inesperadas. No era la primera en expresar sus inquietudes ante la idea. McCarthy mismo creía que lo mejor sería mantenerlo dormido hasta que encontraran la forma adecuada y segura de mantenerlo cautivo, como habían hecho en el caso de Charlene McGee. Pero el director parecía más que convencido de hacerlo de una vez por todas. Desconocía si esa decisión tan inamovible era derivada del ataque perpetrado contra la Sra. Wheeler, pero lo veía poco probable, o al menos no lo consideraba el motivo principal pues ella ya se encontraba bien, según le habían informado.

    Quizás lo que más le preocupaba al director era el tema del supuesto infiltrado, la persona que podría haber deliberadamente ocultado la existencia de Thorn de ellos durante tanto tiempo, y de la que aún no tenían ni pista de su identidad. Quizás estuviera convencido de que Thorn tenía la respuesta de quién había sido esa persona. Ciertamente el no saber en quién se podía confiar y en quién no, podía resultar desgastante para cualquier hombre.

    Pese a eso, no estaba seguro de que el riesgo de despertar a aquel chico valiera la pena, pero su rectitud y lealtad le impedían hablar de sus dudas tan abiertamente a espaldas del Dir. Sinclair.

    —Estamos tomando las medidas pertinentes —señaló McCarthy con la mayor confianza que le fue posible transmitir—. Como sea, creo que sólo podrás hablar con el director hasta después del interrogatorio.

    —Entonces creo que llegué en el momento justo para no perdérmelo —señaló Cullen, no dejando claro si lo decía en serio o en broma.

    Una vez en el Nivel —1, ambos bajaron del elevador y caminaron en dirección a la oficina de McCarthy. Caminando por los pasillos, se cruzaron con un par de soldados que no dudaron en ofrecerle el saludo tanto a McCarthy como a la propia Capt. Cullen.

    —Te ofrecería un café, pero no sé dónde se habrá metido Kat —comentó McCarthy a pasar a lado del escritorio vacío de su secretaria—. Normalmente siempre anda por aquí.

    —Estoy bien, gracias —le respondió Cullen con indiferencia—. ¿Y cómo está Miriam, por cierto? —preguntó de pronto una vez estuvieron en el interior de la oficina—. Hace mucho que no sé de ella.

    McCarthy sonrió, y echó un vistazo rápido a la foto de sus dos hijas sobre el escritorio. Cullen había sido la superior de su hija Miriam cuando ésta ingresó a la Agencia, y básicamente había sido su instructora y protectora durante toda su etapa de entrenamiento. Por lo mismo, Miriam le había tomado un gran aprecio; como una clase de hermana de mayor.

    —Yo igual —comentó McCarthy con tono jocoso. Se dejó caer entonces sobre su silla detrás del escritorio—. Está bien, hasta dónde me informan. Sigue de misión en algún lugar de Europa, creo.

    —Siempre fue una chica muy habilidosa —asintió Cullen—. Salúdamela la siguiente vez que te comuniques con ella, ¿sí?

    —De tu parte —respondió McCarthy sin chistar—. Creo que le gustará mucho escuchar de ti.

    — — — —
    Lucy y Cody se escabulleron fuera de su escondite en cuanto dejaron de escuchar el sonido del helicóptero. Cody fue el más apurado por avanzar hacia un área más al descubierto, y así poder apreciar el cielo entre las ramas de los árboles.

    —Ese helicóptero se dirigía para allá —indicó señalando hacia lo lejos—. La misma dirección en la que se fue el jeep, ¿verdad? La base que mencionaste debe estar ahí.

    Sin pensarlo mucho, sus pies comenzaron a moverse en dicha dirección. Antes de que lograra avanzar demasiado, Lucy se apresuró a alcanzarlo. Y aunque hace un momento le había molestado bastante que él la tomara del brazo para detenerla, por mero reflejo ella hizo en ese momento justo lo mismo.

    —¿Te has vuelto loco? —le cuestionó con dureza, forzándolo a girarse hacia ella—. ¿Qué parte de lo que te dije te hizo pensar que sería buena idea ir hacia allá y no de regreso al automóvil? Aunque lo que esté más adelante no sea el Nido, si esos soldados te ven husmeando por aquí, te dispararán; y lo más importante, ¡me dispararán a mí!

    —¿No lo entiendes, Lucy? —exclamó Cody, zarandeando su brazo para liberarse de su agarre—. Lisa está ahí; tú misma viste como la traían a este sitio. ¿Por qué el DIC la llevaría a una base secreta a la mitad de la nada?

    Cody guardó silencio un instante. Fue evidente como la consternación le subía por la garganta, evitándole hablar por un momento.

    —¿Y si la trajeron para llegar a mí? —señaló, claramente angustiado—. ¿Y si la están…? Tengo que ir por ella.

    Rápidamente se giró con la intención de avanzar como se lo proponía hace un momento, pero Lucy lo volvió a detener del mismo modo.

    —No, Cody —exclamó la rastreadora con firmeza—. No es lo que te estás imaginando. Te dije que ella se fue con esos hombres por su voluntad.

    —¿Estás segura de eso? —le cuestionó Cody con dureza.

    —Sí… —contestó Lucy rápidamente, aunque la vacilación era más que palpable en su tono—. O eso creo… las visiones no siempre son tan claras.

    Esas palabras no ayudaron en lo más mínimo a tranquilizarlo.

    —Oye, oye, cálmate un poco, ¿sí? —insistió Lucy, casi suplicando—. Mónica me dijo una vez que el director del DIC es de hecho un buen amigo de la Sra. Wheeler. No conozco bien los detalles, pero si es así, de seguro no haría algo contra un miembro de la Fundación como tú.

    —¡La Sra. Wheeler no está! ¿Lo olvidas? —gritó Cole con violencia, haciendo al parecer que Lucy se estremeciera un poco, y por reflejo llevara sus manos a su oídos para cubrirlos.

    —Sí, sí —pronunció la rastreadora, casi como si le doliera—. Pero podríamos irnos de aquí, llamar a Mónica una vez que tengamos mejor recepción, y de seguro ella podría ayudarnos a…

    Antes de que pudiera terminar su idea, de nuevo escucharon como el sonido de un vehículo se hacía presente. Sólo que ahora se aproximaba a ellos mucho más rápido. Ambos se viraron hacia un lado, y notaron rápidamente el jeep verde con tres soldados armados a bordo (quizás el mismo de hace rato, quizás uno distinto) que se dirigía hacia ellos. El vehículo frenó en seco a unos cuántos metros, y dos de los hombres con rifles saltaron de éste, plantando sus pies en tierra.

    —¡Oigan ustedes! —exclamó uno de los hombres, alzando rápidamente su arma para apuntarles con ella. Su compañero lo imitó—. ¡No se muevan!

    —Ay no, ay no —masculló Lucy, totalmente espantada. Quiso alzar sus brazos, aunque no se lo hubieran pedido, pero estaba tan petrificada que le fue imposible siquiera moverse.

    Los dos soldados avanzaron hacia ellos, pero Cody rápidamente se colocó frente a Lucy. Se concentró, enfocó su mente, y en cuestión de segundos todos fueron testigos de cómo los troncos de dos árboles aledaños parecieron partirse en dos por sí solos, como si una enorme criatura los hubiera empujado, y ambos se precipitaron justo en contra de los dos soldados. Esto los tomó totalmente desprevenidos, pero reaccionaron suficientemente rápido para retroceder, incluso tirándose al suelo con tal de salir el alcance los troncos que chocaron con fuerza contra el suelo.

    —¡Corre! —gritó Cody a todo pulmón a su compañera, y aprovechando la distracción comenzó a moverse con todas sus fuerzas para alejarse de ahí.

    —¿Correr? —exclamó Lucy, atónita—. No, no, ¡correr es una muy mala idea!

    Miró un instante de nuevo hacia los soldados, y pudo presenciar cómo aquellos dos troncos caídos se desvanecían por completo en el aire. Y al segundo siguiente, ambos árboles volvieron a estar de pie justo como lo estuvieron hace unos instantes. Había sido sólo una de las ilusiones de Cody.

    Los soldados miraron desconcertados aquello, pero no tardarían mucho en salir de su estupor. Por lo tanto, Lucy no tuvo más remedio que hacer justo lo que Cody le había dicho, y correr despavorida, siguiéndolo sin rumbo fijo.

    — — — —
    Lisa sacó un frasco de aspirinas del pequeño botiquín que tenían en la sala de observación médica, y llenó igualmente un vaso de agua en el grifo. Cuando se giró de regreso hacia su invitada, por llamarla de alguna forma, la sorprendió mirando atentamente hacia una esquina de la sala, que en ese momento se encontraba vacía, pero que hasta no hace mucho era ocupada por una camilla, un montón de equipo médico de monitoreo y, por supuesto, la joven comatosa que había sido su ocupante por casi cuatro años. Misma que ahora estaba justo de pie ante ella en ese momento.

    ¿Por qué miraba esa esquina con tanta curiosidad? ¿Tendría algún recuerdo de aquel tiempo en el que estuvo inconsciente y aquel sitio era su morada de descanso? ¿O sería sólo una coincidencia?

    No le dio muchas más vueltas a aquello, y en su lugar se le aproximó y le extendió la pequeña pastilla y el vaso el agua.

    —Aquí tienes —le indicó con tono afable. Gorrión Blanco se giró hacia ella, y miró con una sonrisa lo que le ofrecía.

    —Gracias —musitó despacio, tomando tanto el vaso como la aspirina, y tomando ésta última con la ayuda de un pequeño sorbo de agua.

    Le regresó el vaso a Lisa, y ésta lo colocó sobre su mesa de trabajo, y justo después se sentó en su silla.

    —¿En qué está trabajando? —preguntó Gorrión Blanco con curiosidad, contemplando los frascos con químicos sobre la mesa de trabajo, las jeringas, la charola metálica en esos momentos totalmente limpia de cualquier rastro aparente de sangre; y, por supuesto, la pequeña jaula con al menos cinco ratones blancos de laboratorio, bastante vivos de momento.

    —Sólo unos últimos experimentos que deseo concluir antes de irme —respondió Lisa, procurando ser lo suficientemente ambigua.

    —¿Se va? —cuestionó Gorrión Blanco, sorprendida.

    —Sí. Mi trabajo aquí terminó, y debo volver a casa.

    En el rostro de Gorrión Blanco se pudo apreciar cierta decepción escucharla, incluso algo de tristeza.

    «Y yo que pensaba que sólo el Dr. Shepherd me iba a extrañar» pensó Lisa con ironía.

    —Cuéntame más sobre tus alucinaciones —preguntó Lisa de pronto, procurando cambiar el tema—. ¿Has visto algo más aparte de lo que me comentaste el otro día?

    Gorrión Blanco se permitió tomar la silla que alguna vez perteneció al Dr. Takashiro, y la aproximó rodando a la mesa de Lisa para sentarse cerca de ella. Miró pensativa hacia la luz fluorescente sobre sus cabezas, mientras con las puntas de sus pies contra el suelo hacía que su cuerpo se meciera un poco, y por lo tanto la silla girara hacia un lado y hacia el otro como un péndulo. Lisa recordó que ella solía hacer eso cuando era niña y se sentaba en la silla del despacho de su padre.

    —En parte sigue siendo lo mismo que vi la primera vez —comentó Gorrión Blanco con voz reflexiva—. Fuego, música, risas, sangre, gritos… Pero he podido ver algunas cosas más claras.

    Gorrión Blanco le contó un poco sobre sus visiones de una escuela y una casa, pero se enfocó bastante más en las dos más vividas y extrañas que había tenido ese día: la del chico que la había invitado a un baile, según había entendido, y la de la mujer sentada con ella en una banca y que también le hablaba sobre un baile al que iría. Incluyo en su relato también que había sido esta última quien a su parecer la había llamado “Carrie”.

    —Un baile —repitió Lisa en voz baja, intrigada—. ¿Un baile de escuela? Como… ¿un baile de graduación o algo así?

    —No lo sé —repitió Gorrión Blanco, encogiéndose de hombros—. Pero supongo que eso explicaría las personas con vestidos o trajes que he visto a veces, y la música que he oído… Pero no sé qué tiene que ver todo lo demás. Y no entiendo porque pareciera que todo lo que veo tiene que ver de alguna forma con ese baile, o lo que sea.

    Lisa tampoco veía claro de momento cómo todo lo que le describía podía encajar; sentía que aún faltaba una pieza central para juntar todo, como en un rompecabezas. Pero un baile escolar, fuego, sangre, y una chica en coma… nada eso sonaba bien a primera instancia.

    —Esas personas que viste, el chico que te invitó y la mujer de la banca —señaló Lisa, inquisitiva—. ¿Alguna idea de quiénes eran? ¿Quizás de sus nombres?

    —No estoy segura —respondió Gorrión Blanco, arrugando un poco su entrecejo—. Al principio no lograba siquiera distinguir sus rostros y voces, y luego mi cabeza los confundió con el Sgto. Schur y… bueno, con usted.

    —¿Conmigo? —exclamó Lisa confundida, señalándose con un dedo.

    Gorrión Blanco asintió.

    —No sé qué signifique. Quizás sea porque ambos son las personas que más confianza me inspiran, como le dije hace rato. Tanto así que luego de lo que pasó, mi primer deseo fue venir a buscarla y pedir su ayuda. Como si sintiera que usted podía ayudarme… o, ¿quizás la estoy confundiendo con esa otra mujer, quien quiera que sea?

    Gorrión Blanco se giró hacia un lado, contemplando de nuevo pensativa hacia la esquina vacía del cuarto. Aquella última pregunta tomó la forma de un pensamiento en voz alta, dirigido más a sí misma que a la mujer que la escuchaba.

    Lisa igual se sintió una vez más incómoda por el comentario, pero no dijo nada. En su lugar, observó en silencio a Gorrión Blanco, y otra vez sintió una gran desconexión entre esa chiquilla de mirada inocente y perdida, complexión pequeña y frágil… con el monstruo que ella recodaba y tanta incomodidad le había generado antes. Tanto así que la imagen de esta última parecía comenzar a desvanecerse de su memoria.

    —¿Te puedo preguntar algo? —murmuró Lisa de pronto. Gorrión Blanco alzó pronta su rostro, y la miró fijamente con absoluta atención—. ¿Recuerdas algo del momento en que despertaste?

    —¿Cuándo… desperté? —susurró la joven rubia, al parecer algo aturdida por la repentina pregunta que, a simple vista, no tenía nada que ver con lo que estaban hablando. Entrecerró en ese momento sus ojos, y se giró de nuevo a un lado, tomándose unos segundos para meditar al respecto, antes de dar una respuesta—. Sólo recuerdo que estaba en la enfermería, y el Dir. Sinclair y el Capt. McCarthy estaban conmigo, y me explicaron que había estado inconsciente cuatro años.

    —¿En la enfermería? —masculló Lisa, sorprendida. Eso de seguro pasó después de lo ocurrido en el quirófano—. ¿No recuerdas nada antes de eso?

    —¿Antes? No, la verdad no —señaló Gorrión Blanco, negando con la cabeza—. ¿Por qué? ¿Pasó algo que debería recordar?

    Lisa suspiró con pesadez, se retiró sus lentes y se talló sus ojos con sus dedos. Para ese punto ya lo presentía, pero aquello se lo terminaba de confirmar. Ella sentía un gran terror al recordar aquella horrible masacre que había presenciado, y su perpetradora ni siquiera sabía que lo había hecho. Le pareció de cierta forma injusto…

    —Nada, no te preocupes —respondió Lisa con seriedad, colocándose de nuevo sus anteojos.

    Y entonces recordó algo más, el incidente siguiente en el que se volvió a cruzar de frente con Gorrión Blanco luego del Quirófano 24. Y al recordarlo, su mano inconscientemente se posicionó contra su propio vientre, presionándolo ligeramente.

    —Pero… ¿sí recuerdas habernos visto ese día? —le cuestionó con severidad en su voz. Gorrión Blanco la miró, sin entender—. Antes de irte a esa misión con la que te fuiste con el Sgto. Schur, nos cruzamos en el pasillo, ¿recuerdas? Y me hablaste como si ya nos hubiéramos visto antes. Me dijiste que recordabas que estaba presente cuando despertaste. Incluso me preguntaste sobre… cómo estaba mi bebé…

    Los ojos de Gorrión Blanco se abrieron grandes, totalmente llenos de asombro.

    —Sí… Yo… dije eso, ¿cierto? —masculló despacio, sonando más como una vacilante pregunta a sí misma—. Lo siento, creo que la confundí con otra persona. Ya que usted no está embarazada, ¿verdad?

    —No —respondió Lisa con voz neutra—. Me hice una prueba luego de eso y salió negativa. Pero, ¿con quién me confundiste? Si me dijiste que sólo el director y el Capt. McCarthy estaban presentes cuando despertaste.

    Gorrión Blanco negó rápidamente con la cabeza.

    —Lo lamento, no lo sé. Perdóneme si lo que le dije le causó algún problema.

    Lisa resopló, algo frustrada. Al parecer intentar sacarle algo de información a esa mente tan llena de huecos no iba a resultar nada sencillo.

    —¿Tiene esposo, Dra. Mathews? —preguntó Gorrión Blanco de pronto, tomándola totalmente por sorpresa—. Oh, perdón… quiero decir, ¿tienes esposo Lisa?

    —¿Por qué lo preguntas? —musitó Lisa, algo aturdida.

    Gorrión Blanco se encogió de hombros.

    —Bueno, entendí que creyó que podría estar embaraza luego de lo que le dije. Así que supuse que debía tener un esposo y por eso le consideró posible… ¿o no?

    Lisa no pudo evitar dejar escapar una discreta risilla divertida por el comentario. No era una deducción precisamente errada, pero algo simple si se lo preguntaba.

    —No, no estoy casada —respondió con tono relajado—. Pero… sí tengo un novio.

    —¡¿De verdad?! —exclamó Gorrión Blanco, tan emocionada que sus ojos parecieron brillar de júbilo ante la noticia. Lisa por mero reflejo jaló su cuerpo un poco hacia atrás, un tanto sorprendida por la reacción tan abrupta.

    —Sí… —respondió con voz tímida.

    —¿Cómo se llama?

    —Su nombre es Cody.

    —¿Y es un científico como usted?

    —No… bueno, más o menos, pero diferente. Él de hecho es maestro de biología en una secundaria…

    Lisa calló de golpe al ser consciente de que, quizás, estaba dando más información de la que debía. ¿Sería sensato hablarle a esa chica de Cody? Fuera del Dr. Shepherd, no había hablado con nadie más en esa base sobre él, y únicamente porque fue el jefe del Área Científica quien comenzó primero con el tema, dejando claro que sabía muy bien quién era Cody; y, más importante aún, lo que podía hacer.

    Gorrión Blanco, sin embargo, la miraba carente de cualquier rastro de malicia; genuinamente interesada por escucharla a hablar más al respecto. A Lisa le pareció que se veía casi como una adolescente, y no una joven mujer muy posiblemente ya iniciando sus veintes.

    —¿Y cómo es él? —preguntó con un poco de exaltación—. Cody, me refiero.

    —¿Cómo es de qué? —respondió Lisa, vacilante.

    —No sé… ¿Es guapo? ¿Es caballeroso?

    Lisa se recargó por completo contra el respaldo de su silla. Sin que se diera cuenta, comenzó también a mecer ésta hacia un lado y hacia el otro, con su pie izquierdo apoyado contra el suelo. Era quizás algún tipo de tic nervioso, o tal vez sólo una manera de hacer que sus ideas circularan mejor.

    —Bueno… sí, yo diría que sí —asintió Lisa, un poco dubitativa—. Digo… supongo que muchas personas no lo considerarían precisamente muy “guapo”. Es algo delgaducho, y siempre trae su cabello demasiado largo para mi gusto. Y su percepción del estilo deja mucho que desear; en especial los anteojos que usa, que se parecen a los que usaba mi abuelo. Además de que recientemente me enteré que guardaba algunos secretos…

    Su expresión se había tornado algo dura mientras pronunciaba todo aquello, percibiéndose incluso molesta. Sin embargo, tras unos segundos de reflexivo silencio, su rostro volvió a suavizarse poco a poco, e incluso una pequeña sonrisillas alegre se asomó en sus labios.

    —Y aun así… es sin duda el chico más lindo y amable que he conocido —masculló despacio, como un pequeño suspiro—. Es inteligente; muy inteligente. Y gracioso, y confiable… El chico perfecto para presentárselo a tus padres, dirían algunos. Y de hecho mis padres lo adoran, aunque mi padre dice a veces que debería haberme conseguido a alguien con más músculo —rio divertida, y Gorrión Blanco la acompañó—. No lo dice en serio… creo. Lo que pasa es que mi padre es militar; de los marines, de hecho. Así que creo que a él le hubiera gustado un yerno como… el Sgto. Schur, por ejemplo. Pero no, en su lugar me viene a enamorar de un intelectual cuatrojos.

    —¿Enamorar? —susurró Gorrión con asombro. Inclinó más el cuerpo hacia ella, como si quisiera decirle algún secreto—. ¿Estás… enamorada de él?

    Lisa se sobresaltó un poco al escuchar esa pregunta. No había sido consciente hasta ese momento de lo mucho que se le había soltado la lengua tan de repente, y se sintió sumamente apenada por ello. ¿Cómo había pasado eso? Quizás simplemente eran cosas que deseaba poder expresar en voz alta desde hace un tiempo, y estar ahí atrapada en ese ambiente tan pesado no le daba muchas posibilidades de poder hacerlo.

    Pero el que terminara abriéndose de esa forma ante esa chica en especial… resultaba un tanto perturbador.

    Gorrión Blanco la observaba fijamente, expectante, de seguro aguardando en verdad a escuchar alguna respuesta a su pregunta. Lisa no sabía qué responderle, y no sólo porque sintiera que ya había compartido suficiente, sino además que… en realidad no tenía claro la forma correcta en que esa pregunta debería ser contestada, incluso a sí misma. Cody era su novio, le gustaba, y pese a los problemas que habían tenido, nada de eso había cambiado. Pero… ¿estaba enamorada de él? ¿Lo quería lo suficiente para que el saber lo que realmente era no cambiara sus sentimientos? ¿Para no temerle como le temía, o le había temido, a Gorrión Blanco?

    ¿Sería Cody capaz de hacer algo como lo que esa chica había hecho…?

    Se escuchó en ese momento el pitido del lector electrónico de la puerta, y el seguro de ésta abriéndose. Aquello jaló de inmediato la atención de ambas hacia la puerta, dejando de momento su plática de lado, para suerte de Lisa.

    —Debe ser el Dr. Shepherd —comentó Lisa, partiendo de la base de que él solía ser el único que la visitaba en ese lugar.

    Sin embargo, cuando la puerta se abrió, el rostro que se asomó del otro lado fue el de alguien más: el del Sgto. Francis Schur.

    —Gorrión Blanco —dijo el militar con su habitual voz seria, aunque su expresión no resultaba por completo ecuánime como de costumbre—. Al fin te encuentro…

    FIN DEL CAPÍTULO 144
    Notas del Autor:

    Para los que no la recuerden, Ruby Cullen ya había aparecido anteriormente como uno de los subordinados de Lucas en los Capítulos 56 y 84, e igualmente se le había referenciado en algunos otros, aunque ésta es la primera vez que nos toca verla en persona (si no me equivoco).
     
  5. Threadmarks: Capítulo 145. Lo que se esconde en su interior
     
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 145.
    Lo que se esconde en su interior

    Temprano esa mañana, Charlene McGee recibió una visita inesperada en su celda de cristal, del nivel de contención de máxima seguridad. Salvo por el silencioso y malhumorado soldado que solía pasarle su comida por una rendija, en todo el tiempo que llevaba ahí nadie más había ido a verla ni le había dirigido la palabra. Aunque claro, sabía muy bien que nunca estaba sola; era casi seguro que las veinticuatro horas había algún pervertido observándola a través de las cámaras de seguridad que rodeaban el cuarto. Como fuera, lo cierto es que la presencia repentina de Lucas Sinclair en el mismo cuarto que ella, resultó ser al menos un cambio en su rutina.

    El director del DIC avanzó hasta colocarse delante de una de las paredes transparentes de la celda, detrás de la línea de seguridad en el suelo, como lo había hecho el primer día que ella despertó en ese cubo de plástico. Su postura era firme, con sus manos en los bolsillos de sus pantalones, y mirada severa. Charlie lo contempló con expresión aburrida, recostada en la cama con sus manos entrecruzadas detrás de su cabeza.

    —Qué sorpresa —exclamó con fingido entusiasmo, su voz resonando en los altavoces—. ¿Vienes acaso a comunicarme al fin mi fecha de ejecución?

    —No, ese asunto no es algo que se haya resuelto aún —le respondió Lucas con tono indescifrable.

    —¿Entonces a qué debo el honor de que el director en persona venga a verme? ¿Acaso vienes a castigarme? Porque me parece que me he portado muy bien hasta ahora.

    —Demasiado bien, diría yo. Me reportan que te has portado bastante cooperativa; no has hecho ningún revuelo, soltado ni una queja, ni dado alguna señal de intentar escapar de tu celda.

    —¿Ahora me van a regañar por ser buena niña? —musitó Charlie con mofa, al tiempo que se sentaba en su camilla—. Al final a ustedes no se les da gusto con nada, ¿cierto?

    —Sólo no puedo evitar preguntarme el origen de este buen comportamiento —indicó Lucas, cruzándose de brazos—. ¿Un intento de hacer que bajemos la guardia para golpearnos cuando no nos demos cuenta?

    —O quizás sólo me rendí, ¿lo has pensado? —señaló Charlie, encogiéndose de hombros—. Aun suponiendo que encuentre la forma de salir de esta pequeña jaula que diseñaste para mí, aún tendría que abrirme paso por encima de todos tus soldados, y lo que sea que me tengas preparado detrás de esa puerta. Y no tengo ni idea de si acaso estoy bajo tierra, en el interior de una montaña, o en la luna, como para intentar abrirme camino simplemente quemando las paredes. No, es demasiado esfuerzo para nada. Aquí estoy cómoda.

    Hecha esa última declaración con voz perezosa, se recostó de nuevo en la cama, adoptando una postura de sobreactuado confort. Lucas entrecerró sus ojos, observándola con desconfianza.

    —No esperas que en serio me crea eso, ¿o sí? —soltó Lucas con tono de acusación.

    —Yo lo único que espero en estos momentos es mi desayuno —respondió Charlie, desafiante al final de todo—. Pero eso sí, te aseguro desde ahora que no pienso ayudarlos en lo más mínimo a reproducir el Lote Seis, a realizar cualquier experimento o prueba conmigo, y mucho menos les diré cualquier cosa con respecto a mis contactos afuera. Tienen sólo dos opciones conmigo: dejarme aquí a que me pudra en paz, o matarme de una vez por todas. Cualquiera que elijan está bien para mí.

    Bueno, al menos la parte de que se rehusaría a colaborar con ellos de cualquier forma le resultaba más que creíble a Lucas, pero tenía sus reservas con que en verdad ya no estaba dispuesta a seguir peleando. Treinta años de huir y luchar, ¿y ahora simplemente pensaba quedarse ahí sin hacer nada? ¿Acaso la amenaza de lo que esa celda podía hacer la había en verdad persuadido? O, más probablemente, ¿se trataba de algo más…?

    Lucas suspiró con pesadez. Retiró las manos de sus bolsillos, y rompiendo su propia norma de seguridad, avanzó unos pasos más allá de la línea de seguridad, aproximándose más a la pared de cristal hasta casi pegar su nariz a ella.

    —Me enteré de lo de Eight —pronunció de pronto con tono reservado. Y aunque Charlie no hizo o dijo nada en especial tras oírlo, fue bastante claro que algo había cambiado drásticamente en el aire que la rodeaba. Como un fuerte golpe en la rodilla, que uno intentaba ocultar incluso evitando cojear—. Quizás no signifique nada viniendo de mí, pero lo siento. Nunca la conocí bien, salvo por su largo expediente. Pero sé que El y tú la tenían mucho aprecio. Y si de algo sirve, estamos realizando la búsqueda de su asesina y de los demás cómplices de Thorn. No podrán esconderse por mucho tiempo.

    Charlie siguió quieta y en silencio, con su mirada fija en el techo de su celda, aunque sus ojos no reflejaban emoción alguna; ni tristeza, ni ira. Lucas entonces retrocedió lentamente, volviendo detrás de la línea de seguridad.

    —También creo que te agradará saber que Eleven se encargó de su cuerpo. Normalmente en estas circunstancias, el DIC se ocuparía de inmediato en recuperar el cadáver de uno de sus UPs más buscados, para que no se les dé mal uso, y… —Estaba por decir “estudiarlo”, pero se detuvo rápidamente pues no le pareció que la insinuación fuera a ayudar mucho para mantener la aparente calma de su prisionera—. Pero en este caso decidí hacer una excepción, por El.

    Charlie al fin pareció reaccionar en ese momento. Se apoyó en sus codos contra la camilla, alzando su torso lo suficiente para poder mirar de nuevo a Lucas. Su expresión era de absoluta confusión.

    —¿Dijiste que Eleven se encargó de su cuerpo? —inquirió desconfiada—. ¿Acaso ella…?

    —Sí, despertó —dijo Lucas, asintiendo—. Hace unos días, según parece. Y en cuanto abrió los ojos se puso a trabajar para limpiar el desastre en el que sus chicos se metieron.

    El rostro de Charlie no demostró reacción alguna ante la noticia, pero Lucas estaba seguro que en el fondo por supuesto que había movido algo en su interior el escucharlo. No por nada prácticamente había hecho todo lo que hizo esas últimas semanas por El, para poder encargarse de la persona que la había atacado. Claro, ella no se lo había dicho directamente, pero él estaba seguro de eso.

    —Para variar, una buena noticia al fin —pronunció Charlie en voz baja, y acto seguido volvió a recostarse en la camilla, esta vez sobre su costado derecho, prácticamente dándole la espalda a Lucas, que entendió sin problema que le intentaba decir con eso que no pensaba seguir hablando con él.

    Lucas no insistió, y se dispuso a retirarse sin más de la sala de observaciones y dejarla sola para que siguiera con cualquiera que fuera el juego que estuviera jugando. Por su parte, él tenía mucho que hacer ese día.

    —¿A qué viniste realmente, Lucas? —escuchó como pronunciaba la prisionera, jalando momentáneamente de nuevo su atención. Al mirarla, sin embargo, ella seguía recostada en la misma posición que antes—. ¿Sólo a darme el pésame por lo de Kali? —Lucas no dijo—. ¿Viniste como jefe del DIC? ¿O como un viejo amigo?

    Él miró discretamente hacia otra dirección, mientras con una mano se acomodaba el nudo de su corbata.

    —Aunque te resulte difícil de creer, un papel no contradice al otro —declaró con cierta rudeza, y prosiguió de inmediato su andar hacia la puerta.

    Ninguno dijo nada más, y en cuestión de segundos la pesada puerta de metal se cerró detrás de Lucas, dejando del otro lado a Charlie. Ésta se quedó inmóvil en su camilla, como si se hubiera quedado dormida. Sin embargo, sus ojos estaban bien abiertos, y miraban atenta hacia su propio reflejo cristalino sobre el muro de su celda.

    — — — —​

    Siguiendo las instrucciones de Verónica, Mabel cruzó la reja y comenzó a avanzar con paso cauteloso entre los árboles en dirección fija al norte. El punto exacto al que le había indicado que debía ir, en teoría estaría derecho en esa dirección; “no hay pierde”, había dicho ella. Sin embargo, sin sus poderes de proyección o rastreo, o un GPS que funcionara dentro de esa área, o un mapa con señalamientos claros en los cuales poder basarse, o siquiera una brújula convencional pues al parecer incluso las agujas de éstas se volvían locas en aquel sitio… lo único que le quedaba era avanzar derecho y sin desvío, más con fe que con convicción verdadera.

    A cada paso que daba, recorría todo su alrededor con la vista, en busca de cualquier perturbación. La Doncella quizás no llevara una brújula, pero sí iba fuertemente armada con su rifle, que lo cargaba firmemente en sus manos mientras avanzaba, además de dos pistolas, una a cada uno de sus costados, y sus favoritos: un par de cuchillos de caza. Quizás no era tan buena con ellos como lo era Hugo el Cirujano, pero ciertamente sabía bien hacia donde debía ir la punta de la hoja, y con eso bastaba.

    Por lo demás, aunque no pudiera extender su consciencia y ver más allá de donde se encontraba, le parecía que el resto de sus habilidades se encontraban intactas, y aún más fuertes luego de consumir el vapor de Rose. Así que estaba segura de que si se encontraba con alguna amenaza, podría someterla con facilidad y acabar con él o ella antes de que entendiera siquiera lo que ocurría. El problema sería si no era sólo uno, sino dos, tres, cuatro… diez soldados malhumorados y armados, no muy felices de verla rondando tan cerca de su supuesta base secreta.

    Verónica le había asegurado también que no tendría muchos problemas con ello, por esa “distracción” que dijo que ocurriría en cualquier momento, sin darle mayores detalles. Esperaba que fuera cierto, y no estuviera solamente jugando con ella. O peor, dirigiéndola apropósito a la boca del lobo, para que fuera ella la distracción. A esas alturas, todo era muy posible.

    Llevaba alrededor de una media hora caminando, cuando escuchó los primeros disparos en la distancia. El estruendo la puso rápidamente en alerta, y su cuerpo reaccionó por sí solo, pegando su espalda contra el tronco más cercano, mientras su dedo retiraba el seguro de su arma.

    Aguardó ahí de pie, y tras unos segundos volvió a escuchar otro disparo, pero estuvo aún más convencida de que no era cerca de su posición.

    «¿Qué será eso? ¿Un cazador?» pensó con seriedad, aunque desechó casi de inmediato la idea recordando en dónde se encontraba exactamente. «¿Será acaso esa la maldita distracción?»

    Lo que fuera aquello, no era en la dirección a la que ella se dirigía, ni tampoco parecía que fuera por su causa. Así que se decidió a reanudar su marcha. Aunque claro, ahora con mayor precaución en su paso.

    — — — —​

    Gorrión Blanco se paró de un salto de su silla al reconocer al Sgto. Schur. Su postura se tornó claramente defensiva, y su rostro no se esforzó por ocultar el desagrado que le cruzaba al verlo. Rápidamente se alejó de la silla, y también de la puerta al mismo tiempo, parándose en la esquina que tanto interés le había despertado hace rato, cruzada de brazos y dándole la espalda tanto a Francis como a Lisa.

    —No quiero hablar con usted —declaró Gorrión Blanco con ferviente resolución.

    Francis dejó escapar un pequeño suspiro, al parecer de agotamiento. La actitud de la muchacha era inconveniente, pero no inesperada.

    —Dra. Mathews, ¿podría dejarnos solos un minuto, por favor? —solicitó el militar, girándose hacia Lisa.

    —Sí, por supuesto —respondió ésta de inmediato, más que feliz de irse y no ser partícipe de lo que fuera todo eso.

    En el momento de que se paró de su silla y comenzó a avanzar hacia la puerta, Gorrión Blanco reaccionó, girándose de muevo hacia ellos con expresión de preocupación.

    —¡No! ¡Por favor no se vaya! —exclamó en alto, alzando una mano hacia ella como si quisiera tomarla del brazo para detenerla, pero aquello no sería posible por la distancia que las separaba… o al menos no hubiera sido posible para la mayoría. Como si hubiera sido un mero reflejo incontrolable de su cuerpo, su telequinesis se activó en ese momento, y haciendo realidad su deseo el cuerpo de Lisa se detuvo en seco en su sitio, sintiéndose imposibilitada enteramente de dar cualquier paso más con libertad.

