Quedarse —No quiero estar aquí, ¡no quiero! —se repetía mientras temblaba gelatinosa en la esquina de la habitación, sus ojos no emitían una sola lagrima, pero su rostro era capaz de reflejar la tristeza sin necesidad de prestar atención a aquella mirada de muerta. En la habitación todo era silencio, desde la puerta principal hasta las cortinas que asomaban con el tétrico viento otoñal hasta su cama. Había terminado en aquella casa por asares del destino, y recientemente había redescubierto que sus miedos seguían latentes. En aquella casa se encontraba su esposo… un joven de no más de 30 años con quien hubiera compartido su vida alrededor de ¿quizás7 u 8 años? A decir verdad ahora no estaba segura. Aquel joven era sin lugar a dudas, un apuesto mozo y atractivo caballero que la había convencido de contraer nupcias a la corta edad de 16 años. Por mucho tiempo un matrimonio ejemplar hasta que el comenzó a golpearla, mientras ella gemía en silencio. Sin embargo, como no todo es eterno, al igual que la hermosa vida que una vez llevaron, aquella noche se había desatado el suplicio de su atormentada mente cuando antes de propinarle el último de los muchos golpes que había recibido, se resistió a cerrar con broche de oro. Tomó entre sus manos todo el coraje de meses de agonía y lo arrojo de espaldas a caer sobre la estufa donde habíase quemado la espalda y como resultado había huído a acusarle con la policía; no obstante, el dolor se había quedado y las herida seran lo suficientemente grandes como para correr, así que se mantuvo en posición fetal a la esquina de aquel cuarto, esperando… esperando quien sabe que destino.