    Lisa se estremeció, rápidamente horrorizada por esa repentina opresión que la rodeaba. Recordó de inmediato el momento en que esa misma sensación la había sujetado, aquella horrible noche en el Quirófano 24, en el cual esa misma chica la movió como si fuera su juguete, y podría haber hecho con ella lo que quisiera, como había hecho con los otros…

    Y el terror que la había abrumado en ese entonces volvió a florecer con fuerza en su pecho.

    —¡Gorrión Blanco! —gritó Francis con intensidad—. ¡Detente! ¡Ahora!

    El potente grito de su superior pareció bastar para que la joven reaccionara y se volviera consciente de lo que estaba haciendo. Rápidamente bajó su brazo y retrocedió con temor, hasta pegar su espalda a la pared. El cuerpo de Lisa cedió al sentirse liberado, y se precipitó al suelo. Opuso las manos por reflejo para no golpearse, aunque terminó lastimándose un poco éstas en el proceso. Respiraba agitadamente, con sus ojos desorbitados mirando perdidos al suelo.

    —Doctora, salga de aquí —exigió Francis con autoridad en su voz.

    Lisa no necesitó que se lo dijera dos veces. Se puso de pie lo más pronto que su cuerpo tembloroso se lo permitió, y se dirigió de inmediato la puerta.

    —Lo siento —pronunció Gorrión Blanco a sus espaldas—. No quise hacerlo, ¡lo siento! —insistió casi gritando.

    Lisa la oyó, pero sus emociones mezcladas no le permitieron darle la menor importancia. Lo único en lo que se enfocó en ese momento fue en sacar su tarjeta, acercarla torpemente al censor de la puerta para abrir ésta y salir prácticamente corriendo de ahí.

    Había sido una tonta al bajar la guardia de esa forma ante ella. Se había dejado llevar por su apariencia indefensa e inocente, olvidando el verdadero monstruo que se ocultaba debajo. Pero no lo volvería a hacer…

    —No iba a hacerle daño —declaró Gorrión Blanco con su voz ligeramente temblorosa, una vez que la puerta se cerró detrás de Lisa y en la habitación quedaron sólo Francis y ella—. Fue un accidente.

    —¿También fue un accidente lo del gimnasio? —cuestionó Francis son severidad—. ¿Tampoco querías hacerme daño a mí?

    —¡Claro que no! —exclamó Gorrión Blanco en alto, casi ofendida por la acusación. Su mirada de pronto se desvió ligeramente hacia un lado, al costado derecho del sargento—. ¿Qué piensa hacer con eso…?

    Francis al inicio no comprendió a qué se refería, hasta que miró al mismo punto al que ella lo hacía. No se había dado cuenta, pero su cuerpo, quizás empujado por su mero entrenamiento, había reaccionado ante un inminente peligro y su mano derecha se había posicionado contra el mango de su arma, más que lista para desenfundarla en el momento en el que lo considerara necesario.

    Supo de inmediato que aquello no ayudaba en lo más mínimo a tranquilizar las cosas, que debía ser su prioridad en esos momentos. Sin embargo, su mano se rehusó al inicio a retirarse de su sitio. Era evidente que su instinto le gritaba que no estaba precisamente seguro en ese lugar, pero tendría que arriesgarse antes de empeorarlo todo.

    —Nada —respondió con sequedad, recuperando poco a poco la compostura—. Yo tampoco quiero lastimarte. Fue un reflejo… así como el tuyo, ¿no es así?

    —Sí, así es —dijo Gorrión Blanco, asintiendo rápidamente con la cabeza.

    —Por eso no reporté que lo ocurrido en el gimnasio había sido causado por ti —indicó Francis, dando un paso con cautela hacia ella—. Dije que había sido yo, por accidente. Y tampoco reportaré lo que acaba de ocurrir.

    —¿Por qué no? —cuestionó Gorrión Blanco, cruzando sus brazos delante de ella de forma protectora.

    —¿Sabes lo que te harán si descubren que estás haciendo mal uso de tus habilidades? —Gorrión Blanco abrió la boca para hablar, quizás queriendo defenderse, pero Francis la cortó antes de que comenzara—. Romper espejos y aprisionar a tus compañeros de esa forma es mal uso de tus habilidades, Gorrión Blanco. Son justo los UP’s que hacen ese tipo de cosas a los que debemos aprehender. Esa es tu misión, ¿lo sabes?

    —Lo sé —susurró Gorrión Blanco, agachando su mirada. Aunque un instante después, su expresión pareció mucho menos convencida—. O... en realidad no lo sé —dijo con vacilación, volviendo a mirarlo—. ¿Esa es realmente mi misión? ¿Eso es lo que en verdad debería estar haciendo? Porque… no siento que sea así.

    —¿A qué te refieres? —cuestionó Francis intrigado.

    Gorrión Blanco negó con la cabeza, y llevó entonces una mano hacia su cabeza, sujetándosela. Gracias a la aspirina que Lisa le había dado, no le dolía en esos momentos, al menos no físicamente. Pero había aún cierta sensación incomoda, como una presión sobre ella que la hacía sentir agotada.

    —¿Quién es Carrie? —preguntó de golpe sin más, volteando a ver al sargento con dureza, que fue incapaz de ocultar su asombro ante tal pregunta.

    —¿Dónde escuchaste ese nombre?

    —¿Acaso importa? —exclamó Gorrión Blanco, defensiva—. ¿Es ese mi nombre? Si es así, ¿por qué no lo recuerdo? ¿Usted sabe algo que no me haya contado aún, sargento?

    Francis enmudeció, pero incluso en su usual expresión de piedra dejaba en evidencia que la deducción de la muchacha no estaba muy errada: él sabía algo. Y sí él lo sabía, muy seguramente era el mismo caso para el Capt. McCarthy, el Dir. Sinclair, el Dr. Shepherd… y sólo Dios sabía quién más en esa base.

    ¿Qué le diría? ¿Intentaría negarlo? ¿Distraerla? ¿Decirle más verdades a medias? Gorrión Blanco se sentía casi ansiosa por oírlo, o descubrir si acaso se atrevería a decirle algo.

    Sin embargo, antes de que cualquiera de los dos pudiera pronunciar alguna otra palabra, una voz adicional se hizo presente en el cuarto, viniendo directamente del radio comunicador que el sargento traía consigo sujeto a su cinturón:

    —Sgto. Schur. Sargento, aquí la patrulla 42, ¿me copia?

    Francis miró hacia su radio, y luego hacia Gorrión Blanco, casi como si de alguna forma pidiera su permiso para tomarlo. La muchacha no dijo o hizo nada que indicara una afirmación o negación a aquello, pero igual el militar se atrevió a tomar la radio, la retiró de su cinturón y la aproximó a su rostro.

    —Aquí el Sgto. Schur. ¿Qué ocurre?

    —Sargento, tenemos dos intrusos detectados en sector Oeste-14. Estamos en estos momentos en su persecución hacia el sureste. Sin embargo, uno de ellos parece ser un 20-02, señor. Necesitamos apoyo.

    Aquello pareció sorprender enormemente a Francis, e incluso ponerlo algo nervioso. Se tomó un segundo para recobrar su usual calma, antes de responder.

    —Voy en camino —indicó con firmeza, un segundo antes de cortar la comunicación y colocar la radio de nuevo en su sitio.

    —¿20-02? —preguntó Gorrión Blanco en ese momento, confusa.

    —Un UP con habilidades de ilusionista —explicó Francis, igualmente causando una reacción de asombro en la muchacha.

    —¿Un UP está suelto dentro de los terrenos de la base?

    —Eso parece —asintió Francis—. Los ilusionistas son presas complicadas. Me sería útil tu ayuda, Gorrión Blanco… Si te sientes lista para ello.

    La joven lo miró fijamente con dureza. Sin decir nada, fue claro que no le parecía bien dejar su conversación anterior hasta ahí.

    —Te prometo que hablaremos luego de esto, ¿de acuerdo? —le dijo Francis con confianza—. Al menos lo que yo pueda decirte.

    Gorrión Blanco suspiró con pesadez. Claramente no estaba conforme con ello, pero no había mucho que pudiera hacer para cambiarlo de momento.

    —Está bien. Vamos.

    Ambos se salieron rápidamente de la sala médica, y se dirigieron directo a respaldar a sus compañeros.

    — — — —​

    Cody y Lucy seguían corriendo sin rumbo fijo por el inhóspito bosque, con al menos dos soldados detrás de ellos pisándoles los talones. Ya les habían disparado al menos tres veces; dos de esos disparos dieron contra alguno de los troncos que los rodeaban, mientras que el tercero pasó a escasos milímetros de la oreja de Cody, tan cerca que por un momento sintió que le arrancaría los anteojos del rostro con el puro impulso.

    El único motivo por el que no los habían alcanzado hasta ese momento, era porque Cody se las había arreglado a ponerles obstáculos en el camino: árboles derrumbados, zanjas que se abrían en el suelo, pesadas rocas cayendo del cielo… Pero resultaba bastante complicado enfocar su mente para darle forma a alguna de esas ilusiones, y al mismo tiempo seguir corriendo, y además esquivar las balas.

    Cody no estaba acostumbrado a correr de esa forma, y menos por su vida. Aun así, quien parecía estar pasándola peor era Lucy. Para ese punto de su huida, su rostro estaba rojo, y respiraba pesada y dolorosamente. Sus pasos además eran erráticos, e irremediablemente sus piernas la traicionaron, entrecruzándose entre sí y haciendo que se precipitara de bruces al suelo, y luego rodara un par de metros por la pendiente que bajaban.

    Al notar que su compañera se caía, Cody frenó arrastrando sus pies en la tierra floja y las hojas secas, y regresó presuroso sobre sus pasos hacia ella.

    —¡Levántate, Lucy! —le apremió Cody, tomándola con fuerza de su brazo y jalándola para ayudarla a alzarse. Sin embargo, Lucy no ponía demasiado de su parte.

    —Ésta es una maldita locura —exclamó en alto, aunque parecía más un rugido al cielo que un reclamo hacia su compañero—. ¿Qué hago aquí? Debería estar en mi casa, tomando té, trabajando en mis proyectos, ¡no aquí huyendo como animal de presa para que no maten!

    —No nos van a matar —declaró Cody con firmeza.

    —¡Nos están disparando! —espetó Lucy, bastante alterada—. Nunca me habían disparado en mi vida, Cody Hobson. ¡Nunca me habían disparado! ¡¿En qué me has metido?!

    —No es tiempo para esto —insistió Cody, y la jaló con aún más fuerza para obligarla a pararse—. Cuando salgamos de ésta podrás recriminarme lo que…

    —¡No se mueva! —bramó con ferocidad una voz a su costado.

    Ambos se giraron al mismo tiempo, y contemplaron con horror a los dos soldados que se aproximaban hacia ellos, con sus armas en alto y sus cañones apuntando a las cabezas de cada uno. Detrás de ellos se acercó el jeep, que se estacionó a sus espaldas, y el tercer soldado bajó de su vehículo con un arma corta en mano para unirse a sus compañeros.

    —Disparen, antes de que haga otro de sus trucos —exclamó vehemente uno de los soldados.

    —¡No disparen! —pronunció Cody, colocándose rápidamente entre Lucy y los cañones de sus armas—. Todo esto es un error, por favor…

    —¡No lo escuchen! —gritó el hombre que se había bajado del jeep, retirando el seguro de su arma—. Nos intentará engañar. ¡Abran fuego!

    —¡No! —gritó Cody en alto, pero fue ensordecido por el retumbar de los disparos, al menos cinco de ellos.

    Los peligrosos proyectiles se dirigieron en su dirección, cortando el aire a su paso. Cody se volvió en un instante enteramente consciente de esto, tanto que en su mente casi le parecía poder ver el movimiento de las balas como en cámara lenta. Pero en realidad no era precisamente su mente consciente la que logró ser capaz de captar esto, sino algo más profundo; algo escondido en su interior que despertó alimentado por el miedo, el estrés, e incluso quizás la ira. Y ese algo enfocó toda su capacidad, todos sus pensamientos y emociones en cada uno de esos proyectiles. Y, estando a unos cuantos centímetros de tocarlos y atravesar sus cuerpos, estos simplemente se desintegraron en miles de minúsculas partículas, como granos de arena, que flotaron en el aire en todas direcciones, salvo en la suya.

    De un parpadeo a otro, Cody y Lucy fueron testigos de cómo todas esas partículas se disolvían a su alrededor como motas de polvo arrastradas por el aire, y desaparecían por completo de su espectro de visión.

    Los tres soldados bajaron sus armas, estupefactos, contemplando el mismo extraño espectáculo sin darle crédito a lo que veían. Eso no podía haber sido una simple ilusión.

    El propio Cody estaba igual o más confundido que Lucy o los soldados, pero no pudo permitirse ser consumido por esta confusión. Rápidamente volvió a enfocarse, e hizo que a su alrededor comenzaran a materializarse cientos de mariposas de diferentes colores, y que todas volaran en parvada en dirección a los soldados. Estos no lograron reaccionar lo suficientemente rápido, antes de ser rodeados por todos aquellos animales falsos, golpeándolos y cubriéndoles la visión. Los soldados agitaron sus brazos y armas frenéticos en el aire, intentando quitárselas de encima, sin mucho éxito.

    Cody aprovechó la nueva distracción, y de inmediato tomó a Lucy de la mano y la jaló para que volvieran a correr. Ésta parecía tan estupefacta por lo que acababa de ocurrir hace un rato, que no tuvo la claridad mental para oponerse y simplemente dejó que él la guiara.

    —¡¿Por qué no me dijiste que podías hacer eso con las balas?! —exclamó Lucy en alto, en cuanto logró darle forma a su pregunta,

    —¡No sabía que podía! —le respondió Cody, apremiante.

    Y eso no era mentira. Había oído de resplandecientes capaces de detener una bala, como Matilda. No obstante, él nunca había intentado hacer nada ni remotamente parecido a eso. Pero lo que más le asustaba era que aquel no había sido un pensamiento consciente; no uno al que él le hubiera dado forma directamente, sino más bien se sentía como si se hubiera formado por sí solo en su propia cabeza, con completa autonomía de él. Un pensamiento en el que él no tenía control...

    Como sus pesadillas.

    Tras unos minutos de moverse entre los árboles, parecía que habían logrado dejar atrás a los soldados. Sin embargo, ese alivio resultó más momentáneo de lo esperado, pues al instante captaron el sonido de un motor aproximándose hacia ellos, pero esta vez de nuevo sobre sus cabezas.

    Cody y Lucy se detuvieron un instante y alzaron sus miradas, en el momento justo para visualizar el helicóptero negro que entraba dentro de su rango de visión, y se posicionaba sobre ellos tan cerca que el aire de sus aspas agitó las ramas de los árboles cercanos, arrancándoles varias de las pocas hojas que quedaban en ellos.

    Los dos fugitivos tuvieron que cubrirse los ojos del viento con un brazo. Al momento siguiente que Cody pudo ver, notó como al menos cinco cuerdas caían desde el helicóptero, y de cada una comenzaba a descender una persona, al parecer la mayoría vestidos con los mismos uniformes militares que sus perseguidores.

    —Grandioso —musitó Cody con sarcasmo. Y lo mejor era que los otros tres soldados ya venían pisándoles los talones de cerca.

    Tomó al instante de nuevo a Lucy de su brazo, e hizo que reanudaran su huida, en la única dirección que le pareció que debía esta despejado. De nuevo no avanzaron mucho, pues en cuanto uno de esos soldados que descendió del helicóptero los detectó huyendo en la distancia, estaba lista para hacer justo para lo que había ido.

    Gorrión Blanco enfocó su atención por completo en la figura de aquellas dos personas. Alzó sus manos hacia el frente, e hizo que su mente se extendiera hacia ellos y los jala como si de una cuerda invisible se tratase. Cody y Lucy sintieron el repentino tirón hacia atrás, que los derrumbó al suelo, y luego los arrastró de espadas por éste, abriéndose paso entre tierra, hojas secas, y algunas piedras.

    Todo ocurrió demasiado rápido, y no fueron capaces de procesarlo. En cuestión de segundos huían corriendo, y al siguiente estaban tirados en el piso, y veían confundidos como el cielo y los árboles pasaban ante ellos mientras eran jalados hacia atrás.

    Cuando se detuvieron, terminaron de espaldas prácticamente a los pies de la chica que los había jalado, y del resto de los soldados. Cody se giró para quedar sobre su pecho y alzarse lo suficiente para echar un vistazo a su alrededor. Rápidamente los soldados comenzaron a rodearlos, soltando órdenes al aire mientras los apuntaban con sus armas. No había visto con claridad lo que había ocurrido, pero lo había sentido. Y aquella fuerza moviendo su cuerpo de esa forma le resultó conocida.

    Eso había sido telequinesis.

    Pero, ¿quién lo había hecho?

    No había forma de saberlo con seguridad, por lo que de momento hizo lo mejor que pudo para volver a concentrarse, antes de que alguno de esos sujetos se le ocurriera someterlos, o incluso dispararles. Al instante su imagen mental se hizo real, y del suelo bajo los pies de los soldados surgieron largas y espinosas enredaderas, que en cuestión de segundos apretaron con fuerza sus cuerpos y sus armas de fuego, sometiéndolos ante sus miradas confundidas y horrorizadas.

    De nuevo aquello no era una simple ilusión.

    Cody se puso de pie rápidamente e intentó ayudar a Lucy a pararse también. Estaba a la mitad de esto cuando notó como uno de los soldados, aquella chica de apariencia joven, cabellos rubios cortos, piel pálida y ojos azules, parecía estarse… liberando de su agarre. Ante los ojos atónitos de Cody, las enredaderas que rodeaban a la chica comenzaban a apartarse de ella poco a poco, como si debajo de éstas se estuviera inflando un globo que creía y creía, hasta que al final las enredaderas volaron en pedazos, dejándola totalmente libre.

    Aquello dejo estupefacto a Cody. Esa chica era sin duda la que poseía la telequinesis, pero… no sabía que alguien con esa habilidad podía hacerle eso a sus ilusiones. Aunque, en realidad, no recordaba que alguien lo hubiera intentado antes.

    Una vez libre, Gorrión Blanco centró su atención en Cody, y se apuró a aprisionarlo con sus poderes. Cody sintió como su cuerpo era inmovilizado por completo, como si lo envolviera una camisa de fuerza bien apretada. Eso resultaría inconveniente, si no fuera porque no necesitaba moverse para crear sus ilusiones.

    Repitió la misma ilusión de hace un momento, materializando a su alrededor cientos de mariposas, pero ahora acompañadas de otros insectos como polillas y langostas, y todas se lanzaron en picada directo contra la chica que lo aprisionaba. Gorrión Blanco miró aquello sorprendida, lo suficiente para que no pudiera reaccionar antes de que todos esos insectos se le lanzaran encima, comenzando a envolverla.

    Soltó de golpe varios alaridos de espanto. Podía escuchar a todas esas criaturas revoloteando a su alrededor, y sus cientos de patas caminando por su cuerpo. Todo se sentía real; demasiado real para ser una ilusión… Pero aquello no hizo más que acrecentar la ira y el miedo e la joven soldado, mismas que dejó escapar en un grito, y un estallido de energía.

    —¡¡Aaaaah!! —dejó escapar con todas las fuerzas de sus pulmones, y al instante todos los insectos que la envolvían salieron disparadas en todas direcciones, muchas de ellas desintegrándose en pedazos en el aire.

    El impacto de sus poderes no sólo empujó a los insectos, sino también a todos los presentes, incluidos sus compañeros, Lucy, y por supuesto el propio Cody. El profesor salió volando hacia atrás empujado por el impulso, cayendo de espaldas contra el suelo y golpeándose duro la cabeza. No fue lo suficiente como para desmayarlo, pero sí para desorientarlo y hacerlo perder por completo la concentración. Las enredaderas, las mariposas, y todo lo que había creado se esfumó por completo, como si nunca hubieran estado ahí.

    Gorrión Blanco cayó de rodillas al suelo, su cuerpo temblando tras aquella desagradable experiencia, pero aún más por aquel despliegue de sus poderes. Se abrazó a sí misma y comenzó a respirar agitada, intentando tranquilizarse.

    —¿Estás bien, Gorrión Blanco? —escuchó como Francis le preguntaba a su lado, y luego sintió como la tomaba con cuidado con sus manos y la ayudaba a ponerse de pie.

    —Sí, eso creo —musitó despacio, y la debilidad de sus piernas la hizo tener que apoyarse un poco contra el fuerte pecho de Francis, para así evitar caerse.

    Se sentía un poco débil, y un pequeño dolor punzante se hizo presente en la parte trasera de su cabeza, pero estaba bien. O al menos creía estarlo.

    Alzó su vista hacia el frente, y pudo ver como los demás soldados, ya también libres, sometían con bastante rudeza a los dos intrusos. A ambos los colocaron contra el piso, doblando sus brazos hacia atrás, y presionando una rodilla contra sus espaldas. La cara de los dos quedó contra la tierra húmeda, y al menos el hombre había perdido sus anteojos entre todo el forcejeo.

    Francis soltó con delicadeza a Gorrión Blanco, dejando que ésta se sostuviera con sus propios pies. Avanzó entonces con paso firme hacia los dos detenidos, sacando a medio camino su pistola. Jaló hacia atrás la corredera para liberar el seguro, y apuntó con su arma directo al rostro del Cody. Éste lo volteó a ver cómo pudo desde su incómoda posición en el suelo, estoico ante el arma que le apuntaba tan directamente.

    —¿Quiénes son y qué hacen aquí? —inquirió con tono severo—. Piensen muy bien su respuesta, pues de ésta dependerá lo que pase a continuación.

    Cody vio de reojo hacia Lucy. Ésta se encontraba visiblemente aterrada, y por supuesto no parecía tener intención alguna de dar alguna respuesta. Cody tampoco estaba seguro de si debía responder, y de hacerlo si debía hacerlo con la verdad o no. Lo que tenía seguro es que usar sus habilidades en ese momento sería lo peor que podía hacer. Al primer indicio de intentarlo, ese soldado, o cualquiera de los que los rodeaban en ese momento, le volarían la cabeza sin titubeo.

    —¡Respondan! —insistió el Sgto. Schur, y al instante se agachó pegando una rodilla al suelo, y la punta del cañón contra a rente de Cody. El reflejo inmediato de éste fue hablar.

    —¡Lisa Mathews! —pronunció en alto con los ojos cerrados, su voz resonando en el silencio del bosque como un eco. Sintió como el cañón se apartaba un poco de su frente, y eso le animó a seguir hablando—. Vinimos a buscar a Lisa Mathews. Sé que está aquí. Sólo quiero saber que está bien.

    Se hizo el silencio, y tras unos segundos Cody se atrevió a volver a abrir los ojos. Aquel soldado delante de él había apartado ya su arma hacia un lado, y lo miraba de una forma que le resultó indescifrable. ¿Estaba confundido? ¿Intrigado? ¿O totalmente indiferente ante su explicación? Era difícil decirlo. Pero por debajo de ese rostro impasible de piedra, a Cody le pareció percibir algo; un pequeño rastro de consciencia, de que aquel nombre que acababa de pronunciar no le era desconocido.

    Tras unos instantes, Francis se puso de nuevo de pie, y volvió a guardar el arma en su funda.

    —No tengo idea de quién habla —masculló con voz inflexible—. Inyéctenlos —le indicó a otro de los soldados, y esa instrucción puso aún más nerviosos a Cody y Lucy. ¿Inyectarles qué exactamente?

    Sin que ellos pudieran verlos desde su posición, dos soldados rompieron la formación, y extrajeron de un compartimiento de sus cinturones una pequeña pistola inyección, cargadas con una dosis del ASP-55. Se aproximaron hacia Lucy y Cody, mientras los otros dos seguían sujetándolos contra el suelo, con la intención de inyectarles el sedante en sus cuellos.

    —No, esperen —se escuchó de pronto que alguien pronunciaba con fuerza, y las miradas de todos los presentes se giraron en su dirección, incluida la de los dos detenidos.

    Gorrión Blanco se abrió paso, hasta pararse a un lado de Francis, y justo enfrente de Cody y Lucy. Observó a ambos con sus ojos azorados bien abiertos, pero en especial observaba a aquel hombre joven, de cabellos rubios y piel pálida que, definitivamente, tenía apariencia de “maestro intelectual cuatrojos”.

    —¿Acaso dijo que viene por la Dra. Mathews? —pronunció desconcertada.

    —Gorrión Blanco —exclamó Francis a su lado con dureza, pero la joven lo ignoró.

    —¿La conoces? —preguntó Cody, apremiante—. ¿Ella está aquí? ¿Está bien?

    Se notaba una desesperación y preocupación en su voz difícil de fingir.

    Gorrión Blanco de agachó hasta ponerse de rodillas y poder mirar a aquel hombre de más cerca. Ambos se miraron fijamente, él lo mejor que su posición le permitía. Con tan sólo tener sus ojos posados en él unos cuantos segundos, una sensación inundó el pecho de Gorrión Blanco, junto con un presentimiento que estaba casi segura que era certero, pero que igual sintió la necesidad de confirmarlo.

    —¿Acaso es usted Cody?

    Él la miró sorprendido, y parpadeó dos veces.

    —Sí, así es —respondió con voz vacilante—. Soy Cody Hobson. ¿Quién eres tú?

    Cody sintió su pregunta extraña, como si le dejara un sabor amargo en boca al hacerla. Como si no fuera necesario que la hiciera, que él ya conocía a aquella chica de algún lado, aunque de momento se le escapaba por completo el dónde o el cuándo.

    Gorrión Blanco se paró rápidamente en ese momento, y se giró imperiosa hacia los demás soldados.

    —No lo lastimen, y no le inyecten esa cosa —pronunció en alto, sonando casi como una orden—. Es el novio de la Dra. Mathews.

    —Gorrión Blanco —espetó Francis en alto, notándosele más irritado que antes—. Deja que se encarguen de esto —añadió, y justo después le indicó con un asentimiento de su cabeza a los dos soldados de las pistolas inyecciones para que continuaran.

    Ambos soldados se dispusieron a obedecer, y uno de ellos ya estaba lo suficientemente próximo para tomar el cuello de la camisa y el abrigo de Lucy, y bajarlo para dejar al descubierto su nuca.

    —¡Dije que no! —gritó Gorrión Blanco en alto, y por mero reflejo alzó sus manos, una hacia cada uno de los soldados que estaban por inyectarlos, y ambos salieron disparados hacia atrás, cayendo algunos metros lejos de los dos detenidos.

    Aquello fue la chispa que se ocupaba para poner aún más caliente la situación que ya se percibía bastante tensa para ese momento. En cuanto Gorrión Blanco tuvo la audacia de empujar a dos de sus compañeros de esa forma, de inmediato todos los demás soldados que los rodeaban alzaron sus armas y las apuntaron directo hacia ella. Incluso los dos que sujetaban a Lucy y Cody se apartaron en alerta y desenfundaron sus pistolas.

    Gorrión Blanco observó con seriedad a su alrededor, teniendo sus manos aún alzadas y su mente lista, mientras a sus pies los dos extraños se sentaban, y miraban con espanto como estaban también en el centro de aquel tiroteo en potencia.

    —¿Y ahora qué demonios está pasando? —le susurró Lucy con voz temblorosa a Cody, acercándose más hacia él.

    —Te juro que no tengo idea —le respondió el profesor en voz baja.

    Sorprendentemente, parecía que estaban ahora en una situación incluso peor que la anterior.

    —Gorrión Blanco, cálmate —intervino Francis, abriéndose paso entre dos soldados para aproximársele.

    —No, ustedes cálmense —respondió la chica, intentando quizás sonar firme, pero logrando un efecto más cercano al de niña respondiendo a un regaño con tono de berrinche—. Sólo se trata de un hombre que está buscando a su novia, la mujer que ama. Y ustedes lo tratan como un criminal.

    —Entraron a un área restringida —masculló Francis entre dientes—. Atacaron a nuestros hombres.

    —Eso no es cierto —exclamó Cody en ese instante, y parecía más que dispuesto a argumentar que unas cuentas mariposas e ilusiones inofensivas difícilmente contaban como ataques. Sin embargo, Lucy se apresuró a taparle firmemente la boca con una mano, antes de que dijera más.

    —Tú guarda silencio —susurró Lucy muy despacio.

    —De seguro no es más que un malentendido —señaló Gorrión Blanco—. Hablemos con la Dra. Mathews y ella lo aclarará.

    —No haremos tal cosa, Gorrión Blanco —indicó Francis con inamovible firmeza—. Así que hazte a un lado.

    La mirada de la chica se volvió aún más dura al momento de escuchar esa “orden”. Y en lugar de doblegarse, su actitud pareció volverse incluso más férrea.

    —¿O si no qué? —respondió con tono de desafío, apretando firmemente sus puños. Al instante, todos sintieron como sus armas vibraban en sus manos, como agitadas por un pequeño terremoto, y amenazaban con escaparse de ellas en cualquier momento.

    No necesitaron mayor explicación para saber qué, o quién, lo estaba causando, y no hizo más que poner aún más nerviosos a los hombres. Al menos dos de ellos estaban ya más que dispuestos a disparar, y aceptar las consecuencias después.

    —¡No disparen! —gritó Francis a todo pulmón, y rápidamente avanzó hacia el centro, colocándose delante de Gorrión Blanco, como si quisiera usar su propio cuerpo como escudo para ésta—. Dije que no disparen —repitió vehemente—. Bajen todos sus armas, ¡ahora!

    Los soldados se miraron entre ellos, dubitativos.

    —¡Es una orden! —vociferó Francis con mayor fuerza, y a regañadientes uno a uno comenzaron a hacerlo. El sargento suspiró con cansancio, y quizás algo de hartazgo para ese momento—. Espero que entiendas el gran problema en el que te estás metiendo —vociferó, volteando a ver a Gorrión Blanco sobre su hombro. Ésta lo miró, sin responder nada.

    El sargento aproximó una mano a su cinturón, tomando de éste su radio para acercarlo a su boca, y así poder comunicarse a la base.

    — — — —​

    Tras terminar de revisar los números de algunos de sus proyectos en marcha, Russel se reunió con el Dir. Sinclair, cuya mayor y único interés del día era el tema de Damien Thorn. El interrogatorio que tanto interés había despertado en el director del DIC, era la tarea más importante del día, y la que de seguro ocuparía la atención de la mayoría de los altos mandos de la base, al menos en lo que restaba de la tarde.

    El Dir. Sinclair tenía principal interés en que le describieran todos los preparativos y medidas de seguridad que habían diseñado para llevar a cabo el interrogatorio. No era secreto para nadie que el sólo hecho de despertar tan pronto al chico Thorn ya ponía nerviosos a muchos. Ni siquiera contaban con el tiempo de preparación como en el caso de Charlene McGee, que tuvieron prácticamente años para diseñar una celda especialmente para ella. Sin contar con siquiera una milésima de información útil de lo que Thorn era capaz de hacer o no, tendrían que irse por un modelo más convencional, pero no por eso descuidado.

    Del lado de Russel, éste sólo podía compartirle la parte más científica y médica del proceso. Para la parte de la seguridad más “ruda”, por llamarle de alguna forma, tendría que preguntárselo directo al Capt. McCarthy, pues él se había encargado personalmente de todo eso. Así que ambos se dirigieron juntos hacia la oficina de director en jefe del Nido, con la idea de discutir esto con él, y por supuesto comenzar con todo aquello lo antes posible.

    —¿Soy yo o la base se siente un poco silenciosa este día? —comentó Lucas de pronto, mientras ambos subían en el ascensor hacia el primer nivel—. ¿Ya comenzaron a irse las personas que pidieron licencia por Acción de Gracias?

    —No aún —respondió Russel, negando con la cabeza—. Los transportes me parecen que llegarán hasta esta tarde.

    Lucas asintió con aprobación.

    —¿La Srta. Mathews se irá entre ellos?

    —Me temo que sí —suspiró Russel—. Pero no se preocupe, se encargó en estos días de dejar todo en orden.

    —Eso no me preocupa. Pero dependiendo del resultado de este interrogatorio, puede que el siguiente paso de nuestro proyecto deba acelerarse.

    —Sí, señor —murmuró Russel, con tono moderado pero intentando ocultar de alguna forma sus incertidumbres.

    La creación del Lote Once en base a toda la información recabada tras el éxito de Gorrión Blanco, era la siguiente prioridad del área científica del DIC. Bien o mal, tras todos los últimos sucesos parecían estar cada vez más cerca de alcanzar su objetivo final: poder estimular de forma artificial el cerebro de los sujetos, con el fin de despertar en ellos habilidades psíquicas que pudieran usar a su favor. Y, con algo de suerte, ahora tendrían mejores resultados que la vez anterior.

    Al llegar a su nivel, ambos bajaron el ascensor y caminaron por el pasillo hacia la oficina de McCarthy. La secretaria de éste aún no volvía a su lugar, pero no le dieron mucha importancia a ello, y simplemente siguieron de largo a la oficina sin anunciarse. Adentro ya los aguardaba McCarthy, pero también la visitante que acababa apenas hace unos minutos de bajarse de su helicóptero. Ambos se pusieron de pie en cuanto ellos entraron

    —Ah, Cullen —pronunció Lucas al poner sus ojos en la jefa de sus agentes de campo—. Bienvenida a la fiesta —pronunció con ligero humor en su voz.

    —Señor —le respondió Cullen con solemnidad, ofreciéndole un rápido saludo.

    —Me dijeron que necesitas hablar conmigo, pero me temo que tendrás que esperar un poco. Estoy a punto de ocuparme con un asunto delicado.

    —Sí, Davis me comentó al respecto —señaló la agente, observando por un instante de reojo hacia McCarthy—. Si me permite, señor… ¿en verdad cree prudente despertar tan pronto al chico Thorn?

    —¿Tú también? —masculló Lucas con ligero fastidio, mientras avanzaba hacia una de las sillas frente al escritorio, sentándose en ella—. Créeme que ya todos aquí me han expresado sus reservas con esto. Y te aseguro, al igual que a ellos, que no es una decisión que esté tomando a la ligera. Sabemos bien a qué nos estamos enfrentando.

    —Con todo respeto, no estoy del todo segura de ello, señor —indicó la agente Cullen, cruzando las manos tras su espalda—. No creo que conozcamos aún el alcance completo de lo que este chico puede hacer. Leí el reporte de lo sucedido en ese pent-house. Las descripciones de los sobrevivientes son… a lo menos, perturbadoras. Nunca había oído de otro UP haciendo algo así.

    El semblante de Lucas se endureció aún más, y por unos segundos permaneció en silencio, con su mirada inclinada hacia un lado. Ahora no sólo Eleven y Charlie tenían el atrevimiento de decirle que no sabía en qué se estaba metiendo; ahora incluso sus propios hombres de mostraban reacios, casi temerosos, ante la presencia de ese muchacho, y eso lo exasperaba bastante.

    No entendía de dónde provenía todo eso. ¿Por qué todos le tenían tanto miedo? ¿Habría acaso algo que él aún no hubiera visto…?

    Agitó su cabeza con violencia, espantando esos pensamientos. No podía dejarse arrastrar de esa forma. No ahora que estaba justo por encarar de frente a ese mocoso que tantos problemas había causado.

    —Thorn no es más que otro UP peligroso, como tantos que hemos enfrentado en el pasado —declaró Lucas con inamovible firmeza—. No podemos permitirnos mitificarlo más allá de eso, y menos nosotros que somos las cabezas de esta institución. No está mal expresar estas ideas, siempre y cuando lo hagamos en privado como ahora. Lo que menos necesitamos es que ideas como esa se propaguen entre el resto de los hombres.

    —No creo que eso sea algo que se pueda evitar del todo —musitó McCarthy despacio—. Muy seguramente los rumores de lo ocurrido en ese pent-house ya se han extendido. Y muchos vieron el estado en el que llegó, y como se recuperó a una velocidad tan inusual.

    —Más razón que realizar este interrogatorio lo antes posible —señaló Lucas, alzando sus palmas a aire como indicando que señalaba una obviedad—. Mientras más pronto todos lo vean como un simple buscapleitos más al que debemos, y podemos, poner en su lugar, más rápido esos rumores perderán peso. Además, hay varios asuntos relacionados con él que necesitamos zanjar cuanto antes.

    —¿Sigue inquieto por el hecho de que haya pasado desapercibido tanto tiempo? —masculló Cullen, inquisitiva—. ¿La explicación de Douglas o la posibilidad de un error humano no le convencen?

    —En lo absoluto —respondió Lucas sin vacilación alguna—. Pero eso de momento no les concierne, yo estoy haciendo mi investigación aparte de dicho tema. Y este interrogatorio con el prisionero es una parte vital de ello. Así que —se giró en ese momento hacia McCarthy—, para tranquilidad de la agente Cullen, y de todos, ¿por qué no nos explicas las medidas de seguridad que tomaremos para esto, Davis?

    —¿Por qué no mejor vamos a verlo directamente? —propuso McCarthy, comenzando a rodear su escritorio en dirección a la puerta—. Ya debe estar todo preparado, ¿no es así, Dr. Shepherd?

    —Eso creo —comentó Russel escuetamente.

    —Pongámonos en camino, entonces —secundó Lucas, parándose de su silla—. Supongo que nos acompañarás entre el público, ¿cierto? —preguntó mirando hacia Cullen—. Terminando con esto podremos hablar de lo que necesitas.

    —No me lo perdería, señor —le respondió la agente de cabellos rubios con serenidad.

    Los cuatro salieron de la oficina y se encaminaron hacia los ascensores. Sin embargo, a medio camino el radio comunicador de Davis comenzó a sonar.

    —Capitán. Capt. McCarthy, ¿me copia?

    McCarthy se detuvo, y los otros tres hicieron lo mismo. Si no se equivocaba, esa era la voz del Sgto. Schur. Tomó su radio y lo aproximó a su boca.

    —Aquí McCarthy. ¿Qué es lo que ocurre?

    —Capitán, tenemos una situación delicada —indicó la voz Francis en la radio con su habitual estoicidad, aunque debajo de ella se percibía un dejo de temblor—. Tenemos a dos intrusos en el sector Oeste-14. Uno de ellos es un 20-02.

    —¿Un ilusionista? —pronunció Cullen, intrigada.

    —Ambos ya fueron sometidos —siguió explicando Francis por el radio—. Sin embargo… —vaciló unos segundos, antes de añadir la siguiente parte de su explicación—. Uno de ellos afirma ser el novio de la Dra. Lisa Mathews.

    El rostro de Russel se llenó de sorpresa en ese instante.

    —¿Cody Hobson? —pronunció, surgiendo de su cuerpo como un respingo. Aquello captó de inmediato la atención de todos los demás.

    —Aguarde un momento, sargento —indicó McCarthy por la radio, y justo después cortó momentáneamente la comunicación.

    El capitán, así como el Dir. Sinclair y Cullen, se giraron hacia Russel. La curiosidad en sus miradas era más que evidente, y le incitaban a explicarse mejor.

    —En efecto, la Srta. Mathews está saliendo con un chico, de nombre Cody si no mal recuerdo, que es además un UP capaz de crear ilusiones, de acuerdo al reporte que nos proporcionó inteligencia. Aunque cabe mencionar que el reporte indica que sus ilusiones no son del todo como las que solemos ver… pero eso es un tanto largo de explicar en estos momentos. Lo importante es que esta persona, según tengo entendido, pertenece además la Fundación Eleven.

    —¿Cómo dices? —exclamó Lucas, notándosele algo alarmado. Avanzó además unos pasos hacia Russel, hasta pararse justo delante de él—. ¿Me estás diciendo que esa mujer sale con un miembro de la Fundación Eleven?

    —Sí —asintió Russel con absoluta calma—. No es ninguna sorpresa, en realidad. Es un dato que surgió durante la investigación de antecedentes que se le realizó antes de su contratación.

    —¿Y no se te ocurrió informarme de eso antes?

    —Con todo respeto, no tengo la obligación de informarle a detalle de cada contratación que realizo en mi equipo, director —respondió Russel con firmeza, cruzándose de brazos—. Como jefe del área científica, tengo completa autonomía en estos asuntos, como usted debe recordar. En todo caso, sí cortejé la información con el Capt. McCarthy, y él estuvo de acuerdo que no era algo de qué preocuparse.

    Al ser aludido, Davis no vaciló en intervenir y añadir a la conversación lo que consideraba pertinente.

    —Si no recuerdo mal, el chico estaba en la clasificación B, como la mayoría de los miembros de la Fundación. E Inteligencia no detectó ningún peligro potencial en él o en su relación con la Srta. Mathews. Es… maestro de secundaria, o algo así. —Miró hacia Russel en busca de confirmación, misma que él le dio en forma de un leve asentimiento—. En el expediente, Inteligencia lo describía como una persona recta y tranquila; sin una multa, o siquiera atraso en sus impuestos. Un “ciudadano ejemplar”, me parece que decían.

    —¿Y ahora este “ciudadano ejemplar” se ha infiltrado a la fuerza en los terrenos de la base? —cuestionó Lucas, mirando tanto a Davis como Russel con acusación implícita en sus ojos. Ambos se miraron el uno al otro, notándose igual de intrigado.

    —Sí, eso… también me suena extraño —murmuró Russel, indeciso—. No sé cómo siquiera haya dado con nuestra ubicación. La Srta. Mathews nunca fue informada de ésta, y desde que llegó se le retiró todo dispositivo electrónico, y se le privó de cualquier contacto con el exterior. Así que dudo que haya sido ella.

    —Debió ser uno de los rastreadores de la Fundación —especuló Cullen con severidad.

    —Ningún rastreador puede encontrar esta base, ¿recuerdan? —contestó Russel, bastante seguro—. La diseñamos justo para que fuera así… ¿Están seguros que se trata de él? Podría ser un impostor.

    Lucas se cruzó de brazos, y miró hacia el suelo, pensativo. A todos les extrañaba sobre todo la reacción tan adversa que había tenido al enterarse de que podría tratarse de un miembro de la Fundación Eleven, con quien se supone el DIC estaba en buenos términos. El propio director tenía una relación tan estrecha con su líder, que incluso aceleró todo este operativo con tal de aprehender a la persona que la había atacado.

    ¿Qué era lo que le inquietaba tanto?

    —Quién quiera que sea, tenemos que saber con seguridad sus motivos para venir hasta acá —pronunció Lucas tras un rato con voz inflexible. Se giró entonces hacia McCarthy—. Dile al Sgto. Schur que los detenga y los interrogue. Y pídanle a la Srta. Mathews que confirme su identidad.

    —De inmediato —respondió Davis, y se apresuró a alejarse unos pasos para poder dar las órdenes por radio.

    —Quizás deba ir a encargarme de esto —comentó Russel—. Después de todo, hasta que deje estas instalaciones, la Srta. Mathews es parte de mi equipo.

    —No, este otro asunto es mucho más importante —señaló Lucas, tajante—. Y no lo pienso retrasar. Lidiaremos con el novio o quién sea después.

    Dicho eso, Lucas se dio media vuelta y comenzó a andar de nuevo hacia los elevadores. Russel vaciló un poco entre seguirlo o no, mientras que McCarthy tardó unos segundos más hablando por la radio. La agente Cullen, por su parte, caminó a lado del director sin mucho problema.

    —¿Qué le preocupa, señor? —le preguntó Cullen con cautela—. ¿Cree que pudiera no ser en realidad alguien de la Fundación?

    —No sé si el que fuera en verdad quien dice ser sería mejor o peor —respondió Lucas con tono enigmático. Cullen lo miró con expresión confusa—. Me preocupa que en efecto sí sea alguien de la Fundación, y que Eleven lo haya enviado —aclaró Lucas en voz baja, como un secreto sólo entre ellos.

    —¿La Sra. Wheeler despertó? —inquirió Cullen, sorprendida.

    —Hace unos días. Y en la última conversación que tuvimos, me hizo ver que sabe que tenemos a McGee aquí.

    —No pensará que podría intentar mandar a alguien a rescatarla, ¿o sí? —mencionó Cullen, alarmada.

    —Ella me prometió que no lo haría, y le creo. Pero, ¿ahora casualmente un miembro de su Fundación aparece a nuestra puerta? —Negó con la cabeza, indeciso—. Quiero creer que la conozco bien, y de que es lo suficientemente consciente como para saber que hacer una locura como esa no tiene sentido. Pero como dije, lidiaré con eso después de lo de Thorn.

    Cullen asintió, y ya no comentó nada al respecto. Lucas, por su parte, se forzó a dejar esa preocupación a un lado de momento, y concentrarse en lo que, como él bien había dicho, era mucho más importante.

    Unos minutos después, los cuatro bajaban juntos por el elevador hacia el sitio en el que se llevaría a cabo el tan esperado interrogatorio.

    — — — —​

    —Entendido —pronunció Francis con firmeza una vez sus instrucciones fueron dadas. Colocó entonces de regreso el radio en su cinturón, y se giró hacia los dos intrusos aún sentados en el suelo, mirándolos con severidad—. Cúbranlos y llévenlos a la base —le indicó a sus compañeros.

    —¿Cubrirnos? ¿Cubrirnos qué…? —masculló Lucy, pero antes de poder terminar el soldado que la había sometido anteriormente la jaló con brusquedad para obligarla a ponerse de rodillas, al tiempo que hacían lo mismo con Cody. Un segundo después, les cubrieron las cabezas a ambos con lo que parecía ser una bolsa de tela negra y gruesa—. ¡Ay!, ¡no! ¡Prefiero que me seden…! —exclamó Lucy alarmada, comenzando a forcejear.

    —Les recomiendo que cooperen, y podremos terminar con esto pronto —comentó Francis con voz más amable que la antes—. Llévenlos al jeep.

    Los dos soldados los jalaron con tosquedad para que se pusieran de pie, y comenzaron a jalarlos hacia el vehículo estacionado a algunos metros, sin importarles mucho que pudieran caminar bien o no con sus cabezas, y sus visiones, totalmente tapadas. El ilusionista, el tal Cody, no hizo seña alguna de querer hacer algún otro de sus trucos para escapar. Quizás en verdad le había tomado la palabra en que cooperar era lo mejor que podía hacer en esos momentos.

    Por su lado, Gorrión Blanco se preocupó un poco al ver cómo se los llevaban de esa forma tan poco delicada, pero se sintió aliviada de que al menos no los dormirían ni les harían más daño. Al menos, no de momento. Eso la hizo suspirar más relajada, e incluso sonreír un poco.

    —Muchas gracias, sargento —musitó con voz tenue, girándose hacia Francis. Éste, sin embargo, la miró de regreso con una hostilidad tajante su mirada que la dejó helada unos instantes.

    —No hay nada en todo esto que sea digno de agradecerse, Gorrión Blanco —le respondió con brusquedad, con tono acusador—. ¿Acaso crees que no habrá consecuencias luego de lo que hiciste aquí? ¿Qué ninguno de estos soldados reportará a la primera oportunidad como usaste tus poderes contra ellos y los amenazaste?

    Gorrión Blanco se estremeció por la rudeza de sus palabras. Miró entonces hacia un lado, notando como los demás soldados comenzaban a retirarse, pero más de uno miraba en su dirección con recelo.

    —Estás perdiendo el control —continuó Francis, claramente sonando como una recriminación—. Si no dejas estos arrebatos de una buena vez, no habrá nada que yo, ni nadie, pueda hacer para protegerte.

    La expresión de la chica se afiló al escuchar tal advertencia, o quizás incluso amenaza. Se giró a mirar de nuevo al sargento, y con una casi dolorosa frialdad en su tono le murmuró:

    —Puedo protegerme yo sola.

    Antes de esperar alguna respuesta de su parte, Gorrión Blanco se dio media vuelta, y comenzó a avanzar también detrás de los otros. Francis, agotado y resignado, la siguió unos pasos detrás.

    Sí, definitivamente era una chica que podía protegerse sola, salvo quizás de sí misma y de la rabia que se escondía en su interior. Y eso era lo más preocupante.

    FIN DEL CAPÍTULO 145
     
  6. Threadmarks: Capítulo 146. Sólo queda esperar
     
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    Resplandor entre Tinieblas
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    Misterio/Suspenso
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
    WingzemonX


    Capítulo 146.
    Sólo queda esperar

    Los disparos y el alboroto que se escuchaban a lo lejos cesaron abruptamente, lo que aun así no terminó por tranquilizar a Mabel. Siguió avanzando por el bosque en la misma dirección, pero con paso mucho más precavido, y su mirada fija en todo su alrededor. Cerca de diez minutos más de caminata, al fin logró divisar lo que Verónica le indicó que encontraría: una enorme montaña alzándose a lo lejos, en medio de un claro entre los árboles. Aunque más que montaña, parecía más una formación rocosa vertical y recta, como una torre hecha de roca, tierra, y algo de vegetación, que se alzaba en lo alto como una atalaya que vigilaba todo aquel paramo.

    Un pequeño Monte Olimpo.

    Mabel se colocó pecho a tierra entre los árboles de una loma, ocultándose bien de la vista de cualquiera que pudiera pasar cerca de ahí. Tomó su rifle, y con la ayuda de la mira de éste comenzó a recorrer la parte baja de la montaña, no tardando demasiado en notar algo fuera del lugar. Había un sendero que se abría paso hacia el lateral de la montaña, al ras del suelo. El sendero terminaba en lo que parecía ser el hueco de una caverna.

    Justo donde Verónica le había indicado que lo encontraría.

    «Así que esa es mi entrada» pensó mientras observaba aquel agujero por la mirilla. Pero no sería tan fácil como sólo pasar caminando por ella, y eso también se lo había advertido aquella chiquilla. Y tuvo oportunidad de comprobarlo en ese mismo instante, cuando un jeep verde con al menos cinco personas encaramadas en él se dirigió justo a aquel punto.

    Mabel se pegó más contra el suelo, y retrocedió un poco para ocultarse más entre la maleza. Por la mirilla de su rifle, vio como el vehículo se detenía frente a la entrada de la cueva, y de ésta salían dos hombres de uniformes azules, fuertemente armados con armas largas mucho más espectaculares que la suya. Uno de ellos se aproximó al vehículo, mientras el otro vigilaba los alrededores. Tras un rato, ambos se hicieron a un lado, y el vehículo siguió adelante, hasta perderse en el interior de la cueva. Los dos soldados los siguieron poco después.

    No tenía que echar un vistazo ahí dentro para saber que aquello no era en realidad una cueva. Y, más importante, que se encontraría con más que sólo un par de soldados ahí dentro. Así que si quería en verdad ingresar a lo que se ocultaba ahí debajo, necesitaría un poco de ayuda adicional.

    «Y ahora, ¿dónde está la dichosa distracción?» pensó con molestia, su dedo moviéndose inquieto contra el gatillo de su arma, pero sin intención alguna de presionarlo (aún).

    Verónica le había dicho que la reconociera en cuanto la viera, pero de momento no había señal alguna de nada que pudiera darle libre acceso como prometió.

    «Supongo que sólo queda esperar» concluyó con irritación, soltando justo después un largo suspiro.

    Y eso hizo. Se quedó en su sitio, mirando hacia la cueva por la mirilla, y aguardó…

    — — — —​

    La sala de monitoreo y seguridad del Nido se encontraba en el nivel superior de la base. Desde ahí, se llevaban a cabo tareas generales de control y seguridad, como el monitoreo de las cámaras de seguridad principales de todos los niveles, que se mostraban en pantallas colocadas por toda la pared frontal. Igualmente se activaban las alarmas de emergencia ante cualquier eventualidad, se detectaba la presencia de cualquier aeronave que volara en el espacio aéreo de la base, y se le autorizaba (o no) su aterrizaje en la plataforma. También se encontraban conectados directamente con el sistema de audio interno de la base, desde el cual por medio de sus altavoces podían hacerse anuncios generales para que todo el personal lo escuchara, incluso enviándolos a sus respetivos radios comunicadores.

    Aquel sitio podría considerarse los ojos y los oídos del Nido, desde donde se vigilaba todo lo que ocurría en él. O, casi todo.

    Usualmente había de cinco a diez personas por turno sentadas en los diferentes puestos de la sala, pero esa tarde había sólo dos. El resto o habían bajado a comer, o se preparaban para dejar la base para su permiso de Acción de Gracias. Cerca de la mitad del personal de base se ausentaría durante esos días, por lo que las cosas estarían muy tranquilas por ahí. De hecho, tras la llegada de Charlene McGee y aquel otro prisionero, las cosas ya habían estado bastante calmadas, resaltando únicamente esa intromisión de dos extraños en los terrenos, y si acaso la repentina llegada de la Capt. Cullen. Luego de eso, ya no había nada en los planes de los siguientes días. Sólo sentarse, estar de guardia, y esperar.

    —¿Crees que se podamos ver el partido de los Cowboys en alguno de esos monitores? —comentó con voz monótona uno de los dos soldados asignados a la sala, el más joven de ambos, mientras observaba hacia la imágenes de la cámara de seguridad; nada fuera de lo normal en ninguna de ellas, igual que en las últimas horas; y días. Ese sería apenas su primer año asignado al Nido, así que aún se estaba acostumbrando a la manera de trabajar en aquel sitio.

    Su compañero, más grande y experimentado, rio divertido.

    —Toda comunicación con el exterior es restringida; entrante o saliente. Sin embargo…

    Miró a su alrededor, como si temiera que alguien oculto en algún rincón pudiera oírlos. Aproximó más su silla hacia su compañero, y con voz confidente le susurró:

    —Hay formas de arreglarlo sin que los jefes lo sepan —seguido después por un discreto guiño de su ojo—. Una vez que el Dir. Sinclair se vaya al fin, y la base se vacíe, las cosas se relajarán. Tú nomás ten paciencia.

    —Hablando del director, ¿es usual que se quede tanto tiempo por aquí?

    —Sólo cuando ocurre algo importante, supongo; como la aprehensión de esa mujer que trajeron hace una semana. Pero esta estadía me parece ha sido un poco más larga que otras, así que no debe tardar mucho en irse. Su esposa lo hará dormir en el sillón si acaso se le ocurre faltar a la cena de Acción de Gracias.

    El soldado complementó su comentario con una sonora risa burlona, misma que inevitablemente su compañero más joven terminó por imitar a su propio modo.

    —¿Acaso la esposa del director tiene su carácter? —preguntó curioso.

    —No sé, es lo que algunos dicen; que la verdadera jefa es la Sra. Sinclair. A mí no me importaría hacer lo que ella me dijera, ¿sabes? Y es que no la has visto, pero tiene un trasero de…

    Antes de que pudiera concluir su comentario, ambos escucharon como la cerradura electrónica de la puerta de la sala pitaba, y ésta se abría poco después. El soldado mayor alejó por mero reflejo su silla de la de su compañero, y carraspeó disimulado, como si intentara deshacerse de cualquier rastro que podría haberle quedado en la garganta de su inoportuno comentario.

    —¿Cómo están, muchachos? —masculló de forma cantarina una voz dulce desde la puerta, seguida por el sonido de ésta volviéndose a cerrar—. ¿Se están portando bien?

    Ambos hombres se giraron al mismo tiempo hacia la recién llegada, y una sonrisa alegre se dibujó en sus labios al reconocer el rostro redondo y afable de Kat (Kathy para los más allegados), la amable mujer de cincuenta años que trabajaba como secretaria del Capt. McCarthy. Aunque casi de inmediato la atención de ambos se centró en aquello que la mujer de cabellos rojizos canosos cargaba en sus manos: una charola de plástico de la cafería, con tres tazas humeantes sobre ella.

    —Hoy amaneció más frío, ¿no les parece? —comentó Kat con cierto humor, aproximándose hacia ellos con la charola—. Mis huesos me dicen que dentro de poco comenzará a nevar; quizás esta misma noche, con un poco de suerte. Pero mientras tanto, les traje un poco de chocolate caliente.

    —Muchas gracias, Kathy —pronunció el soldado mayor, esbozando una jovial sonrisa. Extendió sus manos hacia la charola, tomando una de las tazas entre ellas—. Qué bendición tenerte por aquí.

    —Gracias, señora —secundó el soldado más joven, tomando la otra taza.

    —Kathy, por favor —rio la secretaria con tono bromista, al tiempo que se permitía sentarse en otra silla con la tercera taza que había traído consigo—. Nadie me ha dicho “señora” desde que dejé de ser instructora de vuelo. Bueno, salvo mis yernos, pero a ellos se los permito.

    —¿Fue piloto? —comentó curioso el soldado joven, al tiempo que daba un sorbo de su taza.

    —Ahí donde la ves, Kathy participó en la Tormenta del Desierto —añadió el otro solado, con tanto orgullo como si hablara de sí mismo—. Una de las primeras mujeres en su campo.

    —Eso fue hace ya bastantes presidentes —comentó Kat con tono risueño. Sujetó su taza entre las manos cerca de su rostro, soplando su contenido antes de atreverse a darle un primer sorbo—. Qué tranquilo está por aquí —señaló mirando hacia la sala casi vacía—. ¿Ya todos se fueron a sus casas?

    —Aún no —negó el soldado más joven—. Los transportes llegarán hasta después de las cuatro.

    —¿Tú pasarás la fiesta aquí con nosotros, Kathy? —preguntó el soldado mayor con curiosidad.

    —Oh, por supuesto —respondió ella con tono animado—. ¿No sabes que esta base sería un desastre si me ausentara aunque fuera un día?

    Ambos rieron con fuerza, como si aquello se tratara de alguna broma interna entre ellos. El soldado joven no lo entendió del todo, pero igualmente rio para acompañarlos.

    —Este chocolate está muy bueno —comentó el soldado mayor, alzando su taza en el aire—. Pero creo que me gustaría con algo un poco más fuerte, ¿sabes?

    —Voy un paso delante de ti, mi amigo —señaló Kathy con tono de complicidad, justo antes de introducir una mano en el interior de su chaqueta, y extraer de su bolsillo interno una pequeña licorera plateada—. De la botella que el jefe guarda en su escritorio. Sírvanse, yo invito.

    Los dos soldados no dudaron en aceptar su ofrecimiento, y cada uno vertió un poco del licor opaco en su respectiva taza. Poco a poco los tres comenzaron a relajarse, y el ambiente se fue aflojando entre charla y charla.

    — — — —​

    Tras haber prácticamente huido de aquella sala de investigación, dejando atrás a Gorrión Blanco y al Sgto. Schur, Lisa se dirigió hacia la cafetería para beber algo. Lo que quería era tranquilizarse, por lo que un café quizás no sería la mejor opción, y por eso optó por un té de manzanilla. Al principio no sintió que le hiciera mucho efecto, pero poco a poco pudo percibir que sus manos, y de paso el resto de su cuerpo, dejaban de temblar.

    Aun estando ahí sentada, seguía sintiéndose abrumada por la sensación de esa energía invisible aprisionándola, apretándola como un doloroso abrazo del que no podía librarse. Y no necesitaba imaginarse lo que aquella chica pudiera ser capaz de hacerle teniéndola así, inmovilizada y totalmente a su merced; ella misma lo había presenciado de primera mano en aquel quirófano, como azotaba a todas aquellas personas contra las paredes, el techo y el piso como si no fueran nada.

    Nada le impedía hacerle lo mismo… o incluso algo peor que superara lo que ya había visto.

    Para cuando logró salir del estupor de aquellos pensamientos, se sorprendió con la sensación de sus mejillas húmedas. Había empezado a llorar sin que se diera cuenta.

    Rápidamente alzó las manos hacia sus ojos y mejillas, y comenzó a tallar ambos con algo de desesperación para borrar las pruebas de aquel vergonzoso desliz. Ya había tenido suficiente de Gorrión Blanco, el Nido, y de toda esa locura. Era hora de volver a casa, aunque tuviera que subirse a la fuerza a algún helicóptero.

    Una vez que terminó su té, se dirigió presurosa de regreso a su habitación, para empacar todas sus cosas y estar totalmente lista cuando el transporte llegara. Aunque antes de comenzar con eso, se tomó unos minutos para darse una ducha rápida, a pesar de que se había duchado esa mañana luego de su entrenamiento. No había algún motivo claro para ello, simplemente había tenido la necesidad de hacerlo; como si con eso pudiera quitarse de encima la sensación incomoda que los poderes de Gorrión Blanco habían dejado en su piel.

    Luego de salir de la ducha, se vistió con uno de sus atuendos más casuales que había traído consigo, para estar lista para irse: pantalones rosados ajustados, una blusa blanca, y sus tenis azules para hacer ejercicio. Dejó su bata blanca de laboratorio sobre la cama, disponiéndose a no volver a ponérsela. Sacó el resto de su ropa del armario de su habitación, y comenzó a doblar prenda por prenda para meterla en su maleta de forma ordenada. Por suerte no había traído tantas cosas. Lo único que le faltaba eran su computadora, su teléfono, y demás dispositivos que le habían quitado al llegar.

    Estaba ya cerca de terminar de guardar sus cosas cuando escuchó que llamaban a su puerta; de forma bastante contundente. Algo temerosa por dentro, se aproximó a la puerta y la abrió y con cuidado. Y como si fuera una repetición de aquella otra ocasión en la que igualmente alguien había ido a tocar a su puerta, aunque había sido a mitad de la noche, dos soldados de caras recias y malhumoradas aparecieron del otro lado, observándola con severidad.

    —Dra. Mathews, venga con nosotros, por favor —indicó uno de ellos con tono áspero, quizás incluso con apuro.

    —¿Mi transporte llegó? —musitó Lisa entre sorprendida y emocionada—. ¿Pueden esperar un minuto? Casi termino de empacar.

    —No se trata de eso, señorita —respondió rápidamente el otro soldado, rompiendo rápidamente la alegría que le había llegado por un segundo—. Venga con nosotros, por favor. El Sgto. Schur la necesita para resolver un asunto.

    Lisa suspiró, resignada. Ignoraba qué era lo que el sargento pudiera querer con ella, si no era quizás disculparse por lo ocurrido con Gorrión Blanco. Y si acaso era eso, ella ciertamente no tenía interés alguno en dicha disculpa. Aun así, por las expresiones en las caras de ambos soldados, supo que al igual que aquella otra noche no tenía opción de negarse.

    —Está bien —masculló despacio, claramente de malagana.

    Antes de salir del cuarto, sin embargo, se dirigió a su cama y tomó de nuevo su bata blanca, colocándosela sobre su atuendo de salida. Bien o mal, debía ser profesional hasta el último instante.

    — — — —​

    Ese día más temprano, Damien Thorn fue sacado de la cámara hiperbárica por primera vez desde su arribo al Nido, y colocado en una camilla acondicionada con correas de contención. Para ese punto su recuperación era completa, y no quedaba en su cuerpo ni un sólo rastro de las horribles quemaduras, ni un hueco en su cabello, y ningún efecto secundario que sus exámenes pudieran arrojar, salvo la misma irregularidad en su sangre que aún no lograban explicar. Fuera de eso era, para todo diagnóstico, un jovencito bastante sano, y no uno que hasta hace unos días sufría de quemaduras de tercer y cuarto grado en cada centímetro de su cuerpo.

    Un verdadero milagro, si es que algo que tuviera que ver con ese muchacho pudiera catalogarse como tal.

    Aun profundamente dormido a causa del potente sedante, los miembros del equipo médico lo colocaron delicadeza en la camilla, y lo aseguraron fuertemente las correas de cuero, fijándose en que quedaran lo más apretadas posible. Su comodidad no era en lo más mínimo su prioridad.

    Una vez recostado y sujeto, y mientras los efectos del sedante aún siguieran presentes, lo transportaron sobre la camilla desde la sala de observaciones donde lo habían tenido todo ese tiempo, hasta el nivel superior en donde se encontraban los quirófanos.

    El lugar elegido para llevar a cabo el interrogatorio del Dir. Sinclair fue justo el quirófano 06, uno muy similar a aquel en donde Gorrión Blanco había despertado, de la misma forma circular, y el mismo nivel superior desde el cual las personas podían observar el procedimiento que en el nivel inferior se realizara. Una de las únicas diferencias era que éste no contaba con un techo de cristal separando ambos niveles; y esto era de hecho algo apropósito, y era uno de los motivos por lo que aquel sitio había sido elegido para tal ocasión.

    Para cuando el equipo médico ingresó al quirófano por las puertas principales del nivel inferior, toda la galería del pasillo superior era ocupada por una serie de soldados, colocados uno al lado del otro a una distancia especificada, cada uno con un rifle de largo alcance en sus manos, y sus ojos bien fijos en la parte inferior. Era claro que desde su posición podían dispararle a cualquiera allá abajo sin ningún problema. Y, por supuesto, esa era la idea.

    El equipo médico colocó la camilla de Thorn en el centro de aquella circunferencia. Ahí ya aguardaban dos máquinas especiales, hechas especialmente para suministrar medicamentos o diferentes químicos a los sujetos de prueba. Conectaron una de ellas al brazo derecho del muchacho, y en cuanto la encendieron comenzó a suministrar poco a poco una dosis del químico que se encargaría de mantenerlo dormido. Conectaron la segunda máquina a su brazo izquierdo, pero ésta la dejaron sin encender; al menos, de momento.

    Terminada su labor, el equipo médico se retiró, y tras de ellos la puerta del quirófano se cerró con una pesada placa de acero. Thorn se quedó ahí, recostado, dormido, y vigilado por los agudos ojos de los hombres en la parte superior, con sus armas listas para ser disparadas al primer indicio de que el muchacho moviera aunque fuera un dedo antes de tiempo; al menos, esas habían sido sus órdenes.

    Adyacente a las puertas de la galería de la parte superior, se encontraba una habitación de monitoreo, similar a la misma adyacente a la habitación que contenía la celda de Charlene McGee; ese había sido otro motivo para elegir aquel quirófano. Desde ahí, a través de los monitores, se podía apreciar totalmente el interior del quirófano, la camilla en el centro, y los soldados apostados en la parte superior. Todo bajo la protección de un vidrio espejeado, y una fuerte puerta blindada. Es justo desde esta habitación desde la cual Lucas, Russel, Davis y Ruby fueron testigos a través de los monitores como traían a Thorn y lo colocaban en su sitio. Adicional a ellos cuatro, se encontraba un miembro del equipo de Russel, sentado frente a los controles para su manejo durante el interrogatorio.

    —Como puede ver —comenzó a explicar Russel, señalando con un dedo hacia el monitor desde el cual se apreciaba de más cerca la camilla y su ocupante—, el sujeto está conectado a la Máquina 1, que le suministra el ASP-55, configurado de momento en la dosis adecuada para mantenerlo completamente dormido. Conectamos la máquina a estos controles —prosiguió apuntando con una mano hacia la consola delante de ellos, con diferentes botones y palancas de control al alcance del hombre sentado delante de ella—. Desde aquí podemos activar la Máquina 2 para que suministre el RTP-34, y así despertarlo. Igual podemos regular la dosis del ASP-55 mientras el individuo esté despierto. En este nivel —señaló con un dedo hacia una un pequeño panel con una aguja, a un nivel inferior al que la aguja apuntaba en ese momento—, podrá estar despierto, pero lo suficientemente afectado para que no pueda hacer uso de sus habilidades.

    —¿Estará lo suficientemente lúcido para responder mis preguntas? —preguntó Lucas, curioso.

    —Difícil decirlo —musitó Russel, vacilante—. El efecto del sedante en esos niveles varía entre cada individuo, pero en la mayoría de los otros casos ha funcionado bien. Pero si acaso se detecta que el sujeto intenta cualquier cosa fuera de lo esperado, podemos activar al instante desde aquí que la Máquina 1 suministre la dosis máxima del ASP-55, lo que lo dormirá de nuevo en cuestión de segundos.

    —Como medidas adicionales —intervino McCarthy en ese momento, apuntando también hacia los monitores—, como puede notar lo amarramos bien a esa camilla, de tobillos, muñecas y torso, lo que lo mantendrán inmovilizado. Y en la parte superior de la galería, hemos colocado diez hombres, listos para abrir fuego si acaso de alguna forma el muchacho se libera.

    —Espero no tengamos que llegar a eso —señaló Lucas sin ligera preocupación. Lo que menos deseaba de momento era haber pasado por todo eso, para perder al chico tan rápido.

    —Usted estará aquí en la galería, fuera del quirófano junto con los soldados —prosiguió McCarthy, señalando en la pantalla un punto vacío en el nivel superior, reservado como dijo especialmente para el director—. Así, si por algún motivo las demás medidas fallan, podremos cerrar la bóveda superior y sellar la habitación por completo, apresando Thorn, y teniendo ahora la opción de suministrar el ASP-55 en forma de gas. Como pueden ver, todo está cubierto.

    Sus últimas palabras estaban acompañadas de su respectiva dosis de orgullo, mismo que al parecer era compartido por Russel. Lucas asintió, al parecer bastante conforme con la explicación. Sin embargo, alguien en aquella sala no parecía tan convencida.

    —¿Están seguros? —inquirió Cullen, algo tajante, jalando la atención de los tres hombres—. En el reporte algunos de los hombres mencionaron haber visto cosas extrañas mientras intentaban apresarlo. Otros dicen que pudo hacer que sus compañeros se atacaran entre sí. Y el ataque a la Sra. Wheeler fue a kilómetros de distancia entre ambos. Todo eso señala a que el chico tiene la capacidad de ejercer algún tipo de control sobre la gente, incluso si no está cerca de ellos. De ser así, ni esas correas, ni esa bóveda de acero, evitaran que pueda hacer lo mismo con cualquiera de esos hombres armados.

    —Pero el ASP-55 sí —señaló Russel con dureza—. Está diseñado justo para entorpecer las funciones cerebrales del UP que se encargan del manejo de las habilidades psíquicas. Está más que probado su efecto, como alguien de su posición ya debería saber bien, capitana.

    Había desafío en su voz, la misma que se presentaba siempre que cualquiera, incluso Lucas, ponía en dudas sus métodos o conocimientos. Cullen por supuesto que percibió aquello, y todo en su postura indicó de inmediato que no le agradaba en lo más mínimo. Dio un paso hacia Russel, sólo teniendo ella claro lo que pensaba hacer. Lo que fuera, Lucas intervino de inmediato antes de que lo hiciera.

    —Tranquilos, todos —exclamó el director con brusquedad, colocándose rápidamente entre Russel y Ruby—. Entiendo tus inquietudes, Cullen —añadió girándose directo hacia su agente—. Y las de todos. Pero cómo puedes ver, se han tomado todas las medidas a nuestro alcance, dadas las circunstancias. Sería irresponsable de nuestra parte afirmar que no existe un riesgo, pero siempre hay uno cuando se trata de lidiar con este tipo de individuos.

    —Entiendo lo que dice —respondió Cullen, al parecer más tranquila—. Pero no es necesario que usted personalmente se exponga a ese riesgo. ¿Por qué no permite que yo realice el interrogatorio? Sabe bien que tengo bastante experiencia en esa área por mis años en la Agencia.

    —Sí, bueno —masculló Russel con tono sarcástico—. Por la naturaleza inusual de nuestros prisioneros y de lo que son capaces, aquí no podemos darnos el lujo de estrellar sus cabezas contra las paredes o someterlos a ahogamientos simulados. No la mayoría de las veces, al menos.

    El desafío continuaba presente en su voz. Lucas rápidamente se volteó a mirarlo sobre su hombro, y sin decir ni una palabra dejó que su sola mirada le indicara que guardara silencio. Russel alzó sus manos en señal de derrota, y dio un paso hacia atrás.

    —Agradezco tu ofrecimiento, Cullen —indicó Lucas, girándose de nuevo hacia ella—. Pero como te dije hace un rato, tengo asuntos con este chico que necesito ver por mi cuenta. Si no te sientes cómoda con esto, puedes retirarte y esperarme en el despacho de McCarthy hasta que termine.

    —No será necesario —respondió la agente rápidamente, negando con la cabeza—. Me quedaré a observar, si les parece bien.

    Lucas asintió de forma afirmativa a sus palabras.

    —Entonces comencemos, ¿les parece bien? —añadió entonces, girándose hacia el resto, que asintieron en silencio—. Cuento con ustedes para reaccionar si cualquier cosa sale mal. Y tengan ojos y oídos bien abiertos, por si detectan algo que yo no.

    —Sí, señor —respondió McCarthy en nombre de todos los demás.

    Dicho todo lo que se tenía que decir, y aclarado todo lo que se tenía que aclarar, era tiempo de dar inicio a aquello.

    — — — —​

    Lisa no recordaba haber estado en el nivel a donde los dos soldados la llevaban. Si su memoria no le fallaba, era lo más abajo que le había tocado ir dentro del Nido, pues en su mayoría solía moverse en lo que respectaba a las áreas médicas y de observación, o las zonas de acceso general como la cafetería y el gimnasio. Pero a donde la llevaban estaba más abajo, peligrosamente cerca de los niveles subterráneos que le habían dicho en una ocasión que eran las zonas más restringidas y resguardadas de la base. Sintió un vuelco en el pecho al sentir que podrían estarla llevando para allá, intuyendo que las implicaciones detrás de eso no podían ser buenas.

    Por suerte, no llegaron tan lejos.

    Cuando bajaron del ascensor, lo que los recibió fue un pasillo bastante similar a muchos otros que había visto en esa base: de paredes y luces completamente blancas, de apariencia pulcra y silenciosa, con varias puertas enumeradas y cerradas a un costado. Lo que quizás resultó un poco diferente, fue que a su costado izquierdo había largos ventanales de cristal que daban hacia un área inferior, en donde vio varios vehículos de tierra estacionados, como jeeps, camionetas negras, incluso un par de vehículos convencionales de apariencia más común. Y quizás lo más resaltante de todo, un par de aviones de combate pequeños.

    ¿Era algún tipo de hangar quizás? ¿Por qué la llevaban ahí exactamente?

    Pero los soldados no la llevaron ahí como esperaba, sino que dieron la vuelta en un pasillo adyacente, y los tres avanzaron por algunos minutos más. Ninguno de los soldados dijo nada, y Lisa tampoco se molestó en preguntar; había aprendido ya que no le dirían nada aunque insistiera. Al final llegaron justo ante una puerta a mitad de otro pasillo, que no tenía ningún número o letrero en ella. Uno de los soldados la abrió y se hizo a un lado, dejándole el camino libre. Lisa intuyó que debía entrar primero.

    El interior se veía opaco, algo oscuro, y eso la puso nerviosa. El otro soldado, a sus espaldas, la empujó un poco con una mano sobre su hombro, por lo que no tuvo más remedio que avanzar.

    Al ingresar, para su pesar, lo primero que sus ojos vieron fue el demasiado reconocible rostro de Gorrión Blanco girándose hacia ella, sonriéndole en cuanto la vio.

    Lisa se detuvo de golpe a apenas unos pasos de la puerta.

    —Oh, no —masculló en alto—. No quiero hablar con ella…

    Se giró en ese momento rápidamente con la clara intención de salir de inmediato de ahí, pero los dos soldados que la acompañaban interpusieron sus cuerpos en el camino para impedírselo. Uno de ellos incluso cerró firmemente la puerta detrás de él, para dejar más que claro que de ahí no saldría sin su autorización.

    —Dra. Mathews… ¡Lisa! —pronunció Gorrión Blanco rápidamente, como si esperara que llamarla de esa forma, y recordarle que ella misma le había pedido llamarla así, ayudara a zanjar esa situación tan incómoda—. Espera, por favor. Lamento mucho lo ocurrido hace rato, en verdad no era mi intención provocarte ningún un daño.

    —¡Menos mal! —exclamó Lisa con ironía, girándose hacia ella para encararla, pero inconscientemente casi pegando su cuerpo contra los soldados que vigilaban la puerta, como esperando que estos la defendieran si algo ocurría—. ¿Qué es lo que quieres? Me dijeron que el Sgto. Schur era quien me requería.

    Gorrión Blanco asintió rápidamente.

    —Ocupamos tu ayuda para identificar a una persona.

    —¿Identificar? —masculló Lisa confundida, y la muchacha de cabellos rubios señaló entonces con su cabeza hacia un lado de la habitación.

    Sólo hasta ese momento Lisa notó que en la pared a su derecha había un gran cristal que separaba ese cuarto del adyacente, como había visto tantas veces en las áreas médicas y científicas, que separaban el área de observación de la sala de experimentación o recuperación. Solamente que esa sala se parecía mucho más a las de interrogatorio que Lisa había visto en series de televisión, con una habitación cerrada donde el detective encaraba al sospechoso, mientras sus compañeros observaban todo tras el cristal espejeado de la sala continúa. Y de hecho, lo que lograba ver a través de dicho cristal parecía ser justo eso: una mesa cuadrada, con dos personas sentadas de un lado, y un hombre de cabellos rubios y espalda ancha (que Lisa supuso era el Sgto. Schur) sentado del otro, de espaldas al vidrio.

    Lista se aproximó más para echar un vistazo a las otras dos personas sentadas en la mesa: una mujer y un hombre. Y fue justo éste último el que captó por completo su atención en cuanto lo vio con claridad.

    —¡Oh, por Dios! —exclamó el alto totalmente exaltada, tapándose su boca con ambas manos, como si intentara evitar decir algo más—. ¿Cody?

    Sentía como si hubieran pasado años desde la última vez que lo vio, pero el tiempo que hubiera pasado no bastaba para no que no lo reconociera. No traía sus anteojos, su cabello estaba totalmente desarreglado, su rostro tenía manchas de lodo igual que sus ropas… pero era él. Estaba ahí sentado, hablándole al parecer exaltado al sargento, aunque en ese momento Lisa era incapaz de escuchar lo que decía.

    Gorrión Blanco se le aproximó rápidamente por un costado, pero ella apenas y lo notó pues seguía con sus ojos bien abiertos puestos en aquel chico al otro lado del cristal.

    —¿Es ese hombre tu novio? —preguntó Gorrión Blanco con cautela—. ¿Del que me hablaste?

    —¡Sí!, ¡es él! —exclamó Lisa en alto, claramente alterada—. ¿Qué hace aquí? ¿Qué hace ahí?

    —Los sorprendieron en los terrenos de la base, en compañía de esa mujer. Afirmó que venía a buscarte.

    —¿A mí? —exclamó Lisa atónita—. No puede ser…

    Gorrión Blanco extendió en ese momento su mano hacia un botón en la pared, a un lado del vidrio. Y en cuanto lo presionó, por un altavoz comenzaron a escuchar lo que se decía en la otra habitación. Y aún a través de la distorsión del altavoz, Lisa reconoció claramente la voz de Cody, lo que la estremeció un poco.

    —…en especial si la base en cuestión ni siquiera está bien señalizada —indicaba con voz molesta, agitando sus manos en el aire de forma exagerada, pese a estar firmemente sujetas con unas esposas—. Ni siquiera está marcada en el mapa. No debería haber nada en esta zona.

    —Saltar una barda con un cartel que indica “Propiedad Privada” es por sí solo un delito —respondió Francis con absoluta calma, que no se contagió en lo absoluto hacia Cody.

    —Una barda que dos personas como nosotros cruzaron con suma facilidad, cabe mencionar. Dudo que ésta sea la primera vez que esto ocurre. Y en todo caso, a lo mucho lo que pueden hacer es culparnos de invadir propiedad privada. Porque ni siquiera pueden aceptar que este sitio existe, ¿no es cierto?

    Lisa soltó un agudo resoplido, y llevó una mano a su frente como señal de frustración. Sí, por supuesto que era Cody. Y en su mente sólo pudo maldecir el tan férreo instinto de justica de su novio. ¿Lo mataría en serio quedarse callado un segundo y no buscar más problemas de los que obviamente ya tenía?

    Pese a las provocaciones, Francis se mantenía sereno, quizás como un reflejo de su propia disciplina militar. Con suma calma, se apoyó hacia atrás contra el respaldo de su silla, cruzó las piernas, y dio vuelta a la pequeña libreta que tenía sobre la mesa.

    —¿Por qué no empezamos de nuevo desde el principio? —propuso con voz fría, al tiempo que tomaba la pluma y acercaba la punta de ésta a la hoja en blanco—. ¿Cuáles son sus nombres? Los reales.

    Cody resopló con exasperación.

    —Ya se los dije, mi nombre es Cody Hobson. Soy maestro de secundaria en Seattle, mi madre vive en Fairhope, Alabama, y Lisa Mathews es… es mi novia. Ella podrá confirmarles quién soy si van y la traen aquí.

    Francis anotó todo lo que decía, o al menos hizo como que lo anotaba.

    —Entendido —masculló con indiferencia, y se giró entonces hacia la otra persona en la mesa—. ¿Y usted?

    Lucy respingó un poco al sentirse aludida de pronto. Hasta ese momento se había mantenido en su mayoría abstraída en sí misma, como ausente, dejando que la conversación se centrara más que nada entre Cody y Francis. Al ver que su intervención era requerida, rápidamente se sentó derecha, colocó sus manos (también esposadas) sobre la mesa, y pronunció lo más firme que le fue posible.

    —Greta Blake… Mi nombre, me refiero; es Greta Blake.

    Cody se giró rápidamente a mirarla, la incredulidad se había apoderado totalmente de su rostro. Por su parte, Lucy prosiguió sin ponerle atención al efecto que sus palabras habían tenido en su compañero de apuros.

    —Tengo veintiséis años, vivo en Bismarck, Dakota del Norte, y trabajo como diseñadora gráfica freelancer. Y no tengo a nadie que pudiera confirmar mi identidad… salvo quizás mi tía Gwen que vive en Denver, pero no he hablado con ella en mucho tiempo. Quizás debí de haberlo hecho, al menos responderle sus postales de navidad…

    —Suficiente, gracias —masculló Francis, alzando una mano en su dirección para indicarle que parara. Lucy asintió, y agachó de nuevo su mirada. Algunos mechones de su cabello le cayeron sobre el rostro.

    —¿Te llamas Greta? —preguntó Cody, claramente confundido.

    —Por supuesto —respondió Lucy (o Greta) con tono irritado—. “Lucy” es sólo es seudónimo que uso para la Fundación. Nunca quise que ninguno de ustedes conociera mi verdadero nombre, pero ahora que me has arrastrado a todo esto…

    —¿Te parece que es el mejor momento para hablar de eso?

    —No, porque no es el mejor momento para nada en realidad, Cody Hobson.

    —Silencio, por favor —ordenó Francis con tono autoritario, con su mirada fija en su libreta mientras seguía anotando. Ambos callaron de golpe ante su indicación.

    En el cuarto adyacente, Lisa observaba todo aquello en silencio.

    —¿A ella también la conoce? —preguntó Gorrión Blanco a su lado, a lo que Lisa respondió rápidamente negando con la cabeza.

    —Nunca la había visto. Pero Cody tiene amigos que yo desconozco.

    Había cierta amargura en su voz al decir aquello. Recordaba claramente aquella llamada que Cody había recibido la otra noche de una “amiga” que ella desconocía, y que necesitaba su ayuda. ¿Se trataría quizás de esa misma mujer en la sala de interrogatorios?

    —Muy bien —pronunció Francis en alto, dejando la libreta sobre la mesa, prácticamente azotándola contra ésta—. Ahora díganme, ¿qué hacían rondando por esta zona exactamente?

    —Eso también ya se los dije —contestó Cody, exaltado—. Vine a buscar a Lisa, Lisa Mathews.

    —La mujer que dice que es su novia, ¿correcto? —indicó el sargento, echándole un vistazo rápido a su libreta—. ¿Por qué piensa que esa persona está aquí?

    —¿Cómo puede negarlo? La otra chica lo confirmó, la llamó Dra. Mathews.

    —¿Su novia es doctora?

    —Sí… bueno, no. ¿Intenta confundirme?

    Francis ignoró su pregunta, y en lugar de eso tomó de nuevo la pluma y fingió escribir algo más en la libreta.

    —¿Cómo dieron con este sitio? —cuestionó tras unos segundo con voz acusadora.

    Cody y Lucy (¿Greta?) se miraron el uno al otro.

    —Eso prefiero no responderlo —murmuró Cody con firmeza.

    —¿En verdad cree que está en posición de negarse a responder? —espetó Francis, notándosele por primera un rastro de enojo en su tono.

    Cody suspiró, al parecer bastante agotado para ese punto. Alzó sus manos esposadas hacia su rostro, y con sus dedos se talló un poco los ojos. Extrañaba sus lentes; cuando no los usaba tras largo rato, comenzaba a dolerle la cabeza. Y si a eso le sumaba lo estresante y agobiante de toda esa situación, era el coctel perfecto para la jaqueca que comenzaba a tomar forma en su cabeza.

    —Escuche, por favor —murmuró ahora procurando utilizar un tono mucho más moderado. Su expresión entera igualmente se suavizó, adoptando una postura casi suplicante—. Lamentamos en serio haber causado todas estas molestias. De haber sabido que esto era una… base militar o lo que sea, no nos hubiéramos metido de esa forma. Sólo quiero saber si Lisa está bien. Estoy en verdad preocupado por ella, y la preocupación quizás me hizo actuar sin pensar. Pero le aseguro que nuestras intenciones no son malas. Por favor, sólo dígame si Lisa está aquí, y si está bien… Por favor.

    La suplica en su voz se volvió aún más intensa conforme progresó con aquellas palabras. Y aunque el rostro del militar ante él se mantuvo inmutable y frío, lo que dijo le llegó con mucha más fuerza a la persona que lo observaba a través del espejo a sus espaldas.

    Lisa sintió como el corazón se le apretujaba al escuchar a su novio suplicar de esa forma para saber de ella. Y aunque gran parte de ella estaba molesta con él por lo que por supuesto que había sido una insensatez, otra comenzó a sentirse culpable. Y aunque la culpabilidad era claramente más pequeña que el enojo, por algún motivo le afectó mucho más.

    —Quiero hablar con él —soltó de golpe, girándose hacia Gorrión Blanco. Ésta se sobresaltó, sorprendida.

    —No sé si el sargento lo permita —respondió la muchacha, dubitativa.

    —Entonces quiero hablar con el sargento —añadió Lisa, tajante—. Ahora.

    Gorrión Blanco vaciló un poco sobre qué hacer. Al final, decidió que dejar aquello en manos de Francis sería lo más sensato. Así que tocó con fuerza en el vidrio con sus nudillos, para llamar la atención del sargento en la otra habitación. Éste se giró un momento sobre su hombro para ver el espejo a sus espaldas, y entonces se puso de pie.

    —Vuelvo en un momento —les indicó a los dos prisioneros, y se encaminó hacia la puerta de la sala.

    — — — —​

    Lucas salió de la sala de monitoreo, y se dirigió por el pasillo de la galería superior hacia la posición que le habían asignado. En cuanto detectaron su presencia, los diez soldados en la galería se pararon firmes, alzando sus armas con sus cañones apuntando al techo. Lucas les respondió su gesto con un ligero asentimiento, y les indicó igualmente que podían volver a sus posiciones originales. El sitio en el que se paró quedaba justo delante del rango de visión de Thorn, por lo que en cuanto se despertara, desde su posición ahí abajo podría verlo directamente a él.

    Más que apropiado.

    Lucas respiró hondo por su nariz, se paró firme con sus manos en los bolsillos, y miró atentamente al muchacho. Parecía igual de inofensivo y pequeño como lo había visto en la cámara hiperbárica. Apenas un muchacho convirtiéndose en adulto. Pero Lucas sabía muy bien lo peligroso que podía ser dejarse llevar por esas apariencias. Niños más pequeños y a simple vista más inofensivos que él, habían sido capaces de crear estragos inimaginables para la mayoría.

    Y si una fracción de lo que todos creían de ese muchacho era cierta, podía representar incluso un peligro mayor que esos otros casos. Por lo que era importante desde el inicio mostrar confianza y firmeza ante él; demostrarle en qué posición estaban, y quién mandaba ahí.

    —Despiértenlo —indicó con firmeza, mirando hacia una de las cámaras del techo para que McCarthy y los otros lo miraran por los monitores de la sala de observación.

    Russel le indicó con un asentimiento al técnico en la consola que obedeciera la orden, y éste lo hizo sin chistar. Lo primero fue reducir la dosis de la Máquina 1, para que el ASP-55 no lo durmiera, pero lo mantuviera lo suficientemente atontado para no poder concentrarse lo suficiente y usar sus poderes. Lo segundo, fue activar la Máquina 2 para que administrara una dosis rápida y precisa del RTP-34, el químico especialmente diseñado para contrarrestar los efectos somníferos del ASP-55 y hacer que el sujeto se despertara.

    Y una vez aplicado estos dos ajustes, sólo quedaba esperar.

    Todo se quedó en absoluto silencio, tanto en el quirófano como en la sala de observaciones. Los ojos de Lucas y de los diez soldados estaban fijos en el muchacho ahí abajo en la camilla, y los de Russel, Ruby y Davis lo miraban también a través de los monitores. Los segundos corrieron con lentitud, envueltos en tensión y expectación. Los latidos de algunos se aceleraron, y sus bocas se secaron, entre ellos el propio Lucas.

    Y entonces, al fin un cambio. Una pequeña contracción muscular en el rostro del muchacho, seguido de un pequeño quejido apenas audible surgiendo de su boca aún cerrada. Un instante después, aquellos parpados se abrieron con pesadez, revelando debajo de estos los somnolientos ojos azules de pupilas dilatadas, que rápidamente parecieron sufrir en cuanto la intensa luz blanca que alumbraba el cuarto entró en contacto con ellos.

    Otro quejido más, un ladeo de la cabeza hacia un lado, y luego el primer intento de mover su cuerpo, dando como único resultado que su mente comenzara a volverse consciente de su situación. Los ojos se abrieron de nuevo, y a como su posición le permitió alzó su cabeza para poder ver las gruesas correas de cuero que lo rodeaban, y poco después los delgados tubos transparentes conectados a sus brazos, y que terminaban en esas dos máquinas, cada una a cada lado de su lecho.

    —¿Qué? —susurró despacio, con apenas un ápice de emoción en su voz.

    Pasaron unos segundos más, en donde su mente se esforzaba para salir de ese letargo que aún lo golpeaba, y ponerle un orden a cada una de esas cosas, y darle forma a algún pensamiento mínimamente coherente. Al lograr tal proeza, lo primero que pudo materializarse de sus labios fue un simple:

    —¿Y ahora qué es esto…?

    No había preocupación o angustia alguna en su tono, ni siquiera curiosidad, lo que podría fácilmente ser adjudicado a los efectos del sedante.

    —Bienvenido al Nido, Sr. Thorn —pronunció Lucas en alto, y su voz retumbó en el eco del techo alto del lugar.

    El muchacho debajo recostó de nuevo su cabeza en la camilla y posó la mirada perezosa justo en él, notándosele en ese momento al fin un tanto confundido por su presencia, y la de los otros soldados en la parte superior. Su mente, de nuevo, pareció ponerse a trabajar para poner esos nuevos pedazos de información en la pila.

    Lucas continuó.

    —Por la autoridad que me confiere el gobierno federal de los Estados Unidos de América, es mi placer informarle que ha sido detenido por sus acciones realizadas en contra de este país y su gente. Y será confinado a estas instalaciones hasta que se determine si representa o no un peligro a la seguridad nacional, o a los intereses de su pueblo. ¿Entiende lo que le acabo de decir, Sr. Thorn?

    El muchacho lo miró fijamente mientras pronunciaba todo aquello, sin dejar muy en claro si en verdad lo escuchaba o no. Parpadeó un par de veces de manera perezosa, y entonces respondió:

    —Ni una palabra, me temo. —Justo después, una sonrisa astuta y torcida se dibujó en sus labios—. Pero suena divertido.

    Lucas se forzó por mantenerse sereno, resultándole difícil disimular lo mucho que aquello lo había desconcertado. Debía ser el efecto de la droga que no le permitía comprender del todo lo que le acababa de decir. De otra forma, no tenía cómo explicar esa actitud tan desconectada y perdida.

    Y la misma pregunta que había rondado su mente tantas veces antes volvió de nuevo a acosarlo: ¿quién es realmente Damien Thorn?

    — — — —​

    Unos segundos después, Francis hizo acto de presencia en la misma habitación de Lisa, Gorrión Blanco, y los dos soldados que habían escoltado a la primera.

    —Srta. Mathews —saludó el sargento, acompañado de un ligero asentimiento.

    —Ella lo reconoció —se apresuró Gorrión Blanco a indicar—. Sí es la persona que dice ser.

    —De eso ya no me cabe duda —comentó Francis, cruzando los brazos frente a su amplio pecho.

    —Entonces debe saber que no representa ningún peligro —exclamó Lisa, dando paso hacia él—. Es sólo un… tonto, pero es inofensivo. Por favor, déjenlo ir.

    Francis negó categóricamente con la cabeza.

    —Entró ilegalmente a los terrenos de la base. Esa es una violación muy seria, que no puede simplemente dejarse pasar. Además, creo que todos aquí sabemos que no es tan “inofensivo” como usted afirma. ¿O sí?

    Lisa se estremeció al escuchar tal acusación, y se quedó lívida, incapaz de responderle algo concreto. Era claro lo que intentaba decirle con esas palabras: “ya sabemos lo que su novio es capaz de hacer”. Aquello, en realidad, no era ninguna sorpresa, pues el Dr. Shepherd ya se lo había dado a entender antes.

    Respiró hondo por su nariz, intentando recobrar la calma, antes de volver a hablar.

    —Esto es mi culpa, ¿de acuerdo? Yo me vine para acá sin decirle a dónde iba, por qué, o por cuánto tiempo. Tuvimos una discusión antes de eso, y… no sé, supongo que lo preocupé. Pero nunca pensé que haría una locura como venir a buscarme.

    —Con todo respeto, sus problemas personales no son de nuestra incumbencia, Srta. Mathews —sentenció Francis con severidad, haciendo que las mejillas de Lisa se encendieran—. Lo ocurrido ya trasciende más allá de usted, o de nosotros.

    —¿Qué le pasará entonces? —musitó Lisa con preocupación, volteando a ver lentamente hacia la otra habitación; hacia el rostro angustiado de su novio, sentado en aquella mesa.

    —Eso ya no me corresponde —respondió Francis, ecuánime—. El Dir. Sinclair quiere hablar con él, y entonces decidirá cómo proseguir.

    —¿Van a arrestarlo? ¿O acaso a…?

    No fue capaz de terminar su pregunta; la sola posibilidad la paralizaba.

    —Como dije, ya no me corresponde a mí decidirlo —repitió Francis, de nuevo mostrándose frío, aunque ya no tanto como antes.

    Lisa avanzó afligida hacia el cristal, hasta casi pegar su rostro. Colocó sus dedos cuidadosamente sobre éste, mientras sus ojos contemplaban desolados hacia aquel chico, que tantas preocupaciones pero también alegrías había traído a su vida. Aquel muchacho que la hacía enojar tanto, y le llegó incluso a asustar un poco en cuanto le mostró de lo que era capaz. Pero, y ahora veía con claridad, nada de eso tenía tanto peso o tanta importancia como todo lo bueno que había existido entre ambos, y que aún podía existir.

    Siempre y cuando ambos pudieran salir con vida de ese sitio, volver a casa, y fingir que todo eso jamás había ocurrido. Aunque, por más vueltas que le diera al asunto, Lisa tenía claro que quizás no podría ser por completo de esa forma; no para uno de ellos, al menos.

    —Bien —suspiró derrotada, girándose de nuevo hacia el Sgto. Schur—. Entonces dígale al Dr. Shepherd que acepto su propuesta. Me quedaré, formaré parte de su equipo, y participaré activamente en la creación del Lote Once… y todo lo que eso implique. Sólo a cambio de que lo dejen ir sin hacerle ningún daño.

    Aquella repentina propuesta tomó por sorpresa tanto a Francis como a Gorrión Blanco. Había resolución en su voz, y ni rastro de titubeo, como se esperaría de una decisión ya tomada. Aun así, su mirada reflejaba abatimiento, miedo… como se esperaría de una decisión que no se quiere tomar en realidad.

    —Lisa —susurró Gorrión Blanco en voz baja, inquieta. Quería decirle algo, pero no lograba darle forma en su mente a ninguna palabra.

    Quien habló al final fue Francis, aunque en realidad él no tenía mucho que decir en el asunto planteado.

    —No sé si el Dr. Shepherd tenga alguna gerencia en esto… pero se lo informaré en cuanto pueda. Quizás él pueda hablar con el Dir. Sinclair para que sea indulgentes.

    —Gracias —asintió Lisa agradecida, ofreciéndole además una pequeña sonrisa—. Por ahora, déjeme por favor hablar con él.

    —Eso no creo que sea prudente…

    —Por favor, sargento —intervino Gorrión Blanco en ese momento, parándose entre ambos—. Es una mujer enamorada deseando poder hablar con su persona especial.

    —Yo no lo… diría de esa forma —susurró Lisa, algo apenada y con sus mejillas aún más encendidas—. Pero, por favor, sólo un segundo. Necesito decirle yo misma que estoy bien, o no se calmará.

    Francis la miró, evidentemente debatiéndose entre aceptar o no tal petición tan fuera del protocolo. Aunque claro, mucho en toda esa situación se encontraba ya de por sí fuera de cualquier protocolo.

    —Por favor, sargento —repitió Gorrión Blanco con insistencia—. Permítaselo, y le prometo que de ahora en adelante me portaré bien, y le haré caso en todo lo que usted me diga.

    —Tendrías que hacerlo aunque no lo hiciera —respondió Francis, mordaz, a lo que la muchacha respondió con una risilla juguetona, y un encogimiento de hombros. El sargento suspiró, resignado—. Está bien, acompáñeme.

    Dicho eso, se giró hacia la puerta y salió por ella. Lisa asintió y se apresuró a seguirlo. Antes de irse, sin embargo, en contra de todos sus instintos se giró hacia Gorrión Blanco, y en voz baja le dijo:

    —Gracias…

    —No, no diga eso —respondió la muchacha rubia, negando con la cabeza—. Yo soy quien te debe una disculpa por lo de hace rato.

    Lisa se limitó a sólo esbozar una sonrisa incomoda, asentir, y de inmediato se apresuró a alcanzar al sargento en el pasillo.

    En verdad le confundía demasiado su sentir hacia esa chica. ¿La odiaba?, ¿le temía?, ¿le tenía cierto aprecio?, ¿o incluso sentía cierta responsabilidad hacia ella? Era tan confuso sentir tantas emociones tan diferentes por una misma persona.

    Y un poco así era como se sentía con Cody en esos momentos.

    — — — —​

    La quietud que hasta hace poco reinaba en la sala de monitoreo, fue rápidamente remplazada por las risas de los dos soldados, y de su visitante inesperada que había llegado con chocolate caliente. Ésta última además, quizás un poco inspirada por el alcohol, no tardó mucho en comenzar a hablar de varias anécdotas divertidas que tenía en su historial como piloto, instructora, secretaria (o asistente ejecutiva, como prefería ella), madre y abuela. Sorprendentemente, son de estos últimos dos puestos de los que Kat tenía más cosas que contar.

    —Y entonces, ese par de mocosos entraron corriendo a mi comedor a mitad de nuestra plegaria, persiguiendo a ese enorme San Bernardo, que hasta la fecha no tengo idea de dónde salió. Y los tres estaban cubiertos de lodo de cabo a rabo; en serio, eran más lodo que niños y perro en ese momento. Lo regaron todo por mi alfombra, mis paredes, mi mesa… y luego simplemente salieron por la misma puerta como si nada hubiera pasado. Se los juro, era una jodida escena de Beethoven ocurriendo ante mis ojos.

    Los dos soldados rieron sonoramente, con una clara combinación de diversión e incredulidad ante la anécdota.

    —No lo creo —comentó el soldado joven entre risas—. ¿Y qué les hiciste?

    —¿Qué hubieras hecho tú? —le regreso Kat con tono desafiante.

    —Si fueran mis nietos o mis hijos, los hubiera puesto a limpiar todo con sus rodillas pelonas, y sólo un cepillo de dientes, hasta que pudiera comer de ese suelo.

    —Bastante similar a lo que me cruzó por la cabeza —comento la secretaria, encogiéndose de hombros—. Pero su madre comenzó con que “sólo son niños, no saben lo que hacen. Están muy arrepentidos. Hablaré seriamente con ellos, y no volverán a hacer nada parecido…” bla, bla, bla. Ya saben cómo son estas nuevas generaciones; oyen la palabra “disciplina” y ya creen que están en la Alemania Nazi, con la Gestapo tocando a sus puertas. Por eso este país está como está, por consentirles tantas cosas a estos niños. Tarde o temprano, alguien tendrá que poner orden, aunque sea a la fuerza.

    —Amén por eso, hermana —exclamó el soldado mayor sonando como una alabanza al cielo, mientras alzaba su taza al aire.

    La conversación prosiguió con animosidad en torno al mismo tema por un par de minutos más, hasta que fue drásticamente interrumpida por el tintinear de unas campanas que resonaron con fuerza.

    —Oh, disculpen —pronunció Kat apenada—. Esa soy yo.

    La secretaria colocó rápidamente su taza de chocolate sobre la consola más cerca de ella, y aproximó su muñeca derecha hacia su rostro. En ésta, traía lo que a todas luces se veía como un reloj inteligente, en el cuál al momento de presionar su pantalla, la alarma que había sonado se detuvo de pronto.

    —Creí que no podíamos meter ese tipo de dispositivos aquí —indicó el soldado joven, observando perspicaz el reloj.

    —¿Me vas a acusar, acaso? —bromeó Kat, guiñándole un ojo de forma coqueta. El soldado simplemente rio, divertido—. Descuida, es sólo un pequeño recordatorio que puse para que no se me pasara la hora —añadió con tono más relajado, parándose en ese momento de su silla.

    —¿Tienes que tomar una pasilla o algo? —inquirió el soldado mayor con curiosidad, al tiempo que se empinaba lo último que quedaba de chocolate en su taza.

    —Algo así…

    Rápidamente, Kathy llevó su mano derecha hacia la parte posterior de su cintura, tomando lo que ahí traía oculto: una pistola 9 mm color arena, que tomó firmemente entre sus dedos delgados, y al instante siguiente jaló con rapidez hacia el frente, apuntando con ella directo al solado mayor. Sin vacilación, y sin tener que tomarse siquiera un instante para apuntar, jaló del gatillo una sola vez, y la bala salió disparada del cañón, atravesó la taza por la base, haciéndola explotar en pedazos, para luego seguir de largo directo a la cara del soldado, terminando por penetrar por la esquina interna de su ojo derecho, y saliendo por parte superior de la cabeza. Una explosión de sangre y materia cerebral bañó la consola y los monitores a sus espaldas. Su mano, con los dedos aún aferrado al asa de la ya inexistente taza, cayó colgando sin oposición hacia un costado.

    Todo fue tan rápido que el otro soldado apenas y logró procesar el estruendo del disparo. Se giró a mirar rápidamente a su compañero, y apenas logró distinguir su rostro lívido, y el gran agujero en donde debería estar su ojo, antes de que un segundo estruendo retumbara en el eco de la sala. La segunda bala entró directo por su sien derecha, atravesándolo de lado a lado hasta salir del otro lado, regando lo que arrastró a su paso en la pared y el suelo. Su cuerpo se precipitó hacia adelante, quedando con su cara presionada contra los controles de la consola.

    Kat mantuvo su arma en alto unos segundos más, señalando con ella a ambos, como si esperara que cualquiera diera señal alguna de requerir un disparo más. No sucedió; ambos se quedaron quietos en su sitio, mientras la sangre brotaba de sus heridas y escurría hasta gotear al suelo.

    Suspiró un poco más tranquila. Bajó su arma, y con sus dedos acomodó con cuidado un mechón de cabello rojizo que se había salido de su sitio. Dejó su arma sobre la consola un momento, y tomó de nuevo su taza con chocolate, dándole un trago más largo que los anteriores. Ya estaba frío, pero ciertamente no le disgustó.

    Con la taza en mano, se aproximó a la silla del soldado mayor, y con un fuerte empujón lo hizo a un lado para que el cuerpo cayera sobre su costado en el suelo, azotando con fuerza. Se sentó en la silla y se giró hacia la consola, rebuscando con su mirada el botón que necesitaba. Requirió limpiar un poco los restos en el panel antes de atreverse a presionar cualquier cosa, pero no tardó mucho en estar lista.

    Se acercó el micrófono para anuncios a su boca, carraspeó un poco para darle un poco más de firmeza a su voz, y entonces presionó el botón que activaba el protocolo de emergencia; aquel que haría que su voz se escuchara en cada altavoz y radio dentro de la base.

    —Atención, a todo el personal del Nido —pronunció por el micrófono, utilizando ese tono dulce y suave que tanto la caracterizaba entre sus compañeros—. Éste es un anuncio importante. Presten atención, por favor…

    FIN DEL CAPÍTULO 146
     
  7. Threadmarks: Capítulo 147. El Lucero de la Mañana ha Salido
     
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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
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    Capítulo 147.
    El Lucero de la Mañana ha Salido

    La puerta de la sala de interrogatorios se abrió abruptamente, y tanto Cody como Lucy se pusieron en alerta, anticipando el regreso del mismo soldado que los había estado cuestionando hasta ese momento. Y en efecto, aquel soldado venía de regreso, pero no lo hacía solo. Y en cuanto Cody posó sus ojos en la mujer de cabellos negros rizados, anteojos y bata blanca, su reacción inmediata fue pararse de su silla, prácticamente de un brinco.

    —¡Lisa! —exclamó entusiasmado, esbozando una amplia sonrisa tan larga que casi hizo que le dolieran las mejillas.

    Una gran alegría, aderezada con alivio, se apoderó de su pecho, haciendo a un lado la asfixiante preocupación que se había posado sobre sus hombros. Era ella, en verdad estaba ahí, y parecía estar completamente sana. Quería acercársele y abrazarla lo mejor que sus manos esposadas se le pudieran permitir… pero desistió de la idea casi al instante.

    Un vistazo más certero a la expresión de Lisa, y en especial a como sus ojos centellantes de furia lo miraban, lo hizo darse cuenta de que ella no compartía del todo su alegría de verlo.

    —¿Lisa…? —susurró despacio, vacilante.

    La bioquímica respiró profundo por su nariz, apretó sus puños a cada costado de su cuerpo, y soltó al aire con voz áspera:

    —Eres… un… ¡tonto! ¿En qué estabas pensando? Podrían haberte matado.

    Cody se hizo hacia atrás por mero reflejo al escuchar tal recriminación, y una reacción similar, aunque más sutil, surgió también tanto en Lucy como en Francis. Éste último miró con curiosidad a ambos, parado a lado de la puerta con sus brazos cruzados frente a su pecho. No era como se había imaginado que sería esa conversación cuando la Dra. Mathews le suplicó de esa forma que la dejara hablar con su novio.

    —Sólo quería saber que estabas bien —se defendió Cody, procurando recuperar la compostura—. Te desapareciste de esa forma durante semanas, sin decirme nada…

    —Te mandé un mensaje —espetó Lisa, señalándolo de forma acusadora—. Te dije que empezaría mi nuevo proyecto, que estaría fuera un tiempo, y me reportaría contigo en cuanto pudiera.

    —¿Y se supone que debía estar tranquilo sólo con eso? —exclamó Cody, sonando en ese punto casi indignado—. No tenía ni idea de a dónde te habías ido, por cuánto tiempo, o a hacer qué.

    —¿Y decidiste que lo mejor era lanzarte sin rumbo hasta al otro lado del país para buscarme? ¿Qué clase de persona loca hace eso?

    —¡Un novio preocupado por la seguridad de su novia!

    —Por favor… —resopló Lisa con ironía, volteándose hacia la pared con tal de no mirarlo.

    Lucy miraba a cada uno con expresión incómoda, turnándose entre uno y otro conforme hablaban, como si de un partido de tenis se tratase.

    —¿No debería separarlos? —susurró despacio, mirando en dirección a Francis. Éste, al darse cuenta que le hablaba a él, simplemente se encogió de hombros, indiferente.

    —Va más allá de mis capacidades.

    Su tono era estoico como siempre, pero cualquiera podía notar que la situación le divertía, aunque fuera un poco.

    Cody respiró hondo, intentando calmar sus ánimos antes de volver a hablar. Era evidente que Lisa estaba molesta, y el que él se enojase no ayudaría en nada a mitigar la situación.

    —Escucha —murmuró con voz más templada, aproximándose un par de pasos hacia ella—, cuando te fuiste, recién acabábamos de pasar por una situación peligrosa allá en Oregón, y una persona muy cercana a mí terminó lastimada. Y tú no me respondías mis llamadas, y luego te fuiste de esa forma. Perdón si acaso me puse paranoico, pero temí que pudiera haberte pasado algo malo a ti también.

    —Ya te había dicho que me estaban considerando para otro proyecto del gobierno —alegó Lisa, girándose de nuevo hacia él aún con actitud desafiante.

    —Sí, pero no me dijiste que era algo como… esto —señaló Cody, extendiendo sus brazos (aunque no mucho, en realidad, por las esposas) hacia su alrededor—. ¿Trabajar en este sitio es tu proyecto?

    —Por el amor de Dios, Cody. ¿Qué parte de esto te parece que hubiera podido compartirte? ¿No es más que obvio que se trataba de un secreto?

    Hasta ahí llegaron los intentos de Cody de calmarse, pues al instante comenzó a calentarse de nuevo.

    —Pues quizás si no hubieras sido tan evasiva con esto, no me hubiera preocupado tanto.

    Lisa soltó de pronto una sonora carcajada sarcástica.

    —¿En verdad quiere que hablemos de secretos y de ocultarnos cosas, profesor? Yo tenía un contrato y la seguridad nacional como excusa. ¿Cuál es la tuya para no confiar en mí?

    —Lo hice —espetó Cody en alto—. Te lo dije todo, y huiste de mí, ¿recuerdas?

    —¡No hui! Sólo necesitaba… tiempo para asimilarlo todo. Fue demasiado.

    —Por eso mismo temía decírtelo. Temía también que estuvieras en peligro por mi culpa.

    Una sensación de profundo abatimiento inundó su voz en ese momento, tan intenso que incluso Lisa logró sentirlo. El profesor se apoyó contra la mesa, y agachó su mirada; parecía agotado, o quizás incluso avergonzado.

    —Estas habilidades… han lastimado a demasiada gente que amaba —declaró acongojado—. No quería que tú fueras una de ellas. No tú.

    Lisa pareció estar dispuesta a objetarle algo, pero por unos momentos las palabras se negaron a salir de su boca. Apretó aún más sus brazos contra sí, y su pie se movió inquieto contra el suelo. Miró hacia un lado con aprensión, y tras unos segundos dejó escapar una breve:

    —Maldición…

    Caminó lentamente hacia la silla vacía en la mesa en donde anteriormente se había sentado el Sgto. Schur, y se dejó caer en ella sin más. Se retiró los anteojos un momento, los colocó sobre la mesa, y se talló sus ojos y su frente con los dedos.

    —Está bien, lo admito —concedió Lisa, volteando a ver de nuevo a su novio—. Podría haber sido más clara con mis planes. Debí haber hablado contigo en persona antes de irme de esa forma; hacer más que sólo enviarte un escueto mensaje de texto. Pero… en verdad nunca pensé que intentarías algo como esto.

    No era claro si había recriminación, preocupación, o arrepentimiento en esas últimas palabras. Podría ser un poco de todo. Cody también tenía para ese punto las emociones mezcladas.

    El profesor se apartó de la mesa, y se sentó en la silla que había ocupado hasta hace poco, justo frente a su novia.

    —Lisa, ¿sabes qué lugar es éste? —le cuestionó apremiante, mirando de reojo de forma no tan disimulada hacia el soldado en la sala—. ¿Sabes lo que hacen aquí?

    —¡Por supuesto que lo sé! —exclamó Lisa en alto, como si la sola pregunta la insultara—. He estado encerrada aquí el suficiente tiempo para enterarme de exactamente qué hacen aquí. Lo he visto tan de cerca, que estuve incluso en al menos dos ocasiones de morir por culpa de ello.

    —¿Qué cosa? —exclamó Cody alterado, y su rostro se tornó pálido de golpe. Lisa negó con la cabeza, restándole importancia, y siguió hablando.

    —No sabes los deseos que tenía de largarme de este sitio de una vez por todas. ¿Y quieres oír la ironía? Hoy mismo me iba a ir. Iba a volver a casa, y en cuanto pudiera te contactaría para que habláramos. Pero ahora ya no va a ser posible.

    —¿Qué?, ¿por qué no? —pronunció Cody, confundido.

    —¿Por qué? —susurró Lisa, seguida de una pequeña risa burlona—. Porque mi novio se metió a la fuerza en los terrenos de una base militar secreta, y para que no lo ejecuten, o algo peor, tengo que jugar la única carta que tengo: quedarme y terminar el trabajo para el que me contrataron, aunque lo deteste.

    Cody se hizo completamente hacia atrás, apoyando su espalda entera contra el respaldo de su silla. Sus ojos se abrieron bien grandes, y su cuerpo se tensó entero. Le faltaba bastante contexto para entender las implicaciones enteras de lo que Lisa le acababa de decir, pero comprendía lo suficiente; en especial para entender que su osada intrusión podría haberla afectado incluso más de lo que había previsto.

    —No, no pueden obligarte a hacer eso —pronunció con voz indignada.

    —No me están obligando, tonto —le respondió Lisa, acalorada—. Lo estoy haciendo para salvarte de las consecuencias de esta absoluta imprudencia.

    —No tienes por qué hacer tal cosa por mí. ¿Por qué lo haces?

    —¡Pues porque te amo, grandísimo idiota! —soltó Lisa muy alto, como un grito que resonó fuertemente en el escaso eco de aquella habitación cerrada.

    El retumbar de sus palabras se mantuvo unos instantes, vibrando en las propias paredes, y en especial en los oídos de todos los que la habían escuchado: Lucy, Francis, Gorrión Blanco desde el otro lado del cristal… Y, por supuesto, Cody, que la observaba fijamente con el rostro azorado, y sus ojos humedecidos.

    —¿Me amas…? —susurró despacio, casi con incredulidad. Una pequeña sonrisilla terminó asomándose en sus labios de forma casi inconsciente.

    Lisa no pudo evitar soltar una pequeña risilla, sin poder concebir que en serio le estuviera haciendo esa pregunta. Aunque era justa; ella misma se la había hecho hace un par de horas, cuando Gorrión Blanco se lo había preguntado.

    Se tomó entonces un momento para aclarar sus ideas, pasó sus dedos por sus ojos para limpiar unas pequeñas lágrimas que amenazaban con escaparse, y se colocó una vez más sus anteojos.

    —Lamento mucho el cómo reaccioné cuando me confesaste lo que podías hacer —susurró Lisa con voz bastante más suave—. Lo admito, estaba asustada. Aún lo estoy, en especial después de las cosas que he visto en este sitio. Pero en cuanto te vi ahí sentado, esposado, desarreglado y sucio, hablándole de frente y desafiante a un hombre que podría partirte en dos con sus propias manos… —una pequeña sonrisita a medio camino entre ser alegre y burlona se dibujó en sus delgados labios—. Sentí un miedo mucho más grande de que pudieran hacerte cualquier daño. Y entonces, de un momento a otro, nada más importó. Y si tengo que quedarme un poco más en este purgatorio para que esa linda cabecita tuya se quede sobre tus hombros… valdrá la pena cada segundo.

    Cody sintió una punzada de dolor y culpa en el pecho al escucharla decir todo aquello. Aun así, fue imposible evitar que en sus labios se dibujara una sutil sonrisa de alegría.

    —Lisa… Lo siento —murmuró apenado, y extendió sus manos esposadas sobre la mesa en su dirección—. Metí la pata, ¿cierto?

    —Muy metida —le respondió Lisa, entre tajante y burlona. Extendió también una mano hacia él, y la posó delicadamente sobre las suyas—. Pero también fuiste muy valiente y osado. No sé si me gusta esta faceta tuya o no —añadió con ligero sarcasmo—. Yo me enamoré de un confiable y serio maestro de secundaria.

    Cody no pudo evitar soltar una risa despreocupada por su comentario.

    —Y yo de una aburrida y predecible química de laboratorio, no de una científica de proyectos ultra secretos.

    —¿Me dijiste aburrida? —inquirió Lisa con falso tono de ofendida. Ambos rieron al unísono, como una clase de chiste interno sólo entre ellos.

    Lucy, Francis, y Gorrión Blanco desde la otra habitación, los estuvieron observando en silencio todo ese rato, siendo abordados por diferentes sentimientos conforme aquella conversación progresaba. En el caso de Lucy, por ejemplo, la más predominante fue sin lugar a duda la confusión.

    —No lo entiendo —susurró despacio, negando con la cabeza—. ¿No estaban peleando hace un segundo?

    No estaba claro si la pregunta iba dirigida hacia Cody y Lisa directamente, pero igual estos dos no parecieron escucharla. Por mero reflejo se giró hacia Francis, como si esperara que éste de alguna forma le respondiera, pero por supuesto éste tampoco lo hizo. El militar se limitó a sólo observarla de reojo, y luego girarse hacia otro lado. Ciertamente la situación se había tornado un poco incomoda para él, y no estaba seguro si debía intervenir para separarlos, o sólo dejar que terminaran. Gorrión Blanco de seguro preferiría que hiciera eso último.

    —Pero, Lisa —murmuró Cody, tomando una postura más seria—. ¿Qué es lo que te están pidiendo hacer aquí? Si es algo peligroso…

    Antes de que terminara su frase, Lisa extendió un dedo de su otra mano hacia él, posándolo contra sus labios para indicarle con ese simple gesto que guardara silencio.

    —Cody, no puedo decirte nada —le respondió con firmeza, pero sin la amargura que acompañó sus palabras anteriormente—. Ya sabes demasiado. Y mientras más sepas, en más peligro te pondrás… Y a tu amiga.

    Al pronunciar aquello, volteó a ver de soslayo hacia Lucy por primera vez en todo ese rato. Ésta se sobresaltó un poco; por un momento había creído que ella no se había siquiera percatado de su presencia.

    —Hola, soy Lucy —pronunció, alzando sus manos esposadas a modo de saludo—. O así me dicen, al menos. Es un gusto conocerte al fin de frente.

    Lisa no le respondió nada a su saludo, y se limitó a simplemente asentir con su cabeza, para de inmediato girarse de nuevo hacia Cody.

    —Sólo confía en mí, ¿está bien? —susurró muy despacio, apretando con un poco más de fuerza la mano del chico entre sus dedos—. ¿Me prometes que no harás ninguna otra locura hasta que vuelva?

    Cody sonrió de una forma que parecía casi picarona.

    —Puedo prometerte que lo intentaré.

    —Grandísimo tonto —exclamó Lisa, entre risas.

    Y sin que ninguno tuviera que decirlo o sugerirlo abiertamente, en ese mismo momento ambos se separaron un poco de sus sillas, e inclinaron sus cuerpos hacia adelante en dirección al otro. Y aun estando uno de ellos esposado, ambos en el interior de una sala de interrogatorios, con un malhumorado sargento observándolos en la esquina, y quién sabe cuántos soldados a través del vidrio o las cámaras, ambos pegaron sus labios contra el otro, fundiéndose en un suave beso, delicado pero no por eso pequeño, que llevaba varios días de atraso. Y si Cody no tuviera la movilidad de sus brazos tan limitada, de seguro la hubiera rodeado con ellos para abrazarla. Aquello, sin embargo, no privó a Lisa de colocar sus manos contra el cuello de él, y atraerlo más hacia ella a mitad de su beso.

    Y de nuevo, aquello produjo una nueva oleada de emociones entre sus espectadores. Lucy se sintió confundida, e incluso un poco asqueada; no era muy fan de las muestras de afecto públicas… ni tampoco las privadas, en todo caso. Francis se sintió aún más incómodo, y se preparó para en unos segundos más separarlos y llevarse a la Srta. Mathews fuera de ahí. No podrá decir que no les dio mucho más que los segundo que le había pedido para hablar con su novio.

    Pero la que tuvo la reacción más profunda fue sin lugar a duda Gorrión Blanco. Tras escuchar toda aquella conversación a través del altavoz del otro cuarto, poner atención sobre cómo ésta se desarrollaba, y encima concluyendo en ese repentino y dulce beso de amor… Una oleada de calor inundó su pecho entero, y sintió como subió por su cuello hasta provocar que sus mejillas se encendieran.

    —Qué lindos… —susurró maravillada, soltando después un largo suspiro de admiración, mientras presionaba sus manos contra su pecho.

    Pero aquello que sentía iba más allá de las palabras que habían dicho, o del beso que se habían dado. Gorrión Blanco había percibido algo más, algo que le había llegado de forma inconsciente, de una forma que no comprendía. Las emociones cálidas y dulces que emanaban de cada uno de ellos, los pensamientos tan intensos que cruzaban por sus cabezas al mirar al otro, incluso los de enojo. Todo eso pudo sentirlo, más fuerte que cualquier otra cosa que había sentido en ese sitio desde que despertó.

    ¿Sería así como se sentía el amor? ¿El amor real…?

    Y en ese momento, justo cuando Cody y Lisa se separaron, y un segundo antes de que Francis diera un paso al frente para dar por terminada esa reunión, los altavoces del pasillo, y las radios en los cinturones de Francis y los demás soldados, comenzaron a sonar. Y al unísono, todos escucharon el mismo mensaje que al mismo tiempo se pronunciaba en toda la base.

    — — — —​

    —Entonces, ¿qué lugar es éste exactamente? —cuestionó Damien, curioso, recorriendo su vista por su alrededor lo mejor que su posición se lo permitía. No había mucho que ver en aquel espacio cerrado, en realidad, salvo las paredes blancas, las máquinas conectadas a su cuerpo, y claro los soldados que lo observaban con atención desde la parte superior—. Evidentemente no es un hospital convencional, y esos chicos no parecen guardias de prisión. ¿Estamos en Guantánamo, el Área 51 o algo por el estilo?

    Su tono era abrumadoramente relajado, incluso burlón, lo que ciertamente seguía destanteando un poco a Lucas. No era la primera vez que había encarado a sujetos que se escudaban tras una actitud despreocupada para ocultar su temor o ansiedad; Charlene McGee era un claro ejemplo de ello. Pero este chico era algo distinto. No sólo quería aparentar que aquello no le causaba el menor miedo, sino que parecía en verdad no sentirlo en lo absoluto.

    —La mayoría de las personas suelen preguntar primero por qué están aquí —comentó Lucas, ecuánime, siguiéndole un poco el juego.

    —No me gusta ser como la mayoría —respondió el muchacho, acompañado de un pequeño movimiento de sus brazos, que quizás de no haber estado amarrado hubiera terminado en un encogimiento de hombros—. Además, creo que usted ya lo explicó muy bien, ¿no? Estoy aquí porque, según ustedes, cometí algunos “crímenes contra los Estados Unidos”. Aunque no se me ocurre cuáles podrían ser esos, pues nunca me he pasado siquiera una luz roja; aunque tal vez eso pudiera ser porque la mayoría del tiempo viajo con chofer. Y además, soy un estudiante modelo, y la empresa de mi familia es un pináculo importante de esta nación. Y, hasta dónde sé, no evadimos impuestos. Bueno, de seguro no más que otras empresas de similar tamaño.

    —Esto le parece divertido, ¿Sr. Thorn? —cuestionó Lucas, tajante.

    —Por favor, llámeme Damien. Me hace sentir viejo diciéndome señor. ¿Cómo debería llamarlo a usted?

    —Eso no es relevante para esta charla.

    —¿Eso es esto?, ¿una charla? —exclamó el muchacho con voz risueña—. Pues es la primera en la que estoy tan… amarrado. ¿Le molestaría a alguno desatarme para que podamos charlar más cómodos?

    Lucas respiró hondo por su nariz, haciendo uso de todo su entrenamiento para mantener la calma. Si aquello eran intentos de desequilibrarlo y que perdiera el control de la situación, no le daría el gusto.

    —Entiendo muy bien que está acostumbrado a ir por la vida con actitud desafiante y despreocupada, siempre contando con que su apellido o su dinero lo sacarán de cualquier problema. ¿Me equivoco?

    No era claro si aquella era una pregunta real, pero igual Damien no respondió.

    —Pues permítame delecir que ninguna de esas dos cosas lo librará del embrollo en el que se ha metido, Sr. Thorn —prosiguió Luca—. Ni su apellido, ni su dinero, ni sus cientos de abogados, ni su tía CEO, su padrino ex presidente, o sus amiguitos de escuela privada. En lo que respecta a cualquier ser humano fuera de estas paredes, este sitio no existe; usted no existe. Y ni siquiera esas habilidades inusuales, que de seguro hasta ahora lo habían hecho sentirse tan superior a cualquiera, le servirán para algo. Aquí, usted me pertenece por completo. Yo decido cuando come, cuando bebe, cuando va al baño, incluso cuando duerme o cuando se despierta. Aquí, usted no es nadie.

    —Y eso de seguro lo hace sentir a usted como alguien muy poderoso, ¿no es cierto? —comentó Damien, divertido.

    La mirada de Lucas se volvió sólo un poco más afilada, pero lo suficiente para dejar entrever la molestia que tanto había intentado ocultar hasta ese momento. Se paró derecho, e inhaló aire fuerte por la nariz para intentar despejarla.

    —¿Qué tal si nos dejamos de juegos y hablamos de por qué está usted aquí en realidad?

    —Por favor —exclamó Damien, sonando incluso entusiasmado con la idea.

    Lucas tomó entonces el grueso expediente que había traído consigo, que a pesar de su tamaño era una versión reducida de toda la información que tanto él como Inteligencia habían extraído de todo lo referente a Damien Thorn. Y, especialmente, todas aquellas personas a su alrededor afectadas de manera sospechosa por su propia presencia.

    Abrió el expediente en la primera página de ésta, y pronunció con voz alta y clara:

    —Cuénteme de Holly Huck.

    Damien parpadeó un par de veces, y lo observó en silencio unos segundos, como si esperara que le dijera algo más para entender de qué hablaba. Cuando fue claro que no sería así, preguntó sin más:

    —¿Se supone que ese nombre debería sonarme de algo?

    —Era la joven que trabajaba como su niñera en Inglaterra, cuando tenía cinco años —aclaró Lucas—. Se ahorcó a sí misma durante su fiesta de cumpleaños frente a usted y todos sus invitados. ¿Ya le suena?

    —¿Usted recuerda a su niñera de cuando tenía cinco? —bromeó Damien, divertido—. Conozco el suceso, pero por supuesto que no tengo memoria de nada de eso. Era muy pequeño, y de seguro ni siquiera entendí en su momento lo que pasó. Sólo sé lo que algunos chismosos me han contado. Pero en todo caso, ¿eso qué tiene que ver conmigo? Yo era un niño, y ella se ahorcó ella misma; usted mismo lo dijo.

    —¿Eso fue lo que realmente pasó? —inquirió Lucas, con un dejo de acusación implícito en su voz. Damien guardó silencio.

    Lucas pasó entonces a la siguiente parte del reporte en sus manos.

    —¿Qué hay de la Sra. Willa Baylock? Se convirtió en su niñera poco después de aquel horrible incidente, y murió no mucho después atropellada en su propiedad en Londres.

    —Tampoco lo recuerdo —respondió Damien sin vacilar—. Y llámenme loco, pero me parece que un niño de cinco años es demasiado pequeño como para conducir y atropellar a alguien.

    —Quizás… Pero hay aún más personas ligadas a usted y a su familia que terminaron con destinos muy parecidos. ¿Sabía que el hospital en el que nació en Roma fue reducido a cenizas y murieron cientos de personas en el incidente?

    —Desafortunado —comentó Damien, aburrido—. Pero de seguro miles de otros bebés nacieron ahí antes que yo, ¿no?

    Lucas pasó por algo su comentario hiriente, y en su lugar prosiguió con otro punto.

    —Steven Haines, antiguo embajador de Estados Unidos en Italia, jefe y amigo de su padre; murió calcinado en su propio vehículo poco después de ser nombrado embajador en Gran Bretaña. Keith Jennings, un reportero que al parecer se encontraba investigándolo a usted y a su familia tras la muerte de su niñera, murió decapitado en Israel poco después de entrar en contacto con su padre. Y hablando de sus padres, ¿qué me puede decir de ellos? ¿Qué hay de Katherine y Robert Thorn?

    Aquella pregunta sí ocasionó un ligero ápice de reacción en el rostro del chico, apenas un apreciable tic de su ojo derecho, pero que desapareció casi al instante.

    —¿Qué hay de ellos? Cada uno murió en un trágico accidente.

    —Ambos sabemos que eso no fue lo que pasó, Sr. Thorn —declaró Lucas, tajante—. Dígame, ¿cómo murieron realmente?

    —No tengo idea de lo que habla —sostuvo el joven Thorn con desafío—. ¿Por qué no me dice usted cómo murieron? En vista de que al parecer lo sabe todo.

    Lucas la sostuvo la mirada, intentado detectar de nuevo alguna señal de vacilación como había ocurrido hace un momento. Sin embargo, el muchacho había recuperado rápidamente su postura de hielo.

    —Quizás volvamos a ellos más adelante —comentó algo despreocupado, y volvió sus ojos hacia su expediente.

    En realidad, no necesitaba que él le dijera nada de los Thorn, ni de ninguna de las personas en ese expediente. Él ya conocía las circunstancias exactas de sus muertes, además de las teorías de cómo el muchacho había intervenido en cada una. De momento le bastaba con dejarle ver que él lo sabía todo; que sabía el nombre de todas esas personas, y que alguien había notado sus acciones por más que haya querido aculatarlas.

    —¿Y si hablamos de muertes un poco más recientes? A ver si esas las tiene más presentes. Como Joan Hart, Bill Atherton, David Pasarian, Charles Warren… Todas personas que trabajaban para usted, su familia o su empresa; todos fallecidos de formas horribles. ¿Alguno de estos nombres le resulta más familiar?

    —Vagamente… ¿El Sr. Warren está muerto? —comentó Damien de pronto con genuina curiosidad—. La última vez que supe, sólo estaba desaparecido.

    Lucas no le ofreció una respuesta a dicha pregunta, pero su silencio dejaba de cierta forma implícita la verdad.

    —Hasta este punto parece bastante evidente para cualquiera que la muerte lo persigue a donde quiera que vaya, Sr. Thorn. ¿No le parece extraño?

    —Trágico, diría yo —respondió Damien escuetamente, y de nuevo otro movimiento que intentaba ser un encogimiento de hombros.

    —¿Qué hay de los miembros de su propia familia? ¿A ellos sí los recuerda? Además de sus padres, tenemos en la lista a su tía abuela, Marion Thorn. A su tío, Richard Thorn…

    —Por favor —exclamó el muchacho, dejando escapar además una risilla burlona.

    —¿Qué me dice de su primo? Mark Thorn.

    Y fue justo en ese momento en donde ocurrió lo que Lucas tanto esperaba percibir: una reacción, una real, tangible, imposible de ocultar. En cuánto Lucas pronunció aquel nombre, el rostro entero de Damien cambió. Su sonrisa se esfumó y su mirada se endureció, adoptando abruptamente una expresión mucho más seria, preocupada… incluso, molesta.

    Lucas tomó de nuevo el expediente, echándole un ojo por encima a la parte que hablaba justo de esa persona en especial.

    —Mark Thorn —repitió en voz alta para que el muchacho pudiera oírlo con claridad. Cerró el expediente de nuevo forma abrupta, y cruzó sus brazos sobre el pecho, presionando el expediente contra éste—. Hábleme de él.

    —¿Qué hay que decir? —pronunció Damien con sequedad—. Murió por una hemorragia, causada por una malformación en su cerebro difícil de detectar… e imposible de evitar.

    —Y usted fue el único con él cuando ocurrió tal hemorragia, ¿no es cierto? —preguntó Lucas con curiosidad, aunque él ya conocía muy bien la respuesta.

    —Sí… y fue horrible —musitó Damien, desviando su mirada hacia un lado—. Una horrible tragedia de la que prefiero no hablar.

    —¿Por qué no? ¿Es que acaso recordar aquel incidente le remueve esa pequeña parte de su ser que los individuos normales llamamos conciencia? Porque en realidad no fue causado por una malformación de su cerebro, ¿o sí?

    Damien giró rápidamente el rostro hacia él, y en sus ojos Lucas pudo notar un fuego incandescente, alimentado por una rabia interior que el muchacho aún luchaba por mantener mitigada, pero que aun así lograba colarse lo suficiente al exterior.

    —No tengo idea de lo que habla —farfulló con voz enronquecida.

    —¿Ah, no? ¿Y qué pensaría si le dijera que a lo largo de los años, he conocido a al menos tres individuos capaces de provocarles hemorragias cerebrales a alguien con tan sólo concéntrese lo suficiente? Un sólo pensamiento, y el cerebro de la otra persona se volvía papilla molida. ¿Qué opina de eso?

    —Que ha visto muchas películas de terror —sentenció Damien cortante.

    Lucas se permitió sonreír divertido. Era evidente que el asunto de su primo lo afectaba mucho más que el resto de los nombres de esa lista. Quizás a él en realidad no quería matarlo; quizás su caso sí fue un accidente, después de todo. Pero eso era especular demasiado. Lo que fuera que le causara esa reacción, era su puerta de entrada.

    —Ya deje de fingir, Sr. Thorn —exclamó en alto, como una advertencia—. Todos aquí sabemos lo que usted es y lo que puede hacer. Sabemos muy bien que ninguna de estas muertes fue accidental. Sabemos muy bien que usted mató a todas estas personas, incluido a su propio primo. ¿Por qué? ¿Ambición? ¿Ira? ¿Algún placer retorcido? Cualquier motivo es bueno, ¿no es cierto? Para alguien que es capaz de matar con tan sólo desearlo, incluso sin estar cerca de su víctima. El asesino perfecto.

    —Está loco —sentenció Damien con irritación, agitándose en la camilla, por primera vez pareciendo hacer un sincero intento de zafarse de las apretadas correas—. ¿Tiene alguna prueba de estas tonterías que escupe?

    —Ese es justo el problema, ¿no es cierto? —murmuró Lucas, astuto—. ¿Cómo probar que alguien con estas capacidades existe? ¿Cómo probar que alguien que puede matar a otra persona a kilómetros de distancia lo hizo? Las leyes de este mundo no contemplan a personas como usted, lo que permite que pueden ir por sus anchas haciendo lo que quieran. Pero para eso justo existimos. Nosotros no necesitamos pruebas, jueces, jurados, abogados, ni siquiera verdugos, dado el caso. Nosotros trabajamos con completa autonomía de actuar y neutralizar cualquier amenaza fuera de los parámetros normales, que represente un peligro para las buenas personas de esta nación. Como usted, Sr. Thorn —sentenció alzando el expediente en alto para que pudiera verlo—. Tantas vidas inocentes, cegadas por el simple hecho de haberse cruzado con usted. Ni siquiera su propia familia podía considerarse a salvo. Pero estoy aquí para decirle que eso termina hoy. Usted está ahora en mis manos. Y mientras más rápido admita su culpa y comience a cooperar, mejor será para usted.

    Damien guardó silencio escuchando atentamente todo aquel discurso que le soltaba. Su expresión se volvió aún más aguerrida, y el fuego en sus ojos se volvió aún más presente. Esa rabia que tanto había intentado esconder tras una máscara de indiferencia y tranquilidad, al fin se había asomado lo suficiente para que todos la vieran. Ese era un vistazo al verdadero monstruo que se escondía debajo de Damien Thorn…

    De pronto, otro pequeño gesto se asomó en su rostro, como si hubiera captado un sonido repentino, o algo moviéndose en la periferia de su visión, y eso distrajera su atención hacia otra cosa. Lentamente giró su rostro hacia un lado, y sus ojos se posaron justo en una de las cámaras en la esquina superior del cuarto; aquella que apuntaba justo hacia su rostro, en realidad. Y desde su respectivo monitor en la sala de observación, los espectadores de toda aquella charla pudieron captar su mirada virando hacia ellos, como si los estuviera viendo directamente a través de la cámara.

    Aquello ciertamente los inquietó, y este sentimiento fue particularmente palpable en los rostros de Russel y Davis, pero ninguno dijo nada.

    Damien se mantuvo callado y mirando a la cámara por varios segundos. Luego, de un momento a otro, un curioso destello le iluminó los ojos, como el destello de alguien que acababa de recordar algo olvidado, o se había percatado de un detalle muy obvio que había pasado por alto. Y ese vistazo al interior de su ser que habían captado hace un momento, despareció por completo. Los labios del chico se torcieron de nuevo en una aguda sonrisa astuta, y el fuego que reflejaba en su mirada hasta hace un momento, se convirtió de pronto en una arrogancia tan abundante, que casi se desbordaba de sus ojos. Y por si fuera poco, al instante siguiente de su boca se escapó un pequeño dejo de risa, que fue creciendo poco a poco, hasta al final convertirse en una sonora y casi desquiciada carcajada que rebotó de forma disonante en toda aquella habitación.

    Aquello destanteó aún más a Lucas, tanto que por reflejo retrocedió un paso, como queriendo hacer más distancia entre aquel chico y él. Pero no fue el único, pues desde la sala de observación, McCarthy y los demás se quedaron igualmente pasmados ante este cambio. Y al menos Davis si percibió una sensación fría que le subía por la espalda.

    Aquel no era el chico despreocupado del inicio, tampoco el alimentado por la ira de hace unos segundos. Aquello era algo más…

    —Muy bien —masculló Damien una vez que dejó de reír. En ese momento miraba fijamente hacia el techo sobre él, y a las luces fluorescentes que colgaban de él—. Muy, muy bien… Me atraparon; los felicito. Sí, en efecto, yo soy el monstruo que buscaban. Y les confirmo que a esa lista le faltan todavía muchos otros nombres. Sin embargo, me temo que en realidad a muchas de esas personas que mencionaron no las maté yo personalmente. Pero se pueden consolar en que sí tuve que ver, de alguna forma, con sus muertes. Y sí, justo como dice, a veces es tan sencillo como sólo desearlo, concentrarme lo suficiente, y… ¡zas! Cerebro hecho papilla. Otras no es tan simple, pero con un poco de esfuerzo todo se puede, ¿no?

    Alzó entonces su cabeza lo suficiente para volver a posar su atención fija en Lucas, que lo observaba expectante desde las alturas.

    —Pero ninguna de esas personas es el motivo verdadero por el que estamos aquí, ¿no es cierto? ¿Por qué no dejamos esta farsa y me dices en verdad lo que quieres… Lucas?

    Aquello provocó que el director, al igual que casi todos los demás espectadores, se estremecieran de sorpresa, pero también de temor.

    —Él nunca le dijo su nombre —señaló Russel en voz baja, atónito.

    —¡Está usando sus poderes! —exclamó McCarthy, exaltado.

    —Es imposible, el ASP-55…

    —¡Eso no importa! ¡Duérmalo ahora! —ordenó McCarthy con apuro.

    Russel asintió. Estaba por la darle la indicación al hombre sentado frente al panel de control, cuando alguien más intervino.

    —¡Aguarden! —pronunció Cullen en alto—. Miren.

    La agente señalaba con su dedo hacia uno de los monitores, el de la cámara que enfocaba directo al Dir. Sinclair. En éste, se veía claramente como Lucas miraba hacia la cámara, y tenía una mano alzada en su dirección, con la clara indicación de “Alto”. Muy seguramente él había pensado lo mismo que ellos, y había previsto además cuál sería la siguiente acción de sus subordinados.

    —Nos indica que esperemos —señaló Cullen.

    —Es muy arriesgado —sentenció McCarthy, negando con la cabeza—. Si logró captar su nombre, podría hacer algo más.

    —Quizás no —añadió Russel, aunque un tanto dubitativo—. Quizás siempre lo supo y sólo estaba jugando con nosotros. Es totalmente imposible que pueda usar ese grado de telepatía con esta dosis del ASP-55. El director lo sabe. Así que tendremos que confiar en que también sabe lo que hace.

    McCarthy no dijo nada más, pero era claro que no estaba en lo absoluto de acuerdo con eso. Cada vez se convencía más de que dejar a ese muchacho despierto sería el peor error que podrían cometer.

    Lucas respiró hondo, y se forzó a recuperar la compostura antes de volver a hablar.

    —¿A qué se refiere con eso?

    —Dije que dejáramos las farsas, Lucas —sentenció Damien, poniendo principal énfasis al pronunciar su nombre—. Sé que ninguna de esas personas te importa tanto en realidad; son sólo nombres y números en un papel, como tantos que has visto antes. Pero todo esto se trata de algo más personal, ¿no es cierto? Dime, ¿qué nombre de esa lista no has pronunciado? ¿A quién hice tanto daño como para llenarte de tanto odio hacia mi persona?

    —Te equivocas —respondió Lucas con firmeza marcial—. Estos nombres, estos números, por supuesto que son importantes para mí. Cualquiera que sufra en manos de individuos como tú, con poder pero sin los escrúpulos para usarlos como es debido, es importante para mí.

    Hizo una pausa, que conforme más se alargaba, más vacilante parecía.

    —Pero es verdad que hace poco heriste a alguien cercano a mí —admitió en voz baja, sin tener del todo claro por qué lo hacía—. Su nombre era Jane Wheeler.

    —¿Jane Wheeler? —pronunció Damien, curioso. Inclinó su cabeza hacia un lado, con expresión reflexiva—. Jane Wheeler… —repitió—. Wheeler…

    La claridad pareció llegarle de golpe tras unos instantes. No tenía claro si acaso había oído directamente ese nombre en alguna de sus experiencias pasadas, o simplemente algo por debajo de su propia consciencia hizo las conexiones necesarias para relacionarlo con una persona en concreto.

    —Ah, la madre de Terry —concluyó, esbozando una sonrisa juguetona. La mención tan directa a la hija menor de Eleven, claramente crispó a Lucas—. La última vez que la vi estaba un poco perdida en su propia cabeza, me parece. ¿Acaso la buena señora se murió? Es una lástima, si es que fue así. Pero ella fue la que se metió conmigo, no al revés. Si ella y sus amigos se hubieran alejado de mis asuntos, nada hubiera pasado.

    —No me interesa escuchar tus excusas —declaró Lucas, tajante.

    —No es una excusa —exclamó Damien, soltando después una aguda carcajada—. Es un hecho, en toda la extensión. Pero no importa. De todas formas, creo que ya estoy entendiendo de qué va todo esto.

    Aquel repentino comentario destanteó a Lucas. Era como si hubieran cambiando abruptamente de conversación.

    —¿Qué está diciendo?

    Damien volvió a reír, incluso más irreverente que antes.

    —Escúchame bien, Lucas, porque sólo lo diré una vez —pronunció con voz clara y serena—. Así es como será esto: me soltarán en este momento, me dejarán ir, y todos haremos como si este penoso incidente nunca hubiera ocurrido. Quizás incluso arregle que se les dé una buena contribución a su causa; por las molestias. Y es la oferta más generosa que recibirás.

    Lucas se sintió totalmente perdido. ¿De dónde salía todo esto? ¿Por qué su actitud y su postura habían cambiado tan de golpe? ¿De qué se estaba perdiendo?

    —¿Está intentando sobornarme?

    —No, claro que no —indicó Damien, negando con la cabeza—. Te estoy amenazando, en realidad. Ya que si no haces lo que le digo en este instante, tú y todos en esta base… morirán. Y me parece que será muy, muy pronto.

    Aquellas palabras se quedaron flotando en el aire, llenando la habitación de un aire denso y pesado, impregnado de todas las implicaciones que tenían. Un par de los soldados en la galería parecieron inquietos, y centraron su atención en el director, en busca de algo de aclaración, y quizás de soporte. Lucas observaba al muchacho, claramente confundido, y sin saber cómo se suponía que debía responder a aquello. ¿Era sólo una amenaza al aire que tiraba para que picara? ¿O sabía algo que él no?

    Daba igual lo que se propusiera. Estaba a una simple señal de su mano de que lo pusieran a dormir de nuevo, lo encerraran en esa quirófano, y los soldados lo llenaran de balas. Cualquier poder que creía tener en esa situación, era una mera ilusión.

    —Ignoro qué clase de juego le esté cruzando por la cabeza —sentenció Lucas con voz firme—. Pero desde ahora le digo que nada de lo que acaba de decir ocurrirá. En lo que a mí respecta, una vez que salga de aquí, se quedará amarrado a esa camilla, plácidamente dormido, hasta que a mí me dé la gana volver a despertarlo. Y espero que en ese momento comience a ser más participo.

    Lucas hizo en ese momento el ademán de darse media vuelta para dirigirse a la sala de observaciones, y dejar todo ese asunto atrás de momento.

    —Es obvio que quien ignora cosas aquí eres tú, Lucas —exclamó Damien en alto para que pudiera escucharlo—. Estás tan ciego que no te has dado cuenta que tú ya no eres el jefe aquí. De hecho, me parece que ahora lo soy… yo.

    Lucas se detuvo en seco al escuchar tan escandalosa declaración, y no pudo evitar girarse de nuevo en su dirección, y pronunciar desorientado un simple:

    —¿Qué?

    Nadie tuvo tiempo de decir nada más, o siquiera detenerse un segundo a meditar más profundo en toda esa situación, pues en ese momento… los altavoces de la sala, y las radios que portaban Lucas, McCarthy y los demás soldados, comenzaron a sonar. Y por todos ellos se escuchó la misma voz de mujer:

    —Atención, a todo el personal del Nido.

    Todos se quedaron quietos en su posición, con su atención fija en el origen de aquella voz más cercano a cada uno.

    —¿Esa es Kat? —pronunció McCarthy sorprendido al reconocer la voz de su secretaria. Tomó entonces la radio, acercándola más a su rostro.

    Desde su posición aún en la parte elevada del quirófano, Lucas hizo lo mismo.

    —Creo que el tiempo se te acabó —escuchó que Damien murmuraba desde abajo. Al girar a mirarlo, éste sonreía lleno de complacencia—. Lo siento…

    Antes de poder preguntar algo más, la misma voz en las radios siguió hablando:

    —Éste es un anuncio importante. Presten atención, por favor. —Hubo una pequeña pausa expectante, y entonces pronunció con voz solemne—: El Lucero de la Mañana ha salido al fin. Es momento de mirar al cielo para contemplarlo mejor. Buenas tardes.

    Y tan repentino y extraño como había iniciado, la conversación simplemente se cortó, dejando de nuevo en silencio todas las radios cercanas, y una confusión generalizada.

    —¿Y eso qué demonios fue? —preguntó Russel, desconcertado, mirando a McCarthy en busca de alguna explicación. Si la que había dado ese extraño anuncio fue su secretaria, lo esperado era que él tuviera alguna respuesta, pero no era el caso. McCarthy en realidad se encontraba igual de confundido que todos, sino era que incluso más.

    —Creo que se refería a esto —comentó Cullen de pronto con voz sosegada. Russel y Davis tardaron un poco en reaccionar tras escuchar sus palabras, y para cuando se giraron hacia ella... la agente ya había desenfundado de un movimiento su arma, y menos de un segundo después pegó el cañón de ésta contra la parte trasera de la cabeza del técnico sentado frente a los controles, y tiró del gatillo.

    El estruendo del disparo retumbó en las paredes de la pequeña habitación, al tiempo que un fuerte estallido de sangre brotaba desde la frente de aquel hombre, manchando por completo el panel de control, y los monitores de las cámaras.

    Todo fue tan rápido, que ninguno de los otros dos hombres presentes logró siquiera carburar lo que había ocurrido, hasta que el cuerpo del técnico se desplomó flácido contra la consola, en un sonido sordo que resultó incluso más atormentador que el propio disparo.

    Al instante siguiente, Cullen se giró rápidamente hacia ellos con su arma en alto, apuntando con ésta directo a la cara de Russel, quien se quedó quieto como piedra en cuanto vislumbró aquella arma apuntándole. Cullen presionó el gatillo con fuerza, pero un instante antes de que la bala saliera del cañón, McCarthy se adelantó, y de un manotazo desvió el cañón del arma hacia un lado y la bala pasó casi rozando la sien del Dr. Shepherd y se estampó contra el muro. El científico soltó un chillido, y cayó al suelo.

    —¡Ruby! —exclamó McCarthy con fuerza, al tiempo que sujetaba a la agente de su muñeca, intentando desarmarla, pero también procurando mantener la pistola lejos del rango de disparo de él o de Russel—. ¡¿Qué estás ha…?!

    Antes de que terminara su pregunta, Cullen le estampó con fuerza su rodilla en el estómago, haciendo que se doblara hacia el frente. Luego, aprovechando ese momento, se liberó de sus manos y le hizo una llave rápida, que tumbó al viejo capitán de espaldas al suelo. Teniéndolo ahí a sus pies, Cullen se giró lo más rápido que pudo para apuntarle a la cabeza y disparar, pero no lo suficiente antes de que McCarthy moviera con rapidez una de sus piernas, barriendo las de ella y haciendo que también se precipitara abruptamente al suelo, y su arma se escapara de sus manos.

    —¡Corra, Shepherd! —gritó McCarthy con voz colérica, al tiempo que intentaba colocarse sobre Ruby para someterla en el piso.

    Russel no necesitó más que eso para reaccionar al fin, ponerse de pie y salir corriendo con todas sus fuerzas de aquella sala.

    Por su parte, el retumbar de los dos disparos de Cullen en la sala de observación llegó hasta los oídos de Lucas, y rápidamente se giró hacia dicha dirección, tan alarmado que no le importó soltar el expediente que traía consigo y que su contenido se desparramara por el suelo.

    Hubo un tercer disparo, o más bien una sucesión de ellos. Sin embargo, estos retumbaron bastante más cerca. Lucas giró su cuello como un látigo, justo para ver como uno de los soldados de la galería caía hacía atrás sobre el suelo del nivel alto. A su vez, su compañero de pie justo a su lado, sostenía su rifle aún humeante en su dirección. Él le había disparado.

    Y sólo fue el primero, pues de inmediato uno más lo hizo en contra de otro de sus compañeros, y un tercero se los unió. El primero también comenzó a disparar antes de que alguno de los otros pudiera reaccionar. El soldado a la derecha de Lucas cayó abatido antes de poder alzar por completo su arma, cayendo a sus pies. Y de un segundo a otro, ráfagas de balas cortaron el aire de un lado a otro entre los diez soldados que se suponían estaban ahí por seguridad.

    Lucas miró todo aquello como una escena en cámara lente de una película, como si estuviera en medio de un campo de batalla y no en la supuesta seguridad de su base. Sus propios soldados, disparándose entre sí, pólvora, humo y sangre impregnaron rápidamente el aire de la habitación. Y de un momento a otro, uno de aquellos tres soldados traidores se giró directo hacia él, y lo apuntó con su arma.

    Lucas forzó a su cuerpo a reaccionar, y rápidamente se tiró al suelo, apenas logrando esquivar los disparos que iban directo a su cabeza. Se arrastró un metro hacia un lado, justo a donde había caído uno de sus hombres, y sin dudarlo mucho tomó su arma, se puso de rodillas y comenzó a disparar, intentando más que nada mantener a raya a los atacantes, y estos retrocedieron. Gritó a sus hombres, esperando que alguno lo escuchara y lo siguiera. Sin embargo, un vistazo rápido a su alrededor le bastó para darse cuenta de que no quedaba nadie más; sólo esos tres hombres, que claramente ya no eran sus hombres.

    —Se lo dije —escuchó como murmuraba la presuntuosa voz de Damien desde su camilla. Lucas se sobresaltó al instante. ¿Acaso ese muchacho…?

    No tenía tiempo para pensar en ello. Volvió a disparar con el rifle, prácticamente sólo soltando disparos al aire. Logró herir a uno de los soldados atacantes, derribándolo, y los otros volvieron a mantener su distancia, cubriéndose detrás de las columnas. Lucas aprovechó ese momento para ponerse de pue y correr hacia la sala de observaciones.

    Sin embargo, Lucas ignoraba que las cosas allá estaban incluso peor.

    Ruby logró quitarse de encima a Davis, dándole un cabezazo con fuerza que le hizo sangrar la nariz. Una vez que la soltó, lo pateó con fuerza para alejarlo de ella, y rápidamente se puso de pie de un salto, alzando sus puños en su posición de ataque. McCarthy, adolorido y mareado, se puso también de pie rápidamente, al tiempo justo para cubrir un derechazo de la agente Cullen que iba directo a su cara. Tomó su propia arma y la desenfundó, pero Ruby se la tiró de las manos con una rápida patada circular, haciendo lujo de sus extraordinarias habilidades de combate fruto de sus años de entrenamiento y misiones en el campo.

    —¡Ruby! —gritó McCarthy, agitado, y alzó rápidamente sus puños—. ¡El muchacho! ¡Él debe estarte controlando!

    Una sonrisa torcida se dibujó en los labios de la capitana.

    —Eso lo haría todo mucho más simple, ¿verdad? —musitó Cullen, risueña, y comenzó al instante a lanzar una serie de golpes en contra de McCarthy, bastante contundentes, y que el viejo capitán a duras penas lograba repeler—. Pero me temo que no es así. Esto lo hago por mi propio libre albedrio. De hecho, ¡ésta siempre fue mi verdadera misión!

    Davis se sobresaltó atónito al escuchar aquello, y ese momento de vacilación resultó su ruina. Ruby le propinó un golpe directo a su quijada por el costado derecho, que lo desequilibró. Después, dejó caer su pie con todas sus fuerzas contra su rodilla, destrozándola en el acto. McCarthy soltó un agudo grito de dolor al aire, cómo quizás nunca había gritado. Por último, Cullen remató con otra patada circular que lo golpeó directo en su cabeza y lo terminó por estampar contra el suelo. McCarthy se quedó tirado, totalmente adolorido y mareado, y al parecer imposibilitado para levantarse. Lo más que pudo fue ladearse lo suficiente para quedar casi sentado, jadeando intentando que el aire volviera a sus pulmones

    —Te dije que tanto tiempo tras un escritorio te había atrofiado —comentó la capitana, casi burlona, al tiempo que recogía del suelo el arma de McCarthy. La sujetó firme con una mano y la apuntó directo al rostro del director general del Nido. Éste miró el arma ante él, aun totalmente imposibilitado de creer que aquello era algo real.

    —Ruby… ¿Por qué…? —logró preguntar entre dolorosos jadeos, pero los golpes definitivamente no dolían tanto como la horrible traición que estaba presenciando.

    Algo en el rostro de Ruby se suavizó al momento de escuchar esa pregunta, pero sólo duró un momento. Al instante siguiente, volvió a cubrirse de la misma frialdad que tanto la distinguía.

    —Lo siento, Davis —murmuró en voz baja, carente de cualquier tipo de emoción real—. Consuélate en saber que es por un bien mayor.

    Y sin más, jaló el gatillo. Un sólo disparo certero, y el proyectil dio directo en el centro de la frente de Davis McCarthy, cuyo último pensamiento iría dedicado a sus hijas y a su esposa.

    En el momento justo en el que Cullen presionó el gatillo, la puerta de la sala que daba al área del quirófano se abrió de golpe. Y fue el momento adecuado para que Lucas presenciara como el cuerpo del capitán McCarthy se precipitaba hacia atrás luego del impacto, quedando de espaldas al suelo. La sangre no tardó en escapar por la herida de salida, encharcándose en el suelo debajo de él.

    —¡No! —exclamó colérico, alzando de golpe el rifle que traía consigo y apuntando con éste directo a Ruby. El reconocer a la asesina de su amigo sólo lo hizo vacilar un instante, pero se sobrepuso rápidamente, y jaló el gatillo en su contra sin titubeo.

    Ruby se echó al suelo y rodó, hasta colocarse tras la silla sobre la que aún se encontraba el cuerpo del técnico con la horrible herida de bala en la cabeza. El cuerpo recibió gran parte de los disparos de Lucas, sirviendo de un útil escudo para la capitana. Ésta pateó de golpe la silla desde atrás, enviándola rodando con todo y el cuerpo ensangrentado hacia Lucas, embistiéndolo.

    El golpe lo desequilibró, pero la espalda de Lucas chocó contra el muro, evitando que cayera. Intentó volver a disparar, pero Ruby se le adelantó, alzando el arma de McCarthy aún en sus manos y disparando rápidamente hacia él. Lucas tuvo que moverse rápidamente hacia un lado para esquivar los disparos, y uno de ellos le rozó peligrosamente el hombro derecho, rajándole su traje y su piel superficialmente.

    Por el rabillo del ojo vio como los tres soldados del quirófano entraban por la misma puerta que él, con sus armas en mano listas para contraatacar; incluso aquel que creía haber derribado, parecía sólo haber sido herido. Con la rabia acumulada en su garganta, en especial al echar un vistazo rápido al cuerpo de McCarthy en el suelo a unos cuantos metros de él, Lucas supo que no había mucho que podía hacer él solo contra tantos enemigos.

    No ahí dentro, al menos.

    Disparó casi a ciegas para forzar a Ruby y a los otros tres a cubrirse, y de esa forma poder dirigirse corriendo hacia la puerta de la sala. Tardó unos segundos en poder abrirla con su tarjeta electrónica, segundos que el primer soldado en poder ingresar a la sala aprovechó para disparar, pero sus balas terminaron dando contra la puerta blindada, al tiempo que Lucas se escurría hacia afuera, lejos de su alcance.

    Los tres soldados traidores se dispusieron a encaminarse rápidamente detrás de él.

    —Déjenlo —espetó Cullen con fuerza, mientras se acomodaba su abrigo. Se aproximó hacia donde yacía su propia arma, la recogió del suelo, y la regresó a su funda—. De todas formas no tiene ningún sitio al cuál ir.

    Había malicia en su voz al pronunciar aquello. El pobre Dir. Sinclair desconocía el verdadero alcance de lo que estaba ocurriendo en esos momentos, pero no tardaría mucho en descubrirlo.

    —Nosotros tenemos algo más importante que hacer —pronunció con dureza, y con un ademán de su cabeza les indicó a los hombres que la siguieran, y así lo hicieron.

    Los cuatro salieron también de la sala, pero con otro destino. Ellos en cambio bajaron por las escaleras de acero a un lado de la sala de observaciones, para dirigirse a la parte baja del quirófano. Ahí, aguardando pacientemente mientras miraba al techo, se encontraron con Damien recostado en su camilla.

    —Desátenlo —ordenó Ruby con apuro, y los tres hombres se apresuraron a obedecer sin mediar palabra.

    Rápidamente le retiraron los tubos conectados a sus brazos, y por supuesto las gruesas corras que le rodeaban el cuerpo. Damien permaneció quieto mientras lo liberaban. Una vez listo, dos hombres se ofrecieron a ayudarlo a pararse, pero el muchacho se negó y lo hizo por su propia cuenta. Entendería de inmediato el porqué de aquel ofrecimiento, pues lo que fuera aquella droga que le estaban suministrado, en efecto lo había dejado mareado. Aun así, logró pegar sus pies descalzos sobre el frío piso, y erguirse firme ante ellos.

    La atención del muchacho se centró sobre todo en aquella mujer de cabellos rubios y atuendo verde. Ésta, en cuanto sintió su mirada sobre ella, esbozó una amplia sonrisa, tan grande que parecía casi irreal. Y sus ojos brillaron con una enorme emoción que casi amenazaba en escapar de ella en la forma de un desbordante llanto.

    Supo de inmediato que ella habían surgido aquellas emociones y pensamientos que había captado hace unos momentos; aquellos que le indicaron que justo eso estaba por ocurrir.

    —Mi señor —pronunció Ruby con solemnidad, y de la nada se tiró de rodillas al suelo, agachando su cabeza con sumisión. Los tres soldados a su lado no tardaron es hacer exactamente mismo—. Es el más grande honor para mí poder estar en su presencia. Me postro humilde ante sus pies.

    Damien la observó a ella y a los otros con expresión indescifrable. Ladeó su cabeza hacia un lado, y con apenas un dejo de emoción palpable en su voz pronunció:

    —Déjame adivinar; eres discípula de Neff, ¿cierto?

    —Así es, mi señor —masculló la Capt. Cullen, agachando aún más la cabeza—. Mi nombre es Ruby, y soy su leal sierva.

    Damien bufó aburrido, y pasó una mano por su cabello, haciendo su fleco hacia atrás. Sólo hasta ese momento, cuando pasó sus dedos por su cabello, y pudo echarle más fácilmente una mirada a su mano, se dio cuenta de que no había seña alguna de quemadura en su piel. Lo último que recordaba era estar en el pent-house, con la piel tan rostizado como un pollo, y un dolor indescriptible recorriéndole el cuerpo.

    Ahora no había rastro alguno de aquello. ¿Qué había pasado exactamente?

    Permitió que aquello distrajera su atención sólo unos momentos, y luego se forzó a enfocarse de nuevo en el presente.

    —Cómo sea —masculló casi indiferente, y comenzó sin más a caminar hacia la puerta—. Sólo sáquenme de este establo.

    —Sí, señor —exclamó Ruby con ferviente emoción—. Su transporte ya viene el camino.

    Rápidamente todos se pararon de nuevo y rodearon a Damien como una guardia de honor, con la capitana al frente de ellos.

    —Andando —ordenó Ruby con firmeza, y comenzaron a caminar con paso firme hacia la salida. Damien los siguió sin decir nada.

    FIN DEL CAPÍTULO 147
    Notas del Autor:

    Pues después de algo de espera, aquí lo tienen: el movimiento de la Hermandad, atacando al DIC desde sus propias entrañas, como Neff había prometido. Y ya tenemos las primeras bajas de este cruel ataque. Pero no se descuiden, pues esto apenas está comenzando…
     
  8. Threadmarks: Capítulo 148. Ataque a Traición
     
    WingzemonX

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    Resplandor entre Tinieblas

    Por
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    Capítulo 148.
    Ataque a Traición

    —…Es momento de mirar al cielo para contemplarlo mejor —pronunció aquella voz de mujer desde la radio en el cinturón del Sgto. Schur—. Buenas tardes.

    Y justo entonces, todo volvió a quedar en silencio. Lisa, Cody y Lucy miraban fijamente al soldado, esperando algún tipo de explicación, si es que acaso había alguna que pudiera (o quisiera) compartirles. Francis, por su parte, sólo miraba la radio en su mano, a todas luces tan confundido como ellos.

    —¿Y eso qué fue? —se atrevió Lisa a preguntar, parándose de su silla y dando un paso hacia él—. ¿Algún tipo de código? ¿Ocurrió algo?

    Francis negó con la cabeza, pero fue la única seña que se permitió mostrar que indicara que no tenía idea de lo que había sido ese extraño mensaje. Desde el inicio había reconocido la voz de Kat, la secretaria del Capt. McCarthy, pero fuera de eso no tenía idea de qué podían significar esas palabras que había pronunciado. No concordaba con ninguno de los códigos que solían usar.

    Si se trataba acaso de algún tipo de broma, alguien estaría en graves problemas, pues ese tipo de mensajes masivos debían ser usados únicamente en una situación de emergencia general. Sin embargo, le era difícil imaginar a la señora Kat prestándose para algo como eso.

    Lo único que podía hacer de momento era buscar a alguien que pudiera darle cualquier tipo de explicación.

    —Aquí el Sgto. Schur —pronunció con firmeza a la radio por el canal abierto—. ¿Alguien podría explicarme qué fue ese mensaje de hace rato? Cambio.

    Aguardó unos segundos, a la expectativa de escuchar la voz de cualquiera al otro lado. Sin embargo, lo único que pudo percibir fue el silencio.

    —Aquí el Sgto. Schur, ¿alguien me escucha? Cambio —volvió a intentar, obteniendo el mismo resultado. Aquello estaba tornándose aún más extraño.

    Mientras tanto, desde la otra habitación, Gorrión Blanco los observaba a través del cristal, igualmente esperando que el sargento obtuviera alguna explicación, pues ella misma se sentía perdida. El mensaje también se había transmitido por las radios de los dos soldados que la acompañaban en la habitación, y tampoco tenía la menor idea de qué podría tratarse.

    —¿Qué estará pasando? —musitó con preocupación, cruzándose de brazos—. ¿Alguno de ustedes lo sabe? —preguntó junto después, girándose sobre su hombro hacia los otros dos soldados.

    Estos, sin embargo, sólo la miraron de soslayo con expresiones duras y desdeñosas, sin proporcionarle ningún tipo de respuesta. Esto por supuesto no agradó ni un poco a Gorrión Blanco.

    —De acuerdo… —susurró la chica de malagana, y se giró de nuevo hacia el otro cuarto.

    Aquello le molestó, pero en el fondo sentía que no tenía derecho a quejarse del mal trato de sus supuestos compañeros. El Sgto. Schur mismo le había advertido tras lo ocurrido en el bosque que sus acciones tendrían consecuencias, y no era que antes de eso la trataran mucho mejor.

    Sin embargo, la verdad era que la situación iba a mucho más que eso.

    Mientras Gorrión Blanco miraba hacia el otro cuarto, los dos soldados se miraron el uno al otro de reojo. Sin pronunciar palabra alguna, se dijeron que sus solas miradas lo suficiente, y cada uno lo dejó aún más claro con un discreto asentimiento de sus cabezas.

    De pronto, de un movimiento rápido, uno de los soldados alzó su rifle, lo apuntó directo a la cabeza de Gorrión Blanco, y jaló el gatillo…

    No obstante, desde el momento justo en el que dicha acción se convirtió en un pensamiento consciente en la mente de aquel hombre, Gorrión Blanco sintió como dicha idea la golpeaba con fuerza desde atrás, mucho antes de que la bala saliera del cañón. Durante las primeras facciones de tiempo, no logró entender con claridad qué era aquello, e incluso pensó por un momento que sería atacada por otra de esas violentas visiones. Pero en lugar de eso, su cuerpo se estremeció y se tensó, y una parte inconsciente de ella tuvo la claridad suficiente para reaccionar antes de que la consciente lo hiciera.

    Gorrión Blanco se giró rápidamente en el instante mismo que la dedo del soldado presionaba el gatillo. Y antes de que el estruendo del disparo llegara a los oídos de cualquiera, sus poderes ya se habían encendido. Y la bala, que en un momento se dirigía directa hacia su cabeza, se desvió abruptamente, dibujando una curva y pasando a escasos centímetros del rostro de Gorrión Blanca. El proyectil siguió su curso, atravesando el vidrio, desquebrajándolo y dejando detrás un agujero.

    La bala siguió hacia el otro cuarto, estrellándose contra el muro justo detrás de Cody y Lucy, aunque casi un metro por encima de sus cabezas. Lucy soltó un chillido de espanto al escuchar el estruendo del disparo y el vidrio, mientras que Cody y Lisa tuvieron el reflejo de agacharse, alarmados. Francis, por su parte, reaccionó rápidamente dirigiendo una mano hacia su arma para desenfundarla de un tirón.

    Los cuatro desconocían lo que había ocurrido en el otro cuarto, y que en realidad aún estaba ocurriendo.

    Gorrión Blanco se volteó atónita hacia los soldados, notando como el primero se disponía a volver a disparar, y el segundo igualmente alzaba su rifle. Gorrión Blanco reaccionó, y por reflejo empujó con violencia al primero de los soldados hacia atrás, haciéndolo chocar contra el muro con tanta fuerza que al momento siguiente cayó al suelo, al parecer inconsciente.

    El otro soldado no perdió el tiempo y de inmediato disparó. Gorrión Blanco volvió a desviar la bala hacia el vidrio, haciendo que gran parte de éste volara en pedazos. Y antes de que pudiera dar un segundo disparo, Gorrión Blanco le arrancó con sus poderes el arma de las manos, lanzándola hacia un lado. El soldado, sin embargo, no se rindió ni perdió el tiempo, y de inmediato sacó de su cinturón un cuchillo y se lanzó hacia ella, acompañado de un grito de guerra. Gorrión Blanco se sobresaltó al ver esto, y su reacción inmediata fue similar a lo que había hecho con las balas, desviando al soldado con todo y su impulso hacia un lado lejos de ella, y haciendo que atravesara lo poco que quedaba del vidrio que separaba ese cuarto del de interrogatorios.

    El cuerpo del soldado cayó en la habitación contigua y rodó por el suelo. Cody rápidamente se paró y atrajo a Lisa hacia sí, e hizo que ambos se apartaran del soldado. Lucy, por su parte, se había escondido por reflejo debajo de la mesa luego del segundo disparo.

    —¿Qué rayos…? —exclamó Lisa atónita, mirando sobre el hombro de Cody al hombre en el suelo.

    Francis, sin embargo, no tardó en alzar su pistola y apuntarla directo a la aparente atacante, que ya sin prácticamente nada de vidrio entre ellos la tenía directamente en la mira.

    —¡No te muevas, Gorrión Blanco! —gritó el sargento con fuerza, su dedo listo para disparar a la menor provocación.

    Gorrión Blanco se sobresaltó y se giró a mirar a Francis en cuanto escuchó su grito. No tardó mucho en entender lo realmente sospechoso que podía verse todo aquello desde su perspectiva.

    —No, sargento —susurró la joven mujer con preocupación, alzando sus manos en señal de paz—. No es lo que cree…

    —¡Nos atacó sin motivo! —espetó de pronto el soldado en el suelo, aún consciente pero adolorido al parecer—. ¡Dispárele!

    —¡No!, ¡no es cierto! —exclamó Gorrión Blanco rápidamente con fuerza—. Ellos quisieron dispararme a mí de repente, y no sé por qué.

    —No la escuche —insistió el soldado en el suelo, haciendo ademán de querer levantarse un poco—. Ha perdido el control como lo hizo en aquel quirófano. Nos matará a todos si no la detiene ahora.

    —No es cierto —recalcó Gorrión Blanco, su palabras resonando casi como un sollozo—. Sargento, por favor… Tiene que creerme.

    Francis se mantenía firme y quieto en su posición, sus manos fuertemente aferradas a su arma, y su dedo tenso contra el gatillo. Apenas y giraba los ojos para intercalarlos entre el soldado y Gorrión Blanco. Algo muy raro estaba pasando ahí, eso más que claro. Pero lo importante era: ¿quién decía la verdad? Gorrión Blanco parecía sincera, y la forma en la que lo miraba con sus ojos bien abiertos y consternados así se lo hacía sentir. Pero, ¿por qué mentiría uno de sus hombres? ¿Era una venganza por lo ocurrido en el bosque?, ¿o en el quirófano? ¿Serían capaces de llegar tan lejos por eso?

    O, quizás, ¿se trataba de otra cosa…? ¿Tenía algo que ver ese extraño mensaje de hace un rato?

    Todo ocurría muy rápido, y Francis sabía que tenía que reaccionar y hacer algo. Mientras se debatía, su mirada se fijó detrás de Gorrión Blanco, donde el primero de los soldados se ponía de pie lentamente, manteniendo su cuerpo agachado como no queriendo llamar demasiado la atención. Y sin decir nada, levantó su arma y apuntó de nuevo con ella directo hacia la muchacha.

    Francis reaccionó por mero reflejo, casi como si su cuerpo hubiera tomado por su cuenta la decisión de moverse. Desvió rápidamente su arma de Gorrión Blanco hacia aquel otro soldado, y en menos de un segundo lo tuvo en la mira y jaló el gatillo. El disparo fue certero y directo, cruzando el aire directo contra la frente del soldado. Gorrión Blanco no tuvo el reflejo de desviar la bala, pues supo por algún motivo que no iba dirigida a ella, y ésta atravesó limpiamente la cabeza del hombre a sus espaldas. El soldado se desplomó hacia atrás, dejando una explosión de sangre en el muro a sus espaldas. Gorrión Blanco se giró a mirarlo, entendiendo rápidamente lo que había ocurrido.

    Al instante siguiente, el soldado en el suelo se puso rápidamente de pie, al parecer mucho menos afectado por el golpe de lo que aparentaba hace un momento, y se lanzó contra el Sgto. Schur con su cuchillo en mano. Éste se giró rápidamente hacia él para dispararle también, pero no fue necesario. Gorrión Blanco se encargó de él, empujándolo con su telequinesis contra el muro con una tremenda fuerza. El cuerpo del soldado se estampó de cabeza contra la pared, rompiéndole el cuello al instante.

    Su cuerpo se desplomó al suelo, a sólo unos cuantos metros de Lisa y Cody; éste último se apresuró a desviar el rostro de su novia hacia otro lado para que no lo viera, aunque ya fue tarde para ello.

    —¡¿Pero qué carajos está pasando aquí?! —exclamó Lucy aterrada, saliendo temblorosa de debajo de la mesa.

    La respuesta inmediata de Francis a su cuestionamiento fue volverla la siguiente en la mira de su pistola, lo que dejó a la rastreadora totalmente helada en su posición.

    —¿Alguno de ustedes es responsable de esto? —cuestionó con voz firme y aguerrida, y turnó su arma de Lucy hacia Cody—. Más vale que no me mientan.

    —Si se refiere a si alguno hizo que esos hombres los atacaran, le aseguro que ninguno de nosotros puede hacer algo así —respondió Cody con la mayor seguridad que le fue posible.

    —Ellos no fueron, de eso estoy segura —intervino Lisa con aprensión, apoyada aún contra el pecho de su novio.

    —Yo también les creo —replicó Gorrión Blanco, notándosele ligeramente agitada—. Esos soldados se pusieron raros luego de que ese mensaje se escuchara en las radios.

    Francis guardó silencio, mientras meditaba en todo lo que le decían. Ese extraño mensaje de nuevo, definitivamente tenía que ver con todo eso, sólo que no tenía claro cómo. No significaba nada para él, pero definitivamente significaba algo para esos dos, si con tan sólo escucharlo habían decidido atacarlos.

    Y entonces una preocupante revelación le cruzó por la mente en ese momento. Si mandaron ese mensaje por la línea de emergencia, no sólo habría sonado en sus radios, sino en todos los de la base. ¿Y si había más atacantes allá afuera…?

    —Algo muy raro está pasando —concluyó con seriedad, al tiempo que bajaba y guardaba de nuevo su arma—. Debemos buscar al Capt. McCarthy o al Dir. Sinclair.

    Sacó entonces de su bolsillo unas llaves y se aproximó a Lucy y Cody para retirarles las esposas que aprisionaban sus muñecas.

    —Ustedes tres, vengan conmigo y no se separen —ordenó con severidad.

    —¿Ir?, ¿ir a dónde? —inquirió Lucy con angustia—. ¿No sería mejor quedarnos aquí?

    —Si quieres quedarte aquí sola con dos cadáveres, adelante —señaló Cody, al tiempo que se dirigía a la puerta abrazado de Lisa.

    —Buen punto —susurró Lucy con resignación, y entonces no tardó en ponerse en camino también.

    —Quédate cerca de mí —le susurró Cody a Lisa, pegándola un poco más contra él. Ella sola asintió, incapaz de decir mucho más. Su cabeza daba bastantes vueltas tras ese giro tan repentino y extraño de las cosas. ¿Qué estaba pasando realmente?

    Gorrión Blanco también salió de la sala contigua, y los cinco se reunieron el pasillo, comenzando a marchar juntos en dirección a los elevadores.

    — — — —
    El mal presentimiento de Francis no sólo resultó ser acertado, sino que la realidad era incluso peor de lo que el sargento había imaginado.

    El quirófano 06 y la sala de interrogatorios no eran los únicos sitios del Nido en el que se había disparado aquella locura. El mensaje de Kat en los radios y altavoces había sido captado por toda la base entera, y en diferentes puntos de ésta el tiroteo se había desatado en un abrir y cerrar de ojos. De la nada, hombres y mujeres sacaban sus armas, y sin aviso ni ceremonia alguna le disparaban a su compañero a su lado. En la salas de entrenamiento, en los hangares, en incluso en la cafetería… Los traidores, activados por aquel aviso, comenzaron a abrir fuego contra cualquiera que no estuviera con ellos.

    Sus órdenes eran claras: no dejar a nadie con vida.

    Desde su posición aguardando en la colina, Mabel la Doncella fue también testigo de esto. Por supuesto, ella no tenía como escuchar aquel mensaje, y mucho menos saber la dimensión de todo lo que ocurría ahí dentro. Lo que observaba detenidamente por la mira de su rifle en el momento que todo comenzó, fue a los dos guardias de pie frente a la entrada lateral de aquel monte, firmes e inmóviles como estatuas hasta que algo en sus radios pareció captar su atención. Luego se miraron el uno al otro, y se encogieron de hombros.

    Mabel arqueó una ceja, intrigada. Algo estaba pasando, lo presintió aunque no tuviera claro qué de momento.

    Uno de los soldados se alejó unos pasos de su compañero y acercó su radio a su boca para hablar con él. Mientras lo hacía, Mabel notó como a sus espaldas el otro soldado desenfundaba su pistola, apuntaba con ella hacia la parte posterior de la cabeza de su compañero, y jalaba el gatillo sin miramientos. El cuerpo del soldado abatido se desplomó al frente, soltando su radio al suelo.

    —¿Qué? —exclamó en voz baja, estupefacta.

    El soldado que había disparado guardó de nuevo su arma, y sin más caminó con calma hacia el interior de la base, dejando afuera el cadáver del otro.

    —¿Y eso qué rayos fue? —susurró Mabel aún aturdida por aquel suceso tan abrupto. Su primer pensamiento fue que había sido algún tipo de control mental, pero había visto a bastantes paletos actuando por obra del control mental de alguien, ella misma incluida, como para reconocer que aquello había sido hecho como completa consciencia.

    Permaneció en su sitio un rato, indecisa entre si debía acercarse o no.

    «Si esa no fue la distracción, no sé qué será» concluyó tras unos momentos. «Pero mejor me muevo con cuidado»

    Rápidamente se paró, se colgó su rifle al hombro, y comenzó a descender con cuidado por la ladera hacia la entrada, mirando seguido a su alrededor esperando ver a cualquier otro soldado más que listo para dispararle. De momento todo parecía despajado.

    Avanzó hasta el soldado caído, se agachó a su lado y lo revisó. En efecto, estaba bastante muerto, aunque no era que le hubieran quedado muchas dudas. Tomó su arma corta y le retiró como pudo su chaqueta y su boina, para así intentar camuflarse un poco; hacerse del uniforme de alguno de los soldados había sido una de las sugerencias que Verónica le había dado. También le Esculcó además sus bolsillos y los comportamientos de su cinturón, buscando lo otro que Verónica le había sugerido conseguir en cuanto pudiera: una tarjeta de acceso, que le permitiría usar los elevadores.

    Cuando ya tuvo todo lo que ocupaba, se puso de pie, y en ese instante el eco de disparos viniendo del interior la hizo estremecerse, e intentar ocultarse un poco tras el muro de piedra a sus espaldas. Respiró hondo y tomó su rifle con firmeza en sus manos. No entendía aun lo que se encontraría ahí adentro, pero era claro que no sería nada agradable.

    Los disparos se disiparon tras unos segundos, por lo que se dispuso a introducirse de inmediato. Un instante antes de hacerlo, sin embargo, algo sobre su cabeza la distrajo. Al mirar hacia arriba, pudo notar como por encima de los árboles se materializaban las figuras de al menos tres helicópteros negros, que se abrían paso con rapidez en dirección a la montaña.

    —¿Y ahora qué? —exclamó Mabel, aturdida y quizás algo frustrada.

    Lo que fuera, no tenía tiempo para eso, así que lo ignoró y corrió con todas sus fuerzas hacia el interior de la base. Tenía una misión que cumplir.

    — — — —
    Los tres helicópteros desconocidos se aproximaron a la base sin que nadie se percatara de ellos hasta que estuvieron en el rango de visión del personal de pista. ¿Por qué nadie había dado aviso? ¿Y por qué no se habían activado las armas antiaéreas ante su proximidad?, ¿acaso alguien las había desactivado?

    ¿Acaso aquel raro mensaje que había sonado en las radios tenía algo que ver con aquello?

    Intentaron contactar con alguien que pudiera darles cualquier tipo de información, pero ni el Capt. McCarthy ni nadie más les respondía. Ante este silencio, los soldados en la pista de aterrizaje no tuvieron más remedio que dejar de preguntar y en su lugar actuar. Desde su perspectiva aquellas eran tres naves desconocidas invadiendo el espacio aéreo de la base, y sólo había una respuesta posible a ello.

    —¡Atención todos!, ¡abran fuego! —ordenó el cabo en la pista, y de inmediato todos los hombres alzaron sus rifles y comenzaron a disparar hacia los helicópteros. Las balas rebotaron en el fuselaje oscuro, causando pequeñas chispas. Y cuando los helicópteros estuvieron lo suficientemente cerca, no tardaron en responder el fuego apuntando las ametralladoras que tenían postradas en su parte inferior hacia la pista.

    Una tremenda lluvia de balas comenzó a caer a trompicones, agujerando el suelo de concreto, destruyendo cajas, y abatiendo al instante a la mayoría de los soldados y personal en la pista. Los que lograron sobrevivir esa primera oleada, entre ellos el cabo que había dado la orden, lo hicieron refugiándose bajo el cobijo de la entrada principal de la base, cerca de los elevadores. Desde su escondite, vieron como un número considerable de hombres armados en trajes y máscaras negras comenzaban a descender de los helicópteros ayudados de cuerdas, agrupándose en la desolada pista entre los cadáveres de sus compañeros caídos.

    —¡Necesitamos ayuda! —insistió con agitación el cabo en su radio—. ¡Nos están invadiendo! Repito, nos están…

    En ese momento escuchó como los elevadores a sus espadas sonaban, y dos de ellos se abrían casi al mismo tiempo. De estos salieron presurosos un grupo de al menos siete soldados, encabezados por un hombre pelirrojo de ojos verdes, a quien el cabo reconoció como el Tte. Johan Marsh, la mano derecha de la Capt. Cullen, vistiendo ese distintivo abrigo y boina verde.

    «Bien, refuerzos» pensó aliviado el cabo. No eran muchos, pero en conjunto de seguro podrían hacer algo hasta que llegaran más.

    Al virarse a ver a los invasores, estos ya estaban en tierra, y avanzaban hacia ellos con sus armas en alto.

    —¡Rápido!, ¡tenemos que evitar que entren a la base! —gritó el cabo con fuerza, alzando su arma para comenzar a disparar.

    —Descuiden —escuchó que el Tte. Marsh pronunciaba a sus espaldas, con insólita tranquilidad—. Ya estamos aquí para encargarnos de todo.

    Y antes de que el cabo, o cualquiera de sus compañeros, pudiera decir o preguntar algo más, el Tte. Marsh y los hombres que lo acompañaban abrieron fuego, pero no hacia los invasores. En cuestión de segundos, el resto de los guardias y personal de la pista fueron abatidos por disparos de los que creyeron que serían sus refuerzos, siendo el cabo uno de los primeros en caer por un disparo directo en su sien salida del arma del teniente. Los invasores de negro se encargaron del resto, hasta que los únicos que quedaron en pie fueron sus aliados; todos de alguna forma parte de la misma misión.

    El Tte. Marsh introdujo su arma de nuevo en su funda y pasó por encima de los cuerpos, dirigiéndose hacia los hombres de negro, todos parte de la milicia privada de Armitage bajo el mando de Lyons, que habían venido a reforzarlos.

    —Ya era hora de que llegaran —indicó de forma irónica cuando pasaron frente a él—. Tomen las tarjetas de seguridad de los cuerpos. Les darán acceso a los elevadores y áreas restringidas. Recuerden, no podemos dejar ningún testigo.

    Los mercenarios comenzaron sin espera a esculcar los cuerpos de los soldados caídos, sacando de estos lo que necesitaban. Uno de ellos, que claramente era el líder de ese escuadrón, se aproximó hacia Johan. Se levantó su máscara, dejando a la vista un rostro malhumorado y reacio.

    —¿Dónde está el muchacho? —preguntó con severidad.

    —Mi jefa ya debe estarlo trayendo en este momento —respondió Johan con una sonrisita despreocupada que claramente al mercenario de negro no le agradó mucho.

    —El tiempo es esencial. Necesitamos sacarlo de aquí de inmediato, antes de que alguien logre comunicarse con el exterior por ayuda y ya no podamos salir.

    —Tranquilo —indicó el teniente, negando con la cabeza—. No tardará mucho. La capitana siempre cumple con su parte.

    — — — —
    Justo como el Tte. Marsh había indicado, Ruby Cullen se dirigía en ese momento a los ascensores, escoltando junto con los otros tres soldados a Damien Thorn. En su camino por los pasillos, se habían cruzado con más de un soldado del DIC caído en el suelo, muerto por las balas de sus propios compañeros.

    El lugar era ciertamente un escenario desolador. Cuerpos regados en el piso, sangre en las paredes, olor a pólvora y humo en el aire, y el reconocible eco de disparos lejanos resonando. Evidentemente los combates continuaban hasta ese momento.

    Damien observaba todo aquello con curiosidad, y también cierta fascinación. Era claro que aquello no se trataba únicamente de rescatarlo: tenían pensado asesinar a cualquier que podría haber sido testigo de su presencia en ese sitio. Típica táctica de la Hermandad, intentando limpiar su rastro lo mejor posible, aunque tuvieran que dejar un desastre a su paso para lograrlo. Pero esa situación en específico era tan grande, que ameritaba al parecer un desastre igual de grande.

    —¿Cómo es que lograron todo esto? —cuestionó Damien, dirigiéndose a la mujer de cabellos rubios caminando delante de él—. ¿Cuántos de ustedes se infiltraron aquí para lograrlo?

    —Bastantes, mi señor —respondió Ruby con media sonrisa, volteando a mirarlo sobre su hombro—. Pero no se preocupe, recibiremos también un poco de ayuda adicional.

    Damien caviló aquellas palabras, aunque no tardó mucho en dar con una respuesta que explicaba de forma sencilla a qué se refería.

    —¿Los mercenarios de Lyons? —murmuró curioso, a lo que Ruby se limitó a responder únicamente ensanchando aún más su sonrisa—. Por supuesto. Es encantador que se tomaran tantas molestias sólo por mí.

    —No habrá pensado que lo dejaríamos aquí a su suerte —exclamó Ruby, casi como si la insinuación le ofendiera.

    Damien se giró hacia un lado, contemplando el cuerpo de un soldado a un lado del pasillo, que evidentemente había sido acribillado por la espalda.

    —Dejaron que cayera aquí en primer lugar, ¿no es cierto? —soltó de pronto, resonando como una potente acusación.

    Ruby se estremeció al escucharlo.

    —Mi señor… —susurró despacio, aunque su lengua no pareció ser capaz de pronunciar más.

    —No te asustes, que no es un reclamo hacia ti —indicó Damien con humor en su tono, mirándola de reojo—. Sólo eres una obediente y boba sierva al final de cuantas, ¿no? Poca o nula voz tienes en esto. Pero tendré que tener una charla incómoda con tus maestros en cuánto salga de aquí.

    Ruby pareció querer decir algo más, pero se abstuvo al último momento, y en su lugar se viró de nuevo al frente. Quizás concluyó, de forma acertada, que lo más inteligente sería aceptar sus palabras, y no intentar justificarse en un asunto que no le correspondía.

    Unos cuántos metros más adelante, la comitiva entera se vio obligada a frenar su avance en cuanto una serie de disparos cruzó el aire del pasillo en el que darían vuelta, astillando la pared a unos cuantos centímetros del rostro de Ruby. La capitana retrocedió, e hizo que todos los demás lo hicieran igual. Dos de los soldados que los acompañaban avanzaron con sus armas en mano, y abrieron fuego sin miramiento en la dirección en que aquellos disparos habían provenido.

    Mientras sus hombres la cubrían, Ruby se asomó sólo un poco por la esquina, lo suficiente para ver cómo desde su escondite en otro pasillo perpendicular, se asomaba fugazmente el rostro del Dir. Sinclair, regresándoles el fuego sin menor titubeo. Luego todos se refugiaron de nuevo detrás de su posición, escapando de los disparos enemigos.

    «Vaya, sigue vivo» pensó Ruby, sinceramente sorprendida. Esperaba que alguno de los otros se hubiera encargado ya de él para esos momentos, pero claramente no había sido el caso.

    —Al parecer Lucas no me quiere dejar ir tan fácil, ¿eh? —musitó Damien con tono burlón, ganándose una desaprobatoria mirada de soslayo por parte de Ruby, aunque ésta fuera más un reflejo involuntario de su parte—. Me gustaría ayudarlos con eso —añadió el muchacho—, pero me temo que lo que sea que me inyectaron aún tiene mis poderes un poco entorpecidos.

    —No se preocupe —respondió Ruby con firmeza, y al momento sacó su arma de su funda, le colocó un cartucho completo en su cámara, y liberó el seguro; todo con bastante agilidad y maestría, cabía mencionar—. Llévenlo al helicóptero, de inmediato —le ordenó con firmeza a los otros soldados—. Y protéjanlo con sus vidas. Yo los cubro.

    Los otros tres soldados asintieron, y un instante después Ruby salió de su escondite, comenzando a disparar de manera consecutiva hacia donde Lucas se encontraba. Éste tuvo que cobijarse de nuevo tras la pared del pasillo adyacente para evitar los disparos.

    Los demás hombres de la hermandad no perdieron tiempo, y de inmediato comenzaron a avanzar con paso veloz, llevándose a Damien consigo.

    —Hasta luego —se despidió el chico con un tono jovial, mirando hacia Ruby mientras se alejaba. Ésta no lo miró, pues su atención seguía fija en disparar hacia el escondite de Lucas, evitando que pudiera salir de éste, y así dejarles el camino libre.

    Cuando el cartucho de su arma se vació, Ruby se lanzó rápido hacia un lado, ocultándose ahora ella. Para ese momento los tres soldados y Damien ya habían avanzado lo suficiente por el pasillo, así que sólo quedaban el Dir. Sinclair, ella, y todos esos otros cadáveres pertenecientes a los hombres caídos del DIC.

    —Director —pronunció Cullen en alto con voz chispeante, al tiempo que dejaba caer el cartucho vacío y se apresuraba a colocar uno nuevo—. Sé que está ahí. No se esconda, que es inútil.

    La respuesta inmediata a su comentario fue una serie de disparos de rifle en su dirección, que agrietaron el muro a su diestra, haciendo que pedazos de yeso y polvo volaran por el aire, y la hicieron apretujarse más en su escondite.

    —¿Quién se esconde? —gritó Lucas con voz potente desde su posición.

    Ruby sonrió, hasta cierto punto contenta con la situación. Había pensado que el director sería tan fácil de liquidar como McCarthy, pero era evidente que representaría un reto un poco mayor de lo esperado. Sin embargo, eso no le atemorizaba.

    En el momento justo en el que los disparos de Lucas cesaron, aunque fuera por un segundo, Ruby salió presurosa de su escondite y corrió directo hacia Lucas, disparando consecutivamente en su dirección. Éste saltó fuera de su escondite, también disparando hacia atrás. Ruby sintió como una bala le rozaba la cara, abriéndole un largo tajo en la mejilla izquierda y volándole parte de su oreja. El dolor fue repentino y fuerte, pero lo resistió y siguió adelante.

    Ruby logró herir al director rozándole su muslo izquierdo, haciéndolo caer al frente a trompicones y soltar su arma. Ruby sonrió confiada, y rápidamente se le aproximó dispuesta a terminar con el trabajo con un disparo directo a la cabeza, al igual que con McCarthy. Sin embargo, cuando estuvo lo suficientemente cerca, Lucas extendió su pierna sana rápidamente hacia ella, pateándole su mano para arrebatarle su arma de las manos. Ésta voló por los aires lejos de ella.

    El verse desarmada no le preocupó, pues aún tenía consigo el arma de McCarthy. No obstante, antes de poder sacarla, Lucas logró levantarse y lanzarse hacia ella, tacleándola y haciendo que ambos cayeran al suelo. Lucas intentó someterla en el suelto, pero su pierna recién herida y un fuerte golpe que se había dado en el codo al caer, no se lo dejaron fácil, y Ruby logró zafarse con un fuerte codazo que se clavó en las costillas del director.

    Ambos rodaron por el suelo lejos del otro, voltearon a mirarse y se alzaron de cuclillas, quedándose al instante paralizados, a la espera de que el otro hiciera algún movimiento. Se quedaron en esa posición un largo rato.

    —Sólo está prolongando esto más de lo necesario —susurró Ruby con aprensión. Los dedos de su mano derecha se movían ansiosos por tomar el arma de McCarthy que ocultaba a sus espaldas debajo de su gabardina—. ¿En verdad cree que saldrá vivo de aquí? ¿Es que acaso no ha visto bien el hermoso caos que he desatado en su querido Nido?

    La mirada de Lucas se endureció aún más, exteriorizando todo el odio e ira que lo inundaba en esos momentos.

    —Así que nunca fueDouglas ni nadie de su equipo —espetó Lucas en alto, resonando en el eco del pasillo—. Siempre fuiste tú, ¿no es cierto? Quién ocultó la identidad de Thorn todos estos años.

    Ruby dejó escapar una sonora y casi estridente risa burlona.

    —Es menos inteligente de lo que pensaba, director —pronunció en alto con presunción—. Sigue sin ver siquiera la punta del iceberg. ¿Aún cree que podríamos haber logrado algo como esto con una sola persona protegiendo al muchacho? Su organización entera fue infiltrada por nosotros desde hace ya muchos años.

    —¿Por ustedes? —inquirió Lucas, confundido—. ¿Y quiénes son ustedes?

    —Su pequeña cabecita de burócrata no lo entendería —escupió Ruby con desdén, y al instante aproximó su mano hacia su espalda para sacar su arma. Sin embargo, Lucas hizo exactamente lo mismo para extraer la que guardaba en su tobillo.

    Ambos desenfundaron, se lanzaron hacia un lado y dispararon al mismo tiempo. Las balas surcaron el aire, encajándose en los gruesos muros, pero sin tocar a su verdadero objetivo de momento.

    Ruby rodó hasta donde había caído su arma luego de que Lucas se la pateara lejos de sus manos. Y ahora con una pistola en cada mano, su estilo favorito, se paró rápidamente y alzó ambas en dirección a donde esperaba ver al director. Sin embargo, éste había desparecido; o, más bien, había aprovechado ese pequeño momento para esconderse en algún sitio entre los pasillos y columnas.

    Comenzó a avanzar lentamente, con paso extremadamente cuidadoso, con los cañones de sus armas apuntando en cada centímetro del pasillo que le era posible captar con sus ojos.

    —Por supuesto que no lo entiendo, Cullen —escuchó de pronto que la voz de Lucas pronunciaba en alto justo a su derecha, por lo que rápidamente se giró en esa dirección. Lo que había ahí era un largo corredor, con al menos tres filas de altas y gruesas columnas—. Siempre fuiste un soldado leal y recto apegado a las reglas —prosiguió el director desde su escondite—. ¿Cuánto pudieron haberte pagado los Thorn como para justificar una locura como ésta?

    Ruby reanudó su avance, ahora en la dirección de la que le parecía procedían aquellas palabras, revisando meticulosamente detrás de cada columna.

    —Las personas como usted creen que siempre se trata de dinero, ¿no es cierto? —declaró con fiereza en su voz—. Lamento decepcionarlo, pero a mí me mueve algo mucho más profundo que eso.

    Esperaba alguna respuesta astuta de su parte, pero lo único que recibió fue el silencio sepulcral de aquel pasillo, sólo atenuado ligeramente por el resonar de sus propias botas sobre el suelo. Siguió avanzando entre las columnas, sin tener algún contacto visual de su objetivo. Pero estaba ahí a su alrededor, en alguna parte; podía sentirlo.

    Percibía vívidamente los latidos de su propio corazón retumbar en sus propios oídos, y como una gota de sudor le recorría su frente y bajaba por la comisura de su ojo, pero no se atrevió a bajar ninguna de sus armas para así poder limpiarla con el dorso de su mano.

    —Ríndase de una vez, director —pronunció con tono de provocación, esperando hacerlo reaccionar de alguna forma—. En menos de una hora, todo esto se convertirá en un enorme cementerio, y usted encabezará la pila de cadáveres. ¿Por qué no hace esto más simple para todos y me permite meterle una bala en la cabeza por las buenas? Le prometo ser rápida y certera… como lo hice con Davis.

    La repentina mención del fallecido Capt. McCarthy, y en especial la forma tan burlona en la que lo había hecho, pareció bastar para obligar a Lucas a reaccionar. Salió rápidamente de su escondite gritando con furia, y abriendo fuego en su dirección sin tregua alguna. Ruby se sobresaltó, y pegó rápidamente su espalda contra la columna más cerca, protegiéndose detrás de ésta.

    Una vez que se quedó sin balas, Lucas tiró su arma a un lado y corrió despavorido hacia ella. Para cuando Ruby logró salir con la intención de lanzar su contraataque, fue recibida directamente con un puñetazo por parte de Lucas directo contra su cara que la lanzó hacia atrás, trastabillando.

    A ese primer golpe le siguió uno más en su quijada, y un gancho directo a la boca del estómago que la dejó completamente sin aire. Con todos esos golpes desestabilizándola, Lucas logró ahora sí tomarla, y derribarla al suelo de un movimiento de lucha que repercutió dolorosamente en sus heridas, en especial en la de su pierna, pero logró sobreponerse hasta que la espalda de su subordinada azotara contra el piso.

    Lucas cayó de sentón al suelo tras su arriesgada maniobra, adolorido y agotado. Estuvo a punto de dejarse vencer por estas sensaciones y caer ahí mismo desfallecido, pero se forzó a recuperarse lo suficientemente para levantarse, y cojear hacia donde había caído una de las armas que Ruby traía consigo antes de derribarla; el arma de McCarthy.

    Tomó rápidamente la pistola, revisó la cámara, a la que le quedaban al menos cuatro balas, y la regresó de nuevo a su sitio. Para cuando se giró a ver a Ruby, ésta hacia el esfuerzo de intentar ponerse de pie, pero Lucas no se lo permitió. Avanzó hacia ella y puso un pie con fuerza contra su espalda, presionándola con dureza contra el suelo.

    —Ni se te ocurra moverte —balbuceó con voz ronca, agachándose al momento siguiente para pegar el cañón del arma contra la parte trasera de su cabeza.

    Para su sorpresa, Ruby dejó escapar una pequeña y burlona risotada, asomándose entre algunos dolorosos gemidos.

    —¿Qué espera? —inquirió la capitana con voz risueña, mirándolo de reojo desde su incomoda posición—. Dispare ya, director. Cumpla con su deber, como el buen soldado que es.

    —No será tan simple, traidora —escupió Lucas con desbordante rabia—. Tendrás que responder varias preguntas; a mí, y a una corte marcial al final.

    Cullen dejó escapar una vez más una risa estridente e irónica.

    —Y sigue sin comprender el alcance de esto —musitó con sorna—. ¿Corte marcial?, si lo más probable es que ninguno de los dos salga vivo de este sitio.

    Lucas estaba listo para replicar, pero no tuvo la oportunidad, pues el estridente sonido de varios pasos aproximándose por el pasillo jaló de inmediato su atención y la de Ruby por igual. Al doblar en la esquina, ambos vieron al menos a cinco hombres de atuendos negros y armas negras en alto, aproximándose hacia ellos con rapidez.

    El director del DIC se sobresaltó al ver esto. Esos trajes oscuros no eran de sus soldados. ¿Eran acaso algún tipo de refuerzos? Si lo eran, tuvo claro de inmediato que no eran para él.

    Tenía que pensar rápido. Antes de que los alcanzaran, Lucas tomó con violencia a Ruby de un brazo, y la jaló con fuerza para obligarla a ponerse de pie. Ésta fue incapaz de resistirse, y de un segundo a otro se encontraba ya de pie, colocada entre los recién llegados y Lucas. Éste último rodeó su cuello con un brazo, apretándolo con bastante fuerza, mientras con su mano libre pegaba su pistola contra la lateral de su cabeza.

    Los cinco hombres de negro se pararon delante de ellos, sosteniendo sus armas en alto, apuntando a ambos, pero sin disparar aún.

    —¡Atrás! —exclamó Lucas en alto, apretando más a Ruby contra él, y presionando el cañón más contra su cabeza—. O le vuelo la cabeza.

    Los hombres de negro parecieron dudar. Se quedaron quietos en su sitio, pero ninguno bajó tampoco su arma. Lucas intentó aprovechar esto para retroceder junto con Ruby, pero ésta se resistía a pesar de su debilidad.

    —No sea ingenuo, director —exclamó Ruby, de nuevo riendo de esa misma forma altanera—. ¿Cree en verdad que yo importo algo en todo esto?

    La capitana giró entonces su vista hacia los hombres de negro, observándolos con intensidad en sus ojos. Dejó de forcejear y extendió sus brazos hacia los lados con solemnidad.

    —Recuerden sus órdenes —les dijo con potente voz de mando—. Nadie sale de aquí con vida, en especial él. Así que cumplan con su deber.

    Lucas se quedó atónito al escuchar aquello. ¿No estaría insinuando acaso…?

    Los hombres parecieron comprender más rápido que él sus palabras, y para sorpresa y horror de Lucas, fue claro por sus posturas que se preparaban para disparar sin importar qué.

    Ruby sonrió complacida. Cerró los ojos, alzó su rostro a lo alto, y gritó entonces hacia el cielo:

    —¡Salve Satanás! ¡Qué Su Reino sea Eterno!

    Su proclamación fue seguida justo después por el estridente sonido de los disparos de las cinco armas, que se dirigieron directo contra ella y el hombre que la sujetaba. Lucas la soltó, corrió y saltó hacia un lado para cubrirse, al tiempo que varios de los letales proyectiles alcanzaban el cuerpo de la Capt. Cullen, y su cuerpo ensangrentado e inmóvil se desplomó rápidamente al suelo.

    Lucas cayó con fuerza al suelo, golpeándose fuerte en el brazo izquierdo. Miró hacia atrás, y pudo visualizar a Ruby en el piso, con la sangre brotando de sus heridas y manchando sus ropas y el piso. Y, quizás lo más aterrador, esa amplia y casi grotesca sonrisa congelada en su rostro.

    No podía creer que en serio les hubiera ordenado a sus hombres que le dispararan, y que además estos la hubieran obedecido sin chistar. Y eso que había gritado antes de los disparos… ¿qué rayos significaba?

    No podía tomarse ni un segundo para pensar en ello. Intentó ponerse de pie, pero un punzante dolor en su hombro, acompañado por otro más en su costado derecho, hicieron que su primer intento fuera fallido y se desplomara al piso. Dirigió su mano izquierda hacia ambas áreas, y no le sorprendió mirar a continuación sus dedos enrojecidos. Hubiera sido una suerte no haber sido alcanzado por ninguna de aquellas balas. Ahora sus ropas comenzaban a empaparse de rojo, y el dolor le paralizaba gran parte de su cuerpo.

    Soltó una maldición por lo bajo, pero rápidamente se arrastró como pudo hacia un pasillo adyacente. Sin necesidad de mirar, pudo sentir que los cinco hombres de negros venían detrás de él con la clara intención de acabar el trabajo. Estaba herido, su arma se había zafado de sus manos al saltar, y parecía improbable que alguien acudiera socorrerlo.

    La situación era más que desesperada. Si no hacía algo de inmediato…

    De pronto, divisó el cuerpo de un soldado caído justo delante de él en el pasillo. Le habían disparado directo en la cara, y yacía ahora sobre sus espaldas en un charco de su sangre. Parecía un chico muy, muy joven; quizás incluso podría haberse tratado de un nuevo recluta. En otras circunstancias se tomaría un momento para lamentar y maldecir tan innecesaria y cruel muerte, pero de momento requería enfocar sus energías en sobrevivir.

    Se forzó a levantase sólo un poco, y así poder lanzarse hacia él en busca de cualquier arma que el soldado podría haber traído consigo.

    —¡No se mueva! —escuchó que espetaba uno de los soldados a su espalda, y justo después escuchó una serie de disparos que marcaron su camino en el muro justo a su lado.

    Lucas cayó a un lado del soldado, manchándose aún más de rojo en el charco de sangre del muchacho. Alzó su mirada y divisó su rifle en el suelo a lo lejos, lo suficiente para no poder alcanzarlo aunque estirara su brazo. Sin embargo, su atención en su lugar se enfocó en algo más. Mientras el grupo de hombres de negro se aproximaba a paso veloz por el pasillo, él miraba atento el cinturón del muchacho muerto, y la granada de mano color negro que colgaba de éste.

    Los invasores se seguían acercando; en cuestión de segundos estarían justo a su lado, en la posición más que adecuada para acribillarlo en el suelo. No podía alcanzar el rifle, pero sí la granada.

    Sin pensarlo ni un instante más, tomó de inmediato el proyectil, se giró sobre su espalda, retiró el seguro, y la arrojó con toda la fuerza que su brazo herido le permitió en dirección a los hombres de negro. Estos pararon en seco, y contemplaron atónitos la granada girando en el aire hacia ellos.

    —¡Retrocedan! —gritó uno de ellos, y rápidamente todos se dieron la vuelta para alejarse por el pasillo, pero ya estaban demasiado cerca. Lucas aprovechó para también pararse lo más rápido que pudo, e intentar lanzarse al frente.

    La intensa explosión sacudió a todos, mandando a los hombres de negro y al propio Lucas a volar por los aires, aunque en diferentes direcciones. El cuerpo de Lucas cruzó el pasillo, se estrelló contra el suelo, abriéndose la frente, y rodó por el suelo hasta quedar boca arriba. La inconsciencia amenazó peligrosamente con apoderarse de él, por más que intentara luchar contra ella. Y lo peor era que ni siquiera podía mirar y ver si la granada había acabado con esos sujetos.

    Esperaba al menos poder haberse llevado a uno de ellos con aquella explosión. Y esperaba que desde algún sitio, Davis McCarthy estuviera conforme con cómo había luchado y defendido su base.

    Antes de desmayarse, en lo último que pensó fue en Eleven, Mike y sus demás amigos, y lamentó enormemente el hecho de que, a simple vista, ya no podría protegerlos por más tiempo como lo había hecho tantos años.

    Y entonces sucumbió al fin, sumergiéndose en la oscuridad.

    FIN DEL CAPÍTULO 148
     
  9. Threadmarks: Capítulo 149. La Destrucción del DIC
     
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    Resplandor entre Tinieblas
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    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    149
     
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    7445
    Resplandor entre Tinieblas

    Por
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    Capítulo 149.
    La Destrucción del DIC

    Francis, Gorrión Blanco, Lisa, Cody y Lucy no tardaron mucho en encontrarse con los extraños atacantes; casi en cuanto salieron de la sala de interrogatorios y avanzaron al pasillo. Algunos de ellos vestían uniformes y pasamontañas negros, pero otros más, para horror de Francis, vestían el distintivo uniforme azul de los soldados de la base; su uniforme, y el de sus supuestos compañeros, igual que aquello dos que habían tenido que matar hace sólo unos minutos atrás en la sala de interrogatorios. Y aun así, incluso estos no tuvieron reparo en abrir fuego en su contra en cuanto los vieron.

    El sargento hizo que todos se refugiaran detrás del muro más cercano para ponerse a cubierto. Luego él mismo sacó su arma y comenzó a disparar a su vez contra los atacantes para mantenerlos a raya, aunque era imposible que él sólo pudiera hacer tal cosa con tan sólo su pistola. Por suerte, no se encontraba solo del todo.

    En cuanto la ronda de disparos de Francis se acabó, y al parecer al mismo tiempo lo hizo la de los demás, Gorrión Blanco no tardó en salir presurosa de su escondite. Y antes de que Francis pudiera decirle algo, la joven utilizó su telequinesis, empujando a todos a los atacantes a la vez para estrellarlos con fuerza contra los muros como si los acabara de revolcar una ola. Un par de ellos murieron al instante, otros más quedaron malheridos, y el resto intentaron recuperarse rápidamente para proseguir con el ataque. Francis salió en ese momento, y con disparos certeros de su arma ya cargada abatió a tres de ellos, y Gorrión Blanco hizo lo propio con el resto, estrellándolos con violencia contra los muros.

    El pasillo quedó rápidamente tapizado de rojo, y adornado con los cadáveres de aquellos hombres. Una escena bastante desagradable, en especial para aquellos en el grupo menos acostumbrados a tal nivel de violencia.

    —No mires —le susurró Cody a Lisa, abrazándola contra él mientras avanzaban por el pasillo ahora despejado.

    —No te preocupes por mí —le murmuró despacio la bioquímica, aunque de todas formas no miró, y permaneció con su rostro contra el pecho de su novio, aferrada a él en busca de aunque fuera un poco de sensación de protección—. ¿Estos hombres son en verdad soldados de la base? —cuestionó alterada, mirando de reojo el cuerpo de uno de ellos al pasar a su lado, y reconociendo fácilmente su uniforme—. Tienen que ser impostores, ¿no es cierto?

    Sin tener que decirlo directamente, era claro que aquella pregunta iba dirigida a Francis. Sin embargo, éste no respondió, pese a que la verdad era que había reconocido con facilidad a varios de ellos, incluyendo los que acababa de liquidar con sus propias balas.

    Él menos que nadie entendía lo que ocurría. ¿Cómo era posible que de la noche a la mañana sus propios hombres se hubieran volteado en su contra de esa forma? Su primer pensamiento hubiera sido que se debía al control mental de algún UP, incluso del propio chico Thorn al que se suponía iban justo a despertar esa tarde. Quizás habían errado con la dosis del sedante, o habían subestimado el alcance de lo que ese chico era capaz de hacer, y el resultado había sido todo eso.

    Pero la infiltración de esos otros hombres de negro, claramente mercenarios, y ese extraño mensaje en las radios, que ahora deducía era la señal para comenzar el ataque… Todo eso implicaba una planeación previa, no un hecho que había ocurrido fortuitamente. Este ataque había sido planeado con plena consciencia, y sólo podría haber sido posible con personas infiltradas en la base. Pero, ¿quiénes? ¿Cuántos? ¿Y desde cuándo…?

    Sin importar lo que fuera que estuviera en verdad detrás de todo eso, no podía permitirse perder el enfoque. Aquel era un campo de batalla, como tantos otros en los que había estado. Y las personas que lo acompañaban, aunque fueran civiles, dependían de él para salir de ahí con vida. No podía fallarles; ni a ellos, ni tampoco al director y al capitán, en especial desconociendo en quienes podían confiar ahí dentro.

    El grupo llegó hasta una sala cuadrada y amplia, que parecía ser punto de intersección para otros cuatro pasillos. Francis, al delante de todos, pegó su espalda contra el muro, y con arma en mano se asomó con cuidado para revisar con la vista los alrededores. No había nadie; ni enemigos, ni tampoco potenciales aliados.

    —Despejado, andando —indicó con firmeza, al tiempo que comenzaba a moverse, y los demás lo hicieron igual

    —¿Andando hacia dónde, exactamente? —exclamó Lucy con tono de queja, siguiéndolos desde más atrás, pero con poca convicción en su paso—. ¿No deberíamos ir a la salida más cercana?

    —Quizás tenga razón, sargento —le susurró Gorrión Blanco, avanzando a su lado—. Estando aquí dentro estamos prácticamente a la merced de estas personas.

    —Tenemos que llegar a los ascensores —respondió Francis con voz cortante—. El Dir. Sinclair y el Capt. McCarthy estaban realizando el interrogatorio en el nivel inferior. Debemos llegar hasta ellos y brindarles apoyo. Sólo entonces saldremos todos juntos de aquí.

    —¿Te has puesto a pensar que esas personas podrían estar ya muertas? —exclamó Lucy con tono punzante.

    —Lucy —masculló Cody como reprimenda, volteándola a ver sobre su hombro.

    —Sólo digo que si él quiere correr y jugar al héroe por todo este desastre, que lo haga. Pero no tiene por qué llevarnos a nosotros a la muerte con él.

    —¡Lucy! —repitió Cody con más fuerza que antes.

    —O vienen conmigo, o los encierro en una habitación hasta que todo esto termine —los amenazó Francis, girándose hacia ellos con su arma en mano—. Y no les garantizo que quien los encuentre después vaya a ser un aliado, o alguien tan amable como yo.

    Se hizo el silencio entre ellos, pero en sus miradas se notaba la duda, en especial en Cody y Lucy.

    —Pueden confiar en él —murmuró Lisa con seriedad—. Y también en ella —añadió, volteando ahora a ver a Gorrión Blanco, tomando a ésta un poco por sorpresa—. Sólo estando a lado de ellos dos estaremos a salvo.

    Gorrión Blanco no pudo evitar sonreír un poco al escucharla decir eso. Le gustaba saber que la Dra. Mathews confiaba en ella, aunque fuera en una situación tan extrema como esa.

    Por su lado, Cody asintió como aprobación a las palabras de su novia, y luego añadió:

    —Si Lisa así lo cree, entonces yo también. Los seguimos.

    —Bien —masculló Francis con seriedad—. Los ascensores están por aquí.

    Dicho lo que se tenía que decir, el grupo siguió avanzando bajo la guía del Sgto. Schur.

    —Grandioso —masculló Lucy con tono quejumbroso al final de la formación—. Vayamos entonces a la muerte segura…

    Su comentario le ganó otro par de miradas de desaprobación, en especial de parte de Cody y Lisa. Ninguno le dijo nada a ella directamente, pero Lisa no tuvo reparó en compartir en voz baja su opinión a su novio.

    —Tú amiga sí que es simpática —masculló con tono sarcástico.

    —No es su culpa… creo —respondió Cody, un tanto dubitativo—. Es sólo que a veces no escucha lo que sale de su propia boca.

    —Los puedo escuchar —farfulló Lucy a sus espaldas, claramente descontenta.

    — — — —
    Tras su accidentado, y casi milagroso, escape de aquella sala de observaciones, Russel había logrado de alguna forma moverse entre los pasillos repletos de toda esa locura, sin recibir ningún disparo de por medio. La base se había convertido en un verdadero infierno. A donde quiere que iba, todo lo que encontraba era sangre y cuerpos tapizando el suelo y las paredes. En un momento, tras girar corriendo una esquina, un pisotón mal afortunado de su pie derecho terminó por hacerlo resbalar en un charco de sangre en el suelo. El cuerpo del científico se precipitó al piso, golpeándose con fuerza contra su cadera. Pero lo peor fue por mucho que, encima de todo, había quedado prácticamente recostado sobre el cuerpo de un soldado muerto, al que además de todo le hacía falta la mitad de su cara.

    Russel soltó un fuerte alarido al aire, se paró lo más rápido que pudo y se alejó trastabillando hasta pegar la espalda contra la pared. Al forzarse a desviar su mirada del cadáver, todo lo que vio fue rojo al notar que su impecable bata blanca estaba empapada en esos momentos de sangre. Se la quitó frenético, tirándola a un lado con desesperación. Se quedó petrificado en su sitio un buen rato, con sus piernas temblándole, pero negándose a ceder. Sólo el retumbar de disparos cercanos lo despertó y lo forzó a moverse de nuevo.

    Aunque no pareciera en un inicio tener un destino fijo, su cuerpo pareció saber por sí solo lo que debía hacer: ir a su despacho privado, en donde guardaba su teléfono satelital. Era quizás el único medio por el que podría comunicarse con el exterior; con Douglas, Albertsen, o quién sea que pudiera mandarles apoyo. Por supuesto, no se le había escapado la horrible posibilidad de que alguno de ellos pudiera estar también involucrado en todo eso; si Ruby Cullen lo estaba, nada más lo podría sorprender. Pero en una situación tan desesperada, no le quedaban muchas opciones.

    La ventaja que tenía para poder moverse con mayor libertad era su tarjeta y huella dactilar, que le daban acceso a prácticamente cualquier puerta, sala y ascensor de la base, lo que le permitía moverse por rincones que esperaba que sus atacantes no conocieran. De esa forma logró subir por las escaleras de emergencia de un ducto secundario hacia el nivel del departamento científico.

    Se horrorizó, sin embargo, en cuanto ingresó por los alguna vez limpios y puros pasillos blancos, encontrándose con un reguero de cuerpos. Pero estos eran, para su espanto, miembros de su propio equipo; hombres y mujeres de ciencia, no soldados entrenados para pelear, que habían trabajado con él hombro a hombro, alguno por años. Personas que dependían directamente de él, y que debería de haberlos protegido de alguna forma.

    ¿Así es como se sentía ser un capitán y presenciar a tus hombres caer a tus pies?

    Sintió de nuevo que su cuerpo se desplomaría al piso, o que sería atacado en cualquier momento por una arcada. Respiró hondo para intentar calmarse lo más posible, y forzarse a avanzar con paso cauteloso por el pasillo, cuidando de no tocar ninguno de los cuerpos. Unas voces cercanas lo hicieron girar en otra esquina y dirigirse a su destino por el camino largo. El pasillo de su oficina estaba, por suerte, despejado por lo que pudo prácticamente lanzarse corriendo hacia su puerta. Por un momento intentó abrirla directamente, empujándola con su hombro, olvidando por completo la cerradura electrónica. Sus manos nerviosas rebuscaron de nuevo su tarjea, la colocó sobre al sensor a un lado de la puerta, y escuchó a los segundos como el cerrojo se abría; el sonido le pareció tan estridente que por un momento temió que alguien pudiera haberlo oído.

    Colocó su mano en la manija y abrió la puerta con cuidado. Había apenas abierto una pequeña rendija de diez centímetros, cuando sintió el frío y duro cañón de una pistola justo contra la parte trasera de su cabeza.

    —No se mueva —pronunció una voz fría a sus espaldas, y le pareció casi sentir el aliento de aquella persona picoteándole la nuca—. Y no hable…

    Russel soltó un pequeño chillido de miedo. Alzó tímidamente sus manos temblorosas en señal de rendición, sujetando entre sus dedos de la derecha la tarjeta de acceso.

    —Por favor… no lo hagas… —susurró entre tartamudeos nerviosos—. No sé lo que quieres, pero por favor, no lo hagas… No soy un soldado, soy sólo un científico. Todo lo que he hecho es por el bien de la humanidad…

    Sus desvaríos no tenían sentido, y él lo sabía muy bien. Aun así, su boca parecía moverse sola, soltando aquel desesperado e inútil ruego de clemencia.

    —Cállese —pronunció con severidad aquella persona, pero sin alzar de más la voz—. Entre a la oficina, ahora —le ordenó de forma tajante, empujando su cabeza con el arma.

    Russel obedeció, avanzando hacia la puerta para abrirla por completo e internarse en las sombras de su propio despacho.

    —Encienda las luces —le ordenó aquella persona a continuación, y Russel acercó sin chistar su mano hacia el interruptor, y todo el lugar se iluminó al instante de luz blanca.

    Su despacho era relativamente pequeño, y en esos momentos bastante desordenado, aunque él afirmaba que las mentes creativas siempre se movían y trabajan en espacio caóticos como ese. Había papeles, libros, y discos regados por todas partes; incluso unas viejas cintas VHS amontonadas en una caja, y piezas de computadora en otra.

    Russel escuchó la puerta cerrarse con fuerza a sus espaldas, y su cuerpo reaccionó con un sobresalto, casi como si aquello hubiera sido un disparo. Por suerte no fue así. Pero aún no podía sentirse seguro, pues aquella persona había entrado con él, y su pistola seguía pegada contra su cabeza.

    —¿Qué es lo que quieren? ¿Por qué hacen esto? —se atrevió a preguntar, con la única pizca de arrojo que le fue posible.

    —¿Se refiere a lo que ocurre allá afuera? —preguntó su captora, sonando incluso burlona al hacerlo—. No tengo idea de qué sea. Yo estoy aquí por otro motivo, y sólo aprovecho el momento.

    Aquello lo desconcertó bastante. ¿Qué quería decir con aquello?

    Sintió como el arma se apartaba de su cabeza en ese momento, y pareció ser suficiente indicativo de que podía bajar los brazos y darse la vuelta. Lo hizo con suma precaución, sin embargo, a la espera de que su captor le indicara en cualquier momento que se detuviera; no lo hizo. Al poder observar al fin a aquella persona, Russel se sintió aún más confundido.

    Era una mujer increíblemente preciosa, tanto que estaba seguro de nunca haberla visto antes en esa base; no hubiera olvidado un rostro así jamás. Su piel era pálida y lisa como porcelana, adornada con algunos discretos lunares oscuros que casi parecían haber sido puestos sobre la superficie clara de su rostro de forma intencional. Su cabello castaño rojizo era brillante y sedoso, y sus rizos caían libres en sus hombros. Pero quizás lo más atrapante eran su par de ojos color miel, astutos e hipnotizaste. Usaba el saco azul de los soldados de la base, pero era claro que debajo de éste no traía el uniforme completo, pues se asomaban sus piernas cubiertas con unos ajustados pantalones oscuros.

    A Russel no solían atraerle mucho las mujeres blancas, o más bien las mujeres en general. Pero esa chica en especial le pareció cautivadora por algún motivo que no supo interpretar, en especial dada la poco ortodoxa situación por la que cruzaba. Era evidentemente además que estaba fuertemente armada, no sólo por esa pistola con la que lo había apuntado hace un momento y que aún sujetaba con sus manos, apuntando con el cañón hacia la altura de las rodillas del científico.

    —Es usted el Dr. Shepherd, ¿no es cierto? —preguntó aquella mujer, inclinando su cabeza hacia un lado.

    —¿Quién eres tú? —respondió Russel por reflejo. Podría haberle negado que era él, pero supuso que sería inútil.

    —No le interesa —escupió la extraña con sequedad, y volvió alzar su arma, apuntando ahora directo a la frente de Russel—. Me mandaron por usted, y vendrá conmigo. Y por lo que he visto, si acaso quiere salir con vida de aquí, no es que tenga muchas otras opciones.

    —Si no estás con esas personas, entonces podemos ayudarnos —soltó Russel por reflejo—. Tengo un teléfono satelital especial que puede traspasar los inhibidores de la base. Con él podemos comunicarnos con el exterior y pedir refuerzos para que nos saquen de aquí.

    La mujer lo miró con curiosidad, entornando un poco los ojos.

    —¿Dónde está?

    —En el cajón de mi escritorio —respondió señalando tímidamente con una mano hacia dicho sitio.

    La mujer señaló con su cabeza hacia el escritorio, indicándole que podía acercarse. Russel se aproximó rápidamente hacia éste, y abrió el cajón superior de la derecha. Ahí se encontraba el artefacto, pequeño y rectangular, con una larga y gruesa antena.

    —Aquí está —anunció entusiasmado, sacando el teléfono—. Sólo debo…

    Antes de que pudiera terminar su frase, el ensordecedor estruendo del disparo cubrió la oficina entera, haciendo que Russel se sobresaltara. La bala que salió del arma de aquella mujer no lo tocó, pero estuvo bastante cerca pues impactó directo en el teléfono satelital que sujetaba hace un instante en su mano, volviéndolo pedazos de plástico y circuitos que cayeron al suelo como copos de nieva.

    —Al parecer ahora sí soy su única opción, doctor —masculló la mujer con tono burlón—. Ahora muévase —prosiguió con mayor seriedad, apuntando con su cabeza ahora hacia la puerta—, que ese disparo pudo haber alertado a alguno de esos sujetos de afuera, y usted aún tiene que llevarme a un sitio antes de irnos.

    —¿A dónde? —cuestionó Russel, aun temblando por el disparo.

    —Al Nivel -20, a la sala 217.

    Russel se sobresaltó atónito. Ese cuarto era en dónde estaba…

    —¿Por qué ahí?

    —Tampoco lo sé —exclamó la mujer, exasperada, y sin bajar su arma se le acercó rápidamente, lo tomó con agresividad de su camisa y lo jaloneó hacia la puerta—. Sólo me dijeron que debo llevarme lo que está en esa sala junto con usted. Así que ahora camine.

    —Estás demente —farfulló Russel mientras avanzaba trastabillando hacia a puerta. Intentó resistirse un poco, pero aquella mujer era más fuerte de lo que parecía a simple vista—. Lo más seguro es que nos maten antes de poder llegar siquiera al ascensor.

    —Entonces es bueno que lo tenga como escudo, doctor —rio la mujer con sorna, justo antes de abrir la puerta y prácticamente empujarlo con bastante agresividad hacia el pasillo—. Camine —le ordenó con rudeza, usando de nuevo su arma como incentivo.

    Resignado, y quizás en ese momento ya no siendo capaz de controlar siquiera su propio cuerpo, Russel comenzó a avanzar justo en la dirección para ir a dónde esa mujer quería ir. Y mientras lo hacía, comenzaba a hacerse a la idea de que no saldría con vida de ese lugar.

    — — — —
    Grish Altur, otra agente al servicio de la Capt. Cullen, tenía una misión crucial en el ataque al Nido. Dicha misión la llevó a dirigir a su grupo hacia el nivel de las celdas de contención, uno de los niveles más peligrosos pues muy pocos conocían toda la clase de amenazas que el DIC tenía ahí cautivas. Por suerte, ellos iban en busca de sólo una de ellas en particular, aunque eso no impidió que tuvieran que abrirse entre los soldados apostados en ese nivel para proteger las diferentes celdas. Fue una tarea complicada, pero al igual que en el resto de la base, el factor sorpresa fue su carta fuerte. Además de ello, Grish era una experta tiradora, capaz de poner la bala en donde ponía el ojo, dos de cada tres veces, lo que les dio la ventaja de acabar con una cantidad grande enemigos en corto tiempo, y con la menor cantidad de bajas de su lado.

    Usando su aguda estrategia, lograron avanzar con bastante rapidez hacia la sala en particular que buscaban. Había dos soldados apostados en ella, que al parecer ni siquiera al escuchar los disparos a la distancia se atrevieron a dejar su puesto; así de importante era lo que ahí guardaban. En cuanto vieron a Grish y su equipo aproximarse, no tardaron en abrir fuego, logrando alcanzar a uno de ellos, abatiéndolo. Golpe de suerte para ellos, pero no les duró mucho pues de inmediato Grish contraatacó con sólo dos disparos certeros, cada uno a la pierna derecha de alguno de ellos. Los soldados cayeron al suelo sobre sus costados, y el resto del su equipo no tardó en acribillarlos una vez estuvieron tirados.

    Una vez todo estuvo tranquilo, Grish respiró hondo, y se tronó un poco su cuello para liberar un poco de tención. Centró su mirada entonces en la puerta que esos dos soldados custodiaban, marcada únicamente con un V y I, simulando el número 6 romano; justo como les habían dicho.

    —¿Es aquí? —cuestionó Grish, un tanto escéptica por el hecho de que resultara tan sencillo.

    —Es lo que la información de Kat dice —le informó uno de sus acompañantes, encogiéndose de hombros.

    —Bien, andando entonces.

    Tomaron rápidamente la tarjeta de seguridad de uno de los guardias caídos, y con ella abrieron la puerta del cuarto de control. Los cuatro ingresaron a la habitación, en donde el hombre de los controles ya los aguardaba con su arma en mano. Antes de que pudiera disparar aunque fuera una vez, Grish fue mucho más rápida y certera, acertándole un tiro justo en el centro de la frente, sin siquiera detenerse a apuntar. El soldado cayó hacia atrás abatido, de espaldas contra los controles.

    Grish sonrió satisfecha, e incluso sopló contra el cañón de su propia arma de forma presuntuosa.

    El grupo avanzó hacia la consola, y sin la menor ceremonia uno de ellos hizo a un lado al hombre muerto y tomó asiento frente a los controles para ingresar al sistema. Mientras tanto, Grish avanzó hacia el vidrio unidireccional que separaba ese cuarto del de al lado. Ahí, encerrada en aquel pequeño cubo transparente, se encontraba justo la persona que habían ido a buscar.

    La mujer de cabellos rubios en mono anaranjado estaba de pie en el centro de la curiosa prisión, mirando expectante hacia los lados, como esperando que algo saliera de alguna de las esquinas del cuarto. Grish pensó por un momento que había oído los disparos, pero según las especificaciones que había leído, ese cubo debía ser a prueba de sonido, por lo que se suponía no debería ser capaz de escuchar nada desde ahí dentro, que no proviniera de la bocina interna.

    ¿Quizás de alguna forma “sentía” que algo estaba ocurriendo? Había pasado cinco años en campo rastreando y vigilando a varios UPs, y aún seguía sin entender cómo era que funcionaban con exactitud sus extraños poderes.

    —¿Es ella? —comentó curioso uno de sus compañeros. Grish se limitó sólo a asentir como respuesta.

    —No parece gran cosa —comentó otro de ellos con tono burlón.

    —No se confíen —les advirtió Grish, volteando a verlos con severidad—. Después de todo, es quien hirió tan gravemente al Salvador.

    —De seguro es sólo una exageración —señaló el primero que había preguntado. Grish no respondió, pues en verdad no estaba segura.

    Aquello era lo que los rumores decían, aunque otros más le achacaban lo ocurrido a la tal Gorrión Blanco, la chica que el Dir. Sinclair y Shepherd habían despertado con su químico raro. Pero al igual que a la mayoría, a ella le resultaba difícil de creer que alguien fuera capaz de herir al Anticristo, incluso siendo un UP. Pero sin importar cómo hubiera sido, o quién lo había hecho, la realidad es que el chico había sido sometido y aprehendido, y ese era el motivo de toda esa operación.

    Pero aunque ninguna de esas dos hubiera tenido algo que ver, ambas representaban un peligro, en especial esa mujer ante ella: Charlene McGee, la ballena blanca del DIC. Por lo mismo, ninguna de las dos podía ser dejada con vida. Y en el caso de la Sra. McGee, el maestro Neff tenía un papel específico para ella, lo que hacía que esa misión fuera en efecto tan importante.

    Tras observar a la Sra. McGee un rato más, se giró y caminó hacia la consola, parándose a lado del hombre que había tomado de control de ésta, inclinándose para ver los monitores y los controles por encima de su hombro.

    —¿Y bien?, ¿lo encontraste?

    —Eso creo —respondió su compañero con seriedad—. Justo como nos dijeron, ese cubo es totalmente hermético, y el oxígeno es suministrado por el mismo conducto superior por el que pueden también llenarlo de sedante. Con este control de aquí podemos cortar el oxígeno por completo, y con este otro activar un extractor que se encargará de dejar el interior prácticamente al vacío. Con eso no tardará en asfixiarse.

    —Hagámoslo entonces —propuso otro de ellos, uno de los hombres de negro de Armitage. Era obvio que estos mercenarios carecían de la disciplina y la paciencia requeridas de un agente como ellos, pero igual el hombre sentado en la consola pareció estar de acuerdo y se dispuso a hacerlo.

    —Aguarda —le detuvo Grish, tomándolo sutilmente de su mano—. ¿Puedes abrir el canal de comunicación desde aquí? Quiero hablar con ella.

    —¿Para qué? —cuestionó su compañero, confundido.

    —Llámalo cortesía profesional —le respondió Grish de forma cortante—. ¿Puedes o no?

    El hombre asintió, un tanto vacilante, y de inmediato pasó a revisar para buscar el control que los comunicaría con la bocina interna del aquella jaula. Grish aguardó paciente a su lado.

    — — — —
    En efecto, el cubo de plástico térmico que aprisionaba a Charlie era a prueba de cualquier sonido exterior que no proviniera de aquella bocina, por lo que en general se encontraba siempre envuelta en un profundo y muy molesto silencio. Y por consiguiente, no había como tal escuchado los disparos, gritos y golpes que venían de afuera de la sala. Aun así, había sentido una extraña y repentina sacudida que la había hecho levantarse de un salto de su camilla, y ponerse en alerta, a la espera de que alguien, o algo, aparecieran ante ella.

    No era la primera vez que sentía algo así, pero sí había pasado bastante tiempo desde la última vez. Recordaba que de niña era más común para ella sentir la cercanía del enemigo a su acecho, derivado por supuesto por su Resplandor. Pero de adulta aquella habilidad había menguado bastante; de otra forma, quizás podría haber percibido a los atacantes en aquella bodega, antes de que le disparara a Kali, y quizás todo hubiera sido diferente…

    Pero no tenía tiempo para hundirse en dichos pensamientos. No sabía qué era lo que sentía acercarse, pero sabía que era algo real, no un simple y normal presentimiento.

    Su incertidumbre pareció ser recompensada en cuanto la bocina sobre su cabeza sonó, y de ella provino una voz de mujer que no le resultó conocida.

    —Sra. Charlene McGee, debo decir es un placer conocerla al fin. Todos en el DIC hemos escuchado mucho de usted.

    —¿Y tú quién eres? —preguntó Charlie con voz cautelosa—. ¿Qué está pasando allá afuera?

    —Eso no tiene por qué preocuparle —le respondió aquella persona desconocida, y a Charlie le pareció percibir incluso algo de burla en sus palabras—. Pero le complacerá saber que su más grande sueño se está haciendo realidad mientras hablamos.

    —¿Y eso es…?

    —La destrucción del DIC, por supuesto —respondió la voz en la bocina sin más, dejando a Charlie un tanto desconcertada—. O, al menos, del DIC como lo conoce actualmente. Y le complacerá también saber que usted tendrá un papel crucial en ello, recordada por siempre como la culpable detrás de lo ocurrido el día de hoy. Todo un ejemplo para los que vengan después de usted.

    —No entiendo ni una sola palabra de lo que dices —le respondió Charlie con brusquedad—. Así que si lo que esperas es que colabore con ustedes de alguna forma, tendrás que ser mucho más convincente.

    La voz en la bocina soltó de pronto una fuerte y casi estridente carcajada.

    —¿Colaborar? —exclamó aquella mujer de forma risueña—. Me temo que no ha comprendido. Al igual que todos los demás incautos de esta base, su sacrificio será necesario para poder lograr un propósito mayor. Regocíjese con ello.

    Charlie se quedó aún más confundida con aquella afirmación, pero supo en lo más hondo de su ser que no era para nada algo bueno. Pero antes de que pudiera cuestionar más al respecto, la comunicación terminó.

    — — — —
    —Ahora sí, corten el suministro de oxígeno y asfixiémosla —ordenó Grish en la sala de control, una vez que su voz dejó de escucharse en el interior de aquel cubo. Su compañero en la consola no tardó en hacer justo lo que decía.

    Primero cortó el oxígeno, y luego activó el extractor, cuyo fuerte zumbido sobre su cabeza no tardó en captar la atención de Charlie. No tardó tampoco en darse cuenta de que el al aire en el interior comenzaba a ponerse pesado, y que poco a poco le costaba más respirar, hasta incluso comenzar a sentirse mareada. Todo frente a los ojos observadores de Grish y los otros del otro lado del vidrio.

    —Sólo queda esperar a que pierda el conocimiento —señaló Grish con cierta jactancia—. Y sin suficiente oxígeno ahí dentro, no la tendrá tan fácil para hacer sus trucos de fuego.

    Parecía el plan perfecto, y todo gracias al Dir. Sinclair y la ingeniosa prisión que había diseñado para su archienemiga. Quizás le hubiera complacido saber que fue usada justo para lo que él esperaba, pero a esas alturas lo más seguro es que ya estuviera muerto, al igual que todos sus hombres.

    El cuerpo de Charlie se tambaleó hacia un lado y se golpeó con fuerza el hombro contra una de las paredes transparentes. Luego cayó al suelo de rodillas y podría haberse desplomado por completo si no hubiera interpuesto las manos primero. Se quedó en cuatro, con su cabeza agachada y su cabello rubio cayendo sobre su rostro, mientras su cuerpo temblaba violentamente y se agitaba en sus esfuerzos casi sobrehumanos para jalar aire.

    Parecía que todo terminaría más pronto de lo esperado…

    De pronto, Grish y sus hombres vieron como la reclusa alzaba rápidamente su rostro, centrando sus intensos ojos directo en su dirección, casi como si fuera capaz de verlos a ellos directamente. Todos se estremecieron ante esta sensación, pero se forzaron a mantener la calma. Aunque esto no fue tan sencillo en el momento en el que contemplaron como la pared del cubo a la que Charlie miraba comenzaba a tornarse rojiza poco a poco, como una mancha voraz que iba creciendo y extendiéndose, hasta cubrir casi por completo las demás paredes.

    —¿Qué está…? —murmuró uno de los hombres de Armitage, confundido, y al parecer algo preocupado.

    —No teman —indicó Grish con voz neutra—. La División Científica creó esa jaula especialmente para resistirla. No logrará más que calcinarse viva a sí misma.

    Todos guardaron silencio, contemplando el extraño fenómeno que ocurría ante ellos, sin comprender del todo el alcance de éste, Aunque ninguno estaba ahí físicamente, de alguna forma podía sentir como la temperatura del interior del cubo aumentaba exponencialmente, mientras esas paredes se tornaban más rojizas y brillantes, como lava hirviendo. El oxígeno en el interior pareció ser suficiente para que el calor tan intenso prendiera en llamas la cama, el lavado, e incluso las ropas de Charlie; aun así, ésta no se movió, ni siquiera pestañeó aunque estuviera cubierta de fuego. Fue una escena impactante y algo grotesca de ver.

    De un momento a otro, toda la superficie del cubo estaba totalmente impregnada de ese intenso calor, y para su sorpresa éste pareció traspasar los muros y comenzar a afectar el exterior. Vieron como el suelo y el cristal unidireccional comenzaban a desquebrajarse, y las cámaras comenzaron a explotar.

    Y entonces comprendieron que en efecto, algo no estaba bien.

    —¡¿Qué demo…?! —exclamó Grish alarmada, dando instintivamente un paso hacia atrás. Vaciló un momento antes de ordenarles a sus hombres que salieran de la sala. Y para cuando se decidió a hacerlo, ya era tarde.

    —¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAH!! —escucharon como Charlie gritaba con todas sus fuerzas, resonando como un fuerte rugido, a pesar de que no deberían poder escuchar nada del interior de esa cosa. Y un instante después, fueron testigos de cómo aquella prisión transparente estallaba por completo en una tremenda explosión que lo sacudió todo.

    El vidrio se rompió en cientos pedazos, y Grish y sus hombres fueron golpeados de frente por una fuerte onda expansiva de calor, fuego, y escombros que los lanzó por los aires, y cubrió todo de rojo.

    — — — —
    La sacudida de la explosión provocada por Charlie fue tan grande, que incluso estando dos niveles arriba, Russel y Mabel lograron sentirla en su camino a los ascensores. Fue como un pequeño temblor bajo sus pies, mismo que casi hizo que el Dr. Shepherd cayera al suelo, sino fuera porque se logró sostener rápidamente del muro.

    —¿Qué fue eso? —pronunció nervioso, mirando con aprensión a su alrededor.

    —Ni idea… —susurró Mabel con seriedad, observando de reojo hacia sus pies. Había venido de abajo, eso lo tenía seguro. Pero lo único que a ella le interesaba es que fuera en un nivel diferente al que se dirigían—. No se distraiga —exclamó con rudeza, al tiempo que empujaba a su acompañante con una mano para obligarlo a seguir caminando. Russel no tuvo más remedio que así hacerlo.

    Ciertamente a Mabel le preocupaba que quienes fueran estas personas intentaran algo más extremo, como volar toda esa base en pedazos antes de que pudiera salir. También le causaba curiosidad saber a qué se debía todo ese caos, y cómo era además que Verónica sabía que esto ocurriría. ¿Acaso eran personas que trabajaban ara Thorn? De ser así, estaba convencida de que eso sólo la pondría en más peligro.

    Pero ella tenía una carta bajo la manga, y es que no era más la misma Doncella que el mocoso de Thron habían conocido; no desde que consumió el vapor de Rose. Así que si ese paleto o sus sirvientes intentaban algo en su contra, se llevarían una amarga sorpresa.

    Tras dar la vuelta en una esquina, se encontraron de frente con dos soldados con uniforme del DIC que caminaban en su dirección contraria.

    —¡Oigan! —gritaron los dos con fuerza, alzando sus armas hacia ellos.

    Russel imploró al cielo (cosa que casi nunca hacía) para que fueras soldados reales del DIC y no alguno de estos infiltrados. Pero en cuanto le pareció más que evidente que se preparaban para abrir fuego en su contra, esa esperanza murió rápidamente.

    Sin embargo, antes de que alguno pudiera jalar el gatillo, Russel miró sorprendido como ambos bajaban sus armas de golpe, y sus miradas se volvían perdidas y distantes, como si observaran fijamente algo sumamente interesante. Y unos segundos después, sin que las expresiones de sus rostros se mutaran ni un poco, alzaron de nuevo sus rifles, pero en esa ocasión no hacia Russel y su captora, sino que se giraron y apuntaron el uno al otro, con los cañones de las armas casi pegadas a sus pechos.

    —¡Alto!, ¡no se muevan! —pronunció en alto uno de ellos como una advertencia—. ¡Dije alto!

    —¡Dispáreles!, ¡ahora! —exclamó con potencia el otro, y ambos jalaron sus gatillos al mismo tiempo.

    Y mientras en sus mentes de seguro abrían fuego contra algún enemigo que se les aproximaba, la realidad es que terminaron disparándose entre sí, perforándole el pecho a su compañero con una pequeña ráfaga de balas. Ambos cayeron hacia atrás, desplomados en el piso.

    Russel se sobresaltó, atónito al presenciar esto. ¿Eso había sido caso…?

    Miró lentamente sobre su hombro, en el momento justo para contemplar cómo Mabel observaba fijamente en dirección a los dos soldados muertos. Y, en especial, notó el singular e intenso brillo plateado que adornaba sus ojos; un brillo muy particular que él ya había visto antes.

    —No puede ser —susurró despacio—. ¿Eres una UX?

    Mabel volteó a mirarlo, y un segundo después el brillo de sus ojos se esfumó, volviendo a su color miel habitual.

    —No sé de qué está hablando —le respondió con dureza—. Pero usted no entendería jamás lo que yo soy.

    Russel decidió no decirle que en realidad conocía bastante bien lo que era ella; quizás demasiado bien, pues había dedicado una parte de su carrera ahí en el DIC a intentar comprender lo mejor posible la naturaleza casi sobrenatural de dichos seres, sin mucho éxito de momento… salvo quizás por lo que se ocultaba en la habitación 217 del nivel -20; justo a dónde ella quería que la llevara.

    Mabel volvió a empujarlo para que siguieran avanzando, y recorrieron el corto tramo que los separaba de los ascensores.

    —Use su tarjeta —le ordenó pegando el cañón del arma contra su nuca. Russel obedeció, pasó su tarjeta por el sensor del ascensor, y luego lo mandó a llamar. Éste no tardó en llegar a su nivel, y las puertas se abrieron ante ellos—. Entre, ahora.

    —No sabes lo que hay ahí abajo —intentó explicarle Russel con desesperación—. En verdad estás cometiendo un error…

    —Ya veremos —sentenció Mabel con dureza, y no tardó en empujar de forma casi violenta al científico hacia el interior del ascensor, que trastabilló y casi cayó al suelo de éste. Y tras obligarlo a volver a usar su tarjeta, ahora en el panel dentro del ascensor, e introducir el código de seguridad, hizo que comenzaran a bajar rápidamente hacia el nivel -20.

    — — — —
    Cuando Grish logró abrir de nuevo los ojos, lo único que vio fue rojo, y el brillo incandescente de las llamas que la rodeaban. Su calor además le golpeaba la cara, y sentía el aire quemándole la garganta en cuanto intentó aspirar aunque fuera un poco a sus pulmones. Estaba tirada en el suelo, mareada y confundida. Intentó gritar para llamar a alguno de sus compañeros, pero de su garganta no lograron salir más que unos cuantos gemidos, seguidos de unos borbotones de sangre que se le acumularon en la boca y escurrieron en su barbilla.

    Giró su cuello como pudo a su alrededor, pero sólo vio escombros y más fuego, hasta que logó distinguir la cara desfigurada de uno de sus hombres a unos metros de ella, con la quijada desencajada tras un fuerte golpe, sus ojos desorbitados mirando a la nada, y la mitad de su cuerpo sepultado tras grandes trozos de concreto y hierro. Más atrás, entre el humo y las ondas de calor, le pareció distinguir las piernas de alguien más… pero nada más.

    En ese momento, de alguna manera lo supo: todos estaban muertos, excepto ella… Y, en realidad, no era que su caso fuera mucho mejor, pues lo peor vino en el momento en el que hizo el vano intento de levantarse. En cuanto intentó mover el torso, un agudo y paralizante dolor la detuvo, y la hizo desplomarse de nuevo al suelo, al tiempo que soltaba al aire un ensordecedor grito.

    Miró de reojo hacia su lado derecho, el punto en donde aquel dolor se había originado, y distinguió con horror la causa: un enorme pedazo transparente, de seguro perteneciente a alguna de las paredes de la prisión en forma de cubo, insertado tan hondo en su hombro derecho que casi le había rebanado el brazo entero, y ahora sólo se mantenía unido a ella por la gracia de unos cuantos ligamentos y músculos, como las hebras descocidas de un manga. No sangraba, pues aquel pedazo de seguro había estado tan caliente cuando la atravesó que le había cauterizado la herida el instante. Pero eso, por supuesto, no hacía nada para mitigar su espanto.

    Volvió a intentar gritar en busca de ayuda, pero de nuevo su voz no le funcionó. Intentó arrastrarse hacia un costado con ayuda de su brazo bueno, pero cada movimiento, cada respiración, se volvió un suplicio.

    De pronto, entre las llamaradas y el humo, logró distinguir la silueta de alguien que se aproximaba en su dirección. No veía con claridad de quién se trataba, pero no le importaba; quien quiera que fuera, le gritó desesperada por ayuda, o al menos en su mente creía estarle gritando. Pero su voz, tanto interna como externa, se calló de golpe en cuanto aquella persona se abrió camino entre las llamas y apareció de cuerpo entero ante ella.

    Era ella, la mujer del cubo: Charlene McGee, casi totalmente desnuda, con apenas unos retazos carbonizados que en algún momento pertenecieron a su traje de prisionera, pero que no le cubrían prácticamente nada. Pero en su piel desnuda y expuesta, no había ni una sola marca de quemadura, ninguna herida, ningún golpe; estaba perfecta, con sus cabellos rubios agitándose como si se movieran al ritmo de las ondas de calor, y sus ojos brillando intensamente por el reflejo de las llamas en ellos, pero casi pareciendo como si en verdad dichas llamas provinieran de sí misma.

    ¿Cómo había sobrevivido a tal explosión sin un rasguño? ¿Cómo podía haber causado todo eso con su sola mente? No podía ser humana… Tenía que ser un monstruo…

    Una oleada de terror, pero también de ira, inundó el cuerpo de Grish en ese momento, mientras observaba a aquella mujer ante a ella.

    —Mal... dita… —masculló, su voz surgiendo de ella rasposa y dolorosa. Aproximó a tientas su mano izquierda en busca del arma en su costado, y en cuanto la sintió entre sus dedos, se sobrepuso a todo el dolor y la debilidad y la alzó hacia ella.

    Charlie, al ver la pistola, se lanzó rápidamente hacia ella como una fiera.

    Grish Altur, una de las mejores tiradoras del DIC, que daba en el blanco cada dos de tres veces, talento que le había hecho ganar muchas condecoraciones y elogios durante todos sus años de servicio… Pero en ese, que fue quizás el disparo más importante de toda su vida, las circunstancias extremas obviamente la llevaron a fallar… La bala pasó a un costado de la cabeza de Charlie y siguió de largo, logrando a lo mucho arrancarle uno de sus mechones rubios.

    Un instante después de haber dado ese último disparo, Grish sintió como el arma se calentaba de golpe, quemándole entera su palma y obligándola a soltarla. Al segundo siguiente, Charlie se lanzó sobre ella, y la tomó con fuerza de la cabeza, azotándola contra el suelo; un charco de sangre se formó justo debajo de ella, pero Grish aún siguió lo suficientemente consciente para forcejear e intentar quitarse a su atacante de encima. Charlie tomó su cabeza firme entre sus manos, se enfocó entera en ella, y al segundo siguiente Grish sintió como toda su cara comenzaba a calentarse, subiendo de temperatura exponencialmente cada segundo.

    Ahora sí fue capaz de gritar muy, muy fuerte, pero los gritos, y el dolor que los ocasionaban, no duraron mucho. La cabeza de la agente prácticamente explotó, presa de la enorme presión que se acumuló dentro de ella debido al calor, y entonces su cuerpo se quedó totalmente flácido e inmóvil debajo de Charlie. Ésta se quedó aún unos momentos quieta, sujetándola firmemente como si temiera que se fuera a mover en cualquier momento. Cuando fue evidente que eso no pasaría, dejó escapar un largo resoplido exhausto, y se dejó caer de costado a un lado del cuerpo.

    Sentía que la cabeza le dolía horriblemente, y todo el resto de su cuerpo no se quedó atrás. Tenía claro que si acaso se atrevía a cerrar los ojos, aunque fuera un instante, muy seguramente se quedaría dormida; y eso era un lujo que no podía darse en esos momentos.

    —Estoy demasiado vieja para esto… —murmuró despacio para sí misma con voz débil.

    Se forzó a alzarse de nuevo, y le echó un vistazo más cuidadoso a la mujer a la que acababa de calcinarle el cerebro. O, más específico, miró con más cuidado sus ropas. Era un uniforme del DIC, en específico de sus agentes de campo; Charlie los conocía bien, pues habían sido sus principales perseguidores en los últimos años. Y si echaba un vistazo rápido al resto de los cadáveres en esa sala en ruinas, terminaría viendo que al menos un par más de ellos usaban los uniformes azules de los soldados de la base.

    «¿Qué demonios está pasando?» se cuestionó totalmente perdida.

    Su primera conclusión hubiera sido que Lucas los había enviado para matarla al fin, pero no tardó mucho en darse cuenta de que aquello no tenía sentido. Ya la tenía cautiva y en su poder; no tenía que hacer todo eso para deshacerse de ella. Además, estaban las cosas que esa mujer había dicho, y que hacían parecer que lo que hacía, no lo hacía por órdenes de alguien del DIC. Pero, entonces, ¿de quién…?

    «¿Thorn?» pensó un tanto sorprendida, como un pensamiento que la golpeaba repentinamente, sin razón aparente. Pero era lo que parecía que tenía más sentido; todo ese desastre de alguna forma tenía que ver con él.

    Fuera lo que fuera, no podía permitirse perder más el tiempo en ese lugar.

    Rápidamente, y sin mucha delicadeza cabe decir, comenzó a despojar a Grish de cada una de sus prendas.

    FIN DEL CAPÍTULO 149
     
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